Futur antérieur: historia ligera del niputaideaismo (1)

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Cráneo humano frente a cráneo neandertal del Cleveland Museum of Natural History. Imagen: CC. niputaideaismo

El conocimiento científico depende de la imaginación para crear, a partir de datos experimentales, las grandes generalizaciones. Para adivinar los maravillosos y simples, pero muy extraños, patrones que esconden en su interior, y luego experimentar con el objetivo de comprobar de nuevo si nuestra conjetura era correcta.

(Richard Feynman, científico galardonado con el Nobel de física en 1965).

Algunos de los grandes descubrimientos científicos han sido hechos por hombres que buscaban verificar teorías bastante erróneas sobre la naturaleza de las cosas.

(Aldous Huxley, escritor).

Mi teoría científica favorita es que los anillos de Saturno están compuestos exclusivamente por el equipaje extraviado en los aeropuertos.

(Mark Russell, comediante).

Futur antérieur

En 2002, el Museo Romano de Lausana-Vidy alojó entre sus paredes la exposición Futur antérieur: trésors archéologiques du XXIe siècle après J.C., una propuesta que andaba lejos de ser una exhibición normal y corriente. De hecho, ni siquiera estaba basada en sucesos reales, como uno presupone de todo lo que reside en los museos, porque Futur antérieur en realidad centraba su encanto en una idea ficticia, loquísima y maravillosa: viajar hasta un año 4002 donde los únicos objetos del siglo XXI que han sobrevivido han sido aquellos que fueron fabricados con metal, tierra o vidrio. Un futuro muy lejano donde el plástico y la celulosa se han descompuesto por completo y donde toda la memoria visual o escrita de nuestra época se ha desintegrado. Sobre ese escenario, la muestra imaginaba a los arqueólogos del año 4002 desenterrando cuidadosamente los cachivaches más mundanos de nuestra vida, para analizarlos con serio rigor científico y, aquí viene lo bueno, acabar interpretando erróneamente qué coño fueron dichos objetos o qué significaron para nosotros. 

Futur antérieur quería demostrar que la ciencia y sus hipótesis caminan siempre acompañadas de la imperfección y el error. Que a menudo las teorías más sesudas tan solo eran micciones apuntando a tiestos situados cuatro calles más abajo. La ocurrencia resultó ser tan jugosa y llamativa como para generar nuevas versiones homónimas de la expo durante años posteriores. Y en todas ellas, los visitantes se reían con las divertidas, y ficticias, suposiciones que los arqueólogos del siglo XLI realizaban al examinar los bártulos de nuestra era: enanos de jardín observados como efigies de importantes sacerdotes, las placas base de ordenadores identificadas como mapas tridimensionales de ciudades actuales, el cañón de un fusil imaginado como instrumental médico o deportistas cuyas poses de victoria se comparaban con imagen de Jesucristo crucificado. Futur antérieur era una divertida celebración de la metedura de pata como parte indispensable del proceso científico.

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Cartel de la exposición Futur antérieur. El texto anunciaba que se celebraría «Del 11 de octubre de 4002 al 21 de abril de 4003». Imagen: Musée Romain de Lausanne-Vidy.

Lo hermoso es que estos equívocos no se limitan a ser un mero gag cómico en una muestra de ficción, sino que toda nuestra historia está salpicada de situaciones similares. De teorías que en su momento parecían lógicas y se destaparon como tontadas fabulosas. De tropas enteras de científicos, historiadores y eruditos demostrando un envidiable nivel de niputaideaismo. De mucha gente, con cara muy seria y bata muy blanca, metiendo la pata hasta la ingle al enarbolar hipótesis y estudios deliciosamente disparatados. Y también de un montón de datos y hechos que, por culpa de haber sido pervertidos y mutados por la cultura popular durante años, mucha gente asume como ciertos cuando verdaderamente no podían ir más desencaminados. El niputaideaismo en toda su hermosa gama de variantes.

Paleontología 101

Una de las principales características de los fósiles de dinosaurio es que, en esencia, siempre han estado ahí, enterraditos en la roca durante siglos, descansando apaciblemente bajo los pies de miles de generaciones. Gracias a ello, a lo largo de nuestra historia, diferentes civilizaciones han acabado tropezándose por accidente con huesos de aspecto exótico cuando se dedicaban a desenterrar cualquier otra cosa, y a partir de ahí se han comenzado a tejer teorías curiosas sobre la naturaleza de los inesperados hallazgos.

Los antiguos griegos localizaron esqueletos de protoceraptor cretácico mientras minaban yacimientos de oro y, como todavía no se había estrenado Parque Jurásico, asumieron que aquellas testas con pico pertenecían a esos grifos mitológicos que en las leyendas se dedicaban a proteger los metales preciosos. Es bastante probable que esos mismos griegos también descubrieran en algún momento dado los restos del deinotherium, un ser que vendría a ser el boceto del elefante actual, e ideasen a partir de ellos el conocido mito del cíclope, esa criatura con una sola focal en la testa. Porque el cráneo del mentado dinoterio luce un hueco frontal para la trompa, algo que asemeja su calavera a lo que podría ser la cabezota de un gigante muy feo con un solo ojo.

En la China medieval, los restos fosilizados de diversos dinosaurios fueron tomados por huesos de dragones extintos. Despojos óseos draconianos que en ocasiones eran tallados como ornamentos o triturados para elaborar medicamentos y mejunjes afrodisiacos, porque del dragón en China se aprovecha hasta el (fosilizado) rabo. Los indios norteamericanos residieron en terrenos otrora habitados por pterosaurios, unas criaturas cretácicas aladas que dejaron sus restos por ahí tirados. Al encontrar aquellas osamentas de aves gigantescas en la zona, los indios asumieron que pertenecieron al legendario Pájaro de trueno, aquel ser sobrenatural que su cultura adoraba y tallaba en los tótems. Entretanto, las comunidades occidentales más religiosas elaboraron una explicación propia para justificar la aparición de tanto hueso de bicho desconocido: según los hooligans de la biblia, aquellos cadáveres de seres extraños fosilizados pertenecieron a todos esos animales que no pillaron el billete a tiempo para subir al arca de Noé cuando se aproximaba el diluvio universal.

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Cayo Plinio Secuno, a.k.a. Plinio el Viejo. Imagen: DP.

Plinio el Viejo, naturalista y militar romano del siglo I, confeccionó a lo largo de su vida una colosal obra titulada Historia natural. Diez volúmenes en latín que reunían los conocimientos disponibles en la época sobre la vida, el universo y todo lo demás. Historia natural dedicaba sus páginas a la biología, la botánica o la geografía, pero también a las matemáticas, la arquitectura y las artes. Fue una de las primeras enciclopedias conocidas y la Wikipedia del momento para científicos, eruditos y exploradores.

Pese a su fama de certera, Historia natural contenía alegres meteduras de gamba paleontológicas, propulsadas por las fantasías de su tiempo: Plinio etiquetó erróneamente los dientes de tiburón como «lenguas de serpiente de piedra» al observarlos del revés, y también alabó las bondades de las bufonitas o piedras de sapo, unas gemas mágicas supuestamente capaces de combatir el veneno, que en teoría se extraían de la cabeza de los sapos, esos animales famosos por excretar joyas por la frente. Pero dichas piedras sapo tenían poco de alhaja batracia y mucho de animal prehistórico: se trataba en realidad de los dientes fosilizados del lepidotes, un pez extinto que en su momento navegó el jurásico y el cretácico.   

Cuando la humanidad comenzó a desenterrar a sus propios antepasados prehistóricos la puntería de las divagaciones tampoco se afinó demasiado: uno de los primeros esqueletos completos de neandertal exhumados fue el de un macho con la mandíbula inferior atrofiada, la columna dorsal curvada y una prominente joroba. Se asumió de entrada que aquel despropósito de protopersona era el aspecto del neandertal medio, y de este modo se popularizó la imagen del troglodita como una persona encorvada, que caminaba arrastrando los nudillos por el suelo y tenía cara de sufrir mucho a la hora de contar más allá del número dos.

Más adelante, se descubrió que dichos huesos pertenecían a un neandertal de más de sesenta años que padecía artritis y degeneración ósea, y que por tanto no era tan representativo de sus colegas de generación como se había supuesto en principio. Al desenterrar los esqueletos de otros neandertales se observó que aquellos no ofrecían una silueta tan cavernícola como la que, hasta hoy, se había instalado en la conciencia colectiva.

Las percepciones de los hobbies prehistóricos también han acarreado ligeras malinterpretaciones por culpa de no repensar los hallazgos en su momento. Es habitual representar a los cavernícolas pintarrajeando paredes siempre en lo profundo de sus cuevas, pero lo cierto es que los ramalazos artísticos de esos trogloditas no se limitaban a la decoración de interiores. Porque se ha asumido erróneamente que las cavernas eran los únicos lienzos posibles para las pinturas rupestres, cuando en realidad esos garabatos en cuevas son tan solo los que han sobrevivido por estar a cubierto y refugiados de la intemperie. Lo más probable es que el hombre prehistórico se haya dedicado a pintarrajear todos los muros de la zona por la que acostumbraba a trotar a la luz del día, porque el sentido común dicta que le sería más cómodo pintar a la luz del sol.

Historia 101

Dibujar postales de épocas pasadas ignorando la inevitable erosión no es un problema que se encuentre limitado a la prehistoria. Las estampas contemporáneas de la Roma y la Grecia antiguas siempre muestran, tanto en campos educativos como de ficción, a las estatuas y los monumentos de dichas eras esculpidos en un mármol de blanco impoluto. Una percepción errónea, porque en su concepción muchas de aquellas tallas se crearon empapadas de colores mucho más vivarachos, ya que tanto griegos como romanos acostumbraban a pintarlas con pigmentaciones llamativas, que se borrarían con el paso de los siglos.

Según el profesor y estudioso Vinzenz Brinkmann, es probable que la idea popular de dichas piezas como obras puramente blancas fuera inducida por Leonardo da Vinci y otros artistas del Renacimiento. Gente que habría realizado un whitewashing a las estatuas por razones en principio desconocidas, pero que podrían estar relacionadas con alejar dichas obras de la colorida tradición de las efigies cristianas, o con establecer ciertas distancias entre los terrenos de la escultura y la pintura.

A partir del Renacimiento, muchos artistas posteriores sí que comenzaron a apostaron por la piedra desnuda como envoltorio final porque quedaba más elegante: Miguel Ángel nunca le puso un pincel encima a su famoso David en pelotas. Por su parte, Brinkmann se ha dedicado a proyectar rayos ultravioleta sobre las estatuas clásicas griegas, descubriendo con ello los patrones y los colores originales desaparecidos. Lo gracioso es que, contemplando los resultados, las figuras dan la impresión de salir ganando mucho cuando están sin colorear.

La idea general de la Roma antigua también se instala sobre una gran colección de errores intensificados por películas, series, novelas y cómics. Porque en tiempos de bonanza romana ni las togas eran tan trending como se suele mencionar, ni las embarcaciones utilizaban habitualmente esclavos para darle al remo, ni las orgías a la hora del vermú eran algo frecuente, ni los romanos disponían de salas donde vomitar e ir haciendo hueco para más comida, ni Nerón sacó la lira para tocar el solo de «Free Bird» mientras ardía Roma.

Ni siquiera es cierto que los romanos se saludaran entre sí alzando el brazo con la palma de la manita extendida, al estilo de los miembros de las SS o de los nostálgicos de nuestra Españita. No existen pruebas sobre el uso de un saludo similar en Roma, y la confusión existente posiblemente haya surgido de tomarse en serio el gesto con el que el pintor Jacques-Louis David retrató a los protagonistas del cuadro Juramento de los Horacios en el año 1786, una fecha bastante alejada del apogeo del Imperio romano.

El asunto de los gladiadores también tiene mucho de fanfarria embellecida con los años. Según la historiadora Mary Beard, especializada en derribar mitos sobre la Roma vetusta, los gladiadores raramente luchaban a muerte entre sí, y lo más probable es que en lugar de lidiar con tigres y leones lo hicieran contra jabalíes u otros animales salvajes más manejables que tuviesen a mano. A pesar de ello, Beard siempre ha aclarado que se lo pasó bien en el cine al sentarse ante Gladiator.

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Juramento de los Horacios. Jacques-Louis David (1784).

Egipto también se las trae. Y, más concretamente, sus pirámides. Inicialmente, los historiadores asumieron que aquellas estructuras habían sido levantadas tirando de mano de obra esclava. Una suposición, carente de base más allá de las divagaciones de Heródoto y una confusa mención en la Biblia, que sería descartada recientemente al desenterrar evidencias de que los currantes no portaban muchos grilletes. Porque, como corroboró a finales de los noventa el arqueólogo Mark Lehner, en las inmediaciones de las pirámides se han localizado tanto montones de papeleo burocrático y contratos como instalaciones cómodas para albergar a los jornaleros que construían la pirámide, restos óseos de comidas generosas, utensilios de cocina y hasta grafitis tallados en algunos muros por los obreros que rezan cosas como «Los borrachos de Micerino» o «Los amigos de la Jufu gang». Cosas que no suenan muy de esclavos. 

En lo que respecta a la moda antigua en general, existe un concepto que a estas alturas parece imposible de erradicar del imaginario popular: la representación de griegos, romanos y egipcios portando brazaletes de cuero y metal. Un complemento que ninguno de ellos calzaba en la vida diaria. El gazapo surgió en el Renacimiento, cuando los artistas malinterpretaron los brazaletes de las armaduras romanas segmentadas, creyendo que eran muñequeras de uso habitual, y comenzaron a pincelarlos en todos los cuadros protagonizados por señores antiguos. Cuando se descubrió lo inexacto de aquellos retratos, se optó por seguir dibujando muñequeras sobre el reparto, porque la audiencia se había acostumbrado tanto a ellas como para que ya formasen parte de sus expectativas al contemplar a un griego, un romano o un egipcio en los cuadros o, más adelante, en las películas.

La Edad Media es otro cantar (medieval), por tratarse de una era moldeada en nuestra imaginación como una etapa oscura, repleta de incultura, supersticiones, barbarismos y gente en harapos cubierta de mugre de los pies a la cabeza con pintas de figurantes de Los caballeros de la mesa cuadrada de los Monty Python. Pero dicha percepción de la Edad Media no es una imagen certera, sino que tiene mucho de fabricación instaurada por escritores de siglos posteriores. Gente que pintaba el Medievo mucho peor de lo que realmente había sido para tirarse más flores a sí mismos como adalides de lo intelectual.

De este modo, los renacentistas primero y los miembros de la Ilustración mucho tiempo después, se dedicaron a darle mala fama a la época, asentando una falsa idea que en Hollywood, y en el mundo del espectáculo en general, se encargaron de extender. Los historiadores actuales reniegan del concepto de «años oscuros» para referirse a la Edad Media en su totalidad, y, si acaso, acotan esa oscuridad a su primera etapa, porque el Medievo abarca mil añazos y en tanto tiempo está claro que ocurrió de todo. La Edad Media europea fue mucho menos sucia y más colorida de lo que se cree, con avances significativos en la ciencia y una mentalidad que aceptaba empaparse de otras culturas en terrenos como lo arquitectónico. La subsistencia era jodida por entonces, pero la esperanza de vida media era más alta de lo que se suele afirmar, al menos si uno superaba la etapa infante, que era donde existían más bajas. Otros elementos clásicos de las ficciones como los cinturones de castidad, o las doncellas de hierro para torturar a la gente, tienen más de mito que de artefactos medievales reales a los que alguien diera uso por entonces. Para empezar, porque fueron inventados mucho tiempo después.

Genética 101

La ciencia previa al siglo XX andaba escasa de medios y, por esa misma razón, sobrada de una montaña de teorías locas que fueron enunciadas con la ilusión de que alguna hiciese sonar flautas. Durante un par de centurias, desde los mil seiscientos hasta los mil ochocientos, la mentalidad europea apostó fuerte por la teoría de la «impresión maternal». O lo que es lo mismo: la idea de que los pensamientos de una mujer embarazada moldeaban el aspecto, la personalidad y la lozanía del feto que estaban gestando. De este modo se creía que, y esto no es coña porque lo apunta la Enciclopedia Británica, «una mujer embarazada que fuese sorprendida por una rana podría grabar esa impresión en el cuerpo de su futuro hijo. Es decir, que el cuerpo del niño podría manifestar evidencias físicas de aquel suceso en forma de dedos palmeados o una cabeza de rana». O también la afirmación de que «una mujer que mirase de manera obsesiva el retrato de Cristo podría acabar dando a luz a un bebé con barba». 

Así ocurría que cualquier defecto congénito hallado en un recién nacido se le achacaba alegremente a su madre, acusándola de ser una zumbada incapaz de tener la mente tan en calma como para jugar una partida de ajedrez contra Gozer el Gozeriano. A la vera del siglo XIX, la sociedad abandonó el concepto de impresión maternal, y comenzó a amarrarse a otros que parecían más coherentes. Durante aquella época, el biólogo alemán August Weismann acuñó el término «telegonía» para referirse a una nueva hipótesis donde se defendía que la descendencia de una pareja de seres vivos podía adquirir rasgos y caracteres no solo del macho que hubiese fecundado a la hembra, sino también de cualquier otro macho que hubiese fornicado anteriormente con dicha madre. Poco después, lord Moron (nombre artístico del George Douglas), aseguró que, tras hacer de Celestina en la cuadra entre su yegua y varios caballos, había obtenido un potrillo que demostraba esa teoría al contener rasgos de los diversos amantes equinos de su progenitora. Poco después, filósofos y pensadores tan ilustres como Arthur Schopenhauer o Herbert Spencer respaldaron la telegonía porque les sonaba plausible. Pero a aquellas alturas, Weismann había desechado la idea, considerándola insostenible, y la yegua de Moron se había cansado de dar explicaciones.

(Continúa aquí)

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August Weismann, mirándote con cara de cuestionar a tu madre. Imagen: DP.


Tierra de saurópodos

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Un paleontólogo inspecciona la réplica de un Lessemsaurus sauropoides, 2010. Fotografía: Getty.

Aristóteles elucubró que el corazón era un componente estructural, un artefacto inanimado, un contenedor, después de diseccionar más de cuarenta animales diferentes. Un contenedor en el que se producía el calor, el principio vital de los animales. Un contenedor del alma. ¿Cómo es posible que el gran Aristóteles se equivocara tanto? Los griegos fueron cazadores con buenos conocimientos de anatomía, e incluso más tarde se realizaron disecciones sistemáticas de cadáveres humanos donde podían observar sus propios corazones. Si uno puede entender las cosas de una manera tan errónea incluso cuando se tiene tanta información, imaginen cuán difícil es entender la vida cuando tenemos tan poca información como nosotros tenemos de los saurópodos.

Probablemente todos ustedes los han visto en películas, en movimiento, comportándose como si fuesen animales reales, y esto nos da una sensación de que debemos de saber bastante sobre ellos, sobre su anatomía y su comportamiento. Pero lo cierto es que mucho de lo que la mayoría de las personas conocemos sobre los dinosaurios tiene un componente de imaginación.

Aunque las elucubraciones son informadas, es decir, se hacen gracias a una buena integración —con la ayuda también de nuevas tecnologías— de información indirecta sobre las condiciones en el pasado y los conocimientos directos que hemos adquirido sobre el mundo moderno, mucha de la información nos viene de fragmentos. Como pequeñas piezas de un puzle: un cráneo incompleto, un fémur, unas cuantas vértebras, el tipo de sedimento en el que se encuentran estos restos, etc.

Por lo tanto, mucho sigue siendo desconocido. Dependiendo de la información de que disponemos —la interpretación de la posición de los músculos, la grasa o las plumas—, un individuo puede ser representado de formas muy variadas. Ahora estamos descubriendo que algunos dinosaurios tenían mucha más grasa corporal de la que imaginábamos en un pasado, y esto ha afectado, entre otras cosas, a cómo los representamos. Como ejemplo, los plesiosaurios, conocidos animales marinos con apariencia de dinosaurios —que en realidad son unos grandes reptiles marinos del Mesozoico— eran representados hace no mucho como temerosos y huesudos monstruos, pero ahora se representan con el aspecto de una gordinflona y alargada foca. Hasta parecen felices.

Por eso deberíamos estar contentos de tener a Argentina, donde se ha descubierto mucha información nueva. Sin los descubrimientos de fósiles argentinos y el duro trabajo de los paleontólogos argentinos, estaríamos aún más en la sombra del conocimiento de los dinosaurios de lo que ya estamos. Gracias a los recientes descubrimientos, la relación entre la especulación y los hechos se ha inclinado fuertemente a favor de los hechos. Pero eso no quiere decir que todas nuestras especulaciones pasadas fueran inútiles o descaminadas. Uno de los objetivos del presente escrito es mostrar que los descubrimientos científicos prosperan precisamente en la interfaz entre la especulación y los hechos. Y que, para poder estar en lo correcto, con frecuencia debemos estar dispuestos a equivocarnos.

En medio de la confusión, no tenemos otra opción que confiar en conjeturas informadas para avanzar. Esto lo observamos tanto en el caso de la ciencia como en nuestra vida cotidiana. Pero debemos mantener una disciplina en la que reduzcamos las especulaciones innecesarias en la medida de lo posible. Si tu teoría hace predicciones que pueden ser probadas, tienes el deber de probarlas. Uno no puede permitirse el lujo de navegar en un mar de ideas solamente impulsadas por palabras que se lleva el viento. La historia de los saurópodos de Argentina es una maravillosa ilustración de ese principio. El conocimiento que tenemos hoy en día se ha construido a lo largo de siglos de trabajo empujado por hallazgos fósiles casuales de agricultores, denodadas obras de artistas, meticulosas mediciones de anatomistas y, lo que es crucial, teorías ocasionalmente audaces y descaradas de científicos inconformes que sintieron que algo estaba mal con el estado actual del conocimiento. Al final, la historia real ha resultado ser bastante digna de atención y variopinta, aunque no incorpora la misma narrativa que originalmente proyectábamos sobre los hechos. Ahora les invito a que nos acompañen en un pequeño recorrido sobre cómo hemos construido nuestra comprensión de estos misteriosos animales prehistóricos.

De todos los dinosaurios de Argentina, quizá ninguno sea tan espectacular como el famoso Argentinosaurus, o el Dreadnoughtus, un hallazgo más reciente. Descubiertos en Argentina en 1993 por los paleontólogos argentinos José Bonaparte y Rodolfo Coria y en 2005 por el paleontólogo Kenneth Lacovara respectivamente, son algunos de los animales más grandes que han vivido en la Tierra. Y su tamaño es algo que ha cautivado tanto a niños como a paleontólogos durante siglos. Con un peso de unos 80 000 kg estipulados para el Argentinosaurus y un tamaño de 30 m de longitud, son tres veces más largos que una guagua (o autobús) y tan pesados como media docena de elefantes. Si lees un artículo típico de la enciclopedia sobre ellos dirá que son unos saurópodos del Cretácico, unas máquinas terrestres de comer plantas que vivieron hace unos 90 millones de años. Con unos cráneos diminutos en comparación con el resto del cuerpo y unos cuellos de unos 17 m de largo que utilizaban para navegar por las copas de los árboles, ingerían inmensas cantidades de comida con muy poco esfuerzo, tan mínimo, que no gastaban energía ni para masticar la comida. Simplemente arrancaban las hojas de árboles y arbustos y se las tragaban, dejando que el trabajo recayese en las bacterias que vivían en sus estómagos, que podían fermentarlas y digerirlas por ellos. De este modo, el gasto energético en este proceso era el mínimo necesario para poder mantener esos grandes cuerpos, cuyos esqueletos presentaban cavidades de aire dentro de los huesos, parecidas a las de las aves modernas, que hacían que fuese más ligero. Con esta descripción general de los saurópodos, uno se queda con la idea de que estamos hablando de unos animales con características exóticas y una apariencia que rápidamente inunda nuestra imaginación.

Lo anterior es una buena historia, bastante creíble y basada en un montón de trabajo duro y pruebas. Pero también es una historia muy reciente. Hace tano solo cien años, nuestra descripción de estos dos animales era bastante diferente. El Argentinosaurus y el Dreadnoughtus son titanosaurios saurópodos. Pero dentro de los saurópodos también encontramos muchos otros repartidos por todos los continentes, como los que forman parte del famoso género Brontosaurus, donde su apariencia, para el ojo no experto, podría resultar indistinguible en relación con los anteriormente mencionados. Si leemos las descripciones del siglo XIX de estos animales, podemos ver que se describen como una especie de anfibio, semiacuático, de cuerpo robusto en forma de barril que vive en terrenos pantanosos o medios acuáticos donde se creía que pasaban la mayor parte del día, comiendo pacíficamente, sumergidos o medio sumergidos, y asomando las cabezas como si de un esnórquel se tratase. Una representación de esta escena la pueden observar encapsulada en la hermosa obra de 1897 titulada Brontosaurus de Charles R. Knight, un paleoartista estadounidense que influyó en varias generaciones con sus obras. Estas ilustraciones son como un fósil —si me permiten la metáfora— de la historia intelectual, que muestran lo lejos que ha llegado nuestra comprensión de los dinosaurios en solo un siglo, reflejo de la propia naturaleza no definitiva de la ciencia. Y esta imagen es tan distinta a la actual debido a que los primeros fragmentos de saurópodos encontrados fueron interpretados como cocodrilos marinos. Era una conclusión extraída de la información disponible en su momento, donde parecía imposible que su estilo de vida no consistiese en pasar largos periodos sumergidos en el agua, debido a su gran tamaño y sus características anatómicas. 

Como habrán notado, las dos descripciones sobre la vida de los saurópodos se diferencian sustancialmente la una de la otra. Entonces, ¿qué es lo que ha causado este cambio en nuestra comprensión de la vida de los saurópodos? Debido a nuevas evidencias y análisis, en los años setenta se empezó a reevaluar la paleobiología de los saurópodos. Unos especímenes mejor conservados mostraron que, entre otras cosas, la estructura de las extremidades y las articulaciones indican una locomoción terrestre, más que acuática, y que la anatomía de los saurópodos era funcionalmente análoga a la de grandes mamíferos actuales como los elefantes. Posiblemente pasaban la mayor parte del tiempo en tierra, aunque también se pasearan por terrenos blandos de ríos y lagunas prehistóricas. Se llegó a la conclusión, también, de que muchas de las supuestas adaptaciones que se habían interpretado como respuesta a una vida anfibia habían sido malinterpretadas. Por ejemplo, se demostró que el aligeramiento del cuerpo, gracias a esos sacos aéreos del esqueleto, no era para facilitar la flotación, sino que eran ideales para resolver los problemas de soporte del peso en tierra. O el cuello, que, en lugar de funcionar como esnórquel, se reinterpretó como una adaptación que facilitaba el movimiento por las copas de los árboles, de manera análoga al de las jirafas actuales.

En el párrafo anterior he descrito sucintamente cómo muchos pequeños hallazgos anatómicos y fisiológicos se reunieron para elucubrar sobre el comportamiento y la vida de los saurópodos. Se requiere una cantidad de conocimientos y una habilidad realmente asombrosa para enlazarlos y poder averiguar nuevos aspectos de los dinosaurios a partir de pistas tan pequeñas. Sin conocimientos y sin una técnica desarrollada, uno no puede simplemente darse cuenta de que en los huesos que está observando hay unas estructuras que albergaban diminutos sacos de aire; o de los minúsculos depósitos de grasa fosilizada; o de las pistas que nos da el sedimento sobre el ambiente en el que se encontraban. Buscar tales cosas, además de requerir cierto conocimiento previo, a menudo requiere la construcción de herramientas especializadas o sistemas de medición químicos completamente nuevos. Pero, para embarcarse en tales proyectos, muchas veces se necesita elucubrar y especular para generar una teoría, aun sabiendo que pueda resultar errónea.

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La pata de un titanosaurio en una réplica del American Museum of Natural History, 2016. Fotografía: Getty.

Un ejemplo interesante de tal interacción entre la especulación y la experimentación viene de la historia de cómo las teorías del comportamiento de los dinosaurios y los patrones de migración ayudaron a impulsar un estudio sobre los dientes de los dinosaurios saurópodos. Una forma inteligente de investigar el comportamiento de los dinosaurios es buscar las pistas menos obvias en los huesos fosilizados de los dinosaurios. Y una de estas pistas se encontró en la composición química de las capas de esmalte de los dientes del saurópodo. Dependiendo del ambiente en el que uno se encuentre, podemos observar la prevalencia relativa de las diferentes variantes del átomo de calcio en el agua, diferencias que terminan en los dientes de los dinosaurios a través del agua que beben. Así, podemos estudiar si los dinosaurios saurópodos se desplazaban por distintos ambientes. Los resultados de esta ingeniosa investigación concluyeron que algunos saurópodos hacían migraciones anuales de hasta 300 km de distancia, probablemente huyendo de los sitios más áridos en las épocas de sequía.

La historia del esmalte de los dientes no es la única pieza de evidencia disponible para saber si era correcta la elucubración de que los saurópodos no estaban confinados a lagos y ríos. Los análisis de los sedimentos, tafonómicos y paleoambientales han demostrado repetidas veces que los saurópodos abarcaron una amplia variedad de entornos sedimentarios. Aunque también se encontraron en terrenos pantanosos y lagos, es evidente que los saurópodos estaban presentes en muchos hábitats distintos. Uno de estos ejemplos lo encontramos en la Provincia de La Rioja, en uno de los sitios de anidación que encontramos en Argentina. Se trataba de una región geológicamente activa que los saurópodos visitaban año tras año para realizar sus puestas. Los análisis sedimentarios demuestran que los saurópodos utilizaban la humedad y el calor desprendido para incubar sus huevos, que situaban en agujeros excavados, como hacen algunos reptiles y aves modernos.

Una vez que hemos descubierto que los saurópodos son más terrestres que acuáticos, se abre un nuevo mundo de posibilidades. Quizá, cuando uno se para a observar a majestuosos saurópodos como el Argentinosaurus, nos surgen muchas preguntas, como cuál era el papel que desempeñaban sus gigantescas dimensiones en su fisiología, su biomecánica, su alimentación o su locomoción. Y, aunque hemos resuelto con elegancia un asombroso número de preguntas sobre sus cómos, todavía nos queda mucho que avanzar en sus porqués.

¿Cómo era su estrategia reproductiva? ¿Era el tipo de nidada un factor que influyó en la vulnerabilidad o no a la extinción de los saurópodos? ¿Y tendría esto un efecto en la tendencia global de la evolución del tamaño de los saurópodos? ¿Qué compromisos conlleva invertir tanto en el tamaño? ¿Existió una carrera armamentística entre los saurópodos y sus depredadores? ¿Fueron las presiones de depredación en parte responsables de la evolución del tamaño de los saurópodos?

No solo son interesantes estas preguntas y muchas otras, sino los caminos que nos quedan por descubrir. En muchos casos no sabemos muy bien dónde estamos, y es excitante pensar que podemos terminar andando por lugares totalmente inesperados. Quizá estas preguntas motiven nuevas excavaciones, o tal vez el desarrollo de nuevos y minuciosos análisis anatómicos. Podría suceder que para atacarlas se requiera la creación de nuevos tipos de herramientas de ingeniería o, quién sabe, es posible que tengamos que esperar a que otro afortunado agricultor nos traiga un hallazgo que hoy nos resulta inimaginable.

Como espero que se hayan ido dando cuenta a lo largo de este escrito, la crónica de Argentina y sus dinosaurios no es la historia de un descubrimiento espectacular repentino, sino más bien la de una serie de televisión que desarrolla su historia paulatinamente. Como cualquier buena serie de televisión, la historia hace pausas de intriga durante las cuales tenemos tiempo para especular sobre lo que está a punto de suceder en esta historia, sobre el siguiente paso. Uno podría incluso sugerir que, sin ese margen para la especulación y el espacio que nos deja para pensar un poco sobre el futuro, no seríamos capaces de comprender la historia en absoluto. Porque gran parte del significado de cualquier historia existe gracias al modo en el que las sorpresas subvierten nuestras expectativas. 

Lo mismo ocurre con los descubrimientos científicos. Es fácil pasar por alto el hallazgo de los sacos de aire dentro de los huesos como una curiosa trivialidad. Pero el hecho de que hubiésemos creado la imagen de que los dinosaurios tenían huesos demasiado pesados para mantenerse erguidos en tierra de pronto hace que el descubrimiento de los sacos de aire sea significativo. «¡Ajá! —nos decimos— ¡Dentro de este pequeño detalle yace una de las claves para entender cómo se mueven y se comportan estos animales!»

Cuando se trata de la historia de los dinosaurios, deberíamos concluir que, probablemente, aún nos quede más de la mitad del camino por descubrir. Cada año aparecen nuevos descubrimientos de Argentina, Chile, la India, China, Estados Unidos y muchos otros lugares que están cambiando la forma en la que pensamos sobre la historia de los animales en nuestro planeta. Y creo que el territorio de Argentina todavía tiene muchos hallazgos que darnos. Estoy segura de que, si uno está un poco al acecho, será recompensado con un montón de nuevo material y alimento para nuevas especulaciones.


María Martinón: «Las ideas de las personas racistas no se sustentan en la biología. Somos un crisol de humanidades extinguidas»

María Martinón Torres (Orense, 1974) creció rodeada de libros que dieron alas a su curiosidad. Para cumplir su deseo de ser antropóloga decidió estudiar Medicina y Cirugía en la Universidad de Santiago de Compostela, haciendo su tesis sobre la dentición de hominínidos. Luego se especializó en Antropología Forense por la Universidad Autónoma de Madrid y en Evolución Humana por la Universidad de Brístol para acabar aterrizando Atapuerca en el año 1998.

Tras la construcción de un paso para un ferrocarril minero a finales del siglo XIX, se encuentran los yacimientos de la sierra de Atapuerca. En uno de ellos, la Sima del Elefante, María encontró un fragmento de mandíbula humana que resultó ser del homínido más antiguo de Europa: el homo antecesor. María Martinón es ahora la directora del Centro Nacional de Investigación sobre la Evolución Humana —CNIEH— y, tras acompañarnos en una maravillosa visita al Museo de la Evolución Humana y a los yacimientos de Atapuerca, nos sentamos con ella para hablar sobre un pasado fascinante que aún estamos reconstruyendo.

Creciste fascinada por las aventuras de Sherlock Holmes y los libros de Julio Verne, ¿alguno de los libros que leíste te hizo interesarte por la paleoantropología?

Sí. Creo que leer es fundamental, no me canso de decirlo. El kit de ganas de saber, aprender y la lectura está al alcance de todo el mundo, y precisamente una característica del Homo sapiens es que puede viajar y puede vivir otras vidas sin tener que vivirlas realmente, a través de su capacidad de abstracción y de la lectura. ¿Por qué me gustaban esos libros? Porque precisamente esos libros lo que te plantean son preguntas, misterios, inquietudes. Yo creo que lo que unifica, lo que agrupa a todos los científicos de todas las disciplinas, es la curiosidad.  A fin de cuentas, un científico es una persona que quiere hacer de la necesidad de satisfacer la curiosidad su profesión. A los científicos les gustan las preguntas más que las respuestas. 

Estudiaste Medicina y Cirugía en la Universidad de Santiago de Compostela. ¿Llegaste a operar a alguien? 

Durante mis prácticas en el rotatorio, como todos, he metido mano y participado en alguna operación, realicé mis visitas tuteladas a enfermos y todo lo que me correspondía como estudiante de Medicina, pero no llegué a hacer ninguna especialidad médica. En cuanto acabé la carrera me fui a Inglaterra a hacer un máster en evolución humana, en paleoantropología, y a mi regreso empecé la tesis doctoral e hice un máster de antropología forense. La tesis doctoral la desarrollé en el Museo de Ciencias Naturales de Madrid, con José María Bermúdez de Castro, codirigida por él y por Ángel Carracedo, director del Instituto de Medicina Legal, a quien conocía porque antes de lanzarme a los fósiles estuve dos años en su departamento trabajando con ADN antiguo. Ángel es una persona muy generosa y ofreció lo más cercano a lo que yo quería hacer, que era aprender de ADN antiguo. Me ayudó mucho a buscarme el camino. He tenido buenos maestros con mayúsculas y en todos los sentidos. Gente generosa, que tutela, que quieren que crezcas, que se emocionan con lo tuyo. Son personas que tienen muchísima vocación y entusiasmo. José María se sigue emocionando en un congreso con una presentación. «Vamos a prepararlo bien, a discutir qué contamos». Eso no tiene precio.

¿Cómo ha acumulado tu familia tanto interés por la ciencia?

He tenido la suerte de crecer en una familia donde se nos animó mucho a ello, y además el ser muchos hermanos (somos siete), es el mayor estímulo que puedes tener al crecer. Siempre se fomentó la lectura, es el germen de lo que viene después. A nivel específico de disciplinas, yo soy antropóloga de formación médica, tengo un hermano arqueólogo, un hermano periodista, otro empresario y varios médicos. Ha habido un poco de todo, pero todos tenemos interés por indagar. Haber nacido en una saga de médicos también me dio la base para hacer antropología. Tuve la suerte de tener una niñez muy viva, muy llena de vida, con mucha interacción, con gustos muy diferentes, los hermanos somos muy diferentes en personalidades, nos hemos dedicado a disciplinas diferentes, pero es verdad que la medicina tiene la voz cantante en nuestra formación. Cualquier persona que viva en casa de médicos sabe que la medicina está hasta en la mesa, te contagia las ganas, el interés y la vocación, y eso me lo he llevado conmigo. 

¿Te ha servido mucho para tu carrera profesional?

Muchísimo. La medicina la escogí como base, como punto de partida. Cuando decidí hacer antropología no existía esa carrera. La mayoría de la gente iba por arqueología, biología o historia. Yo me dije: ¿medicina, por qué no? Si mi interés es comprender al ser humano, la medicina me da una perspectiva más completa del ser humano, cómo funciona y, cuando no funciona, por qué no funciona. Con esa base es más fácil desplazarse al pasado. Estos últimos años la medicina ha vuelto a mí. El estudio de las enfermedades da una perspectiva completísima de la naturaleza de una especie porque es la que pone sobre la mesa su vulnerabilidad y su fortaleza. Para el ser humano pocas experiencias hay más trascendentales que estar enfermo. A través del estudio de las enfermedades queda al descubierto qué nos preocupa, la temporalidad, cómo nos enfrentamos a las dificultades. Es donde lo bueno y lo malo salen a la superficie. La medicina me está aportando una perspectiva diferente de la reconstrucción de los homínidos.

Hay un campo precioso que es la medicina evolutiva, que precisamente se pregunta por qué enfermamos, no solo la causa próxima, por qué nos ataca un virus, por qué esta hormona se ha disparado, por qué este receptor no funciona, sino el porqué en el origen: si somos un homínido tan bien adaptado, ¿por qué la selección natural no ha eliminado las enfermedades, por qué hay alzhéimer, por qué hay cáncer, por qué hay diabetes? ¿Es la selección natural una chapuza que no ha conseguido eliminar todas esas irregularidades? Algunas enfermedades como el cáncer o las de carácter neurodegenerativo aumentan como precio a pagar por vivir tantos años, muchos más que la mayoría de los primates; otras enfermedades son resultado del desajuste entre nuestra anatomía y nuestra fisiología, y el estilo de vida sedentario que hemos desarrollado. 

La forma en que los homínidos se han enfrentado a la enfermedad y la muerte pone de manifiesto todo su repertorio de armas para sobrevivir. Al final la historia de la vida es la de la lucha por supervivencia, algunas de manera más instintiva y otras de forma más deliberada. La medicina es la manera más intencional y premeditada de intentar controlar los factores que limitan nuestra existencia en el tiempo. Fue la coyuntura familiar la que me puso la medicina delante de los ojos y me enamoré de ella como disciplina, es muy completa, muy amplia, muy dinámica. Pero ahora en estos últimos años me ha dado otra visión de los homínidos no solo como ancestros, sino como personas que también padecieron, que también tuvieron dificultades, tuvieron que agudizar su ingenio para deliberadamente sobrevivir. Me acuerdo de esa frase clásica de Pessoa: «El ser humano es un animal que quiere existir». Ya no solo es el instinto, sino que se organiza para controlar los factores que dificultan su supervivencia. Es el animal que mayores esfuerzos dedica a querer domesticar la muerte. Sé que me voy a morir y lo quiero controlar. 

¿Qué diferencia hay entre la paleontología y la arqueología? 

La paleontología estudia los restos esqueléticos, los fósiles, los huesos, los tejidos, y la arqueología estudia la cultura material, las herramientas, el arte, los vestigios que hayan quedado de su comportamiento y forma de vivir. Es muy difícil separar esas líneas, porque el ser humano es biología y cultura, sobre todo en la especie actual, en la que la tecnología es casi parte de la anatomía del ser humano.

La arqueología aparece en el momento en el que queda registro visible de esa evidencia cultural, pero nuestra visión puede ser parcial, hay materiales perecederos que no nos llegan o cultura sin que haya prueba material, la música, por ejemplo, salvo que haya un instrumento, o el canto. La evidencia más clásica de la arqueología son las herramientas como prueba de esa tecnología. Ahora nos planteamos que quizá la pregunta clave no es cuándo un homínido fue capaz de usar herramientas por primera vez, sino cuándo esas herramientas se convierten en una parte sustancial del comportamiento de la subsistencia, de la estructura de esa población. Nuestra especie, nuestro estilo de vida, nuestra sociedad, no se sustentaría sin tecnología. Con tecnología no me refiero solo a las herramientas; me refiero a la calefacción, la ropa, las casas, las carreteras, las comunicaciones. Todo nuestro sistema colapsaría si eso desaparece. Esa es la diferencia cualitativa. Richard Dawkins habla de que la tecnología se ha convertido en el fenotipo extendido, es decir, parte de nuestro cuerpo, parte de nuestra biología. El momento en el que la tecnología empieza a ser parte sustancial del modo de vida es el verdadero momento que marca la diferencia entre unos homínidos y otros. 

Paelomagnetismo, paleoneurología, paleoecología o paleofisiología son profesiones relativamente nuevas. ¿Cómo se forman los especialistas en estas disciplinas? 

El estudio de la evolución humana multidisciplinar. Las personas que sobre todo se dedican a temas de dataciones suelen ser geólogos o químicos. Los que nos dedicamos a la parte de los huesos solemos ser biólogos o en algunos casos como el mío, médicos. Luego está la arqueología. En Atapuerca en verano estamos juntos biólogos, químicos, físicos, geólogos, geoquímicos, y arqueólogos. Después vienen las hiperespecializaciones. Creo que el actual sistema educativo que nos obliga a especializarnos tan pronto nos empobrece, nos obliga a ir al grano desde el principio, y se pierde información general que es fundamental para poder conectar campos. A mí la medicina me dio un campo muy amplio. Para mí fue una ventaja que no hubiera grado de paleontología. La hiperespecialización en nuestro campo viene con los estudios de posgrado. Yo me fui ir al Reino Unido a estudiar paleoantropología, luego hice estudios de antropología forense, progresivamente vas cubriendo tu curiosidad y necesidad de formación.

A los estudiantes les digo que cuanto más amplio, mejor. Si quieres ir al grano y lo que te preocupa, que lo comprendo, es una opción vital, un empleo, una estabilidad inmediata, sí. Si lo que priorizas es el conocimiento no hay esa prisa ni esa direccionalidad. Se trata de darte la opción a ti mismo de que aparezcan otras cosas, darte la posibilidad, como investigador, de encontrar lo que no esperabas encontrar. Y un consejo: no leáis solo de lo vuestro. Leed de otros campos. ¿Tenéis aficiones? ¿Os gusta la literatura, el arte, la divulgación? Cultivadlas. Porque precisamente la ciencia es un acto creativo, son conexiones neuronales diferentes ante la visión de un mismo paisaje. Yo digo «perded el tiempo, leed otras cosas que no sean siempre sobre lo vuestro». Darwin dijo en su autobiografía que si hubiera podido volver atrás le habría dedicado más tiempo a la música, a la poesía y al arte porque sentía que se le habían atrofiado partes de su cerebro que eran importantes para la felicidad y para el intelecto. A mí me encanta la literatura, me encanta la ficción. Me ayudan a componer relatos coherentes con los que tratar de explicar el mundo natural. Yo les digo a los estudiantes: no os especialicéis tanto, tan pronto. No estrechéis la mirada. . 

¿La aparición de restos arqueológicos como herramientas coincide en el tiempo con la aparición de restos artísticos?

No, realmente el arte es una expresión cultural muy tardía, de Homo sapiens, aunque ahora se está debatiendo si también los neandertales la tenían. Es verdad que la expresión artística en todo su florecimiento es característica de los humanos modernos. Pero también hay que tener cuidado para no cometer trampas históricas, no podemos comparar la cultura o la evidencia artística de un neandertal con la que tenemos nosotros ahora. Siempre invocamos, por ejemplo, a las figurinas, las Venus, como expresiones artísticas más características y típicas de Homo sapiens, pero estas aparecen cuando los neandertales ya se habían extinguido. Habría que comparar el arte de los neandertales con el arte del Homo sapiens de la  misma época.

Además, estamos acostumbrados a medir las capacidades de otra especie en función de lo que nosotros consideramos que es lo más importante: tener artes, pintar cuevas, ornamentarse, enterrar a los muertos… Si no haces eso, entonces eres inferior. Pero hay muchas cosas que nosotros no somos capaces de medir. Igual otras especies tenían otras manifestaciones culturales complejas menos expresivas o evidentes, pero no significa que no tuvieran comunicación sofisticada. No lo sabemos. No tenemos esa evidencia, no siempre la ausencia de evidencia es evidencia de ausencia. Estamos muy sesgados en identificar las cosas que nosotros consideramos que se deben tener en el kit de la modernidad, pero realmente los neandertales eran una especie compleja. Sí enterraron a sus muertos aunque con menos ajuar, pero a lo mejor es que eran más sobrios. Hay a quien le gusta más Picasso y a quien le gusta más Velázquez. Puede haber muchas maneras de ser una especie inteligente y compleja.

En los últimos años estáis aportando trabajos sobre los fósiles en Asia que cuestionan algunas teorías clásicas. ¿Cuáles son esas? 

Toda la vida parece que la historia de lo que sucedía en Asia era una historia secundaria, Asia era el gran cementerio de los elefantes, todas las especies salían de África y llegaban a Asia para morir sin tener nada que aportar al argumento principal. Ahora sabemos que Asia ha sido el escenario principal de la interacción de nuestra especie con otros homínidos con los que hemos hibridado, como neandertales y denisovanos. En cuanto al origen de nuestra propia especie, Homo sapiens, hemos probado que abandonamos África hace entre ochenta y ciento veinte mil años, lo que supone entre treinta y cincuentamil años antes de lo que la teoría del Out of Africa proponía. Ha sido una revolución. 

En los últimos años, el epicentro en los estudios sobre evolución humana se está desplazando a Oriente. Lo apasionante en la ciencia es que no trabajamos con verdades, el que quiera certezas, el que se quiera ir a la cama tranquilo diciendo que ya sabe lo que pasó, aquí que no se meta. Porque cuanto más sepas, más preguntas te surgen, lo que es maravilloso. Me da mucha rabia cuando las noticias dicen que un descubrimiento lo echa todo abajo, que todos estábamos equivocados. Lo que sucede es que tenemos es un paisaje que solo podemos ver a través de una ventana pequeña, y con lo que vemos a través de esa ventana tenemos que hacer un relato coherente. Si veo un homínido no puedo decir que son tres, podría ser, pero no sería honesto afirmarlo. Cuando aparecen más evidencias se abre el ancho de la ventana, la visión se hace más panorámica y el relato se modifica.  

Cuando empecé a hacer la tesis doctoral quería comparar todos los dientes de todas las especies que pudiera. Dejé para el final el estudio de H. erectus de Asia y cuando los vi, con los ojos limpios, me parecieron más similares a los europeos que a los africanos. Recuerdo que José María se sorprendió. Le dije: mira. Y fue con los datos y la evidencia que se convenció. Cuantas más evidencias tengamos mejor, pero uno tiene que estar siempre con la humildad de que hacemos lo que podemos con lo que hay, y se hace bastante. Sabemos lo que hay, pero no lo que no hay. Trabajamos con hipótesis parsimoniosas, tienes que avanzar con la explicación que requiere menos cambios o explicaciones adicionales con los datos de los que dispones. Nos tiene que preocupar cambiar de opinión. Si puedo escoger, prefiero ser yo mi propio abogado del diablo. Tuve la suerte de que José María también es así. 

Has estado en el momento más importante de reescribir la historia, desde el principio, desde Emiliano Aguirre.

Yo no llegué a coincidir con Emiliano en el proyecto, aunque sí en el Museo de Ciencias Naturales.  Él estuvo hasta el 92, cuando toman el relevo los tres codirectores, José María, Juan Luis y Eudald, y yo entré en el 98. Pero sí he sido testigo de grandes descubrimientos, de varios cráneos de la Sima de los huesos, el esplendor de la especie H. antecessor, que se publica en el 97. He tenido la suerte de ver esa reconstrucción de la historia desde primera línea y de estar con quienes la reescribieron y luego reescribirla con ellos. Atapuerca es una verdadera universidad al aire libre. El mérito de Atapuerca, más allá de la riqueza en sí que tiene un yacimiento, es que se ha creado un proyecto docente y cultural de divulgación y transmisión con su propio relevo generacional. Yo ya he tenido dos doctorandos aquí, vas creando una escuela. Yo soy hija de Atapuerca y ya tengo hijos en Atapuerca. A veces cuando viajo me preguntan: ¿Real Madrid, Barcelona? Y yo digo: Atapuerca, con todo el orgullo. La tribu de Atapuerca es enorme, asóciame a ella, es una seña de identidad. Yo, de apellido, Atapuerca. 

Es sorprendente que en un sitio tan pequeño como Atapuerca haya habido tanta acumulación de homínidos desde hace más de un millón de años. ¿Qué explicación hay? 

Hay muchos factores. En primer lugar, la península ibérica es un refugio. Hablábamos antes de que los homínidos se ven condicionados por las variaciones climáticas. Cuando las condiciones son muy inhóspitas, como fueron en la Europa de las edades de hielo, los homínidos se extinguían o se desplazaban a estos refugios, generalmente en latitudes inferiores o en la costa. Por lo tanto hay más probabilidades de encontrar homínidos en zonas del sur y de que haya un registro durante más tiempo. 

Además, Atapuerca es un sistema kárstico, las cuevas son verdaderos cofres del tiempo. La probabilidad de que se conserve una evidencia es mayor que en un yacimiento al aire libre, donde están mucho más expuestas al deterioro. Por otra parte, en cuanto a geografía y paisaje es un corredor natural, un lugar de conexión entre la cordillera cantábrica y la meseta, por ahí pasan animales, migraciones, tiene una influencia climática del Atlántico y Mediterráneo, existe una gran biodiversidad, una abundancia de frutos, de recursos, de agua, es una zona muy rica, que es lo que requieren los homínidos para poder sobrevivir. 

Teniendo en cuenta que España es un refugio en la Europa del sur, ¿es probable que haya más atapuercas?

Tiene que haberlas. Siempre hay algo de suerte en el hallazgo, pero en Atapuerca hubo algo más que suerte, hubo dedicación. Es un proyecto que lleva cuarenta años. Se ha invertido mucho tiempo, mucho esfuerzo, en explorar, en prospectar. Al principio era la Sima, pero ahora es la Gran Dolina, la Galería, la Sima del elefante y ahora la Cueva del fantasma, en la que se encontraron neandertales cuando era la única especie que nos faltaba. Sí, creo que hay más atapuercas, tiene que haberlas. Pero para que haya más atapuercas tiene que haber algo más que fósiles, un proyecto de investigación, cultural, de divulgación y docente del calibre del de Atapuerca. Aquí la musa nos encontró a todos muy ocupados. 

¿Puede haber problemas de corrección política para difundir estudios de ADN antiguo, que alguien pueda utilizar mal los descubrimientos de los paleontólogos? Por ejemplo, descubrimientos que podrían ser manipulados o tergiversados como hizo Hitler para ensalzar la raza aria. ¿Hay riesgo de que la sociedad interprete equivocadamente, por ejemplo, que haya un grupo de humanos superior a otros?

La paleoantropología y la paleontología precisamente está ayudando a todo lo contrario. Todo el mundo puede tergiversar los descubrimientos, pero el que esté bien informado verá que es todo lo contrario. El tema de las razas se diluye cuando analizamos el ADN. Gracias a la paleogenética estamos viendo que especies diferentes, como sapiens y neandertales, hibridaban, tuvieron descendencia y alguien cuidó de esa descendencia, por lo que parte de esa herencia genética la tenemos nosotros en nuestro ADN. Las ideas de las personas racistas no se sustentan en la biología. Nosotros somos un crisol de humanidades extinguidas. Parte de nuestro éxito probablemente haya sido habernos mezclado con otras especies que nos han proporcionado ventajas genéticas y mayor versatilidad para adaptarnos a nuevos territorios. Si parte del éxito ha sido esa mezcla, esa hibridación, no sé cómo alguien puede sustentar que dentro de la misma especie existen grupos diferentes y que los hay superiores e inferiores. El éxito de nuestra especie es la diversidad. 

La gente muchas veces habla sin leer, o como mucho lee solo los titulares. Es muy de nuestra generación, viene todo masticado en ciento cuarenta caracteres, como en Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, te bombardean con datos y crees que estás informado, pero nadie va a la fuente.  

Lo que sí puede haber son temas sensibles, hay temas que pueden ser tergiversados más fácilmente y encima ahora estamos en la era de los ofendidos. Es complicado hablar de algunas cosas y algunos prefieren no tocar ciertos temas, porque saben que se pueden utilizar. Pero la mejor manera de estar bien defendido y protegido de la manipulación es con el conocimiento y la educación. Vete a la fuente. 

También es verdad que los periodistas y los divulgadores científicos deben tener mucho cuidado para que las cosas no se interpreten mal.

Hay cierto compromiso en el ejercicio la ciencia, que tiene que ser valiente, hacer los descubrimientos y explicarlos. Con la ciencia la gente se enriquece, es menos vulnerable. Yo creo que no se acaba todo con la publicación de un artículo: responsabilízate un poco de cómo llega esa información a la sociedad.

Recientemente se han hecho descubrimientos sobre especies de homínidos extinguidas, la última en este mismo año (Homo luzonensis). ¿Es probable o posible que tecnologías avanzadas descubran algo que pueda suponer un cambio de paradigma sobre la evolución de los homínidos? ¿Es posible que se encuentre, por ejemplo, alguna especie que siga teniendo una presencia importante en el genoma actual de algunas tribus o un impacto en la evolución por ahora desconocido?

Estamos expuestos, y eso es maravilloso, a que haya grandes descubrimientos. En su día los análisis de genética supusieron una revolución en el campo de la paleontología. Supuso aplicar técnicas, conceptos que no eran habituales en nuestro campo. Con estos análisis cambiaron muchas cosas, como saber que sapiens y neandertales se habían cruzado, y que existía un tercer grupo homínido al que todavía no le hemos puesto cara con el que también hemos intercambiado genes, que son los denisovanos, y cuya huella genética se encuentra en parte de la población actual, sobre todo en el sudeste asiático, pero apenas tenemos fósiles para identificarlos.

Va a haber grandes revoluciones sobre las interacciones que ha tenido nuestra especie con otras especies extinguidas. Me parece maravilloso que los grandes interrogantes están apareciendo con nuestra propia especie. Tenemos licencia para soñar. Los análisis de proteínas serán la siguiente gran revolución, nos permiten ir más allá en el tiempo e indagar en territorios en los que es muy difícil encontrar ADN, como en sitios de climas tropicales. En el sudeste asiático no se conserva nada de ADN, están muy degradados por el tipo de clima, la humedad y la acidez. Ahí se abre la posibilidad de tener evidencia donde había un vacío grande. Creo que sí, que es una época maravillosa. Estamos preparados para tener grandes sorpresas. Cada vez tenemos métodos que nos permiten ver más, tenemos la vista más graduada. Ahora investigamos el pasado con técnicas del futuro, es una mezcla de tiempos. 

La dentición es clave en estos estudios.

Es lo que mejor se conserva, la caja negra, que aquí es la caja blanca. Tiene toda la información sobre el individuo, sobre la especie a la que pertenece, grupo, sexo, e incluso edad. Quedan registradas enfermedades. Con estudios de isótopos estables, los cambios de la dieta. Hay hasta marcas culturales por uso. Es un repertorio de muchísimos aspectos, tanto en la paleontología como en el ámbito forense, es la identificación de un individuo. En estos momentos colaboramos con el Instituto de Medicina Legal de la Complutense en Madrid porque métodos que nosotros utilizamos para distinguir a sapiens y neandertales por el estudio de los tejidos dentales pude servir para identificar el sexo de dientes aislados en ámbitos forenses.

Con respecto a la definición de especie, ya no se ajusta a lo que estudiamos: que no se podían cruzar y que no podían tener descendencia fértil.

El concepto de especie biológica es que las especies son unos grupos con cierta homogeneidad, que tienden a ocupar un territorio, y en teoría lo suficientemente diferentes de otros grupos como para solo poder cruzarse entre ellos. Ahora sabemos que grupos o especies diferentes se pueden cruzar. ¿Es la norma? ¿Es lo habitual? No, pero son lo suficientemente próximos genéticamente para que en determinadas circunstancias puedan cruzarse y tener descendencia, aunque hay un mayor grado de incompatibilidad. Ese concepto estanco de que si se cruzan no son especies diferentes, ya no es así. Se sigue manteniendo el concepto de especie biológica, pero dejando un margen porque sabemos que se puede producir hibridación entre especies diferentes, aunque no sea lo habitual. Si esas especies se hubieran cruzado de manera sistemática no seguirían siendo especies diferentes, acabarían siendo un híbrido, y no es el caso. El sapiens siguió siéndolo y el neandertal fue neandertal hasta el final. 

A pesar de haber tenido descendencia, se dice que existían algunos problemas de fertilidad entre ambas especies. ¿Cómo se sabe? 

Hay estudios que indican que existen problemas de histocompatibilidad entre la madre sapiens y el cromosoma Y neandertal, de forma que si el feto es varón con frecuencia se habría producido un aborto. A la larga los híbridos se van reduciendo, el linaje genético neandertal se va perdiendo. Está claro que no podemos considerarnos una mezcla 50/50. Es probable que haya habido selección, eliminando de nuestro genoma lo que era perjudicial de esa mezcla y favoreciendo la conservación de los genes que nos proporcionaban ventajas. Lo que intentamos en nuestro ámbito es aplicar el concepto de especie paleontológica, tratar de buscar grupos lo suficientemente similares, coherentes, homogéneos morfológicamente y a ser posible con distribución geográfica y comportamiento similar que te permita distinguirlos de los demás. Hemos de ser conscientes de nuestras limitaciones metodológicas. Entrar en peleas sobre si esto merece un nombre diferente, si es una especie o una subespecie, creo que son discusiones pobres que no enriquecen nada.

¿Se sabe si los homínidos hablaban como nosotros?

El lenguaje es un tema apasionante que sigue siendo muy debatido. Evidentemente nuestra especie lo tiene y como siempre al pobre al que se le cuestiona es al neandertal. El problema para estudiar el lenguaje es que los órganos de la fonación no fosilizan, tenemos que buscar otras maneras de averiguar si tenían el lenguaje o no. Yo sí creo que los neandertales tenían su lenguaje. ¿Lenguaje articulado como nosotros? Yo creo que probablemente sí, pero si no un lenguaje articulado como el nuestro, desde luego un sistema de comunicación compleja, fina, precisa y con matices, necesaria para el tipo de vida social y compleja que tenían. Tenían todo el hardware necesario para poder hablar, anatómicamente las mismas estructuras, aunque pudiera cambiar la fonación, como estudios que les atribuyen una voz mucho más aguda o dificultades para pronunciar algunas vocales.

¿De qué otra manera podemos intentar averiguar si tenían el lenguaje o no? Hay estudios que se hicieron en el equipo de Atapuerca, que son una preciosidad, muy originales y creativos, en los que se intenta explorar la existencia de lenguaje estudiando los huesos de oído. Los huesecillos del oído son diferentes entre las especies, y se sabe que están mejor adaptados a escuchar el tipo de frecuencias que esas especies producen. En el caso de los humanos está entre 3 y 5 KHz y es diferente de la de los chimpancés. El estudio de los homínidos de la Sima de los huesos revela que sus huesos del oído también estaban más adaptados para oír mejor el mismo tipo de frecuencias que nosotros, diferentes de las de los chimpancés, por ejemplo. Es una evidencia muy bonita que apunta a que, al menos en este rango de sonidos con los que nosotros no nos comunicamos habitualmente, ellos también estaban mejor adaptados. Así que tenían el hardware, tenían el software, ¿lo utilizaron? Pues no lo podemos saber sin oírlos hablar, pero una especie compleja que vivía en grupo, que tenía rituales, que tenía grandes cazadores, organizados, exitosos en unas condiciones muy adversas, no me la puedo imaginar sin un tipo de comunicación compleja y fina y con matices, no de generalidades. Ahora, ¿se ha articulado como el nuestro, exactamente igual? No lo sabemos.

¿Crees que un aborigen de una tribu aislada, si nace en un país desarrollado, sería igual que un ciudadano de ese país?

Perfectamente, las mismas características y capacidades. Otra cosa diferente es el debate que se plantea sobre si los primeros Homo sapiens, los de hace doscientos o trescientos mil años tenían el despliegue completo de capacidades de modernidad y sofisticación que tenemos ahora. Pero en los sapiens de ahora, completamente. 

¿Habrá algún loco que esté intentando generar un neandertal?

¡Habrá de todo! No sé si lo veremos, pero que se intentará, seguro. Yo creo que somos un animal que lo prueba todo ¿Existe una base científica para poder planteártelo? Sí, la hay. ¿Tecnológicamente hemos llegado a que sea viable, factible o que compense invertir en eso? No lo sé. Y luego, sobre todo, ¿hemos alcanzado la madurez ética e intelectual para afrontar algo así…? El problema es que los debates éticos van mucho más lentos de lo que va el avance tecnológico. 

Y siempre hay personas que van al margen de los debates.

Y siempre las va a haber, es como el científico chino (He Jiankui) que ha editado los genes de dos bebés. ¿No podemos utilizar estas herramientas de una manera más productiva, más necesaria, resolver incluso las necesidades más perentorias de la humanidad en este momento? Bueno, hay de todo. Eso es lo bueno y lo malo de Homo sapiens, que cabe de todo. 

¿Qué opinas de las empresas que están generando millones de datos genéticos de toda la población humana? ¿Eso os puede ayudar a los paleontólogos?

Tener datos y conocimientos siempre es positivo. El conocimiento no hace daño, lo importante es para qué lo utilizas. A esas empresas les das tu genoma y se supone que te ofrecen un resumen de quién eres y las enfermedades a las que eres propenso, pero hay cierto peligro porque se hipersimplifica información que puede ser malinterpretada. 

Volvemos a Atapuerca. Es un ejemplo de la importancia de la divulgación científica y una evidencia de que a la sociedad le interesa la ciencia más de lo que creemos. 

Tú vas a dar una charla sobre evolución humana y la gente te pone en aprietos. Te preguntan lo que acaba de salir ayer, que tú no has tenido aún ni tiempo de leerlo. La gente está informada y a la gente le interesa. Ese es el principal motor de lo que hacemos. El mejor elemento de presión a los políticos. ¡Eh, esto nos interesa a todos! Generalmente los políticos buscan una inversión que sea popular. Si la gente demuestra interés en la ciencia tenemos un elemento de presión fundamental para que se siga invirtiendo en ella, que se vea como bien de interés general. 

Parece que es una cosa que viene desde el principio, desde Emiliano Aguirre.

Sí. Emiliano es un hombre del Renacimiento. Para él no hay diferencia entre las ciencias y las letras, un humanista. Sabía de homínidos, de fauna, de industria. Estaba en España, estaba en China, estaba en África. Había que estar un poco loco en la España de los sesenta y setenta para atreverte a dedicarte a este tipo de cosas. Fue un visionario, un hombre con la visión suficientemente amplia como para decir: esto se merece un proyecto multidisciplinar con especialistas de cada uno de los campos para poder reconstruir una historia que tiene muchísimas vertientes. Pero además un proyecto que se podía desarrollar en España. Esa fue la gran diferencia. Durante mucho tiempo nosotros encontrábamos las cosas y venían a buscarlas los investigadores de otros países, con sus maletines, para ser ellos los que los estudiasen. Aquí hubo un antes y un después. En Atapuerca se apostó por nuestros científicos, por la capacidad que teníamos de formar a gente y desarrollar nuestras propias investigaciones. Atapuerca no solo es la suerte de los fósiles, es la madurez de la formación del personal específico parejo a esos materiales. Hemos creado ya cultura científica y talento propio. Hay que ser muy valiente para plantearse una cosa así en el año 78. 

¿Qué es la Fundación Atapuerca?

Es una fundación sin ánimo de lucro que es el soporte de todo el equipo de Atapuerca. Estamos hablando ahora de un proyecto multifacético y complejo que necesita coordinar muchos aspectos, la excavación, las visitas a yacimientos, museo y centro de interpretación, la relación con la prensa y algo fundamental: la búsqueda de un soporte económico. La fundación se preocupa de atraer fondos y patronos que quieran colaborar con Atapuerca posibilitando, entre otros, las becas de la Fundación Atapuerca, que son fundamentales para el desarrollo de tesis doctorales. 

¿De qué habla tu ensayo sobre evolución y religión?

Hay quien cree que es incompatible ser científico y creer, pero opino que obedece a naturalezas diferentes. ¡El propio Emiliano Aguirre fue jesuita! La preocupación en el ser humano por saber de dónde viene, a dónde va, si tiene un sentido la vida, es universal, no es patrimonio solo de los científicos. Se puede explorar y buscar tu lugar en el planeta desde todos los ángulos, no solo desde el científico, también está la introspección, la filosofía o el arte. En ese ensayo proponía que son naturalezas diferentes, el problema son las injerencias. La ciencia tiene un mundo de exploración que es el natural y un método de exploración que es el método científico. No tendría sentido invocar a Dios para resolver un problema de matemáticas. La ciencia explica el cómo y la religión para algunos explica el porqué. El verdadero problema surge cuando, como en Estados Unidos, se institucionaliza esa injerencia y surge el creacionismo, un intento de vestir de ciencia lo que no lo es. 

Vuestro lema familiar es que se debe pedir a cada cual lo que esté a su alcance realizar. ¿Qué más puede pedir a la ciencia María Martinón?

Licencia para soñar. Pedir siempre podemos pedir, me gustaría conseguir más fósiles, más ADN y más proteínas de especies anteriores, que podamos completar un poco lo que ya conocemos. Tendría una lista de los reyes magos muy… ¡lo que ellos quieran! Me he portado bien, traedme lo que queráis.


Érase una vez un pitecántropo…

Imagen: Emiliano Bruner.

Karl Popper, Thomas Kuhn y un pitecántropo se encuentran en el Paraíso. Popper afirma que el estar muerto no demuestra haber vivido. Kuhn le responde que a los demás les da igual creer haber vivido o haberlo hecho de verdad. Los dos miran al pitecántropo y le preguntan lo que opina. Y el prehistórico responde: «Caballeros, en mi caso es diferente, porque muerto no es lo mismo que extinto. De hecho, es muy difícil demostrar que mi gente no haya existido: miren a los fósiles».

La ciencia, así como la conocemos hoy en día y en nuestra cultura occidental, se ha forjado durante miles de años tambaleándose entre dudas y certezas, verdades y leyendas, desinformación y conocimiento, mezclando sabiduría y negocio, intereses e inquietudes, y muchas, muchas contradicciones. Las religiones promovían el desarrollo cultural para luego reprimirlo cuando no caminaba por el derrotero deseado. Los gobiernos siempre han querido aprovecharse de la tecnología, pero sin tener que lidiar con los despertares intelectuales asociados con el impulso del progreso. La sociedad exige soluciones, pero rechaza por defecto —y a menudo agresivamente— cualquier cambio de sus dogmas, de sus creencias y de sus preceptos. Todos anhelan el fruto prohibido del conocimiento, pero le tienen miedo a sus consecuencias. Así que la ciencia ha evolucionado en un marco donde quizás el centro de gravedad puede que sea claro, pero sus fronteras son increíblemente borrosas. Cuando intentamos comprender los fenómenos de la naturaleza sufrimos limitaciones asociadas al mismo proceso de conocer, y limitaciones asociadas a nuestros contextos históricos y sociales.

Por esto, aunque nos gusta decir que la ciencia puede descubrir, en realidad lo que hace sobre todo es interpretar. Su objetivo es proporcionar interpretaciones sólidas, sensatas y coherentes con las observaciones y con las experiencias, y luego someterlas a prueba hasta el agotamiento. Hay quien piensa que existen ciencias duras y ciencia blandas, pero la verdad es que nadie trabaja manipulando la mismísima realidad, y todos, al fin y al cabo, solo podemos proponer modelos fundados en los datos que tenemos, y buscar más datos para evaluar si estos modelos son suficientemente buenos para poder suponer lo que pasa en una célula, en un organismo, en una comunidad o en el universo. Karl Popper decía que tal vez exista una verdad, pero lo que no puede existir es la certeza de haberla alcanzado. Por eso nuestros modelos pueden falsearse, demostrando que no funcionan, pero no confirmarse, porque siempre puede pasar que de repente se vengan abajo a la luz de nuevas evidencias. Una hipótesis que cae frente a la evidencia es errónea, pero una que aguanta no por ello es verdadera: que no haya caído no quiere decir que nunca caerá.

Hay que reconocer que la perspectiva de Popper tiene una lógica impecable. Y, si la ciencia farda de razón y coherencia, no puede prescindir de esta lógica. Es una perspectiva algo frustrante, pero desde luego sincera. Por ende, lo que podemos pedir a nuestras teorías no es que sean ciertas sino que, por lo menos, funcionen. El poder predictivo de una teoría no es garantía de su exactitud, pero alivia, sugiere un buen camino, y además es fundamental a la hora de transformar la teoría en una posible aplicación.

Las religiones se aprovechan del concepto de posibilidad, es decir, se limitan a considerar una serie de contingencias que son posibles. Claro está que, en ausencia de adecuadas informaciones, todo es posible, incluso algo aparentemente ilógico o absurdo. De ahí surge su fuerza social, porque si todo es posible nada es criticable o falseable. Es posible que la Tierra haya sido creada por una fuerza consciente y barbuda, es posible que existan dragones en las entrañas de la tierra, es posible que yo sea un marciano y vosotros no os hayáis ni enterado. En cambio, la ciencia se funda en el principio de probabilidad, intentando valorar en qué medida cierta teoría es probable a la luz de las evidencias. En este caso se puede proceder a una selección de ideas. Algunas de estas ideas caerán y otras se quedarán, por el momento, en pie, y no porque sean posibles o ciertas, sino porque tienen una decorosa probabilidad de ser acertadas. No tenemos evidencia de un ser sobrenatural barbudo, nunca hemos encontrado dragones a pesar de haberlos buscados en todos los rincones del planeta, y que yo sea un marciano es posible pero, lo admito, es improbable.

Así que lo que intentamos hacer los científicos es diseñar una teoría en función de la información que tenemos, y luego testar hipótesis que puedan ayudar a valorar la probabilidad de que esta teoría se acerque a una interpretación adecuada de la realidad. Desde luego hay que reconocer que el grado de certeza (o, mejor dicho, de incertidumbre) no será lo mismo en todos los campos. Habrá situaciones donde las evidencias cuantitativas, empíricas y experimentales ofrezcan una buena probabilidad de poder tantear una cierta idea, y otras donde los datos sean tan escasos que el dilema de su validez se quedará sin muchas respuestas.

Y esto nos lleva a dos reflexiones. Primero, tenemos que admitir que se trata de una diferencia de grado y no de sustancia. Sin embargo, todavía hay quien piensa que existen ciencias nobles que revelan certezas y otras de papel maché que sirven de adorno. Pero asociar ciencia y verdad es algo bastante peligroso, porque en este caso se está contaminando el saber con dogmas y sentencias más propias de la religión, lo cual, a bote pronto, no suena prometedor. Segundo, tenemos que ser sinceros con nosotros mismos y, una vez planteada la cuestión según un criterio de probabilidad y un principio de falsabilidad, luego hay que aceptar el veredicto: si los datos no hablan, no deberíamos torturarlos hasta que confiesen algo que no han hecho. Es decir, en todos los campos habrá situaciones donde es posible evaluar una hipótesis o una teoría, y situaciones donde esto, científicamente, no será posible. Cuando esto ocurra, es posible intentar orientarse con opiniones personales, pero sin adornarlas con garantías que, sencillamente, una opinión no puede ofrecer.

Entre las disciplinas que tienen limitaciones serias en este sentido se encuentra la paleontología humana que, a pesar de ofrecer las únicas preciosas evidencias directas sobre nuestra propia evolución, se sustenta en un registro fósil extremadamente reducido. No tenemos todas las especies de una cierta época evolutiva, sino solo unas pocas, las que han podido dejar rastros en los sedimentos geológicos por su peculiar ecología (habitar ambientes propicios a la fosilización), por su comportamiento (meterse donde no deben y morir donde luego las podemos encontrar) o por azar. De estas especies tampoco conocemos su variabilidad, sino solo uno o pocos individuos, que pueden no representar anatómicamente a todos los ejemplares de su especie. De estos pocos individuos tampoco conocemos toda su anatomía, sino solo el sistema esquelético, que es importante pero que no cuenta toda la historia detrás de su compleja biología. Y tampoco tenemos todo su sistema esquelético, sino a menudo solo algunos fragmentos, a veces hechos pedazos o deformados. En resumidas cuentas, los fósiles difícilmente pueden sostener un estudio biológico exhaustivo, una valoración estadística suficiente, o una evidencia experimental reproducible. Vamos, que la situación no está como para soltar certezas.

Pero tampoco sería inteligente obviar y olvidar esta información quitando valor a estos trocitos de huesos fosilizados porque, al fin y al cabo, como hemos dicho es la única prueba directa que tenemos del proceso evolutivo, así que su valor es inestimable. Entonces de lo que se trata es de sacar cuanta más información posible, aprovechando lo que hay pero sin pasarse demasiado con especulaciones. Desafortunadamente a los humanos se nos dan bien los excesos, y no sobresalimos por moderación. La evolución humana es un tema fascinante (se vende muy bien), difícil de falsear en muchos aspectos (hay cosas que no podremos averiguar nunca) y totalmente inocuo (un error, una imprecisión o una mentira no matarán a nadie). Así que es un campo más sensible que otros a la especulación, y a la venta de opiniones personales como fundadas hipótesis científicas. Y esto ocurre en la divulgación y en el periodismo (donde precisamente esta disciplina encaja perfectamente a la hora de proporcionar cierto tipo de entretenimiento culto), pero también en el mismo mundo académico, donde a estos tipos de estudios se les exigen muchas menos cautelas que a otros.

Desde luego sería interesante y necesario saber el peso que esta flexibilidad conlleva en el desarrollo de este o de otro campo. Primero se trataría de saber, tanto en esta disciplina como en las demás, qué porcentaje de la producción científica es realmente sólido, o por lo menos coherente, para saber si el ruido de fondo es escaso y, de todas formas, tolerable, o si por el contrario es demasiado y está afectando el desarrollo del conocimiento. Con frecuencia se dice que algo siempre es mejor que nada pero no es así, porque a menudo una falta de información hace menos daño que una información incorrecta. Segundo, se trataría de saber si ciertas simplificaciones del método científico son útiles para promocionar sus objetivos, o si en cambio los están desviando y obstaculizando. Como podéis imaginar, todo ello es algo que no va a ser posible medir con métodos irrefutables, así que me temo que cada uno lo tendrá que valorar en conciencia.

Ahora bien, que estas limitaciones no sirvan de excusa, y que nadie se esconda detrás de las dificultades. Muchas veces te dicen que seguir un criterio riguroso «es difícil». Y esto es cierto, pero no por ello no hay que seguirlo. Nadie ha dicho que la profesión de investigador o de divulgador sea fácil. Tampoco es fácil la de cirujano o ingeniero, pero cuando se trata de nuestro corazón o de un rascacielos exigimos rigor y seguridad. Si a alguien le parece demasiado difícil una tarea, no es necesario que se dedique a ello profesionalmente. Y tampoco vale tomar una posición todavía más extrema y decir que en ciertos campos «no es posible» seguir un criterio riguroso, porque se estaría afirmando implícitamente que aquel sector no es de fiar. Aplicar un criterio de probabilidad y un principio de falseabilidad es posible incluso con los fósiles, aunque en este caso es probable que, como consecuencia, haya que mitigar las aseveraciones. A veces solo es una cuestión de terminología, de una concienzuda elección de las palabras.

Por poner un ejemplo sencillo, no es lo mismo decir «los neandertales tenían un cerebro de nuestro mismo tamaño» que decir «los fósiles actualmente interpretados como neandertales no sugieren que tuviesen un cerebro más grande o más pequeño que el nuestro». La segunda frase es más larga, pero mucho más precisa, porque deja entender muy bien que hablamos de inferencias y que hay falta de información, con lo cual la conclusión que sigue no es una verdad, sino una probabilidad, por el momento compatible con los datos. O, cuando se presentan estos arbolitos majos con ramas y especies, sería lo suyo no presentarlo como una realidad (por ejemplo: la filogenia de los homínidos) sino como lo que es, o sea una hipótesis en busca de apoyo (por ejemplo: hipótesis filogenética de los homínidos). En cambio, a menudo se estudia un rasgo biológico o una muestra con un algoritmo que te da un resultado numérico (el arbolito) y, en lugar de utilizar este resultado para evaluar una hipótesis previa, se usa directamente como hipótesis en sí misma. Por ende, el dato coincide con la hipótesis que él mismo ha generado, y se confunde el resultado con la conclusión, violando todas las posibles normas de circularidad y de sensatez. Por ejemplo, puedo hacer la hipótesis, basada en distintas informaciones precedentes, que humanos y chimpancés son primos hermanos evolutivos, y luego calcular arbolitos para  ver cuántos y cuáles la apoyan, y cuántos y cuáles no. Lo que se hace, sin embargo, es lo contrario, es decir pongo unas variables y unos criterios específicos en un caldero algorítmico sin una idea por testar, y si sale que humanos y chimpancés se acoplan evolutivamente entonces concluyo que son primos hermanos. Es decir, estoy haciendo coincidir el resultado (una solución numérica, de las muchas y diversas que se pueden encontrar) con la conclusión (la supuesta realidad). El resultado se vuelve hipótesis y se confirma a sí mismo, sin haber interpuesto una adecuada interpretación.

Otras veces, comentar una evidencia fósil puede necesitar algo más complicado que un fraseo prudente y una adecuada elección de palabras, aunque siempre habría que hacer hincapié en que una evidencia puede ser compatible con una cierta teoría, pero casi nunca ser su confirmación concluyente. Y, desde luego, estas teorías deben sustentarse en un panorama de evidencias mucho más amplio, ajeno a la evidencia misma que estamos evaluando. En evolución, las teorías se deberían construir integrando informaciones que vienen de la anatomía, de la ecología, de la genética, de la geología, de la arqueología y de muchas otras disciplinas, y no a partir de una secuencia molecular o de la falange de un meñique.

Dicho de paso, seguramente habría que usar frases más largas, un lenguaje mucho más cuidadoso y un criterio de interpretación mucho más discreto, pero a mí personalmente me parece que esto, además de cumplir con los mandatos de la ciencia, presentaría todo con una luz mucho más interesante, revelando que hay muchas cosas por descubrir, ideas todavía por diseñar, y un mundo entero que nos está esperando con sus sorpresas. Eso sí, esta perspectiva también arrancaría de cuajo un cierto porcentaje de literatura, científica y divulgativa, totalmente fundada sobre especulaciones y opiniones personales. Opiniones que a veces son sensatas, y a veces no. Y, lo repito una vez más, el problema no lo generan las opiniones en sí (una especulación a veces puede ser reveladora), sino el hecho de presentarlas como hipótesis científicas o incluso como certezas.

Es curioso como todo este marco de incertidumbre se puede volver más borroso aún cuando los tiempo se reducen, es decir cuando pasamos de la prehistoria a la historia. Cuando el tiempo pasado se acorta, aumentan desde luego las informaciones disponibles, pero también aumenta la pretensión de alcanzar más detalles en las respuestas. Detalles que, a veces, no es posible conseguir. La historia es una disciplina que acumula informaciones que pueden venir de un libro de hace siglos que ha cruzado traducciones y versiones de todo tipo, de un código de otro milenio encontrado en circunstancias que no son completamente claras, o de un documento trascrito decenas de veces en épocas distintas. Si hoy leemos el periódico de ayer, ya sabemos que las cosas pueden no haber sido como se cuentan. Entre los que se explican mal, los que sesgan, los que rellenan informaciones incompletas, los que interpretan y los que mienten, leyendo un periódico corriente (con todas sus páginas bien impresas y sus fuentes bien documentadas) puede ser difícil entender o interpretar algo que ha pasado la semana pasada. Con lo cual la duda de poder saber algo innegable sobre lo que ha pasado hace siglos o milenios, es una duda totalmente lícita. Pero la historia siempre ha sido catalogada como disciplina humanística y no científica, con lo cual quizás tampoco se ha sentido demasiado vinculada por la invitación a la prudencia de Popper. Aun así, quizás las cautelas deberían ser las mismas mencionadas para los que investigan el pasado más profundo, separando las opiniones y las evidencias, los resultados y las conclusiones, los datos y sus interpretaciones.

Todo esto es teoría. Luego, ahí fuera, está el mundo real, un mundo donde la ciencia se convierte en investigación, es decir en un sistema donde entran en el juego relaciones personales e institucionales, intereses privados y profesionales, amores y odios, competición y conflictos, limitaciones económicas y sociales, reglas y papeleos de una administración más y más engorrosa, vicios y vínculos de unas dinámicas de grupo que delatan sin piedad nuestras raíces simiescas y tribales. Contrariamente a Popper, Thomas Kuhn hizo un análisis de la ciencia mucho menos racional y más emocional. Nos hizo notar que la mayoría de los investigadores se limitan a confirmar lo que ya se sabe, a avalar lo conocido, a defender su posición de forma a menudo dogmática y tajante, lo cual implica rechazar cualquier tipo de innovación o de variación sustancial en los paradigmas o en las supuestas certezas. Los pocos que apuestan por el cambio son, generalmente, obstaculizados por los demás.

Ha habido mucho que debatir sobre cómo y dónde Popper y Kuhn chocan a la hora de interpretar lo que vemos en nuestra ciencia cotidiana, y la respuesta podría ser sencilla: Popper ha descrito cómo debería ser la ciencia, Kuhn ha descrito cómo es de verdad. Hay quien piensa que esta diferencia no es fundamental y quien, como yo, piensa que es determinante. La teoría nos enseña el horizonte lejano, la práctica nos revela lo que tenemos más cerca. La primera nos sirve porque nos indica la dirección, la segunda es necesaria para movernos a cada paso. Mirar solo al horizonte nos puede hacer tropezar con cada piedra en el camino, pero mirarnos solo los pies nos haría perder el rumbo en cada esquina. Es un error superficial y peligroso confundir espiritualidad con religión, ideología con política, ciencia con investigación. Los primeros son conceptos, personales y tal vez utópicos. Los segundos son lo que queda de ellos una vez que han aterrizado en este planeta y se han impregnado de los vínculos de las sociedades humanas y de sus incoherentes comportamientos. Por esto creo que si bien las diferencias entre Popper y Kuhn son fundamentales, no son antagonistas. Al contrario, se integran perfectamente la una con la otra. Popper nos indica sabiamente el camino, mientras que Kuhn nos guarda, concienzudamente, las espaldas.

Los dos siguen debatiendo con el pitecántropo un buen rato, cuando se acerca un señor con barba que estaba escuchando atentamente la conversación, y comenta: «La vida se demuestra por sí sola, por el mero impulso de dejar descendencia, que se convierte en lucha y selección natural». El pitecántropo entonces levanta las cejas peludas mirándole con repentina admiración y le dice: «Claro que sí hombre, está hablando del instinto de reproducción, usted es Charles Darwin». El otro se ajusta la pajarita y contesta: «No sé, yo solo me refería al sexo, y me llamo Sigmund Freud».


El rey de los neandertales

William King, y la primera página de su artículo de 1864 donde detalla su análisis anatómico de los restos de Neandertal.

Como todas las actividades humanas, también la ciencia es una mezcla de ingenio y de azar, de estrategias y de casualidades, de buenas estrellas y de malas rachas. Isaac Asimov decía que la verdadera frase asociada a los grandes descubrimientos no es «¡Eureka!» sino «Qué raro…». Y esto porque los hallazgos no se hacen donde hay luz, sino donde hay sombra. Para descubrir nuevas reglas hay que encontrar dónde se incumplen las viejas. Así es que, con frecuencia, el hallazgo se debe a una fatalidad, y las respuestas se encuentran allí donde no se estaban buscando. Al fin y al cabo la ciencia es una apuesta: se necesita experiencia, conocimiento, un cálculo preciso y riguroso, y luego, sencillamente, que haya suerte.

El primer neandertal se descubrió en 1856 en Alemania, durante la explotación de unas colinas mineras a las afueras de Düsseldorf. Todavía se lee en algunos libros que su nombre procede del valle (thal en alemán) de un supuesto río Neander, pero es un bulo generado por un abuso del copia-y-pega editorial. El riachuelo se llamaba Düssel, y por lo visto aquellas cañadas se dedicaron a Joachim Neander, un pastor evangélico del siglo XVII famoso por la composición de himnos y cantos religiosos, que buscaba en aquellos bucólicos meandros la paz para celebrar sus oficios y componer sus cánticos. Lo curioso es que el verdadero apellido de su familia era Neumann, pero su padre lo había traducido al griego según una moda de su tiempo, cambiándolo a Neander, literalmente, en ambos idiomas, hombre nuevo. Es decir, el primer hombre fósil que hemos hallado ha pasado a la historia con un apodo que —por pura casualidad— en lugar de matizar su pertenencia al pasado promete modernidad y una esperanza hacia el futuro. En fin, Neanderthal quiere decir «el valle del hombre nuevo».

Los obreros encontraron los huesos en una pequeña cueva, a bote pronto restos de un oso por su patente robustez, pero luego fueron reconocidos como restos humanos, aunque bien raros. Darwin publicaría oficialmente su teoría en 1859, así que la mesa estaba lista para el debate. Pero aquellos fósiles no cumplían con las expectativas de ningún bando. Los antievolucionistas apostaban por huesos patológicos, quizá de un soldado enfermo que había acabado descansando eternamente en aquella covacha. Los evolucionistas tampoco se quedaban conformes, porque un ancestro humano, según una idea de evolución lineal y progresiva, tenía que tener la cabeza más pequeña que la nuestra, y no era el caso. Por ende, no le dieron demasiada importancia y optaron por interpretar el hallazgo como los restos de alguna raza ancestral y perdida de nuestra misma estirpe, un aborigen alemán de primitiva cultura. Total, que a nadie se le ocurrió la idea de una especie humana extinta, distinta de la nuestra. Bueno, a ningún paleontólogo. Se le ocurrió, de hecho, a William King.

King nació en la Inglaterra de 1809 y creció con muchas inquietudes hacia las ciencias naturales, pero en una clase obrera y sin un recorrido de estudios formales. Abrió una librería, frecuentó y se reunió con otras almas indagadoras y fecundas, se deleitó seriamente con la geología, recogió notas y muchas muestras, hasta que en 1840 acabó como curador del Hancock Museum, en Newcastle. Ahí amplió sus colecciones (al parecer tras algunos conflictos con el mismo museo) y en 1849 le entregaron la cátedra de Geología y Mineralogía en el nuevo Queen’s College de Galway, en Irlanda. Era una Irlanda de una pobreza extrema, aunque no era lo normal que una persona sin educación académica (además de forastera) consiguiera una plaza como profesor. Pero traía colecciones importantes, y así fue como el rey (King) encontró a la reina (Queen). Ahí desarrolló todo su potencial cultural, dejando a su paso una copiosa producción científica y geológica, y sentando las bases de esta disciplina en aquellas tierras nórdicas. Pero lo dicho, se ocupaba de sedimentos y de estratigrafías, una geología a menudo diseñada para un contexto productivo (minería y agricultura) y, a nivel paleontológico, los fósiles que estudiaba eran moluscos, corales y otros invertebrados marinos. Su aportación principal fue sobre la geología del Pérmico inglés, un período entre 250 y 300 millones de años. Nada que ver con la anatomía, con la evolución humana o con los tiempos más recientes de nuestra prehistoria.

De hecho, nunca llegó a ver un neandertal. Pero, mira tú por donde, un día recibió un molde de yeso de aquella famosa bóveda del valle de Neander y, por lo visto, le sacó bastante provecho. El concepto de diversidad y de variación es crucial en biología, y aquella bóveda le pareció demasiado diferente como para poderla justificar con la historia de un cosaco enfermo o de un aborigen perdido. Buscó colecciones antropológicas, razas y gentes del mundo, comparó. Se percató del particular tamaño óseo y muscular, y de la peculiar forma de las costillas. Pero sobre todo, gracias a su molde, hizo un estudio bastante detallado de la anatomía del cráneo, hueso por hueso, hasta concluir que ninguna población humana, a pesar de nuestra asombrosa diversidad, llegaba a tener aquellas formas tan extremas. Y, finalmente, en 1863 se presentó frente a la asociación científica británica diciendo que la bóveda sí era humana pero, en su opinión, de «otros» humanos. Linneo ya había establecido desde hacía más de un siglo sus reglas taxonómicas para dar nombres a las especies, pero hasta entonces nadie se había atrevido a nombrar otra especie dentro de nuestro mismo género, así que King fue el primero en etiquetar un ser humano diferente a nosotros, y lo llamó Homo neanderthalensis. Quién le iba a decir al pastor evangélico del siglo XVII (y a su padre) que, después de tanto componer en aquellos bosques, su apellido de hombre nuevo acabaría para siempre asociado ¡al prototipo de hombre extinto! Bueno, y hay que decir que, de haber sido por King, la cosa podría haber ido incluso más allá, porque parece que estaba decidido a apostar no por una especie distinta, sino por un género distinto. Pero ya era mucho pedir, así que se limitó a nombrar una nueva especie dentro de nuestro mismo género.

Así pues, se abrió un debate que, como a menudo ocurre en este campo, se arrastró durante mucho tiempo con defensores de todas las posibles alternativas, basadas a menudo en expectaciones, sesgos y especulaciones, y opiniones perfectamente plausibles aunque nunca demostrables. Lo de King tampoco se tomó demasiado en serio, y se mencionó como una posibilidad más entre las muchas. Al fin y al cabo, no era paleontólogo ni anatomista, no había tenido una formación académica, y los demás fósiles que había estudiado eran conchas pérmicas. En algunos contextos oficiales se le presentó por error como profesor de anatomía, desconociendo su profesión de geólogo ajeno al mundillo de la antropología. Tampoco era darwiniano convencido, y unos cuantos como él intentaban conciliar el mundo de la fe con el de la ciencia, por ejemplo pensando en un creador que diseña los modelos básicos y una evolución que luego esculpe los detalles. A pesar de su análisis anatómico tan minucioso, sus razonamientos estaban, de hecho, plagados de sesgos y prejuicios propios de su tiempo. Descartando la afinidad con los humanos, llegó a la conclusión de que los neandertales eran más afines al chimpancé. Uno de sus criterios más tajantes para excluir los neandertales de nuestro linaje fue la comparación con «razas inferiores» que alcanzaban un mínimo apenas aceptable de humanidad: siendo los neandertales ni siquiera comparables con ellas, no podían ser parte de nuestra especie. Su población límite eran los andamaneses, que, según la perspectiva de la época, representaban un nivel básico del umbral humano, tan primitivos que, a lo mejor… no eran capaces de entender la existencia de Dios. La rotundidad de nuestra cabeza era garantía de capacidad superior, y si los neandertales no alcanzaban ni siquiera el nivel de los andamaneses tendrían que ser excluidos de nuestra propia estirpe. Y, por supuesto, tachados de mente simiesca.

Dibujos de la bóveda de Neandertal publicados por William King.

A lo largo de su carrera, King siguió defendiendo su propuesta taxonómica, sin más, mientras se ocupaba de sus cosas, de su geología, de sus mapas, de sus invertebrados, de su universidad y de sus cursos. Tuvo que retirarse muy pronto a causa de una parálisis y otros problemas de salud. Su certificado de muerte es de 1886, y habla de apoplejía, de su casa, de un nieto que lo acompañaba en sus últimos momentos y de una posición como profesor del Queen’s College de Galway, un grandísimo logro para alguien que había venido desde tan lejos.

Las colinas del valle del Düssel se arrasaron por la explotación industrial y minera (el acero de la Ruhr), y se perdió la referencia de dónde estaba el famoso sitio originario de Feldhofer. Más recientemente, a finales del siglo pasado, se encontró un viejo mapa que tenía como referencia topográfica un monolito natural que todavía persiste, y se logró volver a localizar lo que quedaba de la tierra de aquellos cerros dedicados al señor Neumann y —sorpresa— ahí estaba todavía lo que quedaba de aquel primer hombre de Neandertal. Encontraron más huesos, que encajaban perfectamente, cual puzle anatómico, con aquel mismo individuo hallado en 1856. Asombroso. Se sacaron a la luz, se hizo un bonito parque público con asientos cuadrados donde puedes enchufar tus cascos y escuchar la historia del neandertal, una estatua a su memoria, y una serie de palos altos y coloreados para no volver a perder la localización exacta del yacimiento, por el momento dejado a descansar a la espera de nuevas técnicas y de nuevas generaciones.

En realidad ya se habían encontrado otros neandertales antes de la bóveda de Feldhofer (así se llamaba la cuevecita de Düsseldorf), en particular en Bélgica y en Gibraltar, pero antes de las elucubraciones de William King nadie se había fijado en aquellos restos, que estaban aparcados en museos y colecciones a la espera de que los cazadores de fósiles empezaran su inquieta labor de sabuesos. Encontrar un neandertal en una cueva tiene su encanto, pero encontrarlo perdido en el cajón de un museo también tiene su aquel. Y unos años después ya se hallaron otros cráneos parecidos, otra vez en Bélgica. Empezaban a ser muchos para ser todos cosacos enfermos muertos en el camino, y la comunidad científica ya estaba en alerta, así que arrancó aquel debate que, con sus altibajos, ha llegado hasta nosotros.

Después de un siglo y medio de polémicas sobre que si el neandertal es parte o no de nuestra misma especie, todavía seguimos con opiniones diferentes. No cabe duda de que tenían una anatomía distinta de la nuestra, una cultura distinta, una ecología distinta, e incluso una genética distinta. Vamos, que el modelo biológico era distinto del nuestro, y su camino evolutivo diferente. Los dos linajes, el nuestro y el neandertal, se separaron probablemente hace unos 300 000 – 600 000 años, y han emprendido dos recorridos paralelos e independientes. Más allá de lo que hemos tenido en común, cada uno ha evolucionado con rasgos personales específicos, características peculiares y únicas, en sus cuerpos, en su tecnología, en su forma de pensar, de sentir y de relacionarse. Sus destinos también han sido diferentes: uno de los dos linajes ha llegado a su fin, y el otro ha llegado a la Luna. Tal vez los dos competían por recursos comunes y nuestra gente ha ganado la competición, o tal vez los neandertales se han extinguido por problemas suyos, y nosotros hemos ido repoblando tierras que se quedaban vacías. Dos caminos diferentes, dos historias diferentes, dos modelos biológicos diferentes, es decir, lo que vienen a ser, evolutiva y zoológicamente, dos especies diferentes. Ya lo decía King, a pesar de que solo tenía un molde de yeso.

Pero aunque todo eso queda bastante claro, luego empieza un cotilleo a menudo muy cansino sobre que si se habían cruzado entre sí, y cuánto, y dónde, y por qué. Quizá desencanta saber que, al fin y al cabo, esto solo es morbo sexual, no es ciencia, porque, aunque se hayan apareado, por lo visto la evolución no tiene que haberse enterado mucho y los dos caminos han seguido sus cursos distintos. Y si un posible cruce no ha influido en los modelos biológicos o en los destinos evolutivos, no atañe a la biología, sino solo al periodismo del corazón. De hecho, hoy en día muchas especies (e incluso géneros) diferentes de babuinos o de macacos se cruzan habitualmente en la naturaleza y generan individuos mestizos o poblaciones híbridas, pero son tan desemejantes que seguimos utilizando nombres zoológicos diferentes, sin entrar en debates filosóficos innecesarios. En cambio, para los neandertales todavía la cosa no está serena y, a pesar de todas las evidencias que los presentan como un linaje evolutivo digno y distinto, la especie Homo neanderthalensis a menudo se sigue mencionando con los labios apretados.

En 1942, D’Arcy Thompson, escocés, mente privilegiada de la biología, de la matemática y de las letras de su tiempo, publicó la versión definitiva de su libro Sobre el crecimiento y la forma, publicado en su versión original en 1917. Su padre, homónimo, había aceptado el encargo de la cátedra de griego en Galway, justo en 1863, el mismo año en que King proponía su nueva especie humana. William King y D’Arcy Thompson sénior formaban parte del «nido de eruditos» del Queen’s College, una apuesta institucional para enfrentarse a la pobreza de la región. En aquel histórico ensayo entre biología y geometría, D’Arcy Thompson hijo proponía buscar las ecuaciones de deformación espacial que expliquen las diferencias anatómicas entre las especies, para poder capturar la esencia de sus reglas evolutivas. Reconociendo la importancia de la selección, nos recordaba que hay también otros factores que moldean un cuerpo, asociados a las relaciones físicas y espaciales entre los elementos anatómicos. Aunque sus ejemplos atañen a peces y a caballos, evidentemente no pudo resistirse a tocar el Santo Grial del evolucionismo, es decir, el ser humano. Y, con cierta tranquilidad, concluyó que se intentó «… sin éxito, obtener una serie de transición entre el cráneo humano y prehumano, de tipo antropoide, la cuya serie (como en el caso del caballo) debería de contener otros tipos conocidos en una secuencia linear directa. Parece que no es posible, sin embargo, obtener esta serie, o pasar por sucesivas y continuas gradaciones a través de formas como Mesopithecus, Pitecanthropus, Homo neanderthalensis, y las razas inferiores o superiores del hombre moderno. El fracaso no es por culpa de nuestro método. Solo indica  que una línea recta de descendientes, o de continua transformación, no existe; sino que al contrario, entre tipos humanos y antropoideos, recientes y extintos, hay un complejo problema de un variación divergente, más que continua».

Me imagino entonces a William King y a D’Arcy Thompson junior charlando y pensando que somos unos cabezotas, que no hace falta darle tantas vueltas, que tenemos pruebas de sobra, que han pasado ciento y cincuenta años, que se ve bien incluso con un molde… Pero los humanos necesitamos tiempos largos para ver las cosas como son, y más tiempo aún para aceptarlas. La historia del neandertal empezó, como a menudo ocurre en la ciencia, con una apuesta. William King descuidó las cautelas y apostó para una perspectiva diferente, fuera del coro, sin ser del gremio y teniendo solo el molde de yeso de los fragmentos de un individuo. No sabemos si su jugada fue el fruto de una gran capacidad analítica o del azar, de la valentía o de la irresponsabilidad, de una fina estrategia o de la suerte, de una lograda sabiduría o de una dichosa corazonada. Pero apostó, y ganó. Frente a muchos otros que hicieron lo mismo en otros campos y en otras situaciones, que perdieron, y de los que nunca sabremos nada.

El molde en el que William King se basó para declarar la nueva especie Homo neanderthalensis.

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Tengo que agradecer a John Murray y a Peter Dockery por el interés y la pasión con la que se dedican a mantener viva la historia de sus instituciones, y el pasado de aquellas personas que forjaron aquellos caminos. John Murray ha sido una fuente de inspiración y de información inestimable durante la preparación de este artículo, incitándome a hurgar siempre más en esta increíble historia. Suyo es un artículo muy completo sobre William King:

Murray J, Nasheuer HP, Seoighe C, McCormack GP, Williams DM, Harper DAT 2015. «The contribution of William King to the early development of paleoanthropology». Irish Journal of Earth Science 33:1-16.

Y si queréis leer un libro realmente increíble sobre la verdadera historia de la paleontología, aquella historia que no está escrita en los libros de ciencia, sino solo en las vidas que la forjaron, os recomiendo sinceramente Los cazadores de dinosaurios, de Deborah Cadbury. Excelente, e iluminador.


Puñaladas científicas en el camino de la evolución

Lee R. Berger, 2015. Fotografía: Cordon.

Septiembre de 2015. La prensa de todo el mundo se hace eco del descubrimiento de una nueva especie humana. Es el Homo naledi, y parece llamado a completar el árbol de la evolución. En una de sus ramas críticas, además, porque el gran reto de la paleoantropología es encontrar aquella especie en que indudablemente comenzara nuestro proceso evolutivo, diferenciado del que tomaron el resto de primates. Una que no tenga rasgos tan primitivos como para parecerse más a los simios que a las características morfológicas de los humanos actuales. Podría ser el naledi. La revelación tiene especial resonancia en los países de habla inglesa, debido al origen de sus descubridores, y a los que han participado en la investigación. Pero también por el modo de revelarlo, como una gran campaña de marketing viral.

El lugar elegido para dar a conocer al nuevo fósil fue el campus de la Universidad de Witwatersrand, Johannesburgo. Es la cuna de la paleoantropología moderna, y se halla cercana a la Cuna de la Humanidad. Una serie de yacimientos fundamentales que han permitido establecer en África nuestro origen, y determinar cómo evolucionamos desde una especie común a monos y hombres. Se invitó a participar en la presentación a la revista eLife, que había publicado el artículo científico sobre el nuevo homínido. También estaba National Geographic, y ese es otro actor fundamental en paleoantropología, pues con una larga historia de publicaciones su revista se hizo eco en el pasado de otras importantes revelaciones sobre fósiles humanos. Es el referente de la divulgación científica en todo el mundo, y de manera más relevante aún en los países anglohablantes. Habían financiado además el costo de la excavación arqueológica en la cueva en que se hallaron los restos.

También tomaron la palabra el rector de la universidad y uno de los ministros sudafricanos. El primero insistiendo en una idea bastante novedosa y fuera de la tradición académica: la de compartir el conocimiento libremente, en lugar de guardarse los fósiles como patrimonio exclusivo para que solo el personal de su universidad pueda estudiarlos. El ministro sudafricano, por su parte, habló de la inversión realizada para que estos hallazgos se conviertan en recurso turístico y fuente de ingresos para la prosperidad del país. Finalmente, tomó la palabra la estrella del día, Lee R. Berger, un paleoantropólogo que suele retratarse con sombrero fedora y cazadora de cuero, emulando la estampa de Indiana Jones. Sin ser una estrella en su campo, descubrió hace años la subespecie homínida Australopithecus africanus, por lo que tenía ya cierta relevancia científica a nivel internacional.

Además de poder ver el rostro de este antepasado humano en la portada de la revista de National Geographic, y contagiarse del entusiasmo general por lo que parece un importante descubrimiento científico, los hechos que se narraron en la presentación parecían muy prometedores. La cueva en que se hallaron es muy singular, ya que hay que acceder al yacimiento por un angosto túnel de unos veinticinco centímetros de diámetro. De hecho, Berger tuvo que reclutar a paleoantropólogos expertos en espeleología que fueran especialmente delgados para poder atravesar ese paso. Debían después descender por una acusada pendiente hasta la cámara en que se hallan los restos, lo que exige cierta preparación física y técnica. La ventaja es que esta morfología de la cueva ha garantizado que los fósiles se hayan mantenido inalterados desde el momento de su muerte. No hubo animales carroñeros consumiendo los cadáveres naledi, ni tampoco presentaban evidencias de canibalismo, o fracturas previas al fallecimiento. En contra de lo que suele ser habitual en fósiles de homínidos tan antiguos, se halló la práctica totalidad del esqueleto de unos dieciocho individuos de ambos sexos, niños, jóvenes y adultos.

La dificultad de acceso y estado de los restos parecen abrir la posibilidad de que los naledi depositaran allí a sus fallecidos, en lo que parece la más temprana ceremonia de enterramiento que conozcamos. En comparación a nosotros eran muy pequeños, por lo que las angosturas de la caverna no les supondrían un problema para llegar hasta allí. Si tal posibilidad se verificara, significaría que las especiales características de la especie humana existieron en nosotros desde nuestros orígenes. Esto es, la conciencia de nosotros mismos, el desarrollo de cultura y ceremonias, y el pleno entendimiento de la muerte, puede que incluso el sentimiento religioso o animista. Y todo en una especie que andaba erguida, podía correr y tenía una dentadura muy similar a la nuestra, además de algunos rasgos primitivos, como las falanges de los dedos curvadas, en lo que parece una adaptación para agarrarse mejor a las ramas de los árboles.

La espectacular presentación de septiembre de 2015 es un modo poco habitual de dar a conocer descubrimientos científicos. La única excepción la hace la NASA, que con un carácter netamente norteamericano procura dar publicidad a sus fotos, al desarrollo de sus misiones o a sus descubrimientos en un intento de mantener el interés de la sociedad estadounidense. Porque ello redunda en más fondos estatales para continuar su labor. Los científicos europeos suelen ver con sospecha esta parte más divulgativa del conocimiento, especialmente cuando no ha sido aún plenamente estudiado por el ámbito académico. Económicamente, las cifras del Homo naledi resultaron ser muy positivas. La revista National Geographic aumentó espectacularmente la venta de sus ejemplares, la Universidad de Witwatersrand recibió más matriculaciones de estudiantes interesados en la paleoantropología, y la parte turística de la Cuna de la Humanidad ha recibido un notable incremento de visitas.

Pero para ser justos, el conseguir estos fines solo fue posible saltándose los métodos habitualmente empleados para dar a conocer un descubrimiento como este. Lee Berger parecía tener más prisa que rigor científico, que es como pueden resumirse las primeras críticas que surgieron contra su estudio de los fósiles de Homo naledi. No había hecho una revisión por pares, esto es, admitido el escrutinio y crítica a su trabajo por científicos de su talla. Algo que suele hacerse antes de la publicación. Contra la revista que eligió, eLife, se arguyó que su criterio de publicación no es excepcionalmente riguroso, a diferencia de la más reconocida Nature. Sus conclusiones sobre que los naledis eran enterrados tampoco resultaba científicamente admisible, ya que las basaba en la forma actual de la cueva, que podría haber cambiado en los millones de años de edad que suponía a los fósiles. Los naledi se parecían mucho al Homo erectus, lo que podía significar no que eran una nueva especie, sino una variación del erectus, homínido suficientemente estudiado y aceptado universalmente. Y lo peor de todo, los fósiles no estaban datados. Las características de la cueva habían lavado el suelo, esto es, desplazado los restos depositados, por lo que no era posible analizarlos para saber la edad de los huesos naledis. Podían tener un par de millones de años, como sugería Berger, o no.

Ni las autoridades sudafricanas, ni la Universidad Witwatersrand, ni el propio Berger dieron ningún paso atrás ante las críticas. De hecho, fuera de la comunidad científica parecía percibirse que todo era el resultado de una guerra de egos. Lee Berger se situaba con este descubrimiento junto a los grandes nombres de la paleontología, aumentando la importancia de sí mismo y de su universidad. Había puesto online, además, los restos fósiles del naledi, para que cualquiera pudiera imprimirlos en 3D y estudiarlos si quería criticar su trabajo. Por tanto las críticas de otros grandes paleontólogos podían esconder cierta envidia por ser desplazados de su posición dominante. En suma, parecía estar siendo víctima de una tradición en su campo científico, que se remontaba al mismo Charles Darwin.

Prensentación del Homo naledi ante la prensa. Fotografía: James Oatway / Cordon.

Cuando Darwin publicó El origen del hombre en 1871 comenzaron a aparecer caricaturas en la prensa que le representaban como un mono. Su libro era comprado masivamente por el gran público, pero a la vez la idea de que Dios no había creado al hombre, como narra la Biblia, suscitaba una gran polémica. Hasta la comunidad científica, que se mostraba encantada con la tesis de que la selección natural potenciara unas características frente a otras hasta que prevalecían los individuos más fuertes, se negaba a que eso significara que evolucionaban. Hubo que esperar hasta la década de 1950 y el estudio del ADN para que la totalidad de la teoría de la evolución fuera admitida como verdad científica indiscutible.

Antes de eso, Raymond Dart, considerado el padre de la paleoantropología moderna, había hecho en 1924 un descubrimiento que daba la razón a Darwin, pero tampoco fue aceptado. Su estudio del fósil del Niño de Taung, un australopiteco, le llevó a concluir que en esa especie la columna vertebral no se insertaba en la base del cráneo en diagonal, como en la mayoría de los primates, sino en vertical, como en los humanos. Eso solo es posible en una individuo que camina erguido. Por tanto, acababa de descubrir al más antiguo ancestro humano, datado en 2,5 millones de años. Los científicos británicos, los más relevantes en aquel tiempo en esta disciplina, se negaron a admitirlo con dos objeciones nada científicas. La primera, que Dart no era paleontólogo, sino médico anatomista. La segunda, que el ser humano no podía tener origen en África, esa tierra de primitivas culturas negras, sino en Europa, cuna de la Antigüedad y la civilización. Para demostrarlo tenían además un fósil hallado en tierra británica, el Hombre de Piltdown. En realidad una mezcla de cráneo humano y mandíbula de orangután, pergeñada por alguien empeñado en pasar a la historia, cuya falsedad quedó en evidencia en 1953.

Las tesis de Dart volvieron a ser corroboradas en 1974, y ya de forma definitiva. Un fósil de australopiteco hembra que conservaba los huesos de la cadera evidenció que esa primitiva especie andaba erguida. En honor de la canción «Lucy in the Sky with Diamonds», de los Beatles, que sonaba cuando la encontraron, fue llamada Lucy, nombre que se hizo enormemente popular para las niñas nacidas en esos años. En ese momento además se la consideró la Eva evolutiva, pues según lo que se sabía entonces todos los que existimos teníamos en ella a un antepasado muy lejano. El descubrimiento, eso sí, tardó tres años en admitirse como válido, y todavía hay cierta disensión entre los científicos, porque el australopiteco parece demasiado un mono para que vengamos de él.

Esta primavera la polémica sobre el Homo naledi ha quedado definitivamente zanjada. Por fin han podido datarse los restos, que tienen una antigüedad de apenas 250 000 años. Eso invalida a los naledis como hitos de la evolución humana. Fueron sin duda un primate homínido, y convivieron con otras especies humanas, pero como otras tantas ramas del árbol de la evolución acabaron extinguiéndose sin dejar descendientes. O tal vez no, tal vez sí es antepasado nuestro y se perpetuó mucho tiempo como un fósil viviente. Tenemos un ejemplo en el pez celacanto, surgido hace 400 millones de años, que dio origen a los reptiles y los anfibios, y que sigue viviendo en los mares de nuestros días. Habría que hallar un fósil de naledi parecido al que tenemos con al menos dos millones de años de antigüedad para que las tesis iniciales de Berger fueran válidas. Así que por esta vez el globo se ha desinflado. Quienes criticaron el descubrimiento del naledi mostraban la natural prudencia científica, intentando evitar crear expectativas que no pueden cumplirse, y corroborando siempre las propuestas con experimentos que las demuestren.

Cabe decir, en defensa de científicos como Berger, que la paleoantropología está obligada a construir la totalidad de una ciencia con las piezas de un puzle incompleto. Por importantes que sean los fósiles que conservamos, apenas son cuatro huesos de unas cuantas especies, y arrojan más preguntas que respuestas. Cada nuevo hallazgo obliga a la revisión de los conocimientos establecidos. Y todo ello en sociedades donde prevalece la polémica sobre si fue Dios, o la evolución, quien creó al hombre. En Estados Unidos alrededor de un 44% de su población no cree en la teoría de la evolución, y los creacionistas consiguieron que esta no fuera impartida en muchos colegios e institutos públicos de su nación hasta la década de 1960. En algunos de sus estados, como Texas, sigue causando polémica a día de hoy. Por no hablar de que en los países islámicos es imposible siquiera considerar el estudio de la paleontología, pues según sus leyes supone una herejía.

Todo esto podría llevar a preguntarnos si tiene interés saber de dónde venimos, ya que somos incapaces de coordinarnos como especie para alcanzar una meta común. La paleoantropología ha ayudado a conocernos a nosotros mismos, al demostrar que todas las razas humanas son una única especie con un mismo ADN, y que las diferencias de piel o rasgos son tan poco relevantes como el color de ojos. También ha demostrado que unos antepasados comunes llamados hominoides evolucionaron para ser nosotros, pero también para ser los modernos orangutanes, chimpancés, gorilas y bonobos. Toda una lección de humildad para ese concepto de supremacía de lo humano, que tal sirva para bajarnos los humos, pero que no desterrará la eterna batalla de los egos que libran los científicos que se dedican a este campo.

Cráneo de Homo naledi. Fotografía: Cordon.


Viviendo entre simios (y III): Jane Goodall

Foto de Kennan Ward. Corbis
Foto: Kennan Ward / Corbis.

La complejidad de su vida social, su capacidad para fabricar herramientas y su alto grado de autoconciencia convierten a los chimpancés en «los Albert Einstein del mundo de los seres no humanos», según la definición del primatólogo Michael P. Ghiglieri. Su estudio tiene una importancia extraordinaria para conocernos a nosotros mismos como humanos y sin embargo hasta hace unas décadas, sorprendentemente, apenas se sabía nada de su comportamiento en estado salvaje. Hasta que a comienzos de los años sesenta una joven inglesa llamada Jane Goodall se dedicó a observarlos en plena selva africana.

Nacida en Londres en 1934, con apenas cuatro años ya mostraba aptitudes de protobióloga, prestando gran atención a cómo ponían un huevo las gallinas. Más adelante realizó estudios de secretaría pero lo que realmente quería hacer es viajar por África. Una sensación difusa de que su lugar en el mundo estaba allí, semejante a la que años después tendría Dian Fossey. Así que cuando una amiga la invitó a pasar una temporada en su granja de Kenia no se lo pensó dos veces. Una vez instalada le recomendaron que se diera a conocer al director del Museo de Historia Natural, Louis Leakey. Algo debió ver en ella pues le ofreció durante su primera entrevista un puesto de secretaria en el museo. A partir de entonces todo vendría en una sucesión aparentemente inevitable. Jane comenzaría a acompañarle en sus expediciones arqueológicas y a absorber las maneras, los conocimientos y la curiosidad de los científicos que la rodeaban, un mundo que hasta entonces había sido por completo ajeno a su experiencia. Llegado cierto momento Leakey ya la consideró suficientemente madura y le ofreció la oportunidad de estudiar a un grupo de chimpancés a orillas del lago Tanganika, la tarea a la que terminaría dedicando su vida.

Las autoridades de Kigoma, donde se emplazaría el campamento, consideraban que era demasiado arriesgado el lugar para que viviera allí sola una joven inglesa y pusieron como condición que tuviera un acompañante europeo. Fue su madre, Vanne Goodall, quien se prestó para ello. La relación con los nativos resultó un poco tensa al principio ya que las consideraban espías del gobierno, pero pronto Vanne logró ganarse su confianza convirtiéndose en una especie de matrona, enfermera, maestra y dispensadora de fármacos. Mientras tanto Jane cayó enferma de malaria, tuvo incómodos encuentros con leones, búfalos y leopardos, terminó haciéndose inmune a la picadura de la mosca tsetsé, estuvo cerca de ser atacada por los chimpancés que observaba (un macho adulto tiene la fuerza de tres hombres) y sobrevivió al que quizá fuera su encuentro más peligroso con una criatura africana: mientras ella dormía se introdujo en su tienda de campaña un tipo de ciempiés cuya picadura resulta mortal. Por lo demás todo fue bien.

Mientras tanto su campamento cambió de ubicación y su estudio del comportamiento de los chimpancés iba aportando información hasta entonces desconocida. Dado que cada ejemplar tiene su propia personalidad Jane decidió ponerles un nombre a cada uno (en lugar de un número, como era la costumbre hasta entonces) para poder analizar sus alianzas, amistades, rivalidades y posición dentro de la jerarquía de cada grupo. Estudiaba también sus hábitos de alimentación, sueño y apareamiento y procuraba habituarlos a la presencia de sus observadores humanos proporcionándoles plátanos (hasta seiscientos al día) su estudio avanzó tanto que, unido a los contactos de Leakey, permitió a Jane ser una de las pocas personas en poder realizar un doctorado de etología en Cambridge sin tener previamente una licenciatura. Curiosamente habla ya entonces de su regreso temporal al Reino Unido en 1961 como un «exilio». Ya era africana.

Foto: Bettmann / Corbis.
Foto: Bettmann / Corbis.

De nuevo en el campamento tras esos seis meses de estudio, se encontrará que el proceso de habituación de los chimpancés ha llegado al punto de que las propias instalaciones son visitadas —y saboteadas por ellos. Buscan principalmente comida, aunque también latas vacías, que han aprendido a hacer chocar unas con otras para asustar a sus rivales con el estruendo. Pero no solo son capaces de usar herramientas, también las fabrican: cortan tallos que despojan de sus hojas para extraer termitas con ellos de los hormigueros, usan hojas masticadas a modo de esponja para absorber el agua en huecos de troncos donde no pueden llegar con los labios y también como pan con el que untar los restos de sesos de dentro del cráneo de los babuinos que se comen (un manjar muy preciado para ellos, por cierto). Fue Goodall quien por primera vez dentro de la comunidad científica se fijó no en el uso sino en la fabricación de herramientas por parte de los chimpancés, una observación y un matiz de gran trascendencia aunque no lo parezca. Entre las numerosas definiciones del ser humano que a lo largo de los siglos han soltado con más o menos pompa cada pensador está la de homo faber, es decir, como decía Benjamin Franklin «el hombre es el animal que hace herramientas». Pues ya no. La distinción sería ya solo una cuestión de grado, dado que el desarrollo de la tecnología en los chimpancés tiene un límite: no son capaces de crear una herramienta para elaborar a su vez otra con ella. Usando por ejemplo una piedra a modo de martillo con el que afilar otra que les sirva como arma. Esa capacidad tecnológica de, digamos, segundo grado, fue el comienzo del salto tecnológico de los antecesores directos de la especie humana. Los chimpancés se han quedado justo al límite.

Pero volvamos con Goodall, cuyo trabajo con los chimpancés —igual que ocurriría posteriormente con el de Fossey con los gorilas de montaña y el de Biruté Galdikas con los orangutanes tenía también una vertiente de divulgación y activismo en los medios. Fotografiar y grabar su relación con los chimpancés salvajes permitiría darlo a conocer al gran público y garantizar por tanto la financiación que requería el campamento. Así que cierto día Leakey escribió a Jane avisándole de que Hugo Van Lawick, fotógrafo de la National Geographic Society, llegaría próximamente al campamento. También escribió a la madre de ella, Vanne, diciéndole que había encontrado un marido idóneo para su hija. Aunque Jane tenía ciertas reservas sobre cómo aceptarían sus chimpancés al nuevo intruso cargado con su aparatoso equipo de filmación, apenas llegó tuvo la oportunidad única, toda una auténtica primicia, de grabar a tres de ellos comiéndose un mono. Vivir juntos algo tan bonito necesariamente une y efectivamente poco tiempo después, en el año 1964, Hugo y Jane acabarían casándose y teniendo un hijo. Lo que demuestra una vez más la aguda capacidad de Leakey para comprender y escoger a las personas. Respecto a ese hijo, Jane había desarrollado ciertas ideas sobre su educación a partir de su trabajo de campo:

En 1966 pasé varios meses en la reserva estando embarazada. Al año siguiente regresé con un hijo de muy corta edad. Comencé entonces a observar a las hembras madres desde una nueva perspectiva. Ya en el primer momento nos impresionaron grandemente tanto a Hugo como a mí muchas de las técnicas que utilizaban, y ambos pensamos aplicar algunas de ellas a la educación de nuestro propio hijo. En primer lugar, decidimos tratarle con una gran afecto, jugar con él a menudo y proporcionarle contacto físico frecuente. Durante un año se alimentó de la leche materna, sin restricciones de ninguna clase; nunca le dejamos llorar en la cuna y dondequiera que fuéramos le llevábamos con nosotros, de forma que, a pesar del cambio de ambiente, sus relaciones con nosotros permanecían estables. Cuando nos veíamos obligados a castigarle, le tranquilizábamos inmediatamente utilizando alguna forma de contacto físico, y a lo largo de su infancia procuramos distraer su atención en lugar de prohibirle que hiciera algo indebido.

El extracto proviene de su libro Mis amigos los chimpancés, pero a pesar del cariño y la cercanía que sentía por sus objetos de estudio, tampoco se formaba ideas erróneas de estos y procuraba mantener a su hijo fuera de su alcance: «Rodolf no veía en Grub a mi hijo querido, sino a un atractivo manjar». Mientras tanto, los estudiantes iban pasando por su campamento convertido ya en un centro de investigación internacional y algunos de ellos finalizado su periodo de aprendizaje fundaban los suyos en otros lugares, como Dian Fossey, Biruté Galdikas o Michael P. Ghiglieri. Ella por su parte en 1977 crea el Instituto Jane Goodall  y, convertida ya en una figura de relevancia mundial, pasa a dedicar cada vez más tiempo a actividades de divulgación y concienciación: concediendo entrevistas, dando conferencias (que inicia saludando al estilo chimpancé, como podemos ver aquí en el minuto 3:40), escribiendo decenas de libros (o firmándolos al menos, pues el último de ellos según reveló el Washington Post contiene partes plagiadas) y participando en documentales.

Chimpancé utilizando un tallo para extraer termitas de un hormiguero. Foto de DLILLC, Corbis.
Chimpancé utilizando un tallo para extraer termitas de un hormiguero. Foto: DLILLC / Corbis.

Así que gracias al trabajo de Jane y de sus sucesores ahora sabemos mucho más sobre estos seres entrañables y feroces al mismo tiempo. Sabemos por ejemplo que se organizan en torno a grupos de machos vinculados por el parentesco, que atraen a hembras cuyas relaciones con ellos son bastante promiscuas. De esa manera ellos no están seguros de cuáles son sus propios hijos y los defienden a todos mediante un fuerte sentido de la territorialidad y de la xenofobia, organizando patrullas para detectar posibles invasores y desatando guerras contra los vecinos. Y cuando decimos guerras no es una exageración. Se han observado en las montañas Mahale —cerca del parque donde Goodall tiene su campamento— batallas de chimpancés con hasta ochenta atacantes en uno de los bandos y que acabaron con seis muertes. Aquí podemos ver a un grupo en uno de esos ataques organizados. Por otra parte, también se han desarrollado desde entonces multitud de experimentos con chimpancés en cautividad para comprender exactamente el alcance de sus habilidades. Aquí podemos ver a Ayumu ordenando números de menor a mayor con una notable pericia y aquí a un chimpancé enano o bonobo jugando al Pac-Man. Mientras que este otro vídeo nos muestra diversos experimentos con niños pequeños y chimpancés para reconocer su capacidad de colaboración y de comprensión de la intencionalidad de seres ajenos a ellos, lo que se conoce como «teoría de la mente». En fin, los ejemplos podrían resultar interminables pero permiten hacernos una idea de lo interesantes que pueden llegar a resultar. A Jane Goodall desde luego se lo parecieron lo suficiente como para dedicarles más de cincuenta años de su vida.


Viviendo entre simios (II): Dian Fossey

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

De las tres primatólogas conocidas como «Los ángeles de Leakey», Jane Goodall, Biruté Galdikas y Dian Fossey, sin duda es la última la más conocida. Ser protagonista de un biopic de Hollywood —y encarnada nada menos que por Sigourney Weaver es lo más parecido que tenemos hoy en día a la gloria inmortal. Su asesinato además pasó a convertirla en mártir de la causa a la que se dedicó con total entrega durante buena parte de su vida: el estudio y protección de los gorilas de montaña.

Nacida en San Francisco en 1932, Dian Fossey habría llevado una vida anónima con su rutinario trabajo en un hospital de no haber sentido una singular fijación por África, que acabaría desatando todos los acontecimientos posteriores. Quería realizar un safari a toda costa y para ello pidió un préstamo que tardaría varios años en pagar. Así que finalmente aterrizó en Nairobi en 1963 y desde allí viajó a Tanzania, donde conoció al paleontólogo Louis Leakey. Hijo de un misionero, parece que heredó de él cierto carisma y capacidad de proselitismo, así como una fe más sólida que el adamantium en torno a los objetivos que se marcaba. Estuvo siempre convencido de que encontraría en sus excavaciones el eslabón perdido, la prueba que explicase los orígenes del ser humano y finalmente la encontró… tras veinticinco años de búsqueda. Eso es tenacidad. Así mismo, creía que el estudio de los grandes simios aportaría también mucha luz en torno a la naturaleza humana y adoptó como pupila a Jane Goodall para estudiar los chimpancés. Pero ahora necesitaba a otra persona para estudiar a los gorilas de montaña. Durante su viaje por África Dian también pudo ver gorilas, que le provocaron un gran interés. Así que ahí estaban las piezas deseando ser encajadas.

A su regreso a Estados Unidos nuestra protagonista volvió a su trabajo cuidando niños autistas, mientras iba dándole vueltas a una idea que parecía haberse apoderado de su mente. Tres años después, Leakey dio una conferencia en su localidad, Louisville, y ahí le propuso que se convirtiera en «La chica de los gorilas». Era la oportunidad que había estado esperando. La determinación de Dian parecía comparable a la de su tutor, dado que desde entonces se dedicó a aprender swahili, estudió todo lo que cayó en sus manos sobre los gorilas de montaña y se extirpó el apéndice. Una exigencia de Leakey que, según le explicó él mismo en una carta posterior, no era por salud: «en realidad, la extracción del apéndice no es una necesidad imperiosa. Es solo la forma que tengo de probar la resolución de los aspirantes». Finalmente Dian regresó a África en diciembre de 1966 pero esta vez para quedarse.

Nada más llegar fue invitada por Jane Goodall a su centro de investigación del río Gombe. Allí le enseñó desde la mejor manera de organizar un campamento en medio de la selva a cómo recoger los datos durante su estudio, pasando por un aspecto fundamental: la habituación de los sujetos de estudio a la incómoda presencia de su observadora. Uno de los aspectos de toda investigación científica qué más debates y elucubraciones ha despertado siempre es la manera en que una medición altera el resultado. Todo científico sueña con llegar a ser un observador completamente neutral, alguien que pueda adentrarse hasta la cocina pero sin romper nada por el camino. Los gorilas además son tímidos y susceptibles, algunos por ejemplo dejan de jugar al sentirse observados cuando no adoptan actitudes defensivas hacia quien consideren una amenaza. Así que cuando Dian se instaló a continuación en las Montañas Virunga —en el sector correspondiente de lo que hoy es la República del Congo lo primero que intentó fue imitar el comportamiento de los gorilas para que la aceptasen cerca. Caminaba a cuatro patas, bostezaba, se rascaba la cabeza, fingía comer hojas, vocalizaba eructos de satisfacción e incluso, creyendo que eso ayudaba, se golpeaba el pecho a la manera de los gorilas… hasta que descubrió que en realidad ese gesto era una señal de alarma y lo que conseguía era precisamente lo opuesto a lo que pretendía.

Dian Fossey. Foto: Mary Lynn (CC)
Dian Fossey. Foto: Mary Lynn (CC)

Pocos meses después de haber comenzado su estudio, el 9 de julio de 1967, estalló una rebelión en la provincia con consecuencias dramáticas para ella. Un grupo de soldados acudió a su campamento ofreciéndose a escoltarla lejos del lugar, dejándole portar sus efectos personales y una gallina a la que había bautizado como Lucy. Durante varios días permaneció enjaulada y exhibida públicamente como un trofeo junto a otros prisioneros que fueron asesinados. También fue violada en ese periodo, según confesó a su amiga y compañera Biruté Galdikas. Aunque nada de esto aparece en su libro de memorias Gorilas en la niebla, quizá era un recuerdo demasiado traumático para hablar de ello públicamente. Cabe decir al respecto que la política colonial del rey belga Leopoldo II en el Congo a finales del siglo XIX provocó uno de los mayores genocidios de la historia, con aproximadamente unos ocho millones de muertos. De manera que la condición occidental de Dian no jugaba a su favor y es probable que tuviera que ver con ese trato que recibió. Afortunadamente ideó una forma de escapar haciendo creer a sus captores que en Uganda guardaba su dinero y que si la acompañaban allí en su todoterreno lograrían hacerse con él. Pero una vez en la frontera entre ambos países los guardias de la aduana ugandesa se negaron a dejarle pasar. La discusión entre los soldados amenazaba con eternizarse y en ese momento Lucy puso un huevo. En un golpe de audacia Dian se puso a aplaudir a la gallina y a comportarse como una loca, lo que llevó a los guardias a considerarla una pobre bumbavu (idiota) y finalmente la dejaron pasar. Poco después de atravesar la frontera acudió al hotel de un amigo que hizo durante su primer viaje a África y allí pudo esconderse, mientras los soldados que la habían acompañado esperando quedarse con su dinero fueron detenidos. A continuación voló a Nairobi para reunirse con Leakey y decidieron que la investigación debía continuar, pero al otro lado de la frontera, en Ruanda.

El 24 de septiembre de 1967 fundó en un segundo comienzo el centro de investigación de Karisoke. Este sí pudo ser el definitivo, allí finalmente logró realizar un minucioso seguimiento de todos los grupos, de las jerarquías y parentesco dentro de cada uno de ellos y del comportamiento individual y hábitos de alimentación, sueño y apareamiento de cada gorila. Su trabajo con el paso del tiempo fue ganando reconocimiento no solo entre la comunidad científica, logrando ser la portada del National Geographic en en su número de enero de 1970. Precisamente con el fotógrafo de este medio, Bob Campbell, llegaría a tener una relación sentimental durante el largo periodo en que convivieron juntos en el campamento de Karisoke. Su relación con otros residentes temporales del lugar —ya fueran periodistas, investigadores o estudiantes a menudo resultó bastante más agria, lo que le daría fama de autoritaria. A ese respecto, Biruté la justifica: «Dian se mostraba dictatorial, de eso no hay duda; sin embargo, como mujer extranjera y sola en una tierra donde a menudo impera la razón de la fuerza, estaba obligada a actuar así (…) tuvo que aprender a jugar según las reglas africanas». Y aquí llegamos al meollo del asunto, a la actividad que centró cada vez más los esfuerzos de Dian y que, probablemente, acabó costándole la vida: su enfrentamiento con los cazadores furtivos.

Mencionábamos anteriormente la importancia de la neutralidad del observador, de que un científico debe saber mantenerse al margen… pero cuando apenas quedan trescientos ejemplares del animal a observar tal cosa sencillamente ya no es posible. Cuando llegó Dian Fossey a las Montañas Virunga los gorilas estaban a punto de extinguirse. Toda esa zona pertenecía a los parques nacionales de los respectivos países por los que se extendía y supuestamente debían estar protegidos, pero la extrema pobreza de la población y el desinterés generalizado por la conservación de los gorilas de montaña parecían abocarlos sin remedio a su extinción. En 1969 un zoo de la ciudad alemana de Colonia quiso tener un ejemplar joven, sin ser conscientes de que para capturar a una cría era necesario matar a varios adultos que intentarían defenderla. Así llegarían a manos de Dian las hembras huérfanas Coco y Pucker, que logró retener durante un tiempo hasta que finalmente no tuvo más remedio que entregárselas.

Decidida a evitar nuevas capturas, utilizó todos los medios a su alcance. Si veía que algún grupo de gorilas estaba en una zona peligrosa, organizaba arreos usando cencerros, guiándolo hasta zonas más seguras. Dedicó un tiempo cada vez mayor tanto de ella como de sus ayudantes y estudiantes (que preferían dedicarse a otras cosas) a desmontar las trampas que tendían los cazadores. Organizó patrullas contra los furtivos e inicialmente pagaba por cada uno de ellos que fuera capturado, pero pronto se dio cuenta de que los furtivos acababan siendo familiares de los guardianes que casualmente siempre lograban escaparse una vez obtenida la recompensa. Incluso llegó a vagar sola por los bosques con disfraces de Halloween para asustar a los supersticiosos furtivos, que contraatacaban recogiendo pelos a escondidas de su peine para hacer muñecos vudú de ella. En cierta ocasión secuestraron a su perra, y en un osado contragolpe ella capturó a varias vacas de un pastor cercano (que ni siquiera estaba vinculado con los furtivos) amenazando con matar a una cada día hasta que se realizase un intercambio de rehenes. El pastor afortunadamente se lo tomó bien e incluso ejerció de mediador. Todas estas actividades le granjearon mucha fama en la zona, aunque desde luego pocas simpatías, por lo que pasaría a ser llamada nyiramachabelli: «la vieja que vive sola en la montaña sin marido». Un apodo que se tomaba con humor y que incluso pidió que lo inscribieran en su tumba. Un deseo que fue cumplido, como podemos ver en la imagen que abre este artículo.

La muerte de Digit a manos de los cazadores, uno de sus gorilas más queridos, impulsó a Dian a abrir un nuevo frente: el activismo internacional en los medios de comunicación. Si lograba situar el problema en la agenda mundial entonces las autoridades ruandesas superarían la desidia en la que estaban inmersas, aún a riesgo de que llegasen a tomarla como una molestia de la que fuera preciso deshacerse. Tras una estancia en Nueva York en 1983 afirmó que nunca más volvería a apartarse de los gorilas en Ruanda, y así fue. El 27 de diciembre de 1985 fue encontrada muerta en su cabaña; alguien entró por la noche y le había asestado un machetazo en la cabeza. Ninguna de sus pertenencias ni el dinero habían desaparecido, lo que ha dado pie desde entonces a especulaciones sobre una venganza por parte de los cazadores furtivos, incluso con una posible connivencia de las autoridades del país. En cualquier caso su asesinato tuvo una enorme repercusión, su libro alcanzaría ventas millonarias y tres años después se estrenaría una película que terminaría de extender su nombre y su causa por todos los rincones del mundo. Tampoco han faltado testimonios desde entonces que buscan explotar el lado más oscuro de su figura, como ocurre inevitablemente en estos casos. Incluso, muy recientemente, Google la homenajeó en uno de sus doodles.

Pero lo verdaderamente relevante al final es que sin la intervención de Dian Fossey posiblemente los gorilas de montaña hubieran quedado extintos. Lo que habría supuesto una incalculable pérdida en muchos aspectos y uno de ellos, como decíamos al comienzo, es el de lo mucho que puede aportar el estudio de los grandes simios para la comprensión del propio ser humano. Todos ellos pueden arrojar luz sobre la pregunta fundamental, aunque si hay uno que se nos parece tanto, tantísimo, hasta el punto de haber sido utilizado innumerables veces en tono humorístico como si fuera una caricatura nuestra, ese es el chimpancé. Pero de su estudio por Jane Goodall hablaremos en la próxima ocasión.

Foto: TKnoxB (CC).
Foto: TKnoxB (CC).


Viviendo entre simios (I): Biruté M. F. Galdikas

Biruté Galdikas en Borneo
Biruté Galdikas en Borneo, foto del Acuario Marítimo de Norwalk (CC)

Si hablamos de orangutanes, la primera referencia que se le vendrá a la cabeza a cualquier persona culta será sin duda Duro de pelar, de Clint Eastwood. Ya saben, aquella película de un tipo que escuchaba música country, se pegaba con motoristas y viajaba en camioneta acompañado de un gran mono anaranjado que bebía cervezas, conducía y hacía peinetas. Aunque a partir de ahí toda información sobre ellos puede resultar superflua, tampoco está de más añadir que los orangutanes forman parte de los grandes simios junto a chimpancés, bonobos y gorilas. Quienes a su vez integran el grupo de los homínidos, en el que estamos incluidos los humanos.

Debido a tan estrecho parentesco, estudiarlos es una buena manera de conocernos a nosotros mismos, a nuestros orígenes. Así lo creía el paleontólogo Louis Leakey, que durante los años sesenta encomendó dicha tarea a tres mujeres que se convertirían con el paso de los años en tres celebridades de la ciencia, la divulgación y el conservacionismo: Jane Goodall, Dian Fossey y Biruté Galdikas, que se dedicaron a la observación y protección de chimpancés, gorilas y orangutanes, respectivamente. La primera y pionera en estas tareas ha escrito y protagonizado un gran número de libros y documentales, obteniendo entre otros el premio Príncipe de Asturias y la segunda es conocida por el público principalmente por la película que retrató su vida, Gorilas en la niebla, con Sigourney Weaver. La tercera, Biruté, fue la última en incorporarse —cuando las otras dos ya habían comenzado a recibir reconocimiento internacional por su labor y dado que hablamos de la búsqueda de los orígenes, qué mejor que comenzar por el final centrándonos en ella.

Sus memorias, tituladas Reflejos del Edén: mis años con los orangutanes de Borneo, es uno de los mejores libros que he leído últimamente. Aunque lo mejor de él y que la autora me perdone es precisamente la parte en la que no habla de estos bichos peludos. Esa capacidad de observación que tan bien ha sabido aplicar a su objeto de estudio también la muestra para describir todo lo que la rodea y que incluye en sus abundantes y agudas digresiones en torno a sus relaciones personales, a las alegrías y miserias del trabajo de campo, la vocación científica, las diferencias en la forma de ser entre hombres y mujeres, el movimiento hippie, el contraste entre la cultura y las tradiciones de Indonesia y las americanas/occidentales… y en fin, acerca de casi cualquier tema que se le pasa por la mente. Pero ahora lo que nos interesa es concretamente su trabajo de campo, cómo fue vivir tantos años en la selva en condiciones a menudo extraordinariamente difíciles y qué significó para ella el trato durante tantos años con los orangutanes.

Nació en Alemania aunque de familia lituana, y tras el fin de la Segunda Guerra Mundial emigraron a Canadá, para instalarse posteriormente en Estados Unidos. Estudió psicología y antropología en la universidad de Los Ángeles, donde en cierta ocasión asistió a una conferencia de Louis Leakey. Tras quedar encandilada con su carisma decidió dedicar su vida al estudio de los orangutanes. Alude en varias ocasiones a esta vocación en términos religiosos, como la «misión» que debía tener en vida y a Louis como una mezcolanza de padre adoptivo y guía espiritual que se la mostró. La simpatía fue mutua, ya que confió ciegamente en ella y le proporcionó valiosos consejos, contactos y financiación. Dado que se trataba de un proyecto de varios años de duración en plena selva de Borneo (finalmente acabó siendo de toda una vida) Leakey que era un hombre dotado de un extraño sentido del humor quiso poner a prueba el compromiso de su nueva pupila pidiéndole que se extirpara el apéndice. Biruté no se lo tomó en serio, cosa que unos años antes sí hizo Dian Fossey sin ser consciente de que solo era una broma pesada. El caso es que finalmente y tras un largo periodo de espera y preparación, en 1971 nuestra estudiosa de los orangutanes se plantó en medio de la selva de Indonesia junto a su marido. Pero resultó que no había orangutanes que estudiar.

Dian Fossey, Jane Goodall y Biruté Galdikas (DP)
Dian Fossey, Jane Goodall y Biruté Galdikas (DP)

No, no era otra broma de Leakey mandándolos donde no era para reírse a su costa. Una hembra de esta especie tiene en toda su vida apenas tres o cuatro hijos, de forma que si su población se ve sometida a alguna agresión externa corre el riesgo de extinguirse. Así que la tala indiscriminada de árboles, la caza y la captura para ser utilizados como mascotas o exhibidos en zoológicos o espectáculos redujeron apreciablemente su número, lo que llevaría más adelante a Biruté a convertirse en una activista medioambiental. Por otra parte, la naturaleza de estos simios es semisolitaria. Debido a su gran tamaño y a la escasez de los alimentos que necesitan las «personas del bosque» (pues eso significa orangután en malayo) no puede vivir en grupos a la manera de los chimpancés y gorilas. De manera que las hembras viven cada una en una zona en una plácida existencia seminómada y acompañadas únicamente por sus hijos si los tienen, mientras los machos tienen más movilidad buscando hembras disponibles y entablando peleas con sus rivales. Esta dispersión hace más difícil el contacto y seguimiento, lo que llevó a nuestra autora a pasar varios meses de angustiosa búsqueda sin nada que poder anotar y sufriendo el ataque constante de mosquitos, sanguijuelas e infecciones. No obstante estaba convencida de que tendría éxito en su misión tarde o temprano, por la sencilla razón de que no se atrevería a regresar a Estados Unidos con las manos vacías. Leakey le dio un margen de diez años, pero finalmente no hizo falta tanto.

Una vez detectado un ejemplar, el siguiente paso era habituarlo a su observadora. Una tarea que requiere mucha paciencia y sutileza, en la que siguió el camino por las pioneras Goodall y Fossey. El hecho de ser mujer resulta crucial en este aspecto, dado que los hombres son considerados como rivales por los machos y tienen mucho más difícil aproximarse a ellos sin peligro. Aunque por esta similitud se enfrentaba precisamente a otro tipo de amenaza: la cocinera de Biruté fue violada en cierta ocasión por un orangután. Concretamente por uno cautivo durante su juventud y posteriormente liberado pero que, al haber crecido entre humanos, pasó a considerar a las mujeres miembros de su especie. El marido de Biruté vivió también una experiencia poco agradable al respecto:

Transcurridos menos de diez minutos, Rod volvió a la cabaña con expresión de asco. De entrada, no quiso hablar de lo que había sucedido pero, tras insistirle un rato, me contó que Sugito se había colgado de los brazos de una rama, justo por encima de su cabeza, y que había intentado meterle el pene en la oreja. Sugito también había intentado utilizar la mano de Rod para masturbarse, moviéndola arriba y abajo de sus genitales. Después de este incidente, el entusiasmo que Rod sentía por Sugito se enfrió considerablemente.

Los humanos, mucho más evolucionados, hemos inventado herramientas de plástico y metal para hacer lo mismo. Pero otro detalle de este desdichado incidente al que debemos prestar atención es que su autor tenía un nombre propio, Sugito. Cuando Jane Goodall comenzó a estudiar a los chimpancés una década antes la costumbre científica hasta entonces era la de numerar a cada ejemplar. Al ponerles un nombre, aparte de recordarlo más fácilmente, permitía dotarlo de individualidad, dado que cualquier observador de simios se percata desde el comienzo de que cada uno tiene su propia personalidad. Además cada nombre debía comenzar por la misma letra en caso de haber parentesco. Pues bien, esto mismo es lo que hizo Biruté con los orangutanes. Una vez lograba encontrar en cada nuevo ejemplar observado un rasgo físico que lo distinguiese, procedía a bautizarlo. En el caso de los machos resultaba particularmente sencillo dado que debido a sus peleas todos arrastraban alguna secuela: a unos les faltaba un dedo, a otros un ojo… contemplar de cerca la brutalidad y la muerte le quitó de la cabeza ciertas ideas inocentes que mantuvo en su juventud:

Como a muchos otros occidentales, sobre todo a los hippies de los años sesenta, me había seducido la «falacia naturalista»; la naturaleza era pura y noble, hermosa e inteligente. En la naturaleza había finales felices. Con nuestro viaje al bosque húmedo de los trópicos, Rod y yo habíamos hecho realidad el sueño de nuestra generación de regresar a la naturaleza, de recuperar el Jardín del Edén. Pero los jardines y las huertas están hechos por los humanos para complacer sus sensibilidades humanas. (…) En esa época aprendí que la naturaleza limpia y pura también era brutal, despiadada e indomable.

A lo largo de sus años de observación fue dejando constancia de los hábitos de alimentación enormemente complejos (consumen hasta cuatrocientas variedades de frutos, plantas e insectos), de la larga relación de cada madre con su hijo, de las rivalidades entre machos, de los celos de un hermano ante otro nuevo (que en busca de la atención perdida experimentaban una regresión infantil en su comportamiento, igual que entre los humanos), de los ritos de apareamiento o intentos de ello: «Georgina y BSC parecían tener diferentes objetivos. A Georgina le gustaba disfrutar de su atención y buscaba su amistad, pero no quería copular. A BSC le parecía bien su amistad, pero lo que buscaba básicamente era sexo». Lo que en terminología científica se conoce como «pagafantas». Nuestra primatóloga iba apreciando con el paso del tiempo la gran cantidad de semejanzas entre los grandes simios y los humanos, pero también las diferencias. Cuando tuvo su primer hijo, por ejemplo, quiso criarlo manteniendo cierto contacto entre él y las crías de orangután que había rescatado de la cautividad e intentaba reintegrar en la selva. Ahí vio como, tras una primera etapa semejante, la capacidad de aprendizaje del niño crecía de forma exponencial. Mientras un ayudante de Biruté intentaba trabajosamente enseñar unos pocos gestos del lenguaje de los sordomudos a los orangutanes, el niño los asimilaba pese a no ser él el alumno y —lo que es más importante comprendía su sintaxis combinándolos de formas nuevas fuera del alcance de los orangutanes. Una capacidad común a cualquiera de nosotros pero en cuya extraordinaria peculiaridad no reparamos, simplemente la damos por supuesta.

Mientras tanto, fue avanzando en sus investigaciones y la idea de pasar el resto de su vida en la selva de Borneo se asentó en su cabeza. No así en la de su marido, que optó por el divorcio y regresó a Estados Unidos para hacerse especialista en sistemas informáticos. Un cambio drástico, lo de Sugito debió dejarle marcado. Biruté se volvería a casar, esta vez con un indonesio, y ya en los últimos años ha centrado sus esfuerzos en recuperar orangutanes cautivos, pues entre las clases altas de aquel país tener uno en una jaula se considera un signo de distinción. También promueve la reforestación y la concienciación medioambiental mediante conferencias, artículos, entrevistas y documentales como Born to Be Wild, rodado en tres dimensiones y narrado por Morgan Freeman, así como por medio de su organización Orangutan Foundation International. Sus logros han sido notables y, por lo que se ve, ha sido capaz de combinarlos con una vida personal bastante satisfactoria. A diferencia de Dian Fossey, de cuya vida y trágico final hablaremos en la próxima ocasión.

No son los bosques de Kashyyyk, sino de Sumatra. Foto de Cuatrok77 (CC)
No son los bosques de Kashyyyk, sino de Sumatra. Foto de Cuatrok77 (CC)


La pista de carreras de los dinosaurios

Farallón de Cal Orck’o (Foto cedida por la Dirección de Turismo de Sucre)

El pequeño tiranosaurio corretea nervioso por la orilla del lago. La tierra retiembla, los volcanes llevan meses humeando, una neblina de gases tóxicos se extiende por la cuenca de Uyuni. Este saurio carnívoro es una cría que mide cinco metros de largo y camina sobre dos patas, balanceando las manos cortas y la cola extensa. Va bordeando el lago, quizá en una de sus primeras cacerías: hasta aquí vienen los dinosaurios herbívoros, a beber y a comer algas, y él los acecha con precaución, porque del agua suelen emerger de repente cocodrilos voraces. El tiranosaurio se aleja. Y a las pocas horas estalla una erupción.

Las cenizas sepultan el lago, incluidas las huellas aún frescas del tiranosaurio y las de otros más de doscientos saurios que pululaban por allá, que así quedan preservadas de la erosión.

Durante los siguientes millones de años, más capas de cenizas y sedimentos fluviales se amontonan sobre la zona y se compactan hasta convertirse en roca. La placa tectónica de Nazca entra desde el Pacífico, se hunde como una cuña bajo Sudamérica, levanta la tierra, la pliega, y así se elevan los Andes. La cuenca de Uyuni, antes casi al nivel del mar, se alza por encima de los 3.000 metros. Al cabo de 66 millones de años, los obreros de una cantera boliviana de cemento excavan capas y capas del monte, hasta que encuentran una en la que abunda el manganeso, un elemento que complica la fabricación de cemento, así que la dejan sin explotar. El cineasta y paleontólogo aficionado Klaus Pedro Schütt, de Sucre, descubre allí montones de icnitas, pisadas de dinosaurios; entre ellas, una caminata de un pequeño tiranosaurio que se prolonga 581 metros, la más larga jamás registrada en el planeta. Schütt bautiza al saurio como Johnny Walker y empieza a pelear contra la incredulidad de los expertos.

Costará años, pero los paleontólogos acabarán reconociendo 5.055 huellas que forman 462 caminatas continuas, pertenecientes a todos los grupos de dinosaurios sudamericanos. Es Cal Orck’o (“cerro de cal” en quechua), el mayor yacimiento planetario de icnitas, que permite recrear la vida de los dinosaurios en su apogeo, poco antes de que se extinguieran todos salvo los aviarios.

Es el Santo Grial”

Schütt, de 59 años, vive en su casa de Sucre entre helechos y araucarias —que ya existían en la época de los dinosaurios—, estromatolitos —una de las formas más antiguas de vida en la Tierra— y coprolitos —grandes excrementos fosilizados—. En su salón de ambiente cretácico, Schütt recuerda la famosa visita que en 1994 hicieron los antiguos alumnos del Colegio Alemán de Sucre a la fábrica de cemento Fancesa, donde uno de ellos era ingeniero.

—Estábamos visitando la cantera cuando vi todas esas marcas en el farallón. ¡Eso son huellas de dinosaurio! Yo había conocido el yacimiento de Toro Toro, en Potosí, con su descubridor, el doctor Branisa; a mis hijas les encantaban los dinosaurios y yo les compraba montones de libros divulgativos, así que supe identificar las huellas. Llamé al Museo de Historia Natural de La Paz, para que enviaran un paleontólogo. Me preguntaron: “¿Y cuántas huellas dice que hay?”. “Alrededor de mil”. “De acuerdo, ya le llamaremos”.

Schütt lo ignoraba, pero el mayor yacimiento mundial por aquel entonces, en Alemania, reunía apenas 220 huellas. Nunca le devolvieron la llamada desde La Paz. Tampoco desde Santa Cruz, donde contó la misma historia a los paleontólogos que trabajaban en las exploraciones petrolíferas.

Al fin convenció al director del Museo Paleontológico de Tarija, el ingeniero Freddy Paredes, quien acudió a Sucre y quedó asombrado con el hallazgo. Schütt, cineasta de profesión, grabó un vídeo en el que Paredes explicaba las huellas. Y lo envió a National Geographic, al instituto Smithsonian, incluso a Steven Spielberg: le invitó a estrenar Jurassic Park proyectándola sobre la muralla de Cal Orck’o. Tampoco hubo respuestas.

De rebote en rebote, el vídeo llegó en 1997 al paleontólogo suizo Christian Meyer, una autoridad mundial en huellas de dinosaurios. Él había descubierto la caminata más larga del planeta, de unos 120 metros, en el desierto de Gobi. Cuando vio el trazado de más de 500 metros, tomó un avión y se plantó en Sucre.

—No podía creérselo —recuerda Schütt—. Decía que en Sucre teníamos el Santo Grial de la paleontología. En dos meses armó una expedición para fotografiar y mapear con láser toda la pared, sacar moldes de silicona de las pisadas y recoger fósiles.

Una foto antes de la extinción

Los números de Cal Orck’o son docenas de veces mayores que los de otros yacimientos: 5.055 huellas y 462 caminatas, pertenecientes a 293 dinosaurios de más de 25 especies… Pero lo más importante es que el yacimiento muestra con un nivel de detalle jamás alcanzado cómo era la vida de los dinosaurios un poco antes de su extinción.

—Las huellas revelan comportamientos y permiten recrear qué pasaba en Cal Orck’o hace 66 millones de años —explica Schütt.

Sabemos, por ejemplo, que por allí paseaban en manada los titanosaurios: unos monstruos de 25 metros de alto, herbívoros, cuyos conjuntos de huellas muestran que eran gregarios, y que en el centro del grupo, donde se ven pisadas más pequeñas, marchaban las crías protegidas. Podemos imaginar una manada de tiranosaurios entrando al lago a beber y a comer algas. Los fósiles indican que en esas aguas también vivían peces, tortugas y cocodrilos.

Los depredadores como el tiranosaurio Johnny Walker no entraban al agua, sino que iban bordeando la orilla, acechando a sus presas. También había saurios voladores, que pescaban en vuelos rasantes sobre el lago.

Y una sorpresa: la presencia del anquilosaurio, una especie de gran armadillo acorazado, que atacaba con su cola en forma de mazo. Nunca se había encontrado en Sudamérica hasta que aparecieron once huellas suyas en Cal Orck’o, que además desmintieron la idea de que fuera un animal pesado y torpe: era más alto, más esbelto y más ágil de lo que se pensaba, y llegaba a moverse a once kilómetros por hora.

—Por encima de todo, Cal Orck´o confirma que la extinción de los dinosaurios ocurrió de manera repentina —dice Schütt—. Todas esas huellas fueron impresas en el barro en apenas dos o tres días, lo que demuestra que allí vivían muchos animales y muy variados a la vez, poco antes de que cayera el meteorito de Yucatán.

El impacto de aquel asteroide, equivalente a diez mil millones de bombas de Hiroshima, envenenó la atmósfera, oscureció el planeta con cenizas durante siglos, alteró el clima y destruyó el 65% de la vida. Acabó con el reinado de los dinosaurios, que ya duraba 160 millones de años, y abrió las puertas al desarrollo de los entonces diminutos mamíferos y a la posterior aparición de la especie humana.

Conservar el tesoro

Con las lluvias y los movimientos de tierra, en estos últimos años se han derrumbado algunas placas del farallón y han desaparecido muchas icnitas.

—Yo he visto perderse unas quinientas huellas —lamenta Schütt—. Pero he visto aparecer otras dos mil, en las nuevas capas que quedaron a la vista. En cualquier caso, debemos preservar lo que tenemos, porque es muy valioso y nunca sabemos si debajo habrá más. Hace unos años un derrumbe se llevó una parte central de la caminata de Johnny Walker, que quedó interrumpida. Es mi gran dolor.

—Estamos empezando los trabajos de conservación —explica Elizabeth Baldivieso, administradora del Parque Cretácico. En 2006 se inauguró junto a la cantera este parque, en el que los visitantes conocen la historia de Cal Orck’o y pasean bajo réplicas en tamaño real de los dinosaurios que allí vivían. Aunque varios años atrás los visitantes llegaban al pie del farallón, ahora solo pueden observarlo con prismáticos desde el parque, que queda enfrente, mientras los expertos trabajan en él.

—La empresa chilena que sacó a los 33 mineros enterrados se está encargando ahora de escanear todo el farallón —dice Baldivieso—, para registrar hasta la más mínima huella. Luego impermeabilizarán la pared para que las lluvias no la gasten, medirán con extensómetros cómo se mueve el terreno… Cuando acabemos la preservación, propondremos Cal Orck’o a la Unesco como patrimonio natural de la humanidad. No hay ningún escenario tan valioso para entender el mundo de los dinosaurios.