Latinoamérica redonda: Barras bravas, el negocio del sentimiento

A Boca Juniors' fan holds a flare during their Argentine First Division soccer match against River Plate in Buenos Aires May 5, 2013. REUTERS/Marcos Brindicci (ARGENTINA - Tags: SPORT SOCCER)CODE: X90087
Fotografía: Cordon Press.

Todo comenzó con un ruido seco y ahogado, reconocible a la primera para quien vive en una gran ciudad latinoamericana: un disparo. A ese le siguió otro, y otro, y después un crash de botellas rotas. Y entonces vimos entrar por un portalón a una marabunta al galope.

—¡Corran, la concha de su madre!

Pero nadie movió un pelo.

Acabábamos de llegar al campo de fútbol del histórico club San Telmo de Buenos Aires, en la Isla Maciel, un barrio marginal a escasos quince minutos del centro de la capital argentina. Envuelta por el Riachuelo, una lengua de aguas pestilentes que desemboca en el Río de la Plata, la Isla no es tal, pero a ella se sigue accediendo por balsa desde el vecino barrio de La Boca. Sus casas, de chapa y madera, podrían ser una postal turística, como Caminito, pero están sin pintar, y abrigan historias de desigualdad y decadencia. Siempre ha sido un lugar temido para los hinchas visitantes. Pero aquella tarde hirviente de febrero de 2006 empezó demasiado fuerte, entre los humos de la hamburguesa y el choripán, la garrapiñada y la marihuana, olores clásicos de las canchas argentinas. En menos de una hora se iban a enfrentar San Telmo y Talleres de Remedios de Escalada, de Primera B Metropolitana, equivalente a Segunda B. El robo de unas pancartas en un partido previo provocó que la hinchada local recibiese con una emboscada a los valientes que iban a acompañar a su equipo en tierra hostil. Primero fueron unos tiros al aire, luego varios cócteles molotov (uno de los cuales le quemó medio cuerpo a un aficionado rival) y, finalmente, carreras sin fin. Eso es lo que escuchamos del otro lado del campo de fútbol —dos gradas, una tercera de apenas tres tablones y un cuarto lado, tras la portería, convertido en aparcamiento—. Se nos decía que corriéramos, no sabíamos si para involucrarnos en las peleas o para escapar, pero allí nadie hacía ademán de nada, como si hubiera que esperar algo más.

Ante el recibimiento de los de San Telmo, los de Talleres de Escalada respondieron como mandan los cánones de la batalla: contragolpeando. Una turba entró por una esquina, a empellones, al aparcamiento donde habíamos dejado el coche. Sin poder hacer nada, vimos como destrozaban en dos minutos la mayoría de coches con varas y trancas, saltaban encima de ellos, lanzaban patadas voladoras a los retrovisores, abollaban los capós. La jauría hambrienta intentó entonces romper la reja que los separaba de la hinchada local. Y estos respondieron enzarzándose a puñetazos, patadas y palazos. A simple vista parecía un sálvese quien pueda. Pero para nuestros colegas, cincuentones imperturbables de ceja caída, parecía ser un domingo más.

Apareció entonces, campo a través, la policía: cuatro obesos manifiestamente mal pertrechados, tres con escudos y porras, uno con una escopeta de balas de goma. Para completar la escena, y mientras se molían a palos, entraron en el campo los jugadores locales a calentar junto a la terna arbitral. Viendo el chaparrón, volvieron al vestuario. Veinte minutos después, el colegiado decidió suspender el partido, llegaron refuerzos policiales y todo pareció volver a la calma. Nada más lejos. Cuando los hinchas locales consiguieron devolver a la visitante a sus buses, se dirigieron a la tribuna principal y allí le abrieron la cabeza de una pedrada a un futbolista visitante que no estaba convocado. Luego corrió la versión de que lo habían arrojado al vacío desde la grada. Más caos, más ambulancias. Pero ni un detenido. Eso sí, el estadio fue clausurado durante cinco años, lo que alimentó las teorías de los locales de que aquello había sido montado para perjudicarlos.

Fue, en cualquier caso, un episodio clásico de violencia en el fútbol latinoamericano: barrio contra barrio, violencia desmedida y un vacío social evidente disfrazado de pasión. Aquello que nosotros habíamos vivido como el desembarco de Normandía era un día más entre barras bravas, grupos organizados de fanáticos de un club de fútbol que han ido mutando su definición hasta convertirse en algo así como el brazo armado de las directivas de los clubes y de otros actores de la sociedad y la política. Por su origen y conformación es un fenómeno relativamente tolerado dentro del mundo del fútbol, si bien su deriva lo ha llevado a ser incluido en los diagramas de los mayores grupos delictivos del continente (especialmente en Argentina, Uruguay y Brasil, pero también Colombia, Chile, Perú o Paraguay, que han ido replicando el esquema por imitación desde los años ochenta). Las barras son hoy un negocio sucio con una camiseta puesta, un elemento mafioso que pasó de ser algo lateral a instalarse en los intestinos mismos del fútbol, al mismo tiempo que el propio deporte se convertía en negocio multimillonario. Pero no siempre fue así.

La cultura del aguante

Se llamaba Prudencio Miguel Reyes, era uruguayo y fue el primer hincha de la historia. En los primeros años del siglo XX, cuando las costuras de los balones se cerraban con una tira de cuero enhebrado, se hacía indispensable la acción de un talabartero, un artesano del género, para montarlos e inflarlos a pulmón. Prudencio se metía en el papel y daba rienda suelta a su pasión por ese deporte que había llegado hacía poco a Montevideo, su ciudad. En el Parque Central jugaba su amado Nacional. Y por él se dejaba la garganta, el pecho y el mostacho, inflando los balones y también gritando y animando como nadie lo había hecho hasta la fecha. Tanto se hacía notar que en el estadio se empezaron a preguntar: ¿quién grita tanto? «Es el hinchador», respondían. «El hincha».

Se llamaba Pedro Demby, también era uruguayo y fue la primera víctima de la violencia en el fútbol sudamericano. Su muerte ocurrió en 1924, tras un clásico del Río de la Plata en Montevideo, cuando a un grupo de uruguayos no se le ocurrió otra cosa que celebrarlo frente al hotel de los argentinos. Un «allegado» a la delegación visitante lo mató de un balazo para que se callara. Según las crónicas, futbolistas y directivos trataron de encubrir el crimen llevándose al autor a Buenos Aires en su barco.

Reyes y Demby inauguran la historia de una arista que marca el carácter de los países sudamericanos, especialmente en Uruguay y Argentina: la cultura del aguante, una manera de defender unos colores al extremo, una incondicionalidad a una camiseta, un escudo, al barrio, a la ciudad, al país o a lo que se pase por delante. Se dice que el aguante consiste en encontrar algo por lo que vivir más allá de la cotidianeidad. Y eso puede ser el fútbol, la política o una asociación de filatelia, es un decir. En el fútbol solo hay que remitirse al cancionero de la grada para definirlo: te sigo a todas partes, de local o visitante, desde la cuna hasta el cajón, nunca abandono, estoy en las buenas y en las malas, y todo para ser campeón. Pero el aguante también implica, según las canciones, pegar, quemar, y, al final, matar. Es violencia verbal, pero todos cantan. Porque cuando se tiene delante al eterno rival y se le gana en el minuto noventa y mil, da igual todo y lo grita la señora, el niño a hombros del padre o el abuelo que vio jugar a Di Stéfano y Pelé.

La violencia está ahí, latente, digamos que a un nivel muy parecido al que se vive en el día a día en una gran ciudad latinoamericana. En una sociedad marcada por una injusticia rampante y una tensión permanente, el individuo recoge el estrés de la semana y lo repercute el domingo, adobado con un sentimiento de pertenencia intransferible: yo contra el resto. En ese contexto, el autodenominado hincha común va al campo y viaja para ver a su equipo. Canta contra el rival, pero no arriesga la vida. Eso ya lo hacen aquellos dispuestos a transgredir los límites. Eso que llaman hinchada, la que enciende nitratos y bengalas, tira millones de papelitos y estira las pancartas y empieza los cánticos a golpe de bombo. Y por eso se tolera, porque además de todo eso, se pelean, aguantan. Y entonces el hincha recuerda aquella vez que lo salvaron de la muerte en tal estadio o en tal ciudad. ¿Violencia? Es folclore, dicen, O decían. Porque una cosa es pegarse «por unos colores» y otra hacer negocio con ello. Entonces hablamos de barra brava.

La mercantilización de la violencia

Argentina's Gonzalo Higuain (R) celebrates his goal against Jamaica with teammates Lionel Messi (L) and Angel Di Maria during their first round Copa America 2015 soccer match at Estadio Sausalito in Vina del Mar, Chile, June 20, 2015. REUTERS/Rodrigo GarridoCODE: X01761
Higuain, Messi y Di Maria. Fotografía: Cordon Press.

El plan era sencillo: queríamos ver el partido final de un campeonato argentino. Faltaba un detalle: no teníamos entradas. «Tranquilos, las conseguimos», dijeron los amigos porteños. Al llegar cerca del estadio, en el aparcamiento de un hipermercado, esperamos hasta que apareció un grupo de tipos con cara de malos. Grandes y gordos todos, menos uno, el que mandaba, uno sesenta escaso, pelo largo y gorrito de ala entera. Nos dio a todos el protocolario beso con el que se saluda en Argentina y dijo: «¿Cuántos son?». Y acto seguido sacó de la cazadora sacó un fajo de relucientes entradas, extendió unas cuantas, sin contarlas, y se fue para siempre. Sin cobrar. Cándido de mí, pregunté si era un reventa. «No, no. Es uno de los jefes de la barra, amigo de un amigo».

El negocio de las entradas —cuando se venden, no como en este caso— representa una entrada de dinero fijo y jugoso en las barras bravas. Y es, además, el más tradicional en varios países. Es fácil para todos los actores implicados y por eso funciona en todos lados: dirigentes que dan entradas (pongamos, un tercio de las que se entregan) cuando el equipo es visitante para asegurarle un dinero que deje contentos a los barras, que a su vez le dan el apoyo necesario para dirigir el club. Así fue durante muchos años y nadie lo cuestionó. Por ahí comenzó la proverbial condescendencia hacia un negocio de por sí fraudulento. Empezó, al menos tímidamente, en la época en que el diario La Razón de Buenos Aires llamó «barras fuertes» a aquellas bandas de hinchas cada vez más intimidatorias. Era 1958 y Argentina vivía momentos de zozobra política que no se fueron por mucho tiempo. Y en el fútbol se daban los primeros pasos de violencia sin patrón. En los sesenta se produjeron varios asesinatos y la tragedia de la Puerta 12 del estadio Monumental, donde murieron setenta y un hinchas de Boca aplastados por una avalancha.

Fue en los setenta cuando se profesionalizó la violencia, cuando esta pasó de espontánea a racional. Las barras se hacían mayores. Se les ponía nombre como paraguas donde recoger la lógica tribal del grupo. Dice el periodista Amílcar Romero, autor de Muerte en la cancha, que la violencia creció con la sociedad de consumo y el retiro paulatino de la clase obrera, de algún modo semejante a sus primos hermanos de Inglaterra, que multiplicaron su virulencia en los años de vaciamiento industrial de Thatcher. Pero enseguida se verá que no basta el discurso que se basa en la imagen de las clases populares dándose mamporros para liberar endorfinas. Hacía tiempo que ya excedía todo eso, porque comienza a ser un negocio, en un círculo vicioso alimentado por las directivas que necesitan el apoyo de un ejército a cambio de favores que agradecen con su apoyo instrumental: entradas, material deportivo, viajes y entrada en el vestuario. Por entonces ya se habla de los acuerdos con la policía —«la barra uniformada», que hacía su propio negocio en los dispositivos de seguridad o en el reparto de otro negocio ya clásico de las barras: el control de los aparcamientos y la seguridad en las puertas de los conciertos en los grandes estadios de Buenos Aires.

Con la llegada de la democracia, en los ochenta, se amplían miras. Sindicalistas y partidos, principales patas del imbricado panorama político, los usan como fuerza de choque, sin que a las hinchadas les importe a quién se apoya, mercenarios sin cargo de conciencia. Las barras de River y Boca, por ejemplo, llegaron a sacar en los partidos pancartas pagadas por candidatos peronistas rivales. Y en 2009 ambas hinchadas acabaron por desvirtuar una rivalidad devenida negocio. Gracias al dinero por primera vez parecían estar de acuerdo en algo: durante un superclásico en la Bombonera, ambas sacaron sendos grandes banderones con mensajes contra el grupo Clarín, el grupo mediático más importante de Argentina, en aquella época enfrentado al Gobierno.

La connivencia con el poder queda claro en cada detalle. Recordemos aquí al Gusano, el jefe de la barra del club Nueva Chicago que la AFA puso como guardaespaldas de Messi. Pero la bestia seguía y había que alimentarla. Se supo, gracias a la pelea a navajazos entre varios barras de River, que Los Borrachos del Tablón, así se llaman, sacaron un porcentaje por la venta de Higuaín al Real Madrid. Y no es un caso único, desde luego. A la barra de Rosario Central se le atribuye algo parecido con el pase de Di María al Benfica, pero van más allá, con publicaciones que aportan pruebas a las sospechas de que las dos grandes barras de Rosario, la de Central y la de Newell’s Old Boys, tienen lazos con el narcotráfico, muy presente en la ciudad. El Ministerio de Justicia, incluso, asegura que el líder de la de Central maneja también la barra rival con la tutela de la mayor banda narco de la ciudad. Siempre con la pantalla del fútbol por delante y pasando olímpicamente del qué dirán. La lógica aplastante es la siguiente: «Si el fútbol es un negocio, ¿por qué no nos vamos a lucrar también?».

Un ejército de matrioskas

Un perfil interminable de brazos acompasados al ritmo de bombos, tambores y platillos reverberan en la grada. Va a empezar el partido, un clásico, y la coreografía es perfecta. Solo queda, en el centro de la tribuna, un vacío perfecto, un círculo de cemento donde en breve su ubicará la barra brava tras su entrada triunfal en el estadio. En ese vacío se ven, cada pocos metros, unas estructuras metálicas normalmente usadas para evitar caídas en una repleta grada de pie. Eso se llama en Argentina paravalanchas y vale más dinero que cualquier otra cosa en el estadio, contando los sueldos de los futbolistas.

Porque el paravalanchas se usa como símbolo de estatus, el trono del campo de batalla, el altar de un torneo medieval. A ellos se suben los barras en orden jerárquico, un verdadero ejército que entrará desde el vomitorio a golpe de bombo y en formación. Y lo harán, incluso, con el partido empezado, como verdaderas estrellas, con el resto de la grada volviendo el cogote hacia ellos, hinchas de su propia hinchada. Primero entran los portadores de la larga pancarta que se superpone a los tirantes de tela de los que se cuelgan encima de los paravalanchas. Detrás, los bombos y tambores redoblantes. Luego, paraguas, banderas, banderones. Y después el grupo que arrastra a su paso hasta ocupar el centro de la escena. En esta cohorte van haciéndose a un lado las capas, como una cebolla, desde la última línea de soldados hasta los capos, en el centro mismo, en una liturgia casi geométrica que acaba cuando los jefes y sus laderos copan el paravalanchas principal. Eso si la casa está en paz, claro. Y últimamente casi nunca es así. Una barra hoy es un ejército de matrioskas, muñecas rusas, que van saliendo una de dentro de otra en un movimiento sin fin. Caen unos, pero hay otros dentro, en una regeneración interminable. Tienen todas las trazas de las organizaciones mafiosas, que se pone especialmente de manifiesto a la hora de las sucesiones. Porque, como se puede suponer, los cambios de líderes no se votan precisamente en asamblea y a mano alzada, sino que se decantan por enfrentamientos, trufados de traiciones y alianzas espurias, que normalmente acaban en prisión o muerte. Y así llega el siguiente, y el siguiente, ad infinitum.

Los adaptados de siempre

Entrar a un estadio latinoamericano es gracioso para el turista, curioso para el que va una vez al año e insoportable para el que lleva toda la vida aguantando un filtro de seguridad que no sirve para nada. El hincha siente al llegar cerca de la cancha que es un borrego maltratado. A doscientos metros hay un primer control. A la vuelta de la esquina, el primer cacheo. A salir de él, cámaras policiales graban a los hinchas. Más adelante, señores haciendo soplar aleatoriamente un test de alcoholemia y drogas. Cuando después de haber pasado por todo esto, con el ruido incesante de un helicóptero encima, los ladridos de los perros policía, las cagadas de caballo de la montada, el aficionado cree que ha tirado una hora de tu vida a la basura, sobreviene la ridícula realidad: cuando va a colocar, por fin, su entrada en el láser y atravesar el torno, un policía le hace atrás con la mano en el pecho. Sus compañeros uniformados hacen un pasillo de honor y entonces piensa que va a aparecer la reina británica. Pero quien surge, en cambio, es la barra, un tropel de búfalos a los que se le abren las puertas de par en par, con los bolsos gigantes guardando pancartas y quién sabe qué más, mientras los policías solo aciertan a calarse la gorra y mirar hacia un lado por si algún hincha normal tiene la imperdonable intención de entrar con un mechero o incluso unas llaves. Pero a la barra, angelitos, ni cacheo ni test de alcoholemia ni vídeo ni mucho menos un control de entrada.

En los grandes países de Latinoamérica se intenta atajar la violencia matando moscas a cañonazos, frivolidades que serían cómicas si no fueran trágicas. En los noventa, mientras se mataban las barras, un juez argentino ordenaba prohibir las banderas de más de 2×1 metros, una arbitrariedad de bombero: destruyen la cultura futbolística criminalizando hasta las pancartas —como se empieza a ver hoy en España pero la víscera no la tocan, y los crímenes y sus autores siguen impunes. Hoy, en Argentina, con otra de esas medidas surrealistas, los visitantes no pueden viajar en el campeonato pero sí en la Copa. Vaya usted a saber por qué. En Brasil optaron por algo más sutil que recuerda a Inglaterra, que optó por subir el precio de las entradas de forma drástica como una forma de elitizar el fútbol y ello, unido a reglamentos severos, permitió rebajar los niveles de violencia. En Brasil saben la teoría (encarecer las entradas) pero hecha la ley, hecha la trampa, como se ha demostrado en partidos recientes, porque las barras torcidas organizadas siguen consiguiendo entradas baratas o gratis por el lado que todos sabemos. Si la impunidad existe en Argentina, Brasil la supera. Y ni cuenta los muertos como propios del fútbol, en ocasiones, como ocurrió hace meses con una carnicería en la que mataron a ocho miembros de una torcida de Corinthians. Porque se da por hecho que son ajustes de cuentas, y tan diversificado está el fenómeno la torcida Gavioes da Fiel tiene una de las más famosos escolas de Samba de Sao Paulo que ya no se le suma los muertos al fútbol.

Hay una frase hecha que se repite en los medios de comunicación de Argentina, los mismos que se regocijan por el espectáculo de las gradas y un minuto después reniegan de sí mismos por la vergüenza de las barras, sin solución de continuidad. La frase más repetida es la que les llama «los inadaptados de siempre». Pero no hace falta analizar demasiado las cosas para darse cuenta que ellos, los barrabravas, cebados por el poder y la política, son los más adaptados de todos.

Fotografía: Cordon Press.
Fotografía: Cordon Press.


Unas pocas horas con los Aché

Foto: Chase Sardi (CC)
Foto: Chase Sardi (CC)

Brevísima estancia en un asentamiento aché, pueblo aborigen de los montes del Paraguay oriental, durante la cual el cronista aprovechó para evocar su abandono de la selva a punta de fusil, tomar nota de su difícil integración al mundo de los blancos y conocer su lucha por sobrevivir entre latifundios de soja y usurpaciones impulsadas por campesinos sin tierra.

—¿Te vas con los indios? Llevate un tarro de repelente, te van a comer los mosquitos.

Es el consejo unánime de la mesa. La charla se interrumpe en ese punto porque el camarero trae las pizzas y cada uno se apura a coger sus porciones de mozzarella con rúcula.

—Y ropa adecuada, en el monte hace muchísimo calor —retoma María Adela, la psicoanalista kleiniana—. Los brazos y las piernas siempre cubiertos para protegerlos de las espinas.

—Y botas de campo, que tendrás que atravesar arroyos, espinillos, pantanos…—agrega Ana, la vieja amiga que me invitó a venir a Paraguay.

La Pizzería Sicilia se encuentra en el centro de Asunción. Hemos venido aquí a celebrar el módico éxito de mi conferencia. No puedo quejarme: me tocó un público atento y receptivo, que dedicó más tiempo a escucharme que a mandar mensajitos con sus móviles.

—Acordate de que tenés que comer lo que te ofrezcan o se ofenden —me advierte Rosita, la fotógrafa. Sabe de lo que habla, pues se pasó una temporada con los ayoreo, los últimos aborígenes atrincherados en la selva paraguaya—. Los acompañé a una cacería. Ellos comen donde cazan. Si capturan un tapir, ahí mismo lo asan. No es un plato muy refinado para nuestro paladar.

—Y no les digas indios, que no les gusta —me previene Ana.

—¿Cómo los llamo entonces?

—Aché, sencillamente.

—Lo tendré en cuenta, lo prometo. Por cierto, a los indígenas argentinos tampoco les gusta que les llamen indios, quieren que les digan «pueblos originarios».

—Con la corrección política hemos topado —comenta Rosita.

Así, entre advertencias y consejos un poco en broma, un poco en serio, discurre la cena. Se está bien aquí, con el aire acondicionado que nos salva del bochorno exterior, la pantalla de plasma en la que River Plate y Atlético Nacional se juegan la Copa Sudamericana, el rico aroma de la masa horneada, la buena onda de mis acompañantes. Solo echo en falta la presencia de Miguel H. López, el intrépido reportero de Ultima Hora que tuvo a bien presentarme a la audiencia asunceña.

—Dale, che, vamos a casa, que mañana tenemos que salir temprano —nos apura Ana, con el marcado acento guaraní que caracteriza al castellano hablado en Paraguay. Diligente, María Adela busca con la mirada al camarero, escribe unos garabatos en el aire y enseguida este deposita la cuenta en un platillo. Abandonamos el local poco después de que River se corone campeón.

Espero con Ana el taxi en la calle calurosa. —Esto es una delicia de frescor comparada con los días tórridos que tendremos en enero —comenta. Nos conocemos de mi ciudad natal, Rosario (Argentina), de cuando ella estudiaba Psicología. A sus buenos oficios debo mi primer viaje a Paraguay, así como este reencuentro organizado con el pretexto de una conferencia sobre semiótica.

Aquella primera visita fue hace veintiocho años. Entonces cursaba Antropología y no tenía claro qué hacer cuando me diesen el diploma. Ana, siempre atenta, me gestionó una cita con Miguel Chase Sardi, prócer de la antropología paraguaya. Nos recibió en la floristería con la que financiaba sus expediciones. Hablamos de Pierre Clastres, cuya obra acababa de publicarse en español y a quien él había tratado cuando el francés estuvo en Asunción. Rodeado de brunfelsias, flores de coco y de maracuyá, el antropólogo florista criticó la creencia anarquista de Clastres en un sabio espíritu de preservación que inducía a las tribus a evitar la formación de liderazgos fuertes y la diferenciación política que desembocaría en el Estado: —Hay algo muy francés en esa idea de una mente colectiva que prevé y actúa, el legado de Durkheim, seguramente —me resumió arqueando las cejas.

Al despedirnos me regaló Pequeño decamerón nivaclé, su recopilación de relatos orales de los nivaclé del Chaco, que aún conservo en mi biblioteca, junto a Los argonautas del Pacífico Sur y demás bibliografía de la carrera. Las vueltas de la vida quisieron que yo acabase en Madrid, reciclado en profesor de Periodismo, y la antropología quedase archivada. Archivada pero no olvidada, como pude comprobar cuando Ana, vía WhatsApp, me hizo una propuesta inesperada:

—¿No querrías durante tu estancia en Paraguay visitar una comunidad indígena?

—¿Una comunidad indígena? —teclée sorprendido—. ¿Cuál?

—Los aché —contestó ella desde Asunción.

—¿Aché? ¿Son guaraníes?

—Creo que no, ya tendrás tiempo de averiguarlo.

Más oportuno, imposible. Acababa de leer las memorias de Napoleon Chagnon, que estudió durante largos años a los yanomami, la etnia que desbancó en popularidad mediática a los papúas de Nueva Guinea. Aparte de referir su crónica escasez de esposas, su entrenamiento bélico, su peregrinar por la selva amazónica, Chagnon se explayaba en las bromas que gustaban gastar a los blancos preguntones; en los caciques que se lucraban cobrándole el acceso a sus tribus; en la rivalidad con los misioneros por la relación con los yanomami; en su irrefrenable asco ante ciertos hábitos escatológicos de los nativos, en las guerras fratricidas de los antropólogos… Pese a la discutible tesis acerca de la «guerra de todos contra todos» en la que, según él, se desangran los cazadores-recolectores, su autobiografía me reabrió el apetito por esos temas casi olvidados:

—No estaría mal, aunque no dispongo de mucho tiempo, como sabes.

—No te preocupes, te organizaré una visita rápida.

Dicho y hecho. Ana le planteó el asunto a Miguel, y este la puso en contacto con Marciano, un referente de la comunidad de Chupa Pou, que aceptó acogernos un fin de semana.

Chupa Pou se localiza en el oriente paraguayo, a más de doscientos kilómetros de la capital, y solo es accesible en coche. Previsora, Ana había alquilado por teléfono un pequeño Nissan. Lo recogimos en una oficina céntrica y lo cargamos con las bolsas de ropa que Ana recolectó entre sus conocidos tras hablar con Marciano. Siguiendo el consejo de Miguel, paramos en un supermercado a comprar azúcar, yerba mate y fideos a granel. Cumplido el trámite, emprendemos viaje.

Nos cuesta salir de Asunción. De la metrópolis más tranquilona de Sudamérica recordaba calles poco transitadas, carros tirados por caballos, vendedores de piñas, casas bajas, negocios que vendían Rólex falsos y un silencio total a la hora de la siesta. En el lapso transcurrido la capital se ha subido al tren de la modernidad, léase exceso de automóviles último modelo, atascos, rascacielos, altísimos decibelios, barrios privados, centros comerciales… y hablando de Roma:

—Ahí fue la tragedia —señala de repente mi copiloto, mientras nos movemos a paso de tortuga por las vías colapsadas, entre automovilistas refugiados en el aire acondicionado. Giro la cabeza y a la derecha veo un vasto edificio que ocupa una manzana.

—¿Cuál tragedia?

—La del supermercado Ycuá Bolaño, el que se incendió. Murieron quemados como cuatrocientos…

De golpe me acuerdo, un suceso mayúsculo que ocupó las portadas de la prensa española, unos diez años atrás. Buena parte de la clientela quedó atrapada en las llamas, debido a que los propietarios ordenaron cerrar las puertas para evitar que nadie escapase sin pagar.

—¿Y los dueños?

—Salieron del juicio con condenas leves. Todos en libertad, ahora.

—Esperame en el coche un momento, voy a bajar a ver.

Aparco donde puedo y me acerco al enorme centro comercial. El edificio permanece tal cual lo dejó el incendio: chamuscado, desierto. La torre con el nombre del negocio se alza incólume; solo faltan algunas letras del cartel. En las entradas, junto a las escaleras en penumbra, se cobijan los vagabundos. Doy la vuelta a la esquina y tropiezo con el rudimentario santuario de material pegado a un flanco del supermercado. «Silencio nunca más», «Ni olvido ni perdón», «Riera cómplice», claman las paredes encaladas. Qué raro en Latinoamérica, víctimas clamando por justicia y reparación. El recinto consagrado a los «Mártires del Ycuá» está cerrado. A través de las rejas distingo estanterías de pladur convertidas en hornacinas repletas de velas, poemas manuscritos, retratos enmarcados, flores, vírgenes y guirnaldas de plástico. Vuelvo al coche pensando en el altar alzado en Atocha inmediatamente después del 11M, en el impulso irresistible de la gente por elaborar el duelo in situ, adelantándose a homenajes oficiales que tardarán en llegar, si acaso llegan.

Memorial paraguayo de un accidente de tráfico. Foto: Pablo Francescutti.
Memorial paraguayo de un accidente de tráfico. Foto: Pablo Francescutti.

Veremos más santuarios a lo largo del viaje. La carretera a la que accedemos tras salir por fin de Asunción está jalonada de memoriales a los muertos en accidentes. Monumentos de ese estilo proliferan en España, Portugal, Italia, Grecia, Méjico, países en donde el aumento desaforado del parque automotor y de las colisiones se ha dado contra un fondo cristiano todavía vivo. Fieles a la iconografía religiosa, los recordatorios paraguayos son ermitas en miniatura, consagradas no a un santo de las encrucijadas sino a las vidas truncadas en la carretera. Hay tantas que ya no juzgo absurdo el límite de velocidad de ochenta kilómetros por hora que fijan las señales de tráfico.

Agarrado al volante pienso en lo que nos aguarda en Chupa Pou. Mi único contacto con aborígenes lo tuve en Rosario, y no porque en la capital de la Pampa gringa abundasen los indígenas, pues si por algo se distinguía era por su población de ascendencia italiana. En mi escuela, los apellidos con resonancias piamontesas, lombardas, calabresas, sicilianas o friulanas (como el mío) dominaban el listado de alumnos. Los primitivos moradores de la zona, los chaná y los mbuá, habían sido exterminados por los conquistadores primero y por los criollos después; quizás algo de su genoma subsistía en los pocos escolares de tez oscura, oriundos de las chabolas vecinas al barrio de chalets adosados donde vivíamos la mayoría. La planicie agreste de las antiguas tribus también había desaparecido: gracias al esmero de los gringos de cara colorada por erradicar los pajonales y alisar los desniveles del terreno, el paisaje había acabado semejándose a la cuidada llanura del Po.

Por todo eso los antropólogos rosarinos carecíamos de objeto de estudio. Mas, oh sorpresa, cuando yo terminaba la carrera, aparecieron los indios. Se materializaron en un descampado, al borde de barriadas humildes, junto a las vías del tren. Eran los toba, la etnia del noreste argentino de la cual sabíamos algo gracias a los trabajos de Elmer Miller, el mennonita estadounidense que en los años sesenta llegó al Chaco en calidad de misionero y acabó convirtiéndose en su etnógrafo. Desahuciados por la mecanización, los toba, mano de obra innecesaria, reunieron sus escasos trastos y echaron a andar rumbo al sur, en busca de comida. La primera gran ciudad con la que se toparon fue Rosario, y aquí se asentaron a miles, para gran alegría de mis profesores y condiscípulos. Esto me lo perdí, pues en ese entonces estaba subiendo la escalerilla del avión de Iberia.

¿Qué sabía de los aché? Lo poco que encontré en Wikipedia: cazadores-recolectores del Paraguay oriental, se les conocía desde el siglo XVII gracias a los registros de los jesuitas. Se les denominaba también guayaquí («ratas feroces»), apodo impuesto por sus vecinos, lo que me recordó a los dakota de Norteamérica, llamados sioux («enemigos») por sus rivales. Su lengua guarda un lejano parentesco con el tupí-guaraní, la familia lingüística más extendida en la Sudamérica precolombina. ¿Qué más? Que estos nómadas celosos de su libertad se mantuvieron alejados de los blancos hasta finales de los años cincuenta, cuando las autoridades les forzaron a abandonar su hábitat.

—Las cacerías de indios se prohibieron por ley recién en 1953 —agrega Ana—, pero continuaron hasta los años setenta.

La espío por el rabillo del ojo: su aspecto ha cambiado; su cabellera rubia se ha blanqueado (no se tiñe las canas), ya no viste a la moda, se ha vuelto más señorona. Lo que no ha variado, pese a la indignación que transmite, es la dulzura de su voz, dulzura que derrama a su alrededor mientras enseña educación artística o ejerce de trabajadora social. Por esa dulzura vine a Asunción por primera vez, no a buscar trabajo de antropólogo —ya puedo confesarlo—, sino a sondear la posibilidad de una vida en común; aunque al final seguimos caminos distintos.

Transitamos durante horas por una carretera de peaje de solo un carril por sentido. A los costados se abre el Paraguay profundo: arcenes cubiertos de matorrales, casas humildes con los paisanos mateando y viendo pasar los autos desde la puerta, y, en el fondo, la campiña interminable, el monte. A partir de Curuguaty, nos avisó Miguel, empieza el camino de tierra. Debemos apurarnos; se anuncia lluvia y si nos pilla antes de la meta quedaremos atrapados en el barro.

—Cerca de aquí fue la matanza de campesinos y policías que utilizaron para sacar a Lugo —rememora Ana compungida. No se acongoja tanto por la suerte personal del exobispo sino porque después del golpe parlamentario que lo destituyó las cosas han vuelto a manos de los de siempre: los terratenientes, los grandes contrabandistas, el Partido Colorado…

Entramos en Curuguaty. Circulamos entre todoterrenos —emblemas de la opulencia rural— por calles pavimentadas flanqueadas de casas bajas, vendedores de chipá —el panecillo de maíz, queso y almidón tan típico de aquí—, carteles de la Western Union y árboles frondosos con el tronco pintado de blanco. Preguntando logramos cruzar el centro y dar con la senda de tierra colorada. Los pozos nos obligan a ir a treinta kilómetros por hora. Durante un trecho vamos a la zaga de un camión que, para esquivar baches, se mueve de un lado a otro impidiéndonos pasar. La polvareda rojiza que levantan las ruedas nos obliga a subir las ventanillas. A ambos lados se extienden los sojales infinitos, los cultivos de la leguminosa que ha revolucionado la agricultura del Cono Sur. Paraguay, al igual que Argentina y Brasil, ha cogido la fiebre del oro verde, creador de fortunas, revitalizador de la economía y saneador de la balanza comercial. Y a cambio de la bonanza va resignando porciones del Bosque Atlántico, la segunda foresta subtropical de Sudamérica. El vasto ecosistema —ocho por ciento de las plantas del mundo, ocho mil especies que no se dan en otras partes…— mengua frente al avance de las filas verdes de plantas que llegan hasta el horizonte, donde se atisba un islote selvático que aún se les resiste. De los casi 9 millones de hectáreas boscosas contabilizadas en 1950, recuerda el World Wildlife Fund, en 2004 solo quedaban 1,3; y hoy, seguramente, bastante menos. Con todo, los aché han tenido suerte, me digo mirando el vaso medio lleno; si la soja se hubiera introducido antes en estos pagos, cuando a la opinión pública le importaba un rábano su suerte, los habrían borrado del mapa sin que nadie moviera un dedo.

Al caer la tarde pasamos al lado de un asentamiento, pero no es el que buscamos. El móvil de Ana se ha quedado sin cobertura, no sabemos si Marciano nos está esperando en el punto de destino, ya que, le advirtió, pasaría las primeras horas de la tarde en Curuguaty, donde toma clases de profesorado. Kilómetros más adelante, un cartel a la izquierda anuncia: Chupa Pou. Salimos de la ruta y la tranquera abierta nos franquea el paso a la comunidad.

Nos internamos por la senda trazada por huellas de neumáticos. A la izquierda, la alambrada marca el límite sur del territorio aché; a la derecha, entre las hierbas, se alzan algunos árboles y unas pocas viviendas rústicas de madera. Varias personas se hallan reunidas en torno a una cabaña. Desde el coche llamamos por señas a un lugareño y le preguntamos por Marciano. Se va a buscarlo. Enseguida se nos aproxima un hombre delgado de unos treinta y pocos años, de expresión afable, con una perilla rala, que nos saluda en un castellano bastante aceptable: es nuestro contacto. Le seguimos con el vehículo hasta una construcción de material con techo a dos aguas, color crema y naranja: el dispensario médico. Aquí, explica mientras abre con la llave, nos alojaremos.

Ana me presenta como antropólogo. Siento que el título me queda grande y me apuro a añadir que soy periodista. Entramos en el dispensario. En las paredes hay carteles manuscritos con versículos bíblicos en lengua aché. Extendemos los sacos de dormir en el suelo, entre camillas, estetoscopios, básculas y folletos de cuidados infantiles. Da la impresión de que el personal sanitario solo aparece por aquí en determinadas fechas. —Hasta tiene cuarto de baño, con inodoro, ducha y todo. ¡Todo un lujo, Pablo! —exclama Ana tras inspeccionar el recinto. Un enjambre de niños curiosos se cuela por las puertas, otros asoman sus caras de luna por la ventana.

Niños aché. Fotografía:
Niños aché. Foto: Pablo Francescutti.

Una vez acomodados, salimos fuera. Le entregamos a Marciano la ropa y las provisiones, que promete distribuir entre los mayores. A unos pocos metros del dispensario, entre dos árboles frondosos, han montado una cancha de vóley. Sobre la tierra apisonada, dos equipos de mujeres juegan un partido vestidas con ropa deportiva, como el resto de los moradores.

Nuestro anfitrión nos explica que se llama Marciano Chevugi. En su lengua Chevugi significa «espíritu de tapir». Todos llevan un nombre cristiano y otro aché. No tienen apellidos, lo cual exaspera a las autoridades, que quieren imponerlos para registrar las relaciones de filiación.

—Diré a mi padre que venga a contarte su vida, de cómo salió del monte.

Se va a buscarlo. En el ínterin, Ana me apremia a tomar notas. La verdad, no tenía pensado escribir nada. ¿No me aleccionaron en la facultad contra quienes tocan de oído sobre culturas que desconocen? Por algo al doctorando le exigen una inmersión completa de al menos seis meses en la etnia a estudiar; solo así podrá traspasar —un poco— las barreras interpuestas a los foráneos, ganar confianza, reclutar informantes, contrastar datos, hacer millones de preguntas e invertir cientos de horas en observaciones minuciosamente registradas. Sin embargo, ¿qué otra cosa hacen los periodistas sino escribir de cosas que apenas conocen? ¿De cuánto tiempo dispone un reportero in situ para acopiar los datos fundamentales de la situación? Hay quienes se patean a fondo el terreno antes de urdir sus reportajes (John Hersey, por ejemplo, dedicó varias semanas a entrevistar a las víctimas de Hiroshima), pero la mayoría apenas cuenta con un par de días para tomar la temperatura ambiente, entrevistar a las personas a mano y, combinando literatura, ojo clínico y algo de documentación, trazar un fresco rápido que, en el peor caso se queda en un impresionismo plagado de clichés, y, en el mejor, ofrece claves interpretativas que ayudan a entrever una realidad ignorada.

Marciano retorna con un hombre bajo y fornido, en bermudas y musculosa: de unos sesenta años y cara curtida, es Enrique Tykuarängi (espíritu de coatí). En eso, su joven y vivaz nuera se acerca a saludar con una niña en brazos, seguida por Melisa, una chiquilina con la camiseta de Cerro Porteño. Después ellas se meten en la casita de tablones alzada sobre pilotes a pocos metros del dispensario, y los cuatro nos sentamos en sillas de plástico, a la sombra de un árbol de mango.

Siento la mirada de Ana clavada en mis espaldas. Parece que si no tomo notas le quitaré dignidad al encuentro. Saco un boli y un par de folios de la mochila y me dispongo a anotar en el dorso en blanco. Si no obtengo suficiente información, siempre me quedará el posmoderno recurso de centrarme en mis estados de ánimo, mis elucubraciones y el making of de la crónica.

Como su padre apenas habla español, Marciano oficia de traductor. Se dirige a él en aché, pidiéndole, me imagino, que vuelva a narrar la «salida del monte», o sea el abandono de la vida en la espesura y la adopción del modo de vida de los blancos. Como no se me ha ocurrido a mí esa pregunta, sino a Marciano, deduzco que se trata de una cuestión a la que han respondido muchas veces y que les gusta contar a los visitantes. Enrique asiente con la cabeza y comienza a relatar:

—Dice que salió del monte a los trece años, en 1973, en Canindeyú. Antes vivía con los suyos al modo tradicional, en un grupo formado por unas diez familias. Los fueron a buscar cuatro ancianos aché que llevaban tiempo viviendo con los paraguayos. Los convencieron de que tenían que salir del monte y finalmente ellos aceptaron. Cuando lo hicieron, el ejército los estaba esperando con camiones. Los subieron con todas sus pertenencias, eran unos setenta. Los trajeron a la Colonia Nacional Guayaquí, ahora Cerro Morotí, que entonces tenía unas diez mil hectáreas.

Tuvo muy poco de voluntaria esa sedentarización a punta de fusil. Era la capitulación definitiva, impuesta por el rugido de las topadoras, cada vez más atronador, cada vez más cercano, y por los choques sangrientos con los productores agrícolas, que veían en los nómadas alimañas a exterminar, o esclavos para sus plantaciones. Antropólogos y periodistas habían denunciado el genocidio y la dictadura del general Stroessner se vio obligada a crear reservas; eso sí, fiel a su lógica de guerra dispuso que el «cuidado integral» de los aché recayese en el Ministerio de Defensa.

—¿Vos naciste aquí o en Cerro Morotí? —pregunto esta vez a Marciano.

—En Cerro Morotí. Cuando las cosas fueron mal y la reserva quedó reducida a unas mil ochocientas hectáreas, nos vinimos a Chupa Pou con el padre Alejandro, de la misión Verbo Divino.

—¿Qué recuerda de la vida en el monte? —me dirijo a Enrique mientras intento sacarle una foto, luchando con el diafragma y la maldita luz subtropical que amenaza con arruinar el retrato.

—Se vivía bien —responde su traductor—. Había comida en abundancia —y en efecto, la despensa del Bosque Atlántico les suministraba tapires, armadillos, pecarís, monos, pavos salvajes, peces de río…—. No existían las enfermedades de ahora, como problemas de la vista…

No exagera; en todas partes el contacto con el hombre blanco expuso a los aborígenes a un sinfín de flagelos contra los cuales carecían de defensas. Después sabría que, en los años setenta, más de un tercio de la población de Cerro Morotí murió de enfermedades respiratorias. Comprendo por qué Marciano quiso arrancar la entrevista con la salida del monte: quería repasar el acontecimiento fatídico de su historia, la expulsión del paraíso, la pérdida total, la catástrofe máxima, como la Nakba de los palestinos.

—Había más espíritu de comunidad —recuerda Enrique y traduce Marciano— ahora viven todos aislados, cada uno va por su cuenta —y se detienen esperando a que tome nota. Suena un golpe seco: un mango ha caído del árbol. Más allá, un grifo aflora de la tierra en medio de un charco. Me figuro que las casas no tendrán agua corriente y que se abastecerán con este grifo. Paso a preguntarle a Enrique por lo ocurrido tras la salida del monte, por cómo sobrellevaron el cambio de vida.

—El primer año fue muy duro —prosigue—. Casi lo peor fue la comida, acostumbrarse al azúcar, a la sal. Todos nos enfermamos del estómago. Otros sufrieron ataques de ansiedad, algunos murieron. En el monte estábamos en mejor estado físico, nos pasábamos el día corriendo, subiendo palmeras… —No me parece que haya demasiada exageración en su nostalgia: las fotografías de los años sesenta muestran a los aché aferrados a sus palos de combate, tensando un arco, luciendo con orgullo su piel pintada y sus cicatrices rituales, su desnudez vigorosa, atlética.

Aché jugando al voley. Foto: Pablo Francescutti.
Aché jugando al voley. Foto:

En la colonia los militares les enseñaron a cultivar la tierra, la agricultura de subsistencia; y los religiosos los evangelizaron y les obligaron a renegar de su cultura pagana. Los primeros años fueron vestidos con prendas del ejército, uniformes que les quedaban penosamente grandes, chaquetones inadecuados para el clima sofocante.

—Las ropas nos raspaban, eran muy incómodas, nos ahogaban —reanuda Marciano—. Algunos se ponían los pantalones por el cuello, o no se los quitaban para hacer sus necesidades.

Pasar de la desnudez al vestido no debe ser nada fácil.

Ahora se han aficionado a la indumentaria deportiva: pantalones de chándal, pantalones cortos de fútbol, camisetas con los colores de los equipos paraguayos, argentinos, brasileños… Con lo que no han transigido es con el calzado; la mayoría en Chupa Pou anda descalza, hábito con el que empatizo plenamente, pues un placer de mi juventud era andar en pata, libre de esa cárcel de los pies, los zapatos. —Eso sí —continúa Marciano— no recuerda que pasaran hambre—. En efecto, el dictador se jactaba de que bajo su Gobierno a los indígenas nos les faltarían víveres ni pasarían frío. Le preocupaba mejorar la imagen internacional de su régimen, empañada por las denuncias.

No todos se adaptaron. El padre de Enrique, por citar un caso, no lo soportó y huyó al monte. A su pesar descubriría pronto que ya era demasiado tarde para volver atrás. Los aché sabían sobrevivir en la selva ayudándose entre todos; pero en la espesura un hombre solo poco o nada puede hacer. —Lo encontraron tiempo más tarde, en el monte, comido por los cuervos —me cuentan.

—Sí se han adaptado al tereré —observo, un poco por desdramatizar, señalando el recipiente que circula cargado con la infusión de mate, hierbas medicinales y agua fría. Padre e hijo se ríen. Les confieso mi sorpresa al escuchar que Enrique pronuncia los números y los años en español.

—En nuestra lengua no existe un sistema de números —explica Marciano encorvado sobre el tereré. También les falta un léxico referente a las nuevas realidades, lo que les obliga a inventar palabras a base de metáforas: «ojo que anda» significa televisión, «voz en oído», teléfono, etcétera. Caigo en la cuenta de que estoy escuchando una lengua en peligro de extinción, uno de los tres mil quinientos idiomas indígenas con todas las papeletas para desaparecer este siglo. Cara a cara con sus últimos hablantes, soy testigo de los esfuerzos por impedir su muerte por amnesia colectiva, pues los jóvenes dan la espalda a la lengua de sus progenitores y se decantan por el guaraní.

—Ya que mencionas el teléfono y el televisor —digo queriendo llevar la charla al terreno que más conozco—, ¿cómo incorporaron las tecnologías de la comunicación a la cultura aché?

Enrique cuenta que, cuando su padre viajó a Asunción y vio un televisor, salió corriendo: creyó que era un espíritu que hablaba. Su hijo añade que el primer aparato entró en Chupa Pou en el año 2000, y se le dio un uso comunitario. En el 2003, hizo su ingreso el primer móvil. Y luego llegó internet (hoy la comunidad dispone de una página web que gestiona Marciano. La rápida asimilación me parece un fenómeno que podría enseñarnos mucho acerca del poder de las nuevas tecnologías en un proceso fulminante de aculturación. Claro que merecería un trabajo de campo extenso, imposible de abordar con una simple entrevista.

Damos por concluida la entrevista. Enrique se va a jugar al vóley, esta vez un partido de hombres y mujeres. Caen unas gotas, los jugadores no se desaniman. Pero la lluvia arrecia y todos se meten en sus casas, nosotros también. Pronto vendrá la noche, nada más que hacer este día. No nos atacan las nubes de mosquitos que nos presagiaron; tan solo se presenta un insecto para mí desconocido, que con sus largas patas trepa lentamente por las paredes y nos deja dormir tranquilos.

Por la mañana, al despertarnos, ha parado de llover. Marciano se asoma a saludar y Ana aprovecha para pedirle agua caliente. Su mujer nos trae un termo y preparamos un desayuno con galletitas y café instantáneo. Los niños se cuelan y compartimos con ellos las galletitas. Salgo a echar un vistazo. El sol brilla fuerte y va secando los charcos. No puede decirse que estemos en pleno monte, nos encontramos en algo así como un área residencial abierta en un claro; la selva se agazapa en el verde borroso que ocupa el fondo del campo visual, más allá de la arboleda dispersa, de las casas y las huertas: una selva cercada por los sojales que rodean Chupa Pou por todos los lados.

A Marciano se le ocurre organizar una comida con los ancianos, con la intención de que nos amplíen el relato hecho por su padre. Nos parece buena idea, pero no podrá llevarse a cabo; al poco rato viene con cara preocupada y nos dice que hay un cambio de planes, su hija menor se siente mal y quiere llevarla al hospital de Curuguaty. Le proponemos trasladarlos en el Nissan, pero rechaza el ofrecimiento: —Demasiado barro en el camino, no sé si el auto logrará pasar, mejor nos iremos en la moto. —Y lo vemos partir con su mujer y la pequeña montadas a su grupa.

Nos refugiamos en el dispensario, tirados sobre los sacos, dejando pasar los calores del mediodía. Es la hora terrible de la siesta, la hora en la que acecha el yasi yateré, siempre dispuesto a secuestrar niños y a abusar de las mujeres curiosas. Hay que andarse con ojo, estamos en los dominios del duende de la mitología guaraní, un enano peludo y tocado con un sombrero de paja.

A media tarde, Marciano regresa con buenas noticias: la nena no tenía nada grave. Ya no hay tiempo de organizar el almuerzo con los ancianos; sugiere, en cambio, recorrer el lugar.

Echamos a andar por la senda principal. A sus costados se desparraman las viviendas. Su dispersión parece confirmar la queja de Enrique; no se aprecia un patrón colectivo de asentamiento, tan solo agrupamientos por familias: —De este lado están las casas de mis padres, las de mis hermanos, la mía —explica nuestro guía. De alguna parte fluyen ritmos de cumbia, la radio probablemente. Exteriormente, parece un poblado campesino típico, cada cabaña con su huerto de mandioca, batata o maíz, con una diferencia: aquí no han perdido la afición a la caza y la recolección. Del río Jejuí, que cruza su territorio, sacan peces; y del bosque, carne, frutos y miel silvestre. Mención aparte merece la palmera pindó, fuente inagotable de palmitos, cogollos, fibras ricas en almidón, materia prima para su mobiliario y la gran golosina de los aché, el gusano blanco.

Pregunto cuántos viven aquí. Me informa Marciano de que, con sus ciento veinte familias distribuidas en una superficie de ocho mil seiscientas hectáreas, Chupa Pou es el más mayor de los poblados aché. En total, la etnia cuenta con unos dos mil miembros. Sin lugar a dudas, una clara mejoría demográfica respecto de los mil individuos estimados a principios del siglo XX y de los seiscientos o setecientos calculados en 1981. Su calidad de vida también parece haber progresado. Se percibe a simple vista que han salido de la miseria espantosa a la que fueron arrojados tras ser arrancados de la vida montaraz. Sí, viven en la pobreza, la pobreza de campesinos pobres de uno de los países más pobres de Sudamérica. Con todo, sus modestas casitas ganan en comparación con las chabolas de los cordones miserables de las ciudades latinoamericanas. No se ven niños desnutridos, aunque las bocas desdentadas de sus mayores no son una buena señal, pues, como dice mi hermana dentista, el estado dental es el termómetro de la salud general. Quiero creer que esto sea solo el legado de los malos tiempos pasados, tiempos que no volverán. Quiero suponer que en algo les beneficia depender del Ministerio de Educación y Cultura y no más de los militares, que algo significa que haya sido una aché, Margarita Mbywangi, la primera aborigen en ser nombrada ministra de Asuntos Indígenas…

Llegamos ante un edificio moderno con un cuidado jardín delantero, el más vistoso de la comunidad: la escuela. Su aspecto no tiene nada que envidiar a sus homólogas rurales de Argentina o Brasil. A través de la ventana se divisan, colgados de las paredes, mapas de Paraguay, dibujos hechos por los alumnos, un panoplia de arcos y flechas, y en la pizarra unas preguntas inquietantes trazadas con tiza: ¿Cómo se transmite la sífilis? ¿Cómo se diagnostica la tuberculosis?

En un aula nos recibe el maestro, Andrés Pikygi, o sea alma de mojarrita. Hijo de una paraguaya y un aché, se crió en Encarnación y reside en Chupa Pou desde hace ocho años, dedicado a impartir enseñanza en aché, guaraní y español a los doscientos veinte niños del lugar.

—¿Quién construyó esta escuela? —pregunta Ana.

—Se levantó con fondos de una ONG de Alemania y Polonia —apunta Marciano.

—Y los aché pusieron el trabajo —añade Andrés.

Los aché al salir del monte, años sesenta-setenta. Foto: Miguel Chase Sardi (CC)
Los aché al salir del monte, años sesenta-setenta. Foto: Miguel Chase Sardi (CC)

Andrés se pone a charlar de política educativa con Ana. Despotrica contra las «reformas impuestas desde arriba que siempre fracasaron», la queja de todos los educadores del mundo contra los burócratas ministeriales, con el agravante de que aquí el objeto de tales reformas son escolares pertenecientes a una etnia acorralada. Mientras él defiende que los padres decidan qué problemas se deben atacar, tomamos el tereré que Marciano ceba con un termo decorado con los colores de la bandera nacional. En la pared, un cartel destaca los valores aché: cooperación (reír juntos, jugar juntos…), generosidad (compartir las cacerías, compartir las frutas), sensibilidad (llorar juntos…). Pero en la escuela además se promueve el sentimiento de nacionalidad: —Aquí defendemos la cultura paraguaya, que a fin de cuentas procede de los indígenas —explica el maestro. Le señalo que los aché no parecen considerarse «paraguayos», pues siguen hablando en términos de «nosotros y ellos», cosa que Andrés reconoce. La conversación deriva hacia la política nacional, a la incidencia de las campañas electorales en la vida de la comunidad. —Son muy provechosas —dice Andrés con ironía. Su comentario me trae a la mente la anécdota contada por Edgardo Garbulsky, mi viejo profesor, a propósito de los toba, cuando vivían todavía en el Chaco y eran cortejados por los políticos cada vez que se acercaban las elecciones.

—Primero vienen los radicales e invitan a un asado a los toba —le relató el cacique—. Nosotros vamos, comemos y al final nos piden el voto. Después vienen los conservadores y nos invitan a un asado; y nosotros vamos, comemos y al final nos piden el voto.

—¿Y cuando llegan las elecciones qué hacen? —preguntó Garbulsky.

—Votamos en blanco, como manda el general Perón.

Pero no todos saben mantener esa astucia principista, como Ana se encarga de sacar a relucir con una pregunta incisiva:

—¿Es cierto que algunos aché venden la C.I.?

—Algunos sí —confirma Andrés.

¿Qué es eso de vender el C.I.? Me explican que se trata de un fraude electoral consistente en «prestar» la cédula de identidad a un partido político a cambio de unos doscientos mil guaraníes (unos cincuenta euros) para que este haga votar a uno de sus secuaces a favor de sus candidaturas. Sale el tema de la marihuana. Paraguay sigue siendo un paraíso del contrabando, y eso incluye el tráfico de estupefacientes. De hecho, es uno de los mayores productores mundiales de cannabis, junto con Afganistán y Marruecos (que yo sepa, en Argentina siempre se ha fumado maría paraguaya). Se rumorea que las plantaciones crecen furtivamente, en medio de otros cultivos para que pasen desapercibidas, o en claros abiertos en el monte.

—No se cultiva en esta zona —precisa el maestro—, eso ocurre un poco más lejos, en Villa Ygatimí.

Su ídolo, nos declara, es Pepe Mujica, el presidente uruguayo, por haber despenalizado el consumo de marihuana desincentivando de esa forma los cultivos clandestinos.

Nos despedimos. Al salir Marciano nos confía que en esa escuela piensa trabajar en cuanto acabe su profesorado de educación trilingüe. Aprovecho para indagar acerca de su estatus. ¿Es él el líder de la comunidad? No, uno de los líderes, aclara, está además el cacique. Este último es un cargo electivo, agrega. Deduzco de sus palabras que el liderazgo de Marciano es de tipo informal. Educado por los misioneros que tutelan Chupa Pou, familiarizado con las culturas aché y paraguaya y competente en aché, guaraní y español, posee las habilidades que le facultan para tratar y mediar con el mundo exterior. Se repite lo ocurrido en los toba de Rosario: el surgimiento de nuevos liderazgos al calor de las interacciones con instituciones municipales, partidos políticos, prensa, ONG…

Siguiente parada: el centro cultural. En el interior de la austera construcción se exhiben en mesas diversas artesanías: arcos de dos metros de alto, lanzas, flechas, alfombras tejidas con hojas de palma, cestos recubiertos de cera de abeja para líquidos, bandas de ortiga brava para transportar bebés, pantallas de mano… La sala tiene otros usos: —Los ancianos se reúnen a cantar sus cantos ancestrales —explica Marciano. Él mismo confiesa que a él, como miembro de las generaciones nacidas fuera del monte, ese acervo le suena extraño. —Recién ahora comenzamos a estudiar sus canciones, repletas de metáforas del mundo selvático que yo desconocía. Queremos impedir que esto se pierda.

Regresamos al dispensario y Marciano nos cuenta el incidente con los carperos, los campesinos sin tierras que organizan ocupaciones rurales. Su apodo les viene de las carpas —pequeñas tiendas de campaña— con las que se instalan en tierras del fisco, de los terratenientes o de los indígenas. El choque se produjo en la comunidad vecina de Arroyo Bandera: en agosto de 2012, doscientas cincuenta familias de carperos ocuparon unas trescientas hectáreas. La reacción de los aché fue unánime, de inmediato los varones de las demás comunidades acudieron en auxilio de sus hermanos usurpados. —Nos quitamos toda la ropa menos los pantalones cortos, nos pintamos la cara y el cuerpo de negro, nos pegamos plumas blancas de buitre y fuimos con nuestros arcos y flechas. Les caímos de madrugada, en medio de la lluvia, cuando no se lo esperaban —reconstruye Marciano, excitándose al revivir la confrontación—. Rodeamos las carpas y les gritamos que se fueran. Éramos cientos apuntándoles con los arcos. Al vernos se asustaron, no se animaron a agarrar sus escopetas. Sus mujeres gritaban desesperadas que no los matásemos. Juntamos sus carpas y sus cosas y las sacamos de nuestras tierras. Después intervino la Iglesia y se tuvieron que ir.

El episodio trascendió las fronteras. En España, El Mundo tituló: «Más de setecientos indios dispuestos a la guerra contra los “sintierra” en Paraguay». Imagino el espectáculo de película, el terror de los carperos al verse cercados por una multitud ululante y con todos los atavíos de guerra. Mal asunto, pobres contra pobres. Por suerte, el pulso no acabó en una matanza. La ley protege a los aché frente a las usurpaciones, pero los tribunales están atascados con denuncias que no avanzan o son ignoradas. De momento, sus tierras están a salvo, pero saben que no pueden bajar la guardia.

No es la única pelea en la que se han metido. Gracias a Miguel nos enteramos de su batalla judicial contra el Estado paraguayo. Hartos de los jueces locales, presentaron su querella por genocidio en Argentina, cuyos tribunales, en nombre de la jurisdicción universal, se han vuelto la última esperanza de pobres y ausentes. La causa retoma la denuncia formulada en 1973 con motivo de la sedentarización forzada, los centenares de asesinatos y la venta de niños y mujeres. Aquella demanda, tramitada bajo la dictadura, no surtió efectos legales, ¿correrá mejor suerte bajo la democracia? Los datos iniciales no son halagüeños: —La Fiscalía paraguaya no responde a los requerimientos del juez interviniente —señala Miguel. No me sorprende: en un país donde han machacado sin piedad a sus aborígenes, aceptar responsabilidades al respecto puede dar lugar a indemnizaciones millonarias que muy pocos Gobiernos querrían abonar. Por lo pronto, sí han ganado un combate: el de la denominación, pues ya nadie les llama «guayaquí». No es poca cosa.

Seguimos andando y diviso, a unos cien metros de distancia, un campo con plantas que ya he aprendido a reconocer:

—¿Ustedes plantan soja?

Marciano asiente con la cabeza.

—¿Cómo lo hacen? —pregunto intrigado de veras, porque este cultivo requiere maquinarias y mucho despliegue de insecticidas, herbicidas y fertilizantes.

—Cultivamos esa parcela entre todos, y los beneficios se utilizan para pagar los gastos comunes, la luz, el dispensario, el combustible y los repuestos del tractor.

Vaya, también aquí han cogido la fiebre del oro verde. Me pregunto si los aché sucumbirán a la tentación que acecha al campesinado del Cono Sur: talar más árboles, plantar más soja, sacar más dinero. Si ceden al canto de la pasta —son tantas sus necesidades y tan golosa la ganancia— dejarán caer la bandera con la que justifican su tenencia de estas tierras, la defensa del Bosque Atlántico.

En las alturas se aprecia un intenso tráfico de nubarrones. Sigue amenazando con llover. A nuestro alrededor el barro se ha secado casi por completo, pero una nueva tromba de agua puede convertirlo en un lodazal intransitable.

—Un vecino acaba de regresar de Caaguazú y dice que se puede ir en coche por el camino —nos tranquiliza Marciano cuando le contamos nuestra preocupación—. Solo hay una parte embarrada justo pasando el puente. Pero si mañana ustedes se atascan les podemos sacar con el tractor.

Pero ni Ana ni yo queremos arriesgarnos; además, si nos empantanamos en medio del campo, ¿cómo pedir auxilio sin cobertura telefónica? El lunes sale de Asunción mi vuelo a Madrid y no puedo pensar en perderlo. Resolvemos adelantar el regreso previsto para el día siguiente.

De nuevo en el dispensario. La cancha de vóley se ha secado y se han reanudado los partidos, Enrique se dispone a sacar. Nos ponemos a armar el equipaje. Con el codo apoyado en la camilla, Marciano garabatea con un bolígrafo. Luego se aproxima y nos entrega a cada uno sendos trocitos de papel arrancados de un cuaderno escritos con una redonda letra azul:

—Aquí tienen sus nombres aché. Vos, Ana, sos Mbywangi, que quiere decir «espíritu de paca», un animal fuerte, líder, que defiende la vida y consigue alimentos para todos; y vos, Pablo, sos Djakugi, que significa «espíritu de pavo real», un ave grande, fuerte y sabia.

No se nos escapa el sentido de este bautismo: hemos sido aceptados por un pueblo cuyo universo simbólico gira en torno a los animales. No se me ocurre mejor colofón de la visita. Y aunque en mi cultura la comparación con un pavo real no connota un elogio, la acepto de buen grado. Además, ¿qué le hace una mancha más al tigre? Ya me he acostumbrado a que, como a buen argentino de piel clara, los paraguayos me llamen curepi («piel de cerdo» en guaraní).

—Tenés que volver en marzo —me dice Marciano— y acompañarnos a recoger miel silvestre, a cazar con arcos y flechas, a cavar trampas para armadillos, a pescar en el arroyo a la manera aché.

Agradezco el convite, aunque veo difícil aceptarlo, pues en esa fecha me encontraré cercado por cientos de alumnos. Una lástima, me perderé la parte del turismo etnográfico que se torna turismo de aventura. Nos despedimos con abrazos y me regala varios libros sobre su pueblo. Por último, nos pide que acerquemos a su sobrino a la escuela agrícola de Curuguaty.

Cuando el muchacho se sube con su bolsón al Nissan, su tío nos dice: —La próxima vez que vengan les resultará más fácil llegar. Van a asfaltar el camino hasta Brasil. —Una medida muy razonable, la cosecha de soja tiene que llegar más rápido a los puertos.

Y partimos rumbo a Asunción, a través de los sojales infinitos. El sobrino, la cabeza rapada como un recluta, cabecea en el asiento trasero. Mientras esquivo los trechos embarrados, me pongo a hacer balance:

—Aparte de reunirnos con los ancianos, nos faltó hablar con el cacique, asistir a la misa del domingo, preguntarles cómo gestionan la página web…

—Y comer en medio de la selva un tapir recién cazado —añade Ana.

—Y probar los gusanos del palmito.

Y así hasta que llegamos a la inevitable conclusión: tan pocas horas con los aché no dan para mucho.

Achés en los años sesenta-setenta. Foto: Bradnislava Susnik (CC)
Achés en los años sesenta-setenta. Foto: Bradnislava Susnik (CC)

Entre paraguayos y jaguares

Sobre los aché escribieron bastante los demás. Del pueblo de la floresta los primeros en dar testimonio fueron los jesuitas: en el siglo XVII, el padre Ruiz de Montoya consignó la existencia de unos caníbales endemoniados. Tras la expulsión de la orden en 1767, nadie volvió a hablar de la elusiva etnia hasta fines del siglo XIX, cuando el francés Carlos de Lahitte observó unos aché cautivos. «Huraños como las fieras», anotó, y sin embargo, agregó, «no se ha sabido nunca que hayan agredido a los blancos». Y especuló con que se trataba de «los naturales más primitivos del planeta». Su informe, los utensilios capturados, las fotos de los prisioneros, pusieron a los guayakí en el mapa de una antropología fascinada con «fósiles vivientes de la Edad de Piedra».

Los etnólogos tomaron el testigo bien entrado el siglo XX. En 1922, el suizo Moisés Bertoni intentó refutar el prejuicio de que eran un remanente embrutecido de la prehistoria, destacando su inteligencia, su capacidad de observación, su rapidez de aprendizaje, sus sentimientos de pudor y dignidad. Subrayó el contraste entre su elaborada mitología y su escasa cultura material; describió su organización en bandas y su antropofagia ritual —casos demasiados aislados, insistía, como para constituir un verdadero canibalismo—; y atribuyó su «esquivez» a una estrategia comprensible: la conciencia de su inferioridad numérica frente a los pueblos circundantes.

A finales de los años cincuenta, el abandono del nomadismo por algunas bandas creó las condiciones para estudios concienzudos. Pero los científicos no se encontraron con silvícolas en estado puro, sino con colectivos en proceso de transformación irreversible. No se sorprendieron, siempre ocurre así; ya lo decía Metraux: los pueblos prístinos solo «empezarán a hablar cuando estén enfermos», solo se abrirán en la hora de su ocaso; antes serán completamente inaccesibles.

Le tocaría a Clastres, tras su estancia en el asentamiento de Arroyo Morotí, levantar acta de una cultura que tenía los días contados. En su Crónica de los indios guayaquí —cuyo valor literario movió a Paul Auster a traducirla al inglés— refiere su afinado control del entorno, su destreza en la caza y recolección; su gran fiesta anual de la miel —la ocasión de confraternizar con las demás bandas e intercambiar mujeres— y su funcionamiento por consenso. Descubrió su poliandria, la respuesta a la escasez de esposas causada por el infanticidio femenino, una práctica a su vez derivada del valor otorgado al varón cazador; y confirmó su canibalismo ritual (se comían a sus muertos con el ánimo de absorber sus almas). Y supo captar la insondable soledad del homosexual en un patriarcado selvático, a la luz de la muerte de un aché de cuyo cadáver nadie quiso hacerse cargo. Al publicarse la monografía en 1972, el asentamiento, diezmado por las epidemias, había dejado de existir, y el libro se convirtió, como señala Peter Canby, «en su principal monumento».

Ahora los aché han tomado la palabra. Una muestra: Relatos de las abuelas y los abuelos aché, Narraciones de la comunidad aché de Chupa Pou, Las aves y el conocimiento tradicional aché, textos en español y aché que recopilan saberes y fragmentos de su memoria colectiva. En una carrera contrarreloj, los editores se afanan por dejar registros impresos antes de que los anales vivientes de un mundo extinto salgan de la escena. Con ese propósito han publicado relatos de una estrecha intimidad con jaguares, armadillos y osos hormiguero, de cruentas riñas intestinas, del goteo de muertes a manos de los «paraguayos», de violaciones perpetradas por el sargento Pereira, el señor de horca y cuchillo de Cerro Morotí. En las entrevistas los ancianos evocan costumbres ancestrales como las luchas con palos, la perforación del labio de los varones y las escarificaciones, dibujos trazados con cicatrices sobre la piel de las chicas que ya menstrúan y de los hombres que han matado a un enemigo. Y se rescata su conocimiento de los pájaros, palpable en su aguzada escucha y capacidad imitativa, porque «cuando un Aché narra un episodio de caza», se admira un ornitólogo, «intercala en la narración la secuencia de todo tipo de sonidos, desde el ruido de las flechas, el golpe de las mismas en las aves, sus gritos de alarma, los sonidos de huida entre las ramas, el grito previo a la muerte o el golpe en seco que un ave pesada produce al golpear el suelo».


Kaiowás: genocidio silencioso en Brasil

Foto: percursodacultura (CC)
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Tenemos que aumentar el porcentaje de biodiésel en la gasolina diésel. Eso tendrá efectos muy significativos en la reducción del efecto invernadero. Además, la reducción en las importaciones de petróleo generará un impacto positivo sobre la inflación (Dilma Rousseff, presidenta de Brasil, en 2014).

Les pedimos que de una vez por todas decreten nuestro total diezmado, nuestra total extinción, y que envíen muchos tractores para excavar un gran agujero en el que arrojar y enterrar nuestros cuerpos. Esto es lo que pedimos a la Justicia Federal. Ya estamos esperamos su decisión. Decreten la muerte en masa de los indios guaraní y kaiowá de las tierras de Pyelito Kue y Mbarakay, y entiérrennos aquí, dado que tenemos completamente decidido que no abandonaremos este lugar ni vivos ni muertos (Carta de indígenas kaiowá al Gobierno brasileño, en 2012).

Dos citas que provienen de dos mundos distintos enclaustrados en un mismo territorio. Uno, el Brasil federal de los intereses agropecuarios de los ricos fazendeiros, de las empresas mineras, de los cultivos destinados a la producción de biodiésel. Un Brasil de doscientos millones de habitantes que conforme usted lee estas líneas está aplastando al otro, el país de los indios guaraní-kaiowá. Como los ciento setenta que fueron desahuciados de sus tierras por decisión de los tribunales brasileños y que en el año 2012 enviaron una carta a las autoridades, amenazando con quitarse la vida si se los expulsaba de su hogar. Todos ellos, hombres, mujeres, niños, morirían antes que abandonar la tierra en que estaban enterrados sus ancestros. No era la primera vez —ni por desgracia será la última— en que los kaiowás recurren a medidas tan extremas. Aunque la alienación psicológica y social es algo que se ha observado en todos los pueblos indígenas despojados de sus tierras, los kaiowás constituyen un fenómeno escalofriante porque llevan décadas respondiendo al expolio de sus tierras con un terrible acto de protesta: el suicidio ritual.

Su trágica historia rara vez recibe atención internacional. Con frecuencia vemos en el cine referencias al expolio sufrido por los indios norteamericanos durante el siglo XIX, pero el pueblo kaiowá está padeciendo un destino idéntico hoy mismo. No es un asunto propio de los libros de historia, sino actual. Lo curioso es que muchas personas fuera de Brasil conociesen el drama de las maneras más extrañas. Por ejemplo, en 1993 el grupo brasileño Sepultura sorprendía a sus seguidores con una canción muy alejada de su habitual death metal furibundo. Un tema acústico, sin letra, de aire dramático y titulado sencillamente «Kaiowas», era la protesta muda de los miembros de Sepultura ante la situación de una tribu progresivamente despojada de sus tierras en pos de diversos intereses económicos y con la total complicidad de las autoridades brasileñas. Para muchos, aquí en Europa, aquella hermosa música se convirtió en la banda sonora de una lejana tragedia, el suicidio masivo de los indios kaiowás, del que apenas acababan de enterarse.

Como podrán comprobar han transcurrido veinte años entre aquella canción y la carta que citábamos al inicio, pero pocas cosas han cambiado. La prensa internacional dedica a los kaiowás una atención episódica, convirtiéndolos en noticia cada vez que se habla de suicidio ritual masivo, pero acostumbra a olvidarlos de nuevo al poco tiempo, porque en su territorio no hay una guerra de esas cuyos bombardeos puedan ocupar minutos en los noticiarios. Pero la tragedia no hace más que empeorar y las estadísticas son espantosas. Tomemos como ejemplo la reserva de Dourados, en donde más de doce mil kaiowás —antes habituados a repartirse por un extenso territorio— se ven obligados a concentrarse en apenas treinta kilómetros cuadrados de terreno. Se calcula que el 25% de ellos sufre de desnutrición crónica, la cual provoca la muerte de entre diez y veinte niños al año. El hacinamiento y la escasa atención sanitaria los convierten en víctimas fáciles de la malaria, el dengue o la hepatitis. Observadores cercanos denuncian que los programas de atención gubernamentales, que sobre el papel deberían ocuparse de estos problemas, están plagados por la corrupción, igual que aquellas agencias indias en la Norteamérica del siglo XIX. Resulta difícil distinguir a las ONG bienintencionadas de las que los funcionarios usan para el desvío de recursos, o incluso de aquellas que han sido compradas por las multinacionales para ejercer como pantalla de sus actividades empresariales en las tierras indias. Y mientras, en Dourados se produce un suicidio cada semana, aproximadamente. La tasa de asesinatos y muertes violentas por habitante supera no solamente a la ya de por sí alta tasa de crímenes del resto de Brasil, sino que —como señalaba con asombro un artículo del diario The Guardian— también es más alta que la de un país en guerra como Irak. De hecho, varios líderes kaiowás han sido asesinados y la justicia brasileña ha respondido generalmente con escasa ejemplaridad, cuando no con vergonzante manga ancha. La cultura kaiowá está siendo exterminada ante nuestros ojos y a la llamada «comunidad internacional» no le importa. Casi nadie en Brasil, y mucho menos en el exterior, hace nada por ellos. Son un pueblo sin futuro.

Foto: percursodacultura (CC)
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Quiénes son los kaiowás

La tribu Kaiowá pertenece a la cultura guaraní, que se extiende también por partes de Argentina, Paraguay o Bolivia. Dentro de Brasil los kaiowás son el grupo indígena mayoritario. No existen demasiados censos fiables y las cifras varían mucho de unas fuentes a otras, pero Povos Indígenas no Brasil afirma que en Brasil habría unos cincuenta mil guaranís, de los cuales treinta y un mil pertenecen a la tribu kaiowá (cifras de 2008). Sus poblados se levantan fundamentalmente en el estado de Mato Grosso do Sul, aunque una buena parte de ellos han desaparecido y sus antiguos habitantes están ya confinados en reservas.

Históricamente, la ubicación en la selva del interior del Brasil mantuvo a los kaiowás alejados del trajín de la inmigración europea. Durante siglos, además, los escasos contactos con los extranjeros se produjeron de forma pacífica. Siendo una tribu geográficamente muy extendida, los kaiowás estaban acostumbrados a viajar entre poblados y cultivar relaciones a distancia, así que nada tenían de la ancestral desconfianza, a veces incluso violenta, de otras pequeñas tribus aún más aisladas que tendían a sentirse inmediatamente amenazadas ante la presencia de cualquier extraño. Los kaiowás, por el contrario, eran poco problemáticos para los recién llegados. De manera parecida a las agrupaciones de clanes de Norteamérica, la tribu kaiowá constituye una auténtica nación india que se contentaba con llevar sus propios asuntos. Tienen sus características peculiares. Su lengua, religión y costumbres son comunes pese a la dispersión de la población. Eran y son una cultura sofisticada.

Su vida era modesta y plácida. Habitaban en poblados donde varios clanes o familias extensas (típicamente cinco o seis) cuidaban sus pequeños cultivos o recurrían a la abundante caza y pesca que proporcionaba el entorno selvático. De naturaleza sedentaria, su profundo vínculo con la tierra es algo que siempre ha intrigado a los observadores. Antropólogos, misioneros, periodistas, voluntarios o los escasos funcionarios brasileños que han intentado entenderlos llegan a una conclusión común: la tierra es un elemento fundamental en el sentido de la identidad y la religiosidad kaiowá. Con ella mantienen una relación que va más allá de lo meramente utilitario, porque la tierra no solamente les proporciona el sustento sino que conforma su identidad grupal e individual. Los kaiowás carecen de banderas o fronteras, pero sí albergan un profundo sentido del arraigo hacia aquellos lugares donde están enterrados sus antepasados, lugares que ellos consideran sagrados e inviolables y cuyo entorno natural respetan en lo posible. Un kaiowá puede mudarse de una aldea a otra para empezar una nueva vida, para renovar las líneas genéticas o para establecer vínculos entre clanes, y de hecho es algo que hacían a menudo, como también hacían las tribus norteamericanas. Pero su yo permanecerá ligado a aquellas tierras donde descansan los restos de sus mayores.

Foto: percursodacultura (CC)
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Esto ha conformado su mentalidad y su espiritualidad hasta el punto de que consideran las tierras que habitan como la puerta hacia el paraíso. La tradición kaiowá habla de la «Tierra sin Mal», paraíso terrenal que sus antepasados anhelaron encontrar durante generaciones. La promesa de encontrarla era la gran esperanza que mantenía su ánimo en los momentos más difíciles y progresivamente fueron identificándola con el lugar al que marchaban sus difuntos. Para los kaiowás, el espíritu de cada persona necesita descansar en el tekoha o cementerio sagrado; allí puede reencontrarse con sus seres queridos en la paradisíaca Tierra sin Mal. La conservación de sus tierras tradicionales constituye pues una triple garantía: de sustento, de identidad y también de salvación espiritual. Según su manera de observar la realidad y según sus tradiciones, la destrucción de su entorno y el expolio de sus tekoha es un funesto presagio del fin del mundo, una señal de que el universo ha perdido sus cimientos y va a venirse abajo. Y efectivamente están viviendo su particular fin del mundo, porque su mundo está desapareciendo.

Esa interconexión entre tierra e identidad es algo tan alejado de nuestro sentido de la propiedad que resulta difícil traducirlo a conceptos europeos. Sin embargo, sabemos que es real porque se ha manifestado de manera muy cruda en hechos. Cuando los kaiowás vivían en su refugio selvático e ignoraban alegremente la llegada y proliferación de inmigrantes en regiones más cercanas a la costa, eran un pueblo feliz. Sin embargo, a finales del siglo XIX las cosas empezaron a cambiar. La presión demográfica en Brasil y sobre todo los intereses económicos de diversas empresas y terratenientes hicieron que el territorio kaiowá se convirtiese en un cotizado botín. Durante el siglo XX esa presión fue creciendo: a partir de 1920, el avance de las explotaciones agrícolas empezó a desplazarlos. La situación llegó a un punto sin retorno durante la década de 1970, en que las plantaciones de soja demandaban territorios cada vez más extensos y los desahuciados empezaron a contarse por decenas por miles. En ese punto, la identidad colectiva e individual de los kaiowás quedó hecha añicos y todo atisbo de felicidad desapareció, quizá para siempre.

El expolio

Los desahucios de los kaiowás han seguido casi siempre un proceso idéntico. Primero, un terrateniente (fazendeiro) o una empresa fija sus ojos en un territorio habitado por los indígenas. Después lo ocupa —muchas veces incluso antes de obtener permiso gubernamental— y lo deforesta para su explotación. Así, la tierra sagrada de los kaiowás termina convertida en una plantación de azúcar o de soja, en una mina o en un extenso rancho para el ganado. Esta invasión de facto suele ir acompañada de un reclamo de propiedad por parte de los nuevos explotadores, en forma de contrato de compraventa federal o en forma de procedimiento judicial. Dado que los kaiowás vivieron siempre completamente ajenos al sistema de propiedad importado por los inmigrantes europeos, carecen de titularidad «legal» sobre sus propias tierras. De repente se encontraban con que ya no se aplicaban sus propias leyes, sino las leyes de un Estado brasileño que se había formado en torno a ellos. Sus tierras eran adjudicadas a terceros por un juez, o vendidas por el Estado. Un buen día, el nuevo amo de la tierra, mostrando su flamante título de propiedad, reclama al Gobierno que expulse a los indígenas. Y estos se encuentran indefensos. Cuando el asunto termina en los tribunales, cosa que ha sucedido a menudo, los kaiowás han comprobado una y otra vez —y con pocas excepciones— que los jueces federales reconocen únicamente las escrituras de propiedad «legales» en manos de los terratenientes o empresas recién llegados a aquellas tierras, mientras quienes las habitaron durante siglos se ven condenados a abandonarlas. La burocracia brasileña casi nunca reconoce una propiedad ancestral que no esté convenientemente registrada en papel.

Foto: percursodacultura (CC)
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¿Qué hace el Estado brasileño al respecto? Nada, o casi nada. Los kaiowás son tratados como una molestia pese a que la Constitución Federal incluye una «biensonante» defensa de sus derechos. Tan biensonante como engañosa. La Constitución brasileña de 1988 dedica a los indios el capítulo VIII del octavo título («Del Orden Social») con la supuesta intención de poner freno a lo que muchos observadores denominan abiertamente como genocidio. Quizá les parezca anecdótico, pero desde luego resulta muy simbólico el que, exceptuando el título final sobre disposiciones generales, la parte del texto dedicada a los indios esté en el último capítulo del último título de la Constitución. Una posición que constituye una perfecta metáfora. Pero, ¿qué dice concretamente la Constitución? En su artículo 231 dice así:

Se reconoce a los indios su organización social, costumbres, lenguas y creencias tradicionales, así como los derechos originarios sobre las tierras que tradicionalmente ocupan, correspondiendo a la Unión [Estado] demarcarlas, protegerlas y hacer que se respeten todos sus bienes. (…) Se consideran tierras tradicionalmente ocupadas por los indios las habitadas por ellos con carácter permanente, las utilizadas para sus actividades productivas, las imprescindibles para la preservación de los recursos ambientales necesarios para su bienestar así como las necesarias para su reproducción física y cultural, según sus usos, costumbres y tradiciones.

Párrafos aparentemente bienintencionados que si fuesen citados así, de manera aislada, podrían parecer una defensa tajante de los derechos de los indígenas. Pero siempre hay letra pequeña cuando se trata de los débiles y ese mismo artículo está matizado por otras frases de doble filo como «el aprovechamiento de los recursos hidráulicos, incluido el potencial energético o la búsqueda y extracción de las riquezas minerales en tierras indígenas, solamente pueden ser efectuadas con autorización del Congreso Nacional» o «son nulos y quedan extinguidos, no produciendo efectos jurídicos, los actos que tengan por objeto la ocupación, el dominio y la posesión de las tierras a que se refiere este artículo (…) salvo por caso de relevante interés público de la Unión, según lo dispusiese una ley complementaria». El astuto lenguaje jurídico, en un ejercicio de indisimulada doblez, consigue que la Constitución les dé a los indígenas una de cal y otra de arena. El Estado brasileño se lavó la conciencia con un capítulo de sonoridad proteccionista en el que, no obstante, se reservaba la última palabra a la hora de decidir sobre el uso de las tierras indias y por tanto sobre el destino de los indígenas. En lenguaje más sencillo: los indios podrán conservar sus tierras mientras el poder político de Brasil no decida lo contrario. Las tierras indias siguen siendo susceptibles de la expropiación a causa del «interés general». Para los kaiowás, que durante mucho tiempo vivieron según sus propias leyes, es una situación verdaderamente kafkiana.

La palmaria contradicción entre palabras y actos que vemos ejemplificada en la propia Constitución brasileña recuerda mucho a lo sucedido en Estados Unidos durante el siglo XIX, donde el expolio violento se producía siempre precedido y acompañado por tratados, promesas y buenas palabras. Eso sí, los sucesivos Gobiernos del Brasil son cada vez más conscientes de que podrían tener un problema de imagen con el genocidio indio y muy particularmente con el drama de los kaiowás, cuyos suicidios rituales tienen el potencial de atraer la atención internacional. La mala conciencia de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial de Brasil los lleva a fingir sensibilidad hacia el asunto de manera periódica. Por ejemplo, la momentánea repercusión internacional del drama durante los años noventa condujo a cierto número de decisiones judiciales favorables a los indios… aunque con el tiempo y el olvido esas decisiones han sido recurridas, revocadas o sencillamente ignoradas por los de siempre, las empresas y terratenientes que no han detenido su labor predadora. Mientras, el Gobierno y la justicia hacen de nuevo la vista gorda ante la invasión cuando no le dan la razón a los invasores si así lo dicta el «interés nacional». Incluso un presidente con fama de sensibilidad social como Lula da Silva se limitó a decretar medidas asistenciales, aunque haciendo poco o nada por cambiar la verdadera naturaleza de la situación.

Foto: percursodacultura (CC)
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Esperar un milagro en forma de un Gobierno brasileño que de verdad haga respetar los derechos indígenas constituye casi una quimera. La voracidad que despiertan las tierras kaiowás no ha hecho más que empeorar debido a la proliferación de cultivos dedicados a la producción de biodiésel, ese negocio ecológico-energético del siglo XXI del que tanto han presumido algunos dirigentes brasileños como la actual presidenta Dilma Rousseff. El moderno, prometedor y publicitado biodiésel se ha convertido en el clavo que faltaba para sellar definitivamente la tapa del ataúd kaiowá, por si no había suficiente con el imparable triplete de intereses agrícolas, ganaderos y mineros.

Pobreza, alcoholismo violencia… y suicidio ritual

Así pues, la deforestación de las tierras indias y el establecimiento de plantaciones, ranchos ganaderos o explotaciones mineras se hacía y se continúa haciendo básicamente por las bravas. Los habitantes de las aldeas kaiowás se encuentran con el ominoso fait accompli de la súbita destrucción de su entorno incluso antes de que los tribunales hubieran dictaminado siquiera sobre el asunto. ¿Qué salidas les han quedado? Pocas. Primero intentaban emigrar a otras regiones kaiowá, aumentando la presión demográfica de unos poblados cuya economía de subsistencia tropical no produce lo suficiente para alimentar a demasiada gente (de ahí la tradicional dispersión geográfica de esta tribu). Cuando los demás territorios kaiowás eran también invadidos o deforestados, les quedaba retirarse a alguna de  las exiguas reservas concedidas por el Gobierno brasileño. En esas reservas carecen del entorno en que han sobrevivido durante siglos, el entorno que conocían y en el que sabían desenvolverse. Apenas tienen tierra para cultivar y desde luego pueden olvidarse de la posibilidad de cazar o pescar. Como su sustento se ve comprometido, muchos de ellos —generalmente los varones de la familia— se ven obligados a aceptar trabajos en las nuevas plantaciones de azúcar, en las fábricas de licor o en las factorías de procesamiento de carbón. Allí son explotados a cambio de un sueldo mísero, bajo condiciones laborales terribles que los trabajadores kaiowás soportan como pueden, sabiendo que eso constituye ya el único medio para enviar recursos a sus familias. Hace solo unas décadas que los kaiowás empezaron a ser arrojados a este nuevo modo de vida y apenas saben cómo defenderse de los abusos.

La falta de sustento y la explotación laboral no son la única consecuencia directa del desahucio de los kaiowás. Comentábamos que su identidad como pueblo y sus valores espirituales quedan deshechos cuando ven sus antiguas tierras arrebatadas, destruidas y transformadas en plantaciones o fazendas. Esto es lo que antropólogos y misionarios brasileños intentan explicar desesperadamente a quien quiera escucharlos: no podemos intentar comprender a los kaiowás y su vínculo espiritual con la tierra, tampoco podemos convertirlos en ciudadanos perfectamente integrados en un sistema que para ellos resulta aberrante. La alienación psicológica típica de las tribus indias despojadas de sus tierras y destinadas a reservas se reproduce en los kaiowás: el alcoholismo, los trastornos depresivos y la desestructuración social se convierten en plagas endémicas. También se suma el problema cada vez más extendido de las drogas. Al alcoholismo temprano —muchos kaiowás empiezan a beber tan pronto como a los doce o trece años— hay que añadir la cocaína («ese polvo que no sabemos cómo ha llegado hasta nuestras aldeas») que antes era desconocida entre ellos pero que ahora es motivo de conflictos y robos, un agravante más en la fractura social de la antaño estable comunidad kaiowá. Los narcotraficantes siempre mostraron interés por infiltrarse en grupos indígenas para usarlos después como vendedores o correos, especialmente en aldeas cercanas a ríos navegables, dado que resulta rápido y fácil transportar la droga en embarcaciones. Pero la droga también ha llegado hasta las reservas, caldo de cultivo idóneo para crear nueva clientela.

Foto: percursodacultura (CC)
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Otras consecuencias van más allá del mero ámbito psicológico individual. El sistema legal tradicional de los kaiowá queda automáticamente destruido a causa de la pérdida de sus tierras. Su justicia tribal solucionaba muchos conflictos mediante el extrañamiento. Esto es, que si dos miembros de una aldea se enfrentaban y no se llegaba a un arreglo que garantizase la paz, como mínimo uno de ellos era obligado a trasladarse con su familia a otra aldea kaiowá. Así se evitaba que los conflictos se enquistasen durante años —e incluso durante generaciones, como bien sabemos en Europa— y así mantenían una tasa muy baja de incidentes violentos. Pero tras perder el amplio ámbito geográfico del que antes eran dueños y señores, su sistema pasó a resultar inviable porque ya no había otras aldeas donde enviar a una de las partes en caso de conflicto. Hacinados en reservas, frustrados, alienados, y desprovistos de los instrumentos tradicionales para conseguir la paz social, los antaño pacíficos kaiowás se convierten en presa fácil para el caos interno y la violencia.

¿Y qué sucede con la altísima tasa de suicidios? Todas las poblaciones indígenas alienadas muestran altos índices de suicidio, producto inevitable de su situación. De hecho, estos últimos días podíamos leer la tétrica noticia de una oleada de suicidios entre adolescentes indios de Norteamérica. Pero entre los kaiowás el suicidio es algo más que una salida individual a una situación desesperada. Es también un acto de protesta. De ahí que acostumbre a producirse por ahorcamiento y que elijan ramas muy bajas de los árboles para colgarse. Lo cual, claro, les obliga a doblar voluntariamente las piernas para morir (algunos incluso lo hacen de rodillas) y así demostrar que quitarse la vida no ha sido una decisión precipitada de la que quizá se hubieran arrepentido de haber tenido una segunda oportunidad, sino un acto de voluntad, una elección muy premeditada. En las escasas ocasiones en que la prensa internacional se ha asomado a la tragedia kaiowá ha sido a causa de alguna oleada de suicidios. En estos casos, los espeluznados redactores extranjeros describen cómo el suicidio ritual no es cosa solamente de adultos, sino que también se registran casos de chicos y chicas adolescentes de catorce, quince o dieciséis años que deciden quitarse la vida según ese mismo rito.

Quizá el rasgo más distintivo y que más ha llamado la atención al respecto son las amenazas de suicidio grupal, como aquella que mencionábamos al principio de este artículo y que se produjo cuando una aldea kaiowá de Pyelito Kue fue desahuciada por orden de un tribunal que daba validez al título de propiedad de un comprador. Tras el desahucio, los antiguos habitantes del poblado retornaron a la tierra que consideraban suya y rogaron que en vez de dictar una nueva orden de desahucio por las fuerzas armadas, el tribunal decretara la muerte de los indios y que se les permitiera ser enterrados allí. Sin duda era una protesta a la desesperada, pero el problema de las autoridades brasileñas es que saben bien que los kaiowás no van de farol. No es la primera vez que un grupo de kaiowás afirma que prefiere morir antes que abandonar sus tierras y está dispuesto a cumplir su amenaza porque sabe bien el terrible destino que les espera en una reserva. Hoy, en pleno 2015, el asunto de Pyelito Kue continúa sin resolverse y el Gobierno opta por la inacción, dejando que los jueces resuelvan un destino anunciado. Entretanto, a finales de 2014 un joven kaiowá de los que escribieron la carta fue asesinado a tiros por los guardas de seguridad de la hacienda que ahora ocupa las antiguas tierras de su poblado. No ha sido el único. De hecho lo sucedido en Pyelito Kue, asesinatos incluidos, es lo habitual.

Foto: percursodacultura (CC)
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Una lucha sin victoria posible

Esto que ves aquí es mi vida, mi alma. Si me separas de esta tierra, me quitas la vida (Marcos Verón).

No es raro que los kaiowás desahuciados intenten regresar a sus tierras. En ocasiones su capacidad de resistencia es enorme. Un ejemplo: hace décadas, a mediados de los cincuenta, los habitantes de una aldea expoliada decidieron no resignarse a su destino. Sus tierras fueron ocupadas por un rico terrateniente brasileño que taló la selva y la convirtió inmediatamente en un rancho. Los indios desahuciados veían incrédulos como su entorno ancestral era destruido y transformado en una hacienda donde las vacas campaban a sus anchas por la tierra sagrada en la que estaban enterrados sus antepasados. Pero se negaron a alejarse, estableciéndose junto a los límites legales de la nueva hacienda con la intención de regresar algún día a su tierra sagrada. Enviaron múltiples reclamaciones a los sucesivos Gobiernos brasileños, los cuales ignoraban sistemáticamente sus reclamos. También recurrieron a los tribunales, que dieron la razón al terratiente. En 1997 y tras varias décadas de protesta infructuosa, finalmente a los kaiowás se les terminó la paciencia. Guiados por su anciano líder Marcos Verón y sin permiso «legal» de las autoridades —violando de hecho las sentencias de los tribunales federales— retornaron a sus tierras y sencillamente empezaron a reconstruir sus antiguos hogares y a replantar sus antiguos cultivos. Esta vez fue el terrateniente quien los llevó a juicio, porque desde su perspectiva de la legalidad federal brasileña aquella tierra había sido suya durante décadas (desde la perspectiva de la tradición kaiowá, claro, aquella tierra les pertenecía a ellos desde hacía siglos). El tribunal federal, como era de esperar, ordenó un nuevo desalojo de los kaiowás. Poco más de tres años después de regresar para reconstruir su aldea, una fuerza armada formada por policías y soldados los obligó a marcharse de nuevo. Estos kaiowás, una vez más, desdeñaron el exilio en una reserva y volvieron a instalarse en los límites de la fazenda para que nadie olvidase que aquellas eran sus tierras. Durante varios años más vivieron junto a una carretera bajo condiciones paupérrimas, teniendo como único hogar una especie de chabolas hechas con plásticos y declarando por enésima vez que no pensaban rendirse. En el año 2003, su líder Marcos Verón, que ya rondaba los setenta años de edad, los guio de nuevo hacia el territorio prohibido por el juez, pero esta vez los pistoleros a sueldo que se encargaban de vigilar la propiedad del terrateniente actuaron sin esperar a los tribunales. Le pegaron una paliza al anciano líder, dejándolo agonizante. Marcos Verón murió unas horas después a consecuencia de los golpes, convirtiéndose en un símbolo de la lucha kaiowá. Aunque sus asesinos fueron detenidos y juzgados, pasaron menos de cuatro años en la cárcel. Nunca se les acusó de homicidio, ni siquiera en grado de tentativa. Verón no ha sido el único líder asesinado por los usurpadores de sus tierras. Quienes han desafiado a los invasores han seguido a veces similar suerte, caso de Valmireide Zoromará, asesinado a tiros en el año 2009. Diversos organismos han denunciado las numerosas agresiones que sufren los kaiowás. No solamente en casos de conflictos sobre territorios, sino que hasta aquellos que han aceptado marchar a las reservas continúan recibiendo agresiones. Se han producido asesinatos y ataques en la represión de protestas y manifestaciones, pero también por motivaciones bastante más oscuras, como expresión de la discriminación social y racial que padecen los indios expoliados. Un estudio de 2009 hablaba de que unos cuarenta kaiowás al año morían por causas violentas, sin contar el suicidio.

Foto: percursodacultura (CC)
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¿Cómo terminará su lucha? Quienes los conocen y los estudian están de acuerdo en que la solución a sus problemas pasa por que a los kaiowás se les devuelvan sus tierras, que se les permita vivir, hacer y deshacer en ellas de acuerdo con sus tradiciones y costumbres. Durante siglos vivieron manteniendo la integridad de unos entornos que terratenientes y multinacionales llegan a destruir en apenas días, y tienen derecho a seguir viviendo de ese modo. Lo más sangrante es que los kaiowás de la actualidad ni siquiera reclaman la devolución de todas sus tierras. Generalmente se conforman con reclamar un territorio que supone solamente el 2% de la extensión del estado de Mato Grosso do Sul. Y ni eso se les concede.

Salvo que contra todo pronóstico algún Gobierno brasileño desafíe a los demás poderes fácticos y trate de blindar de verdad un territorio para los indios, la mencionada solución no tiene pinta de llegar jamás. Desgraciadamente las tierras kaiowás forman parte del Lebensraum de la economía brasileña y los únicos individuos sobre la Tierra que tienen verdadero interés en que se les devuelva son los propios kaiowás que, recordemos, son apenas treinta mil (más unos veinte mil indios de otras tribus) frente a los doscientos millones de habitantes de Brasil. El Estado brasileño, tras las buenas palabras, parece estar siguiendo al dedillo su propia versión de la doctrina del «Destino Manifiesto», tapándose la nariz ante el genocidio cuando no colaborando activamente en él. Las empresas que explotan aquellos territorios hacen todo lo posible por echar a los indios que aún quedan, y cuanto antes. La «comunidad internacional», que vive demasiado pendiente del PIB, la inflación o el experimento del biodiésel brasileño, no va a preocuparse por una comunidad indígena cuya dispersa población total reunida apenas supera la de Manises o Arcos de la Frontera. La prensa se acuerda de ellos cada cierto tiempo y lo hace con comprensible simpatía, pero de manera más bien aislada. Entretanto, durante la próxima semana un kaiowá o dos se suicidarán, otro será asesinado, un niño kaiowá morirá de hambre, otros enfermarán de dengue y malaria, varios se iniciarán en el consumo de alcohol apenas abandonada la infancia… con semejante trasfondo dramático, no resulta extraño que aquella canción de los brasileños Sepultura sonase tan grave y solemne. Sirva esa bella música como homenaje (y si les gusta, no dejen de escuchar la secuela «Itsari», grabada junto a los indios Xavantes).


Mejor váyanse a vender caramelos en los semáforos

(English version)

Reportaje realizado con el apoyo de Intermón Oxfam

Cinco siglos después de la Conquista, una nueva colonización asalta los recursos naturales y destruye las poblaciones locales. No hay carabelas, ni armaduras, ni hombres a caballo, ni conversiones, sino tractores, pesticidas, paraísos fiscales, mercados financieros, inversores que, como Leopoldo II o los Reyes Católicos, no sabrían decir las creencias, costumbres o la lengua que hablan los hombres que habitan sus dominios. En Paraguay, la agroindustria se ha convertido en el gran negocio que fumiga y expulsa al campesino y produce enormes beneficios para el disfrute de unos cuantos; de nacionalidad, inversores.

Paraguay 0

Paraguay: una nueva colonización

Curuguaty, julio 2012

Unos días antes de que corriera la sangre, el comisario Arnaldo Sanabria llamó por teléfono al líder campesino Rubén Villalba y le dijo que solo tenían dos posibilidades. O se largaban por las buenas o les mandaban un grupo armado.

«Un grupo armado acompañado de varias ambulancias», añadió el policía para reforzar la gravedad de sus intenciones. «Traigan también cajones de madera», respondió desafiante el campesino.

Todavía hubo una última advertencia.

Fue la visita de un emisario del Ministerio del Interior, Elvio Cousirat, quien se desplazó hasta el campamento y mantuvo un tenso diálogo con las familias que ocupaban la finca Marina Cué, unas tierras del Estado que el empresario y político del Partido Colorado, Blas Riquelme, reclamaba como propias.

«Si traen los papeles que acrediten que la propiedad es de Riquelme, saldremos», dijo Avelino, uno de los ocupantes. «Muestren el documento», insistió otro campesino alzando su voz entre el coro de protestas.

Antes de abandonar el campamento que presidía la bandera nacional como si los colores patrios fueran un talismán que debería defenderles de la balacera que se anunciaba, el funcionario público hizo todavía un comentario a modo de despedida.

Fue un comentario irónico que a los campesinos les sentó como un escupitajo.

«Mejor váyanse a la capital a vender galletitas y caramelos en los semáforos», dijo utilizando una frase que ya se ha convertido en una broma recurrente por parte de todos aquellos que consideran al campesino como una antigualla; una especie en extinción cuya forma de vida humilde y autosuficiente, construida sobre el cultivo de unas pocas hectáreas, unos cuantos animales —cerdos, vacas, un par de caballos, gallinas—, y la venta de sus productos en los mercados locales, son un estorbo y una rémora para que pueda fluir libremente el progreso.

El progreso: solo durante el año pasado, Paraguay creció el 13%, una cifra espectacular que se debe casi exclusivamente a la industria agrícola, los monocultivos a gran escala, especialmente la soja.

Esta riqueza colosal apenas necesita mano de obra, se exporta en casi su totalidad, cotiza en bolsa y paga escasos impuestos en el país, de manera que se ha convertido en la panacea de las grandes fortunas y de los inversores extranjeros, entre los cuales dominan las empresas multinacionales norteamericanas y europeas.

El problema es que tamaña riqueza no revierte en la mayoría de la población, el pequeño productor es incapaz de competir con los precios, los campesinos se ven forzados a vender sus tierras, se utilizan semillas transgénicas y se fumiga a gran escala con pesticidas que enferman y matan a la población, además de destruir el ecosistema —dicen los campesinos que ya no se ve ni una abeja allá donde crecen los sojales.

Según un estudio realizado por Oxfam-Intermón, solo el 1,6% de los propietarios se reparten el 80% de la tierra agrícola y ganadera paraguaya. El resto de la tierra se la reparten entre el 84% de los agricultores. El resultado es que más de 180.000 familias campesinas no disponen ni siquiera de las diez hectáreas que se consideran el mínimo imprescindible para sostener la economía de una sola familia en un país donde todavía más de la mitad de la población vive del campo.

Mientras los campesinos luchan por acceder y aferrarse a la tierra al tiempo que se empobrecen cada día más, los grandes propietarios y los inversores extranjeros compiten para acumular todavía más territorio y avanzan como una marea verde, aplanando el horizonte, talando los bosques, aislando las poblaciones, exportando millones de toneladas anuales —Paraguay ya es el cuarto exportador de soja del mundo—fumigando con tractores y avionetas, echando al campesino que se resiste a abandonar su modo de vida tradicional y observa atónito como aquellos de los suyos que han malvendido las tierras y han decidido ir a buscarse la vida a la gran ciudad, se hunden en la miseria urbana de las periferias sociales.

«Tenemos un sistema financiero —dice Susan George a propósito del nuevo capitalismo— que está completamente fuera de control; existe una carrera entre las compañías multinacionales para hacerse con los recursos que quedan, ya sea energía, comida, tierra, agua, metales, oro… y por encima de todo ello está la crisis de la democracia: autoridades ilegítimas que no han sido elegidas por los ciudadanos son las que crean las reglas del juego».

Paraguay responde a la perfección a este nuevo modelo. Es uno de los paraísos sobre la tierra de los nuevos conquistadores del siglo XXI: dinero a mansalva que escapa al control social, se multiplica en los mercados especulativos, se vuelve invisible en los paraísos fiscales y se desborda de los bolsillos de ciudadanos sin compromisos con la sociedad en la que viven. Los nuevos dueños del mundo —cuya última panacea consiste en que ya no necesitan gobiernos militares para controlar las instituciones públicas y el Estado— ahora lo controlan desde los negocios.

Paraguay 1

Yo aquí moriré, dijo Delfín antes de morir 

Curuguaty, 15 de junio 2012

Una semana después de la visita del funcionario público a la finca ocupada Marina Cué, el ruido ensordecedor de las palas de un helicóptero alertaron a los acampados a primera hora de la mañana. Los campesinos, que disponían de algunas escopetas de perdigones, cuchillos y palos se prepararon para resistir al desalojo y forzar la negociación como ya habían hecho en otras siete ocasiones en el mismo lugar, arropados por la presencia de mujeres y niños. Lo que no podían imaginar esta vez es que el choque sería tan devastador.

Poco antes de que le descerrajaran un balazo en la mandíbula, Néstor Castro tuvo todavía el coraje —o la ingenuidad— de comentar a sus hermanos menores:

No se preocupen. Esta tierra es nuestra. No pueden sacarnos de acá sin documentos.

—Son demasiados —contestó Adolfo en uno de los últimos comentarios que habría de pronunciar antes de dejar este mundo.

M. P., que no quiere dar su nombre, recuerda lo que vio desde la copa de un árbol donde se refugió cuando empezaron los tiros: «El compañero Fermín Paredes yacía en el suelo malherido. Lloraba. Entonces se acercaron unos policías del grupo táctico, que se protegían con máscaras antigás. “Venga, dale, métele bala”, dijo un oficial. Y allí lo remataron. Yo lo vi todo desde el árbol. Por la noche abandoné el lugar».

Las tierras que reclaman los campesinos en Marina Cué suman unas 2000 hectáreas que fueron donadas al Estado en el año 1967 por la empresa Industrial Paraguaya. El Estado las cedió entonces al Ejército para que las utilizara un destacamento de suboficiales de la marina, y de ahí el nombre de Marina Cué, pues en guaraní, la voz kué significa «que fue de…».

Los militares estuvieron en la finca hasta el año 1999 y luego la dejaron abandonada, hasta que un grupo de campesinos organizados en el Movimiento para la Recuperación Campesina de Canindeyú hizo gestiones para que el Instituto Nacional de Desarrollo Rural de la Tierra (Indert), entregara estas 2000 hectáreas a los campesinos en el marco de la reforma agraria. Mientras tanto, el empresario Blas Riquelme empezó el cultivo industrial de las tierras y cuando en el año 2005 el Indert decidió mesurarlas con la intención de repartirlas entre los campesinos, Riquelme, a través de la empresa Campos Morombí, inició un juicio de usucapión, que ganó.

La usucapión es una figura legal según la cual el cultivo continuado de una tierra permite acceder a la propiedad. Pero en el caso de Riquelme no se daba esta circunstancia, pues simplemente se había apoderado de la finca y el juicio de usucapión estaba lleno de irregularidades, de oscuras intervenciones judiciales e influencias políticas que había denunciado el propio Indert.

Los campesinos, pues, creían que la tierra pertenecía al Estado y que no se trataba de una finca privada como pretendía Riquelme. Por lo tanto, la ocupación no era, en ningún caso, «un ataque a la propiedad privada» sino que formaba parte del derecho que les otorga la ley a acceder a ella, repoblarla y cultivarla.

De manera que aquella mañana del 15 de junio los campesinos reunidos en Marina Cué (unos 50) no podían imaginar que la jornada terminaría con 17 muertos, entre ellos seis policías, además de un número indeterminado de heridos. Como ha denunciado la coordinadora paraguaya de derechos humanos, siete de los campesinos muertos fueron ejecutados a bocajarro cuando ya se habían entregado o habían sido reducidos por los atacantes.

«Los esperaremos acá. Deben conversar con nosotros», dijo todavía Avelino cuando vio asomar entre los yerbales a los uniformados minutos antes de que empezara la balacera. Eran más de 600, todos ellos pertrechados con chalecos antibalas y cascos de combate. Atacaron por los flancos en dos columnas mientras un helicóptero dirigía las operaciones desde el aire.

«Yo aquí moriré», fueron las últimas palabras que pronunció Delfín Duarte antes de morir.

La primera bala le perforó el estómago. Malherido, Delfín se arrastró buscando refugio en el pastizal. Los policías que le localizaron decidieron terminar la faena con dos tiros que le destrozaron la cara y le abrieron un boquete del tamaño de un puño en la espalda.

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Amortajado como un caramelo

Curuguaty, junio 2013

El campesino Mariano Castro tenía a tres de sus ocho hijos entre los ocupantes de la finca, Néstor, Adalberto y Adolfo.

Un año después conversamos en el escenario de la tragedia que ha pasado a conocerse como la Matanza de Curuguaty, pues es en este distrito situado a unos 300 kilómetros de la capital, Asunción, donde se encuentra la finca Marina Cué.

«Adolfo, me lo mataron», dice Mariano. Tenía 28 años. «A Néstor le desfiguraron la mandíbula de un balazo y lo tienen preso en la cárcel. Adalberto, el menor, de 24 años, cayó herido en un primer disparo y luego le encañonaron un fusil en la oreja y le gritaron que corriera. Adalberto no podía moverse. Entonces le dieron una paliza descomunal y lo dejaron tendido en el maizal dándole por muerto».

Mariano Castro explica que él y sus hijos explotan unas diez hectáreas de tierra, pero a medida que los chicos se han hecho mayores la propiedad no alcanza para más. «Quieren su propia casa y su propia tierra. Por esto estaban en la ocupación».

El día antes de morir, Adolfo pasó a ver a su padre. «Dijo que quizás vendría la policía pero que podrían negociar y que su abogado les había comentado que la cosa parecía ganada. Incluso habían parcelado las tierras. Cada campesino con su propio lote».

Tierras malhabidas. En Paraguay la propiedad de la tierra es un asunto sin resolver, pues incluso muchos de los pequeños campesinos «propietarios», solo disponen de la «derechera», es decir una propiedad reconocida, sin la existencia de papeles o documentos. Cada vez más necesitado de terreno, el campesino reclama el acceso a las tierras del Estado, cientos de miles de hectáreas de las cuales son conocidas como «tierras malhabidas» porque pertenecen a los lotes que el dictador Stroessner repartió a militares, policías y amigos —entre ellos el dictador nicaragüense Somoza— como si el país fuera su finca particular.

Muchas de estas tierras han vuelto a la propiedad del Estado, y la agroindustria pugna con los campesinos para explotarlas, en un contexto político-legal donde todavía está por hacer una reforma agraria y el campesino permanece desprotegido frente a los grandes terratenientes que dominan el Estado.

La prensa —dice Mariano Castro— nos acusa de ser terroristas, nos relaciona con el EPP (un reducido grupúsculo armado que actúa en la zona de San Pedro). Y esto es una gran mentira. Los que estaban en la ocupación, nacieron acá. Se criaron acá. Viven acá. Y solo piden un pedazo de tierra. En Paraguay hay mucha tierra y está muy mal repartida. Mis hijos no tienen antecedentes de ningún tipo. Ni robaron, ni violaron. Adolfo murió luchando por un pedazo de tierra y yo me siento orgulloso de él y de sus hermanos.

Doña Lucía Agüero vio cómo mataron a Adolfo, y tal como lo vio se lo ha contado a Mariano, que relata así aquella muerte trágica:

—Cuando empezaron los disparos, Adolfo sostenía en brazos a su hijo de tres años y se lo dio a Lucía para que le protegiera. Entonces, levantó los brazos y se entregó a los policías, que lo golpearon con las culatas y uno le disparó en la pierna. Ya en el suelo, le acribillaron a quemarropa destrozándole la cabeza. Lucía, todavía con el niño en brazos, se desplomó herida de bala en un muslo. Los policías le arrebataron el niño y después de taparle la boca con una venda para que se callara, lo tuvieron en el grupo de combate hasta que terminó la balacera. Cuando nos lo devolvieron, el niño estaba mudo. Tardó semanas en salir de su mudez. A mi hijo me lo entregaron al cabo de los días. Llegó envuelto tres veces en una lona atada por los lados, amortajado como si fuera un caramelo, irreconocible, completamente podrido. Lo hemos enterrado aquí cerquita.

¿Por qué le parece que decidieron asaltar Marina Cué con un despliegue tan desproporcionado de 600 efectivos militares contra apenas 50 campesinos? —pregunto a Mariano Castro.

—Fue un aviso para que no sigan las ocupaciones. No quieren una reforma agraria. Y les daba miedo que el Gobierno de Lugo avanzara en la justicia social —contesta medio en guaraní, medio en español.

La masacre, sostiene Castro, fue el primer paso del golpe de Estado que derrocó al presidente Fernando Lugo.

Golpe de Estado parlamentario. La Matanza de Curuguaty ocurrió el día 15 de junio del 2012. El día 21 del mismo mes, los partidos políticos conservadores, el Partido Colorado y el Partido Liberal, que dominaban completamente la cámara, decidieron utilizar estos hechos para ultimar el «juicio político» contra el presidente Fernando Lugo. Querían arrebatarle la presidencia a este antiguo obispo de la teología de la liberación que había llegado al poder en las elecciones del año 2008, rompiendo seis décadas de monopolio del Partido Colorado, una formación que gobernaba ininterrumpidamente desde la dictadura fascista y declaradamente nazi del general Stroessner, al cual había apoyado.

Lugo ganó las elecciones como presidente, pero el Congreso estaba dominado en el 93% de los diputados por los partidos conservadores, el Liberal y el Colorado. El presidente ni siquiera controlaba el Ejecutivo, pues gobernaba en coalición con los liberales cuyo dirigente, Federico Franco, ostentaba la vicepresidencia y habría de ser el hombre que liderara el golpe parlamentario.

La Constitución paraguaya regula en su artículo 225 la posibilidad de destituir al presidente de la República a través de un juicio político «por mal desempeño de sus funciones, por delitos cometidos en el ejercicio de sus cargos o por delitos comunes».

El día 21, pues, a las 6 de la tarde, la mayoría de los diputados notifican la acusación contra Lugo. El juicio público deberá celebrarse en la cámara el día siguiente a las 12 del mediodía. La defensa de Lugo disponía de menos de un día para prepararse y su intervención quedaba limitada a una exposición de 30 minutos. La destitución estaba decidida y la Matanza de Curuguaty era la acusación más relevante de las que se presentaban en contra del presidente.

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Lo que es de pública notoriedad no necesita ser probado

Mencionemos solo algunos detalles para ver cuál fue la seriedad de este juicio político, que terminó en golpe de Estado parlamentario, una nueva figura del manejo de la política que permite a los poderes fácticos apoderarse de las estructuras del Estado sin necesidad de imponer una dictadura.

El guion: El juicio se anunció, como decíamos, el día 21. Un jueves. En su edición del viernes los diarios explicaban cómo iba a desarrollarse el programa que les había facilitado la Cámara: a las 14 horas, acusación por parte del Parlamento. A continuación, el abogado de Lugo dispondrá de 30 minutos para la defensa y seguidamente los parlamentarios analizarán los hechos expuestos. Finalmente —¡he aquí el milagro!—, a las a las 18 horas «se procederá a la lectura de la sentencia de destitución». ¡Antes del juicio el propio programa oficial de la Cámara ya anunciaba la sentencia!

Las pruebas: la prueba principal fue el recorte de un artículo publicado en el diario ABC, el diario del Partido Colorado, donde se acusaba a Lugo de la masacre. «Las pruebas que sustentan la acusación son de pública notoriedad, motivo por el cual no necesitan ser probadas», dijo uno de los diputados levantando el recorte del diario ABC.

Nadie se preguntó durante el juicio cómo podía ser Lugo responsable de la masacre desde la presidencia y al mismo tiempo desde la posición de los campesinos. O si, como es el caso, si el ministerio fiscal había decidido juzgar a los campesinos pero no a los atacantes, ¿acaso no pertenecía Lugo, en su condición de presidente, a los atacantes, exentos, al parecer, de responsabilidad?

Destituido Fernando Lugo, Federico Franco asumió aquel mismo día la presidencia interina, a la espera de las elecciones que habían de celebrarse el pasado mes de abril.

Como reacción al golpe parlamentario, Paraguay fue suspendido del Mercosur y se le vetó su presencia en la Cumbre Iberoamericana que se celebró en Cádiz el noviembre del 2012.

Pero el enfado quedó pronto en una paternal regañina y el propio Franco, que hizo una pequeña gira europea, sería entrevistado en la televisión española para afirmar, con desparpajo y una gran seguridad, que habían conseguido frenar el chavismo en Paraguay y que los empresarios españoles no encontrarían un mejor lugar para invertir su dinero.

Los periodistas que le entrevistaban —a los que Franco se dirigía por su nombre de pila después de consultar el papelito que tenía encima de la mesa a modo de chuleta—, le escuchaban henchidos de orgullo sin hacerle ninguna pregunta que pudiera incomodarle.

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Interludio con sermón parroquial

Existe una anécdota que ilustra la osadía y el desparpajo de Federico Franco, quien gobernó el país durante 12 meses, antes de que el nuevo presidente electo, Horacio Cartes, tomara posesión de su cargo el pasado día 15 de agosto.

Se celebraba en la iglesia de Villa Florida el 132 aniversario de la fundación del templo. Federico Franco ocupaba el banco de las autoridades. Oficiaba la misa el obispo Melino Medina. Llegó el momento de la homilía y el obispo quiso hablar del peligro que significa para la salud el uso de las semillas transgénicas y la fumigación a gran escala.

Franco, contrariado, se precipitó hacia el púlpito para interrumpir al obispo y aleccionar a los parroquianos: «¿Usted cree, monseñor, que si los transgénicos fueran a perjudicar la salud y el ambiente yo los permitiría?», dijo en su nueva función apostólica.

«Mediante los transgénicos —añadió— los agricultores van a usar menos insecticidas y habrá mejor producción», concluyó antes de pedirle al prelado que le presentase los documentos que demostraban dicha peligrosidad.

El obispo dijo que así lo haría si le brindaba la ocasión de recibirle en el Palacio del Gobierno acompañado de algunos expertos.

Y continúo la misa: alabado sea el Señor.

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Criminalizar al campesino

Curuguaty, julio 2013

Jorge Galeano es uno de los principales dirigentes del Movimiento Agrario Popular y uno de los políticos que participó en la campaña electoral que llevó al obispo Fernando Lugo hasta la presidencia de la nación.

Le entrevistamos en Curuguaty durante el pasado mes de junio. Galeano coincide con Mariano Castro en que la Matanza de Curuguaty forma parte del acoso a los campesinos en su lucha por la tierra.

—Fue un golpe que le dieron a Lugo desde dentro —sostiene—, en el que sus propios ministros del Partido Liberal se pusieron de acuerdo con los colorados. El golpe tenía tres objetivos: instalar, repito, una campaña de criminalización contra los campesinos para tratar de frenar la reforma agraria; echar al presidente con un juicio político de ropaje legal; y retornar a un Gobierno que pueda ser instrumentalizado por las multinacionales del agrocultivo, la minería, las grandes ganaderías y las inmobiliarias.

—¿También las inmobiliarias?

—¿Sabe usted quién es uno de los hombres más ricos del país gracias a la venta de tierras y a la construcción de viviendas? Aldo Zuccolillo, el propietario del diario ABC. La venta de tierras y la construcción de viviendas se han convertido en un inmenso negocio. Zuccolillo compra tierras a los campesinos. Y luego les ofrece un terrenillo cerca de la ciudad, además de especular con la venta de grandes extensiones para las multinacionales y los inversores extranjeros.

—El nuevo presidente interino declaró que las inversiones extranjeras en la agroindustria y los biocombustibles son de interés nacional.

—Para nosotros se trata de una desgracia. Ustedes mismos, en el puerto de Barcelona, tienen los silos de una multinacional, Bunge, que produce e importa la soja transgénica. Así funciona la economía en el mundo de hoy: ustedes disfrutan de unos productos de un comercio sin identificar. Solo su precio lo hace apetecible. Pero este precio arruina y condena a morir a otros que, en este caso, son nuestros campesinos.

—Casi tuvieron la oportunidad de hacer una reforma agraria legislando desde el Gobierno de la nación.

—Pero no lo conseguimos. Ahora la rueda vuelve a girar en contra nuestra. Pero si no queremos perecer, llegará un día en que habrá que reconstruir este desierto donde antes había árboles, animales, pequeños cultivos, pozas de agua cristalina. Nos tocará cambiar el nuevo ciclo infernal e inhumano que se impone fuera del control de los propios paraguayos y que, aunque ustedes no lo quieran escuchar, también les concierne como consumidores e inversores.

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Una chocolatina para el Día del Niño

Colonia Santani, julio 2013

Viajo por caminos de tierra hacia el asentamiento campesino Santani donde vive una comunidad de 60 familias que hace 15 años consiguieron ocho hectáreas y media para cada una de ellas, de la inmensa finca que el militar Ruiz Díaz donó al Estado, después de haberla recibido como regalo del general Stroessner.

Pedro López nos recibe en su pequeña granja, compuesta de varias cabañas, una cocina de leña separada, una letrina, el depósito comunitario de agua y los corrales. Pedro cultiva moringa para uso medicinal, además de mandioca y otros productos para el propio consumo.

Mientras hablamos, su esposa desgrana unas mazorcas.

El asentamiento donde vive la familia está aislado entre extensas plantaciones de soja, y lo que antes era el paisaje habitual en estos parajes, ahora parece un oasis, una pequeña protuberancia en medio del horizonte ondulado, completamente plano, que se extiende como una alfombra más allá de donde alcanza la vista.

Explica Pedro López que ya son 26 las familias del asentamiento que aceptaron vender su propiedad a la multinacional que presiona para echarlos de la tierra. Pero que de todos ellos solo les llegan malas noticias. «Por esto nos negamos a marchar». Y repite como argumento el maldito latiguillo: «yo no quiero ir a vender caramelos en un semáforo».

Pedro y su esposa tienen 13 hijos. Las últimas son dos gemelas de 11 años, Anabel Rocío y Rocío Anabel.

Dice Pedro que la fumigación en los sojales les ha cambiado la vida. Han desaparecido las abejas, se les secan las plantas y su hija, Adela, de 18 años, murió de no se sabe qué pero piensan que fue por culpa de los pesticidas, pues también ha habido algunas enfermedades desconocidas entre los moradores. Unas cuantas mujeres han perdido al bebé, y su otro hijo, Nelson, de 28 años, sufre terribles dolores de cabeza, no puede conciliar el sueño y parece como si hubiera envejecido prematuramente. También el río donde se bañaban ha enfermado y cuando se sumergen en el agua que antaño era cristalina les salen ronchas en la piel.

—¿Qué dicen los médicos? —les pregunto.

El médico viene una vez al año —responde.

Las inmensas plantaciones que les rodean suelen rotar tres cosechas, la soja, el maíz y la avena. La empresa fumiga sin avisar, de noche y de día, incluso cuando el viento sopla en dirección a las pequeñas granjas.

Pedro ha ido en varias ocasiones a protestar sin obtener ningún resultado. Solo una vez al año, el 30 de agosto, el Día del Niño, los de la multinacional mandan a un empleado suyo hasta el asentamiento campesino y reparte chocolatinas entre los niños.

—Nos dan una chocolatina para cada niño —dice Pedro señalando a las gemelas Anabel Rocío y Rocío Anabel..

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La tierra, el precio y la venganza

Asunción, julio 2013

«Para los guaraníes, la tierra no fue nunca un simple medio de producción económica», dice el jesuita Bartomeu Melià..

Melià, mallorquín —nada que ver con la familia de los hoteles Melià—, galardonado con el prestigioso premio Bartolomé de las Casas, es un sabio de 81 años. Estudioso del guaraní y de los indígenas de Paraguay y Brasil, vive rodado de una biblioteca de más de 14.000 volúmenes dedicados a su especialidad aunque él, puntualiza con una sonrisa pícara, no solo se ha dedicado al estudio, sino que también se ha pateado el terreno, el trabajo de campo.

—Estuve viviendo durante tres años con un grupo indígena que acababa de ser conectado y que nunca antes había visto al hombre blanco. Cada mañana nos pintábamos y yo, como ellos, iba completamente desnudo… exceptuando las gafas.

—¿Cómo se llamaban estos indios?

—Eran los enawene nowe, que debe traducirse como «hombres he aquí auténticos». Yo llegué al Brasil porqué el dictador Stroessner me echó de Paraguay. El general estaba harto de «este jesuita que se preocupa de los indios». Y me hizo un gran favor. Fue una bendición de Dios que me permitió esta enriquecedora convivencia con los enawene nowe. Luego, cuando cayó Stroessner, regresé a Paraguay y el hermano Vicente Cañas se quedó con ellos. A Vicente lo acabaron asesinando unos sicarios de los terratenientes locales, que querían echar a los indios para quitarles las tierras.

—Decía usted que para los guaraníes la tierra es algo más que un modo de vida.

—La tierra es la tekoha. Teko quiere decir manera de ser, de estar, costumbre; la tierra, por lo tanto no es solo un sistema de producción. Es el lugar donde los guaraníes viven según su modo de ser, sus costumbres. Sin tierra no hay teko. De ahí la idea de la «tierra sin mal» que tanto impresionó a los jesuitas: la tierra buena donde se puede vivir de la abundancia de los productos que sustentan nuestra vida. Pero también la tierra que asegura el convite, la fiesta. De manera que la tierra tiene esta dimensión económica, ecológica y también mítica. Y de esta cosmovisión nace precisamente el sistema económico de reciprocidad, que es el concepto que tienen del trabajo; el jopoi. Jopoi quiere decir manos abiertas. El trabajo, pues, es un concepto de intercambio, de compartir. El precio, que es el concepto central de la economía de mercado, es algo que ellos desconocían. Cuando todavía hoy dicen «esto es muy caro», dicen hepy eterei. ¿Sabe lo que significa literalmente?

—No tengo la menor idea.

—¡La venganza es muy cara! El precio, pues, es la venganza. Observará que se trata de un concepto completamente distinto a nuestra manera de entender la economía. Aunque nos pueda parecer inaudito tal y como funciona hoy el mundo, también existen otras maneras de entender la economía, como es, en este caso, la economía de reciprocidad, de intercambio.

—Nada que ver, pues, con nuestra idea del «progreso».

—Paraguay surge de un proceso colonial que empezó en el siglo XV y XVI, pero que todavía no ha terminado. Hoy asistimos a la continuación de aquel genocidio. Occidente difícilmente ha tenido a lo largo de su historia una visión crítica de los resultados destructivos de sus actividades en el mundo, porque todo proyecto colonizador se hace siempre con la idea «civilizadora». Este convencimiento, permite justificar lo que ahora se llaman «daños colaterales». El colonizador hace una «historia» según su propio sistema. Pero nadie quiere escuchar la voz del colonizado. Los guaraníes de las misiones jesuíticas escribieron una extraordinaria y extensa crónica de la guerra y la destrucción que sufrieron. Los textos originales en guaraní se pueden leer en Madrid. Pero no figuran en la historia oficial. Y entre estos textos y la crónica «oficial» hay, evidentemente, una gran diferencia. Es como si la historia de Cataluña la escribe uno de Girona o la escribe uno de Madrid. No sería la misma historia, sin duda. Recientemente publiqué un artículo que titulé «Una historia de genocidios y otros (oc)cidios». Lo hice para explicar cómo, además del genocidio, asistimos al intento de acabar con su cultura —etnocidio— y la destrucción del territorio y del medio ambiente —ecocidio—.

—¿Los mercados y las multinacionales son los nuevos colonizadores?

—Utilicemos el sentido común: ¿le parece acertado que existan finqueros que disponen de miles de hectáreas (hay uno, Favero, que tiene más de un millón) mientras existen miles de personas que no tienen nada? Para que alguien pueda acaparar tamaña cantidad de tierra, otros la habrán de perder, ¿no? Y todo ello sin que los finqueros dejen ninguna riqueza en el país ni proporcionen trabajo alguno.

—¿De qué vive el Estado?

—¡Del IVA! El mayor empleador de país es el Estado… pero yo solo soy un estudioso del guaraní.

—Hábleme de Lugo…

—¡Lugo! ¡Ay, señor! ¡La Iglesia, Dios mío! Dicen que no hay que meterse en política, pero luego el propio nuncio apostólico presionó para echar al presidente Lugo. De todos modos, Lugo gobernó como si fuera un obispo…

—¿Cómo gobiernan los obispos?

—¿Usted ha despachado con algún obispo? El obispo te recibe. Bien, muy bien, dice. Saca una libreta. Escucha. Parece que garabatea algunas notas. Mmmm, reflexiona. Y luego, nada. Lugo llegó como una esperanza. Pero gobernó como un obispo. Y asustó a todo el mundo. Fíjese lo que ocurre en Brasil, Bolivia, Ecuador, Perú. Los norteamericanos solo tienen bien atada a Colombia. Y Paraguay era esencial. No podían aceptar la visión de Lugo. Supongo que habrá averiguado cómo se desarrolló el famoso juicio político… ¡son unos brutos y unos sinvergüenza! Y le diré que aquí tenemos una buena Constitución, unas buenas leyes. Pero las interpretan como quieren. ¿Le cuento una anécdota privada?

—Le escucho.

—Este año me querían dar un premio importante. Les dije que por motivos políticos no lo quería. Pero me ponen igualmente en la lista. Hacen las fotos del acto de entrega al cual yo no asisto. Buscan una persona para que lo recoja. ¡Una persona que nunca me lo ha dado! Publican que lo he recibido. Y se quedan tan frescos. Suerte que la historia trascendió y yo mismo pude explicar públicamente que no quería un premio de este Gobierno y los motivos por que no lo quería.

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Yo, el supremo 

Elecciones. Después de la destitución de Fernando Lugo, las elecciones para escoger a un nuevo presidente se celebraron el pasado mes de abril. El candidato colorado, el hombre de negocios multimillonario, Horacio Cartes, ganó ampliamente. La oposición, desmembrada, solo sacó algunos diputados.

Cartes de 54 años, tomó posesión de su cargo el 15 de agosto, en una ceremonia a la que no asistió ningún mandatario de relevancia europeo, aparte del príncipe de España, Felipe de Borbón, si bien entre los invitados destacados figuraban el presidente del F. C. Barcelona, Sandro Rosell, y el presidente del Real Madrid, Florentino Pérez.

Cartes, como buen representante de las nuevas generaciones de millonarios que llegan a la política, también tuvo su club de fútbol, el Libertad de Asunción.

Curiosamente, la primera vez que Cartes votó fue en las elecciones del 2008, y en solo tres años —se afilió al partido Colorado en el 2009— pasó de un desinterés patente por la política a una pulsión irrefrenable por ocupar la máxima representación del Estado.

Antiguo piloto de avión, dueño de una fábrica de cigarrillos, exportador de madera —«narcorrollo» lo llaman sus detractores— propietario de un banco, de numerosos cultivos de tabaco y de soja, Cartes ha sido señalado por la DEA como uno de los principales narcotraficantes de la región, en uno de los países con mayor producción de droga y tráficos ilícitos de todo el continente. Los papeles de Wikileaks lo relacionan asimismo con el blanqueo de capitales, pero su pasado pesa hoy menos como una mancha que como una esperanza para los amigos del norte, que temen sobre todo al chavismo.

«Dios me dio habilidades en la vida empresarial y creo tener condiciones para volcarlas ahora en la política», dice este nuevo mesías que tiene como su prioridad «la lucha contra la pobreza», ha renunciado a su sueldo de presidente y está dispuesto, afirma, a poner de su bolsillo el dinero que necesita el país para pagar, si es necesario, a los funcionarios. En la nueva política, es notable, al parecer, una nueva ética según la cual ya no te ocupas del bien público, sino solo de lo que te pertenece. Y el Estado adquiere forma mercantil; pasa a convertirse en una propiedad privada de uso público, cuya buena o mala administración queda a criterio de los propietarios.

Paraguay 6

Curuguaty, julio 2013

En la plaza de la Amistad de Curuguaty converso con un campesino que votó al exobispo Fernando Lugo en el 2008 y esta vez ha votado por Horacio Cartes.

Explica el campesino que unos días antes de la jornada electoral, el Partido Colorado organizó en la plaza una espectacular parada propagandística y repartió a los campesinos más de 10.000 kilos de carne.

—Un kilo de carne bien envuelto para cada uno. ¡Como regalo! —dice el campesino.

Cada kilo se entregaba con un sobre cerrado con la papeleta de voto dentro.

—¿Por qué no cogió la carne y cambió el voto? —le pregunto.

El hombre me mira fijamente, sorprendido por la pregunta. Demora una eternidad en responder y cuando lo hace, lo hace bajando la mirada, desconcertado.

—Pero esto no se puede —dice—. Ellos lo sabrían.

Es evidente que el campesino no concibe la posibilidad de que no se sepa lo que ha votado. Para él, el político, siempre en su pedestal, sigue teniendo el aura del mesías. El demiurgo del castigo, la culpa, la recompensa. «Yo, el Supremo», como ha descrito magníficamente Augusto Roa Bastos esta presencia del Dictador Perpetuo encarnado en el papel del padre designado desde lo desconocido para reinar sobre los hombres.

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Fotografía: Pablo Tosco (Galería completa del reportaje aquí)

Traducción al inglés: Carolina Camarmo

En Intermón Oxfam trabajamos en Paraguay desde 1991 fortaleciendo a las organizaciones campesinas en su lucha por defender el derecho a su tierra y apoyando en la agricultura familiar. Si quieres más info, pincha aquí.


You’d better go sell candies at traffic lights

(Versión en castellano)

Report made with the support of Intermón Oxfam

Five centuries after the Conquest, a new colonization attacks the natural resources and destroys local populations. There are no caravels, or armours, or men on horseback, or faith conversions, but tractors, pesticides, tax havens, financial markets, and investors who, as Leopold II or the Catholic Monarchs, ignored the beliefs, the customs or the language spoken by the men who live in their domains. In Paraguay, the agro industry has become a great business that fumigates and ejects farmers, and produces enormous benefits for the enjoyment of a few. Their nationality? Investors.

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Paraguay: a new colonization

Curuguaty. July, 2012

Few days before the dramatic bloodshed, the commissioner Arnaldo Sanabria phoned peasants’ leader Ruben Villalba, and told him they only had two possibilities. Either leaving peacefully or an armed group would show up.

«An armed group accompanied by several ambulances», added the police to strengthen the seriousness of their intentions. «In that case, bring some wooden crates too», replied defiantly Villalba.

There was still one last warning.

It was the visit of an emissary of the Ministry of Home Affairs, Elvio Cousirat, who went to the camp and kept a tense conversation with the families occupying the farm Marina Cue, a State’s land claimed as its own by Blas Riquelme, businessman and politician of the Colorado party.

«If they bring me the papers to prove that this land belongs to Riquelme, we will leave», said Avelino, one of the occupants. «Show the document!» insisted another peasant raising his voice among the chorus of protests.

The camp was presided over the national flag, as if patriotic colours were some sort of talisman that should defend them from their tragic destiny. Before leaving the camp, the public official still had a last farewell comment.

It was an ironic and offensive comment.

«You’d better go sell cookies and candies at the traffic lights of the capital» said, using a phrase that has already become a recurring joke for those who see farmers as archaic elements; an endangered species whose humble and self-sufficient way of life, based on the cultivation of a few hectares, the growth of some animals like pigs, cows, a couple of horses or chickens, and the sale of their products in local markets, they are a nuisance and a hindrance to progress.

Progress: During the last year, Paraguay grew by 13%, a spectacular rate due mainly to the agricultural industry and large-scale monoculture, especially those of soya beans.

This magnificent wealth needs very little labour, is exported in almost its entirety, is quoted on the stock exchange and pays little taxes in the country, so it has become the panacea for big fortunes and foreign investors, most of them American and European multinational companies.

However, such a huge affluence is strange to the majority of the population. Small producers are unable to compete with the low prices of big companies, farmers are forced to sell their land, genetically modified seeds are used and pesticides are sickening and killing the population, while destroying the ecosystem. Peasants assure bees have disappeared from soya fields.

According to an Intermon Oxfam study, the 80% of the Paraguayan agricultural land and livestock is owned by a tiny 1,6%. The remaining 20% of the land is split up between the 84% of the farmers. That means that more than 180 000 families don’t even own the 10 hectares considered the minimum land needed to sustain a single family, in a country where more than half of the population lives in the countryside.

While peasants fight for their land, large landowners and foreign investors compete to accumulate even more territory, impoverishing more and more little farmers. The action of rich landowners, whose fields progress as a green tide that flattens the horizon, chops down forests and isolates populations. They export millions of tonnes of soya beans —Paraguay is already the fourth largest exporter of soya beans of the world— fumigate with tractors and aircrafts, and press little farmers to abandon their traditional way of life. After selling their lands at a loss, most of these farmers live poorly in urban peripheries.

Talking about this New Capitalism, Susan George says: «We have a financial system that is completely out of control; there is a race for the resources —no matter which— between multinational companies… and above all this situation there is the crisis of democracy: illegitimate authorities that have not been elected by the citizens are the ones who create the rules of the game».

Paraguay is a good example of this new model. It is a paradise on earth for the «new conquerors of the twenty-first century»: there, money that escapes the social control and multiplies in the speculative markets, becomes invisible in tax havens and enriches those who ignore what their society needs. These new owners of the world, whose modern weapons are business operations, do not need any longer military governments to control public institutions and the State.

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«I will die here», said Delfín before dying 

Curuguaty. June 15, 2012.

One week after the visit of the civil servant, people who occupied the area called “Marina Cué” were alerted by the deafening noise of the rotor blades of a helicopter. The peasants, armed with some pellet guns, knives and sticks, were prepared to resist the eviction and force the negotiation, as they had done other seven times in the same place. They were, as always, protected by the presence of women and children. What they could not imagine is that this time the impact would be so devastating.

Moments before receiving a bullet in his jaw, Nestor Castro still had the courage – or the ingenuity – to say to his younger brothers:

—Don’t worry. This land is ours. Without the documents, they cannot make us leave this place.

—They are too many —replied Adolfo. That was one of his last words before leaving this world.

M. P. , who does not want to give his name, describes what he saw from the top of the tree where he was sheltered during the shooting: «Fermin Paredes was lying on the ground badly injured. He was crying. Some officers, protected with gas masks, approached to him. “Come on, shoot him!”, an official said. And they finished him off right there. I saw everything from the tree. I left at night».

The lands claimed by the peasants farmers in Marina Cue have an extension of some two thousand hectares. They were donated to the State by the Paraguayan Industrial company in 1967. Then, the State gave them to the army for the use of the navy. The name of this area comes from the Guarani term Kue, which means literally «that belonged to…».

The military left the area in 1999, so Marina Cué remained abandoned until a group of farmers from the Movement for the Peasant Recovery of Canindeyu negotiated with the National Institute of Rural Development of the Earth (Indert) to give these two thousand hectares to the peasants in the context of the agrarian reform. Meanwhile, Riquelme launched the industrial cultivation of the land. In 2005, when the Indert finally went there to study how to give the land to the farmers, Riquelme, through the company Campos Morombí, initiated a trial of usucaption. He won.

In a legal framework, usucaption is a method to win ownership of a property by working it or living in it beyond a certain period of time. However, Riquelme’s case was different, because he had simply seized the land, and the trial of usucaption was full of irregularities, dark judicial influences and politic interventions, denounced by the Indert too.

Farmers, then, believed that the land belonged to the State, so it was not a private property, as Riquelme tried to demonstrate. Thus, occupation was not «an attack on private property» but a way to have access to the land to repopulate and cultivate it.

In this context, the 50 or some farmers gathered in Marina Cue could not imagine that June 15th would end with seventeen dead people, including six policemen, and an undetermined number of wounded soldiers and peasants. As reported by the Paraguayan coordinator of human rights, seven of the killed peasants were shot at point-blank range, when they had been already reduced by the attackers or had surrendered.

«Wait here. They will talk to us» Avelino said minutes before the shooting, when uniformed men appeared. They were more than six hundred, all of them equipped with bullet-proof vests and combat helmets. Attacked from the flanks in two columns, while a helicopter led the operation from the air.

«I will die here» sayd Delfín Duarte before dying.

The first bullet pierced his stomach. Badly injured, Dolphin looked for a refuge in the pasture. Policemen who found him decided to finish the job with two bullets that smashed his face and opened a gap the size of a fist in his back.

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Shrouded like a candy 

Curuguaty. June, 2013

Mariano Castro is another peasant. Three of his eight sons, Néstor, Adalberto and Adolfo, were among those who occuoied Marina Cué.

We meet him one year after what is now called the Matanza de Curuguaty, because it was in that district located at 300 kilometres from the capital where the tragedy took place.

«They killed my Adolfo», he says. He was 28 years old. «Néstor’s yaw was disfigured by a shot. He is now in prison. Adalberto, the youngest one —he is 24 years old—, was reached at the beginning of the shooting. Then, they pointed a gun at his ear and ordered him to run. He couldn’t move. So, assuming he was dead, they thrashed him and abandoned him in the maize field».

Mariano continues explaining that he and his sons have always worked some 10 hectares of land. However, as the boys have grown up, property has become too small for them. «They want to have their own land and their own houses. That’s why they took part in the occupation».

One day before dying, Adolfo went to see his father. «He told me the police could appear, but he was confident both parts could come to an agreement. Their lawyer had commented that things seemed right for them. They had even divided the land into plots. Each peasant with an own plot».

Tierras mal habidas. Land’s property is an unresolved issue in Paraguay, where many of the smallholder farmers —«owners»—, only have derecheras, that is to say, recognised lands without legal documents of property. Peasants, more and more needy of land to work, claim access to state lands, hundreds of thousands of hectares known as tierras mal habidas, because they are part of those distributed by dictator Stroessner among some military and policemen friends —including Nicaraguan dictator Somoza— as if the country was his own land estate.

Many of these lands are now property of the State, so agribusiness and farmers are now fighting for their exploitation in an uncertain economic and political context, where a real agrarian reform is to implement and peasants are to weak to confront big landowners who control the country.

—Press —Mariano continues— accuses us of being terrorists, they even link us with the EPP1 (a small armed group who acts in the area of San Pedro). And that is a big lie. Those who were in the occupation were born here. They grew here. And they were only asking for a piece of land. Here in Paraguay, there is a lot of land, but it is not distributed fairly. My sons do not have criminal records. They hadn’t neither robbed nor raped. Adolfo died fighting for a piece of land and I am proud of him and of his brothers.

Lucía Agüero witnessed Adolfo’s killing, and she told Mariano what really happened. Now, he can narrate the tragic death of his son:

—At the beginning of the shooting, Adolfo held his little three year-old son in his arms. He gave him to Lucía to protect the boy. Then, he raised his arms to surrender, and soldiers began to hit him with the butts of their guns until one of them shot him in his leg. When he fell down, they riddled him with bullets till his head was smashed. Lucía, who was still carrying his son, collapsed after having received a bullet in one of her thighs. After bandage Lucía’s mouth to keep her quiet, soldiers snatched the child from her and kept him safe until the end of the attack. When they gave us the boy back, he was mute. It took him weeks to talk again. As to my son, we received him after some days. He was wrapped in a piece of canvas tied on both sides, shrouded like a candy, unrecognisable, completely rotten. We have buried him near here.

—What is, in your opinion, the reason to make such an excessive deployment in the assault of Marina Cué, where 600 men were sent to confront some 50 farmers? —I ask Mariano Castro.

—That was a warning to make occupations stop. They are not interested in an agrarian reform. And they feared Lugo’s government could increase social justice —he answers half in Guarani and half in Spanish.

According to Mariano’s thoughts, that massacre was the first step for the Coup d’état that overthrew President Fernando Lugo.

Parliamentary Coup d’état: The Matanza of Curuguaty took place on June 15th, 2012. On June 21st, conservative parties, Partido Colorado and Partido Liberal, decided to make a political use of the massacre, which served them to ultimate the details of the political trial against president Fernando Lugo. Their aim was to snatch presidency from this former bishop of the Liberation Theology movement, who won 2008 presidential elections. By winning, he ended a six decades period of Colorado’s power monopoly, which had begun at the end of the fascist and openly Nazi Stroessner’s dictatorship, supported by the Colorados.

Although Lugo won presidential elections, Parliament was still dominated -93% of the congressmen- by conservative parties, Liberal and Colorado. Lugo, did not even control the executive branch of government, because he shared its control with the liberals, leaded by Federico Franco, the vice-president, the men who would captain the Parliamentary Coup d’état.

In its article number 225, Paraguayan Constitution contemplates the dismissal of the President of the Republic through a political trial in three cases: improper performance of his duties, offences committed in the exercise of his duties, or common offences.

At about six o’clock in the evening of 21st June, most of the Members of Parliament notified a formal accusation against Lugo. The Public Trial would take place one day after the announcement, at 12 o’clock in the morningThat meant that Lugo’s defense had less than 24 hours to get ready. They could only talk during 30 minutes in the trial. The expulsion was already decided, and the Matanza of Curuguaty was the main evidence for the accusation against the President.

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Widely-known facts do not need to be proved 

Let’s bring up some details to determine the seriousness of this political trial, which concluded as a Parliamentary Coup d’état, in a new political strategy that let factual powers take control of state structures without imposing a dictatorship regime.

The script: As we have said before, the trial was announced on 21st June. It was Thursday. In their Friday edition, newspapers explained the schedule of the trial, according to the precise information given by the Parliament. At 2 p. m., Parliament would accuse the President formally. After that, Lugo’s lawyer would have half an hour to defend his client. Right after his statement, Members of Parliament would analyse all the information. Finally -here comes the miracle!- at 6 p.m. , the reading of the dismissal process would take place. The sentence was decided in the official schedule even before the trial begun!

The evidences: the main evidence against the president was a cutting from an article appeared in the ABC, Colorado party’s newspaper, in which Lugo was accused of the massacre. During the trial, one of the Members of Parliament exclaimed while raising the cutting : «Evidences provided by the accusation are widely-known facts; they do not need then to be demonstrated».

No one, during the trial, even questioned how could President Lugo be responsible for the massacre for both sides, the congress and the peasants. No one stopped to think that it was in the Office of the Public Prosecutor where the decision of judging the peasants, instead of those who had ordered the assaut, came. Wasn’t Lugo, as the President, one of those who had attacked, so judged innocent by the Parliament?

The same day of the dismissal of Lugo, Federico Franco assumed temporary presidency of the country until the next elections, held last April.

As a reaction to the Parliamentary Coup d’état, Paraguay was suspended from Mercosur, and its presence in the Iberoamerican Summit of Cadiz, on November 2012, was «vetoed».

Nevertheless, the anger developed soon into some parental telling-off, so a few months later Franco went to Europe as if nothing had happened. He was interviewed in the Spanish television, where he stated self-confidently that what they had extinguished Chavism in Paraguay, so Spanish businessmen would have no better place to invest their money than Paraguay.

Journalists —who Franco called by their first name, after consulting it in a piece of paper that served him as crib sheet— listened to him swelled with pride, without making him uncomfortable questions.

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Interlude with church sermon

Federico Franco governed the country for a year before the investiture of the new elected President, Horacio Cartes, last 15th of August. Here is an illustrative anecdote to show Franco’s boldness and self-confidence:

It was during de 132 anniversary of Villa Florida’s church. Federico Franco took a seat in the area reserved to authorities. Bishop Melino Medina officiated the mass. When the moment of the sermon arrived, bishop Medina began to talk about the dangers to human-health of genetically modified seeds and large-scale fumigation.

An annoyed Franco rushed in to the pulpit to interrupt Medina, and instruct people in the church «Are you suggesting, Monsignor, that if I knew they are a concern to public-health I would permit them?», he told in his brand new apostolic role.

«Thanks to genetically modified seeds —he continued— farmers will reduce the use of pesticides, so production will increase in terms of quantity and quality». After that, he asked the bishop for the documents that proved the so-called dangerousness.

Bishop accepted the challenge telling him he would visit Government’s Palace accompanied with some experts in the field as soon as Franco would invited him.

Let’s continue with the mass: Praise the Lord.

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Criminalizing the peasant 

Curuguaty. July, 2013

Jorge Galeano is one of the leaders of Paraguayan Agrarianism, and took part in the electoral campaign that took bishop Fernando Lugo to the presidency of the country.

We met him in Curuguaty last June. As Mariano Castro, he thinks the Matanza of Curuguaty is a way of harassment on peasants who fight for the land.

—Lugo received a blow from the inside of the system when some of the ministers of the Liberal party he had appointed plotted against him with Colorado party. The Coup had three main objectives: to spread a criminalisation campaign against peasants to stop the agrarian reform; to overthrow the President with a political trial apparently legal; and finally, to go back to a weak government easily manipulated by agribusiness and mining multinationals, cattle industries and property companies.

—Property companies too?

—Do you know who is one of the richest men of the country thanks to land sale and construction? The answer is Aldo Zuccolillo, the owner of ABC. These two activities have become a huge source of money. Zuccolillo buy pieces of land from peasants in exchange of tiny properties near the cities. Then, he sells great areas of agricultural land to multinationals and foreign investors.

—The new temporary President declared that foreign investors in agribusiness and biofuels were of national interest.

—For us it is a tragedy. And we all are affected. You may not know it, but in Barcelona’s harbour Bunge -a multinational specialised in farming and exporting transgenic soya- have its silos. That is how actual economy works: you benefit from the results of an unknown business. The only thing that make it attractive is its price. However, low prices ruin our farmers’ lives.

—You were not far from the agrarian reform…

—But we did not make it. Now, the tide has turned against us, and if we don’t want to die we must rebuild this desert, once full of trees, animals, little fields and clean water sources. It is our task to change the cycle again, to stop this inhumane system that controls our country and involves you all as customers and investors. Even if you don’t want to hear it.

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A chocolate bar for Children’s Day 

Colonia Santani. July, 2013

I travel dirt roads untill Santani peasants settlement, where I will visit a community of 60 families. Fifteen years ago, each of them got eight hectares and a half from a huge property that Ruiz Díaz donated to the nation. He had received it as a gift from general Stroessner.

We meet Pedro López at his little farm, consisting of some cabins, an independent wood store, a latrine, a community water tank and the pens. He grows moringa for medicinal use, cassava, and some other products for their own use.

While we talk, his wife takes the grains out of corn cobs.

His piece of land is isolated between large soya fields, so what once was the usual scenery, has become an oasis, a little protuberance in the middle of an undulating horizon of flat fields that spread beyond what the eyes can see.

Pedro explains me that 26 families have already sold their properties to the multinational which presses them to control the land. However, life does not improve for them after selling. «That is why we stay. I don’t want to go selling candies at traffic lights». This sentence sounds as a mantra in his mouth.

Pedro and his wife have 13 children. The youngest are two 11 year-old twins, Anabel Rocío and Rocío Anabel.

Massive fumigation of soya fields has change Pedro and his family’s lives. Bees have disappeared, plants are drying up, and they don’t know why Adela, his 18 years old daughter, died, but they are convinced her death was caused by pesticides, which have made sick other people in the area. Some women have lost their babies, and Nelson, another of their sons, who is 28 years old, has big headaches, cannot sleep and looks like if he has got old too quickly. The river is contaminated too, and its water, once pure and crystalline, now causes infections on people’s skin.

—What do doctors think it is about? —I ask.

—We only receive the doctor once a year. —He answers.

Fields that surround them are alternatively cultivated with soya, corn and oats. They are fumigated without warning the families, no matter neither if it’s day or night nor the direction of the wind, even if it is blowing towards farmers’ houses.

He has protested many times, but he has never been heard seriously. However, every year, for Children’s Day, the multinational send an employee who gives children chocolate bars.

—They give one chocolate bar for each child —tells me Pedro while pointing at the twins.

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Land, price and vengeance 

Asunción. July, 2013

«For Guaranis, land has never been a mere means of economic development», says Bartolomeu Melià.

Melià, is a 81 year-old Majorcan Jesuit that has nothing to do with the owners of Melià Hotels. His wisdom has been recognised by the prestigious prize Bartolomé de las Casas. He has studied Guarani language and indigenous people from Paraguay and Brazil, and lives surrounded by some 14 thousands of books focused on these topics. Despite of this fact, he emphasizes that he has also make a lot of fieldwork.

—I lived for three years with a recently integrated indigenous group. That was the first time they saw white people. Each morning, we painted our bodies, and I was naked like all of them, excepting my glasses, of course!”

—What was the name of the group?

—They were the Enawene Nowe, that can be translated as “Hombres he aquí auténticos”. I went to Brazil because dictator Stroessner threw me out of Paraguay. He was fed up with that Jesuit who cared for Indians. And he made me a favour. It was really a blessing to spend time with the Enawene Nowe. When Stroessner’s power fell, I returned to Paraguay and brother Vicente Cañas remained there. His death was commissioned by some local landowners, who wanted to control Indian’s land.

—You have said before that, for Guaranis, land is more than a way of life…

—Land is what they called tekoha. Teko means character, way of life, custom. That’s why land is such an important thing for them. It is the place where they develop their character, their customs. Jesuits took from there the idea of «land without evil side», good land where they could live easily, that gave all the resources they needed to live. Land that guarantees the party and the banquets, too. So the land has and economic, ecological and a mythical dimension. The economical system of reciprocity comes from this world view, based on his idea of work, Jopoi. For them «work» means share and exchange. Price, in which lays all contemporary market economy, was unknown for them. In fact, when they want to refer that something is very expensive they say hepy eterei. Do you know what does it mean?

—I have no idea.

—It means «Revenge is very expensive!» Price is related to revenge for them. Their understanding of economy is absolutely opposite of ours. We must learn there are other ways to understand economy, as for example, the economy of reciprocity, of exchange.

—They are very far from our idea of «progress».

—Paraguay emerged from a colonial process that had begun in XV and XVI centuries. It has not ended, because now we are witnessing the continuation of that former genocide. Historically, Occident has not developed a critic position to judge its own actions in the past, because every colonial mission has been carried under the idea of «civilize». That conviction has justified what now we called «collateral damages». So colonizing countries write History according to their own system. However, nobody is willing to listen to colonized voices. During Jesuit missions, Guaranis wrote extraordinary chronicles we can read in its original version in Madrid, where they described war and how it devastated their cultures. These texts are inexplicably ignored in official History. To make it clear, if Catalonia history was written by a writer from Madrid or by one from Girona, it would be very diferent, of course. I recently published an article which title was «Una historia de genicidios y otros (oc)cidios». My aim was to explain how, while exterminating their people —genocide—, we tried to make disappear their culture —etnocide— and their territory and their ecosystem —ecocide—.

—Are markets and multinationals the new colonizers?

—Let’s use our common sense. Do you think it is normal that some people own thousands of hectares while there are people who have nothing? If they have such an amount of land, it is because others have lost everything. It is even more unfair when we know that these land owners neither produce benefits for the country nor encourage employment.

—Where does the State get the money?

—From the VAT! The biggest employer of the country is the State…but I’m not but a Guarani scholar…

—Talk me about Lugo…

—Lugo! Oh, Lord! The Church! It is said that there is no need to jump into politics, but even the Nuncio pressed to overthrow President Lugo. Anyway, he governed as a bishop would do…

—How do bishops govern?

—Have you ever deal with bishops? A bishop welcomes you. «Well», he said while taking a notebook. He listens and takes notes while you are talking. «Mmmm». He thinks. And then nothing. At first, we saw Lugo with hope. But he governed like a bishop. And scared everybody. Look what happens in Brazil, Bolivia, Ecuador, Peru. North America only have everything tied up in Colombia. And Paraguay was essential. They just could not accept Lugo’s vision. I imagine he has already discovered how they organize the well-known political trial…they are so rude and scoundrel! And I do think here we have fair laws and a good Constitution. The problem is how they interpret them. Could I tell you a private anecdote?

—Of course.

—This year they wanted to give me a very important prize, which I rejected for political reasons. They didn’t care and they put me in the list of awarded people. They made the award ceremony, where somebody I don’t even know pick the prize on my behalf. Even if I have not received it, they have published the contrary. And they don’t care. Fortunately, the history went to public and I could explain why I didn’t want to be awarded by this government.

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Me, supreme 

Elections: After Fernando Lugo’s removal, presidential elections were organized last April. They were won by Horacio Cartes, a 54 year-old and millionaire businessman, member of the Colorado party. Elections were a catastrophe for Liberal parties.

Cartes began his presidential career on 15th August, in a ceremony where all European relevant presidents, except from the Prince of Spain, Felipe de Borbon, were absent. Among other people invited to the ceremony, we find F.C. Barcelona’s president, Sandro Rosell, as well as Real Madrid President, Florentino pérez.

The new president of Paraguay also had its own football club, the Libertad de Asunción, as a clear example of a new generation of millionaires turned into politicians.

His political career has been astonishingly fast. He voted for the fist time in 2008 elections, in 2009 he joined the Colorado Party, and in only three years he has passed from ignoring politics to be anxious for occupying the presidency of the country.

Who once was a pilot, he owns now a cigarette factory, a bank, several tobacco and soya fields, and he exports wood. The DEA has pointed at him as one of the main drug dealers in his region, in a country where drug production and traffic are massive. Wikileaks documents link him with a money laundering network. And despite of all of these informations, Northern friends, afraid of Chavism, see him with hope.

«God blessed me with business skills, that I want now apply to politics», says this new messiah, whose priority is end with poverty. He has already refused his salary as president and he is willing to use his money to help the country paying civil servants’ wages, for example. In this new political system, the State acts in a commercial way; it is now some sort of private property with a public use, where good or bad administration is under «owner’s control».

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Curuguaty. July, 2013

I talk with a peasant at Amistad square, in Quruguaty. In 2008 he voted for bishop Lugo. Now, his vote has gone to Horacio Cartes.

He tells me that, days before presidential elections, Colorado party organised a tempting propaganda act, where over ten thousands of kilograms of meat were delivered to peasants.

—One kilogram for every peasant. As a gift! —he says.

An envelope containing the appropriate ballot paper accompanied each of this kilograms.

—Why not taking the meat and changing the ballot paper? —I ask.

He stares at me, astonished. He answers after what it seems an eternity. Still shocked, he says:

—We couldn’t do it. They would notice.

Clearly, peasants don’t consider the idea of legal elections. For this peasant, politicians are still messiahs. Demiurges of punishment, of guilt, of reward. «Me, Supreme» in the magnificent words of Augusto Roa Bastos, who described wonderfully this kind of Perpetual Dictators who act as fathers chosen by divinity forces to govern men realms.

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Photograph: Pablo Tosco (Full gallery here)

The article was translated by Carolina Camarmo

In Oxfam work in Paraguay since 1991 strengthening farmers’ organizations in their struggle to defend the right to their land and support family farming. If you want more info, click here.

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1 Paraguayan People’s Army


El milagro de Cabañas

Un teléfono rasga el silencio. “Aló, aquí familia Cabañas, dígame. ¿Cómo?….¿Qué dice le ha pasado a mi hijo?”. Tras una breve pausa, estalla la angustia. Cuelga el teléfono y rompe a llorar. Es Basilia Ortega de Cabañas, madre de Salvador. Acaban de “balear” a su hijo en un club mexicano bien entrada la madrugada. Basilia alerta a su familia del trance y sale disparada hacia el aeropuerto Slivio Petrossi. Su hijo se debate entre la vida y la muerte por estar en el sitio equivocado a la hora equivocada. El vuelo es un martirio para una madre quebrada que sólo encuentra consuelo en un amigo de la familia de toda la vida, José María, y en el doctor Aldo Martínez. Los minutos se hacen eternos. Un escalofrío recorre el cuerpo de Basilia. Le comen la cabeza los pensamientos. Recién aterrizado el vuelo, la señora Cabañas toma un taxi con dirección a un hospital céntrico de México D.F. Durante el breve pero intenso trayecto, Basilia eleva la penúltima suplica a Dios. ‘Le pedí que mi hijo saliera con vida, que se fuera de todo peligro’. El “Barbas” recibe el pase de esperanza de Doña Basilia, la amasa y la retiene. Pone pausa y frena la bola. Aún no es la hora de Cabañas. Todavía no. Aún queda un partido por jugar. El más importante, el de la vida. Doña Basilia, un manojo de nervios, irrumpe en el hospital y desgrana el parte médico. Sus preguntas se agolpan, pero van más lento que el latir de su corazón. ‘Salvador está vivo’. De milagro, según los médicos, pero vivo. ‘¿Cómo anda?’. Cabañas hijo se recupera de una cirugía después de recibir un disparo en la cabeza. Ha reaccionado a los primeros auxilios, ha aguantado que limpiaran la herida y permanece vivo, aunque la bala sigue alojada en su frente. Doña Basilia es un mar de dudas: ‘¿Se salvará mi “Chava”, doctorcito?’. El médico toma aire y responde: ‘El proyectil está alojado en la parte trasera del cerebro y haríamos más daño si lo retiráramos. Está en manos de Dios’.

Doña Basilia sigue esperando la recuperación de su hijo. Un amigo le cuenta que Salvador, todo fuerza, fue capaz de llegar consciente al hospital aún con el disparo en su frente, y que llegó a hablar con los médicos antes de ser intervenido a vida o muerte. La FIFA corroboraba la versión: ‘Lo último que le dijo a su esposa antes de entrar al quirófano es que iba a salir de ésta’Miguel Ángel Mancera, fiscal de la ciudad de México, se presenta ante los periodistas y confiesa tener el mismo pálpito: “El disparo que recibió es frontal, sin salida, pegó en la frente y no salió. Puede salvarse, hay que esperar”. El diario El Universal informa que dos personas fueron detenidas por haber estado involucradas en el incidente que se produjo cuando Salvador recibió un tiro mientras se encontraba en el cuarto de baño. Otros medios de comunicación de Paraguay se hacen eco de la muerte cerebral de Salvador. Medio México informa que su corazón ha dejado de latir. El otro, que su corazón es el de un guerrero. A última hora, con miles de sudamericanos pegados al transistor para conocer noticias sobre Cabañas, una radio deportiva chilena confirma que hay esperanza. ‘Puede salir con vida del tiroteo si aguanta las próximas 24 horas’. Doña Basilia reza. Le pide a Dios por su hijo, un futbolista con alma de delantero centro.

El caso de Cabañas estremece al mundo del deporte, pero no resulta ninguna novedad en México, un país azotado por una violencia criminal sin precedentes capaz de segar demasiadas vidas. También de futbolistas. Los ‘noticieros’ recuerdan los traumáticos casos de otros ídolos que acabaron muertos. A David Mendoza, un mito del fútbol azteca que pertenecía al Veracruz, un grupo de desconocidos le disparó sin piedad hasta ocasionarle la muerte en un aparcamiento en noviembre de 2008. A pesar de las pesquisas policiales su deceso nunca se aclaró. Mucho antes, en 1982, José Guadalupe Ibarra, zaguero del Toluca, fallecía tras recibir un tiro en la boca del estómago cuando pretendía defender a una mujer que estaba siendo maltratada por un tipo que, sin pensarlo, sacó su revólver e hizo fuego contra el defensa. En Argentina está el caso de Fernando ‘El Negro’ Cáceres —le incrustaron una bala en el ojo— y también el de Daniel Cravero, de Lanús. En Colombia la tragedia cobra mayor dimensión. Gabriel Meluk, editor de Deportes de El Tiempo de Bogotá, sostiene que en el país cafetero los criminales ‘no fallan, aquí se aseguran de matar’. Al “Palomo” Usuriaga le metieron 10 balazos en una riña de barrio; Felipe Pérez, Elson Becerra y Omar “Toro” Cañas recibieron sendos plomazos que acabaron son sus vidas; y el mundo del fútbol aún guarda el triste recuerdo de Andrés Escobar, asesinado con premeditación y alevosía por aquel autogol ante Estados Unidos en la Copa del Mundo de 1994. Cabañas es otra víctima más.

Salvador sigue postrado en la cama. Permanece grave, con una cicatriz enorme en el cráneo y con una bala instalada la cabeza. Se debate entre la vida y la muerte. Su familia sigue rezando. No están solos. Son legión. El mal trago del “Chava” Cabañas es compartido por cientos de amigos y miles de hinchas por toda América. Sus goles  —más de 100— le etiquetan como embajador de la felicidad de miles de paraguayos. De miles de chilenos. Y de miles de mexicanos. Salvador Cabañas, delantero centro de la selección paraguaya, ha vacunado porteros de todo el mundo y es el gran ídolo de todos los equipos en los que ha podido jugar. El 12 de Octubre, el Guaraní, el Audax Italiano, los Jaguares de Chiapas y el América de México no dan crédito a la gravedad del que fue su gran estrella. Un compañero del América rompe a llorar. ‘Salvador es un hombre bueno, una persona que no merece morir así. Un tipo que hizo todo, que siempre dejó todo en la cancha’. Miles de hinchas rezan una oración por su alma. ‘Si hay un Dios ahí arriba, este paraguayo tiene que aguantar…’

La prensa repasa su exitosa carrera como coleccionista de nombres de guerra: El Toro, Nuestro Salvador, Sansón y Dinamita TNT. Ninguno como ‘El Mariscal’. Un apodo popular que tuvo su origen en un spot publicitario de telefonía móvil emitido en septiembre de 2009 en su país, donde Cabañas encarnaba a un líder militar del siglo XIX que, a lomos de un caballo, arengaba a sus soldados a conquistar la victoria, en alusión a un posible triunfo de Paraguay en la Copa del Mundo de 2010. La imagen de Cabañas, en un escenario de batalla, a imagen y semejanza del mariscal Francisco Solano López, comandante que combatió en la guerra de la Triple Alianza, le hizo ganarse su nombre de guerra más conocido: ‘Mariscal’ Cabañas. Apodos para un delantero de carácter tiroteado, a quemarropa, con una pistola calibre 22 que le ha hecho un agujero en la cabeza. 

Pero Cabañas vive. El parte médico informa que, de manera milagrosa, salvará la vida. Esa bala no ha sido suficiente para conseguir que un ilustre del fútbol de Sudamérica arrojara la toalla. Aguanta, se aferra al reino de los vivos y juega un partido que acaba ganando, el de la vida. Tras meses de cuidados médicos y una voluntad de hierro para no abandonar la pelea, Cabañas regatea a su marcador más férreo, las garras de la muerte. Su madre, Doña Basilia, deja caer una lágrima del tamaño de una bellota por sus mejillas. Su hijo está fuera de peligro. Salvador había cantado más de 100 goles, pero esta vez había marcado su tanto más difícil, el definitivo: el gol de la vida.

Un año después de que Salvador Cabañas le tirase un caño a la muerte la prensa mexicana anunciaba la detención de José Balderas Garza, alias JJ, un presunto narcotraficante, como culpable de haber tiroteado al delantero en Ciudad de México. Cabañas, con serios problemas de memoria, comienza a recordar a su agresor. Veinte meses después de sobrevivir milagrosamente los paraguayos reciben una noticia tremenda: Cabañas quería volver a jugar. A día de hoy, con 31 años, Cabañas regresa al fútbol profesional para vestir la elástica del 12 de Octubre, un equipito de Tercera División de su ciudad natal, Itauguá, a unos 30 kilómetros de Asunción. El presidente del club, Luis Salinas, llega a un acuerdo con la familia para incorporarle a la disciplina del club que le había hecho debutar como profesional en 1997. Salinas confía en que Salvador Cabañas, en su segunda oportunidad. ‘Él siempre tuvo mucha ilusión por volver al club que fue su casa, al que le vio nacer. Se pondrá la ropa, comenzará los entrenamientos y estará siempre que quiera aquí, porque esta es su casa’.

Restablecido pero aún falto de una forma física correcta Cabañas persigue, día a día, el sueño de volver a gritar un gol. Su padre, Dionisio, se emociona al ver a su hijo vestido de corto con el diez a la espalda. ‘Mi hijo alternará el tratamiento con los entrenamientos. Para nosotros es algo muy emocionante. Estaba muerto y ahora le vemos ahí, feliz, con la pelota’. Tras un año de terapia intensiva y después de la supervisión de la clínica argentina Fleni, ‘El Mariscal’ comenzó a correr, a hacer pesas, a ejercitar su fondo físico y a mejorar su nivel de coordinación. El director de la clínica fue explícito después del primer mes de evaluación: ‘Si no lo veo, no lo creo. Es todo afán de superación. Hace horas extra en la piscina, se esfuerza a tope, quiere volver a ser el que fue y está casi alcanzado su plenitud, es asombroso’. Días después el parte médico es rotundo. ‘Estamos muy satisfechos de poder comunicarles que Cabañas está recuperado y que ha sido dado de alta’. Él se negó a ser tan prudente en el diagnóstico. Fue más allá. ‘Soy capaz de todo después de lo que he sufrido, no voy a pararme aquí. Mi vida cambió muchísimo, pero en la cancha saldré adelante. Esto que me pasó a mi me obliga a salir adelante’.

Rehabilitado para la vida, el delantero quiso volver a México para dar las gracias por el apoyo recibido. ‘Jamás me he sentido solo, los hinchas nos apoyaron a mi y a mi familia’. Salvador se siente en una nube. ‘Quería volver a ser yo mismo, a ser el Cabañas de siempre. Quiero devolver a la gente todo el cariño recibido cuando estaba ahí, tirado, en una cama del hospital’. Después de un par de entrevistas en exclusiva en Televisa, Cabañas da el gran salto. Tiene molestias en los gemelos y aún no ha conseguido estar en la mejor forma posible, pero se compromete a jugar un amistoso, frente al América, vistiendo la camiseta de la selección de Paraguay, por supuesto, en México. ‘Siempre pensé que iba a volver. Aún puedo jugar grandes partidos. En la vida hay que estar dispuesto siempre a volver. Me costaba todo un mundo. Ojalá pueda demostrar a la gente que todavía puedo ser Cabañas’.

Salvador fichó por el 12 de Octubre, su primer equipo. ‘Vi los partidos del Mundial de Sudáfrica por la televisión. Me daba coraje de no estar, pero un día voy a volver a la selección’. En eso anda. De momento, su debut, un amistoso frente a un combinado de Itauguá, ha sido una fiesta. ‘Volví a sonreír, a emocionarme, a ser una persona completa. Al fútbol, a mi vida’. El presidente del equipo se siente eufórico: ‘Esperamos que esté feliz, que recupere todo lo que pudo perder. El club le presta la ayuda que necesita y él va a responder con sus pases mágicos, con sus tiros libres, sus gambetas y sus goles. El pueblo es feliz viéndole de nuevo’. Su entrenador, Rolando Chilavert, hermano del polémico y mítico portero José Luis Chilavert, confía en que vuelva por sus fueros. ‘Si pone todo en el empeño y pelea como hasta ahora será quien fue otra vez’. Veinticuatro horas antes de su esperado debut Cabañas apenas pudo pegar ojo. ‘Jugar es lo único que quiero. Estaba tan nervioso que dormí muy poco antes del partido. Estaba muy contento, quería devolver tanto cariño al pueblo’.

Su mujer, María Alonso, estaba aún más emocionada que él. Recordaba el sufrimiento de su marido y el de su familia. Y echaba mano del retrovisor de la vida para evocar la amargura de largas e interminables horas, al pie de la cama de su esposo, cuando se debatía entre la vida y la muerte con una bala del calibre 22 en la cabeza. ‘Mi marido ha vuelto a nacer. Ahora volverá al fútbol, pero él sabe que tiene que empezar de cero. Pero si él es feliz, yo soy feliz’. Su hijo Santiago, zurdo de talento, sueña con ser internacional con Paraguay y pasa las horas disfrutando de su padre. Cabañas, ‘todavía presente y todavía vivo’ no guarda rencor al criminal que le disparó, dice que su tragedia ha cambiado el rumbo de su vida. Comenzó a recordar después de salir del hospital, pero desecha la amargura de su tragedia: ‘Sólo pido a Dios que la persona que me disparó esté bien y su familia también. Sé quien fue, tengo su cara grabada en la memoria. Me apuntó a la cabeza y me disparó. Comencé a recordar poco a poco en el hospital, pero no le guardo rencor’.

Salvador ‘El Mariscal’ Cabañas, gran ídolo de todo Paraguay, uno de los delanteros favoritos del pueblo junto a Roque Santa Cruz o Saturnino Cardozo, es la viva imagen de la satisfacción: ‘Regreso al sitio donde empecé, a los 15 años. Vuelvo a casa y estoy vivo. Es un regalo’. El Libertad le dejó entrenar con ellos, el 12 de Octubre le ha brindado la oportunidad de regresar al profesionalismo y el América de México le ha abierto sus puertas para enfundarse de nuevo la camiseta amarilla cuando esté en óptimas condiciones para jugar al máximo nivel. ¿De dónde sale toda esa fuerza de Salvador Cabañas? ‘Un paraguayo siempre sale adelante’.