El wéstern: notas sobre un género difunto

Escena de Centauros del desierto. Imagen Warner Bros. Pictures.
Escena de Centauros del desierto. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Aunque periódicamente algunos cineastas vuelven la mirada hacia el género norteamericano por excelencia, sin lugar a dudas el wéstern murió tiroteado por el siglo XX. Se agradecen, no obstante, briosos intentos de reanimación tales como los de Joel y Ethan Coen en su personal y respetuoso remake de Valor de Ley (2010) o el emotivo tributo al género de Tommy Lee Jones, en funciones de actor y director, en Deuda de honor (2014). Más controvertida es la exhumación reciente de Quentin Tarantino del wéstern. Si en Django desencadenado (2012) logró pergeñar un delirante, hilarante, violento y abigarrado alegato antirracista, en la interminable Los odiosos ocho (2015) confirma su capacidad para la verborrea incesante y la demencia visual más plúmbeas e insufribles.

En cualquier caso, este retorno a los añejos paisajes naturales, los revólveres raudos, el fantasmagórico acecho de los indios, el tintineo de espuelas, las cantinas y sus tragos contundentes y ásperos, el rítmico y majestuoso cabalgar de los caballos y un lejano etcétera polvoriento nos recuerda que una vez existió un universo (geográfico/temporal/iconográfico) creado justo cuando la realidad se convertía en leyenda mitológica. Así lo certificó el crítico André Bazin: «El wéstern es el encuentro de una mitología con un medio de expresión».

Por su parte, el historiador George-Albert Astre, en su canónico Universo del wéstern, escribe: «El wéstern es una de las pasiones contemporáneas más universales. Los innumerables amantes del cine del Oeste en todo el mundo encuentran en él la materialización de una sorprendente mitología, el desarrollo más o menos suntuoso, más o menos esotérico, de un cierto ceremonial: la celebración de una fiesta ritual en la que se consume, en el reencuentro con la libertad de los grandes espacios, una visión irrisoria de las civilizaciones occidentales».

Y el crítico y guionista Ángel Fernández Santos, en el memorable ensayo Más Allá del Oeste, señala el componente ritual del género:

El cine del Oeste expulsa hacia sus contempladores una impresión de equivalencia con algunas ceremonias sociales muy arraigadas. Esto quiere decir que, desde hace casi un siglo, forma parte de la memoria cotidiana de multitudes humanas, como cualquier ritual de convivencia. Al igual que en estos rituales, en el wéstern, la repetición de un patrón ceremonial preexistente no solo excluye la sensación de variedad, sino que la presupone, ya que la identidad reiterada de cada filme es una parte esencial de su originalidad, una singularidad tanto más difícil de alcanzar cuanto más vulnerables son las leyes a que ha de sujetarse.

Leyenda, mito y ceremonia. El wéstern es a una nación bisoña como la estadounidense lo mismo que La Iliada La Eneida a la cultura grecolatina; los poemas épicos medievales, el ciclo artúrico y las novelas de caballería a la sociedad europea: la necesidad de construir un territorio imaginario y fantástico que, de alguna manera, respete una señas de identidad históricas y comunes.

De esta manera, al marco físico reconocible (a pesar de que en ocasiones se presente de manera abstracta) se une una galería de personajes aferrada al imaginario colectivo y con trasunto real: Wyatt Earp, Doc Holliday, Pat Garrett, Billy the Kid, Buffalo Bill, Wild Bill Hickok, Calamity Jane, Jesse y Frank James, Butch Cassidy, Sundance Kid, los jefes indios Gerónimo, Toro Sentado y Cochise… Asimismo, las coordenadas del género definen unos arquetipos y delimitan el desarrollo recurrente de las narraciones: los duelos entre pistoleros justicieros y su némesis encarnada por bandidos despiadados, la lucha de los colonos por establecerse en el salvaje Far West, la aventura de pioneros y buscadores de oro y prosperidad, las refriegas con las tribus indias o los conflictos entre ganaderos y agricultores. Así pues, a partir de la simplicidad de una literatura de quiosco avant la lettre (Zane Grey o James Fenimore Cooper) por una parte, y de todo un arsenal de relatos legendarios por otra, las películas del Oeste se convirtieron en uno de los géneros más populares de un arte eminentemente popular.

scena de Sin perdón. Imagen: Warner Bros. Pictures.
Escena de Sin perdón. Imagen: Warner Bros. Pictures.

Prueba de ello es que algunos de los estudios apostaron por la producción en cadena de wésterns y, desde los inicios de la industria, un buen número de cineastas se apuntó al pelotón de los especialistas en el género. De los pioneros más audaces, influyentes y brillantes cabe mencionar a John FordRaoul WalshWilliam WellmanCecil B. De MilleAllan Dwan, King Vidor y Howard Hawks.

De igual manera, encontramos a unos actores que supieron encarnar el espíritu del género gracias a unas características físicas y a cierto rictus fatalista acordes con la estética del Far WestJohn WayneJames StewartHenry FondaGary CooperGregory PeckRobert MitchumRichard Widmark y Randolph Scott, principalmente.

Pese a su aparente encorsetamiento, la permeabilidad temática y genérica del wéstern es notable. Amoldado a sus anchuras advertimos la presencia del (melo)drama, la comedia, el thriller, la aventura o el relato gótico. También resulta significativa su capacidad de transmutarse, influir e incluso retroalimentarse. Por ejemplo, Easy Rider (1969) y el subgénero de las buddy movies no dejan de ser wésterns contemporáneo a la manera de Dos cabalgan juntos (1961); Taxi Driver (1976) está concebido como un wéstern urbano con reconocido homenaje a Ford; la saga Mad Max debe al género tanto su iconografía del pistolero errante y abismal como la vibrante planificación de las persecuciones.

Por otra parte, la fascinación por los filmes del Oeste marcó el ciclo samurái de Akira Kurosawa, quien a su vez fue fuente de inspiración para Hollywood. De esta manera, John Sturges versionó Los siete samuráis (1954) con Los Siete Magníficos (1960), mientras que Martin Ritt adaptó Rashomon (1950) en Cuatro confesiones (1964). También la aparición del spaghetti western supuso un revulsivo para la iconografía del género, que se tornó, más si cabe, descarnada, árida, lacónica y letal. A este respecto, la composición de los pistoleros fantasmagóricos de Clint Eastwood debe mucho al «hombre sin nombre» de la trilogía del dólar de Sergio Leone. Personalmente, considero que la única contribución de Leone al wéstern fue esa deuda que Eastwood contrajo con él.

Nacimiento de la épica

El wéstern, en sus primeros balbuceos fílmicos, aparece como documento descriptivo de la vida en el Oeste. Desde 1894 y 1903, las casas de filmación Edison y Biograph realizan una sesentena de filminas documentales que servirán de base al posterior desarrollo y consolidación del género. En cualquier caso, Asalto y robo de un tren (1903), dirigida por el periodista Edwin S. Porter, se considera el primer wéstern de la historia del cine. Porter narra el asalto a un tren, la persecución de los atracadores y la refriega armada entre bandidos y representantes de la ley. Con este simple esquema argumental, las bases genéricas están asentadas. Sin embargo, el crítico Quim Casas, en el ensayo descriptivo El wéstern, subraya la aportación trascendental de Thomas H. Ince:

Incansable e intratable durante el período comprendido entre 1910 y 1925, Ince supervisó o dirigió personalmente cerca de ochocientas películas de distintos formatos, un buen porcentaje de ellas dedicadas al wéstern y ambientadas, por lo general, en la época de los pioneros, colonos y buscadores de oro (…) La capacidad de trabajo de Ince y sus rapidísimos métodos de rodaje le llevarían a construir en solitario uno de los mosaicos wésternianos más complejos de la era silente, apoyado en una poética del paisaje que crearía escuela. Hacia 1913 concibió, con el actor William S. Hart, el personaje de Río Jim, un cowboy de rostro y maneras monolíticos que hizo frente a los otros dos actores emblemáticos del género en esa época de aprendizaje, Gilbert M. Anderson (…) y Tom Mix (un auténtico ranger de Texas que antes de aparecer en una pantalla capturando bandidos ya los había detenido en su trabajo cotidiano).

Escena de El caballo de hierro. Imagen: Fox.
Escena de El caballo de hierro. Imagen: Fox.

A esta producción pertinaz de wésterns en serie hay que añadirle los cánones narrativos establecidos por David W. Griffith en El nacimiento de una nación (1914). En esta gran producción, que contó con la presencia de John Ford como figurante y de Raoul Walsh como asesino de Lincoln, Griffith marca las pautas sintácticas características del lenguaje cinematográfico clásico y abre las vías para la solidificación del género.

De esta manera, en las décadas de los veinte y treinta del pasado siglo, la industria se afana en la realización de wésterns épicos, epopeyas enmarcadas en paisajes naturales y con el punto de mira argumental centrado en las vicisitudes de pioneros y colonos. La caravana de Oregón (1923), de James Cruze, El caballo de hierro (1924), de Ford, La gran jornada (1930), de Walsh, Cimarron (1931), de Wesley Ruggles, o Unión Pacífico (1939), de De Mille, son ejemplos de la construcción afanosa de la sociedad moderna. Al mismo tiempo, la figura prototípica del pistolero se iba moldeando en espacios fronterizos, silvestres y propicios a la violencia. Gary Cooper en El virginiano (1929), de Victor Fleming, y Fred MacMurray en The Texas Rangers (1936), de King Vidor, demuestran el auge de jinetes justicieros de gatillo precoz. Sin embargo, será el maestro Ford quien, mediante la encarnadura aportada por John Wayne, cree al primer pistolero inolvidable con el Ringo Kidd de La diligencia (1939), además de revolucionar el género con este film, inspirando e influenciando a infinidad de cineastas.

Escena de La diligencia. Imagen: United Artists.
Escena de La diligencia. Imagen: United Artists.

La consciencia del wéstern

Salvo en el apartado de la serie B, la Segunda Guerra Mundial conllevó un cierto relajamiento de la producción de films del Oeste. Entre los principales motivos no es el menor el hecho de que la industria se pusiera en pie de guerra propagandística priorizando historias que sirvieran de acicate a la moral de la población estadounidense. Como excepción, William A. Wellman rodó The Ox-Box Incident (1943), sobresaliente crítica a la infame masa cobarde y, como también había hecho Fritz Lang en Furia (1939), alegato en contra de la ley de Lynch.

Después de la guerra, el wéstern se vuelve más reflexivo, dúctil y consciente de sus patrones y posibilidades expresivas. En cierta manera, la contienda bélica oscureció la visión de la violencia y sus trágicas consecuencias. Esta nueva perspectiva sombría y con unas coordenadas morales mucho más ambiguas se aprecia en la mayor parte de los wésterns de Anthony Mann —Winchester’73 (1950), La puerta del diablo (1950), Colorado Jim (1953), El hombre de Laramie (1955), Cazador de forajidos (1957) o El hombre del oeste (1958), de Ford Pasión de los fuertes (1946), Fort Apache (1948), La legión invencible (1949), Centauros del desierto (1956) y El hombre que mató a Liberty Valance (1962) o en Río Rojo (1948), de Hawks.

Escena de El hombre que mató a Liberty Valance. Imagen: Paramount Pictures.
Escena de El hombre que mató a Liberty Valance. Imagen: Paramount Pictures.

Al mismo tiempo, la llamada generación de la violencia aportó un reflejo virulento de la misma a través de relatos heterogéneos que además insuflaron aires renovadores y enérgicos. En este punto cabe mencionar algunas de las aportaciones al género de Sam Fuller —I shoot Jesse James (1949), Yuma (1957), Forty Guns (1957)Richard Fleischer Arena (1953), Bandido (1956), Duelo en el barro (1959)Don Siegel Duelo en Silver Creek (1952), Estrella de fuego (1960), Dos mulas y una mujer (1969), El último pistolero (1976)Richard Brooks La última caza (1956), Los profesionales (1966) y Muerde la bala (1975)Robert Aldrich Apache (1954), Veracruz (1954), El último atardecer (1961), La venganza de Ulzana (1972).

El género, pues, experimentó una transformación que paulatinamente lo alejaba del primitivismo original. Es así como el wéstern reviste análisis psicológicos, tórridos romances y velada crítica social. Para esta nueva fase del género, los franceses (¡cómo no!) acuñaron el término superwésternSolo ante el peligro (1952), de Fred ZinnemannRaíces profundas (1953), de George StevensJohnny Guitar (1954), de Nicholas RayHorizontes de grandeza (1958), de William Wyler, entre otras.

Por otra parte, acorde con la realidad social norteamericana, el wéstern aborda la revisión sobre la colonización y sus efectos sobre la población indígena. La comprensión del otro marca filmes como las citadas Flecha rota y Apache, El último combate (1964)de Ford, o el panfleto progre Pequeño gran hombre (1970), de Arthur Penn. La mala conciencia no es ajena a la consciencia.

Escena de Pequeño Gran Hombre. Imagen: 20th Century Fox.
Escena de Pequeño Gran Hombre. Imagen: 20th Century Fox.

La belleza sanguínea del atardecer

En los sesenta, los grandes pioneros del género sufrían la (pre)jubilación forzosa. Los tiempos estaban cambiando y el wéstern empezó a adoptar un rictus nostálgico, cuando no anacrónico. Los directores Andrew Victor McLaglen (hijo del actor fordiano Victor McLaglen) y Burt Kennedy (guionista de Bud Boetticher) intentaron con buena voluntad volver a galvanizar el ajado lejano Oeste. Pero las intenciones honestas no iban acompañadas del talento necesario. Sin embargo, ahí estaba un tipo para iniciar la tarea de demolición del mito: Sam Peckinpah, quien junto al David Miller de Los valientes andan solos (1962), inaugura el crepúsculo irremisible del wéstern con Duelo en la alta sierra (1962). Tiroteará implacablemente al género en Grupo salvaje (1969), La balada de Cable Hogue (1970) y Pat Garrett y Billy The Kid (1973). Y pese a que el wéstern todavía atraía a cineastas (muchas veces alejados de su lenguaje e iconografía) tales como Sydney Pollack en Las aventuras de Jeremiah Johnson (1972), Michael Cimino en La puerta del cielo (1980), Lawrence Kasdan en Silverado (1985) y Wyatt Earp (1993) o Kevin Costner en Bailando con lobos (1990), fue el heredero de los viejos y curtidos clásicos quien disparó la última bala. Clint Eastwood en Sin perdón (1992).

A veces, sin embargo, el espectro del wéstern (re)aparece y nos devuelve aquel nimbado universo legendario. La última vez lo hizo en pantalla pequeña. Con las tres temporadas de la monumental Deadwood (2004-06).

Escena de Deadwood. Imagen: HBO.
Escena de Deadwood. Imagen: HBO.

Veinticinco wésterns para quitarse el stetson

Advertencia: como suele suceder en este tipo de cribas, no están todos los que son pero son todos los que están. La lista, además, y pese a pretender una panorámica amplia y razonable, es personal e intransferible. Manda la entraña.

La diligencia (1939), de John Ford

Con La diligencia, el wéstern llega a su mayoría de edad. Partiendo del relato Bola de Sebo de Guy de Maupassant, Ford inaugura la madurez del género y deja su rúbrica indeleble. La cámara abalanzándose sobre John Wayne para encuadrar al mítico pistolero o la frenética persecución de la tribu india marcan un antes y un después en el wéstern, la filmografía de Ford y la carrera de Wayne.

Dodge, ciudad sin ley (1939), de Michael Curtiz

Pura artesanía del aplicado Curtiz. Este film sobresale en la producción seriada de wésterns por armonizar buena parte de los elementos iconográficos y temáticos del lejano Oeste. La llegada del ferrocarril a tierras inhóspitas, las grandes esperanzas, la construcción de núcleos urbanos como base de la civilización moderna, los nobles pistoleros y los malvados outlaw.

El forastero (1940), de William Wyler

Wyler aportó sentido y sensibilidad, una mirada reposada y reflexiva que le vino bien al wéstern. En este caso, el cowboy Gary Cooper encarna la ecuanimidad enfrentada a la arbitrariedad atrabiliaria y prevaricadora del legendario juez Roy Bean.

Murieron con las botas puestas (1941), de Raoul Walsh

Errol Flynn moldea a un Custer campechano, simpático y extravagante. A su medida. Según parece, en realidad el general fue un botarate inconsciente en toda regla. Walsh exhibe su maestría en las escenas de acción a campo abierto. Aunque los hechos no ocurrieron tal y como los narra el film, para un servidor la batalla de Little Bighorn siempre será la de Murieron con las botas puestas.

Duelo al sol (1946), de King Vidor

El productor David O. Selznick y el director consiguieron fraguar la historia de un triángulo amoroso fatal con trasfondo bíblico. Entre el pasmarote Joseph Cotten y un turbio y retorcido Gregory Peck, la ígnea morenaza Jennifer Jones lo tiene clarísimo, vamos. Ardores de bajo vientre, humedades caliginosas y amor fou entre rocas impávidas. Junto a Pradera sin ley (1955), el mejor wéstern de Vidor.

Cielo amarillo (1948), de William A. Wellman

Espectral, oscuro y desasosegante, Cielo amarillo parte de una historia del escritor W. R. Burnett que narra la escapada a través del desierto de unos forajidos hasta llegar a un pueblo fantasma. Tintes góticos y siniestros para uno de los wésterns más insólitos, misteriosos y magnéticos.

Winchester 73 (1950), de Anthony Mann

Casi como MacGuffin, el robo de un rifle (bien pudiera ser la caza de una ballena blanca) sirve para trenzar una historia errante y aventurera. Stewart compone un personaje que se repetirá en sus siguientes trabajos con Mann: un tipo obcecado, persistente en sus fijaciones y con un contorno moral difuso.

Flecha rota (1950), de Delmer Daves

Primerizo film de la tendencia pacificadora. El jefe Cochise y su tribu dejan de ser una masa amenazante y presta siempre a la batalla. Toman la palabra y tienen sus razones. También su corazón.

Encubridora (1952), de Fritz Lang

El rancho Chuck-a-Luck bien pudiera estar ubicado en Shangai, habida cuenta de que su propietaria es Marlene Dietrich. Un joven llega al tugurio repleto de delincuentes en busca de venganza. Entonces Dietrich, seductora y malévola, se marca el «Get away, young men», y el pipiolo vengativo queda hecho un flan. Una obra maestra heterodoxa.

Raíces profundas, (1953), de George Stevens

El superwéstern por excelencia. A lomos de un inmaculado corcel (tan blanco como el del Cid) llega de la nada un pistolero misterioso (tal es la potencia visual del film que la suspensión de la incredulidad incluso es capaz de pasar por alto el protagonismo del bajo Alan Ladd) que, cual ángel guardián, socorrerá a la población atemorizada y chantajeada por los matones locales. Stevens demuestra su prestante pericia en la plasmación hiperrealista de la violencia. Memorables peleas a puñetazo limpio sin los amaneramientos coreográficos tan en boga en el cine de acción actual.

Johnny Guitar (1954), de Nicholas Ray

Lírica, tórrida, sublime. El romanticismo de Ray en todo su fulgor. Faltan líneas para enumerar sus virtudes y transcribir sus diálogos sin desperdicio. Valga, por lo menos, la mención a la célebre escena de «miénteme»:

Johnny: ¿A cuántos hombres has olvidado?
Vienna: A tantos como mujeres tú has amado.

Ya le gustaría a Tarantino.

Centauros del desierto (1956), de John Ford

Para muchos, entre los que me incluyo, Centauros del desierto no es únicamente el mejor wéstern, sino que es la película (léase en mayúsculas enfáticas). La odisea de un hombre en busca de su sobrina (en verdad, su hija) esconde un abismo obsesivo de odio y venganza. Solo John Wayne podía arrastrar los pies y contonearse lentamente hacia el yermo olvido final. Solo Ford podía filmarlo con tanta dignidad, emoción y belleza.

Seven men from Now (1956), de Bud Boetticher

Otra de las sobresalientes historias de venganzas del wéstern. Seven men from Now pertenece al ciclo Ranown Cycle, en referencia a la productora Ranown, que fundó el actor Randolph Scott. Scott y Boetticher colaboraron en siete filmes de bajo presupuesto pero altísima calidad. El perspicaz Bazin era un enamorado de esta película.

El tren de las 3.10 (1957), de Delmer Daves

Howard Hawks consideraba que el sheriff de Solo ante el peligro (1952) era un llorica y carecía de ética profesional. Siguiendo las reservas del maestro, me inclino por El tren de las 3.10 como representación de la corriente psicológica. Angustiosa espera y congoja general ante la inminente llegada de los bandidos.

Forty Guns (1957), de Sam Fuller

Escrita, producida y dirigida por Fuller, Forty Guns supone uno de los filmes más personales y sugestivos de la filmografía del cineasta. Enérgica, expeditiva, original y con algún toque barroco en su planificación marca de la casa.

Río Bravo (1959), de Howard Hawks

El maestro de la profesionalidad y la camaradería trasladó su concepción del trabajo bien hecho en equipo al wéstern. Después de este film (que versionaría con variantes en 1966 con El Dorado y en 1970 con Río Lobo), mil veces hemos visto en pantalla a un grupo atrincherado y defendiéndose de todo tipo de ataques. Asalto a la comisaría del distrito 13 (1976) de John Carpenter tal vez sea el homenaje más rendido a Río Bravo.

El hombre de las pistolas de oro (1959), de Edward Dmytryk

La ciudad de Warlock sirve de escenario a una historia de amistad, viejos rencores, antagonismo y redención. Violencia contenida, verbalizada y finalmente resuelta a balazos. En la tensión confrontada de primeros planos se masca la tragedia, que diría un radiofonista futbolero.

El hombre que mató a Liberty Valance (1962), de John Ford

Enésima y última lección insuperable de Ford. Tanto es así que algunos la consideran su mejor obra. Por encima de Centauros… En todo caso, el ocaso del género se inicia con el asesinato de Liberty Valance. Y un apotegma a manera de epítome: «Cuando la realidad se convierte en leyenda, imprimimos la leyenda».

Los profesionales (1966), de Richard Brooks

Desencantados, cínicos, achacosos y con la melancolía corroyéndoles las miradas. Así son estos profesionales que no por ello dejan de hacer bien su trabajo. Brooks firma un wéstern de supervivientes incapaces de tomarse en serio ni a sí mismos. Saben demasiado sobre las derrotas de la vida.

El póker de la muerte (1968), de Henry Hathaway

Como en La noche del cazador, Mitchum interpreta a un predicador atípico en este no menos atípico film del eficaz artesano Hathaway. Mezcla de thriller, suspense, policiaco, El póker de la muerte gira en torno a una mesa de juego y el asesinato de los jugadores. Agatha Christie con sombrero stetson y revólver al cinto.

La balada de Cable Hogue (1970), de Sam Peckinpah

Un año después de Grupo Salvaje, Peckinpah rodó este canto triste a un pasado perdido. El público esperaba tiroteos a mansalva y se encontró con esta lúcida balada sobre el desarraigo de un hombre que se refugia en el amor de una prostituta (¡cuántas putas en la vida y en el cine de Peckinpah!). Nada acompaña a la épica, sino más bien a una aceptación resignada de su pérdida y a la añoranza de tiempos míticos (y mitificados) en los que esta era posible.

El día de los tramposos (1970), de Joseph L. Mankiewicz

Trampantojo, farsa de pícaros, comedia dramática, charada. Mankiewicz finge filmar/firmar un wéstern, pero en realidad está rodando otra cosa. El día de los tramposos no es un wéstern. ¡Qué más da! Es un Mankiewicz, y por lo tanto, merece la inclusión en cualquier lista de los mejores.

El juez de la horca (1972), de John Huston

Tal vez no sea un wéstern tan bien construido como Los que no perdonan (1960). Tal vez adolezca de arritmias y caídas de interés, digresiones deshilachadas y cierta desidia formal. Sin embargo le tengo mucho cariño a este excéntrico Roy Bean escu(l)pido por Newman. Como el propio Huston, el juez hace lo que le da la real gana.

La venganza de Ulzana (1972), de Robert Aldrich

Tras Apache y Veracruz, el dúo Lancaster/Aldrich se despide del wéstern con un film que es más mirada al pasado que recreación del presente. La última misión antes de la jubilación merecida está filmada con sabiduría provecta y un escepticismo acumulado con los años al galope persiguiendo indios. Reflexiva y crepuscular.

Sin perdón (1992), de Clint Eastwood.

El último clavo del ataúd. La obra maestra solitaria y final. Otra vuelta de tuerca al discurso fordiano de El hombre que mató a Liberty Valance. La realidad que esconde la leyenda es profundamente sucia, desagradable y soez. El mejor tirador no es el más rápido y audaz, sino el que tiene sangre ofidia e instintos criminales. Eso sí, paciente lector: si ha pensado en decorar su pocilga con el cadáver del amigo de William Munny, le recomiendo que consiga un revólver y olvide los escrúpulos a la hora de apretar el gatillo.

Escena de Johnny guitar. Imagen: Republic Pictures.
Escena de Johnny guitar. Imagen: Republic Pictures.


La leyenda de Billy el Niño (y IV): Cacería, fuga y muerte

Anuncio en prensa con el que el gobernador Wallace puso precio a la cabeza de Billy el Niño, vivo o muerto.(Foto: DP)
Anuncio en prensa con el que el gobernador Wallace puso precio a la cabeza de Billy el Niño.(Foto: DP)

(Viene de la tercera parte)

No os culpo por escribir las cosas que habéis escrito. Os tuvisteis que creer esas historias, aunque de todas maneras ya no sé si alguien se lo creería si decís algo bueno sobre mí. (Billy el Niño, a un reportero tras su captura).

A Patrick Floyd Garrett se lo podría describir como un tipo duro. Tenía treinta años cuando fue elegido nuevo sheriff del condado de Lincoln. No era ajeno a las duras condiciones de la vida en la frontera, cuyas vicisitudes había experimentado en primera persona. Se había ganado la vida como cowboy, como cazador de búfalos y también como jugador de cartas. Fueron su carácter rocoso y su buena fama como tirador las características que le ayudaron a hacerse con ese delicado puesto justo cuando el condado estaba sumido en el caos. Pero era un hombre que inspiraba respeto. Las varias fotografías suyas que se conservan nos lo muestran como un individuo de gesto severo; además medía un metro y noventa centímetros, lo que le hacía ser mucho más alto que la media de la época. Pero por encima de todo se sabía que había matado en defensa propia, así que no era un hombre con el que se pudiese bromear. Eso sí, nunca hubiésemos oído hablar de él si no fuese porque ocupó el puesto de sheriff en el momento indicado. Su fama, como resume una placa conmemorativa erigida en su lugar de nacimiento, consiste en haber sido «el hombre que mató a Billy el Niño».

Pat Garrett (foto: DP)
Pat Garrett (foto: DP)

Se sabe que antes de ser nombrado sheriff conocía personalmente a Billy. Ambos habían coincidido en Fort Sumner cuando Garrett se dedicaba al póquer, ocupación que junto a su estatura le ganó el sobrenombre de Big Casino. El que ambos coincidiesen está bien documentado; de hecho no había sido inhabitual verlos jugando en la misma mesa. En algunas novelas y películas se los cita por los respectivos apodos de Big Casino y Little Casino, que suenan demasiado bien para no parecer parte de la mitología, pero que sí pudieron ser apodos reales. No resulta inverosímil que en Fort Sumner bautizasen así a tan peculiar pareja de juego. Eso sí, el tipo de relación que hubo entre ambos cuando jugaban juntos resulta difícil de determinar. Para empezar, como ya comentamos en algún episodio anterior de esta serie, las memorias de Garrett son cualquier cosa excepto fiables. Algunos historiadores creen que ambos pudieron ser amigos, incluso cómplices en algún robo de ganado, porque siendo ya sheriff, Garrett demostraría conocer bien los hábitos de Billy. Sin embargo, los testimonios coinciden en que cuando Billy supo que Pat Garrett se presentaba al cargo de sheriff, recibió la noticia con poco entusiasmo. Por lo que sabemos, no da la impresión de que fuesen enemigos enconados a priori, pero tampoco de que hubiese una gran simpatía mutua. Billy quería un sheriff que se mostrase comprensivo hacia su caso y su actitud ante el nombramiento de Garrett parece indicar que pensaba que no iba a ser así. Además hay otro hecho indudable: desde que recibió su estrella, Pat Garrett se mostró implacable en la cacería.

Pat Garrett a la caza de Billy el Niño

Cuando decimos que no necesariamente eran enemigos, eso no significa que Garrett no tuviese buenos motivos para convertir al joven Billy en el principal objetivo de su agenda. No porque fuese el peor forajido del territorio, sino porque por entonces su fama se había desbocado. La prensaba hablaba de Billy como si fuese el responsable de los males de Nuevo México. Los periodistas recurrían a toda clase de exageraciones sensacionalistas para adornar sus textos. Le atribuían una veintena de asesinatos, cuando en realidad había estado involucrado en muchos menos y judicialmente se le acusaba únicamente de dos. Se podría objetar que un criminal es un criminal con independencia del número de personas a las que ha matado, y esto es cierto, pero esta idea no funciona así a nivel periodístico. El peculiar personaje de Billy, pintado con los trazos de un demonio de la frontera que tenía cara de escolar, había captado la atención de muchos lectores. Los periódicos, claro, respondían ofreciendo más y más titulares sobre su persona. Por entonces la prensa ya le había adjudicado el apodo de «Billy el Niño», cuyo uso se extendió de inmediato frente al apodo de «el niño Antrim» con el que se lo había conocido siempre en Lincoln. En todo caso, la sola mención de Billy el Niño excitaba la imaginación del público. Su fama rivalizaba con la de Victorio, un importante jefe guerrero apache —aliado de Jerónimo y Cochise, nada menos— que había sembrado el terror en el estado. Victorio, capturado aquel mismo verano, era una figura legendaria de la que se había oído hablar incluso en Europa, pero Billy estaba a punto de superarlo en renombre.

La primera consecuencia de aquella fama fue que se convirtió en el primer objetivo de la ley. El gobernador Lew Wallace volvió a poner precio a su cabeza, pero esta vez no lo buscaba vivo como testigo. Eso sí, lo hizo mediante un anuncio en prensa: pese a lo que dicen las leyendas, nunca hubo un cartel de «Wanted Dead or Alive» colgado en las paredes y si alguna vez ven ustedes alguno, se trata sin duda de una falsificación. El anuncio decía así:

BILLY EL NIÑO
Recompensa de $500
Pagaré $500 a cualquier persona o grupo de personas que capture a William Bonny (sic), alias el Niño, y lo lleve ante cualquier sheriff de Nuevo México.
Se requerirán pruebas satisfactorias de su identidad.

El mensaje estaba claro: «Se requerirán pruebas satisfactorias de su identidad» implicaba que el precio sería pagado por Billy vivo, o por Billy muerto. Las cosas, pues, se le ponían más y más difíciles. Era un objetivo cada vez más débil. La banda con la que cabalgaba estaba reducida a cinco miembros, incluyéndolo a él. Estaba cansado de huir. Pese a que el gobernador Wallace hubiese incumplido la promesa de aplicarle la amnistía general que había proclamado tras la Guerra de Lincoln, Billy continuaba evitando verse involucrado en más actos violentos, confiando todavía en llegar a algún tipo de acuerdo con las autoridades. Se lo comunicó mediante carta a un abogado, Ira Leonard, con quien se citó en White Oaks, el típico poblado del Oeste tendido en hilera sobre una calle principal, como tantos que hemos visto en las películas. Sin embargo, por motivos que no se conocen bien pero que probablemente tuvieron que ver con su condición de fugitivo, Billy no se presentó a la cita. Leonard esperó durante días en vano.

Pat Garrett, entre tanto, reunió a un grupo de ayudantes y pasó varias semanas enfrascado en una trabajosa persecución. Ya era invierno, estaba nevando y las condiciones del terreno no eran las idóneas para una búsqueda como aquella. Además Billy todavía tenía muchos amigos en el condado que estaban dispuestos a esconderle. Pero Garrett era listo y estaba bien informado sobre los patrones de movimiento del Niño. Además, da la sensación de que también sabía leer el carácter de Billy. Fue a Fort Sumner esperando encontrarlo allí, y no estaba en el pueblo, pero Garrett también tenía sus contactos y no tardó en averiguar que Billy se ocultaba en un rancho cercano. Según se cuenta, le envió una nota, supuestamente escrita por algún compinche, en la que le daba el falso soplo de que el sheriff había partido hacia Roswell, la misma localidad que hoy es famosa por el supuesto accidente de un platillo volante (no puede decirse que en Nuevo México no tengan historias que contar). La nota, como es obvio, pretendía conseguir que Billy se confiase y abandonase el rancho. Esperando esta reacción, el grupo de Garrett tendió una trampa en mitad del camino que unía el rancho y Fort Sumner. Apostándose tras la vegetación, esperaron a que apareciesen Billy y los suyos. La emboscada funcionó. En plena noche, tras una larga espera, vieron aparecer a varios hombres a caballo. Era la menguada banda de Billy. Aunque no se podía distinguir bien cuál de ellos era realmente, Garrett debía de tener prisa, ya que dio la señal para que sus hombres abriesen fuego de inmediato. El primero de los jinetes, Tom O’Folliard, fue alcanzado por un disparo en pleno pecho, mientras los demás salían huyendo. Garrett y sus ayudantes se acercaron a O’Folliard, que estaba muy malherido. Comprobaron que no se trataba de Billy. Lo llevaron al interior de una cabaña cercana y lo pusieron cerca del fuego. Allí, tendido sobre el suelo, O’Folliard agonizó y murió mientras el sheriff y sus hombres jugaban a los naipes.

El primer intento de Garrett había fallado por muy poco. Pero no era un hombre que perdiese demasiado el tiempo. Aquella noche apenas dejó dormir a sus ayudantes; todavía estaba oscuro cuando reanudó la persecución pese a la nieve y pese a la escasa visibilidad. Pensó que Billy lo supondría a él descansando durante la noche para reemprender la persecución al amanecer, y que por tanto se permitiría el lujo de dormir toda la noche. Garrett acertó y su empeño tuvo recompensa. Salió cuando las huellas de los fugitivos estaban frescas y pese a la oscuridad consiguió seguir su rastro hasta un paraje de funesto nombre, Stinking Springs, «manantiales hediondos». Allí, en el exterior de una pequeña y primitiva caseta de piedra abandonada, estaban atados los caballos de los fugitivos, que sin duda dormían en el interior. El sheriff y sus hombres se apostaron en el exterior, a cierta distancia para no hacer ruido, y esperaron a que amaneciese. Tarde o temprano, su objetivo terminaría saliendo.

La primitica casa de piedra donde Pat Garrett capturó a Billy el Niño (foto: DP)
La primitica casa de piedra donde Pat Garrett capturó a Billy el Niño (foto: DP)

Al despuntar el día, en efecto, vieron salir a un hombre. El impetuoso Garrett pensó que era Billy cuando creyó reconocer el sombrero ancho que este siempre llevaba puesto, así que ordenó abrir fuego. Una vez más, se equivocó. El hombre era Charlie Bowde, que fue alcanzado por varios disparos. Aunque consiguió volver a meterse en la caseta, estaba muy malherido y entendió que necesitaba ayuda médica. Desde el interior de la casa pidieron a Garrett que permitiese salir a Bowde. Garrett dio su permiso. Bowde apareció de nuevo, tambaleándose, y caminó lentamente hacia donde estaba el sheriff, aunque solo consiguió desplomarse sobre la nieve antes de llegar. No sobrevivió. Hoy, sus restos permanecen enterrados junto a los de Billy.

Transcurrieron las horas. Dentro y fuera de la casa, la tensión acumulada empezaba a pasar factura. Pero Billy, que se crecía en las situaciones de emergencia, ideó un osado plan de fuga consistente en aprovechar alguna distracción de sus perseguidores para meter los caballos en la caseta y después salir al galope desde dentro. Como ya había hecho en el asedio de la casa de Alexander McSween, su espíritu resultó contagioso. A punto estuvieron de conseguir meter un caballo, pero Pat Garrett se percató de la maniobra y disparó al pobre animal, cuyo cuerpo quedó tendido en el umbral de la puerta, bloqueándola y haciendo imposible un intento de huida. Billy y sus compañeros supieron que estaban atrapados. Al principio se negaron a rendirse. Garrett dejó que los suyos encendiesen un fuego para preparar la comida, sabiendo que el olor llegaría a los hambrientos prófugos. Después, en voz alta, los invitó a salir y unirse al festín. Una voz llegó desde dentro; era la respuesta de Billy: «¡Vete al infierno!».

Pero no pudo más que terminar entendiendo lo desesperado de su situación. Su captura, o su muerte, era cuestión de horas. Garrett no se iba a marchar. Garrett tenía comida y ellos no. Dedujeron que lo mejor era entregarse cuando la comida que ofrecía el sheriff estaba todavía caliente. Finalmente, se rindieron y salieron de la caseta. Garrett confiscó las posesiones más preciadas de Billy, su rifle Winchester y su yegua, que después daría a sus ayudantes como pago por participar en la misión. Aun así, cumplió con su palabra y compartió sus víveres con los fugitivos. Billy el Niño, pues, comió junto a Pat Garrett antes de ser conducido a Las Vegas en condición de prisionero. En Las Vegas, por cierto, se formó una multitud de curiosos para contemplar la llegada del que ya se estaba convirtiendo en el criminal más famoso del planeta.

Un juicio amañado

En Las Vegas tomaron el tren a Santa Fe, donde Billy pasaría sus primeros días detenido. El 27 de diciembre de 1880, encarcelado, concedió su primera entrevista. Habló con un reportero de Las Vegas Gazette, explicándole los motivos por los que se había entregado: «Podríamos habernos quedado dentro de la casa pero no había nada que ganar y nos hubiésemos muerto de hambre. Pensé que era mejor salir y comer bien, ¿no crees?». También negó que hubiese seguido dedicándose al robo de ganado: «Me he ganado la vida jugando pero porque era la única manera en que podía vivir. No me han permitido establecerme. Si me hubiesen dejado establecerme, hoy no estaría aquí». Así, con las muñecas esposadas, con grilletes en los tobillos y con cierto tono de resignación, se expresaba Billy en su primer contacto con la prensa. A sus diecinueve (o quizá dieciocho) años, parecía que le costaba hacerse a la idea de que el mundo lo estuviese conociendo como el peor criminal del momento. Por momentos hasta se lo tomaba con humor. Así fue como lo describió el reportero:

Tiene un rostro desvergonzado, pero agradable. Cuando lo entrevisté entre rejas esta mañana, estaba de ánimo conversador, aunque afirmó que nada de lo que él dijese sería creído por el público. Se rio de buena gana cuando se le informó de que los periódicos del estado le han construido una reputación solamente superada por la de Victorio. El Niño afirma no haber tenido nunca un gran número de hombres junto a él y que los pocos que estaban con él cuando fue capturado eran empleados de un rancho. Esta es su declaración y la ofrecemos en lo que vale.

James Dolan (sentado) Y Bob Olinger (en pie), dos de los peores enemigos de Billy el Niño (foto: DP)
James Dolan (sentado) Y Bob Olinger (en pie), dos de los peores enemigos de Billy el Niño (foto: DP)

Como se ve, Billy recibió con carcajadas la noticia de que su fama igualaba a la de uno de los grandes jefes indios del país, y además desmentía haber sido el jefe de ninguna banda, exculpando a sus acompañantes de cualquier crimen. A su vez, sus acompañantes trataron de desmentir, con poco efecto, muchas de las exageraciones que la prensa había publicado sobre Billy. Dijeron también que Billy nunca había sido el jefe de ninguna banda, cosa que era cierta incluso si tenemos en cuenta los breves momentos de liderazgo natural que había mostrado en situaciones desesperadas.

Billy podía reírse pero no debió de alegrarle tanto comprobar que ya no tenía salida. Se estaba preparando el juicio por los asesinatos de Buckshot Rogers y el sheriff William Brady, los dos cargos de los que se le acusaba formalmente. La pena, de ser declarado culpable, podía ser la muerte por ahorcamiento. Billy tuvo serias dificultades a la hora de encontrar un abogado. Intentó contratar al defensor de uno de sus compañeros, pero como no tenía dinero, su yegua era lo único que podía ofrecer como pago. Sin embargo, el animal estaba ahora en manos de uno de los ayudantes de Pat Garrett. Aquella confiscación era ilegal y Billy presentó una demanda judicial contra el sheriff para que le fuese devuelta la yegua. La demanda no tuvo el efecto deseado y de todas maneras el abogado terminó desentendiéndose. Aunque lo peor fue, una vez más, el significativo silencio del gobernador Wallace, el mismo que le había prometido la amnistía. Billy volvió a intentar ponerse en contacto con el gobernador mediante cartas escritas desde su celda. Primero una breve nota: «Estimado señor, me gustaría verle unos momentos si dispone usted de algo de tiempo». No hubo respuesta. Meses después, ya en primavera, poco antes del juicio, volvió a escribir ofreciendo un trato. Tampoco hubo respuesta. Exasperado, envió una tercera carta:

Al Gobernador Lew Wallace.
Estimado señor:
Le escribí una breve nota antes de ayer pero no he recibido respuesta. Supongo que usted ha olvidado lo que me prometió ahora hace dos años, pero yo no, y creo que debería usted haber venido a verme como le pedí. He hecho todo lo que le prometí y usted no ha hecho nada de lo que me prometió. Creo que cuando usted reflexione sobre el asunto vendrá a verme y podré explicárselo todo.
El juez Leonard pasó por aquí de camino al este, y prometió venir a verme a su regreso, pero no ha cumplido con su promesa. Parece que me están dejando desamparado. No estoy siendo bien tratado por [mi carcelero] Sherman, que permite pasar a cualquier extraño que venga a verme por curiosidad, pero no permite entrar a ninguno de mis amigos, ni siquiera a un abogado.

(…) Confío en poder verlo a usted en algún momento hoy.
Esperando pacientemente, sinceramente suyo,
Wm. H. Bonney

Es la carta de un joven recluso al que se le estaban terminando las opciones. Llevaba varios meses encarcelado sin que las autoridades hubiesen hecho honor a los pactos previos. Además debía de sentirse como un monstruo de feria, expuesto tras unos barrotes para que los curiosos lo contemplasen. Aún faltaban ocho años para que Jack el Destripador cometiese sus crímenes en Londres, y Billy el Niño era el personaje predilecto de los periódicos. El gobernador, ni que decir tiene, continuó ignorando sus reclamos.

El juicio iba a celebrarse en el tribunal de Mesilla. En circunstancias normales hubiese debido tener lugar en Lincoln, pero había poderes interesados en que no fuese así. Billy, de hablar ante un tribunal favorable o al menos neutral, era uno de los individuos que mejor podía construir la narración de todo lo sucedido en el condado de Lincoln durante aquellos años. Una narración que pondría en evidencia al «Círculo» de autoridades corruptas que todavía dominaba el estado. En Lincoln hubiese habido muchos testigos dispuestos a corroborar esa versióny hablar en favor de Billy. Muy interesados en eliminar al que ya era símbolo del bando perdedor en la Guerra de Lincoln, desde el Círculo presionaron para que el juez de Mesilla se ocupase del caso. Y el juez de Mesilla, claro, estaba bajo el control de los enemigos de Billy.

El juicio fue rápido, expeditivo y muy irregular. Billy no solamente era el único acusado en dos asesinatos cometidos en grupo, sino que el juez demostró ser un perfecto servidor de los intereses del bando ganador en la Guerra de Lincoln. Durante la primera jornada, sin embargbo, Billy fue brillantemente defendido por el abogado Ira Leonard, que hizo un buen trabajo al conseguir que el primero de los cargos contra el acusado (el asesinato de Buckshot Rogers) quedase desestimado por cuestiones de jurisdicción territorial. El abogado lo hizo tan bien que al día siguiente el juez —que no podía permitir la más mínima posibilidad de que Billy quedase también exento del segundo cargo— decretó la sustitución de Leonard. Aparecieron en la sala un par de abogados más cercanos a los intereses del Círculo, y desde luego menos dispuestos a salvar a su defendido. Las arbitrariedades del juez no terminaron ahí. Por ejemplo, no se permitió la escucha de testimonios favorables a Billy. En su contra, en cambio, sí declararon algunos hombres que habían estado implicados en asesinatos pero que ahora gozaban de la amnistía gubernamental. La guinda de la prevaricación del juez fue su alegato final, que parecía más propio del fiscal. Aunque siendo juez debía mantenerse neutral y limitarse a dictar sentencia según resultase el dictamen del jurado, condicionó a este diciendo cosas como «una vaga conjetura o la mera posibilidad de que el defendido sea inocente no es suficiente para provocar una duda razonable sobre su culpabilidad», o «para justificar un veredicto de culpabilidad no es necesario que estén ustedes [los miembros del jurado] tan seguros de que el defendido es culpable como lo están de que dos y dos son cuatro». El juez, pues, le estaba diciendo al jurado que Billy era culpable por defecto. Incluso asumiendo que Billy fue con mucha probabilidad el responsable directo de la muerte del sheriff Brady (como mínimo fue cómplice activo), la actitud del juez de Mesilla pone de manifiesto que ante el tribunal no estaban consiguiendo probar su culpabilidad con total certeza, ni siquiera impidiendo testimonios a su favor o boicoteando a su abogado. Se había necesitado condicionar al jurado. Aunque Billy no fuese inocente, el juicio sí constituyó una farsa con el fin único de condenarlo a la horca. El jurado lo declaró culpable. Era un 13 de abril. Billy el Niño quedó sentenciado a la horca. La fecha de su ejecución quedó establecida para el 13 de mayo, justo un mes después. El lugar sería el condado de Lincoln, a donde debía ser trasladado a continuación.

Juzgado de Lincoln, escenario de la espectacular fuga final de Billy el Niño (foto: DP)
Juzgado de Lincoln, escenario de la espectacular fuga final de Billy el Niño (foto: DP)

La fuga

Tras el juicio, Billy empezó a sentirse molesto con algunos periodistas, que a sus ojos estaban tratando de «provocar a la multitud para que me linchen». Estaba dándose cuenta de que lo retrataban como a un monstruo. El viaje a Lincoln puso a prueba su compostura. Se le adjudicó una escolta de siete hombres que le dejaron las cosas bien claras desde un inicio: no iban a dejar el más mínimo resquicio para una posibilidad de escape. Le hicieron saber que, de producirse un ataque externo ya fuese de sus partidarios queriendo rescatarlo o de sus detractores queriendo lincharlo, el asunto sería solucionado de manera preventiva metiéndole una bala en la cabeza. Para colmo, entre sus guardianes figuraban tres pistoleros que habían peleado contra él en la Guerra de Lincoln, incluyendo a uno de sus enemigos más acérrimos, Bob Olinger, que había matado a uno de sus mejores amigos.

Imaginen sus pensamientos durante los cinco días que duró el traslado, sabiendo que ante cualquier incidente la primera medida sería la de volarle la cabeza. Y si no, tenía la horca esperando en cuestión de semanas. Aun así, parece que conservó el buen ánimo, según recuerdan los testigos. Uno de sus guardianes diría después que «nunca, ni de palabra ni en acto, mostró sus prejuicios, si es que los había». Esto, sin embargo, no evitó que su odiado Olinger se divirtiese maltratándolo. Cuando llegaron a Lincoln, Billy fue encerrado en una celda del juzgado. En el turno de guardia diario solían estar Bob Olinger y un individuo más amable llamado James Bell. Olinger llegó a someter a Billy a torturas y palizas. Parece que fue el único y que los demás guardias se abstuvieron de actuar con violencia, comportándose con corrección, incluso con respeto y simpatía. Pero nadie tuvo el valor o la entereza de pararle los pies al sádico Olinger. Billy, por su parte, no iba a olvidar ni perdonar esos maltratos.

Lo que nadie esperaba era que Billy volviese a fugarse. Parecía imposible. Llevaba esposas y grilletes. Estaba desarmado. No era un individuo particularmente fuerte. Pero durante su agitada vida, todas las veces que había sido detenido o capturado había conseguido escapar. Este es uno de los aspectos más llamativos de su leyenda, que por una vez sí responde a la realidad. Y esta, su última captura, la que desembocó en su juicio y condena a muerte, no fue una excepción. Su fuga iba a dejar atónito a todo el país.

Cada día, Olinger y los ayudantes del sheriff Pat Garrett iban a comer a una cantina que había justo enfrente del juzgado. Por turnos, uno de ellos se quedaba de guardia vigilando a Billy, que estaba en su celda, esposado y con las piernas encadenadas entre sí. Todo parecía en orden y nadie podía imaginar que el Niño intentaría una huida. Sin embargo, había un pequeño detalle en el que no habían reparado: el modelo de esposas que Billy llevaba puestas. Aunque por entonces ya se habían inventado las esposas regulables, eran una novedad tecnológica de la que solamente disponía la policía de grandes ciudades. En Lincoln, al menos, continuaban con el sistema antiguo de esposas rígidas que se vendían por tallas. Resultó que Billy, gracias al pequeño tamaño de sus muñecas, descubrió una manera de zafarse de las que llevaba puestas. El 28 de abril, Billy acababa de perfeccionar la técnica para desembarazarse de sus esposas. Durante la hora de la comida, decidió que había llegado el momento de intentarlo, porque además Pat Garrett no estaba en el pueblo. Su vigilante de guardia era James Bell, a quien consideraba menos duro que Olinger. Pidió ir al retrete. Bell lo sacó de la celda. Billy, esposado y encadenado, caminaba delante. Su guardián iba detrás, con la pistola enfundada. De repente, cuando estaban junto a las escaleras que conducían a la planta baja, Billy se dio la vuelta con la velocidad del rayo. Estaba libre de las esposas. Con un felino movimiento golpeó a Bell en la cabeza y le arrebató el revólver del cinto. Luego le apuntó, pidiéndole que se quedase quieto para no tener que dispararle (como decíamos, Bell era el guardia que mejor lo había tratado). Pero Bell comenzó a correr escaleras abajo. Billy, que llevaba grilletes y no podía alcanzarlo, se limitó a dispararle. El disparo fue mortal. El cuerpo de Bell quedó tendido al pie de la escalera. Aquel fue el único asesinato del que Billy verdaderamente se arrepintió porque no tenía nada en contra de su víctima.

Pero todavía no tenía tiempo de lamentar su acción. Sabiendo que el disparo haría regresar a Olinger, pensó que necesitaba algo más certero que un revólver, arma que resultaba eficaz a muy corta distancia pero no cuando el objetivo estaba algo más alejado. A toda prisa, corriendo —es un decir— con sus grilletes, fue al despacho de Olinger, donde sabía que este guardaba un rifle Winchester que en ocasiones había usado para golpearle y torturarle. El rifle Winchester, además, era el arma predilecta de Bily. Armado con él, se asomó a la ventana para localizar a Olinger. Esta vez sí estaba dispuesto a matar a sangre fría al hombre que lo había torturado. Vio a Olinger cruzando apresuradamente la calle en dirección al juzgado. Billy gritó desde la ventana: «¡Hola, Bob!». Este, sorprendido, miró hacia arriba y vio a Billy con su Winchester. Según cuenta la leyenda, en aquel momento salió un empleado del juzgado gritando «¡Billy ha matado a Bell!», a lo que Olinger, a descubierto en mitad de la calle bajo la mira de un tirador con puntería infalible, respondió proféticamente: «Sí, ¡y me ha matado a mí también!». Fuesen o no pronunciadas esas palabras de película, lo que sí es un hecho es que la célebre puntería de Billy el Niño continuaba intacta. Disparó desde la ventana y Olinger cayó muerto a la primera.

Billy bajó y salió al exterior del juzgado, acompañado por algunos amigos que habían acudido corriendo al escuchar los disparos (uno de ellos le oyó murmurar una disculpa cuando pasaba junto al cadáver de Bell). Usaron un pico para intentar quitarle los grilletes. Nadie intentó detenerlo. Según contaría después Garrett, la gente le tenía demasiado miedo a Billy, aunque parece más verosímil y consistente con otras fuentes la versión de que la población local simpatizaba con él. Billy, de hecho, llegó a hablar con los presentes, diciéndoles que no había sido su intención matar a Bell. Eso sí, Billy permanecía con un arma en la mano, impidiendo que se le acercase nadie excepto sus amigos más cercanos. Cuando finalmente consiguió montar a caballo para salir de Lincoln, todavía llevaba un grillete en uno de los tobillos. Una vez más, estaba en libertad. Esta última hazaña de su carrera iba a convertirlo, ya definitivamente, en el criminal más famoso del mundo.

En la esquina superior izquierda, la única fotografía certificada que existe de Billy el Niño. El resto son fotos de la misma época que se han pretendido hacer pasar por suyas, pero sin que exista una constancia clara de que lo son.
En la esquina superior izquierda, la única fotografía certificada que existe de Billy el Niño. El resto son fotos de varios individuos que datan de la misma época y que se han pretendido hacer pasar por suyas, pero sin que exista una constancia clara de que lo son.

 Epílogo

Billy era muy querido en Fort Sumner y tenía muchos buenos amigos, que estaban muy indignados con Pat Garrett. Si hubiese estado presente algún líder local, Garrett y sus dos oficiales hubiesen recibido el mismo destino que ellos le dieron a Billy (Frank Lobato, residente de Fort Sumner).

Garrett tenía miedo de volver a la habitación para asegurarse de comprobar a quién había matado. Yo entré y fui la primera en descubrir que habían matado a mi chiquillo. Odié a aquellos hombres y soy feliz por haber vivido lo suficiente como para verlos a todos muertos y enterrados (Deluvina Maxwell, sirvienta y amiga de la novia de Billy).

La opción más sensata para cualquiera en la situación de Billy era la de dirigirse al sur, hacia México. Si lograba cruzar la frontera estaría fuera del alcance de la justicia estadounidense. Pero Billy era joven e incauto. Es muy probable que cuestiones sentimentales le hiciesen permanecer en Nuevo México, donde tenía una novia, amigos y un entorno que era lo más parecido a una familia. También es posible que pensara que allí tenía gente que lo protegía mientras que en México estaría a merced de los cazadores de recompensas. Quién sabe lo que pasaba por su cabeza. Lo único seguro es que no se marchó. Aquel fue su último error.

Pat Garrett, huelga decirlo, se había lanzado de nuevo en su busca. Esta vez tenía un abanico mucho más restringido de posibles escondites. Con una condena de horca pendiente, Billy no confiaría su suerte a cualquiera. De hecho, como ya contamos en la primera parte de esta serie, se refugió en casa de la familia mexicana Maxwell, con una de cuyas hijas, Paulita, estaba manteniendo una relación. Al astuto Garrett no le costó encontrar su pista. Recordarán que contamos cómo el sheriff entró en la casa, interrogando en la penumbra al hermano de Paulita, Pete Maxwell. Y cómo Billy, casualmente, salió al exterior para buscar algo de comer y vio a un par de hombres merodeando; eran los dos ayudantes de Garrett, aunque él no lo sabía. Cuando volvió a entrar en la casa para avisar a su amigo Pete, distinguió dos siluetas en vez de una en la oscuridad de la habitación. Sin sospechar quién era el misterioso visitante, preguntó en español:

¿Quién es? ¿Quién es?

Al oír aquella voz, Garret disparó dos veces. Una de las balas alcanzó a Billy, que cayó al suelo. En la oscuridad, Garrett y Pete Maxwell escucharon una especie de gruñido en el que podían percibir el borboteo de la sangre. Pocos instantes después, el silencio. Billy el Niño había muerto. Garrett salió de la habitación sin comprobar que aquel era cadáver de Billy. Parecía trastornado por la situación. Fueron los amigos de Billy quienes comprobaron su identidad mientras Garrett permanecía en el exterior. Los disparos alertaron al vecindario, cuyos habitantes empezaron a acercarse a la casa para encontrarse con un singular espectáculo: Paulita Maxwell gritando y llorando mientras daba puñetazos en el pecho de Pat Garrett.

La investigación posterior determinó que la muerte de Billy el Niño se había producido en legítima defensa, porque Billy llevaba en la mano el cuchillo con el que había pretendido cortarse un filete de la despensa, motivo por el que había salido de la casa. En realidad Billy no había atacado a Garrett. La versión oficial de los hechos era falsa, pero nadie la iba a contradecir. Entre tanto, la noticia saltó a los periódicos de ambos lados del Atlántico. En la prensa británica se escribieron informes biográficos sobre sus correrías. Los diarios estadounidenses llenaron sus páginas de exageraciones que hoy pueden parecernos incluso cómicas. Un periódico neoyorquino decía que Billy dirigía un imperio criminal comparable al de las mafias de algunas ciudades europeas, cuando sus únicas posesiones habían sido un rifle y un caballo. Más delirante era la crónica de un diario de Santa Fe, que describía con tintes fáusticos el momento de la muerte de Billy. Según aquel periódico, la habitación se había llenado de olor a azufre y por unos instantes se había visto revolotear sobre el cadáver de Billy una «oscura figura con alas de dragón, garras de tigre, ojos como bolas de fuego y cuernos de bisonte».

Esas absurdas imágenes más propias de una película de terror no aparecían en la versión de los hechos que Pat Garret publicó dos años después con el título de La auténtica vida de Billy el Niño. No obstante, el libro tampoco tenía mucho de auténtico. Garrett se había convertido en un héroe, pero en Nuevo México había muchos que cuestionaban su relato de los hechos. En el libro los manipuló a su conveniencia, contradiciendo un buen número testimonios contemporáneos. Pintaba a Billy casi como un psicópata sediento de sangre y en general justificaba su propia actuación en el momento de matarlo. Pero como ya decíamos en la primera parte, la versión de Garrett, pese a no vender bien en su momento, se impuso durante mucho tiempo. La popularización de la única fotografía de Billy el Niño ayudó a trazar el retrato de un joven embrutecido, algo que se correspondía bien poco con la realidad, pero que encajaba bien con la versión oficial y sobre todo con la versión de Pat Garrett.

El recuerdo de Billy el Niño, tal y como puede reconstruirse por los testimonios de quienes lo conocieron, quedó pues sepultado bajo los mitos y exageraciones de multitud de novelas y películas. Es, por ejemplo, uno de los personajes que ha aparecido en un mayor número de largometrajes, si acaso el que más. Hoy es el nombre más célebre en la historia del salvaje Oeste. El original de su única fotografía fue vendido por una fortuna —más de dos millones de dólares— y actualmente es la séptima fotografía más cara de todos los tiempos. De hecho, ha habido quienes han intentado hacer el agosto «descubriendo» fotografías alternativas de diverso pelaje. Cada vez que se descubría una foto de la época mostrando a un joven cuyas características físicas pudiesen recordar vagamente a Billy, se pretendía haber encontrado su segunda imagen auténtica. En mi opinión no hay razones para pensar que alguna de ellas sea verdadera, excepto la que ya conocemos. Entre otros motivos porque Billy era mundialmente famoso antes de su muerte y dejó atrás muchísimos testimonios de amigos cercanos, antiguos compañeros de colegio, o personas que lo conocieron circunstancialmente. Es muy probable que ni siquiera hubiese cumplido los veinte cuando murió, así que imaginen la cantidad de gente que lo sobrevivió y que pudo haber sabido de la existencia de otras fotografías suyas. Pero ninguno de sus conocidos mencionó jamás ninguna otra. En aquellos tiempos la gente no se hacía demasiados retratos y una cámara fotográfica era una rareza, manejada casi exclusivamente por profesionales del ramo. Basta pensar que ni siquiera los reporteros de los periódicos llevaban consigo una, u hoy tendríamos más imágenes certificadas de Billy.

La vida de Billy el Niño fue una epopeya tan breve e intensa que parece nacida de la imaginación de un novelista. En cualquier caso es la perfecta metáfora de la violenta vida en aquella Norteamérica fronteriza donde muchas cosas se resolvían a base de balazos. Billy, hijo de inmigrantes y después huérfano, fue delincuente, cowboy, aventurero y, al final, la inesperada cabeza de turco de un sistema corrupto. También el espectáculo favorito de los lectores de periódicos. Todo ello en el mismo tiempo que tardaba cualquier chaval normal en terminar sus estudios. Aunque quizá nada sea tan ilustrativo para resumir la naturaleza trágica de su existencia como echar un vistazo a las últimas palabras de la última carta que Billy escribió desde su celda a una edad en que otros chavales estaban estudiando. Una carta con la que trataba de conseguir la ayuda de un abogado para conmutar su sentencia de muerte.

Disculpe por la mala escritura; estoy con las esposas puestas.
Respetuosamente suyo,
W.H. Bonney


La leyenda de Billy el Niño (III): la traición

Un grupo de Rangers tejanos, mostrando las armas y vestimentas características de la época de Billy el Niño (foto: DP)
Un grupo de Rangers tejanos, mostrando las armas y vestimentas características de la época de Billy el Niño (foto: DP)

(Viene de la segunda parte)

Billy no era una mala persona. Es decir, no asesinaba gratuitamente. La mayoría de quienes mató se lo merecían. Por descontado, no puedo defender sus robos de caballos y ganado, pero cuando consideras que le obligaron a llevar esa vida de forajido mediante los esfuerzos para asegurar su arresto y procesamiento, es difícil culpar al pobre chico por lo que hizo. Una cosa es cierta: Billy era tan valiente como lo pintan, y sabía defenderse. Le cargaron prácticamente todos los asesinatos que se produjeron en Lincoln County durante aquellos días, pero fue simplemente porque su nombre se había convertido en sinónimo de atrevimiento e intrepidez. Cuando el sheriff William Brady fue asesinado, todos condenamos el hecho. No porque a muchos de nosotros nos gustase el sheriff, sino por la manera en que sucedió. Como es natural, el asesinato de un representante de la justicia volvió a muchos de nuestros amigos en nuestra contra e hizo mucho daño a nuestro bando de cara a la opinión pública. (Susan McSweeen, viuda de Alexander McSween).

Debió de haber tenido buena madera dentro de él, ya que siempre se convertía en un experto de cualquier cosa que intentase hacer. Cuando era duro, era tan duro como cualquier hombre lo pueda llegar a ser. Demasiado duro en ocasiones, pero por entonces todo era duro en este condado. (John Meadows, amigo de Billy).

En 1878, el prestigio de Nuevo México ante el resto de la nación estaba por los suelos. El estado se había ganado justa fama de constituir el feudo de unas instituciones políticas y judiciales sumidas en un cenagal de corrupción. Y como ya narramos en episodios anteriores, la más extensa de sus comarcas había terminado inmersa en una completa anarquía, para preocupación de las altas instancias. Los sangrientos enfrentamientos entre pistoleros del condado de Lincoln habían estado ocupando las portadas de los periódicos, produciendo la sensación generalizada de que las autoridades estatales habían perdido el control de aquel territorio. Es interesante comprobar cuán lejos resonaban los escándalos que se producían en Nuevo México, porque eso ayuda a entender la enorme relevancia internacional que terminaría adquiriendo una figura como la de Billy el Niño. Aunque Nuevo México era un estado fronterizo en el que abundaban los parajes con baja densidad de población organizados como un simulacro de civilización, lo que allí sucedía tenía mucha repercusión en el exterior. Por ejemplo, para los habitantes de la costa este del país, las noticias sobre lejanos tiroteos en el Far West constituían un morboso entretenimiento. Habían transcurrido más de dos décadas desde el final de la guerra civil americana, pero en la frontera parecía no disiparse nunca el olor a pólvora. Incluso en Europa se extendía la fascinación por aquella frontera donde merodeaban los forajidos, donde la ley era poco más que un molesto ruido de fondo al que rara vez se prestaba atención. Podríamos casi decir que Nuevo México representaba en 1878 algo similar a lo que Chicago sería en 1930: un violento anfiteatro en donde ganaban fama criminales y justicieros y, por ende, un inagotable crisol de grandes historias.

El general Lew Wallace, gobernador de New Mexico y autor de la novela "Ben-Hur: A Tale of the Christ"
El general Lew Wallace, gobernador de New Mexico y autor de la novela “Ben-Hur: A Tale of the Christ” (foto: DP)

Los propios habitantes de Nuevo México no eran demasiado felices contemplando el caos en Lincoln. La capìtal del estado —Santa Fe, que era una de las ciudades más antiguas del país— contaba con un sector periodístico muy activo, cuyas informaciones sobre corrupción y un constante silbido de balas estaban atrayendo la atención nacional. Bien pudo comprobarlo Samuel B. Axtell, gobernador y protector de los caciques de Lincoln, que había hartado a diversos sectores de la sociedad por culpa de su personalidad obtusa y dictatorial, de sus contactos mafiosos y, cómo no, de su total incapacidad para pacificar el avispero en que se había convertido el condado de Lincoln. Los periódicos de Santa Fe hicieron del gobernador Axtell el blanco de sus iras, destapando muchas de las corruptelas en las que andaba mezclado, y la onda expansiva del escándalo no tardó en llegar incluso a la Casa Blanca. El presidente estadounidense Rutherford B. Hayes —aunque pertenecía también al Partido Republicano, como Axtell— difícilmente podía tolerar un foco semejante de inestabilidad y barahúnda en el país, así que ordenó a su secretario de Interior que dirigiese una investigación sobre el gobernador de Nuevo México. El secretario Carl Schurz se aplicó a ello con determinación germánica: era un inmigrante alemán, de pasado revolucionario, que tras haberse naturalizado estadounidense ocupó importantes puestos en el Senado o incluso fue embajador estadounidense en España (se dice que convenció a nuestro Gobierno para que no apoyase la causa confederada durante la guerra civil). La investigación de Schurz fue rápida y eficaz. Tanto, que Samuel B. Axtell se vio forzado a abandonar su puesto. Se designó a un nuevo gobernador, el general Lew Wallace, sobre quien recayó la difícil tarea de intentar pacificar Lincoln, aunque hoy es internacionalmente famoso por haber sido el autor de la novela Ben-Hur: A Tale of the Christ, que estaba escribiendo justo durante aquellos días y cuya adaptación cinematográfica fue una de las películas más laureadas de todos los tiempos.

Wallace entendió al instante que el hecho de que la guerra entre bandas en Lincoln se considerase finalizada no significaba que la paz estuviese garantizada. Los Reguladores habían perdido el conflicto, sí, y sus escasos miembros supervivientes, aislados, deambulaban por el territorio escondiéndose donde podían y sabiéndose perseguidos por agentes de la ley, pistoleros a sueldo de sus enemigos e incluso militares. Pero el gobernador suponía, y con razón, que aquella situación desesperada hacía de los Reguladores hombres peligrosos y que en cuanto se sintiesen acorralados responderían con violencia. Lo último que deseaba el nuevo gobernador era ver más noticias de muertes en las páginas de los periódicos, así que tomó una medida atrevida, para muchos discutible, pero que en la teoría prometía ser eficaz: proclamó una amnistía para los involucrados en la guerra de Lincoln. Quienes abandonasen definitivamente la violencia no serían perseguidos por actos que hubiesen podido cometer durante el conflicto, excepto en aquellos casos donde se hubiese iniciado ya una causa penal antes de promulgarse dicha amnistía. Lo cual, en esencia, significaba que el perdón resultaba inaplicable para Billy el Niño, que ya tenía una acusación judicial en marcha por el asesinato del sheriff William Brady.

La tregua que duró unas horas

Billy llevaba varios meses deambulando junto a lo poco que quedaba de los Reguladores, tratando de que sus perseguidores no le diesen caza. Era aquella una existencia agotadora y angustiosa. Habían huido de Lincoln a pie, en pleno julio, durante lo peor de verano de Nuevo México. Después consiguieron hacerse con varios caballos con los que seguir su camino, pero aunque recibían la ocasional ayuda de los habitantes de la región, se vieron obligados a continuar robando caballos para venderlos y poder así sobrevivir. Billy, a su pesar, estaba de nuevo viviendo como un forajido.

Ejerciendo como cuatrero no podía esperar una existencia sin incidentes. Volvieron a verse envueltos en un tiroteo cuando tuvieron la mala idea de intentar robar caballos en la agencia india de la región. Las agencias indias eran oficinas gubernamentales que, al menos sobre el papel, se encargaban de resolver los problemas de abastecimiento de las poblaciones indígenas confinadas en reservas. En realidad eran como almacenes de suministros frecuentemente utilizados por funcionarios corruptos para hacer negocio con los víveres y herramientas supuestamente destinadas a los indios, y se convertían en objetivo habitual de los ladrones y cuatreros. Billy y sus compañeros, pues, intentaron llevarse monturas a hurtadillas de la agencia, pero fueron sorprendidos por sus empleados, que empezaron a disparar sobre ellos. Anastasio Martínez, uno de los Reguladores, disparó en represalia, matando a un empleado llamado Morris Bernstein. A continuación emprendieron la huida.

Aquel incidente constituyó la muestra perfecta de un fenómeno imparable: la creciente fama, o infamia, de Billy el Niño. Las habladurías empezaron a señalarlo como autor de la muerte de Bernstein, pese a que Martínez se reconocía autor material del asesinato y siempre aseguró que Billy ni siquiera había desenfundado sus armas durante el robo frustrado a la agencia india. Pero eso poco importaba a quienes preferían hacer circular la noticia de que el Billy, por entonces todavía conocido como Kid Antrim, se había cobrado una nueva víctima. La resonancia que estaba adquiriendo su nombre podía explicarse en parte porque era considerado autor directo de la muerte de todo un sheriff. Además, su excelente puntería era conocida en la región desde tiempo atrás y se había convertido en un tema habitual de conversación durante la guerra de bandas. Eso proyectaba hacia el exterior la imagen de que Billy, el virtuoso de las armas, era uno de los más sanguinarios forajidos de Nuevo México pese a haber sido un segundón durante casi toda la guerra de Lincoln, con menos asesinatos a sus espaldas que otros criminales de la región. Billy tenía motivos para sentirse preocupado por aquella creciente fama, que para él significaba una mayor probabilidad de ser capturado, juzgado y ejecutado. El cansancio mental producido por la presión de una huida constante le hizo considerar idea de regresar a Lincoln y firmar una tregua con sus perseguidores, propuesta que algunos defendían como la mejor manera de conseguir que el condado volviese a la normalidad.

Lo cierto es que eran muchos los que anhelaban la paz. La guerra entre la Casa y los Reguladores había terminado, pero eso no había supuesto la pacificación del territorio. El asesinato del sheriff Brady, especialmente, produjo la impresión de que la ley —por muy imperfecta o corrupta que hubiese sido bajo su jefatura— ya no imperaba en Lincoln, lo cual atrajo a criminales oportunistas de territorios colindantes que si bien no participaron directamente en la guerra de bandas, sí aprovecharon el revuelo para campar a sus anchas en busca de botín. Los peores de entre estos oportunistas fueron unos bandidos que se hacían llamar The Rustlers. Si ustedes han visto la película Hasta que llegó su hora de Sergio Leone, recordarán sin duda aquella siniestra banda de asesinos ataviados con abrigos que comandaba un terrible personaje encarnado por Henry Fonda. Pues bien, los Rustlers eran algo muy parecido. Iban de granja de granja robando cuanto encontraban y acallando toda oposición a base de balazos. No tenían escrúpulos, no sentían piedad. Les gustaba ejercer la crueldad sin motivo y cometieron varias violaciones, además del asesinato innecesario y gratuito de un par de muchachos indefensos que eran apenas unos niños. Según cuenta la leyenda, ellos mismos se presentaban ante sus víctimas diciendo que eran «demonios venidos del infierno», y desde luego llevaron el infierno a las pobres familias campesinas que tuvieron la mala fortuna de estar en mitad de su camino.

Cabe imaginar el terror que imperaba en el territorio y el agudo interés de casi todos por terminar cuanto antes con toda aquella violencia. Esto explica lo receptivos que se mostraron los enemigos de Billy cuando supieron que el chico, después de más de medio año huyendo sin cesar, efectivamente se había propuesto regresar voluntariamente para firmar una tregua con el cacique local John Dolan y la banda del temible Jesse Evans. La reunión entre los Reguladores y sus antiguos enemigos se produjo la tarde del 18 de febrero de 1879. Llegaron al acuerdo de que no volverían a atacarse, quedando aparcadas las venganzas y represalias. Quedó estipulado que si algún miembro de las respectivas bandas rompía el trato, los demás lo perseguirían hasta matarlo. Al terminar la reunión todos los implicados parecían dispuestos a continuar con sus vidas con normalidad, excepto Billy, quien, visiblemente serio, le daba vueltas a su negro porvenir. El acuerdo le evitaba ser objeto de una vendetta, pero no solucionaba sus problemas con la ley.

En un lugar como Lincoln, sin embargo, la paz no podía alcanzarse tan fácilmente. Apenas trascurrieron unas horas hasta producirse el siguiente asesinato. Aquella misma noche, los miembros de las distintas bandas se dedicaban a celebrar el acuerdo emborrachándose, pero había una persona que no estaba dispuesta a olvidar lo sucedido y para la que una tregua entre pistoleros no significaba nada: Susan McSween, la viuda del comerciante que varios meses antes había sido abatido a tiros por los hombres de Jesse Evans. La mujer intentaba llevar ante un tribunal a los responsables del asesinato de su esposo, y estaba preparando el caso con ayuda del abogado Huston Chapman. Lo cual, como resulta fácil suponer, no era muy bien recibido por la banda de Evans. Cuando, ya ebrios, los hombres de Evans vieron pasar caminando a la viuda acompañada del abogado, empezaron a acosarlos con insultos y amenazas. Billy, según testimonios de los presentes, contemplaba la escena desde el otro lado de la calle con visible expresión de disgusto. De repente, para asombro de muchos, alguno de los pistoleros sacó su arma y abatió a tiros a Huston Chapman, que murió al instante. La jornada en que se había firmado una la paz terminaba con la sangrienta certeza de que las cosas en Lincoln no iban a ir a mejor.

Engañado por el poder

Porque el poder, ya  lo sabes, es inquieto, y siempre tiene las alas despegadas para poder levantar el vuelo. (Ben-Hur. A Tale of the Christ, Lew Wallace, 1880).

Aquel nuevo asesinato era más de lo que el nuevo gobernador de Nuevo México estaba dispuesto a tolerar. Primero un sheriff, después un comerciante inocente, luego un abogado igualmente inocente… a sumar a los granjeros que habían sido aniquilados por los Rustler y los pistoleros que habían muerto en tiroteos varios. Lew Wallace, con ímpetu propio de militar, abandonó su despacho y se desplazó al condado de Lincoln para investigar de primera mano el asesinato de Chapman. Él, personalmente, se encargó de efectuar los interrogatorios. Fue así como supo que Billy había sido testigo del crimen. Dado que el chaval estaba bajo acusación de asesinato y era un fuera de la ley, Wallace decretó una recompensa de mil dólares para quien lo capturase con vida.

Al saber que Wallace estaba en la región y lo buscaba como testigo, Billy entendió que quizá podía testificar a cambio de que se le hiciese extensiva la amnistía gubernamental. Aun sabiendo que una declaración como testigo lo volvería a poner en la diana de Dolan y Evans, también podía liberarlo de una muy probable condena a muerte. Decidió ponerse en contacto con Wallace, con una carta que le envió por medio de terceros. Esta misiva, que fue escrita de su puño y letra, desmiente la imagen de bruto iletrado que muchas leyendas posteriores se empeñaron en componer:

A Su Excelencia el Gobernador, General Lew Wallace:

Estimado Señor, he sabido que usted ofrece mil dólares por mi captura, lo cual según entiendo significa que me busca vivo como testigo en contra de aquellos que asesinaron al Sr. Chapman. Si fuera así, yo podría aparecer en el tribunal y ofrecer la información deseada, pero existen acusaciones contra mí por cosas que ocurrieron en la reciente guerra de Lincoln y temo entregarme, dado que mis enemigos me matarían. El día en que el Sr. Chapman fue asesinado yo había ido a Lincoln, por petición de algunos buenos ciudadanos, donde me encontré con J. J. Dolan. Como amigos, para poder así dejar de lado las armas y regresar al trabajo. Yo estaba presente cuando el Sr. Chapman fue asesinado y si no fuese por las acusaciones en mi contra, lo hubiese dejado en claro antes. Si está en poder de usted la anulación de esas acusaciones, espero que lo haga para darme la ocasión de explicarme. Por favor, envíeme una respuesta diciendo que está en su mano hacerlo. Puede enviarla mediante un portador. No tengo más ganas de luchar, en absoluto, y no he levantado un arma desde su proclamación [como nuevo Gobernador]. En cuanto a mi carácter, le refiero a cualquiera de los ciudadanos [de Lincoln], ya que la mayoría de ellos son mis amigos y me han ayudado todo lo que han podido. Me llaman Kid Antrim, pero Antrim es el apellido de mi padrastro.

Esperando una respuesta, quedo como su obediente servidor,

W.H. Bonney.

 

Una de las cartas que Billy envió al gobernador Wallace (foto: DP)
Una de las cartas que Billy envió al gobernador Wallace (foto: DP)

Es la carta, correcta y algo cándida, de un joven de unos dieciocho o diecinueve años que sabe que después de una detención le espera una posible pena de muerte. Con todo, describía la realidad. Casi toda la población del condado de Lincoln tenía una buena imagen de Billy, algo que como ya dijimos en partes anteriores está bien documentado. Ciertamente había asesinado al sheriff, y este era un crimen muy grave, pero era solamente la estrella que había lucido su víctima la que había mantenido a Billy fuera de la amnistía, porque otros hombres habían derramado tanta o más sangre que él y habían quedado sin cargo alguno. Además, también era cierto que Billy era uno de los más dispuestos a abandonar la violencia y que llevaba varios meses resistiéndose a desenfundar fácilmente.

Wallace respondió afirmativamente a la oferta con otra carta, en la que decía: «Poseo autoridad para eximirte de tus cargos si das testimonio de lo que afirmas saber». Un trato estaba en marcha. Ambos se citaron en una tienda de Lincoln. En una conversación cara a cara, Wallace reiteró la promesa de perdonar los cargos de Billy si este le daba información. Y Billy le contó todo cuanto sabía no solamente sobre el asesinato de Chapman sino también sobre la actividad y las casas francas de algunas bandas criminales locales, como los mencionados Rustlers. Con ese gesto convertía en sus enemigos a casi todos los delincuentes del condado, pero lo que Billy deseaba era comenzar de nuevo.

Se escenificó una falsa detención —en realidad, claro, se estaba entregando— y Billy fue llevado a Santa Fe, donde testificó ante un juez señalando a los culpables de la muerte de Chapman. Después lo volvieron a llevar a Lincoln, donde permaneció recluso a la espera de la finalización del juicio y el prometido perdón. Estaba en un almacén vigilado por guardias que debían evitar que escapase, pero también que otros entrasen a matarlo en represalia por su reciente declaración. Sin embargo, el juicio pronto puso de manifiesto que la justicia en Nuevo México continuaba plagada por la corrupción. El juez y el fiscal del caso pertenecían al Círculo, la trama político-judicial que protegía a los caciques de Lincoln. Para asombro de Billy (y de casi todos en el territorio), se absolvió a varios de los acusados del asesinato de Chapman, pese a los testimonios de testigos oculares. A otros se les aplicó la amnistía de Wallace pese a que ahora se los estaba juzgando por hechos acaecidos con posterioridad a la proclamación de la misma. Billy el Niño, como se puede bien suponer, estaba escandalizado.

Pero todavía hubo más. El fiscal, ignorando la promesa hecha por el gobernador, arrancó el proceso penal contra Billy, bajo la acusación de haber matado al sheriff William Brady. El fiscal llegó a mover hilos para que Billy no fuese juzgado en Lincoln, donde residía, donde habían tenido lugar los hechos de los que era acusado y donde todos le conocían y tenían buena opinión de él. Se consiguió que el caso fuese trasladado al tribunal del condado de Doña Ana, controlado por el corrupto Círculo. Desde su encierro en un almacén de Lincoln, Billy vio atónito y desesperanzado cómo Wallace ignoraba todo el asunto, olvidando la promesa y abandonándole a su suerte, más interesado al parecer en retornar a la redacción de su novela Ben-Hur.

Poca gente en el condado de Lincoln entendió aquello. Todos sabían que Billy había matado, pero no era ni de lejos el único o el peor homicida del lugar. Primero había quedado fuera de la amnistía general. Ahora había testificado a cambio de nada, sabiendo que se convertía en objetivo de los peores criminales de la región, mientras el gobernador Wallace se lavaba las manos. La secuencia de acontecimientos debió de parecerles escandalosa incluso a los guardias que mantenían a Billy cautivo, ya que abrieron las puertas del almacén donde llevaba semanas preso y sencillamente le dejaron que escapase. Una vez más, Billy el Niño se daba a la fuga.

Forajido una vez más

Se dirigió a Fort Sumner, donde todavía tenía un círculo de amigos que incluía a dos de los antiguos Reguladores y también a John Chisum. El nombre de Billy ya corría de boca en boca, pero excepto sus amigos casi nadie conocía su aspecto físico, así que le resultaba fácil pasar desapercibido. Sin un empleo formal, retornó a la vida que había llevado antes de trabajar para el difunto John Tunstall. Se integró en una banda que practicaba el robo de ganado; eso y el juego volvieron a convertirse en su medio de vida.

Pero su celebridad, por más que pocos estuviesen familiarizados con su rostro, estaba convirtiéndose en un serio problema. En enero de 1880, mientras estaba tomando algo en el saloon de Fort Sumner junto a sus amigos, un individuo llamado Joe Grant comenzó a bravuconear en voz alta, diciendo que dispararía a Billy el Niño en cuanto se encontrase con él. Lo decía, claro, sin saber que estaba en el mismo local, a pocos pasos de él. Billy entendió que en cualquier momento alguien podría revelarle su identidad a Grant, pero no reaccionó con precipitación, sino con frialdad. Pese a su juventud, estaba ya muy fogueado. Se lo podía considerar un veterano en cuanto a tiroteos y situaciones extremas. Así que, sin perder la calma, se interesó por el revólver de Grant y le pidió echarle un vistazo. Grant se lo prestó. Por entonces era costumbre dejar un hueco vacío en el cargador, lo cual funcionaba como seguro en caso de que el gatillo se accionase por accidente (los tiradores accionaban el percutor una vez para dejar pasar el hueco vacío del cargador, y a continuación efectuaban el disparo propiamente dicho). Sabiendo esto, Billy giró disimuladamente el tambor para asegurarse de que si Grant accionaba el percutor y después intentaba disparar, no hubiese bala. Le devolvió el arma y se dispuso a salir del local. En aquel momento alguien le dijo a Grant que acababa de hablar con el mismísimo Billy el Niño. Grant trató de disparar al muchacho —según algunos testimonios, por la espalda— pero la treta de Billy funcionó. Al activar el percutor, Grant dejó pasar una bala. Cuando apretó el gatillo, no hubo disparo. En cuanto Billy escuchó el característico clic del gatillo, se dio la vuelta y disparó antes de que Grant se recuperase del asombro y volviese a probar suerte. Con su característica precisión, acertó a la primera. Joe Grant cayó muerto al instante, con una bala en el rostro.

Así supo Billy el Niño que su existencia iba a ser incluso más difícil que antes. Acababa de comprobar que individuos que no le conocían personalmente y con los que no había tenido nada que ver parecían tener ganas de darle caza. Para colmo, la muerte de Grant —aunque fuese en defensa propia— era la gota que colmaba el vaso de su infamia. La prensa empezó a retratar a Billy el Niño con colores cada vez más sórdidos, achacándole casi cualquier acto delictivo grave que se cometiese en el condado de Lincoln. Sus numerosos enemigos ayudaron a exagerar todo lo negativo que se decía de él. Casi no había robo o acto violento en la región que los periodistas no asociasen con su nombre, pese a que por aquellos lares no escaseaban los criminales. Billy se sentía sobrepasado por la situación. Ahora ya ni siquiera se lo consideraba un forajido cualquiera. Ahora era el villano de Nuevo México por antonomasia. Ni siquiera el gobernador Lew Wallace, que tenía plena constancia de la buena disposición de Billy para una reinserción, iba a mover un dedo por disipar la creciente leyenda negra del Niño.

Lo más razonable hubiese sido marcharse a otro estado donde, pese a que su nombre fuese cada vez más célebre a nivel nacional, no hubiese gente que pudiera delatarle. Pero Billy, que todavía no había cumplido los veinte años, se sentía atado al territorio y decidió permanecer en el condado, donde tenía a sus amigos, a las chicas con las que salía, y el único entorno estable que había conocido desde que había perdido a su familia. Aunque ya dijimos que los testimonios de gente cercana lo pintaban como un muchacho inteligente, por no decir brillante, resulta fácil suponer que carecía de la madurez necesaria como para entender la necesidad de iniciar una nueva vida en otra parte. Un nuevo comienzo que hubiese sido muy posible: los periódicos de entonces apenas imprimían imágenes y la única fotografía suya cuya existencia nos consta no era de dominio público, así que Billy no hubiese tenido grandes problemas para fabricarse otra identidad, como demuestra el hecho de que justo durante su estancia en Fort Sumner engañase a un agente del censo, inventándose datos biográficos sin despertar sospecha alguna.

Pero Billy no se marchó. Y a sus cada vez más numerosos problemas iba a sumarse otro aún peor. Por aquel entonces llegaba al condado un hombre que acababa de recibir el nombramiento como nuevo sheriff de Lincoln y que no se parecía a ninguno de los agentes de la ley que hubiese podido conocer en su corta vida. Iba a ser la encarnación de la némesis definitiva de Billy el Niño. ¿Su nombre? Patrick Floyd Garrett.

(Continúa aquí)