¿Cuál de estas películas de ciencia ficción merece un buen remake?

Seguro que alguna vez ha imaginado que ciertas películas que echaron a perder buenos personajes y buenas ideas, o que sencillamente quedaron ancladas en el túnel del tiempo, son rehechas con medios tecnológicos modernos y con la perspectiva del tiempo que, al menos sobre el papel, permitiría corregir sus defectos y acentuar sus puntos fuertes. Pues bien, he aquí una pequeña lista de títulos centrados en la ciencia ficción, los superhéroes e incluso algún personaje de videojuego, que me gustaría ver en nuevas versiones. Pero seguro que hay muchos más que a mí se me han escapado —el calor del verano me fríe el cerebro, que ya de normal me funciona muy a medias—, así que siéntanse libres de sugerir las películas que podrían tener un buen remake.

(La caja de votación se encuentra al final del artículo)


The Phantom, el Hombre Enmascarado (The Phantom, 1996)

El «fantasma que camina», en España llamado también «el Hombre Enmascarado», no solo fue uno de los primeros superhéroes, sino que fue Batman antes que Batman. Creado en 1936 por el gran Lee Falk, el Fantasma no tenía poderes sobrehumanos y era, esto les sonará, un millonario playboy que por las noches se dedicaba a combatir el crimen oculto tras una máscara, utilizando una cueva como base de operaciones. Cuando Bob Kane y Bill Finger le copiaron la idea para crear a Batman en 1939, Lee Falk decidió rehacer su personaje, trasladando la acción a África y reconvirtiéndolo en una especie de Tarzán, descendiente de un largo linaje inaugurado cuatrocientos años atrás por un náufrago europeo. El Fantasma vivía en la selva y su uniforme pasaba de padres a hijos, haciendo creer a los lugareños que era inmortal. El encanto radicaba en que las supersticiones en torno a su figura eran falsas y el lector del cómic, aunque nunca le veía la cara, era cómplice de sus secretos. El Fantasma se enfrentaba a toda clase de malhechores de lo más terrenal —gánsteres, contrabandistas, secuestradores, esclavistas, piratas—, dejándoles la marca de una calavera en la mejilla y aterrorizándolos hasta que también se creían las creencias locales sobre un justiciero invencible que no podía morir. Sus aventuras tenían, además de toda esa particular mitología, bastantes toques de cine negro y muchas viñetas que hubiesen quedado de maravilla en una pantalla si las hubiese trabajado un director adecuado. La adaptación cinematográfica de 1996 respetaba una parte de la iconografía visual (el tráiler, de hecho, tiene buena pinta… si uno no ha visto la película), pero el desastroso argumento desaprovechaba todo un universo bien establecido en los cómics, en pos de la acción más formularia y previsible. Es cuestión de tiempo, o eso quiero creer, que algún estudio se dé cuenta de que este personaje, aunque desconocido para el público más joven, puede inspirar una buena historia siempre que se utilicen los registros adecuados. Esto es, más gánsteres, más cine noir, y menos tonterías paranormales.


Hitman (2007) y Hitman: Agent 47 (2015)

El Agente 47 es otro personaje cuyo enorme potencial ha sido desaprovechado no en una, sino en dos películas. Para quien no esté familiarizado con él, es el protagonista de una saga de videojuegos llamada Hitman, centrada en un asesino a sueldo que ha sido creado mediante clonación y que trabaja para una especie de agencia paralela a la CIA. Aunque el Agente 47 de los juegos es seco e inexpresivo, casi podría decirse que es un «no personaje», el ambiente de algunas entregas de la saga es enormemente cinematográfico. Por ejemplo, el juego Hitman: Blood Money contenía misiones que eran como pequeñas películas ambientadas en escenarios muy originales y atractivos: un carnaval, un gran hotel casino, un teatro de la ópera y hasta la propia Casa Blanca (en entregas posteriores hay otros escenarios fascinantes, como un gran desfile de moda). Incluso el menú introductorio del juego era una pequeña joya, mostrando ya de primeras el funeral del protagonista (¡Cómo! ¿Está muerto?) con el Ave Maria de Schubert sonando de fondo; una insólita, pero muy acertada elección musical para un videojuego del estilo. Una de las pocas cosas buenas que se pueden decir de la película de 2007 es que utilizaba el Ave Maria, aunque algo modernizado, durante los créditos iniciales. El problema de ambas adaptaciones al cine es parecido al de la versión en celuloide de The Phantom: en ambos casos se optó por la acción a granel cuando, en realidad, el personaje de los videojuegos era un asesino silencioso que encaja mejor en una historia de espías y que tampoco hubiese desentonado en El padrino. La gran película sobre el Agente 47 está por hacer y, cuando alguien acierte con el tono de la adaptación, debería ser digna de ver incluso para quienes no conozcan los videojuegos en los que se basa.


Hancock (2008)

La premisa de un superhéroe hastiado de su papel, odiado por el público y consumido por la amargura y el alcoholismo, era de lo más interesante. Por entonces, cuando la fiebre de los superhéroes de la pantalla aún estaba despegando, podría haber roto moldes. Will Smith, que encarnó al peculiar Hancock, estaba en un momento dulce de su carrera y era el individuo más indicado para el papel. Sin embargo, pese a un arranque relativamente decente, la película descarrilaba por culpa de un humor pueril mal situado y una intragable sobredosis de melodrama. No es que fuera aburrida, y hasta tenía algunos puntos dignos de rescatar en una futura versión, pero resultaba frustrante ver cómo se dejaban pasar un montón de oportunidades para desarrollar la más que interesante premisa. En cierto modo, la serie The Boys es como una especie de ampliación de lo que sucedía en Hancock, pero el personaje se prestaba a un largometraje mucho mejor pensado. El problema es que no sé quién protagonizaría una nueva versión, porque admito que el arrollador carisma de Will Smith es lo más difícil de sustituir aquí. Con todo, esta película lleva más de una década pidiendo a gritos un remake, un reboot, o un re-lo que sea.


Judge Dredd (1995) y Dredd (2012)

Dos películas en las que esperaba ver fielmente reflejados los aspectos más molones del universo postapocalípitico descrito en los cómics, pero que se quedaron cortas, aunque por motivos distintos. La de 2012 no me disgustó, era una buena película de acción, pero pasaba de largo por muchas de las reflexiones sociales y políticas del cómic, así que me pareció tan entretenida como superficial. En cuanto a la de 1995, bueno, también me divierte mucho. Es mala, sí, pero también es un maravilloso festival de comedia involuntaria («¡The laaaaw!») con el que es imposible aburrirse, en especial quien disfrute viendo películas malas con una mirada risueña. Además, y sé que algunos de ustedes me odiarán por ello, ¡me gustó Stallone en el papel de Dredd! Considérenlo una extraña inclinación personal (y no, no es esa inclinación personal… quiero pensar que, si fuese homosexual, ¡me gustaría alguien distinto a Stallone!). En cualquier caso, la película definitiva sobre Dredd y el sistema de justicia anarconazi para el que trabaja también está por llegar. El peculiar y retorcido mundo de los cómics originales no ha recibido justicia en ninguna de las dos adaptaciones. Ya va siendo hora de que alguien lo lleve al celuloide como Dios (o la urna repleta de bolas blancas y negras) manda.


Fahrenheit 451 (1966) y Fahrenheit 451 (2018)

No me entiendan mal: la adaptación que François Truffaut hizo en 1966 de la famosa novela de Ray Bradbury es una buena película con momentos interesantes, algunas escenas muy conseguidas y una iconografía que ha perdurado en el tiempo, pero también tiene una narración desigual (quizá producto de que Truffaut rodó en Inglaterra sin tener ni idea del idioma) y una total falta de ritmo que agradecería una revisión. De la versión que HBO produjo en 2018, en su momento la esperé con ganas por la presencia de Michael B. Jordan y Michael Shannon en los papeles principales, pero no puedo decir tantas cosas buenas porque fue un inútil intento de «modernización» de la historia con una visión terriblemente superficial de los conceptos subyacentes. En plan Black Mirror, serie de la que no soy un gran admirador, y el libro de Bradbury es más profundo (y el tiempo demostrará que más imperecedero) que Black Mirror. En mi cabeza, la versión ideal tomaría ideas y elementos visuales de la película de Truffaut, pero ejecutados con medios más evolucionados. Y desde luego sin la «contemporaneidad» metida con calzador en la versión de HBO. La distopía tecnológico-fascista en la que un fireman («bombero») se dedica a provocar incendios de libros en vez de a apagar fuegos, es una historia atemporal en la que no es necesario incluir ordenadores o internet. Supongo que lo difícil, pero que haría grande un remake es conseguir una buena recreación del ambiente opresivo de la novela, algo que Truffaut no consiguió del todo y que sí se logró, por ejemplo, en la película 1984. Aunque algunas buenas ideas, insisto, estaban ya en la película de 1966, como los extraños e inquietantes créditos iniciales, recitados sobre una sucesión de planos de antenas de televisión.


The Arrival (1996)

No, no hablo de la película de Denis Villeneuve, que está bien como está y es una adaptación sorprendentemente eficaz de un relato escrito que, a priori, parecía casi imposible de llevar a la pantalla. Hablo de la película conspiranoica de 1966, protagonizada por Charlie Sheen, que describía una invasión encubierta de alienígenas que quieren provocar un calentamiento global. Aunque hay quien menosprecia esta película como un subproducto de serie B, yo creo que es una buena e inteligente muestra de ciencia ficción desarrollada como un thriller que contiene un montón de ideas interesantes y donde el modesto presupuesto fue compensado con algunas escenas memorables (cómo olvidar la muy hitchcockiana secuencia de la bañera: spoiler). No era perfecta, de acuerdo, pero la perspectiva del tiempo podría permitir que un director hábil lograse que una nueva adaptación dotada con mejores medios le hiciese justicia a la historia de cara al público actual. Dicho de otro modo: creo que es la clase de película que merece un remake no porque era mala —de hecho, yo recomiendo verla—, sino porque tenía un gran potencial que no llegó a plasmarse de manera óptima debido al presupuesto con el que se trabajaba.


Phase IV (1974)

La primera y única película del genio de los títulos de crédito, Saul Bass, narraba cómo unos científicos descubrían que una comunidad de hormigas poseía una inteligencia colectiva comparable, si no superior, a la del ser humano. La historia era fascinante y las escenas filmadas con hormigas de verdad son increíblemente hipnóticas incluso vistas hoy; en su día le dediqué un artículo porque Phase IV es realmente un artefacto único. Por desgracia, aunque Saul Bass acertó de lleno con los aspectos visuales como cabía esperar de él, no tuvo tanto tino con el ritmo narrativo ni con el tono dramático. En mi opinión, las escenas de hormigas (captadas con microcámaras por un especialista de la época que llevaba años filmando a bichejos) son imposibles de superar incluso en 2019 y el CGI jamás podría reproducir la inquietante sensación de estar viendo a insectos auténticos que, gracias a un montaje excepcional, parecen realizar conductas inteligentes y premeditadas. En fin, Phase IV era una obra maestra en lo visual, pero que se quedaba coja en lo dramático, y la historia agradecería una revisión donde los personajes humanos estuviesen tratados con más acierto porque era ahí donde naufragaba el, por otro lado, irrepetible largometraje.


El final de la cuenta atrás (The Final Countdown, 1980)

Un portaviones estadounidense que navega por el Pacífico es envuelto por una extraña tormenta eléctrica y, cuando esta se disipa, los tripulantes descubren que han viajado a 1941, apareciendo justo en la víspera del bombardeo de Pearl Harbor, suceso que metió a los Estados Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Los oficiales del portaviones, como es lógico, ven las más que evidentes posibilidades de cambiar la historia, porque incluso un puñado de modernos cazas a reacción puede arrasar con los escuadrones de aviones japoneses y hasta con la mismísima flota imperial. Este fascinante argumento ofrecía un sinnúmero de posibilidades y la película no las aprovechaba todas, aunque, con todo, es un buen largometraje. En mi opinión, el asunto da para una gran miniserie de televisión en la que se combinen los aspectos militares y políticos del asunto, y donde las modernas técnicas de CGI permitan ampliar el espectro de efectos y realidades alternativas.


Guerra mundial Z (World War Z, 2013)

Sí, ya sé, están ustedes hasta las narices de zombis. Pero esta atroz película sencillamente se ciscó en las infinitas posibilidades del libro en que estaba basada, que quizá no era un libro para el Nobel, pero sí tenía una estructura muy hábil que pedía a gritos una adaptación mucho más fiel en la pantalla. Es cuestión de justicia que alguien se encargue de rescatar las ideas del libro para una película o, quizá, para una serie.


La fuga de Logan (Logan’s Run, 1976)

Una paradisíaca sociedad futurista donde la gente, al cumplir los treinta años, es enviada a un proceso de renovación conocido como el «carrusel», gracias al cual podrán volver a nacer y vivir su siguiente vida en ese mundo donde no se conocen la vejez ni la decrepitud. Sin embargo, el protagonista terminará descubriendo que el «carrusel» no es un renacimiento, sino que el sistema sencillamente envía a la muerte a quienes cumplen la treintena porque no quiere que haya viejos rondando por ahí. Irónicamente, esta película que advierte sobre los peligros de sacralizar la juventud no ha envejecido demasiado bien, pero la historia sigue teniendo muchas lecturas interesantes y realmente podría funcionar en una versión actualizada.


Waterworld (1995)

La película por la que todo el mundo se estuvo riendo durante años del entonces rey del negocio Kevin Costner, llegó a los cines precedida por una extraña campaña de desprestigio repleta de habladurías sobre la producción, incluyendo aquellas que mencionaban los esfuerzos técnicos y presupuestarios para ocultar la incipiente alopecia de la estrella o para corregir el aspecto de genitales femeninos que tenían las branquias de su personaje en las escenas subacuáticas. En cualquier caso, Waterworld era la película más cara de la historia hasta el momento y el resultado final, aunque no perdió dinero como se decía entonces, quedó muy lejos de responder a las expectativas de crítica y público. Costner y las estrambóticas anécdotas —ciertas o falsas— del rodaje se convirtieron en el chascarrillo favorito de Hollywood. Con todos sus defectos, Waterworld era defectuosa, pero no TAN mala como se decía entonces y la idea de situar a un personaje del estilo Mad Max en un mundo completamente cubierto por el océano era buena sobre el papel. Podría ser rescatada para un remake que evitase las facetas más horteras y se centrase en aquellos conceptos que merecía la pena desarrollar (como el gran momento en que el protagonista pisa tierra firme por primera vez y se marea, diciendo «no me gusta cómo se mueve»). Otro ejemplo de idea interesante ejecutada de forma mediocre.


La amenaza de Andrómeda (The Andromeda Strain, 1971)

Cuando Robert Wise adaptó la novela de Michael Crichton, la cosa parecía prometer: una historia sobre un microorganismo alienígena que se alimenta de cualquier cosa, que solidifica la sangre humana al instante, matando a cualquiera que esté cerca, y que amenaza con acabar con toda la vida en la Tierra en cuestión de meses. La película tenía sus cosas buenas: una magnífica presentación del entorno apocalíptico, una descripción concienzuda de los mecanismos científicos para intentar acabar con la amenaza, una evidente fascinación por la tecnología, y varias escenas visualmente impactantes. En el aspecto negativo, sin embargo, la narración era demasiado metódica y fría como para resultar cautivadora (vamos, que aburrió a mucha gente y no sin motivo) y el imaginativo torrente de posibilidades se desvanecía por culpa de una total falta de pericia a la hora de alcanzar un tono adecuado. No digo que un remake sería fácil; en 2008 se hizo una serie de televisión que fue bastante peor y no tenía ninguno de los aspectos buenos del film. Pero, de conseguir acertar, una nueva adaptación podría insuflar nueva vida a un argumento que no solo era interesante como concepto, sino que daba pie a rodar muchas escenas aterradoras, creando un crescendo de suspense con base científica.


Longitud de onda (Wavelenght, 1983)

Una película olvidada, y no sin motivo, en la que una joven pareja investiga una instalación militar oculta y descubre a varios niños alienígenas prisioneros del ejército estadounidense que tratan de pedir ayuda emitiendo señales telepáticas. Como curiosidad, estaba protagonizada por Cherie Currie, la antigua cantante de las Runaways, cuya interpretación es de las pocas cosas que funcionan. Es un perfecto ejemplo de cómo una gran y original idea queda plasmada de manera irregular en pantalla, pero que podría ser mucho más interesante si alguien la rodase con mejores medios y un mejor sentido de en qué dirección llevar el argumento. Viendo la película es muy fácil imaginar cómo podría ser mejorada porque el potencial está ahí, con frecuencia completamente desperdiciado, pero está ahí.


The Hidden (1987)

Ojo, esta sí es una película recomendable desde todos los puntos de vista. Un alienígena parásito se apodera de personas normales que empiezan a comportarse de manera delictiva y suicida: conducción temeraria, robos, tiroteos, atracones de comida basura y música de heavy metal que parece entusiasmar al organismo extraterrestre (impagable la secuencia de un hombre de mediana edad y traje de corbata entrando en un restaurante con una radio sonando a todo trapo). Cuando el cuerpo de un huésped queda arruinado por un accidente de coche o por los disparos de la policía, el alienígena se traslada a otro cuerpo y continúa con su particular fiesta. Un policía intenta desvelar qué hay detrás de la extraña conversión de ciudadanos pacíficos y cumplidores de la ley en energúmenos descontrolados, hasta que se acaba topando con una amenaza mayor de lo que había imaginado. Esta pequeña joya, que es como una versión punk de Terminator, ha sido tristemente olvidada, pero es bastante recomendable. Sin embargo, un remake podría actualizar la trama y permitirse incluso más gamberradas, aunque es verdad que sería difícil superar el trabajo interpretativo que el reparto hizo en la original.



¿Qué película ha retratado mejor la nostalgia?

«Pero ella multiplicó sus prostituciones, recordando los días de su juventud cuando en Egipto había sido una prostituta. Allí se había enamorado perdidamente de sus amantes, cuyos genitales eran como los de un asno y su semen como el de un caballo. Así echó de menos la lujuria de su juventud, cuando los egipcios le manoseaban los senos y le acariciaban sus pechos virginales». Este hermoso pasaje de Ezequiel 23:19-21 que nos habla de cómo aprovechó Aholibá sus días de esplendor es una de las más inspiradas representaciones de la nostalgia que se hayan escrito… y no han sido pocas precisamente ¿Qué hace a este sentimiento tan frecuentado por las artes? Tal vez se deba a que la memoria es selectiva, así que apelar a los tiempos de antaño nos permite refugiarnos en un mundo más agradable y sencillo que el presente. Puede que nos reafirme en nuestra identidad y nos dote de cierto sentido de pertenencia, o tal vez a partir de cierta edad es que ya solo queda recordar. En cualquier caso respecto al cine hay que decir que ya no se hacen películas nostálgicas como las de antes, así que recordemos algunas y voten o añadan su favorita.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Fresas salvajes

Imagen de Svensk Filmindustri

Una de las primeras road movie que se rodaron no fue estadounidense sino sueca, en torno un  profesor ya marchitado en cuerpo y alma de camino a la universidad que va a homenajearlo que aprovecha el viaje para rememorar su juventud, sus relaciones pasadas o aquellas que nunca llegaron a establecerse, en un intercambio de reproches con los fantasmas del pasado que se aparecen a su imaginación. Ingmar Bergman aprovechó como de costumbre para hablar de Dios y de cómo el paso del tiempo va sustituyendo en el fondo de cada uno la ingenuidad por la amargura.

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American Grafitti

Imagen de Universal Pictures

Aquí tenemos otra peculiar road movie aunque esta vez de gente que da vueltas incesantemente sin llegar a ninguna parte. La nostalgia no solo se hace presente en el hecho de estar ambientada a comienzos de la década anterior a la que fue rodada, inquiriendo al espectador ya desde su mismo cartel aquello de «¿Dónde estabas tú en el 62?», es que los mismos personajes pese a su juventud parecen estar presos del pasado. Así el macarra de Milner desdeña la música del momento porque «El rock ‘n’ roll murió con Buddy Holly» y describe pasados accidentes de tráfico como si fueran antiguas batallas que dan sentido al paisaje urbano. Mientras que otros personajes abrumados ante las elecciones que han de tomar en el presente se resguardan en el recuerdo de cómo fue su primer beso, su primer baile, su primera borrachera… su vida, en definitiva, en un pueblo que pronto será solo su pasado. En su momento ya hablamos sobre ella con más detalle aquí.

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El crepúsculo de los dioses

Imagen de Paramount Pictures

Anteponer el recuerdo de la vida pasada a la presente parece ser particularmente importante si uno está muerto, como es el caso del protagonista, o bien se es una decrépita estrella del cine mudo en la era del sonoro. Qué mejor guiño al espectador si la actriz olvidada además era Gloria Swanson y su antiguo director en el mundo real era ahora su fiel mayordomo, Erich von Stroheim.

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Cuenta conmigo

Imagen de Columbia Pictures

Unos años antes de It esta historia de elementos autobiográficos ya contaba con su particular «Club de los perdedores». Está narrada como un largo flash-back, desde la perspectiva del escritor adulto que narra un episodio de su infancia situado en el verano de 1960, con cuatro amigos que emprenden un viaje para localizar un cadáver.

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T2: Trainspotting

Sony Pictures Entertainment

El propio Sick Boy le dice a Renton «eres un turista en tu propia juventud». El regreso a Edimburgo del protagonista tras una larga ausencia hace más vívido el contraste entre lo que recuerda y lo que ahora ve, como si esos últimos veinte años fueran solo un velo que pudiera destaparse para mostrar la auténtica realidad. Una añoranza que atrapa al propio director, en una historia tan autorreferencial que por momentos parece que en lugar de una segunda parte lo que querría es volver a rodar la primera otra vez. Aquí tenemos aquel discurso ahora actualizado.

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Peggy Sue se casó

Imagen de TriStar Pictures

A menudo son difusos los límites entre la nostalgia y el anhelo por reiniciar la partida, revivir de alguna forma el pasado sabiendo lo que ahora sabemos, intentando tomar otro rumbo en vista de que el anterior no fue demasiado bien. Es lo que aquí nos contaba Coppola, a través de una mujer a punto de divorciarse que asiste a una fiesta por el aniversario de su promoción donde será coronada como reina de la fiesta, una de esas ceremonias que los americanos viven con una intensidad que desde fuera cuesta entender y que aquí termina con la pobre sufriendo un síncope. Tras despertar en la primavera de 1960, veinticinco años antes, tendrá ante sí una segunda oportunidad para evitar los errores de un pasado que ahora se reescribe.

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Cinema Paradiso

Imagen de Arianne Films

Un afamado cineasta regresa a la Sicilia de su infancia treinta años después, con el fin de asistir al funeral de Alfredo, un viejo amigo que trabajaba como proyeccionista en el cine del pueblo y por orden del cura local también como censor. Rescatar aquellos fragmentos eliminados, ahora reunidos en una cinta, será también una manera de recuperar su propia memoria, al fin y al cabo también somos las películas que vemos.   

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Días de radio

Imagen de Orion Pictures

Aquí tenemos mencionado otro beso clásico, el de Katharine Hepburn con James Stewart en Historias de Filadelfia. Pero en este caso la nostalgia que expresa Woody Allen por su infancia no se enraíza en el cine sino en la música jazz y en los programas que escuchaba a través de una radio siempre encendida como una parte integral del hogar.

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¡Olvídate de mí!

Imagen de Focus Features

El enemigo de la nostalgia no es el presente sino el olvido, de manera que la gran batalla del protagonista tendrá lugar dentro de su cerebro. Tras haberse prestado a ser intervenido con una novedosa tecnología para olvidar a su exnovia, en el último momento se arrepiente y luchará por conservar algún recuerdo.  

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Amarcord

Imagen de FC Producioni

«Yo me acuerdo», es la traducción del título en el idioma de la región italiana en la que se ubica la acción, lo que da idea de la intención nostálgica y notablemente caricaturesca con la que Fellini recrea la Italia fascista de los años treinta en la que vivió su infancia, recorriendo para ello un trayecto que empieza y termina con la primavera.

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Beautiful Girls

Imagen de Miramax Films

De nuevo encontramos aquí la premisa argumental del protagonista regresando, por el motivo que sea, al hogar de su juventud. Ocasión que le sirve para reencontrarse con sus viejos amigos en el momento en el que cada uno debe afrontar a su manera su entrada definitiva en la edad adulta.

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Vértigo

Imagen de Paramount Pictures

Ni los caracteres más melancólicos se resignan a dejar abierta la brecha entre la memoria y la realidad presente, así que aquí en cuanto el protagonista tiene ocasión intenta revivir aunque sea a base de manipulación y autoengaño a aquella mujer que en otro tiempo amó. Una película a la que el paso del tiempo ha ido engrandeciendo.

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Good Bye, Lenin!

Imagen de X Filme Creative Pool

La nostalgia es pérdida, ya sea de la juventud, de algún amor, de la patria o tal vez de un régimen político. En este caso la protagonista tal vez no sería capaz de soportar la realidad tras despertar de un coma durante el que colapsó su querida RDA, así que su hijo intenta que ese recuerdo sea para ella una realidad vívida, su particular Madeleine.

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Horror folk: miedo y ritual en Inglaterra

Una escena de Kill List. Imagen: Warp X / Rook Films.

El inglés Ben Wheatley se ha convertido en uno de los directores más importantes del cine europeo. La crítica social, la violencia y un retorcido humor negro son los ejes de sus películas, una de las cuales, Turistas (Sightseers, 2012), tuvo éxito en el Festival de Sitges y hasta se estrenó en las salas comerciales. En ella, unos novios recorrían lugares pintorescos de la campiña mientras mataban a varias personas por el camino, dando con ello un nuevo sentido a las vacaciones en autocaravana y, de paso, salvaban su relación de pareja. Pero para planteamiento radical ya había presentado el año anterior Kill List, una ruta de pesadilla por esos mismos paisajes, carreteras campestres construidas sobre sendas arcaicas, bosques y signos olvidados, donde un angustioso thriller de asesinos a sueldo se iba convirtiendo poco a poco en una experiencia pavorosa, justo cuando el guión añadía elementos de lo oculto y las sectas, con los que la película entraba en un subgénero del cine fantástico: el horror folk.

Kill List es mucho más que un homenaje. Sin entrar en detalles para los que no la hayan visto, se trata, como dice su autor, quien edita los guiones con su mujer, la escritora Amy Jump, de una película cuyo objeto no es el horror, sino lo horrible, una serie de fuerzas que son capaces de empujar a los protagonistas desde la violencia instrumental hacia lo innombrable. Sin embargo, la idea de mezclar una trama tan cercana (relaciones sociales enfermas, materialismo siglo XXI) con cultos primitivos a los que hay que rendir tributo de sangre, conecta esta despiadada película con las producciones de los años setenta acerca de ceremonias antiguas y actos paganos en pueblos fantasmas.

Ejemplos de este revival del terror folk los hemos visto también en otras películas recientes, como el espléndido homenaje de la nueva Hammer Films, Wake Wood, (2010, David Keating) y la abrumadora The Borderlands (Eliot Goldner, 2013), cuyo punto de partida, los miedos del director a un paraje natural de su infancia, en este caso el mágico Dartmoor de El perro de Baskerville, es el mismo que tuvo Wheatley para Kill List. Recordamos el último éxito de HBO, True Detective, serial construido sobre un pastiche de lecturas de maestros del terror y revisión de los cultos paganos. Parece que tras unas décadas comprando ficciones urbanas y frutos del capitalismo, con el enésimo derrumbe del sistema, autores y fandom han decidido que ahora procede volver a la irracionalidad artística, la espiritualidad y la magia. Por supuesto, todo en entornos naturales, tipo festival de quesos ecológicos; neo-hippies que participan en el Burning Man, o directamente organizan un reenactment de The Village of the Dammed en su pueblo.

Volvamos al cine. Tipos diferentes de horror folk se pueden encontrar en clásicos del cine, desde el oriental al nórdico, como la excepcional Sauna, película finlandesa (AJ Annila, 2008) que sacude el género con su guion sobre la guerra ruso-sueca del XVI y unos soldados que se pierden en un peligroso terreno, abrumados por la culpa y aterrorizados por las visiones. Esta historia tiene puntos en común con A Field in England, la última producción de Ben Wheatley, luminosa y siniestra incursión en el terror surrealista, que utiliza como símbolos del destino de la sociedad británica la guerra civil del s. XVII, la ingesta de alucinógenos y un grupo de desertores manipulados por un sádico hechicero.

Hasta el cine español ha tenido sus momentos folk-mágicos, con las recientes El Laberinto del Fauno (2006, Guillermo del Toro) y El Bosc (2012, Óscar Aibar), pero si nos atenemos a la definición, lo acotaremos dentro del cine británico con algunas extensiones muy relevantes en Estados Unidos y Australia. Mientras esperamos, no niego que con cierta ansiedad, el estreno de la adaptación de Rascacielos de J. G. Ballard, por parte de Wheatley y Jump, hagamos un breve repaso a este atractivo y oscuro género.

El horror folk es la manifestación en pantalla de la literatura que se ha volcado en el género fantástico, con sus cuentos ambientados en casas de campo solitarias, aldeas y paisajes románticos de ruinas, páramos y comunidades que todavía observan religiones paganas, las que incorporan el folclore de druidas y celtas, las construcciones megalíticas, las leyendas y ritos de cosechas y fertilidad, etc. Por encima de todo, siempre domina la presencia de la naturaleza como una amenaza literal y metafórica, un lugar que alberga espíritus que acechan al hombre, presencias peligrosas e indefinidas que pueden tener hasta un origen cósmico. Estos elementos formaron un cuerpo formidable de novelas, poesía y relatos escritos por autores como Arthur Machen, Lord Dunsany, el propio Lovecraft, etc., que después se adaptaron o fueron inspiración para guiones de cine o producción televisiva.

Durante los años setenta, época de gran crisis, y con ello otro renacer del ocultismo y los fenómenos paranormales, la tele británica tuvo una época dorada, programando para niños y adultos series fabulosas de ciencia ficción y terror, así como mezcla de ambas, de la mano de grandes autores. Nigel Kneale, escritor fundamental para entender series como la reciente Black Mirror o los realities 24h, fue responsable de joyas como The Stone Tape, película emitida en el especial de Navidad de la BBC de 1972. Es esta una de las cimas del género, ya no del horror folk, sino de todo el fantástico, por su extraordinaria historia, puesta en escena e influencia posterior. Dirigida por el habitual de la productora Hammer, Peter Sasdy, cuenta la peripecia de un grupo de ingenieros y una experta en informática (sí, aparecen ordenadores de los setenta), que están a punto de desarrollar un sistema con el que se podrá detectar el residuo de los fantasmas en los lugares donde se han producido hechos violentos. Para ello se trasladan a una mansión, encantada por supuesto, y efectivamente, consiguen la plasmación del grito de una mujer que se repite en bucle. Pero lo que no esperan es encontrar la huella de algo mucho más antiguo y más terrible en sus cimientos.

Neale también escribió Beasts (1976), para la ATV, seis episodios de terror entre los que destaca «Baby», un cuento para no dormir ambientado en un granja con criatura oculta, y un extra que se incluye en el DVD de 2006, «Murrain», de la serie Against the Crowd, estupendo relato de brujería en los años setenta.

Pero hubo muchas más: por mencionar solo tres, las series infantiles The Owl Service (1969) y de Children of the Stones (1977), aventura de arqueólogo e hijo que se instalan en pueblo muy raro con monumento megalítico muy inquietante, una historia de horror cósmico que remite a Lovecraft. Por último, uno de los ejemplos más bellos del terror folk, el episodio escrito por John Bowen dentro de la célebre Play for Today: «Robin Redbreast» (1971). La trama sobre una mujer y un hombre ajenos a un pueblo donde se celebran ritos de fertilidad, en el que ambos son utilizados para concebir un niño según la ceremonia de sacrificio y ofrenda al dios Herne. Este capítulo causó auténtica conmoción en la audiencia británica.

Cine, druidas, bosques y paganismo

Hay dos ilustres precedentes. El primero es una estupenda película de la Ealing, Dead by Night (Al morir la noche, 1945), formada por varios episodios, cada uno dirigido por un célebre autor de la casa (Cavalcanti, Crichton, Dearden y Hamer). Los relatos (seguro que muchos recuerdan el del ventrílocuo y su muñeco) quedan unidos por una historia escalofriante que sucede en una casa de campo, con sueños adivinatorios y una fatalidad sobre los personajes. La segunda es el antecedente directo del horror folk. Se trata de The Curse of the Demon (La noche del demonio, 1957), una obra maestra del maestro Jacques Tourner, basada en un relato de M. R. James, «El maleficio de las runas» (incluido en Cuentos de Fantasmas, Siruela, 1997). El enfrentamiento entre un psicólogo norteamericano (Dana Andrews), adalid de la ciencia que acude a una convención sobre cultos satánicos, y un brujo inglés que es capaz de predecir la fecha y la hora de la muerte de sus enemigos, y para ello invoca a una criatura que sale de la bruma del bosque y persigue a su víctima, está planificado con maravillosas imágenes de una naturaleza hechizada, incluido Stonehenge, a pesar de la imposición de la productora de tener que mostrar al demonio, que se parece más al dinosaurio de El monstruo de los tiempos remotos, pero con cuernos (1953).

Aunque pudiese parecer que fue en Hammer Films donde se realizaron los clásicos del horror folk, lo cierto es que allí estaban más interesados en temas más cercanos a los monstruos de la Universal, a pesar de tener varias películas sobre magia negra, pero que no entrarían en este grupo. Por ejemplo, de Nigel Kneale son Las Brujas, una película del 66 (Cyril Frankel) protagonizada por Joan Fontaine, que repite por última vez su papel de institutriz ingenua en un pueblo donde se rinden diversos cultos, entre ellos el vudú y el satanismo, y una curiosidad, la estupenda Capitán Kronos (Brian Clemens, 1973), un cazavampiros centroeuropeo con capa y espada que desembarca en Inglaterra con su ayudante, el jorobado profesor Grost, quien que utiliza remedios mágicos para encontrar a los no muertos.

Tuvo la Hammer el privilegio de llevar al cine la figura del científico Bernard Quartemass, el personaje creado por el mismo Kneale para televisión, que tuvo tres películas. La segunda, Quatermass 2 (Val Guest, 1957), es una fantástica historia de horror cósmico con invasión extraterrestre, masas reptantes y boicot al gobierno por parte de los aldeanos.

Cuando Hammer Films entró en decadencia y el terror clásico ya no vendía entradas, fueron otras productoras independientes, con la serie B y el destape, las que se lanzaron, ya entrados los setenta, a la cosa pagana y el horror antiguo:

Tigon British Film Productions fue el estudio que tuvo más éxito a la sombra de Hammer. Suyos son dos de los mejores ejemplos de horror folk: El Inquisidor (The Witchfinder General o en EUA, The Conqueror Worm, 1968). Dirigida por Michael Reeve y protagonizada por un Vincent Price mucho menos autoparódico que de costumbre, se convirtió tras su estreno en una película de culto por la violencia de las imágenes de tortura y la intensidad que alcanzaba al final. Basada en un personaje que al parecer fue real, el inquisidor aprovecha su poder para cometer toda clase de tropelías entre las jóvenes que encuentra en los pueblos. Tras violar a una de ellas y asesinar a su familia, provocará que el prometido (el sex symbol Ian Ogilvy) y sus soldados castiguen cruelmente al inquisidor.

La Garra de Satán (más bello en el original, Blood on Satan’s Claw, o Satan’s Skin 1970, Piers Haggard), es un relato muy recomendable de folclore ambientado también en el XVII. En un pueblo se descubre una extraña calavera y comienzan las desgracias. Los niños se vuelven locos, se arrancan la piel y partes de su cuerpo y a las mujeres les salen garras. El sacerdote del pueblo es castigado injustamente por los crímenes de la secta y se necesitará la ayuda de un libro de brujería para luchar contra la presencia maligna que se está formando físicamente con los tributos de los seguidores.

La productora Tyburn de Kevin Francis solo hizo tres películas, sin mucho interés, entre las que destaca The Ghoul (1975, dirigida por el padre, Freddie Francis), solo por ver a un sublime Peter Cushing en una historia que parece estar inspirada, no sé si inconscientemente o no, en «La estirpe de la cripta» de Clark Ashton Smith. Cushing vive apartado en una mansión a la que llega por accidente una pareja. Esta descubrirá que el anciano guarda una criatura monstruosa en la casa, su propio hijo, producto de una maldición india.

Pero el clásico definitivo del hippismo esotérico pertenece a la British Lion Films. Para realizar «The Wicker Man» (El hombre de mimbre, 1973), Anthony Schaffer, muy popular por sus adaptaciones de La huella para J. L. Mankiewickz, y Frenesí para Hitchcock, decidió llevar al cine un texto que pertenecía a esa corriente de historias de la Inglaterra rural y mágica. Era la novela de un autor desconocido, el también actor de teatro David Pinner, titulada Ritual (1). Shaffer llegó a un acuerdo económico con el productor Peter Snell, el director Robin Hardy y Christopher Lee, y adaptó de forma muy libre la historia de una isla en las Hébridas en donde aún se mantiene intacto un sobrecogedor rito de los druidas para bendecir la cosecha.

Una escena de The Wicker Man. Imagen: British Lion Film Corporation / Warner Bros.

Shaffer quedó tan impresionado, que se documentó acerca de estas tradiciones y quiso que en la película apareciesen referencias a la cultura celta: bailes, objetos y liturgias, con significados asociados a la fertilidad, cultos de muerte y nacimiento, etc. La música también fue escogida con cuidado, recuperando instrumentos folk tradicionales. Querían filmar una película de terror que se desmarcase por completo de los clichés conocidos, salir del satanismo y otras construcciones cristianas, para provocar en el espectador una impresión nueva a través de un miedo más antiguo. Christopher Lee estaba deseando interpretar a alguien que no fuese vampiro, momia o elegante cazamonstruos, y participó con tanto entusiasmo que no cobró por su actuación, dado lo exiguo del presupuesto. Su personaje, el Señor de Summerisle, ha pasado a la historia del cine por alguna de las frases del guion, su imponente presencia y, por qué no decirlo, el estilismo capilar más desatado que ha lucido Mr. Lee. (2)

El argumento lo conoce todo aficionado al fantástico: un policía de Scotland Yard (Edward Woodward) llega a la isla porque ha recibido la denuncia de la desaparición de una niña. Su llegada no es bienvenida, y cuando comienza la investigación, descubre con disgusto que los isleños no son en absoluto como él, un devoto cristiano, sino una comuna de ateos que se entrega a las conductas más licenciosas. Ni siquiera tienen sacerdote, han quemado la iglesia, y exhiben un impúdico proceder: beben un extraño brebaje, la mujer del tabernero le tienta de forma descarada, son irrespetuosos con el poder y no tienen ningún miedo de Dios. Se encuentran en medio de la preparación de la fiesta de la cosecha, niños y mayores van medio desnudos, cantan versos irreverentes, hacer ofrendas a lo que parecen símbolos fálicos, etc. El policía, escandalizado, no encuentra pista alguna de la niña, pero tras varios encuentros con personajes como la maestra, el librero y el enterrador, sospecha que la han secuestrado para sacrificarla en un intento de que los dioses sean más propicios. El Lord de la isla le recibe: con amabilidad y mucha sorna le explica las ideas sobre las que se sustenta el culto de la comunidad. Pero el policía no es capaz de ver el auténtico propósito de su presencia en Summerisle… hasta el final, cuando ya está dentro del Hombre de mimbre. Un final que ha convertido a The Wicker Man en una de las pelis más veneradas, no sé si en plan pagano o simplemente estético, hasta hoy.

Neopaganos de otros continentes

El cine norteamericano tiene muchos ejemplos de terror folk, aunque allí este género ha sido sobrepasado por el de horror en el bosque, el de libros mágicos que transforman al campista en zombi, y las amenazas, más que la naturaleza, son familias disfuncionales de caníbales y asesinos desatados. Pero tienen la adaptación y las secuelas de Los chicos del maíz de Stephen King y el éxito de El proyecto de la bruja de Blair. El director de El exorcistaWilliam Friedkin tiene una curiosidad de serie Z, La tutora (The Guardian, 1990), sobre los ritos de una druida-niñera que utiliza a los bebés que cuida para alimentar un árbol-deidad. Los fans sabrán lo que tiene en común con las imágenes de Anticristo de Lars von Trier y, por supuesto, con el exitazo de La mano que mece la cuna.

De 2010 es una producción canadiense de serie B muy recomendable, The Shrine, el viaje de unos periodistas a un lugar en Polonia donde se supone existe un templo antiguo. Hay una secuela, pero es infame.

El director australiano Peter Weir ha aportado, dentro de una carrera interesantísima, dos obras maestras al género. La primera, su debut internacional, Picnic en Hanging Rock (1975), un relato mágico que utiliza la desaparición de unas colegialas durante una excursión a un macizo montañoso para mostrar un rito de paso, la comunión absoluta con la naturaleza, mediante un uso asombroso de imagen y música. La segunda película de Weir, La última ola (1977) es un paso más allá en el terreno del fantástico y relata, con una impresionante ambientación, un ambiente que te trasmite las mismas sensaciones de desasosiego que los protagonistas, una historia en la que se enfrentan los ritos ancestrales frente a la civilización del hombre blanco. Un abogado (Richard Chamberlain) tiene que defender a cinco aborígenes acusados de un crimen ritual y a causa de ello tiene extraños sueños, hasta que es conducido por el chamán de la tribu bajo la ciudad a un laberinto arcaico de rocas y señales donde encuentra la razón de sus visiones. Esas imágenes oníricas, el miedo de los blancos a los negros, a lo desconocido, y el final, con Chamberlain tras cruzar el pueblo real, de rodillas en la playa mientras ve la gran ola, es el resumen perfecto de ese mundo subterráneo de mitos bajo que el que caminamos y que hemos olvidado. El terror folk, en sus películas y sus libros, nos acerca a lo que somos y no queremos ver.

(1) La novela se ha editado en España en 2014, a través de Alpha Decay.

(2) Hablando de cabellos locos, no he mencionado el remake norteamericano que hace unos años perpetró Nicolas Cage, artista muy interesado en el esoterismo, pero es que no quiero hacer perder tiempo al lector. Es espantoso. Sin llegar a este límite, la segunda adaptación de Hardy de su historia, The Wicker Tree (2012) es muy, pero que muy inferior a la original, pero el director amenaza, aprovechando el tirón, con otra secuela con vikingos y runas para este mismo año.

Enlaces de interés:

http://www.folkhorror.com/

http://www.victoriangothic.org/

http://celluloidwickerman.com/

http://ayearinthecountry.co.uk/

http://www.imdb.com/list/ls003196469/


Los ojos sin rostro, una inolvidable película de terror

Una escena de Los ojos sin rostro. Imagen: Champs-Élysées Productions / Lux Film / Versus Entertainment.

En el año 1962, Los ojos sin rostro se estrenó en Estados Unidos bajo el inexplicable y gratuito título de The Horror Chamber of Dr. Faustus. La película, que ya había debutado dos años antes en Francia con el título original de Les yeux sans visage, fue censurada, doblada al inglés y expuesta en un programa doble junto con The Manster (1962), en la que, como su propio nombre indica, los espectadores fueron partícipes de un cuestionable espectáculo en torno a un engendro mitad hombre, mitad monstruo. Algunos de ustedes se preguntarán, ¿cómo pudo acabar una película francesa emparejada con otra tan dispar, americana y de serie B, cuyo mayor aliciente no era más que una criatura de dos cabezas de escasa factura? Si bien es innegable que ambas eran polos opuestos, también lo es que las dos eran, fundamentalmente, películas de terror. No obstante, las similitudes entre una y otra eran tan remotas que la pregunta se antoja inevitable.

Dicho dato es muy indicativo de la volátil recepción que ha perseguido sin clemencia a Los ojos sin rostro, sujeta a numerosos equívocos por parte del público y la crítica casi desde que las cámaras comenzasen a rodar. Tanto en su país de origen como fuera de él, se trata de una película incomprendida durante largo tiempo, pero que a día de hoy permanece como una obra maestra indiscutible cuya influencia se percibe en películas como Halloween (1978) o La piel que habito (2011).

La película cuenta la historia de una joven llamada Christiane (interpretada por Edith Scob) cuya cara queda horriblemente desfigurada tras un accidente de coche. Su padre, un doctor sin escrúpulos (Pierre Brasseur), hará todo lo posible para devolverle la belleza a su querida hija, que desde entonces oculta su rostro tras una máscara. Ayudado por su asistente Louise (interpretada por la gran Alida Valli, el romance de Joseph Cotten en El tercer hombre), el doctor secuestra a mujeres desprevenidas sobre las que ejecutar malvadas prácticas de cirugía en su oscura mansión. Lo que puede parecer a priori un argumento trivial se transforma en manos de su director, Georges Franju, en una oscura y retorcida fábula cinematográfica.

Sumidas de lleno en la controversia generada por una película un tanto inusual para la época, las críticas tras su estreno oscilaron entre la tibieza y la más absoluta hostilidad. La prestigiosa Sight and Sound la calificó de «nauseabunda», mientras que una crítica inglesa en The Spectator llegó a describirla como «la película más asquerosa que he visto desde que comencé como crítica de cine». El periódico francés L’Express destacó cómo algunos miembros del público se cayeron «como moscas» al presenciar una de sus escenas más estremecedoras; otro crítico, después de admitir que le gustó la película, estuvo a punto de ser despedido. Durante su estreno en el Edinburgh Film Festival siete espectadores se desmayaron, tras lo que su director, Franju, dijo jocosamente «Ahora entiendo por qué los escoceses llevan falda».

Si había un nexo entre estas críticas es que la mayoría coincidía al considerarla una película de terror género de gran éxito entre el público y, en cambio, denostado por la crítica especializada, con lo que la opinión de muchos se vio claramente influenciada por tal prejuicio. En todo caso, hoy en día dichas reacciones resultan no solo superfluas, sino verdaderamente exacerbadas. Que en la actualidad el espectador medio, tan aguerrido como desensibilizado, quede traumatizado por una película como esta nos puede parecer un tanto inverosímil; algo, en suma, tan difícil de creer como las reacciones iniciales en torno a la escena de la ducha de Psicosis (estrenada el mismo año) o películas como Tiburón. Dicha afirmación no significa que la película carezca de tensión o de escenas mínimamente enervantes, que por supuesto tiene, sobre todo una en concreto; la cuestión es que a muchos de los críticos se les escapó el verdadero sentido de la película, puesto que Los ojos sin rostro era mucho más que una película de terror y, por tanto, obcecarse con sus elementos más inquietantes ignorando todo lo demás no era sino un gran desacierto.

Una escena de Los ojos sin rostro. Imagen: Champs-Élysées Productions / Lux Film / Versus Entertainment.

Lo cierto es que Los ojos sin rostro no es una película de terror al uso, y menos una del tipo que podría esperarse de finales de los cincuenta, década en la que personajes tan variopintos como Drácula, Frankenstein o la Criatura del Pantano pululaban a sus anchas por la gran pantalla en filmes de fluctuante calidad. Por otra parte, la película no guardaba relación alguna con aquellas de serie B que inundaban los drive-ins americanos sin fin aparente; poco tenía que ver con monumentos al camp como The Blob (1958), The Tingler (1959) o I Was A Teenage Werewolf (1957), por citar algunos ejemplos. Dada la temática y la trama, muchos podrían haberse esperado una película propia del shock cinema barato de entonces, repleta de tópicos, sustos convencionales y actuaciones poco convincentes; terror de cartón piedra, en definitiva. Apartada por completo de manidas proposiciones en cuanto al género, Los ojos sin rostro surgió como una anomalía cinematográfica de la época, una atípica película de terror cuya estética y planteamiento hicieron de ella algo mucho más intrigante.

En una entrevista con Ciné Parade, Franju dijo que los productores de la película querían «una película de terror, pero nada de sangre; eso acarrearía problemas con los censores franceses. Nada de tortura de animales, porque nos traería problemas con los censores ingleses, y nada de científicos locos, que llevaría a problemas con los censores alemanes, ya que trae malos recuerdos». En esa misma entrevista recalca: «La mejor película de terror que jamás he visto no se suponía que tenía que dar miedo. Y por eso daba tanto miedo»Antes que una mera película de miedo, sin embargo, Franju definió Los ojos sin rostro como «una película de angustia», en la que el terror consiste en algo «más subyacente, más interno y penetrante. Es terror en dosis homeopáticas». Pese a sus palabras fueron muchos los que se rasgaron las vestiduras acostumbrados a ver a Franju como un director de un cierto realismo (vean si no su magnífico documental La sangre de las bestias, de 1949) y caracterizado por su fuerte compromiso social, a quien de repente y sin explicación alguna vieron adentrarse en un género en principio marginal. Incluso Godard aprovechó la ocasión para lanzarle alguna que otra pulla, aduciendo que se había distanciado conscientemente de todas las esperanzas puestas en él. En su defensa, Franju alegó que no era más que un intento por su parte de que el género de terror se tomase en serio, tal y como efectivamente merecía.

No fue hasta su reestreno en 1986, gracias a la retrospectiva sobre el director que organizó la Cinématheque Française (fundada por el propio Franju en 1936 junto con Henri Langlois), que la película comenzó a ganarse el reconocimiento del que goza hoy en día. En su ensayo para la maravillosa reedición de la Criterion Collection, David Kalat acierta al decir que Franju combina hábilmente fantasía y realismo, distanciamiento clínico y emoción histriónica, belleza y dolor. Estas impresiones no son baladíes, dado que Los ojos sin rostro es ante todo una película de contrastes en la que la yuxtaposición de lo brutal la tensa y célebre escena del trasplante facial con lo tierno la liberación de los animales al final del largometraje conforma el eje vital de su peculiar universo. Tal y como escribió Roger Ebert, se trata de una película en la que «los que gritan no son los personajes sino las imágenes».

El guion corrió a cargo de Pierre Boileau y Thomas Narcejac —el dúo de escritores tras las novelas en que se inspiraron clásicos como Las diabólicas o Vértigo—, quienes lo basaron a su vez en el libro homónimo de Jean Redon. Bajo su manifiesta superficie de horror, hay un elemento de poesía que con frecuencia insufla un sorprendente toque de lirismo a sus escenas, dando lugar así a una macabra belleza sobre la que se sustenta la película. El equilibrio que logra entre lo lírico y lo siniestro es quizá su principal seña de identidad, y gran parte de su evocadora estética se debe a la fotografía de Eugen Schüfftan; con un tono tétrico deudor del expresionismo alemán (fue, de hecho, el encargado de los efectos especiales de Metrópolis y creador del llamado Schüfftan process), Schüfftan dota a la película de una consumada precisión visual consistente en una efectiva unión entre el film noir de la época y el Jean Cocteau de La bella y la bestia. La música de Maurice Jarre, quien unos años después compondría las memorables bandas sonoras de Lawrence de Arabia y Dr. Zhivago, es otro de sus muchos puntos fuertes.

Hay una escena en particular que siempre me llama la atención, aquella en la que vemos a Christiane con su perturbadora máscara, impenetrable e inexpresiva, puesta por primera vez, esa máscara tras la que se oculta su rostro destrozado. Es una escena tan emotiva como inquietante, ante todo porque el espectador lleva con ansiedad esperándola desde un primer momento; es aquí donde se ve el sentimiento de pérdida y sufrimiento que acompañan a Christiane que, como un pájaro enjaulado, se ve irremisiblemente confinada en la cámara de los horrores de su obsesivo padre. En un primer plano, la cámara se centra en su máscara, pero sus ojos son lo que de verdad observa, haciéndonos sentir a nosotros, los espectadores, una mezcla de rechazo y compasión, emociones enfrentadas que la película nos suscita de manera constante. Al igual que los ojos de su protagonista, Los ojos sin rostro es una película inolvidable: un lúgubre poema en blanco y negro.


Aliens, videojuegos y el gato de Schrödinger

Una escena de Al filo del mañana. Imagen: Warner Bros. / Village Roadshow / 3 Arts Entertainment.

La sensación de déjà vu desde el principio de la entretenidísima cinta sci-fi Al filo del mañana, es apabullante. Casi desde el primer segundo, no dejo de preguntarme por qué me resulta tan familiar la secuencia que constituye el núcleo de la historia, a saber: el (anti) héroe se despierta la víspera del día D en un campamento militar, pasa la noche en capilla antes de la batalla, es arrojado (literalmente) a una Omaha todavía más sangrienta que la original, en la que los aliados pierden la batalla, la chica muere a los treinta segundos de aparecer y él no dura ni cinco minutos bajo el fuego enemigo… Un final entre trágico y predecible, más trivial que triste. Lo cierto es que el no-héroe es cobarde, inexperto y nunca tiene oportunidad alguna.

Rebobinamos. Un instante después de su muerte, el héroe se despierta exactamente en las mismas circunstancias de la víspera. Sabe lo que le aguarda y trata de arreglar el desaguisado, pero todo es en vano. Como a la pobre Casandra, nadie le hace caso cuando intenta avisar a los mandos de la escabechina que les espera. Acaba de nuevo en la sangrienta playa, intenta salvar a la chica de su destino y lo único que consigue es llevarse un balazo en el pecho.

Rebobinamos. La tercera vez, el héroe lo hace un poco mejor, aunque tampoco llega muy lejos. Ni la cuarta, ni la quinta, ni la sexta… pero el bucle sigue y sigue y al cabo de los mil intentos, el tipo cobarde e inexperto del principio de la historia se ha transformado en un superhombre, capaz de realizar auténticas proezas, cuya técnica ha adquirido a base de palmarla cada vez que se equivoca y verse condenado, como Sísifo a empujar su piedra, montaña arriba, una y otra vez.

Déjà vu, déjà vu. Hasta que de repente caigo en la cuenta. Recuerdo las horas muertas frente a los videojuegos de la adolescencia, la forma en que uno aprendía los trucos para pasar de nivel, tres pasos a la izquierda, dos a la derecha, agáchate para evitar la bomba, voltereta lateral para esquivar la ráfaga que nos disparan al final del pasillo, apuñala al enemigo que te ataca por la espalda (no vale la pena girarse a mirar, ataca siempre en el mismo sitio, justo al final de la cuarta escalera del segundo salón) párate y cuenta tres antes de salir del refugio si no quieres que te sorprenda Terminator… uno aprendía los trucos a base de paciencia y repetición. La clave del superhombre no era poder especial alguno, sino, precisamente, la maldición de Sísifo. Si en lugar de una sola vida contáramos con millones de ellas, si recordáramos todos y cada uno de nuestros errores, podríamos tratar de corregirlos en el siguiente intento. ¿O no?

De hecho, esa es la clave de la historia, más allá de la estupenda aventura y los magníficos efectos especiales. ¿Y si uno pudiera repetir? ¿Dónde se escondería César aquella mañana de marzo? ¿Se darían cita todavía Francesca de Rímini Y Paolo Malatesta, demasiado enfermos de amor para remediar su desdicha? ¿Qué haría Héctor si tuviera que enfrentarse otra vez a Aquiles? ¿Se acobardaría tras los muros de Troya, sabiendo que el Pélida va a vencerlo, o por el contrario se atrevería de nuevo a plantarle cara? Y después de morir mil veces frente a la muralla… ¿No habría aprendido lo bastante como para derrotarle?

Pero volviendo Al filo del mañana, la razón por la que el héroe regresa al mismo punto cada vez que muere es la existencia de un bucle temporal, cortesía de los aliens. La física de cómo se crea el bucle y la motivación de los malvados pulpos invasores para crearlo es bastante discutible, pero démoslo por hecho y entretengámonos un instante con la paradoja.

Una escena de Al filo del mañana. Imagen: Warner Bros. / Village Roadshow / 3 Arts Entertainment.

Para empezar, el bucle temporal está mejor construido que en otras versiones de la misma idea, ya que está muy bien definido cuándo se cierra (cuando muere el héroe). Así, en cada versión de la historia suceden cosas ligeramente diferentes y a medida que nuestro Sísifo se va volviendo más hábil, inteligente y valeroso, la extensión de su aventura aumenta y se van añadiendo novedades. Si lo pensamos bien, estamos asistiendo a un universo en el que el tiempo también avanza, pero en el que cada instante se ramifica en infinitas posibilidades que el condenado recorre una y otra vez. Instante uno, se lanza a la playa (cae mal). Instante uno (versión dos), se lanza a la playa, cae bien. Instante dos (versión uno), una bala perdida mata a su amigo. Versión dos, salva al amigo pero el intento le cuesta la piel. Versión tres salva al amigo, pero los matan a ambos un segundo más tarde. Versión cuatro, deja morir al otro y sigue adelante. Instante tres, corre hacia la trinchera (aquí se suceden otras mil versiones, cada una de las cuales se ramifica en otras mil). Encuentra a la chica, se asocian, intentan salvar a la humanidad y en la aventura la ve morir miles, millones de veces. Al final la ama con una pasión que supera en mucho a la de Orfeo, a fin de cuentas ha perdido a su Eurídice muchas más veces y en todas ellas ha querido rescatarla en vano del Hades. Todas las posibilidades se dan en cada segundo, casi todas trágicas. Y siempre, cuando llega el inevitable final, rebobinamos. El videojuego empieza de nuevo.

Hace un siglo, los padres de la mecánica cuántica se devanaban los sesos tratando de entender la más profunda de las paradojas de la nueva física. En su versión más popular, esa paradoja se concreta en el destino del gato de Schrödinger. Un desafortunado felino es encerrado en una caja, en cuyo interior, un elemento radioactivo, al desintegrarse, dispara un veneno capaz de matarle. Abandonamos al animal a su suerte y, en la habitación contigua, especulamos sobre su destino. En el siguiente minuto, digamos, existe una probabilidad entre tres, de que se dé esa desintegración. Si se produce, el gato muere. En otro caso, el gato vive. Pero la probabilidad del 30 %, que tiene un sentido fácil de explicar si realizamos el experimento cien veces (en ese caso treinta de los mininos acabarían patitiesos) es más difícil de interpretar cuando se trata de un solo experimento. La función de onda cuántica que describe el estado del elemento radioactivo no se «colapsa» en una estado concreto hasta que se realiza la medida. De ahí que, según la interpretación canónica de la mecánica cuántica, mientras dura el experimento, el gato se encuentra en un curioso «estado mezcla» 30 % muerto y 70 % vivo. Ese estado mezcla solo se resuelve, en oros o bastos, cuando abrimos la caja.

Esa es la llamada interpretación de Copenhague, que por cierto, nunca me entusiasmó. Mucho más atractiva es la hipótesis de Everett, también llamada teoría de los muchos mundos, según la cual, cada posible estado de la función de onda da pie a un universo diferente. Así, cada instante temporal se ramifica en infinitos cosmos. En uno de ellos no es Cristo, sino Judas quien muere en la cruz. En otro los troyanos escuchan a Casandra y queman el caballo de la infamia con todos los aqueos dentro. En un tercero Hitler gana la gran guerra y en otro Ettore Majorana no salta de su barco, aquella noche, camino de Palermo.

Pero en otros, la Tierra no está habitada por hombres, sino por ángeles, o centauros. O no existe la Tierra. En millones de universos el sol explota antes de que el sistema solar pueda formarse. En otros nunca se encienden las estrellas. Las combinaciones son inagotables y las tragedias innumerables. Casi ninguna historia, se sabe, termina bien.

Everett, entonces, nos proporciona un hilo director mucho más rico para entender nuestra historia. El héroe recorre, trabajosamente, cada uno de los posibles mundos en los que se ramifica la función de onda a cada instante. Y en cada paso sufre y muere. La siguiente vez llega algo más lejos, sufre aún más, muere de nuevo. Pero al final del camino, es más valiente, más sabio, más humano.

Sísifo es un héroe clásico y los griegos no se podían quitar el destino de encima. Nunca dejó de empujar la piedra y de verla rodar, impotente, montaña abajo. En cambio, el protagonista de Al filo del mañana, es un héroe moderno, que no se limita a sudar y sufrir, intenta cambiar las cosas una y otra vez. Si los aliens ostentan el poder de los dioses, entonces, sostiene, los dioses tienen que morir para que seamos libres.

No contaré si lo consigue o no, so pena de ser acusado de spoiler, pero sí diré que, vencedor o vencido, este héroe moderno que se revela contra la tiranía de Omega goza de todas mis simpatías. Tiene a su favor, cierto, el recuerdo de los errores pasados, pero quizás, dentro de lo que cabe, todos nos hemos equivocado y a todos, alguna vez se nos ha dado la oportunidad de empezar de nuevo. La lección aquí está clara. Hay un universo posible mejor que este y puede construirse entre todos.

Quizás la historia de la conciencia es similar a la que nos cuenta esta estupenda película, con una ligera diferencia. Imaginen que cada uno de nosotros somos héroes en nuestra particular Odisea. En cada instante suceden cosas que pueden matarnos y cuando eso ocurre el bucle temporal se cierra y regresamos al instante de nuestro nacimiento. En una vida, nuestro primer amor nos traiciona y nuestro yo adolescente muere de un exceso de anfetaminas. En la siguiente lo superamos, apretando los dientes y estudiando para el examen de Álgebra, pero nos atropella un coche camino de la facultad. Un millón de vidas más tarde se cae el avión en que viajamos camino de una conferencia, cien millones de vidas después se nos lleva por delante un tumor a deshora… pero quizás, a medida que el bucle gira y gira, encontramos a la mujer o el hombre de nuestra vida, alguien descubre un antídoto para la vejez y una cura contra el cáncer y seguimos adelante, viviendo y olvidando, olvidando y viviendo.

Quiero creer que cada uno de esos intentos nos hace mejores. Quizás, en algún momento, alcanzamos la perfección. Y con ella llega el nirvana y la memoria total, el recuerdo de todas las vidas, la punzada última que nos traspasa el corazón evocando cada uno de nuestros amores, y las infinitas versiones de nuestros padres y nuestros hijos, nuestros triunfos y fracasos, nuestros cielos e infiernos. Todo explota en una sola chispa de luz con la que se nos concede la redención última, la última absolución. Después, por fin, el olvido.

Una escena de Al filo del mañana. Imagen: Warner Bros. / Village Roadshow / 3 Arts Entertainment.