Gulf Futurism: ¿qué hay de real en un espejismo?

Hollly Quarter, de Monira Al Qadiri.

Este artículo pertenece a la antología Cíborgs, zombies y quimeras: la cibercultura y las cibervanguardias (editorial Holobionte)

Everything is becoming science fiction. 

From the margins of an invisible literature 

has sprung the intact reality of the twentieth century.

J. G. Ballard [1]

Las coordenadas 24° 25’ 45”N 54°37’6”E marcan la posición de Masdar city («Masdar» significa «fuente» en árabe) en Emiratos Árabes Unidos. En 2006 el gobierno de este Estado del golfo pérsico se propuso construir en menos de diez años una ciudad totalmente sostenible, diseñada en seis kilómetros cuadrados de desierto para albergar una población de cuarenta mil personas, sin emisiones de carbono y sin producción de residuos. Sin embargo, solo cuatro años desde que este ambicioso proyecto se pusiera en marcha, estaba claro que las previsiones iniciales no iban a cumplirse por la falta de inversores, debido al convulso panorama económico internacional.

Lo que iba a convertirse en el próspero Sillicon Valley de Oriente Medio, un espacio para la investigación y el avance tecnológico al servicio de la economía de mercado en el que empresas e instituciones colaborarían para materializar las ideas del futuro, una «ecotopía» en la que se revolucionaría la manera en la que los seres humanos trabajaban y vivían, es hoy poco más que una ciudad fantasma en la que solo un millar y medio de personas viven y una cantidad testimonial de empresas, como Siemens, han establecido su presencia. Masdar ha tenido que reinventarse: la promesa inicial de cero emisiones de gases invernadero ha sido sustituida por la de un consumo de «bajas emisiones» y la fecha de compleción sigue extendiéndose en el tiempo. Masdar o NEOM, la ciudad totalmente automatizada que Arabia Saudita quiere erigir en el noroeste de su territorio, son algunos de los ejemplos del «Gulf Futurism» o futurismo del golfo, un concepto surgido del ámbito del arte pero que se ha extendido rápidamente a otras esferas.

¿Qué es el Gulf Futurism? 

Sophia Al-Maria y Fatima Al Qadiri acuñaron la noción «Gulf Futurism» en un artículo publicado en 2012 en la revista Dazed. Ambas artistas plurimultidisciplinares y multiculturales (Al-Maria es una escritora y artista conceptual americano-qatarí y Al Qadiri es una compositora de música kuwaití nacida en Senegal y también artista conceptual), colaboraban por entonces en plataformas artísticas como DIS magazine y publicaciones digitales de culto como Bidoun, y compartían experiencias vitales similares: vivían a caballo entre el modo de vida tradicional y conservador de sus familias árabes, y la modernidad y las ideas progresistas a las que su educación en el extranjero las había expuesto. Como testigos directos de la profunda transformación económica originada por el boom de las petroeconomías en la zona, se encontraban en una posición envidiable para reflexionar sobre los efectos de la modernización en sus países de origen.

El término surge de la mano de Al Qadiri y Al-Maria en el ámbito del arte como un movimiento estético subversivo que reconoce y cuestiona la hipermodernización acelerada de la región, y las implicaciones de la globalización en una cultura en la que el islam impregna todos los aspectos de la sociedad. En palabras de Al-María: «Una de las formas de vida más antiguas ha tenido que hacer frente a una riqueza y un capitalismo extremos: el cristal y el acero contra la lana y los camellos. Se ha producido un salto cuántico y existe una brecha temporal. Ambas cosas se han unido y hay una pieza de la historia que falta. (El) Gulf Futurism empezó a coagular con esta idea». Su naturaleza liminal lo hace situarse en la fractura entre el pasado y el futuro imaginados, y florecer a pesar y en medio de las tensiones vinculadas a la situación geopolítica del golfo, sin olvidar el choque entre la cultura arabo-islámica (centrada en valores como la colectividad, la segregación entre géneros, y en el que la religión juega un papel central) y las influencias socioculturales occidentales (más individualistas, más receptiva a la diversidad y predominantemente secular).

Positive Pathways, de Fatima Al Qadiri.

Hay quien afirma que el Gulf Futurism habita en las grandes estructuras como la torre Burj Khalifa, la isla artificial Palm Jumeirah, la ciudad automatizada NEOM, Masdar City, los gigantes centros comerciales como Dubai Mall o Mall of the Emirates, las infraestructuras de última generación como los estadios de la Copa del Mundo de Qatar, los proyectos visionarios como el Museo del Louvre o el Abrahamic House of Fraternityque acogerá una iglesia, una sinagoga, y una mezquita en Abu Dhabi— o el Museo del Futuro en Dubai, y que estos constituyen los escenarios perfectos en los que ejecutar las narrativas futuristas planeadas e integradas desde el discurso capitalista neoliberal oficial. Dicho discurso queda legitimado políticamente en planes estatales, desde el Qatar National Vision 2030, las iniciativas Dubai’s 2030 Industrial Strategy o United Arab Emirates Strategy for Artificial Intelligence con vistas al año 2071, a la Future Investment Iniciative de Arabia Saudita que en 2017 otorgó estatus de ciudadana al robot Sophia: todas ellos son ejemplos del respaldo gubernamental a una idea concretizada de futuro.

Sin embargo, artistas y pensadores consideran que el «Gulf Futurismo» proporciona una respuesta crítica a estos escenarios de ciencia ficción surgidos en medio del desierto. Es en este sentido en el que la iconografía de Al Qadiri y Al-Maria expone las contradicciones del capitalismo y revela los fracasos de la tecnocultura moderna, empleando sus propias representaciones en contextos y situaciones locales: los escenarios hiperbólicos, como los centros comerciales y las zonas residenciales opulentas, muestran el consumismo y el desarrollo urbanístico galopantes, y la alienación de un individuo cada vez más desconectado con el medio ambiente, contraponiéndose a los alojamientos y las condiciones de trabajo de la mano de obra barata procedente de los países en vías de desarrollo. 

Asimismo, artistas como la irano-canadiense Bahar Noorizadeh emplean referencias e imaginería propia de la ciencia ficción —como en sus cortos Ultima Ratio Δ Mountain of the Sun o After Scarcity— para hablar de temas políticos relacionados con la globalización y el capitalismo digital en Oriente Medio, desafiando las ideas utópicas que han dado forma a las visiones del futuro. La también kuwaití Monira Al Qadiri utiliza elementos culturales locales mezclados con tropos de la ciencia ficción, tales como las invasiones alienígenas de su corto The Craft, para crear instalaciones y vídeos inquietantes, así como artefactos artísticos que celebran y cuestionan la versión oficial de la historia pasada y futura.

Fueron precisamente reflexiones previas en forma de blog de Al-Maria las que sirvieron como caldo de cultivo del movimiento. En ellas se presentaba una versión crítica de un futuro largamente imaginado y materializado en el presente, en el que las nuevas tecnologías mediatizan las experiencias del individuo: «El amor se mediatiza a través del teléfono móvil y la muerte se conquista mediante la cámara». Se trataba de una narrativa con tintes apocalípticos, que difería de las propuestas de otros futurismos surgidos antes y entre las dos grandes guerras del siglo XX en los que las aspiraciones prometeicas de la humanidad se abordaban desde posturas optimistas, alineadas con las ideologías prominentes. A través de la sátira y la ironía, el Gulf Futurism nació para revelar los futuros frustrados sirviéndose de la flexibilidad narrativa que ofrecía la producción artística, mostrando ante el mundo la manera en la que los habitantes de esta región de Oriente Medio se han visto obligados a adaptarse al crecimiento desenfrenado de la cultura del lujo y del consumismo. Como afirma Al Qadiri: «El golfo es un lugar de una desconexión tan extrema que la única cosa que se puede hacer es enviar vídeos de otras personas o animales haciendo cosas que te gustaría hacer» [2]

Porque el Gulf Futurism no se aplica solo a un tipo de estética futurista reinterpretada desde el arabismo islamista y actualizada en estructuras arquitectónicas que se imponen a un medio ambiente históricamente hostil, sino que se ha extendido a la teoría y a los estudios críticos. Este desplazamiento no es extraño si se tiene en cuenta que existe una fuerte conexión entre el arte y los estudios sobre el futuro. El propio término «futurismo» procede del movimiento artístico italiano que nació a comienzos del siglo XX de la mano de Marinetti, y que se construyó sobre postulados patriotas y exaltados que aclamaban el triunfo de la humanidad sobre la naturaleza a través de los avances tecnocientíficos, despreciando cualquier nostalgia hacia el pasado y renegando de las ideas tradicionales sobre el buen gusto. Hoy en día el futurismo en cualquier de sus versiones (afrofuturismo, sinofuturismo, etc) no solo articula un intento por sincronizar la imaginería de una sociedad con su medio tecnológico, sino que trata de dar respuesta a los sueños sobre el devenir de la humanidad desde una perspectiva postcolonial. 

Como apunta Jussi Parikka, el arte se encuentra en una posición preferente para reflejar y cuestionar las tensiones culturales, sociales, políticas y económicas del presente: «las prácticas artísticas nos ayudan a comprender las formas de poder temporal así como los reclamos territoriales y las dislocaciones ya existentes, además de ofrecernos maneras visuales y narrativas que prescriben un futuro postcolonial aún por venir» [3]. Es en la comunidad artística en la el futurismo asume el papel de una perspectiva postcolonialista, comprobando cómo los recursos se desplazan de occidente a oriente. Actualmente se considera que las narrativas sobre las ciudades futuras, o sobre el futuro en tanto que realidad presente, funcionan como trasuntos de historias sobre el desposeimiento como parte de los futuros imaginados.

Fotograma del corto Black Friday, de Sophia Al-Maria.

Gulf Futurism y retrofuturismo 

Para comprender el alcance del Gulf Futurism es imprescindible acudir a The Girl Who Fell To Earth [4], una ficción autobiográfica en clave de odisea futurista que Al-Maria publicó precisamente en 2012 y en la que documenta su experiencia como emigrante en Estados Unidos en los años ochenta y noventa y su vuelta a la península arábiga. La elección del título no es una mera coincidencia: The Man Who Fell to Earth es la novela publicada por Walter Tevis en 1963 y llevada a la gran pantalla por Nicolas Roeg en 1976 con el camaleónico David Bowie como protagonista. 

La historia sigue los pasos de Thomas Jerome Newton, un alienígena humanoide al que da vida Bowie y que llega a la Tierra con el pretexto de patentar tecnologías de su mundo y el objetivo secreto de enviar agua a su planeta, que sufre una grave sequía. El final de The Girl Who Fell To Earth versiona el inicio de la novela de Tevis, con una protagonista extasiada por las luces del cielo nocturno en el monte Sinaí, que le hacen desear ser abducida por extraterrestres para concluir que, en realidad, ella es un ser que debe haber caído en la Tierra. 

En forma de pastiche, un recurso que da nombre a la apropiación y reinterpretación de elementos del pasado, Al-Maria revisita las promesas efectuadas por el desarrollo económico y la modernización, mostrando sus contrasentidos. En su análisis sobre la obra de Al-Maria [5], Mike Frangos enmarca esta invocación al pastiche en un discurso retrofuturismo nostálgico, en el sentido propuesto por Svetlana Boym: «El siglo XX empezó como una utopía y ha terminado como nostalgia»[6]. De este modo, y realizando una analogía con The Man Who Fell to Earth, la obra de Al-Maria conecta directamente con un tipo de retrofuturismo que critica la imposibilidad del capitalismo para ofrecer el futuro utópico que prometía. El propio Frangos apuntará a un recrudecimiento de la mirada crítica de Al-Maria, que se inclinará hacia un tecnopesimismo en el que se intuye la añoranza por unas expectativas incumplidas y que culminará, más tarde, con la aparición del Gulf Futurism. Cimentado en sus orígenes en historias personales (los periplos de Al-Maria y las hermanas Fatima y Monira Al Qadiri) y colectivas concretas (las de sus familias, vecinos, grupos de pares, etc.), el movimiento proporcionará un registro desde el pasado de una particular visión del futuro. 

Para comprender la relación entre el Gulf Futurism y el retrofuturo es preciso recurrir a la obra de Mark Fisher [7] que, siguiendo el pensamiento de Jacques Derrida, define la «hauntología» como una mirada retrospectiva a una idea de un futuro anhelado, pero aún por llegar. El Gulf Futurism implica una estética hauntológica conformada por sueños perdidos sobre ese futuro deseado y prometido en forma de sonidos tradicionales de oraciones suníes y chiitas que se superponen a ritmos electrónicos ralentizados (como el álbum WARN-UP de Al Qadiri), o de imágenes inquietantes de centros comerciales repletas de personajes imbuidos en el código estético del golfo (como en la instalación Black Friday de Al-Maria).

Fisher se posiciona claramente en un horizonte político contrapuesto al «capitalismo realista», una noción que sirve para que el propio capitalismo neoliberal se autodefina como única alternativa viable en términos económicos y político. Los evidentes efectos negativos del capitalismo se solapan con la creencia extendida de que cualquier desviación del mercado libre dirigirá a la humanidad al desastre total. Fisher enlaza esta idea a la de un futuro «lentamente cancelado», en un momento histórico que acumula décadas en las que la cultura popular no ha generado nada genuinamente nuevo. De ahí el éxito de lo retro, de la recuperación/imitación del pasado, de la nostalgia retrospectiva y del pastiche y la citación como síntomas de una época en la que las versiones de un futuro mejor están agotadas. 

Según Fisher, a pesar de todo no estamos preparados para renunciar a la idea del futuro y los «fantasmas de los futuros perdidos emiten reproches al mundo capitalista realista». En este sentido, los derechos de las mujeres, los movimientos antirracistas y decolonizadores, el ecologismo y la lucha contra la proliferación nuclear representan —entre otros— las voces de los colectivos desposeídos y silenciados desde los años sesenta, voces fantasmales que exigen inclusión y visibilidad y que se superponen a los intereses mercantilistas. El futuro prometido y perdido queda «cancelado», como diría Fisher, por las desigualdades sociales, económicas y materiales que manifiestan las obras enmarcadas en el Gulf Futurism: ya no se aspira a un futuro potencialmente utópico, sino a uno prescrito, premeditado e integrado en una infraestructura que impone los significados propuestos por el capitalismo colonialista. La dramática urbanización del desierto representa, por tanto, una manera de «lucroforming», tal y como propone China Miéville, una agenda político-geo-transformativa que busca convertir un planeta entero, incluyendo el nivel semiótico, en el biodomo más fecundo posible para el capital [8]. De ahí surge el fantasma de una ciudad moderna en la que habitantes y visitantes prefieren experimentar la escenificación de una ciudad hipermoderna en vez de una realidad más compleja y desestetizada. 

En una zona tan volátil como el golfo Pérsico en la que la población vive desconectada de su entorno natural, en el que la realidad se retransmite en directo y la arquitectura sirve como decorado para responder a los sueños de los privilegiados, y en la que el poder político acoge el capital extranjero pero recela de las libertades individuales preconizadas por los inversores ¿es posible materializar una idea de futuro? ¿O se trata más de un espejismo en medio del desierto que desaparece en cuanto nos acercamos demasiado?


Notas:

[1] BALLARD, J.G. (1971): Fictions Of Every Kind, Books and Bookmen.

[2] STERLING, Bruce (2012): «Gulf Futurism», Wired.

[3] PARIKKA, Jussi (2018): «Middle East and other futurisms: imaginary temporalities in contemporary art and visual culture,» Culture, Theory and Critique, 58-40 , p.42.

[4] AL-MARIA, Sophia (2012): The Girl Who Fell to Earth, Harper Collins, New York.

[5] FRANGOS, Mike (2017): «The Girl Who Fell to Earth: Sophia Al-Maria’s Retro-Futurism», C21 Literature: Journal of 21st-century Writings 5(3): 5, pp. 1–21

[6] BOYM, Svetlana (2007): «Nostalgia and Its Discontents», The Hedgehog Review (Summer), pp. 7-18.

[7] FISHER, Mark (2004): Ghosts of my life: Writings on depression, hauntology and lost futures, Zero Books, Londres.

[8] Miéville, China (2015): «Future City», Facing Forward. Art & Theory From a Future Perspective, Ed. Hendrik Folkerts, Christoph Lindner y Margriet Schavemaker. Amsterdam, Amsterdam University Press, pps. 43-53


Un balcón sobre mil guerras

El impresionante teatro de Leptis Magna, en la costa libia.

Siempre había una poderosa razón para no ir: una guerra en curso, un visado que no llega o, simplemente, una carretera demasiado imprevisible como para tentar a la suerte. Leptis Magna, esa preciosa ciudad romana a orillas del Mediterráneo, también es el tesoro mejor guardado de Libia.

Sabía de su existencia antes de que empezara la guerra de 2011, más o menos como todo el mundo. Cuando el país comenzó a desaparecer entre el escombro, Leptis Magna, «Leptis» a secas, pasó de ser un sustantivo a una mera interjección, un «¡Ay!» que resumía la preocupación de que las bombas llegaran a destruirlo. O un lamento por la pérdida del futuro, de lo que ese rincón del Mediterráneo nunca volvería a ser. Leptis es hoy angustia y melancolía a partes iguales.

—Está a cuarenta kilómetros de aquí, cuando quieras te llevo —escuché en Trípoli de boca de Wail, un treintañero que había trabajado como guía turístico en ese y otros muchos lugares. Hablaba inglés con un acento americano perfecto, tanto que pensé que sería uno de tantos libios que volvían a casa en 2011 tras años de exilio. Resultaba difícil de creer que Wail nunca hubiera viajado fuera de Libia. No recuerdo si la excusa para no ir a Leptis entonces fue que la carretera entre Trípoli y Misrata aún sufría ataques de los últimos leales a Gadafi, o que a Wail le habían robado el coche. Leptis lleva ahí dos mil años y ahí seguirá cuando vuelva, creo que le dije por teléfono antes de despedirme. 

Dos días antes habíamos comido juntos en una terraza literalmente a la sombra del arco de Marco Aurelio, en la ciudad vieja de Trípoli. No habrá en la capital, ni en toda Libia, restaurante más icónico que el Al Athar. Sobre un plato de pescado cocido dentro de un ánfora que el camarero rompió cuidadosamente ante nosotros, Wail me contó cómo funcionaba lo del turismo en los días de Gadafi. Los turistas eran escoltados desde que ponían el pie en el aeropuerto de Trípoli hasta que volvían a subir al avión. Aun así, no era suficiente: cada guía debía mandar un informe diario a la policía, sobre todo si los visitantes eran británicos o estadounidenses. A pesar de la estrecha vigilancia, casi siempre había alguien que conseguía librarse de la disciplina del grupo agarrándose al derecho de todo viajero a perderse cuando le de la gana. Las callejuelas de la ciudad vieja de Trípoli eran un lugar ideal para hacerlo, pero significaba una sentencia de muerte para la agencia turística involucrada. Wail decía que conoció a unos cuantos que tuvieron que cerrar tras un incidente similar.

Era realmente una pena. En Libia hay inmensas playas de arena blanca y desiertos en los que, dicen, aún se conservan huellas de vehículos de la Segunda Guerra Mundial gracias a un curioso fenómeno natural: nunca circula el viento. Debajo de esa arena hay mares de agua fósil y, sobre ella, ciudadelas de montaña como la de Nalut, ciudades-oasis como la de Gadamés, y ciudades romanas como las de Sabrata. O Leptis, claro. Y luego está Trípoli, con su fascinante medina y su Castillo Rojo desde el que Gadafi arengaba a los suyos. Y ese decadente aire colonial italiano que lo impregna todo, desde las vetustas cafeteras hasta la fantasía romana de su antigua catedral (hoy es una mezquita). «Una encrucijada de continentes y antiguos imperios, un lugar donde la historia cobra vida a través de extraordinarios monumentos a orillas del mar», decía una popular guía turística sobre Libia. Solo falta añadir que todo está a tiro de piedra. Roma está más cerca de Trípoli que de Berlín.

Pasear por Leptis es una buena manera de desconectar de la guerra.

Que la sede del Ministerio de Turismo durante la guerra de 2011 estuviera ubicado en un edificio brutalista soviético de color ocre era una metáfora bastante elocuente del espacio reservado al sector. En un despacho sin vistas al puerto por culpa de unas cortinas de lamas verticales que ya no giraban, un hombre enjuto sudaba junto a un cenicero enterrado en colillas. Se llamaba Mohamed Facron y se presentó como el director de Cooperación Internacional del Consejo Nacional de Transición. Fijando la mirada sobre el hueco dejado por el retrato de Gadafi —en Libia se colocaba siempre frente a la mesa, por lo de no darle la espalda al líder— Facron se quejaba de que este hubiera mantenido cerrado el país al turismo hasta 1990. —¿Es usted consciente de las enormes posibilidades de Libia? —soltó antes de arrancar una entrevista sobre el futuro del sector. Podía parecer un tema frívolo en mitad de una guerra, pero era otra forma de preguntar a los libios sobre lo que esperaban del futuro más próximo.

Facron era el hombre mejor situado para convertirse en ministro de Turismo de la Libia revolucionaria pero todavía no se le acumulaba el trabajo sobre la mesa. Era por culpa de la guerra, pero también el legado del modelo rentista instaurado por el rey Idris y que heredó el propio Gadafi. Según datos oficiales, el 85% de los asalariados en Libia pertenecía al sector público. Aún hoy siguen siendo legión los guías turísticos que reciben un salario en un país en el que el turismo es ya un recuerdo del pasado. Como los ochocientos funcionarios del servicio de ferrocarril. Nunca importó que Libia sea el único país del Magreb sin línea férrea. Apenas habían pasado dos semanas desde que lincharan a Gadafi (el 20 de octubre de 2011) pero el ministro en potencia insistía en que el nuevo Ejecutivo sería capaz de garantizar la seguridad a principios de 2012. —Una vez lo hayamos conseguido, los turistas llegarán en masa —sentenció justo antes de encender otro cigarrillo.

No ocurrió ni lo primero ni lo segundo. La euforia tras el final de la guerra aún duró unos meses, pero todo se empezó a torcer a mediados de 2012. El consulado americano ardiendo en Bengasi fue el pistoletazo de salida hacia una nueva etapa en la que cada año sería peor que el anterior. Las disputas intestinas empezaron a desgarrar Trípoli y Bengasi —las dos ciudades principales de Libia— en 2013; en 2014 sería el país el que se partiría en dos: la Libia del este y la del oeste, cada una con su gobierno propio. El Estado Islámico no perdería la ocasión de colarse por la «tierra de nadie» entre ambas en 2015 y levantar la capital mediterránea del califato en Sirte, la ciudad donde nació y murió Gadafi. La operación para extirpar el tumor yihadista llegó a su cénit a finales de 2016, cuando lo acorralaron en un barrio central de la ciudad del que solo se podía huir nadando. Los cadáveres de unos y otros se cubrían con pesados cortinones arrancados de aquella hilera de villas cubiertas de azaleas a pie de playa. Era como si las flores hedieran. 

Al día siguiente me subí a un coche y me planté en Leptis poco después de salir el sol. Justo en la zona de aparcamientos había un puesto de recuerdos donde compré un mapa de la ciudad con el texto en inglés, italiano y francés impreso antes de la guerra. Resulta que Leptis es la adaptación romana del bereber «Lbqy»; lo de «Magna» era para distinguirla de la Leptis Minor tunecina. La libia había sido construida sobre un asentamiento fenicio del siglo VII a. C. y llevada a su máxima expansión ocho siglos más tarde por Septimio Severo, el único emperador bereber que tuvo Roma. La ciudad creció alrededor de un puerto desde el que se exportaba aceite de oliva, oro, marfil, animales salvajes para el circo y esclavos para lo que fuera hacia el resto del imperio. Únicamente Alejandría podía soñar con hacerle sombra entonces, pero aquello duró hasta el siglo V, cuando el rey vándalo Genserico la convirtió en su capital. Justiniano la recuperaría para Roma y luego los bereberes reclamarían lo que siempre había sido suyo. Sin ir más lejos, los romanos acabaron bautizando a todo un continente con el nombre de la tribu cartaginesa local de los Afri. «África» es la «tierra de los Afri». Leptis iría perdiendo su antiguo poderío comercial y, para cuando llegaron los árabes en el siglo VII, apenas quedaba nada. No me extiendo con información que se puede encontrar en la Wikipedia.

Cuesta distinguirlo porque se trata de un camaleón.

Enfilé en el silencio más absoluto por la avenida que Severo construyó para unir la ciudad al puerto, intentando imaginar cómo sería todo aquello. No era difícil porque ya se dice en todas partes que se trata de una de las ruinas romanas más impresionantes y mejor conservadas del mundo. Las columnas de mármol de la basílica, el arco de Trajano, el mercado… Y luego estaban los pequeños detalles, como esa polla tallada en piedra que indicaba que aquella fue un día la calle de las prostitutas. En cualquier caso, lo más impresionante es ese precioso teatro que había visto en tantas fotografías. Desde la grada superior se abría una vista panorámica desde la que podía ver a un grupo jugar un partido de fútbol en la playa y a otros tres chavales haciendo kite surf. La de gente disfrutando de algo, lo que sea, es otra de las muchas imágenes de Libia que raras veces nos llega. Y es una lástima porque son precisamente esas las que nos recuerdan que los libios, lo mismo que los sirios, los afganos y todos los que sufren las guerras, se parecen mucho más a nosotros de lo que solemos pensar.

Poco a poco se dejaban caer los primeros visitantes. Eran parejas locales caminando a una distancia prudencial como marcan los cánones del cortejo en estas latitudes, y también familias con niños de la ciudad vecina de Khoms. Todos parecían querer perderse entre avenidas y callejones que sin duda conocen mejor que nadie. Hay camaleones capaces de fundirse con el color de la piedra por la que trepan sigilosos. Alguien recoge una botella de plástico de la calzada antes de un selfi en el templo de Serapis: agarrado a una columna o de pie sobre ella el más valiente. Desde el templo de Roma y Augusto se escucha hip hop libanés. Llega del teléfono de un adolescente que hace parkour, a pocos metros una repisa contra la que rompen las olas. Libios poco mayores que él estaban en ese preciso momento luchando contra el Estado Islámico a tres horas de coche hacia el este. Costaba creerlo. Únicamente el martilleo sobre nuestras cabezas de los helicópteros evacuando a los heridos más graves a Trípoli nos recordaba que había una guerra en curso. También que, a diferencia de la malograda Palmira en Siria, Leptis quedaba fuera del alcance del cáncer yihadista. 

Buscando la salida me topé con una marea de niños que habían llegado en varios autobuses desde Trípoli. A la sombra del arco de Septimio Severo, cinco profesores entregados intentaban juntar al grupo para darle las instrucciones: tras la visita guiada, los críos tenían una hora para explorar la ciudad por su cuenta antes de volver a reunirse en el mismo sitio. —Les traemos aquí todos los años para que conozcan su historia y la sientan como suya —me dijo uno de los responsables. Era una frase poco original que podría haber escuchado de cualquier profesor en un viaje de fin de curso en cualquier lugar del mundo. Su valor añadido era escucharla en Libia, un país cuya historia más reciente parecía una vulgar secuela de la más antigua. Los turcos, los rusos, los franceses, los saudíes y el resto de los que se disputan hoy este rincón del Mediterráneo no han hecho sino tomar el relevo de romanos, vándalos y árabes.

No he vuelto a Leptis desde entonces por las mismas razones que enumeraba al principio. Cuando escribo estas líneas, se acaba de zanjar la última de las mil guerras libias con una sonora derrota del gobierno del este. Cuesta, no obstante, hacer el corte entre los distintos conflictos, más que nada porque cada uno es la consecuencia del anterior. ¿Cuándo acaba este y empieza el siguiente? Probablemente sea más ajustado a la verdad decir que la guerra que arrancó oficialmente el 17 de febrero de 2011 y que puso fin a cuatro décadas de una dictadura delirante sigue sin apagarse. Eso sí, me dicen que Leptis sigue indemne, que no hay ningún cráter nuevo desde tiempos de los vándalos. Realmente es un milagro.

El arco de Septimio Severo, el único emperador bereber que tuvo Roma.


¿Cuánto sabes del pifostio de Oriente Medio?


Daniel Kutner: «Llegamos a la conclusión de que Israel sería la única manera de que los refugiados judíos pudiéramos gozar de seguridad»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 32

«Yo soy el embajador de Israel, no del pueblo judío». La aclaración la hace Daniel Kutner al cabo de unos minutos de entrevista. Y pone sobre la mesa una cuestión sobre la que gira casi todo lo demás: la identidad judía. A partir de ella, este argentino que emigró por convencimiento sionista a Israel en 1973 trata de explicar por qué cada judío del mundo parece ser responsable de lo que hace Israel, por qué el pueblo judío tiene derecho a un Estado y por qué no han logrado, tras setenta años de vida, la paz con sus vecinos árabes.

Kutner, un estudioso de Oriente Medio y apasionado de la pintura que nos recibe en la Embajada de Israel en Madrid, cree que la atención que recibe el conflicto Israel-Palestina está sobredimensionada por causa de una herencia antisemita que todavía pervive, afirma, en España.

Su posición en cuanto al conflicto es pragmática: «Podemos estar discutiendo toda la vida sobre si antes estábamos aquí unos u otros o sobre quién tiene la razón. La cuestión es que ambos pueblos nos hemos reconocido y hay que trabajar desde ahí».  

¿Es difícil ser judío en España?

Creo que, en general, ser judío en España no es distinto a ser judío en otros países europeos. Lo que no quiere decir que no haya ciertos desafíos en ciertos lugares. Por ejemplo, me llega que en ciertas universidades públicas la atmósfera puede estar medio enrarecida para aquellos correligionarios, amigos de Israel, a quienes les importa Israel. Pero, en general, la española es una sociedad abierta. Generalmente hablando existe libertad de culto, libertad de expresión…

Todavía queda en nuestro país mucha gente que usa la palabra judío como un insulto…

Para nosotros no lo es.

Obviamente, pero…

Para nosotros llamarnos judíos es motivo de orgullo.

Pero hay una parte española que todavía siente rechazo hacia el concepto de ser judío, ya sea por prejuicio o por desconocimiento. ¿Cree que en España existe antisemitismo o, por no decirlo de una manera tan brusca, judeofobia?

Creo [largo silencio] que hay un estrato, sí, de antisemitismo [largo silencio] del tipo clásico. Un poco con raíces en actitudes religiosas que han cambiado, pero a veces es más fácil cambiar la doctrina que cambiar a la gente. Pero, básicamente, sí. Yo creo que el desafío más serio viene de cierto tipo de izquierda que se ensaña con Israel de forma peculiar y que nos ataca como no ataca a ningún otro país del mundo.

¿Cree que eso tiene una relación con las políticas de Israel en lo que al conflicto con Palestina respecta?

Bueno, seguro que influye. La pregunta es si eso también es una manifestación de ese antijudaísmo del que estamos hablando.

Un amigo judío de Madrid me cuenta que, a veces, cuando dice que es judío, algunas personas le preguntan por el muro, por Gaza o le echan en cara ciertas decisiones militares de Israel. Él me dice que no comprende esto, que es como si él entrase en una tienda regentada por un chino y le empezase a echar en cara la represión en Tíbet mientras le compra unas cervezas. ¿Por qué cada judío parece responsable de lo que hace Israel?

Buena pregunta…

¿Le parece que es así? ¿Que cada judío responde por el conjunto de Israel?

La pregunta es si ese antijudaísmo atávico, que esperamos esté en vías de extinción, si eso no tiene que ver con ese tipo de actitud, de ensañamiento, de singularización de Israel en cuanto a la crítica. Cuando tenemos en el mundo ejemplos mucho más tristes de verdaderas violaciones de derechos humanos y de problemas, de matanzas y de genocidios. Sin embargo, la cantidad de atención que se le dedica al tema israelí no guarda proporción con la relativa importancia del tema. No es que no haya que resolverlo, no es que no haya lugar a opiniones. Pero cuando hacemos un análisis del metalenguaje, la cantidad de páginas, la cantidad de letras y de bytes que se dedican a eso, la ferocidad de la crítica… cabe preguntarse: ¿de dónde viene?

Desde el punto de vista conceptual, ¿qué es ser judío? Porque esto tiene kilómetros de literatura y hasta la esencia misma del ser judío genera debate. ¿Es una condición religiosa, es una etnia, es un pueblo, es una nación?

Bueno, te recuerdo que soy el embajador de Israel, no del pueblo judío. Pero sí somos el Estado judío. Y a nivel personal te puedo responder que ser judío es todo lo que mencionaste. Somos un pueblo muy antiguo en cuya cohesión la religión tuvo y tiene un papel muy central. Hoy en día, en el mundo libre, ser judío consiste en decidir en qué medida uno puede y quiere ser activamente judío. Por ejemplo, la comunidad judía en Madrid es una comunidad tradicional, apegada a sus tradiciones, unida. En otros países es distinto, así que somos todo eso. Somos una religión universal, pero también es una religión muy ligada a la historia del pueblo. Tenemos una historia de tal vez tres mil años. Así que los que ves hoy en día somos herederos de un legado milenario.

Ya que me aclara usted que es el embajador del Estado de Israel y no del pueblo judío, la pregunta que le hago es: ¿Por qué un pueblo tiene derecho a un Estado? ¿Por qué la diáspora judía tuvo derecho a Israel cuando hay muchos pueblos sin Estado?

Eso habría que preguntárselo a esos otros pueblos. Lo que nosotros sufrimos nos llevó a la conclusión en la época del auge nacionalista en el mundo —especialmente en Europa y más específicamente, si queremos entrar en detalles, en Europa Central y Oriental— de que la única solución para lo que en ese momento se llamaba el problema judío era normalizarnos. Convertirnos en un pueblo como todos con un Estado propio, llegamos a la conclusión de que Israel sería la única manera de que los refugiados judíos pudiéramos gozar de nuestra seguridad y volver a tener el control de nuestro destino. Dos mil años de dispersión, de diáspora, nos sometieron a los caprichos de los gobernantes de los pueblos en los que vivíamos. Al principio de la Edad Contemporánea, con la Revolución francesa, hubo una ilusión de que tal vez los judíos podrían integrarse como ciudadanos en las sociedades donde vivían. Pero la experiencia trágica de la Segunda Guerra Mundial convenció al mundo de que no era posible. Que los judíos, incluso en las sociedades donde estaban más integrados, más asimilados, donde habían luchado por los propios países donde vivían, fueron perseguidos y asesinados.

Lo cierto es que antes de la Segunda Guerra Mundial el sionismo era un movimiento en el que la mayoría de judíos europeos no mostraban interés. No tenía mucha repercusión porque se sentían a gusto en los Estados a los que pertenecían. ¿Cree, por tanto, que es la Segunda Guerra Mundial la que establece la identidad judía moderna?

Sí. Uno podría decir que la Segunda Guerra Mundial superó las identidades nacionales. Esas ideologías, junto con su base social, fueron totalmente destruidas por los nazis. Y en cierta medida también por la opresión estalinista en la Unión Soviética.

¿Y por qué ahí? ¿Por qué en lo que se considera Tierra Santa? ¿No son las razones religiosas y bíblicas un poco frágiles desde un punto de vista político y laico?

Porque esa es nuestra cuna. Y el concepto de la tierra de Israel está imbuido en nuestra cultura nacional mucho más allá de su significación religiosa. A pesar de que en un primer momento se decía: «La situación de los judíos es tan grave que hasta que consigamos establecernos en nuestra patria histórica, en la tierra de Israel, tenemos que encontrar una solución aunque sea temporal». Se manejó la zona de El Arish, en la península del Sinaí, se habló de Madagascar, se habló de Uganda. Ninguna de esas soluciones racionales, laicas, produjo ninguna atracción. La que atrajo fue la que apelaba también al sentido de un pueblo que quería autodeterminación en términos modernos, pero ligado a su tradición. Ligado a su ADN histórico, que nos lleva de vuelta al lugar donde nacimos y donde crecimos y donde escribimos. Donde se formó el legado más importante del pueblo judío, la civilización, que es la Biblia. Así que por eso es que históricamente fue el sionismo el que en realidad fue la solución para el problema del pueblo judío y de su persecución en el siglo xx. Y ahora estamos en el siglo xxi tratando de desarrollarnos como un país en este mundo actual.

Israel tiene libertad de culto y, de hecho, tiene presencia parlamentaria de un partido árabe palestino. Pero ¿no cree que un Estado debe tender a limitarse a ser una administración que atienda a sus ciudadanos independientemente de su condición religiosa y nacional? Lo pregunto por la condición de Israel de Estado judío.  

Sí, pero como he dicho el tema de Israel surgió como un país del pueblo judío y para dar solución al pueblo judío. No podemos darle la espalda a la tradición que tiene la religión en la identidad de sus habitantes. Y eso no solamente es exclusivo de Israel, sino también de todos los países de la zona. Pero la ley y nuestro Parlamento, la Knéset, reconocen a las distintas comunidades religiosas que existen. Y que hemos heredado, en realidad, de los regímenes anteriores del mandato británico y del Imperio otomano. En nuestra región somos el país que más… [pausa, no completa la frase], somos un país que se rige sobre la base de las leyes que legisla su Parlamento y de las reglas de la democracia, que hemos adoptado desde antes incluso de la creación del Estado, cuando éramos todavía una comunidad que convivía con otras bajo el dominio británico.

Mi pregunta no era tanto si el Estado de Israel debe tender a despojarse de su condición de Estado judío en un sentido religioso, sino nacional también. Si ese concepto de Estado-nación perdurará en Israel o va a tender a ser una Administración aséptica.

Los pioneros que crearon el Estado de Israel no lo hacían en nombre de la religión, lo hacían en el nombre del derecho de autodeterminación de un pueblo. Un pueblo cuya cultura nacional está íntimamente ligada a su legado religioso. Esto también ocurre en el mundo árabe. Yo le dediqué muchos años al estudio de la región y encontré en ese sentido un gran paralelismo. También los ideólogos del nacionalismo árabe tenían ese dilema de que la cultura, su cultura, estaba íntimamente ligada a sus raíces religiosas. En su caso, el Corán como base de su nacionalidad, idioma, etcétera. De esa manera también nuestra cultura nacional está íntimamente ligada a nuestras raíces.

Algunos compatriotas suyos no creen en el pueblo palestino como tal. Explican que la identidad nacional palestina es posterior a la fundación de Israel y reducen el concepto «pueblo palestino» a árabes egipcios o jordanos que vivían en un territorio sin statu quo, ya que era un protectorado británico.

No sé quién dice esas cosas.

Bueno, en Israel me he encontrado bastantes personas que opinan de esa manera. Que no creen en la esencia de un pueblo palestino, sino que lo ven como una herramienta.

Como sionista yo distingo entre el estudio histórico de nacionalidades y de la historia y el reconocimiento de las narrativas que tiene cada pueblo. Así que, si me preguntas a mí, Daniel Kutner, que estudié sobre el Medio Oriente, te voy a decir que sí, que hay una conciencia singular de los palestinos que se desarrolló con el mandato británico cuando fue separada políticamente del resto de Siria, que quedó bajo mandato francés. Las características peculiares de la época del mandato crearon una conciencia, dentro de los árabes de esta zona, distinta. Que fue diferenciándose paulatinamente del resto de los árabes que quedaron del otro lado de la frontera. Los árabes palestinos tienen su propia narrativa. Nosotros hablamos de los árabes palestinos en el acuerdo que hemos firmado con Egipto, con la Autoridad Palestina, etcétera. Así que me parece que ya hemos superado esa etapa.

Del mismo modo, también me encontré narrativa palestina que habla de un solo pueblo, del pueblo semita. Y que, en todo caso, una diferenciación entre musulmán y judío sería, según esta narrativa, una diferenciación religiosa dentro de un mismo pueblo que siempre creció ahí.

Sí, pero no nos confundamos. Cada uno busca el pasado en el que reclutar, movilizar, cada uno de sus argumentos. Tenemos que superar esa etapa, porque la pregunta es si vamos a seguir excavando en quién estuvo antes y quién tiene más razón, y a mi razón se va a oponer otra razón, y «nosotros estuvimos aquí en la época de David» y «nosotros estuvimos aquí en la época de los cananeos», y vamos a ir hasta Mesopotamia. En 1993 sucedió algo importante, que fue que el líder palestino y el primer ministro de Israel, Yasir Arafat e Isaac Rabin, firmaron documentos de reconocimiento mutuo. Yo creo que tenemos que empezar desde ahí. Decidir si queremos seguir excavando en el pasado e ir haciendo una competición sobre quién tiene más razón, o si queremos buscar una solución. Y la solución está claro que es una solución basada en la convivencia de los pueblos.

¿De dos Estados?

Posiblemente en dos Estados, si no vamos a llegar a otro tipo de arreglo. Pero compartiendo el mismo terreno.

Pero ¿es factible? Porque desde 1993 siguen pasando los años y no parece que haya un atisbo de…

Israel no ha cambiado… El primer ministro Netanyahu, en un discurso pronunciado en la Universidad de Bar Ilán, habló de dos Estados. Israel y un Estado palestino. Siempre que se garantice la seguridad de los ciudadanos israelíes, claro, porque estamos hablando de un territorio muy pequeño. Es que Israel es muy vulnerable. Si estuviste en Israel habrás aterrizado en el aeropuerto de Ben Gurión [aeropuerto de Tel Aviv]. Ese aeropuerto queda a siete kilómetros de la llamada Línea Verde. O sea, aquí estamos hablando de asuntos de vida o muerte. Pero si se garantiza la seguridad de Israel, pues que haya dos Estados.

Pero insisto en preguntarle si es factible. Porque los hechos se empeñan en mostrar que no.

Hoy en día se ve difícil. Israel mira alrededor en la región y no puede menos que tomar una política de extrema cautela, porque Oriente Medio está en llamas. Hay una ola de extremismo yihadista que azota a nuestros vecinos. Tenemos prácticamente una guerra, una insurgencia yihadista, en la península del Sinaí. Tenemos a Al Qaeda y a Daesh, a EI, del otro lado de nuestras fronteras en Siria. Tenemos a Hezbolá, una organización armada más poderosa que el Estado libanés, auspiciada por Irán en el norte. Y Jordania, una monarquía que está tratando de afrontar este reto de millones de refugiados. No es un país rico, es un país sensato, pero carente de recursos naturales, y ha tenido ola tras ola de refugiados a los que está tratando de mantener sin que quiebren a la sociedad jordana. Mirando alrededor, mirando a lo que pasa dentro del territorio palestino, veo muchos signos de interrogación. ¿Con quién vamos a firmar hoy en día un acuerdo? ¿Con el presidente de la Autoridad Palestina? Que fue elegido hace más de, ¿cuánto?, ¿quince años? Hemos visto qué ha pasado con otros líderes árabes en estos últimos años y cómo aquellos que pensábamos que eran baluartes de la estabilidad han caído por presión popular. La Autoridad Palestina está cuestionada por parte de su propio público, no tiene control sobre la Franja de Gaza, está en manos de una organización islamista que no reconoce a Israel y no está interesada en reconocer a Israel. Estoy hablando de la organización Hamás, que tomó el control de la Franja de Gaza en 2007 y mantiene su poder ahí por la fuerza de las armas. Y cuestiona el derecho del presidente de la Autoridad Palestina, de Mahmud Abás, de negociar una paz con Israel. Entonces, ¿con quién vamos a firmar? Por eso es que no lo veo como un asunto muy inmediato.

En época de relativa estabilidad, incluso cuando estuvo cerca la paz, siempre han aparecido unos escollos que parecen ya recurrentes. Que suelen tener que ver con el estatus de Jerusalén, con el retorno de los refugiados palestinos a Israel y con la continuidad territorial del Estado palestino. ¿Cómo cree que se podrían solucionar estos tres escollos?

Hay esos y hay otros más. Por ejemplo, cómo nos vamos a repartir el agua, cómo nos vamos a repartir el espectro electromagnético. Había, hay, toda una serie de temas que en su momento se estaban discutiendo y había comisiones mixtas, en algunas se habían logrado más avances, en otras menos.

Pero en estos tres que le planteo no se logró ningún avance, en ningún momento.

Se habló de opciones, pero no se llegó a ningún acuerdo. Y son, realmente, algunos de los temas más graves. La única manera en que vamos a poder superarlos es sentándonos a hablar de ellos. Y los palestinos, por ahora, no están interesados en sentarse a negociar. Ellos prefieren tratar de ejercer presión internacional, presión indirecta sobre Israel, con la esperanza de que puedan lograr sus objetivos sin tener que hacer ellos ningún sacrificio propio.

Desde su punto de vista, ¿se le ocurre alguna solución para esos tres escollos?

Sí, se me ocurren varias. Lo que pasa es que en esta etapa, hasta que no nos sentemos a negociar, no es época de andar… [silencio]. Es decir, quien tiene posición oficial no puede presentar ideas de este tipo. Para eso hay institutos, estudiosos, académicos y políticos.

Comprendo…

Sí le puedo decir que la posición de Israel en estos temas es muy clara. Jerusalén es la capital de Israel. Los refugiados… [piensa] yo creo que el liderazgo palestino tiene que tener coraje para asumir la realidad. Y es que no va a haber una vuelta masiva de palestinos al Estado de Israel. El problema de los palestinos, de los refugiados, es que muchas veces los palestinos y los árabes en general no lo tratan como un problema humanitario, sino como un problema político. Por eso se han negado, en realidad, a resolver el problema de los refugiados. Israel, en los tres años que siguieron a su independencia, absorbió un número de refugiados judíos igual al número de palestinos que perdieron sus hogares durante la guerra de la Independencia, por distintas razones. Y ya a finales de los años sesenta no había ningún campo de refugiados judíos en Israel. Y éramos un país pobre, un país que salía de una guerra sin recursos, pero sí teníamos voluntad de resolver el problema. También los refugiados de los países árabes que fueron echados de sus comunidades milenarias reconstruyeron su vida en el Estado de Israel. Los árabes, en cambio, tuvieron una política —no es ningún secreto, no es una opinión, es un hecho— de mantener el problema de los refugiados vivo hasta hoy en día. ¡Y el absurdo del absurdo es que, dentro de la Autoridad Palestina, en las zonas controladas por los palestinos, hay campos de refugiados palestinos! No hay voluntad de resolver el tema de los refugiados y, sin embargo, es claro también para ellos que no va a haber una invasión masiva de refugiados en el territorio del Estado de Israel.

La idea general en Palestina dice que, cuando se funda Israel, muchos árabes que están allí son expulsados y que, por tanto, tienen derecho a volver a su casa y el Estado de Israel debería facilitarles esa vuelta.

Mira, si fueron expulsados o si se fueron solos o se escaparon de la guerra es un debate histórico. Podemos debatir hasta pasado mañana. El hecho es que hay quienes sueñan con destruir el Estado de Israel. Y si no pueden mediante las armas, porque saben que es imposible, creen que pueden hacerlo mediante una invasión demográfica. No va a suceder. El problema del asunto de los refugiados palestinos se va a resolver en el marco del Estado palestino, en el marco de los países donde viven, en el marco de otros países que quieran acoger a inmigración.

Me dice que cree en la solución de dos Estados. Pero ¿cómo va a aplicarse esa solución mientras haya asentamientos en Cisjordania?

Nuestra experiencia en la Franja de Gaza no es muy alentadora. Israel, un poco siguiendo el consejo de muchos amigos de buena voluntad, desalojó en 2006 la Franja de Gaza de forma total e incondicional. Incluso retiramos comunidades que habían crecido en la Franja de Gaza y evacuamos a todos los ciudadanos israelíes. Y lo que sucedió fue que Hamás tomó el control de la Franja de Gaza y los lugares donde habían existido comunidades judías y los destruyó. Incluso empresas que fueron compradas por inversores de buena voluntad para que pudieran seguir trabajando bajo control palestino fueron totalmente destruidas. Se supone que iban a proveer lugares de trabajo. Fueron destruidas y usadas como campos de entrenamiento y de bases de esta organización islamista. Así que hoy en día, cuando el público israelí escucha las demandas de retirada unilateral, dicen: «Bueno, pero, mira, no es tan simple, no es un asunto unilateral». Pasó lo mismo en el sur del Líbano, donde teníamos presencia desde la guerra civil libanesa. Cuando nos retiramos de forma unilateral e incondicional, lo que pasó fue que Hezbolá tomó posesión de esa zona y la empezó a usar como base de ataque contra Israel. Nos bombardearon. Así que estos asuntos no son automáticos, tienen que ser negociados. Para resolverlo va a haber que sentarse en la mesa. Dicho esto, mucha gente en Israel lo ve [Cisjordania] como parte de nuestra patria histórica. Sería absurdo que no tengamos el derecho, aunque sea, de vivir ahí. Si bajo soberanía de este o del otro, eso son cosas que se resolverían en el futuro.

Setenta aniversario del Estado de Israel. Si repasamos estos setenta años, no ha sido una existencia tranquila. ¿De qué manera ha afectado a la sociedad israelí vivir en un conflicto permanente, no conseguir unos periodos de paz extensos?

Los israelíes han logrado crearse su paz dentro de esta situación en la que hemos tenido que defendernos de ataques exteriores y al mismo tiempo crear, crecer y llevar una vida normal. Hoy en día Israel ha llegado a logros significativos en distintos campos. Somos un país pequeño, del tamaño de la Comunidad Valenciana, con una población poco mayor que la de Cataluña. Y en este mundo tan complejo, globalizado, hemos encontrado la manera de integrarnos en la economía mundial. Y eso gracias al desarrollo tecnológico, a la investigación, al cultivo de conocimiento como una parte importante de nuestra vivencia nacional. Eso es algo que estaba imbuido en nuestro movimiento nacional desde el primer momento. La piedra fundacional de la Universidad Hebrea de Jerusalén fue puesta durante la Primera Guerra Mundial, cuando los británicos todavía estaban persiguiendo a los turcos-otomanos en lo que entonces se llamaba Palestina. Así que ya ves que el tema este del conocimiento es uno de los pilares de nuestro renacimiento nacional, junto con la creación del idioma, la vuelta a la tierra, etcétera. Y es la clave de cómo Israel, hoy en día, ha logrado encontrar su lugar en la economía mundial. Los sectores de alta tecnología proveen casi la mitad de nuestras exportaciones. Somos un país muy orientado a esas exportaciones, lo que se entiende dado nuestro tamaño. Tenemos un producto interior bruto de trescientos ochenta mil millones de dólares y casi un tercio son exportaciones de productos de alta tecnología. Es la locomotora de nuestra economía.

Son estos aspectos que la mayoría de españoles desconoce. Mucha gente asocia Israel a conflicto y guerra, no se irían nunca de vacaciones o a visitar Israel. Es como si el conflicto absorbiese todo lo demás…

Sí, pero no está justificado. Tenemos tres, cuatro millones de turistas por año que vienen y pueden comprobar por sus propios ojos que Israel es un país que vive en paz, donde hay mucho para ver. Donde se combina el pasado histórico, con una profunda dimensión espiritual, con una ciudad como Tel Aviv, supermoderna, que vive veinticuatro horas por día, que es la cuna de innumerables jóvenes empresas —no solamente en Tel Aviv, también en Jerusalén, también en Haifa, también en Beerseba— y donde muchos jóvenes, junto con investigadores, pueden crear con facilidad empresas con futuro.

En Tel Aviv y en Israel en general nacen cada año decenas de empresas y muchas acaban siendo vendidas por cientos de millones de dólares. Eso surge en un ambiente muy específico. Es un ecosistema, no es una casualidad. Hay una serie de instituciones que tienen una interacción muy positiva entre ellas, pero también se debe a una cultura muy específica de nuestra zona, que está relacionada con nuestra tradición, nuestra manera de ser, con la experiencia que tienen los israelíes habiendo tomado posiciones de responsabilidad en una edad temprana como parte de su servicio militar, etcétera. En fin, una serie de otras características subjetivas que son difíciles de cuantificar y que todas juntas convierten a Israel en un caldo de cultivo muy positivo para este tipo de empresas de las que estamos hablando, startups de alta tecnología.

De acuerdo, pero vuelvo al asunto: todos estos son hechos que Israel no parece estar sabiendo comunicar o mostrar. Es como si hubiera otra guerra, la que tiene que ver con la imagen, la propaganda, que Israel parece perder. La mayoría de la gente en España, cuando opina sobre el conflicto, se alinea automáticamente con Palestina.

Mira, no sé quién es la gente. Yo sé que Israel despierta mucho interés en todos a los que les importa el futuro. Nos llaman nación startup, una nación que produce, que ha tenido seis premios Nobel en la última década. Basada en nuestro insignificante tamaño con universidades de nivel mundial, cientos de compañías startup que surgen cada año. Han surgido en los últimos quince años quince mil compañías, de las cuales cinco mil están activas, quinientas de ellas han sido compradas o han salido a bolsa de forma espectacular. Que atrae inversiones extranjeras en miles de millones de euros. Ese es un aspecto de nuestra realidad que atrae mucho en España. Respecto a lo demás, sí, hay un legado de una visión un poco unilateral influida por una visión equivocada que identifica necesaria, automáticamente, al lado más débil con el lado con más razón. Pero, a medida que la gente entra más en el tema, entiende que hay ahí una complejidad y que las cosas no son claro-oscuro. Las asociaciones no son así, uno-dos-tres y terminamos. Hemos hablado de la necesidad de llegar a un acuerdo, no se pueden tomar decisiones unilaterales. Tenemos que tener en cuenta el entorno violento en el que vivimos, en lo que hace a las relaciones con nuestros vecinos. Pero, habiendo dicho esto, nos concentramos en vivir nuestra vida y en tratar de progresar, al mismo tiempo haciendo nuestra contribución al bienestar del mundo, como nuestras moléculas que se convierten en medicinas, con soluciones, con nuestros físicos, nuestros inventos que se convierten en productos y muchos de los cuales pertenecen a la vida diaria de los habitantes de este planeta, aunque no lo sepan. Aunque no sepan que dentro de su teléfono móvil hay tecnología israelí, dentro de su ordenador. O cuando, si por desgracia tienen que ir al médico y tomar medicinas, esa molécula fue inventada por Israel.

¿Cómo es la relación actualmente entre España e Israel?

Bueno, las relaciones son buenas. Son dos países que tienen una larga historia. Por un lado, son unas relaciones que están arraigadas en la historia del pueblo judío en la península ibérica, que se remonta al menos a la época romana. Que tuvo su trágico fin en 1492 con el edicto de expulsión. Así que eso es parte de nuestro legado. Pero al mismo tiempo son relaciones entre dos países modernos que miran hacia delante. Sin olvidar el pasado, pero mirando hacia delante. Tenemos unas relaciones comerciales bastante profundas. Somos, después de Arabia Saudita, el país del Oriente Medio con el mayor volumen de negocios con España. A nivel político tenemos un diálogo muy abierto, muy profundo. No siempre estamos de acuerdo, pero sabemos hablar de esas cosas alrededor de la mesa. Hay un intercambio bastante intensivo a nivel profesional sobre distintos temas. Además de eso, hay un vínculo cultural. España es muy querida en Israel, desde niveles de cultura popular hasta deportes. El fútbol español es seguido muy de cerca por los israelíes.

¿Hay una buena imagen de España en Israel por lo general?

España se ha convertido en el destino preferido de los israelíes en sus vacaciones. Alrededor de trescientos cincuenta mil israelíes visitan España cada año. Para España es una gota en el océano de turistas que recibe, pero para nosotros es una proporción muy importante de nuestra población. La gente en Israel conoce y les gusta el idioma español, la música, la comida, el fútbol.

No puedo terminar sin preguntarle por lo que está pasando ahora mismo en la Franja de Gaza. Son muchas las voces críticas que hablan de un abuso de la fuerza por parte del ejército israelí en la frontera.

Bueno, quiero contextualizar. Estamos hablando de una zona que está bajo gobierno de una organización, Hamás, islamista, que ha sido calificada como una organización terrorista por la Unión Europea, Estados Unidos, Canadá y otros países. Y está en serios problemas: debido a su carácter, ha saboteado la llegada de ayuda para reconstruir Gaza. La situación en la Franja es realmente miserable y se encuentran ante la urgente necesidad de exteriorizar esa culpa. Y por eso han organizado esta movilización basada en un tema que ellos saben que es sensible para la opinión pública palestina, que es el tema de la movilización para el retorno. Dentro de esta movilización —en la que, objetivamente, estamos hablando de decenas de miles de civiles— está infiltrado el aparato militar de Hamás. Y ellos son los que están tratando de canalizar estas manifestaciones en invasiones masivas contra la cerca fronteriza. Pero esta es nuestra frontera con el yihadismo, nuestra frontera con el extremismo, la tenemos que defender sí o sí. Y cuando estos militantes, aprovechando la cobertura de las manifestaciones, tratan de sabotear la cerca, tratan de infiltrarse, tratan de plantar bombas improvisadas o no improvisadas… ahí se los para. Y estos son los muertos de los que se habla en la prensa. Israel tiene una política muy restrictiva en cuanto a abrir fuego, pero no podemos permitir una situación en que esta frontera sea violada, estas infiltraciones masivas a las que tratan de llevar los yihadistas, los islamistas de Hamás.


Alain Gresh: «El de Macron es el gobierno más de derechas que ha tenido Francia desde 1958»

Fue redactor jefe de Le Monde Diplomatique y actualmente es el director del diario digital centrado en Oriente Medio orientxxi.info. Alain Gresh (El Cairo, Egipto, 1948) acudió a Sevilla a la última edición del Congreso Mundial sobre Oriente Medio y el Norte de África (WOCMES) que organizó la Fundación Tres Culturas para participar en una mesa redonda sobre islamofobia en la que se analizó el papel de los medios en este problema. Sigue considerando que el conflicto entre Palestina e Israel, en el que su padre fue mediador antes de ser asesinado, tiene un gran valor simbólico, como el apartheid, que puede marcar el camino para la resolución de muchos otros.

Su libro Israel, Palestina, verdades sobre un conflicto estaba dedicado a la generación de su hija que no conocía el origen de la disputa.

La cuestión palestina está cambiando continuamente. Es difícil saber qué dirección va a seguir, pero para las nuevas generaciones no será una cuestión de si hay un estado o dos, sino que será un problema de igualdad de derechos. Creo que la cuestión avanzará en la dirección de la igualdad de derechos en el territorio israelí-palestino.

Ahora hay gente que dice que no es importante, que es mucho más grave lo de Siria o lo que pasó en Irak y se preguntan por qué hay que seguir perdiendo el tiempo con esta cuestión. Me parece muy arbitrario decidir qué conflicto debe convertirse en foco de atención y cuál no. ¿Por qué lo fue Sudáfrica? Cuando existía el apartheid, se decía que lo importante no era eso, sino lo que estaba pasando en Etiopía. Sin embargo, el conflicto sudafricano era simbólico, por eso llamó tanto la atención. Y por eso creo que Palestina es tan importante, porque es la última colonia y es un conflicto que se puede extrapolar a cualquier lugar del mundo porque lo que se exige es igualdad de derechos.

En el libro sostiene que en Palestina no se puede hablar de ningún derecho natural o religioso, rechaza remontarse tres mil años para definir qué parcela pertenece a quién. Recientemente, la dibujante de cómics israelí Rutu Modan nos comentaba algo similar.

No es que no sean importantes, pero no pueden ser la base de los derechos en una legislación internacional. No voy a discutir el derecho de los judíos a Jerusalén porque se base en un mito, porque todos los países se basan en mitos, como todas las religiones. Lo reconozco. Sin embargo, no creo que de ahí puedan emanar las leyes internacionales. Un proyecto político no se puede basar en esos derechos. Lo han hecho, pero es injusto y ahora hay que encontrar una solución. No acepto que haya que expulsar a los judíos, pero hay que ver cómo se puede corregir esta injusticia. Porque, al mismo tiempo, tenemos que reconocer que hay una injusticia, que a tres cuartas partes de los palestinos se les ha expulsado y tienen derecho a volver. El derecho de retorno de los refugiados tiene que ser efectivo en todas partes.

Es importante porque, por ejemplo, en Birmania tenemos a setecientos mil expulsados. Ocurre en todo el mundo, se expulsa a poblaciones porque se las considera enemigas. Después de la Primera Guerra Mundial apareció la doctrina del intercambio de poblaciones, pero nadie lo defendería hoy en día. No es ético. Lo que tiene que cumplirse es el derecho de los refugiados a volver a sus casas, aunque creo que muchos de los palestinos no lo harían porque sus casas ya no existen. Se ha reconocido que vuelvan, pero en número limitado. Discutían la llegada de cien mil, aunque la cifra oficial es de cuatrocientos cincuenta mil, que están por todas partes, tienen múltiples nacionalidades y es difícil establecer una cifra real. Y sobre todo son medidas que han afectado a los de El Líbano. ¿Por qué a esos? porque venían de pueblos árabes en Israel.

No obstante, uno de los pasos más importantes es reconocer el daño que se ha hecho. En las últimas semanas del gobierno de Mubarak, tras la segunda intifada, hubo un intento de acuerdo entre Israel y Palestina para una declaración sobre los refugiados palestinos donde los israelíes reconocían haber tenido una parte de la responsabilidad de su situación. Esto nunca salió a la luz, ya lo publicaré. Pero lo importante es que se reconozca la responsabilidad, eso ya es la solución a la mitad del problema. Un reconocimiento moral de que hay gente que ha sufrido y tú eres la causa.

En Bosnia el retorno ha sido muy limitado, muchos no querían volver y vendían sus casas o las intercambiaban. La comunidad, antes mezclada, ahora se ha quedado dividida en dos.

Lo que se hizo en Bosnia me parece un desastre completo. Hay un escritor británico que publicó el mejor libro sobre nacionalismo en Europa, Eric Hobsbawm. Estos movimientos nacionales no son movimientos populares, son de clase media intelectual. Por ejemplo, en Yugoslavia el más agresivo fue el de la clase media y los intelectuales, estos últimos tuvieron un rol muy importante en la movilización de la gente. Creo que este detalle es muy importante. Y todavía lo estamos pagando, Serbia y Croacia están más o menos resueltas, pero Bosnia no.

El problema de Yugoslavia es que se empezó a mirar a cada república de forma étnica o religiosa al igual que hacemos hoy en día en Irak. En realidad es mucho más complicado que la división entre suníes y chiíes. Si la comunidad internacional organiza toda la vida política alrededor de los chiíes y suníes tendrá una profecía autocumplida. Hay gente que se está yendo porque no quieren eso. La identidad de la gente es más complicada que esas divisiones.

En el islam es muy frecuente, queremos que los musulmanes se pronuncien sobre de dónde son, pero pueden ser franceses. Pueden ser de Marsella, seguidores del Olympique, y seguir siendo lo que son. No se pueden partir las identidades, existe la diversidad. Si te pones a hacer bandos para resolver los problemas es la forma de que estos empiecen precisamente a partir de esa división.

Cita al psicoanalista Daniel Sibony, de Le Figaro, quien sostiene que «a la opinión occidental solo le gusta la gente como víctima», los judíos de los campos de concentración o los palestinos víctimas de los israelíes. Usted añade que las víctimas fácilmente se convierten en verdugos ¿qué papel juega ahí la victimización?

Era mi profesor de Matemáticas en 1968. Era maoísta en ese periodo. Por supuesto, aquí existe una gran solidaridad con las víctimas. Obviamente, si están matando a gente en algún lugar, vas a posicionarte siempre del lado de la víctima. Un ejemplo es Ruanda, donde hubo una masacre terrible de tutsis, pero ahora lo que hacen los tutsis no se mira igual.

En mi caso no es que sea propalestino, es que creo en una ley internacional. Si hay un opresor, me da igual que la víctima sean judíos, palestinos o tutsis. Una referencia que utilizo en el libro es la reflexión de que del Holocausto tenemos que extraer dos lecciones importantes: una, lo que se ha sufrido fue tan excepcional que nada de lo que se haga después será importante, porque siempre será menor que el sufrimiento causado; y dos, todo lo contrario.

¿Qué opina de la decisión de Trump de reconocer Jerusalén como capital de Israel?

Está desestabilizando, obstaculizando cualquier posible solución. Estados Unidos siempre ha apoyado a Israel, pero en este caso no están apoyándola, sino entrando a la batalla con Israel contra Palestina. También presionan a los países que han votado el reconocimiento del estado palestino en la ONU y a todos los que quieren que se solucione el problema de los refugiados.

No creo que si se resuelve el problema de Palestina se vayan a solucionar todos los problemas del mundo, pero el sentimiento de injusticia de árabes y musulmanes proviene de ahí. No es que esté en contra de la seguridad y las acciones policiales contra los grupos extremistas, pero lo más importante es cortar las raíces del problema. Y nosotros, en vez de cortarlas, lo que hacemos es alimentarlas.

¿Cómo han afectado en Francia los atentados islamistas?

Ha pasado como en España. Los índices de islamofobia después del atentado de Barcelona descendieron. A nosotros nos ha pasado el mismo fenómeno. Ha habido como una reacción de unidad nacional. No obstante, los ataques han creado miedo. Otro fenómeno extraño que se produce en Europa es que el discurso de la extrema derecha y el del extremismo islamista van de la mano. Ambos les dicen a los musulmanes europeos que no son europeos. El trabajo policial contra el integrismo es indispensable, pero la mejor manera de combatirlo es mantener a la población unida en su contra, especialmente a los musulmanes que son contrarios.

En España, tras el atentado, un semanario de humor, El Jueves, apelaba a eso, a combatir la islamofobia. En Francia, sin embargo, Charlie Hebdo puso en su portada el titular «Islam, religión de paz… eterna».

En Francia, por lo general, a nivel político e intelectual, en las reacciones a los atentados la prensa mantuvo la calma. No hubo sobreactuaciones. No creo que esa portada de Charlie Hebdo reflejase cómo ha fue la reacción general.

En Israel hay ahora mismo un proyecto de ley para prohibir fotografiar o grabar a soldados israelíes.

Los grandes historiadores de Israel temen que en el país se esté viviendo un principio del fascismo. Nosotros también publicamos un artículo sobre la fascistización de Israel. Está pasando muy progresivamente. No lo vemos, pero hay gente en el poder que está actuando como fascistas. Y no van solo contra los palestinos, sino contra cualquier forma de crítica.

¿Ahora hay crisis de refugiados en Europa?

No creo que haya una crisis de refugiados, Turquía ha recibido tres millones de sirios. Jordania, seiscientos mil. La llegada a Europa ha supuesto un 0,01% de la población. No creo en esa visión de que los refugiados están por todas partes y nosotros no podemos vivir de forma normal. Es una situación que Europa debería resolver repartiendo los refugiados por veintiocho países y aplicando unas medidas muy rigurosas con los que no cumplan su cuota. Orbán dijo en 2015, cuando se alcanzó el tope de llegada, que no los quería porque no eran cristianos. Ni siquiera lo pretende disimular.

Cuando se produjo el conflicto de Yugoslavia los países europeos se volcaron con los refugiados, ahora no podemos decir que haya pasado lo mismo con los que llegaban de Siria ¿Conmueven más las víctimas cuando son blancas?

En los medios hay islamofobia. Hay dos problemas, uno de odio, que es cierto, y otro que es el propio funcionamiento de los medios, que se mueven a base de noticias espectaculares. Recuerdo en la guerra de Irak del 91 cómo se llevaba a expertos a la televisión durante el conflicto y se les hacían preguntas como «Dígame, en treinta segundos, si el Corán es contra Occidente o no». ¿Qué puedes decir en treinta segundos? Los que saben al final dejan de ir. Uno me contaba que prefería no ir a televisión no porque no podía responder las preguntas, sino porque necesitaba tiempo para hacerlo. Le hacían falta un mínimo de cinco minutos solamente para explicarle al periodista que la pregunta que le había hecho era una estupidez.

En toda Europa hay islamofobia en los medios, pero en Francia es un caso singular, porque tenemos laicidad y secularización, lo que permite a parte de la izquierda decir eso de que va contra el islam, pero no son racistas. Históricamente, el islam siempre se ha visto como el fin de la cristiandad. Hoy en día el discurso es otro, pero se vuelve a la idea de que el islam está amenazando la civilización judeocristiana. Tenemos tanto a Trump como a Orbán con el discurso de que su civilización se encuentra bajo una amenaza.

Otro enfoque del discurso es el de los «territorios perdidos», que son los suburbios, donde los musulmanes serían demasiado fuertes. Esto es también muy importante en el discurso contra el islam. Y la cuestión última son las mujeres. Algo paradójico, porque los partidos políticos franceses, tanto de izquierda como de derecha, nunca han sido feministas. Nosotros les dimos el derecho al voto en 1945. Hasta hace diez años creo que solo ha habido un 20% de mujeres en el parlamento. En las universidades es fácil que por encima de sesenta años no te encuentres ninguna mujer dando clase. Contra esto no reaccionan, pero si encuentran una mujer con velo es el fin del mundo.

Con los velos hemos pasado por diferentes fases. Al principio se decía que ayudaríamos a las mujeres musulmanas a liberarse quitándose el velo, que de esa manera tendrían la posibilidad de expresarse a sí mismas. Después de diez años, estamos demonizando el velo. Hasta extremos como un periodista de Le Figaro, que en una crónica sobre un juicio habló una mujer con velo y él se refirió a ella como «el velo». Escribió «el velo dijo que…». Tal cual.

¿Es cierto que algunas mujeres musulmanas en Francia se ponen el velo no porque practiquen la religión, sino como símbolo de su identidad, que consideran excluida?

Sí, creo que existe ese fenómeno. Pero es complicado, porque si llevas el velo nadie te va a dar un empleo, aunque sea una discriminación ilegal. Y son mujeres que van a la universidad, tienen educación, etc… y lo que hacemos es empujarlas a que solo se relacionen con los suyos.

En las escuelas se prohibió en 2004.

Fue una medida claramente contra los musulmanes, no por el laicismo. Hubo una comisión antes de la ley para hacer propuestas, la mía fue que habría que prohibir tanto los signos religiosos como los políticos, lo cual tiene su lógica. ¿Por qué prohibir lo religioso y no lo político? Por supuesto, no se aceptó, se quedó solo en prohibir lo religioso. El debate en Francia ha llegado a que se discuta si una falda hasta el tobillo es una expresión religiosa.

Sus orígenes familiares son mixtos.

Son complicados. Nací en Egipto, mi madre era judía de Rusia. Sus padres, mis abuelos, estaban estudiando allí cuando empezó la Primera Guerra Mundial y se quedaron, nació en 1919. Mi abuelo había fallecido un año antes por la gripe española, que mató más gente que la guerra. Mi abuela entonces se casó con otro judío, esta vez lituano. Este hombre era farmacéutico y sionista, así que decidió irse a Palestina. Al llegar se encontró con que ya había muchos farmacéuticos y una crisis, así que se marcharon a Egipto. Mi madre creció allí desde los diez años y conoció a mi padre, que era copto, pero su acervo cultural era francés. Hablaba en francés, leía literatura francesa. La burguesía de Alejandría y El Cairo hablaba francés, aunque también había italianos y griegos, judíos y coptos, pero todos adoptaban el francés. Yo nací en 1948 y en el 52 me pilló la revolución, en el 62 se nacionalizó el canal de Suez y Egipto cambió por completo. Nos fuimos en el 62, cuando yo tenía catorce años.

A París

Para nosotros era muy natural llegar allí porque hablábamos francés, habíamos ido al liceo francés y aunque no tuviéramos sangre francesa nos sentíamos franceses de alguna manera. Pero llegué en el 62, el verano de los Pieds-Noirs en Argelia. Fui con muchos niños argelinos a clase, segregados chicos y chicas. Mi familia era progresista y solía estar en posiciones opuestas a las de estos chicos argelinos de catorce años, pero al mismo tiempo veníamos de la misma civilización. Para todos nosotros por igual Francia era un shock. Las formas de convivencia eran completamente distintas.

¿Empezó ahí la islamofobia?

Hubo varias fases. Después del 62, al principio se hablaba de árabes, no de musulmanes. Lo degradante era lo árabe. Se hablaba de lo árabe de forma muy insultante, pero a nadie se le ocurría mencionar el islam. Del islam se empezó a hablar a finales de los setenta y principios de los ochenta. Hubo un suceso que marcó el cambio, la revolución de Irán de 1979. Hoy en día ya nadie habla de árabes. Hay una diferencia entre el racismo tradicional y la islamofobia. Si eres de izquierda no puedes ser racista, o bueno, puedes serlo, pero ya sabes, sí que puedes ser islamófobo y decir: «Yo no soy racista, solo estoy en contra del islam». No me lo creo. Es una forma cultural de ser racista.

¿No tiene que ver con la tradición laica de Francia?

Es muy complicado. Francia es muy particular porque la lucha de los republicanos contra la Iglesia católica era más política que religiosa. La Iglesia estaba en contra de la República y en contra de la democracia en sí. Era monárquica. La lucha por el laicismo, por tanto, no fue para romper con la Iglesia, sino para apartarla de la educación. Los republicanos estaban divididos en radicales, una burguesía de centroizquierda, muy anticlerical, y los socialistas, que no se enfrentaron tanto a la Iglesia porque Jaurès, el socialista asesinado en la Primera Guerra Mundial por oponerse a ella, dijo que quería omitir la cuestión religiosa, apartarla, para centrarse en el socialismo. Al final, cuando se hizo la ley de separación de Iglesia y Estado en 1905, se acabó con el concordato firmado por Napoleón cien años antes, con el que la Iglesia había estado bajo el control del Estado.

Se acaban de cumplir cincuenta años de Mayo del 68.

Recomiendo un libro muy interesante escrito por Kristin Ross, Mayo del 68 y sus vidas posteriores. Estudia la repercusión de estas jornadas cada diez años. Lo más importante de Mayo del 68 fue la huelga general y es algo que se ha ido dejando aparte cuando se habla de la fecha. Han quedado los aspectos relativos al cambio de formas de estilos de vida, que no digo que no sean importantes pero… Ahora quizá ha salido una moda conservadora contraria a Mayo del 68, pero no creo que vaya a llegar muy lejos.

Su padre fue activista muy implicado con las causas que defendía, tanto que fue asesinado, pero no se sabe aún por quién.

Es una historia muy complicada. Mi padre biológico era hijo de un banquero de una familia judía muy rica. Por comunista, le expulsaron de Egipto en 1950, estuvo en Francia refugiado clandestinamente. En el 56 se implicó en la liberación de Argelia. Como sabía los trucos que hay para mover dinero internacionalmente por su familia, ayudó a recaudar fondos entre trabajadores franceses y enviarlos a Argelia para la revolución. Le arrestaron en 1960 y estuvo hasta el 62 en la cárcel. Apoyaba causas en todo el mundo, también luchó contra las dictaduras de España y Portugal. Efectivamente, no se sabe quién lo asesinó. Lo único que hemos conseguido la familia es que no se cierre el caso. Ahora está en manos de un nuevo juez.

Se dice que pudo ser el KGB…

Eso es una gilipollez…

… o la actividad policial antiterrorista ilegal española, lo que luego fue el GAL.

En aquellos tiempos mi padre estaba con los vascos, la ETA de aquel momento no era lo que fue después, cuando eran una organización positiva les dio su apoyo. Aunque no la comparto, también hay una teoría que va por ahí. Hay que entender que en los setenta había muchísimo terrorismo, estaban las Brigadas Rojas, la RAF alemana, conexiones entre el gobierno francés y el sudafricano del apartheid, Marruecos… También pudo ser una decisión en común de sus enemigos.

¿Su teoría cuál es?

Creo que fue una decisión tomada en Francia al más alto nivel. Ocurrió en suelo francés. Ha habido dos personajes que han reconocido haber sido ellos quienes lo mataron, pero nosotros no estamos interesados en saber quién apretó el gatillo, sino quién lo decidió.

¿Llegará la extrema derecha al poder en Francia?

Es posible que los veamos en el poder, pero no creo que la historia se repita. Será distinto. Pero podemos pararlo. Con la crisis puede que alcancen el poder, pero eso solo depende de nosotros, no está escrito en ningún lado. Basándome en mi experiencia como periodista, nunca puedes predecir lo que va a pasar mañana. Menos en veinte años. Y tampoco podemos decir cómo va a pasar. La historia es muy complicada. Sobre la historia se puede escribir después de los acontecimientos, nunca durante y ni mucho menos antes.

En estas elecciones presidenciales, si me hubieran preguntado antes cuál iba a ser el eje central de la campaña, habría dicho que el islam. François Fillon había escrito un libro, Vencer al totalitarismo islámico. Era el candidato de la derecha. Por la izquierda venía Manuel Valls, con un discurso también contra el islam; sin embargo fue apartado y al final no se discutió sobre los musulmanes. Lo cual demuestra que la gente no está atrapada en esta demagogia y que los políticos y los medios tienen una responsabilidad a la hora de presentar el debate y cómo va a desarrollarse.

¿Qué opina de Macron? Un candidato que ha llegado al poder sin un partido propiamente dicho detrás.

Ha hecho implosionar el sistema político. Realmente ha sido una sorpresa. Como dices, llegó al poder sin un partido detrás, pero tuvo un apoyo económico muy fuerte y suficiente como para imponerse al Partido Socialista y a la derecha. Su triunfo de esa manera es también un signo de la crisis del sistema político y no solo en Francia. Lo que vemos en todas partes es que llegan a primera línea de la política personajes que vienen de ninguna parte.

En cuanto a las políticas sociales y económicas de Macron, creo que son muy de derechas. El de Macron es el gobierno más de derechas que ha tenido Francia desde 1958. Es thatcherista y lo está haciendo todo entre sonrisas. Ataca a las leyes sociales, a los pobres. La derecha es ahora más fuerte que nunca. Todavía es difícil hacer más valoraciones porque es muy pronto, solo lleva en el poder un año, pero es que ahora mismo no existe oposición. La derecha está en crisis y los socialistas han desaparecido. Y la izquierda de la izquierda, Melenchon, es una figura muy controvertida que no logra reunir apoyos suficientes.

El problema es que durante treinta o cuarenta años en Europa hemos tenido a la izquierda y a la derecha haciendo las mismas políticas ¿Para qué votábamos? También votamos contra la Constitución europea en 2005, que fue rechazada con un 55% de votos. No apoyo el Brexit, creo que es una estupidez, pero la gente lo ha votado. Aquí el voto de la gente no cuenta y después de eso puede venir cualquier demagogo, decir cualquier cosa y la gente se lo va a creer.

Hollande generó algo de ilusión que se convirtió muy rápidamente en frustración.

Ha sido un completo fracaso. Hubo ilusión porque vino detrás de Sarkozy, del que la gente estaba muy cansada, pero al final hizo la misma política. Fue un presidente muy malo. No solo en cuestiones económicas y sociales, también era un hombre completamente estúpido. No tonto en ese sentido, pero en su libro desacreditó completamente la función de un presidente de la república. Además, fue a la guerra en Mali, que fue una catástrofe, algo que no vimos en su día porque era un problema pequeño, pero el conflicto se está extendiendo, y dijo después que enviar a los soldados allí para él fue el mejor día de su vida.

En Alemania, Random House ha cancelado el lanzamiento de Thilo Sarrazin, del SPD, cuya tesis es que dentro de veinte años Alemania será islámica.

Es un libro islamófobo, pero yo no soy muy partidario de la censura, que además da igual, lo que censures aparecerá en internet. Su tesis de que Alemania será islámica en veinte años se puede rebatir: es una tontería. En Francia en 1995 hubo una portada de Le Figaro con Mariane, el símbolo de la república, con un velo. Vaticinaba que en veinte años Francia sería islámica. Ya se ha cumplido el plazo y mira.


Raqqa más allá de Raqqa

Fotografía: Ricard García Vilanova

Kobane quedó destruida en más de un 70 % en los combates contra el ISIS.

El sorpresivo avance sobre el Estado Islámico de una coalición interétnica respaldada por Washington en Siria deja a su paso el germen de un experimento político sin precedentes en Oriente Medio. Sus líneas fueron trazadas por un disidente kurdo en prisión desde 1999.

«Mohamed, ¿cuál es tu casa?».

El chaval señaló hacia el escombro sobre el que se alzaba otro edificio sin tripas. Un día vivió en el segundo piso. Había que imaginarse tres habitaciones, un baño y un hermoso balcón con rejas que albergaba un gallinero.

Mohamed, árabe de veintisiete años, nunca había empuñado un arma, pero sabía francés. Podía ayudar con la prensa por lo que, aquel día de agosto, convenció a sus mandos para que le dejaran acompañar a los periodistas. Una hora más tarde era escupido desde un vehículo blindado sobre el fantasma de lo que una vez fue su barrio. En otra vida Mohamed había sido profesor de instituto hasta que el EI cerró las escuelas de Raqqa y echó la persiana sobre las vidas de más de doscientas mil almas como la suya. Había abandonado la ciudad hacía dos meses tras pasar otros dos preso. Los yihadistas lo molieron a palos. Uno se podía acostumbrar a la falta de tabaco o de música; a la barba, a los dobladillos del pantalón cosidos a la altura de las pantorrillas e incluso a las ejecuciones públicas de asistencia obligada. Pero la tortura era otra cosa. Logró escapar, de noche, atravesando a nado uno de los canales que irrigan el Éufrates sobre este desierto. Luego se unió a las fuerzas que luchan por expulsar a los extraños de su ciudad.

Fue en la primavera de 2013 cuando una amalgama de grupos yihadistas se hizo con el control de Raqqa hasta que, en 2014, la ciudad se convirtió oficialmente en la capital del Califato en Siria. La única forma de poner fin a una pesadilla que duraba ya cuatro años parecía pasar por arrasarlo todo desde tierra y aire, como en Sirte o Mosul —las otras plazas fuertes de los yihadistas—. El paisaje lunar resultaba recurrente, pero los matices apuntaban a escenarios radicalmente distintos. Congelemos la imagen para distinguir a Mohamed —árabe, como ya hemos dicho— enrolado en las filas de una coalición multiétnica respaldada por Estados Unidos, pero que lideran kurdos afines a un movimiento incluido en la lista de organizaciones terroristas: el Partido de los Trabajadores de Kurdistán, o PKK. Reducir el capítulo de Raqqa a la mera expulsión de los yihadistas de su bastión sirio es perderse la película entera.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí?

Para entender todo esto hay que remontarse un poco más atrás del año «cero» en la historia reciente de Oriente Medio. Fue en 2011 cuando se decidió resetear eso que se da en llamar «MENA» (acrónimo inglés para «Oriente Medio y Norte de África»).

Muchos recordarán aquella Siria en la que eran los turoperadores los que campaban a sus anchas entre Palmira y la ciudad vieja de Alepo. Seguramente también pervive en la memoria del turista de entonces aquel pintoresco detalle: efigies y retratos de Asad padre e hijo —la saga en el poder desde hace más de cinco décadas— alzándose en piedra o cartón en plazas, avenidas y azoteas, la misma que escrutaba con gesto adusto desde los parabrisas de los coches o salvapantallas de cibercafés donde, al igual que en cada comercio sirio, era obligatorio colgar su retrato de la pared.

Se maravillaba el turista, y con razón, de la libertad de la que gozaban las comunidades cristianas para profesar su culto. Cierto, Siria era un oasis en mitad del erial para la tolerancia religiosa que es Oriente Medio. Pero reivindicar una nacionalidad que no fuera la árabe era un desafío que se podía pagar muy caro. Los kurdos lo sabían bien, pero el mundo desconocía esa realidad por completo. Si un pueblo de cuarenta millones de individuos repartidos por el corazón de Oriente Medio apenas despertaba interés, ¿qué opciones tenían los miembros de esta comunidad en Siria, donde apenas sumaban tres millones?

Además, Damasco había hecho lo imposible para que nadie los viera. Se expulsó a miles de sus casas, e incluso se retiró la ciudadanía a decenas de miles. Kurdos que, como única identificación, contaban con un documento que indicaba explícitamente que su portador era «de origen extranjero», aunque no decía de dónde, y que se le prohibía abandonar el país. Por supuesto, no podían casarse, ni comprar una casa o tierras, ni tampoco dar su apellido a sus hijos. Se les llamó ajanib —‘extranjero’ en lengua árabe—, o maqtum, ‘nada’.

Aquella legión de parias crecía inexorablemente mientras el Gobierno recolocaba en sus tierras a árabes traídos de otras zonas de Siria. A diferencia de las aldeas kurdas, las de los colonos tenían escuelas y mezquitas; sus casas luz y teléfono, así como agua corriente canalizada desde pozos artesianos, o del Éufrates. Damasco también les dio armas para defender lo que tan fácilmente habían conseguido. Uno de los decálogos de dichas políticas de asimilación y exterminio escrito por un oficial de los servicios secretos esgrimía que los kurdos eran «un tumor cancerígeno en el cuerpo de la nación árabe» y que, por lo tanto, había que exterminarlos. Todo valía, y fueron concienzudos. Miles de jóvenes desaparecían en manos de un servicio secreto diseñado por la Stasicomo el de Sadam en Irak o Nasser en Egipto—. Solo volvían a aparecer aquellos cuyas familias conseguían dar con un funcionario corrupto al que sobornar con sumas que se contaban en miles de dólares.

Asimilar a los kurdos, «arabizarlos», pasaba por borrarlos de la faz de la tierra, y a sus topónimos del mapa: Serekaniye se convirtió en Ras al-Ayn; Kobane en Ayn al-Arab; Derik en Al Malikiya… Siria podía ser multiconfesional, cierto. Había cristianos, drusos, musulmanes e incluso ateos, pero todos eran «árabes» por decreto. Lo dice el nombre oficial del país: «República Árabe Siria».

En aquel escenario, la actividad política se desarrollaba en la más absoluta oscuridad. Activistas kurdos se jugaban la cárcel, e incluso la vida, enarbolando siglas de partidos clandestinos que tenían sus réplicas legales en el Kurdistán iraquí, o igualmente prohibidas en el turco. Dar con ellos pasaba por complejas negociaciones con contactos de contactos, y de ahí a concertar entrevistas en lugares cuya localización no llegábamos a conocer hasta llegar allí. Y a veces ni eso.

Salih Muslim era uno de los hombres más buscados por el aparato de Asad. En la primavera de 2008, aquel disidente nunca dormía más de dos noches en la misma casa. Ingeniero químico por la Universidad de Ankara, Muslim pasó diez años trabajando en Arabia Saudí antes de volver al país y meterse en política. Fue uno de los fundadores del clandestino PYD (Partido de la Unión Democrática en sus siglas en kurdo) en 2005, un gesto que le condenaría a vivir bajo la sombra que cubría la vida de todo disidente político en Siria. Su apuesta para la solución del conflicto kurdo era la misma que la del PKK. Según Muslim, el PYD compartía la estrategia del maquis kurdo, un modelo que pasaba por cierto grado de autonomía para las zonas kurdas y el respeto de los derechos lingüísticos y culturales de su pueblo.

Durante aquella primera entrevista en una casa de Alepo que hoy ya no existe, Muslim habló de concentrar la lucha en Turquía: un golpe de timón en el país vecino, decía, provocaría un cambio de rumbo para la región en su conjunto. Poco podía imaginar entonces que, cuatro años más tarde, acabaría convirtiéndose en el líder de un movimiento que sacude hoy no solo los cimientos de Raqqa, sino los de todo Oriente Medio.

Salir a la superficie

—¿Cómo estás, Salih? ¿Todo bien?

—La misma situación, ya sabes. Todo bien, sí.

Cada llamada de control era prácticamente un calco de la anterior, y de la siguiente. Muslim no daba nunca detalles de su paradero por teléfono, pero su respuesta no dejaba de ser igualmente explícita durante los años que pasó antes de salir a la superficie definitivamente.

En 2011, y presionado por una coyuntura cada vez más hostil a sus intereses al calor de unas protestas que adelantaban lo que estaba por venir, Asad aflojó el puño sobre los kurdos del país. Fue aquella amnistía, tardía y forzada, la que posibilitó que disidentes como Muslim —que fuera ya elegido presidente del PYD en 2010— salieran de la clandestinidad, e incluso de las cárceles. Y lo que es más importante: a los maqtum y los ajanib se les devolvía su pasaporte tras décadas en el limbo. En el verano de 2012, los kurdos de Siria se hicieron oficialmente con el control de las zonas donde son mayoría, en el norte del país.

El Berlín de la guerra fría no sería muy diferente de aquello: zanjas alambradas y minas para separar dos ciudades, Nusaybin y Qamishli; la primera en Turquía y la segunda en Siria, pero a ambos lados de una misma calle, literalmente. Muslim se encontraba a unos centenares de metros, pero al otro lado de la valla. Hizo falta un rodeo de cuatrocientos kilómetros a través del Kurdistán iraquí para poder reunirnos de nuevo.

Bajo un ventilador que movía una batería de coche, Muslim explicaba que ellos, los kurdos, no se posicionaban ni con el régimen ni con la oposición. Fue entonces cuando escuchamos oír hablar por primera vez de la «tercera vía» en Siria, una propuesta que parecía arriesgada en un momento en el que nadie apostaba por la supervivencia de Asad. Se daba por hecho que, antes o después, el líder sirio acabaría cayendo como Mubarak en Egipto, Ben Ali en Túnez o Gadafi en Libia.

La prensa internacional, más concentrada en lo que sucedía en Alepo o en Homs, apenas reparó en aquel fenómeno que veía la luz en el noreste del país.

Resultaba difícil de explicar que la zona hubiera pasado a estar bajo control kurdo sin apenas mediar tiros mientras las principales capitales sirias se desintegraban en el fuego cruzado. La narrativa oficial, la del PYD de Muslim, era que Asad no quería abrir un nuevo frente con la principal minoría del país y que, básicamente, les dejó hacer. Se trataba de un pacto, tácito o explícito, que, como supimos después, pasaba por que la nueva Administración abortara todo conato de los kurdos de la zona de sumarse al Ejército Libre Sirio, la oposición mayoritariamente árabe.

Reunión entre líderes tribales árabes y representantes del Consejo Civil de Raqqa, el Gobierno interino de la ciudad sitiada, 2017.

Otro secreto a voces era que centenares de kurdos del PKK, la mayoría sirios, habían vuelto a casa desde su bastión de montaña iraquí para gestionar la seguridad. Se crearon las llamadas Unidades de Protección Popular (YPG en sus siglas en kurdo), y fue gracias a ese paraguas militar, y el político del PYD, que los kurdos de Siria pusieron en marcha su proyecto. De la noche a la mañana se abrieron las oficinas de esos partidos políticos que habían permanecido en la clandestinidad durante décadas, así como centros de formación para mujeres en situación de marginación. Arrancaba el proceso de alfabetización en lengua kurda, vetada en la Siria de los Asad: las primeras clases, los primeros periódicos y hasta un canal de televisión.

Mientras el resto del país se sumía en una pesadilla de la que todavía sigue sin despertar, en el noreste se levantaba una sociedad civil y se apostaba por la autogestión de un territorio autónomo dividido en cantones a través del llamado «confederalismo democrático». No se desafía la territorialidad de Oriente Medio, pero se apuesta por una descentralización de los poderes monolíticos de la región hasta atomizarlos a niveles casi municipales.

Las líneas generales de este ideario que bebe del anarquismo en su versión más actualizada fueron trazadas en 2005 por Abdullah Öcalan. Hablamos el líder del PKK encarcelado en solitario en la isla-prisión de Imrali —en el estrecho del Bósforo— desde su arresto en 1999. Aunque se sigue acusando al movimiento de liberación kurdo de secesionismo, lo cierto es que el propio Öcalan descartó la idea de un Estado propio como solución a la cuestión kurda ya a principios de los noventa. La evolución de su ideario iría mucho más allá, virando del marxismo-leninismo clásico hacia el llamado «municipalismo libertario». Se dice que la correspondencia que Öcalan mantuvo desde la cárcel con Murray Bookchin, quien esbozara esa concepción de un Estado descentralizado, se encuentra detrás de ese giro ideológico.

El feminismo o el ecologismo son otros de los pilares de un pensamiento que sigue reivindicando los valores de Oriente en contraposición a lo que Öcalan llama «hegemonía ideológica eurocéntrica».

Catarsis

Fue en el norte de Siria donde se pasó de las palabras a los hechos. La respuesta más inmediata a este experimento político sin precedentes en la región no tardaría en manifestarse. Yihadistas llegados desde el espacio geográfico entre Marruecos y Pakistán cruzaban la frontera desde Turquía gracias al apoyo logístico de Ankara y a la indiferencia permisiva de Bruselas y Washington. Todo valía para tumbar a Asad; los kurdos que quedarían en las cunetas serían un daño colateral necesario, sobre todo para Turquía, que cuenta con la mitad de los kurdos del planeta en su territorio y contempla impotente cómo el plan diseñado por su preso más odiado toma cuerpo en su frontera sur.

Pero el mundo seguía mirando hacia otro lado, a lugares como Ginebra, donde se celebraban esas inútiles conversaciones de paz entre Damasco y una oposición siria cada vez más descabezada, pero a las que nunca se invitó a los kurdos.

Paradójicamente, fue el EI el que los puso definitivamente sobre la mesa. En su avance entre las fronteras de Irak y Siria, el monstruo llegó hasta Kobane, una localidad incrustada contra la frontera turca que se convirtió en el principal escaparate de un pueblo condenado al ostracismo hasta entonces. La prensa generalista nos abría los ojos hacia la realidad de aquellas «guapísimas» combatientes kurdas, a pesar de que eran las mismas que llevaban luchando desde hacía más de treinta años en las filas del PKK.

Kobane se convirtió en una catarsis mediática a nivel planetario; el mundo ponía rostro a sus héroes y heroínas en la lucha contra el mal. Hipérboles a un lado, fue entonces cuando el suflé islamista empezó a desinflarse. Un año más tarde, en octubre de 2015, se crearon las Fuerzas Democráticas Sirias (SDF, en sus siglas en inglés), el combinado militar que dirige hoy la operación sobre Raqqa. La matriz de dicha estructura eran, y son, las YPG kurdas, pero había que crear unas siglas nuevas con las que árabes, turcomanos, siriacos, armenios e incluso chechenos, sirios todos, pudieran sentirse identificados.

Ha sido esa cintura política demostrada por los kurdos una de sus bazas. Hablaron con Asad para proteger sus zonas al comienzo de la guerra, pero también mantuvieron alianzas puntuales con elementos del Ejército Libre Sirio. Fueron capaces de coordinarse en la batalla de Alepo con las fuerzas de Damasco a la vez que se enfrentaban al régimen en Qamishli o Hasaka, ciudades norteñas en las que el Gobierno sigue teniendo presencia.

En la arena internacional fueron igualmente diestros, como demuestran las delegaciones del PYD en Europa, que incluyen una en Moscú, y las alianzas con Washington, a día de hoy su principal aliado en la lucha contra el EI.

Y así llegamos hasta el barrio de Mohamed, ese profesor de francés que buscaba su casa en la ciudad vieja de Raqqa.

Hablando de la revolución

La campaña contra el Estado Islámico en el noreste de Siria es hoy una eficaz maquinaria sostenida por un contingente de unos cincuenta mil combatientes sobre el terreno, y que cuenta con apoyo logístico en forma de suministros y ataques aéreos de firma estadounidense. A los americanos solo se les ve camino de sus bases protegidas con «hescos», esos cestos de alambre con forro de molesquina que las tropas internacionales utilizaron en Afganistán o Irak. Desde allí hacen volar los drones, o los helicópteros Apache que rompen el suelo bajo el cielo estrellado de Raqqa cada noche. Es entonces cuando se intensifica la ofensiva desde el aire.

Amnistía Internacional ha criticado recientemente la campaña de fuego aéreo y de artillería de Estados Unidos, subrayando que Raqqa se ha convertido en un «laberinto mortal» para los civiles aún atrapados en la ciudad. Según estimaciones de Naciones Unidas, hay aproximadamente veinticinco mil civiles atrapados en Raqqa, muchos de los cuales son usados como «escudos humanos» por los yihadistas.

«Es una cuestión de puro azar, porque nunca sabes dónde va a caer la siguiente bomba», aseguraba Amina, una residente que pudo escapar cuando los yihadistas que la retenían abandonaron precipitadamente su posición.

Los americanos no pisan el frente; para eso están los locales, así como la legión de combatientes internacionales en las filas del SDF: desde bolivianos hasta chinos y japoneses, pasando por escandinavos, griegos e incluso gallegos.

Para Christian, un californiano «empotrado» con los cristianos siriacos en Raqqa, constituye una nueva oportunidad de combatir «por una causa justa», aunque su pasado reciente habla de motivaciones que van más allá de la mera filantropía. A sus veintiséis años, este exveterano de la guerra de Irak dejó los Marines para unirse a la Legión Extranjera, de la que acabaría desertando para llegar a Siria.

«No me movilizaron nunca y yo no puedo estar parado», dice el chaval, de cuerpo completamente tatuado, desde su posición de francotirador en el frente oeste de Raqqa. Christian comparte batallón con Macer Gifford y, probablemente, poco más. Macer —es nombre falso como el de Christian— se presenta a sí mismo como un «internacionalista», pero sin olvidar que era un bróker más en la City de Londres cuando decidió dejarlo todo para venir hasta aquí, a finales de 2014. Por el momento, apenas chapurrea algo de kurdo, no habla árabe, y mucho menos el arameo siriaco de sus anfitriones.

«Es lamentable cómo hemos despreciado en Occidente a los pueblos de Oriente Medio», lamenta el voluntario británico durante la que, dice, es su «primera conversación real» en semanas. «Todavía sigo escuchando aquello de “esta gente necesita un gobernante fuerte para mantenerlos bajo control; no saben gobernarse a sí mismos, no entienden qué es la democracia”… Hoy resulta que son los kurdos los que nos están dando una lección a todos con un modelo democrático propio que echa raíces en una región que ha sido un desierto político; un lugar donde dictadores, o reyes, se han sucedido en el poder durante décadas».

El inglés habla de una revolución «con todas las letras» y dice soñar con ver cómo se extiende por toda Siria, y luego al resto de Oriente Medio. Entre tanto, apunta, pasará por casa para dar conferencias y participar en campañas de sensibilización. Pero no será fácil. Tras el arresto seguro en el Kurdistán iraquí, Gifford puede tener problemas con las autoridades británicas.

El pasado agosto, un informe publicado por la Henry Jackson Society —un think tank británico de ideología conservadora— señalaba que voluntarios como Gifford pueden suponer un problema de seguridad doméstica a su vuelta a casa. Dicho informe apunta a supuestos vínculos entre el PKK —organización listada como «terrorista»— y las YPG, cuyas filas engrosan los voluntarios extranjeros. Entre otras recomendaciones, la Henry Jackson Society hablaba de la necesidad de valorar si dichos combatientes precisaban de la atención del Estado, fuera a través del sistema judicial o de los servicios sociales. Hay controversia.

Mujeres kurdas toman parte en los enfrentamientos contra el Estado Islámico en Sinjar, 2017.

«Nosotros vinimos aquí a ayudar a los kurdos, los árabes y el resto de las comunidades a luchar contra el Estado Islámico; vinimos a compartir experiencias y aprender los unos de los otros», se defiende la también inglesa Kimmie Taylor desde el centro de prensa del frente oeste de Raqqa. A sus veintisiete años, esta licenciada en Matemáticas por la Universidad de Liverpool es la primera británica en las filas del YPJ, el contingente kurdo formado exclusivamente por mujeres.

Tanto Taylor como Gifford son conscientes de que su principal aportación no pasa tanto por su destreza en el combate como por su capacidad de elaborar un discurso que recabe apoyos en el plano internacional. Sea como fuere, numerosos analistas y expertos coinciden en la relevancia de lo que hoy sucede en el noreste de Siria. Manuel Martorell, periodista e investigador, así como una de las mayores autoridades sobre Oriente Medio en el Estado español, habla de «un momento de enorme trascendencia histórica».

«Se está poniendo sobre la mesa que en Oriente Medio son posibles sistemas democráticos basados en el respeto a las diferencias culturales, religiosas y a los derechos de la mujer, y que no es cierto que en esta región las únicas alternativas fueran las dictaduras o los movimientos islamistas, como hasta ahora generalmente se pensaba», subraya el experto navarro.

Martorell suscribe la tesis de que nos encontramos ante una «verdadera revolución», añadiendo que dicho modelo político-social es ya una «referencia que puede revolucionar las sociedades musulmanas, al menos en esta castigada región de Oriente Medio». Desgraciadamente, añade, ha tenido que estallar una cruel guerra, quedar destruidos los Estados de Siria e Irak y emerger la grave amenaza del Dáesh para que se haya revalorizado esa concepción plural y diversa.

El «arquitecto»

Por el momento, son los árabes de Raqqa, a petición propia, los que engrosan la primera línea de combate frente al EI. Se trata de un gesto simbólico pero muy político, que pasa por reconocer el derecho de los azotados por el Dáesh no solo a liberar su ciudad, sino también a gobernarla una vez expulsado el invasor. El Consejo Civil de Raqqa, una suerte de Gobierno interino de la provincia, se concentra en la pequeña localidad de Ayn Issa, a cincuenta kilómetros al norte de la ciudad. Está formado por doscientos notables de la zona, la mayoría de ellos árabes, como el jeque Amir Mohamed Habur. Los kurdos, insiste Habur, los liberaron del yugo islamista, y hoy este representante de uno de los clanes más numerosos al norte del Éufrates no contempla un futuro que no pase por una Siria federal.

«Cualquier otro sistema fallará, y esta es la única alternativa a Dáesh y a Asad», matiza el jeque.

Las palabras de Habur sobre una Siria federal caen como un jarro de agua fría para otros miembros del consejo.

«Siria es una, y nadie tiene derecho a romperla», interviene el jeque Hasán al-Mandi, otro miembro del consejo. Alguien le replica que Alemania y Estados Unidos siguen siendo países «solventes» a pesar de ser Estados federales.

El jeque Bashir Faysal al-Hueidi no pertenece al consejo, pero tampoco lo necesita para ganarse el respeto de los presentes. No solo es el líder de los Bushaba, otra respetable familia de miles de miembros a esta orilla del Éufrates, sino que se jacta de haber rechazado una petición de entrevista del mismísimo Brett McGurk —el enviado estadounidense para la Coalición contra el EI—. Aun así, se ofrece generoso a posar para una exclusiva foto que, dice, nadie tiene.

Según al-Hueidi, el Consejo de Raqqa nunca habría sido posible de no ser por Omar Alush, el kurdo sentado justo a su lado.

Alush ha dedicado su vida a la causa kurda y a la pura filantropía. Fue uno de los fundadores del PYD en 2005, pero también uno de los impulsores de un hospital en su Kobane natal del que se beneficiaron muchos residentes hasta que fue destruido durante el asedio de 2014. Alush, de sesenta años, bromea pretendiendo ser el «Lavrov» —ministro de Exteriores ruso— del Consejo de Raqqa, pero lo cierto es que su papel pasa por ser el auténtico «arquitecto» de lo que se está gestando aquí. Desde su Kobane natal ha ido cambiando de residencia a las zonas árabes limítrofes que eran liberadas del yugo islamista. Estuvo en Manbiy y hoy reside en Tal Abyad, en una casa que comparte tabique con los restos de otra reventada por una bomba de la Coalición. Ahora le toca gestionar Raqqa, donde fijará su residencia cuando se expulse definitivamente al EI.

«Podemos elegir entre vivir juntos o seguir matándonos entre nosotros», esgrime Alush, reduciendo un elaborado discurso a la mínima expresión.

Sin embargo, se acumulan las preguntas sobre el futuro del proyecto a corto plazo. ¿Hasta qué punto depende su supervivencia de la presencia americana en la región? ¿Se prevé una zona de exclusión aérea, como la que posibilitó la existencia, en el norte de Irak, de lo más parecido a un Estado que han tenido los kurdos? ¿Qué hará Asad? ¿Y Turquía?

Alush arquea las cejas y reconoce que ni siquiera se atreve a elucubrar sobre los siguientes renglones de esa historia que él mismo está ayudando a escribir. Ante el devenir más inescrutable, el kurdo zanja la cuestión con otra frase hecha:

«El futuro es ahora».

Una mujer cose en un campo de refugiados a las afuera de Kobani, 2017.


Clare M. Gillis: «Estoy dispuesta a correr muchos riesgos para cubrir historias que me importan»

Fotografía: Eduard Bayer

Sahafa significa prensa en árabe. Es la palabra que James Foley gritaba una y otra vez tumbado en el suelo del desierto, en algún lugar a las afueras de Brega, en la costa de Libia. Es el 5 de abril de 2011, un par de meses escasos después del inicio de la revolución contra Muamar el Gadafi, esa Primavera Árabe que se tornaría en guerra civil y terminaría en el Estado fallido actual. «¡Sahafa, Sahafa!». A su lado están el fotógrafo español Manu Brabo y el surafricano Anton Hammerl. También Clare Morgana Gillis, reportera de guerra. Es una mujer alta, corpulenta, de mandíbula masculina y ojos severos e irónicos. Si no fuera por la sonrisa, que es ancha e infantil, daría miedo.

Foley, Brabo y Gillis pasarán cuarenta y cuatro días detenidos por el régimen moribundo de Gadafi; les pegaron, les interrogaron y finalmente les liberaron. A Hammerl lo dejaron morir en la arena el 5 de abril. Ese día se habían aventurado más allá del frente sin darse cuenta subidos en la furgoneta de unos rebeldes. Gillis volvería a Libia poco después, y luego a Siria, Irak, el Kurdistán, Turquía y Egipto. Foley también, hasta que una oscura confederación de insurgentes islámicos le capturó en Siria, le retuvo un año y medio y le decapitó ante una cámara. Ese vídeo de YouTube fue la presentación mundial del Estado Islámico.

Los mejores textos sobre Foley son de Gillis. Tiene un doctorado en Historia con una tesis sobre sexo en la Edad Media y posee una prosa precisa, económica y llena de destellos. Durante el interrogatorio al que la sometieron los esbirros de Gadafi el militar al cargo le preguntó, con incredulidad, por qué una doctorada en Historia por Harvard, con trabajo de profesora asegurado, había decidido irse a Libia como freelance, en medio de un conflicto, cobrando una miseria. Ella respondió que prefería ser testigo de la historia que leer sobre ella. Cinco años después vive en Brattleboro, Vermont, en el nordeste deprimido, fronterizo con lo whitetrash, y da clases en Darmouth College y Marlborough College, universidades con contratos muy por debajo de sus posibilidades. Su casa es pequeña y austera. Parece provisional. Menos querer escribir, todo en ella lo parece.

Esa respuesta en la sala de interrogatorio, ¿sigue siendo cierta?

Absolutamente. Lo que he estado cubriendo este último año son historias de refugiados que han venido a los Estados Unidos En el periodismo de guerra ves el proceso que lleva a la destrucción de la vida; cuando empiezas a seguir a los refugiados ves lo que significa intentar reconstruirla en un contexto nuevo. También tuve un contrato con la agencia para los refugiados de la ONU, en El Cairo y Jordania. Es otro tipo de historia, algo que puedo seguir de forma agradable, mientras doy clases.

Seguir a refugiados en Vermont no es como meterse en la furgoneta de unos rebeldes libios e ir al frente. ¿Planea volver a la línea de fuego?

Honestamente, los frentes que veo interesantes en Oriente Medio son contra el EI y, simplemente, no estoy preparada para poner en riesgo mi vida. No vale la pena. En el periodismo de guerra se dice mucho que no hay ninguna historia por la que valga la pena morir, pero eso presupone que existe una manera de calcular con antelación que puedes morir por una historia y no por otra. La verdad es que no puedes escoger la historia que se te lleva, aunque sí puedes escoger lugares de donde no se te van a llevar. Esa es mi decisión.

Cuando decidió ir a Libia por primera vez, hace seis años, ¿su mentalidad era otra? ¿Lo que antes no le parecía peligroso, ahora sí? ¿O la diferencia es el EI?

No lo sé. También es una cuestión de estabilidad. La vida de un corresponsal de guerra freelance supone ir saltando de país en país, de conflicto en conflicto, y ya no es tan satisfactoria como era. No sé a qué atribuirlo, si al EI o al fracaso de las revueltas de la Primavera Árabe. Al principio era tremendamente excitante. Era un momento histórico de tales proporciones que no puedo imaginar ser testigo de otro tan poderoso. Era un cambio radical respecto a lo que habíamos visto hasta entonces. ¿Si ocurriera algo parecido? Quizá. Estoy dispuesta a correr muchos riesgos para cubrir las historias que me importan. Pero lo de ahora no me provoca ganas de ir y contarlo. No veo qué puedo aportar en ese contexto. Voy a tener que salir del país en algún momento, eso está claro. Y voy a seguir historias aquí y allá. Pero no tengo vocación de primera línea de fuego.

Hablando de freelance precarios. Fue así, juntando escasos recursos, como conoció a Manu Brabo y a James Foley. Parece ser una tendencia del periodismo de guerra: menos recursos en los medios y más periodistas jóvenes jugándose la vida por cuatro chavos.

Hubo un tiempo, al inicio de las Primaveras Árabes, en que siempre había un montón de freelance viviendo en El Cairo. Cuando la revuelta se extendió a Libia, todos cruzamos la frontera para contarlo. Además, a diferencia de Egipto, en Libia nunca hubo un servicio estable de periodistas internacionales: era territorio virgen. Y luego, de allí, todos a Siria. Entonces las cosas empezaron a volverse peligrosas de verdad. La captura de James Foley y John Cantlie fue la primera señal. No fue una señal de que las cosas se ponían feas, porque feas ya estaban, sino que marcó el momento en que los periodistas empezaron a preguntarse si valía la pena. Ahora muy pocos medios siguen enviando gente allí, muchos dependen de correveidiles locales, lo que puede acarrear problemas de credibilidad. Me da la impresión de que quien continúa trabajando allí ya no es freelance, porque sin estabilidad ya no se puede. No puedes ir a Irak sin una empresa que pague tus gastos. Con el presupuesto de un freelance es materialmente imposible.

¿Tiene esto un efecto sobre el modo en que se cubren las guerras?

Después de la experiencia en Libia, la aparición del EI, la ejecución de Jim y mi propio contexto —me voy haciendo mayor y quiero más estabilidad— empecé a pensar en todos nosotros como un fenómeno histórico. La generación anterior a la nuestra fue la de la guerra de Irak. La gran mayoría de ese periodismo se hizo con reporteros incrustados en unidades del ejército, dentro de la maquinaria militar más poderosa de la historia. Y produjo un periodismo muy diferente, desde la trinchera, desde las mismas retinas, pero de ojos americanos, no iraquíes. Nuestra generación, en cambio, construyó su voz en las Primaveras Árabes y tuvimos en muchos sentidos la experiencia opuesta: muy cerca de la gente, pero sin ningún refuerzo o estructura militar detrás. Y eso produjo otro periodismo. También así comprendí que los beneficios de tener este estilo de vida no compensaban los costes del estrés, de vivir con lo puesto, de la precariedad. Además, acabé harta de Oriente Medio y del desierto. Sobre todo, del desierto. Quiero estar cerca de lo verde. Árboles. Agua. Vermont.

¿Es posible hacerlo?

¿El qué?

Manu Brabo, por ejemplo, en una entrevista, dice: «Estoy aquí —en España— editando fotografías. Luego voy a cenar con mis amigos y mi vida no tiene ningún sentido. Cuando estoy en el frente, mi vida es completa porque tengo una misión, hay trascendencia».

Sí, claro. En ese preciso momento, sí. Tienes trascendencia por unas horas, pero tienes el resto del día también. Hay una vida entera además de ese momento. Y se vuelve a casa, tarde o temprano, de todo.

La adicción que la adrenalina y el riesgo genera en los periodistas de guerra. La dificultad de adaptarse a una vida menos excitante. Pero usted parece contenta y tranquila con el cambio.

Hasta cierto punto. A mí, simplemente, me gusta una buena historia. Me gusta cuando hay algo excitante en el aire. Cuesta de explicar si todo lo que tienes en mente es el conflicto y la guerra. Este verano he asistido a las reuniones vecinales de la ciudad de Rutlan. Reuniones de cuatro horas, en salas sin asientos, gente gritándose, sin aire acondicionado. Un ambiente eléctrico. Gente reunida discutiendo sobre algo que les importa: si su ciudad debe o no debe recibir refugiados sirios. Hay quien tiene un fetiche con las situaciones de vida o muerte: «El tipo que tenía al lado recibió un tiro y yo no». A mí las experiencias cercanas a la muerte no me han llamado nunca. Lo que me gusta es la intensidad de la conversación.

En el documental en homenaje a James Foley usted habla de la competitividad típica de macho en el mundo de los corresponsales de guerra, que lleva a que unos empujen a otros a correr más y más riesgos. ¿Se trata de un ethos de la profesión?

Necesitas tener un grado antinatural de confianza en ti mismo para creer que vas a meterte en algunas de estas situaciones y vas a salir de ellas bien parado. Esa tensión existe dentro de todos nosotros. Tienes cierta dosis de confianza y cierta dosis de humildad (necesaria para poder acercarte a la gente y entablar conversación). Pero a quienes más he oído hablar de este fenómeno es a los fotógrafos: la obligación de estar lo más cerca posible de la acción, en parte porque eres freelance y en parte por la idea —que viene de Robert Capa— de que si no estás haciendo buenas fotos es porque no estás lo suficientemente cerca. He percibido esta agresividad sobre todo en fotógrafos hombres, si te soy sincera. Como escritora no siento la necesidad de estar encima de la cara de alguien mientras está disparando su arma. No lo necesito.

Fotógrafos hombres. Es usted una mujer blanca que trabaja en una profesión dominada por hombres, en países árabes donde las libertades de las mujeres no son las de aquí. ¿Es difícil? ¿Tiene alguna ventaja?

Te da mucho más acceso. Puedes hablar con hombres, eso no es problema, puedes hablar también con las mujeres a solas y puedes entrar en la parte de las casas prohibida a los hombres de fuera de la familia.

Si es así, ¿por qué no hay más?

Sí las hay: Janine di Giovanni, Nicole Tung, Louisa Loveluck, Ruth Sherlock, Maria Abi-Habib, Leila Fadel, Lulu Garcia-Navarro, Liz Lay, y sigue, y sigue. No es una lista corta.

Ningún problema, pues.

A ver, algunas veces mis contactos o guías locales no han querido dejarme ir a algún sitio porque era demasiado peligroso «para una mujer». Pero no me he sentido acosada nunca.

Excepto por ese camello en Libia que, según cuenta en uno de sus reportajes, le ofreció hachís a cambio de acostarse con él.

Ese tipo era tronchante. Mal está decirlo, pero me encanta ese pasaje porque creo que es gracioso; debería hacerte reír al leerlo. Una de las cosas más difíciles de capturar sobre estos contextos es que la gente ríe en muchos momentos. No es tan serio como nos lo imaginamos. Es decir, claro que es serio, pero quizá por eso la otra cara de la moneda está tan llena de risas y humor negro. Los periodistas occidentales no consiguen enseñar ese humor en sus artículos; yo no lo he conseguido la mayoría de veces. Pero en esa ocasión lo conseguí.

¿Hay mucha droga en el periodismo de guerra?

Manu Brabo, citando a Leguineche, suele decir eso de que las tres D del periodismo de guerra son divorcio, drogas y depresión. Y sí, ves a mucha gente practicándolas. Literalmente. Manu está divorciado, yo estoy divorciada. Todos terminamos en una D u otra.

En un artículo en The American Scholar explica que, cuando intentó volver a Libia, algún medio que se había mostrado muy entusiasta reclamándola como «suya» mientras estaba cautiva, de repente no mostró tanto entusiasmo con ese regreso.

Me dijeron que no iban a aceptar mis piezas. Que no querían publicarme. Así que dejé de publicar con ellos y publiqué con otros.

¿Estaban los medios más interesados en usted como historia que como periodista?

Absolutamente. Esto te enseña que las decisiones editoriales se sustentan sobre todo en el número de clics. Si buscas lo que yo escribí sobre mi detención en Libia y sobre Jim, o las noticias sobre otros periodistas que han sido capturados, verás que las fotos y los textos aparecen en las portadas de los medios. Nosotros no queremos esto. Queremos hacer nuestro trabajo, y si acabas en las noticias es porque algo malo ha ocurrido. Pero los editores quieren publicarlo porque les da muchos clics.

A las audiencias occidentales les interesa lo que les ocurre a otros occidentales; nos importa más la gente que es parecida a nosotros, así que cuando hay prisioneros, o alguien ejecutado, o se pide un rescate, se convierte en la historia más vista. De largo. Los editores se han dado cuenta, claro, y eso alimenta su cálculo económico.

¿Cree que esto también condiciona el modo en que los periodistas informan?

La gente que tiene tendencia a hacer cosas así ya lo está haciendo. Ves a todos esos blogueros flipándose: «Estoy en el Kurdistán iraquí, ¡miradme!». ¿Viste ese periodista, no recuerdo el medio, que salía en las imágenes con un AK-47 colgado del hombro? Alguien le paga, pero no hace eso porque le pagan. Lo hace porque es rematadamente estúpido.

¿Qué margen hay para un periodismo lejos del show business?

La industria del periodismo es un mundo muy difícil para contar las historias que uno quiere contar. Pero hay desarrollos interesantes en periodismo de largo formato. The Guardian ha lanzado una sección de largo formato que a menudo es muy buena. Una de las rarezas estadísticas que parece clara hoy es que de hecho se lee mucho más formato largo de lo que se pensaba. Esto podría forzar cambios en el sector. Ahora bien, con la pérdida de voces sobre el terreno las cosas son difíciles. No sabemos lo que está pasando en Siria. ¿Debería ir alguien a los lugares donde está ocurriendo todo? No lo sé. En algunas zonas del Kurdistán sirio es posible operar, si logras obtener visados del régimen. Pero en la mayoría del país no sé. Da igual qué tipo de seguro tengas, qué tipo de acuerdo con tu empresa: estás en una situación peligrosa.

Quisiera hablar brevemente de James Foley. ¿Le desagrada haberse convertido en la persona que da voz a su vida, su historia, su ejecución?

Sí. Me siento como una hagiógrafa algunas veces. Pero Jim era un tipo tan bueno que nadie tiene malas palabras para él. Por mi parte, a pesar haber escrito ya todo lo que tenía que escribir sobre él, me parece importante dar voz a lo que muchos otros sintieron cuando le ejecutaron. Me lo agradecieron. Y fue útil para mí antes que para nadie. La manera que tengo de procesar lo que he visto es escribir sobre ello. Y una vez hecho lo puedo olvidar, como si lo hubiera sacado del disco duro. Flota allí por el mundo y otros pueden leerlo y quedárselo.

La decapitación de James Foley simbolizó la aparición en los medios de algo nuevo, llamado EI. ¿Qué efectos tuvo su muerte?

Lo de Jim fue el EI anunciándose al mundo de una manera muy poderosa. Es difícil pensar qué efectos concretos pudo tener, además de pintar las cosas de manera mucho más clara si cabe: este es un lugar peligroso. El discurso que se empezó a oír en América y que dura hasta hoy es: «Si algo resulta tan peligroso, ¿no debería importarnos un comino lo que allí ocurra? ¿No podríamos dejar a esta gente a su suerte? Salgamos de este lío». Por otro lado, el miedo. Tanto en EE. UU. como en Europa, con los atentados de los últimos tiempos, cualquier cosa relacionada con el EI se convierte en la principal amenaza a la seguridad.

Si sigues la campaña norteamericana parece que el EI es nuestra principal amenaza. Y no lo es. Parece que estemos peor que nunca. Y no lo estamos. ¡Si hasta sabíamos que Bin Laden quería atentar contra las Torres Gemelas porque lo intentó dos veces antes del 11S! No es nada nuevo. La manera en que los políticos lo manipulan, cómo se convierte en miedo público, eso, eso sí diría que es nuevo. Si el vídeo de la decapitación de Jim tuvo un efecto icónico fue precisamente para ese fin: el EI se convirtió en la peor gente del mundo.

¿Son la peor gente del mundo?

No, en absoluto. No son ni siquiera la peor gente en Siria. Lo son Asad y su Gobierno. El noventa y pico por ciento de las muertes en Siria son atribuibles a Asad y a sus aliados, no al EI. De hecho, lo que el EI hace es lo más parecido en el mundo de hoy a un ataque quirúrgico. Mataron a un solo hombre, James Foley, y obtuvieron el odio de toda América. Como acontecimiento histórico es de locos.

Antes ha dicho que «de todo se vuelve a casa». Según cuenta, al volver, un día entró en un Walmart, vio un pasillo lleno de tupperwares y le embargó un sentimiento de absurdidad. ¿Podría desarrollar ese pensamiento?

La idea de la abundancia es extraordinaria. Resulta inevitable pensar en la gente que no tiene nada, esos refugiados que, por no tener, ya no tienen ni una bolsa. Abandonaron sus maletas en algún lugar del camino, quizá en la frontera turca o en la costa griega. No hay nada, todo ha desaparecido para ellos. A eso suma que todo es más o menos lo mismo: tuppers y más tuppers. Le doy muchas vueltas a este momento del tardocapitalismo. La idea de tener demasiado donde elegir y a la vez no tener en realidad nada que elegir. Y, en fin, la profunda absurdidad del tupper. Es algo tan doméstico. No tiene nada que ver con la vida y la muerte. Todo el mundo con quien he hablado que ha trabajado en zonas de conflicto tiene experiencias similares.

¿Usa papel de periódico para envolver la comida ahora, en lugar de tuppers?

¡No! ¡Uso los putos tuppers! ¡Soy una jodida americana, es mi derecho de cuna! [Carcajadas]

Cuando dice que no tenemos en realidad nada que elegir, ¿quiere decir que la libertad no existe, o que la ilusión de poder escoger nos hace menos libres?

En este caso, lo digo en el sentido más literal. La maquinaria del tardocapitalismo y su economía neoliberal se aprecian en cosas como un comentario que escuché el otro día en la radio. Hablaban de si las compañías aéreas pondrían más asientos de lujo en los aviones, y un tipo dijo: «No, lo que la gente quiere es lo más barato». Si las compañías vendieran billetes a diez dólares para volar de pie o incluso encorvados, los venderían. Llenarían un avión abarrotado de Nueva York a Tokio. Que así sea no significa que esté bien para la gente. Hay muchas fuerzas tomando decisiones por nosotros en contra de nuestros intereses. He aquí un eslogan de Bernie Sanders: «alguien se está haciendo rico, y no somos nosotros».

¿Qué ha aprendido de la guerra?

La única verdad sobre la guerra, y nunca me cansaré de repetirlo, es que, una vez has entrado, ya no hay salida. Si eres corresponsal, sí, puedes salir. Pero como país, una vez te comprometes a entrar, no puedes salir. Y como individuo, estés donde estés, especialmente si estás luchando, no puedes terminarla, no puedes irte, no puedes simplemente parar. Piensa en la decisión de Obama de salir de Irak porque ahora resulta que los norteamericanos ya han tenido suficiente. A ver si adivinas quién ha tenido suficiente también. Los malditos iraquíes. Ellos se hartaron hace tiempo. No estoy diciendo que continuar con la ocupación americana habría sido una gran idea, pero es radicalmente contrario a toda ética destruir un sistema, un orden, para luego marcharse y dejar el país a su suerte. Los EE. UU. pusieron en marcha algo de lo que los iraquíes no se pueden deshacer, les metieron en el estado de guerra, que es irresoluble, especialmente en su contexto.

¿Qué otra opción hubiera sido más ética?

¿Además de no ir, en 2003?

Sí, una vez allí.

Mira las cosas que han tenido éxito: en 2006 y 2007 conseguimos que los insurgentes suníes que luego formarían el EI no nos atacaran y no atacaran instalaciones gubernamentales. ¿Cómo? Dándoles dinero. ¿Es una buena solución? No. Pero no estoy segura de encontrar algo mejor, honestamente. Algo que siempre he dicho sobre ser periodista: mi trabajo es registrar lo que ocurre, no decir lo que debería pasar. Ahora bien, todo el mundo que tenía cerebro en 2003 sabía que sería un desastre. Lo que no se sabía es que sería este desastre absoluto.

Su respuesta sobre lo aprendido en la guerra es muy sistémica. ¿Qué hay de lo que ha aprendido sobre nuestra naturaleza?

Siguiendo mi primera observación, hay un momento en que cruzas ciertas fronteras —no digo ideológicas, sino personales— y ya no puedes volver atrás. Tus vecinos se vuelven tus enemigos. Una vez has cruzado esa línea no hay manera de volver atrás.

Ha sido testigo del surgimiento y la caída de las llamadas Primaveras Árabes. ¿Ve razones comunes a los distintos países que expliquen tanto el surgimiento como la caída?

Por supuesto. Fundamentalmente, lo que hubo es un montón de gente en contra de dictadores autoritarios. Algunos de los insurgentes eran islamistas, otros seculares; algunos militares, otros civiles; e incluso hubo indiferentes que se dejaron llevar por el estado de ánimo reinante. Solo les unía la oposición al dictador. Cuando derrocaron a esos Gobiernos y llegó el momento de construir un nuevo régimen, no existía un camino claro por el que avanzar. En parte, porque en estos países no hay una tradición fuerte de política de oposición; la oposición está toda en la cárcel. Los islamistas, en cambio, sí tenían una muy buena estructura y una base fuerte. En Egipto especialmente, los Hermanos Musulmanes es una organización con ochenta años de historia, con mucha fuerza e influencia en comunidades por todo el país, con dinero y poder.

A la falta de cohesión dentro de las fuerzas de oposición y a la preeminencia de los islamistas hay que sumarle cosas como… los EE. UU. Por ejemplo: hubo una revuelta en Baréin. Mis estudiantes me decían: «¿Cómo que hubo una revuelta en Baréin? Nunca hemos oído hablar de ella». Hay muy buenas razones para ello. Los saudíes la reprimieron con nuestra tácita —ni siquiera tácita— aprobación porque Baréin es donde tenemos la 5.ª Flota de la US Navy y debemos mantener la estabilidad. Cuando ves cosas así te preguntas cuál es el poder real de la gente en la calle contra una maquinaria tan increíble.

Por otro lado, tampoco hay fuerza suficiente para imponer la estabilidad. En países como Irak, Libia, o incluso donde hay un ejército profesional y bien organizado, como el ejército sirio, a las fuerzas armadas no les ha ido nada bien. En Siria deberían haber ganado hace mucho tiempo. Que no lo consigan y hayan tenido que traerse a los rusos y a los iraníes —quienes, por supuesto, están encantados de participar en el jaleo— demuestra qué débiles eran desde el principio esos sistemas. Pero son lo suficientemente fuertes para mantener vivo el caos.

Es muy crítica con el papel de los EE. UU. ¿Se siente culpable?

Siempre siento que me estoy disculpando. Cuando hablo con iraquíes, por ejemplo, siempre les digo que estuve en contra de esa guerra, que me manifesté contra esa guerra, que pensaba que era una idea horrible y que no creo que lo que ahora vemos, la total apoteosis de esa guerra, la aparición del EI, sea más horrible que la guerra misma. Por este motivo siento la necesidad de estar allí y escuchar a la gente, especialmente como norteamericana. La gente de Oriente Medio está muy acostumbrada a ver a norteamericanos entrando en tromba en su país para perpetrar asesinatos encubiertos o prestar apoyo a dictadores, o directamente marchando para ocuparlo militarmente. Así que siento que lo mejor que puedo hacer es simplemente hablar con alguien, como individuo, para que tengan una idea de quién soy, como persona, como estadounidense que está en desacuerdo con su Gobierno. En cierto sentido, en un sentido profundo, sí me siento responsable. Es un desastre. Tanto de lo que hemos hecho es un desastre.

La explicación clásica para el Oriente Medio es: secularistas vs. islamistas. Los secularistas son autoritarios, apoyados por el ejército y por los poderes occidentales. Y los islamistas tienen poder electoral, ganan a menudo si hay elecciones, y cuando lo hacen son sectarios e intolerantes. Las Primaveras Árabes fueron leídas como la esperanza de una tercera opción, quizás como nuestras revoluciones liberales del siglo xix. ¿Existía esa posibilidad? ¿Existe todavía la posibilidad de una tercera opción?

En Egipto hemos visto un crecimiento importante de la sociedad civil. O al menos están intentando crecer en medio de un contexto de destrucción del tejido de ONG, y bajo un Gobierno que parece ser aún más autoritario de lo que era Mubarak. Pero ves jóvenes universitarios, de mentalidad secular, esforzándose por algún tipo de progreso político. Las organizaciones de la sociedad civil se dedican a reunirse con otros egipcios y les enseñan qué es la ciudadanía, qué es una Constitución, qué significa la democracia. Estas cosas son esperanzadoras a nivel micro. En el contexto general, la descripción que has hecho es todavía muy precisa.

En Egipto precisamente, en 2013, el militar Abdelfatah al Sisi echó al islamista Morsi, después de que Morsi y los islamistas ganaran las elecciones posteriores a la defenestración de Mubarak. La Primavera Árabe vino y fracasó, y hoy el Gobierno es más represivo incluso que el de Mubarak. Usted vivió en El Cairo en 2014. ¿Va a continuar todo igual?

Por lo que sé, la oposición está callada, reagrupándose. Saldrán a la calle otra vez. Hay una gran tradición de protesta callejera en Egipto, mucho más que en otros países. Lo más desastroso de 2013 fue que el ejército consiguió que el ala popular de los jóvenes educados y seculares aceptara la idea de que el ejército tenía como prioridad el bienestar de Egipto. Así que formaron una alianza contra Morsi y sus seguidores. Dije esto desde el principio, cuando echaron a Mubarak: no puedes tener al ejército, que es la única institución fuerte del país, diciendo que representa la voluntad del pueblo. Ante esto debes ser suspicaz. El ejército no tiene voluntad. Es simplemente un brazo armado. ¿Quién lo dirige? Hoy el Gobierno es más duro que nunca reprimiendo a la oposición. Las sentencias por violar leyes antiprotesta son tremendamente estrictas. Si tres personas se reúnen, quizás están protestando: esa es una ofensa punible con cárcel.

¿Podemos establecer un contraste entre el modo más sectario de comportarse de Morsi en Egipto, que llevó al restablecimiento del autoritarismo, y el caso de Túnez, con la democratización del partido Ennahda y el liderazgo moderado de Ghanuchi, donde el escenario pos Primavera Árabe es estable y exitoso en comparación?

Es evidente que lo que hizo Morsi en Egipto no funcionó. Túnez es un país con el que no estoy tan familiarizada, pero siempre se señala como el gran éxito de la Primavera Árabe, como la excepción. Es sin duda el mejor caso. Votaron, un partido ganó y obtuvo el poder. Y lo mantiene. No hay protestas violentas. Es estable. Pero si miras al aparato de seguridad, que es, en parte, a lo que se referían las revueltas cuando decían querer el fin del régimen, verás que ese aparato de seguridad sigue intacto. Las instituciones, la policía, el ejército: todo es exactamente lo mismo. Tienen un nuevo amo. Supongo que era suficiente para ellos.

Turquía pareció la excepción durante mucho tiempo. Se nos decía que existía un equilibrio entre el secularismo controlado por el ejército, la democracia y la religión como parte de la cultura popular. Pero, ahora, Erdogan se ha revelado como un autoritario y un islamista sectario a la vez. ¿Cómo ve a Turquía?

Es muy difícil de decir. Desde el principio de la guerra de Siria han servido como base para el ejército y para el liderazgo político de la oposición. O sea, se han posicionado contra Asad y son nuestros aliados, en teoría, porque son miembros de la OTAN. Cuando iniciaron su incursión en Siria este verano entraron en conflicto directo con los kurdos, que reciben apoyo de los EE. UU. Por cierto, este choque pone de relieve la locura absoluta que yace bajo el principio «el enemigo de mi enemigo es mi amigo». Hay tantos enemigos y amigos entrando en contacto en esta guerra subsidiaria que resulta imposible introducir lógica alguna.

¿Guerra subsidiaria de quién?

Irán y Rusia están en un lado, mientras los saudíes y los estados del Golfo apoyan a muchos de los rebeldes, entre otros actores.  En este contexto, no puedes confiar en Erdogan. Piensa por ejemplo en cuántos académicos y profesores han terminado en la cárcel bajo sospecha de estar involucrados en ese supuesto golpe de Estado. Suena como algo que Erdogan orquestó para ser el héroe, culpar a la oposición y purgar a todo el que estaba en su contra. Si vives en Oriente Medio durante un tiempo acabas creyendo en teorías de la conspiración. Hay veinte mil profesores en la cárcel. El Gobierno emitió una orden para que los académicos turcos que trabajasen en el extranjero volvieran a casa. Cualquier estudiante o profesor turco en nuestras universidades ahora mismo debe vivir en una auténtica paranoia.

Libia. ¿Estado fallido?

Sí, claro. Se podría argumentar que nunca fue un Estado, sino una amalgama laxa de ciudades-estado alrededor del culto a la personalidad de Gadafi. Gadafi era tan impredecible y Libia tan pequeña que fue capaz de mantener a la gente a raya enfrentando a distintas partes de la sociedad contra otras. En una zona financiaba a tribus de piel más oscura, más africanos, para luchar contra los árabes. Y hacía exactamente lo contrario en otras zonas. Supo mantener a todo el mundo a punto de perder el equilibrio y, a la vez, lo suficientemente alineados con sus propios intereses dictatoriales. Nunca fue un Estado y hoy es un Estado visiblemente fallido. El Gobierno que hay ahora en el este recibió un avión lleno de billetes impresos en Rusia: son unos billetes que no puedes usar en ningún otro lugar de Libia. Esa es prácticamente la definición de Estado fallido. No pueden imponer ningún tipo de uniformidad dentro de sus propias fronteras.

Escribió una pieza para Foreign Policy en la que habla del intento del Gobierno de transición de sustituir el «Libro Verde» de Gadafi, con el que se adoctrinaba en las escuelas, por un manual que recupere la historia olvidada de Libia. ¿Ve posible la aparición de un consenso?

Lo veo muy improbable en este momento. Ni siquiera sé exactamente qué órganos están funcionando en el país, ni qué tipo de comunicación hay entre este y oeste, entre Misurata, Trípoli y Bengasi. Es muy difícil de imaginar porque la identificación con la ciudad es mucho más fuerte que la identificación nacional. Hay una variedad de identidades más fuertes que la nacional: tribus, familias, barrios. Además, mucha gente se ha ido, sobre todo jóvenes que tenían alguna esperanza en el futuro y que ya han visto que era un desastre. Prefieren formar una familia en algún lugar en paz como refugiados políticos.

El proceso que va de la tribu al Estado, ¿consiste en ampliar lealtades o se consigue a la fuerza, cuando una mayoría se impone a una minoría?

Siempre habrá minorías sobre las que se va a ejercer la imposición. Pero es necesario algún tipo de equilibrio que permita a la gente identificarse con una bandera o un líder, y decida dejar las armas y terminar la lucha. Esto no ha ocurrido en Libia, y no hay ningún signo de que vaya a suceder.

Ha contado que hubo un momento en Siria en que los periodistas dejaron de ser bienvenidos. Al principio la gente les veía como aliados. Y luego, de repente, lo contrario. ¿Qué pasó?

Ocurrió que mucha gente, incluso los periodistas sirios, se fijaba en el ejemplo de Libia. Recuerda que cuando los periodistas cubrieron la inestabilidad y la inminencia de masacres en Libia, la OTAN se movilizó y empezó a dar apoyo aéreo a los rebeldes. Esperaban lo mismo. Que los periodistas enseñarían lo mal que estaban las cosas y la OTAN intervendría muy rápido para dar apoyo y echar a Asad. Pero no ocurrió nada parecido. Ibas allí y te decían: «Os he contado la misma historia muchas veces. Soy un estudiante de Veterinaria y llevo año y medio operando a gente herida por bombardeos del Gobierno. Es la misma situación exactamente, solo que peor». Por otro lado, en cualquier guerra las cosas se van recrudeciendo, pero Siria, además, pertenece a una región que lleva mucho tiempo en conflicto, y existe una clase de criminales que han echado raíces en el caos. Sirios que fueron a Irak a luchar con la insurgencia, e iraquíes que entraron en Siria a sumarse a la guerra. En este contexto, cada vez se daban más situaciones donde te pedían el pasaporte y te preguntaban qué hacías allí. Recuerdo un amigo fotógrafo que tenía unas fotos de los rebeldes a los que cubría: estaban ejecutando a un prisionero. Te conviertes en testigo de un crimen de guerra y todo se vuelve muy delicado: ¿van a dejarte salir? A estas alturas todo el mundo sabe que nadie se hace responsable de nada en Siria, en ningún bando. Y nosotros dependíamos de esa gente para movernos con seguridad. Toda la relación se fue viciando, sin salida. Dejamos de ser bienvenidos.

En uno de sus reportajes sobre Siria, da razón de la antigua coexistencia que allí había entre chiitas, suníes, kurdos, cristianos… y de cómo esa coexistencia se ha roto. ¿Hasta qué punto esa coexistencia era real o más bien un grupo dominando a los otros?

Hay una diferencia fundamental entre la ciudad y el campo. En el campo, claramente podías decir qué pueblo era suní, o alauita, o cristiano. En la ciudad, aunque también tenías el barrio armenio, el barrio judío —sí, había un barrio judío en Damasco, totalmente vacío ahora, por supuesto—, la gente se rozaba, estaba en contacto. Son las ciudades las que han sufrido el desgarro de la guerra. Damasco es un poco más segura, pero Homs está destruida y era una ciudad considerablemente diversa. Cuando alguien huye de situaciones dramáticas va a refugiarse con quien se siente seguro, con quien tiene su misma identidad. Y, aunque es cierto que hasta cierto punto el cosmopolitismo sirio era una ficción, si te fijas en la historia de Oriente Medio, sus ciudades han sido crisoles de culturas desde el principio de los tiempos.

¿Podemos relacionar directamente el escenario actual con el momento de la descolonización, cuando británicos y franceses dibujaron las líneas de los mapas y crearon mayorías y minorías dentro de cada país?

Sí. El verdadero rol que jugaron fue favorecer a ciertos grupos sobre otros. Los franceses, por ejemplo, favorecieron a los alauitas, y eso enfureció a los suníes. Pero también es importante recordar que todas las fronteras son artificiales, en el sentido de que han sido creadas por nosotros. En EE. UU. tenemos este mito, esta fantasía de que empezamos en un océano y fuimos hasta el otro como si fuera natural hacerlo, pero en realidad eso fue el producto de una filosofía muy específica del siglo xix, el «destino manifiesto», según la cual esta tierra simplemente nos pertenece. Y lo hicieron realidad, obviamente, aniquilando a toda clase de grupos étnicos durante el proceso. Lo hicimos de una manera tan concienzuda que no existe un pequeño barrio alauita para alzarse contra nosotros. Si quieres indios, corre, ve a buscarlos a las reservas: 90 % de paro.

Autores como Shadi Hamid o Tarek Osman dicen que puede existir una forma específicamente islámica de ser democrático, y que deberíamos dejar de repetir que el islam debe reformarse según nuestros parámetros.

Esta idea es interesante. Lo que podemos afirmar con cierta seguridad es que los poderes occidentales llevan interviniendo más o menos en Oriente Medio durante siglos y lo han dejado en el estado actual (no sin la colaboración de los locales, claro). Pero debes preguntarte cuánto margen han tenido para desarrollar ciertos tipos de sociedad, después de que los franceses y los británicos dividieran su imperio colonial en distintos países y pusieran a sus reyes-marioneta para controlarlos. En cierta medida, hoy siguen orquestando la función tras las bambalinas. El caso es que la mayoría de la población era agrícola y no necesariamente alfabetizada. En las capitales existía —y existe— una clase educada e influyente, muy pequeña, que tenía su destino y su fortuna atados al del dictador o la marioneta de turno o lo que sea. Cuando nos preguntamos si el islam necesita una reforma, alguien podría responder, hipotéticamente, que lo que el islam necesita es que todos los demás se callen la puta boca y les dejen tranquilos. Que hablen ellos. ¿Por qué seguimos interfiriendo y diciéndoles lo que deben hacer? Interferimos porque es lo que nosotros necesitamos. Sentirnos mejores. Sentir que no nos odian. Sentir que se están convirtiendo en algo más parecido a nosotros. Lo hacemos por nosotros, no por ellos.

La revista Foreign Affairs dedicó su tema central al futuro del ejército de los EE. UU., y se pregunta cuánto más debe crecer y si hay un tope.

Es una circunstancia profundamente extraña y genuinamente americana. Justo estaba leyendo hoy un reportaje sobre suicidios en el ejército de los EE. UU. y sobre el caos y la disfunción de los hospitales de veteranos. Muchos de los veteranos no están recibiendo el tratamiento que necesitan y, mientras, el presupuesto de Defensa es como el PIB de África —África, un continente—. Es incomprensible. Norteamérica es incomprensible, como idea. O se vuelve incomprensible cuando ves cosas así ante tus ojos. No sé si alguna vez has estado en un hospital de veteranos, pero es la cosa más sórdida y jodida que hayas visto, como un lavabo en una estación de autobuses: cutre. Y, a la vez, ahí están las pegatinas amarillas de las furgonetas: «Apoyamos a nuestras tropas». Mira, no. No las apoyamos. En absoluto.

Uno pensaría que en un país donde el ejército es tan importante, el sistema garantizaría una buena vida para los veteranos, para incentivar el enrolamiento.

Es difícil saber por qué la gente sigue alistándose. Algunos creen que es su mejor opción para prosperar. También hay quien vive de la idea de que a los hombres les gusta ir a la guerra: eso siempre ha estado ahí. Es abominable. Incomprensible.

Estas son unas elecciones presidenciales muy centradas en Oriente Medio. En primer lugar, por la insistencia de Trump en poner el mundo musulmán bajo el foco…

Sí, y por no permitir la entrada a musulmanes, o realizarles test ideológicos antes de entrar.

… pero también por Clinton, que fue secretaria de Estado durante los acontecimientos de los que hemos hablado, y que es conocida por ser una «halcona» del ala dura en política exterior. ¿Qué valoración haces de ambos?

Si quieres ser de la línea dura, volviendo a lo que te decía antes —que una vez has empezado una guerra ya no puedes volver atrás—, creo que tienes que comprometerte. Estos halcones hablan ahora de enviar apoyo aéreo y prometen no poner soldados sobre el terreno, pero si quieres tener un efecto real en los acontecimientos, probablemente tengas que mandar tropas. O te olvidas o intervienes del todo. Pero ordenar un par de bombardeos no es una manera de darle la vuelta a la situación. Puedes matar a unos cuantos líderes del EI, y, de hecho, según las estadísticas, parece que han matado a diez mil combatientes, lo que es muy significativo teniendo en cuenta que tampoco es que haya tantos. Pero, de nuevo, con esto no consigues nada si se trata de controlar el territorio. En cambio, ahí tienes al ejército iraquí, al que hemos intentado entrenar durante años sin éxito, no sé si porque estuvo mal planeado o mal ejecutado o qué. Cuando te comprometes a usar la fuerza debes comprometerte al peor escenario posible. ¿Hay alguien dispuesto a ese compromiso? No. ¿Sería positivo para los afectados en cuestión? Me cuesta mucho imaginar qué podría ser peor en Siria ahora mismo. Y, sin embargo, sigue empeorando.

El Gobierno norteamericano, Obama en particular, quizás contra la opinión de Clinton, tomó la decisión de no intervenir en Siria. Fue una novedad, considerando lo que había ocurrido en Afganistán, Irak y hasta Libia.

No te olvides de que dijeron «esto es una línea roja, si Asad la cruza, intervendremos». Esa línea se cruzó y no pasó nada.

¿Cree que su no intervención está también en la raíz de lo que ha ocurrido en Siria?

Exacto, eso mismo dice Hamid en muchos de sus textos: no hacer nada es también hacer algo. En este caso, por ejemplo, envalentonar a Rusia e Irán. ¿Cuál es el uso apropiado de la fuerza? Ojalá lo supiera. Es fácil para mí decir cuán desastroso ha sido todo a toro pasado, y trato de pensar cómo mejorarlo. Pero no tengo ninguna idea clara. Si hubiéramos bombardeado a Asad en 2013 por cruzar las líneas rojas, creo —creo— que probablemente —probablemente— hubiera ido mejor. Dios, no lo sé. ¿Sería más estable o menos estable? En cualquier caso, el gran desastre es haber permitido que Rusia e Irán se hicieran más fuertes. Habida cuenta de que estamos ante una guerra subsidiaria, solo se va a solucionar militarmente sobre el terreno o con diplomacia. Pero si renuncias a presionar militarmente, no obtienes nada por la vía diplomática. Si ni siquiera consigues que dejen de bombardear durante un alto el fuego —nada más básico— significa que no tienes ningún poder. Y esto podría tener su origen en aquella renuncia a intervenir una vez se cruzaron nuestras «líneas rojas». En cambio, Obama ha lanzado ataques contra objetivos concretos del régimen; ¿qué efecto sustancial ha tenido? Es solo otra pluma en el sombrero de los antiimperialistas. «Oh, América está en todos lados, ¡largaos, largaos!». Tiene que haber una respuesta mejor. Tiene que existir.

En estas primarias hemos visto la aparición de Bernie Sanders. ¿Es esta nueva izquierda también el resultado de la última década de guerras y de la manera en que los EE. UU. quieren verse a sí mismos en la arena internacional?

Me encanta todo lo que Bernie ha dicho sobre política interior. No concibo ningún modo de costear todo lo que propone, pero me gusta. Ahora bien, sus ideas en política exterior son inexistentes. Esta no es manera de funcionar para un país como el nuestro.

Trump. ¿Cómo explicamos su éxito?

El problema con Donald Trump… no sé por dónde empezar. Supongo que de eso se trata exactamente. Cualquier cosa que digas sobre él en última instancia le fortalece. El hecho de que yo esté hablando de él ahora mismo le da más fuerza. Incluso siento que no debería. Cuando veo artículos sobre él en internet, no quiero clicarlos. No quiero dar razones a los editores para continuar produciendo ese material. Trump habla al mínimo común denominador de la gente. A sus seguidores les encanta que no le guste ser políticamente correcto y que no le guste cuando los demás son políticamente correctos. Son un grupo de gente acostumbrada a tener el control, y no les gusta, por ejemplo, tener que tratar a las mujeres con respeto y no con el sexismo de 1950. Les molesta tener que hablar con respeto a los que son distintos. Les cabrea. No es algo que me cause simpatía, por supuesto.

¿Y su política exterior?

En lo tocante a Oriente Medio, Donald Trump es el mejor reclutador para el EI que existe. Pone en el centro la idea de que América odia a los musulmanes y que te van a tratar como un terrorista, lo seas o no. Es más fácil imaginar o cometer actos de violencia contra alguien como Trump. Es un desastre.

¿Qué debemos hacer los periodistas con alguien así? ¿Cómo le cubrimos? Ha habido mucha polémica porque se acusa a los medios de no comprobar con suficiente precisión sus afirmaciones y no denunciar con más intensidad sus mentiras. Pero no es cierto. La razón para comprobar si un político dice la verdad es avergonzarle si no lo hace. Pero para avergonzarle, a él y a sus seguidores les tiene que importar la verdad. Y no es el caso. Así que no funciona. Si el periodismo no sirve para decir que un hecho es o no es verdad, ¿para qué sirve?

¿La cuestión no es más bien que los medios que le contradicen no tienen ninguna credibilidad para el votante de Trump?

Cierto. Y se dice mucho también que no existe eso que llamamos la verdad. Popular Mechanics que es, obviamente, una revista científica, desactivó su sección de comentarios después de hacer un estudio que demostró que había gente que entraba en la sección con una comprensión firme de ciertos conceptos científicos y, después de participar en los comentarios, terminaban con una comprensión menos firme de conocimientos que eran correctos. Concluyeron que la sección de comentarios volvía más tontos a sus lectores. Existe una desconfianza hacia los hechos mismos. Todo les parece un invento, probablemente de alguien en Nueva York con algún tipo de propósito político.

Antes me ha dicho que está trabajando en el seguimiento de los refugiados sirios en Vermont. ¿En qué consiste el proyecto?

Hay un plan, en Rutland, Vermont, para reubicar a cien refugiados sirios. El acalde desarrolló el plan con el director del programa de acogida de refugiados del estado de Vermont, que es uno de los nueve centros neurálgicos de reasentamiento de refugiados en el país. Es una ciudad pequeña. Antes era una de las más grandes de Vermont, pero ahora apenas tiene dieciséis mil habitantes. En los viejos tiempos, había canteras de mármol. Ahora tiene una central de General Electric. Está en el epicentro del declive posindustrial de todo el nordeste —y de otras partes— de EE. UU. Gente que solía tener trabajos en fábricas, y ahora todo es una mierda. Adictos a los opiáceos, muchos sintecho, y ninguna oportunidad para los niños. Quien crece allí, a la que termina el instituto, bum, se pira.

Así que el alcalde decidió traer sangre fresca a la ciudad y convertirla en un lugar diverso que fuera atractivo. Habló con empresarios locales, las agencias estatales, y, cuando anunció el plan, parte de la población reaccionó positivamente, «esto es ilusionante, queremos una comunidad más diversa, América va de esto, blablablá». Otro grupo reaccionó negativamente: «no, tenemos veteranos sin techo, los refugiados van a traer tuberculosis, van a querer aplicar la sharía, vamos a tener que construir una mezquita». Este conflicto se ha ido desarrollando a lo largo del verano. Se celebran larguísimas reuniones en el Ayuntamiento, en la biblioteca pública, con discusiones a gritos.

Entrevistarles no es fácil. Hay gente que está sinceramente preocupada por si un sirio va a violar a su hija. Se reduce todo a una asunción sobre otra cultura que se basa en el miedo.

Lo más interesante es que se trata de la batalla por el alma de América, una batalla que está sacudiendo todo el país. Es el tema de esta campaña electoral: ¿Qué tipo de gente somos? ¿Somos un atajo de xenófobos con tanto miedo como para no asumir ninguna responsabilidad en una crisis que ayudamos a crear? Incluso si no lo hubiéramos hecho, basta con mirarlo matemáticamente. Hay un grupo de personas que no tienen nada, que vienen de la guerra y el caos, y en el otro lado estamos nosotros, el país más rico del planeta, con un montón de espacio libre. Es justo, es una forma de justicia que lo compartamos, en lugar de dejar que Alemania se quede sola con su millón de refugiados.

¿Qué piensa de la reacción de Europa ante la crisis de los refugiados?

La acogida de un millón de refugiados por parte de Alemania responde a un bello sentimiento, pero está poniendo su sistema de asistencia al límite y dando argumentos a la extrema derecha en toda Europa. Eso también hay que introducirlo en la ecuación. Si miras el éxito de Trump ves que la gente se siente realmente amenazada. Este año llegarán a EE. UU. menos de ocho mil refugiados sirios, todo un éxito considerando que son muchos más que el año pasado, o si piensas en los que fallecen en el Mediterráneo. Pero sigue siendo un número de refugiados muy bajo. Mientras tanto, Alemania ha acogido a un millón, y su sistema parece estar resquebrajándose. Están sufriendo un impacto cultural, económico, ¡incluso físico! ¿Dónde metes a tanta gente? Pero deben poder ir a algún lado. Al final, ¿no está el fracaso de Occidente, de la diplomacia occidental, en la raíz del problema?


El referéndum kurdo dio mucho que hablar pero queda todo por decir

Fotografía: Ricardo García Vilanova

Fotografía: Ricardo García Vilanova.

La consulta de ayer sobre la independencia del Kurdistán iraquí es un paso más hacia la reconfiguración del mapa de Oriente Medio

Durante los últimos diez años no ha habido cobertura en el Kurdistán iraquí en la que no me haya dejado caer por el spa-fitness de Dohuk. No es tanto por la piscina, que también, sino porque su dueño es amigo mío desde que, en 2006, alguien me avisó de que un kurdo retornado de Estados Unidos estaba construyendo el primer centro de estas características en todo Irak.

Antes de que se me olvide, mi editora me ha pedido que escriba un texto sobre el referéndum de Kurdistán y sus implicaciones, pero prefiero dejar todo eso para después y seguir con la historia de Ibrahim.

Como decía, conocí a Ibrahim —Ibo para los amigos— en 2006, mientras gestionaba los gremios en el esqueleto de hormigón de lo que acabaría siendo Gerdun, «mundo» en kurdo. Así se llama su negocio. Como no podía ser de otra manera, tras aquella apuesta empresarial tan atrevida había un hombre con un pasado fascinante.

A Ibo, que cumple cuarenta este año, le pilló de crío la campaña de genocidio contra los kurdos de Iraq lanzada por Saddam Hussein en la década de los ochenta. Hablamos de la concienzuda operación de exterminio que incluyó fusilamientos colectivos, desplazamientos de población masivos y bombardeos, tanto con armas convencionales o químicas.

Se habla de cifras de muertos que rondan los doscientos mil, y de más de un millón de desplazados. El pequeño Ibo fue de los que consiguió huir con su familia y un burro sobre el que cargaron lo que pudieron a través de las montañas. Allí se protegieron de las bombas y del frío en cuevas, hasta que llegaron a Turquía. Tras permanecer dos años en un campo de refugiados, a los Abdulatif se les comunicó que su petición de asilo había sido aceptada en Estados Unidos.

Seré breve: Ibo fue a la escuela por primera vez en su vida en Nashville, Tennessee, a la edad de doce años; luego al High School y de ahí a la universidad. Era demasiado pequeño para el equipo de fútbol americano, pero lo suficientemente hábil para sacarse un dinero extra haciendo chapuzas: carpintería, levantar un tabique, un baño atascado… Lo que sea.

Un día reunió la cantidad suficiente para comprar una casa en ruinas; la arregló él solito y la vendió por el doble de lo que le había costado. Y así unas cuantas veces, hasta reunir una pequeña fortuna que dejó a buen recaudo en Tennessee mientras trabajaba de traductor con el Ejército americano en Kirkuk (Irak), tras la invasión de 2003. Allí conoció a Media, su mujer y la madre de sus tres hijos. Volvió con ella a Nashville pero la morriña kurda pudo con él; cogió su pequeña fortuna y la invirtió en el spa. Y así hizo realidad su plan de vida: formar una familia y vivir con un pie en Tennessee y otro en Dohuk.

La bola de cristal

De los kurdos se dice que son la nación más grande sin Estado; unos cuarenta millones de individuos repartidos por las fronteras de Turquía, Siria, Irak e Irán. Viven en esa encrucijada que afean antiguas fronteras coloniales trazadas hace cien años, pero en las que nacen las principales reservas de agua de Oriente Medio —ni más ni menos que el Tigris y el Éufrates—, y entre enormes bolsas de petróleo y gas.  

Tras la República de Mahabad, una ciudad kurda de Irán que fue independiente durante once meses después de la Segunda Guerra Mundial, el Kurdistán de Irak es lo más parecido a un Estado que han tenido nunca, independiente de facto desde la retirada de las tropas iraquíes en 1991, durante la Primera Guerra del Golfo.

Lo sé, sigo sin hablar del referéndum kurdo y su impacto en la región, pero he hablado mucho de política kurda con Ibo durante todos esto años y juro que me voy acercando. Llevo años escuchándole decir que un Estado kurdo no es solo una idea que barajan ellos, los kurdos, sino que también está en los planes de Washington, «por mucho que los americanos digan públicamente lo contrario».

No soy fan de teorías conspiranoicas pero sí creo que Ibo tiene una bola de cristal. «¿Te acuerdas de lo que te decía en 2006?», me ha repetido más de una vez durante la última década, mientras la historia kurda en curso corroboraba sus predicciones. Todas conducen a una tesis que podría formularse así:

Existe un plan para reconfigurar las fronteras de Oriente Medio, y los kurdos serán un factor clave en el proceso.

El único cambio, me decía el pasado agosto, es que está sucediendo mucho más rápido de lo esperado. Y tiene razón.

Ni el kurdófilo más optimista podía prever el sorpresivo levantamiento de los kurdos de Siria hasta convertirse en el bloque de oposición principal al Gobierno de Assad. Si bien su proyecto político rechaza la concepción clásica del «Estado-nación», lo cierto es que el noreste de Siria es ya otro territorio independiente de facto.

Vale, el apoyo norteamericano está resultando inestimable, como lo fue para la liberación de Kobani pero, a día de hoy, los kurdos y, sobre todo, las kurdas, son la cara más visible para el mundo de la lucha contra el monstruo del ISIS.

Fotografía: Ricardo García Vilanova.

Puede que sigamos sin saber gran cosa de este pueblo al que la historia dio siempre la espalda, pero ya no nos resulta extraño. Quien más quien menos ha oído hablar de los peshmergas. O de los yezidíes, que conservan la religión original —o una de ellas— de este pueblo. O que celebran su año nuevo, durante el solsticio de primavera. Lo llaman Newroz, pero seguro que ya lo sabíais.

Al levantamiento de los kurdos de Siria y la internacionalización de su causa habría que sumarles los espectaculares resultados en las elecciones generales turcas de 2015 conseguidos por una coalición prokurda. Ese fue, entre otros, uno de los detonantes del golpe de Estado en Turquía de 2016, que resultó ser un «autogolpe» para purgar opositores en todo el espectro de la compleja sociedad turca.

Y, ahora sí, llegamos la última variable que confirma la tesis de Ibo —la del incipiente papel de los kurdos en la reconfiguración de Oriente Medio—: el referéndum de ayer.

Ahora sí: el referéndum

La consulta ha sido controvertida desde el principio. Fue convocada el pasado junio por Massud Barzani, el presidente de la Región Autónoma Kurda de Iraq, y no por el Parlamento kurdo. La Cámara lleva bloqueada dos años, desde que Barzani se negara a abandonar su cargo tras expirar su mandato. Para la oposición fue la gota que colmó un vaso a punto de rebosar por la corrupción en el Kurdistán iraquí en el que dos familias, los Barzani y los Talabani, se reparten el pastel en una de las zonas más ricas en petróleo del mundo.

Mientras tanto, los kurdos iraquíes de a pie siguen sin contar con un suministro eléctrico en condiciones, y con escuelas que empiezan el curso en noviembre y cierran cada dos por tres. Los sueldos no llegan; son legión los profesores, también policías, peshmergas… que tienen que doblar sus jornadas de trabajo conduciendo taxis.

Pero quizás lo más flagrante es el acoso, e incluso asesinato, de más de un periodista que se ha atrevido a retratar a los Barzani como lo que es: una satrapía más de Oriente Medio. A pesar de todo, el pasado 15 de septiembre, el Parlamento kurdo recuperaba la actividad para aprobar in extremis la celebración del referéndum de ayer.

Los kurdos de Irak han votado en masa: con entusiasmo los seguidores de Barzani, y tapándose la nariz los de la oposición porque todos son conscientes de que se trata de un momento histórico. Como apunta Manuel Martorell, la mayor autoridad en el Estado español sobre el tema kurdo, la identidad de los kurdos de Irak hunde sus raíces en el rechazo a Irak, principalmente por el genocidio sufrido a manos de Saddam.

La desconexión emocional, por usar una fórmula de moda estos días, llega hasta el punto de que muchos kurdos han cambiado sus nombres y/o apellidos árabes por otros de origen kurdo. El mismo Ibo se desprendió del Abdulatif familiar para sustituirlo por «Aryan» hace dos años. No solo fue Saddam, dice siempre, sino también «siglos de asimilación arabo-islamista». Pero más ilustrativo que todo esto es que la nueva generación de kurdo-iraquíes ni siquiera habla el árabe.

Volviendo al tema del referéndum, Ankara y Teherán han hecho el gesto de movilizar a sus ejércitos hacia la frontera, pero eso lo hemos visto antes. Muchas veces. Ambos saben que una operación militar estaría condenada al fracaso, tanto como que Bagdad intentara mandar a cinco mil policías al norte insurrecto. Jamás podrían entrar en el territorio.

Hubo una consulta similar en 2005, que se simultaneó con la de la nueva constitución iraquí. La independencia no se declaró entonces, ni probablemente tampoco cuando se sepan los resultados. ¿Para qué hacerlo si nadie la va a reconocer? Por otra parte, ¿no sería algo redundante para una entidad política que lleva funcionando como un Estado independiente desde hace veintiséis años?

Esto mismo le pregunté a Ibo ayer mismo. Había votado con su mujer; estaban los dos emocionados. Decía que ella había llorado.

«Ya sabemos que no es vinculante, pero dejamos nuestras intenciones por escrito, y sobre la mesa. No tendremos un Estado propio ni hoy, ni mañana, ni dentro de un año. Pero igual sí dentro de cinco, o de diez», me decía por teléfono desde Dohuk.

Las paradojas de la historia más reciente han puesto sobre el tablero a dos bloques radicalmente distintos entre sí, pero que han desafiado la territorialidad de Oriente Medio: el ISIS y los kurdos. El sueño del califato está a punto de extinguirse, pero el de los segundos no ha hecho más que empezar. Al tiempo.

Fotografía: Ricardo García Vilanova.


Día dos: se van a la guerra

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Shortcuts. En los arcenes de un país en guerra

Fotografía de Ricard García Vilanova.

Son mil quinientos hombres de entre dieciocho y treinta años que se gradúan tras su entrenamiento de cuarenta y cinco días.

Muchos llevan bigote, a otros todavía no les ha salido. Son árabes y kurdos a punto de ser desplegados en el frente contra el Estado Islámico en Raqqa. El Califato queda a unos cien kilómetros al suroeste.

Para Waad, que apenas tiene vello en la cara, no es justo quedarse en casa mientras tus compañeros mueren en la guerra. No tiene miedo. Tampoco Muftaq, aunque con un año más se habría librado de ser llamado a filas. No van los que tienen un hermano en servicio, un muerto en combate, o los que pueden presentar una matrícula universitaria en vigor; estos últimos son los menos. El resto tiene que servir durante nueve meses combatiendo al monstruo.

Los de las máscaras daban miedo, y de lejos parecían un ejército de verdad; cuando uno se acerca se da cuenta de que, a pesar de que la juventud brilla en sus ojos, no hay kevlar dentro de esos chalecos antibalas, ni pies que aguanten esas botas chinas que pretenden ser americanas.

Han formado y desfilado. Han jurado lealtad a su modelo de Estado, el «confederalismo democrático»; a la tierra, a los mártires y a su líder. A todo menos a Dios, porque este es uno de los escasos lugares de la región donde no se le espera.

Después han bailado.

Ha sido precioso ver cómo la rígida y monótona rutina militar se transformaba en un marasmo caqui donde cada uno se movía como le daba la puta gana. Las máscaras se enrollaban en la cabeza para echar un cigarro, y algunos se han acercado curiosos para cambiar unas palabras en inglés con los únicos periodistas extranjeros en el evento. Otros no les quitaban el ojo a las cuatro chicas de la banda de música. Sobre todo a una, a la que ni un bombo ajado y fofo le restaba atención.

Tras el desparrame se han repartido refrescos y pastelitos de chocolate turcos, que son siempre los mejores. El gran comandante los ha mandado de vuelta a los barracones y la inmensa explanada ha quedado vacía.

Mañana se van a la guerra. Así, con todas las letras.

La graduación from Jot Down Magazine on Vimeo.


Día uno: estamos dentro

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Shortcuts. En los arcenes de un país en guerra

En los arcenes del mundo, la distancia más corta entre dos puntos casi nunca es una línea recta.

A menudo, las carreteras están bloqueadas por puestos de control, muros de tierra o bloques de hormigón entre los que hay que zigzaguear. También ocurre que la vía acabe cayendo justo en el cráter de una bomba, o desvaneciéndose en el aire sobre el recuerdo de lo que una vez fue un puente.

Esta vez se pierde en los cajones de un despacho que no emite permisos para viajar desde Irak hasta Siria. Al menos no a nosotros. Lo suyo sería darse la vuelta, pero sabemos que un «no» en Oriente Medio es más bien un «empezamos a hablar».

Hacemos mil llamadas y negociamos entre mil tazas de té durante mil días, hasta que alguien nos señala una puerta. Se abre de noche.

Atravesamos el umbral con nuestros dos guías. Uno lleva dos pequeños remos, mientras que el más corpulento carga con lo que se convertirá en un bote hinchable dentro de unas dos horas. Caminamos en silencio. Paramos para descansar, siempre a petición de Corpulento; su carga es la más pesada. Remos aprovecha para llamar a su contacto al otro lado del río ocultando la luz del móvil bajo su camiseta. Discuten entre susurros sobre qué dirección tomar. «Allí Turquía, allí Irak, allí Siria», apunta Remos, señalando hacia la oscuridad en tres direcciones. Hay consenso sobre la ruta, pero las luces de un coche patrulla nos obligan a agacharnos y esperar.

Corremos hasta la orilla del río. Corpulento hincha su carga y nos echamos al agua en un bote que, dice, aguanta mil kilos; comenzamos a remar hacia Siria.

Tomamos este atajo de noche y seguiremos caminando en la sombra durante los próximos días. No podremos firmar las fotos ni los textos, aunque esto ahora mismo es lo de menos.

Empieza shortcuts. Lo veréis todo aquí.

Os llevamos.

Syria border from Jot Down Magazine on Vimeo.