Ignatius Farray: «La comedia es lo más similar que hay al amor»

Aún no ha tocado la cerveza cuando un tipo se arroja sobre él con la intención de abrazarlo. «Eh, tío, tú eres este, sí. Este, el de… Este. ¡Qué grande eres! Venga campeón, una selfi», le dice mientras le golpea la espalda con entusiasmo. «Este» es Ignatius Farray (Tenerife, 1973) que accede solícito y desquicia el gesto para que el fan le inmortalice. En la foto sale también «el loco de las coles», el señor del «grito sordo» que chupa los pezones del público, el cómico loco con fachas de hipster desaseado.

Regresa a la mesa Juan Ignacio Delgado Alemany, un cómico desconcertado por la comedia: el tipo que desencaja la mandíbula de pura ansiedad, el hombre preocupado por no ofender. Repite a cada rato «te lo juro», como si sospechara que no nos lo terminamos de creer; «es en serio» cuando habla de poesía, de política o sus referentes; «es coña» cuando teme que acaba de decir algo que se pueda malinterpretar. La ironía es una cosa muy complicada, ya se sabe.

Pero a veces se olvida aclarar previamente en qué tono se desenvuelve y «este» es Ignatius de veras. El dueño de un ingenio feroz, que succiona las pechugas del espectador en sus shows y mantiene el tono underground incluso desde la radio más escuchada, en el programa La vida moderna. Lo más parecido a un Louis CK que ha parido el humor patrio, que se humilla a sí mismo en la serie El fin de la comedia. Charlamos con «este», que iba para jardinero loco.

En todas las entrevistas hablas de tu etapa en Londres, pero cuentas poco de tu estancia allí.

Igual siempre cuento lo mismo. Estuve casi dos años. No fui con la intención de convertirme en cómico, pero fue revelador. Fui a la aventura, trabajaba en un hotel haciendo turno de noche. Tuve la suerte de que me cogieron en el último sitio donde pensaba que me iban a coger, que era un hotel que pertenece a los terrenos de Buckingham Palace. Era una cosa muy aristocrática: la reina madre iba a comer allí por las mañanas, la boda del hijo de Lady Di con su prometida… la chica, la noche antes, la pasó allí. Me cogieron, por supuesto, sin preparación ninguna. En mi turno eran todos eran africanos, así que realmente alguien de las Islas Canarias les pegaba. Aquello era un mundo. Había un compañero que acababa de llegar de Nigeria que creía en las brujas, y me decía todas las noches que él creía que en Londres había muchas brujas. Era todo muy exótico.

Normal que cayeras en la comedia, casi por sobrevivir.

Así fue. La suerte fue que este edificio quedaba al lado de otro donde se quedaba todo el personal. Era un lujo poder ir a Londres a la aventura y no vivir en un barrio del extrarradio, sino estar en todo el centro. A lo mejor yo empezaba a trabajar a las doce de la noche, pero antes de esa hora me daba tiempo a ir caminando hasta el centro, hasta el Soho. Había varios comedy clubs por esa zona, pero había uno en concreto al que me aficioné a ir, el Amused Moose. Todavía sigue funcionando. Ahora tienen otro local más guay, en aquella época era bastante sórdido, no porque fuesen gais [risas], pero no tenían local propio todavía, sino que en un local de ambiente gay ellos reservaban sus horas y lo montaban en plan comedy club.

¿Y te enterabas de algo al principio?

No me enteraba realmente. Por eso llegó la dueña, que vio que siempre estaba allí pero que nunca me reía, y me preguntó que qué pasaba conmigo. Y yo le dije que realmente no entendía los chistes; que me encantaba estar allí pero que no entendía lo que decían los cómicos. Y le di tanta ternura a la mujer que me empezó a hacer mitad de precio. Que tampoco era mucha entrada, pero fue un detalle.

Hay clubs allí muy guays. Imagínate: está el Comedy Store que es un sitio histórico, de actuar allí Robin Williams y tanta gente. Alguna vez me pasé. Hay que pagar una entrada bastante cara, pero me di el lujo. Antes era muy underground pero habían montado un ambiente superguapo de gente joven. De hecho, ese año que yo estuve la revista Time Out les dio el premio de mejor comedy club pequeño de la ciudad. John Oliver actuaba ahí todas las noches. Tenía un dúo con un tipo que se llamaba Andy Zaltzman, y John Oliver para mí no era el gracioso: el gracioso era el otro. Y ahora le veo a Oliver petándolo en Estados Unidos. Y más gente que ahora son cómicos de referencia en Reino Unido (nadie lo ha petado tanto como Oliver) y que en aquella época los veías ahí todas las noches. A fuerza de verlos no te diré que éramos amigos, pero sí colegas de saludarnos, invitarnos a una pinta, charlar un rato. Yo me fui ilusionando y cada vez que salía una conversación con ellos les decía «pues cuando vuelva a España lo voy a intentar».

¿Pensaste que podía funcionar ese formato (o ese modelo) en España?

Bueno, de hecho, ya estaba empezando. Estamos hablando entre 2001 y 2002. Fue la época del boom inicial d El Club de la Comedia y de Paramount Comedy, hay una diferencia de unos meses solo. Pero Paramount surgió de una manera más genuina, pienso, contando con cómicos jóvenes que querían hacer esto, y El Club de una manera más bastarda.

Bastarda lo digo en el sentido en que es ilegítimo. Porque este tipo de comedia de una manera muy alternativa. En Estados Unidos, en los años setenta, surgen unos cómicos muy contestatarios, gente como Eddie Murphy, Steve Martin, Robin Williams… nacen de la calle, y luego se convirtieron en estrellas de cine. Pero el nacimiento fue así. En Reino Unido igual, en los años ochenta, en la época muy dura de thatcherismo, los cómicos que salieron eran muy de izquierdas, muy contestatarios, muy antisistema; una alternativa a la comedia más estándar, más vodevil de cómicos que siempre ha habido, aquí también. «Cuentachistes».

En España surge justo al revés: nace como un producto prefabricado. Nace pervertido en el sentido en que era un producto artificial. Con toda la buena intención del mundo. Aquí, por ejemplo, Felipe Mellizo era colega de José Manuel Contreras. Felipe se fue al Paramount Comedy y Contreras al Club de la Comedia. Era gente que había vivido en Estados Unidos, que vivía esto con pasión. Fans de Seinfeld a los que de repente les apeteció montar algo así en España. Con toda la buena intención del mundo decidieron montar un producto que triunfara y entonces, quizás, como no había tantos cómicos con los que contar, decidieron contar con actores famosos a los que un grupo de guionistas les escribiera su rutina. Por eso es artificial, porque nace de una manera prefabricada: premeditadamente.

Pero luego lo reconducimos y acabó tomando el mismo camino que hubo en Reino Unido o en Estados Unidos. De repente pasan los años, mucha gente ya ha visto a muchos cómicos, y empiezan a gustarle cómicos que ven distintos, o más alternativos. Y de una manera como que la vida se abre camino, surge esa vía de comedia como alternativa a algo más estándar o más convencional.

¿Te parece que una comedia alternativa puede aguantar en medios de masas?

En todos sitios es igual. Los cómicos mejores ahora en el Reino Unido no son los más famosos, y tampoco en Estados Unidos. Eso pasa en cualquier lado, por eso es alternativa. Habrá mucha gente que la pueda apreciar, pero no son las superestrellas mediáticas que le gustan a todo el mundo, en plan familiar. A lo mejor hay un cómico que de repente sí. En el Reino Unido hay un caso, Steward Lee, un cómico alternativo que se ha convertido en estrella. Es un poco el más veterano, surgió en los noventa y venía del thatcherismo. Ahora mismo es como el gurú de la comedia alternativa. Claro, ¡es tan bueno! Ahora hace programas propios y mucha gente le sigue. No todos tienen esa suerte. Hay peña muy guay sin tanta fama, como una chica que se llama Josie Long y otro chico que se llama Daniel Kitson, los más geniales que hay. Ni son los más famosos ni pretenden serlo. Por eso el rollo alternativo tiene otra historia. No por hacerse el guay, sino porque cada uno tiene sus prioridades. Kitson, probablemente el mejor del país, es un tío que ni siquiera quiere que le hagan entrevistas, y en YouTube hay a lo mejor tres vídeos de él. ¿Sabes? Eso por otro lado le ha dado como una dimensión de culto muy grande.

En Estados Unidos hay un tío como Doug Stanhope, que el mismo Louis CK admite que es el mejor cómico del país. Incluso sale en un episodio de su serie, claramente un homenaje. Es tan marginal que hace unos años pedía dinero entre sus fans porque necesitaba una operación dental. También Louis CK empieza como cómico alternativo, aunque luego llega HBO y le dice: haz lo que quieras. Llega al mainstream y sí hay encaje, pero no es un cómico tan al límite como Stanhope.

Pero fíjate otro tema interesante: lo que Louis CK es actualmente, que puede ser lo que Seinfeld era en su época, y date cuenta del distinto perfil que tiene cada uno. Seinfeld es un tío que lo petó… Hay un libro superguay —para mí es el mejor libro que hay sobre stand-up comedy—, Comedia al límite. Igual que existe este libro de moteros salvajes de la generación de cineastas de los setenta, este libro podría ser el paralelo de los cómicos de los setenta y cómo la cosa evolucionó hasta encausarse en el mainstream. El libro termina precisamente con Seinfeld, en cómo recoge la tradición de toda esta gente y lo convierte en algo que a mucho público le podría gustar. No es que Seinfeld sea un traidor ni mucho menos. El tío hizo una serie de culto, con Larry David al lado. Pero la actitud que tiene, que es a lo que iba, es una actitud de estrella. De mira qué guay soy… Eran los noventa también, la gente lo flipaba más. Había mucho dinero y el público no tenía, a lo mejor, otra manera de pensar. Ahora compáralo con Louis CK. Es otra historia. El tío es el cómico de referencia en Estados Unidos y en el mundo actualmente, y en vez de ir de estrellita de repente te hace una serie como Horace and Pete.

Que se ha arruinado con ella, por cierto.

Sí, porque él no lo hacía tampoco para ganar dinero. ¡Es una cosa tan bonita! Alguien a quien de repente no le importe perder dinero por hacer una cosa así de bonita, experimental incluso, al mismo tiempo que clásica. Y un tío como Seinfeld tiene unas piecitas en internet que se titulan Comedians In Cars Getting Coffee que van en grandes coches, tomando café con estrellas, con Obama. Ahí ves un poco la evolución de los tiempos. Siempre hay comedia alternativa y siempre hay comedia convencional. Pero hay casos en los que alguien que sale un poco de lo alternativo tiene una dimensión popular realmente grande.

¿Qué tal la transición entre actuar en bares a salir en la SER? Porque entiendo que te tienes que adaptar: el público no es el mismo.

Mi sensación, de verdad, nunca es de que he tenido que adaptarme. Siempre he hecho lo que he podido. Realmente nunca estoy especialmente contento de lo que hago. De verdad, no te creas que estoy orgulloso de lo que he hecho. Intento hacerlo lo mejor que puedo, pero no estoy contento de lo que sale. Ojalá un día pasen los años y lo vea así. Te lo juro, no te lo digo por ir de guay. Ojalá algún día me salga bien y diga: «joder, estoy orgulloso, esto salió guay». De momento la sensación es que lo voy haciendo como puedo y manteniéndome a flote. Por eso te digo que nunca he sido tan guay de decir: «es que tengo tanto volumen aquí de talento que puedo dosificarlo según la situación o adaptarme al mundo». He ido pegándome golpe tras golpe.

Muchos días sales decepcionado pensando que esto podría haber salido mucho mejor. Y de repente notas que a la gente le ha gustado, y eso es un apoyo. Piensas: al menos hubo algo que a la gente le llamó la atención o le pudo gustar. Pero la sensación día tras día (no te hablo de un momento puntual) es que no me sale bien.

Me acuerdo de Richard Pryor, que decía que él no encontró su auténtica voz hasta quince años después de estar actuando. Yo lo nombro mucho, para mí es una especie de héroe. Es que no es tan fácil. Con el tiempo acabas siendo más tú mismo, siendo más natural, pero no es tan fácil que te salga, al principio, ni siquiera después de varios años. No sé si este año en concreto o el año anterior se cumplen quince del fenómeno stand-up comedy en España… Yo siempre hablo de stand-up, la palabra «monólogo» me resulta un poquito repelente.

¿Por qué?

Sí, porque «monólogo» ya te refiere mucho al mundo teatral. Y aunque estamos todos juntos, pienso que no es para nada lo mismo. El rollo teatral es muy distinto. De hecho, se notan las dificultades que tiene la gente del teatro cuando intenta hacer stand-up comedy. Se supone que el stand-up debe tener algo de espontaneidad, o crear la ilusión, que es muy distinto al mundo del teatro, donde está todo muy medido. Mucha gente del teatro que viene con su texto muy bien preparado se descoloca cuando alguien del público les dice cualquier cosa y claro…

¿Y ser cada vez más conocido no te quita espontaneidad? Empezaste chupando pezones para descolocar a la gente y llega un momento en que el público va a tu espectáculo queriendo que le chupes el pezón. O, como poco, sabiendo que puede pasar.

Realmente me ayuda. Siempre bromeo con la idea de que a mí me molaba que al principio fuese una puta locura. De repente proponerlo y crearse una tensión en la sala… Pero no es que yo haya renunciado a eso. De hecho, en la cadena SER, en el programa de La vida moderna, es una cosa habitual, y notas que las personas se quedan encantadísimas. Realmente eso mola mucho. Yo bromeo con que en realidad esa gente no me ayuda, que lo que quiero es crear una provocación y una tensión, pero es falso. Te lo juro. Tengo esa fama, pero lo que más remordimientos me causa y lo que menos me gusta es notar cuando alguien se siente incómodo. Eso lo odio, y no sabes las veces que al terminar el show, y durante el día siguiente y el siguiente, tengo remordimientos de pensar: «hostias, esta persona no se lo pasó bien por algo que yo pretendía hacer». Eso, te lo juro, a mí me quita la vida, lo paso muy mal. Bromeas con que eso es lo que quieres, ser provocativo y tal, pero realmente lo paso muy mal. Lo guay es que la gente te dé esa complicidad como para poder hacer esas cosas digamos, entre comillas, locas, de una manera natural.

Sí que has llegado al punto en que una madre y una hija pusieron una hoja de reclamaciones en uno de tus shows, ¿no?

Eso sucedió en el Beer Station, donde suelo actuar. Allí las primeras actuaciones eran más al límite, en el sentido de que yo era, por supuesto, peor cómico todavía y menos conocido también. La gente no venía con esa actitud, sino que era algo que les pillaba fuera de juego y había algunos que se sentían incómodos. A mí me disgustaba mucho cuando pasaba. Por eso te digo que con el tiempo mola que la gente venga con confianza. Ese caso puntual fueron dos chicas que se levantaron y pidieron la hoja de reclamaciones, y luego, cuando tuvieron que rellenarla…

¿Qué pusieron? ¿Que se habían sentido ofendidas?

Claro. Está el hecho chulo en que te levantas y pides la hoja de reclamaciones, pero luego tienes el momento en frío en que debes rellenar esa hoja y eso es muy gracioso. Estas chicas pusieron que la actuación estaba anunciada como comedia y ellas consideraban que lo que yo hago no se puede considerar comedia, y por tanto el local había incurrido en publicidad engañosa.

Casi una discusión ontológica.

La última vez que alguien me pasó una hoja de reclamaciones fue hace poco. Uno espera que esta época ya ha pasado, pero siempre aparece alguien. Esta vez fue muy curiosa, porque muchas veces el problema surge entre las parejas del público sobre las que bromeas. De repente, imagínate, veo que hay mucha confianza por parte de ella, se ríe, se descojona y sin problema. Así que me veo diciéndole un par de cosas más. Y la tía responde de manera estupenda. Pero claro, el papel del tío no es el mismo. Ahí se nota muchas veces la diferencia entre parejas. Hay tíos que de puta madre, disfrutan del momento, se abrazan a ella, lo ven como algo guay. Y hay tíos que quieren hacerse el machito y de repente actúan como que la tienen que proteger.

La última vez pasó algo muy gracioso. Le digo algo a la tía y el chico se levanta, mirándola a ella en plan «vámonos». Me dice: «No tienes derecho a hablarme de esta manera, nos vamos. Hasta este punto te hemos aguantado». Cuando tú te levantas, supones que tu pareja se tiene que levantar. La tía se quedó sentada y le dijo a su novio «no, no, yo me lo estoy pasando bien». Claro, él no se va a sentar otra vez. Pues claro, sale a la barra fuera, monta el pollo, pide la hoja de reclamaciones. La novia, viendo el panorama, se tuvo que levantar y salir también.

Y el caso de la mujer de los pezones, la única a la que se los he chupado en un escenario, fue una cosa muy especial.

¿Los pezones eran especiales?

Es verdad que tenía dos buenas tetas [risas], pero no por eso. Fue en el Hebe, en Vallecas, tuve la suerte de que me llamaron para actuar en el aniversario. Donde yo actuaba había una tarta gigante para repartir entre toda la gente. Ese día no solo iban los heavies habituales, sino era una cosa de barrio, de apoyar al garito.

Entre ellos había una señora que veías que no era habitual, pero era la persona más graciosa que me he encontrado nunca en mi show. Cualquier cosa que yo decía ella me respondía supergraciosa. Una crack. Estaba todo el mundo a tope con ella. Y aquella noche estaban sus hijas entre el público también. De repente, algún espabilado, desde el fondo, desde las sombras, la compromete, y dice «que suba ella y que Ignatius le ponga nata de la tarta en los pechos y que le coma las tetas…». No sé qué. Bueno, pues esta mujer no se corta dos pelos, sube al escenario, nos abrazamos, y yo le digo al oído: «Muchas gracias por ayudarme con el show y ser tan guay todo el tiempo». Todo esto, la gente aplaudiendo y ella y yo hablando como abrazados. Y ella me dice: «No te preocupes, ponme un poco de nata por encima del vestido y hacemos el paripé». Digo: «Ah, muchas gracias, qué guay».

Me doy la vuelta a coger nata de la tarta y según estoy de espaldas escucho la ovación más grande que he escuchado en mi puta vida. Me vuelvo a dar la vuelta y la mujer se había sacado las tetas… Y claro, dime tú, ahí, ¿qué haces? Claro, si ella da ese paso yo le tengo que comer las tetas. La madre mirando a las hijas como diciendo: «OLRAIT». Las hijas mirando a la madre como diciendo: «No, mamá, esto no es lo que hace la juventud». La madre con cara de: «Mira, para que veáis que yo también sé vacilar». Pues le estuve comiendo las tetas treinta segundos y fue el momento culminante. Si yo hubiera tenido dos dedos de frente ahí me hubiera retirado de los escenarios, porque lo que me ha quedado después de esa noche son bueno, pues jovencitos confusos, gigolós con piercings… Me tenía que haber retirado de la comedia [risas].

¿Habías pensado que algo así podría pasar? ¿Estaba dentro del horizonte?

Yo por lo menos nunca tengo un horizonte de a ver hasta dónde esto puede llegar. Simplemente se te ocurre esa locura. Qué sé yo. Lo de los pezones surgió en La escalera de Jacob, en Lavapiés, donde solía llegar bastante tocado ya. Actuaba ahí los domingos, después de haberme pegado la semana viajando, con unas cuantas noches encima. Llegaba hecho una mierda y en una de esas debió ocurrírseme «pues le chupo los pezones a uno». Nace como una locura y luego se termina convirtiendo en una especie de bandera de tu comedia. Muchas veces tuve que perseguir a gente para chuparle los pezones. Aquello era muy denunciable [risas].

De hecho, ahora lo que me flipa es que la gente a la que le chupo los pezones me pide cosas. «Oye, ¿me puedes poner esta música?» o escogen un lado, «mejor este, que el otro no…». Yo lo flipo, como si fuera un momento guay para ellos, de disfrutarlo. Ha llegado hasta tal punto en que me encuentro a gente que me dice «eh, tú me chupaste el pezón». Claro, yo no me acuerdo de ellos y quedo mal por no acordarme de gente con la que he tenido ese grado de intimidad.

Por salir de la complicidad, hablábamos antes de comenzar la entrevista de que en algunas de tus intervenciones en Late Motiv, con Buenafuente, se percibía un momento incómodo en que el público no estaba entendiendo absolutamente nada.

De las veces que he ido a recitar poesía a Buenafuente algunas ha salido mejor, otras no tanto. Pero es verdad que yo también lo he notado, que de repente no había conexión y la gente no me seguía. Y yo, bueno, terminé de hacerlo… El equipo que tienen ahí en el programa es muy guay y me siento apoyado. Pero es verdad que yo también he notado que a veces llega un momento en que la gente no te sigue. Sí, he hecho varias poesías. Alguna quizás quedó como que sí la gente se reía más. Claro, la risa es siempre el momento de enganche base. Y de repente notas que la gente ya no te sigue con la risa y ya no sabes si es que…

¿Y qué haces ahí? Cuando notas que no hay conexión

En el fondo es una cosa bastante arriesgada: hacer poesía hoy en día, en televisión, y soltarte tres minutos de poesía en un programa así es bastante arriesgado. Solo por eso Late Motiv y Andreu Buenafuente, haber apostado por eso…

Realmente no lo piensas demasiado. Tú, si has hecho eso, y si has escrito esa poesía, es porque de alguna manera tienes confianza, porque es eso lo que te gusta. Y en el fondo es eso a lo que te abrazas. Esto es lo que yo quería contar, no porque yo vea que no está funcionando exactamente bien me tiene por qué dejar de convencer, y esto es lo que yo quiero contar. Y hay mucha gente que a lo mejor no está en el plató esa noche y no está dando feedback, pero que cuando lo vean grabado en la tele a lo mejor les mola y lo aprecian. Te abrazas a eso. Por eso la televisión siempre tiene ese puntito de artificialidad.

Te hemos leído en ese blog que tienes abandonado que no solo eres muy lector de poesía sino que habías escrito mucha poesía antes de empezar con la comedia.

Bueno, eso fue un farol. Yo escribía en plan de sentirme superimportante, muy pedante y muy guay. Pero claro, si ahora alguien lo lee, lo natural es que piense que lo escribí con todo el corazón del mundo. Todas las entradas que puse en ese blog son cosas muy grandilocuentes.

Con muchas mayúsculas.

Ahí se ve lo puto loco que estoy. Y el texto ese ya está rebajado. El texto original son siempre tres signos de exclamación, todo con mayúscula, barras. Realmente era algo de esquizofrénico. El tono del blog era ese: como un extraterrestre que viene de otro planeta donde ya ha hecho stand-up comedy. Un poco lo que David Bowie (ahora estoy siendo pedante también) con el Ziggy Stardust. De repente viene un extraterrestre flipado y empieza como a molar mucho. Yo había inventado para ese blog el término «Stand Up Comicón». «Nuestro oficio tenía que ser el de standapcomicones». «El standapcomicón tiene que ser de esta manera o de la otra». Una guía moral. Algo bíblico, como un monolito.

O sea, que lo de hacer poesía no venía de ahí.

A mí siempre me ha gustado la poesía. Soy aficionado y sí que me hacía ilusión escribir textos de esta manera. Reconozco que es algo muy pedante. De repente me hizo ilusión, pero que de una puta locura como esa a que alguien me hiciera caso, como los de Late Motiv… Es verdad que fue a pie de lo de Donald Trump, de ahí surgió. Tuvo mucha repercusión por el personaje. Pero de verdad es una cosa que me mola. Me mola mucho la generación beat. Y bromear con que la gente me confunde con Allen Ginsberg.

Con él o con Mocito Feliz, ¿no?

[Risas] Sí, tengo esos dos referentes. También tengo una convicción: pienso que el stand-up comedy nace de un momento americano muy especial. Para mí es un género estadounidense, igual que el cine. Tiene sus precursores, igual que Mark Twain. Pero la generación beat para mí es la precursora de generaciones contestatarias que, de la manera que tuvieran de expresarse, ya sea con música, con poesía o haciendo comedia tenían esa referencia. Lenny Bruce históricamente es el pionero del stand-up comedy, porque aunque había más cómicos en su época, nadie tiene el carisma que él tenía. George Carlin lo tuvo, pero es posterior.

Si ves vídeos de ambos, te das cuenta de que Carlin incluso siendo más joven y posterior a Bruce tenía esa teatralidad, ese acting. Tenía su manera de actuar, de hacer una inflexión en esta palabra. Es más teatral. Bruce es un tío que de repente sale ahí desnudo. Hasta el punto de que sus actuaciones eran salir ahí y leer sentencias que los jueces le habían puesto. A lo mejor no era muy profesional, también te lo digo, porque ya llega a un punto en que no estás entreteniendo a la gente, sino que ya estás con tu paranoia personal de contar tu movida. Quizás en ese sentido no era el mejor profesional, ni el más gracioso, pero era el más carismático. Era un tío que se había criado en ese ambiente de jazz, si quieres llamarlo bohemio, alternativo, como sea; que viene de la literatura beat y de la música del bebop. Y gracias a esas influencias de gente como Charlie Parker o John Coltrane, coge las fuerzas para dejar la tradición del vodevil (su madre era una actriz de vodevil) y decir «pues ahora voy yo a dejar todo esto a parte y voy a salir a hablar ahí y lo que pase». Es un tío que da ese paso de gigante, alocado y fuera de sí. Y resulta el punto de partida para el stand-up comedy.

Quería volver al asunto de Trump. ¿Cómo de responsable te sientes del triunfo de Donald Trump?

Me siento responsable en el sentido de que lo he apoyado, pensaba que eso iba a ser irónico, que la gente iba a coger la ironía. Yo pensaba que si un tío como yo apoyaba a Donald Trump, eso le quitaría votos. Pero se ve que le tuve que apoyar más. Faltó que lo apoyara más para destruirle: no le apoyé lo suficiente. Ese fue el fallo.

Hay un momento en el que tú dices algo así como: Donald Trump es el tipo de personaje que hay que fagocitar desde la izquierda para hacernos más fuertes. Y ha resultado ser al contrario.

De alguna manera sí que pienso eso. Actualmente un tío tan nefasto como Donald Trump es presidente de los Estados Unidos. Un tío que él mismo decía: «Soy antisistema, me importa todo una mierda, voy a cambiarlo todo». Vale, es populista, es una mierda de tío, como político y como presidente. Pero luego da rabia que gente de la izquierda, que tiene ideas, que tiene su background, que viene de luchar, la que se supone que en España es la izquierda radical, tiene miedo de decir que son antisistema. Temen perder votos con la palabra, que eso les condicione. Ese miedo es lo que me da vergüenza de la izquierda. ¿Por qué tiene que resultar incómodo decir que eres antisistema? Un tío tan nefasto como Donald Trump lo ha dicho. Realmente la izquierda sí que tiene motivos para decir «somos antisistema». ¿Y nadie de izquierdas se atreve a decir «somos antisistema» porque eso les puede quitar un puñado de votos?

Por supuesto que todos somos antisistema. Por supuesto que todos queremos que esta mierda cambie y sabemos que esto no es manera de funcionar una civilización o un mundo. Y, pues mira, luchar contra eso es ser antisistema.

Cuando alguien como Esperanza Aguirre dice: «Esta gente representa una amenaza para el sistema democrático occidental tal y como lo conocemos». ¡Pues claro que somos una amenaza para el sistema democrático occidental tal y como lo conocemos! Es que eso es lo que queremos. Precisamente eso es lo que nos une. Ese orgullo de decir: sí, por supuesto que queremos terminar con este sistema. La izquierda en el fondo es una ilusión, y eso es lo que vale. Otra cosa es que luego se puedan cambiar las cosas. Pero por lo menos tener la dignidad de proclamar: esta es mi ilusión, esta es mi manera de pensar, soy antisistema, ojalá algún día esto cambie. Pero no estar especulando con tu ideología, con hasta qué punto digo mi pensamiento…

Parece que la gente de derechas tiene más facilidad para salirse del tiesto. La radicalidad le sienta mejor a la derecha que a la izquierda.

La radicalidad para la derecha es sexy. «Soy de derechas, soy así, pero mira qué guay soy. Puedo soltarte aquí mi burrada». En cambio, como la izquierda ya es eso, precisamente lo que se supone ser de izquierdas, ya no queda como una sorpresa. Eso es lo que yo echaba de menos: que alguien de izquierdas tuviera la actitud de Donald Trump: soy de izquierdas, estos son mis valores, pero mira qué puto chulo soy. A lo mejor eso para la izquierda sí que sería alguien sexy.

Donald Trump ha estado de gira por todos los programas cómicos de Estados Unidos. ¿No crees que hacer comedia con él lo ha terminado convirtiendo en un personaje amable?

Totalmente. De hecho creo que existe esa confusión con la comedia. Por supuesto que hay obras satíricas, en plan: voy a criticar esto o voy a hacer mofa y a ponerte en ridículo con mi comedia. Pero pienso que esa no es la fuerza de la comedia.

La comedia es lo más similar que hay al amor. Es una fuerza conciliadora, porque cuando estás haciendo comedia estás uniendo posturas. Tú, a lo mejor, eres el más puto facha que a mí se me pueda ocurrir, en plan Donald Trump, pero si hago comedia contigo en el fondo estoy acercando posturas. Casos como el del Saturday Night Live con Alec Baldwin y tal. Eso convertía a Donald Trump en un personaje gracioso —no sé si decir adorable—, de ficción. Mucha gente pensó, después de ver ese sketch, «mira qué gracioso es». Al ser representado en un sketch te hace la ilusión de que es de ficción. Que es de mentira. Y, ¿a quién no le gustaría que su presidente fuera Homer Simpson?

Si no quieres que un tío llegue a ser presidente de tu país, la comedia no sirve para eso. Si yo te conozco en un show y empiezo a meterme contigo, y lo hago mal, lo voy a notar. Seré el primer arrepentido en decir: «hostias, he metido la pata, le dicho una cosa a esta mujer y la he hecho sentir incómoda». Y tú te ibas a sentir mal también. Pero imagínate que de repente yo te estoy diciendo lo mismo pero de una manera cómica que es asumible. Ahí estás haciendo buena comedia y surge la risa. «¿Hostias, me estás diciendo esta burrada y me estás haciendo reír? ¿Se las ha ingeniado de tal manera que sea graciosa? Y realmente me está insultando». A veces existe ese equilibrio. Puedes meter la pata, pero a veces tienes suerte y dices las cosas con cierto equilibrio.

Bueno, pues a esa persona tú le estás diciendo la mayor mierda en su cara, pero no se va a sentir opuesta a ti. Va a sentir que tiene algo en común contigo y que de repente comparte: y es la risa. Y es que la risa, en el fondo, es conciliadora.

O sea, que no nos deberíamos haber reído de Donald Trump.

Pues de verdad no. Tendríamos que haber tenido mejores políticos capaces de decir mejores cosas y gente más valiente que en vez de apostar por Hillary Clinton hubiese apostado por Bernie Sanders o lo que sea. George Bush fue notorio en su época porque toda la comedia que se hizo con él también lo ayudó.

Esto no lo digo como algo peyorativo de la comedia, sino para mostrar su grandeza: está por encima de cualquier utilitarismo que tú le quieras dar. Y si lo piensas, es mucho más grandioso saber que su fuerza es conciliadora que disgregadora.

Te hemos leído en alguna parte que emplear la vida privada como material para hacer comedia sirve porque crea una empatía con el auditorio. ¿Hasta qué punto son real las cosas que cuentas? Tanto si exageras para darle empaque o si marcas las distancias para protegerte.

Todo el mundo tiene una historia. En el fondo se basa en eso: en una reivindicación de la dignidad de cada persona. De repente un puto desconocido se sube al escenario y cuenta su historia. En realidad nadie tiene una vida plana. Todo el mundo tiene sus cosas que contar: «voy a explicarte esto porque yo lo he sentido de corazón». Y pienso que ese es el punto inicial de la comedia verdadera. Ahora, por ejemplo, tú has dicho la palabra «servir». Como te acabo de decir, la comedia no tiene ese grado de utilitaridad. Detrás de eso realmente hay un corazón —me siento avergonzado de decir esto porque no tengo tanto talento, ni lo consigo—. Pero hay cómicos que consiguen estar hablándote con naturalidad y te están hablando de su vida. Y pienso que si cualquier persona dice las cosas de esa manera, la risa se abre paso. Cuando tú no tiene coartada, cuando te muestras vulnerable, acabas haciendo risa.

¿No depende más de cómo lo cuentes que del material en sí mismo? Porque por ejemplo, en uno de los episodios de tu serie El fin del comedia hay un personaje (un camarero) que cuenta una historia que vende como graciosísima, y en realidad es una mierda. Pero quizás otra persona, tú u otro cómico, con ese mismo material puede sacar algo superhilarante.

Todo depende. Porque son muchas capas la que tiene una persona. Louis CK lo decía a propósito de George Carlin, que es una especie de maestro para él. Decía que puedes salir ahí y contar lo que te sucedió la última vez que volaste en un avión, y eso es una capa. Pero luego puedes decir cómo te sientes con tu perro o tu gato, y eso es otra capa. Después, puedes hablar de los sentimientos reales que tienes con tus padres, otra más. Hay muchas capas en una persona. Y es un fenómeno que surge sin premeditarlo: si alguien delante de un grupo de personas se muestra vulnerable y cuenta su verdad, hay una tensión ahí que de alguna manera tiene que sublimarse por la risa. Ese es el rollo de todo. Que una persona esté en el centro de esas cien personas, mirándole, y se muestra de corazón… Crea una tensión, y te sientes tan acorralado y tan indefenso, ante cien personas muy protegidas. Si trabajas con esa tensión de una manera genuina, la risa surge como una manera de sublimar el miedo. La manera de solucionar esa movida es decir: «mira, nos vamos a reír».

En la serie, como también hace Louie, expones ciertas partes de tu vida de una manera evidente y muy franca. ¿Hay miedo al hacer eso? ¿A sobreexponerte?

Claro, tienes muchas dudas, porque es verdad que comprometes a más personas. Hasta tal punto que yo en la serie decidí decir que tengo una hija, pero en realidad tengo un hijo. Quise crear un poco de distancia no por hacerlo más falso, sino por salvaguardar cierta intimidad, para no comprometer a nadie. Es una precaución. Pero al margen de eso, la ilusión era crear una serie en la que las cosas que se contaran tuvieran un anclaje en la realidad, contándolas de manera muy natural. La labor de guion de Raúl Navarro, de Esteban y mía era quitar los chistes. A nosotros se nos ocurrían las historias y automáticamente se nos ocurrían también cosas chistosas, como si fuera un árbol. Así que quitábamos todos los chistes, y lo que quedaba era eso. Es la labor más trabajosa, porque estás viendo el chiste y diciendo «joder, es que tiene gracia», pero había que quitarlo. Para que quedara todo con esa naturalidad, sin pretender ser chistoso, simplemente contando algo que le sucede a una persona fuera del escenario. No queríamos convertirlo en un show. Porque la gente, por la misma situación, ya le ve la gracia, no hace falta que tú remates. El propio espectador mete los chistes en su propia cabeza, no hace falta que tú se lo cuentes.

Qué putada, por cierto, darle a Cansado un personaje tan rancio.

Sí, sí [risas]. Es que a Cansado, que es la persona más maravillosa del mundo, le costaba mucho ponerse en ese plan tan borde. Pero entendíamos que eso podía ser una broma en sí misma, que él fuera la clase de vecino borde que te da la lata. Pero en las escenas que hacíamos a veces me miraba de una manera que me acojonaba [risas]. Para él era muy incómodo, aun así. En las series estadounidenses o británicas es más normal que alguien se interprete a sí mismo en clave casi de hijo de puta, o dejándole mal. Aquí no es así, aunque a fuerza de la ampliación de la cultura ya empieza a ser más asumible, pero hasta ahora no lo era. En la segunda temporada también hay cameos muy guapos. En la primera temporada, que alguien como Willy Toledo se prestara, con toda su actitud de izquierdas, a interpretarse de esa manera… No es fácil que accedan.

¿Cómo de extraño te resulta interpretarte a ti mismo?

Pues sí es extraño, la verdad. Más raro de lo que podría explicar. Siempre que hacemos los rodajes, es verdad que es muy cansado, pero… ¡yo me acabo sintiendo guay! En el sentido de «joder, ya me conozco un poquito más». Es una terapia, casi, porque estás analizándote todo el rato, y acabas comportándote de una manera muy natural. Reconozco que la serie tiene un tono muy distinto del que tengo arriba de un escenario. Por eso digo que soy muy mal cómico. En el escenario nunca he conseguido tener un tono normal, como soy yo; me he dejado llevar por el nerviosismo, por la ansiedad, comportándome de esa manera no porque lo tuviera premeditado. Por los nervios y la ansiedad me siento indefenso y «ARRGGASD» [interjección: el grito sordo, N. de R.] y palante, para salvar la situación, tirando como pollo sin cabeza. Pero en un entorno más controlado como un rodaje, consigues encauzarlo de manera más natural.

De hecho, el propio «grito sordo» surge de esa misma ansiedad, ¿no? ¿La ansiedad es lo que ha condicionado tus actuaciones, más que la voluntad de hacer reír?

Sí, exactamente, y cada vez me doy más cuenta. Al principio siempre tienes la justificación «no, es que es mi estilo» [risas]. «Es que yo me he inventado esta manera de hacer stand-up comedy». Pero luego te das cuenta de que no, de que realmente son faltas que tienes, que no eres nada guay, y que la única manera que tienes de salir adelante es esa.

¿Y hay un momento en el que te sientes cómodo y las integras, o simplemente no te puedes librar de ellas?

Ya te digo, te acabas conociendo a ti mismo y eso es lo que te ayuda a calmarte. Al principio te sientes más desorientado, pasan los años, y cada vez estás más desorientado a la hora de hacerlo. Hay un momento que ya lo asumes «sé que esto va a pasar. Por lo visto encima de un escenario a mí me da esta mierda». Así que, como sabes que ha sucedido tantas veces, ya lo ves como algo natural. Si te fijas, todo son carencias. Todo lo que acaba siendo un abanderado de lo que se supone que es Ignatius Farray son carencias. Una suma de carencias que ha dibujado un personaje: el grito sordo, chupar pezones… Son cosas que te faltan.

La pasta que has ahorrado en terapia…

Sí, sí, sí. Yo no me quiero imaginar a lo que habría llegado si no llego a tener la comedia. Cuando digo esa frase de «la comedia salvó mi vida» lo digo con mucha convicción. Lo juro. Fíjate que yo soy un tío muy cobarde, y mi primera actitud es «ni de puta coña. Ni de puta coña yo me subo ahí arriba para que me mire todo el mundo». Pero no sé por qué tu vida llega a cierto extremo, y hostia, ahora si no lo hago ya va a ser peor, voy a ser más mierda de tío todavía. Te comprometes a ti mismo, te haces la pinza, y dices «ahora tengo que hacerlo porque sino me voy a sentir más mierda». Y en esa encrucijada, me sale ir para adelante, y lo que sea. Ahora mismo soy incapaz de imaginarme sin que la comedia me hubiera pasado, como oportunidad.

Estudiaste Ciencias de la Información, así que quizás tendríamos a un periodista dando gritos sordos por los platós…

[Risas] Sí, estudie Ciencias de la Información e Imagen y Sonido. Es que joder, podría haber pasado una mierda muy grande, imaginad. Esto me ha servido de terapia totalmente. Si no hubiera sido cómico, no sé por qué siempre me imagino de jardinero, como un jardinero muy loco. El típico que tienes en tu comunidad, pero jodiéndola todo el rato. Un jardinero antisistema.

Wittgenstein, cuando se quedó tarumba, se quiso hacer monje. Se fue a una comunidad de benedictinos, pero viendo que estaba muy para allá, le dijeron: «Mira, los hábitos no te los vamos a dar, pero puedes cuidar las rosas». Y después del trauma de la Primera Guerra Mundial, ahí se pasó unos años, cortando rosales.

Pues qué historia más bonita. Yo ya te digo, cuando me imagino la historia alternativa de mi vida, digo: jardinero. Ahora diré «jardinero como Wittgenstein». La vida es así, vas encontrando cosas en las que te ves reflejado, y las incorporas como una justificación. Lo de chupar pezones, por ejemplo. Hace poco me enteré de que en la antigua Irlanda era un rito celta de coronación. Si lo buscas en Google: «chupar pezones cultura celta» o algo así, lo verás. Se ha descubierto que en las colonias celtas, cuando alguien iba a ser rey, el rito de coronación consistía en que sus inmediatos súbditos le chupaban el pezón. Hasta el punto de que se han encontrado restos de gente con los pezones amputados, y eso, según los antropólogos, significa que eran gente que la habían liado mucho y…

No me lo creo.

¡Que sí, búscalo! Los que los tenían amputados era por la que habían liado, para que la sociedad descartara que pudieran llegar a ser rey. «Los pezones no te lo vamos a chupar», querrían decir. Así que ahí yo me amparo para decir, cuando chupo pezones, que en realidad el soberano es el público. De alguna manera todo acaba encajando.

Esto es una tendencia que viene de la música jazz e incluso de la literatura beatnik. Ellos son los primeros que incorporan el error, diciendo que equivocarse no tiene nada de malo. Si das una nota mala, lo único que va a hacer es que te apoyes en la siguiente, pero vas a seguir construyendo igualmente. Son gente que en su arte incorporan el error. Así que cuando cuentas historias siempre encuentras una cosa o la otra para que te justifique: «No estaba yo tan equivocado con chupar pezones». O lo que sea. Y al hablar, un cómico del stand-up, utiliza esa técnica de hablar y hablar, porque te vas a equivocar. Pero cuando lo haces, siempre encuentras otra manera de decir lo que querías decir. Y al final construyes un discurso igualmente, que no tienes por qué soltar del tirón, perfecto. Es una manera igualmente válida de construir. Por eso desde el mundo teatral del monólogo cómico, donde todo lo tienen más cuadrado, es más difícil incorporarse a la técnica del error y la improvisación.

Y hablando de ese mundo del monólogo teatral, tipo Club de la comedia, más guionizado. Podría pensarse que es una fórmula agotada, la de seguir con el rollo «el otro día iba en el autobús y mi novia me dijo…», un formato inalterable, más monótono. Pero la realidad es que eso sigue funcionando.

Sí, pero si te das cuenta, la gente que estaba más a tope con ello, consideran la etapa dorada de El Club de la comedia, la del principio. Cuando era una cosa que sorprendía y quedaba fresca. Es verdad que sigue siendo un producto que se puede vender, pero su frescura, si somos sinceros, la ha perdido. Mucha gente que vio comedia ahí la ha empezado a buscar ya en otros sitios.

Como ya has dicho, defiendes la existencia de esa «comedia estándar» para que podáis existir vosotros. Es decir, ¿tiene que existir Pablo Motos para que podáis existir vosotros? ¿Es REALMENTE necesario ?

Claro.

Pues joder.

Ya, ya, es un sacrificio muy fuerte [risas]. No es que tenga que existir una cosa para que la otra suceda, pero inevitablemente acaba siendo así. De los quince años que llevamos en España con la stand-up comedy, realmente estamos cubriendo los pasos naturales que se han dado en Estados Unidos y en otros sitios. Por ejemplo, una estrella de cine como Dani Rovira es alguien que surgió haciendo stand-up con nosotros. Eso es una prueba objetiva de que está funcionando, porque está cubriendo todos esos aspectos, de una manera natural. Y no solo Rovira, que es el caso más llamativo. Muchos de nosotros estamos haciendo programas de radio en la Cadena SER, o Joaquín Reyes o Ernesto Sevilla, que empezaron en La Hora Chanante, ahora están en prime time y lo petan. Vamos cubriendo todo lo que la industria del espectáculo necesita. Gente que empezó de una manera muy alocada, actuando en bares, está cubriendo todo lo que la industria necesita. Aunque siempre hay cosas como La que se avecina, también [risas].

Dijiste una vez que ibas a hacerte una camiseta que rezara «Ya no hay Moranco bueno», porque ya son solo un espejismo, y somos incapaces de dilucidar qué bueno había en ello…

[Risas] Sí, sí. Es que ya no lo hay.

Pero tú no atacas frontalmente a ese tipo de comedia, no crees que exista una lucha.

Al contrario, si es que somos compañeros. Cuando digo que una cosa es alternativa a la otra, no lo digo de un modo hostil. Somos compañeros porque en el fondo entre nosotros tenemos más cosas que ver que con un grupo como León Benavente, por muy indie y alternativa que sea su música. Lo que hacemos es lo que hacemos. Me siento más próximo a Arévalo que al cantante de León Benavente o Lori Meyers [risas]. Por otro lado, también te digo otra cosa: la conexión entre la música indie y la comedia en España es mucho mayor de lo que se piensa. Gente como Ernesto y Joaquín son muy fans de estos grupos, y muchas bandas acaban teniendo de referencia a cómicos como ellos. Cuando nos encontramos tenemos sintonía personal a tope. Yo en el SOS una vez me puse muy borracho y le terminé tirando minis al cantante de León Benavente. En plan Arévalo. Luego me sentí muy avergonzado.

¿Fuiste a confesarle que eras tú el que tiraba minis al escenario?

Qué va, él ya lo sabía. Se daba cuenta de quién le estaba tirando los putos minis y estaba aguantando como un campeón. Años después, a través de una amiga nos saludamos, porque nos encontramos por el barrio, y de una manera natural nos sentimos conectados. Pero eso es a nivel personal. Pero por oficio, por supuesto que yo tengo más cosas que ver con Arévalo.

Ya que hablas del indie. Una vez dijiste «mis cojones se llaman Belle & Sebastian» y luego pediste perdón. ¿Por qué?

¿Pedí perdón?

Sí, remarcando «eh, que era bromi».

Pues era un titular cojonudo, no me acordaba: «Mis cojones se llaman Belle & Sebastian», una pena que me retractara. Os lo dejo poner de titular. Otra cosa que quería decir al respecto de la música indie y la comedia. En Estados Unidos y Reino Unido el stand-up surge de una manera contestataria, y después surge el mainstream. Pero justo un poco después surge también una conexión muy grande con el indie. En Estados Unidos sucede en los noventa, cuando muchos cómicos como David Cross empiezan a actuar en salas indie, rockeras… Y este fenómeno se empezó a dar porque había una conexión natural. A muchos seguidores de esas bandas estos eran los cómicos que les molaban, y a los productores les pareció una buena idea combinarlo. En el mundo inglés sucedió igual, incluso con Belle & Sebastian, que el mismo Daniel Kitson se declara superfan. Y claramente comparten el mismo público.

Y en España pasa parecido. A mí me ocurrió gracias a la que era mi pareja, Irene Serrano, de las Despechadas Pinchadiscos, que suelen actuar mucho en ese ambiente. Empezó a ser mi representante y mánager, y pensamos que podríamos abrir un circuito que no existía todavía. Inspirados por el tema del indie y de la comedia, Irene me proponía para actuar no en sitios del circuito de la comedia, sino en salas. El Planta Baja en Granada, el Jimmy Jazz en Vitoria… Sitios que nunca habían programado a cómicos. De repente tenía la suerte de que me conocían por La Hora Chanante, y acabaron siendo los lugares en los que me he encontrado más guay actuando para esa gente. Empezamos a abrir ese circuito que ya existe de una manera natural, porque el público es el mismo. Los que van a esas salas no van a ver a un cómico más estándar de El Club de la comedia, pero a otros como yo, sí. Miguel Noguera en ese sentido es un fenómeno, porque abre un camino completamente al margen de lo que había. Y el público que le va a ver es ese público, el «moderneo».

Pero tú te rebelas mucho con que te encasillen ahí, ¿no? Dices eso de «no, si yo no soy moderno, yo ya llevaba barbas y camisas de flores antes».

[Risas] Sí, sí, digo que «el primer hipster del mundo fue un chavalito miope y gordo de Canarias». Hay muchas cosas paradójicas ahí. Porque mucha gente sigue esa moda por postureo, y a ciertas personas eso les molesta un poco. Es la lucha del quién llegó primero. Es normal que nos rebelemos un poco cuando sientes que te están copiando…

Nadie quiere ser parte del rebaño.

Sí, eso. Pero ese público en concreto creo que era gente que en su momento les podía gustar El Club de la comedia y con el tiempo se fueron desencantando y llegaron ahí. Mucha gente que se desconectó acabaron encontrando a otros cómicos.

En La vida moderna estáis integrando a gente como Andrea Levy o el propio Arévalo. ¿Qué tal llevas esto de integrar a gente que parece tan lejos de tus intereses?

Pues ha salido como algo supernatural, no ha sido buscado. Entre Quequé y David Broncano y yo hay una gran complicidad, y somos de izquierdas, claramente. Pero pienso que tampoco hay por qué hacer de eso algo más, ¡bastantes cosas políticas soltamos en el programa! Pero de repente surge gente como Andrea Levy , que nos decía por Twitter que a ver cuándo la llevábamos al programa. Y nosotros unas semanas antes habíamos hecho la broma de «¡que venga un facha!» y joder, pues de puta madre [risas]. Fue ella la que nos tiró los trastos. Lo mismo pasó con Arévalo, que fue él quien nos lo pidió.

¿Y Bertín Osborne? ¿Cuándo? ¿O eso es la última frontera?

Hostias, Bertín. Sería muy grande. Tenemos una sorpresa que estamos preparando con alguien de izquierdas que va a entrar haciendo una cosa que… No os la puedo contar. Pero si sale, ya te aseguro que va a ser un puto bombazo.

¿Pedro Sánchez?

No lo puedo decir.

Bueno, Pedro Sánchez no, que has dicho de izquierdas y saldría «haciendo cosas».

[Risas] No me insistáis. Solo os digo que es una locura que se nos ocurrió en un coche, y como surja, va a ser la bomba. Pero os vais a acordar. No va a pasar desapercibido.

No sería la primera cosa que hacéis en plan destroyer. Como lo de hacer el programa de la radio desde el Valle de los Caídos….

El encanto del programa es que en ningún momento ninguno de los tres hemos tenido un objetivo. Nunca hemos dicho «vamos a hacer esto», han sido todo coñas que surgen de la manera más arrastrada, y decimos «pues no hay cojones». Eso surgió un día tomando una cerveza y que dijimos «no hay huevos de ir al Valle de los Caídos y hacer el programa desde ahí». Acaba enredándose todo y acaba saliendo, pero premeditadamente no queremos tener ningún tipo de tono concreto. Es como una bola de nieve que va rodando. Surge como una parida y de repente te lías, y lo haces.

De hecho hacéis mucho humor con eso de «espero que nadie de la SER esté escuchando esto».

Sí, de alguna manera hemos conseguido el equilibrio perfecto entre el underground chungo, que todo el mundo sabe que ahí hay alguien haciendo eso, pero no es muy notorio. Si diéramos más la nota nos cortan el cuello. Pero lo hacemos todo en una epidermis muy concreta. Y nosotros lo flipamos. Solemos decir «menuda burrada hemos dicho hoy en el programa».

Si fuéramos un programa más objetivamente político no podríamos soltar ciertas cosas. Pero con la tontería puedes hacerlo. Somos tres tontos, ahí soltando historias, cuelas un comentario político de lo más alocado u ofensivo, y lo cuelas. Porque son tres tontos contando sus historias. Imagínate alguien en un programa político soltando esas cosas, pasaría a estar en el foco.

Hay una coña que haces en el programa, que ya hacías antes en el stand-up, la de «Hitler y Pau Donés, lo que no se le ocurre a uno, se le ocurre al otro». ¿No cambia nada el hecho de que, diciéndola en una radio como la SER, es probable que el propio Pau Donés lo escuche?

Pues posiblemente lo escuchó, sí. Lo conté en la radio, así que si no se había enterado de que era yo… Aunque yo con Pau Donés no he tenido ningún problema. Lo que me pasa es que soy muy alocado y no soy nada sensato. Lo suelto y después no disfruto nada de ello, te juro que lo que pienso a continuación es «mierda, por qué tuve que decir esto, no quiero que esta persona se sienta ofendida…» pero en ese momento se te ocurre la gracia, te vienes arriba… Y no lo hago con ningún tipo de ambición. Pero en caliente, surge, y palante. No es un «voy a por ti». Es verdad que ahora hay más probabilidades de que se enteren, pero yo qué sé.

Melendi, por ejemplo, va contando por ahí que yo le costé un divorcio. Cuando empecé a actuar, hace muchos años, actuaba también en el Rincón del Arte Nuevo, en la calle Segovia. Un sitio mítico que se ha conservado desde los ochenta, donde también actuaban Faemino y Cansado, Pedro Reyes y toda esta gente. Pues actuaba los viernes a las cinco de la mañana, el horario más after en el que he actuado en mi vida. Una locura. De repente un día entró Melendi, y yo estaba en el escenario a esas horas superborracho, y cuando lo veo entrando con una chica empiezo a bromear: «Joder, una estrella como tú aquí, con el pibón que se encuentra, no se qué. Seguro que te la has ligado esta misma noche…». Pues se ve que era su pareja, y eso fue la gota que colmó el vaso, porque ya tendría más discusiones o lo que sea. Y me he enterado a posteriori de que Melendi se acabó separando de esta mujer y que él va contando la historia de que fue mi culpa. Como que todo fue por aquella noche donde ella le dijo «hasta aquí».

Tienes una oportunidad de oro para, solemnemente, aclarar las cosas.

«Nunca fue mi intención provocar el divorcio de Melendi» [risas]. Aunque la que más ha trascendido en este sentido fue la de Juan Echanove, sobre todo porque se le dio muchas vueltas. Si yo hubiera dicho eso y ahí quedara, pues mira. Pero claro, al responder él, se fueron juntando muchas cosas que lo hicieron la bola más grande.

¿Cuánto ha durado esta polémica? Porque da la sensación de que se alargó muchísimo…

Mucho. Pero os voy a contar algo nuevo, que quizás no sepáis. Por esa época estuve programado en un teatro, en el Bellas Artes de Madrid. Tenía cuatro fechas y solo me dieron dos, me llamaron y me dijeron que suspendíamos. Y dije que perfecto. Pero de rebote me enteré de que Echanove es socio del teatro, y habían pedido que me echaran. Por mí perfecto, no soy un tío rencoroso ni nada. Qué gracia, qué guay. Son cosas que me resbalan. Como me hacía gracia la historia, la empecé a contar en los shows, y de repente una pareja en el Beer Station levanta la mano para hablar. Cuentan que ellos habían comprado la entrada para esos shows que finalmente se suspendieron, y les pregunto: «¿Qué os dijeron cuando llegasteis a la taquilla del Bellas Artes?». Y me responde «nos dijeron que Juan Echanove te había echado» [risas]. El propio taquillero que estaba en la ventanilla se lo contaba la peña, en lugar de inventarse una historia tipo «por motivos personales».

¿Pero no te llama la atención que un señor que pertenece a un circuito asentado se violente tanto por una cosa así? Porque tú mismo has dicho que como aquello era tan abiertamente exagerado, tenías la esperanza de que nadie se lo tomase en serio.

Claro. Por supuesto reconozco que llamar a una persona «hija de puta» sin conocerla es muy injusto. Pero pensaba que la gracia, precisamente, era esa. Era tan obvio… ¡En los tuits anteriores acababa de llamar hijo de puta a Leonard Cohen! Pensé que se iba a entender, pero no. Para mí la gracia es que había una ironía muy injusta, obviamente, y que era una sobrada fuera de lugar. Si alguien que tú conoces te insulta públicamente, se entiende que tiene que tener sus razones. Pero si alguien que no te conoce te insulta así… Y yo no tuve problema en pedir perdón. A mí me molesta mucho que una persona se sienta incómoda, y si pidiéndole perdón puedo arreglarlo un poquito, pues perfecto. No tengo ninguna intención de ser provocador, y transgresor sí, pero en otros sentidos. En el sentido de provocar y pasarme de la raya, no. Si una persona se siente incómoda y triste por algo que yo he dicho, te lo juro que no me siento bien para nada. Pero yo ahí ni pensaba que leería el tuit. Pasaron meses, y alguien después de una actuación me dijo que Echanove me había respondido. Y ni me había enterado.

En realidad lo más gracioso del asunto fue que Echanove habló de ti diciendo que eras «un cobarde que se escondía detrás de un avatar». Y en realidad no era un avatar… era una foto tuya.

[Risas] Sí, sí. Yo no digo que los cómicos no puedan meter la pata, por supuesto que sí. Por eso pienso que la comedia tiene límites, claro que sí. Por eso la comedia es un arte, porque tienes que caminar en ese equilibrio. Un cómico se puede pasar de la raya y meter la pata, pero pienso que en esto en concreto no era el caso. Todavía pienso que decir a alguien que no conozco «hijo de puta» no es ofensivo, y esto fue hace años. A lo mejor en la Cadena SER no lo habría dicho ni de coña. Yo era un tío que estaba intentando hacer comedia, medio borracho en su casa y escribí  en Twitter: «Juan Echanove, hijo de puta». Pues vale.

Cada vez que hay un pequeño follón como esto, surge el mismo (y cansino) debate sobre los límites del humor. ¿Esto lleva a alguna parte? Porque parecemos atorados.

Sí, sí, es agotador. Se convierte en un cliché. Pero personalmente creo que hay límites, insisto. Un cómico puede meter la pata y ser muy desagradable y muy injusto con alguien, yo mismo lo he hecho muchas veces. No sabes la cantidad de gente inocente que un cómico ha tenido que ofender injustamente para aprender a medir eso.

¿Eso te ha ocurrido? ¿Te has disculpado alguna vez con alguien del público?

Ahora mismo no recuerdo ningún caso. Pero vamos, si no me he disculpado en persona durante la actuación, sí que ha habido muchas veces que después del show la he buscado para pedirle perdón. Y cuando ya no está en la sala me he sentido muy mal. La comedia tiene que ser conciliadora. Lo que decía George Carlin es que un cómico tiene el privilegio, pero también el deber de pasarse de la raya. El equilibrio está en caminar por este límite.

Sobre el tema de la comedia y las mujeres. O las mujeres en las comedia. Cuando te han preguntado sobre el tema de por qué hay tan pocas en escena, no te has sumado a la opinión biempensante y condescendiente. Tienes una explicación que va un paso más allá, y dices que a la mujer se la trata peor en este círculo.

Sí, lamentablemente la mujer en la comedia lo tiene mucho más difícil, igual que en otros muchos campos profesionales. Eso funciona así, y es lamentable. Es verdad que hay cómicas geniales, y ahora mismo en España ha destacado mucho Patricia Sornosa por su tono feminista y también hay otras chicas como Valeria Ros, que son una pasada también. En el Picnic nos solemos juntar y no sabes cómo lo petan. Uno echa de menos que no haya más mujeres en la comedia.

Pero es verdad que a la hora de hacer un programa cómico, tienes la sensación de que si hay una mujer entre el grupo está ahí no con un papel protagonista que merecería, sino para «cubrir el cupo». Como decir «mira qué guays somos que integramos mujeres». Notar eso siendo mujer tiene que ser horrible y muy jodido.

Por otro lado también pienso una cosa, y no sé cómo va a quedar. En mi experiencia, las personas más graciosas que conozco son mujeres. A nivel personal e íntimo. Pero pienso que para muchas que son tan graciosas no es un reto tener que hacer eso en público. Hay muchas mujeres que tienen esa seguridad, y a lo mejor un tío no. A lo mejor alguien como yo es todo lo contrario, que a la gente con la que hablo íntimamente no puedo hacerles sentir que soy gracioso, y por eso me subo a un escenario para que todo el mundo vea que soy capaz de hacer reír. Te lo tomas como un reto. Porque en el fondo, hacer reír es un poder y eso da un estatus. Y quizás hay muchas chicas que ni se lo plantean. Entiendo que mi pensamiento es sexista, pero no machista. Pienso que una mujer, por su manera de ser, tiene más sentido de la intimidad que un hombre. Una mujer valora más los momentos íntimos que un hombre, para ella es más guay ser graciosa a un nivel íntimo y para un hombre lo es ser gracioso en público. Es una sensación que tengo.

Esta es mi explicación un poco a bote pronto, pero sinceramente echo de menos más mujeres en la comedia. A mí me molesta mucho cuando hay cómicos que dicen eso de que vosotras no os lo curráis, porque me parece injusto. Una chica lo intenta con las mismas fuerzas que un chico. Pero reconozco que es más complicado, porque existen muchos clichés por medio. Cuando sale una chica al escenario hay muchos matices que no existen cuando sube un chico, y se le pone más difícil. Y eso es injusto. Me da rabia que cuando las chicas se proponen ser cómicas no tengan las mismas facilidades que un chico.


Pablo Carbonell: “Hace falta un periodismo que saque los colores a la gente”

Pablo Carbonell (Cádiz, 1962) ha tocado todos los palos del espectáculo desde que saliera de su tierra natal formando dúo con Pedro Reyes en aquellos remotos años de La Movida. Ha cosechado éxitos en el humor, la música, la televisión, el cine y el teatro. Sus trabajos siempre llevan su sello, que podríamos denominar como gamberrismo delirante. Actualmente interpreta al doctor Gimeno en la serie Hospital Central, prepara obra de teatro y lleva su último disco Canciones de cerca por distintos locales. Fan de los Eels y especialmente de Mark Oliver Everett, adicto a Angry Birds, entusiasta seguidor de El Mundo Today e incipiente twitero, a @carbonellsg le inquieta la desaparición de un seguidor desde hace unos días. Fuimos a buscarlo —a Pablo, no al follower perdido— a Zahara de los Atunes, su lugar de descanso y en el que también practica actividades artísticas próximas al vandalismo, como el grafiti con nocturnidad junto a Mikel Urmeneta. Estuvimos en la playa con él mientras planeaba la redecoración de El pez limón, el chiringuito de su primo Eloy Sánchez-Gijón.

Estamos en Cádiz, tú eres músico, amante del flamenco, y hace poco se han cumplido 20 años sin Camarón¿Cómo viviste aquella época del nuevo flamenco con Camarón, Kiko Veneno… qué supuso para ti?

En mi casa no se escuchaba flamenco. Mi padre es tinerfeño y mi madre gaditana, pero criada en Valencia. Te voy a contar un trauma que es muy difícil de entender, sobre todo por una persona amante del flamenco, como es mi caso. Es un trauma del que me ha costado mucho deshacerme. En mi casa la única persona que escuchaba flamenco era la asistenta y crecí con la idea de que era una música para gente pobre, incluso analfabeta. Toda esa paja mental desapareció cuando escuché a Kiko Veneno, que me parece un intelectual, y cuando escuché La Leyenda del tiempo. Por otra parte yo era un enamorado de Federico García Lorca, el Romancero gitano lo llevaba siempre en el bolsillo y bastaba que me tomase dos copas para ponerme a recitarlo en cualquier plaza. Era un absoluto enamorado de Lorca. Entonces, que Camarón pusiera música a Lorca y que encima lo hiciese con una producción muy moderna fue para mí la apertura al mundo del flamenco. Y ahora mi hija Mafalda, que lleva siete operaciones y que nos dijeron incluso —no voy a decir el nombre del hospital porque es muy prestigioso y les estamos muy agradecidos— que no iba a caminar, pues hace tres días debutó bailando en un espectáculo con la escuela de flamenco de Barbate. Esto es una gran satisfacción que quería compartir.

Eres autor de un tema ya clásico como es Ay que gustito pa’ mis orejas interpretado por Raimundo Amador, sin embargo no te has prodigado en el género.

Es bueno darse cuenta de las limitaciones y yo estoy limitado para cantar flamenco. Me tiene que crujir mucho la noche para que yo de repente me ponga a cantar, porque el cante requiere un desgarro y otro tipo de condición de persona. Prefiero no hacer el payaso con una cultura como la flamenca. Demasiado grande. De vez en cuando me puedo atrever cantando algo como una sevillana, un fandanguito; cosas con poca profundidad —en algunos casos, porque todos los palos tienen sus niveles—. En el último disco que he hecho, Canciones de cerca, canto unas sevillanas que se llaman “globales” porque no tratan sobre Sevilla. Las hice porque se me ocurrió una tontería, para variar. Son sevillanas que hablan de Estambul, del Puente de Brooklyn, de Río de Janeiro… con la pretensión de que esto provocara una demanda desde el extranjero de gente que interpretara sevillanas, que supiera hacer trajes de sevillana, que supiera tocar palmas por sevillanas… y que desde algún país los llamaran a todos y yo pudiera pasear en abril por Sevilla sin escuchar sevillanas. Con esto no sé si te puedes hacer una idea de lo que me gustan las sevillanas. Con dieciséis años no había romería que se me escapara, pero llegó un momento que no podía más, porque la música rociera ha hecho mucho daño. Si miras el mapa de mortalidad española, todo lo que está por debajo del manto de la Virgen del Rocío, aparte de ser la zona más inculta de España, no sé si sabrás que el analfabetismo está considerado una causa de muerte: si no sabes leer un cartel que pone “prohibido pasar” o “perro peligroso” te puede puedes llevar un paseo al otro lado. Pues todo lo que es el triángulo Sevilla-Cádiz-Huelva, digamos la parte más rociera, es lamentablemente la parte con más incultura de España. Y a su vez es la zona que tiene más industrias contaminantes, por lo mismo que te digo: por no saber leer bien los papeles.

Has desarrollado con éxito varias facetas artísticas, vamos a ir haciendo un recorrido por ellas. Tus inicios en el mundo del espectáculo fueron formando dúo con Pedro Reyes en Huelva. En alguna ocasión has dicho que marcó tu carrera un libro de Els Comediants. ¿Qué fue lo que te iluminó de aquel libro?

Pedro Reyes comprobó que tenía mucho éxito contándole cuentos a sus sobrinos, así que decidió hacer un grupo de teatro; llamó a mi hermano —que es un hombre muy alto y se ha dado muchos golpes en la cabeza, por decirlo rápido— y se fueron ellos dos con otro que tenía una moto. Hicieron un grupo de teatro improvisando y contando cosas, números típicos de juegos de campamento y cosas de esas para distraer a los niños. Mi hermano es un chico que hace muchas actividades al aire libre. Es falangista, vamos. Entonces sabía muchas tonterías de esas de canciones de fogata. Le pusieron al grupo Centuria. Seguro que el nombre fue cosa de mi hermano. Como mi hermano llegó tan encendido de la experiencia del teatro, a la siguiente fui yo. Yo ya había visto algunos números de mimo en la televisión y los reproduje allí improvisando, y la cosa funcionó. Todas las semanas hacíamos una función. Bueno, era siempre la misma función pero le cambiábamos el nombre. No sé por qué Pedro Reyes pensaba que la gente no iba a ver todos los días la misma función. Todo era improvisado, Pedro tenía una imaginación desbordante. Y un día encontré un libro de Els Comediants en el Paseo del Chocolate en Huelva, lo miraba y lo remiraba sabiendo que tenía que leerlo. Y lo robé. Gracias a ese libro tú y yo estamos hablando hoy aquí. Si un camarero me hubiera pillado robando aquel libro con el que aprendí a hacer mimo y que Pedro y yo leímos de principio a fin, tú y yo no estaríamos hablando; a lo mejor estaba trabajando de estibador o qué sé yo.

Cuando entrevistamos a Faemino y Cansado, Javier nos dijo que aquella generación fue un eslabón y que se pasó a hacer un humor más sofisticado. ¿Estás de acuerdo?

No creo que hubiera una sofisticación, en algunos casos hubo un embrutecimiento. Visto desde el parámetro actual. Las primeras canciones de Siniestro total, Parálisis permanente… todos estos grupos se tomaban en serio pero tenían una gran carga irónica, y sobre todo tenían algo que hemos perdido totalmente: el uso de la libertad de expresión. Entre lo políticamente correcto y el pensamiento único, que ahora todo el mundo se la coge con papel de fumar, no hay nadie que sea capaz de sacar un poco los pies del tiesto. Por otro lado, en los años ochenta la juventud era la masa, estábamos moviendo España. Menuda masa, que éramos todos unos cafres, pero teníamos razón porque éramos más. La calle era nuestra y pisábamos con muchísima seguridad.

¿Crees que sería posible hacer algo similar a La bola de cristal o la televisión española es ahora es más remilgada?

Sería imposible, porque tú ves ahora La bola de cristal y parece cine a cámara lenta. Los niños ahora devoran productos muchísimo más rápidos. Por otra parte, hacer ahora un programa que incitara a la lectura, que atacara el imperialismo yanqui, que se metiera con las nucleares…

Los Simpson, pero no es española.

Sí, efectivamente, son un oasis de libertad. Los Simpson son un prodigio. A mi hija Carlota le tenía prohibido ver mucho la tele, salvo los Simpson. Me parecen unos guiones brillantes.

Y en esa época llegaron Toreros muertos. ¿Qué era Toreros muertos?

Una porquería, puedes decirlo tranquilamente.

Hombre, en su momento tenían su sitio, lo que pasa es que es difícil de catalogar.

Habría que remontarse más atrás para entender el fenómeno de Toreros muertos y por qué yo hice un grupo como ese.

¿Por divertirte?

Primero para divertirme. Me lo pasaba muy bien actuando con Pedro Reyes en el Rockola. Fuimos la única pareja de cómicos que estuvimos cinco o seis meses, actuando sin micro para seiscientas personas, a pleno pulmón. Y veía a la gente que tenía grupos como a una especie de semidioses. Entonces pensé humorísticamente en hacer un grupo que hiciera canciones que fueran “la esencia de los estilos”: la balada más llorona, el twist más retorcido, la salsa más caliente… hacer una orquesta —un combo punk, como lo denominó Rubén Blades— que sintetizara y a la vez desnudara el estilo de cada canción. En fin: hacer una parodia. Y aunque ahora no nos prodigamos mucho en Madrid, en Colombia hemos estado actuando en tres polideportivos petados.

Allí Mi agüita amarilla es todo un himno. ¿A qué se debe ese éxito en Colombia en particular?

Es que nosotros actuamos en un concierto en el año 88, en plena guerra de los narcos contra el gobierno. Entonces Bogotá era una ciudad sometida a la lucha de Pablo Escobar exigiendo la no expatriación de él mismo y de sus “compañeros de trabajo” a EEUU. El único grupo español que actuó en el estadio El Campín fuimos los Toreros muertos, aquel concierto se llamaba Rock en tu idioma, y de una manera subliminal había un mensaje en el que se le daba a la juventud la oportunidad de decir “no queremos injerencias de los EEUU en nuestra política interna”. Políticamente eso significaron los Toreros muertos allí. Por otra parte, nuestro lenguaje descarnado, nuestra actitud en las entrevistas, todo aquello caló muy bien.

Actuasteis en una fiesta para unos narcos, ¿no es cierto? ¿Cómo fue aquello?

Sí. Estuvimos actuando para los hermanos Ochoa, algunos ya han desaparecido, otros están encarcelados. A mí no me cayeron mal, a pesar de que me llevaron a punta de pistola. Yo era el canje: cuando el dinero estuviera fuera de la finca, entonces iba el cantante; mientras tanto habían ido los músicos a hacer la prueba, se había instalado el equipo y tal. Y vinieron a por mí, pero no trajeron el dinero. Entonces mi manager, que era un hombre de Talavera, dijo que si no llevaban el dinero yo no iba. Le avisaron de que esta gente se podía enfadar si no llevaban al cantante. “Pues me da igual”, les dijo. Se fueron y yo me fui a tomar algo a una terracita del complejo hotelero y al poco vi llegar un montón de coches a gran velocidad, bajarse cuatro tíos montando las metralletas y entrando en el bungalow donde había estado hacía un momento. Yo iba vestido de Alberto Cortez, todo de negro, como cantante a respetar, y por eso no me identificaron. Entonces ya vi a Carlos, nuestro manager, salir gritando: “Pablo, Pablo, dónde estás, que nos vamos”. Así que fuimos sin dinero ni nada. Empezamos a cantar y a las dos o tres canciones se levantó un montón de gente con la pistola en alto y se empezó a llevar a las familias. El intermediario estaba detrás del escenario llorando y diciendo: “Ha llegado el ejercito, va a ser una matanza, vámonos”. ¡A mí! que me encanta estar en un escenario, me iba a bajar. Empezó a desaparecer gente y nos quedamos actuando para un grupo de mariachis que estaban totalmente aterrorizados, unas prostitutas que había por allí no sé por qué y algunos camareros. Cuando acabamos me preguntaron: “¿Cuánto cuesta que empiecen de nuevo?” Y yo les decía: “No cuesta nada, si quieren más, que digan ¡otra, otra, otra!” Pero es que en realidad no había nadie. Volvimos al hotel y cuando el intermediario trajo el dinero los dólares estaban mojados. Yo le dije al manager: “Nos han dado los dólares mojados para que no nos demos cuenta de que son falsos”, y me contestó: “Mira, Pablo, da igual, vámonos”. Así que empezamos a despegar billetes para pagar a nuestro equipo y los pegamos por las paredes, el suelo, las camas… para que secaran; entonces entró la que luego fue la madre de mi primera hija diciendo: “Ha venido el ejercito, saben que hemos estado allí” y se desmayó. Todo el mundo recogiendo los billetes como locos y luego resultó ser una broma del intermediario que se había emborrachado para celebrar que había vuelto a nacer. De cualquier forma, vuelvo a Colombia siempre que puedo porque, aparte de todo el dolor que hayan pasado, son una gente estupenda, de lo mejorcito que he visto en seres humanos.

En alguna ocasión has hecho campaña contra las drogas, al mismo tiempo que has narrado anécdotas sobre su consumo. Hace poco entrevistamos a Sánchez Dragó y nos decía que los momentos de mayor felicidad y creatividad los ha vivido bajo el efecto de las drogas. ¿Desde tu experiencia apoyarías esta afirmación?

Hombre, mi obra magna, que es Mi agüita amarilla, no la escribí precisamente con agua. Y Ay que gustito pa’ mis orejas y Sentimiento wagneriano se me ocurrieron estando de ácido. A mí el ácido me ha gustado mucho, pero recomendarlo, no, no lo recomendaría. Creo que todo el mundo tiene que tener algún día una experiencia psicodélica, pero controlada. Nosotros comíamos ácidos porque sí, y eso no, hay que tomarlos en una atmósfera controlada, digamos de introspección, de búsqueda. Pero los aterrizajes de ácido son tan violentos, te quedas tan anulado mentalmente después de un viaje, que ahora mismo no me lo puedo permitir. Todas las semanas tengo algún evento y no me puedo permitir ingresar en “la academia de la nada” como yo lo llamaba en aquella época: no tenía nada que decir, nada que pensar… estaba totalmente anulado. El ácido tiene una resaca muy fuerte, no lo recomendaría. Nosotros hicimos conciertos contra la droga —por cierto, en uno de Barcelona tocamos una versión de Cocaine— porque yo puedo decir que la droga es mala. La reina Sofía no lo puede decir, porque no tiene pinta de tener ni idea de lo que es la droga, igual me equivoco. Que yo me drogue no me deslegitima, al contrario, me da credibilidad.

Volvamos al tema de la música. Eres uno de los fundadores del sello independiente 18 Chulos, ¿cómo está el panorama discográfico?

Está jodido. Nosotros hemos estado a punto de cerrar hace poco. Mi primer disco lo grabamos con el dinero que pusimos Faemino, Wyoming, Santiago Segura, Krahe… Lo único que he hecho en la compañía ha sido poner dinero y hace poco mi último disco. Lo he grabado, lo he llevado allí donde tenemos un empleado y le he dicho que me diera discos para repartirlos en conciertos y hacer promoción. Y me dice: “Vale, te lo dejo a seis euros”. Vamos a ver, le dije, si el negocio lo iba a hacer yo con el público, no tú conmigo, no puede ser. En cinco minutos de conversación habíamos ido al lado opuesto en la negociación: He comprado toda la edición y regalo a mis socios doscientos discos de cada mil. Esto se llama relajación en las formas y así no podemos salir a flote. Sacamos los discos que nos gustan o hacemos la gestión a gente que quiere hacérselos, siempre y cuando nos gusten a nosotros. En realidad no somos una compañía de discos, somos una ONG.

¿Qué nuevos modelos de negocio crees que debe seguir la industria del disco y el cine ante el problema de las descargas?

Habría que buscar un modelo de negocio en el cual los contenidos —no digo videoclips, que cuanta más gente los vea, mejor— como discos o películas tengan alguna forma de recaudar el dinero que cuesta hacerlos. Creo que Telefónica tendría que haber creado una plataforma, ya que cobra tanto dinero por engancharte —nunca mejor dicho— y una forma de cobrar por ver esas películas. Este tema me preocupa, claro que me preocupa. Me he gastado en hacer mi último disco unos doce mil euros y me he ido del estudio ya ni siquiera con un disco, con un pendrive, después he tenido que ir a una compañía para que me lo saquen. Si después de dos años de trabajo, cualquiera puede hacer lo mismo que yo y vender ese disco sin gastar nada en grabarlo, yo creo que se está cometiendo una injusticia. Una injusticia que me lleva a pensar que mi próximo disco me lo voy a descargar gratis yo también y que lo grabe Rita la Cantaora. Si no se pone coto a esta situación la cosa es más peligrosa de lo que parece. Se embrutecerá a la gente, porque entonces los artistas no trabajarán. ¿Y quién grabará discos o hará películas? ¿La gente que esté subvencionada por el gobierno de turno? Entonces, ¿qué tipo de cultura, qué voces, va a tener una sociedad si todo está controlado por el Estado? Vamos hacia una sovietización de la sociedad: el control por parte del Estado de toda la creatividad.

¿Qué te parece la iniciativa de Paco León y la forma de comercializar su película Carmina o revienta?

Lo veo muy interesante, me parece muy bien. Una película de bajo presupuesto, se exhibe de esta manera y la gente apoya a Paco León entre otras cosas porque es uno de los tres personajes más graciosos de televisión.

¿Cuáles son los otros dos?

No sé, no me lo he planteado, pero estoy convencido que él es uno de esos tres (risas). Entonces, por simpatía, y porque tiene una red de apoyo en Twitter y demás, ha funcionado. Pero esto no es lo mismo para dos hippies enamorados del cine que hagan una película con una cámara de fotos. Paco León ha podido hacer esto, ¿pero qué precio se paga por ello? Posiblemente la gente espere que todas las películas se las den a 1,95 por Internet y ya renuncia a entrar en un cine y pagar siete euros por ver una película de otro tipo de formato. Yo no soy distribuidor, pero me hubiera llevado las manos a la cabeza diciendo “cierro el quiosco”. Aun así, la buena noticia es que la película, distribuida en Internet, en salas y en DVD simultáneamente, ha sido un éxito en los tres formatos. La estrategia comercial ha sido tocada. Es el futuro, sin duda.

Con la subida del 8% al 21% de IVA la cultura pasa a ser considerada un artículo de lujo. ¿Qué repercusiones crees que puede tener esta medida a corto y largo plazo?

A corto plazo, te diré que estuvimos a punto de suspender el comienzo de los ensayos de Si no hay paga no se paga porque no salían las cuentas.  Lo bueno es que tratándose de una obra sobre la solidaridad nos hemos apretado toda la compañía el cinturón para sacar el proyecto adelante. Cuando recortan en cultura sabe muy bien lo que hace el poder. Una de las pancartas que más me llamó la atención en las manifestaciones la llevaba un joven y decía así: “El peor enemigo de un gobierno corrupto es un pueblo culto”. Y es así. Y aunque a la derecha no le interesen otros escenarios que sus tribunas y sus púlpitos la gente tiene que tener su propia voz, el cantautor tierne que tener un escenario para responder a alguien que le dice que se joda, las obras de teatro tienen que agitar las conciencias e invitar a reflexionar, las películas tiene que hablar de nuestra historia, etc. Actualmente la mayoría de las cadenas de televisión y prensa se dedican a hacer propaganda o a embrutecer sin cortapisas al ciudadano y este tiene derecho a que los artículos que le forman como ciudadano —la música, el teatro, el cine— y que lo  desencorsetan del papel impuesto por el poder como hormiga trabajadora, no sean considerados un articulo de lujo. Un capricho, vamos. Un lujo son los coches oficiales y los sueldazos de los políticos, las subvenciones a la educación privada, a la Iglesia, esos son los lujos que no se puede permitir este país. Yo le pediría a Hollande que viniera a decirle a los torpes de nuestros políticos de dónde tienen que recortar para no fastidiar más a la gente. Habría también que asegurarle a ese señor francés que no le vamos a montar un dos de mayo, claro.

 CQC fue un éxito debido en gran parte a tu papel de reportero excéntrico. Hablando del programa con los compañeros de Jot Down, había un momento que todos recordábamos: cuando preguntaste a Antonio Burgos si era su último libro, el respondió que sí y tú, acto seguido: “¿Lo promete?”

Ese momento y todo el reportaje de Antonio Burgos fue… Hay algunos reportajes que recuerdo y todavía me revuelven las tripas. Cuando me mandaron a lo de Antonio Burgos la pregunta importante para mí era si a su mujer le gustaba la morcilla de Burgos, pero para poder hacer esa pregunta tenía que empatizar con él, y no lo conseguía. Puse a parir el puñetero libro, hice la entradilla esa en la que lo arrojaba al río. Me sentí como los que quemaban libros en El Quijote. Llamé a varios amigos sevillanos para preguntarles cómo les caía Antonio Burgos, menos mal que todos me dijeron que como el culo. Después estuve esperando la columna en que me pusiera a parir, menos mal que el hombre fue muy inteligente, comprendió que yo era un troll al que no tenía que responder.

¿Estaba guionizado o improvisaste?

No recuerdo. La pregunta del libro es un clásico, no es muy original, lo que pasa es que hay que hacérsela a Antonio Burgos. Hace falta un arrojo especial.

Y aquellos momentos con Esperanza Aguirre. ¿Te sientes responsable de la evolución de la figura de Esperanza Aguirre?

Bueno, es más responsable ella, ¿eh? (risas)

Pero nos hiciste creer que era inocente.

Inocente y buena, sí. Tienes razón. Incluso me he encontrado gente de IU que me ha dicho: “Mira la que está montando tu novia, y todo por tu culpa”. La verdad es que yo ayudé a hacerla famosa pero ella también demostró mucha inteligencia no mosqueándose conmigo. Tampoco es que yo la tratara mal, lo que pasa es que me había inventado una pulsión sexual no resuelta y ella supo aprovechar y se lo tomó con mucho humor. Ahí la tenemos de presidenta.

¿Dónde crees que puede llegar?

Pues no se va a parar, porque es imparable.

¿No sería bonito revivir vuestra relación abordándola por sorpresa un día de estos y que te dijera: “Hola, majete”?

No. Mira, yo no he estudiado periodismo. He estudiado muchas cosas por inquietud, pero siempre de forma autodidacta. No soy periodista, por tanto: seis años y medio trabajando de reportero callejero, que es durísimo, y más para un programa como CQC, me parecen suficientes. Andreu Buenafuente se empeñó en que hiciese un reportero para su programa y menos mal que, después de hacer una patochada en el Festival de Málaga en directo, quedé con él y me preguntó si me gustaba lo que estaba haciendo para él y le dije: “No, me da la sensación de que he metido un trozo de CQC en tu programa, no tiene sentido”. Es más, no tenía sentido ni para mí. Cuando hice CQC estaba desahuciado a todos los niveles: interpretativo, musical e incluso humano, y tenía lógica que estuviera al otro lado de la valla en la alfombra, pero, después de hacer varias películas, dirigir Atún y chocolate… irte a ir dar voces al otro lado de la valla a Emma Suárez —a la que si quiero decir algo, cojo el teléfono y la llamo— ya no era creíble. Esa época ya pasó. Que vengan otros jóvenes y que muerdan bien el tobillo del poder.

Ahora está de moda Jordi Évole, ¿lo ves como el heredero del estilo CQC? ¿Qué te parece que sea el periodista más respetado por el público?

Le sigo poco porque veo muy poca televisión. Por lo que he visto de él, me parece una persona de una habilidad tremenda, además no tiene pelos en la lengua. No lo conozco mucho, aunque he trabajado con él en Buenafuente. Entiendo que hace falta un periodismo que saque los colores a la gente. Nosotros disparábamos con balas de goma, cuando Wyoming me enseñó el formato del programa argentino me dijo: “mira, esta gente cae bien, meten el dedo en la llaga pero les quieren y es importante que lo hagamos así”. Y estamos hablando de Wyoming, al que algunos consideran una persona sin moderación, y es una persona moderada —aparte de gran amigo mío—. El gobierno en aquel momento era del PP, mi primer reportaje fue la investidura de José Mª Aznar y duramos lo que estuvo en el poder prácticamente, hasta que se mosqueó con Arturo Valls por la cobertura de la boda de su hija y llamó a Berlusconi. Y es posible que ahí se acabara CQC. Creo que es un programa muy necesario que deberían hacer jóvenes periodistas, incluso ya sin la moderación que me pidió Wyoming entonces.

Y ahora, Hospital Central. ¿Te has inspirado en George Clooney para interpretar el papel de médico?

Pues no, pero mucha gente me confunde con él, porque me dicen: “Te veo en Urgencias”. En realidad me he inspirado en mi familia, en la que hay médicos, y he podido asistir a varias operaciones. Cuando me dijeron que iba a hacer de cirujano recordé All That Jazz, en la que hay una operación a corazón abierto que cuando la vi casi me caigo de la butaca, y para saber si podía resistir ver rajar a una persona pedí asistir a varias operaciones. La verdad es que sí, lo he podido resistir, pero cuando me di la vuelta y vi una mujer desnuda encima de una mesa iluminada, casi voy al suelo. He visto una rinoplastia, una de implante de mamas, una de una recanalización del intestino… he visto varias. También he visto la cesárea de mi hija y ya casi me considero un médico.

Desde La curva de la felicidad parece que te has acomodado en el teatro.

Ahora mismo estoy preparando Si no hay paga, nadie paga, la revisión de un Darío Fo: Aquí no paga nadie, un tema muy de actualidad. Es una obra que se estrenó en el 74 en Roma y estuvo seis años en cartel. Darío Fo ha reescrito la obra, mantiene el mismo espíritu, pero actualizado. Es una obra que trata sobre la solidaridad entre clases. Es un instrumento cómico y político a partes iguales.

¿Te ves interpretando un drama?

Es que en realidad no veo ninguna diferencia entre un drama y una comedia en la manera de interpretarlo. Creo que el papel de Santiago Segura en Torrente y el de Harrison Ford en En busca del Arca perdida son exactamente lo mismo. Bueno, es que son la misma película (risas). Para cualquiera que hace comedia, hacer un drama está chupado. Lo que pasa es que a la gente que hacemos comedia, hacer un drama nos resulta aburrido. Los cómicos tenemos una actitud de esconder los problemas para hacer la vida más llevadera a la gente. Podemos hacer drama con muchísimo más alcance que una persona que solo sabe hacer drama, creo que esto es evidente. En La curva de la felicidad hacía reír, pero el personaje era un desgraciado; en Venecia bajo la nieve el hombre era un poco soberbio al que ponen contra las cuerdas y es dramático, en ocasiones tenía palpitaciones en el escenario de lo mal que lo pasa. La gente se ríe, pero la interpretación tiene que ser dramática. Y lo que voy a interpretar ahora me ha dicho el director, Gabriel Olivares, que va a ser una prolongación del personaje de Atún y chocolate y va a ser muy dramático. La gente se va a partir de risa.

¿De qué trabajo te sientes más orgulloso y de cuál menos?

Estoy muy contento de haber dirigido una película, porque es el trabajo completo. Estás toda la jornada trabajando y eso es maravilloso, me gusta mucho trabajar. Creo que me quedó una película que he revisado hace poco y me emociona profundamente, la hice con el corazón, por amor a mi tierra y por amor la gente humilde y trabajadora. Y todo eso permanece en esa película. La veo y lloro un montón, a pesar de que la gente me dice “cómo me río con esa película” porque creen que es lo que quiero oír, pero sé que lloran. ¿Y el trabajo del que menos satisfecho estoy? Pues un día, por probar, fui a ver si valía de jurado de un programa de esos de buscar talentos. No estoy dotado para decirle a alguien si vale o no. Eso es lo peor que he hecho.

¿Cómo se llamaba?

Es que me da tanta vergüenza que no quiero decirlo, no sea que alguien lo busque. Es espantoso. Además, me decían por el pinganillo: “Cárgate a ese”, y yo decía: “Pero si a mí me gusta”. Porque yo tengo un gusto raro. Sentí, aparte del bochorno ajeno por lo que estaba viendo, vergüenza propia por estar decidiendo si alguien tenía o no talento. En fin, yo creo que todo el mundo tiene talento. Los toreros cuando salen corriendo delante del toro, por ejemplo, me parece que están expresando algo innato del ser humano: el apego a la vida. Y eso es una labor del arte.

¿Tienes abandonada la faceta de dibujante?

He estado pintando hace poco un bar con Mikel Urmeneta. Estábamos los dos tomando una copa y vimos una especie de pirámide maya con unas palmeras y dijimos: “¿Qué hace esto aquí en Zahara?” Y decidimos tunear todo el cartel, y ya de paso le cambiamos el nombre al local. El dibuja más que yo, pero yo dibujo mejor. Tiene una velocidad y una imaginación desbordantes. Yo hace mucho que me convertí en uno de mis dibujos, mi propia caricatura, y ya no necesito dibujar.

Para terminar, dentro de unos días cumples 50 años. Dinos tus trucos para conservarte así.

(Ríe) Cachonda. Ahora estoy de vacaciones y a mí las vacaciones me sientan relativamente mal porque soy un “farra playas”. Y menos mal que tengo que estudiar, porque procuro no mezclar el estudio con la Cruzcampo. De vez en cuando me tiro unas temporadas largas sin alcohol, no fumo… y, sobre todo, hay una cosa que ha causado estragos en mi profesión y que yo vi muy claro: cuando alguien me aplaude y he hecho una actuación saliendo enfarlopado o muy borracho, no me han gustado los aplausos. Y a mí me gustan un montón los aplausos, pero por sentir la satisfacción de hacer un trabajo que ha gustado a la gente, y si estoy borracho o drogado, no tengo esa satisfacción y me voy con una sensación de vacío, como si no fuera mío. Cuando me di cuenta de esto, que afortunadamente fue siendo muy joven, pude trabajar sin drogarme, que es algo que no le ha pasado a tanta gente. Como trabajo mucho, me drogo y bebo poco, esa es la causa de que un tipo que ha llevado una vida tan disparatada como la mía tenga este inmejorable aspecto.


Faemino y Cansado: «El cerebro es gilipollas»

Faemino y Cansado nos recibieron tras las bambalinas del Teatro Borrás de Barcelona, en el backstage que dicen los alternativos, poco antes de salir a escena. Carlos y Javier destilan ingenio, complicidad y un aprecio mutuo acomodado en la amistad. Esta pareja bien avenida nos habló de sus inicios, de su presente, de su futuro y, sobre todo, de lo suyo: el humor. Como colofón nos regalaron sublimes disertaciones sobre los mimos o sobre el fútbol que no os podéis perder.

Vuestros inicios en televisión fueron en Cajón Desastre, ¿qué opináis de la televisión que se hace ahora?

Cansado: Tenemos incluso un precedente que no contamos nunca pero que vamos a contaros: nuestro debut fue con Norma Duval, en un programa de TVE que se hacía en el Casino de Palma; hicimos una aparición estelar que fue una calamidad. Luego, efectivamente, nuestro programa un poco más serio fue Cajón Desastre y fue muy chulo. ¿Qué opinamos de la televisión actual? Pues hombre, hay tantos canales que mola. La oferta es tan enorme que al que no le guste la tele ahora mismo es que no le gusta la tele, porque puedes ver lo que quieras. A mí me encanta la tele.

Faemino: Pues sí, cuanta más oferta de humor, pues una felicidad. Nosotros somos de una generación equis, ese momento en que se empiezan a eclipsar los humoristas tradicionales y empieza una nueva forma de humor, distinta. Y nos encontramos con que la alternativa, de repente, estamos en un programa de Norma Duval. ¿Qué te parece?

C: Sí, sí, fue…Voy a contarlo: fuimos a Palma, ya se había acabado el programa y entonces hicimos una prueba como en las películas americanas, con el productor y el realizador sentados en las butacas del casino. Hicimos un pase del espectáculo para ellos dos solos y les gustó tanto que nos grabaron con una cámara, que es lo mejor que hemos hecho nunca en la tele porque era sólo una cámara y el out lo hacíamos nosotros; sacábamos lo que queríamos sacar en plano, entrábamos salíamos, y fue maravilloso.

¿Eso no está en YouTube?

C: No, eso no está. Lamentablemente. Lo teníamos pero se perdió. Perdimos eso y nuestro debut, la primera actuación que tuvimos en un local que fue en el bar Avapiés en la calle Lavapiés y que también lo teníamos grabado.

F: Inventamos el formato de Cámera Café sin saberlo.

Esa generación de la que hablábamos, de programas como Cajón Desastre o La Bola de Cristal en los que estaban Pedro Reyes, Pablo Carbonell, Javier Gurruchaga, etc. ¿Es la generación perdida?

C: Nosotros somos un poco como el eslabón, porque hasta ese momento el humor se entendía que era el chiste o la parodia, la imitación del famoso, y nuestra generación —Pablo Carbonell, Pedro Reyes, Wyoming, Virtudes, nosotros— aportó otra idea,  una idea más cosmopolita del humor, más abierta, con cosas más culturales; tampoco muy elevadas pero, en fin, otro planteamiento. Y es ese eslabón; pasamos de la parodia pura y dura a lo que se hace ahora que es más intelectual, más anglosajón. Nosotros somos los que hemos quedado, todo el mundo sigue trabajando pero somos los que hemos quedado un poco en la élite. Es muy agradable que cuando preguntan a los cómicos que están en boga ahora siempre hablen de nosotros, nos mola. Mola que digan “de pequeños veíamos a Faemino y Cansado”. O sea, mola… te disgusta que digan “de pequeño” pero es la puta realidad. Nosotros veíamos a Tip y Coll y ellos nos veían a nosotros. Y ahí estamos, en ese eslabón. Consideramos que todo lo que hemos hecho en televisión tiene validez hoy día. A lo mejor está mal hecho, a lo mejor no es bueno, pero de lo que hablas lo haces hoy mismo y tiene vigencia.

Las hombreras de las chaquetas quizá ya no.

(Risas)

C: Bueno, te voy a enseñar cómo están las chaquetas que sacamos que tienen ya veinte años. Están destrozadas.

C: Ojo, que a Gaultier le hemos visto un modelo parecido, eh.

¿Volveríais a televisión como dúo? Ahora no dejan fumar.

F: Yo soy fumador. Católico y fumador. Voy a contar una anécdota curiosa: cuando empezamos en televisión alguien nos dijo que no sacáramos el coñac porque era una apología del alcohol. Nos dijo: en lugar de coñac vais a meter té, y dijimos “vale” y metimos coñac. La ley y la trampa.

C: Pero no, no volveríamos a televisión como dúo, no ya por no fumar sino porque ya está, ya se acabó. La tele fue una parte de nuestra vida, fue un escaparate maravilloso, nos dio prestigio, dinero; en fin, todo lo que tiene que darte y ya está. Ya se hizo.

Vuestra carrera profesional ha ido desde los inicios en El Retiro, pasando por la popularidad de la televisión para llegar a las actuaciones en teatros ¿preferís un público minoritario?

C: La alternativa que tenía un humorista (también en eso somos un poco pioneros) era actuar en la tele, en las fiestas de los municipios o salas de fiesta, y nosotros nos negábamos a hacer esto. Queríamos actuar en teatros, que es una cosa más recogida, más divertido y más cercano. Al principio nos costó muchísimo; no actuaba nadie, el humorista estaba mal visto en el teatro. De hecho para registrar los espectáculos en la SGAE te registrabas en variedades en vez de en gran obra. Cuando tuvimos algo de fama hicimos una gira y dijimos que era una mierda; qué hacemos en un sitio en el que te ven tres mil personas, que no te ven. Entonces para qué. Tú puedes ir un día a una ciudad y que te vean tres mil personas o ir tres días, que al final te ven los mismos, pero te escuchan, te ven. Nuestro formato quedó decidido que era hacer teatros. Este teatro o en Madrid elAlcázar son ideales, son setecientas localidades y son perfectos.

En alguna ocasión habéis hablado de la influencia de los Monty Python en vuestros inicios. ¿Qué otras influencias habéis ido absorbiendo?

F: Todo aquello que tenga un toque poético, que se vaya un poco de la literalidad. El absurdo, lo surrealista, el punto de fuga. Podemos revisar el trabajo de ellos y a lo mejor ahora lo ves de otro modo, pero entonces la oferta de Tip y Coll era fascinante.

C: Cuando vimos a Monty Python, o incluso a Les Luthiers en el teatro, vimos que te podías ganar la vida haciendo un humor más sofisticado. Descubrimos un mundo profesional. Nosotros entonces hacíamos nuestros pinitos para los colegas y decidimos, viendo a Monty Python, hacer un espectáculo e irnos a la calle. Empezamos haciendo una performance, pintábamos en el suelo en el Paseo del Prado. Hubo una señora que nos dio dinero y dijimos: hostia, esto es una mina.

¿Es el sentido del humor un distintivo de cada nacionalidad?

C: El sentido del humor es una cosa muy peculiar. Es un temazo. Es algo que no se puede enseñar, ni explicar. El humor efectivamente caracteriza a las personas y a grandes rasgos sí, hay humor catalán… belga no sé si habrá, pero bueno; esto a grandes rasgos, pero curiosamente creo que todo el mundo se ríe con lo mismo. Hay un detalle que me gusta: Javier Fesser cuando hizo El milagro de P. Tinto la presentó en Sundance y había un gag de un menda que se bebe una gaseosa y eructa, que es una cosa muy española y tal. Pues dice que en los dos o tres pases que dio la gente se descojonaba. Otro detalle personal muy simpático: nuestros programas de televisión se han vendido en todo el mundo y aún hoy nos viene dinero por los derechos de autor de Finlandia, Nueva Zelanda… entonces alguien lo ha entendido. También hay cosas muy locales, tú ves el Saturday Night Live y dices: esto es algo muy suyo. Pero también te ríes.

¿Y a nivel regional? Vosotros tenéis un humor más castizo, en Cataluña por ejemplo tenemos a El Tricicle. ¿Qué opináis del humor de  El Tricicle?

C: Yo creo que es una cosa más sofisticada, más limpia. Una línea clara. Pero nosotros llevamos viniendo a Barcelona mucho tiempo, la primera vez que vinimos nos trajeron El Tricicle al teatro Victoria hace veinte años, y nos decían: el público catalán… vosotros sois muy madrileños, muy castizos. Mentira, desde el primer día que llegamos aquí hemos funcionado siempre muy bien.

F: Con el material que trabajamos es con el que nos identificamos todos, trabajamos con lo que pasa en la comunidad de vecinos y eso le da igual a un catalán que a un andaluz. Todo lo que trabajamos nos pasa a nosotros también, entonces es un humor solidario.

¿Vosotros con quién os reís más?

C: El humor es una cosa que te hace ver la vida de una manera determinada, algo que tú buscas y puedes encontrarlo en todo. Profesionalmente, mi humorista favorito es Carlos Faemino, no solo de ahora sino de toda la historia. (Faemino pestañea mirando hacia arriba). No porque esté aquí, no porque sea mi amigo. Yo soy un entomólogo del humor, me interesa mucho y estudio cómo funciona. Tú no te ríes porque algo te haga gracia, es curioso el cerebro cómo funciona. Hasta ahora pensábamos que algo te hace gracia y entonces te ríes, pues no es así; resulta que el cerebro es cartesiano, es lógico, entonces, cuando algo le distrae, no puede. Y una salida que tiene es reírse. Y al reírte te hace gracia, pero es previa la risa al hacerte gracia. Cuando buscas ideas sofisticadas de humor a veces piensas: si da igual, si al cerebro no le importa. El cerebro es gilipollas, muy sofisticado y tal, pero gilipollas. En definitiva, yo me río con todo y sobre todo con Faemino. También con gente emergente, con Agustín Jiménez, con Goyo Jiménez, con Muchachada Nui. Hovik también me gusta mucho, os lo recomiendo.

¿Hay humor inteligente o público listo?

F: A nosotros lo que nos ha dado la edad es la libertad. Antes teníamos ciertos prejuicios, ahora dices: que la gente se ría como quiera, de lo que quiera. En mi caso cualquier cosa que me haga reír es genial, es maravilloso. Te liberas de historias de humor intelectual.

C: Ahí vamos a discrepar. Una cosa es que te haga reír, vale, pero luego otra cosa es que tú puedas pensar por qué te hace reír eso. Yo prefiero que, una vez que me he reído, que sea una cosa que me la halague intelectualmente, que sea algo más sofisticadito.  Son ambas cosas. Los espectáculos tienen muchos niveles, desde tacos infectos hasta cosas muy sofisticadas de carpintería teatral; a nosotros nos da igual con lo que se ría la gente, que se ría con cagarnos en la puta madre de un personaje o que se ría con una cosa sutil, pero efectivamente hay días, eso sí que es verdad, que hay un público que con las cosas sutiles se ríe menos. Pero al final la balanza es que si tiene que haber sesenta carcajadas en el espectáculo, que las haya donde sea. Porque además el directo es muy desagradecido para el humor en ese sentido; una película con ocho carcajadas —esto está censado, eh— es una película de éxito cómico, en hora y media; un espectáculo de humor de hora y media si no te da cincuenta, no vale. Es acojonante, macho, qué injusticia.

F: ¡Que conste, que conste!

C: Hala, ya está, ya está.

Hablemos de tipos de humor. Con cuál de estos conceptos os sentís más identificados: Humorista, cómico, payaso.

C: Hombre, una vez que nos llamaron payasitos nos mosqueamos un poco.

¿Por qué tiene ese sentido peyorativo?

C: Según cómo se diga. Cómo se marque la i griega ésa. Nosotros somos humoristas.

F: Antes, cuando había que sindicarse…

C: Ah, bueno… cuando empezamos. Di lo que somos, a ver si te acuerdas.

F: Somos excéntricos.

(Risas)

C: No, perdona: excéntricos, charlistas y caricatos. Nuestra licencia fiscal era ésa.

F: Y, naturalmente, si nos preguntas con cuál de las tres nos quedamos elegimos “excéntricos”, sin duda alguna.

C: Es que mola, tú no tienes hijos, pero imagina si al mío le preguntan: ¿tu padre qué es? Excéntrico. Mola.

¿Es indispensable la existencia de los mimos?

C: Hombre, hay todavía una vuelta de tuerca que son las estatuas.

(Risas)

F: A mí me parece algo nefasto, que no aporta nada. Su trabajo es una angustia. Pero que, como dice Javi, ya lo han superado, lo han eclipsado. Un tío que se para ahí, pintado de plata, que está transpirando, está viviendo una tragedia, porque esa piel dentro de dos años está podrida. Y que además te quedas un poco estupefacto porque están ahí y siguen recompensando esa tragedia. Pero es la ley de la oferta y la demanda.

¿De los imitadores qué pensáis?

C: Hay dos grandes grupos de humoristas, los que te ofrecen un mundo personal y los que copian. Todo es muy válido y está muy bien, pero yo prefiero uno que te ofrece su mundo. A lo mejor luego no te interesa nada su mundo, pero bueno, al menos se lo ha currado, se ha hecho un personaje.

F: Sí, a nosotros nos deja esto un poco estupefactos, que puedas hacer una imitación, que es un género que existe y es celebrado, pero que tú, como observador, dices ¿imitas al personaje que ya en sí mismo suele ser exagerado y divertido? Un poco mimo sí que es. Por ahí va la cosa.

¿Y los ventrílocuos?

F: Bueno, eso ya es el colmo.

C: Hay que tener huevos.

F: Otra cosa que nos deja estupefactos, fíjate, que en este país las tres mayores fortunas son: de un mimo, es decir, de un payasito con un cencerro, de un ventrílocuo y… bueno, voy a decir solo dos.

(Risas)

C: Y Amancio Ortega, que es un cachondo.

En este mismo número entrevistamos a Ferran Adrià; nos ha dicho que le gusta el humor absurdo. ¿Qué opináis vosotros de la comida absurda?

C: Nosotros somos muy comilones y nos gusta mucho. Nos gusta la comida en todas sus variantes. Nos gusta la comida seria, la sofisticada, nos gusta todo. Y la cocina de Ferran Adrià es estupenda porque además de ser buena es simpática, es sorprendente, en fin, lo tiene todo.

F: Lo que nos sorprende son los imitadores, porque de repente hay gente que te ofrece cosas que dices: mira, esto no, no te ha salido, lo que sí te ha salido es la cuenta.

Todas vuestras actuaciones están en YouTube. ¿Cuál es vuestra postura respecto a la divulgación en internet?

C: En nuestro caso que lo hagan, adelante, pero yo creo que si el artista no quiere no se debe hacer y si alguien se lucra con tu trabajo, menos todavía. Si yo no quiero que sea, creo que no debería ser. En nuestro caso sí, que lo hagan. Incluso nos conviene, porque nuestro trabajo está en el directo, en la improvisación. Pero, desde mi punto de vista, si no quiere el creador no se debería hacer.

F: Yo creo que el mercado crea el sistema de difusión, la misma multinacional  es la que crea el sistema de difusión y el artista depende del sistema de difusión. Crea la cinta de casete, desaparece y aparece el CD, desaparece el CD y aparece el Mp3; todo esto lo hace la misma multinacional. Lo que creo que se tiene que hacer es buscar sistemas  alternativos, pero no sancionar, porque es algo que es imparable. Además es un poco hipócrita; dicen que van a cerrar páginas, saben perfectamente cómo acabar con eso, lo que pasa es que el servidor está en Islandia y a ver quién es el guapo que va al servidor de Islandia o al servidor ruso a cortar el grifo. Yo creo que en ese marasmo somos inocentes todos, somos víctimas de la multinacional y el consumidor al final es politizado. Resultamos todos perjudicados, como autores y como consumidores.

¿Qué pasó con vuestra página web “La Mandíbula”?

C: No había todavía dinero en Internet. Teníamos gente trabajando, el dinero lo poníamos Carlos y yo; al principio teníamos un socio, Canal 21, que pagaba los trabajos, pero luego estuvimos varios meses en los que nosotros hacíamos los contenidos y también pagábamos. Mientras no ganábamos no pasaba nada, pero cuando ya empezamos a perder dijimos que ya estaba bien.

Wikipedia dice de Faemino: Aunque no es algo comprobado parece ser que es también el actor que da vida al personaje Rafa Corega, un músico multidisciplinar aparecido en 2006 cuya obra se distribuye por internet. ¿Confirmas o desmientes?

F: He oído hablar de él. Y lo he visto en algunas ocasiones, por la noche en alguna fiesta, pero no me he atrevido a preguntarle.

¿Siendo de Carabanchel seréis de Atlético de Madrid?

C: ¡Qué va, me he hecho del Madrid! Fíjate, yo era anti madridista, vivía en Carabanchel y era socio del Atleti, pero llegó Jesús Gil y me quité; me dije que qué hacía yo allí que soy muy marxista. Hace como dos años me hice del Madrid por pose, cuando se empezó a decir que el Barcelona era cojonudo porque ponía Unicef en su camiseta y el Madrid ponía Bwin, que es una casa de apuestas, y es como brindar por el capitalismo. Entonces dije: pues yo lo reivindico, porque el hecho de que ponga Unicef es una tapadera, eres igual de capitalista. Pero es que ahora soy del Madrid de verdad. Es flipante, Carlos, me he hecho del Madrid.

F: Lo sé, lo sé. Me consta.

C: Pero cuando el Atleti esté por encima del Madrid seré del Atleti. Yo soy muy madrileño, me he hecho muy abertzale de Madrid y, claro, me sentaba mal que se hablara mal del Madrid porque pusiera Bwin en sus camisetas.

F: Es un idealista, ha sido de varios equipos. De un montón. Pero con chapitas y todo. Muy forofo.

C: Sí, he sido del Valencia, he sido de la Real…

(Llaman a Cansado para ir a calentar la voz )

F: Yo soy del Madrid porque me encanta la camiseta blanca. La idea del blanco me encanta. Cuando salen con la otra camiseta negra se me vienen un poquito abajo, pero cuando van de blanco… qué limpieza, qué maravilla. Sufro cuando se hacen zurraspones verdes en las caídas. ¡Cámbiate la camiseta! Nosotros tuvimos un programa de deportes en nuestros inicios. Javi sabe mucho de fútbol y yo no sé nada. El contrapunto ese nos condujo a un programa de humor, entonces no se nos conocía, no teníamos solvencia profesional y, bueno, nos despidieron a los tres o cuatro programas porque no entendían nada. La oferta les superó. Demasiado surrealista, demasiado tonto o lo que fuera. Y uno de los ingredientes de lo que hacíamos era que yo iba a hablar de fútbol sin saber. Y, joder, por qué nos echarían, quedaba fenómeno. En Madrid se hacían tertulias en las que era obligatorio que la gente hablara de lo que no sabía y eran un éxito. Porque, claro, qué ameno Ramón y Cajal hablando de toros, por ejemplo. Yo decía: ¿cuánto costará una red de portería? ¿Dónde las encargas? ¿Por qué cobra lo mismo el portero que los que corren? ¿Por qué son once? Qué cifra más caprichosa. Total, no duramos.