Spielberg y el coronavirus: hablemos de la imaginación

Robin Williams en Hook.

Allá por el año 1991 recuerdo ir al cine con mis padres a ver «Hook». Fuimos la familia entera, creo que era abril y si no es así me lo estoy inventando. No lo de ir, que fuimos los cinco, me refiero a la fecha en la que se estrenó en España. Para lo que viene da un poco igual, espero me permitan la licencia. En esa película Steven Spielberg imagina un Peter Pan mayor y le pone la piel de Robin Williams. En sus imágenes, con la música de un John Williams que es como un regalo que todo el tiempo se abre, nos muestra a un Peter Pan que había olvidado quién era. Convertido en un adulto que solo sabe de negocios y que es esclavo de un teléfono móvil gigante que le lleva de un sitio a otro para dejarle cada vez más lejos de su familia. Peter y sus hijos viajan a Londres por Navidad. Regresan a Wendy para dormir en la habitación donde Peter había hecho puerta en nuestro mundo. Allí los niños son raptados por Garfio, madre mía Dustin Hoffman, y el señor Pan se ve obligado a seguir a una Campanilla que con la sonrisa de Julia Roberts le hace un pack completo de viaje a Nunca Jamás. Allí Peter se verá obligado a rebobinar, porque no entiende nada. Su imaginación se ha olvidado de hacer ese trabajo que todos necesitamos cuando llueve. Termina sentándose en una mesa a comer, rodeado de críos, para observar cómo saborean lo invisible mientras no entiende nada. ¿Qué está pasando? ¿Los platos vacíos pero las bocas llenas? Y todos los niños perdidos le miran. Es entonces cuando usted llega al final de este párrafo y se encuentra la palabra coronavirus.

Cambiemos de escenario y volvamos al «ahora». Sin Campanilla, pero también de viaje. Entiendo la saturación sobre el tema, pero en esa mesa Spielberg nos puso hace más de veinte años un símil. Ahora le quitamos el apellido Pan a Peter y se lo vamos a poner a un linfocito. Linfocito Pan, por ejemplo. Suena raro, pero a lo mejor ya intuye por dónde van a ir las flechas. Recuerde que en esa isla también vivían los indios. Digamos que puede que el coronavirus se esté beneficiando de cierta pérdida de imaginación.

El nuevo coronavirus (SARS-COV-2) una vez entra en el organismo se enfrenta a nuestro sistema inmune innato. Este se encuentra conformado por un conjunto de células cuyo principal trabajo es rastrear y comprobar que lo que circula tiene permiso. Ese sistema inmune innato dispone de una delantera que se recita de carrerilla. Michael Robinson habría estado orgulloso de ella. Por un lado, los linfocitos citotóxicos o CD8. Se dedican a explorar cada célula para preguntar si está todo bien. En el caso de verse infectadas por un virus, por ejemplo, esas células guiñan un ojo y sacan bandera roja. «Oye, estimado CD8 mírame, que me pasa algo». Ante eso, el citotóxico hace el trabajo que va implícito en su nombre. Se pega a la célula enferma y la rompe. Ha sido un placer. En el caso de que la cosa no sea viral, los CD8 envían un WhatsApp a los neutrófilos para que vengan a echar una mano. Los neutrófilos se encargan fundamentalmente de bacterias y hongos. Tienen su interior repleto de toda serie de trucos para destruir. Pirotecnia de la inflamación.

A la vera de ambos y en menor cantidad, pero también sospechando, se encuentran los monocitos. Estos, cuando ven que los CD8 se han puesto a trabajar hacen lo que mejor se les da: comer y digerir. Además, son capaces de hacer un pokémon. Evolucionan en caso de tener que abandonar el torrente sanguíneo. De monocito a macrófago en una diapédesis, que así se llama la cosa esa de salir del vaso sanguíneo.

Finalmente, nos encontramos con la cuarta pata de esta mesa. No tengo dudas de que van a intuir para que sirven los siguientes en ponerse a bailar. Aparecen por sorpresa y no son tampoco muchos, pero son hábiles en poner punto y aparte a todo aquello que no encaja. Probablemente tengan el nombre que más me gusta de todas las células blancas. Ignoro qué publicista le robó el trabajo a un inmunólogo para llegar a él, pero por ahí vienen saludando las natural killers. Están especialmente preparadas para hacer lo que prometen. Como un político, pero al revés. Así linfocitos citotóxicos, neutrófilos, monocitos y natural killers se ponen de acuerdo para detectar, limpiar y dar esplendor. Son como la Real Academia Española de la lengua pero en células blancas. Hablan entre ellos utilizando un lenguaje en el que las letras son citoquinas haciendo un discurso que debe tener pocas faltas de ortografía. Además, se encargan de poner en marcha la respuesta adaptativa. La que nos permite hacer memoria y generar inmunoglobulinas. Es en ese momento cuando SARS-COV-2 se estira el traje. Sonríe y presume de as en la manga, dispuesto a disfrutar de las trampas.

Este coronavirus, como su primo el responsable del SARS, es capaz de lograr que las células del sistema inmune innato se hablen pero no se digan cosas. Mimos que no son capaces de jugar entre ellos a las películas. Les pone el volumen en silencio y eso se traduce en dos hechos. Por un lado, el virus siente que nada le daña. Es un turista con pase VIP. Por otro, y consecuencia de lo primero, provoca una inflamación que se perpetúa lentamente y durante días. Lo que le rodea se convierte en un espacio cada vez más dañado y con menos funciones. El coronavirus se construye un hogar mientras los leucocitos se gritan unos a otros. La peor versión posible de No me chilles que no te veo. Piden cada vez más madera para un fuego que ni sienten ni son capaces de parar. Pirómanos que no se enteran de la que están liando. Este hecho es crucial, pues en la respuesta a una infección es importante el principio, pero también es fundamental saber el hasta cuándo. Si la inmunidad innata sabe empezar pero no terminar las consecuencias serán o malas o peores. Ya sabe, potencia sin control no tiene freno. De ahí que palabras como «disregulación inmune» o «síndrome de activación macrofágica» hayan poblado los medios. Términos que se han escapado del torrente sanguíneo a los faldones de algunos programas del corazón. Y el coronavirus sonriendo y nosotros sin saber con certeza cómo ponerle fin a la llama. Aplicando inmunomoduladores para apagar la luz sabiendo que es un riesgo dejar a oscuras la respuesta del individuo enfermo frente a la infección. Es en ese punto cuando a lo mejor pensar en los niños nos hace de pista. Regresar a la infancia como cuando leemos el nombre de Spielberg en la pantalla del televisor.

Habrán leído que los niños muestran formas más leves de la enfermedad. La gran mayoría de ellos presentan infecciones con poca clínica y se ventilan el virus como el que se sacude polvo de los hombros. Aún no se conoce la razón por la cual esto se produce. Ya saben que cuando no hay hechos podemos contar con las hipótesis. Si estas además se basan en el conocimiento, digamos que estamos asfaltando el terreno para que se ponga a circular la ciencia. Una de las teorías sobre la infancia pivota sobre la inmunidad innata, ¿se lo esperaba? ¿Puede ver los platos vacíos sobre la mesa?

Al nacer los niños tienen un libro en blanco con estas palabras escritas en el lomo: «Así es como he aprendido a defenderme de las infecciones: historia de una aventura». Desde que abrimos los ojos nuestro sistema inmunitario se enfrenta a un mundo hostil del que debe defenderse. Cuenta con una pequeña ayuda inicial de la madre, ya sea con inmunoglobulinas desde la placenta o mediante la lactancia, pero eso dura unos seis meses. Desde el minuto cero de partido los virus y bacterias están dispuestos a poner a prueba a ese nuevo ser vivo. Los microorganismos estaban antes que lo que llora y tienen cierto interés en conquistarlo. Eso obliga a estas células blancas recién estrenadas a demostrar que lo innato es más que un mote. Al tiempo, mediante el uso de vacunas, nos encargamos de hacer que se ponga en marcha la generación de memoria frente a infecciones que no han sufrido y que por supuesto no queremos que sufran. Se produce un baile que requiere de agilidad y juventud leucocitaria. Que nada cruja para que nada falle. Durante los meses de invierno, por ejemplo, cualquier niño de menos de seis años se habrá estudiado para verano entre seis y diez procesos virales. Digamos que no hay descanso para lo que nos vigila por dentro.

Con el paso del tiempo esa capacidad de respuesta se ve modificada. Vivir permite que el libro que comentábamos se escriba. Cada agente microbiológico es tinta sobre las páginas. Así, cuando llega un extraño a buscar sitio, lo único que hay que hacer es bucear entre ellas. Si ya está ahí se usan las instrucciones escritas. Si hay algo parecido nos vale con repasarlas. Progresivamente disminuyen los espacios en blanco y hay menos necesidad de la alineación innata a pleno rendimiento. Poco a poco, con los años, entramos en la pereza de pensar que todo está más o menos controlado. Eso deriva en una cada vez más limitada agilidad leucocitaria frente a nuevas infecciones. Es por eso que el coronavirus se estira el traje y sonríe. A jugar se va más fácil si sabes que no te van a terminar manchando. Nada más peligroso que un crío para la ropa nueva. Para un virus es más sencillo salir impoluto de su partida con un adulto. Y parece que cuanto más adulto, más mayor, más sencilla le resulta la apuesta. Así, es en este punto, cuando la capacidad de rebobinado supone un hecho más que interesante a evaluar. ¿Y si los leucocitos también pueden recordar de lo que eran capaces? ¿Quizá un viaje a Nunca Jamás para que alguien despierte su imaginación?

Volvamos a la escena que dejamos suspendida en el primer párrafo. En ella, Robin Williams termina viendo lo que no veía. Necesitaba el estímulo de una muchedumbre de niños haciendo de ejemplo. Pero Peter vuelve. Y al volver no solo se encuentra rodeado de comida, también es capaz de saborear el recuerdo de una juventud maravillosa. Es lo que era. ¿Eso podría pasar con nuestro Linfocito Pan? ¿Sería posible que la inmunidad se recuperara de alguna manera? Sin duda es una pregunta interesante que no se responde con un plano secuencia. El uso de vacunas o el estudio de la situación inmune de los pacientes adultos o graves dará primero respuesta sobre el qué ocurre. Después vendrán los argumentos sobre lo que se podría haber cambiado. Haber sufrido infecciones respiratorias por otros coronavirus distintos a SARS-CoV-2 podría facilitar la adaptación a esta infección. Están el libro, no son iguales, pero solo hay que buscarlos. Un considerable porcentaje de los cuadros catarrales está producido por esta familia de virus. Quizá ellos puedan ser los niños sobre la mesa que despiertan una inmunidad un pelín oxidada. Algo parecido ocurre con las vacunas. Algunas de ellas se basan en el uso de virus atenuados. Quizá haber entrenado de algún modo la inmunidad innata, aunque solo sea un paseo con virus atenuados, sirva para que no molesten las zapatillas cuando haya que comenzar a correr.

De Hook recuerdo su momento final y cómo sonreía Robin Williams. Vuelvo a esa película cada cierto tiempo como el que vuelve a casa. Aquello terminaba con un adulto feliz por saber que se puede ser un niño con arrugas. Bendito mensaje. En ese cambio sus hijos reconocían a un padre que echaban de menos. Salí del cine pensando en el paso del tiempo y por supuesto ignorando que el interior de mis vasos sanguíneos estaba repleto de leucocitos. Ahora esos leucocitos están en la boca de muchos y en el cuerpo de todos. Jugando un papel fundamental que se desarrolla invisible y en silencio. Quizá siendo efectivos desde la novedad en los niños y puede que algo torpes en los más mayores al haber perdido práctica. Pero en lo que hagan y en lo que sean parece estar una de las claves para cambiar el guion. Ese en el que SARS-CoV-2 tiene a nuestras células blancas sentadas delante de una mesa llena de platos vacíos. Con Spielberg moviendo la cámara y haciendo un primer plano sobre un linfocito. Mientras le dice que la ciencia, como la inmunidad, avanza en muchas ocasiones con lo que nos hace distintos. Usando esa magia que surge de liberar nuestra imaginación.


Conflicto de intereses y agradecimientos: no tengo ningún conflicto de interés con ninguna entidad o empresa farmacéutica. De todo esto nos liberará la ciencia, pero ahora nos están sacando adelante la generosidad y la responsabilidad de las personas. Mi admiración a todos los sanitarios. No es justo el trato que hemos recibido y es inmensa la lección dada. Descansen en paz todos los que dieron un paso adelante para cuidar en tiempos tan difíciles. No se puede olvidar. Mi respeto más profundo a todos ellos y sus familias.

Bibliografía
• García-Salido A. «Revisión Narrativa Sobre La Respuesta Inmunitaria Frente A Coronavirus: Descripción General, Aplicabilidad Para Sars-Cov2 E Implicaciones Terapéuticas» [published online ahead of print, 2020 Apr 25]. An Pediatr (Barc). 2020;doi:10.1016/j.anpedi.2020.04.016
• García-Salido, Alberto MD, PhD, Three Hypotheses About Children COVID19 The Pediatric Infectious Disease Journal: April 15, 2020 – Volume Online First – Issue – doi: 10.1097/INF.0000000000002701
• Giamarellos-Bourboulis EJ, Netea MG, Rovina N, et al. Complex Immune Dysregulation in COVID-19 Patients with Severe Respiratory Failure [published online ahead of print, 2020 Apr 17]. Cell Host Microbe. 2020;S1931-3128(20)30236-5. doi:10.1016/j.chom.2020.04.009


Este sol espectral de la infancia

Ilustración: Santiago Sequeiros.

Le perseguía la sombra de la muerte de los que amaba. La sombra de las vidas interrumpidas. Y para exorcizarla, inventó un niño sin sombra. Un niño congelado en el territorio sin tiempo en el que nadie agoniza. Un niño que no puede crecer. Atrapado en Nunca Jamás. En Nunca Jamás para Siempre. Eso sí que es retorcer una paradoja. Se llamaba Peter Pan y vivía con las hadas. «Se contaban historias extrañas sobre él, como que cuando los niños morían, él los acompañaba parte del camino, para que no tuvieran miedo».

El viaje no era desconocido para James Matthew Barrie. El escritor que le arrancó a Peter la sombra —y con la sombra, la posibilidad de ser hombre— conocía bien la muerte. La primera fue la de su hermano, David, el favorito de su madre. Cuenta la leyenda familiar que Barrie pasó años intentando equilibrar esa pérdida. Invocando el fantasma del hijo perfecto que se marchó al país de Nunca Jamás la noche antes de cumplir los catorce años. El pequeño Jamie evocaba sus maneras. Imitaba sus formas. Un día le descubrieron vistiéndose con sus ropas. Tenía seis años y ya quería ser otro: un niño que no crecería, uno que no se marchara, dorado y eterno como su hermano. Cuenta también la leyenda, la leyenda negra de la familia, que siempre tuvo envidia de aquella perfección inmaculada del mayor. Y sobre todo, del amor incondicional de su madre.

El fantasma de David se quedó como un borrón denso de culpa que fue expandiéndose con los años. Por eso Barrie nunca vio la necesidad de crear al Capitán Hook. Porque había comprendido que el infierno estaba en Peter. Lo sabía lo que quedaba del pequeño Jamie porque cargaba con la sombra que su personaje había perdido. La que se había fundido en la tumba con el cuerpo muerto del hermano.

Será por eso que cuando tuvo que crear la némesis de Peter Pan le salió un adulto con la infancia mutilada. Los tramoyistas del teatro necesitaban colar un acto para manipular los decorados en un cambio de escena complicado. Y Barrie inventó al Capitan Hook —una especie de Ahab cruzado con un protocaballero de Eton—. Un villano con todas las pulsiones caprichosas de un mocoso. Un pirata obsesionado con la sangre y la muerte. Barrie sabía bien de qué estaba hablando.

«J. M. tenía algo fatal para aquellos a los que amaba. Todos morían». Lo dijo D. H. Lawrence. Y tenía razón. Se fueron uno a uno los que un día le importaron. Los que no tenían que irse porque eran más jóvenes. Los niños a los que Peter Pan acompañaría en su camino al reino de Siempre Jamás, la Muerte.

Murió Sylvia Llewelyn Davies, la madre de los hermanos prodigiosos. Habían compartido en los jardines de Kensington el milagro de los niños capaces de inventar el mundo. Ella llevaba cinco años casada cuando se conocieron. Cinco años como cinco hijos. Y Barrie no tuvo más que frotar para sacar la chispa del fuego fundacional del niño que no crece: George, Jack, Peter, Michael y Nico. Para ellos inventaba el escritor sus juegos: se vestían de piratas y se plantaban ante el objetivo de la cámara del amigo de mamá. Sus aventuras no parecían salir de la mente de un adulto. Porque venían de un lugar más recóndito: del velo etéreo de la infancia que en su memoria era la sábana de un espectro. Con los pequeños Llewelyn Davies, en el círculo mágico de la representación de Nunca Jamás, Barrie invocaba la felicidad intangible de sus seis años.

Pero la muerte tenía preparados más fantasmas. Iba a pulverizar todo lo que amaba para dejarle bajo la lluvia de cenizas de su recuerdo. Y allí agonizaba J. M. Barrie, asfixiándose en las sombras descompuestas en partículas. Como el cuerpo de George —ya en el bando de los adultos— despedazado en una trinchera de la Gran Guerra. Como Michael ahogándose junto a un amigo —que en realidad era amante— cuando los años veinte todavía eran felices pero ellos no podían proclamarlo. Como Peter que se quitaría la vida mucho más tarde, incapaz de arrastrar al otro Peter de ficción al que llevaba cosido con puntadas que le laceraban.

Todos congelados en el sueño final. Sin posibilidad ya de crecer. Sin más obra que representar que la del epitafio. Sin nada más que el silencio. «Que Dios maldiga a quien escriba mi biografía». La advertencia de Barrie era inútil. Todo lo que había que decir lo había dicho él con la turbia historia del adulto que no quiso salir de los jardines de Kensington.

En aquel recreo palpitaba la misma luz de la tarde dorada de Charles Lutwidge Dodgson. Y en el profesor de lógica, la sombra de las mismas visiones. De la infancia que se muere. De la ingenuidad feliz y perpleja, sacrificada en el altar de la madurez. De los corsés. De las convenciones que no nos dejan ser lo que queremos. El reverendo Dodgson conocía bien la historia. Se había convertido en un fantasma de sí mismo. Se había tenido que inventar a Lewis Carroll para invocar a ese niño que fue —ese niño zurdo, tartamudo, ligeramente estrábico, de pensamiento científico, poético y disociado—.

«Por alguna razón su infancia dejó una huella indeleble. Se quedó en él y no pudo deshacerse de ella. Gracias a que la infancia permaneció de ese modo inalterable pudo hacer lo que ningún otro: volver a ese mundo, recrearlo para que nosotros seamos niños de nuevo». Virginia Woolf supo ver aquello que había resistido en Carroll. Pero también pagó un precio: se quedó deambulando por un reino espectral en el que ya no quedaba nadie.

Alice Liddell, 1858. Fotografía: Charles Dodgson. (DP)

Es difícil decir quién era el real y quién el reflejo: si el profesor de lógica o el prestidigitador que contaba cuentos a las niñas en excursiones por el río antes de que se desatara la tormenta. Carroll es como su Alicia, que ya más allá del espejo, no sabe si es la soñadora de un mundo imaginario o la soñada en el imaginario de otro. Dodgson Carroll es uno y dúo. Monolítico y poliédrico. Normativo y desquiciado.

Decía André Breton que el sinsentido en Carroll era una decisión vital. La única posible. La que le lleva a inventar las palabras-maleta y el mundo subterráneo donde se puede convertir el lenguaje en laberinto para que jueguen las niñas. La vida es un cuento contado por un matemático loco, lleno de lógica y de metáfora, que no significa nada. O que lo puede significar todo. Pero el reverendo no estaba dispuesto a vivir sólo en la cara de la sombra. Buscaría de nuevo la cálida luz de los primeros años. Y allí, sobre el agua del río, encontraría a Alicia. A su Alicia. Alicia Lidell. La niña arquetipo. La que tenía que perpetuarse en un grabado de Tenniel. O en la foto en la que languidece casi convirtiéndose en adolescente.

Los espectros de las niñas son obstinados. Lo fue la Annabel Lee de Poe. Viva despertó la envidia de los ángeles. Muerta daba miedo a los propios demonios. Y entre un mundo y otro pasa de ser amada a idolatrada: siempre presente en el presente del que estaba destinado a ser su esposo. Es Annabel Lee el ectoplasma perfecto. El que nunca se apaga. El que se queda pegado al alma. Al lugar donde se forman las inspiraciones. Escribir es invocar los fantasmas con palabras. Volver al territorio donde eran de carne. A esa infancia que a veces se rompe y se estrella. La que se queda como un pedazo de cristal clavado en el centro inexpugnable de nuestros recuerdos: convertida en una lente que lo matiza todo.

Son las infancias raras. Niños que al dejar de serlo dejan también una tarea pendiente. Un juego no satisfecho. La ingenuidad desintegrada. La imperfección de los padres revelada. Niños que pasan al otro lado cargando con una deuda no resuelta. Aquello que no cumplieron vaga por sus corredores como en una casa encantada. Deja oír su voz clara y diminuta. Resuena para llenar sus obsesiones y sus páginas. «Los adultos son solo niños obsoletos con el inferno dentro». Lo sabía Doctor Seuss, que nos enseñó a buscar siempre el recodo iluminado.

Esos niños obsoletos utilizarán las palabras como retrovisores. Pescarán en el estanque del tiempo los instantes fugaces del pasado. Como Walt Whitman, niño tipógrafo que se quedaría para siempre jugando con las letras en sus cajas. Como Ana María Matute, navegando aún en sus galeones de juguete. Como Nabokov en la Rusia que ya no existía. Como Salinger, atrapado en el umbral de la adolescencia preguntándose por los patos. Como Sylvia Plath, achicharrada por la descarga de la madurez y de los últimos días suicidas de la infancia. Lo dejó escrito Marcel Proust en un título que era una declaración de intenciones: En busca del tiempo perdido. Allí también habitaban los fantasmas.

Fantasmitas pequeños y muertitos como los niños de Edward Gorey. Un abecedario completo de parvularios destrozados. Criaturitas macabras muriéndose para alcanzar la gloria de todos los Peter Pan. «Clara consumida sin remedio. Kate golpeada con un hacha. Basil atacado por los osos. Xerxes devorado por ratones. Neville desvaneciéndose en ennui». Fundidos en la sombra que solo puede coser la muerte.

La sombra que nos nubla las páginas. Lo sabía bien aquel poeta que se enamoró de una niña. Aquel hombre triste al que la vida le iba negando todo justo cuando parecía alcanzarlo. Antonio Machado, rodeado de los espíritus de lo que no pudo ser: de la vida en París, de Leonor, del discurso que nunca llegó a leer en la Academia, de la dignidad insultada. Dicen que su último verso es apócrifo. Que de pura perfección tenía que ser falso. Un papel arrugado en el bolsillo, como un amuleto que en la antesala de la muerte le protegiera con los escudos del pasado. Nueve palabras para invocar a los fantasmas felices. Nueve palabras para trasladarle al patio en el que jugaba. Nueve palabras para conjurar las sombras: Estos días azules y este sol de la infancia.

Siempre este sol espectral de la infancia.


El poeta que inspiró la piratería

William Ernest Henley, 1849 – 1903. Foto: DP.

Indiferente a la noche que me envuelve, / negra como un pozo insondable, / doy gracias a los dioses que me otorgaron un alma irreductible./ En las crueles garras de la fortuna / no he llorado, ni gemido en voz alta. / Tras los envites del azar / mi cabeza está ensangrentada, pero intacta. / Más allá de este lugar de rabia y lágrimas / solo está el horror de las sombras, / y la amenaza de los años que están por venir / no me tiene, ni me tendrá, asustado. / No importa lo estrecha que sea la salida, / o cuántos cargos hayan incluido en el sumario, / soy el amo de mi destino: / soy el capitán de mi alma.

Nelson Mandela, confinado por defender el fin del racismo en Sudáfrica, se repitió durante veintisiete años los versos de este poema. Según cuenta en su biografía, sus palabras le ayudaron a tolerar su largo encierro. Leídas en el contexto de una cárcel, cualquier cárcel, cobran un profundo sentido, aún mayor si, como el líder sudafricano, se ha sido condenado a cadena perpetua. Hoy se considera a esta composición poética un himno a la resistencia personal frente a las adversidades, y sin embargo su autor nunca tuvo tal cosa en la cabeza. Se llamaba Ernest Henley, tenía una pierna de madera, una muleta, e inspiró la imagen del pirata tal como hoy la concebimos en la literatura y en el cine. Desde la lejana isla del tesoro de Stevenson, hasta la moderna Piratas del Caribe de Disney.

Henley fue periodista, crítico literario, amigo de escritores y poeta en la Inglaterra victoriana. Los versos que le han resucitado de la historia fueron publicados como «poema IV» en 1874. Iban dedicados a un panadero y comerciante de harinas, Hamilton Bruce, mecenas habitual de escritores, sin mayor intención, en principio, que recrear la belleza poética. Pero cuando veinticinco años después el escritor y crítico literario Quiller-Couch compiló la antología poética The Oxford Book of English Verse quiso aumentar su valor, inventando el título de Invictus. Allí se reunían los mejores poemas ingleses compuestos entre el siglo XIII y el año 1900, quedando Henley incluido entre los poetas victorianos. El poema elegido para representarle, y su nuevo título, parecía indicar que el autor había representado la concepción del estoicismo que tuvo la sociedad victoriana. Habían convertido la corriente filosófica original en una resistencia personal a cualquier precio, unida a constreñir al máximo los impulsos personales, y a poder ser, haciendo que todo ello redundara en mayor gloria del Imperio británico. Salvo esto último, Invictus cumple todos esos preceptos.

Pero Henley no solo no se adaptó al ideario victoriano, sino que por el contrario fue un promotor de la siguiente corriente artística, el modernismo. Una de las ideas defendidas como editor del periódico Scott Observer, hoy llamado National Observer, era que el arte no debía tener una finalidad didáctica, sino servir a la inspiración y la belleza. Y por ello fue el primero en dar a conocer a artistas como Auguste Rodin, el autor de El pensador, o al pintor James McNeill Whistler, a quien hoy se considera el creador del impresionismo inglés. Defender «el arte por el arte» era algo verdaderamente revolucionario en la Inglaterra de su época. Casi tanto como su poesía, que anticipó el nuevo uso del verso libre y la total libertad en los temas elegidos, que ya no tenían que ser sublimes, sino que también podían tomar como imagen lo cotidiano. Pero muy pocos recordaban ninguno de estos detalles de su personalidad cuando, casi cien años después, un líder sudafricano era condenado a cadena perpetua y recitaba una de sus composiciones como un credo.

Nelson Mandela, líder de la lucha contra el Apartheid, había sido confinado en una celda de dos metros por dos, con una esterilla en el suelo por cama, y la tarea de picar piedra durante el día para producir grava. No le dieron libertad ni siquiera para usar unas gafas de sol con las que protegerse los ojos, lo que le acarrearía problemas de visión durante toda su vida. Ejemplo de superación personal y resistencia, decidió estudiar la carrera de Derecho durante la noche. Puede decirse que, ante su presente y su futuro, el repetirse a sí mismo estoicamente y en alta voz, como hacía, «soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma», hubiera sido considerado digno de encomio incluso por los victorianos. Siempre y cuando, claro, Mandela no hubiese sido una persona de raza negra.

Las torturas a que habían sido sometidos los líderes que lucharon contra el Apartheid no fueron conocidas sino hasta después de la liberación de su principal representante. Las mutilaciones y ejecuciones encubiertas de presos en la John Vorster Square, hoy Comisaría Central de Johannesburgo, dieron aún mayor difusión al poema Invictus. Profesores y políticos negros «se suicidaban» o «se desnucaban accidentalmente en las duchas» por crímenes tan terribles como llevar libros prohibidos en el maletero del coche. Ante esta información, el credo de Mandela ya no parecía escrito solo para él, sino para cualquiera que hubiese padecido aquella violenta injusticia: «Tras los envites del azar / mi cabeza está ensangrentada, pero intacta».

Y con el poema, también la figura de Ernest Henley comenzó a suscitar gran interés, en un momento en que además la psicología popularizaba el término «resiliencia». Esta palabra puede definirse, simplificándola, como la capacidad de obtener ventajas de períodos de sufrimiento vital. Y aquí es donde la biografía de Henley contagia a Invictus, convirtiendo al poema en un himno de la resistencia personal. Así hubiera sido si el autor lo hubiera escrito durante su larga estancia de tres años en el hospital. La tuberculosis que padecía desde los doce años había degenerado en una variante ósea de la enfermedad, que infecta las articulaciones. Tuvieron que amputarle la pierna izquierda por debajo de la rodilla al cumplir los veinte para impedir su muerte. Cuatro años después, la tuberculosis ósea se le manifestaba también en la pierna derecha, y todo parecía indicar que también la perdería. Pero en esa ocasión tuvo la fortuna de caer en manos del cirujano inglés Joseph Lister. Un genio de la medicina quirúrgica que descubrió los principios de la asepsia, obligando por primera vez a los cirujanos a lavar sus las manos, el instrumental y las heridas de los enfermos, salvando muchas vidas y permitiendo el desarrollo de la cirugía moderna. A Henley le practicó una serie de intervenciones destinadas a extraer el pus de sus articulaciones, hasta liberarlas de la infección. Le tomó tres años curarle, durante los que el poeta estuvo recluido en el hospital.

Esa estancia hospitalaria dio dos frutos que marcarían de forma radical la historia de la literatura y la cultura de nuestro tiempo. El primero fue el poemario llamado In Hospital. Un hito del verso libre, donde la vida cotidiana del enfermo se nos narra a través de detalles banales, pero importantes, como escuchar una cisterna que gotea durante toda una noche, o el deseo de salir y participar en la vida de los demás, los sanos, cuando se asoma a una ventana. Incluye además vívidas impresiones sobre la sensación de ser dormido mediante anestesia, y despertar después entre la expectación de los médicos. Incluso, aunque lo haga con pudor victoriano, nos habla de la excitación que le causan las apariciones de una virginal enfermera en su día a día. El poemario incluye todo eso, pero no el poema Invictus, que compuso mucho después. Y sin embargo el mito construido sobre Henley identifica esos versos de resistencia con su padecimiento, tal como lo interpretó Nelson Mandela al tomarlo como himno personal.

Treasure Island … New edition, with original illustrations by Wal Page, Londres, 1899. Imagen: The British Library.

El segundo fruto cultural, y el que más presente está actualmente entre nosotros, es el encuentro en el hospital con el escritor Robert Louis Stevenson, autor de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y de La isla del tesoro. Fue el padre de Virginia Woolf quien los presentó, y el novelista quedó fascinado por Henley, lo mismo que el crítico por el potencial de aquel escritor novel. Stevenson se encontró con un hombre corpulento, muy alto, de anchos hombros, pelo hirsuto y frondosa barba pelirroja. Extrovertido, parlanchín, de risa franca y extensa cultura literaria, se movía, además, con gran agilidad sobre su pierna de madera, valiéndose de una muleta. Si leemos La Isla del tesoro comprobamos que el pirata John Silver es casi una transliteración del mismo: «Su pierna izquierda había sido cortada a la altura de la cadera, y bajo el hombro izquierdo portaba una muleta, que manejaba con asombrosa habilidad, brincando sobre ella como un pájaro. Era muy alto y fuerte, con una cara grande como un jamón, plana y pálida, pero inteligente y simpática». La inspiración está fuera de toda duda, porque el propio Stevenson la confiesa en una de sus cartas. Explicando además que ese ruido que en la novela antecede siempre a la aparición de Silver es el que escuchaba en el hospital visitando a Henley. El golpeteo de su muleta contra el suelo de madera, moviéndose sin que su mutilación le estorbara la rapidez ni la agilidad el movimiento.

No concebiríamos hoy la imagen de un pirata con pata de palo si Henley no hubiera existido. Y tampoco repetiríamos la característica personalidad de John Silver si el novelista no hubiera ido más allá de la apariencia física. Uno de los rasgos de estilo más sobresalientes de Stevenson es la dualidad de sus personajes, que lleva al extremo en Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Silver es un marinero que se comporta de forma paternal con el joven protagonista John Hawkins, aunque luego se revele como un pirata egoísta y cobarde, que huye con un saco de oro y sin un adiós. A pesar de ello sigue cayéndonos simpático y no podemos dejar de admirar su rebeldía, su forma de vivir en libertad y al margen de la sociedad. En Henley están también ambas características. Porque tuvo la paciencia de leer el primer manuscrito de un escritor en ciernes, al que aconsejó pacientemente, siendo fundamental en su carrera. Y dándole una recomendación que iba en contra de la literatura victoriana: debía relegar la intención didáctica para anteponer el entretenimiento. Empezando por acortar ese largo título de El Sea Cook o la Isla del Tesoro, una historia para la juventud. Tal vez ahora nos parezca de sentido común, pero a finales del siglo XIX semejante rasgo de modernidad era absolutamente revolucionario. Como el mismo carácter del poeta que escribió el Invictus.

A la larga, la amistad de ambos hombres se enfrió, especialmente cuando Stevenson, en su madurez estilística, dejó de considerarle un maestro. Las obras teatrales que escribieron juntos acentuaron este desencuentro, y dejaron de hablarse. Por su parte, Henley continúo con una vida llena de adversidades, mientras todos le consideraban el referente de la crítica literaria de su tiempo y su influencia en importantes escritores seguía extendiéndose. Fue amigo de Ruyard Kipling y de J. M. Barrie, que tomó a su hija Margaret como inspiración de Wendy en Peter Pan. La niña, muerta a los seis años por una meningitis, no llegó a ver el estreno de la obra teatral infantil, que fue un verdadero escándalo moral. Los niños victorianos eran adultos por desarrollar y se les animaba a dejar la niñez, por lo que la decisión de Peter Pan de no crecer fue considerada por muchos una atrocidad, y aplaudida por Henley. Su tuberculosis seguía avanzando, y le llevaría a la tumba a los cincuenta y tres años. Pidió ser incinerado y que sus cenizas reposaran, hasta el día de hoy, junto a su hija muerta. A partir de ese momento su nombre iba a quedar para unos cuantos expertos en literatura.

Así fue hasta que en 2009 Clint Eastwood dirigió la película Invictus, narrando cómo en el esfuerzo del ya presidente Mandela por reconciliar Sudáfrica se ayudó de la selección nacional de rugby. En ella puede oírse a Morgan Freeman recitando los versos de Henley, y también a Matt Damon el poema entero, a la vista de la celda y prisión en donde el líder contra el Apartheid estuvo recluido. La fama de esta composición poética, ya potenciada por la biografía de Mandela, se hizo mayor, o al menos alcanzó todos los países en que fue estrenada la película.

Y aunque el hecho de que aquel poeta sigue encarnando de manera indirecta el prototipo del pirata es menos conocido, su personalidad sigue presente a través de John Silver. No por casualidad Jack Sparrow, protagonista de la saga de Piratas del Caribe, comparte sus iniciales. Ya no lleva una pierna de madera, pero sigue dudando entre el egoísmo del pirata y la entrega desinteresada del héroe. Y si su brújula mágica, que podría marcar la dirección en que está el objeto de su deseo, oscila sin encontrar el rumbo, es porque el espíritu de Henley sigue vivo en él, murmurando «soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma». Un capitán pirata, naturalmente.


El regreso de Peter Pan

Vicente Muñoz PuellesIlustraciones de Fernando Vicente

Oxford University Press – Colección El árbol de la lectura. Para niños de 10 años o más

Cuando un libro infantil empieza con una conversación entre personajes como Adolf Hitler, Ribbentrop, Goebbels o Martin Bormann, sabemos que no nos encontramos ante un libro infantil cualquiera.

Hay una edad en que el niño, o la niña, empieza a abandonar las explicaciones mágicas sobre todo cuanto le rodea, a enfrentarse a la realidad tal y como es. Es una etapa de descubrimiento en la que comienza a mirar más allá de su entorno inmediato y a percibir un mundo mucho más grande, complejo y antiguo de lo que había imaginado antes. Un mundo en el que, para su desconcierto, ya no es todo de color de rosa. Nuevas certezas se forman en su cabeza: la vida no es perfecta, no todo lo pueden arreglar papá y mamá, los buenos no siempre ganan, la gente puede ponerse enferma, morirse e incluso hay gente que mata a otra gente. El paso de la infancia a la madurez es el descubrimiento de las imperfecciones del mundo, pero también el aprendizaje de cómo sobreponerse a ellas, hacerles frente e incluso, cuando es posible, intentar buscarles una solución. La lectura ideal que requiere esta particular etapa de la infancia debe ser, pues, un delicado equilibrio entre el remanente nostálgico del mundo mágico que está dejando atrás y la presentación de la pura y simple realidad ha de asimilar, si quiere crecer y convertirse en un adulto sano.

Dicho equilibrio literario es difícil de conseguir, pero Vicente Muñoz Puelles —y no lo digo porque sea nuestro amigo— se ha salido con la suya en El regreso de Peter Pan, libro que conmemora el centenario del personaje teatral de James Barrie. En un tono de aventura fantástica, como corresponde a las andanzas del legendario personaje que se niega a crecer, el pequeño lector descubre, sin pretenderlo, nuevas facetas del mundo como la mencionada historia, el arte o la literatura misma. Aprende también, por ejemplo, cuál es la importancia de la convivencia y de la cultura como expresión de esa misma convivencia.

El argumento, ambientado en la Segunda Guerra Mundial, comienza con el enfado de Hitler cuando durante la representación de la obra teatral de Barrie en Londres, el personaje del Capitán Garfio es sustituido por un Adolfo Garfio destinado a ridiculizarlo. El dictador, en represalia, decide invadir la tierra de Nunca Jamás, enviando uno de sus temibles submarinos para capturar a Peter Pan y anotarse una victoria anímica y propagandística frente al enemigo inglés. Fantasía y realidad siguen mezclándose cuando el poeta alemán Erich Kästner, tras contemplar con tristeza cómo los simpatizantes nazis queman libros en una pira —incluidos algunos de los suyos— es chantajeado por el régimen para escribir una historia de Peter Pan alternativa, con la que pretenden ensalzar a Hitler y traicionar los valores que Peter Pan encarna originalmente.

Mientras, Wendy, la antigua compañera de aventuras de Peter Pan, se ha hecho mayor, se ha casado y ha tenido hijos. Casi ha olvidado que un día conoció a Peter Pan y le habla a sus pequeños del personaje como quien habla de un cuento. Cuando estalla la guerra y los bombarderos alemanes sobrevuelan Inglaterra, Wendy enseña a sus hijos a usar la imaginación para escapar de la realidad… y es cuando usa la imaginación cuando el eternamente joven Peter Pan vuelve a hacer acto de aparición: naturalmente, no puede entender por qué Wendy ha crecido y se ha convertido en una mujer adulta, pero lo acepta y se hará amigo de sus hijos, junto a quienes vivirá nuevas aventuras. Pues tienen ante ellos un desafío trascendental: salvar la tierra de Nunca Jamás de los desalmados invasores que pretenden convertirla en una más de sus infames cárceles.

El regreso de Peter Pan es, pues, un libro de aventuras en toda regla, pero el elemento real se cuela entre los elementos fantásticos creando una mezcolanza cautivadora. Los personajes reales y las situaciones históricas, así como las figuras de escritores o incluso las obras de arte que podemos ver en ciertos museos componen el atrezzo de las nuevas aventuras de Peter Pan, pero un atrezzo destinado a provocar preguntas en el lector, a despertar su curiosidad e invitarle a que investigue las respuestas a esas preguntas, a que consulte a sus mayores, a que reflexione sobre lo que ha leído. El niño, a esa edad, no podrá entender las lecturas de Thomas Mann pero sí se le puede explicar por qué un importante escritor, ganador de un Premio Nobel, tuvo que abandonar su país tal y como se comenta en algún momento de El regreso de Peter Pan. Y también se le puede explicar por qué es importante que un escritor, o un músico, o un ciudadano cualquiera no tenga que huir de su país… al igual que Peter Pan no tendría por qué huir de Nunca Jamás. Se le puede explicar que los villanos del mundo real son a menudo peores que los de la fantasía, o ¿cómo si no se explica que un submarino nazi haya hundido con un torpedo al Jolly Roger, flamante velero del capitán Garfio? Perfecta metáfora de cómo en la mente del niño, a medida que crece, las imperfecciones de la realidad vencen a la fantasía, cosa que ha de aprender a procesar adecuadamente en beneficio de su estabilidad y felicidad.

El regreso de Peter Pan es vehículo de multitud de valores, pero afortunadamente no se limita a aleccionar. De un modo muy sencillo, poco traumático —con bastante pinceladas de humor, de hecho— pero realista y siempre considerando al niño como lo que es (un individuo inteligente) el libro contrasta la fantasía idealizada de la infancia con la realidad imperfecta de la edad adulta. Descubrir la realidad no significa dejar de recurrir a la fantasía, sino sencillamente aprender a distinguir entre ambas y saber cuándo, cómo y dónde tiene sitio lo fantástico en nuestra vida.

Probablemente es esa también una gran lección para nosotros, los lectores adultos —que perfectamente podemos disfrutar con este libro, pues Muñoz Puelles reserva también algunos guiños y perlas irónicas en el texto dedicadas a nosotros—, quienes ya dejamos Nunca Jamás muy atrás pero que, como El regreso de Peter Pan bien nos recuerda, no tenemos por qué renunciar a nuestra parcela de fantasía. A fin de cuentas, el niño que una vez fuimos es nuestro Peter Pan particular, siempre negándose a crecer y nunca desapareciendo del todo. También él tiene derecho a una parte de nuestra vida. En definitiva: un libro que ayuda al niño a ser más adulto, y al adulto a ser más niño.


Vicente Muñoz Puelles: “A España le falta tradición erótica”

Fotografía: E.J. Rodríguez

Este escritor valenciano que se ha desenvuelto en los más dispares géneros  y que ha ganado importantes galardones en casi todos ellos, desde el Premio Azorín hasta el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil —género que vuelve a visitar con la publicación de El regreso de Peter Pan, celebrando el centenario de la obra—, nos recibió en su casa y charlamos sobre sexo y erotismo. Fue una extensa y absorbente conversación en la que tratamos los más diversos aspectos: desde la literatura erótica hasta las costumbres sexuales de los españoles, pasando por los tabúes y perversiones de nuestra sociedad. Hablamos con el autor de novelas como “Anacaona” o “El amor burgués”, que fueron respectivamente vencedora y finalista del premio La Sonrisa Vertical a la mejor novela erótica.

Intelectual de discurso reflexivo y pausado, vasta cultura, mirada curiosa y espíritu libre: Vicente Muñoz Puelles.

La literatura erótica

“Ha de ser buena literatura, y eso ha de prevalecer sobre cualquier otro aspecto”. Amante de la literatura erótica clásica (“ninguno de los libros clásicos me ha decepcionado”) piensa que en España el género “nunca ha tenido prestigio literario” y que las editoriales se ven obligadas a recurrir a autores franceses, ingleses o norteamericanos para completar sus catálogos.

Como buen escritor y buen erotómano, cree que el lenguaje es erótico en sí mismo. Para él no existen las fórmulas preconcebidas y en el género tienen cabida tanto la exquisitez literaria como el tomarse ciertas licencias vulgarizantes: “puedes ser muy riguroso o selectivo al escribir un pasaje, pero los diálogos deberían ser menos artificiosos para que resulte excitante”. También afirma que la literatura erótica, como el propio sexo, “a veces es más excitante que sea soez”.

Aunque reconoce que el público actual quizá ya no recurre a la literatura erótica por la existencia de alternativas de ocio más inmediatas, cree que la excitación no debería ser la única motivación que nos acerque al género, sino también el “ver cómo se articula todo con palabras, adornar la historia con una cierta convención propia del género y ver cómo discurre: con cambios de personajes, cambios de escenarios… ver si la curiosidad que uno tiene se puede expresar en una obra que se justifique a sí misma, una obra más o menos redonda. Esta es una necesidad que sienten tanto el autor como el lector”.

¿Qué lleva a un escritor hacia la literatura erótica?
Yo prácticamente empecé con la literatura erótica. Había escrito otras novelas, pero las primeras que publiqué fueron eróticas. Lo que me atrae del erotismo es que por una parte tiene que ver con la biología, con los cuerpos; y por otra parte también implica los sentimientos. Esa combinación me parece muy atractiva. El hecho de expresar algo así mediante palabras de manera deliberada es como un ejercicio, un desafío.

Entonces la literatura erótica engloba la parte animal y la parte espiritual del ser humano.
Yo no diría “espiritual” porque no es palabra que me guste. No sé por qué, ¿sabes? …no es mía. Pero sí, es eso. Porque las pasiones se pueden expresar físicamente, también con palabras y también con sentimientos. Esos tres factores tendrían que participar en la novela erótica. Es una combinación que debe ser muy medida.

¿Como escritor uno es partícipe de esas historias, a nivel sexual?
No puedes evitarlo. El erotismo es un género más personal que otros géneros.

España y el sexo

Afirma rotundamente que España carece de una buena tradición erótica, aunque sí cree que en cuestión de costumbres sexuales ya no estamos detrás de Europa como en otros tiempos. Eso sí, piensa que la literatura erótica “no tuvo prestigio nunca en España y no lo ha llegado a adquirir” —lo cual atribuye en parte al propio pudor de los escritores patrios— y que, mientras a principio del siglo XX ya existía un floreciente género erótico en Francia, en España los libros que considerados eróticos eran “como un caldo aguado”. Pese a esa falta de tradición sexual, sí considera que condicionantes históricos tradicionales de nuestro país, como la influencia de la Iglesia católica, han perdido buena porción de su peso: “la Iglesia ya no puede intervenir en hechos como el de que un sex-shop venda arneses”.

¿Cómo recuerdas el fenómeno del “destape”?
Bueno, yo era muy joven y me parecía normal que al mismo tiempo que uno sentía todas las inquietudes propias del sexo, el país entero las sintiera también. Fue un verdadero destape: como si a la olla a presión se le quitara la tapa. Fue un momento muy bonito y muy gratificante. Era necesario. Todo el mundo estaba harto y no había ningún miedo, sino un enorme agradecimiento ante el hecho de que las cosas, después de tanto tiempo, pudieran cambiar, porque entonces sí que parecía que éramos distintos a Europa. Era penoso.

¿Crees que fue importante el destape para la transición española incluso a nivel político?
Sí, el cambio de costumbres. El ver que todos teníamos las mismas necesidades, ver a Tierno Galván al lado de Susana Estrada, en aquella famosa foto  [en la foto, la actriz mostraba un pecho]. Ver que podía haber un político como Tierno Galván que, en vez de huir espantado u obligar a que la taparan, miraba con curiosidad y con diversión. Ver que teníamos sentido del humor, cosa que a veces se podía dudar en España. Que el humor también es muy importante y a veces parece que nos falte.

Tabúes y escándalos

“No quiero pensar en el pecado”. Al escritor le molesta todo aquello que suponga una cortapisa moral en torno al sexo y piensa que no debería existir nadie que se considere con potestad para decirle a los demás cómo deben experimentar su vida sexual: “el sexo es algo privado y no deberían intervenir las autoridades”. La existencia de represiones sexuales le recuerda a “épocas infaustas” en las que, siendo niño, le hicieron leer “un libro atroz que decía que se te secaba el cerebro si incurrías en la masturbación”.

¿Debe un escritor llevar las licencias literarias más allá del libro? Por ejemplo el caso de Sánchez Dragó, que hizo unos comentarios que resultaron muy escandalosos y después dijo que eran una licencia literaria.
Para mí es una excusa. Uno no tiene por qué alardear de nada. Y menos de estas cosas. Si los escritores somos algo, lo somos por lo que escribimos, no por lo que decimos. Y en eso podemos incurrir todos… aunque yo no lo habría hecho, eso es lo único que puedo decir (risas). Porque luego siempre queda la duda de si se dice la verdad o no. En cambio, cuando uno lo transforma en un libro —sea cierto o no sea cierto— está dentro de la ficción y ese es el terreno en el que nos debemos mantener. Es inevitable que uno hable de sus propios libros, pero no debe decir qué parte es verdad y qué parte no lo es. La verdad es algo muy relativo y la puedes contar de tantas maneras….

La moral sexual como instrumento de control

Nada más nombrarle el uso de la moral sexual como herramienta de control político, Vicente cita a Marcuse: “el sexo es revolucionario de por sí”. Opina que a la autoridad le gusta controlar la conducta sexual de los ciudadanos porque “las sociedades establecidas tienden a evitar que sus miembros se desmanden o concedan demasiado tiempo a sus pasiones”, especialmente en las dictaduras, donde “el estado quiere que los individuos no se distraigan y produzcan”. Eso sí, cuando hay una guerra “se les dan mujeres a los soldados, pero porque no se quiere que las busquen ellos mismos, eso implicaría perder el tiempo. Los ejércitos siempre tienen mujeres a su disposición”.

También señala que en la Biblia “percibo no una animadversión hacia el sexo, sino una animadversión hacia la mujer, a quien se le atribuyen siempre las culpas: no sólo Eva, sino Dalila, Judith que corta la cabeza de Holofernes, Salomé que pide la cabeza del Bautista”. Esta concepción de la mujer como provocadora del pecado (“se repite demasiadas veces en la Biblia para que sea una coincidencia”) se ha trasladado al subconsciente de la sociedad occidental: cuando se dice de una mujer “es una puta”, afirma el escritor que “en todo caso uno la habría hecho puta también. ¿Por qué es ella la que al seducir provoca y no el hombre al pagar algo para conseguir algo quien provoca? Es una tontería”. Afirma que excepto las diferencias anatómicas obvias entre ambos sexos, no hay grandes diferencias mentales (culturales, en todo caso)  y que “hombre y mujer son bastante intercambiables”

¿Crees que hay peligro en España de que surja una derecha religiosa al estilo americano?
Sí. Creo que no somos tan simples como los conservadores americanos, pero no puedo estar seguro. Estados Unidos es de hecho una sociedad muy avanzada, pero estos conservadores están en zonas rurales, en el medio oeste, en el sur… eso está acompañado de cierta ignorancia que no sé si es fácil de conseguir. Pero sí, podría ocurrir.

Internet

Cree que la red cambiará la vida sexual de la gente: “es posible que tienda a producir un mayor número de individuos aislados, que se autosatisfacen en sus cubículos”, aunque ello no le parece necesariamente negativo porque “no es necesario que el erotismo sea entre varias personas, puede ser autosuficiente. Es algo puramente mental. Es terreno de la imaginación, que lo plantea como quiere y también lo puede defender como quiere”.

Ante la idea de que el individuo necesita mostrar éxito sexual para afianzar su estatus y que recurrir a la masturbación es visto como una especie de fracaso, dice el escritor que “sobre la felicidad de las personas, como sobre la felicidad de los animales, sabemos bien poco. Sólo cada uno lo sabe”. Para él, puede ser más feliz alguien que simplemente recurre a la imaginación que alguien que se acueste cada día con varias personas diferentes; los demás no podemos juzgar su condición dado que “no tenemos un aparato para medir la felicidad individual”. Lo fascinante es analizar qué formas tan diversas puede adoptar el impulso sexual de las personas y por qué los seres humanos son capaces de encontrar estímulo sexual en casi cualquier cosa, desde objetos hasta animales.

Entonces no te escandaliza el bestialismo.
No, además tengo una gran pasión por los animales, que no incluye el sexo, pero desde pequeño me han gustado. Me llama la atención que en los sex-shops virtuales por internet se vendan unos artilugios que son muñecos de cerdos y gallinas para hacer el amor con ellos. Eso te da una idea de la enorme capacidad de deseo que tienen los humanos. Y de ingenio, porque si ya es difícil que uno se sienta motivado por un cerdo o una gallina, imagínate por un muñeco que representa a un cerdo o a una gallina.

La Lolita de Nabokov.

Muñoz Puelles opina que, en lo sexual, la ficción y la realidad deben mantenerse separadas. Los criterios morales por los que juzgamos la vida sexual de un ciudadano no deben ser aplicados a la hora de evaluar, por ejemplo, una obra literaria. Así, por extremo que nos pueda parecer el contenido de una obra de ficción, como ficción no debería nunca ser censurada:

Fernando Schwartz y Ana García Siñeriz comentaban que Nabokov no podría publicar Lolita hoy en día.
Posiblemente; creo que la gente es ahora más pazguata. Más que en la transición y a principios de los ochenta. Lo noté porque quince años después de El amor burgués y Anacaona publiqué La curvatura del empeine y me pareció que no entendían nada, o que entendían menos que periodistas que me habían entrevistado quince años antes.

Es paradójico, ¿no? Pensar que todo un Nabokov sería atacado si publicase un libro así hoy en día.
Sí, aunque Nabokov también tuvo dificultades entonces, Lolita no fue un libro que pudiera publicar fácilmente. Pero bueno, hoy todo eso tiene que ver con lo políticamente correcto. Han cambiado las concepciones de las cosas, se teme más la opinión de los demás, se ha judicializado todo un poco. Algo que —aunque a Nabokov posiblemente sí le gustaban las nínfulas— es un juego verbal, no debe pasar de ahí y se debe juzgar como tal.

Quizá la gente piensa que si Nabokov escribió ese libro es porque en su vida real también le gustaban las “lolitas”.
Sí, pero tampoco deberíamos juzgar eso, al menos en relación con el libro. El libro es el libro. Y es una obra de arte muy rigurosa. Es un libro muy ingenioso —además seguramente hay que leerlo en inglés para apreciarlo bien— y no se trata tanto del argumento de la historia, aunque sea muy importante. Pero él hizo muchas variaciones sobre ese tema, bastante conseguidas también. Era un escritor exquisito. Siempre es difícil separar la concepción que uno tiene del escritor de la que tiene sobre su obra, pero hay que hacerlo para poder juzgar esa obra con imparcialidad.

El erotismo y la pornografía en el cine

Siguiendo con Lolita, la adaptación cinematográfica de Kubrick le parece muy ingeniosa, pero cree que la versión de los noventa protagonizada por Jeremy Irons es “patética”. Del cine pornográfico opina que, aunque por su propia naturaleza es difícil que llegue a ser buen cine, es un género “sorprendente” en el que a veces uno se topa “hallazgos raros”. Sobre la explosión de la pornografía y erotismo cinematográficos en los setenta piensa que “la pornografía también envejece” y que referentes de la época como Garganta profunda o la saga Emmanuelle resultan bastante decepcionantes vistos hoy en día: “se les nota claramente el paso del tiempo”.

También le parecen bastante pobres los intentos de revestir al cine pornográfico de un aura artística o de autor, como sucede con las películas del director Andrew Blake: “son como modelos de Vogue. Son como poses, están siempre posando y pierden la autenticidad”. Cree que la pornografía debe ser más natural y no renunciar a su componente de vulgaridad para resultar verdaderamente efectiva.

Berlanga y Buñuel

Como autor de un magnífico libro (Los infiernos eróticos) en el que el escritor conversaba acerca estos temas con nuestro común paisano, Luis García Berlanga, a quien llegó a conocer bien, Muñoz Puelles es una magnífica fuente para conocer un poco mejor las inclinaciones del director: “siempre lamentaba no haber podido hacer cine erótico “.

Afirma que pese a haber comenzado su carrera cinematográfica en pleno franquismo y por tanto haberse visto constreñido por las circunstancias, Berlanga era un espíritu “tremendamente libre”. Comenta divertido alguna de las manías del cineasta, como su fijación por las muletas o el hecho de que “nunca se quedaba en una habitación de hotel si no tenían camas con postes en los cuales pudiera atar a una persona. Y yo creo que era completamente incapaz de atar a nadie, pero también era capaz de exigir que las camas tuvieran esos postes o abandonaba el hotel”.

Luis Buñuel, en cambio, y pese a su célebre anticlericalismo, “era un hombre austero. Le gustaba vivir como si fuera un monje” y “tenía una educación religiosa”, pero el escritor nos recuerda que “eso tampoco debe engañarle a uno porque a veces en el ámbito más ascético es donde surgen las pasiones más extremas”. Pese a que Buñuel tuviese —especialmente en sus últimos años— costumbres casi monacales, “su mente, estoy seguro, divagaba mucho más lejos”.

Sobre la capacidad de la ficción para escandalizar: “el erotismo no es más que una especie de libertinaje ingenuo. Realmente uno no debería poder escandalizar a nadie, nunca. Y sin embargo hay cierta ilusión por parte del autor de escandalizar y por parte del lector de sentirse escandalizado”.

Sobre la idiosincrasia sexual del Japón: “Para mí, lo más desconcertante de los japoneses son los vendajes. Las primeras revistas de vendajes que vi fue en un sex-shop de París y eran japonesas. Más que vendajes eran enyesados. Y la gerontofilia, que también me parece que es una parafilia muy japonesa”.

Sobre el body sushi: “es un juego y un negocio. Pero lo que me fastidiaría es participar en eso con otras personas, sentiría un complejo de clase, quizá: ¿por qué estoy aquí participando con éstos?”.

 


Cien años de Peter Pan

After a time he fell asleep, and some unsteady fairies had to climb over him on their way home from an orgy“.

La proliferación fingidamente descontrolada de abejorros observada esta primavera en Kensington Gardens no es más que un torpe homenaje del MI5 al centenario de la publicación de Peter y Wendy. No van a ser estas apresuradas líneas las que descubran el infinito subtexto que rezuma la obra de J.M. Barrie, pero es evidente que los servicios secretos de Su Majestad, si bien han estado atinados al subrayar el protagonismo de Campanilla, es posible que hayan marrado a la hora de afinar la esencia del personaje. Claro que las pequeñas hadas de Neverland comparten cualidades con los abejorros pero, tratándose de espias, se habría esperado una mayor agudeza, aunque fuera sólo visual, de su parte. Campanilla, tan atractiva como odiosa e incomprensible (y esto incluye tanto su lenguaje como su comportamiento), se ha ganado un puesto en el panteón de monstruos femeninos que combinan el espanto con la seducción sea por medio de la mirada, de la palabra o del canto: La Gorgona Medusa, la Esfinge, las Sirenas. De esta telúrica condición de las hadas nos deja J.M. Barrie una pista en la cita que precede a este texto, si (obviando las turbadoras imágenes que nos ofrece Google al teclear “tinkerbell porn” con el filtro desactivado) entendemos la palabra orgy en su acepción dionisíaca. Esta opción parece la más sensata a la vista de las abundantes referencias clásicas esparcidas por toda la novela, empezando por el apellido de Peter Pan. Bajo esta nueva luz no será difícil ver reflejados en él, en justa simetría, a Perseo, Edipo y Ulises; una frase que también parece dejada caer al azar, irrelevante como la anterior para el desarrollo de la narración, deja pocas dudas al respecto: “Fairies indeed are strange, and Peter, who understood them best, often cuffed them“.

Abejorros. Por favor.