Día de humanos


El caso del perro marrón

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Reconstrucción de la clase de vivisección de Bayliss, 1903. Imagen: University College London archives (DP).

El catedrático de fisiología del University College London William Bayliss (1860-1924) acuñó la palabra «hormona», descubrió una de ellas, la secretina, y fue el primero que describió el movimiento peristáltico de los intestinos. Bayliss quería comprobar si el sistema nervioso controlaba la secreción del páncreas como postulaba Iván Pavlov con sus perros y sus campanitas. La oportunidad surgió en febrero de 1903, en una práctica delante de sesenta estudiantes de medicina, en la que usó un pequeño terrier marrón al que había hecho una operación en el páncreas. En aquella segunda práctica expuso sus glándulas salivares para que los futuros médicos pudieran ver su inervación nerviosa y su irrigación sanguínea y, finalmente, usó el perro para explicar las respuestas del sistema nervioso periférico ante distintos estímulos, revisando los postulados de Pavlov. Al final, el can fue entregado a un estudiante de investigación, Henry Dale, que luego ganaría el premio Nobel, y era el encargado de sacrificar a los animales al terminar la práctica.

Desafortunadamente para Bayliss, en la clase se habían colado dos estudiantes suecas, Louise Lind af Hageby y Leisa Schartau, de la London School of Medicine for Women, feministas y contrarias a la experimentación con animales, que dijeron que aquello era un ejemplo de crueldad, que el animal estaba sin anestesiar y que los estudiantes se habían pasado la clase haciendo bromas y riendo, una experiencia que resumieron años después en un libro titulado Los mataderos de la ciencia: extracto del diario de dos estudiantes de fisiología.

Los datos recogidos por las activistas suecas, si eran ciertos, indicaban que se había violado la ley sobre experimentación animal de 1876 que prohibía usar el mismo animal en más de un experimento y Stephen Coleridge, bisnieto del poeta Samuel Taylor Coleridge, y secretario de la Sociedad Nacional contra la Vivisección —una vivisección es una disección cuando el animal todavía está vivo— al leer el diario de las dos muchachas, acusó a los médicos de crueldad «si esto no es tortura, que nos digan en nombre del cielo qué es tortura» en una conferencia celebrada el 1 de mayo, a la que asistieron entre dos mil y tres mil personas y cuyos mensajes clave fueron recogidos por la prensa local.

Bayliss, el catedrático que dirigía la práctica, pidió a Coleridge una disculpa y al no recibirla le denunció por difamación. Tras un agrio juicio celebrado cuatro meses después, donde explicó que hacer varias operaciones en el mismo animal permitía usar menos perros, ganó el caso. Coleridge le tuvo que pagar dos mil libras más otras tres mil en costas, una pequeña fortuna que abonó al día siguiente con un cheque. Bayliss donó el dinero al University College de Londres para usarlo en investigación aunque no lo denominó —como le sugirió el Daily Mail— «Fondo para la Vivisección Stephen Coleridge». Por su parte el Daily News, que apoyaba a la otra parte, pidió donaciones y recaudó cinco mil setecientas libras para apoyar a Coleridge y cubrir sus gastos, más de lo necesario. Ir a juicio, aun con el riesgo de perderlo, parece que fue el objetivo de Coleridge desde el principio, con objeto de conseguir la mayor repercusión pública para las ideas de los que, como él, se oponían a la experimentación con animales.

Anna Louisa Woodward, una rica londinense, fundadora de la Liga Mundial contra la Vivisección, pensó que era importante mantener el interés de la opinión pública por el tema y encargó una fuente con una estatua del perro en un pedestal. El monumento fue aprobado por el consistorio radical-socialista de Battersea, un barrio obrero de Londres, y se erigió en una zona de viviendas sociales donde fue inaugurado en septiembre de 1906. Llevaba una placa con la siguiente inscripción:

En memoria del terrier marrón llevado a la muerte en los laboratorios del University College en febrero de 1903 después de haber soportado vivisecciones durante más de dos meses y haber sido pasado de un vivisector a otro hasta que la muerte vino a liberarlo. También en memoria de los doscientos treinta y dos animales viviseccionados en el mismo lugar durante el año 1902.

Hombres y mujeres de Inglaterra: ¿hasta cuando seguirán pasando estas cosas?

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La fuente en memoria del perrete. Fotografía: autor desconocido (DP).

Los estudiantes y profesores de medicina se quejaron de la naturaleza acusatoria de la inscripción y del ataque a su formación práctica dejando claro su malestar. Las revistas médicas también tronaron en contra del monumento, mientras que sus partidarios lo veían como un símbolo del progreso político hacia una mayor justicia social y una protesta contra el establishment ejemplificado por ese grupo peculiar, la clase médica.

Un año después, en noviembre de 1907, un grupo de estudiantes intentó atacar la estatua pero fueron dispersados por los gendarmes londinenses. Diez de aquellos estudiantes, que fueron bautizados por la prensa como los antidoggers, los antiperros, fueron detenidos por dos policías y un médico local escribió al periódico South Western Star lamentándose de lo que consideraba un signo de la degeneración de los futuros médicos: «Recuerdo cuando hacían falta más de diez policías para hacerse con un estudiante. La raza anglosajona está acabada».

Parte del ambiente social tenía que ver con una novela de ciencia ficción. Pocos años antes, en 1896, H. G. Wells había publicado La isla del Dr. Moreau. En la obra, un hombre rescatado de un naufragio es trasladado a una isla remota en el océano Pacífico, propiedad de un médico, el doctor Moreau. Moreau —por cierto un fisiólogo londinense— crea seres híbridos con un aspecto humanoide a partir de animales mediante un procedimiento que podríamos llamar de corta y pega quirúrgico, algo con ciertas similitudes con la vivisección. La novela generó un profundo revuelo social sobre temas como el dolor, la crueldad, la responsabilidad moral y la interferencia del hombre en la naturaleza, y fue parte de un debate social sobre la experimentación animal, nuestra relación con los demás seres vivos y la teoría de la evolución.

En Londres, mientras tanto, los disturbios continuaron y se empezaron a conocer como los «Brown Dog Riots», los  tumultos del perro marrón. Un juez puso multas de cinco libras a varios jóvenes que habían participado en ellos y eso hizo que más de mil estudiantes de medicina salieran de la universidad y de los hospitales e hicieran una manifestación llevando estacas con perros en miniatura encima y una efigie a tamaño natural del juez que intentaron quemar, y finalmente no debía prender bien  arrojaron al Támesis. Los manifestantes asaltaron oficinas y reuniones de sufragistas porque se generalizó entre ellos la idea de que las mismas que defendían el voto femenino eran las que estaban en contra de usar animales en la docencia, y que eran ellas las que habían elegido al perro pardo como su emblema, erigiéndole ese monumento. Uno de los enfrentamientos se saldó con las mesas de un local rotas y un titular del Daily Express que decía «Estudiantes de medicina luchan galantemente con mujeres».

El punto culminante fue el 10 de diciembre, cuando cien estudiantes quisieron derribar la estatua del perro marrón. Lo habían organizado el mismo día del partido de rugby entre Oxford y Cambridge, confiando en que los numerosos asistentes al partido se les unirían en la batalla con la policía, pero no fue así. A continuación los antidoggers intentaron asaltar el hospital de los antiviviseccionistas, un centro médico donde no se hacía experimentación con animales aunque es de suponer que aplicasen los resultados conseguidos en otros centros que sí lo hacían. Cuando uno de los estudiantes se cayó del tranvía al que se había subido, los operarios de la línea se negaron a llevarle al hospital indicando que era «la venganza del perro marrón», pero puesto que el más cercano era precisamente el de los defensores de los animales, el British Medical Journal comentó después que  la decisión podía haber «nacido de la benevolencia» por no llevar al muchacho herido al centro de sus enemigos. La cosa se fue radicalizando más y más. Esta revista, el British Medical Journal, seguía recibiendo cartas de médicos indignados, una de las cuáles decía: «Cuando un estudiante amante de la paz pacíficamente desfigura [la estatua] con un martillo está cumpliendo su deber moral con su universidad, sus profesores y sus camaradas y su estricto deber legal con su país y su rey».

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Las promotoras del International Anti-Vivisection Congress, 1913. Fotografía: Library of Congress (DP).

Los estudiantes fueron dispersados por la policía con cargas a caballo y uno de ellos fue detenido por «ladrar como un perro». Los disturbios siguieron durante meses, a los estudiantes de medicina se unieron los de veterinaria y unos y otros reventaban las reuniones de las sufragistas tirando las sillas y lanzando bombas fétidas. Era una mezcla de causas: a las antiviviseccionistas —tres de las cuatro vicepresidencias de la sociedad contra la vivisección estaban ocupadas por mujeres— se unieron los sindicalistas, los marxistas, los liberales y las sufragistas. Aun así, no todas las sufragistas eran antiviviseccionistas ni viceversa, pero había también cierta batalla de sexos: los estudiantes de medicina y veterinaria eran casi todos hombres mientras que un número importante de los antiviviseccionistas eran mujeres. Para muchas mujeres aquella lucha era parte de la rabia que sentían contra el estamento médico, por las sufragistas en huelga de hambre que eran alimentadas a la fuerza en prisión por médicos, o por las mujeres a las que se les extraían los ovarios y los úteros como cura para su histeria. Las dos partes se veían como los herederos del futuro, los promotores de la modernidad. Las sufragistas y antiviviseccionistas consideraban que la experimentación con animales y la prohibición del voto femenino eran dos caras de una misma realidad patriarcal, dominadora y cruel. Los estudiantes, por su parte, decían que ellos y sus profesores era un «nuevo sacerdocio» y las antiviviseccionistas y sus aliados los representantes de la superstición y el sentimentalismo.

Mientras tanto, la policía puso protección permanente a la estatua, lo que llevó a una nueva vuelta de tuerca pues hubo preguntas en la Cámara de los Comunes sobre cuánto costaban los seis policías diarios que eran necesarios para mantener la guardia de veinticuatro horas. Finalmente, tras las elecciones locales de noviembre de 1909, el nuevo consistorio de Battersea decidió que no querían seguir siendo el campo de batalla entre unos y otros, y sin decirlo —quizá pensaron que «muerto el perro se acabó la rabia» quitaron la fuente a escondidas, para lo que enviaron cuatro obreros protegidos por ciento veinte policías y la llevaron a un lugar secreto en las primeras horas del 10 de marzo. La retirada de la estatua generó una protesta de tres mil antiviviseccionistas en Trafalgar Square que demandaban que fuera devuelta inmediatamente a su emplazamiento original, pero no se hizo y fue fundida a escondidas años después.

En 1985 una nueva estatua en memoria del perro pardo fue erigida en el parque de Battersea, aunque hubo también polémica sobre la pose elegida por el escultor y sobre su localización. En la vieja estatua el perro estaba recto y desafiante, en la nueva, enroscado y con la cabeza gacha, parecía suplicar piedad. Además, los enemigos de la experimentación con animales se quejaban de que la estatua estuviese casi oculta. En 1992 fue retirada y en 1994 se volvió a instalar, pero en el pabellón de críquet del Viejo Jardín inglés, un lugar mucho más discreto que el que ocupó anteriormente.

Curiosamente, el perro también se convirtió en un símbolo de ambos grupos: la Sociedad para la Protección de los Animales expuestos a la vivisección tenía un perro en su logo y la Physiological Society, la asociación científica de los fisiólogos, los principales protagonistas de la experimentación con animales, también tenía una pequeña estatua de un perro que situaban en un lugar preferente en sus congresos y sus reuniones hasta que fue robada del maletero de un coche en 1994. Esa estatua fue usada para fabricar réplicas que se entregaban a los fisiólogos más respetados en el momento de su jubilación. La estatua original había sido presentada a la Sociedad en octubre de 1942 por Henry Dale, el hombre que sacrificó al perro marrón y, de hecho, muchos fisiólogos británicos todavía creen erróneamente que el emblema de su sociedad es ese animal concreto.

La controversia no ha desaparecido y sigue habiendo personas en contra de la experimentación con animales, mientras que médicos, científicos y asociaciones de pacientes, de forma prácticamente unánime, lo consideran un mal menor y necesario para seguir avanzando en nuestra lucha contra la enfermedad y para valorar la seguridad de nuestros productos químicos, incluyendo fármacos, pesticidas y detergentes. Los científicos utilizamos una estrategia denominada de las tres R: reducción (usar el mínimo número de animales posible, que suelen ser ratas y ratones), refinamiento (hacer todos los procedimientos con un cuidado extremo) y reemplazo (en lo posible sustituir los animales por células, modelos informáticos o cualquier otro procedimiento que no requiera animales vivos), pero el debate sigue vivo un siglo después. Hace unos años lo único que quedaba de la vieja estatua del perro marrón era una marca en el pavimento y un cartel en una valla cercana que ponía «No Dogs», «No se admiten perros».

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Manifestación en contra de la retirada de la estatua. Imagen: Library of Congress (DP).

Para leer más:

  • Baron JH (1956)  «The Brown Dog of University College». Brit Med J  2 (4991): 547–548.
  • Galloway J (1998) «Dogged by controversy». Nature 394: 635-636.
  • Mason P (1998) The Brown Dog Affair. Two Sevens Publishing, Londres.


El primer mejor amigo

Dos lobos grises jugando en Yellowstone. Fotografía: Zechariah Judy (CC).
Dos lobos grises jugando en Yellowstone. Fotografía: Zechariah Judy (CC).

Los genetistas estudian el ADN y viendo las variaciones en la secuencia, las mutaciones producidas con el tiempo, pueden poner el calendario a girar al revés y situar tanto geográficamente como temporalmente a los ancestros de un grupo. Es llamativo pensar que todos los seres humanos actuales derivamos de una mujer que vivió hace entre 99 000 y 200 000 años en el este de África, la llamada Eva mitocondrial. También es asombroso conocer que todas las personas de ojos azules derivan probablemente de una persona que vivió en el noroeste del mar Negro hace unos 8000 años, un mutante con una mirada especial. Ese sí que era «Ol’ Blue Eyes» y no Frank Sinatra.

Dos estudios recientes han analizado la genética de los perros, investigando la diversidad del ADN en perros primitivos, razas modernas y lobos actuales. La diversidad de los perros del sudeste asiático es mayor que en otras regiones del planeta y son los más parecidos a los lobos grises, indicando que en esa zona apareció el perro doméstico hace unos 33 000 años. Es decir, el primer perro, tal como los conocemos, surgió en Asia cuando todavía éramos cazadores-recolectores. Hace 15 000 años un grupo de humanos con sus perros ancestrales migraron hacia Oriente Medio  y desde allí, hacia África y hacia Europa, llegando a nuestro continente hace unos 10 000 años. Uno de los linajes perrunos migró de vuelta hacia el este generando una serie de poblaciones mezcladas con los linajes endémicos asiáticos en el norte de China antes de cruzar por el estrecho de Bering y llegar a América. No hay lugares donde haya hombres y no haya perros.

Las razas caninas modernas son una historia diferente, han sido «creadas» mayoritariamente en los últimos dos siglos en Europa. Darwin, que amaba los perros, vio que la selección artificial por los humanos de algunas características deseables producía rápidamente razas muy diferentes del animal original. Eso le hizo pensar que quizá la selección natural podría generar cambios similares y llevar con facilidad a la aparición de nuevas especies. Ese interés le impulsó a cartearse con ciertos de criadores, no solo de perros, sino también de prácticamente cualquier especie domesticada, de pollos a gatos, de cerdos a vacas, de palomas a caballos. Publicó toda esa investigación en una obra magistral en dos volúmenes titulada Variations in Animals and Plants Under Domestication, un tratado que siglo y medio después sigue siendo la obra de referencia en el tema.

Cuando Darwin era un niño no había más de quince razas de perros reconocidas. Cuando publicó El origen de las especies ya eran cincuenta. Ahora están en torno a cuatrocientas y la mayoría de las variedades han conseguido una identidad en menos de treinta generaciones. Nos asombra la diferencia entre un san bernardo y un pequinés, pero a veces la genética es mucho más parecida de lo que creemos y, en ocasiones, una sola mutación genera una nueva raza. El lobero irlandés tiene un metro de alzada y pesa como treinta chihuahuas, pero ambas razas difieren solo en un gen. Darwin encontró una serie de rasgos que se repetían con regularidad en distintas razas de animales domésticos y que se han denominado el síndrome de domesticación. Hay cosas necesarias y evidentes como una mayor docilidad, pero otras son menos esperables  a priori, como cambios en la coloración (aparecen los pelajes a manchas blancas y negras), dientes y cerebros más pequeños y hocicos más cortos. En muchas especies, las colas se vuelven cortas o enroscadas y las orejas se «caen». Darwin especuló que algunas de esas características, como el pelaje blanco y negro, podía tener cierta utilidad —las manchas del dálmata o la vaca holstein podían hacer que fuera más fácil localizar al animal en el campo—, pero no encontró una explicación fiable para todo lo demás.

Tecumseh Fitch, Adam Wilkins y Richard Wrangham han propuesto una nueva explicación. Su hipótesis se basa en que todos los rasgos del síndrome de domesticación tienen que ver con una población celular: la cresta neural. Estas células migran durante el desarrollo embrionario para formar las glándulas suprarrenales y partes del sistema nervioso, además de las células pigmentarias de la piel y grandes partes del cráneo, los dientes y las orejas. La idea es que a la hora de domesticar una especie lo más importante es que no sea agresivo ni demasiado miedoso (algo que también puede llevar a la agresividad) y las glándulas suprarrenales y el sistema nervioso simpático son los responsables de la respuesta de «lucha o huida». Pero si elegimos un animal con una cresta neural anómala (porque eso es lo que le ha llevado a ser tranquilo y confiable) es muy probable que tenga cambios en la cabeza, los dientes, las orejas y el pelaje, porque todas estas cosas están relacionadas. Un cachorro pequeño no tiene su sistema de defensa bien desarrollado, por lo que si empieza a tratar con un humano muy pronto y no ve a su madre respondiendo con agresividad o miedo, aceptará a esa persona. Los lobos tienen una ventana para ese proceso que dura hasta que tienen un mes y medio, tiempo en el que no son capaces de generar una respuesta de lucha o huida. Si antes de ese período se exponen repetidas veces a los humanos, les aceptarán y estarán domesticados; si es después, atacarán o saldrán corriendo. En los perros, esta ventana de socialización dura mucho más, hasta los cuatro-diez meses dependiendo de la raza. Después de ese tiempo, si un perro no ha tenido trato con humanos les tendrá miedo a pesar de que convivan juntos. Estos investigadores piensan que la docilidad vienen de una maduración tardía y un funcionamiento alterado de las glándulas suprarrenales y el sistema nervioso simpático que a su vez proviene de que haya menos células de la cresta neural y hayan migrado más tardíamente. Como estas células son precursoras de los dientes, la piel pigmentada, los hocicos y las orejas, esos cambios explicarán todas las características del síndrome de domesticación.

Esta hipótesis es apoyada por experimentos con zorros siberianos realizados en la Unión Soviética en los años cincuenta. Los rusos querían domesticar a estos animales codiciados por su piel e hicieron una selección de las crías que menos miedo mostraban y eran más amigables. En menos de diez generaciones consiguieron una raza domesticada y muchos de estos animales tenían síndrome de domesticación incluyendo una función adrenal reducida, una mayor ventana de socialización, cambios en la pigmentación, orejas caídas y hocicos más cortos.

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Fotografía: University of Liverpool Faculty of Health & Life Sciences (CC).

Uno de los equipos de genetistas perrunos recogió ADN de 549 perros de pueblo en 38 países por todo el globo y de 4676 perros pura sangre de 161 razas diferentes. Tras analizar 185 805 marcadores diferentes pudieron establecer un esquema de cómo unos perros están relacionados con otros y situar a los ancestros en ese árbol genealógico. Evidentemente no sabemos cómo se produjo la primera domesticación, la primera «creación» de un perro, pero se supone que fue realizada por cazadores-recolectores a partir de una manada de lobos grises. Los humanos cada vez cazaban mejor y eso, combinado quizá con algún cambio climático, hizo que la cantidad de alimento disponible para los predadores de cuatro patas fuese mucho menor. El resultado es que algunos lobos se hicieron carroñeros, lo que favorecería la disminución de su agresividad, un menor tamaño y un mayor acercamiento a aquellos hombres que establecían campamentos donde siempre había basura comestible. Para aquellos lobos menos agresivos, los humanos serían vistos más como proveedores de comida que como posibles presas. Eso iría haciendo que los lobos fueran cada vez peores cazadores, lo que a su vez iniciaría el camino hacia la domesticación, algo que probablemente se haría cogiendo un lobezno joven como si fuera un juguete, una mascota y haciéndole convivir con los humanos, mayores y niños, desde muy pequeño.

Los perros primitivos fueron cambiando su morfología. Su pelaje se volvió más suave y con manchas blancas, las orejas se hicieron más flexibles y se doblaron o directamente se volvieron gachas, los dientes se hicieron más pequeños, y empezaron a menear la cola para mostrar su alegría, características todas ellas que les hacían más gratos a los humanos. En unas pocas generaciones dejaron de parecerse a los lobos de los que se habían originado y surgió nuestro Canis familiaris. También cambió su psicología. Aprendieron a leer los gestos humanos: algo que nos parece tan sencillo como señalar una pelota y que nuestro perro nos la traiga es en realidad bastante asombroso. Incluso nuestros parientes más cercanos como chimpancés y bonobos no entienden los gestos humanos tan bien como lo hace un perro. De hecho, los perros nos miran y siguen nuestros gestos de una forma parecida a como lo hace un niño, por eso es tan extraordinaria la comunicación que tenemos con ellos. Dicen que nuestra esclerótica blanca, «el blanco de los ojos», facilita esa comunicación humano-perro pues detectan con rapidez lo que estamos mirando. Los perros aprendieron a captar e interpretar algo tan sutil como un cambio en la dirección de nuestra mirada o nuestra expresión. Curiosamente, unos investigadores japoneses han comprobado que cuando un humano y un perro se miran a los ojos, en los dos cerebros hay una liberación de oxitocina, la hormona asociada con la confianza y el amor que se cree responsable del vínculo entre la madre y su bebé. Los lobos, aunque estén domesticados, evitan compartir la mirada con sus cuidadores humanos y cuando lo hacen no genera ese efecto en la producción de oxitocina que sí muestran los perros.

Aquel vínculo de hace 30 000 años entre humanos y perros nunca se ha roto. Al poco tiempo, los perros se hicieron valer para aquellos cazadores-recolectores. Sus ladridos avisaban de la presencia de un extraño; su olfato, su velocidad y su agresividad les convertía en perfectos aliados para la caza; sus dientes eran unas armas afiladas para cazar y también para defenderse de un predador o de un enemigo; sus cuerpos calientes y peludos eran una bendición en una noche gélida y quizá por eso todavía lo llamamos «una noche de perros». Y también, aunque a alguno le pueda estropear el desayuno, los perros podían servir, si las cosas se complicaban, como una reserva de comida para emergencias. Un agricultor rápidamente establece depósitos de grano, almacenes de carne salada, depósitos de pescado salado o de queso. En cambio, un grupo de cazadores-recolectores no puede almacenar mucho alimento porque las cosas que pueden transportar están limitadas. A no ser que la comida se transporte sola. Algo que experimentaron muchos exploradores polares con sus perros esquimales.

Para leer más:

Fitch T (2015) «How pets got their spots (and floppy ears)». New Scientist 3002: 24-25.

Hare B, Woods V (2013) «Opinion: We Didn’t Domesticate Dogs. They Domesticated Us». National Geographic. Enlace.

Nagasawa M, Mitsui S, En S, Ohtani N, Ohta M, Sakuma Y, Onaka T, Mogi K, Kikusui T (2015) «Social evolution. Oxytocin-gaze positive loop and the coevolution of human-dog bonds». Science 348(6232): 333-336.

Wang GD, Zhai W, Yang HC, Wang L, Zhong L, Liu YH, Fan RX, Yin TT, Zhu CL, Poyarkov AD, Irwin DM, Hytönen MK, Lohi H, Wu CI, Savolainen P, Zhang YP (2016) «Out of southern East Asia: the natural history of domestic dogs across the world». Cell Res 26(1): 21-33.


Los perros que nadie quiere y todos obvian

Camada de cinco perros aparecida en un secarral de Campohermoso el sábado 6 de junio de 2015.
Camada de cinco perros aparecida en un secarral de Campohermoso el sábado 6 de junio de 2015.

Campohermoso es campo, pero tiene poco de hermoso. Sobre todo para los animales. Pedanía de interior del municipio de Níjar, el sol abrasa inclemente camadas enteras de cachorros abandonados. «En un fin de semana, han dado el aviso de doce cachorros de cuatro camadas diferentes. Todos estaban en la calle: sin agua, sin comida, sin apenas dos meses de vida. No se han perdido: alguien los ha dejado a propósito y sin conciencia. Aquí mucha gente tiene a sus perras sueltas, lo que provoca preñeces indeseadas. Cuando paren, ahogan a los cachorros o los dejan en la calle. Todos terminan muriendo: un perro abandonado es un perro muerto. Mientras, las madres siguen en la calle, y en el próximo celo las volverán a preñar, y dos meses después volveremos a tener diez, doce cachorros por madre que nadie quiere y que alguien tirará a la calle o a algún contenedor de basura». Así lo expone Lucía, nombre ficticio de una vecina de Campohermoso que convive con el abandono y el maltrato animal como el resto de los 8871 censados en el municipio. Solo que ella ha conseguido organizarse, de manera particular, con alguna protectora de Madrid y Barcelona para rescatar a algunos animales: nunca a todos porque no hay sitios para ellos, no hay a dónde llevarlos ni quién los adopte. Por eso, tantos siguen vagando por los campos de Níjar, esos que fueron glosados tan bellos y debieron ser señalados también como infierno de mascotas desahuciadas.

En España se abandona un animal de compañía cada tres minutos. Son las cifras oficiales de la Federación de Asociaciones de Protección Animal de la Comunidad de Madrid (FAPAM). En verano, el número se incrementa, lo que sitúa a nuestro país en un vergonzoso récord en la Unión Europea: unos ciento cincuenta mil abandonos cada año; o sea, muerte segura. Campohermoso, en Almería, es un ejemplo de lo que sucede en cientos de municipios de España. Su caso es sangrante, pero no muy lejano a una vergüenza nacional que se tolera mirando hacia otro lado y se excusa con la falacia por excelencia: «Hay cosas peores». Campohermoso no es único, pero es especialmente ilustrativo de la desidia de los propietarios, la irresponsabilidad de las autoridades, la impotencia de los vecinos y la lucha dura de algunos particulares y asociaciones.

 Perro abandonado callejeando por Campohermoso (mayo de 2015).
Perro abandonado callejeando por Campohermoso (mayo de 2015).

«Es como intentar barrer arena en un desierto», compara Adriana, también nombre ficticio. Ella ayuda a través de internet y del teléfono a Lucía: «Es increíble la labor que desempeña esta mujer. Yo colaboro desde la distancia, a mil kilómetros, porque vivo en la otra punta de España. Me encargo de difundirlos en internet, de coordinar los viajes para que puedan salir de allí y de contactar con refugios y protectoras. En la mayoría de las perreras de España se sacrifica, por lo que entregarles a un perro de la calle es llevarlo al cadalso. Si en diez u ocho días, según la normativa, nadie lo reclama o lo adopta, le suministran una inyección letal. Es una práctica corriente. Pensar que las perreras son refugios donde los animales están cuidados es ignorar una realidad cruel. A Campohermoso le corresponde la perrera de Pechina. Allí se sacrifica, así que es mejor dejar a los animales en la calle para que tengan una oportunidad de vivir. Aunque la calle sea maltrato, abandono, muerte por hambre y sed, y atropellos de coches… Muchos agonizan en los arcenes durante días después de que les haya arrollado un coche. Y esto no es ciencia ficción ni casos extremos, es una realidad casi diaria. Fui de vacaciones un año a Cabo de Gata y me quedé tan impresionada del número de perros que se cruzaban mientras conducía que decidí implicarme. De eso hace dos años ya y, en este tiempo, yo puedo atestiguar casos tremendos. No son bulos de internet ni situaciones puntuales o aisladas».

Lucía y Adriana no se conocen personalmente. Cuando Adriana volvió a la ciudad en la que vive, buscó por internet iniciativas que ayudaran a los animales abandonados en la zona del Cabo de Gata y dio con una página en Facebook: Auxilio a los Animales de Campohermoso. Escribió y Raúl le respondió. Raúl es también un nombre ficticio que corresponde a un personaje más que real, aunque tenga un perfil extraordinario. Con dieciséis años decidió convertirse en vegano y abrir una página de difusiones para todos los casos terribles que veía cada vez que salía de su casa. Eso fue en 2013. Ahora tiene dieciocho años y estudia en Madrid. «No tenía coche ni carné, claro; no tenía ingresos, no tenía la comprensión o el apoyo de mi entorno, pero lo hice». Raúl no tenía nada, excepto determinación, así que abrió la página y tiró de contactos. Poco a poco, la labor se fue difundiendo. Una tarde de diciembre de 2013 recibió un mensaje privado de Adriana en la página de Facebook.

«Buenas. Me llamo Adriana, vivo en San Sebastián y estoy horrorizada del abandono que he visto en la zona de Níjar. Me gustaría ayudar, pero no sé cómo. Podría hacer alguna aportación de dinero o lo que sea», comenzaba el mensaje. Raúl respondió y acordaron lanzar un teaming, una iniciativa solidaria que capta teamers (miembros) que aportan un euro mensual a través de su cuenta corriente. «A veces la gente no se fía porque piensa que le van a cobrar comisiones o gastos extra y no es así. Ninguna entidad bancaria, banco o caja de ahorros, cobra nada que no sea el euro mensual. Lo detraen de la cuenta la primera semana de cada mes como si fuera un recibo domiciliado más, con la diferencia de que es tan solo un euro. Quien cree en una causa de verdad es capaz de donar un euro al mes para ella. Nosotros comenzamos con ocho teamers: amigos y familiares. Dos años después somos ciento cincuenta. No es mucho, pero tampoco es una cantidad desdeñable. Es lo que nosotros donamos a una protectora para que nos coja dos perros abandonados, por ejemplo. Con ese dinero, la protectora los castra y los mantiene. Bueno, con eso y algo más, porque cualquiera que conozca un poco el mundillo perruno sabe que una esterilización, con precio solidario, ronda los cien euros para un macho y los ochenta para una hembra, si son de tamaño mediano», explica Raúl.

Perro anterior escondiéndose en un coche cuando un humano se acerca a él porque las personas le dan pánico.
Perro anterior escondiéndose en un coche cuando un humano se acerca a él porque las personas le dan pánico.

Raúl fue quien presentó a Lucía y a Adriana a través de Facebook. Meses después él se fue a estudiar a Madrid y ellas siguieron su labor conectadas. «Es increíble lo que las redes sociales pueden conseguir. Aparte de que Lucía y yo podamos intercambiar fotos de los abandonados, los podemos publicar, otra gente los difunde, se conocen sus historias, y personas de lugares tan lejanos como Asturias se animan a adoptar. De la localidad de Sotrondio nos escribió una chica para decirnos que se había enamorado de una perrita que habían tirado, literalmente, a la calle. En Campohermoso es habitual que cuando alguien se aburre de un animal lo eche a la calle. Para ellos no son seres vivientes que sufren, sino pertenencias. No es extensible a todo el mundo: hay gente con un corazón y una solidaridad increíbles, pero aquí estamos denunciando los casos contrarios. Que son numerosísimos, por cierto. Ahora mismo en Campohermoso, Lucía tiene unos cuarenta perros localizados en la calle y los campos de huertas. Si eso no constituye una práctica de abandono habitual, que me digan entonces qué es», resume Adriana, que todavía recuerda el primer rescate en el que ayudó a Raúl.

«Me pidió ayuda por Facebook con una perrita a la que llamaba Varinia: estaba preñadísima, como para parir en cualquier momento. Lo publicamos en la página con unas fotos en las que se la veía en un descampado, tirada, bebiendo de un recipiente de agua que le había puesto Raúl el día anterior. Y entonces se obró el milagro: una señora nos escribió para decirnos que una amiga suya tenía un refugio en Lérida y que nos escribía su móvil en un mensaje privado. Llamamos de inmediato a la amiga y nos dijo que sí, que Varinia podía ir con ella. Entonces tocó organizar el transporte: hay 755 kilómetros de carretera entre Campohermoso y Lérida. No sabíamos cómo hacerlo, así que se nos ocurrió llamar a las Txikas de Etxauri, unas particulares de Navarra que llevan años rescatando animales de la perrera oficial de esa comunidad, situada en el pueblo de Etxauri. Desde que ellas se ofrecieron como voluntarias para buscarles familias adoptantes a los perros se dejó de sacrificarlos porque lo exigieron como condición para colaborar. Antes, los hornos crematorios con los cadáveres de perros funcionaban cada viernes, como en toda España, donde el sacrificio sigue siendo la norma. Una de ellas, que lleva muchos años en el rescate animal, nos facilitó el teléfono de una transportista de perros que ofrece rutas por toda España. Recaudamos el dinero para pagarle (ochenta euros) a través de donaciones en la página y Varinia salió dos días más tarde hacia Lérida. Al día siguiente de llegar al refugio, dio a luz a siete cachorros. Allí se encargaron de ellos y de la madre. Si no, hubieran sido más perros vagando por Campohermoso. Fue mi primer rescate y me pareció complicadísimo porque se tiene que dar que alguna protectora o refugio acepte al perro, que se logre un transporte, que se recaude para pagarlo y que luego se pueda coger al animal. No todos los de la calle son confiados: muchos ven a un ser humano y salen corriendo. Aquel fue un final feliz, a pesar de lo complicado de las circunstancias —por la distancia a Lérida y por la preñez de Varinia—, pero la mayoría no lo son. Por cada perro rescatado, calculamos que quedan en la calle dos o tres más, que terminan muriendo, antes o después, la mayoría en condiciones deplorables. Tampoco es infrecuente ver perros a los que les falta un trozo de pata y han de seguir malviviendo en la calle con el muñón. A los que se les infecta, agonizan poco a poco», resume con cierta emoción. «No sirve de nada llorar por ellos, hay que mantener la cabeza fría para poder coordinar todo con la mayor efectividad posible, pero es inevitable que, con las cosas que se ven un día sí y otro también, esto termine por pasar factura», confiesa.

Perro abandonado buscando comida en un contenedor en la carretera de Campohermoso a Níjar (enero 2013).
Perro abandonado buscando comida en un contenedor en la carretera de Campohermoso a Níjar (enero 2013).

Ante este panorama, preguntamos a Raúl si las autoridades no hacen nada. «La vista gorda», responde con tanta ironía como impotencia. «Y es mejor: porque si cogen a los perros los llevan a la perrera de Pechina, y allí sacrifican, por lo que no los rescatan, sino que los condenan a una muerte segura», apostilla con tanta impotencia como tristeza.

Fue el tío de Raúl quien cedió a Lucía un vallado para que pudiera recoger a algunos perros, mientras Adriana busca para ellos huecos en protectoras y refugios. «La mayoría tienen que viajar a Madrid, que es donde más perros nos sacan, pero todas están desbordadas y  faltas de fondos. Un animal tiene el gasto de la esterilización y, si además está enfermo, el del tratamiento. Los gastos son grandes y las adopciones surgen a cuentagotas. Quienes vivimos en las ciudades no somos conscientes del sufrimiento animal que tiene lugar en entornos rurales», explica. Después, va más allá en lo apuntado por Raúl: «A las autoridades no les interesa para nada el bienestar animal porque ellos no votan; no dan votos. Al menos hasta ahora, cuando la gente empieza a tener también más conciencia medioambiental. En cualquier caso, con la crisis, se escudan en la falta de presupuesto y fin del problema. Es atroz lo que sucede con estos animales y no hablo desde la histeria: hablo desde el pleno conocimiento de haber rescatado a doscientos perros en dos años entre tres personas. Dos sobre el terreno, como son Lucía y Raúl, mientras él estuvo allí. Y una en la otra punta del país, enganchada al teléfono y a Facebook. Tenemos la suerte de que las protectoras nos acojan dos o tres perros al mes, pero es insuficiente. Hay decenas de perros vagando por la pedanía y son datos reales, no una manera exagerada de calcular».

Podenco esquelético aparecido en un polígono de Campohermoso a finales de 2014. Fue rescatado por la vecina Lucía tras varios meses en los que deambulaba por el pueblo y nadie hacía nada por él.
Podenco esquelético aparecido en un polígono de Campohermoso a finales de 2014. Fue rescatado por la vecina Lucía tras varios meses en los que deambulaba por el pueblo y nadie hacía nada por él.

Lucía, que padece en sus carnes el abandono porque vive allí desde hace muchos años, sabe lo duro que es ver cachorros de apenas dos meses tirados, por los que nadie hace nada. «He llegado a tener veintitrés perros en casa, no puedo coger a todos los que veo porque terminaría trastornada. Hay vecinos y vecinas que ayudan: que les dan de comer o que adoptan a alguno abandonado. Otros vienen de Almería a llevarlos de forma totalmente gratuita a Madrid o a Málaga, si tienen que viajar allí por motivos personales. La gente me trae sacos de pienso para que los alimente y las donaciones para pagar los viajes que hemos de contratar llegan de todos los puntos del país, pero no es suficiente. Los animales mueren por doquier después de mil vejaciones», relata.

Hay una España oscura y profunda que va más allá del tópico. «No se trata de ser agoreros ni radicales. Se trata de datos que avalan una realidad patética como sociedad: los perros abandonados se cuentan por decenas en cientos de pueblos del sur de España. Creo que en otros lugares será parecido, pero prefiero hablar de lo que conozco. Y leyes como la Ley de Caza de Castilla-La Mancha, que permite disparar a cualquier animal que esté en el campo y dejarlo ahí, malherido y agonizante, son aberrantes. No entiendo que ningún Gobierno se las dé de progreso humano o moral y salga con una medida propia de la Edad Media, que fomenta no solo la crueldad, sino el sadismo. Quien propone una ley así o no ha visto un perro en su vida o alberga un salvajismo que supura por las costuras de la civilización».

Cachorros abandonados dentro de una caja frente al domicilio de Lucía (abril 2015). Nunca se supo qué fue del resto de sus camadas.
Cachorros abandonados dentro de una caja frente al domicilio de Lucía (abril 2015). Nunca se supo qué fue del resto de sus camadas.

Adriana lo tiene claro y lo habla también claro. «Ni Raúl, ni Lucía, ni yo, ni ninguna de las personas que nos ayudan con viajes, donaciones o haciéndose teamers exhibimos un perfil radical o animalista-talibán, pero cuando algo es perverso porque se ensaña con inocentes como los perros, hay que ser contundentes. No valen las medias tintas, como tampoco vale el sentimentalismo ñoño e inoperante. Somos gente que tiene una vida aparte, con sus obligaciones y sus rutinas, y nos volcamos en esto tanto como podemos, pero no es suficiente porque la situación es inmensa y titánica. Por eso estamos hablando y difundiendo y contando esta verdad a quien desee prestarle oídos».

Tres personas a las que nada unía han conseguido iniciar un proyecto que está salvando vidas, pero no es posible que un país civilizado cargue sobre la iniciativa particular, rayana en lo que los cristianos llaman caridad a secas, semejante problema.

A principios de junio un equipo de filósofos, juristas y etólogos, dio a conocer un ensayo colectivo que pone en tela de juicio que los animales sean considerados cosas en el derecho español: o sea, bienes susceptibles de libre disposición por parte de sus propietarios. El debate comienza a abrirse, pero de ahí a la acción se presenta un trecho. Y no precisamente pequeño. Mientras ellos, los que nada tienen que ver y nada pueden hacer, siguen muriendo atropellados en las cunetas, ahorcados en los árboles, abatidos a perdigonazos o asfixiados en el patio trasero de sus dueños.

«Casi todos las localidades cuentan con algún tipo de protectora o refugio, aunque no sea el caso de Campohermoso. Pero su labor, que es hercúlea, es insuficiente. No dan abasto, sin más. No tienen medios. O se conciencia a la gente para que esterilice a sus animales y no los abandone o… será el cuento de nunca acabar», resume Lucía. Ella no se resigna porque, aunque muchos mueren por el camino, los que se salvan la empujan a continuar. Pero no todo el mundo posee la misma entereza ni los animales han de estar sujetos al azar de encontrarse con una persona como ella: buena. E implicada, claro.

Hay ámbitos que no pueden arrojarse como una losa sobre los hombros de gente corriente que tiene ya que lidiar con sus propios problemas. «Yo estoy jubilada y puedo dedicar tiempo a esto, pero entiendo que la mayoría de las personas no puedan hacerlo, aunque siempre se puede arrimar el hombro con un euro al mes, como teamer, con donaciones puntuales a protectoras o refugios, y desde luego, no comprando perros. Si alguien quiere uno, por favor, que adopte. Parece un tópico lo de ‘no compres, adopta’, pero es una necesidad imperiosa si queremos que algo mejore», explica Lucía, que sabe de lo que habla porque vive inmersa en ello y no repite meramente un lema que ya todos conocemos pero del que, realmente, sabemos muy poco.

Campohermoso, como tantos otros lugares de España, es un campo horrendo para los perros. «Bauticé la página en Facebook como Auxilio a los Animales de Campohorroroso», cuenta Raúl con cierta sorna, «pero Lucía y Adriana me convencieron para que la cambiara con el nombre real del pueblo. Bastante tienen los perros con que todo el mundo los obvie por la calle como para que la gente que quiera ayudar, encima, no encuentre la página a la primera, me dijeron», explica y sonríe, con una media sonrisa a camino entre la tristeza y el hartazgo.

Cachorro de seis semanas abandonado en una huerta, aterrorizado y lleno de garrapatas y parásitos. Rescatado por Lucía en mayo de 2015.
Cachorro de seis semanas abandonado en una huerta, aterrorizado y lleno de garrapatas y parásitos. Rescatado por Lucía en mayo de 2015.

Autores con citas sobre el mejor amigo del hombre sobran. Lo que falta es gente de acción y cultura animal entre quienes están en el Gobierno y quienes elaboran los programas políticos (esos que rara vez se cumplen, pero entre los que los animales no figuran ni como declaración de intenciones, con escasísimas excepciones). El dilema entre priorizar gastos y proyectos humanos y animales es una excusa: los recursos que hay para los animales, aunque escasos, pero bien empleados (o al menos, mejor empleados), podrían salvar vidas (a montones) si se destinaran a fomentar la adopción y penalizaran el abandono y el maltrato. Porque abandonar un perro es gratis. O casi: en Navarra, por ejemplo, se pagan diez euros y no hay que dar ningún tipo de razón para dejarlo en la perrera. El dinero no se paga además en el momento, sino a través de un giro posterior. Vamos, que abandonarlo es gratis, a pesar de las más timoratas que tímidas objeciones que algunas Administraciones han comenzado a mostrar, como en Mérida, donde desde 2012 «el dueño ha de dar razón de por qué se deshace de la mascota». Son solo ejemplos: el percal es parecido en toda la geografía patria.

Abandonar sale gratis y matarlos también. Y maltratarlos. No estaría mal repasar a Joaquín Sabina y Chavela Vargas: por aquello de que ser valiente no salga tan caro y que ser cobarde no valga la pena.

Llega el verano y se multiplicarán los abandonos: perros a los que nadie quiere y que todos obvian. O casi. Porque cada causa tiene sus quijotes y hasta los perros tienen coloquios en manos de Cervantes. Pero también a ellos pueden preguntarles qué es una vida perra: a Berganza y Cipión, que tuvieron amos en Sevilla, Córdoba y Granada, y a los que el manco de Lepanto dio voz en una de sus Novelas ejemplares. Vida perra que no cesa porque, cinco siglos después, España sigue como era.

Pastor alemán que cuidó una finca hasta que se hartaron de él y lo echaron a la calle. Murió en ese descampado tras varios meses famélico. Esta foto es de septiembre de 2014.
Pastor alemán que cuidó una finca hasta que se hartaron de él y lo echaron a la calle. Murió en ese descampado tras varios meses famélico. Esta foto es de septiembre de 2014.

Todas las todas las fotografías han sido realizadas y cedidas por voluntarios de Auxilio a los animales de Campohermoso.


¿Cuánto vale la vida de un animal?: «Personality goes a long way»

Fotografía: Stuart Caie (CC).

Es raro que la actualidad brinde a los aficionados a la filosofía moral la oportunidad de movilizar sus oscuras pasiones, pero el caso de Excalibur, el perro potencialmente afectado por ébola tal vez sea una de ellas. A pesar de que —notablemente, en relación con la tauromaquia— el debate sobre los derechos de los animales sale de forma recurrente a la escena pública, en la historia reciente de nuestro país nunca se había puesto tan de relieve la posibilidad de que exista un conflicto entre la vida humana y la de un animal.

Ridiculizar la expresión pública de ciertas posiciones «animalistas» es bastante sencillo y cuesta bien poco, posiblemente porque hasta el momento no ha habido una articulación de sus planteamientos coherente dentro del debate público en España. Sin embargo, el laberinto sobre el estatus moral de los animales, y por extensión el de los humanos, es muy oscuro (una revisión aquí  ) y es fácil perderse en él (el catedrático de filosofía Jesús Zamora Bonilla escribió hace tiempo una serie defendiendo el toreo con ideas que merece repasar: IIIIIIIV, para ver las sutilezas del problema). En este artículo intentaré articular por qué la crítica especista de la ética estándar tiene sentido y cuáles son sus límites. Además, propondré un marco para estructurar el debate.

¿Qué hace a los humanos únicos desde el punto de vista moral? Había una época en la que esta era una pregunta sencilla de responder. La metafísica cristiana, o de inspiración cristiana, como la de Descartes, nos sugería que los humanos teníamos un alma inmaterial, y del alma pendían la voluntad y el sentido moral; los animales en cambio carecían de ella. El dualismo mente-cuerpo es hoy una filosofía desacreditada bajo el influjo de la ciencia moderna, que ha sido reemplazada entre los filósofos por alguna variedad de funcionalismo  o monismo. Hoy sabemos que los estados cerebrales afectan a los estados psicológicos, que la fisionomía y la psicología están íntimamente ligadas y que las depresiones se pueden curar con medicación. Todo esto hace difícil sostener la existencia de un alma inmaterial.

Esto ha llevado a las ciencias cognitivas a descubrir que las diferencias que existen a un nivel físico y biológico entre los humanos y otras especies son en realidad mucho más pequeñas de lo que creíamos. Por ejemplo, es posible que, para una definición razonable de intencionalidad, muchas otras especies tengan alguna forma de ella. Todo esto nos deja una muy fea conclusión para nuestra intuición moral de que los seres humanos tenemos un claro estatus de superioridad moral frente al resto de especies.

Si el lector no está aún persuadido de lo insatisfactorio de la ética simplemente basada en el sentido común, vale la pena mirar esta idea con un poco de perspectiva histórica. El filósofo Peter Singer revolucionó la filosofía moral moderna cuando planteó en su Expandiendo el círculo una perspectiva evolucionista de la ética. Desde su punto de vista, las sociedades humanas habríamos evolucionado hacia una mayor complejidad para actuar de forma cada vez más inclusiva, cada vez más compleja y, desde ese punto de vista, la extensión del reconocimiento moral (el «círculo de reconocimiento») es una ventaja moral evolutiva. Habríamos por tanto ido desde incluir solo personas de nuestras familia, miembros de la misma tribu, de la misma comunidad, el mismo país, hacia las mujeres, hacia los esclavos y finalmente hacia alguna concepción más o menos universalista de los derechos «humanos». En retrospectiva, estas extensiones nos parecen de cajón, pero es importante subrayar que en el origen no lo eran en absoluto. El paso siguiente parece obvio: el reconocimiento de cierto estatus moral para los animales, y en particular para los grandes simios que, por su cercanía evolutiva, probablemente tienen facultades cognitivas (para sufrir o sentir) no muy distintas de las de los humanos.

Estamos, como anticipamos, en un laberinto en el que las personas con una cosmovisión materialista —por oposición a animista o espiritual— necesitamos encontrar una forma de reconstruir nuestras intuiciones morales de una forma que sea compatible con esa cosmovisión. Empezamos el artículo con la promesa de una propuesta para estructurar el debate y aquí va: la forma razonable de entender la ética es como una forma de emotivismo moral, basado en la empatía. El argumento es como sigue: los humanos tenemos capacidad de empatizar, («ponernos en la piel de») de otros seres, una capacidad emotiva que hemos desarrollado gracias a muchos condicionantes y que normalmente disciplinamos gracias a nuestro raciocinio. Esta capacidad de empatía es precisamente el «círculo expansivo» del que habla Singer: nuestra capacidad para considerar a cada vez más seres como nuestros iguales no ha hecho más que crecer evolutivamente. Lo que hace acreedores a otros seres de reconocimiento es la empatía que hemos desarrollado, intersubjetivamente, hacia ellos. Esto es en esencia una reinterpretación «naturalizada”» del imperativo categórico kantiano o el argumento del velo de la ignorancia rawlsiano, como la que plantea el matemático Ken Binmore , donde conseguimos resolver el problema del perímetro en el que se puede incluir.

Entender la ética así puede plantear ciertos problemas internos a las concepciones morales establecidas. Si lo que rige las convicciones morales es la capacidad, subjetiva, de empatizar o simpatizar, entonces es necesario olvidarse de ningún tipo de absoluto moral externo universalmente aplicable. En particular, es imposible no tomarse en serio los afectos personales de cada uno como algo que debe tenerse en cuenta, una idea que ha sido defendida recientemente por el filósofo Stephen Asma en un libro con un título muy provocador Against fairness. Este sistema de gradaciones morales puede llegar a ser problemático, porque pone sobre la mesa la posibilidad de que no todas las vidas merezcan la misma consideración. Pero, nos replicaría Asma, se trata de un hecho real en la vida: todos damos más valor a nuestros amigos cercanos que a los desconocidos; reaccionamos de forma distinta cuando muere en un accidente aéreo un nacional que un extranjero, o consideramos de forma distinta las desgracias ajenas según lo cercanas que nos queden. Lo único que estaríamos haciendo es traer los criterios que rigen este tipo de afectos dentro de la discusión.

Si traemos un criterio de este tipo al problema del estatus moral de los animales, el caso de Excalibur es especialmente interesante porque posiblemente los animales de compañía son las especies hacia las que los humanos desarrollamos mayor simpatía. Los dueños de gatos o perros desarrollan relaciones de empatía y de interacción directas con ellos, se sienten unidos a ellos de una forma muy cercana a como lo harían con muchos seres humanos. Como diría Samuel L. Jackson en Pulp Fiction «los perros tienen personalidad, la personalidad debería contar». No parece entonces del todo descabellado que desde su perspectiva estos animales merezcan algún tipo de reconocimiento moral.

Todo esto nos sitúa en las incómodas coordenadas de las zonas grises, donde nuestra intuición moral parece indicarnos que las vidas humanas merecen una consideración mayor que las de otras especies, pero donde, a la vez, la posición según la que existe una ruptura tan radical de la continuidad de la topología moral entre especies parece difícil de sostener. Entre ambos puntos, existe un compromiso de posturas en cuya identificación posiblemente debe situarse el debate.


Julio Valdeón Blanco: Duke

En una revista llena de retratos, a uno sólo le puede dar por escribir otro más. Hay algo olímpico en la necesidad de medir tus semblanzas con las del vecino, como cuando de adolescentes meábamos contra los adoquines por comparar. Dado que esta sección va de estadounidenses, propuse a los editores una lista. Se me cayó la pierna de Angelina Jolie. No por añeja su fotografía durante los Oscars, que también, sino porque a estas alturas será ya puro hueso. El muslo de la guapa es el equivalente estéril de aquel increíble hombre menguante al que acechaba su gato. Una pierna de Ava Gadner daba para varias canciones de Sinatra. Sin embargo un calcañar, por mucho glamour que atesore y muy emparentado que esté con Brad Pitt, no sirve para montar una pieza. Barajé nombres. ¿Obama? ¿Mitt Rommey? ¿Jon Stewart? ¿David Simon? ¿George Clooney? Un correo electrónico me informó que Duke, el perro que vivió en casa tres años y medio, había fallecido. Murió durmiendo, de puro viejo, con el corazón cansado de latir mientras soñaba con costillas. Una semana antes el veterinario sentenció que estaba como un toro. En fin, qué mejor personaje para abrir la sección a ladridos. Y claro que he valorado el riesgo. En España, desde que perdimos a Umbral, sólo escribe de su mascota Antonio Burgos. En el memorial literario de cuadrúpedos late una pulsión hiperglucémica. Mala poesía al trasluz de un costumbrismo fofo. Todos conocemos, aparte, los casos de psicópatas, amantes de los gatos y las ballenas, que lloraban con el canto de los ruiseñores minutos antes de volarle los sesos a un semejante. Luego he caído en la cuenta de que también Andrés Trapiello ha hablado de su perra, y eso inclinó la balanza. Comprenderé que muchos dejen de leer aquí. Angustiados por el lirismo oscuro de la crisis y su mitología de hombres malos no están para el perro neoyorquino de un columnista, pero qué quieren, la sección arrancará mejor con un peluche irisado en mitad de la niebla.

Hará tres años el maestro Raúl del Pozo hablaba del cão de aguas portugués que Edward Kennedy regaló a los Obama. Tras desear que la maldición que perseguía a Edward no lastrara la presidencia, citaba una reflexión de Lord Byron sobre el perro, al que había definido como «una criatura bella sin vanidad, fuerte sin insolencia, valiente sin ferocidad, con todas las virtudes del hombre y ninguno de sus defectos». No parece el retrato de Duke. Bello a su cubista manera o fuerte sin insolencia sí era. Cariñoso, juguetón e inteligente, también, pero dado que no milito en un romanticismo tardío añadiré que era glotón como una hiena y maloliente cual mofeta. Perro de caramelo, dulce, sedoso, llegó con los vicios de la calle incorporados, la obstinación de una mula, que por otro lado parece consustancial a la raza, y un hambre que lo llevaba a devorar, a pesar de nuestros gritos, cientos de servilletas, de esas que desparramadas por los adoquines drapean las calles de Harlem. Con un apetito complicado, nervioso, feroz, incluso comía nieve, abriéndose camino como los comecocos de nuestra infancia. Hablo de grandes cantidades de nieve, no de pellizcos. Que yo sepa, pocos animales pueden zampar nieve y no morir en el intento. Los camellos del Gobi y Duke entre ellos. De poco servían nuestras protestas.

De origen francés, cuentan que Lafayete le regaló un ejemplar de basset-hound a George Washington. La raza fue reconocida en EEUU en 1835. Leiber & Stoller le dedicaron un glorioso tema, Hound dog (hay otros, aparte el basset, pero ninguno tan icónico). La cantó, primero, la rotunda Big Mamma Thornton (producida por Johnny Otis, que por cierto falleció hace unas semanas y tiene en su pechera el mérito de haber descubierto al inolvidable Jackie Wilson de Higher and higher y, en buena medida, a la gran Etta James). Fue popularizada cuatro años más tarde por Elvis Presley, con una afilada versión, añado, que solo los listillos calificarán como inferior. Otro que celebró al basset-hound fue Neil Young en Old King, su perro. Mucho antes Shakespeare, en El sueño de una noche de verano, habló por boca de Teseo para describir la raza en estos términos: «Mis sabuesos son de la raza de Esparta; tienen ancha la garganta y rojo el pelo; sus orejas colgantes barren el rocío de la mañana; tienen las piernas arqueadas y una papada como los toros de Tesalia. Son lentos en perseguir, pero sus ladridos parecen tañidos de campana. Nunca en Creta, Esparta o Tesalia dieron las trompas señal de un concierto más armónico. Juzgadlo cuando lo oigáis». El ladrido de Duke poco tenía de campana. Su comportamiento tampoco recordaba al de los trescientos que lucharon bajo Léonidas. Duke prefería retar perros pequeños, deglutir nuestra comida, incluidas los hojas de lechuga o mondas de manzana que cayeran al suelo cuando cocinabas, corretear, poco, y sobar enrollado sobre un cojín en el suelo. Sería estúpido atribuirle rasgos líricos o tirar de ñoños panteísmos. Le valía con un hueso del Kentucky Fried Chicken para amueblar su jornada y esta no tenía otro fin que zampar huesos y mover la cola, cuando buscaba nuestra compañía, que era siempre. No soportaba la soledad. Su presencia era la de un angelote sucio y bueno, imposible de malear porque carecía de bilis. Era turbador mirarle a los ojos, esos ojos grandes, de almendra u oro maduro. Te purgaba de maldades. Allí, en el lago ocre de unos iris inmensos, solo encontrabas una ansiedad de amor, una ternura desalada de envidias, una complicidad que cuesta encontrar entre nuestros conocidos. Lo mejor de asistir a una fiesta en el East Village, atiborrada de artistas con el ego de la mano como un globo hinchado con pedos, la mejor terapia para la rueda de vanidades, era saber que volverías a casa y encontrarías a un ser enemistado con la pedantería, que no preparaba performances ni teorizaba sobre el revival postsituacionista en el cine navajo.

Lo habíamos encontrado en la Quinta Avenida, entre las calles 125 y 126. Veníamos de pasear con nuestra perra, Princess, una hermosa mezcla de labrador y chow a la que adoptamos incluso a pesar de su nombre, tan cursi. Princess comenzó a ladrar y entre los coches aparcados descubrimos un basset-hound a la carrera. A esa hora servidor tenía que enviar un artículo. Ya no recuerdo de qué iba. Sí que pocos días antes había trabajado en un reportaje, inédito, sobre las perreras de Nueva York. Cargaba con la mala conciencia de unos pasillos tristes, amarillos, enfermos, solitarios, donde unos perros caídos enfilaban la inyección letal a pares. Los anglosajones aman a sus mascotas pero la sobreabundancia implica catástrofes y soluciones poco compasivas. Ante la certeza de que, viejo como parecía, iba a durar lo que un filete en la boca de un cocodrilo, actuamos. Acorralado Duke entre dos coches, junto a la Avenida Park, solicité a un joven aguerrido que tratara de uncirlo con el cinturón de mi chica. Lo hubiera hecho yo pero, más teórico que valiente, prefiero delegar los trabajos heroicos, no fuera a comerme una mano y tuviera que teclear en adelante con un garfio. De vuelta a casa el redactor jefe me preguntaba por el artículo. No me atrevía a explicarle que iba con retraso por culpa de un perro. Los redactores jefes son tipos duros que se cabrean como monas cuando tardas en desovar la pieza. Más por cuidar su fama de sargentos en She wore a yellow ribbon que porque necesiten de tu escritura.

Huérfano de hijo, como el citado Umbral decía que vivió su madre. Así me siento al recordar a un animal al que trato de no antropomorfizar. Me lo impide, aparte la profilaxis intelectual que procura leer a Arcadi Espada y Sánchez Ferlosio, el recuerdo de sus meadas. Unos orines pantagruélicos. De poeta en Isla Negra que descorchara un canto general sin tan siquiera levantar la pata. Meaba Duke en la acera. Contra el tocón de un árbol radioactivo. Sobre el césped y sobre las meadas antiguas, fétidas y legendarias de otros perros. Hasta aquí, bien. Después meaba en casa. Nunca supimos si el gusto por inundarnos provenía de una infancia dickensiana, en la que sus primeros dueños pasaron de educarlo. O si actuaba como el perro de Haile Selassie, aquel que miccionaba en los zapatos de los chambelanes porque se sentía vagamente aristocrático. Iba por la vida imbuido de la prerrogativa de regalar pises por derecho divino. Como ese augusto yerno que en España puso el cazo con la displicencia con la que María Antonieta llenaba su bacinilla, convencidos ambos de que la servidumbre limpiará el estropicio. Dado que en Harlem las casas suelen inclinarse hacia un costado, igual que barcos a punto de naufragar, sus pises corrían de un lado al otro del salón en un festival que solía encontrarnos con el rollo de papel en una mano, la lejía en la otra y el insulto desplegado en la lengua, mientras el muy peludo corría a esconderse bajo la mesa donde les echo esta carta. Las pruebas veterinarias descartaron una lesión de riñón o vejiga. Al susurrador de perros que contratamos lo despedimos el primer día. Más que educar al chucho quería enchufarnos una vaga lección de psicologismo homeopático. A solas con los charcos, acabamos por tomarlos como un merecido castigo a nuestro exagerado complejo de gente buena. A la naturaleza no hay forma de reeducarla. Justo cuando creías que se había ganado la condicional llega y te mea en los morros. Sin embargo no fueron las meadas sino mi alergia la que dictó sentencia. De pelo corto y duro, baboso y meón, Duke me exacerbó una tos bronca. Que sólo había experimentado antes en compañía de gatos. Sobreviví tres años gracias a los antihistamínicos y una cabezonería que si no fuera por el discontinuo amor que me profeso bien podría definir como rayana en la oligofrenia. Hasta que la tos derivó hacia un asma incipiente. Entre sus proteínas sulforosas y mis cigarrillos cancerígenos, o viceversa, no quedó otro remedio que buscarle casa. Encontramos una a casi tres horas de la ciudad. En la montaña. Junto a otros quince o veinte proscritos adoptados por una bendita pareja que ha hecho de su hogar un manicomio donde conviven los animales que nadie quiere, forajidos de mil familias que aullan en un revoltijo de mantas, paseos al atardecer y suicidas persecuciones de ardillas.

A nuestro apartamento, al fin limpio, le falta desde entonces el hocico de un basset-hound golfo, enmudecido como una fiesta abortada o una playa en invierno. Diría que la misma playa en la que nos encontraremos si creyera como Terrence Malick en un más allá oceánico. Como no quiero o puedo, me conformo con repetirme que debo imprimir una foto suya. Muchos asumirán que como él hay millones, que basta con acudir a la perrera o a una tienda para sustituirlo. Se equivocan. Puedes comprar películas, lotería, emisoras de radio, presidentes de diputación, muñecos en un bazar chino, concejales de urbanismo, futbolistas bahianos, jueces y fiscales, camisetas absurdas, lámparas de mesa, teléfonos vintage y más concejales. Otro Duke, no. Criatura fantástica, más cerca del grifo o la quimera, medio hipopótamo medio gorrino, añoro a ese familiar improbable, compañero fiel, un poco pelota, nunca envidioso, que nos salvaba a diario de la pena. Casi hasta añoro el hedor a orines. Casi.


WE3

Grant Morrison, Frank Quitely y Jamie Grant
Planeta de Agostini, 2005

En manos de otro, la idea que ocupa la historia de WE3 parecería una chaladura impracticable; saliendo de Grant no sólo parece adecuada (ya es habitual en él las reinvenciones y los experimentos con las ideas más rompedoras en el medio), sino que se convierte en una obra altamente recomendable. Por hacer un poco de “narrativa inversa” en la explicación de lo que es WE3, el autor tomaría dos historias típicas y tópicas para este espectacular cóctel: por un lado, las aventuras de animales perdidos en el campo que quieren volver a casa, marca Disney y similares; por el otro, las películas de acción estilo “proyecto gubernamental ultrasecreto de cyborg asesino que se descontrola completamente”, como Soldado Universal. El resultado es una historia nueva y bien tallada que, a partes iguales, entretiene y hace reflexionar. A los que ya hayan leído de esa otra obra maestra que son sus números de Animal Man no les extrañará la temática ni el tono (Morrison siempre ha sido un declarado defensor de los derechos de los animales). En la parte gráfica Quitely está inconmesurable, impresionante. No solamente dota a la historia de la cinematicidad tan característica a la que ya nos tenía acostumbrados que hace de la historia una aventura trepidante de principio a fin, sino que además narra algunas escenas con peculiar creatividad e impacto a los ojos del lector. Remarcables, por ejemplo, las seis páginas en las que narra una escena en particular, a través de monitores de cámaras de seguridad, usando sus imágenes como viñetas. Alucinante, también, la forma de usar otros elementos del escenario para “enviñetar” perspectivas o usar viñetas dentro de viñetas. O incluso alterar sus posiciones y ángulos para dar dinámica y alteración de la sensación de tiempo. En resumen, un trabajo excelente que debería aumentar las adopciones de perros y gatos abandonados con su mera lectura.

Cuidado con el pato, que es el kill-all-humans de los tres. Muérete de envidia, Bender

¿Homenaje o casualidad? Un broche curioso para esta reseña: en 1965, en Japón se publicó un manga (junto con la serie de anime de la misma) llamado Los Tres Espaciales o Wonder 3 (o W3), del maestro Osamu Tezuka. Además de coincidir en abreviatura para el título, tres de los protagonistas también eran animales –conejo, pato y caballo, en este caso— si bien la trama era completamente distinta a la planteada por Morrison. Aquí, nuestros tres simpáticos amigos eran alienígenas disfrazados con poderes especiales que habían adoptado esas formas para poder observar y juzgar a la raza humana, permitiéndoles continuar con su desarrollo o frenándolo bomba anti-protones mediante. Vamos, otra “inofensiva“ fauna bastante bien armada.

Es posible que las coincidencias sean menores pero también desde Vértigo se publicitó como una especie de “manga occidental”. Y sin embargo la de Tezuka podría no ser la única referencia homenajeada –o parodiada, ahora— en tanto que Morrison también ha dejado caer implícitamente que sus simpáticas creaciones bien podrían ser los precedentes del Proyecto Arma Plus del que salió Lobezno, siendo éste el décimo (Arma X) y el trío de peludos cyberarmados, algunos de los anteriores.