Manuel Jabois: “El primer deber de un columnista es pasar de los lectores”

Qué malos son los prejuicios. En mi arrogancia capitalina esperaba que el periodista y escritor Manuel Jabois (Pontevedra, 1978), un gallego receloso de venirse a Madrid, llevase poco menos que la boina calada hasta las cejas y no diera más que respuestas lacónicas subido en medio de una escalera. En lugar de ello nos encontramos a alguien con apariencia de intelectual parisino, locuaz y rodeado de mujeres exuberantes (bueno, en realidad era una y pasaba por ahí). Toda una estrella del rock en la intimidad. El autor de Irse a Madrid —un libro divertidísimo al que sólo puede reprocharse su brevedad—, periodista de Diario de Pontevedra, columnista de El Mundo y ganador del Premio Julio Camba, habló largamente y gin-tonic en mano de lo que más le gusta: periodismo, libros, fútbol, mujeres…

En lo que escribes siempre se aprecia un tono de humor, a menudo dirigido contra ti mismo ¿Eso es por inseguridad o por lo contrario?

Hay un momento de la escritura en el que yo sería feliz enviando mi artículo a todo el mundo que lo va a leer, recibir su aprobación y entonces publicarlo. Y otro, más adelante, en el que me tiro por el barranco. Funciono con muchas inseguridades, es casi un equilibrio imposible que a veces me destroza los nervios. Porque escribo arriesgadamente deprisa y a veces tal como hablo. Me cuesta entender que no es lo mismo hablar en un bar que escribir en un periódico. Y en el fondo pienso que ojalá no lo entienda nunca.

Se te nota, además del humor, cierto tono melancólico. ¿La melancolía es algo inseparable de la literatura?

No he leído tanta literatura como para saberlo, pero en lo que a mí respecta soy muy del tiempo perdido y de andar cabeceando angustiado. Alvite tiene una frase preciosa referida a uno de sus personajes: “Una de esas mujeres a las que estás echando de menos antes de que te la presenten”. Pues yo soy ése que está echando de menos. Siempre pienso en lo que pudo ser. Me desconciertan las cosas en las que fallé. Lloro por la gente a la que de un modo u otro olvidé. A veces me gustaría que la vida durase doscientos años y otras, veinte. Lo dijo Michi Panero: “Éramos tan felices” y yo repito la frase aun siendo más feliz de lo que era entonces. Pero básicamente mi humor se sostiene amargo cuando la cosa va mal y espléndido cuando no. Me veo y me gusto, pero sin llegar al ridículo ni a pregonarlo por ahí. Paso mucha vergüenza cuando algo me va bien; no estoy acostumbrado a eso y tengo la sensación de que me están regalando una cosa que no merezco. Mi amor propio llega hasta ahí. Y en esto de las entrevistas que se me hacen y demás soy claramente un impostor, porque es un mundo en el que no tengo nada que ver ni sobre todo, nada que decir. No pertenezco a él. Así que en cierto modo me siento a esperar a que acabe la farsa.

Al opinar sobre política, parece que si se alude por ejemplo a la invasión de Irak, algún lector responderá siempre “sí, muy bien, pero de ETA no has dicho nada”. Pero si se escribe algo sobre ETA, entonces otro te reprochará que sobre Franco no has dicho nada… ¿Te influyen esos comentarios de los lectores?

No. Llevo unos años escribiendo columnas y he aprendido algo asombroso: unas gustan a unos, unas gustan a otros, unas no gustan a casi nadie y otras, las menos, gustan a casi todos. Creo que de los lectores hay que pasar y dedicarse uno a estar satisfecho consigo mismo y su trabajo. Ese es el deber del columnista. Ya sé que mi tentación al acabar de escribir es enviarle el artículo a media España antes de publicarlo, pero al final se impone el riesgo (risas). Sobre si se elige un tema u otro, tampoco le doy mucha importancia porque no me dedico a cambiar gobiernos. Me preocupa más el juego que pueda dar el artículo. Como cuando la Junta de Extremadura organizó un taller de pajas, por ejemplo. Yo esa columna no la suelto así haya un golpe de Estado. Lo primero es mi numerito; después, el país.

En tus escritos no suele apreciarse un posicionamiento político demasiado beligerante. ¿Eso es un poco raro en España, no?

Cuando firmas una columna lo normal es que algunos lectores te quieran separar las patitas para mirarte el sexo y ver de dónde vienes. En Galicia es lo primero que le preguntamos al desconocido: “Ti de quen eres?”. Hay quien está acostumbrado a leer para que se les dé la razón y eso no está mal, porque cada uno lee el periódico como le conviene. Yo noto a veces cómo me escrutan, como entomólogos con su lupa, para saber si estás con ellos o contra ellos. Mira, hace un año mis amigos empezaron a tener hijos de repente. Y un día me encontré con uno del cual no recordaba si había tenido niño o niña, así que cuando se apartó un momento del carrito aproveché para asomarme un poco al pañal a ver qué había. Imagínate la zozobra del padre cuando me descubrió de repente con la mano allí. Pues eso me ocurre a mí cuando me quieren ver el carné que por supuesto no tengo.

¿Estás indignado?

No estarlo es una indecencia. Ese movimiento es un privilegio que ha tenido España. Me llama la atención y me causa cierto repudio que se le reproche a la gente que salga a la calle a protestar. Como si aquí nadie pudiese levantar la voz mientras pagamos a los que nos arruinan. Les llaman porreros y comunistas cuando es sentido común. Reducirlo a los porros y a la izquierda me parece una frivolidad.

Y les llaman perroflautas.

Salir a la calle es una de las pocas cosas dignas que han pasado en España desde la crisis. Yo espero sinceramente que dure. Protestar contra el poder siempre es algo bonito que une mucho.

Has escrito una novela (A estación violenta) en la que según las críticas se nota la influencia de  William Faulkner.

No, no. ¿Qué críticas? Pobre Faulkner. Escribí esa novela a lo largo de cuatro años, a saltos y en tiempos convulsos; la publiqué por vanidad, ya que la vida se puede acabar en cualquier momento y quería tener un libro publicado. Pero no me reconozco ahí. Tenerla está bien. Como lector no avanzo mucho en ella. Es como ver fotos de la adolescencia en chándal.

En esa presentación en Pontevedra que mencionabas amenazaste con seguir escribiendo más novelas “hasta lograr una que le guste a alguien”. ¿Tienes algo en marcha?

Es casi norma que un periodista diga que tiene una novela en marcha. No tengo nada empezado, pero sí ganas de hacerlo. Lo que pasa es que a mí me gusta mucho el periodismo y me absorbe todo el tiempo. Estoy escribiendo una cantidad de palabras a la semana terrible. Y además la mejor historia es la que tengo delante de mí, la que puedo escribir con testimonios y atando todos los cabos mejor que con algo que salga de mi cabeza, que además no es muy original ni imaginativa.

Respecto a esto que mencionas sobre que prefieres la realidad, el otro día citabas la frase de Pla acerca de que leer novelas a partir de los cuarenta es de cretinos.

Es una frase redonda y probablemente tenga razón si hasta los cuarenta años has leído novelas. Yo he leído muy pocas, y además un poco cretino lo he sido siempre. Mi cultura es periodística y me eduqué con el periódico de mi padre abierto en casa. Una buena historia como Raval de Arcadi Espada o El adversario de Emmanuel Carrère la prefiero a Cien años de Soledad. Me seduce lo que puedo tocar. Hace años me preguntaron si prefería ganar el Nadal o entrevistar a Amancio Ortega. No hay duda. Ortega aparecía en los años sesenta en los Almacenes Clarita de Pontevedra a vender batas de guatiné y hoy es el séptimo hombre más rico del mundo. Cómo voy a inventar nada si puedo escribir sobre algo así.

De los que sí has podido entrevistar ¿quién es el que más te ha llamado la atención?

Carlos Oroza. Quizá porque también lo tengo más fresco. Me pareció una persona insólita, que es lo mejor se puede decir de un poeta. Me fascinó Santiago Carillo porque tenía 23 años y él había estado en el despacho de Stalin. Le preguntaba todo el rato que cómo era Stalin y Carrillo alucinaba. Me impactó Maite Pagaza contándome lo de las cartas de su hermano a la Ertzaintza diciendo que sabía que lo iban a matar.

Porque le habían quitado la escolta, ¿no?

Sí, a Joseba Pagazaurtundua le quitaron la escolta y alertó de que entonces lo podían matar [y así fue]. Cenamos con la pareja de escoltas de ella en una mesa del fondo.

Comenzaste en esto siendo corresponsal en Sanxenxo, no debía ser cosa fácil encontrar algo que contar.  

Fue muy divertido. El principal reto era llenar la página y te pasabas el día paseando por las calles buscando cosas, pero en un pueblo como aquél no pasaba nada en invierno. El periódico nacional tiene que seleccionar temas, pero en uno local a veces lo que entra, vale. Si el viento movía un árbol ya tenía tres columnas para rellenar, a veces advirtiendo un poco y tal: “riesgo de…”. No llegaba al extremo de Bernhard, que como periodista llegaba a inventar incendios, pero a veces me ponía melodramático. Tengo grandísimas historias de aquella época. Y mis primeras exclusivas, noticias muy simpáticas; colaba muchas en portada y cada día de esos era el mejor de mi vida. Por ejemplo recuerdo, y te estoy hablando de memoria, que tuve acceso a la lista que iba a presentar el PP y la iba goteando día a día. En una titulé que tal concejal iba a ser “defenestrado” y el tipo se lo tomó a la tremenda. “Así que defenestrado. Defenestrado te voy a dar yo a ti”, me decía. Otros daban una rueda de prensa y te llamaban en mitad de la tarde: “Oye, estuve dándole vueltas al titular, ¿y qué te parece si titulamos…?”. Fue una época muy bonita. No sabía escribir y tenía todo el hambre del mundo. Nunca me sentí tan periodista como cuando fui corresponsal de mi pueblo. Por cualquier problema te llamaban los vecinos a casa. Y en las intrigas municipales y las confesiones de bar me movía siempre muy bien, porque tenía veinte años, estaba siempre de resaca y nadie me tomaba en serio. Luego les llamaba “defenestrados” y se me echaban a Dios.

Sueles contar vivencias y anécdotas personales. ¿Alguien se te ha molestado por ello?

No lo sé. Quiero decir, si alguien se ha molestado no me le dijo. Desde luego nadie ha tenido ningún problema por mi causa. Hace un año comencé a escribir en mi web unos diarios personales en los que sí se reflejaba más crudamente mi vida y lo que la rodea, y aunque dejaba el foco puesto sobre mí la luz alcanzaba a un círculo más íntimo. Los tengo un poco dejados por exceso de trabajo, pero siguen abiertos y de vez en cuando entra vida. Ahí sí recibí quejas porque en el fondo uno escribe como si no le importase nada y acaba llevándose todo por delante. Me gusta escribir sinceramente. No he decidido escribir hasta hace muy poco, aunque lleve haciéndolo media vida. Porque escribía muy mal hasta los veintisiete o veintiocho años, que es una edad en la que escribir mal cuando se lleva desde los veinte en el periódico tiene un cierto mérito. Además siempre me he visto en el alambre. Tiendo al catastrofismo y mi mayor terror es acabar en la calle. Pero acabar en la calle de verdad, durmiendo. Un día he de preguntar en mi familia si alguien acabó así, porque me parece un miedo heredado. Y sin carrera, torpe como soy, que fui camarero sin saber hacer cafés, no lo tuve nada claro hasta que hace dos años decidí escribir ya para siempre, que es una decisión que da mucho miedo. Y eso significa escribir mucho, a veces para ganar dinero y otras para perder amigos. De momento, como no me traiciono a mí mismo y no traiciono a los demás, puedo decir que no se ha molestado nadie. O no al punto de tener que venir a contármelo.

Hoy día con los blogs y las redes sociales los periodistas parece que han perdido el monopolio como intermediarios e intérpretes de lo que pasa en el mundo.

En la red social puede haber cotilleo y también filtración. La semilla, muchas veces, de una buena noticia. En Twitter te pueden decir que ha habido un crimen en la calle Rosalía de Castro, pero eso no lo vas a publicar en el periódico. Tienes que ir allí, reunir las piezas y hacer con eso un trabajo. La noticia la puede ver cualquiera, pero contarla no. Si ahora entra un ladrón puedo sacarle una foto con el móvil y subirla a Twitter. Pero eso no es una noticia. ¿Cómo acabó? ¿Quién era ese tío? Algo más debe hacer el periodista que ser un pregonero.

Además de frecuentar Twitter, ¿qué webs o blogs sueles visitar? (que no sean porno)

Entro cada vez menos en porno y no sé hablar inglés, pero con la jerga que aprendí ahí podría dar una conferencia. Eso sí, siempre tengo la pestaña de guardia para relajarme si las cosas se tuercen. Dicho lo cual, un blog literario que me gusta mucho es el de Marcos Abalun tío leído que escribe de maravilla. Junto a él, Conde-Duque es otra preferencia; de los dos aprendo muchísimo, porque tienen una cultura fina y vastísima pese a ser jóvenes. Presumo de su amistad. Uno cuya influencia en mí es brutal es el de José Antonio Montano. Sobre libros viejos La Biblioteca fantasma. Retranca y talento en Chez Cota. Y para enterarse de política internacional con un periodista que escribe estupendamente: Obamaworld de Jordi Pérez Colomé.

Has publicado recientemente una colección de columnas titulada Irse a Madrid. ¿Sigues siendo reacio a venirte a la capital?

Hombre, yo en Galicia lo tengo todo, pero tenerlo todo todo el tiempo acaba convirtiéndose en tontería. Así que depende del día en que me lo preguntes. Tampoco puede uno vivir toda la vida en un mismo sitio. Puestos a elegir me gustaría irme a vivir al extranjero, que es lo que me interesa de escribir una novela: dar un pelotazo.

Escribiste una vez que “Galicia no es una nación: es una orgía”. Eso no hay eslogan de ninguna consejería de turismo que lo supere.

Galicia para disfrutar es una gozada, y no hay nada patriótico en esta afirmación ni vanidoso, porque las rías no las organicé yo. Pero cuando estás toda la vida tomándote un vino con una puesta de sol delante del mar… A esa persona hay que arrancarla de ahí por una cierta cantidad de dinero.

¿Nos recomiendas algún sitio de Pontevedra en concreto?

A botepronto en el asador San Blas hacen unos chuletones de buey a la piedra tremendos. Pero en cualquier lado de las Rías Baixas te salta la comida a la cara.

En la contraportada de ese libro se te define como “mujeriego”. ¿Eso como se consigue?

Con fama, porque la fama siempre va muy por delante de la realidad. Aquello de maté a un perro y me llaman mataperros. Pues yo maté a un perro y lo conté en el periódico. En mis artículos claro que hablo de cosas que me han pasado con mujeres, pero hombre, tampoco mucho y sin sangre —aunque sangre en ocasiones ha habido—. He tenido muchas relaciones y mejor así, porque me encantan las mujeres. Y como todo el mundo, en la veintena follaba sin preguntar quién estaba delante. Pero mujeriego me parece una palabra de príncipe monegasco. Yo soy más bajuno, no galanteo. Y en cualquier caso a partir de cierta edad con las mujeres hay que aparentar indiferencia, porque no vas a estar toda la vida detrás de ellas con la lengua fuera. Ese tipo de hombre a mí siempre me dio mucho asco, por decirlo finamente.

Enric González nos dijo en una entrevista que notaba a gente de su alrededor que posa para salir en sus libros. ¿Has percibido algo similar?

No. La gente con la que me relaciono no sabe que escribo, y si lo sabe lo olvida muy rápidamente, porque no doy el tipo de alguien que escriba. Parezco más bien un estudiante de Uned, de esos divorciados con hijos que viven en casa de sus padres. Además no escribo libros, escribo artículos. Y esas piezas personales a las que supongo te refieres las escribo poco y procuro que sean divertidas, benignas. Luego sí pasa que ante cualquier pequeña catástrofe la persona que te acompaña sabe que lo vas a escribir, pero vamos, no se pone a actuar. No puede ser que yo estrene casa el día de Nochebuena, me quede de puertas afuera, el cerrajero despierte a todo el edificio a las seis de la mañana y yo no vaya a escribir una línea de eso. Es inconcebible. Eso no sería un escritor ni sería nada. Recuerdo una vez, al estar deteniendo la policía a algún amigo, que casi lloraba detrás del agente: ¡lléveme a mí, que escribo mejor que él!

¿De la literatura de humor con quién te quedarías y por qué?

No sé cuál es la literatura de humor. O sí la intuyo, pero no la tengo catalogada. Disfruto del humor impasible de tipos como Chesterton o Wilde, de la retranca afilada de Camba o Fernández Flórez, que me recuerda a mi abuelo. Es un humor muy cabrón, porque te dice cosas muy serias de coña y es muy difícil reaccionar. Pero a mí me divierten muchas cosas. La escritura maravillosa me llena de felicidad, me pone de buen humor. Colegas míos, del oficio, suelen decir con cariño alguna vez: “Qué envidia me das, qué envidia negra te tengo”. Pues bien, no soy capaz de envidiar a nadie que escriba mejor que yo porque disfruto tanto leyéndolo que no encontraría el mismo placer escribiéndolo yo, buscando fallos obsesivamente. Yo envidio, ¡claro que envidio!, muchísimo; envidio lo que se envidió toda la vida: el dinero, la casa de la playa, el barco, las lectoras que quieren que les firmes una teta fantástica… ¿Pero escribir? No, escribir no se lo envidio a nadie. No me cabría tanta envidia en el cuerpo. Además soy insufrible. Puedo leer algo mío antes y después de publicarlo unas seiscientas millones de veces. Al final acabo viendo en el texto gigantes en lugar de molinos. Y como me resta tiempo para leer otras cosas, me acabo influyendo en la escritura, me retroalimento de tal forma que soy mi mayor influencia y cada vez me parezco más a mí escribiendo. Lo cual es una ventaja porque como soy muy dado al plagio, conmigo no tiene consecuencias legales. O sea que, volviendo a la pregunta, me quedaría conmigo pero no porque me admire, sino porque me estoy volviendo loco.

Respecto al fútbol, eres madridista. ¿Tienes alguna esperanza para este año?

El madridismo es lo único que me queda de la infancia, así que es un madridismo irracional y tremendista. Eso significa para mí el Madrid. ¿Si hay esperanza para este año? La de siempre. El club tiene un entrenador a la medida, como si a Cenicienta le hubieran encajado unos manolos.Y el Madrid no concibe otra cosa que ganarlo todo, por esos sus derrotas tienen una épica y un componente trágico que no tiene ningún equipo. Un empate del Madrid es el fin del mundo. Hace más de veinte años caímos frente a nuestro gran rival histórico en Europa por 5-0. Desde entonces me río yo de los fuskushimas y las bombas nucleares.

Por cierto, Xabi Alonso es seguidor de Jot Down; dile algo, que igual nos está leyendo.

Me gusta mucho Xabi Alonso, hace poco escribí no sé dónde que en su barba roja florecen los campos de Faulkner. Además me llama la atención físicamente. Anda por el campo como golpeado, con los ojos entrecerrados, como si hubiese acabado de fumar un porro. Yo a la gente de Donosti le tengo ley. Con uno corrí los Sanfermines hace años y el tío estaba sobrio.

Por otra parte, Rajoy es seguidor tuyo en Twitter. ¿Te abruma esa responsabilidad?

Bueno, el equipo de Rajoy agrega a periodistas, según comprobé con urgencia. Al principio me asusté, porque su mujer es de Sanxenxo, su familia conoce a la mía, pero no lo veo yo con el iPad en pantuflas diciendo: “Mira Viri, el nieto de Jabois”. Dicho lo cual yo no tengo responsabilidades salvo con mi empresa. Escribo para gente que entienda que busco reírme y meterme con ciertas ideas, nunca nada personal.

¿Qué futuro nos espera con él?

Rajoy es una persona más de derechas de lo que él cree y más de centro de lo que creen en el PP. Es una persona civilizada con quien te puedes sentar a comer. Un tipo muy agradable en las distancias cortas. Sí, porque hay gente con la que eso no es posible, todavía hay dos Españas con las que sentarse no es posible. Pero respecto a lo que ha hecho bien Zapatero, los avances sociales respecto al aborto o el matrimonio homosexual… Rajoy es muy de dejarlo estar. Ésa es mi impresión.

Ya para concluir, le hemos pedido que ordene de mayor a menor por su interés y cuente sus impresiones sobre…

Woody Allen. Y Sherlock Holmes. La vida sería perfecta entre películas de Woody Allen y aventuras de Sherlock Holmes. Precisamente acabo de comprarme un abrigo similar al que usa Benedict Cumberbath en la serie de la BBC. De Woody Allen aprendí muchas cosas, la primera de ellas a ser feliz de forma inteligente y a no ganar. No encarnar la figura de ese perdedor al modo que decía Trapiello de querer ser Bogart en la pantalla pero luego llevarte a la Lauren Bacall real a una playa real, sino del derrotado de cejas levantadas con un sarcasmo a mano. Y además es tiernísimo en el amor. Esa aristócrata en ropa interior que le dice a Boris Grushenko: “Quedemos a las doce”, y él: “Mejor a las doce menos cuarto”. Todos deberíamos casarnos con nuestra hija coreana y, ya puestos, morirnos dentro de un armario de un hotel haciéndonos una paja como David Carradine, otro grande de la comedia humana.

Fernando Savater. Savater es el pensamiento, la idea. Es uno de esos escritores con los que incluso da gusto no estar de acuerdo. Me pasaría la vida entera leyendo a Savater discrepando en todo lo que dice, pero no lo hago porque piensa muy bien y escribe muy bien lo que piensa, siempre me convence. Además, aunque sabe mucho, lo exhibe lo justo y siempre en el momento oportuno. Con Savater, y con Arcadi, y con Montano, pasa una cosa que tienen los intelectuales de verdad, de ruido sordo: que remiten a todos los lugares. Por Savater llegas a Bertrand Russell, por ejemplo; con Arcadi a Montanelli, Pla o Léautaud; con Montano a Jünger, Duchamp… El intelectual abre puertas. Si lees a María Iverski tienes ganas de leer a los rusos que se ha leído y te dan ganas de conocer a Cioran, por el entusiasmo con el que habla de ellos y por lo bien que los cita, cuando los cita. Y cuando no los cita casi es mejor, porque Iverski es muy buena. El otro día se compró un kalashnikov: ¿hay algo más intelectual que una rusófila con un kalashnikov?

Paco Umbral. Leyenda del César Visionario, La noche que llegué al Café Gijón y Memorias de un niño de derechas son tres monumentos a la lengua. Con Umbral pasa que te da igual lo que te esté diciendo. Hay una música formidable en todo lo que escribe. Una vez leí a alguien que ponía en boca de Umbral que él tenía una columna escrita a favor de un tema y otra en contra, y que publicaba por la que le pagasen más. Es falso (supongo) pero puedo creérmelo si en lugar del dinero pusiese delante el estilo. En asuntos menores que realmente me importan un bledo he llegado a cambiar un adjetivo por otro, dándole la vuelta al sentido de la frase, porque sonaba mucho mejor y redondeaba el párrafo. Quiere decir esto que pongo mis ideas al servicio de la fonética. Dicho lo cual, y como dijo el maestro, no me tome ni demasiado en serio ni demasiado en broma.

Rosalía de Castro. Tuvo una vida tremenda, como cualquier mujer del siglo XIX que se ponga a salvar un idioma. Que después se desprendiese del gallego le dio una consideración épica. Rosalía somos todos los gallegos, a ratos entregados y en otros recelosos. Su poesía es un poco nuestra historia. De ella, de Vallejo y de Neruda tuve poemas aprendidos de memoria. Tengo una Rosalía warholiana que durante años estaba en mi estudio, frente al ordenador. Murió en Padrón pidiendo que se le abriese la ventana para ver el mar. ¡Padrón!

Stephen King. Acabo de recordar ahora Cementerio de animales y casi lo bajo a la última posición, por lo que me hizo temblar. Larga vida a King, es un gigante.

Manolito Gafotas. Adoro a la autora, que me ha ayudado muchísimo, pero no he leído su personaje. Elvira Lindo ha escrito una novela fabulosa en la que habla de nuestras madres y se titula Lo que queda por vivir. Nosotros, los nacidos entonces, somos hijos de esa protagonista a la que le llegaba el olor del guiso por la ventana de la cocina.

Michel Houellebecq. Prefiero el personaje a la obra, y al personaje no lo conozco.

Fernando Sánchez Dragó
. Desconfío por sistema de la gente que se corre al revés. Si yo fuese mujer nunca se lo perdonaría.

Paulo Coelho. Leí El Alquimista cuando era joven porque me parecía ridículo no hacerlo. Me hizo un depravado sexual, un adicto a las drogas y alguien propenso al delito vulgar que se curó leyendo a Bukowski, en concreto su Hijo de Satanás. Coelho tiene éxito en Twitter y es justo que sea así. Es un autor de citas para el tercer mundo espiritual, como un terapeuta de famosos. Ahí alcanzaría Coelho su dimensión real, con un reportaje del estilo de Talese con Sinatra pero con Lindsay Lohan titulado: “Lindsay Lohan no está chispa”.

Fotografía: G. F. P.


Eduardo Mendoza: “Los novelistas deberían tener prohibida la opinión”

El cielo despejado permite contemplar el perfil afilado de la ciudad. Tanto el fotógrafo como yo somos hombres de pocas palabras así que, desde este mirador de club deportivo, fijo la oreja en el golpeo hipnótico de la pelota de tenis. Remolino polifónico de estupendas señoras disfrazadas de tenistas y con todo el día por delante. Aparece el escritor Eduardo Mendoza precedido por una disculpa y una justificación por los cinco minutos de retraso. La fama de hombre de formas impecables queda comprobada desde el principio. Mendoza es uno de los novelistas españoles más destacados desde la transición. La verdad sobre el caso Savolta (1975), El misterio de la cripta embrujada (1979), El laberinto de las aceitunas (1982), La ciudad de los prodigios (1986), Sin noticias de Gurb (1991), Una comedia ligera (1996), Mauricio o las elecciones primarias (2006) o El asombroso viaje de Pomponio Flato (2008) son títulos ineludibles en cualquier repaso exhaustivo de la literatura autóctona moderna. Ganó el Planeta con Riña de gatos (2010). Ha escrito ensayo y teatro en catalán. Su humor es demoledor y descacharrante. En la conversación lo esgrime achicando los ojos y esbozando una sonrisa que el bigote apenas oculta. Nada parece resistirse a una ironía tan barcelonesa como este skyline. Acaba de inaugurar en Cracovia una biblioteca que lleva su nombre, así que empezamos por ahí:

Poca gente sabe que Cracovia es una de las ciudades más bonitas de Europa, comparable a Praga o a Venecia. Una ciudad maravillosa. Parece ser que existe una vitalidad cultural considerable.

Enorme. Ha sido un país muy maltratado y mantiene sus señas de identidad culturales. Por ejemplo, los poetas son gente con una gran autoridad, aparte de los nobeles Szymborska y Milosz. Y luego hay escriores como Lem, Kosinski… Allí un escritor es muy importante. Tan importante como aquí un futbolista. Los actos culturales tienen un poder de convocatoria enorme. Aquí haces una presentación y van doce amigos. Allí llenas un teatro y se queda gente fuera. Pero no por mí, sino por ellos. Sorprendía que yo fuera alguien cuando en otros sitios no soy nadie.

Se sigue mucho su obra en Polonia.

Sí, les gustan mucho las novelas de humor.

Tal vez por la conexión polaco-catalana…

(Ríe) Puede que algo de eso haya. Ellos saben que hay un programa que se llama Polonia [de sátira política en TV3] y me preguntaban por Crackòvia [programa de humor sobre deporte de la misma cadena]. Pero tienen una tradición de literatura humorística que, a excepción de Inglaterra, en otros países europeos no existe. En Francia, y por reflejo en España, Italia y Alemania, el humor quedó excluido de la literatura seria, cosa que no había pasado antes. La literatura francesa del siglo XVIII es de humor, Voltaire, Diderot y toda esa gente, pero en el siglo XIX se vuelve muy seria, y eso contagia a los otros países. El humor se deja en manos de lo más chabacano. En Polonia, un país acostumbrado a muchas opresiones externas o internas, la literatura de humor sigue siendo una válvula de escape y la valoran mucho. Entonces aprecian a alguien a quien no le importa escribir cosas de risa.

Usted fue de los primeros que dijo que la novela estaba agotada como fórmula narrativa; no sé si la televisión, las grandes series, son la nueva vía para contar historias.

El problema es complejo. El diálogo social que se produjo en torno a la novela en el siglo XIX y en el cine en el XX ahora está en las grandes series de televisión (Los Soprano, Mad Men…) porque es donde todos más o menos coincidimos. En las series de televisión y en el fútbol. La literatura, el otro cine, el teatro, son aficiones individuales. Igualmente valiosas pero no son moneda de curso legal. La novela convencional, pues, está en crisis, como la poesía, que antes tenía presencia en todos los niveles: los niños el día de Navidad recitaban poesía y la gente la leía, y ahora se ha convertido en un acto individual que no pretende comunicarse con los demás. La novela quedará como entretenimiento, al igual que el cine, que ha desaparecido. Siguen llenando las salas las películas de efectos especiales, al estilo de los best-seller, pero eso no es cine. Son muy respetables y me encantan las películas de efectos especiales, pero estamos hablando de otra cosa.

¿Sigue series de televisión?

Sí, claro, me parece muy interesante el sistema narrativo.

Al modo dickensiano…

Exacto. Tiene un componente dickensiano. Y por otra parte, este elemento de serie de novela policiaca, en la que siempre son los mismos personajes haciendo lo mismo con pequeñas variantes. Eso enlaza, además, con las sinfonías y los conciertos de Mozart, que son siempre iguales, con sus pautas, pero que cada uno tiene su momento de inspiración, algo que la novela no posee. Lo tenía la novela barata de ciencia-ficción o sobre todo la policiaca, donde se repite el detective, el ayudante, la secretaria… con un caso distinto cada vez. Me parece muy bonito. Y además están muy bien diseñadas y tienen una duración estupenda. La inteligencia se ha ido a las series.

¿Es de los afortunados que todavía no han visto The Wire?

Estoy a medio ver The Wire. Es lo más interesante de todo lo que se hace. También estoy con Deadwood, que es una serie espléndida. Y, en su momento, Los Soprano me pareció magnífica.

Se ha referido a la novela policiaca. Con la trilogía del detective Ceferino [El misterio de la cripta embrujada, El laberinto de las aceitunas y La aventura del tocador de señoras] parodió, a la manera de Cervantes con las novelas de caballerías, el género negro, aunque sin acabar con él ya que mantiene una gran vitalidad.

Siempre la ha tenido. Ha ido evolucionando y hay muchos sectores: la novela de misterio de las grandes damas inglesas, la novela negra de Los Ángeles y ahora la novela de investigación científica, tipo Patricia Cornwell, que cumplen su función y llenan un hueco imprescindible. Siempre he tenido un gran respeto por sus autores y por el género. Hay que tener un talento extraordinario. Un sentido del humor, una distancia, una visión del mundo cariñosa, irónica. Aunque tampoco puede ser que vayan apareciendo cadáveres y sea motivo de alegría y diversión. Sin embargo, la convención del género me gusta mucho. Y yo, como no tenía talento para hacer una novela negra de verdad, hice una un poco paródica. En cualquier caso, lo que me hubiera gustado es escribir una en serio.

Con épica.

Sí, y sobre todo que respondiera a los cánones estrictos del género. Al problema y su solución. Esa cosa matemática para la que no estoy capacitado. Como no lo estaba Vázquez Montalbán pues, entre recetas de cocina y recetas políticas, se tapaban los descosidos del caso.

En una época parece que hubo un acuerdo entre algunos escritores barceloneses por abordar la novela policiaca: Montalbán, Marsé, usted…

Todos nos pusimos de acuerdo. Nos interesaba mucho la novela negra.

¿La clásica?

Nos gustaba toda. Incluso habíamos fundado una Asociación. En aquel momento se intentó hacer novela de misterio en una variante autóctona. A la manera de los franceses, que tenían grandes escritores secundarios pero muy buenos de novela negra: de Simenon al comisario San Antonio o Modiano, con más ambiciones literarias. Y entonces cada uno se buscó la vida como pudo. Estaban Andreu Martín y Juan Madrid. Fue un momento de buscarse una salida, aunque luego no ha tenido continuidad, quizá porque no hay un mercado tan abierto a estas propuestas.

¿Es Kafka “un tipo simpático y fotogénico” pero “un mal novelista” como declaró en una conferencia o se trató de una boutade?

(Ríe) Bueno, es una boutade para llamar la atención de un público que se me dormía sobre algo que estaba diciendo totalmente en serio. Una cosa es la narración y otra toda la literatura. Si hablamos de novela, algunos grandes escritores que han influido enormemente en el siglo, en nuestro tiempo, en nuestra vida personal y en la sociedad han sido desde el punto de vista literario segundones. Por ejemplo, Kafka. Entonces, el público se sublevó y yo dije: “vamos a ver, que levante la mano el que se haya leído entero El Proceso, El castillo, América”. Nadie. Todo el mundo sabía que un señor se despierta convertido en una cucaracha, pero muy pocos habían leído a Kafka realmente. “¿Quién ha leído Josefina la cantante, Informe para una academia?” No los había leído nadie, pero adoraban a Kafka. Bueno, no está mal… Creo que, en las grandes influencias del siglo XX, Kafka cubre la primera mitad y Borges la segunda.

¿Faulkner?

Es otra cosa. Faulkner es un gran novelista. Tiene, sin embargo, muy poca influencia en el plano personal. No ha dejado imágenes referenciales, pero en cambio es un gran novelista y el que lo lee, lo lee. A Kafka, no.

Escribió un ensayo cariñoso sobre Baroja, ¿qué le parece la tesis sobre la cobardía del escritor que sostiene Gil Bera en Baroja o el miedo?

No estoy de acuerdo. Lo he hablado con Gil Bera. Entiendo muy bien su punto de vista. Puedes coger a Baroja por un lado, y entonces sus actitudes y opiniones no tienen perdón porque es un majadero. Pero también puede vérsele desde otro lado. No era cobarde, porque como periodista y como hombre de opinión se había metido con todo el mundo. Se había enfrentado a todos y eso no es fácil, no hay muchos periodistas que tengan el valor de atacar. Y se había peleado con gente de talla, como por ejemplo, Ortega o Unamuno. Era un luchador.

Y casi lo fusilan.

Estuvo delante de un pelotón y abroncó al responsable: “¡Es usted un imbécil!” Luego explicó que su reacción se había debido al miedo que lo cegaba, actitud perfectamente comprensible. Se fue a Francia y volvió. Estaba enfermo, pasaba hambre, era muy mayor, tenía la familia aquí y tampoco estaba tan en desacuerdo con la revuelta contra una república que le parecía caótica, y en cierto modo lo fue. Encarnaba todas las contradicciones. Era un hombre de la generación del 98, una generación proto-fascista que creía en la necesidad de un hombre salvador.

Un cirujano de hierro.

Era la idea que tenían los de la generación del 98 y toda Europa. Y acabó como acabó. Pero Baroja nunca estuvo con Franco ni con la Falange. Es un personaje muy complejo y de ahí también su interés. Está bien leer a Gil Bera y luego algunas hagiografías, porque las dos cosas son posibles. Es un personaje que me gusta mucho. Y se equivoca, como se equivoca Pla, pero no de una manera miserable y abyecta.

Su antisemitismo es sumamente antipático.

Tiene todos los vicios de la época.

La misoginia.

Sí, el lío que se arma ese hombre. Pero un novelista es un hombre esponja. Al igual que ve las calles de Madrid y el lenguaje de los personajes absorbe todos sus defectos. No puede ser un intelectual objetivo. Su error es opinar. Un novelista debería tener prohibida la opinión.

Se ha comentado que Riña de gatos [Premio Planeta] es su primera novela ubicada en Madrid. ¿A qué se debe el nuevo escenario?

Sí. Ha llamado la atención, y me sorprende porque me parece un detalle muy accesorio. Quería contar una historia muy parecida a todas las que cuento: alguien de fuera que aparece en un mundo que desconoce y al que tiene que adaptarse. Antes había colocado a un personaje en Palestina con el niño Jesús [El asombroso viaje de Pomponio Flato] y ahora en Madrid con José Antonio Primo de Rivera. Con el mismo espíritu. Y leerlo en clave Barcelona-Madrid es como decir que he fichado por el Real Madrid. Me parece un signo más de nuestro tiempo. Vivimos la vida y la historia en forma de partido de fútbol.

Sea como fuera, Madrid es una ciudad más explotada literariamente que Barcelona.

Hay grandes novelas que tienen Madrid como telón de fondo, por ejemplo en la tradición clásica de Galdós, Baroja o Valle-Inclán, pero no existe la gran novela de Madrid en la que la ciudad sea protagonista. Barcelona ha tenido varias. Quizá porque es una ciudad más fácil de abarcar literariamente, pues tiene una sociedad más cerrada. Se parece más a la Vetusta de Clarín que al desconcierto, al cruce de caminos que es Madrid. A mí me interesa mucho el Madrid de la República, que es un momento en que la ciudad se convierte en una de las más interesantes y creativas del mundo, incluidas París y Nueva York. Porque, a diferencia de otras que están en un momento difícil, como por ejemplo Berlín, Madrid tiene una libertad desmedida, una sensación de “a vivir que son dos días” y donde todo confluye: las vanguardias literarias, plásticas, cinematográficas… Por allí están García Lorca, Buñuel, Dalí, pero también los latinoamericanos como Neruda, Borges o César Vallejo.

Algunos foráneos, como Josep Pla, no llegaron a sentirse cómodos con la situación política y social. Tal y como cuenta, por ejemplo, en El advenimiento de la II República.

Sí, Pla es un hombre de orden y muy conservador. No me gusta nada la visión de Pla en El advenimiento… y en todos los artículos de La Veu de Catalunya, porque es un poco despectiva y le lleva luego a pasarse a Burgos con todos los intelectuales catalanes; fenómeno, por cierto, del que se ha hablado poco. Toda la intelectualidad catalana relativamente joven se pasa en masa al bando nacional detrás de Eugeni d’Ors y nunca se arrepienten. Algunos conservadores ligados a la cultura catalana se exilian momentáneamente, como Sagarra o Riba. Luego vuelven y llevan una vida discreta y se adaptan al terreno. Pero los Teixidor, Vergés, etcétera son falangistas convencidos. Ven la República como pueblerina. Se consideran aristócratas intelectuales. Y que Dios les haya perdonado.

A veces se acusa al castellano popular de Cataluña de “contaminado” o poco ortodoxo.

Es verdad que cuando uno va a Madrid, Andalucía, a Puerto Rico o a Buenos Aires oye una forma de lenguaje que es enriquecedora y produce un trasbals. No sé si me gustaría vivir inmerso en el gracejo andaluz, pues me parece un poquito mecánico. Me interesan otras formas del lenguaje más de laboratorio. Aquí el bilingüismo empobrece por un lado y enriquece por otro.

¿Empobrecimiento en el uso del lenguaje?

No debería haberlo, pero el bilingüismo da una excusa para que la enseñanza sea pésima. En estos momentos, sobre todo la gente joven habla mal castellano, catalán y lo escribe peor. No es culpa del bilingüismo, sino de que no se enseña la ortografía a latigazos. Llevar dos idiomas en la mano lo puede hacer cualquiera, no tiene ninguna dificultad; al contrario, es un enriquecimiento. Yo no me doy cuenta cuando hablo u oigo catalán o castellano. Por otra parte, mi herramienta de trabajo es el castellano porque escribir ficción es otra cosa. Como a un escultor que trabaja el mármol no le pidas de golpe que haga fundición porque sus esculturas son esas y no hay más elección. Pero, a diferencia de lo que sucede en la actualidad, el uso tendría que ser más enriquecedor que empobrecedor. Y no lo es por dejadez.

¿Cree que el modelo de la inmersión lingüística no funciona o tendría que replantearse?

No hay una solución mejor que otra. Todas tienen sus problemas y sus dificultades. Si vemos el bilingüismo como un problema, no lo resolveremos. Si en cambio lo vemos como un hecho contra el que no se puede hacer nada, entonces tiene fáciles soluciones. Hay dos idiomas y contra eso no hay nada que hacer. Cuando yo era pequeño había que hablar castellano y todo era en castellano. Salíamos al patio y jugábamos al fútbol en catalán, porque era lo que la mayoría hablaba en casa. Y no hubo forma de eliminar eso. Ahora los chavales salen a la calle y hablan en castellano porque es el idioma del último programa de televisión que han visto. Eso es inamovible. Aquí tenemos dos idiomas y se acabó. Se podría conseguir reducirlo a uno pero a base de un exterminio que nadie está dispuesto a hacer ni a aceptar. Entonces hemos de vivir con los dos idiomas. Uno es más propio, pero el otro tiene una fuerza y una extensión contra la que no hay solución. Uno tiene 8 millones de hablantes potenciales y el otro 50 millones. Y sí, es verdad, la edición de libros no es comparable en los dos idiomas. Ya podemos protestar y decir que la culpa la tiene no sé quién. La culpa no la tiene nadie, son las circunstancias.

Fue de los pocos autores catalanes que escriben en español —por no decir el único— que se mostró a favor de que en la feria del libro de Frankfurt [dedicada en 2007 a la literatura catalana] se invitara solamente a autores de obras escritas en catalán.

Entendí y sigo pensando que era lo razonable. Se invitó a la lengua catalana, que es una cosa perfectamente normal, europea, con una larga tradición, que mantiene en estos momentos una vitalidad estupenda, no comparable a la inglesa, a la francesa o a la castellana, pero sí a la danesa, a la holandesa y a la sueca, y de la que uno puede sentirse perfectamente orgulloso. Un sector de la organización, por otra parte, quería que viniesen escritores catalanes como Zafón, Cercas o Marsé, que atraen al público. Se creó, entonces, un conflicto innecesario que intentaron arreglar empeorando la situación, ya que dijeron que ellos habían invitado a Cataluña. Esto es un disparate porque suponía que un escritor mallorquín o valenciano que escribiese en catalán no podía ir a Frankfurt. Total, que se liaron, y también les interesaba provocar polémica para así salir en los periódicos. Si hubieran ido allí unos escritores a leer sus cosas aquello no hubiera interesado ni habría creado polémica.

Sus novelas están casi siempre protagonizadas por tipos desubicados, ¿se identifica con ellos?

Soy bastante desplazado por tradición familiar. Mi familia paterna son funcionarios. Antes hacían unas oposiciones y los destinaban a un sitio. Normalmente eran chicos jóvenes, con un sueldo y una carrera por delante, y a menudo acababan casándose. Así pues, se convertían en uno de fuera que se había casado con una chica de buena familia. A su vez sus hijos hacían lo mismo, con lo cual si sigo mi árbol genealógico es un mapa de carreteras de España. Uno nació aquí y se fue allá, otro nació allá y se fue aquí, y mi padre llegó a Barcelona y se estabilizó. Tengo los mismos genes, así que siento la necesidad de irme. Por eso siempre me he estado yendo fuera, porque lo que me gusta no es establecerme sino irme, conocer ciudades y cuando ya las conozco, me canso y me quiero ir a otra. Mis personajes son así. Y eso me da una distancia para observar la realidad. He vivido en ciudades de esta manera y ya sé dónde hay que ir para olfatearlas.

Dejó hace años de escribir la columna del lunes en El País, ¿le cansa la actualidad?

No, pero era la columna de la última página y me parecía de unas características muy especiales. El lector llegaba después de haber leído todo y mucho más de lo que uno quiere saber sobre España, el mundo, Cataluña, Barcelona, la cartelera, los toros…Y entonces, ¿de qué hablamos? No quería, como hacen algunos columnistas, criticar al gobierno y a la oposición. Vamos a hablar de otra cosa. Primero con mucho agrado, pero luego me cansé y se me acabaron las ideas. Estaba escarbando a ver qué encontraba y pensé que era el momento de dejarlo. En este tipo de colaboración creativa hay que parar a veces. Ahora podría volver. De hecho me he medio comprometido a hacer una colaboración en una revista.

¿Sigue a algunos columnistas?

No soy muy fiel a ninguno. Tengo la sensación de que todos se repiten mucho. Habiendo leído dos o tres columnas ya los conoces. Entonces lo que hago es pasarme a otro periódico o a otro país donde todo me parece más interesante porque es nuevo, pero supongo que me cansaría igual. Los periódicos en general están pasando ahora una etapa de anquilosamiento. Todo es muy aburrido, previsible, repetitivo. Es imposible leer un periódico y saber si es de hoy o de ayer o de hace quince días. Dedican mucho espacio a la política. Un periódico debe ser algo más. Ha de reflejar la realidad política y también otras cosas.

Estuvo en Londres cuando las revueltas del pasado verano.

Las vi de una manera ambivalente. Por un lado me parecieron poca cosa, superficial y muy inflada por los medios. En las noticias continuamente se veía arder el mismo coche y se apreciaba que no era realmente una revuelta. En pleno verano, en las ciudades que no tienen un buen sistema de aire acondicionado como Londres, la gente se pone muy nerviosa cuando hay una ola de calor. Están en la calle, hay vacaciones escolares, etcétera… Muy fácilmente prenden los saqueos. Corridas para arriba, para abajo y poca cosa más. Es verdad, por eso, que indica que ahí hay hierba seca que basta echarle una cerilla para que arda.

Llegó a decirse que se trataba un fenómeno muy a la inglesa. Los hooligans, los corsarios.

Había este elemento. Pero, asimismo, fue el reflejo de una sociedad que todavía mantiene unos verdaderos abismos clasistas, puesto que no han tenido revolución francesa ni guerras civiles.

Guerras civiles tuvieron.

Bueno, sí, pero ya se han olvidado, no forman parte de su mentalidad. No existe mala conciencia en la exhibición de la riqueza. Los Rolls-Royce y las casas fastuosas son la continua exhibición de riqueza. Inglaterra es un país muy contrastado. El centro de Londres es el lujo, pero el interior del país está deshecho. Es Detroit. Un país postindustrial con grandes bolsas de pobreza y de desempleo. En cualquier caso, estos fenómenos responden a una realidad, al igual que el 15-M, que se resuelve en unas asambleas un poquito infantiles. Hay que estar un poco a ver qué pasa. Existe una nueva generación que está deseando tomar las riendas para hacerlo peor o mejor, no lo sé. Al mismo tiempo, hay una generación muy agotada que tendría que irse a la residencia de la tercera edad. Han cumplido su papel pero adiós, Papandreu, y toda esta gente.

En comparación con Inglaterra, ¿en España padecemos un exceso de opinión, de tertulias, debates…?

Cuando estoy en Londres no tengo la televisión puesta todo el día ni oigo comentarios sobre qué ha dicho no sé quién. Creo que también se produce este tipo de debates muy airados. Aquí, desde luego, hay mucho ruido, aunque no sé si sirve para algo o sólo es ruido ambiente. Ahora estoy esperando a que gane el PP para saber qué pasará con todas estas cadenas de televisión que sólo viven para criticar al PSOE. ¿Qué harán Intereconomía y VEO7?

¿Sigue las tertulias?

Sí, me encantan. Tenemos la tertulia, y luego el hecho de que cada uno ve su tertulia.

Para reafirmarse.

Aunque parece ser que Intereconomía es muy seguida entre espectadores de izquierdas para crisparse.

Debe de ser el único caso, porque se lo han ganado. Todo el mundo no busca tanto reafirmarse en sus ideas como en sus indignaciones e insatisfacciones. A la gente le gusta mucho estar de mal rollo. Yo escuchaba la COPE, sobre todo cuando estaba Jiménez Losantos, porque a los que nos interesa la política, la sociedad y la historia allí es donde se encuentra. No en una tertulia amable.

Y también la literatura.

Claro, un hombre con su trayectoria me parece un caso más digno de estudio que otros que son irreprochables desde todos los puntos de vista. Eso ya lo sé, es como hablar con mi tía… Pero ahora, ¿qué será de ellos? Porque son monotemáticos. Así que seguirán con el fútbol, pero tendrán que hacer un reajuste político que será sumamente interesante.

¿Sigue el fútbol?

Sí, me gusta.

¿Barcelonista?

Por supuesto.

¿Sufridor?

Claro, soy de los sufridores por tradición. Ahora estoy muy desconcertado y no puedo hablar con la gente joven. Aporto mi capacidad enorme de sufrimiento del buen culé, pero los jóvenes dicen“¡Cómo sufrir, si vamos a ganar!”. Ha cambiado. Me parece muy bien y supone un motivo para reunirse con amigos, ver el partido, gritar, divertirse y tomarse unos vinos, así como para tener conversación en cualquier parte del mundo. Uno dice que es de Barcelona e inmediatamente le preguntan: “¿Es verdad que Messi está en crisis?” En el último rincón o poblado de África están muy preocupados por si Villa marca o no. Y eso facilita la comunicación humana. Por otra parte, vivimos a través del filtro futbolístico y cada día hay partido o postpartido o prepartido. Interpretamos todo lo que pasa a través de la estrategia futbolística y del que uno gana y otro pierde. Eso es lo que tiene el deporte. Está muy bien, pero como metáfora de la vida falla.

Incluso la confrontación Guardiola-Mourihno se ha trasladado a un plano moral.

¡Me encanta Mourinho! Habla con una seriedad y una profundidad de las cosas más tontas del mundo… El otro día explicaba que como jugaban a las doce no sabía a qué hora desayunarían. Lo decía como si fuera Hegel en su clase de la universidad explicando el ser y el no ser. Me hace mucha gracia, mucha más que Guardiola.

Los dos tienen su parte interpretativa.

Sí. Es un poco preocupante que el fútbol sea aquello donde hemos puesto nuestros afectos, ilusiones, proyectos vitales, nuestro tiempo. Siempre ha habido una cosa abstracta que ha permitido que la gente se realice simbólicamente. Bizancio es la historia de la rivalidad de dos equipos de cuadrigas que ponían y quitaban emperadores y provocaban guerras civiles, matanzas horribles y sismas religiosos. Eran los verdes contra los rojos. Y duró mil años. Así que no pasa nada (Ríe).

Fotografía: Pol A. Foguet