Las rutas de vikingos y piratas en las aguas de Baleares

vikingos y piratas en las aguas de Baleares

Cuando hablamos de las aguas de Baleares pensamos en puestas de sol, turistas y música chill out, pero estas islas mediterráneas fueron testigos de batallas navales que hoy serían la envidia de Juego de Tronos. Uno de los bravos guerreros que pasó por aquí fue el rey Sigurd I de Noruega. Iba de camino a Jerusalén en las cruzadas. Según relató el historiador Gary B. Doxey, salió de Noruega con sesenta barcos, hizo escala en Inglaterra, siguió por la costa francesa y pasó el invierno en Santiago de Compostela. A su estilo, saquearon ciudades gallegas y, en Portugal, ocuparon el castillo de Sintra, llevaron a cabo saqueos en Lisboa, se enfrentaron a sarracenos y musulmanes en el estrecho hasta plantarse en Baleares, la región, ahora comunidad autónoma, con la costa más extensa de España.

La primera isla a la que llegaron fue Formentera. Según las sagas vikingas, en aquel momento era un nido de piratas sarracenos, que tenían sus tesoros ocultos en cuevas en lo alto de acantilados. Los vikingos fueron para allá directos, pero no pudieron acercarse hasta la entrada de la cueva. Parece que, en ese momento, los piratas se burlaron de ellos y les mostraron ofensivamente las riquezas que tenían acumuladas. Sin embargo, los vikingos se las arreglaron para introducirse tierra adentro y les obligaron a retirarse y esconderse en la cueva. Hicieron una hoguera en la entrada y quemaron o asfixiaron a todos los que estaban dentro. Se dice que este botín fue el más importante de todo su viaje. Es más, este episodio en Formentera es de los más detallados en las sagas.

El problema es que los arqueólogos no han logrado ni siquiera suponer cuál podría haber sido esa cueva. Quizá podría ser el barranco de Torrent del Gat, en la parte Norte de La Mola, el punto más alto de Formentera. Otra hipótesis es la Cova des Fum, que podría deber su nombre a ese episodio. En ella ya se encontraron vestigios de la Edad del Bronce.

Las sagas continúan con el rey Sigurd cogiendo su embarcación y navegando hasta Ibiza. Allí, de nuevo, se produjo un asalto. Después, de camino a Menorca, hizo otro. Los historiadores explican que los vikingos utilizaban Baleares como punto para recoger suministros, pero se estaban haciendo con ellos a su manera. Sin embargo, después de Menorca, la travesía ya no fue tan plácida. Mallorca estaba fortificada y estaba muy poblada. De modo que siguieron hacia Sicilia, donde se instalaron por un periodo prolongado esperando a que hubiera condiciones óptimas para su viaje hasta Tierra Santa. Antes de Sigurd, según el historiador Pedro Xamena Fiol, una escuadra vikinga había atacado Baleares en 859 hasta el punto de despoblarla por completo.

La travesía de Sigurd aparece luego presente en la documentación que ilustra las cruzadas pisanas contra las ciudades musulmanas. Las flotas estuvieron formadas también por escuadras catalanas, además de fuerzas que procedían de territorios que habían sufrido las consecuencias de tener las Baleares llenas de refugios de piratas. Los pisanos cesaron en sus ataques tras un cambio de estrategia, prefirieron relacionarse con los musulmanes mediante la diplomacia y los acuerdos, pero los catalanes, tras conquistas y reconquistas, lograron hacerse con el dominio de las Baleares.

Esto nos lleva a uno de los más hermosos tesoros que tienen las costas baleares, las fortalezas ibicencas. Después de siglos de conflictos que implicaban a vikingos, norteafricanos, ibéricos e italianos, se construyeron unas torres de vigilancia por todo el litoral de Ibiza para proteger la isla de los ataques de piratas no solo africanos, también los anglosajones.

Una de las más antiguas y más grande es la Torre des Carregador, levantada para proteger a los trabajadores de las salinas, siempre amenazados por los corsarios. En ella podían protegerse entre ciento cincuenta y doscientas personas. Está rodeada de aguas cristalinas y transparentes en la ruta de los islotes que va a parar a Formentera. Sin duda, la que tiene el paisaje más espectacular tanto desde el mar como desde lo alto es la Torre des Savinar, que también es conocida como la Torre del Pirata. Está en mitad de la Reserva Natural de Cala d’Hort.

Actualmente, se pueden recorrer todas en barcos de alquiler. Por ejemplo, la Torre de Ses Portes tiene un pequeño varadero a pocos metros y se encuentra entre dos playas, Ses Salines y Es Cavallet, y un parque natural.

Como en la escena de las almenaras de El retorno del rey, los vigías de estas torres encendían hogueras para avisar a la antigua población ibicenca de que se acercaban piratas. Ahora su acceso es restringido, muchas pertenecen a familias locales o hay que pedir permiso para concertar una cita y visitarlos. Sin embargo, siempre se pueden divisar desde el mar, por ejemplo, alquilando un catamarán, reviviendo la experiencia de tantos pueblos y culturas tan diferentes que se dieron cita en estas aguas, ahora paradisiacas.


En medio del Caribe…

The Sea Hawk, 1940. Fotografía: Warner Bros.

Fifteen men on the dead man’s chest
Yo-ho-ho, and a bottle of rum!
Drink and the devil had done for the rest
Yo-ho-ho, and a bottle of rum!

La isla del tesoro, Robert Louis Stevenson

Arrr

La culpa de casi todo lo que uno cree saber sobre piratas la tiene Robert Louis Stevenson al tallar en la novela La isla del tesoro gran parte de los futuros clichés del pirata pop, incluyendo las patas de palo y los loros al hombro pero excluyendo lo de que tuviese la cara del Lágrima y toda la cuestión de sentir aversión por los ninjas. El escritor incluso arrojó en aquellas páginas un puñado de versos de una ficticia canción marinera, «Dead Man’s Chest»Ron ron ron, la botella de ron» en su versión castellana), que gracias a la popularidad del relato se acomodaría en la memoria general como una auténtica tonadilla piratesca. Desgraciadamente los piratas reales no se saludaban entre ellos con un «Ahoy», ni iban por ahí gritando «Aye aye!» o salpicándose con «Arrrrs» indiscriminados. Tampoco se pasaban el día haciendo símiles con el utillaje marítimo, hablando de los ingredientes del grog, poniendo acento de inglés de pueblo profundo o insinuando avistamientos de monos con tres cabezas. Ocurría que parte de la culpa de ese dialecto pirata también era consecuencia de la La isla de tesoro, pero en su versión cinematográfica de 1950,  donde Robert Newton utilizaba un lenguaje de anglosajón cateto para redondear su interpretación de un pirata. El actor iba tan lejos en su gesta como para tener los santos cojones de cerrar una oración religiosa con un «Arrrmen». Cuando Newton se atrevió a trasladar el habla hasta otra película, El pirata Barbanegra, condenó definitivamente a todos los piratas de ficción del futuro a pronunciar erres amontonadas.

Alexandre Olivier Exquemelin sería la verdadera enciclopedia de la piratería, un francés con apellido de conjuro de Harry Potter que chupó cubierta junto a Sir Henry Morgan trabajando como cirujano-barbero, ocupación que tenía bastante salida profesional durante la época y se basaba en aprovechar que medicina y peluquería compartían instrumental para tener a sus peritos recortando perillas por la mañana y piernas enteras por la tarde. Exquemelin se sacaría la carrera profesional de cirujano en Ámsterdam para acabar volviendo al Caribe a zurcir carne de bucaneros y reubicar entrañas de corsarios mientras redactaba ente medias Piratas de la América, un libro de referencia sobre la piratería que tenía bastante de wikipedia en más de un sentido: las diversas traducciones del original (publicado en holandés en 1678 con el título De americaensche zee-eoovers) parecían un taller de escritura creativa al añadir de manera totalmente gratuita, un montón de datos y biografías no corroboradas. 

François l’Ollonnais (c. 1635 – c. 1668)

Un impetuoso Jean-David Nau natural de la Francia oriental decidió adoptar como alias artístico el tampoco demasiado fiero nombre de François l’Ollonnais para acompañar sus perrerías en mares caribeños. Al poco tiempo de fletar su carrera criminal, el Olonés y acompañantes naufragaron a orillas de México y fueron asaltados por un grupo de soldados españoles bastante sádicos. El francés logró escapar de la masacre untándose en sangre, deslizándose entre cadáveres, poniendo cara de Wally y moviéndose poco. Aquel asunto le marcaría ligeramente y provocaría cierta tensión en sus relaciones con los españoles: en Tortuga, azuzado por la mala hostia, secuestraría a todo un pueblo regido por gobernadores españoles solicitando un cuantioso rescate a cambio de no dibujar corbatas con la espada en las gargantas de los habitantes. La respuesta oficial la obtuvo desde La Habana con la visita de un barco hostil dispuesto a reventar su mollera francesa, pero Ollonnais decidió enfocar el asunto de manera positiva: capturando la embarcación y degollando a toda la tripulación a excepción de una persona que utilizaría como cartero para llevar de vuelta el mensaje «De ahora en adelante François l’Ollonnais nunca dará tregua a quien sea español», por si lo de haber cercenado cabezas no se entendía del todo bien.

El Olonés concentró su carrera marítima en las aguas del Caribe siendo a grandes rasgos un auténtico cabrón. Invadió el inexpugnable fuerte de San Carlos de la Barra, robó y violó a media población de Maracaibo y tomó a la fuerza ciudades para cobrar el rescate solicitado y arrasarlas igualmente. También fue fiel a sus principios y se abalanzó enseñando los dientes sobre todo nativo de España que se le cruzara en su camino, de manera tan textual como para convertirle en leyenda: en un interrogatorio a dos españoles se le ocurrió arrancar el corazón de uno de ellos y devorarlo ante su compatriota para insinuarle que quizás era mejor cantar. Irónicamente, durante una huida se perdió en tierras panameñas y fue capturado por una tribu asilvestrada de caníbales que lo invitó a participar en la merienda-cena en calidad de primer plato.

Benjamin Hornigold (c. 1680 – 1719)

Hornigold arrancó sus desventuras en invierno de 1713 asaltando a los desprevenidos a bordo de una piragua. El asunto se le daría tan bien que cuatro años después se encontraba a cargo del buque más descomunal y con mayor potencia ofensiva de la zona, un barco llamado Ranger. Hornigold se convertiría en el matón de la región mientras demostraba que percibía el concepto de piratería de manera curiosa: en cierta ocasión invadió una embarcación ajena para llevarse tan solo «un poco de ron, azúcar, pólvora y municiones» como quien llama al timbre de la vecina para pedir un puñado de sal. Y en otra notable operación de pillaje abordaría una nave ajena para llevarse todos los sombreros de sus tripulantes porque sus hombres habían perdido los suyos durante una fiesta antológica. Precavido como pocos, no atacaba barcos ingleses para utilizar como excusa en caso de ser apresado que luchaba del lado británico, sufrió un motín y aprovecho el perdón concedido por Jorge I de Gran Bretaña para resetear el currículo y dedicarse a cazar piratas. Durante su vida activa además tuvo el curioso honor de ser mentor de otra leyenda pirata: Barbanegra.

Treasure Island, 1950. Imagen: Walt Disney

Con parche en el ojo

Si hacemos caso a las estadísticas visuales, los contendientes de una escaramuza en alta mar o bien tienen especial predilección por apuntar a los ojos del oponente o bien son lo bastante estúpidos como para tratar de detener balas y sables enemigos con las córneas. El parche en el ojo se imagina como un complemento común del pirata estándar, pero es probable que su existencia no indicase remiendo para un ojo ausente sino una técnica para asaltar con más soltura las entrañas de un barco. Suponiendo que el marinero conservase los dos globos oculares intactos, mantener un ojo acostumbrado a la oscuridad era una ventaja táctica que facilitaba la invasión de bodegas escasamente iluminadas: bastaba con cambiarse el parche de ojo en el momento de hacerlo.

Edward Teach (c. 1680 – 1718)

Edward Teach, conocido popularmente como Barbanegra por sabe Dios qué extraña peculiaridad capilar, tuvo su primer contacto con el agua salada al servir en la Marina Real Británica, hasta que razonó que salía más a cuenta hacerse autónomo. Teach acabaría capturando un buque de esclavos para tunearlo y convertirlo en el temido Queen’s Anne Revenge. Dibujado por el mito como un hombre sanguinario, Barbanegra realmente era una persona muy inteligente que prefería evitar la confrontación y derrotar a sus enemigos por la vía del miedo al valerse de su, adelantada a su tiempo, alma de rockstar: solía presentarse en los combates vestido de negro, forrado con pistolas, con enormes botas de piel y varias mechas encendidas atadas a su barba, pelo y sombrero que le otorgaban la apariencia de ser Satán envuelto en una humareda diabólica; aquella puesta en escena era importantísima, y Teach encarnaba al Rob Zombie del momento. El pirata resultaría ser mucho menos tirano que lo que dictaba su legado, no hay constancia de que dañase a los hombres que capturaba tras la batalla, pero también sería una bestia parda durante las peleas que libraba: en 1718, tras ser derrotado y decapitado en la cubierta de su propio barco por el teniente Robert Maynard, se descubrieron en su cuerpo inerte cinco heridas de bala y una veintena de cortes producidos por espadas.

In the navy

Pasar tanto tiempo en alta mar sin compañía femenina propiciaba que los tripulantes comenzasen a percibir apetecibles las siluetas de sus compañeros y olvidasen a propósito que estos tenían más pelo bajo la barbilla que bajo el sombrero. Pero como los piratas eran gente de mente abierta, las relaciones homosexuales en su entorno nunca fueron motivo de lamento. Incluso llegarían a crear el matelotage, una institución similar al matrimonio que unía de manera formal a dos piratas varones adultos. Esto es importante, en pleno siglo XVII los fieros piratas del Caribe resulta que ya estaban legalizando el matrimonio homosexual.

A Le Vasseur, gobernador francés que regía la isla de Tortuga, no le acababa de agradar la idea de tener en sus dominios, frecuentados por piratas, a tantos marineros agarrando mástiles que no fuesen los de sus embarcaciones. El hombre inició el papeleo necesario para llevar a cabo un plan que implicaba importar meretrices desde la Francia natal y sus reclamas se transformaron en embarcaciones cargadas con centenares de putas zarpando hacia el Nuevo Mundo como si de una película porno facilona se tratase. Aquellos navíos echaron el lazo en el puerto de Tortuga mientras Le Vasseur animaba a las prostitutas a echarles el lazo a los bucaneros del lugar y atarlos en corto para que formasen familias, se dedicaran al cultivo y obviasen aquello de jugar al pilla pilla con los amigos y al pillaje con los enemigos. Los habitantes de Tortuga entendieron de otro modo la invitación de regar huertos y encararon los puticlubs flotantes con la resuelta convicción de repartir cariños entre queridos y recién llegadas.

Calico Jack (1682 – 1720)

John Rackman se ganó el alias de Calico Jack por su manera de revolucionar la moda pirata luciendo llamativas y carísimas camisas de calicó, algo que decía bastante de una figura que ya en su momento vivía del hype que generaba a su alrededor y debería considerase más exitoso como publicista que como sanguinario pirata: su rediseño de la Jolly Roger, en forma de calavera subrayada por un par de sables cruzados, adquirió fama de manera inmediata logrando que los que la avistaban en alta mar cagasen tantos ladrillos como para construir una nueva muralla china. Pero Jack, a pesar de haber demostrado cierta maña a la hora de apresar navíos ajenos, lucía un currículo pirata cuestionado por historiadores y atesoraba fama de ser especialmente habilidoso a la hora de desaparecer de una gresca si su equipo iba perdiendo. Lo cierto es que lo más interesante de su trayectoria como saqueador de alta mar era su ojo para los fichajes, porque obviando las leyes piratas alistó en su barco a dos mujeres: Anne Bonny y Mary Read, dos figuras legendarias. Calico Jack sería apresado junto a su séquito mientras estaba de farra y finalizó sus días balanceándose con la soga al cuello en un islote de Port Royal que desde entonces sería conocido como Cayo Rackhams.

Cutthroat Island, 1995. Fotografía: Beckner & Gorman / Canal + / Carolco / MGM.

Un par de tibias

Las banderas piratas son el ejemplo perfecto del potencial de un logotipo y la importancia empresarial de crear una imagen de marca. Y, aunque la imagen clásica de la Jolly Roger evoque una calavera junto a un par de tibias cruzadas, existieron a lo largo de la historia diferentes filibusteros que presentaron sus propios diseños personalizados: Edward Low blandiría una bandera con un esqueleto rojo en la misma posición que el muñequito de idéntico color de cualquier semáforo. John Phillips se dejaría ver bajo el emblema de un calvo desnudo con un reloj de arena en una mano y una lanza ensartando un corazón en la otra. Walter Kennedy optaría por poner un poco de todo: Jolly Roger clásica, señor desnudo, espada y reloj de arena. Bartholomew Roberts luciría una bandera donde él mismo aparecía brindando con un esqueleto y diseñaría otra con su persona pisando un par de cráneos enemigos. Henry Every dibujaría la calavera de canto con un pañuelo gangsta. Thomas Tew evitaría los rodeos: su flota enarbolaba la imagen de un brazo que amenazaba con un sable.

Mary Read (c. 1690 – 1721) y Anne Bonny (c. 1700 – c. 17¿?)

Anne Bonny fue una pelirroja irlandesa fruto de la aventura de un abogado con su criada. Su existencia provocó que su padre creyese conveniente establecer cierto perímetro de seguridad con su esposa oficial y se mudase a Londres junto a una niña que vivía disfrazada de chico y respondiendo al nombre de Andy, y su madre biológica. De ahí embarcaron hacía Carolina del Sur, donde una joven Bonny cansada de sentarse en el porche y rascarse el higo abandonaría a su padre en busca del romanticismo de la delincuencia marítima para acabar casándose con un pirata de segunda división llamado James Bonny. Las aguas se calmaron hasta que apareció Calico Jack y la jovenzuela, hipnotizada por su profundo sex appeal, decidió dejarlo todo y aventurarse, haciéndose pasar por varonil filibustero, a desvalijar embarcaciones ajenas junto a ese boceto de Jack Sparrow.

Mary Read nació como consecuencia de algún arrumaco extramatrimonial ejercido por la esposa de un marinero. Tras el fallecimiento del marido entre las olas la mujer obligó a la pequeña a pasar la infancia y adolescencia vistiendo ropa de chico para cobrar de ese modo la herencia que correspondía a otro hijo de la familia también fallecido. La joven chavala le pilló el truco a lo de hacerse pasar por hombre y travestida formaría filas en unas fuerzas armadas británicas junto a las que repartiría leña en el campo de batalla. Se enamoró de un compañero flamenco de milicia al que le confesó que en realidad carecía de genitales externos, un detalle que al hombre le pareció lo suficientemente interesante como para desposarse con ella y montar una posada donde vivir sin sobresaltos. La muerte de su marido la llevó a embalarse de nuevo en el disfraz de mucho macho y caminar hacia el ejército buscando guerra de nuevo. Calico Jack y Anne Bonny, creyendo que estaban tratando con un hombre, la invitarían en 1720 a unirse a su tripulación de saqueadores y lo que ocurriría a continuación entre aquellos tres sería materia prima para telecomedia de equívocos: Bonny y Read comenzaron a experimentar una extraña tensión sexual y la primera decidió aclarar a la segunda que tenía ranura en lugar de pito, solo para que la segunda le revelase que también era usuaria de trompas de Falopio. Entretanto Rackham estaba empezando a ponerse tan celoso, al ver a otro hombre arrimándose a su amante, que Bonnie tuvo que confesar, para alegría del pirata, que en realidad había cuatro tetas sobre la cubierta.

Lo interesante es que las leyendas que aseguran que Rackham era de esconder la cabeza durante las afrentas suelen solaparse con aquellas que afirman que las verdaderas guerreras del grupo eran dos furiosas mujeres pirata. Durante sus últimos días, un Calico Jack encarcelado solicitó ver por última vez a su querida y Bonny aprovecharía la reunión para dedicarle unas amables palabras de despedida: «Siento verte aquí. Pero si hubieras luchado como un hombre no serías colgado como un perro». Mary Read murió en su celda a causa de fiebres producidas por un embarazo, pero el destino de Bonny sería tan incierto que bien podría haberse pasado otros sesenta años disfrazada de bravucón macho alfa aterrando el Caribe y peleando como la mujer que no sería colgada nunca como un perro.


Burla Negra: historia del último gran pirata del Atlántico

Burla Negra, el barco de Benito Soto, persiguiendo al Morning Star (DP). Click en la imagen para ampliar.

Veinte presas
hemos hecho,
a despecho
del inglés,
y han rendido
sus pendones
cien naciones
a mis pies.

El 25 de enero de 1830, con la connivencia del rey Fernando VII, Benito Soto fue ajusticiado por las autoridades británicas en Gibraltar. Sus espaldas, dicen que fuertes y angulosas, cargaban oficialmente con setenta y cinco asesinatos y una decena de saqueos. Quién sabe cuántos fueron en realidad. Durante meses, quizá los últimos en los que Europa conoció el terror de la Jolly Roger, el Burla Negra se convirtió en el barco más temido del Atlántico. No hubo taberna de marineros entre isla Ascensión y A Costa da Morte en la que no se ondearan las historias del último gran pirata de este lado del mundo.

Apenas cinco años después de su ejecución en el Peñón, José de Espronceda ya había convertido a Benito Soto en leyenda. Aunque no lucía diez cañones por banda el bergantín ni fueron veinte los barcos sometidos por el pillaje de su bandera negra, cuentan que fueron sus hazañas las que inspiraron el personaje del Temido para la célebre «Canción del pirata». Pero tan proclive como ha sido siempre la España que duele a olvidar a sus mitos, por muy sanguinarios que estos hayan sido, la historia del Burla Negra y su legendario capitán pronto dejó su sitio a otros relatos pavorosos entre los cuentos con los que asustar a los niños y encorajinar bravatas de barra de bar. No han hecho con su vida una superproducción cinematográfica —al menos sí un espectáculo teatral— y apenas algunas páginas de literatura.

Ha sido, como casi siempre, la propia gente quien ha reivindicado su legado: hace más de un siglo que la peña Los Anticuarios canta en los Carnavales de Cádiz la copla del Tío de la Tiza, «aquellos duros antiguos / que tanto en Cai / dieron que hablá», después de que en junio de 1904 las playas de la ciudad se llenaran de «viejos, niños y suegras» para hacerse con el millar y medio de monedas acuñadas en México en el siglo XVIII, el último botín del Burla Negra descubierto por casualidad por los trabajadores de una almadraba al abrir una zanja para enterrar los desperdicios de los atunes. De un tiempo a esta parte tampoco hay año en el que el Entroido de Pontevedra no le dedique una noche pirata a su ilustre vecino.

Hasta Arturo Pérez-Reverte ha asegurado guardar una carpeta con la historia de Benito Soto, cuyo final ya avanzó en 2006: «Y colorín colorado: esta es la historia de Benito Soto Aboal, el español que, fiel a las esencias nacionales, empezó como truculento pirata y acabó —aquí todo termina igual— en chirigota gaditana».

Pero vayamos por partes.

Los años perdidos: de A Moureira a Ohué

Séptimo hijo de una familia de catorce de A Moureira, el barrio de marineros que hizo florecer el puerto de Pontevedra con la venta de sardina y la exportación de vino, a Benito Soto nunca le sobró de nada. Ni siquiera hambre. No sabía leer, pero sí cómo ganarse la vida. Todavía imberbe, y tras desertar de la matrícula del mar —el sistema de reclutamiento de la Armada española—, pone rumbo a Cuba con cierta experiencia ya como contrabandista.

Nada se sabe a ciencia cierta de lo que sucedió durante su años en el Caribe. Hay quien dice que navegó en barcos corsarios españoles. También en buques negreros. Quizás incluso fue uno de los piratas de isla Tortuga. A finales de 1827 —hay autores que lo sitúan en 1823— figura ya como segundo contramaestre de El dDefensor de Pedro, un bergantín de siete cañones de bandera brasileña autorizado para «andar en corso contra la República de Buenos Aires y emplearse igualmente en mercancía donde le convenga y lícito fuese».

Aunque las presiones británicas habían obligado al recién independizado Imperio de Brasil a prohibir formalmente el tráfico de esclavos al norte de la línea del Ecuador, el negocio de la trata de persona florecía de la mano de las grandes familias brasileñas. Uno de aquellos hombres era el armador José Botelho de Sequeira, quien estaba haciendo fortuna con los buques negreros que traían esclavos al nuevo continente. Para la misión de El Defensor de Pedro eligió una tripulación experimentada: el capitán, un oficial jubilado de la Armada Imperial brasileña, Pedro Mariz de Sousa Sarmiento, y el piloto, un viejo marino portugués experto en aquellas aguas, Manuel Antonio Rodríguez. El resto de hombres, una retahíla de buscavidas de mar entre los que se encontraban tres gallegos, Miguel Ferreira, Nicolás Fernández aka «Juan Caro» y un Soto que se hacía llamar Benito Barredo, y un vasco de Mundaca al que todos conocían como «el Vizcaíno».

El Defensor de Pedro tenía como destino el enclave portugués Sao Jorge de Mina, en la bahía de Ohué, el más importante de los puertos esclavistas del África atlántica. El lugar donde se hacían los grandes negocios con la trata de personas. El único inconveniente era que se encontraba cinco grados por encima del Ecuador, lo que autorizaba a la Royal Navy a perseguirlos. Mientras se acercaban a la costa de oro, Soto se fue ganando la confianza del resto de marineros, especialmente la de un grupo de franceses desertores de un buque inglés a los que convenció con la idea de hacerse con el bergantín una vez estuvieran los esclavos a bordo para después venderlos en Cuba. Al parecer hubo quien se fue de la lengua al tiempo que el capitán negociaba con los líderes tribales a los que llevaba aguardiente, oro, algodón y fusiles como agasajo, lo que obligó a adelantar el motín nada más atracar en Ohué.

Dice la leyenda que al grito de «abajo los portugueses», Benito Soto izó la bandera negra.

La inquina a los ingleses

Sin esclavos con los que comerciar, Soto tuvo que cambiar de plan. El Defensor de Pedro puso rumbo a la isla Ascensión, un pequeño refugio en el Atlántico sur, a medio camino entre África y América, a la espera de abordar los mercantes que doblaban el cabo de Buena Esperanza repleto de las mejores alhajas del Índico. Durante el trayecto el capitán Soto ajustició a todos los que dudaron de su mando, entre ellos el ferrolano Ferreira.

Las primeras voces sobre la sucedido en Ohué, donde los amotinados dejaron en tierra al capitán Sousa Sarmiento, habían comenzado a correr por el Atlántico, por lo que Soto decidió coger la pintura de las bodegas y darle un nuevo aspecto al bergantín. Fue el inicio de la leyenda del Burla Negra.

Unas semanas después, a mediados de febrero y no muy lejos de isla Ascensión, el mercante de bandera inglesa Morning Star —nada que ver con el barco pirata de La isla de las cabezas cortadas— se cruza en el camino del Burla Negra. Cuentan los historiadores que trataron de engañarlos ondeando la bandera de la Union Jack primero y la azul y blanca de las Provincias Unidas del Río de la Plata después. Lo cierto es que el Morning Star trató de escapar, pero como todos los barcos dedicados a la trata —igual que un siglo después las planeadoras del narcotráfico— El Defensor de Pedro era más rápido y no tardó en alcanzarlo, iniciando una de las matanzas más sangrientas de la historia de la piratería atlántica.

Comandados por un extravagante marinero francés, ataviado con una pamela de mujer con cintas azules, tomaron el mercante que volvía de Ceilán con maderas nobles, especias y café. Los piratas del Burla Negra, como fue conocido ya internacionalmente desde entonces, acabaron el asalto ya borrachos. Entretanto, violaron a las mujeres a bordo y golpearon salvajemente a un soldado recién licenciado que al ser sordo no entendía sus órdenes. Al resto de hombres, aquellos a los que no habían matado todavía, los encerraron en una bodega con la intención de hundir el barco abriendo dos agujeros en el casco. A Benito Soto no le gustaban los testigos.

Pero la impericia de sus hombres dejó a flote el mercante y con vida a algunos tripulantes del Morning Star, que fueron rescatados por otro barco inglés. Pronto toda la marina británica los estaría buscando. Así que el Burla Negra emprendió a toda prisa su particular ruta del pillaje.

La fragata norteamericana Torpaz, que volvía de Calcuta hasta los topes de joyas, piedras preciosas y sedas orientales, fue la segunda víctima conocida de los saqueos del Burla Negra: apenas dejaron un superviviente después de prenderle fuego. Habían aprendido la lección. Horas más tarde, a pocas millas de Cabo Verde, avistaron las velas de un bergantín, presumiblemente el Unicorne, que había observado lo ocurrido con el Torpaz. Y aunque ya sabemos que a Benito Soto no le gustaba dejar testigos, cuentan que el Unicorne fue el único barco que logró escapar jamás del Burla Negra.

Con solo dos abordajes intentó el capitán Soto convencer a sus hombres de que era el momento de retirarse. Habían conseguido más riquezas de las que necesitaban y la amenaza de que la Armada británica estuviera tras ellos eran motivos aparentemente suficientes para dar por terminada la ruta del pillaje. Sin embargo varios de sus hombres, recelosos de lo que Soto había hecho con otros de sus marineros, optaron por intentar derrocarlo. El motín no salió bien, pero el Burla Negra ya no sería nunca más un barco bien avenido.

Solo una semana más tarde, siguiendo el rumbo norte y ya a la altura del archipiélago canario, Soto y sus piratas asaltan el brickbarca inglés Sumbury que navega a Saint Thomas y a cuya tripulación acribillan. En pocos días caen también el Cessnok y otros dos barcos portugueses, entre ellos el Melinda (o Ermelinda según algunas fuentes) que había salido también de Río de Janeiro abarrotada de café, té y azúcar.

Relatan algunos historiadores que el trato a las tripulaciones bajo bandera portuguesa fue siempre más decoroso. Como si Benito Soto quisiera vengar, a su manera, la derrota de España en Trafalgar. Así, los tripulantes de su última víctima, al bergantín inglés New Prospect, fueron también brutalmente aniquilados.

Los papeles de A Coruña y los arrecifes de la isla de León

Las versiones solo coinciden en la fecha. A principios de abril de 1828 el Burla Negra arriba en la ría de Pontevedra. Algunos testimonios apuntan a que era rojo y volvía a llamarse El Defensor de Pedro. Otras que lo habían pintado de amarillo y rebautizado como Buen Jesús. En lo que la historia parece coincidir es que fue el tío materno de Soto, José Aboal, quien les ayudó a descargar y vender parte del botín.

En Pontevedra circula todavía la leyenda de que Soto escondió dos cofres con oro, plata y piedras preciosas que nunca han sido encontrados. En 1926, el diario ABC anunciaba el «Hallazgo de un tesoro» durante unas obras en el barrio de A Moureira. «Encontró enterrada a gran profundidad un arca de hierro de gran tamaño conteniendo un tesoro (…) suponiendo algunos que se trata de uno de los baúles cargados de oro y pedrería que en Pontevedra enterró en 1828 el famoso pirata gallego Benito Soto».

Aunque la más afamada de las teorías, novelada por Alberto Fortes en Amargas han sido las horas, es que el tesoro acabó en algún lugar de A Casa das Campás, el edificio civil más antiguo de la ciudad, hoy vicerrectorado universitario. Francisco Javier Bravo, un hombre de la alta sociedad local con contactos en Portugal, la habría escondido allí a cambio de ayudar a Soto a vender el resto del botín para retirarse al sol de la Berbería.

El plan pasaba por deshacerse de las sedas en el puerto de A Coruña. Bravo consiguió unos papeles falsos con los que pasar la aduana, ya transformado de nuevo en El Defensor de Pedro bajo pabellón brasileño. Soto, quien se había engalanado para la ocasión con las ropas del capitán Mariz, fingió una avería provocada por una gran tormenta para engañar a las autoridades locales.

Aunque encontraron más dificultades de las previstas para deshacerse del botín, el 5 de mayo de 1828 el Burla Negra puso rumbo al sur. Soto disponía de un permiso —conseguido por Bravo— para atracar en Lisboa y hacer efectivos cerca de veinticinco mil pesos en letras de cambio. Pero el plan del pirata era otro: pasar a cuchillo a todos los marineros que no le eran afines, encallar la Burla Negra cerca de Tarifa para después cruzar a Gibraltar, cobrar el dinero y retirarse con su parte.

Pero el plan, quién sabe si adrede, se torció cuando su barco encalló cinco días después junto al Ventorrillo del Chato, apenas a unos kilómetros de Cádiz. Habían confundido la punta de Tarifa con los arrecifes de la isla de León.

«¡Adiós a todos, la función ha terminado!»

Las autoridades españolas no tardaron en presentarse, pero sobornadas por los piratas hicieron la vista gorda. Y estos decidieron celebrarlo: la jarana por las tabernas de Cádiz fue tal que acabó por obligar a la policía a detenerlos «por sospechas vehementes» de su actividad criminal. Para colmo, ocurrió lo que Benito Soto siempre temió. Algunos pasajeros del Morning Star habían sobrevivido y llegado a Londres para denunciar la masacre, convertida ya en afrenta nacional para la corona inglesa. Fue su testimonio, tras un fugaz viaje a Cádiz, lo que permitió identificar a diez de los tripulantes del Burla Negra.

No a Soto, quien había aprovechado las filtraciones de las autoridades para escapar a Gibraltar no sin antes tratar de persuadir a sus hombres con todo lo que tenía a mano, oro o cuchillo, para que no le delataran en el juicio. Las notas del mismo, recogidas en 1892 por Joaquín María Lazaga en su obra Los piratas del Defensor de Pedro. Extracto de las causas y proceso, subrayan, sin embargo, el gran fracaso del pirata gallego: son sus propios hombres quienes le cargan la crueldad de los saqueos.

El rey Fernando VII, para el que la ciudad de Cádiz sería siempre una infesta cuna de liberales, maniobró para que los diez tripulantes del Burla Negra fueran ahorcados en plaza pública, ante las Puertas de la Tierra, para después descuartizar los cadáveres y dejar sus cabezas cortadas durante varios días por distintos puntos de la ciudad. Para que el miedo macerase el despertar colectivo.

De Benito Soto dejó que se encargaran los británicos, quienes lo atraparon pocas semanas después en una fonda del Peñón. Cuentan las crónicas que llevaba encima un sombrero y un puñal de los que se había apoderado en el Morning Star y un pasaje a Ceilán. Fue condenado a la horca culpable de setenta y cinco asesinatos y del saqueo de diez barcos.

El 25 de enero de 1830, «un día de lluvia que no impidió a la multitud amontonarse en torno al reo», Benito Soto fue llevado ante la horca. Dicen que rezó fervientemente durante un cuarto de hora aferrado al Cristo que le prestó un sacerdote anglicano. También que fue él mismo quien ayudó al verdugo a prepararla, subiéndose al ataúd para meter bien la cabeza en la soga. «Escucha la sentencia, leída en inglés y en español, con aire indiferente y los brazos cruzados y, una vez terminada, cuentan, echa una gran carcajada mirando a la muchedumbre reunida y se despide»:

¡Adiós a todos, la función ha terminado!

Pero no lo había hecho. Todavía tuvo el verdugo que ahondar el suelo con una pala para que sus cinco pies y dos pulgadas dejaran este mundo tras una lenta agonía y el regocijo de la muchedumbre.

Para la historia ya solo faltaban unas monedas de plata de ocho reales y una chirigota en Cádiz.


Madame Ching, el terror del mar de China

(DP).

Debían tomar una decisión. Era preciso saber, ahora que su capitán había muerto, quién asumiría el mando. Cuando ya estaban todos reunidos la viuda subió a cubierta, vestía un traje de capitana bordado con dragones de oro sobre seda roja, azul y púrpura. En el mar no hay silencio, pero todos estaban callados, así que fue ella quien habló:

—Miradme capitanes, vuestro jefe estaba de acuerdo conmigo. La escuadra más fuerte es la que está a mis órdenes. Ha recaudado más tesoros que ninguna otra. ¿Creéis que me rendiré ante un jefe hombre? Jamás.

Olvidaos de todo lo que el cine nos ha contado. El pirata más grande de todos los tiempos fue una mujer y navegó en el mar de China.

Ching Shih, la mujer sin nombre y la armada de la bandera roja

Los historiadores chinos dicen que era más alta que las mujeres normales, y que su cuerpo tenía formas gloriosas. Tan bella, que de todas las prostitutas que habían sido secuestradas de un burdel flotante en Canton, el capitán Zheng la eligió para tomarla como esposa. Como un adelanto de lo que sería su historia, ella no accedió inmediatamente. Desairó al capitán y le pidió lo impensable para una mujer, especialmente para una prostituta: solo se casaría con él si compartían al cincuenta por ciento todo su dinero y el mando sobre las tropas.

Contra todo pronóstico el capitán Zheng dijo que sí. Era 1801 y ella tenía veintiséis años.

Los años siguientes fueron una sucesión de románticas victorias y saqueos de pueblos, uno tras otro, a lo largo de toda la costa. Las tropas del emperador se sienten tan impotentes ante este despliegue de crueldad que recomiendan a los habitantes que quemen sus aldeas y se trasladen al interior, que dejen la pesca y aprendan a cultivar la tierra.

Sin pretenderlo el emperador les abre la puerta a una nueva forma de negocio aún más rentable que la anterior: el asalto a los barcos, ahora quienes saldría perjudicadas no eran las poblaciones empobrecidas sino las rutas comerciales internacionales.

El amor lo vence todo y su unión era tan perfecta que en los siguientes seis años la escuadra que comandaba Cheng, conocida como la armada de la bandera roja, de aproximadamente doscientos barcos, creció hasta convertirse en un auténtico ejército de mil quinientos gracias a alianzas con otras escuadras que se avinieron a subordinarse a ellos. Aprovechándose así del plan de negocio diseñado por los dos, crearon una especie de confederación pirata que eliminaba la competencia y optimizaba los resultados. No había ejercito nacional que pudiese enfrentarse a ellos.

En 1807, en lo más alto de su negocio Zheng, su esposo y socio muere a los cuarenta y dos años. Según Borges en la Historia universal de la infamia, fue envenenado con un plato de orugas cocidas con arroz, otras fuentes dicen que naufragó durante un tsunami en la costa de Vietnam y que no hubo supervivientes que pudiesen contar exactamente qué sucedió.

Fuese como fuese, se había quedado sola y a su alrededor había demasiados aspirantes a comandar el ejército más poderoso de Asia. Ella sabía que a pesar de haber sido copropietaria del negocio durante los últimos años no era más que una mujer a los ojos de la mayoría de los piratas que tenía como subordinados, por eso no perdió tiempo y tal y como sucedió con su proposición de matrimonio, hizo lo impensable: desafió públicamente a todos los capitanes que quisiesen someterla.

Comenzaba así su propia leyenda en solitario, la de una mujer cuyo nombre significa viuda de Zheng. Nadie ha podido saber nunca cuál era su verdadero nombre, seguramente porque la persona que fue antes en realidad a nadie le importó.

El terror del mar de China

Ella era consciente de que ser mujer, a pesar de sus circunstancias especiales, la convertía en un objetivo más fácil de sabotajes. Así que lo primero que hizo, como cualquier aristócrata que quiere preservar una estirpe, fue casarse con el hijo adoptivo de su difunto marido, Chang Pao, y nombrarlo a él jefe directo de las tropas. Con esta maniobra conseguía tener a los hombres tranquilos, porque les mandaría el que ellos consideraban «legítimo» heredero, y ella seguiría ocupándose de todo, especialmente de las transacciones comerciales y las alianzas.

Era un práctica habitual en la sociedades piratas, y por eso se considera que en este caso es bastante probable que Chang Pao fuese en realidad el amante de Zheng y que este lo hubiese adoptado para que en caso de que le pasase algo pudiese heredar sin problemas parte de sus posesiones y un cargo de responsabilidad en la escuadra. De ser así, lo que suena en principio incestuoso se vuelve una alianza entre dos viudos para preservar el patrimonio, la fusión empresarial perfecta. El capitán y la administradora.

Como si fuese un homenaje póstumo al marido difunto el negocio creció hasta convertirse en un monstruo que llegaba desde Corea a la costa de Malasia, no se movía un solo barco sin que la armada de Madame Ching lo supiese y controlase. Pueblos enteros de la costa trabajaban para ellos suministrándoles víveres, y llegaron a establecer una oficina de impuestos en Cantón a la cual iban directamente los barcos que querían cruzar el mar de China para pagar la contribución exigida.

En caso de que se negasen, los asaltaban directamente.

La flota de la bandera roja creció a niveles inimaginables. Ningún otro pirata en el mundo pudo siquiera soñar un engranaje tan perfecto de pillaje y extorsión, además del mando sobre casi ochenta mil almas. Hombres, mujeres y niños distribuidos en mil ochocientos barcos.

El código de Madame Ching

Una de las claves de su éxito fue la extrema rigidez con la que comandaba sus tropas. Ella misma escribió un código de conducta con el que dirigir con mano de hierro su propio imperio marítimo. En China, a diferencia del Caribe, era común que las mujeres e incluso los hijos acompañasen a los piratas en los barcos, de esa manera no tenían que ir a tierra tan frecuentemente y durante las batallas peleaban hasta el límite para defender a los suyos, pero por eso mismo la convivencia era complicada y la disciplina, fundamental.

En la armada de la bandera roja las violaciones estaban prohibidas, al violador debía cortársele la cabeza. Cuando eran capturadas mujeres en alguno de los asaltos, en caso de que fuesen feas eran dejadas en la orilla sin hacerles nada, si eran guapas podían ser subastadas para la tripulación. Pero si un pirata compraba a una prisionera debía tratarla a partir de entonces como su esposa, con absoluto respeto y sin violencia. Tampoco estaban permitidas las infidelidades, bajo pena de muerte para ambos.

Se le cortaba la cabeza a quien desobedeciese una orden, robase del botín común o molestase a los campesinos que pagaban tributo. Los castigos eran inmediatos y no había segundas oportunidades, con esto consiguió unas tropas fuertes y más disciplinadas que el propio ejército chino.

Borges cuenta que el código de conducta fue personalmente redactado por Madame Ching huyendo de la retórica típica de la literatura de la época, en un estilo lacónico y directo, seguramente para adaptarse a su audiencia, miles de piratas que no sabía leer ni escribir. Gente simple y dura que se alimentaba de ratas cebadas, galletas y arroz, que en los días de combate mezclaba pólvora con el alcohol y se rociaba el cuerpo con una infusión de ajo, soldados que eran capaces de enfrentarse a la muerte manejando dos espadas sin soltar la pipa de opio.

La batalla final

Al emperador Qing le enfurecía pensar que una mujer estuviese controlando una cantidad tan brutal de tierra, mar, recursos y personas que le pertenecían a él. Envió su armada comandada por Kvo-Lang a atacarla y ella, lejos de esconderse, fue directa a su encuentro. La armada del emperador perdió sesenta y tres barcos con sus respectivas tripulaciones, que se unieron a la bandera roja bajo amenaza de muerte instantánea.

Borges lo cuenta así:

Casi mil naves combatieron de sol a sol. Un coro mixto de campanas, de tambores, de cañonazos, de imprecaciones, de gongs y de profecías, acompañó la acción. Las fuerzas del imperio fueron deshechas. Ni el prohibido perdón ni la recomendada crueldad tuvieron ocasión de ejercerse. Kvo-Lang observó un rito que nuestros generales derrotados optan por omitir: el suicidio.

Desesperado, el gobierno imperial pidió ayuda a las armadas inglesa y portuguesa para unirse contra aquel ejército invencible. Durante los dos años siguientes, batalla tras batalla, Madame Ching siguió humillándolos hasta que, no viendo otra salida, el imperio le ofreció una amnistía con tal de que dejase la piratería.

Ching Shih rechazó en un primer momento la idea y como buena mujer de negocios dejó pasar el tiempo, hasta que un día de 1810 se presentó sin avisar en la sede del gobierno general delCantón para discutir los términos del indulto. La acompañaban un grupo de mujeres y niños desarmados; Madame Ching se retiraba.

La amnistía y el plan de jubilación

Por si había alguna duda de que ella era el cerebro y la mano de hierro detrás de sus tropas, el acuerdo negociado con el gobierno imperial, humillante y sin precedentes, lo deja perfectamente claro.

Para alguien que en su código de conducta tenía establecido que los desertores debían ser castigados cortándoles cabeza, solo había una manera de retirarse dignamente: debían hacerlo todos juntos. Ching Shih no se presentó en persona delante del emperador para firmar su propio indulto, sino el de su armada al completo.

No podrían alegar cargos contra ninguno de sus miembros y todos conservarían todas las posesiones de sus tiempos de piratería. El gobierno también le dio dinero extra para ayudar a establecerse a los que, de sus tropas, tuviesen menos recursos.

Para Chang Pao, el que era su hijastro, marido y primer comandante, acordó con el gobierno un puesto en el ejercito al mando de veinte barcos que serían de su propiedad. Su primera misión en su nuevo cargo fue aniquilar a los que habían sido sus enemigos en nombre del emperador, una perversidad estratégica que humedece los colmillos de emoción.

A pesar de toda la crueldad y la sangre que envuelven esta historia, hay algo bello y poético en una prostituta miserable que llega a comandar un ejército y consigue doblegar al emperador todopoderoso.

Madame Ching, la pirata más brava jamás conocida, la que nunca fue derrotada y se salvó no solo a sí misma sino a todos los que lucharon por ella, pudo legalmente disfrutar de su botín, y volvió a sus orígenes como esos héroes que regresaban a su casa buscando la tranquilidad después de vivir aventuras. Se instaló en el Cantón donde montó un burdel y una casa de apuestas, allí murió plácidamente a los sesenta y nueve años envuelta, seguramente, en una narcótica nube de opio.


¿Cuál es la mejor película de piratas?

En unos días se estrenará Piratas del Caribe: La venganza de Salazar, quinta parte de una saga estratosféricamente rentable que ha sabido reavivar con mucho colorido, acción y humor la mitología en torno al mundo de los piratas que durante tantas décadas ha elaborado Hollywood. Porque los filibusteros y corsarios reales, no nos engañemos, eran algo menos vistosos y ahí estaba por ejemplo la bandera un tanto emo de Barbanegra, nos cuesta creer que inspirara terror en su tiempo… Por suerte la ficción tomó el relevo y en el siglo XIX apareció Stevenson para fijar en el imaginario colectivo los tópicos fundamentales en torno a la piratería. Ilustrando sus libros llegó también Howard Pyle, que vistió con ropajes y abalorios gitanos a aquellos marinos renegados y con ese aspecto han quedado para la posteridad.

Cuando llegó el cine en el siglo siguiente ya tenía la mitad del camino recorrido. Así que Errol Flynn y Burt Lancaster convirtieron a estos antihéroes en pícaros y galanes legendarios y de su mano, entre otros, pudimos ver los motines reprimidos por el contramaestre con latigazos ante el palo mayor o lanzando al grumete a los tiburones, a los malvados españoles que se empeñan inútilmente en repeler los abordajes, los náufragos en islas paradisíacas que además ocultan grandes tesoros… Todo esto se juntó en la mente de Ron Gilbert, que a la manera de una batidora genial nos regaló la aventura gráfica The Secret of Monkey Island, de la que bebe con toda desvergüenza esta entretenida saga que ahora continúa con Javier Bardem. Qué mejor excusa para recordar aquellas antiguas películas de piratas que más huella nos dejaron; voten su favorita o añadan la que deseen.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

_______________________________________________________________________

La isla de los corsarios

Imagen de Universal Pictures.

«Playboy de Occidente y símbolo fálico universal», si alguien sabía escribirse una bio ese era Errol Flynn, un aventurero que se atrevió con todo: fue boxeador, cazador de cocodrilos, buscador de oro, dinamitero, novelista… Vino a España como corresponsal en la Guerra Civil huyendo de la mujer con la que se había casado, donde fue recibido por el bando republicano como la celebridad que era, y más adelante, aunque no pudo combatir en la Segunda Guerra Mundial como le hubiera gustado, colaboró con los servicios secretos británicos, hasta que finalmente acabó alcoholizado y viviendo en un barco. No es de extrañar que ahora mismo esté rodándose un biopic sobre él, a cargo por cierto de un veterano de la industria, quien fue el director de Los inmortales. De todas sus facetas la que le proporcionó mayor celebridad fue la de actor, protagonizando papeles de aventurero y, muy especialmente, de pirata. Aquí compartió protagonismo con Maureen O’Hara y Anthony Quinn.

_______________________________________________________________________

La isla del tesoro

Imagen de Warner Bros. Pictures.

La cultura universal es una sucesión de refritos hasta que de vez en cuando aparece alguien realmente creativo con una obra bajo el brazo que abre nuevos caminos, como fue el caso de Robert Louis Stevenson con La isla del tesoro. En ella estaba todo lo fundamental en torno a la piratería, lo demás son anotaciones a pie de página. Salvo, eso sí, el parche en el ojo, del que no hay una sola mención en la novela y luego se convertiría en un elemento imprescindible. Hay quien sostiene que los piratas con este complemento realmente existieron, no tanto porque hubieran perdido un ojo (¿en la punta del garfio de otro pirata?) sino para acostumbrarlo a la oscuridad y de esa manera en un abordaje poder entrar bajo una cubierta, que estaba a oscuras y donde no podían esperar a adaptar su visión sin ser atacados. La idea tiene sentido y los Cazadores de mitos demostraron que podía funcionar. En cualquier caso, volviendo a la novela, ha contado con más de veinte adaptaciones a la pantalla de entre las que cabe destacar esta que contó con Charlton Heston, Christian Bale y Christopher Lee, además de una estupenda banda sonora a cargo de The Chieftains.

_______________________________________________________________________

El capitán Blood

Imagen de Warner Bros. Pictures.

Aquí tenemos de nuevo a Errol Flynn, encarnando a otro héroe que tras combatir del lado de los franceses contra los españoles y de los españoles contra los franceses, pretende llevar una vida apacible como médico. Pero el destino le tiene reservado liderar una rebelión de esclavos que se convertirán en filibusteros con él por capitán. Tras una breve aparición en The Case of the Curious Bride esta fue la primera colaboración del actor con el cineasta Michael Curtiz, que se repetiría hasta en diez ocasiones.

_______________________________________________________________________

El halcón del mar

Imagen de MGM.

El cine de piratas nos ha acostumbrado a ver la cruz de Borgoña como si de la esvástica se tratase y en este caso fue casi literalmente. La narración comienza con un Felipe II que se jacta del dominio de España sobre todo el planeta… salvo sobre una isla «tan estéril y traidora como su reina». Esta por su parte afirma no desear la guerra, pero «cuando la desmedida ambición de un hombre amenaza con devorar el mundo, se convierte en una solemne obligación de todos los hombres libres afirmar que el mundo no pertenece a un hombre sino a todos». No hace falta añadir que se rodó en 1940, en lo que fue otra de las colaboraciones Flynn-Curtiz.

_______________________________________________________________________

El temible burlón

Imagen de Warner Bros. Pictures.

El otro nombre que no puede dejar de mencionarse junto al de Flynn es el de Burt Lancaster, especialmente por este clásico del cine. Esta era una de esas películas que TVE emitía periódicamente hace años, así que forma parte de la infancia de muchos espectadores.

_______________________________________________________________________

Seguros permanentes Crimson

Imagen de Universal Pictures.

El sentido de la vida de los Monty Python se estrenó en los cines precedido de este cortometraje  de Terry Gilliam, dado que por su duración y estilo vieron que no terminaba de integrarse en la película, de la que pese a todo puede decirse que forma parte. Hasta la más anodina oficina puede convertirse en un campo de batalla y dentro de cada hastiado empleado  hay un pirata deseando salir, así que una vez estalla el motín ya no habrá rascacielos que se resista al abordaje. El argumento está vagamente inspirado en la película anterior.

_______________________________________________________________________

Rebelión a bordo

Imagen de MGM.

Claro que si hablamos de motines nada como acudir al original. En el año 1789 la tripulación del HMS Bounty se rebeló contra su capitán, a quien dejaron a la deriva en una barca, y a continuación se instalaron, la mayoría para el resto de sus vidas, junto a las mujeres tahitianas que habían conocido meses antes. El suceso dio mucho que hablar e inspiró diversas historias, estaba destinado a ser material de celuloide. La primera versión fue australiana, es la que lanzó al estrellato a Errol Flynn, quien por cierto aseguraba ser descendiente de uno de aquellos amotinados. A continuación hubo otra con Charles Lauhhton y Clarke Gable, luego la que tenemos sobre estas líneas con Marlon Brando, que se metió tanto en el personaje que se enemistó con el actor que interpretaba al tiránico capitán, Trevor Howard, y se enamoró de una tahitiana, que sería su tercera esposa. Finalmente hubo otra adaptación en 1984 con Anthony Hopkins y Mel Gibson.

_______________________________________________________________________

Simbad y la princesa

Imagen de Columbia Pictures.

La Alhambra fue uno de los escenarios del rodaje en 1958 de esta producción de Hollywood, la primera de una trilogía dedicada al marino de Las mil y una noches. Por su parte, el técnico de efectos especiales Ray Harryhausen añadió unas fantásticas criaturas que son las auténticas estrellas de la película.

_______________________________________________________________________

Piratas

Imagen de Carthago Films S.a.r.l.

La comedia no es un género en el que Polanski se haya prodigado, aunque ha demostrado solvencia primero con la inolvidable El baile de los vampiros y en 1986 con esta otra historia. Si bien tener a Walter Matthau en el papel de ese pirata que prefería vivir sin cabeza a vivir sin oro lo hizo mucho más sencillo, una elección más acertada para el personaje que el actor inicialmente previsto, Jack Nicholson.   

_______________________________________________________________________

La princesa prometida

Imagen de MGM.

El temible pirata Roberts es conocido en los siete mares por no hacer prisioneros… aunque siempre se puede hacer una excepción, como con el protagonista, que aprenderá su manejo de la espada y heredará su nombre y barco. Su leyenda se convertirá así en parte fundamental de este cuento de hadas que encandiló a una generación.  

_______________________________________________________________________

Los robinsones de los mares del sur

Imagen de Walt Disney Pictures.

La primera vez que los piratas se convirtieron en personajes de ficción fue en la novela Robinson Crusoe. Dado el enorme éxito que cosechó le siguieron toda clase de copias más o menos inspiradas, entre las que se encontró El Robinson suizo, escrita a comienzos del siglo XIX, que más adelante conoció varias adaptaciones al cine, siendo esta la más memorable.

_______________________________________________________________________

Viento en las velas

Imagen de 20th Century Fox.

Aquí tenemos de nuevo a Anthony Quinn, que esta vez se hizo acompañar de James Coburn. Ambos son sin duda lo mejor de una narración un tanto escasa de fluidez en torno a una familia inglesa residente en Jamaica, que tras el huracán del título original decide enviar de vuelta a Inglaterra a los niños. El barco será interceptado por un pintoresco grupo de asaltantes con el que los niños no tardarán en congeniar, al fin y al cabo desde John Silver y el Capitán Garfio los piratas, al renunciar a integrarse en el mundo de los adultos y no obedecer más ley que la fuerza y el viento, sintonizan a la perfección con la infancia. Lo expresó con otras palabras Roger Callois: «Decir que los niños creen en el tesoro es decir muy poco. Los niños poseen tesoros… Sin que se den perfecta cuenta de ello, los afanes y los gustos de los filibusteros no son más que un eco desmesurado de los suyos».

_______________________________________________________________________

Piratas del Caribe: la maldición de la Perla Negra

Imagen de Walt Disney Pictures.

Concluimos precisamente con aquella que abrió la saga, tal vez no necesariamente la mejor aunque sí la más original, pues las siguientes sencillamente repitieron la fórmula. La explicación oficial para evitar problemas legales es que la productora, Walt Disney Pictures, buscaba adaptar al cine las atracciones de piratas de sus parques Disney World. Pero si tenemos en cuenta que estaba implicada en su desarrollo Lucasfilm, propietaria de la antigua LucasFilm Games, autora de célebres aventuras gráficas… entonces no necesitamos la pericia de un corsario para atar cabos y ver que Guybrush Threepwood ahora pasa a llamarse Will Turner. La película inició una saga que en la mejor tradición del cine de piratas desborda vivacidad y espíritu aventurero, lleva recaudados más de un gritón de dólares y ha tenido entre otros muchos aciertos el de incluir, en su tercera entrega, a Keith Richards como pirata, concretamente como el padre de Jack Sparrow.

_______________________________________________________________________


¿Cuál es la mejor religión alternativa?

Ricky Gervais aseguraba en una lúcida charla con Stephen Colbert que en materia religiosa a lo mejor lo más importante no era tanto creer en un dios como no creer en los dos mil novecientos noventa y nueve restantes que se apoltronaban entre las diferentes iglesias y doctrinas del planeta. Y lo cierto es que lo nutrido de la demanda de deidades pone hoy en día las cosas un poco más difíciles a la hora de decantarse por una fe u otra para asegurar una vida después de la muerte en el resort más confortable posible. Afortunadamente también existen opciones alternativas a lo mainstream y en esos márgenes habitan religiones tan o más interesantes que las clásicas de toda la vida. La encuesta de hoy es divina: ¿cuál es la mejor de las actuales religiones alternativas? Recuerden votar por su favorita al final del artículo o apuntar en los comentarios las opciones que se nos hayan escapado y consideren oportunas.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

_______________________________________________________________________

Dudeísmo

Imagen: Dudeism.com.

Los dudeistas combinan el taoísmo de Lao-Tse y las enseñanzas de griego Epicuro en una filosofía propia cuyo mayor representante es la figura del Nota («The Dude» en la versión original), el personaje interpretado por Jeff bridges en El gran Lebowski de los hermanos Coen. La denominada Iglesia del Nota de los Últimos Días fue fundada en 2005 por Oliver Benjamin, cuenta con cientos de miles de dude-sacerdotes alrededor del mundo, puede oficiar matrimonios legales, ha instaurado el seis de marzo como «Día Sagrado del Nota», tiene periódico propio (The Dudespaper), bibliografía específica (The Dude de ching, The tao Dude, The abide guide o Lebowski 101) y oficialmente utiliza como emblema el símbolo del ying-yang con el añadido de los agujeros de una bola de bolos. Su doctrina se resume principalmente en tomarse las cosas con calma, jugar a los bolos, salir con los amigos y relajarse en la bañera. Los fieles a este credo afirman que el dudeismo existe desde antes del estreno de la película y señalan a Heráclito, Buda o Jesucristo como «Grandes Notas de la historia».

_______________________________________________________________________

Jedismo

Imagen: Walt Disney Studios/Lucasfilm.

En el censo de Inglaterra y Gales de 2001 un total de 390 127 seres humanos especificaron que la religión a la que proferían devoción era la «jedi», la famosa orden de amigos del sable láser y el poder de la Fuerza que había nacido en Star Wars. Según aquellos datos, el jedismo sería la cuarta religión más importante de aquellas tierras por delante de otras más clásicas como el budismo. En 2007 Daniel Jones fundó la Iglesia del jedismo, convencido de que en Gran Bretaña había más jedis que cienciólogos. Dos años después, el propio Jones fue expulsado de un centro comercial por negarse a quitarse la capucha y justificar su rostro cubierto como parte de su religión jedi. Ante el revuelo montado, el director del establecimiento aclaró a los medios la situación: «No le hemos prohibido la entrada. Los jedis son bienvenidos en nuestras tiendas aunque les pedimos que se quiten la capucha. Obi-Wan Kenobi, Luke Skywalker y Yoda han sido vistos sin capucha sin que eso signifique que se hayan pasado al Lado Oscuro. Realmente el único de quien tenemos constancia que nunca se ha quitado la capucha es el emperador».

_______________________________________________________________________

Iglesia de la eutanasia

Imagen: churchofeuthanasia.org.

Fundada en el 92 por Robert Kimberck y Chris Kordan, a la Iglesia de la eutanasia le gusta mucho fardar de ser la única religión antihumanos existente, una congregación que defiende equilibrar el número de personas con el resto de especies de la Tierra y para ello anima a la población a pisar el freno en lo de perpetuar la especie. Ondea el eslogan «Salva el planeta. Mátate a ti mismo», tiene como único mandamiento un «No procrearás» y se apoya en cuatro pilares fundamentales: el suicidio, el aborto, el canibalismo (exclusivamente de gente muerta, eso sí) y la sodomía, esta última muy celebrada y aceptable en el seno de la Iglesia por no conllevar un fin reproductivo.

_______________________________________________________________________

Matrixismo

Imagen: Warner Bros.

El matrixismo, o El camino de Neo, sustenta sus creencias en la saga cinematográfica Matrix y tiene unos cuantos cientos de fieles, un número no tan abundante como el de otras religiones pero bastante aceptable si se considera que se trata de un movimiento que alaba la bosta de Matrix Revolutions. Utiliza como logo oficial un kanji que hace alusión a las pastillas rojas y promueve cuatro principios fundamentales: la creencia en una profecía mesiánica, el uso de drogas psicodélicas como sacramento, la percepción del mundo como un lugar con varias capas y la adhesión a los principios de alguna de las principales religiones del mundo.

_______________________________________________________________________

Iglesia maradoniana

Imagen: Wikicommons.

Héctor Campomar, Alejandro Verón y Hernán Amez decidieron profesar amor eterno a Diego Armando Maradona fundando el 30 de octubre de 1998, el día del cumpleaños del futbolista, la Iglesia maradoniana. En palabras del propio Verón: «Tengo una religión racional que es la Iglesia católica y tengo una religión en mi corazón que es Diego Maradona». Los maradonianos cuentan los años a partir del nacimiento de Maradona, se refieren a su dios como «D10S», tienen una biblia propia (Yo soy el Diego de la gente), sus propios diez mandamientos, y sus rezos oficiales incluyen una versión del Credo, otra del Dios te salve e incluso un Diego nuestro que se arranca así: «Diego nuestro que estas en la Tierra, santificada sea tu zurda».

_______________________________________________________________________

Pastafarismo

Imagen: Wikicommons.

El pastafarismo es esa religión que ha adquirido una fama desmesurada al utilizar como cimientos a los piratas, la cerveza o las strippers y también por aquello de rendir pleitesía a una monstruosidad con pinta de menú del Ginos. Ideada por Bobby Henderson como una forma de burlarse del creacionismo que se adoctrinaba en ciertas escuelas, el pastafarismo afirma que el sumo creador de todas las cosas es el Flying Spaghetti Monster, una criatura sobrenatural con la apariencia de un rebujo de espaguetis mezclados con albóndigas que es la culpable de haber creado la vida, el universo y todo lo demás durante una borrachera monumental. La agrupación asegura que los piratas fueron los primeros pastafaris de la historia y apunta que su disminución está directamente relacionada con el calentamiento global, también promete una existencia más allá de la muerte con un cielo que acoge un volcán de cerveza y una fábrica de strippers y un infierno que contiene exactamente lo mismo pero con la birra caducada y las strippers repletas de venéreas. En la sociedad actual goza de bastante prestigio, llegando a ser reconocida oficialmente como religión en los Países Bajos y Nueva Zelanda, lo que significa que allí uno puede casarse legalmente bajo el beneplácito de un plato de comida italiana gigante.

_______________________________________________________________________

Iglesia de la última risa

Annual Saint Stupid’s Day Parade. Imagen: CC.

Fundada en los setenta por Ed Holmes y probablemente gracias a opiáceos diversos, la Iglesia de la última risa anima a sus fieles a hacer el idiota y se anuncia como la comunidad religiosa con más miembros y más antigua del mundo. Asegura tener un «ciento cincuenta por ciento menos de dogma y tan solo un día sagrado», una jornada que tiene lugar el 1 de abril en San Francisco, en la Annual Saint Stupid’s Day Parade, la celebración pública donde lo único que hay que hacer es parecer estúpido.

_______________________________________________________________________

Kopimismo

Imagen: CC.

La Iglesia del kopimismo venera el P2P, hinca la rodilla ante los comandos Ctrl+C y Ctrl+V al considerarlos símbolos sagrados y defiende que toda información sea copiada y distribuida de forma gratuita. Y ya. Ni dioses ni movidas raras, solo torrents, fotocopias y discos regrabables. En 2012 Suecia aceptaba legalmente el kopimismo como una comunidad religiosa y en años posteriores Japón, Canadá e Israel se sumarían a la causa.

_______________________________________________________________________

Discordianismo

Diosa Eris. Imagen: CC.

Un movimiento religioso fundando a principios de los sesenta que rinde culto a la diosa del caos Eris, «Discordia», y que se caracteriza en general por ser tan anárquica como era de esperar: el Principia discordia, el libro sagrado oficial de la religión, es un batiburrillo de textos, imágenes, citas de obras de ciencia ficción, coñas e información tan contradictoria como para hablar de manzanas doradas, asegurar en los pies de página que el asunto no es cosa de «jijijaja» aunque lo parezca o elaborar unos mandamientos que se prohíben a sí mismos y no acaban de ponerse de acuerdo sobre si los perritos calientes son obligatorios o están vetados de la práctica religiosa. Dicen los estudiosos que el discordianismo se diferencia de religiones como la del Espagueti Volador en que no se trata de una religión parodia sino satírica, y que incluso puede proporcionar «experiencias religiosas reales».

_______________________________________________________________________

Último juevesismo

Imagen: CC.

Los creacionistas suelen esquivar las preguntas incómodas sobre las lagunas de sus creencias utilizando la legendaria técnica «lo hizo un mago». Concretamente suelen asegurar que Dios creó el mundo por su cuenta de la nada pero lo disimuló muy bien con elaborados fakes: pintó los anillos de los árboles para que diesen la impresión de que llevaban allí años, le puso un ombligo a Adán y enterró huesos de dinosaurio por ahí para echarse unas risas. Los creyentes del último juevesismo opinan que si todo eso es verdad la vida en general bien podía existir tan solo desde el jueves pasado y todo lo que nos rodea (recuerdos incluidos) haber sido colocado ahí por una entidad superior para engañarnos. Un razonamiento tan válido como el de los propios creacionistas.

_______________________________________________________________________

Iglesia de los subgenios

Imagen: CC.

Una orden para «herejes, blasfemos, hackers, descreídos, mutantes, rebeldes y librepensadores» que tiene como profeta a un vendedor de los años cincuenta llamado J. R. «Bob» Dobbs, con quien una deidad, prima de las criaturas de H. P. Lovecraft llamada Jehovah 1, contactó a través de la televisión. El credo de la agrupación asegura profundizar en la ciencia de la burla, el sadofuturismo, la megafísica, la escatolografía, la esquizofrénica, la sarcastrofía, la cinisreligión, la apocalipticonomía, el espectoracionalismo, el moralismo, la hipnopediatría, el subliminalismo, la satirología, la sistoutopianidad, la sardonicología, el apariencionismo, la ridiculofagia y la teología miscelánea. También celebra fiestas en honor a los Monty Python, Drácula y el alien aquel que salía en Ultimatum a la tierra. La inscripción cuesta treinta dólares y la propia Iglesia se enorgullece de estar diseñada para sacar dinero. Incluso tiene una promoción que bajo el eslogan «¡Eterna salvación o te devolvemos el triple de tu dinero!» asegura que si uno es miembro de la Iglesia y acaba aterrizando en el infierno recibirá como compensación un cheque reembolso de noventa pavos y un folleto titulado Cómo disfrutar del infierno por cinco centavos al día, que cuesta tan solo 89,95 dólares. Hay quien dice que es una religión de broma y que todo lo anterior se lo inventaron tres colgados a principios de los ochenta para mofarse del resto de religiones, pero no existen evidencias fehacientes que lo demuestren.

_______________________________________________________________________

Concilio de los bufones fiesteros y borrachos

Pedro I de Rusia según Paul Delaroche.

Pedro I de Rusia era muy de salir con los colegas a liarla y ponerse ciegos por la campiña. En un momento dado la cosas se les fue a todos de las manos y acabaron montando un colectivo fiestero donde se repartían títulos de cardenales, obispos, diáconos o sacerdotes entre sus integrantes y cuyas ceremonias consistían básicamente en emborracharse a lo bestia y organizar orgías. Pedro en el fondo se lo montó bastante bien y perpetuó su Concilio de los bufones fiesteros y borrachos hasta el día de su muerte; entretanto la Iglesia ortodoxa de rusa tuvo tiempo para escandalizarse con todo aquello y llegar a asegurar que el hombre era el mismísimo Anticristo.

_______________________________________________________________________

Iglesia de Google

Imagen: CC.

La Iglesia de Google rechaza a todos los seres sobrenaturales pero al mismo tiempo trata al buscador (al que se refiere en femenino) como una diosa al considerarlo lo más cercano al concepto de deidad que existe, llegando a afirmar que a la hora de la verdad es más fácil demostrar con pruebas su divinidad que la de los dioses tradicionales. En esencia los googleistas no siguen una ideología en particular más allá de interpretar que Google es la diosa definitiva, aunque sí que creen que existe una vida después de la muerte: la caché de Google. Tienen una FAQ bastante maja.

_______________________________________________________________________

La fe en la Unicornio Rosa Invisible

La Unicornio Rosa Invisible. Dramatización (el real es más o menos así). Imagen: CC.

La Unicornio Rosa Invisible es una diosa que, como su propio nombre indica, se las apaña para ser rosa a pesar de tener la carne transparente, y cuya existencia es un hecho irrebatible porque como es invisible nadie puede probar que no exista. Curiosamente los más devotos seguidores de la divinidad parecen ser exclusivamente ateos y escépticos. Serah Eley acotó con certeza sus virtudes: «Los unicornios rosas son seres con un gran poder espiritual, algo que sabemos porque son capaces de ser invisibles y rosas al mismo tiempo. Como todas las religiones, la creencia en los unicornios rosas invisibles se cimienta en la lógica y la fe: tenemos fe en que son rosas, y deducimos con lógica que son invisibles porque no los vemos».

_______________________________________________________________________


El poeta que inspiró la piratería

William Ernest Henley, 1849 – 1903. Foto: DP.

Indiferente a la noche que me envuelve, / negra como un pozo insondable, / doy gracias a los dioses que me otorgaron un alma irreductible./ En las crueles garras de la fortuna / no he llorado, ni gemido en voz alta. / Tras los envites del azar / mi cabeza está ensangrentada, pero intacta. / Más allá de este lugar de rabia y lágrimas / solo está el horror de las sombras, / y la amenaza de los años que están por venir / no me tiene, ni me tendrá, asustado. / No importa lo estrecha que sea la salida, / o cuántos cargos hayan incluido en el sumario, / soy el amo de mi destino: / soy el capitán de mi alma.

Nelson Mandela, confinado por defender el fin del racismo en Sudáfrica, se repitió durante veintisiete años los versos de este poema. Según cuenta en su biografía, sus palabras le ayudaron a tolerar su largo encierro. Leídas en el contexto de una cárcel, cualquier cárcel, cobran un profundo sentido, aún mayor si, como el líder sudafricano, se ha sido condenado a cadena perpetua. Hoy se considera a esta composición poética un himno a la resistencia personal frente a las adversidades, y sin embargo su autor nunca tuvo tal cosa en la cabeza. Se llamaba Ernest Henley, tenía una pierna de madera, una muleta, e inspiró la imagen del pirata tal como hoy la concebimos en la literatura y en el cine. Desde la lejana isla del tesoro de Stevenson, hasta la moderna Piratas del Caribe de Disney.

Henley fue periodista, crítico literario, amigo de escritores y poeta en la Inglaterra victoriana. Los versos que le han resucitado de la historia fueron publicados como «poema IV» en 1874. Iban dedicados a un panadero y comerciante de harinas, Hamilton Bruce, mecenas habitual de escritores, sin mayor intención, en principio, que recrear la belleza poética. Pero cuando veinticinco años después el escritor y crítico literario Quiller-Couch compiló la antología poética The Oxford Book of English Verse quiso aumentar su valor, inventando el título de Invictus. Allí se reunían los mejores poemas ingleses compuestos entre el siglo XIII y el año 1900, quedando Henley incluido entre los poetas victorianos. El poema elegido para representarle, y su nuevo título, parecía indicar que el autor había representado la concepción del estoicismo que tuvo la sociedad victoriana. Habían convertido la corriente filosófica original en una resistencia personal a cualquier precio, unida a constreñir al máximo los impulsos personales, y a poder ser, haciendo que todo ello redundara en mayor gloria del Imperio británico. Salvo esto último, Invictus cumple todos esos preceptos.

Pero Henley no solo no se adaptó al ideario victoriano, sino que por el contrario fue un promotor de la siguiente corriente artística, el modernismo. Una de las ideas defendidas como editor del periódico Scott Observer, hoy llamado National Observer, era que el arte no debía tener una finalidad didáctica, sino servir a la inspiración y la belleza. Y por ello fue el primero en dar a conocer a artistas como Auguste Rodin, el autor de El pensador, o al pintor James McNeill Whistler, a quien hoy se considera el creador del impresionismo inglés. Defender «el arte por el arte» era algo verdaderamente revolucionario en la Inglaterra de su época. Casi tanto como su poesía, que anticipó el nuevo uso del verso libre y la total libertad en los temas elegidos, que ya no tenían que ser sublimes, sino que también podían tomar como imagen lo cotidiano. Pero muy pocos recordaban ninguno de estos detalles de su personalidad cuando, casi cien años después, un líder sudafricano era condenado a cadena perpetua y recitaba una de sus composiciones como un credo.

Nelson Mandela, líder de la lucha contra el Apartheid, había sido confinado en una celda de dos metros por dos, con una esterilla en el suelo por cama, y la tarea de picar piedra durante el día para producir grava. No le dieron libertad ni siquiera para usar unas gafas de sol con las que protegerse los ojos, lo que le acarrearía problemas de visión durante toda su vida. Ejemplo de superación personal y resistencia, decidió estudiar la carrera de Derecho durante la noche. Puede decirse que, ante su presente y su futuro, el repetirse a sí mismo estoicamente y en alta voz, como hacía, «soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma», hubiera sido considerado digno de encomio incluso por los victorianos. Siempre y cuando, claro, Mandela no hubiese sido una persona de raza negra.

Las torturas a que habían sido sometidos los líderes que lucharon contra el Apartheid no fueron conocidas sino hasta después de la liberación de su principal representante. Las mutilaciones y ejecuciones encubiertas de presos en la John Vorster Square, hoy Comisaría Central de Johannesburgo, dieron aún mayor difusión al poema Invictus. Profesores y políticos negros «se suicidaban» o «se desnucaban accidentalmente en las duchas» por crímenes tan terribles como llevar libros prohibidos en el maletero del coche. Ante esta información, el credo de Mandela ya no parecía escrito solo para él, sino para cualquiera que hubiese padecido aquella violenta injusticia: «Tras los envites del azar / mi cabeza está ensangrentada, pero intacta».

Y con el poema, también la figura de Ernest Henley comenzó a suscitar gran interés, en un momento en que además la psicología popularizaba el término «resiliencia». Esta palabra puede definirse, simplificándola, como la capacidad de obtener ventajas de períodos de sufrimiento vital. Y aquí es donde la biografía de Henley contagia a Invictus, convirtiendo al poema en un himno de la resistencia personal. Así hubiera sido si el autor lo hubiera escrito durante su larga estancia de tres años en el hospital. La tuberculosis que padecía desde los doce años había degenerado en una variante ósea de la enfermedad, que infecta las articulaciones. Tuvieron que amputarle la pierna izquierda por debajo de la rodilla al cumplir los veinte para impedir su muerte. Cuatro años después, la tuberculosis ósea se le manifestaba también en la pierna derecha, y todo parecía indicar que también la perdería. Pero en esa ocasión tuvo la fortuna de caer en manos del cirujano inglés Joseph Lister. Un genio de la medicina quirúrgica que descubrió los principios de la asepsia, obligando por primera vez a los cirujanos a lavar sus las manos, el instrumental y las heridas de los enfermos, salvando muchas vidas y permitiendo el desarrollo de la cirugía moderna. A Henley le practicó una serie de intervenciones destinadas a extraer el pus de sus articulaciones, hasta liberarlas de la infección. Le tomó tres años curarle, durante los que el poeta estuvo recluido en el hospital.

Esa estancia hospitalaria dio dos frutos que marcarían de forma radical la historia de la literatura y la cultura de nuestro tiempo. El primero fue el poemario llamado In Hospital. Un hito del verso libre, donde la vida cotidiana del enfermo se nos narra a través de detalles banales, pero importantes, como escuchar una cisterna que gotea durante toda una noche, o el deseo de salir y participar en la vida de los demás, los sanos, cuando se asoma a una ventana. Incluye además vívidas impresiones sobre la sensación de ser dormido mediante anestesia, y despertar después entre la expectación de los médicos. Incluso, aunque lo haga con pudor victoriano, nos habla de la excitación que le causan las apariciones de una virginal enfermera en su día a día. El poemario incluye todo eso, pero no el poema Invictus, que compuso mucho después. Y sin embargo el mito construido sobre Henley identifica esos versos de resistencia con su padecimiento, tal como lo interpretó Nelson Mandela al tomarlo como himno personal.

Treasure Island … New edition, with original illustrations by Wal Page, Londres, 1899. Imagen: The British Library.

El segundo fruto cultural, y el que más presente está actualmente entre nosotros, es el encuentro en el hospital con el escritor Robert Louis Stevenson, autor de El extraño caso del Dr. Jekyll y Mr. Hyde, y de La isla del tesoro. Fue el padre de Virginia Woolf quien los presentó, y el novelista quedó fascinado por Henley, lo mismo que el crítico por el potencial de aquel escritor novel. Stevenson se encontró con un hombre corpulento, muy alto, de anchos hombros, pelo hirsuto y frondosa barba pelirroja. Extrovertido, parlanchín, de risa franca y extensa cultura literaria, se movía, además, con gran agilidad sobre su pierna de madera, valiéndose de una muleta. Si leemos La Isla del tesoro comprobamos que el pirata John Silver es casi una transliteración del mismo: «Su pierna izquierda había sido cortada a la altura de la cadera, y bajo el hombro izquierdo portaba una muleta, que manejaba con asombrosa habilidad, brincando sobre ella como un pájaro. Era muy alto y fuerte, con una cara grande como un jamón, plana y pálida, pero inteligente y simpática». La inspiración está fuera de toda duda, porque el propio Stevenson la confiesa en una de sus cartas. Explicando además que ese ruido que en la novela antecede siempre a la aparición de Silver es el que escuchaba en el hospital visitando a Henley. El golpeteo de su muleta contra el suelo de madera, moviéndose sin que su mutilación le estorbara la rapidez ni la agilidad el movimiento.

No concebiríamos hoy la imagen de un pirata con pata de palo si Henley no hubiera existido. Y tampoco repetiríamos la característica personalidad de John Silver si el novelista no hubiera ido más allá de la apariencia física. Uno de los rasgos de estilo más sobresalientes de Stevenson es la dualidad de sus personajes, que lleva al extremo en Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Silver es un marinero que se comporta de forma paternal con el joven protagonista John Hawkins, aunque luego se revele como un pirata egoísta y cobarde, que huye con un saco de oro y sin un adiós. A pesar de ello sigue cayéndonos simpático y no podemos dejar de admirar su rebeldía, su forma de vivir en libertad y al margen de la sociedad. En Henley están también ambas características. Porque tuvo la paciencia de leer el primer manuscrito de un escritor en ciernes, al que aconsejó pacientemente, siendo fundamental en su carrera. Y dándole una recomendación que iba en contra de la literatura victoriana: debía relegar la intención didáctica para anteponer el entretenimiento. Empezando por acortar ese largo título de El Sea Cook o la Isla del Tesoro, una historia para la juventud. Tal vez ahora nos parezca de sentido común, pero a finales del siglo XIX semejante rasgo de modernidad era absolutamente revolucionario. Como el mismo carácter del poeta que escribió el Invictus.

A la larga, la amistad de ambos hombres se enfrió, especialmente cuando Stevenson, en su madurez estilística, dejó de considerarle un maestro. Las obras teatrales que escribieron juntos acentuaron este desencuentro, y dejaron de hablarse. Por su parte, Henley continúo con una vida llena de adversidades, mientras todos le consideraban el referente de la crítica literaria de su tiempo y su influencia en importantes escritores seguía extendiéndose. Fue amigo de Ruyard Kipling y de J. M. Barrie, que tomó a su hija Margaret como inspiración de Wendy en Peter Pan. La niña, muerta a los seis años por una meningitis, no llegó a ver el estreno de la obra teatral infantil, que fue un verdadero escándalo moral. Los niños victorianos eran adultos por desarrollar y se les animaba a dejar la niñez, por lo que la decisión de Peter Pan de no crecer fue considerada por muchos una atrocidad, y aplaudida por Henley. Su tuberculosis seguía avanzando, y le llevaría a la tumba a los cincuenta y tres años. Pidió ser incinerado y que sus cenizas reposaran, hasta el día de hoy, junto a su hija muerta. A partir de ese momento su nombre iba a quedar para unos cuantos expertos en literatura.

Así fue hasta que en 2009 Clint Eastwood dirigió la película Invictus, narrando cómo en el esfuerzo del ya presidente Mandela por reconciliar Sudáfrica se ayudó de la selección nacional de rugby. En ella puede oírse a Morgan Freeman recitando los versos de Henley, y también a Matt Damon el poema entero, a la vista de la celda y prisión en donde el líder contra el Apartheid estuvo recluido. La fama de esta composición poética, ya potenciada por la biografía de Mandela, se hizo mayor, o al menos alcanzó todos los países en que fue estrenada la película.

Y aunque el hecho de que aquel poeta sigue encarnando de manera indirecta el prototipo del pirata es menos conocido, su personalidad sigue presente a través de John Silver. No por casualidad Jack Sparrow, protagonista de la saga de Piratas del Caribe, comparte sus iniciales. Ya no lleva una pierna de madera, pero sigue dudando entre el egoísmo del pirata y la entrega desinteresada del héroe. Y si su brújula mágica, que podría marcar la dirección en que está el objeto de su deseo, oscila sin encontrar el rumbo, es porque el espíritu de Henley sigue vivo en él, murmurando «soy el amo de mi destino, soy el capitán de mi alma». Un capitán pirata, naturalmente.


Canciones con historia: Ron, ron, ron, la botella de ron

La isla del tesoro. Imagen Walt Disney Productions.
La isla del tesoro. Imagen: Walt Disney Productions.

Todos, cuando niños, habremos cantado alguna vez aquello de «Ron, ron, ron, la botella de ron», el estribillo de la canción pirata más famosa de todos los tiempos. Pues bien, aunque hoy no nos paramos a pensar demasiado en estas cosas, durante décadas su origen constituyó una de las ocupaciones predilectas de los estudiosos de la música folclórica, especialmente en el mundo anglosajón. Raras veces una canción tan conocida y con una historia tan bien documentada generó tanto misterio a su alrededor. La culpa de todo la tuvo Robert Louis Stevenson. El escritor escocés irrumpió en la escena literaria con la inmortal novela La isla del tesoro, un serial de aventuras y piratas publicado inicialmente en una revista juvenil durante 1882, que un año más tarde sería recopilado y editado como novela. Fue un éxito de dimensiones colosales, un fenómeno literario que capturó la imaginación de miles y miles de niños, adolescentes y adultos desde finales del siglo XIX. Pues bien, en el libro se hacía referencia a una canción de la que solamente se reproducía el estribillo:

Fifteen men on the dead man’s chest,
Yo, ho, ho, and a bottle of rum!
Drink and the devil had done for the rest,
Yo, ho, ho, and a bottle of rum!

Esto es: «Quince hombres sobre el cofre del muerto, ¡Yo, ho, ho! ¡Y una botella de ron! La bebida y el diablo se encargaron del resto, ¡Yo, ho, ho! ¡Y una botella de ron!». No eran más que unas pocas líneas en mitad de una novela; podrían haber sido ignoradas porque, a fin de cuentas, era una canción de la que ningún comprador del libro había oído hablar. Sin embargo bastaron para excitar la imaginación de los lectores, despertando un fenómeno cultural que se parecía a lo que ha sucedido con series de televisión como Lost. El público pudo haber tomado aquel estribillo como un mero leitmotiv literario, sin darle más vueltas al asunto. Pero ese maravilloso artefacto llamado curiosidad humana provocó especulaciones sobre el origen de la canción, dando pie a toda clase de leyendas. Los lectores dedujeron que aquellos renglones debían de ser el fragmento de alguna vieja canción marinera cuya letra hacía referencia a una historia perdida en la memoria de los tiempos. Aunque las habladurías se extendieron rápidamente, el propio Stevenson se abstuvo de aclarar (en público) cuál era el significado concreto de aquel estribillo, o de dónde había sacado la canción. Mientras, sus miles lectores se preguntaban: ¿Qué hacían quince hombres sentados en el cofre de un muerto? ¿Qué les había sucedido a los demás, de quienes se habían ocupado «la bebida y el diablo»?

Dada la extraordinaria popularidad de la novela, algunos periódicos y revistas empezaron a recopilar versiones extendidas de la letra, pretendiendo hacerlas pasar por la original. Aquellas versiones eran diferentes entre sí, pero en realidad ese detalle no iba en menoscabo de su verosimilitud; en los himnos marineros, conocidos como salomas o shanties, la disparidad de letras era algo bastante habitual. Las salomas eran canciones que las tripulaciones de los barcos solían entonar mientras trabajaban, así que iban cambiando conforme saltaban de una embarcación a otra. Sencillas y rítmicas, amenizaban tareas repetitivas como tirar de los cabos o remar, eran poco poéticas cuando no directamente obscenas, y rara vez sonaban en las tabernas portuarias. No solían ser muy conocidas más allá de su ámbito profesional, al contrario que las «canciones marineras» propiamente dichas, más melódicas, que eran cantadas por aquellos mismos marineroa en los ratos de descanso o cuando estaban en puerto; esas sí pasaban al folclore general con mayor facilidad. Pues bien, por su evidente naturaleza rítmica, el estribillo de Stevenson debió de haber sido inspirado por un shanty. Diferentes letras de «Dead man chest» comenzaron a aparecer desde los lugares más insospechados, descubiertas por investigadores que se sumergían en el mundillo portuario para escribir fascinantes relatos sobre los marinos que la cantaban, relatos que revistas o periódicos publicaban sin demasiado afán crítico. Algo no muy distinto de lo que hoy puede suceder con los memes de internet, las llamadas «leyendas urbanas» o las habladurías sobre El código Da Vinci. ¿El problema? Que hoy sabemos que la credibilidad de los diarios de la época era escasa y que muchos reporteros primaban una buena historia sobre una de las novelas más populares del mundo por encima del hecho de que, en realidad, no habían descubierto información sólida. Así que nada en claro puede sacarse de todas aquellas publicaciones.

Con La isla del tesoro convertida en un libro universalmente reconocido, seguía sin existir acuerdo acerca de cuál de aquellas versiones de la canción era la verdadera. Años después se escribió una versión que hoy podemos considerar «estándar», cuando el estadounidense Young Allison publicó un poema llamado «Derelict», consistente en la expansión libre del estribillo de Stevenson. En el poema, unos piratas imaginarios narraban una sangrienta matanza, aunque era evidente que se trataba de un juego literario y no una crónica histórica. Con todo, aquella versión tan tétrica satisfacía el morbo del público, así que se hizo muy popular. En Broadway algún productor teatral decidió aprovechar la inmensa fama de La isla del tesoro y de la secuela en forma de poema para estrenar un musical que se llamaría precisamente Derelict. La canción principal utilizaría la letra de Young Allison. Estrenado en 1900, el musical fue un éxito, pero hablamos de unos tiempos donde casi no existían grabaciones, así que quedó rápidamente olvidado.

La novela, sin embargo, no perdió un ápice de su vigencia y durante la primera mitad del siglo XX continuó atrayendo a nuevas generaciones de lectores en todo el mundo. Era uno de los libros infantiles por excelencia, pero además acumulaba un considerable prestigio literario, ya que era ensalzada como una de sus novelas preferidas por importantes escritores (se puede citar a Marcel ProustJorge Luis Borges o Vladimir Nabokov entre sus más devotos admiradores). Su estatus era el de una obra maestra. El cine, como es natural, no fue ajeno a esto. Hubo varias adaptaciones, pero fue la de Walt Disney la que, de carambola, llevó a recuperar la canción de principios de siglo. Después de triunfar con los dibujos animados, Disney se decidió a producir su primer largometraje filmado con actores reales y eligió La isla del tesoro porque era una apuesta segura, como El Señor de los Anillos lo ha sido en tiempos más recientes. Estrenada en 1950, la película obtuvo el éxito esperado, aunque lo relevante para nosotros es que catapultó a la fama a su protagonista, el actor inglés Robert Newton, que encarnaba al pirata Long John Silver.

Newton era todo un personaje, realmente un actor digno de su papel de pirata. Alcohólico e insurrecto, llevaba una vida muy desordenada y pese a su gran éxito con Disney la gran cantidad de dinero que le debía al fisco lo mantenía en una situación desesperada. Como era de esperar en aquellas circunstancias, quiso aprovechar el tirón taquillero de su personaje para intentar salir a flote. Propuso al estudio Disney rodar una secuela, pero no se mostraron interesados, así que aceptó la oferta de otros productores menos renombrados para volver a encarnar a Long John Silver en un film de menor presupuesto, Retorno a la isla del tesoro. Era un proyecto bastante menos sólido, pero la calidad del guion poco le importaba a Newton; el rodaje tenía que servir para ganar algo de dinero con el que evitar que los de Hacienda lo enviasen a la cárcel. La nueva película era, en efecto, muy mala. Desde luego palidecía en comparación con la de Disney, así que no estaba destinada a pasar a la historia, excepto por un detalle… en los créditos iniciales sonaba una melodía que todos reconoceremos al instante:

Aquí vuelve a complicarse la genealogía de la canción. El autor de la banda sonora era un renombrado y prolífico compositor cinematográfico, David Buttolph, que constaba como autor de la melodía. La cual, después de agradar al público de la película, reapareció en una serie de televisión llamada Las aventuras de Long John Silver. Realizada en Australia, la serie servía también para que Robert Newton, todavía atenazado por las deudas, volviera a meterse en el papel del famoso pirata con pata de palo:

Por desgracia, Robert Newton no tardó en morir después de apurar el personaje de Long John Silver hasta el tuétano, además de encarnar a otros piratas famosos. Pero su enorme carisma había convertido a Silver en un icono del cine y la televisión, provocando que toda una nueva generación de niños empezase a cantar la melodía asociada a su personaje. Con aquella redoblada popularidad, el origen de la canción volvió a despertar interés, esta vez incluso por motivos académicos. Durante los años sesenta surgieron estudiosos preocupados por evitar que antiguas canciones del folclore marinero se desvaneciesen en el olvido. Sobre todo en las islas británicas, estos estudiosos recopilaban canciones marineras y shanties que en algunos casos llevaban siglos sonando a bordo de toda clase de buques, pero que a mediados del siglo XX estaban desapareciendo de la práctica marinera por el declive de la navegación a vela. Estudiosos como Stan Hugill o el dúo A. L. Lloyd / Ewan MacColl hicieron una labor extraordinaria en este sentido y muchas antiguas canciones se hubiesen perdido sin ellos, aunque no cabe duda de que otras ya habían sido olvidadas.

Sea como fuere, los investigadores no tardaron en deducir que la melodía utilizada en Retorno a la isla del tesoro y Las aventuras de Long John Silver debía ser la misma de aquella obra estrenada en 1900, Derelict. El compositor David Buttholp había encontrado las partituras de Broadway en algún cajón y las había devuelto a la vida, adaptándolas a la pantalla. Hoy la canción es conocida por diversos nombres: «Fifteen Men», «Dead Man’s Chest», «Bottle of Rum». Pero antes de Broadway resulta completamente imposible seguir el rastro. Excepto algunas inusuales recopilaciones del siglo XIX, las salomas casi nunca habían sido transcritas en una partitura, así que nunca sabremos si la melodía nació en Broadway o fue inspirada por una anterior de la que ya no queda rastro.

legados a este callejón sin salida que terminaba en Broadway, no fue la investigación musical la que continuó arrojando luz sobre el asunto, sino la antropológica y la literaria. Decíamos que cuando Stevenson publicó La isla del tesoro no aclaró públicamente el significado del estribillo de marras. Durante todo el siglo XX el asunto pareció un misterio irresoluble… hasta que un análisis de la correspondencia del escritor dio en la diana, revelando un dato que siempre había estado ahí, oculto entre sus papeles. En una carta que Stevenson había enviado a un conocido suyo, el galerista Sidney Colvin, explicaba de dónde habían surgido el estribillo y con él, la idea para su novela. La idea de La isla del tesoro nació cuando Stevenson estaba leyendo un libro de viajes, At Last: A Christmas in the West Indies de Charles Kingsley. Le llamó la atención un pasaje sobre las Islas Vírgenes donde se mencionaba el sonoro nombre de una isla: Dead Chest. Aquello hizo sonar la campana de su imaginación. Un nombre que bastó, por si mismo, para generar una de las novelas más famosas de todos los tiempos.

En apariencia, Dead Chest no tenía nada de especial aparte de su nombre. No era un puerto cuya taberna estuviese repleta de antiguos cuentos marineros. Es más, la isla siquiera estaba habitada. Era poco más que un pedrusco de apenas un acre de superficie (aunque muy escarpado: ¡llega a los cien metros de altura!) perteneciente una cadena de islotes de las Vírgenes británicas. Está apenas a unos cinco kilómetros de Tórtola, la isla principal del archipiélago, o de la isla de Peter, hoy dedicada a un turismo exclusivo. Más cerca del islote Dead Chest solo hay otros islotes igualmente estériles, aunque algo más grandes. Dada su insignificancia geográfica, antes del descubrimiento de la carta de Stevenson a nadie se le había ocurrido relacionar Dead Chest con la canción de La isla del tesoro, porque casi nadie más allá del archipiélago conocía su existencia. Es uno de tantos pedazos de roca del Caribe. Ni siquiera posee el valor turístico de sus islas vecinas; su contorno está formado por rocas verticales y acantilados, así que es muy difícil atracar o desembarcar allí. De todos modos, no hay nada que ver sobre su superficie.

La isla Dead Chest, vista desde la isla de Peter. Foto: John Sievert (CC)
La isla Dead Chest, vista desde la isla de Peter. Foto: John Sievert (CC)

Pero el islote, pese a su pobre apariencia, resultó tener su propia historia, que fue descubierta, como en los mejores tiempos de las novelas de aventuras, por un explorador. En 1969, el escritor y trotamundos Quentin van Marle estaba haciendo submarinismo en las islas Vírgenes cuando se desorientó y perdió su embarcación. Tras llegar a la tierra firme más cercana, que resultó ser Dead Chest, quedó aislado allí durante toda una noche. No fue una noche agradable. Tuvo tiempo de comprobar que la descripción que se hacía en los almanaques de la región, «islote infame y fantasmal», no se alejaba mucho de la realidad. Era un pedrusco desprovisto de recursos, sin agua dulce, donde únicamente sobrevivían mosquitos, serpientes y lagartos. En palabras del propio van Marle, «un lugar horrible». Y no tenía salida. Aunque las islas habitadas más cercanas no estaban lejos, intentar alcanzarlas a nado era una idea estúpida. Cuando fue rescatado al día siguiente no le quedaban muchas ganas de volver a poner el pie sobre él. Sin embargo, no todo eran alimañas. Indagando en el folclore local de las islas que sí estaban habitadas, van Marle descubrió una antigua historia que databa de inicios del siglo XVIII y que involucraba nada menos que al pirata Edward Teach, más conocido por su inmortal apodo, Barbanegra (uno de los varios piratas que Robert Newton había interpretado en el cine, por cierto). Según un relato transmitido de generación en generación, Barbanegra había tenido que enfrentarse a un motín en su barco justo cuando navegaba por aquellas aguas. Tras sofocar la revuelta, abandonó a los marineros rebeldes en Dead Chest sin comida ni agua. Les dejó una botella de ron y un cuchillo por cabeza, pretendiendo que se matasen entre sí. Cuando regresó treinta días después para comprobar el estado de los amotinados, quince de ellos habían muerto. Catorce sobre la propia isla, y otro ahogado cuando, movido por la desesperación, intentó salir nadando. Su cadáver había sido arrastrado hasta una playa en otra isla.

Así fue como la memoria tradicional del Caribe, unida a la correspondencia de Stevenson, permitió cerrar finalmente el círculo. Stevenson concibió su novela inspirado por un islote cuyo tétrico nombre evocaba el no menos tétrico castigo que Barbanegra impuso a unos marineros rebeldes. ¿Y la melodía? No existe motivo para pensar que existía antes de la versión de Broadway; si lo hizo fue en forma de una canción que se ha perdido para siempre y de la que ni siquiera en el siglo XIX había oído hablar casi nadie. El estribillo, ya lo sabemos, fue una pura invención literaria de Stevenson.

Pero no se puede cerrar la historia de una canción semejante sin otra aventura. En 1994, cuando se conmemoraba el centenario de la muerte de Robert Louis Stevenson, nuestro amigo Quentin van Marle decidió rendirle homenaje a su manera. Por entonces van Marle tenía ya cincuenta años, pero eso no le impidió concebir el alocado proyecto de rememorar el abandono de los marineros de Barbanegra, permaneciendo él mismo durante treinta y un días en el islote, a su suerte y sobreviviendo por sus propios medios. Tras conseguir un patrocinador —una marca de ron, detalle que van Marle calificó como «irónico»— se dispuso a batir la marca de supervivencia de los amotinados de 1700 (si es que había sobrevivido alguno, que las contradictorias tradiciones orales no lo dejaban muy claro). En el entorno de van Marle, como él mismo recordaría después, intentaron hacerle entrar en razón: si ya lo había pasado mal en el islote durante una sola noche siendo mucho más joven, ¿qué podía esperar de treinta días de estancia, casi cumplidos los cincuenta, en un lugar tan infernal?

Pero lo hizo y sobrevivió. Cual Tom Hanks, se las arregló para salir adelante en aquel inhóspito pedazo de roca. Es más, terminó disfrutando la experiencia, pese a lo exigente que había sido para su organismo: «Perdí mucho peso, me salió barba, pero fui aprendiendo a pescar y llegué a saber cuán maravillosamente liberador es estar sin compañía humana. Era un lugar duro, terco, que nunca te daba nada por las buenas; cada palito de leña, cada pez, cada gota de agua tuve que ganármelos y pagar su precio de una manera u otra». Durante aquellas solitarias noches, van Marle podía ver en el horizonte las luces de la isla de Peter. Desde allí le llegaba, amortiguado por los kilómetros, el rumor de las fiestas nocturnas que se celebraran en los resorts de vacaciones para gente adinerada. Era como percibir ecos de otro mundo. Durante un mes, van Marle fue la habladuría del archipiélago, aunque él prefería recluirse en la soledad: «Algunos venían en sus barcos privados para intentar contactar conmigo, pero siempre me sentía feliz al ver cómo se daban la vuelta». Cuando completó su hazaña y regresó a la civilización después de sobrevivir treinta y un días en una roca, fue agasajado como un héroe en aquellas mismas fiestas cuya música había estado escuchando a lo lejos: «Durante un par de días, me mezclé incómodo con los ricos y famosos, tratando de recuperar algún pequeño aprecio por los valores y comportamientos que había estado descartando durante todo el mes anterior». No cabe duda, Robert Louis Stevenson hubiese estado orgulloso de él.


Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos: La isla del tesoro

Fotografía: Andy Field (CC)
Fotografía: Andy Field (CC)

Desocupado lector: esta que empiezas a leer ahora es ya la sexta entrega de Clásicos que deberías leer aunque te digan que deberías leerlos. Seis recomendaciones literarias llevamos, y uno de los comentarios más repetidos en las redes sociales es el de «buf, yo ese no me lo pude leer en el instituto». Normal, claro: quien más quien menos guarda una relación digamos, peculiar, con según qué clásicos —a veces incluso con todos ellos— y muchas veces esto es debido a las clases de literatura de nuestra adolescencia. Por lo general, el que amemos o no los libros depende de si tuvimos o no un docente con suficientes dotes celestinescas.

Aunque esto sucede con todas las disciplinas, en el caso de la enseñanza de la literatura podría parecer a primera vista una tarea sencilla, porque leer sabe más o menos todo el mundo y lo único que hay que lograr es que lo que se lea sea de interés para el lector. Y ese es el quid de la cuestión: «A mí me obligaron a leer el Quijote y nunca he podido con él», dicen unos. «Hostia, el Libro de buen amor, no me enteré de nada», braman otros. Y así desde las jarchas hasta el siglo al que se pudiera llegar porque había poco tiempo y el que había era necesario para hablar de fechas y ciudades. No es este el lugar para reclamar que los responsables de Educación se den cuenta de que a un adolescente, por lo general, le va a dar muy igual el año de nacimiento y muerte de Emilia Pardo Bazán. Pero quizás sí lo es para que usted, lector, reflexione sobre cuánto tiene que ver su relación con los clásicos con lo que sucedió —o sucede, quién sabe si nos leen alumnos de enseñanzas medias— en el instituto.

Y es que hay libros que, por muy buenos que sean, no se disfrutan igual a los quince años. Ojo, no decimos que no se comprendan sino que no se disfrutan. Y cuando alguien no disfruta con la literatura, lo normal es que se aburra con ella. El Cantar de mío Cid, por ejemplo. Recuerde ese famoso y terrible verso: «Dios, qué buen vasallo si tuviese buen señor». Deténgase un momento para leerlo despacio y en voz alta, repitiéndolo las veces que sea necesario. Marque las consonantes y abra bien la boca para pronunciar todas las vocales de cada diptongo. Hágalo delante del espejo: si se asusta de su parecido con Jim Carrey es que van por buen camino. Exagere ahora un poco las sílabas sobre las que recaen los acentos rítmicos (Dios, sa, vie, ñor). Es muy posible que así aprecie mejor el sabor árido y profético de este verso. Por último, mantenga en el paladar unos segundos esa mezcla de sonido y ritmo con significado propio mientras piensa en algún caso de alguien que haya sido condenado por hacer bien su trabajo o acusado en falso para que no siguiera cumpliendo con su deber. Si todo va bien, y ojalá que sea así, algo en su cabeza unirá todos esos elementos (lo que se dice, el cómo se dice y el cómo suena) y usted se sorprenderá al descubrir que un texto escrito hace ochocientos años contiene una frase que se ajusta como un guante doloroso a quien ha sufrido el abuso del poder. Ahora pregúntele a su yo adolescente qué le decía esa frase que pronuncian los lugareños que se ven obligados a cerrar las puertas para no dar cobijo al Cid en su destierro. Sí, es una frase que se entiende, no es especialmente complicada desde un punto de vista gramatical. Pero hay que llevar unas cuantas arrugas en la mochila para apreciar en toda su inmensidad ese grado de compasión y empatía tan solemne como impotente.

También hay libros con los que ocurre todo lo contrario. Libros que o lees de joven o ya de adulto te parecen triviales. Y no nos referimos solo a la saga de El pirata Garrapata, sino incluso algún que otro clásico. Quien lee por primera vez El guardián entre el centeno a los treinta y tantos, por ejemplo, tiene muchas papeletas de que le parezca la historia de un niño bobo y malcriado. Pero quizás unos cuantos años antes hubiera empatizado hasta lo enfermizo con ese joven que se siente incomprendido y que realiza el sueño frustrado que todos tuvimos una vez: escaparnos de casa.

Y luego están los libros eternos. Los libros que no solo seguirán funcionando dentro de muchos siglos sino que valen para cualquier edad. Aquellos que admiten múltiples lecturas que se van desvelando según el lector va creciendo. Uno de estos libros es, claro que sí, La isla del tesoro. Pero, por alguna razón que se nos escapa, cuando pensamos en clásicos no siempre tenemos en cuenta aquellos que pertenecen a esos géneros que la gente de voz engolada considera «menores»: es lo que sucede con la novela de aventuras o con la novela gótica. Pasa con Julio Verne, con Emilio Salgari, con Edgar Allan Poe, con Arthur Conan Doyle, con Howard Phillips Lovecraft y, por supuesto, con Robert Louis Stevenson, autor de tesoros como La isla del ídem o El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde. Sí, sabemos que son clásicos. Llevan escritos desde hace la tira de tiempo, fíjate, cómo no van a ser clásicos. Pero hay cierta condescendencia en el mundo académico al referirse a ellos, como si fueran clásicos de segunda división. Como si ser adulto supusiera tener que renegar de esos libros que nos convirtieron en ese mismo adulto.

Pero esto no sucede en todos los sitios. En el mundo anglosajón estos géneros gozan de cierto prestigio, al igual que sucede, por ejemplo, con la literatura infantil. El orgullo que sienten ingleses y estadounidenses por su literatura fantástica —que no fantástica literatura, aunque también— se nos queda a los españoles un poco lejano entre otras cosas porque Cervantes se encargó de dejarnos claro que los libros con dragones y magos son cosas de gente loca. Lo que es una lástima, porque por culpa culpita de ese prejuicio nos perdemos algunas obras maestras de la literatura que llevan tiempo haciendo las delicias de los que no tienen tantos miramientos hacia la verosimilitud de lo imposible.

En lo que sí estaría de acuerdo Cervantes es en que, al menos una vez en la vida, hay que leer una novela de piratas, y la de Robert Louis Stevenson es la madre de todas ellas. No la primera, claro. Ya en la literatura de la antigua Grecia los piratas hacían sus primeros pinitos. Pero La isla del tesoro contiene casi todo lo que se nos pasa por la cabeza cuando pensamos en este tipo de novelas: un cofre con doblones de oro, un mapa del tesoro, barriles para esconderse dentro de un barco, piratas con cuchillos entre los dientes, piratas abandonados en islas desiertas, piratas cojos con loro en el hombro… Y, por supuesto, mucho ron, ron, ron, la botella de ron.

Pero si es lo de siempre, ¿para qué leer el libro si ya nos lo sabemos? Qué preguntas, oiga. Pues porque este es el original. Y cuando decimos original no nos referimos al más antiguo, que ya hemos dicho que no lo es, sino al más genuino. Dejemos ahora a un lado el hecho de que los ingleses se beneficiaron en muchos casos del pillaje marítimo. Quedémonos en que, por lo general, los piratas siempre habían sido los malos del cuento. Y entonces llega Stevenson y nos presenta a Long John Silver, alguien de quien huiríamos en la vida real pero hacia quien, como personaje literario, es imposible no sentir fascinación. Y esto es así porque el mismo Stevenson no tenía muy claro que la sociedad a la que pertenecía fuera su opción de vida preferida.

by J. Davis,photograph,circa 1891
Robert Louis Stevenson y familia en la isla de Upolu en Samoa. Fotografía: DP

Criado en la rigidez victoriana del siglo XIX, nuestro autor mandó a hacer puñetas los planes de su padre de heredar la empresa familiar y se marchó a California con una mujer casada (oh, qué escándalo). Stevenson sufría de una salud tirando a regular y cuando los médicos le recomendaron un clima más cálido se lio la manta a la cabeza y se trasladó a Samoa, donde pasó el resto de su vida y fue enterrado, casi en las antípodas de su Escocia natal.

¿Por qué nos interesa esto para recomendar la lectura de La isla del tesoro? Porque, como sucedía en muchos de los comentarios literarios de instituto en los que hablábamos del contexto sociocultural del autor y cosas de esas, la vida de Stevenson está muy relacionada con su obra. En sus páginas se respira el deseo de huir de un mundo estable pero aburrido de solemnidad mientras se sopesa la dualidad del bien y el mal como parte esencial e indivisible del ser humano. Es lo que sucede con Long John Silver y en mayor medida con la otra gran novela de Stevenson: El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde.

Pero no se trata de leer un libro tan solo porque su autor tuvo más huevos que nosotros, pobres almas grises que preferimos la comodidad de nuestra rutina y el olor de nuestras colchas. La isla del tesoro debería leerse y releerse porque, ya lo hemos dicho, es una de esas novelas que con los años va descubriendo nuevas capas de lectura. Se podrían clasificar las etapas de la vida de una persona a través de sus percepciones de dicha novela a lo largo de los años.

Qué demonios. No es que se pueda hacer esa clasificación, es que de hecho vamos a hacerla ahora mismo.

El momento ideal para leer La isla del tesoro por primera vez es de niño, a los diez o doce años. Nuestra mirada inocente se parece mucho a la de Jim, el protagonista, al principio del libro. Descubrimos la trama con él con su misma fascinación, y cuando él pisa por primera vez las tablas de La Hispaniola queremos estar allí y escondernos en ese barril para escuchar una conversación terrible. Y sabemos —porque a los diez años las cosas no se imaginan sino que se saben— que algún día seremos nosotros los que pilotaremos ese barco para navegar por el inmenso mar que es la vida que aún tenemos por delante.

La segunda lectura es la del adolescente impetuoso, que encuentra irresistible que Jim sea el héroe que lo soluciona todo. Jim se escapa, Jim roba el barco a los piratas, Jim se nombra a sí mismo capitán de La Hispaniola. ¿A quién le importan entonces las opiniones de Livesey, Smollett y Trelawney, que son los típicos adultos al mando que no saben nada del mundo real?

En torno a los veinte años nos sentimos iluminados por la oscuridad de la novela. Es ahí cuando se desvela nuestra bella e incomprendida atracción hacia los malvados. Long John Silver, el taimado y peligroso cocinero, se nos aparece como un renegado, un rebelde astuto y encantadoramente manipulador. ¿Cómo no amar a alguien con semejante afán autodestructivo?

Rondando los treinta reflexionamos sobre la relación con nuestros padres, cuánto de ellos hay en el adulto que somos y cómo nos las apañaremos si algún día llegamos a tener hijos. Si en ese momento releemos La isla del tesoro lo que más llamará nuestra atención será el darnos cuenta de que Jim, huérfano de padre, siente más afinidad hacia Silver que hacia el resto de las otras posibles figuras paternas del libro. Algunos incluso sonreímos con emoción cuando vemos que esa afinidad es mutua, y que la admiración que Silver siente hacia Jim es tan peligrosa como sincera.

A los cuarenta, el poco tiempo libre que nos concede la paternidad nos hace soñar en secreto con escapar y gozar de ese mundo en libertad que sabemos que ya no será parte de nosotros sin dejar a alguien en la estacada. Es el momento de desempolvar nuestra novela de piratas favorita para degustar el hermoso canto a la soledad que encierra el libro: frente a la ruidosa multitud de la tripulación, frente a los motines, luchas y explosiones, Jim es un héroe que resuelve las cosas a solas. Y así, más de un cuarto de siglo después de haberla leído por primera vez, seguimos sintiendo un poco de envidia ante la euforia de Jim con su recién estrenado mando de capitán y cómo su conciencia, que antes le había recriminado por su temeridad, había enmudecido ante la gran victoria que había supuesto.

oie_YAwr8SQg2VkQ
La isla del tesoro (1990). Imagen: Turner Pictures / Agamemnon Films / British Lion Film Corporation

Llegan los cincuenta y al echar la vista atrás nos preguntamos qué podría haber sido de nosotros si hubiéramos tomado un camino distinto en ese jardín de senderos que se bifurcan al que nos gusta llamar vida. ¿Qué habrá sido de aquellos amigos a los que abandonamos o que nos abandonaron, aquellos a quien un día consideramos miembros imprescindibles de la tripulación de nuestro día a día? Ahora que las energías ya no son las mismas y no nos sentimos con las fuerzas necesarias para lanzarnos a alta mar, algunas noches nos da por pensar que si tuviéramos una segunda oportunidad haríamos las cosas de otro modo. Y entonces recordamos a Ben Gunn, el pirata abandonado por los suyos en una isla desierta que consigue redimirse a lo largo del libro.

A los sesenta creemos conocer, al menos de oídas, todo lo que merece la pena conocer. El mundo es de una forma determinada que hemos moldeado según nuestra propia experiencia y la llegada de los nietos nos ayuda a renegar de la temeridad de Jim y de la maldad retorcida de Silver. Nuestro héroe ahora es el doctor Livesey, cuya mezcla de serenidad y rigor incluso en los momentos más peligrosos es el único modo posible de solucionar cualquier problema en nuestro entorno más cercano.

A los setenta, la juventud ya no es un divino tesoro sino un país lejano y diminuto al que miramos con simpatía y algo de condescendencia. Es el momento, sin embargo, de recordar las pasiones auténticas de la adolescencia, cuando aún no sabíamos nada de la vanidad del mundo y sus placeres. Será entonces cuando mejor apreciemos que Jim sea el único personaje al que le interese más la aventura que el oro y que ni siquiera le emocione la posibilidad de ir a buscar el nuevo tesoro del que se habla hacia el final del libro.

A los ochenta tenemos la total certeza de que la vida es ante todo un viaje. La isla del tesoro es una lección de vida que comienza con un niño descubriendo un mapa misterioso y termina con ese mismo niño, ya hombre, que ha luchado contra el mal, contra el bien y contra sí mismo. Ha sido un proceso de aprendizaje completo tras el que solo queda descansar con la satisfacción de haber hecho lo que siempre quisiste hacer. Y con la modestia de Jim, que nunca presume de sus hazañas.

A los noventa, puesto ya el pie en el estribo, la vista nos escasea y hay días en que las manos apenas pueden sujetar con fuerza el bastón en que nos apoyamos. Tras perder a mucha gente en el camino los personajes ya no nos parecen tan importantes como la descripción del mundo que ya no podremos conocer. Hemos vivido el amor y la derrota, el desencanto y la esperanza y quién sabe si a pesar de ello o como una consecuencia lógica sabemos que el mundo es un lugar extraordinario que pese a todo ha merecido la pena. La Hispaniola ya no es sinónimo de aventura sino el barco en que haremos nuestro último viaje mientras nos dejamos fascinar por la belleza de la luz del sol y sus matices infinitos.

Por supuesto, esto es solo una propuesta de lecturas y relecturas. No nos cansaremos de decir que todo clásico tiene tantas interpretaciones como lectores, así que disponen ustedes de toda una sección de comentarios esperándoles para que aporten las suyas.

AYUDA PARA VAGOS Y MALEANTES:

Si aún así se atreve a reincidir en el pecado abominable de no leer a Stevenson, recuerde que tiene a su disposición una buena cantidad de versiones. Las múltiples adaptaciones cinematográficas de La isla del tesoro suelen ser conocidas por el actor que daba vida a Long John Silver. Es el caso de la de Orson Welles en 1972 y la de Charlton Heston para televisión en 1990, con cameos incluidos de Christopher Lee y Oliver Reed, entre otros. Pero si quieren ver algo divertido y apasionante al mismo tiempo, no se pierdan la versión de los teleñecos con Tim Curry (sí, el payaso terrorífico de It) como Silver. Puede parecer poco serio recomendar esta versión, pero es bastante más interesante que El planeta del tesoro, versión sci-fi de Disney.

Si es usted de los que disfrutan con lo que pasó antes o después de la historia, está de suerte. Dado el tremendo éxito de su novela, el propio Stevenson escribió otros textos con algunos de los personajes, y poco después de su muerte ya comenzaron a aparecer secuelas y precuelas. Una secuela contemporánea a la que merece echar el ojo es Retorno a la isla del tesoro, escrita en 2012 por Andrew Motion en la que el hijo de Jim y la hija de Silver buscan el tesoro que no fue encontrado en el libro original. En cuanto a precuelas, una cita ineludible es Black Sails, una serie de 2014 con el capitán Flint como protagonista y en la que Silver es un jovencito recién enrolado en su tripulación.

Pero si lo que quieren es volver a sentirse niños, nada como revisar esta serie de animación japonesa de 1978.

Por una vez, y sin que sirva de precedente, no diremos aquello de «qué envidia me das» si no han leído jamás La isla del tesoro: cualquier lectura de la novela que no hayan hecho es algo que ya se han perdido para siempre. Pero aún están a tiempo. Corran a buscarlo y prepárense para realizar, literalmente, el viaje de su vida.


De La Isla del Tesoro a Black Sails

Black Sails. Imagen de Starz.
Black Sails. Imagen de Starz.

O quizá deberíamos decir de Black Sails a La isla del tesoro, pues aunque esta serie esté inspirada en el clásico de Stevenson se presenta como una precuela suya, con el feroz capitán Flint a bordo del Walrus, un tesoro aún por enterrar y un joven y simpático Long John Silver antes de perder la pierna y pasarse al Lado Oscuro. Se trata de una de las novelas más leídas del mundo, tal vez el último libro en dejar un recuerdo positivo en las mentes juveniles antes de que otros les lleven a coger aversión por la lectura, así que partiendo de semejante material habría sido muy difícil echarlo a perder. Aunque esté por medio el productor Michael Bay, cuyo sello artístico consiste en aderezar con napalm cualquier historia que quiera contar. En cuanto le hablaron de rodar una serie de piratas sospechamos que se puso a fantasear con la mirada perdida sobre cañonazos entre barcos, fuertes en islas disparando cañonazos a barcos, barcos con barriles de pólvora en sus bodegas que al detonar generan un hongo nuclear… aquí iban a reventar en llamas hasta los cocos. Y efectivamente algo hay de todo ello, pero quizá por contar también con otros productores está más contenido de lo habitual.

Una vez establecido lo fundamental ya solo faltaba ultimar los detalles. Como por ejemplo añadir sexo, mucho sexo, si es alguna escena lésbica entre dos hermosas zagalas pues mejor aún, que por algo es una serie contemporánea. ¿Y qué mejor excusa para incluirlo que poner como uno de los escenarios principales de la serie un prostíbulo? La idea es eficaz aunque no muy novedosa: Los Soprano ya tenían el club de striptease Bada-Bing y en Deadwood estaba el Gem Saloon. Dado que la historia se desarrolla a comienzos del siglo XVIII en la isla de Nueva Providencia —que fue realmente un refugio de piratas— la pequeña ciudad ahí formada por bucaneros, antiguos esclavos, comerciantes y oportunistas de toda condición no podía estar completa sin su local de esparcimiento. Al igual que en Deadwood, es una de las primeras instituciones en formarse cuando un grupo de pioneros se asienta y comienza a ser algo más que un caótico cúmulo de individuos, es el punto de inflexión. Si hay puticlub hay civilización. El problema es que aquí no vemos a ningún Al Swearengen al frente soltando inspirados monólogos shakesperianos; han dejado sin copiar lo que era precisamente la mejor parte.

Lo más parecido que veremos en ese papel de cabecilla de las fuerzas vivas de la comunidad es a la dueña de la taberna y organizadora del mercado negro, interpretada por Hannah New, conocida en España por la serie El tiempo entre costuras. Pero ni los diálogos que le toca recitar tienen de lejos la brillantez del otro, ni tampoco parece realmente la actriz más adecuada para el papel. Con ese aire de frágil princesa que gasta cuesta tomársela en serio repartiendo puñetazos y encarándose a piratas borrachos. Toby Stephens sí encaja mejor como el siniestro Flint, el capitán al mando de una tripulación de la que «hasta el mismísimo diablo habría tenido miedo de embarcarse con ellos», como nos relataba Stevenson, y que sin embargo se nos muestra en toda su humanidad. No es un dechado de simpatía y piedad pero comprendemos por qué hace lo que hace. No se limita a lanzar una carcajada recreándose en su propia maldad tal como el cine y la propaganda política acostumbran a retratar a los antagonistas, aunque luego no veamos gente así. En el mundo real nadie es malo a tiempo completo y mucho menos es consciente de serlo. Todos tienen sus razones, por descabelladas que sean, y se ven a sí mismos del lado de los ángeles, faltaría más.

En este aspecto es donde se da la mayor sintonía de la serie con la obra en la que se basa. Porque La isla del tesoro no es simplemente una historia de piratas, como el Quijote no se limita a ser una novela de caballerías. Es la complejidad moral de sus protagonistas la que la ha elevado a clásico de la literatura universal y hace que su lectura resulte tan estimulante. Tal como dice Fernando Savater de esta novela: «nunca la vocación del juicio tajante y definitivo que el moralismo se cree siempre en condición de dictar se ha visto tan irremediablemente frustrada». El protagonista cambia de bando según sus propios planes y lo más desconcertante es que en ambos pueden tener buenos motivos para confiar en él. Trelawney y el doctor Livesey parecen encarnar la rectitud, aunque en realidad actúan movidos por la ambición y el oportunismo. Y qué decir de John Silver, aparentemente un afable cocinero a ojos de unos, pero también un temible pirata para quienes lo conocen mejor. Alguien que está dispuesto a encabezar un motín y que es capaz de matar a quien no le siga la corriente pero que en el momento decisivo salva al protagonista al que, a su manera, siempre fue leal. En la serie lo vemos mucho más joven y cuando aún podía caminar sin su característica muleta, pero ya apunta maneras en su habilidad para caer siempre de pie cada vez que las circunstancias lo arrojan a uno u otro lado. Aunque si hemos de quedarnos con una interpretación de este pirata nos decantamos por la de Charlton Heston —en lo que probablemente sea el mejor papel de su carrera— en la excelente adaptación para la televisión del libro en 1990, que contaba también con un jovencito Christian Bale.

Black Sails de momento solo cuenta con una temporada de ocho episodios, de manera que tiene mucho margen por delante para mejorar o echarse a perder. Como es habitual en el género los españoles tienen (tenemos) un lugar destacado como detonante de la narración, siendo la presa a cazar pero sin dejar de ejercer por ello de repugnantes malvados. Aunque apenas aparecen en carne y hueso en el último episodio, queda por tanto para la siguiente temporada ver si serán retratados a la manera en que lo hacía el cine clásico de piratas, ese de Errol Flynn y Burt Lancaster, como auténticos morlocks de modales zafios, dientes mellados, escasa inteligencia y, cómo no, una piel muy oscura que al parecer era indicio de esa subhumanidad frente a los arios anglosajones envueltos en su aura de luz.

En resumen: el libro es mejor, por supuesto, pero se trata de una serie entretenida, ambientada en un entorno paradisíaco, con unos actores en general acertados y unos cuantos cañonazos de vez en cuando para mantenernos despiertos. Con esos mimbres podría haber sido mucho mejor, pero aguanta el tipo si la ponemos entre Roma y Vikings. Junto a Spartacus ya no, que eso es canela fina.

Black Sails. Imagen de Starz.
Black Sails. Imagen de Starz.