Joe Arlauckas: «Jugando en Grecia casi me ponía cachondo»

Fotografía: Lupe de la Vallina

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 6

Fue el mejor de Europa en su puesto. Un rol que consistía en meter canastas. Su genuina mentalidad estadounidense no admitía complicaciones: solo quería meter canastas. Por eso, cuando alguien trató de alejarlo de ese objetivo, por ese afán táctico del baloncesto europeo, tuvo problemas. Ahora, Joe Arlauckas (Rochester, Estados Unidos, 1965) admite que en ese papel de superanotador muchas veces le pudo el ego, que, en sus palabras, fue muy hijo de puta. Pero también revela que cuando empezó a llevarse bien con sus rivales y a conocerlos personalmente bajaron sus números. Queremos repasar con él su trayectoria, que le llevó de la NBA a ser campeón de Europa con el Real Madrid tras pasar por Italia, el Caja de Ronda en Málaga y el Tau Vitoria.

¿Es cierto que estás tratando de convertirte en agente para traer jugadores estadounidenses como tú a Europa?

No, no. El mundo de los agentes no me gusta nada. Tengo muchos amigos metidos en ese negocio, pero a mí no me mola. Por ejemplo, están los runners, que se dedican a levantarles jugadores a los representantes. Trabajan para algún agente y se dedican a desestabilizar. Les pagan para llegar, sacar al jugador a cenar, a tomar algo, irse de putas y convencerle de que estará mejor con otro representante. Yo no valgo para eso. Porque el mundo de los agentes es así. Se gana mucho dinero, tú calcula lo que puedes sacar si pillas un 10 % de cada millón que se mueve. Y piensa lo que supone para un representante que ha cogido a un chaval desde joven, ha hablado con sus padres y cuando empieza a triunfar se lo quita esta gente. Yo quiero dormir. A mí por la noche cuando cierro los ojos lo que me mola es quedarme dormido, tío.

De todas formas, el sistema en Europa está jodido. Los niños tienen que estudiar. No puedes coger a un tío de dieciséis años y llevarlo a jugar al baloncesto. No tiene asegurado que va a ser profesional. Si lo llevas a la universidad tiene un 95 % de posibilidades de acabar una carrera, en el baloncesto solo un 5 % llegan arriba. En Estados Unidos tienes trescientas universidades, de ahí dos de cada equipo pueden llegar a la NBA, pero los otros diez se sacan su carrera. El porcentaje de los que llegan no sé si es del 2 %. Aquí igual la proporción es más alta, pero a qué precio…

Tus padres eran emigrantes lituanos en Estados Unidos.

Sí, pero no conozco su historia. Solo sé que los padres de mi madre eran napolitanos. La verdad es que me da rabia, pero es lo que hay. Mi padre con cuarenta y un años tuvo a mi hermana. Me imagino que para él ya tuvo que ser un fallo, aunque mi madre tenía treinta y tres y todavía estaba bien. Pero cuando llegué yo mi madre tenía cuarenta y mi padre cuarenta y ocho. Creo que fue la última vez que mi padre folló en su vida. Por lo menos a mi madre. Tener en el año 65 un niño con cuarenta años no era normal. Pero como eran católicos no usaban protección, así que seguro que dijo ¡ahí no entro más!

Mi padre era todo un currante, un tío impresionante. No ganaba un duro. Se levantaba a las tres o las cuatro de la mañana cada día. Era repartidor de leche. Llegaba a casa sobre las diez, dormía un rato y se iba a hacer pizzas al restaurante de un amigo. Y mi madre trabajaba limpiando. Eran lo que en inglés se llama blue collar. Su vida era trabajar, trabajar y trabajar. Mientas tanto, yo estaba todo el día jugando con mis amigos. Y si no estaban ellos, me iba yo solo a la calle, pintaba un recuadro en la pared y me ponía a tirar como pitcher.

¿En la high school, como en las películas, los deportistas os llevabais a todas las chicas?

No sé cómo sonará lo que voy a decir, pero los deportistas suelen ser gente muy insegura. No somos muy inteligentes. A esas edades te encuentras incómodo, no encuentras tu sitio, y el deporte se presenta como una manera de coger autoconfianza, ver que eres importante. A partir de ahí empiezan a llegar las chicas, pero si has crecido con inseguridad, después de alcanzar la cima, las inseguridades no se van, siguen ahí. Las compensas con la atención que te presta la prensa, con los partidos, con otra chica… Esto se ve mucho en el mundo del deporte. Matrimonios que van fatal, infidelidades, gente poniendo los cuernos a todo el mundo, y no es por otra cosa que porque todavía llevan al niño inseguro dentro. Porque todo el mundo tiene su vicio. El mío, por cierto, era salir por la noche y tomar copas.

Tus años en Niagara, en la universidad, fueron de locura total.

Nada más llegar me ligué a una chica que tenía cuatro años más que yo. Me enamoré, era un fresh man con una senior, iba por ahí pensando que era la hostia. Pero de un día para otro ella dejó de hablarme porque tenía novio. No me lo podía creer y a partir de ahí fue la locura. Empecé a irme cada día de marcha y a sacar unas notas fatales. Aunque no me iba mal ese ritmo de vida. Fuimos a Florida en un torneo de Navidad, salí todas las noches, con las cheerleaders del South Portland, emborrachándome, y me metí en el cinco titular del torneo. Pero por supuesto, no tardé en liarla. Me cogió un grupo de seniors que no eran jugadores, solo fiesteros, y me llevaron al spring break en Fort Lauderdale. Cogí todo el dinero que me habían dado mis padres para pasar el año, unos mil quinientos dólares, y les seguí el ritmo. Era el más pequeñito, el rookie, pero bebía el que más de todos. El spring break es una locura generalizada de mucho cuidado. Hay películas sobre esto. Se hacen competiciones de gilipolleces a punta pala. Tipo a ver quién es la chica que bebe más rápido y chorradas de ese tipo, y luego tienes el Wet Willie, que es un concurso de bailes en tanga. Yo tenía fama de quitarme la ropa en lugares públicos. De hecho, el día que conocí a mi exmujer me estaba quitando la ropa en un bar. Y aquel día subí a bailar. Borracho, por supuesto. Me acuerdo de que había un backstage en el que te explicaban cuáles eran las normas, que se reducían básicamente a que no te podías sacar el rabo. Salí con tres o cuatro tíos más. Uno, con unos músculos que alucinas. Pues estamos bailando en tanga como gilipollas y oigo: ¡Diez!, ¡once!, ¡doce! Resulta que el cachas se había puesto a hacer flexiones en el suelo. Cogí, le di una patada en un brazo, se dio una hostia contra el suelo con toda la cara y en ese momento me colgué del techo. Gané.

Al volver a Niagara los entrenadores se enteraron de la juerga. Para que veas cuál era mi estado mental, me estaban echando la bronca y aquí en Estados Unidos tenemos dos siglas. Una AA, que es Alcohólicos Anónimos, y otra AAA, que es de asistencia en carretera [American Automobile Association; N. d. R.]. Pues me estaban gritando y me dicen «¡Te vamos a llevar a AA!». Y yo todo serio, extrañado: «¿Pero sois gilipollas, si no tengo coche?».

El segundo año pagué muy caro este ritmo de vida. El entrenador estaba contando mucho conmigo y era el cuarto anotador del país en Navidades, hasta que nos fuimos a Florida. Salía todas las noches, pero aquella vez fue muy loca. Un amigo se había ligado a una tía, se la llevó a la habitación y se animaron dos o tres más a ir con ellos. Estaban todos y me llamaron a mí. Esto pasó en una época chunga porque en Minnesota un grupo de deportistas había violado en grupo a una niña. Bajé, estaba la tía con los tres tíos, y cuando me vio dijo: «¿Quién cojones más está aquí?». Se montó un pollo y yo me fui corriendo. Se conoce que tres, bien, pero cuatro ya era mal rollo. «¡Os estáis pasando!», gritó.

Bueno, fue una noche de locuras así. Y al día siguiente en el avión me empezó a doler la tripa, sudores fríos. Fatal. Vomitando. Me pasé diez días tumbado. Me ingresaron en el hospital. Fue algo gástrico jodido. El caso es que perdí casi quince kilos. De ciento y pico pasé a ochenta y nueve. Entonces me hicieron unas pruebas los médicos del equipo y me encontraron una arritmia, que mi padre también tiene. Me dijeron que no podía jugar más. Me largué, les mandé a la mierda. Les dije que me la sudaba e iba a seguir jugando. Y en ese estado me fui a Boston, todavía convaleciente del estómago. ¿Y qué hice la primera noche? Beber como un idiota. ¿Sabes lo que es un Long Island Iced Tea? Un cóctel que lleva cinco licores: ron, vodka, tequila… todo en uno. Pues me tomé cuatro. Un amigo me tuvo que llevar al hotel. Al subir, las cámaras me grabaron meando en el ascensor. Me tuvieron que dar una ducha fría. En ese momento, temblando debajo del agua, me di cuenta de que había tocado fondo, que tenía que cambiar.

Y lo más duro fue volver a casa con unas notas malísimas. Esperaba que mi padre se pusiera a hostia limpia conmigo, pero no me pegó. Fue peor. Me dijo: «¿Tú ves que cuando juegas un partido vamos toda la familia a verte, da igual el tiempo que haga, llueva, nieve o hiele, que siempre estamos ahí? Te voy a decir una cosa: cuando jodas todo esto y te vayas a trabajar a un McDonalds, no te va a ir a ver nadie, porque eres una mierda, chaval». Y yo: «¿Pero no me vas a dar de hostias?». Estas frases se me quedaron para siempre en la cabeza, porque sí era verdad que yo era el primero de la familia que pisaba una universidad.

¿Viste a muchos buenos que podían haber llegado y se quedaron?

Varios, pero también hay mucha gente que termina hasta los huevos, ¿eh?, que no quiere volver a oír hablar de baloncesto en su puta vida, que lo aborrecen. Esto no es un mundo de color de rosa. Yo me levantaba a las cinco de la mañana para entrenar, dos horas. Luego clase de ocho a diez. A las once entrenamiento hasta la una. Comes. Clase de cuatro a cinco o a seis. A las siete entrenas. Cenas y luego al study-room con un profesor hasta las once de la noche. Yo hacía todo eso y luego encima me iba de marcha por la noche. Era horrible.

Además, los entrenadores cuando te fichan te dicen que eres muy bueno, que vas a llegar a ser titular, pero al cabo de unas semanas, cuando te están entrenando, la cosa es: «¡Tu madre es una puta!». Y joder, piensas: «Pero si has firmado el contrato con ella hace dos meses». Los entrenadores de baloncesto universitario son unos hijos de puta que no te lo puedes ni imaginar. Luego en tu vida te puedes topar con alguien como Obradovic, que es difícil, pero estás ganando pasta. En el campeonato es muy difícil soportar todo eso. Los entrenamientos universitarios son de llegar —yo lo he vivido—, tirar los balones a la mierda, poner cuatro cubos de basura en cada esquina del campo y decir: «Vamos a correr hasta que vomitemos todos». Y venga, todos a potar. Flexiones, escaleras, fondos y todo dios vomitando por todas partes.

Y si en el partido habíamos jugado mal, teníamos que volver a entrenar esa noche. De diez a una de la mañana. Gritándote: «Eres una mierda, no tienes ni puta idea, tu madre es una puta, haz cien flexiones, ¿solo eres capaz de ochenta y cinco? Pues otras cien, ¡ya!». Por eso muchos no querían volver a jugar. Hay hasta casos de suicidios. Lo que pasa es que si llegas a aguantar eso luego lo aguantas todo. En mi caso, tengo que decir que esta etapa la recuerdo como los mejores cuatro años de mi vida.

Debutaste en la NBA, en Sacramento Kings, con Bill Russell.

Bill Russell era un tío que no tenía ni puta idea de entrenar. Era toda una leyenda, pero macho… La suerte fue que el segundo era Willis Reed. A Bill Russell lo terminaron mandando a los despachos porque no tenía ni idea. El primer día llegó a entrenar, se sentó en las gradas y se puso a dormir. A las dos horas se despertó y le dijo a Willis: «Oye, que son las once y media, acaba rápido que he quedado para jugar al golf». Muy fuerte.

Cuando me cogieron a mí despidieron a Johnny Rogers. Fue jodido. Me hice amigo suyo jugando en el Rookie Camp. El último día me llamaron, me dijeron que felicidades, que era parte de Sacramento Kings. Yo no me lo creía, iba a jugar en la NBA, aunque jamás había sido mi sueño. Y también me contaron que iban a echar a Johnny, porque jugábamos los dos en el mismo puesto. Cuando estaba en la habitación, Johnny me llamó a la puerta. Creí que venía a darme una hostia, hasta pensé en no abrir, pero lo hice y me dijo: «Solo quiero felicitarte, te mereces entrar en el equipo». Qué detalle. Fue un tío con clase, todavía es muy amigo mío. Aprendí mucho de ese gesto que tuvo.  

Allí en Sacramento coincidí con Otis Thorpe, que para mí es el tío que me enseñó a jugar. Me cogió y me puso con él en todos los entrenamientos. Y Harold Pressley, que era el tío más gracioso que he visto en mi vida. También estaba Reggie Theus, al que le gustaban las mujeres yo diría que bastante. Era el tío más escandaloso que he visto en mi vida. Cada viaje que hacíamos follaba. Y eran cuarenta y un viajes al año. Era un reto para él follar en cada salida. Recuerdo un partido en Denver, que llegamos el día antes y al siguiente nos íbamos, pues le dio tiempo a follarse a ocho tías diferentes. Y metió veinticinco puntos, ojo. Me quedé diciendo: tú eres mi puto ídolo. La verdad es que era superguapo y elegante, ya antes había sido modelo. Una vez en un aeropuerto en Dallas, llamaron por el teléfono de servicio de la sala donde estábamos para embarcar, lo cogió una empleada, preguntó por él: «¿Dónde está Reggie?». Resulta que estábamos en la puerta 55 y era una tía de la puerta 51 que llamó a ver si se lo podía tirar. Y ahí se la folló en el aeropuerto, impresionante.

Sacramento Kings éramos un equipazo… pero por las noches [risas]. En la NBA no te controlan. Se supone que eres un profesional. No es como aquí. Puedes hacer lo que quieras mientras rindas. Casinos, putas. Como veas. Eso sí, en el momento que baja tu rendimiento pues te echan. Ya está. Aquí están todo el día encima de ti, a ver adónde vas, qué comes. También, en los equipos de la NBA, los jugadores fuera del campo van más a su rollo. Eso de que somos un equipo… no tan equipo. Si yo tengo ganas de jugar y tú estás jugando bien y se te jode el tobillo, tampoco me importa mucho porque al que le toca salir es a mí. Sabonis me contó que en Portland los primeros cinco meses se los pasó solo en la habitación. Hay mucha gente esperando a que pierdas el sitio.

Jugaste contra Los Angeles Lakers míticos.

Aquel día estaba en el banquillo buscando a tres tías que estaban en la cuarta fila. Les estábamos mandando mensajes a través de un chaval para que nos dieran el teléfono. También en casa se puede follar, no solo en los viajes. Y de repente me dicen que salga. ¿Sabes los pantalones esos largos que llevamos que se quitan con botones? Pues yo no sabía ni si llevaba los cortos debajo. Antes, solo había jugado en Denver, en el viaje en el que Reggie se folló a ocho tías, que perdimos de veinte y en el descanso Russell sacó a todos los rookies, cambió a todo el equipo. Pero yo normalmente chupaba banquillo. Así que iba a salir y me dijeron: «Tienes que defender a Magic Johnson. Tienes seis faltas y tienes que gastar las seis». Pasé de meter cuarenta puntos en Niagara en un partido a tener que hacer las seis faltas. Pero joder, era lo que tocaba.

En esos Lakers jugaba un tío que era amigo mío, Mike Smrek, que ponía bloqueos arriba para Magic. Medía 2,13 o 2,14 m, era como una casa. El caso es que salí, me puse a defender a Magic. Hizo un movimiento, pasó el bloqueo, se fue a canasta y dije, bueno, pues la primera hostia. Salté y le di una… nos caímos los dos al suelo, yo encima de él. Pitó el árbitro y dijo: «¡Vale la canasta!». Y yo: «¿Perdona? No puede ser que la haya metido con la hostia que le he dado». Estábamos en el suelo y me dice Magic: «Rookie, qué pasa, que te han sacado para hacer las seis faltas, ¿eh?». Le contesté: «Pues algo parecido». Y salta: «Pues vas a tener que darme más duro». Metió el tiro libre adicional, subimos, bajamos y otra vez atacaban. Volvió a ir a canasta, volví a darle otra hostia. Y el árbitro: «¡Vale la canasta!». Yo: «¡Me cago en su puta madre! ¿Cómo está metiendo las canastas?». «¡Me tienes que dar más fuerte!», me volvió a decir Magic, «pero no te preocupes que te van a cambiar ahora». Miré a la banda y pitaron cambio. «¡Joe, fuera!». Magic hasta me dijo adiós: «Venga chaval, buen trabajo ¡al puto banquillo!». Y ahí el entrenador me echó la bronca: «¿Qué te he dicho que hagas?». Yo estaba desesperado: «¡Pero es que no puedo matarlo!», gritaba.

Karl Malone.

Malone me mataba. Tuve que hacer con él como con Magic, salir para gastar las seis faltas y fue peor. Malone, cuando entraba, él primero te daba una hostia, luego saltaba a canasta, la metía y después te pitaban personal a ti. Magic solo iba a canasta, pero Malone saltaba con los codos. No tenías ni tiempo de darle. Y yo, con la mandíbula que tengo, es difícil fallar. Aprendí mucho de él, de cómo meter el codo [risas].

Y contra Dominique Wilkins en Atlanta.

Ahí es donde me cambiaron, ficharon a Mike McGee y me echaron esa misma noche. Fue muy gracioso cómo sucedió todo. Los jugadores teníamos cuatro entradas por partido y las vendíamos por un dineral, igual sacábamos dos mil quinientos dólares, según quién viniera, si Dominique, Larry Bird o los Lakers. Pues contra Atlanta vendí las cuatro y se me olvidó guardar una para mi novia, que se enfadó de la hostia. Pasamos el día discutiendo y encima yo luego perdí el partido. Estaba en el baño de casa, macho, cagando, y sonó el teléfono. Me puse y era Bill Russell, que me habían echado. A los cinco minutos le estaba diciendo a mi novia: «Ay cariño, cómo te quiero, te quiero mucho». Tenía el ego por las nubes. Era muy hijo de puta, iba muy a la mía. La verdad es que me gustaría volver a vivir todo para poder hacerlo mejor. Con más respeto a la gente, soy muy consciente de eso.

En el draft saliste con tíos como David Robinson, Scottie Pippen…

… Joe Arlauckas [risas]. Antes de salir estuve a punto de ir en primera ronda por unos torneos que hice pre-NBA, pero me jodí el tobillo y bajé bastante en el draft.

¿Cuándo te dicen que Estados Unidos te queda grande, pero que puedes ganarte la vida con el baloncesto en Europa?

Conocí a mi agente, Joe Glass, después de un partido en Virginia. Tenía setenta y cinco años y parecía que tenía ciento cincuenta. Después de una buena actuación me invitaron a otro torneo en Hawai, donde metí treinta y cinco puntos en el primer encuentro y nadie me conocía. Tenía a veinticinco agentes llamándome: ¡Eres la polla, ficha conmigo! Pero me reuní con Joe Glass, con el puro en la boca, sin fumar, solo lo chupaba, y me dijo: «Siéntate. No tengo mucho tiempo, me están esperando. ¿Estás contento? Has jugado bien, pero no te olvides de que esto es solo un partido, igual no estás hecho para la NBA, quizá valgas para Europa, tienes que pensar en tus opciones». Le dije: «Me está diciendo todo el mundo que soy muy bueno». Y él: «Te están diciendo lo que tú quieras, pero aquí vas a escuchar la verdad: puedes ser jugador NBA, pero tienen que pasar muchas cosas para que llegues, yo quiero que juegues y tienes que pensar en el futuro si quieres hacerlo bien». Pasé de él, pero era porque decía cosas que no quería escuchar. Él se reía: «Coge esta tarjeta que seguro que me vas a llamar». Y luego me lesioné, bajé en el draft, los agentes dejaron de llamarme, ni siquiera me cogían el teléfono. Busqué la tarjeta de Joe desesperado y cuando le llamé se reía. Firmamos y estuve toda la vida con él, murió hace cinco años.

Italia era el primer destino de todos los jugadores americanos.

Para los americanos Italia era el país. Bob McAdoo marcó el camino. Es que Europa para nosotros era Italia. Tuve un compañero en Niagara que en Irlanda estaba ganando cien mil dólares al año. Calculé y en diez años era un millón de dólares. Ahí decidí dar el salto. La pena es que no valorábamos lo más importante, que es la experiencia de vivir en Europa. Yo entonces era un americano idiota al cien por cien.

Fliparías al llegar a Caserna entonces.

Era un niño. Rompí con mi novia, llegué y vi que no había nadie que hablase inglés, así que corriendo la llamé: «Por favor, ven, por favor, me caso, lo que tú quieras» [risas].

Eras compañero del brasileño Oscar Schmidt.

Un día jugando íbamos perdiendo de diecisiete y Oscar lo había fallado todo. Empecé yo a anotar y anotar y nos metimos en el partido. Llegué a colar un triple y nos pusimos a dos con posesión para empatar, aunque al final perdimos. En el vestuario, Oscar estaba llorando como un puto niño. Porque este cuando las cosas no le iban bien lloraba, y lloraba de hacer pucheros, dar grititos, y no le caían solo tres lágrimas, lloraba como un niño. Entonces el entrenador, Franco Marcelletti, me llevó aparte, me enseñó las puntuaciones del equipo y me dijo que eso no podía ser. «Cómo que no, casi ganamos», le respondí. «Lo sé, lo entiendo», explicó, «pero si metes más puntos que Oscar va a ser un problema para mí y un problema para ti también». Y yo: «¡A mí no me toques los cojones, yo estoy aquí para ganar partidos». Me echaron.

En Málaga, cuando llegas al Caja de Ronda, sería también otro contraste cultural importante.

No sé cómo llegué a España. No tengo ni idea. Entrené en Milwaukee, tenía buen trato con Del Harris, pero vi que no tenía sitio y me llamó mi agente con la oferta de Málaga: «Hay playa y hace sol», me dijo. Pues ya está. Suficiente. Y al llegar es verdad, ves la playa en agosto, las ferias, y mola. Pero lo pasé fatal en Málaga por culpa de Pesquera. En cuanto al choque cultural, joder. Un día me fui a las procesiones de Semana Santa con mi mujer y Ricky Brown, que era un negrazo. Estábamos tomando unas birras y a lo lejos empezaron a llegar los tíos con los gorros estos, que son como los del Ku Klux Klan. No te puedes imaginar cómo nos quedamos. Ricky al principio estaba de espaldas. Yo miré un poco por encima de su hombro de repente y aluciné. Empecé a intentar que Ricky no se girase, pensando: «¡Hay que sacar al negro de aquí ya!». Y le dije: «Ricky, no te gires». Y ni caso, se dio la vuelta y se quedó blanco como un folio. Porque encima él era de Mississippi. Puso una carita… de: «Pero, hostias, ¿esto qué cojones es?». Y ya llegó Manolo Rubia a explicarnos que no, que tranquilos, que era otra historia. Pero joder, son iguales que el Ku Klux Klan. Fue muy fuerte. Nos quedamos… madre mía.

Rafa Vecina y estos, Pepe Palacios, Luis Blanco, eran gente impresionante. En el vestuario éramos un equipazo. Me enseñaron a hablar español, mal, pero me enseñaron. Sin embargo, mi estancia en el Caja de Ronda fue muy dura, tío. Pesquera lo controlaba todo. Pero todo. No me dejaba tomar sal, ni pimienta, ni tabasco, ni Coca-Cola. ¡Esto qué cojones es!, decía yo al principio. Estoy ganando pasta para llegar al campo y jugar, nada más. ¿Correr por campos de golf, por las montañas, como hacíamos? A mí ponme en un campo para meter canasta. Así al menos me lo explicó mi agente: «Tú metes canastas, todo lo demás me lo dejas a mí». En estos equipos gente como Jordi Grau estaba todavía creciendo, pero a un profesional que está ganando pasta no puedes tratarlo como a un niño de dieciséis. Entrenadores como él o Aíto eran muy difíciles. La gente no entiende cuánto cuesta adaptarse a jugar en Europa.

Pesquera me intentó echar cinco veces. Siempre por gilipolleces, como no dejarme tirar. Quería posesiones largas, si fallabas era porque siempre había un pase más. Yo, que venía con mentalidad americana, no conocía otra manera de jugar y de repente, ¿con qué me encuentro? ¿Con que tirar está mal? ¿Cómo te adaptas a eso? Encima en Sacramento tenía un adosado cojonudo y en Málaga me pusieron en un séptimo piso, sin lavadora ni secadora. «¿Pero esto qué cojones es? —pensaba— ¡Y encima habláis raro!». Y Ricky no, él era la puta estrella, llegó aquí ganando trescientos mil dólares. Tenía una casa en el campo de flipar.

Te ficha Querejeta para Vitoria.

Me llevo bastante bien con él. Es un hombre de negocios y esto es un negocio. Muestra de que es así es que al tercer año me engañó en la cara. Me dijo que iba a seguir y me puso a la venta como a una puta. No me lo creía cuando me lo dijo mi agente, tuve que llamar a Pablo Laso —su padre estaba en el club— para que me dijera si era verdad. Y sí, lo era. Me imagino que hay mucha gente en esta vida que tiene éxito en los negocios que no son buena gente. Es difícil en este mundo tener éxito sin pisar a los demás. A mí me lo decían de cuando jugaba, que era muy hijo de puta. Y es cierto. He hecho de todo. Fíjate en un dato, mis números bajaron bastante cuando empecé a conocer a todo el mundo en la ACB. Pero antes me decían, oye, que vienen tal y cual y vamos a salir a cenar. Y yo: «¿Del otro equipo? ¿Vais a salir con los rivales a cenar? Yo no quiero verlos, tío. Mañana en el campo les voy a decir cosas de su madre y de su padre y les voy a dar hostias». No sabía jugar de otra manera. Si metía diez puntos seguidos iba al entrenador rival y, como Charles Barkley, le decía «oye, cambia a este, que le estoy matando». En los tiempos muertos me echaba agua en las muñecas diciendo «me queman, me queman». Una de gilipolleces, tío… y cuando empecé a hablar español, cuidado.

Pero peor que yo era Ramón Rivas. Un día salimos a jugar contra Estudiantes y se acercó a Orenga, se puso a correr con él, a su altura, y le dice: «Estás en mi casa, aquí me llamas papá». Y Orenga: «¿Qué?». Mientras, yo mirando y pensando qué manía le tenía que tener para decirle eso. «Aquí me llamas papi, aquí soy tu puto padre». El tío calentando y Ramón corriendo detrás de él. «Que no me voy hasta que me llames papi». Creo que ahí me cogí yo el enganche con Orenga. Decidí matarlo en todos los partidos. Le metía treinta puntos hablándole y hablándole: «A ver si defiendes, hijo de puta», «Eres más feo que mis cojones, cabrón». Siempre así. Como entrenador ahora no lo conozco, pero como persona no me gusta. Ramón en cambio era la hostia. Uno de los primeros días en Vitoria fui a su casa y estuvimos viendo la tele. Al irme, al ir a salir, vi un cartel al lado de la puerta lleno de nombres. Veo que son nombres de jugadores de la ACB, le pregunto qué era eso y me dice: «Son la gente de mi lista». «¿De tu lista?». «Sí, de mi lista de pegar una hostia». Tenía como quince o dieciséis nombres. Encima veo que el noveno por ahí era yo. «Pero si estoy yo aquí», le digo. «Sí, mmm… bueno, te voy a quitar ahora que jugamos en el mismo equipo». Le pregunté qué hice, y dice: «Porque me metiste un mate y me hiciste el pistolero con las manos en la cara». «¿Y por eso me ibas a dar una hostia?». «Sí, sí, una hostia limpia». Todos los de la lista recibieron. Juanan, Morales, Jordi Soler. Todos. Llegaba el partido y raca, pum, nariz fuera, sangre por todas partes.

Y Pablo Laso.

En todos los equipos en los que he estado me llevaba al base a cenar y de copas para que luego me pasara el balón. Pero Pablo, si fallabas dos, no te la daba. Le decía que quién era él con el tiro que tenía para reprocharme a mí que hubiera fallado, y contestaba: «Yo no tengo que tirar, ese es tu negocio». Pero al final Pablo y yo terminamos muy compenetrados, sabiendo qué estaba pensando cada uno en cada momento. ¿Alley oop? Alley oop. ¿Pase atrás? Pase atrás. Nunca me ha pasado algo así con nadie. La pena fue que Pablo, aunque le echaba huevos en todos los partidos y entrenamientos, se cruzó con Herb Brown, que tenía un carácter asqueroso, sobre todo con los bases. Le metía tanta caña que un día estuvieron a punto de pegarse. Pablo estaba tirando de espaldas para que los niños se rieran y Herb le dijo: «Deja de hacer el gilipollas y ponte a entrenar». Se encararon y salieron los dos fuera. En la calle Herb tuvo un gesto como de militar cuando se quitan los galones, tiró la pizarra al suelo y le gritó: «Ya no soy tu entrenador, pégame, pégame».

Y otro día nos dijo a todo el equipo que éramos tontos por no ir al rebote cada vez que fuese a tirar Pablo Laso, porque la iba a fallar seguro. Ahí mismo, en perfecto inglés, le dije «Herb, serás hijo de puta». Herb puteaba incluso al delegado del equipo hasta hacerle llorar por chorradas.

¿Es verdad que en el Tau le fuiste cogiendo asco al Madrid?

Le cogí asco. Puedes decirlo: asco. Yo llegué con una mentalidad clara. ¿El Madrid el mejor equipo? Vete a la mierda. ¿El Barça el mejor equipo? Vete a la mierda. Al principio es que no sabía ni qué clubes eran, solo sentía mis colores, eso a los americanos nos lo inculcan en la high school. Y con los jugadores igual. ¿Sabonis el mejor jugador? Yo te decía: vete a la mierda.

Cuando fichaste por el Madrid tuviste problemas con Sabonis al principio.

No. Fue un periodo de adaptación. Sabas es corto en palabras. Aunque es un buenazo, al principio es muy frío. Los primeros días le hacía preguntas: «¿Qué pasa, Sabas, que jugáis a las cartas en las concentraciones?». Y él: «Sí». Y ya está, no decía más. Además, a mí me gustaba jugar dentro, a cuatro cinco metros de la canasta. Sabas entre lo que medía y su envergadura, te quitaba dos metros de campo. Cuando él cruzaba, te quitaba todo el espacio, no podías penetrar y tampoco podías dársela porque estaba al lado y al final lo que te salía era un mal tiro. Pero yo era un profesional, así que fui buscando el punto de compatibilidad.

Qué pena que no coincidieras con George Karl.

Quería ficharme, nos llamamos mucho. Trajo aquí un juego sencillo, ni correr por el campo ni por la montaña ni hostias. No se complicaba la vida. Este deporte es muy fácil. Si tienes dos, se la pasas al que está libre. Aunque para mí el mejor estratega era Obradovic. Hacíamos cosas en los entrenamientos que luego el cabrón, en los tiempos muertos de los partidos, sacaba la pizarra y nos salían siempre.

Obradovic la tomó con Cargol.

Željko tiene un trato con la gente chungo. A Cargol lo tuvo apartado porque no tenía mala leche. No era un tío que fuera a por ti si le tocabas los cojones, y se metía con Pep para que eso resultase ejemplarizante para el resto del equipo. A mí me echó un día de un entrenamiento cuando quedaban veinte minutos. Como vi en el reloj que era tarde, le repliqué: «La próxima vez que me eches que sean las seis y veinte y no las ocho, no te pases todo el entrenamiento tocándome los cojones para echarme al final». Me dijo que fuera a su despacho y ahí sacó una botella de Chivas, dos vasos y hielo. Me sirvió y me explicó que su trabajo era jodido: «A Sabonis no le puedo echar porque es especial, pero a ti te voy a tener que echar de vez en cuando, entiéndelo». Luego me metí en el coche y vi que nos habíamos bajado la botella de Chivas entera. Sin cenar ni nada. Llegué a casa a las nueve y media ciego. Mi mujer se puso a gritar. Y yo: «Joder qué día, el entrenador, ahora tú, por favor dejadme en paz».

¿Es verdad lo que nos dijo Biriukov de que Sabonis se enfadaba con Antúnez?

José [Antúnez] es un buenazo, tío. Leí lo de Chechu y fue muy fuerte con él, aunque algo de razón tenía. Yo tuve problemas con Laso, Lasa y por supuesto también con Antúnez. Porque son mis bases y si no toco balón es culpa suya. A Sabas le pasó lo mismo con él. Con José el tema es que si hubiera medido un poco más y hubiera jugado de dos habría llegado a la NBA seguro. Porque él no tenía mentalidad de base, era un anotador, se adelantó a ese momento en el que se puso de moda que los bases metieran puntos. Antes el base era solo para manejar el partido. Por eso la gente se mosqueaba mucho con él en el campo. Y yo también me pillaba mosqueos. Lo que era clásico de él era hacer una falta tonta al final del partido, cosas así. Pero es un tío de puta madre.

¿Era un vestuario unido?

Sí, y todo esto a mí me vino muy mal en la vida, en mis relaciones con mi mujer, con mi familia y mis amigos, porque yo era de vestuario. Nadie me quitaba el sitio. ¿Entiendes? Por ejemplo, yo tenía claro que Antonio Martín no me quitaba el puesto. Bueno, a Antonio le daba muy igual el baloncesto. Pasaba. Era muy inteligente, le mandaron al despacho y él encantado. Aunque tenía mucho orgullo porque estuvo un poco a la sombra de su hermano y eso le afectaba. Pero me encantaba entrenar todos los días con él, me hizo mucho mejor jugador. Cuando se fue del equipo yo lo pasé fatal, me forzaba a currar todos los días. Además, con él te descojonabas, Antonio era de tal manera que… Mira, un día en el Palacio íbamos ganando de tres y quedaban cuarenta segundos. Había montones de cosas que teníamos que pensar, si hacer falta, tirar, ya sabes. Y me viene Antonio y me dice «¿Cómo vamos?». Digo: «¿Cómo?». «¡Que cómo vamos, gilipollas!». Yo no entendía: «¿Cómo vamos de qué?». E insistía: «Cómo vamos en el partido». Ya le dije: «Ah, vamos ganando de tres… Pero ¿cómo no sabes cómo vamos, Antonio?». Y me dice: «Es que los putos marcadores están a tomar por culo y no veo nada». Era miope. Pero, fíjate, le grité: «Serás cabrón que estás jugando y no sabes cómo vamos». Y él: «Déjame en paz, sabía cómo íbamos, pero más o menos». [Risas]

¿Qué tal el partido con la Cibona, la bestia negra del Madrid, antes de la Final Four?

Cuando viajamos a Croacia, antes del partido, Obradovic nos dijo: «No os preocupéis de lo que pase conmigo, que aquí se va a liar». Le cantaban: «Mata, mata, mata al serbio». No salía hasta el último minuto. Yo flipaba con todo aquello. Luego jugamos otro partido, no sé dónde estuvimos, igual fue Bosnia o también Croacia, pero nos llevaron con los cascos azules de la ONU, todos armados, el autobús con agujeros de bala. Y yo: «Me cago en mi puta madre, ¿qué hago yo, un niño de Rochester, aquí? Se lo digo a mi madre y flipa».

Dijiste que esa Final Four se ganó gracias al trabajo de los españoles.

Que yo metiera veinte puntos y Sabas metiera otros veinte era muy fácil, estaba todo el mundo jugando para nosotros. Pero hay que hacer el trabajo sucio. Hay que defender. Había gente como Isma Santos, Javi Coll, Lasa, José Silva; gente que iba todos los días a entrenar y meternos hostias. ¿Por qué metí sesenta puntos en un partido? [Le metió sesenta y tres puntos en un partido al Buckler de Bolonia; N. d. R.] Por un animal como Martín Ferrer, que en todos los entrenamientos, todos los días, me daba hostias. Se lo dijo Obradovic: «Todos los días pégale hostias a Joe, me da igual lo que le pase con su hijo, con su familia, tú dale». Ahora cada vez que veo a Martín Ferrer le meto una hostia. Me hizo pasar un año de puta mierda.

Tú defendías poco.

Yo no defendía a nadie. A ver, algo defendí, pero no era bueno, nunca fui bueno defendiendo en mi vida. Hombre, en zona, si me metes en ayudas, sí que entendí muy bien estos conceptos. De hecho, estoy en los récords de la ACB de tapones y es difícil meter tapones si no defiendes.

¿Qué nos cuentas de Rimas Kurtinaitis?

«Three is better than two, baby», siempre decía eso, «No entiendo por qué tiráis de dos». Fue a Houston ya en los ochenta al concurso de triples. Es de las mejores personas que he conocido en mi vida. Cuando ganamos la liga el tío se puso ciego cuatro o cinco días seguidos. Fuimos a casa de Sabonis, o de Chechu, no recuerdo de quién era, y se tiró a la piscina y no había agua. Solo un palmo de nivel, lo que se deja en invierno. Se pegó una hostia, vamos. Fuimos luego a una historia del Marca y él con toda la cara llena de sangre. Después, en mi casa, llegaron Sabonis y él y quitaron toda la comida del niño del frigorífico y metieron quince botellas de vodka. Me dijeron: tú tranquilo. Trajeron unas cajas de Coronitas y estuvimos todo el día bebiendo cerveza. Y a las seis dijeron: venga, todos a la cocina. Cogían copas de cava y metían zumo de tomate con pimienta y luego el vodka encima con una cuchara para que se quedase flotando. Y nada: chupito, chupito, chupito. Quince botellas. Porque ellos bebían, pero sus mujeres… yo creo que casi más. Después salimos a un japonés a cenar. Y en un paso de cebra, paró un coche y le dijeron algo a Kurtinaitis, de campeón, no sé qué. El tío saltó en plancha y se metió dentro del coche por la ventanilla de atrás. Volando. Y se fue de copas con ellos, que eran tres tíos. Se lo llevaron. Y claro, luego no sabía ni dónde estaba.

Del resto de americanos que había en la ACB, ¿qué opinas?

De Norris, por ejemplo, que es amigo mío, tengo que decir que era sucio de cojones. Te cogía de los huevos, te metía la mano en el culo. Luego Harold Pressley era un tío cojonudo. Mi mujer decía de él que era «The nicest asshole I have ever met». Otro de mis mejores amigos aquí fue Pinone. También muy listo, muy sucio. Defendía de una manera muy rara, pero defendía muy bien porque no tenía mucho talento. Pinone era el verdadero entrenador de Estudiantes, como un entrenador en la sombra, y eso fue el origen de mis problemas en el Madrid con el entrenador Miguel Ángel Martín. Porque cuando él estaba en Estudiantes, en los partidos cada vez que me pasaba por el banquillo, yo le decía: «Oye, vais fatal, dile a Pinone que pida un tiempo muerto». Y Pinone tenía que llevar al equipo porque Martín no tenía ni puta idea. Llevaba hasta a los juniors que, de hecho, le querían como a un padre. Pinone era un tío diferente, no suele haber gente como él. Pero luego Martín vino al Madrid y…

Llega al Madrid, es tu entrenador, y noticia en El País del 1 de febrero de 1998: «Arlauckas siempre está de guasa, independientemente del resultado de un partido. No le importa tirarse un pedo cuando el entrenador está en el uso de la palabra».

Eso lo filtraba Martín y era todo mentira. Lo que ocurrió un día concretamente fue que estábamos en el vestuario y la cosa iba tan mal que Martín, que iba mal por culpa suya, dijo que íbamos a tener una reunión con los directivos. En el Palacio había un doble pasillo en el vestuario y a veces no se veía quién entraba. Estábamos de risas, qué coño pasa, este tío es un cabrón, lo típico. Y no sabíamos que los directivos estaban ahí. Yo al menos no le vi, pero él estaba entrando con la plana mayor y en ese momento me tiré un pedo y…  pues sí, estaban todos ahí delante. Y esa chorrada va y sale en la prensa. En El País. Todo era por los que venían de Estudiantes, el Orenga y tal, eran todos muy amigos. Algo así del vestuario no puede salir en la prensa. Cuando estaba Antonio Martín, Cargol, la gente con carácter, estas cosas no salían. Qué importancia tiene que yo me tire un pedo o no. Fue una campaña para echarme de España y no pagarme el contrato.

Te debían mucha pasta.

Sí. Y me pagaron porque les puse una demanda. Pero no veas qué movidas mientras tanto. Un día me apartaron del equipo porque habían dicho que estaba fuera de forma, cuando en Tel Aviv había metido treinta y cinco puntos. Me llamó mi agente y me dijo «¿Estás con tu mujer?». «Sí». «Cuando estés solo me llamas». Me aparto, llamo, y dice: «Me acaban de llamar un periodista del AS y otro del Marca diciendo que tienen fotos tuyas follando con una negra en tu coche, que si no dejas el equipo las publican el martes». ¿Qué te parece? Le dije que les dijera que publicasen lo que les saliese de los cojones, a ver si tenían huevos. «¿Y tu mujer?», me pregunta. «Es que no tienen fotos». ¿Sabes qué pasó? Cuando Miguel Ángel Martín llegó lo primero que hizo fue quitarme de compañero de habitación a Isma Santos. Me puso con Orenga, que era su espía. Y Orenga se enteró de alguna historia, alguna gilipollez, oyó campanas y fue a contárselo corriendo a este. No había ni fotos ni pollas.

¿Y lo de sacarte sangre para pillarte algo?

Llegamos a entrenar un día y dicen que a la mañana siguiente había prueba de sangre, de doping. Dije, van por mí, porque otro rumor que estaban metiendo es que yo era drogadicto. Mi agente me recomendó que fuera una hora antes a hacerme yo unos análisis a la clínica que tuviera más cerca de casa. Del Corral se enteró y le dije que a mí no me iban a conseguir echar, que no había hecho nada mal. Pero no era el Madrid. Era el entrenador. Lorenzo Sanz y su hijo no creo que promovieran estas cosas, aunque igual me equivoco, que eran ellos los que me pagaban, pero creo que no. Teníamos buena relación.

Fue todo muy feo y muy cutre. Y al final ganaron ellos, me echaron por una cosa de Mike Smith, ¿te lo puedes creer? Yo estaba ya a punto de firmar para irme a Turquía. Tenía un contrato de cuatrocientos cincuenta mil para acabar el año. Y me pidieron en el Madrid que hiciera un partido más. Fui y Miguel Ángel Martín le pidió a Mike que saliera por Dejan Bodiroga, pero le contestó que no quería, que le dolía la tripa. Y todo el mundo en el banquillo, al oír la excusa, se partió el culo; todos menos yo. Al día siguiente voy a firmar para irme y me dicen que no, que me han echado por descojonarme en el banquillo. Está en el vídeo del partido. Se ve cómo habla él con Mike, se daba la vuelta y se descojonaba todo el banquillo. Hasta el hijo de Lorenzo Sanz se rio de él. Pero yo estaba callado, mirando al frente, que sabía que me iba. Y nos echaron a Mike y a mí por indisciplina, pero dos días después, al entrenador. Estaba tan loco que llamé para que me ficharan otra vez, que quería quedarme aquí. Pero nada. No era una cuestión de cifras. En serio. Dos años antes Bolonia me daba tres millones de dólares en un banco en Nueva York con mi nombre, y me quedé aquí por muchísimo menos.

¿Qué te gustaba o qué odiabas más del Barça?

Los dos partidos que nos ganó el Barça, el de la liga en Madrid y el de la Final Four en París, me duelen hasta hoy. Fueron dos derrotas muy duras. Esto me deja más marcado que los sesenta puntos que metí. Cuando pienso en mi carrera recuerdo más esos dos partidos. Pero lo bueno del Barça es que siempre te saca lo mejor, vas con unas ganas… Lo siento, decirlo tan claro, pero no es lo mismo el Barça que ir a Manresa, con dos mil personas y un frío de cojones. No es lo mismo que ir al Palau a jugar contra el mejor equipo de la liga. Si no te emocionas contra ellos es que no te gusta esto.

También Grecia, ¿no?

Eran los partidos más intensos que había. Recuerdo contra el Olympiacos, dieciocho mil tíos cantando la canción de Queen, «We Will Rock You». Pero sin música, todo el campo haciendo el ritmo. Y yo: «Hostia, qué bonito». Se me subía la presión de la sangre. Y de repente empiezan todos: «We will, we will fuck you». Ahí me paré: «Qué cosa más bonita, hijos de puta, os voy a meter treinta en la puta cara». La verdad es que jugando en Grecia me ponía casi cachondo. Nunca olvidaré eso en mi vida. Luego te vas a Huesca con mil ochocientas personas y no es lo mismo.

Cuando fuiste a Grecia después del Madrid, fichado por el AEK, también te costó adaptarte.

Siempre digo lo mismo. Si hubiese ido a Grecia diez años y luego a España, en lugar de al revés, sería España la que me parecería una mierda. La griega es una liga diferente, ahí mandaban los jugadores, hacían lo que querían. Lo mejor que me pasó fue mi compañero Dimos Dikoudis, que jugó en Valencia. Lo cogí como hizo Otis Thorpe conmigo en Sacramento. En los entrenamientos le decía: «Ven que te voy a enseñar a jugar este puto deporte». Pasó un año pegado a mí, y ahora una de mis mayores alegrías en baloncesto es ver que jugó como internacional, también mucho en España, y ganó mucha pasta con un deporte que le gustaba. Siempre me da las gracias cada vez que puede y eso me llena.

En Grecia diste un positivazo por testosterona.

Lo que pasó es que después del AEK, donde no me fue bien, fiché por el Aris y llevaba un año sin jugar. Me tuve que poner en forma, así que me junté con Torgeir Bryn, que había jugado en el Estudiantes y era un animal. Estábamos todos los días con las pesas y a mí me dio un dolor en el esternón que alucinas. No podía ni respirar. Entonces me pincharon un par de veces cortisona en el pecho y, bueno, valía para jugar. Iba mejorando poquito a poco. Como nos iba bien, me siguieron pinchando para jugar los partidos. Íbamos penúltimos y llegamos al play-off. Lo cual para mí fue una putada, porque yo quería acabar e irme a casa y tenía más partidos por delante [risas]. Era el referente del equipo, estaba jugando cuarenta minutos por partido, pero tenía treinta y cuatro años y ya no estaba como antes. De modo que siguieron pinchándome hasta que un día me noté algo raro en la pierna. Digo: «¿Qué pasa?». Pensé que me habían tocado el nervio o algo. Pero me dijeron que no me preocupara. Bueno, pues caímos en el cruce y luego teníamos otro play-off por delante, pero con diez días de descanso. Después del partido, me toca mear. Yo ya lo había hecho tres veces en Grecia, conocía a todos los del antidoping. Pero antes me llegó corriendo el fisio y me dijo: «Oye, si quieres ponemos a mear a otro». Me daban el pis de un compañero en un frasquito de meter pastillas. Lo que pasaba es que en ese equipo todos fumaban marihuana, y pasé. Yo no había tomado nada en la vida. Solo proteínas. Eso lo tomaba como loco, pero siempre le pasaba al club qué era cada cosa para que lo mirasen por si al ser productos americanos tenían algo prohibido aquí. Y nada, fui, meé, me tomé dos Heineken, cogí y me fui a Estados Unidos. Yo con ellos ni cogía el autobús del equipo, porque no me pagaban. Me debían ciento cincuenta mil dólares, que al final me terminaron pagando en cash, en una bolsa. En fin…

El caso es que estaba ya descansando en Estados Unidos, me llaman y me dicen que había dado positivo con dos veces y media más de lo que se había metido Ben Johnson en los Juegos Olímpicos de Seúl. Flipé. Pensaba que era una llamada de broma. Luego rápidamente dije que cambiaran las cerraduras de mi casa de Grecia para que no entrasen y pusieran por ahí algo. Yo con la droga tenía mucho miedo, después de Len Bias, que se murió metiéndose una raya de coca, yo no me fiaba de nada. La primera vez que fumé marihuana fue con treinta y tantos años, con mi hermana, mi cuñado y mi mujer, y me fui a casa, me comí una bolsa entera de patatas y me quedé dormido. Me dije: «¿Y esto para qué? Menuda chorrada». Al principio pensamos en luchar contra la movida del positivo, porque me hacía gracia pero estaba afectando a mi prestigio. Sin embargo, a la hora de abordarlo en serio decidí que era mejor retirarme, no jugar más. Así no le daba más prensa al asunto. Y se acabó mi carrera, por eso esta noticia no sale. Es que esta noticia no la conoce mucha gente, solo los del mundillo.  

¿Te dio mucho bajón adaptarte a la vida normal fuera del deporte?

Tenía en la cabeza la tontería o gilipollez de que tenía que sacar el baloncesto de mi sangre. Intentar algo nuevo. La cosa más tonta que he hecho jamás. Toda la vida de deportista y de pronto querer ser un hombre de negocios… Suena de puta madre, pero es jodido. El primer año le dejé a mi mujer que hiciera lo que quisiera. Estudió para masajista. Yo estaba con los niños todo el día, en plan padrazo. Y luego abrí una empresa de trabajo temporal, una franquicia. La empresa iba, no sacaba beneficios, pero no iba mal. Y de repente llegó el 11S y todas las empresas bajaron sus presupuestos. De treinta y cinco chicos trabajando pasé a cuatro o cinco. Como no tengo mentalidad de empresario lo dejé, luego mi matrimonio se hundió y lo pasé fatal. Horrible. Fueron demasiados cambios de golpe en mi vida. Me retiré. Cambié mi casa de Rochester a Carolina del Sur. Había adoptado a un niño etíope y era un reto irnos al sur con un niño negro, que allí en Carolina nadie me conocía. Me fui buscando la vida un poco. Pero cambiar toda la vida, todo a la vez, fue muy jodido. Lo pasé mal, mal. Había dejado el baloncesto muy pronto, con treinta y cuatro, me quedaban tres años más todavía tranquilamente. Pero para eso tienes que aceptar el rol de jugar quince minutos por partido y yo no era capaz. Yo cuando me querían cambiar me hacía el loco, ni les escuchaba. También eché de menos el vestuario, el equipo, todo. Y el divorcio fue un golpe duro. Siempre tenía ganas de volver a España. Cuando mis hijos tuvieron una edad, el pequeñito quince, hablé con ellos. Para el menor fue un poco jodido, pero lo entendieron y me vine. Al final me costó tres años aceptar que ya no era jugador de baloncesto. Cuando vas a dejarlo, te tienes que mentalizar cinco años antes de colgar las botas. Buscándote un plan. Si quieres ser fisio o abogado, no esperes a que acabe el baloncesto para empezar. Hazlo antes. Ese es mi consejo.


La última vida del gato Scariolo

Sergio Scariolo. Foto: Augustas Didžgalvis (CC)
Sergio Scariolo. Foto: Augustas Didžgalvis (CC)

Al final del partido contra Estados Unidos en Londres, probablemente el mejor que nadie haya disputado jamás en unos Juegos Olímpicos, los jugadores del equipo campeón rinden pleitesía al derrotado y pasan uno a uno, con Kobe Bryant a la cabeza, a felicitar a un agotado Pau Gasol, derrumbado en su asiento, héroe sin triunfo ni más premio que la plata. Es una imagen para el recuerdo: allí están los mejores jugadores de la NBA y los iguales se reconocen como tales: Bryant, James, Durant, Paul, Anthony, Harden, Love… ellos han ganado y lo celebran con su tradicional alboroto. Al otro lado queda la desolación: la primera final que pierdes por los pelos te deja una sonrisa tonta en la boca; la segunda, no te deja nada. Vacío. Cero.

España ha competido como un león y casi todo es mérito de sus jugadores pero también del equipo técnico que cierra con ese partido cuatro años triunfales en el banquillo. De hecho, entre tanta épica ha pasado desapercibida una auténtica genialidad táctica: después de recibir un contundente parcial en contra al inicio del último cuarto —los únicos minutos, casi segundos, de descanso para Pau Gasol—, Scariolo decide poner en el campo una insospechada defensa de cuatro en zona y uno al hombre: el base, Sergi Llull, contra el alero rival, Kevin Durant.

La diferencia entre ambos jugadores es de veinte centímetros, así que la decisión parece una locura, pero funciona. Funciona tanto que Durant, autor de treinta puntos en otros tantos minutos, no vuelve a anotar. La defensa de Llull es perfecta y a nadie se le ocurre en Estados Unidos jugar con el máximo anotador de la liga en el poste bajo, y así España se acerca y se pone a cuatro y los nervios vuelven a la garganta de Krzyzewski hasta que llega LeBron James y manda parar con un mate estratosférico y un triple asesino.

La lógica se impone, pero queda tiempo para un último gesto: en el tiempo muerto que pide España, a poco menos de dos minutos para el final, Marc Gasol aún tiene fuerzas para echarle lo que parece una bronca enorme al propio Scariolo. Gesticula, bracea, se desespera… todo cuando el adiós está a solo un suspiro y hay centenares de millones de espectadores viendo una tensión que refleja claramente una lucha por el estatus que sigue latente después de todo un ciclo olímpico.

No es el único problema de Scariolo ni mucho menos el mayor: Ibaka ni siquiera le dirige la palabra. No se la dirige casi a nadie, de hecho. Se siente marginado y arrinconado por la jerarquía de los hermanos Gasol. Cree que es mejor que ellos y más joven y debería tener más minutos. Probablemente, se equivoca. Ibaka se cabrea y se marcha al autobús a escuchar música y Marc Gasol llena el epílogo de aspavientos. Scariolo queda en medio: dos oros europeos, una plata olímpica y la incómoda sensación de que nadie va a venir a darle ni una palmada en la espalda.

La bienvenida en Polonia

Todo empieza mucho antes: tres años atrás, en Polonia. Quedan doce segundos para el final del importantísimo partido de fase previa ante Turquía, y España pierde por un punto. La situación, en caso de derrota, empieza a ser preocupante: después de perder ante Serbia en el debut, la selección tendría que ganar de manera consecutiva a Lituania y Polonia solo para cumplir con el trámite y llegar a cuartos de final. Para la última jugada, Scariolo diseña una jugada que tiene como alternativa, si no sale nada, el uno para uno de Llull contra Ilyasova hacia la canasta.

Dicho hoy en día, confiar en Llull para un último tiro parece algo hasta normal, pero en 2009 no lo es. Llull, de entrada, ni siquiera contaba en un principio para Scariolo y se tuvo que ganar el puesto en la preselección cuando todo el mundo daba por hecho que Carlos Suárez sería el elegido. Su experiencia se ciñe a un único año en el Real Madrid, donde fue fichado como base pero acabó jugando de escolta. Es un chico rápido y valiente, todo lo que se necesita para una última posesión: cuando Turquía cierra todos los posibles pases, abriendo de paso el camino hacia su zona, el balear no lo duda, desborda a Ilyasova y se lanza hacia el aro para hundir la pelota como en los pósteres.

Solo que no lo consigue, una mano turca se interpone en su camino, le desequilibra y hace que el balón quede corto, golpee el aro por los pelos y salga rebotado al contraataque turco. Es la hora de los cuchillos largos. A este grupo lo llevan esperando mucho tiempo y por fin lo han encontrado. El buen rollo acaba generando desconfianza y el enfrentamiento entre el presidente Sáez y el exseleccionador Pepu Hernández previo a los Juegos de 2008 sigue dividiendo a la opinión pública. Basta una derrota para ir preparando la mecha y unas declaraciones para encenderla: las de Marc Gasol justo al final del partido, en directo, para La Sexta.

Son unas declaraciones sorprendentes, que rara vez se ven en el deporte profesional: «Estando Pau en cancha, jugarse la última con el chaval que ha llegado el último… Pues, bueno, pasan a veces estas cosas». Algunos —muy pocos— lo entienden como un reproche a Llull. La mayoría, como un ataque directo al seleccionador, que es el que ha puesto a Llull en ese brete. Se produce una tormenta perfecta: los críticos del «Método FEB» tienen material para cebarse con el estado del equipo, los críticos de Scariolo tienen una excusa para mandarle de vuelta a su país.

Y es que Scariolo nunca ha conseguido ser querido en España: llevó al Tau a su primera final de ACB, le dio al Madrid su primer título de liga desde la marcha de Sabonis y consiguió con el Unicaja de Málaga un título que llevaba casi veinte años esquivándolo, desde aquel triple de Ansley en el Ciudad Jardín. No, Scariolo, no ha caído bien nunca. Demasiado italiano, quizá. Demasiado educado en las formas, demasiado bien vestido, demasiada gomina impidiendo que nada se mueva de su sitio.

Scariolo está en el disparadero nacional desde antes de llegar a la selección pero ahora todo el mundo lo tiene claro: es un paquete. No solo lo piensa la masa enfurecida sino que lo piensa también Marc Gasol, así que no hay más preguntas, señoría. Con todo en contra, el italiano reúne a los chicos, hace terapia de grupo, juntos aplastan a Lituania, luego a Polonia, en cuartos a Francia, en semifinales a Grecia y en la final a Serbia, en una primera parte apoteósica, de lo mejor que se ha visto nunca en un campeonato europeo para lograr el primer oro de la historia.

Los gritos de «Scariolo, dimisión», sin embargo, no cesan.

Otro vendrá que bueno te hará

Y tampoco cesarán durante la Copa del Mundo de 2010, en la que, plagada de bajas, España se queda a un triple de las semifinales, ni en el Eurobasket de 2011, donde la selección repite título superando a Francia en la final con exhibición defensiva de Serge Ibaka. Incluso cuando llegan los Juegos Olímpicos y España pierde en primera fase contra Rusia, los titulares son unánimes: David Blatt le ha dado un baño táctico a Scariolo.

Que Blatt te dé un baño táctico es algo perfectamente comprensible, de hecho la táctica y la gestión de grupos ha llevado a Blatt a entrenar a los Cleveland Cavaliers de LeBron James, Kyrie Irving y Kevin Love. Sin embargo, hay algo injusto en esa afirmación: Scariolo no puede ser Blatt porque no tiene los jugadores de Blatt ni tiene la ascendencia de Blatt sobre el equipo. Cuando se menciona la «autogestión» de la selección española desde la llegada de los Pau Gasol, Juan Carlos Navarro, Felipe Reyes y compañía, se dice una verdad matizable: son jugadores con vicios adquiridos y virtudes que no van a negociar. Todo seleccionador que ha intentado cambiar esas rutinas ha fracasado. Blatt, por ejemplo, no duraría cinco días. ¿Quiere decir eso que el entrenador español es un pelele arrinconado en la banda? Ni mucho menos. Tienes a las estrellas, tienes sus zonas de comodidad y hay que gestionarlas para llegar al éxito.

Cuando Scariolo ganó a Blatt en la semifinal del mismo torneo, por ejemplo, nadie abrió la boca para defenderle.

En esas, el italiano se va y a la Federación se le ocurre poner a su segundo, Juan Antonio Orenga, al mando. Con Orenga el mito de la «autogestión» se viene abajo. Sus dos años, especialmente el segundo, con todas las estrellas en la plantilla, son un ejemplo de cómo se puede desperdiciar el talento ajeno por falta de recursos propios. Orenga llega al Eurobasket de 2013 como novato y pierde todos los finales igualados, aunque gana para España una meritoria medalla de bronce. Un año más tarde, en la gran cita del baloncesto español, la culminación del proyecto que la FEB ha iniciado muchos años antes, el fracaso es absoluto ante Francia en cuartos de final.

Enfrentado con buena parte de los jugadores, en un ambiente de «viva la vida» y en medio de una evidente falta de concentración, rozando la falta de profesionalidad en ocasiones, Orenga no sabe reconducir la nave como lo consiguió Scariolo durante cuatro años. Porque lo complicado no es ordenar una zona mixta con Llull defendiendo a Durant, que ya hemos dicho que tiene un punto asombroso, sino gestionar las necesidades de un grupo y hacerles competir siempre al máximo nivel. Y cuando digo «siempre» incluyo los últimos tres minutos del partido, donde Orenga hace aguas una y otra vez.

Si las críticas sobre Scariolo habían sido feroces, Orenga se convierte directamente en una piñata popular a la que medios y aficionados se turnan para darle palos y de paso repartírselos al organizador de la fiesta, José Luis Sáez. Consumada su dimisión o su cese, nunca quedó claro, la Federación se pone a buscar candidatos: suena con mucha fuerza Pablo Laso, al igual que Xavi Pascual, pretendido desde tiempo atrás… pero la ACB se niega a retirar la cláusula que impide a cualquier entrenador de la liga ser a la vez seleccionador nacional.

En el último momento, y ante la ausencia de candidatos con el perfil adecuado, Sáez y Ángel Palmi se decantan por Sergio Scariolo. El italiano puede que no sea perfecto, puede que no sea el más querido por los críticos… pero sabe dónde va y sabe cómo llevar al grupo sano y salvo.

La última vida de Sergio Scariolo

Cuando Scariolo dice sí a la propuesta sabe que ante él hay tres retos: convencer a los nacidos en los ochenta de que deben estar en el Eurobasket para así ganarse un puesto en los que, ya seguro, serán sus últimos Juegos Olímpicos, los de Río de Janeiro de 2016; integrar a sus sucesores: los Hernangómez, Vives, Abrines, Mirotic, Dani Díez y compañía, dándoles minutos de relevancia para que no lleguen a los Juegos como meros comparsas y. además, por supuesto, convencer a la Federación y a los aficionados de que, llegado el caso, él puede ser el entrenador en esa cita olímpica, que ha estado en las buenas y es capaz de estar en las malas.

El primer reto se cumple a medias, que es lo más que se puede pedir con Marc Gasol negociando el contrato de su vida y Juan Carlos Navarro cojo desde hace ya muchos años. Pau Gasol acepta ser el referente un año más, Felipe se une a la lista después de haber anunciado su retirada en 2012 y volver en 2014 para ser tratado con una falta de prudencia inaudita, y tanto Rudy Fernández como Sergio Rodríguez, ambos al borde ya de la treintena y después de un año agotador, acuden sin poner pega alguna.

El segundo es el que pinta peor: Dani Díez se va a su casa al poco de llegar para dejar su puesto de nuevo a Víctor Claver, ese hombre que lleva siete años seguidos jugando campeonatos con la selección sin que ningún entrenador, y menos Scariolo, hayan logrado sacar nada positivo de él. Álex Abrines pasa el corte pero se lesiona y el seleccionador no se atreve a quedarse con Xavi Rabaseda, probablemente con buen criterio. Por mucho que me duela, no se pasa fácilmente de luchar por evitar el descenso con el Estudiantes a ser pieza clave en la conquista de un campeonato de Europa.

Como únicos exponentes de las nuevas generaciones quedan Guillem Vives como tercer base, Mirotic, enfrentado abiertamente a la Federación durante años y por fin de vuelta tras la lesión de Ibaka, y Willy Hernangómez, de quien se espera todo, incluida la conquista de la NBA a las órdenes de Phil Jackson en muy pocos años. Lo mismo se puede decir de su hermano Juancho, reclutado a última hora para elevar el nivel de los entrenamientos.

No va a ser fácil: el método Scariolo, con el que los jugadores se sienten más cómodos y que hace sufrir del corazón a prensa y aficionados, consiste en empezar el torneo a un ritmo muy bajo, ir subiéndolo poco a poco y llegar a las eliminatorias frescos y motivados. Eso no lo va a poder hacer este año: primero, porque en el grupo hay un abismo de calidad entre teóricos titulares y suplentes, salvo que estos últimos demuestren lo contrario de una vez. Segundo, porque empezar a bajo ritmo en un grupo donde están Turquía, Serbia, Italia y Alemania, Nowitzki incluido, puede derivar en una eliminación inmediata y deshonrosa.

Los amistosos no están dejando ver nada. Esa es su función, supongo. Si las cosas van bien se dirá que la Federación hizo bien en plantear una gira contra rivales tan flojos. Si van mal, se dirá que el equipo llegó mal preparado y sin tensión competitiva. Lo que sí les digo y disculpen la extravagancia, es que con Sergio Scariolo en el banquillo me siento más confiado. No espero milagros, pero me extrañarían los naufragios. Puede que después de acudir al rescate por enésima vez, el italiano consiga algo del cariño de una afición que siempre le ha dado la espalda.

No es probable. En España se critica mucho la «autogestión» de los jugadores pero cuando ganan, ganan ellos y cuando pierden, pierde el entrenador. Si algo necesitará este equipo será saber competir. Scariolo sabe. Lo demás dependerá de muchos matices, pero al menos esta vez Marc Gasol no va a echarle ninguna bronca. Queda por saber si el último rescate va a ser a la vez el último linchamiento. Ganas, me temo, seguro que hay.


La última oportunidad de Xavi Pascual y el baloncesto del Barcelona

Xavi Pascual dando indicaciones al equipo. Foto: Laia (CC)
Xavi Pascual dando indicaciones al equipo. Foto: Laia (CC)

El final de la temporada 2013/14 fue para el Barcelona como el resto del año: una imprevisible montaña rusa. Pese a su fama de equipo rocoso que sabe competir en cualquier circunstancia, los de Pascual pasaron de tener la Copa del Rey perdida a tenerla ganada y a perderla de nuevo en la última décima de segundo merced a una canasta de Sergio Llull. En la Final Four, su trayectoria intachable se vino abajo en un lamentable segundo tiempo, también ante el Real Madrid, en el que cayeron por más de treinta puntos de diferencia.

Tampoco las cosas fueron a mejor en la Liga ACB: en semifinales le tocó el Valencia Basket. Pese a tener el factor cancha en contra, el Barcelona ganó los dos primeros partidos de la serie. Fue llegar al Palau Blaugrana a rematar la faena y perder los dos siguientes, quedando la serie empatada. Para rematar el esperpento, el quinto partido, disputado en Valencia, también tuvo victoria visitante. Lo dicho: una montaña rusa que continuó en la final ante el Madrid, cuando mereció ganar el primer partido pero lo perdió y mereció perder el segundo pero lo ganó in extremis. Esta vez no hubo compasión ante un rival lleno de dudas por su fracaso ante el Maccabi en la Euroliga, y un triple de Macej Lampe, jugador que en febrero ni formaba parte de las convocatorias, le dio el título al Barça en cuatro partidos.

¿Qué hacer con un equipo así?, ¿qué planificación cabe cuando todo es un continuo arriba y abajo? La directiva, y en concreto Joan Creus, director de la sección, optaron por el cambio y la continuidad a un mismo tiempo. Cambio en forma de fichajes y continuidad en la figura del entrenador, Xavi Pascual, que cogió al equipo cuando era un escombro dejado de la mano de Dusko Ivanovic y lo llevó a su segunda Euroliga en 2010, aún hoy la última del club. Para buscar jugadores se puso el foco en el mercado ACB, una práctica que al Barcelona siempre le había ido bien: el mejor base de la liga era Tomas Satoransky, del Sevilla, así que se fichó a Satoransky; los mejores pívots eran Justin Doellman y Tibor Pleiss, así que se fichó a Doellman y Pleiss, y de regalo llegó un alero, DeShaun Thomas, llamado a ocupar por fin el hueco dejado hace años por Pete Mickeal.

Ser campeón de liga y reforzarte de esa manera debería exigir un cierto dominio de las competiciones que disputas, pero el Barcelona no ha tenido este año nada de eso, al contrario. Un buen comienzo de temporada llevó a la renovación de Pascual, pero a partir de ahí volvieron los problemas de siempre: indefinición en el puesto de base, lesiones constantes de Navarro, jugadores como Hezonja que aparecen y desaparecen de las alineaciones y, pese al exceso de pívots de calidad, una absoluta falta de contundencia interior.

El año empezó a torcerse en Las Palmas, con la derrota en la final de Copa ante el Madrid y se vino abajo con la eliminación ante el Olympiakos en los cuartos de final de la Euroliga. Pablo Laso, que es buen tipo, quiso mandar un mensaje de confianza para Xavi Pascual afirmando que «no se puede juzgar una temporada por un triple de Printezis», pero el caso es que las temporadas en baloncesto a menudo se deciden por un triple o una pérdida de balón y es inevitable que el juicio incluya esos detalles. No dijo Laso que el Barcelona había sido inferior a los griegos en los cuatro partidos y que su imagen de «quiero y no puedo», especialmente en Atenas, desilusionó a muchos de sus aficionados.

Para entonces, el Barcelona ya había perdido tantos partidos de liga regular que el segundo puesto solo se pudo lograr debido al bajón inesperado de Unicaja en el tramo final. Precisamente ante Unicaja tuvo que recurrir en semifinales a un triple en el quinto partido de Navarro y la historia de la final se resume en que el Madrid le dominó a placer tres veces y le ganó como quiso: con triples y espectáculo, con juego duro y defensa, con suplentes y titulares… según demandara el partido.

La ausencia de respuestas resultó, sin duda, alarmante.

Una juventud sin galones

Todo esto nos lleva, por supuesto, a Xavi Pascual. Antes de entrar en materia, hay que recordar todo lo que ha hecho Xavi Pascual por el Barcelona: lo cogió, como decíamos, en enero de 2008 después de ejercer de segundo entrenador de Dusko Ivanovic durante dos años y medio, con el equipo en ruinas y el club viviendo la famosa crisis de la era Laporta que acabaría en la moción de censura de aquel verano.

Desde entonces, Pascual ha ganado cuatro ligas, tres copas y la Euroliga de 2010, jugando como los ángeles, por cierto. No es poca cosa y no hay que subestimarlo, pero es cierto que ya van demasiados años que el Barcelona no juega bien al baloncesto, que sus partidos resultan demasiado trabados, con pocos puntos, con la sensación de que algunos jugadores están sobreutilizados y otros, al contrario, apenas reciben oportunidades.

Con todo, el equipo ha venido compitiendo bien y, como hemos visto, incluso en los mejores tiempos del Madrid de Laso, ganaba con cierta frecuencia.

Este año ya no. Este año el Barcelona no ha ganado nada y ya no hay esa sensación de incertidumbre del verano pasado después del triple de Lampe sino una clara conciencia de que el equipo debe renovarse, sea con Pascual o sin él en el banquillo. No tiene pinta de que vaya a ser fácil. Al Madrid de Laso le costó un tiempo llegar a lo más alto y mantenerse. Tuvieron que llegar hombres tan improbables en aquel showtime continuo como Maciulis, Nocioni y Ayón para cuadrar el círculo.

De entrada, el Barcelona tiene que saber qué va a hacer con Navarro, como en su momento tuvo que decidir qué hacer con Epi. La buena noticia es que al sustituto ya lo tiene en casa: no hay un escolta en España mejor que Álex Abrines. Es cierto que su rendimiento sigue siendo algo irregular, pero con veintiún años no se puede esperar otra cosa. Junto a Hezonja, haría una pareja exterior espectacular si no fuera porque Hezonja se va a la NBA. Alguien nos tendrá que explicar algún día qué ha pasado con Mario, por qué pasaba de ser estrella en un cuarto a no jugar el resto del partido o de brillar durante un partido entero y ser pieza clave en el equipo a no pisar la cancha más de dos o tres minutos durante los siguientes encuentros.

La mala noticia del caso Navarro es que, al cien por cien físicamente, Juan Carlos sigue siendo uno de los mejores jugadores europeos y es difícil quitarle los galones sin crear un conflicto. La duda es si volverá a estar al cien por cien físicamente y si merece la pena esperarle. Quizá un punto medio, acostumbrarse a verlo saliendo desde el banquillo para jugar quince o veinte minutos explosivos sería deseable. Puede incluso que menos, sin que eso suponga un insulto a su trayectoria. En cualquier caso, mientras el Barcelona se mueva en esa indefinición, mal le irá al equipo.

Por dentro, la referencia debería ser Ante Tomic, pero aún no sabemos qué va a pasar con Tomic, si probará en la NBA al final o no. Tomic es un jugador espectacular con una gran virtud: es aún mejor en los partidos importantes. Basta con echar un vistazo a sus actuaciones contra el Real Madrid este año y el pasado para darse cuenta de ello. Sin embargo, su reputación de hombre blando y sin carácter junto a algún error infantil, como aquel pase que perdió en Atenas en el cuarto partido y que tiró por la borda un excelente partido del Barcelona, hacen de él un continuo sospechoso. Es probable que el propio Tomic así lo perciba y que exija una confianza total o un traspaso. Bien haría el Barcelona en optar por lo primero, aunque no sé si está ya a tiempo o no.

Un cambio de estilo más que un cambio de nombres

Con Satoransky, Abrines y Tomic como referentes, el Barcelona debería crecer. Un buen ejemplo de lo que necesita el equipo también está en casa: Brad Oleson. Pese a que su año ha sido francamente mejorable, el de Alaska es un jugador para el que no caben reproches: juega lo que necesite el equipo, siempre está dispuesto a asumir responsabilidades, se mata en defensa y no solo es un anotador sino que es capaz de repartir juego entre sus compañeros. Si se confirman los rumores del fichaje de Pau Ribas, podría formar junto a Abrines y Navarro un juego exterior temible.

Si algo ha demostrado el Madrid de Pablo Laso, incluso la selección española en los tiempos de Scariolo, es que se puede ganar sin un alero alto. Desde la irrupción en el baloncesto europeo de Toni Kukoc —puede que antes incluso, con los intentos de Aíto de colocar a Andrés Jiménez en esa posición— parecía impensable dominar el juego sin un alero alto o al menos fuerte, tipo Pete Mickeal. Rudy Fernández ha acabado con ese mito: no es especialmente alto, no es fuerte y ha ido perdiendo capacidad de salto con los años. Aun así, sigue jugando de alero tanto en su club como en la selección. De hecho, los intentos de acompañarlo con un Tremell Darden o un Víctor Claver se han traducido en fracasos.

Quizá ese sea el camino que debe seguir el Barcelona: olvidar a Pete Mickeal. Sé que es complicado, pero para ir trayendo al DeShaun Thomas de turno, igual es mejor jugar a otra cosa y meter a Abrines de alero, pese a sus dos metros justos.

Por dentro, el Barcelona tiene tanto y tan bueno que uno no sabe con qué quedarse. Doellman merecería un año más, a ver si consigue dar la versión del Valencia o del Manresa. Lo mismo diría de Tibor Pleiss, un jugador joven, que a mí me vuelve loco, pero que parece que a fecha de hoy tiene los dos pies fuera del club. Tampoco sé qué va a pasar con Lampe, que no pasa de ser un quinto pívot decente para momentos muy concretos de la temporada y supongo que, después de su exhibición en Bilbao, Creus repescará a Marko Todorovic, otro jugador que se pasó dos temporadas sin oportunidades en el Palau y que a la que ha tenido veinticinco minutos por partido ha explotado.

Haga lo que haga y fiche lo que fiche, el Barcelona tiene que hacer una cosa: creer en lo que hace y confiar en sus jugadores. Tiene el talento y tiene el dinero para ello. Todo este ir y venir, la montaña rusa que decíamos al principio reflejada también en los minutos en pista, la falta absoluta de roles, de jerarquías, más allá de pasársela a Navarro cuando está bien… no lleva a nada. Tampoco tiene sentido ir fichando y formando a excelentes jugadores jóvenes para no darles minutos ni responsabilidad. Este año, Abrines ha dado un paso adelante, sin duda. El año que viene puede darlo Todorovic. No parece que vaya a darlo Eriksson, que también tiene pinta de desvincularse del club.

Tengo la sensación, como aficionado, de que el Barcelona juega y actúa con miedo a perder. Eso es terrible. Un punto de renuncia a lo que quieres hacer porque no es lo necesario para ganar. A lo mejor ahora que lo ha perdido todo puede empezar de cero y dejarse llevar un poco. Si esa es la decisión, necesitará un entrenador y unos jugadores capaces de dejarse llevar, algo que en deporte profesional no es nada fácil. Lo primero es la confianza y el talento, una vez asentados ambos valores queda gestionarlos y ordenarlos.

Hacerlo continuamente al revés, empeñarse en gestionar y ordenar todo hasta el último detalle antes de que los jugadores se sientan seguros sobre la cancha, se ha visto que no ha ido bien. Pascual puede seguir, claro que sí, pero tendrá que volver a ser aquel Pascual de 2008, cuando le dieron un equipo desfondado y lo convirtió en campeón de Europa. Lo importante no es solo que el Barcelona vuelva a ganar sino que vuelva a dar miedo y a la vez vuelva a ser una referencia de buen juego. Esperemos por el bien de la competición que así sea.


La novena Copa de Europa del Real Madrid, la sexta del Ramiro de Maeztu

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Felipe Reyes alza el trofeo al aire, entre el confeti y la algarabía que invade el Palacio de los Deportes de Madrid. Así culminan tres años luchando por ser los mejores y termina una espera de veinte años para un club que ganó siete Copas de Europa de baloncesto hasta 1980 y desde entonces solo ha levantado dos. Por supuesto, es un éxito tremendo del Real Madrid: de su director deportivo, Alberto Herreros; de su entrenador, Pablo Laso, y de todos los jugadores: los más veteranos como Llull y el propio Reyes, los que llevan suficiente tiempo como para haber vivido de primera mano esa montaña rusa que es siempre la sección de baloncesto de un club de fútbol —Sergio Rodríguez, Rudy Fernández, Jaycee Carroll, Marcus Slaughter— y sobre todo es un éxito de los recién llegados, los que despertaron las primeras críticas por su bajo rendimiento olvidando que no se les había fichado para jugar bien contra el Fuenlabrada sino contra el Olympiakos en una final: los KC Rivers, Maciulis, Ayón o, sobre todo, Andrés Nocioni.

Pero es también, irónicamente, el éxito de un colegio madrileño. Un colegio en el que, cuenta la narrativa, se odia a muerte al Real Madrid. Felipe Reyes levanta el trofeo como capitán madridista, sí, pero lo hace también como exalumno del Ramiro de Maeztu. También Sergio Rodríguez cursó estudios en dicho colegio aunque fuera fugazmente, a su llegada de Tenerife. Incluso el padre de Sergio dio clases como profesor. No es una excepción a ninguna regla: en seis de las nueve Copas de Europa del Real Madrid de baloncesto han participado no ya jugadores criados en Estudiantes sino directamente alumnos del Ramiro.

No sé si habrá algún colegio en Serbia o en Croacia que pueda presentar un palmarés semejante. Quizá el que tuvo a Zeljko Obradovic como alumno. El trasvase de jugadores entre el Ramiro y el Madrid viene de lejos, por supuesto, sesenta años ya casi del fichaje de Antonio Díaz Miguel por el club de Raimundo Saporta, pero conviene pararse en la importancia que muchos de ellos tuvieron en el club blanco. Una importancia decisiva.

Empecemos por los hermanos Ramos. José Ramón, el mayor, le ganó a Ferrándiz con el Estudiantes la Copa de 1963 y a los tres años ya estaba vistiendo de blanco. Jugador exterior de posición indefinida, no como ahora que cada uno vive en su compartimiento estanco, José Ramón Ramos llegó a un club que, liderado por Luyk y Emiliano, ya había ganado las Copas de Europa de 1964 y 1965. Eran años de dominio soviético, primero del ASK de Riga y posteriormente del TSKA de Moscú, el equipo del ejército rojo que basaba su éxito en reclutar a todo aquel que destacara en cualquier lugar de la URSS.

José Ramón era un tío muy del Ramiro, y de hecho volvería a Estudiantes cuando sus condiciones físicas no le dieron para competir al más alto nivel en el Real Madrid. Junto a Brabender y posteriormente Aiken, ganó las Copas de Europa de 1967, ante el Olimpia de Milán, y de 1968, contra el Spartak de Brno, exponente del por entonces muy pujante baloncesto checoslovaco.

Aquel 1968 llegó otro chico del Ramiro al Bernabéu. Se trataba de Vicente Ramos, hermano pequeño de José Ramón. Vicente era otro purasangre del Ramiro, miembro insigne de la llamada «Claque» —lo que tiempo después y con otros usos se vino a llamar «Demencia»— y un enfebrecido aficionado del Estudiantes. Compañero de clase y de equipo de Aíto García Reneses durante años y años, solo dio el salto al eterno rival cuando vio que las aspiraciones de los colegiales se le quedaban pequeñas. Vicente había sido clave en la liga que perdió el Madrid en 1967 al caer en el último partido en La Nevera ante Estudiantes. No tan clave como Emilio Segura, pero esa sería otra historia.

Ferrándiz, obsesionado hasta entonces con Juan Martínez Arroyo y ante las constantes negativas del internacional español, decidió fichar a Vicente, también olímpico aquel año en México, y el impacto fue inmediato: sucedió a Lolo Sainz como base del equipo y formó a lo largo de los setenta una tripleta de lujo junto a Carmelo Cabrera y Juan Antonio Corbalán, fijos para el ya seleccionador Díaz Miguel y herederos del legado del gran Nino Buscató.

Sin su hermano José Ramón, ya de vuelta en el Ramiro, Vicente ganó las Copas de Europa de 1974 y 1978, aunque de ambas guarda un mal recuerdo: en la primera, ante el mítico Varese de Dino Meneghin, en Nantes, se rompió un diente justo en el entrenamiento anterior a la final. El dolor era inmenso y aunque no se lo dijo a nadie para que no le dejaran sin jugar, lo cierto es que rindió a un nivel bajísimo y apenas disputó minutos en la cancha, dejando para el jovencísimo Corbalán los honores de consagrarse como héroe de aquella final en los últimos segundos.

La segunda fue aún peor: era aquel su último año como jugador y el rival, de nuevo, el Varese —los italianos jugaron hasta diez finales seguidas, coincidiendo en cuatro de ellas con el Madrid, de hecho el pique entre ambos equipos se va aún más atrás, con la famosa autocanasta de Alocén, y un poco más adelante, con los tres tiros libres fallados por Luis Mari Prada en 1979—. Ni Ramos ni Luyk jugaron un minuto aquel día pero las genialidades de Cabrera y la solvencia de Walter, Brabender y Rullán hicieron el resto: la séptima Copa de Europa para el Real Madrid, la cuarta con alumnos del Ramiro en sus filas.

A partir de aquí, la cosa se detiene un poco. Bastante, diría.

De Fernando Martín a José Miguel Antúnez

En 1980, el Real Madrid consigue su séptima Copa de Europa, en Berlín, ante el Maccabi de Berkowitz y Aroesti. Es toda una sorpresa porque el equipo está en plena transformación: Llorente ha ocupado el lugar de Cabrera en la plantilla después de un año descomunal en el Tempus, filial blanco de aquella época; Iturriaga empezaba a tomar responsabilidades ofensivas y Romay acompañaba a Rullán en la pintura, junto al irregular Randy Meister. Aquel fue el último año de Walter Sczerbiak y Wayne Brabender empezaba a pedir ayuda desde el perímetro a sus treinta y pico años.

Justo esa temporada entraba en el equipo junior de Estudiantes un chico salido del colegio San José del Parque llamado Fernando Martín. La vinculación de Martín con Estudiantes fue corta pero intensa: solo jugó una temporada en el equipo del Ramiro y lo llevó de la nada al subcampeonato de liga junto a Vicente Gil, Alfonso del Corral, Slab Jones y Charly López Rodríguez. Después de esa única temporada, fichó por el Real Madrid, cobrando un auténtico dineral.

Sin embargo, no podemos incluir a Fernando Martín como alumno del Ramiro pues nunca lo fue, y en cualquier caso, lo más cerca que quedó de ganar una Copa de Europa fue la final de 1985 que su equipo perdió contra la Cibona de Petrovic. De hecho, hubo que esperar quince años para que el Madrid volviera a dominar Europa y consiguiera su octavo entorchado: fue en 1995, en Zaragoza, contra el Olympiakos. De aquel equipo y de aquella Final Four todo el mundo recuerda a Arvydas Sabonis y Joe Arlauckas. Es lógico porque era una pareja interior descomunal, dos jugadores muy distintos que compenetrados ganaron todo con el Madrid. Sin embargo, es justo recordar al «tercer hombre» de aquellos días en Zaragoza: José Miguel Antúnez.

Antúnez jugó dos de los mejores partidos de su vida en el momento indicado —el año anterior, contra el Limoges, había pasado justo lo contrario— y fue la pieza exterior clave en la que apoyarse cuando las ayudas llovían sobre los interiores. José Miguel no solo fue al Ramiro sino que fue uno de los cinco hermanos Antúnez en hacerlo. Jugó en Estudiantes desde la categoría de minibasket hasta la profesional, el único en pasar por todos los equipos de cantera junto a Gonzalo Martínez y Nacho Azofra.

La marcha de Antúnez al Real Madrid había tenido lugar en 1991, cuando el Estudiantes decidió no renovar su contrato y aceptar gustoso la indemnización por derechos de formación que el Madrid tenía que pagarle, unos cien millones de pesetas, una barbaridad para la época. La afición estudiantil no se lo tomó a bien, precisamente: por fin su equipo competía de tú a tú con el Madrid y la chequera les arrebataba de nuevo a uno de sus puntales.

Tampoco pareció sentar bien entre sus compañeros. Cuando el Estudiantes, sin Antúnez, se proclamó campeón de la Copa del Rey de 1992, Alberto Herreros, buque insignia de aquel equipo, dedicó el título «a los que se han ido a ganar trofeos», en clara alusión a su excompañero. Cosas del destino, Alberto se fue a ganar trofeos solo cuatro años más tarde, en 1996, y aquel fue probablemente el momento culminante de la rivalidad entre los dos grandes equipos de la capital, con episodios realmente lamentables, propios de un culebrón de serie B.

Herreros, al igual que Martín, era un producto ajeno al Ramiro. En concreto había estudiado en el Menesianos, y, al igual que Martín, se quedó sin saborear la Copa de Europa, ya llamada Euroliga. No jugó nunca una Final Four y su palmarés en los nueve años que estuvo en el Madrid se limitó a dos ligas, una recopa y un triple maravilloso en Vitoria para acabar su carrera por todo lo alto.

En aquel equipo de 2005, por cierto, ya estaba Felipe Reyes.

Felipe, el «Chacho» y la revolución de Pablo Laso

Felipe Reyes es otro miembro de una extensa familia ramireña: fue al instituto de la calle Serrano como habían ido sus hermanos, incluido Alfonso, otro jugador de Estudiantes que pasó al Real Madrid en los últimos años de su carrera. El traspaso de Felipe tuvo varios capítulos: se anunció en 2001, se anunció en 2003… y se ejecutó definitivamente en 2004, cuando Estudiantes se vio incapaz de pagar la cuantiosa renovación que había firmado con el jugador y decidió aceptar los casi dos millones de euros de traspaso que ofrecía el Real Madrid.

Felipe ya era una estrella cuando llegó al club blanco. Un jugador descomunal que aunaba garra en el rebote y en la defensa con una movilidad impresionante en ataque, buen tiro de cuatro metros y mucha facilidad para sacar faltas en penetración. Esta progresión quedó algo estancada cuando Maljkovic, Plaza y sus sucesores le encasillaron en el rol que ocupaba en la selección española: pívot fajador encargado de coger rebotes de manera compulsiva. Cuando tienes a los hermanos Gasol delante, quizá no te quede más remedio que asumir ese rol, pero en el Madrid seguro que se le podría haber dado más libertad.

Felipe fue el infiltrado del Ramiro en el Madrid durante muchos años, hasta el punto de llegar a convertirse en capitán del equipo, pero su palmarés, de nuevo, no estuvo a la altura de su calidad: dos ligas y una copa ULEB hasta la llegada de Pablo Laso al banquillo. Ahí, todo cambió: con Laso de entrenador, el Madrid ha ganado una liga, dos copas y una Euroliga que compensa las dos perdidas in extremis en los años anteriores.

El papel de Felipe ha sido decisivo hasta el punto de ser elegido para formar parte del mejor quinteto de la Euroliga, rozando el MVP a sus casi treinta y cinco años.

Sin embargo, la marca diferencial del equipo de Laso, el hombre que cambió el club de arriba abajo y que es el más querido por los aficionados es sin duda Sergio Rodríguez, MVP de la Euroliga en 2014. «El Chacho», tinerfeño, pasó por el Club Siglo XXI antes de firmar por Estudiantes, venirse a Madrid y, como decíamos al principio, estudiar en el Ramiro. No sé si considerarlo un producto del Ramiro como lo fueron los Ramos, los Reyes o los Antúnez, pero al menos estuvo matriculado un año, así que cuenta para la lista.

Con el triunfo en mayo, el Madrid lograba su novena Copa de Europa, sí, pero el Ramiro, o los estudiantes del Ramiro, que es lo que cuenta, lograban la sexta.

Estambul y la maldición de Aíto García Reneses

Lo curioso es que ninguna de esas seis las haya conseguido el propio Estudiantes. Lo más cerca que estuvo fue en 1992, cuando llegó a la Final Four de Estambul. En aquel equipo estaban Azofra, Pablo Martínez y el propio Alfonso Reyes como representantes del colegio. Irónicamente, les acompañaban tres canteranos del Real Madrid como Juan Aísa, Pedro Rodríguez y Juan Antonio Orenga, aparte de los dos extranjeros y el citado Alberto Herreros.

Si el Madrid siempre ha sido un equipo volcado hacia Europa, Estudiantes ha estado volcado hacia su ciudad, rescatando talentos de los distintos colegios para incluirlos en sus filas. Habrá quien piense que, al fin y al cabo, es lo mismo que hace el Madrid con el Estudiantes pero a pequeña escala… y tendrá razón. En ese contexto más humilde y con mucho menos dinero, Estudiantes solo tiene una final europea que llevarse al palmarés: la de la Copa Korac de 1999 que perdió ante el Barcelona, cuyo capitán era otro canterano de Estudiantes, Rodrigo de la Fuente.

Rodrigo, sin embargo, no estudió nunca en el Ramiro, y su formación se completó en la NCAA antes de fichar directamente por el Barcelona. Jugó su último año como profesional en Estudiantes, aquel fatídico 2012 en el que el equipo descendió en la pista y se salvó en los despachos. Por eso mismo, aunque podríamos atribuirle a la cantera del Estu la Euroliga que Rodrigo ganó en 2003, no tendría sentido añadirla al palmarés del colegio.

Un palmarés, por cierto, que podría haber sido mucho más amplio de no ser por la maldición que ha acompañado durante años y años a otro ilustre ramireño: el compañero de clase de Vicente Ramos, don Alejandro García Reneses. Aíto jugó en Estudiantes cuatro años, formando parte del equipo que derrotó a los de Ferrándiz en 1967 quitándoles la liga. Curiosamente, el Madrid ganaría todas las ligas posteriores hasta 1978, cuando volvió a perderla en una de las últimas jornadas al caer derrotado en la pista del Cotonificio de Badalona, entrenado, cómo no, por Aíto García Reneses.

Ya con su fichaje por el Joventut y luego por el Barcelona, la rivalidad se multiplicó: Aíto acabó con el dominio del Real Madrid de los ochenta con cuatro títulos consecutivos, a los que luego sumó otros cinco entre 1995 y 2001, además de la famosa Korac del 99 ante su exequipo.

Sin embargo, la Copa de Europa siempre se le resistió: el apogeo del Barcelona de Epi, Solozábal, Jiménez y Norris coincidió con el de la Jugoplastika de Kukoc, Radja, Savic, Ivanovic y Perasovic. En 1989, los yugoslavos les derrotaron en semifinales. En 1990 y 1991, en la final. Tras rearmar el equipo a mediados de los noventa con jugadores menos espectaculares pero más trabajadores y alguna estrella puntual como Djordjevic, Aíto volvió a jugar la final de la Euroliga en 1996, cuando el famoso tapón de Vrankovic a Montero en una de las jugadas con más irregularidades de la historia le dio el título al Panathinaikos.

Volvería al mismo escenario el año siguiente, su cuarta final de Euroliga, pero sumaría una cuarta derrota ante el Olympiakos de un imparable David Rivers. Desde entonces, su trayectoria le ha llevado a equipos como Joventut, Sevilla o Gran Canaria, donde ha cumplido su labor con creces pero no ha podido siquiera acercarse al gran título europeo por lógicas cuestiones de presupuesto.

En resumen, la historia de los grandes es a menudo la historia de los pequeños y bueno es que se recuerde. Sin la base no existe la pirámide. El Ramiro de Maeztu, movido por los principios de la Institución Libre de Enseñanza, la misma que llevó la educación integral en el deporte al Colegio Estudio por poner un ejemplo, apostó desde un principio por el baloncesto, llenando sus amplias instalaciones de canastas y pabellones. Sin esa decisión, quizá Saporta o Ferrándiz o Sainz o Herreros habrían encontrado sus campeones en otros colegios y otros equipos, pero la realidad es la que es y no la que suponemos: el Ramiro de Maeztu levantó su sexta Copa de Europa y es un registro impresionante.

Fíjense si lo será, que en Europa, aparte del Madrid por supuesto, solo le igualan el Panathinaikos, el Maccabi y el CSKA de Moscú. Es momento de celebrar sin envidias ni rencores. Y de agradecer, por supuesto. Un mundo así es un mundo mejor.


Pablo Laso, o cómo el Real Madrid salió del anonimato y la mediocridad

Pablo Laso. Foto: Corbis.
Pablo Laso. Foto: Corbis.

Arvydas Sabonis dejó el Real Madrid en 1995 y lo dejó, además, como campeón de Europa. El objetivo por fin se cumplía después de quince años de decepciones y para ello hubo que juntar al —probablemente— mejor jugador europeo de la historia con el mejor entrenador contemporáneo, Zeljko Obradovic. Atrás quedaban años traumáticos para el Real Madrid de baloncesto, temporadas en las que tuvo que acostumbrarse a perder, algo insólito en sus primeros cincuenta años de historia, y lidiar además con la tragedia: primero la muerte de Fernando Martín en 1989, luego la de Ignacio Pinedo en 1991, la de Petrovic en la distancia, en 1993, y por último, poco después de firmar con el propio Obradovic en 1994, el fulminante cáncer que acabaría con Mariano Jaquotot, llamado a ser el heredero de Saporta al frente de la sección.

Aquel equipo que ganó al Olympiakos en Zaragoza no era deslumbrante. Sí, estaban Sabonis y Arlauckas, pero el resto eran jugadores bajo sospecha para los medios como Antúnez o Cargol, en franca retirada como Antonio Martín o Biriukov, y secundarios como Lasa, Santos, García Coll, Martín Ferrer… que probablemente no habrían tenido sitio en ninguna gran plantilla europea pero que sabían exactamente lo que tenían que hacer y cuándo hacerlo.

El precio a pagar era un juego poco espectacular, tanto que Pedro Ferrándiz, al hacerse cargo de la sección ese mismo año, afeó el título por la manera de conseguirlo y barajó incluso el cese del entrenador.

Desde entonces, veinte años ya, el Madrid ha pasado por muchas cosas pero sobre todo ha pasado por muchas crisis. Por el club, además de Obradovic, que aguantaría hasta 1997, han desfilado entrenadores como Bozidar Maljkovic, Ettore Messina o Sergio Scariolo y jugadores como el propio Joe Arlauckas, Dejan Bodiroga, Alberto Herreros, Sasha Djordjevic, Louis Bullock, Raül López antes de su lesión de rodilla, Charles Smith, Ante Tomic… Todos ellos fracasaron de una manera o de otra. Por ponerlo en cifras: desde ese mágico 1995 hasta 2011, el Madrid ganó tres ligas, una Recopa y una Copa ULEB. Durante diecinueve años no fue capaz de levantar ni una sola vez la Copa del Rey.

Incapaz de luchar contra los grandes presupuestos europeos, los Kinder, Teamsystem, Olympiakos, Panathinaikos, Efes Pilsen o Maccabi de turno, el Madrid no solo vio cómo el Barcelona se disparaba en el duelo local sino que se las deseó para mantener su estatus ante el Caja Laboral, el Unicaja o el Joventut de los años dorados de Rudy y Ricky. ¿Qué pasó entonces para que un equipo perdedor, en continua crisis, con quince o veinte jugadores por año y aforos medio vacíos volviera a convertirse en un candidato a todo? Muy sencillo, llegó Pablo Laso.

Del páramo de Messina empiezan a salir brotes verdes

Volvamos a junio de 2011, cuando se anuncia su fichaje. El Madrid acaba de disputar su primera Final Four en dieciséis años pero ha sido apalizado sin matices por el Maccabi. Del «superequipo» que había confeccionado Messina con todo el dinero del mundo queda una plantilla cabreada y dispersa a las órdenes del interino Molin. Felipe Reyes tiene un pie en la calle, igual que Sergio Rodríguez, con un acuerdo ya casi cerrado con el Unicaja. Ambos han sido ninguneados por el tándem italiano e incluso atacados públicamente en la prensa por su rendimiento deportivo… y extradeportivo.

Por lo demás, es una plantilla excelente y muestra de ello es que el décimo, undécimo y duodécimo jugador de la rotación son Nikola Mirotic, Mirza Begic y Sergi Vidal. Insuficiente en cualquier caso para derrotar al Bilbao Basket en semifinales de la ACB.

Ese es el Madrid al que llega Laso: un equipo en el que el talento está bajo sospecha —el base titular es el solvente Pablo Prigioni ya superada la treintena— y la moral, por los suelos. Los duelos con el Barcelona son una tortura: derrotas con diferencias por encima de los veinte o incluso de los treinta puntos, un complejo que parece imposible de revertir y que lastra toda posibilidad de pensar en el futuro porque el Barcelona, tarde o temprano, acaba cruzándose en todas las competiciones. Sin dinero para revoluciones y con el convencimiento de que los buenos ya están en el club, Pablo Laso hace una apuesta insólita: decide dejarlo todo más o menos como está.

Se puede decir que el entrenador vitoriano tiene poco que perder, pero eso no quiere decir nada: Joan Plaza tenía poco que perder y de hecho ganó bastante pero se acabó peleando con toda la prensa y parte del público, Javier Imbroda tenía poco que perder y no metió al equipo siquiera en play-offs… Fichar a un entrenador español y sin apenas experiencia parece un suicidio que asumen entre Juan Carlos Sánchez y Alberto Herreros. La prensa afila los cuchillos y aún más cuando no llega ningún fichaje «ilusionante», ningún Papadopoulos que luego dure diez partidos, ningún Tanoka Beard que deslumbre solo contra los candidatos al descenso.

Laso toma pocas decisiones pero claves: de entrada, el equipo va a jugar bien al baloncesto. Eso parece fácil pero no lo es y menos bajo tanta presión y tantos complejos. Para ello, es imprescindible recuperar al «Chacho» Rodríguez, desahuciado a sus veinticinco años después de una agridulce experiencia en la NBA y un primer año en Madrid con pocas oportunidades, y jugársela con Sergi Llull, un jugador algo alocado y al que los entrenadores suelen colocar de escolta por miedo a que los partidos se descontrolen si él dirige el juego.

El tiempo cambiará esa percepción, pero la idea, en 2011, es casi suicida: Llull y Rodríguez de bases cuando lo que triunfa en el continente es el Ricky-Sada de turno.

El juego exterior lo completará con dos anotadores —Carroll, proveniente del Gran Canaria, y Kyle Singler, un universitario— y dos defensores —Pocius, suplente de la selección lituana y Carlos Suárez, otro tipo bajo el foco de la duda constante—. Por dentro, responsabilidad total para Mirotic, bien complementado por dos torres como Begic y Tomic y un luchador como Felipe Reyes, cuyos galones son reinstaurados de inmediato. Velickovic está, pero no rinde.

Con ese equipo, un buen equipo pero por el que nadie habría apostado un duro al inicio de la temporada, no mejor al menos que muchas plantillas anteriores, Laso gana la Copa por primera vez en diecinueve años y la gana en el Sant Jordi, ante el Barcelona, y con comodidad. Rompe el gafe de las semifinales y se queda a un triple de Marcelinho Huertas desde el medio del campo de ganar la liga y conseguir el tercer doblete del Madrid en casi treinta años. No solo eso, sino que el equipo juega de maravilla, llena el campo e ilusiona como pocos. La reacción de los críticos no se hace esperar: «Son blandos, en Europa se los comen, así no se puede competir al baloncesto».

Laso, sin embargo, dobla la apuesta.

Tocado por Spanoulis…

Su segundo año presenta algunas novedades importantes: Tremell Darden viene para complementar al estancado Carlos Suárez y Dontaye Draper aparece como base defensor para momentos puntuales, normalmente al inicio del tercer cuarto. No son dos estrellas, sino complementos, pero la cosa funciona. Ante Tomic se va al Barcelona y a cambio llegan Marcus Slaughter, del descendido Valladolid, y Rafa Hettsheimeir, una torre que ha rendido bien en el CAI de Zaragoza.

Coincidirán conmigo en que no estamos hablando de un equipo de ensueño salvo por la incorporación de Rudy Fernández. Rudy es un excelente jugador, durante años dominador de la posición de alero en el ámbito de selecciones cuando ni siquiera es un alero sino un escolta. Ahora bien, el Rudy Fernández que llega a Madrid en 2012, tras cuatro años casi perdidos en la NBA, es un Rudy muy tocado físicamente, con serios problemas de hombro y de espalda y con la moral dañada de tanto McMillan obligándole a colocarse en una esquina a tirar triples como si no supiera hacer otra cosa.

El equipo pinta bien pero su rendimiento vuelve a superar la expectativa: pese a caer en cuartos de final de la copa después de dos prórrogas, el Real Madrid gana la liga en cinco partidos frente al Barcelona y vuelve a derrotar al club catalán en las semifinales de la Final Four para clasificarse para su primera final de Euroliga en dieciocho años… la segunda en veintiocho. A mucha gente le parece lo normal, pero dos años atrás aquello hubiera sido un milagro y la plantilla, ya hemos visto, no ha cambiado tanto, más allá de los saltos de gigante que pega Mirotic casi cada mes y el citado fichaje de Rudy.

En la final espera el Olympiakos, que tampoco es un equipo con grandes nombres al margen de Spanoulis, junto a Navarro el gran escolta europeo del siglo XXI. La prensa y los aficionados se ven campeones de Europa y mucho más cuando el primer cuarto termina con una diferencia a favor de diecisiete puntos (10-27). El problema es que Olympiakos no es una banda sino el vigente campeón de Europa, coronado además en circunstancias parecidas, es decir, remontando una desventaja de veinte puntos a ese equipazo descomunal que era el CSKA de Moscú. El mismo CSKA al que han derrotado en semifinales apenas dos días antes cuando todos daban campeones a los rusos.

Al igual que el Madrid, el Olympiakos es un equipo con más complementos que estrellas: Acy Law, Pero Antic, Kostas Papanikolau, Josh Powell… todos ellos han sido o serán jugadores NBA con roles limitados. Shermadini, Sloukas, Printezis, Perperoglou… son jugadores de prestigio en Europa y por encima de ellos Hines y Spanoulis, especialmente el segundo, quedan como los encargados de ir reduciendo punto a punto la diferencia madridista, dejarla casi en nada al descanso y acometer el sorpasso iniciado el tercer cuarto para no abandonar ya jamás la iniciativa, anotando noventa puntos en tres cuartos, una cifra inaceptable.

La derrota es dura, pero llevadera: queda mucho camino por recorrer y la dirección parece la correcta. Por supuesto, los críticos insisten en el «sí, pero no ganan», obviando que el Madrid ya llevaba muchísimos años sin ganar, con entrenadores de perfil alto y bajo, grandes estrellas y humildes fajadores… pero lo que nunca había hecho desde casi los primeros ochenta era jugar tan bien a este deporte.

… Hundido por Tyrece Rice

El principio de la temporada 2013/14 supone la culminación de un proyecto y de una histeria colectiva: hasta bien entrado enero, el Madrid no pierde ni un partido y lo hace en cancha del todopoderoso CSKA. Por el camino quedan más de treinta victorias en partidos oficiales, una Copa del Rey agónica con canasta de Llull en el último segundo y la discusión absurda de si el equipo podría no solo jugar sino competir de tú a tú en la NBA.

Se crea la ilusión de que es una plantilla impresionante tan solo porque juega impresionantemente bien. Si se mira jugador a jugador, tenemos un poco lo de los años anteriores: dos estrellas marcadas, como Rudy y Mirotic, uno en ligero declive, el otro a punto de explotar, y una larguísima retahíla de grandes jugadores como Rodríguez, Llull, Draper, Darden, Slaughter, Reyes, Díez o Carroll, que parecen estrellas precisamente por la confianza ciega que el entrenador les concede.

Llegan además dos fichajes interesantes: Ioannis Bouroussis, lejos quizá de su mejor momento, pero aún muy válido en defensa y rebote, con su clásico tiro de lejos a pies parados, y Salah Mejri, un intimidador tunecino que dispondrá de pocos pero espectaculares minutos. Es una muy buena plantilla pero, analizando cada jugador, no está por encima de las de CSKA, Fenerbahce, Barcelona o el propio Olympiakos. Sin embargo, queda el baloncesto por encima de todo, y esa plantilla con sus limitaciones enamora a todos los aficionados, los propios y los ajenos. Ver el partido del Madrid se convierte en una cita obligada del fin de semana porque sabes que lo vas a disfrutar. El Palacio se llena cada jornada, el socio madridista se siente por primera vez en mucho tiempo observado, orgulloso de su equipo, referencia del baloncesto europeo…

Y así sigue la temporada, imperial, hasta que la relación entre Mirotic y Laso se mustia, sin que se sepa bien por qué, y Rudy vuelve a sus problemas con las articulaciones y la espalda. Todo ello no impide al Madrid vengarse de Olympiakos en cinco duros partidos y clasificarse de nuevo para la Final Four. Allí espera el Barcelona de Xavi Pascual. Lo lógico es que el partido sea tenso e igualado hasta el final, como en Málaga. Es lo lógico, digo, porque el Barcelona tiene un equipazo: Huertas, Navarro, Papanikolau, Tomic, Lorbek, Nachbar… más los prometedores Abrines, Hezonja o Todorovic y los curtidos Pullen, Dorsey, Oleson o Sada. Como ven, no falta de nada.

El partido es una masacre. Histórico. La mayor diferencia en veintiséis años de Final Fours: al descanso la ventaja es de solo ocho puntos pero acaba en treinta y ocho (62-100) con veintiún puntos de Sergio Rodríguez y diecinueve de Niko Mirotic. El Madrid está a un paso de cumplir el sueño de los últimos veinte años y enfrente no tiene al CSKA, que ha vuelto a perder por sorpresa en semifinales, sino al Maccabi de David Blatt, un Maccabi correoso, ordenado, lleno de jugadores atléticos y rápidos que apenas dicen nada al aficionado de medio pelo más allá del enorme Schortsianitis. La novena ya está aquí, piensa todo el mundo. Como si las finales no hubiera que jugarlas.

Y la historia se repite. Los triples entran uno tras otro, el Madrid domina el rebote y las primeras ventajas rondan los diez puntos, invitando a la celebración. Enfrente, ya digo, nombres poco conocidos para el aficionado medio, casi todos de apellido americano: Devin Smith, Ricky Hickman, Alex Tyus… Con quien nadie cuenta es con Tyrese Rice, un base de altibajos que sale desde el banquillo y deja claro desde el principio que no se va a rendir. En general, lo que distingue al Maccabi del Madrid en ese partido es que los israelíes no tienen miedo y llevan su plan hasta las últimas consecuencias. El Madrid no puede decir lo mismo: Mirotic está ausente, igual que Llull, y Rudy Fernández anda demasiado descentrado por sus molestias en un dedo que limitan su rendimiento.

Aparte, el Maccabi tiene a David Blatt en el banquillo. Blatt no es Laso. Blatt no aguantaría ni diez partidos en el Real Madrid, con la afición y los jugadores clamando contra su férrea disciplina, pero es el entrenador ideal para equipos medios que se convierten en grandes a poco que se aprovechen sus cualidades. Blatt ya lo demostró en Rusia, ganando un Eurobasket a la mismísima selección española y en su propia casa y, por si hay dudas, acabará entrenando a los Cleveland Cavaliers de LeBron James, Kyrie Irving y Kevin Love.

Sergio Rodríguez lo intenta todo pero no basta. El Madrid fuerza una prórroga que ya parece un regalo pero en ese tiempo suplementario se viene completamente abajo (98-86). Dos finales europeas consecutivas disputadas y 198 puntos encajados entre ambas.

La prensa hace sangre. Laso es un perdedor. Laso no sabe leer los partidos. Laso tiene los días contados… Mirotic tampoco se corta un pelo: anuncia su marcha a la NBA, desaparece de facto de los play-offs de la liga, que acaba en manos del Barcelona, y en su despedida pública agradece a todos y cada uno de sus compañeros y técnicos el tiempo pasado juntos dejando aparte a Pablo, un gesto francamente feo. En los tiempos muertos se palpa la falta de conexión entre jugadores y entrenador, que habla y habla mientras nadie parece escucharle.

La temporada para Laso acaba en silla de ruedas, expulsado tras una técnica descalificante en el Palau Blaugrana. A los pocos días, se anuncia la no renovación del contrato de sus ayudantes. Sus sustitutos los elegirá el club. Todos coinciden en que el vitoriano es un muerto viviente.

La última resurrección de Pablo Laso

Y sin embargo, pese a la baja de Mirotic, pese a los problemas físicos de Rudy, pese al bajón evidente de Sergio Rodríguez tras la decepción de su paso por la selección en la Copa del Mundo, el Madrid de Laso se reinventa. ¿Falta competitividad? Pues ahí están Nocioni, Maciulis y Ayón, tres tíos a los que los partidos no hay que ganárselos, hay que arrancárselos con los dientes. No son brillantes, no enamoran con su juego, nadie fantasea con verlos en un Dream Team que llegue incluso a la NBA… pero si vas a ir a la guerra, mejor que cuentes con ellos.

El primer torneo de la temporada —o el último de la pretemporada, como prefieran— acaba con victoria contundente ante el Barcelona. Al juego interior de los de Pascual —Tomic, Doellman, Nachbar, Lampe y Pleiss—, el Madrid opone a Felipe Reyes como gran referencia, a sus casi treinta y cinco años, y su colección de guerreros. Los guerreros triunfan. Durante los primeros partidos de liga, las dudas y la zozobra se mantienen. Primero la crítica era que no ganaban; luego, que no ganaban todo, ahora parece ser que ganar no vale, además hay que ofrecer un show constante.

Llega la Copa del Rey un año más y el Madrid va poco a poco: un tirón contra el CAI de Zaragoza le vale en cuartos, un arreón en el tercer cuarto contra el Joventut le mete en la final… y en la final, compite. Compite como no lo hace el Barcelona y acaba ganando con más comodidad que el año anterior. La tercera Copa del Rey en cuatro años, a sumar a la liga de 2013 y las dos finales europeas. Para darle más valor a este dato, hay que tener en cuenta un detalle sobre el rival: en los últimos dos años y medio, el Barcelona solo ha perdido por eliminación directa contra el Madrid. Tres Supercopas —torneos muy menores— pero también una liga, tres copas y dos Final Fours. Nadie más le ha metido mano al equipo de Pascual precisamente porque es un equipazo.

De repente, Laso está vivo. O eso parece, porque hay a quien todo esto le parece normal. Lo mínimo, vaya. Coges un club arrasado, con un montón de jugadores desmotivados, lleno de complejos, que lleva veinte años sin pisar una mísera final de Euroliga y lo conviertes en la referencia del baloncesto FIBA, compitiendo con todos y compitiendo bien aunque a veces pierdas. Porque en el baloncesto se pierde y el Madrid se había acostumbrado a perder mucho. Los cuatro títulos oficiales de Laso —no cuento pachangas veraniegas— lo convierten en el tercer entrenador más laureado de la historia del Real Madrid detrás de Lolo Sainz y Pedro Ferrándiz.

Queda todavía media temporada por delante, con dos títulos, los más importantes, en juego, incluida una Final Four en casa donde Laso probablemente se juegue los cuartos. Los resultados podrán ser buenos o malos, pero el trabajo de cuatro años está ahí: el Madrid venía de donde venía y está donde está. Con una gran plantilla, por supuesto, como siempre, o como casi siempre. El Madrid siempre ha tenido los jugadores, el dinero y el talento. Lo que ha faltado es alguien que lo gestionara y apostara por él y no lo echara por la ventana tras la primera temporada de nerviosismo.

Ese hombre ha sido Laso. Y por encima de Laso, por supuesto, Alberto Herreros. Puedo entender la frustración del aficionado que se vio dos veces campeón de Europa y acabó lamentando subcampeonatos. Recuerden cuando, casi con la misma plantilla, el rival era el Bilbao Basket y el límite eterno los cuartos de final o el Top 16. Las palizas contra el Barça partido sí y partido también.

Como dice Frank Underwood en House of Cards para transformar un «no» en un «sí» hay que pasar por el «quizás». Lo aconsejable es no ponerse histérico mientras dure la espera.


Cuando el Barça se trajo a su propio Bill Laimbeer

David Wood en 2001. Foto: Cordon Press.
David Wood en 2001. Foto: Cordon Press.

David Wood bajó del avión, dejó sus cosas en el hotel y para cuando llegó al entrenamiento ya se había dado cuenta de que estaba en medio de una formidable guerra civil. Corría el mes de noviembre de 1989, Audie Norris acababa de lesionarse la rodilla por enésima vez y a Steve Trumbo lo operaban del hombro en Estados Unidos. Todo el plan de Aíto García Reneses para conseguir su cuarta liga consecutiva parecía venirse abajo y no se puede decir que cierta prensa barcelonesa no lo estuviera disfrutando.

Todo empezó meses antes, cuando Aíto se alejó de la fórmula de sus dos últimos títulos y prefirió que el extranjero que acompañara a Audie Norris fuera un alero, en concreto Paul Thompson, en lugar del Eugene McDowell o el Grenville Waiters de turno. Para la decisión se contaba con la madurez de la eterna promesa Ferrán Martínez, la solidez reboteadora de Trumbo y la salud de Norris, más la capacidad de Jiménez para alternar las posiciones de alero y de ala-pivot.

En cualquier caso, era una decisión arriesgada y que afectó a la relación de Aíto con medios y grada del Palau. La llegada de Thompson no solo implicaba una pérdida de poderío interior para el Barcelona sino que arrastraba la salida del equipo de uno de los grandes ídolos de los ochenta, Cándido «Chicho» Sibilio. Es cierto que el dominicano ya no estaba al nivel de sus mejores años, pero el pragmatismo con el que se afrontó su salida molestó al jugador y afiló aún más los cuchillos de un entorno que no tragaba al entrenador madrileño, afincado en Barcelona desde su fichaje como jugador en 1968 proveniente del Estudiantes.

La marcha de Sibilio al Taugrés de Vitoria no gustó, pero se aceptó en aras de un nuevo triunfo. El problema era que el nuevo triunfo cada vez se veía más lejos. Con Epi entre algodones, Jiménez tocado y el bajo rendimiento de Thompson, nada que ver con aquel Kenny Simpson que se sacó Aíto de la manga en 1986, el Barcelona acumulaba derrotas y sobre todo acumulaba tensión, nada nuevo en un equipo que acostumbraba a vivir al filo durante seis meses de competición para arrasar en el último trimestre a un nivel físico muy superior al resto.

Las bajas de Norris y Trumbo fueron un contratiempo y a la vez un alivio: la plantilla podía volver a su cordura triunfadora. Con Thompson aún en el equipo, Aíto no tuvo problemas en ir probando sustitutos temporales de Norris que pudieran compartir después pintura con él. Uno de ellos era David Wood,; el otro, Mike Gibson, llegado pocos días antes al Palau Blaugana. Ninguno era la primera opción del técnico ni de Salvador Alemany, responsable de la sección, pero es que la primera opción jugaba en los Utah Jazz, tenía complicado romper su contrato y además exigía un dinero con el que ni Wood ni Gibson soñaban. Se trataba del portorriqueño José «Piculín» Ortiz, que finalmente acabaría fichando por el Real Madrid.

Eran los tiempos en los que Cruyff exigía que ningún jugador de la sección de baloncesto cobrara más que cualquiera de sus futbolistas y a Núñez le parecía bien. Con Ortiz ya descartado, por el dinero y por la urgencia para presentar a la FIBA una lista de inscritos para la liguilla de la Copa de Europa, la cosa quedaba entre Gibson y Wood. La prensa, satisfecha, estaba convencida de que ambos resultarían un fiasco.

La primera batalla vencida

La ventaja de ser un desconocido es que no hay expectativas. David Wood venía de jugar la anterior temporada en el Livorno italiano, un equipo que sorprendentemente había estado a punto de ganarle la liga a la todopoderosa Philips de Milán de Mike D´Antoni, Bob McAdoo y compañía. Tan a punto estuvo que llegó a celebrar la victoria en su campo después de que la mesa diera por válida una canasta local en el último segundo. Días después, en los despachos, el título voló de la Toscana a la Lombardía.

Wood era un jugador relativamente marginal en el equipo subcampeón, algo poco habitual en un americano que jugara en España pero más común en un equipo italiano. Salía, hacía su trabajo durante unos veinte minutos, metía unos diez puntos, cogía cinco rebotes, defendía como un cosaco y hacía a sus compañeros mejores. Como dijo el propio Aíto al poco de llegar este evangelista con la Biblia siempre cerca: «La verdadera estrella es el que hace a su equipo subcampeón y no el que mete treinta puntos y su equipo queda el último». Esa frase, por otro lado, era el resumen de su ideario como técnico.

David tardó tres entrenamientos en enamorar a su entrenador y sus compañeros. No había firmado aún el contrato cuando ya tuvo que ir al hospital porque le habían volado un diente luchando por un rebote. Con todo, el amor tardó en llegar a la prensa, que en sus columnas insistía en la duda: «Es un peón de brega al que no se le puede pedir más de lo que va a dar», «el tiempo dará y quitará razones», «doctores tiene la iglesia» o incluso «solo se entiende como cortina de humo para el verdadero extranjero». Wood tenía veinticinco años y pocas ganas de hacer amigos. Además, tenía prisa, porque las guerras o se ganan desde el principio o no se ganan.

El Barcelona le inscribió finalmente para la Copa de Europa junto a Norris, y a Paul Thompson se le empezó a poner cara de maleta. Cohabitaron unos pocos partidos, los que tardó «Atomic Dog» en recuperarse de la rodilla y después de un tropiezo ante el CAI de Zaragoza y una sólida actuación reboteadora en la victoria contra el Estudiantes de Antúnez y Herreros, llegó por fin su debut en casa, ante el BBV Villalba, un partido ideal para sacudirse la mala racha.

El peor debut posible

Efectivamente, el partido fue un paseo, un contundente 97-73 sin demasiada historia. Sin embargo, ese día nadie estaba al baloncesto. Era imposible. Pocos minutos antes de comenzar el encuentro, se confirmaba la muerte de Fernando Martín en la M-30 madrileña. Martín, compañero de selección durante años de la mitad del equipo azulgrana y rival dignísimo desde que, él también, dejara el Estudiantes camino del Bernabéu, era algo más que un jugador, era un icono de la cultura pop de los ochenta en España, con su propio juego para ordenador incluido en el que se tiraba ganchos pixelados en un eterno uno contra uno.

La ACB amagó con suspender la jornada pero al final —solo faltaba se limitó a suspender el partido del Real Madrid. Los demás jugaron como pudieron. En el caso del Barcelona, quizá afectado por la destensión y la melancolía reinante, David Wood tuvo un debut horrible: cuatro puntos y nueve rebotes en veintitrés minutos plagados de faltas y tiros fallados: en concreto seis de los siete que intentó.

Quedaban apenas dos semanas para empezar la liguilla de la Copa de Europa y el equipo marchaba séptimo de la A-1 con seis victorias y siete derrotas, cinco más que el Real Madrid de George Karl. El puesto de Aíto estaba más que discutido y solo una reacción inmediata podía evitar el seísmo. Lo que nadie esperaba, quizá, es que esa reacción la encabezara el recién llegado, un tío que se echó el equipo a la espalda y que enganchó inmediatamente con el espectador.

Efectivamente, Wood no era un artista. No era Audie Norris ni lo intentaba ser. Le llamaban «el gladiador» y a él le encantaba. Cada partido era una batalla. Hablamos de los tiempos en los que los Detroit Pistons entraron en nuestras vidas y aquel hombre era una mezcla de Dennis Rodman y Bill Laimbeer. Reboteaba y forzaba faltas en ataque como el primero. Repartía leña y tiraba triples como el segundo, con un acierto poco visto antes en un pívot.

Wood parecía sacado de aquella película de principios de los noventa, Los blancos no la saben meter. Si hubiera que elegir en una cancha callejera, él probablemente sería el último en encontrar equipo. Su tiro de tres con los dos pies juntos, sin saltar, y flexionando las rodillas, casi siempre frontal, desarmaba a los rivales que suficiente tenían con frenar a Epi y a Jiménez o a un sorprendente Xavi Crespo, que hizo de perfecto sustituto de Sibilio aquella temporada.

Las victorias empezaron a llegar, coincidiendo precisamente con la llegada del Taugrés de «Chicho», Marcelo Nicola, Pablo Laso, Ramón Rivas y un montón de futuras estrellas. Días antes, el 10 de diciembre de 1989, el RAM Joventut derrotaba al equipo de Aíto en su viejo campo de Badalona. Fue la última vez que alguien ganó a aquel Barcelona en liga: treinta partidos consecutivos que le permitieron pasearse por la segunda fase de la liga y ganar los play-offs invicto, con contundentes 3-0 ante Estudiantes en semifinales y de nuevo el Joventut en la final.

Pocas veces se ha visto a un equipo tan dominante en ACB y desde luego no fue ninguna casualidad que esta racha coincidiera con el regreso de Audie Norris y la marcha ya definitiva de Paul Thompson. España, por cuarto año consecutivo, era del Barcelona. Quedaba, tan solo, el reto europeo.

El gladiador no habla yugoslavo

El primer partido europeo de la pareja Norris-Wood fue, curiosamente, en Split, ante la Jugoplastika de Kukoc, Radja, Ivanovic, Savic, Perasovic y ese largo etcétera. Un equipo en el que Petar Naumoski era el undécimo jugador antes de dominar Italia y Turquía durante unos cuantos años. El Barcelona venía de perder el año anterior las semifinales en Múnich ante prácticamente el mismo equipo pero la prensa se empeñaba en ponerle el manto de favorito. Aquel partido lo ganaron los yugoslavos 86-73, preludio de lo que vendría más adelante.

Mientras, David Wood seguía enamorando a su manera, una especie de antihéroe, un tío al que detestas cuando juega en el equipo contrario y amas cuando juega en el tuyo, el pelo rojo revuelto, los ojos casi fuera de sus órbitas, la gesticulación constante… en el recreo algunos jugaban a ser Dominique Wilkins y otros jugábamos a ser David Wood, cada cual según sus posibilidades.

Pronto, la marcha triunfal pasó de España a Europa. Tras esa primera derrota en Croacia, el Barcelona encadenó doce victorias en trece partidos y fue el primero de la liguilla, por delante de Jugoplastika, Limoges y Aris de Salónica, precisamente su rival en semifinales. Los griegos apenas aguantaron el ritmo de la máquina barcelonista, y cayeron 104-83.

Aquella Final Four se jugaba en Zaragoza, la patria chica de Epi, y todo estaba diseñado para que, a la segunda, el Barcelona ganara su primera Copa de Europa.

El propio Epi lideró a los azulgrana en semifinales, con veinticuatro puntos, más veiituno de Ferrán Martínez. Wood se quedó en doce puntos y cuatro rebotes y, eso sí, utilizó sus cinco faltas, como solía ser habitual. Aquel año, solo en liga, le expulsaron en ocho partidos y acabó con cuatro faltas en otros nueve. No hacía prisioneros. En la final, Wood, Norris y Ferrán tenían algo serio a lo que enfrentarse: Dino Radja, Zoran Savic y Goran Sobin. El cuarto pívot era un tal Zan Tabak.

Cumplieron. No con excelencia, pero cumplieron. Entre los tres sumaron  treinta y seis puntos y veinte rebotes en un partido en el que el Barcelona acabó con sesenta y siete. Wood paró bien a Radja y Savic, pero de nuevo acabó pagando su agresividad con cinco faltas y el banquillo. El desastre vino por fuera, donde menos se esperaba: Epi se quedó en diez puntos, Solozábal en cinco y Andrés Jiménez sumó ocho con horribles porcentajes de tiro. La presencia de Crespo fue testimonial, pues Aíto prefirió jugar casi todo el partido con dos bases para que Quim Costa intentara parar a Perasovic.

En cualquier caso, todo fue en vano ante el mejor Kukoc de aquellos años: veinte puntos saliendo desde el banquillo, siete rebotes y tres triples en los momentos decisivos. Él rompió el partido cuando parecía que el Barcelona remontaba y dejó de nuevo a los barcelonistas sin la guinda del pastel. En el club tenían claro que hacía falta algo más, algo que no fuera solo trabajo y exigencia. Aíto aceptó dar un paso al lado y se empezó a cerrar el fichaje de Maljkovic.

El hombre con el que nadie contaba: una vida de jornalero

A Aíto le gustaban los jugadores como David Wood, y al Maljkovic de años venideros le hubiera encantado. ¿Quién no imagina a Wood rebañando rebotes en el Limoges de 1993 o 1995? Sin embargo, en el club había cierto miedo a que su nombre se hubiera quedado «marcado» en la mente de los árbitros. La final contra el Joventut se llenó de acusaciones al respecto por parte de determinados jugadores de la Penya y el propio Wood excusó su eliminación en el tercer partido con un «No he podido defender como me hubiera gustado, por todo lo que se ha dicho».

En veintisiete minutos de media, anotó más de catorce puntos y cogió más de ocho rebotes. Añadan defensa y un acierto en triples que rondaba el 50%. Añadan, también, la sincronización total de la grada con su gladiador.

No bastó. Del tema se habló un tiempo en los periódicos, con cierto entusiasmo, pero ni Wood quería dejar pasar la oportunidad de la NBA ni el Barcelona estaba dispuesto a pagarle como la estrella silenciosa que era. Se le dejó marchar y cuando Ferrán Martínez anunció por sorpresa que se iba al Joventut, Alemany y Aíto quisieron repescarle pero sin éxito. Tantearon también a un tal Corny Thompson pero al final se quedaron con el que siempre habían querido, «Piculín» Ortiz.

Como decíamos, Wood prefirió la aventura. Iba en su carácter. La estancia en Houston fue un fracaso, el Taugrés le repescó en 1992 para jugar media temporada con relativo éxito y después se abonó a la figura del «temporero». Su evangelio pasó por San Antonio, Golden State, Dallas, Milwaukee y la CBA durante siete años de idas y venidas. Ya con treinta y cuatro, volvió a Europa: unos meses en el Unicaja, unos meses en el Limoges de Ivanovic, unos meses en Murcia y en Canarias y, por fin, algo de estabilidad en el Fuenlabrada, el equipo ideal para un jugador como él, pareja de baile de Salva Guardia, su clon.

Wood era por entonces un tipo más fondón y más listo. Igual de limitado en lo físico y quizá menos agresivo. Religioso como el que más porque hay cosas que nunca cambian. A los treinta y nueve años decidió que era buen momento para dejar de jugar al misionero conflictivo. Aíto, por entonces, andaba descubriendo a Rudy Fernández. Aquel año, Bill Laimbeer llevaba a las Detroit Shock a su primer título de la WNBA.


Javier Gómez: El “poder blando” de Pablo Laso

Siempre me pareció que la mejor primera frase de un libro la escribió Ernesto Sábato en El túnel: “Bastará decir que soy Juan Pablo Castel, el pintor que mató a María Iribarne”. Sin rodeos ni misterios. Lo interesante es el porqué. Copiémosle el arrojo para sacar conclusiones de la Final Four, que ya toca: “Bastará decir que Pablo Laso es el mejor entrenador posible para el Real Madrid”. Ahora toca el porqué.

Algo me llamó la atención de este equipo técnico. Fue en una charla veraniega, recién perdida la ACB ante el Barça. Iba yo pontificando, como suelo, sobre las causas del descalabro, cuando mi interlocutor me cortó con un in your face dialéctico que ni Lebron: “Y nosotros. Te estás olvidando de que hemos fallado nosotros, los técnicos. También era nuestra primera final y lo hemos pagado”. ¿Es más fuerte un líder que reconoce sus errores o el que los enmascara?

Pablo Laso ha perdido una Copa del Rey de dos, una Liga ACB y su única final europea en dos años. A algunos les parece mucho. “No es un entrenador de finales”, “le falta reaccionar”, “sus rotaciones son mecánicas”, “tiene miedo a sentar a ciertos jugadores”… ¿Qué ha conseguido? Una Copa del Rey. Pero eso no es tan importante, creedme. Ha logrado algo de lo que se habla poco en baloncesto: “Identificación”. Volemos a Londres.

Aeropuerto de Stansted. Avión de vuelta a Madrid, la derrota escociendo como un tatuaje reciente. Dos de la mañana. Penetran todos los jugadores en un avión mudo. Se sientan. Miradas atadas a los cordones. Olor a queroseno del Pireo. Pasan unos minutos y aparece Pablo. Las primeras palmadas empiezan en el fondo, donde se sientan las viejas glorias, los que ganaron ocho de las grandes, Emiliano, Sevillano, Rullán, Itu, Beirán… el avión entero prorrumpe en un repentino aplauso, el único que se oye en dos horas y media. Las mejillas de Laso se ponen del color de sus gafas de diseño rojas. Juzguen ustedes. Todo queda resumido en el palabrejo de antes: identificación.

Lo consiguieron antes Ferrándiz, Lolo Sainz y Clifford Luyk, como también Obradovic en el Panathinaikos, Blatt en el Maccabi, Messina en el CSKA, Pepu en Estudiantes, Pitino en Louisville y antes en Kentucky, Phil Jackson en L.A., Bobby Knight en Indiana… o, en fútbol, Benítez en Liverpool, Wenger en el Arsenal, Mourinho en el Chelsea y Ferguson en el United. Encajar en una horma, manejar un extraño hilo invisible que representa un club y un estilo por encima de las victorias, que pueden o no llegar. No se trata sólo del vistoso juego del Madrid, eso ya está muy escrito, sino de algo que se prolonga fuera de la cancha: una forma de ser, un temperamento, los únicos valores que resisten en el baloncesto a la cárcel de las estadísticas. Un orgullo indefinible. Exactamente aquello que, extrañamente, no ha conseguido Xavi Pascual en el Barça a pesar de las muchas victorias en su haber. En mi opinión, por error y capricho del barcelonismo, pero eso es ya otro artículo.

Los responsables madridistas deberían tenerlo en cuenta en sus próximas decisiones. Esa identificación ha calado entre las grietas del madridismo. Entre los cronistas, que ya es difícil, aunque algunos le esperarán a la salida del bar, como acostumbran. Y también entre el público tras muchos años de vanos esfuerzos. Para los que hemos nacido en el Palacio de los Deportes y crecido con Corbalán, Fernando Martín, Petrovic, Sabonis… ver a menudo el estadio lleno o a 2000 madridistas desplazados a Londres silenciando la grada del Olympiakos por momentos es casi una aparición mariana. De hecho, alguien en la sección debería plantar un sauce en el O2 e ir a rendirle culto con ofrendas, que lo de los panes y los peces merengues no ocurre cada día.

Hay tipos a los que aprecias por una sola conversación. Fernando Torres es uno de ellos. Teníamos 15 minutos en una sala de la ciudad deportiva del Liverpool. Allá por el 45, y sin gin tonics, teorizaba sobre por qué la afición de Anfield es la mejor del mundo: “La gente suele estar orgullosa de su coche y su equipo; o de su mujer y su equipo; o de su casa y su equipo; pero durante mucho tiempo, en esta ciudad sólo se estaba orgulloso de los colores. El sentimiento de pertenencia es distinto”. No se trata de que los hinchas sean más fieles cuanto más feas son sus mujeres, o al menos no sólo. La explicación de Torres iba más allá: identificación, un concepto especialmente valioso en estos tiempos faltos de símbolos.

¿Por qué sigue Laso sin convencer a algunos? Porque, quizás sin saberlo, se ha convertido en el mayor exponente en el basket del “poder blando” que teorizó Joseph Nye en las relaciones internacionales. Una forma de dirección que privilegia la comunicación y la persuasión por encima de la autoridad y la coacción. No castiga a los jugadores durante los partidos, al menos visiblemente. No suele quejarse de los árbitros en ruedas de prensa. Como decía Nye, “el poder, como el amor, es más fácil experimentarlo que definirlo”. Laso prefiere un perfil bajo y un poder menos visible, que algunos interpretan como endeblez, aunque caigan gritos y hostias a las pizarras. “Le tiene miedo a Llull”, escribía el habitualmente bien informado @elcapitaenciam. Las taquillas de un vestuario turco todavía retumban y podrían testificar sobre si Laso es capaz de cantarle las 40 al a veces acelerado base madridista.

Si algo se asemeja al poder en un vestuario es la capacidad de involucrar a todos los jugadores en un camino colectivo, lo que nunca consiguió Messina a pesar de su valía. Pregunten quién quiere irse del Madrid. Errores, Laso ha cometido muchos. En Londres también, nos ha jodido. Es evidente que al equipo le falta un punto de madurez competitiva y toca tomar decisiones. Pero yo hoy no quería hablar de baloncesto, sino de algo mucho más importante.


Javier Gómez: La Final Four y el póster de Mickey Rourke

Un directivo madridista, semanas después del batacazo en Copa del Rey frente al Barcelona, reconocía en privado cierto estupor por aquella derrota: “No nos esperábamos que algunos de nuestros jugadores fueran tan débiles mentalmente. Seguro que habrá otra oportunidad esta temporada: pero ahí tendrán que demostrar si valen o no valen; si son fuertes o no”. La oportunidad está delante de sus narices. Se disputa el viernes en el O2 de Londres. Semifinal de la Final Four: Madrid-Barça.

Los azulgrana llegan como un batallón de fusileros franceses tras la batalla de Verdún: Ingles y Sada, tocados; Jawai, casi baja; CJ Wallace y Todorovic, con graves molestias; Mickeal, retirado por una tromboembolia pulmonar… por eso sorprenden las declaraciones del entrenador Xavi Pascual: “No puedo permitirme el lujo de llorar”. Igualito que en fútbol o en política, donde todavía no se han inventado los antirretrovirales para el virus FIFA, la “herencia recibida” o la “crisis de los mercados”.

Ignoro si, como se dice, los perros se parecen a sus dueños, pero los buenos equipos siempre se parecen a sus entrenadores. Este Barça es Xavi Pascual. Un tipo de poco brillo y mucho método. Un boxeador que no persigue la mascletá pomposa del K.O., sino castigar el estómago y las costillas. Una y otra vez. Hasta que, pasados los asaltos, el aire ya no sube por las vías respiratorias y, solo entonces, conecta el golpe ganador. Un Guardiola del basket al que el barcelonismo no hace todo el caso que se merece, por cierto. Será que sus vaqueros y sus jerseys molan menos. “Lo más positivo es que la gente de la calle confía en mí”, afirmó ayer en su rueda de prensa. Del club no dijo nada.

Ese es el reto del Madrid, que se presenta  un peldaño de talento y dos de físico por encima del Barça, pero dos escalones más abajo en la cuestión psicológica. Quizás porque lo que todavía no ha logrado el equipo blanco, que ha enamorado por su juego, (pero por ahora sólo ha logrado una Copa del Rey, y conviene que se lo repitan cada día para conjurar el efecto adormecedor de los halagos), es parecerse más a su entrenador: Pablo Laso.

Mickey Rourke contaba que emplea un viejo truco del Actor’s Studio para entrar en sus personajes. Se cuelga una foto gigantesca de ellos, tamaño pared, delante de su cama. Cada vez que se levanta o acuesta, ahí los tiene, de frente, mirándole, con la expresión que mejor caracterice el rol que pretende encarnar. Ahora, en la cama de Rourke, hay un póster tamaño sábana de Gareth Thomas, el excapitán de la selección galesa de rugby, que contó con el apoyo de su entonces esposa para, recién retirado, reconocerle al mundo que siempre fue gay. Su próxima película: The Welshman.

Los jugadores del Madrid, no sé si con o sin póster frente a sus camas, han calcado al Pablo Laso que, de naranja Taugrés, cruzaba la llanura vitoriana en un santiamén a base de contraataques. Un base que Montes habría definido como “aseado”. Elegante, rápido, caballeroso y calmado en la cancha. Les falta algo fundamental: parecerse al Pablo Laso entrenador, capaz de dar dos voces y una hostia en la pizarra, exigente y peleón, afónico y vehemente. Tarea pendiente de ellos y del coach.

Laso no se ha alejado ni un centímetro de su propuesta inicial. Correr, anotar, ritmos altos… pero parece haberse dado cuenta, tras las derrotas en la ACB y Copa del Rey (un naufragio sobre todo mental de algunos jugadores, como reconocía su directivo), de que el equipo está menos armado de lo que pensaba para la batalla psicológica. Y si pierde el duelo  de cabezas, perderá también el físico y, sobre todo, el de talentos. Si se llevan esta Final Four, será gracias a Rudy, Llull o Mirotic. Pero solo porque antes el equipo habrá logrado impregnarse de la determinación de Slaughter, la voluntad de Reyes o la calma de Sergio Rodríguez, que parece haber leído a Rourke sobre boxeo: “En cualquier deporte de combate lo más importante es relajarse y respirar”.

Quizás consciente de ello, Laso ha apretado las tuercas a algunos jugadores en los últimos meses. Para recordarles que el espejito mágico de la prensa no es como el del cuento, que siempre decía la verdad. Puso firme a Mirotic frente al Maccabi. Se enfrentó al desaire de Llull en el reciente partido de ACB contra el Barça. Habló seriamente con Rudy tras una Copa del Rey en que naufragó mentalmente ante el Barça. Ha subido el nivel de exigencia mental y disciplinario para que nadie dé por tomada Omaha Beach cuando aún no ha comenzado el desembarco.

Sobre todo porque, si vencen al Barça, en la final espera previsiblemente otra horma tridimensional de un entrenador: el CSKA de Ettor Messina. El otro día, el entrenador aseguraba a Jot Down: “Podremos jugar bien o no esta Final Four, pero hemos alcanzado un nivel de solidez que me gusta. Los jugadores han entendido el mensaje”. Solidez. Ausencia de fisuras. Resucitar cuando estás jodido y agazapado en la trinchera. Rematar al rival cuanto está contra las cuerdas. Y todo, en la última batalla. Exactamente el póster al que debe parecerse el Madrid.

 


Ettore Messina: “Con la crisis he descubierto que sois como los italianos”

Me voy de La Tavernetta y, caminando por el parque París, recién terminada la entrevista con Ettore Messina, no puedo evitar pensar en Nanni Moretti en Aprile. Ese tipo progresista que observa a Massimo D’Alema (dirigente político italiano) en un debate televisivo y, descorazonado, le grita: Di una cosa de izquierdas, D’Alema, di una cosa de izquierdas… Di una cosa, D’Alema, al menos di una cosa”. Messina se parece a Nanni Moretti. Un italiano que será siempre minoría: vive en una oposición a Berlusconi casi más vital que política; analiza el mundo que lo rodea con una incomprensión melancólica, con un pesimismo argumentado; habla bajo y va sembrando la entrevista de silencios expresivos, para degustar un recuerdo, una ironía o el aroma de la pasta; tiene un notable pronto y se coge enfados mefistofélicos; un vestir de burgués capitalino; todos saben que rebosa talento, pero mientras unos critican su ego, para tantos otros es un referente ético. El Nanni Moretti del baloncesto.

El mundo se para cuando le ponen delante un plato de busiati con berenjenas y pez espada y un vermentino blanco. Siciliano de nacimiento, como este plato de pasta; sardo por vocación como este vino. ¿Y el baloncesto? Ah, sí, el baloncesto. Acaba de volver de Los Ángeles, donde nunca ha ido a restaurantes italianos, y parece un adolescente reenamorado del baloncesto. Ha dejado atrás la amargura de su salida del Madrid. Dio un portazo siciliano que le cuesta abrir, aunque nos deje entrar por una pequeña ranura.

Recuerdo una frase tuya hace dos años: “España tiene el sentido ético que falta en Italia”.

[Interrumpe en cuanto oye su frase, como si ya no le perteneciera] Y ahora he descubierto que no era verdad. Cuando llegué aquí, me encontré un país donde la gente era correcta, Berlusconi no existía, no había tantos líos, los transportes funcionaban, si dejabas el coche mal colocado llegaba una grúa y se lo llevaba, había seguridad por la calle, los debates en el Parlamento eran vivos pero respetuosos… Me parecisteis un país que funcionaba. Y luego descubres que ese ayuntamiento roba, que ese otro también, que había tramas de corrupción por todos los lados, que los bancos especulan y hacen lo que no tenían que hacer, hasta vuestro Rey intenta parecerse a Berlusconi —con todo mi respeto hacia la Corona— … Y dices: éstos son como nosotros. No somos los raros de la película sólo nosotros.

Acabas de volver de Estados Unidos, tras una primera temporada como entrenador asistente en los Lakers. ¿Qué sensación te ha dejado como país?

Lo que más me ha llamado la atención de Estados Unidos es que eres libre de ser y comportarte como quieras mientras que respetes un marco de reglas comunes. Luego ellos tienen otro tipo de problemas, por ejemplo el sistema sanitario. Es un país donde vivir puede llegar a ser cruel, pero hay un verdadero respeto: nadie te juzga por cómo te vistes, qué dices o qué piensas.

¿Cómo has vivido el pasar de ser un referente en Europa a volver a ser un asistente en los Lakers?

Me ha hecho volver atrás 23 años, cuando era entrenador asistente. He vuelto a empezar desde cero. Aunque tenía mi buena carrera europea, yo allí era sólo un asistente más. Tenía que instaurar una relación con los jugadores, con el resto de técnicos, que no me conocían. Cosas tan normales como el primer día que he tenido que explicar un ejercicio al equipo, o el primer día en que tuve una sesión de vídeo con un jugador, las he vivido, con la misma intensidad trepidante que experimentaba hace 25 años.

¿Estabas nervioso?

No. Intento hacer las cosas lo mejor posible. Si funcionan, funcionan. Si no, quiere decir que no he estado a la altura. Me acuerdo de mi primera sesión de vídeo con todo el equipo. Yo para ellos no era nadie. Era un momento importante porque perdíamos grandes ventajas durante los partidos y había que explicarles cómo gestionarlas. Para mí fue importante. O cuando me dijeron que en el entrenamiento iba a seguir al equipo violeta (los cinco titulares). Hasta entonces yo seguía al segundo quinteto. Digamos que me ascendieron. Ahí pasé a relacionarme todos los días con Kobe, con Pau, con Bynum, con sus problemas… He vuelto a vivir todas estas pequeñas conquistas con una satisfacción casi adolescente. Como el día en que leí que Kobe había dicho que conmigo habían enriquecido su juego con una mirada del baloncesto más europea.

¿Vuelves entonces?

Me llamó Mitch Kuptchak, el director deportivo, y me dijo: “Sólo he oído cosas buenas de ti, te he visto trabajar y nos gustaría que tuvieras ganas de volver el año que viene a trabajar con nosotros”. Ha sido una satisfacción.

¿Y tienes esas ganas? ¿Qué has decidido?

No he decidido. Tengo buenas posibilidades en Europa y en Estados Unidos. Estoy valorando todas. La verdad, me fui de Los Ángeles temiendo que a lo mejor podía caer en el olvido. Y nunca he tenido tantas posibilidades de trabajo como este año. Nunca me había ocurrido.

¿Cómo juzgas la temporada de los Lakers?

[Tras varios segundos de reflexión] Había expectativas más altas. Ha sido una temporada de transición. Había muchas cosas que se podrían haber hecho mejor para tener un mayor equilibrio de juego. Pero pasaron tres cosas importantes: la primera, cuando se cerró el trade que luego no pudo hacerse con Chris Paul. Esto dejó heridas. Gasol jugó todo el año hasta el All-Star sin saber si se iba o se quedaba. La segunda fue el traspaso que hizo venir a Ramon Sessions pero supuso la salida de Fisher. Un intercambio que necesitó tiempo para ser asimilado técnica, táctica y emotivamente por lo que suponía Fisher. Y la tercera cosa, que es la más importante: por el comienzo tardío, tuvimos sólo dos semanas de pretemporada.

Eso le ocurrió a todos los equipos.

Sí, pero no todos tenían un entrenador nuevo y con un sistema de juego diferente del anterior. Son las tres cosas que han condicionado nuestro año.

¿Te parece injusto que la NBA no dejara llegar a Chris Paul?

Mira, me he convertido en americano. No lo juzgo. Es la cosa que más me ha sorprendido de ser entrenador en América. Una vez que se supo que no podía venir: nadie dijo “qué cabrón David Stern”, “qué hijoputa…”. Nadie. Ocurrió y ocurrió. Punto. Durante el año no oí una sola vez al equipo técnico, ni en privado, criticar a un árbitro. ¡Nunca! Eso es inimaginable en Europa. La noche anterior a empezar los entrenamientos nos informaron de que llegaba Chris Paul y se iban Gasol y Odom. Lo que suponía cambiar todo el modo de jugar.  Brown y los demás dijeron: vale, lo cambiamos todo. Al día siguiente, una hora antes del primer entrenamiento, nos cuentan que Stern lo ha bloqueado. Dice Kuptchak: “Pau, te queremos. Lo que ha pasado ha pasado. Esto es un deporte negocio. Y adelante. Contamos contigo”. Y todos a trabajar. Sin más. ¿Te imaginas aquí si pasa algo parecido con el Madrid y el Barcelona?

De hecho, aquí muchos criticaron la decisión de los Lakers de vender a Pau Gasol.

Pero es curioso, porque Pau Gasol lo explicaba bien en sus entrevistas en Estados Unidos. Pero aquí en España esas entrevistas salían “arregladas”. Fíjate en la última entrevista de Ron Artest [Metta World Peace]. Acaba la temporada y en su última rueda de prensa dice:”el entrenador ha sido fantástico, me ha ayudado mucho, no es él quien falla tiros importantes o que no coge rebotes, como me pasó a mí en el partido clave. No es a él a quien Durant le mete la canasta como a mí. Él no tiene responsabilidad…”. Y luego, para hacer una broma, dice: “Él no llegó fuera de forma a la pretemporada… o, bueno, mejor pensado, siempre está fuera de forma porque es un culo gordo”. ¿Qué salió aquí? “Ron Artest llama culo gordo a su entrenador”.

Ya, pero hablábamos de Pau Gasol. ¿Compartes que algunos tildaran de injusta la decisión de los Lakers de traspasar a Pau?

No. No lo entiendo. Una parte de la prensa, en España, habla sin saber. Estos licenciados dan lecciones sobre Pau pero no tienen ni idea de la NBA. Si quieres comprar una casa más grande o vendes tu casa o pides un préstamo. No te dan una casa en la NBA si la cambias por dos bicicletas, un libro viejo, tu ordenador y un llavero. Pau es el único jugador que tiene un valor de mercado para Los Angeles Lakers. Bynum no porque hasta este año no había hecho una temporada sin lesiones y a alto nivel. Y Kobe Bryant es como Felipe Reyes [sonrisa], jugará en los Lakers hasta el día en que se muera, como Felipe en el Madrid. Los demás no tienen valor de mercado. La única posibilidad de los Lakers para reconstruirse era y es traspasar a Pau. Ahora quizá también a Bynum tras este año. Gasol lo sabía y lo decía en cada entrevista, porque es un tipo muy inteligente. Pero eso no se quería escuchar.

Pasaron los meses y se demostró que se necesitaba un cambio. Muchos de los que criticaron aquel traspaso corrieron a publicar que Gasol tendría que irse de los Lakers.

Viendo lo que ha hecho Chris Paul en los Clippers, muchos dicen: “aaah, ahora lo entiendo”. Mitch Kupchak tenía razón.

Aquí en España se transmite que a Pau lo critican mucho en Estados Unidos.

No es verdad. Si lees Los Angeles Times, Bill Plaschke y los demás unas veces lo criticaban,  otras lo aplaudían. No existe toda esa conspiración. La diferencia es que la prensa española de baloncesto, como la italiana del fútbol, necesita explicar siempre si uno juega bien o juega mal por “peleas, broncas con el entrenador que le habló mal, porque se lleva mal con el compañero…” Nunca se acepta que a veces uno juega mal y punto. Allí no hace falta montar historias. Se cuenta quién juega bien o mal, puntos fuertes y débiles y ya está. No hay morbo.

Pero ¿gusta más Marc que Pau en los Estados Unidos? ¿Y por qué?

Sí. Porque exterioriza más sus reacciones, sus nervios. Es más expresivo.

Kobe Bryant ha dado la sensación de tirar demasiado este año. ¿Es sólo una mirada europea o allí también lo veíais así?

Es verdad. Hay una diferencia muy grande entre el juego en Europa y Estados Unidos. Aquí trabajamos para que un buen jugador pueda encontrar un tiro abierto, alejado de su defensor. Allí todos los ataques son para poner el balón en las manos de los muy buenos, aunque tengan a su defensor pegado. Porque se entiende que los mejores tienen más posibilidades de anotar, a pesar de la defensa. Así que primera opción: Kobe. Segunda: Pau. Pero al final del año, Bynum se convirtió en la segunda. Y luego Pau. ¿Hay partidos que pese a esto Kobe tiró demasiado? Sí, es verdad.

¿Eso se lo explica alguien a Kobe? Y, sobre todo, ¿sigue vivo después?

No se lo dice nadie. Porque Kobe te responde: juego así desde los 16 años y he ganado 5 anillos.  Te miraría a la cara y te diría: “¿Quieres que cambie ahora?” [Silencio] Y también hay momentos en que Kobe, como cualquier jugador de muy alto nivel, pierde confianza en los compañeros. Siente que no hay otro que pueda ayudarle. Y este año ha pasado.

¿Crees que acierta Rudy Fernández volviéndose al Madrid en vez de quedarse en Denver?

Rudy tiene un gran valor en la NBA. En el arranque del año jugaba muchos minutos. No es mejor irse o quedarse. Depende de lo que quiera: jugar más minutos, ganar títulos, ser feliz, estar en Europa o Estados Unidos… desde luego allí es muy apreciado. Tiene las dos puertas abiertas

Serge Ibaka acaba de llegar a la final de la NBA y con una impotancia cada vez mayor. Mirotic todavía no es ni siquiera jugador franquicia en el Madrid. ¿A cuál debería llevar Scariolo?

Depende de lo que Scariolo necesite. ¿Necesita un 4 que le abra el campo sacrificando energía defensiva para dejar espacio en la zona para los Gasol? Coges a Mirotic. Si necesitas intimidación física y que los Gasol no jugarán juntos, que llame a Ibaka.

Por eso hay que elegir. Yo, personalmente, llevaría a Mirotic. ¿A quién llevarías si fueras seleccionador?

Ibaka me encanta, pero teniendo a los dos Gasol que necesitan mucho espacio en la zona, me llevaría a Mirotic.

¿Puede España batir a los Estados Unidos en Londres?

Lo veo difícil.

¿Greg Popovich, es el mejor entrenador de la NBA?

No creo en el concepto del mejor.

Mmm… no te creo. ¿Un entrenador que no cree en el concepto del mejor?

Hay un grupo de entrenadores que son los mejores de la NBA. Y según el equipo que tengan pueden hacerlo mejor o peor. Yo soy un gran admirador de Popovich. ¿Es mejor que Doc Rivers o que Phil Jackson? Para mí, sí. Pero sólo para mí.

¿Lebron James es el Cristiano Ronaldo del basket?

[Sonrisa maliciosa] Sólo voy a decir que Kevin Durant es un gran jugador.

¿El mejor de la NBA?

Sí. Es mejor tirador de fuera que Lebron James y los partidos suelen decidirse por tiros lejanos.

¿Jordan fue el más grande?

Seguramente.

¿Cuál es el jugador más fascinante que has tenido?

Sasha Danilovic. Por su personalidad, dura, exigente consigo mismo de forma casi obsesiva, porque intentó darme un puñetazo una vez, porque en los momentos difíciles de mi vida se preocupó por mí con gran sinceridad y afecto. Te sorprende siempre. Tengo un cariño por Ginobili como si fuese mi hermano. He tenido grandes jugadores como Papaloukas. Pero Danilovic, por su personalidad, era el más complejo, el más desafiante… Tiene ángulos muy difíciles, eso lo hace más interesante.

¿Qué es el enigma Jeremy Lin? Un bluf, una burbuja o un jugadorazo.

Yo estaba en el banquillo cuando nos metió 38 puntos. Jugó 15 o 20 partidos espectaculares. Sus porcentajes no eran buenos, pero en la NBA importa poco. Si la metes en los últimos tres minutos, basta. Kobe ha tenido porcentajes malos este año pero a todos les da igual. Si mete las canastas importantes, hace su trabajo.

[Ettore Messina avisó de que no quería hablar del Madrid. Aprovechando los busiati con berenjenas y pez espada, humeantes todavía en la mesa, y la copa de Vermentino de Cerdeña, recién servido, lo intentamos pese a todo]

Con la perspectiva del tiempo, ha cambiado tu visión de España en este año y medio.  ¿Tu visión de tu salida del Madrid también?

No. Fue un periodo de sufrimiento y dejó, como todo paso difícil, heridas. Todavía desde la distancia veo cómo, sin que yo hable, salen comentarios durante el año; “que si Messina esto”, “que si Messina lo otro” y, sinceramente, lo que quiero es que el Madrid me olvide y olvidar yo también al Madrid. Es lo mejor para ambos. Pero no me he arrepentido nunca de haber tomado esa decisión. Todos somos buenos evaluando a toro pasado. Cuando la tomas, es porque estás convencido de ello.

¿Te decepcionaron los jugadores?

No. Yo tenía un equipo muy interesante el segundo año. De hecho, la mejor parte de ese equipo es la que está jugando ahora. Pablo Laso está haciendo un gran trabajo de equipo y un muy buen baloncesto.

Cómo explicas que, con el mismo equipo con el que el año pasado no se gana nada, Pablo Laso hace un juego alucinante, gana la Copa del Rey, está en la final ACB…

Nosotros nos medimos al mejor Barça de los últimos años. En basket ocurrió lo mismo que en fútbol. El crecimiento de los dos Madrid se ha correspondido con un bajón de los dos Barcelona. La vida son ciclos. Navarro está algo peor físicamente. Mickeal está algo más mayor. Es normal. Yo tuve dos años, con errores y cosas buenas. Al final, el Madrid consiguió el mejor resultado europeo de los últimos 15 años. Y este mismo grupo de jugadores, con Jaycee Carroll, que ayuda mucho, con Mirotic más veterano, está dando un gran resultado con Laso. Quizá si yo me hubiera quedado aquí un año más… nunca se sabe.

[Ettore Messina responde por su extremada cortesía pero no está cómodo. Me pide que no hablemos de jugadores ni del club por dentro. No quiere “influir de ninguna manera” en un momento en el que sus ex pupilos se juegan la final ante el Barcelona. Habla con cariño de Sergi Llull, “un jugador emotivo y con carácter que crecerá cada día”; de Carlos Suárez, un jugador muy completo con un futuro inmenso. La entrevista tiene lugar al día siguiente de la derrota del primer partido con el triple estratosférico de Huertas y, pese a ello, Messina pronostica un 1-3 en la serie. Confía en los madridistas]

El otro día hablaste de tu paso pésimo por el Madrid. Tuviste muchos problemas con la prensa. ¿Por qué semejante presión?

No fue un problema con la prensa, sino con una parte de ella. Creo que hay algunos periodistas que piensan que sólo creando polémica se consigue atraer la atención de los lectores y, probablemente, vender más periódicos. Nosotros atravesamos un periodo parecido en Italia, en basket y en fútbol. Si Brera escribía bien de ti, otro periodista te machacaba. Si Enrico Campana, jefe del baloncesto en la Gazzetta dello Sport, escribía bien de ti, Claudio Pea y Oscar Eleni te hundían porque se odiaban. Aquí también se personaliza demasiado en la relación. No hay capacidad de ser asépticos: se juzga por ser amigos o no serlo. No me espero ventajas por ser amigo, pero no me esperaba tampoco desventajas por no serlo. Pero reconozco que yo no supe manejar esa situación como me habría gustado.

Y las críticas en la prensa al entrenador, ¿influyen de verdad en un equipo?

Tienen una influencia enorme. Ponte en la cabeza de un jugador. Tu entrenador es criticado en uno de los altavoces más importantes, haga lo que haga. Pierdes valor como entrenador a ojos del resto. Y la actitud de la prensa hace daño a algunos jugadores, como al Chacho Rodríguez, que ahora por cierto está jugando de maravilla. Se ha creado una especie de guerra ideológica en España en torno a él y su estilo. Sergio se dedica a jugar, no tiene culpa de nada, pero está en el centro de un debate donde unos lo machacan por ser Sergio, aunque lo haga bien, y otros lo alaban, aunque lo haga mal. Eso no tiene sentido, lo único que consiguen es que le cueste más sacar su gran baloncesto.

En Barcelona no pasó lo mismo con Ricky Rubio. Y eso que sus expectativas eran más altas que en Madrid con Sergio Rodríguez.

No. Porque el Barcelona está más protegido por su entorno.

Eso es lo que dice Mourinho.

Y tiene razón.

¿Por qué Ricky no explotaba en Europa y en EEUU sí?

No estoy de acuerdo. Basta ver las estadísticas de Fran Vázquez. Parece de nuevo el jugador que estaba con Dusko Ivanovic. A Dusko lo machacaron porque no hacía buenas estadísticas. Pero llegó Ricky, empezó a darle balones, y Fran empezó a meter mate tras mate. Se fue Ricky y Vázquez vuelve a hacer 2, 4 ó 5 puntos.

¿Qué fue lo mejor de tu paso por Moscú?

Era más difícil vivir para mi familia, pero yo estuve de maravilla. En 4 años en Moscú no viví un solo malentendido. Curioso. Y eso que hablaban en ruso. Siempre de cara. Los jugadores eran maduros y de gran personalidad. ¿Sabes cuántas veces Ginobili, Papaloukas, Langdon, Smodis o Vanderpool me han dicho: “Ettore, ¿qué coño haces?” Eso es importante para un entrenador.

¿Has hablado con gente del CSKA tras la derrota en la final de la Euroliga? ¿Cómo lo vivieron?

He hablado con mi ex asistente, todavía allí, con dirigentes, con amigos… Estaban hundidos. Verdaderamente mal. Peor que cuando en 2005 perdieron contra Vitoria en la Final Four de Moscú. Aquí ganaban de 20 y lo tenían todo de cara.

Pasemos al fútbol. ¿Cómo consigue ser seguidor del Milan con Berlusconi como presidente?

[Messina mueve la cabeza horizontalmente y casi interrumpe la pregunta] No. Se es seguidor del Milan porque es el equipo de Nereo Rocco, de Rivera, de Schnellinger… que no tienen nada que ver con lo que llegó después.

¿Cómo has vivido estos 26 años ya de berlusconismo milanista?

He vivido bien todo lo que tenía que ver con el terreno de juego, sobre todo la época de Sacchi. Y menos bien todo el resto: aquellos descensos en helicóptero de Berlusconi en las presentaciones, sus continuas bromas sobre cómo juega su equipo, los onces que él elegiría… un buen presidente deja trabajar a su entrenador. Y si no le gusta, que lo cambie.

En estas semanas aflora la podredumbre del fútbol italiano: partidos trucados, jugadores vendidos, equipos controlados por ultras, dirigentes cómplices. ¿Hay más corrupción en el fútbol italiano… 

o en la política española? [Messina interrumpe al vuelo con una sonrisa. Entrevistar a este hombre es como botar el balón delante de Ricky Rubio].

¿El fútbol italiano es más corrupto que el español o la única  diferencia es que vosotros investigáis y castigáis a culpables?

Una pregunta clave. No creo que los únicos malos de la historia sean los italianos. No me lo creo. Me disgusta muchísimo todo lo que está surgiendo en el calcio. A mí lo que más me impacta es pensar en todos los que compran, con mucho sufrimiento, una entrada y van a ver algo que, sin que lo sepan, ya ha sido decidido. Te estás riendo de aquéllos por los que tú existes. Pura crueldad. Por estos motivos me gusta cada vez menos el fútbol.

Pero llega la Eurocopa. No te veo yo eligiendo y dirigiendo pareja como Balotelli y Cassano. ¿Cómo ves a Italia?

Te confieso que he dado un gran paso atrás en mi interés por el fútbol. Ni siquiera sé cuál es el once de Italia.

¿Por qué este hastío del calcio?

Empezó a dejar de gustarme cuando las camisetas olvidaron los números del 1 al 11. Son equipos llenos de extranjeros. Entiendo que el fútbol camina en esa dirección y no pasa nada, pero no me convence. Entiendo políticamente el concepto de Europa unida o de mercado común, pero nosotros somos diferentes de los franceses, que lo son a su vez de los alemanes, y éstos de los españoles. Queremos contar que somos una confederación única, pero no lo somos. Hay cientos de años de guerras, de rivalidad… ¡de quesos y embutidos diferentes! [sonrisa]

Ya se lamentaba De Gaulle de tener que dirigir un país con 246 variedades de queso. Imagínese si juntamos todas las europeas… Giovanni Sartori, politólogo italiano de izquierdas, ya se manifestó desde el progresismo contra la moda del multiculturalismo y la pérdida de raíces, valores e identidad.

Exacto. Del multiculturalismo me da miedo que todos simulemos por un tiempo vivir en una misma olla y al final no nos respetemos. Me gustaría más que siguiésemos respetando esos perfiles, esas diferencias de cada sitio. Si voy a un país musulmán, me parece lo mínimo respetarte, comportarme en tus iglesias como tú creas oportuno. Volviendo a Europa, viajar todos en la misma barca pero anulando nuestra historia, a mí me da miedo.

La gente no entiende la construcción europea. Los confines mentales de antaño han desaparecido. Hasta aquí llegaba España, aquí gobernaba un señor y en esa raya comenzaba Francia. Quizás el problema es que se ha promovido una unión desde arriba, macroeconómica y funcionarial, que no comprende la gente desde abajo.

La gente no entiende nada de la construcción europea. Yo he tenido la suerte de vivir en sitios muy diferentes e incluso cada país alberga grandes diferencias: un andaluz tiene poco que ver con un gallego, como uno de Milán con un calabrés o uno de Moscú con uno de Vladivostok. La homologación debida al progreso me llena de melancolía. En cierto modo se pierde la riqueza del mundo.

Hablando de culturas que se dejan ir muriendo, ¿te gustan las corridas de toros?

Sólo vi una corrida de toros en mi vida. En Granada, en el 92, y me fascinó. Me parecía estar en una escena de Hemingway. No estoy haciendo una valoración ética, respeto el punto de vista de los ecologistas. Pero yo, italianuzzo, tenía un día libre, me fui a la corrida y recuerdo que entraban los toros corriendo en la plaza y la gente ya había entendido si eran buenos o mansos. Gritaban todos. Luego empezó a lloviznar. Se transformó la arena en fango. El torero se quitó las zapatillas para no caerse y toreó descalzo. Hirió al toro. La sangre, mezclada con arena, el agua, los pañuelos blancos… Una escena de Hemingway.

¿Volviste?

Me habría encantado. No lo conseguí nunca, por trabajo y viajes. Ni viviendo en Madrid. Pero mantengo viva la fascinación de aquel día. Una corrida es una máquina de generar sensaciones.

El otro día escribía que la culpa de esta crisis es de todos nosotros. No de un banquero o de dos políticos, sino de un país en el que hemos generado unas élites que no son más que el reflejo de nosotros mismos.

En Italia es todavía peor. Cuando saltó el escándalo de Berlusconi con las menores de edad, muchos italianos decían: “Joder, vaya crack el berlusca, ¿eh? Con todas esas buenorras…”. Tristísimo.

Ese fue el triunfo de Berlusconi. Decir: no soy un político, me parezco a los italianos.

Exacto. Yo soy como vosotros. La muerte de la política como intermediación.

Ex político que hace lobby para un empresario mafioso, absuelto porque no es delito”. Noticia de Il Fatto Quotidiano de ayer. ¿Te duele Italia desde lejos?

Me duelen las generaciones jóvenes, con entusiasmo, con capacidad, que se dejan el culo para progresar y sienten que se les toma el pelo. No tienen trabajo ni oportunidades, y luego desayunan leyendo noticias de este tipo. Todavía hay gente que se manifiesta en recuerdo de Falcone o Borsellino y querría sólo tener unas migas de esperanza. Ya no hablamos ni de trabajo, sino la esperanza de vivir en una sociedad mínimamente civil.

¿Cuándo se perdió el sentido de la moralidad política, de respeto a las reglas, en Italia? ¿Cuándo se impuso la cultura del listo que triunfa, la cultura de Berlusconi?

Ha sido un derribo constante, progresivo. Y Berlusconi ha sido el vértice de todo. No el causante, sino la consecuencia. Yo he votado toda mi vida a la izquierda.

¿Qué izquierda? Porque en Italia hay más tipo de izquierda que de quesos.

Tienes razón. Con una excepción, cuando voté por el Partido Republicano de Spadolini, siempre voté siempre a la izquierda. Primero al Partido Socialista…

el felipismo a la italiana de Craxi…

sí. Con una desilusión furibunda. Luego voté al Partido Comunista, que se convirtió más tarde en el Partido Democrático de centroizquierda. Y mis enfados fueron más furibundos aún con Massimo D’Alema [dirigente italiano del PD y ex primer ministro]. Un personaje demencial. Cuando su izquierda, en el poder, no hizo la ley del conflicto de intereses, puso las bases de la llegada de Berlusconi. No pueden quejarse después de lo que ocurrió. ¿Dónde estaba la izquierda? Viví con amargura y tristeza cuando Fausto Bertinotti (Refundación Comunista) hizo caer al Gobierno de Romano Prodi (entonces jefe de El Olivo, coalición de centroizquierda]. Conozco a Prodi desde hace mucho y quizás no sea el mejor político del mundo, pero es una persona sensata. Intentó cambiar las cosas.

El Del Bosque  de la política italiana.

Exacto. Buena comparación. No puedo estar satisfecho con esta clase política. Al mismo tiempo, por carácter, por cultura política, por forma de pensar, tampoco puedo pasarme a los que gritan. A los Beppe Grillo y demás. No creo en los que gritan, por definición.

Escribimos sobre Beppe Grillo cuando dijo en Palermo que la mafia no estrangula a sus víctimas.

Una vergüenza. Que le pregunten a los asesinados por no pagar el pizzo, como Libero Grassi y tantos otros.

Se acaban de cumplir 20 años del asesinato del juez antimafia Giovanni Falcone. Y en pocos días se cumplirán los 20 del de su ‘Sancho Panza’, el juez Borsellino. ¿Dónde estabas tú?

Cuando murió Falcone era asistente de la selección italiana y estábamos preparando el preolímpico. Estaba en mi habitación de hotel y me llegó la noticia. Me dejó paralizado. No nos clasificamos. A los pocos meses, me encontraba en Tenerife, en un clínic con Pat Riley y Lolo Sainz, cuando llegó la de Borsellino. Me acuerdo que me masacró mentalmente. La muerte de Falcone y Borsellino fueron un antes y un después para Italia y Sicilia. Es un asunto del que sigo leyendo y viendo todo aquello que puedo.

Creciste en los años de la Italia más convulsa, la de los años de plomo. ¿Cómo lo recuerdas?

En el instituto, si no hacías política, estabas fuera. Mis amigos y yo hacíamos deporte y, aunque nos interesara también la política, nos miraban raro. Tras las clases había que reunirse y masturbarse el cerebro en los colectivos de base hablando sobre la sociedad, la revolución. El deporte era sospechoso. Imagínate en Mestre, la zona obrera de Venecia donde yo vivía: el clima era de ebullición política constante.

Naciste en Sicilia pero creciste en Venecia. Como siempre en la historia siciliana: la emigración.

Mi padre y mi madre eran hijos de buenas familias de la burguesía siciliana. Él tenía 28 años. Ella, 18. En cinco años nacimos yo y mis dos hermanos. Mi padre entonces consigue un puesto como abogado del Estado en Roma, pero las dos familias no permiten que se vayan a vivir a la capital. Era la Sicilia de la época. Mi padre entra en la Administración Pública pero en Catania no había un puesto para su rol de abogado de la Seguridad Social. Sólo en Génova y Venecia. De nuevo la pelea y las familias que se niegan a dejarles partir. Pero mis padres, contra la opinión de los suyos, deciden zarpar. Mi madre todavía se acuerda de que mi abuela no la ayudó ni a hacer las maletas como muestra de disgusto por dejar su tierra. Tardaron años en reconciliarse.

Desde fuera pareces más veneciano que siciliano.

[Sonrisa] No me conoces. No soy una persona fría. Querría serlo mucho más, pero en mi vida tomé muchas decisiones sin reflexionar mucho. A veces me salió bien. A veces no. [No parece difícil saber en qué está pensando].

Fotografía: Guadalupe de la Vallina

 


Pablo Laso: “Muchos partidos de la NBA parecen una pachanga”

Pablo Laso es un tipo normal. Colocado en fila con otros 50 entrenadores, físicamente no llamaría la atención. Tampoco por sus trajes. Si les hiciéramos hablar, entonces es probable que pasara un corte de 25, más por su claridad que por su oratoria. Si les viésemos entrenando, tendría sitio en el top ten por enérgico. Pero si no les miramos a ellos, sino sólo el baloncesto que juegan sus equipos, entonces no hay duda: el equipo del “tipo normal” es el más carismático. 

Estaba en un aeropuerto de Oriente Medio cuando de repente me sorprendió este párrafo de Sunset Limited, libro de Cormac McCarthy: “A veces las cosas sencillas tienen mucha más miga de lo que pensamos. Un montón de gente esperando en el andén de una estación. Para ir al trabajo. Han hecho lo mismo cien veces, mil veces. No es más que un andén. Pero podría ser que, para uno de esos currantes que hacen el mismo trayecto cada día, estar ahí al borde del andén sea algo más que esperar el tren”. ¿Y si, después de 20 años de basket control, de entrenadores providenciales, de equipos funcionando como monarquías absolutistas, de ver al baloncesto perder el tren de la audiencia, igual el baloncesto fuese más sencillo de lo que pensábamos?

El Limoges de Maljkovic ganó la Copa de Europa en 1993. Hace ya casi 20 años. El colmo del aburrimiento. El basket control que ha imperado en el baloncesto continental desde entonces, ¿ha dañado a este deporte? ¿Lo ha hecho más aburrido?

Los entrenadores compiten para ganar. No conozco ninguno que no lo haga, sea cual sea tu estilo. Al final tu satisfacción es ganar. Hasta los entrenadores de minibasket. Los resultados hacen falta.

¿Pero…?

Pero luego está cómo se consigue ese objetivo. Destruir es más fácil que construir en cualquier orden de la vida. Y en baloncesto, más. La sensación de que tú puedes armar un buen equipo desde la defensa es real. Como en fútbol cuando te llevas un punto sin jugar un pimiento. Pero yo no concibo el basket así. Quiero que mi equipo meta canastas, se mueva rápido por el campo, derroche energía… Y este juego es el que la gente quiere.

Hablábamos antes de televisión. ¿Crees que un baloncesto más ofensivo generaría más audiencia?

Cuando las televisiones o los medios hacéis resúmenes de los partidos, resaltáis muy raramente la labor defensiva. Como mucho, que Ibaka ponga diez tapones, pero ya es algo visual. ¿Quién escribe sobre una buena defensa de ayudas? Al final, lo que vendéis, lo que importa y lo que entra en el top de las jugadas, son canastas, mates, asistencias… jugadas ofensivas. Y nosotros tenemos que fomentarlas, no disminuirlas.

Antes no te has mojado. ¿El estilo del basket-control ha dañado al baloncesto? ¿Sí o no?

Probablemente sí.

¿Te has aburrido como espectador muchas veces?

Sí. Como espectador, sí. Como entrenador se ve desde un punto de vista diferente, pero los entrenadores no suponemos mucho en términos de una audiencia medida en cientos de miles de espectadores (sonrisa).

Llegas al Madrid y en pocos meses implantas una identidad. En un artículo te comparé con Margaret Thatcher, no por su físico ni su ideología, sino por una frase: “Europa se ha construido sobre su historia, o sea, sobre lo que hemos sido. Estados Unidos sobre su filosofía, o sea, sobre lo que podemos ser”. ¿Cuándo decidiste que tu Real Madrid tenía que jugar alegre y ofensivo? ¿Como consecuencia de tus jugadores o como principio, antes de poner un pie en Madrid?

No hay un momento definido, pero sí una filosofía de baloncesto que llevas dentro e intentas transmitir, sumada al talento de tus jugadores. Cuando yo veía al Real Madrid el año pasado, había cosas que me gustaban y otras que no. Y jugador por jugador, lo mismo. Yo tenía un punto de partida, una filosofía de juego:  querer ser atractivo, agresivo y optar por el campo abierto aunque luego pudiéramos sufrir más en el cuerpo a cuerpo. Pero, cuando valoré mi plantilla, intenté sobre todo colocar a esos jugadores donde mayor rendimiento podían ofrecer.

En esa revisión de los roles de la plantilla de Messina, se habló mucho de tu decisión de poner a Sergi Llull como ‘uno’.

Todos decían que no podíamos jugar con Sergio Rodríguez y Sergi Llull de bases. Pues a lo mejor el que entrenara a ese equipo no podía jugar con Llull de base, pero para mí son mis dos mejores bases.

¿Cuántas veces se te ha mosqueado Llull por jugar de base?

Hablé con él el primer día porque le había visto jugar de base en las categorías inferiores. Le dije: “Mira, Sergi, el equipo está sin terminar, te vas con la selección, pero mi idea es que juegues de base. Sé que puedes adaptarte a varias posiciones, pero creo que tu crecimiento al más alto nivel pasa por esta posición”. Me miró y me dijo: “Pues claro que puedo jugar de base”. Igual los entrenadores anteriores, por lo que no tenían en la plantilla, apostaron por él de escolta. Pero yo traje ahí dos muy buenos jugadores: Jaycee Carroll y Martinas Pocius. Y además estaba Rudy.

¿Qué otros jugadores viste fuera de su sitio?

Por ejemplo, creo que Carlos Suárez es un jugador que debe postear mucho más. Que Velickovic debe jugar de interior y no de exterior. Que Felipe Reyes no pinta nada fuera de la canasta, porque donde siempre ha dominado es cerca del aro. Y pienso que Begic puede tener un rol importante dentro del equipo. Con lo cual, sin hacer tantos cambios de jugadores, sino por lo que quiero sacar de ellos, le doy otro perfil a la plantilla.

¿Se puede jugar igual con cualquier equipo? Empezaste en San Sebastián con un juego muy ofensivo y te tocó recular después.

Ahí entra otro problema. La calidad de tus jugadores. En San Sebastián tenía otros objetivos, otro presupuesto y tenía que jugar de otra manera. Cuando tuve una lesión aquí me trajeron a Ibaka. Y en San Sebastián tenía que reconducir a los que tenía. Igual yo entrené mejor en San Sebastián que en el Madrid. Fíjate si tiene mérito que el Levante vaya cuarto en Primera. Entonces quién tiene más mérito, ¿el entrenador del Levante o Guardiola? Yo igual sería un fracaso como entrenador de baloncesto femenino. No por lo técnico y lo táctico, pero en el trato personal, nunca he entrenado a mujeres.  Igual no sabría cómo llevarlas. El éxito del entrenador muchas veces depende de cosas que no son entrenar. Sino motivar, lidiar con el club, la presión mediática… aunque bueno, eso yo  no lo llamo presión, sino la sensación de medios alrededor del club.

¿Por qué no lo llamas presión?

Nunca la he sentido. Me la quité muy pronto, cuando era jugador, y eso me ayudó a saber manejarla después.

No te vino mal. En tu primera rueda de prensa había una manifestación de aficionados fuera. Y la mayor parte de los seguidores madridistas estaban con Messina. Te tocó empezar desactivando minas y recuerdo tu respuesta: “Si hay una manifestación fuera quiere decir que esta sección le importa a la gente”.

Yo no sé actuar. Tienes que ser tú mismo. E igual hay entrenadores que no valen para un sitio. A veces se venden como fracasos de entrenadores situaciones que son fracasos de un club en un determinado momento.

¿Qué sección te encontraste aquí?

Era una situación de dudas, por el final de temporada, nuevos jugadores, nuevo entrenador… pero esas dudas eran normales. No había que interpretarlas como inestabilidad. Sobre todo porque las dudas en el Madrid son diarias. Yo en el Madrid gano 10 partidos y pierdo el undécimo y a la mañana siguiente la pregunta es por qué no he ganado el undécimo.

¿Pero había una cierta desmoralización de la plantilla? Muchos de tus jugadores estaban dolidos.

No (tajante). Creo que muchos de ellos estaban, al contrario, deseando sacar su mejor baloncesto. Lo cual me facilitó las cosas. Querían demostrar que son grandes jugadores.

¿Cómo viste desde fuera la salida de Messina del Madrid?

Los que toman decisiones son los valientes. El cobarde es el que no hace nada y deja pasar las cosas. Una decisión tan difícil como tuvo que ser para Ettore dimitir fue una decisión valiente, seguro. Como la mía de venir al Madrid. Yo tenía contrato en San Sebastián, estaba muy bien allí y algunos podrían pensar: “dónde se mete éste” o “vaya regalo envenenado”. Lo importante es tomar decisiones. No como ese taxista que te subes y te pregunta: “¿por dónde le llevo?”. Tú sabrás, que eres el taxista.

¿Los entrenadores han tenido demasiado protagonismo en el baloncesto reciente?

Sí. Sin duda. Pero es que el entrenador de baloncesto influye e interactúa mucho durante el partido. Cambios, tiempos muertos… pero eso hace que también se nos pueda juzgar cada decisión.

Hablando de tomar decisiones y salir del Madrid, muchos han olvidado que te fuiste como jugador a mediados de temporada. Un poco como Messina.

Llegué al Madrid con Zeljko Obradovic y en mis dos primeros años fui muy feliz. El equipo era un equipo en todos los sentidos, con grandísimos jugadores, con buenos y malos momentos. En el tercer año llegó un entrenador que lo único que intentó y consiguió en ese tiempo fue romper ese grupo.

Miguel Ángel Martín. 

Sí. Entonces, como yo no quería ser partícipe y no estaba a gusto, pensé que la mejor decisión era salir porque yo no era feliz. Y probablemente debería haberme callado la boca, porque Miguel Ángel Martín al tiempo se fue y yo, que tenía contrato, habría seguido con otro entrenador.  Pero, igual que decíamos con lo de Ettore, a veces uno tiene que tomar decisiones aunque sean jodidas.

¿Cómo te sentó el spot de la Euroliga con tu bronca?

Ni bien ni mal. Me hizo gracia cuando llegué a casa y mi mujer me dijo: “Te han sacado en un tiempo muerto de Euroliga en un plan…”. Y mi hijo de 10 años intervino y soltó: “Uy, pues si yo a papá le he visto en casa mucho peores…”.  Es algo que me sale y lo que sí me fastidia es que se quede una imagen de ese tiempo muerto con 1000 tiempos muertos en todo el año. No sé si vende más o menos, no sé si para la tv es atractivo vender un tiempo muerto, pero sí tengo claro que hablar duro no es alzar el tono de voz. Yo he sido mucho más duro que eso con mis jugadores sin gritar.

Todos hablan de la enfermedad del baloncesto. ¿Qué le pasa a este deporte?

El baloncesto, como todo en la sociedad, tiene mucha competencia. Y esa competencia hace que a un producto le cueste crecer. En cuanto a afluencia en los pabellones, a calidad de la Liga, impacto de la Copa del Rey…. Somos seguro la mejor liga de Europa y probablemente la más seguida tras la NBA. Igual no es tanto una situación de crisis, sino de saber dónde estamos y valorar qué debe mejorarse.

¿Quiere decir que la enfermedad es sólo la baja audiencia? ¿Es la televisión el termómetro de cada deporte?

Si ése es el único termómetro, entonces la situación sería desastrosa. Pero ése problema de competencia televisiva no lo tiene sólo el baloncesto. Lo tienen los programas, las series… la competencia es extrema.

Pero vivimos en una sociedad que ha hecho de la libre competencia el centro de su funcionamiento.

A los diez años tenía un balón y jugaba al baloncesto. Ahora mi hijo de diez años tiene más oferta televisiva, la consola, la Wii, mil juguetes… hay niños de esa edad hasta con teléfonos. Antes el colegio estaba abierto y yo iba a jugar. Ahora están cerrados. ¿Es esto malo? No creo. Simplemente, la sociedad funciona así y hay que adaptarse. Y el baloncesto también.

Decía el otro día Albert Agustí, director de la ACB, que “el público tiene que despertar”. ¿Quizá no debería despertar el baloncesto?

Lo fácil es decir “la culpa es de la televisión”. Igual que en el baloncesto, para un jugador a veces es fácil decir: “No juego bien porque no me ponen, porque no me pasan, porque el árbitro me pita mal…”. Muchas veces el jugador debe pensar “no meto los tiros, no me sacrifico en defensa…”. Hay que mirar hacia dentro. Qué podemos hacer nosotros para mejorar.

Como la frase de Magic Johnson reformulando a Kennedy: “Plantéate lo que puedes hacer por tu equipo, no lo que tu equipo puede hacer por ti”.  ¿Qué debería cambiar el baloncesto por sí mismo?

A lo mejor el sistema de competición. Habría que analizar si el actual es el más atractivo.

¿Incluso planteándose abandonar los playoffs?

Puede ser. Por qué no.  También cómo se marcan las clasificaciones para Europa. Los descensos y los ascensos. Y, por supuesto, el estilo de juego, que viene marcado por la voluntad de un equipo, por la calidad de los jugadores y también por las reglas.

¿Estás planteando cambiar las reglas del baloncesto para favorecer el espectáculo?

Sí.  Para mí la falta en mediocampo para parar contraataques debería ser castigada con más dureza. Eso liberaría el juego. Habría que permitir menos contactos, aunque eso es un tema de arbitraje en el que no puedo entrar. Y una tercera cuestión, para mí la más importante, es que el campo se hace pequeño. Estamos jugando en las mismas medidas que cuando empecé yo en el año 83. Los jugadores son más altos, más rápidos y más fuertes. El campo se queda pequeño. El baloncesto debe ser más alegre. Esto ayudaría.

Me contaban el otro día que Florentino Pérez, el día de la final de la Copa del Rey, cuando ya no quedaban cámaras, subió a la grada con los 800 seguidores madridistas a celebrar con ellos el título.

Me lo contaron y fue una de las cosas que más me alegró. Que exista esa sensación de club, desde el aficionado que va a Barcelona frente a 15000 culés, que ganemos un partido difícil, que el presidente esté con ellos… importantísimo para la imagen del club. O que Mourinho lo primero que hizo al llegar a Rusia fuese felicitarnos por la Copa del Rey. Nosotros también cenamos con el Madrid de fútbol encendido.

¿Qué te dijo Florentino Pérez tras ese título?

Varias cosas se me quedaron grabadas. La primera, en el vestuario nada más terminar, cuando me dijo: “Ahora a por la Liga”. ¡Es la identidad de este club: ni cinco minutos para relajarse! Luego, hablando con él, estaba sorprendidísimo de llevar 19 años sin ganar la Copa del Rey. Y lo comparaba con el fútbol, que el Madrid pasó otros 18 años. En tercer lugar, el conseguirlo en Barcelona fue muy especial para él porque el año pasado, en ese mismo escenario, la Final Four fue una gran decepción.

¿Tiene más impacto ganar la Copa del Rey que la Liga ACB? ¿Ya lo ha superado en importancia como título?

La Copa del Rey ha conseguido ser algo especial: ser un foco del baloncesto mundial. Los árbitros de Euroliga en estas jornadas venían y me daban la enhorabuena y eran un croata, un esloveno… Los entrenadores de Siena me felicitaron también y, como ellos ganaron la suya, yo hice lo mismo. La respuesta de Pianigiani fue: “No compares. Lo nuestro fue sin gente en el campo”. En San Sebastián sé que clasificarse para la Copa ha sido la releche. Casi tiene más interés la primera mitad de la liga regular que determina ese corte de la Copa que la segunda.

Desde el arranque de temporada llamó la atención el reparto de minutos en el Madrid. Tu rotación es más larga de lo habitual. Y casi todos los jugadores jugaban al menos un cuarto, como si fuera minibasket. En la Copa, Felipe se salió en cuartos, Mirotic en semis y Llull y Carroll en la final. ¿Buscabas tener a 11 jugadores enchufados para las fases finales de tres días, como son Copa y Euroliga?

Creo que nuestro estilo de juego nos obliga a mucha energía y mucho esfuerzo físico. Somos un equipo que toma muchas decisiones. Eso nos obliga a estar frescos mentalmente. La fatiga se nota primero en el cerebro que en las piernas. Muchos de mis jugadores no pueden estar jugando mucho tiempo en el campo a esa velocidad. Y no quiero que descansen en el campo. Lo segundo, no quería un equipo que dependiera de un solo jugador. Porque arrancamos con grandes estrellas, pero si se iban no podíamos ser un equipo que dependiera de Tomic, de Llull o incluso de Rudy. Que un mal momento de un jugador no nos afectara para conquistar un título.

Consigues un gran rendimiento medio de la plantilla, salvo en una semana en la que se va la Euroliga al traste. Bilbao y Siena. ¿Fue sólo una “mala semana” o fue miedo?

Fueron 15 días extraños. Pero Siena y Bilbao fueron partidos muy diferentes. Con Siena hicimos el peor partido ofensivo del año ante uno de los mejores equipos y nos lo hicieron pagar. Fue un mal partido. El de Bilbao fue otra cosa. Tiene otras connotaciones. El equipo no estuvo y nos ha costado la Euroliga, siendo el tercer equipo, tras CSKA y Barcelona, con más victorias.

¿Pesó en ese partido ser un equipo muy joven?

Puede ser. Pero pasó. Y precisamente sacar con el grupo las conclusiones de ese partido nos tiene que hacer crecer para la siguiente.

Una vez, Rafa Benítez me comentó que aunque Steven Gerrard llevase el brazalete del Liverpool, no era un capitán. En el vestuario no era el líder. El verdadero capitán era Carragher: nacido en el puerto, cabrón como él solo, capaz de poner firme a cualquiera. Lo recordé el otro día cuando vi la polémica que se montó cuando dijiste que Navarro no es un líder. ¿Qué es un líder?

Hay equipos que ganan y no tienen líder, porque a lo mejor el líder es el club. Ser líder es difícil de definir. Benítez pensaba seguramente al llegar a Liverpool que su líder sería Gerrard. Pero no lo era, aunque ganase los partidos. Navarro es probablemente el mejor jugador que ha dado el baloncesto español.

¿En tu equipo tienes algún líder?

Tengo varios jugadores que pueden llegar a ser líderes. Pero yo creo que para ser grandes líderes todavía deben mejorar. El rol de los líderes ha cambiado mucho. Porque cuando yo empecé a jugar, en el Caja de Álava, en el 83, había 7 u 8 de Vitoria, uno de Lazkano, ahora presidente, un catalán que había caído allí por casualidad y dos americanos. Y jugabas contra el Manresa, que tenía siete tíos de Manresa. Ahora entras en un vestuario y hay ocho nacionalidades. Esta globalización hace más difícil llevar un grupo. La conversación de un esloveno que chapurrea inglés con un vitoriano es más jodida que la de dos tipos del mismo barrio.

Hablamos de identidad, y tú eres seleccionador de una tierra con identidad como Euskadi al mismo tiempo que entrenas al Madrid. ¿Has sentido algún tipo de incomprensión, en Madrid o en el País Vasco, por tus respectivos cargos?

Es un tema muy personal. Si alguien quisiera politizarlo, sería absurdo. Este tema va más allá de la política o del sentimiento. Es una cosa diferente. Yo he disfrutado mucho en la selección de Euskadi, primero como jugador y ahora desde el banquillo. Y cuando me llamaron para ofrecérmelo, lo dejé muy claro: soy entrenador de baloncesto. Si se quiere politizar esto, yo no entro. Si se quisiera sacar rédito de mi imagen en algo diferente del deporte, no habría aceptado.

¿Cuesta a veces desde Madrid entender lo que pasa políticamente en Euskadi y viceversa?

Tenemos un país repleto de identidades. Hay un canon para los andaluces. Una horma determinada para los extremeños. Para los valencianos… Si todo se rigiera por estereotipos, acabaríamos a puñetazos. Menos mal que no todos se guían por cosas menos importantes de lo que muchos creen.

Recuerdo que hiciste en Twitter un elogio a un programa de Salvados sobre el conflicto vasco. Decías: “Me he quedado con una frase: sensación de libertad”.

Fue una frase que dijo él. Para el que no recuerda el programa, Jordi Évole hizo entrevistas a una serie de personajes políticos, y nadie le negó la respuesta. Desde Antonio Basagoiti, del PP, al concejal del PSOE Mondragón, a Maiorga Ramírez, de Bildu… y todo el mundo dio su opinión. Esa sensación de que todos daban su opinión, estés o no de acuerdo, esa sensación de poder hablar, es algo que la gente desde fuera sí ha pensado que no pasaba en el País Vasco. Y no era real.

Una vez escribiste: “si hablaran más los políticos y menos los que opinan, mejor nos iría”. ¿Falta valentía en la política?

Los que tendrían que hablar para solucionar los problemas son los políticos. Pero ahora la opinión de la calle no se genera por las ideas de los políticos, sino por lo que algunos hablan de lo que piensan los políticos. Eso genera incertidumbre. Ahora sólo toca hablar de la crisis. Hay temas más importantes que el conflicto vasco, pero el problema sigue estando ahí. Los presos, etcétera… Y habrá gente en política trabajando sobre ello, pero hacia fuera sólo importan el paro y la economía.

Vamos, que la opinión la generan los tertulianos. Tú, como ciudadano, ¿qué echas en falta?

Los políticos tienen una oportunidad y un problema que es el mismo: los elige la sociedad cada cierto tiempo. A mí me gustaría saber si trabajan para que les vuelvan a elegir o para sacar las cosas adelante. Lo que no me gusta es que algunos trabajen pensando en ser reelegidos. Si yo trabajara en el Madrid sólo para que me renueven, sería triste, corto de miras, no disfrutaría… y probablemente no me renovarían.

¿Cuánto tiempo le dedicas a Twitter y para qué te sirve?

Le dedico poco tiempo y sobre todo para informarme. Por ejemplo, de un vistazo por la mañana veo qué ha sucedido en la NBA, porque yo durante la temporada no la sigo mucho. Veo algún partido suelto, pero no soy un gran seguidor.

¡¿Qué no te gusta la NBA?! ¿Qué es lo que no te convence?

La falta de competitividad que hay entre los equipos en la liga regular. Muchos partidos parecen una pachanga. Mira, este año ha habido un equipo que me ha sorprendido: Philadelphia. Defienden, juegan como equipo, con tensión… y están haciendo una gran temporada casi sin estrellas. Yo apenas te puedo decir jugadores de los Sixers. Ahora la NBA tiene un seguimiento enorme porque hay seis jugadores allí formados en la ACB que engrandecen el baloncesto americano y tapan todo lo que no es la liga americana. Se ven partidos muy malos en la NBA, como en la ACB. Y muy buenos en las dos competiciones.   

Estuviste en Estados Unidos. ¿Hay muchas diferencias entre entrenar allí y en Europa?

Estuve en una pretemporada y en una liga de verano con los Spurs y la sensación es muy diferente a la del baloncesto europeo. El trato con los jugadores, por ejemplo. La sensación de control del equipo. De cómo se entrena. Y además hay un concepto mucho mayor del show-business.

Coincides entonces con esa frase de Ettore Messina a su llegada a Los Ángeles de “y yo qué le voy a decir a Kobe Bryant si viene a entrenar en helicóptero”.

No. Yo eso no lo comparto. Si eres entrenador, tienes que decir lo mismo vengan en helicóptero, en Mercedes, en un Mini o en bicicleta.  Si dejas de decirle algo a un jugador, entonces ya no estás siendo entrenador. Por eso quizás también es por lo que me guste menos la NBA.

Volviendo a Twitter, eres un tuitero tímido

No me suelo meter en muchos temas, pero sí me gusta que haya una ventana para acercarse a mí. Veo por dónde respira la gente, me mantiene cercano a la afición, aunque quiero que quede claro que no me influye lo más mínimo. Está bien esa democracia de los 140 caracteres porque así no te crees nadie especial. Ni yo ni mis jugadores somos especiales. O bueno, ellos sí, pero sólo porque son muy altos.

Alberto Herreros.

Un amigo.

Joe Arlauckas.

Uno de los mejores americanos que han jugado en Europa. Quizá el mejor.

Josean Querejeta.

Presidente de un club.

Patxi López.

Gran seguidor del Bilbao Basket.

Zeljko Obradovic.

Un maestro.

Pau Gasol.

El referente que ha hecho crecer el baloncesto español.

Fernando Martín.

El primer español que pisó la NBA

Juanma López Iturriaga.

Mejor periodista que jugador (sonrisa).

Xabi Alonso.

La eficiencia en un deporte.

¿Magic o Jordan?

Me quedo con John Stockton.

 

Fotografía: Javier Villabrille