Las barbas cizalladas de una mentira 

barbas cizalladas
Fotografía: Bruno Cordioli (CC)

Dicen que el libro es un artilugio perfecto. Insisten en que no hay, ni habrá mañana, invento que supere su eficaz diseño. La salmodia quisiera conjurar al diabólico electrónico, pero él ya ha echado al mundo el Kindle que pronto cumplirá sus designios y, profundamente aburrido, se entretiene matando píxeles con el rabo. El rezo, inútil exorcismo, comienza a sonar a réquiem, monódico como el gregoriano y patrañero como el sermón del sacerdote sin fe y sin teología.

Habrá que cizallar, so pena de pasar por heraldos luciferinos, las barbas de la mentira. El libro no es un artefacto perfecto, no, desde luego, tal y como hoy se nos presenta con una frecuencia que ha conseguido anestesiar nuestro espanto. Sucede con alevosa reincidencia: los editores perpetran portadas plastificadas de un feísmo cumplido y despropósitos tipográficos que lastiman los ojos; las revistas de poesía se imprimen en papel satinado de rígido gramaje, impermeable a los versos y a las yemas de los dedos, y las diputaciones provinciales y otros mausoleos corporativos financian horripilantes engendros. Son, sin embargo, naderías, escrúpulos que hacen olvidar las fallas primordiales: los libros acostumbran a estar mal armados, pésimamente construidos. Se ha olvidado y despreciado la perfección de la factura, herencia de la sabiduría artesana en la que cada elemento tiene una función y la verdad inapelable de la función redunda en el embellecimiento del objeto. Así, el dispositivo hoy llamado libro acostumbra a funcionar muy defectuosamente.

Cada vez son más raros los libros compuestos por cuadernillos cosidos. Casi ninguna edición de bolsillo se permite semejante lujo, pero tampoco los voluminosos mamotretos que utilizan como añagaza el boato del cartoné, la sobrecubierta y la cinta de registro para convencer al lector de que valen lo que cuestan. Encuadernados a la americana, nunca se abrirán dócilmente. El lector se ve obligado a forzarlos, más cuando se han escatimado los centímetros de los márgenes interiores, siempre con el temor de ejercer excesiva violencia. Un gesto mal calculado, no necesariamente imperioso, bastará para dejar el libro descuajaringado. Las páginas, unidas solo con cola, se desprenderán sin remedio. Quizás no lo hagan en el primer uso, pero no resistirán el segundo o el tercero o a un lector que necesite que el volumen se mantenga abierto por sí mismo un momento para tomar alguna nota. Los editores ya nos han convencido de que eso es mucho pedir para una novela, pero es que ni siquiera muchos libros de consulta y diccionarios son capaces de abrirse en plano.

Nuestra desesperación se vuelve furia indignada cuando se topa con el sinsentido de un ejemplar de páginas encuadernadas al contrahílo, desafiando el sentido de las fibras del papel, que lógicamente ofrecen una terca resistencia a dejarse leer. Rabiamos, pero no queda más remedio que violentar el libro. Con suerte, no se ha deshojado todavía, pero el lomo del ejemplar en rústica queda agrietado, con un sarpullido de plástico que nos acusará desde la estantería por siempre jamás. Sin embargo, la culpa la tienen esas colas que cristalizan en la columna del libro formando un mazacote agarrotado. Su anquilosis siente rudo, salvaje, bárbaro cualquier gesto que les solicite un poco de obediente flexibilidad y protesta con el esquince.

En la estantería de los lastimados y magullados tampoco faltan aquellos libros cuyo cuerpo se ha desgajado de las cubiertas. Suelen ser esos tomos voluminosos de tapas duras, los que más frecuentamos por la solidez de sus contenidos y que se terminan revelando objetos endebles. Sus páginas están unidas a la encuadernación apenas por la guarda, debajo de ella solo se esconde una precaria tira de papel que no presta el refuerzo de la tarlatana o la percalina. Sin esa ayuda invisible, la guarda sufre hasta rajarse en la bisagra y el libro queda desmantelado. 

Por supuesto, la deliberada impericia con que se fabrican los libros no es nueva. Jaroslav Seifert ya se quejaba de ella y de las evidentes insuficiencias, materiales y operativas, con que el objeto llegaba a las manos del lector. Su lamento está recogido en un pasaje de esta edición: tapas duras; lomo de guáflex que querría pasar por badana marrón; unas mínimas protuberancias colocadas a voleo con pretensión de nervios; el título y el autor estampados en un amarillo chillón que resulta un patético remedo del pan de oro; incapaz de mantenerse abierto sobre las palmas de la mano; páginas encoladas que ya han comenzado a separarse de sus hermanas. Todo perfectamente dispuesto, se diría que adrede, para el sarcasmo: el libro se titula Toda la belleza del mundo. En él Seifert entona una elegía por los libros hermosos o, lo que es lo mismo, los libros cuya perfecta hechura les permite cumplir con total eficacia su misión, los libros en los que el contenido y la encuadernación se presentan en impecable sintonía. Y llora la extinción del oficio de Alois Jirout y Ludmila Jiroutvá, un matrimonio de encuadernadores del barrio de Malá Strana de Praga. Los lectores ya no deseaban tafiletes y cordobanes.

Por supuesto que no, los libros habían dejado de ser objetos que decoraban la ostentación aristocrática o burguesa, los sueños de bibliómanos rancios. A Seifert no le importaba ser confundido con uno de aquellos sujetos deslumbrados por la suntuaria arqueológica y se atrevía a reivindicar el trabajo del artesano que utiliza un micrómetro para medir el grosor del hilo encerado que empleará para coser los pliegos, que aplica la fuerza exacta para redondear un lomo, que pule los cortes, que se afana con la chifla y la piel, los hierros y el oro, que derrocha una infinita paciencia en la composición de un mosaico, que estampa sus propios papeles de guardas sobre musgo mojado, que construye un volumen que se cerrará con un golpe seco y sólido, que soportará lecturas y años, que envejecerá embelleciéndose. 

Hoy son las reclamaciones de un modesto lector las que tienen que hacerse perdonar, como si fuese un prurito esnob, anacrónico o retrógrado el que codicia libros que no estén condenados a desarmarse y desollarse en poco tiempo, cosidos, encuadernados sobriamente en tela, sin otro reclamo que un tejuelo; poemas sin ringorrangos, en discretas plaquettes; ediciones de bolsillo baratas y no envilecidas, como lo fueron en otro tiempo; por libros de tapas blandas que no terminen de forma intempestiva, prescindiendo de las guardas que dibujan el espacio donde respirar o suspirar tras la lectura, tan solo porque son innecesarias en la arquitectura en rústica.

Si alguien, desde luego un sujeto verdaderamente inverosímil que todavía necesite el cálido amparo del papel, decidiera rebelarse contra la obsolescencia programada de un libro editado antes de ayer podría acudir a alguno de los talleres de encuadernación que todavía sobreviven. Ha de saber que el trabajo que va a encargar puede presentar dificultades muy serias: los márgenes exteriores son tan estrechos que apenas ofrecen la posibilidad de guillotinar de nuevo el libro y los interiores tan minúsculos que no permiten el cajo donde gira la tapa, o tal vez los cuadernillos del ejemplar han sido taladrados para el cosido hasta abrir boquetes, en lugar de finos agujeros, y exigen ser restaurados uno a uno. El improbable lector descubriría, en fin, que el libro no ha sido diseñado para tener una larga vida, tampoco para disfrutar de una segunda oportunidad o fantasear con el abrigo de los marmoleados vanguardistas de Montse Buxó. Es el signo de este tiempo, ya lo advirtió Seifert: «Las máquinas de la imprenta vomitan diariamente decenas de miles de encuadernaciones baratas que echan en el mercado del libro, que lucha por nuestra atención con libros en rústica, que los lectores después de leer tiran a las papeleras igual que viejos diarios». Shakespeare resucitado durante un instante por Hollywood, otra novela sobre la guerra civil, la traducción definitiva de un clásico francés, una historia steampunk, el último premio de ensayo, la poesía de una efeméride necrófila o los sonetos de un cantautor: todos son concebidos, editados, impresos y encuadernados para usar y tirar. La lógica de esa filosofía de lo perentorio allana el camino inexorable que conduce al fetiche electrónico, el cacharro que sustituirá a los libros descacharrados. 


Apología del papel

Apología del papel

Aun a riesgo de ser confundido con Perogrullo, debo empezar este texto señalando que si ha comprado esta revista tendrá usted entre manos una revista de papel. Sí, no mire atrás, se lo digo a usted, que lee estas líneas. Y aunque seguro que ya lo sabe, lo subrayo para que sea plenamente consciente de ello: leerá una revista compuesta por páginas impresas con tinta, encuadernadas y guillotinadas. Y esto es un acto contrarrevolucionario en toda regla, un atentado tradicionalista, reaccionario, nostálgico y romántico. No me sea timorato y reconózcalo: ha puesto usted un palo o, mejor dicho, un palillo en el rodillo del progreso, ralentizando un instante la implacable revolución digital. Cuando usted lea eso, millones de personas en todo el mundo permanecen hipnotizadas por las pantallas de sus teléfonos móviles, sus ordenadores, sus televisores de plasma, sus e-readers, sus iPad... Sin embargo, usted apostará por el arcaico placer de abrir un tomo impreso, acariciar sus hojas, disfrutar del olor a tinta, ir pasando páginas hasta llegar al final con una grata sensación de trabajo bien hecho, de camino recorrido sin atajos ni desvíos, de espaldas al caos de infinitas posibilidades de la pantalla luminosa conectada a internet. Así que, con todas las de la ley, se merece usted una invitación en zona VIP para leer esa apología del papel impreso, donde daré una serie de razones que lo convencerán de su valía, si es que duda de ella, o lo reafirmarán en su fe, si ya es devoto de este divino material.

Por el mortero del eunuco

El papel fue ideado en China en el año 105 antes de Cristo. Su inventor fue un eunuco llamado Cai Lun, que estaba al servicio del emperador He. Hasta ese momento, la gente escribía sobre pesadas piezas de bambú o carísimos retales de seda. Consciente de esto, Cai Lun fabricó una nueva superficie con corteza de los árboles, cáñamo, redes de pesca y paños deshechos. Mezclando todo esto con agua, golpeándolo con madera y filtrándolo en tela, logró el primer papel. Cai Lun es hoy venerado en Oriente como patrón de los fabricantes de papel, y el mortero con el que fabricó el primer papel se conserva como una reliquia.

Prendida la llama, el papel se extendió por Corea, Vietnam y Japón. En el siglo VII, los árabes capturaron una expedición china en la que viajaban fabricantes de papel y, maravillados con el invento, abrieron fábricas en Bagdad.

En Occidente, fue España el país pionero en la utilización de papel: el Misal de Silos, que data del año 1000, es el primer manuscrito europeo de este material. Lento pero seguro, el papel se extendió por todo el orbe y con los siglos se fue puliendo su textura, gracias al manipulado y el reciclaje, y acabó siendo el soporte rey: durante mucho tiempo no hubo documento, libreta, revista, periódico o cigarrillo que no estuviera fabricado con papel. Pero, papiroflexia aparte, la obra cumbre creada con papel fue el libro, que pronto se erigió en uno de los pilares fundamentales de la ciencia, la religión y la cultura. Desde la invención de la imprenta y durante seiscientos años, el libro de papel ha reinado sin competencia alguna. Hasta que llegó el libro electrónico para tratar de usurpar su trono.

El e-book es una mierda

En el año 2000, el novelista Stephen King lanzó su nuevo libro, Riding the Bullet, en formato digital: era el primer escritor famoso que se atrevía a editar un libro que solo se podía leer en ordenadores. Arrasó: se despacharon cuatrocientos mil ejemplares en menos de veinticuatro horas y el exceso de demandas bloqueó el acceso a la web. Desde ese momento, teóricos, intelectuales, expertos y chatarreros se apresuraron a firmar en las atalayas mediáticas, muchas de ellas impresas en papel, la sentencia de muerte de la edición tradicional. Mientras tanto, una legión de geeks y cuñaos armados con dispositivos electrónicos se dedicaban a soltar a diestro y siniestro frases como «mi e-reader es más pequeño que tu libro de papel pero lleva dentro seis mil libros. Chínchate». Vale, pero… ¿cuántos de esos libros vas leer a la vez? ¿Cuántas vidas te hacen falta para leerlos todos? Y, sobre todo… ¿se trata de buenos libros? A estos apologistas de las maquinitas les traían sin cuidado estas preguntas, y se pasaron los tres primeros lustros del siglo profetizando el apocalipsis de la industria editorial y la multiplicación de los iPad y los e-books

Han pasado los lustros y las profecías no se han cumplido. Las ferias del libro siguen consagradas al papel. Los editores aseguran que «la penetración del libro digital es aún minoritaria», mientras nuevas editoriales crecen como setas contra viento, marea, Amazon y Kindle. Y, por supuesto, los escritores superventas continúan editando en papel.

Ahí está, sin ir más lejos, Koji Suzuki, el Stephen King japonés, autor del best seller The Ring, que en 2009 publicó su nueva novela, The Drop, en rollos de papel higiénico. El experimento funcionó y se despacharon ochenta mil ejemplares en un mes. Porque es mucho más limpio leer en papel, aunque sea de váter, que en un cachivache electrónico. Lo dijo más claro Juan Manuel de Prada: «El libro electrónico no ha cuajado porque, bueno, es una mierda leerlos, vamos a ser serios y dejarnos de rollos, pues no hay ni punto de comparación, como todo el mundo sabe».

Ecología del libro

El libro es más ecológico que el e-book. Sí, ha leído usted bien, pero lo repito por si cabe alguna duda: el libro es más ecológico que el e-book. Se creerá que me he vuelto loco, pues conocerá informes como el de National Geographic que sostiene que por cada lector de libros digitales se ahorran ciento sesenta y ocho kilos de dióxido de carbono. Paparruchas. El carbono acumulado en la madera se mantiene en el papel durante décadas y se amplía mediante el reciclaje, mientras que los reproductores de e-books emiten todo tipo de toxinas y son más difíciles de reciclar; el plomo, el níquel, el selenio, el cadmio o el arsénico están entre los ingredientes más letales de un e-reader, que perjudican la salud del usuario setenta veces más que un libro de papel, provocando a la larga trastornos en pulmones, piel, riñones, intestinos, huesos o estómago.

También circula el rumor de que usando un e-book salvas un montón de arbolitos. Falso. La madera empleada en fabricar papel se cultiva en plantaciones creadas con el fin de ser taladas para tal uso, y constituyen solo el 2,7 % de la superficie total de bosques. Las especies de árboles usadas son de crecimiento rápido, y al plantarse en terrenos baldíos facilitan el control de la erosión del suelo y del ciclo del agua. Por el contrario, fabricar dispositivos lectores de libros electrónicos exige deforestar amplias zonas para extraer litio, coltán y otros minerales, y se destruyen inmensos bosques de madera noble en países subdesarrollados, desencadenando guerras y trastornos geopolíticos. Eso por no hablar de la «basura tecnológica» que generan estos cacharros, basura que se exporta desde nuestros opulentos países hasta vertederos de la India o África.

Entonces, lo verdaderamente ecológico es leer en papel, que es un producto natural, renovable, reutilizable, reciclable, biodegradable y sostenible. Y si es usted de los que lee más de sesenta volúmenes al año, compre libros de segunda mano o váyase a una biblioteca pública. Sí, aún existen.

El dulce aroma de la tinta

«Estoy rodeado de libros cuyos olores permanecen: quien lee, huele», escribió Günter Grass con más razón que un santo. Porque a ver qué bibliófilo que se precie no ha olido sus libros como si fueran drogas duras, esnifando entre sus páginas cuando, recién comprados, los saca de la bolsa con devoción sacramental. El olor del libro nuevo es una mezcla del papel y las sustancias con las que se ha tratado, de la tinta en la que se ha impreso y de los adhesivos con los que se ha encuadernado. El hidróxido de sodio que se usa para hinchar la pulpa del papel y el peróxido de hidrógeno que blanquea, en concreto, huelen que alimentan. 

El libro viejo huele un pelín más rancio debido a las sustancias volátiles que liberan a lo largo de los años, como la celulosa o la lignina; la cantidad de esta última será menor cuanto mayor sea la calidad del papel. Los papeles de alta calidad carecen de lignina, y huelen mejor al degradarse y entrar en hidrólisis ácida con el paso del tiempo, pues liberan sustancias como la vanilina, que huele a vainilla, el furfural, que huele a almendra, o el 2-etilhexanol, que apesta a flores.

En cuanto al tacto, pasar las páginas de un libro, acariciarlas con los dedos, es una experiencia táctil, mística, casi sexual. Conscientes del encanto de estos aromas y texturas, los fabricantes de libros electrónicos intentan en vano imitar el olor y el tacto de los tradicionales. La marca Seebook fue la primera en crear e-books tangibles y firmables, como El todopoderoso Shikaku, de Naoko Tanigawa, que además es el primer e-book que huele a tinta al añadir a sus tarjetas de descarga unas gotas del perfume Paper Passion. Pero no nos engañemos. A lo que huele el común de los e-books es a chatarra y a chamusquina. O a nada en absoluto. 

De plumas, bolígrafos, lápices y máquinas de escribir

Aún son muchos los escritores que, ajenos a modas tecnológicas, garabatean sus ocurrencias en libretas, servilletas, folios o cuartillas. Y es que, digan lo que digan los modernos, escribir sobre papel no es igual que hacerlo en un triste ordenador. La escritura es, como dijo Sebald, la pintura de la voz, y un escritor que quiera darle fuerza, aplomo, fisicidad y eternidad a su prosa o a su lírica trazará sus palabras a mano alzada, transmitiendo el contenido de su cerebro al papel a través de la pluma, el bolígrafo o el lápiz, como aún hace una élite de juntaletras tecnófobos.

Mario Vargas Llosa, por ejemplo, afirma que «me gusta el papel, la tinta. Así comencé, y todavía hoy creo que el ritmo de mi mano es el ritmo de mi pensamiento». En su línea está Pere Gimferrer, que pinta su poesía en rojo y con una letra que solo él entiende: «Cuando me dispongo a escribir es porque tengo tanto escrito en la mente que ya es imposible retenerlo. Luego, al coger papel y lápiz y empezar a transcribir te van viniendo los siguientes versos, porque el pensamiento es mucho más rápido que la mano y esta más veloz que el ordenador».

Escribir con una máquina analógica también vale, pues sus férreas teclas exigen que el autor trabaje duro, sude tinta y deje caer esas gotas sobre el papel, como un cáliz que bendice y humaniza su obra. Así lo hace Paul Auster, que hasta le dedicó un libro a su querida Olympia SM3, a la que considera «más una fiel compañera que una herramienta de trabajo». También Javier Marías utiliza una Olympia, modelo Carrera de Luxe, tanto para sus artículos como para sus novelas: «Con cada libro que escribo le doy tal paliza a mi máquina que queda casi inservible tras la terminación», ha confesado. El maestro Don DeLillo usa lo que él llama «una máquina manual» para distinguirla de las electrónicas, y jura que «solo puedo escribir así. Necesito ver cómo la tecla golpea la página. No quiero tener delante una pantalla. Quiero tener el papel. Y que la letra se quede grabada en él cuando golpea la página. Hay una conexión entre la letra y el papel». Del mismo modo, hay una conexión entre el papel y el lector. Una conexión física y mental que el e-book no es capaz de lograr.

Almas de papel

Me atrevería a decir para terminar esta exposición que los libros de papel tienen alma, mientras que los e-books no la tienen. Y esto vale también para revistas y otros artefactos culturales de papel. Es como comparar a una persona humana con un androide: por muy perfecto que sea el androide, ni el más eminente científico podrá dotarlo de alma, de espíritu, de trascendencia. Mientras el e-book es tan cambiante, volátil y corregible como cualquier otro documento digital, el libro de papel encierra pensamientos inamovibles, ajenos al paso del tiempo, inasequibles al desaliento de sus dueños. «Aunque yazga cubierto de polvo en un rincón de la estantería, el libro conserva obstinadamente su propia vida y filosofía. Lo único que podemos hacer es acercarnos o alejarnos, leerlo o ignorarlo, cambiar nuestra actitud hacia él, nada más», sentenció Yukio Mishima

Y rumiando estas palabras le dejo, para que se dirija usted a pasar las páginas de una revista y disfrute de una lectura como Dios manda, en una revista que tiene algo de libro: sólida, con lomo, de hoja perenne; una publicación que el lector suele atesorar como si fuera un futuro incunable. Por eso, si usted mima ese volumen como es debido y lo protege de la humedad, las polillas y demás enemigos del papel, puede que, dentro de unas décadas, cuando los robots hayan sustituido a los humanos y los libros electrónicos a los libros de papel, usted, ya en su senectud, se vuelva a encontrar con esa revista y vuelva a leer este artículo. Pase lo que pase, le garantizo que mi postura no habrá variado lo más mínimo.


Marta Rossich: «Los lectores jóvenes son la gran esperanza de la literatura de género»

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Marta Rossich (Barcelona, 1979) nos recibe en la sede barcelonesa de Ediciones B, en una sala que ha abarrotado de libros de ciencia ficción y fantasía. Como buena guerrillera editorial, la trayectoria de Marta incluye un poco de todo, desde trato con la prensa hasta coordinación de colecciones y sellos editoriales. Tras una estancia de dos años y medio en China se hizo cargo en 2014 de Nova, histórico sello de literatura de género. Charlamos sobre ciencia ficción, libros electrónicos, novelas landscape (¡que no románticas!), la interacción entre literatura y videojuegos, la energía del mundo editorial chino, la fantasía de Brandon Sanderson… Abundan las metáforas bélicas y la gesticulación enérgica subrayada por carcajadas repentinas. 

¿De verdad se sigue leyendo en España? Cada vez más alternativas de ocio le quitan tiempo a la lectura, desde las series hasta el Candy Crush.

Ya lo veis [señala a los libros esparcidos por la mesa], yo estoy convencida de que sí se lee. Claro que sí. Me he acabado dedicando a la edición de literatura de género en un momento clave, en plena renovación de contenidos. De golpe, títulos de ciencia ficción y fantasía han ido subiendo en Estados Unidos a las listas de los más vendidos… Abanderados por estos títulos, hemos renovado la colección Nova y duplicado las ventas. Claro que se lee hoy en día.

¿Leías ciencia ficción antes de entrar en Nova?

Debo confesar que no era nada aficionada. Eso me ha permitido iniciarme como una lectora más, empapándome sin ideas preconcebidas sobre la obra editorial previa de Nova. Al descubrir treinta años publicando a los mejores autores globales de ciencia ficción he ido apreciando su variedad de estilos… Y estoy rastreando a los autores que siguen vivos, estudiando cómo se mueven en mercados internacionales mucho más maduros en género que el nuestro. Intento ser joven de espíritu: al fin y al cabo, mi gran esperanza son los nuevos lectores que han crecido leyendo Harry Potter y se convierten en lectores de género. Intento iniciarme con ellos, aconsejada por mi gurú Miquel Barceló y la gente brillante que me asesora. Y a cambio, lo que pongo a su disposición es mi capacidad de lucha editorial.

El mundillo de la ciencia ficción tiene fama de ser algo endogámico. ¿Te ha costado adaptarte?

Mi integración está siendo una lección de vida. Tenía miedo de que se me rechazara por no ser una especialista en ciencia ficción, pero he encontrado gente muy generosa que me ha aceptado y aconsejado sobre lo que hago bien y lo que debería corregir. Tanto nivel de implicación y trabajo en equipo no lo había visto nunca en otro tipo de literatura. La literatura de género es una lucha conjunta: editores, autores, blogueros, traductores, correctores, coleccionistas, libreros, ilustradores…  Me parece gente acostumbrada a colaborar entre sí y con ganas de normalizar el género, rompiendo las barreras que intentan reducirlo a un nicho de mercado. Uno de mis objetivos es comprender y conocer a los prescriptores de fantasía y ciencia ficción, para abrir el género al máximo de público posible.

Empezaste en el mundo editorial coordinando a traductores y colaboradores autónomos en Planeta, y más adelante en Tusquets. ¿Cómo ves las condiciones de trabajo de este colectivo?

Mal, y lo sé de primera mano. Al principio de mi vida laboral entré como becaria en Planeta, después hice de freelance un tiempo, mientras estudiaba. Las condiciones son malas. En este sector prima la pasión que le pongas al trabajo, que te gusta lo que haces… El enganche del sector editorial. La gente que conozco quiere seguir luchando y trabajando con la literatura, cada uno en su propia trayectoria.

En Edhasa llevaste durante un año las relaciones públicas, contacto con periodistas… ¿Qué imagen te llevaste del periodismo cultural en España?

En Edhasa el tipo de literatura que llevaba era más tradicional, autores como Wiesenthal y algo de  novela histórica. Y en Tusquets, donde edité Tokio Blues de Murakami, la importancia de la prensa era brutal. Ahora en mi lucha por el género empleo armas que aprendí en esas etapas… En cualquier caso, volviendo a la pregunta: a menudo el periodismo español tiende a olvidar la literatura de género.

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Ya en Ediciones B, allá por el 2008, tomaste la iniciativa de recuperar parte del legado de Bruguera reeditando las colecciones de Joyas Literarias Juveniles e Historia Selección; libros de Julio Verne, Emilio Salgari…

En Ediciones B empecé renovando toda la línea de bolsillo, con lo que aprendí a trabajar en bloques, hacer campañas… Una línea de bolsillo es un territorio muy libre, de experimentación. Y dándole vueltas a qué podríamos sacar, recordé que Ediciones B había comprado hacía tiempo el fondo de Bruguera. Fui a dar una vuelta por el archivo de Parets, quedé impresionada con las Joyas Literarias Juveniles y me propuse rescatarlas… Una prueba que salió bastante bien y llamó el interés de la prensa.  

¿Un guiño nostálgico? Porque fue una reedición calcada, ¿no?

Fue facsímil, sí, tal cual. Bueno, hicimos algunos cambios en la cubierta, actualizaciones sutiles para que no pareciera tan vintage, pero la idea era que fuera lo más parecido al original posible. Los tengo en mi casa… No los originales, que están en el archivo a buen recaudo, sino la que edité en 2008.

En Ediciones B contactaste, se dice que a través de Twitter, con John Locke, el autor independiente que se autopublicó en Amazon KDP (Kindle Direct Publishing), vendiendo millones de thrillers a noventa y nueve centavos.

Twitter no pudo ser porque no tenía en ese momento, pero contacté con John Locke a través de email, de forma espontánea… Como si fuera una fan.

¿Qué te hizo pensar que lo que funcionó en digital vendería también en papel?  

Bueno, en España no funcionó demasiado bien. Era el inicio del boom de los escritores autoeditados, cuando se pensaba que los contenidos del KDP de Amazon EE. UU. podrían viajar a otros mercados. En aquellos años creíamos que muchos más autoeditados podrían funcionar en papel, pero el tiempo ha demostrado, sobre todo a partir de 2009, que la criba es muy estricta y algunos autores no despegan en papel. Otros sí; a Juan Gómez-Jurado lo publicamos en noviembre: sigue vendiendo muy bien. Y eso ocurre tanto en thriller como en otros géneros, como prueba Andy Weir con El marciano.

Que también empezó autopublicando en Amazon.

Fue difundiendo su novela por entregas para los fans, con muchísimo éxito… Los lectores le pedían que las ensamblase en un libro, así que acabó colgándolas en Amazon y poniendo un PVP al conjunto. Cuando publicó El marciano de esta forma se dispararon meteóricamente las ventas, y  lo compró Crown, una editorial de Estados Unidos. Luego se empezaron a vender las traducciones a otros países, los derechos cinematográficos… ¡De una primera novela!

Tenéis dos versiones editadas, la de antes de la película y la de después, con Matt Damon en portada.

Sí, en Nova jugamos con todo lo que podemos, y las películas son importantes. Me di cuenta de que El marciano y Ready Player One son dos títulos clave cuando volví de China y me encargaron Nova, hace dos años. Antes de irme ya había publicado Ready Player One en una colección de ficción comercial. Pero desde China me di cuenta de que un libro que habíamos lanzado sin promoción y en un silencio absoluto, iba entrando y saliendo en las listas Top 100 de los más vendidos de España en Amazon, FNAC… Cuando volví forcé su reimpresión, y ahora lleva diez ediciones y es un libro de culto. Al encargarme del sello Nova, pensé que con Ready Player One y El marciano iba a renovar la colección, que estaba un poco dormida después de la gran obra de Barceló, y lancé los dos libros de golpe y dentro de Nova. ¡Ahí tendrían que haber estado desde el principio! A partir de estos dos empecé a jugar con el resto de la colección, reeditando, poniendo fajas más grandes, luchando para que salgan entrevistas en los medios, buscando la oportunidad de reimprimir algunos títulos… Peleo con la misma intensidad por libros de 2011 que por los actuales. De ahí la sobrecubierta de El marciano con la imagen de la película.

¿Iréis aprovechando las películas para hacer más dobles cubiertas?

Depende. En la literatura de género, los lectores, blogueros y libreros están muy informados de las cubiertas e ilustradores de la edición original, así que los cambios son delicados. Pero claro, la película es una excusa para revitalizar el libro, aunque El marciano ya funcionara bien y no fuera imprescindible; los libros de culto funcionan en realidad solos. Pero puedo aprovechar la película para volver a anunciar la novela en un boletín de novedades, hacer marketing interno, hablar con la prensa…

Editasteis Armada, la siguiente novela del autor de Ready Player One, ¿no?

La lanzamos en marzo… Nova tiene líneas muy distintas, y una de ellas son los contenidos comerciales con capacidad de llegar a lectores jóvenes. La película de Spielberg basada en Ready Player One llegará en 2018, y de Armada también se han vendido los derechos cinematográficos. También hemos publicado Luna, de Ian McDonald, uno de los autores de ciencia ficción más importantes de Gran Bretaña… Se vendieron los derechos a la productora CBS y habrá una serie. En esta línea son importantísimos los contenidos audiovisuales, sean películas o series de televisión. Son una excusa para llegar en particular a los lectores jóvenes, que son la gran esperanza de la literatura de género.

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¿Dirías que autores y editores tienen una cierta responsabilidad política? Otros editores se consideran activistas.

Yo soy una guerrillera de la literatura de género. En su último ensayo, Javier Cercas habla de El Quijote subrayando que la gran virtud del buen género es su carácter plebeyo, perteneciente al pueblo. Mi única responsabilidad es asegurarme de que los contenidos importantes de fantasía y ciencia ficción estén disponibles para lectores en lengua española, y luchar sin cuartel por ellos.

Resulta muy curiosa tu forma tan bélica de hablar. Como si lucharas en una guerra en la que eres a la vez editora, prensa, quien busca los derechos y los gestiona.

Y quien encarga a Simonetti las portadas de la nueva edición de Mistborn, quien convence a Manuel de los Reyes para que sea el nuevo traductor oficial para los libros del Cosmere de Brandon Sanderson; quien busca equipos de traducción con gente como David Tejera y Manu Viciano, Silvia Schettin y Alexander Páez… Busco siempre el feedback de libreros imprescindibles como Antonio Torrubia, hago equipo indispensable con Ilu Vílchez, nuestra responsable de marketing online, y Belén Feduchi, nuestra jefa de prensa… Y tengo la gran suerte de que me dejan espacio y recursos aun estando en una editorial mainstream. Mi lucha es aprovechar que estoy dentro de una editorial grande y generalista para poner su maquinaria comercial detrás del género. Quiero que Nova sea el Tor español… Hasta el punto de que me expreso como Tor y me fijo muchísimo en lo que hacen. Pelear en la guerrilla implica aprovechar cualquier ventanita y oportunidad de promoción. Si en un boletín comercial de Ediciones B en que aparecen todas las colecciones me dejan la contra, me lanzo con toda la maquinaria comercial de frente.

¿Quién es tu competencia en España?

Mi competencia, que está muy bien que la haya, está formada en parte por Planeta con Minotauro, Random House con Fantascy… Por otro lado los editores de género altamente profesionales como Ediciones Gigamesh o Valdemar. Otros que lo están haciendo muy bien son Alianza Runas. Que haya competencia hace que no nos durmamos. Además, en ciencia ficción y fantasía los lectores tienen un nivel altísimo de exigencia. Eso me daba un poco de miedo, ya que sin ser especialista en el tema heredo una colección mítica. No quiero meter la pata en ningún título. Me voy a equivocar seguro, pero…

Un gran éxito te permite fallar otras veces.

Lo que importa no es solo el éxito en las ventas, sino en el contenido. La mítica frase de José Manuel Lara de no confundir tu biblioteca con tu catálogo no se aplica en mi caso porque no soy especialista en género, pero sí me he rodeado de asesores brillantes. Un editor es un artesano: los artistas son los escritores. Yo lo que tengo que hacer es editar en buenas condiciones para llegar al máximo de lectores posibles… Tanto a los aficionados de siempre como a los lectores que se han cansado de la novela negra después de la explosión mainstream. Y, por supuesto, la literatura de género está en sintonía con los lectores jóvenes.

Jóvenes de cuarenta, como nosotros.

[Ríe] ¡Muy bien llevados! Aunque yo aún soy treintañera.

Tor edita cada año cuatro autores noveles junto a autores consagrados. ¿Tenéis planeado hacer algo así?

En realidad ya lo estamos haciendo, pero estoy metida en un río que me fuerza a navegar por ciertos cauces. Primero tengo en cuenta a Brandon Sanderson, la revitalización de nuestro propio fondo, la ciencia ficción hard como Seveneves… Luego quiero potenciar los materiales de no ficción de cultura popular, como por ejemplo sobre videojuegos. Busco que los libros dialoguen entre ellos, y editar por el momento manteniéndome en el espíritu de Miquel Barceló, que es cien por cien…

¿Anglosajón?

¡No! Internacional.

Traéis pocos autores de visita, ¿no? ¿Por qué no viene Neal Stephenson, por ejemplo?

No es fácil, pero sí que hemos traído a nuestros autores. Stephenson y McMaster Bujold estuvieron en la antigua librería Gigamesh; Andy Weir dio una charla en streaming con prensa desde su casa; Sanderson estuvo en Barcelona hace años, y luego en el Celsius de 2015. Este año Ian McDonald ha estado en el Celsius de Avilés y Cixin Liu y Brandon Sanderson vendrán ahora a Barcelona… Pensad que hemos pasado de publicar seis o siete títulos en 2014 a más de veinte. Mi primer objetivo en Nova era que los números me acompañaran, para tener libertad en mi guerra por el género. Los libros que venden más me ayudan a realizar actividades complementarias de promoción y mejora. Los lectores aprecian las ediciones en tapa dura con buenas cubiertas e ilustraciones, guardas, marcapáginas… Todo eso es caro. Y para asegurar que se venden en buenas condiciones, voy a menudo a librerías especializadas como Gigamesh o a generalistas como FNAC para comprobar que mis libros estén bien colocados en las mesas de novedades. Cada paso es una batalla de esta guerra. Hace meses vi a un veinteañero que cogía un ejemplar de El camino de los reyes de Brandon Sanderson, se lo enseñaba a su novia, y decía: «Nunca un autor me ha hecho leer tantas páginas». Como la lucha por el género es tan dura, necesito momentos místicos que me animen a seguir luchando.

¡Munición para la guerra!

Momentos como que en la feria del libro de Londres me digan los editores de Gollancz que les encanta mi catálogo… O enterarme de que Seveneves está en el Nielsen y Bill Gates lo recomienda… O conocer al editor de Heyne y ver que lleva pajarita con topos… O que Cline conceda una entrevista para El Periódico o El Mundo… O que de golpe Brandon Sanderson decida plantarse en la Eurocon de Barcelona, la primera semana de noviembre. Cualquier detalle me ayuda a seguir. ¿Sabéis? La energía y sensación de aventura que aprendí viviendo en China ahora las tengo luchando por el género.   

En la feria del libro de Frankfurt conseguiste los derechos de El problema de los tres cuerpos de Cixin Liu, la primera novela no anglosajona en ganar el premio Hugo.

Conseguir este libro me costó muchísimo. Me enteré de su existencia cuando estaba viviendo en Shanghái. Ahí me di cuenta de que Cixin Liu es una superestrella en China continental, donde ha vendido más de un millón de ejemplares. En su momento ya vi que este libro había que publicarlo. Al volver a Barcelona empecé a buscar a sus agentes, y me di cuenta de que era una agencia nueva. Fue bastante complejo, estuve detrás del libro un año y medio y por fin saldrá el 28 de septiembre.

¿Antes de que ganara el Hugo?

Sí. Es una novela brutal, el primer volumen de una trilogía. Obama se lo leyó estas Navidades, Mark Zuckerberg lo convirtió en el primer libro de ficción de su club de lectura… China es un mercado editorial muy especial, porque todas las editoriales son estatales, y las únicas empresas privadas en el sector son las agencias literarias que operan desde Hong Kong, Shanghái… Hace poco apareció la primera agencia literaria estatal, y el primer autor que representó fue Cixin Liu. Vamos a coincidir con la publicación en Alemania, Francia y Gran Bretaña. Es mi título más personal ahora mismo, porque conjuga mi lucha por el género con mi experiencia personal en China.

¿Qué te llevó de vivir en Barcelona a establecerte en Shanghái en 2012?

Mi marido, que es sinólogo, tenía que pasar al menos un par de años en China por motivos profesionales. Llevaba años yendo y viniendo, realizando una investigación sobre historia de la economía de China. Yo en esa época estaba muy focalizada en la edición, viviendo el boom de mi máximo best seller: Sarah Lark. Pero pensé que solo se vive una vez, y que cuando te llega una oportunidad de ese tipo hay que aferrarse a ella… Así que cogí una excedencia y me marché con mi marido a China dos años y medio. Allí tuve que buscarme la vida para encontrar trabajo en el sector editorial chino. Una occidental difícilmente puede ser editora en China, hay cupos hasta sobre cuántos taiwaneses pueden trabajar como editores dentro de las editoriales chinas. Para trabajar solo podía hacerlo a través de las agencias, así que me puse a rastrear. Aprendí de todo, empezando por hablar un poco de chino. Me vi en un lugar donde cada día es una aventura. Incluso la alimentación china te cambia el cuerpo…

¿En qué sentido?

No tiene nada que ver con la comida china de aquí. Comen muy poca carne y mucha verdura deliciosa. Tienen muchísima imaginación cocinando las verduras, es un espectáculo. En China descubrí también el yoga: creía que las jóvenes chinas hacían taichí, pero no, allí también está de moda el yoga. La combinación de comida china y yoga me cambió el metabolismo. Echo mucho de menos esa energía. En China la gente no tiene prejuicios: gritan mucho, les da igual todo, son capaces de salir en pijama por la noche a dar un paseo romántico por el barrio…

Esa no es la imagen hermética que se tiene de China.

Eso es más bien japonés. Los chinos son muy expresivos, muy diferentes al aire regio asiático que imaginamos. Gritan, se tocan mucho para los estándares orientales… A veces se pasan, como si no controlaran los espacios interpersonales. En China te ocurren cosas muy raras: por ejemplo, si no cierras bien la puerta de tu casa, igual te entra alguien dentro.

¿En tu casa? ¿A hacer qué?

¡Quién sabe! Muchas veces no llegas a entenderlo. Desde entregar un sobre a saludar. Son muchos y tienen una idea diferente del espacio privado. En China cenan muy pronto, y después aprovechan la vida de las calles saliendo a pasear con chanclas Crocs y en pijama de ositos o corazones. Allí es lo más normal del mundo, hay mucha gente en pijama por la calle. No se extrañan por nada.

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Estuviste en el Instituto Cervantes de Shanghái.

Sí, colaboré con ellos en la programación de actividades culturales. En Shanghái hay mucho interés por España, ya que los chinos creen tener muchos puntos en común con los españoles: la centralidad de la familia, la importancia de comer bien y usar ingredientes de calidad… Dicen que los chinos viven para comer, y uno lo confirma al ver sus festines y la enorme variedad de platos. Les encanta la comida española.

¿Cómo fue tu integración en China?

Mi marido habla muy bien el chino: eso ayudó a que nuestra integración en China fuera sencilla. Yo me convertí en una entusiasta de la energía de China. Shanghái es como el Nueva York de los años veinte: todo está por suceder, es su momento.

Del Cervantes saltaste a Peony, una agencia literaria china. El mundo literario chino es poco conocido en España. ¿Qué recomendarías leer de su catálogo de autores?  

Peony empezó representando a Mo Yan. De sus autores actuales destacaría Han Han, el enfant terrible de las letras chinas: un chico muy joven que también es piloto de fórmula uno. Su novela Triple Door ha vendido dos millones de ejemplares.

¿Hasta qué punto se puede ser rebelde en un país con censura? ¿Te topaste allí con ella en algún momento?

La he vivido, sí. Una de mis tareas en Peony era ver qué contenidos en lengua española podían ser vendidos a China, donde hay dos mercados: China continental, donde las editoriales son estatales y existe la censura… Y Taiwán, el reverso de la moneda, un negocio privado y sin tanto control del estado. El contenido en lengua española más fácil de vender en China continental es la no ficción de parenting: el primer libro que vendí a China es Todos los niños pueden ser Einstein. Hay mucha competitividad en el mundo de los hijos únicos. Luego el sector infantil crece muchísimo, no reparan en gastos. Cuesta más mover las novelas, aunque María Dueñas o Intemperie, de Jesús Carrasco, se han vendido muy bien en China. Mi otra tarea para Peony era buscar autores asiáticos, sobre todo chinos, que pudieran introducirse en España y Francia, un mercado mucho más maduro en cuanto a publicación de autores asiáticos. La publicación de autores chinos y asiáticos en español es compleja. Si en una colección mainstream de novela negra pones El don, de Mai Jia, te queda como un «libro champiñón», es decir, fuera de su contexto; es muy difícil que «dialogue» con autores como Larsson o Dolores Redondo. En cambio, precisamente porque China es un mercado tan maduro en fantasía y ciencia ficción, me encanta la posibilidad de publicar un autor chino de género. Tengo la teoría de que los lectores de ciencia ficción y fantasía tienen más interés por la cultura popular asiática, lo que nos puede ayudar a que autores chinos lleguen a más gente aquí.

Apareces en los agradecimientos de Confesiones de un gánster de Barcelona, «por creer desde el principio en el proyecto». ¿Cómo te involucraste en esta biografía novelada de uno de los más famosos atracadores del país?

Es un libro buenísimo, mítico… Lo edité, sí. Dani Rojo trabajaba en ese momento muy pegado a Loquillo, de quien habíamos publicado un libro. Dani lo acompañaba en los Sant Jordi y encuentros literarios. Nos contó su historia, y vimos ahí claramente un libro en potencia. Nos dijo que había estado trabajando mucho tiempo con Lluc Oliveras a base de entrevistas con grabadora. Nos encantó el proyecto y vi claro que sería un libro único. Trabajamos el texto a fondo, con un editing que hice yo misma.

¿Haces copy-editing?

Un editor debe ser una figura caleidoscópica, así que he intentado formarme en todo: editings, prensa, trabajar para una scout en Londres, en bolsillo, en trade, como agente en China, ahora en Nova…

En Ediciones B tenéis el catálogo B de Books, que contiene casi todos los libros de Sanderson, uno de los autores que más estáis promocionando. ¿Compensa poner tanto fondo en digital? Otras editoriales solo ponen el quince por ciento de su catálogo.

Pensamos muy fuerte en digital, lo vemos indispensable. No los vendemos directamente a través de una plataforma propia, pero tenemos una política de precios agresiva. Ni nos planteamos no tener todos los libros disponibles. Palabras radiantes de Sanderson cuesta treinta y tres euros en papel y menos de diez euros en digital. En Amazon montamos Kindle Unlimiteds, Kindle Flash… Para El marciano hicimos un Kindle Flash el día de Sant Jordi que logró ponerlo en el número uno en ventas.

Hablando con gente de Lektu sobre libros electrónicos comentaron que el aficionado a la ciencia ficción es más dado a reconocer el trabajo del autor y a comprar libros físicos junto a los digitales, quizá por coleccionismo. ¿Compartes esa percepción?

Sí, los lectores de género compaginan digital y papel. Los fans quieren ediciones muy cuidadas en papel, y son muy exigentes en todo. Por ejemplo, para relanzar a Sanderson he intentado compaginar precios ajustados en digital con nuevas ediciones de tapa dura, con el texto corregido… Y al ver que funcionaba la colección conseguí argumentos para añadir más recursos.

Con motivo de su segundo centenario has escrito sobre Flora Tristán, precursora del feminismo. ¿Cuáles son tus preocupaciones al respecto en el mundillo editorial?

Como editora no me he encontrado con ningún problema. Por otro lado, el número de autoras de género que publican es uno de los temas candentes ahora mismo y quiero trabajarlo. Creo que surgirán muchas autoras, igual que cada vez hay más lectoras de género. Por ejemplo, estoy muy contenta de tener Justicia auxiliar de Ann Leckie en mi catálogo, pero no puede ser que de nuestros últimos treinta títulos publicados solo haya uno escrito por una mujer. Eso tiene que cambiar.

¿Tenéis estadísticas de lectoras, específicamente mujeres?

En el género hay aún más lectores que lectoras, pero con Brandon Sanderson probablemente el número de lectoras haya aumentado. Me encantaría tener forma de medirlo, claro. Cuando venga Sanderson a Barcelona podremos hacer un estudio de campo.

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Fuera de Nova has editado landscape novels, que supongo podríamos traducir como novela de paisajes… ¿Serían un tipo de novela romántica?

No, no es novela romántica al estilo de Lisa Kleypas o Johanna Lindsey. El landscape es un género diferente, con las premisas muy acotadas. Fue creado en Alemania por un editor, Lübbe, y su cabeza de cartel es Sarah Lark, pseudónimo de una autora alemana llamada Christiane Gohl. Escribió hace unos diez años En el país de la nube blanca, que ha vendido ocho millones de ejemplares en todo el mundo, de los cuales un millón y medio son en castellano… Su éxito creó un nuevo género, con muchas autoras siguiendo su estela. Las novelas landscape tienen protagonistas femeninas, normalmente británicas o europeas, y suelen ambientarse a mediados del siglo XIX o principios del XX. Las protagonistas deben empezar una nueva vida en un paraje completamente desconocido y alejado. En el caso de Sarah Lark es Nueva Zelanda, pero Kabus habla de Escandinavia, Haran de Australia, Vosseler de India y Singapur… Siempre lugares lejanos y exóticos. Estas historias suelen ser sagas familiares que empiezan con este traslado y describen cómo las mujeres se adaptan, empiezan una nueva vida, se casan (no siempre con el marido ideal), crean una familia, buscan amigas… En el caso de Sarah Lark, siempre son trilogías extensas que siguen esta historia familiar; otras autoras escriben volúmenes autoconclusivos. Tiene tanto éxito porque te permite viajar con la mente sin moverte del sofá.

¿Qué tipo de lectores o lectoras van a firmas de Sarah Lark?

Mujeres, de una franja de edad entre treinta y cinco y sesenta y cicno años, aunque se están incorporando lectoras más jóvenes y alguna veinteañera.

¿Mujeres con ganas de cambiar de vida?

Mujeres con ganas de soñar que cambian de vida. Planteárselo al menos. Sarah Lark hizo una tesis doctoral sobre qué imaginan las mujeres cuando sueñan despiertas. Esa es la clave de su éxito, porque lo aplica en su literatura. Tiene una manera de trabajar muy particular: es una autora muy prolífica, escribe treinta páginas al día. Vive en su finca propia cerca de Mojácar, donde recoge caballos enfermos que la gente no quiere.

La mujer que susurra a los caballos…

Por la mañana cuida de los caballos y va pensando en sus novelas mientras cabalga. Y por la tarde escribe. A un muy buen ritmo, por cierto.

Si dejamos de lado las responsabilidades de editora, ¿qué tipo de libros y autores prefieres leer por simple gusto?

En el fondo soy muy clásica, una proustiana convencida. Y enfermizamente ecléctica, me viene de familia leer cosas muy distintas. Me gustan Murakami, Foster Wallace, Kafka, Javier Cercas… Por mi vinculación con Asia, me encantaría ayudar a que la cultura asiática se difundiera mejor en lengua española. La literatura china es muy desconocida: los editores occidentales buscan el Murakami chino, pero no existe. China es otra cosa.

¿Tras tanto leer y editar textos ajenos, nunca has querido escribir tú misma?

Ya dicen que muchos editores son escritores frustrados. Me apetecería, pero no me atrevo. A veces sueño que estoy escribiendo una novela y la explico oralmente a otra persona… Incluso me he grabado contándole a otra persona historias de observación cotidiana, de lo que me rodea. Algo que me haya ocurrido, que me haya hecho pensar. Pero cuando lo escucho pienso que no, todavía no.

¿Os habéis planteado publicar audiolibros?

Lo estamos pensando, sí. Estaría muy bien, no solo para Nova sino en otros sellos de la casa. En todo caso yo no lo llevo, sino Ilu Vílchez.

La posición hacia la fantasía desde el ámbito de la ciencia ficción es algo ambivalente. Por ejemplo en la Nueva guía de lectura Barceló recomienda Elantris, pero dice que el lector de fantasía suele ser más acomodaticio que el de ciencia ficción. ¿Te has encontrado con este recelo hacia la fantasía?

Quizá por un tema histórico. Aunque en mi caso es al revés: quiero profundizar en esa «mancha» de fantasía que Sanderson está dejando en Nova; quiero buscar otros autores de fantasía que puedan dialogar con sus libros.

¿Qué habéis visto en la fantasía de Brandon Sanderson para promocionarla tanto?

La naturalidad con que entras en su mundo hace que tenga capacidad para atraer a lectores de todas las edades y que no leen fantasía tradicionalmente. Nuestro anterior jefe comercial nos sirvió de conejillo de indias: fue el primer libro de fantasía que leyó. Además, la fantasía de Sanderson tiene un punto muy femenino. Elantris se llevó el premio Romantic Times, El aliento de los dioses quedó finalista, y alguno de Mistborn también. Tiene algo muy humano.  

La trilogía de los Reckoners de Sanderson podría considerarse young adult: acción, superhéroes, primer amor… Sin embargo, Barceló se niega a que se considere la saga «juvenil» por interesar a lectores de todas las edades y por no meterla en el mismo saco de calidad literaria que Crepúsculo, Los juegos del Hambre, etc. ¿No es un poco injusta esta valoración?

Yo personalmente considero los Reckoners como novela juvenil, pero no tengo ningún problema con que esté en una colección adulta. Y es que el propio Sanderson no tiene prejuicio en pasar de una cosa a otra, de los complejos libros del Cosmere al más infantil Alcatraz o a novelas orientadas a jóvenes que pueden atrapar a lectores de cualquier edad. Sanderson ha hecho incluso cómic: ahora ha publicado White Sand en EEUU, con Dynamite, que nosotros lanzaremos el año que viene.

Sanderson está escribiendo los diálogos del videojuego basado en su serie Mistborn. ¿Ves en el futuro a los autores convertidos en híbrido de escritor, guionista y, yo qué sé, youtuber?  

Sí. No sé muy bien cómo y me gustará verlo. El mundillo de los videojuegos forma parte del contenido de muchos libros: El problema de los tres cuerpos, Ready Player One, Armada… El propio Sanderson bascula entre una cosa y otra: no solo de novela juvenil a adulta, sino con otros formatos, el juego de rol de su Mistborn, cómic… El género es muy experimental, y sus autores son muy creativos y modernos.

En el prólogo de Firefight, Barceló te atribuye directamente el hecho de poder contar con el cuento «Mitosis» como extra de la edición española. ¿Cuál fue tu papel?

Insistir una y otra vez a sus agentes. Intento dar el máximo a nuestros lectores. Para Mistborn compré las tres portadas brasileñas de Simonetti, un artista francés de primera fila… Aprovechando la publicación del quinto libro de la saga, relanzaremos los cuatro primeros con las nuevas portadas. Todo eso luego los lectores y el propio autor te lo valoran.  

Sanderson parece muy prolífico.

En un año y medio hemos relanzado nueve libros suyos. ¿Habéis visto su web? ¿Lo que llega a escribir? Escenas eliminadas, comentarios, easter eggs… Plantea sus libros del Cosmere como un solo universo de al menos treinta y seis volúmenes. Antes he mencionado que la maquinaria del género es una lucha conjunta de libreros, editores… La obra de Sanderson tiene un solo autor pero un «Sanderson Team» detrás: agentes, editores, prescriptores, diseñadores… Sanderson tiene gran control sobre cómo lo editamos y sabe que también nosotros hemos montado un «Sanderson Team» con los grandes especialistas de su obra en castellano, como Marina Vidal y Dídac de Prades. ¡Se entera de todo! Y debe de estar contento, porque vendrá en noviembre a la Eurocon de Barcelona.

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La rana hervida: informe sobre la muerte y resurrección del periodismo (y II)

El edificio New York Times, Nueva York, 2012. Fotografía: Geoff Livingston (CC).
El edificio New York Times, Nueva York, 2012. Fotografía: Geoff Livingston (CC).

Signos de vida más allá de Orión

Como dije al principio en la primera parte de este artículo, miramos a nuestro alrededor y florece el periodismo por todas partes. Y entre la floresta hay muy buen periodismo. Y como en los orígenes del oficio, su ejercicio ya no se remunera decentemente: acostumbrémonos a que la aspiración a un salario digno vaya a ser cosa de unos pocos especímenes darwinianos en una profesión que, por otra parte, ha ejercido cualquiera durante seguramente demasiado tiempo. Tenía mucha razón el cruel Cebrián al anunciar a los periodistas de El País, antes de un ERE: «No podemos seguir viviendo tan bien» (salvo él). Cuando le cuentas a un joven periodista de un medio digital lo que cobraba o incluso lo que sigue cobrando un redactor medio de El País, la mandíbula de tu interlocutor comienza a descolgarse en un remedo perfecto de El grito de Munch. Y ni unos valen tanto ni otros valen tan poco, ni en un mundo en que hay veganos y garantismo judicial debería suceder que Jorge Javier Vázquez fuera retribuido con 20.000 machacantes por cada Sálvame diario. La diferencia es que Jorgejá es rentable para su empresa y los periodistas serios, no. Estos tendrán que resignarse a una nivelación a la baja o a una jubilación merecida, y de este modo la nueva era lunar del periodismo, o periodismo postindustrial, habrá cumplido al menos una vieja fantasía del becario talentoso taponado por el dinosaurio de la Santa Transición.

(Ancianos que queréis morir engarfiados senilmente a la columna o al micrófono, soltad vuestras garras amarillentas de la zozobrante balsa del empleo periodístico. Directores, jefes de sección mezquinos, que no pensáis en otra cosa que en vuestro puesto permanentemente amenazado: sed inteligentes y conceded la oportunidad al joven que no es menos capaz de lo que lo fuisteis vosotros cuando os la dieron, y habréis ganado a un amigo para el incierto futuro. Dejad que vivan de su trabajo los jóvenes que lo merezcan, pues no están peor preparados que vosotros cuando otro vetusto centinela del espíritu de Pulitzer os cedió el testigo. Hemos descartado demasiado rápido que los jóvenes no lean periódicos por la sencilla razón de que no se sienten representados y ni siquiera concernidos por el sermón de los opinadores provectos que siguen copando los espacios de privilegio en los diarios. Que se cumpla el ciclo de la vida y brille en la sociedad esa pequeña constante de inteligencia y cultura que se conserva de generación en generación, según calculó Cipolla. Y jóvenes exhaustos de vocación quebrantada: comprometeos a leer a los clásicos y a librar después conmigo una guerra generacional que es ley de vida, pero que hoy resulta más legítima que nunca no solo por ese cincuenta por ciento de paro juvenil en España sino por la precariedad que añade la crisis global de la industria al cincuenta por ciento restante, ese que se aferra al salvavidas apenas mileurista remolcado por la balsa zozobrante).

Solo muerto Suárez hemos podido leer la formidable entrevista censurada a Josefina Martínez del Álamo en el ABC de 1980. No puede ser una inteligencia mediana, según insistían sus detractores, la que disecciona así el proceder endogámico de la tribu canallesca que ya empezaba a cocerse en la «gran cloaca madrileña» no bien estrenaba la libertad de expresión: «Escriben para ellos mismos… Los comentarios políticos suelen ser mensajes que no entiende casi nadie. De ahí que la prensa tenga cada vez menos lectores. De ahí que los políticos estén cada día más separados del pueblo… Porque han acabado todos cociéndose en la gran cloaca madrileña… Y molesta mucho que yo hable de una gran cloaca madrileña. ¡Pero es verdad! No existe la preocupación de sobrevolar por encima. Nadie intenta hacer una crítica objetiva de las actuaciones políticas, con independencia del partido que realiza la acción». Cualquier plumilla que haya viajado empotrado en una caravana electoral o patee los pasillos del Congreso identificará enseguida esta omertá infamante de la que habla Suárez, esta hermandad acotada de ventrílocuos autorizados en que ha degenerado el periodismo político español, cuya incompetencia léxica por otro lado sonrojaría a cualquier editorialista del franquismo. Han triunfado los gabinetes de prensa, que se inventaron nunca para canalizar la información sino para taponarla, para evitar la obscena exhibición de un hombre sincero, adulterar la coca pura de la verdad con la aspirina del lenguaje formulario, el tópico aceitoso, la hipócrita fraseología de la razón de Estado. Al final el lector representa el último interés de un reportero de partido, y el lector ha correspondido con simétrica indiferencia. Por eso hay que agradecer al Gran Estallido que la primera especie en ser aniquilada vaya siendo la del reportero que dice valer más por lo que calla que por lo que cuenta, aforismo mezquino que solo delata cobardía, venalidad, adicción al gañote en reservado de comadres y cálculo de trienios para una áurea retirada de libre designación. Que se extinga la tribu y advengan los lobos solitarios.

Creemos por tanto que hay razones para la esperanza. Para empezar no está nada clara la desaparición total del periódico; quiero decir de su formato intelectual, no de su soporte. Si desaparece el periódico, ¿de dónde demonios copiarán las webs? Durante siglos el periódico ha fiscalizado al poder y divertido al pueblo —cuando ocurre al revés se le llama BOE—, y durante decenios su personal receta diaria de información y opinión ha nutrido generosamente no solo a parrillas y escaletas, tertulias y noticieros, sino también a los propios agregadores de noticias online, pomposamente autodenominados «diarios digitales», parásitos voraces del ecosistema. Es cierto que hay portales medianos capaces de pagarse su propia redacción y sus propios reporteros, que salen a la calle y traen noticias propias a la web: es el ideal y de su consolidación depende el futuro mismo del oficio en su esencia más noble.

Ahora bien, curiosamente los parásitos son los primeros en seguir fiando su dieta al papel en vez de alimentarse de otros animales cibernéticos. Perro no come perro, se conoce. Y cuando digo papel me refiero también a las webs corporativas de las grandes instituciones periodísticas, las que empezaron y resisten en papel. En España y en cualquier país, junto a unos pocos portales bien posicionados y nacidos ya en la web, las páginas de noticias más visitadas —y replicadas— siguen siendo por regla general las versiones digitales de las tradicionales cabeceras que lideran la venta en quioscos. Esto no es casualidad, sino tradición. Y lo que no es tradición es plagio, apostilla Google.

Por más que la noticia más visitada de la web del Times a lo largo de 2013 no haya sido un reportaje ni una entrevista ni una exclusiva, sino una infografía interactiva que permitía al lector identificar la región que corresponde a su forma de hablar, podemos apostar a que la misma infografía alojada bajo otro paraguas menos prestigioso no habría conseguido tantas visitas. Hay expertos en esto del metaperiodismo que piensan que el mismo prestigio de estas venerables compañías es una invitación al inmovilismo y un canto a la improductiva maniobra del avestruz, pues les impide bajar a sus mejores efectivos de la agónica rueda de hámster cotidiana para incorporarse al liderazgo de la revolución tecnológica, que ahora mismo se está haciendo sin ellas, e incluso contra ellas. Esta actitud nos resulta de lo más familiar en España: que inventen ellos. Y vaya si están inventando.

Fotografía: Dulnan (CC).
Fotografía: Dulnan (CC).

Pero contra lo que opinan esos expertos, yo creo que el enroque de las grandes marcas en su modo de hacer y en una línea editorial reconocible es la táctica más inteligente para hacer menos dolorosa la transición. Yo creo que el bloguero anónimo sigue ambicionando el cobijo de El País, El Mundo, La Vanguardia o ABC porque sabe que alojar al fin su trabajo bajo esas manchetas honorables le granjea la sanción secular del oficio, el escaparate decididamente nacional, una remuneración más o menos primermundista y la dulce envidia de otros blogueros que no logran dar el salto a la canónico. Todo underground aspira secretamente a ser mainstream, como nos ha enseñado la historia del rock más maldito. Un meritocrático trasvase de creatividad desde internet a la vieja marca y un correlativo rescate de la precariedad amateur por parte de la gran compañía componen una sinergia inteligente de la que ambas partes, sumando sus lectores respectivos, seguirán beneficiándose en el futuro, lo que contribuirá a dulcificar la travesía en el desierto. Por el camino las empresas tradicionales deberán adelgazar mucho para no morir de obesidad mórbida —esos jefes calcificados que se niegan a cualquier innovación, a cualquier bendita travesura propuesta por el junior invocando sus (a todas luces excesivos) treinta años en la profesión—, pero seguirán en pie, porque si algo ha provocado internet, aparte del abaratamiento de la producción, es una búsqueda ciega de fiabilidad en el caos, y ese valor pertenece a la tradición. Que las grandes instituciones periodísticas se centren en discriminar y bendecir con su reputación los contenidos que otros producirán desde miles de focos ingobernables que ya tienen suficiente con nacer y ponerse rápidamente a sobrevivir.

Pasado un tiempo, consumada la existencia de la rotativa, ya nadie recordará qué periódico online tuvo una época en que dejaba tinta en los dedos y cuál fue nativo digital, que dicen los cursis. Los que hayan sobrevivido lo habrán hecho por elegir bien entre una de estas tres opciones de supervivencia: a) periodismo a la carta con publicidad en microtarget, o sea, dirigida prácticamente a individuos de gustos fichados; b) instauración medianamente exitosa del muro de pago o transacción con Google; c) subvención filantrópica o estatal indirecta mediante campañas institucionales.

Asimismo, habrá que asumir que el medio en el que trabajemos o en el que nos informemos habrá abandonado la pompa del cuarto poder para quedar sujeto humildemente a flujos múltiples de información en red: ningún medio puede ya vencer en velocidad o difusión a Facebook o Twitter. Los primeros en sugerir el dopaje de Lance Armstrong fueron los frikis de una web de ciclismo que entrevistaron a un médico experto en sustancias dopantes. Las redacciones habrán dejado de parecerse a talleres industriales para mutar a cámaras de comercio de datos específicos y división de rastreadores. Forjarán alianzas, emplearán puntualmente a más especialistas de lo suyo. Y si bien se mira, señores, esto se lleva haciendo toda la vida. ¿O acaso no se le ha dado siempre una columna a un criminólogo el día después de que la niña apareciera descuartizada en el descampado?

Algunos zahoríes del asunto mediático lo resumen así: «El periodismo del siglo XXI debe pasar de revelar secretos a explicar misterios». Se quiere decir que los grandes secretos se van volviendo imposibles ya de sostener y que hoy los devela cualquiera con un móvil. Yo tengo mis reservas frente a esa epidemia de pupilas como bolitas de alcanfor que cantan el pretendido avance de la transparencia. Nadie en su sano juicio usa las redes sociales para desnudar su más honda intimidad sino para estilizarla (y opacarla calculadamente, por tanto), y menos aún la intimidad de alguien poderoso. Y a los que no están en su sano juicio se les vetan las entradas. De hecho, yo y cualquier colega del oficio con cierto acceso al Congreso de los Diputados conoce secretos íntimos de la clase política española que evidentemente no va a contar por irrelevantes, pero que quizá ese ciudadano perturbado con móvil no consideraría irrelevantes. Funciona ahí un saludable filtro profesional. Así que transparencia según y dónde. Ha sido así desde los tiempos de Cicerón, y cuando la omertá se vulnera suele suceder precisamente por mandato político del rival de turno, como parece que fue el caso de la querida de Hollande. Un caso más edificante de silencio guardado contra todo pronóstico fue el secuestro del reportero de guerra Javier Espinosa en Siria, que todos en el oficio supimos callar durante semanas y hasta meses por el bien del interesado y a petición de la familia. Un milagro moderno.

Concuerdo en cambio con eso de cubrir misterios, que quiere decir aportar contexto en un mundo sin clarificación sencilla. Esa sí es tarea del nuevo periodista, y una tarea ingente. El valor añadido no lo vamos a encontrar en lo que los autores de Periodismo postindustrial llaman «las calorías vacías de las agencias». Lo vamos a encontrar en la vindicación del humanismo, en el periodista intelectual, en el retorno del periodista a la cultura. Parece osado aventurar ese perfil bajo la hégira fláccida del dominante fenotipo tertuliano. Pero si los misterios se enredan cada vez más bajo el griterío cibernético, la única manera de desliarlos pide una inteligencia aguda, un conocimiento autorizado y un lenguaje expresivo.

Cada vez habrá menos periodistas, pero también hay muy pocos jueces en proporción a la población de un país. Igual es que había un superávit de comunicadores inasumible por el mercado. Igual unas oposiciones a periodista ayudarían a resolver la precariedad del oficio y de paso a cribar a los incapaces o a los enchufados. Ya son poquísimos los periodistas de primer grado, los reporteros pagados por salir a la calle a cubrir y a contar. Abundan en cambio los periodistas de segundo grado, analistas del material que afluye sin cesar a la red, inventores de enfoques nuevos o habilidosos en relacionar los ya existentes. Ya son mayoría los portales de información que se dedican en realidad a rehacer temas sabidos bajo nuevas ópticas y normalmente con mejor prosa. Es la lógica cortesía que se debe al lector por no informarle de nada nuevo, sino ayudarle a despiezar el transparente caos que convirtió en un vodevil interactivo la persecución de los terroristas del maratón de Boston, por ejemplo.

Los tertulianos. El tertuliano no es contingente sino necesario en los regímenes de opinión pública. Necesario porque abarata los programas en un tiempo de cadenas múltiples y presupuestos modestos. Y necesario porque amplifica el eco de noticias que merecen ser amplificadas. Por otra parte, en España los tertulianos suelen ser galanes vetustos y esfinges correosas que lucharon por la democracia y oyeron el silbido de las balas de Tejero, de modo que un sillón de tertulia les allega el retiro dorado del guerrero, con distintivo magenta. Las objeciones son también evidentes. La primera es el estado de desmoralización que inducen en las jóvenes vocaciones, melancólicas de antemano no solo ante el tapón saurio que les impide promocionar sino ante el espejo cruel del más optimista de sus futuros. La segunda que, al ser el español un tipo que promedia cuatro horas diarias de televisión, la sociedad ya ha trazado una sumarísima equivalencia entre periodismo y tertulia que explica las notas que saca el oficio en el CIS. El periodismo no es eso, claro, pero id a explicárselo al televidente español, que o bien carece de mejor término de comparación o bien un día vio La clave y ahora puede ejecutar la más letal de las comparaciones. La que delata una réplica fiel en pantalla de la partitocracia: la tertucracia. La voz de su amo y la oratoria de peluquería.

Pero resistamos otra vez la tentación jeremíaca. Hay un periodismo televisivo plausible, de sumario, reportaje y entrevista, de línea editorial y audiencia fiel por más que no mayoritaria: son verdaderos periódicos catódicos. Ana Pastor hace uno de izquierdas y Ana Samboal hace uno de derechas que además se llama diario. Se ve que es periodismo en que tienen detractores, a veces apasionados. Del potencial periodístico del que puede cargarse la televisión nos convence aquel reportaje ficticio de Jordi Évole sobre el 23F, cuyo crédito viajó mucho más lejos de lo que los inocentes de primera hora querrían hoy reconocer. El autor demostró que el poder de persuasión del medio, a poco depurada que se presente la factura técnica, sigue intacto, y de paso hizo algo meritorio: tirar violentamente del caballo a sus más devotos feligreses, incapaces de conciliar al bufón bienhumorado y al intrépido reportero en la misma persona, sacrílega contaminación que no le perdonan.

Una trabajadora en las rotativas del Pravda, 1959. Fotografía: RIA Novosti (CC).

Lo cierto es que los periodistas (la entrañable «canallesca») nunca han gozado de buena reputación ni jornal fastuoso salvo en las cuatro décadas que van de 1940 a 1980, edad de oro en que el periodismo denunciaba guerras y formaba conciencias, dice Fallows. Antes y después al periodista se le ha criticado por apoyar una causa y por traicionarla, por hacer preguntas y por no hacerlas, pero ahora que la clase dirigente le ha tomado gusto a las comparecencias unidireccionales el pueblo redescubre la utilidad del cotilla profesional. En cuanto a la radio, sus locutores más carismáticos garantizan el futuro de un infotainment que en España mezcla con razonable medida el servicio y el ocio, el editorialismo y el desenfado, aunque cabría desear que manejaran el mismo número de palabras que aquellos locutores del NO-DO.

Nunca ha sido tan fácil ni barato editar libros o rodar un documental, si bien esa misma facilidad halla su contrapartida en la dificultad proporcional de su estreno o de su venta, respectivamente. La tecnología es una lonja y también una aduana: oferta tanto producto que divide fatalmente la demanda del comerciante.

En cualquier caso, demos de una vez al césar telemático lo que es suyo. Internet: inmediatez, universalidad de acceso, abaratamiento de costes, más árboles en la Amazonía, borgiana hemeroteca constantemente actualizada y perdurable. Hoy ningún bulo periodístico resiste muchos minutos sin el desmentido del celador insomne que es Twitter, por ejemplo. Eso es bueno. Tampoco es la panacea, porque el tuitero, que al fin y al cabo es un hombre todavía, elige sus intereses —o sus apetitos— y soslaya otros, lo que convierte en tendencia las gilipolleces más empinadas o blinda endogamias ideológicas de seguidores seguidos. Cada vez hay más casos como el de Suzanne Moore, columnista del Guardian, que se declaró harta de Twitter porque solo le seguía gente que estaba de acuerdo con ella. Y es cierto que el debate constructivo nunca ha regido la conducta tuitera, pero ni humana en general. De hecho, sabemos que el 2.0 es la patria del esputo sectario, anónimo, sordo y fugaz, y que desde la aparición de internet las puertas de los baños públicos comparecen impolutas. Yo no sé si Twitter fomenta militancias más ciegas y sectarismos más insomnes que aquellos a los que siempre han tendido las humanas afinidades electivas; pero sí que los ha hecho más visibles. Como en todo, se trata de saber a quién seguir. Y oye, los egipcios de Tahrir pudieron colocar su mensaje al mundo sin mediaciones.

Además, hoy se lee más que nunca. Yo mismo, antes de ponerme a aporrear el teclado cada mañana para ganarme el pan —el mendrugo—me doy cuenta de que me he leído diez columnas, un par de ensayitos digitales, veinte noticias en diagonal y un rosario de filosofías de galleta china colgadas en el Facebook de mis amigas. Y luego, mientras escribo, en cada parón abro una pestaña y leo más cosas. Y por más que filtremos por gusto o interés, uno acaba absorbiendo pensamientos plurales, observaciones insólitas, frivolidades, sesgos que podrían obligarte a reordenar tus prejuicios. Incluso a eliminar alguno en un momento de debilidad. Esto lo ha traído internet, y a menos que las nuevas generaciones alcancen el modo de vetar definitivamente el alfabeto durante sus navegaciones, acabarán leyendo, así sea por accidente. Y cuando se lee y se tropieza uno con algo bueno, se experimenta un tipo de placer intelectual que no se parece a ninguna otra cosa y que reveló a Aristóteles el encabezamiento apodíctico de su Metafísica: «Todos los hombres desean por naturaleza saber».

Twitter crea adicción, quita de leer (¡y escribir!) libros, jibariza las entendederas, fomenta la balcanización endogámica de la red (ese onanismo estéril del seguidor seguido) y demasiadas veces ejerce sobre el periodista una doble censura: la ambiental de la corrección política y la autocensura que nace del temor a perder seguidores. Pero ojo: Twitter también abre notables mediterráneos. En la almoneda del pajarito bulle un comercio diario de enlaces a artículos, y aunque de esa transacción el autor no recoge ni un céntimo —la cultura de la gratuidad en Twitter es un desahogo de malcriados: dice Charlie Brooker que si internet diera masajes gratis, la gente se quejaría cuando parase por dolor de pulgares—, sí obtiene réditos de popularidad para su trabajo. Lo cual a la larga puede traducirse en dinero, porque si es cierto que el número de seguidores no mide en absoluto la valía de un periodista, desde luego sí aporta una tasación de su eco editorial, y por tanto publicitario, y por tanto económico. Así, esta nueva edad de oro del columnismo —a la que se dedican congresos como el de enero de 2014 en la Universidad de Málaga— y su reflejo en Twitter representa un fenómeno absolutamente esperanzador que ya saca del anonimato a blogueros de talento topados contra el hermetismo de los medios tradicionales, esos que tantas veces hipotecan sus preciosos espacios a la gloria senil, al tertuliano lugarcomunista, al mero personaje televisivo, al expolítico del favor aquel. La columna es un género netamente español con una tradición viva y un reemplazo asegurado a poco que se abran los ojos. Su indeclinable aceptación entre los lectores entronca con el genio mediterráneo y su cólera de café, pero también con el genio individual del hombre que, a falta de lírica romántica alemana, propuso periodismo de opinión y que, hecho esto, se pegó un tiro en la cabeza al recordar que escribir en España algo más largo que una columna es llorar. Larra como rareza europea, como noventayochismo recurrente, sigue en auge, y si esta flor de la columna es la única que florece en el paisaje lunar, reguémosla. No abortemos esta característica mutante del Volksgeist que ha dado cumbres como Azorín, como Ramón, como Camba, como Ruano, como Umbral pese a sus estomagantes imitadores.

Y quien dice la columna dice la crónica, que es un relato de hechos tamizado por un modo de mirar. O el reportaje, cuyo ritmo mejoró definitivamente con las aportaciones personalistas del Nuevo Periodismo. O la entrevista, cuyo único reto bajo el régimen de la corrección política exige romper ya esta pauta inexorable: lo que interesa no se puede decir y lo que se puede decir no interesa. En cualquier género, insisto, lo que importa es el factor humano y el uso del lenguaje. No se trata de adjetivar más ni de disparar metáforas, sino de poner el hecho a desfilar vestido con su correspondiente interpretación, más o menos elegante —la elegancia en sentido flaubertiano: cada idea exige una forma unívoca de expresión, y no otra—, pero siempre ofrecida seductoramente al lector.

Esa seducción seguirá funcionando, como prueba el hecho de que nunca han tenido los periódicos tantos lectores, realidad compatible con la de que nunca han ingresado menos dinero por publicidad. Sucede que el anunciante no confía —con buen criterio— en el impacto del banner sobre el febril usuario tanto como confiaba en el del faldón sobre el lector tradicional. Es famosa la frase de aquel directivo: «Sabía que estaba tirando la mitad del presupuesto destinado a publicidad; lo que no sabía es qué parte». Se sabrá qué parte con exactitud según progresen las técnicas de métrica online, redistribuyendo el maná por las doce tribus de internet y premiando al peso la influencia, no solo la vistosidad.

Por más que el hombre se embrutezca con lo audiovisual, la palabra tiene aún mucho que decir. Siendo joven y reflexivo llegué un día a una conclusión asombrosamente simple de la que sin embargo estoy orgulloso: una imagen nunca podrá valer más que mil palabras porque hasta para proclamar esa altiva sentencia se han necesitado todas y cada una de las palabras que defienden la idea de que una imagen vale más que mil palabras. Una imagen sin palabras es muy poca cosa en la mente de un sapiens sapiens, que enseguida querrá verbalizar su reacción, describir su confusión, su acuerdo, su discrepancia. Aún falta para que volvamos a ser monos afásicos en la contracción final del universo. Lo mejor de las series son los diálogos.

Fotografía: Nicolas Alejandro (CC).

«El negocio de los periódicos tiene que ver principalmente con las opiniones de los hombres», descubrió en 1731 el impresor Benjamin Franklin, apellido que apadrina a un tiempo la democracia y el periodismo modernos (su hermano James fue el primer hombre de la historia en informar de un escrutinio electoral). Su labor fue amargamente criticada por otro patricio yanqui, Thomas Jefferson: «Los impresores viven del fervor que pueden encender y de la discordia que pueden sembrar». Como veis la polémica es muy vieja: no llegó con Pedro J. «Los primeros periódicos americanos tendían a parecer una larga e ininterrumpida invectiva, una flota irregular de barcazas de estiércol», escribe Lepore. Así era en Europa también. Luego la profesión se fue refinando, el paladar democrático se desarrolló al mismo ritmo que la idea de contrapoder mediático. Nacieron los géneros periodísticos y los códigos deontológicos y las facultades del santo oxímoron: ciencias de la información. Pero en el principio de todo no estuvo la información, sino la opinión. Las ganas irreprimibles de decir lo que pensamos del mejor modo que sepamos. Ahora muchos denuncian que el periodismo ha degenerado en opinología y yo digo que eso es señal de que volvemos al principio, donde todo está por hacer. Nada menos que veintidós periódicos se editaban en las trece colonias en el año 1764; ya eran cuarenta en 1774 y setenta y dos en los recién estrenados Estados Unidos de América del 1800. Tenían escasa tirada por mero analfabetismo, y tenían identidades encontradas y carismáticas. Internet inaugura un analfabetismo funcional, vuelve a tribalizar al público y suspende el imperio de la ley y el orden al tiempo que crea y divulga nuevas leyendas sobre los mejores revólveres a este lado del Pecos digital: de momento esto es Deadwood y toca defenderse a tiros. Defendamos lo nuestro hasta que llegue el sheriff que obligue a los rateros a pagar por nuestro trabajo. Pero tengamos claro que al periodismo, como siempre, lo acabará salvando la opinión, la interpretación de lo que sucede. El periódico es un órgano de opinión: está opinando, también cuando informa, desde la misma elección del tamaño de letra y el lugar de un titular.

Cité al principio la analogía de la rana de Kaiser. El viejo periodismo ha hervido en la olla como su rana. También Camba en su impagable labor de corresponsal se comparaba a sí mismo con una rana viajera, cronista saltarín que andando el tiempo descubre, asombrado, que el sujeto de sus crónicas no era el extranjero sino él mismo: «Yo estoy en mis colecciones de crónicas extranjeras como una rana que estuviese en un frasco de alcohol». Y se trata de un formol delicioso, embriagador, capaz de conjurar el deterioro inexorable que condena al periodismo de hoy a envolver el pescado de mañana. Para destilar un periodismo así, duradero y rentable, habrá que intentar escribir y pensar como Camba. Rehumanizar el periodismo, combatir al algoritmo con sudor, con deseo, con el polvo de los volúmenes legados por sabios muertos. Al final, nos quiere decir Camba, la única noticia que interesa sigue siendo la cara de las personas, y el efecto que sobre ellas tiene la actualidad.

Recordemos que a Ruano se le hacía penosa la corresponsalía del ABC en Berlín —¡y corría el 1940!— porque debía despachar a diario por telégrafo «aquellas letras menores que tenían algo de empleo, de burocracia de la profesión libre, y nunca en realidad me entusiasmaron, porque hay que hablar de lo que pasa, y lo que pasa es precisamente lo contrario de lo que queda, y porque cada vez estoy más seguro de que lo interesante en un escritor no es que nos cuente eso de lo que pasa, sino lo que le pasa, lo que le ocurre a él. Todo lo que directa o indirectamente no es autobiografía acaba por no ser nada». El oficio se reinventará cuando apueste de nuevo por lo viejo, que si llegó a viejo es por algo; cuando confine la obsesión objetivista al ámbito del teletipo y el boletín, y presente batalla por el flanco que le asegura la victoria sobre la máquina, que a objetividad siempre será imbatible: el flanco de la mirada personal, resueltamente subjetiva pero no falaz, juramentada para no añadir nada a los hechos que no sean reflexiones, apostillas, contextos, condenas, aplausos. Nunca otros hechos pero siempre el juicio humano, porque el mundo del hombre es el mundo del sentido (Octavio Paz) y si hay algo que reclama a gritos —literalmente a gritos— la intervención del sentido, eso es el babel que internet profiere. El mundo siempre fue complejo, pero se puede contar como compete a las personas. Ahí tenéis casi toda la producción de Manuel Chaves Nogales para recordar cómo se hacía. Su pequeño boom editorial, como el de Camba, no debiera entenderse como un tributo nostálgico sino como una invitación a repetir la fórmula. Entonces el periodismo volverá a cautivar al lector e incluso puede, ¡puede!, puede que a este le apetezca al fin pagar por periodismo.

No he tratado en este ensayo de inventar nada, sino de sistematizar las ideas de otros y sobre ellas ir construyendo las mías propias, que seguramente tampoco sean muy originales. Al final vengo a decir que la crisis es el estado natural del periodismo, que como diría Pla todas las cosas tienen una cadencia indefectible, que no hay remedios mágicos, que lo único importante es leer a los clásicos y contar las cosas lo mejor posible con la mayor independencia de criterio que nos permitan. Que si la estrella nodriza del viejo periodismo ha estallado, su añeja luz seguirá viajando hasta nosotros desde sus miles de parpadeantes pedazos a la deriva. Que el periodismo en realidad no puede morir porque en ese preciso momento alguien dará la noticia de su muerte y estará haciendo periodismo.

Hay derecho a lamentarse, pero hagamos pronto el duelo. El periodismo ha muerto: ¡Viva el periodismo!

Un niño vendiendo The Washington Daily News, 1921. Fotografía: Library of Congress (DP).


La rana hervida: informe sobre la muerte y resurrección del periodismo (I)

Fotografía: Milner Moshe, 1981 / The Israeli National Photo Collection / GPO.

[Con mi agradecimiento a Arcadi Espada, a quien debo casi toda la bibliografía manejada en estos párrafos, y a Verónica Puertollano, que la tradujo].

Amigos, no es solo Ben Bradlee quien se muere. Digamos de una vez que la fiesta ha terminado.

Aunque veáis periodismo por todas partes, el periodismo en realidad está muerto. Lo que os llega a través del espacio es el brillo de una estrella que explotó hace algún tiempo, repartiendo su compacto y hermoso cuerpo mineral en millones de aerolitos cibernéticos que ya van cubriendo el sol y enfriando los cerebros. Nadie ha datado con precisión el gran estallido, pero podemos conjeturar algunas fechas.

En 1992, el director ejecutivo del Washington Post, un lucidísimo Robert Kaiser, viajó a Japón para reunirse con un sanedrín de gurús tecnológicos que le presentaron el concepto de ordenador personal y de red telemática, asegurándole que la interacción de ambos inventos cambiaría para siempre el periodismo. El mérito de Kaiser, excepcional en una industria que una década después aún se embolsaba un 30% de margen por el periódico de papel, fue creérselo y escribir un célebre memorándum de dos mil setecientas palabras en que enunció la conocida analogía de la rana:

Pones una rana en una olla de agua y la temperatura sube lentamente hasta que la olla hierve, pero la rana no saltará jamás. Su sistema nervioso no puede detectar los cambios leves de temperatura. El Post no es una olla de agua, y nosotros somos más inteligentes que la rana media. Pero nos vemos nadando en un mar electrónico donde podríamos acabar siendo devorados —o ignorados— como un innecesario anacronismo. Nuestro objetivo, naturalmente, es evitar hervirnos mientras prosigue la revolución electrónica.

Hoy la industria periodística es una charca de ranas nostálgicas que croan sus últimos estertores. Lo dramático no es la subida de la temperatura del agua, de la que estaban avisadas, sino que tampoco se salvarán saltando a tierra porque el termómetro en tierra tiende a cero: las condiciones (económicas) de vida anfibia en papel como en internet se recrudecen por igual. Se mire como se mire, la rana periodística está jodida. Quien le tenga asco a los batracios, aun metafóricos, puede pensar en un hámster: el roedor espídico que sigue corriendo en su mugrienta rueda para generar la mitad de contenidos con el doble de esfuerzo, con el triple de esfuerzo, con el cuádruple de esfuerzo, hasta entregar su alma generosa en el altar de una obsolescencia programada. Esa rueda equivale actualmente a las redacciones de los grandes diarios que aún siguen editándose, cada año con menor tirada, en inexorable proceso de consunción.

Años importantes para el agrietamiento de nuestra estrella fueron los del nacimiento de Google (1996), de Facebook (2004), de YouTube (2005) y de Twitter (2006). Cada uno de estos diabólicos hijos de su tiempo ahondaron en la subversión del principio por el que se había regido la institución periodística desde aquellas hojas venecianas del 1600: el carácter lineal, jerárquico y monopolístico de la producción de noticias y la pasividad del público. Podemos añadir a la serie histórica el 1929, momento en que se publicó La rebelión de las masas de Ortega; en todo caso, no ver que la crisis sistémica que va a terminar con el periodismo como institución civilizatoria responde al último coletazo del ideal romántico de emancipación, de ruptura con las nociones clásicas de autoridad y conocimiento, es desconocer la órbita exacta que hoy describe nuestro mundo.

Pero quizá la fecha más terrible, cuyo impacto aún está por determinar, es la de 2010, año en que por primera vez un robot llamado Suzette logró superar el test de Turing. Alan Turing, teórico de la inteligencia artificial (IA), estaba obsesionado con la lucha del hombre contra la máquina, pero no para dejar bien sentada la superioridad del primero sobre la segunda sino para buscar las tablas, o incluso la victoria de Terminator. Un juez aislado de la sala en la que se miden hombre y robot les dirige una serie de preguntas y debe distinguir por sus respuestas cuál de las dos inteligencias es artificial. En 2010, fecha fundacional en una era futura de dominación mecánica, el juez confundió al robot con el hombre. Las empresas periodísticas, con ese instinto tan suyo para el delicioso suicidio en grupo, corrieron a investigar las aplicaciones de la IA —como si no bastara el minucioso proceso de jibarización educativa de los universitarios— y hoy ya se están desarrollando algoritmos capaces de ensamblar información en fracciones de segundo y de producir relatos de los acontecimientos que han superado el test de Turing (indistinguibles de un teletipo convencional) sin la intervención de un periodista. Estremecedor, querido becario.

Internet ha traído además otras muchas desgracias. La lógica fundamental de internet consiste en la reproducción digital y universalmente disponible: no divide a sus usuarios en artesanos y consumidores. En un genial artículo que el exeditor de Harper´s Magazine John R. MacArthur tituló elocuentemente «Los estafadores de internet saquean la industria cultural» (The Providence Journal, 2012), leo con emoción: «Internet no es más que una gigantesca fotocopiadora (…) ¿La información quiere ser libre? También la comida. Pero los agricultores no son tan estúpidos como los editores y los periodistas». La gratuidad de los contenidos periodísticos —que se disputa con la guerra de Vietnam el trofeo a la decisión más superflua de la segunda mitad del siglo XX— y la incorporación al proceso de la iniciativa ciudadana se unieron para alumbrar el triste axioma según el cual crea más perturbación la abundancia que la escasez. Como sentencian C. W. Anderson, Emily Bell y Clay Shirky en su imprescindible aunque cuestionable ensayo Periodismo postindustrial: adaptarse al presente (Columbia Journalism School, 2012), «la llegada de internet no anunciaba un nuevo participante en el ecosistema de las noticias. Anunciaba un nuevo ecosistema, y punto».

Fotografía: Matthew G. (CC).

Paisaje después del estallido

El ecosistema mediático que estos tres autores auguran para fecha tan cercana como 2020 resulta escalofriante al modo del paisaje posnuclear descrito por Cormac McCarthy en La carretera; pero cuanto antes nos familiaricemos con el páramo chernobilesco, tanto mejor:

Más gente consumirá más noticias de más fuentes. Más de estas fuentes tendrán un sentido claro de su público, de sus temas particulares o de sus capacidades esenciales. Pocas de estas fuentes serán «de interés general»; aunque una organización pretenda producir una ingente colección de noticias al día, los lectores, espectadores y oyentes la desmontarán y distribuirán las partes que les interesen para sus distintas redes. Una creciente cantidad de noticias llegará a través de estas redes ad hoc, en vez de a través de un público leal a cualquier publicación particular.

Y esto es solo el comienzo. En cuanto a los espacios físicos, puede que algunas organizaciones financieras se permiten comprar y sostener unas pocas redacciones considerables, pero la mayoría de medios o agencias tendrán redacciones pequeñas y plantillas de manufactureros de noticias online a tiempo completo, nada de salir a la calle a pescar historias que eso es muy caro. Al mismo tiempo, participarán en la producción profesionales especializados: las noticias de sucesos las enlazará directamente la policía, las del tiempo los meteorólogos, y así. Se multiplicarán las organizaciones periodísticas sin ánimo de lucro, fundaciones que donen filantrópicamente su dinero a cambio no de hacer periodismo autónomo, arcadia previa al estallido estelar, sino de crear más entradas en la Wikipedia, u orientar los flujos de hashtags en Twitter, o editar monografías digitales sobre el cáncer de mama. Eso ayudará a crear más puestos de trabajo de periodista —llamémoslo «técnico de información online», pero pasará una goma sobre la fina línea de mina de carbón que separará el periodismo remanente de las relaciones públicas.

En el ecosistema mediático de 2020, la añeja pretensión de «marcar la agenda» producirá risa a todos los políticos —ya no solo a Rajoy— lo mismo que a los ciudadanos. De hecho, el propio concepto de «público», entendido como una gran masa interconectada de ciudadanos consumidores y movilizados por su ideología, habrá desaparecido, al propio ritmo de disolución de las últimas ideologías. No habrá una «prensa» que goce de prestigio entre un determinado «público», sino que más bien la oferta disgregada de firmas y secciones específicas seguirá ampliándose para satisfacer las demandas variopintas de muchos públicos solapados de diferentes tamaños.

En ese escenario, todas las redacciones se volverán más especializadas y cada vez importará más la marca personal y menos la institución o mancheta que la cobije. Cada periodista deberá especializarse al máximo para sobrevivir: sea en la técnica (minería de datos), sea en los contenidos (las antiguas secciones de los diarios), sea en las aptitudes humanas de infiltración y rastreo, sea en el tipo de personas que entrevistas o sea en el estilo lingüístico que dominas. Eso premiará al talento del trabajador, que será menos reemplazable que antes. Cada medio, mediano o pequeño, habrá identificado perfectamente su target y sus colaboradores necesarios. Y por supuesto Wikipedia y Twitter ejercerán de abrevaderos canónicos donde conocer la última hora y donde seguir al periodista-marca.

«El destino del periodismo en Estados Unidos está ahora mucho más directamente en las manos de los periodistas individuales que en las manos de las instituciones que los sostienen», concluyen los autores de Periodismo postindustrial. Su prospección se realiza sobre territorio americano, pero si algo nos ha demostrado la historia es que todo lo que ha pasado en Estados Unidos ha acabado pasando aquí con unos años de retraso. Cada vez menor, por cierto, fruto igualmente de internet.

Así que el periodismo que viene lo harán cada vez menos personas y más algoritmos, menos humanistas y más especialistas, menos más y más menos, en general. En 2011, el histórico corresponsal político de The Atlantic, James Fallows, publicó en esta misma respetable revista un reportaje entre irónico y resignado sobre Nick Denton, el último chico malo de la escena periodística neoyorquina, fundador de Gawker Media, que aglutina una docena de webs vendidas lúbricamente al contador de visitas como Telecinco al share. Denton es alguien capaz de pagar a un tipo por quince fotos de un lío de una noche con una candidata al senado. Y publicarlo con titular a toda pantalla, claro.

A Denton la defensa solemne de la ética periodística se le antoja un resabio victoriano. No es ningún tonto —pasó por Oxford—, acumula perfiles inquisitoriales en las asediadas páginas del ancien régime y tiene las ideas muy claras: «¿Qué me molesta de los medios americanos? Por lo general los izquierdistas pomposos. Supongo que son útiles, pero son tan patéticos, con su interminable retorcimiento de manos. No saben cómo luchar». Fallows apostilla con sobriedad: «Sus empresas, y cómo las fundamenta, presentan una destilación del modelo al que tiende la industria periodística». Fallows viaja a la redacción de Gawker, suponemos que ataviado con reglamentario chaleco de safari, y saca el cuaderno de campo:

Cuando llegué, «Tu horóscopo podría haber cambiado» seguía liderando la gráfica para todos los sitios, pero iba en descenso, mientras que «La horrible vida de un empleado de Disney» estaba en segundo lugar, y subiendo. «Rata suelta en un vagón de metro de Nueva York trepa por la cara de un hombre», con un vídeo amateur de veintiséis segundos de, exactamente eso, fue el ítem líder en Gawker.tv (…) Dos semanas después de mi visita, mientras escribo este artículo, «¿Es Charlie Sheen bueno para la carrera de estrella del porno?» es el número uno. Vi más pantallas según caminaba por el área central del espacio, donde había más de cincuenta escritores jóvenes, sentados unos al lado de otros a sus ordenadores, como en una cafetería, en tres mesas grandes que ocupaban el largo de la sala. «¿Cuánto piensan los escritores en los rankings?», pregunté a Denton tras decir hola. «¡Vamos a preguntarles!», dijo, y fuimos a la esquina trasera de la sala donde trabajaban los escritores de Gawker.com. «Normalmente solo miro la pantalla cuando paso por ahí», dijo Brian Moylan. «Te haces una idea de lo que va a ser grande y de lo que no». Él y sus colegas coinciden en que la popularidad de una historia puede predecirse, pero solo hasta un cierto grado. «No puedes tener un hit cada día», añadió. Su estrategia: «Solo intento imaginarlo: si fuera a ir a una fiesta, ¿de qué querría hablar todo el mundo? Y de eso es de lo que querría escribir»

Gawker Media tiene éxito y por tanto tiene imitadores. Cuando entre todos sumen el éxito suficiente, el propio concepto de lo que sea noticia habrá completado una mutación. Es cierto que lo noticioso nunca fue una categoría ontológicamente sólida, y que se han abierto muchas portadas de periódicos respetables con las más burdas y privadas intenciones. Pero normalmente la comunidad mediática identifica y señala enseguida el bullshit, el cohecho o la amarillez. Siempre ha habido quien sustituía la cuestión hamletiana: «¿Es esto noticia?», por la cuquería: «¿Qué les interesa a mis seguidores?». Lo novedoso será la generalización de la impunidad respecto de esta operación sustitutoria, y el arrumbamiento del celo jerarquizante para consumo de un reducto de humanistas quejumbrosos. Si esto no pasa ya.

En un periodismo operado por la mentalidad de mercado y no por la aristocrática pretensión de ordenar el mundo, la delicada tarea de titular se convierte en una ciencia que aspira a la exactitud de la sismografía. Mejor: de la chismografía, más exacta de lo que parece. Denton aconseja no usar verbos, pues resumen antes de tiempo la historia. Tampoco es recomendable pasarse de listo: la ironía o el ingenio pueden matar una historia con gancho porque la masa oscurecida odia el molesto fogonazo de la brillantez. «No puede haber más de dos líneas en la home. Tus ojos no lo aguantarán. ¡Lo que quieres es el titular más tonto posible!», resume una redactora en la que, con toda probabilidad, no está inspirado ningún personaje del Sorkin de The Newsroom.

Y ahora zurzamos las rasgadas vestiduras. Denton dice que da a los americanos lo que quieren, no lo que deberían querer. Y en ese distingo antimoralista acierta de plano. La gente no ve documentales sino realities y yo mismo, que tiendo desde niño al abuso de la jeremiada intelectualista, voy a confesar ahora que en un día tonto habría pinchado en cualquiera de los titulares antecitados. Denton no es un simple: se graduó con una cobertura de las reformas políticas en la Europa oriental postsoviética. Y sus portales también ofrecen información seria —lo que él llama «las aburridas verduras» que deben completar el menú—, cuya cobertura encarga a voluntarios locales y financia a través de donaciones y mediante la publicidad online que atrae la parte apetitosa del bufet. Pero tiene claro que lo primero que haría si dirigiera la web del New York Times sería añadir un contador público a cada noticia. Y seguramente sería el mejor modo de probar la exacta equivalencia entre viejo periodismo y despotismo ilustrado.

Porque Fallows apunta con honestidad que la afirmación de que internet ha hecho más tonto al público y más pobre el debate podría no ser en absoluto científica. Aporta ejemplos sangrantes, como la cantidad de gente que en los sesenta estuvo dispuesta a creer que Lyndon Johnson había asesinado a Kennedy; o los seis millones de votos cosechados en 1980 por el senador independiente John Anderson gracias a su propuesta de enmienda constitucional para que fuera reconocida «la ley y la autoridad» de Jesucristo sobre los Estados Unidos; o las irresponsables coberturas de las guerras de Corea, Vietnam o la última de Irak, sin ir más lejos, cuyas coartadas justificó el mismísimo Times más acá de la duda razonable. «No es tanto que la vida pública americana sea más idiota. Es que hay mucho más de la vida americana que ahora es público», explica Jill Lepore, profesora de Historia en Harvard. La conclusión es sencilla: el público no ha empeorado sino que es igual de tonto que antes. Que siempre. Ni más ni menos.

La gran diferencia es que en el Antiguo Régimen el público reconocía su ignorancia y confiaba en la autoridad de un periódico para remediarla. Callaba y escuchaba. Concedía crédito no ya a las noticias sino sobre todo al sofisticado lenguaje del periódico de papel, con sus jerarquizaciones de tipografía y paginación, códigos largamente racionalizados por profesionales del relato de actualidad que más tarde la radio y la televisión verterían a sus formatos específicos sin traicionar las normas básicas del periódico, porque no hay otras mejores. Era una forma de colaboración interclasista muy sensata: el periodista procedía del pueblo pero ofrecía sus servicios como un déspota ilustrado, y el pueblo sellaba el pacto de credulidad o bien se cambiaba de periódico. Pero tuvo que inventarse la guillotina cibernética y las aristocráticas cabezas del viejo periodismo no paran de rodar, mientras la plebe graba el espectáculo con el smartphone y lo cuelga en YouTube. Y pone comentarios.

Londres, 2013. Fotografía: Corbis.
Londres, 2013. Fotografía: Corbis.

Se ha democratizado la publicación, qué duda cabe. La tecnología extiende la democracia, se dice. Y sin embargo en la decadencia del viejo periodismo alienta la paradoja democrática. Sabemos que el periodismo, en lo que tiene de revelación de intereses opacos e ilegítimos de la clase dirigente pública o privada, contribuye a regenerar el sistema. Ocurre que esas revelaciones exigen primero una investigación cara y técnica y después una exposición rigurosa y compleja, probablemente desprovista de vídeos de ratas trepando por la cara de nadie. Durante mucho tiempo el escándalo de corrupción ha coincidido con el interés de una comunidad lectora movilizada por un ideario, a su vez defendido por un periódico. Pero si la noción de público o target se está volatilizando para dejar paso a infinitesimales grupúsculos de hinchas, si el consumidor ya no forma la masa crítica suficiente como para contentar a los anunciantes que deberían financiar la quijotada del periodismo de investigación o del reportaje de campo, si la corrupción ya ni vende… ¿cuánta más deuda podrá asumir el editor comprometido con la política de su tiempo y país?

El antiguo lector aceptaba que sus intereses no siempre dictaban la pauta informativa del día, y más bien acudía al periódico para conocer justamente el lugar que merecían sus intereses en una tasación profesional. Así el lector se educaba: aprendía que está mal conceder contratos de obras a cambio de cajas de puros y aprendía a escandalizarse por ello. Ahora hasta el escándalo está perdiendo su inherente transversalidad, y una nación que no se escandaliza a la vez por lo mismo no está formada por ciudadanos sino por usuarios. Ese periodismo cada vez más «ciudadano», el periodismo de todos y para todos empieza justamente donde acaba el interés general. Así que cuanta más democracia, menos democracia. A eso le llamo yo la paradoja democrática.

El cese de Pedro J. Ramírez como director de El Mundo, último mohicano del modelo de periódico personalista, ofrece un hito indudable a la historiografía del Apocalipsis periodístico. Con Ramírez no acaban Rajoy y el rey, sino los usuarios que no pagan, los anuncios que no llegan, el poder que tampoco se apiada: todo a la vez. Pero desde luego su periodismo era imprevisible y traicionero, y ambas notas tan saludables en el oficio clásico se toleran cada vez menos en el invierno nuclear, cuando el búnker político se siente escasamente amenazado por las chabolas de un cuarto poder desharrapado, sus fuerzas dispersas por la atomización digital, su tropa hambrienta. El periódico personalista, el gran timonel al frente de un medio poderoso pertenece al pasado; por supuesto que el personalismo no puede desaparecer de una factoría irreprimible de egos como es el mundo de la comunicación, y de hecho crecerá a bordo de mil pateras altivas, pero se restringirá a la firma, al aporte individual, no al pilotaje de grandes buques traspasados de proa a popa por la voluntad de un capitán incontrolable.

Por cierto que uno mismo constata la atomización del consumidor internauta en su modestísimo quehacer cotidiano: la inmensa mayoría de mis seguidores en Twitter lo son porque acudo regularmente a la tele a hablar de fútbol, y también escribo regularmente sobre mi equipo, el Real Madrid, porque me gusta y porque vende (mucho) y uno tiene que comer; pero si con mis aplaudidas exégesis de Cristiano Ronaldo trato de colar a la parroquia algún enlace —¡gratis!— al ensayito de índole cultural que me llevó horas o a la crónica parlamentaria en que trato de homenajear la finura de Wenceslao Fernández Flórez, la respuesta en número comparado de retuits me aboca a una suave melancolía. Es el mismo fenómeno que otorgará siempre la victoria al entretenimiento sobre la información, pues el Homo sapiens sapiens, por mucho que se diga, tiende a la horizontal como gato de vieja. Y este es el modo en que Twitter, con sus seguidores ansiosos y vigilantes, se ha convertido en una forma de presión nueva y directísima sobre el escritor, que vacila entre el ideal insobornable y la autocensura complaciente so pena de perder feligreses.

Resignémonos por tanto a la próxima hegemonía del infotainment, que dicen los yanquis. No es que el periódico de papel se privase de pasatiempos, sopas de letras, fotos de coristas en corsé y poemitas cursis a cargo de la sobrina del editor. De hecho, no pocas de las grandes novelas del realismo decimonónico se publicaron por entregas en los diarios: así medio Dickens o Los hermanos Karamázov, cuya extensión se explica porque el buen Fiodor cobraba doscientos cincuenta rublos por folio (el mérito estriba en enrollarse con tan conmovedor sentido). Al cambio bastante más de lo que por mi más esmerado post cobro yo. En contrapartida, tengo la fortuna de no ser Dostoievski. Lo novedoso del infotainment que viene es que lo grave no estará separado de lo leve mediante inconfundibles efectos de maquetación: no se puede maquetar el mar. Y menos el mar picado de la red.

Concluyamos el canto de Casandra con las peores consecuencias que Fallows atribuye a este periodismo Denton en vías de predominio, y cito textualmente:

  1. Esta se convertirá en la era de las mentiras, la idiotez, y en una absoluta Babel de corazonadas, donde no habrá ningún árbitro fiable que pueda establecer la realidad o los hechos.
  2. Que los medios no cubrirán demasiado de lo que realmente importa, dado que se ven atraídos hacia el brillo del espectáculo del entretenimiento y alejados de las deprimentes realidades del Congreso, una capital africana, el sistema de colegios urbanos, los recortes.
  3. Que las fuerzas ya están pulverizando a la sociedad americana en un componente granular que crecerá con mucha más fuerza, mientras la gente se retira a sus propias y separadas esferas de información.
  4. Y que nuestra capacidad para pensar, concentrarnos y decidir se deteriorará, a medida que los sistemas mediáticos optimizados para la atracción de un solo golpe se vuelvan máquinas de distracción continua para la sociedad en su conjunto, haciendo que cada problema individual y colectivo sea más difícil de evaluar y responder.

Esto último sobre la creciente dificultad para concentrarse del urbanita contemporáneo, requerido por las alertas constantes de su móvil inteligente, me parece de hecho el enemigo más formidable que amenaza hoy al humanismo como actitud civilizada ante la vida, como museo menguante del arte y el pensamiento universal. No es ningún disparate augurar un recorte drástico del número de vocaciones literarias y de lectores de libros, objetos que como sabemos suelen superar los ciento cuarenta caracteres. Leer o escribir son esposas incompatibles con las putas ruidosas de Whatsapp y Twitter, si me disculpáis la expresión.

«La quiebra del periodismo diario impreso significará el fin de cierto tipo de existencia urbana cuasibohemia para miles de escritores brillantes de clase media, periodistas e intelectuales públicos que, hasta ahora, llevaban semiafortunadas vidas mentales», sentenciaba Michael Hirschorn en The Atlantic ya en 2009. En efecto, muchos intelectuales y artistas jóvenes se quedarán a media gestación de su talento, y muchos más que estaban destinados a consumir sus creaciones se cretinizarán irreparablemente en alguna red social como sempiternos minotauros banales. Así que las industrias de las artes y de las letras, como la del genuino periodismo —que siempre fue un producto intelectual que hacía concesiones al negocio, y no al revés— quedarán en este siglo XXI reducidas a presencias más o menos numantinas, aprovisionadas por mecenas compasivos y entidades interesadas en desgravarse. El público volverá a ser la élite: esas treinta mil personas que leen en España. Y bien mirado, ¿no puede todo esto significar un limpio retorno a los orígenes venecianos? ¿No debe el periodismo —como le ocurrirá pronto a la universidad— volver a dirigirse resueltamente al escueto estamento de la alfabetización funcional?

(Continua aquí)

Fotografía: Shoobydooby (CC).