Zarko Paspalj: «Respeto, jerarquía y talento, esa era la fórmula del baloncesto yugoslavo»

Fotografía: Ivana Todorovic

Este 2017 se cumplen treinta años del bronce de Yugoslavia en el Eurobasket de Grecia. Considerado entonces un fracaso, sirvió como primer torneo en la absoluta para jugadores como Djordjevic, Kukoc o Radja, quienes junto a Divac tan solo unas semanas después serían campeones del mundo júnior. Fue uno de los mejores equipos de todos los tiempos. Ese torneo también sería el debut de Zarko Paspalj (Pljevlja, 1966). Natural del norte de Montenegro, proviene de la región donde más arraigado estaba el sentimiento nacional yugoslavo. Fue una pieza clave en aquel equipo y un jugador con un estilo, hasta entonces, fuera de lo común.

Tu amigo Obradovic acaba de ganarle otra Final Four al Olympiacos.

Lo esperaba. Nunca lo ha hecho más fácil. La única sorpresa fue que llegase Olympiacos a la final, pero no fue tanta sorpresa como el mal juego del CSKA. Todo lo demás ya lo habíamos visto antes. No me ha parecido nada extraordinario lo que ha pasado.

Eres de Pljevlja, en Montenegro.

Ahí estuve mis primeros años de vida. Si no habéis ido nunca, no hace falta que vayáis [risas]. Estoy de coña. Tuve una infancia, como todos los yugoslavos, feliz. Me pasé todo el día corriendo por ahí; un tipo de vida con una libertad que ya no existe.

Se dice que en el norte de Montenegro es donde más yugoslava se sentía la gente de toda la federación.

Lo siguen sintiendo hoy en día. Ahora resulta difícil explicárselo a quien no lo ha vivido, pero entonces no era fácil ponerle fronteras a la gente. Éramos un pueblo muy mezclado. Los musulmanes tenían tendencia a irse a estudiar a Sarajevo, los ortodoxos a Belgrado y luego estaba mi padre, que decidió que fuésemos a Titogrado, que ahora se llama Podgorica. Cuando tenía diez años nos mudamos ahí. Mi padre trabajaba en la exportación de madera procesada. Viajaba mucho. Con mi madre tenía el típico matrimonio en el que ella está siempre esperando que el marido vuelva de algún viaje. Si eran felices o infelices solo ellos lo saben. A mi hermano y a mí nos parecía que todo iba bien.

Mi abuelo se murió primero y mi abuela vivió unos años más. Era indestructible y un personaje muy interesante. De pequeña, cuando tenía seis o siete meses, se le cayeron encima las brasas de una hoguera y tuvieron que amputarle la pierna. Así, sin pierna, tuvo siete u ocho hijos. Y dios sabe cuántos perdería por el camino, lo mismo quince. Vivió hasta los cien años. Bueno, más o menos, creemos que fueron cien. Ella, a partir de un momento dado, solo decía que tenía noventa, pero creemos que superó el siglo. La quería mucho. Me acuerdo de una cosa que nos pasó un día. A mí de pequeño me gustaban mucho los animales, recogía todos los que veía. Una vez tuve diez cachorros de perro en el sótano de casa. Mis padres no estaban encantados precisamente, dormir cada noche con ese ruido saliendo de abajo… Como se quejaron, los metí en bolsas y se los llevé a mi abuela. Cuando me vio llegar pensó que mi madre le enviaba tomates y verduras. Al coger las bolsas empezaron a salir perritos. Al final me aconsejaron, por decirlo de algún modo, que me buscara otra afición.

¿Eras un niño rebelde?

Me escapaba de casa de vez en cuando. Lo veía como una proeza, pero vamos, la realidad era que Pljevlja tenía tres calles y llegar hasta la cuarta para mí era escaparse de casa, lo vivía como ir a la Unión Europea sin visado. Todos se descojonaban de mí cuando hacía estas cosas. Pero estuve en cierto modo avanzado a mi edad. Por ejemplo, con seis años le dije a mi padre: «Prepárate, porque he decidido casarme». Él me respondió: «Vale, vete a dormir, descansa un poco y por la mañana, si sigues pensando lo mismo, organizamos la boda». Se conoce que por la mañana el sueño me lavó un poco el cerebro. De todas formas, no esperé mucho para casarme, lo hice con veinte años. Siempre tuve ganas de ver cómo se veía la vida en pareja.

Hiciste el voluntariado de los jóvenes comunistas.

Esto hoy sería impensable. Los jóvenes nos íbamos en verano a trabajar voluntariamente por Tito y tenían que hacer grupos porque queríamos ir todos. Cada mes de verano iba uno. No había sitio disponible de toda la gente que lo demandaba. Lo fascinante para mí fue que ese verano fue el que más crecí en mi vida y volví del campamento con cinco o seis centímetros más. No daban crédito cuando me vieron al llegar, no tenía el tamaño de un niño normal. Aunque eso no evitó que me hicieran la bicicleta, una novatada muy típica. Éramos cien en cada barracón, se esperaban a que te durmieses, te ponían papeles entre los dedos de los pies y les prendían fuego. Cuando te despertabas, te ponías a correr como si montaras en bici. Muy gracioso, pero estuve diez días sin poder andar. La idea de ir de voluntarios de Tito había sido de mi hermano y creo que desde ese día dejé de hacerle caso.

De todas formas, cuando se murió Tito fue un shock. La gente entró en pánico. Recuerdo que aquel día, un día que no se te olvida nunca, nos encontramos a la madre de un amigo por la calle y estaba enloquecida. Pensaba que un segundo después de la muerte de Tito nos iban a invadir y secuestrar a todos. El miedo era fuera de lo normal. Supongo que porque en nuestras vidas no existía la opción B, solo había A, es decir, Tito. La B no se contemplaba. Nos habían adoctrinado con que Tito nos quería y nos cuidaba, éramos sus niños, y por una parte creo que sí que era así, al menos la gente mayor lo vivía así. Cuando murió todos tuvieron una sensación de inseguridad absoluta. No sabían qué iba a pasar después. La imagen de la madre de mi amigo se me quedó grabada. En esa época la conexión de todos los yugoslavos con ese hombre era muy estrecha, porque además todo funcionaba muy bien, o al menos lo parecía.

¿Cuándo te dio por el deporte?

Entonces era lo único que hacíamos. El otro día lo recordé con un amigo, si hubiéramos tenido videojuegos en nuestra época no habríamos sido deportistas. Antes no había nada de eso, teníamos mucho tiempo libre. Estábamos todo el día fuera con los amigos y todo giraba en torno a la pelota. No como un concepto deportivo, sino como una vida basada en el balón. En jugar. Todo cuerpo esférico que pudiera girar juntaba a un grupo de chicos alrededor. Era nuestra manera de vivir. Y así fue como me ocurrió, de repente, el basket. Me pasaba los días enteros en la cancha, perdía la noción del tiempo. Un día, los chicos que eran siete y ocho años mayores, que llegaban por la tarde, cuando bajaba un poco la temperatura y se podía respirar, me invitaron a jugar con ellos. Fue un honor gigantesco.

¿Cómo funcionaba el sistema de ojeadores que os pescaba de esas canchas?

Lo de las canchas callejeras era un fenómeno muy habitual en provincias, donde nos aburríamos mucho y no teníamos nada que hacer, solo jugar y jugar. Los jugadores de mi generación que salieron de ciudades grandes los cuentas con los dedos de una mano. Pero estaba todo muy bien montado. La educación física que recibíamos en el colegio era muy buena. Así, era lógico que un país de veinticuatro millones de personas produjera grandes deportistas. El sistema estaba organizado de tal manera que era imposible que no te prestaran atención, que fueras invisible. No podían no detectarte si eras bueno.

Lo gracioso es que no eran conscientes de que eso era un sistema. Ni siquiera lo llamaban así. Los profesores de educación física estaban muy preparados para reconocer el talento de cada uno. Desde que eras pequeño ellos ya iban viendo si servías para el baloncesto, para el fútbol, voleibol, balonmano… lo que fuera, pero poco a poco te iban redirigiendo para aquello en lo que mostrabas potencial. Y luego estaban siempre por ahí los responsables de los clubes viendo constantemente a los chavales e iban fichando. En un momento dado, te llegaba uno y te decía: «Ven a entrenar con nosotros». Así funcionaba. Mucha gente de mi generación, solo con dieciséis años, ya estaban compitiendo en el primer equipo del Buducnost con compañeros y rivales mucho mayores que ellos. Llegó un momento en que el sistema era así de eficaz.

Vlade Divac, por ejemplo, empezó con diecisiete. Eso era normal en ese momento. En el sistema educativo yugoslavo era muy difícil que si alguien tenía ganas de hacer deporte y tenía talento para ello se quedara fuera. Por otro lado, salieron tantos deportistas porque el único contacto social era el deporte. Muy pocos jóvenes pasaban el tiempo fumando porros y escuchando rock and roll. En Podgorica había que ser avant-garde muy seriamente para hacer eso. La mayoría de la gente socializaba jugando un partido de algo. Hoy en día todo esto es completamente imposible, han cambiado los tiempos, qué le vamos a hacer. Ahora cuando sale un jugador bueno lo besamos, mimamos y abrazamos. Yo creo que cada vez habrá menos.

¿Tus padres cómo llevaron que dejaras los estudios por el deporte?

Tuve que dejarlos porque cuando me dediqué por completo al baloncesto igual eran dos o tres entrenamientos diarios los que tenía. Yo no me lo cuestioné y los directores del colegio lo entendían. Aunque siempre fui un buen alumno, no recuerdo estudiar mucho, pero me iba muy bien. A mis padres, sin embargo… Para que os hagáis una idea de lo que era, mi padre se enteró de que me estaba dedicando seriamente al baloncesto cuando ya estaba en la selección de júniors. Fue un día a la kafana [restaurante y bar tradicional] y le dijeron: «Oye, ese pequeño tuyo tiene mucho talento». Y él: «¿Para qué?». «¿No ves que le han llamado para la selección?», le preguntaron asombrados. Los padres, si no te salías de la línea, haciendo alguna putada en el colegio o peleándote, no te hacían ni caso.

Hoy en día los padres se vuelcan en las hipotéticas carreras deportivas de sus hijos. Antiguamente, el deporte era inofensivo para los chavales. La educación física era muy importante, pero no para que fueras deportista después, sino porque era bueno para ti físicamente y para tu personalidad. Eso lo hemos perdido. Primero, porque para hacer deporte en un club tienes que pagar. Y después, porque antes había confianza en el sistema. Ahora lo que hay es sufrimiento económico y privaciones, por eso la gente pone las expectativas en los niños, para que hagan algo en el deporte y que esa sea la salida a sus problemas de dinero. El niño será la estrella que les saque de la mierda. Por eso meten presión a la persona que está introduciendo a su hijo en el deporte. No confían en que lo vaya a hacer bien. Eso crea una atmósfera que no es agradable, es incluso conflictiva. Si yo me hubiese metido a entrenador, nunca permitiría estas injerencias de los padres. Antes no pasaban estas cosas porque el deporte no estaba en todos los medios constantemente. Ahora, en cuanto el niño coge una pelota por primera vez, el padre ya está proyectando esa visión y se lo imagina por la tele, lo ve ahí levantando una copa.

¿Cómo fue entonces tu experiencia en tu primer club, el Buducnost?

Entré con muchos de golpe, porque reformaron la sección de júniors. Para mí era un honor, porque mi relación con los mayores en general y con los compañeros era de respeto. Si me decían que llevara las bolsas, las llevaba. Lo veía como algo normal. Eres joven y haces lo que te dicen. Todo era lógico. Pero no consistía solo en la autoridad; de esta manera, con estos detalles, lo que veían era cómo eras. Ponían a prueba tu carácter, comprobaban si sabías comportarte, que es un factor muy importante. Desde el punto de vista del entrenador, servía para averiguar si eras capaz de formar parte de un equipo.

Estabas con los hermanos Ivanovic; Dusko es recordado en España por su dureza.

Eran montenegrinos también y, en aquel entorno, un entrenador de Montenegro con quien era más duro era con los suyos. Si venía alguno de fuera para jugar no le daban tanta caña, le enseñaban otras cosas, hacían otros ejercicios, pero ¿con los tuyos? Se exigía lo máximo.

En esa situación, Dragan y Dusko se adaptaban muy bien, trabajaban mucho. Nadie hacía preguntas, no se dudaba de lo que mandaba el entrenador. Si te decía que había que correr diez kilómetros bajo la lluvia, te ponías el chubasquero y a correr. En el acto. Con esa disciplina los hermanos Ivanovic eran los mejores. Luego han sido grandes líderes porque les venía ya dado con la disciplina que tenían. Supongo que por eso han aplicado después formas de trabajar parecidas. Porque no son malas, si funcionas así como jugador tu cerebro se libera de la reflexión sobre si está bien o mal lo que estás haciendo. Además, es que era justo. Había una recompensa. Las cosas bien hechas se reconocían. Si lo habías hecho todo bien, te llegaban oportunidades. Ahora que lo pienso, no me extraña que fuésemos los mejores durante tantos años.

Todavía se les sigue dando vueltas a las claves que formaron el equipo nacional yugoslavo que llegó tan lejos.

Respeto, jerarquía y talento, esa era la fórmula del baloncesto yugoslavo. De hecho, por eso fuimos más conocidos por los deportes colectivos que por los individuales.

¿Cómo llegaste a la posición de 3?

Me pusieron ahí muy rápidamente. Siempre he jugado más fuera que dentro. Luego, cuando te acercas al final de tu carrera, te meten más dentro porque pesas más y eres menos ágil. Entonces no, fui un 3 clásico.

Grandes jugadores yugoslavos como Petrovic o Bodiroga han basado su juego en entrenamientos de repetición. Sin embargo, tú tenías tu propio estilo.

A veces me veo a mí mismo jugando, aunque no lo hago muy a menudo, y me parece todo muy gracioso. Lo que pasaba es que yo era muy alto y muy rápido. Para esa época eso fue una innovación muy grande. No había muchos más aparte de mí hasta que llegó Kukoc que pudieran hacer ese tipo de movimientos. Por eso llamé tanto la atención. Tuve más posibilidades de juego, podía hacer más cosas, pero nunca pensé en los términos de que yo tuviera mi propio estilo

Con la selección, en cadetes, ganaste el oro en el 83. En aquel equipo, el MVP fue Mavresnki, que luego no triunfó como vosotros. ¿Por qué? ¿Qué hacía falta para llegar arriba, aparte del talento?

Es difícil de explicar. Él estaba en mi generación, la del 65-66, y no pudo encontrar espacio con todo lo que vino después. Llegaron demasiados jugadores buenos. Seguía jugando con mucha calidad, pero no pudo mantener la que mostraba desde el principio en competencia con aquellos críos porque llegó lo mejor que salió de Yugoslavia jamás. No quiero ofender a la generación de Kicanovic y Dalipagic, que eran también cojonudos, pero lo que vino después, solo con Divac y Drazen Petrovic

Por desgracia, ahora nadie conoce a Mavresnki, solo los del mundillo. Pero si durante siete años no paran de salir chavales con talento, por muy bueno que seas, si no avanzas a la velocidad que imponen los acontecimientos, simplemente, te quedas fuera. Con diecisiete o dieciocho llegas a tu techo, no pasas a la siguiente fase y los que vienen por detrás, sencillamente, te aplastan.

Se dice que el Partizan no te fichó, te secuestró.

Si no lo hubieran hecho así, me habría quedado en Podgorica como tirador local, con treinta puntos por partido, pero retirado a los veinticinco años. O también quizá como un borracho local más y ya está, sin más historia. Lo que ocurrió fue que hice una buena temporada con el Buducnost, me lo había pasado bien, tenía a mi familia y el cerebro me decía que era la hora de cambiar, pero el corazón no quería. Probé con el Bosna de Sarajevo varios meses, pero no me gustó

El Partizan tampoco era una prioridad para mí, de hecho, el Buducnost con quien tenía buenas relaciones era con los clubes croatas, no con los de Belgrado. Pero en el Partizan me convertí en lo que fui. Exploté. Ellos tampoco eran lo que fueron. Se dice que Kicanovic, que fue el que formó aquel equipo, tuvo una visión con Djordjevic, Divac, Obradovic y yo, pero otros dicen que fue pura casualidad.

Sobre las buenas relaciones con los equipos croatas, se habla de que incluso le regalasteis un partido clave a la Cibona.

Ahora podrías decir que se vendió ese partido, pero desde la óptica de la época no fue exactamente así. En aquella liga, para seguir, tenías que ganar todos los partidos de casa. Por eso en Podgorica jugábamos como tigres, era muy difícil ganarnos, pero cuando salíamos fuera era como si te ibas a Trieste a comprar ropa. En Belgrado nos metían treinta de diferencia. El año de aquel partido famoso, nosotros ya teníamos la permanencia, pero para la Cibona era muy importante, no recuerdo por qué. Como teníamos buena relación, se acordó que jugásemos los jóvenes. El problema fue que éramos un poco rebeldes y jugamos mejor de lo que se esperaba, pero no se regalaba nada en aquella liga.

Con el Partizan, el primer año, le ganasteis la liga al eterno rival, el Estrella Roja.

Si tienes calidad y confianza, ganar es algo natural. Tuvimos la suerte además de que el Estrella se cargó a la Cibona, que era un equipo fantástico, y luego fue muy fácil para nosotros derrotarlos a ellos. Fue como imponerse en un derbi, pero nada que ver con la rivalidad que hay ahora. Cuando hay igualdad, los equipos se vuelven mejores al enfrentarse y de aquella competencia lo que salió después fue la Jugoplastika de Maljkovic. A ese equipo, en cuestión de calidad, no podíamos ni acercarnos y por eso dominaron el campeonato los siguientes tres años.

¿Qué tal la convivencia entre compañeros en aquel Partizan? Un rumor que hay es que Grbovic dormía en el vestuario.

En esos vestuarios era muy difícil dormir. Quien anduviera por el Hala Sportova en aquella época sabe que eso era como un túnel en el que nunca se había encendido la luz. Pese a toda la tradición de baloncesto que tenía ese pabellón, las condiciones eran horribles. Era un sufrimiento. Una falta de higiene… Entonces Grba no le daba mucha importancia a la higiene [risas], pero no tan poca como para dormir en ese sitio.

En general, éramos muy buenos chicos. Los únicos problemas que tuvo ese Partizan fueron administrativos, de la elección de entrenador, pero entre nosotros todo era genial. Una vez, por ejemplo, Djordjevic, Divac y yo, que estábamos muy enamorados de nuestras novias, estábamos concentrados en Zagreb para volar con la selección a Madrid. Teníamos que pasar la noche ahí, pero nos escapamos para ir a verlas a Belgrado. No teníamos carné de conducir. No sabíamos ni que existían los carnés de conducir. Cogimos un coche y tiramos por la carretera, que entonces no era como ahora. Todavía estaba la autopista que había construido el ejército después de la II Guerra Mundial. Estaba hecha con cubos de hormigón. Pillabas un bache en cada uno de ellos, el coche iba como al trote. Llegamos, estuvimos con ellas y nos volvimos. Y, oye, tres nos fuimos, tres volvimos. Llegamos a tiempo. Kresimir Cosic, el seleccionador entonces, que era un buen hombre, nos regañó un poco, pero vio que aquello no era grave. Por eso te fiabas de aquella gente, porque eran duros, pero también muy majos. Sabían distinguir entre una tontería de adolescentes y algo serio. Cuántas veces habrían hecho ellos algo semejante en su vida… Lo sé porque se lo escuchaba contar.

Ese Partizan pudo reinar en Europa, pero se encontró con el Maccabi.

En el baloncesto todo tiene que ser perfecto para llegar a lo más alto. Llegas a un nivel top, pero luego hay que dar un paso más para ser campeones. En ese momento no teníamos todo lo necesario para el último escalón. La persona que se encontró ese equipo, Dule Vujosevic, no era la adecuada en ese momento. Uno de los grandes motivos por los que perdimos esa Final Four fue ese. Si hay cuatro equipos muy buenos, lo que marca la diferencia puede estar fuera de la cancha. También es cierto que quizá aquella oportunidad nos llegó muy rápido, demasiado pronto.

En el bronce de Atenas de 1987 empezó a surgir esa selección de Yugoslavia mágica.

Ahí se empezó a producir el cambio de generación. Cosic tuvo el gran mérito de empezar a meter a los jóvenes que llegábamos en aquel equipo nacional. No obstante, no llegó a hacer un relevo completo. Porque era comprensible, tenía que ir poco a poco. Pero ahora lo recuerdo con impotencia, porque los jóvenes ya estábamos para tomar las riendas del equipo. No puedo decir que los mayores estuvieran mal, todavía jugaban mucho, pero en esas circunstancias era muy difícil decidir quién hacía qué.

Pero la Grecia que os ganó fue luego campeona, con Nikos Galis. ¿No era un equipazo?

Me parece bien que ganasen, pero nosotros perdimos porque no teníamos el equipo bien compensado entre jóvenes y veteranos. No teníamos por qué haber perdido. Fue el último año de convivencia entre dos generaciones, en el 88 empezó la época nueva. Lo cierto es que del 81 al 87 tuvimos malos resultados. Hubo alguna medalla, como esta, pero nada que ver con lo que nos habían legado Kicanovic, Moka Slavnic y compañía.

En Seúl fue plata, os derrotó la URSS de Sabonis, Volkov, Tijonenko y Marchulenis.

Como Juegos Olímpicos, estuvo todo bien. Sin problemas. Y no perdimos con nadie que fuese peor que nosotros. De hecho, eran mejores. Pero aquí tuvimos un problema distinto: la sensación de que volveríamos al año siguiente y ganaríamos. Para empezar, los Juegos Olímpicos son cada cuatro años. Como jugador, si vas dos veces en un deporte colectivo, has tenido mucha suerte. Ganamos la plata y sentimos que, bueno, ya lo corregiríamos la próxima vez, pero no pudimos volver porque el país se desintegró y a nosotros no nos dejaron participar.

En el Eurobasket de Zagreb del 89 fue un oro aplastante, ahí estaba la madurez.

No, esa no era la madurez. Esa época estaba por llegar y nos la cortaron por la guerra. Fue la mayor injusticia que puede vivir una generación. Los años 89, 90 y 91, en los que fuimos los mejores, en realidad eran la introducción a la época dorada que no llegó. En 1996 yo tenía treinta años y Divac, veintiocho. Nuestro mejor baloncesto hubiera sido el de la primera mitad de los noventa. Ahí hubiéramos seguido ganándolo todo y solo hubiéramos perdido ante el Dream Team. Nos habríamos llevado todos los europeos y mundialmente la cuestión habría sido si nosotros o los americanos, nadie más habría llegado a ese nivel.

Es la misma historia que pasó con la selección de fútbol de Yugoslavia. Les echaron de la Eurocopa del 92, entraron en su lugar los daneses y ganaron el campeonato por primera vez en su vida. Nosotros en el verano del 91 nos fuimos a jugar a Roma el Eurobasket, que lo ganamos, pero llegamos como un país y salimos de allí un mes después como tres distintos. Eso se lo cuentas a alguien hoy y no sabría ni de lo que le estás hablando.

¿No notabais también vosotros que ocurriría algo así?

Era evidente, pero de alguna manera no creíamos que fuera a suceder. Fue todo una tortura y lógicamente el deporte no se mantuvo al margen. La ruptura alcanzó a todo, a todas las profesiones y todas las personas. Ningún ser humano debe pasar por algo como lo que pasó aquí. Se fue un país y ya no sé ni cuántos tenemos. ¿Cinco, seis, siete? No sé si en cada uno de ellos estarán más felices, no estoy muy seguro, pero que no tenemos el mismo deporte sí que lo puedo afirmar. En términos generales, personalmente, creo que no ganamos nada con la desintegración.

Antes de todo esto, Gregg Popovich te fichó para la NBA.

Sus padres eran yugoslavos, pero él no nació aquí. Cuando yo fui, solo era entrenador asistente. Había pasado mucho tiempo como militar de la OTAN en Turquía y, a diferencia de los estadounidenses, que eran muy conservadores y pensaban que solo allí había verdadero baloncesto porque era su deporte, él fue de los que empezó a decir que también había calidad en otros lugares. Antes de la llegada de los soviéticos, de Divac, Petrovic y mía a la NBA, hubo otros extranjeros. pero ninguno hizo nada. Nuestra llegada sentó un precedente. Además, no era como ahora, que se ve todo por televisión. Entonces nadie se enteraba de lo que pasaba allí. Sabíamos que el juego era el mismo, baloncesto, pero nada de su nivel, que estaba en otra dimensión.

Popovich me vio en un torneo en Alemania y a través de un amigo común hablamos. Estaba de vacaciones en Montenegro con mis colegas y de un día para otro me fui. Cogí en Belgrado un avión de Pan Am, la que entonces era la aerolínea más importante de Estados Unidos, tenía una tradición de cien años y ya no existe. Llegué a Nueva York y de ahí fui a San Antonio. Un año después, volví por el mismo camino [risas].

Estuve tres días en San Antonio y firmé el contrato. Acto seguido, me fui con ellos a un torneo de verano a Los Ángeles. En ese momento fue cuando me di cuenta de que no tenía ni idea de dónde estaba. Todos los compañeros se portaron muy correctamente conmigo, de hecho, si no llega a ser por los negros no hubiera podido ni pedir la comida, pero fue muy duro. Nosotros en el colegio estudiábamos ruso.  

En Los Ángeles jugamos en una universidad y, mientras calentábamos, me dio por mirar al público y vi a un tío con una cabeza… una cabeza de esas que a un kilómetro ves que es balcánica, nuestra, así… grande, joder, que no puedes no verla. Él me miró a mí, yo le miré a él, y resulta que era un tío de un barrio de Podgorica. Nos presentamos y estuve con él diez días sin separarnos. Cuando luego volví a San Antonio pensé que me iba a morir. Era muy pronto para pasar por ese aislamiento cultural. Yo era un niño.

Pese a todo, en San Antonio lo único importante para mí era el resultado. De verdad que no tuve problemas para encajar en el equipo, ni de relacionarme, aunque no supiera el idioma. Esa parte la llevé bien. El problema fue que el entrenador tenía muy claro que yo no debía jugar y no hubo manera de convencerle. Entrenaba bien, me llevaba bien con todos, todo iba bien, pero el que jugaba era otra persona. No me dieron oportunidades. Es algo muy típico de allí. Gregg intentó convencer al entrenador de que yo valía para algo más que para estar sujetando las toallas, pero nada. Por eso mi aventura solo duró un año. Si hubiera sido distinto y me hubiese quedado, mi carrera podría haber sido toda en la NBA. No ocurrió y me duele, pero tuve una trayectoria satisfactoria por otros caminos distintos y completamente inesperados. Aunque no fuese en la NBA, mi nivel no pasó inadvertido.

Ese otro era Sean Elliott.

Era un tío majo y correcto. Le aprecio mucho y me llevo bien con él hoy. Aunque para mí fue difícil asimilar que alguien con un nivel cercano al mío, que no era superior, jugase todo el tiempo y yo nada. Ser parte del equipo requiere sentirlo y es difícil que lo hagas si entras en el vestuario con la certeza de que no vas a jugar. Cuando tienes veinticuatro años y te han dicho que eres el mejor alero de Europa, que vas a encajar en la NBA mejor que Divac o Petrovic, y luego no ocurre nada de esto, es complicado. Al menos volví con una estupenda amistad con Gregg, que dura a día de hoy. Pude ver cómo funciona el sistema y la organización en Estados Unidos, que es muy distinta a nuestra forma de hacer las cosas.

¿Cuáles eran las grandes diferencias?

Nuestro estilo era el ruso, todo estaba basado en la fuerza y el esfuerzo. Ellos lo hacen distinto, trabajan con más precisión, están muy centrados en el jugador y no se pierden ningún detalle. Le dedican mucha atención al individuo, no me sorprende cuando los jugadores van allí y en un año se ponen superfuertes.

En todas tus biografías se destaca que en Estados Unidos te volviste adicto al Marlboro y a Pizza Hut.

Exageraciones. El problema de adaptación que tuve allí es que los americanos no son gente cercana. No se relacionan entre ellos. Yo no fui a hacer amigos, fui a jugar, pero como no me salió bien, el resto de adversidades me molestaban el doble. Si hubiese ido a Los Ángeles, donde había colonias de yugoslavos, me habría facilitado la vida y lo habría soportado mejor, pero en San Antonio no había ni uno solo. No obstante, si quieres jugar en el mejor baloncesto del mundo te tienes que olvidar de tu casita y centrarte en ello.

No son una mala nación, es gente correcta. Tienen un trato personal distante, pero funcionan muy bien en general. En el deporte de élite, si quieres ser el mejor del mundo, pongamos como Djokovic, te tienes que olvidar de estos detalles personales. Hasta que termines tu carrera, eso es lo que va a haber. Si Dios te dio un talento para que resuelvas tu vida, algo con lo que puedes ser reconocido y tener las finanzas en orden, es un pecado no aprovecharlo. Y lo digo por ese orden, porque creo que el dinero que recibes no puede compararse con el amor que sientes por lo que estás haciendo. Todas nuestras carreras empezaron siempre por amor al baloncesto.

Lo que me pasó allí fue que no tenía ni idea del idioma y, cuando me preguntaban los periodistas, yo solo podía decir «I like» y «I like ». Así, le podían poner «I like» a lo que quisieran. Pizza Hut me encanta, pero evidentemente no comía pizzas cada día. Y como no jugaba, tenían que buscar pretextos. Uno fue lo de las pizzas y otro, que fumaba como un turco [expresión local, un equivalente en español: «como un carretero»]. Pues vale.

Mira, diez días antes de irme a Estados Unidos estaba en Montenegro jugando al basket en una playa de Budva, Slovenska, con mi amigo Luka Pavicevic, uno de mis mejores colegas, por cierto, que nos machacaron dos tíos que había allí, y él había estado en Utah unos años antes. Ya entonces me dijo que no estaba seguro de que irme a la NBA fuese la mejor opción para mí. Me habló de su forma de funcionar, de que estaba Sean Elliott y tenían que subirlo. Me advirtió de que iba a ser un mal rollo para mí, y llevaba razón. Con todo mi respeto para la calidad de Elliott, creo que la medida básica de este deporte tiene que estar en lo que se ve, no en los acuerdos o negocios que se hayan hecho antes.

¿No intentaste cambiar de equipo?

No pude. Se lo pedí a Gregg a mitad de temporada. Quería ir a Golden State, pero no pudo ser. De haber salido, quizá habría sido todo completamente distinto. En esos años me di cuenta de que el deporte no es solo jugar bien, hay decisiones fuera de la cancha que afectan al desarrollo de tu carrera. Por eso es tan importante que te guíen, no puedes acabar nunca sentado en el banquillo con una toalla en el hombro pensando «¿Qué coño hago aquí?».

En Estados Unidos te dieron un tratamiento de hipnosis para que dejases de fumar.

Sí, lo hicieron. Gregg cuenta mucho esta historia cuando está de buen humor. Me llevaron a un hipnotizador ruso que era un estafador de tres al cuarto. El clásico. Entré y me dijo: «Este es tu último cigarro», nos reunimos alrededor del cenicero como si fuera un tótem sagrado —supongo que los americanos creen más en estas tonterías que nosotros— y me felicitó, me dijo: «Ya has dejado de fumar». Tengo que reconocer que si te dejas sugestionar igual sí que te funciona el paripé. En mi caso, no. Al salir de ahí me encendí un cigarro a ver si era verdad que había funcionado lo del hipnotizador y justo me vieron hacerlo los del equipo. Se llevaron un disgusto. He intentado dejarlo un par de veces y, más que cualquier ayuda, lo que creo que necesitas es tu propia voluntad. Ni la tuve ni la he tenido hasta ahora.

Mi problema con el tabaco allí fue que al principio viví en casa de Gregg y vio que fumaba mucho. Se dio cuenta él, sobre todo, de que eso era muy negativo para mí por la mala imagen que daba. Podría haber dejado el tabaco oficialmente y fumar luego tranquilamente en casa, porque todo era una cuestión especialmente de imagen pública, pero no lo hice, e ir fumando por la calle como hacía yo allí no era aceptable.

De vuelta, esperaba el Mundial de Argentina del 90. El oro y el triunfo más deslumbrante de aquella selección yugoslava.

Fue muy fácil y muy alegre. La continuación de lo que hablábamos. Un equipo que va subiendo de nivel año tras año. Pero nos tuvimos que preparar para eso… ¡buf! fueron dieciséis años de concentración. Yo ya no sabía ni dónde estábamos ni lo que hacíamos. Estuvimos en la montaña de Rogla, en Eslovenia. Fuimos a un torneo a Seattle, los Goodwill Games, donde estaban prácticamente todos los equipos que luego fuimos a Argentina. Después, echamos unos partidos en Canadá. No hacíamos más que mudarnos de un sitio a otro. Luego el campeonato transcurrió acorde a la calidad que teníamos. Fuimos y lo hicimos, ya está. Como jugador, cuando estás en la cancha eres muy consciente de quiénes son tus rivales, y ahí nadie se nos acercaba.

¿Qué opinión tienes del juego de tus compañeros, uno por uno, de sus talentos?

Mi opinión sobra. La opinión general que hay sobre ellos es la que es y es real. Además, al margen de las individualidades, era un equipo que funcionaba muy bien. Nadie se salía del guion. Si alguien lo intentaba, el entrenador lo resolvía muy rápido. Después pasó lo que pasó entre Drazen y Divac, pero en su momento todo estaba en orden. Cada jugador tenía sus ambiciones, y se expresaban sinceramente, pero por encima de todo lo que importaba era el resultado que lograse la selección y no si Drazen u otro iba a meter treinta o no. Ahora bien, para Drazen sí que era importante si había metido treinta o no, o supongo que así era, pero en ningún momento eso se fue de madre. El entrenador, Dusan Ivkovic, lo llevaba muy bien.

El incidente de la bandera croata que Divac le quitó a un aficionado en la celebración del título también ha persistido en el recuerdo. ¿Había diferencias políticas entre vosotros?

En el 90 todavía no había. Lo que pasó fue una gilipollez que nadie se enteró siquiera ni de lo que había ocurrido. Pero ahí no pintaba nada ni una bandera croata ni una serbia. Solo había un país, Yugoslavia, y una bandera. Si alguien tenía sentimientos nacionalistas, no los compartía. Se los guardaba. Pero no creo que nadie de aquellos jugadores pensase en esos términos. Lo que hizo Divac fue correcto. ¿Por qué le dolió tanto a Drazen? Eso demuestra que tenía otro tipo de pensamientos. Pero a este incidente se le ha dado muchísima más importancia después de la que tuvo en su momento, que es algo que, por otro lado, parece que va con nuestro carácter.

Yo ahora te digo, sinceramente, que no había problemas entre los jugadores. Aunque creo que esa sinceridad está más presente en nosotros que en ellos, y cuando digo ellos me refiero a los croatas, que también tenían sus razones. Ellos estaban obligados a muchas cosas en las que no quiero entrar y que no tienen nada que ver con el deporte. Cosas que simplemente te imponen y no tienes mucho espacio para tu propia opinión, y si haces algo distinto te pondrías a ti mismo en una situación incómoda. Pero mientras estuvimos juntos nunca pasó nada en este sentido. Lo grave fue en Roma, en el europeo del año siguiente, cuando al volver a casa vimos en la televisión que estábamos en guerra. Habíamos estado con los compañeros croatas hasta hacía dos días, y te preguntabas al llegar: «Pero ¿qué coño está pasando?». Luego llegó el año siguiente y ya no había nada, ni país. Fue todo tan estúpido.

Volviste al Partizan.

Por desgracia, sí.

Pero saliste pronto. ¿No te dio pena no estar con el Partizan, que jugó sus partidos en Fuenlabrada por la guerra y se proclamó campeón de Europa?

Si queréis que sea sincero, no me dio pena no estar ahí. En aquel momento ya tenía mi carrera orientada en otra dirección. Ni siquiera seguí especialmente lo que estaba pasando. Eso no quita que al Partizan le llegara su merecido momento. Ganaron y hay que ver en qué condiciones. En una situación que ya era de por sí difícil, aquellas circunstancias lo hicieron todavía más difícil. El camino hasta esa final fue un tormento. Fue justo que ganaran. Ese triple tenía que entrar y todo tenía que suceder de esa manera.

No os dejaron ir a Barcelona 92.

Nos estábamos preparando correctamente y, cuando estábamos en Tesalónica a punto de ir, nos informaron de que los deportistas yugoslavos de disciplinas individuales podían ir a los Juegos pero los de equipo, no. Fue una regla nueva muy interesante. En aquel momento ya tenía una edad suficiente como para darme cuenta de que ahí algo no encajaba

¿Habríais ganado al Dream Team?

No, no, no. En el 92 no, pero quizá un par de años después hubiéramos podido. En ese periodo fue cuando nuestro nivel estuvo más igualado. Contra aquellos todavía se podía jugar, ahora ni en sueños. Antes algo sí que les podías disputar, ahora solo das vergüenza. Nuestros jugadores entonces ya llevaban un tiempo en la NBA y se habían ajustado a ese juego, lo conocían, pero nos quitaron los años buenos.

Ahora solo podemos hacer estimaciones, nos habríamos llevado el europeo del 93, una plata olímpica, habríamos estado ahí el 94, ¿eso es poco? Creo que no. Habríamos cerrado un círculo de diez años de muchísimo éxito. Pero de repente nos dijeron: «¡Pa-pá!» [forma de decir adiós de los niños serbios cuando son muy pequeños]. Y nos tuvimos que ir de vacaciones. Encima, con lo duro que era entrenar cuatro meses seguidos con la selección, de repente nos lo quitaron todo al final de la concentración. ¡Ahora, al mar!

Fichaste por Olympiacos, fuiste la primera gran estrella que llegó a la liga griega.

Así lo dijeron y me hicieron un gran recibimiento. No fue mi elección ir a Grecia, ellos fueron los únicos que pudieron pagar mi traspaso al Partizan. Te podría decir que estuve muy contento de ir para allá, pero la realidad es que preferiría haber ido al FC Barcelona o al Real Madrid, que es donde creía que iba a ir. Sin embargo, ocurrió esto y el camino fue otro. Como compensación, lo que me dieron allí todavía me dura. También creo que jugué muy bien e hice buenas relaciones. Cuando pasas en algún sitio quince años de tu vida es obvio que te ha ido bien y que te gusta, porque de lo contrario yo no me habría quedado tanto. Especialmente los primeros años estuve muy a gusto, solo jugaba al baloncesto y eso me vino muy bien, porque después me fueron viniendo otro tipo de problemas estúpidos, pero eso es parte de la vida.

También encontré una buena Grecia para vivir. Quien conoce a los griegos sabe que el dinero es muy importante para ellos, como para todos, pero quizá para ellos un poco más que en otros sitios. Y aquella época fue cuando alcanzaron su mejor nivel económico y todo funcionaba muy bien. Invirtieron mucho en deporte y fue bonito formar parte de ese ambiente.

Olympiacos llevaba sin ganar desde el 78 hasta que llegaste.

Mandaban el Aris y el PAOK. Los clubes de Atenas ni siquiera eran conocidos, tuvieron su época en los sesenta, pero cuando llegué yo era todo bastante triste.

Hiciste una media de treinta y tres o treinta y cuatro puntos por partido, y trajeron a Roy Tarpley.

Que Dios le tenga en su gloria.

¿Cómo era?

Estaba muy loco, pero era un buen jugador y buena gente. Tenía mucho talento para la NBA y firmó un buen contrato, pero tuvo unas historias de drogas y alcohol y le suspendieron. Se tuvo que venir a Grecia y nos hicimos amigos. Era alcohólico. Se estaba quitando de las drogas. Se podía beber veinte cervezas como nosotros bebemos agua, pero era muy majo. Las malas influencias, ya se sabe… Y no pudo vencer sus adicciones.

Entonces solo podía haber dos extranjeros en cada equipo y generalmente traían solo americanos y yugoslavos, luego ya llegó de todo. Los de fuera teníamos que marcar la diferencia, ser los motores del equipo. Era una presión en cada partido. Porque la calidad eras tú, si fallabas, no estabas rodeado por gente de un nivel que supliera tus fallos. Todo estaba en ti.

En el 93 murió Petrovic.

Supuestamente venía a Grecia a firmar con el Panathinaikos. Por lo menos eso se hablaba. Y pasó lo que pasó. Fue fatal.

En la Final Four de Tel Aviv perdisteis contra el Joventut por un par de fallos tuyos.

De diez partidos que hubiésemos jugado contra aquel Joventut, habríamos ganado nueve, y el que hubiésemos perdido hubiera sido de casualidad. Pues nos pasó esa casualidad.

A partir de esos tiros libres que fallaste cayeron todos tus registros de tiro, ¿perdiste la fe?

No, esos fallos no fueron la causa de que bajase, fueron la consecuencia de que estaba bajando. Éramos tan superiores que dieron el MVP en el descanso del partido, íbamos diez arriba, parecía que íbamos a ganar de treinta, pero al final perdimos. El colmo para mí fue fallar esos tiros libres. En la Final Four no cuenta lo que has hecho durante todo el año, sino lo que pase ahí. Es un sistema injusto. No lo digo como justificación de lo que nos pasó, pero si la norma fuese buena, los americanos la tendrían desde hace tiempo.

¿En Olympiacos se enfadaron contigo?

Los griegos no destacan por hacer balances equilibrados. Fue la misma historia que en Estados Unidos, como fumaba era malo. Aquí, me habían pagado una pasta y, como no gané, fue un problema. Para mí no está mal funcionar así. No puedes competir a un alto nivel y esperar que no haya presión. Pero mi fallo en los tiros libres fue el resultado de que tenía demasiada presión, sabía que si no jugaba bien era imposible que el club ganase ese partido. Después fui a Italia y Francia y me descojoné de la presión que había ahí, no era ni parecida. En Italia un poco, pero en Francia todo era en plan: «¿Dónde comemos hoy? ¿A qué hora quedamos esta noche?». Luego veinte puntos arriba, veinte puntos abajo, ¡daba igual!

¿Por eso cambiaste?

Podían haberme nacionalizado y traer dos extranjeros más. Hubieran hecho un equipo invencible, pero no tenían esa visión. Solo pensaban en que habían pagado y querían resultados inmediatamente. Lo de mañana ya se vería mañana. Me enfadó mucho que me dejaran marchar por mi primer error. Les di el campeonato y la copa, pero por esos dos tiros libres dejaron de creer en mí.

¿Por eso te fuiste al Panathinaikos, su máximo rival?

Fue inesperado para todos.

¿Pensabas que ellos tendrían más visión?

Créeme, hermano, que no pensaba nada. Estaba de vacaciones, me llegó la oferta y la acepté porque ya se había pasado el plazo de fichajes. Pensaba que me renovarían en Olympiacos, dejé pasar el tiempo, no lo hicieron y me quedé en agosto prácticamente sin equipo. Cuando me llamó Panathinaikos no tenía muchas más opciones. Los grandes de Europa ya habían cerrado sus plantillas. No fue un deseo mío, sino todo lo contario. A lo mejor un poco sí por el inat [el mayor enfado posible, fruto del orgullo y la desesperación], pero fue mucho más por la falta de opciones.

En el primer partido de liga contra Olympiacos les metiste tres triples en un minuto.

Me estaban enseñando billetes desde la tribuna, diciéndome que me había vendido. Toda la grada estaba meneando dracmas. No sé si serían de verdad o de mentira. Encima era un pabellón ridículo al norte de Atenas, la capacidad era para quinientos y habían entrado dos mil personas. Todos gritándome que era un vendido.

En un Olympiacos-Panathinaikos te pitaron las dos hinchadas porque Yugoslavia eliminó a Grecia.

Eran como un matrimonio esquizofrénico. En un momento nos queremos, al siguiente nos odiamos. Cuando me fui al Panionios ya me querían todos, estaba en terreno neutral. Creo que fui uno de los primeros en cambiar de un club al otro, no sé si lo habían hecho antes un par de futbolistas nada más. Fue muy duro. Me cantaron todas las canciones posibles.

En el 95 volvió la selección yugoslava, se hizo una ronda de clasificación adicional. ¿Cómo fue aquello?

No conozco los detalles. Se crearon dos plazas nuevas con la condición de que se decidieran mediante un torneo. Fue todo muy caótico. No lo esperábamos y no teníamos preparación física. Todo pasó superrápido. Fuimos a Bulgaria a jugarlo y fue durísimo quedar primeros. Luego tuvimos solo dos semanas antes del Eurobasket.

La final contra la Lituania de Sabonis fue tremenda, ellos se querían retirar a mitad del partido en protesta por el arbitraje.

Fue muy especial ganar porque nos habían quitado cuatro años, cuando mejor estábamos, y luego volvimos con la mayor gloria. Djordjevic estuvo espectacular en aquella final, pero no fue importante quién jugó bien o no. Simplemente, nos miró Dios y ganamos. Los lituanos fueron con sus expectativas nacionales, como un nuevo viejo país, que venían para hacerse famosos y decirles a los rusos que ellos eran los que sabían jugar al baloncesto en la URSS. Pero en realidad tuvieron tres jugadores buenos y tres ayudantes, y esos tres eran los que lo llevaban todo. Estaban preparados para ganar, pero no supieron llevarlo. Daban por hecho que el oro iba a ser suyo, tenían a todo el estadio de su parte, estaban como en casa, porque nosotros habíamos eliminado a Grecia, se pensaban que éramos los del 87 y no contaron con que para nosotros también era muy importante conseguir ese triunfo después de todas las injusticias que nos habían pasado.

Los deportistas no tenían la culpa, pero las sanciones contra Yugoslavia eran porque en la guerra se estaban cometiendo crímenes contra la humanidad.

Ojalá lo pudiera haber cambiado. Hubiera preferido diez años de sanciones deportivas a cambio de que no hubiese habido una guerra. Pero en una situación así, el deporte debe estar en el último lugar. Nosotros lo vivimos como una gran injusticia. Aparte, los países que apoyaban las sanciones estaban metidos en nuestro conflicto por sus intereses. No tenían ni idea de lo que debía hacerse aquí y ocurrió lo peor posible. Cuando entraron ya no había manera de pararlo, así que hubiera sido mejor que no se metieran porque cada vez que lo han hecho lo han empeorado todo. Para meter tu nariz donde sea es importante que sepas la esencia del problema, que puede remontarse a cien años atrás. Ellos reaccionaron de un día para otro y el resultado fue el más humillante que pudimos recibir. Si Yugoslavia podría haber funcionado de cinco maneras distintas, eligieron la sexta opción: dividirla. Ahora las independencias no le han funcionado a ninguno de los seis países. E incluso hoy, si alguien encendiera un fuego, podríamos volver a lo mismo que veinticinco años atrás.

No creo que nosotros seamos maravillosos, ni mucho menos, el problema siempre empieza desde dentro. Si pudieron cargarse Yugoslavia tan fácilmente significa que algo no iba muy bien. Creo que controlando los problemas con un poco de buena voluntad se podría haber obtenido otro resultado, pero ¿seis naciones distintas? Nadie vive bien en ellas ahora y seguimos sin llevarnos bien. Y con la tendencia que tenemos a poner a mediocres a dirigir nuestros países, creo que la tendencia irá a peor. Este es el resultado que tenemos de la democracia y la influencia de la comunidad internacional.

Los croatas se bajaron del podio cuando ibais a recibir la medalla.

Con eso no nos decepcionaron a nosotros, sino a todos los aficionados al deporte. No sé si en la historia ha pasado muchas veces algo así. Para alguien normal es impensable que eso se les ocurra espontáneamente a los jugadores. Lo tuvieron que preparar desde arriba los listillos de su Gobierno. Otra muestra de cómo ellos han estado sujetos a las influencias políticas. Para ellos todo se basaba en rechazar lo serbio y tengo la impresión de que eso no ha cambiado a día de hoy. Y ahí tienes la otra cara de la hipocresía, no les sancionaron por hacer eso. Nadie lo menciona. Se bajaron y ya está. El nadador Milorad Cavic se sacó una camiseta en Holanda en la que decía «Kosovo es Serbia» y le metieron tres meses de sanción. Hay tanta hipocresía que me parece repugnante.

No creo que nosotros seamos florecitas ni mucho menos, tenemos un montón de defectos, pero si en el deporte pasan estas tonterías, imagínate a otros niveles lo que se mueve. Al final a los croatas el que les castigó fue Dios, porque desde ese día… no sé si se han llevado algo en ajedrez. Hay fuerzas cósmicas que lo ponen todo en orden. Es el karma.

Aquellas celebraciones fueron espectaculares.

Fue todo espontáneo, sin planificar. Nos fuimos a un club en Atenas a las cuatro de la mañana y estaba cerrando. Acabamos en un bar de estos como de estación que están abiertos toda la noche y nos metimos quinientas personas. Fue una fiesta muy bonita, muy sincera. Y la famosa vuelta a Belgrado fue muy especial.

La gente besaba las ruedas del autobús.

Fue normal, con todo lo que nos pasaba, esa fue la única alegría que tuvimos en esos años negros. Pero no sabíamos ni a dónde íbamos. De repente a alguien se le ocurrió que podíamos ir al palacio de enfrente del Parlamento y así lo hicimos, y así se ha hecho desde entonces cada vez que Serbia o Djokovic han ganado algo. Se convirtió en una pequeña tradición. Fue como todo en nosotros, todo espontáneo, nada planificado. Pero salió genial. Desde entonces nuestro baloncesto, pese a los altibajos, siempre se ha mantenido a buen nivel, como el deporte de más éxito. Aunque siempre hay que mencionar nuestro waterpolo.

Fichaste por el Panionios.

Otra vez llegué tarde, pero estuvo genial. Fue una buena temporada, para mí relajante en cuanto a trabajo y funcionamiento. E históricamente estuvo bien porque ganamos un torneo, la Supercopa Helena. Desde entonces no han ganado nada. Yo estuve en muy buena forma porque tenía motivación para ir a los Juegos de Atlanta.

En la final olímpica te saliste ante el Dream Team.

No sabían a quién cubrir, si a Djordjevic o a Danilovic, y a mí me pilló un buen día. Fue la consecuencia del buen año que había tenido. Si el partido hubiera durado un poco menos, no habríamos ganado, pero igual hubiéramos salido un poco más contentos. Al menos jugamos en su terreno y les estuvimos torturando un poquito delante de treinta mil personas.

Jugaste tan bien esa final que Atlanta Hawks te quiso fichar.

Estaba hecho, firmé. Pero tuve un problema personal. Hice una tontería y lo estropeé con mi mujer. Como suele suceder normalmente. Después de eso, no me pude centrar en nada. Ni entrenar. Me sabía mal haber aceptado un reto y no ser capaz de dar el cien por cien, así que decidí abandonar. Lo dejé todo. Divac también andaba de bajón, porque le habían traspasado de los Lakers a Charlotte, así que nos juntamos «como dos pavos» [expresión que significa estar perdidos]. Me mudé a su casa, hasta que un día llegó su mánager y me preguntó si no pensaba volver. Le dije: «No sé ni dónde estoy, menos lo que voy a hacer». Me dijo que en París estaban montando un equipo potente y que podría ir. Como la verdad es que me aburría en Charlotte, acepté, hice la maleta y me fui. Fueron cinco o seis meses, pero no me abandonaron los problemas personales. Echaba de menos mi Grecia, también. En esta etapa, aparte de una vida muy decente en París, no hay nada más que merezca la pena recordarlo.

Fichaste por un Aris de Salónica en crisis económica.

El Aris siempre está en crisis. Creo que desde que aparecieron nunca han funcionado normal. Pero yo quería ir a Grecia y el entrenador, al que yo quería mucho, garantizó que eso iba a funcionar económicamente. A mitad de temporada perdimos a la mitad del equipo. Se fueron todos. No teníamos ni presidente. Nos quedamos cuatro griegos, un cachondo italiano, Mario Boni, y yo medio lesionado, pero de esa guisa ganamos la copa y creo que desde ese día no han vuelto a conseguir nada más.

Luego te quiso llevar Danilovic a Bolonia.

Supongo que dio luz verde, porque allí era el alfa y omega. No sabía que me llevaron por su iniciativa, de lo que se entera un hombre después de veinte años…

El caso es que allí empezaron tus problemas de salud.

Después de Bolonia se murieron mi padre y mi madre en seis meses. Luego vino el bombardeo de la OTAN a mi país y se me juntó todo. Me retiré un poco a Atenas a esperar una oferta, pero fue un poco engañarme a mí mismo porque sabía que no la iba a recibir. No quise aceptar lo que me llegó y me quedé descolgado. Perdí regularidad entrenando y me dediqué más a jugar al fútbol sala para divertirme. Me gusta ese deporte más que cualquier cosa, pero un día me dio un infarto después de un partido. Sobreviví de milagro. Estuve luego un año y medio en que cada vez que hacía deporte se me repetía el infarto, fueron varios. Yo, que nunca en la vida había tenido ningún problema de salud, tuve que aceptar que eso me había pasado a mí y tuve que dejar de hacer deporte.

Pero no de fumar.

Me lo llevan aconsejando desde que tengo trece años. No lo conseguí y probablemente no lo conseguiré. Dejar el deporte no es que no me lo hayan aconsejado, es que piensan que a una persona normal ni se le pasaría por la cabeza seguir haciéndolo después de varios infartos. No se podían creer una y otra vez que fuese incapaz de concienciarme de que tenía que parar, pero no era capaz de concebir que ya no podía hacerlo y, cada vez que jugaba a algo, infarto. Lo cuento muy gracioso, la gente se ríe mucho, a veces casi les entran ganas de que también les dé un infarto a ellos, pero no es muy gracioso. Tenía dos opciones, o aceptarlo y llorar por mi destino, o aceptarlo y vivir como pudiera. He optado por la segunda opción. Así estoy mucho más a gusto.

Con el tabaco, a las personas inteligentes no tiene que darles un infarto para que dejen de fumar, pero para mí es una debilidad imposible de superar. No hace falta que me den consejos sobre algo tan obvio. Como consecuencia de estos problemas del corazón me tengo que tomar unas pastillas al día. Hace un tiempo estaba harto de todo y dejé de tomarlas durante un año y medio. Un amigo me dijo: «Mírale, en vez de dejar el tabaco, ha dejado los medicamentos»… No sé qué decir sobre esto. Nada que no sea una tontería irresponsable. Nunca he podido dejar de fumar. Las consecuencias que tendrá ya las veremos.

Fuiste team manager de Serbia y Montenegro cuando fue seleccionador Obradovic.

La atmósfera fue muy mala, pero me pasó una cosa buena, por fin decidí que no quería tener nada que ver con el baloncesto. Obradovic y yo hemos hablado mucho de lo que ocurrió. Él pensaba que podía corregir todo lo que había ahí, pero no fue posible. Hubo un cambio general y se empezaron a valorar otras cosas en lugar de las que se tenían en cuenta antiguamente. Fue una tortura estar ahí consciente de que no podía cambiar nada. Ahora los chavales viven el baloncesto de acuerdo con la época en la que están. Nadie está preparado para renunciar a tanto por la selección. Y no digo que no lleven razón, hay que buscar un equilibrio. Creo que ahora Djordjevic esto lo maneja muy bien.

¿Qué opinas del documental Once brothers sobre la amistad entre Divac y Petrovic?

¡Salgo yo! Creo que solo pudo hacerlo un americano, porque si llega a ser alguien de aquí le criticarían los croatas por alguna cosa y los serbios por otra. La historia que cuenta está bien. Si fue así lo que pasó, como lo pusieron en el documental, que se quede como en la película.

¿Qué te parece la evolución del baloncesto español?

Como muchos en Europa, se han apoyado en nuestro método de trabajar. España es un país serio en cuanto al deporte, han invertido mucho dinero y han logrado alcanzar un gran nivel. Si hay dinero, trabajo y talento, es muy natural que se llegue a ser un líder. Además, España lo ha hecho en muchos deportes. Han acertado. Supongo que en Yugoslavia habría sucedido algo parecido si nos hubiésemos quedado juntos. Los clubes españoles se pueden llevar a todo el que quieran. No les importa pagar lo que sea. Si cogen niños les pagan los estudios y los padres están contentos. Así es como deben funcionar las cosas. Luego hay muchos españoles muy buenos con nivel similar o mejor al de esos fichajes. De todas formas, creo que el baloncesto europeo no tiene tendencia a mejorar, más bien al revés. Todo lo bueno que sale se va a Estados Unidos, donde están al máximo de todo, de rapidez, de tiro, van treinta años por delante.

¿Sigues siendo amigo de Divac y Djordjevic?

Cuando estaba en Grecia les gustaba mucho venir a verme. Preferían venir conmigo antes que irse a cualquier otro lado. Pero luego nos hemos hecho viejos, cada uno está en su mundo y ya no es como antes, ya no nos vemos tanto.

[En español] La última…

[Contesta en español también] ¡Última! ¡Última! ¿Sabéis de qué me sé esta palabra? De los bingos españoles. Siempre hacíamos un tour de año nuevo con Yugoslavia, íbamos tres días a España. Del 25 al 1 de enero íbamos a París y luego a Madrid. Nos gustaba mucho jugar al bingo, estábamos en el centro de la ciudad y había uno al lado. Así que en cualquier momento libre que teníamos íbamos a darle. Estábamos empeñados en ganar, supermotivados y nos daban las tantas de la mañana. Una vez anunciaron la última partida, serían las tres y media, y solo estábamos allí mi amigo y yo, y una señora mayor. Pero teníamos que ganar, llevábamos cinco horas ahí metidos, así que dije: «Coño, si no ganamos ahora, no ganamos nunca». De repente, la abuela gritó «¡Bingo!», y yo dije al mismo tiempo «¡Joder!» [risas].

Esto sería el año 88 u 89. Luego en el 97, en Barcelona, en el Eurobasket, ya me había retirado de la selección, pero estuve para dar apoyo al equipo. Fuimos a ver a Los Tres Tenores en el Camp Nou, fue un gran concierto. Pavarotti, Carreras y Plácido Domingo. Muy bien. Pero seguíamos con la obsesión del bingo. Estábamos con nuestras mujeres, que se ponían furiosas si íbamos al bingo y tenían que estar ahí sentadas cuatro horas mirando, no entendían cómo podía gustarnos eso tanto. Una noche estábamos en un buen hotel, ellas se fueron a dormir y dijimos: «Vamos a echar unas bolas ya». Buscamos, encontramos un buen bingo y estábamos tan emocionados que aparcamos justo enfrente, en la acera. Estuvimos dentro cuatro horas y al salir no había coche. Se lo había llevado la grúa. Lo gracioso es que ahí al salir nos dimos cuenta de que justo al lado del bingo había un cartel gigantesco donde ponía parking [risas].

Ahora que no puedes hacer deporte, ¿cuál es tu hobby?

La música. Aunque escucho de todo desde hace treinta años, lo que me encanta es el jazz. Tengo un garaje lleno de discos. Hace poco me encontré con que una emisora pública que acaban de privatizar en Belgrado, Studio B, había tirado a la basura todos sus vinilos. Lo descubrí de casualidad, podría haber sido cualquier otro. Pero ¿cómo puede alguien tirar un montón de discos a la basura? ¿Se puede ser más cretino? Me encargué de que fuesen devueltos adonde pertenecen, que es o al Estado o a la Biblioteca Nacional.


Anatomía de una tragedia balompédica

Foto: Álvaro Corazón Rural.
Foto: Álvaro Corazón Rural.

Admito que me pierdo con los análisis del fútbol que se hacen ahora. Da la impresión de que la gente ha estudiado cinco años de carrera para poder entender un partido. En las tertulias de bar, donde antes se expelían trozos de boquerón y cacahuetes cuando se gruñía algo sobre el equipo que se defendía, ahora tenemos intelectuales franceses de izquierda que se colocan la melenita en cada verso sobre un asqueroso córner. ¿Es posible que haya gente pensando que va a follar por su dominio del tema de los movimientos sin balón del Levante, por ejemplo? Parece que sí.

Y tampoco me divierte mucho ya este fútbol neoliberal que se hace ahora. Todo con pases al hueco para que no corten los rivales, chutando a puerta perfectamente colocado para que no la alcance el portero. Si no te gusta que el otro equipo le dé a la pelota vete a jugar solo. Sería más pobre, pero era mucho más emocionante el fútbol de los primeros cristianos. Rifando cada balón, que tanto tu compañero como el oponente tengan siempre oportunidad de darle a la pelota. Todos iguales ante el pase, todos iguales ante la ley, todos iguales a los ojos de Dios.

Del estadio no tengo nada mejor que decir. Cuando iba de adolescente a uno de los campos de mi ciudad la ilusión era hacerse rápidamente con la revistilla sobre el partido para hacerla pedazos y lanzarla a la salida de nuestros chicos del túnel de vestuarios. ¿Leerla? ¿Qué ibas a leer sobre fútbol? ¿Que el balón es redondo? Ahora, la verdad es que ya ni me acuerdo de cuándo fue la última vez que fui al Santiago Bernabéu. Creo que fue un partido contra el Mallorca con Vanderlei Luxemburgo asombrando al mundo con su cuadrado mágico. Y el problema no fue que el dibujo en cuestión tuviera nombre de lema de los Power Rangers, sino sus integrantes. Recuerdo a Roberto Carlos, Baptista y Ronaldo hacer una tontuna celebrando un gol con la que el club me obligó a colgar las pipas hasta hoy. Pocas semanas antes habían hecho la cucaracha, creo recordar. Con lo que me obsequiaron a mí no sé lo que era, pero pensé que el espectáculo ganaría si les dieran la suerte de varas en ese mismo instante.

Tampoco tenía con quién comentarlo aparte de mi acompañante. A los lados tenía turistas. Enfrente, calefacción. Y detrás, una pecera con demócratas centrados viendo el partido por televisión comiendo jamón. ¿Para eso vas al campo? Yo vine al fútbol en el gallinero, grada de pie, entre botellas de calimocho, hachís y tortillas de patata. Éramos feos. Vestíamos mal. Llevábamos walkmans muy grandes y sin autoreverse. Pero con quién casaría usted a su hija, con alguien como nosotros con su plumífero y su chándal de táctel o con un tío que es un prodigio de la elegancia pero que en el fútbol parece que va a romper a gritar: ¡Qué diría Lacan de ese pase! Piense en las Nochebuenas.

El caso es que perdida la fealdad tanto en la grada como en el juego, con los años me he ido borrando y a mí difícilmente se me ve delante de tíos sudorosos en calzoncillos antes de las semis de la Champions. Y en el estadio ya pueden hacer naumaquias que tampoco me van a ver el pelo. No obstante, paradojas de senectud, ahora vivo en Belgrado y una de las mayores ilusiones que tenía desde que llegué, así es la vida, era ver un partido de fútbol en directo digno de tal nombre.

Tampoco de mucho nombre, el llamado «derbi eterno» entre el Estrella Roja y el Partizan no tendría huevos. Pero tampoco un encuentro de liga contra el Metalac (fábrica de cacerolas) de Gornji Milanovac (Milanovac de arriba) que si tiran por encima del larguero el balón se va a un sembrado. Ya saben que uno de los posibles motivos de la conspiración internacional que desintegró Yugoslavia era anular su abrumadora competitividad deportiva para que el reparto de títulos cayera en selecciones fascistas y clubes capitalistas. Imaginen a Suker, Mijatovic, Savicevic, Boban, Stojkovic, Salihamidzic, Mihajlovic durante los noventa en la hermandad y unidad de una camiseta plavi y entrenados, como decía un amigo mío, por Zeljiko Obradovic. Sí, el de baloncesto ¡qué más da! Ahora, con al año media docena de partidos de liga con un mínimo nivel en cada república poco hay que rascar a largo plazo.

Al final me fui hace unos días a un partido del Partizan en la Europa League. Era el decisivo del grupo L. Habían palmado inmisericordemente sus dos encuentros ante el Athletic de Bilbao, pero le habían ganado los dos al AZ Alkmaar y le habían metido un 1-3 al Augsburgo en su casa. Si no perdían de dos, pasaban. Y llevaban mucho tiempo sin pasar. Concretamente, en 1990 llegaron a cuartos de la Recopa. En 2005, a dieciseisavos de la UEFA. Y todo lo demás había sido ser vapuleado en las liguillas. Algunas de Champions, sí. Pero vamos, que lo que mola en este deporte es pasar. ¡O no! Porque ahora también hay gente que te analiza esto desde sus profundos conocimientos de marketing con su MBA de diez mil euros y lo mismo es mejor para un club hacer el ridículo en la fase de grupos de la Champions para sanear las cuentas que pasar de ronda en Europa League. Nosotros, en la estricta observancia de los borrachos de los bares, que no gritan agitando el puño en lo alto celebrando que su equipo ha metido tres cuartos de entrada en el campo a veinticinco euros cada una con Danone patrocinando siete vallas, sino que su equipo mete un gol, aunque sea con el pompis, y pasa de ronda, nos quedaremos con que eso es lo bueno. Al menos, la hinchada del Partizan era de mi parecer y lo probaba que estaba bastante cachonda con la posibilidad.

Según me contó mi acompañante, en día de partido a un kilómetro del campo no se puede beber alcohol. Policías vestidos de Robocop, había uno en cada esquina desde más lejos de un kilómetro. Me instó a hablar fuerte en inglés para que no nos quitasen nuestras latas de Jelen y nuestras botellitas de Vinjak, una especie de coñac local bastante bueno. La verdad es que no hacía falta tajarse demasiado antes de entrar al estadio porque hacía calor para lo que es diciembre en esta ciudad, unos dos o tres grados. Con eso aquí bailan bachata.

En los alrededores del estadio encontré algo que me recordaba a mis tiempos mozos, cuando el fútbol era también gastronómico. Había un olor a parrilla que impregnaba el aire de toda la manzana. La gente se comía de pie, apretados en la acera, sus pljeskavicas. Se trata de una hamburguesa que no cuesta más de dos euros al cambio con un trozaco de carne de doscientos cincuenta o trescientos gramos, que a su vez puede estar relleno de beicon o de beicon y queso, depende de cuántas temporada de su equipo quiera ver el cliente estando presente en este mundo.

Entramos al gol norte del Stadion Partizana. Mucho mejor antiguamente cuando se llamaba Stadion JNA, Estadio del Ejército Popular Yugoslavo. En el sur estaban los Grobari, los temidos ultras del Partizan, cantando tonadillas de punk rock que sonaban por la megafonía del estadio. Parece que la hinchada tiene un pasado o un origen street punk, me contaron, pese a haber sido el equipo del ejército. A mi derecha había veintipico metros de grada vacía con un cordón policial separándonos de los hinchas alemanes. Llevaban banderas rojas, verdes y blancas, los colores del Augsburgo, y también casualmente de la bandera de un país vecino, por lo que les gritaban cada vez que las ondeaban «búlgaros», y muchos adjetivos detrás que no reproduciré para preservar la paz entre los pueblos.

Los Grobari sacaron una pancarta gigante en la que se leía «Povratak Otpisanih» (el retorno de los borrados, o dados de baja), una popular serie de televisión de los setenta. Actualmente la televisión estatal da un episodio cada mañana a eso de las ocho y en HD sobre la ocupación de Belgrado por los nazis y la resistencia comunista. No sé si sabrán que a lo largo de la historia el objetivo de los alemanes y los austriacos ha sido que Serbia no tenga más tamaño que la Alcarria, algo que parece que están consiguiendo a día de hoy. Pues ese fue el leitmotiv para este encuentro. Siendo los serbios un pueblo que cada vez que se juntan tres personas se traen a colación media docena de frases de películas, el público no paraba de gritar a los alemanes citas de la serie de marras con gran cachondeo entre los presentes. Yo no me enteraba de nada.

Al iniciarse el encuentro, lo que son las cosas, fueron los civilizados, europeos y ecologistas alemanes que comen tofu los que encendieron una bengalas en su grada, una provocación de mucho cuidado, puesto que una de las obsesiones del Partizan en esa noche era que no se liase ni la más mínima trifulca por el qué dirán en altas instancias europeas. De sobra conocida es la fama de incidentes relacionados con el fútbol que arrastra esta región; fama en absoluto inmerecida. Esa noche había que comportarse como vírgenes en la ópera y, toma, antes del primer acto un alemán borracho te toca las tetas con las dos manos y te eructa en la cara.

Lo que ocurrió entones fue que, mientras miraba fascinado el humo rojo y a los alemanes haciendo el indio, un grupo de chavales saltó la valla de mi grada, corrió por la pista de atletismo, asaltó la de los alemanes y les quitaron las banderas, a las que prendieron fuego una por una durante la primera parte. No obstante, no tardó en haber buen ambiente porque Aboubakar Oumarou adelantó a los locales en el minuto once y la cosa pintaba bien. Los alemanes tenían que meter tres. Muchos.

¿Y qué pasó? Pues lo de siempre. Los alemanes se pusieron a jugar sin prisa pero sin pausa, sin rifar un solo pase, moviendo el balón rápido. Toques todos neoliberales. Y en el tiempo de descuento de la primera parte, empataron. Gol de Hong Jeong-Ho, un coreano del sur. Muy mal agüero ese dato. En la segunda mitad se pusieron por delante en el cincuenta y uno. Ahí ya me di cuenta de que el encuentro parecía un guion de la troika. Los aficionados pasaron una segunda parte de vomitar de nervios. Los Grobari no paraban de animar, en cualquier caso, pero a todo el estadio le temblaban las canillas. Se aguantó con épica partisana, haciendo honor al nombre del equipo. Incluso en los últimos compases, Nikola Ninkovic pegó un chutazo en el larguero. Y en el ochenta y siete, Darko Brasanac se quedó solo y disparó alto. Habrían sentenciado el partido, pero… en la jugada siguiente, pase al área local, triangulación perfecta, de nuevo muy neoliberal, y Raúl Marcelo Bobadilla empujó hasta sin ganas, casi como intentando hacer honor a su apellido, y a tomar por culo el Partizan. Otro año más. Mi acompañante me lloraba en el hombro. Los jugadores locales tardaron un siglo en volverse al vestuario acojonados por los Grobari, que casualmente se sientan encima del acceso. Al día siguiente la junta directiva dimitió en bloque. Terremoto. Y nada, que eché la tarde muy a gusto.

Foto: Álvaro Corazón Rural.
Foto: Álvaro Corazón Rural.


Arvydas Sabonis, el hombre que pudo reinar

El 8 de abril de 2004, el Zalgiris viajaba a la cancha del Maccabi de Tel-Aviv. Duelo habitual en los 80, el partido tenía un atractivo impresionante: el ganador se clasificaría para la Final Four que precisamente tendría lugar en la capital administrativa del estado de Israel. En la ida habían ganado los lituanos con solvencia, pero un despiste en casa, la semana anterior, ante el Pamesa Valencia, les había dejado en esa situación de todo o nada. Al frente, como capitán, un tal Arvydas Sabonis, 39 años para 40, MVP de la fase regular de aquella Euroliga y MVP del Top 16 previo a las semifinales.

Sabonis ya lo había ganado todo en Europa, tanto a nivel de clubes como de selección, pero un éxito más al borde de la cuarentena sería una despedida excelente de la competición. En 1986, Petrovic le impidió alzarse con la Copa de Europa en uno de los pocos momentos en los que el zar lituano perdió los papeles y acabó lanzándole un alevoso puñetazo a Nakic. En 1993, fue Maljkovic y su correoso Limoges los que le separaron de la Euroliga con una tela de araña defensiva que volvió loco al Real Madrid en las semifinales de Atenas. Solo dos años después, en Zaragoza, junto a Joe Arlauckas, pudo Sabonis redimirse. Después viajó a la NBA. Ahora, de vuelta, tenía la Final Four a apenas 40 minutos de distancia.

El partido fue bien para los de Kaunas. Prontas ventajas, mucha tensión en el Maccabi, que se jugaba la temporada y un Arvydas Sabonis imparable, 29 puntos, 9 rebotes, 3 asistencias, 4 triples y 36 de valoración antes de quedar eliminado por faltas. A falta de dos segundos, la clasificación podía darse por hecha: el Zalgiris ganaba por tres puntos de diferencia (91-94) y Giedrius Gustas disponía de dos tiros libres para sentenciar el encuentro. Lo que necesitaba el Maccabi no era un solo milagro sino una sucesión improbable. Lo que necesitaba el Maccabi era que Gustas fallara los dos tiros libres, que en el segundo no hubiera rebote y no se perdiera tiempo porque Tanoka Beard hubiera entrado en la zona, y que del saque de fondo posterior saliera un pase de béisbol de unos 25 metros para que Derrick Sharp anotara un triple desesperado, sin equilibrio, con una mano delante, sobre la bocina.

Lo que necesitaba el Maccabi era exactamente lo que terminó sucediendo.

La cara de Sabonis en el banquillo era de una incredulidad total. Con el pelo cortado a cepillo, sin el bigote que se afeitara años atrás, claramente avejentado por más de 20 años de baloncesto profesional, el pívot más importante del baloncesto europeo contemporáneo quería matar con la mirada a Gustas, a Beard, a Sharp… a todos los que se habían conjurado para quitarle la gloria. El Zalgiris no fue rival en la prórroga y el Maccabi no solo ganó aquel partido sino que se paseó en la final para ganar su primer título europeo en 23 años.

Sabonis abandonó el Nokia Arena —“La Mano de Elías”, para los nostálgicos— cojeando como siempre y con la idea de la retirada en la cabeza. No se oficializaría hasta el año siguiente porque el lituano era un hombre sin prisas. Un genio calmado por la vida y las lesiones. Soviético de la vieja escuela, fervoroso patriota lituano, en su última temporada en Europa —la que cualquier otro se hubiera tomado como una gira de aplausos y reconocimientos— había promediado 16,7 puntos y 10,7 rebotes para una valoración media de 26,3; la más alta de todos los competidores.

De nuevo, Sabonis había conseguido que lo difícil pareciera fácil, esa fue siempre su principal virtud. Su falta de aparatosidad, su dominio del juego en lo colectivo y en lo individual. Un hombre que te ganaba con un mate, un rebote, un tapón, una asistencia o un triple. Un año después de la retirada, charlando con el recién nombrado seleccionador español, Pepu Hernández, no pude evitar preguntarle cuál era el mejor rival al que se había enfrentado nunca entrenando al Estudiantes. Puede que esa pregunta ahora no tenga mucho sentido, pero hablamos de los años en los que el Estudiantes jugaba Final Fours. Su respuesta, sin dudarlo, fue: “Sabonis. No había manera de pararlo”. No, no había manera. No la había en 1982 y no la había en 2004, aunque obviamente el jugador ya no era el mismo.

Del Mundial de Colombia al Mundial de España: la explosividad juvenil

Sabonis era un chico de 17 años que superaba los 2,10. Era complicado que pasara desapercibido, incluso dentro de un modelo que producía constantemente hombres interminables como Tkachenko: rocosos, fajadores, hieráticos… en una palabra, ordenados soviéticos con la presión de las autoridades siempre detrás. Como juvenil había deslumbrado en una gira por los Estados Unidos ante distintas universidades, siendo proclamado por el legendario Bobby Knight como “el mejor pivot joven no americano”. Su debut en la primera división soviética, con el Zalgiris de Kaunas, había sido bastante impresionante: titular casi desde el principio, un soplo de aire fresco dentro del siempre enrarecido ambiente de la liga de la URSS. Durante décadas, el CSKA de Moscú, no solo dominaba en las canchas sino en los despachos, haciéndose con los mejores jugadores de los demás equipos y sirviendo de base para la selección soviética.

El Zalgiris tenía que vivir con ello y, de hecho, no ganaba un título desde los años 50. En 1980 fue subcampeón de la URSS y eso sirvió para poner al baloncesto lituano de nuevo bajo los focos. Todo ello sin duda ayudó a que Aleksandr Gomelski decidiera seleccionar a Sabonis para el Mundial de Cali. Los soviéticos tenían muchos más reparos que los yugoslavos a la hora de tomar riesgos, pero aquella selección tenía margen de error: en plena transición del equipo que, liderado por Belov, ganara la medalla de oro olímpica en 1972, la Unión Soviética había parado a la generación de oro balcánica en los Europeos de 1979 y 1981, aunque hubiera caído ignominiosamente en sus propios Juegos Olímpicos de 1980, y se presentaba como gran candidata al título de Campeón del Mundo, con la única resistencia que la selección estadounidense de Doc Rivers y John Pinone pudiera ofrecer.

Sabonis ya era por entonces un jugador impresionante: pese a su juventud, aquel chico estaba perfectamente formado. Alto, delgado, fibroso y ágil, un rasgo poco común entre los pivots soviéticos, el adolescente disfrutó en Colombia de sus primeros minutos de fama, aunque fueran muy escasos, pues la rotación soviética estaba bien definida: Lopatov, Tkachenko, Tarakanov, Belostenny… Su única derrota en todo el torneo llegó ante Estados Unidos en la liguilla clasificatoria, pero en la final se tomaron cumplida revancha con un agónico 95-94. El papel de Sabonis, como decíamos, fue testimonial, pero su sola presencia ya anunciaba algo grande.

El aprendizaje continuó en los años siguientes, con los ojeadores estadounidenses ya tras sus pasos. Repitió convocatoria con la selección para el Europeo de 1983 tras su gran actuación en el Mundial Junior de Palma de Mallorca pero su papel volvió a ser discreto. En 1984, la decisión de Andropov de boicotear los JJOO de Los Angeles nos privaron de observar su evolución de primera mano y hubo que esperar a Sttutgart, en 1985, para ver la versión más atlética y poderosa de Sabonis: la URSS no solo ganó el torneo con cierta suficiencia sino que Arvydas fue elegido MVP con solo 20 años, constituido en el eje del triángulo lituano que formaría con Kurtinaitis y Chomicius y que tantos éxitos le daría a la selección y al Zalgiris. Años después, se sumaría un jugador clave, diferenciador: Sarunas Marciulionis.

En aquel Europeo, Sabonis abrumó con su juventud y su potencia. Era distinto incluso en su aspecto: melena al aire, contundente bigote propio de la aldea gala de Asterix. El veinteañero podía taponar, rebotear y tirar de tres con facilidad… pero su punto fuerte era la agilidad y la capacidad para culminar el contraataque. Verle correr la cancha botando desde sus 2,20 o recibir el balón en la línea de tiros libres en plena transición para acabar en un violento mate apuntaba a un estrellato inminente, el más brillante que ningún jugador europeo hubiera alcanzado jamás. Los Atlanta Hawks le seleccionaron en el “draft” de la NBA aquel verano, pero, al ser menor de 21 años, la elección se anuló, para provecho de los Portland Trail Blazers, que consiguieron sus derechos un año después utilizando su primera ronda, algo casi inédito en los tiempos en los que los europeos eran auténticos apestados en Estados Unidos y ni siquiera Drazen Petrovic conseguía la atención que se merecía.

En solo un par de años, Sabonis pasó de ser una promesa ilusionante al segundo jugador más dominante del continente: su Zalgiris acabó con la dictadura del CSKA y consiguió tres ligas consecutivas: 1985, 1986 y 1987. Precisamente el primero de esos tres títulos permitió a Sabas jugar la Copa de Europa por primera vez y su debut no pudo ser mejor: gracias a su victoria contra el Real Madrid de Corbalán, Wayne Robinson, Brian Jackson y compañía, los lituanos se plantaron en la final ante la todopoderosa Cibona de los hermanos Petrovic. Frente a frente quedaban los dos mejores post-adolescentes surgidos en décadas: Drazen frente a Arvydas. El campeón frente al aspirante. El histrión frente al hombre calmado y silencioso.

La victoria fue para los balcánicos. Meses después de aquella final, Petrovic y Sabonis volverían a encontrarse, esta vez en las semifinales del Mundobasket de España, en el Palacio de los Deportes de Madrid. La historia, entonces, sería diferente.

Una carrera en peligro: las misteriosas lesiones de 1986 y 1987

Pese a contar con solo 21 años, Sabonis era ya una referencia mundial. El juego de la URSS giraba a su alrededor y su paso a la NBA se daba por hecho, solo obstaculizado por la eterna burocracia soviética, que acababa de ver cómo un joven Mijaíl Gorbachov llegaba a la presidencia del país prometiendo cambios tranquilos. Los rumores de lesiones y molestias aparecían de vez en cuando, obligándole a llevar una aparatosa rodillera, pero él seguía destrozando tableros y corriendo como un gamo. En el último partido de la final ante el CSKA de Moscú, parece que sintió algo distinto, doloroso: un golpe seco en la parte de atrás del pie, el tendón de Aquiles. Nadie le dio importancia entonces, pero aquello era un primer aviso.

Llegó a España en el verano de 1986 con su melena juvenil que recordaba a los cantantes de Bon Jovi, Europe, Guns and Roses… Olía a espíritu adolescente. Había afeitado su bigote y el rojo le sentaba de maravilla. Como eran los mágicos 80 madrileños, aquella época de reacción a la reacción, Sabonis y la URSS pronto fueron acogidos como héroes locales. Si Sabonis estaba lesionado, no lo parecía. Cierto es que el coronel Gomelski limitaba en ocasiones sus minutos de juego pero es que aquel equipo tenía demasiada calidad como para fijarla en un solo quinteto: a los ya conocidos Kurtinaitis, Chomicius, Belostenny , Valters, Tarakanov… había que sumar a Volkov, Sokk o Tikhonenko, un tirador letal.

La Unión Soviética se plantó en semifinales después de ganar sus diez partidos en Ferrol y Barcelona, con unas diferencias y unas anotaciones escandalosas. En la capital esperaba Yugoslavia, su bestia negra de los 70. Petrovic era el hombre más odiado del planeta y Madrid era el epicentro de ese odio. Los yugoslavos estaban también en plena transición, incorporando jóvenes jugadores como Divac o Vrankovic, a los que luego se juntarían los Paspalj, Kukoc, Radja y compañía.

Yugoslavia ganaba fácil: nueve puntos arriba a falta de un minuto, pero el público seguía animando a la URSS. Los jugadores plavi celebraban en el banquillo cuando Sabonis anotó a tabla un triple a priori intrascendente… Nada más sacar de fondo, con la mente ya en la final, Tikhonenko robaba y anotaba otro triple desde la esquina. En un abrir y cerrar los ojos, la URSS se colocaba a tres puntos con algo más de medio minuto por jugar. Eran otros tiempos: Yugoslavia podía permitirse agotar la posesión a base de forzar faltas y negarse a tirar tiros libres. Los soviéticos se desesperaban: una falta, dos faltas, tres faltas… La presión era constante pero poco fructífera, los yugoslavos se manejaban como peces en el agua en estas situaciones.

Hasta que Cutura cometió un error impropio a falta de 15 segundos y ese error no fue otro que sacar de fondo y pasarle el balón a Vlade Divac, 18 años, nervioso como un flan. Divac recibió y se lio a botar. Tanto se lio que cometió dobles. En la jugada posterior, Valters aprovechó un bloqueo directo de Sabonis para empatar el partido. En la prórroga, la URSS se impondría cómodamente y ganaría el pasaporte para disputarle a los Estados Unidos el título, como en Colombia… solo que esta vez David Robinson, Tyrone Bogues y sus chicos conseguirían llevarse la victoria.

Nadie podía imaginarlo pero aquel verano de 1986 fue el último en el que vimos al gran Sabonis.

Sobre cómo se produjo la rotura definitiva del tendón de Aquiles se han oído muchos rumores. Según la prensa soviética se cayó por unas escaleras; según otros, la caída se produjo motivada por la rotura previa. Se echó la culpa a la mala suerte por no reconocer una obviedad: a aquel chaval se le venía forzando por encima de sus posibilidades. A los 21 años, Sabonis había disputado dos mundiales y dos europeos, no había tenido el descanso necesario durante el verano y acusaba el lógico aumento de peso y musculatura que sus articulaciones no podían soportar con la misma facilidad.

Empeñados en negar la realidad, ese hábito tan soviético, Sabonis siguió jugando partidos sueltos a lo largo de la temporada 1986/87, aunque visiblemente mermado. Los tratamientos “conservadores” no parecían funcionar para desesperación de los directivos de Portland, enfrascados en una eterna negociación con las autoridades rusas por su fichaje. El empeño en explotar al caballo de carreras hasta el último aliento fue desolador: Sabonis se perdió el Eurobasket de 1987 y solo cuando sus problemas se habían extendido a talón, tobillo y rodilla y su carrera realmente estaba en peligro, la Unión Soviética autorizó su viaje a Portland, donde se le operó, colocándole una prótesis que le acompañaría el resto de su vida y que dificultaba muchísimo sus movimientos.

Sabonis regresó a casa en 1988 dispuesto a prepararse para los Juegos Olímpicos de Seúl, los primeros para su selección en ocho años. Pocos tenían confianza en que aquel jugador de apenas 23 años pudiera ser una sombra siquiera de lo que había sido en 1985.

La vuelta por todo lo alto: Seúl y el Fórum Filatélico

Mucho se ha hablado de cómo llegó Sabonis a los Juegos Olímpicos de Seúl. Por un lado, los problemas políticos de Lituania ya estaban presentes. La “perestroika” de Gorbachov había dado rienda suelta a reivindicaciones políticas y nacionales de todo tipo, agravios que venían del estalinismo y el leninismo y que por fin encontraban un cauce. Las repúblicas bálticas empezaban a formar los parlamentos que después declararían su independencia de manera unilateral y aquel equipo soviético dependía por completo de sus estrellas lituanas.

Sin embargo, ni las lesiones ni el desafecto político iban a detener a Sabonis. En 1980 era un crío y en 1984 se encontró con el boicot. 1988 era su año y se encontraba con tres rivales: la Yugoslavia de Petrovic, más los chavales de Jugoplastika y Partizán; los Estados Unidos encabezados por Dan Majerle, Danny Manning o David Robinson… y las serias dudas sobre su estado físico. La URSS podía ganar con un Sabonis al 100% pero nadie esperaba que estuviera siquiera al 50%.

La cosa se quedó en un punto medio. Sabonis no arrasó pero sí fue decisivo en aquellos Juegos Olímpicos. Lo fue especialmente en las semifinales ante Estados Unidos, donde anotó 13 puntos y cogió 13 rebotes, complementando perfectamente a Marciulionis, la verdadera estrella de aquel campeonato, y se fajó con David Robinson todo lo que pudo, aunque el estadounidense se fue a los 19 puntos y 12 rebotes en solo 23 minutos. Aquel Sabas, de nuevo con bigote, de nuevo con melena, pero mucho más limitado en el uno contra uno, con dificultades para atacar el aro más que recibiendo el pase doblado de un compañero, tenía que reinventarse a los 23 años y aquel fue el primer paso.

La medalla de oro, frente a Yugoslavia en la final, el último gran partido que perderían los Kukoc y compañía en cuatro años, fue la culminación de un trabajo titánico. Solo estar en Corea ya era un éxito para Sabonis; volver con el oro a Kaunas después de 20 puntos, 15 rebotes y 3 tapones en el partido decisivo, un sueño. Aquellos Juegos cambiaron por completo el baloncesto contemporáneo. Estados Unidos se dio cuenta de que no podía seguir compitiendo con universitarios a ese nivel y decidió empezar a dar forma al proyecto “Dream Team” que fructificaría con la exhibición de 1992. Por otro lado, los jóvenes jugadores soviéticos y yugoslavos empezaron a saltar progresivamente a la NBA. Primero, Marciulionis, Volkov, Petrovic y Divac, luego Radja y Paspalj… Kukoc esperaría hasta 1993 y el propio Sabonis hasta 1995.

Mientras tanto, el lituano tenía otros planes: asentar su físico para volver a dominar Europa y huir cuanto antes de la Unión Soviética.

Lo primero lo consiguió rápidamente: la temporada 1988/89 fue de transición en el Zalgiris. Sabonis era un jugador más inteligente aún, muy consciente de sus limitaciones y que necesitaba descansos prolongados, pero aún imparable cuando estaba fresco físicamente. Mejoró su tiro de tres, su capacidad de pase y sus movimientos defensivos. En lugar de rendirse, luchó para ser otro jugador pero igual de infranqueable. En el verano de 1989, la URSS viajó a Zagreb para intentar hacerle frente a la anfitriona Yugoslavia en el Eurobasket pero cayó en semifinales ante la Grecia de Nikkos Gallis, la misma que le había derrotado en la final dos años antes. Sabonis cumplió, como siempre, pero se palpaba la desgana, la desmotivación, la disidencia. Aquella bandera no era su bandera, aquel país al que representaba era el enemigo potencia del país que le había criado.

Después de muchos años intentándolo, ese verano, por fin, el lituano pudo salir de la URSS, aunque no se permitió su marcha a los Estados Unidos, todavía el gran enemigo político. A cambio, un hábil empresario, Gonzalo Gonzalo, presidente del modesto Forum Filatélico de Valladolid y posteriormente del equipo de fútbol de la misma ciudad, consiguió que la gran estrella europea se fuera a jugar a la ACB junto a su inseparable Valdemaras Chomicius, al que luego sustituiría Tikhonenko. Alrededor de ellos dos, construyó un equipo más que interesante, con la vuelta de Juan Antonio Corbalán a las canchas después de dos años retirado, o la presencia de jóvenes estrellas como Miguel Ángel Reyes, Lalo García o el polémico Miguel Juane.

En Valladolid se pellizcaban y no se lo creían. De la noche a la mañana tenían un equipo que era la envidia de Europa y que estuvo a punto de conquistar una Copa Korac ante el todopoderoso Il Messagero de Roma encabezado por Dino Radja. Sabonis tuvo tres años esplendorosos, con bigote y sin bigote, con melena y sin melena, sus dos rodilleras siempre acompañándole, algo hinchado pero más listo que nunca. El primer año promedió 23,3 puntos y 13,4 rebotes más casi 4 tapones por partido. Todo esto, visiblemente cojo. En su segunda temporada se fue a los 18,4 puntos y 10,5 rebotes, aunque con algún problema de lesiones, y se despidió de Pucela con una última temporada magnífica: 21,8 puntos, 13,3 rebotes y una media de 31,1 de valoración por partido.

Con 27 años, Sabonis tenía que volver a plantearse si ir a Estados Unidos o quedarse en Europa. Valladolid se le quedaba pequeño, pero las dudas de Portland seguían presentes: ¿Aguantarían sus rodillas y tobillos la exigencia de 82 partidos de liga regular más play-offs?, ¿merecía la pena correr el riesgo? Instalado ya en España, habituado a una cultura tan distinta de la báltica y liberado ya, como su Lituania natal, del yugo soviético, Sabas encontró un punto medio ideal: el Real Madrid, al que acudiría como salvador después de seis temporadas sin conseguir la liga, algo inédito en la historia del club. Ramón Mendoza necesitaba un héroe para su sección de baloncesto, alguien que pudiera revitalizarla y lo apostó todo por el lituano. A posteriori, queda claro que hizo muy bien.

Los años del Real Madrid: Liga, Copa y Euroliga

El Sabonis que llegó a Madrid en el verano de 1992, después de debutar con la nueva selección lituana en los Juegos Olímpicos de Barcelona y conseguir una meritoria medalla de bronce, no recordaba en nada al que rompía tableros en los Torneos de Navidad ocho años antes. Pesaba más, estaba más lento, tenía vendas en cada parte de su cuerpo y la arrogancia de sus mates juveniles había dado paso a un liderazgo silencioso, mágico, indurainesco. Aquellos tres años en el Real Madrid fueron probablemente los mejores de su carrera, desde luego no a nivel físico, pero sí en cuanto a comprensión del juego, a dominio de cada faceta del deporte.

En mi vida de aficionado al baloncesto, incluso como aficionado al Estudiantes, el eterno rival del Madrid, nunca he visto nada parecido. Sabonis se ganaba el respeto de todos, anotaba incluso desde el suelo, reboteaba como un animal, siempre a base de ganar la posición con inteligencia, manejaba su cuerpo a la perfección, pasaba con una mano, con dos manos, en bote, en suspensión. Aquel hombre era una exhibición táctica en cada partido y todo sin hacer ruido, sin más aspavientos que su desesperación cada vez que dos o tres defensores se le colgaban encima y la falta le acababa cayendo a él.

Sabonis no solo imponía respeto, imponía miedo. Consiguió en el Real Madrid lo que Petrovic no pudo en su día: ganar la liga, en cinco partidos, al Joventut de Lolo Sainz y Jordi Villacampa. También ganó la Copa, ante el mismo rival. En la Euroliga, se clasificó para la Final Four y solo la trampa táctica de Bozidar Maljkovic le derrotó en un partido infame de todo el equipo. Sus números lo dicen todo de aquel año, jugando en uno de los grandes de Europa: 17,1 puntos, 11,5 rebotes en liga regular… y 18 puntos con 13,7 rebotes en play-off, rozando los 30 de valoración.

El equipo se había quedado a dos partidos del triplete. Clifford Luyk dirigía al equipo desde el banquillo, Isma Santos se ocupaba de la estrella rival y Antonio Martín encabezaba un grupo de españoles veteranos del que también formaban parte los Biriukov, Romay, Llorente y compañía. En la temporada 1993/94 llegó Joe Arlauckas y se formó probablemente la mejor pareja de extranjeros de la historia reciente de la liga ACB. Arlauckas era todo lo contrario a Sabonis y por tanto su complemento ideal: agresivo, retador, furioso, anotador compulsivo y en ocasiones egoísta, un competidor descomunal que bien tiraba de cuatro metros como machacaba a una mano un contraataque de manera rabiosa.

La conexión Arlauckas-Sabonis dio otro título de ACB al Real Madrid y le daría una Euroliga al año siguiente, la primera en 15 años, la última hasta la fecha. El lituano estaba en su plenitud, con partidos como el del Coren Orense donde alcanzó los 66 de valoración (32 puntos y 27 rebotes), pero la cabeza de todo el equipo, ya con Zeljko Obradovic en el banquillo, estaba en la defensa. Una defensa encabezada por Santos y García Coll, dos jornaleros, más Antúnez, otro portento físico, y Jose Lasa, un base cerebral. El ataque quedaba en manos de Joe y Arvydas y con eso bastaba. El Madrid no ganó la ACB pero Sabonis consiguió sus mejores números de su carrera en España: 22,9 puntos y 13,2 rebotes para una media de 34,2 puntos de valoración por partido.

Nadie ha vuelto a hacer una animalada semejante.

En Europa, como ha quedado dicho, Obradovic volvió a llevar al equipo a la Final Four, esta vez en Zaragoza. El rival, como dos años antes, el Limoges, al que batió fácilmente, dejándolo en apenas 49 puntos. La final le enfrentaba al multimillonario Olympiakos de Volkov, Tarlac, Sigalas y el anotador compulsivo Eddie Johnson. No fue un partido brillante, pero tampoco fue necesario: el Madrid dominó de principio a fin y se impuso 73-61. Arlauckas anotó 16 puntos, Sabonis, 23 con 7 rebotes y una gran defensa sobre Fassoulas y Tarlac. El “Zar” había ganado un Mundial con 17 años, un Europeo con 20 y unos Juegos Olímpicos con 23. Ahora tenía en su palmarés, por fin, la Euroliga, la que el fallecido Petrovic le quitara en 1986. ¿Qué reto le quedaba en Europa? Ninguno.

Tras un Eurobasket 1995 espectacular, en el que Marciulionis y él plantaron cara hasta el final a la todopoderosa Yugoslavia de Djordjevic, con 20 puntos, 8 rebotes y amargas lágrimas en la cara tras su expulsión por una técnica dolorosísima que a punto estuvo de provocar la retirada de los lituanos del partido, Sabonis, a punto de cumplir los 31 años, se decidía por fin a dar el salto a la NBA.

La NBA, o cómo dejar claro que habría podido ser el mejor pívot de su época

Era extraño ver a un rookie treintañero y con tantos títulos a sus espaldas. Un rookie que provocara tanto respeto en todos lados. Sabonis había derrotado a los Estados Unidos en Seúl y los había puesto contra las cuerdas en España. Su nombre sonaba para los Blazers desde el verano de 1986, diez temporadas esperando la llegada del hijo pródigo, quien, por inseguridades, lesiones o simple comodidad se negaba a dar el salto. Ahora, después de la mejor temporada de su vida, sí se sentía preparado y en Portland le esperaban con los brazos abiertos.

Aquellos Blazers seguían la estela del equipo que fue dos veces finalista en 1990 y 1992 y contaba con excelentes jugadores como Rod Strickland o Cliff Robinson pero tenía grandes problemas en la pintura y sobre todo en la lectura del juego. Sabonis complementaba las exuberancias físicas de sus compañeros con sentido común y trabajo en equipo. Había pasado por todo eso antes: a diferencia de Petrovic, que necesitaba el protagonismo continuamente, la lesión obligó a Sabonis a confiar menos en sí mismo y más en sus compañeros.

Pese al respeto, da la sensación de que en la NBA no eran conscientes de lo bueno que seguía siendo Sabonis. Probablemente lo habrían visto en los Juegos Olímpicos durante su época de espigado y fibroso y se sorprenderían al verlo más lento y fondón, pero Sabas dejó las cosas claras desde el principio: como rookie, promedió 14,5 puntos y 8,1 rebotes… ¡en 23 minutos! PJ Carlesimo, su entrenador por entonces, le regulaba lo máximo posible porque era imposible que un hombre de 220 centímetros, 125 kilos y los pies destrozados aguantara el ritmo de toda una temporada si se le forzaba como le forzaron en sus años de juventud en la URSS, que tanto lamentaría después. Si no fuera por esa limitación de minutos, a nadie le cabe duda de que Sabonis habría conseguido el galardón de novato del año por delante de Damon Stoudemire. Pese a todo, sí entró en el quinteto ideal.

Sabonis siguió creciendo como creció su equipo. A la juventud imperante se le fueron añadiendo talentos puros como Rasheed Wallace, Steve Smith, Brian Grant, Bonzi Wells, Scottie Pippen… El lituano era la referencia de orden en un equipo que llegó a ser conocido como los Jail Blazers por los continuos problemas de sus jugadores con la justicia. Su mejor temporada sería la 1997/98, con 17 puntos, 10 rebotes y 3 asistencias de media. La única en la que superó los 30 minutos de juego. ¿Se imaginan dónde habría llegado este jugador con 24 años, los pies sanos y 40 minutos por partido? Esa será siempre la gran pregunta.

Aquella temporada fue la última a altísimo nivel. La siguiente tuvo que lidiar con algunas molestias y la inevitable competencia de talentos más explosivos bajo los tableros. Sabonis tenía ya 35 años pero nadie se atrevía a quitarle su posición en el quinteto inicial. Ganador de todo en Europa, nunca estuvo más cerca del anillo que en 2000, cuando los Blazers estaban a un solo cuarto de eliminar a los Lakers en su propia cancha y acceder a la final contra los Pacers cuando se vinieron estrepitosamente abajo y desperdiciaron definitivamente su talento. A partir de entonces, el entusiasmo se acabó. Sabonis parecía un abuelo resignado entre tanto tiroteo y posesión ilegal de drogas, entre tanto gangsta rap, individualismo y técnicas de niñatos. Sus códigos eran otros. Sus códigos eran los soviéticos de 1982. En 2001 dijo basta y se retiró durante un año. Firmó con el Zalgiris pero no llegó a jugar ni un partido. Ese era el final de Sabonis para todos, merecido… Sin embargo, cuando los Blazers le llamaron en 2002, el lituano volvió a Portland para un último baile.

Blazers y Zalgiris, un adiós por todo lo alto

Los Blazers no conseguían encontrar un pívot mejor que Sabonis en ningún lado. Pese a sus lesiones, pese a su ya evidente lentitud en defensa, nadie podía dar 20-25 minutos de mayor intensidad que aquel veteranísimo de 38 años. En la mente de Paul Allen, el multimillonario propietario de la franquicia, estaba acabar por fin con la racha de los Lakers de Shaq, Kobe y Phil Jackson. Seguía teniendo a los Wells, Wallace, Davis, Stoudamire… y había añadido a dos jóvenes refuerzos: Zach Randolph y Ruben Patterson.

No funcionó.

Se fueron a las 50 victorias de nuevo pero cayeron en primera ronda de play-offs ante los Mavericks. Sabonis tampoco estuvo a la altura de las expectativas. Solo fue titular en un partido, su media de minutos bajó a 15, con unos promedios de 6 puntos y 4 rebotes. Fue una despedida amarga, un poco innecesaria, algo parecido a lo que hiciera Jordan con los Wizards. En total, como treintañero lesionadísimo, Sabonis jugó 521 partidos en la NBA. Sus promedios: 12 puntos y 7 rebotes en uno de los mejores equipos de la competición.

Volvió a Kaunas y se apuntó de nuevo al Zalgiris, sin saber si esta vez jugaría o no. Como hemos visto al principio, jugó y vaya si jugó. Se esperaba un Sabonis como el de su última temporada en la NBA: torpón, lento, desmotivado… pero no, Sabonis en Europa era Sabonis en Europa. MVP de la primera fase, MVP de la segunda, si no hubiera sido por aquel triple imposible de Sharp, ¿quién sabe si no hubiera ganado su segunda Euroliga justo el año de su retirada? Casi 17 puntos y 11 rebotes por partido justo antes de cumplir los 40, es decir, 22 años después de su imponente aparición en Cali.

Estuvo un año más deshojando la margarita. Te tiene que gustar mucho el baloncesto para soportar tanto dolor partido tras partido, año tras año. Te tiene que encantar. Lo que uno echa de menos en algunos de los jugadores actuales es ese divertimento, esa pasión. Para Sabonis el baloncesto lo era todo. Ganar lo era todo, o al menos competir hasta el final. Se planteó un nuevo regreso con 40 años. Sus estancias en Málaga, donde sus hijos crecían, levantaron rumores de un posible fichaje por el Unicaja, pero nunca se materializó.

Sabonis, sin hacer ruido, como casi toda su carrera, anunció su retirada, se otorgó a sí mismo un puesto más o menos testimonial en la directiva del Zalgiris y se dedicó a la buena vida. En septiembre de 2011, la vida le dio un nuevo susto en forma de infarto. Se recuperó rápidamente. El mundo del baloncesto respiró aliviado. Sabonis fue primero una bestia física, después fue un competidor brutal, pero siempre se distinguió como un jugador noble, respetuoso, admirado por todos. Una de esas figuras que trasciende su equipo y su deporte. La camiseta roja de la CCCP volando por encima del aro en busca de otro tablero que estallar, melena al aire, bigote poblado, el 11 ó el 15 a la espalda y por debajo de la camiseta roja otra camiseta roja, por si había dudas.


Milinko Pantic: “Marcar cuatro goles al Barcelona en el Camp Nou es algo que pocos jugadores pueden hacer”

Milinko Pantic (1966, Loznica, Yugoslavia), actual entrenador del filial del Atlético de Madrid e historia viva del club del Manzanares, nos recibió en la Ciudad Deportiva Cerro del Espino momentos antes de asistir al entrenamiento, fijado a mediodía para que sus jugadores “se acostumbren al calor”. Sufrimos nosotros también el bochorno y disfrutamos de la emotiva conversación con una figura mítica, cumpliendo así con los preceptos colchoneros. Milinko Pantic forma parte del pasado glorioso del Atleti, de su presente y de su futuro gracias a su trabajo en la Fundación Atlético de Madrid. “Sole” es la liturgia del ramo de flores del córner del Fondo Sur, el busto de la sala de trofeos que le valió aquel singular gol de cabeza de la final del Copa del Rey  y que supuso el principio del fin del año del doblete —perdón, del año del primer doblete—, el maestro del juego a balón parado; un jugador respetado por todas las aficiones y adorado por la rojiblanca.

Recientemente has debutado como entrenador el Atlético de Madrid B, ¿cómo te sientes en tu nuevo puesto?, ¿cómo ves al equipo?

Muy bien, la verdad, muy contento. Es lo que quería desde hace mucho tiempo, es un sueño cumplido. Esto acaba de empezar, de momento pienso que el equipo está bien, ha cogido  mis ideas y creo que va a funcionar.

¿Cómo ves el objetivo de subir al equipo a segunda?

Nadie me ha puesto el objetivo de subir. Mi objetivo es formar a los jugadores y que en cualquier momento Gregorio Manzano pueda contar con ellos. Ese es el objetivo: formar a los jugadores. Después también buscar el resultado, por supuesto. Estar en el Atlético de Madrid y no buscar el resultado es imposible.

Nunca has ocultado tu deseo de entrenar al primer equipo, ¿crees que este es el rodaje necesario para ocupar ese puesto?

No, no se trata de entrenar al primer equipo,  se trata de ser un entrenador serio,  de estar a corto plazo en un equipo de primera división;  porque obsesionarme ahora con ser el primer entrenador de nuestro equipo sólo me puede perjudicar. No quiero ni pensar en eso. Yo quiero crecer como entrenador, crecer con mis jugadores y no obsesionarme con este tema. Ni lo pienso ahora ni entra en mis planes. El Atlético tiene un gran entrenador y ojalá Manzano se quede muchos años.

Como director técnico de la Fundación Atlético de Madrid, ¿cómo ves el papel de los canteranos? La plantilla de este año tiene bastantes.

La Fundación tiene un papel muy importante en mi vida, hemos desarrollado un proyecto muy importante,  empezamos con unos pocos niños y hemos llegado a tener  más de 1200. Es un proyecto que necesita continuidad y nada más. Todos sabemos que es muy difícil estar en primera o segunda, todo el mundo quiere jugar en el Atlético de Madrid, estamos hablando de uno de los clubes más grandes del mundo y no es fácil llegar ahí arriba. En la fundación hemos hecho este trabajo de formar a los jugadores, digamos el primer paso, y después dar informes para que progresen en las escuelas federadas o en el fútbol base.

¿Cómo ves la plantilla del primer equipo? ¿Si fueras tú el entrenador cambiarías algo?

No quiero meterme donde no me corresponde. Como aficionado, como abonado que soy, me gusta el equipo. Creo que el club ha hecho un gran esfuerzo, ha traído jugadores  a la medida de  la afición, que es la más grande del mundo; estamos hablando de Arda Turan, de Falcao, de Diego, de Gabi… de muchos jugadores que pueden hacer lo que está pidiendo la afición. Esta plantilla quizás es más completa que la del año pasado y años anteriores. ¿Cómo va a jugar Manzano? Esto no lo sé. Ha entrenado a tantos equipos, ha triunfado en tantos clubes y tiene tanta experiencia que no creo que tenga problemas para dar con la tecla.

Tú llegaste tarde al Atlético de Madrid…

No sólo al Atlético, llegué tarde al fútbol español.

Sin embargo, en solo tres años te convertiste en parte de la historia del club.

Es que no podía perder el tiempo, tenía muy poco para poner las cosas en su sitio. Ha habido gente que ha jugado aquí quince años y no ha hecho nada. Yo tenía que hacerlo porque llegué con 29 años.

Esperemos que como entrenador no ocurra lo mismo.

Espero. Pero en mi vida siempre todo va muy lento. Como de jugador fue así, quizás de entrenador también ocurra. Pero yo de verdad  que no tengo prisa; sobre todo quiero disfrutar en esta profesión, que es la que más me gusta, y no quiero volverme loco y ponerme objetivos locos. Quiero crecer como entrenador, aquí  o en otro sitio. Mi objetivo es entrenar,  tener siempre trabajo.

¿Qué diferencias ves entre la situación actual en la liga y la que había cuando tú llegaste?

No hay grandes diferencias. El fútbol sigue siendo igual. En mi época, en la de Marina, en la de  Luis Pereira… se ha jugado un fútbol grandísimo. Quizás ha cambiado un pelín tácticamente, pero por lo demás sigue igual. Ahora estamos viviendo una época en que todo el mundo habla del Barcelona y de su juego. Es un caso excepcional. Pero bueno, no todo va a ser jugar como el Barcelona.

¿Qué conocías del Atlético antes de llegar aquí?

Pocas cosas. Sabía que era un club importante en España y en Europa pero, la verdad, mi idea era hacer mi carrera en Grecia, porque mi mujer y yo fuimos muy felices allí  y pensábamos quedarnos. Entonces, después de una temporada fantástica en el Panionios en la que marqué diecisiete goles e hice veinte pases decisivos, tuve muchas ofertas de Francia, Bélgica… y cuando me llegó la llamada de Radomir Antic no dudé ni un segundo; aunque nos costó mucho dejar el país heleno, sobre todo a mi familia.

¿Qué hizo que un extranjero como tú se sintiera tan unido a unos colores y a una ciudad?

Intenté integrarme cuanto antes, por supuesto lo primero que hice fue aprender el idioma y después intentar entender el sentimiento de una afición tan grande como es la nuestra, y creo que lo conseguí. Tengo una buena relación, un buen feeling con la afición, porque hay gente que una vez que deja el fútbol, desaparece, se va a otro equipo o lo deja apartado. Pero yo no, después de dejar el Atlético intente mantenerme, reforzar mi amistad y mi conexión con la afición.

Es un amor mutuo.

Sí, es mutuo. Intenté siempre ser honesto con la afición y me lo ha agradecido, han sabido reconocer que soy una persona que siente y respeta los colores. Estoy muy contento, espero  durar mucho y no hacer ninguna tontería que dañe a una afición que me ha respetado, que me ha apoyado y que seguramente me va a seguir apoyando mucho tiempo.

Una pregunta retórica: ¿Es la del Atlético la mejor afición del mundo?

Hombre, para mí es una de las mejores del mundo. He tenido la suerte de jugar delante de ella. Hace poco, por ejemplo, en un partido de balonmano contra el Barcelona se pudo ver la fuerza y la grandeza de una afición, una afición que ha ganado la Supercopa, porque los jugadores del Barcelona se quedaron helados. Una afición que apoya siempre,  porque hasta estando en segunda hemos tenido más de 50.000 abonados. Yo he jugado en Partizan, en Eslovenia, en Grecia, en Francia… y te puedo asegurar que estamos hablando de algo muy serio.

¿Qué tenía aquella plantilla del primer doblete? No era una plantilla con fichajes estrella.

No, éramos un grupo. Radomir Antic acertó con los fichajes de “perfil bajo” como yo, como Santi, Molina, Penev, Delfí Geli, Biagini, Correa…  Antic fue la clave de todo esto. Detrás de un gran equipo está un gran entrenador. Montó un gran grupo y luego nosotros hicimos que funcionara, lo fortalecimos en el vestuario, un buen ambiente es fundamental. Y Antic sacó lo mejor de cada uno; por ejemplo, aprovechó muy bien mi virtud con el balón parado, le sacó muchos puntos. Esta es la grandeza de un entrenador.

¿Qué supuso Radomir Antic para ti? Se dice incluso… (Me interrumpe, sabiendo que le voy a mencionar el rumor según el cual Antic afirmó estar dispuesto a pagar su ficha si el club no lo hacía).

No, no, no. En esa situación por la que me quieres preguntar él fue muy listo. Puso el cebo a ver si picaban (risas) y la verdad es que consiguió lo que quería. Después de ver  videos de mi época de Grecia, sabía perfectamente que yo era la pieza que le faltaba.

Fue una apuesta.

Sí, pero no fue una apuesta a ciegas, sabía de quien se trataba después de ver mis videos. El tenía  muy claro que era una pieza clave.

Hablabas de tu habilidad para el juego a balón parado, ¿es un don natural o lleva horas de entrenamiento?

Un poquito de todo. Sobre todo creo que  yo nací con esto, pero luego intenté perfeccionarlo. Ahora con 45 años sigo intentando mejorar porque es algo que me gusta. De vez en cuando me quedo con los porteros de mi equipo y nos picamos. Aunque lo cierto es que siempre salen  perjudicados  ellos (risas). Pero es una manera de intentar mejorar todos

¿Y transmites estos conocimientos a tus jugadores?

Sí, por supuesto, es parte de mi trabajo. Sobre todo a los jugadores que tienen este talento, porque para mí el juego a balón parado era, es y será siempre una parte muy importante de mi estrategia y de cómo trato de preparar un partido.

¿Qué momento de aquella época rescatarías para enmarcar? Te doy a elegir entre dos :

-Vítor Baía llorando tras meterle cuatro goles.

-El gol de cabeza de la final de Copa en la Romareda.

Yo también lloré por dentro, porque después del partido me quedé con cara de tonto, no entendí nada.  Baía… yo siempre tuve buena estadística contra él y en este partido especialmente. Es un detalle importante en mi carrera como futbolista, porque marcar cuatro goles…

El gol de cabeza es histórico…

Sí, sí, pero marcar cuatro goles en el Camp Nou es algo que pocos jugadores pueden hacer.

Nos quedamos con ese momento entonces, a pesar del resultado. Además el partido fue épico.

El gol de la Copa también es especial, siempre lo he visto como algo que el destino quiso así.

¿Por qué no pudiste mantenerte?, ¿la llegada de Juninho te desplazó?

Sí, esa fue la clave. Yo no supe ver el juego, me equivoqué, no supe anticiparme para salir como dios manda. Con su llegada, en el primer entrenamiento me di cuenta que éramos muy parecidos y que no había sitio para los dos. Fue un fallo mío por no pedir al mister que facilitara mi salida y un poco también de él por no explicarme cómo estaría Juninho conmigo.

¿Cómo viviste el conflicto de los Balcanes desde la distancia?

Cuando llegué a España justo había acababa la guerra. Yo salí de Serbia el 13 de julio de 1991 y la verdad es que tuve la suerte de no ver nada, tuve el privilegio de poder salir gracias a esta profesión y no ver las barbaridades que ocurrieron.

¿Te gustaría que volviera a haber una selección de los países que formaban Yugoslavia?

Sí, claro, yo soy yugoslavo. Es mi país, yo nací allí y soy, como muchos, “yugo” nostálgico. Estamos hablando de un país que era un lugar maravilloso, un país importante en Europa, organizado;  y después, por intereses de unos y otros, por temas en los que no quiero entrar,  porque no me interesan…

En los noventa había un caudal de buenos jugadores de la antigua Yugoslavia, ¿teníais una formación especial?, ¿sigue habiendo jugadores de este nivel?

Sigue igual, el problema es que las ligas allí son blandas, no son como antes. Serbia tiene muchos jugadores con talento, pero se ha perdido la competitividad. Ahora hay dos equipos entre los que se decide  la competición, no hay tercer equipo. En Croacia estamos hablando de Dinamo de Zagreb y Hajduk, en Bosnia  de Sarajevo y Zeljeznicar,  en Macedonia hay un equipo, el Vardar Skopie, que era un equipo fuerte de la antigua Yugoslavia, y en Montenegro hay un equipo solamente. Estamos hablando de ligas que no son fuertes,  este es el problema. Quizás si en un futuro se juntaran en una liga de “ex”… de momento no es posible, está todo muy fresco; pero bueno, en el básquet ha funcionado y está funcionando, pero en el caso del fútbol es más difícil, es una espacio más grande y con todas las aficiones es más complicado.

¿Qué opinas del derribo del Vicente Calderón?

El club ha tomado esa decisión. No es el único caso. Supongo que es un paso para modernizar,  tener mejores instalaciones y más aforo para el público, y yo lo respeto. Pienso que el club lo tiene pensado para facilitar a los aficionados todo lo posible. Aunque soy nostálgico, como muchos que hemos jugado en el Calderón, las decisiones del club hay que respetarlas y se toman para mejorar. Con la nueva Ciudad Deportiva de La Peineta va a haber más aforo para la afición.

¿Ves posible una liga europea?

Lo veo muy difícil. Lo están intentando, pero creo que no es posible: un año dura 365 días, ¿cómo vamos a hacer otra liga aparte de todo esto? El fútbol es un negocio, pero hay que pensar también en el futbolista, que no es una máquina. El cuerpo llega un momento en que dice “basta”, así que no sé cómo piensan en algo así.

Hemos vivido recientemente una huelga de futbolistas motivada por el impago de nóminas en  algunos clubes. ¿Cuál es tu posición?, ¿apoyas las reivindicaciones?

Por supuesto que apoyo que de una vez por todas se solucione este tema, que se respeten los contratos, los derechos de cada jugador, de cada trabajador. No es posible que firmes un contrato,  luego el club entre en una ley concursal y desaparece tu contrato.

¿Qué sueles leer?

Mi mujer es un fenómeno leyendo, yo sólo tengo tiempo para leer de fútbol.  Tengo libros de mi país, libros de ejercicios, también en español, en inglés, en francés… porque me manejo bastante bien con los idiomas y siempre intento mejorar. No tengo tiempo para otras cosas. No quiere decir que sea tonto, porque aquí si no lees es que eres un inculto; no, tengo inquietudes, me interesa la política, me gusta leer… el deporte es lo que más me gusta y le dedico mi tiempo.

¿Quiénes son tus ídolos en el fútbol?

Dos: Platini y Zico. Fenómenos. Aprendí mucho de ellos, de sus lanzamientos de falta, de sus movimientos… Son dos jugadores “diez”.

En caso de que entrenaras un equipo de primera, ahora que en los banquillos se exhibe un look cuidado, ¿veríamos a Pantic vestido de Armani?

Yo tengo trajes, no de Armani, pero bueno. No soy una persona que se preocupe mucho por esto, pero respetar las reglas y las formas es importante. Un entrenador ha de guardar una imagen y vestir de traje en el banquillo. Ya sea Gregorio Manzano, Alfredo Santaelena, Mena o yo, representamos a un club muy importante y hay que respetarlo.