Novak Djokovic, Sofia Kenin y casi todo lo que nos dejó el Open de Australia 2020

Por extraño que parezca, ni Djokovic ni Federer ni Nadal habían remontado nunca una final de Grand Slam en la que estuvieran dos sets a uno abajo. Parte del misterio está en que esos partidos los habían jugado entre sí, pero el dato no deja de ser sorprendente. Después de hacerse con el primer set con cierta suficiencia (los tres primeros juegos recordaron a los de la final del año pasado contra Nadal), Djokovic se vio en la misma circunstancia que contra Wawrinka en Roland Garros 2015 y el US Open 2016: cada vez más empequeñecido y sin más recurso que defenderse ante los golpes contrarios.

Y es que Thiem golpeaba de lo lindo: de derecha y del revés. Siempre buscando la profundidad más que el ángulo. Bolas largas, potentes, que imposibilitaban el contraataque y mantenían al serbio metros detrás de la línea de fondo, donde más incómodo juega. Todo parecía preparado para la primera victoria de Grand Slam de un tenista nacido en los noventa (estamos en 2020), más aún cuando Thiem tuvo bola de break sobre el servicio del serbio con 1-1 en el cuarto set. Sin embargo, Novak resucitó. Sea por los batidos mágicos de su preparador o sea porque Thiem llevaba ya dos partidos seguidos de cuatro horas en las piernas, pero el partido se dio la vuelta por completo y Djokovic entró en ese trance habitual en los momentos decisivos: ni una bola fallada, ni un golpe mal pensado, ni un signo de fatiga.

Thiem perdió, sí, pero perdió con la cabeza bien alta. Como dijo el campeón en la entrega de premios, el austríaco fue el mejor sobre la pista. Puede decirse que el relevo generacional se alarga y por supuesto es cierto: trece grandes consecutivos se han repartido Djokovic, Nadal y Federer para un total de cincuenta y seis. Sin embargo, la competencia ya está ahí. Como Medvedev en el US Open, Thiem luchó hasta el último punto y no se limitó a felicitarse por haber llegado ahí. Fue en general un gran Open de Australia. Intentaremos resumirlo lo mejor posible:

1. Empecemos por el campeón, por supuesto. Diecisiete torneos del Grand Slam para Djokovic, ocho de los cuales han llegado en Australia. Obviamente, es un récord y no parece el único que pueda caer este año. Este lunes ha empezado su semana doscientas setenta y seis como número uno del mundo, es decir, diez menos que Pete Sampras y treinta y cuatro menos que Roger Federer. ¿Puede alcanzarlo este mismo año? Dependerá de Rafa Nadal. El resto está muy, muy lejos todavía. No tuvo el más difícil de los cuadros, pero lo solventó con una suficiencia espectacular hasta la final y esa supuesta deshidratación. Alguien en Twitter lo comparó con un robot. Puede. A veces parece una máquina perfecta, desde luego, pero no exenta de genialidad. Aparte, esa capacidad de resistencia… envidiable. Sabe que está compitiendo a la vez contra el rival y contra la historia. Y no está dispuesto a rendirse nunca.

2. ¿Cómo queda el debate de quién es el más grande de todos los tiempos? Animado. Si no fuera por el gluten y por Pepe Imaz, me temo que no habría dudas en cuanto a resultados. Esos dos años de respiro que se tomó el serbio entre Roland Garros 2016 y Wimbledon 2018 le han hecho mucho daño estadístico. Es difícil pronunciarse en términos absolutos sobre una cuestión subjetiva: habrá quien considere que la belleza del juego de Federer es inigualable o que la consistencia y la competitividad de Nadal le colocan en lo alto del ranking histórico. Nadie podría decirles nada. Los aficionados a Djokovic, por su parte, pueden citar los siguientes hitos: el serbio ha ganado los cuatro torneos del Grand Slam, los nueve Masters 1000 y las ATP Finals. Es el único en haberlo hecho. Llegó a ganar los cuatro grandes de forma consecutiva y tiene el H2H favorable con sus dos rivales. En lo que llevamos de década (2011-2020) ha ganado dieciséis Grand Slams por diez de Nadal y cuatro de Federer. En cuanto a semanas en el número uno desde 2011, el registro es abrumador: doscientas setenta y seis para Nole, ciento treinta y siete para Rafa y veinticinco para Roger. Hablar de «Big 3» en términos históricos tiene sentido. Si cerramos más el foco, llevamos diez años de dominio serbio con meritorias excepciones.

3. Si alguien parece decidido a romper ese dominio, ese es sin duda Dominic Thiem. Reconozco que siempre he tenido dudas sobre el austríaco. No ya sobre su condición de jugador de élite sino sobre su capacidad de disputar grandes. Lleva ya tres finales y el disparo cada vez queda más cerca del objetivo. Se ve que no es un Wawrinka sino un Andy Murray, es decir, necesita tiempo. Su torneo fue formidable, sobre todo teniendo en cuenta que tuvo que enfrentarse al número uno del mundo en cuartos (Nadal), al siete en semis (Zverev) y al dos en la final (Djokovic). No llegó ahí por casualidad y su tenis fue de un nivel altísimo, tanto al saque como al resto. Ese revés a una mano es una auténtica gozada y cuando lo hace paralelo es incontestable. Con todo, va a cumplir veintisiete años en breve. No puede seguir esperando mucho más tiempo. Muchos le dan ya como favorito para Roland Garros, pero eso parecen palabras mayores.

4. ¿Por qué? Porque Nadal y Roland Garros es un matrimonio demasiado unido. Thiem derrotó por fin a Rafa en un Grand Slam y lo hizo a lo grande, con un juego sensacional. ¿Bastará eso para derrotarlo en París tras dos finales consecutivas perdidas? Difícil saberlo. El periodista Pepe Rodríguez apuntaba recientemente en su podcast que Nadal «ya no dominaba» y que por tanto había entrado en su crepúsculo. No puedo estar de acuerdo. No por perder en cuartos de final de Australia contra un jugador tan bueno como Thiem. Mucho menos por los resultados de la cosa esa llamada ATP Cup de la que hablaremos más tarde. Nadal sigue siendo el campeón vigente de Roland Garros y del US Open y no es número uno del mundo por trescientos puntos. Hizo el torneo que tenía que hacer: ganó bien a los que tenía que ganar bien y llevó al límite al primero que encontró a su nivel. Hay que tener en cuenta que en dieciséis años disputando el Open de Australia, Nadal solo ha ganado el torneo una vez. No creo que esta derrota le afecte demasiado.

5. Por cierto, justo antes del partido de cuartos contra Thiem, Nadal tuvo que enfrentarse a Nick Kyrgios en octavos y se montó el habitual revuelo. Pocas veces he visto en deporte una rivalidad tan absurda en la que siempre gana el mismo. Kyrgios es un buen jugador, un top 25 que podría llegar a top 10 si se centrara. Punto. Toda esta atención mediática en torno a él ni le hace bien al deportista ni al deporte. Estoy harto de oír «podría llegar a ganar un Grand Slam» cuando hace años que no juega ni cuartos de final. No tiene el tenis suficiente. Su saque es muy bueno y de vez en cuando se saca alguna genialidad de la manga, pero ni le da el físico ni le da el revés ni es consistente con su derecha. En vez de pedirle milagros, aprendamos a quererle como lo que es: un buen jugador, ya digo, llamativo, punto.

6. Aparte del Nadal-Thiem, el otro gran partido de cuartos de final fue el Federer-Sandgren, en el que el suizo levantó siete match points para acabar pasando a semifinales medio cojo. Ya había hecho algo parecido en tercera ronda contra John Millman, cuando se vio 8-4 abajo en el super tie-break y acabó ganando seis puntos consecutivos. Por muy optimista que quiera ser con respecto al torneo, no puedo evitar ver lo de Federer con cierta resignación y bien sabe Dios que nadie le admira tanto como yo: que un tío de treinta y ocho años y medio, sin un solo partido de preparación porque había empezado tarde los entrenamientos debido a una gira eterna por Latinoamérica, en un estado físico deplorable, se plante en semifinales de un grande y encima lo haga solo con una pierna, no es buena señal para el tenis. De acuerdo que su cuadro fue cómico y que no se enfrentó a nadie mínimamente peligroso, pero eso no es culpa suya sino de sus rivales. ¿Dónde estaban los cabezas de serie de su lado? Perdiendo contra el número 100 del mundo. 

7. En cualquier caso, es curioso lo de Roger. Puede que esta sea su última temporada y tira de esta manera el primer grande, justo el único que ha ganado dos veces en los últimos siete años. Él sabrá por qué, ya es mayorcito. La gira con Zverev no le sentó nada mal al alemán, pero es que el alemán tiene veintidós años. A la edad del suizo, ganar un grande depende de una preparación exquisita. Se pasó noviembre jugando exhibiciones mientras los demás descansaban y se ha pasado diciembre y enero intentando volver a coger el ritmo de entrenamiento mientras los demás ya empezaban a competir en la ATP Cup. Así es muy complicado.

8. Por cierto, gran torneo de Zverev. Por fin. Cuánto queremos a Alexander Zverev cuando se concentra y deja de encadenar dobles faltas. Hay que recordar que hablamos de un chico de veintidós años que ya ha ganado tres Masters 1000 y unas ATP Finals. Ahora, por fin, puede añadir a su palmarés unas semifinales de Grand Slam y muy merecidas, sin apenas pasar apuros hasta esa ronda y presionando a Thiem hasta donde pudo. Tengo la sensación de que cuando gane su primer grande, el resto vendrán en cascada. Lo sorprendente, además, es que ya nadie contaba con él después de la ATP Cup tan desastrosa que se había marcado, con Boris Becker desesperado y su padre llorando. Así es el tenis. Cambia de un momento al otro.

9. Buen momento para reflexionar sobre la polémica ATP Cup- Davis Cup. Efectivamente, no tiene sentido que haya dos competiciones por equipos casi idénticas y que además se celebren con dos meses de distancia una de la otra. Una desaparecerá. Y tiene pinta de que será la Davis. O tendrá que volver al antiguo formato, eso ya no lo sé. La ATP Cup tuvo más o menos los mismos nombres pero el enorme atractivo de las fechas: jugar en noviembre, con todo el pescado vendido, es saturante. Jugar en enero, después de las vacaciones, da mucho juego mediático y puede anticipar tendencias para el año entrante. Aparte, tengo la sensación de que la ATP juega con mucho más margen económico que Piqué a la hora de afrontar pérdidas. Eso y un continente volcado. No es poca cosa.

10. Thiem y Zverev dieron el paso adelante. Bien por ellos. ¿Quiénes no lo dieron? Sobre todo, Tsitsipas, Berretini y en menor medida Medvedev. Lo de Berretini era esperable hasta cierto punto porque su aparición fulgurante en el US Open del año pasado no puede ocultar que el resto de su carrera hasta el momento no ha sido precisamente despampanante. Tsitsipas, campeón de las ATP Finals, se la pegó en la ATP Cup, con broncas y raquetazos de por medio. A todos nos gusta su competitividad y su inconformismo, pero incluso eso hay que gestionarlo bien. Cayó en tercera ronda contra Milos Raonic y además cayó sin oponer resistencia alguna. En cuanto a Medvedev, perdió en octavos contra Wawrinka. No es un resultado deshonroso, pero es que en torno al ruso se han creado unas expectativas algo desmesuradas. No faltó quien dijo que se había convertido en el mejor jugador del mundo. Puede serlo algún día, pero estamos en lo mismo que hace cinco meses: o mejora el saque y la derecha o seguirá siendo una moneda al aire. El hecho de que no haya ganado un solo partido a cinco sets invita a preocuparse por su resistencia mental y física.

11. En cualquier caso, más me preocupa Felix Auger-Aliassime. Llevamos años oyendo maravillas de él y poco a poco, aún adolescente, jugando torneos menores ante rivales menores, consiguió colarse en el top 20. Una vez llegado, le quedaba mantenerse, pero no lo está consiguiendo. Sus resultados en Grand Slam son muy deficientes para alguien llamado a ser un dominador del circuito. No le vamos a pedir que gane el Open de Australia con diecinueve años pero sí habría que exigirle que le gane a Ernests Gulbis. Está muy perdido y habrá que ver cuándo se encuentra. 

12. Acabamos con las decepciones: Denis Shapovalov pasó por algo parecido a lo que está pasando Aliassime hace dos años. Aún tiene veinte, así que es insultantemente joven. En la ATP Cup jugó de maravilla, dando continuidad a un esperanzador final de la temporada 2019 y convirtiéndolo en uno de los candidatos a llegar lejos en Melbourne, más que nada porque su cuadro era relativamente sencillo (solo Federer como rival serio hasta semifinales y este Federer, además). Sin embargo, perdió en primera ronda, totalmente desquiciado, ante Márton Fucosvics, número 67 del mundo. Me habría gustado mucho ver a Alex de Miñaur pero hizo la clásica jugada de novato de lesionarse en el intrascendente torneo anterior a un Grand Slam. Aprenderá.

13. Dejemos de lado las decepciones: qué bien pinta Andrei Rublev. Parecía que iba a quedarse en nada después de esa sorprendente eliminatoria de Copa Davis contra España cuando tenía diecisiete años, pero ya le tenemos entre los quince mejores del mundo. En Australia, hizo lo que correspondía: pasó tres rondas ante rivales inferiores y acabó perdiendo en octavos ante Alexander Zverev. Tarkovski estaría orgulloso. Tiene pinta de que esto no va a acabar aquí y pronto le veremos como top ten.

14. Una de veteranos que no se rinden: Milos Raonic, como siempre, apareció de la nada en Australia y se metió en cuartos de final. Qué jugador más difícil de catalogar. Va a cumplir treinta años y ha pasado por todas las lesiones posibles, pero es junto a Juan Martín del Potro, el gran «¿y si…?» del tenis de este siglo. Finalista en Wimbledon en 2016, nunca ha conseguido enganchar un año entero de salud y tenis. Solo Djokovic pudo pararlo, aunque lo hizo en seco, eso sí. Enorme mérito el del canadiense, enorme mérito el de Marin Cilic, que durante tres rondas recordó al campeón del US Open y finalista en Londres y Melbourne… y enorme mérito el de Stan Wawrinka. Tiene treinta y cuatro años, ha ganado todo lo que tiene que ganar, jamás volverá a competir en serio por un grande, tuvo una lesión devastadora… y ahí sigue el tío, llevándose por delante a jovencitos como Medvedev y en cinco sets, además. Un ejemplo.

15. Acabemos el análisis al cuadro masculino con una mención al tenis español, vigente campeón de la Copa Davis y finalista de la ATP Cup. ¿Qué encontramos? A Rafa Nadal. Punto. Ni siquiera Roberto Bautista, que llegaba invicto a Melbourne, pudo pasar de tercera ronda. El siguiente es Pablo Carreño, que sigue cayendo en el ranking, y ya hay que recurrir a Fernando Verdasco, a sus treinta y seis años. ¿Dónde hay algo parecido al relevo? Jaume Munar, que va para los veintitrés, cayó contra el local Popyrin en segunda ronda; Alejandro Davydovich (veinte años) ganó en cinco sets a Gombos pero solo le pudo hacer siete juegos a Schwartzman en segunda ronda. Por último, Nicola Kuhn (diecinueve), la tercera gran promesa del tenis español, se tuvo que retirar lesionado en la primera ronda clasificatoria. En medio, el vacío.

16. Antes de entrar a analizar el cuadro femenino, un comentario meteorológico: no hubo serios incidentes de salud relacionados con los fuegos que asolaron buena parte de Australia durante la celebración del evento. Nadie lo habría jurado cuando el primer día de clasificatorias se tuvo que retirar Dalila Jakupovic por no poder parar de toser. Sé de qué va el negocio del deporte profesional y sé lo poco que se puede hacer, pero si los jugadores y jugadoras no se plantan ante escenarios así, no sé a qué esperan. Todo acabó bien, al parecer. De hecho, sorprendentemente, no se volvió a tratar el tema públicamente.

17. Vamos con las mujeres: el jueves 16 de enero, Garbiñe Muguruza tenía que retirarse del torneo de Hobart por unas molestias. El martes 21, tras perder 6-0 el primer set ante la estadounidense Shelby Rogers, se sentaba abatida en su silla y llamaba al médico. Todo pintaba a que ahí acababa el Open de Australia para Muguruza, número 32 del mundo, perdida durante un año y pico en la intrascendencia. Lo que vino después fue de guion de cine: la remontada ante Rogers, el triunfo ante Svitolina, la victoria ante Bertens y el tie break imposible que le ganó a Simona Halep en las semifinales… De repente, dos semanas después de estar acabada para la práctica de este deporte, Garbiñe Muguruza volvía a estar en la final de un Grand Slam, la cuarta de su carrera. Y, por supuesto, todo el mundo la dio automáticamente por ganadora.

18. ¿Por qué? Porque enfrente no tenía a Serena Williams, ni a Bianca Andreescu, ni a Ashleigh Barty ni a Naomi Osaka… sino a Sofia Kenin. ¿Cómo no le iba a ganar a Sofia Kenin? El ninguneo a la estadounidense fue absoluto, pero la estadounidense ya había dado muestras de que no era una rival como para andar con tonterías:  a sus veintiún años, había pasado en 2019 del número 50 del mundo al 15, derrotando en el camino a todas las grandes raquetas del circuito, incluyendo a Serena Williams en Roland Garros. Kenin es una excelente jugadora y lo demostró en la final, especialmente en los dos últimos sets, cuando se le pasó un poco el susto. Podemos darle todas las vueltas a las dobles faltas de Garbiñe o a ese 0-40 que desaprovechó con 2-2 en el tercer set, pero el mérito es de Kenin. Supo subir el ritmo, ahogar a su rival, moverla de lado a lado y no decaer nunca en el entusiasmo. Enhorabuena.

19. En cuanto a Garbiñe, lo de siempre: «Es que mentalmente…». Claro. Muguruza no es una luchadora ni tiene paciencia para aguantar meses y meses jugando partidos de tenis ni aguanta estoica cuando las cosas van mal. De hecho, lo mismo se tira otros tres años sin jugar una final de Grand Slam o no la vuelve a jugar nunca. Lo que me molesta de este tipo de comentarios es que parezca que lo hace a propósito. La mentalidad se trabaja, claro, como se trabaja el físico, pero si eres David Ferrer no vas a sacar a doscientos treinta kilómetros por hora y si eres Garbiñe no vas a luchar como Carla Suárez. Simplemente, no puedes. Por qué se mata a unas y se entiende perfectamente las limitaciones de otras (no lo digo por la pobre Carla, es solo un ejemplo) se me escapa.

20. En un circuito ingobernable, donde once jugadoras distintas se han repartido los últimos trece torneos de Grand Slam y nadie defiende su título con éxito desde Serena Williams en Wimbledon 2016, es difícil saber dónde empiezan y acaban las sorpresas. Por ejemplo, la propia Serena venía de ganar en Auckland muy cómodamente y se plantó en Melbourne como favorita de las casas de apuestas… todo para perder en tercera ronda contra la china Wang Qiang. Sigue su búsqueda del vigésimo cuarto grande, el que le permita empatar con Margaret Court-Smith. A sus treinta y ocho años, no tendrá muchas más oportunidades.

21. Por cierto, Martina Navratilova y John McEnroe se la jugaron a la organización portando una pancarta después de su partido de leyendas en la que pedían el cambio de nombre de la pista Margaret Court por «Evonne Goolagong Arena». Fue un gesto valiente por el que tuvieron que pedir perdón varias veces porque al fin y al cabo no dejan de tener demasiados compromisos con Tennis Australia, pero el mensaje quedó claro: que alguien con opiniones tan descarnadas acerca de la homosexualidad siga dando nombre a una pista tan importante es cuando menos debatible. Cada cual que piense lo que quiera.

22. Con Bianca Andreescu de nuevo lesionada (¿nos tendríamos que empezar a preocupar?), la atención mediática volvió a volcarse en «Coco» Gauff, que pronto cumplirá los dieciséis años y que demostró su valía derrotando de nuevo a Venus Williams, como en Wimbledon, y llevándose por delante también a Naomi Osaka en tercera ronda antes de claudicar ante la campeona Kenin en octavos de final, pese a ganar el primer set. Hay un cierto consenso en que Gauff es «the next big thing», pero yo, como siempre, prefiero ser cauto antes de ponerme a romper juguetes.

23. El torneo vio la retirada definitiva de Caroline Wozniacki y la parcial de Carla Suárez Navarro. La danesa deja el tenis después de un año de malestar indeterminado en el mismo torneo en el que consiguió su único grande en 2016. En una época en la que los deportistas alargan sus carreras hasta casi los cuarenta años, retirarse con veintinueve es casi una desgracia. La carrera de Wozniacki, precoz número uno del mundo, siempre pareció que no estaba a la altura de su talento. Como es habitual, la sobreexposición mediática no ayudó. En cuanto a la española, el adiós fue parcial porque afecta solo a Melbourne. Carla está en su última temporada como profesional y solo pudo pasar una ronda antes de caer ante la desconocida polaca Iga Swiatek. La esperamos en la tierra batida.

24. Los dobles siguen siendo cosa de veteranos: Joe Salisbury y Rajeev Ram ganaron el cuadro masculino, lo que convirtió al estadounidense  en el jugador que más intentos ha necesitado para ganar esta especialidad en un Grand Slam, dejando la cifra en cincuenta y ocho. El femenino fue cosa de Timea Babos y la francesa Kristina Mladenovic. El mixto se lo llevaron la gran especialista checa Barbora Krejcikova haciendo pareja con la croata Nikola Mektic.

25. En cuanto a los juniors, la gran noticia fue la victoria de la andorrana Victoria Jimenez, tanto por lo exótico de su nacionalidad como por su edad: apenas catorce años. El cuadro masculino fue a manos del francés Harold Mayot, que ya ha anunciado su voluntad de pasar cuanto antes a profesionales.

En definitiva, llega ahora la pausa habitual hasta los torneos de primavera de Estados Unidos y la posterior gira de tierra. Dentro de cuatro meses, cuando acabe Roland Garros, nos volvemos a leer. ¿Habrá dejado para entonces Juan Martín del Potro (1988) de ser el jugador más joven con un grande en su palmarés? Es un reto interesante. 


Rafa Nadal, Bianca Andreescu y casi todo lo que nos dejó el US Open 2019

Rafa Nadal gana la final masculina del  US Open 2019 frente a Medvedev. Foto: Corinne Dubreuil / Cordon.

Nadie contaba con la longevidad. Cuando veíamos a aquel chaval de diecisiete, dieciocho, diecinueve años dejándose las rodillas en la pista corriendo como si no hubiera un mañana, pensábamos que efectivamente sería así: que no habría un mañana, que esa manera de jugar le condenaría a estrella fugaz y le abocaría a una retirada temprana o al menos a un sensible bajón de sus prestaciones antes incluso que sus contrincantes de mayor edad.

No ha sido así. Por supuesto, Nadal ha tenido muchísimas lesiones. Rara vez ha conseguido completar un año entero sin ausencias en torneos clave. Eso no le ha impedido mantener la competitividad ni la regularidad. El chico que ganó Roland Garros con diecinueve años es el mismo veterano que acaba de ganar con treinta y tres el US Open. Su cuarto título en las últimas diez ediciones del torneo, justo el que le había sido más esquivo en sus primeros años de esplendor.

Ese dato es el ejemplo perfecto de la evolución de Nadal. Un hombre que, sobre todo desde la llegada de Carlos Moyà, sabe dosificar sus fuerzas y mantiene ese instinto salvaje para aprovechar las oportunidades. Con Djokovic, Federer y Medvedev en el otro lado del cuadro, su presencia como finalista nunca estuvo en duda y solo perdió un set en todo el camino, contra Marin Cilic. Una vez en la final, fue mejor y se sobrepuso incluso a la mística de Medvedev, un jugador extraño donde los haya con más vidas que un gato.

Nadal ha aprendido a no fallar y en este circuito con eso basta. Desde su derrota contra Gilles Müller en Wimbledon 2017 no se le recuerda sorpresa alguna en su contra. O victoria o retirada o derrota contra sus homólogos, es decir, Djokovic y Federer. Pasaron los tiempos de Fogninis y Pouilles. Justo en el momento en el que más incómodo se siente en la competencia directa —Djokovic le ha ganado sus nueve últimos partidos fuera de la tierra batida y Federer, los últimos siete— más cerca está de convertirse en el jugador con más torneos de Grand Slam de la historia, algo que muy probablemente se cumplirá el año que viene, a los treinta y cuatro.

Hagamos un repaso a este y otros aspectos que nos ha dejado Flushing Meadows en esta quincena:

1. Hasta cierto punto, hubo dos torneos: uno que duró hasta el domingo y no fue gran cosa y otro que se limitó a la final y fue apasionante. Cuatro horas y media de una calidad bastante razonable… aunque hubo un momento en el que todo apuntaba a tres sets facilillos para Nadal. Ni verse con dos sets y break abajo fue suficiente para que se rindiera Medvedev, un hombre con una capacidad competitiva asombrosa que se dio cuenta de qué iba el partido demasiado tarde. A Nadal no puedes esperarle y devolverle bolas. Tienes que ir a por él, tienes que subirle, atacarle, incomodarle, hacer que se salga de su táctica previa… Aunque en ocasiones arriesgó más de la cuenta, Medvedev logró en el tercer y cuarto set lo que llevamos años pidiendo a su generación: que compita de tú a tú con los grandes mitos. En mi opinión fue peor que Nadal en ambos sets pero, de alguna manera agónica, los ganó y eso es lo que cuenta. Se dio a sí mismo una oportunidad y la aprovechó contra todo pronóstico.

2. Otra cosa fue el quinto set. Ahí, Medvedev llegó muerto. Me cuesta mucho imaginar cómo el ruso podría haberle ganado seis juegos a Nadal hecho un auténtico trapo… pero no estuvo tan lejos. De entrada, tuvo dos bolas de break para ponerse 2-0. Después, cedió sus siguientes servicios pese a adelantarse 40-0 y 30-0 respectivamente. Por último, ya con 5-2 y saque de Nadal, consiguió romper, salvar match point con su servicio y disponer de bola para el cinco iguales. Yo lo veía y no lo creía. Por supuesto, Rafa también estaba cansado, pero Medvedev se caía de agotamiento y no dejaba de pegar palos a las líneas. Esa versión tiene futuro. La otra, no tanto.

3. Y es que siento no compartir el entusiasmo generalizado por el ruso. Soy un viejo gruñón y tengo que vivir con ello. Su verano ha sido descomunal y ya digo que su capacidad de sufrimiento le distingue de la mayoría de sus coetáneos. Ahora bien, si de verdad quiere ser un gran campeón, tiene que mejorar determinadas cosas: de entrada, la lectura del juego. Durante buena parte del torneo y desde luego en la final, dio la sensación de ir improvisando sobre la marcha, de tirar hacia adelante como fuera, en una misión desesperada. Eso le salvó de muchísimos apuros, sobre todo en las primeras rondas, cuando parecía lesionado, pero no es una gran idea cuando quieres destronar a los campeones más laureados de la historia. Aparte, su tenis tiene carencias obvias: pese a medir 1,98 su saque es demasiado irregular, de ahí que le cueste tanto ganarlo con solvencia. Su derecha es mejorable, rara vez definitiva, y tiene mucho margen de mejora en la volea. Me parece que le falta, en general, un golpe que le pueda dar puntos fáciles, por muy bueno que sea ese revés a dos manos. Ahora bien, lo mismo se decía de Agassi y no le fue mal en la vida.

4. En cuanto a sus enfrentamientos con el público… bueno, si le ayudaron a motivarse cuando estaba contra las cuerdas ante Feliciano López o después ante el sorprendente Dominik Koepfer, estupendo. Ahora bien, el gasto mental (y físico, fruto de la adrenalina) que supone meterse en esas batallas cuando ya vienes cascado de jugar tres finales seguidas en un mes es enorme. Dejémoslo en tablas.

5. Primero se habló del «big 4», luego del «big 3» y creo que va siendo hora de llamar a las cosas por su nombre y referirnos al «big 2». Lo competido de la final, lo enloquecido de su desenlace, no puede hacernos olvidar que entre Nadal y Djokovic han ganado veintiocho de los últimos treinta y nueve torneos del Grand Slam. Eso son prácticamente tres de cada cuatro, dejando el cuarto para el Federer, Murray o Wawrinka de turno. Su tiranía es absoluta a cinco sets y este será el noveno de los últimos diez años en el que uno de los dos acaba como número uno del mundo. Si el sorteo del cuadro ya dejaba un camino bastante claro hacia la final para Rafa, la retirada de Djokovic terminó de sentenciar el torneo. Las finales pueden durar tres, cuatro o cinco sets, pero al final los que ganan son siempre los mismos.

6. Nos quedamos en Djokovic. Si en Cincinnati el problema fue con el codo que tanta guerra le dio en 2017, en Nueva York se lesionó el hombro. No sé si hay relación entre ambas molestias. Novak llevaba once semifinales consecutivas en el torneo y se vio obligado a retirarse ante Stan Wawrinka en octavos de final cuando ya perdía por dos sets a cero. Qué difícil es evaluar la carrera del serbio. Probablemente sea el más completo de los tres grandes, tiene el H2H ganado a los otros dos, ha conseguido ganar en Wimbledon a Roger y en Roland Garros a Rafa, se ha hinchado a Masters 1000 y a World Tour Finals… y sin embargo vuelve a estar a tres torneos de Grand Slam de Nadal y sigue a cuatro de Federer. 

7. Otra cosa, insisto una vez más, es que tengamos que evaluar la grandeza solo por los torneos de Grand Slam ganados. Para contar hasta veinte no hace falta ser un gran analista. Puede que haya llegado el momento en el que los tres han acumulado tantos méritos que los aficionados ya no podemos decir convencidos: «El mejor de la historia es este» sino que tenemos que limitarnos a un comedido «a mí el que más me gusta es este». Sé que también es una opinión poco popular pero creo sinceramente que al indudable talento de Novak, Rafa y Roger se ha unido una falta de competitividad escandalosa, lo que les ha permitido no solo dominar a su propia generación sino a las dos siguientes, algo extraordinario en el mundo del tenis. Talento ha habido siempre: Gonzales tenía talento, Hoad tenía talento, Laver tenía talento, y así Connors, Borg, McEnroe, Edberg, Agassi, Sampras… pero todos encontraron un dique que les frenara. Una fricción que detuvo o mitigó la corriente. Aquí, no. Aquí, ya digo, tres de cada cuatro durante diez años. Y antes, tres de cada cuatro solo para Federer durante otros seis.

8. Precisamente el torneo de Federer acabó en cuartos de final y supuestamente debido a otra lesión. Fue una enorme oportunidad perdida, pero no perdamos la perspectiva: a sus treinta y ocho años, Federer no está en la misma competencia de Djokovic y Nadal. Está a las sobras. Está a su Wimbledon y poco más. En diez años solo ha pisado una final en Nueva York y eso es por algo. Su principio de torneo, aún con la mente puesta en ese 8-7 y 40-15 de Wimbledon, fue espantoso. Luego mejoró gracias a un cuadro muy favorable y cuando ya podía soñar con algo grande se la pegó con Dimitrov. Puede, efectivamente, que la espalda fuera clave, pero el año pasado se la pegó con Millman y en el US Open ha perdido hasta con Tommy Robredo, así que me temo que es lo que hay. 

9. Con todo, ¿qué se le puede pedir al suizo a estas alturas? Tiene treinta y ocho años, acaba Wimbledon y se va de vacaciones con su mujer y sus cuatro hijos en una caravana. Cuando vuelve, entrena un poco y ya se pone a competir otra vez. ¿De verdad hay que pedirle que gane? ¿Está su cabeza preparada para afrontar otro reto como el de Londres de este año? Puede que sí y puede que no. Sin relevo, todo es posible. Por otro lado, las temporadas cada vez se le hacen más largas y todo lo que le beneficia la tierra batida de cara a preparar Wimbledon le perjudica a la hora de afrontar con garantías el final de año. Es el número tres del mundo y, en el peor de los casos, acabará el año como número cuatro. Eso ya de por sí es una heroicidad… y una señal de que los tiempos que corren no invitan al optimismo.

10. Pongamos por ejemplo al propio Grigor Dimitrov. Después de toda una carrera comparado con Federer y tras el peor año en muchísimo tiempo, logra colarse en semifinales y jugar contra un rival con problemas físicos como es Medvedev. ¿Resultado? No gana ni un set. Dimitrov ejemplifica para mí la mayoría de los problemas de los nacidos en los noventa: tiene los golpes pero no sabe cómo utilizarlos. Te puede pegar dos reveses maravillosos y una derecha que te echas a temblar pero de repente durante cuatro juegos desaparece, falla cosas imposibles, toma decisiones en la pista que no corresponden… Estas semifinales le van a salvar el año, pero a los veintiocho no se puede esperar progresión alguna.

11. Con todo, hay que reconocer que el hecho de que hubiera cuatro cuartofinalistas menores de treinta años y tres semifinalistas es un avance. Parece que están a punto de derribar el primer muro de contención, el de los Cilic, Monfils, Nishikori, Isner y compañía. Matteo Berrettini, por ejemplo, no solo se cargó al francés en un encuentro apoteósico que superó también las cuatro horas sino que en semifinales llevó a Nadal al tie-break del primer set, donde llegó a estar 6-4 por delante. A partir de ahí, el hundimiento, pero por algún lado hay que empezar.

12. Las decepciones fueron las habituales, empezando una vez más por Alexander Zverev, al que el año se le ha cruzado definitivamente sin posibilidad de remediarlo. Veremos si llega a las World Tour Finals y puede al menos defender su título. Peor aún le fue a Felix Auger-Aliassime, que sí, es un crío aún, pero del que cabe esperar algo más que seis juegos ganados en primera ronda. Kyrgios vio como su parte del cuadro se abría muchísimo tras la debacle de la primera ronda, donde cayeron Roberto Bautista, Dominic Thiem, Stefanos Tsisipas y Karen Khachanov a la vez, pero no supo aprovechar la ocasión. Tal vez esperábamos un poco más de Frances Tiafoe, pero sigue sin dar el estirón. En cuanto a Denis Shapovalov, pequeños progresos, veremos si Youzhny consigue espabilarlo.

13. Por cierto, ¿qué les ha pasado a Khachanov y, sobre todo, a Tsisipas? El ruso ganó París el año pasado y acabó la temporada en plena forma, por encima incluso de su compatriota Medvedev. Sin ser un año horrible —se mantiene en el top ten—, lo cierto es que no ha dado el paso adelante que se esperaba. Más preocupante es Tsisipas porque Tsisipas sí parecía que se iba a comer el mundo, incluso con ese punto arrogante que tanto se echa de menos… pero desde que perdiera con Wawrinka en Roland Garros ha entrado en una depresión de la que ni él mismo encuentra salida.

14. Dos historias bonitas: Álex de Miñaur y Diego Schwartzman. Al australiano le esperábamos desde su prometedor inicio de año y ha completado un excelente torneo, llevándose por delante a Nishikori, poco dado a perder con jugadores por debajo de su ranking. Después de salir del top 25 de la ATP, toca ponerse las pilas y volver a subir cuanto antes. En cuanto al argentino, volvió a colarse en cuartos de final con una gran victoria ante Zverev y disputó un extrañísimo partido ante Nadal en el que remontó un 0-4 y un 1-5 en los dos primeros sets para acabar perdiendo ambos. Enorme mérito el suyo.

15. Y enorme mérito también el de Pablo Andújar, que se coló en cuarta ronda después de tres años horribles de lesiones y operaciones constantes. Andújar tiene treinta y tres años pero al menos puede volver a disfrutar del tenis, como lo está haciendo Feliciano López a sus casi treinta y ocho. Verdasco (treinta y seis) no pasó de segunda ronda mientras Bautista (treinta y uno) perdía contra Kukushkin a las primeras de cambio. En la actualidad, hay nueve tenistas españoles entre los cien primeros de la ATP. Solo dos —Carballes (veintiséis) y Carreño (veintiocho)— tienen menos de treinta años. 

16. Pasamos ya al cuadro femenino y lo hacemos con la ganadora, la gran dominadora de lo que llevamos de año pese a su grave lesión en el hombro. A sus diecinueve años, Bianca Andreescu ha perdido solo cuatro partidos en 2019, incluyendo victorias en Indian Wells, Canadá y por supuesto Nueva York. Desde que volvió a las pistas acumula doce triunfos consecutivos… y eso que a punto estuvo de retirarse en los cuartos de final de Toronto tras molestias en una pierna. Andreescu no tuvo el cuadro más difícil del mundo pero supo llegar a la final y derrotar a la gran favorita delante de su público. No es poca cosa.

17. De hecho, la final se complicó más de lo debido. Con 5-1 en el segundo set, Andreescu dispuso de su primer match point al saque y lo perdió. Nadie le dio demasiada importancia porque su superioridad había sido indiscutible, pero de repente Serena Willimas olió la sangre, llegaron los nervios, la Arthur Ashe se puso en plan caldera… y a los diez minutos el resultado era 5-5. ¿Qué hizo Andreescu entonces? Ganar los dos siguientes juegos y evitarse muchos problemas. Respuesta de campeona. Habrá a quien no le guste que la WTA no tenga una dominadora clara, pero a mí desde luego me encanta esta mezcla de talentos, generaciones y estilos de juego que hacen que Naomi Osaka pueda ganar en Australia, Ashleigh Barty en Roland Garros, Simona Halep en Wimbledon y Bianca Andreescu en Nueva York y que en cada momento parezcan imbatibles… todo para pegársela en el siguiente grande. Supongo que en algún punto medio entre la tiranía del circuito masculino y la volatilidad del femenino estará la virtud, pero de elegir, me quedo con este.

18. La gran historia del torneo, con todo, fue una vez más Serena Williams, que se quedó a un partido de levantar el trofeo… veinte años después de imponerse por primera vez. Baste recordar que su rival en aquella final de 1999 fue Martina Hingis, que venía de perder Roland Garros ante Steffi Graf. Desde su maternidad, Serena apenas se deja ver por el circuito más que en las grandes ocasiones. Ahora bien, una vez ahí, sigue siendo tan peligrosa como siempre: hasta cuatro finales ha disputado en estos dos años… y lo curioso es que no ha conseguido ganar ni un solo set en ninguno de los cuatro encuentros: ni ante Kerber en Wimbledon 2018, ni ante Osaka en el US Open de ese año ni ante Simona Halep o Andreescu esta temporada. 

19. Queda, por tanto, la estadounidense aún a un torneo de Grand Slam de Margaret Court-Smith. No creo que sea algo para obsesionarse. Para empezar, con esta regularidad, tarde o temprano el número veinticuatro debería llegar. En cualquier caso, aunque no llegara, comparar a Court y el tenis de los sesenta y setenta con la hiperprofesionalidad de los tiempos de Serena es absurdo. Por longevidad y por resultados, la menor de las Williams está a otro nivel, peleando por lo más alto del podio con las Graf, Navratilova o Evert.

20. Si antes hablábamos de Martina Hingis, ha llegado el momento de hablar de otra suiza: Belinda Bencic. Ya salía en estos resúmenes cuando perdía, así que imaginen ahora que gana. Es una gozada ver que ya puede jugar al tenis siendo ella misma, sin lesiones ni molestias de por medio. En Nueva York llegó a semifinales y le dio bastante guerra a Andreescu; más de la que le dio Elina Svitolina a Serena Williams, desde luego, aunque también es muy positivo ver que la rusa está al cien por cien y centrada de nuevo.

21. No sé si se puede decir lo mismo de Naomi Osaka. Me sigue pareciendo un caso complicado porque no disfruta jugando, se la ve siempre tensa, preocupada, como si todo la superara. No es propio de una jugadora de veintiún años con dos torneos del Grand Slam ya en el bolsillo y que llegaba a Flushing Meadows como número uno del mundo. Quiero pensar que es un ataque de vértigo que se le irá pasando con el tiempo. Peor parece tenerlo Garbiñe Muguruza, incapaz de levantar cabeza incluso tras haber cambiado de técnico. En un circuito tan igualado y con tanto talento, en cuanto te relajas te vas al hoyo a toda velocidad. Lo bueno es que subir tampoco es tan complicado y el tenis lo tiene, desde luego.

22. La gran sorpresa de Wimbledon, «Coco» Gauff, aprovechó la wild card que le otorgó la USTA para meterse en tercera ronda, donde perdió precisamente con Osaka. Buen trabajo de la estadounidense, a la que espero que nadie empiece a pedirle ahora que se líe a ganar grandes cuando no ha dejado de ser una adolescente. Monica Seles solo hubo una. La «Cenicienta» de esta edición ha sido la de Taylor Townsend, quien, proveniente de la previa, eliminó a Halep en segunda ronda en otro partido espectacular, se plantó en octavos de final y aún le arrebató un set a la futura campeona. Tiene veintitrés años así que no es ninguna cría, pero habrá que seguirla de cerca a partir de ahora.

23. Vamos acabando ya y lo haremos con el reparto de premios en otras categorías. El dobles masculino fue para los colombianos Cabal y Farah, que ya se habían impuesto en Wimbledon. La derrota en la final fue la primera para la pareja Granollers.Zeballos, demostrando lo excelente doblista que son ambos. En el cuadro femenino, las vencedoras fueron Elise Mertens y Aryna Sabalenka, que derrotaron en la final a las grandes favoritas, Ashleigh Barty y Victoria Azarenka. Si la número uno del mundo en individuales quiere seguir siéndolo, a lo mejor tiene que replantearse tanto compromiso con el dobles. No todo el mundo es como las hermanas Williams.

24. En el doble mixto volvieron a ganar Jamie Murray y Betthanie Mattek-Sands y lo hicieron ante los primeros cabezas de serie, Michael Venus y Chan Hao-ching. Por cierto, ya que mencionamos a los Murray, Andy no participó en el US Open aunque la USTA le ofreció una wild card. A cambio, se fue a Mallorca a participar en el Trofeo Rafa Nadal, un challenger en el que cayó en segunda ronda, demostrando que aún le queda bastante para llegar a un nivel mínimamente competitivo aunque esté en el camino.

25. En cuanto a los jóvenes, el checo Jonas Forejtek se impuso en la categoría masculina mientras María Camilia Osorio se convertía en la primera colombiana en ganar un US Open en categoría junior. Ni rastro de los españoles. Ninguno superó la segunda ronda de ninguna de las categorías. Una tendencia preocupante.


Vómitos, remontadas y crepúsculos: tres imágenes de la improbable rivalidad Sampras-Corretja

Alex Corretja durante un partido contra Pete Sampras en la Copa Davis, 2002. Foto: Adrees Latif / Cordon.

Cuartos de final de la Copa Davis de 2002. Estados Unidos, equipo local, se presenta con una curiosa mezcla de juventud y veteranía, aspirando a ejemplificar la entrega del relevo de la generación dorada de los noventa a los young guns llamados a dominar el siglo XXI. De un lado, Todd Martin y Pete Sampras, ambos en la treintena; del otro, James Blake y sobre todo Andy Roddick, quien, a sus veinte años, ya coquetea con el top ten y sueña con ser la reencarnación del propio Sampras: saque y derecha, saque y derecha, saque y derecha y así hasta que el rival se rinda.

Enfrente, el combinado español, bastante más desinteresado en el tema. Después del éxito de 2000, la primera ensaladera de su historia, ha llegado algo parecido a la nada. No está Moyà, no está Ferrero, no está Albert Costa… Ante estas circunstancias, al capitán no le ha quedado más remedio que llamar a otro adolescente, Tommy Robredo, a un jugador de segunda fila como Beto Martín, al especialista en dobles algo venido a menos Joan Manuel Balcells y, como estrella, a Àlex Corretja, vigente finalista de Roland Garros, y el único de ellos que ocupa un puesto entre los veinte primeros de la clasificación ATP.

El problema es que Corretja, en principio, pinta poco en Houston. Su temporada está siendo un desastre: a la espera de la redención sobre tierra batida, aún no ha sido capaz de pasar de octavos de final en ninguno de los seis torneos disputados. Es más, en primera ronda de la propia Copa Davis, disputada dos meses antes, en febrero, cayó en tres sets ante el marroquí Younes El Aynaoui, sobre arcilla y en casa. Al mal momento de Corretja, un jugador de rachas, hay que unirle lo poco idóneo de la superficie elegida por los americanos: la hierba. Allí donde Sampras suma siete Wimbledons y Roddick jugará tres finales de Grand Slam, Corretja apenas ha ganado dos partidos en toda su carrera.

Así, el encuentro que enfrenta a Sampras y Corretja el viernes 5 de abril tiene algo de crepuscular. Dos hombres cuyos mejores años parecen haber pasado. Estamos hablando, recuerden, de 2002, una época en la que a partir de los veinticinco años de edad tu cuerpo está bajo sospecha salvo que te llames Andre Agassi. A Corretja le faltan pocos días para cumplir los veintiocho pero parece sorprendentemente fuera de forma. Sampras ya ha dejado caer que este puede ser su último año y aún no ha cumplido los treinta y uno. La historia de los enfrentamientos entre ambos viene de lejos, pero no se esperan demasiadas sorpresas en esta ocasión, menos aún cuando Sampras, sin hacer nada del otro mundo —saque y derecha, recuerden—, se pone dos sets a cero y está a solo una manga de darle el segundo punto de la eliminatoria a su país.

Sin embargo, de repente, Corretja resucita y Sampras cae en una de sus melancolías habituales. Desconecta del partido y pierde el tercer set, luego el cuarto y, agotado, acaba cediendo el quinto por 6-4. Un preludio de lo que será el desastre en su último Wimbledon, aquella derrota contra el desconocido Georg Bastl que pasará a la historia de las grandes sorpresas del tenis. Hasta cierto punto, la remontada se puede considerar una revancha de Corretja dentro de una extraña rivalidad que tuvo su punto más alto en 1996, pero los dos saben que esto es otra cosa, algo menor: Corretja acabará el partido lesionado también y no podrá jugar ni el de dobles ni su partido de individuales del domingo para desgracia del equipo español, que pierde ambos encuentros decisivos.

Su temporada, la última en la élite, tendrá como gran resultado las semifinales perdidas en Roland Garros contra Albert Costa y poco más. En cuanto a Pete Sampras, ya saben: un desastre tras otro hasta que llega el US Open, se planta en la final contra Agassi, le gana contra todo pronóstico y ese mismo día decide que el tenis queda para otros, confiado en que nadie, en mucho tiempo, se acercará a su récord de catorce victorias en torneos de Grand Slam… un récord que, sin embargo, apenas durará siete años más.

La victoria más improbable

Hemos empezado por el final porque era un final insólito, pero lo suyo habría sido empezar por el principio. O por el medio, incluso. Por las semifinales del Masters de 1998, otra instantánea de este extraño álbum de fotos que une a dos jugadores completamente distintos: el laborioso, siempre sonriente, Corretja y el talentoso, casi intocable, Sampras. Ambos jugadores tienen cuatro años menos que en Houston y están en lo mejor de sus carreras: el estadounidense ya se ha asegurado acabar como número uno del mundo por sexto año consecutivo, una hazaña que nadie ha conseguido, otro récord para su leyenda.

El español viene del mejor año de su vida: no solo se ha colado por fin entre los diez primeros de la clasificación sino que ha protagonizado la segunda final española de la historia en Roland Garros; una final que perdió sin oponer demasiada resistencia ante Carlos Moyà. Si el juego de Sampras tiende a ser efectivo y sencillo, desesperante en ocasiones, el de Corretja responde al patrón del jugador de tierra batida: puntos elaborados, bolas altas de derecha y de revés, búsqueda de ángulos… un juego que no se presta a cosechar demasiados winners pero que convierte el partido en un continuo infierno para el rival.

En principio, este tendría que ser otro partido sin historia. Corretja está jugando esta competición por primera vez mientras que Sampras ya la ha ganado en cuatro ocasiones y es el vigente campeón. El dominio de Sampras en superficies rápidas es insultante, mientras que Corretja presenta el torneo de Lyon como único bagaje en pista cubierta. Y así, de nuevo, el estadounidense es el que se lleva el primer set, camino de una nueva final… pero Corretja vuelve a no rendirse, empieza a leer mejor el servicio de su rival, iguala el partido y lo lleva al tie-break del tercer set después de salvar tres bolas de partido con su servicio.

Es un escenario conocido para ambos, pero de eso ya hablaremos más tarde. En cualquier caso, ganarle a Sampras un tie-break es una proeza, básicamente porque te puede plantar siete aces e irse tan contento a casa sin que hayas olido la bola. Sin embargo, el estadounidense parece algo desconcentrado, como si aún estuviera lamentándose de las oportunidades desperdiciadas. Se ha visto luchando por su quinto Masters —llegará en 1999— y aquí está otra vez contra el tipo este que no deja de devolver bolas. Sumido en su propia desesperación y ante un Corretja dispuesto a no cometer ni un solo error, el número uno del mundo acaba cayendo 7-3 en el desempate.

Ha sido otro partido heroico con final improbable, pero el cuerpo de Corretja aún es joven y no se resiente de los esfuerzos. Al día siguiente, contra su amigo Carlos Moyà, consigue remontar de nuevo dos sets y llevarse el título más importante de su carrera. Pocos meses más tarde, se convertirá en número dos del mundo.

Uno de los mejores partidos de la década

Lo que nos lleva, curiosamente, al principio, es decir, al titular. Al origen. Retrocedamos otros dos años, hasta septiembre de 1996. Corretja no tiene veintisiete años ni veinticuatro, sino veintidós. Lleva tres en el circuito pero aún no aparece en ningún radar. Al igual que los Alberto Berasategui, Félix Mantilla, Carlos Costa o Roberto Carretero, destaca por su juego en tierra batida pero tiende a venirse abajo en cuanto le sacan de esa superficie. Apenas es el número 31 del mundo y llega al US Open con la intención de repetir lo del año anterior, cuando se enfrentó en segunda ronda a Andre Agassi y logró ganarle dos sets antes de venirse abajo con unos horribles calambres y caer en cinco.

Sí, una tercera ronda estaría muy bien. Todo lo que sea sumar puntos cuando estás empezando es una excelente noticia. Lo que pasa es que el US Open tiene un punto imprevisible, como lo puede tener Australia. Si a este último los jugadores llegan con poca preparación, al primero pueden llegar ya demasiado cansados después de ocho meses de viajes y torneos. Corretja, finalista en Hamburgo y en Kitzbuhel, pero cuyo mejor resultado en pista dura son unos cuartos de final en Indianápolis, va avanzando con sufrimiento por el cuadro: primero, gana a Byron Black en cuatro sets, luego al suizo Filippo Veglio, también en cuatro; en tercera ronda se enfrenta a Jonas Björkman, un especialista de este tipo de superficies, y le derrota en cinco mangas. Por último, en octavos se enfrenta al veterano Guy Forget. Acaba siendo el partido más fácil: tres sets le bastan a un Corretja que está en racha.

El siguiente partido, sin embargo, está llamado a ser el último. Más que nada porque el rival es Pete Sampras. Olviden todo lo anterior, porque lo anterior sucedió después. En septiembre de 1996, Corretja nunca ha ganado a Sampras y nunca ha jugado los cuartos de final de un torneo de Grand Slam. Su sola presencia ya es una enorme sorpresa. A los veinticinco años, el estadounidense va camino de convertirse en el gran dictador del circuito: campeón vigente del torneo, suma ya ocho grandes y tres años casi ininterrumpidos en lo más alto de la clasificación. De aspecto físico algo frágil, Sampras es una roca mental cuando importa. A diferencia de Courier, que no aflojaba nunca durante sus partidos, lo de Pete es más un «estoy ahí cuando realmente cuenta».

Su balance del año es espectacular: empieza con cuatro torneos menores ganados en Estados Unidos antes de llegar por primera vez a semifinales de Roland Garros, su escenario maldito. Allí planta cara a Káfelnikov durante el primer set pero acaba agotado y pierde entre calambres. Con todo, su actuación es un paso adelante en su carrera para completar el Grand Slam: ha conseguido derrotar a Bruguera y a Courier en tierra batida, algo que no habría soñado jamás con anterioridad.

La única pega están siendo precisamente los torneos grandes: en Australia cayó demasiado pronto y en Wimbledon perdió contra Richard Krajicek en cuartos de final, su primera derrota en cuatro años sobre la hierba londinense. La única, a la postre, en ocho ediciones. Si no repite triunfo en el US Open acabará el año sin haber añadido ni un torneo del Grand Slam a su cuenta y, en su lucha con Rod Laver y Roy Emerson, cada año sin títulos es un año perdido.

De hecho, Sampras podría no haber llegado siquiera a cuartos de final: en segunda ronda, Jiří Novák le llevó a cinco sets y rozó la sorpresa. Por lo demás, ni Szymanski ni Vólkov ni Philippoussis han demostrado ser grandes rivales y Corretja no debería serlo tampoco. Otra cosa serán las semifinales contra Ivanišević, pero la cosa pinta bien y mucho más cuando, para variar, el estadounidense se anota la primera manga en el tie-break.

La remontada con la que nadie contaba

Ahora bien, el partido no está siendo nada fácil. No solo tuvo Sampras que forzar el desempate, sino que se llegó a ver con el set perdido. Corretja sacó con 5-4 y tuvo dos bolas de set, pero las perdió. ¿Cómo interpretar esa circunstancia? Siendo optimistas, Corretja está jugando de tú a tú al número uno del mundo, en su pista talismán, donde ganó su primer torneo del Grand Slam a los diecinueve años, y delante de su público. Siendo más realistas, la oportunidad perdida debería hostigar al español y convencerlo de que, efectivamente, no tiene nada que hacer. Ya ha llegado a cuartos de final, ya ha conseguido los puntos que buscaba, ya ha demostrado que puede competir a este nivel, ¿por qué no rendirse y dejarse llevar el resto del partido?

En una frase: porque Corretja no sabe rendirse. Jugará mejor o peor —no tiene el talento de Moyà ni el de Albert Costa, por mencionar a dos de sus contemporáneos— pero no es de los que se borra al primer inconveniente. En el segundo set aguanta hasta colocarse 6-5 por delante y entonces rompe el servicio de Sampras. Estupor en la capital del mundo. No queda ahí la cosa; en el tercer set calca la estrategia: vuelve a llegar con 6-5 a favor al duodécimo juego y ahí vuelve a romper a Sampras. Por segundo año consecutivo, se coloca dos sets a uno ante el gran favorito para ganar el torneo… pero esta vez no hay ni rastro de calambres. Esta vez, por fin, puede culminar la sorpresa.

Eso no quiere decir que Sampras vaya a rendirse tan fácilmente. Pese al calor y la humedad —el partido empezó de tarde pero ya va entrando en la pesada noche neoyorquina—, el estadounidense parece súbitamente fresco en el cuarto set, con un break en los primeros juegos que mantendrá hasta el final para imponerse 6-4. Después de tres horas y pico de partido, nos vamos al quinto set. Si alguien espera la debacle mental del joven Corretja, puede seguir esperando. La tensión sube, pero los dos se aferran a su servicio, rondando el 80% de puntos ganados con sus primeros. Al cabo de las cuatro horas, llega lo inevitable: el tie-break definitivo, el que decidirá quién de los dos pasa a semifinales y quién se vuelve a casa.

Sampras parte todavía como favorito por pedigrí y por experiencia, pero las imágenes son preocupantes: parece aturdido, como perdido en la cancha. El cámara se da cuenta y no le pierde de vista. Está confuso, se apoya en su raqueta para sostenerse y retrasa muchísimo la cadencia del saque. Con todo, el primer punto es para él al resto gracias a un par de derechas inapelables que acaban con Corretja enviando la pelota a la red. Es el turno de que saque el americano, que, completamente ausente, se come un resto imponente de Corretja, lo que iguala el desempate a uno.

La cámara sigue fija en Sampras y, con la cámara, el realizador. El número uno del mundo vuelve a la posición de saque, pero algo va claramente mal. Da unos pasos hacia atrás, mira al suelo y cuando llega a la lona de publicidad se pone a vomitar ostensiblemente, dejando incluso un reguero de bilis en los labios. Es imposible que un hombre en esas condiciones gane un partido de este nivel, pero hablamos del mismo hombre que remontó en 1995 dos sets a Jim Courier entre lágrimas, devastado tras conocer que su entrenador, Tim Gullikson, padecía de un tumor cerebral. Una lágrima, un ace; una lágrima, un ace. Y así todo.

Ahora, en Nueva York, con Gullikson recién fallecido y su memoria fija en el orgullo del americano, la situación parece repetirse: Corretja no sabe qué hacer, si ir a por el partido o esperar a que el partido venga a él. Intercambia golpes con Sampras esperando el fallo y lo que acaba consiguiendo es ceder completamente la iniciativa y ver cómo la derecha de Pete pone el 2-1 en el marcador. Es su turno de saque: Sampras, dispuesto a jugárselo todo a latigazos, tira fuera su primera oportunidad pero aprovecha la segunda para meter la derecha en la línea y hacerse de nuevo con un minibreak: 3-2 y saque.

El público enloquece. Todo el mundo tiene esa sensación mágica de estar viviendo un partido histórico, un partido del que se escribirá incluso veintiún años más tarde. Sampras saca, Corretja resta como puede y cuando Pete va a terminar el punto de nuevo con la derecha paralela, calcula mal la distancia, golpea tarde y manda la pelota a la red. De nuevo, el ritual de apoyarse en la raqueta, de andar lentamente al otro lado de la cancha, de hidratarse como buenamente puede, de aguantar las náuseas para evitar una sanción del juez de silla… y de nuevo, como de la nada, un saque perfecto que Corretja apenas puede rozar y que pone el 4-3 en el marcador.

Tras el empate a cuatro, llega otro punto clave: sirve Corretja y se repite la dinámica conservadora: bolas altas, reveses desganados… que culminan, inesperadamente, en otro latigazo de Sampras inalcanzable. El español, ante su gran oportunidad, se empeña en jugar con fuego y vuelve a tener el mini-break en contra: 4-5 y saque del rival. Con ganar sus dos saques, Sampras habrá ganado el partido, pero la potencia de su servicio es ridícula y Corretja le puede atacar sin problemas, subir a la red y poner el empate a cinco en el marcador. Quien gane el siguiente punto tendrá bola de partido y, aunque Corretja hace lo que puede, Sampras conecta hasta tres bolas sobre la línea que le ponen en ventaja ante la algarabía general.

Es el momento de la verdad para Àlex. En vez de ponerse nervioso, se limita a tomar una ligera iniciativa: le juega dos tiros al revés y luego cambia a la derecha para que tenga que golpear en carrera, algo que en este momento Sampras es incapaz de hacer. Pete corre pero su bola se queda en la red, el sesenta y ocho error no forzado del partido, treinta y ocho más que su rival. En su siguiente saque, Corretja repite la estrategia y se coloca esta vez con punto de partido a su favor. Lo impensable está a punto de hacerse realidad: Sampras saca bien, pero Corretja resta a la perfección: una bola muy débil, sin apenas fuerza, pero a los pies. Con cualquier otro, habría bastado para ganar el partido pero el rival es Sampras y Sampras se saca de encima una volea imposible que aun así le da la oportunidad a Corretja de culminar el encuentro con un passing shot relativamente sencillo.

El español descarta el paralelo, donde realmente está el hueco, y opta por el cruzado. Se equivoca. Sampras se estira como un gato y remata el punto en la red. A continuación consigue un prodigioso ace con su segundo saque.

De nuevo, Corretja tiene que defenderse de un match point en contra. No hace ni cinco minutos que pasó por la misma situación y entonces su reacción fue prodigiosa. La idea es poner a Sampras a la defensiva y hacerle correr hasta que falle. Prueba con el primer servicio pero se va a la red. El público aplaude enfebrecido. Corretja siente que tiene que arriesgar en el segundo saque porque Sampras se la va a jugar a un solo golpe, así que opta por un liftado largo que eche al americano hacia atrás. No es el mejor momento para tomar esa clase de riesgos. Nada más salir de la raqueta, se nota que la bola va demasiado fuerte y, un segundo después, el juez canta la doble falta. Una manera indigna de acabar el mejor partido de su vida. Entre náuseas, Sampras ha conseguido ganar y pasa a semifinales. Allí se impondrá a Ivanišević y después a Michael Chang en la final.

En cuanto a Corretja, en efecto, aquello fue un antes y un después. De ser un especialista en tierra pasó a ser un hombre que se defendía en todas las superficies aunque renunciara una y otra vez a la hierba, al menos hasta el citado partido de la Davis en las postrimerías de su carrera. Fue un hombre carismático, clave en la conquista de la Davis de 2000, dos veces finalista de Roland Garros, campeón de la Masters Cup, varios años top ten de la clasificación y medalla de bronce en dobles en los Juegos Olímpicos de Sydney 2000. Solo las lesiones —en especial, una complicación en el ojo izquierdo— acabaron con él a una edad que ahora parece impropia: los treinta y un años recién cumplidos, justo después de perder con Feliciano López en el torneo de Estoril y cuando ya estaba alejado de los cien primeros de la clasificación mundial.

Tras un paso algo problemático por la capitanía de la Davis, se ha consolidado como uno de los mejores comentaristas de este deporte: ágil, sin caer en tópicos ni en forofismos, calmado y a la vez alegre. Un reflejo de su manera de entender el deporte, como cuando perdió Roland Garros en 1998 y lo primero que hizo fue fundirse en un abrazo con su amigo Carlos Moyà como si en el palmarés fueran a aparecer los dos juntos en la misma casilla.


Miles de perlas de sudor sobre la piel de Shuai Peng

Image #: 31758194 Shuai Peng from China wipes her head in the first set of her match against Caroline Wozniacki of Denmark in the semi-finals at the US Open Tennis Championships at the USTA Billie Jean King National Tennis Center in New York City on September 5, 2014. UPI/John Angelillo /LANDOV
Shuai Peng durante el US Open de  2014. Fotografía: Cordon Press.

En la penúltima grada del Arthur Ashe Stadium el calor y la humedad no son tan altos como en los tornos de entrada al recinto. Un par de horas después, frente a la puerta grande de la pista central situada en la zona opuesta del acceso al complejo tenístico de Flushing Meadows, la jugadora china Shuai Peng abandona una de las pistas exteriores en dirección a los vestuarios con la piel recubierta de miles de perlas diminutas de sudor que brillan con mayor fulgor bajo los focos eléctricos que la sonrisa de satisfacción que le produce el hecho de haber alcanzado los octavos de final del último Grand Slam del año.

Frente a los tornos de entrada al recinto, el público se aglomera para la sesión de tarde. Un frente de sombrías nubes espesas descarga una tormenta de lluvia y viento que sorprende a los visitantes sin medios ni lugar para resguardarse. Se produce una estampida casi de terror. El intenso temporal, que apenas dura quince minutos, ha dejado a los emocionados futuros espectadores calados hasta los huesos. Media hora después, la nueva población del village, ventilada y renovada como el aire de una habitación por la mañana, se desplaza por el interior del Centro Nacional de Tenis de los Estados Unidos ataviada invariablemente con la ropa promocional del US Open 2014: la lluvia ha sido providencial para el merchandising.

En lo alto de la fachada del Louis Armstrong Stadium, la segunda pista en importancia del USTA Billie Jean King National Tennis Center (nombre del complejo desde 2006 en honor a la gran campeona californiana), un hombre sujeto a la pendiente como un alpinista hace algunos ajustes en el enorme marcador. No parece un hombre sino un gnomo con arneses. Nadie repara en él hasta que una señora gruesa con visera y un vaso de Heineken en la mano se percata de su existencia y se le queda mirando como tratando de averiguar qué clase de ser vivo es aquel que se mueve casi imperceptiblemente (igual que un koala) en las alturas. Parecen ser estas, el tamaño de todo lo que se levanta allí en mitad del bosque de Flushing Meadows, lo que confiere a todas las cosas, incluidas las personas, una sensación de irrealidad. Algo fabuloso como si al superar cualquier esquina (en realidad esto no hace falta) uno pudiera toparse con los habitantes de la Tierra Media.

La meteorología ha hecho que buena parte de esas decenas de miles de inquilinos luzcan sus flamantes camisetas, polos y sudaderas con vistosos y coloridos dibujos alrededor del lema monotemático impreso en grandes letras (USOPEN2014) sobre sus recién adquiridas prendas. Parece una reunión de friquis extraordinariamente numerosa y heterogénea, quizá la mayor que se haya visto nunca. El estadio Arthur Ashe, que desde fuera parece una enorme bañera, una gigantesca piscina desmontable para niños con sus enormes soportes (la entrada principal parece un coliseo del interior de cuyos arcos quisiese salir el mismísimo Waldorf Astoria) convierte a los tenistas en liliputienses, en brownies de la película Willow incluso con sus voces de pito desde una localidad alta, donde corre una brisa salvífica lejos de la suerte de reverberación que se observa en las localidades bajas.

El suizo Roger Federer está disputando su partido de tercera ronda frente al español Marcel Granollers y ambos tenistas parece que empuñan varitas mágicas mientras compiten en conjuros. La grada son las paredes verticales de un embudo que certifican la asistencia a un mundo fantástico. Las gomas de las suelas de las zapatillas de los jugadores chillan sobre el cemento como extrañas criaturas cuyo eco resuena en la noche neoyorquina. Federer se mueve igual que un boxeador delgado y dispara su esbelto brazo con una armonía a la que quizá solo supere su rapidez asombrosa. Federer desenfunda y dispara a cada golpe en movimiento, un golpe de revólver, lo cual es un estilo completamente opuesto al de Marcel, que parece resistir el tiroteo al límite de la asfixia en desplazamientos laterales tan forzados y heroicos y tan medianamente exitosos que el público se ve abocado a aplaudirle como a un valiente al que no le importa morir atravesado por las balas de Billy el Niño.

Marcel Granollers during his Second round men's singles match against Roger Federer on day four of the French Open at Roland Garros on May 27, 2015 in Paris, France
Marcel Granollers durante un partido contra Roger Federer. Fotografía: Cordon Press.

El público grita. Levanta los brazos como la tribu de los ewoks en la fiesta final de El retorno del Jedi. El US Open vivido en esa pista vertiginosa es como estar en una pelea de gallos por el bullicio y la pasión salvaje del graderío que asiste a un divertimento de primera clase. Y eso que solo es la tercera ronda de la competición. No es el tenis sino el US Open. El espectáculo no es absolutamente maravilloso pero sí lo suficientemente emocionante. Uno puede pensar, además, si es aficionado al tenis, que allí abajo han jugado el partido final Sampras y Agassi, o Nadal y Djokovic, y la emoción sube como la temperatura que a esas horas de la noche ya es casi soportable. El puesto de perritos calientes de Nathan’s de la tercera planta está a pleno rendimiento. Federer acaba de ganar el segundo set y empata el partido. Al lado de los panecillos y las salchichas y los distintos condimentos de Nathan’s, un carrito de helados de Ben & Jerry se ha tomado un descanso igual que los jugadores en su largo recorrido por la parte alta. El vendedor de rasgos indios que lo empuja observa su teléfono móvil mientras allá afuera, desde el mirador, el estadio de los Mets también bulle aunque de una forma distinta, como si algo prendido por dentro, un incendio, estuviese a punto de hacerlo saltar por los aires.

Abajo, en el village, lujosos stands de bebidas alcohólicas de primeras marcas aguardan entre pequeños jardines floridos de los que hacen el efecto de salir, como ninfas del bosque, hermosas y sonrientes jóvenes con visera. Sobre los bancos de tablones de madera adyacentes se sientan repantigados lo que parecen ser turistas millonarios, probablemente rusos, con sombreros de safari y pantalones cortos y calcetines y mocasines de piel, que beben combinados de vodka Stolichnaya mientras observan las grandes pantallas de la Louis Armstrong que muestran los resultados de los partidos aún en juego.

Es martes. El ambiente parece dulcificarse y el calor deshacerse en la noche de Queens. Resiste casi comprimido como una nube de humo en una partida de póker en la pista Grandstand, donde lo mantiene el búlgaro Grigor Dimitrov con su remontada ante el belga David Goffin. Un hombre negro con uniforme de cocinero y calzado con unas Crocks negras fuma un cigarrillo sentado en el suelo y apoyado en una pared esquinada y secundaria que linda con un acceso a las entrañas del Open. Es como si Koji Kabuto se hubiese bajado un momento de Mazinger Z. Es un descubrimiento. Si uno mira los rincones y las calles estrechas del USTA Billie Jean King National Tennis Center ve una oscuridad del Bronx con sus peligros y su literatura, pero no es nada más que una impresión. Puede que Nueva York sea la ciudad más segura del mundo. Sin embargo, sigue existiendo algo intangible y oscuro bajo las luces de neón, o bajo las luces de la «Unisfera» que se asoma extramuros sobre el «valle de cenizas» de Scott Fitzgerald (donde se ubica actualmente el parque de Flushing Meadows) por donde había que pasar desde Manhattan para llegar a la casa del Gran Gatsby en Long Island.

El Dr. T. J. Eckleburg ahora es una más de las especies que moran en el US Open 2014. Decenas de oculistas con gafas redondas caminan y observan. También está Tom Buchanan, y Daisy y Jordan Baker. Y todo es como si lo estuviera narrando el mismísimo Nick Carraway, pero no solo la desafortunada historia del millonario enamorado Jay Gatsby, sino todas las historias con todos los personajes que han ido postulándose, como los caballos o los camellos o las tortugas de carreras de las ferias que avanzan cuando se logran colar las pelotas de goma en el casillero numerado desde el mostrador, para ser parte de La Gran Novela Americana. El Open de 2014 es una fantasía absoluta tan tenebrosa y al mismo tiempo tan alegre como estar Dentro del laberinto de Jim Henson.

Es un parque de atracciones en medio o como representación de la vorágine del cosmopolitismo, del american way of life, del deporte y de la naturaleza y del espectáculo en el que aparecen magos, hadas, princesas, ogros y monstruos y criaturas extraordinarias en torno al argumento bello y profundo y nada superficial del tenis. Nada tan duro, tan arriesgado y tan incierto para un niño como golpear miles de pelotas cada día. Los niños que fueron esos profesionales (algunos aún lo son) soñaron con enamorarse un día de Sarah Williams (que no es precisamente Serena Williams sino Jennifer Connelly) en el Arthur Ashe Stadium mientras el enano Hoggle, el monstruo Ludo o el caballero Sir Didymus y su perro Ambrosius les observaban atentamente desde las gradas. Uno se siente en el US Open 2014 un miembro de pleno derecho de los goblins que poco tienen que ver con aquellos que parecen más humanos y que ocupan las localidades bajas de la pista principal. Allí abajo está Peter Falk contándole a su nieto Fred Savage en su perfecta habitación americana con banderines triangulares de los equipos de la NBA y de la NFL y de la NHL en las paredes el cuento de La princesa prometida, que en este momento es el asunto que tienen entre manos Marcel y Roger.

Roger Federer in action during his Second round men's singles match against Marcel Granollers on day four of the French Open at Roland Garros on May 27, 2015 in Paris, France
Roger Federer durante un partido contra Marcel Granollers. Fotografía: Cordon Press.

Federer es un tenista que se ha vuelto con la edad un príncipe ideal de fantasía infantil. Federer juega hoy más rápido y más arriesgado y más artísticamente que en sus años jóvenes. Parece más poderoso y genial, pero no lo es. Lo que sucede es que sus típicas desconexiones se han ido haciendo cada vez más largas, lo cual produce momentos de intenso y efímero virtuosismo frente a otros en los que el marcador cae irremediablemente del otro lado. El gran tenista suizo realiza momentáneos milagros sobre el cemento de la Arthur Ashe que no han impedido que Granollers se anote el primer set, circunstancia que años atrás hubiera sido difícil de imaginar. Federer ensaya dejadas inverosímiles y lanza su derecha como si en vez de una raqueta Wilson con la impronta de la Adidas de Ivan Lendl empuñara un guante de béisbol al mismo tiempo que falla un revés de cada tres tan monumental como el escenario. Ya no parece jugar para ganar sino para soliviantar a los goblins, a los peks, a los trolls o a los elfos de esta cordillera arthurashesiana.

El tenis de Federer ha trascendido del marcador y eso es algo que ningún otro jugador del circuito puede permitirse. El público de esta Tierra Media vestido con estridencias de Nike y de Adidas y de Ralph Lauren (con el símbolo del caballo y el jugador de polo inusualmente grande sobre el pectoral izquierdo que se ha puesto de moda), fundamentalmente, lo celebra, aunque «lo más hot» de los últimos años (lo dice una señora esquelética con el pelo blanco que bien podría ser natural de Concord, Massachussetts, a otra muy bronceada y con un maquillaje espeso que perfectamente podría haber venido en vuelo directo desde Cayo Vizcaíno) ha sido el español Rafael Nadal, que este año no disputa el Open por lesión. Nadal ha encarnado el prototipo de perfecto héroe exótico y sin embargo cercano, el paladín isleño y humilde que podría ser Westley o Atreyu, el Tom Cruise de Legend o incluso el Aragorn de Viggo Mortensen. «No recuerdo, you know, haber visto unas actuaciones tan poderosas y elásticas como las de Nadal en 2010 y 2013», afirma el hombre de mediana edad con gafas redondas metálicas que se ubica ufano entre las dos señoras, al que le cubre la cabeza de un modo excepcionalmente raro al estilo de Axl Rose un pañuelo de flores.

Cuando Dimitrov finalmente da cuenta de Goffin en la pista Grandstand el silencio es como un ejército de caballería que se acerca. Salidos de las entrañas del parque recreativo puede verse ahora a otros trabajadores con la mirada torva y el gesto cansado. Son apariciones o los supervivientes de una hecatombe o los habitantes secretos de las cloacas. No se muestran a la luz, sino que se mantienen tras una especie de cerca invisible en la penumbra. No pisan la alfombra roja de Flushing Meadows ni salen a las fluorescentes avenidas como si tuvieran el ADN de las cucarachas. El público ilusorio se marcha sin que se sienta, desaparece más allá de la oscuridad de los tornos mientras aquellos parecen asomarse temerosos con sus mandiles y sus gorros manchados. Parece imposible que un lugar como el USTA Billie Jean King National Tennis Center pueda transformarse por un momento en algo parecido a una parada del viaje por La carretera de McCarthy. Aunque puede que solo sea un espejismo. O puede que también sean los trabajadores de la sala de máquinas de un Titanic de casi un siglo y medio de edad que nunca podrá hundirse. Pocos podrían resistirse a ensayar la idea de que son los únicos verdaderos humanos en este gran circo de muñecos (muñecos incluso, y no habitantes de mundos de fantasía como el hombre que escalaba el marcador o la señora con el vaso de Heineken que lo observaba), ni a la de que todos esos hombres y mujeres se mantienen en la sombra para no desvelar la realidad de la mágica fantasía del US Open 2014, que más que un Titanic de siglo y medio de edad, desde los tiempos del Newport Casino o los del West Side Tennis Club de Forest Hills, podría ser una suerte de Disneyland de la raqueta donde todos esos que parecen salir de las cavernas en realidad son los hombres y mujeres que hacen posible que hablen y se muevan los goblins gracias a una tecnología secreta que solo ellos conocen.

Aún hay encuentros en juego en dos pistas exteriores. Las luces del complejo parecen estar conectadas ahora en modo de emergencia, quizá para que nadie vea salir a los humanos al final de la jornada de sus puestos de control. No se sabe cómo ni cuándo el estadio Arthur Ashe se ha vaciado después de que Federer destrozara a Granollers por un triple 6-1 en el segundo, tercer y cuarto y definitivo set del partido. Todo es definitivamente irreal en el US Open 2014. Definitivamente tan fantástico que doce días más tarde será la primera vez en diez años que no alcanza la final masculina ninguno de los últimos cuatro grandes jugadores de la década; aunque la culminación de lo fantástico, lo sumamente fantástico, son las miles de preciosas perlas de sudor que brillan a última hora bajo los focos sobre la piel de la jugadora china Shuai Peng.

oie_3145340glxfgd20
Arthur Ashe Stadium, US Open 2014. Fotografía: Michael Vadon (CC).


Rafa Nadal y el futuro

Rafael Nadal. Foto: Cordon.
Rafael Nadal. Foto: Cordon.

Hace poco leí un interesante, aunque a mi juicio no del todo certero, artículo donde se decía que todo lo que Rafael Nadal necesita para volver a ganar grandes títulos es un cambio en su equipo técnico, en el enfoque de sus entrenamientos. Las tesis de partida son que está jugando bien y que pierde algunos partidos decisivos por poco, después de ofrecer una más que admirable actuación, y es cierto. Y bien, las premisas son válidas; cosa distinta es que basten para exigirle que rinda en las grandes ocasiones como en los viejos tiempos. Algo que sería pedir demasiado.

Rafael Nadal es, esto ni siquiera admite discusión, el mejor tenista que ha dado España y uno de los cinco mejores de todos los tiempos a nivel mundial. El más impresionante especialista de juego en tierra batida que el mundo ha visto, pero también de sobresaliente trayectoria en otras superficies. Y, detalle que para mí tiene una capital importancia a la hora de juzgar su magnitud, ha sido el único jugador que consiguió amargar a Roger Federer cuando el coloso suizo estaba en su mejor momento, rivalidad que los futuros historiadores del tenis recordarán tanto como los títulos que acumulan entre ambos. Todo elogio se queda corto a la hora de describir la trayectoria del mallorquín y sería más que afortunado el que alguien así procediese otra vez de territorio español durante nuestra vida, aunque dudo que suceda.

El cantar sus glorias, sin embargo, no debería hacernos esperar de él más de lo que resulta razonable a estas alturas. La idea citada de que un cambio en su manera de entrenar o siquiera un cambio de actitud podría devolverlo a la primerísima línea —dentro de la élite a la que todavía pertenece, se entiende— no es demasiado realista.

Esa primerísima línea, para entendernos, está formada por quienes se adjudican los cuatro torneos del Grand Slam, quienes quedan subcampeones, o quienes por lo menos alcanzan las semifinales con cierta asiduidad. La crema de la crema en la actualidad del tenis. Rafa Nadal lleva un par de años en una segunda línea; está el cuarto en la clasificación mundial, pero, aunque parezca mentira, hay una línea invisible (o no tan invisible, que ahí están las amplias diferencias en puntos para corroborarlo) entre él y los tres primeros.

La gran pregunta es, ¿puede Nadal volver a ganar un grande? Imposible no es. Ahora bien, ¿apostamos a que lo hará? Yo no iría tan rápido. Podemos desearlo, por supuesto, pero también tenemos que afrontar la posibilidad de que no llegue a suceder, porque se necesitaría un afortunado cúmulo de circunstancias. Como se suele decir en otros deportes, ya no depende de sí mismo. Líbreme Dios de ejercer como agorero. Es más, creo que Nadal podría ganar otro grande, sobre todo en París. Pero recordaría más a un canto del cisne que a un verdadero retorno al pelotón de los cazadores de slams. Un vistazo a los datos históricos muestra pocos precedentes.

Consideremos que la «época dorada» de un gran tenista es aquella en la que su nivel competitivo está al máximo, cuando alcanza con cierta asiduidad —y se espera que alcance— por lo menos algunas de las semifinales de los cuatro grandes torneos. Este es un criterio más o menos flexible, que nos puede dar un año arriba o abajo, pero servirá. Como resulta fácil suponer, en ese periodo los mejores ganan la inmensa mayoría de sus títulos importantes. ¿Cuánto suele durar la época dorada de un tenista? Por supuesto, depende, pero si repasamos las carreras de los principales campeones, comprobamos que suele extenderse entre ocho y diez años; a veces más, a veces menos. En el caso de Nadal, la época dorada fue desde 2006 (aquel año consiguió su segundo Roland Garros, fue finalista en Wimbledon y cuartofinalista en el US Open) hasta 2014 (fue finalista en Australia y ganó su noveno Open francés). Nueve temporadas, o diez, si incluimos la del 2005, su primera victoria en París.

Pues bien, en las últimas décadas han sido muy, muy raros los ejemplos de grandes campeones que han conseguido extender su época dorada más allá de diez años. Tanto es así que entre los grandes campeones solo se han producido dos casos. Para colmo, es muy difícil que vuelvan a ganar torneos grandes cuando el cénit de sus carreras ya ha quedado atrás. Veamos una comparativa de los más notorios tenistas de la era ATP, aquellos que han ganado siete o más títulos del Grand Slam. Hay que hacer notar varias cosas. Una, que los jugadores de la etapa anterior a la ATP competían en circunstancias muy distintas, así que por el momento los dejaremos a un lado. Dos, que el caso de Andre Agassi es excepcional; algo más abajo explicaremos por qué. Tres, que en el momento de escribir estas líneas, Novak Djokovic acaba de cumplir el décimo año de su época dorada, pero mientras no se demuestre lo contrario debemos considerarla como no concluida.

Tenista (solamente era ATP) Total de títulos del Grand Slam Ganados ANTES de la época dorada Ganados DURANTE la época dorada Tiempo que duró la época dorada Ganados DESPUÉS de la época dorada
Roger Federer 17 1 15 9 años 0 (por ahora)
Pete Sampras 14 1 12 9 años 1
Rafael Nadal 14 1 13 9 años 0 (por ahora)
Björn Borg 11 1 10 10 años 0
Novak Djokovic 9 0 11 10 años
Jimmy Connors 8 0 8 12 años 0
Ivan Lendl 8 0 8 9 años 0
Andre Agassi 8 0 8 16 años (en dos etapas) 0
John McEnroe 7 1 7 6 años 0
Mats Wilander 7 1 6 8 años 0

.

Las cifras se muestran elocuentes, sin duda. Antes de la era ATP la comparación resulta más difícil. Por ejemplo, los dos grandes torneos del actual Grand Slam que importaban a los mejores tenistas eran Wimbledon y Roland Garros; aunque el US Open tenía su importancia, era mucho menos ambicionado que ahora, y el Open de Australia apenas contaba para muchos campeones, que lo visitaban de forma esporádica, o no lo visitaban en absoluto. Por otra parte se produjo una división entre el circuito amateur, al que pertenecían los cuatro torneos del Grand Slam, y el profesional, cuyos miembros no estaban autorizados a participar en ellos, lo cual produjo que Rod Laver, quien para muchos es el mejor jugador del tenis pre-ATP, pasara la mitad de sus mejores años sin poder jugar en torneos del Grand Slam (cinco años excluido, pese a lo cual ganó nada menos que once títulos en otras cinco temporadas). Pues bien, aun teniendo en cuenta que en tiempos anteriores las condiciones competitivas eran distintas por diversos motivos, por lo general la época dorada de los jugadores solía durar lo mismo que ahora, alrededor de los diez años.

Volviendo a la era ATP, verán que es raro que un gran campeón permanezca más de diez años al máximo nivel. Rafael Nadal, esto es un hecho que nos entristece pero que sería absurdo negar, lleva ya dos temporadas alejado de su época dorada. Y dos temporadas, en tenis, es mucho tiempo. En el 2015 no ganó grandes títulos; alcanzó cuartos de final en Australia, algo meritorio sin duda, pero cuando obtuvo la misma clasificación en París supo a poco, sobre todo teniendo en cuenta que la tierra batida es su mejor superficie y que es sin duda su rey histórico. Ya no hubo manera de compensarlo en siguientes torneos grandes: Nadal sufrió eliminaciones tempranas en los seis siguientes slams en que participó, algo que es un inequívoco signo de alarma. Aunque «alarma» quizá no es la palabra para definir la sensación que produce algo que debiéramos haber esperado. El tiempo no perdona a nadie, ni a los más grandes. Ni siquiera nos sirve como referencia por la longevidad Jimmy Connors —diríamos que genética, porque después de retirarse continuó rindiendo a gran nivel en torneos de veteranos—, ya que la etapa dorada de Nadal comenzó hace doce años, lo mismo que duró la del combativo Jimmy.

Eso sí, existe una notable excepción a la regla: Andre Agassi. En el plano temporal su carrera no se parece a la de ningún otro tenista de los últimos cuarenta años. Él demostró que se puede luchar contra el calendario. Entre 1990 y 1995, su primera época de esplendor, ganó tres títulos y llegó a otras cuatro finales. En 1996 empezó a mostrar signos de un bajón un tanto prematuro, pero como todavía fue capaz de alcanzar semifinales en Australia y Estados Unidos se antojaba precipitado afirmar que sus mejores tiempos habían pasado. La cosa empeoró en 1997 y 1998; durante dos años no pasó de la cuarta ronda en ningún torneo grande. Esto hizo, entonces sí, que muchos le diesen por acabado cuando tenía veintiocho años. De hecho, lo normal hubiese sido que nunca hubiese conseguido retornar a lo más alto, porque cuando un tenista ha caído en semejante declive no suele suceder que lo veamos recuperar su antigua forma. Pues bien, Agassi no solo la recuperó a los veintinueve años (uno menos de los que ahora tiene Nadal), cuando ganó Roland Garros para sorpresa de todos, sino que aquella insólita segunda juventud tenística duró otros siete años, ¡nada menos!, y le supuso seis grandes títulos a sumar a los tres que ya poseía, amén de quedar subcampeón en otros tres slams. Algo que parecía, y sigue pareciendo, casi milagroso. Pero el ejemplo de Agassi, aunque desearíamos que se repita en la trayectoria Nadal, es demasiado extraordinario como para convertirlo en una referencia razonable. Para empezar, hay que decir que el juego del estadounidense, por sus peculiares características, permitía un tipo de reajuste hacia un estilo donde el rendimiento físico ya no fuese tan importante. Por eso al Agassi de la «segunda juventud» pudimos verlo dosificando energías y dominando partidos desde el fondo de la pista, gracias a una mecánica de tiro bastante alejada de la forma de jugar de nuestro ídolo mallorquín.

Andre Agassi y Pete Sampras. Foto: Cordon.
Andre Agassi y Pete Sampras. Foto: Cordon.

Agassi aparte, los demás multicampeones casi nunca han conseguido brillar en los torneos grandes cuando su juego ha empezado a declinar. El único que lo hizo fue Pete Sampras. Durante sus dos temporadas finales estaba ya sufriendo un declive evidente para todos; incluso fue eliminado de manera temprana en su torneo favorito, Wimbledon. Sin embargo, de manera un tanto sorprendente y con ayuda de su saque fuera de lo común (un arma que Nadal no posee), se las arregló para realizar sendas actuaciones brillantes en sus últimas dos participaciones en el US Open: fue subcampeón en 2001 y campeón en 2002. La victoria del 2002, en especial, fue bastante inesperada. Es verdad que solamente hacía dos años desde su último triunfo en un slam y que había sido finalista el año anterior, pero estos datos engañan. Si algo enseña la historia del tenis es que la decadencia de los jugadores, cuando llega, acostumbra a ser terriblemente veloz. Ayudada, claro, por la pérdida de la aureola del jugador en cuestión, otro detalle clave en un deporte donde el factor psicológico resulta tan decisivo. El propio Sampras debió de pensar, como todos los que habían asistido a su último gran triunfo, que al año siguiente le resultaría casi imposible repetir la hazaña, como parece demostrar el que decidiese retirarse en aquel punto álgido, como vigente campeón del US Open, sin arriesgarse a perder el título sobre las pistas. Había sido un fantástico canto del cisne en mitad de una carrera que iba cuesta abajo, y no un indicio de recuperación.

El caso de Roger Federer también merece comentario aparte. En el momento de escribir estas líneas lleva cuatro temporadas sin ganar un título grande… pero ha llegado a tres finales y cinco semifinales. Estos resultados en los slams ya los querrían para sí, y en sus mejores años, la mayoría de los tenistas del circuito. Pero cuando hablamos del mejor jugador de la era ATP (y quizá de toda la historia del tenis) suenan a decadencia irrecuperable. Es cierto que nunca se puede descartar que Federer tenga un par de semanas mágicas en algún momento del año, y que esas dos semanas coincidan con su participación en un slam. Sería alucinante, e inédito, pero podría suceder, dado que su repertorio técnico es inigualable. Ahora bien, tampoco apuesten por ello salvo que les sobre el dinero. Sería un muy bienvenido canto del cisne, pero no es sensato depositar una confianza ciega en que suceda.

Decimos que el declive de un tenista es rápido, pero eso no significa que resulte siempre evidente. A veces consiste en un cambio sutil; tan sutil que cuando el público le ve jugar, sobre todo si tiene un buen día, piensa «todavía puede ganar un grande». Ese cambio puede manifestarse, por ejemplo, en el pequeño abismo que hay entre, jugando de manera similar, ganar los puntos decisivos y no ganarlos. El tenis requiere tanta precisión y un ritmo tan vivo que una pequeña disminución en las cualidades físicas o mentales de un jugador supone la diferencia entre acostumbrarse a ganar o, por el contrario, acostumbrarse a «casi» ganar. Esto es, a perder pero dando al público (y muchas veces a la prensa) la falsa impresión de que ha jugado a exactamente el mismo nivel que el oponente. Esto, claro, sucede más en los principales torneos ante los mejores rivales. El tenista que ha empezado su declive no se levanta una mañana y empieza a perder 0-6, 0-6, 0-6, salvo que haya sufrido una lesión o algo parecido. De hecho, estando saludable, sigue jugando bien y ofreciendo momentos de brillantez. Pero eso ya no basta. Lo más habitual es que empiece a perder partidos clave «por muy poco» cada vez más a menudo, cuando antes solía tener la ventaja competitiva en situaciones parecidas. ¿Por qué pasa esto? La respuesta es lógica: la diferencia de nivel entre tenistas de élite no siempre resulta fácil de percibir, salvo en el historial de resultados. Sobre la pista vemos la lucha, los grandes puntos, los grandes tiros… todo eso sigue ahí; lo que ya no está es la capacidad para imponerse con tanta facilidad en los trances definitivos del partido.

Roger Federer y Rafa Nadal. Foto: Cordon.
Roger Federer y Rafa Nadal. Foto: Cordon.

Algo así le sucede a Nadal en los slams. Ojo, no descarto que gane alguno más. En su caso sí me parece por lo menos probable, sobre todo en Roland Garros (un tanto menos en Australia; y me sorprendería que lo consiguiera de nuevo en Wimbledon o el US Open). Todo lo que necesita es tener esas dos semanas mágicas y que coincidan con la competición sobre su superficie favorita; todavía no está tan lejos de su mejor momento como para que una victoria en París resulte impensable. Aun así, un frío análisis del asunto arroja varios problemas. Uno, que sus máximos competidores, salvo que algo cambie, todavía están en plena forma: Djokovic, Murray, Wawrinka, etc.

Otro problema, no inferior, es que el resto del cuadro es cada vez más joven con respecto a Nadal, y además, como es lógico, está mucho más hambriento de títulos y en mejor condición física. Rafa ha sufrido mucho desgaste durante su carrera; su estilo siempre fue muy exigente desde el punto de vista mecánico, y aunque ha realizado hábiles ajustes en su juego a lo largo del tiempo —como no podía ser de otra manera— quizá ya no basten para compensar lo perdido. Recuerden que un minúsculo punto de velocidad, por ejemplo, supone la diferencia entre llegar a una pelota con comodidad y golpearla sin la precisión necesaria para ganar un punto apurado como los que suelen darse en los momentos clave de un partido importante. En tenis hablamos en centímetros, y con la aplicación del «ojo de halcón» a veces casi en milímetros. Los grandes partidos no se ganan tirando pelotas fáciles, sino dando golpes arriesgados, a las líneas, bajo mucha presión. El talento no disminuye, pero las herramientas físicas con las que aplicarlo sí se van desgastando, junto con una lógica variación en la motivación. Rafael Nadal lleva catorce años de competición profesional; diez de ellos los ha pasado ganando los más importantes títulos, en lo más alto, peleando contra cualquiera y consiguiendo imponerse a menudo. Si consigue ganar otro grande, será miel sobre hojuelas. Pero quizá ha llegado el momento de darle un respiro, de ser aficionados realistas y no continuar exigiéndole lo que él, como ningún otro tenista, no sería capaz de ofrecer a estas alturas de una carrera. Bienvenido será si consigue nuevas hazañas en los principales torneos, y yo sería el primero feliz por incluirlo en la parte inusual de las estadísticas, pero el tenis, como todo en la vida (y la vida misma), tiene sus ciclos. Cuando se han traspasado ciertas líneas, es imposible volver atrás. Así pues, ¿posible? Sí. ¿Probable? Por desgracia, cada vez menos. Ni falta que hace, por descontado.

Foto: Cordon.
Foto: Cordon.


Roger Federer, Serena Williams y veinte cosas que aprendimos de este último Wimbledon

roger federer loses against milos raonic wimbledon 2016 semifinals men, 644/cordon
Roger Federer tras perder contra Milos Raonic en Wimbledon 2016. Fotografía: Cordon Press.

A la tercera fue la vencida. Después de dos finales de Grand Slam perdidas este año, Andy Murray y Serena Williams consiguieron alzar el título en Wimbledon y, todo hay que decirlo, con bastante holgura. A los treinta y cuatro años, el dominio de «la pequeña de las Williams» en los grandes torneos de la WTA es abrumador. Baste con decir que entre 2015 y lo que va de 2016 suma cuatro títulos, dos finales y una semifinal. De acuerdo, no es perfecta, pero su estatus ya está prácticamente a la altura de las más grandes campeonas. Su vigésimo segundo slam la iguala con Steffi Graf, solo por detrás de Margaret Smith Court, aunque la australiana apenas tuvo competencia durante sus años de esplendor.

Otra cosa es lo de Murray, porque todos sabemos que el gran dictador del circuito masculino es Novak Djokovic. Tan dictador que casi habíamos pasado por alto la excelente temporada del escocés. Pasado el ecuador de la temporada, Murray queda a menos de mil puntos del serbio en la clasificación anual, es decir, si consigue mantener la concentración y la ambición aspira a acabar 2016 como número 1 del mundo ante un tipo que acaba de igualar un récord de 1969.

El camino de Andy hacia su tercer Grand Slam, el segundo en Wimbledon, fue prácticamente un paseo excepto por ese partido que siempre se le atraganta en cada torneo y que esta vez le pilló en cuartos de final contra Jo-Wilfried Tsonga. Murray ganaba dos sets a uno y tenía break a favor en el cuarto. De repente perdió cuatro juegos seguidos, se fueron a la quinta manga y el francés llegó a tener bola de break sobre el servicio de Murray en el primer juego. Quizá de haber aprovechado esa oportunidad ahora estaríamos hablando de otro ganador… pero no lo creo, la superioridad de Murray ahora mismo sobre cualquier rival que no se apellide Djokovic es tal que algún recurso habría encontrado para darle la vuelta al desaguisado.

Con todo, un torneo como Wimbledon da para mucho análisis, vamos a intentar resumirlo todo en veinte párrafos:

  1. Igual que los triunfos de Novak Djokovic no tendrían que haber eclipsado la enorme temporada de Andy Murray, hay que intentar que el triunfo de Murray no eclipse el enorme torneo de Milos Raonic. El canadiense ha conseguido ser el primer jugador nacido en la década de los noventa en llegar al menos a una final de Grand Slam. Estando en 2016 me parece una barbaridad. Ya solo queda que algún noventero dé el paso adelante y gane por lo menos un Masters 1000, que de momento ni eso.
  1. Por cierto, la final entre Murray y Raonic fue solo la segunda de Grand Slam desde el Australian Open de 2005 sin Djokovic, Federer o Nadal. La otra excepción se dio en el US Open de 2014, cuando Kei Nishikori y Marin Cilic se jugaron el trofeo. En Wimbledon hay que remontarse hasta 2002, la final entre Hewitt y Nalbandian. De 2003 en adelante, siempre había estado presente alguno de los tres grandes.
  1. De hecho, no faltó mucho para que Federer estuviera el domingo en la pista central. Faltó poco más de un punto, el que le hubiera dado el break casi definitivo en el cuarto set ante Raonic las tres veces que tuvo oportunidad. No pudo ser. El suizo acabó entregando la manga tras desaprovechar un 40-0 con su servicio en el último juego —dos dobles faltas y un millón de decisiones tácticas inexplicables— y llegó al quinto set sin gasolina, como si tuviera casi treinta y cinco años y llevara todo el año sin enganchar dos meses seguidos de competición.
  1. Le mando un mensaje a Carlos Moyá, el entrenador de Raonic, para felicitarle y lo primero que me dice es: «Derrota durísima para Roger». Esto tiene tres explicaciones: 1) Que sabe que yo soy un forofo de Federer como no lo soy de nadie más en este mundo, 2) que él también, en cierto modo, siente ver a una leyenda perder de esa manera y 3) que los dos sabemos que este, ahora sí, pudo ser su último baile en un Grand Slam. En semifinales, sin Djokovic en el cuadro, con ventaja de dos sets a uno, en un torneo que ha ganado siete veces… El escenario era inmejorable, pero a la vez llegaba en el peor momento. Federer venía de jugar dos torneos de preparación horribles y uno no pasa de la nada al todo en dos semanas así como así. Salvo que seas Pete Sampras y estés en el US Open de 2002.
  1. ¿Qué pasó con Djokovic? Bueno, pues que perdió. Ya saben para qué hacen estas cosas, para que unos ganen y otros pierdan. Sería absurdo decir que a Novak le daba igual ganar este Wimbledon porque a nadie le amarga un dulce, pero después de ganarlo todo y sabiendo que tiene los Juegos Olímpicos a un mes de distancia, es normal que su preparación física y mental esté destinada a otros retos. Que la derrota fuera ante Sam Querrey quizá resultó lo más sorprendente.

  1. Raonic aparte, no se puede decir que los jóvenes aspirantes hayan tenido un gran torneo (y Raonic, ojo, tiene veinticinco años, no es ningún adolescente). Thiem hizo la típica de jugar todos los torneos previos para caer desfondado en segunda ronda del que verdaderamente cuenta. Ya sé que en Roland Garros le salió bien, pero como táctica es un suicidio. Zverev pasó un par de rondas, que es lo que uno puede considerar un éxito a los diecinueve años, y Fritz tuvo la enorme mala suerte de enfrentarse a Stan Wawrinka en la primera. Aun así le ganó un set. Viéndole jugar en Sttutgart ante Federer da la sensación de que este chico va a ganar en Londres más de una y de dos veces, pero nunca se sabe.
  1. Nick Kyrgios es un caso aparte. Llegó a octavos de final, sí, pero su actitud volvió a ser bochornosa. Ha llegado un momento en el que el jugador australiano parece irrecuperable para la competición… y eso que solo tiene veintidós años. Todo son quejas, todo son burlas, todo son distracciones. Como alguien comentaba en Twitter, si es verdad que no le gusta el tenis quizá debería hablar con Agassi, pero ni creo que Agassi tenga tiempo para hacer de Hermano mayor ni creo que Kyrgios tenga la humildad suficiente para aceptar ningún consejo.
  1. La gran historia de la primera semana fue la de Marcus Willis, el desconocido profesor de tenis que consiguió clasificarse pasando por interminables rondas previas y ganar su partido de primera ronda contra Ricardas Berankis. Hablamos de un hombre de veinticinco años que da clases a treinta libras la hora y que ocupa el puesto 772 del mundo, que es como nada. ¿El premio por esa victoria? Un cheque de cincuenta mil libras y un enfrentamiento en segunda ronda contra Roger Federer, donde además consiguió ganar siete juegos.
  1. Tres buenas noticias y dos decepciones para acabar con el cuadro masculino: empezando por lo primero, hay que destacar a Thomas Berdych, que parecía acabado y se coló en semifinales, a Lucas Pouille, que no había ganado un partido en Wimbledon en toda su carrera y llegó este año a cuartos de final, cayendo en cinco sets ante el propio Berdych, y a Marin Cilic, otro hombre que parecía desaparecido desde su victoria en Nueva York hace casi dos años y que se quedó a tres match points de eliminar a Federer y meterse en semifinales.
  1. ¿Las decepciones? Stan Wawrinka y David Ferrer. Lo de Wawrinka cayendo en la primera o segunda ronda de un torneo para acabar ganando el siguiente es algo a lo que ya nos tiene acostumbrados. Más preocupante parece lo de David Ferrer. Con treinta y tres años, viene de encadenar muchas temporadas con demasiados torneos jugados. Es como si de repente todo ese cansancio físico y mental se le hubiera echado encima en apenas seis meses. Decir que su carrera a alto nivel está acabada sería mucho decir, pero volverle a ver en las últimas rondas de los grandes torneos sería una enorme sorpresa. Lo que nos lleva a…
  1. El tenis español. En Roland Garros, tuvimos a Muguruza y la tuvimos como campeona. En Wimbledon volvimos a los tiempos de «la hierba es para las vacas». Solo Carla Suárez consiguió llegar a la segunda semana y volvió a caer en octavos ante una rival cuando menos asequible. Parece que su límite está ahí y no es poca cosa si se compara con el resto: sin Nadal y Ferrer no hay nada que hacer. Feliciano ganó un partido heroico contra Fognini, pero a su edad es complicado pedirle grandes gestas. De los menores de veinticinco años seguimos sin saber absolutamente nada.
  1. Por cierto, la derrota de Garbiñe Muguruza entra dentro de lo esperable. Creo que el sentimiento común entre toda la prensa especializada cuando ganó Roland Garros fue algo así como «cuidado, no vayamos a meterle demasiada presión». Tiene todos los golpes pero le falta la concentración y la mentalidad para decir «voy a dar lo mejor de mí en cada punto, en cada juego, en cada set… y así cada semana». Su victoria en París no era un pasaporte a la gloria eterna, su derrota en Londres tampoco debería alarmar a nadie.
  1. Quien, desde luego, sí tiene esa mentalidad ganadora y es la única que parece tenerla con cierta regularidad en el circuito femenino es Serena Williams. Verla ganar y arrollar año tras año es espectacular. Hablamos de una chica que ganó su primer Grand Slam en 1999, es decir, hace diecisiete años. Algunas de sus rivales no habían nacido o llevaban aún pañal. A su título individual le añadió el de dobles con su hermana Venus, un doblete que llega a pocas semanas de los Juegos de Río.
  1. A sus treinta y seis años —se dice pronto, teniendo en cuenta que debutó con catorce, en partido contra Arantxa Sánchez-Vicario—, Venus Williams no solo logró la victoria en dobles —la decimocuarta de su carrera, todas junto a su hermana Serena— sino que se plantó en semifinales del cuadro de individuales, asegurándose así seguir unas cuantas semanas más entre las diez mejores del mundo. No solo llegó a la penúltima ronda sino que se lo puso muy complicado a Angelique Kerber, de vuelta tras el fiasco de Roland Garros.
  1. Y es que, de hecho, si en alguien debe fijarse Muguruza es en Kerber: ganó Australia, cayó en primera ronda en Roland Garros y ahora de nuevo finalista en Wimbledon, recuperando el número dos del mundo. Es decir, triunfó, cayó y se volvió a levantar. De todos los tópicos del mundo del deporte este es el más inevitable: sobreponerse es todo, que diría Rilke. Kerber lo ha hecho. Veremos Garbiñe.
  1. Las aspirantes seguirán un año más siendo eso: aspirantes. Y entre todas sigue destacando Agnieszka Radwanska, probablemente la mejor jugadora del circuito en torneos fuera del Grand Slam. La polaca nos dejó al menos el mejor partido del torneo, una maratón ante la eslovaca Dominica Cibulkova que acabó con 9-7 en el tercer set después de salvar innumerables puntos de partido. Tiene veintisiete años y por lo tanto habrá margen para más oportunidades. Pero conviene que las vaya aprovechando.

  1. Creo que ya se puede decir oficialmente: Belinda Bencic tiene un problema. Después de un 2015 estelar como adolescente se ha encontrado con un 2016 en el que no deja de encadenar lesiones. Ese tipo de lesiones que no te inhabilitan pero hacen que te retires a los pocos juegos de la primera ronda. Un continuo «sí pero no» que recuerda a lo que le pasó a Eugenie Bouchard tras su portentoso 2014. Solo esperamos que la crisis le dure menos a la suiza que a la canadiense, que se sostiene entre las cincuenta mejores del mundo por los pelos.
  1. La lluvia obligó a la organización a hacer una minijornada de recuperación el sagrado Middle Sunday. Pocos partidos y muchísimos aficionados. Wimbledon sigue siendo una religión y uno no deja de preguntarse por qué es tan complicado añadir una gira de hierba al circuito ATP. Una gira decente, quiero decir, algo más de tres semanas y un Grand Slam. Entiendo que es una cuestión de dinero: para que algo entre, algo tiene que salir y nadie está dispuesto. ¿Se imaginan lo que sería la ATP si ahora, en vez de volver al cemento norteamericano que ya frecuentamos en febrero y marzo, tuviéramos al menos un mes más de Masters 1000 en hierba? Una delicia.
  1. Y, sin embargo, hay que centrarse en el futuro, sea el que sea. Los Juegos de Río hacen que la gira norteamericana se adelante, así que en nada estará ya todo el circo de camino a Canadá y a Cincinnati. ¿Con Nadal? Aún no está claro aunque se supone que sí. Una lesión de muñeca no es algo con lo que haya que tener prisa y si no que le pregunten a Juan Martín del Potro (por cierto, Delpo llegó a tercera ronda, derrotando precisamente a Wawrinka, poco a poco le vamos teniendo de vuelta). Puede que se pruebe en uno de los dos torneos y de ahí vaya directamente a los Juegos, donde será el abanderado español.
  1. ¿Quién es el favorito para ese torneo? Djokovic, sin duda. Y si de camino pilla Cincinnati, mejor que mejor, así completa su palmarés con TODOS los torneos de Grand Slam, TODOS los Masters 1000, el oro olímpico y la Copa Davis. Ahora bien, no es fácil volverse a enganchar cuando uno ha desconectado mentalmente un par de meses. Es complicado pensar en alguien que no sea Murray como rival, pero, ojo, en los Juegos los partidos son al mejor de tres sets y ahí los torneos se abren. No es casualidad que en el palmarés haya gente como Marc Rosset o Nicolás Massú, con todos mis respetos. Si la caída de Federer en el quinto set ante Raonic no le ha provocado una nueva lesión y llega al cien por cien, me costaría mucho descartarle de entrada.

File photo dated 05/08/2012 of Great Britain's Andy Murray with his Olympic Gold and Silver Medals at Wimbledon.
Andy Murray en los Juegos Olímpicos de Londres 2012. Fotografía: Cordon Press.


El torneo que cambió la historia del tenis español

Carlos Moyà. Foto: Cordon Press.
Carlos Moyà. Foto: Cordon Press.

Con solo veintinueve años recién cumplidos, a Boris Becker le pesaban las piernas como si llevara toda la vida corriendo de lado a lado de la pista o, más bien, de la línea de saque a la red. En parte, tenía razón. Desde su aparición meteórica como campeón de Wimbledon en 1985 habían pasado ya doce temporadas, cada cual más agotadora que la anterior. Su juego de saque y volea seguía funcionando, por supuesto, pero la exigencia era cada vez mayor: Becker veía cómo sus rivales de siempre —Edberg, Lendl, Wilander…— se iban retirando poco a poco y su única ilusión era seguir dando guerra a los de su generación: Agassi, Sampras, Courier

Otra cosa era lo de los chavales jóvenes que estaban a punto de irrumpir a lo salvaje en el circuito. Competir con iguales está bien. Competir con críos como Kuerten, Safin, Hewitt o la incansable cantera de españoles que surgían uno tras otro —de Bruguera a Berasategui, de Berasategui a Albert Costa, de Albert Costa a Álex Corretja y así sucesivamente— se estaba convirtiendo en un suplicio.

Por eso, cuando el vigente campeón del Open de Australia vio el sorteo que le deparaba la edición de 1997 no pudo evitar fruncir el ceño. Su rival sería Carlos Moyà. Por supuesto, había motivos para el optimismo: Moyà era demasiado joven, solo veinte años, y después de dos temporadas en el circuito sus resultados fuera de la tierra batida habían sido modestos. En general, el rendimiento de las «ratas de tierra», como llamaba la prensa francesa a nuestros compatriotas, solía ser decepcionante en pistas rápidas, aunque ya por entonces se palpaba la sensación de que ese tópico podía cambiar en cualquier momento, exactamente desde que Álex Corretja le forzara cinco sets al mismísimo Pete Sampras en los cuartos de final del US Open de 1996, aquel partido que el número uno del mundo ganó en el tie-break definitivo entre vómitos.

Por eso mismo, Becker también tenía muchas razones para mostrarse precavido. De entrada, Moyà, como hemos dicho, era español y contra un español sabías que ibas a tener que correr una barbaridad, mucho más de lo que el alemán acostumbraba a hacer en sus partidos… y, además, el mallorquín ya le había derrotado contra todo pronóstico un par de meses antes en París-Bercy, es decir, en pista cubierta, una auténtica hazaña ante uno de los mejores jugadores de la historia sobre esa superficie.

Para poner en perspectiva esa victoria, hay que recordar que, inmediatamente después, Becker fue finalista de la Masters Cup y como colofón a un año brillantísimo ganó la Grand Slam Cup, ambos torneos bajo techo y contra los mejores jugadores del ranking.

Teníamos por lo tanto a un jugador en un gran momento de forma, estrella mundial y campeón de la anterior edición contra un posadolescente que rondaba el top 25 y que nunca había pasado de segunda ronda en un Grand Slam, aunque ya contara con dos torneos ATP en sus vitrinas —Buenos Aires y Umag, su gran fetiche— y unas cuantas finales, incluyendo una muy reciente: en Sídney, donde solo Tim Henman, otro posadolescente que había deslumbrado el año anterior en Wimbledon, le pudo derrotar.

Becker buscaba un partido rápido y sin concesiones, Moyà estaba encantado de verse en la pista central de un gran torneo, sin nada que perder, con todo el futuro por delante. Desde el principio se vio que aquel español era distinto: alto, fornido, pelo largo recogido en una cinta de Nike, camiseta sin mangas para combatir el calor y una derecha demoledora que complementaba un saque más que decente. El campeón empezó imponiéndose en el primer set por 7-5 y cedió el siguiente en el tie-break, para recuperarse en el tercero con un claro 6-2 a su favor. A partir de ahí, las pilas se le agotaron.

Moyà parecía fresco como una lechuga y Becker sudaba como un pollo. Sus problemas con el servicio, su gran arma, se multiplicaron. Consiguió diecinueve aces pero a costa de cometer hasta dieciocho dobles faltas. Eso no fue lo peor: con su segundo servicio, apenas ganó el 26% de los puntos jugados. Moyà no se limitaba a defenderse y tirar bolas liftadas al revés, sino que atacaba, atacaba y atacaba. En cuanto una bola se quedaba corta, derechazo y a por la siguiente. Hasta dieciséis oportunidades de break disfrutó sobre el servicio del antaño «Boom Boom» Becker. Convertir seis le bastó para ganar el partido en cinco sets, los dos últimos con relativa comodidad.

El público alucinaba, no solo por la sorpresa sino por la planta del balear. De la noche a la mañana, había nacido una estrella.

El inicio del esplendor de la «Spanish Armada»

El Open de Australia es un torneo atípico. Durante muchos años las grandes estrellas del tenis —Borg, Connors, McEnroe, Lendl en sus primeras temporadas, incluso Agassi posteriormente— prefirieron tomarse el mes de enero de descanso en vez de cruzarse el mundo para encontrarse canchas a cuarenta grados de temperatura en pleno invierno europeo. Quizá por eso, siempre fue el Grand Slam más propicio a las sorpresas.

En lo extradeportivo, el público se entregaba sin medida. No hay tantos grandes eventos en Australia como para desperdiciar uno de esta índole. El triunfo de Moyà ante Becker le proporcionó no solo un cierto eco mediático sino el inmediato apoyo de dos sectores clave de la afición: las adolescentes, prendadas del físico, y la comunidad homosexual, que siempre se había volcado con Edberg y que ahora tenía un nuevo ídolo. Moyà derrochaba juventud, alegría, sonrisas y unos brazos musculosos a la vista de todo el mundo. Tras unos años en los que los tenistas españoles rehuían también la visita a las antípodas, parecía que por fin el esfuerzo surtía efecto: la final de Sídney y ahora esta victoria ante Becker. ¿Por qué parar ahí?

En segunda ronda esperaba Patrick McEnroe, el hermanísimo, dando sus últimas bocanadas. Quizá todavía algo en las nubes por su triunfo inicial, Moyà cedió el primer set pero se impuso claramente en los tres siguientes (6-0, 6-3. 6-1). De esta manera batía su mejor registro en un torneo del Grand Slam y se colaba entre los veinte primeros del mundo por primera vez en una carrera bastante precoz, no en vano llegó al top 100 con dieciocho años y, de hecho, no bajó de esa posición en el ranking hasta su retirada en 2010, es decir, quince años después. No mucha gente lo sabe, pero solo otros ocho jugadores en toda la historia han conseguido superar su consistencia y longevidad.

Con el apoyo de los aficionados y el incipiente interés de la prensa española como viento de cola, Charly pasó por encima del alemán Karbacher en tercera ronda para conseguir un puesto en los octavos de final, frente al imprevisible sueco Jonas Bjorkman.

Bjorkman era ante todo un buen jugador de dobles, lo que no impidió que coqueteara con el top ten durante un par de temporadas en individuales. No sacaba muy fuerte, pero sabía colocar el servicio donde más daño hacía y culminar después la jugada con una buena derecha o, más habitualmente, una subida a la red. Moyà lo pasó realmente mal ese día: ganó el primer set y de repente entró en barrena perdiendo los dos siguientes por 6-1 y 6-4. A su favor, sin embargo, seguía jugando el calor, el cansancio de un rival varios años mayor que él y la pasión de la grada. No solo eso, también ayudaba la sensación de estar participando de algo histórico: con Albert Costa y Félix Mantilla ya en cuartos de final, el mito de la «Spanish Armada» traspasaba fronteras y conseguía por fin un buen resultado en Australia, tierra inhóspita donde nunca ningún español había sido capaz de alzarse con el trofeo hasta que Rafa Nadal rompiera la maldición en 2009.

El caso es que Moyà reaccionó entre carteles de «Moya the destroyer» y gritos de apoyo. Los dos últimos sets acabaron 6-2 y 6-4 a su favor. En cuartos de final esperaba un compatriota, Félix Mantilla, un rival habitual en challengers y torneos de tierra batida de categoría menor. Ante Mantilla había ganado su primer título, en Buenos Aires, en 1995, y ante Mantilla había perdido la final de Oporto al año siguiente. Félix no era un jugador con un gran talento, pero había que matarle si querías ganarle un partido. Que le pregunten al propio Federer. Resistente como pocos, abanderado de la tradición hispana de pasar siempre una bola más que el rival, Mantilla sí que era un verdadero invitado sorpresa a esa ronda, y plantó cara como se esperaba de él, forzando cuatro sets ante un rival cada día más entonado.

No fue suficiente, por supuesto. Charly Moyà conseguía su quinta victoria en Australia y se ganaba un puesto en semifinales contra el pétreo Michael Chang, finalista el año anterior y número dos del mundo.

Nunca vimos a nadie jugar así en pista dura

Chang conocía perfectamente la sensación de explotar deportivamente en el lugar adecuado y el momento preciso. Con diecisiete años, sigue siendo el campeón más joven de la historia de Roland Garros, cuando sorprendió a Ivan Lendl en octavos de final con aquel saque de cuchara y superó a Stefan Edberg en la final, privándole del único torneo de Grand Slam que el sueco no pudo sumar.

Desde aquel título de 1989 habían pasado ocho años casi y Chang no había logrado revalidar sus laureles. Eso sí, bajarle del top ten era imposible. Su juego se adaptaba perfectamente a la tierra, a la pista cubierta y sobre todo al cemento al aire libre. No era un tipo espectacular, ni mucho menos, pero corría como un demonio y su juego defensivo era con diferencia el mejor del circuito. Aparte de la final en Australia de 1996, Chang había sido también finalista del US Open de aquel año y del Roland Garros de 1995, un título que llevaba escrito el nombre de Thomas Muster desde antes de que empezara el torneo y que acabó, por supuesto, en manos del austriaco.

En definitiva, Chang estaba en el mejor momento de su carrera, a punto de cumplir los veinticinco años y su favoritismo era arrollador. Todos los expertos convenían en que Moyà ya había hecho más que suficiente llegando hasta ahí y que sus largos partidos tenían que pasarle factura tarde o temprano. Aparte, por supuesto, el tema de la experiencia: para Charly era su primera semifinal de un torneo de Grand Slam, el estadounidense de origen chino sumaba ya seis, tres consecutivas en Melbourne.

Lo que vimos aquel día es difícil de explicar casi veinte años después. Moyà no solo ganó sino que pasó por encima de Chang. Derecha tras derecha, arrinconó al diminuto estadounidense y le derrotó en tres sets (7-5, 6-2 y 6-4). Nunca habíamos visto a un español jugar de esa manera en pistas rápidas. Aquello era una auténtica revolución para alegría de uno de sus grandes mentores, el por entonces capitán de Copa Davis, Manolo Santana, que siempre dijo que Charly acabaría ganando Wimbledon, aunque a la postre ni siquiera se quedó cerca.

En cualquier caso lo que tocaba era ganar Australia, romper el gafe hispano y derrotar a Pete Sampras. Tarea muy complicada, desde luego. Para empezar, Sampras llevaba casi cuatro años instalado en el número uno del mundo y su fiabilidad en las grandes citas era brutal: diez finales de Grand Slam jugadas y ocho ganadas hasta el momento. «Pistol» Pete era un jugador al que podías ganar en Memphis o en Sttutgart o desde luego en casi cualquier torneo de tierra batida. Incluso podías sorprenderle en primera o segunda ronda de un Grand Slam… pero una vez llegaban las rondas finales era inalcanzable. Se habla mucho de su servicio y con razón, pero su derecha era un misil y su capacidad de concentración solo puede compararse a la de un Nadal o un Djokovic una década más tarde.

Sampras sabía cómo ganarte y cómo hacerlo con el menor esfuerzo posible. No era un gran talento, los que hayan leído la famosa autobiografía de Agassi lo sabrán, pero mientras todos los compatriotas de su generación copaban los primeros puestos del ranking aún en la adolescencia, él esperó a 1990 para directamente ganar el US Open cuando no le conocía casi nadie. Era un animal competitivo y desde luego el ambiente en la central a favor del español no iba a intimidarle.

«Hasta luego, Lucas», la anécdota de una final olvidable

De aquel partido entre Carlos Moyà y Pete Sampras se habla poco porque hay poco de lo que hablar: fue una masacre. Sampras se limitó a romper el servicio del español al principio de cada set y luego dejarse llevar con el suyo. El único momento de zozobra llegó ya en la segunda manga, cuando, con empate a tres juegos, el balear tuvo bola de break a favor. De haberla convertido, quizá todo habría cambiado, pero de hipótesis no vive el deportista y el caso es que no ganó el punto, no ganó el juego, cedió su siguiente saque y ya con dos sets a cero en contra, se dejó llevar hasta una derrota que probablemente no hiciera justicia a su magnífico torneo.

En la entrega de premios, y eso sí suele recordarse, soltó su célebre «Hasta luego, Lucas», al parecer una especie de apuesta con un amigo en recuerdo del mítico Chiquito de la Calzada, esa pesadilla recurrente que nos acompañó durante casi toda la década.

En cualquier caso, aquello fue un antes y un después. Para Moyà y para el tenis español. Es cierto que las lesiones no permitieron ver la mejor versión de Charly, pero aun así fue campeón de Roland Garros en 1998, finalista del Masters ese mismo año y número uno del mundo en 1999, el primer español en conseguirlo. Llegó a semifinales del US Open y fue capaz de ganar en Cincinnati, una de las pistas más rápidas del circuito. Siempre se le acusó de ser irregular y no dar el cien por cien, quizá por sus relaciones con chicas guapísimas y su carácter en apariencia relajado, como si, en definitiva, el tenis no fuera más que un juego.

Lo que queda, sin embargo, son las estadísticas: no solo los quince años consecutivos entre los cien primeros sino su empeño por sobreponerse a las lesiones. Después del bajón de 2000 resucitó en 2002 con cuatro títulos y en 2003 con otros tres, los mismos que sumó en 2004. Por supuesto, se clasificaría para el Masters en las tres ocasiones. Incluso cuando ya había cumplido treinta años y su nivel no se acercaba al de antaño, con serios problemas en el hombro y la espalda, Moyà fue capaz de alcanzar los cuartos de final en Roland Garros y el US Open en 2007. Sus verdugos fueron ni más ni menos que Nadal y Djokovic, respectivamente.

Con todo, la importancia de Moyà se hace más visible en su influencia sobre el resto de tenistas españoles, que vieron que podían ganarle a cualquiera en cualquier pista. Antes de Australia 1997, solo Bruguera parecía apto para competir en grandes torneos. En los años siguientes, Corretja ganó el Masters, Ferrero disputó una épica final contra Hewitt en 2002 y Feliciano López llegó hasta tres veces a cuartos de final de Wimbledon.

No queda ahí la cosa: antes de la irrupción de Moyà, España nunca había ganado la Copa Davis. Es más, hacía treinta años que no jugaba una final. Desde entonces, la ha ganado cinco veces. Por problemas de lesiones y por la enorme competitividad que encontró en su camino, Charly solo pudo participar en una de ellas, la de 2004 en Sevilla, consiguiendo además el punto decisivo y culminando el trabajo que había iniciado en el primer partido ante Andy Roddick un crío de dieciocho años recién cumplidos llamado Rafael Nadal.


Michael Chang, Ivan Lendl y el saque de cuchara: historia de un milagro adolescente

Michael Chang en la final de Roland Garros de 1989. Foto: Cordon Press.
Michael Chang en la final de Roland Garros de 1989. Foto: Cordon Press.

En el principio fue Aaron Krickstein. La cinta en el pelo y la melena rockera, salida de alguna película ochentera de Martin Scorsese o de algún concierto de los Scorpions. Krickstein, campeón en Tel-Aviv dos meses después de cumplir los dieciséis años y en octavos de final del US Open 1983 antes de los diecisiete. En 1984, un paso adelante: el Top Ten, los honores compartidos con los grandes ídolos americanos: Jimmy Connors, John McEnroe… Multitud de ofertas publicitarias y la sensación de que todo había quedado viejo al paso de este adolescente.

Krickstein dio el pistoletazo de salida pero se quedó estancado a los pocos metros. Con veinte años, aún en 1987, su progresión se detuvo y los nuevos bólidos, los nuevos clones, empezaron a adelantarlo por la derecha: el primero, por supuesto, Andre Agassi, el chico de Las Vegas apadrinado por Nick Bolletieri y su academia de tenis, la fábrica de talentos donde Agassi competía con Jim Courier, con su odiado Jim Courier, talento frente a fuerza bruta, arte frente a una mentalidad de hierro.

Agassi asomó la patita con diecisiete años y se consagró con dieciocho: en 1988 no solo acabó como número cinco del mundo sino que ganó seis torneos ATP y jugó las semifinales de Roland Garros y del US Open. Era el producto perfecto, el eslabón entre una estética aún ochentera de melena con laca y el gamberrismo noventero, grunge, que se iba fraguando en los garajes de Estados Unidos. El hombre que todo publicista querría tener en su anuncio y que Nike no iba a dejar que pasara de largo.

En los famosos cuartos de final de 1989 contra Jimmy Connors en pleno Flushing Meadows, un espectador lo dejó claro a gritos: «Vamos, Jimmy, él es un punk, tú eres una leyenda».

Y es que a Agassi no le costaba nada ganar partidos pero le costaba más ganarse el respeto del aficionado. No era visceral como McEnroe, no era calculador como Lendl o Wilander, y no era preciosista como Edberg. Ni siquiera tenía la contundencia ni la arrogancia de Becker. Después del éxito de 1988, Andre preparó a fondo la siguiente edición de Roland Garros. Si había algún estadounidense que pudiera ganar el torneo después de treinta y cuatro años era él. El recuerdo de Tony Trabert en 1955 quedaba demasiado lejano. Ashe fracasó, Connors fracasó y McEnroe se topó con Lendl. Nada que hacer.

Con todo, no era ni mucho menos el favorito en una edición que se presentaba sorprendentemente abierta: Lendl empezaba algo parecido al declive, Becker y Edberg no tenían un juego que se adaptara bien a la tierra batida, Muster estaba aún un poco verde y en los torneos preparatorios la gran sorpresa había sido el argentino Alberto Mancini, vencedor en Montecarlo y Roma, en este último, precisamente, ante Andre Agassi. Otros nombres que sonaban eran los de Horst Skoff, finalista en Hamburgo, y el eterno ecuatoriano Andrés Gómez.

Mancini llegaría a los cuartos de final, confirmando su buen momento de forma. Los otros tres no pasaron de tercera ronda. La derrota más dolorosa con diferencia fue la de Agassi ante Courier. Bolletieri eligió ese día el palco equivocado y Jim no se lo perdonó. Consciente de su inmenso potencial pese a no tener ni veinte años, decidió irse con José Higueras, exjugador español que fuera semifinalista un par de veces en Roland Garros y uno de los entrenadores clave para entender la década de los noventa en el tenis mundial.

Antes de eso, Higueras tenía sus propios problemas de los que ocuparse y el principal era convencer a su pupilo, Michael Chang, de que no era peor que Agassi, Courier o Krickstein. Después de trabajar duro con él en la primavera de 1989, le lanzó un reto: «Si sigues así, puedes llegar a ganar Roland Garros el año que viene». «¿El año que viene?», contestó Chang, «¿y por qué no este año?». Higueras sonrió entre satisfecho y sorprendido.

«No hay ninguna manera de que puedas hacerme daño»

Michael Chang no hacía anuncios. Ni siquiera para la inmensa comunidad asiática de Estados Unidos, que podría verlo como un ejemplo de integración y superación. Chang no era Agassi en lo publicitario, no pretendía parecerse a Axl Rose y apenas sonreía en la cancha. Hijo de taiwaneses exiliados, valga la redundancia, Michael ni siquiera se sentía del todo americano. Nunca le habían tratado como a uno más: pequeño, flaco, con cara de niño, su desarrollo personal y profesional había sido una carrera de obstáculos que había conseguido librar a base de perseverancia y empeño.

Y, sin embargo, pese a la ausencia de titulares o portadas de Sports Illustrated, la carrera de Michael Chang era algo más que notable: con quince años, no solo se había conseguido meter en el cuadro de individuales del US Open sino que había ganado su primer partido, el jugador más joven en lograrlo. Justo después de los dieciséis, como hiciera Krickstein, se alzó con el torneo de San Francisco contra el temible Kriek. Ahora, con diecisiete y unos pocos meses, afrontaba Roland Garros entre los veinte mejores jugadores del mundo y como cabeza de serie número quince.

El problema era el de siempre: nadie le tomaba en serio. Le veían en la cancha, tan frágil, tan vulnerable, tan niño, que parecía imposible que llegara a algo. En primera ronda ya cedió un set, ante el belga Masso, pero en segunda pasó por encima de otro adolescente americano, un chico llamado a hacerse a sí mismo fuera de los Bolletieri y los Higueras: Pete Sampras. Sampras, también con diecisiete años para dieciocho, tenía muchas cosas en común con Chang: nadie creía tampoco en su talento. Sacaba bien, tenía una buena derecha, pero su movilidad en el campo y su conocimiento del juego dejaban mucho que desear. Los dos hijos de inmigrantes —como Agassi, por cierto—, se habían hecho amigos en las concentraciones nacionales y a menudo jugaron juntos en dobles en categoría juvenil.

Aquel día, sin embargo, no hubo concesiones: uno era el 19 del mundo y el otro luchaba por aguantar entre los cien primeros. El resultado fue elocuente: 6-1, 6-1 y 6-1 para Chang, un marcador que, obviamente, no se volvería a repetir.

En tercera ronda, Francisco Roig no fue tampoco rival para el estadounidense, que se coló así en la segunda semana del torneo cual cordero a punto de ser degollado, esperando el choque que le aguardaba el lunes 5 de junio de 1989 contra Ivan Lendl, el gran dominador de la tierra batida y sempiterno número uno de la ATP. Apenas un año atrás, ambos se habían enfrentado en una exhibición disputada en Des Moines, Iowa. Chang, como hemos dicho, era entonces ya un jugador pujante y Lendl había dejado momentáneamente su trono en manos de Mats Wilander. Aun así, el partido fue un paseo: 6-1 y 6-2 para el checo.

Aunque Lendl no era el tipo más simpático del vestuario, tuvo el gesto de acercarse a Chang después del partido, cuando aún estaba con su familia. «¿Quieres saber por qué has perdido hoy?», le preguntó. «Para empezar, no tienes saque. Y desde luego no tienes un segundo servicio decente. No hay ninguna manera de que puedas hacerme daño. Puedes correr mucho, pero más te vale desarrollar un arma que te permita sobrevivir en la pista cuando juegues conmigo. Si no, seguiré haciendo contigo lo que me dé la gana».

Chang escuchó pacientemente, asintió y aprendió. Al año siguiente se presentaría con muchas más armas de las que Lendl podría imaginar.

Bolas altas, calambres y un checo fuera de sus casillas

Cuando se recuerda la victoria de Michael Chang en Roland Garros, la gente suele mencionar la final contra Lendl… solo que no fue una final, simplemente un partido de octavos. Probablemente, eso sí, el mejor partido de octavos de la historia. Durante dos sets, Lendl cumplió su profecía e hizo lo que quiso con el estadounidense. Llegó a ponerse break arriba en el tercero y solo la imagen televisiva de los dos ya lo decía todo: uno, cabizbajo, con esos aires desgarbados de niño recién salido del colegio, y el otro, imperial, altivo, musculoso, con la mirada perdida en el objetivo que le acompañaría toda su carrera.

Solo que de repente algo cambió: Chang se convirtió en el muro que sería durante los siguientes catorce años. Obligando a jugar siempre una bola más a Lendl y variando las direcciones de los golpes, Michael consiguió remontar el tercer set y forzar un cuarto. Habían pasado ya dos horas y media y el partido en realidad empezaba: a Chang le gusta decir en las entrevistas que fue todo culpa de Dios y de la motivación tras ver los tanques en Tiananmén justo el día anterior, pero Dios, si juega, juega para todos y la motivación en un Grand Slam va de suyo.

Pasó algo más: Lendl se volvió loco. Lo insólito de la situación es que Lendl nunca se volvía loco, como mucho volvía locos a los demás. Tras perder su primer set en todo el torneo, el checo empezó con su tic de arrancarse pestañas y a discutir con todo el mundo: los jueces de línea, el de silla, los espectadores… No es que el servicio de Chang hubiera mejorado mucho en un año, pero las bolas de break pasaban y no era capaz de aprovechar ninguna.

Quedaba el físico, por supuesto. La superioridad evidente del checo y los calambres que empezaban a cebarse con las piernas del estadounidense. Con 5-3 y saque para cerrar el cuarto set, Chang se dio cuenta de que no podía más y empezó a tirar bolas altas al campo contrario. Nunca se había visto algo así y probablemente nunca se verá: Lendl golpeaba con todas sus fuerzas y el otro se limitaba a tirar un globo tras otro para poder recuperar el aliento en medio. Globos precisos, altos pero largos, que hacían que Lendl tuviera que golpear casi desde la publicidad del BNP.

El público empezó a silbar pero Chang no entendía de silbidos sino de supervivencia: con ese juego desesperante ganó el cuarto set y se puso 2-0 arriba en el quinto. Una de las mayores sorpresas de la historia del tenis estaba a un paso de producirse cuando los calambres subieron un grado, el dolor se hizo insoportable y Chang, directamente, dejó de correr. Lendl ganó su servicio y se acercó 2-1. En el siguiente juego, rompió para poner el 2-2 en el marcador. Un abatido y dolorido Chang se acercó al juez de silla con la intención de dar el partido por acabado. En mitad del camino lo pensó mejor y se dio la vuelta. «Tengo diecisiete años, si la primera vez que me encuentro en una situación así, me retiro, ¿qué haré la cuarta o la quinta? Retirarme también».

Contra todo pronóstico, Chang rompió el saque de Lendl para el 3-2 y, aunque cediera su siguiente saque, consiguió un tercer break en el set para situarse con 4-3. Nos acercamos al juego que quedará para la historia.

El saque de cuchara que no se volvió a repetir

Después de perder su servicio dos veces seguidas, Chang tenía que hacer algo para romper la dinámica. Por juego y por condición física, Lendl era superior, pero el marcador estaba de su lado y la ansiedad seguía consumiendo al checo, completamente desquiciado. Con 15-30 para Lendl, Chang decide recurrir a un truco que Agassi utilizaba mucho cuando era cadete. Un truco de aficionado, de partido de urbanización de vecinos: inicia la rutina del saque, hace el gesto de levantar la bola y la raqueta, pero de repente detiene el movimiento y saca de abajo arriba. Una cuchara, como se llama en el argot.

La bola bota en el cuadro de saque contrario y Lendl se ve obligado a correr para alcanzar lo que acaba siendo una dejada. Queda expuesto en la red y Chang le pasa con una derecha maravillosa. Nadie se lo cree: la gente se lleva las manos a la cabeza mientras ríe y aplaude y Lendl mira al juez de silla con cara de «haz algo, por favor, lo que sea pero haz algo» mientras Chang, por fin, cierra los puños y se anima a sí mismo en el centro de la pista ante el jolgorio general.

No quedaría ahí la cosa: Chang ganó su servicio y consiguió dos bolas de partido contra el servicio de Lendl. Desde tiempo atrás venía adelantándose mucho para restar, algo parecido a lo que hace Federer ahora, de manera que, si se hace bien, el resto le pilla al rival completamente descolocado. Cuando el checo falló su primer servicio, Chang directamente se colocó a un metro del cuadro de saque. Aquello era inaudito y suicida. El público empezó a silbar lo que consideraba directamente una insolencia y Lendl volvió a protestar, no tanto por la posición de Chang, allá se las componga, sino por el griterío que estaba provocando y que le impedía concentrarse en el saque.

Por supuesto, la historia acabó en una doble falta. No podía ser de otra manera.

El resto, ya lo saben: Chang ganó en cuartos a Agenor y en semifinales a Chesnokov, en ambos casos remontando un set en contra. Cuando jugó la final contra Stefan Edberg, tiró de nuevo de épica: con dos sets a uno abajo, salvó hasta once bolas de break en la cuarta manga para acabar llevándosela en la primera que tuvo a favor. No solo eso: Edberg empezó el quinto set con un 2-0 a favor que parecía que iba a poner las cosas en su sitio pero no ganó ni un juego más. A los diecisiete años y tres meses, Michael Chang se proclamaba campeón de Roland Garros justo el día después de que otra adolescente, Arantxa Sánchez-Vicario, se llevara por delante a Steffi Graf.

Los tiempos estaban cambiando y no se sabía hasta qué punto. Tan horrorizado quedó McEnroe cuando vio las tácticas de Chang que dijo: «Como haga lo mismo en Wimbledon y gane, prometo quitarme los calzoncillos en plena pista central». El recibimiento de Ivan Lendl fue mucho más parco: «Buen torneo, Michael. Enhorabuena». La historia de estos adolescentes americanos siguió, pero Chang rara vez fue un elemento protagonista: al año siguiente, 1990, como campeón, cayó en cuartos de final ante Andre Agassi, que iba rumbo a la primera de sus finales perdidas en París después de derrotar por fin a Courier, el mismo que ganaría Roland Garros dos veces y el Open de Australia otras dos antes de verse superado por la tormenta Pete Sampras, sus catorce torneos del Grand Slam y el récord por entonces de semanas en el número uno.

¿Qué fue de Michael? Luchó, que es lo que sabía hacer. Se mantuvo entre los diez primeros del ranking varios años y volvió a jugar tres finales de Grand Slam pero las perdió las tres, una de ellas otra vez en Roland Garros ante el intratable Thomas Muster. Higueras se fue con Courier, montó una academia que superó a la de Bolletieri e incluso Federer recurrió a él en 2008, cuando veía que la lucha contra Nadal se hacía cada vez más imposible. Duraron juntos pocos meses.

Aquel partido contra Lendl quedará para siempre. Dice Chang que con el tiempo se han hecho amigos, que pescan juntos y hablan de muchas cosas, pero que nunca ha sacado el tema de aquel saque de cuchara ni aquel resto suicida al filo del reglamento. Lendl, por su parte, cumple su papel de cascarrabias: «Fue un partido más, no le veo nada especial. Muchas veces perdí contra rivales inferiores que luego no sabían dar continuidad a su éxito. La diferencia es que esta vez Michael sí supo».

No es poca diferencia, desde luego. Ojalá, podría pensar Krickstein, hubiera tenido él una oportunidad así y la hubiera aprovechado de la misma manera. El asunto, después de todo, no era llegar antes, sino llegar a tiempo.


La tarde que Sergi Bruguera eclipsó a Emilio Sánchez Vicario

Sergi Bruguera. Foto: Cordon Press.
Sergi Bruguera. Foto: Cordon Press.

El pack completo incluía a Sergi Bruguera y Miguel Induráin. Domingos de junio, mediados de los noventa: uno batiéndose el cobre contra Jim Courier, espigado, vulnerable, a punto de romperse en cualquier momento y el otro aguantando ataques de rusos e italianos en montañas perdidas de la Toscana. Lo de Induráin se veía venir, antes incluso de su primer Tour, pero tenía ese punto heroico del español que decide triunfar donde ningún español ha triunfado antes. En ese sentido, Italia tenía un punto salvaje, inexplorado, lleno de emboscadas.

Otra cosa era París. Nadie había visto el Giro hasta que llegó Telecinco con su anuncio del compresor porque ninguna cadena se había molestado en comprar los derechos de una carrera donde solo se empeñaba en competir Marino Lejarreta, pero Roland Garros estaba ahí cada primavera, con su Lendl, su Agassi, su Chang, su Wilander… incluso su Andrés Gómez cuando el año salía luchador y extraño. Lo inusual, también en este caso, era ver a un español en la final. Después llegaron los Moyá, Corretja, Ferrero, Albert Costa y Rafa Nadal… pero en 1993, cuando Sergi Bruguera llegó a su primera final de Roland Garros, había que remontarse dieciocho años atrás para encontrar a otro español en su situación: Manolo Orantes, en 1975, campeón del US Open el año que el US Open se jugó en tierra batida.

La irrupción de Bruguera cogió de sorpresa porque había cierto consenso en que la carrera de Bruguera estaba estancada. Con dieciocho años, Sergi ya estaba entre los cuarenta mejores del mundo y poco a poco había ido avanzando hasta el top ten, pero era llegar una gran cita y venirse abajo, fuera por problemas físicos o de concentración. Bruguera tenía siempre ese lenguaje corporal horrible, de hombros caídos y dientes hacia fuera a lo Ricardo Darín, mostrando un cansancio que a veces ni siquiera existía.

En la previa del torneo, Emilio Sánchez Vicario había escrito un artículo en El País dejando claro que era imposible que un español llegara siquiera a las semifinales del torneo, y quizá eso fue lo que espoleó al catalán para deshacerse primero de Pete Sampras en cuartos de final y después de Andrei Medvedev. La relación entre Emilio y Sergi no era buena entonces, pero había sido mucho peor apenas tres años antes.

Muestra de que los ochenta fueron años duros para el tenis español es el estatus de estrella que consiguió un buen jugador pero muy limitado como Sánchez Vicario. En tiempos de sequía, Emilio aportaba coraje, algún torneo menor en tierra batida, una presencia en el Masters que se saldó sin ganar un solo set, y sobre todo muchos puntos en la Copa Davis, cuando la Copa Davis obsesionaba al país, es decir, cuando no la habíamos ganado cinco veces.

La condición de «icono pop» de Emilio se demuestra en el hecho de que tuviera su propio juego de ordenador. Pocos lo habían conseguido: Butragueño en fútbol, Perico Delgado en ciclismo, Fernando Martín en baloncesto y Jorge Martínez Aspar en las motos. Todos ellos, grandes campeones. Para el tenis, sin embargo, Dinamic se tuvo que conformar con lo que había: un guerrero que anunciaba la llegada de toda una saga, con su hermano Javier como número uno del mundo en categoría juvenil y su hermana Arantxa derrotando a Steffi Graf a base de bolas altas al revés, ese clásico del tenis español.

Aun siendo un jugador competitivo en individuales, Emilio era sobre todo un especialista en dobles, formando pareja con Sergio Casal. Juntos ganaron varios torneos del Grand Slam y destacaron en la Davis durante casi una década. Casal era un jugador atípico: hábil en la red, alto y espigado, con un juego bastante ofensivo, chocaba por completo con los parámetros del jugador de tierra batida que producía en serie nuestro país. Todos ellos —Javier, Emilio, Sergio…— tenían algo en común y era el entrenador: William «Pato» Álvarez, un hombre además con conexión directa con la Federación. Todo parecía ir bien hasta que en febrero de 1990 alguien se coló en la fiesta sin entrada.

Los años de soledad, silencio y tensiones

Al margen de Pato Álvarez, en España solo había un entrenador que pudiera hacerle competencia, aunque fuera desde la distancia: Lluís Bruguera. Bruguera, exjugador profesional de corto recorrido, empezó a colar jugadores en las convocatorias de Orantes, capitán del equipo por la época, pero no alcanzó un verdadero estatus hasta que no puso su mejor carta sobre la mesa: su hijo Sergi.

Sergi, como hemos dicho, tenía aspecto de cualquier cosa menos de deportista de élite. Era demasiado delgado, demasiado frágil, siempre parecía enfadado consigo mismo, atormentado… Sin embargo, era bueno de narices: tenía una derecha prodigiosa y un revés a dos manos con el que ponía la bola donde le daba la gana. Su servicio no estaba mal gracias a su altura, cercana al 1,90, y sus primeros triunfos llegaron muy pronto, tan pronto que antes de cumplir los diecinueve ahí estaba en la Davis, como número dos de Emilio Sánchez Vicario, preparado para enfrentarse a Austria en casa.

El problema no fue de Sergi y probablemente tampoco fuera de Emilio sino que venía de arriba: Lluis y Pato no podían verse ni en pintura y todo lo que hicieran Orantes o la Federación estaba llamado a ser un agravio. Cuando el capitán decidió que Bruguera jugara los individuales en vez de Javier, el clan se lo tomó como un insulto, sin importar que Sergi estuviera por delante en el ranking ni que viniera de conseguir unos resultados impresionantes para alguien de su edad.

Fueron días horribles: el chico llegó a la concentración y nadie le hablaba. Se suponía que eran sus compañeros pero en realidad eran sus rivales. Como bienvenida, Emilio Sánchez Vicario le había dedicado estas declaraciones a la prensa: «Yo solo sé que soy el número uno y que mi responsabilidad es ganar los dos puntos, de los demás jugadores no opino». Completamente descentrado, Bruguera perdió el primer punto contra Skoff con rosco incluido y el decisivo ante Thomas Muster, en un partido algo más batallado pero que también duró tres sets, ni uno más.

Días después, ambos jugadores se enfrentarían en cuartos de final del Torneo Conde de Godó, con la grada tan dividida como el resto del tenis español. Ganaría Emilio por 5-7, 6-4, y 6-4. El saludo posterior en la red no ocultaba el odio soterrado entre ambos jugadores.

La de 1990 no fue una gran temporada para Bruguera, de modo que todo el mundo dio por supuesto que Orantes no le llamaría para jugarse la salvación en Rusia, cuando Rusia aún era parte de la Unión Soviética. Si el chico se había venido abajo mentalmente jugando en casa y contra Austria, una potencia menor pese al gran Muster, ¿qué cabía esperar de él en Moscú frente a especialistas de pista rápida como Chesnokov o Chersakov en el mejor momento de su carrera?

Con todo, Orantes perseveró: aquel chico era el futuro y como futuro había que mimarlo. Sus palabras antes de empezar la eliminatoria lo decían todo: «Vamos a ganar… y si no ganamos, tampoco pasa nada». Orantes, que había presentado su dimisión después del fiasco ante Austria por reconocerse incapaz de controlar el entorno de los jugadores, tenía claro que el plan era a medio-largo plazo y que en ese plan Javier solo entraba como opción si terminaba de centrar su carrera y Emilio tarde o temprano acabaría relegado a los dobles, como había sucedido con Casal.

La apuesta salió sorprendentemente bien: Bruguera ganó a Chesnokov, Emilio se impuso a Chersakov y el dobles se apuntó una tercera victoria que hacía irrelevantes los partidos del domingo. La relación no mejoró en absoluto, pero al menos el chico se había ganado un cierto respeto y al año siguiente, cuando Orantes le volvió a convocar para la eliminatoria en casa contra Canadá, Pato Álvarez prefirió ni viajar a Murcia, consciente de que su papel estelar en el tenis español estaba a punto de terminar. Bruguera y los demás seguían sin hablarse, eso sí. Ni una palabra. «Ellos me saludan, pero no existe diálogo», declaró Sergi en la previa.

El fracaso de Bruguera en los Juegos Olímpicos de 1992, los mismos en los que Jordi Arrese llegó a la final contra Marc Rosset contra todo pronóstico, no fue recibido como una buena noticia. La aparición de Carlos Costa amenazó su posición como número uno español y relegó definitivamente a Emilio Sánchez Vicario a la condición de especialista en dobles. Su hermano Javier se peleó con Pato Álvarez porque al colombiano no le gustaba la chica con la que salía y, así, el clan se venía definitivamente abajo sin que los Bruguera sacaran algo a cambio.

Todo dio un giro, obviamente, en 1993.

Campeón frente a Sampras y Courier

Aquel artículo de Emilio antes de Roland Garros era un dardo contra Bruguera, por supuesto, pero también lo era contra Carlos Costa, Albert Costa, Alberto Berasategui y el resto de jugadores que parecían estar cambiando el rumbo del tenis español. No había motivos para tanto pesimismo, no desde luego en el caso de Sergi. Ya con veintidós años, el español había llegado a octavos de final en Australia, había sido finalista en Milán, perdiendo solo contra Becker, y había hecho la mejor gira de tierra de toda su carrera: ganador en Montecarlo y finalista en el Godó y en Madrid.

Deportivamente todo funcionaba, pero seguían las dudas sobre su mentalidad y su aguante físico. Dudas que aumentaron cuando, de nuevo en Copa Davis, perdió los dos puntos individuales ante Holanda. Especialmente doloroso fue el último, ante el casi desconocido Mark Koevermans, después de tener dos sets de ventaja. La imagen de un Sergi agotado, caminando lentamente de lado a lado de la pista gritándose a sí mismo desesperado, seguía en la mente de todos cuando el torneo dio comienzo en París.

Bruguera debió de pensar que si tenía problemas en los partidos largos, lo mejor era acortarlos: en primera ronda cedió solo siete juegos ante el mito Henri Leconte, en segunda ganó a Thierry Champion con un triple 6-0. Larsson y Meligeni cayeron en tres sets, sin necesidad siquiera de un tie-break y para cuando llegó el cruce con Sampras en cuartos de final, Sergi había perdido solo veintiún juegos en cuatro partidos, una media de cinco por encuentro.

Era aquel un enfrentamiento entre jugadores muy similares: a Sampras también se le acusaba de venirse abajo con facilidad y de tener un lenguaje corporal desastroso. El tiempo demostraría que todos estaban equivocados, pero, por entonces, y pese a ser el número uno del mundo, el estadounidense estaba bajo sospecha: su rendimiento en los grandes desde el sorprendente triunfo de 1990 en el US Open había bajado drásticamente y por la derecha le había adelantado otro hombre de su generación, Jim Courier, el verdadero dominador del circuito de los primeros años de los noventa.

La maldición de cuartos empezó a sobrevolar Roland Garros cuando Sampras se anotó el segundo set y empató el partido, pero a partir de ahí Bruguera consiguió meter una marcha más a su tenis y se impuso en los dos siguientes de manera contundente: 6-1 y 6-4. El partido de semifinales ante el temido Medvedev fue otro paseo: 6-0, 6-4 y 6-2. Quedaba solo un paso para el ansiado título pero en el camino se interponía Courier, el pelirrojo musculoso de la derecha imposible.

Courier era apenas un año mayor que Bruguera, pero a los veintidós presentaba un palmarés realmente envidiable: campeón en París en 1991 y 1992, su juego se adaptaba perfectamente a la tierra batida, algo muy poco habitual en los tenistas estadounidenses. Por ejemplo, Sampras nunca ganó Roland Garros, ni lo hicieron Connors ni McEnroe. Aparte de brillar en Francia y en Roma, donde ganó también un par de veces, Courier se había impuesto en Australia en 1992 y aquel mismo año, en 1993. Su camino hacia la final no había sido tan sencillo pero era sin duda el máximo favorito.

Fue un partido histórico. Induráin se peleaba con Bugno, Chiappucci y compañía en uno de los tappones del Giro mientras Bruguera jugaba con nuestros corazones: primer set para el español, segundo set para el americano… tercer set para el español, cuarto set para el americano… Cuando Courier consiguió el break en el primer servicio del quinto, aquello parecía acabado: a Bruguera se le daban muy mal los partidos largos y Courier disfrutaba con ellos. Uno había ganado cuatro Grand Slam y el otro pasaba de cuartos por primera vez en su vida.

En uno de esos ataques de «ahora o nunca», Bruguera remontó el break en contra, consiguió otro más contra el servicio de Courier y acabó tirado en la tierra parisina, embadurnado de naranja, llorando como un niño, porque eso había sido siempre: un niño.

La plata olímpica, la final contra Kuerten y el rápido declive

El resto de su carrera siguió por parámetros parecidos. Un continuo sube y baja, un gusto por la montaña rusa aderezado por lesiones graves de espalda y hombro. Ganó de nuevo Roland Garros en 1994 ante Alberto Berasategui —uno no es un friki de los noventa si no recuerda la derecha con el codo doblado de Alberto Berasategui— y lo pudo haber ganado en 1995 si no se hubiera cruzado Michael Chang en semifinales. Para entonces, su juego ya había entrado en un bache y, de hecho, no volvería a ganar un torneo ATP en los siguientes ocho años.

Apartado del circuito por las lesiones y hundido en el ranking, Bruguera tuvo un momento de revival en 1996, cuando llegó a la final de los Juegos Olímpicos de Atlanta ante Agassi —a favor de Bruguera hay que decir que es de los pocos deportistas que han mostrado públicamente su indignación por perder contra un jugador que debería haber estado sancionado por dopaje y continuó en 1997, con las finales de Cayo Vizcaíno y Roland Garros.

Su rival en Francia era un completo desconocido que no era ni cabeza de serie: Gustavo Kuerten, el adolescente brasileño. Bruguera, número diecinueve del mundo en aquel momento, batió a Chang en octavos y al agresivo Rafter en semifinales. Todos dimos entonces el torneo por ganado, más viendo los apuros de Kuerten en la otra semifinal contra el desconocido Filip Dewulf, que venía de la previa. Todos nos equivocamos, obviamente: Kuerten no solo ganó sino que lo hizo en tres sets (6-3, 6-4 y 6-2) empezando lo que sería una rivalidad con tenistas españoles que culminaría en las tres eliminaciones consecutivas de Juan Carlos Ferrero en Roland Garros.

En cuanto a Bruguera, consiguió clasificarse para el Masters de aquel año y se lesionó en el primer partido. Quiso seguir jugando pero fue un error: la lesión fue a más, se cronificó en el hombro y le relegó a un papel secundario en el circuito. Después de ganar el challenger de El Espinar como único palmarés, anunció su retirada para final de temporada coincidiendo con el Godó de 2001, el torneo que nunca consiguió ganar, y en el que había derrotado el año anterior por 6-1 y 6-1 a un adolescente llamado Roger Federer.

En Barcelona llegó a cuartos, donde cayó con Félix Mantilla, y más dolorosa aún fue la derrota en segunda ronda de Roland Garros, cuando tuvo que retirarse ante Michael Russell pese a ir ganando dos sets a uno por unos problemas respiratorios. El resto de la temporada fue insulso, con derrotas en primera ronda en los grandes torneos. Aun así, Bruguera se animó a empezar 2002 utilizando invitaciones. Aquello fue casi un pasatiempo: ganó el challenger de Barletta, puso en apuros a Cañas en el Godó y acabó definitivamente su carrera, cómo no, en El Espinar, cayendo en cuartos contra el francés Olivier Mutis.

Con treinta y un años y el cuerpo demasiado castigado como para seguir luchando en rondas previas y torneos secundarios, Bruguera se echó a un lado, se dejó una extensa melena y mezcló el circuito senior con las labores de entrenador y consejero, dejando siempre un rato libre para su gran pasión: el póquer, donde llegó a ser profesional, como también lo fue por ejemplo su coetáneo Yevgeni Kafelnikov. No deja de ser curioso que aquel temperamental y atormentado adolescente se convirtiera en un experto e inexpresivo jugador de cartas.

Lo que queda en cualquier caso es la competición y la adrenalina. Y el gusto de aparecer y ganar cuando ya nadie cuenta contigo.


¿Pero quién te crees que eres? ¿El puto Agassi?

Andre Agassi en 1990. Foto: Corbis.
Andre Agassi en 1990. Foto: Corbis.

1.

No concibo que toda esa gente quiera parecerse a Andre Agassi, dado que yo no quiero ser Andre Agassi. (Open, Andre Agassi)

2.

Mi madre quería que yo jugara al tenis desde pequeño porque los tenistas siempre iban vestidos con polo, bien peinados y no escupían al suelo como los jugadores de fútbol. Así que, contra mi voluntad, un día decide apuntarme a clases de tenis los fines de semana, clases que yo odio secretamente y que me tomo como si me enviaran desterrado a Siberia para cumplir condena realizando trabajos forzados. No alcanzo a comprender qué hago yo en esa ridícula pista de color parduzco rodeado de un enjambre de niños desconocidos haciendo el cafre con una raqueta en lugar de estar jugando al fútbol en la Plaza Pombo con mis amigos. Tengo grabada una escena recurrente de aquellas clases de tenis que se me repite en alguna pesadilla: tras dar bolas por turnos con el resto de mis compañeros, el profesor manda recoger todas las pelotas amarillas desperdigadas por la pista. Uso mi raqueta Adidas de color rojo a modo de bandeja para llevar las pelotas de tenis al carrito. Volvemos a formar una fila y cuando llega mi turno y el profesor me lanza la pelota, me doy cuenta de que no tengo raqueta: me la he dejado olvidada al otro lado de la pista mientras recogía las pelotas. El profesor se ríe. Mis compañeros se ríen. La chica guapa de la clase se ríe. Me siento desnudo. Ojalá estuviera en Siberia.

3.

A pesar de mi enraizado odio hacia las clases de tenis, sigo jugando y alcanzo un nivel lo suficientemente aceptable como para que mi profesor me anime a participar en un torneo infantil. Será el primero y el último que juegue en mi vida. Me toca jugar contra un chico algo mayor que yo aunque de nivel inferior. Sin embargo, me destroza: 6-0 y 6-1. Además tengo la sospecha de que se ha dejado ganar ese solitario juego por lástima. Mentalmente, el partido me resulta una tortura. Pierdo todos los puntos importantes por errores no forzados, tomo pésimas decisiones, acumulo dobles faltas, me precipito cuando he de jugar tranquilo y me distraigo en puntos clave pensando en lo que me queda aún por remontar. Tras perder un juego que iba dominando 0-40, frustrado y enfadado conmigo mismo, lanzo enfurecido la raqueta al suelo como haría Pete Townshend con su guitarra. Un señor con gafas de sol y bigote que está viendo el partido tras la verja, único espectador de mi debacle, me espeta a voz en grito al ver mi ataque de locura transitoria:

«¿Pero quién coño te crees que eres, chaval? ¿El puto Agassi?»

Más tarde, mientras estoy bajo el agua de la ducha, dando vueltas a mis errores, a la dolorosa derrota y a la punzante vergüenza que siento por la llamada de atención del espontáneo, una pregunta no deja de rondarme la cabeza:

¿Quién coño será el puto Agassi?

4.

A la mañana siguiente, me topo en el Marca con una foto del tal Agassi en la que aparece jugando al tenis con su melena glam-rock ochentera, sus mechas descoloridas, su cinta de profesora de aeróbic y sus pantalones cortos vaqueros, rotos y desteñidos. No sé qué es pero hay algo que me gusta en ese tipo. Empiezo a ver sus partidos siempre que tengo ocasión y sigo su meteórica ascensión en el ranking de la ATP con el orgullo de un primo lejano. Me compro una raqueta Head, la marca que él siempre usará a partir de 1993. Busco por las tiendas de deportes unos pantalones vaqueros como los suyos. Trato de imitar su golpes y movimientos. Lo que más me gusta de su juego es que, como yo, no tiene un buen saque (el mío, de hecho, roza lo lamentable). No es uno de esos trogloditas que limitan su juego a un servicio asesino, buscando sistemáticamente el ace. En cambio, tiene un poderosísimo resto. La rompe. Da igual lo fuerte que saquen sus rivales que ni se ve la pelota en la televisión cuando Andre la devuelve. Hay en esa capacidad de respuesta a los saques una capacidad de reflejos de portero parapenaltis. En la prensa, sin embargo, parecen no ver la grandeza que encierra esto, la elegancia de un buen resto, y prefieren centrarse en criticar su look, sus pendientes, sus pantalones vaqueros, su pose, su actitud. Agassi trata de zafarse de las etiquetas que los medios insisten en ponerle. Dicen que es el enfant terrible del tenis («Díría que uno no puede ser algo que no sabe pronunciar correctamente») y un punk roquero con mallas y una raqueta («por el amor de Dios, si a mí me gusta la música pop y suave de Barry Manilow»). Tiene un toque peterpanesco, de chico que se niega a crecer y que aún juega a llamar los timbres y salir corriendo. Todos mis amigos de la época prefieren a Pete Sampras, con su aspecto de hijo obediente y de estudiante de una universidad de la Ivy League. Dicen que Agassi está loco. Que no tiene actitud. Pero yo me mantengo fiel. A pesar de derrotas dolorosas como la del US Open del 95. A pesar de sus desapariciones. A pesar de su fragilidad. Yo soy de Agassi a pesar de Agassi.

5.

Imagen: Harpercollins Pub.
Imagen: Harpercollins Pub.

Open es el nombre de la memorias de Andre Agassi. Y acaban de publicarse, por fin, en castellano. Están escritas en colaboración con el premio Pulitzer J. R. Moehringer, quien estuvo conviviendo con Agassi a lo largo de tres años, de torneo en torneo, de victoria en victoria, de derrota en derrota, de crisis en crisis. Se trata de un libro magistral, alejado de esas hagiografías de deportistas que suelen poblar los estantes de las librerías hoy en día. El objetivo de Open no es encumbrar a Andre Agassi a los altares de la historia del tenis. Al contrario, por momentos algunas de sus páginas se acercan más a un espectáculo de flagelación y escarnio público que a un cantar de gesta. Él mismo ha calificado sus memorias como «un colosal accidente de tráfico visto desde distintas perspectivas». Como el que se sienta en un diván, Agassi usa las páginas de sus memorias para mostrar los muertos de su armario: las ansiedades, los miedos y las obsesiones que conviven como fantasmas en el día a día de un tenista fabricado por un padre autoritario y obsesionado con convertir a su hijo en el número 1 del tenis mundial. Un padre que no duda en suministrar speed a su hijo de diez años para que gane fuerza de cara a un torneo infantil. Agassi, el puto Agassi, es un manojo de inseguridades. Va de tipo duro, saltándose el protocolo, negándose a vestir de blanco en Wimbledon, pero no es más que un niño al que nadie le ha dicho cómo crecer. Tan solo le han dicho que su revés cruzado le hará millonario, como se solía decir a los toreros de su mano izquierda, la mano del cortijo. Conmueve leer pasajes en los que Agassi relata cómo su pavor a quedarse calvo le conduce a empezar a jugar con peluca y que uno de los miedos que más le atenazan, su pesadilla más recurrente, es que se le caiga el postizo en mitad de un partido, temor que le hace perder la final de Roland Garros de 1990 contra el ecuatoriano Andrés Gómez.

A media que se va avanzando a lo largo del libro, los interrogantes se suceden ante el carrusel de confesiones que va dejando por el camino Agassi, como si le hubieran inyectado pentotal sódico: ¿por qué una leyenda del deporte querría manchar de esta forma su legado? ¿Por qué confesar que llevaba peluca? ¿Por qué decir que estuvo un año enganchado a la metanfetamina? ¿Por qué revisitar sus obsesiones e inseguridades? ¿Por qué contar que antes de una final de la Copa Davis estuvo de juerga hasta las cuatro de la mañana con McEnroe? ¿Por qué decir que Roland Garros apesta a puros y pipas? ¿Por qué enemistarse con Becker, Chang, Courier, Muster o Sampras? ¿Por qué confesar que su padre le suministraba speed de niño? ¿Por qué airear sus problemas de alcoba con Brooke Shields? ¿Por qué todo esto? ¿Por qué ahora?

Open es una invitación a pasar unos días en el interior de su cabeza. Es una forma de expiar sus pecados. Y los de su entorno. «Bien, todos sabemos quién fui y lo que gané: los cuatro Grand Slam, la Copa Davis e incluso una medalla olímpica en Atlanta. Pero nadie sabe lo que pasaba por mi cabeza. Bienvenidos al infierno».

6.

Del mismo modo que se puede disfrutar del libro de Chaves Nogales sobre Juan Belmonte sin saber nada sobre toros, o de la brutal historia de Robert Enke pese a aborrecer el fútbol, Open es un libro para todo tipo de lector, independientemente del grado de relación que se mantenga con el tenis. En el New York Times, de hecho, se refirieron muy acertadamente a las memorias del de Nevada como «la biografía menos deportiva escrita por un deportista». El tenis no es más que el vehículo que transporta al lector a lo largo de cuatrocientas ochenta páginas por los distintos paisajes llenos de contrastes que configuran la compleja personalidad de Andre Agassi. Del desierto de su infancia solitaria en Las Vegas, al esplendor en la hierba de Wimbledon; de los días soleados en la cima de la ATP, a las tormentas de las drogas y las lesiones; de los nubarrones durante su matrimonio con Brooke Shields a los atardeceres de postal en sus últimos años de carrera al lado de Steffi Graf.

Open es la particular escalera de Jacob de Andre Agassi: un continuo descenso a los infiernos seguido de inesperados ascensos a los cielos. Y vuelta a empezar. Una y otra vez. En espiral.

Si Miguel Mihura decía que había elegido nacer en Madrid porque le cogía cerca del Chicote, Andre Agassi bien podría haber escogido nacer en Las Vegas para vivir en una permanente partida de ruleta, siempre entre la gloria y la perdición.

7.

Las memorias de Agassi son particularmente reveladoras por su forma de describir la relación afectiva que mantiene un tenista de élite con su séquito, ese equipo compuesto por gente de confianza que orbita alrededor del deportista. Cómo le dan la vida y le matan a la vez. Su dependencia extrema de estas personas. Hasta qué punto un deportista se entrega en cuerpo y alma a los consejos de su entorno. La paradójica soledad en el que vive permanentemente un millonario veinteañero que es un icono en todo el mundo. En el caso concreto de Agassi se observa un miedo infantil a la soledad y al mismo tiempo una clara incapacidad para lidiar con personas en público, resultado sin duda de su confinamiento desde joven entre las líneas de una pista de tenis, su prisión, como él mismo dice.

David Foster Wallace sostenía que el tenis es una mezcla entre ajedrez y boxeo. Una partida de ajedrez a la carrera (chess on the run). Bello y denso. Agassi dice anhelar hasta el contacto físico del boxeo. Poder oler a tu rival. Poder sentir que él suda como tú y que no es un robot que han puesto al otro lado de la pista para destrozarte la vida, como en ocasiones llega a pensar de rivales míticos como Sampras. O como con el dragón, una máquina escupebolas con la que el estajanovista padre de Agassi le martirizaba de niño, obligándole a devolver un millón de pelotas al año.

En el tenis te plantas frente a un enemigo, intercambias golpes con él, pero nunca lo tocas, no hablas con él, ni haces nada con él. Las reglas prohíben incluso que el tenista hable con su entrenador cuando se encuentra en pista. A veces se compara la soledad del tenista con la del corredor de fondo, pero yo no puedo evitar reírme. Al menos ese corredor puede oler y sentir a sus contrincantes. Se encuentran a escasos centímetros de distancia. En el tenis, estás en una isla. De todos los deportes que practican hombres y mujeres, el tenis es el más parecido a una reclusión en régimen de aislamiento.

El nombre de Open no es por casualidad. Aparte de las evidentes referencias tenísticas, también hace alusión a esas heridas que aún siguen abiertas y que nunca se cerrarán. A esa rivalidad enfermiza con rivales como Sampras que jamás terminará, no importa el tiempo que pase. El tenis genera archienemigos del nivel de personajes de la Marvel. Agassi y Sampras fueron una de estas parejas. Y las marcas comerciales lo supieron explotar astutamente. Open también hace referencia a las distintas épocas en las que Agassi estuvo abierto hacia afuera y a otras en las que se encerró en su caparazón.

8.

Hay un párrafo que tengo subrayado de Open que define perfectamente, a mi modo de entender, lo que es Agassi, el éxito, el tenis y la soledad:

Me paso varias horas pateando las calles de Palermo, tomando café solo, muy fuerte, preguntándome qué coño me pasa. Lo he conseguido. Soy el mejor jugador del tenis del mundo, y sin embargo me siento vacío. Si ser el número uno me hace sentir así, ¿qué sentido tiene serlo? ¿Por qué no me retiro y punto?

9.

Abran Open. Y perdonen la redundancia.

Lo único postizo del libro es su pelo.

Imagen: Harpercollins Pub.
Imagen: Harpercollins Pub.