Ediciones Deusto y Jot Down presentan los dos primeros volúmenes de su nueva colección

Ediciones Deusto y Jot Down publican una selección de los mejores artículos, reportajes y entrevistas para entender la realidad escritos por grandes autores y agrupados por temáticas. La colección arranca con Cuando éramos Dioses y el Sexo es cultura que saldrán a la venta el 17 de Septiembre.

Queremos conocerlos. Saber cómo se vive en las nubes y cómo se aterriza en el suelo. Queremos conocerlos cuando son dioses, pero también después de serlo. Por eso los hemos entrevistado y lo hemos hecho sin prisas, en profundidad. Y sin distinguir entre campos, canchas, circuitos y tableros. Porque el deporte es cultura y la cultura no entiende de terrenos de juego. Y porque una sociedad no puede entenderse sin entender a sus dioses.

Cuando éramos dioses es una antología de las mejores entrevistas a los campeones que nos hicieron vibrar, con prólogo de Guillermo de Haro.

El boxeador Muhammad Ali provocó audiencias de televisión récord a nivel mundial durante su carrera y después de la misma. […] En 1978 moraban en nuestro planeta algo más de cuatro mil doscientos millones de personas. Aproximadamente la mitad de todos ellos estaban delante de un televisor porque el boxeador antes conocido como Cassius Clay peleaba de nuevo.

En el año 1984 a Muhammad Ali le fue diagnosticada la enfermedad de Parkinson. Hizo pública su dolencia, que ya comenzaba a notarse de todos modos. En una de sus míticas entrevistas le preguntaron si en Kinsasa, durante el combate con Foreman, no le dolían los golpes con los que le martilleaba. Ali respondió: «Todavía me duelen». Igual de inesperado e inteligente que su estrategia de cansarle permitiendo que le castigase, el famoso desde entonces «rope-a-dope», Ali tornó en otro tipo de estrella. Concienció, financió, fundó. A menudo con Michael J. Fox. Se centró además en su faceta filántropa y activista. Era una marca, pero también un ser humano con conciencia. Salvar un sucicida en 1981. Misión de paz en África enviado por Jimmy Carter. Intento liberar rehenes musulmanes en Israel tras apoyar la primera intifada públicamente en 1988. Negociación con Saddam en Irak en 1990 consiguiendo liberar rehenes americanos. Afganistán en 2002. 

Héroe deportivo. Pacifista y activistra. Icono social y pop. Atleta que más veces ha aparecido en la portata de la revista Times. […] Fue, probablemente, lo más parecido a un dios humano que hemos podido tener entre nosotros en la tierra.» 

El deporte es cultura. Lo dice la Unión Europea y lo sabemos nosotros. Por eso durante años hemos hablado con deportistas de todo tipo y de todas las disciplinas. Para que nos contaran en las entrevistas en profundidad que han sido seña de identidad de Jot Down cómo fue su vida y cómo lo es ahora. Intentando entender mejor su época, su deporte, cómo lo vivieron por dentro, qué pueden esperar los nuevos que llegan. Conociéndolos cuando eran dioses.

Ediciones Deusto y Jot Down
El sexo es cultura es un florilegio de los mejores textos sobre la llama que mueve el mundo, con prólogo de Loreto Gómez. 

El sexo tiene sintaxis, igual que el lenguaje. Y tiene géneros, igual que la literatura. El sexo es verso y prosa, pero también es una partitura, un lienzo y un escenario. En el sexo hay solistas, virtuosos y hasta plusmarquistas. Es a la vez una carrera, una partida entre contendientes y una exhibición. Es un arte, una competición, una ciencia y un negocio. El sexo, en resumen, es cultura.

Vivimos en un mundo de datos y algoritmos. Sin embargo, lo más básico, lo más necesario, sigue siendo lo más imprescindible, a lo que no podemos renunciar. En un minuto cualquiera se registran cerca de 4,5 millones de búsquedas en Google. […] ¿Y qué buscamos? Cada año Google resume en un interesante y clarificador informe las principales. […] Las dudas sobre sexo son un buen indicador del estado de la economía.»

Entre las cincuenta webs más visitadas de todo el mundo se encuentra PornHub. Por encima de WhatsApp, Apple, PayPal, Quora o Booking. Por más que queramos comunicarnos con aparatos tecnológicos de diseño, realizar actividades financieras desde cualquier sitio, resolver dudas o viajar, hay cosas que deseamos mucho más. En 2019 esta web terminó con cuarenta y dos mil millones de visitas, más de ciento quince millones de visitas diarias. […] España se encuentra entre los veinte países que más tráfico suponen. También estamos entre los veinte países que más documentales producen, así que mientras hay vida hay esperanza.

Espero por tanto que en adelante los avezados lectores se planteen pasar de una mirada crítica a una pícara, dando una oportunidad a contenidos y mensajes que, cómo negarlo, no podemos sacar de nuestras vidas. A fin de cuentas, el sexo es cultura.

Puedes adquirir los libros aquí


Yo fui mozo de almacén (y otras historias de ciclismo)

Detalle de portada de Bucle, de Marcos Pereda. (Libros de Ruta)

Yo era un auténtico fenómeno, muy rápido y, sobre todo, con una resistencia casi infinita. Peleando contra el reloj era el mejor, contra el segundero de mi reloj. Lo digo sin falsa modestia, me proponía unos objetivos y los cumplía, batiendo récords con elegancia y sin perder la compostura. Jadeaba ligeramente y sudaba pero no me agotaba, no paraba, no lo hacía hasta cumplir mi meta; cargar todo el pedido en el camión. El camionero de Transportes Hontoria flipaba conmigo, él estaba acostumbrado al almacenero de siempre, con sus zapatos negros y su boli en el bolsillo del pecho de su chaqueta azul de tela de Vergara, parsimonioso pero eficaz. Ese verano yo ocupaba su puesto y corría, con mis zapatillas deportivas, mis bermudas y mi camiseta de algodón, tiraba de la carretilla al mismo tiempo que buscaba en el albarán el siguiente bidón que tenía que cargar en el camión. No se si eran polímeros, bolitas de plástico de colores o lo que fuera que vendía la multinacional Sandoz a las papeleras de los alrededores, yo sólo miraba las referencias del albarán y el reloj, y cargar el pedido, ni cafelito ni leches. 

Mi padre, mi jefe, el jefe de Sandoz en la zona me había puesto a trabajar en el almacén ese verano. El siguiente curso tenía que repetir el COU, y tenía que repetir curso solo porque había cateado mates, ¡putas matemáticas! ¿Para qué quiero yo las matemáticas? ¿Qué le costaba haberme aprobado? Lo peor de este profe no era que fuera un hincha del Athletic de Bilbao, casi hooligan, además era un payaso; esto no es un insulto, un payaso que salía todas las semanas en un programa en directo en la televisión vasca. Peor aún, podía ser el payaso listo o el gamberrete, pero no, era el mudo, ¡el mudo!, el que interactuaba con una bocina de esas en forma de trompeta que cuando apretabas el globo de plástico lanzaba aire hacia la trompeta y emitía un ridículo ¡mooc! Hala, a repetir COU, ¡mooc, mooc! No le guardo rencor, pero tampoco puedes estar toda la vida diciendo «a Perico de los Palotes, por poner un nombre anónimo, no le guardo rencor» sin añadir a continuación, para quedarte a gusto, «pero fue un pedazo cabrón», por poner un adjetivo anónimo.

¡Mooc! ¡Mooc! Le hacía yo al camionero, que me miraba boquiabierto y con un palillo pegado a su labio inferior que mantenía milagrosamente una inclinación similar a la del Tourmalet, ¡mooc!, para que se apartara mientras recorría de un lado a otro el almacén con mi carretilla. Mi padre, mi jefe, el jefe de Sandoz, tengo que decirlo, no me había puesto a tirar del carro ese verano porque el payaso del profesor, perdón, el profesor payaso, no había tenido el detalle de aprobarme las matemáticas y poder presentarme a la selectividad, ¡que iba por letras!, no fue por eso, no. La razón por la que yo estaba batiendo récords de carga de bidones en camión era otra y me enteré al cabo de un mes, cuando cobré mi primera nómina. «Has ganado más dinero trabajando de mozo de almacén que tu hermano Jordi como ciclista», me dijo mi padre-jefe, y añadió empezando a girarse, «por mucho que salga su nombre escrito en la parte deportiva de los periódicos». Yo podía parecer tonto, no lo niego, tenía que repetir el COU, pero un rato espabilado ya era. Intuí que con esas palabras que me acababa de soltar, mandaba a su vez algún tipo de mensaje oculto que yo tenía que descifrar.

Bajaba sigilosamente al sótano y me pasaba mis buenos ratos mirando la bicicleta de carreras de mi hermano. Una Zeus chulísima, siempre limpia impoluta, me parecía que brillaba. Me fijaba en los innumerables agujeros que acribillaban todas las piezas de la bici, las bielas, los platos, los frenos, ¡el manillar! Cuando me pillaba junto a su bici, lo machacaba a preguntas. A mi casa llegaban dos y tres periódicos al día, y había auténticos piques y peleas entre los siete hermanos por hacernos con uno de ellos. Yo me leía los periódicos enteros, de atrás hacia adelante. De vez en cuando encontraba el nombre de Jordi Ruiz Cabestany en alguna crónica o clasificación de carreras amateur. Le preguntaba por las carreras, por los ciclistas, por las bicis, por qué agujereaba su bicicleta, «para bajarle peso» me decía, «pero todos lo hacen» y me parecía normal. Hasta los ciclistas me parecían normales.

Jordi se fue a correr la Vuelta a Gran Bretaña con la selección española, que en realidad era el equipo Zeus de Gandarias travestido en selección, que era el tipo de equipo que permitía esa carrera. En esa época se llamaba Milk Race, era la leche esa carrera —me lo han dejado a huevo—, y el diario Deia tenía un enviado especial. Para amortizar la inversión de llevar a este a una carrera amateur —con las mejores selecciones de los países del Este, pero amateur— el especial enviado tenía que rellenar un par de páginas enteras cada día. No podía llenar tanto espacio únicamente hablando de desconocidos —aunque muy buenos, Kachirin, Dvoracek o Janus Pozak—. Tampoco lo podía hacer solo con el director Gandarias o el jefe de equipo, Larrinaga, ni con el carismático Imanol Murga. Sí, ese que luego fue compañero mío de equipo, el que en alguna ocasión se colocaba detrás de nuestro esprínter y en la última curva se tiraba al suelo para que cayeran con él los rivales y así ganar la etapa. Ese, un gregario de verdad de los que se entregaban por el líder, de los que lo daban todo. Pues eso, también tenía que hablar de mi hermano Jordi: entrevistas, fotos, páginas… Según iba devorando cada día el periódico, el pedestal en el que lo tenía colocado iba aumentando de tamaño. Definitivamente, yo quería ser ciclista.

Me daba igual que se ganara más dinero trabajando de mozo de almacén, que mi Jordi me repitiera una y otra vez que no se me ocurriera competir en bici, que se negara en redondo a cederme alguna de las piezas que tenía por ahí para incorporarla a mi ultrapesada BH Titán, que no tuviera un puñetero duro para comprarme una bici regular, que tuviera que estudiar en una academia por las tardes noches para aprobar lo que me suspendió el cómico rojiblanco… Nada, ya había probado un montón de deportes —incluso me había apuntado a un curso de salto de esquí para hacer combinada nórdica— y quería ciclismo. Si a alguien le parece normal agujerear un manillar para reducirle peso, ese es carne de cañón para el ciclismo. A mí me parecía normal. Además, ¡qué coño!, en esa época los que estábamos mínimamente informados sabíamos que en cualquier momento iba a estallar el conflicto nuclear y todos al garete. Yo ya tenía calculado, guiándome por los grafismos de la prensa sobre una explosión nuclear, que si la bomba caía en Irún tenía posibilidades de sobrevivir, pero más cerca ya, chamusque. Así que, ¿por qué no iba a ser ciclista?

Mi imagen del ciclismo era idílica. Aún no había leído este libro de Marcos Pereda, donde ves el ciclismo desde todos los ángulos, en todas las épocas, con perspectiva, con grandezas y con miserias. No había leído el primer artículo de este libro donde dice una gran verdad: que todos los periodistas de ciclismo mienten. Marcos Pereda es periodista. O al menos, exageran. Yo me lo creía todo. Y me hice ciclista. En mi primer año me seleccionaron para dos mundiales, el de pista y el de carretera. Allí, en México, el médico de la Federación me dijo no se qué de las rótulas y que al volver a casa me iba a operar porque en caso contrario, solo duraría tres años más en el ciclismo. Yo, niñato impertinente, que hacía caso a lo que contaban los periodistas pero poco a los médicos, le contesté que bueno, que luego ya me dedicaría a otra cosa. Si es que antes no habían apretado los botones rojos y me tenía que dedicar a buscar la antorcha de una estatua enterrada en alguna playa desierta.

Al tiempo que yo jugaba con los juveniles, mi hermano había pasado al profesionalismo con el mismo equipo de Gandarias y algunos fichajes como Elorriaga o Villardebó. Ya era otro nivel, Vuelta a España y esas cosas, Flavia-Gios se llamaba el equipo profesional, pero el contundente argumento de mozo de almacén seguía inamovible. Sin embargo era un gran cambio, ya no era la visión del niño, que sacaban de clase para ver pasar a los ciclistas de la Vuelta al País Vasco y retorcía los ojos intentando reconocer entre ese veloz amasijo de cuerpos y metales a Perurena o Lasa, sus ídolos. Ahora era mi propio hermano el que estaba ahí.

En la decimoquinta etapa de la Vuelta a España entre Ourense y Ponferrada, se produjo una escapada de un grupo de corredores que fueron aumentando la diferencia. Entre ellos Elorriaga, el más rápido y seguro ganador en caso de llegar juntos. Pero también estaba Laguía, corredor de un modesto equipo en su primer año de existencia, el Reynolds, pero hombre peligroso para la general. La escapada no valía, se dijeron entre coches y empezaron a tirar fuerte del pelotón. Al rato, entre coches también, encontraron una solución, Laguía se descuelga y todos en paz. Ganó Elorriaga, del Flavia, gracias al detalle de Reynolds. En paz sí, pero ahí quedó pendiente una deuda, se firmó un pagaré. Al día siguiente venció Dominique Arnauld y venció, también, el pagaré. El bravo francés se escapó junto a mi hermano, un Reynolds y un Flavia, y llegaron juntos a la meta de León. Arnauld celebró su victoria lanzando su gorra al aire al tiempo que Jordi, en lugar de esprintar, se entretuvo intentando coger esa gorra al vuelo. Los pagarés los firman los directores pero los pagan los corredores. Y yo quería ser ciclista.

Yo quería ser ciclista, sí, pero mi padre no, y mi madre, con formas menos impetuosas, manifestaba que tampoco le hacía ninguna gracia. Mi hermano seguía, por alguna extraña razón, con su actitud de no motivarme en seguir sus pasos pero, era espabilado e intuía que me lo decía con la boca pequeña. Eso y que algún ciclista que me encontraba entrenando, me contaba que se había enterado por otro ciclista que, a la vez había oído de otro ciclista que Jordi se vanagloriaba orgulloso ante sus compañeros, de que tenía un hermano que andaba la leche. Como la Vuelta  a Gran Bretaña.

 Así que mi hermano no contaba como freno a mi empeño y mis padres, ¿qué podían hacer? Nos habían educado en la más absoluta de las libertades, no sabían si entraba, si salía, si estaba en casa, hasta me firmaba yo mismo los justificantes por gripe del colegio cuando me iba a esquiar o con la bici. Mientras no hubiera un suspenso, era un no news good news de libro. Eso sí, mi primera bici me la compré con el dinero que saqué recogiendo cerezas en Milagro con dos compañeros de clase, y con el dinero que me sobró me fui a sanfermines. Bueno no, al revés.

Mi padre hizo lo único que podía hacer: me dijo que si quería ser ciclista, lo único que saldría de su bolsillo hacía mi persona sería para pagar estudios, ni casa ni comida ni nada. No me costó entender ese elegante «búscate la vida». También les entendía a ellos, así, en general. Mi madre pudo ver desde los montes que rodeaban el pequeño pueblo de Tarragona donde nació, escondida y sobreviviendo a base de algarrobas, como unos aspirantes a un puesto en la NASA intentaban poner en órbita la torre de la iglesia a base de dinamita. Spoiler: no llegó a elevarse y los cascotes junto a las campanas quedaron esparcidos por la plaza del pueblo. Luego se refugió en Barcelona, se sacó la carrera de magisterio y entró a trabajar en Sandoz.

Por su parte, mi padre se hizo ingeniero industrial pero, lo peor de todo, era hijo de un señor que emigró desde un pequeño pueblo de Albacete y se ganaba la vida de taxista, haciendo carreras. ¡Anda, como yo! O sea, una de esas personas que se ha hecho a sí mismo desde la nada, de esas personas que no te imaginas oyendo a su hijo decir que quiere ser ciclista y le dice que sí, que ánimo, chaval. Por suerte a mí nunca se me ocurrió decir eso, en realidad no decía nada, solo hacía. Los dos trabajaban en la multinacional Sandoz y la conclusión más obvia es que de ahí vienen los niños, no de París. Pero no, la historia real es un obstáculo más para obtener su aquiescencia a mis aspiraciones en el deporte de las dos ruedas. Se conocieron jugando al baloncesto, al basket, basketball o como carajo se llamara en esa época.

¡Baloncesto! Ese es un deporte megaguay. Juegas en un espacio cubierto, con calefacción y sobre parqué. En esa época era descubierto y suelo de cemento, pero es igual, juegas cuatro tiempos de nada, te sustituyen, te sientas, te pones una toalla a los hombros y el juego consiste en avanzar haciendo botar una pelota con la palma de la mano para, finalmente, intentar introducir esa pelota por un aro que está situado a una cierta altura. Cuando tiran el balón, con ese movimiento de la mano de atrás hacia adelante, me los imagino soltando: «¡Vamos tontorrón, métete!». Tiene mucho prestigio el juego-deporte este. En cambio el ciclismo… es eso, solo ciclismo. Pero no me rindo.

Si hubiera querido jugar al baloncesto me hubiera animado orgulloso, ¡Vamos, enano! —era muy guasón el hombre— y hasta me hubiera comprado una canasta y un balón. Pero con este deporte jamás se podrían contar historias como con las que nos deleita Marcos Pereda en este libro. No hay jugadores que se escondan en un barreño de agua para intentar ser quien menos canastas mete en un partido, u otro que pasara mensajes escondidos en el balón para salvar judíos en la Italia de Mussolini, o una mujer que se tiene que travestir para poder jugar un partido, ni siquiera una mísera historia épica de un jugador que cae desfallecido por el agotamiento tras recorrer la cancha para meter una canasta. No, para lo bueno y para lo malo, el ciclismo es único y extremo. Los ciclistas son personas que tienen algo extraño en la cabeza, digno de estudio, protagonistas de historias como las que podemos leer en este libro. Con pasión. Interpelando.

Durante la lectura de este libro no he podido dejar de pensar en mis padres, ellos, a los que tanto les gustaban los libros y la buena lectura. Los imaginaba enfrascados en la lectura de estas maravillosas historias de ciclismo. Cuando empecé a destacar en este deporte cambiaron de opinión sobre mi empeño en ser ciclista, estaban muy orgullosos de mí. Lo que no sé, y me lo pregunto, es que si hubieran leído este libro en el momento de mis inicios me habrían animado a entrar en este loco mundo del ciclismo o, simplemente, se hubieran rendido a la evidencia de que yo era un caso perdido.

Este texto es el prólogo del libro Bucle, de Marcos Pereda, que acaba de publicar Libros de Ruta. Se puede adquirir aquí.


Leche, leche fresca

Marc Madiot y Julián Gorospe, 1989. Fotografía: Cordon Press

El puerto de Sollube era la última dificultad que tenían que afrontar los corredores participantes en la Clásica de Bermeo. Las cunetas de la parte alta del puerto estaban atestadas de aficionados que esperaban, ansiosos, el paso de los ciclistas. Era una simple carrera amateur, pero allí no faltaba nadie con sus neveras repletas de bebidas y bocatas en un ambiente festivo, pasando el día y mirando las estribaciones del puerto por donde ascendía, retorciéndose, la carretera. Todos esperaban el gran duelo entre los dos ídolos del momento: Jokin Mujika, guipuzcoano de diecinueve años, y Julián Gorospe, vizcaíno de veintiuno.

El pelotón comenzaba a subir las primeras rampas del puerto y todos los ciclistas esperaban el ataque de los dos favoritos. Jokin decidió colocarse a rueda del «veterano» Gorospe, y este último resolvió no atacar mientras tuviera a su rival a rueda. Al rato, un corredor se atrevió a arrancar y se marchó hacia adelante y, tras él, otro, y otro, y otro, mientras Gorospe y Jokin continuaban vigilándose. Así ascendieron gran parte del puerto, perdiendo cada vez más tiempo con respecto al resto de corredores, y perdiendo todas sus opciones en la carrera. Hasta que decidieron retirarse, decepcionando a seguidores y al resto de aficionados, a los que privaron del esperado duelo.

Como decía, no eran profesionales; no se ganaban la vida con el ciclismo. Aun así, al día siguiente llenaron páginas de periódicos y protagonizaron encendidos debates en los programas deportivos de todas las emisoras de radio. Quizá fue un día especial, sí, pero cada semana los medios de comunicación del País Vasco daban cuenta de lo que habían hecho estos dos corredores —y otros— en la carrera del anterior fin de semana. La prensa no hacía este seguimiento porque quisiera promocionar el ciclismo, que también, lo hacía porque el público vasco demandaba y buscaba información sobre las gestas de los ciclistas.

Jokin Mujika, nacido en el pequeño pueblo de Itsasondo, en el Goierri, fue mi compañero de equipo en la categoría de aficionados, y pasamos juntos a profesionales. En el equipo también estaban Betegui, de Urretxu, Izuzkiza, de Gabiria, Etxezarreta, de Zaldibia, y Dorronsoro, de Bidania. Yo era el único de ciudad; alguno me llamaba, entre bromas, kaleume, que quiere decir algo así como urbanita, o niñato de ciudad. De hecho, en mi ciudad solo dos ciclistas han corrido y terminado el Tour de Francia: mi hermano Jordi y yo. No quiero decir con esto que el arraigo de la afición al ciclismo en el País Vasco provenga mayoritariamente del mundo rural; muchos grandes ciclistas vascos provienen de la ciudad de Bilbao o de Vitoria-Gasteiz, pero sí creo que la pasión por el ciclismo tiene que ver, y mucho, con los deportes rurales.

Jokin estudiaba FP en Tolosa, pero tenía que ayudar en las labores del caserío; no les sobraba de nada, pero nunca les faltaba comida. Tenían que segar la hierba, alimentar a las vacas, cuidar la huerta y demás trabajos, pero «mi padre tenía mucho cuidado en no ponernos tareas los domingos», contaba. Cada año, cuando se disputaba la Clásica de Ordizia profesional, a escasos cinco kilómetros de Itsasondo, iba a ver a su ídolo ciclista, Txomin Perurena. Empezó con el ciclismo a los dieciséis años, tarde en comparación con otros chavales, pero su contacto con la bicicleta ya venía de bastante antes. Desde los diez años hasta los diecisiete salía a diario desde el caserío, con su bicicleta, a repartir la leche de las vacas. Llevaba dos marmitas de diez litros, una a cada lado del manillar, y un cazo para medir y servir. Leche fresca, claro, como ha sido siempre.

Julián Gorospe y Jokin Mujika arrastraban aficionados a las carreras ciclistas, fomentaban discusiones y rivalidades, protagonizaban páginas enteras en los medios de comunicación y llenaban horas de radio, siendo solamente aficionados. Lo pedía la gente. Gorospe lo siguió haciendo siendo ya ciclista profesional; Jokin no pudo adaptarse del todo al terreno profesional a pesar de su calidad, lo mismo que otros muchos corredores como Etxabe, Gastón, Lejarreta o quien esto escribe. Pero antes de llegar nosotros, la afición vasca no perdía detalle de los triunfos de Perurena y Lasa, o de Galdós, en el Giro. Y antes, en los sesenta, todo el mundo se volcaba con el mítico equipo Kas, o el Fagor, y con Antón Barrutia, Momeñe, Errandonea o Gabica. Y aún antes, el aficionado se enfervorizaba con la rivalidad entre Loroño y Bahamontes, o con Dalmacio Langarica. Y si nos remontamos todavía más atrás, a los años treinta, la afición vasca vibraba con Montero, Mariano Cañardo o Federico Ezkerra. Estos, y otros muchos que no he nombrado, alimentaban esa pasión de los vascos por el ciclismo. Pero la afición vasca valora y anima a todos los ciclistas por su entrega, por su sufrimiento, por la épica y por muchas otras razones, sean estos de donde sean. La opinión de los ciclistas sobre la afición vasca se mueve siempre entre «la mejor afición del mundo» y «una de las mejores aficiones». Tenía un compañero de equipo llamado Anastasio Greciano, modesto gregario, que siempre me decía riendo: «En mi pueblo ni saben que soy ciclista, y cuando corro en el País Vasco me reconocen y me animan jaleando mi nombre».

A pesar de que ganó unas cuantas carreras, Jokin Mujika no cumplió con las expectativas que se habían puesto en él. En el ciclismo profesional no llegó al nivel de su gran rival en aficionados, Gorospe. A veces pasa eso, y lo contrario también. Había dejado de estudiar y de realizar las duras tareas del caserío. También dejó de salir a repartir leche con sus dos marmitas colgando del manillar de la bicicleta. Quizá, si hubiera seguido haciéndolo, hubiera creado otra modalidad de deporte rural vasco. Ya existe uno parecido, las txingas, que consiste en correr con dos pesos colgando de cada mano, y su origen está en el trabajo de las ferrerías. Pero, tranquilamente, podría tener su origen en el reparto de leche. En el País Vasco los trabajos se acabaron convirtiendo en deportes.

Fotografía de Humberto Bilbao.

Los segalaris empezaron apostándose algo a quién cortaba más hierba; los aizkolaris, a quién cortaba más rápido el tronco. Lo mismo con los que levantan piedras. Incluso las más conocidas regatas de traineras tienen su origen en el trabajo de los pescadores que salían a por ballenas. Otros dicen que viene de atoar barcos, pero, para el caso, es lo mismo; era trabajo. Cuando se divisaba una ballena se daba el aviso, y salían las traineras del puerto con el arponero en la proa. El que llegaba primero y arponeaba se llevaba la mejor parte del animal. Cuando se extinguieron las ballenas en el Cantábrico las tripulaciones de las traineras siguieron retándose, pero ya sin la recompensa de la pieza; quedó el reconocimiento del público.

El público vasco, amante del buen comer y del buen beber, y atraído hasta el límite por los deportes extremos y agónicos y por los deportistas duros y sacrificados. Esta querencia por los deportes más duros, unida a la atracción por viajar o por subir a las cimas de los montes y montañas, por las apuestas y por los retos cada vez más difíciles, convierten al ciclismo en el deporte más seguido. Después del fútbol, claro, pero eso es algo bastante más vulgar.

Jokin ganó varias carreras como ciclista profesional, y tomó parte en cinco ediciones del Tour de Francia, con un 30.º puesto como mejor resultado en 1986. Una carrera a la que acuden miles de aficionados a ver a los corredores, vascos o no, en las rampas de los puertos pirenaicos. Como si de una tradición legendaria del mes de julio se tratara, hasta allí se desplazan cuadrillas de amigos y familias enteras para acampar, comer y beber, mientras esperan durante horas el paso de los ciclistas. La primera edición del Tour se remonta al año 1903, con seis etapas, cuatro de las cuales superaban los cuatrocientos kilómetros. En el reglamento se les prohibía a los corredores cualquier tipo de ayuda externa, mecánica o alimentaria, y tenían que cubrir el recorrido por encima de los veinte kilómetros por hora si no querían ser descalificados. Por caminos de tierra y con bicicletas rudimentarias, los ciclistas pasaban de diecisiete a veinte horas pedaleando. Con semejante panorama, las narraciones de las gestas de estos deportistas no tardarían en calar entre los vascos. El primero en intentarlo fue el bilbaíno Vicente Blanco, el Cojo, en 1910. Según el reglamento, los premios y dietas no se pagaban a los corredores hasta que no hubieran terminado el Tour. Vicente Blanco no tenía medios y tuvo que ir desde Bilbao hasta la salida en París pedaleando sobre su bicicleta. Solo pudo aguantar hasta la tercera etapa antes de retirarse, pero fue el que señaló el camino a otros muchos ciclistas.

Patxi Alkorta, alias Panadero, presidente de la Sociedad Deportiva Danena de Zizurkil, fue el «padre» deportivo de Jokin. El mío también, pero sin duda tenía más querencia por Jokin, al que tuvo en su equipo desde juveniles; yo empecé más tarde a correr en bici. Patxi era el panadero de Zizurkil, y dedicaba todo su tiempo libre a la S. D. Danena, al ciclismo y a los ciclistas. Trabajaba muy duro y disfrutaba mucho también, siempre de manera altruista. Como Patxi Panadero, hay cientos de personas en el País Vasco que dedican su tiempo de ocio a dirigir clubes, crear escuelas de ciclismo, sacar equipos ciclistas de categorías inferiores u organizar carreras para la chavalería. Patxi tenía un equipo juvenil, pero consiguió crear otro equipo en la categoría superior, la de aficionados, para que Jokin, ya con dieciocho años, no se fuera a otro sitio. Allí nos juntamos los Betegui, Izuzkiza y compañía. Al cabo de tres años de competir en aficionados y de ganar carreras, ya estaba bastante claro que, tanto Jokin como yo, estábamos llamados a ser corredores profesionales. Entonces ocurrió lo excepcional. En lugar de fichar por un equipo profesional, Patxi y el capacitado grupo de gente de la que se rodeó en la S. D. Danena consiguieron patrocinadores y crearon un nuevo equipo profesional. Los chavales de Itsasondo, Urretxu, Gabiria, Bidania y el kaleume, junto a corredores fichados de otros lugares, nos vimos en el equipo del Panadero de Zizurkil corriendo la Vuelta a España y el Tour de Francia. Por supuesto, también participamos en las carreras que clubes y sociedades deportivas organizaban en el País Vasco, que siguen adelante con la ayuda de muchos voluntarios. La Clásica de Ordizia, la carrera que iba a ver Jokin de pequeño y cuya primera edición se remonta a 1922, o el Gran Premio de Getxo y la Vuelta al País Vasco, con origen en 1924, que fueron escenario de nuestros sueños infantiles, se convirtieron en escenarios de nuestras gestas adultas.

No creo que exista una única razón por la que el ciclismo goce de tanto arraigo y predilección en el País Vasco. Es difícil de explicar, como lo es descifrar el porqué de esa pasión por subir a los montes más altos o de disfrutar viendo a unos pelotaris dando manotazos a una pelota dura como una piedra. Hay muchas cosas que son comunes en otras partes del mundo o sentimientos parecidos que hacen que no parezcamos diferentes, pero tampoco iguales. Muchas pequeñas cosas que, unidas, marcan una característica.

Salgo con mi amigo David a rodar con la bicicleta. Él es de la nueva hornada de apasionados del ciclismo; le gusta comer y beber, arrastra muy dignamente su barriguita sobre la bici. No se pierde una carrera ciclista en la tele, pero le gusta también salir, como a otros muchos miles de vascos. Le pregunto mientras rodamos juntos:

—¿Por qué hay una afición tan especial al ciclismo en el País Vasco?

Y no duda un instante: 

—Porque no follamos.

—¡Venga, en serio! —replico.

—En serio te lo digo. Fin de la conversación.

Al menos alguien lo tiene claro.

Hay lugares en el mundo en los que tienen una predilección por el ajedrez, aunque también les guste el ciclismo. En el País Vasco esa predilección es por el ciclismo, a la vez que existe afición por el ajedrez. Eso sí, si este se jugara sobre un tablero del tamaño de un campo de fútbol, con piezas de cincuenta kilos que se tuvieran que mover en un tiempo limitado, sería un deporte de masas.

Fotografía de Humberto Bilbao.


Abraham Olano: «Cuando estás peleando por la general no regalas nada»

Fotografía: Óscar Larzabal

Abraham Olano ganaba carreras llanas y pruebas en velódromos, pero nadie pensaba que pudiera llegar a ser ciclista profesional ni, por supuesto, campeón del mundo. Nadie daba un duro por él. Su amigo y preparador personal, Iñaki Arratibel, me lo confesaba; tenía mucha fuerza, pero le sobraban quince kilos. Necesitaba deshacerse del sobrepeso sin perder potencia, una misión casi imposible que destapa la principal cualidad que diferenciaba a Olano de otros ciclistas: su capacidad para soportar un severo régimen alimenticio y unos intensos entrenamientos, muchas horas de pedaleo sobre la bicicleta. Durante años trabajó para bajar peso y aumentar potencia hasta convertirse en uno de los mejores ciclistas del momento.

Tranquilo, como siempre, aparece en el restaurante Frontón de Tolosa con un aspecto muy parecido al que tenía cuando corría. No le tienta la oferta de comernos unas alubias al acabar el encuentro; sigue haciendo deporte todos los días y cuidando su alimentación. Cuando corría no decía una palabra más alta que otra en sus declaraciones públicas; para eso estaba Karmele, la primera mujer mánager de un ciclista.

Cuando ganó el Mundial de ciclismo dijeron algunos «expertos» que lo debió ganar Indurain. Cuando ganó la Vuelta a España se vio envuelto en una guerra entre José María García y De la Morena. Cuando se le empezó a vislumbrar como futuro director general de la Vuelta le cortaron las alas antes de que llegaran los franceses del Tour a hacerse dueños de la carrera española.

En los Seis Días del Velódromo de Grenoble me pidieron que llevara a un ciclista para hacer una pareja española y se vino conmigo un joven y desconocido Olano; acababa de pasar a profesionales ese año con un equipo que no pagó y desapareció. Tras duras batallas sobre la bicicleta, en una de esas pruebas de relleno-espectáculo, dos de los «capos» se habían adelantado unos metros al pelotón e iniciaban un exagerado y violento sprint que levantó de las gradas al enfervorizado público. Desde el pelotón los observaba y me maravillaba cómo esos dos veteranos habitantes de los velódromos del mundo imitaban, secuencia a secuencia, el mejor sprint de la historia, pero a la mitad de velocidad. De repente, como si estuviera en un mal sueño del que no puedes salir, veo a mi compañero Olano que arranca por lo alto del peralte, alcanza a esos dos grandes actorazos, los rebasa y gana el sprint con dos bicicletas de ventaja. Con una pasmosa calma, eso sí, Abraham nos acababa de meter en un «problema» que duraría cinco días más.

Cuando le cuento esta historia me dice, con una gran sonrisa, que no se acuerda. Y yo le entiendo; también disfruto de una maravillosa memoria selectiva.

Has sido campeón del mundo en ruta, campeón del mundo en contrarreloj, medalla de plata olímpica, vencedor de la Vuelta a España, segundo de la Vuelta otro año, cuarto en el Tour y ganaste una etapa de contrarreloj también en el Tour. Tienes un palmarés bestial. ¿Qué haces en Gabón?

[Ríe] ¿Qué he estado haciendo? Entrenando a los chavales de allí. Creo que puedo seguir todavía enseñando algunas cosas sobre cómo trabajar, sobre todo en esos países que todavía tienen mucho atraso en el tema deportivo. Como en todas las sociedades hay personas que pueden practicar bien el deporte y tienen físico para ello, la pena es que hay muchos que se pierden porque no tienen la opción de practicarlo.

Tiene que ser un contraste marcharte de aquí a Gabón.

Sí, estuve un año completo, excepto un mes que estuve de vacaciones en casa. Es una experiencia muy bonita de vivir y dura a la vez; por estar fuera de casa y por dar pasos hacia atrás en vez de hacia adelante, pero creo que los chavales se han quedado muy a gusto conmigo y siguen todavía llamándome para ver si enganchamos otra vez el carro. Quieren que siga con el proyecto.

¿Crees que de ahí se puede sacar algo?

Hombre, sí que se puede sacar. Lo que pasa es que las condiciones de trabajo allí son complicadas; no tienen carreteras ni nada. Para mountain bike de maravilla, pero para carretera o vienen aquí a Europa a trabajar y a entrenar o no se puede. Estamos en ello: quieren seguir y el Ministerio de Deportes del país y el presidente de Gabón quieren apostar por el ciclismo. Gabón tiene una carrera muy importante dentro de la UCI: la Tropicale Amissa Bongo, pero no tienen ciclistas en el país. Para ellos es un contraste enorme ver a profesionales compitiendo y les gustaría competir con los suyos. Pero es inviable, en una persona que no anda a diario en bicicleta porque tiene que trabajar o porque tiene que estudiar, estar al nivel de un profesional; no es factible.

Lo has comparado con cómo fueron tus inicios en el ciclismo.

No tiene nada que ver. Ellos se encuentran con un problema infranqueable que es el tema de las carreteras, que simplemente no las tienen. Y otra cosa es que aquí tienes competiciones en las categorías inferiores, ellos no las tienen. En todos los casos tienen que trasladarse a otros países y para hacer eso tienen que coger un avión y ellos no tienen poder adquisitivo para eso, al menos de forma particular. Otra cosa es si estás en la selección y te pueden llevar. Pero sin haber competido nunca ir a competir con otros que ya lo han hecho es un salto muy grande. Por eso digo que sí hay chavales que tienen opciones de ir mejorando mucho. Lo que pasa es que muchos ya tienen sus años y hay que trabajar con eso, pero también, hay que trabajar con la cantera para que algún día puedan estar un poco más adelante.

¿Cómo comenzaste a andar en bici? ¿Cómo te dio por ahí? ¿Hacías otros deportes anteriormente?

En mi casa casi todos hemos practicado algún deporte.

Tu familia es numerosa.

Sí [ríe]. Somos seis y al final llegó la chica y se acabó. Aquí en la zona de Tolosa siempre se ha hecho bastante deporte, en los colegios por lo menos. Yo estaba en la ikastola y en aquella época se hacía una Olimpiada escolar en la que nos juntábamos casi todos los colegios de la zona.

En Berazubi.

Sí, en Berazubi, eso es. Y dentro de aquella competición en aquellos años se hacía también la modalidad de ciclismo y me apunté. Iba todos los días en bicicleta a la ikastola y solía andar bastante con ella. Me apunté porque mi hermano mayor había competido también el año anterior y me salió bien. Y, bueno, te vas enganchando. Aparte de que hacía atletismo ya en Tolosa, cross, lo que pasa es que las circunstancias poco a poco te van inclinando hacia el ciclismo porque te va mejor o porque los rendimientos son mejores.

Eras un poco gordito de chavalito, te gustaba el ciclismo, pero no eras el prototipo de ciclista.

Bueno, lo que pasa es que yo tampoco veía cómo era yo. Veía que tenía fuerza y ganaba, pero ganaba en carreteras llanas y circuitos en los que el peso sí era un lastre, pero no influía tanto como en las subidas. Hasta que no llegas a juveniles no te empiezas a replantear el tema. Por eso hacía mucha pista, porque me favorecía. Yo no tenía la mentalidad de hacer exclusivamente carretera.

¿Te ayudaron cuando empezaste? ¿Sentiste apoyo?

Apoyo sí he tenido siempre, pero fue algo voluntario. Tomé parte en la competición escolar, que la organizaban los hermanos Ayerza; en aquella época eran los encargados de la escuela ciclista de Tolosa y me invitaron a inscribirme. Ya había competiciones en esas categorías de benjamines y podía tomar parte en carreras a nivel de Guipúzcoa. Y al día siguiente me presenté en su taller a inscribirme, sin pedir permiso a mis padres ni nada. Tuve que volver a ir unos días más tarde con mi padre.

No te puso ningún problema.

No. Mi padre en su época debió estar haciendo pinitos en el ciclismo y le gustó.

Estás ayudando en la Escuela de Ciclismo Oria.

Sí, yo siempre digo que los implicados en las escuelas son los padres. Al final es el padre de uno el que le echa una mano al otro y te lleva a las carreras. Es un ciclo que hay que devolver cuando te llega el momento. También tengo a la chavala que está compitiendo en las categorías escolares. Aunque ya previamente iba a algunas carreras de los juveniles como director, ahora que está en la escuela metida estoy también con los pequeños echando una mano.

Cuando empezabas dices que no te veías como eras. ¿Pensabas que podías llegar a ser como uno de tus ídolos o simplemente ibas a divertirte?

Hasta juveniles o así no empecé a pensar que podía vivir del ciclismo. Me lo pasaba bien y tenía ese punto de competitividad, pero era de los que iba a entrenar. Salía con los amigos y me picaba un poquito con ellos. Ese es mi punto de trabajo e igual eso es lo que hace que más adelante puedas mentalizarte y trabajar en lo que te gusta. Hay muchos que empiezan ya de una manera muy meticulosa desde pequeños y llega un momento en que tanta regla es psicológicamente insoportable, sobre todo cuando estás tan saturado desde pequeño.

Es en lo que solemos hacer hincapié en la escuela y por ahora, al menos en la de Tolosa, lo llevamos bien; y es que los chavales primero lo tienen que disfrutar. Otra cosa es cuando llegues a un nivel y te empiecen a pagar, entonces tienes que ser responsable. En la escuela lo único que les exigimos es que si llevan un patrocinador deben ser responsables de la imagen de ese patrocinador. Hay chavales que igual vienen un día a entrenar y luego no vienen ningún otro día en los veinte siguientes y no pasa nada. Hay otros clubes que dicen: «No, si no vienes un día a entrenar no puedes competir». Esto es una escuela para enseñar y aprender, si no vienes algún motivo tendrás o simplemente no te apetece. El obligarle a venir es seguramente pernicioso en un chaval que igual dentro de uno o dos años, cuando ya haya desarrollado el cuerpo y le motive más la bicicleta, vuelva otra vez a entrenar.

No ponéis problemas por compaginarlo con otro deporte.

No. Hay chavales que igual durante un tiempo no vienen a entrenar porque están con la escuela o con algún club de fútbol o balonmano y no pasa nada. Son perfectamente compatibles porque tienen temporadas distintas. Aceptas que durante un tiempo ese chaval no va a venir porque está con otra cosa.

Estás aplicando con los chavales con los que trabajas en la escuela de Tolosa o de Oria lo que tú hiciste de crío: divertirte. ¿Cuándo fue el punto en que dijiste veo que tengo posibilidades profesionales?

Hasta juveniles no me mentalicé. Al principio me vi que había Olimpiadas y que vía pista podía estar ahí. Lo que pasa es que según estaba preparándome de cara a la pista me di cuenta de que si limaba un poco de peso también podía estar bien para algún sector de la carretera.

Donde destacabas en categorías de juvenil, e incluso aficionado, era en pista.

Sí, pero siempre he hecho carretera. Con la carga que tenía para los sprints muy bien, subía incluso más que Guenetxea, lo que pasa es que a punta de velocidad Guenetxea tenía más que yo. Me encontraba muchas veces con él en las competiciones porque éramos de categorías similares. Cuando era un recorrido más duro o el sprint era un poco tirando para arriba le podía ganar, pero si era de carácter explosivo me ganaba él. Teníamos un pique sano porque desde pequeñitos hemos competido juntos y ahí es cuando me doy cuenta de que puedo dar un paso más adelante si limo la carga que llevaba y la compensaba con ganar algo de fuerza.

Me estás hablando de que Guenetxea era un rival tuyo en categorías inferiores. Habrás visto varios corredores que tenían el mismo nivel que tú e incluso superior que no han llegado a lo que has llegado tú. ¿Por qué crees que es?

Son muchas circunstancias y mucho tiene que ver con el sacrificio. Muchos llegan con una calidad y el cuerpo les da lo que les da porque si entrenan más pierden la efectividad. Puede ser que tengan alegría en el pedaleo como Valverde.

Valverde entrena, pero ni mucho menos lo que entrenaba yo ni lo que entrenaba Miguel [Indurain]. Él tiene su calidad como corredor explosivo y si le haces entrenar a intensidades un poco elevadas le matas la alegría que tiene de por sí. Entrena jugando, hace kilómetros, pero nunca a niveles medios-altos, sino solamente intensidad; una subida a saco porque se pica con no sé quién, y lo demás para él es un juego.

Había un preparador que decía de ti que eras: «Inteligente en carrera, con buena cabeza, capacidad de trabajo y horas de sillín». Pero sobre todo me insistía en que eras «Trabajo, trabajo, trabajo».

Un machaca.

Y me estás diciendo de Valverde que te parece bien que sea un corredor que no trabaja tanto, que se divierta.

Sí, él tiene talento de corredor, no tiene nada que ver con cómo era yo. Yo, entre comillas, tenía el problema del peso y tenía que hacer una carga de trabajo. Además, tenía otro hándicap; para mejorar en la montaña no solamente tenía que perder peso, sino que tenía que compensar la pérdida de peso con la potencia.

¿Qué le aconsejarías a un chaval que está empezando? Porque dices que el método de Valverde también está bien.

Lo suyo en la época escolar es divertirse. A partir de ahí a cada fisionomía y a cada cuerpo no puedes meterle la misma carga. No todas las personas pueden trabajar de igual manera para sacar el mismo rendimiento. Lo mismo pasa con los caracteres: a una persona le gusta que la estés achuchando todo el día para sacarle trabajo y a otra se lo tienes que dar dulcemente porque si no la hundes. En el deporte, físicamente, es lo mismo. Unas personas tienen unas capacidades que si les aprietas igual luego no les sacas rendimiento, y a otros sí. Hay que saber navegar con toda esa gente.

Hay muchos métodos que yo utilizo, por ejemplo, con los de Gabón. Porque, claro, durante dos meses tienes que intentar ponerlos a un nivel en el que simplemente puedan acabar las carreras con profesionales y hay que tener mucho tacto. Pero todos son distintos y trabajamos en grupo.

El sistema que se usaba antiguamente de mirar las pulsaciones por las mañanas para no ir sobrecargando hoy en día no se tiene mucho en cuenta; todo el mundo va con los vatios y esto y lo otro, y no se dan cuenta de que mucha gente que creen que tiene que estar al nivel no lo está porque el descanso y la recuperación del día a día no lo han respetado.

¿Sigue existiendo hoy en día el entrenador que saca la fotocopia de los entrenamientos y se la reparte a todos? ¿Qué opinas de eso?

Sí. Tiran de archivo, muchos. Lo que te decía, no todos los cuerpos son iguales y hay que respetar a cada uno y sobre todo saber la trayectoria individual de cada deportista.

Creo que es mejor llevar a un corredor menos preparado que a uno que va bien entrenado. Al que va menos entrenado a una competición le puedes sacar algo poco a poco. Me dirás: joder, pero así va a sufrir en la competición. Sí, será un momento puntual en una competición porque no tiene vueltas, pero si no estás unos días machacándolo le vas a poder ir poco a poco exprimiendo. Cuando uno ya es profesional haces como yo; he podido pecar en algunas competiciones o entrenamientos de exceso de trabajo, pero uno es ya profesional y creo que es mejor pecar por exceso que por defecto.

Los 40 000 kilómetros de la ONCE.

Eso, por ejemplo. No, de la ONCE no, cuando estuve en el CLAS, cuando fui campeón del mundo. Claro, llevaba el maillot y ese es el año en el que hice 41 000 km cuando normalmente hacía de 36 a 38 000 km al año.

¿Tienes guardados todos los kilómetros de tus entrenamientos? Era con pulsómetro, ¿no?

Sí. Desde que estuve entrenando con Iñaki Arratibel siempre he llevado la cuenta meticulosamente del trabajo que he realizado todos los años.

Y eso es por tu mentalidad. En una ocasión declaraste en una entrevista que considerabas el ciclismo como un trabajo de autómata. Que al igual que los trabajadores van a la fábrica y entran y salen a una hora, tú eres un profesional, tienes un trabajo y lo cumples.

Sí, yo creo que es así. Además, el deporte de fondo es una disciplina en la cual tienes que ser muy consciente de que todos los días de trabajo, si no pasan veinticuatro horas, son acumulativos. Si no dejas de entrenar ese tiempo el cuerpo teóricamente va acumulando fatiga hasta que no le das más de veinticuatro horas de descanso. Luego, si has hecho bien el trabajo, el cuerpo se puede recuperar y volver a las basales para poder seguir con la progresión de trabajo. Después están los ciclos de descanso de más días porque ha acabado la temporada, para que puedas hacer una recarga de peso como hacíamos nosotros en invierno para volver a tener un poco de volumen y poder luego exprimirlo.

Según tengo entendido fue cuando volviste de los campeonatos del mundo en pista de Seúl cuando te planteaste dejar la pista y dedicarte a la carretera.

De los de pista ya ni me acuerdo [ríe]. Allí lo que vi es que había gente que hacía ciclismo de muy alto nivel en pista y hacían también carretera con buen rendimiento; ganaban carreras y tal y cual. Es cuando me doy cuenta de que hacer pista no te limita para hacer una apuesta por la carretera. Es cuando me encontré con Lombardi, que es de mi quinta, y vi que en la carretera se podían tener también resultados.

¿Empiezas con Arratibel en ese momento?

Iñaki nos hacía las revisiones médicas a la Escuela Ciclista de Oria cuando yo empezaba; él estaba todavía sacando la carrera de Medicina. Cuando me vine de Seúl ya se había sacado la carrera y había estado en Alemania. Fue cuando recurrí a él para que me guiase en el trabajo de entrenamiento, me decían que estaba loco.

En ese momento decides que en la pista ya no tenías más futuro.

No es que no tuviese futuro, es que no había perspectiva en el ciclismo en pista. O te metías en el mundo de los seis días o a la carretera. La opción de la carretera era más interesante que la pista.

Y en ese momento te dice Iñaki Arratibel que tienes que bajar quince kilos y que el proyecto para ser ciclista requiere de un plazo de tres, cuatro, cinco años…

No me lo dice así, pero sí que me dice que tengo mucho sobrepeso y que tengo que bajar.

Empecé a entrenar y hablaba con Karmele, con el suegro y con mis padres de que no podía entrenar tanto. Claro, yo estaba haciendo de cien a ciento veinte kilómetros. Venía de hacer pista, que casi no hacía entrenamientos, y los días que hacía fondo como mucho eran cien kilómetros. Y claro, empecé a hacer a diario de cien a ciento veinte kilómetros, y pensaba: «Así no voy a llegar a ningún sitio, me va a reventar». El problema no eran los cien o ciento veinte kilómetros, era que entre medias había que hacer series.

Cuando llevabas quince días de entrenamiento llegaste al punto en que dijiste: «Yo no puedo hacer esto» y te diste un plazo de otros quince días. ¿Qué pasó en esos otros quince días?

Nada, recuperé un poco de motivación con uno de los descansos que me tocaban y viendo que la progresión había sido importante me di cuenta de que merecía la pena la mejora.

Hoy en día hay muchos chavales, e incluso sus padres, que ven un futuro en el deporte y buscan la inmediatez en los resultados. Tú tenías dieciocho años. ¿Cómo te planteaste que tu proyecto era a cinco años? ¿Cómo llevabas eso de no pensar en el año siguiente sino a largo plazo?

Lo veo en los chavales que están ahora en activo en otros deportes: van a los partidos y le dan prioridad a ganar y a aquel qué bueno es. No digo que no haya que fijarse en esas cosas, pero sin darle la importancia que se les da hoy en día a los deportes en esas categorías. Tienes un objetivo que, primero, es practicar ese deporte porque te gusta y, segundo, y lo más importante, que te estás construyendo como persona y no solamente por objetivos deportivos.

Es muy difícil de aceptar que hoy no vas a ganar carreras y que mañana tampoco para un chaval que es competitivo y que tiene cualidades.

Normalmente yo a los chavales no les felicito cuando ganan, sino cuando hacen una buena carrera. Y muchas veces, la mayoría, no es cuando ganan, es cuando uno de la escuela que ha ganado casi todas las carreras no gana para que lo haga un compañero suyo; entonces le felicito.

¿Cómo conociste a Karmele?

A Karmele la conocía de haberla visto andar en bicicleta en la carretera, pero cuando realmente empiezo a tener relación con ella es cuando empezamos a ir al velódromo, a la pista. Cuando éramos de categoría cadetes-juveniles. Hacías un entrenamiento, te parabas, estabas de tertulia…

Un día ibais a un campeonato de España y te montaste en el coche con la Coca-Cola dos litros y unos Donuts. ¿Es verdad?

[Ríe] Sí, es verdad. Íbamos a unos campeonatos a Chiclana e íbamos en furgoneta desde aquí: monté con un paquete de Donuts, galletas y una botella grande de no sé qué era.

¿Te dijo algo Karmele?

Se reía, claro. Estaba hermosito y aún encima venía con todo el cargamento. «Joder, ¿este cómo se cuida? No va a adelgazar nada».

Recuerdo que en aquellos campeonatos de España ella andaba bastante bien, se habían presentado pocas chicas y tenía opción de ganar dos campeonatos. Coincidió con la misma en las finales. En la velocidad había ganado Karmele y en la persecución la otra le dijo: «Oye, ¿por qué no me dejas ganar?». Y Karmele apareció en el grupo: «Oye, es que me ha pedido que la deje ganar y no me parece mal. Que gane una un campeonato y que la otra gane el otro». Y la miro así y le digo: «¿Tú pa qué has entrenao?». Si me dices en otra carrera, bueno, pero ¿en un campeonato de España te vas a dejar ganar? No de morros, pero sí un poco enfadado por esa actitud de dejadez. No le eché la bronca porque no era el caso y además ni éramos novios, ella entonces salía con otro corredor. 

¿Se la jugaste al otro corredor?

No. Ellos lo dejaron y luego me metí yo por medio.

¿Y te hizo caso?

Sí, ganó el campeonato, pero lo ganó justo; cuando ya veía que ganaba se empezó a dejar ir.

Esa es la diferencia entre vosotros: se reía de ti por verte entrar con la Coca-Cola, pero ella tenía que ser más competitiva.

Sí, porque en otra carrera no me parece mal que se deje, pero un campeonato es un título que te va a quedar en el palmarés.

Luego te enamoraste y te casaste con ella. Era tu mujer y tu mánager.

Hemos estado muy compenetrados en todos los aspectos. Tuvimos varios mánagers antes, estuve con Ezeiza un tiempo hasta que nos presentó un contrato y no lo aceptamos. Luego estuve con Marc Biver, el mánager de Tony Rominger, que luego se unió a Mark McCormack, una empresa relacionada con el tenis. Luego vimos que nadie iba a apretar las cuerdas para buscar contrato más que la persona más cercana a ti; en este caso mi mujer. Nadie va a querer lo mejor para ti más que la persona que está a tu lado. Los mánagers tienen muchos deportistas, y no aprietan por uno porque mañana van a ir a tocar a la puerta de otra persona. Lo hacía bien, y entre los dos hemos hecho un buen tándem.

Ella ha tragado un poquito más con lo malo de este mundo. Yo me he dedicado más a preocuparme de sacar el máximo rendimiento a la bici y apartarme de los problemas del deporte.

Se cuenta que cuando volvías de entrenar ella se ponía en la puerta de casa, miraba el reloj y no te dejaba entrar: «Te queda media hora de entrenamiento» [Risas].

No, primero porque yo soy de los que hacía lo que tenía que hacer. Si no lo hacía era o porque estaba muy cansado o porque no estaba bien. Karmele en el tema de deporte nunca se ha metido. Lo que sí me ha dicho es: «Oye, Abraham, si esto vete donde Iñaki». Pero en el tema de preparación no se metía.

¿Karmele se ha encontrado con algún comportamiento machista dentro de este mundo del ciclismo con el trabajo que estaba asumiendo?

Un poquito no, mucho. Por ejemplo, cuando estuvimos reunidos con parte del antiguo Unipublic, que querían sacar un equipo profesional, justo cuando yo estaba en Mapei en Fuenlabrada. Pretendían hacer MX Onda y tenían un sponsor que era bastante fuerte; su intención era coger parte del equipo del CLAS y hacer un equipo basado en mí porque yo ya había ganado un Mundial. Estuvimos reunidos aquí en Amasa y en aquella reunión, en un rifirrafe, mi mujer les dijo: «Si el equipo se va a hacer por mi marido y se va a dejar a Tony Rominger fuera porque no hay suficiente presupuesto, mi marido va a bajarse el sueldo para intentar hacer el esfuerzo y que Tony esté». Y le preguntó a uno de los que estaban: «¿Tú cuánto te vas a bajar?». «¿Y tú quién eres para preguntar? Yo no te tengo por qué decir cuánto voy a ganar ni en cuánto me voy a bajar el sueldo». Entonces dijo mi mujer: «Si esto se va a hacer por mi marido y tú no me vas a decir cuánto te vas a bajar o lo que vas a cobrar, mi marido se levanta de la mesa». Y nos levantamos de la mesa.

Yo estaba tranquilo y escuchando, era mi mánager, y me pareció correcto. Tony nos había dado de comer a todos hasta entonces en el CLAS, a la primera que viniera no le ibas a dar una patada. Al final no salió y es cuando me fui a Banesto dos años y luego al ONCE.

Estabas en el Plan ADO para participar en los Juegos Olímpicos de Barcelona en el 92 y sin embargo no participaste. ¿Por qué?

Porque estuve hablando con el entonces presidente, Juan Sierra, y quería que me quedara para las Olimpiadas tanto en pista como en carretera. Me llamó por teléfono: «Abraham, me han dicho que te vas a apartar a ese equipo. Joder, espérate un poquito, a mitad de temporada te pasas a CHCS o al que tú quieras». Y yo le dije: «Bueno, pues preséntame un documento en el cual un equipo se comprometa a que cuando acaben las Olimpiadas me pase a profesionales». Ya había alguno, Edo [Ángel] y todos estos, que hacían los Juegos Olímpicos y luego les hacían profesionales a final de temporada. Pero Sierra no consiguió nada y me pasé a CHCS.

El equipo pirata.

Sí, el equipo pirata o fantasma, como quieras llamarlo. Estuve tres meses ahí, hasta la Vuelta al País Vasco. En aquella época se hacía a principio de temporada y habíamos hecho Andalucía, habíamos hecho Murcia… todas las carreras, pero no existía el aval, no se presentaba. Imagínate, todo el material de bicicletas, toda la ropa que se había confeccionado, sin pagar. Y además la concentración que hicimos en Roquetas, todo sin un duro.

A ti tampoco te pagaron.

A mí no me pagaron y en el viaje que hicimos a Roquetas llevé yo el coche con Jokin [Mujika] y con la gente que fuimos a la concentración de principio de temporada.

¿Cómo pudo existir eso?

Lo que pasó y lo que ha pasado muchas veces: no se solicitaban avales, había confianza. Aquello era Caja Hipotecaria Centro Sur; decían que era un banco venezolano que estaba ahí y parecía que existía algo. 

¿Quiénes hicieron ese equipo?

Eso lo hizo el de Bilbao, el de Jamones Marcos, que ahora anda haciendo un equipo sub23.

¿Pero sigue en el ciclismo?

Sí, ha estado bastante tiempo desconectado y ahora ha vuelto. Hace poco que he estado con él en una carrera de juveniles. Estaba allí porque iba a fichar para su equipo para el año que viene.

¿Y bien con él?

Sí. Yo sé que lo hizo mal pero tampoco le guardo rencor. Si llego a ser Jokin Mujika en ese momento no le dirijo la palabra, pero a mí me abrió una puerta para que los equipos profesionales me vieran. Porque en Andalucía hice un 4.º y un 5.º y se quedaron con mi copla y de ahí me llamó Miguel Moreno.

No te importó estar sin cobrar porque te sirvió como escaparate.

Exactamente.

Bajaste otra vez a aficionados y ahí ganaste la prestigiosa Vuelta al Bidasoa.

Más siete carreras, que era todo lo que había ganado el año anterior en aficionados.

Antes de que acabe la temporada te ficha Moreno con el equipo Lotus-Festina. ¿Cómo te encuentras de repente con Moreno, que era un director que a sus corredores les llamaba «torerillos»?

Pues muy bien. Fue en el 93, cuando fui a la Vuelta a España, que antes se hacía a principios de temporada. Ahora es la última pero antes se corría antes del Giro.

Entonces no te dio tiempo a correr la Vuelta a España.

No, yo fui a verla. Ya sabía que él quería estar conmigo, así que me presenté en Luz-Ardiden y allí estaban todos los de Caja Madrid y todos los que habían corrido conmigo saliendo al escaparate para ver si alguien les decía algo. Yo iba un poco para atrás y Karmele me decía: «Abraham, sal palante, que va a pasar el coche de Moreno». Yo decía: «Si eso ya me llamará». «Que salgas». Y me vio Moreno y me dijo: «Abraham, pásate por el hotel que quiero hablar contigo». Y hablamos.

Ganaste tu primera carrera de profesionales.

Ahí gané la Clásica de Ordizia con el Lotus.

¿Era Lotus o Lotus-Festina?

Era Lotus-Festina, pero en España corríamos como Lotus y fuera como Festina. Ahí coincidí con Kelly, y con el portugués Acácio, y todos estos.

Era un equipazo.

Sí, el equipo era potente. Y yo me acuerdo cuando fuimos a una Clásica con Ramontxu González Arrieta. Nos montamos en el coche para Inglaterra a corrernos la Wincanton Classic. Llegamos allí y venga, hay que salir a deshinchar las piernas. Nos montamos los dos y en la primera rotonda una librada de la leche porque, claro, íbamos en dirección contraria y nos encontramos un coche de frente. Ramontxu me dice: «Yo me voy al hotel que si no mañana nos salimos de la carrera».

Los demás que venían a la clásica, los suizos y demás, venían en avión, pero como el coche salía desde aquí pues nos fuimos conduciendo. Algunos lo hacen porque no les gusta volar, pero lo nuestro fue algo voluntario.

¿Por qué te fuiste entonces al año siguiente?

Es que ese año es cuando el Lotus, que estaba nacionalizado en España, se nacionaliza en Andorra y hay que volver a hacer el contrato de todos los corredores. Ahí es cuando Karmele sabe que el CLAS buscaba un sprinter porque iban a echar a Manuel Jorge Domínguez, que no había hecho buen año. Karmele llamó a Juan Fernández para ver si estaban interesados en mí. Porque en ese momento el Lotus iba a dejar fuera a prácticamente todos los españoles.

Te fichó el CLAS como sprinter y entraste con Juan Fernández. ¿Cómo fue ese primer año? Porque te encontraste allí con un grande: Tony Rominger, que luego marcaría tu carrera. Hiciste mucha amistad con él.

Sí, hice mucha amistad. Todos podemos aprender de mucha gente y teniendo un corredor como Tony, estaba muy dispuesto a aprender para progresar dentro del ciclismo profesional. Yo venía de la pista y creía que él podía enseñarme mucho, sobre todo en el tema de las contrarrelojes.

¿Erais parecidos mentalmente?

No éramos parecidos, pero sí que podía aprender mucho de él. Porque en la pista se trabaja sobre todo la intensidad, que es lo que se hace en la contrarreloj, así que yo pensaba que si lo hacía bien en esa rama de trabajo podía todavía mejorar. De sprinter o lanzador sí veía camino, pero pensaba que si aumentaba la intensidad y el trabajo de carga podía mejorar en las contrarrelojes.

Tony era como tú en el sentido de machacarse, entrenar y entrenar. Muy serio en eso.

Venía yo de estar trabajando con Iñaki de una forma muy similar, aunque igual con Iñaki hacía menos trabajo de intensidad, que era lo que hacía con Tony. Él estiraba un poco más el trabajo pero a intensidad un poco más baja. De todos se sacan las cosas positivas para hacer un archivo de trabajo y saber qué trabajo te conviene y cuál no. Ese año, ya en el 94, fui al Tour de Francia con el CLAS para trabajar para Tony, para hacer la contrarreloj. Pues justo en la víspera de la contrarreloj nos caímos tanto Arsenio González como yo. Arsenio creo que se vino porque se rompió el codo y yo tuve un golpe muy fuerte con el manillar en la rodilla y se me inflamó de manera que no podía doblarla, pero a la media hora no tenía nada. Tenía el remordimiento de conciencia de volverme del Tour de Francia habiéndome dado cuenta de que no tenía nada, pero, claro, en el momento de caerme no podía moverla y tenía un quiste impresionante. Fue al pasar por el Passage du Gois, una zona de losetas, donde hubo un montón de caídas antes. Alex Zülle se había quedado en el abanico de atrás y hubo una caída justo nada más pasar aquello, que creo además que la provoco yo, porque miro para atrás y justo estaba Jalabert delante de mí y él hace lo mismo: gira a la derecha para mirar atrás, pero me caigo yo. 

Haciendo la montonera.

Sí [ríe].

Luego el CLAS pasó a ser Mapei-CLAS y os cogió a unos cuantos.

Cuando se fusionaron quedamos prácticamente todos los que estábamos en el CLAS. Fue Arsenio, Etxabe, Gastón, Unzaga, Mauleón, Tony Rominger, Jörg Müller, Miguel Ángel Peña y Fernández Ginés. Prácticamente todo el CLAS, pero al año siguiente a casi todo el equipo se le acababa el contrato. Se fue todo el proyecto del CLAS a la mierda y ahí es cuando nos reunimos con Juan Fernández y con parte de Unipublic para seguir con el proyecto, pero trayendo a un equipo español. Es cuando no sale por lo que te comentaba antes, que de todas maneras dejaban fuera a Tony Rominger.

En el Mapei te encuentras siendo un chavalillo con toda esta cuadrilla de belgas e italianos.

Eran todo belgas, italianos y españoles. Nosotros los españoles éramos los que habíamos ido del CLAS y luego allí estaba Museeuw, Vandenbroucke

Pero tú a lo tuyo, no te afecta.

No. Ese año, en el Tour de Francia del 96 yo iba como segundo… En ese Tour de Francia, en los Alpes, porque los Pirineos eran lo último, Tony Rominger se caía en cada curva porque había cambiado las manetas de freno y en las bajadas se metía unas leches… Yo me paraba y, claro, Etxabe y todos estos me decían: «Abraham, tú tira para adelante». Y yo les decía que no, que el líder era él y por respeto esperaba. Todavía podíamos entrar, no había problema, hasta que llegó el día de Pamplona.

Volvemos otra vez al 94, donde acabas en el puesto 20 del Tour. En el Campeonato del Mundo acabas 5.º y luego campeón de España tanto en ruta como en contrarreloj. ¿Es este año cuando empiezas a sentirte más profesional? Después de lo que te había dicho Arratibel de que era un proyecto a largo plazo.

Ahí es cuando realmente te ves compensado tanto física como psicológicamente, porque el cuerpo ya te rinde respecto al trabajo que has realizado.

Ya adaptado a un ritmo profesional.

Sí, aunque más que al ritmo, a la subida de los puertos del Tour, de la Vuelta. Te das cuenta de que ya tienes la capacidad de absorber la carga en la montaña. Para mí siempre fue un hándicap el tema de compensar el peso con la fuerza para superar la montaña, pero a base de esos años en los que aprendí a ser muy disciplinado lo hacía bastante bien.

Diste positivo por cafeína en aquella temporada.

En la Volta a Catalunya, que no sé ni por dónde salió. Y después tuve otra advertencia de la UCI y ya me fui a Lausana directamente a decir: «Oye, que esto no puede ser». Porque tanto Manolo como todos en Banesto sabían que yo nunca tomaba cafeína, pero por las mañanas desayunaba solo café con cereales y tal y cual, y no bebía prácticamente nada de agua. Así que dependiendo de la etapa que fuera, mi concentración en orina era muy elevada. Entonces fui a hacer un estudio y me dijeron ellos que sí que era por el café. Además, ellos, con un sistema de análisis, podían detectar si era por cápsulas o café bebido. Y yo dije: «Y eso no lo podéis hacer allí». «Es que es muy costoso». Ah, pero dar un positivo a un ciclista porque sí no es costoso. A partir de ahí empecé a dejar de tomar café. Ahora la cafeína no da positivo, pero en aquella época sí.

En la temporada siguiente seguías en el Mapei. Ibas centrado en el Tour de Francia, pero sufriste un percance…

En el 95 creo que hice Giro y Vuelta, porque la Vuelta es cuando hago segundo detrás de Jaja [Jalabert] y voy al Mundial.

Si me lo dices, me lo tengo que creer.

Sí, porque iba a ir al Tour de Francia en el 95, pero me caí en Cataluña, cuando me rompí la clavícula, que iba vestido de campeón de España.

En ciclismo es normal tener momentos de mala suerte, pero ¿ese fue el de peor suerte de tu carrera? 

Sí. Es que iba preparado para el Tour; llevaba una carga de trabajo muy intensa con el objetivo de llegar bien el Tour. Además, estaba en la escapada buena. Los que iban conmigo fueron quienes ganaron la Volta a Catalunya. Ver que estás en buenas condiciones, que vas por el buen camino y, de la noche a la mañana, no puedes participar en el Tour de Francia. Te quedas chafado.

¿En ese momento estabas mentalizado para ganar el Tour?

No, no. O sea, iba con el objetivo de intentar estar entre los diez primeros a ver cuál era mi verdadera capacidad para disputar el Tour.

Estás bastante tiempo parado y te replanteas la temporada. Como no puedes ir al Tour te preparas la Vuelta a España y el Mundial.

Sí, primero la Vuelta. Allí me encuentro con toda la ONCE de Manolo [Saiz].

Y con Jalabert.

Y con Jalabert. Gano las tres contrarrelojes, pero era imposible disputarle la general a Jalabert. Yo soy segundo, pero el tercero y el cuarto son de la ONCE, así que, cuando atacaba Jalabert, yo decía: «Bueno, que se vaya. Al menos voy a guardar el segundo puesto porque, si entro contra él, me van a salir el tercero y el cuarto y al final voy a quedar más atrás».

Manolo Saiz mandaba unas puyitas a través de la prensa como diciendo: «Joder, se conforma con el segundo puesto, no entra a disputar la general». Sí, claro, voy a disputar la general cuando tú tienes una ametralladora detrás de mí. Es que estaban Neil Stephens, Melchor Mauri y Johan Bruyneel.

En esa Vuelta pasó algo. En la sexta etapa hubo una intoxicación alimentaria que, sobre todo, afectó a la ONCE. Parece ser que nadie se aprovechó de la situación porque había ordenes de los directores al respecto. ¿Tú estás de acuerdo en que se hiciera así?

Pues no lo sé. No hicimos nada y ahora no sé muy bien qué haría. En aquel momento ni me lo planteé. No lo consideré importante.

¿Qué piensas de esta supuesta caballerosidad en el ciclismo? El hecho de no atacar cuando un rival pincha, por ejemplo.

Para mí hay dos reglas: si la carrera está lanzada, ya se puede caer el líder o quien se caiga; otra cosa es que desde salida se sepa que la gente está mal, que está enferma. En ese caso se tomó la decisión de correr la etapa sin más, sin ataques y sin nada. Y, bueno, lo aceptas y ya. Es como cuando un corredor llega con otro a un final de etapa y le deja ganar. Cuando es voluntario me parece bien, pero normalmente en el ciclismo no se regala nada. A mí no me gusta cuando ves que van a llegar igualados y, aunque un corredor no quiere dejar ganar al otro, resulta que desde el coche empiezan a negociar y, al final, tiene que dejarle ganar.

No me gustó nada la etapa del Tourmalet de 2010 cuando llegaron escapados Contador y Andy Schleck. Ni disputaron ni nada. En la etapa habían ido los dos de la mano y cuando llegaron a la meta, entraron Andy y luego Contador. Sin disputar. Esas cosas no me parecen bien cara al espectáculo e incluso cara a la credibilidad del ciclismo. Por eso son buenas las bonificaciones en meta, hacen que se disputen todas las etapas. La generosidad la habrá con quien no sea un rival directo, pero cuando estás peleando por la general no regalas nada.

Tras la Vuelta, que lo haces muy bien, al Campeonato del Mundo en altitud; en Duitama, Colombia. Y acabas segundo en la contrarreloj. ¿Habías entrenado en altitud?

No, no. Veníamos directos de la Vuelta. Miguel [Indurain] sí había entrenado en altitud en Colorado, con Pruden, con el Chava [Jiménez]. No sé si estaba también Aitor Garmendia o Santi Blanco. Pero yo llegaba directo de la Vuelta a España; llegar a casa, dejar la ropa y arrancar para Colombia. Estuvimos cuatro días antes del Mundial.

En la contrarreloj salí con una bicicleta pequeña, de 650.

¿En la rueda delantera?

No, no, en las dos. Porque era un perfil muy sinuoso, muy rompepiernas. Y bueno, lo hice bien.

Hombre, quedaste segundo solo detrás de Miguel, que era el mejor corredor de esa época.

Sí, y lo repetimos un año después en la contrarreloj de los Juegos de Atlanta. El caso es que, tres días después le pido al mecánico que me ponga en la bici de carretera las bielas de contrarreloj, que eran bielas largas.

¿Y por qué bielas largas? ¿Para hacer más fuerza?

Porque la subida era muy dura para mí, excesivamente. La biela larga facilita la energía, pero también hace que consumas más energía porque la palanca es más larga. El movimiento a la pierna es mayor, pero ganas en potencia final, aunque esos milímetros de más que se mueve la pierna también provocan más desgaste físico. No es mucho, pero se nota. 

Yo llevaba ya una semana y justo a la semana es cuando se empieza a notar el cambio que provoca la altitud, así que yo llevaba unas patas… Me decían: «Abraham, con lo que has hecho en la contrarreloj te puedes dar con un canto en los dientes porque en la de línea, si quieres, te puedes venir para casa». Y yo decía: «No, no. Aquí hemos venido a por otra medalla».

Otra medalla, pero pensando en el equipo, en la selección, ¿no?

No, no, pensando en mí.

Ibas convencido de tus posibilidades.

Sí, porque en la Vuelta a España no disputaba las llegadas a Jalabert porque estaba controlando a Mauri y a Bruyneel. Si no los hubiera tenido ahí, seguramente podía haber disputado la montaña y, como veía que no estaba exprimiéndome al máximo, sabía que me quedaba margen. Que tenía reserva.

Lo que tenías era una moral bestial cuando fuiste a Colombia.

Sí, sí. Y eso que las primeras vueltas del Mundial fueron durísimas para mí. Ya a mitad de recorrido, cuando ya andaba Escartín escapado, es cuando me empiezo a encontrar bien.

El jefe de filas era Miguel, pero tú, aunque estabas casi a su nivel, eras el único liberado del equipo.

El Chava, Escartín y Manolo Fernández Ginés también eran libres de meterse en todas las escaramuzas.

Pero siempre supeditados a Miguel, ¿no?

Sí, sí. Es que la prueba se había vendido y se había planteado desde el principio como un Pantani contra Miguel. Los dos iban a estar muy controlados entre ellos, y todos los demás trabajaban para ellos. Así se había preparado. Fueron pasando las vueltas, la selección hizo muy buen trabajo y todos cumplimos con lo que teníamos que hacer hasta que, en la penúltima vuelta, Miguel pincha. Nada más coronar, veo que Miguel va quedando al costado y empieza a mirar para atrás. Me dice: «Coche». Avisamos al coche y, cuando llega el coche, frenamos un poco para el cambio. Detrás venía Dmitri Konyshev, que se había descolgado un poco, pero, claro, una vez que retoma contacto, se pone a rueda de Miguel. Miguel recupera y llega con mucha velocidad a cabeza y, justo en ese momento, Konyshev aprovecha y arranca. Miguel vuelve a arrancar y vuelve a coger a Konyshev. 

Pero no se van para adelante.

No, no se paran enseguida. Prácticamente en el paso por meta. Y ahí es cuando yo arranco, porque o me quedo a controlar la carrera o arranco y a ver qué hacen los demás. Así que arranco a saco y a por la meta.

En la subida última se quedaron Pantani, Mauro Gianetti y Miguel, ¿no?

Sí, el otro suizo, Pascal Richard, estaba en la vuelta anterior. Lo que pasa es que Richard puso a Gianetti a trabajar, total, que Gianetti estaba más fuerte que él. Ya sabes cómo va esto. Coronaron así: Gianetti, Pantani y Miguel detrás, frenándoles.

¿A cuánto estabas cuando pinchaste?

A un kilómetro ochocientos metros. Bajábamos hacia una medio curva, que era donde estaba el cementerio, y justo ahí, en el bordillo, me doy cuenta de que pincho de atrás.

¿Qué te pasa por la cabeza?

Lo primero que pensé fue en el mecánico. En Alejandro Torralbo, de la selección, que no venía detrás, porque llevábamos coche neutro. Estaba detrás del pelotón, pero como se habían quedado de uno en uno, todavía no estaba. Así que piensas en el mecánico, en que esté el tubular bien pegado y en poner la máxima carga delante.

¿Por qué pensaste en Alejandro Torralbo?

Porque era el mecánico, y pensé: «Que esté bien puesto el tubular». Porque si se sale, se me enreda y a tomar viento. Y en el momento no se me pasa ni por la cabeza parar, porque estaban ya muy cerquita los otros, y solamente con que me baje de la bicicleta y pille la otra… Así que ni planteármelo. Si me cogen, pues me cogen.

Ganaste el campeonato del mundo con la rueda pinchada.

Sí, el pinchazo fue justo en la recta; había una transversal de vías férreas, donde habían puesto goma. Y yo me decía: «Tengo que pasar sí o sí lo más quieto en la bici, porque si no…».

¿Sabes que hoy en día todavía hay gente que dice que ese campeonato lo tendría que haber ganado Indurain?

Reconozco que ese campeonato era trabajado para Miguel Indurain, pero conseguimos, como selección, ganar. Lo que pasa es que yo estaba en un equipo y él en otro, pero ese día corríamos juntos. Esa es la gran diferencia. Pero claro que lo gané yo. Lo que pasa es que como él era de Banesto y yo del Mapei, pues claro… Aunque nos hayamos estado pegando todo el año, de repente ese día vas de la mano y muchos no lo concibieron así. Sin embargo, Miguel cuando llega a meta es de las pocas veces que le he visto levantar el brazo tan a gusto. Otra cosa es que después, con el director del equipo y tal, que le dijera «Oye, que has dejado ganar el Mundial a otro..».

¿Miguel, como persona, actuó como tenía que actuar?

Sí, sí. Otros de los míos decían que si hubiéramos llegado al sprint qué hubiera pasado. «¿Tú le tenías que lanzar a él o él a ti?». A mí me da igual, la cosa era ganar el Mundial. Lo mismo que nos pasó a nosotros ha pasado hace tres años en el Mundial, con Valverde y con Purito, que regalaron el Mundial al portugués Rui Costa. Eso es un regalo, y ¿por qué? ¿Por qué no ganó uno de los dos? Estaban cara a meta e iban Nibali, Purito, Valverde y el portugués que ganó el Mundial. Purito hizo los ataques que tenía que hacer y, cuando se mueve Rui Costa, el otro se queda esperando los ataques, a que se mueva Nibali. Ostras, ¡si Nibali había hecho la subida anterior a reventar, para coger a Purito!

¿Qué se tenía que haber hecho? ¿Lo mismo que vosotros?

Joder, salir a rueda del portugués, mínimamente. Porque el que había estado atacando había sido Purito; le cogieron y volvió a arrancar, para dejárselo más fácil. O el portugués o Nibali se tenían que mojar. Por eso te digo que lo importante, con nosotros, es que como selección ganamos. ¿Individualmente a él le hubiera gustado ganar? Por supuesto que sí. Igual que a mí me hubiera gustado ganar el Mundial de contrarreloj. Pero, hostia, hemos hecho doblete tanto en una cosa como en la otra, ¿qué más queremos? Corrimos como selección, no como individuales.

Al año siguiente fichas por Banesto.

Eso es cuando tuvimos el rifirrafe, cuando Juan Fernández se reunió conmigo aquí en Amasa, para el equipo de MX Onda. Él nos había hecho una invitación de un montón de dinero para negociar en la Clásica San Sebastián. Ahí es cuando se empieza a mover la cosa, porque yo tenía un contrato para un año más con el Mapei, a finales del 95. Estaba tranquilo, no tenía intención de moverme, pero me llega una invitación del Kelme para ir con ellos. Entonces yo voy a Italia, a decirles lo que pasa, y Squinzi habla con Juan Fernández, que se pone en marcha por su parte para hacer un equipo en España con parte del equipo que tenía Unipublic aquí, más parte del Clas español allí. Entre esa negociación se mete por medio Banesto y al final me voy con ellos.

Después de ganar el Tour de Normandía vas por primera vez al Giro y te colocas de líder hasta la penúltima etapa. Estás de líder en la última etapa de montaña y pierdes el líder.

Andrea nos había dicho durante toda la carrera: «El Giro todavía no ha empezado, el Giro todavía no ha empezado». Hasta llegar a la etapa de Mortirolo: «Hoy empieza el Giro. Y hoy se acaba el Giro». Nos lo decía cuando nos poníamos a contar las anécdotas de todas las etapas, y él nos decía que no, que no valía para nada. Y, efectivamente, ahí empezó y acabó. Para mí fue una etapa sensacional, pero perdí el maillot.

En Italia se te alababa por tu inteligencia en carrera y, sin embargo, a tu equipo le acusaron de falta de visión táctica.

Normalmente siempre me he movido bien cerca del pelotón, colocándome, para cuando vienen abanicos o para cada meta. He salvado caídas, y siempre he estado en cabeza del pelotón: creo que un líder tiene que correr así cuando tiene esos objetivos. Lo que pasa es que el día anterior habíamos subido la Marmolada, me disputó el sprint Gianni Bugno y me quitó unos segundos de bonificación. Íbamos a hacer segundo o tercero en la etapa y yo iba con Tonkov, le saqué unos segundos. Pero el que me disputó el sprint fue Gianni. Al año siguiente estaba en el equipo con Tonkov.

¿Quién era tu director en ese Giro?

Estaba Juan Fernández y el otro director italiano. Normalmente las clásicas las hacía Patrick Lefevere, pero allí estaba el italiano, y Juan como segundo.

Ese mismo año, después del Giro, vas al Tour de Francia. Llovió, hizo frío… se acortó incluso una etapa por nieve, en el mes de julio. Indurain se hundió.

Sí, no iba como pensaba él que iba a ir. Puede ser que por el frío.

Tú, como una moto.

Sí… El descanso después del Giro lo asumí bien y fui bien, hasta la etapa de Pamplona. Iba segundo y Tony iba tercero. En ese Tour fue cuando hicieron lo del cambio de las manetas, que se iba cayendo, y la gente decía: «Si tú estás segundo y él, tercero, ¿para qué esperas?». Me lo decían muchos conocidos míos. Cuando hablan muchos ciclistas, dicen eso de «este va a ser, este va a ser», y una cosa es que tú vayas a una carrera y te salga bien porque las condiciones te han salido así. Pero ir a preparar un Tour de Francia o una Vuelta a España y que te salga bien, controlando todos los esfuerzos para llegar con ese objetivo, es muy complicado. Le habían dado la responsabilidad para eso a Tony Rominger, desde el principio, y yo lo respeto. Otra cosa es que se hubiera caído y le hubiera visto yo desgraciado, pero no; eran caídas tontas. Yo siempre he respetado a mis líderes, y a mí me han respetado siempre bastante mis compañeros. Por lo mismo. Cada temporada da para mucho: para dar y para recibir. En ese momento todavía no estaba preparado para ser el líder del equipo, para un Tour de Francia.

Llegas a la última etapa de Pamplona, ¿qué pasó? ¿Te mandan atacar?

Hicimos la reunión la víspera y todo fue bien, lo que pasa que ese día a la mañana vino con cara de póquer Juan Fernández. Nos dijo: «Oye, hay que atacar hoy en Marie Blanque…», y Toni y yo dijimos que había que esperar, no atacar a balón parado. Tony y yo, que éramos un poquito diéseles en el aspecto muscular, no te vas a comparar con Virenque, ni con Dufaux o Luc Leblanc, que eran todos de arrancar en frío o de tener alegría. Yo era un poco pesado y Tony era ya veterano, de motor largo, así que le decíamos que se esperase un poquito a atacar en Larrau, y ya cualquier circunstancia se podía solucionar. Teníamos un equipo bueno.

Pero no, nos dijo que había que atacar de salida, porque les había llamado Squinzi y había dicho «hemos venido a ganar el Tour de Francia». Nosotros le decíamos que el Tour lo podíamos ganar a partir de Larrau, acuérdate que hay una contrarreloj al final. Ve tú a tú con Riis en la montaña y no tenemos nada que hacer. Era mejor esperar a un terreno en el que no hiciera buenas contrarrelojes para ver si podíamos hacer algo. Y si no hubiéramos hecho nada y hubiéramos llegado a Pamplona, en la contrarreloj final, seguramente entre la motivación y esto y lo otro… Porque a Riis le metimos un minuto y pico, fue cuando echó la bicicleta a volar. No sé si llegué a meterle dos minutos en la contrarreloj.

Pero no os hizo caso.

Al que no le hizo caso es a Tony, que teóricamente era el líder y el que más confianza tenía por haber tratado más con Juan. Los corredores Etxabe, Gastón, Arsenio… todos venían: «Perdona, tengo que atacar porque, si no, nos van a suspender de empleo y sueldo». Eso nos decían los compañeros. Yo les decía que no hicieran ni puto caso, pero decían: «Abraham, que tengo una familia en casa, macho». Y tenían razón. Empezaban pim, pam, pim, pam, antes de empezar a subir. Entramos allí con carrerilla. Los primeros de los de adelante íbamos Tony y yo. Detrás venía Miguel, que iba en la comparsa; también estaba Fernández Ginés. Entre los tres, más Miguel, fuimos desde el Marie Blanque hasta Larrau, y de allí hasta Pamplona. Delante iban Ulrich y tal. Todos interesados en tirar para adelante.

¿Qué dijo Squinzi?

Pidió disculpas y dijo que no se iba a meter más en las cosas del equipo. Porque la orden de que había que reventar desde el primer puerto de la carrera fue suya.

¿Pero quién es Giorgio Squinzi?

El dueño único y exclusivo de Mapei.

¿Fue el que te dejó irte, a pesar de que tenías contrato?

Sí. Yo tenía un año más de contrato con ellos, y es cuando se monta no polémica, pero sí rifirrafe. En la Clásica de San Sebastián Kelme nos metió un papelito por debajo de la puerta, diciendo que estaban dispuestos a pagarnos si íbamos con ellos. Por eso fuimos a Italia, a hablar con Squinzi, y le dijimos: «Oye, como comprenderás, estoy obligado a hablar contigo, porque mira lo que nos ha aparecido».

Entonces él es cuando se pone en contacto con Banesto y con Juan Fernández. Le explica que me iba a ir al Kelme, y Juan se pone en contacto con Unipublic para intentar sacar un equipo nuevo. Pero al final, como no se bajaba los pantalones y no veíamos la cosa clara porque habría que echar a Tony, decidimos probar con Banesto. Que ya en su época tuve que pagar mi carta de libertad.

No es que te dejaran irte, entonces.

 

Al principio, sí. Pero luego me dijo que a Kelme no podía ir y a la ONCE ni pensarlo, porque eran enemigos y no quería ni hablar de ellos. La opción de Banesto, la única con carta de libertad. Así que acepté y la pagué, porque no me sentía acompañado ya en el CLAS, porque ya no tenía compañeros. El único que se quedaba era Mauleón, que tenía contrato. Squinzi negocia por detrás con Echavarri y la única opción que me dan es esa. Que pague mi carta de libertad.

¿Mucho?

Sí, en aquella época era bastante.

¿Cómo acabasteis ese Tour?

Noveno y décimo.

¡No me extraña que te quisieras ir!

[Risas] Me sentí un poco dolido en ese aspecto, y más porque ya no iba a tener los compañeros de equipo. Como sabes, tanto la ONCE como el CLAS eran como una familia. Como Kelme también, ese ambientillo que teníamos. Vas a otros equipos en otras partes del mundo y la diferencia es mucho mayor, y ahora más, tal y como están estructurados. En la comida casi ni se hablan. O vas directamente a un equipo francés, que entre ellos tienen un ambiente de jijí jajá, pero en el resto no. Incluso ahora mismo el Movistar.

Esa temporada sacaste medalla de plata en los Juegos Olímpicos de Atlanta. Por lo menos te compensaría, ¿no?

Siempre he dicho, basándome en mi carrera deportiva, que todos los pódiums internacionales que he hecho he estado acompañado. En los dos Mundiales lo he estado con Miguel, y en el Mundial de contrarreloj también con Mauri. En el Giro estuve con Unai Osa, que hizo tercero, y el primer Giro fue el único que no estuve acompañado de ningún español.

¿Cuando fichas por Banesto es cuando se retira Miguel?

Yo negocio el contrato con Jose Miguel [Echavarri] y con Squinzi, y Miguel todavía seguía en el equipo. Porque es antes de la Vuelta a España, y él se retiró en Los Lagos.

¿Así que pensabas que ibas a compartir equipo con Miguel?

Pensaba que iba a hacer lo mismo que con Tony. Él coger una parte de la temporada y yo otra. Yo, en ese momento quería compartir el liderato de un equipo, y en ese momento Miguel tenía el palmarés que tenía y yo iba como segundo. Es después de la Vuelta a España cuando empieza a hablarse de que se va a la ONCE y todos esos rumores. Pero yo teóricamente pienso que él sigue, porque hasta después de la Vuelta no empieza a haber tiranteces entre los jefes y Miguel.

Ya había algo antes.

Ya, pero sale ahí. Y yo no sabía nada. La frase de Echavarri por esa época era «el que no haya aprobado, que vaya a septiembre a recuperar».

De repente te encuentras como líder de Banesto. ¿Crees que eso te ha marcado en tu carrera deportiva, o no se te ha valorado lo que correspondería con tu palmarés porque apareciste como un reemplazo de Miguel? Teníais un aspecto similar, y la gente decía: «Bueno, este es Indurain dos».

Tú lo has dicho: «La gente pensaba». Yo no. Siempre he dicho que he trabajado para sacar lo máximo de mi rendimiento. No ha sido lo que ha sacado Miguel, por supuesto, pero creo que he hecho un bonito palmarés y estoy satisfecho. ¿Que no he llegado a las perspectivas de mucha gente? Por supuesto. Yo sabía que en Banesto estaba Miguel y era un escaparate muy complicado de trabajar. Pero lo intenté hacer lo mejor posible. ¿Que me hubiera gustado? ¿A quién no le va a encantar hacer lo mismo que ha hecho Miguel? Pero yo he hecho otra carrera deportiva, otra proyección, que también es interesante.

¿Llegará el día en el que no se diga «Olano, el que vino después de Indurain»? ¿O te da igual?

Yo me siento realizado con lo que he hecho. Creo que he dado lo que he tenido. ¿Que igual podía haber alargado la carrera deportiva? Sí. Pero a raíz de lo de Miguel no lo hago. Cuando él se retira en Los Lagos, y se rumorea que intenta renovar con otros equipos, los medios le critican por la forma en la que se retira. Y yo me digo: «Si a Miguel Indurain que os ha dado de comer le criticáis, yo, que no estoy alcanzando sus objetivos, ¿qué vais a hacer conmigo?». Así que cuando veo que he hecho muchas cosas, y ya no puedo seguir luchando por intentar conseguir triunfos en las vueltas grandes o generales…

Te retiras tan pronto y de esa manera tan discreta.

Sí.

¿Fue antes o después de un campeonato de España?

Después. Quería ganar ese campeonato de España, pero quedé segundo, porque iban escapados. Históricamente, el favorito era Perdiguero. Yo tenía pensado dejarlo ganando el campeonato de España, ya lo tenía claro.

Entraste con Ferrari y Arratibel, ¿qué tal? ¿Te cambió la preparación?

Sí, alargó un poquito más el tema de las series, con más carga de horas de bicicleta. Pero prácticamente mi escuela de trabajo la aprendí con Iñaki. Lo pasé mal al principio, porque venía de no hacer un trabajo en el tiempo, aunque hacía cosas espontáneas. Los primeros quince días se me hicieron muy largos, y di otros quince días a ver si aquello funcionaba. Cuando empecé a competir me di cuenta de que las cosas iban muy bien.

Fuiste al Tour por primera vez y no tuviste ningún problema… Pero quedaste cuarto.

Tuve una caída en la Dauphiné, Miguel Ángel Peña se clavó también una estaca de un árbol en el pecho y estuvo allí ingresado un montón de tiempo. Echavarri me dijo que me fuera a casa, cuando hice segundo en la Dauphiné, y ganó Udo Bölts por trece segundos. Yo llegué a meta y tuve que pararme y quitarme la zapatilla, había reventado la cala… Y me dijo que me fuera a recuperarme. «¿Cómo me voy a ir a casa, si todavía no he visto las etapas de Los Alpes?». Me quedé y no recuperé. Hice entrenamientos intensivos, pero las lesiones que tenía por dentro, porque fue un golpe muy fuerte, me bajaron el rendimiento. Así que yo en ese Tour iba todo el rato persiguiendo, subiendo Envalira, al kilómetro cuatro o cinco ya me había quedado. Iba a diésel, no podía llegar porque me había comido los glóbulos rojos de las caídas. Me ponía bien, pero cuando subía la intensidad seguía.

De hecho, ganaste la contrarreloj final.

Sí. Ahí tengo una anécdota muy buena con Ulrich, al que cuatro días antes de llegar a París le dije: «Me tendrás que dar un leoncito de estos, porque estoy viendo que voy a acabar mi carrera deportiva y no voy a tener ni uno». Y me dijo que sí, que no me preocupase. Y una vez en el podio, estaba por allí, y me lo dio. Pero cuando gané la contrarreloj me dice: «Eh, Abraham, ahora me lo tendrás que devolver, que ya tienes uno». Y se lo di, el que me había dado a mí, porque me quedé con el mío. Me hace gracia recordarlo. ¡Un líder de un equipo dándole leoncitos al líder del otro!

De ahí vas a la Vuelta a España. ¿Qué pasó? ¿Te bajó la moral?

Ahí, esa era en Granada. No iba a nada. No sé lo que me pasaba, estaba vacío muscularmente. En una de las etapas más duras, por Las Alpujarras, nada más empezar me quedé seco. Fue parecido a lo que me había pasado en el Tour de Francia, pensaba que me había recuperado, pero no.

El siguiente año es el 98, y vas al Tour de Francia y en la sexta etapa te caes y te tienes que retirar.

Ahí es cuando Echavarri me dijo eso de «lo que no has hecho ahora, te quedará para septiembre». La Vuelta.

El Tour del 98 fue cuando se retiraron los equipos españoles, encabezando Saiz la revuelta. Lo viste desde casa, ¿te dio la sensación de haberte librado de un follón?

No, yo no lo vi como un «me libré». Creo que fue una tragedia, una anécdota más del ciclismo.

No como un punto de inflexión del ciclismo: como una tragedia.

Tampoco fue un momento de inflexión, porque no lo hubo. Creo que se vivió lo que se vivió y pasaron página, pero empezando desde la UCI. Entonces no cambió nada del ciclismo. Lo que se vio es que no había armonía dentro del pelotón. Y a posteriori me encontré con otra situación similar en el Giro. Todos los que estaban allí decíamos de hacer plante, y algunos solo estaban pensando: «Joder, si yo estoy de líder, ¿ahora quién va a ganar este Giro?». Pero lo que no es normal es que estés en la habitación y que todo dios pueda venir a levantarte de la cama. Que no es que esté mal, pero tendremos que tener nuestras reglas de juego. Si yo estoy en Italia, tendré que saber las reglas de juego. O Italia, si nosotros vamos con la UCI, tendrá que atenerse a esa reglamentación.

Lo que no puede ser es que, si a uno se le ocurre entrar en el hotel a levantarlo y dejarlo todo patas arriba, sea arre o sea so. Igual que antidopaje, que les daba igual que fueran las cinco de la mañana. Yo no lo veía normal, pero lo aceptábamos y se hacía. O se hace. Pero creo que no es lógico. Si hay médicos expertos en hacer trampas, esos mismos médicos saben cómo localizarlas, o cómo no hacer trampa. Por lo tanto, si la UCI tiene que contratar a esos médicos y a esos laboratorios que lo saben hacer, se tendrá que gastar el dinero. No pedirle a tu casa comercial, al ciclista una parte del dinero que gana de las competiciones, y al otro, y al otro, y al otro pedirle dinero, para surtirse para ellos. Para sus controles antidopaje, que nadie controla cuántos se analizan, cuántos no se analizan, nada. Para mí es un mundo muy turbio el que tiene montado la UCI. No digo que no se tenga que hacer, creo que tiene que haber una vía mucho más fácil de atajar.

¿Incluso ahora?

Sí, sí, sí.

Algunos de esos médicos ganaban mucho dinero.

Ya. Pues te tendrás que ir a ellos, no ir a la contra. Unirte quiere decir que tendrás que tener la información que tienen ellos, por lo menos. Si no, siempre vas a ir tarde. Que dentro de cuarenta años, cuando un laboratorio aprenda a detectar no sé qué, le van a dar positivo a uno.

¿Ha mejorado el ciclismo en esto?

Antes se ha ido al límite, y ahora se irá al límite. En todos los deportes, no solo en el ciclismo. Hay unas reglas del juego y hay que respetarlas, al límite.

Gracias a esa frase de Echavarri vas a la Vuelta de España y la ganas.

Sí, antes me había quedado cerca, pero ahí la gané.

Imagino que fue una gran satisfacción.

Cuando acabo, no. Cuando acabo es un: «Puf, ya se acabó».

¿Por lo de Chava Jiménez? ¿Qué pasó?

Yo las tenía con él porque no respetaba las pautas y las normas que hablábamos en la habitación. Él se iba a hacer su carrera deportiva ganando las carreras, pero no incendiando la carrera él, ¿no? Se podía aprovechar de Escartín y de los esfuerzos de los demás, pero no ser el provocador de ese incendio. Para eso estaba de líder. De todas, todas, como mucho iba a quedar segundo. Nunca lo iba a ganar. Si no lo gano yo, lo gana Escartín. La contrarreloj no la iba a ganar Escartín. El problema es que el director no cortaba porque mediáticamente había interés en que eso siguiera así. Entonces te encuentras en una situación en la que, si Banesto va a ganar la Vuelta a España, entiendo que se pueden quemar los dos cartuchos. Pero saber que no vas a ganar, y seguir dejando que queme el cartucho para no ganar… No lo veía claro.

Y, además, yo había sido padre ese mismo año y, bueno, se dieron las circunstancias de que nació justo después de la Clásica de San Sebastián, antes de ir a la Vuelta a Galicia, y venía directamente a la Vuelta a España. Y mi mujer estaba pasando el posparto y se encuentra con todo eso. No fue porque había follón: se encontró con él allí. El Chava, en Las Lagunas de Neila, atacó. Yo le decía que se pusiera a rueda con los demás y cuando llegara el momento rodase y ganase, no que arrancase para provocar que se movieran los demás. Y él como corredor era un crack, pero también tenía sus limitaciones. Deportivamente era inestable, no sabías si te iba a fallar o no. Pero a mí lo que más me dolía era por parte del director, que no lo cortaba de raíz. Aquella polémica en los medios generaba mucho, y no sé si, entre comillas, a Banesto le interesaba tanto que se hablara de eso. No lo sé.

Karmele, tu mujer, dijo en la radio algo sobre esto; tú no dijiste nada.

No, Karmele no. Un periodista publicó algo que dice que dijo Karmele, que no, en ningún caso lo dijo, pero, bueno, lo publicó así. Ella se encontró en el ascensor con un periodista que decía que yo no le atendía. Yo atiendo a todos los periodistas, otra cosa es que en un momento concreto no te haya atendido. Con Butanito tenía más relación.

¿Qué periodista era?

Uno del equipo de De la Morena.

¿Nunca te invitaron a alguna «fiesta» en la habitación del Chava por la noche?

No. Yo no sabía que montaba fiestas por la noche. Me preocupaba de lo mío y lo de los demás me era indiferente. Si era un compañero mío que al día siguiente tenía que trabajar o estar conmigo, igual sí que me preocuparía, pero una vez que se monta en la bicicleta. Cada uno es responsable de lo que hace.

Volviendo a lo del periodista, la cosa es que se inventó una frase, que la rima con el nombre de El Larguero.

¿Cómo era la frase?

Exactamente no me acuerdo: «Yo quiero a mi marido… y no me hace falta El Larguero». Mi mujer se rebotó, y mi suegra, que estaba allí con ella, dijo: «Pero si tú no has dicho eso». García, que estaba en ese hotel, la avisó: «Karmele, te vas a encontrar con una polémica importante en los medios. Tú con la cabeza alta y olvídate». Y ella pregunta por qué. Luego le enseñó el periódico. A raíz de eso, yo me he enterado —y está escrito en el libro de Banesto— de que un periodista apareció un día debajo de mi cama. Cuando estaban los auxiliares preparando las habitaciones, se encontró con uno debajo de la cama. No sé qué pintaba ahí, pero ahí estaba. El libro lo ha sacado Movistar hace poco, y ahí está la anécdota; yo no lo sabía.

Volvamos a esa Vuelta a España que…

«Que por fin se acaba».

Luego entiendo que hay una ruptura con el equipo. ¿Es un «me cago en la leche, tomad»?

No, no. Porque yo con el mismo equipo hacía lo mismo, había venido a luchar la Vuelta a España y la luché hasta el final. Pero me dolía el aspecto que me dolía. Y durante la Vuelta ya estoy pensando que en la siguiente no voy a estar con ellos, porque ya he visto la actitud que han tenido no hacia mí en concreto, sino el respeto como deportista.

Fichas con la ONCE en el año 99, y negocias con Manolo. El año anterior…

No, Manolo las críticas me las hacía ya en el 95, para que me moviera y tal y cual. Desde entonces hablábamos bastante por teléfono. Siempre le decía que me caía bastante bien su equipo, pero…

¿Cómo decides ir con su equipo?

Bueno. Siempre he tenido admiración por el equipo, cómo ha funcionado, cómo ha trabajado.

Pero ese año el equipo no tenía asegurada la participación en el Tour de Francia, después de que dijera aquello de que le iba «a meter un dedito por el culo» al Tour. ¿No tenías miedo a quedarte fuera?

No, estaba el Giro, estaba la Vuelta. Es importante el Tour, pero el ciclismo no es solamente el Tour. Es una losa muy muy grande, pero puede ser para bien o para mal.

Fuiste al final al Tour, y acabaste sexto. ¿Algún cambio con el entrenamiento de Manolo?

No, lo hicimos en Santander. Estuvimos concentrados y fue mucha paliza, e igual fuimos con exceso de trabajo. Pero yo acepto más eso a que no he llegado en condiciones porque no lo he hecho. Y no eran los excesos de Manolo, también eran los míos, que era muy de trabajar.

Luego vas a la Vuelta a España y te tienes que retirar cuando vas de líder. Te caíste.

Sí, en el Angliru. Aunque esa la acabo. La gana El Chava, con Tonkov segundo, y yo ahí quedo quinto en la etapa, después de haberme caído. Pero llego por delante de Ulrich, que gana luego la Vuelta.

¿No te diste cuenta de la lesión?

Cuenta me di al día siguiente al levantarme de la cama. Bueno, me tuvieron que levantar de la cama, yo no podía.

¿Cuántos días aguantaste de líder?

Unos cuantos más, hasta llegar a Pirineos. Encima de la bici no me molestaba, pero tenía una fisura.

¿Eso se llama capacidad de sufrimiento?

Hombre, no vas a regalar el maillot. Y tampoco les vas a decir a los medios «dadme en todas las orejas, que me voy». Iba a intentar pasarlo. Tampoco tenía muchas etapas complicadas, pensaba que encima de la bicicleta normal no me molestaba, excepto cuando me levantaba encima del sillín. No eran puertos como el Angliru, que sí, lo haces de pie, pero en los Pirineos vas sentado. Y yo pensaba que igual sí. Pero el desgaste va saliendo.

Llegas al segundo año de la ONCE, y con la preparación de Manolo, es la primera vez que haces un buen principio de temporada. Pero fallas en Tour, Vuelta y Mundiales. ¿Sentiste que te habían llevado mal?

No, lo que pasa es que los desgastes siempre te dejan secuelas. Sí que había hecho un exceso de carga y lo estaba pagando. No le di más vueltas.

El siguiente año, el tercero en la ONCE, vas mucho mejor. Es tu penúltimo año.

Sí, 2001. Y voy al Giro y quedo segundo, gana Gilberto Simoni la maglia rosa y Unai Osa queda tercero.

¿Qué cambia de tu preparación? El año anterior se flojea bastante.

No nos salieron las cosas, y lo que apuesto es al Giro. Y, como se suele decir, el segundo pico de forma no lo encuentras, y no te sale.

En Italia te llamaron a declarar los Carabinieri. Y ese año a Frigo lo retiran de carrera por una redada.

Sí, ese es el año de la polémica. Ahí estaba Cipollini; Pantani ya dijo desde el principio: «Haced lo que queráis, pero yo no tengo ni voz, ni voto».

¿Porque estabais planteándoos parar la carrera?

Sí, pararla o ver qué se hacía. No porque habían encontrado a un chaval o lo que sea, la cuestión era cómo se invadía la intimidad de los deportistas. Al final no pasó nada, seguimos, pero sí que hubo bastante polémica. Te encuentras con la situación que te decía, la de «yo comparto vuestra idea, pero no soy la voz cantante, que dé la cara otro, que ya nos pueden sacudir los medios por dar la cara con esto». El que estaba de líder es el que decía: «Oye, que si acaba aquí me fastidiáis a mí el Giro». ¿Pero tú piensas en ti o piensas en el futuro del ciclismo? Ahí es donde realmente te das cuenta de que no tenemos unión. Cada uno mira por lo suyo.

Y terminas tu carrera deportiva en el ONCE.

El último año mío, antes de ir a la Vuelta a España, Manolo me llamaba casi todos los días para preguntarme qué tal estaba. Salía a entrenar y no hacía ni cinco kilómetros. Vuelta para casa. No sé si tendría la mononucleosis o qué, pero era incapaz, y me comía las uñas. Karmele me decía: «Tranquilo, que si no vas, pues no vas». Veo que tengo algo, aunque Manolo me insistía en esperar una semana más. Yo le pedía que me pusiera de reserva, no estaba para ir. Pero me decía que teníamos la contrarreloj por equipos y que me pusiera de líder para acabar así el año. Yo lo intentaba, pero veía que no tenía capacidad.

Al final, le dije que no iba a ir a la Vuelta a España a quitarle el puesto a un compañero mío que va a poder trabajar. Es más: si llevas a un chaval joven, pues mejor, porque así uno va aprendiendo y otro más que vas metiendo en el equipo. No me lleves a mí para no hacer nada. ¡No iba a poder ayudar! Y al final no salí en esa Vuelta, que es en el 2002.

Dijiste «Soy viejo para la bici, pero joven para la vida».

[Risas] Ya no me acuerdo de lo que dije en la despedida. Pero sí, a vivir la vida y a disfrutar. Muchos dejan la bicicleta y están ya saturados. Pero yo seguí andando en bicicleta, no acabé saturado, acabé porque había visto lo que le había pasado a Miguel y tuve aquel ciclo en la Vuelta que no volví a coger el pedaleo, pero tenía ganas de seguir andando en bicicleta. He seguido y sigo andando porque me gusta.

No es que andes: entrenas. No vives del deporte, pero corres, haces maratones, estás fino… ¿Cómo tienes esa mentalidad para seguir haciendo tanto deporte?

Disfruto haciendo deporte. El día que no salgo no pasa nada, pero un par o tres días que no salgo y ya estoy rabioso. Me da igual andar al monte, en bici, me hace falta. En cuanto dejo un poquito vuelvo a coger peso y no me gusta. Me veo bien así como estoy y lo necesito.

Una vez dejas el ciclismo profesional comienzas a trabajar diseñando los recorridos de la Vuelta a España, justo en unos años en los que la Vuelta pega un subidón. Se empieza a hablar mucho de ti como director técnico.

Bueno, no es solo cosa mía. Es cosa de Paco también. Vivimos para los medios y en esa final últimamente se está volcando mucho.

¿Eres consciente de la labor que hiciste en la Vuelta a España? ¿Sabes que junto con Paco Giner hicisteis unos cambios experimentales que funcionaron?

Sí. Hay que buscar el punto idóneo para apretar a los líderes para que tengan que dar el callo ellos, porque lo que la gente quiere ver es a los líderes, no quiere ver disputando una etapa a corredores que no están disputando la general. Era una fórmula que nos iba bien, y por eso también el tema de las bonificaciones. Muchas veces nos han dicho de quitarlas. Los triunfos hay que ganarlos. Por eso no nos ha gustado quitar esas llegadas, porque, aunque no acabe arriba, hacer un circuito para la población, o meter un tramo estrecho, o un tramo de pavés, o algo en que el corredor no se pueda relajar tanto creo que es bonito. Y demuestra también quién es el líder del equipo, que tiene que estar atento, porque para eso son sus veintipico días del año que tiene que estar al cien por cien. No te digo que el que gane la Vuelta a España tenga que estar entre los cinco primeros en todas las Vueltas a España, pero sí que tiene que estar muy atento en todas las etapas.

Es innegable que la prensa hablaba más de ti como director técnico que del director general Javier Guillén. ¿Crees que sintió celos?

No lo sé, yo ahora mismo no estoy en Unipublic. Con eso igual te respondo [Risas]. Él ha hecho su trabajo en su faceta, sobre todo la primera parte, y ahora al estar con ASO [dueños del Tour y actuales propietarios del 51 % de la Vuelta] exactamente no sé qué parte lleva de la Vuelta a España.

Cuando estabas tú ahí se publica un informe del Senado francés donde saca un listado de unos análisis sobre unas orinas congeladas en el año 98, quince años antes, con una serie de nombres entre los que estabas tú. Y al día siguiente de eso te echan de la Vuelta a España. Si hicieran lo mismo que hicieron contigo, habría un montón de ciclistas que no estarían en el ciclismo. ¿Por qué contigo?

Igual por lo que has dicho en la pregunta anterior. El caso es que un periodista francés de Le Monde sacó una lista que se supone que venía del cónsul francés, de la embajada francesa o como se diga. Sacó una lista, pero también es verdad que él estaba negociando con el Tour de Francia que se le pagara información que tenía. A partir de ahí ni se ha podido demostrar que esa lista tenía algo de razón, ni se puede discutir contra un periodista porque teóricamente en ese momento intentamos ir a por él, pero el periodista puede salvaguardar la fuente. El camino hubiera sido muy corto. Como no puedo ir contra el periodista, al echarme de Unipublic aunque sea inocente, si tú me echas de la empresa en la que trabajo, me tendrás que indemnizar. He sido el único corredor que se ha puesto en conflicto con la empresa en la que trabajaba por un despido improcedente.

El periodista dijo que había una lista en el Senado, pero ¿eso se comprobó? ¿Se verificó su autenticidad?

No. Incluso al día siguiente de la lista, la UCI hizo un escrito en los medios pidiendo que no se tomara en consideración la lista publicada porque no se podía demostrar la certificación de esos controles. Pidió que no se tomaran represalias contra la gente que aparecía en ella, pero al día siguiente a mí me echaron. Está el caso, por ejemplo, de un corredor francés al que suspendieron de su trabajo en la TV francesa, pero al salir el escrito de la UCI volvió a trabajar.

¿Tienes ganas de volver a trabajar como director?

Sí, sí. Sigo haciendo cosas con equipos aficionados y con la escuela, pero nunca he ejercido como director profesional. Con Purito he hecho alguna contrarreloj en el País Vasco, siguiéndole, pero no como director. Me gusta estar en el mundillo.


Peio Ruiz Cabestany: «Pasé el primero por el Tourmalet y bajé llorando»

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 0

Peio era un chaval donostiarra de diecisiete años que salía de casa a escondidas, con la bici, para disfrutar de unas horas de libertad y marcharse adonde le diera la gana. Un día, en el puerto de Andazarrate, se unió a un grupo de ciclistas y fue el único que resistió la rueda de Usabiaga, el campeón de Guipúzcoa. Lo ficharon para el equipo.

Peio es ahora una especie de chaval de cincuenta y dos años que sale de casa con su bici, ya sin esconderse, para disfrutar de unas semanas de libertad y atravesar Chile, Indochina o Etiopía a pedales.

Entre Andazarrate y Etiopía, Peio tuvo tiempo para ser Ruiz Cabestany, uno de los ciclistas más destacados del pelotón internacional en los años ochenta y principios de los noventa. Nos habla de algunas de las batallas más memorables de aquella época, de las tramas y alianzas ocultas de las carreras, del dopaje, de directores, médicos y ciclistas, de sus alegrías y sus agobios.

Ruiz Cabestany (San Sebastián, 1962) ganó carreras prestigiosas pero cree que si fue un ciclista popular se debió, sobre todo, a su manera de correr: atacaba, montaba emboscadas, daba sorpresas, intentaba jugar. Con apenas veintitrés años coronó escapado el col del Tourmalet y allí arriba, entre la niebla, atravesó quizá una línea divisoria: en el momento de diversión más pura, el director del equipo bajó la ventanilla y le ordenó pararse.

Aquella etapa pirenaica del Tour de 1985 se pone siempre como ejemplo de una estrategia perfecta, una jugada de pizarra. Tres grandes puertos, tres ciclistas del Seat Orbea en un ataque escalonado y triunfo de Perico…

Es gracioso cómo se vendió. Esa etapa pasó a la historia del ciclismo, se cuenta así, pero yo me escapé para ganar en Luz Ardiden. No para esperar luego a Perico Delgado y llevarle. A Perico nadie le mandó atacarme. Lo decidió él.

¿No lo teníais planeado?

Hombre, si quieres te digo que sí. Queda más bonito.

Delgado lo cuenta así en su libro A golpe de pedal: «Planeamos que José del Ramo atacaría en el Aspin. Luego atacaría Cabestany. Del Ramo le esperaría para llevarle hasta el Tourmalet. Cabestany tendría que mantener la ventaja y yo atacaría en la parte final del Tourmalet. Él me esperaría y me llevaría a rueda hasta las faldas de Luz Ardiden, la última subida».

Txomin Perurena es uno de los mejores directores que he conocido, pero no creo que nunca diga que planeó así la etapa. Salió de maravilla, parece que fue planeada, pues fenomenal.

¿Cómo ocurrió, entonces?

Del Ramo iba escapado en el Aspin pero perdía ventaja rápidamente, a pesar de que el pelotón subía tranquilo. A mí nadie me dijo nada, no había ningún plan: decidí atacar. Entonces no había pinganillos, los corredores podíamos improvisar. Yo salté y alcancé a Del Ramo. El hombre iba muy fundido, apenas pudo acompañarme un tramo. Me fui solo Tourmalet arriba.

¿Qué se siente subiendo escapado el Tourmalet?

Buaaaaah… [Sacude la cabeza, se queda un rato callado]. Es lo máximo. Sufría como un perro pero no sufría. Iba disfrutando tanto, saboreando semejante momento, escapado en un puerto mítico como el Tourmalet, en la montaña que yo veía de niño en las fotos de la revista Miroir du Cyclisme, el mismo escenario de los grandes campeones… Subí el Tourmalet como un niño, me sentía jugando. Se echó la niebla y yo subía por un pasillo de gente, entre el griterío, iba flotando. Allí estaban además mis padres y mis amigos.

Llevaba unos tres minutos de ventaja y los mantuve. La situación me favorecía porque el grupo de favoritos subía tranquilo: el líder, Bernard Hinault, iba tocado porque se había roto la nariz días atrás; el segundo, Greg Lemond, era de su equipo y tampoco iba a moverse; y al escalador más explosivo, Lucho Herrera, lo tenían en el redil.

Sí, fue el año en que a los colombianos pasaron de llamarlos «escarabajos» a «escarabajos peloteros», porque andaban al servicio de Hinault.

A ver, no es que Hinault comprara a Herrera. No es así. Lo que hizo fue un pacto: Lucho, tú no atacas desde lejos, no me revolucionas la carrera, subes a ritmo conmigo, y luego mi equipo te ayuda cuando saltes a ganar las etapas o los puntos de la montaña.

Lucho Herrera ganó dos etapas y la montaña. Fabio Parra ganó una etapa y el maillot blanco. Bernard Hinault ganó el Tour.

Pues eso. Son pactos legítimos, habituales, inteligentes.

Total, que subías el Tourmalet con tres minutos de ventaja…

y como detrás no se movía nadie, atacó Perico Delgado. A Perico nadie le mandó escaparse. Yo estaba ya coronando el Tourmalet, eufórico, emocionado, pensando que iba a recuperar fuerzas en la bajada y que luego iba a subir Luz Ardiden a muerte, a por la victoria…

y entonces vino el coche del segundo director del equipo, bajó la ventanilla, me dio un chubasquero para abrigarme y me dijo: «Peio, tienes que pararte, tienes que esperar a Perico, que viene solo». «¿¡Qué!?». «Que sí, que viene Perico, párate».

Me entró una llorera terrible. Bajé muy despacio, mirando atrás, sollozando como un niño. Pasé el primero por el Tourmalet y bajé llorando.

En ese momento fue como si le dieran al interruptor y me apagaran las luces. Yo iba pletórico, estaba en el centro del escenario, protagonista del Tour, y de repente alguien le da al interruptor y yo paso de ser una estrella a no ser nadie, paso de ser una figura a ser solo un ciclista al que pagan para obedecer. Me bajaron de golpe a la tierra.

No sé cuánto tardó Perico en alcanzarme, muy poco, pero a mí se me hizo eterno. Luego lo di todo. Lo tenía claro: el equipo era lo más importante, las órdenes había que cumplirlas y además Perico era amigo mío. Una vez que me ordenaron parar, yo sabía lo que me tocaba hacer. Bajé a tope, sin tocar el freno en las curvas, con Perico a rueda. Empezamos a subir Luz Ardiden y tiré a muerte, todo lo que pude. No sé cuántos kilómetros tiré de Perico pero me acuerdo perfectamente de la curva en la que reventé. Si me llevan ahora, la reconozco.

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 1

Entre el Tourmalet y Luz Ardiden apenas hay terreno para que un ciclista ayude a otro.

Efectivamente: terminas de bajar el Tourmalet y empiezas a subir Luz Ardiden. No hay un metro llano. Pero el director aplicó la ortodoxia: no puedes tener a un ciclista de tu equipo escapado y a otro persiguiéndole. Perurena tenía que parar a alguno de los dos: parar a Perico, para que siguiera en el pelotón, vigilando a Lucho Herrera y compañía, cubriéndome las espaldas; o pararme a mí. Al tiempo pregunté a Perurena por qué me paró a mí: «Hombre, Peio, porque contigo tenía más confianza».

¿Ahí se enfrió tu relación con Delgado?

No, no. Yo me alegré de su triunfo en Luz Ardiden. Porque él era compañero de equipo y además amigo. Era un tipo con inquietudes, listo, dentro del mundillo ciclista era de los más interesantes. Nos entendíamos muy bien. Fuimos amigos verdaderos.

Además, con los roces de las carreras eres más tolerante, aceptas que alguna jugada te perjudique, lo asumes como parte de tu oficio. Yo me distancié de él con el tiempo, cuando ya dejamos la bicicleta. Me perjudicó dentro de Televisión Española. Los dos éramos comentaristas, allí dentro él decía cosas contra mí, cada vez que estaba con Perico me volvía a casa y me encontraba con un puñal en la espalda. Me decepcionó.

Pero ya está, sin acritud. Con los años, me quedo con la gente con la que estoy a gusto y no me apetece acercarme a quien me perjudica. Corto la relación y punto.

¿Cómo fue ese aprendizaje en el mundo profesional, con veintidós o veintitrés años? Fuiste un chaval que ganaba montones de carreras y que las ganaba jugando, atacando, contraatacando, inventando sorpresas. El ciclismo era divertido. Y de pronto te pagan un buen sueldo, debes respetar una jerarquía, cumplir órdenes…

Para mí, con quince años, la bici fue el descubrimiento de la libertad. De chaval practicaba natación, atletismo, competía en esquí de fondo, salía a la montaña, pero siempre dependía de que alguien me diera dinero para el autobús o me llevara. Con mi primera bici podía escaparme con los amigos, pasar la tarde por ahí, sin dar explicaciones a nadie.

Mi hermano Jordi competía en amateurs, luego pasó a profesionales. Le miraba con envidia, yo también quería competir, pero él me decía que ni hablar: «Ni se te ocurra andar en bici, que es muy duro». Además él tenía problemas con mi padre, porque dejó los estudios para ser ciclista. Y a mí en casa me prohibieron expresamente la bici. Yo me entrenaba a escondidas, pero tampoco era muy difícil: mi padre y mi madre trabajaban, nosotros éramos siete hermanos, nos buscábamos la vida, teníamos que prepararnos nosotros la comida… Así que era fácil escaparse.

Empezaste a competir por fin en juveniles.

Y en mi primer año como ciclista me seleccionaron para el Mundial de México de 1980. Para mí fue impresionante. De repente me llevan varias semanas a otro continente, con dieciocho años, a competir en carretera y en pista.

¿Y cómo te fue?

Me eché una novia: Lupita.

No, cómo te fue en el Mundial.

De las carreras no me acuerdo nada, la verdad. Me acuerdo de Lupita: era una chica que estaba de espectadora en el velódromo, me escribía cartas con corazoncitos. Sus padres pidieron permiso a Ramón Mendiburu, el seleccionador, para que me dejara salir con ellos de la villa olímpica. Entonces venía Lupita con sus padres, me recogían en el coche y me llevaban de excursión a un lago. Todos juntos, Lupita, sus padres y yo. Era todo muy casto.

En aficionados eras la estrella del equipo Orbea, junto con Jokin Mujika, y pasasteis en bloque a profesionales.

Fue un paso muy cómodo. El mismo grupo de chavales que corríamos en aficionados nos convertimos a la vez en profesionales: Jokin Mujika, Valentín Dorronsoro, Santi Izuzkiza… En el Orbea éramos una cuadrilla. Y ficharon a algunos un poco más veteranos como Felipe Yáñez o Imanol Murga, que me abrió los ojos en el ciclismo de élite. Era un tío muy especial.

¿En qué sentido?

Estaba chalado. Pero tenía la locura de una persona muy inteligente, la locura a la que llegas por una clarividencia excesiva. Murga me explicaba las tripas del mundo profesional, todas las barbaridades que ahora cuentan los ciclistas retirados en sus libros, los excesos, los desfases, todo eso me lo contaba con absoluta naturalidad. Él aceptaba ese mundo tal cual era y se metía a fondo, también se divertía.

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 2

¿A qué excesos te refieres?

Bueno, las cosas que hacía en los hoteles, en las concentraciones, no me atrevo a contártelas. Él las cuenta con toda normalidad, pregúntaselas y te lo dirá. Es difícil que te cuente una anécdota que no sea macabra o excesiva. Son cosas suyas, eso ya sería meterme…

pero en las carreras, por ejemplo: si estábamos preparando la llegada para nuestro esprínter, en la última curva Murga se tiraba al suelo y organizaba una montonera tremenda, para eliminar a los rivales y que ganara nuestro compañero. Muy bestia.

Dentro de esa locura excesiva, de él aprendí algunas cosas muy buenas. Murga siempre estaba contento, feliz, le divertía todo. Yo procuraba compartir siempre habitación con él. Porque te levantabas una mañana, veías que diluviaba, que hacía frío, que soplaba un vendaval, que tenías por delante un infierno de etapa, te entraba una depresión… y Murga pegaba gritos de alegría: «¡Hoy la vamos a liar! ¡Hoy estará todo el mundo jodido!». Y así era: empezaba la etapa, los demás ciclistas solo pensaban en aguantar el día como mejor pudieran, y Murga y yo empezábamos a atacar una y otra vez, gritábamos y nos reíamos bajo la lluvia, y los demás nos miraban alucinados. Para Murga el ciclismo era un juego.

Para ti también.

Sí, yo en el ciclismo me divertía. En aficionados salía a divertirme en todas las carreras, a atacar, a meterme en todas las escapadas, a liarla… Pero eso fue decayendo, en una evolución normal: en profesionales te pagan, te exigen, tienes que cumplir unas reglas, entras en un mundo de tramas complejas… Aun así, yo procuré seguir divirtiéndome todo lo que pude. Y creo que el público enganchó mucho conmigo, más de lo que sería esperable por mis resultados deportivos, porque de verdad me divertía. Tú ves a un deportista que se divierte, a Carlos Vela en la Real Sociedad, y da gusto. En el ciclismo actual es muy difícil que un ciclista improvise, que sorprenda, todo está muy controlado con los dichosos pinganillos.

También empezaste a conocer a otros personajes clave del ciclismo. En la estación pirenaica de Font Romeu, durante la concentración invernal del Orbea en 1985, apareció un médico joven que llegaba en su Porsche y que empezaba su trayectoria en el ciclismo: Eufemiano Fuentes.

¿Entonces tenía ya un Porsche?

Un Porsche Carrera.

¿Sí? De eso no me acuerdo. Eufemiano es ahora un demonio, un monstruo, pero yo tengo buen recuerdo de él. Me pareció un hombre muy correcto, muy inteligente y respetuoso con el ciclista.

Yo de joven era absolutamente reacio a los medicamentos. No tomaba una aspirina ni aunque tuviera la cabeza a punto de reventar. Me interesaba el asunto de lo natural, la agricultura orgánica, quería ser ingeniero agrónomo, esas cosas. Ahora vuelvo a ser así, evito los medicamentos… Hombre, durante una época de mi vida tuve que aparcar esas ideas, tuve un lapso de varios años [se ríe].

Pero yo llegué a profesionales y solo tomaba el famoso Prevalón, que eran unos sobres de complemento vitamínico, y alguna cafiaspirina [un analgésico con cafeína]. Suena a tópico pero es así: no tomaba nada.

Mi primera conversación con Eufemiano fue muy clara: sé que estoy en el ciclismo profesional, me pagan, tengo que cumplir, y si debo tomar algo, vale, pero que sea lo mínimo posible. Le planteé unos límites y ya está.

¿Cuáles eran esos límites?

Yo no quiero dar positivo ni tomar cosas que me destruyan la vida. Si tengo que dejar el ciclismo, lo dejo, pero no quiero mierdas. Quiero que me cuides médicamente. Si tengo que tomar algo en una vuelta, para recuperarme, vale, pero que no sea perjudicial.

Eufemiano siempre decía que él buscaba mejorar el rendimiento de un deportista dentro de las posibilidades que le dejaba la ley. Yo no sé si luego otros ciclistas le pedían «dame todo lo que tengas». Y él, con el paso de los años, entró ya en unos temas que… Yo creo que se le fue la olla. El problema es que hubo médicos que empezaron a ganar más dinero que los mejores ciclistas. Eso fue grave. Aparecían médicos que manejaban mucho presupuesto y que tampoco tenían tantos conocimientos, pero venían al olor del dinero del ciclismo y te ofrecían de todo. Tenían que justificar sus sueldos con victorias, su prioridad no era la salud de los ciclistas. Venían y te lo ofrecían con una naturalidad que a mí me dejaba flipado. «Tengo esto, esto y esto otro». Yo decía: «¿Pero tú sabes que eso está prohibido y que es peligroso?». «Bueno, es de uso común». «Pues será de uso común, pero yo no quiero saber nada». Una vez entró un médico en mi habitación con una jeringuilla, para convencerme de que me la pinchara, porque me iba a recuperar muy bien, porque iba a andar mejor al día siguiente, pero sin decirme lo que era. Lo eché del cuarto.

¿En qué equipo?

Eso fue en años posteriores. Nunca diré qué médicos eran ni qué ofrecían. Por eso digo que Eufemiano es el demonio oficial, pero yo he conocido a cada médico que me cago en la leche… Lo injusto es que metan a todos en el mismo saco, porque también he conocido médicos honrados, muy buenos, que se preocupaban por tu rendimiento y por tu salud.

El problema no sería solo la codicia de los médicos.

No, claro. No es tan sencillo como decir «es que lo organizaba el médico» o «lo organizaba el director». Los ciclistas también tienen mucha culpa. Cuando se sienten débiles, cuando ven que otros de repente andan más que ellos, van a buscar al médico y algunos le piden lo que sea.

La primera vez que fui al Tour, justo después de ganar la Vuelta al País Vasco y de andar disputando el triunfo en la Vuelta a España, las pasé canutas hasta para ir en el pelotón. Yo no entendía nada, cómo volaban así. Pero nunca me gustaba pensar que si alguien andaba más que yo era porque se dopaba. Porque entonces entras en un círculo… Quiero pensar que en el Tour están los mejores del mundo en su mejor momento de forma, quiero pensar que no todo el mundo se mete de todo, quiero pensar que el dopaje es una ventaja pero tampoco tan crucial… No sé. Es lo que quiero pensar. Hombre, la historia muestra que casi todos los que han andado muy bien han recurrido a ayuda farmacológica prohibida, en mayor o menor cantidad.

Peio Ruiz Cabestany para Jot Down 3

Tú fuiste sancionado una vez por dopaje, en la Vuelta a Asturias de 1990.

Me sancionaron dos veces. Una en aficionados, otra en profesionales. En aficionados fui al Campeonato de España, pillé un catarro y el médico de la Federación Guipuzcoana, Eduardo Escobar, me dio un jarabe normal y corriente. Digo el nombre del médico porque él mismo salió a reconocerlo: fue un error suyo, se equivocó, me dio un jarabe que tenía efedrina y me sancionaron. Me sentí fatal viendo mi nombre en los periódicos por un asunto de dopaje, me dio mucha rabia, me planteé dejar el ciclismo. No toqué la bici durante unos meses. Ramón Mendiburu, el seleccionador, y Peli Egaña, fundador del equipo Orbea, me convencieron para seguir. Fui a la Vuelta a Sevilla de aficionados y los ciclistas se cachondeaban de mí, me gritaban en el pelotón: «¡Cabestanyyyy, pero cómo eres tan gilipollas, pero cómo das positivo con efedrina! ¡Si te pillan, que sea por lo menos con anfetaminas!». Gané aquella vuelta. Por pura rabia.

El positivo en profesionales fue con la ONCE: terminé segundo la Vuelta a Asturias, los jueces decidieron que pasara control pero nadie me avisó. Llegué a meta, me fui al hotel, me duché y como teníamos varias horas antes de coger el avión, salí a dar una vuelta con una amiga asturiana. Cuando aparecí en el aeropuerto, vinieron todos los del equipo, histéricos, gritándome: «¡Peio, que te buscan, que tienes que pasar el control!». Me subí a la moto de Enrique Cima, periodista, antiguo ciclista, y fuimos volando a buscar a los jueces a la estación de tren. Estaban a punto de marcharse a Madrid. Compré un billete y me subí con ellos al tren, viajé hasta Madrid para pedirles que me dejaran mear, que me hicieran el control. Me dijeron que no, que ya no podían abrir las neveras con las muestras. La mañana siguiente fui a la Federación, pedí que me hicieran un control, lo pagué yo y dio negativo. Pero ya no valió, estaba fuera de tiempo y me lo contaron como positivo.

Cuando pienso en aquello, siempre me acuerdo de cómo salió Gómez Navarro, secretario de Estado para el deporte, a defender a Perico Delgado cuando aquel positivo del Tour que al final no fue positivo. O cómo han salido federativos, ministros y hasta algún presidente a defender a deportistas cuando estaban bajo sospecha, como Marta Domínguez o Contador… Y a mí en la Federación no me dejaron ni mear y me sancionaron sin dudarlo, nadie me defendió. Cada vez que pienso en aquello, me entra una rabia…

Y quiero pensar que lo del equipo fue un despiste, que realmente se les olvidó avisarme, que no lo hicieron adrede.

¿Adrede?

Bueno, no creo que fuera adrede.

Luego hablamos de tu historia tormentosa en la ONCE. Pero la sanción de 1990 fue un mes sin correr y doscientas mil pesetas.

Sí, entonces las sanciones eran leves, pero me jodió muchísimo. Yo di dos positivos absolutamente injustos. Te lo digo como también te digo que igual alguna vez pasé otros controles en los que podía haber dado positivo.

¿Tenías que haber dado positivo?

No lo sé. Puede que sí.

Más enseñanzas del ciclismo profesional: en el pelotón se teje una trama enrevesada de alianzas, deudas, favores y leyes no escritas que el ciclista debe conocer. Y que el espectador a menudo no conoce.

Yo ya sabía cosas por mi hermano Jordi, que tuvo que dejarse ganar una etapa de la Vuelta de 1980 por un intercambio de favores. Jordi corría en el equipo FlaviaGios. La víspera, su compañero Elorriaga se metió en una fuga de doce ciclistas, pero no prosperaba porque con ellos iba José Luis Laguía, del Reynolds, bien clasificado en la general. Reynolds aceptó que Laguía se descolgara voluntariamente de la fuga. Entonces el pelotón dejó de perseguirlos, los escapados llegaron a meta y ganó Elorriaga. Al día siguiente se escapó mi hermano y se le pegó Dominique Arnaud, que era… del Reynolds. El equipo Flavia tenía que devolver al Reynolds el favor de la víspera, así que mi hermano recibió la orden de dejarse ganar. Por eso se llama ciclismo profesional: te pagan y tienes que obedecer.

Yo también aprendí rápido esos juegos de intereses. En mi primer año como profesional, en la Vuelta a España de 1984, quedé segundo en el prólogo, detrás de Francesco Moser. A los pocos días, Moser montó una coalición con otros equipos italianos, atacaron a la vez, nos pillaron despistados a Gorospe y a mí y perdimos unos cuantos minutos. Más adelante, en la etapa de Santander, llegamos un grupo pequeño a los últimos kilómetros y yo calculé la situación: el mejor esprínter del grupo era Moser, pero no llevaba compañeros, tampoco había otros equipos organizados, así que ataqué y abrí hueco. Sabía que Moser no podía tirar a por mí y luego ganar el sprint del grupo. Llegando ya a meta, miré atrás convencido de que podía levantar los brazos… pero venían lanzados y me pasaron a veinte metros de la llegada. Ganó Moser. Él había convencido a dos italianos de otros equipos para que me persiguieran. No necesitó pagarles, no los compró. Simplemente les pidió un favor o les reclamó alguna deuda pendiente. Yo asumí pronto que el ciclismo profesional no es un campo abierto para que gane el mejor. Hay muchas tramas. A veces te perjudican, a veces te favorecen. A mí me tocó negociar muchas veces, porque hablo francés y el director me mandaba a proponer pactos a otros.

Aprendiste rápido. En la siguiente Vuelta, en 1985, te aliaste con un equipo rival para atacar por sorpresa en una zona de avituallamiento. Eso se supone que está feo…

Se supone que en el avituallamiento hay una tregua, pero eso es discutible. La carrera está abierta desde la salida hasta la meta, cada uno ataca cuando quiere. El año anterior varios equipos atacaron en el avituallamiento y yo perdí el segundo puesto. Esos pactos implícitos se respetan hasta que dejan de respetarse: si lo quiebras, puede empeorar tus relaciones con el resto del pelotón, eso tienes que tenerlo en cuenta.

En cualquier caso, aquel ataque se coció entre directores: lo organizaron Txomin Perurena, nuestro director en el Orbea, y Luis Ocaña, del Fagor. Mientras los demás frenaban para coger las bolsas de comida, nosotros arrancamos en tromba: seis ciclistas del Fagor, tres del Orbea Zúñiga, Perico Delgado y yo y dos rusos. El problema de atacar en el avituallamiento es que te quedas sin comida para el resto de la etapa y te puede entrar una pájara. Entonces estaba prohibido dar comida desde el coche, solo se podía dar bebida. Pero Ocaña y Perurena eran muy zorros. Se acercó el coche del equipo, Perurena me pasó un bidón por la ventanilla y me dijo: «La comida está dentro». Habían cortado los bidones por la mitad, habían metido la comida y los habían cerrado de nuevo con esparadrapo. Quité el esparadrapo, abrí el bidón y saqué la comida. Al final nos cazaron, pero la persecución duró setenta y cinco kilómetros, yo llegué a ser líder virtual y le pegamos un buen susto al líder, Robert Millar.

Y dos días más tarde, tu compañero Pedro Delgado ganó la Vuelta de la manera más rocambolesca.

En el ciclismo nunca ha vuelto a ocurrir una cosa así. Y ya es imposible que ocurra. Era la última etapa de montaña. Perico estaba sexto, a más de seis minutos del líder, sin ninguna opción en la general. Atacó desde lejos porque quería ganar la etapa en Segovia, en su casa. En teoría solo optábamos a la Vuelta los tres primeros: el escocés Millar, el colombiano Pacho Rodríguez y yo, que estábamos separados por pocos segundos. Subimos el alto de los Leones, el último puerto de la Vuelta, repartiéndonos hachazos. Pero llegamos los tres juntos a la cima. Ya solo quedaba bajar hasta Segovia. Me acerqué a Millar y le felicité, le estreché la mano, le dije que ya había ganado la Vuelta… Mientras tanto, Delgado iba por delante con Pepe Recio, llevaba cuatro minutos de ventaja, luego cinco, luego seis… y Millar seguía tan tranquilo, no se enteraba. Su director tampoco.

En la tele se vio el momento en que yo charlaba con Millar. Luego se contó que lo hice para entretenerle, pero en ese momento ni se me ocurría que Delgado pudiera llevarse la Vuelta. Solo me interesaba que la carrera ya no se moviera, para que Delgado ganara en Segovia.

De repente avisaron a Millar y se puso a tirar él solo, desesperado, pero ya era demasiado tarde. Delgado le ganó la Vuelta por medio minuto.

Tú te quedaste sin podio.

Hombre, y me pareció fantástico. Caí del tercer puesto al cuarto, a cambio de que Perico ganara la Vuelta. Ninguna duda.

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¿Cómo viviste eso de convertirte en una figura tan popular? Porque en 1985 hiciste esa Vuelta a España tan buena, un mes antes habías ganado una Vuelta al País Vasco espectacular contra campeones como Lemond, Lejarreta, Delgado o Kelly, eras el ciclista de moda y solo tenías veintitrés años.

La Vuelta al País Vasco tuvo una repercusión enorme. Era mi segundo año como profesional, gané en casa a los mejores del mundo, los aficionados lo vivieron con locura. Te podría decir que no me cambió, que no me hizo creerme nada… pero me veía en las portadas de los periódicos, los aficionados me rodeaban en las salidas, me llamaban de todas partes, entrevistas, reportajes, celebraciones. Te ponen los focos y es inevitable que eso te marque, que te sitúes en otro plano.

Y pusiste la guinda ganando una etapa en el Tour de 1986. Una victoria agónica, con el pelotón pisándote los talones, sin tiempo ni para levantar las manos…

Es que si levanto las manos, me pasan. No había visto esas imágenes en más de veinte años, y cuando me las pusieron, sentí angustia: que me pillan, que me pillan… Hice el último kilómetro a bloque, con los esprínteres lanzados a por mí, pero no calculé bien. La llegada picaba un poco para arriba. Hay un instante en que ya no puedo sufrir más, reviento, me siento en el sillín. No llego a meta. Me pregunto cómo pude ir todavía un poco más allá de ese límite del sufrimiento, cómo conseguí apretar otra vez hasta la línea. Fue un triunfo explosivo, angustioso, la gente lo vivió con mucha intensidad. Y a mí me costó asimilarlo.

Eso sí: me dio galones. Si ganas una etapa en el Tour, en el pelotón te tratan con un respeto especial. Eso se nota. También se crean unas expectativas altas, empiezas a sufrir cada vez más presión. Tienes buenos contratos, te exigen resultados, la prensa y los aficionados están pendientes…

¿Te pesó mucho esa presión?

A veces sí. En la Vuelta de 1986 me daban como favorito, todos me decían que la iba a ganar, me pasé el año preparándola, y en los días previos sentía pánico por decepcionar. Pensaba que si flojeaba un solo día, en un solo puerto, lo perdería todo. Estaba muy nervioso, no dormía. Además ese año el Orbea tenía dos líderes: Marino Lejarreta y yo. Teníamos que demostrar quién de los dos merecía que trabajaran para él. Aprecio a Marino, es un hombre muy honesto, serio, recto, pero teníamos caracteres muy diferentes, no éramos cómplices.

Yo ya no salía a la carrera a divertirme, a atacar, despreocupado. No hice mala Vuelta: terminé sexto. Marino fue quinto. Pero a mitad de Vuelta me sentí fatal. Iba muerto, no podía seguir al pelotón y le dije al director que me retiraba. Me convenció desde el coche, me dijo que terminara la etapa como pudiera, que luego me llevaría al hospital. Fui, me hicieron unas pruebas y no tenía nada. Me dijeron que era una crisis de ansiedad. Los aficionados no conocen esas cosas: terminé sexto, una buena posición, pero nadie supo lo fatal que lo pasé.

Hay ciclistas muy buenos que no llegan a campeones porque no soportan esa presión. Es un deporte en el que basta un solo momento de debilidad para perder todo el trabajo de varias semanas o de todo el año. Indurain fue un grandísimo campeón por su físico extraordinario pero también porque tenía una coraza: no le afectaba nada. Era muy tranquilo, tenía una cabeza de ciclista privilegiada, nunca perdía la concentración en las carreras y todo lo demás le resbalaba.

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En el Tour ganaste una etapa y participaste en algunos episodios legendarios. Por ejemplo: en 1986 fuiste testigo de lujo en una de las escapadas más raras de la historia. Lemond lleva el maillot amarillo. Su compañero de equipo Hinault va tercero y ataca en la bajada del Galibier, acompañado por Bauer, también de su equipo. Lemond salta a por sus dos compañeros… y tú te metes en aquella guerra interna del equipo La Vie Claire.

Lemond arrancó cuesta abajo, a tope, yo le seguí y nos quedamos solos persiguiendo a Hinault y Bauer. Teníamos por delante un tramo llano hasta el inicio de la subida a la Croix de Fer. Entonces Lemond me ofreció dinero por darle relevos en la persecución. No recuerdo cuánto, pero era en dólares…

Seguro que te acuerdas.

… en el mundillo yo no tenía fama de que me pudieran comprar así. No era raro que un ciclista te pidiera ayuda para perseguir a un rival, a cambio de devolverte el favor más adelante. O en última instancia te podía ofrecer dinero, eso tampoco era frecuente, pero lo puedo entender. Lo que me dejó alucinado es que un ciclista me ofreciera dinero para perseguir a otro de su propio equipo.

Dijiste que sí.

Pues sí, porque yo iba a tirar de todas maneras. Sabía que en el Tour no podía hacer nada, que no iba a ganar esa etapa, pero disfrutaba muchísimo de estar metido en el ajo, de participar en la batalla más gorda de aquel Tour, de estar en una escapada histórica. Yo quería seguir allí.

Al final cazasteis a Hinault y Bauer. Así que subiendo la Croix de Fer ibais en cabeza los tres ciclistas de La Vie Claire que andaban atacándose y tú.

Sí, era una escapada alucinante. Bauer fue el primero en descolgarse. Yo intenté aguantar a Hinault y Lemond, pero a la mitad de la Croix de Fer reventé. Me da mucha pena porque, con todo lo que pasó después, me habría encantado seguirles al menos hasta el pie de Alpe d´Huez. Mientras ellos se disputaban el Tour, yo hubiera ido a rueda como un espectador. Qué pena, me habría encantado vivirlo. Lo intenté, sufrí como un perro, pero no pude.

Hinault y Lemond subieron juntos Alpe d’Huez. En la meta se abrazaron, sonrieron, celebraron la victoria. ¿Qué pensaste, cuando viste esas imágenes más tarde?

Me reía en la habitación del hotel. Pero tampoco creas que me escandalizó tanto. ¡Te hablo de una época en la que se compraban y vendían equipos enteros! Venía un equipo holandés a la Vuelta a España, dejaba escapar a un ciclista y cuando ya tenía una buena ventaja, se ponían a tirar a por él. Querían que fueras adonde ellos, a ofrecerles dinero para que dejaran de tirar. Eso ya no ocurre. Ahora los patrocinadores son firmas muy importantes, es impensable que inviertan tanto dinero y que luego sus ciclistas trabajen para otro equipo a cambio de un sobresueldo. Ya no se toleraría. Claro que hay acuerdos entre ciclistas, pero los equipos no se venden así.

¿Y cómo se saldaban luego esas deudas? ¿Lemond fue a tu habitación con un sobre, mandó a alguien o cómo funcionaba eso?

Lemond no me pagó nunca.

¡No te pagó!

No, no, no. Alguna vez me comentó algo, más tarde… Pero al final nada.

Otro personaje que montaba batallas, otro personaje importante y polémico: Manolo Saiz, director de la ONCE. Nos ha quedado pendiente un comentario tuyo, receloso con este equipo.

Manolo Saiz era un director peculiar, muy moderno, innovador, rompió muchos esquemas. Tenía una capacidad de trabajo impresionante y abarcaba todos los aspectos del ciclismo: no solo era un director deportivo que fichaba corredores, además se encargaba de la preparación física, de las bicicletas, preparaba al detalle las estrategias de carrera… Llegaba a un punto de obsesión. Era un gran director pero demasiado personalista, a menudo se llevaba el protagonismo de las victorias por encima de los corredores. Luego otros imitaron ese estilo.

Manolo diseñaba los planes de entrenamiento de todos sus ciclistas. En el primer año de la ONCE, en 1989, yo también los seguí. Pero luego preferí volver con José Luis Pascua Piqueras, que había sido mi entrenador muchos años. Se lo expliqué a Manolo Saiz: «Mira, que prefiero seguir con Pascua…». Y él me dijo: «Pues vale». Nada más. Yo no me di cuenta de su tono pero se ve que le molestó y que me la guardó.

¿Por eso vivisteis una Vuelta a España tan tensa?

La Vuelta de 1990 fue una consecuencia de todo esto. Manolo no me dijo nada de frente, yo no me enteraba, pero de pronto empecé a notar cosas raras. Me puse líder pero el equipo no defendió mi maillot amarillo. En la etapa de Ubrique se marchó aquella famosa escapada con muchos ciclistas, entre ellos Gorospe y Giovanetti, y por lógica le tocaba a la ONCE tirar del pelotón para controlar la fuga. Pero Manolo decidió que no tiráramos. Gracias a aquella ventaja, Giovanetti acabó llevándose la Vuelta. Yo gané una contrarreloj a dos días del final y me quedé a veinticuatro segundos del italiano, pero ya había visto que el hombre preferido de Manolo en el equipo era Anselmo Fuerte, no yo. Llegué a pensar que Manolo prefería perder la Vuelta que ganarla conmigo.

Hombre, imagino que si me hubiera puesto de amarillo en esa crono, no habrían tenido más remedio que apoyarme. Pero al día siguiente pagué los esfuerzos, lo pasé mal en la subida a Abantos y Manolo ordenó que adelante, que siguieran apretando. Me descolgaron. No me ayudó nadie del equipo, me dejaron solo en los kilómetros hasta meta, preferían meter a Fuerte en el podio que a mí. Perdí tiempo y acabé cuarto.

¿Te fuiste de la ONCE por eso, porque apostaban por otro ciclista?

En realidad me echaron. Al acabar la Vuelta me fui del pico en una entrevista con José María García: me puso el micrófono y yo dije que mi equipo no me había defendido, no sé qué cosas dije. Entonces vino Manolo Saiz: «Me ha llamado Miguel Durán [el director general de la ONCE] y me ha dicho que te eche inmediatamente». Tuve una reunión con Manolo y con Pablo Antón, el mánager del equipo. Les pedí perdón, les dije que me iba a portar bien… Me bajé los pantalones. Es que, si no, me quedaba en la calle en mitad de la temporada. Pero bueno, me han echado de tantos sitios…

Saltaste de equipo en equipo.

Bueno, pero de los equipos no me echaron. El Kas desapareció. En el Clas me dijeron que iban a fichar a Rominger y que me daban la baja para ahorrarse mi ficha, me parece bien, estaban en su derecho. En el Gatorade tuve una experiencia estupenda, había muy buen ambiente, compartía equipo con campeones como Fignon o Bugno y además en Italia yo estaba mucho más tranquilo. Ni la prensa ni los aficionados andaban ya tan pendientes de mí. Y además hice algunas cosas bonitas: fui líder de nuevo en la Vuelta, gané una etapa en la Euskal Bizikleta… Cumplí dos años con ellos y pensaba retirarme ya.

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Entonces nace el equipo Euskadi, en 1994, y tú corres con ellos tu última temporada. Eso qué fue, ¿como las figuras del fútbol que en el último año se van a Qatar, a buscar un buen contrato final?

No. Era una historia bonita, un concepto novedoso en el ciclismo: un equipo que no se financia con un patrocinador sino con pequeñas aportaciones de empresas y de socios, de aficionados que ponen dinero y montan un equipo del país. Luego eso cambió, claro, el equipo funcionó con patrocinadores, como todos, y con ayudas públicas. Pero en el principio la idea era original. Buscaban un ciclista vasco con nombre, para liderar el primer año del equipo, y me llamaron. Yo dije que sí, acepté rebajar mucho mi ficha, porque me parecía bonito.

Aquel año no me sobró como ciclista pero tuvo sus claroscuros. Había varios grupos que querían controlar la Fundación Euskadi. Al final el director fue Miguel Madariaga. Pero al principio también estaba Jaime Ugarte, que controlaba el ciclismo guipuzcoano, y se enfadó mucho conmigo. Se enfadó porque ese año no corrí las Seis Horas de Euskadi, una prueba que él organizaba. Justo en esas fechas Madariaga me mandó a correr la Vuelta a Mallorca y Ugarte me exigía que me plantara, que le dijera a Madariaga que yo tenía que correr las Seis Horas. Oye, y yo qué le voy a hacer, si a mí me paga Madariaga… Pues Ugarte me puso la cruz: «Te voy a cerrar todas las puertas en el ciclismo en Euskadi». Así me lo dijo.

De la bici pasaste a la tele.

Empecé como comentarista de ciclismo en Televisión Española. Pero enseguida se acabó, porque no quise soltar la guita a la mafia. Tenía que renovar el contrato por intermediación de una gente que andaba allí en la tele, tenía que darles una parte y yo me negué. «A mí que me contrate directamente el productor de Televisión Española». Entonces cerraron la carpeta de un golpe, delante de mis narices, ¡plas!: «¿Ah, sí? Pues tú mismo. Hasta luego».

¿Quiénes eran esos intermediarios?

Pregunta cómo funcionaba Televisión Española en aquellos años, pregunta. Aquello era una cosa… Y se ganaba mucha pasta, eh. Si hubiera pasado por el aro, si me hubiera tapado la nariz… Pero así funcionaba todo, no es un asunto del ciclismo. No sé cómo será ahora en Televisión Española, ¿eh? Yo te hablo de 1995.

En Eurosport duraste más.

Estuve nueve años de comentarista pero también me echaron. Por hablar mal de un esquiador de fondo. Dije que no tenía nivel para estar en una prueba de la Copa del Mundo. Corrió dos pruebas, quedó último en las dos y yo dije que era un milagro que ese esquiador estuviera compitiendo allí, que era algo extraño que lo llevaran. Pues resulta que el esquiador no era un fontanero: era un guardia civil. Me llamaron al día siguiente y me dijeron que a ver cómo se me ocurrió hacer ese comentario. No sé, yo conozco a muchos guardias civiles esquiadores, coincido con ellos entrenando en Candanchú, pero aquel… pues no sé. Alguien importante debió de hacer una llamada para que me echaran.

Trabajaste dos años en la dirección administrativa del Tour y luego te ficharon como jefe de prensa en el equipo Festina en 1998: el epicentro del mayor escándalo.

Yo estaba en la salida del Tour con el equipo, en Irlanda, cuando detuvieron al masajista Willy Voet en la frontera francobelga con el coche lleno de sustancias dopantes. En los días siguientes, ya en Francia, detuvieron al director, a los ciclistas… los detuvieron a todos en pleno Tour. Nos quedamos el de logística y yo, sin saber ni qué hacer, con toda la plantilla en comisaría. A partir de ese momento, un abogado de París me mandaba los comunicados oficiales del equipo, yo los fotocopiaba y los repartía a la prensa.

Pero tú debías de conocer lo que pasaba en el Festina.

A mí me fichó Bruno Roussel, el director del equipo, un tío cojonudo. Acabó en la cárcel y lo pusieron como a un demonio, pero a mí me pareció un director muy bueno, honrado. Él vio que los ciclistas se le dopaban todos, que cada uno se lo montaba por su cuenta, y entonces les puso un médico para controlar un poco aquello. Le acusaron de dopaje organizado y acabó en la cárcel.

Yo tenía conversaciones con Rijkaert, el médico del Festina. Él decía que su trabajo consistía en aplicar la medicina hasta el límite en el que no le pillaran; yo le respondía que había que conseguir que los ciclistas no recurrieran a productos. Luego supimos que la policía nos vigilaba hace tiempo, que nos grababan esas conversaciones, y de hecho la policía a mí ni me buscó, sabían lo que yo opinaba y sabían que yo no pintaba nada en aquel jaleo.

Más tarde te metiste en La selva de los famosos, aquel reality show en pleno Amazonas, con cantantes, deportistas, actrices…

Es que me apunto a un bombardeo, me gusta salsear en otros mundos, y el programa me gustó. No era morboso como otros, estaba bien, me lo creí. Y claro, me quedé sorprendido con el dinero que pagaban.

Para mí fueron unas vacaciones pagadas y una experiencia muy interesante en el Amazonas. Sobrevivir con lo mínimo, buscar la comida, andar por la selva con el machete y las pirañas… Es una situación más o menos controlada, sí, te dan el agua mineral, vale. Pero algunos participantes sufrían mucho, sufrían de verdad, había situaciones límite y riesgos reales. Porque veías las serpientes y pensabas: desde que me muerde, hasta que llega el médico… Me pregunto cómo no pasaron cosas graves.

Ahora viajas una vez al año con la bici y las alforjas. Y a menudo tú solo. Has recorrido Etiopía, Chile, Centroamérica, Indochina… ¿Por qué viajas así?

Los primeros días siempre me pregunto qué carajo hago allí, con lo bien que estaba en casa, con todas las comodidades a mano. Pero luego pasan los días y me encuentro en una vida muy sencilla y muy libre: estoy solo, pedaleando a mi aire, buscando un sitio donde acampar, feliz de la vida.

Con la bici el viaje es mucho más interesante. Me dijeron que ni se me ocurriera meterme por unos caminos costeros de Nicaragua, que me iban a asaltar, que estaba loco… Llegaba pedaleando a los pueblos y venían los chavales a curiosear, a hablar conmigo, la gente me llevaba a comer, me buscaba sitio para dormir… Si hubiera llegado en coche, ni se me habrían acercado. Viajar solo también ayuda: vas más vulnerable, más dependiente, más humilde. Y con más ganas de hablar, de acercarte, de preguntar. La gente acoge con mucho cariño a un ciclista que viaja solo.

Otra vez llegué al último pueblo de Laos, una aldea perdida en las montañas, camino de Vietnam. Me quedaba un buen tramo hasta la frontera, sin pueblos ni nada de nada, y en aquella aldea pregunté a unos chavales si había algún sitio para comer. Se rieron. Me dijeron que les siguiera y me llevaron a una chabola. Allí estaba la familia entera, sentada en el suelo, con la bandeja de arroz en el medio y comiendo todos con la mano. Me sentaron con ellos y a comer. De la bici me quedan recuerdos así, que llevo conmigo para siempre.

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Fotografía: Juan G. Andrés