Cuando Pau encontró a Kobe

Kobe Bryant y Pau Gaso, 2009. Foto: Keith Birmingham / Cordon.

El 26 de octubre de 2004, Phil Jackson publicó The Last Season, el libro que resumía su última temporada al frente de Los Angeles Lakers. Habían pasado solo cuatro meses desde la final perdida contra los Pistons y tanta celeridad solo podía tener una explicación: Jackson estaba cabreado. Muy cabreado.

Enfadar a un hombre apodado «Maestro Zen» no es fácil. Está al alcance de muy pocos… y uno de esos pocos era Kobe Bryant. Aunque en rigor el libro se ceñía a la temporada 2003/2004, cuando Mitch Kupchak consiguió juntar a Karl Malone y Gary Payton como acompañantes de Shaquille O´Neal y el propio Kobe, lo cierto es que las reflexiones de Phil Jackson iban más allá y confirmaban el sentir popular: Bryant era un egoísta, Bryant fue el que rompió la química de ese equipo, Bryant siempre se había negado a aceptar un rol secundario frente a la exuberancia de Shaq y, sobre todo, Bryant era la mente maestra tras la decisión de prescindir tanto del pívot como del entrenador aquel verano. El rey no quería sombra.

Esa concepción de Kobe, ya digo, no era nueva, y en ese sentido quizá Jackson pecó de populismo —no sería la primera ni la última vez—. Ahora, en la distancia de la muerte, todo el mundo quiere a Kobe, pero no hay que olvidar que pocos jugadores fueron más odiados que él cuando llegó a la liga con dieciocho años autoerigiéndose en «el nuevo Jordan», título honorifico que había pertenecido hasta entonces a Grant Hill, el fabuloso jugador de Duke llamado a ganar todos los anillos del mundo hasta que las lesiones se cruzaron en su camino.

Kobe, desde luego, no era Grant Hill. Kobe no sabía lo que era la universidad ni la disciplina ni tenía el más mínimo interés en agradar a la prensa o hacer amigos entre el público. Kobe era una máquina competitiva y lo demostró desde el primer momento, luchando de tú a tú con los Van Exel, Ceballos, Eddie Jones y otros tantos que representaban el statu quo en la plantilla. Kobe, digámoslo ya, era arrogante y muy individualista. Kobe llegaba al All Star y retaba a Michael Jordan como si no hubiera casi quince años y unos cuantos anillos de diferencia entre ellos. Kobe protestaba a los árbitros, se quejaba en la prensa, levantaba el puño a la afición contraria y, sobre todo, para jolgorio popular, Kobe acababa perdiendo en las primeras rondas de play-off ante la cara de impotencia de Del Harris.

Meterse con Kobe fue muy fácil precisamente hasta que llegó Phil Jackson en 1999, después de dejar un año de descanso para disfrutar de su sexto título con los Chicago Bulls. Jackson sabía canalizar energías y domar egos. Si había convivido tres años con Jordan, Pippen y Rodman, ¿qué problema había en hacerlo con Kobe Bryant y Shaquille O´Neal? El resto es historia: tres campeonatos seguidos y la consagración como mejor escolta de la liga, tanto en ataque como en defensa, donde supo enfocar a la perfección toda esa rabia innata.

Sin embargo, ni siquiera el triunfo valía. Kobe no quería ser Scottie Pippen. Las trifulcas con Shaq eran constantes y públicas. Lucha de egos, lo llamaban, pero en realidad, ahí, ego había solo uno. El ego del que se tiene que ganar las cosas, del que no nace midiendo 2,15, pesando 140 kilos y moviéndose pese a todo como un alero. Shaq era vago y Kobe era hiperactivo. Los Lennon y McCartney del deporte estadounidense. La relación empeoró cuando llegaron las derrotas: la eliminatoria contra los Spurs que impidió el cuarto título consecutivo en 2003 y sobre todo la ya nombrada final contra los Pistons de 2004, una de las grandes sorpresas en la historia de la liga.

Derrotado deportivamente, señalado públicamente por su entrenador y metido en un larguísimo proceso por violación que le hacía ir y venir de Colorado cada tres por cuatro, perdiendo entrenamientos, charlas y patrocinadores por el camino, a Kobe le quedaba el gran reto de demostrar que efectivamente era algo más que el Robin de Batman O´Neal. Mitch Kupchak hizo un equipo a su medida, trajo a Rudy Tomjanovich —que enfermó a mitad de temporada— y se hizo con jugadores de complemento como Lamar Odom, Brian Grant o Caron Butler más Chucky Atkins o Chris Mihm.

El resultado fue espantoso: los Lakers ganaron treinta y cuatro partidos y no estuvieron ni cerca de meterse en play-offs. Bryant no mejoró en exceso sus promedios y tuvo que lidiar con varias lesiones. El juicio se solucionó por vía civil, con un acuerdo estimado en unos 2,5 millones de dólares. Aquel año, los Spurs volvieron a ganar el título por tercera vez desde la llegada de Tim Duncan. Al año siguiente, lo harían los Miami Heat de Shaquille O´Neal. A Kobe no le quedó más remedio que tragarse el sapo y decirles a Buss y a Kupchak: «Traed otra vez a Phil».

Los récords y las frustraciones

Jerry Buss tenía fácil convencer a Jackson porque al fin y al cabo era su yerno. Después del desplome del año anterior, Phil aceptó el cargo con una sonrisa en la cara y la tranquilidad que da saberte reivindicado. Al poco, se dio cuenta de que Kobe iba a seguir haciendo de Jordan y eliminando cualquier posibilidad de juego colectivo. Cada vez que podía abandonar el famoso «triángulo ofensivo», lo dejaba de lado. Kobe era el principio y el final de aquella estructura y de alguna manera, siguiendo la comparación con Michael, los Lakers se convirtieron en una especie de Bulls de los años ochenta: vistosos pero poco efectivos.

La idea era hacer una pequeña transición hasta que el rookie Andrew Bynum resultara casi tan decisivo como lo había sido Shaq. Bynum era una fuerza de la naturaleza y haberlo reclutado con el número 10 del draft se consideraba un éxito. Ahora bien, Bynum ni siquiera había cumplido los dieciocho años cuando se presentó en el training camp y pronto se vio que su desarrollo físico era incompleto y que no estaba a la altura de una exigencia tan grande. Aquella temporada se pasó lesionado la mitad de los partidos. Era el principio de una racha sin fin.

Había que volver al plan A, es decir, al plan Kobe. Entre ese año y el siguiente, Bryant anotó 50 o más puntos en quince partidos diferentes. De hecho, llegó a encadenar cuatro partidos consecutivos superando esa cifra… y en el quinto se quedó en 43. La joya de la corona de esos dos años con Phil Jackson de vuelta fue sin duda el partido contra Toronto del 22 de enero de 2006 en el que se fue a 81 puntos, la segunda máxima anotación de la historia de la NBA. Kobe fue el máximo anotador de la liga en 2006 y lo volvió a ser en 2007. Tal y como él mismo prometía, se había convertido en un jugador imparable. Para marcar aún más diferencias con su pasado, decidió cambiar el número de su dorsal y del 8 pasó a ser el 24, acrónimo de «2004», cuando Shaq dejó el equipo.

Ahora bien, un jugador imparable pinta poco en un equipo mediocre. Los Lakers llegaron a play-offs en ambas temporadas pero cayeron las dos veces contra los Phoenix Suns de Steve Nash, la primera de ellas después de desperdiciar un 3-1 a su favor. Incluso promediando 35 y 32 puntos por partido, Kobe nunca optó seriamente al MVP, que era territorio reservado para el propio Nash. Frente a la exuberancia individual primaba el juego de equipo o así lo veían prensa y público.

Los Lakers necesitaban algo más para la temporada 2007/08, la cuarta sin Shaquille O´Neal, y Kobe exigía cambios de raíz. De lo contrario, lo mejor sería que le traspasaran. Los Lakers intentaron un intercambio con los Pistons, pero Bryant —que quería irse a los Bulls— lo vetó. La cosa quedó en nada, como había quedado en nada en 2000, cuando por primera vez pidió ser traspasado. El mal rollo, sin embargo, seguía instalado. Aquella temporada, Kobe cumpliría treinta años. 

El blues de Memphis

La temporada 2006/07 había supuesto a su vez la sexta para Pau Gasol en los Memphis Grizzlies. Pau, cuya llegada a la franquicia había coincidido con el traslado desde Vancouver, había visto de todo en el equipo y en su mayoría malo. Su llegada coincidió con la construcción de un enorme pabellón llamado «The Pyramid» que era imposible de llenar. El equipo era una mezcla de jugadores lesionados —Reeves, Dickerson, Anderson…— y jóvenes promesas con horchata en las venas —Fotsis, Swift—. La gran atracción era Jason Williams, llegado de los Sacramento Kings a cambio de Mike Bibby con la idea de atraer más público y más audiencia televisiva. La combinación de todos estos factores fue tan desastrosa que los Grizzlies solo ganaron veintitrés partidos. A cambio, Pau fue nombrado rookie del año y Shane Battier le estuvo cerca en la votación.

Hacía falta algo más. Alguien que entendiera el baloncesto desde los despachos y alguien que lo entendiera desde la pista. En su segundo año, a Pau Gasol se le cruzó el mismo hombre que apostara por Kobe Bryant cuando aún jugaba en el instituto: Jerry West. En 2002, cuando llegó al cargo, West ya era un hombre mayor y en el deporte la edad siempre es sospechosa. Una de sus primeras decisiones fue cargarse a Sidney Lowe como entrenador y poner en su lugar al comentarista de televisión Hubie Brown. Brown llevaba muchos años sin entrenar —y de hecho no volvería a hacerlo después de su estancia en Memphis— pero, ¿qué podía perder West en la apuesta? 

Hubie fue muy criticado en España. Muchísimo. Su delito fue limitar los minutos de Gasol… pero nunca su relevancia. Poco a poco, los Grizzlies empezaron a jugar como equipo, empezaron a defender, empezaron a saber dónde llevar el balón en las jugadas decisivas. De las veintiocho victorias de la 2002/2003 se pasó a las cincuenta de la 2003/2004. Llegó Bonzi Wells, llegó Mike Miller y, sobre todo, llegó James Posey para cambiarlo todo. Posey, un clásico 3+D (triplista defensor) era el favorito de la afición, de la prensa y del entrenador. Nunca se dio el suficiente crédito a Gasol por los éxitos de su equipo pese a ejercer de jugador franquicia. Hizo falta que los Grizzlies se metieran tres años seguidos en las eliminatorias finales —algo impensable cuando llegó Pau al equipo— para que por fin le eligieran para jugar un All Star, ya con Mike Fratello en el banquillo.

Justo aquel 2006 llegó el oro mundial con la selección española… y la consiguiente lesión del quinto metatarsiano, que le mantuvo los primeros meses de la temporada fuera de las canchas. El resultado: vuelta a la mediocridad. La llegada de Rudy Gay apenas mejoró las cosas y Fratello se tuvo que ir. Los 21 puntos y 10 rebotes por partido de Pau no sirvieron para nada. West seguía encontrando brillantes en el draft como el talentoso base Kyle Lowry, pero la química en Memphis se había perdido por completo y cada uno empezó a hacer la guerra por su cuenta. Fue un año duro, problemático, tanto como para que Gasol pidiera el traspaso. Sin West ya al mando, su sucesor, Chris Wallace, consiguió parar el primer golpe. No pudo hacer nada ante el segundo.

El traspaso que cambió el final de la década

Resignados, Kobe y Pau empezaron la temporada 2007/08 con sus equipos de siempre. A uno le perseguía la sombra de Shaquille O´Neal, sin el que ni siquiera había logrado hacer un equipo mínimamente competitivo, y el otro tenía que lidiar con algo parecido a la indiferencia: sí, un buen jugador, pero con todos los prejuicios de la época respecto a los jugadores europeos: demasiado blando, mal reboteador, pésimo defensor, flojo en los momentos decisivos… Si a uno se le seguía odiando en la mayoría de las canchas, el otro simplemente pasaba desapercibido pese a ser uno de los jugadores más completos de la liga.

La llegada de Wallace supuso la de Mark Iavaroni, exjugador del Caja de Ronda, como entrenador. Para incentivar un poco a Gasol, los Grizzlies se hicieron con los servicios de Juan Carlos Navarro, pero lo único que consiguieron fue deprimir a dos jugadores en vez de alegrar a uno. Memphis ya había sido el peor equipo de la liga el año anterior y llevaba el mismo camino a mitad de temporada, con un terrible 13-33. Aquel era cada vez más el equipo de Rudy Gay y menos el de Pau Gasol y llegó un momento en el que el español no pudo más. Sabedor de que Navarro pensaba volverse al Barcelona en cuanto pudiera, volvió a pedir el traspaso y los Grizzlies empezaron a buscar compradores.

El problema era que Gasol no tenía mercado. O no tanto como se podía esperar de un All Star con unos promedios de carrera rondando los 20 puntos y 10 rebotes aún en su mejor edad (vintisiete años). Los San Antonio Spurs se mostraron interesados, pero como vigentes campeones, tampoco tenían claro que hubiera que cambiar la química de la plantilla. El resto regateaba todo lo que podía, sin ofrecer nada potente a cambio. Así, hasta que llegó la oferta de los Lakers, probablemente por recomendación del propio West. Las rodillas de Bynum dejaban claro que no iban a soportar un rol de estrella y hacía falta alguien que echara una mano a Kobe si no querían acabar perdiéndolo. 

Pese a un buen comienzo de temporada (28-17), los Lakers estaban aún muy lejos de Suns, Mavericks o Spurs… y a una distancia sideral del equipazo que Danny Ainge y Doc Rivers habían juntado en Boston en torno al «Big Three» formado por Paul Pierce, Kevin Garnett y Ray Allen. A Phil Jackson nunca le gustaron los jugadores extranjeros («es como si cada partido lo jugaras fuera de casa», había afirmado en 2001 para criticar la decisión de los Kings de basar su equipo en Stojakovic, Turkoglu y Divac), pero Pau era muy inteligente y suponía una oportunidad única para volver al «triángulo ofensivo». Kobe desconfiaba de la competitividad del español (cero victorias en doce partidos de play-off), pero le parecía bien contratar a alguien con hambre, con ganas de demostrar cosas.

Así, tras días de negociaciones, los Grizzlies mandaron a Pau a Los Ángeles y a cambio recibieron a Kwame Brown, Javaris Critterton, Aaron McKie, dos primeras rondas del draft… y los derechos de Marc Gasol, que con el tiempo se convertirían en oro puro. Ahora bien, eso sería con el tiempo. En aquel momento, Marc Gasol no era más que un prometedor pívot del Akasvayu Girona y en la NBA la incredulidad empezó a dar paso a la indignación. ¿Cómo era posible que nadie hubiera conseguido cerrar un acuerdo por algo mejor? ¿Cómo habían dejado, unos por otros, que los Lakers se reforzaran de esa manera? Gregg Popovich fue el más claro al respecto: «Lo que ha hecho Memphis es la mayor tontería que he visto en mi vida, es de esos traspasos que deberían estar prohibidos». Sabía de lo que hablaba.

El primer campeonato

El impacto de Pau en los Lakers fue inmediato. Con Andrew Bynum eternamente renqueante, Gasol formó una excelente y versátil pareja interior con Lamar Odom, acompañados de la mejor versión de Kobe en años, el siempre cumplidor Derek Fisher y Radmanovic o Luke Walton como aleros. Desde el banquillo, Trevor Ariza empezaba a aportar cosas a sus veintidós años, al igual que Jordan Farmar o Sasha Vujacic.

Aquello no era un equipazo ni mucho menos, pero jugaba como tal. Tras un parcial de 29-9 con Gasol en sus filas, los Lakers consiguieron su mejor registro desde la marcha de Shaq y fueron eliminando a Nuggets, Jazz y Spurs para ganar la Conferencia Oeste y enfrentarse con los mágicos Celtics. Después de veintiún años, se repetía la final más icónica de la historia de la NBA y, justo antes del primer partido. la liga anunciaba el premio a Kobe Bryant como MVP de la temporada. El número 24 empezaba a estar a la altura del número 8 pero ya no era ni mucho menos el mismo jugador: mantenía la agresividad y la competitividad, pero no la arrogancia, no el egoísmo, no el empeño en ganar él solo los partidos. Su relación con Phil Jackson se convirtió en la de un hijo con su padre y en Pau Gasol encontró el hermano pequeño al que educar en la alta competición, al que mimar, al que defender en la prensa cuando los palos arreciaban.

Y es que en aquella final los palos a Gasol llegaron por todos lados. Garnett hizo lo que quiso con él, pero, ¿qué esperaban? Garnett era una superestrella de la liga en su mejor momento físico, mental y de experiencia. El auténtico guía de aquel equipo que además tenía a otras dos superestrellas y a un base magnífico como Rajon Rondo. Incluso Kendrick Perkins aportaba su grano de arena en aquella máquina perfecta. Tal fue la superioridad de los Celtics que se permitieron ganar el sexto y último partido por treinta y nueve puntos de diferencia (132-93), una masacre que recordaba a los tiempos de Russell, Heinsohn, Havlicek y compañía.

En vez de centrarse en el éxito completamente inesperado que había supuesto llegar a la final, aficionados y expertos se quedaron de nuevo con la incapacidad de Kobe para liderar a un equipo hasta el campeonato y con la endeblez de Pau Gasol en el juego interior. Había que hacer otra revolución, decían, cuando Phil Jackson sabía que lo único que realmente hacía falta era tiempo, paciencia y terminar de convertir en un equipo dominador lo que habían sido un montón de individualidades hasta el verano anterior.

Mientras todo el mundo pedía fichajes y estrellas, Jackson y Kupchak confiaron en la plantilla que les había llevado a la final sin apenas cambios: Ariza fue ganando confianza en el puesto de alero, Fisher siguió de base y Bynum pudo disputar más partidos que otros años, aunque sin superar la barrera de los cincuenta. Daba igual; aquel equipo jugaba de memoria. Kobe ya no necesitaba anotar 60, 70 u 80 puntos por partido, le bastaba con 28 de media y repartir el resto. Si la bola quemaba, él se la jugaba, pero si no, al compañero mejor situado. Hasta sesenta y cinco partidos ganaron ese año los Lakers, el mejor registro de la liga. En play-offs pudieron de nuevo con los Jazz, salvaron un match point contra los Rockets y tras vencer a los Nuggets de George Karl y Carmelo Anthony se plantaron de nuevo en la final, solo que esta vez su rival eran los Orlando Magic.

Aquellos Magic dependían de dos jugadores: Dwight Howard y Jameer Nelson. El segundo apenas jugó por lesión, pero el primero estaba en plena forma y apuntaba a convertirse en el siguiente gran dominador de la liga. ¿Saben quién le paró en seco? Exacto, Pau Gasol. El flojo Pau Gasol, el débil, el que no sabía defender. Entre Bynum y él le hicieron la vida imposible a Howard, que acabó la serie con apenas 15 puntos por partido sin llegar al 50% en tiros de campo. En cinco partidos, los Lakers volvieron a ser campeones: el cuarto anillo para Kobe, el primero para Pau, el décimo para Phil Jackson.

Su éxito era un éxito que no se entendía sin los otros dos vértices. De ahí, el nexo para toda la vida. De ahí, la necesidad de repetirlo.

La venganza más dulce

A los amigos hay que tenerlos cerca y a los enemigos, aún más. Phil Jackson ya había ganado anillos en Chicago con Dennis Rodman, John Salley y James Edwards, los mismos que le habían hecho la vida imposible a Jordan y Pippen durante los años ochenta. Examinando la temporada 2008/09, el entrenador de los Lakers solo descubrió un punto débil: el escaso carácter mostrado ante los Houston Rockets en las finales de conferencia. Contra todo pronóstico, Houston no solo forzó siete partidos sino que lo hizo con acciones al menos discutibles y el protagonista de casi todas ellas había sido el mismo: Ron Artest.

Artest se había convertido en un proscrito en la NBA desde que se subió junto a Stephen Jackson y Jermaine O´Neal a repartir mamporros por las gradas del Palace de Auburn Hills, ganándose la sanción más larga de la historia de la liga: ochenta y seis partidos. De Indiana se fue a Sacramento y de Sacramento a Houston para darle más agresividad a un equipo que con Yao Ming y Tracy McGrady tampoco iba sobrado de testosterona. La cosa funcionó: en el segundo partido se peleó con Kobe Bryant y en el tercero con Pau Gasol. Les sacó a todos de quicio hasta el punto de casi apartarles del ansiado título.

Para evitar que Artest se volviera a cruzar en el camino, Phil Jackson pidió su fichaje. Por supuesto, todo el mundo lo vio como una excentricidad, sobre todo después del gran rendimiento que había dado Trevor Ariza en su posición, pero Kobe aceptó y cuando Kobe acepta, el resto calla. El encaje no fue fácil y de hecho los Lakers acabaron la temporada con cincuenta y siete victorias, ocho menos que el año anterior. En play-offs cayeron los Thunder de Kevin Durant después de muchísimos problemas; los Jazz apenas fueron rivales y en final de conferencia, los damnificados en otra serie apretadísima fueron los Phoenix Suns, vengando así afrentas anteriores.

Quedaba todo preparado para el gran duelo contra Cleveland. Los Cavs habían sido el mejor equipo de la NBA aquel año y todo el mundo ansiaba ver a LeBron James enfrentarse a Kobe Bryant, de lejos las dos figuras más mediáticas de la liga. No pudo ser. Los viejos Celtics quitaron a LeBron de en medio y le separaron momentáneamente de su estado natal. Después de despachar a los Magic, los de Doc Rivers se plantaron en la final dos años más tarde, de nuevo contra los Lakers pero esta vez con el factor cancha en contra.

Igual que la presencia de Kobe y compañía había sido una sorpresa en 2008, ver a los verdes competir por el título en 2010 no era algo con lo que nadie contara. Los Lakers partían como claros favoritos… pero no iba a ser tan fácil. Cada partido se convirtió en una guerra en la que anotar era casi imposible. Rondo dirigía como un veterano, Kobe se inventaba canastas, Allen lo intentaba desde fuera junto a Pierce, y Pau Gasol tenía que luchar por cada rebote ante las nuevas molestias de Bynum. Los Celtics llegaron a ponerse 3-2 arriba pero los Lakers lograron igualar en el sexto partido con una exhibición defensiva (89-67) y todo quedó pendiente del séptimo encuentro, también en el Staples Center.

Si en una final de ese tipo es difícil encontrar un favorito, aquí había dos factores opuestos: por un lado, el equipo local siempre parte con una pequeña ventaja; por otro lado, los Celtics habían ganado los tres séptimos partidos que habían disputado contra los Lakers a lo largo de la historia. El último, en 1984, también en Los Ángeles, en medio de un ambiente de euforia que no hizo sino motivar aún más a los de Red Auerbach. Cuarenta años después, no había euforia en el Staples Center ni motivo para ello: en un partido espantoso por parte de los dos equipos, los Celtics se vieron doce puntos arriba (37-49) a mediados del tercer cuarto.

El marcador lo dice todo: 37 puntos en dos cuartos y medio llevaban los Lakers, completamente colapsados en ataque, sobreviviendo a base de las heroicidades de Bryant y algún rebote ofensivo de Gasol. Una pequeña reacción dejó a los angelinos a solo tres puntos para acabar el cuarto (54-57) y a seis minutos del final, un triple de Derek Fisher, ese héroe improbable, empataba el partido a 64. A partir de ahí, los doce siguientes puntos se los repartieron entre Kobe y Pau, alcanzando un colchón de seis puntos a falta de un minuto tras triple de Ron Artest, el único «elemento extraño» que colaboró en la fiesta.

No duró mucho la celebración: Ray Allen anotó inmediatamente otro triple y a continuación los Lakers jugaron una posesión larga que acabó, cómo no, en suspensión de Kobe. El balón rebotó en el aro. Quedaban veintiocho segundos y el anillo estaba en juego. Entre dos jugadores verdes, aparecieron entonces las greñas de Gasol para coger un rebote decisivo (el decimoséptimo en el partido, noveno en ataque) y volver a pasársela a Kobe para que forzara falta y prácticamente finiquitara el partido. Los Lakers habían vuelto a ganar. Y habían ganado a las malas, a lo Artest, 83-79, todos con el culo abajo y defendiendo. Habían ganado juntos, remontando, demostrando ser un equipo. Incluso en un partido tan lleno de fallos, Kobe había conseguido acabar con 23 puntos y 15 rebotes. Gasol se fue a los 19 más 18. 

El flojito y el que no sabía ser líder, juntos en un abrazo que duraría para siempre, un pico de emoción que ya no se repetiría nunca más porque los Lakers no volvieron a ser lo mismo: en 2011 se cruzó el mejor Nowitzki de la historia; en 2012, ya sin Phil Jackson, perdieron contra los Thunder… y ni siquiera en 2013, con Dwight Howard en el equipo, consiguieron ganar un solo partido a los Spurs en primera ronda. Después de muchos veranos convulsos intentando colocar a Pau Gasol en algún lado para indignación de Kobe Bryant (en diciembre de 2011, el propio David Stern frenó la llegada de Chris Paul a los Lakers, que implicaba la salida de Gasol a los Rockets), finalmente Pau se fue en 2014 a Chicago, harto de que Mike D´Antoni le sacara a tirar triples.

Quedó con Kobe una amistad inquebrantable. Nadie elogió tanto al español como su «hermano» de Philadelphia. Ninguno de los dos habría sido quien fue sin el otro. De hecho, ninguno fue nada una vez se separaron: Kobe y sus Lakers se hundieron en la mediocridad y las lesiones. Pau no triunfó en Chicago pese a un comienzo esperanzador, pasó por San Antonio y fichó durante unos meses por los Blazers sin poder debutar siquiera. Se querían y se necesitaban. Para el recuerdo queda aquella final olímpica que les enfrentó en Londres tras la cual, uno a uno, todos los jugadores estadounidenses pasaron por el banquillo español a rendir pleitesía al derrotado.

Los dos supieron siempre lo que le debían al otro. Los dos se empeñaron siempre en que todos los demás lo supiéramos.


Audie Norris: «Me aburre el baloncesto de ahora, para mí es muy blando»

Esta entrevista está disponible en papel en nuestra revista trimestral número 14

Si vienes al mundo con seis dedos en cada mano, aunque dos de ellos sean apéndices que un médico te extirpa de pequeño, el destino tiene algo preparado para ti. Si encima eres negro, naces en Mississippi el mismo año de las revueltas por los derechos civiles y tu hermano mayor es bueno metiendo el balón en el aro, está claro que lo tuyo es pelearte en una cancha de baloncesto. Audie James Norris fue de los mejores pívots que jugaron en Europa, en una época en la que el baloncesto era otra cosa. Sus enfrentamientos con Fernando Martín en la pintura están en la retina de todos los amantes de este deporte. Fueron dos de los protagonistas de la gran época dorada de la canasta a finales de los ochenta. Un deporte que se hundió en la indolencia hasta que llegaron los «Juniors de Oro». Ahora, con cincuenta y cinco años, sin poder doblar las rodillas, se dedica a enseñar a bailar en la zona a futuros pívots y presume de hija adoptiva, Sasha Goodlet, campeona de la WNBA en 2012.

Naciste en Jackson, estado de Mississippi, en 1960. ¿Cómo era jugar al baloncesto en el sur de Estados Unidos?

Jackson, Mississippi. Allí el baloncesto no es el deporte rey. Allí se juega al fútbol americano. Yo era bastante bueno, pero mi hermano mayor, Sylvester, tenía futuro en el baloncesto y me enganchó. En el barrio no había ni una canasta. Teníamos que construirla. Mi padre era carpintero y nos trajo una tabla de madera para hacer el tablero y usamos la llanta de una rueda de bicicleta. Le quitamos los radios y ya teníamos una canasta. Al principio la montábamos encima de un árbol en el jardín y… ¡basket, tío! Sobre la hierba, pero era nuestro basket.

Entonces, el culpable de que terminases jugando al baloncesto es tu hermano Sylvester.

Sí. Él estaba en el instituto cinco cursos por delante. Mide 2,13 m y la prensa local ya le señalaba como futura promesa. A mí lo que me gustaba era estar en la calle con mis amigos, y no me tomaba en serio el baloncesto. Cuando entré en junior high [enseñanza secundaria de doce a quince años] vi por primera vez el baloncesto organizado. Un equipo, entrenamientos… ¡pero yo era malísimo! Yo tenía envidia de mis compañeros, porque eran más altos que yo y mucho mejores. Yo era lamentable. No sabía botar la pelota, tiraba muy mal, sin mecánica; pero aprendí gracias a mi hermano. Siempre me llevaba al parque a jugar con sus amigos. Yo iba casi obligado, no quería estar allí y todos los días me pegaban una paliza jugando.

¿Por aquel entonces, con trece años, ya eras tan guerrero como lo fuiste después?

Sí. Eso viene de mi padre. Yo siempre veía a mis padres luchando por nosotros. Tengo cuatro hermanos y luchar siempre ha sido algo natural en mi familia. No teníamos mucho dinero, pero mis padres hacían lo imposible por nosotros para que tuviéramos lo suficiente. Yo quería ser un buen jugador, como mi hermano y el resto de sus amigos. En esa época fue cuando empecé a ver el baloncesto en la televisión. Lakers, Portland Philadelphia, San Antonio, Celtics. Me pegaba a la pantalla para aprender movimientos de algunos jugadores.

¿En qué jugadores te fijabas? ¿Quién era tu referencia?

El primer póster que tuve fue de George Gervin [Gervin fue el jugador franquicia de San Antonio a finales de los setenta, fue All Star doce veces y tuvo el récord de puntos anotados en un solo cuarto, con treinta y tres puntos, hasta que, en 2015, se lo arrebató Klay Thompson]. En la fotografía se veía a Gervin con unos bloques de hielo y con dos balones. Le llamaban Ice Man y para mí era un dios. Con el tiempo, llegamos a ser amigos [sonríe]. Cuando mi hermano fue escogido en el draft por los Spurs, yo tuve la oportunidad de jugar contra él en el campus de verano. Entonces me dijo: «Pequeño Norris, en un año nos vemos en la NBA. Te espero allí». Me quedé tan alucinado que lo único que pude decirle fue: «Ok. Vale». Por entonces, yo cursaba el tercer año universitario, pero en ese momento supe que podría jugar en la NBA.

Elegiste Jackson State University. ¿Por qué, si no destacaba por su equipo de baloncesto?

Elegí Jackson porque quería jugar con mi hermano; pero él se fue a la NBA antes de terminar la universidad y, joder, ahí me quedé. Tuve ofertas de otras universidades más grandes: Kentucky, Georgia, pude jugar con Dominique Wilkins, Universidad de Detroit, Louisiana State… Pero me quedé en Jackson. Allí podía ser una estrella, porque no había nadie mucho mejor que yo. Mi filosofía era muy simple: haz tu trabajo y las cosas saldrán bien.

Mi estilo de juego era muy agresivo y cogía muchos rebotes. El último año universitario, durante el primer tramo de la liga, fui el máximo reboteador de la NCAA pero, como era demasiado duro en defensa, hacía muchas faltas. Estuve mucho tiempo en el banquillo y mi promedio de rebotes bajó de diecisiete a trece, que tampoco estaba mal. La verdad es que me encantaba jugar así.

Terminas tus cuatro años de estudios universitarios en 1982. Acabas la carrera de Fisioterapia y entonces decides dar el salto a la NBA.

Llegar allí no fue fácil. Mi último año en la universidad tuve una lesión, casi al final de temporada. Una fisura pequeña. En verano fui a los campus de la NBA sin entrenar y todavía con muchos dolores. Le eché muchos cojones. Mi objetivo era llegar a la NBA como fuese, así que, a pesar de tener la pierna derecha jodida, jugué muy bien. El torneo de verano fue en Virginia. Dos partidos. Destaqué y los directivos de la NBA me llevaron a Hawái para jugar otro torneo. Allí volví a jugar de cojones, a pesar de mi pierna derecha. Los ojeadores mostraron bastante interés por mi juego. Estando en Jackson State, uno de los peores equipos de la liga, muchos ni me conocían y se preguntaban de dónde había salido. De Hawái me fui a Chicago. Era el primer campus de la NBA, NBA pre draft camp, y allí mi pierna no aguantó más. Un ojeador de Don Nelson, que entrenaba por entonces a los Bucks, me dijo: «Para. No entrenes más. Sabemos que estás jugando lesionado. No tienes que enseñarnos más. Eres bueno. Vamos a enviarte a nuestros médicos para ver qué pasa con tu pierna». Y en la revisión médica no encontraron nada serio.

Recuerdo que antes de marcharnos del campus, Jack Ramsay, el entrenador de Portland, nos dio una charla a los jugadores. Dijo que estaba orgulloso de nuestro trabajo y del esfuerzo de algunos que, estando lesionados, habían trabado muy duro.

Y llegó el draft.

Yo estaba seguro de que Milwaukee me iba a escoger en la primera ronda. No fui a Nueva York al evento, preferí quedarme en casa para disfrutarlo con mi gente. Hice una fiesta e invité a toda mi familia y mis amigos. Como número uno salió James Worthy; luego no recuerdo bien, creo que fue Dominique Wilkins. En el turno de los Bucks, eligieron a Paul Pressey. Cuando terminó la primera ronda, yo estallé. Me largué de la fiesta llorando, destrozado, con una cara de pena de narices. Me senté en un parque al lado de mi casa, triste, realmente jodido. Minutos después vinieron todos mis amigos, gritándome: «¡Te vas a Portland, te vas a Portland!». En ese momento yo no me enteraba de nada, estaba muy jodido, muy jodido. Fue un momento agridulce para mí; segundos antes pensaba que no iría a la NBA, y ahora estaba dentro. Una locura. Al final salí del shock y nos pusimos a celebrarlo. Una hora después me llamó Jack Ramsay para felicitarme.

Haces las maletas y dejas Mississippi para irte a Oregón.

Sí. Un frío de cojones, tío. Otra mentalidad. En Mississippi, durante mi época de instituto, existía el racismo todavía, y yo solo conocía ese mundo. Un cambio, un cambio total aunque yo siempre he tenido la mente abierta. Allí vi montañas, nieve, cosas que no había en Mississippi. Había mucha gente mezclada en la ciudad. Muchas relaciones entre blancos y negros y me quedaba alucinado. «Joder, tío, ¿qué mundo es este?». Era muy diferente y me gustaba mucho. Yo nunca he tenido problemas con otras razas porque, de verdad, yo no veo color. Hay gente buena y gente mala. Claro que no todo el mundo es igual.

¿Qué te encontraste en Portland?

En Portland ese año había muy buen rollo. Mychal Thompson [sí, el padre de Klay Thompson, el mismo que posee el actual récord de anotación en un solo cuarto], Jim Paxson [hermano mayor de John Paxon, el tirador que ayudó a Michael Jordan a ganar sus tres primeros anillos], Wayne Cooper, Calvin Natt. Mychal tenía la taquilla junto a la mía y me adoptó como su rookie. La verdad es que aprendí mucho con él.

De hecho, fue él quien te bautizó como Atomic Dog, un apodo que te siguió durante toda tu carrera.

Lo de Atomic Dog viene porque reventaba el balón haciendo mates. Machacaba con toda mi alma. En un partido contra los Mavericks, en Portland, cogí el balón en la línea de tiro libre, boté y, entre Kurt Nimphius y Mark Aguirre [uno de los futuros Bad Boys de Detroit], hice un mate brutal. El pabellón explotó. Después, mientras algún compañero atendía a la prensa, Mychal, que siempre estaba vacilando cuando nos hacían entrevistas, se coló, agarró el micrófono y dijo: «¿Has visto a Atomic Dog con su mate atómico?».

Desde entonces, toda la gente de Oregón me llama así, y hasta ahora sigo siendo el perro atómico. [«Atomic Dog» era el título del single más vendido por entonces en Estados Unidos. Uno de los temas más conocidos de George Clinton, el padre del funk, con permiso de James Brown].

En la NBA juegas ciento ochenta y siete partidos en tres temporadas. Tu primer año es casi irrelevante, solo juegas trescientos once minutos, pero en los dos siguientes sí empiezas a participar más. Juegas unos quince minutos por partido, con cinco puntos y más de tres rebotes de media. Ahí tu rodilla te empieza a dar problemas.

Sí, pero el problema no solo era mi rodilla. Cada equipo tenía dos o tres jugadores de 2,10 m y que pesaban 125 kilos. Y a mí siempre me tocaba enfrentarme a ellos. A los más grandes y a los más pesados y, en esa época, el baloncesto era mucho más físico. La dureza de los partidos se juntó con la genética de mi rodilla. Aun así, jugué muy bien. En mi tercer año en Portland jugaba unos quince o veinte minutos. Pensaba que estaba haciendo un buen papel y que me merecía más tiempo. Hablé con mi agente sobre la posibilidad de ir a Europa. Quería más minutos, mejorar y volver a la NBA, más adelante, con otro equipo. No quería estar más tiempo en el banquillo.

Tu hermano Sylvester estuvo en Italia, así que tú te plantas en la Benetton de Treviso.

Sí, fue mi primer club y me trataron muy bien. Estuve dos años y la verdad es que me costó marcharme de Treviso. Me pagaban un buen sueldo y yo estaba en un momento fenomenal de mi carrera, jugando a un nivel muy alto. Estaba in my prime. El problema era la falta de competitividad. Cuando llegué a Benetton estaba en A2, en la segunda división. Conseguimos subir a la A1, pero la Copa de Europa estaba lejos. Por entonces, yo no sabía nada de la Eurocup [la Euroliga actual] y, viendo basket por la tele, aluciné con un partido de un equipo griego, el Aris de Salónica. Tenían a un jugador enano que las clavaba todas. Yo no sabía ni su nombre ni nada, pero metía puntos como un animal. No tenía ni idea de qué liga era esa, solo sabía que no era la italiana. Le pregunté a mi entrenador y me dijo que el «tipo ese» era Nikos Galis y la competición era la Eurocup. Desde entonces, me hice fan de Galis y le dije a mi agente que quería jugar esa competición.

Y entonces aterrizas en España. Pero muchos no saben que antes de fichar por el Barça, hiciste una prueba con el Real Madrid.

Sí. Como decía, mis números en Treviso eran muy buenos: veinte, veintiún puntos y diez, doce rebotes por partido. Yo tenía claro que quería jugar en esta competición donde estaban los grandes: Aris, Maccabi, Madrid, Barcelona. Me llamó mi agente para decirme que el Madrid estaba muy interesado, que quería hablar conmigo, y nos trajeron aquí, a hacer una visita, a hablar con el entrenador y a ver al equipo.

Por aquella época el entrenador era Lolo Sainz.

Sí, estaba Lolo. Vine con mi agente, Miguel Paniagua, y hablé con él. Me quería en el equipo. Estaba dispuesto a ficharme ya. Estuve en el pabellón y vi a los jugadores entrenando. Por primera vez vi a Romay, a Fernando Martín, a Llorente, a todos. Y dije: «Hostia, esto es un equipo grande. No me importaría jugar con ellos». Cuando salí de Madrid camino a Treviso, todo estaba bien encaminado. Estábamos de acuerdo en las cifras, pero cuando llegué a Italia, mi agente me llamó y me dijo que no querían pagarme tanto dinero. Yo no me lo podía creer, eran solo diez mil dólares más de lo que cobraba en la Benetton.

¿Cuánto dinero cobrabas entonces por temporada?

Unos ciento ochenta mil dólares. Era un buen sueldo por aquella época, pero no excesivo. Yo siempre digo «por diez mil dólares no estoy en el Madrid». Y la culpa fue de Mendoza. Lolo quería ficharme, el general manager quería ficharme, pero el presidente no.

¿Qué le habías hecho a Mendoza?

No lo sé. La verdad es que no tengo ni idea. Desde entonces, Lolo siempre que me ve me dice que yo era su jugador. «Yo te traje a España. Ni Aíto, ni el Barcelona».

Y empieza tu época dorada en el Barça. En total, seis años de éxitos en Barcelona.

Sí, fue brutal. Cuando llegué no sabía que la rivalidad con el Madrid fuera tan grande. Me recordaba a los piques entre Lakers y Celtics. Cuando llegué a Barcelona me dijeron que el Madrid siempre ganaba la liga. El Barça había conseguido el título el año anterior a mi llegada, pero el Madrid llevaba como diez años seguidos ganando. Dije: «Esto tiene que cambiar». [sonríe]. Ya estaban Epi, Jiménez, Solozábal, pero creo que el cambio en este club se logró gracias a un cambio en la mentalidad de los jugadores. Yo no era un americano típico.

¿Cómo era el americano típico?

«Dame el balón, los quiero todos para mí, quiero tirarlo todo, meter treinta puntos por partido; yo tengo el balón, yo tiro y del resto me olvido». No. Yo no era así. Yo quería que mis compañeros me ayudaran a ganar partidos. Era muy buen pasador y siempre buscaba el tiro más fácil. En los primeros entrenamientos con Aíto, Jiménez y Epi no esperaban que yo los buscara para que tiraran ellos. No se creían que hubiera americanos así.

¿Recuerdas a Manel Comas? Él hablaba de los NAF. Un acrónimo que se había inventado para definir a esos americanos: Negros Atléticos Fraudulentos.

No, no me acuerdo de eso. Hostia con Manel [risas].

Aíto ha dicho de ti que eres el mejor extranjero que ha entrenado en su carrera deportiva.

Para mí, Aíto era un avanzado. Con su mentalidad, su filosofía de baloncesto. Él nos dejaba hacer cosas como profesionales. Había varios equipos, aquí en España, que funcionaban como la universidad norteamericana, no como profesionales. Y, para mí, Aíto tuvo esa visión. Nos dejaba hacer las cosas como hombres, como profesionales, y yo creo que eso ha influido en nuestro juego. Epi, Jiménez, Solozábal, Chicho Sibilio, Joaquín Costa. Todos eran jugadores de la selección española, y sabían mucho de baloncesto.

Con el Barça ganas tres ligas y dos Copas del Rey, pero se os resiste la Copa de Europa. La Jugoplastika se cruza en tu camino dos veces, en el 90 y en el 91.

No recuerdo nada estos partidos [sonríe irónicamente]. ¡Joder, me acuerdo como si fuera ayer! Siempre digo «un partido más, dame un partido más contra ellos y ganamos seguro». La Eurocup de entonces era muy, muy dura. Había equipazos como Macabbi, Limoges, los griegos, la Jugoplastika.

Kukoc, Radja, Savic…

Para jugar contra la Jugoplastika tenías que tener la cabeza al cien por cien. Era muy buen equipo. Esos tipos tenían mucho talento, sabían jugar. Además, estaban muy bien entrenados por Maljkovic. En Zaragoza tuvimos una gran oportunidad de ganar, pero Solozábal y Epi estaban un poco tocados. Aunque, sin duda, la mejor oportunidad de ganar fue en París. Si no hubiera tenido mi lesión en el hombro hubiéramos ganado ese partido, seguro. Las lesiones siempre nos perjudicaron en los momentos clave. Bad luck, man.

¿Qué tal con Maljkovic? Luego te entrenó dos años en el Barça.

Muy bien. Yo entrené con los dos mejores de Europa. Me hubiera gustado pasar más tiempo con Bozidar, porque me gusta su estilo de entrenar, un poco más duro que Aíto. Sacaba muy buen rendimiento de sus equipos.

En 1993, el 29 de mayo, el Barcelona anuncia que no seguirás con ellos. El número 14 aún no ha sido retirado en el Palau Blaugrana, y el único homenaje que has recibido ha sido en 2015 cuando ibas como segundo entrenador del Sevilla.

El número 14 no está retirado y no veo que lo vayan a retirar en el futuro. La directiva del Barça de hoy es diferente, y no sé si tienen el mismo amor, el mismo sentimiento sobre nuestra época, porque también Sibilio o De la Cruz se merecen tener las camisetas en el techo del Palacio. Son unos directivos modernos, tienen otra mentalidad. No la entiendo, porque hemos luchado mucho por este club y sí, me pagaron por mi trabajo, pero yo he dado mi sangre por el Barça. A pesar de todas mis lesiones, yo siempre he jugado al máximo nivel, nunca me escondí. ¿Que si quiero ver mi número retirado algún día? Sí. Cualquier jugador que te diga que no le importa, te miente.

¿Te lo mereces?

Yo creo que sí. Jugamos seis años espectaculares, y he formado parte de la historia de este club, de esta ciudad, de este país. Creo que los combates entre Fernando Martín y yo han cambiado la historia del baloncesto. Durante esa época, la gente se enganchaba mucho más al baloncesto que en el resto de la historia de este deporte, hasta la llegada de Gasol y Navarro.

Antes de preguntarte por esos enfrentamientos con Fernando Martín, me gustaría enseñarte un vídeo. [Le ponemos uno de los muchos vídeos que hay en YouTube con las imágenes de sus enfrentamientos con Fernando Martín, N. del R.].

Nadie juega así ahora. Nadie. Eso es contacto. Dicen que hoy en día hay contacto en el baloncesto, pero no es verdad. Un rival, tío. Este sí que es un rival. Cuando veo esto, pienso que fue un cambio en el baloncesto en España, porque no había choques, combates o rivales tan grandes. Ni el fútbol tenía tanta rivalidad en esa época. Lo único comparable eran las finales entre Celtics y Lakers. La misma energía, el mismo sentimiento, el público caliente, los fans. Hoy en día, veintitantos años después, voy por cualquier ciudad de España y alguien me llega a contar cosas de esta época como si fuera ayer. Cosas que yo ni recordaba. La pasión que tiene la gente cuando me cuenta estas historias… Les miras a los ojos, su cara y están casi llorando.

Joe Arlauckas aseguraba en una entrevista que eras muy sucio en la cancha. ¿Te acuerdas de los golpes con Fernando?

Yo no quería que el Madrid nos ganara nunca, nunca. La guerra, la lucha, el derbi, era personal y brutal. ¿Si me acuerdo de los golpes con Fernando? Hombre, ahora siento todos los dolores de esas hostias. Era muy físico, muy físico. Él era el luchador de su equipo, la estrella de su equipo y yo era el enforcer [la traducción literal sería el ejecutor, el encargado de hacer cumplir las reglas] que tenía que pararle.

¿Y cuando acababa el partido?

Mi hermano siempre me decía que hiciera mi trabajo en la pista y viviera la vida fuera de ella. Muchos jugadores no podían separar estas dos facetas, y no tenían amigos de equipos rivales. Yo siempre ponía las cosas en su sitio. Me gusta vivir, conocer gente. Mi trabajo es mi trabajo y está en su sitio, pero fuera de la cancha yo quería saber cómo era Fernando Martín. Pocos saben que quedábamos, aquí en Madrid, y nos íbamos a cenar y a charlar con su hermano. «¡Hostia, cabrón! Vaya codazo que me metiste». «Sí, y tú a mí, tío»; y cosas así, pero nunca había nada negativo fuera de pista.

Lo pasaste mal cuando murió Fernando.

Fue muy duro, porque Fernando era un amigo. No era un jugador típico, ¿sabes? Era más que un rival. Me tocó y me dolió mucho cuando murió. Pero no solo me pasó a mí, ¿eh? Yo vi a compañeros míos del Barça destrozados ese día.

¿Contra quién era más duro jugar?

Sin duda, contra Sabonis. Era dificilísimo de defender. No solo porque fuera muy grande. El tío era muy inteligente jugando y eso es mucho más peligroso que un tipo alto. Yo he jugado contra muchos tipos enormes, pero que no sabían jugar. Sabonis sabía de baloncesto. Sabía hacer todas las cosas muy bien.

Antes Aíto, Lolo; ahora Laso, Pascual, Plaza. ¿Ha cambiado mucho el baloncesto? Me refiero a la forma de jugar, a la forma de ser de los jugadores.

Sí, ha cambiado. Durante mi época, los jóvenes estaban en el banquillo sentados con las estrellas y el público nombraba de carrerilla la alineación. Había una conexión con los jugadores. Tú le preguntas a alguien que veía el basket en mi época y te nombra a todos los jugadores del Madrid, del Barça, del Valladolid, del Estudiantes. Si le preguntas quién está en su equipo hoy en día, no te pueden responder porque cada año el equipo cambia. Cada año viene gente diferente.

Además, las reglas también han cambiado. Antes se permitía mucho más contacto bajo el aro. Había muchos más jugadores muy buenos cerca del aro, que sabían jugar con su espalda. Los sistemas de los entrenadores han cambiado y ahora se juega mucho más por fuera. Dicen que no hay jugadores de la vieja escuela, pero yo digo que no es verdad. Simplemente no se entrenan. Ahora, a los jugadores altos no les piden contacto debajo del aro. Los sistemas están diseñados para juego exterior, y los jugadores grandes están adaptando su juego para conseguir trabajo en un equipo. Muchos jugadores de mi época no sabían tirar de cuatro o cinco metros. Solo anotaban debajo del aro o con un gancho. Ahora todo es tiro exterior y, si no estás acostumbrado a jugar con contacto, es difícil, es muy difícil. A mí me gusta lo que ha hecho Scariolo con Pau. Para ganar este Eurobasket ha tenido que pasar el balón dentro, a Pau. Pau sabe jugar con su espalda y tiene mucho más éxito jugando en la pintura que tirando de cinco o seis metros.

¿Crees que es justo que le llamaran Pink Panther?

Hombre, se parece un poco. Pau nunca ha sido un jugador de pegar. Nunca ha sido así.  Marc sí me parece de la vieja escuela. Para mí es el mejor pívot de la NBA.

Todo el mundo coincide en eso.

Porque no hay más pívots puros. Howard no es un cinco y no juega duro siempre. Tim Duncan es más un cuatro, pero sabe jugar de cinco. ¿Quién más? Kevin Garnett, con cuarenta años. No hay jugadores como Shaquille O’Neal o Kareem Abdul-Jabbar o Hakeem Olajuwon. Ya no existen. Marc es el único.

¿Sigues viendo la NBA?

Me aburre el baloncesto de ahora. Para mí es muy blando. El juego es blando y las reglas son muy restrictivas. Si tocan a un jugador, pitan falta. Cuando se empieza a correr, te paran con una falta. Es muy predecible.

Denunciaste actos racistas en Sevilla. ¿Sigue siendo el racismo un gran problema en la actualidad?

Hay idiotas en todo mundo. Hay idiotas, pero no todos los seguidores del Sevilla han sido así. Había un grupo que no aprecia su deporte. Siempre hay gente que degrada el baloncesto con sus tonterías.

No me refiero solo al baloncesto. Hace tiempo que pasó la época de la segregación racial, pero siguen ocurriendo revueltas por la discriminación de razas. Los disturbios de Ferguson o el asesinato de Walter Scott en Carolina del Sur movilizaron a la comunidad negra en EE. UU. En Europa ahora vivimos un repunte del racismo con la llegada de refugiados sirios.

Siempre vamos a tener que luchar contra el racismo porque cada país, cada pueblo, cada deporte tiene ese problema. No es solo en Sevilla, en Barcelona, en Estados Unidos, es un problema mundial y cuando hay una oportunidad, hay que luchar contra ello. La vida puede ser maravillosa. No creo que se pueda erradicar el racismo, pero siempre hay que luchar contra ello.

Tuviste la oportunidad de volver al Barcelona, cuando Joan Laporta te hizo una propuesta de cara a ser presidente del club. Él presenta un equipo para la sección de baloncesto en el cual estabas incluido.

Sí. Al final no salió.

Laporta tiene una idea muy clara sobre la independencia de Cataluña. Cuando tú jugabas en el Barça, ¿ese sentimiento de independencia estaba tan extendido como ahora?

No, ahora es mucho más profundo, mucho más avanzado, con más movilizaciones. Es algo que los catalanes sienten. No entro en muchas discusiones políticas, pero entiendo la mentalidad de los catalanes. Yo tengo que vivir en todas las regiones de España. Es posible que un día venga a Madrid a trabajar, o a Vitoria, o a Galicia, y a mí me gusta este país en todos los sentidos.

No tienes muchos enemigos.

No. Bueno, alguno en Sevilla [sonríe]. Yo trato a la gente como me gustaría que me trataran a mí. No tengo tiempo en mi vida para hablar mal de nadie o para tener mal rollo. Cuando las cosas van mal, siempre tengo una sonrisa en mi cara. Están muriendo muchos amigos míos: Darryl Dawkins, Anthony Mason, Moses Malone… y, más que nunca, tengo claro que la vida es demasiado corta, es ya [chasquea los dedos] y hay que disfrutarla a tope.

Cuando miras atrás, ¿cambiarías algo?

Me hubiera gustado volver a jugar en la NBA después de un par de años en Europa. Tuve la oportunidad después del primer año en el Barça. Habíamos ganado la liga y en verano me fui a Portland, a mi casa de verano. Me dijeron que entrenase con ellos, nos fuimos a la liga de verano a Los Ángeles. Y allí empezó a dolerme la rodilla de nuevo. Con una sola pierna hice unos entrenamientos muy buenos. Tenía contrato con el Barcelona un año más y veía que me dolía mucho la rodilla, así que agradecí al general manager de Portland la invitación para jugar con ellos pero, con la rodilla jodida como la tenía, preferí dejar el equipo y hacer la rehabilitación durante el resto del verano para volver al Barça. Dos días después de hablar con él, mis problemas con la rodilla desaparecieron. ¡Podía hacerlo todo! Desde entonces, no volví a pensar en la NBA. Mi destino era quedarme en el Barça.

Cambiar cosas [piensa unos segundos]… Ganarle a la Jugoplastika. Uno de los partidos, al menos. En serio, me gustaría saber qué hubiera pasado si no hubiera tenido problemas con mi hombro en París. Ahí tuvimos alguna oportunidad de ganar, más clara que en Zaragoza. Pero, con mi hombro, yo estaba más para animar que para jugar. Metí ocho puntos con la mano izquierda en ese partido, pero era mucha Jugoplastika.

Y cuando miras adelante, ¿qué crees que te depara el futuro?

Tengo mi campus de verano para los chavales en Hospitalet. Es un campus para aprender inglés, cómo ser jugador y cómo comportarte fuera de la pista. Les enseño a ser hombres fuera de la pista y a jugar duro dentro. También doy charlas tipo coaching a empresas, para formar a directivos. Tengo que hacer una mezcla de español e inglés, porque no hablo español perfectamente, pero la gente me entiende y funciona. Es muy divertido, porque empresa y deporte son muy parecidos. Se trata de jugar en equipo y no tener egos.


Messi y la hormona económica

Fotografía: José Bretón / Cordon.

Ese pase cruzado a la banda contraria, donde corre Jordi Alba, usted no lo sabe hacer.

Ni ese regate en corto, ni ese pase al hueco, ni ese caminar tranquilo como el que reposa sobre una cuerda haciendo equilibrio. Caminar que se rompe en tormenta y termina precipitando en un vaso que no sabe de dónde le llega tanta agua.

A Messi le hemos visto a cámara lenta y a cámara superrápida. Desde su barba de hoy hasta su pelo largo de ayer y un primer gol de vaselina a pase de Ronaldinho. Tanta sonrisa dándole un abrazo que daba miedo pensar que no fuera a masticarlo. Su vida alrededor de una pelota pero que no empieza desde la pelota. Todos sabemos de Messi y para ello ni hace falta ser del Barcelona ni argentino. Con haber tenido ojos en los últimos quince años habremos concluido más de una vez que no es necesario ser grande para ser enorme. Para saborear lo que este señor es capaz de hacer no es obligatorio que te guste el fútbol (a mí me gusta) ni es imprescindible disfrutar de sus victorias (yo no lo hago). En un deporte que presume de hacer un arte de dar patadas a un objeto hay individuos que directamente son oasis.

De Messi lo sabemos todo. Le hemos visto crecer delante de nuestros ojos, como una pulga que pasa de la televisión analógica al 4K que ahora todo lo embellece. Y es del verbo «crecer» del que a lo mejor uno espera menos en un deportista de élite. Pero a Lionel, y a su club, este verbo le ha cambiado la vida. Porque si hablamos de Messi empezamos por los goles, seguimos por los regates y es común que se nos caiga en el camino un comentario sobre su talla y lo que consiguió gracias a la hormona de crecimiento. Sabemos que recibió tratamiento durante la infancia a propósito de un probable déficit de esa hormona. Como si viniera tan lleno de fútbol que le faltara un poco de otras cosas.

El crecimiento es un sumatorio de elementos donde van participando diferentes personajes. De algún modo crecer es una serie de nuestra infancia y la hormona de crecimiento es muy protagonista tras los dos-tres primeros años de vida y hasta la adolescencia. Se encarga del intervalo que va desde los enfados de la edad preescolar a las dudas del adolescente. Niños de talla baja que pueden pasar desapercibidos pero que una vez empieza la carrera de los centímetros van quedando cada vez más lejos de sus compañeros y, probablemente, de las expectativas de talla para su familia. Como si estuvieran cogiendo fuerzas para dar un salto en centímetros antes de llegar a sentir los primeros pelos incómodos.

En el caso de Messi se observó menos altura de la esperada para una relación tan perfecta con la bola. Su suerte fue ser tan distinto como para encontrar el modo de recibir tratamiento ante una situación que era punto y final si no se ponían puntos y seguidos. Ese continuo era inasumible para sus padres desde el punto de vista económico. Ese continuo era un trato idóneo para un equipo que había visto en él un norte geográfico para un plan a futuro. Durante varios años y por la noche, tras abrir la nevera, Lionel se pinchaba en el abdomen dado que esta hormona hace su trabajo con nocturnidad y alevosía. Aquel chaval argentino recibió no solo un futuro, también obtuvo aquello que le permitía suplir una carencia tratable. Todos sabemos que se cumplen mejor los sueños cuando a uno le dan, como mínimo, las mismas oportunidades.

Esta historia, seguro, ya la han leído o escuchado antes. Recuerdo un Informe Robinson donde la explicaban mejor que un endocrinólogo. Esa distribución masiva de la vida y obra de Lionel ha convertido a la hormona de crecimiento en una hormona de andar por casa. A usted no le suena raro leer sobre ella, y eso ya es mucho para un conjunto de aminoácidos. Además es autoexplicactiva. No hay que saber medicina para saber lo que hace o lo que se puede esperar de ella. Pero en la más simple de las definiciones también se esconde lo ambiguo. Nada más peligroso que una línea recta, bella y sencilla, que aún en su delgada perfección no sabes dónde termina.

Crecer es un verbo de dos sílabas que sabe bastante de connotaciones. Si hablamos de centímetros el crecimiento humano se ve influido, resumiendo, por tres hechos fundamentales: la nutrición, la producción y acción de determinadas sustancias (como esta hormona) y la herencia genética proporcionada por los padres. La hormona de crecimiento participa en el crecer y el déficit de hormona de crecimiento supone una enfermedad cuya expresión más destacada es la talla baja. Esto, que suena lógico, es importante saberlo. No toda talla baja es causada por un déficit de esta hormona. De hecho, lo más frecuente es que no haya déficit alguno. La enfermedad es una necesidad a tratar. La inexistencia de un déficit acompañado de una talla baja idiopática, sin más detrás, no debería serlo. Pero si el blanco y el negro no fueran tan amigos el gris no se habría buscado un sitio como luego veremos.

A los niños se les mide desde el nacimiento, ya saben que los pediatras venimos con calculadora y metro de serie. Se cuantifica el crecimiento a distintos niveles para saber que todo va según lo previsto. Esas mediciones continuadas, asumiendo la variabilidad que acompaña a la normalidad, permite inferir ciertas carencias que deben en ocasiones ser estudiadas. Una de las cuestiones que se mide es la talla y, sobre todo, la velocidad con que se adquiere (velocidad de crecimiento). Y esa talla está influida en todos los casos por aquellos tres aspectos que ya citamos antes: nutrición, «sustancias» y progenitores. No es casualidad que los hermanos Gasol sean todos de más de dos metros. La única casualidad es que sus padres se conocieran. De ahí en adelante se llama meiosis, mitosis y herencia genética. Lo extraño habría sido que uno de los hermanos Gasol, una vez medido, comenzara a no continuar con la talla anticipada considerando la de sus padres. Que hubiera primero un freno y después una desviación muy importante sobre la talla diana. Y no sirve una foto, un solo momento, es necesaria la película, es decir varios momentos seriados en los que no se observe el crecimiento esperado.

Fotografía: David Kein / Cordon.

Cuando ocurre algo así es obligado descartar causas. No hay problema sin matemáticas. El primero es la nutrición, lo cual se puede inferir con la exploración física y una buena historia clínica y social. A continuación, y resumiendo mucho, se analiza si lo que falla es la producción de aquellas sustancias que participan en el crecimiento o, en cambio, son las que las reciben, los receptores de hormonas o «dinamizadores» de su función, los que no saben qué hacer con ellas. Como por ahora los genes no se pueden cambiar, en el caso de hacer bingo en cuanto a lo que no se tiene se inicia el tratamiento. Se añade lo que no se posee, se complementa lo que falta.

En Europa, y por extensión por lo tanto en nuestro país, existen unas indicaciones claras para la financiación de la hormona de crecimiento por parte del sistema sanitario público. Se hacen las pruebas, se hace un informe y existe un tribunal que según esto concluye a quién se trata. Este tribunal además revisa periódicamente la indicación. No es estático. Y ahora es cuando se hace grande ese gris todo que lo empapa, ya dijimos que no todo siempre es blanco o blaugrana.

Como hemos comentado la causa más frecuente de talla baja es la idiopática. En esta se observa una adecuada alimentación, se descartan causas no dependientes del individuo y se concluye que no hay nada que objetar al eje hipotálamo hipofisario, que es el que se encarga de liberar la hormona. La altura de los progenitores anticipa la altura de sus hijos y es hacia ella hacia donde se dirige el niño. Es decir, el crío es así porque sus padres son así, sin más. Pero es en esta búsqueda de hijos más altos, alejados de la altura de nuestros ojos, donde puede que nos terminemos perdiendo en un laberinto de centímetros. Y con esa mezcla, la sabiduría del terreno de juego y la búsqueda de lo que queremos que sean nuestros hijos, aparecen solicitudes, y administraciones, no financiadas por el sistema sanitario público para esta hormona.

El uso de la hormona de crecimiento en el caso de talla baja idiopática es controvertido. En Estados Unidos la Food and Drug Administration (más conocida como FDA) sí aprobó su uso para esta situación. Como sabemos allí el paso del dicho al hecho está muy influido no solo por el criterio médico sino también por los dólares como medio de transporte. Aunque parezca sorprendente, en nuestro país pasa algo parecido pero sin Donald Trump haciendo campaña en Facebook. La hormona de crecimiento puede ser administrada bajo una serie de requisitos tras la solicitud off-label o «fuera de indicación» por parte de un médico. Se estudia al paciente, se determina el motivo de su indicación, se explica el beneficio esperado y los posibles efectos secundarios para después iniciar el tratamiento tras la realización de un informe y obtener un consentimiento informado de los padres. Esta indicación a veces supone un dilema ético no solo para el médico que lo prescribe sino para los padres que deciden o no administrarla. ¿Qué significa querer que nuestros hijos sean más altos? ¿Lo necesitan realmente? Lo que para unos niños no es más que un dato para otros puede ser un problema de vida, de adaptación al entorno. La talla como un obstáculo que no cesa.

Una vez hechos los trámites, se vincula finalmente la posibilidad de proporcionar esta hormona a la capacidad de pagarla. El dinero es por lo tanto una hormona económica indispensable. Haciendo un cálculo grosero el precio a pagar por ganar unos centímetros puede llegar a ser de unos seis a ocho mil euros al año. No hace falta decir que aquí la talla final se escribe muy cerca de la palabra hipoteca y haciendo migas con la palabra adeudarse.

En el momento actual a corto plazo parece una hormona segura, pero se ignoran las complicaciones derivadas a largo plazo de su administración en la talla baja idiopática. En este caso, ignorar tiene de bueno lo mismo que de malo. Nada más inquietante que una puerta que se abre sin tener claro lo que hay al otro lado. Lo que es indiscutible es que con el uso de hormona de crecimiento recombinante aumentan los valores endógenos. Por otro lado, no existen datos en el momento actual que confirmen que «tener de más» asegure «crecer siempre más de lo que se iba a crecer». Parece que durante el tratamiento sí se observa una aceleración y parece que la talla final en ocasiones no muestra muchas variaciones o se alcanza el dintel bajo de la talla diana estimada. Hay por todo esto opiniones a favor y en contra. Las que se encuentran en contra basculan sobre el posible efecto deletéreo de esos valores superiores a los endógenos de hormona. Así existen datos sobre efectos secundarios a largo plazo que taladran bastante bien las ganas de dejar las cosas como están. Así se podría llegar a observar hipertensión intracraneal idiopática, cefalea, convulsiones, dolores musculares y de articulaciones, problemas óseos como la escoliosis, daño en los cartílagos de crecimiento, alteración del metabolismo de los hidratos de carbono por su efecto contrario a la insulina, hipertrigliceridemia, hipotiroidismo, reacciones locales en la zona de inyección, empeoramiento de enfermedades de la piel y desarrollo de anticuerpos frente a formas activas de la hormona. Esta es la lista que deben conocer los padres antes de comenzar el tratamiento. Como pueden ver, no hay incertidumbre más tenebrosa que la que te explican con pelos y señales.

Por todo esto el debate sobre el uso de la hormona de crecimiento en niños con talla baja idiopática es un hecho. No estoy inventando nada, se lo aseguro. Además, es un debate necesario. El médico prescriptor deberá basarse en la búsqueda de la beneficencia del paciente y siempre bajo argumentación científica y dentro del marco legal vigente. En nuestro país, y según datos de 2014, tres de cada diez niños con tratamiento con esta hormona lo reciben de forma no financiada por el sistema sanitario público. La historia de Lionel solo nos ha hecho visible una realidad que podría ignorarse si no se acompaña del himno de la Champions. Esto nos permite pensar acerca de el porqué y el para qué de este tratamiento. Un abordaje que debe transitar más allá de la cosmética y que nos pone delante a familias que hipotecan su hoy para un mañana que no saben cómo será de elevado en sus hijos.

Messi, en definitiva, seguirá tirando las faltas a la escuadra. Y nosotros viendo cómo la pelota gira sobre su eje haciendo una comba perfecta mientras se aleja del portero. Después vendrán los gritos de celebración y, probablemente, Lionel termine desapareciendo engullido entre sus compañeros. Al mismo tiempo, en otro lugar, sin focos, habrá niños abriendo una nevera, sacando una jeringa y pinchándose con ella durante meses todas las noches en el abdomen. Unos recibiendo lo que no tienen, otros buscando ganar unos centímetros. Quizá tan pocos como la distancia que separa ese balón de las manos del portero, quizá tan caros como para pensar que puede que ninguno de ellos termine por aparecer o sean estrictamente necesarios.


Bibliografía

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Allen DB. Growth Promotion Ethics and the Challenge to Resist Cosmetic Endocrinology. Hormone Research in Paediatrics. 2017;87(3):145-52.

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Portolés MPR, Urquí AC, García-Donas MCP, Gallego AA. Tratamiento con hormona de crecimiento: indicaciones y aspectos prácticos para la consulta de Atención Primaria. 2015;8.

Lionell Messi, «Informe Robinson», Diciembre de 2007.


¿Final de ciclo?

Pau Gasol, Juan Carlos Navarro y Felipe Reyes se abrazan tras el partido España – Italia / Eurobasket 2003. Fotografía: Cordon.

He escrito este ensayo sobre la selección española de baloncesto en el contexto más difícil en el que nunca me haya encontrado: la convulsa situación entre España y Cataluña, la convulsa situación entre ECA (empresa que organiza la Euroleague y la Eurocup) y FIBA. Y del último dúo supura el conflicto de las ventanas FIBA, unas fases clasificatorias forzadas por el nombrado organismo en medio de la temporada. Así que las selecciones que compiten no pueden contar, por temas de agenda, ni con sus jugadores NBA ni con los de Euroliga por la coincidencia de sus competiciones. Como hemos vistos estos días, una selección B española (Albert Oliver se ha convertido en el jugador más veterano de la selección en debutar con casi cuarenta años) ha ganado de forma excelsa a las también descafeinadas Montenegro y a la actual campeona europea Eslovenia para sumar más opciones en su participación en el próximo Mundial del 2019.

No obstante, adelante. Como muchos sabréis, la selección española ganó el bronce en el último Eurobasket. Por muchos entendido como el mínimo aceptado por tanto talento acumulado en los centímetros y kilos de sus integrantes. Pero, como viene siendo habitual desde hace varios años, cada vez que acaba un Eurobasket, un Mundial o unas Olimpiadas, independientemente del resultado, nos resta una misma cuestión.

La incursión de los Júniors de Oro en el baloncesto internacional ha marcado un punto de inflexión tan superlativo que es como si nos estuviéramos preparando para una caída libre. Aquella chavalería nacida en 1980, entre la que incluimos a José Manuel Calderón (un año menor), es una de las mejores de la historia del baloncesto mundial por tres razones: competitividad, talento y físico. En ese orden de importancia. Siempre creyeron que podían ganar. Sus rivales siempre creyeron que podían perder.

Ya han pasado diecisiete años desde que dos casi imberbes Juan Carlos Navarro y Raül López fueran reclamados para debutar con la selección absoluta en aquel combinado que dirigía Lolo Sainz. La cita, para soñar despierto, las Olimpiadas de Sydney del 2000. Raül me confesó en el libro Historia del baloncesto en España (Ed. Círculo Rojo, segunda edición mayo de 2016): «Aunque Pau aún no había explotado del todo en ACB, resulta curioso que no fuera seleccionado. Nuestro papel en las Olimpiadas fue malo y es difícil saber si con Pau las cosas hubieran ido de otra forma. Lo que es seguro es que él habría aportado cosas al equipo. Los puestos interiores los cubrieron Alfonso, Dueñas, Johnny Rogers y De Miguel». España quedaba novena. Después de ocho años, todo un histórico como Sainz dejaba el cargo tras un exiguo recorrido delimitado entre un «chinazo» (derrota ante China por 74-78 en el Mundial de Toronto del 94. El resultado se calificó, históricamente, como un desastre para el baloncesto español. Aquella victoria era imprescindible para que España no quedara apeada en la primera fase) y un único metal. Sainz nunca volvería a entrenar. Las veces que he hablado con él, he captado algo de desapego por la disciplina que le llevó a lo más alto. Seguramente, la injusticia de firmar un amargo final como punto y final a una excelente trayectoria. Todo, impresiones dueñas de quien escribe estas líneas.

Pau Gasol es un deportista que ha ligado el grado de su progresión a la magnitud de sus desafíos. Después de las mencionadas Olimpiadas en las antípodas, Pau, lejos de desanimarse, completaría una temporada de escándalo haciendo doblete en Copa y Liga. Siendo MVP en ambas competiciones. Después del chasco olímpico y una década noventera fundamentalmente funesta, la FEB se frotaba las manos. Tenían un as en la manga. Un 2,15 que se movía con la rapidez y agilidad de un jugador exterior. Un regalo llegado de la nada y sin precedente en España. Y ahora es cuando los más despistados alucinan. En la selección júnior, como jugador de segundo año, Pau no era titular. Y lo más sorprendente: antes el de Sant Boi nunca había sido seleccionado para jugar con España en dicha categoría ni inferiores. Lógicamente, ese verano del 2001 su talento acabaría encajando con la absoluta donde Javier Imbroda también debutaría como seleccionador. Para Pau, la fiesta se duplicaría en ese momento, los Atlanta Hawks le escogían en la tercera posición. Luego, como todos sabemos, sus derechos pasarían a los Memphis Grizzlies.

Imbroda lo incitaba para que lo diera todo en su debut. Pau, desde su determinación habitual, aceptaba el pulso. Su impacto en el Europeo de Estambul fue bestial, siendo elegido en el quinteto ideal del campeonato junto a Predrag Stojakovic, Damir Mulaomerovic, Dirk Nowitzki y el ídolo local Hidayet Türkoğlu. Y es que con veintiún años acabaría siendo el séptimo máximo anotador del Europeo con más de diecisiete tantos, a lo que añadió cerca de diez rebotes. Otro chaval de oro que se estrenó fue Felipe Reyes. Aquel pívot bajito de apellido familiar en el profesionalismo que no tenía tiro ya rentabilizaba sus minutos a base de tesón. Por su parte, Raül y Navarro repetían la experiencia con un concurso coral de veintidós puntos y más de cinco asistencias de media. De paso, España consiguió un bronce con sabor a venganza contra la Alemania de Nowitzki, para muchos de nosotros, a la altura de los legendarios Sabonis o Petrovic. Se declaraba la revolución. Además del astro germano, Tony Parker, Papaloukas, Ginóbili y un prolongado etcétera de estrellas sufrirían el descaro y determinación (sí, repito calificativo) de estos chicos durante muchos campeonatos internacionales. Estos tíos, conjugados con anteriores genios como Jorge Garbajosa (1977) o Carlos Jiménez (1976), y posteriores como Ricky Rubio (1991) o Sergio Rodríguez (1986), «la liaban» casi cada verano. Apunte, mi tocayo Carlitos, menos brillante y plástico, era el alero alto que ejercía de pieza angular para equilibrar el juego del equipo. Sin sacrificio e intangibles, siempre rendirás por debajo de tus posibilidades.

Recuerdo al gran Aleksandar Djordjevic, hace unos veranos, alabar el compromiso del grupo de la selección de Scariolo. El seleccionador de España había sido técnico del serbio en su época como jugador en Bolonia y Madrid. Sasha hacía referencia a ese grupo en el que las estrellas siempre estaban deseando volver a competir junto a sus amigos, su familia. Volviendo a los inicios de la incursión de los Júniors de Oro en la absoluta, su palmarés muestra que, después de diecisiete campeonatos, se hicieron con la friolera de doce metales. Cuatro oros y otras tantas platas y bronces. En el 2006 fueron los mejores del mundo, solo al alcance de seis países con el justo asterisco que aclare que los Estados Unidos congregaron a sus jugadores profesionales a partir de las Olimpiadas de Barcelona de 1992.

Pero, entonces… ¿se cierra un ciclo? Me entristece deducir que sí. Pau es el único integrante de aquella irrepetible generación que aún no ha confirmado su retirada de la selección. El último ha sido un voluntarioso pero maltrecho Navarro. La FIBA ya ha certificado que en el verano de 2018 no habrá competición internacional y ha trasladado el Mundial de Beijing a 2019. ¿Para que no coincida con el de fútbol? Les dejo a ustedes la respuesta. En 2020 se celebrarán los Juegos Olímpicos y en 2021 será la próxima vez que España podría volver a jugar un Europeo. Todo, si siguen clasificándose para tales citas sin olvidar que pudiera no ser así, tras la creación de las ya citadas peliagudas ventanas FIBA, las cuales comprometen a los jugadores que compiten en la Euroliga a lidiar con el conflicto FIBA-Euroleague. El caso es que Pau ya estampó su firma con los San Antonio Spurs de la NBA por tres años. Los tejanos son un potente equipo de los que, como poco, va a disputar las finales de conferencia. Este nuevo periplo coincidirá con los últimos años del catalán en la NBA y, quién sabe, si en el profesionalismo. Como viene siendo habitual, su bagaje natural tras cada temporada será de unos cien partidos a sus espaldas antes del periodo estival. Para el próximo Mundial tendrá treinta y nueve años. El legado podría recaer en su hermano Marcpero no olvidemos que andará en treinta y cuatro y que, en la selección, nunca fue tan decisivo como Pau. El Chacho tendrá treinta y tres y Llull, treinta y dos.

Entonces, ¿hay vida después de los Júniors de Oro?

Sergio Llull y Willy Hernangómez celebrando la victoria en el EuroBasket 2015. Fotografía: Benoit Tessier / Cordon.

Vaya por delante que será prácticamente imposible que vuelva a salir una generación de tal calidad y rendimiento como la de los Júniors de Oro. Aunque España sea una potencia mundial en la disciplina del baloncesto dicho sea de paso, es una lástima la fijación que se ejerce por centrar todos los esfuerzos en promocionar un único deporte tan deteriorado por malos hábitos como es el fútbol, es obvio que no siempre se puede estar en la élite de la élite.

Para responder a una pregunta tan compleja es necesario echar la vista atrás. La segunda mejor generación de la historia del baloncesto español fue la del 59 con los Epi, Romay, Iturriaga, Llorente y sus próximos Solozábal y Sibilio, del 58. Como pasó en el caso que nos compete, tal quinta fue el eje principal para poder contribuir a grandes éxitos grupales como fue la plata de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles del 84. Junto a esos talentos, destellos de otras generaciones más noveles. Léase el caso de Fernando Martín y Andrés Jiménez (ambos del 62) u otras más veteranas como la de Juan Corbalán (54) y Pep Margall (55). Tras ellos, un desierto noventero, aunque es de recibo apuntar la temprana muerte de Martín (veintisiete años), primer jugador español en jugar en la NBA, en 1986, y uno de los dominadores del baloncesto europeo desde la pintura.

No obstante, en este caso reafirmo mi esperanza en que en los próximos años se formará un grupo que también nos brindará, aunque con menos frecuencia, valiosos éxitos. No por el alentador refuerzo de una generación, pero sí de otros hermanos, los Hernangómez. Estos chicos serán dos estiletes dentro y fuera de la pintura durante muchos compromisos internacionales. El mayor, Willy, ya es un pívot tan exquisito como contundente a sus veintitrés años aunque el protagonismo de su vuelta a la NBA ahora ande algo frenado por parte del coach Hornacek. Paciencia, Willy es un tipo listo que aprende de los mejores. Tiene una capacidad de pase y un juego de pies cercanos a los de los mejores pívots del mundo. Ahora necesita mejorar su tiro, defensa y… lo hará. El pequeño, Juancho, es bárbaro. No tiene miedo al trabajo. A pesar de sus veintidós años, sabe lo que es sufrir. Tras su último año como cadete y una repetida lesión en su rodilla, fue descartado por el Real Madrid y acabó fichando por el modesto Majadahonda. Allí se recuperó para luego incorporarse al júnior del Estudiantes. Es una esponja. A pesar de que en su aún corta trayectoria ha jugado en posiciones interiores, su mejora en el tiro y rapidez le han permitido colocar sus 206 centímetros en el puesto de alero. Tremendo físico para esa posición. ¿Cuántos jugadores de perímetro en Europa son capaces de jugar por encima del aro?

Los Gasol son incomparables, como lo es la generación de oro, pero ellos serán clave para montar un buen puzle con otro modelo en el que reinará una mezcla de diversas quintas. Un modelo que debe sacarnos de la inopia del talento de aquellos tiempos en los que la generación dorada coleccionaba títulos de forma relativamente fácil. Tiempos que aún alcanzan el presente y en los que existen, en muchas ocasiones, productivas jerarquías en detrimento de la figura de un seleccionador con un mayor despliegue táctico y de papel más relevante. Ya no seremos tan buenos y, si se quiere continuar con una trayectoria fructífera, se requerirá un cambio de rumbo. Un patrón más próximo al de Serbia, Eslovenia e, incluso, la rebotona Hungría. Soldado, a tu trinchera. Intensidad y más rotaciones. Más asignación de roles. Claro ejemplo es el actual de la selección B española, que ha ejecutado un juego de equipo espectacular y efectivo en los choques de las ventanas FIBA (¡Excelente Quino Colom! (88) ¿Para cuándo una oportunidad en la «A» para este pedazo de base?). Se deberá buscar ese combinado que logre exprimir hasta al último componente de la plantilla en busca del robo de sensaciones de los contrarios. El talento también recaerá en los Mirotic (91), Abrines (93) y Ricky Rubio (90), mientras los Vives (93), Xavi Sastre (91) y Oriola (92) deberán seguir mejorando para poner en la pista esa entrega e intangibles que igualen fuerzas con otros conjuntos, esta vez, con mayor calidad y/o físico.

Veamos el paso al frente de los otros del 94. Como el MVP y campeón de la pasada Eurocup Alberto Díaz, un base ultradefensivo pero que en los momentos de la verdad también enchufa, o Oriol Paulí, con esa hambre y esos alley oops a lo Rudy. ¿En Andorra facilitarán que Jaime Fernández (93) sea ese oportunista «combo» que desequilibra y rompe dinámicas que todo equipo quiere tener? Cómo me hubiera gustado haber visto a este chico dando lo mejor de sí mismo en su «Estu» junto a otro pequeño de raza y francotirador como Darío Brizuela (94). Cómo me gustaría que el Baskonia hiciera un centro dominador de Ilimane Diop (95), como cuando antaño esculpieron a un tal Scola o Splitter. Tampoco debemos perder de vista al potente base mallorquín Sergio García que, a pesar de ser del 97, ya compite con plenas garantías en la Liga Endesa a favor del Tecnyconta Zaragoza.

Hasta ahí el manifiesto camino que me atrevo a vislumbrar con la meta de una selección con posibilidades para mantenerse en el podio en un alto porcentaje durante los próximos seis u ocho años. Después, o se cambian muchas cosas, o podría llegar un desierto.

¿Seguirán llegando éxitos dentro de ocho o diez años?

La solución pasa por extenderse también hacia mayores ambiciones estructurales y sociales. Ahora mismo, el escenario es angosto. Tiremos para la raíz, los clubes de barrio. La base de la base de nuestro baloncesto. El inicio, el vivero que da jugadores y jugadoras de todos los niveles, imprescindibles para el desarrollo de todo tipo de trayectorias y, de paso, para generar aficionados que acaben llenando pabellones y consumiendo baloncesto. Pero, antes, cuestión clave, sí… otra más: en general, ¿nuestros niños y chavales pueden practicar el deporte de la canasta? He preguntado a clubes de toda España y la cuota anual está entre cuatrocientos cincuenta y ochocientos euros. Ahí se podrían incluir (o no) gastos diversos y obligados: viajes, loterías, ropa, cuota de socio… La media de esos guarismos es prohibitiva para un elevadísimo porcentaje de la población; aquellos que malviven sin o con pocos recursos. «Un 15% recibe ayudas de servicios sociales», me cuenta el exjugador ACB Mario Fernández, que desde hace unas temporadas lleva las riendas del Club Bàsquet Mollet. «En Cataluña la media ronda los seiscientos cincuenta-setecientos euros», continúa. ¿Qué hay de la integración social y el desarrollo físico (deseados complementos para el intelectual) de los más jóvenes? Amantes y responsables de otras modalidades seguro que también se alzarían en protesta. Conclusión, no solo los pobres no pueden jugar a esto del baloncesto, tampoco tantas familias que se tienen que «ajustar el cinturón» a final de mes y que mayoritariamente representan a este país. Desde mi visión como docente, entiendo que el deporte debería conjugarse con la educación como otra herramienta fundamental en la lucha por la exclusión social, pero no solo el escolar, también el federativo.

Sigamos el largo y tortuoso camino. Una vez superada la fase de selección económica-social, aquellos jugadores que, por talento y disponibilidad, pueden seguir adelante se enfrentarán a otra criba en las canteras elitistas: la multitud de jugadores extranjeros becados, de los que se aprecia como una de sus principales virtudes su físico. Ahora, ¿quién apostaría por un chaval de dos metros que juega de pívot y que no tiene tiro ni de media distancia aunque sea una bestia atrapando rebotes? ¿Alguien le daría continuidad a un escolta que roza el metro noventa y pesa poco más de setenta kilos? Felipe Reyes y Juan Carlos Navarro eran así y, en su momento, Estudiantes y F. C. Barcelona sí tuvieron paciencia. Por incoherente que parezca, la altura y el físico no lo son todo en el deporte que más gigantes suma dentro de su marco; sí lo es la progresión, pero esta requiere de tiempo y trabajo. Sin respetar esas variantes, se antoja difícil no prever un desierto de éxitos en la selección española de aquí a diez años.

Cada año la FIBA realiza un estudio bajo unos baremos que dan como resultado un ranking en éxito de las mejores selecciones del mundo en varias categorías. Actualmente, España ocupa la segunda posición en el mundo, tanto en la selección absoluta masculina como en la femenina. En cantera, los chicos bajan a la séptima posición mientras que las chicas se mantienen en la segunda. Lituania, Turquía o Serbia ya pisan los talones de nuestros chavales. Hay que replantearse el funcionamiento de las canteras tuteladas por quien quiere el éxito inmediato. Insisto, a fuego lento, no solo para que entre la pelota, también para que evitemos llenar la sociedad de un buen número de juguetes rotos. Construyamos personas con formación y saludables hábitos físicos e intelectuales, lo demás llegará.

Para más dificultades, una vez se nos hacen mayores de edad, normalmente, aterrizan en un deficiente semiprofesionalismo. Hay un mundo entre la categoría júnior y la sénior. Las competiciones LEB (Oro, Plata, LF1 y LF2) requieren de una dedicación colosal, por lo que nuestros jugadores y jugadoras no pueden compaginar el baloncesto con sus estudios. A cambio, un futuro incierto mientras no se están formando para labrarse un oficio para un futuro no tan lejano. Contraprestación: insuficientes sueldos y compartir piso con tres o cuatro compañeros a kilómetros y kilómetros de sus casas. Por consiguiente, quien no se marcha becado a una universidad de los Estados Unidos para jugar y estudiar es muy posible que lo acabe dejando, o entrenando mucho menos en otras categorías que sean más de estar por casa, como la Liga EBA o las máximas autonómicas. En esos casos… ¡Bienvenidos! Acabáis de llegar, de forma fugaz, al final de vuestro trayecto profesional en las canchas.

EuroBasket 2017. Fotografía: Murad Sezer / Cordon.


Goran Dragic, Luka Doncic y la mejor final de la historia del baloncesto europeo

Foto: Cordon.

Si vieron el partido, no creo que haga falta que les recuerde la jugada, pero como habrá quien estuviera a otra cosa —al fútbol, sin ir más lejos— se la describo brevemente: el esloveno Luka Doncic lucha por el rebote bajo su aro, lo atrapa de un salto, sale botando hacia su izquierda, luego hacia su derecha, cruza el campo entero dejando a sus rivales atrás y acaba machacando la canasta contraria con un grito de rabia. Imposible no recordar la misma jugada protagonizada por Pau Gasol en la final de la ACB de 2001 ante el Real Madrid. A favor de Gasol, que él medía 2,15 y Doncic supera por poco los dos metros. A favor de Doncic, que eso no era una final española sino europea y que no tenía veintiún años sino dieciocho.

Ese mate, que elevaba la ventaja de Eslovenia a los cinco puntos a mediados del segundo cuarto, fue lo que nos convenció a muchos de que estábamos viendo el mejor partido de la historia del baloncesto europeo. Teníamos motivos para creerlo desde antes incluso de que empezara, viendo las exhibiciones de Eslovenia ante España y de Serbia ante Rusia, pero aquello sobrepasaba cualquier expectativa, era de una belleza insuperable: las transiciones de Goran Dragic, que consiguió veinte puntos en un solo cuarto, la contundencia de Vidmar, la capacidad de Doncic para hacerlo todo bien… y enfrente la maquinaria serbia negándose a la rendición: triple de Macvan, triple de Bogdanovic, rebote de Ozmic o penetración imposible de Micic o Lucic. El resultado al descanso, 56-47, ya hablaba de la abundancia de talento y recursos ofensivos de ambos equipos. Lo que no sabíamos es que lo mejor estaba por llegar…

Cada generación tiene su propio partido estrella. Para muchos de los jóvenes —o ya no tanto— ese partido será la final de los Juegos Olímpicos entre España y Estados Unidos. Puede que la de 2008, por lo que tuvo de sorprendente, o la de 2012, por lo que tuvo de realmente competida. Para los que rozan los cuarenta, el referente es la mítica final del Eurobasket 1995 entre Lituania y Yugoslavia, aquel festival de juego que juntaba lo mejor de la década de los ochenta —Sabonis, Marciulionis, Kurtinaitis, Divac, Paspalj…— con lo mejor de la década por llegar —Djordjevic, Danilovic, Rebraca, Bodiroga…— y que acabó con Sabonis llorando en el banquillo escandalizado por el arbitraje y la postrera victoria yugoslava.

Teniendo en cuenta los años de plomo que asolaron después al baloncesto europeo, resultaba complicado suponer que volveríamos a ver algo así, una explosión tal de técnica, táctica y acierto. A la final de 2017 probablemente le falten nombres, por lo menos hasta que los Bogdanovic, Doncic y demás se consoliden como referentes universales. Es complicado competir con el carisma de los jugadores del 95, más teniendo en cuenta el contexto: Yugoslavia no había vuelto a competir en Europa desde las sanciones del 92 y Lituania no dejaba de ser una versión avejentada de la clásica Unión Soviética.

Sin embargo, el resultado, lo menos vistoso, fue lo que marcó la diferencia en forma de épica. Todos íbamos con Lituania en aquella final: tenía peores jugadores, lucharon contra un arbitraje infame y se presentía que podía ser la última oportunidad para ese grupo de jugadores de conseguir algo grande a nivel internacional —nos equivocábamos: al año siguiente fueron bronce olímpico en Atlanta—. La derrota de Lituania, o más bien la victoria del mejor Djordjevic que se haya visto nunca, nos dejó la frustración de la belleza no alcanzada, fugitiva. En 2017, no fue así. En 2017, la belleza culminó en algo parecido a la justicia.

El triunfo de los secundarios

Todo empezó cuando, a mediados del tercer cuarto, Goran Dragic empezó a sentir molestias y se fue al banquillo. Llevaba más de treinta puntos por entonces con casi medio partido por disputar. Si lo de Djordjevic había sido una exhibición memorable desde la línea de tres puntos, es complicado calificar lo de Dragic: penetraciones imposibles, paradas a tres metros echándose hacia atrás, triples bombeadísimos que siempre acababan dentro del aro… Dragic empezó a sentir los primeros calambres y Eslovenia pasó de ganar por trece puntos de diferencia a hacerlo por nueve, momento en el que el drama se disparó en una jugada absurda: balón dividido bajo el aro esloveno, Doncic salta para cogerlo o al menos despejarlo… y al caer pisa mal y se tuerce el tobillo.

Al instante, se ve que no es una lesión pasajera. Doncic se retuerce entre gritos en el suelo y se agarra el pie con las dos manos. Cuando los fisios le piden que apoye, le resulta imposible y tiene que irse al banquillo con una toalla para secar el sudor y las lágrimas. ¿Qué pierde Eslovenia sin Doncic? Todo. Lo pierde todo. Mates aparte, Doncic es un asesino silencioso. Una especie de Toni Kukoc algo más enérgico o un LeBron James menos exuberante. Doncic defiende como un animal, con su envergadura superior a los 2,10; puede hacer de base, de escolta y de alero; puede llevar a su rival al poste bajo o sacarle de posición para lanzar un triple; maneja todos los fundamentos de ataque y además es un reboteador excelso, el mejor de su equipo, con casi nueve capturas por partido.

Pero, sobre todo, Doncic es entusiasmo. Es adolescencia. Pese a sus dieciocho años, tiene los galones y la experiencia de alguien que ya lo ha ganado todo con su club, incluyendo una Euroliga que llevaba veinte años resistiéndose. Doncic celebra, Doncic contagia… y todo ello sin perder nunca la cabeza. Si sus compañeros no encuentran a Dragic, Doncic sabrá hacérsela llegar o elegir una mejor opción. Sin él se descompone el ataque y se descompone la defensa, porque, al igual que Ricky Rubio, el chico es capaz de tocar cualquier pase y completar cualquier ayuda.

Es el momento en el que los serbios aprietan. Aprietan sobre todo en el rebote, pese al deficiente partido de Marjanovic. Aprietan en defensa, con Stimac bordeando la legalidad ante una Eslovenia que solo tiene el recurso de los triples y aprietan en el lanzamiento exterior gracias a Bircevic pese al evidente cansancio de Bogdanovic. Al poco de empezar el último cuarto ya han empatado el partido y la dinámica invita a pensar en una victoria fácil, casi arrolladora, sobre todo cuando Dragic vuelve al campo y sus limitaciones lastran al equipo: balones perdidos, triples que no tocan aro y cara de pocos amigos.

Así que estamos de nuevo en 1995, en el David contra Goliat y en la conciencia de que toda la belleza de Eslovenia va a quedar en nada, expropiada de nuevo por Djordjevic, esta vez desde el banquillo. Vuelven también los propios fantasmas del pasado esloveno: su generación mágica, la de Lakovic, Lorbek, Smodis, el propio Dragic… perdió su gran oportunidad en 2009, cuando cayeron en semifinales ante Serbia después de exhibirse durante todo el partido y ver cómo sus jugadores clave caían lesionados. Esta vez, sin embargo, David se niega a rendirse. Doblan el esfuerzo defensivo, cierran el rebote como no lo habían hecho antes… A falta de Dragic encuentran a Prepelic, un tirador descomunal, y cuando Prepelic está sobremarcado aparecen Blazic o Muric o Cancar, que no anota un punto pero sabe guiar la nave en los momentos clave desde el puesto de base.

Encuentran también a Anthony Randolph, que de pronto se da cuenta de que su rol ya no es el que era y que necesita aportar más: fuerza faltas, anota tiros libres y da sensación de peligro constante. Sus 11 puntos complementan los 21 de Prepelic, convertido en el héroe de la final a los veinticinco años, recién fichado por el Levallois francés —el mismo equipo que ha rescatado al veterano Boris Diaw para el baloncesto europeo y que puede ser una de las grandes revelaciones de esta temporada— y junto a ellos, el resto no se corta, como buenos balcánicos. Compiten como animales, luchan por cada rebote, asfixian lo poco que queda de Bogdanovic y se llevan la victoria. La novena en nueve partidos, primera vez que alguien consigue algo así precisamente desde la Serbia de 1995. Como apunta el experto Iván Fernández Hevia, para encontrar un segundo precedente hay que remontarse a la URSS de 1967. Otros tiempos.

La despedida de Navarro, la apoteosis de Pau Gasol

Si nos estremece la juventud de Luka Doncic, también conviene asombrarse ante la longevidad de Pau Gasol. Después de un campeonato decente pero sin exhibiciones, Pau se dejó la piel en el partido por la medalla de bronce ante Rusia. Con treinta y siete años —más del doble que la estrella eslovena—, Pau acabó con 26 puntos, 10 rebotes, 3 asistencias, 3 tapones y esa sensación que deja en ocasiones de que no va a fallar ni un solo tiro decisivo. Cada vez que le buscaron sus compañeros, le encontraron, fuera para abrir ventaja en el marcador, como en la primera parte, o para sofocar la rebelión rusa de la segunda parte, cuando llegaron a colocarse a dos puntos.

Que Gasol es el mejor jugador del baloncesto europeo ya es difícil de discutir. No entro en comparaciones con otros jugadores que han triunfado en la NBA como, sobre todo, Dirk Nowitzki o Tony Parker. A nivel de selecciones no ha habido nunca nadie como Gasol, capaz de ganar tres oros europeos, uno mundial, dos platas olímpicas y otras cuatro medallas en distintos torneos. A los propios Nowitzki y Parker les ha frustrado una y otra vez con actuaciones soberbias. Todo empezó en Estambul hace la friolera de dieciséis años con una exhibición en el partido por el bronce ante Alemania —30 puntos y 10 rebotes— y todo acaba, quizá, con otra exhibición en el partido por el bronce ante Rusia. En medio, ni un solo momento de respiro: desde 2006, Pau ha jugado todos los torneos internacionales menos el Europeo de 2013.

Es cierto que esta vez Pau no fue suficiente para ganar el oro, pero lo fue para el bronce, un metal que no hay que desdeñar teniendo en cuenta que ahora mismo Eslovenia está un peldaño por encima de todo el mundo y Serbia probablemente tenga un equipo más equilibrado. En España nos vamos a tener que acostumbrar a celebrar estos pequeños triunfos en vez de lamentarnos por las derrotas lógicas. El equipo estuvo descompensado en Turquía y no tiene pinta de que la cosa vaya a mejorar: tras las lesiones de Llull y Abrines, España quedó con una línea exterior formada por Ricky Rubio, Guillem Vives, Fernando San Emeterio, Joan Sastre, Juancho Hernangómez y un Juan Carlos Navarro que en realidad solo iba para despedirse y se encontró de titular en ocho partidos, demasiados para su maltrecho físico.

El único exterior que cumplió sin matices fue Sergio Rodríguez. Probablemente, junto a los dos hermanos Gasol, el mejor de la selección española. De hecho, incluso con los Gasol en pista, resulta complicado pensar que España pudiera haber ganado a Turquía, Alemania y Rusia sin la explosividad y la inteligencia del Chacho. Su torneo fue excelente, tanto anotando como dirigiendo, una muestra de madurez que le llega a los treinta y un años, de vuelta de la NBA y a punto de intentar hacer olvidar a Teodosic en el CSKA de Moscú, una tarea casi imposible. Con esos mimbres, el bronce no es mal resultado. Se pudo jugar mejor, pero el equipo pareció muy cansado en demasiadas ocasiones y sin muchas ideas: ataques larguísimos que acababan con un tiro a la desesperada al borde de la posesión. Probablemente, tras la retirada de Navarro, sea la hora de la revolución, de prescindir de Scariolo y de confiar en los chavales que nos tienen que dar la clasificación para el Mundial de 2019, el próximo gran evento internacional. El problema es que, igual que todos sabemos que lo que viene será distinto, también sabemos que será peor. ¿Qué entrenador mejorará al italiano, ganador de seis medallas en siete campeonatos disputados? Habrá que buscarlo.

La emergencia letona dentro de una cierta mediocridad

Quitando a los cuatro semifinalistas, solo es posible hablar de una gran selección: la Letonia de Kristaps Porzingis. Con un baloncesto agresivo y sin complejos, los letones se plantaron en cuartos de final con gran facilidad y solo tuvieron la mala suerte de enfrentarse a una Eslovenia en estado de gracia. De haberles tocado el otro lado del cuadro, no habría sido extraño encontrarles en la final. Si Porzingis mantiene el compromiso, lloverán las oportunidades de triunfo en el futuro.

Del resto, poca cosa: Croacia, como siempre, empezó bien y acabó muy mal, agarrándose a su propio Bogdanovic como único recurso. Grecia e Italia lucharon dentro de sus posibilidades y alcanzaron unos meritorios cuartos de final, pero echaron demasiado de menos a sus grandes estrellas: Giannis Antetokounpo, el jugador más americano del baloncesto europeo, y Danilo Gallinari, que se lió a puñetazos en un partido de preparación y condicionó todo el trabajo de Messina y sus compañeros. Aun así, y agarrándose a su defensa, los dos equipos compitieron y eso es de agradecer.

Alemania mostró algunas cositas interesantes: a Schröder, por supuesto, aunque ya le conocíamos de Atlanta y no fue ninguna sorpresa, pero también a Theis, un ala-pívot que igual puede jugar por fuera que por dentro y que tiene una pinta estupenda porque parece tener la intensidad de la que siempre carecieron los Jagla o Benzing de turno. Turquía decepcionó y Finlandia nos mostró su futuro en forma de Lauri Markkanen, que justificó su elección en la séptima posición del pasado draft y del que se esperan grandes cosas en los Chicago Bulls. A sus veinte años, el finlandés es capaz de jugar en cualquier posición, una especie de Doncic más alto y quizá con una técnica menos pura.

La gran decepción fue Francia, ese equipo sin términos medios. Después de arrasar en la preparación, se llevó el primer tortazo perdiendo precisamente contra Finlandia en el primer partido del torneo y estuvo a punto de llegar al ridículo contra Polonia, aunque el empuje final les mantuvo en el campeonato. Cuando todos pensábamos que llegaba el momento de tomárselo en serio, fueron incapaces de toserle siquiera a Eslovenia, perdiendo en ocasiones por treinta puntos de diferencia. El único que lo intentó fue Diaw. Del resto de estrellas —Lauvergne, De Colo, Heurtel, Jackson…— no se supo nada y peor aún fue lo de Evan Fournier, un aceptable jugador en la NBA empeñado en parecer un macarra en Europa y que acabó el torneo descalificado por los árbitros en la enésima gresca.

En definitiva, fue un torneo de altibajos porque tres semanas y veinticuatro equipos son muchísimos. Vimos cosas maravillosas junto a partidos perfectamente prescindibles. Las numerosas bajas de jugadores de la NBA sirvieron para ver crecer a figuras del futuro sin bajar en ningún momento el nivel ni el espectáculo. Para rematar, el ganador fue el mejor, el que más se lo merecía. Después de los cambios de la FIBA, tenemos por delante dos años en blanco hasta que volvamos a ver a los mejores competir entre ellos. No sé a quién se le ocurrió pero no parece una idea brillante. Y si no me creen a mí, crean a Ettore Messina.


Lucio Angulo: «Los jugadores de baloncesto somos demasiado correctos»

Diecisiete años como profesional dan para mucho. La carrera de Lucio Angulo recorre la última década del siglo XX y la primera del XXI casi en su totalidad: ha conocido el triunfo en la selección española, el Real Madrid o el Baskonia, ha conseguido triunfar en su tierra —Zaragoza y Huesca— y no ha tenido problema a la hora de encabezar proyectos más modestos como el del Alicante. Cuando su nombre ya no ocupaba páginas de suplementos deportivos, alargó su carrera cinco años en la LEB con el Cáceres, justo cuando las penurias económicas empezaron a asolar la categoría.

Con todo, Lucio Angulo es mucho más que eso: es un tipo normal. Los deportistas de élite normales y con sentido del humor no abundan. No hay en sus comentarios ni en sus chistes una voluntad especial de llamar la atención, simplemente salen solos, como cuando comparó su propio equipo con una casa de putas en pleno ataque de rabia o publicó en su blog una parodia sobre los árbitros que le costó tantas críticas que tuvo que acabar retirando el artículo. Diplomado en Magisterio, con varios años de conservatorio a sus espaldas y amante del cine independiente y de los Pixies, Lucio nos cita en una cafetería de Las Tablas, periferia de Madrid, que se sale de lo habitual en la zona: está llena, la decoración es moderna y en el hilo musical suenan éxitos anglosajones de todas las épocas.

Se le ve cómodo, aunque tengamos que cambiar de mesa dos o tres veces por cuestiones de iluminación. Ha pasado una noche complicada con problemas gástricos y está cansado, pero con muchas ganas de contar cosas. Es un torrente de recuerdos y anécdotas, las que marcaron a una generación que no es la de los ya demasiado gastados años ochenta.

Para muchos aficionados, el nombre de Lucio Angulo va ligado a una imagen y a una frase. De la frase hablaremos luego, pero la imagen hay que buscarla en los cuartos de final del Eurobasket 2001 contra Rusia a falta de un minuto, cuando robaste un balón decisivo y mientras corrías hacia el mate ibas haciendo gestos de alegría…

Bueno, levanté el puño. Daba por hecho que la iba a meter, pero si la llego a fallar me matan… Es un poco halagador y triste que te recuerden a veces por pinceladas. Ese Eurobasket para mí fue muy importante porque ya llevaba varios años en los que Lolo Sainz me dejaba fuera en el último momento. Siempre era igual; me decía: «Bueno, Lucio, que sepas que va a haber una concentración, que estoy encantado contigo… pero que vas a ser el descartado. Así que te toca trabajar un mes y medio —porque Lolo era así de distendido— para luego volverte a casa». Yo me sentía muy honrado igual, porque sabía que estaba siempre al límite, que había gente de mucha calidad, pero es verdad que en esa por fin entré y el robo aquel se convirtió un poco en el emblema del pase a semifinales, que ahora es lo normal, pero por entonces para la Federación era un éxito.

La maldición de cuartos de final… Además, contra Rusia habíamos perdido en los Juegos Olímpicos del año anterior.

Yo tuve la suerte de vivir entre la generación de Herreros, Esteller, Nacho Rodríguez, Orenga, Dueñas… y la de 1980, que era una barbaridad, así que Javi [Imbroda, el seleccionador] me pidió que hiciera un poco de enlace, que les explicara de qué iba esto a los chavales… aunque gente como Navarro ya iba muy aprendida. Tenía un estilo puro, era un verso libre, igual que Pau. Con no estropearles, bastaba.

El campeonato tuvo mucho de especial porque fue el primero en el que jugaron juntos Raül López, Juan Carlos Navarro, Pau Gasol y Felipe Reyes.

Rompieron con todo. Antes, en la selección hacías una entrada muy lenta: tenías que pagar un peaje, ir poco a poco, luchar por conseguir un estatus… pero ellos tuvieron claro que su impacto iba a ser brutal e instantáneo. Incluso en el vestuario, a la hora de poner la música: llegaba Navarro y ponía a Estopa y nos teníamos que tirar la tarde escuchando a Estopa. A todo trapo, además [risas].

Javier Imbroda, el seleccionador, te adoraba, decía que eras «el mejor defensor de Europa». ¿Exageraba o no?

Bueno, yo quiero pensar que era verdad [sonríe]. Ahí creo que Javi me echó un quite porque igual yo no era tan popular. Nuestra relación pasó por toda clase de etapas, porque luego coincidimos en el Real Madrid en un momento horrible para el club y las cosas no fueron tan bien, pero en ese momento aquello me dio alas. Es verdad que se recuerda mucho mi defensa, pero anotaba mucho más de lo que la gente cree. A ver, ha habido picos, pero cuando empecé en Zaragoza tenía partidos de dieciocho o veinte puntos, o al final en Alicante. Yo creo que la gente me recuerda solo por la etapa del Real Madrid, en la que sí era más especialista.

¿Qué más recuerdas de ese Eurobasket?

Pues me acuerdo de que compartía habitación con Pau Gasol porque habíamos tenido un rifirrafe en la final de la ACB de aquel año y Javi no quería problemas, pero luego Pau estaba todo el día con Navarro. De hecho, ha sido la única concentración en la que no han compartido habitación. Eso es algo que me llevo: ¡dormir con Pau Gasol!

Los dos años que jugaste en la selección te sirvieron para jugar contra algunas de las mayores estrellas del siglo XXI, por ejemplo Andréi Kirilenko en aquel partido.

Era un poco del estilo de Pau: muy, muy intenso, de moverse mucho, siempre atento al rebote. No era lento para la altura que tenía, también te cogía los rebotes por detrás. Yo compaginaba entre el escolta y el alero. Normalmente el titular era Paraíso y yo era su sustituto. Muchas veces Imbroda nos ponía a Navarro y a mí juntos para que él anotara y yo hiciera el trabajo más sucio.

Y en semifinales, Peja Stojakovic…

Aquella Yugoslavia era un equipo intratable, pero les plantamos cara. Me acuerdo de que estaba en el autobús pensando: «A ver, estoy en mi mejor momento defensivo y voy a defender a Stojakovic, que es una estrella de la NBA…». Me lo tomé como un reto, estaba totalmente concentrado y luego va el tío y me mete treinta puntos. Sacaba el balón altísimo en los tiros. Luego, en Indianápolis llegamos a jugar juntos al ping-pong, porque ahí todas las selecciones compartían la misma zona de recreativos, menos Estados Unidos, claro. Allí les ganamos, por cierto, en primera ronda, y eso que ellos acabaron campeones del torneo.

¿Cómo fue lo de jugar en aquel Mundial contra Estados Unidos, a los que por entonces aún se empeñaban en llamar el Dream Team?

Estaban tocados ya. Habían perdido ya dos partidos y se les veía desconectados. Tenían a Paul Pierce, tenían a Ben Wallace, a Reggie Miller… Como anécdota, cuando acabó el partido y después de ganarles, Carlos Jiménez fue a pedirle la camiseta y el tío se la cambió muy educadamente. Ya sabes que en la NBA están a todas. Tenían unos jugadores acojonantes, pero no jugaban como equipo.

¿A quién te tocó defender?

Pues creo que a Reggie Miller. Fue una sensación brutal, sobre todo al principio del partido, que les estás viendo calentar y dices: «Madre mía, qué armarios, qué percha tienen, qué guapos son todos…». Era una gozada estar ahí, en la misma pista. En teoría no íbamos a ganar, pero sí llevábamos la idea de competir y las cosas salieron bien.

¿Te vaciló mucho?

¡Me hubiera encantado! ¡Ojalá Reggie Miller me hubiera insultado! Yo soy muy de apuntar anécdotas y no recuerdo que en aquel partido me dijera nadie nada. No sé, fue un partido muy especial, la prensa nos puso muy bien. La pena es que en cuartos de final se nos había cruzado Alemania, con Nowitzki. Nos metió cuarenta puntos o por ahí, es que era imparable. Pensábamos: «Joder, si Pau no llega al tiro ese en suspensión hacia atrás, es que no llega nadie», y así se convirtió en una de las grandes superestrellas de la NBA. Al principio fue un poco palo perder contra Alemania con las expectativas que llevábamos, pero luego vimos hasta qué punto Nowitzki marcaba la diferencia.

Ya no volviste a la selección…

Es curioso, porque toma el mando Moncho López y lo primero que me dice es que piensa contar conmigo, que soy un jugador muy útil para la selección… pero no me vuelve a llamar. Es verdad que con Imbroda había entrado un poco «con calzador», porque encajaba perfectamente en su filosofía de equipo. Moncho prefirió repescar a Herreros, pero, claro, es que dejar a Herreros fuera tuvo que ser muy complicado para Javi. Yo creo que él quería darle más confianza a Navarro y por eso no llevaba a Alberto, para que tuviera más tiros. A la vista está que funcionó bien. El problema, a veces, es que cuesta cerrar ciclos. Se está viendo ahora con el propio Navarro en el Barcelona y yo lo viví con Fernando Arcega en Zaragoza, que me querían dar minutos a mí y se los quitaban a él. Igual en un par de años pasa lo mismo con Rudy en el Madrid. Son equipos que giran en torno a un jugador, pero tarde o temprano hay que cerrar el ciclo, y ¿cómo lo haces?

Uno de tus compañeros de selección, Jorge Garbajosa, dice de ti en el libro que escribió con Brotons: «Lucio es un tipo polifacético: lee, escribe, toca la guitarra y el piano». ¿De dónde salió esa vocación de ir más allá del deporte?

Bueno, hay muchos deportistas así, no te creas. Alfonso Reyes, por ejemplo, estaba todo el día estudiando y leyendo, incluso en el vestuario antes de un partido. También se ponía con sus fascículos de historia, que le mandaban cada semana, y él estaba ahí con la toallita y leyendo su fascículo encantado… Con Jorge veíamos películas, le ponía a los Pixies… También hice algo parecido con Raül López.

¿Qué películas veíais?

Eran todo películas independientes. Yo iba mucho al videoclub y a lo mejor cogía una película que no sabía ni de qué iba, pero prefería ver una película independiente a una más comercial. A veces eran un truño y otras veces eran muy buenas. También me gustaban los clásicos: me compré todas las películas de los hermanos Marx, las primeras de Woody Allen… pero de vez en cuando veíamos alguna producción egipcio-nigeriana por probar [risas]. Por ejemplo, en Cáceres, años más tarde, había un cine en que ponían pelis de autor por un euro y yo iba muy a menudo.

¿Y lo de la música?

Pues es que yo fui al conservatorio de pequeño y estudié solfeo y piano. De hecho, tengo el grado medio de piano. La guitarra la tocaba peor, pero también me gustaba, sí.

[En ese momento, suena en el bar una canción de la Velvet Underground. Lucio inmediatamente la reconoce y dice: «¡El primer grupo de Lou Reed! Esto se lo ponía mucho a Jorge también». De repente, cambia de tema y vuelve a la literatura…]

Estaba acordándome ahora de que el año ese malísimo que tuvimos en el Real Madrid me lo pasé leyendo La náusea, de Sartre. ¡El existencialismo! Me lo recomendaron varios amigos, pero no lo podía leer, se me atragantaba, y me acuerdo de que le decía a Herreros: «Esto —La náusea— es lo que estoy sintiendo este año, te lo juro. Cuando acabe este libro, todo va a mejorar…», y Alberto decía «Sí, sí», como si nada, pero cada vez que me veía con el libro en las manos me gritaba: «¡Acábate ya esa mierda, estamos perdiendo por esa mierda!», y al final no me lo acabé, tuve que esperar al verano.

¿Cómo compaginabas el conservatorio con todo lo demás?

Pues era una paliza. Me empeñé en acabar el grado medio, que eran cuatro años. El año que acabé cuarto estaba en el Huesca y tenía que practicar un par de horas al día como mínimo. Además, estaba estudiando Magisterio a la vez, así que imagínate la locura, porque esto era como otra carrera… Me levantaba a las siete de la mañana, pero me lo saqué en Teruel porque me dijeron que ahí era más fácil y me lo saqué por mis cojones. Tenías que tocar tres estudios, uno era de Bach, otro libre… luego he seguido, pero de soslayo.

Tienes en YouTube un vídeo maravilloso con Andrea Pecile…

Es que a mí siempre me ha gustado hacer canciones de coña y en Cáceres tenía más tiempo y a Andrea le conocía de jugar contra él. Era un tío muy divertido, nos llevábamos muy bien… así que, de cachondeo, le escribí una canción, con letra y todo, y se la mandé a ver si le gustaba, para hacer algo juntos, y se animó. No sé, es que a mí esto del deportista profesional que vive en su burbuja me parece un poco coñazo. Siempre he querido hacer más cosas. Por ejemplo, tenía una idea muy buena para hacer un cortometraje con un amiguete de Zaragoza y lo íbamos a hacer, pero al final se quedó en nada. Los americanos nos llevan años luz de ventaja a la hora de reírse de ellos mismos.

Vamos ya a la frase famosa, más que nada porque me parece que refleja bastante bien tu forma de ser. Aquello de «Si uno hace lo que no sabe, esto es una casa de putas», que soltaste en la temporada 2002/2003, la única en la que el Madrid no ha jugado ni play-offs en toda la historia del club… ¿Puedes decir ya en quién o en qué estabas pensando en ese momento?

A ver, es que los jugadores de baloncesto somos demasiado «correctos» y hay muy poca gente que patine. Yo recuerdo tener encima una frustración enorme y esto era diciembre. Lo curioso es que no cambió nada después. El ambiente estaba enrarecido y aquella frase era una llamada de atención, casi de auxilio, pero no sirvió de nada. No había buen rollo, se perdió conexión con el entrenador. Lolo Sainz, que estaba de director deportivo, intentaba apagar los fuegos, pero yo creo que tendría que haber habido un cambio radical, no sé si de entrenador o de jugadores, pero radical… y el único cambio que hubo fue traer a Mulaomerovic, que era una bomba de relojería: un jugador muy egoísta, con el que era muy complicado jugar. Yo quería algo, aunque fuera que me echaran, porque es que las sensaciones eran terribles. Más en un equipo como el Real Madrid, que tiene margen para probar cosas nuevas.

¿Cuántas broncas te echaron por decir eso y además en televisión?

Pues fíjate que hasta Valdano me llamó al orden. Yo tenía muy buena relación con él porque estaba de encargado de la sección de baloncesto, y me dijo: «Lucio, ¿qué ha pasado?». ¿Te acuerdas de aquella canción de Sabina, la de «¿Quién pudiera reír como llora Chavela?», pues ¡quién pudiera animar como echa las broncas Valdano! Yo salí de ahí encantado. Se ve que estaba acostumbrado a tratar con gente con más «poderío» y tenía mucho tacto. Me vino a decir que entendía el fondo pero que las formas no procedían.  

Con todo, llegasteis a la última jornada con opciones de play-offs y solo teníais que ganar en Lleida a un equipo que no se jugaba nada. Perdisteis 85-69. ¿Qué recuerdas de aquel partido en concreto?

Lo tengo un poco como una nube. Es que nadie pensaba que pudiera pasar. El Lleida llegaba muerto, se suponía que nosotros teníamos que salir a por todas… pero no salió nada. Los jugadores estaban muy desconectados, Imbroda intentaba cosas pero no había manera… Mucha gente que no cumplió las expectativas.

Dragan Tarlac, por ejemplo.

Pues sí. A ver, era un fenómeno: buena persona, majo… y jugaba bien, correcto, pero no era lo que se esperaba de él. También influyó la apatía, quizá nos juntamos un equipo apático. Derrick Alston tenía mucha clase pero estaba muy fastidiado con las rodillas; Alfonso Reyes tenía la espalda destrozada, se juntó todo… Esto no puede servir como excusa, porque éramos el Madrid y el Madrid tiene que ganar siempre, pero no ayudó a cambiar la dinámica. En el Lleida jugaba mi hermano Alberto y, joder, lo celebraron como si hubieran ganado la Copa de Europa. Eso también nos dolió, la verdad.

¿Hasta qué punto influyeron esas declaraciones en tu marcha ese verano del club?

Pues lógicamente no ayudaron, pero creo que fue una cuestión deportiva. El Madrid se tiene que construir para ser competitivo en Europa, no solo en España, y nosotros no cumplimos ni con la parte de España. Había que hacer una limpia completa.

Ese fue tu último partido después de cuatro años en el Madrid. El primero fue en 1999, con un nuevo entrenador, Sergio Scariolo, tu hermano Alberto y jugadores como Djordjevic en la plantilla. Fue un año muy raro, con muchos fichajes extraños como Gnad o Larsen, muchas lesiones, un entrenador cuestionado todo el año… pero acabasteis ganando la liga en el Palau, el día que Nacho Rodríguez casi se lía a tortas con Djordjevic.

Sasha era el rey del marketing. Aparte de ser un jugador extraordinario, sabía montar un buen espectáculo, aprovecharse de la «marca Djordjevic». Él era muy consciente de que era un personaje, aparte de un jugador. Muchas veces me ha chocado que aquella se recuerde como «la liga de Djordjevic» cuando mi hermano Alberto fue el que ganó el MVP con unos partidos espectaculares. Aquello fue un mérito muy de equipo: Struelens jugó genial, Brent Scott desquició a Dueñas en defensa… No era un equipo muy brillante, pero éramos más guerreros, con gente como el propio Scott, como Galilea, como yo. Se nos cuestionó mucho, por ejemplo, el tener a Djordjevic ya un poco mayor y a Galilea de suplente, que tampoco era un crío. Había mucha gente rebotada de otros equipos…

Y, centrándonos directamente en el quinto partido, ¿cómo fue ganar la liga en una de las canchas más complicadas de Europa?

En el vestuario estábamos con una confianza tremenda, muy tranquilos, convencidos de que se podía sacar adelante. El asunto era competir, llegar al final ajustados y luego ya veríamos. Fue una eliminatoria con mucho «juego de prensa» por parte de los entrenadores. Aíto tenía su cultura del karate press y Scariolo era igual. Recuerdo entrenamientos con Sergio en los que les decía a sus asistentes: «No pitéis faltas, no pitéis faltas», y ahí nos pegábamos de lo lindo. Fíjate hasta qué punto era un enfoque físico que cuando estábamos en Vitoria, también con Brent Scott, hubo un entrenamiento en el que Sergio empezó a gritarnos «más duro, más duro» y en un bloqueo Scott pescó a Jorge Fernández, el que luego fue modelo y ahora presenta La ruleta de la fortuna, y le rompió la rodilla. De broma siempre le dice que le debe su carrera en el espectáculo [risas].

¿Qué pasó de verdad entre Scariolo y Herreros? ¿Le echó en el gimnasio delante de todo el mundo como dijo el jugador o fue en un despacho como dijo el entrenador?

Scariolo tenía una visión de equipo… y para mí no estaba desorientada. Tenía su razón de ser, vaya. Recuerdo que estábamos haciendo pesas y nos fue llamando Sergio para ir diciéndonos si contaba con nosotros o no. A mí también me dijo que me tenía que ir, lo que pasa es que yo le dije que tenía contrato en vigor y que me gustaría seguir aunque fuera con pocos minutos, y lo entendí y lo acepté. Su intención era hacer un barrido total, echar incluso a Herreros, y al final resultó que el que acabó en la calle fue él y Herreros siguió porque pusieron a Lolo Sainz de director deportivo y a Imbroda de entrenador. Fueron unas formas un poco drásticas, pero lo mismo que le hizo a Herreros se lo hizo a mi hermano. Esa era su idea de futuro y tampoco le veo tanto problema.

Aquella fue la primera liga del Madrid desde los tiempos de Sabonis y coincidió con la novena Copa de Europa de la sección de fútbol. ¿Cómo se vivía aquello de jugar entre gritos de «Sí, sí, sí, nos vamos a París» en el viejo Saporta? ¿Descentraba mucho jugar al baloncesto en un club de fútbol?

Con los presidentes no tenías relación, ni con Lorenzo Sanz ni con Florentino, pero en general el trato era muy amable y ahora mucho más, porque recuerdo que hubo una época en la que siempre se decía si iba a desaparecer la sección… No sé, el jugador de baloncesto se acaba acostumbrando a ese vivir en la línea porque yo viví la desaparición del Amway Zaragoza, con el Huesca descendimos y pasó lo que pasó… Después de todo eso, llegar al Madrid te supone una seguridad enorme, no se te ocurre ponerle pegas.

Tu segundo año allí llegan Zídek y Milic como estrellones, pero la cosa no cuaja para nada… ¿Por qué?

Bueno, porque estaba Pau Gasol en el Barcelona. Las finales nos las gana él. Ya estaba muy hecho, muy maduro. Fíjate que muchas veces decíamos: «Vamos a jugar más duro con Pau, a ver si le sacamos del partido», pero sabía encajar muy bien, como ha hecho después en la NBA. Tenía una presencia y una tranquilidad enormes. De hecho, Aíto, muy inteligentemente, intentó retenerle diciendo que no estaba preparado, pero estaba más que preparado. Nosotros teníamos a Zídek y a Milic, sí. A ver, en mi opinión, Marko Milic salió bien, físicamente era una bestia. Zídek tuvo más problemas de espalda y es verdad que solo tiraba triples, pero Milic sí nos aportó muchas cosas y aparte era un tío feliz, se lo tomaba todo a coña. Es verdad que a veces chocaba, porque nos estábamos jugando las castañas y él jugaba como si estuviera en el patio del colegio. Esa era su virtud y su defecto. Era muy divertido y a lo mejor daba la impresión de que no se tomaba en serio el partido cuando sí que se lo tomaba muy en serio. Aparte, tenía el problema del tiro. Muchas veces le hacían falta para que tirara tiros libres o le flotaban demasiado y eso nos complicaba el ataque…

En general, dentro de tu larguísima experiencia de catorce años en la ACB, ¿qué rivales recuerdas como los que más miedo te daban, los que sabías que no iba a haber manera de pararles?

Había un alero en Valencia, creo que era Aaron Swinson, que jugaba todo el rato al poste bajo y como yo no tenía mucho físico las pasaba canutas con él. También con Navarro, porque era todo el rato dar vueltas alrededor de la cancha detrás de él y hacías más kilómetros que un maratoniano. Además, con Navarro te daban el scouting y eran dos hojas: penetra bien por la derecha, por la izquierda, tira bien de siete metros… ¡Ponme lo que no hace bien y acabamos antes! Tenía una jugada que le gustaba mucho, que era que pedía un bloqueo directo, te fijaba con la mirada y en cuanto tú apartabas una centésima la vista para ver por dónde venía el bloqueo, te la tiraba.

¿Y los que más te motivaban?

José Luis Maluenda, del Pamesa. Lo conocía de antes y éramos amiguetes porque también es aragonés. Me pasaba el partido diciéndole: «Manu, me encanta defenderte porque hueles muy bien» [risas]. El tío era muy metrosexual, tenía como cincuenta colonias en casa. Entraba muy bien al trapo, nos llevábamos muy bien.

Bueno, ahora que ya nos hemos quitado al Madrid y a la selección de en medio, vamos al principio de tu carrera. Empezaste en el Argal Huesca, con Gavaldá de entrenador.

Sí, era un tío muy teórico. En aquella época no tiraba muy bien los tiros libres y él probaba técnicas así más experimentales, que digo yo que tendrían su base; me sentaba en el suelo y me decía: «Cien tiros», luego, pegado a la pared, «Doscientos tiros». Me tapaba los ojos con un pañuelo y decía: «Trescientos tiros».

Tenías veinte años, la edad a la que se les empezaba a dar responsabilidades a los jóvenes en los primeros noventa. Ahora, hasta los veinticinco, o eres Doncic o no la hueles; ¿por qué ha cambiado tanto la mentalidad de los entrenadores en ese sentido?

Es que el baloncesto se ha globalizado. Ahora, la cantera del Real Madrid es todo el mundo. Antes, la del CAI Zaragoza era Aragón. No había lo de los representantes que se iban a África a buscar estrellas. Como mucho fichaban a algún yugoslavo. Para que te hagas una idea, Jiri Okác, que jugó conmigo en el Daroca, el filial del CAI, se vino desde Brno en coche, no sé si tardó dos o tres días. Eran otros tiempos y la competición era menor. Yo creo que si ahora sale un Lucio Angulo igual no llega al Madrid porque de joven no le habrían dado muchas oportunidades. En mi caso, tuve la suerte de tener entrenadores, como Julbe sobre todo, que apostaron por mí siendo muy joven. Si tú tienes a un tío como Julbe o Aíto, a los que no les gustan demasiado los talluditos, pues tienes mucho ganado.

El equipo coqueteó todo el año con el descenso pese a contar con americanos como Sallier o incluso el veterano Larry Micheaux, que había sido una institución en Vitoria…

Larry Micheaux era un figura. Nos invitaba a Iván Pardo y a mí a tomar chupitos después de los entrenamientos. Decía: «¡Vamos a tomar algo!», y nosotros pensábamos: «Vamos a huir de este tipo, que nos hunde la carrera». Estábamos empezando y él ya estaba casi de vuelta de todo. Tuve muy buenos partidos, pero luego vino Ángel Navarro, que se trajo a Barneda y me tocó chupar más banquillo. Estaban construyendo por entonces el pabellón nuevo y me acuerdo de que siempre comíamos en el mismo bar de menú ahí al lado y estaban ahí los obreros que decían: «Pero ¿quién va a jugar ahí, si está lleno de grietas?». Y al año siguiente el equipo desapareció. Es una pena porque el pabellón antiguo era una gozada: venía el Fórum de Sabonis y la gente se dedicaba a tirarle pipas al banquillo porque estaban al lado [risas].

¿Recuerdas algún campo especialmente complicado como jugador visitante?

El del Manresa. Estaba todo muy cerca y teníamos al del bombo todo el rato llamándonos «burros» a todos. No te condicionaba porque, una vez en el partido, estabas concentrado, pero era un coñazo. El del Aris de Salónica también era tela. Fui con el CAI cuando era un chavalín. Quique Andreu y compañía se fueron al centro de la pista a entrenar y Fran Murcia se quedó en una banda. Todos empezamos: «Fran, ahí no; ahí no», y le empezaron a llover escupitajos, monedas… Nadie quería sacar de banda. Sacabas rápido, a quien fuera, solo por quitártela de en medio. Debimos de perder un montón de balones en ese partido.

Al siguiente año vuelves al CAI de Zaragoza, donde ya estaba tu hermano Alberto, pero apenas juegas. ¿Cómo viviste el cambio de rol?

¡Yo estaba haciendo la ola! Mi hermano entró de casualidad, porque hicieron una «operación altura» y él no daba el mínimo, pero vieron que jugaba bien, le dejaron quedarse, fue pasando pruebas y acabó jugando en el primer equipo. Aquel primer año fue el de los tres extranjeros en la ACB y nosotros teníamos a Andy Toolson, que era un tirador buenísimo, a Ken Bannister, un pívot espectacular y a Andre Turner, que era un jugadorazo.

Nacho Azofra nos contó hace poco que Turner había sido el jugador más difícil de defender que había conocido.

Es que era imparable. El mejor americano que ha pisado España en años. Estaba un paso por delante, mental y físicamente. Tenía una cabeza… hacía la primera falta a los diez minutos; la segunda, a los veinte; siempre estaba de buenas con los árbitros… Me acuerdo de una frase que me dijo: «Deja que el baloncesto venga a ti, no fuerces situaciones», y yo pensé: «Joder, claro, es que tú eres Andre Turner». Era un tío con mucha presencia, lo tenía todo clarísimo. Sabía llevar el ritmo en el juego y fuera de la cancha sabía llevar el vestuario, controlar incluso a Bannister, que se echaban unas partidas de póker tremendas, con broncas y todo, pero que acababan entre risas. Estaba muy por encima del resto.

También coincidiste con Rickie Winslow, antes de hacerse turco…

Sí, pero fue un fichaje extraño. Llegó lesionado, tenía ya treinta y pico años y no cumplió las expectativas. Le cortaron al poco de llegar. Sí recuerdo que era muy guapete y que tenía un pedrusco de no sé cuántos kilos de diamante. No sé lo que podría costar aquello.

Tu ascenso coincide, como decías antes, con los últimos coletazos de Fernando Arcega…

Fernando era lo más grande para Zaragoza. Tenía dote de palabra, actitud de capitán, negociaba muy fuerte con José Luis Rubio, el presidente. El caso es que Alfred Julbe, el entrenador, tenía una idea muy clara de rejuvenecer el equipo y apuesta muy fuerte por mí y por Fran Murcia, que tendría unos veintitrés o veinticuatro años por entonces. La verdad es que la relación no fue demasiado buena, aunque yo estaba feliz. Veía que Fernando estaba siendo el damnificado por mí pero es que yo estaba haciendo muy buenos números. Si en un momento no hubiera respondido, habría salido Fernando, que era una garantía. El caso es que fue un cambio muy brusco, casi de todo a nada.

Después del segundo año, la cosa con Julbe va tan bien que te llama Querejeta para el Baskonia. ¿Qué otras ofertas tuviste por entonces?

Ese año jugué muy bien y en Zaragoza tenía un contrato ascendente: tres millones, cinco millones, siete millones… pero el caso es que con veintiséis años te plantabas con un gran rendimiento pero cobrando poquísimo. Además, ese año el patrocinador, Amway, desapareció y el club se vio ahogado económicamente. Julbe incluso hizo el esfuerzo de reunirnos a ver si podíamos ayudar en algo, pero acabamos saliendo todos. Yo tuve ofertas del Estudiantes, que insistió bastante, del Joventut, de Unicaja, de Pamesa… y la verdad es que me volví un poco loco porque me apetecían todos. Me decidí por el Tau por culpa de Manel Comas, que había estado conmigo en Zaragoza y también por no alejarme mucho de la familia. Además, iban también Fran Murcia y Pepe Arcega. Nunca sabes si has acertado o no. De hecho, después del primer año se va Manel Comas y llega Scariolo y dice que no quiere contar conmigo porque quería hacer una carambola con Marcelo Nicola para mandarme a mí a Italia. Llegué incluso a ir a Pésaro a ver la ciudad porque también tenía una oferta del Scavolini.

Julbe y Comas, pocos entrenadores tan carismáticos como ellos…

Para mí, Julbe es el mejor entrenador que podía haber tenido. Apuesta por mí, pero es que además me coge un poco de pupilo. Me acuerdo de ir a museos con él y tener una cercanía que me extrañaba entonces y que no he vuelto a vivir después con nadie. Me regalaba libros, como Trópico de Cáncer, de Henry Miller, y en la dedicatoria me puso: «Luego sigues con la trilogía SexusNexusPlexus». Yo ya leía a Bukowski por entonces y me regalaba libros de ese tipo. Él se preocupaba por que fuera más allá… Manel Comas era más distante, era un genio en el día a día… bueno, «en el día a día» a lo mejor no, porque tampoco era muy trabajador [risas].

¿Ah, no?

Bueno, a veces llegaba con las gafas de sol, se sentaba en la mesa y decía: «Sesión de tiro», y se quedaba ahí, que le mirabas y decías: «Esta noche ha habido mandanga», pero luego en los partidos era un genio. El primer año en Vitoria jugamos con Kenny Green y le sacó un partido maravilloso. Manel no era tan formativo pero era muy querido. Tenía un tono muy particular, entre burla e ironía. Me acuerdo de que a Jorge Garbajosa le vacilaba mucho, porque era muy joven, o a lo mejor cogía a algún pívot que no tenía mucho talento y le decía: «Pero ¿qué haces tirando? Tú, argamasa; tú, argamasa. ¡No inventes!».

Pero era un tipo muy temperamental, eso todo el mundo lo dice…

Sí, también tenía su pronto. ¿No has oído hablar de «la jornada Michelín»?

En la vida.

Pues cuando perdíamos un partido, Comas decía: «Horario Michelín», y te hacía estar ocho horas en el pabellón. «Un trabajador normal está ocho horas en su curro, ¿no?, pues vosotros vais a estar ocho horas aquí». Gimnasio, tiro… lo que fuera. Me acuerdo de un partido que perdimos contra un equipo griego: teníamos una ventaja en el basket-average de trece puntos y perdimos por más de trece allí, y nada más volver del viaje nos metió a entrenar. Imagínate. Ahí se podía haber lesionado todo dios. Y todo por sus cojones. A ver, lo entiendes por el lado del correctivo, pero a la vez es demasiada presión. Yo creo que los americanos se lo toman mejor en ese sentido y a la larga se acaba notando.

En Vitoria coincides brevemente con Perasovic, un mito del baloncesto europeo…

¡Peras! Sí, joder, era un cansino, nos mareaba a todos. Decía: «Lutsio ven aquí, vamos jugarr uno contra uno», y yo le decía: «Joder, Peras, que llevamos dos horas de entrenamiento», pero él como si nada: «Lo que pasa es que no quieres aprender», así que tenías que jugar otros quince minutos hasta que ya no podías más.

Como entrenador también tiene fama de duro.

Es que ya entrenaba cuando era jugador. Decía: «Lutsio, cuando yo sea entrenador, a ti te ficharé», aunque luego ni me fichó ni nada. Hizo el curso de entrenador superior el año antes que yo y me dijeron que el tío era un show, que salió a hacer un ejemplo, quitó al que estaba dando la charla y se puso a hablar durante media hora de cómo había que defender el bloqueo indirecto. Con Perasovic tengo una anécdota: yo me examinaba en Zaragoza y tenía que ir y venir todo el rato, y en una de esas me dijo: «Tú te llevas mi cotse, ningún problema». ¿En serio? «Sí, sí, sí, no problema». Así que cojo el coche y le digo: «Peras, ¿dónde está la radio? Que tengo tres horas de viaje…». Y me dice: «No, no, no, este cotse no tiene radio, ¿para qué quieres radio? Tengo un balón detrás, por si quieres hacer tiro en algún momento». Y yo: «Pero, Peras, que tengo que ir a las ocho de la mañana, llego a las once, hago el examen, y me vuelvo a entrenar, no me va a dar tiempo a hacer tiro en ningún sitio…». «¡Pero si entrenamos a las tseis! Tienes tiempo de tsobra, pero si tú no quieres hacer tiro, si no quieres mejorar, no hagas tiro». El tío no tenía radio, pero sí un balón para tirar en el camino en algún parking. Ivanovic debía de ser un poco así también.

¿Tuviste algún viaje a Serbia con él en el equipo? Dicen que eran de altísima tensión.

Pues a Serbia no recuerdo, pero sí hubo una vez que nos sentamos juntos en el avión y le pregunté por la guerra, por cómo estaba el conflicto, y el tío me estuvo hablando media hora sin parar, hasta el punto de que me puse con el libro a leer otra vez y se enfadó: «¿Por qué me preguntas si no te interesa?» ¡Pero, Peras, que llevas cuarenta minutos hablándome del tema! Claro, para él era la vida, era importantísimo.

¿Y qué me cuentas del famoso viaje del Mosquito?

Joder, teníamos que hacer mil escalas. No recuerdo dónde jugábamos, en el centro de Europa, puede que en Yugoslavia, sí. Para empezar, paramos en Bolonia, que hacía un tiempo terrible. Una tormenta de cojones. El avión era tan pequeño que veías al piloto a tres metros y le oías hablar con la torre de control, que le decía: «No, por favor, no aterrice, que no nos hacemos responsables», y el piloto en plan: «Muy bien, pero es que no tengo carburante, así que tengo que aterrizar…». La gente estaba llorando, rezando. Fran Murcia, con el carné en la boca, diciendo: «Eh, que vamos a palmar», pero en plan de coña. Miguel Ángel Reyes tenía pánico a los aviones y dijo que no quería volver a viajar.

En Vitoria tenías un programa que se llamaba El triple de oro, también con Fran, y creo que Pepe Arcega y Garbajosa colaboraban asiduamente. ¿Cómo surgió la idea?

Pues era en Radio Vitoria y al club le pareció bien porque hacíamos sorteos con el merchandising. Ahí teníamos por contrato que teníamos que hacer determinadas cosas de imagen del club, como ir a colegios o a hospitales. Me acuerdo de una vez que tuve que ir a Indautxu, a un colegio que solo hablaban en euskera, con un traductor… Lo cuidaban todo muchísimo. Tenían muy claro que había que hacer comunidad.

El segundo año en Vitoria, ya con Scariolo, el equipo va como un tiro, tanto que acaba primero en la liga programada. En cuartos de final le ganáis 3-0 al Unicaja y en semifinales le ganáis 3-0 al Barcelona… y el TDK se carga al Madrid y os toca en la final.

Lo vimos todo hecho.

Eso pareció…

Y eso que en liga regular habíamos perdido con ellos, no se nos daban bien. Había sido un año durísimo desde la pretemporada. Scariolo nos metía una caña enorme y se iba lesionando todo el mundo. Correr, entrenar, correr, entrenar… Eso sí, la temporada fue brutal. Ganamos trece partidos seguidos y cuando perdimos el decimocuarto nos cayó una bronca acojonante para que no nos relajáramos. En la final lo que pasó es que el TDK tenía muy buen equipo: no había manera de parar a Derrick Alston ni a Bryan Sallier, que era un pedazo de jugador, ni a Chichi Creus, que nos hizo un traje.

¿Cómo os quedasteis?

En estado de shock, porque veníamos como un rodillo, pero nos ganaron el primero y ya se nos vino el mundo encima. Me acuerdo que Chichi Creus las metía de todos los colores, hubo un triple en la esquina que nos hizo polvo. ¡Y tenía cuarenta tacos el tío, cumplidos! Además, el Manresa era un equipo que caía bien, porque tenía muchos nacionales, como Capdevila, Peñarroya, Lázaro, Singla… Salían un rato y nos hacían mucho daño. Todos cumplían.

Vosotros teníais a Bennett.

Impresionante. Me acuerdo de que cuando llega sustituye a Tony Smith, creo que era, un base que había estado en los Lakers, y el primer entrenamiento fue lamentable. Yo pensé: «Madre mía, vaya castaña nos han traído aquí», pero luego fue cogiendo ritmo y era imparable. Me acuerdo sobre todo de los mates con la izquierda. Con la derecha no los hacía, pero con la izquierda hizo uno en la Copa del Rey de 1999, que la ganamos contra el Sevilla, impresionante. También estaba Beric, que era buenísimo, y Espil, que era un artillero de primera, las metía todas. De los pocos argentinos sensatos que he conocido [risas]. Era muy tranquilo, muy poco fiestero.

Aquella Copa que dices fue tu primer título, ¿cómo fue lo de levantar una copa, ser campeón por fin?

Fue curioso. Era una final rara, contra el San Fernando de Imbroda y con Andre Turner de base, así que había cosas que se mezclaban. De hecho, me tocaba defenderle en algunos momentos porque, como le conocía, Scariolo me ponía sobre él para incomodarle. Tampoco éramos los favoritos: el Madrid iba con Bodiroga, por ejemplo.

Y en esas, cuando el proyecto parecía ir sobre ruedas y después de jugar la Euroliga por primera vez… Scariolo y tú decidís iros al Madrid, probablemente el equipo más odiado para la afición del Baskonia. ¿Fue una decisión difícil?

Fue una carambola, la verdad, porque ellos querían a Scariolo y en el paquete entré yo como segundo plato. A Querejeta le venía muy bien porque se libraba de mi ficha y se llevaba ochenta millones por los dos. Ahí salió su lado de empresario, una línea que ha trazado y que le ha ido muy bien. Tienes que entenderlo, es su filosofía de empresa. Tampoco engaña a nadie, es un estilo más NBA. Con el jugador apenas tenía relación. Me acuerdo de una vez que me puso una multa Scariolo y yo, tan inocente, fui a hablar con Querejeta porque no estaba de acuerdo. El tío me miró y me dijo: «A mí no me vengas con milongas, que aquí hay una jerarquía». Lo del Madrid surge cuando yo estaba de vacaciones en Cuba, y la verdad es que estaba encantado porque el Madrid siempre va a ser el Madrid. Estaba con mi hermano Sergio y me llamó mi representante y me dijo: «Oye, esto hay que firmarlo ya; te lo mando por fax y me lo firmas ahora mismo». Así que lo firmé en el hotel, por si acaso, no se fuera a complicar.

¿Qué tal te trataban en Vitoria cada vez que volvías? ¿Llegaron a perdonarte la afrenta alguna vez o fue como lo de Herreros con Estudiantes?

Qué va, aunque tampoco es que yo fuera una figura ahí muy importante. Depende del perfil del jugador. Yo con la afición de Vitoria estaba encantado.

Ya hemos hablado de tus años en el Madrid, pero, echando la vista atrás, ¿los considerarías los mejores de tu carrera o simplemente fueron los que te ayudaron a ser más conocido?

Fueron los más mediáticos, no los mejores. Mi mejor año fue sin duda el último en Alicante, que acabo MVP de dos jornadas y hago los mejores números de mi carrera… pero al año siguiente estaba jugando en la LEB. Y en cuanto a sensaciones de juego, nada parecido a mi primer año en el Amway Zaragoza… pero, claro, el efecto mediático que tiene el Madrid o tiene la selección no es comparable a nada.

Del Madrid pasaste al Etosa Alicante. Debió de ser duro. ¿O tal y como acabó la cosa en Madrid era justo lo que necesitabas, un poquito de calma?

El Alicante hizo una apuesta muy fuerte. Tenía a Luis Casimiro, pero le cortaron nada más llegar. Luego empiezan a llegar Iñaki de Miguel, que había coincidido conmigo en la selección; Quincy Lewis, que tenía una muñequita de lujo; Pepe Sánchez, un primer espada; Larry Lewis, un tío veterano pero que se conservaba de maravilla y, sobre todo, Lou Roe, que es de los mejores jugadores con los que he compartido equipo. El primer partido que jugué con él hizo veintiocho puntos y catorce rebotes. Era una bestia, todo nervios. Todo lo que hacía, lo hacía a mil por hora. Mates de lado a lo Jordan, suspensiones elegantes…

El segundo año hacéis la machada y os metéis en los play-offs por el título con Trifón Poch de entrenador y Nacho Rodríguez de base. El típico equipo veterano que sabe lo que hace y no regala nada. ¿Cuál fue la clave de ese éxito?

Nos tocó Unicaja, ¡con Scariolo! Íbamos ganando 2-0 la serie y en una de sus genialidades montó un chocho espectacular en el tercer partido en medio de la pista. Le pitan técnica, luego le expulsan… y a partir de ahí, todo cambió. Es algo que le he oído muchas veces, lo de forzar técnicas para cambiar la dinámica del partido y el arbitraje. Ahí le funcionó de maravilla y a partir de ese momento revientan la serie.

Scariolo, ese gran incomprendido… siempre parece estar bajo sospecha.

No sé, quizá hay gente que tiene mejor prensa, como Pepu Hernández, pero el currículum de Scariolo ya debería avalarle. Es un poco Expediente X. Es verdad que el método de Scariolo es algo confuso: le gusta empezar mal para acabar bien. Yo a veces sospechaba que hacía algunas cosas voluntariamente… te explico: cuando iba a llegar la Copa del Rey, el partido de antes lo perdíamos siempre, y te preguntabas si aquello estaba pensado de antemano para ir más motivados y más en alerta después de una derrota. Además, así nos podía echar más broncas [risas].

Tu último año en la ACB coincide con el del descenso del Alicante en 2007. Hasta ocho jugadores de aquel equipo superaban la treintena. ¿No pensaste entonces en retirarte? ¿Cómo es que seguiste en la LEB con el equipo?

Pues yo venía de un año muy bueno y tenía un contrato altísimo. A ver, para la ACB estaba bien, pero es que para la LEB era inasumible, así que, como tenía ofertas de otros equipos ACB como el Sevilla, le dije al presidente que me traspasara, pero me dicen que no y el año se me hizo muy cuesta arriba porque yo no quería estar en la LEB, es todo muy complicado, además cuando bajas ya es muy difícil subir… Juego ese año y me voy al Cáceres.

¿Cómo surgió lo de Cáceres?

Bueno, yo me veía con fuerza para seguir un par de años más, pero la idea era jugar en cualquier parte menos en España. Aprender algún idioma, intentarlo de nuevo en Italia, que es una espinita que se me ha quedado clavada… pero al final no surge. Llegué a estar unas semanas de prueba en Treviso con la Benetton, pero fue un poco paripé porque estaba muy claro desde el principio que no tenía sitio. En esas, me llamó Piti Hurtado, que estaba entrenando allí, empeñado en que me fuera con él. Me fui y me puso de pívot, que siempre le he dicho de coña que ahí acabó con mi carrera [risas]. Era un tipo más rollo Alfred Julbe, de hecho fue su segundo en Zaragoza mucho tiempo, más centrado en la formación global del deportista.

Si la ACB está en ruinas prácticamente, ¿qué decir de la LEB?

Lo de la ACB es preocupante. Están los equipos de arriba, que sí que tienen dinero y, claro, eso se nota en la clasificación porque es como jugar con dos barajas, puedes hacer más cambios durante la temporada… y a mucha distancia los equipos de abajo. Por ejemplo, en mi caso, al principio no cobraba mucho, luego hay un momento en el que la cosa se dispara en todos lados y de repente llega el petardazo. Empiezan a fallar patrocinadores, Ayuntamientos, Diputaciones… cuando ese seguro desaparece, estás jodido. En Cáceres, por ejemplo, hay un dinero acordado, pero no se paga nunca, o se paga a seis meses. Entonces, los jugadores y proveedores cobran a seis meses, claro. Por eso se empiezan a ver los contratos mileuristas, la gente jugando sin cobrar…

De hecho, yo en Cáceres tuve que acabar en juicio porque me debían cuatro o cinco meses. Afortunadamente, la Asociación de Baloncestistas Profesionales tiene un fondo salarial para la gente que está sin cobrar, pero la pena es que no llega para todos, claro. Luego, ojo, hay equipos que han sabido hacerlo bien… en la LEB, por ejemplo, hay equipos que lo que te prometen, te lo pagan. Lo que pasa es que son unas cantidades un poquito ridículas. Quizá esa es la filosofía: pagar lo que puedas, pero pagarlo. Antes, con tres patrocinadores te hacías el año. Ahora, hay equipos que juegan con una docena de patrocinadores para ir poquito a poquito y no perder mucho dinero.

En 2011, diecisiete años después de debutar, cuelgas las botas. ¿Cuál es tu sensación después de retirarte? ¿Cómo viviste «el vacío del deportista»?

La ABP da charlas en ese sentido, animándote a formarte antes, a hacer un colchón cultural y económico, que evites las relaciones de amistad que se quieren aprovechar de ti…

¿Eso pasa en España? Pensé que era cosa de la NBA solo.

Pasa mucho menos, claro, porque se mueve menos dinero, pero algún argentino he visto yo con sus «mochilas», o algún americano, que tenía «amigos» por todos lados y ni él sabía quiénes eran. Lo de la retirada es muy complicado, porque te acabas acostumbrando a que el delegado te lo haga todo: que te busque la casa, el colegio de los niños, que te ponga incluso el módem si quieres internet… Te estupidizas a un nivel muy alto. Recuerdo a un americano en Vitoria al que el delegado le tenía que pedir la cena todas las noches. «Es que no sé el idioma», decía. Joder, vale, pero ¿qué es lo siguiente?, ¿que te ate los zapatos por las mañanas?

Y en tu caso…

Yo sabía que quería probar al menos un año la docencia, que es lo que hice, pero vi que era muy complicado, que no era lo que habría querido. Cuando dejé eso, me dediqué a entrenar a alevines, un equipo de primera nacional en Madrid y a seguir con el baloncesto en general. Comentando en Movistar Plus, colaborando de vez en cuando en Colgados del Aro

¿Y no te has planteado otras cosas? Lo digo por tus inquietudes culturales, lo que decías al principio de la música, el cine, etc.

Bueno, es que también tienes que encontrar una entrada. A mí escribir me gusta mucho, lo que pasa es que siempre he escrito de gratis: en la FEB, en una revista, en varios foros… y he acabado diciendo que no a todo. Es muy complicado vivir de eso, del picoteo constante en medios, así que de momento voy a seguir con el baloncesto y a ver qué pasa.


Zoran «Moka» Slavnić: «Eso de que el baloncesto es mejor y más rápido ahora que en los setenta es una ilusión óptica»

Fotografía: Ivana Todorović

No quiere dar entrevistas a periodistas, menos si son para medios españoles. Seguimos llamando hasta que le cogemos delante de su mujer y es incapaz de negarse. Acepta recibirnos durante una hora, nos mete prisa: «¡Os sangra el tiempo, os sangra el tiempo!». Pero pronto se emociona. Llora tres veces. Cuando estamos haciendo las fotos no para de darnos abrazos. Efectivamente, todos los que nos advirtieron de que nos encontraríamos ante un tío de una personalidad arrolladora e imprevisible estaban en lo cierto. Cuando está contento, es todo corazón. Se acababa de tatuar con sesenta y tres años el nombre de su mujer en el brazo. En el otro, tiene el logotipo de la FIBA Hall of Fame. Así celebró que en 2013 le incluyeran entre los cincuenta mejores jugadores de la historia.  

Zoran Slavnić (Belgrado, 1949) fue posiblemente el mejor base de Europa en su tiempo,  el cerebro de la primera generación de jugadores yugoslavos de baloncesto que vino al mundo a ganárselo todo a todos, siempre poniendo la mueca del Joe «Hombre sin nombre» de Clint Eastwood, para luego ser el primer entrenador de Dražen Petrović y tener bajo sus órdenes a Kukoč, Radja, Djordjević y compañía. Nos encontramos con él en una cafetería de Dorćol, el barrio en el que reside en Belgrado.

Cuando hemos preguntado por ti todo el mundo nos ha dicho que estás siempre tomando café en el mismo bar.

Nací prácticamente en esa calle. El bar ha cambiado muchas veces de dueños, ha sido una kafana [restaurante tradicional], un cafetería, pero para mí siempre será aquel lugar frente a mi casa donde empecé a ganar dinero apostando a las canicas. Eran mis ingresos de niño. La mejor paga que tuve. Jugaba tanto que me jodía las manos. Mi madre me hizo una almohadita para que apoyara mejor la muñeca en el suelo y pudiera jugar más horas. Había gente de otras zonas de la ciudad que venía a jugar contra mí. Los macarras del barrio me querían y me guardaban el sitio para que jugara.

¿Ellos te llamaron Moka?

En realidad me llamaron Motka primero, que es un palo para repartir golpes. Y Mocka después, que es un palo más grande, como las estacas con las que se pega a los cerdos en el campo. Después empezaron a comerse una letra y Moka se quedó, como los pastelitos de chocolate. Es la historia que le he soltado siempre a los periodistas del mundo para evitar contarles que en realidad era famoso por las leches que metía en las peleas entre barrios. Nos pegábamos constantemente, no podía salir de casa sin mi palo. Dos cosas eran fundamentales en mi infancia: mi motka y las canicas. Hasta que cumplí catorce años y me dediqué al baloncesto seriamente.

Empecé en los campos de baloncesto de Kalemegdan [fortaleza de Belgrado]. Tengo muy buenos recuerdos de aquella época. Os diría que en Belgrado, hasta los años ochenta, cuando llegaron los videojuegos y los salones recreativos, la vida de los jóvenes era maravillosa. Ahora los niños tienen menos necesidad de hacer amigos, los chavales actuales viven malos tiempos. Nosotros estábamos todos los días en la calle, nos necesitábamos los unos a los otros, pasábamos la vida juntos hasta las dos de la mañana hablando cada día. Eso era, no sé, sincero, romántico. Mucho más bonito que lo que hay hoy. Y así fue mi niñez. Aunque no tardé en entregarme al deporte profesional, llegué a entrenar en once deportes distintos. Solo tengo recuerdos felices.

Terminaste en el baloncesto, pero no eras muy alto.

Tenía talento para el fútbol. Miljan Miljanić, el que luego entrenó al Real Madrid, básicamente me pedía de rodillas que eligiera el fútbol, pero para mí era demasiado fácil. Me motivaba más algo que supusiera un reto.

Me enamoré del baloncesto porque cuando me metía en la cancha veía que todo el mundo era más alto que yo y pensaba: «Les voy a joder vivos a todos». Era pequeño y quería enseñarles que les podía hacer daño. Era mi oportunidad de demostrar que solo con la cabeza, con mi inteligencia, podía dominarlos. Como los españoles ahora. Llull, Sergio Rodríguez, Rudy Fernández

Tenía dos ídolos, uno era Dragoslav Šekularac, que era un futbolista tipo Gento, un extremo letal. Y en baloncesto a Josip «Pino» Gjergja. La primera vez que le vi jugar fue en el EuroBasket de Belgrado en el 61. Era croata y albanés, un jugador absolutamente irrepetible, brillante. Siempre digo a la gente que Pino era la bomba atómica y yo el petardo. Me contestan que no sea tan humilde, o tan falsamente humilde, pero es que es así.

Tu descubridor fue Zdravko Kubat.

No, me descubrí yo a mí mismo. Estaba un día andando por Kalemegdan, dando un paseo, y vi que estaba entrenando el Estrella Roja. Yo iba en pantalón corto y zapatillas, les pedí que me dejaran jugar con ellos un rato y ya no pudieron sacarme de ahí, entrenaba con ellos todos los días. Así empecé.

Hasta que llegó el cumpleaños de Tito. Todos los 25 de mayo se celebraba un torneo en las canchas del Estrella y el Partizan al que estaban invitados todos los colegios. Yo llevaba un mes entrenando con el Estrella y mi colegio ganó gracias a mí. Conmigo estaban Dragan Kapičić, que llegó a internacional. Y Aleksandar Boričić, que se pasó al voleibol y ahora es el presidente de la Federación serbia de ese deporte.

De todas formas, a Kubat no le olvidaré en la vida. Entrenar con él era como estar en una academia de policía. Tenías que salir hecho un buen hombre y un buen jugador. O al menos una de las dos cosas. Era un entrenador que nos enseñaba a vivir, a compartir, nos inculcaba que el baloncesto es un deporte colectivo, mucho más sano que lo individual.

Recuerdo que al terminar de entrenar íbamos a casa a ducharnos porque éramos tímidos. Nos daba vergüenza desnudarnos todos en el mismo sitio. Entonces entraba él gritando si éramos niñas, qué era eso de ir a ducharse a casa. ¡Todos a ducharse aquí! Ese tipo de detalles que te espabilan los agradeces toda la vida. Se murió hace tres años el pobre.

Debutaste con diecisiete años con el Estrella Roja.

Los compañeros me aceptaron bien porque ya me conocían de antes. Entrenábamos en el mismo campo en Kalemegdan, donde se jugaba desde las ocho de la mañana hasta las ocho de la noche. Yo solo faltaba para ir al colegio. Estaba cada día jugando hasta el final y si podía veía los entrenamientos del primer equipo. Noté después de debutar que había gente en el primer equipo que estaban un poco celosos porque no sabían por dónde iba a salir yo, cuánto iba a aportar al club. Pero no fue mal. Además, ya empezaba a ser un poco macarra en esa época, ya me veía por delante de todos.

El baloncesto tardó todavía en profesionalizarse en Yugoslavia. ¿Cómo se tomaron tus padres que te metieras en esto?

Mi familia era humilde. Mi padre era chófer, mi madre ama de casa y éramos tres hermanos. Vivimos muy bien una temporada, cuando mi padre era chófer de la embajada polaca, pero le echaron y pasamos a una situación peor. Hasta entonces vivíamos mejor que la clase media de entonces. Mis padres solo me pidieron que por favor terminase algo para poder ganarme el pan si lo del baloncesto no tiraba, como era de prever. Hicimos una especie de contrato; yo terminaba el colegio y ellos me dejaban jugar. Como me encantaban los coches me matriculé en Transportes, una especie de formación profesional que hay aquí de donde sale la gente que cuida los caminos, pone las multas, controla las señales de las carreteras, etcétera.

La verdad es que mi familia lo pasó mal cuando mi padre perdió ese trabajo. Estábamos en una casa de una habitación los cuatro metidos, dependiendo toda la familia del sueldo de mi padre como chófer del Banco de Zagreb, hasta que nació mi hermano pequeño y nos tuvimos que mudar… [llora]. A mí no me molestaba estar en un piso pequeño, pero mi hermana tenía diecisiete años y necesitaba privacidad. Mientras todo esto sucedía, yo estaba enamorado del baloncesto. No sabía si me iba a poder ganar la vida. Hasta el 71 o el 72 no se ganó una mierda, cuando por fin se puso de moda. Solo el fútbol estaba bien pagado.

En Belgrado la gente se burla de los que llegan del pueblo a vivir a la ciudad, se dice que «pasarían por encima de los muertos» [expresión hecha: «hacer cualquier cosa por algo»] para quedarse. Pero para ellos establecerse en Belgrado es un éxito y luchan por ello. Para mí llegar al baloncesto fue algo parecido. Tuve que conquistarlo.

Mi padre en aquel momento solo pudo dejarme un poco de dinero para que me comprara una moto Solex y yo se lo fui devolviendo a plazos. Por cierto, me caí de la moto cuando estaba en el primer equipo y me sancionaron.

¿Aquí había baloncesto callejero?

No, los de mi generación empezamos a jugar en el barrio, pero no era como en Estados Unidos, donde sí que se juega en la calle. Hasta el 75 o el 76, antes del campeonato de Liubliana, el baloncesto no fue tan popular como el fútbol. El verdadero cambio se dio tras el Mundial de fútbol del 58, el de Pelé. Ahí se puso de moda. Empezó a haber canchas, pasamos a jugar a lugares donde si te caías no dabas la pierna por perdida. Teníamos unos balones de baloncesto que eran de cuero, siempre bromeábamos con que si llovía se hincharían y no entrarían por el aro. Y era una broma, pero más o menos verdad. Cuando entramos en los pabellones la cosa se puso seria, fue la clave, cuando estuvimos en las condiciones ideales para progresar.

¿Cómo has visto que cambiase el baloncesto que tú jugaste en los sesenta y setenta respecto al posterior?

Cada época tiene sus héroes. Comparar a los de los setenta con los de los noventa es el dilema eterno. Lo de que el baloncesto de ahora se juega mejor y más rápido es una ilusión óptica. Si pones un vídeo de mi generación jugando los Juegos Olímpicos de Múnich y otro con la generación de Djordjević verás que jugamos igual de rápido.

Coge un cronómetro y calcula lo que tarda Ćosić en coger la pelota, pasármela a mí, muevo a la izquierda a Kićanović, a la derecha a Dalipagić y dentro. Haz lo mismo con Divac, Djordjević, Danilović y Paspalj y… Mira, mejor no lo hagas porque se van a avergonzar. ¡Nosotros éramos mucho más rápidos! Y también éramos más fuertes. Pon una báscula y sube a Divac, Rebrača y Savić y en otra que se pongan Žižić, Jerkov y Radovanović. Verás quiénes dan más.

Aunque el que va a ganar es el que tenga un buen base, esa es la clave del baloncesto. Mi generación fue insuperable en el juego. No creo que se haya quedado antiguo. En serio, poned un vídeo y comparadme con Petrović.

Yo le entrené cuando tenía catorce años. Que me digan si no hay similitudes en el juego. El baloncesto moderno es lo que le enseñé yo. El más moderno. Por otro lado, si tengo que comparar a Djordjević, a Dražen, Kukoč, Radja, Paspalj, Danilović y Divac con lo que tenemos ahora, lo de los noventa fue infinitamente más fuerte. No se puede ni comparar. Pero la gente de estas cosas no se da cuenta, son detalles que solo ve alguien de setenta y cinco que lleva viendo baloncesto desde sus inicios. Los niños de hoy saben de lo de hoy.

Y otra cosa importante. Ojo. Ponle nuestras zapatillas a los de ahora. No sabrían ni correr. Y esto no son opiniones tipo «me gustan más las morenas que las rubias». Son hechos. Cada generación siempre tendrá sus héroes, pero Beatles no hay más que unos.

¿Cómo era la vida en Yugoslavia en los setenta? ¿Eres lo que llaman un yugonostálgico?

Yugoslavia no solo era un país en el que merecía la pena vivir, era bonito de ver. No encontrabas gente buscando en la basura. Mira cómo está ahora. No te puedo decir que hubiera un aspecto concreto mejor en Yugoslavia, todo era mejor. Que me diga alguien qué hay mejor ahora ¿Internet? Es maravillosa para la información, puedes ver qué va a haber en el cine. Pues muy bien.

Hacíamos fiestas en los estadios. Conciertos. Y la gente del barrio, de la calle, ganaba dinero colocando los equipos de sonido. Ahora lo hacen empresas. ¿Sabes lo que es una fiesta en el campo del Estrella Roja con cinco mil personas, con unas chicas preciosas? Te haces mayor en una noche.

En Sueños robados; el baloncesto yugoslavo de Juan Antonio Hinojo se habla de Alexandar Nikolić como la figura clave en la evolución del baloncesto en Yugoslavia.

Él no fue el responsable de la revolución del baloncesto yugoslavo. En absoluto. No. Fue el primero en conseguir buenos resultados, medallas. No se le debe llamar a eso ser un revolucionario, la palabra correcta sería pionero. La verdadera revolución fue Mirko Novosel. Hasta que llegamos nosotros con él, los rusos no habían sido vencidos. Toda la vida te está follando uno y no le puedes ganar, matas a todos menos a uno, entonces eran los soviéticos. Revolución es acabar con ellos. Novosel es el mejor entrenador de todos los tiempos.

No me malinterpretéis, no puedo tener mejores pensamientos para Nikolić, pero era un entrenador demasiado serio. Nunca tenía contacto humano con los jugadores. Él mismo llegó a reconocerlo con el paso de los años, le falló la relación personal con sus equipos.

Tanto Nikolić como Ranko Žeravica, el que vino después, lo basaban todo en la disciplina. En la dureza. Fuerza. Novosel no, él además intimaba contigo. Era cercano al jugador. Yo seguí su ejemplo cuando fui entrenador. Traté a todos los jugadores como amigos. Les daba la mano, pero no dejaba que me cogieran el brazo. No ponía límites, dejaba que fuese el jugador el que entendiera dónde estaban. Mi filosofía era: te doy el corazón, pero te quito el alma.

¿Cómo recuerdas el primer título internacional del Estrella Roja, la Recopa del 74?

No fue especial. Sabíamos que íbamos a ganar, nuestro equipo era muy fuerte. Lo que nos gustaba era salir del país; comprar ropa, tabaco, perfumes para nuestras novias. Esa fue una de las mejores cosas que tenía el baloncesto entonces, que nos permitía viajar. Ver la cultura y la tradición de otros países. Se valoraba mucho en los setenta.

Žeravica no quiso llevarte a la selección porque eras muy indisciplinado.

Se lo sigo preguntando cincuenta años después: «¿Por qué no me llevabas?» .Y él: «¡Porque fumabas!». Y yo: «No me jodas, Ranko, dime la verdad». Voy a visitarle todas las semanas, está enfermo. Podría dejar que se pudriera por no haberme llevado a jugar con la selección, pero no, voy a verle. Lo que son los absurdos de la vida.

Cuando no me convocaba no podía ni oír su nombre. Luego, cuando jugué en el Partizan en los ochenta, coincidió que él era el entrenador del Estrella Roja. Cada canasta que metía contra ellos se lo recordaba. La metía y le miraba fijamente. Me vengaba de él en cada punto.

Luego, por fin, te llevó Novosel.

Ahí empezó la crema de mi carrera. Desde ese día perdí un partido en tres años. Incluso las medallas de plata que ganábamos estaban celebradas como si fuesen oros, porque luego, aunque hubiéramos perdido en la final, nos fichaban a ocho jugadores del equipo. Señal de que algo hacíamos bien.

Delibašić, Ćosić, Kićanović , Dalipagić… ¿Cómo era la vida en el vestuario de esta selección?

Se peleaban entre ellos para demostrar quién era mejor. Lo digo con toda la humildad, no es por ofender, pero si necesito explicar cuál era mi rol en ese equipo, si quiero decir la verdad, honestamente, la única comparación posible es un pastor con ovejas de oro. Eso era Yugoslavia en aquel momento, y yo era el líder absoluto de ese equipo. Y eso fue clave, cuando un entrenador te da ese papel, cuando eres el jefe, ya no tienes esa necesidad de demostrarte a ti mismo o a los demás que eres el mejor. Por eso no me metía en esas rivalidades que tenían entre ellos, yo era el que mandaba. Era el jefe dentro del vestuario y fuera ya ni te cuento.

Todas las jugadas, el 99 %, nacían en mi cerebro. También en el de Delibašić, fue muy importante. Luego Kićanović destacaba por ser uno de los jugadores más valientes de la historia. Él y Dino Meneghin eran irrepetibles. Nunca se dejaban vencer, luchaban todo hasta el final. Dalipagić era una máquina de meter canastas. Solo paraba de hacerlo si le dabas a un botón o le desenchufabas [risas]. Delibašić era un caballero. Jugaba de forma muy sutil. Siempre le dije que me gustaría ser tan elegante como él, tan señor, pero era una cuestión de diferencia de mentalidad. Él era un dogo y yo un pitbull.

Para que os hagáis una idea, el Mirza Delibašić que visteis en España estaba a muy mal nivel. Fueron las peores temporadas de su vida. Era tan bueno que eso era lo menos que podía dar de sí. Imaginad cómo era. Y Ćosić. El mejor jugador de todos los tiempos hasta hoy. Era tan bueno que se quedaba en un segundo plano. Eso sí que demuestra su grandeza como jugador y como persona. Pero era el único que podía coger la pelota, correr todo el campo y meterla, tuviera por medio lo que tuviera, del salto que tenía.

Eso solo se lo he visto hacer a un jugador más que yo conozca. Su nombre es Michael Jordan. Éramos estos cinco. Con muy pocas variaciones. Nos apoyábamos en tres más que podían ser Jerkov, Jelovac, Radovanović…

Os dio por poneros a pasaros la pelota como si estuvierais jugando al voleibol en un partido contra la URSS del EuroBasket de Bélgica de 1977.

La tragedia fue que no pudimos hacerlo en Moscú tres años después dándole con la cabeza, como tenía pensado. Hay personas de muchas clases, y yo soy de los que tienen un gran sentido del humor. Fue una broma mía. Una vez en España también metí una canasta de espaldas, la pena es que no hay imágenes [risas]. Por desgracia, no existe ningún vídeo, pero lo hice.

Al soviético Serguéi Belov le decías que le iban a mandar a Siberia después de jugar contra vosotros.

Novosel, que era muy inteligente, a veces cambiaba nuestras posiciones para defender y me tocó cubrir al 2, al escolta Belov. Era como poner a un novato frente a un maestro. Pero eso de que iba a perder y le iban a mandar a Siberia se lo dije fuera del partido.

Jugando no ofendía a nadie. Nunca fui sobrado o maleducado. Eso de que he sido un gran provocador mientras jugaba no es verdad ni el 1 %. Nunca le pasé el balón entre las piernas a nadie como dicen. Me comportaba como Mohamed Ali, podía ser polémico en algunos aspectos, es cierto, pero nunca atacaba primero. He podido ser un gamberro, pero nunca un cabrón. Y esa actitud es la que les he intentado enseñar a mis hijos.

En un país que mantuvo un enfrentamiento tan prolongado con la URSS como fue Yugoslavia, destronarlos y ganarles durante tanto tiempo tuvo que ser considerado un éxito descomunal. ¿No os decía nada Tito?

Mi mayor dolor, el único sueño que no he podido cumplir en esta vida, es haber conocido a Tito. Cuando volvimos de Filipinas de ganar el Campeonato del Mundo a la URSS nos recibió a todo el equipo, pero a mí el Joventut no me permitió ir. Tenían miedo de que no pudiese volver a tiempo de Yugoslavia para un partido. No pude darle la mano… [llora]. Murió al año siguiente. Nos dieron a todos un recuerdo, por detrás ponía «Tito». Yo le adoraba. Echo mucho de menos Yugoslavia. Para que lo entienda la gente de fuera: de Yugoslavia, si no te gustaba, te podías ir. Tenías el mejor pasaporte que había en el mundo para viajar. La época de Tito no fue una cárcel como piensan algunos. O te marchabas o te quedabas. Si estabas aquí no hablabas mal de tu país, eso sí. Ya está. Pero esto no era Rusia.

Después de Manila, todavía os quedaban los Juegos Olímpicos por ganar en la propia URSS.

Lo ganamos todo. En el Eurobasket del 79 habíamos sido bronce pero porque era la única medalla que nos faltaba [risas]. Lo mejor que nos pasó fue ganar el oro en los Juegos Olímpicos de Moscú. Con un oro olímpico ya te pueden «escupir por debajo de la ventana» [expresión que significa que has conseguido más de lo que los demás han podido siquiera soñar]. Es la corona de todos los éxitos de tu carrera. Y el resto de generaciones yugoslavas debe saberlo: lo siento mucho, pero nosotros somos los únicos que tenemos ese oro.

Nos quedamos con la espinita clavada de no haber hecho lo del voleibol en Moscú dándole con la cabeza. Ellos estaban deseando vengarse, pero perdieron contra Italia y no llegaron a la final. Ese último partido, el del oro, lo jugamos de cachondeo. Pero me gustó mucho esa Olimpiada. En Moscú estaba todo muy bien organizado, la comida estaba cien veces mejor que en Montreal, donde habían sido los Juegos anteriores.

En 1977 fuiste a jugar a España, al Joventut de Badalona, al que hiciste campeón. ¿Es verdad, como se ha publicado, que nada más entrar en el vestuario te measte en el lavabo donde todos se lavaban la cara para que vieran quién era el jefe?

No recuerdo eso, es la primera vez que lo oigo. Hay muchas anécdotas que no son verdad cuando eres una estrella. Si queréis lo reconozco, pero os juro que no lo recuerdo. Los compañeros sabían que iba a mandar yo desde el momento en que firmé el contrato, ya me conocían, sabían cómo jugaba. La anécdota buena sería que me hubiese meado en la cancha en un partido, habría estado bien.

Lo mismo que hiciste en Yugoslavia con la URSS, en España con el Joventut destronaste al Real Madrid.

Los compañeros siguen siendo mis amigos. Juan Ramón Fernández, Margall… Llegué como una estrella y ellos eran todavía niños. Fui el primer «monstruo yugoslavo» en España, el segundo fue Petrović. Mis problemas llegaron la siguiente temporada. El presidente, que no era el que me trajo, quiso fichar un base, a Quim Costa, y yo me enfadé. Me dijo, con buen criterio, que lo quería traer al equipo para que no me muriese en la pista. Pero le contesté: «Me lo tendrías que haber dicho». Entonces lo que hizo fue invitarme a cenar con su mujer y darme treinta mil dólares en una maleta, cuando mi contrato del primer año era de cuarenta mil. Para que le perdonara el no haberme consultado si podía contratar otro base. Le respondí que no lo quería.

En el Joventut no fui solo un jugador. Amaba ese club. Era mi equipo y sentía un amor enorme. La gente entrenaba dos horas y se iba, yo no. Comía en el bar de Joan Mas todos los días, que era un fanático del baloncesto. La gente sabía que yo no era solo un jugador, un extranjero más: sentía el Joventut en mi corazón. Lo mío no era una farsa.

¿Y ese tío pretendía comprarme? Diciéndome además «idiota, coge el dinero». No lo cogí y me fui a Šibenik.

Viniste desde Belgrado solo para ver a Joan antes de que muriera, se recuerda mucho en España.

Nos adorábamos. También a su hijo Miguel y a su mujer, Juanita… ¡Idos a la mierda! ¡Me habéis vuelto a hacer llorar!

¿Qué pasó en Badalona cuando fuiste entrenador en los noventa? No quieres saber nada de los periodistas de allí.

Había un periodista al que yo llamaba «el Algarrobo», que es como si te llamo Quasimodo, que no jugó limpio conmigo. Y luego algo que no pude olvidar. Cuando estuve de entrenador en Badalona en los noventa era la guerra de Bosnia y estaban todos los días con reportajes contra mi país. Contra Yugoslavia y contra Serbia. Un día detrás de otro. Y entrevistas y artículos, cada día.

Viviste en Cataluña, ¿qué opinas del independentismo?

Cuando yo estuve Tarradellas todavía no había vuelto a España. Me explicaron lo que pasó y yo, que no conocía la historia, terminé creyendo que en Castilla eran todos unos hijos de puta franquistas. Pero luego te das cuenta de que eso no es cierto. Y si se independizan, ¿contra quién jugarán sus deportistas? ¿Contra Andorra? No entiendo la independencia. Tienen hasta su propia policía, ¿para qué más? En España la gente tiene ganas de vivir, no entiendo un movimiento que persigue, no sé… ¿acabar como Yugoslavia? ¡Estúpidos, nosotros enterramos un país maravilloso!

Ahora somos siete repúblicas y todas están fatal. Yo no soy nacionalista, soy yugoslavo. Y ahora deportivamente hemos perdido mucho con la disolución. Somos más pequeños, menos habitantes, se acabó la hiperproducción de jugadores que teníamos. Ahora son cuatro aquí, tres allá, uno por otro lado. No se junta un equipo como antes, siempre fue una mezcla de todos aunque los croatas y los serbios fuéramos la columna vertebral.

El otro día en tu columna, en un diario croata, dijiste que su selección no gana porque no son «hijos de puta».

Los periodistas me llaman porque siempre doy titulares. Ahora me han preguntado por qué Croacia no es capaz de ganar a Serbia. Pues porque están haciendo la guerra en la cancha, no jugando al baloncesto. Nosotros jugamos para ser los mejores de la región, y nos gusta ganar al vecino porque no hay nada más dulce que eso, pero ellos lo llevan más lejos. Se excitan demasiado. Sacan el tema político, no el deportivo, y pierden. No es una guerra, tranquilos, es solo basket.

Sin lugar a dudas, el campo más difícil en el que he jugado ha sido en Zadar. Eso no se puede comprar a nada. Cuatro o cinco mil personas completamente antiserbias. Aunque a mí esa presión me motivaba más para joderles. Ya eran antiserbios en los setenta y lo siguen siendo ahora, aunque tal vez un poco menos. En Zagreb, sin embargo, son unos señores, no se puede ni comparar. No se rebajan a insultar así a nadie.

Al salir del Joventut en 1979 fuiste a Šibenik para ser entrenador y jugador a la vez. Tuviste a tus órdenes a un joven Dražen Petrović.

Nunca en mi vida he vuelto a conocer a un niño más ambicioso que él. Esa era su cualidad más importante. Aprendía todo como una esponja. También tengo que decir, y no sé cómo hacerlo humildemente, que yo era su entrenador. Jugué con él durante dos años. Un entrenador normal no le daba nada, pero al jugar con él pude aportarle mucho. Si pones los vídeos de ambos es alucinante la cantidad de similitudes que vas a encontrar, es algo que cuento con mucha satisfacción. Su madre me decía qué habría sido de Petrović si no hubiese sido por mí. Llegó a ser dios porque pude entrenarle desde que tenía catorce años. Tres o cuatro años antes de que pillase a todos los demás. También entrené jóvenes a Kukoč, a Radja y a Djordjević, pero no tan pronto como a Petrović, al que habría que haberle visto si hubiera podido seguir en la NBA.

¿Te gusta la NBA?

Me gusta, pero no como a esos maníacos que se levantan a las dos de la mañana para verlo. Me interesa más lo que rodea al baloncesto, van familias enteras al estadio. Esto solo lo había visto antes en Badalona, familias que se cogían un palco para todo el año. De la NBA solo veo los playoffs, desde los cuartos o las semis, porque son equipos de mucha calidad que exhiben las cosas bonitas que puede tener este deporte, que tácticamente te enseñan mucho, pero creo que son tontos. Están todo el rato subiendo y bajando. Van ganando de siete y siguen y siguen y pierden el partido. A ver, si ganas de siete, ¡párate, amigo! No me entra en la cabeza. Como entrenador, viéndoles se aprenden muchas cosas, pero no puedo decir que me encanten.

Son muy famosas las imágenes de la pelea de Limoges, entre tu selección y la italiana, en las que Goran Grbović sacó unas tijeras.

Al volver a Yugoslavia nos dijeron que éramos maricones por no haber entrado más a la pelea, pero también fue cuestión de cómo se grabó la bronca. Parece que yo me iba a donde estaban los periodistas para protegerme, que huía. No era así, lo que pasaba es que mientras se pegaban nos arrastraban hacia las mesas de los periodistas y tuvimos que subirnos encima. Ahí arrasamos con todo, no dejamos nada sin romper, los teléfonos, todo… El lío lo empezaron Bonamico y Kićanović, luego se metió un fisioterapeuta por medio y acabó como acabó. Pero no fue tan trágico, no os creáis; cuando Grbović sacó las tijeras Meneghin se estaba descojonando en su cara.

Llegaste a ser seleccionador de Serbia en 2007, pero no tuviste mucha suerte.

Entré en el peor momento. Sabía que iba a salir mal parado, que me iban a enterrar, pero fui y al final tuve que mandar a tomar por culo a muchos periodistas. Ahora solo hablo con un par de medios, porque cuando fui seleccionador no fueron correctos conmigo. No porque me criticaran, sino porque no daban las razones concretas de por qué lo había hecho yo mal. No se precisaba, solo se decía que Slavnić estaba equivocado, que el equipo no estaba preparado. ¡Pero por qué! Yo admito mis culpas, pero que me digan cuál es el fallo. De nueve jugadores que tuve todavía hay tres que están jugando, estoy orgulloso de ellos. Pero solo deportivamente, eso sí, no como seres humanos. Exijo que seas tan buena persona como bueno en la cancha, y estos no pasaron la prueba.

¿Teodosić es uno de ellos?

Es el jugador con la mejor creación en los últimos veinte años, pero esperaba más de él. Ha madurado algo, pero se le subió a la cabeza demasiado lo que le hizo a Garbajosa y nos costó varias medallas. Me gusta tener buen ojo para sacar jugadores, pero los de ahora son peces pequeñitos si los comparamos con Dražen o Djordjević.

¿Cómo era Djordjević cuando le entrenaste de joven?

Siguiente pregunta.

¿Qué te ha parecido el EuroBasket?

Una vez más se ha demostrado que los anfitriones no son capaces de ganar, pero al menos las tres favoritas, Francia, España y Serbia, han llegado hasta semifinales. Si Lituania nos derrotó a nosotros fue porque Djordjević tiene experiencia, pero no práctica. No los ha tenido el tiempo suficiente, pero como el gran jugador que ha sido merecía entrenar a este equipo. En cuanto al ganador, España, creo que cualquier persona a la que le guste el deporte debería besar a Gasol por el placer que nos ha dado. No solo cómo ha jugado, sino el hecho de haber venido al campeonato mientras su hermano estaba descansando. «¿De qué coño estás descansando, bedevijo crna [mujer muy grande]?».

Me encantó el juego de Gasol en la semifinal, pero el entrenador francés que se vaya a un curso de entrenadores. Si pilla uno aún se puede salvar, está a tiempo [risas]. Es una vergüenza que un jugador te meta cuarenta puntos, hay tantos tipos de defensa que podían haber probado. No te puede joder con cuarenta puntos un tío que ni siquiera es el anotador.

La verdad es que me encantaría ver algún día a Pau para darle la enhorabuena.


Porzingis como preludio de los futuros dioses

Ilustración cortesía de Yann Dalon.

De los periodos de cambio que han agitado el baloncesto NBA en setenta años el actual es uno de los más intensos. Desde la revolución iniciada por los Suns de Mike D’Antoni hace poco más de una década, cuyos efectos vemos ahora en esplendor, sigue latiendo bajo la superficie de nuestro tiempo una vibración incesante que no permite avistar con claridad la próxima cordillera del juego.

Su historia sigue repitiendo una fórmula tan simple como paradójica: todo modelo ejemplar se imita y combate a la vez. En cuanto un patrón despunta hegemónico los planos superiores tienden a replicarlo y los inferiores, a derribarlo. Mientras solo los primeros definen cada época los planos de fondo, el subterráneo de la competición que hoy nos parece irrelevante, combate la estructura dominante con nuevos factores en apariencia invisibles, como patógenos que ataquen al organismo. Resultado de ambas fuerzas en colisión el baloncesto avanza hacia algo, siempre fue así, superior y más complejo. Si de pronto los patógenos de las capas inferiores se multiplican el escenario admite un increíble aspecto de agitación y vida. Y nada describe mejor la era actual que este asedio de mutaciones de arriba abajo y la impresión de no presentarse acabada, de seguir aprontando el siguiente nivel.

Cuando el baloncesto apenas ha comenzado a recobrarse de la inmensa sacudida del triplismo y la reformulación del ritmo y el espacio —pace & space— que lo ha acelerado y dilatado todo, emergen varios ejemplares que, lejos de combatir el nuevo mantra, vienen a reforzarlo, pero he aquí lo crucial, en una nueva dimensión. Porque a la actual ya van por delante. Y son estos recién llegados quienes mejor permiten vislumbrar el porvenir. O al menos su horizonte más fabuloso.

Conviene antes fotografiar dónde estamos.

Mientras una porción de analistas refiere la NBA actual como «a guards’ league» otra prefiere interpretarla por la decisiva mutación del cuatro. Unos y otros admitirían satisfecha la revolución por el nuevo acuerdo entre las cuatro primeras posiciones, lo que además quedaría verificado en la explosión del small ball como aspiración general. Adaptarse y fortalecer este contexto desplazaría por primera vez la relevancia histórica del cinco y su tradicional campo de acción: los aledaños del aro, desalojados ahora de ineficientes presencias para facilitar el comercio del juego pequeño.

La relación secular entre grandes y pequeños descansó siempre en el suministro de estos a aquellos al poste bajo. El baloncesto de hoy sigue promoviendo eliminar esta histórica división. Para ello basta camuflar a los interiores en el lugar y funciones del juego exterior. La nueva ingeniería ofensiva explora como nunca antes el mismatch inmediato. Y al abrirse el juego, arrancar a los interiores de su viejo nicho y promiscuir los cruces, los desajustes se multiplican exponencialmente. Por eso la pintura ha perdido su hegemonía como vector de ataque. Porque ya no hay ventaja en instalar dos grandes patrullando el interior. O se suman activamente al acordeón de ataque o desaparecen en favor de quintetos más pequeños, más rápidos y más difíciles de defender. Reduciéndose sin cesar desde 2001 la estatura promedio, en cuya mitad planean cómodamente los Warriors, y conquistados así cuatro de los últimos cinco títulos, diríase que la revolución habría finiquitado, con años por delante para agotar el nuevo yacimiento.

Y sin embargo no se ha llegado a la meta. Falta aún a esta moderna revolución su tercer acto, sin duda el más subversivo de todos.

De cómo se ha llegado hasta aquí tiene su explicación en la versatilidad. Su lógica opera como el capitalismo. En su voracidad por alcanzar a todos y democratizar el triple nadie puede quedar exento. Y como el tamaño sigue importando demasiado mientras los rebotes, la protección del aro, el flujo primario de bloqueos y el cierre del espacio aéreo ejerzan un influjo decisivo en el marcador, no habrá defunción del pívot, nunca del hombre grande. Lo que ha comenzado a apremiarle es una profunda transformación para adaptarse y sobrevivir en las nuevas condiciones, que exigen ampliar el rango de producción y sumarse a la fiesta del perímetro. Esto explica el radical repunte al triple de interiores puros como Marc Gasol, Brook Lopez o DeMarcus Cousins; y agravantes como Davis, Horford, Ibaka, Turner, Lauvergne, Speights, Hamilton, Leonard o los nonatos Bender y Maker. Y aun con ellos nada impulsará más la nueva función de los siete pies que la irrupción simultánea de Karl-Anthony Towns, Joel Embiid y Krisptaps Porzingis. De hecho será esta versatilidad el principal corte para la selección de las tallas mayores en los drafts venideros. No bastan grandes que tiren. Será preciso algo más. Ese es el nuevo margen a explorar, donde cabe como ningún otro el gigante letón de New York Knicks, Kristaps Porzingis.

De entrada Porzingis es la mejor respuesta que hasta ahora ha dado el baloncesto a aquella fiebre de principios de siglo por encontrar al nuevo Nowitzki, una fiebre que adjudicó un número uno del draft a Andrea Bargnani cuando los ojeadores entregados al nuevo sondeo internacional rivalizaban por descubrir al unicornio en tierras remotas. Del letón no se presumen aquí analogías con Nowitzki. Se admite su caso como el más avanzado posible respecto del alemán y una complexión genética incluso superior.

Foto: NBA.

Semanas antes del draft de 2015 el analista Danny Chau reconocía su escepticismo por Kristaps empleando indisimuladamente el término fracaso dos veces en las primeras cuatro líneas. Ironizaba con la caricatura de un Ivan Drago al que hubiesen estirado como un chicle y cargaba contra ese cínico aficionado americano que revienta conversaciones con el esnobismo de calzar nombres impronunciables del otro lado del mundo. Frenaba el hechizo que podría causar su cuerpo como un cliché agotado en los casos de Tskitishvili, Milicic o Vesely. Y recordaba de paso el rumor arrojado por Chad Ford en un chat de que Lakers y Knicks tenían un interés real por el joven letón. Hemos conocido ahora que esas dudas funcionaron con los Lakers. No así con Phil Jackson y su corazonada por recuperar los beneficios de Pau Gasol.

Recientemente Chau ofrecía una elegante disculpa por aquella tierna previsión. No tenía por qué. Había en ella más realismo que el significado material que ha desatado el letón.

Nada hay en Porzingis por encima de su increíble morfología y solo por ella cabe empezar. La historia del baloncesto es también la historia de los hombres altos. Su exploración y explotación. Pero en esa centenaria búsqueda ninguna ambición mayor que la del gigante que se comporte como si no lo fuera. Que su tamaño y atletismo no sean inversamente proporcionales. Esta selección sigue siendo a día de hoy la más cara de todas.

Una abrumadora mayoría de tallas superiores a los siete pies que prometían ese milagro acabaron sucumbiendo a una problemática recurrente: esplendor breve, fragilidad, propensión a las lesiones y a menudo todas. Como si más temprano que tarde la naturaleza reclamara sus límites a la anatomía extrema.

Quienes fueron testigos del primerísimo Sampson en Harrisonburg creían, con razón, que aquel jovencito venía a derribar el techo del baloncesto. «Su cuerpo siguió creciendo. Hasta doce centímetros en pocos meses. Pero cuanto más alto, más débil. Jugadores mucho más pequeños le desplazaban de la pintura con facilidad. Y Ralph reforzó así su idea de alejarse del aro practicando el tiro entre los cuatro y cinco metros. Un tiro que no sabía lo que era un tapón. Y en poco tiempo le dejaron hacer. Era como si proyectaran en él una introspección, como si tuvieran entre manos algo que, tal vez, pudiese cambiar la historia» («El alero más alto del mundo», en 101 historias NBA, Ed. JC, 2013). Años después, a una edad todavía joven, Sampson quebró como una espiga.

A mitad de los años ochenta Arvydas Sabonis figuraba ya su valor más elevado a ojos del incipiente scouting foráneo: la excepción internacional más grande del siglo XX. «Su talento atlético es cuatro veces superior al de Mark Eaton —se asombraba un directivo NBA—. Baila como Michael Jackson». La insultante suficiencia de un 2.20 haciendo, a menudo literalmente, lo que le diera la gana movía a concebir otra anatomía milagrosa. Las autoridades soviéticas despreciaron los riesgos de su explotación deportiva y la rotura del tendón de Aquiles en 1986 fracturó su carrera en dos. Si hasta entonces talento y cuerpo fueron de la mano, en adelante solo quedaría el primero.

Cuando un joven Pau Gasol, todavía en España, descendía su centro de gravedad a siete metros del aro para arrancar su entrada a canasta creímos estar ante la semilla atlética de lo que había despertado el lituano. Gasol no sucumbió a lesiones graves. Lo haría a una lenta prescripción táctica que fue adentrándole gradualmente en la pintura, para lo que su índice de masa corporal debía adaptarse hasta alcanzar techo colectivo en los Lakers campeones. Aquel cuerpo inicial, una fisonomía perfecta, únicamente fue pasto razonable del paso del tiempo en una NBA que precisaba de él una mayor templanza en las proximidades del aro.

La irrupción del Gasol americano coincide ya con la inmensa brecha que abre Dirk Nowitzki con todo precedente como siete pies de percusión exterior a salvo de dar la espalda al aro. Con el alemán no han quedado dudas por resolver, salvo que su calidad técnica ha estado muy por encima de su condición atlética, haciendo olvidar que esta última, en perfecto equilibrio, aproxima su caso como ningún otro a la encarnación del gigante ágil, un mito deportivo que la historia nos vuelve a poner ahora ante los ojos.

En apenas año y medio la figura de Kristaps Porzingis sobresale como el molde material más perfecto que ha podido recoger el baloncesto de toda esa ingente exploración pasada. Describirlo técnicamente no presentaría mayor novedad que hacerlo con un alero del estilo Paul George si no habláramos de una estatura de 221 centímetros y el estilizado aspecto de una torre, móvil y flexible, liberada sexualmente del yugo posicional que carga con pesadez un siglo largo de baloncesto. A primera vista Porzingis no se define tanto por sí mismo como por la remota distancia que abre con sus homólogos de talla y esa reliquia que Kevin O’Connor refería como «one-dimensional classic 7-footers». Así Porzingis no vendría a ser sinónimo de nadie, sino antónimo de todos.

Foto: NBA.

En aquel pastiche viral de cuatro minutos que resumía su workout en Las Vegas lo primero que asaltaba a la vista era su portentosa fluidez, como si midiera uno noventa, en la formación del lanzamiento, rápido, ligero, natural y en apariencia adaptable a toda situación, resistente a la salida de bloqueos y apto para la autogestión. Acomodar lanzamientos de todo rango con la sutileza de un alero figuraba metafóricamente la durantización de un finísimo gigante blanco que presentaba mayor soltura al tiro que Anthony Davis. La realidad no ha desmentido esa imagen de fábula. Su facilidad para anotar desde toda posición coincide con un asombroso repertorio que, antes de que nos habituemos, atraviesa esa erótica visual que aguarda cada contacto con el balón como un potencial highlight.

En juego, en ese tablero vivo de diez piezas, Porzingis aparenta un continuo y escandaloso mismatch, una impresión que hereda la superioridad de aquellos otros gigantes en esplendor. Y de momento, en la fase embrionaria de algo no visto con anterioridad. Porque el letón nace diseñado para prosperar en espacios hasta ahora vetados a estaturas extremas.

Contaba Ian Begley que el año pasado, siendo un novato recién caído al sueño americano, los directivos compartían una confidencia en intimidad: que era ya el mejor jugador del equipo. Por ahora su técnico, Jeff Hornacek, continúa descifrándolo sin hacer orbitar al equipo a su alrededor. Es una medida menos errónea que prudente. Promover un equilibrio de armas en los Knicks permite retrasar al letón como potencial jugador franquicia. De momento sigue alternando posiciones de cuatro y cinco, con mayor peso un año más en la primera. Siendo demasiado rápido para los pívots rivales Hornacek evita su sobrecarga como cinco por una mayor utilidad y por ahorrarle un desgaste ante tipos más fuertes, más resistentes al contacto y que al no poder contenerle en iguales condiciones tienden a embarrar el emparejamiento, donde aún se muestra tierno.

Esa ternura no escapaba a las previsiones. Pero entre los defectos referidos antes de debutar ninguno era grave o irreparable. Antes bien los ha abierto todos como espacios de progresión. Le presagiaban problemas atrás, inocencia por saltar a todo lo que multiplica las faltas, retrasos para responder al primer paso atacante, fragilidad para contener el pick & roll, dificultar el tiro rival y proteger el aro. Le ha bastado mes y medio para alzarse al primer lugar en la protección del hierro.

Y también en ataque se le invitaba a prodigar más y mejor el pase, a fortalecer sus bloqueos, a calmarse cuando goza del desajuste y enriquecer su manejo para crearse espacios. Este suave recetario, acertado a diversa escala, sería extensible a todo interior de gran estatura que llegara a la NBA. Y el letón sigue sin presentar socavones.

Ni ha tenido tiempo ni el empleado corre en dirección distinta a una prometedora progresión cuyo horizonte se ignora. Así exhibe un visible repunte de agresividad y una gradual deserción de las dudas típicas de su edad (y origen). Sin grandes diferencias en su volumen de uso, prodiga más tiros, resuelve más contestados, revela mayor efectividad bajo el aro (74%) y al triple (39%) y sigue mejorando su lectura defensiva, el camino recto a convertirse, también, en un two-way player.

Su producción autónoma de puntos no deja asombrar y corriendo en ambas direcciones revela igual velocidad que jugadores a quienes saca dos cabezas. Su impacto, en suma, es muy superior en una temporada, la segunda, tradicionalmente difícil para las grandes esperanzas.

Técnicamente, en la relación de recursos y estatura, Porzingis simboliza de raíz un territorio virgen que nos permite avistar no ya el futuro de su posición. Sino de todo frontcourt avanzado, noción que agrava esta repentina hornada de hombres altos que vienen a protagonizar el siguiente paso y revolucionar la revolución en la apasionante figura del stretch-5.

Por si fuera poco su personalidad ayuda. No padece el menor síntoma de anomia como tampoco lo hizo en Sevilla, a la que no olvida y con cuyos empleados sigue teniendo contacto. «Es un tipo fenomenal y muy sencillo —suscribía el periodista sevillano Javier Gancedo—. Cuando intercambias mensajes con él lo hace en español, porque entiende que así debe comunicarse con su gente de Sevilla». Y por respeto y cariño a unos años inolvidables, los años de crianza, que además le han dejado, añadía Gancedo, «un graciosísimo acento de Utrera». Ahora su nueva adaptación es ideal, según insisten sus compañeros en la Gran Manzana, favoreciendo el calor humano que tantos extranjeros no pudieron disfrutar. Se siente cómodo en el mundo americano, pleno en el juego NBA y hasta gozoso en los ardores de un Madison que, una vez más, anhela un mesías.

En una era tan pródiga en derribar mitos tal vez el caso Porzingis pueda servir para cuestionar otro clásico presupuesto: la inflación muscular como exigencia innegociable. Lo que ahora hechiza del letón es lo mismo que asombraba en el jovencísimo Sampson, el primer Gasol, el Sabonis de Stuttgart o, salvando tallas, el serpenteante Kukoc europeo y su hipnótica libertad. En todos ellos el mito del gigante ágil se hizo realidad. El fortalecimiento muscular de Porzingis tan solo sería razonable a un grado que no penalice su ligereza y velocidad. Porque son sus prestaciones físicas actuales, su prodigiosa soltura, el tesoro más valioso que proteger. Y así su utilidad será infinita y su carrera, un atajo en el tiempo.

Uno de los principios que fortalecen el éxito del small ball es su condición de indefendible para los hombres altos de corte clásico. A través de la versatilidad defensiva, eso que la última big data computa como DRAY (Defensive Range Adaptability), los Thunder fueron los primeros en detener la letal maquinaria de los Warriors cuando perfiles como Adams, Ibaka (y Durant) salían a cubrir el juego pequeño con igual eficacia en el desplazamiento que las tallas menores. Los destellos de esas singularísimas escenas del pasado mes de mayo que adelantaron 1-3 a los Thunder permiten intuir dónde situará el baloncesto su próximo paso, aunque para ello hayan de pasar décadas: replicar las fortalezas del small ball —desenfreno, dilatación espacial, triplismo y elasticidad defensiva— aumentando la talla de sus integrantes, una deslumbrante paradoja que hoy solo podríamos referir como Big Small Ball. Ahí reside el insondable destino del baloncesto NBA. Figuradamente, en la multiplicación de Porzingis sobre la pista que aviven el juego horizontal y desborden el juego vertical. Lo primero ya se conoce. No así el producto de ambos factores.

La mayoría de gigantes que llegan a la NBA lo hacen en condiciones de joven y natural delgadez. Pero mientras el molde de Chandler, Noah o Henson estaba predestinado a arraigarse en el juego interior, es preciso salvaguardar intacto el atletismo de quien puede derribar esa barrera y renunciar al tradicional destino funcionario. Cada vez que la historia alumbra una anomalía atlética, alguien que rebasa la horma promedio, urge conservar, por delante de cualquier otra consideración, lo primordial. Y en Porzingis lo primordial es su portentoso talento físico. Todo lo demás será accesorio, que en su caso, viene también de serie. Por eso merece la pena perseverar en este nuevo intento, ahora que como señalaba Hornacek, «solo está rascando la cáscara de lo que realmente puede llegar a ser».

Con Porzingis es inevitable la tentación de arrojarse al futuro. Porque en el fondo simboliza mucho más que su caso particular. Y mientras Towns o Embiid parecen ajustarse más a lo conocido, la anatomía y repertorio del letón sugieren destellos de la NBA de mitad de siglo, o tal vez antes, como un escenario plagado de gigantes ágiles. Solo a través de esta posibilidad los diez pies del aro, la última frontera que ahora creemos eterna, estaría en disposición de caer. Nada de cuanto invita a fabular el letón resulta más fascinante que concebir a su través la dimensión del siglo profundo y el advenimiento de los futuros dioses.

Foto: NBA.

Toda audacia en esta intuición es obligada cuando estamos ante un caso que escapa radicalmente al pasado y dispara el presente. «Es difícil predecir su techo —formulaba el analista Adam Kilgore— ¿Cómo hacerlo con algo nunca visto?». En última instancia, podría ser Porzingis la auténtica revolución, su precursor y pionero.

Una de las tendencias de fondo del momento actual, cada vez más indisimulada, coincide con la formidable expansión técnica de los jugadores más altos. Lo que ahora vemos como prótesis está destinado a ocupar en el futuro el centro del baloncesto, devolviendo a la estatura la hegemonía perdida. Es lo que el investigador David Epstein resumía de forma lapidaria: «Mientras la búsqueda de jugadores más y más altos parece haberse estabilizado, la historia de la altura lo deja claro: a través de la prospección internacional o de tecnologías de ciencia ficción el baloncesto encontrará la manera de que sus integrantes sigan creciendo» (The Sports Gene: Inside the Science of Extraordinary Athletic Performance, Penguin, 2014). De momento Porzingis ha vuelto a disparar la fiebre internacional como hizo Nowitzki. Imaginar un molde inicial superior al del alemán, hasta ahora impensable, admite por fin una respuesta real en el asombroso jugador de los Knicks, al que convendría mimar hasta la última célula. Por su bien, sus posibilidades, su carrera y su destino como elegido para el salto en el tiempo.


Los minutos de oro de la selección de baloncesto

Juan Carlos Navarro y Pau Gasol. Foto: Cordon Press
Juan Carlos Navarro y Pau Gasol. Foto: Cordon Press.

«¡Ba-lon-ces-to!» (Pepu Hernández, por aquel entonces seleccionador nacional, durante la celebración por el título mundial).

Hay trayectorias deportivas que han quedado marcadas por un error o un acierto decisivo en un momento determinado, siendo recordados los nombres de sus protagonistas por ese instante crítico. El ejemplo por antonomasia es el increíble salto de Bob Beamon en los Juegos Olímpicos de México 68. Si nos ceñimos al fútbol nacional, quién no recuerda el (no) gol de Cardeñosa en el Mundial de Argentina 78 o el gol de Señor en el inolvidable partido del 12-1 contra Malta; o si nos centramos ya en el mundo del baloncesto, la (no) canasta de Montero en la Final Four de 1996 o la canasta de Alexander Belov en la final de los Juegos Olímpicos de Múnich 72. Y es que el baloncesto tiene uno de sus alicientes en la incertidumbre del resultado hasta el último suspiro en los encuentros (más o menos) igualados, donde una canasta puede separar la gloria del infierno. O no solo al final de los encuentros, sino que hay fases del partido que pueden decantar definitivamente la suerte del mismo y de los venideros: una racha buena puede reforzar la moral en un momento crítico de un campeonato, o servir de revulsivo a un grupo desanimado por las críticas o por un momento de forma discreto. Si se revisan algunos partidos o torneos más allá del resultado final o boxescorismos varios, se pueden sacar conclusiones muy diferentes a las que los palmareses parecen indicar; es más, una dinastía puede haberse forjado por una serie de instantes precisos —y no todos de desenlace favorable— que definieron su destino.

Queda muy poco que decir sobre las gestas de la selección española de baloncesto en este siglo, pero si se realiza ese ejercicio de análisis de determinados instantes o, siendo más exactos, si nos ceñimos a un minuto en concreto de doce partidos clave, tantos como miembros de la plantilla, tal vez descubramos que esta época dorada pudo haberlo sido aún más… o que pudo haberse esfumado sin siquiera materializarse. En la jerga televisiva, se denomina «minuto de oro» a aquel momento en el que una emisión logra la máxima audiencia, y es un parámetro frecuentemente utilizado para negociar las tasas publicitarias. En cierto modo, estos doce minutos de oro, le han servido a la Federación Española de Baloncesto para crear una imagen de marca superior incluso a la Liga ACB y fijar en consecuencia el precio que han de pagar los patrocinadores por anunciar sus productos con la selección. Independientemente de cuestiones económicas, unos minutos tuvieron desenlace positivo y otros no tanto, pero todos son imprescindibles para intentar comprender la dimensión de lo que ha conseguido la selección de baloncesto capitaneada por los juniors de oro, equiparada ya sin rubor a la mejor URSS o Yugoslavia, y lo fina que ha sido en ocasiones la línea que separa el triunfo del olvido.

Mundial 2002.

España-Estados Unidos. Partido por el quinto puesto.

3:53 para el final del último cuarto.

Llegados a ese punto del partido, el marcador 66-74 no es definitivo pero a priori parece que está bastante de cara para el combinado norteamericano, al cual se le comienza a perder el respeto que se ganó por estar integrado por jugadores de la NBA. Tras la apoteosis deportiva que supuso la presencia del Dream Team en los Juegos Olímpicos de Barcelona 92, USA Basketball ha ido perdiendo influencia en los jugadores de la liga profesional patria, costándole cada vez más que sus estrellas representen a su país. No obstante, para el Mundial celebrado en su tierra (en concreto, en Indianápolis) consiguió reunir una selección liderada por Reggie Miller, Michael Finley y Paul Pierce, bastante potente pero insuficiente: están fuera de las medallas, luchando por el quinto puesto tras dos derrotas (contra Argentina y Yugoslavia), algo impensable hace diez años.

En el equipo español, por su parte, ya han tomado las riendas de la selección los juniors de oro Juan Carlos Navarro y Pau Gasol, que junto a Felipe Reyes y José Manuel Calderón, comandan el (a)salto generacional. La selección no lo ha hecho mal del todo en el campeonato, incluso derrotaron en la primera fase a la que posteriormente sería la selección ganadora, Yugoslavia, un equipazo liderado por Pedja Stojakovic, Dejan Bodiroga y Vlado Divac, bien acompañados por Gurovic, Jaric, Rakocevic, Tomasevic… canela fina, vamos. Pero se perdió el cruce decisivo contra la Alemania de un superlativo Dirk Nowitzki, MVP del torneo tras llevar a su equipo a la medalla de bronce.

Estábamos, entonces, a 3:53 del final del partido y ocho abajo. Y llega el minuto de baloncesto champán: Pau materializa un 2+1 y en la siguiente jugada tapona el ataque de Estados Unidos; acto seguido, Navarro clava un triple y, con casi tres minutos por jugar, España pierde solo por dos puntos (72-74). Es otro partido. Siempre se dijo que la generación del 80 había perdido el miedo a la mayor potencia baloncestística al derrotarlos en el recordado Mundial juvenil de Lisboa. Por eso, llegados a este momento del encuentro, estos chavales descarados de veintidós años tenían el desparpajo suficiente para enfrentarse sin miedo a los famosos, inalcanzables e imbatibles profesionales de la NBA. Tal vez este fue el verdadero inicio de la hegemonía de esta generación: estar convencidos de que con su talento podían derrotar a cualquiera. Y derrotarlos, claro. En esos últimos 3:53 minutos del partido, España le endosa un parcial de 15-1 a los famosos, inalcanzables e imbatibles profesionales de la NBA; de esos quince puntos, siete son de Navarro y cinco de Pau. El partido acaba 75-81 favorable a una selección española que en el último cuarto ha pasado por encima al equipo norteamericano (25-10).

Juegos Olímpicos de Atenas 2004.

España-Estados Unidos. Cuartos de final.

3:45 para el final del último cuarto.

Los norteamericanos afrontan estos minutos con una ventaja de cuatro puntos (78-82). España, que como acabamos de ver ya sabe lo que es ganar a un equipo de enebeas, en este torneo lleva una trayectoria imperial y es, junto a Argentina, el máximo favorito para el oro. Pero un parcial de 0-7 en poco más de sesenta segundos decidió el partido: tres puntos de Stephon Marbury, dos de Tim Duncan y otros dos de Carlos Boozer hacen que se esfumen las posibilidades porque, aunque luego volvió a estrecharse la renta a cinco puntos, se trató del canto del cisne. Muchos recuerdan que palmamos por los triples de Allen Iverson y Marbury, pero ojo, que la selección norteamericana no estaba formada por pelagatos: ahí tenían, además de los citados, a Amar’e Stoudemire, LeBron James, Dwyane Wade o Carmelo Anthony entre otros. El equipo americano acabó consiguiendo el bronce y España, con solo un partido perdido en los Juegos, finalizó séptima. Los sistemas de competición unas veces dan y otras veces quitan. En ocasiones quitamos valor a subir al pódium cuando no hace mucho nos dábamos golpes en el pecho con actuaciones como esta; que sí, que cómo molamos y qué mala suerte ser séptimos y perder solo un partido, pero nos íbamos para casa con las manos vacías… aunque cargados de moral y experiencia: esta derrota sirvió para, en adelante, relativizar los partidos de las primeras fases y considerarlos como parte del rodaje para llegar al punto óptimo de forma en los cruces decisivos. Aunque, sistemáticamente, en cada nueva competición se olvide este detalle.

Eurobasket 2005.

España-Alemania. Semifinal.

1:00 para el final del último cuarto.

A falta de un minuto, España pierde por tres puntos (69-72) y tiene el balón. Se ha ido a remolque en el marcador (a unos cinco minutos para el final, Alemania ganaba por nueve) y se está a punto de culminar la remontada. Las directrices en ataque parecen claras: balones a Navarro que, en ausencia de Pau Gasol, ha asumido la responsabilidad y está haciendo un torneo descomunal. La Bomba no falla y deja a España a un punto con cuarenta y ocho segundos por jugar. Alemania busca a Nowitzki, claro, que bien defendido por Garbajosa tiene que doblar el balón y el equipo alemán lanza casi quitándose la bola de encima. España coge el rebote y nuevamente confía en Navarro, que anota una bombita y pone a España uno arriba. Quedan quince segundos. En la siguiente jugada, Nowitzki no se anda con tonterías esta vez y se la tira con la mano de Jorge Garbajosa encima. Y anota, claro. El equipo español consigue lanzar en los exiguos tres segundos que restan, pero el triple de Calderón no entra. Alemania, que se conformaría con la medalla de plata en la final, debería poner el nombre de Nowitzki a cientos, miles de calles. España, por su parte, totalmente desmoralizada, es vapuleada por Francia en el partido por el tercer puesto.

No obstante, la cuarta posición no está tan mal si recordamos que, unos días antes, el combinado español estuvo virtualmente eliminado puesto que en la fase de grupos necesitaba ganar su partido contra Croacia y a falta de siete segundos perdía por tres puntos (70-73) si bien disponía de dos tiros libres. Navarro convirtió el primero pero falló el segundo, aunque Fran Vázquez capturó el rebote ofensivo y anotó una canasta que forzó la prórroga. En la prolongación, Croacia perdió los papeles por unas decisiones arbitrales a su entender discutibles, y el partido lo acabó ganando España por 100 a 85… sí, han leído bien: la selección española anotó ¡veintisiete puntos! en unos demenciales cinco minutos.

Mundial 2006.

España-Argentina. Semifinal.

1:00 para el final del último cuarto.

Se entra en el último minuto con España dos puntos arriba (74-72) y la posesión del balón, pero sin Pau Gasol, lesionado durante el partido. Rudy falla un intento triple y se suceden los tiempos muertos, hay mucho en juego. Manu Ginobili tampoco acierta con el tiro exterior y Luis Scola recibe una falta personal en el rebote. Como España está en bonus, el argentino dispone de dos tiros libres, que aprovecha y empata el partido. El vencedor se decidirá en estos veinte segundos (si no hay prórroga). Argentina juega sus cartas y comete falta personal sobre Calderón, quien en este caso solo acierta con el segundo tiro libre. Prácticamente es la misma situación cambiando los papeles, solo ha pasado un segundo y España está uno por encima, pero los técnicos españoles eligen jugárselo defendiendo y no en los tiros libres, como han preferido los oponentes. Argentina realiza un aclarado para Ginobili que, cuando restan diez segundos de partido, intenta penetrar pero choca contra la defensa. No obstante, consigue doblar el balón a Andrés Nocioni, que está totalmente solo en el lateral, y lanza el triple… y falla. El rebote es para la selección española, que se clasifica para la final donde ganaría el oro con facilidad frente a Grecia, a pesar de la ausencia de Pau. Puede que esta generación hubiera cargado con el sambenito de perdedores si Nocioni llega a encestar. No lo sabremos nunca. Si llega a salir mal la defensa sin faltas, puede que hubieran arreciado las críticas poco constructivas. En esto sí que pudimos salir de dudas al año siguiente.

Eurobasket 2007.

España-Rusia. Final.

1:00 para el final del último cuarto.

Gana España 59-56 pero la posesión es para Rusia, que acaba de robar el balón a Carlos Jiménez. Mueven bien en ataque y anotan cerca del aro. 59-58 y cuarenta y tres segundos por jugar. España busca a Gasol en el poste bajo y, cuando estaba pivotando para ganarse espacio para lanzar, Holden le roba el balón. La posesión del equipo ruso está dos segundos desfasada con el tiempo de partido. La situación es muy similar a la que se vivió en la semifinal del Mundial 2006 contra Argentina, y España decide no hacer falta. Pero esta vez el rival sí acierta: Holden anota con bastante suerte un tiro a media distancia. España está uno abajo y solo quedan 2,4 segundos. Recibe Pau a unos cinco metros del aro y el lanzamiento a la media vuelta, a tabla, no entra. Rusia, oro. España, el equipo anfitrión, se tiene que conformar con la plata. Apenas unos segundos después, con las lágrimas aún frescas de los jugadores españoles, comenzaron las críticas a la decisión táctica. La estrategia que sirvió para conseguir un título mundial no fue bien vista por algunos que estuvieron todo un año esperando su oportunidad para asestar una puñalada trapera al cuerpo técnico.

Juegos Olímpicos de Pekín 2008.

España-Estados Unidos. Final.

9:14 para el final del último cuarto.

Estados Unidos está 82-91 arriba. El combinado español ha ido cediendo ventaja cada cuarto, por lo que el inicio del último periodo es crucial. Se acortan distancias con un palmeo de Pau. Tras una personal de Jiménez, Kobe Bryant falla un intento triple. Rudy sube el balón y hace un pick and roll con Pau, que finaliza la jugada con un espectacular alley hoop. 86-91. En la siguiente jugada, el equipo estadounidense vuelve a marrar un lanzamiento de tres; Ricky coge el rebote y lanza el contraataque, que culmina con un pase picado entre Kobe y LeBron para Rudy, que clava el triple. España se pone a dos puntos (89-91) y los estadounidenses piden tiempo muerto.

En una improbable sinergia entre la teoría del caos y las leyendas populares, podríamos aventurar que el salto de miles de aficionados españoles al unísono por un lance de un partido de baloncesto en China a punto estuvo de provocar una alteración en la órbita terrestre. Aquel domingo veraniego tuvimos que madrugar pero valió la pena sobre todo por este minuto, en el que nos hicieron creer en la victoria frente a una de las mejores selecciones de baloncesto de la historia. Lamentablemente, la desbordante calidad de las estrellas norteamericanas y alguna decisión puntual discutible de los árbitros nos dejó un regusto amargo, el sabor que tiene la plata cuando creías poder paladear el oro.

Mundial 2010.

España-Serbia. Cuartos de final.

1:00 para el final del último cuarto.

En una nueva cita sin Pau, llegamos al minuto final del cruce de cuartos perdiendo de dos (87-89) contra Serbia, que ya ganaba de ocho al descanso. El ataque de España acaba con Navarro trastabillado tras una entrada a canasta que es parada con un contacto en el que los árbitros no apreciaron falta personal para, a continuación, Sergio Llull tomarse la justicia por su mano y parar el contraataque serbio dejando un recado a Milos Teodosic. Como España aún no está en bonus, Serbia saca de banda con cincuenta y siete segundos por delante. Amasan el balón hasta que les queda poco tiempo de posesión y lanzan un triple. Durante la lucha por el rebote la bola se pierde por la línea de fondo y los árbitros esta vez dan la razón a la selección española que, quedando solo treinta y seis segundos de partido, debe anotar. Y en esta situación ya sabemos lo que toca: balones a Navarro, que finta el tiro y crea el espacio necesario para que Marc Gasol empate el marcador dejando poco más de una posesión a Serbia. Tiempo muerto. Una vez más, llega el momento del análisis: cometer personal para tener la última bola o jugártela con la defensa. España, de nuevo, decide defender. Serbia también lo tiene claro y le da el balón a Teodosic, que es hostigado por Llull. Cuando quedan trece segundos juegan un bloqueo muy arriba. Al segundo intento, la defensa española cambia de marca y Garbajosa se queda con Teodosic. Con seis segundos de partido por jugar el base serbio se levanta, a medio camino del centro del campo y la línea de tres, y convierte un triple demoledor.

Garbajosa estaba medio metro por delante del 6,25 m. ¿Debería haber estado más encima del serbio?, ¿tendrían que haber defendido los bloqueos sin cambios? Como curiosidad comparativa, se puede estudiar la sensacional defensa del criticado Kevin Love sobre Stephen Curry en el último medio minuto del séptimo partido de la final de la NBA de 2016. Volviendo al partido, con tres segundos por jugar, España a duras penas logra sacar de banda, pero Garbajosa pierde el balón sin mirar a canasta. Serbia gana el partido. Las cámaras siguen a Garbajosa hasta el túnel de vestuarios. El jugador está hundido. Aquel Mundial fue su última participación con la selección española (anunció su retirada al año siguiente) y sus detractores, que ya ponían en tela de juicio su presencia en el combinado, se fijaron en estas dos últimas acciones (la defensa a Teodosic y la pérdida de balón) para encontrar al culpable de la derrota.

Eurobasket 2011.

España-Macedonia. Semifinal.

1:30 para el final del tercer cuarto.

La sorprendente Macedonia de Bo McCalebb, que incluso ganaba de un punto al descanso, sigue disputando el partido a la selección española. A minuto y medio para terminar el tercer cuarto, el marcador es favorable a España por solo cinco puntos (65-60), pero un ataque muy atascado lo resuelve Navarro a punto de acabar la posesión con un triple a una pierna delante de dos defensores que provoca la desesperación del entrenador macedonio, aunque su equipo acorta distancias en la siguiente jugada (68-62). Otro triple de Navarro con treinta y cinco segundos por jugar en este cuarto deja el partido bastante cuesta arriba para Macedonia, que está nueve abajo (71-62).

Más que decisivo para el resultado final del encuentro fue el momento más significativo, puesto que, tras ese triple a la remanguillé, la imagen del entrenador macedonio alzando los brazos como diciendo «¡Anda ya! ¡Lo de este tío no tiene nombre!» fue todo un poema. La Bomba anotó diecinueve puntos en un cuarto antológico para un total de treinta y cinco en el partido. Fue merecidamente MVP del torneo, que ganó España. Poco más que añadir que no sepamos ya. Como dijo Bozidar Maljkovic, entrenador de Eslovenia, tras sufrir una actuación similar en cuartos de final: «Juan Carlos me saluda siempre muy educado, pero luego me mete veinte puntos».

Juegos Olímpicos de Londres 2012.

España-Brasil. Último partido de la primera fase.

2:30 para el final del último cuarto.

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En un partido en el que ganar es un premio envenenado, se llega a este momento del encuentro con 76-79 a favor de Brasil. España ataca para reducir la ventaja o empatar, pero Navarro falla el lanzamiento… Sesenta segundos después, el marcador refleja un 76-84. Un parcial de 0-5 (tres puntos de Anderson Varejao y dos de Leandrinho Barbosa) puede que no diga mucho, pero remontar ocho puntos en minuto y medio es bastante complicado. Y aún más si recordamos que el perdedor del partido presumiblemente iría por el lado opuesto del cuadro a Estados Unidos, por lo que no se encontraría a la selección norteamericana hasta la final, dando por descontado que ambos equipos ganarían sus respectivos cruces.

La actitud del equipo español en las postrimerías del encuentro recibió muchas críticas. España afrontaba el último cuarto con una cómoda ventaja de nueve puntos (66-57), pero se vino abajo encajando treinta y un puntos en este periodo. Aunque hay que recordar que las canastas brasileñas, muchas de ellas lanzamientos triples, no las anotaron los jugadores españoles, también hay quien ve cierta relajación en la defensa. ¿Mirada sucia? En los mismos Juegos Olímpicos, en atletismo, en las series de clasificación de 100, 200, 400, 800… los competidores no buscan el récord del mundo y no es raro que los favoritos se dejen llevar en los últimos metros viendo que ya han conseguido el pase por puestos a la siguiente ronda; en definitiva, no luchan por ganar. Nadie aprecia ahí una actitud antideportiva o una afrenta al espíritu olímpico. Además, resumiendo con la reflexión de un espectador sagaz de los programas de Torrebruno: si lo importante es participar, ¿por qué narices solo dan medallas a los tres primeros?

Aunque conscientemente siempre quieras vencer, ganar un partido que no te va a traer ningún beneficio es una cosa boba. Sobre todo si en tu subconsciente pululan recuerdos como la derrota de 2004. El caso es que Brasil se llevó la victoria (bien por ellos) y finalizó el torneo olímpico en quinta posición con solo dos derrotas, las mismas que Francia (sexta) y Rusia (bronce). España perdió este partido, pero llegó a disputar la final, quedando aún más cerca del equipo de USA Basketball que cuatro años atrás. Y consiguió la medalla de plata con tres derrotas.

Eurobasket 2013.

España-Francia. Semifinal.

1:00 para el final del último cuarto.

65-64 gana España. Francia ataca y, tras sacar un fuera de banda, consiguen conectar con Ajinca en la pintura, que recibe una personal. Anota uno de los dos tiros libres y empata el encuentro con cuarenta segundos por jugar. Sergio Rodríguez, el Chacho, eléctrico casi todo el campeonato, se juega un uno contra uno pero no le entra el tiro. En la jugada posterior, Tony Parker penetra y se encuentra con el tapón de Rudy Fernández. Quedan diez segundos y España tiene la bola del partido. Pero ni el lanzamiento triple abierto de Calderón ni el posterior palmeo de Víctor Claver (hábilmente entorpecido por Parker) entran. Prórroga… donde Francia, que tenía ganas a nuestro combinado nacional desde hacía años, gana merecidamente el partido y, posteriormente, el oro. España se tuvo que conformar con el bronce y con la sensación de que, a pesar de haber jugado la semifinal al trantrán, a pesar de las críticas habituales, a pesar de las ausencias (Navarro y Pau por lesión, y Serge Ibaka o Nikola Mirotic por motivos extradeportivos), a pesar de las derrotas previas a los cruces… a pesar de todo eso, la final y la medalla de oro no quedó muy lejos.

Eurobasket 2015.

España-Francia. Semifinal.

1:00 para el final de la prórroga.

Se vive un clima de revancha en la selección española. El año anterior, el Mundial de baloncesto se jugó en España y la derrota contra Francia en cuartos de final privó a los anfitriones de la lucha por el pódium (no es cuestión de ser pesado, pero en ese torneo España solo sufrió esa derrota; Serbia y Francia, medalla de plata y bronce respectivamente, acumularon tres derrotas). Además, solo conseguirán plaza directa para los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro los finalistas del Eurobasket, por lo que ganar este partido supone, además de asegurar al menos la medalla de plata, evitarse un farragoso preolímpico el año siguiente.

Un nuevo partido igualado entre estas selecciones puesto que, a falta de un minuto para finalizar la prórroga, gana Francia (74-75) y tiene la posesión, pero pierde el balón. El contraataque lanzado por Llull acaba con mate de Pau Gasol. Quedan cuarenta y nueve segundos. En el siguiente ataque Rudy, como hace un par de años, le vuelve a taponar un tiro decisivo a Parker. España apura la posesión moviendo la bola hasta que habilita al Chacho para un triple abierto, que falla, pero Gasol consigue el rebote en ataque rozando la falta personal y vuelve a machar. La renta se eleva a tres puntos y solo restan dieciocho segundos. En el siguiente ataque, Claver comete falta sobre Nicolas Batum regalándole tres tiros libres. Y, lo que son las cosas, un triple milagroso de Batum forzó la prórroga, pero después lo compensó fallando los tres tiros libres. España coge el rebote y mueve el balón rápidamente para evitar la personal. Finalmente llega el balón a Gasol, solo, bajo el aro, y de nuevo hunde el balón. En un minuto ha hecho tres mates para un total de cuarenta puntos en una de las mejores actuaciones individuales de la historia del baloncesto FIBA. España, tras dos derrotas en la primera fase, con sus consiguientes críticas, conseguiría el oro en un plácido partido frente a Lituania. Francia ganaría el bronce habiendo perdido únicamente el encuentro de semifinales.

Juegos Olímpicos de Río 2016.

España-Australia. Partido por la medalla de bronce.

1:00 para el final del último cuarto.

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En esta ocasión, las dos derrotas ya clásicas en primera fase han provocado que el partido contra la selección USA se haya producido en semifinales, sin posibilidad de haber elegido el camino hasta la final como hace cuatro años. Enfrente está un equipo menor comparado con el de Pekín o Londres si se tiene en cuenta que han renunciado LeBron, Curry, Russell Westbrook o Kawhi Leonard, pero hay siete integrantes de los tres mejores quintetos de la última temporada de la NBA. Una selección B, digamos. España tampoco es la de hace ocho o cuatro años, pero el partido finalizó con menor diferencia que en esas anteriores (solo seis puntos) aunque la sensación, al ser un encuentro más feo y agarrotado, fue diferente. Paradójicamente, quedamos más cerca, les ganamos dos cuartos y la segunda parte (ni en Londres ni en Pekín lo hicimos), pero parecían más lejos.

Toca luchar por el bronce contra la selección australiana, la revelación del torneo, que se encuentra un punto por debajo (84-85) al afrontar el último minuto del partido. La posesión española no culmina en canasta y el balón sale fuera de banda tras cargar el rebote ofensivo. Después del tiempo muerto, se comete personal en el rebote a David Andersen, que anota los dos. El rocoso pívot Aron Baynes le regala una rápida falta a Pau Gasol, que no desaprovecha los dos tiros libres. En la siguiente jugada, Baynes se desquita enchufando un gancho con la izquierda por encima de Gasol. Ahora la situación es dramática para España: quedan diez segundos y pierde por un punto (88-87). Sergio Rodríguez ataca el aro y fuerza una dudosa personal a Mills. Tras convertir los dos tiros libres y con cinco segundos por jugar, toda la presión es ahora para Australia. Con esta situación nadie pone en duda la táctica a seguir: no hay que hacer falta y la defensa ha de ser durísima. Tras sacar de banda, Ricky Rubio toca lo justo para que Andersen no controle el pase y Claver, injustamente ascendido a muñeco de pimpampum oficial tras la retirada de Garbajosa, roba un balón que vale el partido y otra medalla, quién sabe si la última de la inolvidable quinta del 80. Una vez más, la selección pasó de ser puesta en duda y de crispar a los más escépticos a hacer vibrar a todos los aficionados.

La selección española de baloncesto con la medalla de bronce de los Juegos Olímpicos de Rio de Janeiro. Foto: Cordon Press
La selección española de baloncesto con la medalla de bronce de los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro.
Foto: Cordon Press


La última final Lakers-Celtics, cuando Gasol dejó de ser Gasoft

Foto: Cordon Press.
Foto: Cordon Press.

Nadie esperaba a los Boston Celtics, pero la historia de la NBA es una sucesión de temporadas en las que nadie esperaba a los Celtics y los Celtics siempre acababan apareciendo, a menudo llevándose el título. Su curso 2009/2010 había sido el de un equipo en declive, lo normal cuando tus tres estrellas, Paul Pierce, Kevin Garnett y Ray Allen, tienen treinta y dos, treinta y tres y treinta y cuatro años respectivamente. Después del título de 2008, en el que arrasaron de octubre a junio sin miramientos, el equipo daba muestras de agotamiento y Doc Rivers tenía que jugar sus bazas desde el banquillo con un mimo absoluto para no saturar a sus jugadores.

De hecho, la liga regular la acabaron con cincuenta victorias peladas, dieciséis menos que en 2008. Ganaron su división, sí, pero solo porque nadie más superó el cincuenta por ciento de victorias y solo los New Jersey Nets (40-42) lucharon hasta el último momento por meterse en los play-offs. En el total de la conferencia solo pudieron ser cuartos, por detrás de los Cavaliers de LeBron James (61-21), los Magic de Dwight Howard (59-23) y los Hawks de Joe Johnson (57-25). Los promedios de sus big three bajaron radicalmente, de hecho ninguno superó los veinte puntos por partido, pero aún había muchas esperanzas puestas en Rajon Rondo, Kendrick Perkins resultaba un defensor fiable y desde el banquillo tanto el veterano Rasheed Wallace como los solventes Tony Allen, Glen Davis, Marquis Daniels o Eddie House cumplían su labor.

En primera ronda de play-off, los Celtics pasaron por encima de los Miami Heat y se citaron con los Cleveland Cavaliers en semifinales de conferencia. Aquel era el último año de LeBron James en su estado natal y la verdad es que, quitando la final de 2007 en la que fueron barridos por los Spurs (0-4), el resto de su estancia había rozado la decepción. De James se decía lo típico de todas las estrellas que están a punto de serlo: sí, juega muy bien, decide partidos, pero no hace mejor a su equipo y se viene abajo en los momentos decisivos. El año anterior, Cleveland había caído en la final de conferencia ante los Orlando Magic pese a ganar sesenta y seis partidos en liga regular, una auténtica barbaridad.

Los Cavaliers eran favoritos, por supuesto, pero los Celtics tenían ese aire a perro viejo del que siempre hay que desconfiar. Boston ganó el segundo partido en Cleveland para recuperar el factor cancha, pero la alegría duró solo un encuentro, lo que tardó LeBron James en marcarse treinta y ocho puntos en el TD Garden y colocar la eliminatoria 2-1. A partir de ahí, el apagón. Cuando todo volvía a la normalidad, Cleveland se vino abajo. Con un Rondo espectacular (veinte puntos y doce asistencias por partido en la serie), los Celtics ganaron en casa el cuarto, vencieron en Cleveland por más de treinta puntos de ventaja y finiquitaron la eliminatoria en Boston pocos días después.

En la final de conferencia, de nuevo con el factor cancha en contra, se pusieron 3-0 para empezar, con un excelso Paul Pierce. Los Orlando Magic, al borde de la descomposición definitiva, se acercaron al 3-2 pero no pudieron llegar más lejos. Contra todo pronóstico, los Celtics llegaban a su vigésimo primera final de la NBA. Teniendo en cuenta que habían ganado diecisiete de las anteriores veinte, había motivos para el optimismo. Reencontrarse con los Lakers, dos años después de haberles humillado en la final de 2008, solo podía ser, en principio, una buena noticia.

El dudoso camino de los Lakers a la final

Ahora bien, los Lakers eran los vigentes campeones de la NBA y eso merecía un respeto. Cualquier equipo que tenga a Phil Jackson en el banquillo merece un respeto, sea el que sea. Más allá de la embarazosa derrota de 2008, cuando los Lakers parecieron unos niños frente a los hombres de Boston, el complejo de la franquicia venía de muy atrás. Hasta once veces se habían enfrentado en una final, con nueve victorias para los de Boston, incluyendo las primeras ocho seguidas, de 1959 a 1984. Solo Magic Johnson había sido capaz de dar la cara y derrotar a los Celtics de Bird en 1985 y 1987. El pánico estaba servido.

Por otro lado, tampoco había sido una temporada fácil para los Lakers. Con la rodilla de Andrew Bynum dando problemas un año más, Pau Gasol se tuvo que acostumbrar a jugar de pívot puro, algo a lo que no estaba habituado en los Grizzlies ni en la selección española, especialmente bajo su aro. A pesar de la excelente defensa sobre Dwight Howard en las finales de 2009, el mito de «Ga-soft» estaba aún muy presente en la prensa estadounidense.

Desde su llegada a la NBA en 2001, Gasol había sido rookie del año, all-star, había convertido una franquicia perdida como la de los Grizzlies en un habitual de los play-offs y se había coronado a los veintinueve años con su primer anillo. No bastaba. Para muchos, Gasol seguía siendo una lacra en defensa, un tipo demasiado alto para coger tan pocos rebotes, que no valía para enfrentarse a tipos más duros y fuertes. Tampoco parecía fiable en los momentos decisivos. Que su solo fichaje a mitad de la temporada 2007/2008 llevara a los Lakers de ser un buen equipo a ser finalista de la NBA no se acababa de valorar lo suficiente.

En cualquier caso, los Lakers seguían siendo el equipo de Kobe Bryant. Todo pasaba por sus manos y él no tenía dudas en lo que respectaba a Pau. El resto de la plantilla parecía calcada a las habituales de Phil Jackson en sus distintos equipos: mucho jugador de complemento, algunos con más talento, como Ron Artest, que sustituía a Trevor Ariza en la posición de alero, o Lamar Odom, una garantía en cualquiera de los puestos interiores, y otros con más empeño que otra cosa como Farmar, Vujacic, Brown, Walton, Powell o Mbenga. Al frente de las operaciones, con treinta y cinco años ya cumplidos, el eterno Derek Fisher.

El añadido de Bynum para la fase final les daba un punto extra y, de hecho, se notó en la primera ronda ante los Thunder de Durant, Westbrook e Ibaka. Kobe apenas tuvo que esforzarse, con veintitrés puntos por partido. Gasol se fue a los dieciocho puntos, doce rebotes y casi cuatro asistencias. La eliminatoria duró seis partidos. Aún más fácil fue el choque contra los Jazz en semifinales de conferencia: apenas cuatro partidos, de nuevo con un Pau Gasol estelar: más de veintitrés puntos y catorce rebotes a sumar a los casi cuatro tapones por encuentro.

El último escollo antes de la final eran los Phoenix Suns, el equipo de Steve Nash y Amar’e Stoudemire.

De Nash poco hay que decir, con recordar que fue MVP de la liga en los años 2005 y 2006 debería bastar. Los Spurs se cruzaron en su camino al anillo. El problema para los Lakers era Stoudemire y eso no daba buenas sensaciones de cara a la final: jugador explosivo muy marcado por las lesiones, Stoudemire se comió a todo el juego interior angelino, tanto a Gasol como a Bynum y en menor medida a Odom, un jugador cuya inteligencia dentro de la cancha excedía con mucho la que demostraba fuera de la misma. Los dos primeros partidos, jugados en el Staples Center, fueron dos victorias fáciles de los Lakers.

Los dos siguientes, sin embargo, fueron para los Suns: en el tercero, Stoudemire se fue a cuarenta y dos puntos y once rebotes. En el cuarto, se quedó en veintiuno y ocho, pero el juego coral de los de Phoenix permitió que toda su colección de segundos espadas destacara: Nash, Frye, Barbosa, Richardson y Dudley superaron los diez puntos de anotación, cifra que no alcanzaron por los pelos el veteranísimo Grant Hill, Goran Dragic, Lou Amundson y Robin López.

El quinto encuentro de la serie iba a ser el decisivo, como siempre, y todo parecía decidido cuando los Lakers se adelantaron 74-56 a falta de tres minutos para el final del tercer cuarto. Sin embargo, los Suns empezaron a meter los triples, Nash sacó de nuevo su nivel MVP apoyado por un sorprendente Channing Frye y, a falta de dos minutos, una nueva canasta del imparable Stoudemire dejaba el partido en 95-94 para los Lakers. Con 101-98 y veintiún segundos por jugarse llega la jugada clave: los Suns se lanzan al que parece que va a ser el último ataque. Nash se juega un triple pero falla. Coge su propio rebote y se la pasa a Richardson, que vuelve a fallar. Con menos de cuatro segundos, el balón cae en las manos de Frye que se la pasa de nuevo a Richardson, para que, esta vez sí, a tabla, anote el triple que empata el partido: 101-101 y 3,5 segundos por jugarse.

Jackson pide tiempo muerto y ordena una jugada para que lance Kobe Bryant a falta de dos segundos. El tiro es malo, muy forzado, pero Ron Artest consigue hacerse con el rebote y lanzar el balón arriba, casi sin tiempo, un poco a lo que salga. La pelota toca el tablero y cae en la canasta. Victoria de los Lakers, que sellarían su pase a la final días más tarde en Phoenix, con treinta y siete puntos de Kobe.

La hora de la venganza para Pau Gasol

Lakers contra Celtics. Solo decirlo ya le pone la piel de gallina a cualquier buen aficionado a la NBA. Los campeones de 2009 contra los campeones de 2008. Su segunda final en tres años, la decimosegunda en la historia de la NBA, el duelo más repetido. Puede que los Lakers tuvieran un equipo más joven y el factor cancha a favor, pero los Celtics venían embalados, superando sin demasiados problemas a verdaderos equipazos y con la intención de subir un grado defensivo la temperatura del Staples Center.

Era una serie soñada para todos, pero sobre todo para Pau Gasol. Sabía que no podía permitirse otra actuación catastrófica como la de 2008. En juego no estaba solo su segundo anillo sino probablemente su reputación para los años venideros. ¿Era uno más de esos europeos blanquitos que se venían abajo en cuanto un chico del barrio le ponía en su sitio o era de verdad un campeón con todas las letras? Los números de Gasol en play-offs apuntaban a lo segundo —rondando los veinte puntos y diez rebotes por partido— pero su incapacidad para frenar a Stoudemire había levantado dudas.

Aparte, los Lakers tenían que decidir qué hacían con Bynum. Obviamente, el estado de su rodilla le alejaba de su mejor versión. Aunque seguía siendo el titular, poco a poco Lamar Odom le fue adelantando en minutos en cancha. La conexión entre Odom y Gasol era mejor en ataque y Lamar compensaba su escasez de centímetros con un mejor entendimiento del juego, y, en particular, de los ajustes defensivos y el famoso triángulo ofensivo de Phil Jackson.

Como dos años atrás, los dos grandes equipos de la NBA se daban cita en la final. Esta vez, sin embargo, la serie empezaría en el Staples Center, con victoria para los Lakers por 102-89 en un partido en el que Gasol solo descansó un minuto y medio, anotando veintitrés puntos y catorce rebotes a sumar a los treinta de Kobe Bryant. Enfrente, poca historia. Los Celtics apenas se mostraron combativos, lastrados por las faltas de Ray Allen y Paul Pierce y por su poco acierto en el tiro exterior (1/10 en triples). Tres días después, la historia sería bien distinta: Ray Allen metió ocho triples para un total de 11/16, Rondo logró un triple doble y los Celtics dominaron de principio a fin pese a una pequeña pájara en el tercer cuarto. Los veinticinco puntos de Gasol no sirvieron para evitar que la eliminatoria quedara igualada rumbo a Boston.

Por entonces, las finales se jugaban con un extraño formato 2-3-2, es decir, un equipo jugaba de local los dos primeros y los dos últimos partidos mientras que el otro hacía de anfitrión en los tres intermedios. Siempre me pareció que era una fórmula especialmente injusta: el, en teoría, peor equipo no solo jugaba un partido menos en casa que su rival, sino que, además, para hacer valer su ventaja de cancha tenía que ganar tres partidos seguidos, algo que, a este nivel, era realmente complicado. Ahora bien, si lo conseguían, si los Celtics lograban ganar esos tres partidos seguidos, se llevarían el título… y la última vez que ambos equipos habían jugado un encuentro de las finales de la NBA en el TD Garden el resultado había sido 130-92.

La fortaleza mental de los vigentes campeones se medía en un partido llamado a marcar el resto de la serie: los Lakers, en su tercera final consecutiva, no se vinieron abajo y empezaron pisando fuerte, basándose sobre todo en su trío ofensivo Kobe-Gasol-Odom. Al poco de empezar el segundo cuarto la ventaja se fue a los diecisiete puntos (20-37) y, pese a los arreones de los Celtics, no bajaría de los doce al descanso, gracias en parte a un renacido Andrew Bynum. En la segunda parte, los de Boston llegaron a colocarse varias veces a solo dos puntos de sus rivales; la última, a falta de dos minutos para el final del partido, con una canasta de Kevin Garnett que ponía el 80-82 en el marcador. Ahí se quedó la cosa: Derek Fisher anotó su típica canasta decisiva con tiro libre adicional —metió once puntos en el último cuarto— y Kobe Bryant se encargó de matar el partido: 84-91 para los Lakers y la garantía de que la serie volvería a Los Ángeles.

El cuarto partido fue una pesadilla para los Celtics, de la que salieron gracias a la sorprendente actuación de Glen Davis, un hombre que siempre le causaba problemas a Gasol. Hizo falta que los locales anotaran treinta y seis puntos en el último cuarto para remontar las primeras ventajas de unos Lakers ya entregados definitivamente a Odom en el juego interior. Con 2-2 en el total de la eliminatoria, el quinto partido se antojaba de nuevo decisivo y esta vez los Celtics se sintieron más cómodos manejando la presión: entre Pierce, Garnett, Rondo y Allen anotaron setenta y cinco de los noventa y dos puntos del equipo y consiguieron que los Lakers cayeran en la vieja trampa de darle todos los balones a Bryant. Kobe acabó con treinta y ocho puntos y unos buenos porcentajes, pero nadie le acompañó: Gasol fue el único que pasó de los diez puntos y por poco, se quedó en doce. Los Celtics se adelantaban 3-2 y el «momentum» había cambiado por completo de bando.

Se masca la tragedia en el Staples Center

Sin ser malos, los dos partidos de Boston habían sembrado dudas acerca de la fiabilidad de Pau. El primero, por su incapacidad de cerrarle el aro a un jugador tan limitado técnicamente como Davis. El segundo, por su poca participación en ataque y sus malos porcentajes. Con todo, estaba claro que esta final se iba a ganar a la manera de los Celtics, es decir, en defensa. Si los Lakers querían vencer no podían permitirse esos parciales de 8-0 o 10-0 en pocos minutos que rompían los partidos a favor de los de Boston.

En ese sentido, el sexto partido fue un ejemplo de lo que había que hacer: los de Phil Jackson bajaron el culo y dejaron a los de Rivers en treinta y un puntos en la primera mitad. El partido ya estaba roto por entonces, 51-31, pero ninguno de los dos equipos quiso dejarse ninguna bala en la recámara. Incluso con 78-51 en el marcador, Jackson mantuvo a Gasol, que se quedó a una asistencia del triple doble, y a Kobe en el partido. Tampoco tuvieron demasiado descanso ni Allen ni Garnett ni Pierce. Nadie quería relajaciones, aunque los Celtics solo consiguieron reducir la ventaja a veintidós puntos (89-67).

Y así se llegó al último partido de la serie. Ganar un séptimo encuentro fuera de casa en una final era una heroicidad. En toda la historia de la NBA solo había sucedido tres veces, el problema es que dos las habían protagonizado los Celtics… y la más sonada había sido precisamente contra los Lakers en 1969, cuando todo estaba preparado para la celebración, globos y orquesta incluidos, y el equipo de Wilt Chamberlain y Jerry West se vino abajo. De hecho, la mística de los Celtics con los séptimos partidos ha formado siempre parte de su leyenda: hasta siete de sus diecisiete títulos habían llegado tras ganar el partido definitivo, cuatro de ellos ante los Lakers.

Nunca habían perdido un séptimo encuentro. Y para más inri, los Lakers solo habían ganado uno desde que se mudaron de Minneapolis a Los Ángeles: en 1988, contra los Detroit Pistons en el Forum de Inglewood.

Por todos estos motivos y por la supuesta ventaja mental de los Celtics, la mayoría de expertos daban a Boston como favorito… y poco tardaron los de verde en darles la razón: en un primer cuarto horrible, lleno de fallos, de nuevo la aparición de Glen Davis fue decisiva para que los visitantes pasaran de perder 11-10 a ganar 14-23 al final del periodo, culminando el trabajo de su compañero Rasheed Wallace en los primeros minutos. La empanada de los Lakers era de época y como ni Kobe ni Pau parecían capaces de sacar adelante al equipo, tuvo que ser Ron Artest el que se pusiera los galones. Creo que eso lo dice todo del grado de desesperación de los locales.

Canasta tras canasta del díscolo alero angelino, los Lakers remontaron los nueve puntos y se colocaron dos arriba (25-23). Tuvieron a los Celtics casi cinco minutos sin anotar un solo punto, pero cuando lo hicieron el tiovivo dio de nuevo la vuelta: del 25-23 al 31-38 para acabar la primera mitad con una ventaja de seis puntos, 34-40. Gasol paliaba sus fallos en ataque (apenas seis puntos) con una gran intensidad bajo los aros (diez rebotes), de Kobe se sabía más bien poco, por no hablar de Bynum, Fisher, Odom y compañía.

Fiarse toda la temporada a Artest parecía una receta perfecta para la derrota y mucho más cuando los Celtics aprovecharon otra sequía anotadora para ponerse trece puntos arriba (36-49), rondando los diez de ventaja durante todo el tercer cuarto, siempre cerca de romper el partido en cualquier momento y, con el partido, la final. Sin embargo, los Celtics perdonaron y los Lakers lucharon como nunca. Gasol añadió cinco puntos y cuatro rebotes, para un total de once y catorce, y por un momento pareció que Odom salía de su letargo. Un arreón final les acercó a solo cuatro puntos al final del periodo (53-57), pero el silencio del Staples Center y el 4/19 en tiros de campo de Kobe Bryant no auguraban nada bueno.

Sasha Vujacic y Ron Artest, los héroes improbables

Solo que, de repente, los Celtics empezaron a parecer viejos y cansados. Su demoledor juego interior parecía echar de menos al lesionado Kendrick Perkins, una pieza clave en aquel equipo por su energía defensiva. Sin Perkins, Gasol se hizo el dueño del partido a base de coger rebotes en ataque o simplemente palmearlos en dirección a algún compañero. Rondo ya no era el jugador explosivo, capaz de correr el contraataque y cargar el rebote en ataque, de la primera mitad, Pierce y Allen volvían a estar fallones y solo la garra de Kevin Garnett mantenía a los Celtics por delante.

Aquello, sin embargo, no podía durar. A falta de piernas, los Celtics optaron por defender con las manos, concediendo demasiados tiros libres a su rival. Hasta treinta y siete veces fueron los locales a la línea en todo el partido y no siempre los iban a fallar. Con 61-64 en el marcador y a falta de seis minutos, Gasol volvió al poste bajo, echó atrás a Garnett y cuando vio llegar la ayuda de Rondo se la dio a Fisher para que anotara uno de sus triples bombeadísimos. Empate. Menos de un minuto después, una canasta forzadísima de Bryant daba a los Lakers su mayor ventaja del partido: cuatro puntos.

Ahora sí, el Staples rugía y junto al Staples, el omnipresente Gasol, aquellos tiempos de melena descontrolada y barba de náufrago. La jugada más representativa del partido se dio a falta de un minuto y medio, con los Lakers aún cuatro puntos por delante (74-70) y la bola en manos de Pau, que vuelve a postear a Rasheed, le echa para atrás, ve venir la ayuda de Pierce y Garnett y en vez de doblar el balón se la juega en una suspensión improbable. El balón gira en el aire, golpea un par de veces el aro y acaba entrando ante la desesperación de los orgullosos verdes.

Aún quedaba partido: Wallace anotó un triple y Artest le contestó con otro, su vigésimo punto de la noche. Otros dos triples visitantes, uno de Allen y otro de Rondo, desde una esquina a falta de diecisiete segundos, colocaron el marcador en dos puntos de diferencia (79-81). Para evitar que le hicieran falta a Artest, Phil Jackson sacó a Sasha Vujacic. Jackson era esa clase de entrenador, de los que se juegan su undécimo anillo con un «balones a Vujacic». Por supuesto, le salió bien: el esloveno recibió la falta, anotó los dos tiros libres y el último tiro a la desesperada de Rajon Rondo acabó en el decimoctavo rebote de Pau Gasol. Diecinueve puntos, dieciocho rebotes, cuatro asistencias y dos tapones. No está mal para un tipo blando que se viene abajo en los momentos clave.

Los Lakers ganaron el título y lo ganaron como lo solían perder: en un partido espeso, duro, combativo y lleno de faltas y rebotes. Como muestra, un botón: los tres grandes anotadores exteriores de los dos equipos —Pierce, Allen y Kobe— tiraron cuarenta y  cinco veces a canasta. Solo metieron catorce. Aquel era un partido para Artests y Gasoles. Para Odoms, incluso, y desde luego para luchadores como Davis o Wallace. Desde entonces han pasado ocho años ya y poco se ha sabido de ambos equipos. Los Lakers ocupan la última posición de su conferencia y no son el peor equipo de la liga por el empeño que los Sixers le ponen año tras año. Los Celtics fueron remodelando su plantilla, rozaron la final en 2012, cuando pusieron a los Heat de LeBron James contra las cuerdas, y ahora parece que están dispuestos a dar guerra de nuevo bajo la dirección de Brad Stevens.

En cuanto a Gasol, ya saben: aún tendría tiempo de ganar dos oros europeos con España —2011 y 2015— y una plata olímpica —2012—, además de fichar por los Bulls sin los efectos deseados. No ha dejado de ser all-star. Por un momento se habló de él como el mejor ala-pívot blanco desde Kevin McHale, luego la fiebre bajó conforme se apilaron las derrotas y cada verano su nombre sonaba en los rumores de traspaso. Con casi treinta y seis años, sigue promediando diecisiete puntos y once rebotes. No está mal. Para muchos, nunca será suficiente.