Un antojo (y 2)

un antojo (2)
Misiones, Argentina, 2017. Fotografía: Gabriel Sotelo / Getty.

Viene de «Un antojo (1)».

Después, a fines de enero, me fui de vacaciones con Diego a Córdoba. Hacía cinco años que no tomaba vacaciones, ni siquiera descansos cortos. Había decidido hacerlo en mayo de 2020, y pasó lo que se sabe: pandemia. 

Al volver de Junín sentí una sed rara: necesitaba más piscina, más parque, más libros. Me hubiera gustado ir a la Mesopotamia, a Misiones, una provincia roja y caliente. Estuvimos con Diego por última vez hace años, en diciembre. Encontramos un club de pescadores en un pueblo donde se organizaba la cena de fin de año. Había parrilla, había piscina y había río. Nos pareció un gran plan. Reservamos dos lugares, volvimos al hotel, nos duchamos, nos pusimos ropa buena y volvimos al club a las nueve. El asado estaba atrasadísimo. La comida llegó casi a medianoche, cuando ya estábamos borrachos. Como a los demás, no nos importó. Comimos, brindamos, bailamos. Habíamos llevado una botella de champán así que, mientras todos seguían festejando, bajamos a la playa y bebimos hasta que salió el sol.

Seguimos viaje al día siguiente hacia lo profundo de la selva, en el centro de la provincia. Llegamos a la hora de la siesta a un pueblo cuyo nombre no recuerdo, y vimos un cartel que anunciaba «Serpentario». Tocamos timbre. Salió un hombre descomunal con gafas de sol y el pelo atado en una coleta. Nos comunicó el valor de la entrada, nos dio indicaciones. Teníamos que ingresar por una puerta contigua, una voz grabada nos hablaría sobre las víboras y nos indicaría el camino. Pagamos. Nos indicó la puerta y se fue. Abrimos. Al otro lado había una sala asfixiante que, de pronto, quedó a oscuras. Comenzó a sonar una música estruendosa y una voz explicó lo que íbamos a ver: yararás, cascabeles, cobras, corales. En todo caso, mucho veneno. Cuando la grabación terminó, se abrió una puerta con un bufido neumático y nos encegueció la luz del sol.

Al otro lado, bajo lo que recuerdo como un toldo y que seguramente era otra cosa, había peceras. Torres, pilas, edificios de peceras donde vivían las víboras. Las peceras estaban sucias, las víboras adormecidas. Algunas de las tapas estaban corridas y Diego dijo: «Mirá dónde pisás». La posibilidad de que hubiera víboras sueltas parecía alta. Yo estaba fascinada por el horror. Podía ser la casa de un asesino serial y, nosotros, dos incautos que por divertirse iban a terminar despellejados. Nadie en el mundo sabía que estábamos ahí. Había un olor picante, mezcla de calor, víboras, vidrios calientes, polvo. Al final, no pasó nada. Salimos por el otro extremo y nos metimos en el auto, que había quedado al sol y era un incendio. Esa tarde paramos en un hotel de los años sesenta, hermoso y decadente, aireado y fresco, y dormimos una siesta larga de la que nos despertó el canto de las ranas. 

Me hubiera gustado volver ahí. Buscar ese pueblo, ese serpentario que quizá ya no exista. Pero Misiones queda demasiado lejos. Así que fuimos a Córdoba. Que también queda lejos, pero menos. Yo estuve muchísimas veces en Córdoba a mis cuatro, seis, ocho años. Tengo fotos tomadas allí: con mi madre y un burro, con mi padre y dos burros, con mi hermano y un lago, con mi madre y mi padre y un cerro y un burro. Es una provincia de sierras bajas, de arroyos y ríos que pueden ser feroces cuando crecen, pero que, en general, son agradables y mansos. Hay una zona, Traslasierra, en la que se alinean pueblos pequeños que son ahora el destino de intelectuales y artistas. No fui allí, donde se supone que hay que ir, sino a una ciudad muy turística con restaurantes a montones, centenares de tiendas de suvenires, almacenes de productos típicos, y me hospedé en un hotel de diseño con spa, parque, piscina al aire libre, piscina cubierta, gran desayuno, vista al cerro. Quería desentenderme. Quería que la realidad dejara de aullar. Que se apaciguara.

Estuvimos quince días, leí ocho libros, nadé, tomé sol, subí cerros, caminé bajo la lluvia en medio de un bosque amable, compré morillas, aceitunas, aceite de oliva y hongos de pino, viajé a pueblos no tan cercanos, me di masajes, dormí en una cama pluscuamkingsize, salí al balcón a beber vino al caer la tarde, cené en un restaurante diferente cada día, comí postres de chocolate con helado de mandarina. Me reí cuando, perdidos en medio de la nada, los conductores de los autos a los que intentaba detener pidiendo ayuda no se detenían. Me reí cuando entré a una farmacia en un pueblo a comprar gotas lubricantes para los ojos y el empleado trajo, silente y avergonzado, un lubricante vaginal. Me reí cuando fuimos a cenar a un restaurante decorado con imágenes de los enanos de Blancanieves (donde me tomé una foto con el más gruñón). Y me pinté las uñas. 

Cuando me pinto las uñas me abduce otra personalidad. Las manos se me llenan de movimientos ajenos, densos, muy específicos. Eso me produce una felicidad simple. No tengo muchas. Siempre busco otras, más grandes. La felicidad compleja que se alcanza después de escribir, por ejemplo, que convive con momentos de una congoja precámbrica: ganas de llorar infantiles. (Diría que hace años que no lloro, aunque no es del todo cierto. Lloré un poco, apenas, el 20 de marzo de 2020, un día después de que decretaran el confinamiento en la Argentina. Hablaba con mi padre por teléfono y me dijo: «Querida, estás triste». Yo no estaba triste, solo furiosa y desorientada. Lo que me hizo llorar, apenas, fue el hecho de que me dijera «querida», porque él no me dice así y sentí que esa palabra inusual era una premonición de la deformidad en la que viviríamos muy pronto). Como decía, la felicidad de escribir —de haber escrito— se desvanece rápido. Es inmediatamente atropellada por una sensación vacío, de pérdida total de la razón de ser, un sentimiento licuado y ominoso. Sin embargo, buscar esa felicidad efímera fue lo que hice durante todo este tiempo. Lo que me mantuvo viva. 

***

Cuando digo que en febrero volví a Buenos Aires y me puse a escribir, soy literal. 

Llegué el 8 y el 9 empecé a escribir un texto cuyo proceso de investigación había empezado en diciembre. Tenía más de sesenta entrevistas, decenas de artículos leídos. Por delante, dos semanas libres de toda obligación. Los días en los que tomo un compromiso son días perdidos para la escritura, aunque sea un compromiso breve como encontrarme con alguien en un café. Esa interrupción inminente repiquetea en mi cabeza, insufla contaminación en una atmósfera que debe ser despreocupada. No muchos lo entienden. Ni siquiera personas que se dedican a lo mismo: «Pero dale, si es a las siete, tenés todo el día para trabajar». Eso es mentira: con la interrupción al acecho no tengo todo el día para trabajar. El cineasta norteamericano David Lynch, además de hacer cine, pinta. En su libro Atrapa el pez dorado habla de lo que hace falta para pintar un cuadro. Sobre todo, disponibilidad y ausencia de interrupciones: «Si sabes que dentro de media hora tendrás que estar en alguna otra parte, no hay manera de conseguirlo. Por tanto, la vida artística significa libertad de tener tiempo para que pasen las cosas buenas». Por eso me pregunto cómo hice para escribir durante el año que pasó. Porque no hubo nada más invasivo, nada que se colara tanto por todos los resquicios, nada que fuera una interrupción tan permanente como este tiempo momificado, repugnante e inmóvil en el que —se supone— hay que vivir. 

***

Ahora, tormentos. 

Una semana antes del confinamiento, mi casa estuvo a punto de inundarse. Se soltó el caño que conecta un artefacto del baño a la pared, y el agua empezó a salir con la potencia de una manguera de incendios. Ochocientos litros bajando directo desde el tanque a mi baño, y de allí a mi estudio, al pasillo que conecta los cuartos, a los cuartos, al living. Diego corrió a la terraza y cortó el suministro de todo el edificio. Ya se hablaba de la importancia de lavarse las manos, de mantenerlo todo limpio por el virus, y de pronto, un sábado a la mañana, nosotros dejábamos al edificio sin agua. Pudimos encontrar al plomero, que vino rápido. Bastó con comprar un repuesto, ajustar roscas. En una hora estaba arreglado. Pero poco después, ya en pleno confinamiento, se perforaron dos caños. Hubo que destrozar baldosas, levantar pisos de madera. Durante meses, la casa no paró de aullar catástrofes: se rompía una canilla, se caía una lámpara, se estropeaban los electrodomésticos. Empezamos a usar el lavarropas con cautela. Tratábamos con cuidado las teclas de la luz. Controlábamos el techo para ver si había filtraciones. Un día alguien, en los pisos superiores, arrojó algo por las cañerías. Los departamentos se inundaron. Salía agua ponzoñosa por las rejillas y los inodoros. Diego intentó desatascar con un alambre y un cable, pero las dos cosas quedaron tan enganchadas a la cañería como lo que fuere que ya estaba ahí. Entonces llamamos a un destapador. Vino con su maquina alienígena, destapó todo en un minuto, desatascó el alambre y el cable, nos cobró un precio moderado.

Esas catástrofes cotidianas nos dejaban aturdidos, con una sensación de inminencia. Pero había en eso una complicidad exultante. A veces siento nostalgia por aquellos días en los que estábamos tan solos, él y yo, flotando en esa isla primitiva donde la supervivencia dependía de nosotros. Limpiábamos la casa una vez por semana. Hacíamos gimnasia en horarios similares. Organizábamos las compras. Salíamos a caminar kilómetros. El paisaje parecía entristecido a trompadas, machucado a pesar del sol. Las persianas de los comercios estaban bajas. No había bicicletas ni autos. Cuando pasábamos junto a un policía, le mostrábamos una bolsa de compras que llevábamos como salvoconducto: «Salimos a comprar». Todo transcurría en un silencio agarrotado y deprimente. Pero cuando regresábamos a casa y disponíamos las cosas para el té, y yo ponía en funcionamiento el lavarropas, sentía que eso era todo lo que estaba bien en el mundo. Ese transcurrir mínimo. Alivios como recovecos.

Mientras tanto, trabajaba mucho. Escribiendo, editando, y también dando talleres. Alcancé a dar dos o tres clases presenciales en mi casa a comienzos de marzo. A la última, una semana antes del confinamiento, vinieron pocos. Yo había colocado las sillas a gran distancia, había alcohol en gel, las ventanas estaban abiertas. Anuncié que seguiríamos online, pero que aún no sabía cómo. Una de las participantes me dijo: «Yo averiguo». Más tarde, al despedirlos, pensé que era probable que no volviera a verlos en un año o dos. Esa misma noche la participante me envió la solución por correo: «Zoom, lo usan todos», me dijo. Me suscribí de inmediato. Mandé instrucciones. Empezamos a vernos así. Semana tras semana. Sin feriados. Hasta la mitad de diciembre. 

Comencé a dar talleres en 2002 o 2004, no me acuerdo, cuando a un par de colegas chilenos se les ocurrió que yo estaba capacitada para impartir uno en su país. Jamás había dado ni tomado una clase de periodismo, así que no sabía cómo era. Pero sabía lo que no quería hacer. Años antes había asistido a una charla que un colega europeo había dado en Buenos Aires. Los periodistas lo escuchaban con devoción, pero él no transmitía ningún conocimiento: solo contaba anécdotas. Hablaba de la vez en que había estado en tal lugar, de cómo había salido corriendo de tal otro. No estoy en contra del uso de la anécdota personal ilustrativa, pero deja de interesarme si solo está puesta al servicio de aportar una cuota más de leyenda al personaje (aunque quizás sea lo que estoy haciendo acá).

Para dar ese taller tenía que crear un método. Así que estudié, escuché clases magistrales de directores de orquesta, entrevistas a directores de cine, escritores, fotógrafos y editores, repasé libros sobre la escritura periodística, leí manuales de estilo de diversos medios, imaginé ejercicios posibles para desarrollar tales y cuales herramientas, forjé una forma posible. Y empecé. Y descubrí lo que ya sospechaba: que el andamiaje teórico y práctico funciona, pero que la única manera de poner a vibrar la escritura como algo que merece, a la vez, dominación y respeto, es transmitiendo el entusiasmo enervante por hacerlo bien. ¿Era posible hacer eso en el Zoom? ¿Había manera de transformar la pantalla en un sitio razonablemente contaminado por la circunstancia pandémica, pero, a la vez, cercano a ese más allá donde se agita la pulsión de la escritura? Eran momentos en los que, para escribir, había que sobreponerse —más que nunca— al miedo, a la incertidumbre, a la angustia, a la pérdida de sentido, al encierro, al agotamiento.

Sin embargo, se pudo. La escritura de todos sufrió una transformación impactante. Se volvió más contundente, más osada, más insidiosa, más ruda, más drástica, más enérgica, más vital, más severa, más precisa, más resuelta, más temeraria, más sofisticada. Pero no sucedió gracias al Zoom, ni porque esta fantástica desgracia resultara inspiradora. Sucedió porque la escritura era el único sitio en el que podían —podíamos— respirar. El escritor sueco Stig Dagerman —nota al pie: se suicidó a los treinta y un años— escribió un texto llamado Nuestra necesidad de consuelo es insaciable. Hacia el final, dice: «El mundo es más fuerte que yo. A su poder no tengo otra cosa que oponer sino a mí mismo, lo cual, por otro lado, lo es todo […]. Este es mi único consuelo. Sé que las recaídas en el desconsuelo serán numerosas y profundas, pero la memoria del milagro de la liberación me lleva como un ala hacia la meta vertiginosa: un consuelo que sea algo más y mejor que un consuelo y algo más grande que una filosofía, es decir, una razón de vivir». Durante 2020 me pregunté muchas veces cuál es, en un momento como este, el rol de alguien que se planta ante un grupo y dice: «Creo que sé algunas cosas, quizás pueda enseñárselas». La respuesta que encontré fue esta: aguantar para que ellos aguanten. Entonces, a lo largo de todo el año, aguanté. Con mi única herramienta: escribir y hacer escribir. Para que el mundo no fuera más fuerte que yo, que ellos, que nosotros. Hasta alcanzar un consuelo mejor que un consuelo, algo más grande que una filosofía: una razón para vivir. 

El esfuerzo me impuso consecuencias duras. 

Que no le importan a nadie. 

Eso es todo. 


Un antojo (1)

un antojo (11)
Corrientes, Argentina, 2019. Fotografía: Mariana Silvia Eliano / Getty.

«Un antojo», dice la editora. «Escribe un antojo». Yo no escribo antojos. 

Allá vamos. 

***

El verano en el Cono Sur se extiende desde diciembre y hasta febrero. En diciembre de 2020 estuve en la casa de mi padre, que vive en Junín, la ciudad en la que nací, a 250 kilómetros de Buenos Aires, la ciudad en la que vivo. Debido a la pandemia no lo veía desde el año anterior. Compartimos la Navidad y el Año Nuevo y lo pasé bien. Después, a fines de enero, me fui de vacaciones a la provincia de Córdoba. En febrero volví a Buenos Aires y me puse a hacer lo que había hecho a lo largo del año: escribir. 

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Apunte tomado en una libreta, fechado en agosto: «Todo conduce al mismo sitio. La escritura». Es el único apunte de todo 2020. 

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Cuando digo que el verano en el Cono Sur se extiende desde diciembre y hasta febrero, miento, porque el verano empieza el 21 de diciembre y termina el 20 de marzo. Pero antes y después de esas fechas la temperatura baja de los treinta grados, y eso para mí no es verano sino otra cosa, una parcela climática en la que hay que usar medias, zapatos cerrados, un abrigo que en mi caso nunca es liviano. A veces pienso que soy friolenta porque mi madre me abrigaba demasiado cuando era chica. Los abrigos de mi infancia, en los setenta, consistían en diversas capas de lana y paño: un suéter de lana bajo un saco de lana, todo cubierto por un tapado de paño. No había ropa inteligente, las chaquetas de pluma eran un lujo, y el efecto final era el de estar aplastada por capas ásperas y resecas. Siempre quise tener un suéter rojo con ochos enormes en el frente. Creo que no lo tuve nunca, aunque a veces me sobrevienen recuerdos falsos de estar con un suéter así, aferrada a una muñeca enorme sobre la caja de una camioneta marca Rastrojero.

Tuvimos varias de esas camionetas. Funcionaban con gasoil, la caja era de madera, el traqueteo se escuchaba desde lejos y para mí estaba asociado a la felicidad: era el ruido que se escuchaba cuando mi padre se acercaba a casa, después del trabajo. Las usábamos unos años y luego íbamos con la camioneta vieja a Venado Tuerto, en la provincia de Santa Fe, la vendíamos y, en la misma concesionaria, comprábamos una nueva con la que regresábamos. Esos viajes los hacíamos solos, mi padre y yo. Una vez le pregunté por qué me llevaba con él —Venado Tuerto queda a 150 kilómetros de Junín, por entonces un pueblo de veinte mil habitantes y no la ciudad de cien mil que es ahora—, y me dijo que yo era su amuleto para que la compra saliera bien. ¿Una compra puede salir mal? No sé. Tengo pocos recuerdos de mi trabajo como amuleto: el aburrimiento en la concesionaria mientras los adultos firmaban los papeles, el olor a nuevo de la cabina, los asientos cubiertos por un plástico transparente.

En cuanto al suéter rojo creo que, en efecto, nunca lo tuve. Cuando adquirí cierta independencia para decidir mi indumentaria, quise un saco largo de lana. Pensaba que un saco así iba a proporcionarme una vida mejor. Más cálida, menos entumecida. Que iba a transformarme en lo que quería ser: una persona adulta y mundana, que viajaba y escribía con ese saco (¿gracias a ese saco?). Mi madre y yo demoramos mucho en escoger el modelo. Compramos decenas de revistas tipo Burda, publicaciones difíciles de conseguir que, cuando se conseguían, eran del año anterior o incluso más antiguas. Me encantaba mirar esas páginas. Las modelos de pelo lacio posando sobre fondos de tono inofensivo —amarillo, celeste, rosa pálido— eran como casas con decoración inobjetable. Parecían personas perfectamente satisfechas, y la satisfacción —según yo— se la daban todos esos suéteres que yo no tenía.

Cuando decidimos el modelo, fuimos a comprar la lana a una casona de techos altos, revestida de un panal de anaqueles de madera en el que se acomodaban las madejas de a cientos. Yo estaba indecisa. Las preguntas de mi madre me confundían más: «¿Este color te va a quedar bien con toda la ropa?»; «¿No será muy cansador este tono?». El suéter debía combinar con todo, servir para todo, ser a la vez elegante e informal, útil como abrigo de colegio y para salir. Así era siempre por entonces: las cosas tenían que durar toda la vida y la cantidad de elementos que evaluar era irritante y enloquecedora (y profundamente innecesaria y ansiógena). Fuimos varias veces a la lanería, nos llevamos muestras, trozos de pocos centímetros de lana. Yo los disponía sobre la mesa de la cocina y los miraba, como pidiéndoles una respuesta. ¿Cómo se hacía para imaginar un suéter a partir de eso? ¿Qué aspecto tendría esa viborita marrón transformada en un vendaval de mangas y cuellos, cómo saber si ese rosa viejo no tendría el aspecto una frazada una vez transformado en saco?

Al final, me decidí por una lana gruesa y potente color azul petróleo. A tres cuadras de casa vivía una tejedora que gozaba de prestigio (en los pueblos, el prestigio llega por oleadas: de pronto una modista es la única a la que todos quieren ir; de pronto un dentista es el único posible; de pronto una casa de pastas es la única en la que se pueden comprar pastas: nunca supe por qué es así, ni cómo hacen para sobrevivir los que pierden el favor del prestigio). Le llevamos la lana y unas cuantas revistas. Queríamos el cuello de este saco, las mangas de este otro, los bolsillos de aquel, la solapa del de más allá. Siento una depresión retrospectiva al pensar en la diferencia abismal que había entre el esfuerzo y el fruto, entre la expectativa y el resultado. No me produce ternura la candidez de haber creído que alguien podía armar, a partir de ese Frankenstein, algo como lo que yo imaginaba. Me produce ira: ira por mí y por mi madre (por creer, conmigo, que eso era posible). El saco resultó muy pesado. Pronto los bolsillos quedaron a la altura de las rodillas. Las mangas se estiraron. El punto era demasiado abierto, entonces tampoco servía como abrigo: el frío se colaba por la trama. De todas maneras, lo usé con orgullo porque, a decir verdad, nadie tenía un saco como ese. Hoy se vendería a precio alto en cualquier feria americana.

Una noche lo llevé a una fiesta de compañeros del colegio. En uno de los bolsillos escondí mi superpoder: brillo para labios. No había diferencia entre el papel atrapamoscas y ese pegote con olor a frutilla, pero les daba a los labios un aspecto bastante lascivo. Yo tenía menos de doce y mis padres no querían que me pintara. Había comprado el brillo en una perfumería de la avenida Primera Junta, y lo mantenía escondido en un cajón de la mesa de luz sobre el que pesaba un juramento de privacidad, aunque no guardaba allí otros elementos clandestinos, solo ese. Al llegar a la fiesta, que se hacía en una casa, arrojé el abrigo sobre un sofá o una cama y salí al patio a bailar. Se pasaban discos de vinilo, cada uno aportaba los suyos. Yo siempre llevaba a los Bee Gees, una música muy requerida.

Cuando terminó la fiesta, fui a buscar mi saco. El frasquito del brillo se había roto y había enchastrado la zona, que tenía un aspecto apelmazado y brillante, poco saludable. Me asusté. El saco me daba igual, pero mis padres iban a descubrir que me pintaba. Me pregunto a qué le tiene miedo una persona cuyos padres jamás le han pegado ni impuesto penitencia alguna. ¿Tendría miedo a que me dejaran en la calle? ¿A que me mataran? Como sea, cuando llegué a casa fui al baño y metí el saco bajo la canilla del lavatorio. Refregué con jabón, pero no salía. Entonces se me ocurrió echarle quitaesmaltes. Debe haber sido algo sensacional. Lo dejé chorreando en la bañera y me fui a dormir. Al día siguiente, mi madre me preguntó qué había pasado. Di respuestas vagas o culpé a otros. En el fondo solo quería decir: «No debiste hacerme ese suéter, no debiste dejar que me ilusionara, debiste ser otra persona, por qué vivimos acá, qué es toda esta infelicidad que me rodea». A veces, ella era la culpable de todo. 

Esas cosas pasaban en invierno. En verano yo era perfectamente feliz. 

Nos íbamos de viaje con mis padres al norte de mi país o a la Mesopotamia, una región formada por tres provincias —Entre Ríos, Corrientes, Misiones— rodeadas de ríos. A la Patagonia fuimos una sola vez. Mis padres decían que no era «auténtica», y no les gustaba. Estaban hechizados por la cultura de las provincias del norte —Salta, Jujuy—, por los pueblos andinos, las mujeres que tejían en telares centenarios, los arrieros silenciosos. A mí todo eso me gustaba —mucho—, pero siempre quise volver al sur. Había algo en ese paisaje prolijo, de lagos transparentes, que me resultaba fascinante de una forma agotadora: era un lugar duro, limpio y solo, un paisaje apenas contenido por un fleje que en cualquier momento podía estallar y transformarse en otra cosa.

Tengo un recuerdo brutal. Cuando llegamos a la Patagonia, después de un viaje muy largo en el Rastrojero (ochenta kilómetros por hora, máximo), nos detuvimos sobre un puente precario que atravesaba un río. Eran nuestras primeras horas en el sur. Jamás había visto algo así. Habituada al paisaje monótono de la pampa, a la parquedad del norte, sentí que eso era el exotismo: que había llegado al extranjero. El agua traslúcida, las piedras sobre las que saltaba el sol, los árboles que parecían una instalación. Y el río, repleto de truchas. Todo parecía montado para una foto, pero era real. Mi padre fue hasta el Rastrojero, tomó la escopeta (sí, viajábamos con un(as) arma(s), en plena dictadura de los años setenta), la cargó y se apostó sobre el puente. Mi hermano y yo —éramos jóvenes asesinos— gritábamos con entusiasmo, pero mi madre se puso furiosa: cómo vas a matar un pescado a tiros, estás loco, qué les vamos a enseñar a estos chicos, no seas bestia. Mi padre, refunfuñando, desamartilló la escopeta y no disparó. Hacía un calor horrible y seco, así que me quité las zapatillas, corrí hasta el río y me sumergí. Tengo ese recuerdo: la carne se me ajustó a los huesos y dejé de respirar. Salí dando alaridos, quemada por el agua de deshielo. Después, a lo largo del viaje, hicimos con mi padre y mi hermano competencias para ver quién aguantaba más dentro del agua gélida mientras mi madre gritaba: «¡Salgan que les va a dar un pasmo!». 

Eso nunca sucedía en el norte, donde casi todo era más interesante que los ríos; ni en la Mesopotamia, donde los ríos eran espacios tenebrosos en los que pasaban las peores cosas (y entonces yo no me metía): uno podía ser picado por una víbora o una raya, uno se podía ahogar enredado en un camalote, uno podía quedar a la deriva, insolarse y morir. Yo lo sabía porque la Mesopotamia era el escenario en el que transcurría buena parte de la literatura que leía por entonces. Si la Patagonia me parecía exótica, si el norte era un espacio potente y real, la Mesopotamia era el lugar donde transcurrían mis pesadillas. Por eso me gustaba tanto.

Mientras viajábamos, yo leía o miraba por la ventanilla e inventaba historias. Ensoñada, derramaba torrentes de imaginación sobre esos paisajes electrificados por el verde o la selva. Una noche atravesamos una ruta que pasaba junto al Parque Nacional El Palmar, en la provincia de Entre Ríos. La luz de la luna se hundía entre las hojas de las palmeras, que parecían garras. Esa tarde yo había visto a un hombre rubio a la vera de la ruta, cruzando un alambrado con un tambor de leche. Levanté la mano desde el auto y me saludó. En ese momento decidí que era el hombre más hermoso que yo había visto y que iba a ver jamás (todavía lo creo). Por la noche, bajo la luz engañosa de la luna, imaginé una historia para ese hombre. Tiempo después, la escribí. A mano, en un bloc de los que usaba mi abuelo en su almacén para llevar las cuentas. No fue la primera vez que lo hice. No sé cuándo empecé a escribir. En mi memoria, la escritura siempre estuvo ahí, clavada como un espolón. Escribía incluso cuando no escribía. Cuando, como en ese viaje, inventaba historias mirando por la ventanilla, juntando trozos de realidad: un hombre rubio aquí, unas palmeras allá, una cierta luz de luna. 

Ahora ya no escribo lo que imagino, sino lo que averiguo. No tengo ganas de hablar de cómo sucedió, pero el salto, que fue súbito, no me resultó brutal. Un día era una persona desorientada que escribía ficción y que no sabía cómo se hacía para vivir con eso, y al día siguiente era una periodista con un grabador, una credencial y una cantera de historias reales para contar. A veces me preguntan por qué escribo. Escribo porque fui una chica con ambiciones mundanas en un pueblo pequeño, porque tuve miedo a que mis padres me mataran, porque trabajé de amuleto, porque leí cosas que no leen los niños, porque viajé en camionetas imposibles en años imposibles, porque mi padre quiso matar una trucha a tiros, porque tuve cosas que muchos no tuvieron y no tuve muchas de las que todo el mundo tenía. Porque estaba incómoda. Porque sigo incómoda. 

En aquellos viajes de la infancia usaba camisetas abiertas y sin mangas, y me miraba orgullosamente la clavícula en el espejo retrovisor del Rastrojero. Sentía que con esa clavícula iba a hacer grandes cosas. Que mientras fuera verano y tuviera esa clavícula —fuerte como un arma— podría llegar donde quisiera. Ahora viajé más por otros países que por el mío, tengo un placard repleto de suéteres y chaquetas de pluma, me desembaracé de la candidez que nunca tuve. Pero la escritura sigue siendo un cuerpo joven, rabioso, sorprendido, inflamado por un terror confuso; un cuerpo que codicia sueños imposibles y que, aun sin posibilidad de alcanzarlos, confía en que sus clavículas, mágicamente, lo llevarán a todas partes. 

***

Cuando digo que en diciembre estuve en la casa de mi padre, a quien no veía desde el año anterior debido a la pandemia, que compartimos la Navidad y el Año Nuevo y que lo pasé bien, no digo del todo la verdad. 

Pasé la Navidad y el Año Nuevo en Junín, donde vive mi padre, pero no me alojé en su casa, sino en un hotel bastante nuevo que está en las afueras, sobre la ruta. Llamé semanas antes para hacer la reserva. Cuando di mi nombre, la persona que me atendió me dijo: «¡Leila! ¡Soy Tal!». Era una compañera del colegio secundario, propietaria del hotel. Después de la sorpresa, hablamos brevemente, me pareció que de manera cálida pero profesional. No nos preguntamos por nuestras vidas, no evocamos a ningún compañero de colegio, no trajimos a colación ninguna historia del pasado. Le pedí los datos de la cuenta para transferir el monto de la reserva y nos despedimos. 

El hombre con quien vivo se llama Diego. Llegamos a Junín el mismo día de la Nochebuena, en torno a las seis de una tarde espléndida. El hotel era cómodo, la cama enorme, el cuarto tenía vista a la piscina y al parque, donde había una morera enorme y una colección de cactus y suculentas. Después de quince años de saltar de hotel en hotel, había estado por última vez en uno en enero de 2020, en Santiago de Chile. Desde marzo, cuando se decretó el aislamiento en Buenos Aires, solo estuve en mi casa. Vi pasar los días desde la jaula doméstica. De modo que mi viaje a Junín fue, también, la primera salida a la ruta en casi doce meses. Esperé tener algún impacto: que el espacio abierto me produjera una emoción exaltada, una impresión particular. Pero no. Solo era la misma vieja y pampeana ruta de siempre. 

Mientras estuve en el hotel, me instalé todos los días en el parque desde la mañana y me quedé allí hasta las cinco o seis de la tarde. Diego y yo mirábamos los pinos sentados bajo la morera. Él, cada tanto, se metía en la piscina o decía: «Mirá, un aguilucho». Yo había llevado cinco o seis libros, aunque no tenía fe en poder leerlos. A lo largo del año, algunas cosas se habían desvanecido: la capacidad de leer, de concentrarme. En ese parque leí dos libros en una tarde. Al día siguiente, otro. Y otro más. Volvieron, sin dosis mínimas, masivamente, la gula, la voracidad, la concentración. Por las noches, partíamos a la casa de mi padre a preparar la cena con mis hermanos. Comíamos bajo la parra, bajo el olivo, junto a las higueras, y después, de regreso en el hotel, bajo el aire fresco de la noche que entraba por las ventanas abiertas, yo seguía leyendo. 

No hubo épica en el reencuentro con mi familia. Conversamos como si nada nos hubiera sucedido. Ahí estaban el césped de siempre, las rosas, la huerta, los perros, las voces familiares, los libros que cada vez ocupan más espacio, las conversaciones sobre química y sobre el proceso de destilación de la cerveza, los experimentos con el pan de masa madre de mi hermano menor. De modo que recordé cómo era el mundo antes de que dejara de serlo, quizá para siempre. 

Pero cuando digo que lo pasé bien, miento. Hacia el final hubo un desliz, una irradiación de esporas, de desgracias viejas. Sin más detalles. Regresé a Buenos Aires de noche, escuchando Daft Punk o Eminem. Iba dentro de mí, ensimismada en el asiento del acompañante, mirando las luces lacónicas de los pueblos de la pampa, ese paisaje ciego atrapado en algo que improbablemente podría llamarse noche. Y a pesar de las esporas y de las desgracias viejas me sentí bien. Porque ahí, ensoñada, estaba escribiendo. Aprovechando la amargura para traer algo al mundo. Con inmensa crueldad. Y como siempre. 

(Continúa aquí)


Jugando a ser Phileas Fogg: la vuelta al mundo en 40 imágenes

Jugando a ser Phileas Fogg

Odio a la gente que dice «me encanta viajar». ¿A quién no le encanta viajar? De acuerdo, reformulo. Odio a la gente joven que dice «me encanta viajar». ¿A qué persona joven no le encanta viajar? Odio también a la gente cuyo único propósito es viajar, que está en un viaje y ya está pensando en el próximo; y que no deja de hablar de todos los lugares que conoce. Está en Bangkok y suelta cosas como «me recuerda mucho a cuando estuve en Hanoi»; o le ofrecen un collar en el zoco de El Cairo y hay que oírle, «pues en Jerusalén…». Este tipo de gente viaja como quien ficha. Saca fotos como un árbitro cabreado saca tarjetas y transmite la sensación de que, al ver un sitio, en lugar de disfrutarlo, ha cumplido. «Hala, otra muesca en mi cinturón de viajero».

Odio a la gente que dice «viajar me ha cambiado»; ni hablar si dice «me ha hecho mejor persona». En general, los imbéciles que conozco son todavía más imbéciles una vez viajados (me ocurre lo mismo con los imbéciles leídos). Viajar no cambia a la gente, es un mito. Si acaso la hace más gilipollas. Está bien, eso es un cambio, pero negativo. 

Odio, de forma sublime y final, a la gente que se cree que ya lo ha visto todo. «Es que ya no sabemos a dónde ir». No tengo palabras. 

En cambio me gusta la gente que viaja por obligación. Tanto los que les gusta como a los que no. De hecho, estos últimos, me encantan de manera especial, ya que los tíos (o tías) se recorren medio mundo, contemplan maravillas, viven experiencias únicas y les tienes que oír quejarse. «Estoy hasta los cojones». «Pero si es genial, conoces medio mundo». «Estoy hasta los cojones».

Me recuerdan a Phileas Fogg. El bueno de Phileas se agarró a dar la vuelta al mundo por una enganchada con sus amigotes del Reform Club de Londres. Algo así como «no tienes huevos de dar la vuelta al mundo en ochenta días», pero en versión educación británica. Phileas, solo por demostrar que sí se podía, cogió una maleta, veinte mil libras (si fuera español también hubiera llevado un queso) y allá se fue con Picaporte, su ayudante. Atravesó el valle del Ganges, entró en una mezquita brahmánica, desembarcó en Hong Kong, vio pasar durante tres horas una manada de bisontes en Norteamérica y cruzó el Pacífico. Entre otras muchas cosas. Pero a Phileas solo le preocupaba cumplir y se dedicaba  a mirar su reloj de bolsillo mientras ante él desfilaba el mundo. Cabezota, callado, huraño y extremadamente educado, Phileas vivió el sueño trotamundos por excelencia y ni por un momento lo disfrutó. Es el viajero perfecto. 

Con todo esto por delante quiero, a continuación, jugar a ser Phileas. Dado que seguramente soy todo lo que odio, he aquí mi personal, incompleta y nada pretenciosa vuelta al mundo en cuarenta imágenes, esperando que algún día este listado se complete hasta las ochenta, acabe harto y, entonces sí, pueda erigirme en un auténtico Phileas Fogg contemporáneo.

1. Se acercó y, lo admito, me entró miedo. Yo estaba sentado en el bordillo de la acera de una calle de Sarajevo y solo tenía veintiún años. El chaval, algo mayor que yo, me saludó, me contó cosas de su vida, de la guerra y después se levantó la camiseta y me mostró tres agujeros —agujeros— en su torso que aún tengo aquí, en la frente, clavados.

2. Por no llegar tarde a no sé qué rueda de prensa de no sé qué político de la Autoridad Nacional Palestina, el tipo que conducía decidió atravesar la ciudad de Ramala a toda velocidad esquivando toda suerte de dificultades viales, sin dejar de pitar un solo instante y maldiciendo a quien se cruzaba por su camino. No tenía ningún rango de nada, solo nos llevaba, pero no dejó por incumplir ni una sola norma de tráfico y de sentido común. Por alguna razón la policía, en lugar de pararlo y tal vez asombrada por su innegociable decisión, nos abría camino cuando nos veía. 

3. Fan reconocido de La lista de Schlinder, puse todo mi empeño en visitar la tumba de Oskar en mi primera visita a Jerusalén. No lo logré, ya que los horarios son algo restringidos (no tanto) y yo soy algo desorganizado (mucho). Tal es así que lo máximo que he conseguido años después es contemplar el cementerio de lejos, apoyado en una verja que siempre está cerrada cuando me acerco y en donde maldigo mi procrastinación.

4. Creo que en ningún momento llegué a entenderlo, pero aquellos ¿arqueólogos? búlgaros me dejaron caminar tranquilamente entre esqueletos de un cementerio medieval recién hallado. Me daban ganas de decirles que yo no debía estar ahí. Me podría haber llevado una calavera. Pero no.

5. Por alguna razón creí que varias calles más abajo del estadio de Maracaná pasarían más taxis. Eran las dos de la mañana. Cuando llegué a la oscura —y vacía— avenida que cruza el barrio de Tijuca en Río de Janeiro, comprendí que no había tenido una buena idea. El primer taxi que pasó me ignoró, el segundo también. En ese momento un tipo con mirada perdida y una cicatriz que le atravesaba la cara me gritó algo mientras se me acercaba decidido. De fondo, otro taxi aproximándose. Levanté el brazo. Si pasaba de largo me quedaba a solas con el tipo de la cicatriz en la calle oscura. Fue un minuto tenso. El taxi paró. 

6. Contemplar la plaza Roja de Moscú. 

Jugando a ser Phileas Fogg

7. En (casi) la cima del volcán Pacaya no hay ningún tipo de control o restricción. Un chaval de unos doce años nos guiaba. Eso era todo. De la hierba pasamos a la tierra; de la tierra, a la roca y de la roca, a la lava petrificada. A pocos metros, un río de lava (esta recién escupida) descendía. Se podía sentir el calor, el color fosforito —nunca antes visto por mí— y la viscosidad. Las plantas de los pies me empezaron a quemar, miré hacia abajo y, a través de una pequeña grieta que discurría entre mis pies, vi lava correr bajo el suelo. «Lo mismo tendríamos que irnos de aquí». Nada más comenzar el descenso estalló una tormenta que nos obligó a detenernos en un refugio: los rayos caían a pocos metros y es entonces cuando comprendes que el ruido que hacen cuando caen a tu lado es completa y estremecedoramente diferente. La lluvia sobre la lava provocaba enormes columnas de vapor. Aquello era el fin del mundo. Un espectáculo inolvidable. 

8. Yo veía los tejados de las casitas de Ciudad de Guatemala acercarse vertiginosamente a mi ventanilla. El avión daba bandazos, la gente gritaba. Yo me aferré al asiento. Finalmente aterrizamos. Desconozco si es siempre así.  

9. Hablando de aviones y miedo. Sobre el Himalaya, con turbulencias muy generosas, el piloto anuncia que no se puede aterrizar en Lhasa. Hay que seguir hasta Chendún. A lo mejor no fue para tanto, pero con las cumbres ahí al lado y los saltos malditos del avión… Creo que hemos visto demasiadas películas.

10. La ciudad de Varanasi, en la India, daría para un texto ella sola. Templos abandonados se alinean a lo largo del Ganges donde se bañan y purifican hindúes venidos de todas partes, rodeados de vacas, cabras, perros. En uno de los templos queman los cuerpos de los difuntos. Los suben a pilas de madera, huele a carne y madera quemadas, en el templo ennegrecido por el humo gritan los monos. No sé si hemos visto suficientes películas. 

11. Lo mejor eran los tipos de espaldas al partido. Solo les preocupaba que la abarrotada tribuna no dejara de cantar, saltar y alentar a River. El Monumental de Buenos Aires bullía y yo con él. Y eso que jugaban contra los últimos. 1-0 para las gallinas. 

12. Mi problema, derivado de un exceso de imaginación lectora, es que luego fantaseo. Cada tipo —boina y bastón— que veía en Corleone era un capo. «Mira ese es un capo que conoció a Totò Riina, seguro». Y me venía arriba.

13. En Palermo lo mismo. Cada pegatina de addio pizzo que me encontraba en un comercio me empujaba a mirar alrededor y relamerme por lo cerca que estaba de la mafia. Maldita la gracia que le hará a los locales semejante gilipollez. Después, claro, foto en la entrada del teatro donde mataron a la hija de Michael Corleone. 

14. Y Nápoles, para finiquitar. Donde vale todo, no puedes ir a ningún barrio pero tienes que ir a todos. ¿Y la camorra? Por todas partes.

15. Difícil de explicar, lo intentaré: Tren nocturno que nos llevaba —a un buen amigo y a mí— de Hanoi a las montañas del norte. La idea: hacer senderismo. El objetivo: dormir las siete horas de trayecto para llegar descansados. El problema: Tian y Aule, dos vietnamitas equipados a conciencia con cerveza. No hablaban una palabra de inglés, tampoco fue necesario. Si acaso cuando Tian fue a por más cerveza  y yo también, sin saber ninguno de los dos a dónde iba el otro. Las provisiones se multiplicaron. No dormimos. No quedó una lata llena. El senderismo bien, gracias.

16. ¡Ah, los enlaces! El mejor, en Londres. Obligado a dormir en un hotel tras catorce horas de vuelo, a la mañana siguiente el tiempo se me echó encima de tal manera que me vi obligado a, atención, correr. Con el piso mojado (Londres, claro) ocurrió. Aún no había amanecido pero me dio por hacer un horizontal y caer de espaldas al asfalto hundido por el peso de la mochila. Cuando vi las cabezas de la gente preocupada dije que estaba bien desde el suelo. No lo estaba.

Jugando a ser Phileas Fogg

17. Cruzar Serbia de noche, a través de profundos y balcánicos bosques, a bordo de un tren que se caía a trozos. Si abrías la puerta del compartimento un solo segundo se infestaba de mosquitos. Por ello volé por el pasillo, abrí la puerta del ¿baño? y me encerré. Me bajé los pantalones y cuando ya estaba al asunto sentí una especie de leve rumor, un zumbido. Miré hacia arriba, despacio, como en las películas, y vi una masa compacta de mosquitos que descendían lentamente sobre mi cabeza. La carrera de vuelta por el pasillo fue con los pantalones por las rodillas. No me crucé con nadie.

18. No es cuestión de ponerse dramáticos, pero en Auschwitz se te quitan las ganas de reírte por un buen tiempo. 

19. Y hablando de judíos. Junto a un amigo fotógrafo caminábamos por el campo de refugiados palestino de Kalandia acompañados de un local. Nos dirigíamos a casa de una familia que había perdido a dos hijos en la intifada. Llamamos a la puerta y una niña nos abrió. Al vernos, dio un salto hacia atrás y, pálida, gritó algo hacia dentro de la casa. Nuestro guía la tranquilizó hablándole en árabe. «¿Qué gritó?», le preguntamos. «Judíos».

20. Yo iba de paquete en una de las motos. Mi mejor amigo, en otra. Conducían dos haitianos. Atravesábamos Puerto Príncipe a toda velocidad camino de la casa donde una amiga nos hospedaba. «Que no se os haga de noche», nos dijo. No solo ya era de noche; también rompió a llover. Puerto Príncipe no es la mejor ciudad para verte envuelto en una situación así. Absolutamente empapado empecé a dudar del camino correcto. En pocos minutos lo supe: nos habíamos perdido. No solo por las afueras de la ciudad, también una moto de la otra. Yo, con mi piloto, trataba de encontrar algún punto de referencia en la oscuridad. Era evidente que estábamos dando vueltas. Empecé a desesperarme mientras intentaba que el agua dejara de entrar en mis ojos aunque solo fuera por un segundo. De pronto, la luz: recordé que en el bolsillo tenía un papel con el teléfono de mi amiga. Decidimos parar. Cuando saqué el papel, el agua había emborronado la tinta. En ese momento me vi en la oscuridad, chorreando agua como si estuviese bajo la ducha, en sabe dios qué punto de Puerto Príncipe… y me entró la risa. Me dio un ataque de risa junto al piloto de la moto, que se contagió. Al rato me crucé con mi amigo, más desesperado que yo. Un par de vueltas más y encontramos el camino. Final feliz. 

21. Fue ahí, en Puerto Príncipe, donde vi un niño de unos tres años beber de un charco junto a una cabra. Ay.

22. En Chipre, concretamente en la República Turca del Norte de Chipre, puedes dormir en un apartamento de madera al pie de una playa paradisíaca escuchando las olas por, aproximadamente, cinco euros la noche. Lo que pasa es que la gente va a Varadero.

23. Ya que sale a relucir Varadero. En Cuba, el amigo de la tormenta y yo perdimos el autobús desde Camagüey a La Habana. Apañamos un razonable precio para que nos dejaran viajar en un autobús de estudiantes. «Está prohibido», nos dijo un tipo que parecía la autoridad del vehículo. «Si sube la policía decís que sois profesores en la Universidad de La Habana ¿de acuerdo?». Mi amigo y yo nos miramos. Muy creíble. No solo por el acento, si no por las mochilas, las camisetas raídas, las barbas y el estar sentados en la última fila, agazapados junto a una madre con su hija, una anciana y dos tipos somnolientos. «Profesores, dice…». No subió nadie al autobús. 

24. Condiciones de vida inasumibles. En Haití los campamentos se extendían (y extienden) por todo el país. Cinco meses atrás había tenido lugar el terremoto. Familias de dieciocho o veinte miembros vivían en una tienda de campaña. Cuando llegaba el camión del agua había empujones. En la India pude pasar un par de días en un slum. Miles de chabolas miserables se agolpaban bajo la autopista en tal acumulación de pobreza que costaba mantener la entereza. En el campo de refugiados de Balata, en Cisjordania, cada generación levanta un nuevo piso en el mismo edificio. Cincuenta mil personas en un kilómetro cuadrado. Con todas sus consecuencias. 

25. Estar a veinticinco grados bajo cero no es demasiado diferente, en lo que a sensación de frío se refiere, que estar a menos diez. El problema es que, mientras vas caminando, por ejemplo por las calles de Cracovia en diciembre, notas cómo te agotas. Y cómo tu cuerpo pide calorías. Te entra hasta el sueño. Es curioso. 

26. Más difícil es saber qué hacer cuando, en Dubai, un bofetón de cuarenta y siete grados pringado de humedad te golpea. Desesperante. 

27. Ya era de noche, pero no tarde. Estábamos sentados esperando a Tian, una amiga suya, en la romana plaza de San Pedro. Ya no quedaba nadie. La plaza, con su imponente columnata, estaba vacía. Ni una persona. En un momento de silencio completo rompieron a sonar las campanas y las palomas levantaron el vuelo. En realidad, eso fue todo. 

28. Pintada con espray en el muro de un baño semiderruido, estaba la altitud: 5248 m. Era lo que me tenía mareado. Las vistas sobre el Himalaya, con el Everest emergiendo, también. Las banderitas budistas de colores flameando y la inmensa quietud alrededor. Ya tardan en ir allí. 

29. En Cerdeña el coche nos dejó tirados en la carretera justo cuando todo el mundo regresaba de la playa. La espera hasta que vino la grúa se prolongó tres horas durante las cuales, en ningún momento, dejaron de pasar coches. Pongamos cinco al minuto, por hacer una media, con lo que resultaría que por nuestro lado pasaron aproximadamente novecientos coches. Solo tres nos preguntaron si necesitábamos ayuda. No tengo nada en contra de los sardos, ojo.

30. Hay un pequeño pueblo al sur de la Toscana llamado Pitigliano en el que vivía una próspera comunidad judía antes del Holocausto. Las fachadas de las casas asoman al borde de un precioso precipicio. En invierno está nevado. No sé qué más tengo que decir sobre este lugar.

31. En Vietnam me ofrecieron perro para comer. Dije que no. Soy un tiquismiquis, lo sé. Y eso que jamás tuve perro.

32. En el campo de refugiados de Yenín cinco pequeños cabrones, de unos ocho o nueve años, me pegaron una paliza en toda regla. Salieron como gatos de un portal y me empezaron a dar con todo, incluido un candado de moto. Justo cuando había tomado la decisión de dejar de protegerme y empezar yo también a golpes, salió un anciano de una casa y los echó a gritos. Yo le miré mientras me colocaba la ropa, él me observó sereno y me preguntó: «¿Té?».

33. Tengo vértigo. Mucho. No lo pasé nunca tan mal como cuando subí al tejado de la catedral de Viena. Un traicionero ascensor te impide ver a dónde vas y cuando se abre es tarde: tienes que salir a una pasarela que cuelga de la pared a más de cien metros del suelo. Horroroso. Ese día decidí que lucharía contra el vértigo. Sigo en ello (sin éxito), pero me sometí a grandes terapias de choque, como descender a pie la Torre Eiffel, pasear por los acantilados de Moher en Irlanda, subir a mi Torre de Hércules y, la más dura, coger el teleférico al mirador de Pao de Açucar, en Río. Y fui solo. Con dos cojones. 

Jugando a ser Phileas Fogg

34. En República Dominicana volvía de la playa de Samaná con un amigo y ya era noche. Vimos cómo se acercaba, planeando, un descomunal animal. Pronto distinguimos que era un murciélago del tamaño de un gato con alas. Cuando el bicho soltó aquel grito que parecía de una película de aventuras sobre dragones, tiramos la dignidad a una alcantarilla y emprendimos una absurda carrera en chanclas, empujándonos el uno al otro en torpes zancadas y gritando como desalmados. 

35. Aunque para ridículo, el que hice en la llamada Dark Cave de la bahía de Ha Long. Se atraviesa en piragua y no hay luz. Nada. En una canoa de dos —por suerte— y sin linterna, un amigo y yo nos adentramos. Enseguida nos vimos completamente a ciegas, sobre el agua y con el techo de roca a apenas medio metro sobre nuestras cabezas. Bastante claustrofóbico, sí. Por supuesto chocamos —contra unas piedras— y la piragua salió rebotada hacia atrás. Comenzamos a remar para frenarla y volver a avanzar de frente pero yo sentía que seguíamos yendo hacia atrás. Empecé a remar frenéticamente pero cada vez íbamos a más velocidad de espaldas. En ese momento todo pasó por mi mente: desde que nos arrastraba un remolino hasta una criatura de la cueva. Pude ver hasta las portadas de los periódicos contando la desaparición de dos jóvenes en una cueva de Vietnam. Le grité voz en cuello a mi amigo que remara más, que íbamos de espaldas lanzados. La respuesta, sosegada: «¿De qué hablas? Estamos yendo hacia delante. Y no remes tan rápido». Metí la mano en el agua y sentí la contracorriente. «Ah, sí».

36. Última de ridículo. Mi primera vez en Nueva York, con mi inglés de entonces verde como el del perro verde, intento ir al baño en un restaurante. Está cerrado y el camarero me dice algo incomprensible mientras me señala unos grifos llenos de cacharros, cubiertos y trapos. Entiendo, claro, que no queda otra que usar eso, así que empiezo a lavarme las manos en esa especie de encimera, sobre unas cucharas sucias y con un grifo que escupía un hilo de agua. El tipo vuelve alucinado y me señala, junto al grifo, las llaves del baño. No pararon de reírse de mí toda la comida. Disimulaban, pero yo les veía. 

37. Hacer un picnic en el peñón de la isla de Elba desde donde Napoleón contemplaba Córcega.  

38. Meir Eldar, judío polaco superviviente que estuvo en Auschwitz, me citó para la entrevista en el Yad Vashen, museo del holocausto de Jerusalén. Recuerdo con nitidez cuando se remangó su pequeño y arrugado brazo y me enseñó una cicatriz. «Aquí tenía el número tatuado, pero me lo sajé con un cuchillo». Después siguió caminando, menudo y frágil, contándome cosas de los trenes que le llevaron a los campos. 

39. Descender la cara nepalí del Himalaya es una experiencia de esas «fuertes». La carretera sin asfaltar serpentea entre precipicios mientras los autobuses repletos de gente en el techo se adelantan kamikazes. Se puso a llover, además. La furgoneta en la que íbamos se quedó atascada en una curva con gravilla y barro, justo sobre una especie de cascada que se había formado por la lluvia y que saltaba al vacío junto al que nos encontrábamos. Las ruedas de detrás derrapaban cada vez que el conductor intentaba acelerar. El precipicio seguía ahí al lado, con el agua lanzada hacia él bajo nuestras ruedas. Justo cuando iba a preguntarle qué hacemos, el conductor pisó a fondo, la furgoneta empezó a derrapar ladeándose hacia el vacío y en un contravolante que podría provocar seis infartos el conductor nos sacó de ahí. Ahí sí que lo vi cerca.

40. Desde el cabo de Fisterra, ante la inmensidad del Atlántico, puedes ver la curvatura de la Tierra en el horizonte. Dicen que es un efecto óptico. Que digan lo que quieran, pero yo siempre que estoy ahí, sentado en un roca, me imagino que avanzo hacia ella por encima del mar, siguiendo su redondez hasta dar la vuelta completa —como Phileas— y que consigo mis ochenta imágenes.

Jugando a ser Phileas Fogg


Profondo nero, intenso giallo (y 3): El crimen o las partes del elefante

crimen pasolini
Sergio Citti. (DP)

(Viene de la segunda parte)

Relatar las vacilaciones y callejones sin salida en que desembocaron las investigaciones emprendidas por Furio Colombo, autor de la célebre última entrevista «Todos estamos en peligro» la tarde en que había de morir el poeta, o por Oriana Fallaci, que desde el principio se acercó a la verdad apuntando la presencia de más de tres personas en el campito de fútbol de Ostia, o por el policía Enzo Sansone o por Sergio Citti —el que fuera primero ragazzo de vita y luego respetado director de cine—, cuando tenemos un panorama más claro de los hechos desde que se han desclasificado papeles de la CIA correspondientes a este y otros sonados casos italianos, puede parecer una pérdida de tiempo, excepto porque en su momento le descubrieron a la opinión pública cómo un sector del mundillo criminal pululaba alrededor del poder político y el precio que se pagaba por revelarlo; también porque estos investigadores encarnan una corriente civil de resistencia democrática que ha mantenido vivo el caso Pasolini, rebelándose contra la impunidad de unos crímenes de Estado que han pintado el paisaje político y social de las últimas décadas, Berlusconi incluido. 

Sus investigaciones y averiguaciones parciales recuerdan la historia de los ciegos que tiene que decir de qué animal se trata cuando solo tienen acceso a una parte de un enorme paquidermo. El elefante de la trastienda política italiana no se deja medir por un hombre solo.

La incredulidad como motor de las investigaciones espontáneas

Naturalmente, lo primero que chirrió de la versión oficial era lo oportuno que resultaba un chapero menor de edad como culpable, y que el homicidio pareciese tanto una profecía autocumplida, pues Pasolini había comentado alguna vez que era consciente de asumir riesgos cuando salía «de caza» por las noches. Hay que insistir en el nivel de violencia en la capital, fruto tanto del clima político como de la crisis económica. El ataque a la «parejita» de homosexuales por una pandilla de jóvenes fachosos la había representado Pasolini en La Nebbiosa, guion elaborado por encargo en 1959 y que muy cambiado resultaría en la película Milano nera (1963). Es una bobada hablar de profecía cuando lo que hizo entonces fue incluir situaciones reales —las agresiones a homosexuales sorprendidos en sus encuentros discretos o clandestinos— en una ficción.

Tanto los autores de Profondo nero como el sinfín de escritores o cineastas que han abordado el misterio de la madrugada del 1 de noviembre han destacado que las primeras etapas de la investigación oficial dejaban mucho que desear, primero porque no se acordonó el lugar y mientras la policía trabajaba en el levantamiento del cadáver —«un grumo de sangre»—, unos chavales estuvieron jugando un partido de fútbol en medio del barro y rodeados de curiosos.

Unos y otros pisoteaban el terreno borrando así pistas que habrían demostrado la presencia de más personas, además de la supuesta «parejita». Encima, Pelosi cambió de versión a lo largo de los años y llegó a escribir dos libros —Io, angelo nero (1995) y Io so come hanno ucciso Pasolini (2011)—, el último el más creíble, también por ser posterior a la entrevista que concedió a Rizza y a Lo Bianco en 2008, en la que por primera vez mencionó los nombres de dos de los agresores presentes la noche de autos: los hermanos Borsellino, dos sicarios que se habían introducido en los grupos de ultraderecha de su barriada.

En la declaración inicial, que lo llevó a la cárcel, afirmó que respondió violentamente a la postura sexual que le imponía Pasolini hasta el punto de perder la cabeza al golpearlo, dejándolo hecho un guiñapo en el suelo embarrado del campito de fútbol, del que escapó al volante del GTI de Pasolini sin ser del todo consciente de haber pasado hasta en dos ocasiones sobre su cuerpo (se supone que al maniobrar para salir del recinto). La declaración final sacaba a escena dos motocicletas, en una Gilera iban los hermanos Franco y Pino Borsellino, también menores de edad —que lo habían liado en Roma para que organizara una reunión con Pasolini con el pretexto de devolverle las bobinas de Salò, robadas en Cinecittà junto con material de otros artistas—, un Fiat 1500 oscuro y un GTI idéntico al de Pasolini, que no se movió durante la agresión pero que se utilizó luego para atropellar al cineasta, exánime tras el ataque con cadenas y a bastonazos.

Mucho tiempo después, otro de los detectives improvisados, Silvio Parrello, contó que ese coche llegó a un taller de planchistería hecho unos zorros mientras que el de Pasolini no presentaba los desperfectos que necesariamente debería haberle causado el roce de su parte inferior con un cuerpo atropellado. Estos detalles ya los señaló el forense Faustino Durante cuando acudió el 2 de noviembre al lugar del crimen. 

Pelosi se chupó siete años y medio de la condena a nueve años, siete meses y catorce días sin haber participado en la agresión, pues lo retenía contra el cercado uno de los agresores —un tipo robusto, de cuarenta años, con barba—, sin dejar de amenazarlo, a él y a los suyos, si contaba lo visto y oído. Pelosi, que no esperaba la escalofriante paliza, cuenta que intentó zafarse para acudir en ayuda de Pasolini. Su última versión confirmaba evidencias señaladas por el forense Durante, quien calificó de muy improbable que, en una pelea que dejó a la víctima bañada en sangre, el asesino confeso se manchase apenas el puño del jersey y la pernera del pantalón. Durante no fue el único que expuso hipótesis muy próximas a los hechos luego demostrados.

También Oriana Fallaci clamó desde el principio que fue un asesinato planeado en el que participaron varias personas, dos de las cuales se presentaron en el Idroscalo a lomos de una motocicleta. Al periodista Furio Colombo le contó un tal Ennio Salvitti que oyó la paliza, en la que participaron no menos de cuatro sujetos. El ejemplar ciudadano estaba dispuesto a hablar con Colombo, periodista de L’Estampa, pero no a acudir a la policía, que no se molestó en interrogarlo, como tampoco al pescador, testigo ocular de los hechos, que se confió a Citti.

Que usaron a Pelosi como chivo expiatorio se demostró tanto en el juicio que lo condenó a más de nueve años de cárcel como en la escena del libro, cuando se representa gritando desesperado a los agresores que escapan en coche y en moto que no lo dejen solo con el cadáver. Sucedían demasiadas cosas extrañas imposibles de interpretar correctamente por un ragazzo malavitoso de diecisiete años: Pelosi tenía al principio dos abogados que habían construido su defensa arguyendo su incapacidad física y mental para cometer un delito tan sangriento y con pruebas que «certificaban la complicidad de terceros la noche del homicidio». Recuérdese que Pasolini era deportista y habría podido defenderse, de ser Pelosi el agresor.

Poco después, por indicación de sus padres, aceptó que los sustituyera otro abogado, un tal Rocco Mangia, nada menos que el defensor de los fascistas del crimen del Circeo. ¿Quién pagó la cuenta del abogado? Se dice que la Democracia Cristiana. Mangia insistió en que declarase haber actuado solo. En apelación se desestimó incluso la coletilla de la participación de «desconocidos» propuesta por el juez Alfredo Carlo Moro (hermano de Aldo Moro). Rocco Mongia tuvo como ayudantes a Franco Ferracuti y al criminólogo neofascista Aldo Semerari; ambos eran miembros de la logia masónica P2. Sin olvidar a la psicóloga Fiorella Carrara, cuyos diagnósticos lograban que los de la banda de la Magliana se fueran casi de rositas.

El muchacho de 1975 era consciente de estar salvando el pellejo y el de sus padres al cargar con la responsabilidad del delito y la pena de prisión; probablemente creyó que obtendría alguna recompensa en su incipiente carrera de ladrón y esto, además de las advertencias que fue recibiendo en la cárcel, explicaría su largo silencio sobre la participación de Johnny lo ZingaroGiovanni Mastini de nombre civil— considerado hoy el líder de la «manada» de Ostia.   

Hay tantas diferencias entre las versiones oficiales y las derivadas de investigaciones independientes y profesionales, y de las confesiones últimas de los implicados, que nos encontramos con identidades secundarias que arrojan luz sobre realidades secretas. Así, llega a decirse que Pelosi no hacía apenas una semana que conocía Pasolini, en el famoso quiosco de la estación Termini, sino que era su medio noviete desde cuatro meses antes atrás. Y qué decir del intocable Johnny lo Zingaro y del dosier secreto que la policía guardaba sobre él.

crimen pasolini
Pelosi la Rana en el lugar del asesinato de Pasolini, con la policía que lo lleva para la reconstrucción. (DP)

Ejecución

También causó perplejidad que el poeta se alejara tanto de Roma para tener unos minutos de intimidad con un chapero dentro de su propio coche. 

Sergio Citti calificó de entrada la muerte de «ejecución» y defendió la tesis de que, con el único móvil del robo, su amigo fue atraído al Idroscalo con el cebo de recuperar las bobinas de Saló. Aseguraba contar con el testimonio de un pescador que habría presenciado la paliza en la que participaron cuatro personas más aparte de Pino la Rana. El cortometraje que Citti rodó el 2 de noviembre sobre el terreno hacía acopio de pistas que desmentían la versión oficial sobre el coche utilizado en el atropello. Por supuesto, los testimonios anónimos no acudieron a la policía y seguramente hicieron bien teniendo en cuenta que algunos errores en la investigación se explican por la rivalidad entre los cuerpos de policía y carabinieri y otros por la voluntad de desviar la atención de la trama política.

Citti volvió a clamar por su versión en 2005, después de la aparición de Pelosi en el programa de entrevistas de gran audiencia Ombre sul giallo. Insistió en que Pier Paolo Pasolini le habló de una cita en Acilia para recuperar las bobinas robadas; una vez allí, fue secuestrado y conducido hasta Ostia, donde lo mataron. Citti estaba seguro de que en el Idroscalo había agentes secretos, que Pelosi era solo el cebo, un cebo que, según otro testigo, hizo varias llamadas telefónicas desde un bar tratando de acotar su participación en un asalto que, suponía, se limitaría a vaciarle los bolsillos a un tipo con mucha pasta. Citti murió en 2005 cuando se volvía a cerrar el caso sin pruebas firmes de la participación de otras personas además del condenado.

El policía infiltrado que no jubiló su tesis

Citti no fue el único que saltó de su butaca al oír el enésimo cambio de versión del embustero Pelosi. Un policía ya jubilado, Renzo Sansone, dio una entrevista para ofrecer la suya y recordar que sus averiguaciones y conclusiones no se tomaron en cuenta. En el momento de los hechos se le permitió infiltrarse en los ambientes de la pequeña delincuencia ligada a la extrema derecha romana. Tras hacerse pasar por un recluso recién liberado que quería colocar un botín, se ganó la confianza de los asiduos a un salón de juegos, entre ellos los Borsallino, que le fardaron de su participación en la muerte del poeta y le mencionaron a Johnny lo Zingaro, nacido en 1960, hijo de un feriante, que inició su carrera delictiva con once añitos y a los quince mató a un chófer de autobús por un botín irrisorio. La carrera delictiva del Zingaro es impresionante, con fugas, secuestros, asesinatos a sangre fría y dos sentencias a cadena perpetua. Como penar dos vidas es demasiado, optará por el «arrepentimiento», lo cual implicaba el traslado a cárceles donde ha disfrutado de la compañía de otros pentiti neofascistas y de la mafia y la camorra, una forma de prosperar nada desdeñable: contar con la protección de tipos más peligrosos que él. Los autores repasan exhaustivamente todas las hipótesis sobre la implicación de Mastini en la emboscada y las alianzas que, obligados por la progresiva falta de apoyos, establecen los grupos subversivos extremistas de derecha e izquierda. Nadie aparece una sola vez: la mayoría de los que asoman la cabeza ya en el juicio, ya planeando organizaciones subversivas con más capacidad de ataque, o como sicarios y delincuentes, están implicados en un movimiento que pretende la desestabilización política de Italia a favor de un gobierno autoritario.

Er Paccetto, el pececillo fiel

Y aún hubo otro investigador independiente, Silvio Parrello, pintor y poeta de Donna Olimpia, de niño conocido como er Paccetto, uno de los que inspiraron Ragazzi di vita [Los chicos del arroyo]. En 2010, Parrello contactó con un abogado y un periodista para descargar toda la información que había reunido en torno al asesinato del poeta al que admiraba. Señaló a Antonio Pinna como dueño del Alfa Romeo que llegó con el resto de la comitiva al Idroscalo y salió manchado de sangre, con marcas de golpes en la carrocería y desperfectos en los bajos. «El coche de los asesinos llegó sucio de sangre y barro a un planchista en la Portuense y como este se negó a repararlo lo llevaron a otro: sé quién llevó el coche a los mecánicos y hace un mes comuniqué su nombre al magistrado».

En la emboscada participó además un Fiat 1500, por lo que en total llegaron a concentrarse siete hombres para agredir a uno solo. Pinna, vinculado al clan de los marselleses, desapareció dejando como único rastro de su huida el coche abandonado en el aeropuerto de Fiumicino, cuando en 1979 detuvieron a los Borsellino, drogadictos que morirían de sida en la cárcel. En 2017, casi cuarenta años después, Pinna revelaba desde su escondite «en otro continente» que tras abandonar Italia cambió de identidad y que era Johnny lo Zingaro quien conducía el Alfa Romeo que, en su huida, pasó dos veces por encima del cuerpo agonizante de Pasolini. El doble atropello fue lo que terminó con su vida, según detalla la autopsia.

La teoría de los círculos concéntricos 

Lo Bianco y Rizza desarrollan un sagaz razonamiento sobre las dificultades de desentrañar los delitos que se llevaron la vida de los tres protagonistas de su crónica:

Si el delito Pasolini es un delito «político» complejo, llevado a cabo por encargo, ordenado por los mismos ambientes que han decidido la muerte de Mattei y tergiversado las investigaciones sobre De Mauro, para comprender bien la dinámica es necesario acudir a la teoría de los «círculos concéntricos», utilizada en varias ocasiones para explicar los delitos excelentes. Aquellos en los que no existe una relación directa, un verdadero contacto entre los mandantes y los ejecutores, sino un sistema de «círculos concéntricos», que partiendo desde el interior, transmite la orden (o, mejor dicho, «la voluntad») al exterior para la ejecución, mediante una compartimentación de informaciones que tutela los niveles más elevados y expone solamente a los peones.

Hasta aquí tenemos un cuerpo que habla mediante indicios, no todos tajantes, que parece introducirnos en una novela de terror que ha conseguido mantener en suspenso la realidad durante décadas.

El panorama empieza a despejarse cuando en 1994 el magistrado Vincenzo Calia descubre la conexión entre la novela que el escritor dejó inacabada, Petróleo, y un par de notas escritas a mano halladas en la sede de los servicios secretos mientras le daba vueltas a la negligente investigación del «accidente de Mattei». Las notas rezan que el fundador de la logia P2 es Eugenio Cefis, que trasladó el mando a Licio Gelli cuando vio que se le torcía la suerte. Petróleo no solo se publicó inacabada, sino sin un capítulo elocuentemente titulado Lampi sull’Eni. Ya fallecido el poeta, en su casa entraron ladrones y se llevaron varios papeles. Llegados a este punto, no cuesta darse cuenta de que el caso es de una complejidad que justifica las exhaustivas investigaciones de los aficionados y de profesionales como Calia o Sansone y, al mismo tiempo, no extraña que no termine de resolverse. Italia multiplicaba los crímenes en desafío al Estado y, a lo sumo, se permitía la caída de los proletarios del crimen mientras las cabezas pensantes encontrarán refugios seguros en el anonimato o en la clandestinidad en países remotamente civilizados.

Calia seguía uniendo puntos: cuando encuentra una copia del libro Questo è Cefis. L’altra faccia dell’onorato presidente (1972) [Esto es Cefis. La otra cara del honorable presidente], de un tal Giorgio Steimetz, pseudónimo que oculta a un periodista, da con la clave para descifrar la novela Petróleo, que de hecho reproduce fragmentos enteros de este texto (a Pasolini se lo envió un psiquiatra), que apenas llegó a aterrizar en librerías. Calia comprende que Pasolini estaba investigando las muertes de Mattei y de Mauro y la implicación señalada de Cefis, el enriquecimiento ilegal de este, director del ENI primero y luego de Montedison, rival de Verzotto, que está detrás de la publicación de esta denuncia. El fondo del asunto es más que una rivalidad por el control de organismos estatales que movían enormes cantidades de dinero. Verzotto, rival de Cefis desde Sicilia, tenía interés en desenmascararlo, lo cual no le impidió compartir sus malas prácticas, tan malas que determinaron su huida en 1975, para escapar de la justicia que iba a pedirle explicaciones por un dinero hallado en la Banca Sindona.

Petróleo, novela incomprensible para la mayoría aún hoy, pasa de ser un texto experimental trufado de pornografía a ser un documento de impacto político tan explosivo como iban a serlo las revelaciones del confiado De Mauro. «Es “la novela de los atentados”, la primera novela de literatura italiana que se transforma en documento de denuncia para desenmascarar la naturaleza perversa y asesina del poder en Italia» (PN, p.237).

Dicho de otro modo, Pasolini no faroleaba cuando publicó «Sé los nombres» ni lanzaba un globo sonda para auscultar las reacciones que pudieran avalar sus pesquisas. Sus acusaciones no podían pasarse por alto: en Por qué el Proceso, ya provocó la ira al acusar «de complicidades mafiosas a políticos y magistrados, así como de la participación de los servicios secretos extranjeros, como la CIA, en los atentados italianos y acusa al Estado de no revelar verdades de las que son cómplices por igual la derecha y la izquierda».

Cefis se exilia en Suiza apenas dos años después del asesinato de Pasolini, pero la «subversión negra» continuó, llegándose a hacer realidad el objetivo que el cineasta denunciaba: el control social a través de los medios de comunicación dominados por las corporaciones financieras o industriales. Luego llegarían los escándalos de la P2 y la banca Vaticana. La desclasificación de documentos durante la era Trump ha corroborado las tesis de la complicidad norteamericana en la desestabilización política que algunos policías e investigadores espontáneos, periodistas e intelectuales fueron armando a lo largo de los años. A Pasolini cabe atribuir el mérito, entre muchos, de haber llegado a conclusiones sobre el uso del terrorismo por parte del Estado con veinticinco años de antelación.

En todo caso, no era una pieza suelta en un marasmo de violencia y corrupción: el cine independiente de la llamada Escuela de Nueva York estrenaba películas que tocaban de lleno estos conflictos. Como un Serpico a la italiana, Pasolini utilizó su perfil tan vilipendiado de frocio para abordar en Catania a jovencitos miembros de squadre neofascistas y averiguar la infiltración de los «negros» en las Brigadas Rojas. Ya lo vimos en Comizi d’amore: PPP no solo sabía hacer preguntas, sabía también insinuarlas y conseguir que los entrevistados hablaran francamente de asuntos tabú. 

¿El asesinato de Pasolini fue el resultado de un complot? Así parece. Es probable que puedan realizarse los nuevos análisis de ADN que pide Dacia Maraini, y que logren identificar a los agresores que faltan. En cualquier caso, el prolongado empeño de tantos intelectuales y artistas y profesionales de la justicia en dilucidar las circunstancias e identificar a los implicados en el asesinato del Pier Paolo Pasolini ha sido el mejor homenaje posible, porque obligó a practicar una lectura políticamente activa de la realidad de Italia y conocer su impacto en todos los estratos sociales. 

A partir de este trabajo de racionalización de los acontecimientos puede leerse, discutirse o celebrarse la obra pasoliniana sin el corsé de una mirada reverencial y acrítica condicionada por el asesinato.


Nota: Los textos que aparecen entre comillas son citas traducidas del italiano, procedentes bien de los dos libros aquí citados o bien de los innumerables artículos consultados. 

Libros y articulos:

Profondo nero: Mattei, De Mauro, Pasolini, un’unica pista all’origine delle strage di stato, de Giuseppe Lo Bianco y Sandra Rizza. Editorial Chiarelettere, Milán, 2009 (hay nueva edición de 2020).

Il caso Mattei. Le prove dell’omicidio del presidente dell’Eni dopo bugie, depistaggi e manipolazioni della verità, de Vincenzo Calia y Sabrina Pisu, Milán, 2017. 

Marika Martina, Petrolio di Pasolini nella rilettura del magistrato Vincenzo Calia, «Bibliomanie. Letterature, storiografie, semiotiche», 48, no. 3, diciembre 2019.

«Delito Pasolini. Nuove testimonianze», La Repubblica, 05-05-2010.

Boris Giuliano – Perfil en wikipedia.it lleva a información más completa.

Egidio Ceccato, «Le memorie di Graziano Verzotto, ovvero l’arte di mentire senza ritegno» (Las memorias de Graziano Verzotto, o el arte de mentir sin moderación), publicado el 17 noviembre de 2020 en el blog Anpi Padova.


Ucrania: periodistas culturales en guerra

Svyatoslav Vakarchuk, músico ucraniano, en un concierto en la calle. Foto Cordon Press.
Svyatoslav Vakarchuk, músico ucraniano, en un concierto en la calle. Foto: Cordon Press.

Antes de la invasión rusa, un tema central ocupaba las secciones de cultura de los principales periódicos ucranianos: Eurovisión. Sostenían una discusión casi idéntica a la nuestra. El público había votado masivamente, vía SMS, a la Kalush Orchestra. Un grupo cuya canción fusiona folk y rap, y que actúan vestidos con un diseño actualizado de las camisas tradicionales ucranianas. Sus Tanxugueiras. El jurado se pasó la opinión popular por el mismo sitio que el nuestro, eligiendo como ganadora a Alina Pash, y su tema pop reivindicativo —júzgame por mi inteligencia, no solo por mi belleza—, con rimado central rapeado en inglés, y un estilismo espectacular. Nuestra Chanel.

La agitación en las redes no se hizo esperar. Especialmente cuando encontraron una foto de la cantante con un chándal de franjas, blanco, roja y azul, los colores de la bandera rusa. Para empeorarlo, pocos días después se lanzó la sospecha de que había acudido a una boda en Crimea sin pasar por los puestos de control ucranianos. Las leyes del país prohíben entrar desde el lado ruso. Traidora, espía, amiga de los rusos… al poco tiempo, Pash renunciaba a representar a su país en Eurovisión, asegurando que no soportaba más el acoso mediático. Lo hacía asegurando sentirse ucraniana, recordando que canta en ese idioma y que no sabía qué más hacer para demostrarlo. Y entonces llegó la invasión.

Las noticias culturales dejaron de publicarse. De qué hablar cuando se han cerrado los cines y los teatros, todos los espectáculos, no se presentan ni publican libros, ni se estrenan películas. Cuando tu hogar y tu integridad están amenazadas es fácil pensar que lo que menos importa es la cultura. Cuando, como dijo el presidente Zelensky en una de sus intervenciones, «todos los días son lunes».

Los periodistas culturales ucranianos han sido los más activos en la tarea de difundir información que ayude a los ciudadanos en la actual situación. Consejos psicológicos, manuales de preparación para las situaciones traumáticas, gestión de casas arruinadas, reclamaciones a los seguros. La gratuidad de los trenes que llevan a los refugiados hacia Europa, la difícil decisión de irse o quedarse, los niños que se van como el futuro de la Ucrania que se reconstruirá. Periodistas con la vocación irrenunciable de demostrar que también en tiempos de guerra la cultura no solo tiene un espacio, puede ser una más de las armas a emplear.

En la primera semana abundaron los artículos sobre listas de música para una guerra. Así las llamaron. En el mundo de los adultos movilizados, triunfaba el «Bella Ciao». La canción que volvió a poner de moda La casa de papel ha sido modificada para que su letra hable de supervivencia, de victoria, de regreso a casa, de mearse y cagarse en los rusos invasores, también. Las versiones más populares, las de la cantante de folk Christina Soloviy, la de los músicos del batallón de defensa de Kiev, y la de Max Barskih, otro de los músicos populares ucranianos. Estuvo de gira el pasado verano por Rusia, con gran éxito, y apareció en internet los primeros días tirando a la basura todos los premios que recibió en aquel país.

Los más mayores, nostálgicos de los ochenta, están con Sting. El cantante ha rescatado el tema «Russians», de su álbum The Dream of the Blue Turtles, recordando que no lo suele interpretar a menudo porque había dejado de estar de actualidad. La letra, «espero que los rusos amen a sus niños también, porque no hay una guerra que se pueda ganar en ninguno de los lados del muro», es de 1985, cuando la Guerra Fría.

Aunque sin duda lo que más gusta a los ucranianos hoy es el rap, que por algo estaba incluido en los dos temas finalistas para Eurovisión. Muchas rimas han ido para el Fantasma de Kiev, un supuesto piloto, en realidad un mito urbano creado por el servicio de propaganda ucraniano. Aviador invencible capaz de derribar aviones rusos por decenas, algo que según los expertos militares ya no es posible, como en la primera o segunda guerras mundiales. Cualquier cosa que sirva para mantener alto el ánimo, pues en aquellos primeros momentos todos sospechaban que el ejército ruso tardaría apenas unos días en derrotarlos.

Y la palyanytsia. Un bizcocho tradicional ucraniano, y una palabra cuya -ts es imposible de pronunciar para un rusohablante no ucraniano sin delatarse. Uno de los artículos más singulares fue el titulado «Ukrzaliznytsia lleva hasta palyanytsia». Significa algo así como «el tren que lleva hasta el bizcocho». Como en las frases «un plato de albóndigas con patatas, cocinado con manteca de cerdo» o «qué hacía el gato cuando nevaba», el sentido es lo de menos. Lo relevante es que sirven para identificar a los saboteadores rusos. Un conjunto de personas enviadas por Rusia para apoyar a su ejército en las semanas previas a la invasión, e infiltradas entre la población para impedir la defensa, y anular los sistemas eléctricos y de comunicaciones.

El 8 de marzo fue aprovechado con cierto humor para celebrar y reivindicar el Día de la Mujer. Las mujeres movilizadas posaban con su uniforme y el mensaje de «¡Dios no permite que logres enfadar a una ucraniana!». Los músicos del país enviaron por internet su deseo, casi promesa, de que el próximo año sí será un verdadero día de fiesta. En Odessa, una periodista recogió testimonios y fotografías de las mujeres de la retaguardia, comprándose esas flores que en otros 8M les regalaban sus compañeros, ahora en el frente, y sentándose a tomar un café o un chocolate para imaginar que por un momento la vida seguía siendo normal.

La misma autora recorre su ciudad fotografiando lo que ella llama nueva manifestación del arte urbano. Carteles por todas partes burlándose del invasor, colgados en verjas y fachadas. Banderas de Ucrania pintadas con espray en el hormigón. Señales indicadoras para el tráfico sin sus letras, borradas o tapadas con plásticos, para que los rusos no sepan por dónde ir. Alguien se ha dedicado a poner un mensaje, también en los erizos checos, esa barricada antitanque hecha con vigas de hierro soldadas entre sí. «Volved atrás, orcos». Una forma cada vez más habitual de llamar a los rusos.

El 9 de marzo es una excepción en la sequía informativa sobre temas tradicionales de la sección Cultura. Algunos se acuerdan del aniversario del escritor Taras Shevechenko. Fundador de la literatura moderna ucraniana, poeta, melómano, dandi, aficionado a aderezar su té con ron. La redactora ha incluido esta entre sus piezas dedicadas a cómo encontrar medicamentos o cómo lidiar con el pánico que provoca la guerra, o evacuar las mascotas.

Y las necrológicas. El cantante, actor y presentador de televisión Pasha Lee muere mientras trataba de ayudar a unos niños a huir de un refugio. Artem Pryimenko, quince años, campeón nacional ucraniano de sambo, una modalidad de lucha de origen soviético, queda sepultado junto con toda su familia bajo los escombros de su casa. Victor Dudar, periodista del Expres, muere en combate. Su periódico le recuerda, Tolkien y El hobbit le iniciaron en la lectura. Estudió Derecho y ejerció la abogacía, pero descubrió que a veces hay más justicia en informar que en aplicar la ley.

Menudean las historias cotidianas de una vida en guerra. Niños que nacen en los refugios, y solo se cuenta la felicidad del marido que llama desde el frente para saber que ha tenido una hija, o la fortaleza de la madre a quien el nacimiento consuela de todo lo demás. De estar dando a luz en un sótano. Tienen, nos cuenta la redactora, hasta una habitación calefactada con pañales. Porque lo habitual es pasar las noches a ocho grados en esos refugios sin climatizar, mientras fuera la temperatura desciende a ocho o diez bajo cero.

No son tanto las fake news, que las hay, como la sensación clara de que todo intentan contarlo desde el lado amable y optimista. Un principio contrario a la objetividad periodística, a la neutralidad exigida a nuestro oficio.

Tras quince días de seguir las publicaciones ucranianas consigo contactar con dos de las periodistas culturales cuyas piezas he estado leyendo. Ambas mujeres. Me piden que por favor omita su nombre, periódico y ubicación. No son las que más han tomado partido por informar a favor de Ucrania, pero temen represalias por su profesión si finalmente los rusos se hacen con el control de sus ciudades.  

Una de ellas vive en una de las localidades que está siendo bombardeada. Me explica que las historias le sobran, todos los días pasan cosas en la calle que merece la pena contar, historias humanas y atrocidades. Ni sus editores ni su conciencia le permiten ser demasiado objetiva, porque contribuiría al sufrimiento y al pesimismo. «Para qué añadir más preocupaciones a las que ya tenemos». Su problema, ahora, es tener tiempo para componer las piezas. Las sirenas suenan hasta cinco y seis veces en el día, la luz sufre cortes intermitentes, también a veces la señal de internet. Ha elegido teletrabajar para estar más cerca de su familia y de su casa, en lugar de acudir a la redacción como antes. Pero en estas condiciones, dice, acaba habiendo más apuntes en su libreta que crónicas redactadas.

La otra periodista vive con algo menos de presión, al menos en el momento en que hablamos. Sí que hay compañeros varones en las redacciones. Aunque me haya llamado la atención el gran número de periodistas mujeres, eso es porque en Ucrania predominan ellas en la sección de cultura, sociedad y deportes. También porque están cubriendo el hueco de los compañeros varones, movilizados o alistados como voluntarios. Dependiendo de la situación personal, algunas han comenzado a encargarse de las piezas informativas que van sin firmar. Me explica en qué consiste la última que ella ha hecho. Son consejos para la parte de la población que ya está bajo manos rusas. Hay detalles que explicar, como ese de borrar ciertas fotos del teléfono por si los revisan, dejar solo imágenes familiares y amables, nunca de los militares. Cambiar los nombres de la agenda telefónica, eliminando nombres y apellidos para sustituirlos por términos genéricos como hermano o fontanero. No acercarse a los hombres armados, entender que se sienten frustrados por estar aquí, que por eso mismo pueden dispararte sin motivo. Tener paciencia si su teléfono no encuentra cobertura ni señal de internet.

Me pregunto si ha caído en la cuenta de que posiblemente las personas a que va dirigido ese artículo no tendrán ocasión de leerlo. Quizás sí, quizás no. No importa. Con guerra o sin ella, los periodistas de la sección cultura poco más sabemos hacer que seguir escribiendo. Las palabras siempre sirven. Las palabras es lo único que tenemos cuando todo lo demás es anómalo. «Cuando en lugar de hablar sobre si Alina Pash debe ir o no a Eurovisión, tenemos que explicar todo esto».


Juan Zafra: «El reto es que no vivamos en la sociedad del bienestar solo unos pocos, sino que se extienda, porque es posible»

Juan Zafra

No existe una única etiqueta profesional para definir a Juan Zafra. Podría ser transperiodista, por ser de los primeros profesionales en hacer la transición a lo digital, pionero en la difusión del conocimiento tecnológico, y la persona que descubrió a todo Google, desde nuestro país, el valor del periodismo local. Hoy es director de la revista Telos, del Club Abierto de Editores, y participa en muchos otros proyectos. Se define como motor de transformación, es un activista del tecnoptimismo, y un eterno insatisfecho que acostumbra a ver el futuro antes que todos los demás. Aunque eso, explica, no tiene porqué ser una ventaja. Hay que convertirlo en una ventaja.

Tienes veintitrés ocupaciones en tu perfil de Linkedin.

[Ríe] No sabía que hubiera hecho tantas cosas. Pero ha sido intencionado, lo de hacer una reinvención permanente de mi mismo. Personalmente, además, estoy convencido de que el trabajo no es lo único que da sentido a nuestras vidas, ni lo único que nos define. Por eso no me siento cómodo presentándome asociado a una profesión o una marca. En los encuentros profesionales, a veces, hago una pequeña performance, y después de que cada uno se haya presentado como fulanito de Vodafone, o de Movistar, voy y digo que soy Juan Zafra, de Torrelodones, que es donde vivo.

Esto me genera una duda. Cómo se vende uno a los empleadores o clientes sin definirse.

Desde luego, es un hándicap, porque no te van a llamar para un puesto determinado, y a la hora de optar a un empleo siempre hay personas que no lo ven muy claro. Esto sucede porque los términos profesionales están asociados a una actividad muy específica, y son definiciones que no funcionan cuando te sales de ahí. Por ejemplo, yo dirijo Telos, y todo el mundo entiende qué es ser director de una revista. Pero si explico que el número no se queda en la edición, sino que el ejemplar físico y la web se relacionan, que cada número genera un debate que luego se amplía en conferencias, jornadas, y encuentros físicos y virtuales la cosa ya no está tan clara.

Encuentro tu modelo profesional muy estadounidense, pero no parece llamado a encajar en una sociedad más rígida, empresarialmente hablando, como es la española.

El otro día salió una encuesta en Cinco Días, revelando que quien opta a puestos de la Administración lo hace en un 80 % por la seguridad en el empleo. En nuestra sociedad el carácter emprendedor no está primado. Yo siempre me he sentido emprendedor e intraemprendedor, cuando he estado en una organización he tenido siempre iniciativa propia, y si he sentido que mis iniciativas no estaban en línea con lo que se pretendía, y por tanto no aportaban valor, he procurado cambiar de lugar.

Cómo definirías tu actividad profesional a alguien que no sabe a qué te dedicas.

Todo lo que hago está dentro de un mismo marco, que es la transformación. Yo aspiro a construir liderazgos transformacionales fuertes, algo que hoy se construye apoyándose en la tecnología y la comunicación. Intento aplicarlo a mi mismo en primer lugar, desarrollando una serie de habilidades y capacidades que me permiten llevar el cambio a quienes trabajan conmigo, sean clientes, colaboradores, o entorno social. Nuestra sociedad está en proceso de transformación, y eso genera oportunidades que la gente tiene que entender. A eso me dedico, en Telos, en el Club Abierto de Editores, y con otras organizaciones.

Haces esto en un país donde es un auténtico drama buscar trabajo si tienes más de cincuenta años.

Y eso es paradójico. En una sociedad cada vez más longeva los mayores vamos a ir adquiriendo más experiencia y más conocimiento. Es una mala asignación de recursos dejarnos fuera del sistema productivo. Yo, como soy optimista, estoy continuamente aprendiendo y adquiriendo experiencias múltiples, porque creo que así siempre tendré oportunidades. Pero sobre todo espero generar siempre oportunidades para la gente con la que estoy colaborando. Un cursi diría que es un win win, pero yo soy feliz cuando la gente es feliz a mi alrededor. También digo todo esto, claro, porque vivo en pareja y con un gato.

¿No tienes hijos?

No. Y eso me da una autonomía importante.

No tener hijos te da más autonomía para ser emprendedor.

Sí.

Te das cuenta que lo dices en una sociedad donde muchos treintañeros renuncian a tenerlos, bien porque no tienen dinero, bien porque vivirán mejor sin ellos.

En este mundo hay dos grandes amenazas: una el choque entre generaciones, y dos, el choque entre los que disfrutan de una estabilidad económica perpetua y los que tienen una ambición distinta a la perpetuidad en el puesto de trabajo. El estado de bienestar, del que disfrutan sobre todo los más mayores y longevos, se está deteriorando. Vamos a una desaparición de la vieja clase media, a la vez que emerge una nueva clase media global, sin los estándares de la que conocemos. Hay unos jóvenes que quieren entrar en ese nueva clase media global, y encuentran que los mayores están consumiendo recursos. El choque entre los que quieren entrar y los que quieren conservar su sitio es una amenaza importante. Siempre ha existido, pero ahora es una cuestión de goce y disfrute. El segundo riesgo, el de la estabilidad laboral perpetua o la inestabilidad, tiene que ver con que la ciudadanía va a una velocidad de cambio infinitamente superior a la que van las administraciones públicas, que están siendo un tapón por sus obsoletos procesos y procedimientos para atender a la ciudadanía. Eso puede generar conflictos graves para la democracia. No es ninguna locura, estoy leyendo el último libro de Moisés Naín, El fin del poder, donde dice esto precisamente.

Juan Zafra

Las administraciones son la estructura, pero ¿los políticos también son un tapón?

Más bien personajes de un reality, que es en lo que se han convertido. Aspiran a conseguir el poder, y es lo que hacen para conseguirlo, en vez de meterse en una casa en la sierra se meten en la sede de un partido. Y de ahí puedes llegar a ser secretario general de la ONU, pasando previamente por un ayuntamiento, una presidencia de comunidad autónoma, y la presidencia de un gobierno nacional. Esto lo tiene muy bien analizado, aunque lo expresa de forma muy cruel, Ignacio Urquizu, un sociólogo muy bueno, discípulo de Julián Santamaría e Ignacio Sánchez Cuenca, y alcalde de Alcañiz. Si dominas una agrupación o una sede, y te presentas el día que hay que elegir los cargos con tus cuatro amigos, ganas y ahí comienza tu carrera. Como si hicieras una nominación en Gran Hermano.

¿Y hay soluciones para estas amenazas?

Toda mi confianza pasa por la tecnología, que hoy está al alcance de casi todo el mundo. Lo que tiene que haber es una voluntad de cambio, de redistribución de los recursos, porque los cambios consecuentes de la implantación de la tecnología provocan cambios económicos, y hay que redistribuir el nuevo bienestar. Yo uso tres pilares que puedan asociarse a una línea transhumanista: uno la superinteligencia, vivimos en un mundo en el que se genera una inteligencia colectiva humana, a la que las máquinas suman una artificial, capaz de desarrollarlo todo, y podemos obtener un gran éxito combinando ambas; dos la longevidad, aún en los momentos tan dramáticos que estamos de pandemia es un hecho que vivimos más y mejor; y tres el superbienestar: el reto es que no vivamos en la sociedad del bienestar solo unos pocos, sino que se extienda de manera imperiosa a África, y a otras zonas del mundo, o de nuestra sociedad, porque es posible. Y si no se hace es porque no queremos.

¿Encaja en ese transhumanismo la renta básica universal?

La respuesta es sí, porque estamos manteniendo trabajos solo para justificar el sostenimiento económico de una parte de la población. Sus tareas podrían ser mucho más eficientes aplicando tecnología, y esas personas podrían vivir mejor sin su tarea. No veamos como un drama la desaparición de los puestos de trabajo, sino como una forma de mejorar la calidad de vida. Para la RBU harían falta consensos políticos, a nivel global, pero hay que pensar que los cambios se están acelerando mucho, y lo que puede parecer algo utópico hoy puede estar aquí mañana. En la pandemia hemos descubierto todo lo que puede significar el trabajo remoto, y lo defino así para no llamarlo teletrabajo, que ahora parece que significa trabajo en casa. Resulta que con todo lo que hemos aprendido sobre cómo puede ser, y lo que puede aportar el trabajo remoto, hay capas de la sociedad y empresas obsesionadas con volver al viejo mundo. Es como si alguien cuando se inventó el ordenador estuviera empeñado en volver a la imprenta de tipos móviles. La cosa ha cambiado. Hay que pensar un poco más allá del hoy, del mañana, y de las legislaturas.

Y de las pandemias.

La pandemia ha sido un aprendizaje brutal de muchas cosas. Hace poco hablaba sobre ciberseguridad con un buen amigo que además es un cerebro. Le decía que una de las cosas que más me frustra es la cantidad de palabras que lanzamos al viento y a la nube durante el 2020, conferencias, reinventar el futuro, reinventar el mundo, y ahora ya ni nos acordamos que ayer murieron doscientas personas por el virus. Miras alrededor, y otra vez coches, combustibles fósiles, todo igual que antes. Todo eso que decíamos de que el mundo va a cambiar, qué ha sido de ello.

Supongo que es lo que contáis en Telos, la revista de la que eres director, y que es referente desde hace décadas en la narrativa de la sociedad digital. ¿Es una revista de tecnología, o de cultura?

Asistimos a una transformación tan grande en la sociedad, que ya cualquier cambio cultural está basado en la tecnología. Citando a mi maestro y amigo queridísimo Antonio Rodríguez de las Heras, el motivo por el que tenemos que insistir tanto en las habilidades digitales, y en la comprensión del fenómeno de la digitalización, es porque sin formación digital ya no se puede desarrollar una cultura. En una sociedad donde las tecnologías han tenido tanto impacto y están modificando de manera tan intensa nuestra forma de vivir tenemos que crear un espacio cívico nuevo. Para lograrlo tenemos que entender lo que significan todos los avances, y cómo nos influyen, para vivir con ello, aprender a desenvolvernos y vivir mejor. De lo contrario caeremos en el caos. De eso es de lo que tratamos en Telos.

¿Es más fácil hacer una revista como esta, que al depender de una fundación, no tiene la presión de las suscripciones y las ventas para perdurar?

Claro que existe esa presión en Telos. El problema no está ahí, sino en que los medios, todos, hemos caído en la trampa del volumen y de los usuarios únicos. Lo que necesitamos son consumidores de calidad, y no un saco de innumerables seguidores no identificados. El valor de un medio depende de conocer a la persona que le sigue, y a la interacción que establece con ella. Las cifras de la edición impresa de Telos son modestas en comparación a los grandes medios en papel, pero en online superan a medios tradicionales no asociados a una fundación o una compañía. Y tenemos bastantes artículos bien considerados en los índices de referencia académicos. Además, hemos desarrollado y asentado la idea de comunidad Telos, compuesta de colaboradores y lectores, y pese a nuestra periodicidad, la percepción es que siempre estamos ahí, abriendo debate. Y eso saliendo en papel solo tres veces al año y publicando en web dos veces por semana. La magia está en que nuestra publicación no acaba en los textos o en los contenidos que se publican en el papel y/o en la web, sino que provocan reflexiones en torno a una cuestión concreta, que luego se desarrolla en conferencias y encuentros. Por eso decimos que es mucho más que una revista, es un nodo de conocimiento abierto y de inteligencia colectiva.

Seguís haciendo ejemplares físicos. ¿La edición digital no puede vivir sin la impresa?

Yo no lo entiendo de otra manera. Uno de los últimos números de Telos se titula Fronteras, y mi editorial «Seres híbridos y fronterizos», porque cada día somos más digitales que físicos, estamos en un período de transición. Pero seguimos necesitando lo físico.

Precisamente tú hiciste la transición de lo que entonces era sobre todo un medio físico, El País, vendido por millones en los quioscos, hacia lo digital.

De hecho pedí trabajar en la edición digital recién inaugurada, elpais.com, por una inquietud que me surgió en una etapa anterior, cuando trabajé en Radio Nacional de España. Nunca sabía quién estaba al otro lado del micrófono, qué pensaba. Con la digitalización vi abierta la posibilidad de interactuar con los lectores, reconocer su existencia, y que sus aportaciones enriquecieran tanto a la información, como a mí mismo. También fue un modo de buscarme un hueco. Yo era el chavalín que empezaba, en la sección de economía, entre los grandes del periodismo económico, que tenían su nombre y sus fuentes. La tecnología, que comenzaba a despertar interés mediático, era un modo de abrirme paso. Al director, que era entonces Jesús Cebeiro, le dije: aquí me he hecho mayor, y me empiezo a sentir viejo.

Y te fuiste a una tecnológica.

Me apetecía no solo contar las cosas que estaban sucediendo, sino participar de ellas. En particular, en la construcción de un nuevo universo en el mundo de las telecomunicaciones, el germen de la sociedad de la información. Estaba naciendo Retevisión, el segundo operador de telecomunicaciones en España, que es a donde me fui como jefe de prensa. A un trabajo totalmente distinto.

Cuál era la principal diferencia.

Participar, como te he dicho. Yo acababa de regresar de una beca en Estados Unidos, donde mi tema de estudio fue el impacto de internet en la actividad de los agentes sociales, un tema que era una locura plantear aquí en aquel momento. Pero que en Estados Unidos estaba más desarrollado. Me reuní con sindicatos, medios, estuve en el USA Today, en The New Republic, y al volver además de cambiar de trabajo organicé un grupo con David Martínez, jefe de prensa de Orange, que llamamos los GIPIS. Grupo de Interés por la Información, donde también estuvo Arsenio Escolar. Tuvimos tertulias durante mucho tiempo, e invitábamos a la gente que estaba desarrollando internet.

Juan Zafra

De ahí diste el paso a la Administración del Estado.

Me ofrecieron participar en Red.es haciendo la comunicación del plan Avanza del Gobierno de España para el desarrollo de la sociedad de la información. Eso que hoy se llama digitalización. Ahora la banda ancha está extendida, pero entonces había que hacerla llegar, no solo físicamente, sino conseguir que las empresas y usuarios la incorporaran a su actividad diaria con el uso de Internet. Me pareció una aventura enorme y apasionante. Y este cambio profesional era un paso lógico para seguir formando parte del proceso. Fue en la primera etapa de gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, y la verdad es que me fui de allí con la satisfacción del deber cumplido.

Te fuiste a ganar un Goya.

Bueno, a mi no me lo dieron. Fue la productora para la que trabajé y, sobre todo, al equipo de la película El Greco, pero como yo estaba allí pienso que un trocito pequeñín del trofeo sí me tocará, ¿no? [Ríe]. Me interesaba mucho introducir la digitalización y sobre todo la interactividad en el mundo audiovisual, por lo que inicié esa nueva aventura. En Lavinia hicimos grandes proyectos innovadores para la época en ese ámbito.

Y de vuelta a la Administración. ¿Te habías quedado con ganas de más?

En realidad salté a la Moncloa porque el entonces secretario de Estado de Comunicación, Félix Monteira, que había sido mi mejor jefe en El País y el tipo que más apostó por mí en el periódico, me ofreció trabajar con él. No podía decirle no a mi admirado Félix Monteira ni al gobierno de mi país.

He oído que allí te llamaron loco.

[Ríe]. El trabajo me lo ofrecieron en julio de 2010, justo después de que Zapatero anunciara el plan de ajuste, así que yo llegaba en el peor momento de la crisis. Cuando entré por la puerta me dijeron: «Joé, Zafra, estás más loco de lo que dicen de ti». Pero estaba con un tipo magnífico, un equipo excepcional y trabajando para mi país en uno de los peores momentos de la crisis económica. Qué más se puede pedir.

Después de eso no has vuelto a la Administración. ¿No te tienta?

Depende de con quién y para qué. Yo creo que la Administración tiene que estar a la vanguardia de los cambios, y ser ejemplar, y para eso sí que me interesa estar ahí. Pero por el poder temporal del puesto, no. Solo que hoy, si alguien te llama desde allí y preguntas para qué proyecto, te penalizan. Vivimos un momento político en que prima el poder por el poder, que debería ser usado para transformar, liderar y hacer la vida mejor a las personas. Y si no, a tu casa.

No buscan a los más útiles.

Buscan la fe ciega, y no pasa nada. Yo aporto ideas, y no lo hago por una fidelidad ciega ni por la ambición de que me premien por haber estado ahí, sino para que las aplique el que gane.

Después de estar en la Moncloa montaste tu propio periódico digital.

De la Moncloa me echaron, entonces reflexioné, había pasado por la comunicación corporativa, la institucional y por el mundo audiovisual. ¿Qué hacía ahora? Surgió la oportunidad de hacer un diario digital, Bez.es, del que Braulio Calleja y yo fuimos fundadores y directores. La iniciativa surgió de un grupo de financieros, estábamos en la época del rescate, que se había negado que existiera, y ellos estaban preocupados por la dificultad de vender la imagen de España en el extranjero.

Os presentasteis como un medio independiente.

Fue una propuesta ecléctica y totalmente independiente, incluso de nuestro capital, que provenía del mundo financiero. Mientras estuvimos saliendo nos pusieron todo tipo de etiquetas, que si nos financiaba el PSOE, que si Ciudadanos, el PP o Podemos… Es la obsesión de este sector en los tiempos recientes: de qué lado estás. Creo que el que resultara imposible colocarnos una sola etiqueta demuestra que sí fuimos independientes. Pensamos que los tiempos estaban cambiando, y había que dar información que se adaptara a esos tiempos y a esa política nueva, multipartidista. Bueno, entonces era nueva. Dos años después cerramos porque no fuimos capaces de capear el temporal.

Nacisteis a la vez que otros digitales, como Eldiario.es o El Español, que ahora están consolidados. Quizá no abrazar ninguna ideología os perjudicó.

Si la pregunta me la hubieras hecho años atrás, te hubiera respondido que hicimos una buena gestión informativa, pero una mala gestión empresarial. Cuando Bez cerró quedé a comer con Nacho (Ignacio Escolar) y lo primero que me dijo fue: «¿qué, ya te ha dejado tirado los accionistas?». Fue lo que pasó. Tenían pérdidas, aplicaron recortes, y nosotros fuimos uno de ellos. Habíamos hecho además un mal pacto de accionistas, teníamos cero participación porque no habíamos firmado los papeles, por las prisas en lanzarlo. La típica cosa de periodistas. Pero si te respondiera desde hoy, diría que la polarización ha añadido una dificultad extra. Parte de la crisis de los medios es que cada vez somos más incapaces de reconocer y admitir los motivos del otro, tenemos que posicionarnos a un lado u otro de la mesa, y no se te perdona que te cambies de lado. Así es como los medios han perdido el respeto a la audiencia; los políticos a los medios, porque creen que pueden influir sobre ellos; los anunciantes a los medios y viceversa… Todos a todos. Y es un proceso generalizado, hoy lo sufre cualquier cabecera, profesional o formato.

En Bez.es anunciabais la Segunda Transición, un término que cuando desapareció el multipartidismo se usaba mucho. ¿Aquel proceso ha acabado en esto?

Fue un momento en que entraron aires nuevos en todo, era como si se hubieran abierto las ventanas. Pero el cierre de Bez coincidió con un portazo en la sociedad, estábamos a punto de que se aplicara el artículo 155, un hito muy importante que trastocó todas las relaciones de poder en España. Hubo un cerrojazo, se cerró todo lo que se había iniciado. De hecho, ahora solo se habla de Segunda Transición desde un ámbito muy ideologizado. Nosotros hablábamos de cambiar la Constitución para incluir, por ejemplo, los derechos digitales, que ahora ya no parece ninguna locura. Incluso España acaba de presentar su propuesta de derechos digitales, pionera en la Unión Europea. Pero en aquel entonces se paró esto, y todo. Cada momento histórico tiene sus oportunidades, y el de aquel cambio ya ha pasado.

Y el periodismo ¿ha ido a peor, o a mejor?

Ni mejor, ni peor. La única certeza que tengo es que cualquier tiempo pasado fue anterior. Como tecnoptimista convencido creo que el progreso tecnocientífico nos va a permitir ser mejores. Si sabemos aprovechar las nuevas capacidades tecnológicas, el periodismo debe ir a mejor.

Qué opinas de los tecnopesimistas.

Hay que debatir y compartir todas las visiones. A mi me gusta defender las utopías, siempre digo que los que no se sueña no se construye, en Telos tenemos autores distópicos que imaginan futuros dominados por las inteligencias artificiales y humanos subyugados. Parece que hoy día no hay nadie que no sienta que nos dominan los algoritmos de las grandes plataformas. Y yo digo: pues no; si sabes el poder que tiene el algoritmo, no te dejes subyugar.

Juan Zafra

Hablando de pesimismo, el setenta por ciento de los periodistas culturales que tenemos en España, La Vanguardia, El País, El Mundo, etc. siempre publican noticias sobre lo malo que es Google, Meta, cualquier tecnología. ¿La cultura está en contra de la tecnología?

En primera instancia, diría que se está generando una especie de espiral del silencio, que se está consolidando una corriente de opinión negativa hacia la tecnología a la que, o te sumas, o no se oirá tu voz. No señalaría a nadie en particular porque la percepción de que lo tecnológico es malo sí es generalizada. Pero a la vez pasamos medio día en el WhatsApp y usamos todas las herramientas de Google a diario. Entonces, en qué quedamos. Me mola que el coche tenga de todo, y casi aparque solo. O que Netflix o cualquier plataforma te diga qué película ver en lugar de esforzarte por estar a la última y saber qué merece la pena ver y qué no. Ha habido momentos en los que quienes nos dedicábamos al análisis de la tecnología parecía que librábamos una carrera por ver quién se subía con su tabla a la ola más grande. Hablábamos de transhumanismo, de perdurar en una máquina, o a qué planeta más lejano llegábamos para habitarlo. Esa ola ha bajado y se ha tomado la nueva, que es la de los que hablan de la sociedad vigilada, dedeterminismo tecnológico, de esclavitud digital, etc. Pues, ni una cosa ni la otra, hay que adaptarse.

Parte del pesimismo nace de ver a los gigantes tecnológicos dominar la sociedad.

Esto va a sonar duro, pero ahora dominan los gigantes tecnológicos, en los que no influimos, de la misma forma que en la época del carbón y de los combustibles fósiles mandaban otras multinacionales, en las que los mineros no influían. Estamos hablando de un cambio más importante, el del conocimiento, que es la materia prima de nuestra era. El mundo digital ha horizontalizado las relaciones, y facilita el acceso. Una vez que superas el acceso físico, el de la conectividad, puedes conectar con cualquier lugar del mundo o ámbito social, y desarrollar unas capacidades para un mundo que todavía no sabemos cómo va a ser,pero en el que surgirán nuevas oportunidades para todo el mundo. La digitalización genera oportunidades, facilita el aprendizaje, las relaciones, el trabajo y abre un nuevo horizonte de bienestar.

Siempre que tengas recursos para pasar los muros de pago.

Eso atañe directamente al negocio de los medios de comunicación. Ahí yo hago dos consideraciones. Informarse cuesta, en todos los aspectos, en el económico y en el intelectual; de la misma manera que formarse cuesta, hay que estudiar y eso tiene un coste económico. Esa cultura del aquí no paga nadie que se ha asentado en algunos sectores con la digitalización no tiene ningún sentido. Porqué unos sí y otros no. Los servicios y el conocimiento tienen un valor y, por tanto, tienen que tener un precio. Los medios de comunicación hasta ahora lo estaban regalando; se han concentrado en un solo eslabón de la cadena, la producción de información y han desatendido otros eslabones que con la digitalización se han visto modificados como la distribución o el desarrollo de nuevos productos más allá del medio tradicional . Permitiendo que otros agentes de la cadena ocuparan todos los eslabones de la cadena de valor. Ahora están descubriendo que pueden salir de ahí, dominar el dato, vender sus propios productos, y sobre todo la inteligencia que generan y eso es lo que más vale en la sociedad digital.

Hablando de medios y cadena de valor, en 2020 eras secretario de CLABE (Club Abierto de Editores), y dos años después eres director general. Algo bueno hiciste en la pandemia.

Estoy orgullosísimo, y me encanta defender los intereses de los medios de comunicación. La asociación representa a los medios nativos digitales, a las publicaciones profesionales y sectoriales, que son una herramienta muy poderosa en la sociedad, gracias a su reconocimiento por parte de las audiencias y a su engagement con ellas. Pero hay que aprender a desarrollar todo el potencial de esa herramienta. Arsenio Escolar me propuso a final de 2019 participar, se estaba valorando la creación de una nueva marca, era el veinte aniversario… Ya teníamos preparados los actos de presentación de la nueva identidad, y el impulso a la digitalización de los medios impresos que tenemos asociados. Pero en mi primer día, el 9 de marzo del 2020, lo primero que tuvimos que hacer fue irnos a teletrabajar. El veinte aniversario se convirtió en gestión de crisis para un sector que fue inmediatamente declarado actividad esencial durante el estado de alarma, y que tenía una demanda histórica por parte de los ciudadanos. Pero cuya principal fuente de ingresos, la publicidad, había caído prácticamente a cero. Y a cero se fue también la otra fuente en que estaban despuntando, los eventos y la organización de actos públicos.

¿Sois un lobby?

Somos una asociación sin ánimo de lucro que defiende los intereses de sus asociados del sector al que representa. Tratamos de dar a conocer las necesidades de nuestro sector para tratar de conseguir ayudas y apoyo a su desarrollo.

Un lobby.

Si hay que decirlo así, somos un lobby, lo somos.

No es un reproche, habéis conseguido influir a los políticos y atraerles a un campo de interés como son las publicaciones periódicas y la cultura, que no son sus favoritos precisamente.

Representamos a los editores de medios de comunicación, y eso va en defensa de todos sus profesionales. Venimos reivindicando que somos un sector esencial para la estabilidad de los sistemas democráticos, de la economía y la sociedad en su conjunto, y, sin embargo, no se nos considera un sector industrial. Es lo que siempre le repetimos al gobierno, que somos mucho más que los chicos de la prensa.

¿Por qué cuesta convencer de eso al gobierno?

El problema es que no tenemos un ministerio del ramo. Unas veces tenemos que dirigirnos a Cultura para defender los intereses de los medios de comunicación; otras a economía, otras, a Industria; otras presidencia del gobierno; otras, la secretaría de estado de comunicación. No está claramente asignada la responsabilidad sobre las líneas políticas referidas a los medios de comunicación. Además, cuando acudimos a las instituciones públicas con propuestas, la primera reacción es que hay que elevarla al máximo nivel de interlocución, porque como esto de la prensa es un asunto muy relevante, mejor que lo resuelva el jefe. Eso hace la interlocución más difícil, hace que cueste mucho más trabajo la defensa de los intereses de los medios de comunicación como parte del tejido empresarial.

De hecho habéis tenido que pelear que el nuevo bono cultural para jóvenes incluyera las suscripciones a prensa y revistas.

Es un buen ejemplo de lo que comentaba. Cultura pensó en el cine, el teatro, los espectáculos, los libros… Pero como los medios de comunicación no estamos específicamente en su ramo, tuvimos que levantar la mano y recordar que la prensa también es parte de la cultura. Pues esto es lo que hacemos, levantar la mano.

Sorprende que a nuestros gobernantes no se les ocurra que una publicación periódica tenga que estar en un bono cultural.

No es una cuestión de negación. Somos transversales, y eso hace que la pregunta de dónde está el ámbito, y quién tiene las competencias, no siempre se responda desde el sitio óptimo.

Juan Zafra

Hablando del bono cultural, que se ha extendido a Europa, hay quien dice que se ha creado porque esta industria no puede sobrevivir sin apoyo institucional.

Yo asocio esta pregunta al momento de transformación que estamos viviendo. Todo lo que viene del ámbito de la cultura, e incluyo a los medios de comunicación, ha vivido siempre muy al margen de políticas públicas. Ahora, por el impacto de la digitalización, tenemos que adecuar estos sectores culturales al nuevo entorno digital. Es lo que reivindicamos, y consideramos justo que se haga con ayuda pública. Si se aprobaron unas ayudas públicas en forma de costes de transición a la competencia del sector eléctrico, porqué no deberían aprobarse para la transformación y la digitalización de los medios de comunicación y de las industrias culturales.

Tenéis un plan para eso, para conseguir una parte de los fondos Next Generation.

Sí, va en esa dirección, y estamos llamando a todas las puertas posibles. Hemos conseguido que la propuesta sea reconocida, y vamos avanzando en algunos aspectos, con la dificultad añadida de no tener un interlocutor ministerial único. En Europa, por ejemplo, sí existen canales de ayudas públicas para la digitalización de los medios, que parten de la consideración de que los medios son clave para la sostenibilidad de las democracias.

La CEOE, en su informe de distribución de los fondos, insiste en que las PYMES tienen muy difícil recibirlos. Y ese es el tamaño de los editores asociados a CLABE.

Esto es histórico, y como tantos procesos históricos hay que hacer un esfuerzo de transformación radical. Las ayudas públicas suelen ir siempre, mayoritariamente, a las grandes empresas. Lo que reivindicamos ahora, como tantas otras asociaciones, de múltiples sectores, es que el tejido empresarial español está compuesto en su mayoría por PYMES, que tienen que ser beneficiarias de los fondos. Y reivindicamos que sea a través de políticas verticales, porque no basta desde nuestro punto de vista lanzar ayudas para implantar la inteligencia artificial en las PYME. Hay que hacerlo más específico, en nuestro caso creando una ayuda para la implantación de la IA en los medios de comunicación. Ahí sí que actuaremos como dinamizadores, ayudaremos a nuestras PYMES a hacer los trámites, y ellas entenderán que es para adecuar sus modelos de negocio específicos y no de soluciones dirigidas a la generalidad.

En CLABE habéis tenido una reivindicación histórica, opuesta al canon AEDE, que es la de que cada empresa pueda negociar individualmente con las tecnológicas. Porqué es mejor para una PYME negociar individualmente con un gigante.

Te refieres a las relaciones de los medios de comunicación con las plataformas digitales en el marco de la defensa de la propiedad, que es el punto de partida de nuestra relación. No puedo afirmar que la negociación individual sea mejor ni peor, eso lo determinarán los agentes que se sienten en la mesa: los productores de contenidos, por un lado; y las plataformas digitales, por otro. Lo que nosotros hemos reivindicado históricamente es el derecho de los editores a recibir una compensación por los contenidos sujetos propiedad intelectual, y la libertad de elección para negociarla, de manera individual o a través de las entidades de gestión colectiva. Lo que decimos es que si te sientes con suficiente capacidad para afrontar una negociación con las tecnológicas, puedas hacerlo, y si por el contrario, crees que tienes que apoyarte en las sociedades de gestión colectiva, puedas elegir ese camino también.

Pero habéis estado en contacto con Google y con otras tecnológicas. ¿No ha sido para negociar en nombre de vuestros asociados?

En CLABE no podemos hacer eso, no somos una entidad jurídica con capacidad de firmar contratos en nombre de nuestros asociados. En el año de inicio de la pandemia, caímos en la cuenta de que Google negociaba con los grandes medios pero con los pequeños no, les preguntamos porqué y nos respondieron que ellos solo prestan atención a las hard news. Respondimos que nosotros también tenemos hard news. Nos respondieron que siguen el criterio de usuarios únicos. Hubo que hacerle un escrito a un vicepresidente mundial de Google para explicarle porqué el criterio del usuario único no era universalmente válido. Parecen muy listos los de las tecnológicas, pero hay cosas que se les escapan porque están en el big view.

¿Y qué le explicábais en el escrito a la vicepresidencia de Google?

Básicamente, que la audiencia de un medio puede ser muy grande, pero la afinidad con el medio muy pequeña, y al revés. Los medios de CLABE tienen la particularidad de ir más allá de los usuarios únicos, porque tienen una afinidad y un engagement con la audiencia muy relevante. Un medio pequeño con una gran afinidad con la comunidad a la que se dirige es muy importante. Como Agronegocios, su afinidad con el medio del campo es muy grande, Gaceta Dental la tiene con los odontólogos, y no todos somos dentistas o del campo, pero si te diriges a un sector esto es fundamental. Hemos hecho ver a Google que a la hora de generar acuerdos para difundir los contenidos, el único valor del contenido no es el número de usuarios que lo consumen. Hay otros elementos que hacen que ese contenido tenga valor. Fuimos modelo en el mundo, los primeros en establecer esto.

Entonces, ¿hoy los diarios locales de todo el mundo pueden tener remuneración de Google gracias a CLABE?

Sí, lo que pasa es que ya nos han adelantado en algunos sitios. Pero fue así. Google ya nos ha reconocido los medios generalistas, los económicos y los deportivos. Solo quedan los culturales y los técnicos. El argumento que estamos utilizando es que en este nuevo mundo somos una ventana, una puerta de entrada al conocimiento y a un grupo de usuarios. Lo que te decía antes sobre qué somos los medios, pues el camino de entrada a la información. Si yo entro en Jot Down, que sois muy particulares, y eso es lo que me interesa, conecto con los intereses de un grupo de gente muy específica.

¿Y eso va a tener una repercusión relevante en las cuentas de los editores? Cuando Google News se fue de España no estaba tan asentado como para afectarlas.

Hay dos cosas distintas aquí. Una, el acuerdo comercial al que lleguen las empresas con Google Showcase para explotar sus contenidos, que generará un ingreso directo para ellos. Y dos, Google News, que es una ventana para que los contenidos de nuestros editores lleguen al conjunto de la ciudadanía. El buscador de Google es el 99% del negocio de los buscadores en España y tienes que estar en ese escaparate, es lo que decimos a nuestros editores desde CLABE. Es una oportunidad tanto para los nativos digitales como para los especializados para alcanzar audiencias en igualdad de condiciones a los grandes medios tradicionales. Es más, seremos capaces de batir a los medios tradicionales si somos capaces de usar las capacidades digitales, que tenemos que tener adquiridas, como el SEO, para movernos en esos nuevos entornos.

Con qué disfruta un tecnólogo en su tiempo libre. ¿Ciencia ficción?

No, no me gusta. Aunque con un matiz, sí me gusta la ficción científica, de futuro inmediato, me ha encantado Fitch de Tom Hanks, tiene bastante de distópica porque trata de un tipo que no confía en la humanidad, solo en su mascota, y en una inteligencia artificial que ha creado él. Me gusta también mucho, por el sentido que tiene, la serie Better than Us, los matices que aportan a la figura del robot inteligente, y por su punto transhumanista, Upload, donde vives después de la muerte en una realidad virtual que tú eliges. Y No mires arriba, aunque se me hizo larga, es una película que recomiendo a los estudiantes de periodismo, no a los científicos, ni a los políticos, pero sí a ellos.

Juan Zafra

Eres parte de una ONG, cibervoluntarios, dedicada a ayudar a quien le cuesta digitalizarse. Tendréis mucho trabajo ahora.

Sí, se ha extendido más porque antes los colectivos en riesgo de exclusión digital ya sufrían una exclusión social, y ahora son colectivos que no necesariamente están en exclusión, pero que sí necesitan habilidades básicas. Se trata de que el conjunto de la población consiga cosas como sacarse un certificado digital y usarlo en internet. Por eso la actividad se ha extendido a PYMES y trabajadores. Ahora hay un acuerdo para que los medios asociados a CLABE puedan usar contenidos de la ciberacademy, píldoras formativas a disposición gratuita de los medios. Esa conjunción de medios e instituciones que ponen el foco en formación en habilidades digitales me parece interesantísima por ambas partes. Los medios son fundamentales cuando la tecnología permite, como ahora, tanta desinformación, y además pueden sumarle una labor social que consiste en incorporar a la ciudadanía al mundo digital.

También la incorporan a la polarización.

Hay quien está en la irresponsabilidad. Pero también hay que ver dónde ponemos el foco. A mi me sorprende mucho que hablemos de la ética de la IA, ¿por qué no hablamos de la ética de que los aviones sobrevuelen un estupendo cielo azul como el que tenemos hoy?, absolutamente roto por la contaminación de los aviones. ¿Eso es ético? Ahora nos fijamos en las nuevas tecnologías, ellas son las malas.

El avión contamina pero el algoritmo decide si la policía te investiga, si te da una ayuda pública, te influye de forma determinante.

La capacidad de decisión última es del humano, pero cuesta, hay que informarse, y hay que saber cómo salir del filtro burbuja, del entorno de polarización y manipulación. Y se aprende a salir leyendo mucho. Hay que hacer un empoderamiento intelectual, abrir mucho las orejas para escuchar, interactuar con colectivos muy diversos, y a partir de ahí empoderarse tecnológicamente, cosa que solo puedes hacer cuando has entendido lo que está pasando en el mundo. Las personas sin inquietudes son carne de cañón del algoritmo, y de todo. También del vecino por la escalera que te dice a estos hay que derrocarlos, ahora te lo dice por el grupo de WhatsApp, pero es lo mismo.

Crees que para resolver los problemas de polarización y de odio habría que exigir que en las redes sociales uno se identificara con su DNI.

Igual los muchos amigos que tengo trabajando en legislación digital me corrigen o me dan un capón, pero me está pasando algo últimamente, el concepto de la autocancelación que viene del mundo audiovisual, de cancelar los programas. Es lo que acabo de hacer, preguntarme a mí mismo no sé si decir esto, no vaya a molestar a alguien. Yo en las redes sociales me cancelo cada vez más, porque ¿y si lo que digo me va a generar un problema cuando yo lo único que pretendo es debatir? Y en cambio lo que obtienes es una avalancha de críticas, un follón, un fenómeno Streisand. ¿Eso se arregla identificándose el autor? No lo sé. Y además, es tan difícil establecer procedimientos de ese tipo.

La tecnología para hacerlo, al menos, existe.

Habría que resolver el problema del anonimato en la red, y en todo. Este mundo anónimo en internet e incluso en las redes sociales nos está llevando a la confusión a todos, creando una realidad falsa donde no sabemos quién nos da la información, quién nos responde con un mensaje, o si quien nos sigue es real o no. Hay que introducir mecanismos legales.

¿Cuáles son tus proyectos inmediatos?

Estoy preparando el nuevo número de Telos, Mundo Cuántico, con Ignacio Cirac, que está en el consejo editorial. Y el Futur On de La Térmica, en Málaga, que allí lo llaman futurón, y es como hemos decidido nombrarlo. Vamos a hacer un taller de NFT y jornadas sobre ciberseguridad, y el encuentro de este noviembre, que irá sobre biohacker, transhumanismo a tope. Este tema me apasiona. En el último Futurón estuvo María López, la fundadora de Bitbrain. Comercializan el mejoramiento cerebral con unos dispositivos que entrenan tus habilidades cerebrales para ser mejor, y lo venden para ejecutivos. Empezaron a ser mejoramiento para discapacidad, y ya están en una tecnología que te hace ser mejor profesional. Acabas preguntándote para qué quiero ser mejor profesional combinado con la máquina, que lo haga la máquina y yo me dedico al disfrute.

Trabajas con el futuro. Ahora me gustaría que hicieras de gurú, para contarme cómo va a ser la sociedad dentro de cinco años.

[Ríe] Mi visión ahora mismo no es muy optimista. Vivimos una confrontación entre los que añoran la antigua normalidad y los que creemos que este es un momento para acelerar la transformación. Ayer me escandalizaba oyendo a un tipo que hablaba en la radio diciendo que él esperaba que esto acabe siendo como una gripe y que volvamos a los hospitales sin ponernos la mascarilla. No hemos aprendido nada, entonces. ¿La máxima aspiración es eliminar la mascarilla? Hay quien añora la regresión, y quienes estamos en la lucha para que todo lo pasado signifique una aceleración. A dónde nos va a llevar eso de aquí a cinco años. No lo sé. Estas fuerzas de regresión son poderosas, sus discursos potentes, se mezclan además con los discursos distópicos, que están tan a la moda. La añoranza del pasado, la retrotopía de Bauman, es muy poderosa frente a la disrupción. Pero yo soy un activista del tecno optimismo, creo que vivimos en un mundo de superabundancia y que el gran reto es el super bienestar. Si sabemos combinar la super abundancia con la super inteligencia humana y artificial podríamos llegar a un entorno de super bienestar en que el trabajo deje de ser lo único que deja de dar sentido a nuestras vidas.

Juan Zafra


Profondo nero, intenso giallo (2): Pasolini, ni mártir ni profeta, intelectual eccellente

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Ninetto Davoli, Franco Citti y Pier Paolo Pasolini durante la 28ª Mostra d’Arte Cinematografica di Venezia (1967). Foto: Archivo Cameraphoto Epoche.

(Viene de la primera parte)

A la pregunta evidente, qué pudo haber descubierto De Mauro que le costara la vida, pocos podían responder sin añadir más confusión excepto quien le había proporcionado el grueso del material explosivo, un político de la Democracia Cristiana llamado Graziano Verzotto y que había presidido el EMS —Ente Minero Siciliano—. Verzotto, hombre próximo a Mattei y antiguo partisano con mucho vaivén ideológico, había sido el relaciones públicas del ENI antes de ocuparse del EMS. Le unía una vieja amistad con el periodista, quien no dudó en realizar favores profesionales bien pagados a través de artículos en su diario, dentro de una campaña contra el nuevo dirigente del organismo petrolífero, un tal Eugenio Cefis. El director de L’Ora, que recibiría presiones del otro lado, trasladó a De Mauro a la sección de Deportes, cosa que dificultaba la colaboración que le pedía Verzotto, contra la ENI y a favor del oleoducto Argelia-Sicilia. Este encaminó al periodista hacia el brazo derecho de Cefis en Sicilia, Guarrasi, convencido de haber visto a Mattei en los días previos al accidente. La mayoría de versiones periodísticas dibujan un perfil mucho más siniestro del Verzotto que en 1998 largó cuanto sabía —o dijo saber—en una declaración al magistrado Calia, como complemento a su declaración espontánea de 1996. 

Si es cierto que la mafia ejecutó al periodista, no puede negarse que la amistad de Verzotto le resultó tan fatal como a Mattei, aunque la declaración del senador de la DC sirve al menos para confirmar que el guion definitivo de la película de Francesco Rosi omitió la tesis inicial del sabotaje que culpaba a Cefis y a Guarrasi. A partir de la desaparición de De Mauro, continúa la trama de despistes, organizaciones secretas y ambiciones empresariales ligadas a la mafia o a corrientes de desestabilización política; unos y otros manejan ingentes sumas de dinero negro destinado no solo a sufragar las actividades ilegales sino también a enriquecer a sus artífices. Entre 1970 y 1994 parece que estos criminales excelentes pudieron ocuparse de sus negocios y preocuparse exclusivamente de sus rivales… hasta cierto punto. En 1979 fue asesinado el policía Boris Giuliano, jefe de la brigada móvil de Palermo, que investigaba el tráfico de heroína dirigido por la Cosa Nostra (la Pizza Connection) y, especialmente, la desaparición de Mauro De Mauro. Considerado un héroe nacional, en 2016 se estrenó en Italia una serie dedicada a su figura y a sus investigaciones: Boris Giuliano, un poliziotto a Palermo

En 1994, Calia reabre el caso Mattei, que vincula con la desaparición del periodista, planteando claramente la hipótesis de que fue eliminado para cubrir el secreto de la muerte de Mattei y sus compañeros de viaje.

Quién dio la orden y por qué resulta claro cuando abre el expediente que la policía judicial de Pavia elaboró en torno a las investigaciones practicadas en Palermo. A partir de aquí el nombre de Eugenio Cefis adquiere protagonismo y es el hilo que une a los tres protagonistas del libro: Mattei conduce a De Mauro, y al revés, y la muerte de ambos a la de Pasolini.

Son muchos los capítulos impresionantes que describe esta crónica, aunque los italianos hayan integrado —que no normalizado— tanto el impacto de la acción criminal de la mafia como el de las declaraciones de los arrepentidos en los grandes procesos durante los cuales negociaron la suavización de sus condenas a cambio de la revelación de crímenes, nombres, lugares y vínculos de unos con otros. Los autores se asombran de que después de tantos años de investigación, buscando también a los mandantes «institucionales», es decir, ligados a través de organismos empresariales al Estado, el único imputado fuese el mafioso Totò Riina, considerado cerebro de la maquinaria mafiosa, que sirvió para ocultar al cerebro civil de los crímenes.

El delito Pasolini, hundido en el fango

Escribir sobre Enrico Mattei y Mauro De Mauro en relación con las circunstancias que determinaron su muerte no es difícil: hay una trama lineal que conduce desde sus respectivas actividades profesionales hasta el momento en que las ambiciones del primero y las averiguaciones del segundo tropiezan con el poder en la sombra que ordena su sentencia a muerte. Acabaron con la vida de un dirigente empresarial con poder político y con un periodista de investigación de pasado muy colorido. Escribir sobre Pasolini es más arduo porque de él puede decirse que es un universo. Hoy, cuando se tiene una idea más clara de qué sucedió y quién estaba detrás del crimen, comprendemos que no pocas de las facetas que componían su personalidad pública eran y son irrelevantes a propósito la investigación sobre su asesinato.

En 2016, Michele Metta añadió información muy importante al caso Pasolini gracias a nuevos hallazgos fruto de la desclasificación de numerosos documentos de la CIA durante la presidencia de Donald Trump. Metta descubrió que en Roma, bajo la cobertura de un polo empresarial, lleva a cabo sus operaciones el Centro Mondiale Commerciale, que resulta ser la rama italiana de la Permindex, empresa norteamericana con fuertes vínculos secretos con la CIA.

La CMC tenía su sede legal en la Plaza de España 72/a, en Roma, exactamente el mismo lugar donde se formó el núcleo inicial de la logia masónica P2. […] En este mismo lugar se fundó otra logia masónica, la Hod, de la que fue miembro Licio Gelli y que la Comisión Anselmi identificó como antesala de la P2. El CMC era financiado por la banca extranjera, así como por la banca italiana BNL, la misma que financiaba a Eugenio Cefis y más tarde la P2.

En 1975, Pasolini rodó la película que iba a tener un papel imprevisto en su muerte, Salò o los 120 días de Sodoma. El asesinato del cineasta llenó los periódicos de todo el mundo y la tesis oficial según la cual la pelea entre dos homosexuales, uno de ellos un chapero de diecisiete años, el otro un famoso y polémico director de cine y escritor en la cincuentena, había «terminado mal» —porque el menor se negó a una prestación sexual que el otro reclamaba—, caló en la opinión pública como creíble dentro de la supuesta lógica imperante en el submundo de la prostitución masculina romana. 

Hasta qué punto estaba arraigada la imagen de un Pasolini frecuentador de arrabales y arrabaleros, y por eso pareció lógica su muerte, lo demuestra un apunte que Sam Shepard dejó en sus notas de la gira con Bob Dylan, Rolling Thunder, al tener noticia del hecho. Para Shepard, como para muchos americanos entonces, Pasolini era un antisistema, o contracultural, semejante a ellos aunque su homosexualidad beligerante lo distanciaba en posiciones que lo hacían indescifrable. 

Lo que el tiempo ha demostrado es que lo indescifrable de Pasolini es su obcecación en tener la última palabra, en ser preciso, como cuando durante el parón que él y varios cineastas impusieron al Festival de Venecia de 1968 le respondió al periodista que lo entrevistaba: «Yo soy un revolucionario, no un contestatario». Lo indescifrable es su afán polemista que matiza con la complejidad de sus reflexiones y formulaciones intelectuales, en aparente contraste con la sencillez del argumento y de los personajes de sus películas, sólidamente instalados en la tradición europea (los mitos de Edipo y Medea, el Cristo del Evangelio según Mateo, la simbología cristiana en Accattone y Teorema). Otra verdad demostrada con el paso del tiempo es que Pasolini fue uno en la lista de cadáveres excelentes que marcaron las décadas 1950 a 1970 del siglo XX italiano. 

Cadáver excelente parece una traducción muy acertada del cadavre exquis surrealista, porque señala tanto la muerte de figuras de relieve, sean políticos o dirigentes de industrias estratégicas, jueces íntegros, periodistas tenaces o intelectuales desafiantes, como el impacto mental resultado de relacionar elementos en principio muy disonantes, como Pasolini, un chapero malavitoso y un coche de lujo, o un editor riquísimo (Giangiacomo Feltrinelli), un grupúsculo guerrillero y una torre de alta tensión, o un directivo ambicioso (Mattei), un directivo con vínculos mafiosos (Cefis), un gaseoducto y la «administración» norteamericana. 

Las circunstancias de la muerte de Pasolini y el misterio alrededor de la investigación han fijado su perfil de artista e intelectual volviéndolo inatacable. Hasta donde sé, le han ahorrado los ataques que no hace mucho recibía en efigie el poeta Jaime Gil de Biedma a cuenta del menor filipino prostituido. No he leído ningún texto digno de interés —ni lo contrario— discutiendo que Pasolini tuviera tanto que decir contra el aborto o el divorcio y tan poco contra la prostitución de menores, ni que analice lo que había de injusto en sus críticas a los estudiantes de mayo del 68 o de discutible en las puntualizaciones que haría más tarde, cuando el francés Jean Duflot lo puso contra las cuerdas con sus inteligentes preguntas recogidas en Conversaciones con Pasolini — traducidas por J. Jordá y publicadas en 1971, después de un tira y afloja con la censura, por Jorge Herralde en la colección Cinemateca Anagrama—.

Nadie saca punta a sus críticas maximalistas al consumismo de la Italia posneorrealista ni a su estratégica ocultación de la novela Amado mío porque su contenido podía perjudicar a su perfil político. Las escasas críticas que pueden encontrarse son de adversarios personales, y de muy bajo nivel. Quien tenga curiosidad puede echarle un vistazo a Giornate di Sodoma, Ritratto di Pasolini e del suo ultimo fin, de un escritor relativamente conocido en Italia y actor llamado Uberto Paolo Quintavalle, intérprete de uno de los burgueses de Salò. Quintavalle se hace eco de uno de los muchos rumores sórdidos que circularon: que Pasolini preparó su muerte, que fue un suicidio por mano ajena. En manos de un gran artista—y no faltaban en teatro o en cine en esos años de innovación formal—, un argumento de este calibre habría dado una obra maestra; en las de Quintavalle resultan en una sucesión de banalidades hiladas con mala fe. 

Una crítica más pertinente es la que el actor Terence Stamp hacía muchos años después sobre el poco dinero que recibió de una película tan exitosa como ha llegado a ser Teorema (1968), de la que era el protagonista central y a la que aportó el eros moderno que el argumento reclamaba. Dentro de la serie Sinceramente, no sé qué puñetas pintaba yo en esa película incomprensible, Stamp explica que los productores y Pasolini fueron a llorarle por el escaso presupuesto que tenían y lo engatusaron para participar por casi nada, y a cuenta de nada en el futuro, en un film de argumento por lo menos críptico. (Otros divertidos capítulos de esta hipotética serie incluirían al inglés David Hemmings asegurando que seguía sin entender de qué iba Blow Up, de Antonioni, aunque sí entendió que catapultó su carrera; o a Jane Fonda revelando que participó en Tout va bien, de Jean Luc Godard, película insufrible y comunista, por un contrato previo que la ataba a tal productora).

Hostigamiento judicial

Hay que leer lo que el respetado biógrafo Enzo Siciliano escribe sobre el sentido brechtiano de Saló, película inspirada en la novela de Sade, para comprender las distancias que separaban a Pasolini y a un público de miras más amplias del espectador común, ese que acudía al cine a ver a sus estrellas favoritas y que en cierto momento podía ir atraído por el renombre de un director como Pasolini, aunque en otros casos iba decidido a escandalizarse y a poner luego una de las decenas de denuncias por obscenidad o ataque a las buenas costumbres que le amargaron la vida. Ya en el libro dedicado a sus avatares judiciales, coordinado por su amiga la actriz Laura Betti, Pasolini: cronaca giudiziaria, persecuzione, morte, (1977) se afirma que «Pasolini no habría sido denunciado tantas veces de no haber existido al principio de su carrera literaria el proceso de Casarsa», el que en 1949 le obligó a trasladarse con su madre a Roma para eludir el escándalo por corrupción de menores. Este libro subrayó el aspecto político del itinerario judicial del escritor al recordar que «la DC y el PCI se lanzaban la pelota según un ritual establecido: el PCI acusaba al escritor de aberración (en sentido etimológico) ideológica, la Democracia Cristiana lo enviaba a juicio por obscenidad (es decir, por aberración moral)». 

En Vida de Pasolini (1978 y 2005), Siciliano define Saló o los 120 días de Sodoma como una «especie de ensayo crítico en imágenes». El tema sadiano se asume como «provocación intelectual» y en la adaptación pasoliniana ha de entenderse «la mentalidad concentracionaria nazifascista como instigadora de violencia». La reflexión del biógrafo resume la trayectoria de Pasolini desde su inicio corsario, es decir disidente, hasta su última faceta, donde el argumento de Salò transmite una «mística de la aniquilación». Lo significativo es cómo en la última escena de su vida, la que tiene lugar en el Idroscalo el 2 de noviembre del 75, la actuación tanto de los agresores como de los que ordenaron la emboscada y su muerte verifican la tesis de Pasolini cuando afirmaba que «el poder es anarquía; el poder quiere abolir la historia y someter la naturaleza. Historia y naturaleza pueden ser abolidas y sometidas a través del sexo».

Aunque estas palabras se presten hoy a interpretaciones, el contexto de 1975 no daba lugar a dudas de lo que el escritor quería decir. Sobre todo porque llevaba años repitiéndolo. De ahí que al conocer su muerte muchas personas se negaron a creer, por demasiado fácil, la versión oficial de un chapero menor de edad y el cineasta perverso escenificando la Pelea a garrotazos de Goya. La prueba de esta incredulidad es el número de «investigadores» que a título personal dedicaron durante años tantas energías a buscar pruebas que demostraran la hipótesis de una ejecución en que las preferencias sexuales de su víctima —como expresó abiertamente Sergio Citti: «toda Italia conocía que le gustaban los chavalitos» se utilizaron como cebo primero y como cortina de humo después. Si en el caso De Mauro se difundieron rumores para enfangar su imagen una vez desaparecido como asegurar que estaba implicado en el tráfico de drogas en lugar de que había conseguido información sobre dicho tráfico, la imagen de Pasolini estuvo desde 1949 sometida al agotador rosario de denuncias y procesos judiciales que puntuaron toda su carrera: más de treinta, desde La ricotta en 1966 hasta 1977 cuando, ya muerto, se levantó el secuestro de Salò.

Los años bastardos: los violentos 70

En Profondo Nero, el capítulo dedicado a El delito Pasolini, arranca cifrando los años 70 en Italia: «los años de plomo: emboscadas, tiroteos, violaciones, secuestros, matanzas de Estado, enfrentamientos entre manifestantes y policía, con carabinieri y hombres de los servicios secretos infiltrados en las células estudiantiles, en los grupos armados, para investigar y observar, pero también, llegado el caso, financiar o, peor aún, “orientar” las acciones armadas». (p.189)

Dos casos famosos que parecían propios de la crónica de sucesos ocultaban un sustrato político: la violación en 1973 de Franca Rame, mujer de Dario Fo, por cinco chavalotes de extrema derecha que, según el juez Salvini, que trabajaba sobre la «subversión negra», fue sugerida por oficiales de los carabinieri de una división estrechamente ligada a los neofascistas. Estos grupos estaban involucrados en el tráfico de armas y en el doble juego de la provocación en los ambientes de izquierda, eran informantes de la policía y delincuentes de poca monta en contacto con la malavita. Los investigadores, profesionales o espontáneos, del homicidio Pasolini encontrarían estos mismos elementos en diferentes dosis.

Esa Roma ultraviolenta sufría la debacle económica provocada por la primera crisis del petróleo, que arrancó en el 73 cuando los países de la OPEP redujeron su producción para exigir un porcentaje mayor de beneficios. 

pasolini crimen
El crimen Circeo, terrible e icónica imagen en Italia. (DP)

Otro caso conmocionó aún más a Italia, y resuena hasta nuestros días —como comprobarán los lectores de La ciudad de los vivos, la muy recomendable crónica novelada de Nicola Lagioia sobre un asesinato sin móvil aparente en la Roma de 2016—: el crimen del Circeo. En septiembre de 1975, tres chicos bien, «neofascistas del Parioli», un barrio de clase alta romana, sometieron en el chalet de uno de ellos a dos chicas de clase trabajadora, a las que habían invitado a pasar la tarde, a una sesión de treinta y siete horas de violaciones, insultos y torturas que terminó con una ahogada en la bañera y la otra, medio muerta y traumatizada de por vida. Esta, Donatella Colasanti, consiguió llamar la atención de un vigilante nocturno desde el interior del maletero donde los valientes muchachos las habían encerrado cuando salieron a zamparse unas pizzas. 

La conmoción por el crimen y el perfil de los protagonistas tuvo gran eco, con intervenciones en la prensa de firmas de postín, como la de Italo Calvino. Pasolini se situó como siempre donde nadie esperaba: atacó a Calvino juzgando su postura fácil y cómoda para la izquierda al equiparar burguesía y fascismo y señaló que en las borgate también eran habituales los asaltos y la violencia desbocada. Acto seguido hizo una crítica radical de la corrupción de la juventud en su conjunto, que atribuyó a la nueva cultura consumista, la que ofrecía a manos llenas lo superficial y negaba lo necesario: escuelas, hospitales, trabajo, cultura de calidad… Esta acusación tenía lugar el 30 de octubre desde Il Mondo. Calvino no quiso entrar al trapo y cuando pudo responder, desde el Corriere della sera, ya fue con el cadáver de Pasolini sobre la mesa de autopsias. 

Aunque parezca que nos desviamos del foco de este artículo —quiénes y por qué mataron a Pasolini, qué hipótesis propuso cada «detective» y por qué—, hablar de la última carta de Calvino sirve para demostrar cómo Pier Paolo Pasolini llevaba a sus contrincantes contra las cuerdas hasta obligarlos a manifestarse sobre asuntos que preferían esquivar o tratar vagamente. Calvino conviene en su carta, que es también obituario, que Italia corría el riesgo de convertirse en una «periferia colonial, una enorme barriada desocupada y violenta». Está hablando por fin de crisis y desocupación, de violencia provocada con fines desestabilizadores, de la sumisión del país a los intereses norteamericanos. Y cuando escribe que el gran mérito del Pasolini escritor, «que siempre quiso ser a la vez hombre de escándalo y moralista, es haber planteado el problema de una moral nueva que incluya también las zonas de la experiencia consideradas “oscuras” y que la moral y la ideología tienden a excluir», está hablando no de homosexualidad sino de sus aledaños silenciados: marginalidad, prostitución, denigración.

Aún después de su muerte, Pasolini continuaba interpelando.

(Continúa aquí)


Nota: Los textos que aparecen entre comillas son citas traducidas del italiano, procedentes bien de los dos libros aquí citados o bien de los innumerables artículos consultados. 

Libros y articulos:

Profondo nero: Mattei, De Mauro, Pasolini, un’unica pista all’origine delle strage di stato, de Giuseppe Lo Bianco y Sandra Rizza. Editorial Chiarelettere, Milán, 2009 (hay nueva edición de 2020).

Il caso Mattei. Le prove dell’omicidio del presidente dell’Eni dopo bugie, depistaggi e manipolazioni della verità, de Vincenzo Calia y Sabrina Pisu, Milán, 2017. 

Marika Martina, Petrolio di Pasolini nella rilettura del magistrato Vincenzo Calia, «Bibliomanie. Letterature, storiografie, semiotiche», 48, no. 3, diciembre 2019.

«Delito Pasolini. Nuove testimonianze», La Repubblica, 05-05-2010.

Boris Giuliano – Perfil en wikipedia.it lleva a información más completa.

Egidio Ceccato, «Le memorie di Graziano Verzotto, ovvero l’arte di mentire senza ritegno» (Las memorias de Graziano Verzotto, o el arte de mentir sin moderación), publicado el 17 noviembre de 2020 en el blog Anpi Padova.


Manuel Rivas: «Lo mío es una insatisfacción que tiene que ver con una saudade del porvenir»

Manuel Rivas

Manuel Rivas (A Coruña, 1957) tiene barba cana, rizos en el pelo y un maletín como el de los maestros antiguos. Allí guarda papeles, rotuladores, libros y quién sabe qué más. Es poeta, novelista, agitador cultural, practica el contrabando de géneros. Como periodista nunca tuvo miedo a mojarse, a señalar la verdad incómoda, a escuchar lo que otros tenían que decir. También le han dado premios, vio su obra llevada al cine y es de esas figuras a las que se escucha cuando habla. Ah, y ríe, ríe mucho. 

Aprovechando que Rivas viene al CICUS para dar una conferencia sobre la exposición Imago Mundi tomamos un café con él, hablando de lo divino y lo humano, de periodismo y gente que pide refrescos light en una romería. Nada más sentarse saca su último poemario (O que fica fora) y va pasando páginas con la ilusión de un niño chico. Allí las palabras se liberan, escapan a los márgenes del texto, pasan de tipográficas a manuscritas, aparecen dibujos, huellas dactilares. Es la travesura más reciente del gallego. 

Tiene sentido del humor, esto de O que fica fora. A medida que pasa el tiempo ¿te tomas menos en serio? Quizá de joven uno es un poco más grave.

Algo de eso hay. Yo creo que aprender a escribir es tener conciencia de que estás luchando contra la estupidez.

¿La estupidez propia o la ajena?

No, la propia… por supuesto también lo que te rodea, ¿no? Cuando empiezas eres más consciente de la estupidez ajena, pero después, a medida que avanzas… Yo creo que escribir es un andar, un andar campo a través, no por autopistas. Y en ese camino la clave es poner en cuestión ideas, prejuicios que te parecían inamovibles.

Tú, de hecho, escribiste sobre esos «caminos de luciérnagas» que son las autopistas. Comunican sitios, pero pierdes el encanto del viaje. Es como si de La Odisea nos contasen solo el principio y el final.

Pienso que la literatura es, precisamente, tomar los desvíos. Muchas veces incluso la idea de abrir paso, abrir camino donde hay maleza. La autopista es lo contrario al viaje literario, es lo unidireccional. Puede servir para otras cosas. El sermón religioso, por ejemplo, va como una bala. Pero en literatura lo importante es lo que está a los lados, lo que no está bien visto. Porque está oculto o porque te lo ocultan, está marginado. Pero el camino de las luciérnagas sería más parecido al camino literario, entre otras cosas porque está en extinción…

Ya casi no hay luciérnagas.

De chaval eran parte del paisaje de la noche, y ahora encontrar una es muy arduo. Es como encontrar un buen verso…. es complicado. El día que escribo un verso ya cumplí.

Como Joyce, que decía que una frase buena era un día de trabajo productivo.

Sí, esa idea.

Tú acabaste escogiendo un oficio donde te mojas, pese a la recomendación familiar.

Sí, recuerdo perfectamente esa imagen, la estoy viendo. Invierno, mucha lluvia, mi padre trabajaba en la construcción. Entonces no había ningún tipo de seguridad, si no ibas no cobrabas. Los inviernos son largos en Galicia, los andamios eran frágiles. Él llevaba unos días en casa, enjaulado, preocupado. Y dijo «quién me diera estar quince días en la cárcel». Y mi madre, que estaba calcetando, embarazada de un hermano, respondió, «y a mí quince días en el hospital». 

Es una frase durísima.

Lo es. Pero es de ese tipo de diálogos que tienen un humor de fondo… un humor amoratado, pánico, lo que llamábamos retranca, el humor que conecta con el dolor, y que a mí me parece el más interesante. Yo tengo consciencia de escuchar allí, por primera vez, la boca de la literatura. Aunque eso lo piensas ahora, entonces solo quedaba la extrañeza. Y otro día mi padre llega de trabajar, llueve, todos volvíamos a casa empapados. Nosotros de la escuela, él del andamio, mi madre de una huerta que tenía. Ella usaba una pequeña cocina económica, bilbaína le decíamos, para secar los calcetines, pero había un momento donde no teníamos ninguno seco. Y entonces mi madre, en un instante de desesperación, me dijo «búscate un trabajo donde no te mojes». En aquella sociedad estaba esa idea. En el barrio, en Elviña, los únicos que seguimos estudiando después de la escuela fuimos mi hermana y yo. Y yo creí que había encontrado un trabajo donde no me iba a mojar con esto del periodismo… [ríe].

No funcionó. Acabaste en El Gran Sol entre olas de diez metros.

Sí, acabé allí, y mojado con otras historias.

Nunca has tenido miedo a mojarte. 

El periodismo que practiqué era bastante anfibio, me mojé mucho. Tenías que hacerlo. Por la época, por el medio. Recuerdo, por ejemplo, que yo estuve procesado por sedición. Cuando tendría… dieciocho años.

¿Mientras estudiabas en Madrid?

No, en Galicia. Yo volví de Madrid para trabajar en una revista. Iba solo a examinarme y a coger apuntes, aunque acabé Ciencias de la Información. Aquí me llamaron para una revista semanal, en la que me mojé mucho, que se llamaba Teima, la primera que se hacía en galego con ese formato. Era, para su época, muy de vanguardia. Hoy le diríamos de periodismo radical. A mí me gusta esa expresión. Hay que hacer periodismo radical en el sentido etimológico de la palabra: hay que ir a la raíz. Fue una aventura, duró un año, que en aquellas circunstancias era mucho. Lo importante era intentar hacer cosas, pero, aunque tuvo buena acogida, nos ubicaron muy pronto. Mira, no teníamos ninguna página de publicidad. Tuvimos problemas, en algunos sitios te recibían muy bien, pero en otros el poder caciquil era secular, feudal. En un pueblo llamado Santa Comba estuvieron a punto de lincharnos, nos salvaron los caballos. Un 2CV, concretamente.

Manuel Rivas

Siempre se puede confiar en ese coche.

Después empecé a trabajar de freelance, y escribía para El Faro de Vigo y La Región y otros. Entonces hubo una intoxicación alimentaria en un cuartel. Afectó a más de cien soldados, con situación grave, además. Yo tenía información muy buena, porque me venía por dos fuentes: la parte médica y algún amigo que estaba haciendo allí la mili. Así que escribí un reportaje, que estaba convencido nadie iba a publicar. Ninguno lo sacó… salvo La Región de Orense. Una página entera, ningún otro periodista hablaba del asunto. Así que a las ocho de la mañana estaban llamando a la puerta. A mí me pilla dormido, noto barullo, y a mi madre diciendo en voz alta «no está, no está, esta noche no durmió». Y tuve la mala idea de salir del cuarto. Allí estaba la policía militar.

¿Qué se piensa en ese momento?

Me dejé llevar un poco por la fatalidad. Estaba mucho más indignada mi madre, que había gritado tanto para que yo saltase por la ventana. Luego me lo reprochó: «Yo lo que quería es que te marcharas, pero que te marcharas de este país».

No entendiste el código.

No, no lo entendí. Ella había vivido de niña situaciones parecidas. Sobre todo una, que se llevaron a mi abuelo para matarlo. Y te aparece un agente armado, en mitad de la puerta… De ahí vino el proceso por sedición. Solo la amnistía que se produce con la llegada de la Constitución evita que el consejo de guerra terminé llevándose a cabo. Pero tuve que hacer inmediatamente la mili, porque no me dieron prórrogas. En la mili, procesado y con el consejo de guerra en marcha. Me pedían seis años y no sé cuántos meses de cárcel. Yo no revelé las fuentes y… 

Te mojaste desde el principio.

Ahí estuve bastante mojado, sí. Antes de la amnistía habían cambiado el capitán general, y por medio de un oficial con talante demócrata conseguimos una entrevista con él. Me dicen que tal día me presente en Capitanía General, voy andando por los pasillos, llegó al despacho, que era como un despacho de la época de las Indias, una casona preciosa… Estaba allí el hombre, más bien pequeñito, de pie, y me dice: «¿Usted tiene algo contra España?». Oiga, no, yo solo escribí sobre una intoxicación alimentaria, no conecté la idea de España y la intoxicación. Y ahí acabó la historia. Bueno, después vino lo de la amnistía…

Tú vivías en un barrio de A Coruña que prácticamente era una aldea, ámbito rural, por así decir.

Digamos que en mi psicogeografía de infancia y adolescencia, la que te queda y más te marca… el lugar donde nací es Monte Alto, que estaba cerca de la Torre de Hércules. Yo hablo de un triángulo de juegos… A Coruña forma una quilla, y yo vivía en ese extremo. Si mirabas hacia el mar a la derecha estaba el cementerio (un vecino decía que era el cementerio más sano del mundo, por el mar, por el aire). Al lado estaba el cementerio civil, que le decían «Cementerio de los Disidentes».

En Cantabria he conocido algún «Cementerio de los protestantes».

A mí esa idea del «Cementerio de los Disidentes» siempre me impactó. Decía que estaba allí el cementerio, con los sanos católicos y los sanos disidentes, y luego el otro vértice del triángulo, que era la cárcel. Ahora está cerrada, pero entonces era la mayor de Galicia en número de presos. Y, en el centro, la Torre. Todo el resto era espacio verde. Había algún campesino, vacas… Cuando quitaron las vacas yo pedí que pusieran otras en ese sitio, aunque fuesen «vacas funcionarias». 

La cita de Kundera, que «el hombre es un parásito de la vaca».

Sí, y aquellas vacas, además, mirando al mar… la saudade absoluta. Luego llegó la portada del disco de Pink Floyd, y aquellas eran para mí las vacas de Pink Floyd. Hay muchos recuerdos, pero el que quedó como un tatuaje en la memoria fue el tema de los presos. Había allí unas rocas, que ya no existen, y en ellas se colocaban los familiares de los presos algunos días de la semana, comunicándose con ellos a través de pañuelos de colores. 

Las cárceles enfrente del mar, que son las más crueles, porque escuchas en todo momento la libertad.

Claro. Yo estuve dos veces dentro de la cárcel, aun en funcionamiento. Dando recitales, charlando, gracias a un maestro de allí que era amigo mío. Te enseñaban celdas y calabozos. Y en algunos entraban los lampos do mar, las ráfagas de luz del faro. Era una memoria constante para quienes estuvieron en ese sitio. Estar en la cárcel y ver la luz del faro, es un contraste bastante potente.

Esa es tu geografía de infancia.

De allí dimos un salto, alrededor de los cinco años, que llega con la emigración de mi padre. Él estuvo en Venezuela, y cumplió con su palabra. Se fue teniendo yo cuatro meses en el vientre de mi madre, y prometió que, cuando tuviera dinero para comprar una tierra que había visto en las afueras de A Coruña, iba a volver. Quería hacer casa propia. Y cuando vuelve, al año y medio, empezó a construirse él mismo aquello, levantando poco a poco según iban llegando hijos. Al barrio de Elviña, donde fuimos, la gente le decía aldea, y tenía alrededor un castro celta, donde encontraron un tesoro. Nosotros íbamos a buscar tesoros, pero no de broma como en otros sitios.

Los tesoros que guardan mouros en Galicia.

Los guardan los mouros, los guardan los enanos. A mí me gustan mucho los momentos de trastiempo, cuando se mezclan las épocas. Los moros son algo exótico en Galicia, pero fueron incorporados como seres de la mitología. La moura, el mouro, los ananos, que sabían muchos idiomas y si le acertabas en qué lengua te estaba hablando él te daba su tesoro. Estas cosas. Pero lo que había de verdad allí era una torre de alta tensión, clavada en al ara solis, donde se supone que hacían los rituales. Fenosa plantó allí una torre, eran los romanos [ríe]. Así que otra de las iconografías de mi infancia es el dibujito del hombre atravesado por un rayo. Años más tarde llegó una polémica, ya en la época de internet. Que si lo que hubo en Galicia eran celtas, si eran ártabros, si eran no sé qué. Intento no meterme mucho en asuntos de estos por internet, pero ese día no me pude resistir, y expliqué que hubo celtas, pero murieron electrocutados.

Manuel Rivas

Debutas en El Ideal Gallego. Allí te lleva un tal Antonio López Mariño, que tenía firma peculiar.

Sí. P.Q.F. Para qué firmar. Él fue el contacto, digamos. Yo estaba en bachillerato y quería trabajar, pensaba que era la única forma de hacerme periodista, escritor. Yo conocía a Antonio de historias extraperiodísticas… alguna protesta, alguna manifestación. Pero quien realmente me abre la puerta fue la secretaria del director, que se llamaba Ángela. Desde entonces creo en las «ángelas de la guarda». Yo llevé mi libro de notas escolares y unas poesías, ella me dijo que volviese unos días más tarde. No esperé mucho, y ella «tú quédate por aquí». Y, efectivamente, quedé por allí. Al principio era un bulto, comencé haciendo recados, mensajero. El primer trabajo fue ir a buscar crónicas de corresponsales que venían en los coches de línea. Los corresponsales de pueblo hacían un trabajo fundamental en aquella prensa, la sección más amplia era la de «Comarcas». Sabes, además, la dispersión que existe en Galicia, es una especie de «Confederación de Comarcas». Suiza tiene Confederación Helvética, y nosotros esto. El siguiente paso es transcribirlas. Yo tuve el acierto ese verano, en el que pasé de Bachillerato a COU, de ir a una academia para aprender a escribir a máquina. Acierto no solo por el tema práctico, sino porque para mí fue una experiencia sensorial, erótica. Se llamaba aquella academia La Rosa Taquigráfica, y nos enseñaba una chica. Estabas deseando que te viniese a colocar los dedos. Hablamos de un adolescente, claro. Fue un verano feliz. Asociar el teclear de la máquina con los dedos de aquella muchacha creo que me ayudó a querer escribir.

Así escribes una crónica sobre cierta patata grande como una nave espacial.

El siguiente paso era transcribir, como te dije, lo que mandaban los corresponsales. A veces venía a mano, pero otras no. Aquella, en concreto, la envió alguien que firmaba Enmuce, corresponsal en Boiro. Este hombre escribía para los siete periódicos de Galicia y usaba papel de calco para hacer llegar la misma crónica a todos. Pasa que si te tocaban las primeras hojas podías entenderlo, pero las últimas… Un día me pasó Guimaraes la crónica de Enmuce. Guimaraes era el jefe de sección, un hombre delgado, con manguitos, casi como de película de John Ford, muy periodista del siglo XIX. Era prácticamente ilegible, y yo lo que hice fue reconstruirla. Algunas palabras se distinguían. La clave parecía una «gran patata», una patata gigante. Era la época en que estaban muy de moda los ovnis y yo especulaba sobre si la gente pensaba que la patata venía de una nave espacial. Todo en clave literaria. Fue un éxito para Enmuce. Viene a cuento con algo que dice John Berger en El sentido de la vista. Allí hay un capítulo titulado La producción del mundo, y él dice que es un error suponer que imaginación y realidad son algo contrapuesto. La fantasía es otra cosa, pero no podemos llegar a la realidad, y salvar la realidad, sin el recurso a la imaginación. Entendiendo la imaginación no en clave de fantasía, sino de ver más allá del ojo, del decorado cartón piedra que a veces se hace pasar por realidad.

Un poco el constructivismo como decía Gadamer.

Claro. Eso sirve para dar una coherencia a los acontecimientos. El acontecimiento no es la realidad. Puede ser un reclamo de la realidad, incluso un reclamo para despistarnos de ella. Hoy vemos muchos acontecimientos que son fake news, también operaciones militares de falsa bandera… La realidad funciona así. La propia naturaleza, con esas mariposas disfrazándose, con sus ojos de monstruos. Por eso es importante la imaginación. Ahí está la clave del periodismo, que para mí es el «porqué». Eso es lo que marca la diferencia entre un periodismo y otro.

¿Quizá estamos perdiendo eso? Se hace un periodismo más acelerado y se huye del análisis, del «porqué»…

Bueno, eso es una característica del periodismo y del mundo en el que estamos viviendo. Por eso la idea de O que fica fora es una respuesta poética a ese síndrome del fear of missing out, miedo a quedarse fuera. Creo que hay dos síndromes hoy… el primero es este, si estás al margen de lo último, del acontecimiento, de la novedad, desarrollas angustia ante la idea de ser irrelevante. No hablo solo profesionalmente, sino en la propia vida. El otro síndrome sería el burnout, el quemarse, el incendio del alma, podríamos decir, que viene derivado del anterior. Es un tema de foco de atención, de economía de la atención. Es lo que se cuenta en La civilización de la memoria de pez: cuando antes mirabas a un pez en un acuario la atención del ojo humano era de catorce o quince segundos, mientras que el pez tenía solo siete segundos hasta que se daba la vuelta y te dejaba. Lo que ocurre ahora es que el foco de atención humano son seis segundos… el pez está más tiempo mirándote a ti que tú a él. Ese del foco de atención es un problema que tenemos en el periodismo. A la hora de hacerlo y a la hora de recibirlo. Hoy en día estar dos horas leyendo un libro es un acontecimiento para anotar en la agenda. Un triunfo de la humanidad, te dan ganas de levantar 1984 y salir a la calle a celebrarlo. Ese foco de atención tiene que ver con la profundidad. La atención es la principal riqueza que tenemos, pero lo que hay ahora, como dice la filósofa Marina Garcés, es un fracking de atención. 

Hablabas antes de una figura que quizá está en desaparición: el corresponsal local, ese hombrecillo que en su región no se movía una piedra sin que él se enterase, que lo mismo informaba de un accidente de tráfico o del nacimiento de un ternero con dos cabezas.

Nos tocó vivir un momento de crisis existencial del periodismo. Y allí la crisis más profunda es la de estima por el oficio, la autovaloración. Nos metieron dentro esa sensación casi de inutilidad, de un oficio en extinción. Yo creo que podríamos empezar a hablar de un proceso de desextinción. Lo que comentas es cierto, se habló incluso de la desaparición de la prensa local. A este respecto hay una historia simpática. Hicieron una encuesta, a mediados de los años setenta, con directores de los principales periódicos locales de toda Europa. Sesenta y pico directores. La pregunta era «¿Sobrevivirá la prensa local?». Solo dos directores dijeron que jamás iban a desaparecer ese tipo de diarios. Uno era el del Sud Ouest francés y otro fue Álvaro Cunqueiro, director de El Faro de Vigo. Cunqueiro decía que El Faro de Vigo, con los anuncios breves en proa y las esquelas en popa, es un barco que nunca se hundirá. Sigue existiendo, claro. Las esquelas aguantan. Es curioso, no hay esquelas en internet. Igual vienen, pero más tarde.

Ciertos periódicos nacionales tienen las esquelas casi como un género propio.

Totalmente. Pero a nivel local es fundamental, la información más verídica que hay, es lo que da al periódico una pátina de respetabilidad. Pero hablando de la desextinción… yo ese proceso lo noto muchísimo en la cantidad de gente joven que quiere contarte historias de lo que queda fuera, que a veces es lo más importante. En Luzes hay periodistas que te mandan reportajes sobre las escuelas kurdas, sobre las librerías de Vietnam, historias de México, el propio Irán, que nos mandó Anna Serrano unos reportajes magníficos… Cosas que no se cuentan… El árbol que tiene cientos de años y la gente va allí a abrazarse. Con una visión local-universal, sin complejos… 

Tú nunca has tenido complejos para pasar de lo local a lo universal.

Creo, como dice José Manuel González Torga, que lo que llamamos universal es lo local sin paredes. Lo universal es una abstracción, pero, al final, ¿qué cuenta Homero? Pues la historia de un tipo y una tipa y una aldea, que Ítaca no deja de ser como Betanzos. Y fíjate tú lo que salió de allí. Yo siempre sentí que no había contradicción entre local y universal. Cuanto más profundizabas en una historia veías que aquello podía interesar a todo el mundo. Quizá eso tiene que ver con el mar, ¿no?, ser de un pueblo de acantilados, mirar siempre más allá…

La idea de que el siguiente horizonte es América.

Claro, no ves las coordenadas, pero están ahí. Y también que el mundo campesino es muy universal, una persona que se relaciona con la tierra es un personaje bíblico. Nada más parecido que el campesino gallego, o el de China, o Vietnam, o en África, a la espera de que salga la simiente, la relación que tienes con los animales. Hablamos del campesino, claro, no de las industrias cárnicas, que son otra cosa. 

Manuel Rivas

Una de las piezas más conseguidas tuyas es la que trata sobre Eva Lavandeira, aquella niña autista que se perdió en el monte y falleció. A mí me gusta por la sensibilidad… en un momento en que está naciendo lo que conocemos como telebasura tú demuestras que se puede hablar de cualquier cosa desde el respeto, por mucho que sea un tema «complicado». ¿Cómo te acercas a una historia así?

Creo que la mejor tecnología la llevamos incorporada, porque es imposible inventar algo mejor que esa inclinación a escuchar. Yo me recuerdo como un niño un poco pasmao. Me quedaba al lado de las mujeres donde lavaban, en el río, oyendo sus historias. Me gustaba escuchar a los mayores, escuchar en la taberna. Creo que esa aproximación, esa atención, es fundamental para que empiece a fluir el relato. Ocurre también con los personajes de ficción, debes escucharlos, no vale decir «tú vas a ser así, te voy a poner aquí».

Acercarte con humildad

Efectivamente. Ves que la historia empieza a andar y resulta verosímil cuando hay esa relación de respeto con el personaje, por muy cabrón que sea. Porque el personaje sabe que lo vas a escuchar. Es así en la vida real y en la vida de la imaginación. Eso es fundamental para mí. Mira, uno de los primeros reportajes que recuerdo… yo leí en La Voz de Galicia dos noticias de suicidios, antes se daban en los periódicos. Algunas, al menos, ya sabes que en Galicia hay una proporción muy alta. Entonces yo leí que en Ferrol Terra apareció un hombre ahorcado de un manzano. Noticia pequeñita, muy breve, sin entrar en detalle. Al día siguiente, dos suicidios en la comarca de Ferrol Terra, otros dos hombres, otra vez el detalle del manzano. Hostia, qué pasa aquí. Así que me fui a Ferrol. No tenía coche, al autobús con mi cuaderno. Fui a la primera aldea, con los datos, me dijeron dónde era el domicilio, llamé, sale la esposa. Mire, lo siento mucho, soy periodista… bum, me dieron con la puerta en las narices.

Me doy la vuelta, empecé a andar, despacio… sin coche ni hostias, yo era un tío allí, en medio del pueblo, caminando, y escucho un grito detrás… ¡Neno! ¡Neno, ven, ven! Era la mujer, dice que pase. Y entonces me empezó a contar la historia. Yo no abrí la boca, no sé qué vieron, igual tenía necesidad de contárselo a alguien, pero si hago alguna pregunta… Y me acabó la mujer diciendo que él tenía un amor antes de casarse con ella, y que no llegó a puerto, y la otra persona emigró a Suiza, pero cada vez que volvía el hombre entraba en crisis. La mujer me lo contaba con mucho respeto por él, que se había ido, se había muerto y ella sabía la razón. Yo creo que todo el mundo tiene necesidad de contar. Lo que pasa es que estos medios donde prima la cháchara… Allí se utiliza lo que podríamos llamar el temor semántico, como decía Italo Calvino sobre el lenguaje de los autoritarismos. Yo a veces lo percibo en estos programas basados en crear una hostilidad, en crear muchos decibelios sin contenido. Tú no quieres convencer al otro, sino atemorizarlo. Es una especie de guerra fría verbal.

A veces no tan fría.

A veces no tan fría, efectivamente.

¿Echas de menos aquella época de los reportajes?

Sí, a mí es lo que más me gusta. Hice algunas cosas recientes. Incluso en relatos. Escribí uno para un libro que publicó Comisiones Obreras titulado Conciencia de clase. Era la historia de Luis Ferreiro, una persona que estaba enferma y lo remató el covid. Él sobrevivió a la tortura de milagro, lo dejaron hecho un despojo. Yo lo conocía, y me contó su historia, quería hacer un cuento, pero con la vida de este hombre. En las torturas todo giraba sobre dónde estaba la máquina, el aparato de propaganda de Comisiones Obreras, solo había dos personas que sabían el lugar. Una estaba huida, otra era él. Cuento que él de niño era aprendiz de cantero, y una vez la cayó encima de la mano una piedra y se le desprendió una uña. Entonces había una chavalita del pueblo, esto era en los Ancares, que le hacía curas con telas de araña a modo de vendas. Ese era su recuerdo. Luego una de las torturas a las que le sometieron fue arrancarle las uñas, y decía que la única que le dolió fue la primera, aquella que había perdido. Porque no había nadie que le pusiera telas de araña, y él pensaba que no saldría vivo de allí. Era un relato, pero también un reportaje.

Ese contrabando de géneros del que tanto hablas. 

Sí, eso mismo. La historia de la uña. Un relato que creo es muy político, pero solo en el trasfondo.

Es habitual en tu obra. Las ideas son evidentes pero sutiles, no se hace exhibicionismo. 

Eso es una obsesión. Que la voz de la literatura no sea subalterna. Yo tengo mis ideas, pero procuro huir de cualquier fanatismo. En un momento te puedes expresar con pasión, claro. En una manifestación de Nunca Mais, por ejemplo. Pero a la hora de escribir no puede haber ningún intento de dominación, que es lo que pasa con el lenguaje cuando es un sermón, o un discurso. Hay un intento de compartir, pero también conlleva cierta voluntad de dominación sobre el interlocutor. En la literatura tienes que estar alerta, y yo cuando detecto esto… Las palabras son como animalitos, como bichos pequeños que te avisan. En las imprentas antes existía lo que llamaban «el cajetín del diablo», donde guardaban tipos inútiles. Los deformes, los empastados, los que no cumplían tamaño. A caixa do demo. Yo creo que la literatura tiene que trabajar con eso, con lo que no está perfecto y no es discurso acabado, con las palabras heridas, las dubidosas, las cojas, las que sienten. Siempre debes tener a mano el cajetín del diablo.

Me gusta mucho tu labor de periodista a finales de los ochenta y principios de los noventa, eso que se acaba recopilando en Galicia, Galicia. Allí juegas entre la realidad y la ficción, y te inventas cuentos que acaban siendo reales. Como aquella historia en la que Fraga conoce a Fidel Castro…

Había gente que me decía que la idea era mía [risas].

Es un poco raro.

A veces la imaginación… Evidentemente había cosas, Fraga vivió en Cuba de niño, pero de ahí a construir un viaje, con toda su expedición, llevando la Enciclopedia Gallega…

Fue una exhibición del populismo, con Fraga repartiendo cheques por las Casas de Galicia como en un concurso de la tele.

Y Fidel también empezó a preguntar por Galicia, y eso…

¿A quién hubiese votado Fidel en las elecciones gallegas? 

Hombre, pues como buen conservador… [risas]. Él era un guerrero, fundamentalmente. Uno que finalmente se puso a pensar.

¿Fidel o Fraga? 

Bueno, yo creo que más Fidel, Fraga era más comisario. Si estuvieran en el mismo partido uno sería comisario político y al otro lo veo más en el plano de agente, militante. De todas formas tenían criterios distintos, venían de tradiciones distintas, pero los dos eran conservadores. En la concepción del poder, por ejemplo. Por vías diferentes, pero… Y luego eran personajes, a su manera, excéntricos, y esa excentricidad tuvo su momento, creaba cierto factor humano. Fraga en su primera campaña (no iba él, sino Fernández Albor), vio que podía dirigir una especie de renacimiento del Reino de Galicia, y ser rey. El Estado lo tenía muy difícil, y buscó una taifa. Pero en su interior se produjo un cambio. Él vivió muchas metamorfosis. Quedaba el esqueleto, pero era camaleónico. Esto también está, de alguna forma, en la tradición cultural gallega. Martín de Braga, en el siglo VI, escribe De Correctione Rusticorum, que es un sermón donde pregunta a los gallegos de la época cómo pueden creer que las piedras hablan, que los árboles hablan, que las fuentes hablan… y, sobre todo, cómo pueden creer que el demonio tiene más poder que Dios. 

Justo antes de la conquista por los visigodos…

Sí, al final del período suevo. A Prisciliano lo matan en el siglo IV, pero el humus del priscilianismo se mantiene en los suevos. Luego se produce un proceso de cristianización, y esa idea de que el demonio tenía más poder que Dios… Lo piensas con los siglos y parece acertada.

Manuel Rivas

Estábamos con Fraga.

Él empezó con la primera campaña, que era Galego coma ti. Lo que hacen es galleguizarse, Galicia puede votarnos pero nosotros tenemos que galleguizarnos. Esa idea de que el gallego es conservador, pero no reaccionario. Yo creo que no es casual que sea el único sitio donde Vox no tiene ni un representante. Es verdad que hay un dominio muy grande del PP, pero también es cierto que la mentalidad es conservadora.

Es un matiz, eso de la diferencia entre el conservador y el reaccionario, que hoy apenas se contempla. Y mira que es fácil, solo debemos acudir a la etimología.

Totalmente. Yo a veces digo eso de «lástima que en Galicia los conservadores no conserven». Es muy difícil usar hoy en la política española el término «conservador». ¿A quién se lo llamas? ¿A Aznar? ¿A Ayuso?

¿Qué crees que pensaría Fraga del PP de hoy? Entiendo que es complicado meterse en la cabeza de don Manuel…

Sobre todo porque tenía días. Pero yo sí creo que era una persona que, dentro de esa metamorfosis de la que antes hablamos, tenía inteligencia. Cuando se habla de populismo… él era populista. Yo se lo pregunté una vez. «Dicen que usted es populista». [Rivas cambia la voz, imitando a Fraga]. «Hombre, claro, cómo no voy a ser populista. Y usted, ¿qué? ¿Non é populista? ¿Non quere a o pobo? ¿Non le gusta o pobo?». Jugaba con eso, pero él se sentía bien en medio de una romería. Y si había pulpo más. Mira, yo vi a Fraga y a Aznar en la fiesta que hacía el PP con Cuiña

Cuiña era el del «nacionalismo con la frontera de la autodeterminación». Parece mentira que sea el mismo partido.

Sí, sí, y era el que tenía Fraga a la derecha. Un tipo que subía a caballo, si no había gaiteiros se cogía un cabreo de la hostia… Pues en ese mismo acto estaban Aznar y Fraga, aquel Fraga que iba abrazando gente, explicando todo… Tú veías la cara de Aznar, le traían empanadas y las cogía así (hace el gesto de tomar algo con dos dedos, como sin mancharse), pidió una coca cola light… tú imagínate, en una romería… El guardar distancias con la plebe. El tío cuando quería conectaba, pero sobre todo ideológicamente. No empatizaba. Yo los veía juntos y Aznar parecía un marciano. Lo veías incómodo. Y cuando salió Cuiña con los hermanos y el acordeón, a tocar, el tipo se dio la vuelta y se largó. Yo creo que hoy Fraga no estaría a gusto en el PP, como creo que no está a gusto mucha gente. Sucede que nadie está interesado en buscar los matices a lo que es la derecha. ¿No hay gente de derechas que sea ecologista, que sean partidarios de la diversidad cultural? Esos matices, en la tradición gallega, sí existieron. Aquí había, por ejemplo, muchos hijos de madres solteras. Teníamos factores, claro.

Los pescadores, el peligro del mar. 

La emigración, también. Y que la gente del mar es muy abierta. Entonces sí, votas al PP, pero no eres un reaccionario. Yo creo que sería un tema interesante… qué pasa, ¿aquí no hay democristianos? Con la fuerza de la Iglesia… En Italia eran mayoría ¿y aquí no había nadie?

Decías lo del populismo… Ahora tenéis en Galicia un animal perfeccionado de populista que es Abel Caballero. Alguien que hizo su tesis doctoral en inglés y finge hablarlo mal, que empezó en los gobiernos felipistas siendo ministro con traje de oscuro burócrata y ahora es lo contrario. 

Él cambió completamente, lo que hablábamos antes de la metamorfosis. Era un tipo… cómo decirlo… que olía un poco a moho, lo recuerdo hosco. Parecía un burócrata estilo Brézhnev. Pero descubrió a la gente. Mantuvo el ego pero, en lugar de ser expulsivo, encontró el lado placentero del poder.

No hay mayor ego que el de quien sabe remitirlo, quien no necesita exponer.

Efectivamente. Y luego él tenía… hay una diferencia fundamental si analizas los modos del poder. El cacique que tiene éxito es el benefactor, inclusivo, empático, simpático, el que si hacen un chiste sobre él se ríe. Y Abel Caballero descubrió que debía ser un buen cacique. Luego está el cacique que atemoriza…

Que suele mandar poco tiempo.

A veces se eterniza, como pasó con Franco. Pero él no estaba pegado al terreno. Franco acabó siendo un mito, un mito mezquino, pero mito más que figura real. 

¿Sigue habiendo caciquismo hoy en Galicia?

La manera de ejercer política en España… Por ejemplo, las comunidades autónomas podrían derivar a formas de poder mucho más participativa. Frente a la idea del imperio, de grandes espacios, el poder puede ser tanto más democrático cuando su escala sea menor. En Galicia está la comunidad de vecinos, que gestiona lo que es mancomún… los trabajos en el pueblo, los caminos, cuando a alguien se le moría una vaca los vecinos hacían lo posible para que no se viera muy afectado… ayuda y te ayudarán. Hay lugares donde esto se mantiene, gran parte de los montes de Galicia, por ejemplo, son montes de mancomún. Es un resto de algo que en Inglaterra, por ejemplo, ya no existe. Los lores se hicieron con todo, ahí estaba Robin Hood luchando contra ello [ríe]. 

Y luego las enclosures rematan todo.

Sí, claro. Pero ese potencial de que las comunidades dieran lugar a procesos participativos más pequeños derivó, desgraciadamente, a neocaciquismo. Y no solo en Galicia. Hay mucho neocaciquismo en la política española. Que se quedarán a medio caminos cosas como lo que representó Podemos, incluso lo que pudo representar desde la derecha Ciudadanos… Veo pocos espacios realmente participativos. Se volvió un poco a ese esquema antiguo, que es en definitiva el de la Restauración. Galicia es muy variada, con zonas muy diferentes, lo que decía antes, una confederación de comarcas. Pero la tendencia es la misma, al neocaciquismo. De vez en cuando se hace un congreso, pero yo no veo que se haga una reunión de gestores culturales, de sindicatos. Los sindicatos para mí eran muy importantes, aquellas épocas en que lo primero que hacían era una biblioteca, lugares abiertos todo el día. Necesitamos espacios donde puedan estar diferentes generaciones, diferentes géneros, y cada vez hay menos de esos sitios…

Lo que hacía Clarion en Inglaterra, con sus bibliotecas móviles.

Aquí en la época de la República estaba la Barca de los Libros, que iba por la zona de Costa da Morte.

Manuel Rivas

¿Cómo viviste el movimiento del 15-M?

Con bastante ilusión. No de forma militante, en el sentido de entrar en algún partido, pero sí intervine en las acampadas del Obradoiro. Y con activismo periodístico. Fue cuando pusimos en marcha Luzes. Nos decían que estábamos pirados, sin mecenas, sin capital, nada. Yo en Galicia participé mucho en Nunca Mais, que de algún modo anticipa muchas cosas, incluso aquella de que la estética es también política.

Aquello no fue solo un movimiento protestando por el hundimiento del Prestige, había un montón de temas latentes que explotaron.

Sí, y nació una cultura allí, esa idea no sectaria de relacionarse. La transversalidad, los espacios de cultura que se crearon. Hicimos una cosa que se llamaba el Concierto Expansivo, que se celebró a la vez en doscientas ochenta localidades del mundo. Con el mismo Manifiesto contra el Silencio. Cantidad de exposiciones, performances, procesos de participación… Y, sobre todo, la gente no preguntaba a la manguera de qué partido era, sino que la utilizaba para apagar el incendio.  

Eso fue un «prólogo» al 15-M.

Totalmente. Se creó esa forma de comunicarse, de llegar a la gente a través de los problemas y no por lo doctrinal. Hubo, también, una solidaridad. Una solidaridad muy curativa, sin eso que llaman estrés postraumático. Sirvió para darse la mano. Había una cierta alegría frente a aquel tanatos del mar cubierto de negro.

Tan simbólico, casi las banderas negras del barco de Teseo.

Sí, es el Leviatán. Algo histórico, fue la mayor catástrofe. Hubo otros hundimientos con mayor carga de petróleo, pero tanta afectación en tanta costa… Llegó hasta Bretaña, también al sur de Inglaterra. 

Y una década más tarde ¿cómo ves aquello del 15-M?

Bueno, algo hablábamos antes, ¿no?, sobre el proceso neocaciquil, formas más burocráticas de hacer política. Se perdió esa pulsión popular. 

¿Una sensación de oportunidad perdida?

Hay una expresión que es «melancolía democrática». Algo que no se hizo, pero está en potencia. Yo no soy partidario de hacer calendario de derrotas. Derrota es la indiferencia, aceptar lo inaceptable. Intentarlo nunca es una derrota, nunca es un fracaso. Pero sí podemos entrar en motivos de reflexión, qué se hizo mal. Debería reflexionar, de hecho, todo el mundo que se considere demócrata. No es «qué pasa con la izquierda» sino «qué pasa con esta democracia oxidada». Habría que verlo como un periodo de pensar, de divisiones… pienso que si algún tesoro tenemos es que cuando se tambalea el viejo mundo surge una conciencia de unidad. Eso que decían los revolucionarios antiguos de saber cuál es la contradicción principal. Contaba Bufalino, creo que era, que los escritores contemporáneos no se leen, pero se vigilan. A veces me recuerda a lo que ocurre en la izquierda. Yo creo que la rebeldía tiene que ser eficaz, para que no sea un estallido retórico. A mí me parece muy importante que se derogue la Ley Mordaza, que cuando se hable de transición ecológica sea realmente una «transición ecológica». Las palabras son importantes, y no puedes participar de su intoxicación. Aquí los poderes son muy fuertes, y hay uno, el poder mediático, que se comporta muchas veces de forma obscena. 

La neutralidad que no suele ser neutral.

Es que eso de neutralidad… Neutralidad no es que uno diga «llueve» y otro «no llueve» si vemos que está lloviendo. Para eso está la labor periodística, lo otro puede hacerlo cualquiera. Quieren hacer una presa en un río, hacer una cantera en un monte… Alguien tendrá que decir que ese proyecto es un buen negocio para algunos pero van a desaparecer los acuíferos, ya no habrá fauna, las aldeas no podrán recoger leña… Creo que hay una contaminación de la palabra «neutral». Me parece más importante hablar de indiferencia, el periodismo no puede ser indiferente, debe tratar el «porqué». Y en esto hay muchos tiros en el pie, muchos epitafios, pero cada vez vemos más interés en el periodismo. Incluso la dimensión del poder es cada vez más mediática. A los grandes grupos financieros parece que les interesa hasta el último reducto, por pequeño que sea. A veces escribes un grafiti, pero ese grafiti agita las paredes.

Me gusta mucho el título de vuestra revista, Luzes. Muy Pasquale Paoli, muy Ilustración. 

Tiene que ver con la Ilustración, claro, con el enciclopedismo. Hay un guiño ahí, esa «zeta» constructivista o situacionista. A mí me interesa mucho lo que significó el situacionismo, esa importancia que da a «crear lugar», a «producir tiempo». Va más allá de la política tradicional. También la idea gramsciana de que todo verdadero cambio político debe ir precedido por un cambio cultural, la fertilidad cultural. Cuando hablo de cultura hablo también de feminismo, de ecologismo, de luchar contra el pensamiento bruto, que crece porque se lo permitimos. Donde hay vacío crecen las malas hierbas.

Tan reivindicado ahora Gramsci.

Yo creo que es por esta idea. Era, además, muy poco sectario, escribe desde la resistencia frente al fascismo. Y escribe, además, para aportar esas luces que decíamos. Igual que hace Walter Benjamin poco antes de que se tenga que matar, en la frontera, en el límite. Lo último que él escribe son las Tesis de Filosofía, que están llenas de esperanza, que son una rebeldía emitiendo luz con la dinamo a tope. Cuando habla de la memoria como un rescate, de la esperanza, casi una saudade del futuro. Seguramente es lo que llevaba en ese portafolio que apareció vacío, y las mandó a Hannah Arendt.

En los ochenta tú informas sobre toda aquella Galicia marcada por el narcotráfico, te llega a agredir físicamente Sito Carnicero… Cuando ves una fotografía del presidente gallego con Marcial Dorado ¿qué piensas?

Que no es de fiar. Yo creo que debería haber un mínimo de moralidad. También reflexiono sobre un proyecto y una palabra. La palabra es «decoro», que debería llevar a una dimisión inmediata cuando salen esas imágenes, es lo que pasaría en aquel momento en cualquier país democrático. Y luego está el proyecto de que debemos construir una sociedad decente, que va más allá del estado del bienestar. Lo que decía Orwell, una común decencia, donde la economía sea honesta, los comportamientos políticos sean honestos… Sabemos que o demo traballa, claro, y no hablo de una arcadia llena de seres angélicos. 

En una entrevista de hace más de una década en la revista Qué leer dicen que te han ofrecido varias veces el Premio Planeta… ¿qué opinas de este tipo de premios?

Bueno, ya sabes cómo se ofrecen estos premios.

No, yo no lo sé, prometido.

Bueno, intuyo cómo se ofrecen estas cosas. Yo sí que tuve alguna conversación. En el momento en que tuvo mucho éxito El lápiz del carpintero sí llegan sugerencias de este tipo. Que pudiera ser no llevasen automáticamente al asunto, pero uno deduce que, al menos, hay una invitación. En este caso no pasó, ni yo me presenté, así que no tenemos pruebas [ríe]. Pero sí puedo dar una opinión sobre cómo funciona estas historias. En este sentido yo soy uno de os que fica fora, creo que la literatura está más bien en lo lateral, en lo excéntrico, en el acantilado. Es donde se cría, su lugar natural. No me gustan estas cosas. Quizá vuelva a utilizar la expresión de antes… hay poco decoro.

¿Tienes alguna historia que quieras contar pero no te hayas atrevido nunca? Por no saber cómo enfocarla, por miedo a que vuele de forma distinta a como tú la imaginas…

Sí, claro que sí. Soy más de merodear. Ahora, por ejemplo, estoy escribiendo algo que, creo, vencí el miedo a escribir. Pero es verdad que existe esa sensación. No sabes cuánto tiempo dura, y a veces igual ni llega ese instante. Me llevó tiempo merodear y hacer una tarea de limpiar el miedo. Es un error pisar de repente, tienes que hacer trabajo de escucha, las historias tienen que levedar, como el pan.

«Lo que más perdura es la insatisfacción», dijiste en El Cultural hace más de una década, con motivo de la recopilación Lo más extraño… ¿Sigue perdurando?

Sí. No únicamente la insatisfacción, pero sí. Yo no llego a lo que decía Rulfo, que le preguntaron qué sentía después de escribir esa obra maravillosa que es Pedro Páramo, y él respondió: «remordimientos». Lo mío es una insatisfacción que tiene que ver con una saudade del porvenir. Siempre te parece que puedes ir más allá.

Manuel Rivas


Jot Down nº 38, especial Armenia

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Nos hemos ido de viaje al solar sobre el que Dios desplegó el Paraíso. Palabra de Byron. Armenia es uno de los países más antiguos del mundo, uno de los que más sufrió a lo largo del siglo XX, y el que más miembros tiene en su diáspora. Cher, Charles Aznavour o System of a Down, el brillo estridente de Kim Kardashian, el genio de Steve Jobs o las proezas de Andre Agassi y Garri Kaspárov. Y hay más, dentro y fuera. Pintoras y grafiteros, actores, escritoras, científicos, arquitectos, guerrilleros, monarcas y hasta estrellas del pressing catch. Y para seguirlos a todos hemos recorrido mundo desde Israel y Turquía hasta Japón, Argentina y los Estados Unidos. Aquí está el resultado, la Jot Down nº38 especial Armenia, del que os avanzamos algunos de sus contenidos, por secciones.

Artes

Desde una perspectiva absolutamente personal, Areg Balayán explica en sus propias palabras la razón de su proceso creativo pictórico, y los blojiks, bichitos, en que lo plasma. «Yo soy armenio y cargo con todos los defectos de nuestra nación, los miedos, los valores vanos, las tradiciones no correspondidas con la actualidad y la luz «armenia». Aún sigue garabateando. «Aún sigo buscando».

Música

Ella es Cherilyn Sarkisián, la artista que cuando le preguntaban de pequeña qué quería ser, respondía «famosa». También es una de las que con más ferocidad abrazó la causa armenia, una vez reconciliada con sus orígenes. Tuvo un meteórico despegue con Sonny, pero también sudó sangre para evadirse de la discográfica y poder controlar su carrera, momento en el cual se convirtió en la megaestrella y actriz que es hoy. Empieza por C, con tres letras, «Una artista que prefiere no revelar su nombre». Por Bárbara Ayuso.

A Krikor le salvó la vida en 1915, en el genocidio armenio, fingirse músico, porque tenía un violín. A su nieto le sirvió aprender a tocarlo, y conseguir una beca en Hannover, para huir de la guerra. Y cuando ya se había convertido en uno de los mejores violinistas del mundo, ese nieto, Ara Malikian, se lanzó a los escenarios para contar la historia del violín que lleva más de un siglo salvando a su familia. «Armar el alma». Por Virginia Mendoza.

Entrevistas

Garik Israelian quería ser estrella del rock, y su capacidad autodidacta le ayudó cuando, fascinado por la ciencia ficción, decidió que quería profundizar en las explicaciones sobre lo que aparecía en sus películas y novelas. Hoy es investigador en el Instituto Astrofísico de Canarias y uno de los astrofísicos cuyos descubrimientos han sido comentados más veces en diarios de todo el mundo y citados en revistas científicas y de divulgación. Es, además, organizador de un festival al que se pelean por ir astronautas, premios nobel, músicos y artistas, pero del que en nuestro país casi nadie ha oído hablar. Por Martín Sacristán. Fotografía de Ángel L. Fernández.

Joaquín Caparrós inició la revolución más barata de la historia del fútbol. Fichó a coste cero y puso al club Sevilla FC desde la segunda división en tendencia ascendente, donde sigue hasta hoy, dos décadas después. Y tras una amplia trayectoria de diecisiete años en primera división, Caparrós fichó por Armenia. Una apuesta sorprendente, pero en la que volvió a alcanzar gestas épicas. «Al fútbol actual le falta rock and roll». Por Álvaro Corazón Rural. Fotografía de Ángel L. Fernández.

Viajes

La cueva de Satán está más allá de Ereván, capital de Armenia, junto a una piscina natural de aguas turquesas. Es una joya, un museo pictórico construido por la naturaleza donde cada sala alterna los colores diferenciándose de la anterior. Y esas características son tan importantes como las de su aldea contigua donde reside el otro alma del país. La rural. «Anochece, que no es poco». Por Sergio Andrés Pérez.

De Anakara a Kars, el tren más icónico de Turquía, el Dogu Express, tiene uno de sus extremos próximo en un territorio armenio donde no quedan armenios, ni pertenece ya al país. Hablar de ello le costó a Orhan Pamuk el exilio, y al periodista Hrant Dink la muerte por desvelar el linaje armenio de muchos personas cruciales de la historia y cultura turcas. Miguel Fernández Ibáñez nos monta en el Dogu para comprenderlo en «Un tren hasta donde se esconde el sol».

Cine

Sergei Parajanov comenzó su particular revolución en los años del deshielo soviético, bajo Jrushchov. Una pequeña apertura por donde se colaron por primera vez la memoria del gulag, y él mismo. Así comenzaría a rodar películas totalmente contrarias a los valores morales soviéticos, pero también dotadas de una realización explosiva, que acabaría por conducirlo al éxito internacional. Sin privarlo de la persecución, el campo de concentración y la cárcel, donde creció aún más como artista. Él era singular, y «Libre como un Parajanov». Por Álvaro Corazón Rural.

En el retiro a meditar en las faldas del Himalaya que hicieron los Beatles el productor de la banda les entregó un ejemplar de El Señor de los Anillos. Y les propuso que, con Stanley Kubrick tras la cámara, cada uno de ellos representase para el cine un personaje principal de Tolkien. George Harrison interpretaría a Gandalf, Paul McCartney a Frodo y Ringo Starr a Sam, mientras John Lennon sería bendecido con el papel más importante, el de Gollum. «Andy Serkis y el factor Gollum». Por Diego Cuevas.

Historia

Ninel Gharajyán tenía solo diecinueve años cuando se convirtió en la primera armenia en surcar los cielos. La aviación empezaba en todo el mundo, se desarrollaba en la URSS, y ella comenzó como paracaidista, más tarde como piloto. Fue una carrera fulgurante con un final abrupto. «Salta, Ninel, salta». Por Kristina Abovyán.

La ciudad que hoy es capital de España tuvo que convertirse, por decisión del monarca Juan I de Castilla, en señorío del rey León V de Armenia. La confusión de las autoridades madrileñas fue total, y luego pasaron a la ofensiva para evitarlo a toda costa. Aunque la parte más jugosa de esta historia es el motivo por el que se designó «Un rey armenio para Madrid». Por Dolores Glez. Pastor.

Poesía

Henrik Nordbrandt, danés, tiene un libro dedicado a un solo lugar, este país. Lo escribió sugestionado por el genocidio de 1915, y por sus rincones, por esas singularidades que derramó en sus versos. Su complemento perfecto es otro poeta, Ósip Mandelstan, soviético, vetado en la URSS y acogido aquí con los brazos abiertos. Juntas, ambas voces en verso hacen un retrato fiel del Ararat, de los huertos de frutales, de la ciudad de Ereván, Ashtarak, Burakán… en suma, de toda Armenia. «Dos huellas cruzadas». Por Alejandro Luque.

Sociedad

Pinar Selek, escritora y activista turca, nos cuenta cómo fue crecer en el país que durante tres generaciones ha negado el genocidio armenio, y cómo ella misma se desarrolló en ese negacionismo. En un intento por contarlo sufrió cárcel y torturas, y aprendió que la correlación de fuerzas puede ser tan importante como ver y comprender. Se hizo partícipe de las luchas feministas, libertarias, de kurdos y personas LGTBIQ. Y luego conoció a los armenios. Nos narra su aprendizaje en «Poder comenzar». 

Esta es la historia de quien se destacó como uno de los mejores comandantes militares de la autoproclamada República de Nagorno-Karabaj, hoy héroe de Armenia. Admitido en Berkeley, licenciado con honores, admitido en Oxford para un doctorado que nunca hará. En lugar de eso entrará en el Frente Popular para la Liberación de Palestina, y se convertirá en guerrillero, para llevar a la victoria y la independencia a su pueblo. «El hombre que quiso ser Monte Melkonián». Por Karlos Zurutuza.

Fotografía

En 2020 estalló una guerra en Nagorno Karabaj de la que este fotoperiodista, evacuado junto a los últimos informadores que quedaban en la capital del enclave, nos da su testimonio gráfico. Crónica de las últimas horas, niños en las escuelas, reparto de alimentos, funerales, devastación, heridos, sótanos que sirven como refugio. «Cuando la ciudad se desintegra». Por Ricardo García Vilanova.

Deportes

El apellido original de este tenista era Aghassián, y tiene relevancia decirlo, no porque sea armenio, sino porque el padre buscaría a través de la afición de su hijo la gloria que él, como boxeador olímpico, no pudo alcanzar. Presionando hasta extremos insufribles, logrando que hiciera un viaje increíble al éxito y otro aún más sorprendente hacia el abismo. El final se sabe, el desarrollo en «Marvel filma una sobre tenis: la historia de Andre Agassi». Por Marcos Pereda.

Tigrán Vartánovich Petrosián, el «Tigre de Acero», superviviente de la miseria y el hambre, luchador tenaz, noveno campeón mundial de ajedrez. En una Unión Soviética azotada por la carestía de alimentos, Tigrán gastó valiosos puntos de su cartilla de racionamiento para adquirir Práctica de mi sistema, uno de los famosos manuales del ajedrecista letón Aron Nimzowitsch. «Tigrán Petrosián: cuando el ajedrez es una trinchera». Por E. J. Rodríguez.

Televisión

Era amiga de Paris Hilton, e hija del abogado defensor de O. J. Simpson, de cuyo juicio estaba pendiente el mundo. Pero lo que de verdad la catapultó a la fama fue la filtración de un vídeo porno con el rapero Jay-K. a la par que se emitía el reality sobre los Kardashian. Pero si se hizo millonaria, junto al resto de su familia fue por ese cerebro en la sombra, también femenino, y verdadera causa de «La monarquía K». Por Jelena Arsić.

Ciencia y tecnología

Robin the Robot es un robot de origen armenio que se ha colado en la lista de la revista Time sobre los cien mejores inventos de 2021. Nació de una necesidad muy real: aliviar la soledad de los niños en los hospitales. Un problema agravado por el coronavirus, que los obligaba al aislamiento durante su estancia. Entra en la habitación del paciente, juega un rato y se marcha. Para «>>Borrar(‘soledad’);». Por José Valenzuela.

Arquitectura

La necesidad vino antes que la justificación. Había que reconstruir las ciudades tras la guerra, sobre todo las instalaciones de interés público como terminales de transporte, edificios gubernamentales, equipamientos culturales o deportivos, etc. Se buscaba un tipo de edificación barata y relativamente sencilla de levantar, por lo que se llegaba de forma natural a la economía de los materiales y a las líneas puras en el diseño. En Armenia están algunos de los mejores ejemplos de este brutalismo soviético. «Comunismo, hormigón y otras obras (que no son) del montón». Por Octavio Domosti.


¡Jot Down llega a Argentina!

Este número 38 ha contado con Andrea Calamari como coordinadora, y un tercio de sus contenidos corre a cargo de autores y autoras que viven en el país. Cumpliendo así con nuestra idea original, acercarnos a América Latina, donde se encuentran muchos de nuestros lectores y lectoras. A continuación os detallamos los contenidos elaborados desde Argentina en este Especial Armenia.

Entrevistas

Magda Tagtachian se define como tercera generación de armenios y escritora. Fue periodista hasta el día en que contó la historia de su abuela armenia y todo cambió. Nomeolvides Armenuhí. La historia de mi abuela armenia le permitió dedicarse de lleno a la literatura. Sus libros siguientes son dos novelas románticas: Alma armenia y Rojava. «Mi literatura es orgullosamente comercial. Yo escribo para que me lean». Por Andrea Calamari. Fotografía de Carolina Clerici.

Literatura

Ana Arzoumanián es, por la complejidad y la profundidad que imprimió a su obra, la escritora más lúcida vinculada a la comunidad armenia. Sus textos suscitan numerosas asociaciones porque están entrecruzados por diferentes dimensiones que no han quedado limitadas al mundo que le dio origen. Sus padres ya habían nacido en Argentina, pero se aferraron a su lengua armenia como a una tabla de salvación, y ella convirtió en poética esta historia familiar y personal. «Ana Arzoumanián: la devoción por las ruinas». Por Miguel Espejo.

Viajes

«No tuve un choque cuando llegué. Argentina es un país basado en inmigrantes. Acá a media cuadra está el Club Polaco, si caminás para allá hay un árabe que vende shawarma, para el otro lado, una asociación de cultura ucraniana. Acá no somos argentinos y nada más que argentinos». El testimonio del bailarín Vahram Ambartsoumián sirve de introducción para entender el barrio armenio de Buenos Aires. «No es Palermo. Es Palermián». Por Marina Dragoneti.

Ocio y vicio

Noé, al bajar del arca, plantó una viña, hizo vino, y acabó emborrachándose. Resulta curioso que trazando una línea desde ese lugar, tan unido a Armenia, se conecten las latitudes de las principales regiones vinícolas de todo el mundo. Más curioso aún es que la Bodega del Fin del Mundo, en la Patagonia, haya conectado su tradición vinícola con la del país, recuperando un método que tiene más de 6200 años. Es la reconstrucción de una cultura. «Welcome to the motherland». Por Julieta Habif.

Cine y TV

Titanes en el Ring era mucho más que un programa de televisión. Era un mundo. No hubo nada igual, ni antes ni después. Martín Karadagián, hijo de un matarife armenio y de una española ama de casa, y no solo se acabaría haciendo con el programa, participó en él con un personaje de luchador malo, luego bueno, pero siempre con un juego fronterizo entre la trampa y el juego limpio. «Martín el titán: no lo intenten en sus casas». Por Matías Bauso.

Deportes

En los potreros de Córdoba, Argentina, siempre se cuidó a los futbolistas habilidosos, pero no solo es fútbol, sino un modo de improvisar, y donde es preferible perder con amigos que ganar con desconocidos. Lucas Zelarayán tuvo ese origen, y cuando llegó a Armenia dijo que no encontraba nada tan diferente a lo que tenían en su país. Hay muchas cosas parecidas entre su patria de nacimiento, y la de sus ancestros. «El fútbol de potrero que viajó de Córdoba a Ereván». Por Juan Mascardi.

¿Te han entrado ganas de leer sobre Armenia en abierto mientras te llega nuestro número 38?

Tienes una estupenda introducción del país en esta entrevista «Dios podría ser armenio; y el primer español, también» de Álvaro Corazón Rural a Virginia Mendoza, autora de Cuaderno Armenio. Ella misma nos hace un vívido retrato humano de los habitantes de Guyumri, segunda ciudad del país, en «Ecos de un terremoto: la vida entre ratas y serpientes». Para un relato directo de la guerra en Nagorno Karabaj de la mano de la cineasta Ángela Frangyan, «Aguanta sentada hasta los créditos», por Karlos Zurutuza. Los ecos del genocidio armenio en Turquía, su perpetradora, y el coste de hablar libremente de ello allí, en esta pieza sobre el escritor turco «Orhan Pamuk, “el difamador”», por Javier González-Cotta. Y para hacer un brindis final al estilo armenio, recordamos esta película de Eric Boadella sobre el kenat, «Toastmaster: el brindis armenio de la boda, bautizo y comunión». ¡Anush lini!*

(*) Que mi convite te agrade, brindis tradicional de hospitalidad armenio.


Un hálito benéfico 

hálito benéfico Ilustración Pablo Amargo
Ilustración: Pablo Amargo.

Permitan que les cuente una historia importante para mí. De alguna forma, se refiere a otro asunto importante para mí. Se trata de hálitos benéficos, de las personas que nos influyen y ayudan (sabiéndolo o no) y de lo que guardamos de ellas. Se trata de cosas extrañas en general. Cosas difíciles.

Les ruego paciencia.

El Correo Catalán, un diario fundado en 1876 por un grupo de agitadores carlistas y curas integristas, estaba en plena decadencia al cumplir cien años. Jordi Pujol lo había comprado en 1974 para utilizarlo como instrumento propagandístico. No creo que le sirviera de gran cosa: tardó solo ocho años en arruinarlo y cerrarlo. Un servidor de ustedes, de forma muy modesta, contribuyó a ese declive acelerado. Ingresé en la redacción de lo que todo el mundo llamaba «Correu» el 14 de junio de 1977, recién cumplidos los dieciocho. Podía ver de cerca cómo trabajaban, bebían y maldecían tipos a quienes yo admiraba, como José Martí Gómez o Joan de Sagarra, y además cobraba algo, poco, a fin de mes. Un auténtico golpe de suerte.

Como mi ignorancia estaba a la altura de mi desfachatez (y de mi pánico: aún tengo miedo de cruzar esa puerta grisácea que ya solo existe en mis pesadillas), me atrevía con todo. Lo mismo punteaba un teletipo que perpetraba un reportaje o, esto lo confieso abochornado, pergeñaba una columnilla sobre lo que tocara. Presté importantes servicios a la empresa en los meses de vacaciones. Si había que llenar un hueco en un día tonto, ahí estaba yo. Llegué a escribir una doble página sobre ornitología.

En uno de esos días tontos, cuando los periodistas de verdad estaban de vacaciones, me encargaron una pieza sobre las funestas consecuencias que acarrearía una prohibición súbita del tabaco. Conviene recordar que por entonces se fumaba en los hospitales, en los aviones, en el lecho de muerte y en todas partes. Supongo que hablé con algún psicólogo y algún médico, cometí la iniquidad, entregué el texto (cuartillas de papel gris a doble espacio, para que los jefes pudieran tachar cómodamente) y a otra cosa.

Un par de días después, entré en la redacción y mi jefe (Albert Garrido) me mostró un diario de Madrid. Se trataba de Pueblo, el periódico popular del glorioso Movimiento Nacional, ya en horas bajas pero lleno de buenos periodistas. No eran periodistas respetables (se decía que en Pueblo las máquinas de escribir se encadenaban a las mesas para evitar su robo por parte de los redactores), pero sí respetados. En el ejemplar en cuestión aparecía la columna de una de las firmas estelares de aquel diario, Raúl del Pozo. Y me citaba. A mí. Al pobre hombre no se le debió de ocurrir ninguna idea y confeccionó una pieza muy amena sobre mi artículo tabaquista. No puedo imaginar cómo llegó a manos de Raúl del Pozo la página del «Correu». En cualquier caso, me sentí consagrado. Alguien hablaba de mí allá a lo lejos, en Madrid.

Quizá ese gesto amable de Raúl del Pozo contribuyó a que unos años después, en 1982, me contratara El Periódico de Catalunya. Salí de una redacción anticuada y pobre y me encontré en una redacción informatizada en la que, para mi asombro, no se escatimaban gastos. Si tenías que ir a algún sitio, te alquilaban un coche. Yo ignoraba que existieran esos lujos. No estaba preparado para que me enviaran (¡en avión! ¡hotel de cuatro estrellas!) un par de días a Madrid para conocer a mis compañeros en la redacción de la capital, casi tan nutrida como la barcelonesa. Por entonces había abandonado una breve especialización en sucesos y escribía sobre economía. En aquel tiempo muchos empresarios se fugaban con la pasta y eran perseguidos por la policía, por lo que se trató de una transición relativamente natural. «Ya de paso, te acercas al Ministerio de Economía para que te conozcan», me dijeron.

Otra vez, pánico absoluto. Este oficio siempre me ha puesto muy nervioso. Y no veía por qué razón mis «compañeros» de Madrid (tipos veteranos y solventes) o la gente del ministerio habían de mostrar el más mínimo interés en conocer a un pipiolo de veintitrés años. Me presenté en la redacción madrileña, en la calle O’Donnell, junto al Retiro, dispuesto a quedarme calladito en un rincón durante unas horas y cumplir así el expediente. Resultó, sin embargo, que una señora con acento italiano y de evidente autoridad en aquel periódico me acogió, me llevó de una mesa a otra, me invitó a comer a su casa (una pasta extraordinaria), me conectó con no sé quién del ministerio e hizo que me sintiera un tipo casi importante.

De esa mujer maravillosa solo supe que se llamaba Natalia y que era secretaria de redacción, o coordinadora, o algo así. Luego averigüé que era la esposa de Raúl del Pozo. De nuevo, esta vez de forma indirecta, aparecía la sombra benéfica de ese periodista tan legendario a quien yo no conocía de nada.

Pasó un trozo largo de vida. Llegó 2016, yo estaba en París como corresponsal de El Mundo y recibí una llamada telefónica de Manuel Jabois. Fue una llamada perfectamente gallega: esgrimió razones muy vagas para pedirme que viajara a Madrid «por una cosa buena, no te preocupes» y me citó en un restaurante céntrico. No hace falta decir que Jabois se equivocó de restaurante y que, mientras yo esperaba a no sabía quién o qué en un local muy castizo, su teléfono permaneció apagado. Le debo un largo rato de desconcierto.

Aclarado el error y localizado el establecimiento correcto, resultó que una peña de ilustres (Pérez-Reverte, Ignacio Camacho, Antonio Lucas, Carmen Rigalt, Edu Galán) había decidido darme un premio. Los de la peña eran amigos de Raúl del Pozo. Y se trataba del Premio de Periodismo de Opinión Raúl del Pozo. Por tercera vez en mi existencia sentí el hálito benéfico de aquel viejo gigante del oficio, con fama de caballero y de truhan. El premio consistía en cenar con el jurado y con el premiador. Por fin conocí a Raúl del Pozo.

No he vuelto a verlo. Dos años después supe con pena de la muerte de su esposa, Natalia Ferraccioli, aquella mujer maravillosa que décadas antes me había introducido en Madrid.

Me habría gustado hablar de otro hálito benéfico. El de Mar, la inventora de Jot Down. Un hálito muy cercano en una edad más tardía. Debería haber hecho un recuento de neurosis, fantasías, viajes en trineo de perros por la oscuridad invernal del Polo Norte, absurdas aventuras moscovitas en busca de caviar clandestino, eternas conversaciones telefónicas, generosidad, enfados, risas. Debería haber hablado de esa persona extraña e imposible que me metió en líos imperdonables y me ayudó en unos días muy oscuros.

Pero en este momento no puedo. Lo siento.