La lluvia en Sevilla

lluvia en sevilla
Fotografía: Enrique Moya Ortiz.

Así que me dije, vámonos a la Semana Santa sevillana, no vaya a ser que te mueras sin haberla visto. Según algunos amigos del club Viejos Ateos Solidarios, en las procesiones no era raro ver lo que debió de ser la religión mediterránea antes del cristianismo. Imaginaba yo que sería similar a las tremendas procesiones sicilianas y napolitanas, con sus penitentes tintos en sangre y sus masas agrícolas desesperadas por la muerte del fertilizador anual y luego gozosas por su resurrección primaveral. ¡Cuánto me equivocaba! La era moderna y científica también ha llegado a la Semana Santa de Sevilla. Por esta razón y no otra recomiendo la excursión como imprescindible.

Total que llegué un lunes abrileño que cayó en 25 de marzo. Para ir a Sevilla lo mejor es el AVE incluso si uno vive en Gerona. El avión no da tiempo para recapacitar, cogitar y recogerse en lo que estas celebraciones religiosas significan. El AVE sí. Son dos horas y media si se sale de Madrid y otras tantas para llegar a Madrid desde donde tenga uno el capricho de vivir. Hay lugares, sin embargo, malditos. Gijón, por ejemplo, Lugo o Santander. Si alguien vive todavía en esos remotos poblados, es mejor que vaya de semana santa a Londres. Le cae mucho más cerca. 

Aquel 25 de marzo y una vez desnortado desde Santa Justa hasta el hotel, salí un poco a tontas y a locas a comer, sin acordarme de que en Sevilla no se come. Puede uno tomar unas tapas aquí y allá, unas cazuelitas, pescaítos fritos por toneladas, hamón de bellota al peso, olivas, cacahueses, chufas, pijotas, pero comer, lo que se dice comer, es cosa de bárbaros, de modo que es mejor abstenerse. Eso no quiere decir que no haya tascas, tabernas y figones en donde se pueda pedir de casi todo. Yo me afinqué en el Olalla y ya de ahí no varié ni un solo día por lo que es mi única recomendación. 

Al salir del Olalla y tras evitar el café Tapanuba, Catunamba, Catacumba, o algo similar, que es lo que sirven en Sevilla casi en régimen de monopolio, me topé a la hermandad de la Redención que circulaba en ese momento por la plaza de la Encarnación, más conocida como «la de las setas» debido a un gigantesco monstruo ejecutado para dar una apariencia de modernidad a la ciudad, como si esta lo necesitara. Las setas son un armazón sinusoide a modo de platillo volante ingenuo, que ocupa casi toda la plaza. Debe de haber costado otra fortuna y no solo es horroroso sino que no sirve absolutamente para nada. Constituye un delirio levantino en una ciudad casi siempre sobria.

La procesión, debo confesarlo, me emocionó. El paso se llama «El beso de Judas» y habría que tener el corazón de pedernal para no reconocer en ese gesto del beso (tan español y tan político) la inminente traición en la que caeremos todos, uno después de otro, gracias a la incondicional amistad y la mano en el fuego etcétera. Los nazarenos en esta cofradía son solo mil cien y desfilaban con lenta grandeza, velón apagado y caperuzo bien sujeto con la mano no ocupada por el velón (hacía mucho viento), a quienes seguía la banda de música y sus claros clarines. Yo ya para cuando llegaron los músicos estaba llorando como una monja. Luego vino la Virgen que, si no ando equivocado, era la del Rocío, y ustedes se dirán ¿cómo es posible que no sepa este hombre qué Virgen era? Verán.

Los diarios de la ciudad reparten durante las celebraciones unos cuadernillos con las cofradías o hermandades (no me ha quedado claro qué es cuál), las procesiones, los pasos, los recorridos por la zona centro, los colores nazarenos, las bandas de música (si llevan) y todo tipo de información útil para el asiduo. Vienen a salir a un mínimo de cinco procesiones diarias, con acopio los jueves y viernes de hasta veinte. O sea, unas cuarenta en la semana a ojo de buen cubero. No hay quien distinga cuarenta Vírgenes, todas preciosas y cubiertas por lágrimas de cristal de cuarzo.

Así, por ejemplo, pillé por la tarde la procesión de la Vera Cruz, que porta la reliquia homónima sobre la que mucha gente se precipita a besar o tocar —tiene mucho poder—, operación difícil dado el gentío que pasa por en medio de la procesión, por los lados y casi por encima, porque una de las sorpresas del visitante es que aquello es un caos y hay familias enteras que cruzan por donde les apetece, levantando las cruces de los nazarenos al grito de «¡usté perdone!», madres con cochecitos por en medio del nazarenío, grupos de alegres muchachas cogidas del brazo, y así. Algún nazareno he visto que harto de que le crucen el caperuzo ha dado un giro veloz y cascado la nuca del incivil con un cristazo tremendo. Pues bien, en esa procesión pasea una bella Virgen que solo muy tarde supe que respondía al apelativo de «Las tristezas de María santísima». No solo es que haya muchas Vírgenes, es que responden a nombres de un lirismo sideral.

Como en este reportaje tengo que señalar algunos monumentos dignos de ser visitados, apunten la iglesia de El Salvador, uno de los templos más bellos de España, sin duda. Aquellos ancianos que a partir del Sesentayocho se fueron a  la India encontrarán allí lo más cercano al templo hindú que les sorbió el poco seso que les quedaba. Inmensos retablos de oro y pedrería, oscuridad tachonada por candelas, grandes y barrocos santos, santas, mártires y mártiras, muy semejantes a los de nuestros hermanos del Índico, aunque con mayor volumen de ropaje.

También merece la pena el Museo de Bellas Artes, posiblemente el recinto con más imágenes religiosas del mundo entero, incluido el Vaticano de Roma y el Walhalla de Múnich. No vaya a creerse, sin embargo, que la población sevillana y andaluza es particularmente católica. La frondosísima imaginería obedece más bien a un resto pagano ya muy estudiado etcétera. Y la mejor prueba es verlo en vivo y en directo, con toda la población gritándose de un lado a otro de la procesión que a ver dónde quedamos, vendedores de paraguas anunciando su mercancía o centenares de niños corriendo entre las piernas de los nazarenos en busca de caramelos.

Bueno, pero es que esa es precisamente la religiosidad que a mí me gusta, la que mejor comprendo y amo. Estoy casi seguro de que cuando el verdadero Nuestro Señor subía al Gólgota, numerosos niños palestinos seguían el cortejo y se colaban por entre las piernas de los soldados romanos, los verdugos, los felones y las santas mujeres, al tiempo que puñados de familias jerosolimitanas acompañaban el Vía Crucis comentando los últimos resultados de las carreras de cuádrigas en la capital y el precio del incienso y la mirra.

Luego ya empezó a llover, como cada año, y no merece la pena comentar ya más el asunto, excepto para hacer ver que la lluvia, en Sevilla, es una maravilla si a uno le pilla en el bar tomando un negroni bien servido. Llevado por mi entusiasmo, seguí buscando y encontrando procesiones en cuanto amainaba, gracias a lo cual creo que pillé uno de los momentos más grandiosos del siglo. Fue cuando me apretaba junto a mil sevillanos más (componíamos el típico funeral árabe) para ver a la Macarena. Era en la calle Feria. El paso de Cristo juzgado por Pilatos es uno de los más impresionantes del conjunto, pero cuando yo lo vi tenía una peculiaridad añadida, turbadora e irrepetible. Para protegerle de la lluvia lo habían cubierto con un chubasquero de la guardia civil. Formaba el santo paso un híbrido capaz de remover las entrañas del más desalmado. El Cristo vestido de guardia civil. Lloré como un crío. 

Considerando que ya no podía ver nada más elevado y grandioso, no solo en Sevilla, sino posiblemente en toda mi vida y teniendo en cuenta que seguía lloviendo como si aquello fuera Pontevedra, me refugié en el hotel y ya no abandoné el bar hasta que monté en el AVE transido de emoción y convertido en mucho mejor persona. Espero que a usted le suceda lo mismo.


Aleister Crowley y las vacaciones en Cefalú

Aleister Crowley cefalú
Aleister Crowley. Foto: Getty.

«Haz lo que quieras», repetía la Bestia aquí y allá a quien lo quisiera escuchar. Es más, añadió una segunda parte al mandamiento para darle a todo el asunto un carácter absoluto, irreversible, burocrático: «Haz lo que quieras será la única ley». Para qué complicarse la vida con más preceptos, con decálogos, con sacramentos, con algún tipo de antiderecho canónico cuyo motto latino bien podría ser Sanctis meis testiculi, cuando todo es mucho más sencillo. ¿Tengo derecho a hacer esto? Sí. Apoyado por la ley y su principio irrefutable, siempre tengo derecho. Por mis santos cojones. Y unos lo llamaron liberalismo y otros Thelema.

Tal y como sabemos desde mucho antes de que apareciera Freud dispuesto a aburrirnos con sus milongas, resulta que lo que quiere hacer todo el mundo es follar. Está descrito bien clarito en la Biblia, versículo aleatorio. Aleister Crowley, el autor de la genialidad ya citada —y es una genialidad porque una vez que sea lo suficientemente conocida y adoptada hará que cualquier estudio de la FAES resulte ser una obviedad— lo sabía muy bien. Cada mañana, después del desayuno, sin apenas tiempo para haber engullido un par de huevos fritos en grasa de carnero y, salvo los viernes, tres salchichas de Warwickshire, su padre reunía en el salón de la casa a la familia, al servicio y a cualquiera que tuviera la mala idea de asomar la cabeza por allí y les hacía leer a cada uno un capítulo de la Biblia en voz alta.

En la sesera del pequeño Alick, como en la de cualquiera que esté bien educado, ya sea en un colegio de curas o no, pronto se empezó a desarrollar una patología con la que hoy en día nos encontramos bien familiarizados, y del mismo modo en que nosotros simpatizamos con malvados legendarios como Tony Soprano, Hannibal Lecter o Freddie Mercury, él muy pronto empezó a animar interiormente al Falso Profeta, la Puta de Babilonia y la Bestia para que en las páginas finales del Apocalipsis triunfaran sobre la fuerzas del bien. Comenzó soñando con un mundo en el que los regalos de Navidad no estuvieran prohibidos por ser un símbolo del paganismo —tal y como pregonaba la Hermandad de Plymouth, una especie de Opus Dei a lo bestia del que era miembro activo su padre— y terminó visualizando escenas en las que la sodomía y el sexo grupal eran un modo de saludo tan natural como entrelazar las manos.

De la idealización pasó a la acción, y dedicó el resto de su vida a reunir en su persona unas cualidades que solamente podrían ser apreciadas en lugares tan acogedores como el infierno, y quizás en alguna convención de la rama más extrema del canibalismo. No es de extrañar que cuando heredó una fortuna que pedía a gritos un modo extravagante de ser dilapidada, el joven Edward Alexander se cambiara el nombre, renegara de Dios, abandonara la Universidad de Cambridge y, a la manera de las comisiones del FMI, se dedicara a recorrer el mundo mientras intentaba por todos los medios cubrirse de vergüenza, para finalmente fundar su propia religión.

El momento era propicio. A finales del siglo XIX y principios del XX las sociedades secretas eran, paradójicamente, muy populares. Era normal que alguien como Crowley, cuyas aficiones eran escalar montañas, escribir mala poesía y jugar al ajedrez —en los círculos más internos de la Universidad de Navarra es inquebrantable el consenso a la hora de definir la simpatía hacia esos pasatiempos como taras de difícil tratamiento— terminara por interesarse en el ocultismo e ingresando en una de esas sociedades. Allí pudo dar rienda suelta a casi todas sus chaladuras, y era feliz conviviendo entre gentes que creían que en alguna cumbre elevada del Himalaya, mediante un proceso que, para acabar de liarlo todo, podríamos considerar una especie de socialismo místico, los JEFES SECRETOS se dedicaban en cuerpo (inmaterial) y alma (también inmaterial, claro) a diseñar el destino del mundo, y que se cambiaban sus nombres de Tom, George y Alfred —o incluso William Butler Yeats— por Vestiga Nulla Restrorsum, Deo Duce Comite Ferro o Causa Scientiae. A Crowley, por novato, calvo y gordito, le dieron el nombre de Perdurabo. Cómo contenían la risa a la hora de pasar lista en sus reuniones es una de las técnicas secretas de control mental más preciadas, y no nos ha llegado entera.

Pero no fue hasta tener una intensa experiencia mística en Estocolmo, que es una manera un tanto rara de decir que un fornido escandinavo lo puso mirando a Katmandú y le hizo descubrir la verdad revelada en forma de sexo anal, que realmente Crowley inició el camino hacia las maravillas de la magia sexual que, si hacemos caso a sus enseñanzas y nos sometemos a sus dictados, pueden poner fin a los sufrimientos tardoadolescentes de tantos y tantos homínidos cargados de energía potencial sexual (con las mochilas cargadas, vaya) y los aún más numerosos seres pacientes que tenemos que soportar sus quejas. Crowley vino para liberarnos a todos.

Mientras viajaba por la costa norte de Sicilia, cerca de Cefalú, Crowley encontró el lugar ideal en el que poner en práctica las enseñanzas que le había dictado durante tres días en El Cairo uno de los Jefes Secretos o un demonio, no hay acuerdo entre los telemitas. En cualquier caso fue un espíritu que se hacía llamar Aiwass. Ese dictado formaba lo que más tarde se conocería como El libro de la ley. Con los últimos restos de su herencia, Crowley compró una casa de una planta en la cima de una montaña y allí se dedicó a practicar los ritos que harían posible encontrar la verdadera voluntad de cada uno.

Aquí, teniendo en cuenta que, como ya tenemos todos bien claro, la voluntad última y universal es follar, y que una de las prácticas más comunes de la abadía del «Haz lo que quieras» para lograr los fines deseados era la magia sexual, encontramos una contradicción que da mucho que pensar y que hace dudar de las capacidades intelectuales de Aiwass. No tuvo importancia, el éxito fue inmediato. En la abadía se jugaba a una especie de fútbol frontón llamado The Game of Thelema, se saludaba al sol todas las mañanas, se decoraban las paredes con pinturas guarras entre las que destacaban, cómo no, los cipotes detalladamente representados, con sus pelillos y sus gotitas, se mantenía una dieta a base de heroína, éter, hachís, cocaína, morfina y brandy, una dieta que haría las delicias de cualquiera que buscara liberarse de lo que fuera, y por supuesto se follaba a todas horas y de todas las maneras posibles e imposibles. Un sueño para las almas inadaptadas de ayer y hoy.

Todo iba como la seda hasta que Frederick Charles Loveday murió allí mismo a causa de una infección de hígado o de una gastroenteritis, probablemente porque aquel lugar, que carecía de electricidad y agua corriente, era lo más parecido a una cochiquera que haya conocido la humanidad. Pero la prensa pronto descubrió que además el joven Charles, bajo las indicaciones de Crowley y buscando un vicesecretariado en algún ministerio, había sacrificado un gato y se había bebido pinta y media de su sangre sin hacerle muchos ascos. De algún modo la historia llegó a oídos de Mussolini que, como sabemos, era poco amigo de las libertades, y la abadía fue cerrada. Crowley volvió a Inglaterra, donde en 1947 aparentemente moriría para en realidad transfigurarse en Iggy Pop, David Bowie o Glenn Close. No está claro, pues las fechas de nacimiento de todos ellos son adecuadas, pero la última opción es la preferida por los telemitas más obscenos.

Es un secreto a voces que hoy en día abundan las agencias de viajes que tienen paquetes turísticos que incluyen estancias en una resucitada abadía de Thelema, aunque no figuren en sus catálogos ni en sus páginas web. Acudan a una agencia, apóyense en el mostrador más cercano, murmuren «paciencia y saliva» y observen lo que pasa. Habrá quien ya esté planeando sus vacaciones en Cefalú; no serán pocos los adeptos de todas las edades que ya estén atiborrando sus maletas con las obras completas de Brandon Sanderson, con sus copias manoseadas de la caja roja de D&D, con sus camisetas XXXL, en varias tonalidades del azul oscuro, negro y magenta, en que se representa la silueta de un lobo aullando sobre una luna llena o la cara de un husky siberiano. Meted también un par de discos de Mike Oldfield, que no se os olvide. Y las Converse Magic Johnson. Infelices. Todos llegáis a la abadía del «Haz lo que quieras» con la promesa de lograr vuestros deseos. Así que ponte esta túnica. Fuma un poco de esto y bébete aquello. Es café, relaja los esfínteres. Adopta la posición del lobo. El culo más en pompa. Más. Más. No cierres los ojos, y mucho menos la boca. Y ahora recuerda la única ley y dime qué viene a continuación.


Érase una vez en Noruega

Euronymous, Necrobutcher y Dead, premonitorios. Fotografía cortesía de ablackmetalblog.
Euronymous, Necrobutcher y Dead, en plan premonitorio. Fotografía cortesía de ablackmetalblog.

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Hedenskapet hva jeg har hengende her.

El 8 de abril de 1991 Per Yngve Ohlin, más conocido como Dead, decidió convencer al resto del mundo de lo que él ya sabía desde los trece años: que estaba muerto. Se internó en el bosque y con un cuchillo se rajó las muñecas y el cuello. Introvertido, depresivo, tras un accidente en su infancia despertó de una experiencia cercana a la muerte con la íntima convicción de que de ahí, de la muerte, no se regresa (1). Tal vez la certeza de que ya estaba allí le hizo impacientarse ante el hecho de que a pesar de sangrar por esos cortes durante veinte minutos seguía respirando. Había estado casi toda su vida desplazado de la realidad y con la sensación de participar en una farsa. Volvió a su piso, cambió el cuchillo por una escopeta y se voló la cabeza.

Su compañero de piso, el artista conocido por el público como Euronymous y Øystein Aarseth por sus padres, se encontró al llegar con la pintoresca escena. Un bodegón de escopeta, cuchillo, salpicaduras y Dead con los sesos saludando al aire, más una escueta nota de suicido que rezaba «Perdonen por toda la sangre». Dispuso mejor alguno de los elementos que para su gusto desequilibraban el cuadro y le hizo una foto al cadáver (2). Tras recoger unos fragmentos de cráneo para hacerse un collar (3) e imaginamos que observar un rato satisfecho y con los brazos en jarras su obra, avisó a la policía.

Dead y Euronymous formaban parte de Mayhem, si no la principal sí al menos una de las más importantes bandas de la escena del recién nacido, prácticamente de sus tripas, black metal noruego. El más extremo de todos los estilos del metal extremo. Y quizá la forma más extrema de arte de finales de siglo XX, porque ningún otro movimiento imbricó en tan alto grado el arte y la forma de vida que ese arte predicaba. Claro que lo que predicaba era muerte, mal, nihilismo, odio y caos, pero qué queremos con cuatro horas de luz solar al día y un frío frente al que uno solo podría protegerse metiéndose en las tripas de un tauntaun muerto. La música era la perfecta banda sonora de los sentimientos, claro. Si una de las funciones del arte es modelar ánimo y sentimientos no cabe duda de que la escucha de las discografías de Mayhem, Burzum, Emperor o Darkthrone conduce a un estado emocional espeluznante. Una batería a velocidad endiablada tras estridentes y machacones riffs de guitarra, voces que entre chillidos guturales cantan a la mayor gloria del mal. En ese mal hay una putrefacta hermosura, una cierta belleza enferma y terrible que se derrama sobre el oyente como si fuera un recipiente y esa oscuridad fuera un líquido del que de pronto estamos sedientos. No obstante, las opiniones sobre esta música, como en el caso de Asurancetúrix el bardo, están divididas. Con el mismo buen criterio, cualquier persona normal lo que escucha en esos discos es un pandemonio que recuerda a una madre golpeando de manera histérica la puerta del baño mientras su hijo y el perro mueren dentro expeliendo violentas vomitonas de bilis (4).

Mayhem en el sótano de Helvete. Foto: DP.
Mayhem en el sótano de Helvete. Foto: DP.

Estas y otras bandas se habían agrupado en torno a la figura de Euronymous formando el Black Circle (o Inner Circle), que utilizaba su tienda de discos Helvete como púlpito ante el que reunir las huestes y predicar la mala nueva: por encima de la música tenemos una filosofía. Euronymous había sido un comunista radical, pero cuando el Partido Comunista noruego condenó oficialmente las barbaridades de Pol Pot en Camboya sintió su sensibilidad política insultada. El comunismo no era lo suficiente malvado para él. Podemos suponer que enfrascado en estos sesudos debates con los colegas pasó lo que cualquiera que haya participado en un debate de internet sabe que pasará siempre: alguien mencionó a Hitler y concluyó ante esta epifanía que el nazismo era lo mejor. El supremacismo ario casaba además con una de las principales ideas del movimiento, la exaltación de la cultura escandinava precristiana y una visión romántica de aquella era, pura y libre de no se sabe bien qué amenaza. Porque toda esta filosofía no es otra cosa que un involuntario despliegue de hilaridad como para flipar, no nos engañemos. Cómo en el paradigma del Estado de bienestar y la muy civilizada sociedad escandinava puede surgir un movimiento que defiende la superioridad de la raza, la violencia como respuesta y como pregunta, el satanismo (y no estrictamente el filosófico de la Iglesia de Satán de Anton LaVey, estos sujetos creían en la existencia de forma literal de un demonio con cuernos y rabo al que invocar), el mal por el mal como fondo y objetivo, es una cuestión desconcertante. Años después alguno de ellos dejaría entrever en sus declaraciones que ese paraíso socialdemócrata era tan agradable que alguna cosa tenían que hacer para pasar el rato.

Varg Vikernes, sacerdote de Odín de nivel 15. Foto: DP.
Varg Vikernes, clérigo de Odín de nivel 15. Foto: DP.

No es la única explicación, pero la más sencilla es una constante en la historia de la gilipollez humana: la influencia de las figuras carismáticas. Y junto a Euronymous se erigió la de Varg Vikernes (conde Grishnack por aquel entonces, seudónimo de inspiración tolkeniana) líder y único miembro de facto de la banda Burzum (5). Vikernes es una figura que algunos exégetas nos pintan como apasionada e inteligente, pero que no es otra cosa que una regadera ambulante con el suficiente carisma como para encandilar a esa panda de adolescente confusos con ganas de ser más malos que nadie que penaban en la escena noruega del black metal. Admirador de Euronymous y sus ideas en un primer momento, terminó considerándolo un débil cobarde indigno de defender las sagradas esencias vikingas. Euronymous ladraba mucho pero mordía poco. Vikernes quería acción. El cristianismo había invadido su cultura en la Edad Media hundiendo bajo su yugo a un pueblo individualista y guerrero y los había convertido en esclavos de la moral judeocristiana, opresiva con el fuerte y piadosa con el débil (6). El conde estaba convencido de esto hasta el punto de abandonar el satanismo por formar parte de aquella tradición: creer en Satanás implica creer en su contrario. Abrazó entonces la fe pagana de su pueblo, el odinismo. Los antiguos dioses nórdicos eran la respuesta precisa. Y había que empezar a limpiar el cristianismo de su tierra con hechos.

En 1992 se consumía en llamas la primera iglesia, un edificio medieval de madera en Bergen. No se pudo relacionar con pruebas contundentes a Vikernes con el incendio, pero una foto de sus restos ilustró la portada del segundo disco de Burzum. Sí se demostró que era culpable en el caso de otras dos capillas, aunque fuera de los juicios siempre se jactó de su responsabilidad en muchos más incendios. Y a partir de ahí el caos se extendió como una avalancha de oscuridad súbita. La escena blackmetalera, sin un aparente plan organizado, se arrojó a una deriva de gozoso apasionamiento que se saldó con cincuenta y dos iglesias quemadas, cientos de tumbas profanadas en diversos cementerios del país, secuestros y agresiones.

Varg y su complejo de divo no pudieron resistirse a ejercer protagonismo convocando a un periódico local para una entrevista y rajar todo lo posible sin autoinculparse directamente. En plan «me parece que alguien que a lo mejor soy yo ha quemado un montón de iglesias y meado sobre vuestras tumbas». Y claro: alarma social, las fuerzas vivas muy compungidas mesándose las barbas ante lo dramático del asunto, la prensa musical internacional interesándose por qué cojones es eso que está ocurriendo en Noruega, ancianas asustadas ante un número significativo de muchachos luciendo corpsepaint (7) por las calles y las personas en general pidiendo explicaciones al Gobierno sobre si es que nadie piensa en los niños o qué. Hubiera ardido Twitter de existir por aquel entonces más que las iglesias ante la magnitud de la movida.

Como la policía no es tonta, si un sujeto dice que estas colillas son suyas concluye que aquí han fumado y además ha sido este. Por tanto desplegaron un equipo en Oslo, centro del movimiento en esos momentos. Indignando ante semejante operativo, Vikernes se presentó ante ellos en su centro de operaciones temporal pertrechado con una cota de malla y varias armas blancas colgadas del cinto, en compañía de otros dos individuos de semejante guisa, para exigir que cesara la investigación y la presión sobre la escena. La muy civilizada y socialdemócrata policía noruega le contestó estupefacta pero con suma educación que él no tenía ningún tipo de autoridad para exigirles nada, que se marchara, si era tan amable, lo que Vikernes hizo no sin antes despedirse brazo en alto con el saludo fascista (8). No quiero yo dudar de las garantías democráticas de España, pero si los Mägo de Oz se personan en un cuartelillo de la Guardia Civil disfrazados de piratas a pedir aunque sea la hora, desencadena sobre ellos el sargento benemérito una lluvia de hostias tal que les cambia las vestiduras por una de torero.

Alguien ha quemado algo... Portada del disco Aske. Imagen: Misanthropy Records
Alguien ha quemado algo… Portada del disco Aske. Imagen: Misanthropy Records.

En medio de este caos generalizado, Bård G. Eithun, que tocaba la batería en Emperor bajo el seudónimo de Faust, asesinó a un caballero homosexual que durante un paseo por el parque se le había acercado muy educadamente a pedirle rollo. Según el propio Faust, se adentró con él en los árboles fingiendo connivencia y allí le asestó una cantidad de puñaladas incompatibles con la caballerosidad, con la educación, con enrollarse y con la vida. La policía no supo relacionar este crimen con el Inner Circle hasta años después, pero Faust no hizo más que presumir de su hazaña en los círculos blackmetaleros durante todo ese tiempo. Cuando al fin se le juzgó no parecía muy apenado por sus actos, pues en sus propias palabras «era un maricón, si no lo hubiera matado yo tarde o temprano lo habría hecho otro».

El rumor en la escena de que alguien al fin había vertido sangre impura y cometido un verdadero acto de maldad en lugar de bufonadas probablemente enloqueció de celos a Vikernes, que en sus delirios se veía como el verdadero profeta del mal. Por otra parte su amistad con Euronymous se había tornado en odio, por considerarlo débil, falso, comunista encubierto y sospecharlo homosexual. Las dos cabezas del Inner Circle tenían además un conflicto metafísico irresoluble: el satanismo de Euronymous (9) y el paganismo de Vikernes. Y lo más importante tras tanta farfolla ideológica absurda, asuntos de vil metal: Euronymous distribuía el material de Burzum y Vikernes consideraba que le robaba ganancias. Acompañado por Snorre Ruch, del grupo Thorns, serpenteó con su automóvil atravesando en la noche de bosques noruegos los más de setecientos kilómetros que separan Bergen de Oslo. Durante el trayecto escucharon una música muy ambiental para lo que se disponían a hacer. Vikernes llamó a la puerta de Euronymous, que abrió en gayumbos, y tras una una breve discusión lanzó siete puñaladas tomando la precaución de atinarle con todas ellas. Euronymous intentó escapar corriendo escaleras abajo, trayecto en el que se encontró con Snorre, que había salido del coche al escuchar los gritos y estaba allí no sabía muy bien por qué, solo que Varg le había propuesto matar a Euronymous y, en fin, en general todo le parecía bien. También se encontró con otras dieciséis cuchilladas que el conde le fue aplicando cuidadosamente en la espalda durante su huida y acabaron finalmente con el show.

Varg Vikernes conquista a la cámara durante su juicio. Imagen: Grenzeløs Productions.
Varg Vikernes seduce a la cámara durante su juicio. Imagen: Grenzeløs Productions.

Aquí acabó el Inner Circle tal y como se entendía, pero no su legado. Vikernes y Snorre fueron detenidos, la policía ató cabos y también cayó Faust. Y tantos otros por delitos menores. Vikernes fue condenado por asesinato, la quema de varias iglesias y el hallazgo de armas y explosivos en su domicilio a veintiún años de cárcel, el máximo contemplado en la legislación noruega. Salió de la cárcel en libertad condicional dieciséis años después, durante los que se le permitió grabar discos y escribir infinidad de panfletos desarrollando sus ideas que le han convertido en un teórico respetado por los grupos neozanis de toda Europa. Él mismo se quejó en más de una ocasión de que las prisiones noruegas son demasiado permisivas y que ahí dentro no sufría lo suficiente. Estas ideas son una amalgama demencial de nihilismo individualista de extrema derecha y paganismo. Está convencido de que la raza aria desciende de los antiguos dioses nórdicos, que no eran otra cosa que extraterrestres. Odín, en el principio de los tiempos, desplazó a fuerza de bombazos nucleares la Tierra hasta una órbita propicia para el desarrollo de la vida. Se asentó aquí con su panteón y de ellos desciende el pueblo germánico. Desde su punto de vista, solo es digna de ser considerada persona la gente de ojos azules y pelo rubio, y quizá los pelirrojos, con los que transige por ser descendientes de Thor. Tolera apenas a los blancos que no poseen estos rasgos, pues según él los ojos azules evocan el mar, pero los marrones evocan el ojo del culo. Esta, esta es la figura «apasionada e inteligente». Un nazi sociópata de convicciones delirantes.

Algunos estudiosos también defienden que muchos de los integrantes del Inner Circle se han atemperado con la edad en las dos décadas que han pasado y sostienen posturas ideológicas menos extremas y más sensatas. Bien, es cierto que la mayoría de ellos no entienden ya el satanismo ni su peculiar interpretación del paganismo en un sentido literal y sobrenatural, ni se proclaman abiertamente nacionalsocialistas; pero la evolución de su pensamiento ha desembocado en un individualismo extremo y egoísta, una filosofía en la que el individuo fuerte ha de tomar lo que le pertenece por encima de la masa débil (10). Como si de un orden natural se tratara, los componentes de esa masa débil son los únicos responsables de su situación y en una suerte de darwinismo social extremo aquellos individuos fuertes solo han de preocuparse de ejercer con libertad sus deseos. A ritmo de black metal, diría uno que pueden escribir varios álbumes conceptuales basados en las obras objetivistas de Ayn Rand. Que su satanismo original fue solo una versión blanda, perversa y estúpida de la sociopatía anarcocapitalista.

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(1) Es bastante probable que sufriera el síndrome de Cotard.

(2) Esa fotografía se utilizó posteriormente para ilustrar la portada del disco Dawn of the Black Hearts. Quien padezca de un estómago delicado haría bien en no mirar. El resto aquí la tiene.

(3) Si existe algún arcano lazo que a la crítica especializada se le haya pasado por alto entre el black metal y la copla quizá esté en el rosario que Juanito Valderrama se hizo con tus dientes de marfil.

(4) Para más detalles sobre lo estrictamente musical del black metal noruego (y el black metal y el metal extremo en general, sus orígenes y sus raíces) y las bandas que lo integran, recomendamos devorar Metal Extremo: 30 años de oscuridad, la grandiosa enciclopedia sobre el género escrita por Salva Rubio y publicada por editorial Milenio. Aquí lo que vamos a tratar es el morbo, perdón.

(5) Burzum también es una palabra derivada de la obra de Tolkien. En la lengua de la tierra de Sauron burz significa «oscuridad» y, según Vikernes, Burzum quiere decir «más oscuridad». Las ganas de ser malo, más malo que los malos. Así estaba la cosa.

(6) Como estará sospechando el lector, precisamente la Iglesia noruega (protestante) es de las más progresistas dentro de lo que implica una religión. Las mujeres pueden ser ordenadas como sacerdote y contempla como natural la homosexualidad y su práctica, por ejemplo. Esto, para Vikernes, está lejos de ser positivo. Cualquier muestra de benevolencia y sensatez le resulta repugnante.

(7) Maquillaje, generalmente en blanco y negro, que muchas de las bandas utilizaban tanto en escena como para bajar a comprar el pan con la esperanza de mostrar un aspecto más amenazador y deshumanizado.

(8) No hay invención ninguna ni adorno de la realidad. Esta y muchas de las demás anécdotas y declaraciones están documentadas en Señores del Caos, de Michael Moynihan y Didrik Søderlind, editado por Es Pop. Obra magna sobre el black metal, indispensable para cualquiera interesado en el género o que simplemente quiera echarse unas risas estremecidas.

(9) El primer e imprescindible disco de Mayhem lleva por título De Mysteriis Dom Sathanas, y no es postureo. Ahí había una creencia firme de los tronados autores. He dicho imprescindible, pero también lo es, y mucho mejor para mi gusto y la casi totalidad de majaderas y majaderos que en esta santa casa nos torturamos con estos ruidos, el A Blaze in the Northern Sky de Darktrhone (salvo en el caso de Álvaro Corazón Rural, que los califica como «los Ramones del black metal»). Por si alguien se anima a pincharlo en una reunión familiar o una boda y que hierva el agua bendita. Los discos de Burzum ya son un peñazo y una paja mental de quedarte muerta en la bañera, pero esto es opinión, no información.

(10) Estas reflexiones las despiertan declaraciones de los entrevistados en el documental Once Upon a Time in Norway, de Pål Aasdal y Martin Ledang, del que vilmente hemos intertextualizado (jé) el título de este artículo.


Cuando el detective se volvió gótico

Escena de True Detective. Imagen: HBO.
Escena de True Detective. Imagen: HBO.

1. True Detective

Tal vez el detective en sus inicios portaba en una mano una lupa, pero la otra tenía, como en la canción de Nick Cave, un sospechoso color rojizo: la mano del pacto con el diablo. Y de este no se escapa fácilmente, por mucha lógica, métodos deductivos y rigor científico que se utilice. La última prueba de gran resonancia de esa alianza es True Detective. Con ese título tan pomposo como poco fiable (traducible como «El detective detective», o «El mero, mero»), True Detective es una narración detectivesca clásica en su arranque, con el hallazgo del cadáver y el inicio de la investigación, que pronto se contagia con magia negra, paganismo y rituales: la mujer muerta lleva en la cabeza una cornamenta de ciervo, tiene tatuada una enigmática espiral en la espalda y ha sido encontrada cerca de la escena del crimen una especie de escultura hecha de ramitas de árbol. Todo muy oscuro, muy extraño. Muy gótico. Encima, la historia transcurre en Luisiana, en el sur profundo faulkneriano, una zona de humedales y de humedad opresiva, territorios inmensos despoblados y soledad profunda. El lugar propicio para contar una historia de extraños ritos o, como decía Rust Cole, el detective-filósofo interpretado por Mathew McConaughey, «la psicoesfera» que le corresponde a un lugar así.

De esa manera, True Detective arrastraba dentro un género, el gótico, donde al final este acababa fagocitando al relato policíaco, con la culminación de la serie en uno de los capítulos más soberbios del teledrama reciente, en el cual, tras el último giro a la izquierda para llegar a la casa maldita del asesino, anegada de recuerdos y parafilias, Carcosa (el homenaje explícito de Pizzolatto a Ambrose Bierce) cristaliza en un laberinto que es a la vez templo de sacrificios, lugar de culto y ojo del tiempo.

Escena de True Detective. Imagen: HBO.
Escena de True Detective. Imagen: HBO.

Una maravilla plástica (fruto del artista Joshua Walsh) que traducía arquetipos de nuestro imaginario colectivo, que retornan una y otra vez para intentar arrojar, como en la última página de La narración de Arthur Gordon Pym, de Edgar Allan Poe, más cosquillas a nuestro cerebro reptiliano que respuestas trascendentes. Y como siempre pasa en el género del gótico, tal vez olvidamos la trama, pero jamás la atmósfera. Y desde luego de la primera temporada de True Detective la recordaremos mucho tiempo.

Lo que no se nos está pasando por alto es lo que tiene esa primera temporada de True Detective de zeitgeist, de espejo cóncavo de nuestro tiempo, de síntoma de un malestar cultural, por lo que quizá su éxito no obedece no solo a una trama perfectamente ejecutada, sino también al acierto de su iconografía de raíz junguiana. No hay secreto detrás del enigma de la espiral tatuada en la espalda del cadáver del primer capítulo; el gran secreto es el enigma en sí: su fuerza sugestiva, su poder para conectar con arquetipos que nuestro propio subsconciente genera.

Escena de True Detective. Imagen: HBO.
Escena de True Detective. Imagen: HBO.

True Detective es, siguiendo las tesis del Jung de Sobre el fenómeno del espíritu en el arte y la ciencia, menos un drama de televisión que un tratado de alquimia, y su imbriación con el gótico es menos un accidente que una afortunada colisión con el subconsciente del espectador. Ya lo decía Zizek, parafraseando a su vez a Lacan: el terror es una forma de saltarnos el estado simbólico del individuo (el lenguaje, la sociabilidad, el superyo) y entrar en el estado real, previo al lenguaje, ese magma donde las sensaciones esquizoides, las puras impresiones y los significantes (libres de su atadura del significado) campan a sus anchas. El susto viene a ser, como la música, una manera de puentear el intelecto y pulsar directamente las carnosidades blandas del miedo, esa emoción y esa palabra que usamos para nombrar lo que más tememos según Elias Canetti: ser tocados por lo desconocido.

Por esa razón, sorprende cuando críticos y espectadores varios quisieron encontrar una génesis común entre True Detective y La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014), como si la idea principal de la película española procediera de la serie de Pizzolatto porque era demasiada casualidad que ambas trataran de detectives en busca de un extraño asesino y las dos mostraran una preocupación tan notable por el espacio gótico y la atmósfera. A nadie se le ocurrió (o yo no leí en ninguna parte) que ambas estuvieran traduciendo, sin que sus propios creadores se dieran cuenta (a la manera del médium), un relato que el subconsciente colectivo estaba demandando. Y ese es el de la vieja historia (esencial en nuestros tiempos de violencia política y económica, ese es mi punto) en la que el detective retrocede porque se da cuenta de que su intelecto no puede contra el poder irracional. Es la guerra de la lógica positivista contra el loco romántico, el cual, aparentemente, va perdiendo y se refugia, sedado y asustado, en centros de día (antes llamados manicomios). Pero de vez en cuando el loco se rebela, se adueña de la trama, nubla el espacio y arranca los ojos del visionario. Todo con un cierto aroma esotérico, lo sé, pero con una larga tradición cultural, de las que True Detective o La isla mínima serían sus últimos modelos.

2. Kill list

Kill list. Imagen: Warp X.
Kill list. Imagen: Warp X.

Recientemente, por ejemplo, Ben Whetley, cuyo nombre sonó en el último festival de Sitges por su adaptación del High-Rise de Ballard, había rodado en 2011 Kill list, una película oscura, turbadora y ultraviolenta, que guarda curiosas similitudes con la obra maestra de Pizzolatto. En Kill List hay una pareja de sicarios amigos que descubren por azar una extraña conspiración en la que están implicados, entre otros, un cura y un militar; hay también una cinta de vídeo, de la que nunca vemos ni una sola imagen, que perturba al protagonista sádico de la historia; hay finalmente (y esta es la analogía más llamativa) un extraño rito pagano de sexo y muerte de orígenes desconocidos, con personajes que ocultan sus rostros detrás de máscaras de mimbre, y un raro símbolo (trazado a cuchillo detrás de uno de los espejos de la casa del protagonista) que remite a una suerte de club oscuro y selecto. Un club para iniciados.

Escena de Kill list. Imagen: Warp X.
Escena de Kill list. Imagen: Warp X.

Resaltemos lo obvio: la transformación del género. Kill list pasa de ser un drama familiar, con una puesta en escena realista y desnuda, de cámara al hombro y luz natural, a convertirse en una historia de sicarios ingleses y en su final, en un último giro alucinatorio, a convertirse en una extraña historia gótica, con los ingredientes de rito pagano, persecución por guaridas subterráneas y duelo a muerte. No hay detective por ningún sitio, es cierto, pero la historia avanza en busca de la resolución de un secreto, como cualquier trama policíaca, y se transforma en su conclusión en una apoteosis siniestra de la celebración de la muerte. Como pasaba en True Detective, la investigación es secundaria después de todo. Lo importante no es la resolución del caso y la lectura de pistas; lo importante, tal como decía Rust Cole, nuestro amado detective-filósofo, es que al final del sueño hay un monstruo.

La lista de películas y relatos con ese oscuro turning point que transforma el género policíaco en gótico es larga, pero discutible según sus atributos. Por citar casos fuera de duda, películas como Seven (David Fincher, 1995), en la que una historia de serial killer de calculada metodología se vuelve una fantasmagoría gótica, incluida la imprescindible casa tomada y maléfica, o El corazón del ángel (Alan Parker, 1987), que cuenta el viaje de un detective a un Nueva Orleans de carne sudorosa, vudú y satanismo, entrarían dentro de ese catálogo.

3. The wicker man

Escena de The wicker man. Imagen: British Lion Film Corporation.
Escena de The wicker man. Imagen: British Lion Film Corporation.

Quizá la madre de todas esas metamorfosis del género policíaco al gótico es la clásica The wicker man (Robert Hardy, 1973), de la que existe un remake dirigido por el irregular Neil Labute, con Nicolas Cage como protagonista (2006). La original, con un guion basado (sin mención alguna en los títulos de crédito) en la novela Ritual, de David Pinner (editada en castellano por Alpha Decay), comienza con un investigador (en este caso, un policía) que llega a una apartada isla en Escocia en busca de una niña, en cuya desaparición parece haber conspirado y participado el pueblo entero. Al final, en el día de la ceremonia sagrada, el policía descubre que él es el principal protagonista del acto ritual. Ya conocen la imagen: una escultura de mimbre gigante, que se llena de cerdos, ovejas, gallinas y, a la postre, con un ejemplar humano, es quemada en una celebración del solsticio de verano (Midsummer´s night dream, ¿se acuerdan?) durante la puesta de sol. Una ceremonia que, curiosamente, es semejante al festival artístico anual de Burning Man en el desierto de Black Rock, aunque los primeros que lo iniciaron en 1986 (un grupo de amigos en Baker Beach en San Francisco) aseguran que no habían visto la película hasta muchos años después, lo que hace este rito festivo mucho más interesante. Debe de ser una hermosa experiencia la de todos esos miles de asistentes al festival, que dura varios días y que culmina con la pira de una inmensa escultura en mitad del desierto sin límites. Previo pago de cuatrocientos dólares para la admisión, eso sí.

Christopher Lee, que participaba en la película de 1973, de algún modo debió de prever lo que tenía esta de parábola para tiempos desesperanzados. Sin happy ending, y con una trama que recuerda a «La muerte y la brújula» de Borges, The wicker man es la que tiene un desenlace más radical de todas estas versiones en las que acecha un giro de tuerca gótico en su parte final. El sol se pone, la escultura sigue ardiendo y el héroe es sacrificado. Y aunque narrativamente la película de Hardy ha envejecido mal (con una puesta en escena que se nos antoja torpe, algo acartonada), sus hallazgos estéticos, incluida esa fabulosa colección de máscaras de animales que los habitantes del pueblo usan para la celebración final, siguen intactos. El año de su estreno, 1973, es el mismo en que se exhibió El exorcista de William Friedkin, que vino a transformar por completo el género del terror. Otra coincidencia extraña de los tiempos.

Escena de The wicker man. Imagen: British Lion Film Corporation.
Escena de The wicker man. Imagen: British Lion Film Corporation.

4. El espacio gótico

Ya han apuntado muchas voces la deuda de True Detective con símbolos y escenarios acuñados por escritores del gótico sureño como Ambrose Bierce o Robert W. Chambers, recursos narrativos que van más allá de las referencias explícitas al Rey Amarillo o Carcosa, sino que se extienden a una manera particular de percibir la atmósfera sureña, un territorio inhóspito (en su sentido estricto), reacio al asentamiento humano. Una atmósfera ideal para la ensoñación de espacios sobrenaturales. De hecho, lo que comparten todos estos autores con Edgar Allan Poe, el padre de la narrativa policíaca por «Los crímenes de la calle Morgue», es, como exigen las reglas del género gótico, un gusto exacerbado por el espacio decadente y orgánico, casi tratado como material vivo, que encarna, como en el clásico «La caída de la casa Usher», una maldición familiar, un estigma o una huella traumática, casi de la misma forma que lo hace el caserón sangrante e hinchado de símbolos visuales de la reciente La cumbre escarlata (2015) de Guillermo del Toro. Paroxismo descriptivo del entorno, con meticulosidad neurótica, que en la estética romántica traduce síntomas propios de quien padece agorofobia y pánico a los cambios, como le sucedió a la poetisa Emily Dickinson, quien se recluyó en su casa durante décadas, hasta terminar confinada en su cuarto, del que no salió en sus últimos años de vida.

Las imágenes son conocidas: ruinas, espacios desolados, cementerios, bosques decrépitos y oscuros, naturaleza intempestiva y salvaje, como en los cuadros de Caspar David Friedrich o los de Arnold Böcklin, cuyo cuadro más famoso, La isla de los muertos (cuya primera versión es de 1880), fue reinterpretada por H. R. Giger un siglo después.

La isla de los muertos. Arnold Böcklin (arriba). H .R. Giger (abajo).
La isla de los muertos. Arnold Böcklin (arriba). H .R. Giger (abajo).

En fin, el relato gótico que, ya desde su texto fundacional El Castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole, muestra esta inclinación enfermiza hacia el espacio como eje radical de la narración: el castillo como escenario (desde su mismo título), el encerramiento opresivo y sus efectos sobre los personajes, a la manera de un estudio de psicología ambiental, y por si quedaba alguna duda, se añadió el subtítulo de «A gothic story» en la cubierta de la segunda edición del libro, un término, «gothic», que procede de la arquitectura medieval, pero que solo se comienza a aplicar a ciertos textos literarios a partir de ese portal de la percepción que fue la novela de Matthew Lewis.

La literatura gótica requiere así el espacio como la épica un héroe («en persecución del honor a través del riesgo», que decía Bowra) y si no se se construye, si no se logra cimentar la atmósfera a través de él, entonces el género fracasa. Curiosamente, y aquí retomamos la alianza genética entre el relato policíaco y el gótico, en «Los crímenes de la calle Morgue» de Edgar Allan Poe, el texto que inaugura la narrativa detectivesca según Hovayda y otros, el espacio es el detonante esencial de la trama. Por un lado, la casa burguesa, que ha sido invadida por un elemento extraño y donde se ha cometido el crimen; por otro, la ciudad de París y la calle Morgue, el territorio urbano consultancial al género policíaco. París, tomado aquí como modelo de gran urbe, quizá porque en ella desarrolló su trabajo uno de los primeros detectives, en quien parece haberse inspirado Poe para escribir su cuento: Vidocq, un antiguo delincuente reformado, aficionado a los disfraces y a las dobles identidades, que, con la ayuda de varios ghost writers empleados por su editor, escribió unas memorias de gran éxito.

Ciudad y crimen: el cronotopo imprescindible de todo cuento policíaco, que Poe acuñó en 1841 en el seminal «Los crímenes de la calle Morgue» (elementos que estaban ya en germen en su cuento inmediatamente anterior, «El hombre en la multitud», de diciembre de 1840, tal como olfateó con acierto Piglia en El último lector) y que después derivó en múltiples y fértiles variantes.

Ilustración para «Los asesinatos de la calle Morgue» por Harry Clarke. (DP)
Ilustración para «Los asesinatos de la calle Morgue» por Harry Clarke. (DP)

Lo que quizá no se ha dicho lo suficiente, sin embargo, es lo que lo tienen los relatos detectivescos de Poe (a los que hay que sumar «La carta robada» y «El misterio de Marie Roget») de refugio analítico contra las turbadoras ensoñaciones del gótico y del terror, de quien Poe era un consumado maestro: Auguste Dupin, mediante las herramientas de su ingenio, sin salir siquiera de casa, con el simple examen de las evidencias expuestas en las noticias del periódico, es capaz de resolver el crimen. Acertijos descifrados con un método cartesiano. Así, casi como una terapia de desintoxicación, para Poe sus textos detectivescos, los científicos (como el famoso ensayo Eureka) y otros de puro juego matemático (como el formidable «El escarabajo de oro») aparecen como una suerte de orden contra su sensibilidad romántica y su inclinación por lo grotesco y macabro. De hecho, en el mismo número de Graham´s Magazine de abril de 1841 en que Poe publica «Los crímenes de la calle Morgue», publica también «Descenso al Maëlstrom». Para él no hay ruptura alguna ni cambio de ciclo tras su primer cuento detectivesco. De hecho, algunos de sus cuentos más logrados de temática gótica, como «El pozo y el péndulo», aún están por escribirse, así que Auguste Dupin aparece como un remanso de paz, como un apacible balneario para enfermos, capaz de exorcizar el terror por sus capacidades analíticas (tal como hará Sherlock Holmes, quien en Estudio en escarlata, su primera aparición, cita expresamente a Dupin para mostrar la deuda contraída con su precursor).

De alguna manera, Poe no estaba haciendo más que sublimar en su famoso Auguste Dupin (a quien jamás se le llama detective en el cuento, por cierto) los inicios de la investigación criminalística científica, quien tiene en Vidocq, ya lo habíamos dicho, a uno de sus principales pioneros. El uso del registro de huellas dactilares, el nacimiento de la policía científica de Scotland Yard en Londres (que en 1875, por cierto, mudó su sede a un famoso edificio gótico junto al Palacio de Westminster) y la irrupción de la masiva penny press, que tenía en el crimen su principal fuente de contenidos y por tanto, el gran faro de los miedos burgueses, hicieron el resto.

El detective había llegado para quedarse en el imaginario colectivo, así que cuando hizo su entrada en escena en 1888 el famoso asesino Jack el Destripador (un término acuñado por la prensa, por supuesto), muchos apuntaron entonces y después que el asesino de Whitechapel tenía querencia por ciertas zonas descontroladas, peligrosas y oscuras, fuera del ámbito iluminado por las lámparas de gas de otras zonas más seguras de Londres. El espacio gótico vuelve una y otra vez, inherente al género criminal. La lectura esotérica de los asesinatos de Jack el Destripador se la dejamos a autores como Alan Moore, quien en From Hell (1989-1996), y haciendo una lectura muy avezada de Iain Sinclair (quien había publicado White Chapel, Scarlet Tracings en 1987), ha hecho una propuesta con elementos arcanos, magia negra y masonería. Otro caso más de relato policíaco vencido por el gótico.

Además, el más famoso detective de Londres, Sherlock Holmes, tiene decenas de casos donde la imaginería gótica es vital. ¿Se acuerdan de El sabueso de los Baskerville? Si quitan al detective, tenemos una historia gótica clásica, con el espacio opresivo como principal protagonista.

En fin, aquí viene la paradoja (y la neurosis): quizá Poe quería alejar sus miedos con sus meticulosos ejercicios detectivescos, pero el tiro le salió por la culata, y sin darse cuenta había dejado en su creación un rastro imborrable de su propia querencia por el gótico.

Luego, décadas después, en la novela negra que popularizó Hammett, Burnett, Cain, Chandler y otros, la verdadera protagonista, más que el detective armado y sagaz, es la ciudad corrupta, la ciudad y sus males (la Poisonville de Cosecha Roja, publicada por primera vez en Black Mask en 1928), así que la alianza prosigue y muestra cuál es la verdadera venganza del relato gótico: que el espacio tenga un peso fundamental en toda historia policíaca que se precie. Que el lugar pese tanto como el culpable, que tan importante sea el detective como las calles por las que se pierde, como en la famosa cita de Chandler escrita en The simple art of murder (1944): «Down these mean streets a man must go who is not himself mean, neither tarnished nor afraid. He´s the hero». El héroe es el detective, ya lo sabemos, pero ahí están las calles malignas colándose casi en un traspiés.

5. De Quincey

Imagen: Photoplay.
Imagen: Photoplay.

Al final, no hay ningún relato policíaco que no esté en deuda, de una manera o de otra, con el género gótico, aunque solo sea porque este inició la fascinación estética que ejerce sobre nuestro subconsciente el crimen y sus espacios. El crimen y sus lugares de culto. El primero que tal vez se dio cuenta fue Thomas de Quincey quien, no solo en El asesinato como una de las bellas artes (1827), sino incluso ya en Confesiones de un inglés comedor de opio (1822), escribe sobre la psicogeografía maldita de las calles de Londres, y el narrador, convertido en una especie de flâneur forzoso, obligado a mirar (un protodetective), las recorre registrando minuciosamente las huellas que encuentra. Muy distinto no es al ejercicio literario que practica Iain Sinclair en su obra, recientemente traducido en España por Javier Calvo en la antología La ciudad de las desapariciones. Aquí el paseante es el detective y la ciudad, el crimen.

Lo que parecía una delirante revitalización del género gótico en la obra maestra de Pizzolatto se ha demostrado un signo de una herencia de larga tradición. Desveladas las pistas, falta un cabo suelto: ¿por qué el detective acaba devorado por el espacio gótico? ¿Por qué el espectador o el lector son conducidos a las sombrías resonancias del laberinto oscuro? Y no me den la narcotizante respuesta de que todo es una lucha entre la luz y la oscuridad: nuestro subconsciente sabe cosas ante las que el detective —como el protagonista de La isla mínima ante una fotografía de su compañero, antiguo torturador de la policía— prefiere callar.