La ruta del ajedrez (y II)

ruta del ajedrez
DP.

(Viene de la primera parte)

Probablemente no exista ninguna otra nación en el planeta con tantos lugares sagrados para el ajedrez como España, lugares con una significación histórica que —si nuestras autoridades alguna vez hubiesen sido medianamente competentes en lo cultural— deberían haber sido promocionados hasta la saciedad. Aprovecharemos la ocasión y trataremos de hacer un recorrido por algunos de esos lugares históricos y seguimos trazando, a grandes rasgos, el mapa del ajedrez en España.

Valencia: Fue en la capital del Turia donde hacia 1495 Francesch Vicent publicó un tratado —escrito en valenciano— y titulado Llibre dels jochs partits dels schacs en nombre de 100 (cuya traducción sería «Libro de juegos y partidas de ajedrez, en número de 100». Francesch Vicent proponía diversas modificaciones, como la del antiguo patrón de movimiento del alfil. Pero sobre todo introducía la sustitución de una antigua pieza de poca movilidad, la alferza, por la nueva y mucho más poderosa figura de la reina. Este libro es, pues, el primero donde se muestra el movimiento de la dama, ahora la más fuerte y decisiva del tablero —fue bautizada como «reina» en honor de Isabel I de Castilla—, marcando el hito histórico del nacimiento del ajedrez moderno. Durante mucho tiempo se desconoció que este origen había tenido lugar en Valencia y se atribuía el invento a franceses o italianos, pero la aparición de tratados de la época ha documentado que los valencianos pueden (o podemos) decir orgullosos que nuestra ciudad fue el lugar donde se empezaron a practicar els escacs tal y como se siguen jugando hoy en día. Pero no acaba ahí el asunto; también en Valencia se publicó la primera partida de ajedrez moderno jamás registrada. Fue en otro libro escrito en valenciano y titulado Scachs d’amor, del literato Bernat de Fenollar. Sus versos narraban la ocasión en que dos caballeros de la ciudad de Valencia, Franci de Castelví y Narcis Vinyoles, juegan una partida de ajedrez mientras se enzarzan en un debate sobre las mujeres, comparando la guerra de las sesenta y cuatro casillas con la dulce guerra del amor. Cada estrofa del texto lleva por título una jugada concreta de la partida que tiene lugar entre ambos, de modo que al final del poema se ha podido seguir perfectamente todo el juego. Un ejemplo: las primeras jugadas estaban descritas así por los títulos de los primeros párrafos:

Lo Peó del Rey va en la quarta casa (El peón de rey blanco avanza a la cuarta casilla).

Lo Peó de la Dama a la quarta casa (El peón de dama negro avanza a la cuarta casilla).

Lo Peó del Rey pren lo Peó de la Dama (El peón de rey blanco captura al peón de dama negro).

La Dama, a la quarta casa sua, pren lo Peo que li havia pres lo seu (La dama negra avanza a la cuarta casilla y captura al peón blanco que había capturado al suyo).

Lo Cavall de la Reyna va a la tercera casa de l’Orfil, tirant ves la Dama (El caballo de dama blanco va a la casilla tercera del alfil y amenaza a la dama negra).

La Dama se’n torna a son loch (La dama negra vuelve a su lugar).

L’Orfil del Rey va a la quarta casa davant l’Orfil de la Reyna (El alfil de rey blanco va a la cuarta casilla de la columna del alfil de dama).

Juga Cavall de Rey a la tercera de Orfil (El caballo de rey negro va a la tercera casilla del alfil).

Es decir, se estaba jugando lo que mucho más tarde se bautizó como «defensa escandinava» (que bien podría haberse llamado «defensa valenciana»). Así pues, nos hallamos ante la primera transcripción documentada de una partida de ajedrez moderno, que ya incluye el movimiento de dama introducido muy poco antes por Francesch Vicent. Como decía el maestro internacional e historiador ajedrecístico Ricardo Calvo, la «manera de jugar valenciana» se expandió rápidamente por la Corona de Aragón —incluyendo los territorios italianos— gracias al reciente invento de la imprenta, llevando las nuevas y definitivas reglas al resto de Europa.

Zafra: Uno de los nombres más conocidos para cualquier estudioso o aficionado del ajedrez es el de un extremeño del siglo XVI llamado Ruy López de Segura. Nacido en Zafra, Ruy López creó una apertura que está entre las más básicas incluso de la teoría ajedrecística moderna y que hoy en día sigue utilizándose incluso al máximo nivel de la competición. Hablamos de la «apertura española» o sencillamente «apertura Ruy López». Por lo que sabemos de alguna crónica de la época, ya desde su infancia dio que hablar Ruy López de Segura por su talento ajedrecístico (siendo también, por tanto, uno de los más antiguos niños prodigio conocidos, si acaso no el primero). Hacia 1560 estaba considerado el mejor ajedrecista de Europa —y por tanto del planeta— hasta el punto de que los libros de historia del ajedrez suelen considerarlo como el primer «campeón mundial» extraoficial. El jugador nacido en Zafra fue pues la primera gran estrella del ajedrez mundial y miles de jugadores siguen practicando los mismos movimientos que él inventó y popularizó en su tratado Libro de la invención liberal y arte del juego del ajedrez, uno de los manuales básicos en la evolución de los escaques, donde introducía conceptos como la «captura al paso». Por lo demás, Zafra bien merece una visita por su conjunto monumental —con el Alcázar a la cabeza, o la Colegiata de La Candelaria y sus retablos firmados por nada menos que Zurbarán y Churriguera— y por su precioso casco histórico. Cómo no, recientemente se ha celebrado allí el Festival Internacional de Ajedrez Ruy López. 

Salamanca: Aparte de Ruy López de Segura, el otro gran ajedrecista y teórico de su tiempo fue el también español Luis Ramírez de Lucena. Estudió en la Universidad de Salamanca y en dicha ciudad publicó un tratado que recogía el «ajedrez de dama» creado por el valenciano Francesch Vicent, pero unificando por primera vez todas las reglas modernas en un único tratado (ya que algunas de esas reglas estaban todavía dispersas en diferentes escritos). Titulado Repetición de amores y arte en ajedrez con 150 juegos de partido, es el tratado de ajedrez más antiguo en recoger completo el reglamento básico actual. Lucena discutía conceptos y tácticas como el enroque, el fianchetto y varias aperturas que en ocasiones se atribuyeron después (y erróneamente) a ajedrecistas posteriores, generalmente de fuera de España. Por si fuera poco, Salamanca es la cuna de uno de los mejores ajedrecistas españoles, el citado gran maestro Arturo Pomar.

Linares: Otro ejemplo de que en España la historia del ajedrez está ligada a poblaciones con un tremendo encanto histórico y monumental. Linares bien merece una visita por sus propios méritos estéticos y culturales, pero la aportación de la ciudad al ajedrez contemporáneo es sencillamente enorme. Allí se celebra desde 1978 el Torneo Internacional Ciudad de Linares, que podemos considerar el más importante torneo de cuantos se celebran en el mundo, dejando aparte las distintas fases del Campeonato Mundial. De hecho, la génesis de esta competición es un perfecto ejemplo de la importancia de la iniciativa privada para el ajedrez español. Fue un amante del ajedrez —el empresario Luis Rentero— quien lo fundó, aunque después alcanzó una repercusión tal que las autoridades (por fortuna) decidieron garantizar su permanencia. El Torneo de Linares es, pues, el mayor acontecimiento del mundillo después de la lucha por la corona. Buena muestra de ello es que la edición de 1994 se considera aún hoy el torneo más fuerte jamás celebrado, el primero en la historia del ajedrez que alcanzó la inédita categoría XVIII debido a la fuerza de los jugadores presentes… no por nada se suele hablar del Torneo de Linares como «el Wimbledon del ajedrez».

Gijón: Algunos de los primeros torneos verdaderamente relevantes celebrados en España tuvieron lugar en Barcelona y Madrid, pero durante los años 40 y 50 el torneo de la ciudad asturiana alcanzó una relevante categoría y celebró diversas ediciones de relumbrón con la presencia de campeones mundiales como Alexander Alekhine o Max Euwe.

Palma de Mallorca: La ciudad balear alcanzó su máximo esplendor ajedrecístico durante los 60 y los 70 con un torneo en el que participaron grandes maestros de primera fila y que tuvo en su registro de vencedores nombres como Bent Larsen o Viktor Korchnoi. Pero el verdadero gran hito en la relación entre Palma y el ajedrez fue el Torneo Interzonal de 1970, ganado de forma aplastante por un Bobby Fischer que comenzaba su astronómico ascenso hacia la corona mundial y que estaba ya dando muestras de un dominio aplastante (en aquel torneo tuvo una racha de siete victorias consecutivas).

Las Palmas: Otra ciudad insular que necesita poca presentación y que lógicamente posee más que suficientes atractivos para que el ajedrez no sea la única excusa, pero que además ha celebrado un torneo en cuyo palmarés han inscrito su nombre figuras tan importantes como Kaspárov, Timman o Ljubojevic

Dos Hermanas: El Torneo Magistral de la localidad sevillana es otro evento de importancia en el que han participado varios campeones mundiales —Kárpov, Kramnik, Anand, Topalov— y que también tiene un palmarés de auténtico privilegio.

Bilbao: Desde el año 2008 es la sede del importantísimo Masters Final que enfrenta a los vencedores en los más importantes torneos del año, los del Grand Slam del ajedrez (el de Linares está entre ellos). Así pues, en Bilbao han participado los más grandes nombres de la actualidad, incluyendo campeones mundiales: Magnus Carlssen, Viswanathan Anand, Vladimir Kramnik, Levon Aronian, Vaselin Topalov… en fin, un evento ajedrecístico de primerísima magnitud.

Madrid: La ciudad tiene un larguísímo historial de torneos nacionales e internacionales. Durante décadas ha albergado importantes eventos en los que han inscrito su nombre como ganadores jugadores de la talla de Alekhine, Keres o Kárpov. Durante los 90 alcanzó especial esplendor el Torneo Magistral de Madrid, al que acudieron grandísimos nombres como el mencionado Kárpov, Kramnik, Korchnoi o la húngara Judit Polgar.

Barcelona: Otra ciudad con un largo historial de torneos, destacando algunos de especial magnitud durante los años 20 (con la presencia del gran Capablanca, por ejemplo) y 30, o durante los 80. Por centrarnos en años más recientes ha destacado el Torneo Magistral Casino de Barcelona, en cuyo palmarés figuran Vassily Ivanchuk o el estadounidense Hikaru Nakamura. Pero, lógicamente, la lista de torneos de todo tipo y tamaño celebrados en la Ciudad Condal es larga.

San Sebastián: En la ciudad vasca se celebró en 1911 un torneo que está considerado uno de los más importantes de todos los tiempos, al cual acudieron quince de los mejores maestros del mundo en aquel momento, incluyendo al genio cubano José Raúl Capablanca, que por entonces contaba con veintidós años y se impuso ante casi toda la élite mundial (Rubinstein, Tarrasch, Vidmar, Nimzowitsch). San Sebastián fue la entrada por la puerta grande del futuro campeón mundial y absoluto dominador, imbatido durante varios años. 

Montilla: Durante los años 70 alcanzó el culmen el torneo local, donde compitieron en la localidad cordobesa algunos de los ajedrecistas más importantes de la época como el campeón mundial Kárpov, el excampeón Spassky, Polugaevsky o Gligoric. Por lo demás, otra ciudad que vuelve a demostrar que, en España, el ajedrez y las poblaciones con una bella arquitectura y un legado monumental suelen ir de la mano.

Hay muchos otros lugares que podríamos citar en los que se celebran o se han celebrado torneos relevantes, pero por motivos de espacio los dejaremos fuera (desde ya, pido perdón por ello). Algunas de estas localidades siguen albergando grandes torneos; otras dejaron de hacerlo por falta de apoyo financiero. Con todo, esta es una buena muestra de la enorme cantidad de lugares históricos para el ajedrez que existen en España; de hecho, una ruta ajedrecística completa cubriría prácticamente la totalidad del país. Este es un legado en el que no se suele hacer hincapié, pero realmente es un motivo de orgullo el que tantos momentos importantes del fascinante universo de las sesenta y cuatro casillas hayan tenido lugar en nuestras tierras, en pueblos y ciudades que —por si fuera poco— resultan suficientemente atractivas por sí mismas como para merecer más de una visita, pero que podemos mirar con otros ojos si las visitamos durante un torneo o si nos interesamos por su legado ajedrecístico. 


Librerías con encanto: Literanta (Palma de Mallorca)

DSCF2650El día que llegamos a Literanta, a primera hora,  no está aún ninguno de los dueños: no está Sergio González, no está otro de los socios —son tres— que «nunca está aquí», Antonio Sureda; no ha llegado aún Marina P. de Cabo… Huele a cruasán recién hecho, a zumo de naranja, a libro. La luz del jardín interior empapa toda la librería, cálida, optimista; se está francamente bien: es uno de esos sitios donde se acaba quedando un rato el paseante, a ello invita el lugar, incluso al que va con prisas. La luz de Literanta te arropa, te sientas, te pones a leer. Es lo natural hacerlo así.

Se concibe, desde su inicio, como cafetería librería. «Antes de abrir nosotros las librerías eran asépticas, frías, con los cuatro bestsellers», explica la librera. Acaba casi que de llegar, y se  sienta por fin conmigo. Marina, aventuro, no hace nada de forma precipitada, usa el tiempo tal como viene, sin detenerse, sin intentar tampoco alcanzarlo dándose mucha prisa. Para qué. Sospecho que domina el presente, que ha sabido domesticarlo, cómo usarlo en beneficio propio, burlarlo instalándose en él. «Se planteó —explica, sobre el proyecto original— como una librería de fondo que pudiera ofrecer algo más. Abajo tenemos un espacio dedicado a hacer presentaciones, cursos, talleres. No paramos de organizar actividades en torno a la librería, queremos y procuramos mantenerla viva, llena. La clave para mantenerse, para sobrevivir como libreros, es ofrecer al potencial consumidor de libros cosas diversas, algo nuevo, despertar la curiosidad, hacer que vengan no solo a comprar, que darse una vuelta por aquí sea un complemento a la mera transacción, un valor añadido».

El jardín es espectacular, una presencia importante, definitiva. Literanta sería muy diferente, sería otra cosa, sin ese rincón al que no es posible acceder desde la librería y que preside e ilumina todo el espacio a través de los dos enormes vanos que se abrieron, precisamente, para conseguir ese efecto, para integrarlo de forma completa, radical: «Es un rincón que no puedes ver desde la calle, está escondido aquí. Plantas preciosas; es una maravilla».

Cuando le preguntamos por la parroquia, por cómo es la gente que va por allí, se ríe, recuerda una petición muy particular: «No es exactamente el tipo de libro que tenemos nosotros; un señor llegó hasta el mostrador donde yo estaba y me preguntó: “¿Tienes Conversaciones con Dios?”. No acerté  a contestar, qué podía decir». Nos reímos y lo comentamos, la cantidad de anécdotas de todo tipo que te deja el trabajar de cara al público. «De un lado —contestando a la pregunta— te encuentras con el perfil de un hombre de unos cincuenta años, serio, reflexivo, que compra ensayo, libros de filosofía, sociología; de otro, la señora también de mediana edad, la típica lectora de  Impedimenta. Aquí vendemos sus libros como churros. Ellos lo han hecho muy bien, y nosotros tenemos el público al que van dirigidos sus libros, señoras que quieren algo de calidad, sí, pero entretenerse, pasar el rato. Y luego tenemos una serie de clientes más jóvenes, más inquietos, que también es muy interesante».

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Por Literanta han pasado desde Agustín Fernández Mallo a Lorenzo Silva o Patty Smith: «Fue hace unos años, estuvo firmando uno de sus libros, Éramos unos niños, coincidiendo con un concierto que dio aquí. Es un encanto, bellísima. La librería se colapsó. Tuvo una paciencia, con fotógrafos que la atosigaban… estuvo tres horas firmando, con una enorme sonrisa, encantadora con todo el mundo».

Al preguntarle sobre qué lee, qué recomendaría, se muestra cauta: «Hay muchas cosas que leo que sé que no puedo recomendar. Me gusta un poco de todo, desde Foster Wallace a Virginia Wolf, Dostoyevski me encanta, los rusos suelen gustarme mucho, Gógol. Son infinitos». [Es la primera vez que salen los rusos a colación en las librerías de esta serie, pienso según voy transcribiendo las palabras de Marina. Esto va a ser influencia de Nevsky, seguro, de alguna forma]. «Hay un libro, de Gallonero, sobre la librera de La Maison des Amis des Livres, Adrien Monnier, que es una gozada. Un libro muy interesante, en un periodo súper convulso.  No son textos nada pedantes, fue una pionera como librera. Muy recomendable». Se refiere al título Rue de l’Odeon. La mítica librería abrió sus puertas en 1915. Creo que es el broche perfecto para acabar, el recuerdo de una librera que hizo escuela, una lectura emocionante y actual. Gracias, Marina.

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Fotografía: José Amengual Ramis


Elogio de la arquitectura femenina

Numerosas ciudades de trazado árabe se prestan a imaginar una plaza con un solo acceso, una esquina que al girar nos vomita en el mismo lugar donde hemos comenzado nuestra andadura, o un acceso tapiado que en su día vio pasar a multitud de transeúntes. Nos encontramos, pues, en Palma de Mallorca o Valencia, como gusten. Pueden también optar por las más exóticas Fez, Marrakech o Chefchaouen, caprichos urbanos dignos de Las Ciudades Invisibles [1]. En cualquier caso, estamos en una plazoleta a la cual solamente podemos acceder por uno de sus lados. En el extremo opuesto al acceso se yergue un muro que impide el tránsito desde la calle situada al otro lado del mismo. El bullicio al otro lado del muro es la única experiencia sonora en este espacio.

Chefchaouen, Marruecos. Fotografía: Patricia Mato-Mora
Chefchaouen, Marruecos.
Fotografía: Patricia Mato-Mora

Me pregunto: el delicado gesto arquitectónico de demoler el muro, cambiando completamente la vida de la plaza, ¿es un proyecto de arquitectura? Graffiti a ambos lados del muro, ¿son un proyecto de arquitectura? ¿Y si solamente se pinta un mural en el interior, estoy hablando de arquitectura, o tan solo de arte urbano? Me dicen por aquí que no, que no es arquitectura. Con suerte soy una artista con pintura dentro de un pulverizador; en el peor de los casos soy una delincuente.

Derribos escandalosos

Son escasos los proyectos en los cuales prima la sutileza cuando el presupuesto no es un problema. Quien se haya aventurado a proyectar sin edificar habrá tenido que explicar, en más de una ocasión, que la delicadeza de su propuesta no se debe a una falta de testosterona, sino a la convicción de que construir rascacielos no es el único ni el mejor legado al que puede aspirar un arquitecto. Y es que, a veces, hay que reconocer que no por antigua o desfasada la arquitectura que uno se encuentra deja de ser compleja, interesante, y digna de ser mantenida; me atreveré a decir, ya que estamos, que puede que ese sea el caso por no haber sido obra de un arquitecto.

Quienes se hayan servido de mi introducción para transportarse a la marítima Palma de Mallorca conocerán ya el mediático caso del barrio de Santa Catalina. Obrero en su génesis, en los años de las vacas gordas este distrito vio cómo arquitectos y urbanistas derruían bloque tras bloque. Se erigían en su lugar insípidos edificios vagamente inspirados en un vanderohismo [2] caduco que, gracias a los catedráticos precámbricos que poblaban las escuelas de arquitectura, continuaba recitando el mantra less is more [3], sin haberse enterado de que Venturi había ya declarado que less is a bore [4], y por supuesto era ajeno a Bjarke Ingels [5]. A día de hoy, los proyectos que se llevaron a cabo, tales como centros para mayores y bibliotecas, no pueden mantener sus servicios mínimos: todo el presupuesto se gastó en arramblar con lo que había y construir desde cero. Las autoridades locales se ven sin más que deudas, incapaces de mantener la infraestructura urbana; mientras que los habitantes se ven privados de los paisajes urbanos en los que crecieron: como la cáscara de un huevo, los cascotes de lo que un día fueron elegantes muestras de arquitectura isleña sirven de muy poco.

Situada enfrente de la Biblioteca Británica, la modesta biblioteca de Saint Pancras, en Euston Road (WC1H 8NN Londres), se hace prescindible. Este macizo bloque, cuyo sofito cobija a numerosos sin-techo durante los meses de invierno, es una extensión del ayuntamiento de Camden.  Fotografía: Jamie
Situada enfrente de la Biblioteca Británica, la modesta biblioteca de Saint Pancras, en Euston Road (WC1H 8NN Londres), se hace prescindible. Este macizo bloque, cuyos bajos cobijan a numerosos sin-techo durante los meses de invierno, es una extensión del ayuntamiento de Camden.
Fotografía: Jamie

No fue por culpa de su cutrez que Palma desdeñó multitud de edificios modernistas [6], especialmente, como digo, en el barrio de Santa Catalina, sino por la ambición egoísta de sus arquitectos. Y esta torpeza narcisista, afortunadamente para Palma, no sabe de insularidad ni provincianismo: osados de esta guisa también los hay en Londres. Tentados por la ambición de un proyecto de nueva construcción, o convencidos de que un gesto delicado hacia la arquitectura existente los hará menos dignos del título de arquitecto que se han ganado con sangre, sudor y lágrimas, deciden llevarse por delante edificios cuya vida útil está lejos de terminar, como la biblioteca de Saint Pancras, situada enfrente de la famosa estación del mismo nombre, que se acerca al fin de sus días. Si bien en perfecto estado de conservación, y susceptible de ser renovada, las autoridades locales han acordado ya su demolición para el año que viene, a pesar de la cantidad de desechos que esto generará. Por si el hormigón no contaminaba ya bastante, van a deshacerse del que hay para verter otro, recién mezclado. Decir que el móvil de esta acción es exclusivamente económico pasaría por alto la sed de fama del arquitecto que está al mando de esta vergonzosa operación, una sed que, en apariencia, no puede ser saciada a base de tenues pinceladas arquitectónicas.

El fantasma de Akihabara

Tokio es un ejemplo de la complejidad urbana que rara vez puede ser concebida por una sola persona o despacho en un solo instante; esto también es cierto de las ciudades de trazado árabe que mencioné al principio de este texto, y de las que Italo Calvino imagina en su novela Las ciudades invisibles. La fascinante variedad con la que todas ellas son capaces de sorprender al visitante se adquiere con los años, con el desgaste del tejido urbano que se colige de la vida misma:

La ciudad, sin embargo, no revela su pasado, sino que lo contiene como las líneas de la mano, escrito en las esquinas de sus calles, los rasguños de las ventanas, las balaustradas de los escalones, las antenas de los pararrayos, los mástiles de las banderas, cada segmento a su vez marcado con arañazos, hendiduras…[7]

Indisociable de las aspiraciones, rasguños, marcas y huellas de sus habitantes, la arquitectura de Tokio es a menudo espontánea: nace sin arquitectos, en los solares más inesperados de dimensiones inverosímiles, como bien han documentado Atelier Bow Wow en varias de sus publicaciones [8]. Este despacho japonés no deja de maravillarse ante la diversidad ad hoc de las microarquitecturas tokiotas, minúsculas construcciones que se erigen en espacios imposibles. Ejemplos más caprichosos y surrealistas que los recogidos en Pet Architecture o Made in Tokyo pueden descubrirse sin esfuerzo en cualquier trayecto suburbano del to-ki-oo-me-toro [9]. Cualquier arquitecto que se proponga proyectar en Tokio descubrirá rápidamente la dificultad de concebir un objeto arquitectónico que se desmarque del resto. La solución por la que opta la mayoría es burda: hacer más ruido, gritar con más fuerza que todo lo que existe alrededor, consciente de que, total, la esperanza de vida del Tokio edificado no sobrepasa los veinte años. 

Atelier Bow Wow
Atelier Bow Wow, (2001) Made in Tokyo. Kajima Institute Publishing Co., Ltd, y (2001) Pet Architecture Guidebook.
Fuente:World Photo Press.

Estas arquitecturas tokiotas tan características son, como digo, producto de las circunstancias socio económicas de la capital nipona; así lo describe Yoshitaka Ohsawa de pasada en su novela The Phantom of Akihabara. Publicada únicamente en japonés y en formato digital hace aproximadamente una década, esta novela en folletines virtuales fue traducida al inglés por la propia comunidad cibernética: gracias a esta traducción pude acceder a Ohsawa, picada por la curiosidad que despertó en mí tan sugerente título, sobre todo cuando me disponía a llevar a cabo un proyecto teórico de arquitectura que respondiera a las particularidades orientales y en particular, japonesas, en lo que a nociones de tiempo, creación y destrucción se refiere.

La historia que narra Ohsawa transcurre en Akihabara, un barrio de Tokio que terminé escogiendo como contexto para dicho proyecto teórico, describiendo la alegalidad en la que vivían muchos de sus habitantes en los años inmediatamente posteriores al cambio de siglo [10]. Ohsawa pone de manifiesto cómo la complejidad urbana de esta ciudad emerge de y a la vez engulle a sus habitantes, permitiendo que actividades de cuestionable legalidad se desarrollen en las pequeñas burbujas arquitectónicas resultantes. La dificultad de proyectar algo que añadiera algún valor a la arquitectura de Akihabara me animó a atreverme, en una muestra de cándida inexperiencia, a proponer, simple y llanamente,  una serie de artefactos opacos de pequeñas dimensiones, inspirados en los estampados florales de los tradicionales yukata [11]; discretas marionetas que arrojarían sombras mucho mayores sobre el pavimento en las primeras y últimas horas del día.

Akihabara Contemporary Uchimizu. Collage, grafito, tinta, cinta adhesiva y corrector sobre papel, 1000x700mm. Fuente: Patricia Mato-Mora, (2012).
Akihabara Contemporary Uchimizu. Collage, grafito, tinta, cinta adhesiva y corrector sobre papel, 1000x700mm. Fuente: Patricia Mato-Mora, (2012).

Al presentar mi proyecto en público, según es costumbre en los círculos académicos y editoriales de estas latitudes, llovieron tomates y abucheos. ¿Dónde estaba mi arquitectura? Entreteniéndome con ridículas figurillas que proyectaran sombras, mi diseño no era más que una oportunidad perdida, sin importar cuánto pudiera afectar a los habitantes de Akihabara; sin importar tampoco que, a diferencia de otros proyectos teóricos, el mío podía ser realizado con un presupuesto muy modesto y, a pesar de ello, el impacto hubiera podido ser significativo. Mi fantasma de Akihabara, pues, se quedó en espejismo, y yo, por mi parte, me quedé sin palabras para justificar que mis ideas también eran arquitectura.

Cualquier muro puede ser un lienzo

Un proyecto ingenioso y asequible que sí tuve la oportunidad de ver realizado fue Comboi a la Fresca, el encuentro de los miembros de la red Arquitecturas Colectivas que tuvo lugar en Valencia durante el verano del año 2011. Arquitecturas Colectivas es una red de personas interesadas en la construcción participativa del entorno urbano. Todos los colectivos que conforman esta plataforma se reunieron en Valencia en 2011, como digo, a fin de explorar sus intereses en el contexto urbano del casco antiguo de esta ciudad. El encuentro, un éxito rotundo, fue bautizado con el nombre de Comboi a la Fresca, y se fijó los siguientes objetivos:

1- Crear redes entre personas y colectivos de Valencia, y entre éstos y Arquitecturas Colectivas.

2- Canalizar dinámicas urbanas mediante nuevos discursos y prácticas transformadoras, tratando de ampliar el círculo de Arquitecturas Colectivas para llegar a la ciudadanía.

3- Difundir el potencial político real de la ciudadanía [12].

Estos objetivos cristalizaron en multitud de actividades participativas que se llevaron a cabo en la ciudad de Valencia durante el encuentro. Voy a mencionar aquí tres de estas iniciativas, aquellas cuyo marco de acción las hace especialmente relevantes para el presente artículo. La plaza a la que transporté al lector al principio de este texto, y la duda acerca de la legitimidad proyectual del gesto de demoler o pintar el muro que impedía el acceso a la misma por la parte trasera, no es, al lado de estas iniciativas, más que un torpe ejemplo de arquitectura sutil que inventé para poner al lector en situación. Los gestos arquitectónicos propuestos por cada una de las iniciativas que voy a explicar a continuación rezuman una sensibilidad hacia la historia de la construcción de la ciudad, y un íntimo conocimiento de la ciudadanía y su relación con la arquitectura valenciana que ya querría, y lo digo sin acritud y reconociendo también sus logros, Calatrava para sí. O las luminarias que sugirieron la demolición de parte del barrio de El Cabañal para extender la avenida de Blasco Ibáñez hasta el mar, afortunadamente encontrándose con una oposición ciudadana fuerte, convencida de sus ideales hasta el punto de conseguir paralizar esta aberración.

Azoteas colectivas trataba de «reactivar el espacio de las azoteas de las ciudades como espacios utilizables de modo colectivo», en especial durante las horas de la tarde y la noche, cuando una alegre algarabía llena la ciudad de Valencia [13] . Esta idea pone de manifiesto las particularidades de la ciudad mediterránea, y, sin derroche, es capaz de re-imaginar el espacio vertical de la ciudad, con gran impacto arquitectónico y urbano.

Medianera Plaza del Tossal, Blu, 2011. Fuente: Oficina de Gestión de Muros
Medianera Plaza del Tossal, Blu, 2011.
Fuente: Oficina de Gestión de Muros

Comboi a la Fresca también fue responsable de la reanimación del centro histórico de Valencia a base de intervenciones en medianeras, a cargo de los artistas Blu, Ericailcane y Escif. Cualquier muro de la ciudad se prestaba a convertirse en lienzo para estos artistas,  cambiando por completo el ambiente de la ciudad, convenciéndome de que las autoridades locales de todas las ciudades deberían habilitar estos espacios para intervenciones pictóricas diversas.

Finalmente, otros colectivos se encargaron del acondicionamiento de un solar abandonado en la calle Corona, en el centro de la ciudad. El solar se convirtió en el centro de operaciones de Comboi a la Fresca, planteándose también como un espacio que se  cedería a los vecinos tras construir en él varios elementos de mobiliario  urbano, así como un pequeño huerto. Nuevamente, un ejemplo de arquitectura cuidadosa y consciente del valor del entorno construido, una arquitectura que no necesita servirse de costosos materiales o grandes gestos para lograr grandes cambios.

Crearqció, un colectivo formado por estudiantes de arquitectura de la Universidad Politécnica de Valencia, se encargó de parte de los trabajos de rehabilitación del solar Corona. Fue a ellos que tuve la suerte de unirme en su día; y hoy, dos años después, me alegra saber que siguen activos, pues no todos los colectivos han tenido la misma suerte dadas las condiciones económicas del país.

Cabe decir, para ir terminando, que en 2011, mientras el encuentro tenía lugar, era difícil comprender bien el calado del impacto que iban a tener estas iniciativas. Dos años después, un grupo de arquitectos que no habían estado involucrados en el proyecto, con los que visité la ciudad, no dejaba de maravillarse ante la singular atmósfera del casco antiguo de Valencia, sin llegar a adivinar qué era lo que estaba haciendo su estancia tan agradable. Fue a raíz de esto que les hablé de Arquitecturas Colectivas y Comboi a la Fresca, así como de las iniciativas que he referido más arriba. Esta conversación me condujo a formar algunas de las opiniones que he expresado en este espacio, convencida de que los pequeños gestos también son arquitectura y de que estrategias respetuosas con el tejido urbano existente pueden también constituir buenos ejemplos de proyectos arquitectónicos.

Más colaboraciones entre arquitectos y artistas urbanos, así como comunidades de vecinos y asociaciones locales, hacen falta para comenzar a construir espacios urbanos útiles para los tiempos que corren, sin necesidad de alteraciones bruscas, demoliciones innecesarias de edificios en perfecto estado de conservación ni desparrames de camiones de cemento por doquier. Los despachos de arquitectos cercanos a la ciudadanía, que sean capaces de trabajar con la tercera edad, con niños y colectivos a los cuales puedan servir, podrán generar propuestas sorprendentes y sostenibles, evitando mayores huellas de carbono que las estrictamente necesarias. Sus portafolios se llenarán no solo de sombras chinescas o huertos urbanos, sino también de toboganes, camera obscura y puestos participativos en mercadillos: propuestas soñadoras y juguetonas que pronto animarán la vida callejera de nuestras ciudades.

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Me veo obligada a clarificar que el título del presente texto emerge de  conversaciones, demasiado numerosas como para citarlas todas, con arquitectos, interioristas, ceramistas, artistas y urbanistas, la mayor parte de los cuales eran varones, a lo largo de los años. Debo decir que no inventé el término arquitectura femenina, ni decidí tildar esta arquitectura sutil de femenina. Sin embargo, al plantear la misma pregunta a mis interlocutores, en algún momento de la conversación siempre acaba apareciendo este término.

– A lo que Vd. se está refiriendo, señorita, es a una clase de arquitectura más femenina que la que llevamos a cabo en este despacho.

– Su proyecto es de una sensibilidad claramente femenina.

– 

 Así las cosas, me consulté las acepciones de los términos femenino y masculino en el diccionario de la RAE, y me encontré con que, en efecto, atribuyendo la condición de «femenina» a esta arquitectura como «femenina», mis interlocutores estaban en lo correcto (véase acepción número 6). Nótese que en ningún momento estoy hablando del profesional que proyecta la arquitectura femenina, ni de su capacidad o incapacidad para llevar a cabo dicho proyecto, sino que me limito a referirme a las características de la propia arquitectura.

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[1]    Calvino, Italo(1972) Las ciudades invisibles. Siruela.

[2]    He utilizado este término a fin de establecer una clara diferencia entre lo que el mundo anglosajón llama «Modernism», el movimiento moderno; y lo que la élite catalana llamó «Modernisme» a finales del siglo XIX y principios del XX. Este último tuvo lugar en los años inmediatamente anteriores al Modernism de Le Corbusier y Van der Rohe; se trataba de una interpretación localista del Art Nouveau que también salpicó al archipiélago balear.

[3]    «Menos es más», uno de los sonados lemas que Mies Van der Rohe legó a la comunidad arquitectónica.

[4]    Literalmente, «menos es un sopor», la reacción del arquitecto estadounidense Robert Venturi al reduccionismo de Mies Van der Rohe.

[5]    Una guiño mío al trabajo del arquitecto danés Bjarke Ingels, que basó el título de su cómic Yes is More: An Archicomic on Architectural Evolution en la letanía arquitectónica de Mies Less is More. 

[6]    Aquí me refiero al «Modernisme» catalán. Ejemplos de este movimiento en la capital mallorquina son, entre otros, el Gran Hotel de Domènech i Montaner, o Ca’n Forteza Rey, cercanos a la Plaza Mayor.

[7]    Calvino, Italo, Op.cit.

[8]    Atelier Bow Wow, (2001) Made in Tokyo. Kajima Institute Publishing Co., Ltd, y (2001) Pet Architecture Guidebook. World Photo Press.

[9]    «Tokyo Metro», pronunciación japonesa a través de los altavoces del mismo.

[10]    Años 2001 en adelante.

[12]    Vestimenta veraniega tradicional japonesa.

[12]    Programa, Comboi a la Fresca.

[13]    Ibid.


Librerías con encanto: La biblioteca de Babel (Palma de Mallorca)

La rebelión se hace tanto contra la mentira como contra la opresión. Además, a partir de esas determinaciones, y en su impulso más profundo, el rebelde no preserva nada, puesto que pone todo en juego. Exige, sin duda, para sí mismo el respeto, pero en la medida en que se identifica con una comunidad natural. Albert Camus. El hombre rebelde. 1951

«Los griegos nos dejaron tres cosas: la literatura, el vino y la democracia. Esta es la que no se puede vender. Tiene todo esto mucho que ver con lo que es toda una tradición occidental, donde literatura y vino han ido muy de la mano; no se trata aquí de que los poetas bebieran vino, no es eso». Es así como  José Luis —librero, profesor de filosofía, erudito, espléndido conversador— comienza a perfilar el esbozo sobre la perfecta simbiosis que se da en este particular espacio, de nombre tan literario (aun cuando no deba su nombre al cuento): La biblioteca de Babel: librería de fondo, bodega, y café literario; número tres de la calle Arabí de Palma de Mallorca.

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«Es una librería básicamente de humanidades. Ahí tenemos un espacio dedicado a la mitología, allí poesía y memorias, viajes… Todo esto de aquí es narrativa». El fondo de Acantilado al completo bajo el mismo techo, «es la editorial que más me gusta; igual tenemos casi  todo el catálogo de Atalanta, o de KRK». Sonríe, se le nota esa cierta satisfacción: le gusta mucho su librería. «Esta parte es la dedicada al ensayo; hemos mezclado un poco cosas de sociología, economía, algo de historia, que a mí me interesa bastante menos; creo que dentro de las humanidades la historia no es tan interesante, la verdad».

Es, cuando menos, impresionante la sección dedicada al vino. No es ni de lejos la típica librería que tiene un rinconcito donde hay alguna que otra botella. Esto aquí se ha tomado muy en serio. «Libros sobre vino yo te diría que los tenemos todos, también algo de gastronomía». En La biblioteca de Babel pueden encontrarse unas 200 referencias de vinos, vinos americanos, de Nueva Zelanda, vinos franceses «muy buenos», riberas, riojas, mallorquines, vinos griegos, húngaros, alguno sudafricano. «Estos de aquí son vinos de hielo alemanes» [¿Perdón?] «Los nórdicos, sobre todo en Finlandia, cogen las uvas por la mañana, congeladas. Luego de esas uvas sale el vino de hielo». Y hay también vino kosher, vinos de Canarias, de California. Ya les digo que es algo digno de ver. Y un placer el cómo te lo va enseñando todo este hombre; su generosidad a la hora de compartir y enseñar su casa, de la que tiene sobrados motivos para estar más que orgulloso. «No hay en todo el local una sola botella que esté en vertical». Nos cuenta también que la terracita, tan coqueta,  se plantea como un homenaje a los cafés literarios, «vinos y libros son ambos muy franceses». Se trata de promover, facilitar la reunión, la plática, el disfrute de tú a tú. Pero hay que escuchar a José Luis contarlo, quien esto escribe no sabe hilar tan bien.

«Muchas veces en este mundillo de eso que se da en llamar la cultura, que es una palabra que a mí no me gusta nada…» [Aquí se para, acaba de recordar una anécdota]  «Se enfadaron conmigo en la radio. En una entrevista —me llamaron por el día de las librerías— entré justo después de la responsable de otra  a la que habían preguntado, en un tono, entiendo, algo despectivo, que qué opinaba sobre esas nuevas librerías donde se servía vino y café. Algo así. Y, en fin, para empezar, no hay nuevas librerías, hay una, que ha sido esta, la primera, luego es cuando se ha hecho algo parecido en Madrid y otros sitios. No, de verdad; me fui a París, a Florencia… Iba buscando referencias,  y no había nada como lo que yo quería. Así, el que empezó con esto fui yo. Que da un poco igual, vaya, no se trata de esto. La chica respondió, con muy buen criterio, que bueno, que cada uno se busca la vida como puede. Cuando ya me preguntaron a mí, imagínate: le estaba esperando. Me dice, “hombre, José Luis, en Babel se fomenta la cultura…” Es entonces cuando le digo: “Mira, es que a mí la palabra cultura no me gusta cómo la manejáis todos, los políticos, los periodistas; no tiene ningún valor. A mí la palabra que me gusta es civilización. Si te fijas, las librerías solo existen en lugares civilizados. Ahora se ve mucho esta apología de lo auténtico, de lo local, este nacionalismo provinciano y casposo que se da en todo el mundo, no solamente en España, que si mi pueblo, etc. Ocurre que civilización es justo lo contrario: donde hay ciudades hay librerías: en Viena, en París… Pero yo no he visto ninguna librería en medio del desierto del Sáhara, por ejemplo, que es muy auténtico, los tuaregs son maravillosos, con una cultura propia importante, por supuesto. No hay libros pero no se puede negar el hecho cultural, ¿no? Que la ópera, en otro orden de cosas, está muy bien, pero no deja de ser un espectáculo. A mí me parece, entonces, que el culmen de la civilización es ver a dos personas en un bar hablando de un libro”. Algo así le contesté. La pregunta sobre qué hace un café dentro de una librería, me pareció una estupidez. Si algo tiene Europa es eso, toda la tradición del café literario. Ahí tienes a Steiner, por ejemplo.  Si tú vas a la España de la República estaban en el café discutiéndolo todo, Ortega estaba en los periódicos, a Unamuno lo conocía todo el mundo. Había, es cierto, una cultura de élite, pero había una conexión —vamos a llamarla— popular».

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José Luis, que también es profesor, ya se ha dicho, les ha hablado con frecuencia en estos términos a sus alumnos. «Cuando hablamos de literatura o de filosofía les suelo decir que la cultura española siempre ha sido cultura popular. Y es que es verdad, es una cosa que la gente no sabe o no quiere saber. Ahora al pueblo se le ha secuestrado con esta bazofia televisiva, que no es popular. La gente en este país tenía mucha dignidad. La cultura en España, al contrario que en otros países europeos, ha sido muy popular. Cervantes  lo era, Lope de Vega, Góngora, Calderón… Nunca fueron escritores de élites. Esto lo cuenta Pla muy bien, es lo bueno y lo malo de este país, “los que mandan en España y en Cataluña siempre son encargaos”. En Francia llevan mandando los mismos 800 años, pero en España no, aquí siempre hemos tenido esa injusticia de los gobernantes pero a la vez ese orgullo del pueblo llano que de vez en cuando sacaba pecho».

Todo eso se está perdiendo, le digo, el salir al café a departir, a charlar. «Claro. Y además es que se está confundiendo la tradición, vamos a llamarle así,  hispana, con el franquismo. Y es que no tiene nada que ver. La copla, por ejemplo, que no es que yo reivindique la copla, no me interesan ni la copla ni Almodóvar, siempre lo digo. Pero sí me interesa mucho Berlanga, que es cultura popular de un altísimo nivel». Que lo mismo es que somos un poco paletos, le digo. «Exactamente. Y ahora más paletos por esto que te digo, por el secuestro de lo popular». Así que eso es esta librería, sobre esto se sostiene, ando pensando. Y me lo confirma: «Es la idea de Babel, recuperar todo ese tipo de cosas. Mira, por ejemplo, ese señor que está en la barra, que es médico, como hay otros muchos que vienen por aquí; les gusta eso, además de leer, pasarse y acodarse en la barra; es fácil acabar charlando». Es un lugar esta Babel propicio para ello, sin duda. 

Cuando le pregunto por sus lecturas, por qué nos va a recomendar leer, recuerda una escapada a Madrid, hace años; se compró el último libro de Ángel González [que es un libro que se ha de leer con mucho cuidado los días en que a uno le da por no tomarse la cosa con humor, ya se lo digo yo. «Estos poemas son muy tristes, me han salido muy negros y no creo que los deba publicar»]. José Luis recuerda que «estaba tan cansado, llevaba como tres meses sin leer nada, hasta arriba de trabajo, tenía montones de catálogos por los suelos, en casa, porque yo iba eligiendo los libros para la librería uno a uno; y, aparte, peléate con los albañiles… en fin, una locura. El caso es que pasé por un par de librerías durante este viaje que te digo, y compré en una de ellas Otoños y otras luces. Y es que fue un placer tan grande, una sensación casi física. Recuperar eso fue maravilloso». Luego, en una de las cajas que llegaron a la librería de aquel viaje apareció el Libro de réquiems de Mauricio Wiesenthal, «cuando compro libros siempre dejo alguno al azar, me gusta ese decir a ver qué pasa, y me encantó. Porque es esa la relación que yo tengo con la literatura: de entusiasmo, nada racional. Es una pasión, también es verdad, nada sistemática, aleatoria». Andando el tiempo, él y Mauricio se harían grandes  amigos. «Luego escribió otro libro que a mí me parece aún mejor, El esnobismo de las golondrinas, sobre sus viajes, completamente delirante».

De eso se trata, entonces. No tenemos que contar mucho más. «En el hombre hay más cosas dignas de admiración que  de desprecio».

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Fotografía: José Amengual Ramis