The Vast of Night: cómo hacer mucho con poco

The Vast of Night. Imagen: Amazon Prime Video.

Cuando hablamos del cine que viene de Estados Unidos, el independiente y el de los pequeños estudios llevan años dándonos felices sorpresas. No es que esté yo en contra del cine masivo y comercial precisamente, al menos cuando está bien hecho; muchas de mis películas favoritas fueron producidas por los grandes estudios de Hollywood y fueron grandes éxitos de taquilla. Hoy, no obstante, cabe admitir que la creatividad de Hollywood está bajo mínimos; basta con comparar sus productos actuales con los de la industria surcoreana que apuesta por lo comercial sin renunciar a la calidad. La explosión internacional de Parasite no fue más que la constatación de lo que mucha gente llevaba tiempo pensando: en plena era de los superhéroes y los refritos de franquicias, Corea del Sur es la nueva Hollywood.

Eso no significa que el talento cinematográfico estadounidense haya desaparecido, porque aquel país es una cantera inagotable. Sucede que el talento que busca hacer oír su propia voz ha huido a otras plataformas o tiene que abrirse camino al margen de una industria en la que imperan ejecutivos salidos de —santigüémonos— facultades de empresariales. El hecho de que siguen surgiendo talentos se nota en los géneros de terror y ciencia ficción, que atraen a autores desconocidos, quizá porque son géneros menos difíciles de distribuir. Esto se materializa en películas que para subsanar la falta de recursos recurren a la construcción de atmósferas. Estas películas chocan con una parte del público, acostumbrado que el terror y la ciencia ficción comerciales estén más basados en la acción y en los efectos especiales. Un público que espera un espectáculo más dinámico y se aburre con los ejercicios de sutileza.

Así, algunas de las películas estadounidenses más interesantes de los últimos años han fascinado a los críticos y a un sector minoritario de la audiencia, pero han aburrido a mucha otra gente. Y se obtiene una reacción polarizada: los que alaban una película con entusiasmo, y los horrorizados que no entienden el porqué de esas alabanzas. Quede usted avisada o avisado: The Vast of Night es esa clase de película. No hay término medio; a algunos les encantará, porque toca adecuadamente las teclas de la ciencia ficción clásica, y tendrá al borde del asiento a quien consiga sumergirse en su particular atmósfera. A otros, en cambio, les provocará un somnoliento fastidio. The Vast of Night fue estrenada oficialmente en el 2019, aunque hasta 2020 no llegó al streaming, donde su prestigio ha ido creciendo de boca en boca entre quienes aprecian los encantos de la ciencia ficción minimalista. Basada en el poder de la sugestión, en que el espectador sea capaz de ver con su imaginación cosas que no están en la pantalla, carece de cualquier atisbo de espectáculo palomitero. Yo soy de quienes disfrutan con este tipo de película y lo pasé como un crío viéndola (ya la he visto más de una vez), aunque entiendo que a otros no les suceda lo mismo.

Es el debut como director de Andrew Patterson, que, cual George A. Romero, se financió el mismo la película con el dinero que fue ahorrando mientras trabajaba dirigiendo anuncios para un equipo de la NBA. The Vast of Night costó setecientos mil dólares, que parece mucho dinero (y lo es) si se lo dan a usted en una mochila, pero que en términos cinematográficos equivale a una miseria. Para que se hagan una idea, cada episodio de la primera temporada de Stranger Things costó unos seis millones de dólares, casi diez veces más. Además, aunque el dinero es lo más importante, hay otros factores a considerar. Una cosa es crear una serie contando con el apoyo logístico de Netflix y sabiendo que esa plataforma la va a distribuir (21 Laps Entertainment, empresa creadora de Stranger Things, tenía una alianza con Netflix), y otra cosa es autoproducirse una película sin ese apoyo logístico y sin saber quién la va a distribuir. En 2019, Patterson presentó The Vast of Night y el largometraje fue dando tumbos de un festival a otro, suscitando elogios críticos, pero sin gozar de una distribución masiva hasta que Amazon decidió comprar los derechos. Cuando Amazon la empezó a emitir, empezó el boca a boca entre ciertos aficionados a la ciencia ficción.

Reitero que puedo entender por qué algunas (o muchas) personas pueden aburrirse con The Vast of Night, pero confieso que esta película estaba destinada a hacer diana conmigo. Siempre he sentido  atracción por la temática de los ovnis. No, no me pongan el chaleco de fuerza todavía: no creo que nos visiten seres de otros planetas, ni que las pirámides hayan sido construidas por alienígenas, ni que las líneas de Nazca sean señalizaciones para el aterrizaje de naves espaciales. Tampoco creo que se estrellase un platillo volante en Roswell, ni que se guarden cadáveres de hombrecillos grises en el Área 51. Todo eso son fantasías, por supuesto. Pero son fantasías que me entretienen muchísimo. Uno no necesita creer en una mitología para encontrarla fascinante. Es como el panteón de los dioses griegos: no creo que haya nadie en el mundo que piense que Zeus y Apolo existen, pero sí hay quienes se sienten atraídos por esa faceta de la antigua cultura griega y se saben al dedillo el panteón. Pues bien, cambien dioses por hombrecillos verdes o grises, y ahí me tienen, escuchando entrevistas con el jeta de Bob Lazar: no me creo una sola palabra de lo que cuenta, claro, pero me entretiene porque me lo tomo como una historia de ciencia ficción más (eso sí, cosas en plan Ancient Aliens son demasiado horteras incluso para mí).

La afición me viene de la infancia, esa época en la que uno no separa bien lo imaginario de lo real, cuando pensaba que algo cierto debía de haber en el asunto de los avistamientos de naves extraterrestres y aprovechaba cualquier ocasión para mirar hacia el cielo, deseando contemplar la aparición de algún artefacto venido de otro lugar de la galaxia. Con el tiempo, claro, dejé de esperar la aparición de un platillo volante, como se deja de esperar que vengan los Reyes Magos. Naves extraterrestres, o cosas sospechosas de serlo, no he visto ni una. Porque no las hay, al menos no que estén de visita en nuestro planeta. Dado que me gustaría verlas y sé que no va a ser posible, recurro a las películas. Casi cualquier largometrsje que toque la temática de las visitas, invasiones o infiltraciones extraterrestres, capta mi atención. Algunas se cuentan entre mis favoritas de cualquier género, como Encuentros en la tercera fase o La invasión de los ladrones de cuerpos.

Se podría dividir las películas sobre visitantes alienígenas en la Tierra según la manera de presentar el asunto: si predomina la acción, si predominan el suspense y una atmósfera de misterio, o si se trata de una excusa para hablar de otros temas. Este último es el caso, por ejemplo, de El hombre que cayó a la Tierra, donde un David Bowie más marciano que nunca encarnaba a un extraterrestre con problemas de identidad. La película es curiosa, pero recomiendo leer antes la novela de Walter Tevis, que es muy, muy interesante. En una línea similar está Under the Skin, con una Scarlett Johansson sorprendentemente convincente en el papel de depredadora alienígena que intenta en vano comprender las extrañas costumbres del planeta al que ha venido a cazar. Pero estas películas, aunque me gustan, son ejercicios filosóficos y estilísticos que encajan poco con la mitología ovni. Luego están los títulos donde predomina la acción, como Independence Day, cuya ventaja es que se puede ver con el cerebro apagado. El tercer tipo de película es la basada en la construcción progresiva del suspense. En los años cincuenta, cuando se empezó a tratar esta temática en el cine, tenían claro que el asombro y el pavor ante lo desconocido eran el resorte emocional fundamental. Pensemos en la llegada del platillo volante en Ultimátum a la Tierra: la maravillosa sencillez de una escena imitada mil veces, donde lo importante no es el platillo, sino la preparación de su llegada, y la reacción de la gente. Y, por supuesto, ¡el sonido!

Hay títulos muy atractivos por sus hipótesis, como Contact, aunque en esa película lo mejor está en la primera parte, cuando se construye el mencionado suspense sobre lo desconocido. Algo similar ocurre con The Arrival (me refiero a la de 1996, aunque la de Denis Villeneuve también me gusta, claro), que no es perfecta, pero que merece una revisión. Trata el tema ovni jugando con el misterio y el suspense; yo la prefiero mil veces a la tontada de Independence Day. Otras películas más afamadas son, por el contrario, frustrantes demostraciones de lo fácil que resulta arruinar la particular atmósfera que requiere este subgénero de los ovnis. Pienso, por ejemplo, en Señales de M. Night Shyamalan, que contiene varias secuencias muy efectivas sobre una insidiosa invasión alienígena. El argumento tenía muchas posibilidades: una familia de campo que se enfrenta en solitario a una invasión hostil. Pero esas posibilidades fueron meticulosamente arruinadas por las sonrojantes ínfulas religiosas del guion. Si la historia se hubiese quedado como lo que debió ser —básicamente Los pájaros en versión marciana— y Shyamalan se hubiese dejado de estomagantes metáforas bautismales, Señales podría haber ocupado una buena posición en mi lista de los mejores largometrajes sobre ovnis. Una lista en la que, por supuesto, ya existe algo cercano al ideal: Encuentros en la tercera fase, que considero el culmen de lo que se puede hacer con las apariciones alienígenas sobre la Tierra. Es prácticamente imposible hacerlo mejor que Steven Spielberg. Basta con ver la siguiente secuencia; en especial, el primer minuto y medio, una de tantas demostraciones de cómo el mejor Spielberg conduce al espectador hacia donde quiere. Y, después del clímax, la suprema habilidad para concluir la escena con el más impactante de los recursos: el silencio. Ya saben, la clase de secuencia que Roland Emmerich no sabría rodar ni después de que lo hubiesen abducido veinte veces (no caerá esa breva):

Encuentros en la tercera fase opta por un espectáculo grandioso difícil de imitar. Recuerden que fue estrenada en el mismo año de Star Wars: tanto Spielberg como George Lucas deseaban explorar los límites de los efectos especiales de su tiempo, inspirados por Stanley Kubrick y, sobre todo, por Douglas Trumbull. Se trataba de comprobar hasta qué niveles de espectacularidad podían llegar a la hora de plasmar naves espaciales en pantalla. Spielberg y Lucas lo comprobaron y, de paso, sentaron un nuevo estándar visual en la industria. Así que no pretendo que alguien intente superar o siquiera igualar a Spielberg en cuanto a la grandiosidad de las apariciones de ovnis. Pero esa faceta no es la fundamental, para mí. Lo que de verdad me gusta de Encuentros en la tercera fase no son los efectos especiales (que también), sino la atmósfera de misterio, angustia y paranoia. Lo mejor de Spielberg, que en el tuétano es un director hitchcockiano, es el manejo de la tensión psicológica. Escribió Encuentros en la tercera fase claramente influido por el cine de los cincuenta y por la mitología ovni, a la que es muy aficionado. Su gran acierto fue situar el argumento en un entorno suburbano repleto de gente insignificante, y sus naves espaciales no aparecen sobre el Capitolio, ni amenazan con secuestrar al presidente, ni se ponen a bombardear grandes capitales. Sus naves aparecen sobre una pequeña localidad pueblerina para complicarles la vida a un humilde operario eléctrico y a una madre divorciada. Encuentros en la tercera fase es, pues, mucho más que un espectáculo visual: es la crónica de unas personas normales que realizan el descubrimiento aterrador de que sobre sus cabezas hay algo, y que ese algo está produciendo un terrible efecto en sus vidas y no saben por qué. Encuentros en la tercera fase se apoya en un terror básico: el pánico ante la pérdida del control, un mecanismo al que los psicólogos atribuyen una gran cantidad de neurosis y fobias. Los dos personajes principales, interpretados por Richard Dreyfuss y Teri Garr, son dos ratitas que, aterradas, no saben que están en un laboratorio.

Esa misma atmósfera de misterio y paranoia es lo que me gusta encontrar en las películas de ovnis. Si la atmósfera está conseguida, ni siquiera necesito que aparezcan naves o los propios alienígenas. A mi modo de ver, una película de ovnis ideal debe parecerse más al suspense o al horror psicológico. El mecanismo fundamental del guion debería ser el retrato de la indefensión de quienes descubren la presencia de visitantes de otro mundo. Pero no es fácil conseguir esa atmósfera. Ha habido intentos loables que han querido apuntar en esa dirección, aunque con resultados relativamente fallidos. Por ejemplo, Fuego en el cielo, un largometraje irregular que, no obstante, contiene una gran secuencia donde se muestra lo que le sucede a un pobre tipo que es abducido por los extraterrestres. Y no, no es spoiler, pues Fuego en el cielo fue publicitada en su día como la adaptación de un libro que contaba un episodio de encuentro cercano supuestamente «real», y antes del estreno se sabía que había una abducción en el argumento. Aunque lo suyo es ver la escena en el contexto de la película, es posible que a usted no le compense tragarse las partes menos interesantes del metraje para llegar al clímax, así que aquí tiene la susodicha secuencia, que es excelente y sobresale de entre el resto del metraje. Si toda la película hubiese estado al nivel de la siguiente secuencia, hablaríamos de un clásico:

Así pues, lo importante para mí no son los alienígenas en sí, sino la anticipación de su presencia, y el efecto que esa presencia —real o imaginada— ejerce sobre los personajes humanos. Es lo mismo que me interesa de las películas sobre fantasmas: no lo que se ve, sino lo que los personajes intuyen y sienten. Por eso me gusta tanto Al final de la escalera, donde casi todo el metraje se dedica a construir una creciente tensión basada en lo invisible. En ese maravilloso largometraje, los fantasmas serían perfectamente intercambiables por alienígenas incorpóreos, porque lo que importa no es la naturaleza concreta de la amenaza, sino la manera en que esa amenaza es plasmada en pantalla. Vean Al final de la escalera; ni El sexto sentido, ni Los otros, ni otros muchos títulos, incluyendo unos cuantos del terror japonés, hubiesen existido sin ella (spoiler: no vean esta secuencia antes de ver la película completa, porque es en contexto cuando produce todo su efecto, pero no me resisto a señalar lo poco que se necesitó para crear uno de los momentos más grandiosos en la historia del cine de terror).

Pues bien, The Vast of Night es una película que, por sus escasísimos medios, no podía ofrecer un espectáculo grandilocuente, y ha optado por el suspense a fuego lento. Andrew Patterson se ha inspirado en la mitología ovni tradicional —años cincuenta, Roswell, platillos volantes—, pero esas referencias mitológicas no son mencionadas de manera explícita. De hecho, en los diálogos ni siquiera se pronuncian las palabras «alienígena» o «platillo volante». Durante el metraje no vemos casi nada más que a los protagonistas hablando o escuchando hablar a otras personas. Los protagonistas no ven, solo escuchan e imaginan; el espectador también escucha e imagina. Los diálogos imperan hasta el punto de que por momentos es como estar oyendo un programa de radio. De hecho, en el argumento juega un papel importante una emisora de radio llamada WOTW, acrónimo de War of the Worlds y obvio guiño al terror radiofónico originado por Orson Welles. Este uso de lo radiofónico podría recordar a aquella película canadiense, Pontypool, en la que el locutor de una emisora de un pequeño pueblo retransmite en directo el inicio de una epidemia zombi. Hay diferencias: Pontypool era más claustrofóbica, mientras que en The Vast of Night la cámara viaja constantemente por los exteriores. Además, Pontypool era abstracta, con muchas segundas lecturas y una metáfora sobre la manera en que el lenguaje transforma la realidad. The Vast of Night es mucho más directa y cuenta una historia sencilla y sin dobleces.

En un pueblo insignificante de New Mexico tenemos a dos jóvenes obsesionados con la radio. Uno es Everett (Jake Horowitz), que tiene un programa de música en la emisora local. La otra es la adolescente Fay (Sierra McCormick), que trabaja como operadora en la centralita telefónica, pero sueña con hacer radio también y tiene a Everett como referente. La historia sucede una noche en la que el equipo de baloncesto del instituto local juega un partido; dado que casi todo el pueblo va a ver el partido, las calles quedan desiertas. Fay se queda trabajando en la centralita telefónica, donde recibe la llamada de una mujer muy alterada que dice que «hay cosas en el cielo». Después, capta un extraño sonido en una de las líneas. Cuando le muestra el sonido a Everett, este decide emitirlo por la radio para comprobar si alguien sabe lo que es. Entonces recibe la llamada de un hombre que dice haber estado en el ejército, y que afirma reconocer ese sonido como algo que oyó durante una misión en una base secreta. Fay y Everett no saben si creérselo, pero la extraña historia del oyente excita la pasión de ambos por la investigación periodística. A partir de ahí, descubrirán que hay más personas con historias que contar. La tensión va hilándose lentamente, mientras los dos protagonistas se debaten entre la incredulidad por un lado, y la creciente sensación de pequeñez e indefensión ante la posibilidad de que el pueblo esté siendo cercado por visitantes celestes.

Los quince o veinte primeros minutos de película son los más confusos y difíciles. Apenas vemos los rostros de los personajes, ya que la cámara suele seguirlos a cierta distancia, como si alguien los estuviese espiando. Los personajes hablan mucho y muy deprisa, lo cual provoca en el espectador cierto estado de confusión. Sin embargo, cuando termina ese primer acto, nos damos cuenta —con considerable sorpresa— de que se nos ha inoculado en la cabeza toda la información que necesitábamos para afrontar el segundo acto. En el primer acto no hemos entendido bien lo que estaba pasando, pero hemos paseado por el pueblo, hemos visto que casi todo el mundo está en la cancha viendo el partido, hemos visto que en las calles no hay nadie. Y hemos conocido a los dos protagonistas, hemos entendido cuál es la relación que hay entre ellos, así como la actitud que tienen hacia la radio y la investigación. He de decir que esa primera parte de la historia es una de las presentaciones más desconcertantes que he visto en mucho tiempo porque, sobre el papel, hace cosas que no deberían hacerse en una narración pero que, increíblemente, funcionan a la perfección en el propósito de dejar todas las piezas en su sitio.

En el segundo acto, los diálogos dejan de ser aparentemente caóticos como lo eran en la presentación, y se convierten en el vehículo principal de la historia. Como decía antes, The Vast of Night combina de manera muy premeditada el cine con el programa de radio (sin olvidar guiños a la televisión de los cincuenta, en especial The Twilight Zone, serie de la que, con otro título, esta película finge ser un episodio). Incluso hay momentos en que la pantalla se torna negra para recordarnos que estamos en una historia radiofónica. Pero, insisto, esa preponderancia de lo hablado no impide que The Vast of Night sea muy visual, muy cinematográfica. Abundan los encuadres inusuales y la cámara es usada para subrayar el contexto de cada momento. Incluso hay un plano secuencia que recorre el pueblo de punta a punta y que me hizo preguntarme cómo demonios lo habían hecho, hasta que, leyendo una entrevista con el director, resultó que habían subido la cámara a un carrito de golf.

No cabe esperar grandes despliegues de efectos especiales, ni escenas de acción. Casi todo es hablado, aunque fantásticamente hablado. Los intérpretes son poco conocidos, pero hacen un trabajo fantástico y han cuidado hasta los detalles más nimios. Por ejemplo, una de las mejores escenas del film —la primera escena del segundo acto, la escena en la que arranca el misterio— nos muestra a Fay manejando la centralita telefónica. Estoy convencido de que la actriz Sierra McCormick estuvo ensayando a conciencia con ese aparato, porque desprende una sensación de completa desenvoltura. Y esto no es una tontería: verla manejarse como una verdadera operadora de los años cincuenta ayuda muchísimo no solo a construir la credibilidad de su personaje, sino a la inmersión del espectador en la historia. Lo mismo sucede con Jake Horowitz cuando su personaje maneja la vetusta máquina de grabación de la emisora de radio. Ambos actores defienden maravillosamente bien los pocos momentos en que la cámara nos muestra sus rostros de cerca para que veamos sus reacciones. No exageran, no sobreactúan, pero transmiten muchísimo. Igualmente brillantes son los secundarios. Bruce Davis pone voz al exmilitar veterano que llama por teléfono a la radio, al que nunca vemos, y consigue algo extraordinario: no necesita más que su voz para que entendamos por completo a su personaje. Gail Cronauer interpreta a una mujer que cuenta una extraña pero emotiva historia a los protagonistas, que no saben si creerla o pensar que está loca, durante un largo monólogo que acentúa la sensación de inquietante cercanía de los fenómenos que no vemos en la pantalla. Una película que depende tanto de los diálogos corre un riesgo. Con diálogos peor escritos, o con peores intérpretes, The Vast of Night nunca hubiese funcionado. Pero funciona, y muy bien.

Lo lamento por quienes no consiguen meterse en esta historia. Está claro que no es largometraje que elegir cuando uno solo quiere comer palomitas y que lo mantengan entretenido con rayos y explosiones; esto, por desgracia, repele a muchos espectadores. The Vast of Night es una pequeña historia de suspense que gira en torno a cosas que no aparecen en pantalla y requiere que el espectador imagine mucho. En ese sentido, podría recordar a Man from Earth o Coherence. Incluso a The Witch. Hay que buscar el momento propicio para verla, pero, si a usted le gustaron estas películas que acabo de mencionar, es bastante posible que esta le vaya a gustar también. Y si no le gustaron, esta tampoco le gustará. Yo, por mi parte, tengo depositadas grandes esperanzas en lo que este cineasta, Andrew Patterson, pueda hacer en el futuro.

Y ahora vienen los spoilers, no siga leyendo si no quiere que le arruine el final.

Antes decía que la progresiva construcción del suspense y la cuidadosa preparación del clímax me parecen herramientas básicas en una película sobre ovnis, porque sirven para recrear las sensaciones que, creo, tendría cualquier persona que en la vida real se encontrase, o creyese encontrarse, con estas cosas tan extrañas. Pero toda atmósfera misteriosa requiere una resolución. Y The Vast of Night se reserva un as hasta el final, hasta ese momento en que se revela que los alienígenas, en efecto, están ahí. La escena en que aparecen los platillos volantes es un clímax que realmente no me esperaba la primera vez que vi la película, en especial sabiendo que habían contado con tan bajo presupuesto. Imaginaba que el director recurriría a algún tipo de elipsis narrativa para suplir una carencia de efectos especiales. Pero no: ahí estaban las naves espaciales, en toda su spielbergiana gloria. Es increíble lo que pueden hacer los efectos especiales actuales cuando son usados de la manera correcta. Pero, lo importante, esos platillos que vemos en pantalla multiplican su impacto porque el espectador lleva muchos minutos recurriendo a su propia imaginación. De repente, la película basada en diálogos lo deja todo a la visión; el esfuerzo de la imaginación es recompensado por la aparición de los platillos, y el efecto es sobresaliente. Por cierto, aprovecho para señalar otro aspecto magnífico: la banda sonora. Sobre todo en esa escena final, donde la música es perfecta para conseguir el estado emocional que se pretende: una sensación de maravilla ante el descubrimiento repentino de que «la gente del cielo» es algo real.

Ese final es, por descontado, el único final que encaja en la historia. Todo lo anterior en el metraje era la preparación para ese momento en que entendemos que Fay y Everett han sido manipulados desde arriba, y que su destino era ser abducidos. Los extraños encuadres del principio de la película, cuando la cámara persigue a los dos protagonistas desde varios metros atrás, inciden subliminalmente sobre la idea de que están siendo vigilados. El final también explica la escena en que Fay escucha el ruido radiofónico por primera vez y, por unos momentos, se queda absorta, como hipnotizada; no nos había quedado claro si ella estaba escuchando algo más que nosotros los espectadores no podíamos escuchar. Y así era; la «gente del cielo» le estaba hablando directamente a ella, aunque ella lo asimila sin darse cuenta. En fin: que es una lástima que los platillos volantes no nos visiten, aunque tal como va 2020, ya no cabe descartar nada.


Corresponsal en el mundo de los ovnis

El 5 de septiembre de 1968 la Gran Vía de Madrid vivió una estampa venida del futuro. De un minuto para el otro, se atascó de coches. Como en una película de Hollywood, los conductores se bajaban de sus vehículos para mirar hacia el cielo, con el tono incendiado de los atardeceres de verano. Pero la atención no se fijaba en la bóveda anaranjada, sino en el objeto que se suspendía sobre sus cabezas. Un «tetraedro piramidal» o «campaniforme», según versiones de la prensa, con tres bolas de luz que lanzaban destellos plateados, según testigos, gravitó sobre el centro de la ciudad durante casi dos horas, y luego se perdió de repente por encima de la Casa de Campo. Documentos desclasificados por el Ejército del Aire en 1993 detallaron que efectivamente ese día, hacia las 21 horas, varios aviones, militares y comerciales, avistaron un objeto volador no identificado, pero despacharon el asunto de manera rimbombante: «Aunque se carece de datos fidedignos, parece ser que podría tratarse de una sonda meteorológica para el estudio de la baja mesosfera, zona de gran interés para futuros vuelos supersónicos». Mucha palabra y muy tarde para apagar las emociones de la población. «Todo Madrid pendiente de un ovni», tituló la prensa al día siguiente, sobre una gran foto de unos hombres mirando al cielo

Siete días después, el 12 de septiembre de 1968 el literato Carlos Murciano escribió un artículo en ABC que empezaba así: «Algo flota sobre el mundo, sobre este viejo mundo nuestro harto ya de rodar por los espacios infinitos». Era un inicio poético y no por casualidad. Murciano era, es, poeta mayor, y a plana entera dibujaba sus impresiones sobre la posibilidad de que algo —«¿qué?, ¿alguien?, ¿de dónde?»— vigilase a los habitantes de la Tierra, que en aquellos tiempos, en los que aún no se había pisado la Luna, veían —o creían ver— signos paranormales a diario. Torcuato Luca de Tena, director del diario, citó a Murciano en su despacho. «Me dijo: estas cosas que usted cuenta tan interesantes, ¿por qué no va y las investiga?», cuenta hoy Murciano, reproduciendo el diálogo. Le contestó con una respuesta aparentemente convincente que iba perdiendo fuerza con cada frase.

«—Tengo dos razones importantes: tengo una familia numerosa, seis hijos, y luego también soy gerente administrativo de una empresa multinacional, y yo no puedo disponer de mi tiempo y coger de pronto e irme.

—Usted piénselo. 

Lo hablé con mujer, empresa e hijos y me decidí: 

—De acuerdo».

Así, de un artículo de prensa, hoy convertido en clásico de la ufología española, salió un encargo atípico, un empleo de tiempo finito —seis meses— y espacio infinito. Acababa de nacer la figura del corresponsal en el mundo de los ovnis. 

De Carlos Murciano se ha dicho que es «el más grande sonetista español vivo». Ciento catorce libros ha publicado, más de ochenta de ellos de poesía. Ha ganado decenas de premios, entre ellos el Premio Nacional de Literatura, el Premio Nacional de Poesía, el Premio Nacional de Literatura Infantil y varias decenas más de lírica, narrativa y ensayo. También es crítico, historiador, musicólogo y, efectivamente, trabajó durante décadas en una multinacional estadounidense, la discográfica RCA. Allí ejercía de economista, su profesión por formación, pero terminó escribiendo las letras en español de todos los grandes éxitos de la música ligera italiana de los sesenta —Domenico Modugno, Lucio Battisti, Claudio Baglioni, Lucio Dalla—, a quienes también acompañaba en las grabaciones. Visto el hallazgo, sus jefes se apresuraron a encargarle otros grandes éxitos de la casa. Y así fue como Murciano se convirtió en el inesperado autor de las letras de las canciones de Heidi: «Se me ocurrió “Abuelito, dime tú”, pero con esa métrica podía haber escrito “Por qué el cielo es tan azul”, por ejemplo, lo que son las cosas», comenta. Hoy recita sus propios poemas de hace seis décadas como si los hubiera escrito ayer. ¿Escribe a mano o a máquina? «Yo compongo en la cabeza», dice señalándose la sien con el índice. «En España hay mejores poetas que yo, pero no con mi oficio. Usted me dice que es el cumpleaños de su madre mañana y yo le hago un poema en el acto. Es todo oficio».

Recibe con ese bagaje y sus ágiles ochenta y siete años en su casa del barrio de la Concepción de Madrid, con la mirada que parece perdida, pero está más bien nublada. «Me dejé los ojos en los papeles», dice al presentarse. Tras atravesar un salón y un pasillo recargados de cuadros —también, obvio, pinta— y pilas de libros (más de veinte mil en toda la casa, estima), pasa la visita al despacho. Su guarida, entre solemne e infantil, acoge al instante. Murciano —cejas pobladas, gafas de pasta antiguas, peinado con raya al lado— muestra un pequeño duende de plástico que «llegó no se sabe cómo» y del que dice que esconde todo lo que se pone en su radar. Hoy el trasgo de juguete comparte espacio con otros muchos muñecos, repartidos por entre los libros, bajo pinturas con motivos recurrentes: el bigote y la perilla de Velázquez, la barba alargada de Juan Ramón Jiménez y el propio rostro retratado de Murciano. También reserva una pared para fotos junto a otros autores, como Jorge Luis Borges, Gerardo Diego o Álvaro Cunqueiro. Aquí lleva viviendo desde hace casi sesenta años y aquí pasó a papel la mayoría de la obra que pergeñaba en su cabeza.

Herrumbrosa y arrumbada en un sillón, con un gran gorila de peluche sentado encima del carro, reposa en una esquina del despacho la máquina de escribir Facit que le regalaron a Murciano justo antes de su singular corresponsalía, y que le acompañó durante décadas. «Hasta que dejaron de fabricar la cinta tintada», refunfuña con nostalgia. Testigo de la conversación, la máquina parece advertir que ella, con la que se escribía sobre el futuro, apenas llegó al presente. Pero aquellos trabajos quedaron debidamente publicados en un libro, hoy joya inencontrable. Titulado Algo flota sobre el mundo, igual que el artículo original del avistamiento en Madrid, compendia los meses que Murciano dedicó a ir tras las huellas de los platillos volantes, o sea, a vivir en el mundo de los ovnis o, como reza el pase de prensa que le extendieron en ABC, en calidad de «cronista de los fenómenos espaciales». El libro se pensó, una vez terminó el periplo global del autor, «con el mismo temblor de actualidad que saliera de nuestras manos: salvado de la prisa diaria del periódico, aunque surgido de su urgido latir», como explica en la justificación inicial del texto. Treinta y ocho reportajes, más intro y apéndices, que se escribieron en el culmen de la era ovni: entre 1968 y 1969, cuando la fiebre por los platillos volantes recorría el planeta. 

Lo primero que hizo fue acudir a los expertos españoles, de los que destaca a tres: Antonio Ribera, el gran especialista español en ovnis, con el que entabla un diálogo de greguería al evocar a Gómez de la Serna cuando se pregunta «si las hormigas serán los marcianos que conviven ya con nosotros»; Manuel Osuna, que da por descontado que hay extraterrestres superiores técnicamente a los humanos, una probable naturaleza de robots «mecánicos o biológicos»; e Ignacio Darnaude, que vincula los terremotos a los ovnis. Habla de la Luna, de Kenneth Arnold —el hombre del primer avistamiento ovni, en 1947—, de los Men in Black originarios de Albert K. Bender, y de teorías de todo pelaje. De la tríada española salieron otros expertos en el extranjero, adonde se encaminó Murciano con su Facit y un sentido innato de aprendizaje: «Ellos tres me ayudaron mucho para mis viajes. Ya en el terreno me ayudaban los corresponsales del periódico. No era políglota, pero me defendía en italiano, inglés y francés, no solo para las entrevistas, sino para la información que iba recabando. No hace falta decir que no había internet». Así viajó por toda Sudamérica, Norteamérica y Europa para recorrer países, casas y mentes de ufólogos variopintos: el chileno Hugo Correa habla de los ovnis como organismos autónomos, con inteligencia desarrollada. El argentino Óscar Pérez Alemán dice que tienen un código cromático. Según el color, la nave proviene de un planeta u otro. Pablo Ponzano asegura que el terrícola puede haber venido del espacio, por eso no se adapta a otros climas en la propia Tierra. Eduardo Tucci apunta que los visitantes son seres programados, porque nunca hay desertores en sus filas. 

El trabajo de Murciano combinaba las formas de la época con las particularidades de su carácter multidisciplinar: «Mi primer vuelo a Chile, por ejemplo, duró dieciocho horas. En los aviones tomaba notas, estudiaba, investigaba, igual que por las noches en los hoteles. Estaba quince días fuera y cuando llegaba a RCA me encontraba la mesa llena de papeles. Entonces me llevaba el trabajo del periódico a casa. Mis hijos siempre decían que se dormían escuchando la máquina», cuenta. Pero escribir no se reducía a sentarse y darle a la tecla. Antes había un proceso de selección delicadísimo. 

«Lo más importante era separar el grano de la paja». Esto es, saber cuándo una persona estaba hablando de verdad o estaba contando un cuento. O, hilando fino, qué hipótesis eran plausibles y cuáles menos. En el libro abundan, por ejemplo, las teorías de fondo religioso. Desde el francés Paul Misraki, que habla del segundo mensaje de Fátima como un cifrado sobre las venidas de otros mundos, hasta Pérez Alemán, que le asegura al autor que los platillos volantes «son la avanzada de Cristo en la Tierra». Entonces y ahora, Murciano entiende que «si eres creyente no puedes limitar a Dios. Si Él creó al hombre en la Tierra, por qué no puede crear a otro en Alfa 21, pongamos por caso. Estarías limitando la posibilidad de un Dios todopoderoso». Otro denominador común en los años de eclosión ufológica era «el desdén» de la ciencia, en palabras del poeta. «A mí los viajes y el libro me sirvieron para investigar el tema a fondo y saber que no podía sacar una conclusión definitiva, algo que muchos científicos no hacían, porque lo negaban todo. Simplemente se reían de nosotros». 

Tras el viaje y la publicación de los reportajes, Luca de Tena le dice que no basta con entrevistar a ufólogos, sino que ahora debe recorrer España y hablar con «los que han visto cosas». Y así se va a La Mancha, Granada o Sanlúcar de Barrameda a hablar con niños campesinos que vieron un aparato sobre el patio de su casa, camareros que relatan apariciones y hasta pilotos de avión, como el comandante Ordovás. «No quería volcar nada de lo que no estuviera seguro, pero cuando él me dijo que había traído un objeto junto a su avión y luego desapareció, lo incluí. No me hablaba de un señor verde volando a su lado». En todo su trabajo llama la atención que las autoridades franquistas no se metieran en nada. Pero puntualiza: «Ordovás dijo haber tenido problemas, pero a mí nunca me dijeron nada. A nivel oficial guardaron siempre silencio en todo sentido. No censuraban, tampoco facilitaban nada», reconoce. 

Con el paso del tiempo, Murciano cobra notoriedad más allá de su trabajo literario, imparte conferencias, acude asiduamente a la televisión con José María Íñigo, y no le hace falta ni salir a buscar protagonistas que le hablen de ovnis: directamente van al sofá de su casa. «En este mismo lugar recibí a un señor que me dijo que se había entrevistado en el Retiro con unos extraterrestres que le habían entregado un mensaje para la humanidad», recuerda hoy. Imaginándolo con la misma americana marrón, la misma corbata estampada, el mismo gesto serio, uno puede transportarse sin esfuerzo a aquel momento. «Entonces yo le propuse: “Dígame cómo eran los extraterrestres”. “Eran exactamente igual a Federico García Lorca”, me contestó». Otro le asaltó una vez cuando salía de casa para otro viaje a Nueva York. Con las maletas preparadas en el descansillo del ascensor, tuvo que escucharlo. «Aseguraba que llevaba un extraterrestre en el hombro. “Voy por Gran Vía y va hablando conmigo”, decía».

Era un momento de efervescencia, en que en la ufología española no paraba de hablarse de Ummo, un supuesto planeta que arrastró a investigadores, ufólogos y curiosos hacia una teoría según la cual extraterrestres de aspecto nórdico campaban entre los españoles de la época. Hubo congresos, publicaciones y expertos sobre el tema. En la década de 1990, sin embargo, su impulsor, Jordán Peña, confesó que todo era un invento. Murciano lo cita habitualmente en el libro, pero con precaución: «No me quedaron remordimientos al saber que era falso. Yo escuchaba de todo y lo exponía, pero no me la jugaba opinando».

Murciano habló de ovnis y no perdió la vida en el aire de milagro. El toque del destino: en 1983 el vuelo de Avianca entre París y Bogotá, con escala en Madrid, se estrelló en Mejorada del Campo en el descenso a Barajas, donde Murciano esperaba para subir al avión. Ahora entreabre la cortina de su ventana y mira hacia fuera quién sabe buscando qué, esas incógnitas que marcaron su relación con los ovnis y que deja patente en Algo flota sobre el mundo. El libro se cierra con dos conclusiones, «porque así lo exigió el director», que hoy recita de memoria. La primera, la existencia del ovni. La segunda, la habitabilidad de otros mundos. «Pero no de un señor con una corbata tomando un whisky. A lo mejor hay un bicharraco que se arrastra, como los monstruos de Dámaso Alonso en sus poemas. O unos gusanos. O unos enanitos que son más listos que nosotros. Me refiero a que hay vida en otros mundos. Estoy absolutamente seguro. Ahora bien, si me piden que lo confirme, diré: no puedo».

Hoy, justo cuando todo el mundo tiene la tecnología al alcance para fotografiar y grabar vídeo con un teléfono, ya no hay fiebre por los ovnis. O quizás por eso mismo. Y la anticipación importa menos. «¿Sigue habiendo cosas inexplicables? Sin duda. Pero hay más escepticismo, o menos interés en la gente en meterse en este asunto. El joven está mucho más informado, el contacto con la tecnología es mucho mayor. Y además hay un cansancio en el tema, los que han escrito no han llegado a ninguna conclusión. Y cuando algún país ha desclasificado alguna información secreta tampoco ha pasado nada», reflexiona Murciano. También él terminó desencantado. Igual que alumbró una etapa con un artículo en 1968, también la cerró con otro, en 2001. «De un tiempo de ovnis», lo tituló, y en él volcó los sinsabores de quien era, dice, vilipendiado. «Fue una hermosa experiencia, pero los genialoides de la estadística y el ordenador desencadenaron su campaña contra el intruso que era yo para ellos. Así que les dije: ahí tenéis los ovnis, repartíoslos. Y bien que los repartieron: los hicieron pedazos». Hoy en su casa no hay más rastro de aquellos años que los collages con motivos extraterrestres que todavía intenta elaborar pese a su mala vista. En el último año ha perdido a su esposa y ya no puede leer. Más que otros planetas, ahora le desvela el propio: «Lo que más me preocupa es que la naturaleza está respondiendo a las acciones del hombre con tsunamis o terremotos. Las naciones se reúnen pero no toman decisiones, y siguen en las mismas». Al final de todo, el futuro quizás estaba aquí.


El triángulo de las Bermudas, o cómo crear un mito moderno desde la nada

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Avengers en vuelo, similares a los desaparecidos en el «Vuelo 19». Fotografía: National Archives Catalog (DP).

¿El mundo se ha hecho más pequeño? No, todavía es el mismo vasto globo que conocieron nuestros ancestros, con el mismo neblinoso limbo de los extraviados. Pensamos que el mundo es pequeño a causa de las veloces ruedas y alas, y de esa voz que suena en la radio, emergiendo desde el vacío. Una milla es un minuto de viaje en automóvil o unos pocos segundos volando. Pero sigue siendo una milla. Y las millas, juntas, suman un vasto espacio desconocido hacia el que centenares de personas han volado o navegado, en tiempos recientes, para ser tragados como los buques eran tragados en los viejos días de la navegación a vela. (E. V. W. Jones en «Same Big World», The Miami Herald, 1950).

La región involucrada, un triángulo de agua más o menos delimitado por Florida, las Bermudas y Puerto Rico, mide menos de mil quinientos kilómetros en cada lado. Es un área pequeña en los mapas marineros, atravesada cada hora por buques de muchas naciones. Tiene buena cobertura de radio. Se encuentra bajo la constante vigilancia de docenas de aviones comerciales que la sobrevuelan a diario. (…) Ha habido muchas desapariciones en este mar de nuestro patio trasero; aviones gubernamentales y privados, barcos de pesca, yates. Los informes, cuando se cierra la investigación sobre cada caso, siempre contienen una ominosa anotación: «Sin dejar rastro». (George X. Sand, «Sea Mistery At Our Back Door», revista Fate, 1952).

El mar guarda bien sus secretos (Vincent H. Gaddis, «The Deadly Bermuda Triangle», revista Argosy, 1964).

Rara vez llegamos a conocer la semilla primigenia de los mitos de la antigüedad, cuya gestación queda para la interpretación de arqueólogos, antropólogos y psicoanalistas de lo pretérito, quienes intentan componen un árbol genealógico que enlace fábulas de diferentes culturas y épocas. Con dificultad encuentran, si es que la llegan encontrar, la raíz misma de las leyendas, que suele perderse en el irrecuperable ámbito de las tradiciones orales de hace siglos. Pero nuestra época tiene también sus propios mitos, y lo más fascinante es que ahora sí podemos rastrear su origen hasta un único incidente, o hacia un reducido ramillete de interpretaciones erróneas sobre ese incidente. Esto nos ayuda a entender cómo pudieron nacer las leyendas antiguas, pero también nos ayuda a conocer nuestro anhelo de prolongar el mundo mágico en el que la humanidad ha vivido durante miles de años, nuestro ansia por encontrar nuevas dimensiones en este previsible, mecánico y prosaico universo. Un buen ejemplo es el nacimiento del platillo volante como mito popular allá por 1947, cuando el aviador Kenneth Arnold afirmó haber visto varios objetos extraños que volaban trazando una trayectoria ondulante como la de «platillos sobre el agua». Cuando su testimonio fue aireado por la prensa, poco importó que Arnold hubiese descrito aeronaves con forma de ala delta y no redondas como discos. La expresión «platillos volantes» excitó la imaginación colectiva con tanto ímpetu que empezaron a proliferar los avistamientos de objetos circulares que no se parecían a los que él había visto. Pues bien, la mitología sobre el famoso Triángulo de las Bermudas nació y creció siguiendo un guion parecido, aunque con una diferencia: si el mito de los platillos volantes se convirtió en un fenómeno social a nivel mundial de un día para otro, el del Triángulo, como las viejas leyendas marineras, estuvo cociéndose a fuego lento en el horno de los equívocos durante más de dos décadas antes de que el mundo entero escuchase hablar sobre él. La posibilidad de que un ominoso polígono devorase aviones y barcos por efecto de fuerzas paranormales o de la inquietante actividad de traviesos alienígenas era algo demasiado atrayente como para no convertirse en un icono de la cultura popular.

Todo comenzó veinte años antes de que a nadie se le ocurriese mencionar la existencia del famoso triángulo. En diciembre de 1945, a las dos de la tarde, cinco bombarderos (hoy conocidos como el famoso «Vuelo 19») despegaron de la base naval de Fort Lauderdale, en Florida, para efectuar un ejercicio rutinario sobre el Atlántico. El mismo ejercicio que otros aviones habían completado horas antes sin que surgiera problema alguno. A bordo de los cinco aviones volaban catorce tripulantes experimentados. Poco antes de las cuatro, a Fort Lauderdale empezaron a llegar preocupantes noticias por radio: los pilotos de los bombarderos decían que se habían extraviado; algo inesperado, puesto que volaban en una región bien conocida y muy transitada, donde esos mismos hombres habían realizado numerosas prácticas. Durante la siguiente hora, que debió de parecer interminable, volaron tratando de localizar una isla o algún fragmento de costa que les diese indicio de dónde estaban. A las cinco, el comandante del vuelo ordenaba girar hacia el este. Casi de inmediato, desde tierra oyeron cómo uno de sus subordinados decía entre dientes: «Maldita sea, si viramos al oeste iremos a casa, ¡al oeste, maldita sea!». Treinta angustiosos minutos después, mientras el clima empezaba a estropearse, llegó un nuevo mensaje del líder el escuadrón: «Volaremos hacia el oeste hasta ver tierra o quedarnos sin combustible». A las seis, mientras empezaba a oscurecer, el grupo continuaba volando sin encontrar la costa. Desde la base se dio la alarma para que aviones y embarcaciones de la zona estuviesen atentos. Hacia las seis y veinte se escuchó por última vez la voz del comandante, ordenando a los demás aviones que volasen a poca distancia de él: «Vamos a tener que amerizar, a no ser que veamos tierra antes, así que cuando haya un avión que tenga menos de diez galones de combustible, descenderemos todos juntos». Esa fue la última noticia que se tuvo de ellos.

Para empeorar la situación, uno de los hidroaviones enviados en tareas de búsqueda también desapareció sin motivo aparente, aunque a las nueve y media de la noche la tripulación de un petrolero afirmó haber visto llamas en el cielo, por lo cual en tierra supusieron que había estallado a causa de una fuga de gas del depósito de combustible. Nunca se encontraron restos del Vuelo 19, por lo que nunca se supo con certeza qué les había sucedido. Entre las posibles explicaciones se barajaba el error humano, propiciado por la inusual circunstancia de que las brújulas de los cinco aviones parecían haber fallado al mismo tiempo, pero aun así parecía extraño que aquellos pilotos curtidos no hubiesen conseguido encontrar el camino de vuelta al continente.

Tres años después, en 1948, un avión comercial de la compañía British South American Airways llamado «Star Tiger» realizaba su trayecto habitual entre las islas Azores y las Bermudas. En esta ocasión no se recibió ningún mensaje de alarma ni se detectaron señales de que hubiese surgido un problema. El avión se desvaneció en pleno vuelo, sin más, y nunca se encontraron los restos ni se volvió a saber de sus seis tripulantes y sus veinticinco pasajeros. La noticia salió en todos los periódicos porque entre el pasaje se hallaba sir Arthur Coningham, un oficial de la RAF que durante la II Guerra Mundial había sido ensalzado como héroe de guerra. La investigación posterior calificó la desaparición de «misterio sin resolver», aunque los técnicos sí hicieron notar que los aviones de BSAA, por motivos monetarios, acostumbraban a despegar con la cantidad justa de combustible para llegar a su destino. Lo cual, en caso de error de navegación, podía haber provocado que se hubiese quedado sin combustible sobre el Atlántico antes de alcanzar las Bermudas (aun así, no dejaba de sorprender la ausencia de petición de socorro).

No fue el único incidente llamativo de aquel año. Un carguero de vapor llamado Sandra, de unos cien metros de eslora, partía de un puerto del estado de Georgia con trescientas toneladas de insecticida en sus bodegas, que debía entregar en Venezuela. El buque recorría una línea marítima muy concurrida, a la altura de Florida, en una noche tranquila con mar en calma y cielo despejado; aun así, se perdió sin que pudiese hallarse ningún resto. La racha de desapariciones misteriosas no terminó ahí. Unos meses más tarde, un Douglas DC-3 que realizaba el trayecto entre Puerto Rico y Miami desapareció justo después de que el piloto hubiese anunciado por radio que ya se encontraba a menos de cien kilómetros de su destino. Tampoco esta vez se encontraron restos, aunque la investigación sí registró un incidente menor: el avión había despegado de Puerto Rico con un nivel bajo en las baterías eléctricas que alimentaban, entre otras cosas, la radio y algunos indicadores del panel de control. Sin embargo, había estado volando en círculos antes de dirigirse hacia Florida para que los motores recargasen las baterías, de manera similar a como hace un automóvil. Este hecho, por sí mismo, no justificaba un accidente. La única posibilidad razonable era la de que los instrumentos de navegación y la radio se hubiesen apagado por falta de energía, y que el piloto hubiese comunicado una posición errónea. La tétrica racha se prolongó hasta 1949, cuando otro avión de la BSAA, el Star Ariel, despegó de las Bermudas con rumbo a Jamaica y nunca llegó a su destino. Tampoco esta vez se recibieron mensajes de alarma ni se hallaron restos o manchas de combustible sobre la superficie del mar, así que la investigación concluyó una vez más que no había elementos suficientes para emitir un juicio sobre lo sucedido.

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Ilustración que acompañaba al artículo de E.V.W. Jones en el Miami Herald, 1950.

Todos estos incidentes se habían producido en un corto periodo de tiempo en una misma región del mapa, pero las autoridades, aun sin disponer de interpretaciones comprobables, barajaban causas diferentes para cada uno de ellos. Sin embargo, los incidentes separados fueron agrupados en un único misterio por la pluma de un periodista, E. V. W. Jones. En septiembre de 1950, coincidiendo con la declaración oficial de que se abandonaba toda búsqueda del carguero Sandra, publicó un artículo en el Miami Herald para sugerir, con un enfoque casi metafísico, que aquella racha de desapariciones estaba destinada a recordarnos que nuestro planeta continuaba siendo «grande y misterioso». Pese a lo que se ha dicho después sobre aquel artículo, no mencionaba de forma expresa hipótesis sobrenaturales, aunque sí decía, con una considerable carga de poesía, que los aviones y barcos desaparecidos habían ido a parar a un «limbo que no está en los mapas». El breve texto de Jones era sutil, pero resulta difícil no creer que contiene la insinuación de que los incidentes en aquella región tenían un trasfondo de naturaleza casi lovecraftiana.

Poco después, en 1954, la revista de temáticas paranormales Fate —fundada en 1948, al abrigo de la súbita fiebre de los platillos volantes— hacía una crónica novelada de los diversos casos de desapariciones que acabamos de enumerar. Su autor, George X. Sand, utilizaba un tono todavía más lovecraftiano que Jones, con frases tan enjundiosas como «el misterioso enigma volvía a sumergirse en las profundidades del mar y allí permanecería, durmiente, durante tres años». Hay que hacer notar que tampoco él, pese a los comentarios propios de relato gótico con los que adornaba la pieza, proponía explicaciones sobrenaturales. Parecía contentarse con excitar la imaginación de los lectores con una sorda aureola de enigma sin causas específicas. En principio este artículo no pasó de obtener una repercusión modesta, pero terminaría adquiriendo una influencia decisiva en el folclore de los años posteriores, ya que en él se describía por primera vez una región misteriosa de forma triangular, a la que Sand no daba nombre, pero que situaba en el mapa, señalando que sus tres vértices estaban en las islas Bermudas, Florida y Puerto Rico. Un elemento más para la génesis del mito.

Poco después, en 1954, un avión militar de transporte —el imponente modelo Lockheed Super Constellation— despegó de la costa norteamericana con rumbo a las Azores. A bordo, además de la tripulación, había cuarenta y dos pasajeros, oficiales estadounidenses que viajaban junto a sus familias. La última comunicación radiofónica de los pilotos fue un mensaje rutinario en el que comunicaban la posición. No hubo más. Los restos del avión nunca fueron encontrados. Esta vez ni siquiera había indicios secundarios sobre qué podía haber ido mal y el informe final de los investigadores del caso puede ser descrito como una expresión oficial de perplejidad. En dicho informe se decía que la altitud a la que volaba el avión era la correcta, y que esa altitud le hubiese permitido esquivar contratiempos meteorológicos. También se describía como «muy remota» la posibilidad de fallo estructural. El dictamen de los investigadores cerraba con una frase que parecía concebida por un guionista para generar tensión en los espectadores de alguna serie de ciencia ficción: «Es opinión de este comité que el R7V-1 con matrícula 128441 se encontró con una fuerza violenta y repentina que provocó que el avión ya no pudiese volar, y por lo tanto su control quedó más allá del alcance de los esfuerzos de la tripulación. La fuerza que hizo que el avión perdiera el control es desconocida».

Las noticias sobre la volatilización de aviones dejaron de aparecer durante una temporada y el misterio pareció perder un poco de vigencia, pero tras unos años de relativa tranquilidad, en 1962 se revivía el interés por una nueva desaparición sin explicación aparente. Un bombardero Boeing B-50 Superfortress que volaba hacia las Azores también se esfumó; la búsqueda posterior permitió avistar una mancha flotante de lo que parecía combustible, más o menos donde se suponía que volaba el avión cuando dejó de dar señales de normalidad. Sin embargo, no se pudo determinar si la mancha era de verdad producto de su estrellamiento o se trataba de algún residuo como el que muchos barcos dejaban tras de sí mientras navegaban.

A tenor de los nuevos incidentes, el enigma retornaba a las páginas de algunas publicaciones. Y, aunque hoy nos parezca increíble, sin demasiado añadido fantasioso. La revista American Legion, editada por una asociación de veteranos de guerra, recuperaba el asunto de los cinco bombarderos del Vuelo 19. Lo mismo hacía el escritor Dale Titler en su libro Wings of Mistery, donde lo incluía en una lista de sucesos inusuales relacionados con las fuerzas aéreas. Pero el desarrollo del mito empezaba ya a ser imparable. El número de abril de 1964 de la revista juvenil de mayor solera en los Estados Unidos, Argosy, publicaba un artículo llamado «El mortal Triángulo de las Bermudas», aunque cabe decir que su contenido no era tan sensacionalista como cabría esperar por su título o por el cariz de la revista donde apareció. Su autor, Vincent H. Gaddis, realizó una crónica bien documentada —y con no demasiadas exageraciones, lo cual era bastante meritorio en esos años y ese contexto— de los incidentes que hemos mencionado más arriba, más otros sucedidos desde 1840. Además de su apreciable trabajo de recopilación histórica, Gaddis añadió nuevas dimensiones a la leyenda en gestación. Especulaba con anomalías magnéticas y, con espíritu un tanto naíf, con fenómenos gravitatorios. También fue el primero en recordar que Cristóbal Colón, en los diarios de navegación de su primer viaje a América, había anotado el avistamiento de luces inusuales mientras atravesaba aquellas mismas aguas. Así, de manera muy velada, es posible que ni siquiera intencional, relacionó el Triángulo de las Bermudas con el fenómeno ovni. En cualquier caso, el artículo de Gaddis aportaba un elemento básico para la definitiva formulación del mito: le daba un nombre sonoro, el Triángulo de la Muerte de las Bermudas, y situaba el supuesto fenómeno en un contexto histórico que se remontaba siglos.

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Pecio semisumergido del Ironclad Vixen. Fotografía: moxiecontin714 (CC).

Entre tanto, las desapariciones en la región no cesaban. En 1965 una avioneta privada se esfumó cerca de las Bahamas y un avión de transporte de tropas hacía lo propio en las inmediaciones de las Bermudas, aunque en este caso sí se encontraron restos que probaban que se había tratado de un accidente. Pero el rodillo de la imaginación colectiva estaba empezando a ponerse en marcha. En 1969 apareció el libro Limbo of the Lost, también en formato de crónica. Su autor, J. W. Spencer, se oponía al cada vez más popular término Triángulo de las Bermudas porque en su opinión la región de las desapariciones no era triangular. Su etiqueta alternativa, «El limbo de los perdidos», que reiteraba con insistencia casi maníaca en su texto, no cuajó, como era de esperar. La atmósfera lovecraftiana de aquellos dos primeros artículos que habían tratado el fenómeno a principios de los cincuenta (de uno de los cuales parecía haber copiado el título de su libro) ya no encajaba con el espíritu de los tiempos y había sido sustituida por elucubraciones más parecidas a las de la ciencia ficción. Además, la figura del triángulo que Spencer denostaba era justo el símbolo que el público necesitaba para identificar de manera visual e inmediata un misterio que, en la realidad, no era más que la difusa sucesión de episodios aeronáuticos sin más vínculo común que la ausencia de explicación oficial y la ubicación geográfica.

A principios de los setenta, pues, las referencias al Triángulo en la cultura popular eran todavía escasas y vagas, por más que la sola mención del Triángulo despertase un creciente interés. Los autores que se habían aproximado al misterio lo habían hecho desde una perspectiva sobre todo historiográfica, con mayor o menor acierto, pero sin el atrevimiento de proponer unas explicaciones detalladas que ni siquiera los propios investigadores y técnicos habían conseguido encontrar para cada caso. Hasta entonces, los niveles de sensacionalismo en torno al Triángulo habían sido sorprendentemente bajos. Pero esto no satisfacía al público. Por entonces no era costumbre manejar hipótesis por defecto como las que imaginamos hoy ante cualquier desaparición de barcos o aviones, como pueden ser el terrorismo o la piratería. El misterio del Triángulo de las Bermudas era fascinante pero incómodo, porque nadie proponía una explicación directa y atractiva.

Todo esto cambió cuando ciertos escritores especializados en asuntos paranormales notaron que el Triángulo era todavía terreno virgen dentro de su ámbito y que parecía haber un mercado para quien decidiese por fin ofrecer las respuestas que la gente tanto ansiaba. Uno de ellos, Charles Berlitz, fue el más rápido. Había publicado ya un par de libros —El misterio de la Atlántida y Misterios de mundos olvidados— que trataban grandes enigmas desde una perspectiva bastante sui generis, con afirmaciones a vuelapluma y mucha superchería. Entendió el potencial de un misterio que estaba poniéndose de moda y en 1974 publicó su obra más famosa, El triángulo de las Bermudas, que casi de inmediato se convirtió en un best seller a nivel mundial. Berlitz dio en la diana al entender que lo que el público demandaba era una explicación al enigma, la que fuese, y eso es lo que ofreció en su libro, donde no hacía tanto énfasis en la crónica —en los primeros capítulos repasaba algunos de los casos más célebres— y se centraba en relacionar el famoso Triángulo con la Atlántida y los alienígenas, de manera descabellada y con escaso fundamento racional. Su libro cubría una necesidad en una época donde se estaba produciendo un renacer de la creencia en lo paranormal y vendió millones de ejemplares en todo el mundo, cronificando el mito del Triángulo como una región dominada por fuerzas ocultas en las que podían tener influencia hasta los extraterrestres. Algunos críticos tardaron bien poco en desmontar sus alocadas hipótesis. El más célebre fue un bibliotecario llamado Larry Kusche, que al año siguiente publicó El misterio del Triángulo de las Bermudas: resuelto, donde a base de sentido común realizaba una implacable demolición de las habladurías paranormales, aunque para entonces Berlitz ya se había hecho rico y su visión del enigma se había incrustado en el imaginario popular.

Kusche y críticos posteriores hicieron notar varios hechos evidentes. El primero y principal, que la zona del Triángulo albergaba un tráfico aéreo y marítimo muy intenso, y que el número de desapariciones ni siquiera podía ser calificado como elevado para lo que cabía esperar de tanto trasiego. También señalaban que los casos sin resolver no siempre carecían de interpretaciones técnicas razonables, aunque estas no pudiesen ser demostradas debido a la ausencia de restos, y que habían sido pocas las desapariciones en las que no hubiese habido por lo menos un intento convincente de explicación más o menos oficiosa por parte de las autoridades. Con el paso de los años, incluso las anomalías magnéticas que afectaban a los instrumentos de navegación y que sí eran reconocidas por las autoridades aeronáuticas perdieron importancia como posible génesis de los incidentes, ya que —pese a lo expresado en un informe oficial de 1970— se las consideraba un fenómeno habitual que los pilotos y capitanes tenían en cuenta desde mucho tiempo atrás.

Era ya demasiado tarde. El Triángulo de las Bermudas se había convertido en un referente cultural universal, como el supuesto estrellamiento de un platillo volante en Roswell y el traslado de cadáveres alienígenas al Área 51. En 1977, por ejemplo, la película Encuentros en la tercera fase de Steven Spielberg narraba cómo los alienígenas devolvían los aviones y pilotos del Vuelo 17, desaparecidos en 1945, amén de otros desaparecidos, incluyendo un barco carguero. Aunque el film no mencionaba de manera específica el Triángulo de las Bermudas, sí hacía una referencia oblicua. Había llegado a Hollywood. Otras películas y series lo usaron también como material de entretenimiento. Había nacido un mito moderno, ante los ojos de todo el mundo, artículo tras artículo y libro tras libro, pero su atractivo y su fuerza simbólica lo habían hecho inmune a su evidente condición de artificio modelado a lo largo de décadas. Eso dice más sobre nosotros mismos que sobre las auténticas causas de aquellas desapariciones misteriosas, pero no deja de resultar fascinante; el ser humano, fiel a su propia condición, se niega a renunciar a las creencias mágicas que le ayudaron a permanecer vivo durante milenios. El Triángulo de las Bermudas no existe, pero eso no significa que debamos extirparlo de nuestra imaginación. Quién sabe, quizá cumple un importante papel, como Santa Claus o los platillos volantes. Como poco, nuestra cultura resultaría menos exuberante sin este tipo de cosas. Y los mapas del Atlántico, qué duda cabe, echarían de menos esas mágicas líneas.

Este artículo es un avance de nuestra revista impresa dedicada a América #JD16


Secretos sobre lienzo

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La última cena. Leonardo da Vinci.

Por culpa del pesado de Dan Brown medio globo cree que contemplar La última de cena de Leonardo da Vinci implica tener que resolver un sudoku basado en adivinar lo que oculta en la entrepierna el apóstol al que Jesucristo hacía ojillos. Y esto ocurre a pesar de que el proceso de documentación del escritor, una persona que afirmaba haber residido en lo que parecía una Sevilla ubicada en un universo alternativo donde visitar la Giralda podría significar la muerte, resultaba como poco cuestionable y estaba saturado de hipótesis que cabalgaban fantasías. Pero lo patoso de las teorías de Brown no implicaba que La última cena estuviese exenta de dar cobijo a algún tipo de enigma interesante: en 2007 un músico italiano llamado Giovanni Maria Pala afirmaba haber descubierto un secreto en la pintura de Da Vinci que hasta entonces había pasado desapercibido, se trataba de una banda sonora para aquel piscolabis sagrado escrita en el mismo cuadro. El músico había dibujado un pentagrama sobre la escena e interpretado el pan consagrado y las manos de la comitiva como notas musicales, y la partitura parecía tener un sentido melódico si se leía del mismo modo en el que afrontaba la escritura el propio Leonardo da Vinci, es decir de derecha a izquierda. Para Maria Pala aquello no era una mera coincidencia, «Suena como un réquiem, es una especie de BSO que enfatiza la pasión de Jesús», y Alessandro Vezzosi, un experto en a la figura del pintor florentino, consideraba que la existencia de una melodía escondida tenía en el fondo una base plausible al ser Da Vinci ducho con las notas. Hoy hay gente que se ha tomado la molestia de interpretar y subir a internet esos cuarenta segundos de microrréquiem para disfrute de aquellos que no tengan el cuadro a mano o la capacidad de leer pentagramas musicales. E incluso existe un alma generosa y especialmente chalada que ha trasladado la partitura renacentista, y varios remixes, al compositor musical del Mario Paint de la Super Nintendo fusionando las dos columnas básicas del usuario medio de internet: las maquinaciones secretas a la vista de todo el mundo y los videojuegos retro.

Y lo cierto es que todas aquellas artes que empuñaban pinceles para salpicar paredes y lienzos resultaron ser un terreno de juego ideal para perfeccionar la técnica de enterrar secretos ante los ojos de todo el mundo.

Buscando a Wally

La primavera. Sandro Botticelli.
La primavera. Sandro Botticelli.

La primavera de Sandro Botticelli es una de las obras florentinas más famosas de la historia del arte. Un cuadro que se lee de derecha a izquierda y relata una escena que aparecía en el quinto libro de los Fastos de Ovidio: el viento Céfiro se tira encima de la ninfa Cloris, que con el agobio de la persecución no puede evitar ir por ahí escupiendo flores, hasta que finalmente la agobiada chavala acaba digievolucionando en Flora, una personificación de la primavera misma. El cuadro lo completa una Venus ejerciendo de presidenta de la función, un Cupido que apuntaba la flecha hacia las tres Gracias (probablemente Voluptuosidad, Castidad y Belleza) y un Mercurio armado ejerciendo de portero del bosque y demostrando que igual la heterosexualidad no era su terruño al estar más concentrado en la fruta que en el vestuario transparente de las féminas. La pieza sorprendía por su tamaño desmesurado, aquellos 203 cm de alto por 314 de ancho no eran medidas comunes en las obras profanas, y sus medidas parecían más adecuadas para un fresco o un tapiz que para una pintura al temple de huevo sobre tabla. El artista italiano aprovechó que tenía la ventana maximizada para pintar a sus inquilinos a tamaño real y salpicar la estampa de detalles minúsculos como broches y empuñaduras minuciosas hasta la obsesión. Y aunque La primavera destaca por contener lo que parece un retrato de Saoirse Ronan centenares de años antes de que ella hubiese nacido, lo realmente interesante es descubrir la obcecación del artista por un demencial detallismo botánico: en la imagen Botticelli pintó quinientos tipos diferentes de plantas entre las cuales se pueden observar ciento noventa tipos distintos de flores. Los amigos de lo verde no acaban de ponerse de acuerdo sobre cuántas de aquellas plantas se correspondían con especímenes reales (se suele decir que al menos ciento treinta eran botánicamente correctas), ni sobre la naturaleza de la fruta que aparecía colgando de las ramas, pero sí en que el italiano quizás se había emocionado un poquito con el asunto.

Baco.
Baco.

El Baco de Caravaggio, un óleo sobre lienzo que databa de 1595, incluía una pequeña genialidad a modo de huevo de Pascua que tardaría centenares de años en ser descubierta: el propio autor había incluido su autorretrato en el cuadro, camuflado en el reflejo de la botella de vino. La humanidad necesitó tirar de tecnología moderna para hallar en dicho reflejo a un minúsculo Caravaggio con un caballete supuestamente retratando al Baco protagonista, convirtiendo el conjunto en una especie de metapintura.

Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa.
Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa.

El pintor flamenco Jan van Eyck sería el responsable de Retrato de Giovanni Arnolfini y su esposa, una creación fascinante por plantar en los morros del espectador un par de elementos que generalmente pasaban desapercibidos: por un lado, un grafiti sobre la pared que venía a ser un muy elaborado «Jan van Eyck estuvo aquí» garabateado con arte. Y, por otro lado, el espejo situado en la misma pared bajo la pintada, un objeto que reflejaba a través de una perspectiva de ojo de pez la habitación de manera absurdamente detallista (y microscópica, porque examinar dicho reflejo requería de lupa gorda o vista de elfo) al mismo tiempo que servía para descubrir que frente a Giovanni y esposa se encuentran plantadas dos personas desconocidas que comparten punto de vista con el espectador. Supuestamente, una de aquellas personas reflejadas podría ser el propio Van Eyck, precediendo en el tiempo (el cuadro es de 1434) a Caravaggio en lo de hacerse selfies ninjas.

La obra Los proverbios flamencos de Pieter Brueghel revelaba sus secretos en su propio título al avisar que su mundo estaba habitado por una cantidad indeterminada de representaciones literales de refranes de la época. La pintura se transformaba en juguete e invitaba a algo tan divertido como pescar los refranes, algunos de ellos comunes a otras lenguas: «Nadar contra corriente», «Estar armado hasta los dientes», «El pez grande se come al chico» o «Darse cabezazos contra un muro de ladrillos».

Culos de Brueghel. Culos everywhere.
Culos de Brueghel. Culos everywhere.

Pero quizá el detalle más divertido de la producción de Brueghel es que al hombre, por la razón que fuese, le fascinaba dibujar culos y por extensión a la gente haciendo de vientre a través de los mismos. Una obsesión por la nalga que convertía sus pinturas en un «busca a Wally» enfocado en panderos a la fresca. En Los proverbios flamencos ya asomaba algún culete, una fontaine anal aparecía en su Superbia y más de un personaje tenía pinta de estar plantando secuoyas en La feria de Hoboken. Tanta obsesión por la gente cagando resultaba bastante chocante que tuviera cabida en la obra de un artista que había firmado cosas tan idílicas y hermosas como la evocadora pieza La urraca sobre el cadalso:

Urraca sobre el cadalso.

urracasobrelecadalso

O no.

Urraca sobre el cadalso, defecación ampliada.
La urraca sobre el cadalso, defecación ampliada.

Pelando cebollas

La obra pictórica de Van Gogh siempre ha ido acompañada de títulos populares que son por lo general bastante honestos: Calavera con cigarrillo no se inventa volteretas poéticas y realmente representa la estampa de una calavera con cigarrillo, y la sinopsis de Dos mujeres campesinas cavando en campo con nieve está incluida en su propio nombre. Pero en el caso concreto de su Mancha de hierba Van Gogh hacía algo de trampa, porque, aunque es cierto que el cuadro parecía limitarse a mostrar un pedazo de césped, también ocultaba una tumba que realmente no sería descubierta hasta muchísimos años después. En 2008 un grupillo de científicos curiosos descubrirían al pasar por encima los rayos X que, antes de plantar el terreno verde, Van Gogh había utilizado el mismo lienzo para pintar el retrato de una mujer holandesa.

La dama del armiño. Montaje: BBC.
La dama del armiño. Montaje: BBC.

No se trataba de un caso aislado, muchas obras de arte clásicas ocultaban bajo la pintura diferentes variantes y en ocasiones restos de trabajos anteriores desechados o reciclados al pintar de nuevo sobre ellos. La dama del armiño de Leonardo da Vinci ocultaba un par de versiones previas de la imagen, una sin animal de compañía y otra con una versión del armiño diferente a la definitiva. Ambas variantes fueron descubiertas por el científico francés Pascal Cotte, por lo visto tras tirarse tres años jugando a pasar tecnología de iluminación reflectante sobre la pintura. Una revelación que insinuaba a un artista indeciso o cambios solicitados por una persona con cierto poder. En 2015 el mismo Cotte aseguraría haber descubierto que bajo el famosísimo retrato de La Gioconda se ocultaba el rostro de una mujer completamente distinta, sin sonrisa enigmática a la vista, junto a otro par de garabatos de Da Vinci. Aunque algunos expertos, como Martin Kemp, no acababan de creerse del todo el asunto.

El viejo guitarrista ciego.
El viejo guitarrista ciego.

Bajo los pigmentos de El viejo guitarrista ciego de Pablo Picasso se descubrieron las siluetas de mujeres, un par de animales y un niño. Y tampoco hacía falta tirar de grandes tecnologías para asegurar que Picasso era de ir reciclando tela: mirar con atención el dibujo bastaba para descubrir siluetas sospechosas de rostros femeninos. Otras obras de Picasso también evidenciaban el reciclaje artístico, bajo Mujer planchando se localizó un boceto protagonizado por un caballero con mostacho y La habitación azul albergaba más vello facial en la forma de un tipo barbudo.

Cámbiame Medici Edition
Cámbiame Medici Edition.

En el Carnegie Museum of Art de Pittsburgh estaban tan convencidos de que un retrato de Leonor de Toledo, supuestamente atribuido a Agnolo Bronzino, era falso que lo enviaron a analizar para certificar las sospechas justo antes de tirarlo a la papelera. Los investigadores acabaron descubriendo al inesperado: el retrato del siglo XVI había sido parcheado durante el siglo XIX por un restaurador británico llamado Francis Leedham en lo que vendría a ser el equivalente vetusto al tuneo con Photoshop. Al limpiar el cuadro se descubrió que la imagen original que había sido modificada era la estampa de una Isabella de’ Cosimo I de Medici, atribuida a Allesandro Allori, una mujer menos agraciada que Leonor y de manos más rechonchas. John Singer Sargent retrataría en 1884 a una Madame X con uno de los tirantes de su vestido un poco flojo y aquello causaría tal escándalo que el hombre se vería obligado a autocensurarse pintando encima.

Vista de las arenas de Scheveningen versión retocada y original.
Vista de las arenas de Scheveningen, versión retocada y original.

Vista de las arenas de Scheveningen del holandés Hendrick van Anthonissen era un caso extraordinario al esconder una parte del cuadro contra los deseos del propio autor. Durante años un elemento importantísimo de la obra permaneció oculto al público, hasta que a alguien se le ocurrió investigar de cerca por qué en la escena retratada un grupo de personas se reunían en la parte derecha de la playa sin razón aparente. Tras frotar un rato el barniz se acabaría descubriendo que alguien había pintado sobre la obra de Van Anthonissen, eliminando de la imagen a una ballena varada en la arena.

Sin noticias de Gurb

Existen pocas criaturas más amigas de las confabulaciones que aquellas personas que creen firmemente que, en caso de existir vida extraterrestre, la misma está tan preocupada por saber qué se cuece en nuestro planeta como para tirarse siglos programando escapadas turísticas para pasar cerca del globo y hacer fotos como quien va al zoo a ver monos. Y, en más de una ocasión, dichos creyentes mencionan como prueba irrefutable los supuestos cameos de ovnis en las pinturas clásicas. Pero lo cierto es que en la mayoría de estos casos las conjeturas patinan bastante.

La Virgen con el Niño y San Juan infante ciclado.
La Virgen con el Niño y San Juan infante ciclado.

La Virgen con el Niño y San Juan infante es una de las obras que suelen citarse como evidencia del avistamiento de platillos volantes en la antigüedad. Los más osados apuntan que en dicho cuadro la extraña silueta que flota al fondo sobre el hombro izquierdo de la Virgen, y frente a la mirada de un pastor desconcertado, tiene toda la pinta de ser tecnología de factura alienígena. Pero las posibilidades de que sea una nave alienígena lo que flota por ahí son bastante escasas, en realidad la pintura seguía la receta clásica de las escenas de natividad y en dicho guion solía incluirse en segundo plano una representación gráfica de la anunciación a los pastores, que en este caso es lo que se confundía alegremente con un ovni. Existen ejemplos similares a patadas: las presencias aladas de Natividad y Adoración del niño Jesús de Vincenzo Foppa, lo de arriba a la izquierda en Natividad con San Lorenzo y Andrés de Antoniazzo Romano, eso del cielo que asoma en La adoración de los pastores de Lorenzo di Credi y también en la de Domenico Ghirlandaio y se pasea por los trabajos de Hugo van der Goes, Bernardino Fasolo o Bernardino Luini, entre muchos otros. Y nadie prestaba atención al verdadero misterio del cuadro: ¿Qué cojones hacía ese niño con su vida para estar tan mazado como para marcar abdominales?

La anunciación y detalle del supuesto OVNI.
La Anunciación y detalle del supuesto ovni.

La anunciación de Carlo Crivelli es otra de las obras cuya contemplación provoca priapismo entre protolarvas de Fox Mulder por inmortalizar lo que desde lejos parece un UFO. La magia se desintegra cuando el espectador se arrima de verdad al lienzo: si se observa la imagen desde algo más fiable y detallado que una miniatura en un artículo conspiranoico de Facebook, es fácil descubrir que en lugar de nave espacial eso de ahí es una nube bien gorda tuneada con caras de querubines. De Exaltación de la eucaristía de Ventura Salimbeni se suele destacar que incluye lo que parece una representación acertada del futuro satélite soviético Sputnik, pero un ligero paseo por otras pinturas vetustas revela que en realidad se trata de una esfera celestial (que no solo representaba al planeta Tierra, sino también a todo el universo) alfileteada por un par de cetros.

Crucifixión y detalle de supuestas naves.
Crucifixión y detalle de supuestas naves.

El caso de la Crucifixión pintarrajeada en 1350 por un artista desconocido en el monasterio de Visoki Decani en Kosovo también gozaba de cierto renombre entre los suscriptores de Más Allá y Noticias del Mundo por el par de personitas que cruzaban el firmamento pilotando lo que parecían un par de supuestas naves espaciales. La realidad tenía de nuevo poco de extraterrestre: ambos personajillos eran representaciones creativas del sol y la luna, un par de elementos clásicos y bastante frecuentes que se solían situar a ambos lados de los maderos donde claveteaban a Cristo.

 Leyenda de la fundación de la basílica por el milagro de la nieve.
Leyenda de la fundación de la basílica por el milagro de la nieve.

Lo de Masolino da Panicale con su Leyenda de la fundación de la basílica por el milagro de la nieve sería un poco más chiflado porque, desde que a principios de los setenta la prensa italiana insinuase que la imagen retrataba una invasión extraterrestre de serie B, la obra se ha llevado el estatus de prueba evidente del fenómeno ovni. Algo que resulta incluso más absurdo que los ejemplos anteriores porque en este caso basta mirar el cuadro de reojo para ver que son nubes. Son. Putas. Nubes.

De secretos

Los embajadores.
Los embajadores.

La meticulosidad que se le incluía a todo el atrezo del Los embajadores parido por Hans Holbein casi parecía hija de una especie de Wes Anderson de la época. Y por eso llegaba a rechinar más que a los pies de ambos protagonistas se ubicase un extraño objeto alargado difícil de identificar con claridad. La cosa se aclaraba al mirarlo en perspectiva, literalmente; aquel elemento extraño resultaba ser una calavera distorsionada cuyo aspecto real solo podía ser contemplado si el espectador enfocaba el cuadro desde un ángulo determinado, algo que tenía bastante mérito en una época donde el Photoshop no estaba muy a mano.

Detalle de la calavera contemplada desde un ángulo muy antipático.
Detalle de la calavera contemplada desde un ángulo muy antipático.

Csontváry Kosztka Tivadar fue un pintor húngaro expresionista que parió el Viejo pescador, una obra que resultaba más interesante si uno tenía un espejo a mano porque al reflejar las mitades izquierda y derecha del lienzo sobre sí mismas era posible obtener como resultado dos criaturas antagónicas: una especie de dios benévolo situado frente a un mar en calma y un paisaje agradable, por un lado, y un demonio de cornamenta importante y cara afilada que parecía habitar un mundo oscuro volcánico y de aguas embravecidas, por el otro.

El viejo pescador y su transtorno de personalidad múltiple.
El viejo pescador y su trastorno de personalidad múltiple.

El Cuadrado negro que Kazimir Malévich creó en 1915 ocultaba un terrible secreto: ni era exactamente cuadrado ni tampoco era negro. Resulta que en la obra de Malévich los lados de la figura geométrica no eran idénticos y el color negro en realidad era el resultado de superponer varios colores diferentes. Y todo esto en teoría no había sido un mero desliz, sino algo planeado de antemano por el propio artista.

La creación de Adán, aquella imagen de Dios y Adán emulando el posado dactilar de Elliot y E. T., es uno de los trabajos pictóricos más recordados por hooligans del arte renacentista y muy probablemente la sección más famosa de ese monstruoso legado de Miguel Ángel que es la Capilla Sixtina. Y también es una pieza que generaría unas cuantas hipótesis sobre lo estudiado de su composición desde que Frank Meshberger señalase en el Journal of the American Medical Association que la disposición de las figuras, sombras y siluetas que rodeaban la imagen de Dios eran cualquier cosa menos accidental. Meshberger aseguraba que Miguel Ángel representaba allí un dibujo del cerebro humano anatómicamente exacto donde se podía observar el lóbulo frontal, el quiasma óptico, la arteria basilar o la glándula pituitaria. Algo similar ocurría con uno de los nueve frescos centrales del techo de la propia Sixtina: La separación de la luz y las tinieblas solo retrataba a un personaje, el sumo creador separando luz y oscuridad como mencionaba el Génesis, y además lo enfocaba de manera inusual desde abajo. Supuestamente aquel fresco ocultaba otro paquete de sesos: la extraña forma que adquiría ese cuello dibujado coincidía de manera precisa con la estructura de un cerebro humano. Que Miguel Ángel hubiese sido un chaval que durante la adolescencia contaba entre sus hobbies con lo de diseccionar cadáveres muy probablemente ayudaba a reforzar la teoría de que con los pinceles se montó un Érase una vez el cuerpo humano en versión disimulada.  

Detalle del techo de la capilla Sixtina con cameo no deseado y querubín faltoso.
Detalle del techo de la capilla Sixtina con cameo no deseado y querubín faltoso.

Mucho menos discreto sería su corte de mangas al papa Julio II, de quién surgió la iniciativa de repintar el techo del lugar, una persona con la que Miguel Ángel vivía en discusión continua. Julio II aparece representado en una sección de la obra como el profeta Zacarías, y a sus espaldas el artista sitúa a una parejita encantadora de angelitos, uno de los cuales cruza el pulgar entre los dedos índice y corazón de su mano, un gesto que venía a ser el «Que te follen» de la época.

El juicio final.
El juicio final.

Pero la puñalada definitiva de Miguel Ángel contra un archienenemigo la asestaría en su portentosa representación del juicio final en la pared del altar de la misma Capilla Sixtina, un trabajo que durante su desarrollo había sido visitado con regularidad por el papa Pablo III. Finalizada la obra, el papa se presentó acompañado de su maestro de ceremonias Biagio da Cesena y le pidió a este su opinión sobre el trabajo de Miguel Ángel. Biagio adoptó el tono de un comentario de YouTube y espetó alegremente que era «una auténtica desgracia que en un lugar tan sagrado se hubiesen representado todas aquellas figuras desnudas que se exponían de manera tan desvergonzada […] Se trata de una obra más adecuada para las tabernas y los lavabos públicos». A Miguel Ángel la crítica le sentó regular y decidió añadir la cara de Cesena en el fresco y, más concretamente, en el cuerpo de Mino, un juez del inframundo que casualmente estaba desnudo, rodeado de demonios horribles, con unas hermosas orejas de burro brotando de su cabeza y una serpiente mordiéndole el pene como único vestuario. Cesena se quejó al papa y este le contestó entre risas que, debido a que su jurisdicción no alcanzaba los dominios del infierno, su retrato se quedaba donde estaba. Y añadió que, de haberle pintado en el purgatorio, otro gallo cantaría. Miguel Ángel aún se está riendo.

Don’t mess with Michelangelo.
Don’t mess with Michelangelo.


La Segunda Guerra Mundial paso a paso en cien películas

Masacre, ven y mira.
Masacre, ven y mira.

Como en la parábola india sobre tres ciegos que no alcanzan a entender qué es un elefante dado que uno ha tocado su colmillo, otro su trompa y otro una pata, tenemos a nuestro alcance infinidad de películas que han abordado uno u otro aspecto de la Segunda Guerra Mundial, pero sin una visión general. De manera que si unimos la línea de puntos entre un centenar de ellas, ordenando en el tiempo y lugar los hechos que muestran, tal vez logremos una comprensión global del acontecimiento más catastrófico y decisivo que ha afrontado la humanidad. Eso es lo que intentaremos a continuación, seleccionando aquellas que sean mejores, más fieles a la realidad —o menos, y por qué— o bien simplemente contengan algún detalle de interés. Es una buena forma de aprovechar la extraordinaria capacidad que tiene el cine de expandir nuestra comprensión de la realidad, nuestro círculo moral. Personas cuya suerte nos era indiferente pasan a ser protagonistas ante nuestros ojos y, por tanto, su desgracia deja de ser un frío dato estadístico. Ahora ya sí nos importan, una vez les hemos puesto cara y voz, y aquellas circunstancias por las que pasaron podemos revivirlas… o al menos tener una intuición aproximada.

En una terraza alemana a comienzos de los años treinta un miembro de las Juventudes Hitlerianas entona la canción Tomorrow belongs to me, logrando enardecer a todos aquellos que le escuchan, que se ponen en pie y se unen a él en coro contagiados por su entusiasmo. Esta magnífica escena corresponde a la película Cabaret, un clásico del cine que retrata la República de Weimar como un periodo de crisis económica y política, también de una gran creatividad artística, pero marcado fatalmente por el ascenso del nazismo. En esa capacidad de seducción de las masas tuvo una gran importancia la escenificación de sus actos públicos, una elaborada liturgia que puede verse en la película documental de Leni Riefenstahl El triunfo de la voluntad, como por ejemplo en este momento. Una vez Hitler es nombrado canciller en enero de 1933, comienza un proceso de ingeniería social para adaptar todos los aspectos de la vida en Alemania al ideario nacionalsocialista. Lo que incluye la quema y prohibición de determinados libros, como puede verse en La ladrona de libros, la prohibición de música, arte y modas consideradas decadentes o extranjeras, como muestra Rebeldes del swing o la intervención en el sistema educativo para formar a los jóvenes en el ideario nazi, creando para ello nuevas instituciones educativas bajo control de las SS y destinadas a forjar la que debía ser la nueva élite de la sociedad. Eran las llamadas Napolas, cuyo funcionamiento vemos la película llamada precisamente Napola, bastante recomendable.

Pero serían dos medidas, tomadas por el nuevo gobierno a mediados de los años treinta, las que tendrían mayores consecuencias en el futuro inmediato de Europa: la aprobación de las leyes raciales de Nuremberg y el rearme. La primera daría lugar a la persecución de los judíos, un asunto sobre el que luego volveremos y que se muestra en Europa, Europa, una adaptación al cine de la autobiografía de Salomón Perel, un judío alemán que se hizo pasar por ario para sobrevivir, llegando a trabajar de intérprete para la Wehrmacht y a ingresar en una de las mencionadas escuelas nazis. Respecto al rearme, realizado vulnerando cada vez más explícitamente las prohibiciones del Tratado de Versalles, tenía como finalidad servir a la política de expansión imperialista que acabaría desatando la guerra. Tras la incorporación de Sarre llegaría en 1938 la anexión de Austria. Es en ese tiempo y lugar donde se ubica la trama de Sonrisas y lágrimas, basada en la vida de María von Trapp, que huiría del país con el barón y sus siete cantarines hijos tras el Anschluss. Unos meses más tarde se produce la invasión de Checoslovaquia. Fritz Lang mostraría la resistencia en este país en una película rodada en plena guerra, Los verdugos también mueren, que gira en torno al asesinato del máximo representante del Reich en este país, Reinhard Heydrich, quien fue también director de la Gestapo y segundo de las SS. Su muerte y la despiadada represalia posterior, que incluyó la aniquilación de un pueblo entero, Lidice, es un suceso que se expone en la película de título homónimo al de dicha localidad. Pero la invasión alemana de Checoslovaquia no fue sin embargo motivo suficiente para iniciar la guerra. Las potencias aliadas seguían una política de apaciguamiento con Hitler, entre otros motivos porque dentro de sus países había una parte de la población que simpatizaba con él. Un ejemplo de ello lo vemos en Lo que queda del día, en la que Anthony Hopkins interpreta al mayordomo de un aristócrata inglés que quiere evitar el enfrentamiento con Alemania. Las ideas sobre la democracia que imperaban en ciertos sectores a lo largo de toda Europa quedan bien señaladas en esta escena.

Comienza la guerra

De nada sirvieron las concesiones. El 1 de septiembre de 1939 Alemania invade Polonia, lo que supone la inmediata declaración de guerra por Francia y el Reino Unido. El día 3 el rey Jorge VI pronunció de la mejor manera que fue capaz el discurso más importante de su vida, como refleja en su escena final El discurso del rey. Para compararlo podemos oír aquí una grabación real de dicho momento. Mientras tanto Polonia era repartida entre alemanes y soviéticos, que en la primavera del siguiente año ejecutarían una implacable purga en su parte mediante la policía política NKVD, que tendría su culminación en la masacre del bosque de Katyn, donde mataron a unas veintiún mil personas y que nos muestra el film llamado precisamente Katyn. En el sector alemán las cosas fueron aún peor, dado que el diez por ciento de los polacos eran judíos, mientras que en la capital, Varsovia, hasta una tercera parte de sus habitantes lo eran. Allí los ocupantes nazis crearon un gueto para encerrarlos y dejarlos morir de hambre y enfermedades, cuando no directamente ejecutados. El pianista recoge las memorias de Władysław Szpilman, que logró sobrevivir escondido en la parte aria de la ciudad tras haber pasado una temporada en el gueto, donde contribuyó a la formación de una resistencia. La película Rebelión en Polonia, con Donald Sutherland, se centra en esa insurgencia, que terminaría siendo exterminada por el ejército alemán. En ese contexto se sitúa también Ser o no ser de Ernst Lubitsch, considerada por muchos una de las mejores comedias hechas nunca. No fueron los judíos los únicos perseguidos en Polonia, Y los violines dejaron de sonar nos presenta a otras víctimas menos conocidas del Holocausto, mediante la historia de un grupo de gitanos que huyen de sus perseguidores nazis.

Mientras Polonia iba siendo arrasada para integrarse al «espacio vital alemán», la Wehrmacht continuó con una fulminante gira europea de conquista que incluyó a Dinamarca —cuya resistencia tras la ocupación vemos en Flame y Citróny Noruega en abril, Bélgica y Holanda en mayo en este caso la película nacional sobre su resistencia es El libro negro y Francia entre mayo y junio. Los restos de las tropas aliadas, más de trescientos mil soldados británicos y franceses, acabaron en la localidad costera de Dunkerque. Desde donde fueron trasladados a Gran Bretaña antes de que el ejército nazi se les viniera encima. Esto podemos verlo en la muy recomendable Expiación. París por su parte fue declarada ciudad abierta para evitar una carnicería, y en ese lapso de tiempo les dio tiempo a Humphrey Bogart e Ingrid Bergman en Casablanca a mantener un apasionado romance que recordarían el resto de sus vidas a falta de algo mejor, que el deber es el deber. Respecto a la «Résistance» se han hecho innumerables películas al respecto, quizá en más de un caso como una forma de salvar la cara del orgullo francés. Pero en cualquier caso no se puede negar que hay algunas magníficas, tanto en torno a ella como a la deportación de judíos. Un condenado a muerte se ha escapado, dirigida por Robert Bresson, es un buen ejemplo, basada en las memorias de André Devigny, que logró fugarse de la prisión de Fort Montluc antes de que lo fusilaran los nazis por sus actividades subversivas, así como El ejército de las sombras, de Jean-Pierre Melville. Top Secret es otra pequeña joya, aunque en este caso hay que advertir a quienes aún no la conozcan de que su fidelidad a los hechos históricos es un tanto dudosa, al igual que sucede con Malditos bastardos. Por su parte, Adiós muchachos de Louis Malle es todo un clásico del cine, sobre un niño judío oculto en un internado católico. Absolutamente recomendable.

Una vez ocupada la Europa continental el siguiente paso debía ser ir contra Gran Bretaña. Para ello debía conquistarse su espacio aéreo y aislarla cortando sus vías marítimas de suministro. Lo primero fue lo que se conoció como «La Batalla de Inglaterra», narrada en la película del mismo nombre. Para la segunda Alemania se empleó a fondo en la guerra submarina, que fue bautizada como «La Batalla del Atlántico». Un buen ejemplo lo tenemos en la genial El submarino, de Wolfgang Petersen. Aunque en los primeros años el número de toneladas hundidas fue considerable y llegó a suponer una gran preocupación para las autoridades británicas, al igual que con la guerra aérea la ventaja acabó cambiando de lado gracias a los avances tecnológicos. Influyó también la captura de la máquina Enigma, con la que se enviaban mensajes encriptados a los submarinos alemanes. Episodio que se retrata dejando mucha vía libre a la imaginación en U-571, donde resultan ser los americanos y no los ingleses los responsables de tal logro. Por lo demás es una película bastante entretenida. El equipo de matemáticos que contribuyeron a descifrar dicho código también cuenta con su adaptación al cine, llamada precisamente Enigma.

De manera que Gran Bretaña se convirtió con todo ello en el primer obstáculo serio que se encontró Hitler en un continente en el que aquellos países que no habían sido invadidos eran o bien neutrales o aliados suyos. Como era por ejemplo el caso de Rumanía, cuyo dictador Ion Antonescu prestó su ayuda al Tercer Reich tanto con el envío de tropas como en la deportación de judíos. Una película ambientada en este país, no muy conocida aunque muy apreciable es La Hora 25, protagonizada por Anthony Quinn, que muestra a un individuo, un humilde campesino, arrastrado de un lado a otro por eventos históricos que ni siquiera alcanza a comprender. Todos somos, de una forma u otra, como él. Así que, dado que la situación en Europa estaba controlada, el 22 de junio de 1941 da comienzo al mayor despliegue militar de la historia para invadir la Unión Soviética.

El film ruso Masacre, ven y mira muestra la extraordinaria brutalidad del Frente Oriental, en el que las tropas alemanas avanzaron muy rápido a costa de dejar tras de sí a un gran número de partisanos, cuya labor de resistencia hacía que los soldados alemanes considerasen ser destinados a Francia como unas «vacaciones» (esa es literalmente la expresión que usaban). Resistencia, protagonizada por Daniel Craig, ubica su acción en los bosques de Bielorrusia y permite hacerse una idea de la situación. La gran cantidad de población judía que encontraban a su paso era exterminada en grandes matanzas por comandos de las SS llamados Einsatzgruppen, tal como ya había ocurrido en Polonia. Sin embargo no lograban alcanzar el ritmo deseado y, para acelerar el proceso, en la mente de los dirigentes del Reich comenzó a plantearse la llamada «solución final». El anteriormente mencionado Reinhard Heydrich, unos meses antes de ser asesinado por la resistencia checa, convocó la Conferencia de Wannsee en diciembre de 1941, que debido a un imprevisto finalmente tuvo que aplazarse para el 20 de enero. En el interesante telefilm rodado para la HBO La solución final, Heydrich es interpretado por Kenneth Branagh y lo vemos presidiendo la reunión en la que se decidió el destino de los judíos europeos. Mientras los más tibios, como Wilhelm Stuckart (coautor de las mencionadas Leyes de Nuremberg) aquí interpretado por Colin Firth, abogaban por esterilizarlos, la opción acordada por todos finalmente fue su exterminio en campos de concentración emplenado para ello las cámaras de gas. Un sistema que ya habían utilizado previamente en discapacitados y que había demostrado ser muy eficaz… hasta que el programa fue interrumpido por un ingeniero del Instituto de Higiene de las SS llamado Kurt Gerstein. Al enterarse posteriormente de que se hacía los mismo con los judíos, apeló sin éxito a la Iglesia católica para volver a detenerlos, tal como se muestra en Amén, de Costa-Gavras.

El Amon Göth real a la izquierda y el interpretado por Ralph Fiennes a la derecha.
El Amon Göth real a la izquierda y el interpretado por Ralph Fiennes a la derecha.

De todas las películas que han abordado el Holocausto y los campos de concentración, sin duda la que más hondo ha calado en la memoria colectiva es La lista de Schindler. Como sabemos se basa en la historia real de Oskar Schindler, que salvó la vida de unas mil doscientas personas al contratarlas para su fábrica, negociando para ello con el comandante del campo de Plaszow-Cracovia Amon Göth, que tal como vemos en la película acostumbraba a disparar al azar con un rifle de francotirador a los prisioneros. Pero hay otras dignas de mención, como La Zona Gris, en torno a los prisioneros que trabajaban al servicio de los guardias, llamados sonderkommandos (les recomiendo esta entrevista al respecto), o Los falsificadores, prisioneros que se dedicaban a falsificar moneda inglesa para introducirla masivamente en el país y hundir su economía. Y en lo que casi podría considerarse un subgénero están las películas de prisioneros de guerra, que naturalmente intentarán fugarse. La principal es evidentemente La gran evasión, con Steve McQueen, aunque Traidor en el infierno, dirigida por Billy Wilder, le sigue de cerca. Una antigua serie británica, titulada La fuga de Colditz, también nos trae buenos recuerdos. Se basó en las memorias de Pat Reid, un oficial británico que estuvo preso en dicho castillo y que contabilizó treinta y una fugas, la de él mismo entre ellas. Y por último hay otras como Evasión o victoria —remotamente inspirada en un hecho falseado en su día por la propaganda soviética— que cuenta con la explosiva combinación de Sylvester Stallone y Pelé y en la que solo echamos en falta aliens.

Pero mientras todo esto ocurría en Europa, otros lugares tampoco eran remansos de paz. Antes mencionábamos que la conferencia convocada por Heydrich para decidir la Solución Final fue aplazada debido a un imprevisto. Pues bien, ese imprevisto fue el bombardeo de Pearl Harbor.

Ciudad de vida y muerte.
Ciudad de vida y muerte.

La guerra en el Pacífico

El imperio japonés llevaba ya unos años expandiéndonse, como en la conquista de Manchuria en 1931, pero la situación en Asia se tornó especialmente dramática a partir de 1937. La invasión de China provocó una de las mayores matanzas de la historia: en total la guerra se llevó la vida de unos diez millones de chinos, aunque algunas estimaciones son aún mayores. Uno de los episodios más sangrientos fue la llamada «masacre de Nankín», llevada al cine en 2009 en la película Ciudad de vida y muerte. Pero la voracidad de Japón no parecía tener límites y la presencia de Estados Unidos en el Pacífico suponía un obstáculo contra el que muchos temían que acabase embistiendo. Algunos, como el contraalmirante Kelly Turner, incluso alertaban de un posible ataque por sorpresa a una de sus bases, Pearl Harbor. Por si esto fuera poco en 1940 se aliaron con los enemigos aún no declarados de Estados Unidos, concretamente un edicto imperial explicaba que se adoptó la decisión de «aliarse con Alemania e Italia, naciones que comparten nuestras mismas buenas intenciones». El 7 de diciembre de 1941 finalmente se produjo el ataque. Una circunstancia que ha dado lugar posteriormente a grandes filmes como Tora! Tora! Tora! y De aquí a la eternidad. También a otros como Pearl Harbor. Rodada con muchos medios y con la ambición de contar una gran historia llena de épica y heroísmo, podría haber llegado a ser una gran película si hubiera contado con otro guión, otros actores y otro director. Otra historia, ambientada en Shanghái justo en los días previos al ataque, es El imperio del sol, otra fantástica obra de Spielberg en la que además podemos ver al polimórfico Christian Bale, esta vez interpretando a un niño.

Tras el ataque, la población de origen japonés en Estados Unidos fue encerrada en campos de concentración para evitar sabotajes e infiltración (algo que sin embargo no ocurrió con la mucho más numerosa de raíces alemanas e italianas), algo que vemos en Bienvenido al paraíso. Pero de todas las que podamos nombrar, seguramente la película con la que asociamos la guerra en Asia y el Pacífico es El puente sobre el Rio Kwai. El puente existió realmente en Tailandia y fue construido por prisioneros de guerra, hasta que resultó destruido en un bombardeo aliado en 1945. Otra con bastantes elementos en común es Feliz Navidad Mr. Lawrence, sobre la difícil relación entre los prisioneros y sus guardianes japoneses. También tenemos la muy recomendable Comando en el Mar de la China, con Michael Caine. Objetivo Birmania, sobre unos soldados americanos lanzados en paracaídas en plena selva para destruir una estación de radio japonesa, es considerada un clásico aunque no ha envejecido demasiado bien. El Motin del Caine, con Humphrey Bogart, que está ambientada en esta época y lugar aunque no describe ninguna batalla o acontecimiento en concreto. La batalla de Midway, por su parte, está protagonizada por Charlton Heston y narra un momento crucial de la guerra, un ataque japonés que pudo ser repelido gracias a la labor de la inteligencia militar, que pudo captar y descifrar mensajes en torno a esa operación. Pese al interés del episodio histórico que aborda la película en sí lo cierto es que no es demasiado buena. Comparte además con otras muchas películas bélicas de los años cincuenta y sesenta errores en el aspecto militar, dado que conseguir los modelos exactos de tanques, barcos y aviones era en ocasiones muy dificultoso y se pasaba por alto confiando en el que el público no se daría cuenta. En las producciones más recientes eso es menos frecuente, en parte debido a la infografía… aunque a cambio suponga contemplar escenas propias de un videojuego de los años noventa, como en el segundo episodio de Hermanos de sangre (aunque luego volveremos con esta, por otra parte, excelente serie).

Una bastante original en su planteamiento es Infierno en el Pacífico, sobre un soldado americano (Lee Marvin) y otro japonés (Toshiro Mifune) que se quedan atrapados en una isla y se van haciendo perrerías mutuamente. Aunque no esté basada en un hecho concreto, sí que aborda un asunto fascinante: el de los soldados japoneses que, al quedar incomunicados en plena selva o en alguna isla, siguieron creyendo durante muchos años que la guerra continuaba. El último murió recientemente, tras haberse entregado a las autoridades nada menos que en 1974. Por último, hay que destacar en los últimos años la recuperación del género con films como Banderas de nuestros Padres, Cartas desde Iwo Jima, la soporífera La delgada línea roja y la aceptable serie The Pacific.

El día más largo.
El día más largo.

Declive y final de la guerra

Mientras tanto en Europa el ataque a las ciudades alemanas por bombarderos angloamericanos, como en Memphis Belle, estaba causando un daño devastador a la población civil y desde el Frente Oriental solo llegaban disgustos. Tras la fallida toma de Moscú a finales de 1941, el gran desastre que torcería definitivamente la suerte del Tercer Reich llegaría el invierno siguiente en la ciudad de Stalingrado. Hay una estupenda película alemana de título homónimo que retrata esta batalla en la que murieron cerca de dos millones de personas y otra mucho más reciente, de nacionalidad rusa, un tanto desconcertante al estar rodada con una estética moderna tipo Matrix y 300 que no encaja bien en todo esto. Parece que de un momento a otro vaya a salir un decepticon a darle su merecido a los nazis. Mucho más interesante resulta Enemigo a las puertas, que narra las proezas del francotirador Vasili Záitsev, aunque el duelo con su equivalente alemán entra ya en el terreno de la ficción, según afirma el historiador Antony Beevor. Ambientada en 1943, con unas tropas invasoras ya en retirada y cuya convivencia en las trincheras se basa en el sencillo principio moral de «eructos sí, pedos no», La cruz de hierro es una de las mejores películas bélicas que se hayan rodado, por algo su director es Sam Peckinpah.

En otros frentes la situación era también de retirada. La invasión de Grecia en 1941 había perjudicado las posiciones británicas en el norte de África, que intentarían recuperar mediante la campaña del Dodecaneso (que inspiraría Los cañones de Navarone) y enfrentándose en el desierto al Afrika Korps del general Erwin Rommel, en una serie de batallas mostradas en Rommel, el zorro del desierto. Una vez derrotado el ejército alemán en el norte de África, el siguiente paso sería invadir desde allí Sicilia. Una operación que estaría al mando del general Patton. El biopic que lleva por título su apellido ha sido considerado por el Congreso de Estados Unidos como «culturalmente importante». Una vez fue liberada Sicilia la derrota de Italia parecía segura, de manera que el 25 de julio de 1943 Mussolini es arrestado por orden del rey Víctor Manuel, que designa a un gobierno favorable a los Aliados. La reacción inmediata del Tercer Reich es ocupar Italia. Es en ese contexto en el que se sitúa la excelente El secreto de Santa Victoria, protagonizada por Anthony Quinn. Un pueblo italiano dedicado al vino es ocupado por los alemanes, que pretenden llevarse todas sus reservas de vino, hábilmente escondidas unos días antes de su llegada. La historia se inspira en los innumerables actos de expolio que cometieron los nazis en los territorios que ocuparon, llevándose tantos las obras de arte (sobre cuyo rescate trata The Monuments Men) como botellas de vino y champán, especialmente en Francia. La conquista palmo a palmo de dicho territorio italiano ahora alemán resultó ardua y es el escenario donde se ubica parte de la historia de El paciente inglés. Finalmente las tropas aliadas pudieron llegar a Roma, que se declaró ciudad abierta quedando así libre de combates, lo que daría título una de las grandes películas que Rossellini dedicaría a la guerra y posguerra en Europa, Roma: ciudad abierta.

Stalin mientras tanto pedía a los angloamericanos que abrieran un segundo frente europeo, quienes además estaban interesados en ganar posiciones allí para evitar que el avance ruso acabase barriendo Europa. Por la experiencia ganada en África e Italia ya se sentían preparados para una operación de esa magnitud y se barajaron diferentes lugares para un gran desembarco, entre ellos España. Hitler se sentía muy confiado por el llamado Muro Atlántico, la línea defensiva que había construido a lo largo de la costa francesa y no quería ni oír hablar de cualquier comparación con la Línea Maginot. Además puso al frente de ella a alguien de su plena confianza que ya hemos mencionado anteriormente, Rommel.

De manera que tras una larga preparación y una habilidosa operación de engaño finalmente el 6 de junio de 1944 desembarcaría la primera oleada de un total de tres millones de soldados. Una batalla que hemos visto muy bien contada en Salvar al soldado Ryan, Hermanos de sangre y El día más largo. Naturalmente siempre pueden sacarse objeciones a todo, pero merece más la pena destacar la cantidad de pequeños detalles que se cumplen en tales recreaciones. Los soldados rezando y vomitando momentos antes de entrar en combate, siendo acribillados según se abrían las puertas de las lanchas de desembarco, ahogándose por el peso de su equipo, quedándose paralizados de terror detrás de algún obstáculo de acero, la desorientación de los paracaidistas al caer en el lugar equivocado, la contraseña de «rayo/trueno» cuando se encontraban entre ellos, la negativa a hacer prisioneros… Sobre todos estos detalles el libro de Antony Beevor El Día D es muy minucioso y gustará a quienes estén interesados en este tema.

Poco más de un mes después del desembarco, el 20 de julio de 1944 tendrá lugar un atentado fallido contra Hitler, como parte de una conspiración realizada por su entorno y que fue narrada en la película Valkiria, en la que Tom Cruise interpretaba a Claus von Stauffenberg. Hubo otros actos de resistencia dentro de Alemania contra el régimen, como este que contamos aquí —del que podría hacerse una buena película, por cierto o el de la organización La Rosa Blanca, que podemos ver en Sophie Scholl: los últimos días y cuyos miembros acabarían en la guillotina (spoiler).

Pero nos habíamos quedado en Normandía. Tras ganar esa posición el siguiente paso era avanzar en dirección a París (aunque inicialmente no eran esos los planes, sino ir directamente a Berlín), que fue liberada el 25 de agosto. Las tropas alemanas recibieron la orden de Hitler de destruirla antes de retirarse, una orden que no llegó a cumplirse y que da pie al título ¿Arde París?, en la que se muestra la labor de la resistencia y la llegada de las tropas liberadoras el 25 de agosto. En ese contexto de avance a través de Francia es donde tiene lugar la historia de Los violentos de Kelly, con un comando que pretende robar el oro guardado en un banco. Sencillamente imprescindible. El avance debía continuar y en septiembre tuvo lugar la Operación Market Garden en Holanda, por la que se debían controlar varios puentes en Holanda y que tuvo un saldo bastante negativo para los Aliados. Un puente lejano retrata el episodio y a pesar de su rutilante plantel de estrellas (están todos los actores que pintaban algo en 1977) no ha envejecido bien y vista hoy en día es un tanto decepcionante. A continuación tuvo lugar, ya en diciembre del 44 y enero del siguiente año, una contraofensiva alemana que acabó en fracaso, llamada «La batalla de las Ardenas», que también cuenta con una película del mismo nombre. En abril de 1945 los ejércitos aliados están en terreno alemán, un país ya exhausto tras seis años de guerra y donde ya solo quedan ancianos y niños para ser llamados a filas. En esa premisa y teniendo como referencia un hecho real se basa El puente de Bernhard Wicki, un film de la RFA de 1959 muy apreciable. Es de otro estilo diferente al de las mencionadas hasta ahora, merece la pena.

Alemania, año cero.
Alemania, año cero.

Para finales de abril y comienzos de mayo Berlín ya está sitiado por las tropas soviéticas, entregadas a cobrarse «fuego por fuego, sangre por sangre, muerte por muerte», y dejando a su paso a cientos de miles de mujeres alemanas violadas repetidamente tal como vemos en Una mujer en Berlín, una película muy dura e interesante, basada en un libro autobiográfico que publicó bajo anonimato una superviviente berlinesa. Mientras tanto Hitler vivía sus últimos momentos aislado en su búnker, realizando movimientos de tropas imaginarias hasta que finalmente se pegó un tiro. Hablamos, naturalmente de la formidable El hundimiento. Finalmente la guerra se declaró terminada a las 2:41 de la mañana del 7 de mayo de 1945, con la rendición incondicional de Alemania. Pero aún quedaba la posguerra.

Con la noticia de la muerte del Führer comienza Lore, la odisea de una adolescente que viaja con sus hermanos pequeños por un país en ruinas y con cadáveres desperdigados por los suelos. Los ocupantes obligan a los ciudadanos alemanes a contemplar imágenes del Holocausto, que las consideran montajes o que simplemente menosprecian. Como dice la protagonista: «tuve que mirar judíos muertos durante horas, solo para conseguir pan duro». Muy recomendable, aunque es desoladora y amarga como pocas. Alemania, año cero, de Rossellini, trata también sobre la supervivencia de un niño en el Berlín de la posguerra. Mientras que El tercer hombre muestra la Viena posterior a la guerra, con sus ruinas y su mercado negro. Un aspecto poco conocido y poco tratado por el cine ha sido el de los millones de personas que fueron reubicadas en el nuevo ordenamiento de población y de fronteras que tuvo lugar a finales de los años cuarenta o que tuvieron que regresar a sus hogares, si es que aún los tenían. El escritor Primo Levi narró su viaje desde que fue liberado en el campo de concentración de Auschwitz hasta Italia en un libro titulado La tregua, que también vio su adaptación al cine, mientras que Cornelius Rost narró en Hasta donde los pies me lleven su largo regreso desde el gulag siberiano del que se escapó en 1947 hasta Alemania, aunque hay dudas en torno a la autenticidad de su relato. La película tiene su interés, en cualquier caso. Una historia con elementos comunes a la de Sławomir Rawicz, un polaco que también logró escapar del gulag en el que fue encerrado tras la invasión de Polonia y que Peter Weir llevó al cine: Camino a la libertad. Finalmente otro aspecto de la posguerra en Alemania fue el de juzgar a los culpables, un proceso reflejado en títulos como Vencedores o vencidos, Los juicios de Nuremberg y El lector.

En Japón, una vez derrotado, también hubo un proceso similar, con la acusación de diversos miembros del Gobierno y finalmente la exoneración de toda culpa del emperador Hirohito. Aunque en este caso más que por una cuestión de inocencia, lo que primó fue el dotar de estabilidad y continuidad al nuevo orden. Todo esto lo podemos ver en la reciente Emperador, que tiene cierto interés, aunque está lastrada por una historia de amor metida con calzador —para hacerla más digerible a cierto público, suponemos— y por algunos detalles no muy exactos sobre el papel de MacArthur.

Pero no quisiera terminar sin aludir a otras manifestaciones del cine en torno a la guerra y el nazismo algo menos dramáticas, que no todo en la vida va a ser sufrir. Un tema de especulación recurrente es el de cómo habría sido el mundo si el Tercer Reich hubiera ganado la guerra. Patria, con Rugter Hauer, nos muestra esa distopía. Por otra parte, dada la querencia de los dirigentes nazis por las pseudociencias, la mitología y el esoterismo, podríamos decir que Indiana Jones y el arca perdida e Indiana Jones y la última cruzada si bien no tienen un excesivo rigor histórico… al menos están basadas en hechos reales. Al fin y al cabo Heinrich Himmler quiso hacerse con el Santo Grial, que creía que se mantenía escondido en el monasterio de Montserrat, donde acudió en persona el 23 de octubre de 1940. Y el mismísimo Hitler exclamó, en cierta ocasión que ojeaba un libro ilustrado sobre España:

¡Montserrat! La mera palabra hace que reviva la leyenda. Tiene su origen en el encuentro hostil entre los moros y los elementos romano-germánicos. Un país encantador. Uno bien se puede imaginar allí el castillo del Santo Grial.

Y ya puestos, hay otras que tampoco podemos dejar de mencionar. Está por ejemplo Los surfistas nazis deben morir, de la que sospechamos que lo único bueno de ella es su título. Y también tenemos Iron Sky, que parte de una interesante premisa: los nazis han vivido desde final de la guerra en la cara oculta de la Luna, desde donde volverán para atacarnos montados en ovnis. Mientras que en Nazis en el centro de la Tierra vemos a Mengele y sus secuaces ocultos bajo la Antártida. Hay que decir que es absolutamente espantosa. De ese tipo de películas tan lamentables que si se ven con amigos y en estado de ebriedad pasan a resultar divertidas. Pero esta en concreto requiere beber muchísimo. Y a ser posible fumar algo también. Una que en comparación resulta bastante mejor es Zombis nazis, claro que mezclando esos dos elementos necesariamente ha de salir algo bueno. Y sin embargo, existe una combinación aún mejor, créanme. No hablaremos de ella por tratarse de un videojuego, pero existe. Se trata de… nazis y dinosaurios ¿Cabe imaginar algo mejor?


Por qué creemos en monstruos

Cuarto Milenio, de la cadena Cuatro.
Cuarto Milenio, de la cadena Cuatro.

Y cuando digo monstruos, no es una metáfora. Me refiero a monstruos de verdad. Seres espantosos que habitan en lo profundo de los bosques, en los abismos de lagos y océanos, en las montañas o, quizá, en el espacio exterior. Se diría que, tras una década final del siglo XX en la que lo paranormal pareció perder su encanto, las incertidumbres del nuevo milenio y las horas muertas de internet nos han traído de vuelta a los queridos mitos de masas del siglo XX: ovnis, críptidos, astronautas en la antigüedad y también, aunque quizá más discretamente, fantasmas y otras manifestaciones del mundo espiritual que ya parecían un poco fuera de lugar en el materialista siglo pasado. Quizá no sea casual que un programa aparentemente menor, casi escondido en la parrilla, como Cuarto Milenio se haya convertido en el más longevo de su cadena aparte de los informativos y alcance la más que respetable marca en la televisión actual de nueve temporadas consecutivas. (En el clima mesiánico que rodea casi todo lo relacionado con el dospuntocero, he llegado a leer a algún gurú del nuevo periodismo que internet acabaría, o había acabado ya, con las pseudociencias. Lo que apenas es un poco menos ridículo que pretender que acabe con las fotos de vacaciones o el porno). Y si piensan que esto de creer en arcanos y conspiraciones inverificables es cosa de cuatro chalados, les sugiero abrir Facebook y darse una vuelta por los muros de sus amistades.

De modo que el final del siglo XX, con sus neurosis y obsesiones, no ha enterrado ese particular corpus de creencias, alumbrado por profetas como Charles Fort y H.P. Lovecraft, y estrechamente relacionado con la creación, por primera vez en la historia, de una verdadera cultura de masas a través de las publicaciones populares, el cine, la radio y la televisión. De hecho, algunos de sus proponentes actuales, caso de RafapalGiorgio Tsoukalos, hacen parecer a Jiménez del Oso un respetable y aburguesado escéptico. Así que persiste la pregunta que da título a este texto. La cuestión es, por supuesto, complejísima, y probablemente ni siquiera pueda plantearse de una manera resoluble. Pero veamos algunos datos y algunas posibles claves.

Abominable Science es un libro reciente de Daniel Loxton y Donald Prothero que trata de arrojar luz sobre el contexto biológico y ecológico, pero sobre todo histórico, de un puñado de mitos de la criptozoología: el Bigfoot, el monstruo del lago Ness, el yeti, la serpiente de mar y el Mokele Mbembe (un supuesto dinosaurio centroafricano). Se trata de una obra recomendable y muy cuidada, aunque el profano quizá encuentre excesivas casi cuatrocientas páginas dedicadas a discutir lo que sin duda son bobadas de gente con mucha imaginación. De hecho, si Loxton es un escéptico procedente (como tantos) de la creencia paranormal, y no puede evitar un cierto cariño por los mitos que analiza, Prothero es un reputado paleontólogo que trata a sus monstruos con bastante menos paciencia y delicadeza. Incluso el capítulo final aparece partido de forma un tanto extraña entre las conclusiones más amables de uno y las más beligerantes del otro.

Nos interesa aquí precisamente ese último capítulo, que recoge datos procedentes de la Encuesta Baylor sobre religión 2005. Un estudio que se refiere a EE. UU., pero del que seguramente podemos tomar ideas sugerentes, al margen de las consabidas diferencias culturales. Por ejemplo, un 73% de estadounidenses declara tener al menos una creencia paranormal de una lista de diez ofrecida por los encuestadores; un 57% cree en al menos dos, y un 43% en tres o más. Siguiendo el libro de los sociólogos Bader, Mencken y Baker Paranormal America, Loxton y Prothero se enfrentan a un tópico frecuente: las personas con creencias paranormales son intelectual y socialmente «diferentes». Pero, a juzgar por la Encuesta Baylor, la normalidad de los escépticos es muy relativa: menos de un tercio de encuestados afirma no aceptar ninguna de las creencias paranormales que se le proponen. Como señalan Bader y compañía, más que distinguir de forma tajante entre crédulos y escépticos, la realidad social nos sugiere hablar de grados de credulidad.

Algunos datos más para enfriar la recurrente tendencia de ateos y escépticos (entre los que me incluyo, por si hace falta aclararlo) hacia la autocomplacencia. Por ejemplo, los encuestados que declaraban no ser fieles de ninguna religión mostraban una mayor probabilidad a creer en fenómenos como las casas encantadas que los protestantes evangélicos. Y, como quizá fuera de esperar, los casados creen menos en lo paranormal que los solteros; pero, y esto seguramente les sorprenda, los miembros de parejas que conviven fuera del matrimonio muestran una probabilidad notablemente mayor que unos y otros. Otros resultados vienen a coincidir a grandes rasgos con mis intuiciones, como el hecho de que las mujeres muestran cierta predilección por creencias de tinte espiritista o astral, mientras que los ovnis son ante todo cosa de hombres. Aunque las conclusiones a las que pretendamos saltar desde aquí seguramente se tambaleen al saber que las mujeres creen más que los hombres en críptidos (yeti, Nessie, Bigfoot…), si bien la diferencia es pequeña y probablemente poco significativa. Y otra sorpresa: según la ideología, los más creyentes en lo paranormal son los independientes, seguidos de demócratas y republicanos. Seguramente el orden inverso que anticiparíamos desde nuestros prejuicios.

Lo que no parece predecir la creencia, pese al tópico, es el aislamiento social o la no participación en actividades comunitarias. Sí, en cambio, en sentido inverso, el grado de conformidad con lo que los autores llaman «estilos de vida convencionales»: educación formal, matrimonio, religiosidad convencional. Como ellos mismos señalan, probablemente quienes han invertido más en conformidad y normalidad perciben como costes las desviaciones respecto a la norma. Esto significa también que tanto los menos educados como las élites hipereducadas pueden abrazar creencias paranormales con mayor frecuencia en la medida en que estas los distinguen del comportamiento conformista de los estratos medios de la sociedad.

A estas alturas ya se habrán dado cuenta de que aquí no se va a responder, siquiera de forma tentativa, a la pregunta del título. Pero, antes de acabar, un par de reflexiones sobre magufismo y escepticismo. Uno: los mitos paranormales son creencias extraordinariamente resistentes y plásticas, responden a realidad psicológicas y sociales profundas y constituyen una manifestación significativa de la cultura de masas. Ríamonos de ellos, critiquemos sus efectos negativos, analicemos su genealogía, expongamos a los charlatanes. Pero no caigamos en la ingenuidad de pensar que vamos a acabar con ellos escribiendo artículos muy ingeniosos que solo leemos entre nosotros y tuiteando en broma desde nuestro sofá cada edición de Cuarto Milenio. Probablemente, un porcentaje de la sociedad siempre albergará creencias estrafalarias por variadas razones. Dos: los creyentes de lo paranormal no son por lo general émulos de Unabomber, sino gente como ustedes y como yo. Y vuelvo al ejemplo de Facebook. Un paseo por sus timelines les puede arrojar una buena colección de memes conspiranoicos, bulos políticos, paranoia antiantenas o antitransgénicos, etc. Quizá alguno de ustedes ha compartido hoy mismo una de estas cosas. Dudo sinceramente que podamos ser más racionales respecto al lago Ness de lo que lo somos respecto a la política o la economía. Al fin y al cabo, a diferencia del magufismo político, Nessie nunca ha matado a nadie.


Sketch Down: febrero

Sketch Down

La Novela Gráfica del Juicio Final

Empezaremos las recomendaciones con una serie. “¿Pero cómo? ¿En la sección de tebeos? ¿Hablaremos de animación, acaso?” Pues no. “¿Adaptación de alguna célebre serie de cómic acaso?” Pues tampoco. “Oye, que yo he venido aquí a por tebeos”.

Y es que los tebeos tienen mucha relación con Utopía, la excelente miniserie de seis episodios que acaba de emitirse en tierras británicas. Para empezar porque el tema gira alrededor de una intrigante carrera en la que se ven envueltos cuatro foreros, desconocidos entre ellos en la vida real, por conseguir el manuscrito de la segunda parte de una novela gráfica inédita, tras la que parece estar más gente detrás: asesinos y organizaciones secretas varias. Lejos de estar planteada como una comedia o parodia —aunque nos arranque alguna sonrisa torcida en algún momento— el thriller resultante es absorbente, inquietante en los temas de actualidad que toca, y plantea un juego de conspiraciones e identidades ocultas de las que fuerzan al espectador a elaborar esas deliciosas quinielas sobre qué está pasando realmente y quién es quién en el juego de espionaje que se despliega ante nuestros ojos. Súmenle la garantía de que en seis episodios se finiquita el asunto, con todas las respuestas sobre la mesa.

Lo siguiente que nos lleva a pensar en cómics al ver la serie es el impecable despliegue visual. Una fotografía de lujo donde cabría pensar que cada segundo de plano ha sido dibujado meticulosamente sobre la pantalla: una estética visual impactante con una banda sonora pegadiza.

utopia

Y para terminar… bueno, que es cojonuda. Recientemente, el nivel de fiabilidad de las series británicas es tal que creemos que casi se disfrutan más con el mero apunte de su recomendación. A falta de que nuestro comité de expertos la revise de arriba abajo y la incluya en nuestra lista de imprescindibles, no podíamos evitar dejar caer nuestras cuatro líneas e instaros a verla.

Lecturas y otros hábitos

Algo menos excitante ha sido la lectura del informe sobre Hábitos de Lectura y Compra de Libros en España en el año pasado, que puede leerse en este enlace. Entre otras cosas, porque el perfil que concluyen del comprador y lector habitual de cómics no revela cambios importantes. Amén de que en algunas categorías se incluye erróneamente el tebeo como género y no como medio. Observamos que tratan revistas, libros, prensa y cómics como soportes diferenciados, pero se le pregunta al entrevistado “¿Cuál es la materia del último libro leído?” y se incluye como categoría —o se acepta como respuesta— “cómic”. ¿Entendemos que lo último que leyeron fue un cómic (soporte) y no un libro? ¿O entendemos que lo último que leyeron es un libro sobre cómics (temática)? Que haberlos, haylos, y muy interesantes. Y de los que parece que cada vez se están editando más.

Al margen de los pocos cambios en el perfil de los lectores de cómics, de sus hábitos de compra y lectura de los mismos este año en comparación con los anteriores, se antoja interesante el aumento de lectura general de libros, revistas y prensa en versiones digitales, porque no lo es tanto en el caso de los cómics. El estudio lo atribuye a una falta de oferta de los mismos. También es interesante ver en las listas de los más comprados a un historietista, Aleix Saló (13º) y su última obra Simiocracia (12º).

También queremos saludar desde aquí al 31’1% del total de la población que navega por internet buscando reseñas y críticas literarias, por la parte que nos toca.

Lecturas

prophetProphet 1: Remisión
Brandon Graham, Simon Roy, Farel Dalrymple, Giannis Milonogiannis, Emma Rios
Aleta, 2013
160 páginas. 17×26 cm
Rústica. Color

La historia de la serie Prophet es la de una babosa fea y desagradable que se transforma en mariposa gracias a un capullo tejido por otros. El Prophet original nació en el 93 con el aspecto de homeless disfrazado de caballero del Zodiaco reprogramado como una máquina de matar y despertado tras años de hibernación. Aquella criatura se gestó en las cuadras de Image Comics y era obra de Rob Liefeld (personaje muy odiado en el mundo del cómic, tanto por sus métodos empresariales como por sus plagios, su memez creativa o lo desastroso de sus dibujos de absurdas proporciones capaces de abonar artículos como este). La obra no sobrevivió demasiado en el mercado, ni siquiera cuando trató de ser relanzada a mediados de los 90.

Y muchos años más tarde, en 2012, la Image Comics actual anuncia que revive la franquicia. Brandon Graham (responsable del loco King City) construye sus cimientos encargándose del guión y mutando la historia hacia la aventura espacial, conservando en principio solo detalles anecdóticos de la obra original: el título y un protagonista proyectado al futuro tras un largo sueño. Y el resultado es tan opuesto a lo que engendró Liefeld como estupendo. Y tan convencido de sí mismo que incluso se decide por echarle huevos y no resetear la memoria de los insulsos tebeos anteriores: la numeración del Prophet de Graham comienza en el número 21, recordando sin ruborizarse que existen 20 entregas noventeras que no tienen nada que ver con la presente. Y esto último es de agradecer.

El Prophet moderno comienza con un John Prophet expulsado a la superficie de un planeta árido, con una misión encomendada por sus propios sueños en un planeta futuro donde lo interesante (para los mangoneados clichés del género) es que la especie humana es un vago recuerdo. Graham arranca construyendo de manera maravillosa la odisea de la supervivencia. No toma un personaje y nos cuenta sus aventuras recubriéndolo de un aura superheroica, suelta a un personaje en un mundo completamente hostil y le grita ¡Sobrevive! Recuenta su inventario, le azota con una lluvia de criaturas feroces, lo abandona en páramos desoladores, lo convierte en un Bear Grylls cósmico que se dedica a cazar todo lo que encuentra para llenar las tripas y lo humaniza pese a vivir en un mundo contrachapado por la ci-fi pura, esa que se retroalimenta y retoza en decenas de ideas pescadas tanto del pulp más elemental como de la reverencia directa a Moebius. Y cuando creíamos que todo el volumen iba a ser una especie de revisitación de Conan en formato espacial, Graham cambia de artista a los lápices*, de historia y de protagonista… o quizá no. Y continua jugueteando con la ciencia ficción enmarañando más y más un universo que esconde más de lo que muestra y explica menos de lo que necesitamos.

Pulp y pulpa de aventuras galácticas, el espíritu del bárbaro cimerio teletransportado al posapocalipsis de la raza humana. Un space western muy hábil con sus armas que aspira a épica galáctica con una estupenda puesta en escena vibrante en el dibujo (y en la que Simon Roy gana de calle y por dos cabezas a sus compañeros).

Asomarse a Prophet es como encontrar hoy en día, sin esperarlo, una veta de la ciencia ficción más pura.

Y ojalá que los números venideros vuelen a la misma altura.

(*)Una de las grandes ideas de la obra es dividir la epopeya en las aventuras de varios protagonistas diferentes y que de cada uno de ellos, y de sus devenires, se encargue un dibujante diferente. Lo premeditado es que los artistas sigan ilustrando las correrías del personaje que tienen asignado en futuras entregas.

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azul y pálidoAzul y pálido
Pablo Rios
Entrecomics Cómics, 2012
88 páginas, 17 x 24 cm
Cartoné. Color

Pablo Ríos ha debutado este pasado año con un tebeo sobre OVNIS. Su opera prima es tan inusual tanto en temática como en enfoque que los reseñadores de Sketch Down hemos decidido tratarla precisamente como una rareza avistada por el horizonte y elaborar un informe con las particularidades del objeto en cuestión que lo hacen precisamente algo realmente “extraterrestre”.

1) Distorsión espacio-temporal
La obra cuenta nueve relatos de testimonios reales sobre casos de ovnis, en menos de un centenar de páginas. Todas las historias están documentadas en casos reales —refiriéndonos a los testimonios de los individuos, sin entrar en que estos puedan ser falsos o no— y, quitando el tema común, no tienen relación entre ellas. La sucesión de las nueve narraciones y la inmersión en estas provoca que el libro nos dure más de lo que aparenta su tamaño.

2) Sinestesia narrativa
Como bien indicó en una de las presentaciones en Barcelona el experto en cómics —y en aliens— Daniel Ausente, el estilo narrativo de Azul y pálido es el de un documento oral. Con el espíritu de la adaptación gráfica de un documental, la lectura de sus textos se reproduce en nuestras cabezas como una voz en off de los diversos protagonistas acompañando a la sucesión de imágenes.

3) Manifestaciones visuales de diferente inspiración
La diversidad de los relatos contados desde el mismo tema que ocupa es amplia. Y también lo será el estilo visual usado para ilustrar cada uno de ellos. Destacamos, por ejemplo, un homenaje a las cosmogonías del gran Kirby. Pero también habrá atisbos del retrofuturismo de los 50, episodios inquietantes que remiten a Encuentros en la Tercera Fase o relatos de intriga y acción relativos a producciones más contemporáneas como Expediente X. Todo ello enmarcado con una introducción y conclusión conducida por un referente clásico de la cuestión de los misterios del universo, el divulgador Carl Sagan.

4) Observador imparcial
Ríos, a través del documento, da voz a cada testimonio, pero no da crédito ni lo retira. No justifica ni parodia. El libro simplemente transmite y, al margen de plantear algunas preguntas y elaborar algunas reflexiones, lo libera de la emisión de juicio alguno; aspecto que, dado el tema planteado, realmente es una rareza.

5) Agente doble e infiltrado mediático
Precisamente la anterior característica ha permitido que el libro haya tenido una buena acogida tanto entre los escépticos de la ufología como entre los creyentes. Es más, no solo ha sido un medio para llevar el tema a los lectores de cómics —muy poco tratado anteriormente y menos en estas claves— sino que ha sido un medio para que el propio medio —el cómic en general— aumente su presencia popular y ayude a aumentar la conciencia en el público no lector habitual de que este tiene unas capacidades narrativas y documentales tan potentes como cualquier otro medio audiovisual.

Diagnóstico final: Para considerarse este un primer avistamiento de las manifestaciones artísticas del señor. Ríos ante el gran público, destaca la buena estructura de la obra, la novedad tanto de la temática como del planteamiento en el medio y la variedad de imaginería a la que es capaz de acudir con un dibujo sencillo y pragmático complementado por una forma externa elegante, bien diseñada y aparentemente inofensiva. Puede ser una buena obra para curiosos de la cuestión ufológica como entradilla neutral al mismo, pero también lo es para los que solo quieran quedarse en esa antesala y conocer los nombres más emblemáticos de la historia de los testimonios sobre abducciones y avistamientos. Recomendamos una vigilancia estrecha sobre el autor responsable y seguir su carrera con detenimiento.

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tokyo sanpoTokyo sanpo
Florent Chavouet
Ediciones Sins Entido, 2012
208 págs. 19,5x 26 cm
Rústica con solapas. Color.

A mi regreso a Francia me preguntaron si me había gustado China, a lo que respondí que, en cualquier caso, los japoneses del lugar habían sido de lo más hospitalarios”.

En 2006, Claire, la novia de Florent Chavouet, se mudó a Tokio durante medio año para realizar unas prácticas. Y su pareja, ese francés graduado en Arte, decidió acompañarla al tiempo que incluía en su mochila una libreta de dibujo, una silla plegable y un puñado de lápices de colores. Una vez allí dedicó su tiempo a rodar en bicicleta por el asfalto japonés, plasmando la urbe y sus entrañas en estampas abocetadas y coloreadas que realizaba sobre la marcha en lugares públicos y cafeterías de amplios ventanales. Y una vez de vuelta, aquel material dio el salto a las librerías. Tokyo sanpo no funciona como una guía de viaje, ni como un tomo de recomendaciones sobre lo más destacado de la capital de Japón. Tokyo Sanpo propone contemplar la ciudad a través de la mirada de un extranjero que se para a curiosear las apiladas formaciones urbanísticas más modestas, las vestimentas y modas de los transeúntes y sobre todo los objetos cotidianos que le resultan marcianos y pintorescos al visitante. Y es que Chavouet confecciona ilustraciones preciosas de callejuelas, de edificios, de carteles publicitarios, de vehículos y de gente que pulula en torno a todo lo anterior. Pero también se para a contemplar las etiquetas de la fruta, los envases de comida insólita, los insectos, las papeleras, las máquinas expendedoras y la señalización de tráfico.

Tokyo sanpo es permitirle al propio Chavouet que nos lleve de la mano por el Tokio que él mismo conoció durante esos meses. Sus capítulos se abren con mapas de los barrios, detallados y dibujados a mano, en los que el autor tiene la amabilidad de señalizar a los Koban —policías de barrio— potencialmente peligrosos para el usuario de bicicleta. En el propio libro Chavouet muestra su colección de multas por aparcar las dos ruedas donde no debía, y también nos narra un curioso incidente en una de las comisarías. Además incluye el detalle de anotar las localizaciones del mapa con pequeños apuntes que van desde lo trivial y anecdótico a lo interesante para el turista. Y desde el comienzo de la lectura nos avisa que la lógica que guía a este paseo por la metrópolis no responde a nada más que a su día a día y a su humor. Son estos factores (visibles y palpables) los que justifican las ilustraciones, esos dibujos que a veces están inacabados porque la lluvia amenazaba o porque el objeto que servía de modelo había desaparecido del campo de visión. Lo más destacable es que el fabuloso uso del lápiz del francés convierte el callejeo en hermosas estampas con alma de dibujo animado y una técnica admirable. El Tokio de Chavouet, un Tokio construido con lápices de colores. Remata la faena la sólida edición de Sins Entido que hace que parezca como si cada página hubiese sido extraída directamente del cuaderno original.

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Señor Mardi-Gras DecenizaSeñor Mardi-Gras Deceniza vol.1
Éric Liberge
001 Ediciones, 2011
128 páginas. 17 x 24 cms.
Rústica, Color

Cuando empecé a leer las primeras páginas de esta obra —publicada aquí hace un par de años, finalizada en Francia hace siete y ganadora de un Premio René Goscinny en Angulema— la primera referencia que me vino a la mente por el ambiente melancólico y su huesudo protagonista fue, inevitablemente, Tim Burton. Ampliada la historia y su universo visual unas páginas después, las siguientes referencias fueron los mundos delirantes de Jodorowski y el —salvando distancias, claro está— Moebius del blanco y negro con desiertos de arenas blancas, cielos profundamente negros y el despliegue de alguna monumental ciudad de fantasía, con un repunte fantasmagórico-fantástico entre lo gótico y lo modernista. Unas páginas más tarde aquello se había convertido en un festival rocambolesco de esqueletos andantes intentando organizarse en sociedad de una forma tan tragicómica que podría hacer fácilmente las delicias de Terry Gilliam o Jean Pierre Jeunet.

Solo llevaba leídas 25 páginas de 125. Así que decidí que, con tanta referencia flotante, el autor —del que no había leído nada hasta el momento— ya había conseguido construir su universo único y personal. Y sumergirme en él, por lo que logré completar y disfrutar su lectura esquivando la frecuente deformación profesional que a veces nos asalta a los reseñadores de buscar símiles autorales por todas las esquinas de una historieta.

Señor Mardi-Gras de Ceniza es una fábula épica y fantástica construida sobre la incognoscible respuesta a la gran pregunta: adónde va el ser humano cuando muere. Según el inicio del relato, de este no quedan más que los huesos —la parte más resistente de su cuerpo— y acaba en un lugar, un desconocido paraje de noche constante en el que va a morar para el resto de la eternidad o mientras le aguante el esqueleto. El protagonista —que da nombre al tebeo— no tardará en encontrarse con todos los difuntos que han llegado allí antes que él y que, en un amago de organización social no muy original les ha dado por reproducir, de nuevo, como en vida, instituciones civiles y religiosas para gestionar la ingente cantidad de fallecidos y tratar de darles una explicación a semejante broma de vida después de la muerte. Esta es una sociedad que también se las ha ingeniado para recuperar pequeños placeres —una gastronomía digamos altamente exótica y un cine basado en los recuerdos de los fallecidos— para tratar de olvidar u obviar el purgatorio presente. Deceniza, de carácter contestatario e inconformista, causará revuelos en la necrópolis, generará interés en los estamentos superiores y facciones secretas del lugar, que le tienen por un activo valioso de cara a desvelar el misterio del mundo debido a su profesión en vida —cartógrafo—; y se verá embarcado en una búsqueda por recuperar un artefacto sobrenatural preciadísimo: su propia alma. Toda una señora historia.

Éric Liberge se inventa una excelente ambientación inframundesca con el uso inteligente de muy pocos colores —blanco, negro, cobre, muchos grises y algún otro color muy puntual— e ingeniosos efectos de salpicado en negativo para los fondos. También despliega ideas creativas para el dibujo caracterizado de los personajes: el autor se deja la mano dibujando miríadas de esqueletos exactamente iguales, distinguiéndolos a través de pequeños detalles como el rechapado con metales que estos hacen sobre su osamenta. Y realmente consigue construir un mundo de fantasía crepuscular con la firma de la imaginación visual de la bd francesa. Pero no estamos ante una fábula escapista, sino todo lo contrario. Ante nuestros ojos se reproduce la pesadilla-broma kafkiana definitiva: después de muertos tenemos que seguir soportando a burócratas haciéndonos rellenar formularios, a sacerdotes diciéndonos en qué tenemos que creer y, en definitiva, a instituciones, facciones y grupos variados tratando de dirigir nuestras vidas para sus propios beneficios. Más o menos como en el mundo real presente, solo que hasta el fin de los tiempos. Lo que inevitablemente no dejará de tocar la fibra al lector.

A este primer volumen, que contiene dos de los cuatro primeros libros franceses, lo único que le puedo reprochar es lo poco lúcido de su edición española —un poco pequeña para mi gusto— porque por todo lo demás ha sido un disfrute —y un descubrimiento— de tebeo en toda regla.

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Tinta de GuatinéTinta de Guatiné
Varios Autores
Libros de autoengaño, 2013
32 págs. 14 x 21 cm
Color

El día a día del dibujante de tebeos en una página. Esta es la propuesta de una recién nacida editorial que abre fuego en su rama de fotonovela-cómic con un pequeño librito en el que han participado hasta 27 autores para dejar constancia ilustrada de los trasuntos del quehacer cotidiano del historietista. El torrente temático ha sido tan variado como los estilos gráficos de cada uno de ellos, que han optado por historias que usan desde una sola viñeta hasta casi una veintena o ilustraciones a página entera, con composiciones ingeniosas y opciones de diseño gráfico. Allí se han expresado la ilusión o la fantasía de un futuro brillante, la desesperación ante la idea que no surge, la cíclica jornada laboral eterna que va de la cama a la mesa de dibujo, las interrupciones de los deberes familiares y paternales y los cantos de sirena de las distracciones que invitan a la procrastinación. Cada uno de ellos ha dado voz a su experiencia personal con originalidad y bastante humor. El libro es una buena muestra de autores, algunos ya conocidos y otros que se darán a conocer muy en breve. Un vistazo a lo que ofrece y puede ofrecer nuestro panorama del cómic.

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Angulema 2013

Para finalizar, os dejamos con el palmarés de Angulema de este año, que contiene obras publicadas en nuestro país y que os invitamos a leer.

-Gran premio de la ciudad de Angulema:

Willem.

-Premio especial 40º Aniversario:

Akira Toriyama.

-Premio al mejor álbum:

Quai d’Dorsay 2. Crónicas diplomáticas, de Abel Lanzac y Christophe Blain (editado en España por Norma Editorial)

-Premio del público:

Tu mourras moins bête 2, de Marion Montaigne.

-Premio especial del jurado:

Le nao de Brown, de Glyn Dillon.

-Premio a la serie:

Aama 2. La multitud invisible, de Frederik Peeters (editado en España por Astiberri).

-Premio revelación:

Automne, de Jon McNaught.

-Premio patrimonio:

Krazy Kat 1, de George Herriman (editada en España por varios editores).

-Premio polar (premio al género en novela negra):

Castilla drive, de Anthony Pastor (editado en España por Ediciones La Cúpula).

-Premio juventud:

Les Légendaires 1. Origines, de Patrick Sobral

-Premio al cómic alternativo:

Dopututto Max, de Misma Editions.