Lasker, el ajedrez venido del espacio

Emanuel Lasker y José Raúl Capablanca, 1923. Fotografía: Autor desconocido (DP).

Emanuel Lasker fue sin duda una de las personas más interesantes que he podido conocer. (Albert Einstein)

Al alemán Emanuel Lasker, segundo campeón mundial de ajedrez y empedernido fumador, le complacía encender un buen habano cada vez que se sentaba ante el tablero. Era una costumbre inmutable que practicaba también en los torneos y partidas reglamentadas. Las normas de su época permitían fumar, así que cuando Lasker se envolvía en una olorosa humareda, la mayoría de los rivales ignoraban el hecho o se resignaban a lo inevitable. Aunque había excepciones. En una ocasión se enfrentaba a Aron Nimzowitsch, un gran maestro a quien por cuestiones de salud afectaba de manera especial el humo. Ambos acordaron de antemano que Lasker no tendría permitido fumar durante la partida. Una vez en el fragor de la batalla —porque una partida de ajedrez es una batalla— Lasker estaba tan concentrado que extrajo un puro del bolsillo, le cortó la punta y se lo puso en la boca. No lo encendió, pero aun así, el alarmado Nimzowitsch reclamó al árbitro: «¡Mire! ¡Está fumando!». El árbitro se acercó y al comprobar que el cigarro de Lasker estaba apagado, replicó: «Pero no está fumando, ni siquiera lo ha encendido». La respuesta de Nimzowitsch se haría célebre: «No lo ha encendido, pero amenaza con hacerlo, ¡y cuando Lasker amenaza con hacer algo, siempre es peor que cuando de verdad lo hace!».

Esta anécdota ilustra como ninguna otra cosa el efecto que Emanuel Lasker causaba en sus contrarios. Incluso antes de jugar se metía en la cabeza de sus competidores, impidiéndoles conciliar el sueño cada vez que debían enfrentarse a él. Su estilo de juego, incomprendido por sus contemporáneos, provocaba perplejidad y frustración. Su superioridad conllevó sonadas enemistades. Muchos ajedrecistas se marcaron la meta de arrebatarle el trono, pero durante casi tres décadas permaneció en él, incólume ante todos los asaltos. Fue campeón mundial entre 1894 y 1921, esto es, ¡durante veintisiete años! Una hazaña enorme; hoy sigue siendo el reinado más longevo de la historia del ajedrez, ni siquiera Gari Kaspárov se acercó a esa cifra. Pero lo más notable es que Lasker lo consiguió sin tener la corona del ajedrez como primera motivación de su existencia. Para Lasker, el ajedrez era una profesión que le garantizaba ciertos ingresos, aunque a menudo pasaba mucho tiempo escribiendo tratados matemáticos, muy apreciables según los expertos en la materia, y también libros de filosofía o narraciones. Llegó a escribir un análisis crítico de la teoría de la relatividad de su amigo Einstein, en el que se preguntaba si había forma de probar que la velocidad de la luz no podría llegar a ser infinita en el vacío absoluto.

El famoso físico replicó para sacar a Lasker de su error, pero con un enorme respeto intelectual, impresionado por que un profano entendiese. Y mientras Lasker aspiraba a convertirse en un hombre renacentista, los mejores ajedrecistas del mundo se estampaban una y otra vez contra el muro de su genialidad. Ni siquiera llegaban a entender por qué eran vencidos. Los rivales de Bobby Fischer, por ejemplo, entendían su estilo, que tenían por previsible, pero estaba tan bien ejecutado que no podían frenarle aun sabiendo de antemano en qué consistían sus planes. A Lasker, en cambio, no se lo podía incluir en ningún estilo. Los ajedrecistas de su época no podían entender en qué demonios estaba pensando cuando jugaba. El ajedrez, como la ciencia, la música o el cine, ha evolucionado según ciertos patrones que nos permiten clasificar a los campeones de diferentes épocas, pero Lasker fue un campeón extemporáneo y su aproximación al ajedrez era tan extraña para su tiempo que no tuvo discípulos ni continuadores. Fue un campeón marciano, ampliamente incomprendido hasta la llegada de los ordenadores.

A mediados del siglo XIX primaba el así llamado ajedrez «romántico», que consistía en buscar un jaque mate fulminante de la manera más artística y arriesgada que fuese posible concebir. En aquellas partidas, tan bellas y apasionantes como anárquicas, casi nadie tenía en cuenta la corrección matemática de los movimientos. Lo importante era sorprender al rival con un ataque tan enrevesado e inconcebible que no encontrase respuesta en el momento, no componer una partida que se sostuviese en pie bajo un análisis posterior. Pues bien, aquel estilo romántico fue pulverizado por un solo hombre, Wilhem Steinitz, que, siendo campeón mundial y casi de la noche a la mañana, abandonó los ataques románticos y sorprendió a todos con un nuevo enfoque. De repente trataba de evitar cometer errores, dejando que los cometiese el contrario. Steinitz pensaba que la mejor manera de ganar ya no era buscar un ataque decisivo, sino acumular pequeñas ventajas poco espectaculares en apariencia pero que sumadas al final de la partida otorgaban una victoria producto de la sensatez. En otras palabras: Steinitz demostró que era más fácil ganar usando la lógica que la imaginación pura. Así se convirtió en el arquitecto del ajedrez posicional moderno, que se podía resumir en una serie de principios estratégicos. Con esos principios barrió a los competidores, así que la siguiente generación de ajedrecistas los adoptó con el entusiasmo de los creyentes hacia la Biblia. Se los consideraba indiscutibles, con buen motivo, y el propio Lasker modeló su estilo en torno a ellos… a su manera. Venció al propio Steinitz para convertirse en campeón, y ya nadie le tosería en casi treinta años. Siendo el nuevo campeón, su ajedrez se volvió incomprensible.

En sus partidas, con frecuencia, abandonaba el ámbito de lo que sus colegas consideraban lógico y sensato. Cuando un ajedrecista se sale de la lógica aparente, suele ser indicio de que está cometiendo un error. El problema es que los demás no encontraban la manera de explotar aquella supuesta falta de lógica, no conseguían localizar los errores de Lasker. Usaba estrategias distintas según el rival que tuviese enfrente, casi siempre provocando pasmo e incomprensión tanto durante la propia partida como en el análisis posterior. Muchos le acusaban de recurrir al «juego psicológico», esto es, realizar a propósito jugadas que no son buenas con el fin de empantanar la partida mediante complicaciones artificiales y confundir así a los contrincantes. Aunque esta manera de jugar era legal, los ajedrecistas de élite la consideraban inelegante, poco deportiva, irrespetuosa y en ocasiones incluso ofensiva. Algunos notables rivales se sentían insultados porque no conseguían adivinar los planes, casi siempre victoriosos, de Lasker.

Uno de sus más furibundos detractores fue su compatriota Siegbert Tarrasch. La relación entre ambos era tan mala que, cuando se iban a enfrentar por el título, el organizador del encuentro convocó una reunión esperando que ambos jugadores hablasen para suavizar las cosas. Lasker acudió y se sentó para enterrar el hacha de guerra. Tarrasch no tomó asiento; se limitó a asomarse por la puerta para dejar claro que no tenía ganas de hacer las paces ni conversar: «Solo tengo dos palabras para usted, señor Lasker: ¡Jaque mate!». Y se marchó como había venido. Tarrasch, sin embargo, no tendría mucha ocasión de decir «jaque mate». En el match por el título, Lasker le pulverizó sin piedad. La autoestima de Tarrasch no se recuperó del golpe.

La mala fama de jugador psicológico no solamente le persiguió durante toda su carrera, sino que permaneció muchos años después de su muerte. No todos los estudiosos del ajedrez conseguían valorar su larguísimo reinado, como si hubiese sido contaminado por una especie de actitud deshonesta ante la noble batalla intelectual del tablero. Como si hubiese sido una especie de Houdini que se imponía no por lo sólido de su juego, sino por tácticas hipnóticas que buscaban aturullar a los aspirantes. El joven Bobby Fischer, por ejemplo, menospreció de manera abierta el legado de Lasker (aunque es verdad que años más tarde cambió de opinión).

No obstante, el advenimiento de las computadoras, que hacían mucho más fácil y precisa la tarea del análisis de antiguas partidas, empezó a demostrar la verdadera magnitud del talento de Lasker. El hombre que escogía sus tácticas para demoler psicológicamente a sus contrarios se aparecía bajo una nueva luz, la del genio táctico que, más allá de las reglas de Steinitz, era capaz de improvisar soluciones originales en cada partida. Muchas de sus jugadas eran el producto no tanto del intento de confundir a los rivales, como muchos habían pensado, sino de adaptar su juego a las circunstancias del momento, pero con una capacidad de cálculo y una intuición tan profundas que ninguno de sus contemporáneos podía aspirar a entenderlas. Aunque hubiese un cierto componente psicológico en su juego, la principal explicación de su largo reinado era otra: sus ideas eran demasiado modernas para su tiempo. Veía el tablero de otra manera, y nadie podía seguirle el ritmo.

Emanuel Lasker, 1933. Fotografía: German Federal Archives (CC-BY-SA 3.0)

Lasker cedió la corona solamente cuando un nuevo fenómeno, el cubano José Raúl Capablanca, tomó el ajedrez por asalto. Capablanca tenia una capacidad innata para entender la posición, como si hubiese nacido con las leyes de Steinitz impresas en algún rincón de su cerebro. También era mucho más joven. Lasker sabía que iba a perder ante Capablanca y evitó jugarse el título ante él durante un tiempo, pero sus perennes apreturas económicas le hicieron aceptar y, como esperaba, perdió. No era, ni mucho menos, una derrota deshonrosa para un campeón de mediana edad que se enfrentaba al que fue uno de los mayores talentos naturales en la historia de los tableros. Pero incluso habiendo dejado de ser el campeón, el nivel de Lasker no decreció todo lo que cabía esperar por su edad. Algo más de una década después, cuando Hitler llegó al poder, Lasker tuvo que huir de Alemania —era judío— y sus bienes fueron confiscados por el III Reich. Tenía sesenta y seis años y su situación económica era muy mala. Reapareció en algunos torneos por cuestiones monetarias pero lejos de parecer una vieja gloria gastada, obtuvo clasificaciones sorprendentes y jugó tan bien algunas partidas que los asistentes llegaron a ovacionarle en pie. Ya no era el mejor del mundo, pero continuaba siendo un genio en una inesperada buena forma. Su longevidad intelectual fue considerada poco menos que milagrosa. Emanuel Lasker murió en 1941, sin ver a Hitler derrotado, lo cual debió de producirle un considerable pesar.

Albert Einstein hablaba de Lasker en términos admirables, pero un tanto incómodos para el aficionado al ajedrez.

Lasker padeció por culpa de la barbarie nazi, pero no se volvió loco como Steinitz —quien al final de su vida perdió la razón y quería jugar contra Dios, ¡dándole ventaja! ¡Para ganarle!— ni se convirtió en alcohólico como Alekhine. Mantuvo una claridad mental superior hasta la ancianidad. Aun así, Einstein señalaba su lado trágico. Pensaba que la inteligencia de Lasker era comparable a la suya propia; durante largos paseos en los que conversaban de muchos temas escuchaba con atención las opiniones de un hombre a quien describió como una de las mentes más originales e independientes con las que se había topado. Sin embargo, deploraba que hubiese hecho del ajedrez su profesión. Aunque el propio Einstein había coqueteado superficialmente con el ajedrez, lo consideraba una pérdida de tiempo, y lamentó en público que su amigo dedicase tanto tiempo a un juego que absorbía tanta energía intelectual, detrayéndola de actividades para él más importantes. Hubiese preferido que Lasker se hubiese volcado más en su trabajo matemático, ámbito en el que podía haber destacado mucho más, o en cualquier otra profesión donde su inmenso talento sin duda le hubiese permitido prosperar.

Porque, a pesar de su largo reinado, Lasker nunca tuvo mucho dinero ni prestigio. Fue un campeón sin lustre social; nunca tuvo el savoir faire aristocrático de Paul Morphy o Capablanca, ni el carisma arrollador de Fischer o Kasparov; no tuvo detrás el soporte de todo un régimen como Botvinnik y los ajedrecistas soviéticos. Lasker estaba solo y su talento nunca se tradujo en el reconocimiento del gran público, ni en bienestar económico, pese a que peleó por obtener dignas remuneraciones medio siglo antes de que Fischer lo hiciera. Lasker era un rey de estandarte desvaído, cuyo legado era motivo de confusión para los estudiosos y motivo de debate entre los grandes maestros de generaciones posteriores. Afortunadamente, las máquinas, esos seres sin corazón que dictan las frías verdades del ajedrez sin tener en cuenta los viejos relatos cargados de juicios humanos, han revelado una maravillosa certeza: no era Lasker quien jugaba un ajedrez raro, era el ajedrez el que iba por detrás de él. Supo adaptarse a diversas posiciones y estilos, buscando una respuesta pragmática que podía quebrantar ciertos principios teóricos en apariencia pero que era, no obstante, la requerida por la situación. De manera no muy distinta a como hubiese hecho una máquina, no estaba limitado por los prejuicios teóricos de sus colegas, perseguía una verdad superior: verdad que gana las partidas.

Lo que se nos antojaba inconsistencia de sus ideas era su respuesta a la inconsistente variedad de contrincantes. Lástima que estos solamente fuesen consistentes en una cosa: no conseguían captar que, pese a lo que sus respectivos egos se empeñasen en dictaminar, Lasker era, sencillamente, superior. Ya saben, no hay más grande genio que aquel que es entendido cien años tarde.


En la memoria de la poesía caben juegos, sombreros, abrigos y guantes

César Vallejo, el poeta. Fotografía: DP
César Vallejo, el poeta. Fotografía: DP

César toma café en el centro de la historia. Piensa en su pasado de niño en el Perú de principios del siglo XX. ¿Se puede trascender la oscuridad de una habitación repleta de hermanos y convertirse en una de las voces más profundas y comprometidas de las letras contemporáneas? César Vallejo, el poeta, se sienta frente a la ventana; el silencio que han dejado las piezas después de tanto y tan tumultuoso tiempo se vuelve sonoro:

Enfrente a la Comedia Francesa, está el Café
de la Regencia; en él hay una pieza
recóndita, con una butaca y una mesa.
Cuando entro, el polvo inmóvil se ha puesto ya de pie.

El polvo inmóvil. Ahora nadie juega. Solo los poetas se sientan a soñar. Pero hubo un tiempo en que el ajedrez reinaba sobre esas mesas recónditas, sobre esas butacas, muertas, enterradas tras el paso de la Gran Guerra. El poeta avanza en su idea:

Entre mis labios hechos de jebe, la pavesa
de un cigarrillo humea, y en el humo se ve
dos humos intensivos, el tórax del Café,
y en el tórax, un óxido profundo de tristeza.

César está en Paris en 1921 y el antiguo Café de la Régence, el clásico, el que vio al invencible Paul Morphy y al carismático Howard Staunton o al Adolf Anderssen de La Inmortal, ya no existe. Pero doscientos años atrás, la ilustración francesa está en su apogeo y en las mesas del café, donde jugar al ajedrez era pura pasión desenfrenada, se sientan a jugar el embajador americano, un tal Benjamin Franklin, el enciclopedista Denis Diderot o el filósofo Jean Jaques Rousseau y, sobre todo, François-André Danican Philidor, músico exquisito de la corte francesa y uno de los primeros tratadistas modernos del juego, autor del célebre dictum: «los peones son el alma del ajedrez».

Fig 2 La Regencia y Philidor
Interior del Café de la Régence y François-André Danican Philidor. Ilustraciones: DP

En los años veinte de la posguerra, el poeta, ajeno tal vez a esta historia, prosigue su soneto de tiempo y hojas mustias:

Importa que el otoño se injerte en los otoños,
importa que el otoño se integre de retoños,
la nube, de semestres; de pómulos, la arruga.

La ilustración marca el punto de inflexión que vio nacer a la ciencia como empresa humana. El conocimiento empezó a depender de las observaciones sistemáticas, de la colección de datos, de la hipótesis, de la experimentación y de la refutación. El ajedrez responde a estas cualidades y Philidor le dio ese impulso sistemático, de acuerdo a esos tiempos ilustrados. Y mientras trata a los peones como hogar del alma, se apresta a realizar una hazaña que pocos han visto anteriormente y que despierta una admiración sin límites en las crónicas de su tiempo: jugará con los ojos vendados dos partidas simultáneas.

¿Cómo lo hace? La cuestión de la memoria siempre ha fascinado a la gente. Hubo un tiempo en que los grandes memoristas tenían sus propios espectáculos; se subían a un escenario y desafiaban al público con hechos increíbles, memorizando libros enteros, listas interminables de números sin sentido o palabras escogidas al azar. La mayoría de ellos utilizaban técnicas parecidas para poder hacerlo, basadas en trucos mnemotécnicos como las célebres rutas y palacios de memoria. Solo requiere un poco de entrenamiento. En la ruta se utiliza un camino familiar con imágenes que vemos todos los días, por ejemplo el camino de casa al trabajo. Se divide el camino en estaciones con la que se tiene mucha familiaridad: una esquina, una rotonda, un semáforo, una casa singular, etc. Ahora, para comenzar a memorizar una lista, se visualiza cada palabra en cada una de estas estaciones. Por ejemplo, la palabra «tiburón» se podría recordar como un tiburón gigante que se ha escapado de la película Sharknado en la esquina de casa (¿cómo olvidarlo?) o la palabra «pérfido» como un hombre «perdido» con malas pintas en medio de la rotonda, y así se van colocando los términos de la lista uno a uno en posiciones o situaciones singulares, que resultarán imposibles de olvidar. Con el palacio de memoria la estrategia es parecida, pero en lugar de un camino, el memorista construye el palacio mental, lleno de estancias contiguas en donde se coloca cada término: el tiburón en la sala de estar y el pérfido bandido en la cocina con un hacha. La cuestión esencial es dotar a cada ítem de un sentido relacional que tenga algún tipo de lógica interna en la ruta o dentro de las estancias del palacio.

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Paul Morphy jugando a ciegas en el Café de la Régence. Ilustración: DP

Los jugadores de ajedrez tienen una memoria prodigiosa para el ajedrez. Algunos también la tienen para otras cuestiones, pero esa no es la regla general. Lo que sí sucede con todos los ajedrecistas expertos es que pueden recordar las partidas que han jugado con gran exactitud (aunque hayan sido jugadas muchos años atrás). Es normal que un maestro de ajedrez diga cosas como esta: «peón a g4 es una jugada que hice en el torneo X hace quince años contra el GM Y, porque se la había visto jugar al GM Z en una posición similar en el torneo de candidatos de 1970».

La memoria del jugador es como la memoria de un experto en cualquier disciplina. Es notorio que un jugador de fútbol como Maradona se acuerde de todos los goles que metió en competición, de sus detalles, de lo que hizo la pelota, de lo que él hizo con ella, de lo que hicieron (o no pudieron hacer) los defensas. No debiera resultar extraño que un jugador experto de ajedrez se acuerde también de todos los detalles de sus partidas. Lo que sí merece un capítulo aparte es la habilidad para jugar sin ver el tablero, especialmente múltiples partidas al mismo tiempo (la mayoría de los maestros pueden hacerlo de forma rutinaria). Si Philidor asombró a sus contemporáneos jugando dos (solo), dos siglos después, el GM Miguel Najdorf pondría el listón muy alto jugando cuarenta y cinco partidas al mismo tiempo sin mirar los tableros. Ha habido diversos estudios académicos que han intentado arrojar luz sobre este proceso, en especial los liderados por el psicólogo y ajedrecista Pertti Saariluoma. En pocas palabras, lo que hace el experto es construir imágenes complejas y abstractas dentro de su mente: no solo se acuerda de la pieza en su casilla sino que, lo que es más importante, sabe relacionar las piezas y las casillas de manera lógica disparando un campo semántico de significados ajedrecísticos.

Estas explicaciones son interesantes, pero creo que falta algo; precisamente, la posibilidad de que el ajedrecista experto forme un palacio de memoria dentro de su mente. En ese palacio, que el ajedrecista ha interiorizado hasta tal punto que no es consciente de su existencia, habría habitaciones cambiantes en formas y tamaño, configuradas por casillas que se relacionan de modos diferentes pero de manera lógica e histórica, uniendo el conocimiento general que el jugador experto tiene de partidas anteriores con la propia dinámica del juego. El jugador entonces retiene en la mente, en su palacio de memoria, la imagen de la posición e imagina, como lo hace cuando está jugando normalmente, las posibles variantes; por eso puede jugar sin mirar el tablero.

Metamorfosis III, MC Escher (detalle) como metáfora del palacio de memoria del ajedrecista
Metamorfosis III, MC Escher (detalle) como metáfora del palacio de memoria del ajedrecista. Imagen: DP

Esas imágenes complejas serían las estancias que cambian dentro de un palacio dinámico, hechas de casillas y habitadas por piezas y peones con ansias de jugar, como un cuadro de Escher metamorfoseándose sin fin. Entonces, la partida de ajedrez se podría considerar como un paseo por el palacio, un paseo que, al desviarse de los cientos de paseos que se han recorrido previamente, se recuerda con facilidad. Por ejemplo, los peones blancos en e4 y d4 frente a los peones negros en d6 y e5 disparan conceptos ajedrecísticos como estos: centro móvil, defensa moderna, cerrar o no cerrar el centro, ¿romperán las negras por f5 o por c5? ¿romperán las blancas primero por f4? Este conjunto de significados son suficientes para cimentar el recuerdo de la posición de los peones centrales y los posibles planes a llevar a cabo; es un proceso automático, fruto de la capacidad experta del jugador: en su palacio de memoria de sesenta y cuatro casillas, la sala principal del centro del tablero está ahora habitada por peones en casillas lógicas que disparan recuerdos ajedrecísticos plenos de significados. El maestro sabrá entonces la sencillez del cómo y el cuándo asestar el golpe fulminante.

El ajedrecista, al cerrar los ojos, focaliza su atención en problemas de «vida o muerte» como la casilla débil, el peón pasado, el rey desprotegido, la torre colgada o el caballo clavado. Más de uno se vio abocado a la extenuación por la amenaza del jaque doble o por una dama atacada por rayos X detrás de unos peones que al final desaparecerán. Perseguido por fantasmas inexistentes, amenazas a su casilla débil, a su rey desnudo, el ajedrecista se obsesiona y, en ocasiones, enloquece. ¿Y qué hay en la vida más allá de la locura por una obsesión cierta?

El poeta, en su mundo, finaliza su poema, ensalzando la locura de la poesía, del arte, de la vida, la poesía como pura memoria. Todo está relacionado, hasta el ajedrez con los tiburones blancos y el gran César Vallejo que nunca se sintió vencido ni aun vencido:

Importa oler a loco postulando
¡qué cálida es la nieve, qué fugaz la tortuga,
el cómo qué sencillo, qué fulminante el cuándo!


Wilhelm Steinitz, jaque mate a Dios

Foto: Royalty-Free/Corbis.
Foto: Royalty-Free/Corbis.

Más allá del mundillo del ajedrez probablemente se le asocia, si es que se piensa en él alguna vez, con los aspectos más trágicos de su vida: que murió prácticamente en la pobreza tras una vida marcada por desgracias personales y un grave trastorno mental que lo tuvo entrando y saliendo de instituciones psiquiátricas durante sus últimos tiempos. Quizá a algunos les suene la anécdota más famosa relacionada con él, cuando en alguno de sus momentos de locura afirmó que había jugado una partida de ajedrez contra Dios… y que le había hecho jaque mate.

Es cierto; su trayectoria vital fue novelesca, pero hay algo más importante que las deprimentes circunstancias de su declinar, incluso más importante que el haber lucido el título mundial. Steinitz fue el padre de la estrategia ajedrecística moderna. Como hicieron Isaac Newton y Albert Einstein en la física o Johann Sebastian Bach en la música, Steinitz fue capaz de captar la complejísima naturaleza de su disciplina, distinguiendo lo esencial en mitad de un caos de ideas inconexas. Resumió esa esencia en unos principios básicos —podemos llamarlos las leyes de Steinitz— y probablemente no existen adjetivos para glosar la magnitud intelectual de su aportación; si al ajedrez se lo llama el «juego-ciencia», quizá nadie fue más responsable de añadir la palabra «ciencia» a ese calificativo que Wilhem Steinitz.

Wilheln Steinitz, primer campeón mundial de ajedrez (Foto: DP)
Wilhelm Steinitz, primer campeón mundial de ajedrez (Foto: DP)

A mediados del siglo XIX los mejores ajedrecistas del mundo se parecían muy poco a los estudiosos profesionales de hoy. Eran un puñado de caballeros que se jactaban de practicar el ajedrez como un arte intuitivo. Generalmente muy cultos y a menudo —aunque no siempre— de posición acomodada, los tableros eran para ellos un noble hobby, no una profesión. Ni siquiera era una materia de estudio. Consideraban que una partida consistía en demostrar quién tenía un ingenio más afilado, una mayor capacidad para sorprender con jugadas visualmente brillantes, inesperadas y espectaculares. Estaba mejor visto perder una partida usando tácticas arriesgadas y vistosas que ganarla de manera excesivamente conservadora, algo considerado impropio y que ni siquiera pasaba por la mente de aquellos gentilhombres. Era lo que hoy conocemos como «ajedrez romántico»: dos rivales que prueban su imaginación sobre el tablero, jugando ambos al ataque y sin demasiada preocupación por la corrección matemática de sus jugadas. Y desde luego sin un trabajo de estudio teórico detrás. La teoría existente sobre el juego era por entonces escasa y arcaica. Es cierto que algunos grandes jugadores habían tratado de estudiar los principios del ajedrez ya desde la Edad Media. Por nombrar solamente a uno, durante el siglo XVIII el francés Philidor aplicó una visión sistemática propia de músico profesional al ajedrez, tratando de sintetizar ciertos principios generales. El más famoso de esos principios decía que «los peones son el alma del juego», algo que —en una de tantas coincidencias mágicas entre la evolución del ajedrez y la evolución de la sociedad— casi parecía anunciar una Revolución francesa en la que los peones, efectivamente, terminaron por cortarles la cabeza al rey y la reina del tablero. Pero principios como los de Philidor no eran lo suficientemente comprensivos como para crear todo un nuevo sistema de juego que desplazase a los duelos de ataques que dominaron el siglo XIX. La esencia misma del ajedrez estaba aún por destilar. El ajedrez romántico era en esencia un ajedrez asilvestrado.

El principal representante del juego romántico y uno de los más creativos genios de la historia de los tableros fue Adolf Anderssen, un modesto profesor de instituto que vivía con su madre y que tenía tan poca ambición que tuvo que ser descubierto para la competición por los pasatiempos ajedrecísticos que enviaba a algunas revistas. Los jugadores consagrados que se topaban con los ingeniosos pasatiempos de Anderssen se preguntaban quién demonios era aquel ignoto individuo que demostraba tanta imaginación y si sería capaz de jugar de manera brillante. Lo invitaron a participar en algún torneo y viéndolo jugar en directo no tardaron en darse cuenta de que tenían ante sí a un genio de magnitud inusitada, cuya fantasía ajedrecística no parecía tener límites. Así, surgido del más gris de los anonimatos, Anderssen empezó a batir a prácticamente todo el que se le ponía por delante. Eso sí, aparecía muy de tarde en tarde en los torneos importantes —que de todas formas eran bastante escasos por entonces— y si jugaba era porque le pagaban la estancia y además coincidía con sus vacaciones. Pero cuando aparecía, ¡ah, amigos! Anderssen era capaz de cualquier cosa. Su partida más famosa, la «Partida Inmortal», bastó por sí misma para hacerlo pasar a la historia: en solo veintitrés movimientos dio jaque mate al rival después de sacrificar medio tablero (un alfil, las dos torres y la dama) y dejar a su propio rey completamente indefenso. Tal fue el impacto de aquella partida en el mundo del ajedrez que desde entonces se bautiza así a la mejor o más asombrosa partida de muchos jugadores: la Inmortal de Kasparov, la Inmortal de Fischer, etc. Otra de las obras magnas de Anderssen fue la «Siempreviva», en la que sacrificó un caballo, una torre y la dama para poder dar otro jaque mate en solamente veinticuatro movimientos. Este tipo de alardes de fantasía ofensiva lo convirtieron en el ajedrecista a quien todos querían imitar en aquellos años.

Incluso emergiendo ocasionalmente de su rutinaria vida como profesor en un remoto pueblo centroeuropeo, Anderssen dominó el ajedrez durante bastante tiempo. Durante sus mejores años únicamente un rival pudo vencerle de manera convincente: el jovencísimo estadounidense Paul Morphy. Pero Morphy se retiró súbitamente a los veintiún años de edad, tras una fugaz carrera ajedrecística que duró solamente unos meses. Y jamás volvió a jugar. Pese a la brevedad de su carrera, Morphy fue unánimemente loado como el mejor jugador que había conocido el siglo XIX y el mismísimo Anderssen tuvo que admitir su superioridad. Pero Morphy era también considerado una anomalía. Su estilo —más equilibrado que el de Anderssen y hasta cierto punto inusual según los cánones de la época— era, se pensaba, el producto aislado de unas capacidades únicas, no un modelo a seguir por otros ajedrecistas que no fuesen él. Así que tras la súbita retirada de Morphy, Anderssen no solamente recuperó la corona y continuó siendo el hombre a batir, sino también el hombre a imitar. Continuaba dejando tras de sí partidas de una belleza pasmosa y en ausencia de Morphy tardó en surgir alguien a quien pudiese llamarse rival.

El genial Adolf Anderssen fue el rey de la imaginación sobre los tableros.
El genial Adolf Anderssen fue el rey de la imaginación sobre los tableros. (Foto: DP)

Pero la edad, lógicamente, tenía que pasarle factura y finalmente apareció un nuevo rey. Wilhelm Steinitz se convirtió en el mejor continuador del ajedrez de ataque de Anderssen. Tenía, como Anderssen, un origen más bien modesto —era el menor de los trece hijos de un ferretero—pero desde muy pequeño destacó por su aguda inteligencia. Estudió matemáticas, aunque su gran pasión era el ajedrez y durante su juventud empezó a destacar torneo tras torneo hasta que en 1866, al cumplir la treintena, pudo por fin enfrentarse al rey Anderssen, que por entonces se acercaba a los cincuenta años de edad. Steinitz ganó. Aquella victoria supuso un relevo en el trono, pero no un cambio de paradigma ajedrecístico. No todavía. Steinitz aún jugaba con el estilo de su época, esto es, básicamente como un Anderssen en versión más joven.

Al igual que durante sus mejores años Anderssen no había tenido rival (a excepción de Morphy), Steinitz también reinó sin apenas oposición. Parecía que nadie podía vencerle. Y también como Anderssen estuvo largas temporadas ausente de la gran competición, más centrado en intentar salir adelante como escritor de ajedrez en periódicos y revistas, o publicando ensayos. No era muy bueno manejando sus finanzas pero se honraba de pagar siempre sus deudas, por lo que inevitablemente nunca gozó de una buena posición económica. El trabajo como escritor le daba más y mejor de comer que la propia competición. Recordemos que la figura del ajedrecista profesional ni siquiera existía por entonces.

Además de sus constantes problemas monetarios, la gran espina que Steinitz tenía clavada era la ausencia de Paul Morphy. Aunque parezca extraño, esa ausencia le impedía lucir el título de «campeón mundial de ajedrez», título que oficialmente no existía pero que de manera extraoficial se le seguía atribuyendo al americano. Pensemos que cuando Steinitz ascendió al trono, con treinta años, Morphy tenía solamente veintinueve y al menos en teoría podía reaparecer en cualquier momento. Así que para casi todos Morphy seguía siendo el campeón in absentia, curioso paralelismo con lo que sucedería mucho más adelante cuando el también prematuramente retirado Bobby Fischer fue considerado por muchos campeón sin corona, amargándole los primeros años de reinado al pobre Anatoly Kárpov. Referirse a Steinitz como «campeón mundial» hubiese parecido casi un desaire hacia Morphy.

Y esto a Steinitz no le gustaba, pero por respeto a Morphy aceptaba la situación. Eso sí, era de las pocas situaciones que Steinitz aceptaba fácilmente. Físicamente no era un hombre imponente: robusto pero de muy corta estatura, caminaba cojeando y la verdad es que no resultaba muy impresionante. Pero su carácter era otra cosa. Poseía un ego descomunal, mucho mayor que el del joven Morphy o el maestro Anderssen. Y muy poca diplomacia o mano izquierda. Decía siempre lo que pensaba, sentase bien o no; en consecuencia tenía pocos amigos en el mundo del ajedrez y sí bastantes enemigos. Aunque a la hora de juzgar el juego de sus rivales solía ser bastante objetivo, en los aspectos personales podía mostrarse despiadado y cruel: pronto se hicieron célebres los vitriólicos ataques que lanzaba a diestro y siniestro, cual puñales, en sus artículos de ajedrez. A sus rivales, lógicamente, les fastidiaba su ego y su mal carácter, y a menudo con bastante razón proque Steinitz era presuntuoso y despectivo… aunque hay que admitir que algunas de sus ocurrencias eran tan geniales como insolentes. En una ocasión le preguntaron cuál pensaba que era el factor decisivo que le daba ventaja sobre los demás en un torneo. Ni corto ni perezoso, respondió: «mi principal ventaja al empezar un torneo es que soy el único que no ha de enfrentarse a Steinitz».

Durante un tiempo el principal aspirante a derrocar a Steinitz —y uno de los rivales con los que se llevaba a matar— fue el polaco-británico Johannes Zukertort, que había estudiado ajedrez con Anderssen. Como el austriaco pasó una buena temporada ajeno a la competición y no existía un campeonato mundial reglamentado, Zukertort tuvo que esperar varios años la oportunidad de intentar destronar al odiado Steinitz. En 1872 se enfrentaron finalmente, pero Steinitz le dio una auténtica paliza: +7-1=4 (esto es, siete partidas ganadas, una perdida y cuatro empates). Lo hizo jugando en el estilo típico de la época: ataque y más ataque, aunque quizá se intuían ya nuevos rasgos en su estrategia. De hecho, durante sus años de ausencia había estado estudiando el ajedrez como nadie lo había hecho antes en miles de años de historia. Algo había estado rumiándose en su cabeza. Algo muy grande, porque era básicamente toda una nueva forma de practicar aquel antiquísimo juego.

Steinitz había empezado a hacerse preguntas. Por ejemplo: si una partida de ajedrez era un mero duelo de ingenios atacantes, ¿por qué unos ataques funcionaban y otros no, siendo aparentemente igual de ingeniosos? ¿Por qué a veces los jugadores con el mayor talento ofensivo no lograban que sus ataques tuviesen éxito? Y, ¿por qué los jugadores que atacaban primero pero veían ese ataque frustrado solían después perder la partida? Observó que cuando un jugador montaba un buen ataque sus piezas parecían coordinarse perfectamente en función de ese ataque… pero desde el momento en que el ataque fallaba, esas mismas piezas aparecían repentinamente descoordinadas. Este repentino desorden tenía que responder a una lógica subyacente. Si una posición parece buena mientras se ataca pero deja de parecer tan buena cuando llegaba el momento de defenderse, es que quizá esa posición nunca había sido realmente buena.

Estudiando el sentido del equilibrio del retirado Morphy, pero también leyendo toda la teoría existente a su alcance y reflexionando mucho sobre el juego en sí, Steinitz pensó que una buena posición tenía que servir lo mismo para el ataque que para la defensa. Dedujo que la posición podía analizarse según determinadas leyes que todavía no habían sido enunciadas por nadie. Desde un punto de vista objetivo, pensó, el ajedrez no era una lucha de talentos como creían sus contemporáneos, sino una confrontación de dos estrategias. Dicho de otro modo: ya no había jugadores mejores o peores, sino estrategias mejores y peores. El jugador «menos talentoso» podía ganar a un jugador supuestamente superior si empleaba la estrategia correcta. Así, Steinitz desarrolló una nueva filosofía de juego, completamente opuesta al juego de ataque predominante con el que él mismo llevaba años reinando. Esa nueva filosofía podía expresarse en cierto número de principios. Por citar una fuente, David Hooper resumió algunos de los más importantes en su libro La teoría de Steinitz:

1. Al inicio de una partida las dos fuerzas están en equilibrio.
2. Un juego correcto en ambas partes mantiene el equilibrio y conduce inevitablemente al empate.
3. Por lo tanto, un jugador solamente puede ganar como consecuencia de un error del oponente. No existen «jugadas ganadoras».
4. En tanto que se mantenga el equilibrio, el ataque —sin importar cuán hábil sea— nunca puede tener éxito frente a una defensa correctamente ejecutada. Dicha defensa tarde o temprano forzará la retirada y reagrupamiento de las piezas atacantes, con lo que el jugador que hasta entonces atacaba sufrirá una inevitable desventaja.
5. Por lo tanto, ningún jugador debe iniciar el ataque hasta que haya obtenido previamente una ligera ventaja causada por un error del oponente, ventaja que justifique la decisión de atacar.
6. Así, al inicio de una partida el jugador no debe buscar un ataque inmediato. Lo que debe hacer es buscar alterar el equilibrio en su favor induciendo al oponente a cometer un error. Esto debe preceder a cualquier ataque.

De estos principios se deducía otro más universal: podía obtenerse la victoria no solamente mediante un ataque directo sino también mediante la acumulación continua de pequeñas ventajas producto de los errores del rival. Así, Wilhelm Steinitz acababa de crear el «estilo posicional». Esto es, la base del ajedrez moderno.

Blackburne: alcohólico, violento, rival ajedrecístico y enemigo visceral de Steinitz.
Blackburne: alcohólico, violento, rival ajedrecístico y enemigo visceral de Steinitz. (Foto: DP)

En su día esto era una idea revolucionaria, por no decir una blasfemia. Para el ajedrecista romántico el principal objetivo de la partida es dar jaque mate al rey rival, así que el ataque directo sobre el rey rival debería ser la fórmula de preferencia para obtener la victoria. Además de ser la manera más vistosa, ingeniosa y admirable de ganar, también parecía ser la más rápida. Pero las nuevas ideas de Steinitz relegaban el ataque a un segundo plano y defendían conceptos tan aberrantes en su tiempo como el que no existían jugadas ganadoras per se. Ahora lo importante era la armonía entre las piezas, estuviesen atacando o no. Desde luego no puede decirse que Steinitz se hubiera dormido en los laureles: pocas veces, si alguna, un campeón que domina una disciplina decide que necesita cambiar de estilo precisamente cuando está en lo mejor de su carrera. Los cambios de estilo suelen ser producto de las derrotas y de la necesidad de seguir siendo competitivo ante nuevos desafíos, pero Steinitz vio cómo su extraordinaria capacidad de análisis le obligaba a llegar a la sorprendente conclusión de que tenía que jugar a otra cosa, a un ajedrez revolucionario que ni siquiera existía aún. Así, se dispuso a contradecir el sensato dicho de «cuando algo funciona bien, no lo cambies».

El escenario que eligió para poner a prueba el nuevo estilo no pudo ser más delicado. En 1873, solo unos meses después de haber vencido a Zukertort, Steinitz acudió al gran torneo de Viena, donde estarían varios de los principales nombres del momento. No iba a participar Zukertort, pero sí Anderssen, los británicos Blackburne y Bird, el polaco-francés Rosenthal y el alemán Paulsen. Completaban el plantel diversos maestros austrohúngaros de menor entidad. El torneo constaría de rondas entre todos los participantes, que se decidirían al mejor de tres partidas y Steinitz era el gran favorito, seguido de Blackburne (el gran Anderssen, como decíamos, era ya muy veterano y afrontaba el declive de su carrera).

La primera ronda no fue una sorpresa. Sabiéndose superior a un poco renombrado rival, Steinitz se impuso fácilmente con el estilo atacante de siempre. En la segunda ronda se las vio con Blackburne, quien además de ser la nueva estrella en alza era también su gran enemigo ajedrecístico y personal (un poco más adelante veremos hasta qué punto de mala sangre llegaba la enemistad entre ambos). Steinitz decidió que era momento de empezar a aplicar sus nuevos principios, pero quizá no estaba completamente seguro de su efectividad porque lo hizo de manera dubitativa. Un brillante Blackburne refutó rápidamente lo que los observadores percibieron como un juego timorato de Steinitz. Dos victorias para Blackburne y un empate certificaban el tropiezo. ¿Estaba Blackburne en condiciones de destronar al imbatible austriaco? Aquella segunda ronda puso en entredicho la superioridad de Steinitz. Todo el mundo entendió que había jugado de manera extrañamente ramplona, sin atacar y sin buscar la victoria con su ímpetu habitual. Nadie entendía lo que estaba pretendiendo hacer y muchos atribuyeron ese juego conservador al miedo a perder. Y aunque en las siguientes dos rondas Steinitz se deshizo de sendos jugadores inferiores, no consiguió despejar las dudas.

El siguiente rival importante del torneo fue Rosenthal. Para asombro de muchos, Steinitz volvió a emplear aquellas aburridas maniobras posicionales que no parecían conducir a ninguna parte. Pero esta vez algo cambió, porque Steinitz se sentía más seguro con el nuevo estilo. Rosenthal, en cambio, se mostró completamente desconcertado cuando sus ataques al mejor estilo romántico se antojaron precipitados e inútiles frente al «aburrido» pero efectivo orden impuesto por Steinitz. Pese a las derrotas iniciales con Blackburne, el ajedrez posicional de Steinitz estaba empezando a resultar incontestable.

Sus siguientes rivales tomaron buena nota. Los ajedrecistas no se caracterizan por ser gente poco inteligente y les resultó obvio que Steinitz estaba jugando de aquella manera por una buena razón, no simplemente por miedo a perder. Paulsen, por ejemplo, intentó adaptarse a las maniobras posicionales… pero sin ningún éxito, hasta el punto de que Steinitz se permitió atacar abiertamente en la segunda partida entre ambos, venciendo de manera convincente. El motivo era sencillo: Steinitz conocía las leyes del ajedrez posicional, unas leyes descubiertas por él, y Paulsen estaba moviéndose en terreno desconocido. Luego llegó el momento de jugar contra Anderssen y el viejo maestro también fue lo bastante perspicaz como para entender que Steinitz había hallado la manera de poner en práctica otro estilo de juego menos ofensivo pero tanto o más eficaz. Supo que Steinitz estaba agazapándose a la espera de errores en el ataque rival. Anderssen, como Paulsen, también intentó adaptarse renunciando a su característica agresividad y permitiendo que Steinitz simplificase el juego, pero también se metió en un terreno donde Stenitz tenía las ideas mucho más claras. Anderssen perdió de manera incontestable, si bien sabemos que ya había dejado atrás lo mejor de su carrera. A su edad ya no estaba en condiciones de hacer frente a las nuevas teorías. Pero, para ser justos, ni Anderssen ni nadie, porque desde aquel instante el torneo se convirtió en un festival Steinitz: todos los siguientes rivales fueron cayendo, uno por uno. El mejor jugador del mundo, que había recuperado la confianza en sí mismo, consiguió nada menos que ¡catorce victorias consecutivas! Las cuales forman parte de una racha de veinticinco victorias seguidas que todavía hoy es una marca imbatida (en 1971, casi cien años después, Bobby Fischer llegó a las veinte victorias contra rivales de primer nivel) y que seguramente lo será por siempre.

Eso sí, también Blackburne había hecho un torneo excelente, por lo que ambos quedaron empatados a puntos en el primer lugar de la tabla. Como había que decidir el título, jugaron otra ronda extra. Pero Steinitz ya había superado los titubeos iniciales, ahora confiaba ciegamente en el nuevo estilo posicional que tenía a todo el mundo atónito y se mantuvo fiel a esos principios: posicionar sus piezas y no atacar si no se daban las condiciones para ello. Blackburne, en cambio, siguió jugando como jugaban todos por entonces… y esta vez fracasó. Steinitz ganó las dos partidas del desempate —aumentando su racha de victorias a dieciséis consecutivas— y se llevó el trofeo a su casa. La victoria de Steinitz en Viena fue un shock. No porque ganase, ya que todo el mundo lo consideraba el mejor jugador en activo desde hacía años, sino por cómo lo había hecho, jugando de aquella manera tan distinta a su propia naturaleza y al estilo de la época. Esto hacía que los cerebros de muchos entrasen en cortocircuito. ¿Qué estaba pasando? ¿Cómo era aquello posible?

Dado que Steinitz tenía tantos enemigos, muchos criticaron ácidamente su nuevo estilo sin importar que le hubiese reportado la mayor racha de victorias nunca vista en el ajedrez de alto nivel. Para algunos, era como si estuviese desvirtuando la nobleza del ajedrez, reduciendo la vistosa pelea de ingenios a una mera cuestión de aburridas matemáticas. Y Blackburne era uno de sus más ácidos críticos. El británico, con su juego imaginativo, seguía siendo uno de los grandes favoritos de los aficionados, mientras que poca gente había entendido el repentino giro de Steinitz hacia una estrategia poco arriesgada. Pero entre Blackburne y Steinitz existía algo más que una lucha de estilos: protagonizaban una rivalidad muy agria que venía de tiempo atrás y que estaba plagada de feos incidentes. El inglés era un tipo temperamental, pendenciero y por lo visto bastante propenso a perder el control cuando bebía (y bebía mucho, hasta se decía que en algún torneo ¡le habían pagado directamente con whisky!), lo cual lo hacía especialmente temible dada su gran fuerza física. En el mundillo del ajedrez se crearon dos bandos, con una mayoría en contra del antipático Steinitz, a quien apodaban «Quasimodo». Sirva como ejemplo esta cita en una revista de ajedrez de la época: «Otra razón por la que no seguimos el consejo de algunos amigos de tratar a Quasimodo con silencioso desdén es que él mismo no es lo bastante caritativo como para esperarlo de aquellos a los que constantemente maltrata». Es decir, incluso había quienes veían bien que Blackburne se pusiera violento con Steinitz, aunque solo fuerse para aplacar su inmenso ego. Todavía más ilustrativa es la respuesta que el propio Steinitz publicó para desmentir o matizar algunas afirmaciones del anterior artículo, dándonos una buena perspectiva de hasta qué punto estaba emponzoñada la relación entre dos de los mejores jugadores del mundo:

Aquí está mi versión. (…) En una ocasión en Pursell’s, sobre 1867, tuvimos una disputa y Blackburne me dio de lleno con el puño en el ojo, que quedó completamente negro, y bien podía haberme noqueado. Y aunque él es un hombre muy fuerte, tiene prácticamente el doble de mi tamaño y podría haberme matado con unos pocos golpes, me enorgullezco de decir que tuve el coraje de intentar escupirle a la cara. Y me gustaría haber dado en la diana. En una segunda ocasión, en París, ocupábamos habitaciones contiguas en el mismo hotel. Yo ya estaba desvestido y me había metido en la cama cuando él vino completamente borracho y empezó a montar bronca. Tras unas palabras, se tiró sobre mí y me pegó en la cara y en los ojos con toda su fuerza, una docena de veces, hasta que mis sábanas y mi ropa de dormir estaban cubiertas de sangre. Pero finalmente tuve la fortuna de liberarme de él y rompí la ventana con su cabeza, lo que le hizo despabilar un poco. (…) Y puedo decirte más, que este valiente Blackburne, cuyos asaltos pugilísticos quiere usted glorificar a mis expensas, nunca ha atacado a un hombre de su misma estatura que yo sepa, excepto aquella vez en un barco durante su viaje a Australia, por lo que fue multado en los juzgados nada más poner pie en Melbourne.

Así estaban las cosas en el mundo del ajedrez en la década de 1870. Por un lado, los arrebatos violentos de Blackburne. Por otro, el menosprecio de Steinitz hacia las capacidades de sus rivales. Palizas, escupitajos, ventanas rotas con la cabeza del otro… el ambiente no podía ser más envenenado.

Después de la consagración del nuevo estilo posicional en Viena, Steinitz siguió centrándose en sus tareas como escritor de ajedrez y casi no participó en grandes competiciones. En 1876 se organizó un match contra Blackburne para decidir de una vez por todas quién era el mejor (ambos ya se habían enfrentado antes y Steinitz había ganado dos matches, aunque podía aducirse que se habían producido cuando Blackburne aún no estaba en su mejor momento). No hubo competencia. Steinitz seguía en estado de gracia, jugando el mejor ajedrez de su carrera —por más que su nuevo estilo siguiera siendo mayoritariamente incomprendido— y el match arrojó un resultado antológico: +7-0=0 para el austriaco. Blackburne no pudo obtener ni siquiera unas tablas. Para que nos hagamos una idea de la magnitud de la paliza, semejante resultado no se ha vuelto a repetir entre grandes maestros excepto dos veces en 1970 (o sea casi cien años después) cuando Bobby Fischer le hizo sendos +6-0=0 a Mark Taimanov y Bent Larsen en las eliminatorias para el campeonato del mundo. Es decir: lo de 1876 supuso una humillación sin paliativos para Blackburne. Aquello, claro, avinagró todavía más la nefasta relación entre ambos.

Tras otro hiato competitivo, Steinitz retornó en 1882, una vez más en el torneo de Viena, donde se llevó la primera plaza pese a perder su aura de invencibilidad. Allí cosechó varias derrotas inesperadas contra rivales teóricamente inferiores. Quizá es que a sus cuarenta y siete años estaba afrontando el inicio del declive, como le había sucedido a Anderssen más o menos a la misma edad. Sea como fuere, seguía siendo el rey y esto era muy meritorio.

A pesar de haber jugado solamente unos meses, para muchos Morphy fue el mejor hasta su muerte.
A pesar de haber jugado solamente unos meses, para muchos Morphy fue el mejor hasta su muerte. (Foto: DP)

Pero incluso tras haber despedazado a Blackburne continuaban las comparaciones desfavorables con Paul Morphy. Algo muy llamativo, dado que en 1882 Morphy llevaba la friolera de veinticinco años retirado y el reinado de Steinitz duraba ya tres lustros en los que nadie le había ganado un match. Aun así, el nombre de Morphy seguía en boca de todos. Steinitz era muy consciente de que no podía luchar contra la aureola legendaria del estadounidense. Tampoco lo intentó. Como todos los demás ajedrecistas del mundo, sentía hacia Morphy una admiración rayana en la adoración religiosa y, de hecho, el que Morphy continuase vivo era la única razón que lo había moderado a la hora de empeñarse en que su condición de campeón mundial se hiciera oficial. Seguir considerando a Morphy como campeón era casi una cuestión de tradición, especialmente sabiendo que el estadounidense llevaba años descendiendo por una espiral de triste decadencia personal y lo único que los ajedrecistas y aficionados podían hacer por él era mantener vigente el recuerdo de sus pasadas glorias.

Steinitz quería conocer personalmente a Morphy, pero no era tarea fácil. El americano permanecía en su casa de Nueva Orleans, casi completamente aislado del mundo, rechazando las visitas y el contacto social. Las noticias sobre su estado emocional no eran alentadoras. En sus más de veinticinco años de retiro no había hecho el más mínimo amago de retornar a los tableros, ni había escrito comentarios sobre ajedrez, ni nada de nada. Huraño, huidizo y paranoico, todo el mundo decía que Morphy —entonces considerado uno de los mayores genios intelectuales del siglo XIX— presentaba claros síntomas de trastorno mental. Aun así, se organizó un encuentro gracias a las antiguas amistades de Morphy, quienes confiaban quizá en que una entrevista con Steinitz podría remover cosas en su interior. Morphy, educado con maneras prácticamente aristocráticas, aceptó recibir a Steinitz… pero puso la condición previa de que no se hablase de ajedrez en su presencia. Así pues, la entrevista fue breve y Morphy ni siquiera se dignó comentar el nuevo estilo que Steinitz estaba imponiendo en el mundo de las sesenta y cuatro casillas. Si el austriaco albergaba alguna esperanza de que el gran icono estadounidense tuviese un gesto de aprobación y reconocimiento por su revolucionaria aportación al ajedrez, se quedó con las ganas. Por lo que sabemos, el diálogo discurrió por cauces más bien convencionales, duró apenas minutos y a Steinitz le sirvió poco más que para decir que había podido conocer personalmente al genio a tiempo. Porque Paul Morphy murió un año después.

La muerte de Morphy cambió las cosas. Steinitz se sintió finalmente legitimado para reclamar oficialmente el título de campeón. Zukertort, que había vuelto a desplazar a Blackburne como principal aspirante, sería el rival en lo que —ahora sí— iba a convertirse en el primer campeonato mundial oficial de ajedrez, celebrado en 1886. Steinitz venció de manera convincente (+10-5=5) y por fin se convirtió en el primero de la lista de campeones mundiales. Así que todo le iba de maravilla.

Pero tras conseguir (o confirmar, según se mire) el título mundial, empezaron a llegar las desgracias personales. En 1888 murió su única hija, que apenas tenía veinte años de edad. Cuatro años más tarde murió su mujer. Durante aquel funesto periodo no participó en torneos, aunque sí defendió su título tres veces; dos frente al ruso Mijail Tchigorin, y una frente al anglo-húngaro Isidor Gunsberg. Ganó los tres enfrentamientos pero ya se percibía una mayor igualdad entre el antaño intocable Steinitz y los nuevos aspirantes, una señal de que con el tiempo, inevitablemente, jugadores más jóvenes empezaban a alcanzar su nivel. Sus nuevas leyes del ajedrez habían sido estudiadas y adoptadas por una nueva generación de ajedrecistas y el propio Steinitz admitió que esto era un proceso lógico e irremediable. Incluso parecía sentirse orgulloso de pensar que tarde o temprano sería derrotado por alguien que estaría empleando sus mismas ideas revolucionarias. Y ese alguien fue el alemán Emmanuel Lasker, quien en 1894 le arrebató finalmente el título. Steinitz, a los cincuenta y ocho años de edad, perdía por primera vez en su vida un encuentro importante.

Encajó peor de lo previsto la pérdida de la corona. No tuvo inconveniente en reconocer su estado de ánimo ante un periodista: «Estoy verdaderamente destrozado». El ajedrez había sido su refugio frente a una existencia repleta de sinsabores emocionales y económicos, pero ahora no solo era derrotado en la vida, sino también sobre el tablero. En 1897 trató de recuperar esa corona en una revancha contra Lasker en Moscú pero el tiempo, efectivamente, no perdonaba: Lasker le barrió por +2-10=5. El estado mental del antiguo campeón se vino abajo. Poco después de aquella segunda derrota, algunos periódicos publicaban un inquietante titular: «Campeonato de ajedrez: Steinitz seriamente enfermo». Las noticias sobre una severa crisis psicológica empezaron a circular velozmente. En efecto, Steinitz fue internado durante cuarenta días en una institución mental moscovita. Aunque al salir dijo amargamente que aquel internamiento había sido «injusto» y que su único problema era haber estado «nervioso por el resultado del encuentro», cuesta creer que en el mundillo del ajedrez se permitiese el internamiento en una celda psiquiátrica de semejante campeón por un simple ataque de nervios. Y más teniendo en cuenta lque el genial Paul Morphy había pasado sus últimos años sumido en la paranoia, haciendo que la gente y la prensa estableciesen una relación falsa entre talento para el juego y locura, relación que molestaba mucho a los ajedrecistas. No había manera de maquillar lo que le estaba sucediendo a Wilhem Steinitz: si lo habían internado era porque realmente había perdido el control. Incluso el cónsul estadounidense en Moscú —Steinitz se había mudado a América y se había nacionalizado estadounidense— tuvo que echar una mano para reducirlo durante su arrebato de locura, por lo que el furibundo excampeón juró venganza… aunque por fortuna nunca llegó a hacerle nada al diplomático.

Tras la muerte de Steinitz, el nuevo campeón Lasker reconoció su importancia como padre del ajedrez moderno.
Tras la muerte de Steinitz, el nuevo campeón Lasker reconoció su importancia como padre del ajedrez moderno. (Foto: DP)

Su estado mental empeoraba progresivamente y pronto ni siquiera él podía pretender disimularlo con la excusa de los nervios o la ansiedad. Estaba mentalmente enfermo, esto era un hecho. No están del todo claras las causas. Tras la trágica pérdida de su primera familia había rehecho su vida, volviéndose a casar y teniendo otros dos hijos, así que había dado muestras de ser un hombre fuerte. Pero los síntomas de depresión causados por la derrota parecían exagerados, más en un hombre acostumbrado a bregar con constantes problemas económicos, a ser el blanco de muchos odios en el enrarecido ambiente de una competición repleta de enemigos y sobre todo a superar una amarga existencia personal plagada de sinsabores. Así que esos síntomas debieron de ser no tanto una consecuencia de la derrota como él pensaba, sino una mera coincidencia con la aparición de una enfermedad sobrevenida. A menudo se dice que sus problemas pudieron estas provocados por la sífilis. Es posible. Lo único seguro es que había empezado a perder el contacto con la realidad.

La anécdota de su imaginaria partida contra Dios es un buen ejemplo de ello. Steinitz, como otros muchos hombres cultos de su época, creía en cosas que hoy nos parecen meras elucubraciones mágicas pero que a finales del XIX no resultaban descabelladas ni siquiera entre personas inteligentes y educadas. Por ejemplo, la idea de que la electricidad pudiese servir para contactar con esferas extraterrenales compuestas no de materia física sino de puras ondas electromagnéticas, incluyendo quizá la posibilidad de contactar con el propio Dios. Una idea entonces en boga por el intento de desarrollo de la telefonía sin hilos, en el que el propio Steinitz se había puesto a trabajar una vez decidió retirarse de la competición.

Así pues, la idea de comunicarse con Dios mediante el electromagnetismo era una hipótesis que lógicamente no estaba comprobada pero que resultaba relativamente razonable. El problema era que el viejo campeón empezó a ir más allá de la hipótesis. Afirmaba que podía telefonear a cualquier persona a voluntad, sin necesidad de cables… ni de teléfono. Incluso hizo «demostraciones» de aquellass supuestas capacidades telepáticas ante sus amigos, que lo contemplaban con un más que comprensible encogimiento de corazón. El genial Steinitz iba perdiendo la cabeza por momentos y pasaba horas enteras encerrado a solas en una habitación, intentando comunicarse telepáticamente con conocidos suyos de Europa. Todo esto explica que Steinitz pudiese llegar a creer que podía comunicarse directamente con Dios. Y si se comunicaba con Dios, qué menos que desafiarlo a una partida de ajedrez. Y si jugaba al ajedrez contra Dios, qué menos que darle ventaja de peón… al fin y al cabo él era Wilhem Steinitz, el hombre que había creado las nuevas leyes del ajedrez. Así pues, por lo que cuentan quienes lo conocían, Steinitz creyó haberle dado jaque mate al mismísimo Creador. Quizá fuese aquel delirio uno de sus últimos momentos felices.Porque la cuesta abajo era ya imparable.

Su última crisis grave se produjo después de que la imprenta devolviese una tirada de uno de sus libros. Steinitz llevaba mucho tiempo padeciendo apuros económicos y resultaba lógico que se sintiera disgustado, pero la reacción al contratiempo fue tan desmesurada que quienes lo rodeaban se vieron completamente incapaces de tranquilizarlo y recurrieron de nuevo al internamiento. Volvió a pasar una temporada encerrado, esta vez en un sanatorio estadounidense. Fue finalmente dado de alta, pero ya no existía salvación posible: solamente aguantó dos semanas en casa antes de que tuvieran que internarlo de nuevo. El primer campeón mundial de ajedrez pasó sus últimos días en el Manhattan State Hospital, como un paciente más de aquellos que tenían pocos recursos. Allí murió el 12 de abril de 1900.

Podemos suponer que más allá de su imaginación, Steinitz nunca jugó al ajedrez con Dios. Pero sí sabemos que ideó toda una serie de principios cuya certeza y belleza poco tienen que envidiar a los propios principios de la creación. Sí, tal vez Dios creó el universo… pero se le olvidó legarnos unas leyes universales del ajedrez. Tuvo que ser Wilhelm Steinitz quien nos las diese en su lugar, así que el pobre campeón no iba tan desencaminado en sus últimos y trastornados días. Él hizo algo que Dios no había hecho. Da igual que aquella fantástica partida nunca se hubiese celebrado. Por lo que al mundo de los tableros respecta, el marcador está bien claro: Steinitz 1, Dios 0.

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Paul Morphy: el campeón que odió el ajedrez

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El joven Paul Morphy

Nació y jugó en la primera mitad del siglo XIX. Nunca fue campeón del mundo, por la sencilla razón de que aún no existía un campeonato del mundo como tal, pero se le considera uno de los mayores talentos ajedrecísticos de todos los tiempos. A los nueve años era uno de los mejores jugadores de su ciudad y a los doce fue capaz de vencer a uno de los ajedrecistas más reputados del mundo. A los veinte años fue unánimemente reconocido como el mejor jugador del planeta… y tras competir durante sólo unos meses se retiró para siempre. Durante el resto de su vida se negó a volver a sentarse ante un tablero, mientras desarrollaba extraños cuadros de comportamiento, encerrándose en sí mismo y perdiendo la calma si alguien mencionaba la palabra “ajedrez” en su presencia. Fue el primer genio norteamericano del ajedrez —transcurriría más de un siglo hasta la llegada del siguiente, Bobby Fischer— y, también como Fischer, vivió sus últimos años en conflicto con la sociedad que le rodeaba y despertando serias dudas sobre el estado de su salud mental. Esta es la historia de Paul Morphy, la estrella más fugaz en la historia del ajedrez y probablemente uno de los individuos más brillantes del siglo XIX.

Una mente maravillosa

Según contaba después su familia, nadie le enseñó a jugar. Su padre y su tío solían disputar algunas partidas de ajedrez en casa mientras el pequeño Paul se sentaba a observar en silencio. Un buen día, al terminar una de esas partidas, Morphy le dijo a su tío que debería haber ganado. Los dos hombres se sintieron sorprendidos por la ocurrencia, pero no le hicieron demasiado caso. Sin embargo, ante la insistencia del niño, repasaron la partida y descubrieron que tenía razón. Les costaba creerlo: aquel mocoso había asimilado el ajedrez solamente viéndoles jugar y no mucho después, cuando quisieron darse cuenta, jugaba mejor que ellos. De hecho, a los nueve años ya había poca gente en su ciudad natal —Nueva Orleans— que pudiera jugarle de tú a tú, y aún había menos que pudieran ganarle.

Mucha gente descubrió las capacidades del pequeño Morphy con la visita a la ciudad del general Winfield Scott, uno de los militares más célebres de su tiempo. Gran aficionado al ajedrez, al general le gustaba aprovechar su fama para enfrentarse a los mejores jugadores de cada ciudad por la que pasaba. al llegar a Nueva Orleans, los lugareños quisieron agasajarle llevando ante él al ajedrecista local más brillante, esto es, al pequeño Paul Morphy. Pero el general, ofendidísimo, protestó con voz atronadora cuando vio que el rival que le habían buscado era un insignificante niño de nueve años. Aquello era una broma de mal gusto, ¡algo intolerable! Sólo ante la reiterada insistencia de los presentes accedió el general a jugar contra el supuesto niño prodigio, aunque de bastante mala gana, aún no convencido de que no estuviesen intentando tomarle el pelo. Morphy venció fácilmente en la primera partida. Anonadado, creyendo que la sorpresa le había distraído, el viejo militar pidió una revancha. El niño volvió a ganar, con idéntica desenvoltura. De muy mal humor y con el orgullo herido, el general se negó a jugar más. Se levantó de su silla y se marchó como un relámpago. Para Winfield Scott, el ser derrotado por un mocoso constituía una verdadera afrenta para su orgullo: aún no se conocía en el ajedrez el concepto “niño prodigio”.

Winfield Scott
El famoso general Winfield Scott entró en cólera cuando fue derrotado por un niño de nueve años.

Más espíritu deportivo mostró algunos años después Johann Lowenthal, uno de los ajedrecistas más importantes de su tiempo, que estuvo también de visita en Nueva Orleans. Procedente de Europa —donde estaba la flor y nata mundial de los escaques— fue también requerido para jugar contra el prodigio local, que por entonces tenía doce años de edad. Aunque Lowenthal era de carácter más afable que el gruñón general Scott, también pensó que le estaban gastando una broma cuando le presentaron a Morphy. Aunque no se sintió ofendido por ello, limitándose a sonreír y a acariciar la cabeza  al niño con un gesto de simpática complacencia paternalista.

Lowenthal y Morphy jugaron tres partidas. El maestro húngaro empezó la primera partida con la misma bonachona sonrisa, pero a las pocas jugadas sus cejas se empezaron a elevar en gesto de asombro cada vez que el pequeño Morphy movía las piezas. La incredulidad de Lowenthal fue en aumento cuando no sólo perdió la primera partida, sino también la segunda. En la tercera partida, Lowenthal consiguió obtener unas tablas. Uno de los mejores ajedrecistas del mundo sólo pudo obtener un mísero empate frente a un chiquillo de doce años. Pero lejos de sentirse herido en su orgullo y demostrando un verdadero amor por el arte del ajedrez, Lowenthal se maravilló de las capacidades de Morphy, le animó a seguir jugando y escribió inmediatamente a Europa hablando con sumo entusiasmo de su nuevo descubrimiento. Cuando el maestro húngaro regresó al viejo continente le contó a todo el mundo cómo un niño le había ganado de manera inapelable en América. No todo el mundo le terminó de creer.

Ajedrez y alta sociedad

En épocas posteriores las victorias de Morphy sobre Lowenthal podrían haber disparado una carrera mediática y de torneos de exhibición para el niño prodigio, como sucedió en el siglo XX con jugadores precoces como Samuel Reshevsky, el español Arturo Pomar o el mencionado Bobby Fischer.

Pero a los trece años Morphy se alejó del ajedrez, por orden de su padre, cuyo único deseo era ver a su hijo convertido en abogado. Sólo se le permitía jugar los domingos, mientras que el resto de la semana debía consagrarlo a los estudios. No hizo giras de exhibición ni demostraciones públicas de su talento. Morphy pertenecía a una familia muy adinerada y de mentalidad bastante retrógrada: su padre —de raíces españolas— era un arquetipo del típico conservadurismo sureño, y le resultaba inconcebible la idea de que su genial hijo pudiese ganar dinero jugando al ajedrez. En la Nueva Orleans del siglo XIX, un caballero de buena familia sólo jugaba al ajedrez por diversión y el recibir dinero por mover unas cuantas piezas de madera era considerado una indignidad propia de tahúres y gente de mal vivir. Jugar al ajedrez por dinero tenía exactamente la misma consideración que dedicarse a jugar al poker por dinero: algo impropio de un niño de buena cuna.

Así, entre los trece y los veinte años Paul Morphy —que resultó tan precoz en los estudios como en el juego de Caissa— adelantó varios cursos en la escuela y consiguió obtener el título de derecho con las máximas calificaciones posibles. Incluso se decía que era capaz recitar el código civil de Louisiana de memoria. Su etapa estudiantil fue tan brillante que obtuvo el título de abogado a los veinte años… cuando la edad legal mínima para ejercer la profesión en el estado de Louisiana eran los veintiuno.

Con todo un año sabático por delante y nada mejor que hacer que esperar a cumplir veintiún años para poder ejercer la abogacía, su tío le animó a presentarse a alguna competición ajedrecística importante. El momento era idóneo: precisamente aquel año se celebraba en Nueva York la primera versión del campeonato de los Estados Unidos. Pero a Morphy le costó decidirse, básicamente por la oposición de su padre a verle aparecer en torneos “profesionales” (que de profesionales tenían bien poco). Además había pasado varios años practicando el ajedrez sólo de manera superficial, aunque sí había estudiado las partidas de varios maestros europeos. Finalmente la insistencia de su tío y las ganas de Morphy de medirse con ajedrecistas importantes pudieron más que la oposición paterna. Viajó a Nueva York, se inscribió en el torneo, jugó… y barrió a todos sus rivales. Estaba naciendo una estrella aunque su carrera deportiva iba a durar sólo unos meses.

Europa: la Meca de las sesenta y cuatro casillas

adolf anderssen
Adolf Anderssen, el epítome del ajedrez imaginativo y de ataque, autor de la partida más famosa de la historia.

Las noticias sobre el talento de aquel veinteañero que se había proclamado campeón estadounidense con un juego brillantísimo cruzaron el Atlántico y el nombre de Paul Morphy empezó a circular por los círculos ajedrecísticos del viejo continente. Los maestros y los aficionados sintieron una enorme curiosidad por la figura del genio americano, que para colmo era el mismo que siendo sólo un niño había vencido a Lowenthal y del que el húngaro llevaba años hablando con asombro. Todo el mundillo del ajedrez europeo empezó a anhelar que Morphy cruzase el charco y se enfrentase con los mejores jugadores de Europa, los veteranos Adolf Anderssen y Howard Staunton.

El alemán Anderssen, a sus cuarenta años, era unánimemente reconocido como el mejor jugador del mundo y todos sus rivales le consideraban un genio. Su forma de darse a conocer en el mundo del ajedrez fue muy peculiar: siendo todavía un anónimo profesor de instituto, enviaba problemas de ajedrez compuestos por él a las secciones de pasatiempos de revistas y periódicos. La composición de problemas era la ocupación favorita de Anderssen cuando no estaba trabajando. Los ajedrecistas más importantes de Berlin terminaron fijándose en aquellos problemas: mostraban una imaginación táctica que iba mucho más allá de lo usual. Intrigados y deseando conocer a su autor, invitaron a Anderssen a su primer torneo profesional para comprobar si podía hacer gala de esa misma imaginación en verdaderas partidas de competición. El hasta entonces anónimo profesor causó verdadero asombro: empezó a demoler a sus rivales con un ajedrez fabulosamente espectacular, completamente basado en un venenoso juego de ataque. Sus partidas eran tanto o más imaginativas que sus problemas. Anderssen era extraordinariamente creativo y podía hacer jugadas que a nadie más se le hubiesen pasado por la mente. Algunas de sus partidas resultan tan fascinantes que jamás han dejado de figurar en las recopilaciones de las partidas célebres de todos los tiempos. Una de esas partidas suyas, llamada sencillamente la Inmortal, es probablemente la partida más famosa en la historia del ajedrez. Aún hoy, es considerado uno de los más grandes artistas que jamás han pasado por este deporte.

howard staunton
Howard Staunton decepcionó a Morphy y los aficionados cuando rehuyó enfrentarse con él por miedo a ser humillado sobre el tablero.

La fama de Anderssen se extendió rápidamente y fue invitado a jugar algunos torneos en Londres, por entonces el centro ajedrecístico del mundo. Allí demostró que efectivamente no tenía rivales en el continente. Después volvió a su ciudad para seguir trabajando como profesor; no solía aparecer en los grandes torneos porque los costos de los viajes no estaban a su alcance. Incluso cuando le invitaban costándole los gastos, sólo acudía a un torneo si coincidía con sus vacaciones. Pese a reticencia a competir a menudo, nadie dudaba que Adolf Anderssen era el mejor ajedrecista del planeta.

En lo cual se había convertido cuando había vencido en Londres al inglés Staunton, hasta entonces número uno del ajedrez, cuya posición social era muy diferente de la de Anderssen. Staunton era un rico editor que gastaba parte de su fortuna organizando torneos: él fue quien financió la primera aparición de Anderssen en Inglaterra, que sirvió precisamente para que el alemán le destronara. También financió el diseño de las modernas piezas de ajedrez —llamadas “piezas Staunton” en su honor— y disfrutaba ejerciendo como mecenas de otros grandes jugadores.. El inglés fue el ídolo ajedrecístico de la infancia de Paul Morphy —Anderssen saltó a la fama mientras Morphy ya estaba estudiando— y el inglés se manifestó dispuesto a financiar y organizar un torneo que sirviese para presentar al joven norteamericano en Europa.

Morphy quería viajar a Europa precisamente para enfrentarse a su ídolo Staunton, pero su padre, aún opuesto a sus actividades ajedrecísticas “profesionales”, le negó el dinero necesario para el viaje. Entonces, con ayuda de su tío, la asociación de ajedrecistas de Nueva Orleans hizo una colecta pública y reunió el capital suficiente para financiar la expedición a Europa. Con ese dinero recogido por los aficionados al ajedrez de su ciudad, Paul Morphy subió a un barco y se encaminó a Inglaterra.

Morphy arrasa el viejo continente

Como decimos, Staunton organizó un torneo de presentación para el norteamericano, aunque él mismo no participó al estar momentáneamente ocupado con una importante reedición de las obras de Shakespeare. Sin embargo, Staunton aseguró que el trabajo estaba casi terminado y prometió que en cuanto quedase libre jugaría contra Morphy.

Pero cuando Staunton vio jugar a Morphy contra otros rivales, sus ganas de acceder a enfrentarse a él empezaron a decaer. El prodigio americano arrasaba a todos cuantos se le ponían por delante, incluyendo un amigable reencuentro con su antiguo conocido, el húngaro Lowenthal. Morphty barrió a todos los ajedrecistas importantes presentes en Londres excepto a Staunton, quien de repente parecía estar mucho más ocupado con su trabajo. Morphy, viendo que Staunton le daba largas, viajó a París para hacer tiempo. En París, que era el otro gran centro ajedrecístico de la época, arrasó también a los mejores jugadores locales.

morphy y anderssen
Ilustración en la prensa de la época, representando una partida entre los dos mejores ajedrecistas del mundo: Anderssen y Morphy.

Fue también en París donde se enfrentó al número uno mundial, Adolf Anderssen, en el choque más esperado por los aficionados europeos. El genio alemán acudió a la cita de mala gana como de costumbre, porque el viaje a París rompía su rutina y además, debido a las condiciones de la época, era un trayecto bastante incómodo. Pero la insistencia del público y el hecho de que le ofreciesen una cantidad de dinero le hicieron acceder. El enfrentamiento entre Morphy y Anderssen no se produjo en el mejor momento de ambos precisamente: el norteamericano enfermó de gripe intestinal justo antes de iniciar la serie de partidas —tuvo que jugar la primera de ellas tendido en la cama y durante las siguientes partidas mostraba síntomas de anemia— y el alemán llegaba cansado del viaje y fuera de forma, pues llevaba bastante tiempo sin competir. Con todo, el resultado final fue esclarecedor y demostró un dominio demoledor del joven prodigio americano: jugaron once partidas, de las que Morphy ganó siete y Anderssen solamente dos, quedando las otras dos en tablas. Aquello convertía a Paul Morphy, sin ninguna duda, en el mejor ajedrecista del mundo. Anderssen, que ya se había acostumbrado a su fama de intocable, objetó que lo abultado del resultado se debía a su falta de práctica, aunque admitió que Morphy era con mucho el ajedrecista más potente al que se había enfrentado nunca.

Tras derrotar a Anderssen la fama de Morphy se disparó. Fue aclamado como “campeón mundial” —oficiosamente, claro— y agasajado por los aristócratas europeos (por entonces el ajedrez era una de las aficiones habituales de la realeza) incluyendo visitas de príncipes rusos a su hotel o una recepción en el palacio de Buckingham. Pero todo lo que Morphy deseaba era conseguir jugar contra Howard Staunton antes de cumplir los veintiún años y tener que volver a Nueva Orleans para convertirse en leguleyo. Sin embargo, Staunton seguía dando excusa tras excusa y más después de ver cómo Morphy había hecho trizas al hasta entonces invencible Anderssen. Cuando Morphy, para su honda decepción, entendió finalmente que Staunton simple y llanamente le tenía miedo y que nunca iba a acceder a jugar contra él, regresó a los Estados Unidos. En su país natal, donde su fama era ya descomunal, Morphy fue recibido como un héroe y aclamado multitudinariamente en todos los lugares de su itinerario entre Nueva York y Nueva Orleans.

Estas victorias de Morphy en Europa, obtenidas en un periodo de tiempo muy breve, constituyen toda su carrera ajedrecística profesional. Es el único ajedrecista considerado uno de los más grandes cuya actividad se limitó a unos pocos meses. Pero derrotó a todos los grandes jugadores de su tiempo y sobre todo demostró una apabullante superioridad sobre Adolf Anderssen, cuyo diabólico juego de ataque fue contestado con pasmosa facilidad por el americano. Morphy estaba un escalón por delante de todos sus contemporáneos y ni siquiera hacía falta que hubiese jugado contra Staunton; como todo el mundo pensaba entonces, el inglés no podía con Anderssen, así que mucho menos hubiese podido con Morphy. Paul Morphy podía jugar en todos los estilos: de manera tranquila cuando se enfrentaba a un jugador posicional, o con agresividad cuando se enfrentaba a un atacante nato como Anderssen. Durante los breves meses en que como una estrella fugaz iluminó el mundo del ajedrez, hizo que los mejores maestros parecieran jugar un ajedrez obsoleto y defectuoso. Cuando se retiró del ajedrez dijo que jamás volvería a jugar con nadie sin darle ventaja. Porque, de hecho, no había rival en el mundo para él.

El hombre que odió el ajedrez

Morphy no tuvo suerte tras su retirada. Cuando se disponía finalmente a empezar a ejercer como abogado, estalló la Guerra Civil norteamericana, lo cual retrasó varios años su establecimiento profesional. Su familia se exilió y él hizo algunos viajes hasta que terminó el conflicto. Pero después de la guerra tampoco consiguió el éxito en la abogacía. La gente seguía considerándole sólo un ajedrecista y su tremenda fama pesaba tanto sobre él que incluso había clientes que le contrataban sólo para hablarle de ajedrez, algo que a Morphy le mortificaba. Nadie le tomó en serio como abogado. Seguía siendo Paul Morphy, el “campeón del mundo”.

Paul Morphy
Los problemas psiquiátricos marcaron los últimos años de Paul Morphy.

Como consecuencia, Morphy fue dejando progresivamente de jugar al ajedrez incluso en la intimidad. Comenzó a culpar de su desastroso devenir profesional a la fama obtenida sobre los tableros. Fuertemente influido por la mentalidad de su padre, consideraba que sus veleidades ajedrecísticas le habían arruinado la vida y que debería haberse centrado únicamente en la abogacía. Su personalidad fue transformándose y se tornó más avinagrada y retraída. Empezó a aislarse socialmente e incluso a mostrar ciertos síntomas de paranoia. Su fracaso personal y profesional desestabilizó su psique. Llegó un momento en que no toleraba que nadie hablase de ajedrez delante suyo. Los pensamientos obsesivos fueron apoderándose de él.

Paul Morphy siguió viviendo en Nueva Orleans, donde murió a los cuarenta y siete años por un colapso producido, según los médicos, por tomar un baño demasiado frío. Habían pasado casi tres décadas desde su efímero reinado deportivo, pero en el mundo del ajedrez nunca se le había olvidado, más bien todo lo contrario. Su figura seguía siendo idolatrada por los ajedrecistas. La nueva gran figura del ajedrez alemán, Wilhem Steinitz, que se había convertido en el jugador dominante a nivel mundial gracias a su estilo revolucionario — Steintizfue el creador del ajedrez moderno— se negó a aceptar el título de campeón del mundo mientras Paul Morphy estuvo vivo, sin importar que Morphy estuviese definitivamente alejado de la competición. Steinitz decía que no podía aceptar ser considerado el mejor mientras Morphy estuviese sobre la faz de la Tierra. Viajó a los Estados Unidos para conocer a Morphy y pudo hablar con él con la única condición de que el ajedrez no fuese mencionado. Sólo cuando Morphy murió —un año después de aquella conversación— accedió Steinitz a convertirse en el primer campeón mundial reconocido oficialmente. Hasta tal punto había causado impresión el paso de Morphy por el ajedrez.

Los progresivos desequilibrios psíquicos, la creciente amargura y aislamiento, así como su incapacidad para adaptarse a la vida normal después de haber sido ascendido a la fama convirtieron a Paul Morphy en la primera de una célebre serie de personalidades trágicas del ajedrez. Su figura fue repetidamente recordada cuando el otro gran genio americano, Bobby Fischer, se retiró también de manera prematura, negándose a aparecer en torneos y mostrando también tendencia a la paranoia, tendencia al aislamiento y un hondo resentimiento hacia la sociedad. Ambos fueron, en cierto modo, víctimas de sus respectivas educaciones. Ambos crearon un culto casi mitológico en torno a su figura cuando se retiraron y ambos hicieron trascender su influencia deportiva mucho más allá de sus respectivas eras de competición.

Fischer, de hecho, idolatraba a Morphy y fue quien mejor resumió la magnitud de Morphy en una sola frase. Una vez, durante la ascensión de Bobby en los años sesenta, le preguntaron qué ocurriría si Morphy resucitase y jugase en las competiciones modernas, en las que el ajedrez estaba más avanzado y era muchísimo más complejo que el ajedrez primitivo del siglo XIX. La respuesta de Fischer lo dice todo:

 “Si Morphy jugase hoy, necesitaría unos meses para ponerse al tanto de la teoría… y después se convertiría en campeón del mundo”.