Las tres vidas del Pórtico

El Pórtico de la Gloria ya restaurado. (Clic en la imagen para ampliar). Imagen: RTVE.

Ha terminado, por ahora, la restauración del Pórtico de la Gloria después de unos años de trabajos. Desde que se construyó hasta hoy ha tenido otras intervenciones pero esta ha sido tan intensa que le ha proporcionado una nueva existencia.

Las piedras pueden tener varias vidas: nacen para un propósito que puede cambiar con las generaciones; ocurre con la arquitectura y con la escultura, a veces también con la pintura porque nada material es eterno o, por lo menos, sus formas.

La historia es un proceso y lo que ocurre ahora es, como sabemos, el resultado de actuaciones anteriores que tendrán también sus propias consecuencias.

Ha sido así desde el origen de los tiempos

No iremos tan lejos en lo que nos ocupa, solo señalaremos algunas muestras que nos lleven a entender mejor cómo hemos llegado a donde estamos y qué contenido tiene, en estos momentos, la expresión protección del patrimonio. Ahí van:

El Senado de la antigua Roma tenía dos costumbres dispares con respecto a la memoria de los emperadores fallecidos: si les había caído bien, lo divinizaban en una ceremonia conocida como Apoteosispero, si lo consideraban perjudicial para el Imperio o sus propios intereses, lo condenaban al olvido, la Damnatio Memoriae, de la que ya hablaba Cicerón aunque el latinajo no fuera acuñado hasta el siglo XVII.

El olvido significaba la destrucción de todos los símbolos distintivos del personaje en cuestión, que serían eliminados y/o reutilizados como material constructivo si eran pétreos o fundidos si eran metálicos.

En el yacimiento de La Alcudia de Elche se encontró en 1949 una de las figuras más representativas del arte ibérico, el Torso del guerrero, que formaba parte del firme de una calle por debajo del nivel de una basílica paleocristiana. En el cercano barrio del Raval, en la misma ciudad, algunas viviendas antiguas tenían como cimientos tambores y capiteles de columnas romanas que salieron a la luz cuando fueron derruidas para levantar edificios más modernos.

Nadie debe sorprenderse: para construir una casa solo había que ir con un carro al sitio de las piedras viejas que, ya cortadas, resultaban más baratas y accesibles que las de las canteras lejanas. Los materiales se reaprovechaban, era lo normal.

Algunos frescos románicos se han conservado y hoy podemos admirarlos —MNAC de Barcelona— seguramente gracias a que un párroco muy limpito decidió que estaban demasiado sucios del humo de las velas y les echó encima una capa de cal que los tapó pero también los protegió. Unos años después vinieron unos hombres y les dieron un valor extraordinario, los compraron, los arrancaron y se los llevaron; acto seguido los colocaron en otro lugar —museo— en el que perdieron su función primitiva y adquirieron otra diferente, otra vida. Y ahí siguen, preciosos.

En el siglo XVI al papa Pío IV le parecían indecentes los desnudos pintados por Miguel Ángel cincuenta años atrás, en la Capilla Sixtina, y pagó buenas sumas a un tal Daniele da Volterra para que los cubriera: así han vivido hasta hace unos años, con las vergüenzas a resguardo de las tentaciones del demonio.

Las fotos —no tan antiguas— en las que se ve el Acueducto de Segovia abierto al tráfico rodado nos muestran una escena impensable en estos tiempos en los que nos echaríamos las manos a la cabeza ante semejante barbarie. La contaminación.

Todo lo anterior y los miles de ejemplos que se podrían relatar en la misma línea no son más que expresiones de las formas de actuar a lo largo de la historia sobre lo que hoy conocemos como patrimonio histórico-artístico que, obviamente, no pueden ser juzgadas desde nuestros parámetros actuales.

Conservar, restaurar

Conservar y restaurar, como se hace ahora, no deja de ser una moda. Siempre se ha hecho: las pinturas se repintaban cuando iban perdiendo sus colores, los edificios se reconstruían cuando era necesario, bien porque se quemaban, bien porque se desplomaban, bien porque algún gerifalte quería dejar su personal impronta para los restos, a las esculturas se les reparaban narices y orejas y se las curaba de los xilófagos, se mantenían.

Las razones por las que antes se conservaban o se restauraban lo que hoy llamamos obras de arte tenían mucho que ver con aspectos técnicos, económicos, ideológicos e incluso con el vaivén de las costumbres.

Los cambios políticos y religiosos han tenido una influencia tremenda sobre el patrimonio. Los giros se han sucedido históricamente con las mudanzas en el pensamiento: un paseo por el Museo Romano de Mérida nos muestra un buen conjunto de cabezas solitarias que se sustituían entre sí sobre una misma pieza escultórica cuando cambiaba el emperador. A rey muerto, rey puesto.

¿Una catedral en medio de la Mezquita de Córdoba? Los musulmanes ya derribaron un templo visigodo que había utilizado piedras de una basílica romana.

Con la Reforma se eliminaron los símbolos que no se compadecían con el protestantismo mientras la Contrarreforma hacía redobles. Lo habitual para las religiones.

La mirada al pasado desde la épica romántica dio lugar a revivals o neos, gracias a los cuales admiramos hoy construcciones góticas trasplantadas de siglo —la Sainte-Chapelle en París—, y algunos talleres de artesanos pudieron prosperar gracias al coleccionismo que había prendido en el ánimo de los que tenían dinero para gastar en reparaciones durante el siglo XIX.

Empujes extraordinarios a la restauración y la conservación.

Los materiales empleados y las técnicas con las que estos se trabajaban han ido asimismo evolucionando con los años y no todos resisten bien el paso del tiempo. Es habitual el hallazgo de procedimientos superpuestos —repintes, pegotes— generalmente sin documentar.

Las obras de arte se han ido arreglando y no siempre se ha pensado que tendría mayor interés qué se había arreglado y cómo se habían hecho esos arreglos; a veces hay que rebuscar en contratos de encargo, recibos de pagos u otros instrumentos adyacentes los datos que puedan arrojar luz sobre el asunto para llevar a cabo ahora las intervenciones apropiadas.

Los apuros y las prisas

El Pórtico de la Gloria en la fase final de su rehabilitación (2018). Foto: Cordon.

El pasado siglo ha sido, sin embargo, un punto de inflexión.

Las dos guerras mundiales que asolaron Europa en el siglo XX no destruyeron solo vidas humanas: arrasaron ciudades, echaron abajo edificios con miles de años de historia, quemaron como simple madera en rapidísimas piras esculturas medievales de probada antigüedad e hicieron desaparecer muchas obras maestras de la pintura.

Fueron un desastre en muchos sentidos —como había ocurrido siempre, por otro lado— pero ahora con más intensidad. El panorama era desolador: catedrales bombardeadas, obras de arte expoliadas o quemadas, tanta historia desaparecida. Mucho trabajo por hacer, y ahora no bastaba con los repintes y pegotes tradicionales.

Era necesario establecer nuevos conceptos sobre protección del patrimonio, construir modelos ideológicos y promulgar leyes que amparasen otra visión, instaurar un nuevo enfoque sobre la conservación de nuestro pasado y arremangarse.

¿Qué hay de nuevo, viejo?

Nuevo, en el siglo XX, era el interés por conservar para generaciones posteriores lo que nos han legado las anteriores, la conciencia de que el patrimonio no es solo nuestro, sino de la humanidad en su conjunto, la formación académica cada vez más extendida de las personas y, por encima de todo, la consideración de las obras de arte como objetos dignos de ser contemplados por puro goce estético y, en consecuencia, desafectados de corrientes ideológicas —aunque no todos, como sabemos—.

Estas nobles ideas, inductoras de buenos propósitos, tomaron tierra en forma de organizaciones, conferencias y reglamentos a los que se añadió la irrupción del llamado turismo cultural: desde los años sesenta del siglo pasado se democratizó la costumbre de viajar por placer, como hacían los ricos.

El modelo del nuevo turista también ha evolucionado y ha hecho crecer la oferta de cosas que ver. Las gentes gastan dinero, ergo, conservar y restaurar, además de sus aspectos sublimes, puede ser una buena inversión económica si se posee patrimonio que exhibir. Es claro y así se entiende.

Añadiremos a todo lo anterior los ferulíticos avances tecnológicos, porque sin ellos no se habría hecho nada.

Se lo tomaron en serio

En 1933 un grupo de arquitectos celebró el Congreso Internacional de Arquitectura Moderna —CIAM— del que salió un manifiesto urbanístico, publicado por Le Corbusier en 1942, conocido como la Carta de Atenas.

El manifiesto se refería enteramente a las ciudades, su estructura, el diseño para su habitabilidad y otros aspectos. Con ello se sentaban las bases de lo que estas deben de ser porque ya se había experimentado lo que podía ocurrirles si no se tenían previstos (con suficiente antelación) los patrones de su desarrollo en una nueva era —industrias, tráfico rodado, superpoblación—.

El texto apenas roza la consideración del patrimonio en el apartado 66: «Los testimonios del pasado serán salvaguardados si son expresión de una cultura anterior y si responden a un interés general», aunque en el apartado 70 abomina de la «utilización de los estilos del pasado con pretextos estéticos en las nuevas construcciones… el hombre jamás ha vuelto sobre sus pasos… las obras maestras del pasado nos muestran que cada generación tuvo su propia manera de pensar, sus concepciones y su estética y utilizó los recursos técnicos de su propia época» (sic).

Aun así, se establecieron algunas premisas sobre las que se ha ido orientando la preservación de bienes materiales e inmateriales y construyendo los cuerpos legislativos que rigen en la actualidad en casi todos los Estados.

Algo más tarde, al finalizar la Segunda Guerra Mundial, se creó la ONU que inició, a través de la Unesco, una auténtica política de protección del legado cultural auspiciada por conferencias internacionales —La Haya (1954), Venecia (1964), París (1972) y Ámsterdam (1975)— cuyas conclusiones se fueron instalando en los ordenamientos jurídicos de los Estados europeos en la segunda mitad del siglo XX.

Lo que a nosotros compete

En España se había promulgado la Ley de Patrimonio Artístico Nacional en 1933 —durante la Segunda República— que estuvo vigente durante más de cincuenta años.

La Constitución de 1978 recogió expresamente en los artículos 46, 148 y 149 el interés por la protección y conservación del legado cultural.

Al amparo de esas normas se promulgó la Ley 16/1985 de Patrimonio Histórico Español, una de las más avanzadas del mundo, que ha sido desarrollada en reglamentos y leyes propias de cada Estatuto de Autonomía y actualizada por la Ley 10/2015 sobre el Patrimonio Inmaterial.

Además de un detallado repaso sobre los bienes que lo integran, la novedad que aportó fue su penetración en los diferentes cuerpos legales, lo que da a sus artículos una fuerza extraordinaria: en el Código Penal estableciendo como delitos las actuaciones contra el acervo, en el Código Civil regulando los derechos de los particulares y del Estado sobre los BIC —bienes de interés cultural—, en el Código Tributario permitiendo el pago del impuestos mediante la entrega de obras y en otros tantos cuya mención no es necesaria al objeto de este escrito.

Se han promulgado leyes que regulan las asociaciones y fundaciones de interés general que pueden intervenir en la política de conservación del patrimonio —Ley 50/2002— y otras que reglamentan los beneficios fiscales al mecenazgo —Ley 62/2003—.

Con este marco legal, al que hay que añadir la Ley 5/2016 del Patrimonio Cultural de Galicia, se ha abordado la restauración del Pórtico de la Gloria al que se ha dado una nueva vida.

Ahora sí: las tres vidas del Pórtico.

Su origen, la primera vida

Fotografía: Cordon.

El Pórtico nació en el año 1188 como parte de la fachada oeste de la iglesia que contenía los restos del apóstol Santiago.

Como casi todas las iglesias, se orientaba de este a oeste, con la cabecera mirando al este —la salida del sol— y los pies, la fachada principal, orientada al oeste, a la puesta del sol.

Sus constructores, al mando del Maestro Mateo (damos por válido que existió), tardaron solo veinte años en tenerlo terminado. Fue concebido con una estructura y un programa iconográfico adecuados al lugar y la función que debía representar.

Nada se dejaba al azar.

El conjunto tenía una unidad de la que el Pórtico era solo una parte, con la suerte añadida de que el desnivel del terreno donde se levantó el templo permitió que esta fachada tuviera tres plantas visibles desde la plaza: en la inferior, la cripta, por encima de ella, el pórtico de entrada y, por encima de este, la tribuna interior que permite ver desde lo alto la nave central y el presbiterio.

Representan, en términos de simbolismo, la Tierra, el Juicio Final y la Gloria, lo que se conoce como la Jerusalén Celeste, según la Biblia, en la que lo terrenal y lo celestial se conectan de abajo arriba.

Lo terrenal y lo espiritual siempre se reflejan así aunque no medie el Juicio Final: hay que levantar la vista en los frescos de San Clemente de Tahull y en la catedral de Monreale, en Sicilia, o en El entierro del conde de Orgaz si queremos ver lo que se cuece en las alturas o, mejor dicho, lo que interpretaron los artesanos —a los que ahora consideramos artistas— de los textos sagrados.

El Maestro Mateo no lo hizo solo, es evidente; recibió unas directrices, coordinó a un equipo al que daba instrucciones —picapedreros, rebajadores, pintores y otros más— y jugó con las normas establecidas a las que añadió su propia imaginación.

En el momento de la construcción había imperativos inexcusables: el neoplatonismo dictaminaba que el arte debía rechazar la representación de la naturaleza, tal como la perciben los sentidos, para buscar la esencia divina contenida en ella, lo que conducía directamente a una conceptualización de las formas.

Dicho en cristiano: las figuras se compondrían de cabeza, tronco y extremidades sin que hubieran de reflejar una realidad real; las caras tendrían ojos, nariz y boca, a veces barba, elementos que debían ensamblarse como un puzle carente de expresión, lo que se conoce ahora como constructos intelectuales.

Este patrón se lo saltó un poco Mateo, porque muchas de sus figuras parecen retratos, un poco ortopédicos, la verdad, que semejan personas reales.

Otro imperativo era que los pórticos debían responder a un esquema geométrico y sus figuras, adaptarse al marco arquitectónico.

Lo del esquema lo cumplió: tres arcos que se corresponden con las tres naves del templo, el central más grande que los laterales (arcos de triunfo romanos), con un eje vertical —la columna con el árbol de Jesé, la figura sedente del Apóstol y el Cristo en majestad— y un elemento semicircular formado por el tímpano enmarcado en una arquivolta, todo ello poblado de personajes previsibles: el Tetramorfos, ángeles con los instrumentos de la Pasión, turba celestial y veinticuatro ancianos con instrumentos musicales. Se tomó casi al pie de la letra el Apocalipsis de San Juan.

Los arcos laterales, más ligeros y reducidos, carecen de tímpano pero están repletos de esculturas, como mandaba el canon: el de la izquierda contiene la genealogía de Cristo —Paraíso, Adán y Eva, las tribus de Israel— y el de la derecha el Juicio Final con imágenes muy expresivas del infierno; por cierto, las únicas trazas femeninas en este plano.

El mérito fundamental del Pórtico, ya desde su construcción, fue la vida y el movimiento del que se dotó al conjunto, reflejo seguro de lo que allí ocurría: es fácil imaginar un entorno lleno de gentes que llegan, que rezan, hablan diferentes lenguas, entran y salen, admiran. Gentes que se merecen ser bien recibidas.

Las piedras talladas se humanizan a través de los colores, de la policromía; no se debió reparar en gastos y se utilizaron los mejores pigmentos de la época aglutinados con aceite de linaza: lapislázuli, albayalde, bermellón, carbonato cálcico, láminas de oro y plata. Las vestiduras podían reflejar la riqueza imaginada, pero lo importante eran las encarnaciones, o sea, las caras, las manos y los pies, porque su naturalismo acercaría los personajes a las personas que los contemplaban. Ese era el objetivo.

Y como la disposición de las figuras debía ser inteligible a los iletrados, Mateo no se salió del guion al colocarlas, aunque algunas no se mostraran muy quietas, solo las verdaderamente importantes.

Así ocurriría en la tierra. Habría lío y eso borraría un poco la línea divisoria entre lo material y lo espiritual.

Ese era su mensaje místico.

Si la ciudad de Santiago es hoy la segunda más lluviosa de España y una de las que cuenta con menos horas de sol, cabe imaginar que no fuera muy diferente en tiempos pasados; muy húmeda y con pocas posibilidades de secar, es probable que, aun cuando la piedra de granito resistiera bien, las coloraciones se fueran deteriorando con cierta rapidez y necesitaran repintes.

En el siglo XVI se hicieron algunos arreglos que incluyeron la aplicación de capas nuevas de color, aunque esta vez se utilizaron otros materiales como el rojo de cochinilla, el verde de cobre y pigmentos blancos de plomo; también se modificó el aspecto de las túnicas, que se decoraron con brocados, moda procedente de Flandes, que daban cierto relieve a las telas.

Un siglo más tarde se volvió a repintar de una forma similar a la anterior, aunque se dieron pigmentos más exuberantes, como correspondía al gusto de la época. Se encargó el trabajo a un tal Crispín de Evelino, que subió el tono de las encarnaduras.

El arreglo histórico: la segunda vida

Estado previo a la restauración. Fotografía: Rafael Rodríguez (CC).

El deterioro no se detuvo, fue a más, y ya en el siglo XVIII se encargó a D. Fernando de Casas y Novoa un arreglo de la catedral que incluía la construcción de una fachada delante del Pórtico que lo relegó al interior: este dejó de ser la puerta de entrada y quedó como fondo del atrio o nártex, iluminado por los grandes ventanales que se abrieron en la nueva fachada y protegido de la lluvia que suele azotar la plaza del Obradoiro.

Se preservó así de la humedad directa, pero el paso del tiempo no evitó que las figuras se llenaran de polvo y verdín, que sus colores se fueran apagando y que cambiaran hasta convertirse en los ancianos que representaban: grises, apenas alegres y vivos debajo de la pátina parduzca que solo permitía intuir antiguos momentos de gloria.

De forma esporádica se hicieron repintes parciales e incluso un vaciado en yeso para las Cast Courts (salas de reproducciones antiguas) del Victoria & Albert Museum de Londres, en el siglo XIX. Algún pegote, reparación de goteras y varios encalados mantuvieron el Pórtico, que acusaba cada vez más el paso del tiempo.

Aun en esas condiciones, era importante por lo que significaba, su mensaje seguía siendo espiritual. Y, además, se podía tocar.

En estado crítico: la tercera vida

Se había hecho viejo y cada vez tenía más visitas. La filtraciones de agua, la humedad reinante, la temperatura que aportaban las masas de gente, el polvo y el deterioro propio de los pigmentos lo habían conducido a una situación penosa.

Por suerte, confluían todos los elementos necesarios para darle una nueva vida cuando se decidió abordar una restauración propia del siglo XXI: se establecieron los instrumentos legales que derivaban de la Ley de Patrimonio Histórico-Artístico de 1985 que se completaría con la Ley autonómica de 2016.

Los trabajos se iniciaron en el año 2009 bajo el amparo de la Fundación Catedral, presidida por el obispo de la diócesis y con los patrocinios del Ministerio de Cultura y la Fundación Barrié,

Esta fundación, que fue creada por el matrimonio formado por D. Pedro Barrié de la Maza y D.ª Carmela Arias, ha invertido unos once millones de euros en el Programa Catedral de Santiago y no se han escatimado medios para aplicar las últimas tecnologías tanto en los análisis previos como en los diagnósticos e intervenciones.

Se ha limpiado y se ha sacado a la luz la policromía antigua que se ha fijado con materiales que evitarán durante muchos años su deterioro. Parece difícil de creer, pero esos que se ven ahora son sus colores, no se han repintado en esta ocasión.

El resultado es espectacular para los que se acercan de nuevo después de haberlo visto viejecito y debe de serlo también para quienes lo contemplan por primera vez.

Asombra como debió asombrar a las gentes que vieron el estreno de la obra del equipo del Maestro Mateo. La restauración nos coloca seguramente en aquella posición.

Se abrió al público, como un regalo con tiempo limitado, desde el 28 de junio hasta el 19 de septiembre. Las colas eran tremendas, pero organizadas con el mismo sistema simple de los aeropuertos: unas vallas iban marcando un zigzag que se tardaba unas horas en recorrer y, mientras tanto, se hacía pandilla con los vecinos que eran americanos, coreanos, murcianos, gallegos que viven en Santiago y no lo han visitado todavía (hay granaínos que no han subido a la Alhambra) y más gentes que llegaban atraídas por la nueva publicidad, que ya no es el boca a boca de los peregrinos, pero que resulta igual de fraterna.

Son nuevos tiempos, los guardias de seguridad del primer tramo revisaban los bolsos, los del segundo tramo entregaban entradas y folletos con los que reconocer a cada personaje —ahora que somos totalmente iletrados en cuestiones de historia sagrada— e invitaban a contemplar las imágenes de cerca en una pantalla de televisión instalada en un hueco de la fachada. Por fin, los del interior vigilaban y ordenaban a los visitantes como si de un redil se tratara, procurando crear y mantener una distancia llamada de seguridad.

No tocar, no acercarse, no tomar fotografías. Esto es nuevo también para las personas y para el propio Pórtico, pero no importa.

Es difícil contener la emoción al verlo: ahí está, con el tropel de figuras recibiendo cálidamente al que llega, ofreciendo la sonrisa de Daniel, la bendición del Cristo, la bienvenida del Apóstol mientras los músicos de la arquivolta revolotean y hablan entre sí en espera de la pauta eterna para dar comienzo a su concierto.

Impresionan las encarnaduras, aunque sean de manos en posturas imposibles o de pies retorcidos. Son cercanos, son de piedra pero son humanos. Contagian alegría y un bullicio contenido solo por la solemnidad de la presencia del Cristo.

Para muchos turistas culturales habrá perdido su función primitiva, pero ofrece otra forma de espiritualidad que absorbe igualmente el seso y el entendimiento: el goce estético.

Cuando se vuelva a abrir al público después de unas reparaciones necesarias habrá que concertar las visitas y pagar una entrada que incluirá un recorrido más amplio por otras zonas de la catedral.

Merecerá la pena.

Inauguración oficial de la restauración del Pórtico de la Gloria de la Catedral de Santiago de Compostela. Fotografía: Xoán Rey / Cordon.


Elogio de la papa (y unos apuntes sobre la batata)

25th July 1952: Four young dancers of the Italia Conti School compete in a potato eating contest in Green Park, London. They are (L to R) Frances Reynolds of Palmers Green, Sonia Hoey of Hampton Court, Maureen Bullion of Catford and Elizabeth Hewitt of Erith in Kent. (Photo by Reg Speller/Keystone/Getty Images)
Fotografía: Getty Images.

La papa es un alimento humilde, vulgar. Una cura para las hambrunas, una sombra en el imaginario de lo pobre. «Para puta y guiso de patatas prefiero verme beata», dice el refrán. A la papa le falta carisma y le sobra una tradición de desprecio desde que llegó a Europa. En primer lugar, por ser comida de esclavos en América; y en segundo, por su generosidad natural, que por un lado salva vidas y por otro alimenta las diferencias sociales. «Cuanto más grande es el regalo de la naturaleza, más extremo es el contraste entre su actividad dual: la alimentación y la explotación», escribe Redcliffe Salaman en la mejor biografía que se ha escrito del tubérculo, Historia e influencia social de la patata (1949). Ponía dos ejemplos: el de los indígenas condenados a la muerte en las minas de Potosí y el de los obreros de la revolución inglesa (una dieta a base de patatas era extremadamente barata, permitiendo a los dueños de las fábricas pagar sueldos de miseria).

Hay infinidad de mitos sobre el origen divino de las papas. Uno de los más famosos cuenta que los hombres de las tierras bajas, cultivadores de quinoa, oprimían a los de las montañas y les robaban las cosechas. Azotados por el hambre, los pobres pidieron ayuda al cielo y de él cayeron unas semillas redondas y carnosas. Los hombres las cultivaron y de ellas nacieron flores de color lila. Sus opresores esperaron hasta que la cosecha maduró y segaron las plantas. Los hombres de la sierra volvieron a dirigirse al cielo y este les respondió: «Removed la tierra y sacad los frutos que allí quedaron, pues los he escondido para burlar a los hombres malos y enaltecer a los buenos». Los pobres descubrieron las papas, las comieron y tuvieron fuerza para derrotar a sus enemigos. La patata era un don del cielo cuyo valor solo estaba a la vista de los desheredados. Algo similar ocurrió cuando llegó a Europa: mientras los campesinos las comían avergonzados (alimento subterráneo), la aristocracia se interesó por sus exóticas flores (adorno superficial).

Respecto a su carácter divino, Cristóbal de Molina recoge en sus Ritos y fábulas de los incas (1573) la oración de un indígena antes de un banquete: «¡Oh, Hacedor! Señor de los fines del mundo, misericordioso que das ser a las cosas, y en este mundo hiciste los hombres que comiesen y bebiesen, acreciéntales las comidas y frutos de la tierra; y las papas y todas las demás comidas que criaste, multiplícalas para que no padezcan hambre ni trabajo, para que todos se críen, no hiele ni granice; guárdalos en paz y en salud».

Otra leyenda narra cómo un dios andino sintió hambre después de un largo viaje. «Inkarri, que tenía mucha sabiduría, y como no tenía fiambre, fabricó bollos de barro y los colocó muy superficialmente bajo la tierra. Entonces, a su mirada no más, brotó con sus frutos el atoq sawasiray [la papa silvestre]». Más adelante, Taytacha, nombre que recibió el dios cristiano, reunió las distintas variedades, las sembró e hizo que lloviera sobre ellas. «Si Taytacha no hubiese cultivado, juntando la papa del Inkarri, ¿qué hubiéramos comido?, ¿hubiéramos masticado piedras?» (1). Y como la papa nació de la tierra, los hombres que la comen también volverán a ella. El mito de Inkarri es posterior a la conquista y cuenta que fue engañado, torturado y decapitado por Españarri (rey de España), que enterró su cabeza en Cuzco. Pero su cuerpo ahora crece bajo tierra y un día volverá para reconstruir el imperio incaico o, según otras versiones, celebrar el juicio final.

El detalle de los «bollos de barro» conecta con este otro: la cultura mochica (asentada en la costa norte de Perú entre los siglos II y IX) es famosa por sus cerámicas, muchas de las cuales representan papas mitológicas (y otras, escenas de sexo). La vasija más célebre está en el Museo Larco de Lima y tiene la forma de una gran patata de la que germinan protuberancias humanas, señal de comunión con la naturaleza y de que, literal y metafóricamente, les debían la vida a las papas.

(Re)descubrimiento

A Quechua Indian farmer harvests native potatoes at the International Potato Center (CIP) experimental station in the village of Aymara in the Andean highlands of the Huancavelica region, which is 3,950 meters (12,959 feet) above sea level, May 28, 2007. The CIP conserves genetic samples of most of the potatoes native to Peru, the birthplace of the potato with more than three thousand varieties. Most of the varieties that the CIP keeps cannot be grown outside the Andes due to the region's particular climatic and ecological conditions. REUTERS/Mariana Bazo(PERU)
Fotografía: Cordon Press.

Los pueblos de los Andes peruanos siembran patatas desde hace al menos ocho mil años. La planta, cultivada en terrazas en las montañas, a salvo de plagas y animales, se «domesticó» durante los dos milenios anteriores. Los tubérculos descubrieron a los españoles durante la conquista del Imperio inca. Al llegar a Europa, su nombre original, papa, se mezcló con el de la dulce batata, que Colón había traído de Haití medio siglo antes, dando lugar al término patata. Para aligerar el relato, no entraremos en detalles sobre los miles de variedades del tubérculo: la papa es como Dios, una, trina y omnipresente.

Aunque es seguro que Francisco Pizarro las conoció en 1532, cuando llegó a Cajamarca para desangrar Perú, no se mencionan en los documentos. Cinco años después, Gonzalo Jiménez de Quesada llegó a la actual Colombia y observó que, como en otras regiones de las Indias, «el principal mantenimiento» de la gente era el maíz, la yuca y otras dos plantas: «unas a manera de turmas de tierra, que llaman yomas [patatas] y otras a manera de nabos que llaman cubias, que echan en sus guisados». Las turmas o criadillas de tierra son hongos subterráneos o trufas, y era lo más parecido a las papas que los españoles conocían.

En su Historia del Nuevo Reino de Granada, el cronista y sacerdote Juan de Castellanos narraba cómo los hombres de Quesada habían entrado «por las grandes poblaciones de Sorocotá, ya todas desiertas, con el mismo temor de sus vecinos», y en sus casas habían encontrado «maíz, frijoles y turmas, redondillas raíces que se siembran y producen un tallo con sus ramas y unas flores, aunque raras, de purpúreo color amortiguado». Las raíces de esta «hierba» tenían el tamaño de un huevo y eran «blancas y moradas y amarillas, harinosas raíces de buen gusto, regalo de los indios que bien acepto, y aún de los españoles golosina». Es improbable que Castellanos estuviese allí (en 1537 solo tenía quince años), así que el relato procede de otras fuentes. Su manuscrito, una crónica rimada de unos catorce mil quinientos versos endecasílabos, no fue publicado hasta 1886.

Una de las primeras descripciones apareció en la Crónica del Perú (1553) de Pedro Cieza de León, redactada durante su estancia en América. El historiador constató que la gente cogía «gran cantidad de papas» en distintas provincias: Cuzco (Perú), Quito (Ecuador) y Popayán (Colombia). El cultivo «después de cocido queda tan tierno por dentro como castaña cocida; no tiene cáscara ni cuesco [hueso] más que lo que tienen la turma de tierra; porque también nace debajo de la tierra como ella; produce esta fruta una hierba ni más ni menos que la amapola».

El indígena Felipe Guamán Poma de Ayala, que trabajó al servicio de funcionarios españoles, redactó e ilustró una joya sobre el dominio colonial en Perú, El primer nueva coronica [crónica] y buen gobierno (1615), un ejemplar único que por extrañas razones ha terminado en la Biblioteca Real de Dinamarca. Dentro del capítulo de los meses del año, tres páginas están dedicadas al cultivo de la papa: junio y julio, tiempo de recogerlas y almacenarlas; y diciembre, momento de cosecharlas. El resto están dedicados al mantenimiento de la tierra y al cultivo de maíz. Por último, el Inca Garcilaso de la Vega, hijo de una princesa inca y de un explorador extremeño, ponía la papa como ejemplo de un mestizaje exitoso del que él mismo, que llegó a ser uno de los grandes historiadores de la época, formaba parte (Comentarios reales de los incas, 1609).

Llegada a Europa

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Litografía de Los comedores de patatas, de Vincent van Gogh, 1855 (DP).

«Los conquistadores españoles que se encontraron con ella inmediatamente se dieron cuenta de su importancia económica, pero a la vez la relegaron como comida para esclavos», escribe Salaman. Los hombres que trabajaban en las minas de Potosí se alimentaban de chuño (patatas deshidratadas que pueden conservarse durante años) y algunos españoles se hicieron ricos comerciando con él. El doble filo del que hablábamos al principio. Al comprobar que eran altamente nutritivas, los colonos las incluyeron poco a poco en su dieta y empezaron a usarlas como provisión en los barcos: bien almacenadas podían aguantar tres o cuatro meses en las húmedas bodegas.

El tubérculo llegó a España hacia 1565. En los libros de cuentas del Hospital de la Sangre de Sevilla aparecen partidas de compra en 1573, lo que significa que habrían llegado al menos tres años antes, tiempo necesario para dominar el cultivo y sacarlo al mercado. Se compraron en otoño, lo que confirma que habían sido cultivadas en la Península ese mismo verano. El alimento, desdeñado y asequible, era ideal para un sanatorio de pobres.

Cómo cruzaron el Atlántico no está tan claro. Se fantasea con un primer envío desde Cuzco al rey Felipe II, que se las habría enviado a su vez al papa Pío IV para aliviar sus dolencias (1565), pero ni las fechas encajan (el pontífice murió ese mismo año) ni hay documentos en el Vaticano que lo demuestren. También circulan historias sobre el explorador Walter Raleigh (que supuestamente las introdujo en Inglaterra desde Virginia), el pirata Francis Drake (que saqueaba los barcos españoles) y el negrero John Hawkins, pero el relato más plausible es el de la introducción hispana.

Según Salaman, las papas habrían sido trasladadas de los Andes a Cartagena de Indias para servir de provisión en los barcos que zarpaban hacia la Península y, una vez allí, las que hubiesen sobrado habrían llegado a manos de campesinos. El viaje desde la costa oeste —saliendo de Lima y rodeando el continente— habría sido demasiado largo y las patatas se habrían podrido. Algunos registros de compra sugieren que llegaron primero a Canarias. En cualquier caso, lo hicieron en los años sesenta. Dos décadas más tarde ya se cultivaban en Italia, Francia, Suiza, Alemania y los Países Bajos, sobre todo como alimento para el ganado.

El inglés John Gerard fue el primero que incluyó la patata en un tratado botánico. El autor sostiene un ramo de flores del tubérculo en la portada de su Herbal (1597). El flamenco Carolus Clusius y el suizo Caspar Bauhin publicaron sus estudios poco después, añadiendo un detalle importante: causaba «flatulencias». Bauhin, que bautizó las patatas como Solanum tuberosum esculentum, anotó también que los campesinos de Basilea las cocinaban de distintas formas «y las comían para excitar a Venus y aumentar su semen» (Prodromos Theatri Botanici, 1620). Ya saben lo que dicen: donde hay pelo hay alegría y donde no hay mata, no hay patata.

Un siglo más tarde, el franciscano Juan de Altamiras volvía a alertar sobre los insondables peligros del tubérculo. Lo hacía en mitad de una receta de criadillas de tierra recogida en su Nuevo arte de cocina (1745): «Esta es una yerba muy regalada, criada como las patatas, debajo de la tierra; las mondarás y las podrás echar en remojo en pedazos: escáldalas, ponlas a cocer […]. Las patatas se componen del mismo modo, y si comes muchas te advierto, estarás de tan buen aire, y tan favorable, que con el aire que soples puedes componer embarcación para ir al Papa, si no es que sea tan fuerte, que por romper las velas sea necesario su reparo […]».

A mediados del siglo XVII el consumo se había extendido entre las clases humildes del norte de Europa «gracias» a la hambruna provocada por la guerra de los Treinta Años (1618-1648). Pero al mismo tiempo surgieron historias sobre los peligros del alimento americano (decían que causaba la lepra y otras enfermedades) y en algunos lugares se prohibió su cultivo. El trabajo de Antoine Parmentier fue crucial para la aceptación del tubérculo en Francia. El farmacéutico descubrió sus propiedades nutricionales en unas mazmorras prusianas, cuando fue apresado durante la guerra de los Siete Años (1756-1763). Después de promocionar la patata durante años y de lograr el apoyo de algunos obispos, Parmentier ganó un concurso científico en el que se buscaban alimentos que pudiesen «atenuar las calamidades causadas por el hambre» en tiempos de escasez.

El éxito de su Examen chymique des pommes de terre acabó con la prohibición que pesaba sobre ellas desde 1748 y les abrió las puertas de Versalles. Años antes de la Revolución francesa, el agrónomo le regaló un ramo de flores de patata a Luis XVI, que las prendió en el corpiño de María Antonieta. El rey también le entregó unos terrenos para que pudiese continuar con sus experimentos. Los sucesos de 1789 lo condenaron brevemente al ostracismo, pero la otra revolución, la de la patata, ya estaba en marcha. En 1794 apareció el primer libro de recetas dedicado íntegramente a las «manzanas de tierra», cuyo título indica que el pueblo las había hecho suyas: La Cuisinière républicaine, de Madame Mérigot. La tumba de Parmentier en Père-Lachaise siempre está cubierta de patatas.

Batatas y patatas

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Cultivo de batatas. Fotografía: USDA (CC).

Cuando llegó a la Península, la papa tuvo una aceptación casi nula como alimento humano (2). Sucedió al contrario que con la batata, que Cristóbal Colón había traído a la vuelta de su primer viaje y que tuvo un éxito inmediato porque era dulce (recibió el nombre de «patata de Málaga» por ser allí donde más se cultivaba). El nombre de los tubérculos se confundió hasta el siglo XIX, cuando el consumo de patatas se extendió a las capas medias de la sociedad y las especies empezaron a diferenciarse de nuevo. El nombre original, papa, siguió usándose en Andalucía y Canarias.

El malentendido era más que un error de pronunciación (b, p). «Hasta mediados del siglo XVIII la papa es “comida insípida” (Diccionario de autoridades), carece de atractivo culinario y de prestigio social, es para uso exclusivo del ganado. Su consumo humano va asociado a épocas de penuria y de grave crisis nutricional; su ingestión por el hombre pone de manifiesto el fracaso del sistema alimentario tradicional. Es la paupérrima clase campesina quien para mitigar su hambre recurre a la papa, que solo era consumida por la cabaña. Come papas pero por decoro se resiste a admitirlo ante sí y ante los demás, por ello para revestir de dignidad la base de su mísero condumio acude al término patata, que gozaba de gran prestigio», señala Jesús Moreno Gómez, historiador y miembro de la Academia Gastronómica de Málaga. Mientras los españoles se resistían a comerlas, la población europea había crecido gracias a ellas (su vitamina C ayudaba a combatir el escorbuto) y en Irlanda eran el «alimento nacional». A mediados del siglo XIX una plaga afectó a los cultivos europeos y el país perdió dos millones de personas: la mitad murió y la otra mitad emigró a Estados Unidos.

Existe otra explicación de carácter religioso: «Al coincidir dos términos homófonos para designar a la máxima jerarquía de la Iglesia católica y al tubérculo andino, en los ámbitos eclesiásticos debió de propiciarse la utilización del vocablo patata, que así pasó al uso popular, para preservar la dignidad de la suprema figura del Catolicismo», señala la americanista María Isabel Amado Doblas. En un estudio bastante reciente, la investigadora demuestra que los autores del Siglo de Oro también cayeron en la trampa lingüística. Salvo Góngora, que en A otra monja que le había pedido unas castañas y batatas (1611) escribe:

No me pidáis más, hermanas,
castañas con este frío,
que enjertas os las envío
y las volvéis regoldanas;
fruta que por las mañanas,
habiendo batatas bellas,
hace parir las doncellas,
milagros de monjas son,
que, sin obra de varón,
paren hijos para ellas.

Quevedo erraba en su Poema heroico de las necedades y locuras de Orlando el enamorado (1626):

[…]
vinieron, muy preciados de sus garras,
los castellanos con sus votos a Cristo,
los andaluces de valientes, feos,
cargados de patatas y ceceos.

Vicente Espinel y Lope de Vega serían los primeros en comparar las manos sucias o groseras con los tubérculos (manteniendo la confusión de nombres). En el segundo caso, el dramaturgo sugiere que las batatas, aunque pardas por fuera, son dulces por dentro:

Llegueme a la ventera, que era una mujer coja y mal tallada, […] las manos parecían manojos de patatas. (Marcos de Obregón,1618).

Tello (a Finea): Con esta mano te llama
mi amor, ¿qué aguardas?
Finea: ¡Ay, Tello!
¿Esa es mano, o es patata?.

(Las bizarrías de Belisa, 1634).

Este artículo es un avance de nuestra revista impresa dedicada a América #JD16

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(1) Narración de Roque Paniura, comunero de Fuerabamba (Perú), recogida en el Archivo de la Tradición Oral Quechua del Cusco con motivo de la celebración del Año de la Papa (2008).

(2) La cita y varios fragmentos literarios proceden de «Apunte bibliográfico acerca de la batata/patata en la literatura del Siglo de Oro», María Isabel Amado Doblas, publicado en Isla de Arriarán. Revista Cultural y Científica, 2001. Para profundizar sobre este y otros temas el Anuario de Estudios Americanos (CSIC) es una fuente de referencia.