Almost famous like a Rolling Stone

Almost Famous. Imagen: Columbia Pictures.

En el noviembre de 1967, un joven de dieciocho años llamado Bruce Springsteen ya estaba acostumbrado a alimentar frecuentemente con monedas la cabina telefónica de su quiosco local. El chico no tenía teléfono en su casa y se veía obligado a visitar el establecimiento cada vez que le interesaba charlar con alguna de sus queridas. Pero en aquel invierno ocurrió algo inesperado: entre los magacines y diarios apilados en el establecimiento se topó con el rostro de John Lennon ataviado con un caso del ejército y coronando la portada de un nuevo tipo de periódico que no había visto nunca. Aquello fue una auténtica revelación, el descubrimiento de que existían más personas en este universo apasionadas por el mismo tipo de música que le hacía sentir vivo. En Freehold, una pequeña población de Nueva Jersey que no llegaba a los diez mil habitantes, al muchacho le resultaba muy sencillo enumerar la cantidad de apasionados por el rock and roll que se congregaban en la localidad: casi todos formaban parte de su propia banda. Aquel periódico desde el que Lennon le gritaba que no estaba solo se llamaba Rolling Stone.

Like a Rolling Stone

Jann Wenner es un neoyorquino que dependiendo de a quién se le pregunte puede andar más cerca de la condición de leyenda inmortal o de ser un excepcional recipiente de la herencia genética que tiene un roedor de alcantarilla. En 1967, Wenner tomó prestado un puñado de dinero perteneciente a su familia, y a la de su prometida, para sacar adelante un proyecto periodístico serio junto a su mentor Ralph J. Gleason, un reconocido crítico de jazz tan barnizado por el cliché como para fumar en pipa. La criatura que ambos fundaron en San Francisco abrazó la contracultura hippie de la época pero optó por alejarse del tufo underground y cultivar la profesionalidad que desprendían los periódicos más formales. Su redacción se instaló inicialmente en una esquina de los almacenes de Garrett Press, entre paredes de yeso improvisadas y junto a un horno hediondo donde se fundía plomo constantemente. Los textos que construyeron el esqueleto de la revista decidieron que se sentían muy cómodos balanceándose entre el lenguaje más correcto y el argot que se hablaba en los callejones más mugrientos. Y sus periodistas fueron seleccionados e instruidos con la idea de nutrir la publicación de tanta profesionalidad como pasión desproporcionada: entre sus colaboradores iniciales se encontraba Jon Landau, un ermitaño veinteañero al que una enfermedad intestinal obligaba a vivir recluido en su casa escuchando discos sin parar y tejiendo ensayos sobre blues. Un escritor especializado en música y moldeado por una arrogancia afilada que le llevaba a detestar más álbumes de los que amaba, justo lo que demandaba Wenner para que su rotativo avivase la controversia.

Con el tiempo Rolling Stone se asentó como uno de los pilares culturales más importantes de la sociedad americana. Más allá de las críticas y reportajes sobre la música y quienes la hacen posible, aquel periódico dio también cobijo a ideales políticos zurdos, elaborados reportajes e incluso se convirtió en un escaparate de celebridades insulsas durante su vergonzosa etapa ochentera. Todo ello bajo la batuta de un Wenner que tenía más de escualo empresarial que de mitómano, y jugando sobre límites que en cualquier otro medio podrían haber hecho peligrar la integridad de toda la empresa: uno de sus fichajes estrella fue Hunter S. Thompson, ese fabuloso tarado que inventó el periodismo gonzo elaborando crónicas demenciales donde él mismo, convertido en un cóctel de drogas con patas como se relataba en Miedo y asco en Las Vegas, era el protagonista. Wenner fue uno de los fundadores del Salón de la Fama del Rock and Roll, y también se erigió como una persona tan exitosa como detestable, capaz de dejar completamente tirado al mismísimo Thompson tras enviarlo a Vietman para cubrir la guerra. Alguien capaz de polarizar hasta el extremo a todos aquellos que orbitaban a su alrededor: Keith Richards lo define como un genio capaz de convertir una revista para fanáticos en auténtico periodismo, pero Truman Capote sentenció que tenía el mismo hilo mental que una serpiente venenosa. En la primera tirada de aquella revista, el propio Wenner firmaba una declaración de intenciones: «Rolling Stone no trata solo de la música, sino también de todas las cosas y actitudes que la música abarca».

Almost famous

El muchacho tenía dieciséis años y estaba sentado en una oficina de San Francisco con su mochila naranja amarrada al hombro. En las paredes, numerosas miradas de estrellas capturadas por la cámara de la legendaria fotógrafa Annie Leibovitz lo vigilaban desde las portadas donde habían sido enmarcadas. Entre los pasillos, decenas de personas ignoraban la presencia de aquel chaval que se había acercado hasta la sede de la revista Rolling Stone. Y en la cabeza del chico, la sensación de que estaba pisando un terreno sagrado y habitado por todas las plumas que admiraba, compartió espacio en su cabeza con otro pensamiento que brotó cuando conoció en persona a Jann Wenner, fundador y editor de la famosa revista: «La misma mano que estrechó la mano de John Lennon ahora me la está estrechando a mí». Era 1973, y si aquella situación parecía una escena cinematográfica es porque estaba destinada a serlo: veintiséis años después, su protagonista no solo la convertiría en película sino que acabaría recogiendo un Óscar al mejor guion original gracias a ella. Aquel muchacho se llamaba Cameron Crowe.

Crowe vivió una infancia complicada, su familia se mudaba constantemente, pero al mismo tiempo pasaba largas temporadas en Indio, una ciudad desértica californiana donde «la gente tiene tortugas en lugar de perros». En las aulas de los colegios, aquel niño carecía de vida social por culpa de una nefritis que lo hacía enfermar constantemente y de ser un alumno más joven de lo normal gracias a una excelencia académica que le había permitido saltarse varios cursos. Pero lo peor de todo es que bajo el techo de su casa ocurría algo aterrador: estaba completamente prohibido el rock & roll. Todo aquello le llevó a refugiarse en las letras, a escuchar música a escondidas y a colaborar escribiendo para varias publicaciones durante su adolescencia, hasta que le pescaron durante un viaje a Los Ángeles para darle trabajo en una publicación con nombre de majestades satánicas y balada de Bob Dylan.

Convertido en el periodista musical más joven de toda la plantilla de Rollling Stone, a Crowe le tocó lidiar con toda la escena hard rock de los setenta y suyos fueron los reportajes y las entrevistas sobre aquellos grupos que el resto de periodistas más vetustos desdeñaban, leyendas como Led Zeppelin, Yes, Lynyrd Skynyrd, Linda Ronstadt, los Eagles o King Crimson. El zagal también le sirvió a la publicación como escudo de contención al ser el encargado de arrimarse a todas las bandas que odiaban a la Rolling Stone. Y su primera gran historia para la revista se convertiría en leyenda: tres semanas junto a The Allman Brothers Band durante una gira de la banda. Una aventura demencial para alguien que nunca había estado lejos de casa durante tanto tiempo, un viaje que el chaval encaró entre llamadas a su madre para avisar continuamente de que «estaría fuera un día más» y bajo la mirada desconfiada de un Greg Allman (cantante de la formación) que estaba convencido de que aquel imberbe que les acompañaba con una mochila sobre el lomo era un traficante de drogas. Tras un bolo en San Francisco, un Greg Allman completamente demacrado y relleno de alcoholes y drogas («La palabra jodidísimo ni siquiera le hacía justicia al estado en el que se hallaba, daba el aspecto de haber tenido una visión») requisó todas las cintas con entrevistas que había realizado el muchacho. Días más tarde, un fotógrafo se las arrebató de nuevo al músico, que ni siquiera recordaba haberlas confiscado en primer lugar, y se las devolvió al periodista.

Durante los noventa, una publicación le propuso a Crowe colaborar con una columna sobre algún concierto que hubiese hecho verdadera mella en él. El hombre aceptó y ante la demanda de un texto de setecientas palabras entregó un manuscrito de cuatro mil rememorando una actuación de Elvis Presley a la que asistió junto a su madre. Aquel escrito no solo iba sobre la música (el concierto ni siquiera le gustó) y no hablaba únicamente de Elvis (se mencionaba también al supergrupo de blues Derek and the Dominoes donde Eric Clapton militó), sino de otra cosa más profunda: de la difícil relación del propio Crowe con su madre, una mujer que odiaba fervientemente el rock. Aquella crónica era una reacción instintiva y natural, porque escribir sobre música iba mucho más allá de hablar sobre notas, letras, formaciones y composiciones. Aquello iba sobre retorcer los sentimientos, sobre todo eso para lo que la música había sido creada más allá de la técnica o el gusto, sobre remover las entrañas. El artículo nunca llegó a publicarse, su propio autor prefería descartarlo antes que tener que recortar una sola palabra del mismo, pero se convirtió en la semilla de otra obra: una película llamada Casi famosos.

Casi famosos se estrenó en el 2000 bajo la dirección y el guion del propio Cameron Crowe y con ganas de mitificar todavía más la figura del periodista musical. Narraba la historia de un niño prodigio incapaz de encajar en ningún lado que recibía el encargo por parte de la revista Rolling Stone de acompañar a la (ficticia) banda Stillwater durante un caótico tour artístico por el país. Y a día de hoy la gente todavía se emperra en etiquetarla como semibiográfica cuando su propio creador asegura que qué coño, que esa obra es una fotocopia de su propia vida. Realmente, todo lo que sucede en su metraje tiene su germen en las propias experiencias que vivió aquel chico entre artistas tarados, groupies mojadas y travesías disparatadas. En la pantalla, un Russel Hammond (Billy Crudup) envalentonado por el ácido gritaba «¡Soy un dios dorado!» desde un tejado antes de saltar a una piscina. En este mundo, un sobrio Robert Plant (cantante de Led Zeppelin) exclamó esas mismas palabras desde un balcón y Duane Allman (guitarrista de The Allman Brothers Band) saltó a otra piscina desde otro tejado. En el film, los integrantes de Stillwater revelaban una serie de vergonzosas confesiones al creer que el avión en el que viajan durante la gira estaba a punto de estrellarse. En la vida real, Crowe sobrevivió a dos incidentes aéreos parecidos mientras perseguía la música: uno al atravesar una tormenta peligrosa en compañía del «fumeta que llevaba las camisetas y el merchandising durante la gira de The Who», y otro acompañando a la banda Heart en un terrorífico vuelo en jet privado (después de haber prometido que nunca más se subiría a un jet privado) donde todos los pasajeros creyeron que estaban a punto de morir. «El auténtico chiste de todo esto es que íbamos a morir en el lugar de nacimiento de Elvis Presley, así que nunca podríamos haber sido famosos por haberla palmado allí».

La película vendió una imagen glorificada de los periodistas especializados en la música. La de turistas visitando las vidas desmadradas de las rockstars para informar al mundo sobre ellas. Gente normal buceando en un tifón de locuras, sexo, drogas y rock and roll. Y Crowe continuaría azuzando dicha percepción fantástica del reportero musical en las páginas de la Rolling Stone. Uno de sus textos, publicado en 2003, obviaba por completo la música para hablar de cómo comportarse en caso de asistir a un evento con el pase de prensa para el backstage. Recomendaciones que incluían no llevar la acreditación demasiado a la vista, moverse en ese mundo como si pertenecieses a él, esquivando los cables y las cámaras de la MTV con soltura, no subirse nunca a un escenario junto a la banda y, por encima de todo, procurando no mirar fijamente los destellos de las estrellas: «Una mirada periférica está bien, pero a la hora de elegir entre mirar directamente a una hermosa Gwen Stefani vestida para salir a actuar o al cartel de “Salida” más cercano, no hay discusión. El cartel de “Salida” gana». O la sugerencia de forzar una desidia que, según el director, era el único modo de que a aquellas deidades doradas de la música se les ocurriera la disparatada idea de dirigirle la palabra a un periodista mortal. 

Almost famous like a Rolling Stone

A pesar de que la Rolling Stone de Wenner supusiese una auténtica rebelión, las revistas de música no nacieron con ella. Un siglo y medio antes, en 1798, un periódico alemán llamado Allgemeine musikalische zeitung (que viene a significar algo tan desaborido como Periódico de música en general) se publicaba semanalmente cubriendo toda la información que los apasionados de las orquestas clásicas demandaban devorar. Sus artículos acogieron la reseña de la Quinta sinfonía de Ludwig van Beethoven y fueron firmados por plumas de compositores virtuosos como Franz Liszt o Robert Schumman. Pero aquel semanario también escondía irresponsabilidades acechando entre sus hojas, aunque todo en su interior tuviese pinta de haber sido almidonado con esmero. Porque en varias de sus ediciones, Johann Friedrich Rochlitz publicó una serie de cartas supuestamente pertenecientes a Wolfgang Amadeus Mozart que con el tiempo se descubrirían como fantasías elaboradas por el propio Rochlitz para mitificar al compositor y su proceso creativo. El periódico musical más profesional posible ocultaba entre sus bambalinas la mayor imprudencia imaginable: no ser fiel a la verdad. 

En 2006, la conocida publicación digital Pitchfork reseñó el disco Shine On de la banda Jet endosándole un rotundo 0,0 sobre diez y colocando un vídeo con un mono meándose en su propia boca en el espacio en el que debería de haber figurado la crítica elaborada. Y aquello resultó ser más sincero que todos los sesudos ensayos sobre la técnica y virtuosismo de las sinfonías clásicas. El periodismo musical a lo mejor es esto: las entrañas, la locura, el caos y la revolución. Saltar desde un tejado y cantar «Peggy Sue» en honor a Buddy Holly cuando crees que vas a morir en un accidente de avión. Contemplar la cara de un rockero entre los periodicuchos de un quiosco perdido en Nueva Jersey y descubrir que nunca has estado solo. Observar a las ratas de la prensa, a las groupies divinas, a las víboras venenosas, a los dioses dorados. A la música y a todo aquello que la rodea.


Elvira Lindo: “En España hay que pedir permiso para tener libertad de criterio”

Recibe en la cafetería del Meliá de Bilbao. Es jueves y acaba de escribir su artículo dominical de El País, que resultó ser No me quieras tanto, una pieza leída a día de hoy por más de 236.000 personas y que fue durante varios días la columna más visitada del diario digital. Elvira Lindo (Cádiz, 1962) está cerrando un año feliz. Ahora publica Lugares que no quiero compartir con nadie (Alfaguara), una suerte de diario por el que recorre su Nueva York querido. Y después de la entrevista, que tiene lugar en octubre, su nombre saltará de nuevo como posible ganadora del Planeta por boca de Lucía Etxebarría. La llamamos para saber qué pasa.

¿Se va a dignar a presentarse?

(ríe) ¡Pero si hay gente que piensa que me he presentado muchas veces!

Ha saltado sin dudarlo en cuanto se le ha nombrado con tanto convencimiento como ganadora.

Sí, salté enseguida. Es verdad. Es que prefiero hacer frente a polémicas que merezcan la pena, no estas bobadas, así que cuando veo toda esa gilipollez de las quinielas del Planeta y cómo los adictos a la rumorología y al cotilleo se lanzan a dar nombres al buen tun tún, me pongo enferma. Pero salté enseguida, sí, soy impulsiva, que no sé si es algo bueno o algo malo.

En el Meliá, dos meses antes, se encoge fresca en un sillón, recién duchada, y mira la grabadora. Periodista antes que novelista, Elvira Lindo se dispone a ser entrevistada.

¿Le resulta invasivo que le pregunte por su vida?

No, no. Sé diferenciar entre hablar de la vida o de mi vida y hacerlo de mi intimidad, cosa que la gente no suele tener claro.

¿Tuvo una buena infancia?

Muy enriquecedora. Mi padre tenía un oficio nómada, auditor de una gran empresa de construcción, y mi niñez coincidió con la época de las grandes obras públicas en España. Cada hermano nació en un sitio diferente. Cambiábamos de colegio, cambiábamos de ciudad. Supongo que parte de mi carácter viene de mi herencia genética y otra parte también de haber estado expuesta desde pequeña a grandes cambios. Tuve que adaptarme a las circunstancias. Algún hermano mío lo vivió con más dificultades. Creo que sabía cómo adaptarme. Cambiaba de acento y costumbres con bastante facilidad. Hice de mi infancia algo feliz.

Su madre.

Una persona recta, muy femenina. Siempre en su sitio. Mi padre ha sido siempre un hombre extravagante, expansivo, raro como el que más, y a veces con prontos fuera de lugar. Entre esas dos personas tan diferentes me eduqué. Eso sí, a pesar de ser mi padre muy autoritario, creo que conmigo fue más comprensivo.

¿Por chica?

No, no creo que fuera por ser chica. Tal vez sí por ser la pequeña y ser muy afectuosa con él. Mis hermanos me llamaban pelota, pero yo le hacía la pelota con muchísima sinceridad (ríe) porque le quería mucho. Mi padre era un hombre muy guapo, y eso a mí no se me pasaba por alto. Muy machista, como casi todos los hombres de su generación, con mi madre, con mi hermana, con todas las mujeres, menos conmigo. No sé por qué, siempre me consideró una persona inteligente. En cuanto a mi madre, supongo que yo no encajaba en la idea de lo que ella creía que debía ser una niña. Pero quizá he dejado muy fijada esa idea de mi madre porque murió muy pronto. Y esto es un poco injusto también. Creo que he estado algo enfadada con ella años. Enfadada retrospectivamente. Si hubiera vivido más, estoy segura de que nos habríamos acercado, probablemente ella hubiera cambiado y yo también. Hubiera valorado muchas de las cosas que yo he hecho y yo la hubiera comprendido como la comprendo ahora. Pero en el momento en que murió, cuando yo era adolescente, ella estaba aterrada por lo que me pudiera ocurrir en la vida. De cualquier manera, creo que siempre fui la más cariñosa de los hermanos con mis padres.

¿Cuánto le afectó su muerte?

Ya supe algo de lo que era la muerte a los seis años, cuando murió mi abuelo. Y me pareció una especie de pesadilla, más que por la muerte en sí por todo el ritual que rodeaba al entierro: ver a tu madre de pronto vestida de negro, tan joven. Pero para mí fue más impactante la experiencia de la enfermedad de mi madre que su propia muerte. Cuando mi madre murió llevaba enferma desde que yo tenía nueve años. Crecí con una persona enferma, a veces muy escandalosamente enferma (fue operada a corazón abierto). Eso a un niño le estremece, pero se acostumbra.

A la enfermedad, no a la muerte.

Estaba allí cuando mi madre murió. Y me pilló completamente sola.

Tenía dieciséis años.

Dieciséis, sí. En ese momento no había nadie en casa.

¿Y su familia?

Bueno, fue todo muy absurdo. Estábamos fuera, de veraneo, y todo el mundo estaba en la playa menos yo. De esa experiencia no me acordé muy bien hasta hace unos diez años. Es increíble. Borré todo, hasta la conversación que tuve con ella, y no lo verbalicé hasta hace poco.

¿Por qué?

Fue un mecanismo de defensa, imagino, vacié mi memoria. Ni se lo había contado a nadie ni había abordado el tema.

¿Se interesó por eso que le ocurrió?

De alguna manera hice bien en no recordarlo. Quizá haya cosas que convenga no recordar si uno no está preparado para asumirlas. Ese momento de agonía, las palabras que compartimos… Fue una escena demasiado traumática. Cuando tuve mi vida más hecha y estuve más tranquila, junto a una persona a la que le podía contar eso, pude verbalizarlo, incluso escribirlo. Aun así, siempre me produce algo de temblor en la voz.

La chica creativa se queda sola a cargo de su padre.

Bueno (ríe), más bien mi padre se quedó a cargo de mí. Él es egoísta y exigente como un niño malcriado. Y con una mente aún más disparatada que la mía. Ha sido un hombre muy inteligente, con un talento excepcional para las matemáticas. O sea que no teníamos nada que ver. Pero la gente de matemáticas es un poco extravagante, y aunque desde luego él no es un artista, a veces tiene un temperamento más loco que el de un artista. Compró una máquina de escribir para casa y para mí eso fue fundamental. Acabábamos de cenar, recogíamos la mesa y en cuanto se iba todo el mundo yo cerraba las puertas del comedor y escribía. Poemas, cuentos, lo que fuese.

Entonces lo suyo fue una vocación.

Sí, aunque luego olvidé que la había tenido. Empecé a escribir con nueve años y esto de la máquina fue ya con dieciséis. Me gustaba ver las frases impresas, ver la letra de una tipografía de máquina era más inspirador que verlo a mano. Pero he sido siempre muy irónica conmigo misma y no me he permitido reconocer aquella vocación tan temprana. Es como si esa vocación infantil no me correspondiera o me diera vergüenza. La de veces que escribía un texto autobiográfico en el que contaba que la vida es azarosa y te lleva a escribir libros.

Toda una teoría.

Sobre el azar, sí. Pero un día mi hermana le dijo a Antonio que aquello era una fabulación mía. No la creas, le dijo a Antonio, ella escribe de pequeña. Quizá no me quería comprometer de verdad con mi vocación. Ese compromiso me daba miedo. Mejor mantenerlo a distancia, pensaba, sin que tenga nada que ver con ese mundo y piense que me gano la vida escribiendo por azar. Tomé distancia con la literatura. Como si en realidad no fuera una verdadera escritora.

No es verdad.

Realmente no es verdad. Escribo desde niña y en mi adolescencia escribí muchísimo.

¿Para usted, a escondidas?

No exactamente a escondidas.

¿Pero pensaba en publicar?

Empecé muy pronto a trabajar en la radio, a los diecinueve años. Eso me permitió escribir cuentos, representarlos allí. De alguna manera calmó mi ansiedad por dar a conocer lo que hacía y también, por otro lado, paralizó mi vocación literaria. Veía colmado lo que quería: escribía e interpretaba. Tuvo que pasar tiempo para que dejase aquello y me dedicase solo a escribir.

¿Lo ve como un tiempo perdido?

Nunca veo nada como un tiempo perdido. Empecé a publicar libros infantiles, que está considerado como la puerta de atrás de la literatura. Tenía 32 años y un enorme oficio por detrás. No me había contagiado de uno sólo de los tics de los literatos. Venía de otro mundo; había estado en la radio, en el periodismo. Ahora veo a gente muy joven en la literatura que piensan que son absolutamente originales en su forma de mostrar su vocación, y en algunos casos los veo muy rancios. Tan profesionales desde tan jóvenes. Uf. Imitando lo que han hecho otros jóvenes en otro tiempo. Esa cosa del jovencito que se cree que va a venir aquí a romper con todo, que desprecia lo anterior, ni lo he vivido ni lo he necesitado. No tuve la oportunidad de pisar mesas redondas, ni de ser llamada “joven autora”, ni de pertenecer a una generación. Me he librado. Alguna vez, cuando un periódico hace una fotito generacional de “jóvenes novelistas” me encuentro a gente de mi edad. ¡Pero esto qué es! Si hasta cuando yo empecé a publicar me consideraba una adulta, o madura, si lo prefieres. Como se supone que debe ser. Pero toda esa suerte de descubrimiento del autor joven al que se le alaba porque es como una fruta fresca que hay que comer rápido antes de que se pudra con la madurez me parece algo así como un capricho del periodismo cultural.

¿Marketing?

Capricho, quizá. Y luego ves que el crecimiento es complicado. Vender un libro es fácil, pero dos… Lo difícil es escribir todos los días y tener la disciplina y el coraje de hacerlo. Porque vas a hacer un libro bueno, otro regular y uno que esté medio bien. Hay que aguantar eso. Y que unas veces te hagan mucho caso y otras ninguno.

Hablaba usted de la disciplina. El seguir encerrado pese a los focos que ya hay fuera. Escribir es casi una instrucción militar continua.

Conozco gente que dice: “He ido a tal sitio para acabar de escribir mi novela”. Me fascina. Y tú piensas: “Mira, una novela tienes que escribirla donde sea. Lo que tienes que hacer es atreverte con ella y robarle tiempo a la vida para escribirla”. Hay veces que la piensas mientras haces la cena, cuidando de tus hijos o dejándola a un lado para escribir artículos.

Usted dejó su empleo para escribir.

Yo nunca había dejado un puesto de trabajo. Me dio mucho vértigo hacerlo y además estaba en una relación relativamente nueva, con lo cual no me sentía segura al no ganar dinero. Siempre he necesitado ganar dinero. Una de las cosas que mi madre me inculcó fue su conciencia de que para tener libertad había que ganar dinero. Ella lo decía, aunque a mi padre no le gustaba: “Quiero que mis hijas ganen dinero”. Y yo dejé mis trabajos en la radio y en la televisión cuando estaba ganando más dinero que nunca. Aunque vivía al día, porque yo siempre he vivido al día, con poco o con mucho, me daba igual lo que ganase porque nunca tenía nada. Pero que me quedara en casa para escribir fue un empeño de Antonio. Yo no me atrevía a dar el paso. Él empezó a animarme a dejarlo.

Y un día se quedó en su casa escribiendo.

Siempre he tenido suerte en el trabajo. A los diez días me llamó un actor que me dijo que iba a presentar unas galas en la tele, y que si quería escribirlas. Que me llevaría poco tiempo y me sacaría un buen dinero. Así que me vi en casa haciendo un trabajo alimenticio que hacía muy rápido y dedicando el día a mi verdadera vocación. Eso sí, tuve que acostumbrarme a trabajar sin salir de casa.

Demasiadas tentaciones.

Sí, cualquiera. La televisión, el teléfono, internet, salir a la calle…

¿Lee toda la prensa ya en digital? ¿Se nos muere?

Yo leo todo. Todo. Digital y papel. Soy una devoradora de periódicos. Los periódicos seguirán existiendo, claro, yo no lo dudo. Y lo que me extraña es que los más catastrofistas sean precisamente los que viven de ellos. Nuestra sociedad necesita la información como el pan de cada día. ¿Cuál será el formato? ¿Habrá uno solo, convivirán los dos? Eso tal vez sea lo de menos. Lo más importante es que haya periodistas que estén bien pagados por hacer un trabajo serio.

¿Tiene la sensación de que sin tanto juguete tecnológico o red social se leía más antes? A una persona acostumbrada a leer de 140 caracteres en 140 caracteres le tiene que costar horrores presentarse delante de Guerra y Paz.

Los lectores de Guerra y Paz siempre han sido una minoría; eso sí, le recuerdo que ahora se llevan los novelones. El metro está lleno de gente transportando novelones. ¿Que muchos de ellos no tienen categoría literaria? Eso también ha pasado siempre.

¿Usted qué está leyendo?

He leído Libertad de Jonathan Franzen, y me ha gustado, y si se me permite la expresión, me ha entretenido mucho. Con esto quiero decir que no sé si es la Gran Novela Americana de los últimos tiempos, como la han definido tantos suplementos literarios. Me parece exagerado. Creo que es una buena novela, y que entretiene. Y entre ayer y hoy me he leído Bluebird, de Vesna Maric, una escritora bosnia que escribe en inglés y que ahora publica en España sus memorias sobre la experiencia de ser una adolescente refugiada en Inglaterra durante la guerra de los Balcanes. Muy sencillo, directo, poético, muy bueno. Ah, también acabo de leer La montaña mágica, pero no voy a descubrir nada si digo que es una obra maestra. Ya está dicho.

¿Le atrapan las series?¿Influyen más en las obra literaria moderna, son sólo la expresión de la gran literatura de toda la vida o ambas cosas?

Me gustan las series, sí. Los Soprano, y sobre todo, Mad Men, ésa es mi favorita. Todo influye en un escritor, qué sería de un novelista que no se dejara influir por la cultura de su tiempo. En la novela cabe todo, lo visto, lo escuchado, lo leído.

Usted el periodismo no lo abandona del todo. Escribe una contraportada y una página el domingo en El País.

Tengo una idea ya completamente hecha del espacio. De los caracteres con los que cuento y de eso tan complicado que es saber el recorrido que va a tener el artículo. La columna pequeña es más difícil, porque no tienes tiempo a decir casi nada.

Me acaba de decir que le quedan cuatro líneas. Quizá las más difíciles.

Sí. Tengo una noción del artículo que a lo mejor no le suena muy literaria. Pero el concepto que tengo está relacionado con el mundo de la comedia, del espectáculo. Es como si yo saliera a actuar. Voy con la idea de que tengo que interesar al espectador desde la primera frase, mantener su atención y cerrar mi historia tratando de provocar una reacción en el público. Cuando escribes un libro es algo distinto, pero el periódico es un sitio en el que la gente te lee mientras hace otra cosa, a veces en la barra de un bar. Tal vez porque tengo una influencia de la radio, donde el tiempo es importante; o quizá porque he trabajado mucho con actores y sé que el ritmo tiene un valor. Jamás pienso que mi nombre me da derecho a escribir lo que quiera, aunque sea aburrido y pedante: esos “aunque sea” no los entiendo. Tengo que escribir algo teniendo en la cabeza un escenario al que salgo. Y allí hago mis piruetas, mi tripe salto mortal y me voy. Y esa idea me anima mucho aunque resulte absurda. Me da una arquitectura de lo que estoy haciendo. Para mí, un artículo del que te cansas al primer párrafo es un artículo fracasado. Eso pasa mucho en los periódicos.

Está todo excesivamente definido.

Primero porque en muchos casos nos volvemos previsibles. Pero es que además a veces las ideas no se entienden, no hay claridad. Incluso se escribe oscuro porque sí. El escritor de periódicos no debe darse tanta importancia a sí mismo, sino saber expresar algo, lo que sea. Siempre mido eso como un pequeño show con nudo y desenlace. Y así lo miden hasta los divulgadores científicos que cuentan cosas mucho más complicadas que nosotros.

Uno de sus leitmotiv es la España vista desde fuera, en su caso Nueva York. También se le ha atacado por eso.

Los españoles siempre han desconfiado por sistema del que se va y cuenta las cosas desde fuera. El que se queda siempre tiene la tentación de pensar que el que se ha ido se cree superior. Pero en el fondo es porque de alguna manera él está queriendo justificar su inmovilidad o su conformismo.

¿Que no haya disensiones patrióticas?

Bueno, sí, pero el patriotismo puede ser incluso echando pestes de España siempre que lo hagas desde dentro. Sobre todo que no lo hagan españoles que hayan decidido irse. A mí me hace gracia esa idea. Hace poco leí una encuesta sobre los pocos viajes que hacían los españoles a lo largo de su vida, y había algunos que nunca se habían movido de su pueblo. Entiendo que en un país que ha estado tan cerrado al exterior esa cerrazón sea propia de los que no han podido conocer otro mundo, pero en gente que tiene oficios como el nuestro me parece inconcebible. Salir, ver, tener experiencias. Yo no pude ser una erasmus, pero pude viajar a los cuarenta años, y le estoy muy agradecida a ese vuelco que dio mi vida y que me permitió vivir un tiempo fuera. Tratar con gente que no había formado parte de mi mundo. Me di cuenta de lo homogéneos que somos los españoles y cómo nos movemos en círculos de gente idéntica a nosotros. Así lo veo. Y lo que me gusta es poder decirlo.

Un clásico es que haya trasfondo ideológico. Que se le critique a uno desde el otro lado incluso por la manera de coger el tenedor.

Son ideas muy religiosas. O perteneces a mi fe o a la contraria, o peor aún si es que no tienes fe. Eso siempre es así. Cuando empezó la crisis mundial y nosotros estábamos en Estados Unidos, al volver se me ocurrió plantear el miedo a la recesión en una comida y me llamaron reaccionaria. Resulta que al parecer le estaba dando la razón al PP en su visión catastrofista de España. Son cosas que cuando llevabas un año fuera te sorprenden. Tú decías: “Perdona, todo el mundo está escribiendo sobre este asunto fuera de España; es imposible que nuestro país no se contagie de lo que está pasando”. Aquí hay que pedir permiso para tener una opinión no partidista, para que te dejen tener libertad de criterio.

Los periódicos.

Y los periódicos han contribuido mucho a eso. Por eso pienso que las personas que deseamos ir por libre nos buscamos y nos hacemos amigos. Quiero estar en mi casa, cenar con mis amigos y decir lo que quiera. Porque me he visto en muchas reuniones con gente a la que aprecio donde en cierto modo coartan tu libertad. Y entonces te callas porque piensas que vas a ser malinterpretado.

¿Y a usted cómo hay que interpretarla ante el 20N, si se me permite la pregunta?

Pues no lo sé ni yo, se lo aseguro. Pero creo que uno ha de votar al partido que a uno le resulte menos dañino. Espero que el PP se modere, porque en su forma de hacer oposición ha sido agresivo, en exceso reaccionario y nada colaborador dada la situación excepcional que vive España. Odio definirme, pero si hubiera de hacerlo estoy entre los que defienden un sistema de socialdemocracia. Ha sido sin duda el sistema más justo que ha conocido Europa, aunque ahora esa palabra, socialdemocracia, provoque tanto cachondeo.

Fotografía: Roberto Ortiz


Marcel Gascón: Una banda de marrajos

Hay palabras que llenan artículos. Le dan rotundidad y color a la frase, llenan al lector por su belleza o concreción, más allá de lo que signifiquen. Escribirlas supone cierta determinación. Porque son fuertes y parecen estridentes, y su contundencia nos da cierto vértigo: ¿no será demasiada pompa para lo que contamos? Entonces acudimos al diccionario. Y vemos con alegría que no, que la palabra lustrosa que encontramos designa exactamente lo que queremos. Las dejamos ahí. Son los puntales de nuestro artículo, lo ennoblecen y hasta nos permiten frases flácidas e incluso vacías. 

Disfruto mucho al encontrar la palabra precisa y directa, que sortea lenguajes de libro de estilo e inexpresivos y capta con toda su fuerza la realidad que debe designar. El gusto es aún mayor cuando la moda la ha arrinconado al desuso y la palabra es rara, bella y chocante. Sorprender con estraperlo por el más ortodoxo contrabando. Precisar con el taurino espontáneo en vez de limitarse con el más ambiguo espectador, que no explica si entró o no al campo. Tumba por derriba o tira al suelo, más contundente y gráfico, mejor.  

A menudo me acuerdo de una columna de Alfonso Rojo en ABC titulada “El tiburón del Mossad”. No decía gran cosa ni estaba especialmente bien escrita. Sólo dos sintagmas, originales y sonoros, la hacían excepcional: “un voraz escualo se merendó el domingo a una anciana alemana”. Y: “una banda de marrajos había dejado malheridos a otros tres turistas”. Un voraz escualo y una banda de marrajos, donde podía haber dicho tiburón y animal.

 


Manuel Jabois: ¿Quién pone las pichas?

Al regresar de las vacaciones de verano siempre me encuentro la mesa del periódico atiborrada de invitaciones a exposiciones, presentaciones de libros y conciertos en Pontevedra, Ourense, Torrevieja, Málaga y una vez Roma. Para resistir, miro películas de Woody Allen. En una sola hay más programación cultural que en un año en Pontevedra, así que convalida. Recuerdo ahora al matrimonio suyo con aquella galerista de arte que quiere establecerse por su cuenta en Poderosa Afrodita, y cómo la mira el hombre que puede hacer realidad su sueño (“Si a mí me mirase así le daría una bofetada o le besaría la boca”). Las escenas de Manhattan, y los diálogos en los museos (“¿Van Gghog, lo llamó Van Gghog? ¿Y dijo que le parecía chanchi su obra? ¿Oí chanchi?”).

Por llegar, un año hasta llegó a Galicia una exposición de Botero, por lo que imaginamos que hubo que desmontar Oviedo. ¿Qué hacer? ¿O que no hacer? Yo, desde la cama, como Proust, aconsejaría primeramente asistir: que lo vean a uno. Marsé dijo que cultura es estar tomando una cerveza solo y en paz con todo el mundo; Marsé hace performance y queda a gusto. Lo que es cultura es estar donde está la cultura: decir presente cuando alguien pasa lista. Nada de liarse la bufanda al pescuezo y abrirse paso a por los canapés a sopapos, que era lo que hacía Umbral en los cócteles. Tampoco se llevan los gafapastas ni las jipis del malditismo; clichés que marchitan. Hay que ser normal e ir vestido de persona normal, como quien pasa por ahí, y no hacerse el enterado delante de un espacio vacío.

—Es una metáfora de la metáfora, algo así como la metominia subida al cubo.

—Y a mí que me parecía tu madre haciendo una mamada.

Siempre hay que explorar los límites en:

a) la presentación de un libro de poesía. No separar la mirada de la del autor y cuando empiece a incomodarse decirle, casi susurrando con los ojos muy abiertos: “Poesía eres tú”

b) la presentación de la novela de un famoso deluxe. A los diez minutos de filosofía de pexiglás, pedirle al autor que lea el primer capítulo: comprobar que el 80% no sabe leer.

c) un estreno teatral. Acercarse al final de la obra al director, y comentarle: “Se abrió el telón y se bajó el telón, pero yo no cogí el chiste”.

Si la cosa se pone aburrida en este otoño siempre podremos juntar a los viejos artistas, como Picasso juntaba a sus viejos amigos, y proponerles una orgía: “Yo traigo alcohol”, dijo uno. “Yo pongo la música”, otro. “Yo acerco a las mujeres”, un tercero. Y el anciano Picasso mirando alrededor: “Ya, muy bien. ¿Pero las pichas? ¿Quién pone las pichas?”.