Fernando Arrabal: «Todos los premios son infamantes, pero los premios de patafísica, con sus fiestas solemnes, tienen una importancia vital»

Fernando Arrabal nos ha citado en un pequeño patio del Madrid antiguo, de esos que alguna vez sirvieron de improvisado escenario teatral. No le gusta que le cuelguen la etiqueta de dramaturgo, de poeta, de novelista, de ensayista o de cineasta. Sin embargo, sabe que estas etiquetas le preceden allí donde se estrena su obra, es decir, en todo el mundo. Se ha codeado con las personalidades más especiales del siglo XX, es el autor vivo más representado del planeta, ha recibido la insignia de Caballero de la Legión de Honor en Francia, la Medalla de Oro de las Bellas Artes en España e incluso ha sonado para el Nobel de Literatura. A lo largo de la tarde, por este patio pasarán Houellebecq, Jodorowski, Dalí, Picasso, Miró, Vargas Llosa, Tzara, Neruda, Tirso, Cervantes, Sófocles, Platón… todos evaluados por la mirada de Arrabal, esa que ahora examina el viejo patio madrileño con dulzura.

Él mismo decide comenzar la entrevista desvelando por qué lleva un par de minutos ensimismado con lo que ve.

Siempre tengo la idea de volver a Madrid…

¿Qué se lo impide?

Para Dalí fue sencillo. Para Picasso, sin embargo, fue muy difícil. Para mí también es muy difícil porque los escritores, salvo en contadas ocasiones, no tienen dinero. Ocurre todo lo contrario con los pintores.

No me engañe. París es una fiesta, como dice Hemingway. Mucho menos aburrido que Madrid.

No crea. Vivo bien en París, vivo bien en Madrid. Pero, ya le digo, sueño con volver. Lo que ocurre es que los escritores no ganan dinero porque son poco conocidos. Por ejemplo, en Francia, los que más ganan son todos amigos íntimos míos. Y, fíjese, Houellebecq vive en una torre. Kundera, en un piso más pequeño que el mío. No se pueden comparar con los pintores, con esas mansiones en Nueva York… Yo creo que el escritor no puede ser conocido.

Por eso usted siempre quiso ser pintor.

Pero frustrado. Siempre frustrado. Fíjese, la revista Time elabora cada seis meses una lista con los hombres más influyentes del mundo. Espere, antes era cada seis meses. Ahora es cada año, sí. Yo creo que ni siquiera el propio editor sabe lo que significa «influyente». Pero bueno, ocurre que nunca ha habido un dramaturgo en la lista. Nunca un filósofo. A lo mejor sale algún pintor porque tienen mucho dinero, pero escritores no hay. Todo cambia pero esto no. Es curioso, ahora viene la gente y me pregunta: ¿cuál es su agente literario? Yo nunca tuve agente literario. Y mis amigos, algunos ya citados, tampoco.

Cómo puede ser que, llevando usted sesenta años instalado en Francia, España siga estando presente continuamente en su obra.

Obviamente, España tiene que estar presente. Yo sueño con España. Sueño con España cada día. Pero hay que tener en cuenta todo. En París tengo aquellas cosas que necesito: las reuniones de patafísica, las reuniones pánicas, el café del surrealismo… Cosas que no se pueden conseguir con dinero. Es lo que me dijo Tristan Tzara antes de morir: estas son cosas impagables.

Usted nació en Melilla. Borges le llamaba «el Africano», como si haber nacido allí le determinase de alguna manera.

Y Borges tenía razón. A él le parecía chocante que yo hubiera nacido en África, y eso que él sabía mucho más que yo de todo. Le voy a contar una anécdota. Cuando le entregaron el Nobel a Luigi Pirandello, la ceremonia se realizó en Agrigento, Sicilia, en el año 1934. En ese momento él era fascista. De hecho, le entregó el premio a Mussolini y llevaba la insignia a todas partes. Pero era un escritor formidable, como Bertolt Brecht. Así que, una vez entregado el premio, los periodistas le preguntaron de dónde vendría el teatro del porvenir. Pirandello se levantó y, desde la playa siciliana, señaló el otro lado del mar Mediterráneo. Hay quien dice que señaló Libia, la costa más cercana. Sin embargo yo, al ver en la foto la postura de la mano, creo que señalaba Melilla. Ahí tenemos a Houellebecq, que también nació en África. Menos mal que, para su felicidad, lo metieron en un avión para que pasara su juventud con la abuela, en Francia. Pudo salir de Argelia. Al final ha terminado en Almería, en el Cabo de Gata, gracias al filósofo Antonio Muñoz Ballesta.

Houellebecq y usted comparten su condición de africanos y también de desterrados.

No creo que haya nada de común entre él y yo. Y eso que Houellebecq me ha dedicado uno de los halagos más gratos que yo he escuchado: me dijo que soy el juguete de su perro.

Sigamos con su adolescencia. Me he enterado de que le han puesto su nombre a un teatro en Ciudad Rodrigo.

Pues sí, es curioso, ya ve. Un alcalde cariñoso le ha puesto mi nombre al teatro, aunque no hay que descartar que lo haya hecho por mi abuelo. Pero uno no debe alegrarse por estas cosas porque a lo mejor te las quitan. Por ejemplo, ya no hay diccionarios, pero cuando los había pasaba lo mismo. Si uno figura en los diccionarios no debe alegrarse jamás, ya que mañana mismo pueden hacerle desaparecer.

Pero dejó huella en el pueblo…

No demasiada. Pero el pueblo sí dejó huella en mí. Fíjese, me acaban de homenajear inmerecidamente en la ciudad de Matera, en Italia. Esto se lo debo a Pasolini, que era un gran hombre. La verdad es que yo siempre me he rodeado de gente superior a mí. Yo quería montar mi tercer largometraje con Mariangela Melato y buscaba un paisaje español. Como ya sabe usted, yo quería rodar en España pero, por estas cosas del Antiguo Régimen, no podía entrar. Así que Pasolini me habló de este pueblo, con un aroma magnífico. Un aroma muy español. Matera está muy cerca de Ciudad Rodrigo.

¿Y qué hay del Madrid que conoció antes del «destierro»?

Es una época crucial. Yo paso muchos años en Madrid, hasta los veintidós. Y toda mi obra transcurre en Madrid.

Sánchez Dragó comentaba que a usted se le podía ver a menudo por el Ateneo, leyendo.

Es cierto, de hecho conseguí dar una charla en su lugar. Aunque yo soy mucho mayor que él.

¿Es verdad que se movió en el ambiente postista?

Bueno… se me ha hecho el honor de unirme al grupo y muchos de ellos fueron amigos míos más tarde. Pero ni siquiera sé qué es el postismo. Me ocurrió lo mismo con Umberto Eco el día que le nombramos «Trascendente Sátrapa» en mi casa, en París. Ya avanzada la noche, se volvió a mí y me preguntó: ¿qué es esto del Trascendente Sátrapa? ¿Qué es esto de la patafísica? Yo le contesté que no tenía ni la menor idea.

¿No sabe usted nada de patafísica?

No sé nada, pero los cuatro avatares de la modernidad [dadaísmo, surrealismo, pánico y patafísica], con los que, por algún misterio, yo he estado en contacto, me parecen lo más interesante de este siglo y del anterior. No solo los que pertenecían al grupo, porque hay surrealistas en América, en España, en Argentina… Y eso que el surrealismo era muy sencillo. Lo único que había que hacer era acudir puntual. Yo iba todos los días. Empezaba a las 18:00 y allí estaba yo, ni a las 17:55 ni a las 18:05. Fíjese en André Breton. Odiaba la ciencia, el ajedrez, la música… pero ahí estaba cada día, sin excepción. Bueno, teníamos problemas los días de fiesta religiosa, porque cerraban el café al que acudíamos. Entonces nos íbamos a la calle o a cualquier parte, porque al surrealismo se iba cada día del año. Para mí fue una suerte. Una suerte inmerecida. Yo siempre digo que es la mejor universidad que se puede tener. Aunque la patafísica es superior al surrealismo.

Si la patafísica es la ciencia de lo imaginario, ¿podemos decirle adiós? Ya nadie imagina. Ahora todo es televisión, internet, videojuego…

Es que la patafísica no es la ciencia de lo imaginario. Es la ciencia, sin más. Todos los premios son infamantes, pero los premios de patafísica, con sus fiestas solemnes, tienen una importancia vital. Buscaban a alguien que pudiera entregar el premio. Encontraron primero a Boris Vian, a Ionesco y después a mí. Pero, por ejemplo, yo le entregué el premio a Louise Bourgeois. A Louise me la encontré en Nueva York y estaba feliz con el premio porque decía que lo había ganado Picasso. Y es verdad, es el único premio que ganó Picasso en vida. Lo que ocurre es que a nadie le interesa ya. Fíjese, un día estaba yo en la Universidad de Sapienza, en Italia, y me dice el rector que durante la conferencia hable de Dalí, todo el rato. Yo le hice caso y empecé a contar anécdotas divertidísimas sobre Dalí pero allí nadie decía nada, había un silencio sepulcral. Hasta que se me acercó el rector y me susurró al oído: pero, por favor, antes de nada explique quién es Dalí.

Hablando de Dalí, usted le dedicó aquella obra, Dalí versus Picasso.

Esa obra me encanta, pero creo que aquí no gustó. Y creo que no gustó porque traté un tema que no se puede tratar. Es como si mi abuelo hubiera tratado el tema de Santiago. Era un formidable apóstol, un guerrero que mataba moros… pero mi abuelo no podía hablar de ello. Pues eso me pasó a mí con Picasso. Hoy en día no se puede hablar de él.

Sin embargo, le vi emocionado al final de la obra.

A mí me encantó. También la dirección. Ahora vuelve a Francia. La he visto representada en París, en Berlín… en fin, en todos los grandes teatros del mundo. Y donde más me gustó fue aquí, en Madrid. Pero entiendo que la crítica no estuviera de acuerdo. Porque son santos, héroes… no hacía falta hablar de Picasso ni tampoco de Dalí, un trotskista convencido que había planeado matar al rey de España, entre otras cosas.

Pero Dalí tenía que odiarle. Me he enterado de que usted cortejó a Gala.

Sí, sí. Es cierto. Me lo pidió el propio Dalí. Nunca lo conseguí. Gala era una mujer de la que todo el mundo hablaba mal porque nunca aparecía. Pero un día apareció y nos machacó a todos.

El amor, siempre el amor.

Ríase, pero es curioso cómo conciben estas grandes figuras el amor. Es un amor eterno, como en el caso de Thomas Bernhard o de Juan Ramón Jiménez. Y siempre eligen mujeres muy curiosas. Bernhard, el dramaturgo austriaco, eligió una mujer cuarenta años mayor que él, a una hermana mayor de su padre o algo así. En realidad, es muy difícil conseguir el amor de alguien. Cuando se consigue, uno quiere morir de amor.

Volvamos a su obra. Al revisar sus primeras creaciones, uno siempre se topa con las figuras de su padre y de su madre. Planean por cada página. Quizás por el hecho de que su padre fuera el primer condenado de la guerra civil y de la repercusión que este hecho tuvo en su madre.

Yo no puedo sacar ningún beneficio de la trágica aventura de mi padre. No soy responsable de aquello. Es más, ni siquiera conocí a mi padre. Pero está presente cada día. Mi mujer se queja porque dice que ya es hora, los sueños los crea un soñador y yo creo que los crea Dios. Pero el mismo Dios del que habla Kurt Gödel, el matemático, que con cuatro ecuaciones, tres aforismos y dos teoremas ha demostrado su existencia. El cuaderno patafísico ha publicado estas teorías.

Usted está fascinado por Gödel.

No solo por Gödel, también por Grigori Perelmán, un matemático ruso que ganó la medalla Fields. Le quisieron dar un millón de dólares, pero él contestó: ¿para qué quiero un millón de dólares si yo puedo controlar el mundo? Así que el New Yorker envió a una periodista que parecía de Playboy para entrevistarlo y, al llegar, comprobó que vivía en un suburbio de San Petersburgo con su madre, rodeados de ratas. Al ser cuestionado por su situación, Perelmán contestó que era feliz escuchando a los mejores solistas de ópera, resolviendo problemas de ajedrez y yendo al campo a coger champiñones. Creo que también tenían un jergón que les regaló alguien.

Veo que usted es, cada vez más, un hombre de ciencia. ¿Puede un hombre de ciencia ver, como usted, a la Virgen?

Claro que sí, le acabo de hablar de Gödel y de cómo descubrió a Dios y a los ángeles. Si Einstein creía que Gödel era el mejor, por algo sería. Yo no comprendo por qué los surrealistas no entran ahí. Por ejemplo Breton, que me acogió en el surrealismo cuando él sabía perfectamente que a mí lo único que me importaba era la visión de la Virgen que yo había tenido. Por eso la patafísica es extraordinaria, porque aborda estos temas y es, de verdad, la ciencia.

Recuerdo aquella escena, en Viva la muerte, en la que Fando le pregunta a su madre: «Mamá, ¿seré ateo de mayor?». Su madre le responde que no. Debo entender, entonces, que la madre de Fando tenía razón.

Eso habría que preguntárselo a mi mujer. Hay días que mi mujer es atea. Entonces yo me vuelvo creyente. Y hay días que mi mujer es creyente y entonces yo me vuelvo ateo. Pero yo no puedo ser tan claro precisamente porque no soy matemático.

Pero sí ajedrecista. ¿Sigue jugando al ajedrez?

Obviamente. Durante treinta y seis años hice las crónicas de ajedrez para L’Express, un periódico semanal francés. Es una pena que en España no haya semanales.

Usted jugaba partidas memorables contra Vargas Llosa, según me han dicho.

No, no. Yo casi no le he visto. Usted se refiere a la anécdota en Porto Alegre. Es muy conocida, sí. A los dos nos habían nombrado presidentes de la Feria del Libro. Entonces me ofrecí para jugar treinta partidas de ajedrez simultáneas contra treinta jugadores diferentes. Pero la edad no me permite moverme tanto, así que pedí una silla de ruedas. Las partidas eran interesantísimas. Recuerdo a una muchacha negra, bastante desnuda. Cuando acabé, subí a la habitación del hotel y allí estaba Vargas Llosa. Al verme en silla de ruedas, salió corriendo mientras gritaba: ¡Hay que hacer algo por Arrabal! ¡Está enfermo en una silla de ruedas!

Veo que se admiran.

Vargas Llosa era muy cordial conmigo porque me admiraba como político. Pensaba que yo era de derechas o de izquierdas. Yo también lo admiraba como político, porque no había leído demasiado su obra. Un día comimos con su mujer y comprobé que ella era su secretaria. Yo le había enviado una crítica a Londres, donde también lo había visto por cuestiones relacionadas con el ajedrez. A las pocas semanas me llegó un tarjetón escrito con una caligrafía maravillosa, como de convento. «Celebro recibir estas críticas. Se lo haré llegar al señor Vargas Llosa», con la firma de su secretaria. Entonces, en la comida que le decía, le pedí su dirección, ya que cambia mucho de casa. Entonces su mujer se adelantó y me dijo: «Tranquilo, yo se la daré». Así que me dio una tarjeta con la calle y el número. Al verlo… ¡paf! Era su inconfundible letra. Así que su mujer es su secretaria. No puedo entenderlo. Mi mujer nunca podría ser mi secretaria.

Intuyo que no sabe que se ha separado y tiene una nueva pareja.

¡Qué me dice! ¿Otra prima?

No. Isabel Preysler.

¡Ah, sí! La del molinillo con el ministro… Qué pena, pensé que todo quedaría en familia, porque su primera mujer también era del clan. Nunca ha habido donjuanes.

¿Qué Don Juan prefiere usted, Fernando? ¿El de Tirso? ¿El de Molière? ¿El de Zorrilla?

El de Tirso, claramente. Él consiguió algo que solo igualó Goethe, que es crear un mito. Nuestra civilización es formidable, pero solo ha creado dos mitos: Don Juan y Fausto. Como obra de teatro ya no me parece tanto. Ahí sí prefiero a Molière. Pero el mito, el personaje… incluso el título, El burlador de Sevilla, es formidable. Fíjese que solo fornica si se hace pasar por el marido de sus amantes. Ese hombre es tan extraordinario que elige a todas las mujeres del mundo. Elige a cuatro mujeres, pero esas mujeres son todas las mujeres. ¿Por qué? Elige españolas e italianas… España más Italia igual al mundo. Elige a una mujer del mar, de Tarragona. Luego a otras de la tierra. Elige a una mujer aristócrata y a otra en la ruina. Son binomios formidables. Pero ya sabe lo que dice Houellebecq al respecto.

¿Houellebecq?

Sí. Son cuatro versos. El primero, todo hombre sueña que la mujer más bella del mundo le chupa la polla. El segundo, todo hombre sueña que la mujer más bella del mundo le chupa la polla todos los días. Tercero, todos los hombres sueñan que todas las mujeres más bellas del mundo le chupan la polla todos los días. Y cuarto, el resto es tecnología. Pues con Don Juan pasa eso. El resto es tecnología.

Ya que lo cita tanto, ¿se metió en un lío su amigo Houellebecq con su novela Sumisión, en la que plantea la posibilidad de que un partido musulmán llegué al poder en Francia?

Yo tuve policías en la puerta de casa después de escribir Viva la muerte. Y era una situación muy desagradable, porque estás reunido con tus amigos y hay policías mirando. Para mí era inimaginable que a alguien le molestara Viva la muerte, pero parece ser que sí molestó.

Jodorowski dijo de usted, en cierta ocasión, que aquella escena de Viva la muerte en la que aparece un niño apaleado al grito de «¡Hijo de rojo!» resume perfectamente su obra. Porque la obra de Fernando Arrabal, según él, es la visión de la realidad desde el prisma de un niño. Quizás un niño es la mejor representación del movimiento pánico.

Puede ser. Lo que ocurre es que se trata de un niño de ochenta y tres años. En cuanto a Jodorowski, es la persona con la que más me he reconciliado del mundo. Llevamos muchos años enamorados uno del otro.

¿El movimiento pánico cree en el pecado, Fernando?

Por supuesto, faltaría más. El pecado está ahí, en todo momento. A mí me gustaría que no existiera el pecado, pero esta ahí. En mi obra aparece continuamente. Por ejemplo, yo sé que la carta que le escribí a Franco, la que tantos problemas me ocasionó, fue considerada un pecado, y yo no podía contar con argumentos para defender lo contrario. Hoy ya todos tenemos esos argumentos, pero entonces no los teníamos. Incluso venía gente a París a demostrarme que era un pecado. Por eso, el pecado está ahí, aunque no lo veas.

Dicen que, al morir Franco, encontraron en su mesilla una nota con cinco nombres. Estos eran: la Pasionaria, Carrillo, Líster, el Campesino y Fernando Arrabal.

Es cierto pero es una aberración porque yo no tenía nada que ver con ellos. Pero, eso sí, nos prohibieron la vuelta a España. Por suerte, me revocaron la pena. Eso se lo debo a Günter Grass. Yo conocí a Grass durante un viaje a América. La Fundación Rockefeller había decidido escoger a los jóvenes menores de treinta años que tuvieran más posibilidades de llegar a ser célebres en un futuro. Yo creo que todos los países cumplieron con las expectativas menos España, que me eligió a mí. En Alemania, como ya he dicho, eligieron a Günter Grass. En Italia, a Italo Calvino. Hay que joderse cómo lo vieron. Calvino llegó a ser un prodigioso escritor pero en ese momento era una mierda. Grass no había escrito su famoso libro, El tambor de hojalata. ¿Cómo es que lo vieron? Así que Günter seguía creyendo que era de mi quinta, aunque nunca lo fuimos, y habló con el líder alemán, que era íntimo amigo suyo, para que intercediese por mí. Un año después me permitieron entrar.

¿Cuál es el estado actual de la cultura en España? Las sensaciones no son buenas.

Creo que no es muy diferente al de los tiempos de Quevedo. Él mismo lo contó en uno de sus poemas más célebres: miré los muros de la patria mía… y no vio nada más que mierda. Y, ¡fíjese qué muros! Con Quevedo, con Góngora, con Cervantes, con el propio Tirso de Molina… Unos muros inigualables. Pero, ¿sabe lo que pasa? Quevedo era ciego y por eso no vio nada. Ocurre lo mismo con Platón, que ya lo adelanta en el diálogo que tiene con Sócrates. Él dice que están en Atenas, con los mejores teatros, todos de piedra, teatros hermosos. También con los mejores dramaturgos: Sófocles, Eurípides, Esquilo… sin embargo, la gente prefiere irse a las Olimpiadas. Él se quejaba. Pretendía hacernos creer que le dictaba Sócrates, pero el que se quejaba era un hombre de categoría como él. Entonces llegó un sacerdote egipcio y, al escuchar a los poetas griegos, exclamó: ¡son como niños, son maravillosos! Pero Platón no podía verlo. Pues ahora ocurre lo mismo. Creo que hay gente de mucha categoría, pero somos como niños y no paramos de quejarnos. No podemos verlo.

¿Por qué no lo vemos?

No lo sé, yo le hablaba hace un rato de la revista Times. Por supuesto, en esa lista no hay ni un solo dramaturgo, ni un solo poeta. Yo no sé en qué pensará el editor. Eso sí, ha salido cuatro o cinco veces la mamá del editor. Creo que también aparece a menudo el presidente de Corea, que no sé quién es. Lady Gaga también. El otro día le dije a mi mujer: por favor, mira la lista. Ni ella ni yo conocíamos a la que ocupaba la primera posición. Era una presentadora americana, negra…

¿Oprah?

¡Esa! ¿Pero cómo puede ser que no conozcamos a la persona más influyente del mundo? ¡Pero si ha estado ocho o nueve veces en la primera posición! Por eso entiendo a Platón. Pero, como decía al principio, es normal, porque los escritores no estamos en el terreno económico, no podemos influir. ¿Volver a Madrid? ¡Ojalá! Pero, ¿cómo? ¿Cuelgo mi casa de un paracaídas y la coloco ahí afuera?

Ha citado a lo largo de la charla a numerosos amigos suyos. Algunos de ellos ganadores del Nobel. Incluso usted ha sonado varias veces para llevárselo.

Sí, pero no es el sonido lo que cuenta. No obstante, creo que esos premios de los que hablaba son más importantes, porque los ha conseguido gente que nunca podría ganar el Nobel, como Miró, por ejemplo, que es Trascendente Sátrapa.

Yo le veo a usted rechazando el Nobel por cuarenta botellas de vino, como Alberti.

Eso es imposible. No se lo hubiera permitido el partido.

Pero Neruda lo recogió y también pertenecía al partido.

¡Por supuesto! Los comunistas quieren ganar todos los años el Nobel. Pero en el caso de Neruda es un premio merecido, porque Veinte poemas de amor y Residencia en la Tierra son extraordinarios. Merecería mil veces el Nobel. Aunque su problema es que intentó matar a Trotski y no lo consiguió. Fue a su casa con un pintor del que no recuerdo el nombre y empezaron a disparar al aire. Fallaron, por supuesto. Eso sí, ya tenían a Mercader para terminar la faena y nombrarle mariscal del ejército soviético. Lo cuenta en un libro que después retocaron sus amigos. El libro se llama Reconozco que he vivido, o algo así. ¿Sabe usted que yo tenía ya planeado matar a Franco pero el partido me lo prohibió?

Cuénteme eso, por favor.

Fue, precisamente, con el hijo de Tristan Tzara, que también era comunista. Pero todo lo planeé yo, porque estaba convencido. La idea era montar algo con energía atómica y enviárselo a Franco a través de un libro de santa Teresa. Ha sido la idea más loca de mi vida, pero cuando el hijo de Tzara le comunicó al partido que íbamos a cumplir con nuestro plan, nos lo prohibieron. Con muy buen criterio, por cierto.

Menudo circo.

Me da pena lo de Tristan Tzara. Una de las mentes más privilegiadas del mundo, el creador de dadá y todo eso. Lo surrealistas se olvidaron de él por completo. Él me preguntaba: Fernando, tú que estás en el grupo, dime, ¿qué opinan de mí? Pero yo le mentía, porque el surrealismo no quería saber nada de él. El día que murió, nadie dijo nada. A los dos meses, después de un completo silencio, una revista decidió sacar la noticia de su fallecimiento. El titular decía: «Ha muerto un comunista».

Es increíble que una forma de gobierno tan poco exitosa haya dado para tanto.

Lo que es increíble es que tantas personas de peso entraran ahí. Que se fascinaran por aquello, porque era evidente que el comunismo no iba a ganar. ¿Cómo es posible? Luego Sartre, que no era tonto precisamente, va a China y ve maravillas. Y vuelve diciendo que los campos de concentración no existen, que son campos de reeducación y que son mejores que cualquier sanatorio francés. Pero ¿cómo es posible? En fin, son cosas ya de otro siglo.

¿Y su relación con Cervantes? Yo vi su obra, Pingüinas, sobre las mujeres y Cervantes. Me resultó fascinante.

Precisamente ahora estoy terminando una obra sobre él. Se titulará El extravagante triunfo de Cervantes y Shakespeare, que mueren el mismo día. Pero esta vez no hablo ni de Cervantes ni de Shakespeare, es solo el tema. Yo creo que soy el único sujeto de mi especie que ha leído toda la obra de Shakespeare y toda la obra de Cervantes. Pero es lógico que nadie lea a estos maestros. Por este motivo, la obra que estoy preparando… ¡es un extravagante triunfo! Fíjese, voy por la calle y le pregunto a la gente, ¿conoce algo de Shakespeare? En España, todas las personas a las que pregunto me responden: sí, he visto Romeo y Julieta, de Cantinflas. Los americanos y los franceses, sin embargo, suelen contestar: sí, he visto la comedia musical en el cine. La gente no lo conoce, es así. Por eso es un extravagante triunfo, porque no tengo la idea de premiar a Shakespeare o a Cervantes, sería ridículo. Pero sí quiero premiar eso, el extravagante triunfo.

¿Es cierto que abofeteó a un entrevistador francés por hablar de Cervantes?

Absolutamente cierto. Pero es que habló mal de él y eso no se puede permitir. Aquella obra, Pingüinas, fue bastante mal acogida por las críticas de peso. Luego la cosa cambió y aparecieron, más o menos, catorce críticas delirantes que fueron las mejores. Pero eso es lo de menos. Como le decía, los reproches eran muy ciertos. A mí me decían: Pero ¿cómo puede usted estar hablando de Clavileño y del viaje a la Luna?, ¡pero si eso no le interesa a nadie! Y tenían razón. A mí la obra me gustó muchísimo pero yo las críticas las comprendí al final.

Esto de que nadie lea a Shakespeare o a Cervantes es casi tan terrible como que la gente conozca a Fernando Arrabal por una borrachera en televisión y no por la calidad de su obra.

Pero, ¿por qué va a ser terrible? En modo alguno es terrible. Verá usted, el espectáculo de una verdadera borrachera se ha dado muy pocas veces en televisión. Creo que solo lo consiguió… ¿Groteski?

[¿Lapsus?]

¿Bukowski?

Ese, Bukowski. Permítame que sea presumido. Le pido disculpas de antemano. Yo creo que Bukowski es infinitamente superior a mí. Y su obra es infinitamente superior a la mía. Pero borracho no es superior a mí. Borracho yo soy mil veces mejor que él. ¿Por qué? Porque yo estoy feliz. Es un espectáculo. Él, sin embargo, está cabreadísimo con todo el mundo, queriendo meterles la mano a las chicas… De hecho, mire usted internet. El vídeo de Bukowski ha sido visto por treinta mil personas, lo cual está muy bien. Pero mi vídeo está visto por más de un millón de personas.

Ganó una encuesta en Televisión Española y fue elegido el mejor vídeo de la historia…

Sí, lo sé. Pero eso no quiere decir nada. Yo le di un premio hace poco, en Copacabana, a Oscar Niemeyer, el mejor arquitecto del mundo. Pues hay una película sobre ello que alguien ha colocado en YouTube. Usted lo puede ver esta noche, quédese con el nombre, YouTube. Bueno, pues apenas mil personas lo han visto. También colocaron otro vídeo, el que muestra el premio que le entregamos a Louise Bourgeois. Menos de mil personas. Creo que estos dos vídeos son los menos visitados en YouTube. ¿Por qué? Porque no interesa. Da igual Shakespeare o Arrabal, interesa si se emborrachan, interesa que haya una sorpresa. Y es una sorpresa porque, hoy, si te emborrachas, te cogen de la camisa y te expulsan. Por eso es un fenómeno. Pero en mi caso fue peor porque yo no bebía. Pero esto ya lo sabrá.

Cuente, cuente.

Yo solo bebía Coca-Cola, como Jodorowski. Mis amigos toleraban que a mí el alcohol me pareciese un horror. Pero ese día bebí un vaso de chinchón y así pasó. Me tuvieron que lavar el estómago en el hospital de Madrid. Mi amigo Topor dijo, con su generosidad habitual, que el día que yo empecé a beber es el día más importante del siglo XX… pero es cierto que ahora me gusta mucho el vino. Quizá sea porque he pasado mucho tiempo sin conocerlo.

Ahora que habla usted de YouTube y siendo un hombre de ciencias como es, ¿qué papel le parece que juegan las nuevas tecnologías en el arte del siglo XXI? ¿Cree que lo favorecen?

Yo creo que sí, que lo favorecen. Por una cuestión, porque gracias a ellas no se pueden decir ciertas cosas. Ahora está la tecnología detrás para ser consultada inmediatamente. Por ejemplo, le he dicho hace un rato que, durante treinta y seis años, hice las crónicas de ajedrez para L’Express. Ahora puede ir usted a internet y comprobarlo. Por eso ya no se pueden decir cosas así, estamos como Juvenal. Ya sabe usted, «Juvenal, ¿qué haces tú en Roma? Tú no sabes mentir». El problema es que mi generación y la que nos sigue nunca se interesó por la tecnología. Por ejemplo, en estos periódicos con los que yo colaboro de vez en cuando, como Le Monde, algunos ya no saben escribir, envían un fax. Pero es normal. Ahora ya viene una generación que sí se interesa por la tecnología. Ha cambiado el lenguaje, porque ya no se puede bromear con estas cosas.

¿Cree que esta nueva tecnología facilita el trabajo?

Le voy a contestar con una anécdota. Dalí ignoraba lo que eran los fractales y la explosión del mundo matemático. Y esto le pasó factura. Por ejemplo, la mayor reunión de científicos que se ha hecho en Europa, pagando billetes en primera clase y hoteles de cinco estrellas, se hizo en Cadaqués y la organizó Dalí. Vinieron todos los grandes científicos. Todos excepto Benoît Mandelbrot, el gran matemático, el de la teoría de los fractales. Yo le dije: no siente usted no haber estado ahí. Él contestó: no es culpa de Dalí, pero si Dalí hubiera tenido algo de conocimiento sobre los fractales… Entonces yo le di las gracias por sus trabajos, porque son la gran novedad. Y, ¿sabe usted lo que me contestó Mandelbrot? Me dijo: «No hay novedades. Euclides ya tenía los cimientos de la teoría de los fractales, y usted, dramaturgo, tiene los conocimientos de Sófocles. Sin embargo, ni usted puede hacer Edipo rey ni él puede hacer El cementerio de coches». Eso sí, la reunión de Cadaqués fue un fracaso, una guerra. Pero el camino fue bello.

Me he referido a usted varias veces como «hombre de ciencias», y odia que le etiqueten.

¿Sabe lo que pasa? Que, como estoy a punto de terminar El extravagante triunfo, ahora mismo me siento dramaturgo. Pero esto es muy raro. Yo he sido un matemático frustrado, un ajedrecista frustrado, un pintor frustrado… sin embargo, no ceso. Sigo haciendo pinturas y matemáticas malas. Y de ajedrez no hablemos. Aquella vez, en Porto Alegre, si me colocan a los mejores jugadores del Brasil no les hubiera ganado una sola partida. Pero qué le vamos a hacer, lo importante es estar aquí con nuestras miserias.

¿Miserias en un «hombre de ciencias»?

Sí. Las pautas las dan otros. Por ejemplo, Kurt Gödel. Vivía mal, comía ciento veinte gramos de mantequilla al día. Todo esto se lo hacía su amiga, una bailarina. Vivían en una casa en la que hacía un frío terrible. Un día, un millonario americano fue a su casa y, al llegar, la bailarina le preguntó por dónde había venido. El tipo le contestó que por el bosque y Gödel le dijo: «¿Por el bosque? ¡Si está lleno de fantasmas y de diablos!». Bien, eso es un «hombre de ciencias». De hecho, Gödel afirmaba que un problema matemático es de la misma especie que los ángeles.

En este último trimestre van a revisar otra de sus obras aquí, en el Matadero de Madrid. Se trata de El arquitecto y el emperador de Asiria.

Sí, hoy la veo por primera vez.

Esta obra cumple medio siglo.

Sí. Es curioso, en medio siglo no la he visto ni una sola vez en España. Bueno, espere, sí. Una vez, con una compañía vasca. Aunque creo que actualmente están utilizando la versión que hizo de mi obra Víctor García y que representó en Londres el actor Hopkins. No Stephen Hawking, el científico, sino Anthony Hopkins, un conocido actor. Se han hecho cosas extraordinarias con esta obra. En Nueva York, en Londres… pero aquí puede ser una mierda. Cualquiera sabe.

Lo que no abandona usted son los dos pares de gafas.

Siempre me entran ganas de decir «para verte mejor». Creo que las llevo porque me sigue deslumbrando la vida. Aunque, en realidad, no sé muy bien por qué las llevo. Será porque me gusta cambiar.


Ojetes, nunchakus y dioses: los calendarios en la historia

Louis Calhern como Julio César, 1953. Imagen: Metro-Goldwyn-Mayer.

Controlar el tiempo es controlar a la gente, y eso lo han sabido desde siempre quienes buscan gobernar a sus semejantes. Por ello la imposición de uno u otro calendario ha sido pilar fundamental a la hora de fijar determinadas ideas. De hecho no era extraño en la antigüedad que cada nuevo rey (o príncipe, o emperador, o caudillo) pretendiese que la historia (la única, la verdadera, la fundamental) empezaba con su ascenso al poder, y lo celebrase eliminando cuantos restos quedaban del pasado. O, en otras palabras, se quemaban libros que recogiesen hechos anteriores, se acuñaba nueva moneda y se inauguraba un almanaque a contar solo desde la Edad Áurea (que coincidía, claro, con la vida del ególatra de turno). Ya ven, lo habitual.

De todo eso sabían mucho los romanos, que no dudaban en datar sus hechos con respecto al momento más importante de toda la humanidad, que no era otro que la aparición de la ciudad. La Ciudad. Roma, eterna e imbatida. Por eso fechaban con la expresión ab urbe condita, que significa «desde la fundación de la ciudad», establecida el año 753 antes de nuestra era. Según esos cálculos a partir del 1 de marzo de 2018 (hasta Julio César ese fue el primer día del año para los hijos de la loba, aunque hubo excepciones) estaríamos en el 2771 ab urbe condita.

No es algo extraño, claro. Cuanto antes reconozcamos que los calendarios y las fechas no son sino una convención (incluso una imposición) cultural antes podremos seguir avanzando en el relato. Que es, se lo prometo, bastante divertido. De paso nos quitaremos absurdas ideas de la cabeza sobre apocalipsis mayas, apocalipsis navajos, apocalipsis hebreos o milenarismos varios. Piensen ustedes que ya hubo ideas de lo del fin del mundo en el siglo I, en el III, al final del Imperio romano, en el siglo VIII, en el año 800… Coincidirán conmigo en que eso le quita épica al asunto, aunque alguno se la quisiera devolver. Silvestre II celebrará la llegada del año 1000 con toda la pompa necesaria, acojonando a un grupo de fieles con todo eso del acabar de los tiempos y salvándoles en última instancia gracias a su piedad. También, cuentan las crónicas, tenía un gólem, una cabeza parlante, dotes adivinatorias y bastante mala hostia. Todo un personaje, vaya. Eso sí, tengan en cuenta que lo del año 1000 era cosa de pijitos, porque de aquellas los campesinos andaban más centrados en si se jodería la cosecha ese invierno o en si aquel bubón tan negro del cuello había crecido bastante…

Pues eso, vayan olvidando lo del 2018, porque es una falacia. Desde que se inventó el contar las estaciones (al parecer los primeros en usar un calendario solar fueron los egipcios, hace unos 4500 años) cada cultura ha dispuesto su propia cronología. Y la nuestra no es sino una más.

Veamos… ustedes habrán felicitado (ebriamente) el 2018, ¿verdad? Pues sepan que en algunos lugares les hubieran tomado por chiflados o, al menos, por turistas con escasa capacidad de integración. En Etiopía aún estamos en 2010, y no entraremos en 2011 hasta el 29 de agosto. En Java vivimos en el 385 desde la reforma de su calendario (solo que como es lunar, de doscientos cuarenta días, en realidad para ellos han pasado quniientos ochenta y cinco años), en Japón corre el 2678 desde la fundación del Imperio, para el calendario nanakshahi (de uso litúrgico entre los sij) estamos en el 550, es el año 2843 de la era Kollam si nos regimos por el calendario malayalam, para los musulmanes aun andamos por el 1439 desde la Hégira, los bereberes elevan su suma hasta los 2968 años, que son 1424 para los bengalíes o 2074 para los nepalíes, y andaríamos por el 2784 si siguiésemos las cuentas de los filósofos de la Grecia antigua, que eran tipos a los que tomar en consideración. Hay más, ¿eh? En China van por el año 4714, los budistas están en el 2559, los mayas (si queda alguno) en 5131, los judíos en el 5778, los hindúes celebran el año 5120 de la Era Kali, mientras que en Irán marchan por el 1396.

Ya ven, un follón. Da para pensar, ¿verdad?

Julio se equivoca, Gregorio lo arregla regular…

Vimos más arriba que fue Julio César quien fijó que el primer día del año sería el 1 de enero. Hizo más cosas, claro. Lloró en Hispania, conquistó las Galias, cruzó el Rubicón, tuvo unas espaldas anchísimas para aguantar hasta veintrés puñaladas, y sale en un montón de álbumes de Astérix.

También metió mano al tiempo, porque lo de pasar a la historia era algo que le ponía bastante al hijo de Aurelia. De esta forma impuso un calendario de doce meses (entre veintiocho y treinta y un días). Cada cuatro años habría uno bisiesto, lo que será el mayor problema de esta cuenta, como veremos. Los meses estaban dedicados a divinidades o fiestas hasta junio, y a partir de entonces pasaban a ser descripciones ordinales. Marco Antonio renombró el mes quintilis como julio en honor a Julio César, y años más tarde Augusto, el sobrino nieto de César (y más cosas, si hacemos caso a Neil Gaiman) se puso él mismo un mes, por aquello de que, joder, para eso era el primer emperador, ¿no? Sextilis pasó a llamarse agosto, y entre eso y lo de empezar el año en enero nuestro mes séptimo (septiembre) es en realidad el noveno, y de ahí en adelante. Otro lío.

Claro, lo de los años bisiestos cada cuatro parece una buena idea a priori, pero va dejando restos de cara a la posteridad. A Julio igual no le preocupaba mucho, porque era de los de importarle poco las herencias, y para lo que le quedaba en el convento pues eso. Pero nos sobran once minutos y catorce segundos cada año. Un nada, una miajina de tiempo. ¿Qué puede hacer usted en once minutos y catorce segundos? Vale, vale, mejor ni conteste… Sucede que cada ciento veinticuatro años tenemos un día de más, y si seguimos avanzando en la historia pues la cosa se nos complica. De tal forma que ya en el Renacimiento corríamos el peligro de que las estaciones no entrasen cuando deben (un poco como ahora) y en ese contexto de guerras, pestes y cismas pues tampoco era plan de estar pendientes de chaparrones que llegan sin que se les espere.

Así que el papado se puso manos a la obra y la reforma vino de la mano de Gregorio XIII. En 1582 este pontífice publica la bula Inter Gravissimas (los papas eran muy suyos para poner títulos grandilocuentes), que instaura el nuevo calendario gregoriano. Pero había un par de problemas.

El primero de ellos eran los días de más que teníamos desde hacía…bueno, desde hace milenio y medio. Vamos, que nos sobraban jornadas. Así que tendríamos que hacerlas desaparecer. A las bravas, cómo no. En la monarquía española, por ejemplo, se pasó del día 4 de octubre al 15 de ese mismo mes. Hop, asunto arreglado de forma (relativamente) higiénica. Que Santa Teresa muriera ese 4 de octubre y la enterrasen al día siguiente, que eran once fechas más allá, quedó solo como anécdota. Visto el futuro que iba a tener el cadáver de la santa (usado como afrodisiaco para Carlos II) parece peccata minuta.

Calendario ruso, 1923. Imagen: Cordon.

Más complicado fue lo de incorporar todo el orbe a esta nueva manera de contar el tiempo. La catoliquísima España fue la primera de la lista (a otras cosas tardó más en llegar, pero para esto se las pelaban los Habsburgo), a la vez que lugares totalmente libres de esas locuras protestantes tan de moda en la época, como Francia, Portugal o Saboya. De ahí en adelante, un goteo. Gran Bretaña no adoptó el nuevo calendario hasta 1752. Eso hace que Cervantes y Shakespeare no muriesen el mismo día, sino con diez de diferencia, pese a que pudiera ser la misma fecha (pero no, porque en realidad Cervantes fallece el 22 de abril, el 23 lo entierran, ríanse ustedes del día del libro). Suecia se incorpora en 1712, y tiene que hacer un montón de malabarismos porque llevaba la cuenta desfasada total. Para cuadrarla en 1712 tendrán un 30 de febrero, imaginamos que gélido, por aquellas latitudes. En Rusia nunca habrá conversión al calendario gregoriano, y por eso la Revolución de Octubre comenzó, para un español medio, el 7 de noviembre. Serán los soviéticos quienes fijen la reforma, pasando del 31 de enero de 1918 al 14 de febrero, con lo que dejaron vendidos a quienes no tuvieran decidido el regalo de San Valentín. Lo hicieron, además, con un calendario revolucionario. Semanas de cinco días, uno de los cuales se libraba, oigan. Todavía más tarde habrán de ponerse gregorianas naciones como Grecia (1923) o Turquía (1926). Incluso la nueva China comunista adopta esa nueva forma de medir los años en 1949, aunque sigue conservando su calendario tradicional de forma paralela. El 16 de febrero de nuestro 2018 es para los chinos el primer día de su año 4715…

Diecisiete de Homero, día de Terencio. Y de los enamorados

Vale, hemos visto que el tiempo se cuenta a partir de ideas militares, mitológicas, religiosas, incluso políticas…pero, ¿y lo racional? ¿es que nadie va a pensar en lo racional? Pues sí, y a partir de criterios empíricamente demostrables se crearon diversos calendarios que reunían lo mejor de las artes y las ciencias en el género humano. Batiburrillos incomprensibles en unos casos y entrañables intentonas inocentes en otros, estos fracasos resultan, sí, extraordinariamente humanos. Y es que una de nuestras características como especie es conseguir exactamente lo contrario de lo que nos hemos propuesto con una acción determinada.

Auguste Comte (1798-1857) fue un filósofo bastante tarambanas, el creador de la sociología y uno de los pensadores más influyentes del siglo XIX. Entre reflexión y reflexión a Comte se le ocurrió plantear un calendario alternativo que olvidase las bases tradicionalistas, religiosas y políticas del gregoriano para abrazar la Razón (con mayúscula). Fue llamado Calendario positivista, porque de aquellas Auguste andaba con esas cosas.

Primer elemento particular: la jornada que da comienzo a la historia para este calendario es el 1 de enero de 1789, por lo de la toma de la Bastilla unos meses después. En otras palabras, hoy estaríamos en el año 229 positivista, que ya es un cambio grande. Vale, sigamos. Había trece meses de veintiocho días, con nombres tan seductores como Moisés, San Pablo, Shakespeare, Gutenberg, Carlomagno, Federico II, Bichat o Dante. Esto, que ya de por sí suena cojonudo, se acompañaba de un nuevo santoral laico que olvidaba asaeteados y emparrillados para dedicar cada amanecer a una figura cultural. Así, por ejemplo, la segunda semana del mes de Aristóteles tenía los días de Solón, Jenófanes, Empédocles, Tucídides, Arquitas, Apolonio de Tiana y, para celebrar el domingo, Pitágoras. No me digan que no es atractivo. Y sí, el día de los enamorados pasa a ser el 17 de Homero, día de Terencio, que queda como más culto, ¿no? Nada humano me es indiferente, y tal. Eso sí, no busquen muchas mujeres porque nuestro Comte pensaba que eran seres inferiores (aunque más dulces y abrazables que los hombres). Nadie es perfecto…

La idea de Comte era retomar, en parte, el antiguo calendario republicano francés, el establecido a partir de la Revolución. El de 1793 era el año I de esta nueva forma de contar las vidas, que huía de todo lo tradicional. Tenía doce meses de treinta días, renombrados en atención a las tareas del campo o las condiciones meteorológicas. Así, en lo que nosotros llamamos septiembre empezaba el vendimiario, al que seguía el brumario (porque empezaba a haber nieblas, aclaro para los urbanitas), y después iba el frimario (la traducción sería algo así como «escarchario»), el nivoso, el pluvioso, el ventoso y el germinal. Después de las semillas llegaban las flores (floreal), los prados (pradial), las cosechas (mesidor), la canícula (termidor) y el arrancar las frutas del árbol (fructidor). Por si esto no fuera suficientemente eufónico cada día estaba dedicado a una planta, un mineral, un animal o una herramienta. Así, servidor nació un día de laya del mes ventoso de lo que hubiese sido el año CLXXXVIII. En otros ejemplos, escogidos totalmente al azar, el 12 de octubre, Día de la Hispanidad, sería la jornada del cáñamo del vendimiario, el 11 de septiembre estaría dedicado al cangrejo de río (simpático crustáceo) y nuestro entrañable San Valentín quedaría renombrado como el 26 de pluvioso, con dedicación a la isatide, una hierba de lo más vulgar pero que, ojo, se utiliza para combatir la sífilis (de nuevo, dato seleccionado aleatoriamente).

Calendario revolucionario francés de 1793 y 1794 (detalle). Imagen: Cordon.

La cosa es que este experimento tuvo poco recorrido, porque el primer día de 1806 (el paso del 10 al 11 del mes nivoso del año XIV) Napoleón, que ya andaba un poquito subido con lo de ser emperador y regalar reinos como si fueran entradas para Copa del Rey, decide abolirlo. El muy sinvergüenza, que dio el golpe del 18 brumario. El último día del calendario revolucionario estaba dedicado al mayal, que son como unos nunchakus que se usan en el campo. Tampoco parece haber simbología oculta en esto.

A mediados del siglo XX aquel grupo de entrañables chiflados que fueron los patafísicos presentaron su propuesta de calendario. Como todo en este desopilante grupo (Vian, Queneau, Ionesco, Genet) uno no sabe muy bien si estaban hablando en serio, o si, de hecho, es posible hablar en serio sobre algo. Tenía meses como tatana, clinamen (repitan conmigo…suena delicioso, clinamen), palotín, mierdra, o descerebramiento. Todo giraba alrededor de la natividad del gran Alfred Jarry, su obra y, en general, cualquier cosa que molase lo suficiente. Así, el día 9 del mes absoluto celebraba el Espíritu Santo del vino. Apenas veinticuatro horas antes se había conmemorado la absenta, con lo que eso duele. El 23 de febrero, ojo, era la Erección del Supermacho (ya ven), y mi onomástica caía en San Ojete (ya ven, otra vez). Y, en plan fan absoluto, me he dedicado a buscar cuándo se produjo el gran momento de la patafísica finisecular, que no fue otro que la melopea de Fernando Arrabal en televisión, con lo del «mineralismo», la virgen María, los besos y la ebriedad. Fue en el mes absoluto, en la medianoche que separaba el día de Xylostomía y el del Chorro Musical.

Larga vida a Fernando Arrabal.

Intentos actuales

¿Piensa el lector que todas estas gaitas son cosas pretéritas, y que hoy en día, instantes de posmodernidad, el tema está atado y bien atado? Nada más lejos de la realidad. En estos tiempos difíciles ni el tiempo está perfectamente definido. Y no lo está porque, ya hemos visto, no deja de ser una convención artificial, una que además incorpora elementos políticos y religiosos. Vamos, nada de lo que presumir mucho. Por eso no es de extrañar que en la actualidad se sigan planteando alternativas de calendarios más exactos que pudieran tener aplicación universal. Vano intento, por cierto…

Existe una propuesta de calendario mundial presentada hace casi un siglo por Elisabeth Achelis, que adopta años intercambiables con trimestres siempre iguales. En otras palabras, para toda la eternidad el 1 de enero será domingo (con lo que de salida se nos jode un festivo) y mi cumpleaños caerá siempre en martes (que me viene fatal). Que esta idea surgiera menos de diez años después de que Grecia adoptase la datación gregoriana habla bastante mal de nosotros como especie. Aparecen, pese a ello, otras que van por cauces similares (el Calendario Permanente Hanke-Henry, el Calendario Fijo Internacional, el Calendario Dariano) pero todas tienen idénticos problemas. El principal, que son absurdamente occidentales, dejando de lado la evidencia de que poseemos cientos de formas de medir el tiempo distintas por todo el orbe. Si no triunfó el esperanto, que suena genial, imagínense esto.

Por haber hay incluso una proposición que busca huir por completo de cualquier referencia religiosa, datando el comienzo «de los tiempos que miden el tiempo» de una forma… geológica. El impulso parte del italiano Cesare Emiliani, que era un científico muy leído y un tipo de lo más interesante. La base de su calendario fue sustituir dioses y reyes por un elemento mensurable: el comienzo de la era holocena, el punto inicial de la presencia «humana» en el planeta. Redondeando que da gusto, Emiliani decidió que el Holoceno empezaba el 1 de enero del año 10 000 antes de nuestra era (que ya es precisión, oigan), por lo que ahora estaríamos en el año 12 018 de la era holocena. Claro, este calendario tiene algunos problemas, como el dejar fuera del tiempo humano a joyas del arte como Altamira o Lascaux (con el consiguiente quebradero de cabeza para los vendedores de souvenirs) y la sospecha de que tanta exactitud a la hora de datar la llegada del Holoceno es, por decirlo de alguna forma, exagerada. Que vamos, parece que uno se acuesta un domingo en el Pleistoceno y el lunes, venga, todos a comenzar el Holoceno. Menuda semana de cambios, vaya, eso sí es incertidumbre.

¿Quieren saber una última curiosidad? Recientemente se ha encontrado en Warren Field, al norte de Escocia, lo que parece ser el calendario más antiguo del mundo. Es lunar, y podría marcar el paso, casi simbólico, entre una sociedad cazadora-recolectora y otra agrícola. ¿Su antigüedad? Unos 12 000 años. Sí, la misma que proponía el Calendario Holoceno. Casualidad, seguramente.

Pues eso, que feliz 2018. O lo que sea.

PD: Este artículo se terminó de escribir el día 12 del mes del descerebramiento, dedicado a San Guillotin, médico.


Patafísica de Alpha Zero: 0 1 1 2 3 5 8 13 21…

Fotografía: Maxpixel (DP)

Alpha Zero. El alfa del aleph trascendente, la cabeza de buey mesopotámico, el punto donde estaban todos los puntos del inmortal cuento de Jorge Luis Borges junto con el cero hindú que ayuda a enfrentarse a la nada; el cero trasladado por la cultura árabe para llegar a Europa de manos de, ni más ni menos, el matemático Fibonacci. Un Yin, un Yang, un cero, un uno, un uno, un dos, un tres, un cinco, un ocho, un trece y así hasta el infinito; dos opuestos, dos especies de bellos animales, juntos, biunívocamente juntos, gritando como tigres y osos salvajes en la tundra, jugando al ajedrez.

El 5 de diciembre de 2017 hubo revuelo mundial en el mundo de los trebejos. Alpha Zero, un sistema de inteligencia artificial desbrozando la complejidad del milenario juego en cuatro horas, sin conocimiento previo, sin ayuda humana y destrozando al más grande entre los grandes, el módulo Stockfish. Viniendo de la nada nos recuerda que el conocimiento está ahí agazapado dentro de la esfera de aquello que está por descubrir. Porque la realidad, esa construcción mental que cree que ahí fuera hay entes, entidades y procesos, es más amplia que el entendimiento, la razón, cualquier búsqueda espiritual o material de las cosas. De repente Alpha Zero nos pone en nuestro lugar: una especie más, de corto entendimiento y altas miras. Y aquellos programas que creíamos invencibles, que intentaban codificar nuestro propio entendimiento, se pierden en la precisión insólita de las jugadas de la nueva bestia. Y he aquí la hermosa paradoja: Alpha Zero simula un aprendizaje tabula rasa, como si fuera el cerebro de un bebé y, cuando emerge triunfante, se ha convertido en algo que no sabemos qué es, pero sabemos que es mejor a lo que conocíamos. Un ente inteligente que solo juega, ¡pero cómo juega!

Por eso tanto revuelo. Nos ha descolocado: la red neuronal y el aprendizaje profundo logran caminos insospechados. Generan conocimiento inexplorado. Y nos hace despertar. Despertar y encontrarnos con un espejo reluciente, una máscara de sueños, un epitafio multimedia de nuestro ser. Y escuchar. Oír el rugido de las bestias hambrientas que nos amedrentan. Y conocer. Destripar la naturaleza de lo que nos hace humanos, los mitos, y deshojar todas, una a una, las margaritas de la sabiduría. Hoy es el primer día de Janucá y las kandelikas se encenderán para iluminar nuestro ser espiritual. Rayos de luz eterna sobre los fantasmas de nuestros antepasados. Rayos de la sefirot que atraviesan los tiempos y nos muestran, una vez más, una metáfora: una red neuronal profunda, el inicio frente a la nada del vacío. Alpha Zero.

Las diez sefirot del árbol de la vida de la tradición cabalística. Semejan, con un poco de imaginación, una red neuronal profunda.  Imagen: Anon Moos DP.

Alpha Zero, en realidad, no juega al ajedrez. Mueve las piezas. Pero lo hace con tino, con tanto tino que llegó a 3400 de Elo en unas cuantas horas de entrenamiento, partiendo desde cero, sin conocimiento alguno de ajedrez más que las reglas de ataque y defensa y, claro está, los movimientos de las piezas. Su funcionamiento es bastante críptico: no tiene una función de evaluación como el resto de los programas de ajedrez. Es decir, no encapsula conocimiento ajedrecístico, sino que lo crea. Lo hace gracias a una red neuronal profunda de múltiples capas interconectadas que distribuye ese conocimiento que va descubriendo a lo largo de distintos niveles de complejidad. Esto significa que no evalúa si una posición es buena o no, lo único que sabe es que una jugada tiene cierta probabilidad de contribuir a ganar la partida. A esto le une una estrategia de búsqueda aleatoria (Monte Carlo) que da con jugadas y variantes fuertes rápidamente. El conocimiento ajedrecístico de Alpha Zero está distribuido por los nodos de su red neuronal profunda de una manera tan sutil y a unos niveles de complejidad tan distintos de la verbalización humana que resultará imposible (en principio) extraer conocimiento por ese lado. Lo que sí sería posible hacer es ver cómo fue adquiriendo destrezas en sus jugadas a lo largo de las millones de partidas que jugó contra sí misma para descubrir y llegar a ser tal monstruosidad ajedrecística. El proceso es aquí lo importante, el desarrollo y la evolución de la red y de sus parámetros. Hay que imaginarse millones de partidas iniciales en donde todas eran ridículas hasta que, en un momento casi mágico, Alpha Zero comienza a encontrar jugadas que no son tan ridículas, que tienen mucho sentido para nosotros.

Por ejemplo, cualquiera que sepa jugar al ajedrez podría decir lo siguiente: «e4 ocupa el centro, abre diagonales, domina d5 y f5 y amenaza con un posible avance para adentrarse en el campo enemigo». Esto, en programas como Stockfish, que perdió estrepitosamente contra Alpha Zero (cien partidas, veintiocho victorias, setenta y dos tablas y cero derrotas, aunque en condiciones poco favorables para el pobre módulo, todo hay que decirlo) está codificado en forma de «función de evaluación» que contribuye a valorar la posición. Por eso cuando se pone un módulo a analizar una partida vemos una evaluación numérica, cuanto más negativo más favorable para las negras y, al revés, cuanto más positivo mejor para las blancas. En cambio, Alpha Zero solo da valor a la jugada y ese valor no es el resultado de saber si la posición es mejor o peor para un bando u otro, es simplemente un valor asociado a la probabilidad (basada en la experiencia y simulación de partidas) de que esa jugada sea ganadora.

Alpha Zero estrangula a Sotckfish en la partida tres. En la izquierda, AZ encuentra TxC! para más adelante, llegar a la posición de la derecha en donde la dama negra ocupa una casilla muy triste y la ventaja blanca ya es decisiva.

La experiencia humana en el ajedrez tiene mil quinientos años, cien o doscientos arriba o abajo. Las bases de datos de partidas de calidad tienen millones de ellas; además en internet se juegan cada día otros cuantos millones más (la mayoría de escasa relevancia) pero que contienen jugadas y patrones y posiciones que son de interés para el saber ajedrecístico. En otras palabras, la información a la que se tiene acceso en estos momentos es abrumadora. Aun así, el conjunto de todas estas partidas no alcanzan siquiera a arañar el número de partidas posibles: 10**120, número astronómico que, sin embargo, Alpha Zero navega como si fuera el mar Mediterráneo: un velero fenicio en busca de las costas occidentales, negociando olas y peñascos y desafiando la brisa ausente. A Alpha Zero no le importa todo este conocimiento: se lo ha fabricado desde, bien, desde cero; todos las partidas en una sola partida, como el Aleph de Borges, en unas cuantas horas de entrenamiento.

¿Qué moraleja contiene este increíble logro de la ciencia de la computación? Para mí hay una connotación filosófica clara, Alpha Zero nos enseña a ser mucho más humildes a la hora de pensar que nuestra manera de conocer el mundo, la realidad, es una manera que nos acerca a ella frontalmente, sin fisuras. El conocimiento nos hace libres, hemos conquistado saberes impensables hace diez mil años cuando nuestros antepasados todavía intentaban poner palabras a las cosas y a las emociones.  Pero es posible que nuestra manera de pensar, que se ha ido moldeando en nuestro cerebro desde los albores de las civilizaciones, refleje restricciones biológicas, fisiológicas y fisico-químicas que nos hacen razonar de manera poco eficiente. La facilidad con que Alpha Zero ha conquistado el go, el shogi, el ajedrez, pilares de la complejidad, nos lo demuestra. Nuestra capacidad para relacionar información sencilla es muy limitada. ¿Qué hay más sencillo que poner piedras blancas en las intersecciones de unas líneas para rodear piedras negras? Quizás el movimiento de una torre, simple, directo, en línea recta. Y, sin embargo, millones de aficionados se ahogan en una complejidad aparente, presente en sus cerebros pero ausente en el tablero, que les hace dudar una y mil veces antes de mover cualquiera de sus piezas.

Una hipótesis, quizás no demasiado descabellada, es que somos una especie patafísica. Sí, señoras y señores. Una especie que se ha creído el cuento de la ciencia de que somos seres racionales y buscamos la unificación del conocimiento, el arjé común de la fisis. Pamplinas. En cambio, en consonancia con los preceptos patafísicos de Alfred Jarry, somos una especie de excepciones, de opuestos, de alfas y ceros, de racionalidad irracional, que busca el placer en el dolor y el dolor en el placer, que se emociona constantemente con el canto de las sirenas, que ama y odia como si fueran caramelos, que embiste el vacío de la muerte con un escaso bagaje: amaneceres arrebolados de sueños y esperanzas. Y amanece, que no es poco.

Hoy es el séptimo día de Janucá y las kandelikas siguen iluminando la vida de los humanos. El Alef, que todo lo ve, todo lo sabe, todo lo imagina y todo lo computa, habita en cada uno de nuestros maravillosos cerebros.

Diploma de patafísico de Boris Vian, 1966. Imagen: J-C Guinot (CC).


Algunos inventos inútiles, o la crítica del materialismo

Kenji Kawakami

1

Una visita al padre de George Constanza lleva a Cosmo Kramer a inventar un sostén para ancianos en uno de los mejores episodios de la serie televisiva Seinfeld . “Vender sostenes a mujeres significa abarcar solo el 50% del mercado” afirma el inversionista que Kramer y Frank, el padre de George, consiguen para su invento: la lógica detrás de esa afirmación es indiscutible, excepto por el hecho de que nadie quiere ver a un anciano con sostén, nadie quiere ver anuncios de ancianos en ropa interior en las páginas de su revista favorita y nadie desea trabajar en la sección correspondiente en cualquier tienda de ropa. Una vez más (y esto parece ser lo que caracteriza la lógica económica que preside todas las invenciones absurdas), la creación del producto supone la de su necesidad: tan solo se requiere que el público se habitúe a ello. Que la oferta de sostenes para ancianos sea minúscula o inexistente en sitios como El Corte Inglés se debe a una desavenencia entre Frank y el inversionista, así como al hecho de que Seinfeld es una obra de ficción, pero hay poco de ficcional en el tipo de lógica mercantil que preside las invenciones de Kramer (una selección de las cuales puede encontrarse en YouTube): un restaurante donde el cliente puede cocinar su propia pizza, un coffee table book sobre coffee tables, un perfume que te hace oler como si acabaras de regresar de la playa, una máquina expendedora de corbatas para restaurantes, etcétera. En Seinfeld (cuya crítica social tiende a menudo a ser subestimada) estas invenciones funcionan como un comentario al margen acerca de un sistema económico articulado en torno a la creación de necesidades falsas y capaz (al menos potencialmente) de producir cualquier objeto estúpido si consigue convencer a la suficiente cantidad de consumidores de que deben comprarlo.

2

Al parecer, no es difícil hacerlo. Wilhelm Reich, por ejemplo, convenció a cientos de psiquiatras en Europa y en Estados Unidos de la utilidad de su “acumulador de orgón”, un aparato de su invención consistente en una cabina metálica en la que (supuestamente), ante la imposibilidad de escapar a ningún sitio, la energía del paciente rebotaría y volvería a ingresar en su cuerpo, curándolo de enfermedades como el resfriado, el reuma, el cáncer y la esquizofrenia.

Reich había nacido en 1897 en la Galitzia austrohúngara de la que también vinieron Paul Celan, Joseph Roth, Zbigniew Herbert, Bruno Schulz y otros; había estudiado con Sigmund Freud (de quien había acabado distanciándose a raíz de que el padre del psicoanálisis no compartía la importancia otorgada a la sexualidad por Reich, para quien la salud mental de una persona podía medirse por su capacidad para obtener placer sexual) y había estado huyendo del nazismo desde 1934, primero en los países escandinavos y más tarde en los Estados Unidos, donde había comenzado a comercializar sus acumuladores. Al parecer, fue precisamente en 1934, en Suecia, cuando a Reich se le ocurrió que era posible ver la energía sexual (que para él era la energía biológica, sin más) con ayuda de un microscopio; un año después dijo haberla visto y que era de color azul. Reich cogió una conjuntivitis mientras estudiaba muestras vegetales a través del microscopio (creía que la base de la energía sexual debía encontrarse en las plantas, que constituyen la base de la pirámide alimentaria) pero la atribuyó a la energía producida por los “biones” de las plantas y aumentada por el microscopio, así que la enfermedad lo reforzó en su convencimiento de haber dado con el mínimo común denominador de la vida: a continuación, comenzó a vender los aparatos para prolongarla mediante la acumulación de orgones. En 1947, la Administración estadounidense inició una demanda contra él por comercializar como si se tratase de un producto médico un aparato cuyos beneficios para la salud no estaban demostrados: Reich fue condenado a dos años de cárcel en 1954, su obra fue prohibida (de hecho, una buena parte de ella fue quemada por las autoridades en el patio de la casa de Reich, quien ya había visto arder esas mismas obras a manos de los nazis en 1933), sus acumuladores destruidos y su creador murió en la cárcel de Lewisburg, en Pennsylvania, tres años después con un diagnóstico de esquizofrenia.

Aún hoy se discute acerca de si el “descubrimiento” del orgón por parte de Reich no fue el producto de su enfermedad mental; aún hoy, también, sus métodos siguen siendo empleados por algunos terapeutas y están en la base de algunas pseudociencias y de prácticas esotéricas del tipo new age; más aún: cada vez que alguien dice (en particular en América Latina) que una persona tiene o es “buena onda” está citando en mayor o menor medida a Reich, para quien el orgón era equiparable a la energía vital que las religiones orientales denominan prana, qi o kundalini. No hay testimonios de que Woody Allen se haya visto muy beneficiado por su visita a un orgasmatrón en El dormilón (aunque, por supuesto, Allen no es alguien de quien uno pueda decir que carece de energía sexual), pero los acumuladores de Reich siguen siendo comercializados estos días (Motörhead les dedicó una canción), en los que incluso se venden unos cañones que bombardearían de orgones el cielo con fines que a mí se me escapan.

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Curiosamente, la invención de dispositivos de base dudosa y de efectos discutibles o nulos también interesó mucho a los primeros perseguidores de Wilhelm Reich, los nazis (los segundos fueron los servicios secretos estadounidenses, aunque Reich creía que quienes lo vigilaban eran los extraterrestres). Mientras el almirantazgo alemán se esforzaba por detectar la ubicación exacta de submarinos enemigos en el área del Atlántico con un péndulo de metal y algunos jerarcas consideraban la posibilidad de que la Tierra fuese hueca y estuviese habitada en su interior por gigantes arios potencialmente susceptibles de ser reclutados en las tropas del Eje, algunos científicos nacionalsocialistas diseñaban y probaban armas que lanzaban rayos X e infrarrojos al tiempo que otros, mejor orientados, estudiaban las posibilidades bélicas de la energía nuclear, que sus homólogos en los Estados Unidos (muchos de ellos, científicos alemanes exiliados) supieron explotar mejor. Albert Speer cuenta en sus memorias que Hermann Göring se dirigió a él hacia el final de la guerra para preguntarle acerca de la viabilidad de un tren de concreto a prueba de bombas que se le había ocurrido; Speer le dijo que un tren de ese material tendría un peso tan desmesurado que no habría locomotora capaz de ponerlo en movimiento, cosa que parece haber apenado mucho a Göring. A Adolf Hitler también lo apenó profundamente la inviabilidad de su “bomba de alta presión” (en realidad, un cañón de 100 metros de longitud que lanzaría monumentales bombas a la distancia y que, por supuesto, nunca funcionó), pero (de acuerdo a un vídeo en YouTube) lo que más lo enfadó fue la reforma laboral de Mariano Rajoy, esta sí, mucho más dañina que todas las fantasías hitlerianas de la Tierra hueca, los trenes de concreto y los cañones gigantes.

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En un libro magnífico de Gonzalo Carranza titulado Máquinas infernales (Buenos Aires: Colihue, 1999) se informa acerca de la invención en Barcelona en 1907 de una “ventana fuelle”. Al parecer, esta consistía en una ventana adosada a un fuelle similar al de una máquina fotográfica antigua que permitía “acercar” la ventana al centro de la habitación facilitando que su usuario se refrescase sin necesidad de aproximarse a ella o, como decía su anuncio en la revista Mundo científico, permitiéndole “respirar el aire fresco de la noche sin tener que exponer el cuerpo a las inclemencias atmosféricas”. Al igual que otros inventos catalanes (el idioma catalán, por ejemplo), este no abandonó las fronteras regionales (o nacionales, como se prefiera) a pesar de que su utilidad parece inobjetable, o no.

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El sostén para hombres ya existe y es muy popular en Japón. Allí afuera hay alguien lanzando orgones al cielo y es posible que esto nos reporte beneficios de los que nada sabemos aún (de hecho, quizás esto explique la existencia del porno amateur peruano, por mencionar un fenómeno inexplicable). Quizás alguien logre construir un tren de concreto susceptible de moverse. Ninguno de estos inventos responde a una necesidad real; de hecho, su interés y su valor radican en proponer soluciones imaginarias a problemas inexistentes, que es la finalidad de la patafísica (a la que, como es evidente, se adhieren estos artículos) y lo que desde hace tiempo lleva a cabo el japonés Kenji Kawakami, director de la Academia Chindogu. Esta alienta y documenta la producción de objetos sin utilidad práctica que, sin embargo, deben funcionar; objetos, como sostiene Kawakami en el libro Chindogu oder 99 (un)sinnige Erfindungen (Chindogu, o 99 invenciones absurdas. Colonia: DuMont, 1997), que deben cumplir con diez requisitos para ser considerados “chindogu”: no deben tener ninguna aplicación práctica, deben cumplir su función (es decir, deben funcionar aunque su funcionamiento sea disparatado e innecesario), no deben adecuarse a ningún tipo de norma o costumbre, tienen que poder ser utilizados en la vida cotidiana, no deben estar a la venta, no tienen que cumplir una función exclusiva o principalmente humorística (aunque el efecto cómico pueda existir a modo de apéndice y en una segunda interpretación del objeto), deben poder ser utilizados por todos los géneros y razas de forma indistinta.

Ropa infantil que permite que el niño limpie el suelo mientras se arrastra por él, pantuflas que se pueden calzar en un sentido o en otro (y solucionan el problema de que, al levantarse uno de la cama, estas siempre apuntan en la dirección inadecuada), un paraguas que puede llevarse como si se tratase de una corbata, un despertador equipado con púas que pincha a su propietario cuando este quiere apagarlo, gafas con embudo para aplicarse gotas oftalmológicas, un paso de cebra portátil: todos estos inventos (algunos de los cuales el propio Kawakami muestra aquí) no responden a ninguna necesidad sino que la crean y, por ello, son un fracaso, al tiempo que una rebeldía: son un fracaso en el sentido de que, aunque se postulan como objetos absurdos y carentes de utilidad no son menos absurdos e inútiles que muchos otros objetos que se comercializan estos días (cosa que podrán entender quienes hayan sido padres recientemente, ya que el convertirse en uno parece estar irremediablemente vinculado estos días con la adquisición de sillas, bolsos, carros y otros chismes que nadie parece haber necesitado en el pasado, a pesar de que, según dicen, los niños se hacían en mayor número y con más facilidad que en el presente); en ese sentido, los chindogu son una muestra de rebeldía ante nuestro excesivo consumismo y quienes se benefician de él. En palabras de su creador, “son una crítica a nuestra civilización, materialista y descarrilada”. “Quizás las personas que conocen los chindogu comiencen a llevar poco a poco una vida sin tantos objetos inútiles y descubran que, de eso modo, viven con mayor libertad y autonomía”, sostiene Kawakami, pero una sociedad así es tan improbable estos días como la existencia de los gigantes arios en el centro de la Tierra, a disposición de quienquiera que desee iniciar una conflagración mundial cualquier día de estos y necesitados de un buen bronceado.