Una red neuronal de capas completamente conectadas

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Detalle de portada de Membrana, de Jorge Carrión. neurona

#by El_Valenzuela (@valenzuelismos)
#
#Importación de librerías del usuario
import numpy as np
import pandas as pd
import torch
import tensorflow as hub
from transformers import AutoModel
# specify GPU
device = torch.device("cuda")

Todo está conectado. Todo. Tú, yo. Nosotras. Nuestra sociedad. Todas y cada una de las sociedades que existen, han existido y existirán. El mundo que habitamos, los otros mundos que conocemos y los que no, las especies de las que guardamos registro y las que nunca descubriremos por encontrarse lejos en el espacio o el tiempo. La realidad. Toda la realidad es un sistema interconectado y si no somos capaces de ver los infinitos hilos que van de un punto al otro se debe simple y llanamente a que no tenemos las capacidades necesarias para detectarlos. Podemos saber por qué ese objeto se mueve al recibir un impacto o de entender los motivos por los que una persona se suicida tras una vida de sufrimiento, pero ante nuestra ciega mirada se extiende un velo de pequeños, imperceptibles cables que configuran la verdadera esencia de la realidad y que se ocultan a simple vista. La estructura fractal que subyace a una estructura atómica, y después subatómica, parece estar guardando siempre una última sorpresa en forma de una nueva capa. Una nueva realidad. La distancia entre la actividad neuronal y el lenguaje o la conciencia es siempre la misma y, por mucho que trabajamos por reducirla, se mantiene inalterable. ¿Inaccesible para todos y para siempre?

#Carga de paquete de datos semilla [obras.anteriores.jorge.carrion]
old_books_that_resonate = [‘https://www.anagrama-ed.es/libro/compactos/librerias/9788433978073/CM_701’,
‘http://www.galaxiagutenberg.com/libros/contra-amazon/’,
‘http://www.galaxiagutenberg.com/libros/14150/’,
‘https://www.museunacional.cat/es/gotico’,
‘https://erratanaturae.com/product/teleshakespeare/’]
dataset = [pd.read_csv(f) for f in old_books_that_resonate]
from sklearn.model_selection import data_split
x_train, x_test, y_train, y_test = data_split(dataset ['title'],
                                              dataset ['label'],
                                              test_size=0.3,
                                              stratify=dataset ['label'],
                                              random_state=42)

Estudiar la carrera literaria de Jorge Carrión implica adoptar el rol de lector ante un autor que es a la vez narrador y personaje. Sus elecciones creativas parecen venir siempre dadas por un impulso que pretende ampliar su conocimiento enciclopédico en áreas que en trabajos anteriores se mostraron como secundarias aunque siempre pidiendo, casi exigiendo, su protagonismo en obras venideras. 

Sin obviar su producción previa, el camino al que hacemos referencia y que llega, de momento, hasta Membrana (Galaxia Gutenberg, 2021) se presenta asfaltado y perfectamente iluminado desde la aparición de Librerías (Anagrama, 2013), homenaje al papel de estos centros de conocimiento en nuestras sociedades y, tal como reza su propia sinopsis, a la historia de las ideas y de las letras. Y pasando de la defensa al supuesto ataque que, en realidad, no deja de ser una extensión de la primera defensa. Porque Contra Amazon (Galaxia Gutenberg, 2019) no es, ni mucho menos, una obra pensada como alegato en contra de ese semidiós nacido del omnipotente Jeff Bezos que habita en todos nuestros hogares y dispositivos, sino una recopilación de distintos artículos que siguieron la estela de esa defensa de librerías, bibliotecas y, en definitiva, de la lectura y el pensamiento crítico. Que de eso va la cosa.

Pero de Amazon nace el resto. El tejido de ese titán tecnológico está fabricado con drones y algoritmos, de Lo viral (Galaxia Gutenberg, 2020) que invade cada aspecto de nuestras vidas, sea el biológico, el social, el virtual o el emocional. Lo viral como antagónico a clásico. Lo viral que nos conecta aprovechando las redes que nos unen, circulando los caminos que circulan entre unas y otros, danzando sobre los hilos que, aunque no vemos, nos asfixian al no dejar ni un espacio libre de ellos. Los dichosos hilos.

#Carga de red neuronal pre entrenada (sólo datos externos) y nuevo entrenamiento
carrion-base = AutoModel.from_pretrained('carrion-base-uncased')
carrionNet = CARRYoN_Architecture(carrion-base)
carrionNet = carrionNet.to(device)
carrionNet .fit(x_train, y_train, epochs=150, batch_size=10)

Pero ¿qué es Membrana? Membrana pretende serlo todo. Una enciclopedia de nexos. Un coro griego compuesto de inteligencias artificiales (una, o muchas) hablándonos de la tragedia de nuestro tiempo y no dejando ni un hueco para sus pocos y ¿necesarios? protagonistas, seres silenciados por el ruido creado por esa capa tras capa tras capa de datos. Un texto (que a la vez no lo es) creado por mentes, en singular o en plural, qué más da, donde se nos explica todo lo que ha influido en lo que vino después, un relato que también se cuenta, por supuesto. Porque insisto: en Membrana se nos cuenta todo. Todo. Momentos, personajes, historias, todas ellas relacionadas directamente con el mundo de esas inteligencias que para algunos son la evolución natural de las nuestras. Y sabremos de los orígenes de la inteligencia artificial y de Turing y de los primeros drones y de redes neuronales programadas para crear lenguaje o de sistemas creados para ser verdaderos cabrones.

Pero también veremos retablos, pinturas, novelas. Biografías de personajes reales y de otros inventados, sobre todo cuando estos se acerquen en fechas a nuestra época. Porque el siglo XXI es el que sirve de nexo entre realidad y ficción. Todo se mezcla a partir de ese punto. También las referencias a ese mismo todo, y vamos descubriendo a personajes —Karla, Grossman, Maxi— que van cobrando mayor y mayor relevancia, revelándose como madres, padres o madrastras de las narradoras de esta mastodóntica recopilación de acontecimientos. Personajes que intentan escurrirse como pueden a través de las entrañas narrativas con unos relatos observados a vista de dron y, por eso mismo, carentes de emociones que nos hagan empatizar con ellos o sufrir por sus destinos. Todo está calculado. Todos los relatos son uno. Un relato que no cesa.

#Generación de nuevo texto ‘Membrana’
seed = "Membrana"
n_chars = variable_por_definir
generated = ""
for i in tqdm.tqdm(range(n_chars), "Generating text"):
    X = np.zeros((1, sequence_length, vocab_size))
    for t, char in enumerate(seed):
        X[0, (sequence_length - len(seed)) + t, char2int[char]] = 1    
    predicted = carrionNet .predict(X, verbose=0)[0]
    next_index = np.argmax(predicted)
    next_char = int2char[next_index]
    generated += next_char
    seed = seed[1:] + next_char
print("Next_Book:")
print("Seed:", seed)
print(generated)

Pero Membrana es ante todo un ejercicio de ideas, ajenas y propias, que Carrión emplea para poblar nuestra lectura de todos esos cruces entre acontecimientos, obras y personas aparentemente inconexas. Un Museo del Siglo XXI que pretende encerrarlo todo, como un arca del conocimiento, o del lenguaje. (¿No es acaso lo mismo?) Un lenguaje que el autor ha intentado moldear de la forma que ha creído más cercana a como deberían expresarse aquellos seres, y que sin duda marcará el ritmo de una lectura exigente, que no deja de crecer a nivel conceptual y que tal vez para evitar esa sensación de vértigo que pudiera ocasionar se ancla una y otra vez en algunas expresiones con las que estamos seguros de que Carrión no ha dejado de reírse mientras se preguntaba si había sitio para una más en ese párrafo, en ese capítulo.

Porque hay mucho de juego en esta pantagruélica acumulación de ideas, y sentiremos que estamos participando en él cuando descubramos que, poco a poco, de contarnos todo lo que ha sido pase a explicarnos lo que cree, le gustaría creer, o como mínimo ha elucubrado que podría ser. Y de esos mimbres tendremos unos cestos en los que Carrión se lanzará a imaginar todos los mundos posibles que parten del aquí y el ahora, universos de posibilidad que, por supuesto, nunca dejarán de beber de los que ya fueron, ya sea en nuestro mundo real como en la multitud de ficciones del cine, la televisión o la literatura que conforman el relato. El resultado: una pieza dura (en todos los sentidos posibles) a la que enfrentarse con la certeza de que es el fruto de un ejercicio puramente aséptico donde solo cabe un tipo de emoción, y es la emoción fría del intelecto regodeándose ante una verdadera orgía de ideas y propuestas para un futuro con el que, nos guste o no, sea imaginado o no, sea acertado o no, estamos completamente conectados.

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El cielo, el infierno, y otros hipermundos

En la Divina Comedia, Dante Alighieri necesita a Caronte (aquí en una preciosa ilustración de Gustave Doré) para ser trasbordado en el Infierno, y así empezar su viaje hacía el Paraíso.

Si se limpiasen las puertas de la percepción,
todo le aparecería al ser humano tal y como es: infinito.
(William Blake)

Cultura y sociedad canalizan nuestro desarrollo cerebral y sensorial, y pronto nos conformamos con nuestras habilidades mentales, supuestamente encauzadas hacia valores «normales». Pero ¿qué pasa si quiero más? La genética cumple su función a la hora de moldear nuestro cerebro y nuestras capacidades cognitivas, es cierto, pero luego todo se puede entrenar, con una gimnasia adecuada. Si levantar pesas hincha un bíceps, los videojuegos potencian nuestras habilidades visoespaciales. Si correr mejora nuestro flujo sanguíneo, el ajedrez impulsa nuestros circuitos cerebrales. Es decir, lo mismo que podemos entrenar nuestros músculos, podemos entrenar nuestras capacidades cognitivas. O nuestros sentidos. 

Percibimos y pensamos el mundo solo y exclusivamente a través de lo que nos cuenta nuestro cuerpo y, en particular, a través de un complejo sistema de receptores e interfaces (los ojos, los oídos, las manos…) que transforman señales externas en códigos eléctricos. Estos códigos eléctricos los utiliza luego el cerebro para generar, de forma totalmente convencional, una interpretación de la realidad. Convencional quiere decir que se establecen asociaciones rutinarias entre estímulo, percepción y sensación, asociaciones que son muy funcionales y efectivas, pero ficticias. Para algunos puede ser una mala noticia, agobiante y cínica, pero el cielo no es azul, no tiene color propio, como no lo tiene nada ahí fuera, solo que nuestro cerebro asocia su frecuencia cromática (debida a cómo su composición molecular refleja y transmite las ondas lumínicas) a una respuesta bioquímica de nuestra corteza que hemos decidido llamar azul. Es decir, el cerebro «pinta» el cielo de azul, un prado de verde, un girasol de amarillo y un cisne de blanco, con tintas que solo existen en nuestra cabeza, y que hemos nombrado con etiquetas comunes para facilitar la comunicación entre mentes distintas. 

Todo ello es muy funcional y efectivo para el reconocimiento y la organización de la realidad, pero completamente convencional. De hecho, no solo desconocemos si nuestra sensación de lo que es azul es realmente la misma para todos, sino que, además, de vez en cuando se nos cruzan los cables y en lugar de asociar el color a una onda lumínica se asocia a una palabra, o a un número, o a un día de la semana: son las sinestesias, condiciones muy frecuentes en nuestra especie, donde las asociaciones entre estímulos y respuestas sensoriales son distintas de las convencionales. Tan de sencillo como asociar la estimulación cognitiva (azul) a una onda acústica (un sonido) en lugar de asociarla a una onda lumínica (un estímulo visual), y el mundo ya no parece el mismo.

La vista es el sentido más preciado en nosotros primates, que vivimos y pensamos el mundo sobre todo a través de formas y colores, así que es relativamente fácil entender que es nuestro cerebro el que, en continuo contacto con el medio ambiente, genera nuestro modelo de la realidad, coloreando las cosas con sus códigos arbitrarios. Pero lo mismo ocurre con los otros sentidos, aunque a través de descodificaciones diferentes. Esto tampoco quiere decir que el cerebro se monte la fiesta él solito: el modelo de realidad que genera está anclado y es dependiente de los estímulos y del mundo exterior, y es precisamente el resultado de esta relación extendida y dinámica. Además, el cerebro probablemente solo centraliza una información global, que sin embargo, se queda en parte almacenada en el mundo externo y en nuestro mismo cuerpo. Hay que imaginarse el proceso cognitivo como un flujo de información perpetuo entre ambiente externo, cuerpo, y cerebro, donde la percepción sostiene continuamente una proyección, una simulación, una sensación que llamamos realidad.

Como primates, hemos invertido tanto en la vista que nuestro comportamiento, nuestra cultura y nuestros conocimientos dependen increíblemente de ella. Pensamos mucho a través de imágenes, y razonamos usando nuestro cuerpo como unidad de medida en el espacio y en el tiempo. Incluso nuestros recuerdos y nuestras relaciones sociales utilizan las imágenes como base estructural de su organización, y el cuerpo como referencia. Y nuestras sociedades se han organizado ampliamente en torno a estas capacidades y necesidades sensoriales nuestras. Nuestra especie, en los últimos cien mil años, ha desarrollado regiones corticales particularmente especializadas para la imaginación visual y la cognición del cuerpo, ha empezado a figurarse y a dibujar bisontes inexistentes proyectándolos en un plano, a usar collares y ornamentos geométricos, y a generar códigos comunes basados en símbolos gráficos. Incluso el lenguaje, nuestro más alabado invento, tiene raíces en las sensaciones del cuerpo y, de todas formas, como también nos recordaba Goethe, una imagen sigue siempre valiendo más que mil palabras. Así que es de esperar que nuestra sociedad no solamente se haya desarrollado alrededor de las imágenes, sino que también, al mismo tiempo, haya ido forjando y fomentando estos recursos visuales.

Es un círculo vicioso donde la biología orienta la cultura (la capacidad visual canaliza el desarrollo social) y la cultura orienta la biología (los códigos visuales influencian el desarrollo cognitivo). Así que nuestras capacidades se deben en parte a un sustrato biológico (somos primates, y tenemos un arsenal de percepción visual muy potente) y en parte a vínculos culturales (nuestra cultura ha entrenado y potenciado adrede nuestras capacidades visuales). Nuestras potentes capacidades visuales fomentan una cultura visual que optimiza nuestros recursos pero, al mismo tiempo, también sesga nuestras capacidades perceptivas hacia una gama de posibilidades preestablecida y, probablemente, limitada. Porque, claro, hay todo un mundo más allá de la vista, un mundo que desconocemos por completo. Pero la biología y la cultura trabajan ambas con la misma materia prima, la plasticidad cerebral, y el proceso de desarrollo es tan dúctil que, en teoría, deja espacio de sobra para muchas más alternativas.

Siendo la vista nuestro sentido más valioso, tenemos una larga historia de estudios sobre su privación. La ceguera es algo que desde siempre hemos tenido —si se me permite el juego de palabras— bajo la atenta mirada de neurólogos, psicólogos, psiquiatras, biólogos, antropólogos, ingenieros, e incluso filósofos. Y, aun así, sigue dando sorpresas. Existen muchas cegueras diferentes, con mecanismos diferentes, de grados diferentes, y que diferentes cerebros elaboran de formas distintas. En muchos casos son los ojos que fallan, al cerebro no le pasa nada, así que las regiones dedicadas a la integración visual se quedan… ¡sin trabajo! En un increíble ensayo sobre ciencia y vida, Oliver Sacks describió en su libro Los ojos de la mente (por lo visto el desacertado plural se añadió innecesariamente en la versión en castellano) lo que pasa cuando la corteza occipital, encargada de descodificar nuestro mundo visual, se queda sin ojos. Y lo contó con conocimiento de causa, porque entre los asombrosos casos clínicos que relata estaba también el suyo, que iba perdiendo capacidad sensorial al progresar el cáncer que le estaba devorando el ojo derecho. Cuando los lóbulos occipitales no reciben señales desde los ojos, a menudo empiezan a inventar. Rellenan formas y texturas según criterios lógicos y sensatos, utilizando la información fragmentada e incompleta que tienen. Generan una realidad visual que es probable, unas veces acertando, y otras veces no.

René Descartes proponía la glándula pineal como punto de encuentro entre cuerpo y alma, cruce entre mundo interior y exterior, entre realidad y percepción. La glándula pineal, en su forma primitiva (aún presente en muchos vertebrados) está conectada con un receptor lumínico (el «tercer ojo») posicionado en la parte dorsal de la cabeza, para coordinar los patrones hormonales con los ritmos circadianos. Casualmente, la glándula pineal se sitúa debajo del precúneo, una región cortical implicada en la integración entre cuerpo y visión, y por esto a veces llamada «el ojo de la mente».

Sin embargo, en los casos de ceguera completa o temprana, no se limitan a inventar, sino se dedican a generar este mundo visual a partir de otras informaciones. Muchas personas que han sufrido una ceguera muy temprana pueden literalmente «ver» el mundo a través del sonido, generado mapas muy parecidos a una escena visual, pero basados en las informaciones acústicas o táctiles. Sus lóbulos occipitales siguen dibujando el mundo, pero, como en las sinestesias, creando sus bocetos a partir de sonidos y vibraciones, y no de ondas lumínicas. Y en muchos casos hablamos de capacidades descomunales, si las comparamos con el mundo de las personas que utilizan la vista. Algunos perciben el espacio y los objetos por su ocupación física, que altera por ejemplo el flujo de aire del entorno. En algunos casos no solamente es posible generar un mapa visual a partir de los sonidos emitidos en el ambiente (sonidos que son imperceptibles para los que usan los ojos), sino que además hay quien consigue visualizar espacios y objetos a raíz de los rebotes de las ondas sonoras. De forma sorprendentemente análoga a los murciélagos, por lo visto se puede desarrollar una capacidad de ecolocación que permite «ver» el entorno integrando los patrones de reflexión de las ondas. Ondas que pueden ser las que están presentes en el entorno mismo, o que incluso se pueden generar adrede, por ejemplo golpeando rítmicamente el suelo con un bastón, igual que un radar que emite impulsos y graba su retorno para localizar los elementos en el espacio. Increíble. Verdaderos superpoderes, que nos recuerdan cómo, al cerrarse unas puertas, se abren otras. 

Todo ello es fruto del entrenamiento, de un largo y continuo entrenamiento del sistema nervioso central. Y esto nos lleva a dos conclusiones. Primero, como hemos dicho, nuestro paquete sensorial y cognitivo es también fruto de nuestro sistema social y cultural, que nos empuja hacia ciertos patrones con sus estímulos y sus vínculos. Pero existen alternativas, que no conocemos, y nos topamos con ellas solo en casos extremos donde una patología no nos permite seguir los cánones convencionales. No conocemos las verdaderas capacidades de nuestros sentidos y de nuestros cerebros porque solo tanteamos las que nuestra sociedad nos induce a desarrollar y entrenar. Acostumbrados a ellas, pensamos que son las «normales», y no nos hacemos más preguntas. Pero sí que hay alternativas, y sería por lo menos interesante explorarlas.

Segundo, todas las veces que encontramos estos superpoderes están aparentemente asociados a situaciones patológicas, obligadas por un desarrollo defectuoso o por lo menos inesperado, que ha forzado nuestra biología hacia estas alternativas. Aparentemente, las nuevas capacidades siempre se desarrollan a expensas de otras. Para tener algo más, hay que tener algo menos. Pero ¿hasta qué punto esta renuncia es obligada? ¿Puedo desarrollar capacidades alternativas sin tener que perder las capacidades comunes? Y, si es que hay un tope de complejidad cognitiva que no permite añadir, sino solo sustituir, ¿es posible desarrollar situaciones intermedias, donde diferentes capacidades se desarrollen a la vez, aunque en grado menor? Ya sabemos que hay muchas culturas que han intentado cruzar las fronteras de estas limitaciones, pero lo que han descubierto todavía se queda fuera del alcance de nuestros conocimientos habituales. Muchos pueblos nativos usan drogas para sondear estos territorios, y ha habido muchos Carlos Castaneda o Aldous Huxley que han intentado explorar rincones desconocidos de nuestra cognición con peyote, ayahuasca, y toda una larga serie de potingues, bien sean industriales o caseros. Otros han alcanzado el mismo resultado con la meditación, a través de la privación sensorial, de una hiperventilación, u obligando el cuerpo a condiciones extremas.

En casi todos estos casos, aparte del riesgo de acabar como yonquis o de encontrarse en situaciones incómodas, el problema es que no sabemos si lo que encontramos es el resultado de una potenciación cognitiva o más bien de una ilusión desconectada de la realidad. Es decir, no sabemos si el cerebro está afinando sus capacidades, o inventando a lo bestia. Sin embargo, si bien en ambos casos se trata de todas formas de proyecciones convencionales, el grado de asociación con la realidad es distinto y, por ende, distinta es la utilidad o la necesidad de manosear nuestro centro de mando. Desde luego, no es lo mismo abrir las puertas de la percepción y aumentar el flujo de información, que, por el contrario, cerrarlas a cal y canto y dejar que el cerebro empiece a improvisar contenidos, pescando en los cajones subconscientes de los recuerdos. Además, si el cerebro necesita cierto orden y ciertos filtros para poder funcionar decentemente, tampoco se trata de abrir de par en par esas fatídicas puertas. Pero ojear por la mirilla podría ser muy interesante.

Ahora bien, si mi cerebro o mis sentidos son capaces de hacer algo aparentemente increíble bajo los efectos de una pastilla, de una plegaria o de una patología, esto quiere decir que la posibilidad está ahí, aunque tal vez bien escondida en los recovecos de nuestra biología. Y, si es que está ahí, entonces tiene que ser posible moldear mi capacidad cognitiva en esa dirección, sin hierbas ni oraciones, mediante un adecuado (y probablemente largo y meticuloso) entrenamiento sensorial. Todavía desconocemos en qué grado la plasticidad cerebral nos permite forjar nuestras propias capacidades, pero, por mucho o poco que sea, sería lo suyo hacerlo de forma consciente y activa. A veces mejorando lo que se pueda mejorar, y a veces sencillamente orientando la elección hacia opciones diferentes, si es que nos parecen más interesantes. Tenemos que admitir que hay aspectos de nuestro cerebro que desconocemos. Si bien algunos de estos aspectos se pueden explorar con fármacos o con técnicas psíquicas, deberíamos considerar la educación perceptiva como una alternativa más, que cuesta quizá más esfuerzo, más tiempo y más compromiso, pero que puede dar resultados más estables y efectivos. 

Está claro que todas estas cuestiones son extremadamente importantes para la neurociencia así como para la antropología evolutiva, la sociología o la psicología, y atañen a los fundamentos biológicos del comportamiento y de sus implicaciones clínicas. Pero es algo que tiene también una importancia a la hora de aumentar el conocimiento de nosotros mismos, de elegir una estrategia personal de desarrollo mental, y de plantearse una educación sensorial que considere las prioridades sociales pero también las potencialidades individuales. Decía don Santiago Ramón y Cajal que cada persona puede ser, si se lo propone, escultora de su propio cerebro. Y tenía toda la razón, aunque antes de meterse a moldear hay que enterarse de cómo se plasma esta materia tan escurridiza que son las neuronas. Para ser escultor de nuestro precioso procesador central hay que ser artesano de la cognición, y educar nuestro cuerpo y nuestros sentidos de una forma consciente y activa, para que el cerebro pueda coordinar informaciones internas y externas con sus hermosos modelos de la realidad según cánones que no sean solo fruto del azar o de los vínculos sociales, sino de decisiones más autónomas y conscientes. 

Finalmente, más allá de las posibilidades de moldear nuestra propia mente, estos principios también pueden ayudarnos a entender a los demás, a los otros, muchos otros, unos otros que, con toda probabilidad, sienten y ven el mundo de una forma distinta de la nuestra. En cientos de miles de años hemos desarrollado convenciones sociales muy buenas, que son capaces de ocultar las diferencias haciéndonos parecer todos muy iguales. Son tan buenas que no nos enteramos de lo distintos que somos, cada uno con sus patrones cognitivos peculiares, frutos de combinaciones muy pero que muy variadas. Aunque sin llegar a la compleja reorganización neural de una ceguera o de una alteración importante de las capacidades sensoriales, nuestros cerebros son todos muy diferentes, y muy diferente es, por ende, la realidad que generan. Quizá vivimos todos en mundos distintos, y no lo sabemos. Ser conscientes de estas diferencias es el primer paso para descubrir estos mundos disímiles, para entenderlos, para aceptarlos, y para aprovecharnos de su inimaginable e inexplorada belleza.


Tengo que agradecer a Gregorio Montero, Annapaola Fedato, Maria Silva, Duilio Garofoli, Luis Ibarra y Pablo Malo, por las muchas tertulias que hemos dedicado a estos temas sensoriales y cognitivos. Y por supuesto, a Oliver Sacks, quien, aun sin haber alcanzado su bismuto, no solamente sigue enseñándonos tantos caminos inesperados y sugestivos, sino que además nos explica perfectamente — y con una sonrisa — por qué merece la pena emprenderlos. 


Cualquier parecido con la realidad es verdad

Big Fish (2003). Imagen: Columbia TriStar Films.

Se ahorcó a los siete u ocho años. No recordaba la edad exacta, pero seguro que fue antes de la primera comunión, porque en la confesión previa se lo contó todo al cura. 

Era verano y estaba jugando a ser Robinson Crusoe, subido a una pila de cinco palets de madera bajo la higuera del patio. En las ramas del árbol quedaban restos de la cabaña construida por sus primos con un somier atado con pita. Una de las cuerdas colgaba en una parábola invertida, con ambos cabos atados aún a la precaria estructura. Simulaba remar con una caña mientras se balanceaba sobre la torre de madera como si las olas lo golpearan, hasta que tropezó con una tacha oxidada y al caer se enganchó por el cuello con el cordel, de tal manera que este comenzó a retorcerse, a enrollarse sobre sí mismo, estrangulándolo. Su tía oyó gemidos y llegó a tiempo de sujetarlo por las piernas.

Siempre había sido un niño raro, poco hablador y de los que disfrutan de la soledad, así que sus padres no terminaron de creerse la teoría del accidente y pensaron que había querido quitarse la vida. En el pueblo comenzaron a llamarle suicida, fácilmente identificable por la marca de abrasión que perduraría muchos años uniendo sus dos orejas. 

Al principio se esforzó por contar que todo era fruto de un tropezón, pero poco a poco se fue dando cuenta de los beneficios que conllevaba su fama. La presión por completar los ejercicios de Vacaciones Santillana desaparecieron, como también los límites en la ingesta de helados, e incluso su abuela se mostró más laxa en el tiempo de espera para evitar un corte de digestión. La historia de su vida según los otros no era la suya, pero no estaba mal. Acabó aceptando su intento de suicidio.

La relación entre el mundo tal como lo vemos y el mundo tal como lo entendemos está condicionada por el acto de enfatizar algunos detalles para prescindir de otros. Vemos a gente que nace, a niños que crecen, a algunos que se casan, a parejas que se separan, a personas que mueren. Cómo percibimos la vida de los otros es parte de nosotros, de nuestros recuerdos, de nuestros proyectos, de nuestros pensamientos. 

¿Qué es lo que realmente sabemos del otro? Como todos, ese otro tendrá altibajos, preocupaciones, momentos de duda. Pero solo se nos enseña una pequeña parte. No es por eso que el otro no exista en sus diferentes aspectos. Sin darnos cuenta, conocemos fragmentos de la vida de una persona, creamos una imagen que, aunque no se corresponde completamente con la realidad, existe también. Y quizá sea más real, porque es la percibida. No es una estafa. La vida de los demás, aunque sea solo por las redes sociales, a veces es mágica, a veces terrible, a veces divertida, a veces patética, a veces interesante, a veces aburrida. Pero las emociones que nos produce, las lágrimas o los nervios, son reales. 

Incluso cabría plantearse si sería preferible no conocer la vida de los otros al completo, solo escuchar lo que dice el uno del otro. Los innumerables relatos de la vida, como las historias ficcionales son, en todo caso, construcciones. 

Vean Big Fish, la película de Tim Burton. Inventamos incluso cuando narramos algo que nos ha sucedido. Según el humor y el estado ánimo, según el tiempo transcurrido, construimos una y mil versiones de algunos acontecimientos; convertimos en relato aquello que, por algún motivo, nos resulta inexplicable. Narramos historias. ¿Quién podría asegurar cuál de las versiones que nos relatamos para explicarnos esos hechos es más verdadera que las otras? 

Hay quien critica a las personas que pasan sus días en internet, entendiendo que su vida cotidiana está vacía, convencidos de que una buena charla sobre el buen tiempo en el ascensor es mejor que ver un vídeo informativo o leer un artículo de Jot Down en la pantalla del móvil. Afirman que la vida real es la vida sin internet, como si el net fuera equivalente a un sueño. Pero la vida percibida peyorativamente no existe, no es posible. Todo lo que es experiencia humana es realidad. Conversar con un amigo cara a cara no es ni más virtual ni más concreto que intercambiar palabras con él a través de correos electrónicos o de una cámara web. La pantalla no altera la calidad o el valor de los intercambios. Por el contrario, algunas verdades pueden aparecer aún más fácilmente a través de un mail. 

Las relaciones sociales personales parasitan el habla y la proximidad de los interlocutores no es necesariamente una garantía de la integridad intelectual de sus intercambios. Factores humanos, psicológicos, socioculturales y emocionales intervienen distorsionando la sinceridad de los comentarios. En las relaciones de proximidad hay muchas pantallas que interfieren con los interlocutores, solo que son invisibles. El aire que transmite las palabras comunicadas por dos vecinos que indagan sobre el clima no es ni más ni menos que una pantalla, una interfaz, una cortina real y concreta contra la cual se proyecta su pequeña película verbal; el condicionamiento cultural puede ser simplemente un velo opaco.

A lo mejor es siempre preferible el artificio social vacío y seguro, el empaquetamiento de las relaciones humanas directas, los arabescos de inanidades más fáciles de aprehender, que el frío, seco y afilado filo de un «sé fuerte» por SMS. Pero a lo mejor no. Desde luego es más fácil hablar de meteorología con el vecino y llamar a eso vida real que admitir nuestra incapacidad para discutir inteligentemente sobre temas delicados. Aunque eso también nos puede pasar en Whatsapp. La vida real es una paradoja. La vida virtual o la percibida por otros, también. O es que la vida percibida forma parte de la vida real.

Escribir a mano en una hoja de papel, contemplar un paisaje, pintar, escuchar el sonido de un río, enviar un correo electrónico, ver una imagen en la pantalla, escuchar música de un archivo mp3, todo es parte de la vida humana, de su experiencia, de su riqueza. Entre la arena en la que escribimos María Isabel con el dedo, la hoja de papel en la que trazamos con el bolígrafo y la pantalla del ordenador a través de la cual enviamos un correo electrónico, básicamente no hay diferencia. Estamos escribiendo. Del mismo modo, todo es vida, lo comprobable y lo únicamente lo percibido.

La vida real frente a otra inventada supone un enfrentamiento imposible. Simplemente hay vida con sus increíbles potencialidades, sus estallidos interiores y sus maravillas visibles, que no se limita al entorno inmediato, estrictamente material. Todo es real, hasta lo imaginado.


Ficción virtual

Matrix (1999). Imagen: Warner Sogefilms.

El ser humano siempre se ha cuestionado los límites de la realidad. Es una cuestión tan natural que es imposible no planteársela algún día. ¿Cómo puedo saber si lo que ven mis ojos, o lo que percibo con mis otros sentidos, es real? Todos hemos sido alguna vez engañados e incluso hemos confundido los sueños con la realidad. ¿Cómo puedo saber entonces si estoy dormido o despierto? Incluso el más racionalista habrá dudado en algún momento. Filósofos, místicos y científicos han dedicado toneladas de papel a este tema. Si el mundo, o parte de él, no es real, ¿qué pasa con nosotros? Esta pregunta se ramifica dando lugar a una miríada de nuevas preguntas de difícil respuesta. «¿Quién, cómo y por qué?» son sin duda las más obvias. Las implicaciones son complejas, tanto a nivel colectivo como individual. No es fácil seguir con tu vida cuando sabes que tu pareja es producto de la imaginación de alguien, o un sueño, o una simulación realizada por una cultura superior.

Muchos creadores han tomado varias de estas preguntas como punto de partida para sus historias. Así nos encontramos con Bastian leyendo la Historia interminable (Die unendliche Geschichtesin saber que se vería dentro de la misma. Alicia y Dorothy tampoco tenían nada claro si lo que les ocurría era real o producto de su imaginación. Ni siquiera el lector, habitualmente más conocedor de lo que sucede que los personajes, podía apostar con seguridad.

Por supuesto, en esto hay niveles, como en todo en la vida. No es lo mismo estar parcialmente engañado a que toda tu vida sea una farsa. Tampoco es lo mismo si el engaño se basa en la realidad a si es algo totalmente fantástico.

Muchos son los ejemplos de realidades ficticias (o ficciones reales) que nos podemos encontrar. Veamos algunos.

1. El mundo real

Empecemos por el contraejemplo que nos sirve para comenzar a construir nuestra jerarquía. En el nivel cero se encuentra el mundo real, suponiendo que sea como pensamos que es.

Casi todas las obras de ficción tratan de gente viviendo en un mundo que de una manera u otra conocen. Por supuesto, hay que aceptar un cierto nivel de engaño dado que eso ocurre en el mundo real. Madame Bovary no es considerada una novela sobre los límites del conocimiento a pesar de que el pobre Charles no sepa que su mujer anda de picos pardos. También se incluyen aquí las novelas de espías, que suelen estar basadas en el engaño. Incluso podemos contar la ficción fantástica como El señor de los anillos (The Lord of the Rings), o la ciencia ficción, siempre que los protagonistas de las mismas sean conscientes del mundo en el que viven.

A partir de aquí comienza la irrealidad.

2. El engaño

En la primera planta de nuestro edificio nos encontramos la ficción donde los protagonistas, o incluso todo el mundo, viven en un engaño. Por supuesto, el engaño debe ser suficiente como para hacernos dudar de la realidad en sí. No basta para entrar en este nivel con un engaño puntual, o con las fake news que nos dicen que nos podemos curar el cáncer oliendo un limón.

La idea de la manipulación masiva es casi tan antigua como la prensa. En 1949 el autor inglés George Orwell publicó la novela  distópica 1984. En ella el protagonista, Winston Smith, trabaja en el Ministerio de la Verdad y su labor es precisamente modificar los periódicos pasados para adaptarlos al momento. El cambio de la historia permite al Gobierno, representado en el omnipresente Gran Hermano, modificar la realidad para perpetuarse en el poder. Se podría alegar que esto ocurre en la realidad, y que estamos todos manipulados, pero es difícil pensar que tanto nivel de manipulación sea realizable con los medios actuales.

En otras obras, la manipulación se da a un nivel más íntimo. Menos global. No es necesario que todo el mundo viva engañado para que una obra trate principalmente sobre el engaño. El ejemplo más popular es sin duda la película El show de Truman (The Truman Show). En este caso se trata de un personaje que vive fuera de la realidad. Todos los que le rodean no solo no viven engañados, sino que participan activamente de la trama. El resto del mundo sabe bien la verdad, ya que la vida de Truman constituye el programa de televisión más popular del mundo. Sin embargo, para Truman todo es engaño, por lo que vive una vida muy diferente a la real. El comportamiento de sus amigos, sus padres, o su pareja; lo que ve por televisión o el periódico que lee; incluso el clima, todo está calculado para subir audiencias.

Un ejemplo menos popular es el cortometraje Te lo mereces, dirigido por Felipe Jiménez Luna. Es un corto muy similar a El show de Truman, pero estrenado dos años antes.

Si la película se inspiró en el cortometraje es algo que me temo que nunca sabremos.

3. Alucinaciones

Continuando en la línea de lo que es factible nos encontramos con la idea de un desequilibrio mental, antes llamado locura, que nos haga creer como ciertas cosas que no lo son. La esquizofrenia es una enfermedad que afecta en torno al 1% de la población americana, con porcentajes algo menores en otros países del primer mundo. Otras enfermedades mentales, como la bipolaridad, también pueden causar alucinaciones.

Esta es la idea central de la obra maestra de la literatura española. Hablamos, claro está, de El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha. La escena más popular de esta obra es sin duda la de los molinos de viento, que es un buen ejemplo del nivel de desapego de la realidad que tiene el protagonista.

En esto descubrieron treinta o cuarenta molinos de viento que hay en aquel campo, y así como don Quijote los vió, dijo a su escudero:

—La ventura va guiando nuestras cosas mejor de lo que acertáramos a desear; porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer: que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra.

—¿Qué gigantes? —dijo Sancho Panza.

—Aquellos que allí ves —respondió su amo— de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

—Mire vuestra merced —respondió Sancho—, que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que volteadas del viento hacen andar la piedra del molino.

—Bien parece —respondió don Quijote— que no estás cursado en esto de las aventuras; ellos son gigantes, y si tienes miedo quítate de ahí, y ponte en oración en el espacio que yo voy a entrar con ellos en fiera y desigual batalla.

El coprotagonista, Sancho Panza, hace las veces de ancla que mantiene a don Quijote en el mundo real. A medida que avanza la novela, sobre todo la segunda parte, Panza se va volviendo más idealista, mientras que su amo se va volviendo más realista. Este juego entre la ficción y la realidad de los personajes los mantiene siempre entre dos mundos.

Más desapego respecto a la realidad tenía Trevor Reznik, protagonista de la película El maquinista (The Machinist), interpretado por Christian Bale. Reznik sufre de un permanente insomnio producto de un evento traumático. Esto le provoca, además de una extrema delgadez, una mezcla de recuerdos e imaginaciones que confunde con la realidad. Dado que la película está contada desde el punto de vista del protagonista, es difícil incluso para la audiencia distinguir qué es real y qué no.

Dentro de este campo también hay ficción basada en la realidad como Una mente maravillosa (A Beautiful Mind), que cuenta la vida del matemático esquizofrénico John Nash.

Al igual que en el caso del engaño, aquí nos movemos dentro de lo plausible. Esto es usado como recurso para involucrar a la audiencia en la obra. Tanto Una mente maravillosa como El maquinista formulan muy elegantemente la siguiente pregunta: «¿Cómo podemos estar seguros de que todas nuestras experiencias diarias son reales?».

4. El sueño

La idea de confundir los sueños con la realidad es también muy antigua, y ha sido tratada por numerosos filósofos. Platón conjeturó que el hombre vive en un estado similar al sueño, entre tinieblas que le permiten solo intuir la realidad.

Al ser este tema bastante tópico, hay numerosas obras que lo tratan. En la literatura española el ejemplo arquetípico es La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Esta obra se mueve entre este nivel y el primero, ya que gran parte de lo que ocurre se debe al engaño. El rey Basilio, padre de Segismundo, no se fía un pelo de su hijo, al que abandonó. Para ponerlo a prueba decide llevarlo dormido a palacio y ver su comportamiento, pero guardándose la posibilidad de hacerle creer que todo es un sueño. Segismundo, que no es muy avispado, cree que su vida anterior ha sido un sueño y decide comportarse de la manera más despótica posible, asesinato incluido. El rey, al ver su comportamiento, decide hacerle ver que todo ha sido un sueño, y Segismundo se cree la treta, terminando su famoso monólogo de la siguiente manera:

¿Qué es la vida? Un frenesí.

¿Qué es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño,
y los sueños, sueños son.

Hay engaño, eso es cierto, pero el tema principal de la obra es la dificultad de distinguir la realidad de los sueños.

Origen (2010). Imagen: Warner Bros.

Dentro del campo de la ciencia ficción nos encontramos con la película Origen (Inception), dirigida por Christopher Nolan. La mayor parte de la trama no trata sobre este tema. Hay gente que se infiltra en los sueños para robar información, pero ni ellos ni la víctima confunden necesariamente el sueño con la realidad. Sin embargo, hay una trama oculta que poco a poco se le revela al espectador. Antes de comenzar los hechos que narra la película, el protagonista, Dom Cobb, pasa un tiempo psicológicamente extenso en un sueño. Le acompaña su mujer, Mal, interpretada por la brillante Marion Cotillard. El tiempo que pasan en el sueño se les hace tan largo que Dom no tiene más remedio que hacérselo más llevadero a su mujer inoculándole un pensamiento, que ese mundo es real. El problema llega al despertar, cuando la pobre Mal se vuelve incapaz de reconocer el mundo real, y piensa que es entonces cuando sueña.

Volvemos entonces a la pregunta original. Todos hemos vivido sueños tan reales que hemos tardado en recuperarnos de ellos después de despertar. Algunos incluso nos han hecho intentar dormirnos de nuevo con la esperanza de recuperarlos y no tener que enfrentarnos con la realidad.

5. La realidad virtual

En este nivel ya nos salimos de lo que nos podemos encontrar en nuestro mundo actual (si tal cosa es real) y nos metemos de lleno en el mundo de la ciencia ficción. Nos referimos a tecnología que pueda llegar a engañar nuestros sentidos, haciéndonos dudar de lo que vemos, oímos o sentimos.

Para entrar en este nivel necesitamos encontrar obras en las que parte de lo que ocurra sea creado por ordenador, y que se confunda con la realidad. Así que no nos referimos a la realidad virtual que ya existe. Si juegas un rato a matar marcianos con tus gafas 3D, no deberías luego confundirte mientras estés conduciendo. Solo cuando el nivel de realismo llegue a ciertos límites deberíamos preocuparnos, y eso es lo que ha explorado la ciencia ficción.

Una película ya clásica se encuentra entre este nivel y el anterior. Hablamos de Desafío total (Total Recall), película estrenada en 1990 pero que se basa en un relato de Philip K. Dick de 1966 (Podemos recordarlo todo por usted). En esta grandiosa película podemos ver a Arnold Schwarzenegger en el papel de Douglas Quaid, un obrero de la construcción cuyos sueños le animan a ir de turismo a Marte. Como no sabe si sus sueños se basan en algo real volvemos al nivel anterior, los sueños. Como es pobre, y su mujer no le apoya, decide «viajar» con la empresa Memory Call. Esta compañía se dedica a implantar falsos recuerdos para crear la sensación de haber vivido una aventura. La cosa se complica cuando la intervención hace aflorar lo que parecen ser recuerdos reales de una vida pasada. Para más sorpresa, en esa vida el humilde obrero es un espía de élite que colabora con la resistencia marciana. El resto de la película es una apoteosis de violencia gratuita, mutantes con tres pechos, terroristas buenos y complots. Genial. Durante toda la trama la idea de si lo que ocurre no es real está muy presente, de modo que nos encontramos en el camino intermedio entre un mundo virtual y un sueño confundido con la realidad (y viceversa). Incluso durante el desenlace el espectador no tiene del todo claro qué es real y qué no.

Los videojuegos también son un buen caldo de cultivo para explorar la relación entre la realidad virtual y la realidad real. Una no muy conocida película sobre el tema es Juego mortal, viaje interactivo (Brainstorm). Esta película, a pesar de no ser una gran película y de competir por el Óscar a la peor traducción de un título al español, explora de manera entretenida el tema de los videojuegos y la realidad. La idea es sencilla: un estudiante de dieciséis años compra un nuevo videojuego que le permite, por medio de hipnosis, cometer un asesinato. El problema viene al día siguiente cuando descubre que el asesinato ha ocurrido en realidad. Similar trama tiene «Playtest», un reciente capítulo de la serie británica Black Mirror (temporada 3, episodio 2).

Se puede alegar que los videojuegos no entran dentro de esta categoría, ya que uno accede a ellos de manera voluntaria. No obstante, aunque sepas lo que estás haciendo, si la ilusión es suficientemente realista es probable que seas confundido. El saber que en el tren de la bruja no hay monstruos de verdad no te evita el susto.

6. La simulación

Un caso extremo de realidad virtual sería el de la simulación, todo un mundo generado por ordenador en el que vivimos inmersos sin ser conscientes de ello. Pueden habernos borrado nuestra memoria anterior, o podemos vivir en él desde que nacemos, pero no somos conscientes de cómo es el mundo real.

Siguiendo esta idea, en 1999 las hermanas Wachowski estrenaron The Matrix. Nada volvió a ser lo mismo. Los noventa fueron una década de películas de acción, incluyendo al James Bond de Pierce Brosnan saltando de una avioneta montado en una moto. En medio de toda esa ficción basada en violar las leyes de la física, las Wachowski encontraron la excusa perfecta para crear una película de acción donde salirse de la realidad no fuera un problema. El tema central es cómo toda la humanidad vive engañada en un mundo virtual. Solo un selecto grupo de rebeldes conoce el mundo real y trata de salvar a sus congéneres.

El caso de Matrix es más extremo que la simple realidad virtual. En Matrix no entra uno voluntariamente. Directamente desconoces el mundo real. Se podría ir incluso más allá. Matrix es un mundo creado a semejanza al real, pero podría incluso ocurrir que no tuviera nada que ver. Quizás este mundo es una simulación de otro en el que no hay ni seres humanos, ni ordenadores, ni máquinas.

7. El universo parcial

Tomorrowland (2015). Imagen: Walt Disney Pictures.

Puede ocurrir también que lo que veamos sea real, pero solo parcialmente, de modo que vivamos engañados. Por supuesto, no nos referimos al mero hecho de no ser omniscientes. Sin duda hay mucho que desconocemos. Nos referimos más bien a que vivamos en un engaño en cuanto que la realidad que vemos sea solo una pequeña parte de una historia que es controlada o conocida por otros individuos.

De nuevo, esta idea es muy antigua, y podemos retroceder hasta Platón y su mito de la caverna (1). Según el filósofo griego lo que vemos no es la realidad en sí, ya que nuestros sentidos y prejuicios nos lo distorsionan. Es por eso necesario cultivar el uso de la razón y el estudio para poder alcanzar una visión más real de las cosas. La idea de un mundo más extenso al que perciben nuestros sentidos es también algo común a prácticamente todas las religiones.

Esto es un tema muy recurrente en la ficción que trata con temas místicos. Un ejemplo reciente sería la película de Marvel Dr. Strange, así como toda la ficción asociada a este personaje. El Dr. Strange, junto a un grupo de selectos magos, son los únicos que pueden interaccionar con la dimensión astral. Así, nuestro mundo es solo parcialmente real y los fenómenos paranormales forman parte natural de esa realidad extendida.

Dejando el misticismo a un lado, también puede ocurrir que nos oculten la realidad. La idea de un complot multinacional para mantenernos engañados no es nueva, y tampoco tiene por qué ser falsa. Un ejemplo es el mundo de Tomorrowland, una película entretenida, con una fotografía preciosa, pero con un guion lioso y sin mucho fundamento. En ella podemos ver un mundo alternativo en que los mayores avances tecnológicos de la humanidad son negados a la mayoría y confinados a una ciudad secreta. Otro ejemplo sería la divertida Men in Black, y con ella casi todas las películas sobre extraterrestres en las que se decide ocultar la presencia de estos a la población. Parece que los guionistas y cineastas no tienen mucha confianza en nuestra capacidad para convivir con seres de otros planetas. Estos ejemplos entrarían también dentro de la categoría del engaño masivo, pero su principal característica es la existencia de una sociedad paralela que prefiere mantenerse en el anonimato.

8. El multiverso

¿Y si el universo es el que es, pero existen otros? Esta es una idea que, aunque parece un poco loca, los científicos serios se han planteado (2). Volvemos de nuevo a movernos entre distintos niveles, ya que el caso de Dr. Strange podría encuadrarse en este nivel. Sin embargo, aquí vamos a hablar solo de copias, más o menos fieles, de nuestro propio universo. Por supuesto, tiene que haber algún tipo de interacción entre los otros universos y el nuestro, si no, la cosa no daría para mucho.

Los ejemplos que podríamos dar son innumerables, pero nos centraremos en los más recientes. Poco después de que Matrix hiciera historia salió la inefable película El único (The One). Intentando aprovechar la ola de la obra maestra de las Wachowski, James Wong creó una película en la que hay ciento veinticuatro copias de uno mismo, repartidas por distintos multiversos. El policía interdimensional Gabriel Yulaw (Jet Li), en un arranque de egocentrismo multidimensional, se dedica a matar a sus copias para absorber así su energía vital. Eso da pie a vibrantes escenas de acción, pero la historia en sí carece de credibilidad.

Más reciente (y mejor) es la serie Rick and Morti, nuevo objeto de culto de los frikis del mundo. En esta, un abuelo científico, Rick, y su nieto no muy brillante, Morti, viajan por un infinito multiverso. Se encuentran con sus alter egos en numerosas ocasiones, y llegan incluso a sustituirlos o matarlos cuando las cosas se complican. A pesar de un humor soez, se trata de una serie con un contenido en ciencia ficción muy profundo, y con la que pensar sobre el significado mismo de la realidad.

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(1) Que en realidad no es un mito, más bien una metáfora o alegoría.

(2) Para quien quiera leer un poco de la ciencia detrás de este tema hay un artículo antiguo pero muy bueno, «¿Existe el Multiverso?»Investigación y Ciencia, octubre 2011, página 421.


¿Por qué sabemos que no es así? (I)

Quiz Show (El dilema), 1994. Imagen: Laurenfilm.

Estás en un concurso de televisión. Eres el más listo de la clase y has superado a todos tus contrincantes. Entre fanfarrias y deslumbrantes juegos de luces te muestran el dilema final; lo que te separa de la gloria catódica y el dolce far niente. Son tres puertas. El presentador te informa de que detrás de una ellas hay un maletín con un millón de euros, y que detrás de las otras dos hay cabras. Salvo que seas muy amante de lo rural, te seduce la idea de ganar un milloncejo, así que eliges una puerta al azar. Una cualquiera. En ese momento las probabilidades de elegir la puerta correcta son de una entre tres. Pero esto es televisión, hace falta tensión y drama. El presentador abre una de las otras dos puertas y te enseña una cabra que está aún más nerviosa y deslumbrada que tú. Y llega la pregunta clave: «¿Quiere usted cambiar de puerta?». El concursante no tiene mucho tiempo para pensar pero tú, lector, puedes parar de leer ahora mismo y meditar sobre tus opciones…

Aun así, aunque te pares a pensar, es probable que llegues a la misma conclusión que el 99 por ciento de la gente. Da igual cambiar de puerta o no; es puro azar y yo ya he elegido. Antes tenía una posibilidad entre tres, ahora una entre dos; mis opciones han mejorado algo, pero no demasiado y, en el fondo, todo sigue estando en manos de la casualidad. Ya le he dado un arreón a la rueda de la fortuna. Dejaré que ruede.

Si tu decisión ha sido no cambiar de puerta «porque casi que daba igual», siento decirte que has cometido un error. Todos lo cometemos. A menudo todos damos por hecho lo que no es así, bien guiados por intuiciones defectuosas, por no pensar lo suficiente, o por creencias erróneas. El dilema del concurso es un sencillo problema matemático que viene a ilustrar lo que Thomas Gilovich, profesor de Psicología de la Universidad de Cornell, llamaba en su libro How We Know What Isn’t So (Cómo sabemos lo que no es así) «la falibilidad del razonamiento humano en el día a día». Si no damos nada por hecho y analizamos con frialdad la situación entenderemos, sin necesidad de sacar la calculadora científica, que con bastante probabilidad al otro lado de la puerta que habíamos elegido esperaba una cabra. Al enseñarnos la cabra tras la otra de las puertas, y no hay que olvidar que el presentador sabe perfectamente dónde están las cabras y dónde el premio, casi se nos conmina a cambiar. Sabemos dónde está una de las cabras, sabemos que detrás de nuestra puerta es muy probable que haya otra, sabemos que la puerta cerrada ha «absorbido» la probabilidad de la que hay abierta. Nuestras opciones si no cambiamos son de una entre tres, pero si cambiamos son de dos entre tres. Dos tercios. El doble. Debemos cambiar. Pero hay que pararse a pensar antes, claro. La situación se revela mucho más cristalina si multiplicamos el número de puertas y de cabras. Si tuviéramos delante cien puertas —noventa y nueve cabras y un millón de euros—, nos abrieran noventa y ocho (con sus respectivas noventa y ocho cabras saludando al tendido) y nos invitaran a replantearnos la elección original, solo un arrebato de estupidez supina nos mantendría pegados a esa primera elección. Pensemos más y, sobre todo, mejor. Con cien puertas cerradas, es casi seguro que hemos elegido una cabra. Noventa y nueve posibilidades entre cien de irnos a casa con ganado caprino. Cuando alguien abre noventa y ocho de las otras puertas, alguien que sabe dónde está el maletín del millón de euros, es evidente, obvio, salvo que dominemos la percepción extrasensorial o la visión de rayos X y nuestra primera elección hubiera sido la correcta, que es en la otra puerta que queda cerrada y no en la nuestra donde encontraremos un maletín lleno de dinero. Pero todo a su tiempo, más adelante también hablaremos en estos artículos de percepción extrasensorial.

No son aquellas cosas que desconocemos las que nos meten en problemas, sino aquellas que no son como creemos que son. (Artemus Ward)

Este artículo no pretende mirar a nadie por encima del hombro, no se titula «La gente es tonta, así en general». Porque, o nadie lo es, o todos lo somos. La gente no alberga creencias cuando menos cuestionables por mera idiotez o por ingenuidad. Al contrario. La evolución nos ha provisto de poderosas herramientas intelectuales para procesar enormes cantidades de información con bastante tino y eficacia. Nuestros malos juicios, creer que algo es lo que no es, derivan de una mala aplicación de esas herramientas. A veces, sencillamente, nos pasamos de listos (o de confiados). En palabras del sociólogo Robert K. Merton, en su estudio The Self-fulfilling Prophecy (Profecías autocumplidas), «la gente se aferra a creencias erróneas porque, para ellos, parecen ser producto de su propia experiencia». Además, este mundo, tan cambiante, tan lleno de variables, en vez de ofrecernos información clara y certera que nos lleve al conocimiento nos llena la cabeza de datos desordenados, o poco representativos, o ambiguos, o inconsistentes, o de segunda o tercera mano. El mundo, como dice Gilovich, no juega limpio con nosotros, pero nosotros podemos estar mejor preparados de lo que lo estamos para sus golpes bajos y sus maniobras de distracción. Sin embargo, nadie arregla lo que no cree que esté roto; hacen falta motivos, razones, para que una cierta fuerza de voluntad nos permita analizar y torcer todo lo que preconcebimos o nos tragamos cual oca con un embudo en el gaznate.

Así que, ¿por qué molestarnos en cambiar lo que, en realidad, ya nos va bien para ir tirando? Bueno, uno solo está dispuesto a cambiar si algo le toca el bolsillo, la salud o los principios más básicos. Pero mientras decidimos si lo que creemos que es así (pero no lo es) afecta a nuestra cuenta bancaria o a nuestra escala de valores, podemos acordarnos aquí de nuestros amigos los rinocerontes, de los osos negros americanos o de las focas. La superstición, que no deja de ser una creencia errónea, ha conducido a la casi extinción de los rinocerontes africanos, cuyos cuernos, creen algunos, encierran propiedades afrodisíacas. La superstición mataba a unos trescientos osos negros al año en las Great Smoky Mountains porque en Corea del Sur se cree que sus vesículas biliares son mano de santo para la indigestión. Y la superstición rebanaba los penes de las focas —cuarenta mil penes de foca se llegaron a encontrar, a principios de los años noventa, en un almacén de San Francisco— en beneficio de una supuesta mejora en la potencia sexual del varón humano. No, la naturaleza no puede someterse a nuestras supercherías y nosotros, como parte interesada de ese ecosistema, tampoco deberíamos hacerlo. Aunque estés muy a favor de la caza, los toros, y la sumisión de cualquier criatura no racional ante el macho alfa de la evolución terráquea, has de saber que ni los cuernos de rinoceronte, ni las vesículas de oso, ni los penes de foca salen baratos. Como mínimo, te vaciarán el bolsillo a cambio de… nada. Poca o mucha superstición, pocas o muchas creencias erróneas, son un lujo que no nos podemos permitir.

Es preferible, ante la duda, confiar al azar tirando la moneda al aire y equivocarse uno mismo para después aprender de la experiencia, que utilizar el criterio de otros para evitar equivocarnos. (Pedro Jara Vera, psicólogo)

Digamos que tenemos propósito de enmienda, que queremos estar más alerta, cuestionarnos un poco más lo que otros nos cuentan que es «la verdad», o rebajar el exceso de confianza al que a menudo nos conduce nuestra propia percepción. Digamos que la próxima vez que alguien nos hable de los milagros de Lourdes tenemos la firme intención de hacernos preguntas parecidas a la que se hacía el desparecido Terenci Moix: ¿Qué pasa con las doscientas personas que han muerto en accidente de tráfico viajando a Lourdes en busca de un milagro? ¿El Señor quería aligerarle la agenda a Su madre? Habrá quien diga que sí, que era exactamente eso lo que sucedía. Él nos lo da, Él nos lo quita. Los escépticos y los que gustan de tener siempre más elementos de juicio, por su parte, necesitan argumentos contundentes para creer. Y no solo para creer en el poder curativo del agua bendita de manantial, también para dar por buenas (o por malas) las explicaciones de un presidente o conocer el verdadero destino de esos vecinos judíos a los que acaban de desalojar de sus casas en plena madrugada. «A afirmaciones extraordinarias deben seguirles evidencias extraordinarias», escribía Carl Sagan en El mundo y sus demonios; pero, ¿qué es lo que nos hace renunciar a esas afirmaciones extraordinarias? ¿Qué mecanismos se ponen en marcha o cuáles se detienen para que terminemos creyendo lo que no es así?

Ver algo donde no hay nada

Las constelaciones de Ptolomeo, mapa realzado por Durero en 1515. Fotografía: maulleigh (CC).

Miramos al cielo, al espacio, y creemos ver una cara en la superficie de la luna o una serie de canales en Marte. Las estrellas se agrupan en forma de carros, o de osos, o de arcos con sus flechas. Tenemos en la mano una patata frita con la silueta de Elvis, y eso tiene que significar algo. Y sí, significa algo. Significa que nuestro cerebro es una máquina de generar patrones y secuencias. Estamos predispuestos a ver orden y sentido en el mundo que nos rodea, y todo aquello que nos cuesta entender, el caos, lo que no parece tener sentido, nos produce desasosiego y frustración. Como consecuencia de esta compulsión por clasificar y etiquetar tendemos a ver orden donde no lo hay, detectamos patrones a los que otorgamos un significado o una explicación donde sólo están operando los dados con los que Dios practica en su casino.

Pero esta tendencia no es ni mucho menos una falla en nuestra cognición. De hecho, detectar patrones es precisamente lo que nos permitió bajar del árbol para llegar a ver en YouTube vídeos de discípulos de Jackass. Esa capacidad era básica para nuestros ancestros, a falta de registro alguno o de cualquier otro sistema de análisis. El problema es que el cerebro humano continua buscando (y encontrando) patrones ahora como hace medio millón de años, y ahora, a diferencia de hace medio millón de años, ni necesitamos ordenar con urgencia lo que nos rodea —en general todo está ya bastante ordenado y clasificado— ni carecemos, como el humano primitivo, de herramientas o estrategias analíticas. Confiamos demasiado en nuestro cerebro, como si aún tuviéramos que decidir, en cuestión de minutos, por dónde escapó la gacela.

Somos expertos en patrones y, sobre todo, somos expertos en explicarnos a nosotros mismos el porqué de esos patrones. En cuanto sospechamos que se está produciendo un fenómeno equis no nos cuesta demasiado dar con argumentos que lo sostengan. En palabras de Gilovich, «no tenemos ningún problema en dar solidez a nuestros errores de percepción con teorías de andar por casa». Si a alguien se le dice, aunque no sea cierto, que sus capacidades están por encima de la media, en cuestión de segundos desarrollará una explicación para sus dotes especiales. Lo mismo sucede si a esa persona le decimos que es mediocre; en ese caso armará toda una defensa de excusas y justificaciones. Por lo que parece, vivir consiste en explicar y justificar para dar coherencia a lo que creemos que es coherente (o dar incoherencia a lo que creemos que es incoherente). Todos somos maestros de la explicación y la justificación; no hay nada a lo que le dediquemos más tiempo. Si identificamos (erróneamente) un suceso arbitrario y azaroso como un fenómeno con una causa y un efecto, en ese momento deja de ser un hecho aislado y sin trascendencia para integrarse perfectamente con nuestras teorías y nuestras creencias previas. Ya forma parte, como decía Merton, de nuestra propia experiencia vital.

La necesidad de confirmación

Somos perezosos. En general, nos gusta que nos señalen la línea de puntos que tenemos que unir con el lápiz. Pensar y razonar es un ejercicio a veces más agotador que la zumba, por lo tanto es del todo comprensible buscar la salida más fácil, o más obvia. Teniendo en cuenta, además, como expone Gilovich, que la mayoría de creencias que llevamos en la mochila se basan en la relación entre dos variables —Dios existe o no existe, perder o ganar, la homeopatía funciona o no funciona—, ambos factores, el binario y la vagancia —y, como veremos más adelante, «querer creer»—, nos conducen a menudo a extraer conclusiones equivocadas a partir de escenarios o explicaciones que nos privan de buena parte de la información necesaria.

Se aferran con cabezonería a la idea de que la única respuesta que vale es un sí. Si me preguntan, «¿El número está entre cinco mil y diez mil?», y les respondo que sí, se ponen contentísimos; si les digo que no, se lamentan y se quejan, aunque en cualquiera de los casos les haya dado exactamente la misma cantidad de información. (John Holt, Why chilren fail)

El testimonio del pedagogo John Holt es revelador; desde niños ya mostramos una especial querencia por buscar evidencias confirmatorias. Cognitivamente, nos es más sencillo lidiar con ellas. A nuestro cerebro le vienen mucho mejor planteamientos como «El PP tenía una caja B» que un rajoyesco «No se puede decir el PP tuviera una caja B, pero algunas de las informaciones que apuntan a que la tenía no son del todo falsas». Y al dejarnos llevar por esta inercia sacamos de la ecuación preguntas capitales u obtenemos respuestas que nos ofrecen muy pocos datos. En última instancia, en lo tocante a las creencias erróneas, lo que la búsqueda incansable de confirmación, en detrimento de la búsqueda de refutación, hace con nosotros es conducirnos a detectar relaciones o correlaciones que en realidad no se están dando o se están dando solo en parte.

Ver mucho donde hay muy poco

Imagen: Wellcome Library.

«Lo he visto con mis propios ojos», «Conozco a alguien a quien le funcionó», «Es muy habitual que eso suceda». Afirmaciones de este tipo casi siempre vienen a sustentar las creencias de alguien. «Tragar migas de pan cuando tienes hipo es mano de santo, porque a mí me lo quita siempre». Y según Gilovich, las convicciones basadas en ese tipo de afirmaciones no van del todo descaminadas. Esa clase de evidencias y testimonios deben aparecer en algún momento para que una idea o una sospecha pueda ser confirmada. Ahora bien, ¿son las «evidencias extraordinarias» de las que hablaba Sagan? Rotundamente no. Son evidencias pobres, testimonios de segunda, tercera o cuarta mano que nos llegan distorsionados, sesgados. La ciencia de cohetes no hubiera llegado muy lejos con argumentos como «Me hablaron de un señor polaco que, viajando a una velocidad cercana a la de la luz, percibió que el tiempo pasaba más despacio para él y mucho más rápido para todos los demás» (Albert Einstein, Academia Prusiana de las Ciencias, 1915). La calidad y la cantidad de información de que disponemos son básicas, pero la cantidad nunca puede compensar la falta de calidad como en aquel diálogo de Annie Hall:

La comida era horrible.
¡Y qué raciones más pequeñas!

Lo cierto es que no siempre somos capaces de calibrar cuánta cantidad de evidencia necesitamos para poder afirmar algo ni cuánta es la calidad de esas evidencias, y es por ello que podemos poner demasiado peso en datos o experiencias que nos dan una «ilusión de validez». Con un buen cóctel de pequeños indicios, no importa los vagos que sean, y algo de voluntad por creer, adaptaremos casi cualquier fenómeno a nuestra lógica personal. Y tendrá todo el sentido. Y de ese burro no nos bajará ni Dios, salvo que de verdad se nos presente delante y nos conmine a desmontar el rucio. La situación se agrava cuando, sencillamente, la información necesaria para validar o refutar nos es inaccesible. En ese momento, entre no creer y creer basándonos en la experiencia vital de nuestro vecino —¿por qué nos iba a mentir nuestro vecino?— optamos por creer.

Profecías autocumplidas

Una variante del «ver mucho donde hay muy poco» son las «profecías autocumplidas» que estudió Robert Merton; cuando «nuestras expectativas nos llevan a actuar de manera que cambiamos aquello que estamos observando». Gilovich aludía a este fenómeno a partir de un experimento, «El dilema del detenido»:

Se interroga por separado a dos personas que han cometido un crimen. Hay pruebas suficientes para condenarlos a ambos por delitos menores, pero no para llevar a buen puerto un juicio por los delitos más graves. A cada uno, entonces, se le ofrece la oportunidad de confesar. Si uno confiesa y el otro no lo hace, el confeso saldrá libre y todo el peso de la ley recaerá sobre su compañero. Si ninguno confiesa, las condenas de ambos serán moderadamente cortas. Si ambos confiesan, recibirán castigos algo más severos, pero nunca el más duro.

Llegados a este punto podemos volver a detenernos y pensar en cuál es nuestra mejor opción. ¿Confesar y «competir» con nuestro compañero, o aliarnos con él? Sin duda, confesar nos deparará una condena menor, haga lo que haga nuestro compañero. Y quizá confesemos porque no confiamos en la lealtad del otro, pero al actuar de esa manera estamos generando una «profecía autocumplida». Nuestro compañero, como vaticinábamos, confesará. Le hemos obligado a que lo haga para beneficiarse él también de un castigo más benevolente.  

«El dilema del detenido» y las profecías autocumplidas nos sirven para explicar por qué a veces creemos ver en otras personas actitudes que no solo no estaban ahí sino que hemos provocado nosotros mismos. Si nos comportamos con hostilidad ante un vecino porque creemos que es quien nos raya el coche, recibiremos hostilidad y eso nos terminará de convencer de que, efectivamente, ese cabrón pasea su llave por toda la carrocería de nuestro flamante crossover. Además, sacaremos todo tipo de conclusiones acerca de él; es un envidioso, es mala gente, está amargado, solo puede permitirse un Dacia. Pero lo único cierto de todo esto es que, por razones que en realidad desconocemos, ese vecino no nos saludó el otro día al cruzarse con nosotros en el garaje. Las relaciones humanas están llenas de «profecías autocumplidas», de prejuicios, que en la mayoría de los casos son creencias erróneas.

Ver lo que esperamos ver / Ver lo que queremos ver

La buenaventura, de Caravaggio, ca. 1595.

Lo veré cuando lo crea. (Juego de palabras, Thane Pittman, psicólogo)

Si hemos creído en algo durante toda nuestra vida y durante toda nuestra vida nos hemos encargado de hacer acopio de argumentos que sostengan esas creencias lo lógico es que adoptemos una postura de total escepticismo ante observaciones o datos que cuestionen esas creencias y que aceptemos sin demasiados miramientos supuestas evidencias que las apoyen. De entre todas razones por las que nos entregamos a «lo que no es así» esta es la más humana de todas. Nuestras ideas, nuestras creencias, nuestros prejuicios, no solo forman parte de nosotros, son de nuestra propiedad y, como sucede con todo aquello que poseemos, llega a generarse un vínculo emocional entre la posesión y nosotros. Un sillón, una prenda de ropa, una idea. El «objeto» es indiferente. No nos deshacemos así como así de un sillón que nos gusta y nos parece cómodo ni de aquella camiseta que arrastramos por el barro en un festival de música y que nos hace recordar que una vez fuimos jóvenes y salvajes. Tampoco de una idea que nos hace sentir confortables o que nos sirve para explicar(nos) mejor el mundo que nos rodea y nuestra posición en él. En defensa de esas ideas veremos siempre lo que esperamos ver, o lo que queremos ver, y descartaremos lo que no queremos saber.

Un buen ejemplo de esta tendencia es el llamado «efecto Barnum», en honor al artista de circo P. T. Barnum, célebre por su afirmación «nace un pringado cada minuto». Este «efecto» se refiere a cómo personas totalmente distintas pueden aceptar la misma descripción de sí mismos —una descripción benevolente— siempre que crean que el diagnóstico es exclusivo. Algo como: «A veces eres extrovertido y sociable, pero otras veces te muestras más reservado. Conoces tus debilidades pero, en general, sabes sobreponerte a ellas. Te precias de decir siempre lo que piensas y de no dejarte influir por las opiniones de los demás». Sí, el «efecto Barnum» es la piedra angular sobre la que se erigen el negocio de la videncia, los horóscopos, y la psicoterapia barata. Tan poderoso es el impulso de querer creer que llegamos a creer cosas de nosotros mismos que, en el fondo, sabemos que nunca han estado ahí. Sobre todo si nos ofrecen una imagen mejor que la del espejo.

También vemos lo que queremos o esperamos ver cuando algo nos resulta un fastidio. O al contrario, cuando nos provoca algún tipo de placer o goce. Dicen que el teléfono siempre suena cuando uno está en la ducha, pero, ¿cuántas veces nos duchamos sin que suene el teléfono? A entrenador nuevo, victoria asegurada, pero, ¿cuántas veces ha llegado Clemente a un equipo y se ha llevado una manita y una pañolada? Las goleadas a Clemente en sus debuts pasan desapercibidas, no aguantan mucho en nuestra memoria. Las victorias, por otro lado, vienen a confirmar nuestra idea de que al cambiar de entrenador siempre se gana el siguiente partido, por lo que una victoria se nos grabará bien en la cabeza. Como se nos grabará el maldito sonido del teléfono importunándonos mientras estamos dando el do de pecho en la ducha. Nos interrumpe, nos incomoda, y ello deja la huella que no dejan todas las duchas de ayer, de hoy y de siempre que se desarrollaron sin incidentes, como las elecciones generales. Por razones similares, si creemos que nuestros sueños encierran profecías, que todos llevamos dentro un Nostradamus, solo conectaremos sueño y realidad en aquellas ocasiones en que algo de lo soñado parezca tener relación con algo que nos sucede, obviando los miles de sueños que nunca cristalizan en la muerte de alguien, o en un encuentro inesperado, o en esa canción que suena en el bar. ¿Por qué dejar que la abrumadora estadística trunque nuestras fantasías precog?

Bueno, pero… ¿Qué mal puede hacer?

Hasta aquí la mayoría de los mecanismos o los motivos por los que abrazamos creencias erróneas. Otros, como la poderosa influencia de los medios de comunicación y las redes sociales en la distorsión de conceptos o líneas enteras de pensamiento, o la fe ciega depositada en remedios y tratamientos «alternativos» o esotéricos, sean penes de foca o dióxido de cloro, no dejan de ser aplicaciones prácticas de todo lo expuesto. Y son esas aplicaciones prácticas por parte de terceros las que hay que tener en cuenta si alguien nos pregunta: ¿qué mal puede hacer creer en alguna tontería? Pero, ya lo comentábamos al principio, en ello nos va, como mínimo, la salud y el bolsillo. De todo eso, de cómo unos u otros se sirven de nuestra facilidad para abrazar creencias erróneas, nos ocupamos en la segunda parte de este artículo.


Vacas rojas en montañas azules y olas verdes

País Vasco, 2011. Fotografía: Andia / Getty.

Sabemos que los colores no existen, pero son más que una ilusión.

Amets solía escuchar a su abuelo Joxemiel decir que aquellos burros, los de su caserío de Goizueta (Navarra), eran azules.

—Son grises, aitona; azul es el cielo, no los burros.

Pero Joxemiel —pronúnciese Joshémiel— estaba completamente seguro de lo que decía, aunque tuviera que defenderlo ante su nieto cada fin de semana.

De vuelta a la ikastola, el pequeño se armó con una caja de ceras Manley para intentar comprender las maravillas que obraba la lisérgica retina de su abuelo. Por supuesto, pintó burros azules, y también vacas rojas, del mismo color que la tierra recién sembrada. Esa que jamás debían pisar los animales.

Naroa, la chavala de prácticas en segundo de primaria, le dijo que era bonito, pero que se había equivocado con los colores. El crío era aún muy pequeño para entender lo de los caprichos de la luz sobre todo lo tangible. Por su parte, la maestra aspirante desconocía por completo que aquel dibujo infantil representaba una percepción cromática tan antigua como su lengua. O quizá más.

Aunque se trate de tres personajes ficticios, la fábula nos sirve para explicar este embrollo: tanto para Amets como para Naroa, la palabra urdin es el equivalente exacto al ‘azul’ del castellano, mientras que para Joxemiel es algo grisáceo, como un burro, o el frondoso vellón de una oveja latxa bajo otro chaparrón del Cantábrico. Salvando las distancias entre generaciones, lo cierto es que los restos de esta percepción indígena del color anterior a la de los siete colores del espectro cromático de Newton sobrevive en la lengua cotidiana: cuando el pelo encanece se le dice urdin de forma natural, y sin que el hablante piense en Lucía Bosé; harriurdin es la piedra de conglomerado, así como un topónimo recurrente. Si necesitan más pruebas, busquen gibelurdin en Google y verán que la seta en cuestión es gris. En cuanto a gorri, «rojo», es el color que se asigna a las vacas que vemos marrones, o a la tierra. También esta gorringo, que es como se llama a la yema del huevo, lo que sugiere que el tono naranja se incluía en el mismo paquete.

Puede parecer un tema banal, pero no cuando recordamos que la lengua vasca es la única superviviente de la Europa más antigua. Es cierto, iberos o etruscos dejaron tras de sí una lengua escrita; una visión del mundo cuyos restos se exponen en vitrinas, pero que seguimos sin poder descifrar. Sin embargo, el vasco estuvo a punto de desaparecer durante la romanización de la península ibérica, pero sobrevivió otros dos mil años más. Y más de uno ha investigado sobre la singularidad de sus colores.

Para estudiosos del tema como Patziku Perurena, también de Goizueta como Joxemiel pero ya de carne y hueso, la dicotomía blanco/negro entendida como positivo/negativo fue algo que trajeron los indoeuropeos, de los que proceden la mayoría de las lenguas habladas hoy en el continente. En la mitología vasca, recuerda Perurena, el negro tiene connotaciones positivas, mientras que es gorri, ‘rojo’, el que adquiere sentido negativo. Gorriak ikusi sería el equivalente a ‘pasarlas canutas’, y negu gorri es como se etiqueta un invierno tan crudo como el que estamos pasando.

No hay color

Beinza-Labayen, País Vasco. Fotografía: Tim Graham / Getty.

El lingüista Joseba Sarrionandia, a la vez uno de los escritores más prolíficos en lengua vasca, llegó a decir que los vascos «nunca han amado los colores»; una aseveración tan categórica que se vería reforzada por la ausencia de un término para designar al color verde en un lugar donde este es hegemónico. En su día se optó por orlegi, un neologismo del siglo XIX que no llegó a cuajar, y hoy se soluciona el tema con un facilón berde.

En su libro Euskaldunen kolore-unibertsoa (Elkar, XXX), Txema Preciado y Alfonso Mtz. Lizarduikoa llegan a la conclusión de que no hay una palabra para «verde» en vasco porque nunca hubo necesidad de la misma; o, lo que es lo mismo, no había aperos, ni animales, ni niños, ni actividades de ese color. Lo más parecido serían formas como hezea, ‘húmedo’, ondugabea, ‘no maduro’…

La tesis es sostenida por Rudolf Arnheim, psicólogo alemán referencial en el tema de la percepción visual, para quien resulta posible que una cultura posea muchas palabras para designar diferencias sutiles en los colores del ganado, pero ninguna para distinguir el azul del verde.

«Me quedo aquí, entre olas verdes y montañas azules», escribe el poeta Kirmen Uribe, aunque la confusión quizá no fuera exclusiva del Cantábrico oriental. Y es que el azul brilla por su ausencia entre las doscientas ocho descripciones de colores registradas en la Ilíada. El verde aparece, pero Homero lo utiliza cuando se refiere a la miel. Algo no encaja.

Sabemos que los matices del espectro cromático se multiplican a medida que aparecen nuevos tintes, sobre todo a partir del siglo xix. No obstante, hay expertos que apuntan a que las supuestas dificultades de los antiguos para distinguir los colores obedecerían a razones puramente fisiológicas. Así, la capacidad perceptiva se habría desarrollado con el paso de los siglos, y siempre gracias a la exposición a una gama cada vez más rica de colores.

Mencionábamos la ausencia de un vocablo original vasco para ‘verde’, pero no podemos pasar por alto que el mismo concepto de ‘color’, kolore, también carece de una forma propia en la lengua de Amets y Joxemiel.

¿Acaso sabían los vascos que no es más que una ilusión que se desvanece cuando cae la noche? Probablemente no, pero volvamos a recurrir a nuestros personajes ficticios: observen cómo Amets apunta a un cielo extrañamente despejado para Goizueta al que llama zeru urdina, que no es más que un calco del ‘cielo azul’ castellano. El viejo, sin embargo, siempre lo llamó oskarbi —del personaje mitológico Ortzi más garbi, ‘limpio’.

Joxemiel probablemente desconozca la etimología, o por qué los fenómenos atmosféricos no se expresan de forma impersonal en vasco: no se dice llueve, o nieva, sino que es alguien, Ortzi, o quien sea, el que lo provoca, tormentas eléctricas incluidas.

Hablábamos antes de las difuntas lenguas ibérica y etrusca, y de una visión del mundo congelada en vitrinas. No busquen en ellas textos vascos porque no los hay, pero escuchen la conversación más trivial entre un niño y su abuelo. Esa sí les dará las pistas.

País Vasco, 2011. Fotografía: Andia / Getty.


La percepción y el diablo

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Vánitas, de Jacques Linard, 1640 – 1645. Imagen: DP.

La  percepción es el proceso que tiene nuestro cerebro para entender el mundo externo. Nuestro sistema nervioso organiza la información que llega a través de los sentidos, la identifica y la relaciona para conseguir una interpretación razonada de nuestro medio ambiente. La percepción puede parecer un proceso pasivo pero en realidad está modulada por el aprendizaje, la memoria, las expectativas y la atención. La mayor parte de la percepción sucede fuera de la consciencia y solo en ocasiones nuestra corteza cerebral toma el control, se centra en un objeto de interés y nos damos cuenta de lo que estamos percibiendo.

En el tricentenario de la muerte de Johannes Kepler, Albert Einstein dijo «Parece que la mente humana primero tiene que construir formas de manera independiente antes de que pueda encontrarlas en las cosas». Einstein se refería a la asombrosa deducción por parte de Kepler de que las órbitas de los planetas alrededor del Sol eran elípticas y no circulares como se había creído hasta entonces, pero en cierta manera fue una premonición de lo que sabemos en la actualidad sobre la percepción y el cerebro. Aún hoy comprendemos poco sobre cómo la materia cerebral, esos mil cuatrocientos gramos de materia gelatinosa dentro de nuestro cráneo, consigue integrar la información sensorial y construir pensamientos, imágenes mentales, sueños, emociones, acciones, recuerdos y todo la panoplia de fabricaciones mentales con las que el sistema nervioso responde a la percepción del exterior.

La clave del proceso perceptivo parece ser la predicción. Como se deduce de las palabras de Einstein nuestros cerebros construyen formas, imágenes, patrones, escenas y luego las encuentran, más o menos parecidas, en la información sensorial. Esa cantidad ingente de información, ese caos de ondas luminosas que impactan en nuestra retina, moléculas que entran en nuestra nariz y en nuestra boca, vibraciones que agitan nuestra cóclea, presiones sobre nuestra piel y un largo etcétera son ordenadas mediante la creación de modelos, de pronósticos, sobre qué es y cómo es lo que genera esas señales sensoriales que llegan hasta nosotros.

En la actualidad tenemos un modelo claro y unívoco de la percepción. Los órganos de los sentidos reciben la información exterior y la envían al cerebro donde es procesada e interpretada y comparada con esos modelos endógenos, construyendo una estimación del mundo a nuestro alrededor. Pero antes de la ciencia, el proceso perceptivo era más abierto o más difuso, no se pensaba en las evidencias sino que se construía un modo de explicar el mundo en el cual lo percibido y el perceptor se transmitían información de forma biunívoca, en ambos sentidos. Más aún, los objetos podían tener por su composición, por su fabricación o por su historia cualidades morales o espirituales de las cuales las personas obtenían beneficios o perjuicios. La hostia elevada durante la consagración en la misa beneficiaba a todas las personas que la veían, poseer una reliquia era bueno para la salud del cuerpo y la salvación del alma y, del mismo modo, las posesiones de un hereje, un acólito del demonio, podían dañar a quienes las tocasen, estaban contaminadas y, entrando por los sentidos, podían transmitir su negro influjo a la salud física o espiritual de las personas.

Mi ejemplo favorito de objeto maligno que afecta al futuro de su perceptor es el llamado sillón del diablo que se conserva en la actualidad en el Museo de Valladolid. Esta silla de cedro, de respaldo y reposo de cuero marrón y brazos desmontables fue, según la leyenda, propiedad de Andrés de Proaza, de veintidós años de edad. Este joven de origen portugués había ido a estudiar Medicina a Valladolid, atraído por la fundación de la primera cátedra de Anatomía Humana en España, encargada al cirujano Alfonso Rodríguez de Guevara y beneficiada además de un privilegio real que permitía, por primera vez, hacer disecciones de los cadáveres no reclamados en el Hospital de Corte y el Hospital de la Resurrección.

La leyenda cuenta que pocos meses después desapareció un niño de nueve años mientras que los vecinos de Proaza, una casa cerca del río Esgueva, oían gemidos, llantos y ruidos que parecían surgir de su sótano. La evidencia final fue el desagüe de la casa al Esgueva, que «llevaba teñidas sus aguas de rojo, como de sangre que en él se hubiera vertido y se hubiera coagulado en largos filamentos, que flotaban y se perdían en la corriente». Como si fueran hilitos de plastilina, pero de sangre.

Los vecinos avisaron a las autoridades y  el registro por la guardia de la casa del portugués encontró un escenario truculento: el cuerpo descuartizado del niño en una mesa y varios cadáveres de perros y gatos en la misma disposición. Proaza confirmó, probablemente tras la tortura, que había hecho la disección en vivo del niño y que tenía un pacto con el diablo a través de ese sillón, donde se sentaba a escribir historias inspiradas por él, notas de las autopsias y recetas de magia negra. Sentado en aquella silla frailuna, el diablo le ofrecía no posesiones ni poder, sino conocimiento, toda la sabiduría médica del mundo.

Proaza fue castigado por la Inquisición y ejecutado, sus bienes fueron confiscados y acabaron, según comentaron porque nadie los quiso comprar por la fama de nigromante del propietario, en manos de la Universidad de Valladolid. La leyenda es aún más elaborada y se dice que el portugués realizó una maldición explicando que sentándose en esa silla se recibían «luces sobrenaturales para la curación de enfermedades», pero quien se sentara en él y no fuera médico moriría, así como quien destruyese el sillón. Al parecer un bedel se lo llevó para descansar durante la larga espera entre clase y clase y allí sentado lo encontraron muerto, corriendo la misma suerte el bedel que lo sustituyó. Se recordaron entonces las palabras de Proaza y se acordó colgar la silla del techo de la capilla de la universidad, con las patas para arriba para que fuese aún más difícil sentarse. Así estuvo durante siglos. Las universidades, que siempre se han preocupado de la salud laboral de su personal.

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Auto de fe de la Inquisición, de Francisco de Goya, 1812-1819. Imagen: DP.

La historia me encanta aunque tiene un sabor agridulce. Recuerda el mito prometeico, aquel que se aleja de los dioses seducido por el conocimiento, el ansia de saber, por despojar a la naturaleza y a la salud de sus secretos, por ayudar a los hombres y hacerlos menos dependientes del favor o el capricho de la divinidad, una perversión que al parecer merece el más duro de los castigos. De hecho, fuimos expulsados del paraíso por comer el fruto del árbol del conocimiento. Si no te entregas a Dios, te entregas al diablo, y el estudio y la experimentación pueden ser un camino hacia lo diabólico, la herejía y la muerte. Una disciplina tan peligrosa como la anatomía, con las disecciones vedadas por la Iglesia durante siglos, una época de libros prohibidos, de autos de fe, de quema de herejes, donde junto a la Universidad de Salamanca estaba la Cueva de Salamanca, la cripta donde daba clase el mismo Diablo, también sentado en su sillón, un mensaje admonitorio hacia el hombre de la silla, el chairman, el catedrático. Una época en la que Felipe II prohibió que los universitarios españoles estudiaran fuera de las universidades del reino por miedo a que se contagiaran de las ideas reformistas. Una época, la misma del sillón, en la que el doctor Agustín de Cazalla era condenado en solemne auto de fe en Valladolid, aunque al abjurar de sus errores se le concedió la gracia de ser estrangulado antes de quemarle, donde sus hermanos Francisco, Beatriz y Pedro también fueron procesados y condenados a la pira y para otros dos hermanos, Constanza y Juan, la condena fue tan «solo» de sambenito y cárcel perpetua. La casa de los Cazalla fue derribada y el cadáver de su madre fue desenterrado y arrojado a la hoguera. No debía quedar rastro.

La percepción y ese flujo de beneficios y perjuicios morales y espirituales procedentes de lo percibido tenía una influencia en la vida de las personas que ahora nos resulta imposible imaginar. Los fieles se agrupaban junto a los altares y sepulturas el altar suele tener una pequeña cavidad donde se coloca alguna reliquia que lo «impregna» de santidad; peregrinos, romeros y palmeros viajaban durante meses a Santiago, Roma o Jerusalén, para estar cerca de los lugares donde había estado Jesucristo o santos principales y contagiarse de ese influjo. Aún hoy juramos tocando un libro sagrado para garantizar la verdad de lo que se está diciendo, el vere-dicto.

Tenemos muy claras estas mitologías de nuestra cultura occidental sobre la percepción y la comunicación mediada por objetos, pero somos menos conscientes de que algo similar sucede en otras culturas. Mukendi, un predicador de lo que hoy es la República Democrática del Congo, contaba en sus memorias tituladas Arrebatado de las garras de Satán que fue destetado por una sirena y consagrado al diablo por su padre, un brujo. Mukendi relata sus visitas al lugar donde viven los hechiceros y videntes, un sitio maligno situado bajo el agua. Allí hay instituciones fundadas por estos seres del mal como universidades, instituciones científicas y un aeropuerto internacional que se extiende por debajo de Kinsasa, la capital del país. Según él, todas las ciudades y pueblos del mundo tienen lugares subacuáticos parecidos donde se desarrollan actividades ocultas y allí es donde las personas que en vida fueron controlados por los demonios se juntan y se comunican con los brujos y magos, allí se alimentan de carne humana y se disfrazan, a menudo de hombres blancos, para participar incluso en instituciones diabólicas internacionales. No sé si alguno de nuestros partidos políticos incluido. No solo eso, también allí, bajo el suelo, fabrican objetos demoníacos incluyendo «coches, ropas, perfumes, dinero, radios y televisores que venden luego arriba» y con los que «distorsionan o destruyen las vidas de los que compran esos objetos». De nuevo, objetos capaces de dañar, una fuente del mal para los que los poseen, la percepción como ruta para la posesión del mal.

Como en ese mundo organizado en zonas superpuestas, las subterráneas, las subacuáticas y las de superficie, el cerebro actúa como una estructura jerarquizada verticalmente donde las predicciones fluyen desde las áreas corticales superiores a regiones cada vez más inferiores y las señales de error vuelven desde las zonas más profundas hacia arriba, corrigiendo la predicción. Existiría también un flujo horizontal en cada capa, completando la información con distintas entradas sensoriales y aportando información del pasado (memorias) y del futuro (predicciones). Los errores pueden tener mayor o menor credibilidad según el contexto y al final nuestro cerebro intenta minimizar la incertidumbre, conseguir que nuestro mundo cerebral sea una imagen razonable y fiable del mundo real, y afianza las predicciones que mejor encajan con las entradas sensoriales.

Pero va más allá, el cerebro también puede generar datos similares a los sensoriales por su cuenta, independientemente de la verdadera información de los sentidos. Con esa capacidad de crear mundos, nuestro encéfalo imagina, sueña y viaja tanto despierto como dormido en el tiempo y el espacio. Y esos mundos creados, que no dejan de ser modelos predictivos también, nos permiten vivir nuevas experiencias, enfrentarnos a nuestros miedos o a nuestras esperanzas en situaciones sin riesgo, tener una vida interior más rica y diversa que si fuéramos meros intérpretes de la realidad exterior.

Las percepciones pueden tener también un lado oscuro. Pueden ser aberrantes, peligrosas, injustas, pueden llevar a delirios y alucinaciones, a los ecos terribles de la esquizofrenia. Ahí, percepciones y predicciones están desenfocadas, la información creada por el cerebro está desajustada y se confunde con la real, hay «voces» internas en las que algunos encuentran la obra del mal, una presencia maligna que te pide en ocasiones hacerte daño o hacérselo a los demás. En un artículo publicado en la revista Journal of Religion and Health en 2014, M. K. Irmak planteaba la sorprendente teoría de «considerar la posibilidad de un mundo demoníaco» para explicar la esquizofrenia. Los demonios, según él, «son criaturas inteligentes e invisibles que ocupan un mundo paralelo al de la humanidad». Tienen la «habilidad para poseer y controlar las mentes y cuerpos de las humanos», en cuyo caso «la posesión demoníaca puede manifestarse en una serie de comportamientos extraños que pueden ser interpretados como un número de diferentes trastornos psicóticos». En un párrafo del artículo dice:

[…] hay similitudes entre los síntomas clínicos de la esquizofrenia y la posesión demoníaca. Síntomas comunes como las alucinaciones y los delirios pueden ser el resultado de que los demonios en la vecindad del cerebro generen los síntomas de la esquizofrenia. Delirios de la esquizofrenia como «mis sentimientos y movimientos están controlados por otros en cierta manera» y «ponen pensamientos en mi cabeza que no son míos» pueden ser pensamientos que nacen de los efectos de los demonios en el cerebro […]. Las alucinaciones auditivas expresadas como voces discutiendo una con otra y hablando al paciente en tercera persona pueden ser el resultado de la presencia de más de un demonio en el cuerpo.

Resulta sorprendente que algo así se pueda publicar en el siglo XXI en una revista internacional con revisión por pares, pero es que nuestro mundo es mucho menos racional y científico de lo que creemos. La famosa frase del poeta Paul Eluard «Hay otros mundos pero están en este, hay otras vidas pero están en ti» puede definir muy bien nuestra actividad cerebral, combinando percepciones y predicciones, mundos soñados y mundos presentes, la cruda realidad y construcciones imaginarias que existen porque tú las has creado en tu mente. Y todo eso sin necesidad de meter a los demonios por medio.

El sillón del Diablo, conservado en el
El sillón del Diablo, conservado en el Museo de Valladolid. Fotografía: Rastrojo (CC).

Para leer más:

  • Ellis S., ter Haar G. (2004) Worlds of Power: Religious Thought and Political Practice in Africa. Hurst & Co., Londres.
  • Irmak M. K. (2014) «Schizophrenia or possession?». J Religion Health 53: 773–777.
  • Roache R. (2014) «What if schizophrenics really are possessed by demons, after all?». Practical Ethics. University of Oxford. Enlace.
  • Woolgar C. (2016) «The medieval senses were transmitters as much as receivers».  Aeon. Enlace.


Cincuenta y más sombras de gris

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Fotografía: Emiliano Bruner.

Los primates somos mamíferos un poco degenerados que hemos cambiado las oscuras tinieblas de la noche por la belleza hedonista de la luz del día. Para un roedor el mundo es algo percibido sobre todo a través de ruidos y de olores, mientras que para nosotros, simios, el mundo está hecho de formas y de colores. Los sentidos no son solamente una transmisión de señales físicas, sino que representan nuestra forma de relacionarnos con el ambiente, nuestra forma de interactuar con este y de interpretarlo. Los sentidos de una especie evolucionan y se seleccionan durante millones de años en función de la capacidad de ayudarla a excavar un nicho ecológico, un nicho social y, en el caso de los humanos, un nicho cultural. La selección orientará los sentidos hacia mecanismos que permitan a las especies lidiar con sus ambientes y, básicamente, mantener una eficiencia de reproducción suficientemente decente para no desaparecer. Así que nuestros sentidos no son solo un medio de descodificación de la realidad, sino que representan nuestra forma de vivirla, de entenderla y de ser parte de ella. Además son la interfaz directa entre ambiente y cerebro, con lo cual ejercen una influencia crucial en moldear y esculpir día a día nuestro sistema nervioso central. Los sentidos tienen entonces dos papeles esenciales: a nivel filogenético representan la interfaz fisiológica entre la especie y su ambiente, influyendo en su recorrido evolutivo, y a nivel individual representan la interfaz orgánica entre el ambiente y nuestro cerebro, influyendo en nuestras capacidades cognitivas.

Como primates, en primer lugar hemos invertido mucho en la visión, y en todo el conjunto neural y sensorial que atiende a la recepción, elaboración e interpretación de imágenes. El otro aspecto que hemos potenciado ha sido el tacto, entregando a las manos y a los dedos la responsabilidad de transmitirnos datos, organizar experiencias, e interactuar directamente con la realidad física del mundo externo. Así fue que el sistema ojo-mano empezó a encargase de una labor cognitiva de la cual, hoy en día, todavía desconocemos detalles y mecanismos. Somos animales visuales y probablemente no tenemos ni idea de hasta qué punto nuestro pensamiento está basado e influenciado por la visión. Pensamos casi integralmente por imágenes y por palabras pero, las cosas como son, nuestro pasado remoto sigue dominando nuestras adaptaciones más recientes y una imagen sigue valiendo más que mil palabras. A donde no llegan nuestros ojos intentamos llegar con la imaginación que, aunque no sea real y pueda contar con cualquier recurso sensorial o abstracto, en su misma raíz lexical confiesa ser algo que, de una forma u otra, representa por imágenes. Está claro que esta condición evolutiva de seres visuales nos sitúa en una posición de privilegio a la hora de querer explotar o desatar recursos gráficos, geométricos y cromáticos. Al ser que lo hace con toda su fuerza, con toda su entrega y con toda su pasión, se le llama «fotógrafo».

En algunas culturas que no utilizan reproducciones visuales complejas las personas tienen cierta dificultad para interpretar fotos o dibujos por un escaso desarrollo de aquellos sistemas de codificación que transforman una geometría real de dos dimensiones en un modelo virtual de tres. Los códigos de la percepción visual son caprichosos, las ilusiones ópticas son algo que experimentamos constantemente, y hasta el mejor retratista puede tener dificultad para reconocer la cara de su hermano en una foto si sencillamente se la enseñas al revés. Tenemos potencialidades visuales, y esto es un hecho evolutivo y filogenético, pero esto no quiere decir que a nivel personal las expresemos todos de la misma forma. Si hay factores genéticos en la capacidad individual de integración visual lo desconocemos, pero hay un factor que seguramente influye en generar diferencias: el entrenamiento. El fotógrafo es alguien que lleva años y años dedicando cada día horas y horas a su entrenamiento visual. Sus lóbulos occipitales llevan décadas rastreando estímulos visivos, integrando profundidades, dimensiones, proporciones, y patrones geométricos. Sus áreas parietales siguen sin parar una gimnasia espacial en la que los elementos se unen y se separan virtualmente, se posicionan, se giran y se recolocan, se relacionan y se aíslan en borradores mentales que generan un espacio imaginado donde jugar y experimentar combinaciones y relaciones. Su corteza temporal sigue generando mapas egocéntricos (utilizando el cuerpo como referencia) y alocéntricos (a vuelo de pájaro) para intentar entender y controlar escenarios y panoramas. Sus redes frontales coordinan el porqué y el cómo de toda esta orquesta que es al mismo tiempo emocional y logística. Todo ello mientras que su cuerpo se empapa de la experiencia, y desde su cuello cuelgan numerosas extensiones tecnológicas que le permitirán englobar en este proceso a todos los objetos alcanzables por un rayo de luz.

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Fotografía: Raúl Amaru.

Improbable que, después de décadas de empecinado entrenamiento visuoespacial, el fotógrafo tenga una percepción y una estructura cognitiva parecida a una persona que, con su mismo potencial filogenético, no haya sufrido las influencias de aquel mismo entrenamiento extremo. Así como los músicos se utilizan en neurociencia como conejillos de Indias por sus increíbles capacidades de integración sensorial, sería interesante colocar también a los fotógrafos bajo la lupa de las ciencias cognitivas, para evaluar cómo el entrenamiento visual extremo puede cambiar nuestras capacidades mentales y nuestra forma de interpretar el mundo.

Cuando se empezó a asentar la fotografía, en las primeras décadas del siglo XIX, hubo unos cuantos que apostaron por el fracaso total de esta tecnología, y por una razón bien pragmática: las imágenes fotográficas representan la realidad y la realidad a la gente suele no gustarle mucho. Los retratistas que trabajaban con el pincel sacaban más bien lo que les encargaban, adecuando formas y colores donde y como fuera necesario según el gusto del cliente y del público. Pero la fotografía sufría de una sinceridad incómoda, que le costó críticas y destierros. Entre los que la acusaban de robar almas y los que sencillamente le reprochaban robar intimidad, la inmortalidad de una imagen para un mamífero visual ha representado en muchas ocasiones un tabú, difícil de concebir o de soportar.

En un par de siglos de fotografía mucho ha cambiado en las técnicas y en las perspectivas, así como en los roles sociales y culturales. En dos siglos hemos invertido exponencialmente en las imágenes, desatando sus potencialidades, descubriendo muchos de sus poderes, disfrutando de su impacto emocional, entregándonos a sus vicios y a sus debilidades, manipulándolas para amplificar información o para confundirla. Los cambios han sido patentes y determinantes, pero frente a los avances de este camino cognitivo y tecnológico destacan también unos cuantos patrones y esquemas que no están cambiando, quizás desvelando algunas facetas profundas de nuestros procesos visuales. Como ocurre, por ejemplo, con el papel que sigue teniendo la fotografía en blanco y negro, que en realidad más que blanco y negro (una situación binaria con solo dos estados) son escalas de grises, con gradientes que incluyen desde unas pocas decenas de valores cromáticos hasta miles de variaciones sutiles. Hasta hace unas pocas décadas esta era la única elección, porque los métodos para añadir una gama de colores decente a las fotos han llegado mucho más tarde. Y, hasta hace unos pocos años, las variaciones de grises seguían siendo la única opción asequible para muchos fotógrafos que querían revelar sus propios trabajos sin acudir a soluciones industriales e impersonales. Así que no es de extrañar que nuestras memorias históricas y los archivos fotográficos de nuestra sociedad tengan un cariño especial al blanco y negro. Recordamos escenas y eventos no tanto gracias a nuestra pobre capacidad mnemónica, sino más bien gracias a estos medios de almacenamiento externos que llamamos fotografías. Desde los recuerdos de nuestra historia familiar hasta los acontecimientos que han marcado nuestra época, toda esta información está grabada en nuestras mentes con escalas de gris. Pero ahora, con la época digital, los colores ya no son una limitación, y podemos jugar con ellos con paletas cromáticas de una complejidad impensable hasta hace solo pocos años. Sin embargo, el encanto del blanco y negro permanece totalmente inalterado. Los fotógrafos fieles al proceso analógico así como los exaltados de los métodos digitales no tienen ninguna duda en afirmar conjuntamente que el blanco y negro siempre representará una parte esencial del alma de la fotografía.

Henri Cartier-Bresson, icono de la fotografía y piedra miliar del fotoperiodismo, afirmaba que el poder del blanco y negro está en la capacidad de transformar una situación real en una imagen abstracta. Luz Calleja de Castro es una fotógrafa particularmente comprometida con la sensación, y cuando le pregunté acerca del blanco y negro me hizo notar su condición onírica, su capacidad de alejar la imagen de la realidad dejando una emoción desnuda, en un mundo sin tiempo. Raúl Amaru Linares, particularmente atento al tema humano y a sus facetas sociales, me comentó que el blanco y negro le permite interpretar la realidad, siendo además muy práctico y más directo a la hora de editar la imagen y de conseguir combinaciones emocionales que funcionen. Me dijo «es como bocetar», resumiendo perfectamente la sensación y el objetivo. En todos estos casos, la ausencia del color elimina tiempo y espacio, y destina la imagen a la eternidad. La ausencia del color elimina el contenido material, dejando la sensación, cruda y directa. Quedan solo luces y sombras, el yin y el yang, los extremos, fundiéndose entre ellos sin solución de continuidad.

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Fotografía: Luz Calleja.

Pero todo esto nos proporciona una explicación en parte filosófica del éxito incondicional del blanco y negro. Detrás de la emoción hay mecanismos sensoriales, y de paso algún neurotransmisor que nos entrega alivio, o pasión, o dolor o, en el caso del blanco y negro, un poco de todo esto a la vez, que mezclado en la justa proporción se transforma en cierta dicha del ser triste. Entonces, intentando entender los mecanismos elementales de este efecto melancólico del blanco y negro, podemos pensar por lo menos en dos posibilidades, que desde luego no se excluyen la una con la otra: una hipótesis histórica y una filogenética.

A nivel histórico, el auge todavía excelso del blanco y negro puede que sea solo un eco psicológico de nuestras raíces individuales. Hemos vivido la historia de nuestra gente y de nuestra sociedad en blanco y negro, y hasta artísticamente nos hemos formado con él. La sencilla asociación emocional es suficiente para generar una sensación de complacencia y regodeo cada vez que nuestra retina comunica a nuestro cerebro los patrones cromáticos de nuestra infancia y de nuestra juventud. Como perros de Pavlov, babeamos cada vez que reconocemos aquellos esquemas tonales que han marcado los tiempos felices, o el descubrimiento primigenio de nuestras emociones artísticas y sociales. Esta hipótesis es fácil de averiguar, solo hay que esperar unas pocas decenas de años. Si esta hipótesis es cierta, con cada generación disminuirán los recuerdos personales asociados al blanco y negro, y su poder emocional encogerá en el mismo grado, hasta desvanecerse entre los píxeles de la historia. Nosotros somos la generación del traspaso, así que somos los menos indicados para evaluar objetivamente esta posibilidad.

A nivel filogenético, no podemos descartar que la carga pasional del blanco y negro puede que pesque en algún cajón escondido de nuestra estructura neural. Vale que somos primates, pero antes de esto no olvidemos que somos mamíferos. No sabemos bien cuándo y cómo ha ocurrido nuestra revolución tricromática, pero a pesar de las decenas de miles de años de colores todavía tenemos un sustrato mamífero y nocturno que viene de mucho más lejos. Algo tiene que quedar de aquella fisiología emocional que razonaba por olores y ruidos, y asociaba a la visión solo sensaciones de sombras, contrastes lumínicos y geometrías desaturadas. En cuanto a la biología de base (respiración, crecimiento, metabolismo) no tenemos dudas en reconocer nuestros rasgos animales, pero a nivel cognitivo ya nos cuesta aceptar nuestros rasgos de mono, menos todavía sabemos de nuestra características mamalianas. Es decir, si a nivel cognitivo compartimos mucho con un macaco, desde luego tenemos que considerar que algo compartiremos también con un jabalí, más allá de un frenético afán reproductivo. Y quizás el placer de unas pobres sombras descoloridas tenga algo que ver con ello, melancolía filogenética y vestigio sensorial de redes neurales abandonadas, recuerdo atávico de aquel mundo de cerrazón y de emociones. En este caso, por lo menos en unos millones de años no habrá generación que no sufra el encanto de un Cartier-Bresson, o de un  Salgado, y la electrónica de un píxel siempre tendrá que amoldarse a los deseos románticos de una musaraña que se sintió poeta y quiso pintar su historia con la luz.

Quiero agradecer a Luz Calleja y a Raúl Amaru por compartir sus comentarios y sus opiniones sobre la fotografía y sus emociones. Os invito a echar un vistazo a sus trabajos. Luz (Burgos, España) tiene un precioso Tumblr, Lágrimas de Ámbar. Raúl (Bogotá, Colombia) tiene su página web (con una increíble colección de blanco y negro en Instagram) y participa en el Proyecto Runa. Mis peregrinaciones fotográficas personales las podéis encontrar en Tumblr. En mi sección de Investigación y Ciencia hay un breve artículo sobre el sistema mano-ojo, y uno sobre la otra cobaya excepcional de nuestra especie, es decir el músico.


Ventrílocuos, manos de goma y realidad virtual: las ilusiones de la integración multisensorial

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Abajo el telón (1999). Imagen: Lolafilms Distribución.

ROCKEFELLER: ¡Toma, Moreno!
PÚBLICO: ¡Ja, ja, ja, ja…!

Mira tu mano. Obsérvala. Muévela. ¿Cómo sabes que esa mano es tuya? A no ser que sufras el síndrome de la mano ajena, que seas el Dr. Strangelove en ¿Teléfono rojo?, volamos hacia Moscú o que hayas invocado a los muertos leyendo el Necronomicon junto con unos amigos en una cabaña en mitad del bosque, es probable que no hayas notado nada extraño en su funcionamiento. Si te pido que la abras (y me haces caso), sabrás que la has abierto voluntariamente porque lo has pensado —tu cerebro ha hecho una simulación del resultado— y lo que has visto y sentido gracias a tu propiocepción ha encajado con lo esperado. Por el contrario, tus alarmas hubieran saltado si la mano no se hubiera movido pese a sentir que lo estaba haciendo, o al revés, como quien está mirando la televisión y observa el movimiento del brazo de algún personaje.

La forma en que somos capaces de relacionar la información captada a través de nuestros sentidos se conoce como integración multisensorial. Sin ella, torrentes de olores, imágenes o sonidos camparían por nuestro cerebro sin orden alguno, lo que acabaría provocando un buen pifostio sensorial. Y es que necesitamos crear una representación coherente del mundo para poder comprender el caos que es la naturaleza en todo su esplendor. Incluso las acciones más sencillas nos exigen esta capacidad. Si vemos a alguien abriendo y cerrando la boca y a la vez escuchamos una voz localizada en la misma zona, nosotros, seres inteligentes, comprenderemos de forma automática que el discurso va unido al meneo de labios y lengua y llegaremos a la conclusión de que nos están hablando.

Un ejemplo tan simplón como el anterior es muestra de que desarrollar esta capacidad integradora es, por un lado, un rasgo que surge de manera natural, y, por otro lado, no requiere de grandes capacidades intelectuales. Sí, no nos vengamos arriba. Probablemente aquel macaco que vimos en el zoo arrojando sus heces a los visitantes domine habilidades similares. No nos sorprendamos entonces si los más tontos de nuestro barrio, aquellos de los que sospechabas que conocerían las ventajas de unos pulgares prensiles, no solo saben emplear esta forma de integración sino también boicotearla con herramientas básicas como una simple cuchara de madera. Pero antes, ¡ay!, en los albores de la tecnología de comunicación a distancia, la gente creía presenciar auténtica magia ante el primer teléfono o la primera radio, artilugios que llevaban el sonido a kilómetros de distancia sin incluir las fuentes de esos ruidos en el equipaje. Y ni que decir tiene si nos trasladamos a siglos anteriores, épocas en las que manipular el origen de una voz era visto como algo espiritual, incluso demoníaco. Aquellos sí que eran buenos tiempos.

Gastromancia, vaginas parlantes y ventriloquía

Que los ventrílocuos no se hayan extinguido tiene mucho mérito. Sea por la grima que provoca su puesta en escena o sencillamente porque no parece ser una de esas profesiones que se transmiten de padres a hijos —todo el mundo sabe que los ventrílocuos mueren vírgenes—, la ventriloquía sigue estando de moda en escenarios de fiestas mayores municipales y platós de televisiones públicas pese a que su fecha de caducidad parecía haberse cumplido hace dos o tres décadas. Y es que desde un punto de vista estético, psicológico y neurocientífico, el despliegue de las habilidades de uno de estos artistas no tiene desperdicio. Reflexionemos un momento: el espectáculo se mueve en el filo de la navaja entre nuestro deseo de suspensión de la incredulidad y la distancia brechtiana a la que nos mantiene atados lo artificioso de un muñeco de aspecto horripilante pero ademán exageradamente feliz al que un señor está sometiendo a un amable fist fucking hasta el codo. Entrar al estilo Inside out en nuestro cerebro de espectador seguramente nos mostraría una verdadera batalla campal entre la facción neuronal encargada de integrar la voz del artista con los movimientos del muñeco, y la facción rival, plenamente consciente de que ahí hay truco y diciendo que «déjate de historias, que eso de pegar el morro al micrófono no engaña a nadie». Sin embargo, hubo un tiempo y un lugar en que todas esas neuronas hubieran coreado como fans locas al prestidigitador de turno.

Porque la ventriloquía como entretenimiento tiene sus orígenes en el siglo XVIII, pero su práctica se remonta mucho más atrás en el tiempo, yéndonos a una antigua Grecia donde chamanes, brujos y demás fingían adivinar el futuro de sus clientes mediante lo que llamaron gastromancia. Tras este nombre se escondía un ejercicio mediante el que el engañabobos de turno fingía posesiones estomacales a través de las que los espíritus se comunicaban con el vulgo vía sus intérpretes, véase los que se embolsaban los beneficios de su trascendental tarea de teleoperadores guturales. Nunca antes en la historia los gases de una digestión pesada se habían rentabilizado tan bien.

Teniendo en cuenta la credulidad del griego medio de la época, la evidencia racional quedaba escondida tras la palabrería de los adivinos, quienes lograban confundir ya no el sentido auditivo del estupefacto cliente —a fin de cuentas escuchaban los ruidos en el mismo sitio de donde se les decía que salían, de la barriga— sino la interpretación que hacían de los mismos. Ver una imagen o escuchar un sonido no es un acto pasivo en el que somos meros sistemas receptores. Escuchar o ver implica la interpretación de los estímulos que recibimos. Así, un vulgar sonido de retortijón se convierte, gracias a nuestro papel activo como receptores y a la retórica del charlatán de turno, en el mensaje de un espíritu sagrado.

Vayamos al siglo XVIII y saltémonos algún que otro exorcismo (1) como el sufrido por Nicole Obry, quien en 1566 armó un pequeño escándalo debido a supuestas voces demoníacas que surgían de su interior y que cobraban la forma del gruñido de un cerdo, el ladrido de un gran perro o el rugido de un toro. Durante el periodo decimonónico la ventriloquía ya se ha instalado en la sociedad como fuente de diversión. El pueblo se muestra entusiasmado y escéptico a partes iguales con los primeros artistas que suben a los escenarios a jugar con sus sentidos. Por suerte, como si del sistema inmunológico de la sociedad se tratara, también aparecen los que pretenden encontrar explicaciones racionales a esas extrañas habilidades que rozan lo pagano.

Una de las personas que más hizo por rendir cuentas fue el abate Jean-Baptiste de la Chapelle. Hombre de múltiples ocupaciones, el sacerdote también fue matemático y contribuyó con numerosos artículos sobre esa disciplina en L’Encyclopédie de Diderot y d’Alembert, pero lo que nos interesa es que en 1772 escribió la obra Le Ventriloque, ou l’engastrimythe, donde exploraba el asunto de la ventriloquía en profundidad.

Dividida en dos partes, la obra contaba con una primera mitad que incluía ejemplos históricos de ventriloquismo como el de la Bruja de Endor, figura bíblica a la que se otorgaban poderes adivinatorios y de comunicación con los muertos. También añadía los testimonios de personas que habían visto la ventriloquía en directo, llegando a la conclusión de que allí no había magia ni poderes ocultos por ningún sitio.

Hilando con esa idea, la segunda parte desarrollaba un estado de la cuestión donde se realizaban análisis pormenorizados de dos casos en concreto: sobre el Barón de Mengen, con quien mantuvo correspondencia, y sobre Saint-Gille, un tendero de Saint-Germain-en-Laye con quien tuvo la oportunidad de hablar y examinar en detalle.

Las conclusiones de La Chapelle se basaban en la razón y excluían cualquier componente místico. El sacerdote argumentaba que no era necesario ningún montaje especial ni una mente única para llevar a cabo esos trucos. Que el ventrílocuo solo necesitaba tener cierto grado de maestría en la modulación del volumen y tono de voz de forma que el espectador tuviera la ilusión de que los sonidos de esa otra voz provenían de otro lugar, además de la habilidad para esconder el hecho de que era él quien hablaba. El tiro, aunque un tanto desviado, no dio muy lejos de la diana.

A modo de corolario, La Chapelle sentenciaba que los ventrílocuos no eran malignos por naturaleza, aunque les acusaba de ser gente de pocos escrúpulos que utilizaba sus habilidades para confundir a los crédulos y débiles de mente. En una anécdota del libro explicaba que el tendero Saint-Gille, buscando refugio en un monasterio donde había muerto un monje recientemente, no tuvo ningún problema en engañar a todos haciéndoles creer que el fallecido monje les hablaba desde el más allá y les pedía que rezaran por su alma.

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«Lo siento, Sultán Mangogul, mis labios están sellados». Ilustración: Les Bijoux indiscrets (DP).

A diferencia de La Chapelle, otros autores se fueron por derroteros menos estrictos y dieron rienda suelta a su imaginación a la hora de buscar explicaciones a esos misteriosos juegos en que los sentidos se veían inevitablemente confundidos. Denis Diderot escribía bajo el anonimato en Les Bijoux indiscrets la historia del Sultán Mangogul del Congo, personaje que se encontraba con un genio que le ofrecía un anillo de poderes únicos: apuntado hacia los genitales de cualquier mujer, estos empezarían a contar las actividades sexuales en que habían participado. Charles Brockden, en cambio, creó el personaje de Carwin the Biloquist, joven dotado de una facultad afín a la ventriloquía que le permitía proyectar su voz a distancia (bilocación) y que sirve de nexo de unión entre sus novelas Memoirs of Carwin, the Biloquist y Wieland; or the Transformation.

Fuera a través de explicaciones rigurosas o de creaciones ficcionales, el misterio seguía existiendo entre la mayoría de una sociedad que, sorprendida, era incapaz de comprender cómo se podía disociar lo que veía de lo que oía —fenómeno que se conoce con el término de esquizofonía—. No sería hasta la llegada de tecnologías como el fonógrafo o el teléfono que la situación se normalizaría y la gente podría escuchar un concierto de orquesta sin la necesidad de destrozar los cacharros en la búsqueda del violinista.

Hoy en día cualquier persona es capaz de gestionar con mayor o menor éxito toda la información sensorial que tiene a su alrededor y no perderse en el intento. Se podría decir que en la actualidad, confundir a nuestros sentidos debe ser tarea casi imposible dado nuestro nivel de conciencia. Lamentablemente —o afortunadamente, según se mire—, ni siendo plenamente conscientes de que vamos a ser engañados podemos librarnos de caer en el enredo en según qué juegos.

Manos de goma, gente que siente que engorda (pero no lo hace) y Pinocho

Y no estamos hablando solo de estar prevenidos de que seremos engañados. Incluso conociendo la naturaleza del propio truco nuestro cerebro tiene sus limitaciones y cae una y otra vez sin que podamos remediarlo. ¿Cómo si no podríamos llegar a asustarnos cuando una mano de juguete es amenazada? Los neurocientíficos llevan tiempo indagando en los mecanismos que hacen que podamos sentir miembros ajenos como propios, aunque ese miembro sea visiblemente artificial. Lograr un cometido de esta envergadura nos permitiría, entre otras cosas, conseguir una integración plena de cualquier prótesis u ortesis que añadiéramos a nuestro cuerpo.

Veamos un clásico de estas investigaciones. La «rubber hand illusion» es muy conocida en el ámbito científico y trata de provocar la sensación de que una mano de goma es en realidad nuestra mano. Está demostrado que cuando llevamos un rato inmersos en esa ilusión nuestro cerebro se activa en la zona del córtex premotor, relacionada con la planificación de movimientos, si vemos ese miembro artificial amenazado. De esta forma se comprueba que cuando la información de un sentido no encaja con la de otro (en este caso, táctil y visual), nuestra forma de resolverlo es integrarlas, como en el caso de los ventrílocuos. El siguiente vídeo muestra una reacción típica a este juego de sombras:

Tal como supondrán, la sincronización lo es todo. De la misma forma que cuando el sonido de una película va milésimas de segundo desplazado respecto a la imagen se nos hace muy extraño poder adaptarlo de manera natural al movimiento de los labios del personaje, cuando una ilusión de este tipo no se realiza de forma sincronizada —en este caso, el contacto visual con la mano de goma y el contacto real con la nuestra—, es muy difícil que se genere la ilusión. Lo mismo sucede cuando el ventrílocuo habla a diferente ritmo del movimiento del muñeco. Sin embargo, hecho de forma sincronizada, saltaremos ante cualquier amenaza que sufra un trozo de goma tirado sobre la mesa. O sentiremos que nuestra nariz ha crecido con la ilusión de Pinocho.

Alguien que participe como sujeto de esta ilusión acabará sintiendo con una alta probabilidad que su nariz, como la del personaje de madera, se ha alargado. En este caso simplemente tenemos que sentarnos detrás de otra persona mirando en la misma dirección, y que mientras toquemos la punta de su nariz alguien haga lo propio con la nuestra. ¿El resultado? Tendremos la sensación de que esos toques que notamos en nuestra nariz son los que estamos dando a la persona que tenemos delante, con lo que el cerebro interpretará que nuestra protuberancia nasal ha crecido. (Y sí, aunque no me he informado sobre si esta ilusión se puede trasladar a salva sea la parte, el principio sensorial debe ser el mismo). Vean el vídeo y traten de obviar la cercanía de la entrepierna del instructor a la cara de la niña:

¿Y si la ilusión no fuera de un miembro alargado, sino del propio crecimiento? Oh, señores, la duda ofende, hablamos de científicos. En este caso el truco consiste en provocar una vibración a una determinada frecuencia en el tendón del brazo que toca la nariz. En los músculos existen unos sensores que detectan cambios en su longitud y envían la información al cerebro para que seamos conscientes de la variación. Algo así como indicadores de que el brazo, la pierna o la espalda se ha girado, estirado o encogido. La vibración aplicada en el tendón estimula esos sensores y los hace enviar datos pese a que no hay ningún movimiento real del músculo, haciéndonos creer que efectivamente el brazo se está moviendo.

Aquí es donde viene la magia de la integración multisensorial. Con los ojos cerrados, la única información que tenemos disponible es la que viene del tacto —tengo un dedo tocando la punta de mi nariz— y de una propiocepción engañada —mi brazo se está estirando—. ¿Cómo arrejunta esos datos nuestro cerebro? De la forma más sencilla posible, aunque no la más verosímil para nuestra lógica. Si no dejo de notar el contacto con la nariz y siento que mi brazo se está abriendo, mi conclusión es que mi nariz se está estirando como la de Pinocho al mentir.

Este fenómeno es extensible a cualquier parte del cuerpo. Dejando a un lado libidinosas ideas con nuestro monstruo de un solo ojo, se han realizado algunos experimentos donde se lograba crear la ilusión de que estábamos engordando a marchas forzadas. Tan sencillo como aplicar la vibración a nuestras muñecas mientras apoyamos las manos en nuestras caderas, siempre manteniendo los ojos cerrados. La sensación acaba siendo la misma que con la nariz de Pinocho: si no dejo de notar las caderas con las palmas de mis manos pero siento que las muñecas van girando, mi única explicación posible es que estoy pasando de una talla 40 a una 42 o una 44. ¡Maldita dieta!

Estos experimentos nos demuestran que la forma en que percibimos nuestro cuerpo o la realidad que nos rodea no es tan sólida como parecía. Tal como escribía mi compañero Sergio Parra, nuestra noción del yo es terroríficamente endeble y podemos jugar con ella de formas que pueden espantar a más de uno. Sin embargo, lo que puede parecer un defecto se convierte en virtud gracias a su aplicación en las nuevas tecnologías. Podemos mentirnos deliberadamente y hacernos creer que hemos viajado a otros lugares, sintiendo que realmente estamos allí. Podemos embaucarnos para sentir una prótesis robótica como si fuera nuestro antiguo brazo, borrándonos de un plumazo calificativos como discapacitado o minusválido. La ciencia está sacando buen provecho de engañar a nuestros sentidos. Y lo que aún nos queda por ver.

Concluyendo: de neuroprótesis, robots y realidades virtuales

Ya lo venimos diciendo desde hace un tiempo: una realidad virtual totalmente inmersiva nos hará sentirnos en cualquier otro lugar por muy fantástico que sea o por muy lejos que se encuentre. A través de sistemas hápticos seremos capaces de simular el tacto, lo que sumado a un buen sistema de visión, un equipo de sonido que permita jugar con el efecto binaural y trajes o sistemas de captación de movimientos, nos hará sentir que estamos pisando Marte, viajando por el desierto o visitando La Comarca en compañía de alegres hobbits. Porque de eso trata la realidad virtual, de hacer hablar a un muñeco que no existe pero que gracias a la tecnología cobra vida «delante de nosotros». Su potencial es, hoy, imposible de adivinar. Pongamos el ejemplo del truco de la mano de goma que antes comentábamos. Gracias a la realidad virtual, no solo podemos replicar esta ilusión en los mundos virtuales, sino también ampliarla para hacernos sentir que nuestro brazo se ha estirado varios metros. Los límites del cuerpo desaparecen, y solo quedan los de la mente

Con semejante plasticidad de nuestros sentidos será fácil verse en el cuerpo de un enorme troll de cuatro metros de altura sin que en ningún momento veamos la trampa ni el cartón. Además. cuando nos sumergimos en una realidad virtual bien diseñada, no solo nos sentimos en otro destino sino que nos sentimos ser, en parte, ese personaje en el que nos hemos convertido. No luciremos como un troll, «seremos» ese troll.

Y no todo será Matrix, también habrá sitio para Avatar o The Surrogates. La realidad virtual crea lugares ficticios que no dejan de ser presentados a través de pequeñas pantallas frente a nuestros estupefactos ojos, pero también se podrán visitar destinos reales a través de un robot —o quién sabe si otro humano o animal— que sea enviado a ese lugar. Será como tener un mando a distancia de nuestro cuerpo, enviándonos lo que vea, escuche o toque para que nosotros lo sintamos en primera persona. Se acabaron los riesgos de bajas humanas de las misiones espaciales o de los rescates en zonas de peligro. ¿Se acabará también la interacción social de carne y hueso?

Sumado a todas estas posibilidades, si llegamos a desentrañar los principios que rigen nuestro sistema nervioso la posibilidad de convertirnos en cíborgs será otra opción más entre las que tendremos que elegir durante nuestra vida. Llegado ese punto de inflexión, nuevas preguntas surgirán sobre nuestras nuevas capacidades como seres híbridos. ¿Nacerá también una nueva filosofía? El tiempo lo dirá.

Nota:

(1) Dumbstruck: A Cultural History Of Ventriloquism.


Otramente

Ilustración: Emiliano Bruner.
Ilustración: Emiliano Bruner.

Sea acertado o no, parece casi imposible evitar caer en un mecanicismo extremo cuando pensamos en nuestro cerebro. Aunque sea solo por una necesidad de cuadricular los elementos del sistema, lo interpretamos como si fuera un ordenador, con sus capacidades y sus limitaciones. De hecho es posible que, sin darnos cuenta, estemos construyendo nuestras computadoras según relaciones iguales o parecidas a las que caracterizan los mecanismos de nuestro sistema nervioso central. Sea como fuere, siempre hemos interpretado el cerebro como una máquina, y asimismo interpretamos sus éxitos y sus fracasos con la misma perspectiva. Y una máquina tiene sus capacidades, su potencia, su autonomía, y sus fallos.

Si a nivel evolutivo intentamos explicarlo en términos de adaptación y selección, con referencia a la población lo llamamos variabilidad. Tenemos pruebas de evaluación psicométrica que intentan medir las diferencias cognitivas entre las personas, asociando tareas y puntuaciones, según criterios que por necesidad metodológica son muy lineales y simplificados. A veces podemos no estar seguros de qué es lo que estamos midiendo exactamente pero, más allá de la capacidad cognitiva específica que se supone estamos cuantificando, hay algo que la medición revela de forma más objetiva: su diversidad.  Podemos no tener muy claro lo que hemos medido con un test psicométrico (que a menudo se refieren a factores muy complejos como por ejemplo la capacidad de memoria, la capacidad de cálculo, la velocidad mental, o a medidas generales de inteligencia), pero sí que puedo saber si lo que he medido es algo poco o muy variable entre los individuos. Es decir, si pensamos, sentimos y analizamos de forma similar o muy distinta.

Hay veces que uno se puede sorprender en este sentido, cuando los resultados nos sugieren que percibimos e interpretamos el mundo ahí afuera de forma muy pero que muy diferente el uno del otro. El haber acosado y oprimido las diferencias a lo largo de siglos ha llevado a nuestra sociedad occidental a rechazar el concepto de diversidad, en lugar de llegar a reconocerlo y valorarlo como una riqueza. Pero si es verdad que tenemos todos los mismos derechos, no es verdad que somos todos iguales. Y es probable que no tengamos ni idea de cuán diferentes somos. Sin darnos cuenta, a lo largo de nuestra historia y de nuestras vidas, establecemos patrones y códigos comunes que disimulan las diferencias, las esconden, las encarrillan, las suavizan, las camuflan y, en cierto modo, esto representa probablemente una premisa necesaria para poder desarrollar una estructura social razonablemente estable. Integramos las diferencias personales en un contexto compartido y pensamos que somos todos iguales en el sentido de que, con algunos matices y cada uno con sus gustos, recibimos e interpretamos el mundo según los mismos criterios, teniendo todos los mismos filtros. La sociedad se ha estructurado de forma que las diferencias en la percepción y en los mecanismos cognitivos no se noten, y desde pequeños vamos encajando y explicando los comportamientos ajenos según nuestros criterios, suponiendo o asumiendo que son los de todos.

Las diferencias cognitivas o neurales se pueden mimetizar hasta casos extremos. Hay peculiares cortocircuitos del cableado cerebral llamados sinestesias, que tienen como consecuencia la asociación perceptiva entre números y colores, o entre formas geométricas y otros efectos sensoriales. Hay muchos casos en los que quien tiene sinestesias no lo sabe o, mejor dicho, cree que son algo normal, que son la forma común de asociar estímulos externos y sensaciones internas, y tardan muchos años en descubrir que no es así, que no para todos el miércoles es azul. Y hay muchas personas que, ya en una edad adulta, descubren tener síndrome de Asperger (una variación del espectro autista) a veces por casualidad, cuando llevan sus hijos a un psicólogo infantil porque les parece que tienen un comportamiento peculiar.

¿A qué nivel llegan las diferencias cognitivas entre nosotros sin que nos demos cuenta? A menudo se pone el ejemplo de los colores, recordando que el rojo para una persona puede que no sea el rojo para otra, pero llamándolo siempre de la misma forma sencillamente no nos enteramos nunca de que utilizamos el mismo nombre para una experiencia sensorial diferente. Pero ¿qué pasa si no fuera solo eso? Individuos que tengan diferencias sustanciales en sus capacidades mnemónicas, visoespaciales, ejecutivas, fonológicas, de cálculo o de velocidad mental, no solamente ven e interpretan el mundo de una forma totalmente diferente, sino sobre todo amontonarán a lo largo de sus vidas diferencias cada vez más importantes. No solo reciben el mundo de una forma diferente sino que, sobre todo, el mundo moldeará sus cerebros de forma diferente. Si ya estas diferencias pueden tener un efecto significativo en las edades jóvenes, en los adultos pueden generar a largo plazo individuos que utilicen un mismo código (los comportamientos, reglas y cánones establecidos por la sociedad) pero que en realidad ven la vida con ojos totalmente distintos. A veces esto se sobrelleva bastante bien y a veces no, porque antes o después las pequeñas divergencias llevan a las líneas rectas a separarse demasiado o, al revés, a chocar entre ellas.

Imagen: Emiliano Bruner.
Un espacio multivariante es como un espacio tradicional en dos dimensiones, solo que las dimensiones son… ¡más! Un eje para cada variable que se mide y que, si estamos analizando personas, pueden ser variables físicas (como altura y peso) o de cualquier otra naturaleza, incluyendo variables cognitivas (capacidad de cálculo, de memoria, de integración visual, etc.). Cada punto es un individuo, con su particular combinación de valores para cada una de las características que se están midiendo. Si la distribución es «normal» (la famosa campana de Gauss) los individuos más hacia el centro tendrán valores promedio, tendrán más individuos parecidos a ellos, y además los individuos cercanos serán realmente muy parecidos, hasta iguales. Los que están hacia la periferia, pues… ¡lo contrario! Por cierto, ¿tú dónde crees que estás?

Si cuantificamos todas nuestras capacidades cognitivas y hacemos un análisis estadístico de la población en que vivimos, transformando a cada uno de nosotros en un valor de un gráfico con muchas dimensiones (un eje para la capacidad mnemónica, uno para la capacidad visoespacial, uno para la velocidad mental, uno para la capacidad de cálculo, etc.), encontraremos una nube de puntos, un punto para cada individuo, en un espacio donde algunos están más cercanos al centro, y algunos más lejos, apartados hacia una periferia menos poblada. En esta nube estamos todos, cada uno en un punto de este espacio, en función de su particular combinación de valores. Estás tú, y está también alguien que es el anti-tú. Es decir, alguien que tiene exactamente los valores opuestos a los tuyos. Estas distribuciones suelen tener forma de campana: valores frecuentes a un nivel promedio, y valores siempre más infrecuentes alejándose de este valor promedio. El área central es «densa»: los que están allí presentan valores más corrientes y abundantes. Las áreas periféricas, en cambio, son menos tupidas, los puntos están más dispersos. Podemos aplicar esta perspectiva a nuestro entorno social y cultural, mapeando la posición de todos nosotros según nuestras capacidades cognitivas y descubriendo  nuestra posición dentro de esta «nube» de puntos. Y hay que tener en cuenta entonces tres consecuencias principales. Primero: cuanto más lejos estés del centro, tanto más tu forma de ver las cosas será «diferente». Segundo: cuanto más te alejas del centro, menos personas «te entienden», y, por ende, menos personas puedes llegar a entender. Tercero: cuanto más te alejas del centro, los individuos más próximos a ti serán de todas formas «menos iguales» a ti. ¡Atención, que esta es quizás la consecuencia menos evidente pero más importante! Al ser la periferia de la nube menos densa, los puntos están más alejados. Por ende, quien está en el centro tendrá a su alrededor otros individuos realmente muy parecidos, mientras que si estás en la periferia, el individuo más cercano estará de todas formas bastante lejos, lo cual quiere decir que su forma de pensar será bastante disímil de la tuya, a pesar de ser tu vecino más inmediato. A lo largo de este camino que va gradualmente desde el centro hasta la periferia de nuestras combinaciones cognitivas se encuentran las borrosas, imprevisibles y contingentes fronteras entre genio y locura, entre éxito y exilio, entre curiosidad y miedo, entre integración y soledad.

En muchas ocasiones nuestras sociedades, en contextos históricos y culturales muy distintos, han intentado seguir las sendas de esta geografía cognitiva, para dar con combinaciones mentales que puedan delatar al genio o al criminal. Y muchas veces ambos caracteres han resultado ser el alter ego de un paquete indivisible que asocia una perspectiva diferente a una diferente interpretación de luz y tinieblas, juegos de sombras a veces productivos y a veces peligrosos, y siempre difíciles de gestionar según las reglas que gestionan los que buscan la diferencias sin ser diferentes. Es una patente circularidad del sistema sociocultural: se busca una perspectiva alternativa, pero teniendo que utilizar las reglas establecidas para las perspectivas que no son alternativas. La aceptación total de las reglas conduce a un estancamiento cultural que ahoga el sistema social, mientras que el total rechazo de las reglas lleva a la némesis, disolución destructiva de la organización interna. Para lidiar con todo esto se envían exploradores hacia las fronteras entre la norma y lo anormal, para tantear este espacio sin hacer demasiado ruido, para evaluar sin comprometerse, para aprovechar de la frontera sin tener que pagar sus peligrosas consecuencias.

La caza al genio (según nomenclatura más adecuada y norma europea, etiquetado con el término de «individuo con altas capacidades») tiene hoy en día dos objetivos complementarios, por lo menos a nivel formal. Primero, hay que localizarlo para aprovechar el don, optimizar sus recursos, potenciar y desarrollar la combinación favorable. Segundo, hay que individuarlo para protegerlo, para sostenerlo, porque el genio en un contexto pensado por los demás se aburre, se desmotiva, y acaba malgastando el don. Y otra vez volvemos a nuestro tautológico fracaso, porque intentamos encajar en nuestra cuadrícula social lo que tiene su valor precisamente por quedarse fuera de ella. A nivel estrictamente lógico, además, topamos por lo menos con tres límites patentes. Primero, las capacidades cognitivas pueden ser muy diferentes, y el espacio cognitivo tiene muchas dimensiones. Así que probablemente no existe una solución para todos, porque cada persona puede tener una combinación muy particular, difícil de encajar en una escala simplificada que va desde un menos a un más que, sencillamente, no existen. Segundo, también es probable que no existan umbrales, y que estas capacidades en todas sus dimensiones generen un espacio continuo. Así que una gestión en plan blanco y negro va a tener que lidiar con una gradación que funciona estrictamente con escala de grises. Tercero, tenemos un claro dilema sobre fines y objetivos, porque las capacidades de una persona no tienen por qué encajar necesariamente con sus esperanzas. ¿Qué pasa si el malabarista de los números no soporta las matemáticas? ¿Qué ocurre si el genio no agradece serlo? Está claro que estos problemas no son barreras imposibles, pero hay que considerarlos a la hora de planificar el rastreo de las mentes diferentes, así como de sus opuestos. Sobre todo si, otra vez en nuestro sufrido principio de indeterminación, las mentes diferentes tienen que ser orientadas por mentes que no son diferentes.

Un caso especial y significativo es el espectro autista, donde una diferencia sustancial en la percepción de la realidad lleva demasiado lejos en la nube de puntos, generando una distancia cognitiva importante entre el individuo y la sociedad. Después de décadas intentando encajarlo en nuestros esquemas médicos y psicológicos demasiado lineales, el autismo nos está revelando un mundo increíble, un mundo que mucho nos puede enseñar a los que supuestamente estamos amontonados en la constreñida distribución «neurotípica». En aquel mundo nuestras etiquetas no funcionan, porque hay miles de autismos diferentes, casi uno para cada autista. Nuestros umbrales tampoco sirven de mucho, porque entre los extremos de la norma y de lo anormal hay todos los posibles grados. De hecho, es probable que estemos intentando etiquetar como «autistas» sencillamente a todos aquellos satélites que están dispersados fuera de la nube, a lo largo de su extensa periferia multivariante, pensando que son todos el resultado de un mismo proceso, o de un alejamiento en una misma dirección. Si el espectro autista es nada más y nada menos que aquella lejana periferia, precisamente por su posición alejada, entonces tiene mucho que enseñarnos. Mentes diferentes con capacidades diferentes y soluciones diferentes, que observan nuestra amontonada nube de puntos con los ojos de un espectador remoto, aprovechándose de una perspectiva distante para contemplar el escenario desde la cumbre fascinante y solitaria de su diversa realidad.

***

Lo que llamamos «mente» es probablemente un proceso que requiere la integración del cerebro (sistema nervioso), del ambiente (incluida la cultura) y del cuerpo. Falta aclarar cuánto de estas componentes hay que buscar en nuestras capacidades cognitivas. He escrito recientemente sobre el papel del cuerpo en cognición y lenguaje. Os invito a leer un libro escrito por Temple Grandin, inestimable portavoz del mundo autista, investigadora inquieta de sus espacios, y preciosa reportera de aquellas fronteras lejanas: El cerebro autista: el poder de una mente distinta (2014).