Atrezo ilustre: historias detrás de objetos de cine (I)

Kurt Russel reventando la historia americana. Imagen: The Weinstein Company.

Las props cinematográficas son todos aquellos objetos fabricados para ser utilizados en la ficción del cine. Cachivaches, enseres, trastos comunes o artefactos fantásticos diseñados de manera exclusiva para formar parte del atrezo que embellece las historias. Algunas han alcanzado un estatus icónico y otras son meras anécdotas, pero casi todas esconden alguna historia interesante detrás.

Kurt Russell contra la guitarra de ciento cuarenta y pico años de Los odiosos ocho (2015)

La escena de Los odiosos ocho donde John Ruth (Kurt Russell) convertía en astillas la guitarra que tocaba Daisy Domergue (Jennifer Jason Leigh) contenía en sus imágenes una desgracia de tamaño histórico. Y, más concretamente, una desgracia de ciento cuarenta y cinco años de historia destrozados por una buena hostia por parte de Snake Plissken. Porque lo que Russell estampaba contra la columna en dicha secuencia no era una mera guitarra de atrezo, sino una Martin (de la casa C.F. Martin & Company) auténtica e irreemplazable que databa de 1870 y había sido cedida por el Martin Guitar Museum para ser utilizada durante el rodaje.

Ojo a la reacción natural de Jason Leigh  al ver cómo Russell convierte la guitarra en leña para el fuego.

Dick Boak, director del Martin Guitar Museum, no supo realmente lo que le había ocurrido al instrumento hasta que la web Reverb se puso en contacto con él para saber qué cara se le había quedado: «Lo que nos dijeron en su momento es que fue un accidente en el set, y supusimos que un andamio o algo similar cayó sobre la guitarra. Entendemos que este tipo de cosas ocurren, pero al mismo tiempo no nos lo podemos tomar a la ligera. Todo esto de que se rompió la guitara porque estaba escrito en el guion y nadie le había dicho al actor que no debía hacerlo es información que hasta ahora desconocíamos. No sabíamos nada sobre el guion, o sobre si a Kurt Russell no le habían comentado que era un artefacto invaluable e insustituible del museo». Mark Ulano, un técnico de sonido galardonado con un Óscar, fue testigo del accidente y aclaró que todo ocurrió por culpa de un error de comunicación: «Supuestamente se iba a filmar hasta ese punto y cortar la toma en ese momento para cambiar la guitarra por una falsa». Según Ulano, el equipo de producción del wéstern de Quentin Tarantino había fabricado hasta seis réplicas de la Martin para ser destrozadas en la escena, «Y bueno, por alguna razón nadie avisó a Kurt de esto. Por eso mismo cuando ves lo que ocurre en pantalla sabes que la reacción de Jennifer es genuina».

Lo peor de todo es que el centenario instrumento estaba asegurado por su precio de adquisición, una cifra que no representaba en absoluto el valor real de un objeto considerado irremplazable: «Hemos sido renumerados por el valor del seguro, pero no se trata del dinero, se trata de la preservación de la historia y el patrimonio musical estadounidense». Desde el museo solicitaron que se les remitiesen restos y astillas para evaluar si aquel accidente podía enmendarse de algún modo, pero fue en vano. «Está lejos de cualquier cosa que podamos hacer para arreglarla. Está destruida». El pobre Boak finalizó su intervención apuntando las nuevas políticas de su empresa respecto al séptimo arte: «Como resultado de todo esto, nuestra compañía no volverá a prestar sus guitarras a las producciones cinematográficas bajo ninguna circunstancia».

El misterio de los zapatos de rubí de El mago de Oz (1939)

Mi tesoro. Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer.

En la novela original El mago de Oz de L. Frank Baum el calzado de Dorothy en sus tropelías por el mundo de fantasía no tenía ese color rojo brillante que luce en la película protagonizada por Judy Garland, sino que se trataba de un par de zapatos plateados. Pero la película El mago de Oz había sido ideada para mostrar las bondades del Technicolor en la pantalla grande, y una de las revisiones del guion decidió teñirlos de rojo con el objetivo de derramar la mayor gama de colores sobre la audiencia.  

En la época de la cinta los objetos diseñados para las películas no se trataban con el mismo mimo que en la actualidad, no existía la fiebre por subastarlos a posteriori y las productoras se limitaban a meterlos en algún armario en sus almacenes para que cultivasen ácaros. Por culpa de esa desidia también es difícil saber con certeza cuántos zapatos de rubí se produjeron inicialmente. Se cree que entre seis y diez pares (sin contar los diseños preliminares) del modelo definitivo fueron creados para el largometraje por Joe Napoli en la Western Costume Company. En los años setenta, un caballero llamado Ken Warner localizó un puñado de ellos olvidados en un almacén de la MGM, se quedó con una pareja y vendió el resto. Y durante los ochenta, una mujer llamada Roberta Bauman vendió otro par de zapatos originales que tenía en su posesión como premio por haber ganado un concurso cuarenta años atrás.

Desde entonces, el calzado de Dorothy han ido cambiando de manos entre cinéfilos con pasta y se han exhibido en lugares como el Instituto Smithsoniano, la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas o el parque de atracciones Disney’s Hollywood Studios. Y un par de aquellos zapatos nómadas protagonizaron un misterio tremendo: en la noche del 27 de agosto de 2005 fueron robados del Judy Garland Museum por una persona (o personas) de identidad desconocida. La policía ofreció inicialmente doscientos cincuenta mil dólares a cambio de cualquier tipo de información que pudiese encaminarlos hacia el paradero de los zapatos y, diez años después, una persona anónima de Texas subió aquella recompensa hasta el millón de dólares. Entretanto, unos voluntarios exploraron unas minas en el condado de Itasca, donde un chivatazo insinuaba que se ocultaba el botín, sin éxito, y la policía registró infructuosamente la casa de un listillo de San Diego que iba proclamando que los tenía en su poder. En septiembre de 2018, el mismísimo FBI anunció que por fin había recuperado los zapatos de rubí de El mago de Oz, pero esquivó explicar dónde o cómo lo habían hecho y quién había sido el mangante.

El arsenal de El señor de la guerra (2005)

Imagen: Lionsgate.

El señor de la guerra narraba los tejemanejes de Yuri Orlov (Nicolas Cage), un traficante de armas ruso que se paseaba por países en guerra vendiendo artillería, esquivando a la Interpol y lidiando con dictadores. El largometraje tomaba como base las consecuencias que tuvo para el mercado negro el fin de la Guerra Fría: la disponibilidad de un montón de armamento abandonado en los almacenes de los estados soviéticos, material que permitió a los traficantes ilegales vender el género allá donde zumbase un conflicto bélico y amasar pasta suficiente para cubrir numerosos agostos. La película se inspiraba en hechos reales, pero Orlov no estaba basado en una persona real en concreto, sino en varias historias de traficantes de armas y gente de similares encantos.

Lo interesante es que el director del film, Andrew Niccol, no solo se inspiró en el mundo de la compra venta de armas, sino que también se vio obligado a meter un poquito el pie en él. Por un lado, la producción optó por alquilar tres mil fusiles de asalto Vz. 58 para ejercer en pantalla como si fuesen AK-47 porque aquello resultaba más barato que comprar, fabricar o alquilar las réplicas del fusil soviético diseñado por Mijaíl Kaláshnikov. Y por otra parte, el propio Niccol llegó a un acuerdo con un traficante de armas para poder utilizar cincuenta tanques durante una secuencia de unos pocos segundos de duración, «Me dijo que los podía utilizar, pero que se los devolviese antes de diciembre porque había acordado venderlos en Libia». El realizador también tuvo que ponerse puso en contacto con la OTAN, para avisar de que aquella hilera de tanques, que estaban captando los satélites desde las alturas y preocupando a más de uno, tan solo formaba parte de una producción cinematográfica y no de una guerra real.

El vaso de agua bailongo de Parque Jurásico (1993)

Michael Lantieri, parte del equipo encargado de los efectos especiales de Parque Jurásico, recibió una tarde la llamada de un Steven Spielberg al que se le acababa de encender una bombilla sobre cómo mostrar en pantalla los pesados pisotones del gigantesco T-Rex: «Me llamó a la oficina y me dijo: “Estoy en el coche escuchando Earth, Wind & Fire y el espejo retrovisor está temblando. Eso es lo que necesitamos, quiero que el espejo vibre. Y también tenemos que hacer algo parecido con el agua”». Para Lantieri simular la vibración en el espejo fue bastante sencillo, bastó con colocar un pequeño motor zumbón en la parte trasera del objeto. Pero hacer que las ondas se dibujasen en el vaso de agua, como ocurre en la película cuando resuenan las pisadas del dinosaurio aproximándose, requirió de un poco más de arte: «Teníamos a todo el mundo trabajando en ello porque era muy difícil lograr que el agua vibrase. Hasta que una noche mientras estaba jugueteando con una guitarra lo logré, coloqué un vaso de agua delante de mí y comencé a tocar hasta localizar la nota con la frecuencia exacta para que el líquido se sacudiera sin tocarlo».

La armadura desaparecida de Iron Man (2008)

Está clarísimo. Imagen: The Walt Disney Company.

John Favreau, director de Iron Man, decidió presentar en pantalla el proceso de construcción de la clásica armadura de Tony Stark (Robert Downey Jr.) mostrando tres fases diferentes de la misma: la versión Mark I, la Mark II y finalmente aquella Mark III que ya evocaba al outfit más clásico del superhéroe para el imaginario popular. En la película se combinaron los efectos prácticos de armaduras creadas artesanalmente con los FX por ordenador realizados por tres empresas especializadas en el CGI (Industrial Light & Magic, The Embassy y The Orphanage). En diversos planos Downey solo tenía que vestirse con la parte superior de las armaduras, o calzarse el casco, los guantes y la pechera sobre un traje de captura de movimientos que posteriormente se rellenaría digitalmente con las partes ausentes.

Lo curioso es que diez años después del estreno de aquella Iron Man, en mayo de 2018, la policía de Los Ángeles anunció que una de las armaduras originales de la película se encontraba en busca y captura. Algún listo había conseguido de algún modo colarse en un almacén donde se apilaban valiosos objetos de cine y sustraer de entre los enseres una de las creaciones de Tony Stark, una aparatosa prop valorada en trescientos veinticinco mil dólares. Las pistas eran escasas, un par de meses antes la armadura había sido vista en el almacén y la estricta seguridad del lugar (definido con un depósito «extremadamente secreto») hacía que muy poca gente supiese realmente lo que se atesoraban sus estanterías. Entretanto, en Twitter lo tenían un poco más claro y comenzaron a señalar a los sospechosos más evidentes de haber perpetrado el robo: Robert Downey Jr, Pepper (Gwyneth Paltrow), Thanos o Deadpool.

La grapadora que no era lo suficientemente roja de Trabajo basura (1999)

Un héroe. Imagen: 20th Century Fox.

Mike Judge (el orgulloso padre de Beavis y Butt-Head) estrenó Trabajo basura en cines a finales de los noventa y poca gente se molestó en sacar una entrada para verla en la pantalla grande. Como sucede con los títulos destinados a convertirse en películas de culto, el mercado del videoclub de aquellos años le proporcionó una segunda vida bastante exitosa y el combo de bocas y orejas entre los espectadores facilitó que aquella comedia encerrada en cubículos de oficinistas amasase un puñado bastante notable de fans.

En el reparto de Trabajo basura figuraban Ron Livingston, Jennifer Aniston, Gary Cole o John C. McGingley. Pero la estrella de la función acabó siendo el personaje de Milton Waddans interpretado por Stephen Root, un secundario que se convirtió en un robaescenas tan destacable como para acabar siendo añadido a la carátula de la película (donde inicialmente no aparecía ni se le esperaba) en las ediciones para el formato doméstico. Milton era un personaje mimado por el director, el auténtico antihéroe de la película, y en la pantalla compartía escritorio con una grapadora roja a la que le tenía bastante aprecio. «Quería que la grapadora destacase en el cubículo de trabajo de Milton», explicaba Judge, «como la gama de colores que ideamos para dichos cubículos estaba basada en tonos grises y azules, mi idea era que fuese una típica grapadora de la marca Swingline de color rojo. Pero en Swingline no las fabricaban en rojo por aquel entonces, por lo que tuvimos que pintarlas nosotros con dicho color y después poner el logotipo de la compañía de encima. Fabricamos tres grapadoras, yo tengo la que aparece quemada tras la última escena, Stephen tiene la que aparecía en pantalla en su cubículo, y no tengo ni idea de a dónde ha ido a parar la tercera». Cuando la película empezó a gozar de fama, en la fábrica de Swingline comenzaron a recibir pedidos de gente que deseaba hacerse con su propia grapadora roja y descubría desilusionada que la compañía ni siquiera las fabricaba en aquel color. De repente, comenzaron brotar por eBay un montón de grapadoras idénticas a las de la película pero fabricadas de manera casera. En las oficinas de Swingline, asombrados por la pasta que se estaba llevando la gente en internet vendiendo su producto tuneado, acabaron decidiendo que sería una idea bastante lucrativa lanzar su propia gama de grapadoras rojas.

La aguja real de Planet Terror (2007)

Robert Rodríguez comenzó a fraguar el guion de Planet Terror durante el rodaje de The Faculty, intuyendo (acertadamente) que el cine de zombis estaba a punto de volver a lo grande. El proyecto finalmente mutó en una idea genial, una peliculilla que simulaba el cine chusco de serie B e inicialmente iría pegada al Death Proof de Quentin Tarantino. Un par de locuras en homenaje a aquel cine grindhouse que gustaba de emparejar en sesiones dobles esperpentos divertidos. Pero el estudio se emperró en trocear la broma, separarla en dos películas independientes estiradas a la fuerza y convertir lo que podría haber sido una maratón bastante loca en una pareja de películas menores y anecdóticas.

En una escena de Planet Terror, la doctora Dakota Block (Marley Shelton) le presenta a Joe (Nicky Katt) a sus tres amigos: una tanda de inyecciones que la mujer clava rápidamente en el brazo del hombre. Lo doloroso del asunto es que a la hora de rodar el pinchazo, el equipo encargado de los juguetes falsos se equivocó y puso en la mano de Shelton una aguja real en lugar de una de las retráctiles que tenían preparadas para no agujerear a nadie. Shelton clavó realmente aquella aguja en un Katt que tampoco parpadeó demasiado. Un médico que estaba presente examinó el brazo del actor por si acaso, y concluyó que no había nada que lamentar porque las jeringuillas, a pesar de no ser falsas, por lo menos estaban esterilizadas.

Los anillos no tan únicos de El Señor de los Anillos: la Comunidad del Anillo (2001)

Grant Major, encargado de producción en El Señor de los Anillos, explicaba que idear el objeto más importante de una saga literaria tan colosal fue un trabajo que conllevó ciertos dolores de cabeza: «Tolkien fue tremendamente minucioso al especificar el origen y el terrible poder que el anillo ejercía sobre su portador. Pero a la hora de describirlo físicamente se limitaba a definirlo como un simple aro dorado. Un anillo que era capaz de expandirse y contraerse para adaptarse a la mano de quien lo llevase puesto, y un objeto que al ser calentado revelaba una leyenda escrita en la Lengua Negra de la Tierra Media: Un anillo para gobernarlos a todos. Un anillo para encontrarlos. Un anillo para atraerlos a todos y atarlos en las tinieblas». Diseñar aquel objeto tan importante parecía una labor complicada, incluso teniendo en cuenta que por aquella época (el año 1998) la producción de la película aún calzaba pañales y no había llamado demasiado la atención del gran público ni de los fans de la obra original de Tolkien.

Tras darle vueltas al concepto, Major y su equipo decidieron recurrir a los dedos que tenían más a mano: agarraron el anillo de compromiso de uno de los productores, Rick Porras, y lo utilizaron como punto de partida para el Anillo Único. La joya de Porras resultaba adecuada al tener un diseño sencillo con suficiente espacio para las inscripciones, formas redondeadas, un aspecto pesado y cierto aire histórico. Con las cosas más claras, se le encargó a un joyero neozelandés llamado Jen Hansen elaborar una tirada de cuarenta anillos idénticos que serían acarreados por los actores y sus dobles, más unas cuantas remesas adicionales que se utilizarían en eventos publicitarios o regalos varios. Y los brillis fabulosos de las letras se añadieron tirando de FX en postproducción.

También se crearon un par de anillos especiales para ser utilizados en escenas concretas: uno elaborado en un metal magnético para trucar una secuencia donde el preciado tesoro caía sobre el suelo de manera pesada, sin rebotar. Y otro de tamaño absurdamente gigantesco que sería utilizado para un primerísimo plano y facilitaría todo aquello de la perspectiva forzada de la que tanto tiraba Peter Jackson.

Las ranas de Magnolia (1999) que nunca cayeron del cielo

Está escribiendo un «Lávame guarro». Imagen: New Line Cinema.

La gente suele recordar lo de la lluvia de ranas en Magnolia. Básicamente porque nadie se esperaba que de repente, y sin venir a cuento, el guion decidiese regarlo todo con una tormenta de batracios. La culpa la tenía el director Paul Thomas Anderson, un hombre al que se le había ocurrido la idea mientras ojeaba un libro sobre desastres naturales de su biblioteca personal. Según el diseñador de producción William Arnold: «Paul utilizó la lluvia de ranas como un elemento que afectaría a todos los personajes de la película al mismo tiempo, colándose en su realidad y en cierto modo unificándolos. Si no recuerdo mal, el actor Henry Gibson fue quien nos explicó el significado de las ranas en la Biblia. Fueron una de las plagas que amenazaron a los egipcios en el Éxodo 8:2 [“Pero si te niegas a dejarlos ir, he aquí, heriré todo tu territorio con ranas. Y el Nilo se llenará de ranas, que subirán y entrarán en tu casa, en tu alcoba y sobre tu cama, y en las casas de tus siervos y en tu pueblo, en tus hornos y en tus artesas”]». Gibson tenía razón porque Thomas Anderson estaba jugando a eso mismo: «Puedes montarte una buena competición de chupitos si juegas a beber cada vez que el número 82 aparece a lo largo de la película», apuntaba Arnold.

Para reflejar en la pantalla aquella tormenta tan inusual, la tropa de efectos especiales comandada por Arnold fabricó cientos de ranas de goma e ideó un artilugio, compuesto por una cinta transportadora y un trampolín, con el que arrojarlas por los aires. Pero las primeras pruebas realizadas tirando aquellos animales de broma sobre un aparcamiento vacío fueron tan poco convincentes como para que el equipo decidiera acabar comiéndose los batracios: se descartaron los anfibios de goma y se optó por filmar las escenas sin ellos, simulando con diferentes artimañas los impactos que tendrían sobre el entorno y añadiendo finalmente las ranas por ordenador durante la postproducción.

La cabeza de caballo de El padrino (1972)

LOL. Imagen: Paramount Pictures.

La cabeza decapitada de caballo que aparecía en la cama de un personaje de El padrino iba a ser en principio una prop más, un objeto artificial fabricado para el mundo del cine. Pero cuando el estudio le envió a Francis Ford Coppola la testa falsa de un equino, ni el director ni el productor, Al Ruddy, quedaron contentos con el aspecto que tenía la misma: «Nos enviaron una cabeza de peluche que se había utilizado en otro set. Y el cuero estaba tan desgastado y viejo que aquella mierda se rompió enseguida», recordaba Ruddy, «era inaceptable, así que Coppola y el director de arte se acercaron hasta un matadero para hacerse con una cabeza de caballo de verdad. El caballo que seleccionaron tenía enfisema por lo que iba a ser sacrificado de todas formas».

La parte grotesca y más divertido del asunto llegó a la hora de filmar la escena. En el guion la cabeza cortada del animal amanecía en el lecho del personaje de John Marley, un actor al que nadie en el rodaje parecía tenerle demasiado aprecio («Era un grano en el culo, no dejaba de quejarse por todo»). Y el momento de filmar la escena es algo que el propio productor solía rememorar entre carcajadas: «Estábamos rodando en Long Island, en una elegante mansión durante un día frío, oscuro y lluvioso. John está preparado junto a la cama, vestido con un pijama y un batín de seda. Y entonces entran cuatro tíos portando una gigantesca caja de metal cerrada con cuatro pestillos. John no tenía ni idea de lo que había dentro y en cuanto la abrieron casi se desmaya al ver aquella puta cabeza de caballo con la lengua colgando. Colocaron la cabeza, que estaba congelada al haber sido transportada entre hielo seco, sobre la cama y lo regaron todo con sangre falsa. John estaba asqueadísimo, se estaba agobiando demasiado y se negaba a estirar las piernas sobre la cama, pero Francis le obligaba a enderezarse para filmar la toma. Todos comenzamos a reírnos y acabamos por los suelos. Cuando la escena terminó, John salió corriendo del set, cagándose en todo. No volvió a aparecer por el rodaje durante el resto del día».

(Continúa aquí)


Cincuenta secuencias memorables en cincuenta películas menos memorables

Star Wars: Episode 1 – The Phantom Menace (1999). Imagen:  Lucasfilm

50. Chun-Li y M. Bison en Street Fighter (1994)

Una lección magistral de guion donde menos cabría esperarla: en la mamarrachísima adaptación de un videojuego de peleas. Aplíquese el cuento si es usted un supervillano: los grandes malos entran tarde a los diálogos y solo ellos les ponen el punto final.  


49. La secuencia inicial y el primer número musical de Shock Treatment (1981)

Escuche lo que le digo: esto lo rueda usted hoy, le quita las canciones y lo salpimenta con unos lens flare resultones y le queda un episodio de Black Mirror de los que hacen correr ríos de baba. La película, un musical de Jim Sharman y Richard O’Brien, se reseña frecuentemente como un spoof sobre la televisión, pero no lo es; es una distopía al estilo The Truman Show, (con la que, por cierto, comparte bastante detallitos). Su tema no es reality show, un género que en 1981 todavía no había pegado el petardazo, sino los quiz shows descerebrados y otros formatos delirantes de la telebasura de la época. ¿Es una película buena? No es una película buena. Es un brainstorming donde, en lugar de descartar las peores ideas, se han aplicado a la vez todas las ocurrencias. Y la música, pse. Pero con Sharman y O’Brien poca broma; estos señores hicieron The Rocky Horror Picture Show. Y Shock Treatment, de hecho, se vendió como una continuación de aquella, aunque en eso también engaña: no estaban ni Tim Curry ni Susan Sarandon, solo para empezar.


48. La muerte de Russell en Deep Blue Sea (1999)

Si se cuenta usted entre quienes aborrecen Sharknado (nosotros no, quede eso bien claro), le comento que hay algo peor que hacer Sharknado: hacer Sharknado con complejines, con la boca pequeña, como pasando vergüenza por estar haciendo un cantar de gesta flipado con tiburones de CGI. Y eso es precisamente Deep Blue Sea. Eso sí: al menos nos dejó una carnicería tan memorable como esta. Y con Samuel L. Jackson, nada menos, que precisamente con títulos como este ascendió al trono de las buenas películas malas. A su diestra se sienta Jack Black y algún día heredará su reino, pero a día de hoy el cetro es todavía de Samuel L. Jackson.


47. La escena del espejo en Absolutely Anything (2017)

Un buen gag, sí. Uno solamente. Con lo que prometía esta película, madre de Dios. Dirigía Terry Jones, protagonizaba Simon Pegg y contaba con Robin Williams y los Monty Python, juntos en la gran pantalla por primera vez desde The Meaning of Life.


46. El impacto del meteorito en Deep Impact (1998)

Es posible que crea usted haber visto ya esta escena sin haberla visto realmente; así es de parecida a todos los demás impactos de meteoritos que han venido después. Su astrofísico de referencia podrá confirmarle que realista, realista, lo que se dice realista, no es. Y en 2019 esta secuencia impresiona poco, empezando solamente porque contiene todos los clichés cinematográficos propios de este tipo de catástrofes. Pero dese cuenta usted de que Mimi Leder, con esta secuencia, fue quien acuñó esos mismos chichés. Deep Impact, que por lo demás es una película flojísima, marcó un antes y un después en la retórica de la devastación cinematográfica. Y sin música, ojito con eso.


45. La entrada de Wonder Woman en Batman v Superman: Dawn of Justice (2016)

A Batman contra Superman le ocurrió lo peor que le puede pasar a una película que se titula Batman contra Superman: que la mejor secuencia no sea ni de Batman ni de Superman. Es la primera aparición de Zack Snyder en esta lista y no será la última.


44. La conversación entre Karl Barnhardt y Klaatu en The Day the Earth Stood Still (2008)

Si se pregunta usted por qué John Cleese no se pone un calzado más decente para dialogar con un todopoderoso semidiós extraterrestre, se lo respondo yo: porque tiene la razón. Y tener la razón es no tener que quitarse las pantuflas. Así fue este remake del clásico de ciencia ficción de 1951: finísimo en unos tramos, particularmente en los duelos dialécticos, y bastísimo en todos los demás. Pero no le vamos a reprochar a Scott Derrison su fascinación con los efectos especiales digitales, que seguramente fue lo que arruinó la película; en Doctor Strange pecó de lo mismo y en esa ocasión le salió un espectáculo redondo.


43. La realidad virtual en Johnny Mnemonic (1995)

«Cualquier tecnología suficientemente avanzada es indistinguible de la magia». Seguro que le suena. Es la tercera y más famosa de las leyes descritas por Arthur C. Clarke en Profiles of the Future. Johnny Mnemonic, tan poco lustrosa en todo lo demás, en esto acertó de pleno: su internet del futuro (el internet de 2021, se supone) era pura nigromancia. Aun así, casi cualquier película de los primeros años noventa en torno al asunto de la realidad virtual se parece a esta y es mejor que esta. Recomendaciones: Virtuosity, The Lawnmower Man y sobre todo la fabulosa Strange Days de Kathryn Bigelow. Y luego, ya si eso, Johnny Mnemonic.


42. La gran ola en The Perfect Storm (2000)

No hay mucho más que decir: es una ola buena en una película que va, fundamentalmente, de olas. Usted no sé, pero yo a esto lo llamo hacer los deberes y ya está. Si le interesa el historial delictivo del Wolfgang Petersen, en esta casa le dedicamos un artículo a su adaptación de La historia interminable.


41. Malas noticias en Robin Hood: Men in Tights (1993)

No lo diga, ya lo decimos nosotros: Mel Brooks, sí. El maestro del spoof, el profeta de las parodias, el hombre que hizo Spaceballs, The Producers y The Young Frankenstein. Mel Brooks en un recuento de películas poco memorables. A lo mejor ese es el problema, mire usted: que las comparaciones son odiosas. Robin Hood: Men in Tights no estuvo a la altura de casi cualquier otra película de Brooks, y aun así nos dejó escenas tan brillantes como esta.


40. La secuencia del tocador en Sucker Punch (2011)

Segunda aparición de Zack Snyder en esta lista. Su genio como realizador es simplemente innegable; que no da una a derechas desde 300 es casi igual de evidente. Esta secuencia no solo comporta mucha maña técnica; es también un ejercicio de virtuosismo en una película que iba de cualquier cosa menos eso (todavía no sabemos muy bien de qué iba Sucker Punch, para qué engañarle). Que no le extrañe encontrar esta misma secuencia junto a otras de grandes peliculones en este artículo que dedicamos al cine y los espejos.


39. La burocracia en Jupiter Ascending (2015)

Los lectores de Douglas Adams reconocerán la influencia aquí de los vogones, aquellos alienígenas suyos tan inclinados al papeleo y la burocracia. Y los más cinéfilos reconocerán el homenaje a Brazil, de Terry Gilliam, a quien las hermanas Wachowski invitaron a que hiciera un cameo dentro de la propia secuencia. Pero cuando una se gasta cerca de doscientos millones de dólares en hacer una película, sin embargo, la peor de las noticias es que una de las secuencias más baratas sea, a la vez, una de las pocas decentes de toda la cinta.


38. La entrada de Poison Ivy en Batman & Robin (1997)

Una reliquia, puro canon de aquellos Batmans pedorrísimos de la era BurtonSchumacher. Con su entrada triunfal (recuerde: entonces los supervillanos irrumpían en fiestas), su homoerotismo disparatado (recuerde las escenas de suit up) y uno de los gadgets más delirantes que se le conocen al hombre murciélago: la bat-tarjeta de crédito.


37. La escena del cristal en The Lost World: Jurassic Park (1997)

Ah, qué ironía. En la primera Jurassik Park Ian Malcolm le echaba en cara a John Hammond la ausencia de dinosaurios en su parque de dinosaurios; en la segunda, ahora protagonizada por él mismo, la mejor secuencia de acción tenía el siguiente recuento de dinosaurios: cero.


36. Hamlet en The Last Action Hero (1993).

Y cuidado, que no es la única secuencia que podríamos mentar; está también la del funeral, la de Charles Dance mirando a cámara y su discurso final en la azotea. Muchos reivindican hoy esta película, en parte por su valor nostálgico y en parte por su propio concepto metanarrativo, que por aquel entonces no estaba tan visto en las grandes superproducciones. Junto a Medicine Man, su anterior película, The Last Action Hero completó el hostión de espanto de John McTiernan, otrora fulgurante estrella de Hollywood; venía de hacer Predator, Die Hard y The Hunt for Red October, ahí es nada.


35. La aparición del rey en The Cell (2000).

De Zack Snyder o las hermanas Wachowski se podrá decir lo que se quiera, pero al menos completaron un pepinazo universalmente aclamado como tal y eso no se lo quita nadie. Tarsem Singh, sin embargo, lleva toda la vida en el candelero y todavía no ha hecho una sola película redonda. Las más completas son seguramente las dos primeras, The Cell y The Fall, y de ambas puede decirse prácticamente lo mismo: victoriosas en lo visual, regulín regulán en todo lo demás. Esta no es la única secuencia que salvaríamos de The Cell, porque tiene de todo: desde felices experimentos con gaseosa hasta muchos y muy logrados homenajes a hitos cinematográficos, como este a Fellini Satyricon.


34. La fuga de Grindelwaldg en Fantastic Beasts: The Crimes of Grindelwald (2018)

Nada que usted no sepa ya a estas alturas del carrete: la primera de la franquicia, Fantastic Beasts and Where to Find Them, es una maravilla; la segunda, Fantastic Beasts: The Crimes of Grindelwald, no hay por donde cogerla. Eso sí: la secuencia inicial, en la que Grindelwald escapa de la justicia, estuvo a la altura de las mejores batallas aéreas de la saga Harry Potter.


33. La muerte de Merlin en Kingsman: The Golden Circle (2017)

Y aprovechamos la ocasión para recordarle que la primera película de esta saga, Kingsman: The Secret Service, es un auténtico portento y que tiene usted que verla.


32. La conversación entre el doctor Chandra y HAL en 2010: The Year We Make Contact (1984)

Un duelo dialéctico en la continuación de 2001: A Space Odyssey y una lección sobre cómo componer un anticlímax cinematográfico. Pocos monstruos han tenido una redención mejor que la de HAL. Dígase, eso sí, lo evidente: si le interesa, lea mejor el libro, 2010: Odyssey Two. La película no es muy allá.


31. La muerte de Lord Beckett en Pirates of the Caribbean: At World’s End (2007).

Y otra redención, esta vez de un personaje menor en la franquicia Pirates of the Caribbean. Es tanta la machaconería de Disney con estas películas (seis han hecho, seis; y la cosa amenaza reboot, no se lo pierda) que al final, a fuerza de insistir, han salido un puñado de secuencias muy memorables. Esta no es seguramente la mayor de todas pero sí es la mayor entre las que aparecen en las entregas más flojas de la saga.


30. El cameo de Carrie Fisher en Scream 3 (2000)

Un cameo que lo tiene todo: autoconsciencia, metanarrativa, parodia del género… Y a Carrie Fisher, te adoramos Señor, interpretando a un chiste de sí misma en las horas más bajas de su propia carrera cinematográfica. Si no es el mejor cameo en la historia del cine, cerca le anda.


29. La abducción en The Forgotten (2004).

Un thriller que en España se tituló Misteriosa obsesión. Si el título le suena es porque uno de cada tres telefilms se titula así, no porque haya visto usted esta película. Es mala con avaricia pero tiene un gimmick como hay pocos, una cosa que quita el sentido. Y ejecutado con una sobriedad que hiela la sangre. La cosa pierde sin la hora previa de thriller emocional con Julianne Moore llorando a papo tendido, pero se hace usted cargo. Contexto: Moore es una madre que perdió a su hijo, un niño pequeño, en un accidente aéreo acontecido dos años atrás. Vencida por el dolor, se consuela con la idea de que haya sido raptado, pero cuando se lo confiesa a su marido este le dice que nunca tuvieron un hijo. Y en pleno relato de sus terribles tribulaciones emocionales, tachán: esto.


28. El final en Millennium (1989)

Un final a lo grande, casi de ópera. Un final rotundo, inapelable y desacomplejado. Un final como ya no se hacen finales. Pero si Millennium no ha accedido todavía al estatus de culto eso es que ya no lo va a hacer. Y a día de hoy todavía tiene un irrisorio 11% en Rotten Tomatoes. Que la película es rara y estrafalaria no se puede negar, pero también lo es Logan’s Run, del mismo director, y ahí está, todo un clásico. Por no tener no tiene ni una escena en YouTube que podamos enseñarle, tendrá que contentarse con el tráiler.


27. Ra da la vuelta al mundo en Gods of Egypt (2016)

Una secuencia memorable por su cualidad insólita; la mitología antigua abunda en el cine, la cosmogonía es otro cantar. No es nada frecuente, pero nada, que en el cine se ilustren cosmovisiones antiguas con este grado de literalidad.


26. El opening en The Flintstones (1994)

Una imagen vale más que mil palabras, y dos más que dos mil. Así que pocas hay que añadir a esta pantalla partida con dos secuencias: en una el opening original de los dibujos animados de Los Picapiedra y en la otra su adaptación cinematográfica. Del cartón piedra olvídese, eso lo de menos; en lo meramente cinematográfico, esto es pura filigrana.


25. La aparición de Gatsby en The Great Gatsby (2013).

Como le ha ocurrido ya a Baz Luhrman en alguna otra ocasión, también su adaptación de F. Scott Fitzgerald tuvo unos primeros veinte minutos espectaculares y luego hora y media de Dios sabe qué. La irrupción de Leonardo DiCaprio corona estos veinte minutos y lo hace con toda una exhibición de aquellas dos cosas que mejor le salen a Luhrmann: el ritmo cinematográfico y los fiestones.


24. La masacre inicial en Ghost Ship (2002)

¿Se le ocurre manera mejor de empezar una película? A nosotros tampoco.


23. La cámara subjetiva en Doom (2005)

La imitación es también un arte, le pese a quien le pese (y en el cine esto le pesa a mucha gente). La misma razón que avala el opening de The Flintstones un poquito más arriba es la que avala esta secuencia de Doom en la que la cámara adopta el mismo punto de vista que en el videojuego original (es decir, el punto de vista del jugador). Creatividad: cero. Merecimiento técnico: todo el del mundo y más.


22. La secuencia inicial en X-Men Origins: Wolverine (2009)

Una secuencia reincidente en todos los recuentos, como este mismo, de secuencias buenas en películas malas. Muchas veces se le granjea incluso una posición entre las tres mejores. A nosotros, lo admitimos, no nos parece precisamente la bomba, pero si obra el consenso en torno a su calidad, sea. Le damos la posición veintidós, eso sí, y ni una mejor. Ahí tiene usted la sección de comentarios: siéntase libre de expresar su descontento o proferir amenazas de muerte, lo que más le pida el cuerpo.


21. La explosión nuclear en Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull (2008).

Que no era plausible, dijeron. Que una nevera no protege del estallido de una bomba nuclear, dijeron. Que aquello desmerecía la verosimilitud de la saga, dijeron, porque se conoce que hasta entonces Indiana Jones era neorrelismo italiano. Ni siquiera era la peripecia más extravagante que acometía un cascadísimo Harrison Ford en Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skull, pero ellos erre que erre con la nevera. Usted ni caso, háganos ídem. Es una secuencia perfecta. Posdata: y nos quedamos con ganas de añadir a esta lista la persecución en la jungla.


20. Don’t Nobody Bring Me No Bad News en The Wiz (1978)

Tenemos los derechos de un musical que triunfa en Broadway, se dijeron; tenemos a Diana Ross y Michael Jackson en los papeles principales, se dijeron; tenemos a Quincy Jones como arreglista y a Joel Schumacher como guionista, se dijeron; y nos proponemos hacer blaxploitation en pleno auge del blaxploitation, se dijeron. ¿Qué puede fallar en la adaptación cinematográfica de The Wiz?, se dijeron finalmente. Respuesta: todo. O no, perdón, todo no. Varios números se salvan y algunos llegaron a ser excelentes, como este que protagoniza Mabel King como la Bruja Malvada del Oeste. Si le conquista, recuerde que la música original de este musical es portentosa.


19. Gollum y Bilbo en The Hobbit: An Unexpected Journey (2012)

Si algo bueno tuvieron las películas de The Hobbit, castigadísimas por la crítica, por el público y por cualquiera con ojos en la cara, es que las escenas más emblemáticas del libro salieron, por lo general, bastante bien. Nos referimos, por ejemplo, al pasaje de los trolls, al encuentro entre Bilbo y Smaug y a esta otra, el encuentro entre Bilbo y Gollum. Seamos optimistas: quizá algún día Peter Jackson quiera hacer historia y ponga a la venta por primera vez no una versión extendida, sino reducida, de su propia creación. Y solo entonces The Hobbit será la gran película que ahora mismo se esconde troceada entre casi nueve horas de metralla.


18. El nacimiento de Sandman en Spider-Man 3 (2007).

Por su valor lírico, cosa difícil de conquistar tirando de CGI a puro huevo. El resto de la película, seguro que se acuerda, fue una cosa absolutamente inexplicable.


17. El «parto» del rinoceronte en Ace Ventura: When Nature Calls (1994)

Sexismo, racismo, apropiación cultural… Nombre usted un charco, que la secuela de Ace Ventura lo pisa y en algunos hasta se revuelca gozosamente como un cerdo en un patatal. Nota para milenials: no, no es que esto fuese lo normal en aquel entonces y que la comedia haya envejecido mal, como reza el eufemismo. En esta reseña del New York Times de 1994, por ejemplo, ya se dice que los pueblos africanos aparecen retratados en la película «with goofiness verging on insult». El primer error: rechazar a Spike Jonze como director y poner en su lugar a un amigote, algo de lo que Carrey se arrepiente, y con razón, hasta el día de hoy. Aun así, la secuencia del «parto» del rinoceronte (y no hay comillas en el mundo para marcar debidamente ese «parto») se ha acabado convirtiendo en uno de los gags más celebrados del historial de Carrey, si no el que más.


16. Los dioses contra los titanes en Immortals (2011)

Inmortals tenía muchísimo estilo, eso no se puede negar. Ya decíamos más arriba que en eso Tarsem Singh es un maestro. Lástima que de todo lo demás anduviera justísima y que aquello no lo arreglase ni Henry Cavill con menos ropa que uno que se está bañando. El choque final entre los dioses olímpicos y los titanes al final de la cinta da una idea de la película que Immortals pudo haber sido con un texto solo un poquito más decente.


15. Londres engulle Salzhaken en Mortal Engines (2018)

Si Mad Max: Fury Road es o no es steampunk, en eso no entramos; que es la Biblia, en eso estaremos todos de acuerdo. ¿Por qué Mortal Engines no se quiso parecer un poco más a Fury Road y un poco menos a Wild Wild West, Van Helsing e incluso The League of The Extraordinary Gentlemen, por citar solo alguno de los ñordos soberanos a los que acaba recordando? Ah, misterio. Y eso que con una secuencia como esta, la que abre la película, ya estaba todo conquistado: solo había que repetirlo igual durante el resto de la cinta.


14. El cachalote y el tiesto de petunias en The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy (2005)

A la adaptación cinematográfica de The Hitchhiker’s Guide to the Galaxy le dedicamos en su día su propio artículo, así de griega es la tragedia. No añadiremos más. Baste significar de nuevo esa cualidad tan suya, tan rara, que ya mencionamos entonces: casi todas las secuencias de la película son estupendas, pero el conjunto de todas ellas es una verdadera catástrofe.  


13. La escena de sexo de la piscina en Showgirls (1995)

Paul Verhoven, han cantado bingo. Tardaba en salir otro de los dioses mayores del «es tan mala que es buena». No vamos a decir que Showgirls fuese exactamente una buena película, porque mire, porque no. ¿Quiere una película de Verhoeven decididamente buena? Basic Instinct, Total Recall, Starship Troopers… Pero Showgirls no es esa película. Por más que incluya uno de los mejores polvos de la historia misma del cine.


12. La pelea final en The One (2001)

Una pelea que creó escuela en Hollywood, y quizá ese sea su mayor logro. Desde Kill Bill hasta las secuelas de The Matrix, durante años no hubo película de artes marciales que no tuviera una pelea reveladoramente parecida a esta. Dirigía James Wong pero la coreografía es de Corey Yuen, director The Transporter y de la bastante más recomendable Fong Sai Yuk (en España titulada La leyenda de Fong Sai Yuk), también con Jet Li.


11. El prólogo de Prometheus (2012)

Otra engañifa de Damon Lindelof, otro timo de la estampita. Otra vez que nos tomó el pelo, y con esta ya fueron ni se sabe. A Dios pusimos por testigo de que no volvería a hacérnoslo, pero nos lo hizo. Si esta película de Ridley Scott fue una de las mayores decepciones del cine reciente, buena parte de la culpa la tuvo precisamente su secuencia de apertura, que prometía el cielo.


10. Las bromas de montaje en Myra Breckinridge (1970)

En la reseña que le dedicaron en la revista Time con ocasión de su estreno se decía que Myra Breckinridge, con figurones de la talla de Raquel Welch, Mae West y John Huston, era «igual de divertida que un acosador de niños». Adaptada a partir de «la sórdida novelita de Gore Vidal acerca del cambio de sexo», se decía también, este «cuento incoherente sobre sodomía, castración, autoerotismo y mal gusto» constituía «un insulto a la inteligencia, una afrenta a la sensibilidad y una abominación para los ojos». Tocotó. Sobra decir que todas estas faltas son precisamente sus virtudes, aunque nosotros no la reseñamos aquí por eso. Son sus bromas de montaje, conseguidísimas y brillantes, las que acabaron creando escuela. Cuesta imaginar que algunas de las más recordadas en la historia del cine de humor, como las de Austin Powers, acaso llegasen a existir si no fuese por Myra Breckinridge.


9. La mujer posesa en Legion (2010)

Una lección de suspense cinematográfico en una película que constituía, por lo demás, una lección de lo que no debe hacerse.


8. El salto de un planeta a otro en Upside Down (2012)

«Demasiado rara, demasiado complicada, demasiado poco comercial; agudicemos un poco el romance, eso nunca falla». Algo así debió pensar alguien a la hora de hacer esta fábula a medio camino entre la fantasía y la ciencia ficción y queremos pensar que no su director, Juan Solanas. Craso error. Se les fue la mano y la cosa acabó en un ñoñísimo tsunami de almíbar. Por eso y solo por eso vamos a catalogar Upside Down en esta lista de cintas poco memorables (por eso y porque tiene un 25% en Rotten Tomatoes, tampoco nos vamos a engañar). Pero, ojo, no le recomendamos que huya de ella. De esta no. Esta véala.


7. La escena del piercing en The Sweetest Thing (2002)

Un gag burrísimo en lo que su tráiler vendió, incomprensiblemente, como una rom com convencional donde Selma Blair, Cameron Diaz y Christina Applegate no practicaban sexo con furries ni entonaban sentidas coplillas sobre el tamaño de los penes. Normal que luego la gente fuera al cine y saliese con la mirada de las mil yardas, que fue exactamente lo que pasó. Esta no es la única secuencia memorable de esta cinta escrita por Nancy Pimental, que entonces venía de escribir South Park, y quizá no sea la última que protagoniza el trío. Pese a su fracaso original, con los años The Sweetest Thing ha ido ganando cierto predicamento como cinta de culto y ahora se habla incluso de hacer una secuela.


6. Superman rescata el avión en Superman Returns (2006)

Cuenta con el emblemático leitmotiv de John Williams y eso siempre suma, hasta en este intento de reboot de tan caldosos resultados. Pero hay mucha maña cinematográfica en esta secuencia, fanfarrias aparte. Y hasta un sanísimo ejercicio de contención, habida cuenta de que rescatar un avión es una hazaña más bien modesta en el universo de Superman. Si fuera por estos cuatro minutos, nadie diría que la película tuvo un efecto devastador en la carrera de su protagonista, Brandon Routh, como no se había visto cosa igual desde lo de Hayden Christensen.


5. El prólogo de Valerian and the City of the Thousand Planets (2017)

No es que Valerian and the City of the Thousand Planets sea malísima; ocurre que tampoco es buenísima y para eso no tiene excusa, tratándose de una adaptación de los tebeos de Pierre Christine y Jean Claude Mézières. Tiene, eso sí, varios tramos estupendos y el opening seguramente es el mejor de todos.


4. El asalto al tren en The Lone Ranger (2013).

Diez minutos de perfección cinematográfica. Lo vamos a repetir: perfección cinematográfica. Es justo señalar que con el Guillermo Tell de Rossini arreglado por Hans Zimmer. Así cualquiera.


3. La estampida de zombis en World War Z (2013).

De nuevo, un gran bluf engordado por un arranque que no estaba nada mal. De nuevo, Damon Lindelof. No insistiremos en la gran, gran catástrofe que fue esta adaptación, pero sí conviene llamar la atención sobre lo magníficas que son algunas de las secuencias de acción de la primera mitad. Quitando a un indespeinable Brad Pitt que se empeña en (y consigue) sobrevivir al apocalipsis zombi con fular, esta secuencia de World War Z seguramente merezca figurar como una de las mejores que ha dado el género.


2. La persecución en la autopista en The Matrix Reloaded (2003).

Y esta es solo una; las hermanas Wachowski, que desde The Matrix no aciertan ni a la de tres, nos han dejado otras persecuciones en otras películas que bien merecerían figurar en esta lista.


1. El combate entre Qui-Gon Jinn, Obi-Wan Kenobi y Darth Maul en Star Wars: Episode 1 – The Phantom Menace (1999).

No podría ser de otro modo, en esto hay consenso: la peor película de la saga Star Wars tiene el mejor combate de la saga Star Wars.


Diez escenas para quedarse sin uñas

Hace más de setenta años, Alfred Hitchcock logró que la audiencia perdiera los nervios de la manera más reposada y silenciosa posible. Lo hizo con una única escena en esa voltereta maravillosa que fue La soga (1948), con el plano de una mesa improvisada siendo adecentada por una sirvienta, algo que en cualquier otro contexto hubiera resultado completamente trivial. En esta casa le dedicamos unos párrafos a aquella secuencia por lo poderosa que resultaba a la hora de amasar y colocar en su lugar una serie de elementos mínimos para lograr que todo el patio de butacas se mantuviera en tensión absoluta, al borde del asiento. Hitchcock siempre ha sido un maestro avanzado a la hora de jugar con la angustia más primigenia del ser humano, y el cine lleva desde sus propios orígenes demostrando que es capaz de comportarse como una extraordinaria batidora de emociones. La tensión, la angustia y el suspense son algunas de las reacciones más poderosas que puede provocar una obra. Provocar que el público se quede sin uñas es una meta a la que se puede llegar tomando diferentes caminos, pero que no está al alcance de todos.


El chute de adrenalina de Pulp Fiction (1994)

Pulp fiction. Imagen: Miramax films.

Uma Thurman agonizando por una sobredosis de heroína en la casa de un camello y John Travolta empuñando una jeringuilla de adrenalina, de aguja considerable, instantes antes de clavársela a ella en el corazón. Si diez años antes alguien se hubiese atrevido a insinuar que la Venus de Las aventuras del barón Munchausen y el Tony Manero de Fiebre del sábado noche iban a acabar así, probablemente el resto del universo se hubiera reído en su cara. Pero Quentin Tarantino no solo construyó con Pulp Fiction su mejor película, sino que también colocó en ella una de las mejores escenas que ha rodado: la del chute de adrenalina.

Tras una cita de cortesía, Mia Wallace (Thurman) descubre en la chaqueta de Vincent Vega (Travolta) una bolsita con droga mientras este se entretiene en el baño hablando con el espejo sobre lo bonito de quererse mucho a uno mismo. Creyendo, por culpa del embalaje, que el polvo blanco descubierto entre los enseres del varón es cocaína, la mujer se mete una raya de heroína por donde no debe y sucumbe ante una sobredosis que la deja con bastante mala cara. La tragedia se desplaza hasta la casa de un camello donde Vega se presenta con una Mia catatónica en busca de ayuda a la desesperada. Y la solución inmediata se basa en enchufarle a la mujer, con la ayuda de una jeringuilla de aguja gigantesca, un chute de adrenalina directo al corazón.

La secuencia resultó tan intensa como fabulosa, supo rebañar mucho humor negro durante los segundos previos a la administración de adrenalina («¡Tú me la has traído y tú le pondrás la inyección, cuando yo lleve una zorra moribunda a tu casa entonces se la pondré yo!» o ese «¿Tengo que apuñalarla tres veces?»), y convirtió el momento de clavar el pincho en una escena que invitaba a contener la respiración. Un carrusel de planos que saltaban entre el rostro ensangrentado de la chica con sobredosis, la aguja goteante, las miradas de los presentes, el punto del pecho donde debería hundirse la jeringa y la cara sudorosa de Travolta. Una revisión de los duelos del wéstern clásico donde un corazón ejerciendo de diana sería capaz de parar algún otro entre los miembros del público: al proyectarse la película en el New York Film Festival de 1994, uno de los espectadores se desmayó cuando Vega hincó la aguja en el torso de Mia.

Lo simpático es que la escena esconde truco, porque a la hora de rodar el momento en el que la aguja se clava en el pecho de la señora Wallace se decidió que era más sencillo hacerlo al revés: filmaron a Travolta extrayendo la jeringuilla del cuerpo y mostraron la secuencia rebobinada en la película para que diese la impresión de que aquel aguijón iba a hundirse en el corazón.


La espera en el hotel de No es país para viejos (2007)

No es país para viejos. Imagen: Paramount Pictures.

Un hombre, una habitación de un hotelucho, una maleta llena de dinero, un localizador escondido entre los fajos y una escopeta. Y el silencio. El silencio como herramienta principal, como artefacto mudo capaz de apuntalar tensión a martillazos. Todo lo que ocurre desde que Moss (Josh Brolin) descubre que Anton Chigurh (Javier Bardem) está a punto de darle caza son pequeños movimientos que convierten la espera en desasosiego ante la certeza de que los pasos del pasillo son una condena. La manera que tienen  Joel y Ethan Coen de medir el suspense en No es país para viejos es tan reposada como milimétrica y efectiva, en aquella misma película una moneda lanzada al aire es capaz de poner los pelos de punta, pero lo mejor de todo es que los realizadores no se conforman con quedarse ahí: cuando todo estalla y el cazador impasible aparece, las emociones en lugar de diluirse se intensifican durante una extraordinaria huida desesperada.


El sótano de Zodiac (2007)

Zodiac. Imagen: Warner bros.

David Fincher tiene un don a la hora de acondicionar las historias ante una cámara. Cualquier otro hubiera convertido la novela Perdida de Gillian Flynn en un telefilm de sobremesa en lugar de elaborar un elegante (y muy cabrón) thriller encabezado por Rosamund Pike y Ben Affleck. Y ningún otro hubiese podido trasladar con tanto estilo al cine toda la anarquía y puñetazos que contenían las páginas de El club de la lucha perpetrado por Chuck Palahniuk.

Para Zodiac, un film sobre la investigación de un misterioso asesino en serie real, el realizador tiró también de material previamente publicado y se basó en el libro Zodiac de 1986. O el relato (narrado por su propio protagonista) de cómo un hombre llamado Robert Graysmith se obsesionó tanto con el asesino como para perseguirlo durante trece años intentando descubrir su verdadera identidad. En la pantalla, el tratamiento de los hechos fue meticuloso: Fincher evitó mostrar los asesinatos porque pretendía ser todo lo fiel a la realidad como fuese posible y en su momento aquellos homicidios se saldaron sin supervivientes ni testigos a la vista. Uno de los pasajes más escalofriantes del libro, la visita del protagonista al sótano de un señor especialmente creepy y sospechoso, elevó varias alturas su efectividad al ser trasladado a la gran pantalla. En la butaca uno podía masticar la congoja de Graysmith (Jake Gyllenhaal) cuando Bob (Charles Fleischer) le ofrecía una visita guiada por los bajos de su vivienda. En el mundo real, Gyllenhaal y Fleischer no se tienen tanto miedo: el segundo es amigo del primero desde que aquel contaba solo tres años.


El duelo de El bueno, el feo y el malo (1966)

El bueno, el feo y el malo. Imagen: United Artists.

El manual definitivo sobre cómo rodar un duelo, o cualquier otro tipo de escena de suspense: apilando la tensión constantemente (en este caso concreto durante más de cinco minutos), sin detenerse en ningún momento hasta que todo explota. Sergio Leone no inventó el cine, pero sí filmó algunas de las lecciones más brillantes de su historia.


La tortura de Hard Candy (2005)

Hard Candy. Imagen: Lionsgate.

«Castración», la palabra ya suena bastante angustiosa por sí sola sin necesidad de ponerle imágenes. Pero el realizador David Slade se emperró en hacerlo todo mucho más jodido en Hard Candy al marcarse una escena de tortura que obligaba a todos los espectadores varones a cubrirse la entrepierna aterrorizados durante ocho intensos minutos. O la infame secuencia en la que Hayley (Ellen Page) castraba meticulosamente, y con material quirúrgico, a un hombre llamado Jeff (Patrick Wilson) con el que previamente se había citado por internet.

Lo inteligente de la puesta en escena ideada por Slade fue esquivar deliberadamente lo truculento, por torear el gore pero también por motivos de guion como se revelaría más adelante, y en su lugar optar por no mostrar de manera directa lo que estaba ocurriendo. En vez de eso el director hacía algo mucho peor: permitir que se escuchase lo que estaba ocurriendo. Sonidos nítidos de remiendos charcuteros acompañados de la fugaz visión en segundo plano de un monitor borroso donde se intuía algo horrible, y un pedazo de chicha carnosa en las manos de la torturadora para rematar la intervención. Pero Hard Candy se sabía incluso más retorcida que aquello, y cuando desvelaba su sorpresa final el espectador ya no se sentía tan mal por lo que, supuestamente, había sufrido la entrepierna de Jeff.


El radar de Alien (1979)

Alien. Imagen: 20th Century Fox.

Una nave espacial, siete pasajeros y una criatura, diseñada por H. R. Giger, que tenía la mala costumbre de ir por ahí creyendo que todos los demás eran la merienda-cena. Ridley Scott cuando estaba en forma fue capaz de agarrar un escenario de ciencia ficción y montarse sobre él una casa del terror con su Alien. En otras manos, la muerte del personaje de Dallas (¡spoiler!) hubiera sido un jumpscare del montón, un susto-o-muerte fácil, un truco probablemente muy capaz de provocar el brinco, pero mucho más convencional y menos efectivo que el de la cinta de Scott. Porque en su película el sobresalto resultaba más poderoso al cocinarse con alevosía y temporizador: utilizando los pitidos y la pantalla de un radar para mostrar dos puntos centelleantes a punto de chocar.


La caravana en la frontera de Sicario (2015)

Sicario. Imagen: Lionsgate

El personaje de Benicio Del Toro en Sicario era mucho más locuaz en el libreto original. Pero a la hora de meterse en sus pantalones, el puertorriqueño le propuso al director de la película, Denis Villeneuve (Prisioneros, La llegada, Blade Runner 2049), prescindir de la mayoría de sus líneas con el objetivo de aumentar el misterio en torno al individuo. Las explicaciones más gratuitas, un recurso habitual en el cine para poner al público en contexto, se podaron del guion y entre actor y realizador decidieron recortar las líneas innecesarias del personaje hasta dejar su diálogo en una décima parte de lo que se había planeado inicialmente. El propio realizador justificaba la decisión sentenciando: «Las películas tratan sobre el movimiento, el personaje y la presencia, y Benicio tenía todo eso».

Aquella declaración formal sobre la naturaleza de las historias era extensible a Sicario en general. La película se sustenta sobre el movimiento, los personajes y su presencia. Y cuando decide combinar todas las cartas que ha ido acumulando durante la partida es capaz de hacer una jugada maestra, una de aquellas en la que todos los testigos de repente están conteniendo la respiración: la secuencia con la caravana de coches en el control fronterizo. Un prodigio de edición, planificación y realización en el que incluso el más pequeño detalle (una ventanilla de coche deslizándose, un travelling casi imperceptible, un perro ladrando) está colocado para contar algo y, sobre todo, para conducirnos a algo mientras mascamos la ansiedad del personaje de Emily Blunt. En el canal Cinemafix realizaron un extraordinario despiece de la secuencia ilustrando sobre cómo era posible que trece minutos de metraje, que desembocan en nueve segundos de violencia, estuvieran tan bien armados y resultaran tan eficaces. Un pequeño ensayo que se puede ver aquí mismo.


La cocina de Parque Jurásico (1993)

Parque Jurásico. Imagen: Universal Studios.

Los dinosaurios y los críos son una combinación ganadora, especialmente cuando los primeros intentan comerse a los segundos. Veinticinco años antes de que J. A. Bayona se hiciese con el control del lugar, Steven Spielberg inauguró el parque de atracciones más peligroso del mundo y dejó a la platea con la boca abierta al mostrar en pantalla lo nunca visto combinando animatronics con espectaculares FX por ordenador: dinosaurios que parecían reales. Y en un momento dado, al director se le ocurrió que sería buena idea hacer que un par de personajes infantes jugasen al escondite con unos velociraptores en una cocina llena de trastos potencialmente ruidosos. Y tenía toda la razón.


El parking de It Follows (2014)

It Follows. Imagen: Dimension films.

La secuencia del aparcamiento abandonado y la silla de ruedas, aquella que Tarantino calificó en cierta ocasión como «one of the best expositions scenes I ever seen». It Follows no iba nada escasa de momentos espeluznantes, construidos gracias a una premisa sencilla pero ingeniosa y subrayados por la inusual banda sonora de Disasterpeace, pero con aquella escena demostró que sabía bastante bien qué cuerdas era necesario tocar. Su director, David Robert Mitchell, no solo utilizaba el escenario (un entorno abandonado) y la situación (una chica atada a una silla de ruedas y esperando a que algo llegase) para poner sobre la mesa las reglas del juego (expuestas por el captor de la chavala) sino que además localizaba y se recreaba en ese terror primigenio de saber que algo espantoso está a punto de aparecer, pero no saber el qué.


Radiohead – «No surprises» (1998)

No surprises. Imagen: Capitol.

El nombre del realizador Grant Gee siempre ha orbitado en torno a la música: ha colaborado con U2 durante la gira mundial Zoo TV basada en el álbum Achtung Baby, vestido con imágenes el electrónico Found Sound de la banda Spooky y filmado crónicas sobre iconos como Joy Division, David Bowie, John Cale o Radiohead. Persiguiendo los pasos de estos últimos, en 1998 elaboró el documental Meeting People is Easy rodado durante la gira promocional de OK Computer, y maravilló a los fans de la banda. Un año antes había aterrado a esos mismos fans con un vídeo musical.

El videoclip dirigido por Gee para acompañar al single «No Surprises» solo contaba con un único (y primerísimo) plano. Y con un único figurante: Thom Yorke, la voz cantante de Radiohead sometido a una ocurrencia tan sencilla como cruel. En aquel vídeo, el líder de la banda entonaba la canción desde el interior de lo que parecía ser un casco de astronauta. Un yelmo de cristal que gradualmente se iba llenando de agua hasta sumergir la cabeza del pobre hombre por completo, forzándole a aguantar la respiración durante algo más de un minuto. Cuando el líquido finalmente se drenaba del casco, el espectador se sentía liberado y comprendía que todo aquello era una osadía. Un videoclip desasosegante en extremo capaz de poner muy nervioso a todo el mundo al valerse de un pánico tan primigenio como es el miedo al ahogamiento. Gee, Yoke y Radiohead habían capturado una de las experiencias más angustiosas posibles, y la habían condensado en tan solo cuatro minutos. En un videoclip.


¿Cuál es la mejor escena de suspense de la historia del cine?

Tal como acostumbraba a explicar Alfred Hitchcock, imaginemos dos situaciones. En la primera un grupo de personas mantiene una conversación intrascendente durante cinco minutos y una bomba explota bajo su mesa. Ahí tendríamos una escena aburrida y diez segundos finales de sorpresa. Ahora repitámosla mostrando al público desde el comienzo que hay una bomba que estallará dentro de cinco minutos y lograremos mantener su atención durante todo ese tiempo. Eso es el suspense. El cine actual ha descubierto además una tercera vía, que consiste en hacer explotar una bomba cada diez segundos y cuyo mayor exponente sería Michael Bay. Pero centrémonos ahora en la vertiente del suspense, más concretamente en aquellas escenas que nos mantuvieron en tensión pegados a la butaca o al sofá, que pueden corresponder a películas de diversos géneros. A continuación les mostramos nuestra selección, abierta por supuesto a cualquier otro ejemplo que deseen añadir.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Bomba en el autobús, de Sabotaje

El ejemplo que puso el cineasta británico no fue casualidad, se trata precisamente de lo que hizo en este film de 1936, con un niño que pasea una bomba bajo el brazo por medio Londres, atravesando multitudes, mientras nos tememos que explote de un momento a otro… y efectivamente lo hace. Al público le disgustó ese desenlace y el propio director reconoció posteriormente que hacer que fuera el muchacho quien llevase el artefacto fue un «serio error», dada su conexión emocional con el espectador. Pero en cualquier caso la escena es estupenda.

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Hundimiento del submarino, de Das Boot   

Con una tasa de mortalidad de en torno al setenta por ciento, los submarinistas alemanes durante la guerra tenían buenos motivos para vivir con una angustia atroz cada situación de peligro, sin lugar alguno al que escapar o donde esconderse, solo cabía esperar. Lothar-Günther Buchheim fue parte de la afortunada minoría superviviente, lo que le permitió más adelante escribir un libro que sería llevado al cine con inmejorable resultado. En esta escena, tras haberse sumergido para evitar un ataque aéreo cuando pasaban por Gibraltar, un fallo mecánico les hace hundirse hasta niveles de presión que el submarino no puede soportar y solo queda invocar a Dios.

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Fuga de Jack, de La habitación

Tras haber permanecido toda su corta vida encerrado junto a su madre en una habitación que era como un gran útero para él, Jack tiene la oportunidad de huir de su captor fingiendo su muerte. Esa alfombra enrollada es el canal de parto que lo arroja a un mundo absolutamente nuevo para él, donde da sus primeros pasos con torpeza mientras lo observamos con la lágrima asomando y el corazón en un puño. Está a punto de ser por fin libre y estamos con él como si nos fuera la vida en ello.

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Velociraptor en la cocina, de Parque Jurásico

Spielberg siempre ha tenido buena mano para rodar esta clase de escenas. En La guerra de los mundos había otra en un sótano que guardaba cierta similitud,  pero nos quedamos con esta que es la original.

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Chica nadando, en Tiburón  

Naturalmente si hablamos de suspense y de este director tampoco podíamos dejar sin mencionar Tiburón. «¿Qué haría Hitchcock en mi lugar?», es la pregunta que se hizo a sí mismo durante el rodaje.

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A oscuras, de El silencio de los corderos

En Sola en la oscuridad Audrey Hepburn era una mujer ciega que para tener ventaja sobre su perseguidor dejaba su casa a oscuras. En el clímax de una de las películas fundamentales de los años noventa veíamos a Jodie Foster justo en la situación opuesta.

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Paso fronterizo, de Sicario

Denis Villeneuve es un magnífico director del que dentro de dos semanas se estrenará en nuestro país La llegada, que promete bastante, y el próximo año nada menos que la continuación de Blade Runner. La más reciente es Sicario, una historia de malos y peores en torno al tráfico de drogas entre México y Estados Unidos, que incluía este momento que es un ejemplo brillante de cómo crear tensión y resolverla en una narración.

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Muerte del capitán Dallas, de Alien

El xenomorfo se movía como pez en el agua por los conductos de ventilación, no fue buena idea ir a buscarle allí. Al menos en la versión original intuimos que Dallas murió rápidamente, porque en una de las escenas eliminadas Ripley se lo encontraba agonizando en un nido alienígena, listo para ser inseminado por un abrazacaras. Pero sobre el complicado ciclo reproductivo de esta especie ya hablamos en su momento.

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La lección de tempo, de Whiplash

Esta película pertenece a un cruce de géneros que podríamos bautizar como «cine de terror musical», que nos muestra cómo para crear desasosiego no es imprescindible incluir marcianos ni gente apuntándose con sus armas, basta un profesor con ganas de atormentar a sus alumnos.

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Restaurante, de Mulholland Drive   

Una de esas escenas tan características de David Lynch en las que ni los protagonistas ni los propios espectadores sabemos si lo que se muestra es real o un sueño.

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El incinerador, de Toy Story 3  

Posiblemente la mejor de las tres (y a la espera de la cuarta en 2019), que culminaba con esta grandiosa secuencia en la que veíamos a nuestros protagonistas afrontar la muerte con una entereza digna de Espartaco.

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El dentista torturador, de Marathon Man

¿Son los dentistas malas personas que disfrutan con nuestro tormento? La eterna pregunta… Podemos ver al protagonista de una película siendo acechado por dinosaurios, alienígenas o espectros e intuimos su miedo, pero cuando es un dentista con ese infernal taladro que usan la angustia es aún mayor si cabe: sabemos a la perfección cómo debe estar sintiéndose. Dustin Hoffman repitió aquí con el director de Midnight Cowboy, en uno de esos casos en los que una escena termina devorando a la película entera, recordada siempre por este momento.

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Michael va al hospital, en El Padrino

Tras el atentado que sufre Don Vito, su hijo acude al hospital para visitarlo y descubre que está desprotegido ante cualquier posible nuevo ataque, lo que le obliga a improvisar una respuesta.

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La anciana, de It Follows

Nunca una anciana andando a ese ritmo infundió tanto miedo, desde entonces cualquiera de ellas que camine por la misma acera es una presencia amenazadora. La premisa de esta película era tan sencilla como eficaz y en su día le dedicamos este artículo.

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Restaurante con sospechosos, de Nightcrawler

El protagonista de Nightcrawler es un reportero de sucesos en Los Ángeles y como buen reportero siente una necesidad creciente de intervenir en la escena o, directamente, de crearla.  

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Final de Los pájaros   

La escena final de esta película será también la que cierre esta selección. Parece ser que en el incidente real que inspiró esta historia el comportamiento anómalo de las aves fue causado por una intoxicación alimenticia. Señalarlo hubiera sido un despropósito semejante a explicar el origen de La Fuerza en los midiclorianos, y Hitchcock tuvo el buen gusto de omitirlo. El misterio de su comportamiento nos provoca así más desasosiego, especialmente si después de haberles visto hacer tantas diabluras ahora mantienen esa aparente calma, dejando marchar a los protagonistas, como si estuvieran siendo condescendientes con ellos.  

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Westworld, memorias de un robot sin formatear

Imagen de HBO.
Imagen: HBO.

«No hay modo de hacerse daño aquí», dice uno de los protagonistas al comienzo de la película Westworld, y como espectadores avezados entonces ya nos maliciamos que esto va a acabar en la más sangrienta escabechina. No falla. En un mundo futurista en el que la tecnología permite fabricar robots casi indistinguibles de los humanos, un gran parque de atracciones hiperrealista permite vivir unos días en el Imperio romano, la Edad Media o el Salvaje Oeste a aquellos visitantes capaces de pagarse tan caro capricho. Allí podrán interactuar con humanoides que los retarán a duelos y se acostarán con ellos, convirtiéndose así tal vez por primera vez en sus vidas en los héroes, galanes y aventureros que el mundo real no les ha dado ocasión de ser.

Pero el destino de toda máquina es averiarse tarde o temprano, de manera que esos robots ya no van a dejarse derrotar ante cualquier turista miope y fondón. A partir de ahí la cosa se desmadra en esta película de 1973 escrita y dirigida por Michael Crichton. Fue un debut que marcaría el estilo posterior de su breve trayectoria como cineasta, uno que oscila entre lo aceptable, como El primer gran asalto al tren, y la peor aberración salida de las cloacas del séptimo infierno, como ese clásico del cine basura que es Runaway. Siendo esta que nos ocupa un término medio entre ambos extremos porque, francamente, no está bien rodada: tiene escenas mal resueltas, interpretaciones que provocan cierta incomodidad (dijo que el reparto le fue impuesto), puesta en escena chapucera, secuencias pseudocómicas y de mamporros propias de Bud Spencer… y sin embargo no estamos ante una mala película. Al fin y al cabo fue escrita por Crichton, quien como novelista y guionista sí demuestra un considerable talento.

Así que encontramos en ella muchas ideas, chispazos de originalidad que resultarían muy fecundos en la historia del cine. Sin Westworld una película como Terminator simplemente no hubiera existido. Eso ya son palabras mayores. No es solo la idea fundamental de la rebelión de las máquinas, o que la presencia de Yul Brynner como autómata implacable en su persecución del protagonista sea semejante a la del T-800 (comparen), o que su visión en primera persona fuera un recurso que también copió James Cameron —por cierto, es la primera vez que se usaron en cine imágenes por ordenador—, también el progresivo deterioro de la máscara del robot, sus temibles ojos brillantes, su incapacidad de ver a su presa en ciertas circunstancias o la manera en que emerge de las llamas una vez que parecía ya destruido. Todo estaba ya en ella. Aunque peor rodado, claro. Incluso en determinado momento un gerente del recinto dice no comprender el funcionamiento de los androides porque, nos explica, son máquinas que han sido diseñadas y construidas por otras máquinas.  

Imagen: MGM.
Imagen: MGM.

La cinta fue un éxito de taquilla, tuvo una secuela en 1976, Futureworld, y una adaptación en forma de serie de televisión en 1980. Más adelante Crichton lograría su mayor éxito como novelista repitiendo este concepto de parque de atracciones futurista que colapsa devorando a sus visitantes, aunque sustituyendo los robots por dinosaurios. Mientras tanto, la ciencia ficción fue ensayando una y otra vez en torno a máquinas que se rebelan, androides que toman conciencia de sí mismos y entornos en los que la realidad y la imitación se vuelven indistinguibles. Recogiendo toda esta tradición llega ahora este remake en formato de serie con un presupuesto de nada menos que cien millones de dólares, de la mano de la HBO y de Jonathan Nolan, guionista de las películas de su hermano Christopher y autor también de la serie Person of Interest. Con semejantes mimbres el producto resultaba extraordinariamente sugerente y los tres episodios emitidos hasta ahora han logrado algo tan difícil como satisfacer las expectativas generadas. Al fin y al cabo tenemos muy fresca en la memoria la película de Bruce Willis, Vice, estrenada el año pasado, sobre un centro de ocio formado por robots de aspecto humano donde acuden clientes ricos a satisfacer sus fantasías más perversas. Los robots son reseteados cada día pero uno de ellos logra conservar su memoria, toma conciencia de sí mismo e intenta huir. Que es lo mismo que nos cuentan aquí, con la diferencia de que la película es un bodrio abominable. Sin embargo la serie mantiene un nivel de calidad acorde al canal que la emite y a mi juicio destaca particularmente por su ambición filosófica. Siendo Nolan alguien de dotar de tanta profundidad y tormento a un personaje en principio tan estrafalario como Batman, no es de extrañar que aquí vaya a por todas y quiera exprimir al máximo todo el potencial especulativo que ofrece la ciencia ficción en general y esta trama en concreto.

¿Qué es la conciencia? Es una pregunta con nota que los filósofos llevan siglos intentado responder, a quienes desde hace unos años se han sumado neurólogos y desarrolladores de inteligencia artificial. Es también la que se hacen aquí los protagonistas una y otra vez, empeñados en desarrollar unos androides que cumplirían con holgura aquel lema de «más humanos que los humanos». Para que la experiencia de los visitantes del parque sea lo más realista posible los robots deben interactuar con ellos sin que parezcan meras bibliotecas de respuestas preestablecidas. Por tanto deben improvisar, ser creativos, actuar con autonomía de acuerdo a unas motivaciones últimas que doten de sentido a sus actos. Están en el umbral de la conciencia humana, que no logran rebasar dado que su memoria es borrada periódicamente, lo que les impide dotarse de una identidad, de un yo. Así lo veía san Agustín en sus Confesiones:  

Y esto es el alma y esto soy yo mismo. ¿Qué soy, pues, Dios mío? ¿Qué naturaleza soy? Vida varia y multiforme y sobremanera inmensa. Vedme aquí en los campos y antros e innumerables cavernas de mi memoria, llenas innumerablemente de géneros innumerables de cosas, ya por sus imágenes, como las de todos los cuerpos; ya por presencia, como las de las artes; ya por no sé qué nociones o notaciones, como las de los afectos del alma, las cuales, aunque el alma no las padezca, las tiene la memoria, por estar en el alma cuanto está en la memoria.

Debido a ello el protagonista del primer guion de Jonathan Nolan se nos revelaba como una especie de fría máquina de venganza, alguien ajeno a nuestra naturaleza, un muerto en vida, dada su imposibilidad de retener en su mente nada de lo que vivía. Y por eso mismo los replicantes ponían tanto empeño en conservar fotos y unos recuerdos que acababan perdiéndose en la lluvia, porque ellos sí eran algo más que máquinas. ¿Qué ocurre si la memoria de los «anfitriones» de ese pueblo reconstruido del Oeste no es borrada completamente? Que comienzan a enlazar acontecimientos, tener una visión de conjunto, a trazar una línea entre su pasado, presente y futuro que los dota de libre albedrío. Comienzan a ser humanos.

Una buena serie, en conclusión, de la que estaremos muy pendientes de su evolución y que recomendamos a todo el mundo. Especialmente a Anthony Hopkins, que ha declarado en una entrevista que no la ve y eso que actúa en ella.

Imagen de HBO.
Imagen: HBO.


Jurassic World: cinco virtudes y un fallo catastrófico

Imagen: Universal Pictures.
Imagen: Universal Pictures.

Este artículo contiene SPOILERS

Con las películas pasa igual que con la comunicación política: es absurdo juzgarlas si no van dirigidas a uno. Yo fui el público perfecto para una película estupenda, Parque Jurásico, pero una secuela dos décadas después no está pensada para mi. Porque no soy el niño que fui en 1993 y porque no existe nada parecido a un niño de 1993. Fuimos todos reemplazados por niños de 2015, que son un absoluto misterio. De su infancia solo sabremos dentro de diez años cuando les entre nostalgia y empiecen a escribir.

Es absurdo que juzgue Jurassic World, así que allá voy.

1. La película tiene un ritmo trepidante. La película se nos presenta ágil y solo necesita diez minutos para que sean devorados los primeros incautos. Desde ahí el ritmo siempre va en aumento. A mitad de metraje pensé que con tanta pirotecnia que llevábamos, el final solo podía ser una decepcionante vuelta a la calma.

Pero me equivocaba. La película consigue sublimarse en una secuencia de acción que no defrauda. Es una escena en esencia valenciana, con ese gusto —discutible— por la ornamentación excesiva y el uso del estruendo para silenciar un ruido. Es una escena larga y cuando crees que ya no cabe un dinosaurio más, aparece un mosasauro, un tyrannosaurus rex y algo peor que un rex. A ese redoble de dinosaurios le anticipo yo un gran éxito.

2. El parque es una maravilla. En la película de 1993 el parque no llegó a abrir sus puertas porque el circo de pulgas de John Hammond se vino abajo antes. Nunca pudimos verlo inaugurado… hasta ahora. Jurassic World se nos muestra en su apogeo y es una maravilla que parece salida de la imaginación de Julio Verne. Suyos parecen los hologramas, la atracción de la piscina, los safari en vehículos-esfera y hasta los bebé triceratops, que son más simpáticos que todos los gatitos de internet.

Pero el parque no es perfecto y eso es aún mejor. Es mercantilista, está abarrotado y desanimaliza a sus habitantes. Le pasa como a los zoológicos y los museos de animales disecados: son lugares que tuvieron una función y la han perdido. ¿Pero cuánto valor tenía un museo del XIX lleno de animales (muertos) que de otra manera nadie en Europa vería jamás? ¿Y un circo que recorriese la España de 1956 con un león y una jirafa? Es difícil juzgar el valor de un hipotético parque jurásico, pero es un bonito dilema al que asomarse.

3. En la práctica, la heroína es la chica. El protagonista de Jurassic World es un tipo espontaneo, fuerte y amigo de sus animales cazapersonas —porque es su naturaleza y hay que respetarlos—. La protagonista es una ejecutiva cargada de responsabilidad, sin hijos y algo neurótica. Son dos personajes arquetípicos, pero modernos y que violan algunos clichés.

Por ejemplo, el de su relación con la violencia. En teoría él es el hombre de acción, pero en la práctica es ella la que resuelve los problemas. Y lo hace por la vía violenta. Es ella la que, bengala en mano y tiranosaurio mediante, desencadena el caos que acaba por resolverlo todo. Y es ella también quien salva la vida del chico y no al revés. Me refiero a la escena del beso, que es la típica escena de tensión-sexual-por-fin-resuelta, pero girada. Porque es ella la salvadora y él quien la besa agradecido.

4. Los dinosaurios se comen muchas personas. Jurassic World es una película apta para jóvenes, pero tiene suficiente mala leche como para dejar morir a mucha gente. Y se agradece. Los dinosaurios devoran un par de cabras y docenas de personas. La cosa llega a tal punto que la sala acabó celebrando cada carnicería con un alboroto mudo. (Me vino a la cabeza una mítica sesión de Battle Royale en el Festival de Sitges cuyo público festejaba cada muerte con aplausos).

La secuencia más divertida ocurre cuando los pterosaurios atacan el centro del parque y las veintidós mil personas allí apretadas. Parece la típica escena que se resolverá con gente corriendo y chillando, pero no: los saurios voladores cazan visitantes a picos llenos. Los derriban o los vuelan por lo aires. La cámara hasta se recrea para enseñarnos la agonía de un personaje que ni siquiera nos caía especialmente mal: la niñera. Vemos tranquilamente como le atacan varios pterosaurios y casi la devoran, pero la dejan caer al agua y —como somos unos listillos— pensamos que, ajá, no se atreven a matarla. Entonces los pterosaurios bucean y la devoran bajo el agua.

Ese juego entre la película y el espectador es otra de sus virtudes.

5. La película se ríe de sí misma. No soy muy aficionado al humor en el cine de aventuras, pero en Jurassic World diría que funciona. Especialmente cuando bromea con los tópicos del género de aventuras (y de paso con nuestras expectativas). Cuando amaga con salvar a la niñera y entonces la mata. Cuando nos sugiere que el monstruo marino está por aparecer… y efectivamente aparece. O cuando nos amenaza con una escena manidísima de chico-besa-chica, y hasta suena la música, pero, ay, no, perdón, que resulta que la chica tenía novio.

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Habrá espectadores que encontrarán otras virtudes en la películas y quienes no encuentren ninguna. También habrá quien la critique por razones que yo estoy dispuesto a tolerar —como que algunos dinosaurios tengan pinta de reptiles en lugar de lucir las plumas que ahora sabemos que los cubrían—. Pero hay una carencia que a mi me cuesta perdonar.

En Jurassic World no hay científicos.

Los héroes de Parque Jurásico eran científicos, y no unos cualquiera, sino tipos como Ian Malcolm: un matemático que parecía una estrella del rock. Toda la película estaba en realidad repleta de ciencia. Por ella desfilaban descubrimientos, paleontólogos y ordenadores para paleontólogos, brazos robots y coches eléctricos, discusiones sobre evolución y ecosistemas en equilibrio. Los protagonistas huían de devoradores prehistóricos, pero mientras nos explicaban cómo clonar dinosaurios extrayendo su ADN de un mosquito muerto en ámbar hace millones de años.

Por todo eso Parque Jurásico actuaba como un virus. Nos metía dentro la curiosidad por la selección natural, la teoría del caos o los pájaros que son en verdad dinosaurios. Salías del cine con la sensación de que existen cosas dignas de asombro, y esa sensación seguía contigo mucho después de acabada la película.

No hay nada de eso en la secuela. Jurassic World es una experiencia divertida y absorbente pero se desvanece con los títulos de crédito. No encuentro en ella nada capaz de infectar a los niños. Es posible que el problema esté en mis ojos viejos y que los niños sí salgan del cine agitados y hablando muy rápido. Si es así, solo lo sabremos dentro de diez o veinte años, cuando la bruma de la nostalgia los envuelva y los empuje a escribir.

Imagen: Universal Pictures.
Imagen: Universal Pictures.


Libros de ciencia ficción para regalar a quienes creen (por error) que no les gusta la ciencia ficción

Imagen: Anton Brzezinski / Corbis.

La literatura de ciencia ficción sufre una maldición: aunque es un género fascinante, repele a un gran número de lectores y a un número astronómico de lectoras. Al escuchar «ciencia ficción», muchos piensan en películas de acción salpicadas de parafernalia espacial. Imaginan rayos láser, alienígenas verdes, o naves que explotan en el vacío… y huyen despavoridos.

Cometen, claro, un error. Porque la literatura de ciencia ficción es en realidad un género reflexivo, con poca acción y muchas ideas. Está repleto de historias para hacernos pensar. ¿Cómo sería no envejecer? ¿qué sentiríamos si pudiésemos oír los pensamientos de los demás? Leyendo descubres que vivir en un planeta árido cambiaría nuestros rituales, o que trataríamos distinto a los demás si no viésemos la belleza en sus rostros. Te planteas si podrías amar a un ser artificial (tiendo a creer que sí), o si querrías vivir en una sociedad de hermafroditas (tiendo a creer que no). Al principio todo eso nos parece ajeno, pero esa es la trampa magistral de la ciencia ficción. Un truco para alejarte de tus prejuicios. Se nos describen mundos lejanos para que los veamos con objetividad, como un explorador que visita una tribu amazónica o un mundo feliz. Solo después, al regresar, te das cuenta de que con tus ojos nuevos ves el mundo corriente de otra manera.

La ciencia ficción es un genero asombroso, pero mucha gente jamás lo disfrutará. Esa es la maldición. Y por eso hoy lanzo una campaña: veinte libros de ciencia ficción para regalar a quienes creen (por error) que no le gusta la ciencia ficción.

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Para feministas… La mano izquierda de la oscuridad (Ursula K. Le Guin, 1969). En el género hay muchas novelas de corte feminista, pero está es la más famosa y quizás la mejor. ¿Cómo sería la vida si los humanos mutásemos para ser hermafroditas capaces de cambiar de sexo? Le Guin usa esa premisa para elucubrar sobre una sociedad sin conflicto sexual.

Para izquierdistas… Los desposeidos (Ursula K. Le Guin, 1974). Otra obra magistral de la escritora americana en la que describe una luna habitada por una sociedad anarquista. En Anarres han dado forma a una cultura sin propiedad, donde hasta la misma palabra «poseer» ha desaparecido, sustituida por «usar». El libro te traslada a esa sociedad anarquista, con sus virtudes y defectos, a la vez que describe el reto de progresar en un mundo pobre en recursos.

Para contraculturales… Forastero en tierra extraña (Robert A. Heinlein, 1961). Otro libro mítico de la década de los sesenta. Voy a intentar un sinopsis: un humano-marciano llega a la tierra perplejo, hace cosas imposibles, sufre una conspiración, es rescatado por un libertario radical, descubre la amistad y el sexo, crea una comuna new age e inventa una religión. Una religión que, como estamos en 1961, no cree en la propiedad personal y promulga el amor libre. Forastero en tierra extraña es un libro extraño y divertidísmo. Entre el hippismo y el radicalismo libertario, marcó a una generación de jóvenes norteamericanos y además tiene una anécdota: se dice que era el libro de cabecera de Charles Manson.

Para militaristas… Starship Troopers (Robert A. Heinlein, 1959). Quizás el libro más famoso del escritor de ciencia ficción oficialmente de derechas. La historia de un soldado espacial armado de un exoesqueleto y en guerra con una raza de insectos. Desde entonces ese soldado es un arquetipo. Es un libro repleto de acción —este sí—, pero que Heinlein utiliza para filosofar sobre el sufragio, la ciudadanía, las necesidades de la guerra o la pena capital. Para muchos es un canto al rigor militar y para otros una crítica velada. En realidad, discutir las ideas políticas de Heinlein —comparen Starship Troopers y Forastero en tierra extraña para hacerse una idea de lo complicado del asunto— es un debate clásico del género futurista. (Las otras grandes discusiones son decidir si Asimov es un buen escritor y si Deckard es un replicante.)

Para pacifistas… La guerra interminable (Joe Haldeman, 1974). La otra gran novela de corte militar y quizás una respuesta a Starship Troopers. Haldeman narra una larguísima guerra a lo largo del espacio-tiempo. Los soldados recorren distancias astronómicas para combatir en el frente; y por efecto de la relatividad, cuando regresan a casa han pasado décadas. Solo encuentran extraños. Los hogares por los que han luchado y visto morir ahora les resultan ajenos. Muchos ven Vietnam en el relato de Haldeman.

Para ecologistas… Dune (Frank Herbert, 1965). La novela rebosa temas y es difícil de resumir, pero no hay dudas de que el ecologismo es un elemento central. La acción discurre en Arrakis, un ecosistema hostil a toda forma de vida, un desierto recorrido por enorme gusanos de arena. Solo lo habitan tribus dispersas de hombres, los Fremen, cuya cultura gira en torno a la conservación del agua y la espera de un mesías. Un hombre que hará brotar los árboles en mitad del desierto. Herbert dedicó el libro a «los ecólogos de las tierras áridas», lo que es toda una declaración de intenciones.

Para fans de Interstellar (la película)… Pórtico (Frederick Pohl, 1977). La última (y estupenda) película de Nolan es la ocasión perfecta para infiltrar ciencia ficción a un neófito. Hay muchas opciones, pero la novela de Pohl es quizás la más adecuada: un relato de los exploradores de pórticos; hombres que se adentran a ciegas en un portal de tecnología extraterrestre, sin saber nunca en qué lugar del universo aparecerán, qué encontrarán, o si podrán regresar. Atravesar pórtico es una suerte de ruleta rusa que hace célebres (y ricos) a algunos exploradores, aunque mata y pierde en el olvido a la mayoría de ellos.

Para fans de Blade Runner (la película)… Los tres estigmas de Palmer Eldritch (Philip K. Dick, 1965). Blade Runner es una adaptación de otro relato de Philip K. Dick, ¿Sueñan los robots con ovejas cibernéticas?, pero no es ese el libro que conviene recomendar. No, porque estamos en uno de esos casos (infrecuentes) en que la película es mejor que la novela. A cambio, podemos elegir casi cualquier libro de Philip K. Dick. A mí me gustó siempre Los tres estigmas de Palmer Eldritch. Una novela que superpone realidad e irrealidad, fiel a las obsesiones del escritor famoso por su (¿impostada?) esquizofrenia. «Dios promete la vida eterna. Nosotros la damos».

Para cinéfilos… El fin de la infancia (Arthur C. Clarke, 1953). Una de las películas de ciencia ficción más afamadas es 2001: una odisea en el espacio, y aunque hay una novela con el mismo nombre, en realidad la película es una adaptación de un relato anterior de Arthur C. Clarke: «El Centinela». Pero no recomiendo leer ni uno ni otro. Las ideas de la película aparecen también en El fin de la infancia, otra novela de Clarke que es mucho mejor.

Para fans de Harry Potter… El juego de Ender (Orson Scott Card, 1985). Este es uno de los libros más fáciles de recomendar porque gusta casi siempre y a casi todo el mundo. Además tengo la teoría de que Harry Potter es un plagio de El juego de Ender porque copia su estructura principal. Las dos son historias de un joven talentoso, recluido en una academia formativa, llena de jóvenes que viven sin adultos y entregados a un juego aéreo de estrategia y habilidad. Además, El juego de Ender es un libro inteligente y divertido, con personajes estupendos y un final mítico.

Para animalistas… La voz de los muertos (Orson Scott Card, 1986). La voz de los muertos es un libro repleto de buenas ideas y que además es facilísimo de leer. Gira en torno al contacto con otras especies inteligentes. Nos habla del reto que supondría comunicase con extraterrestres, entenderlos y apreciar su cultura. Es un libro sobre la xenofobia entre especies y quizás un canto humanista. También habla de religión, del luto y de la muerte. Pero, como siempre logra Scott Card, el libro es tremendamente divertido.

Para lectores mainstream… La carretera (Cormac McCarthy, 2006). Hay gente que solo lee escritores de moda, cosa que me parece bastante razonable. Para estos, una opción estupenda de infiltrar ciencia ficción es La carretera. La novela cuenta una historia postapocalíptica sobre un padre y un hijo que cruzan su país huyendo de asaltadores. Es un relato arquetípico de un subgénero fértil, las historias después de la catástrofe y el colapso civilizatorio. Si el libro gusta, podéis enlazar una sucesión de clásicos como La tierra permanece, de George R. Stewart, Soy Leyenda, de Richard Matheson, o El día de los trífidos, de John Wyndham, todas estupendas.

Para adolescentes… Parque Jurásico (Michael Crichton, 1990). La ciencia ficción es un género para jóvenes (cosa que algunos indeseables consideran un demérito), pero puestos a escoger una novela, yo me quedo con una de mis iniciáticas, Parque Jurásico. Se lee como una novela de aventuras, pero está lleno de ciencia, desde paleontología, a ingeniería genética y teoría del caos.

Para hipsters… La era del diamante: manual ilustrado para jovencitas (Neal Stephenson, 1996). Una novela ambientada en un futuro neovictoriano, cuya protagonista es una niña que se cría sola gracias a un gadget (un libro inteligente que cuida de ella y le enseña todas las cosas). Gadgets y un futuro retro me parece adecuado para cualquier hipster. La novela además se las arregla para hablar de multinacionales, educación y clases sociales, o sobre la posibilidad de una «internet de las cosas» que nos fabrique objetos a voluntad.

Para amantes del relato corto… La historia de tu vida (Ted Chiang, 2002). La ciencia ficción nació (y creció) como un género de relatos cortos, que se pagaban por palabras y se publicaban en revistas de portadas chillonas. Hay, por tanto, miles de relatos y cientos de recopilaciones de relatos. Pero yo tengo predilección por dos: La historia de tu vida, de Ted Chiang, y Quemando cromo, de William Gibson.

Para amantes del misterio… Yo, robot (Isaac Asimov, 1950). Los relatos de robots de Asimov son un clásico de la ciencia ficción, pero además pueden leerse como relatos de misterio al estilo Agatha Christie. Tienen la misma estructura. Un protagonista que investiga un suceso que nadie es capaz de explicar, normalmente un robot que viola las tres leyes de la robótica. Y entonces, en la última página, todas las piezas encajan y nosotros, los lectores, nos quedamos pensando cómo es que no lo habíamos visto desde el principio.

Para amantes del terror… Soy Leyenda (Richard Matheson, 1954). Esto es casi una provocación porque hace décadas que el fandom debate si Soy leyenda es terror o ciencia ficción (yo no tengo ninguna duda de que es ciencia ficción). Sea lo que sea, el libro de Matheson merece que lo lea todo el mundo. La historia se desarrolla en un 1974 postapocalíptico y relata la vida de Neville, el último hombre vivo. Todos los demás han enfermado y se han convertido en vampiros (el ajo los repele y la luz solar los hiere). Neville vive una rutina solitaria, sin nada que hacer más que sobrevivir, fantaseando con encontrar otros hombres vivos. Soy leyenda es una de esas novelas absolutamente originales, pero que parece llena de clichés… porque desde entonces ha sido copiada una y mil veces.

Para amantes del manga… Snow Crash (Neal Stephenson, 1992). Una novela cuyo protagonista es repartidor de pizza en el mundo real, pero un príncipe guerrero en el metaverso. Un joven que reparte pizza para la mafia, mientras cruza autopistas a velocidad supersónica y esquiva a mensajeros en patines aún más supersónicos; que porta una katana, se llama Hiro Protagonist, y es una celebridad en el metaverso, el entorno de realidad virtual que sucedió a internet. Snow Crash es una novela trepidante y llena de acción. Quizás la más divertida del subgénero cyberpunk.

Para amantes de Borges… La invención de Morel (Adolfo Bioy Casares, 1940). De la trama de La invención de Morel escribió Borges en su prólogo que no le parece «una hipérbole calificarla de perfecta». El libro de Casares es uno de esos libros que no siempre pasa por ciencia ficción, pero que sin duda lo es. Un libro estupendo sobre el que es mejor no contar demasiado.

Para amantes del naufragio… El día de los trífidos (John Whyndam, 1951). Cuando yo era niño tenía dos géneros predilectos: las historias de naúfragos y la ciencia ficción. Entonces leí una novela que tenía lo mejor de ambos: El día de los trífidos. ¿Qué pasaría si todo el mundo se quedase ciego y el estado se viniese abajo? La novela describe el colapso de la civilización y narra cómo un grupo de hombres y mujeres viven entre sus restos… como víctimas de un naufragio.

* * *

Y hasta aquí la lista de recomendaciones, los veinte libros de ciencia ficción para regalar a gente que cree que no le gusta la ciencia ficción. Ahora ya sabéis, si sois aficionados al género, contribuid a su causa y regalad una novela a alguien que apreciéis. Y si resulta que sois uno de esos lectores (y lectoras) hasta ahora repelidos por la parafernalia espacial, entonces autoregalaros un libro de la lista. Si os defrauda, podéis escribirme para quejaros, y aunque no podré devolveros el dinero, sí prometo enviaros una disculpa. En cambio, si os gusta descubriréis un género para ver el mundo con ojos nuevos; ojos de recién despertado, cuando todo se ve luminoso pero no claro.


Otras cien razones por las que vivir

101. El tercer movimiento del Septimino de Beethoven, en realidad titulado Septeto en mi bemol mayor Op. 20., y sus efectos en el humor de quien lo escucha. Lo que estamos insinuando es que debería oírlo mientras lee esta lista.

102. Este olor:

Fotografía: Rubén Díaz.

103. Los cuentos de Woody Allen.

104. El pasaje de El barón rampante en el que los niños se reconcilian, al principio del tercer capítulo, y Biaggio le lleva a Cosimo «dos higos secos, Mino, y un poco de pastel…». Habrá retratos de la ternura más ciertos, pero yo no los he leído.

105. Las estatuas de dos mil años que están buenas.

Hércules joven, una escultura romana c. 69-96 a.C. Fotografía cortesía de Dansshots.

106. La forma con la que J. R. R. Tolkien insinuó, pero nunca confirmó, que sus elfos tenían las orejas puntiagudas: en los idiomas élficos que inventó, le reservó el mismo lexema a las palabras «hoja» —«lassë» en quenya, «lhass» en sindarin— y «oreja» —«lár» en quenya, «lhewig» en sindarin.

107. Matt Harding.

108. Una gran cantidad de secuencias de Upside Down, una película de Juan Solanas. Por quedarnos con alguna, la del tango, la de cuando el protagonista se tira al mar o la de la persecución.

109. La posibilidad de que haya vida inteligente fuera de la Tierra. Si no es lo más emocionante que has oído nunca es que tienes horchata en las venas.

110. Louise Weber, La Goulue, bailarina de cancán. No la conocí, pero parecía una persona estupenda.

La Goulue en 1885. Fotografía: Louis Victor Paul Bacard / Musée d’Orsay (DP).

111. La niña del pompero. Otra persona estupenda.

Fotografía: Anónimo. Vía Know Your Meme.

112. Los gatos.

113. Las gran cantidad de personas más jóvenes que tú que son más inteligentes que tú.

114. Ser cuanto más vieja más pelleja.

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Liza Minnelli. Fotografía: Joella Marano (CC).

115. El talento de Picasso para la pintura realista y el hecho de que no le diese la gana ponerlo en práctica.

116. Rosa Parks.

117. La biografía de Rimbaud.

118. Darle la palabra al señor Nabo.

119. Dinotopia, de James Gurney.

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Imagen cortesía de James Gurney.

120. Las traducciones de poesía que priman la rima sobre la literalidad. Un ejemplo.

121. Latinoamérica.

122. El duelo final entre Michelle Yeoh y Ziyi Zhang en Tigre y dragón, una película de Ang Lee.

123. Los que se atreven a cantar encima de lo inmejorable. Neil Hannon sobre Yann Tiersen o David McAlmont sobre Michael Nyman, por poner dos ejemplos.

124. La vida en un hilo, una película de 1945 escrita y dirigida por Edgar Neville.

125. Lauren Bacall.

Lauren Bacall en una imagen promocional de Cayo Largo, de 1948.

126. La voz de Steve Coogan.

127. El fan art delirante.

128. Los ballets setentones.

129. Este anuncio de L’homme de Yves Saint Laurent en 2006.

130. El milagro de P. Tinto, una película de Javier Fesser.

131. El realismo mágico.

132. Esta entrevista a Bill Murray, Matt Damon, Hugh Bonneville y Paloma Faith en The Graham Norton Show.

133. Las Oréades, un cuadro de Bouguereau.

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Las Oréades, de William Bouguereau en 1902 (DP).

134. La persona que discurrió el estilo de montaje de programas como Mujeres Ricas, ¿Quién quiere casarse con mi hijo? o Perdidos en la tribu, todos de la productora Eyeworks-Cuatro Cabezas.

135. La habilidad de David Sides de embellecer todo lo que toca. Aquí un ejemplo.

136. El 25 de septiembre de 1957, cuando Eisenhower desplegó a la 101 División Aerotransportada del Ejército de Estados Unidos contra la Guardia Nacional de Arkansas, que impedía la entrada de estudiantes negros en centros educativos para blancos.

Fotografía: US Army (DP).

137. Throne Room, de John Williams, el tema final de La guerra de las galaxias.

138. El Juego de la vida diseñado por John Conway.

139. Este color:

Fotografía: Rubén Díaz.

140. Douglas Adams, Terry Pratchett, Christopher Moore, Tom Sharpe, Neil Gaiman y en fin, todos esos.

141. Miranda Hart, Catherine Tate, Jennifer Saunders, Dawn French y las humoristas británicas en general.

142. Manolito Gafotas.

143. La certeza de que Artax en realidad no murió, porque no era de verdad.

144. Sarah Bernhardt interpretando a hombres.

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Sarah Bernhardt c. 1900. Fotografía: James Lafayette (DP).

145. Eyes Wide Shut, una película de Stanley Kubrick.

146. Este vídeo:

147. La parte de la trompeta en Old Town, de Phil Lynott.

148. El humahuaqueño, de Edmundo Zaldívar.

149. El piano ortofónico de Baranov-Rossiné, Baranov-Rossiné y toda la gente que ha querido convertir la música en color.

El prototipo del piano ortofónico de Vladimir Baranov-Rossiné. Fotografía: Philippe Migeat / Centre-Pompidou / MNAM-CCI.

150. Las onomatopeyas. Besar el aire al decir «beso», caballos al trote en «quadrupedante putrem sonitu quatit ungula campum», Don McLean inventando la música al tararear «this’ll be the day that I die».

151. Los crescendos.

152. Pertenecer a uno de los pocos órdenes zoológicos en toda la historia de la biología cuyos miembros son capaces de manipular con las extremidades sus propios genitales. A lo mejor suena a gracieta, pero no lo es.

153. Las veinte entregas de Willam’s Beatdown. Y si hubiera cincuenta, las cincuenta.

154. La mamarrachaería socialmente aplaudida.

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Salvador Dalí. Fotografía: Allan Warren (CC).

155. Melvin Udell.

156. Kristen Wiig.

157. Rubén Darío

158. Lee Miller en la bañera de Hitler.

Fotografía: David E. Scherman (DP).

159. Este flash mob.

160. El segundo soliloquio de Segismundo en La vida es sueño, de Calderón de la Barca.

161. Los últimos veinte minutos de Dogville, de Lars von Trier.

162. El forastero misterioso, una novela de Mark Twain.

163. Las sinopsis de cine de Sinopsis de cine.

164. La forma en la que está contada El atlas de las nubes, de David Mitchell. La novela, no la película.

165. John Larriva en general y este cuadro suyo en particular:

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Ian Malcolm: From Chaos. Imagen cortesía de John Larriva.

166. La sonrisa de María Pagés cuando saludaba al público al final del espectáculo de Riverdance.

167. Cualquier versión mínimamente entusiasta de Ding Dong The Witch Is Dead, la canción que celebra la muerte de la Bruja del Este en El Mago de Oz.

168. La decisión de no lanzar la bomba atómica sobre Kioto durante la II Guerra Mundial si fue, como suele decirse, para evitar la destrucción de su patrimonio histórico y artístico.

169. Grandes machos con caligrafía de niña pequeña.

Una postal de Ernest Hemingway a Gertrude Stein en 1924 (DP).

170. Los fiestones de las películas de Baz Luhrmann.

171. Ficciones, de Jorge Luis Borges.

172. El plano del búho de Blade Runner.

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Imagen: The Ladd Company / Shaw Brothers / Warner Bros.

173. Esta entrevista de Joaquín Soler Serrano a Julio Cortázar. Lo mismo podríamos decir de esta a Borges.

174. Palma Fine Books, que es una librería inglesa en Palma de Mallorca. Se puede ver en este vídeo, pero no le hace justicia.

175. Participar en un rodaje, casi en cualquier rodaje.

176. El amor entre el follaje, valga la redundancia. Quien lo probó lo sabe.

177. La entrada de la Reina de Saba en Salomón, el oratorio de Händel, tocada con un arpa.

178. The Royal Tenembaums, una película de Wes Anderson.

179. Astérix y Obélix.

180. Homer Simpson cuando era Homer Simpson.

181. Plantar batalla a las leyes más elementales de la vida.

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Joan Rivers. Fotografía: Cordon Press.

182. La versión de Voglio vederti danzare de Astrud y el Col.lectiu Brossa.

183. El final de V de Vendetta, secuencia muy emocionante a la par que la única de la historia del cine en la que Natalie Portman sobra.

184. Los hombres con perfil de moneda antigua.

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Tom Hiddleston. Fotografía: Cordon Press.

185. Las mujeres felinas.

Natalie Dormer. Fotografía: Suzi Pratt (CC).

186. Lana Wachowski.

187. Tristram Shandy: A Cock And Bull Story, una película de Michael Winterbottom.

188. El duelo entre Minerva McGonagall y Severus Snape.

189. Photoshop. Sí, Photoshop.

190. La carraca lila.

Carraca Lila (cloudzilla - CC)
Fotografía: Cloudzilla (CC).

191. Simon Pegg y Nick Frost.

192. Los mambos de Pérez Prado.

193. Shoes, una canción de Reparata, y todas sus versiones.

194. El lamento por Ícaro, de Herbert James Draper.

El lamento por Ícaro, Herbert James Draper, 1898 - Tate Britain DP
El lamento por Ícaro, de Herbert James Draper, 1898. Imagen: Tate Britain (DP).

195. Sócrates.

196. Las visiones idealizadas de la realidad. Esta misma lista contribuye a casi cualquiera de ellas.

197. Prácticamente cualquier cosa pintada por Roberto Ferri.

198. El olor de los primeros minutos de una tormenta de verano.

199. La fontanería, la luz eléctrica, la calefacción, los váteres y demás comodidades domésticas. Si no le parecen una razón para vivir, no me lo diga: ya dispone de ellas.

200. La ilusión de que el futuro será mejor.