El final de la Segunda Guerra Mundial en España: la desnazificación de Franco

Franco y Hitler en Hendaya, 1940. Fotografía: Cordon Press.

Inicialmente, el nazismo no cuajó mucho en España. A Falange se le atragantaba su doctrina porque la veían poco compatible con el catolicismo. José Antonio Primo de Rivera estuvo en Alemania y no volvió deslumbrado. Tuvo más influencia el fascismo italiano. Sin embargo, todo cambió el 18 de julio de 1936. Cuando el golpe de Estado fracasó y los sublevados se vieron obligados a pedir auxilio a alemanes y italianos para poder derrotar al Estado.

En principio, Mussolini no estaba por la labor. Dijo que no varias veces. Tenía miedo de entrar en conflicto con Francia, que podría intervenir en defensa de la democracia en España. Acababa de terminar la guerra en Etiopía. El 15 de julio el Duce salió al balcón del Palazzo Venezia de Roma para celebrar que la Sociedad de Naciones le levantaba las sanciones. Intervenir en España tres días después era demasiado.

Sin embargo, Francia dejó tirada a España. Al igual que el resto de democracias, consideraron el golpe de Estado y la guerra que le iba a seguir como un asunto interno por miedo a una escalada que les terminase enfrentando abiertamente a los fascismos. Es decir, pánico a que se repitiera la guerra del 14, que hasta entonces era el horror de los horrores. En ese momento, Italia cambió de idea. Le habían dejado vía libre y la posibilidad de un Estado títere en el Mediterráneo. A tal fin colaboró el abuelo del rey emérito, Alfonso XIII, que desde una cacería en el castillo de los Metternich en Checoslovaquia, escribió esta carta a Mussolini para convencerle de que accediera a las peticiones de ayuda de Franco:

Le supongo enterado de la enorme importancia del movimiento español. Faltan elementos modernos de aviación y con objeto de adquirirlos van a Roma Juan de la Cierva (inventor del autogiro) y Luis Bolín, personas de mi entera confianza. El marqués de Viana, portador de la presente, le explicará todos los detalles y la ayuda que espero nos prestará. Aprovecho esta ocasión para de nuevo felicitarle por sus nuevos éxitos que consolidan su labor formidable y gloriosa. Agradeciéndole lo que seguramente hará, quedo su amigo y admirador que le abraza.

Paul Preston pone en duda que hiciera falta convencer a Musolini, Ángel Viñas en La soledad de la República cree que esta misiva «no dejó de tener importancia». Desde Italia salieron los aviones para que Franco hiciera el primer puente aéreo militar de la historia, le seguirían los nazis aportando más aviones en la Unternehmen Feuerzauber (Operación Fuego Mágico) y, de esta manera, en palabras de Preston: «Hitler y Mussolini convirtieron un coup d’état que iba por mal camino en una sangrienta y prolongada guerra civil».

La intervención de los aliados fascistas en España sirvió también para captar adeptos entre las nuevas elites políticas a la causa del nacionalsocialismo. En El Nuevo Orden, a España le correspondería dominar el norte de África y recuperar el liderazgo en América. Volvería al liderazgo mundial de la mano de los nazis. No obstante, nunca llegó a haber una estrecha colaboración. A Hitler las pretensiones de Franco le dejaban frío. A los pocos meses de empezar la guerra civil, los nazis ya estaban intentando explotar en su favor las diferencias dentro de las familias sublevadas. Se sabe que barajaron alternativas a Franco en busca de otro líder más maleable u orientado a sus intereses.

Aunque Himmler vino de visita a España y mencionó a los visigodos y un sin fin de elucubraciones que no buscaban más que sentar las bases para la alianza entre dos naciones originadas, según sus delirios, en la raza aria, el pacto no fue posible. España se declaró neutral, algo que ya había dejado claro en 1938, cuando estuvo a punto de estallar la guerra en Europa, pero las democracias en este caso a quien dejaron tirada fue a Checoslovaquia.

Pese a todo, la colaboración entre España y el III Reich fue estrecha y privilegiada. Como es sabido, de España salió la División Azul hacia la URSS, pero hay facetas menos conocidas. Alemania trabajó en nazificar las elites franquistas y sectores de la sociedad española. Se enviaron trabajadores y estudiantes, hubo una amplia colonia española en el III Reich y la pregunta es ¿Qué pasó con toda esta infraestructura cuando los nazis estaban perdiendo la guerra?

La respuesta está en un libro de 2000, Spaniards and Nazi Germany, de Wayne H. Bowen, hispanista estadounidense. Es un estudio que repasa las figuras de los grandes nazis españoles, sus actividades en Alemania y las relaciones entre ambos países. Cinco años apasionantes desde el punto de vista diplomático, pues España fue neutral de una manera al principio del conflicto diametralmente opuesta a su neutralidad al final.

Un médico inspecciona a un voluntario para la División Azul en julio de 1941. Fotografía: DP.

Sin embargo, la flamante neutralidad aliadófila de toda la vida del franquismo se vio comprometida por los reclutas españoles que seguían alistándose para combatir del lado de Hitler —a pesar de que los aliados ya se acercaban al Rin y al Vístula— y los miles de trabajadores que renovaban sus contratos y seguían en el Reich. Alemania necesitaba desesperadamente trabajadores y soldados. Para captarlos en España, la propaganda de Goebbels explotó la idea de eficacia alemana y el sueño del Nuevo Orden. La huella de que había dejado la Luftwaffe era honda en contraste con la debilidad de las fuerzas armadas españolas y para los supervivientes de la guerra, en un país arrasado con una vida pública mediocre, formar parte de algo más grande, más moderno y más fuerte constituyó un atractivo para mucha gente en edad de hacer algo útil con su vida.

Según Bowen, en su artículo «The Ghost Battalion: Spaniards in the Waffen-SS, 1944-1945» para The Historian: «Aparte de un puñado de suecos, suizos, y los reclutas finlandeses, los españoles fueron los únicos europeos que se unieron a las SS y al ejército alemán sin pertenecer al territorio ocupado por el Eje». Solo en enero del 44, cien españoles se presentaron en la embajada alemana en Madrid para alistarse como voluntarios.

También hubo casos más prosaicos. Miles de trabajadores procedían de regiones devastadas, no tenían más opción para alimentar a sus familias que irse. Al mismo tiempo, cruzar la frontera era la única oportunidad que tenían los delincuentes de para traerse coñac, cigarrillos y café para el mercado negro. Algunos españoles dieron el pelotazo e hicieron fortunas que enviaron fácilmente a Madrid con el sistema de transferencias bancarias que se había establecido entre los dos países.

El 6 de noviembre de 1944, Franco anunció públicamente algo que ya llevaba en marcha varios meses. Se desmarcó totalmente de las fuerzas del Eje cuando, en una entrevista con United Press, declaró que España «ya era una verdadera democracia». Orgánica, naturalmente. En la que se encarnaba «la voluntad general de todos los españoles». Por eso, no había «obstáculos que impidan la colaboración con los principales poderes aliados».

En Berlín, el diario Enlace, controlado por Wilhelm Faupel, exembajador en España, escribió un editorial criticando duramente al Caudillo y comparando esas palabras con sus discursos de hacía tan solo un par de años. A partir del cambio en la diplomacia española, este diario, editado por Martín María de Arrizubieta Larrinaga, cura, abertzale y nazi, dio también un giro antifranquista y llegó a introducir la causa nacionalista vasca en sus contenidos ante la sorpresa de la colonia española en Alemania a quien iba dirigido. Mientras, en España, otro vasco, José Luis de Arrese, secretario general de la Falange, escribió en enero del 45 «Hoy está muy de moda para camuflar a la Falange y vestirla con el estilo democrático más inofensivo».

Bowen también atribuye a este giro las acciones de diplomáticos españoles para salvar judíos. Sostiene que los embajadores de España en Berlín, Bucarest, Budapest y otras capitales pusieron a salvo a miles de hebreos al final de la guerra como consecuencia del giro diplomático. Se anotaron un tanto ante los aliados y la prueba de ello es que no fue invitado ningún representante español al Congreso Internacional Antijudío que se había celebrado en Cracovia en junio de 1944. En diciembre del mismo año, se constató también que las programas de radio nazis para España perdieron oyentes «a un ritmo alarmante».

A finales de año, también cerraron las oficinas de soporte de la División Azul en España. Desde primavera se había ordenado su retirada del frente, pero eso no impidió que mucha gente siguiera saliendo del país para alistarse en las tropas alemanas. Aquí llega una de las mejores paradojas del libro. Comprometido por estos voluntarios, el gobierno franquista dijo a los aliados, primero, que no sabía nada, que se trataría de «rojos» llevados «por el espíritu de aventura y la necesidad económica». Parece un delirio, pero no lo era. El Sicherheitsdienst (SD), el servicio de seguridad de las SS, contó con españoles huidos de Franco. En palabras del historiador: «Algunos de los cuales habían sido reclutados por los alemanes entre los exiliados republicanos españoles, lucharon y espiaron contra los españoles en la resistencia francesa y contra los aliados en Normandía». La embajada española en Berlín sabía que eran no menos de mil quinientos.

No obstante, y aquí viene lo bueno, las autoridades franquistas añadían «su número no puede compararse al de españoles alistados en las tropas aliadas». Es decir, Franco tuvo que recurrir a los republicanos derrotados que ahora luchaban con los aliados para salvar la cara de la neutralidad del país, cuando tenían perfecto conocimiento de la cantidad de españoles que estaban prestando servicios ilegales en la Gestapo y las Waffen-SS en su Spanische Freiwilligen Einheit (Unidad de Voluntarios Españoles), formada de los aventureros citados, veteranos de la División Azul y trabajadores desplazados.

Lucharon en la batalla de las Ardenas y, por ejemplo, las 101ª y 102ª Compañías SS Españolas, integradas en la 24ª División SS de Montaña «Kartsjäger», combatieron en Rumanía contra el Ejército Rojo y, ya bajo el mando del teniente José Ortiz Fernández, se enfrentaron a los partisanos de Tito en los frentes esloveno y croata de Yugoslavia. En el libro The Lion and the Eagle de Conrad Kent, Thomas K. Wolber y Cameron M.K. Hewitt dicen de estas fuerzas: «a diferencia de otras unidades españolas, sin embargo, se ganaron una reputación más turbia, con acusaciones de saqueo y violaciones».

Franco y Hitler en Hendaya, 1940. Fotografía: Cordon Press.

Es curioso también que había dos flujos. Uno de voluntarios que acudían al frente con las SS o tropas legionarias españolas dentro de la Wehrmacht, y a trabajar a las fábricas alemanas, y otro de españoles que ya llevaban tiempo en el III Reich y se olían el percal que se alistaron en la marina mercante alemana con la esperanza de escapar del barco en territorio neutral. Mientras, los familiares y el gobierno español exigían a Alemania la repatriación de todos trabajadores y soldados españoles, pero en el III Reich se lavaban las manos. Contestaban que no podían hacer nada, que eran ciudadanos que estaban en suelo del Reich y habían tomado esta decisión. Un veterano de la División Azul, Miguel Ezquerra, como capitán de las SS, en enero del 45 recibió la orden de reclutar a todos los españoles que pudiera encontrar.

Tampoco los involucrados tenían intención alguna de regresar. Hay casos documentados, como el de Rufino Luis García-Valdajos, de la SS-Freiwilligen-Grenadierdivision-Wallonie (división de granaderos voluntarios de Wallonia SS) del colaboracionista belga Leon Degrelle, que solicitó los permisos a la SS Rasse und Siedlungshauptamt (Oficina Central de Raza y Reasentamiento) para casarse con una mujer alemana que vivía en Berlín, Ursula Jutta- Maria Turcke. Les asimilaron.

El gobierno español solicitó que al menos los trabajadores españoles no construyeran fortificaciones. Por lo visto, a lo que más se dedicaron fue a excavar después de los ataques aéreos para sacar cadáveres y buscar un techo a los indigentes. Los bombardeos aliados también destruyeron los centros de Falange en Stuttgart, Königsberg, Hamburgo y Wiesbaden. Es llamativo que Bowen especifique que murieron decenas de trabajadores españoles en estos ataques «porque se negaron a entrar a los refugios».

Interesante es también el plan de Franco para Francia. Asignó a Jesús Suevos, camisa vieja, que mientras los nazis se retiraban se quedase en territorio francés para servir de enlace con el Parti Populaire Français (PPF) de Jacques Doriot —que muy bien se había exiliado a Alemania desde el desembarco de Normandía— y la nueva resistencia, esta vez blanca y contra De Gaulle. Todavía no estaba clara la derrota total de Alemania, que el III Reich sobreviviera firmando una paz por separado con los aliados occidentales se veía como posible aún en el año 44. De esta manera, el franquismo tuvo una mínima esperanza de que en París se colocase finalmente un régimen más afín o cercano a la dictadura española. Era su único asidero, al menos, para impedir que desde suelo francés se organizasen luego tropas para entrar en España, como efectivamente sucedió, aunque desastrosamente. Sin embargo, el fracaso del plan fue absoluto, y tal y como señala Bowen, Suevos tuvo que quedarse en la capital francesa hasta diciembre de 1945 y asistir a los desfiles de la victoria con la presencia de columnas españolas. La Nueve, ahora por fin célebre en España tras décadas de olvido.

Para el apocalipsis de Berlín, el aludido Ezquerra reunió a un centenar de voluntarios españoles. Lucharon junto a otros extranjeros franceses, noruegos, daneses, italianos, holandeses, rumanos, belgas, húngaros y de otras nacionalidades. Dice el hispanista que los ibéricos se distinguieron por, como de costumbre, «tenacidad en la defensa, imprudencia en el ataque».

Los diplomáticos españoles en la capital alemana tuvieron que abandonar su embajada dejando atrás toda clase de lujosos tesoros en el sótano. Se colocaron en el exterior carteles que señalaban la extraterritorialidad del edificio, su inmunidad diplomática, pero los soldados soviéticos que venían haciendo la guerra desde dos mil kilómetros se los pasaron por salva sea la parte y saquearon todo. Otra curiosidad, el 7 de abril, dice, ya no quedaban diplomáticos en Berlín menos uno, el portugués. Los españoles escaparon hacia Dinamarca. De la embajada, se llevaron consigo solamente la bandera de España, la de Falange, los documentos más importantes, y la película ¡Presente!, el biopic de José Antonio.

Quien más hizo por la colaboración nazi-española, Wilhen Faupel, promotor del Instituto Ibero-Americano de Patrimonio Cultural Prusiano, se suicidó junto a su mujer cuando cayó Berlín. Desde Baviera, Antonio de la Fuente, presidente de la Comisión Interministerial para el Envío de Trabajadores a Alemania (CIPETA) intentó organizar el regreso de los trabajadores españoles. La Barcelona que pocos años antes había recibido a los refugiados de toda España que huían de Franco, ahora se tuvo que preparar para acoger a los miles de refugiados españoles que volvían de Europa tras la derrota del Nuevo Orden.

Finalmente, el punto más complicado que toca es el de la colaboración con los aliados en la entrega de nazis. Bowen, en sus investigaciones, considera que fueron pocos los que encontraron refugio en España porque Franco cumplió con casi todas las demandas aliadas de entrega de alemanes, el más destacado que logró quedarse aquí fue Leon Degrelle, señala. Así consiguió salvar la cara del régimen, que fue respetado en su aislamiento para acabar recibiendo el flotador americano en 1959 por su anticomunismo. Sin embargo, hay que poner en perspectiva esa supuesta colaboración.

Está acreditado que en España se hicieron movimientos para engañar a los aliados y devolver bienes a los alemanes mediante testaferros españoles o, como recoge el libro La caza de nazis en la España de Franco de David A. Messenger (Alianza, 2018) en 1946, de mil seiscientos que le habían pedido que extraditase, envió a ciento setenta. En 1948, la OSS, precedente de la CIA, estaba «librando una batalla perdida», concluye el autor. Phillip Crosthwaite, del Foreign Office, escribió al respecto: «la decencia debería prevalecer sobre la conveniencia», pero la embajada británica, en noviembre de ese año, consideró las entregas un «asunto enterrado».

Imagen de propaganda nazi que muestra la marcha de la milicia fascista de Italia (conocidos popularmente como Camisas negras) con motivo del gran desfile de la victoria después de la toma del poder de Franco en Madrid, España, mayo de 1939. Foto: Cordon Press.


Aquellos turistas

Torremolinos, Málaga, 1961.  Archivo Fotográfico de la Dirección General de Turismo (1951-1992) / Biblioteca de la Facultad de Empresa y Gestión Pública Universidad de Zaragoza (CC)

En la Smart 21 contábamos en el artículo «Neurosis playeras» sobre la accidentada llegada del biquini a las playas españolas que Adolfo Suárez, para acercarse al Opus Dei a principios de los sesenta, llevaba a gala un encuentro que tuvo con una turista extranjera en Peñíscola, que no fue precisamente sexual. Como relataron Gregorio Morán y César Coca, Suárez paseaba por la playa cuando encontró a la mujer tomando el sol en biquini. El joven político se acercó a ella, tuvo una conversación de unos minutos tras la cual la turista anunció su intención de convertirse al catolicismo. Suárez había dicho en un discurso en Ávila que había que «demostrar a Cristo que aún no se ha extinguido la raza bravía que en otros tiempos conquistó mundos para Dios». Aquí conquistó una señora en su toalla.

Sin embargo, el que luego fuera a ser primer presidente del gobierno de la democracia metió estas historias en un cajoncito y se olvidó de ellas, lo mismo que los turistas extranjeros, lejos de convertirse al catolicismo como supuestamente hizo esta señora, lo que hicieron fue cambiar España. Según Ángel Viñas, la llegada de extranjeros generó entre las nuevas generaciones de españoles «un deseo insaciable de vivir como en Europa». La Guerra Civil había reducido al mínimo la llegada de extranjeros a España reduciéndola a unos quince mil anuales.

Para empezar, los turistas hicieron saltar por los aires las estrictas normas morales. Jugándose la excomunión, Pedro Zaragoza Orts, alcalde de Benidorm, acudió a Madrid a pedirle al caudillo en persona que se hiciera la vista gorda en sus playas. La legislación de 1958 prohibía el bañador dos piezas y el que era legal lo era solo dentro del agua. Fuera había que llevar albornoz. Se permitió el bañador, pero nunca en la calle. El Diario Ya, sin embargo, no picaba: «Aun dentro del amplio margen de tolerancia que se tiene con el turismo extranjero, existen límites que no deben rebasarse, no permitiéndose excesos llevados a cabo por una minoría, reñidos con las sanas costumbres españolas, aunque tolerados muchas veces por dueños y empleados de establecimientos que viven de los que nos visitan».

Pero las autoridades tragaron. Entre la pela y la única religión verdadera eligieron la pela sin dudarlo demasiado. En La vida cotidiana bajo el régimen franquista de Rafael Abella se dan unas cifras que explican la magnitud del negocio: seis millones de visitantes en 1960, diez millones en 1961, dieciséis millones en 1966 y treinta y cuatro y medio en 1974. España aumentaba su población un 50% durante el verano. Ya en 1950, con las primeras llegadas, el obispo de Barcelona, Madrego Casaus, pronunció estas palabras citadas en Los años del NODO (Destino, 2008)

Ante la aparición de modas exóticas e inmorales, traídas por extranjeros con indumentaria que no osamos describir porque no hallaríamos manera de hacerlo sin ofender vuestra modestia, vuestro prelado se ve en la obligación de poner a los feligreses en guardia frente a personas cuya conducta es doquiera gravemente pecaminosa, a juicio de cualquier moralista por laxo que sea y, entre nosotros, además, pecado de escándalo y ofensa e insulto al pudor cristiano de nuestro pueblo.

Un negocio del que, como de costumbre, no participamos todos. Un reportaje de la revisa La calle veinte años después hacía balance de la situación y denunciaba que los convenios que firmaban los pequeños hostales españoles con las agencias británicas para que les trajeran turistas eran leoninos. Cuando se querían dar cuenta veían que no cubrían gastos y eso les obligaba a trabajar hasta la extenuación y buscar el beneficio en algún oportuno sablazo.

En el lado positivo, las mujeres españoles comenzaron no solo a vestirse como las visitantes, también a adoptar sus hábitos. Según Tribuna Médica, la píldora, que en España se llamaba anovulatorio o regulador del ciclo menstrual, pasó de 531 600 unidades dispensadas en 1966 a 1 119 000 en 1967.El aludido libro de Abella recoge unas palabras del obispo de Ibiza, fray Antonio  Cardona Riera, sobre la influencia de las turistas:

Esos indeseables con su indecoroso proceder en las playas, bares y vías públicas y, más aún, con sus hábitos viciosos y escandalosos, van creando aquí un ambiente maléfico que nos asfixia y que no puede menos que pervertir y corromper a nuestra inexperta juventud. Nadie se explica por qué se autoriza aquí la estancia de féminas extranjeras, corrompidas, corruptoras, que, sin cartilla ni reconocimiento médico, vienen para ser lazo de perdición física y moral de nuestra inexperta juventud; ni tampoco sabe nadie cómo pueden tolerarse ciertos individuos carentes de medios de vida, de los cuales dice la voz pública que viven exclusivamente del vicio que facilitan y propagan descaradamente (…) Y que nadie vea en estas líneas otra cosa más que la voz de alerta, el grito de ¡socorro! del pastor de almas que contempla angustiado e impotente la riza, el destrozo que hace el lobo entre las amadas ovejitas que el Señor le confiara y de las cuales tendrá que rendirle estrecha cuenta un día.

Se multiplicaron los concursos de belleza para elegir a la miss del lugar. Primero se impuso el baile regional para desfilar, pero no tardó en hacerse en bañador. Todo el mundo quería ser atractivo. También se inauguraron plazas de toros en el Mediterráneo y brotaron clubes con espectáculos flamencos en lugares donde nunca había habido tradición. Los negocios brotaban en la costa y la despoblación del centro se acentuó todavía más.

En La invasión pacífica: los turistas y la España de Franco de Sasha D. Pack se cita que los periodistas del régimen se quejaban de que España sufría «una invasión» y se llegó a hablar de «colonias» y «explotación neocolonial». Al mismo tiempo, en el extranjero, organizaciones de izquierda, en solidaridad con la izquierda española, propugnaban un boicot al turismo en España.

El 16 de octubre de 1969, Carrero Blanco le pidió a Franco la cabeza de Fraga porque «en aras de un turismo de alpargata, se protege en los clubs play-voy (sic) el streaptesse (sic)», citó Paul Preston en su biografía del generalísimo. El Ministerio de Fraga había sido el autor del famoso eslogan de Spain is different para una campaña publicitaria orientada a cambiar la lamentable imagen externa del país; eslogan, por otra parte, copiado a la Unión Soviética, cuya agencia publicitaria Intourist lanzó en 1934 la campaña The URSS is different para la Agencia de Viajes soviética. Lo descubrió Luis Lavaur en su obra Turismo de entreguerras. No obstante, los grandes proyectos turísticos de Fraga fueron castos y piadosos, como impulsar el peregrinaje por el Camino de Santiago.

Al final, la huella del turismo fue imborrable. Al régimen, fundamentalmente, le apañó el déficit comercial, pero también generó un modelo empresarial del que todavía no nos hemos librado: la construcción especulativa. Rafael Vallejo, en su estudio De país turístico rezagado a potencia turística de 2014, concluye que ante ese monstruo que nacía el régimen poco pudo hacer, o por impotencia o porque estaba en el ajo:

El problema de esos apartamentos incontrolados no se quedó solo en los impuestos que año tras años escaparon al fisco y en su repercusión permanente sobre los paisajes, sino que trascendió a la cultura empresarial. La industria de la construcción turística asentó, con la complicidad de las autoridades, un espíritu empresarial del todo vale, corruptor y desmoralizador. Durante la Transición, a partir de 1975, se creyó que la democracia extinguiría el mal, identificado como producto de un régimen dictatorial y corrompido. Pero no fue así, la cultura inmobiliaria especulativa, depredadora, quedó enquistada y hoy lamentablemente sigue vigente, enriqueciendo a unos pocos en contra del bienestar colectivo y de la riqueza natural del país, con efectos acumulativos e irreversibles. En esto existe una contradicción entre los beneficios (especulativos) a corto plazo y las externalidades (negativas) a medio y largo plazo. Es una de las pesadas herencias del boom turístico español, frente al que las autoridades franquistas no hicieron prácticamente nada eficaz, impotentes o más bien cómplices del desaguisado.

Dicho todo esto, uno no puede evitar ponerse meditabundo cuando compara la historia y los efectos del turismo en España desde los años sesenta con las noticias que nos llegan en la actualidad. Si aquellos europeos que venían a tostarse al sol, emborracharse y disfrutar del sexo nos marcaron el camino de la libertad y el hedonismo, hasta entonces proscritos o reservados o exclusivos en la sociedad española ¿qué podemos pensar del turista inglés que ha hecho época ejecutando un balconing defecando a la vez? ¿Es ahí adónde nos dirigimos?


Un culé al que le gustaba el Madrid

El problema de no hacer nada es que nunca sabes cuándo has terminado. (Groucho Marx citado por Rafa Cabeleira para explicar el zidanismo)

Ante la llegada del Mundial de Rusia, me partía de risa hablando con Pepe Lobo, autor de Yonkis y gitanos sobre un detalle que apuntó Paul Preston en su biografía de Franco. Decía así: «El 9 de julio el caudillo ingresó en el Hospital Francisco Franco por consejo de Vicente Gil, para tratar una flebitis en la pierna derecha. Gil atribuyó el problema a la repetida presión ejercida por la caña de pescar que apoyaba en su pierna y a que durante la Copa Mundial de fútbol de 1974 hubiera permanecido sentado ante el televisor mirando todos y cada uno de los partidos que se habían transmitido». Todos y cada uno, como nosotros si pudiéramos. Hasta los partidos de Haití se tragó el caudillo. Y eso que España no se había clasificado. Se dice que los dictadores utilizaron el fútbol para prolongar sus regímenes y el nuestro, de algún modo, se acortó gracias a él.

Es curioso, porque si uno lee las revistas de fútbol entre 1975 y 1982, no es extraño encontrarse artículos que se quejaban de que se estaba perdiendo la afición, que no había relevo, que a los jóvenes les gustaba más el rock and roll. Testigos de la época lo achacan, sin embargo, a la efervescencia política. Sea como fuere, el fútbol fue viejuno a principios de los ochenta y, como me comenta un superviviente de la época: «Actualmente tiene mucha más relevancia el fútbol que cuando Franco lo utilizaba como opio del pueblo».  

Y, efectivamente, así es. E incluso podríamos añadir que, como aficionados, somos peores personas ahora que antes. Al menos la prensa en los ochenta era menos parcial, no era tan forofa por no decir ultra de sus respectivos equipos. Por este motiv, es toda una experiencia leer Alienación indebida de Rafa Cabeleira (Círculo de Tiza, 2018) prologado nada menos que por Pep Guardiola, de quien el autor tenía un póster en su habitación justo al lado de uno de Estefanía de Mónaco.

Esta obra está escrita por alguien a quien antiguamente habrían calificado de «señor», pero que ahora no es más que un «blandengue». ¿Por qué? Al autor, culé, no le duelen prendas a la hora de reconocer méritos e incluso admirar al rival que no es un rival, ni un oponente: el Real Madrid para los barcelonistas significa sepsis, leucocoria y protusión de los glóbulos oculares. Y viceversa.

Quizá fuese vacunado de niño. Como él cuenta en estas páginas, de crío era madridista por una experiencia traumática. Un tío suyo colocó un escudo del FC Barcelona en el bar de su abuelo. El abuelo pidió que se retirara y, como no se le hizo caso, al cabo de unas horas lo cogió y lo estampó contra la ventanilla del Seat Ritmo 65 CL de su tío. Mientras su abuelo siguió vivo, Cabeleira fue blanco. Luego, liberado, optó por el azul y el grana. Quizá ese pequeño periodo dio una inmunidad que le sirvió para que de mayor no le explotasen las venas de la sien al reconocerle méritos al rival. Aunque en estas páginas llega tan lejos como para exclamar ¡Hala Madrid! antes de la final de Lisboa que este disputó frente al Atlético.

No es la única herejía del libro. Hay también una confesión de que, cuando bebe, se imagina a Arbeloa vestido de azulgrana y la imagen le deleita como ninguna. Pero sin duda las frases que se agitarán ante él si un día la época va a peor y nos encontramos ante tribunales populares son las del artículo «El dulce más dulce», donde se califica de pamplina la teoría que resta mérito a las seis primeras copas de Europa del Madrid por ayudas del franquismo y las seis últimas (cuando solo tenía doce) por deberse al Partido Popular. Miren cómo delira: «A veces me pregunto qué satisfacción encontramos en devaluar los triunfos del rival, qué necesidad vital mueve estas discusiones en las que uno trata de demostrar qué dulce es más dulce». Parece una persona cargada de sentido común el muy asqueroso.

En «Entre tú y yo: son el Madrid» encontramos intentos de buscar teorías alternativas a Franco y Rajoy como artífices de los éxitos del club de Concha Espina. Recurre a imágenes más contemporáneas, como los caminantes blancos de Juego de tronos, pero no lo logra. La responsabilidad la escala a la providencia: «Ayer metió un gol sin tirar a portería, otro de tantos milagros perpetrados por este equipo a lo largo de los años sin que nadie sepa todavía cómo lo hace».

Eso no quita que su guardiolismo sea extremo. Dice que solo hay dos tipos de entrenadores, Guardiola y los otros. Y en el famoso 5-0 a Mourinho subraya las palabras del míster catalán: que solo eran tres puntos, pero que cómo se habían logrado quedará para siempre. Por si no lo recuerdan porque son jóvenes, fue como para exigir a la retransmisión que se pixelase la cara de los jugadores. Un ejemplo del no aceptar la superioridad del enemigo y parapetarse tras paparruchas como las mencionadas fue que en Madrid tras aquella masacre hubo gente que le quitó mérito diciendo que en realidad lo bonito es el fútbol inglés, «fútbol directo», decían muy serios, del que habían sido seguidores de toda la vida, y no el «parabrisas» que les acababa de destrozar. Un servidor fue testigo de alguna de estas exhibiciones subconscientes de pánico, terror y desorientación.

Cabeleira rechaza esas actitudes entre los suyos: «Aunque resulte duro decirlo, el de hoy se me antoja un barcelonismo obsceno e inmaduro que se asemeja demasiado al madridismo interesado que algunos rechazamos durante la infancia por una simple cuestión de principios: no solo importa ganar, nunca importó». Y luego desarrolla la idea marcándose estos barroquismos: «El aficionado blaugrana de pura raza, el culé de verdad, el old school, se preocupa tanto o más por la imagen del conjunto blanco que los propios aficionados merengues, no digamos por la de su propio club, lo que no deja de ser una prueba evidente y maravillosa de hasta qué punto un buen barcelonista no es otra cosa que un madridista evolucionado, un madridista consciente y decente, un madridista mejor».

Pero no todo es la eterna dicotomía en esta recopilación de artículos, hay recuerdos a Andrés Escobar, malogrado futbolista colombiano. O a Garrincha, que se malogró a sí mismo. Y entre todos, uno destaca especialmente. Es el debido homenaje a Luis Aragonés. Una figura que, durante su etapa como seleccionador nacional, vio cómo constantemente se acompañaba su mote de «el sabio de Hortaleza» de la pregunta «pues cómo será el tonto» a convertirse en leyenda eterna de nuestro fútbol porque lo hizo muy bien, sí, y también porque le ganó una tanda de penaltis a Italia. Antes de eso, era carne de toda clase de vilipendios y del humor más cruel y con menos fundamento que hay hoy día, el guionizado sobre actualidad para televisión. Y así hubiera seguido de no meter la pata en dos penales De Rossi y Di Natale.

En el libro se le recuerda en «La parte de los ángeles». Entiende el autor que Luis estaba categorizado como «de equipos pequeños» y que se le consideraba «incompatible con las grandes estrellas, los divos del área y los periodistas de cámara de los grandes clubes». Era de los entrenadores que rechazaban las teorías de que «el mundo gira alrededor del balón», pero supo bajarse del barco, «abandonar el lado oscuro de la Fuerza». Para Cabeleira, hay que valorar su «capacidad para rectificar» y decidir jugar al toque y esas cosas que tanto gustan ahora a todo el que se viste una camiseta roja con el escudo de España.  

Una visión discutible, porque el legado de Luis en el Valencia, Sevilla, Betis, Mallorca y Oviedo, la etapa en la que brilló por una profesionalidad sin mácula, que se lo digan a Romario, si por algo destacaron sus equipos no fue por rechazar el balón, sino por el imperio del orden. No obstante, lo emocionante es cómo se lamenta de su pérdida. Tras haber conocido el fútbol siempre con la presencia de Luis, cuenta que el padre de su mejor amigo solo presumía de una cosa, de beber el mismo coñac que Luis Aragonés, y por eso ahora guarda una botella de la que espera ver cómo cada año desaparece un pequeño sorbo: la parte de los ángeles.

Es por esos detalles por lo que merece la pena a veces esta, tan creciente, literatura balompédica, cuando la humilde vida de los mortales trasciende en sus páginas a través del dichoso balón. En este sentido, hay un artículo que me ha parecido de una calidad extraordinaria. Se titula escuetamente «Messi», pero el ínclito solo está presente en espíritu. Habla de un mariscador jubilado de Lourido al que sus compañeros le llamaban Messi en la Cofradía San Telmo de Pontevedra. Su conocimiento de la ría y perseverancia le daban unos números inalcanzables para el resto de los pescadores. Cuando descargaba sus capturas, los demás se amontonaban en el muelle para verlo. Le gritaban cosas y no era para menos, pero a él no le gusta que le llamasen Messi. Porque es ahí, en Campelo (Pontevedra), el único lugar del mundo donde Messi es del Real Madrid.


Si no quemamos herejes, quemaremos curas

Monasterio de Santa Maria de Ripoll después del ataque e incendio durante las "bullangas" de 1835
Monasterio de Santa Maria de Ripoll después del ataque e incendio durante las «bullangas» de 1835. Fotografía: DP

Podéis reíros si queréis, pero una buena corrida (de toros, me refiero, no seamos mal pensados), es muy importante para la paz social. Sí, sí, con lo del toro de Tordesillas lo volvió a decir alguno, pero nada, la gente se lo toma a cachondeo. Claro, como ahora está el fútbol. Sí, el fútbol es muy importante para la paz social, pero hemos venido aquí a hablar de curas, en concreto de curas quemados, quemados dentro de sus iglesias y conventos o quemados en las plazas de sus propios pueblos, al modo tradicional, y para hablar de curas quemados hay que hablar de toros… Qué curioso, no. Pues leamos esto…

El día de Sant Jaume
De l´any trenta cinc,
Va haver-hi bullanga
Dintre del turín.
Van sortir sis toros,
I tots van ser dolents,
I aixo va ser la causa,
De la cremà de convents.

Lo que más me gusta es el final de la canción, una canción popular catalana. La rima es muy fácil, pero es demoledora: tan demoledora como la simplicidad feroz de la historia: había corrida en Barcelona. Salieron seis toros, y los seis eran malos… ¿Y qué pasó?… Manuel Delgado, profesor de antropología religiosa en la universidad de Barcelona, nos transcribe en su libro La ira sagrada. Anticlericalismo, iconoclastia y antirritualismo en la España contemporánea, una crónica detallada de lo sucedido:

A primera vista parecerá absurdo el motivo y la reacción airada y sangrienta de las turbas: estas salían de los toros aquel sábado día 25 de julio, fiesta de San Jaime. Se lidiaron seis toros de la ganadería de don Fausto Joaquín Falduendo de Camporroso, Navarra, que resultaron absolutamente mansos. El público perdió los estribos y la vergüenza. En el último toro del festejo se lanzó al ruedo, lo mató a garrotazos, destrozó la plaza y sacó al animal a rastras por las calles. Después arrastraría los cadáveres de los frailes, mientras se alzaban las hogueras de los conventos en la noche barcelonesa.

¿Pero cómo pudo pasar eso? ¿Por qué la gente, una vez muerto el último toro, y destrozada la plaza, se dedicó a seguir matando y destrozando cosas, en este caso curas e iglesias y conventos?  Bueno, pues evidentemente estaban muy enfadados. Si lo piensas bien hay que estar muy enfadado para saltar al ruedo y matar a un toro a garrotazos, aunque sea un toro manso. Y evidentemente sabían bien a quién o contra quién tenían que dirigir su rabia. ¿Contra los señoritos de la capital?, ¿contra los patronos que los explotaban?, ¿contra los rivales políticos (los carlistas, los liberales, los políticos de Madrid…)?, ¿contra los enemigos del país (estamos en la Primera Guerra Carlista, acabamos de perder la gran mayoría de las colonias americanas)?, ¿contra el ganadero que tenía unos toros tan malos?, ¿contra el torero que no había sabido azuzar al toro?, ¿contra el empresario que había montado la corrida? No, nada de eso. La culpa la tenían los curas, desde luego, los curas y las monjas de Barcelona. ¿Y el motivo? Bueno, el motivo es siempre lo de menos. En Madrid, un año antes, la excusa era que los frailes envenenaban las fuentes para propagar el cólera. Aquí no se comieron tanto la cabeza. Los toros son una porquería, pues vamos a quemar iglesias y a matar a quien pillemos dentro. Todo muy lógico.

Pues sí, todo tiene, en el fondo, su causa. Aunque a veces se necesite todo un libro para tratar de encontrarla.

Todo el comportamiento de las masas anticlericales recordaba las fuentes que la inspiraban, y no hacían otra cosa, en última instancia, que llevar a sus más radicales consecuencias una tendencia contrarritual ya fuertemente presente en las mismas prácticas del propio sistema de ritualización institucional, articulador de un discurso que incorporaba sus propias negaciones.

¿Está claro, no? Sí, Manuel Delgado lo dice así porque es profesor de universidad y eso le obliga a ciertos «oscurecimientos» (como decía Eugeni d´Ors), pero luego tiene un súbito ataque de piedad y decide iluminarlo un poco:

Esta ritualidad obsesiva y astringente exige, para resultar sobrellevable, ser constantemente aliviada con contrapesos rituales, incluidos dentro de la propia normalidad del ciclo cultural público, en los que las personas puedan expresar una disidencia o un malestar siempre en peligro de explosión.

Vamos, que es como la olla a presión, o dejas escapar un poco de gas o todo se va a hacer puñetas… Y pese a todo a veces hay accidentes.

¿Pero por qué a los españoles nos dio, a partir de 1820, por quemar iglesias y degollar curas, con lo católicos que somos? Pues a lo mejor por eso mismo. Porque como dijo Agustín de Foxá: «En España se va siempre detrás de los curas: o con un cirio o con un palo»; porque como decía Dalí, el anticlericalismo español se debía a que «España era el pueblo que tenía más fe. A un pueblo ateo no se le ocurre preocuparse por estas cuestiones. También el pueblo español es el que más blasfema, y el que levanta las más suntuosas catedrales y las quema luego».

Pero dejemos de lado todas esas explicaciones psicológicas, sociológicas y antropológicas. Al hablar de las quemas de conventos y matanzas de curas del siglo XIX y XX hay un tema que se suele pasar por alto. Se habla de «turba sangrienta y vulgar», de «actos irracionales», de «explosiones de furia súbita e impredecible», pero se suelen olvidar dos cuestiones que yo creo que conviene recordar.

La ira del pueblo se suele cebar con la Iglesia, no ataca a otras instituciones, no afecta a otros posibles destinatarios de ese rencor. Por ejemplo, en la Semana Trágica de Barcelona de 1909, el motivo del levantamiento popular fue la guerra de Marruecos y el reclutamiento forzoso. Pero no se atacaron los cuarteles, no se atacó al ejército, ni siquiera a los edificios públicos (el Gobierno Civil, por ejemplo). Tampoco se atacaron las casas de los burgueses y ricos. Ni se incendiaron y destruyeron fábricas. Se acusó, como siempre, a los anarquistas y a los comunistas, pero lo cierto es que, generalmente, los burgueses pudieron dormir tranquilos mientras veían arder las iglesias. Y eso da que pensar. Y ya lo pensaron los mismos anarquistas y comunistas: «Excitar al proletario para que dirija su actividad y su energía contra los clericales antes que contra los patronos es el error más grande de que pueden ser víctimas los que aspiran a terminar con la explotación humana», declaró el fundador del PSOE, Pablo Iglesias, en 1902. Cuando se produce la oleada incendiaria de la Segunda República, el periódico La voz acusa a los monárquicos de ser los autores de estos incendios, para utilizarlos después como arma política y propagandística contra la República. Y sí, esto es lo que pasa siempre. Que unos acusan a los otros y los otros les devuelven la acusación, y nadie quiere ser el responsable.

Barcelona durante la Semana Trágica (1909). Fotografía: DP
Barcelona durante la Semana Trágica (1909). Fotografía: DP

Manuel Delgado recoge testimonios de personas que fueron testigos de los hechos y que, de ser ciertos, no dejan lugar a dudas: «No fueron los rojos, fueron las gentes de derechas». Esa frase se repite las suficientes veces como para que uno pueda pensar que tal vez se deba tener en cuenta, al menos como una posible vía de investigación. Porque lo cierto es que alguien ganaba desviando la furia del pueblo hacia la Iglesia, y alguien ganaba acusando de los desmanes, las destrucciones, los sacrilegios, los asesinatos, a las fuerzas de izquierda. ¿Qué pasó después de la quema de conventos e iglesias de 1834-1835? La exclaustración de frailes y la desamortización de Mendizábal. ¿Y quién fue quien más ganó con la pérdida de tierras de la Iglesia y la disolución de las órdenes religiosas? La burguesía, cómo no, la burguesía que se quedó con todo lo que quiso. En un momento en el que la iIglesia podía ser acusada de reaccionaria (las guerras carlistas), en el que la nobleza estaba fuera de combate y en el que el proletario era un enemigo aún muy débil, la burguesía supo sacar mucho rendimiento a la pérdida de poder y de riquezas de la Iglesia. «Se ve que solo queman conventos», dice uno de los protagonistas de un cuento de Josep Carner. Pues sí, casi siempre era así, unos cuantos conventos quemados, algunos curas muertos y unas cuantas momias de monjas expuestas en la calle (ese detalle nunca falta: una quema de conventos sin una profanación de tumbas pierde interés). Y al día siguiente cada uno a lo suyo. Hay alguna quema y destrucción de fábricas, como el incendio de la fábrica Bonaplata en 1835, pero son hechos muy puntuales, ni comparación con la gran cantidad de edificios religiosos quemados, por no hablar de pérdidas de vidas humanas. Por otro lado, no vemos nada parecido a lo que pasó en Nueva York en 1863. Allí se saquearon y quemaron los barrios elegantes. Aquí no.

El otro hecho que llama la atención en las destrucciones de iglesias es precisamente el saqueo, o mejor dicho… la falta de saqueo. No se roba nada. Simplemente se destruye. Y no solo se podían robar obras de arte, o viejos libros guardados en las bibliotecas y capillas, cosas que tal vez no se podían vender bien o cuyo valor no se conocía. En las iglesias, en los conventos, en los colegios religiosos (que también se quemaron, incluso a veces sin casi dar tiempo de salir a los alumnos que estaban dentro), existían toda una serie de objetos cuyo valor era bien conocido y apreciado. Pero todo era quemado sin distinción, lo mismo daba que pudiera ser útil o pudiera ser vendido después. Todo debía ser «purificado». Todo era destruido en una especie de ritual que tenía mucho que ver con los rituales religiosos, porque, y aquí volvemos otra vez a la antropología, como resume Manuel Delgado: «La violencia antirreligiosa era idéntica y simétrica a la violencia religiosa». ¡Qué cosas!

Pero tampoco es tan raro. A los curas y monjas españolas del siglo XX se los acusa de los mismo que se acusaba a los judíos en la Edad Media. Y se los mata igual. Y también, qué vueltas que da la historia, también se los mata igual que ellos mataban en sus tiempos a los herejes: con el fuego purificador. Aunque tal vez convenga decir una cosa: es cierto que existían tribunales eclesiásticos que condenaban a la hoguera, pero también lo hacían los tribunales civiles. Y estos actos públicos tenían un gran éxito. Lo mismo que todas las demás clases de ejecución. Y lo han tenido hasta hace poco. Preston cuenta que en la Guerra Civil los fusilamientos de republicanos en Valladolid se hicieron tan populares que las autoridades nacionales se molestaron porque la zona de ejecución se llenaba de familias enteras, con hijos incluidos, que venían a ver el espectáculo y, de paso, a comerse unos churros en los chiringuitos que se habían montado. Sí, eso mismo, como si fuera ir a pasear a la feria.

«Este Cristo español no resucita», decía Unamuno. Bueno, quizá lo que nos gusta es la sangre, el dolor, el tormento. Y la Iglesia, con toda su imaginería morbosa, con todos sus rituales de penitencia y flagelación y sus inquisiciones y condenas truculentas nos tenía mal acostumbrados. De manera que…

¿Cómo entonces no esperar que el odio contra la iglesia en España no se expresara a través de estilos que la organización religiosa instaurada en la sociedad les había facilitado?

¡Ah! Entonces… Entonces, Manuel, ¿entonces los curas son en cierto modo los culpables de su propia muerte? No. Esto sería demasiado simple. En la Guerra Civil pasó una cosa que no había pasado antes. La violencia no se paró en los curas, se extendió hacia cualquier cristiano, cualquier persona podía ser acusada de «ir a misa» y eso bastaba para que pudiera ser fusilado o muerto en cualquier momento. Todos hemos escuchado historias y son ciertas, por desgracia. La acusación de cristiano, de católico, de creyente, equivalía a la acusación de fascista, de capitalista, de burgués. Y con eso bastaba. Por menos incluso mataron a personas en la Guerra Civil. Pero aquí también los curas se llevaban la palma. «Tenemos que matar al cura, por lo menos eso, o los de los pueblos vecinos nos mirarán mal», se dice en La ira sagrada. Pues sí. Que el cura siempre está a mano.

¿Qué? ¿Qué aún no he dicho que este es un país de pirómanos? Tenéis razón, en un artículo de incendios y hogueras no puede faltar la palabra «pirómano». Este es un país de pirómanos. Ya está. Dicho. Todos contentos.


¿Por qué los ingleses consiguen con reformas lo que los otros pueblos tienen que conseguir con revoluciones?

Men leaving a pit prior to The Great War, por Gerald Palmer (DP)
Men leaving a pit prior to The Great War, por Gerald Palmer (DP)

El movimiento obrero inglés en el siglo XIX

¿Por qué los ingleses consiguen con reformas lo que los otros pueblos tienen que conseguir con revoluciones? Esa es la única pregunta que pretendo responder con este artículo. Para ello tengo que resumir, aunque sea brevemente, la historia del movimiento obrero inglés en el siglo XIX.

Empezaremos en 1799-1800. Recordemos que estamos en plenas guerras napoleónicas. No es momento para motines internos y por eso el primer ministro conservador, William Pitt, piensa que es necesario prohibir las «sociedades de amistad» (friendly societies), que no son otra cosa que el germen de los primeros sindicatos, surgidas entre los trabajadores como una sustitución natural o continuación natural de los antiguos gremios. Se aprueban entonces las Combination Laws que relegan el incipiente movimiento obrero a la clandestinidad. Será así hasta que estas Combinations Laws se deroguen en 1824, si bien un año después se reestablecen en parte, dado el gran número de manifestaciones, huelgas y actos de reivindicación obrera en general que se estaban produciendo.

A partir del 25 entramos pues en otra fase, en la que aparecen las Trade Unions, o sindicatos modernos, y en la que el movimiento obrero se mete en política con el cartismo, del que hablaremos a continuación.

Naturalmente eso no quiere decir que el Gobierno, o las clases altas, no actúen contra los obreros y las clases bajas en general. Si bien uno no puede ir a la cárcel por pertenecer a un sindicato, las huelgas siguen estando prohibidas. Hasta ese momento hay dos sucesos violentos que hay que destacar. Y hay que destacar precisamente porque el movimiento obrero inglés no es un movimiento particularmente violento. Tenemos el ludismo, que provoca la destrucción de fábricas, y tenemos una represión violenta de una manifestación obrera en Manchester en 1819, donde los soldados dispararon contra una manifestación pacífica y provocaron once muertos y doscientos heridos graves. ¿Y qué más tenemos? Pues nada más. Nada importante. Nada que merezca una línea en los manuales de historia. No tenemos el terror anarquista, respondido y provocado a su vez por el terror de los matones de la patronal. No tenemos las terribles revoluciones del viejo continente, con sus enormes matanzas de obreros (como los miles de obreros muertos en las revoluciones francesas de 1848 y en la Comuna de París de 1871, por poner un ejemplo). Y esto es así por una razón muy simple. Porque el paso del Antiguo Régimen al capitalismo, el paso de la sociedad feudal a la burguesa, se da en Inglaterra a base de pactos y reformas legales, no a base de revoluciones y guerras civiles.

Luditas rompiendo un telar (DP)
Luditas rompiendo un telar (DP)

Sí, pero… Claro está, siempre hay un pero. Estoy hablando del siglo XIX. Lo cual no quiere decir que no recuerde bien lo que pasó en el XVII, con la revolución de Cromwell, el movimiento de los niveladores, la decapitación de Carlos I en 1649, con la caída posterior de Jacobo II (el último monarca absolutista) y la llegada de Guillermo de Orange, con la aprobación de la Declaración de Derechos de 1689 y el establecimiento de la monarquía parlamentaria. De tal manera que al siglo XIX los ingleses ya llegan con mucho camino recorrido. Pero en la cuestión obrera, el tema que nos toca, aún queda casi todo por hacer.

He mencionado las Trade Unions. Creo que es momento de poner nombre a uno de los protagonistas de esta historia: Robert Owen.

No es normal que un patrón se preocupe tanto por sus obreros como se preocupó Robert Owen. Y más si encima ese patrón empezó siendo él mismo un humilde obrero. Pero Robert Owen no era un hombre normal. De hecho fue el único «socialista utópico» (término despectivo, por cierto, inventado por Marx y Engels, «socialistas científicos») que dejó de lado la teoría y se jugó su dinero y su reputación al montar una cooperativa en Estados Unidos. La cooperativa, que además pretendía ser una especie de comunidad ideal, según la idea de los falansterios de Fourier, otro socialista utópico, fracasó. Pero Owen no escarmentó. Volvió a Inglaterra y se dedicó a montar las primeras Trade Unions. Se convirtió en un gran líder sindical y su Gran Sindicato Nacional Consolidado llegó a reunir a más de medio millón de trabajadores, no solo obreros sino también trabajadores agrarios.

El sindicato de Owen tuvo vida efímera. Su fracaso demostró que para cambiar las condiciones del mundo laboral había que cambiar previamente la política. Aquí entra otro de los grandes protagonistas de esta historia, un sastre llamado Francis Place.

Retrato de Robert Owen por William Henry Brooke (DP)
Retrato de Robert Owen por William Henry Brooke (DP)

Francis Place no es el creador del cartismo, porque el cartismo, como todo movimiento social, no se puede adjudicar a una persona en concreto, pero fue uno de sus principales impulsores. Grosso modo se puede decir que el cartismo era un movimiento social que se inicia con el envío al Parlamento de la Carta del Pueblo en 1838. Los cartistas pedían muchas cosas, como la jornada de trabajo de diez horas, pero sobre todo pedían que los obreros, los artesanos, los campesinos pudieran entrar en política. En realidad lo que pretendían no era más que una extensión de los logros de la reforma legal de 1832, la primera de las dos grandes reformas políticas de este siglo.

Las cosas hay que hacerlas poco a poco y en su orden. En Inglaterra (Reino Unido o Gran Bretaña desde el Acta de Unión de 1801 con Irlanda, que completa las uniones previas de Escocia y Gales) pasamos de un Parlamento nobiliario, cerrado, a un Parlamento verdaderamente democrático, abierto, con dos grandes reformas políticas. La del 32 elimina los «burgos podridos», núcleos urbanos con muy poca población pero gran peso en el Parlamento, que son una reliquia de la Edad Media y que en la práctica favorecían a los grandes nobles, y amplía el sufragio a las clases medias. Deja fuera a todos los demás. Y ahí entran los cartistas con sus peticiones políticas. Al final se consigue abrir la puerta casi de par en par, pero no mediante la violencia, sino con otra gran reforma, la reforma legal (Reform Act) de 1867, que «curiosamente», es aprobada por un Gobierno conservador, el gobierno de Disraeli, pero que, cuando este pierda las elecciones al año siguiente, será continuada y ampliada por el partido liberal y su primer ministro Gladstone. No será la última, en 1884-1885 se amplía aún más el sufragio. No se llegará al sufragio universal hasta el siglo XX (masculino, claro está, no nos adelantemos a la historia…), pero se quedará muy cerca. Y sin ninguna guerra civil por medio, sin grandes motines ni insurrecciones populares, sin dictaduras militares, sin despiadadas luchas sociales, sin bombardeos a las ciudades (¿cuántas veces fue bombardeada Barcelona en el siglo XIX?) ni sangrientos cambios de Gobierno. ¿Cómo lo hacen? ¿Tiene algo que ver el carácter práctico inglés? ¿Tiene algo que ver que los dos grandes partidos, los tories, conservadores, y el partido whig, liberal, siempre se pongan de acuerdo para las cuestiones importantes? No lo sé. O no puedo llegar a ninguna respuesta concluyente. Pero me gusta, es uno de mis defectos, elevar el campo de visión y ver qué pasa en otras partes en el mismo momento. Y pienso en lo que se tardó en conseguir la jornada laboral de diez horas, o el derecho a la huelga o al voto en otros países, o incluso en lo que se tardó en abolir la servidumbre en el campo, y no solo en Rusia, sino también, por ejemplo, en el Imperio austro-húngaro. Y pienso en las leyes de cercamiento, las enclousure acts, que acaban con los residuos del feudalismo ingles en la agricultura. Y pienso en la Revolución Industrial y en el pensamiento librecambista que la acompaña. Y no, no todo es estupendo, la cuestión irlandesa se enquista y se enquista y acabará por estallar en el siglo XX; y luego tenemos el colonialismo y la vieja piratería y todo eso que huele mal, aquí como en todas partes; pero bueno, hay que decir que a veces, cuando aumento el campo de visión, ya digo, la sociedad inglesa, y en concreto su manera de enfrentarse al problema de la «cuestión social», me parece acertada, o incluso, casi, casi admirable…

Y el «casi» lo pongo en una cita con mucho sentido de humor de uno de mis historiadores fetiches, Preston, que cuenta cómo una de las familias más ricas de la Inglaterra de principios del siglo XX no tenía el menor reparo en…

Bueno, mejor que lo cuente Preston…

A principios de mayo de 1926, durante los nueve días de la huelga general, el salón de baile de la casa de Seaford acogió a unos doscientos estudiantes de Oxford y Cambridge que se habían ofrecido como voluntarios para unirse a un cuerpo especial de policía. Efectivamente fueron llamados a romper la huelga. Del 4 al 12 de mayo estuvieron de guardia durante las veinticuatro horas del día. Una llamada telefónica informando de una manifestación o de enfrentamientos con los piquetes y los motores de los camiones se ponían en marcha. Los entusiastas vástagos de familias de clase media, armados con porras y bien alimentados por los proveedores de Margot, se ponían en camino para hacer deporte. (Palomas de Guerra, Paul Preston, Plaza & Janes, Barcelona, 2001)

Bueno, tampoco hay que extrañarse tanto, no, ya sabemos cómo acabaron con el movimiento espartaquista en Alemania y aquí teníamos a los retoños falangistas pegando tiros por ahí. O, como bien dijo la hija enfermera de la señora Margot (sí, la ricachona esa que tan bien cuidaba a los estudiantes rompehuelgas): «Los falangistas dicen que se preocupan por los obreros pero cuando ven uno lo ponen contra la pared y lo fusilan». Y Priscilla Scott-Ellis sabía bien de lo que hablaba: se pasó toda la guerra civil española en el frente. ¿Os he hablado ya de ella? ¿No? Pues tendré que hacerlo. O mejor leer su historia en el libro de Preston. A pesar del título es un gran libro…


Espontáneos

Hay discusiones que sólo admiten el esputo o el desdén. La refutación supondría una claudicación aquiescente, una forma de legitimar tesis inaceptables. Ocurre cuando algún gañán trata de convencernos de la inferioridad de las mujeres. Su objetivo no es otro que el de reclamar su derecho a maltratarlas, por lo que nuestra respuesta debe ser el escupitajo o el desprecio de la fuga. La misma que hay que dar a los hay más sutiles, como el bien peinado que nos enredará con las bondades de la ingeniería nazi y las autopistas que actualmente vertebran Alemania y que nos quiere colar de matute que el exterminio de los judíos tuvo su lado bueno. Stephen Vizinczey describió estas triquiñuelas dialécticas como un “lavado de cerebro”. Consiste en no hacer creer a la gente «falsedades transparentes», sino obligarla «a ocupar sus mentes refutando mentiras sin darles tiempo a llegar a la verdad».

La técnica del lavado de cerebro es especialmente grata a algunos historiadores. Son gente de mucho aparato, crítico y bibliográfico, y taponan la porosa materia del olvido con cuatro documentos, varias interpretaciones y un par de consignas o ideas preconcebidas. Lo venden como “memoria” y les funciona. Tal es el caso de Paul Preston, historiador al que suelen anudarse, como las latas en los coches de algunos recién casados, epítetos cascabeleros del estilo de “prestigioso” o “acreditado”. En su último libro, El holocausto español: odio y exterminio en la guerra civil y después (me fascina ese lazo final), tiene el descaro de sostener que la represión republicana fue una reacción espontánea difícil de concebir sin la sublevación militar.

Esta mentira sustentada en ochocientas cuarenta y nueve páginas no admite un fisking. Si tiro de tecla es porque le planto cara al sofisma trabajando la densidad y la verdura del gargajo. Segrego flemas y algún que otro conocimiento. El que tengo de las MAOC, las Milicias Antifascistas Obreras y Campesinas. Era la organización paramilitar del Partido Comunista. Tras la sublevación del ejército, el gobierno republicano de José Giral ordenó que se armara a cinco batallones dirigidos por tres tenientes coroneles y dos comandantes. El grueso de las tropas lo formaban voluntarios. Espontáneos, diría Preston. Con experiencia armada. Las diferentes “sensibilidades políticas”, como se dice ahora, organizaron durante la República sus “grupos de choque” o “grupos de autodefensa”. Se sabe que hacían prácticas gimnásticas en el campo, ejercicios de tiro y, de vez en cuando, dejaban en Madrid algún cadáver tras sus enfrentamientos violentos. El quinto batallón formado esas primeras horas de la guerra estaba integrado, entre otros, por miembros de las MAOC. Tras el asalto al Cuartel de la Montaña crearían en un convento salesiano de Cuatro Caminos el Quinto Regimiento. Su primer comandante fue Enrique Castro Delgado.

Hay nombres que actúan como links. Me gusta encontrarlos en las páginas vivas de las memorias y los diarios, no en los libros de Historia. Los historiadores son los destructores de la narración, la carcoma de la prosa, ya desde Ortega: «Yo creo firmemente que los historiadores no tienen perdón de Dios. Hasta los geólogos han conseguido interesarnos en el mineral; ellos, en cambio, habiendo entre sus manos el tema más jugoso que existe, han conseguido que en Europa se lea menos Historia que nunca». (Revista de Occidente, 1928. OC IV, 1966, p. 524). Abro al azar un libro de Enrique Castro Delgado y doy con Agustín Lafuente. Ha organizado con otros compañeros la primera manifestación del Partido Comunista.«Era este Agustín, matarife. Grueso y rubio. De ojos entornados y un medio tartamudear cuando hablaba. Tenía dos pasiones: ser un gran jefe de los grupos de choque y aprender alemán. Lo primero era comprensible. Lo otro, Castro no lo entendió nunca».

El enlace “Agustín Lafuente” me lleva a las memorias de Juan Modesto, con fotografía incluida. Participó junto a éste en el asalto al Cuartel de Artillería de Getafe la mañana del 20 de julio de 1936 y pertenecía al Comité Provincial de Madrid y a las MAOC. Pulso de nuevo su nombre y llego al 27 de enero de 1932 y al diario La Voz. «La Policía descubre los fines de una Sociedad que se llamaba cultural y al parecer era un centro comunista». Se detuvo a catorce hombres. Uno de ellos, Lafuente. Otro, un tal Luis Codina. Pulso sobre él y llego a 1936. Causa General, checa de la calle Méjico, los hermanos Colina Quirós, Luis y Nicolás. Luis es policía de las Milicias de Vigilancia de la Retaguardia. El verdugo de los primeros Servicios Especiales de Prudencio Sayagüés y el cura Sarroca, por si alguien quiere verle la cara. Entre los papeles de la checa de Méjico 6 se me aparece Andrés Urresola Ochoa, enlace que me dirige a la checa de San Bernardo 72, donde se corporeiza junto a “Santi”, Santiago Álvarez Santiago. Los dos en Paracuellos. En cualquier búsqueda en internet sobre Paracuellos saldrá citado Santiago Álvarez Santiago. Citado y nada más. Pero no aparece en el libro de Preston. Error, servidor no encontrado. Alargo la mano y saco de la estantería otro: Guerra o revolución: el Partido Comunista de España en la guerra civil, de Fernando Hernández. Tampoco está Santi. Voy por otro, uno que trata específicamente las matanzas de Paracuellos: El escudo de la República, de Ángel Viñas. Tampoco. Sigo.

Pulso sobre Santi y aparezco en Bucarest, año 1956. Domingo Malagón llega a la ciudad rumana para falsificar el pasaporte de Isidora Ibarruri, Dolores, Pasionaria. Con ella vivían Irene Falcón, Santiago Álvarez Santiago y su mujer Matilde.  «Una vez finalizado el trabajo los días que restaron hasta mi vuelta a París los pasamos dando grandes paseos durante el día y jugando al dominó por las noches. Dolores no sabía perder, no le gustaba. Ponía como un trapo a “Santi”, que formaba pareja con ella, siempre le echaba la culpa a él cuando perdían». Pobre Santi. Vuelvo a pulsar sobre él y retrocedo a los años cuarenta. El libro En los dominios del Kremlin, de José Antonio Rico. Santiago Álvarez es el representante de los españoles en el Socorro Rojo. Su misión era sencilla: hacer lo posible por impedir la salida de españoles del infierno soviético. Rico le había conocido antes en Voroshilovgrado, en la fábrica Revolución de Octubre. «Entre los españoles de mayor edad hallábanse Santiago Álvarez e Ignacio Cobeñas, ambos afiliados fundadores del Partido Comunista de España. Santiago Álvarez era honrado, sencillo y noble. Fanático comunista, no titubearía, sin embargo, en matar, si ello le fuera indicado por su partido, a un hijo o a un hermano. Era un hombre todo fe que jamás hallaría nada infame en cualquier táctica o medida que adoptasen sus dirigentes». Vuelvo a pulsar sobre Santi y llego a agosto de 1936. Enrique Castro Delgado le hace decir: «La caza ha sido buena esta noche […] Si quieres presenciar un gran espectáculo, quédate». Páginas más adelante se lo encontrará en la guardia de la sede del Comité Central: «- ¿Muchos, Santi? – Estoy todavía lejos de lo suficiente… ¡Pero llegaré, Castro! Y le enseñó unos dientes largos y amarillos que hacían horrible la sonrisa de aquel hombre que sin fatiga mataba cada día». La violencia espontánea. Otro link sobre Santi me devuelve a 1932. El 24 de noviembre se informa en el diario monárquico La Época de la detención de un hombre. Era Santiago Álvarez Santiago y fue detenido «en unión de la pistola ametralladora que le fue encontrada». Cargaba también con una pistola, y dijo «que no iba acompañado de nadie, negando que fuese con el otro individuo que se dio a la fuga». En La Libertad de ese mismo día aparecen más detalles.

«Alrededor de las siete de la tarde de ayer dos agentes de la brigada de Información […] se encontraron con dos individuos que les parecieron sospechosos, que llevaban bajo el brazo sendos paquetes. Los individuos, al darse cuenta de la presencia de los agentes, se separaron, no sin antes decirse algo al oído. Los policías decidieron entonces seguir cada uno tras de uno de los sospechosos, a quienes suponen peligrosos extremistas. Al llegar a la calle de San Millán uno de los agentes dio el alto al que perseguía, y aunque hizo resistencia, tras de algunos esfuerzos logró detenerlo. El otro de los perseguidos, al ser instado por el policía para que se diera por detenido, hizo resistencia, y forcejeando con el agente ambos cayeron al suelo. El desconocido entonces sacó una pistola para defenderse y el agente también esgrimió la suya, haciendo varios disparos que atrajeron la atención de varias personas; pero no pudo evitar que el desconocido se diera a la fuga emprendiendo veloz carrera. El público y el policía le persiguieron, dando gritos de «¡A ése!», sin conseguir darle alcance. En la Dirección de Seguridad el detenido dijo llamarse Santiago Álvarez Santiago. En el paquete que llevaba se le intervino una pistola ametralladora».

Cinco días después, en el mismo periódico:

«El suceso de la calle de San Millán. La Policía detiene a Andrés Pirex, que vendió las armas.

El Juzgado 17 ha continuado practicando diligencias para esclarecer lo que pueda existir alrededor de la detención de Santiago Álvarez Santiago, al que, como se recordará, le fueron ocupadas hace días, en la calle de San Millán, dos pistolas, una automática, con cañón largo, y otra ametralladora. También se recordará que un individuo que le acompañaba logró darse a la fuga. Santiago ha declarado que estuvo ausente de España más de dos años, trabajando en unas minas francesas, de donde volvió con 4 000 pesetas, producto de sus ahorros, habiendo estado en Barcelona, en Sevilla y, últimamente, en Madrid. Para justificar la tenencia de las armas dijo que es defensor del régimen imperante, y se había provisto de ellas adquiriéndolas a un tal Andrés Pérez López, en un puesto del Rastro, en la cantidad de 200 pesetas, con propósito de defender a la República en caso de peligro. Detenido Andrés, negó haber realizado la venta; pero no tuvo más remedio, en un careo celebrado con Santiago, que reconocer la verdad, por cuyo motivo ha sido conducido a la cárcel. Santiago ha declarado, además, que las armas las Iba a guardar en una habitación que tenía alquilada a un tal Nicolás Mejía, que vive en un garaje de la calle de Carlos Arniches, adonde se trasladó la Policía para efectuar un reconocimiento, que dio por resultado el hallazgo de un fusil rifle nuevo, también propiedad de Santiago Álvarez. Como Mejía tampoco ha estado muy claro en sus manifestaciones, ha ingresado en la cárcel. Se cree que Santiago pertenece a un grupo de individuos que se dedican a adquirir armas, no se sabe con qué finalidades; el detenido ha manifestado simpatía por ciertos elementos extremistas».

Un espontáneo que compra armas sin que la policía averigüe con qué finalidades, aunque él reconoce con cinismo y cuajo que son para defender el régimen imperante, la República. No. No hubo espontaneidad alguna. La respuesta al alzamiento franquista fue dirigida en las calles por gentes que llevaban años preparándose convenientemente ante lo inevitable. O ante lo deseado. Discernir si fue una cosa u otra o si fueron ambas a la vez es tarea de los historiadores. De los buenos. Yo sólo he venido aquí a hablar de hombres y de libros. Y a esputar cuando haga falta hacerlo, por una simple cuestión de salubridad pública.