Metafísica del orgasmo

El imperio de los sentidos (1976). Imagen: Oshima Productions / Shibata Organisation / Argos Films.

Antes de empezar, me gustaría dar la bienvenida a todos los asistentes a este curso abreviado de orgasmos integrales. Les felicito por haberme elegido a mí y no a alguno de esos gurús de pacotilla que abundan en esta época de timos y mascaradas. En el curso que está a punto de comenzar, aprenderán a correrse como los buenos dioses mandan, y tendrán experiencias trascendentales que los harán, si no más sabios, un poco menos tontos. 

La mayoría de ustedes son hombres y mujeres de cierta edad, y habrán tenido orgasmos, aunque sean de bajo o medio rango. Estarán de acuerdo conmigo en que el orgasmo es la culminación, la meta, el fin último del acto sexual. Por flojo que sea el clímax resulta agradable, y sus espasmos proporcionan al cuerpo de la persona humana un ligero alivio que le permite desahogarse, resetear la mente y olvidarse un rato de sí misma. Es el que ustedes conocen un tipo de orgasmo mediocre, típico de la decadente cultura occidental, publicitado en revistas y páginas web pornográficas o de tendencias de forma tosca, sexista y superficial.

Pero créanme si les digo que existe otra clase de orgasmo, que más que orgasmo es un eterno mete-saca trufado con arrebatadores éxtasis, gracias a los cuales es posible alcanzar elevados estados de conciencia. 

Mi colega, el médico-sin-drogas iusnaturalista y anarcoindividualista J. William Lloyd, dijo con más razón que un santo que «la primera religión del hombre estuvo basada en la sexualidad y solo por medio de ella podemos encontrar nuestro verdadero origen». Y esto es lo que yo les ofrezco: conocerse a ustedes mismos a través de un rapto erótico de dimensiones cósmicas. Hagan el favor, pues, de quitarse la ropa (sí, braguitas y calzoncillos también) y acompáñenme en este viaje alucinante al fondo de la libido.

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Se preguntarán por qué los he agrupado a ustedes en parejas de macho-hembra formadas por mí. De hecho, más de un discípulo me ha explicado sus reservas ante esta decisión, apuntando que preferiría alcanzar el orgasmo integral mediante la autoestimulación manual. Bien. Pues quiero dejar claro que esta decisión no responde a ningún capricho personal, sino que atiende a numerosas investigaciones esotéricas y científicas, que han demostrado que la prolactina, esa sustancia que nos hace sentirnos plenos y satisfechos tras el orgasmo, se libera en una cantidad 400 % superior si el clímax es fruto de relaciones sexuales con otra persona. Además, es casi imposible llegar a un orgasmo integral en solitario. Así que, por favor, olviden sus remilgos y acepten como amante experimental al compañero que se les ha asignado en función de sus currículums y perfiles vitales, pues será el más conveniente para estos menesteres. Lo hago por ustedes: han pagado mucho dinero por este curso y es mi obligación hacer todo lo posible para maximizar los beneficios que les reportará el mismo.

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Excelente. Veo que han aceptado a sus respectivos compañeros de orgasmo y han consumado los primeros coitos. Se habrán dado cuenta de que, al margen de su intensidad, la duración de sus orgasmos no ha llegado ni a un minuto de reloj. No se preocupen: según el Libro Guinness de los récords, el orgasmo femenino más largo que se ha registrado se extendió durante cuarenta y tres segundos, salteados con veinticinco contracciones vaginales, mientras que el masculino no pasó de los treinta segundos. Aquí, según he cronometrado con mi orgasmatrón, no han excedido la media, que desciende a unos diez o trece segundos. Vamos, lo normal. 

Cuando finalice el curso y hayan aprendido a orgasmar con fundamento, la onda expansiva provocada por el megaclímax podría prolongarse durante horas, meses, años, toda una vida. Tengan presente que el poder del orgasmo en particular y del sexo en general es infinito y ha provocado, por una parte, guerras, crímenes, caos y destrucción, y por otra, amores, placeres, éxtasis y nacimientos. Por un quítame allá esas pajas se han levantado y se han hundido imperios, pero ¿cuál es el significado último, la razón pura del orgasmo humano? Van a averiguarlo con pelos y señales. 

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En esta segunda ronda de coitos, he podido observar que, pese a los desvelos de sus partenaires, la mitad de las mujeres no han alcanzado el clímax. Paciencia. Aún es pronto para tirar la toalla. Este impasse me sirve como excusa para abordar el espinoso tema del orgasmo femenino, uno de los mayores misterios de la condición humana. La simple existencia de este fenómeno tira por tierra mitos como el del «genio de la especie» de Arthur Schopenhauer, un pesimista empedernido que establecía que el fin esencial del amor es la procreación, saltándose a la torera las dimensiones psíquica y espiritual del sexo o la existencia de poblaciones primitivas que atribuían el nacimiento de un nuevo ser a causas sin ninguna relación con la unión sexual, y aun así seguían haciendo el amor.

Aristóteles ya se preguntaba para qué diablos sirve, en términos biológicos, el orgasmo femenino, puesto que no es útil para la reproducción como ocurre con el masculino, cuyo objeto es la transferencia del esperma. Siglos después, unos científicos de la Universidad de Yale añadieron una pieza clave al puzle: «Algunas mujeres no llegan al orgasmo en sus relaciones sexuales. Si tuviera una función biológica clara, el mecanismo debería ser más efectivo». ¿Conclusión? El orgasmo de las mujeres parece ser un vestigio evolutivo, que en el pasado tenía como objeto desencadenar la ovulación, pero que hoy no sirve para nada más que dar alegría al cuerpo, puesto que la ovulación es espontánea y se produce de espaldas al sexo. La evolución también trasladó el clítoris del interior del canal vaginal al lugar que ocupa actualmente, cosa que dificultó la posibilidad de alcanzar el orgasmo mediante la penetración y propició la aparición de una amplia gama de gadgets eróticos que estimulan este enigmático órgano del aparato reproductor femenino. 

Dicen las estadísticas, que casi siempre mienten, que las mujeres disfrutan de menos orgasmos que los hombres y que incluso hay algunas que no los han disfrutado jamás. Sin embargo, la calidad del clímax femenino es superlativa, tanto en duración como en intensidad. Por algo se decía en el antiguo Oriente que «la sensualidad de la mujer es ocho veces mayor que la del hombre».  Y ello pese a la inescrutable conspiración de la madre naturaleza.

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Mientras ustedes copulan, yo les contemplo con mirada de entomólogo, que no de voyeur. Y lo que más me llama la atención es su profunda seriedad en el momento del orgasmo. Algo que corroboran estas palabras del ocultista Pierre Piobb: «Cuando se ama no se ríe; tal vez se sonríe apenas. En el espasmo se está serio como en la muerte». Es algo que ya pude comprobar gracias al proyecto Beautiful Agony (www.beautifulagony.com), un experimento multimedia que trata de desmontar décadas de porno hardcore y demostrar que el erotismo humano no se concentra tanto en el cuerpo como en la cara, que es el espejo del alma. Para ello, cada semana publican unos cinco vídeos de rostros de hombres y mujeres en el momento del orgasmo. Si sacáramos de contexto esos vídeos y les quitáramos el sonido, no tendríamos claro si esas personas están arrebatadas por un gran placer o por un insoportable sufrimiento. 

El amante (1992). Imagen: Renn Productions / Films A2 / Timothy Burrill Productions.

No en vano, los franceses le llaman al orgasmo la petite mort, o sea, «la pequeña muerte». Un eufemismo muy apropiado si tenemos en cuenta que después de un orgasmo muy intenso llega un periodo refractario que puede provocar la pérdida del estado de conciencia y hasta el desvanecimiento. También se puede interpretar como «pequeña muerte» el bajón que se produce tras el orgasmo, especialmente en los varones, fruto de la pérdida energética, el desgaste espiritual o el sentimiento de culpa que impera en las culturas judeocristianas. Como dice Nacho Vegas en una de sus canciones, «incluso los perros se ponen tristes después de eyacular». 

No, lo de los perros no ha sido estudiado por la ciencia, pero lo de los humanos, sí: un puñado de onanistas voluntarios fueron controlados mediante electroencefalogramas y tomografías en un laboratorio, y los investigadores pudieron registrar fases cerebrales depresivas tras el orgasmo. En el experimento no entraron parejas, quizá porque el insondable mysterium del clímax amatorio es demasiado profundo para los señores de las batas blancas y sus maquinitas. Pero quien más y quien menos ha sufrido en propia carne la insatisfacción de los amantes sin amor que, al separarse, ven cómo el hechizo de su unión se desvanece y deja al descubierto la cruda, sucia y fría realidad.

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Muy mal. La mayoría lo está haciendo muy mal. Veo parejas envilecidas, entregadas a coitos grotescos y animalizados, cuerpos desnudos que se frotan con un objetivo autoerótico no muy diferente al de la masturbación, que da como resultado un espasmo orgánico y mecánico que desemboca en una brevísima satisfacción individual, sea del hombre, sea de la mujer, sea de ambos, pero sin una comunión y una compenetración efectiva. Por regla general, lo que abunda en esta sesión es lo que en el Kama Sutra se conoce como «la cópula de los eunucos»: un acto sexual que se prolonga únicamente hasta que queda satisfecho el placer del hombre. 

Solo hay, entre ustedes, un par de parejas que han logrado acceder a un tipo superior de orgasmo, fruto de una unión absoluta entre el principio femenino y el principio masculino, a partir del magnetismo nacido de la polaridad. Como estarán notando en sus propias carnes, el suyo es un orgasmo transmutador, que tiene un efecto similar al de ciertas experiencias místicas o psicoactivas, y cuyos efectos no terminan cuando se extingue el espasmo, sino que se extienden en una suerte de iluminación postsexual de prolongada resonancia. De hecho, ni siquiera me escuchan. Están en su mundo, en su estrella, en su galaxia. Más allá de los sentidos. 

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Me congratula observar que ya van siendo más los que logran trascender su conciencia a través del coito integral. Me rodea una auténtica sinfonía de gemidos y exclamaciones. La mayoría no pueden, no necesitan oírme, pero seguiré hablando para los pobres diablos que, tras disfrutar de microorgasmos, remolonean enfermos de tedio sobre este inmenso colchón.

Fíjense en sus afortunados compañeros, los que sí lo están haciendo bien: flotan, se retuercen, están por encima del bien y del mal. Y todo por fundirse y confundirse, intercambiar los fluidos pero también la energía de sus respectivos cuerpos, de su yin y su yang. Estamos asistiendo a la consumación de un rito antiguo como la tos. En textos sagrados hindús como el Brihadaranyaka Upanishad (fechado entre los siglos VIII y VII antes de Cristo), ya se habla del raptus amoroso entre hombre y mujer, un estado análogo al que se produce cuando se manifiesta el atma, que es el conocimiento mismo, y el espíritu «ya no ve las cosas exteriores ni las cosas interiores».

Es preciso señalar que, durante los instantes en los que comienza el orgasmo, se produce un cambio en el estado de conciencia que ya había empezado incluso antes del contacto sexual, pero que en ese momento explota en el interior del individuo y lo transporta a lo que en ciertas religiones se conoce como «paraíso». Es entonces cuando los amantes alcanzan la eternidad, dejan atrás su ego y mueren el uno en el otro. Por eso, cuando el orgasmo se va esfumando y los interfectos vuelven en sí, tienen la jubilosa y desconcertante sensación de haber nacido de nuevo.

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Nuestra sesión de orgasmos integrales va llegando a su zona crepuscular. Obviando un par de casos en los que no se ha producido experiencia trascendente alguna, puedo decir sin temor a equivocarme que el curso ha sido un éxito. Y eso que aún no les había hablado de sexo tántrico, nuestro juicio final. Sí, quizá algunos de ustedes asocien este tipo de sexo con el cantante Sting, que en 2003, cuando tenía cincuenta y un años, soltó en una entrevista que era capaz de hacer el amor durante ocho horas al día gracias al sexo tántrico. Poco después, su esposa desmintió la machada y aclaró que todo había sido un malentendido y que Sting estaba en avanzado estado de embriaguez cuando hizo semejantes declaraciones. Demasiado tarde: la leyenda urbana ya era una gran bola de nieve que propició la aparición de miles de impostores que decían ser maestros de tantra, rebirthing y su puñetera madre.

Sin embargo, la práctica del sexo tántrico no es una disciplina al alcance de todos los mortales, sino de una élite de iniciados. Una práctica milenaria que sostiene que la eyaculación aparta al hombre, y de rebote a la mujer, del orgasmo verdadero y de la auténtica experiencia sexual. Por el contrario, el metaorgasmo tántrico preserva la energía sexual masculina, amén de prolongar la duración y la intensidad del coito más allá de la cúpula del trueno. 

Pero la cosa tántrica no se puede hacer a la buena de Dios. El maestro zen español Dokushô Villalba, que lleva años practicando sexo sin eyaculación, me comentó en una ocasión que «el trabajo con la energía sexual debe ir parejo al trabajo con la energía emocional. Si una persona desequilibrada se corta una vía de escape a la tensión emocional como pueda ser la eyaculación, terminará por estallar. Por eso, no se trata solo de no emitir esa energía, sino de darle curso después a través de una práctica, de un sistema de vida, de una atención continuada, de una creación».

El tantra nació en Oriente hace más de cuatro mil años, pero con el tiempo y mayor o menor fortuna fue adaptado a la idiosincrasia occidental. Ya en el siglo XVII, la orden secreta de los rosacruces utilizó elementos tántricos en unas prácticas esotéricas que ellos llamaban coitus reservatus. Pero fue la ginecóloga norteamericana Alice Bunker Stockham quien acuñó el término karezza en su libro homónimo de 1896, en el que despoja a las técnicas tántricas de su simbolismo cultural, religioso e iconográfico y las adapta a los tiempos modernos en pos de una satisfacción sexual masculina y femenina que propiciara matrimonios más exitosos. Dudo que sus objetivos se hayan cumplido, pues hoy se producen más divorcios que nunca, pero su sombra es muy alargada. De no ser por ella, quizá no habría tantos y tantos varones tratando de aprender cómo correrse-sin-correrse, tratando de alcanzar ese orgasmo perfecto y simultáneo que lo una para siempre a su amada, transformándolo en émulo de aquel personaje de Goethe que, iluminado por un demoledor raptus, pronunció el siguiente mantra: «Desde entonces, el sol y la luna y las estrellas pueden seguir tranquilamente su curso, no sé si es de día o de noche, y todo el universo desaparece ante mí». 

Pueden ustedes vestirse.


Una transacción inmediata

Una mujer contempla un cuadro de Mark Rothko en la casa de subastas Christie’s de Londres, 2013. Fotografía: Getty.

Quiero ver en ti ese éxtasis en el que entras cuando miras los Rothko. Ese abandono inerte como si el cuadro se hiciera contigo. Es lo que querías. Es lo que quiero yo.

Tengo tu cuerpo sobre el mío y no sé muy bien cómo hemos llegado a esta sala de la tercera planta. Cómo hemos acabado en el suelo bajo esta ventana que da al río. No sé si arqueo el cuello para allanarte el camino a mi clavícula o por mirar lo que hay detrás del cristal. Hoboken en un perfecto plano invertido y difuso, como una película proyectada al revés. Pero la imagen se desvanece, se evapora con tu respiración, que mezcla bocados ansiosos con ese aliento como bruma con el que descubres mi piel.

Como los bordes atmosféricos de Rothko, pienso. Y entonces imagino una ola de color que me recorre mientras me desnudas. El amarillo vibrante de tu boca en mi pecho. El camino naranja por el que desciendes a mi ombligo. Tu pelo negro, que no es imaginario, que es real. Y mis dedos que lo agarran llevándote al lugar exacto al que quieres llegar. Y llegas, y esa densidad misteriosa de los Rothko, esa que empieza a palpitar cuando llevas un rato mirándolos, se apodera de mí. Te apoderas de mí. No sé si caníbal o tierno o las dos cosas. Las dos cosas. Mejor. Con tus manos resbalando por mi cuerpo como si mancharas un lienzo. Sobre el suelo que ya no está frío ni es duro. En esta sala desmesurada que se llena de ti y de mí. O soy yo la que me estoy llenado de ti. O tú de mí. Qué más da.

No te das cuenta de cómo te quedas frente a los Rothko. Ahí. Parada. Ajena a todos. Tan absorta que te puedo mirar sin que me descubras. Pero tú no sabes que sí que te he descubierto. Que no puede ser casualidad que nos crucemos siempre que vengo.

Un amigo me contó que eras del departamento de educación. Que había ido a una charla que habías dado sobre el retrato de Philip Glass. Y luego te pilló mirándome, con tu pinta formal, tu cara de androide sin oveja. Cuando no sabíamos que esos cristales de primero de la clase ocultaban esto. Lo que querías hacer. Lo que deseabas. Tumbarme en el suelo. Quitarte las gafas. Quitarme la ropa. Comerme. Dejarte comer. Ese extraño rito del deseo urgente. Ese anhelo de la posesión.

Levantas los ojos miopes y me miras. Recuerdas aquello que decía Rothko, ¿no?

Quería que el espectador estuviera dentro del cuadro. Yo quiero estar dentro de ti. Y entras. Y pasa algo cuando tu cabeza vuelve a la altura de la mía y cambias toda tu fiereza por una mirada que no sé qué quiere decir. Quiere decir que quería verlo, me dijiste después. Necesitaba ver eso. La entrega con la que puedes pasar horas frente a esos cuadros. Y pienso en aquello que leí una vez: que su obra buscaba la espina dorsal del sentimiento humano. Y te siento ahí. Entre la espina dorsal y el resto de la carne que hace lo que el impulso manda. Entre el placer y el desvanecimiento.

Busco un estado de intimidad, una transacción inmediata.

No sé por qué recuerdo esta frase suya mientras me estás follando. O sí lo sé. Porque te has convertido en mi Rothko para que me rinda como me rindo yo ante ellos. Así te quiero ver. Como abandonada y permanente. Fuera de todo lo demás. Y ahora es mi respiración la que te envuelve. Respiración que no puede reprimirse. Como no puede reprimirse esa sensación de pulso que surge del fondo de las formas cuando sus colores se hacen indescifrables.

Los cuadros grandes te meten dentro.

Como tú te metes dentro de mí. Incesante. Lujurioso. ¿No dijo Rothko también que hay que tener una relación lujuriosa con el mundo? A la mierda Rothko. O bendito Rothko, nos ha traído aquí.

Aquí. A una sala que es demasiado grande. Y no consigo recordar si has cerrado la puerta con la llave con la que la has abierto. Y pienso que puede entrar alguien. Y me da igual. O no me da igual. Empieza a gustarme. Que nos descubran sudando sobre el suelo de esta caja de luz. Que no pares. Que sigas. Que lleves mis caderas y mi cuerpo a ese éxtasis que me has prometido cuando estábamos en la terraza.

Una transacción inmediata.

Y no puede haber nada más inmediato que esto. Un hombre y una mujer desnudos en el espacio vacío. Jadeando. Follando. Como si el mundo se fuera a acabar. Y siento que se acaba cuando llega ese vendaval que me eleva. Y me pones la mano en la boca. No has cerrado la puerta y no quieres que nos oigan. El eco acusatorio en el que se multiplica mi grito. En el que se agranda mi aliento. Pero ya no hay silencio que me pueda callar. Me estás arrasando con esta energía que me excede. Que te excede. Que no para. Como si descubrieras circuitos nerviosos que no sabía que existieran. Como si me revelaras. Tozudo y determinado. Una y otra vez. Me estás llevando al interior de un lugar que es magnético y eterno como el rojo de ese cuadro. Ahora soy ese rojo.

El orgasmo me atrapa. Estás dentro de mí. Estoy dentro de ti. Gritas.

Y ahora es todo mi cuerpo el que se arquea. Y mis ojos buscan Hoboken al otro lado del río. Pero Hoboken ya no está. Se ha convertido en tres franjas. Arriba, el verde pastoso, y, bajo el negro de lo que antes era la ciudad, una banda mortecina de amarillo.

El Rothko está ahí. Y nosotros dentro de él. Tú en mí y yo en ti. El pálpito. La posesión. La entrega. La lujuria. La intimidad. La transacción. El éxtasis vivo en la espina dorsal.


La guerra del orgasmo femenino

Jessica Lange en El cartero siempre llama dos veces. Imagen: MGM.

In my next life, I want to live backwards. Start out dead and finish off as a female orgasm. (Woody Allen)

El placer tensando las sienes, el cuello dibujando un arco. El corazón a la carrera en el tórax, los ojos vidriosos y brillantes como dos cuentas. Los espasmos frenéticos, el sudor y el aliento, sincopados, resbalando. El húmedo clímax. La petite mort. Carne que habla lo que la palabra no alcanza: el orgasmo. El de ella, en particular.

Gemir, bramar, retozar o maldecir. Con lujuria o con timidez. Por fortuna, nos ha tocado en suerte una época donde (prácticamente) cualquier reacción que acompañe al éxtasis sexual de la mujer no la convierte en una bruja, a menos que ella quiera. Enterrados en el agujero mohoso y combado del pasado han quedado los tiempos en los que la efervescencia del orgasmo era clínicamente diagnosticada como «paroxismo histérico», una desviación entre grotesca y luciferina. Lo que los médicos decimonónicos etiquetaron como desorden psicológico que debía ser curado o reprimido es hoy un concepto que manejamos como si siempre hubiera existido. El foco está en el cómo y en el dónde: treinta y nueve posturas para alcanzarlo, doce pistas para detectar si te están recreando un Cuando Harry encontró a Sally, cuatro para encadenarlos. El orgasmo ya no como reivindicación, sino como derecho, dice Amy Schumer.

Pero bajo capas endurecidas de evolución, modernidad y libertad sexual, continúa librándose una guerra ancestral. Una pugna que abarca toda nuestra civilización, aún incapaz de responder una pregunta sencilla en su apariencia: ¿Para qué sirve el orgasmo femenino? ¿Cuál es, exactamente, su función?

Desde que el ser humano, ya erigido sobre sus patas traseras, comenzó a escudriñar su cuerpo y a llamar al resultado «estudio», ha acumulado las utilidades de su propia anatomía: el corazón sirve para bombear sangre. Los pulmones atraen aire al cuerpo. Los meñiques de los pies nos permiten mantener el equilibrio. El estornudo sirve para expulsar sustancias irritantes. Y, en el caso de los varones, el clímax sexual (la eyaculación) tiene una misión determinante: la reproducción. La recreación es un bonus, según la ciencia; un incentivo adictivo que solaza y complementa a la perpetuación de la especie. Sin piernas no se camina, sin semen masculino no hay progenie.

Pero sin placer femenino puede haber concepción. Existieron y seguirán existiendo mujeres que lanzan sus genes al futuro sin haber experimentado ni un destello de esa ambrosía sexual. No hay vínculo entre el orgasmo y la reproducción.

Aristóteles vio en ello más o menos lo que esperaba ver: otra constatación de la inferioridad de la hembra frente al varón. Las mujeres no solo tenían menos dientes, menos huesos y menos inteligencia (tampoco es que se molestaste en contarlos), sino que, además, experimentaban un goce completamente irrelevante, por inútil. El filósofo, también precursor de la anatomía y de la biología, movió ficha en su estudio del comportamiento sexual y fisiológico en el siglo V a. C., y fue responsable de que el orgasmo femenino fuera simultáneamente reconocido y devaluado. En sus tratados daba cuenta del regocijo que algunas mujeres experimentaban durante el coito, pero lo desproveía de cualquier atisbo de importancia en detrimento del disfrute del varón. Ese era el que había que esforzarse en lograr, la supervivencia estaba en liza. Para él —y para el resto de la ciencia durante siglos, que respetó sus axiomas y construyó sobre ellos— el cuerpo de la mujer era la causa material del embarazo y el hombre la espiritual. Él entregaba el semen en la concepción, y ella mero receptáculo de la simiente. Su disfrute no merecía más que emociones abreviadas, no había por qué derrochar esfuerzo en su búsqueda. «Las hembras son por naturaleza más débiles y más frías, y hay que considerar su naturaleza como un defecto natural», decía.

La pugna comienza cuando un médico romano, Galeno, se emperra en tirar de las costuras del razonamiento del estagirita. En el siglo II a. C. se afanó por demostrar que ese fluido femenino que Aristóteles consideraba exento de «espíritu ni fuerza vital» sí tenía un papel relevante. Esa sustancia generada durante la cópula, el semen femenino, debía mezclarse con la eyaculación del hombre para concebir. Su función era excitar sexualmente a la mujer, abrir el cuello del útero y facilitar la fecundación. Defendió la concordancia orgásmica… y perdió la batalla. No fue porque los dogmas aristotélicos encontraron un arraigo casi temible en (¡oh, sorpresa!) el moralismo cristiano posterior, al que le vino de perlas que esos postulados apuntalaran su inquebrantable determinación de convertir el sexo en una herramienta exclusivamente reproductiva. De haber abrazado las tesis de Galeno, los padres de la Iglesia no habrían tenido otra que aceptar el placer femenino y reivindicar el derecho de la mujer a sentir, refocilándose en todas las posturas posibles. A saber qué habría sido de la humanidad si hubiera prescindido de la mancha de la lascivia y el pecado… y del nefando vicio solitario.

La batalla entre galenistas y aristotélicos se enquistó durante cientos de años, y Galeno resultó derrotado, fundamentalmente, porque defendió causas muy nobles por las razones equivocadas. Como se descubriría después, efectivamente, ni el semen femenino ni el orgasmo eran obligatorios para la concepción, por mucho que eso simplificara las cosas para ellas. A cambio, durante los siglos XV y XVI se convino en una suerte de solución salomónica entre ambas posturas: si bien el goce no era condición necesaria para la fecundación, lo era para su perfección. Se decía que los niños que habían sido concebidos con placer sexual femenino debían ser más sanos y perfectos que los que no.

Se sucedieron siglos de hitos e investigaciones revolucionarias, de mujeres monitorizadas donando orgasmos a la ciencia y parejas con electrodos follando tras un cristal. Estudios de comportamiento, de fisiología y búsquedas del tesoro en forma de G. De (gracias) Masters y Johnson. De Freud y sus disquisiciones sobre el orgasmo vaginal y el clitoriano. La fe arrollada por la monarquía del sexo, diría Foucault.

Y aquí estamos, en el mismo atolladero. Filósofos, antropólogos, zoólogos, científicos, y genetistas atrapados en la nave nodriza de todos los misterios sobre la sexualidad: ¿para qué sirve un orgasmo femenino? Su lógica permanece esquiva. Persisten las hipótesis conflictivas y no hay respuestas definitivas sobre su exacta razón de ser. Teclee y Google proveerá: la ciencia médica maneja tantas suposiciones que no es difícil que alguna se acomode a sus personales conjeturas. El orgasmo femenino parece condenado a ser objeto de especulación.

En 2005, la filósofa científica Elizabeth Lloyd publicó un controvertido libro en la Harvard University Press, The Case of the Female Orgasm, en el que recopilaba varias decenas de estas especulaciones y estudios, después de años de investigación. Lo que parecía una aportación más a ese caótico corpus sobre el misterio era en realidad algo aún más funesto. Porque lo peor que puedes hacer cuando alguien va en busca de respuestas es atizarle con más interrogantes y hacer un compendio de todas las equivocaciones vigentes. En el volumen, Lloyd examina veinte de las decenas de hipótesis que tratan de darle significado al orgasmo femenino, bordeando una sola cuestión: ¿Por qué? No: Para qué.

La tesis de la succión uterina

Una de las más extendidas y aceptadas en la pasada década, incluso desde antes de que Robin Baker y Mark Bellis publicaran su investigación al respecto en 1993, que aún goza de predicamento. A grandes rasgos, sostienen que el orgasmo femenino causa contracciones que «levantan» el esperma para ayudar a la concepción, una especie de mecanismo de retención. El problema, tal y como expuso Lloyd, es que muchas de esas evidencias no eran tales: en varias tablas, el 73 % de los datos provino de una sola mujer. Además, cita otras tantas investigaciones que refutan la existencia de esa aspiración poscoito, como la del fisiólogo sexual Roy Levin, que denomina a esta teoría la «hipótesis zombi» porque se niega a morir a pesar de que (desde la perspectiva de la evidencia) está ya muerta.

La tesis del agotamiento y la gravedad

En 1967 el zoólogo Desmond Morris inauguró la teoría de que el orgasmo femenino tenía la función fisiológica de mantener a la hembra horizontal tras la cópula. Eso resolvía, al menos para nuestros antepasados, los problemas potenciales que planteaba la gravedad a una especie bípeda. «La respuesta violenta del orgasmo femenino deja a la mujer sexualmente saciada y agotada, y al permanecer tumbada para recuperarse la fertilización no se ve amenazada», afirmaba. Lloyd desmonta esta explicación adaptacionista basándose en un buen número de evidencias, y quizá la más jugosa es la que plantea otra pregunta. Si la postura idónea para que la mujer alcance el clímax, según está demostrado (de nuevo, gracias, Masters y Johnson), la ubica a ella en la cima, ¿no estimularía eso el drenaje de la gravedad, en lugar de prevenirlo?

Y así va deslizándose por una suma de teorías que durante cuarenta años las revistas científicas han acumulado en una espiral de refutaciones implacables: desde la que afirma que el orgasmo femenino tiene el papel de reforzar el vínculo afectivo con el varón, hasta la que estudia la simetría facial de la pareja y su (falsa) correlación con la consecución del clímax. Salen escaldadas las que lo relacionan con la segregación de oxitocina y tampoco suda mucho la autora al desbaratar las que argumentan que los orgasmos femeninos ayudan a las mujeres a elegir mejores parejas, como si el éxtasis susurrara al oído que ese hombre es adecuado para formar una familia. Así, tal cual.

La conclusión de Lloyd es exactamente la que se intuye: que, de momento, la ciencia no ha provisto de una explicación válida que arroje luz sobre la funcionalidad biológica del orgasmo femenino. La autora se descubre como evolucionista, y si tuviera que dar forzosamente una respuesta al para qué, aludiría a dos cosas muy concretas: pezones masculinos.

¿Para qué sirven los pezones masculinos? ¿Cuál es su funcionalidad?

La respuesta más tentadora es que no tienen ninguna en absoluto. No juegan ningún papel en la supervivencia ni reproducción de los hombres. Son un vestigio: «El macho y la hembra tienen la misma estructura anatómica durante dos meses en la etapa de crecimiento del embrión, antes de que las diferencias queden establecidas. La hembra obtiene el orgasmo porque el macho lo necesitará más adelante, igual que el macho obtiene los pezones porque la hembra más tarde los necesitará», explica Lloyd. Además, hace una distinción capital: reconoce y acepta que el placer que las mujeres obtienen del sexo tiene la función biológica de estimular la actividad sexual (y con ello la reproducción), pero eso no es lo mismo que la funcionalidad biológica y específica del orgasmo.

En definitiva: el orgasmo femenino es una luz que la naturaleza —afortunadamente— se olvidó de apagar. Por supuesto, a Lloyd se le echaron encima con furia. Aunque ella misma planteaba esta respuesta como solución de provisionalidad («Mi punto de vista no es necesariamente la explicación correcta. Es solo que en este momento es la mejor explicación que está respaldada por la evidencia (1)»), le diluviaron las críticas a su escepticismo, argumentando que esa teoría «devaluaba» el orgasmo de las mujeres, como ya tan perversamente hizo Aristóteles.

Su réplica fue contundente, y ahondó en el que podría ser el meollo mismo de todo el asunto: ¿por qué el hecho de que no tengan —o no sepamos aún discernir cuál es— una función biológica clara va a convertirlos en superfluos? ¿Es que el placer no es suficiente argumento? Las habilidades para tocar el piano o para resolver ecuaciones complejas no tienen vínculos con la supervivencia y la reproducción, y tampoco hay nada irreal o frívolo en ellas (la comparación es suya). «Es, simplemente, un regalo de la evolución».

Lloyd desafió a muchos, a casi todos. Enojó a algunas parcelas del feminismo, al gran sector de los hombres científicos (a los que acusaba de sesgar los datos de sus investigaciones) y a la derecha religiosa que aún se acuerda de ofuscarse, con afectada repugnancia, ante nada que huela a sexo. Los movilizó en su contra, quizá con la esperanza de que ellos se respondieran a una simple cuestión:

¿Y qué? Sometimes an orgasm it’s just an orgasm, tituló una de sus primeras ponencias sobre el asunto.

Así que después de siglos de batallas, de refutaciones y de círculos concéntricos, quizá no se había formulado la pregunta adecuada. El orgasmo femenino no necesita ninguna función biológica que lo respalde, el placer es su más poderosa reivindicación. Quizás ha sido absurdo difuminar los bordes toscos y decepcionantes de nuestro pasado para dar con una piedra de Rosetta que tradujera el estímulo animal, con una respuesta. Una a la que pudiéramos dar una forma lógica que asesinara el misterio.

Como si fuera insoportable que, en el centro del clímax, latiera todavía un fondo salvaje de salvaje verdad.

An orgasm a day keeps the doctor away. (Mae West)

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(1) Este mismo año se ha publicado una nueva investigación que indaga en el origen evolutivo del orgasmo femenino. Llevada a cabo por Gunter Wagner y Mihaela Pavlicev, va tomando fuerza. Concuerda en lo esencial con lo expuesto por Lloyd (que el orgasmo de las mujeres es un vestigio evolutivo que no tiene utilidad práctica para la reproducción), pero barruntan la posibilidad de que en su momento sí la tuvo: desencadenaba la ovulación. Según sus conclusiones, grosso modo, el ciclo de ovulación de las humanas es independiente de su actividad sexual, sin embargo, en otras especies de mamíferas viene inducido a través de la cópula. Por esta razón, los investigadores han establecido la hipótesis de que antiguamente las hembras humanas también ovulaban después del clímax sexual, y la evolución modificó este proceso hacia una ovulación espontánea. Otro de los hallazgos más interesantes del estudio es que ha permitido saber que el clítoris no siempre ha estado en su posición actual.


Vibradores victorianos: la industrialización del orgasmo

Fotografía: DP.

La masturbación es la actividad sexual primaria de la humanidad. En el siglo XIX era una enfermedad; en el XX, una cura. Thomas S. Szasz.

Hace diez años se emitió en la CBC una breve serie de ciencia ficción steampunk llamada Las aventuras secretas del joven Julio Verne. Rodada directamente en vídeo, con guiones infames y actuaciones lamentables, la serie imaginaba a Verne como un aventurero que realmente experimentó todo lo que más tarde vertería en sus novelas: viajar en el Nautilus, en una expedición al centro de la Tierra o alrededor del mundo en ochenta días. En el primer capítulo, una misteriosa mujer secuestra al inexperto Verne y le tortura para obtener sus secretos atándolo a una curiosa invención: una silla vibradora. Una pequeña vibración resulta muy placentera y agradable, pero si Verne se niega a hablar, el dial subirá… Al ver esa escena no pude evitar sonreír y lamentar que Verne (el auténtico) no hubiera previsto la muy cercana invención del vibrador con el mismo espíritu visionario que le hizo anticipar el submarino.

En el controvertido ensayo La tecnología del orgasmo, la investigadora Rachel P. Maines sostiene que desde la Antigüedad clásica se consideraba que las mujeres insatisfechas sexualmente (lo que usualmente era definido como incapacidad de llegar al orgasmo mediante el coito vaginal) desarrollaban una «enfermedad» nerviosa llamada histeria, tradicionalmente tratada mediante toques manuales a cargo de una partera hasta llegar al, ejem, «paroxismo histérico». En el siglo XIX la invención del vibrador electromecánico como utensilio de fisioterapia tendría un efecto secundario no previsto pero rápidamente aprovechado por los médicos: producir estos «paroxismos» de forma más rápida y eficaz, sin poner en peligro su respetabilidad ni la de sus pacientes al estar aplicando un tratamiento médico sin connotaciones abiertamente sexuales…Un bonito caso de tecnología camuflada socialmente. Esta tesis, reflejada en películas como la reciente comedia romántica Hysteria (fallida aunque aparezca mi musa Maggie Gyllenhaal), es matizable y discutible, como veremos en detalle en este artículo. Y aunque sea divertida la imagen del pacato médico victoriano aplicando vibradores sobre los genitales de sus sorprendidas pacientes, la cosa no fue exactamente así…

En realidad la era victoriana no fue tan sexualmente pacata como se cree en la actualidad. Abundaban la literatura erótica y los grabados subidos de tono, la propia reina Victoria coleccionaba dibujos de desnudos masculinos, y es falso, a juzgar por cartas y documentos de la época, que se creyera que las mujeres no experimentaban placer sexual. Eso sí: muchas damas de clase media y alta se metían en el lecho matrimonial sin tener la más remota idea de qué se introducía dónde y cómo, lo que daba lugar a situaciones incómodas similares a las que refleja Ian McEwan en On Chesil Beach, ambientada en 1962 pero con una protagonista femenina francamente victoriana.

Pero vayamos paso a paso. Antes de llegar a los vibradores a vapor, empecemos por la tecnología digital. Literalmente digital.  

El hábil dedo de la matrona

Como consecuencia del tacto de los órganos genitales, la paciente tuvo sacudidas acompañadas de dolor y placer similar al experimentado en el coito, tras lo que emitió esperma turbio y abundante y se encontró liberada de sus males». Galeno, Del uso de las partes.

En el Timeo, Platón describe más o menos metafóricamente el útero como un animal (zoon) con tendencia a pasearse por el interior del cuerpo de la mujer en respuesta a ciertos estímulos; «tal como un animal dentro de otro animal», en palabras de Areteo. Al acumularse un exceso de líquidos («esperma femenino») en este alien errante, principalmente por causa de la abstinencia sexual, el zoon se rebela provocando todo tipo de males… En particular un trastorno difuso que se ha llamado a lo largo de los siglos histeria (de hystera o útero), furor uterino, suffocatio matricis, «melancolía de doncellas, monjas y viudas» o trastorno histeroneurasténico en la jerga psiquiátrica posterior. Los síntomas de este «desarreglo» eran ansiedad, insomnio, irritabilidad y «ganas de buscar problemas», nerviosismo, risas o llantos, fantasías eróticas, «excesiva» humedad en la vulva, sofocos…

El androcéntrico razonamiento subyacente era que si una mujer no alcanzaba el orgasmo de forma «normal» y «saludable» (únicamente mediante la penetración vaginal), padecía una enfermedad con su propia sintomatología… y tratamiento. Si la abstinencia provocaba acumulación de fluidos en el útero, el coito terapéutico parecía la mejor opción de cura, o a falta de ello, la mano hábil de una partera o incluso la ayuda de un dildo. En los Consilia de Ferrari de Gradi, en el siglo XV, puede leerse: «habiendo una matrona envuelto un dedo con un pedacito de tela y habiendo mojado ese dedo en aceite de lis en el cual se habrían disuelto mirra y nuez moscada, meterá ese dedo en la vulva y le hará toques con el fin de que su naturaleza de mujer sea excitada y así no retenga la materia que debe evacuar hacia abajo. Y así se le ayudará hasta el momento en que tenga una relación con el propio marido. Y si él no puede satisfacer totalmente su deseo (maior delectatio), se elaborará un instrumento en madera que se revestirá de tripa de animal; se untará con el aceite y el polvo del que hablamos antes, y enseguida se le introducirá a la paciente, agitándolo hasta la emisión del esperma femenino».  

(Abro un paréntesis: el dildo no producirá estimulación clitoral, pero menos da una piedra… Aún faltaban siglos para la vibración mecánica, a menos que nos creamos la leyenda apócrifa según la cual Cleopatra construyó un rudimentario vibrador con un tubo hueco de cobre relleno con abejas vivas).

En el siglo XVII Pieter van Foreest repite la sugerencia masturbatoria en Observationem et Curationem Medicinalium ac Chirurgicarum Opera Omnia, reconociendo haberla extraído de los Consilia pero apuntando más lejos hacia el pasado: «Galeno y Avicena, entre otros, recomiendan esta estimulación de la mujer hasta el paroxismo, especialmente para las viudas, para las que llevan una vida de castidad y para las mujeres religiosas; se recomienda con menos frecuencia para mujeres muy jóvenes, públicas o casadas, para quienes es mejor remedio la cópula con sus parejas».

Un análisis más detallado de lo que realmente decía Galeno pone en duda que esta recomendación fuera tan clara como parece. En un documentadísimo artículo llamado Galeno y la viuda: hacia una comprensión de la masturbación terapéutica en ginecología antigua, la profesora Helen King pone en duda el uso de los clásicos llevado a cabo por Maines en su libro, y destaca que Galeno no recomendaba realmente la masturbación ni menos aún la practicaba él mismo, sino que describía de forma neutra el uso de la misma por parte de matronas como «remedio tradicional» para la histeria.

En cualquier caso, sea por un prurito pacato o por simple confusión ante la respuesta femenina, muchos textos médicos llaman a la explosión orgásmica de la masturbación «crisis histérica» o «paroxismo histérico». En el siglo XVI el cirujano Ambroise Paré lo describía como «un éxtasis, un desmayo y arrobamiento de los espíritus, como si el alma estuviera separada del cuerpo». A principios del XIX, Franz Joseph Gall llamaba crisis histérica al sonrojo de la piel acompañado de «sensaciones voluptuosas, vergüenza y confusión» tras una breve pérdida de control, normalmente inferior al minuto.

No es que el orgasmo femenino fuera desconocido por la medicina, sino que durante siglos se asoció únicamente al coito y a la posibilidad de que aumentara la posibilidad de embarazo. Así pues, se aconsejaba llegar al orgasmo femenino para aumentar la fertilidad, pero también evitar efusiones similares fuera del lecho matrimonial. Durante el siglo XIX y buena parte del XX la masturbación femenina se vio como algo inapropiado, inmoral y peligroso; causa o síntoma de enfermedad física o mental. Sigmund Freud, sin ir más lejos, calificaría el orgasmo clitoral como señal de infantilismo… Cualquier excitación sexual femenina que no culminase en un coito con fines reproductivos era considerada insalubre y podía producir todo tipo de trastornos.

En 1866 el presidente de la Sociedad Médica de Londres, un ginecólogo llamado Isaac Baker Brown, culpó a la masturbación femenina de producir epilepsia, locura e histeria, entre otros males. Como tratamiento, Brown abogó por la clitoridectomía, es decir, la extirpación quirúrgica del clítoris. A muchas de las pacientes a las que se les mutiló el clítoris para ser «sanadas» no se les informó de qué tipo de operación se les iba a practicar, solo de que iban a recibir «un pequeño ajuste en sus partes externas». Brown no fue ni mucho menos el primer médico victoriano en usar este tipo de «remedios», pero sí quien más los defendió, con una arrogancia que le hizo ganarse enemigos entre sus colegas. Por ello acabó siendo destituido: más por rivalidades internas y cuestiones de ética procedimental que por considerarse incorrecto su tratamiento.

Este horror por la masturbación deja solo un resquicio a las mujeres «histéricas» sexualmente insatisfechas… ¿Y si la masturbación pudiera camuflarse como un «tratamiento terapéutico» para  trastornos femeninos? ¿Podría entonces alcanzar el éxtasis orgásmico una mujer de clase media-alta conservando su respetabilidad?

En la caja de Pandora se escondía un vibrador

Masaje de agua como tratamiento de la histeria. Ilustración: DP.

Me gusta considerar el sexo oral, el manual y el coito como juegos preliminares al sexo con vibrador. Betty Dodson.

Los dildos terapéuticos propuestos por Ferrari de Gradi fueron evolucionando con el avance de la tecnología, aunque bajo disfraces menos evidentes que el «instrumento recubierto de tripa de animal». Durante los primeros años de la era victoriana la tecnología masturbadora estrella fue la ducha a presión de agua fría dirigida hacia la vulva. En los departamentos femeninos de los balnearios de lujo era frecuente encontrar estas duchas «estimulantes locales de la región pélvica». El médico Henri Scoutetten describía su funcionamiento con estas palabras involuntariamente cómicas: «La primera impresión producida por el chorro de agua es dolorosa, pero pronto el efecto de la presión, la reacción del organismo al frío, que causa enrojecimiento de la piel, y el restablecimiento del equilibrio, crean una sensación tan agradable para muchas mujeres que hay que tomar precauciones para que no excedan el tiempo prescrito, normalmente cuatro o cinco minutos. Tras la ducha, la paciente se seca, se abrocha el corsé y regresa a su habitación con paso vivo».

Desgraciadamente estas duchas eran costosas, nada portátiles, dependientes de un suministro constante de agua y difíciles de emplear con la precisión necesaria para producir resultados fiables (léase orgasmos). Algo parecido ocurría con el Manipulator, el enorme «aparato vibratorio de masaje accionado mediante vapor» patentado por el médico estadounidense George Taylor en 1869. El sueño húmedo de toda aficionada al steampunk, el Manipulator consistía en una gigantesca mesa almohadillada con un agujero a través del que una esfera vibrante masajeaba la pelvis. Sus principales clientes eran los balnearios, a los que Taylor dedica un aviso: su aparato debe usarse con supervisión constante para evitar una «satisfacción excesiva».

Pero el punto G de esta historia llega en 1880, cuando el británico John Mortimer Granville culmina su estudio sobre desórdenes musculares inventando un pequeño chisme percutor accionado mediante baterías… O, por usar la aséptica descripción de Maines, un «aparato electromecánico que aplica presión a un ritmo rápido sobre el contorno de una superficie». Es el primer vibrador eléctrico portátil de la historia, acompañado de un práctico kit de accesorios (vibrátodos) de diferentes formas y tamaños. Desgraciadamente, Granville era un aguafiestas y jamás quiso que su invento se utilizara para tratar a mujeres histéricas, sino únicamente en fisioterapia: «he evitado y evitaré tratar mujeres mediante vibración, simplemente porque no deseo ser engañado por los caprichos del estado histérico ni colaborar a que confunda a otras personas». Demasiado tarde: la caja de Pandora estaba abierta y el uso de vibradores para «tratar» la histeria se extendió de forma discreta pero muy lucrativa.

Podemos seguir el rastro de varios modelos de vibrador a través de los anuncios aparecidos en revistas médicas de finales de siglo. Maines describe algunos: «muchos se sostenían en el suelo sobre rodillos, otros eran portátiles, y los había que se colgaban del techo de la clínica como una llave de impacto en un taller de automóviles moderno». El rango de precios va desde los quince dólares de los más baratos, que funcionaban dándoles cuerda (¡no quiero imaginar el bajón de tener que parar para darle unos minutos a la manivela!) hasta el Chatanooga, un monstruo deluxe al prohibitivo precio de 200 dólares de la época.

Durante esos años se vivió un boom de la «vibroterapia» como presunta cura para todo tipo de males: artritis, estreñimiento, amenorrea, infecciones… Sin embargo, los anuncios no dejaban lugar a dudas de cuál era el objetivo principal del aparato: «resulta una ayuda impagable para el médico al tratar todas las molestias nerviosas femeninas», o «mejora inmediatamente el nerviosismo causado por los ovarios o el útero».

Según la tesis de Maines, el «paroxismo asistido médicamente» mediante vibradores se volvió muy popular, tanto (obviamente) entre las pacientes como entre el estamento médico. Un lento y artesanal masaje vulvar podía durar perfectamente una hora sin provocar la crisis histérica, dependiendo de la habilidad del médico o la partera… En cambio el vibrador provocaba el paroxismo en pocos minutos, permitiendo así tratar (y cobrar) a un mayor número de pacientes. Además, las damas que acudían a la consulta ni morían de su «enfermedad» ni por supuesto se curaban, con lo que seguían acudiendo gustosas una y otra y otra y otra vez a recibir regularmente un tratamiento tan placentero. Todo eran ventajas.

Sin embargo, muchos historiadores opinan que Maines exagera, llevada por el entusiasmo. Es indudable que los aparatos existieron y que al menos unos cuantos médicos los usaron para «tratar» a mujeres histéricas, pero probablemente de modo mucho más discreto y subterráneo de lo que parece indicar Maines. El vibrador no aparece en novelas pornográficas de la época, aunque eso no es tan raro si el uso masturbatorio estaba exitosamente camuflado como terapia médica reservada a mujeres de clase alta. Por otro lado, en una época en que la imagen pública lo era todo, resulta difícil creer que los médicos se arriesgaran a ser acusados de comportamientos impropios con sus pacientes.

De sofisticado equipo médico a sofisticado juguete sexual  

Hay formas morales e inmorales de usar un arma de fuego… Pero no hay ninguna forma moral de usar un vibrador». Dan Ireland, predicador baptista.

En cualquier caso, unas décadas más tarde el cortocircuito social que camuflaba el aspecto sexual del «paroxismo histérico» empezó a resquebrajarse. En películas eróticas a partir de 1920 empezaron a aparecer vibradores; terapeutas sexuales de los años treinta defendieron abiertamente el uso de estos aparatos para casos de «frigidez femenina»; los anuncios de vibradores saltaron poco a poco de las revistas médicas a las publicaciones femeninas de moda o costura, más o menos explícitamente vendidas como auxiliares sexuales («todos los placeres de la juventud vibrarán en ti»)… En 1952 la Asociación Estadounidense de Psiquiatría retiró la histeria o «trastorno histoneurasténico» de su lista de enfermedades, quedando al fin clasificados los «síntomas» bajo el epígrafe de simple deseo sexual de una libido sana.

En el episodio «Indian summer» de Mad Men, la redactora publicitaria Peggy descubre por accidente los efectos erógenos de un cinturón vibrador supuestamente pensado para adelgazar, y decide lanzar una campaña bautizándolo como «El Rejuvenecedor» y asignándole un eslogan insinuante: «amarás el modo en que te hará sentir». Es significativa la frase que emplea para describir a sus colegas el efecto del aparato: «proporciona el placer de un hombre, pero sin el hombre», una descripción que conecta con el atávico miedo masculino a ser desplazado y volverse irrelevante.

La industrialización del sexo que representa el vibrador merece una atención particular. De los orgasmos artesanos, lentamente trabajados y dependientes de la habilidad individual se pasó, gracias a la tecnología, a la producción mucho más fiable de orgasmos en serie… La totalidad del género masculino se arriesgaba a ser sustituido por las máquinas, como los artesanos y los obreros de los telares durante la Revolución Industrial. Muchos hombres empezaron a incluir vibradores como una herramienta más de su arsenal sexual, pero otros se tomaron la misma existencia de estos juguetes como una crítica implícita a su habilidad para hacer correrse a una mujer con la penetración vaginal (del cunnilingus y la masturbación mutua manual ya hablaremos otro día).

Este molesto miedo, sumado a la pérdida del camuflaje social de respetabilidad médica, marcó el pistoletazo de salida de la guerra contra el vibrador. En países como India o Pakistán es ilegal comprarlos, y tres estados de los EE. UU. tienen leyes (¡aún vigentes!) contra la distribución de juguetes sexuales. Es especialmente gracioso el caso de Alabama, cubierto en varios reportajes por el periodista Jacob Appel. A finales de los noventa, un senador se embarcó en una cruzada para prohibir los espectáculos de striptease. No lo consiguió, pero durante el debate subsiguiente un predicador baptista llamado Dan Ireland  convenció al fiscal general de Alabama, Troy King, para pasar una ley contra la distribución y venta de artefactos eróticos. Desde entonces cualquier distribuidor de juguetes sexuales en Alabama se enfrenta a una multa potencial de diez mil dólares, que aunque no suela aplicarse prácticamente nunca, sí actúa como elemento disuasorio.

Poco después de lanzar una agresiva campaña homofóbica, se descubrió que King había tenido alguna aventurilla homosexual… Así que no descarto que esa aversión por los dildos se complemente con la posesión de una colección de vibradores prostáticos a pilas. En cualquier caso, se lanzó una campaña para comprarle entradas a King para una obra de teatro de Sara Ruhl llamada In the next room, muy apropiada para cerrar el artículo. Su argumento: en la era victoriana, un médico descubre que los aparatos vibrátiles con que esperaba tratar lesiones musculares tienen un efecto insospechado en una de sus pacientes…

Imagen: DP.


El efecto Coolidge

President Calvin Coolidge (1872-33) smiles along with his wife at a White House garden party in June 1926.
Calvin Coolidge y Grace Anna Goodhue en una fiesta en la Casa Blanca, 1926. Fotografía: Cordon Press.

Calvin Coolidge (1872-1933) fue el trigésimo presidente de los Estados Unidos y gobernó el país entre 1923 y 1929. Era un abogado republicano y consiguió fama nacional cuando siendo gobernador de Massachusetts se enfrentó a la huelga de los policías de Boston con decisión y firmeza. Los policías querían formar un sindicato y la huelga generó violencia y saqueos, a lo que Coolidge respondió que «no existe el derecho de hacer huelga contra la seguridad pública por nadie, en ningún lugar y en ningún momento». Movilizó a la Guardia Nacional, restableció el orden y la policía de Boston tuvo que esperar hasta 1998 para poder sindicarse. Se dice que encarnaba el espíritu y las esperanzas de la clase media pero no es menos cierto que después de los escándalos de su predecesor William Harding —que incluían corrupción y amantes varias—, su espíritu tranquilo y poco amante de los conflictos fue vivido como un soplo de aire fresco.

Coolidge redujo la jornada laboral semanal de mujeres y niños de cincuenta y cuatro horas a cuarenta y ocho, vetó un incremento del 50 % en el sueldo de los legisladores, no nombró para ningún puesto a miembros del Ku Klux Klan, con lo que la asociación racista perdió influencia durante su mandato y reforzó los derechos civiles de nativos y afroamericanos. Intentó prohibir los linchamientos, y cuando le solicitaron que impidiera que los negros accedieran a cargos públicos, recordó que en la I Guerra Mundial medio millón de hombres de color fueron reclutados y «ni uno solo intentó evadirse». Por otro lado, su idea de un gobierno poco intervencionista hizo que la respuesta estatal a las inundaciones de Mississippi de 1927, el mayor desastre natural sufrido por los Estados Unidos hasta el huracán Katrina de 2005, fuese insuficiente y también se le acusa de que sus políticas absentistas durante los rugientes años veinte llevaron al país a la Gran Depresión de 1929.

En 1905 Coolidge conoció a Grace Anna Goodhue, una maestra de niños sordos, y se casaron unos pocos meses después. Ella era amigable, tolerante, cariñosa y de buen humor; él era taciturno, reservado y centrado en sus cosas. La pareja tuvo dos hijos, John y Calvin Jr., pero el pequeño murió a los dieciséis años de una septicemia por una ampolla infectada, una tragedia en aquella época sin antibióticos que acentuó aún más el carácter circunspecto y sombrío del presidente, lo que no ha sido óbice para que su nombre protagonice una de las historias más divertidas de la neurociencia.

El término «efecto Coolidge» fue al parecer acuñado por el etólogo y psicobiólogo Frank A. Beach en 1955 y según él fue a sugerencia de uno de sus estudiantes. La historia venía de un viejo chiste probablemente apócrifo. Al parecer, el presidente y la señora Coolidge estaban visitando una granja experimental del gobierno. En un momento determinado ambos fueron guiados a zonas diferentes de las instalaciones y la señora Coolidge llegó a una nave con gallineros. En uno de ellos, un gallo montaba a las gallinas con una frecuencia llamativa. La dama preguntó al encargado si aquello era habitual y este le aseguró que así era y que el animal se apareaba «docenas de veces al día». La señora Coolidge contestó: «No olviden comentárselo al presidente». Cuando Coolidge llegó a esa zona, le explicaron la cuestión suscitada y le dieron el mensaje de su esposa, a lo que él entonces preguntó: «¿Con la misma gallina siempre?». La respuesta fue «Oh, no, señor presidente, con una distinta cada vez». El mandatario concluyó: «No olvide comentárselo a la señora Coolidge».

El efecto Coolidge es una respuesta observada en la práctica totalidad de las especies de mamíferos en los que se ha estudiado, en la cual un animal, después de haberse apareado repetidas veces, hasta el punto de dejar de responder a los avances de los individuos del otro sexo, recupera la excitación si de repente aparece un animal nuevo, con el que no se ha emparejado previamente.

El experimento es relativamente sencillo. En una jaula grande se coloca una rata macho con cuatro o cinco hembras en celo. El macho se aparea una y otra vez con las hembras hasta parecer agotado o sin interés. La media de eyaculaciones es de siete a diez, con lo que mucho ojo con criticar al activo roedor. Las hembras adoptan la postura receptiva típica —lordosis— apartando la cola y doblando el lomo, y llegan a dar al macho lametazos y sexis olfateos, pero sin éxito. El macho no responde y en general deben pasar unas setenta y dos horas antes de que reactive su vida sexual. Ese estado se denomina de saciedad sexual y en los experimentos se suele establecer que se ha alcanzando cuando pasa un intervalo de noventa minutos sin ninguna eyaculación. Se trata de ratas, no aplique este criterio en su entorno cercano. Pero si en la misma jaula se introduce una nueva hembra, distinta a aquellas con las que el macho llegó a ese estado de saciedad sexual,  ese animal reaviva su interés y empieza a copular con la recién llegada. Ese acto sexual tiene las tres fases del coito (monta, introducción y eyaculación), pero a menudo no se llega a expulsar fluido seminal pues no aparecen espermatozoides en el tracto genital femenino. Es decir, el aparato reproductor del macho está vacío pero, aun así, copula.

El efecto se ha estudiado sobre todo en ratas, pero también aparece en otras especies —incluidos los humanos— y se ha detectado en ambos sexos, aunque con menor intensidad en las hembras que en los machos. El estado de saciedad se considera asociado a una disminución de los niveles de dopamina, que a su vez va unida a una caída de la motivación sexual. Se han podido descartar otras ideas como que el problema fuera de incapacidad motora o de fatiga física. De hecho, la actividad sexual en un macho saciado se reactiva si se le administran distintos fármacos incluidos la naloxona y la naltrexona, el 8-OH-DPAT, la yohimbina, la apomorfina, y la bromocriptina, un agonista de los receptores D2 para dopamina y de varios tipos de receptores para serotonina. Esta bromocriptina es utilizada para problemas como la infertilidad femenina o el hipogonadismo donde hay un hiperprolactinemia, un exceso de producción de prolactina.

Todas estas moléculas están relacionadas entre sí y vamos a ver si consigo explicarlo de una forma sencilla. La eyaculación y el orgasmo generan un aumento de los niveles de prolactina, una hormona que tiene ese nombre porque favorece la producción de leche. Un exceso de prolactina genera hipogonadismo (gónadas más pequeñas o menos activas), pérdida de la libido y disfunción eréctil. La secreción de prolactina está parcialmente controlada por la acción de dopamina que, a su vez, actúa en las estructuras cerebrales implicadas en la conducta sexual. La dopamina es clave en los sistemas de recompensa, esos que nos dan un chute cerebral por hacer cosas como tener relaciones sexuales, beber agua cuando tenemos sed o tomar una decisión. Esto sugiere que las eyaculaciones consecutivas por los machos que se aparean tanto como quieren con la misma hembra generan un incremento progresivo en los niveles de prolactina que explicaría el aumento en el intervalo sin sexo después de cada serie de coitos, hasta que se alcanza un período prolongado de inactividad que es lo que hemos denominado saciedad sexual. Con el tiempo, la dopamina reduce la producción de prolactina y la libido se vuelve a elevar. El punto clave es que la llegada de una nueva hembra es un estímulo que es a la vez novedoso y relevante, características que generan la liberación de dopamina incluso en contextos no sexuales, lo que reiniciaría el proceso y haría que el saciado animal estuviera dispuesto a volver a aparearse. De hecho, nos vuelve locos la novedad desde que somos niños: abrir el paquete de un regalo, mirar dentro de un cajón desconocido, explorar.

Coolidge, evidentemente, debió de pensar que aquellos gallos tenían una vida envidiable y, si dejamos aparte los problemas morales, algo similar debería suceder para nosotros, teniendo en cuenta que además también nos afecta el efecto Coolidge. ¿Cierto, no? Pues la verdad es que no. En 2004 David Blanchflower y Andrew Oswald, dos economistas, investigaron si la mayor variedad sexual iba ligada a una mayor satisfacción. Preguntaron a dieciséis mil norteamericanos adultos de forma confidencial y llegaron a la conclusión de que, primero, la actividad sexual es una parte clave de la valoración de nuestra felicidad. Por otro lado, mayores ingresos no implicaban más sexo o más parejas sexuales, y las personas casadas mantenían más relaciones sexuales que los que eran solteros, divorciados, viudos o separados. También preguntaron cuántas parejas sexuales había tenido cada encuestado el año previo y cuál era su grado subjetivo de felicidad. Tanto en hombres como en mujeres, los datos mostraron que el número óptimo de parejas, el que iba asociado a un mayor índice de felicidad, era uno. En un primer vistazo esto puede parecer contradictorio con lo que vemos a nuestro alrededor: vivimos en una cultura que nos hace estar siempre insatisfechos, nos lleva a buscar sin descanso, a intentar acumular fama, dinero y sexo. Al final son tres cosas que pueden facilitar el incremento del número de hijos, que es algo que la evolución prima, pero nuestro cerebro nos dice que lo importante es el amor, el cuidado de los hijos e hijas, los vínculos de amistad y familia, incluso el hacer el bien a un desconocido. Por eso quizá vivimos en una época que nos lleva inevitablemente a una combinación de saciedad e infelicidad.

Coolidge era un hombre de pocas palabras que llegó a decir «nunca sabes demasiado, pero sí puedes hablar demasiado» y «nunca me ha dañado aquello que no he dicho». Con esta forma de pensar no es raro que le apodaran Silent Cal, Cal el Silencioso, porque aunque era un buen orador en mítines y actos oficiales, cuando asistía a comidas oficiales y cócteles, algo que hacía con frecuencia —«en algún sitio hay que cenar» decía— apenas hablaba. Se cuenta que en uno de esos banquetes, la dama a su vera le dijo:

—He apostado que le sacaré más de dos palabras durante esta cena.

—Ha perdido —fue su respuesta.

Dorothy Parker, una crítica literaria y guionista de Hollywood famosa por su lengua afilada, respondió cuando le dijeron que Coolidge había muerto: «¿Cómo pueden saberlo?». Otra mujer, Alice Roosevelt Longworth, la hija mayor del presidente Theodore Roosevelt, decía: «Cuando prefería estar en otro sitio, apretaba los labios, cruzaba los brazos y no decía nada. La pinta que daba era como si le hubieran destetado usando un pepinillo en vinagre». Coolidge sabía que tenía esa fama y la cultivaba. Una vez le dijo a la actriz Ethel Barrymore «creo que el pueblo americano quiere a un asno solemne como presidente, y yo estoy de acuerdo con ellos». Me temo que si eligen a Donald Trump solo van a satisfacer la mitad de ese deseo.

Para leer más:

  • Blanchflower DG, Oswald AJ (2004) «Money, Sex and Happiness: An Empirical Study». Scand J Economics 106(3): 393–415.
  • Brooks AC (2014) «Love People, Not Pleasure». The New York Times. 18 de julio. Enlace.
  • Rojas-Hernández J, Juárez J (2015) «Copulation is reactivated by bromocriptine in male rats after reaching sexual satiety with a same sexual mate». Physiol Behav 151: 551-556.
  • Ventura-Aquino E, Baños-Araujo J, Fernández-Guasti A, Paredes RG (2016) «An unknown male increases sexual incentive motivation and partner preference: Further evidence for the Coolidge effect in female rats». Physiol Behav 158: 54-59.


Apuntes sobre la eyaculación femenina

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Todos conocemos el semen. El esperma. La semilla. En definitiva, ese líquido blanquecino y pegajoso que brota durante la eyaculación masculina. Una autopista de espermatozoides que entre codazos y zancadillas intentan fecundar vaginas, ojos, culos, caras, bocas. En mi imaginación toman la forma de una multitud de señoras mayores rabiosas durante las rebajas. O tal vez los veo encarnados por una jauría de furiosos guerreros en las Tierras Altas escocesas que luchan con armas de inconcebible filo por salvar la vida. Por crear la vida.

Cómo me gusta andarme por las ramas. En realidad esta quería ser una mera introducción para el desconocido protagonista de nuestra historia: el squirting. Muchos lo toman por una invención pornográfica, la mayoría duda de la existencia de la eyaculación femenina. Solo las que lo hemos vivido sabemos que está ahí, como un fantasma que nos acecha durante nuestras relaciones sexuales.

En mi caso la eyaculación aparece de manera espontánea y sin que haya demasiada contribución por mi parte. A veces es un chorrillo y otras veces una auténtica explosión, pero nunca he conseguido controlar mi expulsión de ambrosía a voluntad. Lo que resulta un absoluto fastidio cuando te toca cambiar las sábanas después de crear un charquito de placer.

Otras mujeres saben controlar esta eyección de fluidos de manera magistral, muchas eyaculan cada vez que tienen relaciones sexuales o cuando son estimuladas de una manera concreta, pero las estadísticas nos dicen que la mayoría de mujeres nunca han experimentado lo que es un squirt.

Por este motivo vamos a dar un rápido repaso a los conceptos básicos. Las culpables de esta lluvia son las glándulas de Skene, situadas cerca de la uretra y calificadas como «la próstata femenina». Cuando la mujer alcanza el orgasmo estos agujeritos segregan un liquido de textura y consistencia variadas: desde cremoso y blanquecino a inodoro y transparente. A veces, cuando las glándulas rebasan su capacidad, el fluido se expulsa sin que medie ningún orgasmo de por medio. Es decir, se puede tener un squirting gigantesco y esto no tiene por qué significar que la señorita en cuestión haya paladeado la petite mort.

Como siempre que hablamos de cuestiones sexuales, no todos los cuerpos siguen un mismo patrón. A veces el líquido expulsado es casi imperceptible, pero en ocasiones la catarata de placer puede llenar vasos y bocas, como nos ha enseñado la pornografía.

Pero ¿cómo se consigue? Estimulando el mal llamado punto G, situado en la pared anterior de la vagina. Y es que este supuesto punto en realidad es una región relativamente amplia, rodeada de carne esponjosa que se hincha cuando estamos excitadas. Los tejidos que lo componen tienen el mismo origen biológico que el tejido prostático masculino, así que son sensibles y erógenos en extremo.

Primero y antes de nada hay que estar muy relajada, sin tensiones ni listas de la compra en la cabeza. Sirve de ayuda el colocar almohadones debajo de la pelvis y mantener las piernas levantadas y abiertas, respirar de la manera más tranquila posible y no obsesionarse con llegar a la eyaculación (practicar ejercicios de Kegel tampoco está de más).

Examina las reacciones de tu cuerpo y ve poco a poco masturbándote tal y como lo haces normalmente para pasar a introducir los dedos dentro de la vagina. En este punto no está nada mal tener un buen acompañante que te ayude: es mucho más fácil mantener la calma cuando estás guiando a otra persona que mientras estás luchando por tener una respiración pausada, la pelvis en alto, las piernas abiertas y media mano dentro del coño.

Que ponga una de sus manos libres en la zona baja de la tripa, creando presión desde fuera para que los dedos alcancen mejor su objetivo.

Los movimientos han de ser rítmicos, seguros y firmes, cada vez más rápidos pero sin imitar a una taladradora. En algún momento, si todo está saliendo bien, sentirás una opresión en el bajo vientre, semejante a la que tienes cuando necesitas hacer pis. Continúa con los movimientos dentro de la vagina, pero en vez de intentar retener la sensación relaja la pelvis y haz presión hacia fuera con los músculos de tu suelo pélvico. ¡Voilà! ¡Squirting!

Ya que no todo es tan simple como parece y entender la teoría no significa que podamos llevar los ejercicios a la práctica, siempre recomiendo hacer una visita a alguien que pueda orientarnos. Y es que dentro de nuestro país se dan bastantes seminarios y workshops que nos ayudan a liberarnos de los bloqueos y para abrazar la eyaculación femenina con amor y confianza. Recuerdo al gran José Toirán (quien me enseñó a mi, por cierto), Diana Pornoterrorista y Erotic Canela, pero estoy segura de que hay más.

También sé que, por mucho que os jure con solemnidad sobre el Mapa del Merodeador, habrá escépticos que no me creerán. Y es que los estudios sobre este tema son confusos, contradictorios y bastante limitados. Ni siquiera dentro de mi industria hay consenso acerca de qué es exactamente o de dónde proviene este manjar de dioses.

Recordemos que a lo largo de la historia el placer de la mujer ha sido castigado y solo desde hace muy poco tiempo se nos ha permitido explorar nuestros cuerpos y nuestra sexualidad de forma relativamente libre. La naturaleza sexual femenina ha sido rechazada, aceptada únicamente como una herramienta para la procreación. Afortunadamente nuestras mentalidades y el contexto social han cambiado desde entonces, pero todavía queda mucho camino por recorrer y muchos tesoros que descubrir. Abramos nuestras mentes y nuestros cuerpos y recibamos con gusto los nuevos conocimientos. ¡Nos vemos en el próximo artículo!

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Fotografía: Amarna Miller


Feck: ¿Porno ético? ¿Porno responsable?

Imagen: Feck.
Imagen: Feck.

Chris Truby empezó a ver pornografía a los diez años cuando buscó en internet la palabra «melones». Aquella búsqueda inocente derivó en otras, y en menos de una hora Chris estaba viendo un vídeo de título «La reina de las corridas en las tetas». Quizá hubiera considerado que el vídeo era una rareza si no fuera porque el contador de reproducciones pasaba de los tres millones. Ahora, con quince años, a Chris le cuesta mantener una erección si no tiene delante imágenes de sexo extremo.

Es la voz omnisciente y severa de Emma Thompson en la adaptación de la novela de Chad Kultgen, Hombres, mujeres y niños¸ compendio de los usos y costumbres despersonalizadores de la sociedad 2.0 y del carácter de trastorno obsesivo compulsivo que ha adquirido el sexo en la escalara de valores occidental. El joven Chris no va a tardar en darse cuenta de que lo que ha conformado su imaginario erótico no solo no tiene nada que ver con el mundo real sino que interfiere en sus percepciones, sus sensaciones, sus tendencias, hasta el punto de no poder consumar el primer polvo de su vida. Antes de esa cita ensaya con un balón de rugby conveniente agujereado y lubricado, pero algo no va bien. La cabeza está en otra parte. Está en esas imágenes de sexo extremo, como el vídeo de transexuales con máscaras de hockey entregados alegremente a la sodomía que le ha enseñado a su amigo Danny durante el almuerzo, para súbita inapetencia de este. A Chris le sucede lo contrario que al Fernán Gómez de El viaje a ninguna parte y su «¡Esto del cine es una mierda!». ¡Esto de la realidad es una mierda! Mi chica no me recibe vestida de enfermera sexy, su ropa interior no es de vinilo negro, no suplica que le deje satisfacerme. Sobre todo, es de carne y hueso.

Descartamos estereotipos en favor de la creatividad y la aventura

¿La vida sexual de Chris sería menos conflictiva para él mismo y para su pareja si en vez de toparse con la reina de las corridas en las tetas hubiera aterrizado con su puntero en cualquiera de los sitios de Feck y su pornografía sostenible? Amarna Miller, que hará de cicerone por los callejones de Feck no lo tiene tan claro. No se trata de eso. Ha trabajado para Feck, pero mucho más para las grandes productoras de porno mainstream: «Si después de ver Batman un niño no llega a su casa, se pone una capa y empieza a pegar a todo el mundo es porque alguien le ha enseñado a diferenciar fantasía de realidad. Lo que hace falta es más educación sexual, no menos porno, sea Feck o BangBros. Si no queremos que los adolescentes repitan lo que están viendo en pantalla tenemos que explicarles cuáles son las prácticas más positivas para ellos. ¡Así de fácil!». Tan fácil como le resulta a un crío de siete años cepillarse el control parental de Windows. Pero Amarna tiene razón. A pesar de que en I Feel Myself, Gentlemen Handling, I Shot Myself o Beautiful Agony no se muestra nada que pudiera distorsionar la sexualidad de los chavales, siempre hay que presuponer que la pornografía no está pensada para menores de edad. En todo caso eso formaría parte de la ética al margen del porno, de educación para la ciudadanía, de los dos rombos y a la cama con El pequeño vampiro a las nueve y media. La balada de un mundo en el que todo el porno fuera como el de Feck sonaría bien dentro del «Imagine» de Lennon, y ya sabemos cómo acabó la utopía de John y Yoko. The dream is over.

Despertamos del sueño y toca preguntarse qué tiene de especial esta productora que llegó de Australia con un manifiesto tatuado en el pecho.

Beneficioso para nuestras colaboradoras. Gratificante para nuestro público

Amarna habla de Feck como de un programa de iniciación. Pasitos de bebé, escalones, escalafones. Las chicas promocionan de una web a otra según su disposición y según su aceptación. Una estructura cuasi asamblearia, porno podemita. De I Shot Myself y las instantáneas de la desnudez a los primeros planos de la petite mort en Beautiful Agony, hasta embarcar en el buque insignia I Feel Myself: ellas, solas o en compañía de otras como ellas, masturbándose. Y corriéndose.

La compañía se fundó en 2003 bajo unas directrices tan simples que uno se da de cabezazos contra el monitor por no haber llegado antes. Desde I Shot Myself llamaban a la acción a chicas urbi et orbi y les proponían un trato sencillo y directo: «Son sets de fotos que las chicas se hacen a sí mismas. En su casa, en el patio trasero, en el campo». En Melbourne, un tal Richard se entrega a la infernal tarea de elegir entre miles de candidatas, miles de retratos. «Si aceptan tus fotos, y es bastante probable que te las acepten si sigues las pautas que te dan, te pagan una cantidad de dinero y las publican en la web». Se entiende por qué el material es gratificante para el público. Puede que no tanto para el malacostumbrado Chris Truby, pero sí para el consumidor no disfuncional de material erótico. Ni los panfletos de tendencias pueden torcer el apetito por esas fotos de mujeres desnudas.

Menos obvia se adivina la otra parte del axioma: «beneficioso para nuestras colaboradoras». Hablamos de dinero, claro. Hasta que alguien funde Onanistas Sin Fronteras, el porno es y será dinero. Para comprender qué es lo que marca la diferencia, Miller empieza por explicar cómo funcionan las remuneraciones en la industria: «En el porno te pagan por escena. Las ruedas y no vuelves a saber nada más de la compañía ni de lo que pasa con tus vídeos o con tus fotos«. Pagan bien, muy bien. La sexta potencia económica mundial es la única donde las damas ganan más que los caballeros. Tres veces más. Aunque nadie se hace rico firmando cheques. «Firmas un modelo de contrato que es bastante abusivo y al firmarlo renuncias a percibir más dinero, incluso aunque ese vídeo se venda a terceros, o se saque en colecciones, deuvedés». Es el sueño húmedo de Florentino Pérez, quedarse con todos los derechos de imagen de sus jugadores, presentes y futuros, y con el mármol de la lápida en usufructo. Feck, sin embargo, apela en cierta manera a esa suerte de silogismo disyuntivo que llaman «buen capitalismo», o comercio justo, si prefieren. Tienen un producto vendible, demanda ilimitada y, ¡oh, sorpresa!, optan por no estrujar el limón con una prensa hidráulica. «Feck es la única productora del mundo que conozco que da royalties. No solo te pagan por la escena, sino que jamás venden el material a terceros y, lo más importante, después de grabar tu escena o enviar tus fotos sigues recibiendo dinero por cada reproducción, por cada foto descargada. Esto es inaudito en el porno».

Ahora sí empezamos a entrever esa pátina de responsabilidad en Feck. No más joselitos ni marisoles en el porno. Tanto vales, tanto produces, tanto ganas. Una ecuación en principio bastante sencilla que a nuestra especie le está costando interiorizar. Y las cuentan salen; ninguna compañía se mantiene a flote más de diez años con cinco mil trabajadores, eventuales o no, si los números se tiñen de rojo embargo. La buena praxis no te catapulta a la lista Forbes pero es rentable.

Imagen: Feck.
Imagen: Feck.

Mostramos la belleza de cualquier cuerpo, no importan la talla, las formas, la edad

Un manifiesto se parece mucho a un programa político. Es una enumeración de intenciones, una totalidad a la que luego hacer enmiendas según convenga. Feck se mantiene bastante fiel a su programa. «Lo que pretenden es mostrar una belleza realista», continúa Miller. «Cogen a chicas naturales, no les gustan los implantes de pecho, no les gustan las chicas con cirugía, no hay maquillaje». Sin una Ana Pastor a mano que ejecute un fact check estalinista hay que comprobar si esto es cierto y acudir a la fuente. Y es cierto solo en parte. Pubis con vello, pubis sin vello, axilas peludas, piernas peludas, o todo lo contrario. En I Shot Myself podemos toparnos con modelos a las que Botero daría el visto bueno, maduras, glotonas, aunque prima la estética de Rembrandt. No hay ni rastro de las «zorras, feas, viejas, malencaradas» de las que hablaba Virginie Despentes. En I Feel Myself el corsé se ajusta mucho más. Delgadez, piel tersa (y caucáisca a ser posible), las facciones deliciosas y el rubor de la juventud. Ese punto del manifiesto debería reescribirse: «Mostramos la belleza de cualquier cuerpo… que nos parezca bello». Pecados veniales que tendrían que purgar por igual estos australianos y hasta el último director nuevaolero que coqueteó en la playa con Pauline o se enamoró de unas rodillas ilegales. La belleza está en los ojos del que mira, de acuerdo, pero los que miran suelen abrazar cánones muy parecidos. Feck se limita a despojar esos cánones de la parafernalia de club de striptease.

La propia Amarna Miller es una anomalía entre todas las modelos que han desfilado por la productora. «Es muy raro que trabajen con pornstars, y mucho más raro que te lleven a Australia, como a mí, a rodar unas escenas; pero yo me ajusto al perfil de vecinita de enfrente que buscan». Tras anotar las señas de ese vecindario es inevitable preguntar si emplear a estrellas porno no contraviene las aspiraciones de realismo, de naturalidad. «Ellos no sabían que yo había trabajado en el porno hasta que llegué allí, pero no les importó. No se trata de amateurs contra profesionales sino de encajar en el modelo que buscan».

Lo que buscan para sus vídeos, lozanía al margen, tiene un nombre: orgasmo. Orgasmos über alles. En las hermosas agonías «ni siquiera hay desnudez, todo es implícito». Para contemplar a la mujer corriéndose en toda su inmensidad hay que pagar peaje en I Feel Myself. En tu sofá, delante del ordenador o arrugando las sábanas blancas en el set de rodaje, correrse es innegociable.

Subvertimos los modelos dominantes en el erotismo

No impostar, no falsear, presentar el placer femenino tal cual. La ética también es eso. Para ilustrar lo que Feck hace por «empoderar a la mujer» Amarna recuerda a un novio-martillo que tuvo con dieciocho años. «Estaba muy traumatizado porque yo no me corría con la penetración, solamente me corría tocándome el clítoris. Me hizo pensar que estaba enferma, hasta el punto de recomendarme ir a un sexólogo». Más significativa aún es la historia de uno de sus clientes exclusivos. «Aparte de todo el porno y de todo lo que ya sabemos, vendo vídeos custom. La gente me paga, me dan unas directrices, grabo un vídeo para ellos y se lo mando. Hubo un chico que quería ver cómo me corría de verdad, así que me hice un dedo como me hago un dedo en mi casa. Yo no grito muchísimo, ni me muevo muchísimo. Más que nada estoy en silencio, concentrada, y cuando me corro a lo mejor emito algún sonido, pero poco más». De no ser porque Miller no admite reembolsos, he ahí un cliente insatisfecho dispuesto a pedir la hoja de reclamaciones. «Me mandó un mensaje diciendo que no esperaba que fuese así». Primero los Reyes Magos se convierten en los padres y ahora esto. Pobre hombre.

Ese modelo dominante al que alude el manifiesto ha permanecido inmutable desde los días en que Alfonso XIII dedicaba a su pornoteca privada el esperma que no desperdigaba engendrando bastardos. Porque el tercer acto en la pornografía se llama eyaculación, a menudo entre las tetas de la reina virtual del joven Chris Truby. Feck y en concreto I Feel Myself fulminan no solo ese tercer acto, también los dos primeros. No hay macho alfa, no hay introducciones absurdas. Una chica aparece acostada en la cama. Se toma su tiempo. Hace todo lo que la mayoría de los hombres no creen que sea necesario hacer. Se acaricia los pechos, para. Se acaricia los muslos, y vuelve a parar. Desliza una mano bajo las bragas, pero solo tantea el terreno. Otra vez los pechos, otra vez los muslos. Dildos o dedos, o los dedos de una amiga, o una almohada. La historia puede terminar con espasmos y gloria a Dios Padre o con un suspiro que suena a epifanía, pero no hay dos desenlaces iguales, porque no hay guion. «Si lo haces en tu casa, tú decides qué vas a enseñar y cómo vas a enseñarlo, si vas al estudio, el de la cama blanca, que siempre es el mismo, te preguntan si quieres o no que los técnicos se queden en la habitación. Yo estoy muy acostumbrada a rodar con gente alrededor, pero quien no lo esté puede pedir que salga todo el mundo. Hay cámaras por todos lados. Se puede dejar todo el set de cámaras dispuesto, tú te quedas en la cama y te pones a lo tuyo».

Imagen: Feck.
Imagen: Feck.

Mostramos a la mujer como alguien poderoso, independiente del hombre

Antes de empoderarnos, no obstante, conviene saber de dónde venimos. Mejor que eso: adónde vamos. Conviene poder elegir. La directora Erika Lust, impulsora de un concepto, «porno para ellas», del que ahora prefiere desmarcase «porque mi público no son solo mujeres, son personas modernas, inclusivas, con una actitud positiva hacia el sexo», no forma parte del colectivo Feck, pero comulga con sus postulados. No necesitamos más joselitos ni marisoles; tampoco tracilords, ni muñecas rotas. «Yo no trabajo con performers que tengan menos de veintiún años, y aun así siempre les explico las repercusiones de ser una actriz porno. Solo trabajo con personas que están seguras de lo que quieren, y luego los escucho. ¿Qué quieren hacer? ¿Con quién quieren hacerlo? Por supuesto, se debe trabajar con una remuneración justa y con el máximo cuidado para la salud». La salubridad a Feck se le presupone. En ausencia de penetraciones e intercambio de fluidos y con un juego de cama de anuncio de detergente las ETS lo tienen complicado para proliferar. Pero Erika introduce un matiz capital: la madurez. Las decisiones que se toman con dieciocho años son impulsivas, osadas, probablemente necesarias, pero en general no viajan contigo más allá de la siguiente esquina. Salvo si tu decisión es rodar porno. El porno que veía Chris Truby con diez años, el que ve con quince y el que verá con cuarenta y cinco. La vida pasa, el porno queda… en internet.

¿Cómo calibrar la madurez de las modelos? Es imposible hacerlo desde el graderío, aunque el perfil tipo en Feck muestra a una mujer de clase media, cultivada, inquieta. Todo lo que el estereotipo porno acalla. Por sus lecturas, sus gustos y sus lemas vitales, desgranados en las páginas de cada una de las chicas, no parecen encajar en la imagen de white trash a la fuga, con la brújula apuntando al cartelón de Hollywoodland, que termina rodando una doble penetración para el Torbe del Valle de San Fernando. Dostoyevski, Lovecraft, Houellebecq, Toni Morrison, Neruda, Harmony Korine, Gondry, Cat Stevens, Brel, Max RichterSeguimos sin saber si las «vecinas» de Amarna Miller son lo suficientemente maduras para afrontar un pasado en el porno, pero tienen criterio, un buen puente hacia todo lo demás. Alguna incluso nombra a Wittgenstein. ¿Hubiera disfrutado Wittgenstein de I Feel Myself o ya se quedó a gusto del todo con el Tractatus? Al fin y al cabo para él ética y estética eran lo mismo.

Nuestras obras tienen un valor cultural y artístico

Enterrar los cimientos de una productora de pornografía en el ininteligible universo del filósofo alemán no ha lugar, pero incluso las galaxias más alejadas entre sí pueden llegar a colisionar si se les da el tiempo suficiente. Si alguien se siente espoleado por lo que está leyendo y se propone iniciar una colaboración fructífera con estos erotómanos de las antípodas debe evitar en la medida de lo posible el selfie de cuarto de baño con rollo de papel higiénico al fondo. Bajar la tapa del váter también da puntos. Pero la noción de lo que es o no artístico va por barrios. Incluso el porno nació artístico y bohemio a su manera. El Hollywood de Segunda B, El otro Hollywood de Legs McNeil.

El escay, los estampados florales o el mueble-televisor no entran dentro del patrón formal del producto made in Feck. No, mientras Ikea no dé el visto bueno al ajuar de nuestros padres. Hay una marca de la casa para lo filmado en su estudio; cama de dos por dos, iluminación de sombras chinescas que oscurece todo menos las curvas de la modelo. Lo que ellos controlan está bien definido, pero su criba para la «externalización» desemboca de igual manera en homogeneidad. Con la creatividad desatada y el catálogo del monstruo sueco a mano, hasta un cono de tráfico en mitad del loft parece un elemento familiar. Esa es la idea. El ambiente cuidadosamente descuidado de los chicos de hoy en día. Bienvenidos a la república independiente de mi casa. Ahora, paso a masturbarme.

No se toman a la ligera lo de al arte por el sexo, o por la desnudez. En Feck:Art completan la transición de pornógrafos a mecenas. Exponen en una galería de Melbourne la «bella obscenidad de los creadores emergentes» y premian con tres mil dólares la obra más bella y más obscena (no necesariamente por ese orden). A Miller, antigua alumna de Bellas Artes, ese concepto, hazlo tú mismo y hazlo bonito, le puso las orejas de punta: «Podía pensar en sets de fotos que realmente me interesaran, y como estudié fotografía era una forma de animarme a hacer más cosas».

Facturamos erotismo que puede atraer tanto a hombres como a mujeres

¿Le importan el mobiliario y las pistolas de Warhol al consumidor habitual de porno? Pregúntenle al consumidor habitual de porno que tengan más a mano. O pregúntenselo al espejo. Una voz anónima, masculina, comenta que «a mí lo que no me gusta de esto es que no haya pollas. Sin polla, no me puedo identificar». Sí, esa necesidad de una polla subrogada en pantalla es la que mueve la maquinaria del porno mainstream, cien mil millones de euros al año. Entonces, ¿no son los hombres legión entre los suscriptores de Feck? Erika Lust opina que «probablemente el setenta por ciento de los suscriptores sean tíos». Son los más entusiastas, los más participativos en los foros de I Feel Myself, los que más interactúan con las modelos; sin embargo, según Amarna, «las chicas no suelen hacer comentarios, sobre todo si ven que están rodeadas de hombres». La pescadilla que se muerde la cola. Aun así, mientras ese estudio de la Universidad de Essex, que afirma que todas las mujeres son bisexuales y/o lesbianas, no tenga un poco más de base que la mera fantasía threesome de un científico solitario, es lógico deducir que la mayoría de los que disfrutan con los frescos del orgasmo femenino son hombres. Incluso el cliente decepcionado por el éxtasis minimalista de Miller puede llegar toparse con su clímax ideal entre la montaña de material de Feck. No existe el «porno para ellas», existen los clichés. Las mujeres que discrepen de los profesores de Essex (y tal vez la voz anónima que necesita ver pollas) encuentran en Gentlemen Handling la misma medicina que los varones heterosexuales reciben de I Feel Myself: seres del sexo opuesto, de muy buen ver, entregados a sus labores.

Es indiferente que en The Best Porn cataloguen a Gentlemen Handling como «porno gay» y no hagan lo propio con I Feel Myself. Esto forma parte de la tarea que Amarna, Erika, Feck y algunas otras aldeas que resisten al invasor se han impuesto: repensar(nos). Nunca es tarde. Ni siquiera para Chris Truby.

Imagen: Feck.
Imagen: Feck.


Un orgasmo (fingido), una chica de Gaza y misiles en Cuba

Ilustración de Raquel Garcia Ulldemollins.
Ilustración de Raquel Garcia Ulldemollins.

No sé si están usando wifi para leer este artículo en Jot Down, pero si la respuesta es positiva, deberán agradecerlo al trabajo de la protagonista del mismo. No, a mí no, no tengo ni idea de ingeniería de telecomunicaciones. Por ahora.

Pero, aparte de ser la precursora de la tecnología que usamos, por ejemplo, en nuestros amados smartphones, la protagonista de esta historia tenía muchos atributos que, lamentablemente, son de rabiosa actualidad. Y su historia, si no la conocen, tiene todos los ingredientes necesarios, en mi opinión, para ser contada muchas veces.

En unos meses se cumplirán cien años del nacimiento de Hedwig Eva Maria Kiesler en Viena. Si no les suena el nombre de esta mujer judía nacida en el imperio austrohúngaro (aquí viene un guiño a don Luís García Berlanga) posiblemente les suene más, a algunos, su nombre artístico, Hedy Lamarr, popular actriz de la época dorada de la Metro-Goldwyn-Mayer, bautizada como Lamarvelous y considerada por muchos la mujer más bella de la historia del cine. Y no les faltaba razón, leche, no se puede ser más guapa que esta mujer.

Sigo. Como decía, Hedy (la llamaré así en adelante porque es más corto) nació poco después de comenzar la Primera Guerra Mundial y lo que no podía imaginarse la chiquilla era que su vida iba a estar tan ligada a este asqueroso negocio, el de la guerra digo. Hija de una pianista y un banquero, judíos, desde pequeña demostró altas capacidades intelectuales y comenzó a estudiar Ingeniería a los dieciséis años. Claro que a ella, aunque los estudios le iban muy bien, lo que le gustaba era el artisteo (nos pasa a muchas, aunque no seamos superdotadas) y a los tres años de comenzarlos abandonó sus estudios para dedicarse al teatro en Berlín a las órdenes de Max Reinhardt, que no sé si se ponía estupendo como aquel poeta ciego homónimo que nos regaló don Ramón María, pero sí que fue una pieza esencial del teatro moderno.

Así fue como nuestra Hedy abandonó la ingeniería por un tiempo y apareció por primera vez, como extra, en la película Geld auf der Straße (Oro en la calle). Las cosas iban tranquilas y bien para ella hasta que en 1933, interpretó a Eva Hermann en una película checa, Ecstasy, donde, aparte de aparecer totalmente desnuda, fingió el primer orgasmo femenino de la historia. En una película comercial no pornográfica, digo.

Cuentan que para conseguir la expresión de placer en la citada escena el propio director de la película, Gustav Machatay, le pinchó en el culo con un alfiler. No lo intenten, hay otras formas más efectivas para conseguir el placer de una mujer, más elaboradas, sí, pero más agradables. De hecho, con lo fina que es una, yo posiblemente le hubiese soltado un guantazo al checo.

Sigo con la película, que me derivo más fácilmente que un polinomio.

Esta sí (note el lector el chiste bien traído y poco previsible con el título de la cinta), esta escenita enfadó a un montón de gente, al papa (el de Roma), ¿cómo no?, pero sobre todo a su familia. Y como, según cuentan, en aquella época un elegante y pudiente señor, Friedrich Mandl, una mijita fascista el muchacho, fabricante de armas (que vendía con sumo gusto y pingües beneficios a los nazis, a pesar de ser hijo de un judío) estaba enamorado hasta las trancas de nuestra Hedy, los padres de esta (judíos también) le sugirieron que se casara con él. Y eso hizo. No se sabe si comieron perdices, pero, desde luego, no fueron felices. Nuestra bella austríaca estuvo presa en una jaula de oro y diamantes, como se suele decir. El molt honorable marido trató de comprar todas las copias de la película de marras, no lo consiguió (entre otros, Mussolini no quiso deshacerse de la suya, dicen), y según contó ella más tarde, no le permitía ni desnudarse ni bañarse si no estaba él presente. En estas aguantó nuestra protagonista desde 1933 hasta 1937, absolutamente apartada del mundo del celuloide y fingiendo orgasmos solo para el austrofascista. Bueno, y asistiendo a cenas y encuentros con militares y científicos nazis que hablaban, entre otras cosas, de armamentos y tecnología militar sin sospechar que aquella preciosa muñeca que les escuchaba era, en realidad, una mujer más inteligente, posiblemente, que todos ellos y con una pronunciada debilidad por la ingeniería. Supongo que en aquellas cenas Hedy se mantuvo glamurosa, esto es, según su propia definición: quieta y pareciendo estúpida. Ella misma declaró que fue en una de esas veladas donde escuchó por primera vez las dificultades de controlar mediante señales de radio la trayectoria de un torpedo puesto que dichas señales podían ser fácilmente detectadas por el enemigo e interferidas hasta, incluso, tomar el control del torpedo. También que Hitler fue casi el único que la besó con delicadeza. En la punta de los dedos. De la mano.

No se sabe con exactitud cómo consiguió escapar de aquel castillo en el que estuvo, según sus declaraciones, esclava. Ni ella misma lo deja muy claro. Hay varias versiones, algunas más morbosas, como que tuvo ciertos roces (de los buenos) con una criada suya y que disfrazada de sirvienta, con los bolsillos repletos de joyas, se escapó. U otras visualmente menos eróticas como que convenció al amo del calabozo de que la dejara asistir a una cena con sus mejores joyas y se escapó por la ventana de un baño. Sea como fuere, Hedy se escapó en 1937 y consiguió llegar, en coche, a París. De ahí a Londres y desde allí embarcó en el mismo trasatlántico que Louis B. Mayer, uno de los mayores magnates de Hollywood en aquella época. Sí, el Mayer de la Metro-Goldwyn-Mayer. Hedy bajó de aquel barco con un contrato de quinientos dólares a la semana durante siete años y con un nuevo nombre: Hedy Lamarr.

A partir de aquí, su carrera como actriz no fue todo lo brillante como uno espera tras las líneas anteriores. Se ve que aprovechó más bien poco el tiempo que estuvo estudiando con Max Reinhardt. Era poco expresiva la muchacha y cuando trataba de remediarlo sobreactuaba. Tampoco estuvo muy despierta cuando rechazó películas como Casablanca o Luz de Gas, pero supongo que Ingrid (que tampoco era fea) se alegró por ello. De hecho, casi la única película que la mayoría de la gente recuerda de Lamarr es Sansón y Dalila, donde ella era, naturalmente, Dalila, una chica de Gaza que derrotaba al héroe israelita (un poco fofo en la película, por cierto) sin más que cortarle el cabello. Ay, si la vida fuera tan fácil como en estos cuentitos religiosos… Eso sí, una Dalila bella hasta el dolor. En palabras de Terenci Moix, a propósito de la judía interpretando a la filistea, «si inspiró masturbaciones —que lo hizo, santa mía— estas fueron de lujo. Quien se masturbaba pensando en Hedy, eyaculaba perlas».

Hedy Lamarr en Sansón y Dalila. Imagen: Paramount.
Hedy Lamarr en Sansón y Dalila. Imagen: Paramount.

Pero dejando, por el momento, su carrera cinematográfica y volviendo a sus inquietudes ingenieriles, recordemos que, poco tiempo después de su desembarco en Estados Unidos estalló la Segunda Guerra Mundial. Aunque este país tardó un poco en intervenir en la contienda, Hedy colaboró repetidas veces con la inteligencia militar norteamericana comentándoles algunas de las conversaciones que había captado en casa de su Mandl. Sin embargo, la inteligencia (léase ahora con retintín) lo que le pidió fue su colaboración para vender bonos de guerra y convertirse en imagen de pósteres propagandísticos. Si comprabas veinticinco mil dólares en dichos bonos, Hedy te daba un beso. Siete millones de dólares vendió Lamarr en una noche. ¿Y si Pujol consiguió amasar su fortuna de forma similar? Vale. Era un chiste. Sí, muy malo.

Besos y pósteres aparte, en ella se volvió a despertar la curiosidad por aquello de controlar los torpedos evitando interferencias por parte del enemigo. Y, claro, como además de preciosa era lista, se puso a estudiar sobre el tema. El problema con el control de torpedos, principalmente, era la necesidad de usar señales inalámbricas para el mismo. Los sistemas basados en cables, que también se probaron, tenían, lógicamente, un rango muy limitado. Por lo tanto, la comunicación con los torpedos se hacía usando ondas de radio y esto conllevaba la posibilidad de que el enemigo las interceptara.

A nuestra Hedy se le ocurrió la idea de usar más de una frecuencia para comunicarse con el proyectil, es decir, durante la comunicación entre el buque y el torpedo, ir alternando distintas frecuencias para la transmisión para hacer más difícil, para los otros, el rastreo de la señal y, por lo tanto, dificultar la posibilidad de interferirla. Junto al músico George Antheil (un moderno, vecino suyo en California), diseñó un sistema que consistía en colocar dos rodillos de piano idénticos, uno en el barco y otro en el torpedo, de forma que, rotando ambos a la misma velocidad, los orificios que tenían estos rodillos iban cambiando continuamente la frecuencia (hasta 88 diferentes) de la transmisión. Brillante, ¿no? Antes lista que sencilla.

El 11 de agosto de 1942, Antheil y Hedy (como Hedwig Kiesler Markey, por su matrimonio, otro, con Gene Markey) registraron la patente y se dio a conocer a la Marina norteamericana aunque, básicamente, la guardaron y pasaron de ella.

Imagen: DP.
Imagen: DP.

Bueno, hasta la Crisis de los Misiles de Cuba. Durante aquella ofensiva militar estadounidense se puso en práctica el invento de Hedy y George. Efectivamente, no usaron rodillos de piano, sino sistemas electrónicos de conmutación de frecuencias, pero la idea era la misma, Sin embargo, a esas alturas, ya había expirado la patente, claro. Lamarr tuvo que esperar hasta 1997, tres años antes de su muerte, para que su trabajo fuese reconocido con un premio de la Electronic Frontier Foundation. «Ya era hora», dicen que fue lo que dijo ella al conocer la noticia. Esta idea de Lamarr se conoce con el nombre de espectro ensanchado y, en gran medida, es la que ha hecho posible, entre otras cosas, la comunicación por wifi o 3G.

Los últimos años de Hedy Lamarr fueron menos glamurosos. El lamé, la seda y el control de torpedos fueron sustituidos por inmorales cantidades de dinero invertidas en cirugía plástica, no supo envejecer a pesar de su extraordinaria inteligencia, denuncias por cleptomanía (se nos vovió choricilla la niña) y demandas, muchas demandas. Lamarvelous demandaba a todo aquel que le tocara un poco los farolillos: a los escritores de su biografía, a Mel Brooks por usar el nombre Hedley Lamarr para uno de sus personajes de Blazing Saddles, y hasta a Corel Corporation por usar un dibujo suyo para la portada de CorelDRAW.

Imagen: Cortesía
Imagen: Cortesía de Corel Corporation.

Sí, tenía genio la señora. De hecho, lo tuvo siempre, según dicen los trabajadores de la Metro que trabajaron con ella, que la llamaban «Mrs. Headache».

El 19 de enero de 2000, bajó el telón definitivamente y Hedy murió en Florida, en un pequeño apartamento en el que compartía su soledad con la televisión. Sus cenizas, a petición suya, fueron esparcidas en un bosque austríaco.

Y así fue como, desde un orgasmo fingido y hasta Cuba, pasando por Gaza a pelar a Sansón, esta mujer, inteligente y bella, nos regaló esta historia fascinante y la conexión por wifi. El próximo 9 de noviembre, día del inventor en honor a Hedy Lamarr, celebren el centésimo aniversario del nacimiento de esta actriz que les regaló el smartphone. Si les apetece, claro, siempre si les apetece.

 


Cuando Harry se dio cuenta de que Sally fingía (y otros orgasmos)

Si hay que hablar de orgasmos fingidos, y hay que hablar de orgasmos fingidos, debemos recordar la escena de Meg Ryan en Cuando Harry encontró a Sally: Billy Crystal está convencido de que las mujeres, al menos con él, no han fingido ningún orgasmo. Meg Ryan le dice que, como el resto de hombres, cree que nunca le ha pasado. Él está convencido de que notaría la diferencia. Entonces llega uno de los momentos más emblemáticos del cine, uno de los orgasmos más recordados de la historia. Ryan deja de comer y, en medio del bar, empieza a simular un orgasmo.

Los gemidos de Meg Ryan son propios de alguien que, para incredulidad de su compañero, no lo ha hecho por primera vez. Y probablemente no será la última. ¿Qué pasa? ¿Por qué la mujer necesita fingir un orgasmo? ¿Por quién lo hace? ¿Prefiere el hombre asumir que la mujer finge o asumir que hay veces que, mire usted, no se puede? ¿Por qué la mujer tiene necesidad de mentir? ¿Por qué el orgasmo fingido es a menudo, en cuanto a calidad sonora y respiratoria, mucho mejor que el verdadero? Lo que está claro es que, sea como sea, el hombre no se da cuenta, aunque crea, como Billy Crystal, que notaría la diferencia. No, no puede notar la diferencia porque parece menos real el verdadero, porque es más discreto. El doctor Morgentaler asegura que el hombre también finge orgasmos en favor del placer o el ego de sus parejas, aunque para ello necesite utilizar preservativo por motivos evidentes. En cualquier caso, la mujer es siempre la sospechosa, precisamente porque no hay evidencia: hay que creerse que ha conseguido llegar. Hay diferentes teorías en cuanto al motivo por el que se fingen los orgasmos, y algunas son opuestas. Por una parte, podría tratarse de mujeres que quieren hacer creer al hombre que están sexualmente satisfechas, para obtener a cambio un equilibro y una estabilidad en la pareja. Por otra parte, el hombre podría fingir el orgasmo, igual que la mujer, por no ofender el ego del otro. Ellas no quieren herir y ellos, que son socialmente considerados máquinas sexuales que no tienen problemas para llegar al clímax, ofenderían profundamente a la mujer: si es tan fácil que el hombre llegue al orgasmo, ¿por qué yo no lo consigo? En definitiva, se trata de un complejo de inferioridad, pero no propio, sino el complejo que le atribuimos al otro: lo hacemos por nuestras parejas para que no se frustren sexualmente.

Pero Meg Ryan no es la única que hace alarde de lo bien que finge un orgasmo. Verónica Forqué es prostituta en ¿Qué he hecho yo para merecer esto? y su cliente quiere que Carmen Maura esté presente para verlo todo. Pero lo único que ve Carmen Maura es cómo Forqué finge excelentemente un orgasmo. El hombre les asegura que es un semental y es capaz de darle placer a todas las mujeres, pero Verónica Forqué solo encuentra el momento idóneo para demostrar sus dotes de actriz, de mujer fingidora. Son muchas las escenas que nos ha dado el cine de mujeres que están aburridas mientras mantienen relaciones sexuales, incluso que son capaces de hacer otras cosas mientras se acuestan con alguien. La mujer está pensada para dar placer al hombre, en muchos aspectos de la vida, y cuando se trata de la cama no es diferente: si él quiere, habrá que hacerlo. El hombre queda ridiculizado creyéndose muy hombre, muy viril, mientras que la mujer queda retratada con gran frivolidad. El sexo no siempre está relacionado con el placer, sino con el ego, y de ahí vienen los orgasmos fingidos, las mujeres que están pensando en la compra del día siguiente mientras gimen escandalosamente, sin olvidarnos del posterior cigarro en el que él parece el Dios de la sexualidad y ella una mentirosa por piedad: la mujer se abre de piernas y finge como si le diera una palmadita en la espalda.

El caso contrario, o no tanto todavía, es un orgasmo radiofónico. Exactamente. En la película Private Parts. El locutor hace el amor con Robbin, una radioyente que confiesa despertarse todos los días pensando en él. Para solucionarlo, le da instrucciones de que suba los graves del altavoz y se siente encima, mientras su compañera de radio le dice que una mujer no se excita con algo así. Una mujer no se excita con algo así, pero puede tener un orgasmo comiendo una hamburguesa o limándose las uñas frente a Carmen Maura. El locutor provoca cosquilleos con su voz a través del micro y consigue darle un orgasmo a la mujer, que, por otra parte, no deja de ser otra actriz, a lo Forqué, que se frota con un bafle. ¿Nota usted la diferencia? Probablemente no lo note, Billy Crystal y otros no lo notarían, porque están acostumbrados a que la mayoría de orgasmos sean fingidos: no deberían extrañarse tanto, ellos también lo hacen. El hombre puede eyacular sin orgasmo o tener un orgasmo sin eyacular (por ejemplo, los prepúberes o adultos con medicación), pero la mujer no lo creería. Cómo no va a tener un orgasmo, cómo va a ir separado de la eyaculación.

Jane Fonda, en Barbarella, siente exactamente lo mismo que la mujer del altavoz, pero en una máquina creada para el placer de la mujer. Ahí dentro, Fonda retoza, abre los ojos y sin gritar ni gemir en exceso, tiene un orgasmo sin necesidad del hombre, como la radioyente. Por eso sabemos que no está fingiendo: la máquina no se va a ofender con ella. Los orgasmos cinematográficos mejor fingidos siempre son para demostrar algo: para esquivar al hombre, para no ofender su ego, o para hacerle ver que no son tan despiertos para detectar cuándo una mujer les está engañando. Normalmente el orgasmo fingido se da porque a la mujer no le apetece mantener relaciones sexuales pero accede, le permite al hombre que cumpla sus deseos, y se ofrece con desgana, como un objeto. Los hombres, en el mundo de los tópicos, siempre están por encima en la escala del deseo y las mujeres siempre se quejan. A la máquina de Barbarella no le importa si Jane Fonda tiene o no un orgasmo, si va a acabar quemando el aparato o si se va a quedar fría. La máquina no tiene sentimientos, con la máquina no tiene después que irse a dormir, y la máquina no le va a preguntar si es que ya no la desea o si hay otra persona. Jane Fonda no le va a tener que responder que está muy cansada y que no hay ningún problema, es que ha tenido un día duro, tampoco va a tener que explicarle que tiene demasiadas cosas en la cabeza y no puede concentrarse, ni va a decirle que tiene miedo de que el niño entre a la habitación y los pille. Está creada para dar placer, no para dar explicaciones ni motivos: no para reproducirse, no para intimar; para el placer exclusivamente.

Audrey Tautou, siendo Amélie, se pregunta cuántos orgasmos deben de estarse viviendo en aquel mismo momento en la ciudad, y nos ofrece un pequeño catálogo de gemidos y gritos. Woody Allen, en cambio, quiere dejarse de tonterías y lo que de verdad desea para el futuro es que el tabaco sea bueno para la salud y exista el Orgasmatrón, una máquina diseñada para que las parejas, como si fuera un ascensor, entren y obtengan placer de una manera limpia y tranquila, sin fingimientos, sin engaño. El equilibrio matrimonial está a menudo relacionado con la sexualidad, y ese es uno de los motivos por el que las mujeres reconocen fingir los orgasmos, y en menor medida también los hombres. El sexo siempre ha tenido que ver con la lujuria, la depravación y el pecado, así que antes el ciudadano común no se atrevía a experimentar con el sexo porque estaba prohibido; no había que fingir, porque nadie esperaba obtener placer de un pecado (excepto los que habían acabado con su propio tabú). La mujer no se veía obligada a fingir orgasmos porque se veía obligada a reproducirse. Pero en cuanto llegó la liberación sexual, a la mujer se le ofreció la posibilidad algo más, algo que el hombre ya practicaba: y como existía tanto desconocimiento y tanta torpeza, se adaptó al placer sexual fingiendo. Por increíble que nos parezca a las generaciones actuales, hay mujeres que no han sentido un orgasmo en su vida: primero porque no tenían información de cómo alcanzarlo, segundo porque al hombre nadie le pedía que proporcionara placer. O bien le parecía ofensivo que la mujer quisiera pasárselo estupendamente como él, o bien no la creía merecedora y acababa antes de tiempo. El sexo era el momento del hombre y no tenía por qué recrearse en el cuerpo de la mujer: bastante hacía con preñarla y darle lo que quería. La sociedad actual está mucho más preparada para el placer femenino, pero aun así la mujer se responsabiliza del ego del hombre fingiendo. ¿Hasta qué punto, hasta dónde son capaces de llegar para no dañar la imagen sexual de sus compañeros? Hasta que una mujer como Marilyn Monroe confiese a su psiquiatra que no tuvo nunca un orgasmo. La mujer más deseada murió sin correrse.