El libertino moderado

Hombre con copa de vino, de Alberto Gamón libertino moderado
Hombre con copa de vino, de Alberto Gamón.

Hay un problema con el libertinaje y consiste en saber si estamos a favor o en contra. ¿Es un ideal válido y realizable? Depende de lo que se entienda por libertino, diremos. Pensemos en todos sus nombres: hedonista, disoluto, depravado, calavera, vicioso, pervertido, crápula, golfo, juerguista, etc. Cada uno de ellos designa un grado de exceso que nos merece un juicio distinto. Admiramos al amigo seductor que conoce cuerpos sin tasa, cada noche una perfección distinta; lo imaginamos pataleando de gozo y lo envidiamos secretamente; pero basta imaginar a una presa abandonada, al cónyuge traicionado, para que un gusano zapador comience a horadar nuestra conciencia. Una fechoría de más y nos apartamos; un límite franqueado: el asco. ¿Pero dónde está ese límite? Hay cinismos y crueldades que nos divierten. Otros que nos repugnan. Entre ellos existe toda una gama de perversiones que despiertan dudas: ¿pulgar para arriba o para abajo? Y suponiendo que supiéramos dónde poner la raya, ¿quién la ha trazado? ¿El centinela de turno o nosotros mismos? Vi por televisión el anuncio de un hotel de Las Vegas que ofrecía just the right amount of wrong («la cantidad justa de pecado»). Me pareció un lema inteligente y retador: apela al mismo tiempo al vicio y a la responsabilidad. Es lo que queremos: un vicio administrado en dosis homeopáticas: pecamos más a gusto sabiendo que el mal no dejará rastro en el organismo. 

Dudas, dudas. Lo mejor será recurrir a testimonios de la época dorada en la que el libertino acuñó su prestigio. Ya dice el ladino Talleyrand que aquel que no hizo el amor en el Antiguo Régimen no conoce la alegría de vivir. Así que consultemos la autorizada voz de la Enciclopedia: «Libertinaje es el hábito de ceder al instinto, lo que nos lleva a los placeres de los sentidos; no respeta las costumbres, pero no aparenta enfrentarse a ellas; […] está a medio camino entre la voluptuosidad y la depravación; […] no excluye el talento ni un carácter agradable». ¿A medio camino? ¿No excluye el talento? ¿En qué quedamos, Diderot? Vemos que tampoco los enciclopedistas lo tenían claro: no quisieron sancionar ni reprobar; seguramente porque todos ellos habían probado más de una vez, y más de dos, las delicias del libertinaje. ¿Qué otra cosa puede significar la maliciosa sonrisa de Voltaire en todos sus bustos y retratos, con peluca o sin peluca?

Ahí, ahí está el busilis: la misma dificultad teórica que tenemos para aprehender el concepto de libertino, es la misma dificultad práctica que encontramos para regular en nuestra propia vida la dosis de libertinaje con la que querríamos o podríamos vivir sin culpa, o tolerar en otros. Difícil. Ya no podemos echar la culpa a las convenciones, porque en nuestro tiempo, salvo que uno sea congresista norteamericano o la mujer de un devoto islamista, se puede hacer casi de todo sin reproche social. Pero la culpa es algo más profundo que la faja pegajosa con la que los enemigos del placer que cada época conoce querrían embalsamarnos. Como empieza a sospechar la neurociencia, la moral también es un instinto y hay aduanas que van por dentro. De ahí que nos turbe calcular la que sea the right amount of wrong, como nos proponen los hosteleros veguenses. Un poco de más y nos haremos daño. Un poco de menos y nos iremos de esta vida resentidos y con la sensación de haber hecho el primo. 

El libertino no tiene este problema. Osa sin duda ni miedo a las consecuencias, sin preocuparse por lo que haya de venir. Ese es su secreto. Como en la deliciosa novela libertina de Vivant Denon, para ellos No hay mañana, solo la noche importa. En el extremo opuesto dice santa Teresa que la vida es una noche en una mala posada; no, querida Teresa, la vida puede ser una noche llena de fragancias, en jardines que miran al Sena, en la que hacer el amor sobre los cojines de una cama baldaquín. Y tú, Teresa de Cepeda, lo sabes, añadiría malicioso el libertino, ¿por qué si no tu padre te metió en un convento? Como lo saben san Agustín y todos los santos para los que el libertinaje ha sido prólogo de virtud y ascetismo. Y es que hay una dialéctica entre el moralista y el libertino. Contra lo que se pueda pensar, el libertino no es un hombre (o mujer) sin código ético. Todo en él es instinto, salvo el primordial hecho de apostar por el instinto. Eso es una decisión recapacitada, esto es, ética. Hubo un instante en su vida en que se preguntó por la vida buena, y decidió que ser feliz es, básicamente, querer el deleite de los sentidos. No hay vida si no hay manzana que morder. Pero no cualquier tentación le vale. El libertino espera, domina, otea; demora el goce y lo prolonga porque sabe que la satisfacción es la mala suerte del deseo. Por su parte, el moralista (y no me refiero al embalsamador) necesita al libertino tanto como este a aquel: ambos se utilizan para tantear el punto justo de la vida buena. Por eso no es extraño que en una época sin moralistas, donde el cinismo se prescribe sin receta y los códigos éticos se han reciclado en flexibles estilos de vida, tampoco queden libertinos de nota. A lo sumo sinvergüenzas, y de estos, a mansalva. Porque sería una afrenta tener a los Berlusconi, Clinton y Strauss-Kahn como individuos de la misma estirpe que el barón de Valmont.

Esto me lleva a otra pregunta: ¿es posible el libertinaje hoy? Si el libertino se define por el tabú que rompe, difícilmente lo encontraremos, como antaño, en el dormitorio, pues todo escándalo hace tiempo que está desactivado (¡si hasta las revistas de moda ponderan pros y contras del matrimonio abierto!). Esto no significa, claro, que todos mojen lo que quisieran; significa que poco hay ya de lo que avergonzarse. El pecado es una mercadería más, y bien mirado, este mundo resultaría infernal a los libertinos clásicos, como a ese artista del Renacimiento que descubre que la escultura que talló para la posteridad ha sido miniaturizada y se vende en infinitos duplicados en forma de llavero en tiendas de todo el mundo. Y si, alternativamente, el libertinaje se define por su desconsideración hacia lo común, por su egoísmo, podríamos pensar que nada más libertino que nuestra marrullera clase política —más banda que clase— empezando por la subespecie de los corruptos. Pero da rabia pensar en Bárcenas como en un libertino. El auri sacra fames es una pasión mucho más vulgar que la honorable y desesperada búsqueda del placer; por lo demás, como todos sabemos por las novelas, lo primero que hace un libertino con su fortuna es dilapidarla a la vista de todos, pagando la ronda, no correr a esconderla en una cueva suiza. Para los Bárcenas, Madoff et alii ya tenemos otra palabra, y es ladrón.

Finalmente, si el libertino se define por el buen gusto en su mala conducta —pues ya sabemos por la enciclopedia que el libertinaje no excluye el talento ni la elegancia— mal se ha de avenir con esta época sentimental, niveladora y tosca (digámoslo: democrática) donde la posibilidad de que un gusto sea superior a otro —y que por lo tanto el gusto, como la opinión, sea algo a educar— no se concibe. Y tampoco lo veremos en un falansterio hippie, si todavía hay, porque no le imaginamos compartiendo cuarto de baño. ¿Dónde, entonces, estará el libertino de hoy? ¿Habrá vuelto por voluntad propia a su jaula, muerto de aburrimiento y de asco por un mundo de orgías pagadas, desfalcos corporativos y botellones a la salida del colegio? 

O quizás el libertino no sea más que una seductora criatura imaginaria, el gólem que hemos construido con todos los pecados que no cometimos. Una criatura que conviene no alimentar con fantasías. Tengo la sospecha de que la depravación cansa y rinde poco. Al cabo, el ideal libertino es la vida sin vínculos, pues todo vínculo es un margen de libertad acotado. Y no es posible vivir sin vínculos, y los vínculos exigen cuidado de sí y del otro. Esto no significa que no podamos, que no debamos, cometer excesos de vez en cuando, sucumbir al momento luciferino y predatorio en que solo el placer importa, experimentar con los límites de la libertad, porque también eso nos lo exige el hecho de estar vivos. En vista de todo lo cual, termino diciéndome: libertinaje sí… pero con moderación. Como en todo, por otra parte. 


El eterno instante de Rochester

John Wilmot, conde de Rochester por Jacob Huysmans DP
John Wilmot, conde de Rochester, por Jacob Huysmans. (DP)

John Wilmot, conde de Rochester (1647-1680) escribía poemas como este que a continuación copio y traduzco. Creo que figura su respuesta a una mujer que, como él afecta no apreciarle como ella merece, ha decidido romper la relación: 

At last you’ll force me to confess

You need no arts to vanquish:

Such charms from nature you possess,

‘Twere dullness not to languish;

Yet spare a heart you may surprise,

And give my tongue the glory

To scorn, while my unfaithful eyes

Betray another story

***

Por fin me obligarás a confesarlo

no necesitas galas para vencer:

la naturaleza te ha dado tales encantos

que sería necio no anhelarte;

pero ten piedad de un corazón que puedes asaltar 

y dale a mi lengua la gloria

de despreciar, mientras mis ojos desleales

traicionan otra historia

Doy «galas» o «cosméticos» o «maquillaje» por «arts». Supongo que ese es el sentido de la palabra en este contexto, para contrastar con el «nature» del siguiente verso. Sea como sea, es obvio que la gracia, la música del original se pierden en la traducción.

Rochester era hedonista, ateo, había leído muy bien a los clásicos griegos y latinos.

Love and life a song

All my past life is mine no more

The flying Houres are gon

Like transitory Dreames giv’n ore

Whose Images are kept in Store

By Memory alone.

What ever is to come is not

How can it then be mine,

The present Moment’s all my Lott

And that as fast as it is got

Phillis is wholy thine.

Then talke not of Inconstancy,

False Hearts, and broken Vows,

If I, by Miracle can be,

This live-long Minute true to thee,

This is all that Heav’n allows

En español, «Amor y vida una canción» dice más o menos lo siguiente:

Mi pasado entero ya no es mío,

las horas se han ido volando,

como sueños fugitivos

cuyos recuerdos conserva

solo la memoria.

Lo por venir no está aquí;

¿Cómo iba entonces a ser mío?

Mi único patrimonio es el presente;

y tan pronto como me llega,

Filis, tuyo es.

Así que no hables de inconstancia,

de corazones traicioneros y promesas rotas

si, por milagro, puedo

serte fiel durante este instante eterno,

porque el Cielo no concede nada más.

Parece escrito hoy pero lo escribió en inglés del siglo XVII John Wilmot, paradigma de los poetas cortesanos de la Restauración británica y paradigma del libertino a tumba abierta. Incluso en el sermón de su funeral el capellán subrayó que Rochester «estaba tan hecho al pecado que varias veces estuvo a punto de morir como un mártir por él». Su poesía, que ha sido durante largos periodos de tiempo despreciada por sus elementos soeces o vulgares y por la virulencia de sus sátiras que lo hicieron para muchos odioso mientras vivía e insignificante después de muerto —sus sátiras, y las de mano anónima que se atribuyeron a su pluma: fue un caso semejante en esto a Quevedo— ha vuelto a instalarse en los puestos más distinguidos del canon; o por decirlo de manera más llana: el materialismo antiheroico y descreído de su visión del mundo, la belicosidad de sus críticas, su vindicación de la atracción erótica y del sexo físico, y el desorden de su vida, atributos que hasta hace poco hablaban contra él, y ahora hablan a su favor. 

Me parece una profanación que el actor Johnny Deep interpretase a Rochester en la película El libertino, que pasó por las pantallas sin pena ni gloria. Está en el videoclub, pero ni pienso tocarla. Yo siento por Rochester un gran respeto y debilidad. Protagonizó varios episodios tan truculentos que lo hacen interesante, novelesco, pero además por debajo del ruido y la furia de su vida turbulenta y breve como la de Cristo —murió a los treinta y tres años, pero no para redimir nuestros pecados sino a consecuencia de los suyos, consumido por una sífilis tempranamente contraída— suenan notas de tal dulzura, delicadeza, comprensión de la naturaleza humana y compasión que hacen de él una figura entrañable. Creo que no hay en español una edición de su obra. Descubrí su vida y su poesía gracias al hoy descatalogado ensayo de Graham Greene El mono de lord Rochester, título que alude al retrato en el que Wilmot se hizo representar coronando de laurel a un macaco, en ilustración de su poema: «Si yo fuese —aunque por desgracia ya soy una de esas criaturas extrañas, un hombre— un espíritu libre para elegir qué clase de envoltura carnal me gustaría tener, sería un perro, un mono o un oso, cualquier cosa menos ese vano animal que se jacta de ser racional». Es el desengaño propio de una ejecutoria propiamente de libertino que en busca de la vida total a despecho de normativas y respetos, desdeñando apaños y componendas, se ha tomado todas las libertades y ha vuelto con sabor a ceniza en la boca y lleno de disgusto por la naturaleza humana, la propia y la ajena…

Hay también un competente ensayo que la universidad de La Laguna tuvo la deferencia de hacerme llegar, El progreso del libertino. La poesía de John Wilmot, de Bern Dietz, que, como Greene pero con unos conocimientos actualizados y detallados, sitúa la figura del poeta cortesano en el contexto histórico, social y literario de la Restauración; época por definición libertina, no solo por las inclinaciones naturales de Carlos II, sino también por una deliberada política de Estado de marcar todas las diferencias posibles con la época anterior, con el «protectorado» de Cromwell, quien tras combatir, vencer en guerra civil y decapitar a Carlos I instauró en Inglaterra un régimen puritano y severo donde toda diversión era pecaminosa y fastidiarse era ley.

Henry Wilmot, padre del poeta, había prestado muy abnegados servicios a Carlos I en la guerra civil y en el destierro, y en retribución cuando Carlos II recuperó el trono distinguió con sus favores y su protección a John , que por su parte se hizo acreedor a tales favores presentándose voluntario y comportándose con valor en dos batallas navales contra los holandeses. Entre otras deferencias que tuvo con él el rey le nombró gentilhombre de la Cámara Real; estos nobles camareros dormían por turnos semanales en los aposentos de su majestad, ¡gran privilegio!, le servían en privado y le ayudaban a vestirse cuando por una u otra razón no se podía recurrir a los criados. Rochester era muy apreciado en la Corte por su erudición en los clásicos, su sentido del humor, su agudeza e ingenio feroz que incurría incluso en insolencias hacia el mismo monarca, castigadas en el peor de los casos con un destierro temporal al campo, y perdonadas con la misma arbitrariedad con que a otro «caballero de calidad» menos impertinente se le cortaba la nariz. Es importante ser gracioso, pero mejor aún es caer en gracia.

Rochester siempre hubiera podido alegar en su defensa la atenuante del alcoholismo, ya que, como informó al historiador Gilbert Burnet, que le hizo mucha compañía al pie de su lecho de muerte, cuando bebía su ingenio brillaba tanto que sus compañeros no le permitían estar sobrio, y así fue como pasó cinco años enteros constantemente borracho. «No siempre se le notaba, pero su sangre estaba tan inflamada que no estaba lo bastante sereno para ser dueño de sí mismo». 

Pobre Rochester, esposo siempre ausente, amante generoso, inquieto y desengañado, protector de poetas y dramaturgos, pigmalión de actrices mediocres como Elizabeth Barry, a la que en seis meses de enseñanzas convirtió en la estrella de las tablas londinenses, camorrista de trasnoches en juergas grotescas que años antes de morir estaba retirado a su mansión en el campo, «casi ciego, totalmente cojo y con escasas esperanzas razonables de volver a ver Londres de nuevo». De todos sus versos estupendos, de las peripecias asombrosas de una vida breve y secretamente desesperada, lo más hermoso y lo que mejor le retrata fue la temporada en que, precisamente a consecuencia de una riña nocturna acabada en casual tragedia, tuvo que esconderse de las iras del rey y, bajo la impostada personalidad del médico y astrólogo italiano «doctor Alexander Bendo», vivir en un barrio popular de Londres donde a nadie se le ocurrió buscarle, vendiendo pócimas milagrosas y crecepelos. Recordando días instructivos y felices, cuando tenía catorce años y bajo el afectuoso tutelaje de sir Andrew Balfour siguió durante un año el tradicional periplo educativo de los mozos de su clase, ahora, en la clandestinidad del suburbio anunciaba a los crédulos su conocimiento de «secretos que recogí en mis viajes por el extranjero, en los que he pasado el tiempo desde los quince años a los veintinueve, por Francia e Italia». 

De tres a ocho de la noche dispensaba curas y remedios contra el escorbuto, y particularmente curas para las enfermedades de las mujeres: la enfermedad verde, debilidades, inflamaciones, obstrucciones en el estómago, riñones, hígado, bazo, etcétera.

En cuanto a las predicciones astrológicas, la fisiognómica, la adivinación por los sueños y otras (en la quiromancia no tengo fe, porque no puede haber una razón que la defienda), digo que mi propia práctica me ha enseñado más que toda la sabiduría y sabios escritos existentes sobre estas materias: y he de decir (sin que parezca ostentación) que rara vez he fallado en mis predicciones y a menudo mi consejo ha sido de gran servicio; hasta dónde pueda llegar por este camino, creo que no es adecuado que dejarlo por escrito.

Quienes hayan estado en Italia os contarán qué arte milagroso ayuda a la naturaleza a conservar la belleza; cómo las mujeres de 40 años tienen el mismo cutis que las de 15; allí no hay forma de distinguir la edad por la cara: mientras que aquí en Inglaterra se mira la boca de un caballo y la cara de una mujer y se sabe cuántos años tienen. Por tanto, os ofrezco estos remedios que sin destruir vuestra piel (como la mayoría de vuestras pinturas y afeites) la dejarán exquisitamente tersa, limpia y libre de manchas, de pecas, de rubores y de granos, y más aún de las picaduras de la viruela y cualquier otra mácula accidental, de modo que el rostro no quedará marcado ni con cicatrices. (…) Además, si así lo deseáis, rebajaré la grasa a las que tengan demasiada, y añadiré carne a quienes la necesiten, sin el menor desdoro de su constitución. Y aunque el mismísimo Galeno saliese de su tumba para decirme que éstas son insignificancias que no están a la altura de la profesión de médico, yo respondería fríamente que al preservar la inmaculada belleza de la imagen de Dios en una cara bonita obtengo más gloria de la que obtendría echando remiendos a todos los cuerpos podridos del mundo. 

¡Una prosa admirable digna de su poesía y de su vida!


Yo, bastardo

Lawrence of Arabia, 1962. Imagen: Horizon Pictures.

Este artículo está disponible en papel en nuestra Smart nº6 

EDMUNDO: […] ¿A qué ese nombre de bastardo? ¿Por qué no he de ser ilustre cuando las proporciones de mi cuerpo se hallan tan bien formadas, mi alma es tan noble y mi estatura tan perfecta como si hubiese nacido de una honesta matrona?

William Shakespeare, El rey Lear

El amor, para ellos, era una mera compensación a su maldición. Eran el astroso producto de la deshonra, el fruto de un error de cálculo. Accidentes carnales, perdedores antes de comenzar la partida. No eran culpables del delito haber sido concebidos fuera de los límites sociales del matrimoniopero sí destinatarios de una condena vital por ese pecado ajeno. Jamás serían legítimos, siempre alguien, en algún lugar, resentiría su existencia. Un hombre que renegó de ellos, una mujer que los engendró y los abandonó, o ambas cosas. Unos padres que a ojos de la sociedad no era una  pareja homologada para alumbrar a nadie más que a sus propios instintos. Toda su herencia era un estigma envenenado. Y por eso serían bastardos, hijos ilegítimos, seres espurios, no reconocidos. Sinónimos para siempre de abandono, vergüenza, error y culpa. A cambio, podían abrigarse en el apelativo más cálido de «hijos del amor», aunque se congelaran de ironía. 

Hoy ninguna biografía empieza por ahí. «Bastardo» no es el término biográfico que nos asalta al referir a Steve Jobs o Marilyn Monroe, o al menos no de esa literal manera. El léxico ha evolucionado dotando de nuevos matices a la bastardía, y la sociedad también. Hoy son «hijos de puta», ayer eran apestados. Escribimos de ellos como se escribe de los estigmas que han sido absorbidos por la historia, digeridos y devueltos con un nuevo significante. Todavía vive gente que destacaría que el mito cinematográfico o el genio de la tecnología lo fueron a pesar de ser bastardos, porque fue así durante unos cuantos siglos. No todos. Y no siempre. También en la deshonra hubo jerarquías, y los bastardos reales no estaban despojados de derechos porque podían llegar y de hecho, llegaron a ser reyes y reinas, duques, condes, obispos y papas.

Lo jodido era lo otro. Ser bastardo y no tener sangre real o nacer de la Edad Media en adelante. Porque, como decíamos, el baldón difícilmente superable que supuso la bastardía no fue así desde el principio de los tiempos. En Grecia y Roma, qué duda cabe, también se engendraban hijos fuera del matrimonio, se cometía adulterio y se sucumbía a los placeres del sexo extramarital, pero era visto como una ocurrencia cotidiana. No había estigma moral ni social para esos hijos, ni era motivo de burlas y ofensas; aunque precisamente fue en esta época cuando surgió el concepto «legítimo» que luego se pervirtió. Este no aludía a su concepción ni a su teórica anomalía, si no a una cuestión legal: la herencia de los padres. Los niños nacidos dentro del matrimonio eran los legítimos herederos, única distinción con sus hermanos que gozaban, por lo demás, de idéntica consideración social.

Pero cayó sobre ellos una maldición, una marca de fuego que sería imborrable hasta sus tatatataranietos. Llegaron los tiempos oscuros. «Ningún bastardo entrará en la asamblea del Señor, ninguno de sus descendientes, aun hasta la décima generación, entrará en la asamblea del Señor», se estableció en el Deuteronomio, en el Antiguo Testamento, una referencia que se replicó también en el Nuevo. Con la expansión del cristianismo, la ilegitimidad se convirtió en un flagelo, porque desgarraba la tela moral de una sociedad que debía temer a Dios. Y ese niño era la encarnación viviente de la inmoralidad, del sexo fuera de la santidad del matrimonio, y, por tanto, estaba maldito. Era un subproducto social, un desecho del pecado. 

Así surgieron los vertederos de hijos no deseados. En el de St. Asaph Union Workhouse, al norte de Gales, creció el que años después se convertiría en el explorador que partiría en busca del médico David Livingstone, Henry Morton Stanley. «Bastardo», escupía su partida de nacimiento; producto de un relato común, el de una madre pobre que se quedó embarazada sin estar casada. Temerosas del rigor de las leyes civiles y de la Iglesia, abandonaban a los hijos a su suerte, entregándolos a las órdenes religiosas o educándolos para siervos. 

Pero incluso aunque el seno de la familia tuviera cierta alcurnia o perteneciera a una estirpe adinerada, ser bastardo imprimía en esos hijos una vergüenza imperecedera. Ser ilegítimo se convertía en un oscuro secreto, en un arma cargada que el hijo portaría siempre, apuntando directamente hacia su cabeza. Leonardo da Vinci vivió en ese laberinto de furia y vergüenza debido a su condición. No fue notario porque su padre, Piero da Vinci, joven de una ilustre familia, le engendró con una campesina y jamás le reconoció oficialmente. Aunque, cuando falleció su madre, le acogió en el seno de su familia oficial y le garantizó una infancia acomodada, Leonardo nunca gozó del amparo legal de ser su primogénito. Expulsado del oficio que le correspondería por estirpe, Leonardo se volcó en las artes y las ciencias, y logró epatar al mundo. Pero jamás se desprendió de la untuosa mancha de la ilegitimidad, deshonra que también se reflejó en su arte. Sus primeros cuadros están firmados como «Leonardo», obviando un apellido del que no se sentía merecedor por su mancillado nacimiento. Temeroso siempre, a pesar de sus logros e innovaciones, de que alguien le recordase la palabra prohibida.

Y es que hubo un tiempo en el que «bastardo» era el Hiroshima de los agravios. La bomba que una vez lanzada obligaba a la rendición inmediata del acusado. Lo supo también el poeta Guillaume Apollinaire, inscrito en el registro de Roma como «hijo de madre anónima y padre desconocido», aunque él siempre supo sus orígenes. Su madre hija del camarlengo del papa Pío IX le reconoció más tarde, y su padre, un capitán del Estado Mayor del ejército de Fernando II de las Dos Sicilias, le tuteló hasta los cinco años. Volvió a abandonarle, haciéndole doblemente bastardo y generando el mayor misterio de su vida. ¿Quién era su padre? Apollinaire cubrió su ascendencia de un velo morboso de penumbra, permitiendo elucubrar a compañeros y colegas en todas las etapas de su vida, fomentando el enigma. En realidad, un bálsamo con el que cubrió la herida de su abandono, de una ilegitimidad que le persiguió hasta el final, cuando ya era el heraldo de las vanguardias y poco o nada debía importar quién le depositó en el mundo. «Pero bueno, mi querido maestro, ¿es usted, sí o no, el hijo de un prelado romano?», le acosaban los periodistas en aquel París de la revolución de las artes. 

Ser bastardo en Francia, especialmente después de 1804, comportaba un extra de discriminación. El Código Napoleónico les consideraba oficialmente «sin padres», no huérfanos, sino seres originados de una nada imposible. Las mujeres tenían derecho a renunciar a sus hijos, y si estos querían probar esa maternidad debían acudir a un tribunal de justicia. Un recurso que fue prohibido para los padres, dejando el reconocimiento solo en manos del capricho de los hombres, que podían reclamar al hijo en cualquier momento. El dramaturgo Alejandro Dumas tenía ya varios años cuando su padre, el legendario novelista al que le debía el nombre y la deshonra, le reconoció legalmente y le arrebató de brazos de su madre. Pero el joven, criado al abrigo de la buena sociedad parisina bajo un apellido sinónimo de bohemia, vivió la humillación por su bastardía como un infierno, haciéndole albergar un rencor que emulaba el afán de venganza de uno de los héroes de su progenitor, el conde de Montecristo. No la consumó, porque el tiempo se encargó de cauterizar la amargura, transfigurándola en combatividad contra las leyes que tanto dolor le habían causado. «Por haber nacido de un error, yo debía combatir los errores», decía, reivindicando los derechos sucesorios de los hijos ilegítimos y el derecho a investigar la paternidad. Fue uno de los primeros en defender la igualdad de hombres y mujeres que ya existía en Américao la legalización del divorcio, que evitaría abusos como el suyo. «El hombre ha creado dos morales, una para el hombre y otra para la mujer», criticaba. 

Bien lo sabía la actriz Sarah Bernhardt. Antes de que la sociedad le perdonara todo ser hija ilegítima y prostituta e hiciera de ella un mito, Sarah sufrió los rigores de este desequilibrio por ser una bastarda. Fue hija de una meretriz holandesa y un hombre anónimo, al que parece que ella sí conoció. Jamás quiso desvelarlo y se llevó el enigma a la tumba. Antes, repitió la historia y tuvo un hijo bastardo con el príncipe Charles De Ligne, que trató de reconocerlo años después cuando su madre había logrado la aprobación social a pesar de su espurio origen. Y es que, aunque vivió en la era del puritanismo, la divina Sarah, «la mujer que fue esencia de la femineidad», consiguió rendir al mundo a sus pies, una hija ilegítima de una familia judía que además se afanó en labrarse una vida en el oprobio bohemio tan irregular como su origen. 

Pero arañar un lugar en la historia no garantizó nunca desprenderse de la vergüenza íntima de ser un bastardo. Thomas Edward Lawrence se inició en la vida en un Londres donde ser hijo ilegítimo se consideraba nullis filius, hijo de nadie. El que acabaría emergiendo como ser singular bajo el sobrenombre de Lawrence de Arabia tenía como padre al terrateniente sir Thomas Robert Tighe Chapman, séptimo barón de Westmeath y descendiente del pirata fundador del estado de Virginia, sir Walter Raleigh. Su madre era Sarah Lawrence, la niñera que cuidaba a las hijas de la mujer oficial del aristócrata, el cual acabó abandonando todo para recomenzar junto a su familia ilegítima bajo otro apellido. Lawrence descubrió el tenebroso secreto tiempo después y le atormentó de por vida como una humillación íntima, sabedor de cómo la sociedad abominaba de los bastardos. El célebre mito vivió siempre temiendo que, debido a su popularidad, se empezase a indagar en su vida y tirando del hilo el mundo supiese que era un bastardo. Por eso renunció a su apellido, que le causaba un desprecio heredado y ocultaba la ultrajante anomalía. Se cambió el nombre por T. E. Shaw en honor a su amigo Bernard Shaw— pero la historia le arrebató su deseo, colocándole en ella con su nombre mancillado. 

Hoy ser bastardo es una nada líquida. En una sociedad donde el 40 % de los niños nacen fuera del matrimonio, ser bastardo es no ser nada. El tiempo ha borrado ese uso primigenio del término francés bâtard y del inglés bastard, o lo que es lo mismo: «sucio, no limpio», reduciéndolo a legajo biográfico. Aunque la discriminación legal para los hijos ilegítimos ha desaparecido hace tres días —en 2005 se eliminó en Francia la distinción entre hijos legítimos e ilegítimos; Estados Unidos lo hizo en 1968 y en Inglaterra ya no existen los «hijos de nadie» desde 1989—, la estigmatización ha desaparecido socialmente, al menos en Occidente. 

Ahora ser «hijo del amor» o «fruto de la fornicación» son solo bellos giros literarios, vestigios de un estigma que tuvo bajo su yugo a gran parte de las figuras que cambiaron la historia, humillados por un pecado ajeno en una época en la que la familia no era una lotería que venía gratis con la vida, sino una cuestión de sangre y honor. El mundo lamentó las muertes de Lawrence de Arabia, Sarah Bernhardt, Guillaume Apollinaire, Leonardo da Vinci, Alejandro Dumas y tantos otros, como Eva Perón, Erasmo de Rotterdam o Jack London. Pero hubo también un tiempo en que se lamentó su nacimiento. 

EDMUNDO: Y ahora, dioses, pasad al bando de los bastardos.

William Shakespeare, El rey Lear.


Deporte, o cuando en el pecado se lleva la penitencia

Fotografía: Humberto Bilbao.

En realidad es culpa de todos y no es culpa de nadie, como cualquier otra de las grandes tragedias con las que se ha visto obligada a convivir la humanidad a lo largo de los siglos. Durante demasiado tiempo se ha consentido, incluso fomentado, el discurso simplista y dulzón acerca de los grandes beneficios del deporte en nuestras vidas sin reparar demasiado en el lado oscuro del asunto, quizás porque el ser humano prefiere las mentiras cubiertas de buenas intenciones que la cruda realidad, por sencilla que esta sea. 

El deporte es salud. El ejercicio físico aumenta la sensación de bienestar y reduce el estrés, la agresividad, la ansiedad, la angustia y la depresión. Incrementa la capacidad de aprovechamiento del oxígeno, la actividad de las enzimas musculares, el consumo de grasas. Mejora nuestra respuesta inmunológica ante las infecciones, nos asegura una vida sexual plena, mejora el sueño… Son algunos de los eslóganes con los que a diario se bombardea sin compasión a esta sociedad nuestra ávida de inmortalidad, cuerpos musculados, penes incansables y buen cutis para las fotos. Se abren gimnasios al mismo ritmo que se cierran bares; la gente se alimenta a base de plancton, tofu, hierbajos varios, raíces de todo tipo y batidos de colores; las conversaciones de sobremesa —si es que todavía se las puede seguir llamando así— giran en torno a los vatios que se mueven con cada pedalada, el tiempo invertido en recorrer cada kilómetro, las series de flexiones y abdominales que parecen diseñadas por un entrenador alcohólico del otro lado del antiguo telón de acero o los kilos de pesas levantados en arrancada. Podemos seguir refiriéndonos a ellos en términos de buenos hábitos, dogmas de vida saludable, incluso acompañarlos con carteles de agradecimiento en los que rece el lema «El Gran Hermano vela por nosotros», como en aquel libro de Orwell, pero no parece exagerado advertir que destilan todo el aroma de cualquier acto corriente de penitencia, incluyendo el sudor, la sangre y las lágrimas, lo que debería llevarnos a la cuestión principal que nos ocupa en este humilde texto: ¿Es el deporte pecado? Siento decirlo, o quizás no, pero parece que sí.

Porque el ejercicio corporal para poco es provechoso, pero la piedad para todo se aprovecha pues tienen promesa de esta vida y de la venidera. (Primera carta del Apóstol San Pablo a Timoteo, 4-8)

El pastor Juan Carlos Berrios Urbina es el líder y fundador del ministerio La Última Trompeta, con sede en Salt Lake City, en el estado de Utah. Nacido en primera instancia el 5 de enero de 1969, en la Ciudadela San Martín de Tipitapa, Nicaragua, el buen pastor afirma haber vuelto a nacer en los Estados Unidos de América en 1992, también un 5 de enero, tras admitir a Jesús como su rey y salvador. «Son ya veintitrés los años transitando por el Camino Angosto», escribió en su muro personal de Facebook para celebrar su último cumpleaños. Voz autorizada como pocas, no en vano asegura tener línea directa con Dios desde rapaz, las opiniones del pastor Berrios son muy claras en cuanto a la naturaleza pecaminosa del deporte. Para él no existe la menor duda de que el deporte ofende al creador, especialmente en su vertiente profesional: «El deporte es satánico, diabólico, un pecado».  

Su primer argumento no puede resultar más contundente y sencillo de comprender: el deporte nos lleva al ocio, el ocio conduce al tiempo libre, que es el pecado, y de ahí a la muerte eterna. «Aunque las prácticas deportivas cuentan con principios sabios, como el de mente sana en cuerpo sano, según señalaba el filósofo griego Tales de Mileto, lo cierto es que se han ido pervirtiendo por causa de la idolatría y toda una serie de falsas creencias que ella conlleva, llegando a extremos de propiciar la pederastia homosexual o los sanguinarios circos de gladiadores en Roma», asegura el ministro. Estas declaraciones pueden resultar sorprendentes, disparatadas e incluso ofensivas para algún que otro lector puntilloso, qué duda cabe, pero lo cierto es aportan continuidad al ideario de su ministerio y los variopintos contenidos de su portal web, La Gran Ramera, donde destaca poderosamente entre otros apuntes una ácida crítica al expresidente norteamericano, Barack Obama, por su apasionada lucha en favor de los derechos de los gais y lesbianas, o la advertencia de llevar a juicio cuanto antes a la Gran Babilonia, madre de todas las abominaciones existentes en la tierra. Estoy seguro de que en España, con suerte una pequeña Gomorra, sabrá apreciarse su tajante respeto por la ley, más allá de cualquier otra consideración hacia sus argumentos.

«Entonces, ¿qué puede hacer un cristiano?», se pregunta a sí mismo el pastor Berrios, antes de contestar inmediatamente: «Amar al prójimo, enseñar la palabra de Dios y mantenerse firme hasta el final; esto es lo primordial. Limpiar lo de adentro antes de preocuparse por lo de afuera. Somos luz gracias a Jesús, mientras que los que practican deportes son la oscuridad. Analicemos lo siguiente: de todas las cosas escritas en el Nuevo Testamento, ¿nos enseña Nuestro Señor a jugar béisbol, fútbol, boxear o jugar al tenis?». Definitivamente la respuesta es no, nada de eso dicen las sagradas escrituras, salvo que Jesús fabricase porterías en la carpintería de su padre y no se nos especifique, lo que no nos lleva a una gran conclusión: el pastor Berrios puede ser muchas cosas, eso sin duda, pero por encima de todo es un caballero muy bien documentado.

Todo me es lícito pero no todo conviene; todo me es licito pero no todo edifica. (Primera carta de San Pablo a los Corintios 10:23-26)

Fotografía: Humberto Bilbao.

Otra de las opiniones que nos puede ofrecer una perspectiva alternativa sobre la verdadera naturaleza del deporte es la de don Luis Arturo Santiago, licenciado en Teología por la Universidad Presbiteriana de la Ciudad de México. Hace unos años, durante una intervención pública en Acapulco que mereció cierta atención en la prensa azteca, el señor Santiago aseguró que existen diferentes pasajes en la Biblia que nos ayudan a componer un correcto ideario deportivo, versículos plagados de instrucciones con el fin de señalar unos ciertos criterios de conducta sobre los que debería regirse cualquier afición al deporte: «No es malo admirar a un deportista, tomar su ejemplo. Lo que no debe hacerse nunca es caer en la idolatría, es decir, en rendir culto a ídolos deportivos». Según el teólogo, lo más importante es evitar los excesos y aprender de los buenos ejemplos, entre los cuales cita al futbolista brasileño Ricardo Izecson dos Santos Leite, popularmente conocido como Kaká, quien a su juicio aprovecha cualquier oportunidad para dar testimonio de su fe, llamando al mundo a vivir de acuerdo con los mensajes de Dios. Es de sospechar que tales declaraciones fueron realizadas antes del fichaje de este por el Real Madrid y aquella inolvidable frase de la, por entonces, esposa del mediapunta de Gama, Caroline Celico: «Dios puso el dinero en manos de don Florentino Pérez para fichar a Kaká». Hay que reconocer que la idolatría también nos ofrece momentos mágicos como aquel, válgame el cielo.

Más allá de consideraciones particulares sobre seres superiores o falsos ídolos, lo que más preocupa a don Luis Arturo Santiago son las presiones que se ejercen sobre el deportista y que, a su juicio, terminan por provocar un alejamiento consciente de los preceptos divinos: el dopaje, la búsqueda de la trampa en cualquier aspecto de la competición, la competencia exclusiva por dinero, el excesivo gusto por el propio cuerpo… «También tales actos reflejan un tipo de idolatría», advierte el bienintencionado teólogo para quien quiera escuchar.  

La virginidad de las niñas podría resultar afectada por el exceso de movimiento y los saltos que requieren deportes como el fútbol y el baloncesto. (Jeque Abdalá Al Mani, asesor de la Corte Real Saudí)

En la gran mayoría de los países árabes el pecado se resume en ser mujer y deportista, apenas queda espacio respirable para la controversia o la ironía. En cualquier escuela o instituto de Arabia Saudí, por ejemplo, reza la norma de que tanto las piscinas, como los gimnasios y las diferentes pistas polideportivas disponibles en los centros son de uso exclusivo para los hombres. El deporte femenino, en muchos de estos países, se ha convertido en una actividad clandestina y peligrosa para quienes osan practicarlo, siempre al amparo de razones culturales y religiosas difíciles de comprender pero no tanto de tolerar —al menos visto el comportamiento de los diferentes comités internacionales—, mientras que en otros se ahoga su práctica mediante normas de comportamiento y vestuario que, prácticamente, los convierten en una parodia de sí mismos, además de impedir cualquier progreso y aspiración internacional de las valientes que se deciden a luchar por sus sueños.

La argelina Hasiba Bulmerka ganó el oro olímpico en los 1500 metros de Barcelona 92, e inmediatamente se convirtió en un icono para las jóvenes mujeres árabes que soñaban con poder paladear el sabor del laurel y el éxito internacional. Las amenazas de los fundamentalistas la obligaron a trasladar su residencia a Europa y todavía hoy pende sobre ella la amenaza de muerte por haber osado competir en pantalones cortos y no aceptar el uso del velo en los actos públicos, tal fue su pecado. «La participación de las mujeres en el deporte es un claro reflejo de su posición en la sociedad en general», dijo una vez Nawal Al Mutawakel, campeona de los 400 metros vallas en la olimpiada de Los Ángeles 84.

Pantalones gigantes, túnicas hasta las rodillas, pañuelos cubriendo su pelo… Son algunas de las precauciones que el deporte islámico toma para alejar a sus mujeres del supuesto pecado, del mismo deporte, en definitiva. Hace unos años conocimos otro caso que ejemplifica a la perfección el calvario por el que pasan estas heroínas de espíritu guerrero y sueños bajo las telas. Nasim Hasampur, una de las gimnastas más destacadas de Irán, se pasaba a la disciplina de tiro olímpico, de cara a la cita de Atenas, ante la imposibilidad de utilizar mallas en público. De este modo, la representación femenina de estos países en las grandes citas del deporte mundial queda reducida al rango de anécdota exótica, siempre en nombre de la religión y con la condescendencia hipócrita de estar pensando en el bienestar de ellas. 

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. (Lucas 23:34)

En conclusión, todo parece indicar que sí, que el deporte es pecado y, como tal, parece condenado a perpetuarse entre la especie: así somos los humanos. Adoramos pecar, aunque sea a la carrera, pues en el fondo pocas cosas nos ofrecen mayor satisfacción en la vida que la trasgresión voluntaria de las normas. La gente seguirá haciendo deporte mal que nos pese a los más estrictos detractores: unos porque les gusta y les proporciona grandes satisfacciones; otros porque la presión social se impone y nadie quiere ser menos que nadie, aunque les cueste la vida; algunas porque simplemente lo tienen tajantemente prohibido y prefieren luchar a conformarse, y los más —tampoco hay que ser un lince para llegar a tal conclusión— porque en tiempos de crisis existen pocas formas más baratas de matar el tiempo que calzarse unas zapatillas y trotar por el mundo, a solas con sus pensamientos. Sea del modo que sea, una cosa parece clara: los gallegos seguiremos siendo los guardianes de vuestros pecados, faltaría más. Y si para ello debemos afrontar la tercera revolución del narcotráfico, así será, que nadie tenga la menor duda. Que viva la EPO, los esteroides y la hormona de crecimiento, digan los dioses lo que digan.

Corre, corre, corre que te van a echar el guante. (Leño)  


El «Seven» de los Juegos Olímpicos: una historia de pecados capitales

Donde hay competición, hay pecado. Parece casi una obviedad. De todas las competiciones deportivas, con sus casos de dopaje, apuestas, trampas, peleas… hemos decidido echar un vistazo a siete historias de los Juegos Olímpicos que parecen sacadas de la mente de un enfermo Kevin Spacey. Son siete como podrían ser setenta, pero estas son las nuestras.

Gula

En el Estadio Olímpico de Londres se dan cita unas cien mil personas, posiblemente más. De todas las pruebas programadas en los Juegos de 1908, esta es probablemente la más prestigiosa, la que une directamente la modernidad del siglo XX con la Antigüedad griega. Incluso la princesa Alexandra, esposa del rey Eduardo VII, está tan emocionada con el evento que obliga a los organizadores a adelantar unos metros la línea de salida para que sus hijos la puedan ver desde el castillo de Windsor.

La épica de esta carrera de algo más de cuarenta y dos kilómetros ha estado trufada en anteriores ediciones por las trampas y la confusión: en 1904, Alice Roosevelt, la mujer de Theodore, se comió el papelón de felicitar y entregar su título de campeón a John Lorz justo antes de descubrir que Lorz había recorrido los últimos treinta kilómetros en coche. En París, 1900, no hubo más trampas que las que la organización tendió. Durante horas se vio a corredores perdidos por la ciudad como si aquello fuera el rally Dakar, sin manera de saber cuál era exactamente el recorrido a seguir.

Todo va a cambiar en estos cuartos Juegos Olímpicos de la era moderna. Mientras los espectadores que han pagado entrada disfrutan de las carreras de obstáculos y las pruebas de natación —la piscina se ha colocado en medio del anillo de atletismo—, por megafonía van anunciando los distintos cambios en el liderato de la maratón: primero, para euforia local, dos ingleses; después, un sudafricano y por último, a pocos kilómetros de la entrada al estadio, un italiano, el desconocido Dorando Pietri.

Pietri, de veintidós años y poco más de 1,60 m de altura, avanza entre síntomas de agotamiento hasta que de repente choca con la multitud. Al cansancio se le une entonces algo parecido al ataque de pánico. Antes de entrar en el estadio, cae por primera vez. Una vez dentro, en la vuelta final, cae de nuevo, se levanta como puede y vuelve a caer. Cuando los comisarios ven entrar en el estadio al estadounidense Johnny Hayes, la simpatía hacia Pietri aumenta: las relaciones entre ambos países son más que tensas y tener que aguantar a otro estadounidense con una medalla de oro sería la gota que colma el vaso patriótico.

Entre todos ayudan a Pietri a pasar la línea como campeón, pero Pietri no recuerda nada, solo que le dijeron que se alimentara mucho para desayunar: un buen filete, dos huevos, una taza de té y una tostada. «Tiene que ser la carne», comenta Pietri a quien le quiera escuchar, descartando la copa de brandy que se ha tomado a cinco kilómetros del final. «Demasiada carne», insiste… mientras se lleva la mano al costado. Por supuesto, Dorando es descalificado y por supuesto gana el estadounidense para enfado monumental de la princesa Alexandra, que le regala al italiano un trofeo exclusivo acompañado de un sonoro «Bravo», la única palabra que Pietri entiende de todo el discurso.

Llegada de Dorando Pietri en la Maratón de los Juegos Olímpicos de Londres, 1908. Fotografía: DP.

Ira

El 1 de noviembre de 1956, el primer ministro húngaro Imre Nagy declara la salida de su país del Pacto de Varsovia y pide a las Naciones Unidas que reconozcan su condición de Estado neutral. Son tiempos de revolución reformista en Hungría, celebraciones en la calle, un cierto aire de libertad que pronto será aniquilado por los tanques soviéticos. Ese mismo 1 de noviembre parte rumbo a Yugoslavia, primera parada de un larguísimo viaje de casi tres semanas, el equipo nacional de waterpolo dispuesto a participar en los Juegos Olímpicos de Melbourne.

Cuando salen de Budapest, su país está a un paso de conseguir la autonomía y desarrollar un proyecto propio; cuando llegan a Australia, el 20 de noviembre, Nagy es un fugitivo, la URSS controla de nuevo toda Hungría y la represión llega a límites extremos para evitar una nueva extravagancia. Los jugadores se quedan atónitos. Ninguno habla inglés salvo Miklos Martin, que les va traduciendo las noticias de los periódicos. España, Suiza y Holanda retiran sus delegaciones como protesta y los propios deportistas húngaros consideran hacer lo mismo, pero saben que eso se vería como una provocación y no está el horno para bollos.

Por lo demás, es un buen equipo, con un punto adelantado a su época, como la selección de fútbol que perdiera dos años antes el Mundial ante la República Federal de Alemania. Ganan sus partidos de primera fase y llegan a las semifinales, donde les espera… la Unión Soviética. La tensión es enorme. Miles de exiliados húngaros pueblan las gradas rodeados de centenares de policías australianos. Desde el principio, la táctica húngara está clara: «Vamos a luchar por nuestro país y vamos a sacarles de sus casillas». Así, expulsión tras expulsión, bronca tras bronca, los húngaros se adelantan 4-0 para deleite de los aficionados.

La humillación es total y, para asegurar el resultado, el entrenador húngaro ordena a un joven de veintiún años, Ervin Zador, que defienda a Valentin Prokopov, una de las estrellas soviéticas. A Zador no se le ocurre otra cosa que meterse con la madre de Prokopov, reivindicar la Hungría libre, llamarle asesino y toda la retahíla habitual de provocaciones. Prokopov aguanta, aguanta, aguanta… y cuando suena el silbato del árbitro para señalar una falta, aprovecha que Zador está despistado para explotarle la ceja de un puñetazo.

A partir de ahí, el caos. Zador queda desconcertado en un agua llena de sangre. Los jugadores de los dos equipos empiezan a soltar puñetazos mientras la policía retiene como puede a los aficionados magiares. El árbitro, un hombre sabio, declara el final anticipado del partido y se va corriendo. Queda después de todo la reivindicación, el orgullo, la ira desatada en la piscina… y el pase a la final olímpica. Una final que Hungría ganará 2-1 a Yugoslavia, el otro país que intenta salirse del control de Kruschev.

Pereza

El grave accidente de moto del soviético Valeriy Brumel, deja la prueba del salto de altura de México 1968 sin un favorito claro. Por supuesto, está el llamado a ser su sucesor, Valentin Gavrilov, y el dominador de la disciplina en Estados Unidos, Ed Caruthers, pero junto a ellos hay un buen montón de aspirantes que dependen del día que tengan sus piernas. Todos utilizan la técnica del molinillo, que se ha acabado imponiendo con los años a la de la tijereta: un salto con relativamente poca carrera en el que hay que pasar primero una pierna y, justo antes de caer, la segunda, siempre de frente al listón.

Solo uno se sale de la norma: el desconocido de veintiún años, Dick Fosbury. Que Fosbury esté ahí ya es una tremenda sorpresa. Cinco años antes, cuando empezaba en el instituto, apenas era capaz de saltar un metro y medio. Ni siquiera en la Universidad de Oregón consiguió destacar: la técnica del molinillo le resultaba tremendamente antinatural, no tenía suficiente coordinación para algo así y poco a poco decidió cambiar algunos elementos. Primero, la carrera, que sería más larga. Segundo, el movimiento de la cadera, que se convertiría en la clave para el salto, y, por último, la curvatura de la espalda, lo que le permitiría un salto más ágil, más fácil, superando el listón con la cabeza, dejando deslizar la espalda y, solo en último lugar, levantando las piernas con un giro de cadera para acabar cayendo en la colchoneta.

Cuando a partir de 1966 los progresos de Fosbury y su excéntrico salto le llevan a campeonatos nacionales, los periódicos no hacen sino reírse de él. «Parece un pez que salta del agua», dicen algunos; «supera el listón como si le hubieran lanzado desde lo alto de un rascacielos», dicen otros. Un medio, incluso, se limita a poner una fotografía suya con el siguiente comentario: «Aquí tienen al atleta más perezoso del mundo».

Nada más lejos de la verdad. Fosbury, de naturaleza tímida, solo entiende de esforzarse, mejorar y ganar. Es casi una obsesión. Perfecciona el método hasta el punto de que sorprende en las pruebas de selección para los Juegos de México consiguiendo la tercera plaza en su último salto. Cuando llega a la villa olímpica prefiere no mezclarse con los demás saltadores, ni siquiera entrenar, y se pasa casi dos semanas descubriendo la ciudad como un detective salvaje.

Eso hace que en la final olímpica a Fosbury se le vea simplemente como un «bala perdida»… solo que el «bala perdida» salta a la primera los 2,03 m, los 2,09 m, los 2,14 m… y así, sin cometer un solo fallo, llega a 2,24 m. Todos sus competidores menos Caruthers están ya eliminados y el público, que al principio se ha limitado a reírse de él, ahora le apoya con un entusiasmo inusitado. Falla los dos primeros saltos sobre esa altura, pero Caruthers hace lo propio. Necesita acertar a la tercera o que su rival no lo consiga y acaban sucediendo las dos cosas: Fosbury salta 2,24 m y se proclama campeón olímpico. Caruthers tiene que conformarse con la plata.

La pereza cambia de bando: los inmovilistas siguen con su estilo tradicional —un estilo que aún le daría al soviético Juri Tarnak el oro en Munich 72—, los innovadores estudian cómo mejorar aún más la técnica de un Fosbury que no volvería a conseguir ningún gran éxito después de México. 

Dick Fosbury, México, 1968. Foto: Cordon.

Lujuria

Olga Korbut, la adorable niña Olga Korbut, a sus diecisiete años, tan frágil, tan vulnerable, tan lejana del tópico soviético del atleta-robot que no deja ver sus emociones. Korbut convertida en un icono en su país, Bielorrusia, y en el mundo entero después de ganar tres medallas de oro, llorar con las derrotas y celebrar las victorias como una adolescente.

Olga Korbut y detrás, gesto hierático, Renald Knish, su entrenador. Knish celebrando sin celebrar, Knish controlador total de su rebaño de pequeñas gimnastas, Knish entrando a la habitación de Korbut a escondidas una noche en plena preparación de los Juegos para obligarla a beber un whisky tras otro y después violarla. Lo mismo que hace con casi todas sus pupilas.

Korbut, mientras, intentando olvidarlo todo pero sin conseguirlo, quizá de ahí el miedo atroz a perder y la reivindicación al ganar. «No solo éramos máquinas deportivas sino esclavas sexuales», afirmaría casi veinte años más tarde en su autobiografía. «Cualquiera de nosotras podía ser la siguiente». Knish, capaz de amedrentarlas a todas, mantenerlas cerradas en su puño durante años y años de abusos, hasta que por fin sale el juicio y le declaran inocente «por falta de pruebas».

Korbut, cuatro años después, en Montreal, luchando contra lo imposible, es decir, contra Nadia Comăneci. Según los cánones explosivos de la gimnasia artística ahora es ella la veterana, con solo veintiún años, mientras la rumana, a los quince, es la niña de todos, la nieta perfecta, la adolescente que tendrá que enfrentarse a su vuelta a Bucarest con las insinuaciones y la violencia de Nicu Ceaușescu, el hijo del dictador, que quiere convertirla en una más de sus amantes. Una más de sus esclavas, vaya. Al parecer, sin conseguirlo.

Avaricia

A menos de un año de los Juegos Olímpicos de Los Ángeles, el único problema de Zola Budd es su pasaporte. Sudafricana de nacimiento y de residencia, Budd ha conseguido a sus diecisiete años batir el récord del mundo de los cinco mil metros que está en posesión de la mítica Mary Decker, solo que la IAAF decide no homologarlo porque la carrera no es «oficial».

Es lógico: desde años atrás, ningún deportista sudafricano puede participar en competiciones oficiales. Ni en atletismo ni en ningún otro deporte. Es el precio que pagan todos porque unos pocos mantengan su apartheid vigente. Visto el panorama, los padres de Budd se toman la cosa con tranquilidad y organizan un plan a medio plazo: dada su ascendencia británica, es posible que para los Juegos de Seúl, en 1988, la niña ya haya podido conseguir la nacionalidad y compita libremente bajo la bandera del Reino Unido.

Es un plan conservador que llega por casualidad a los oídos de un hombre muy avaricioso: el director del Daily Mail, David English. Mira la foto de esa frágil niña de poco más de 1,50 m y ve una gallina de huevos de oro. Inmediatamente, se pone en contacto con sus padres: «Puedo conseguir que sea británica en una semana», les dice. «Tengo el poder suficiente para eso y más». Los Budd prometen pensarlo pero la oferta es escandalosa: cien mil dólares, más los pasajes de avión a Londres, más la colaboración en forma de diario olímpico de la propia Zola durante los Juegos.

Por supuesto, aceptan y, por supuesto, English consigue presionar a la mismísima Margaret Thatcher para que un proceso que debería durar años se resuelva en apenas quince días. Como ciudadana británica, Budd compite en las pruebas de selección olímpicas, las gana y se perfila como una clara candidata a luchar por las medallas en Los Ángeles. El problema es que, a cambio, se ha convertido en una reclusa del Daily Mail: siempre hay redactores acompañándola, ellos dirigen su agenda, ellos llevan su imagen pública…

La niña consigue clasificarse para la final de los tres mil metros y competir por fin contra Mary Decker. Está como un flan y completamente desubicada. Las atletas africanas la tratan con desprecio. Sus compatriotas británicas la miran con recelo, especialmente Wendy Sly, la gran estrella del medio fondo europeo, y el público oscila entre la simpatía —tan frágil, tan pequeña, tan descalza— y la hostilidad, pues no deja de ser una sudafricana enchufada por un periodista.

La carrera va bien y Budd se distancia junto a Decker, la rumana Marijica Puica y su íntima enemiga Wendy Sly. Cuando quedan solo tres vueltas, Mary Decker, quizá demasiado pegada a Budd, tropieza con los pies de la británica una y dos veces. Mantiene el equilibrio como puede pero al final acaba cayendo y queda tirada en la hierba doliéndose de la pierna. Budd se queda de piedra. ¿Ha sido culpa suya? La televisión no lo deja claro, la adrenalina mucho menos. Duda si parar a ayudarla o si seguir hacia adelante pero ya está perdida. Quedan tres atletas para tres medallas pero lo único que puede sentir Budd es el odio de las decenas de miles de estadounidenses que la culpan de la caída de su ídolo.

Silbidos y abucheos. Silbidos y abucheos mientras la carrera sigue y Budd pega un pequeño acelerón sin llegar a distanciarse ni de Sly ni de Puica. «Quería ir lo más rápido posible para acabar cuanto antes y desaparecer de ahí». Así hasta que, en la última vuelta, llega el cataclismo: Budd pierde metros y posiciones hasta quedar séptima, según ella a propósito: «Tenía que acabar la carrera por dignidad pero no podía hacerme a la idea de tener que lidiar con la prensa después». La prensa. En algún lugar de Londres, David English se desespera mientras ve en la televisión cómo su saco se rompe.

Tonya Harding. Foto: Cordon.

Envidia

Shane Stant recibe el encargo y viaja inmediatamente a Massachusetts, donde Nancy Kerrigan suele entrenar durante el invierno. Son las Navidades de 1993, primeros días de 1994, y Kerrigan no está en casa sino en Detroit, entrenando para el campeonato estadounidense de patinaje artístico. Stant no sabe quién es Kerrigan ni le interesan los detalles. No le importa que su víctima haya sido medallista olímpica en 1992 y del mundo en 1991. Su trabajo es su trabajo. Punto.

Otra cosa es que lo vaya a cumplir con la limpieza que esperan sus pagadores. Stant será un hombre decidido pero desde luego no es prudente ni tiene demasiadas luces. El 5 de enero viaja a Detroit, donde Kerrigan está practicando para los campeonatos nacionales. A la salida de una sesión en el Cobo Arena, justo mientras la gran favorita camina hacia los vestuarios, Stant la asalta con un palo de goma, de los que suele utilizar la policía. El objetivo es la rodilla, pero el golpe queda un poco alto, justo debajo del muslo, lo que no evita la lesión pero sí la fractura.

Kerrigan queda en el suelo gritando: «¿Por qué?, ¿por qué?», mientras Stant huye de cualquier manera, dejando las imágenes del asalto grabadas en una cámara de seguridad.

Su falta de profesionalidad tiene un precio: en pocas horas, todo Estados Unidos se estremece ante el ataque a su campeona y pide justicia. La policía detiene a Stant e intuye que no puede ser cosa suya sino que hay alguien detrás. Cuando le ofrecen un trato, el matón no lo duda y da dos nombres: Shawn Eckhardt y Jeff Gillooly. ¿Quiénes son Eckhardt y Gillooly? El guardaespaldas y el exmarido respectivamente de Tonya Harding. ¿Quién es Tonya Harding? La máxima rival de Kerrigan sobre el hielo, la que pocos días después se proclamaría campeona de Estados Unidos ante la ausencia de su gran oponente.

El nombre de Harding, medalla de plata en los Mundiales de 1991, una patinadora en decadencia pero aún entre la élite, pronto sale en la investigación. Su exmarido la involucra y la policía la detiene. Durante unas semanas es la persona más odiada del país. Niega haber ordenado el ataque pero reconoce que sabía lo que estaba pasando y no hizo nada por impedirlo. La Fiscalía pide cárcel y la Federación la aparta de la selección que va a representar a Estados Unidos en los Juegos Olímpicos de Invierno de Lillehammer.

Sorprendentemente, Harding se revuelve como gato panza arriba y consigue que el juez le dé la razón: no le pueden quitar la plaza olímpica sin que haya una sentencia antes. En una de las situaciones más absurdas de la historia del olimpismo, víctima y verdugo no solo comparten competición sino que comparten bandera y equipo. La prueba supone uno de los picos televisivos en la historia de los deportes de invierno: todo Estados Unidos y medio planeta están delante del televisor a ver si el culebrón tiene un nuevo capítulo y si la mala malísima esta vez gana o pierde.

Pierde. Harding no pasa del octavo puesto mientras Kerrigan acaba segunda, detrás de la adolescente ucraniana Oksana Baiul. Todo esto para esto. Pocos meses después, Harding acepta una reducción de condena a cambio de declararse culpable: tres años de libertad condicional y trabajos para la comunidad. Pérdida de todos sus títulos deportivos y sanción de por vida. Después de pasar por la lucha libre y el porno amateur acaba como boxeadora profesional y comentarista de realities.

Soberbia

Desde que el baloncesto entra oficialmente en el calendario de los Juegos Olímpicos, allá por 1936, hasta los Juegos de Seúl en 1988, los Estados Unidos solo pierden un partido: la polémica final de 1972 que acabara con canasta de Alexander Belov después de repetir tres veces la última jugada. De hecho, los americanos no reconocen esa derrota: ante la imposibilidad de que la FIBA les reconozca el oro, lo que hacen es negarse a aceptar la plata y dejan las doce medallas esperando en un almacén a que alguien las recoja.

Para ellos, su baloncesto sigue invicto. Por supuesto, ha habido derrotas menores en torneos menores como el Campeonato del Mundo, donde la Federación nunca manda a sus mejores jugadores universitarios sino a una mezcla de amateurs de distintas procedencias… pero los Juegos son otra cosa y por si alguien tiene dudas, ahí está, reciente, el abrumador paseo militar que los Jordan, Perkins, Ewing, Mullin y compañía se dieron en Los Ángeles.

Esto no quiere decir que el resto del mundo no se haya dado cuenta de que la cita de 1988 es diferente: de entrada, están los soviéticos de Sabonis, después del boicot de 1984, y los yugoslavos de Petrovic y el joven Kukoc. Incluso habría que contar con una gran selección de Puerto Rico y los problemas que siempre pueden causar selecciones de rachas como Brasil, Australia o España. El equipo no es tan bueno como el de Los Ángeles pero tampoco es malo: en Seúl se juntan Mitch Richmond, Charles Smith, Danny Manning, Dan Majerle, Stacey Augmon y, sobre todo, David Robinson.

«El Almirante» está llamado a ser la gran estrella de la NBA en la siguiente década y, aunque el entrenador de Georgetown, John Thompson, no es precisamente un experto en el baloncesto internacional, a nadie le cabe duda de que esa plantilla basta para traer un nuevo oro a casa. Los primeros partidos no cambian la sensación: España cae 53-97 para empezar, a Brasil le caen 102 puntos y lo de China y Egipto mejor ni contarlo. Solo Canadá, el incómodo vecino, es capaz de plantar cara, llegando al descanso con dos puntos de ventaja y aguantando hasta un digno 70-76.

Con todo, la mayor muestra de superioridad está por llegar: en cuartos, el rival es Puerto Rico, capaz en la primera ronda de ganar a Yugoslavia y llegar a la prórroga con la URSS. Los boricuas de Piculín Ortiz son cosa seria pero los chicos de Thompson no dan ni una sola opción y ganan 94-57. Casi cuarenta puntos de diferencia contra un rival que los resultados ponen al nivel de soviéticos y balcánicos.

El sentimiento de superioridad es inmenso e inunda a todos los miembros del equipo estadounidense, incluido al entrenador. Cuando se confirma que su rival en semifinales es la URSS, la táctica está clara: dejarles que tiren y fallen. El talento propio hará el resto. Como la línea de tres puntos está unos centímetros más lejos en el reglamento FIBA que en el de la NCAA, a los técnicos y jugadores americanos les parece imposible que esos bigotudos vayan a acertar y les dejan hacer: dejan hacer a Kurtinaitis, dejan hacer a Marčiulionis, dejan hacer a Vólkov… y dejan hacer al lesionado Sabonis, que juega con Robinson como si fuera un niño.

El partido se mantiene en una tónica de igualdad hasta que, mediada la segunda parte, la URSS se coloca diez puntos arriba. No es una casualidad: los europeos son mejores. Estados Unidos intenta una presión en toda cancha pero no sirve para nada. Nadie se ha preocupado de estudiar a sus rivales, de medir de verdad el nivel europeo y por primera vez en la historia, ya sin excusas, los inventores del baloncesto se quedan fuera de una final olímpica, la que la propia URSS se llevaría ante Yugoslavia.

El impacto es tal que la NBA decide enviar a sus mejores jugadores para la siguiente cita, en Barcelona, con el resultado que todos conocemos. De John Thompson, a nivel internacional, no se vuelve a saber nada.


El pecado de Borges

Fotografía: Cordon.

En una obra tan pudorosa como la de Jorge Luis Borges, llama la atención «El remordimiento», un soneto enfático, patético, autocompasivo (cualidades que Borges detestaba) y decididamente confesional:

He cometido el peor de los pecados
que un hombre puede cometer. No he sido
feliz. Que los glaciares del olvido
me arrastren y me pierdan, despiadados.
Mis padres me engendraron para el juego
arriesgado y hermoso de la vida,
para la tierra, el agua, el aire, el fuego.
Los defraudé. No fui feliz. Cumplida
no fue su joven voluntad. Mi mente
se aplicó a las simétricas porfías
del arte, que entreteje naderías.
Me legaron valor. No fui valiente.
No me abandona. Siempre está a mi lado
la sombra de haber sido un desdichado.

El poema pertenece al libro La moneda de hierro, de 1976. Fue publicado por primera vez en el diario La Nación, de Buenos Aires, el 21 de septiembre de 1975. Según le dice Borges a Joaquín Soler Serrano en la entrevista de A fondo de 1980, el soneto lo escribió cuatro días después de la muerte de su madre. Leonor Acevedo de Borges murió el 8 de julio de 1975, a los noventa y nueve años. Ella fue, sin duda, la persona más importante en la vida de Borges. No es de extrañar que a su muerte Borges escribiese, pues, su texto más triste. La obra de Borges tiende a ser feliz. Que el lector llegue a ese soneto y se entristezca, o presencie un Borges triste, es un precioso homenaje de Borges a su madre. Dejó esa página marcada.

Su trascendencia viene resaltada por la terminología religiosa: las palabras «remordimiento» y «pecado», y esa otra latente, «confesión». El soneto constituye una confesión. Pero he utilizado trascendencia en su acepción de importante, no de trasmundano. Aquí la terminología religiosa está aplicada a la vida y solo a la vida; solo al mundo: al sentido de la tierra. La ética tácita del soneto es que somos engendrados (mediante el acto físico de la copulación) y eso nos trae a la existencia, cuyos ejes son los elementos materiales («la tierra, el agua, el aire, el fuego») y el imperativo de gozarlos («el juego / arriesgado y hermoso de la vida»; que en la primera versión era «el juego / humano de las noches y los días»). El sujeto no tiene que rendir cuentas ante ningún dios, sino ante sus padres: ante quienes lo ataron al hilo carnal. Todo se queda en el mundo.

Es la muerte de la madre (la del padre ocurrió en 1938) la que le hace recapitular y remorderse. El pacto que se deducía de su nacimiento, de acuerdo con la lógica vitalista, no lo ha cumplido. En lugar de a ser feliz, se ha dedicado «a las simétricas porfías / del arte, que entreteje naderías». Pero los que además de lectores de Borges lo somos de Nietzsche, recordamos en este punto una de las proclamas de su Zaratustra: «Yo no aspiro a la felicidad: aspiro a mi obra». Un fragmento póstumo del filósofo alemán dice también: «Compensación del poeta: sus sufrimientos y el placer de expresarlos». La justificación de una vida puede estar en la creación: engendrar obras es otro modo de integrarse en la corriente vital.

El propio Borges, en realidad, se acompasa más con esta idea la mayoría de las veces. «El remordimiento», insistimos, es una excepción en su obra. En esta abundan los placeres. No, ciertamente, los placeres intensos del sexo y las pasiones; pero sí los del intelecto, y los de la sensibilidad. Borges logra una combinación sabia, como ya alcanzó Montaigne, de escepticismo, estoicismo y epicureísmo. Y le da una suerte de cuerpo a su sabiduría: el que otorga la literatura. Cabe imaginarlo feliz en sus elaboraciones, como es feliz el lector. Borges se calificaba a sí mismo de «lector hedónico». Y el hedonismo lector es el estado habitual de los borgianos. El desgarro inmediato de este soneto es la confesión de infelicidad por parte de quien tanta felicidad ha prodigado.

Cuesta aceptar la división entre literatura y vida en Borges. Él la menciona en ocasiones, como en la oposición que establece en este poema entre «el juego / arriesgado y hermoso de la vida» y el «arte, que entreteje naderías». O en estos versos de El oro de los tigres: «No haber caído, / como otros de mi sangre, / en la batalla. / Ser en la vana noche / el que cuenta las sílabas». Pero su nostalgia de la épica no impide que la literatura misma constituya una vivencia para él. Al final de El hacedor escribe: «Pocas cosas me han ocurrido y muchas he leído. Mejor dicho: pocas cosas me han ocurrido más dignas de memoria que el pensamiento de Schopenhauer o la música verbal de Inglaterra». En la citada entrevista de 1980 afirma también: «La biblioteca de mi padre ha sido el acontecimiento capital de mi vida». En esta consideración de la lectura como algo que le ha ocurrido, como un acontecimiento, quizá se encuentre la clave de la gran paradoja, del misterio de Borges: que prácticamente hable solo de libros y resulte, en cambio, un autor nada libresco. Por la lectura como experiencia y por la vibración sutil de su escritura. Como sostiene Savater: «no hay escritor que tenga menos líneas inertes».

Por otra parte, ese cierto tremendismo con que se aborda el pecado en «El remordimiento» desentona con la serenidad usual en Borges. Pide, como purga, «que los glaciares del olvido / me arrastren y me pierdan, despiadados». Pero el olvido no suele ser en él una condena, sino una absolución. En «Fragmentos de un evangelio apócrifo», de Elogio de la sombra, dice, por ejemplo: «Yo no hablo de venganzas ni de perdones; el olvido es la única venganza y el único perdón». Ese texto termina con una petición que algunos han considerado irónica, pero que es transparente: «Felices los felices». Se trata de una celebración de los que han alcanzado la felicidad. Borges mismo la alcanzó muchas veces. «Otro poema de los dones», de El otro, el mismo, podría considerarse un catálogo feliz. En el prólogo de su último libro, Los conjurados, habla de «la dicha de escribir», y escribe: «Al cabo de los años he observado que la belleza, como la felicidad, es frecuente. No pasa un día en que no estemos, un instante, en el paraíso».

De este libro final es el poema «Cristo en la cruz», en el que el crucificado «sabe que no es un dios y que es un hombre / que muere con el día». La concepción de Borges es pulcramente agnóstica: el dolor de Cristo le conmueve, pero no es más que dolor. Un dolor inútil: a nadie salva. «¿De qué puede servirme que aquel hombre / haya sufrido, si yo sufro ahora?». No hay chantaje religioso en Borges. Todo, felicidad y sufrimiento, está en la vida. Hasta que la muerte, como escribe en otro poema de Los conjurados, «nos desate de la triste costumbre de ser alguien y del peso del universo».


Bailar en la cuerda

Imagen: United Artists.

Un hastío rapaz me ató a este árbol.
Si ese dios fuera yo, haría lo que hice.

(Sylvia Plath)

La Biblia no dice nada abiertamente del suicidio como pecado, pero sí del asesinato. Si entendemos el suicidio como un asesinato contra nosotros mismos, solo queda descifrar si cometer un autoasesinato es pecado o no. Ah, no es tan fácil, porque para que eso no ocurra, para que el suicida no sea además un pecador, debería arrepentirse para poder ser perdonado por Dios. Pero ¿cómo va a arrepentirse a tiempo el suicida?, ¿de cuántos segundos dispone? Así que técnicamente la Biblia no habla de este asunto, aunque sí del suicidio, pero es una regla no escrita: es Dios, y no tú, quien decide cuándo debes morir. ¿Quién demonios —perdón— te has creído para adelantarte al Señor?

De la lista de posibles suicidios, el ahorcado es, quizá, el que menos material necesita. Una cuerda de cortina, por ejemplo, y listos. ¿Quién no tiene una cortina a mano? Acerca de la muerte del ahorcado hay muchas teorías. La mandrágora, por ejemplo, que es la planta que crece donde ha caído el semen de los ahorcados. Porque se contaba que el ahorcado, en las últimas convulsiones, eyacula. Y a esas convulsiones se las llamaba bailar en la cuerda, por cómo se mueven los cuerpos sin llegar a tocar el suelo, sufriendo espasmos que podrían recordar —a las mentes más morbosas— a un baile.

Aunque la horca es aún un método legal de ejecución en algunos países, los suicidas que la utilizan por voluntad propia lo que buscan es una muerte rápida. No necesitan tiempo para pensárselo, no dudan y, sobre todo, no necesitan el perdón de Dios. Se han creído con el derecho de elegir cuándo y cómo morirán —un atrevimiento anticristiano—. Pero, en fin, esto no es un manual de la horca y sus distintos modelos, no es un catálogo de posibilidades —suicídese en tres cómodos pasos—. La horca es también un motivo literario, aunque menos utilizado como recurso en la literatura que entre los suicidas o en ejecuciones reales.

El ahorcado y el cine

La primera ahorcada y bailarina es Björk, que en Bailar en la oscuridad da ya suficientes datos sobre cómo la literatura y las creencias populares te advierten desde el título. Ciega y tiernamente confiada, necesita dinero para operar a su hijo, que también perderá la vista, y es así, en un rocambolesco drama de Lars Von Trier, como acaba con la soga al cuello en contra de su voluntad. La pena de muerte no podía ser más literal. Sin embargo, en los libros el ahorcado es perfectamente consciente de que quiere acabar con su vida, y necesita que se acabe ya. Son personas que necesitan huir sin dejar rastro, ninguna explicación. Podrían ser suicidas de pistola, de los que se arrojan por la ventana o toman cicuta —pero tienen mucho más a mano una cuerda—.

El ahorcado y el niño

Siempre creí que los muertos debían tener sombrero. Ahora veo que no. Veo que tienen la cabeza acerada y un pañuelo amarrado en la mandíbula. Veo que tienen la boca un poco abierta y que se ven, detrás de los labios morados, los dientes manchados e irregulares. Veo que tienen la lengua mordida a un lado, gruesa y pastosa, un poco más oscura que el color de la cara, que es como el de los dedos cuando se les aprieta con un cáñamo. Veo que tienen los ojos abiertos, mucho más que los de un hombre: ansiosos y desorbitados, y que la piel parece ser de tierra apretada y húmeda. Creí que un muerto parecía una persona quieta y dormida y ahora veo que es todo lo contrario. Veo que parece una persona despierta y rabiosa después de una pelea.

Así es como empieza La hojarasca, un libro breve y brillante de Gabriel García Márquez. El niño llega a la casa del ahorcado y se sorprende de que un muerto no tenga el aspecto de un hombre dormido. La boca la tiene un poco abierta, los labios se han vuelto morados, se ha mordido la lengua, y el color de la piel es oscuro. Los ojos, desorbitados; la piel, apretada y húmeda. Así es, un ahorcado no es un muerto amable —si es que los hay—. El ahorcado de esta historia es, además, un ahorcado para el que en vida todos deseaban un final terrible. Y eso es lo que ocurre con los que, además de suicidas, son dobles pecadores: nadie quiere enterrarlos. No merecen el descanso cristiano, eterno; no merecen ni el perdón de Dios ni el de sus iguales. Pero el abuelo del niño que creía que los muertos llevaban sombrero… se empeña. ¿Y quién peca más, el ahorcado o el que entierra al ahorcado?

El ahorcado y la huida

Los hay con prisa, eso sí. En El ahorcado de León Tolstói y en El ahorcado de Saint Pholien, de Georges Simenon, el caso es distinto. Tolstoi nos presenta un conflicto bien diferente al de un crimen o un suicidio. Deben elegir al quinto que irá como soldado, y entre la comisión que lo elige y la patrona no se ponen de acuerdo. Todos quieren mandar al frente al borracho y ladrón, por su mala conducta. Pero la señora se ha encaprichado con él, porque desde que tuvieron una conversación, ha cambiado por completo. Si ahora que está siendo un buen siervo lo castiga y lo manda como quinto, ¿no estará cometiendo una injusticia? Así que decide salvarlo, y para salvarlo lo libera y lo manda a hacer un recado. El mentiroso, borracho y ladrón pasará unos días solo, en carro, y deberá llevar una cantidad de dinero que le solucionaría la vida. Él, que no es de fiar, merece toda la confianza de la señora. Se promete a sí mismo y a su esposa que no tomará ni una gota de alcohol y lo cumple, y mientras va y viene de su recado, feliz por haberse reformado, se duerme en el carro, galopando. El dinero, que oculta bajo el sombrero, ha salido volando por un agujerito de la tela. Ser pobre es no tener dinero para un buen sombrero que te cubra la cabeza en invierno, un gorro que debe guardar el dinero que te salvará. Y ser pobre y desdichado significa que, ante la reacción de la señora por no cumplir con tu palabra, ¡para una vez que haces bien las cosas!, es mejor suicidarse. Esto es: desaparecer rápido del mapa.

Igual que en Saint Pholien. Al ser novela negra, por supuesto el suicidio tiene mayor misterio y dramatismo y la información está dosificada astutamente. Aunque hasta el capítulo cinco no aparecen los ahorcados, ya desde las primeras páginas asistimos a un suicida con pistola. Busca, también, después de que le roben una maleta con un traje viejo y manchado de sangre, una solución rápida: pero este pecador tiene pistola, no necesita sus cortinas. Cuando llegas a los ahorcados, son solo pinturas. Sí, cuadros y más cuadros de un hombre ahorcado en… ¡una iglesia! El colmo el anticristianismo. Suicidarse en una iglesia es algo más que pecado, por supuesto. Y el ahorcado de esta historia de misterio y detective es mucho más inocente de lo que cabría esperar —pero no a ojos de Dios—. Klein, el chico de la horca, era solo un joven trastornado y pobre que no supo afrontar el crimen que cometió. No solo se autoasesinó, sino que mató a otra persona. Y, además, pone por testigo a Dios, suicidándose en su propia casa. El detective de Simenon va poco a poco acercándose al secreto que guardan Los compañeros del Apocalipsis, el club de un grupo de universitarios que quieren revolucionar el mundo y acaban arrastrando durante todas sus vidas el baile de un ahorcado.

El ahorcado y el secreto

Charles Dickens, en cambio, propone otro de los aspectos del ahorcamiento y no solo del ahorcamiento, sino del suicidio en general. En su relato El secreto del ahorcado se plantea, sin demasiado dramatismo, cómo un error lleva al personaje del relato a la soga. Expulsado de su familia y sin nada que llevarse a la boca, se acaba cruzando con un muerto: un muerto que tiene más que él, dinero y ropa. Así que cambia su identidad y se hace pasar por él, pero Muller, a quien suplanta, ha cometido algún pecado… perdón, algún crimen. Algo ha pasado con un niño. De modo que cuando se encuentran con el nuevo Muller y le interrogan, no sabe qué contestar. La muerte es así, no tiene respuestas. Y la de los suicidas, como las muertes inesperadas, menos aún. El Muller de mentira soporta chantajes y preguntas, pero de verdad no sabe dónde está el niño, quién es ese niño, qué ha pasado con ese niño. Pero no importa, porque él es quien creen que es. El verdadero Muller, que sabría cómo contestar a la pregunta, se ha llevado con él —no se sabe si al cielo o al infierno— el secreto. Y el pobre diablo que no puede responder en los interrogatorios ha dejado al narrador del cuento sin desvelar el misterio. Nadie sabe qué ha pasado con el niño, porque el Muller embustero, el que asume una identidad problemática, ha sido condenado y ya cuelga de su soga, ya baila en la cuerda.

El ahorcado y la poesía

Hay un último estadio del ahorcado, del suicida en general, que lo aúna al romanticismo. Sí, hasta el momento todos los ahorcados citados son hombres pobres que no tienen escapatoria, que no saben qué hacer con su vida y buscan el atajo —un atajo que Dios no les ha autorizado a utilizar, pero aun así toman—. Sylvia Plath, en cambio, una de las poetas suicidas célebres, le dedica un poema al baile de las convulsiones. Ella, por supuesto, sabe cómo vestir de gala a la muerte, no necesita al pobre, y lo triste puede ser también embellecido con palabras.

Asiéndome del cabello, un dios se adueñó de mí.
Sus descargas azules me achicharraron como a un profeta del desierto.
Las noches se volvieron invisibles, como el tercer párpado de un lagarto,
Un mundo de días blancos y descarnados en una cuenca sin sombra.
Un hastío rapaz me ató a este árbol.
Si ese dios fuera yo, haría lo que hice.

Así es como la poesía se alía con Dios y cubre el ahorcamiento de hermosura, ya no hay pecado, porque es Dios quien se adueña del suicida, y si es Dios quien ahorca, no hay lugar para el arrepentimiento ni tampoco para la falta. Plath es una poeta maldita capaz de volver lírico el más espeluznante de los sentimientos, por eso estos versos, pese al motivo, son espléndidos. Hay algo del misterio que encierra el ahorcamiento, la decisión de morir, pero es infinitamente más lícito bajo la perspectiva de la poeta, porque ella ya ha justificado lo injustificable. Dios no permitiría tal ofensa si no fuera porque es él quien la dicta, y si un dios es capaz de ahorcar a una de sus criaturas, y una de sus criaturas fuera Dios, haría lo que hizo —adueñarse del ahorcado, atarlo a un árbol… dejar que baile—.


La envidia como una de las bellas artes

February 1928: Inventor Thomas Alva Edison (1847 - 1931) operating a telegraph key on his 81st birthday. The key he is pressing is actually inaugurating a modern Elison lighting system in Bellingham, Washington. (Photo by Hulton Archive/Getty Images)
Thomas Alva Edison, 1928. Fotografía: Getty Images.

Los pies de Roxie Druse patalean a unos metros del suelo. A la misma altura en la que deberían flotar tan plácidos como muertos. Y cada uno de sus estertores convertido en patada es una coz en el receptáculo de culpa de los muy respetables señores que han ordenado ahorcarla. Es intolerable lo mucho que tardan algunos condenados en morir. Habría que inventar algo, un método lo suficientemente limpio para que estos repugnantes espectáculos no vuelvan a producirse.

1886. El estado de Nueva York acaba de ejecutar penosamente en la horca a Roxialana Druse, una infeliz sin demasiadas luces y con las suficientes sombras como para matar a su marido, descuartizarlo, quemar los restos y deshacerse de los pocos huesos que sobrevivieron al fuego. Frente al patíbulo, no cabe un periodista más para la ceremonia. Hace cuatro décadas que no se ejecuta a una mujer en la ciudad. Pero ninguno esperaba una función tan agónica: más de quince minutos para morir con el cuello roto. Roxie lleva la cabeza cubierta con una pudorosa capucha—más por proteger al que mira que por librar del espanto al que muere—. Aunque no hay tela que pueda silenciar el grito inacabable de su final.

No se puede repetir. Nueva York matará, pero limpiamente. Sin estertores, ni vómitos, ni bochornosos esfínteres. Nuevos métodos para nuevos tiempos. La electricidad.

Un charlatán ambicioso habría soñado con colocarles a las autoridades un nuevo sistema para ejecutar la pena capital. El prodigio que mataría sin mancha, ni vergüenza. Pero Thomas Alva Edison no era un vendedor de patentes cualquiera. Era un tiburón. Y en los recovecos de su mente surgió una idea mejor. No inventaría la guadaña del siglo XX. Le cedería el dudoso honor a su peor rival: George Westinghouse. Así conseguiría desacreditar la corriente alterna que el industrial defendía. Y, de paso, acabaría con el tipo más excéntrico y más hermético que había trabajado en su taller. Un europeo tortuoso y deslavazado que se había atrevido a dejarle plantado. Aunque, cierto era, Edison no le había pagado los cincuenta mil dólares que le prometió por interminables noches de trabajo.

Aquel tipo llegado de París con una fervorosa carta de recomendación no era como el resto de los discípulos. «Conozco solo a dos grandes hombres y usted es uno de ellos. El otro es este joven». Se llamaba Nikola Tesla. A Edison le exasperaron aquellas palabras escritas por el responsable de su compañía en Francia. Y le pusieron en alerta. ¿Un gran hombre? ¿Tan grande como él? ¿De verdad? Nadie iba a competir con el Mago de Menlo Park. Él, solo él, pasaría a la historia como la mente más privilegiada de su tiempo. Por primera vez en su vida, Edison se sintió amenazado. Por primera vez le sacudió esa dentellada en la boca del estómago. Un odio constante. Incandescente como una de sus lámparas. Una aversión pegajosa como una serpiente atada a su esternón que no dejaría de crecer.

Envidia, se llama. Y es una fuerza poderosa. Irrefrenable. Como las coces de Roxie Druse en la horca. Que mueve y que envenena. Es un diablo insaciable que le susurra que tiene que acabar con Tesla. Humillar a Westinghouse.

Y así la envidia se convirtió en la madre de la muerte eléctrica. Y Edison inventó la silla. O, mejor dicho, aprovechó el invento de uno de sus discípulos. El artefacto cumplía con un requisito esencial. Achicharraría el buen nombre de sus rivales. Porque funcionaba con la corriente alterna que comercializaba Westinghouse. En una pirueta perversa, Edison llegó a proponer que el proceso letal se llamara westingizar. ¿No le dio Guillotin su nombre al brazo ejecutor de la revolución? Westinghouse no lo permitió, pero no pudo evitar que la corriente alterna alimentara la primera ejecución de la era moderna.

Solo que la muerte no fue tan limpia.

1890. William Kemmler no pasará a la historia por asesinar a su amante, pero sí por ser el primer humano en ocupar el trono funerario cargado de electricidad. Una descarga. Y otra. Otra más. O la corriente alterna no era tan mortífera o los hombres de Edison no habían calculado bien. Se habían esforzado. Habían tostado gatos, perros, pollos. Pero no sopesaron que el cuerpo de un hombre aguantaría mucho más. Kemmler habría deseado la imperfecta horca en la que agonizó Roxie Druse. Se habría ahorrado morir quemado vivo ante los ojos atónitos de los muchos periodistas que habían acudido a la prisión de Auburn a dar fe del invento definitivo de Edison. La sala se llena de humo. La descarga ha sido de más de un minuto. Pero el condenado no muere. «Habría sido mejor un hacha», dijo Westinghouse después. Esa fue su única venganza. La sirvió afilada y exquisita. Como él.

Ese fracaso alimentaría para siempre al gusano que corroía a Edison. La envida, la certeza de saber que siempre hay alguien mejor dispuesto a destronarte. Hasta de la silla eléctrica.

El genio nunca es inmune al pecado. El talento no sirve de escudo contra un odio tan irracional como los celos. Ese miedo se ha apoderado de un hombre en una sala de proyección. No sabe si abrir los ojos o cerrarlos para no maldecirse por haber dejado pasar la oportunidad. En la pantalla, una película de terror. Pero él no teme la bilis, ni el espanto, ni a Belcebú. Teme a otro demonio más familiar que siempre acecha: el fracaso como cara oculta del triunfo del otro. Teme no estar por encima de la perfección. Teme el olvido. Teme la gloria de los demás. Teme que no haya raciones de éxito para todos. Por eso cada plano en la pantalla se le clava como una espada en su ego acorazado. Él no lo habría hecho así. Pero él dijo que no. Él rechazó contar esta historia de metamorfosis y de posesión. Será por eso que le posee la rabia.

La envidia. Otra vez la envidia moviéndolo todo. Activando las neuronas desde las tripas.

Stanley Kubrick sur le plateau du film Orange Mecanique 1972 - Stanley Kubrick on the set of CLOCKWORK ORANGE, 1972
Stanley Kubrick, 1972. Fotografía: Cordon Press.

El hombre que mira la pantalla se llama Stanley Kubrick. Está viendo una película que se ha negado a hacer. Para empezar, él exigía algunos cambios en el guion. Quería contar de otra manera cómo el mal se infiltra entre las sábanas del día a día. Creía que era más terrorífico un adolescente que el propio Satanás. Pero la Warner tenía un plan menos difuso. Por eso es William Friedkin quien ha terminado dirigiendo esta versión viscosa y evidente. Se llevará un Óscar por la apoteosis maléfica de la pequeña Linda Blair en El exorcista. Y Kubrick no ganará nada. Si acaso la inspiración. La firme decisión de aterrorizar al público sin necesidad de una maldad ultraterrena. Kubrick está convencido de que el infierno está en uno mismo. Y de esa epifanía envidiosa le saldrá una película. Lo maldito pudre cada arista del alma de Jack Torrance, atrapado en una única frase de su novela. Lucifer está en ti. Solo espera el momento adecuado para encarnarse. Cuando te encierres con tu familia y te quedes aislado por la nieve. Cuando tu máquina de escribir se obstine en hacerte teclear siempre lo mismo. All work and no play makes Jack a dull boy.

Quizá Kubrick, que no ganó ningún Óscar, tenía razón. No había premios suficientes para todos. Y el genio no tiene nada que ver. Está convencido de que su talento es siempre superior. Pero le tortura ver cómo la masa ciega adora a los otros. Le sucede con La guerra de las galaxias. No entiende los motivos del taquillazo. Sabe que no era tan buena como 2001. Solo que el público no lo sabe. Le volverá a pasar con Apocalypse Now. El viaje de Coppola por el Mekong le empuja a contar la miseria de los reclutas en La chaqueta metálica. Le sucederá de nuevo cuando el entusiasmo por E. T. le haga retomar el proyecto de Inteligencia artificial. Aunque la punzada de envidia terminará convertida en sincera admiración por Spielberg.

«El ajedrez te enseña que debes tener calma y pensar si realmente es una buena idea o hay otras ideas mejores». Esa fue una de las cosas que Kubrick aprendió en las mesas blancas y negras de Washington Square. Lástima que pasara su vida atormentado por la envidia, por la remota posibilidad de que una idea mejor estallara en la cabeza de otro.

Ese mismo terror atormentaba al genio viperino de Gore Vidal. «Cuando un amigo mío triunfa, muero un poco». Lo decía con ese desdén altivo del que sabe que es mejor pero que eso no es garantía de reconocimiento. Lo decía transpirando envidia. Sin ocultarla. Vidal hizo de la envidia una de las bellas artes. No es suficiente triunfar, los otros tienen que fracasar. Lo decía sin rubor. Lo decía pensando en Norman Mailer. En Truman Capote. En Andy Warhol, el único genio que conoció con un cociente intelectual por debajo de sesenta —años después Vidal rebajaría su maliciosa estimación a veinte—. Le molestaba el ascenso de un tipo que serigrafiaba latas. Del perfecto mamarracho. De la vacuidad coronada de canas que nada tenían que ver con la sabiduría. Tampoco ayudó que Warhol hubiera confesado la fascinación que a los veinte años le supuso descubrir el rostro efébico de Capote en la contraportada de Otras voces, otros ámbitos. Era la imagen voluptuosa de un hermoso jovencito de labios carnosos. Y Vidal también moría un poco al mirarla. De deseo. De resentimiento. Un resentimiento que alimentaría su enemistad durante años. Era como verles correr por un premio fabuloso desde la grada, apuntaba Tennessee Williams —el tercer perverso en discordia—. Demasiados enfants terribles para tan poco Manhattan. Demasiada envidia para una isla. Esa envidia que le precipitaba sobre el teclado para ser mejor que los otros. Para sobrevivir al éxito ajeno. Esa envidia que según Vidal era el hecho central de la vida americana.

La envidia española es distinta. Más cotidiana, pero menos inspiradora. La envidia española se evapora en el ejercicio de la difamación. Jamás intenta hacer de más, le basta con hacer de menos al envidiado. La envidia española es mezcla de resignación y de autoengaño. Es el arte de convencerse, a fuerza de repetirlo ante otros oídos, de que el listo brilla con un fulgor prestado.

Fue envidioso difamador Quevedo, que prefirió emplear su genio en trabar versos contra Góngora antes que a favor de otros. Pero Gongorilla ya era grande cuando Quevedo le convierte en objeto de sus burlas. Y sin embargo, la leyenda deja a Góngora como el conceptista amargado y a Quevedo como el ocurrente luminoso. Aquel joven advenedizo, dotado con el don de la palabra y maldecido con el gusano de la envidia, era mala persona. Mentiroso. Embaucador. Pendenciero. Ladrón. Corrosivo. Buscón como su don Pablos. «Virtud envidiada es dos veces virtud», escribió el brillante impostor que parecía saber mucho de virtudes en la teoría y poco en la práctica.

«No hay amistades, parentescos, calidades, ni grandezas que se opongan al rigor de la envidia», lo decía Cervantes con la autoridad de quien sabe de lo que habla. Cuando vuelve a España, manco y prematuramente envejecido tras su cautiverio, Lope de Vega es el «Fénix de los Ingenios españoles». El ídolo de las audiencias teatrales. Y a Cervantes se le escapa el triunfo en la comedia. Sus obras aristotélicas y mesuradas no pueden competir con el circo barroco de Lope. Y cuando intenta pasarse al bando del enredo se da cuenta de que no sabe. No puede ser efervescente y superficial como sus rivales.

Los que un día fueron amigos empiezan a tirarse los versos a la cabeza. Dicen que Lope leyó el Quijote antes de publicarse. Y que sintió envidia. Hay quien insinúa que el Quijote apócrifo fue la idea más malvada de Félix Lope de Vega y Carpio. Habría incitado su escritura y colado frases hirientes. Lo habría llevado a la imprenta bajo el nombre falso de Avellaneda. De ser así no sabría que estaba consagrando a su rival, haciéndole su último favor de enemigo: obligando a Cervantes a que sacara a pasear de nuevo a su caballero andante. Aunque fuera para matarle.

Porque la envidia en España es más mortal que inspiradora.

«Los españoles siempre están pensando en la envidia. Para decir que algo es bueno dicen: es envidiable». Hasta Borges supo verlo. Él, que ni veía, ni sentía, ni envidiaba.


Sinners I’d like to fuck

Fotografía: jamelah e. (CC)
Fotografía: jamelah e. (CC)

Estrellas, apáguense vuestros fulgores!
¡Que no alumbre vuestra luz mis negros y profundos deseos!
Macbeth, Acto Primero, Escena IV.

Conocí a Harey en una playa africana. Su figura me resultaba familiar y le presté una cara conocida. Jamás la toqué, pero fantaseé con ella con violencia, como merecen los cuerpos que quieren ser purgados de sí mismos. Su marido nunca lo supo. Al fin y al cabo, Kris Kelvin, psicólogo de la estación Solaris, ni siquiera estaba vivo. Tampoco ella. «Hay situaciones que nadie se ha atrevido a materializar y que el pensamiento ha engendrado por accidente, en un instante de desvarío, de demencia, llámalo como quieras», me alertó una vez un amigo de Kelvin. Aquel día repasé mi historia con Harey y pensé: «¿Se trataba solo de eso? ¿De un pensamiento desordenado?». Pero ¡silencio, basta! ¿Quién no se ha follado alguna vez a un personaje literario?

Acudo a Ortega —el chico para todo cuando necesito una frase elevada— y hallo alivio en sus Estudios sobre el amor: «La lujuria no es un instinto, sino una creación específicamente humana —como la literatura—. En ambas, el factor más importante es la imaginación. ¿Por qué los psiquiatras no estudian la lujuria bajo este ángulo, como un género literario…?». El autor, por cierto, vincula «el mayor poder imaginativo» de los varones con su propensión a la lujuria. No me resisto a seguir: «La naturaleza, con tiento y previsión, lo ha querido así, porque de acaecer lo contrario y hallarse la mujer dotada de tanta fantasía como el hombre, la lubricidad hubiera anegado el planeta y la especie humana hubiera desaparecido volatilizada en delicias» (1). Uy, sí, qué muerte tan horrible. Pero volvamos al recto camino.

La lista que sigue será breve y arbitraria, como los favores que cabe esperar de los amantes que la componen, y responde a una sola norma: que sean pecadores literarios. Sinners I’d like to fuck. Asesinos, traidores, espíritus envilecidos por el vicio; hombres, mujeres, nínfulas y edipos. «Basuras del alma», que diría Miguel Noguera. Cuerpos al servicio de la impunidad, incorruptibles en su perpetua existencia de celulosa… «El tipo de humanidad que en el otro ser preferimos dibuja el perfil de nuestro corazón», advierte Ortega. Pero ¿quién busca humanidad cuando quiere echar un buen polvo?

No fue mi corazón lo que se estremeció cuando vi por primera vez la Alegoría de Venus y Cupido en la National Gallery. Tenía veinte años y la sospecha de que el sexo estaba sobrevalorado. Shame on me. Madre e hijo se rozan los labios en mitad de la escena. Están rodeados de personajes que representan el Tiempo, la Locura, los Celos y el Placer. El niño sostiene la cabeza de la mujer y atrapa uno de sus pezones entre los dedos índice y corazón de su mano derecha. Él tiene el culo prieto y generoso; ella, los pechos discretos pero redondos como pomelos. Hace poco vi la imagen aumentada de sus rostros en la portada de un libro y descubrí que Venus, rebautizada como Lucrecia en el Elogio de la madrastra de Mario Vargas Llosa (1988), asoma tímidamente la lengua, consintiendo y estimulando a la vez el acercamiento de su Cupido (Alfonso, Fonchito, Foncín).

Exuberante corruptora de menores con hechos y palabras: «Tuve un orgasmo riquísimo», le dice al niño —nueve años él, cuarenta ella— después de yacer juntos en ausencia de don Rigoberto, insulso padre y marido obsesionado con la higiene personal («limpiar el vientre es mucho menos incierto que limpiar el alma»). Seamos un cuadro barroco, Lucrecia, diosa de níveas caderas que se desparraman abundantes. Encarnemos la santísima trinidad de la concupiscencia: sintonicemos «la furia del instinto con la sutileza del espíritu y las ternuras del corazón». Concupiscencia que se multiplica por cuatro en el diccionario: «Apetito desordenado de placeres deshonestos». Te haría reina, madrastra, si no lo fueras ya doblemente en tu casa. Clarividente soberana que justifica sus actos sin remordimiento: «Tal vez no tengo la impresión de estar haciendo algo malo porque Fonchito tampoco la tiene».

Nada que ver con el atormentado Humbert Humbert de Nabokov: «Me consumía en un horno infernal de reconcentrada lujuria por cada nínfula que encontraba, pero a la cual no me atrevía a acercarme, pues era un pusilánime respetuoso de la ley». ¿Caigo en el tópico si suspiro por Lo, Dolly, Dolores, Lolita? Oh, por supuesto que sí. Pero no lo haré como esperan. Observen a su padrastro humillarse ante ella —casada, encinta, ninfa caída— en el capítulo 29: «Algún día, si quieres venirte a vivir conmigo… Crearé un nuevo Dios, y se lo agradeceré con gritos desgarradores, si me das una esperanza, aunque solo sea microscópica». Tiene dieciocho años y es un zafio recuerdo de su pubescencia felina, pero le entregaría mi alma a Mefistófeles a cambio de revolcarme con ella en un catre destartalado, como en una pelea de cachorros, sin esperar de ella más que el egoísmo de venirse primero. Quiero decir: de igual a igual, sin engañarla, sin sublimarla, liberándola así de su condena infantil. Un polvo grasiento, ordinario. ¡Le haría el amor incluso! Y esperaría encontrar en sus ojos —como la primera vez, como tantas otras— cierta compasión agradecida.

Te miro, Dolly, y sé que hay algo más. ¿Me lo contarás algún día? Debo volver al trabajo. ¿Respondió tu padre a tu carta? ¿Nos mandará el dinero…?

¡Ay, señor, que me pierde! Vuelvo a Lucrecia para saltar del suyo a otro lecho. El tonto de Rigoberto la amaba con su cetro, pero también con su nariz y sus orejas. «Esta noche no haré sino oiré el amor», musitaba antes de acomodar «uno primero, otro después, los pezones de su esposa en la hipersensible gruta de sus oídos». Los escucharía «reverente y extático, reconcentrado como en la elevación de la hostia, hasta oír que a la aspereza terrosa de cada botón ascendían, de subterráneas profundidades carnales, ciertas cadencias sofocadas, (…) tal vez el hervor de su sangre convulsionada por la excitación». Una lubricante operación que en el pecho de Lady Macbeth resultaría fatal. Nada orgánico susurra en su interior: solo el rumor de un deseo impronunciable atrapado en cavidades de acero; entrañas de pulimentada codicia que amplifican el anhelo de su esposo de matar al rey Duncan. «Te agradaría ser grande, pues no careces de ambición; pero te falta el instinto del mal, que debe secundarla. (…) Ven aquí, que yo verteré mi coraje en tus oídos».

Fotografía: Angela Sabas (CC)
Fotografía: Angela Sabas (CC)

Ella, mujer que invoca a los «espíritus propulsores de pensamientos asesinos» para que borren de su pecho todo rastro de piedad o escrúpulo compatible con la Naturaleza; que se avergüenza del «corazón tan blanco» de su consorte; ¿merece ser empotrada para aplacar sus humores o lamida con ceremonial devoción, empezando por sus manos, para mostrarle dónde descansa el Destino? ¡Lo segundo, mi señora! Y dejar que cabalgue sobre mí con la corona puesta, oro empapado en púrpura que su ardor me ayudó a conseguir. ¡Deje que me sumerja en su regia hendidura y apártense de mí esos espectros que me atormentan! ¡Bien muertos están si la convertí en Alteza! Ahora, ¡ábrase su corazón tan negro —aquel de allá abajo, que por mí palpita— y rebose la miel de su cáliz en mi cara…!

Supera en crímenes a Lady Macbeth el rey de hombres Agamenón. Entre las aficiones del héroe, provocar la cólera de Aquiles, matar al primer marido de su esposa, ensartar enemigos y coleccionar esclavas lesbias, «hábiles en hacer primorosas labores». ¿Macramé? No, felaciones. Su última concubina, Casandra, fue parte de su botín tras ganar la guerra de Troya. Al volver a Grecia, su esposa y su amante, Clitemnestra y Egisto, los asesinaron a ambos.

Los poemas de Homero no son lugares propicios para ser mujer, aunque su anatomía se encuentre en el origen de las disputas: «Ya antes de Helena eran los coños la causa más común de la guerra», escribe Horacio (2). Pero la violencia que los hombres ejercen contra ellas —el rapto y violación de las troyanas, el acoso a la paciente Penélope— no atenúa el inflamado erotismo de sus combates. Agamenón, caudillo que embiste soberbio y sudoroso, lidera un mar de aqueos de larga cabellera y broncíneas corazas; vigorosos servidores de Ares que agitan sus lanzas contra el cielo, como si el Céfiro, dios del viento, «moviese con violento soplo un crecido trigal». Si quieren trotar fuertecito, seduzcan al rey de Micenas, pero sepan que es de naturaleza brutal, y solo desplegará su sensualidad si su objeto sexual —ustedes, yo— está degradado ante sus ojos (3). Si prefieren comulgar con los muslos de un héroe, atraigan a Patroclo y Aquiles. Fieles amigos, amantes bandidos. El sexo de los muslos o intercrural (frotar el pene entre las piernas de alguien sin que haya penetración) era el epíteto del coito entre hombres adultos y mozalbetes. En cualquier caso, griegos y troyanos se empalaban bajo las murallas de Ilión como quien se bate en la cama con un mancebo primerizo: vigilando su retaguardia.

Alguien se preguntará cuál fue el pecado de Aquiles, y la respuesta está en el primer verso de la Ilíada: su cólera funesta, su orgullo herido (Agamenón le había robado uno de sus coños, quiero decir, de sus esclavas) hizo que muchos de sus compañeros muriesen por no luchar junto a ellos contra los troyanos. Entre ellos, su estimado Patroclo. «Dame la mano, te lo pido llorando (…) No dejes mandado, oh Aquiles, que pongan tus huesos separados de los míos», le ruega el alma del difunto. «¿Por qué, cabeza querida, vienes a encargarme estas cosas? Te obedeceré y lo cumpliré todo como lo mandas. Pero acércate y abracémonos, aunque sea por breves instantes, para saciarnos de triste llanto».

«La gente pensará en Brad Pitt con melena», me comenta un amigo cuando le hablo de Aquiles. O en los fornidos muchachos de 300. O en Russell Crowe en Gladiator, aunque haga de romano. Y tiene razón: la capacidad evocadora del lector tiene que ser muy fuerte —o su exposición a las cintas comerciales muy débil— para que las creaciones de su mente puedan competir con las adaptaciones al cine. No tiene nada de malo que la pantalla estimule las fantasías del papel… siempre que no las sustituya.  

Timothy Dalton, Ralph Fiennes o Tom Hardy han prestado su rostro a Heathcliff, el bastardo que yerma la tierra que pisa en Cumbres borrascosas (1847). Una docena de películas y series basadas en la novela de Emily Brönte han contribuido a que el huérfano gitano, sin ser especialmente atractivo, sea uno de los hijos de puta con más morbo de la literatura inglesa. Niño atormentado que observa el mundo a través de «dos negros demonios que jamás abren francamente sus ventanas, sino que centellean bajo ellas corridas, como si fueran espías de Satanás»; joven despechado por el amor de su hermanastra; hombre enajenado por los efluvios de la venganza. Pero siempre, y por encima de todo, jinete indómito de cabellos al viento que ríete tú de los maromos de Johanna Lindsey.

Como a esa lesbiana a la que un homo erectus le dice «a ti lo que te pasa es que no has probado una buena polla», deja que te redima de tus pecados, salvaje Heathcliff, para que puedas amar con claridad. ¡Pobrecito mío! Baja la guardia conmigo, que yo te cuido…

A modo de epílogo

Lo intenté con Wanda von Dunajew, la Venus de las pieles (1870), pero su afectación me resultó irritante. Pensé en las Cartas de la monja portuguesa, pero no me excitaban sus palabras, sino verla masturbarse en unas espléndidas ilustraciones de Milo Manara. El Marqués de Sade no me pone y Christian Grey QUIÉN ES. Una amiga me recomendó a Harry Potter y a Edward Cullen; pero claro, ella hablaba de follarse a Daniel Radcliffe y a Robert Pattinson, no sé si juntos o por separado. Me acordé de Aliena, ella sabe que sí. Pero la presencia más húmeda de Los pilares de la tierra (1989) no era una pecadora. Les gustará saber que la compartí con mi amigo sin saberlo. Lo confesamos hace poco. Qué maravilla.

Notas:

(1) «La elección del amor» (1927), recogido en Estudios sobre el amor, Revista de Occidente, 1940.

(2) Del original «nam fuit ante Helenam cunnus taeterrima belli causa» (Sermones). También leemos en el Libro segundo de Tristes, de Ovidio: «La Ilíada, ¿qué otra cosa es que una adúltera por la que lucharon entre sí su amante y su marido? (…) ¿O qué es la Odisea sino una mujer solicitada a la vez a causa del amor por muchos hombres, mientras su marido está ausente?».

(3) Una de las taras del protagonista de El mal de Portnoy (1969), de Philip Roth. Su deseo físico hacia las mujeres iba acompañado de un inexplicable desprecio. «¿Será cierto que mi sensualidad solo se liberará si el objeto sexual cumple la condición de que yo lo considere degradado?».

Este artículo es un avance de nuestra revista impresa dedicada al pecado #JD13


Escribir desde la cárcel y el alcohol

Fotografía: Jason Farrar (CC)
Fotografía: Jason Farrar (CC)

Parecía que el pecado siempre iba a estar ahí. El pecado, ese concepto bíblico que obliga al arrepentimiento y, si tienes suerte, al perdón. Naciste pecadora, muchacha, querida Eva, y nada podrá salvarte.

Muchos años después de las faldas plisadas, los calcetines por la rodilla y el jersey azul marino de cuello de pico en las escuelas católicas, una se da cuenta de que hay mucho de farsa en esta machacona tesis judeocristiana, pese a que este convencimiento invite a la rabia. Y eso, el enfado, también podría verse como un pecado. Pero sí, te enfadas por tantos golpes en el pecho con el «yo pecador» por bandera, por haberte inoculado el virus del mal —¿qué mal?—, por haberte hecho sentir que a la mínima de cambio, eres culpable. ¿Estás aquí en este mundo? Pues apechuga porque te vas a tirar la vida expiando por ello. 

La epifanía, la iluminación, el golpe tras la caída del caballo como a San Pablo, llegó, en parte, con las lecturas de aquellos escritores que se habían dejado arrasar por el mal y lo habían contado en sus novelas. Si puedes narrarlo, igual no es tan vergonzoso. Menos aún si no lo haces como un intento de expiación. Y ya, infinitamente menos, si se argumentan otras causas, múltiples motivos. Fue ahí donde entendí el asunto de las superestructuras y eso de que LA SOCIEDAD, la organización de todo el asunto, igual algo tenía que ver con lo que, moralmente, concebimos como aquello que está mal y por lo que debes ser marginado. Las monjas se podían ir con su cantinela a otro lado.

Edward Bunker, el tierno

07 Oct 1997 --- Edward Bunker spent over twenty-five years in and out of U.S. penal institutions. He later turned to writing screenplays and novels and acting. --- Image by © Sophie Bassouls/Sygma/Corbis
Edward Bunker. Fotografía: Corbis

El escritor que me abrió las puertas a este pensamiento fue Edward Bunker, nacido el último día del año de 1933 en Hollywood y fallecido en 2005 en un quirófano mientras le operaban por problemas circulatorios. Lástima acabar entre esas luces blancas después de una vida intensa a golpe de robo, años en prisión e incluso éxito como guionista y novelista.

A Bunker, extraordinariamente bien publicado en España en los últimos años por Sajalín Editores, le conocí con su novela más emblemática, No hay bestia tan feroz, publicada originalmente en 1973 y por estos lares en 2009. La cara del escritor, un rostro ceñudo con arrugas como tiralíneas y mirada de macarra de barrio, no me producía ningún tipo de candor. Y, sin embargo, poco a poco fui entrando en la historia de Max Dembo, un criminal que se ha pasado ocho años en la cárcel y quiere integrarse en la sociedad. Ja. Quiere. Porque se lo ponen muy difícil y ahí está el hombre, basculando entre volver a sacar la pistola u olvidarse para siempre del hampa. Y llegué a sentir ternura.

El título ya remite a que no hay ningún hombre sobre la faz de la tierra que merezca el más absoluto de los desprecios porque siempre habrá algo que podrá salvarle y que se llama humanidad. El aspecto que, al parecer, no contempló la Biblia o cierta interpretación del libro sagrado. Bunker, sin embargo, lo tenía muy claro. Él mismo lo había vivido en sus propias carnes.

Si se ojea su biografía —pueden acudir a la Wikipedia, la bases de datos de IMDB, reseñas editoriales— uno puede adentrarse en la vida de un chaval que desde el principio no lo tuvo nada fácil. Nacido en Los Ángeles en los años treinta —e imagínense esa ciudad en tiempos de la Gran Depresión y la ley seca— era hijo de una corista y de un montador de escenarios. Muy hollywoodiense, pero en el lado de los proscritos. Sus padres le daban a la botella y tenían peleas continuas. Al final se separaron y el crío fue a parar a una casa de acogida con cinco años de edad. Poco duró aquella historia. El chico se fugó y a partir de entonces fue de reformatorio en reformatorio y de robo en robo. Una joya que a los diecisiete años ya se había convertido en el preso más joven de San Quintín.

Y, sin embargo, fue ahí donde le entró el gusanillo literario gracias a otro preso, Caryl Chessman, que estaba condenado a muerte pero que consiguió escribir cuatro novelas sobre su vida que serían publicadas más tarde. Este Chessman tampoco era un angelito. Condenado por secuestro, robo y violación fue gaseado en 1960, porque como ya se sabe, en EE. UU. quien la hace la paga y lo de la pena de muerte se llevaba muy a gala. Pero antes de todo eso, Bunker escuchaba cada día el martilleo de las teclas en la máquina de escribir y quiso agenciarse una que le sería proporcionada por sus amigos Louise Fazenda y Hal B. Wallis. Así comenzó con sus propias historias que, no obstante, no llegarían más allá del propio papel pegado a la cinta de tinta de la máquina.

Bunker salió de la cárcel en 1956 e intentó una vida normal como su personaje Max Dembo. No tuvo muchas oportunidades o al menos eso le pareció a él ya que después de otros tantos delitos acabaría en la cárcel en 1962 donde estuvo hasta 1975. Allí escribiría No hay bestia tan feroz que, esta vez sí, fue un éxito casi inmediato una vez fuera de la prisión. Para los lectores y para la crítica, en esa historia, muy alejada del pertinente ladrón o asesino que roba o mata porque nada podrá remediarlo, había mucho talento.

Y el escritor se puso a la tarea literaria sin descanso. Sabía que tenía bastante material para ello. Y también sabía qué era lo que quería contar. En sus memorias, La educación de un ladrón (1999) da una sucinta explicación:

Leer me había enseñado que la cárcel había sido el crisol donde se habían formado varios grandes escritores. Cervantes escribió buena parte del Quijote en una celda, y Dostoievski era un autor mediocre hasta que lo condenaron a muerte, pena conmutada a escasas horas de la ejecución, y lo enviaron a prisión en Siberia. Fue después de estas experiencias cuando se convirtió en un gran escritor. Hay dos mundos en los que los hombres se despojan de todas sus máscaras y dejan ver lo más descarnado de su ser. Uno es el campo de batalla; el otro, la cárcel. Sin la menor duda, tenía mucha materia prima; el interrogante era mi talento.

Después de la historia de Dembo llegaría La fábrica de animales (1977), basada en sus experiencias en San Quintín y donde a través de diálogos y situaciones que viven los presos queda explícito que el sistema penitenciario americano deshumaniza hasta tal punto que los hombres pasan a ser meras bestias. Pecadores insalvables para los que jamás podrá existir la reinserción.

Más tarde llegarían Perro come perro, Stark y los relatos póstumos, Huida hacia el corredor de la muerte. Todos ellos están concebidos bajo el estilo hard-boiled, que podemos traducir como el más violento del género negro. Hay asesinatos crudos, hay personajes criminales sin ningún escrúpulo y no hay arrepentimiento ni búsqueda de perdón por una simple razón: no hay consideración del pecado. En la narrativa de Bunker, como en su propia vida, lo que predomina es que el mal está en otra parte: uno no es criminal porque esté genéticamente marcado para ello, sino que son otras las circunstancias, como una vida miserable, una existencia perra que te lleva a ganar cuatro duros en un trabajo que podríamos tildar de verdadera mierda.

Por supuesto, Bunker, al que Quentin Tarantino le echó el ojo para su película Reservoir Dogs dándole el papel de Señor Azul, también barría para casa. Y podría pensarse que sus novelas fueron un motivo de expiación. Yo no soy el responsable de lo que hice, parece decir continuamente, una expresión que, como poco, abre el debate. Sin embargo, hay que agradecerle que diera la vuelta a la tortilla en la concepción del crimen y los criminales, que ahondara en la naturaleza humana para contemplar más allá del mal —¿por qué, si no, sus personajes llegan a caer bien o al menos invitan a darles una segunda oportunidad?— y para apuntar a la yugular de la ley del talión, del ojo por ojo y de un sistema férreo, irrebatible —el norteamericano, con sus gaseos y sillas eléctricas— que hace siglos debería haber dejado atrás la Edad Media. El pecador no nace, señores, insiste Bunker, sino que ustedes lo ponen en bandeja.

Y ahora piensen en el reportero y guionista David Simon y su The Wire. En los barrios marginales de Baltimore y esos cuatro pilares a los que apuntó este periodista: el sistema educativo, los medios de comunicación, la política y la relación capital y trabajo. Y acuérdense de Bunker.

Jim Thompson, el desagradable

jim-thompson
Jim Thompson. Fotografía: Wikipedia (Fair use)

Más negras me resultaron las lecturas de Jim Thompson a las que llegué más o menos en la misma época. Volví a recordarlo hace un año con la venta en España de la gran biografía de Robert Polito, Arte salvaje, recuperada por Es Pop Ediciones veinte años después de su publicación original, que se dice pronto. Thompson es uno de los escritores de novela criminal más oscuros del género, Y puede que más desagradable. Sus personajes no admiten dobles lecturas: son unos hijos de puta. Egoístas, individualistas, solo piensan en su propio beneficio. La crueldad en su estado más puro. Condenados al infierno. El sheriff de 1280 almas —casi todas sus novelas están publicadas por RBA— con su estela de muertos no tiene redención que valga. Si pecar era esto, Thompson lo describe a la perfección.

No obstante, la narrativa de este escritor nacido en 1906 en Oklahoma, la Norteamérica más profunda y conservadora, se encuentra perforada por un pasado que, como le ocurrió a Bunker, tampoco fue sencillo. Y muchos de los personajes tienen fuertes reminiscencias de personas que conoció, empezando por su padre, quien fuera un sheriff violento, alcohólico y corrupto. Un modelo perfecto.

Thompson, de sangre cherokee por su madre, creció junto a su progenitora y debido a las corruptelas del padre, pronto tuvo que ponerse a trabajar. Hubo un cierto periodo de holgura económica cuando el padre trasteó con el negocio del petróleo, pero igual que vino ese tiempo de gracia se fue. A partir de entonces, el chico trabajó en lo que pudo, como obrero de la construcción, bracero y botones del Hotel Texas, donde conocería de buena tinta el mundillo criminal. Allí no iban a parar precisamente ilustres hombres encorbatados.

Él mismo incurrió en los años treinta en pequeños delitos traficando con bebidas alcohólicas durante la ley seca. Eran tiempos de la Gran Depresión y algo de dinero tenía que entrar en casa. Más aún después de casarse con Alberta, una telefonista católica, y empezar a engendrar hijos (años después su mujer le hizo someterse a un tratamiento de esterilización). En esa época también coquetearía con la política, ya que se afilió al Partido Comunista Americano en 1936, aunque lo dejaría en 1938.

Fue en los años cuarenta, en Nueva York, cuando comenzó a escribir sin descanso. Según su biografía, en año y medio escribió doce novelas. También trabajaba como reportero para el San Diego Journal y Los Angeles Mirror. Thompson poco a poco se estaba creando la figura de escritor pulp, autor de esas novelas populares que en España se llamaban de «a duro» y que, como describe Polito en la biografía, le solventaron muchas carencias económicas. De hecho, sus anticipos estaban en los dos mil quinientos dólares y vendían cientos de miles de ejemplares, lo cual no estaba nada mal en la época posterior a la II Guerra Mundial. Alcanzó tanta popularidad —no ahondemos en el malditismo, que quizá no fue para tanto— que en 1955 fue requerido por Hollywood (como tantos escritores de la época) para el guion de Atraco perfecto y Senderos de gloria, ambas de Stanley Kubrick, pero, como le ocurriera a William Faulkner, no se entusiasmó con las mieles de la meca del cine y continuó como novelista.

De finales de los cincuenta y los sesenta son sus obras maestras, 1280 almas (1964) y El asesino dentro de mí (1952). La primera, que fue publicada por primera vez en España por la editorial Bruguera en 1980, nos presenta a Nick Corey, el sheriff de Potts Country, que inicia una carrera política mientras se hace pasar por el tonto del pueblo. Ya. El tonto que antes o después te la clava. No te fíes de la bonhomía y menos de un candidato político. La segunda tiene como protagonista a Lou Ford, el ayudante del sheriff de un pueblo sureño, y podría ser un boceto de la anterior, ya que Ford también se hace pasar por un estúpido que, no obstante, riega su camino de cadáveres. Y, además, qué cadáveres: un preso, una prostituta, el hijo de un magnate… Aquellos que la sociedad biempensante odia. Los grandísimos pecadores.

Como Thompson pareció ser un hombre de excesos en todos los órdenes de su vida, lo mismo ocurrió con la literatura y durante los siguientes veinte años, hasta su muerte en 1977, no dejó de escribir. Cerró el círculo de su vida literaria con Hijo de la ira en el que están resumidas todas sus obsesiones: si te han humillado, si han abusado de ti, si te han marginado, ponerte hasta las cejas de drogas y alcohol y planear una venganza contumaz es lo menos que se te puede pasar por la cabeza. De alguna manera, es el espejo de su primera novela, Aquí y ahora, de carácter casi autobiográfico, ya que pone sobre el papel a un escritor alcoholizado que tiene que trabajar en lo que sea para sacar a su familia adelante, a un botones que se ve inmerso en el mundo del crimen… La vida perra, al fin y al cabo.

La gran frase de Thompson, repetida hasta la saciedad, fue «da igual cual sea el argumento de una novela porque solo hay una única trama: las cosas no son lo que parecen». Las cosas no son como te las cuentan y la condición humana tiene demasiados prismas como para considerar a alguien culpable o inocente a priori. Él y Edward Bunker sondearon en los abismos, abrieron en canal al Mal y al Pecado, intentaron hallar sus causas y razones, y una vez leídos la pregunta es obvia: ¿quién te puede decir que estás manchado desde la cuna? Solo un tarado.

Este artículo es un avance de nuestra revista impresa dedicada al pecado #JD13