Cerebros malcriados: cómo caemos en la infelicidad por intentar no caer en la infelicidad

cerebros infelicidad Donna Cymek
Foto: Donna Cymek.

Toda generación está marcada por la búsqueda de una vida mejor, de un trabajo más lucrativo, de un estándar de vida más alto, pero siempre con particularidades. Si ahora mismo están envejeciendo los que tuvieron el éxito como objetivo, en las nuevas generaciones la obsesión es encontrar la felicidad. Antes importaban los ascensos, el sueldo, una casa más grande, luego el reconocimiento, pero ahora parece que, en líneas generales, solo basta con estar feliz. 

No hay más que comprobar la saturación de libros de autoayuda que hay en los estantes de las librerías. Volúmenes repetitivos que hablan de tener la felicidad al alcance, recomiendan maneras para ser más feliz o elecciones que pueden hacerte más feliz. No se trata solo de libros. El gimnasio también tiene la fórmula para que seas más feliz, o un taller, o un curso… hasta los bancos venden felicidad en lugar de dinero. Cada vez son más abundantes las empresas que ofrecen entornos de trabajo con futbolines y mesas de ping-pong, encuentros de happy friday y todo tipo de prestaciones para que el trabajo nos haga más feliz que sus condiciones. 

Todos estos detalles demuestran que la búsqueda de la felicidad personal se ha convertido en una obligación, atrás quedó tener una buena vida. Incluso los actos de bondad hacia los demás hoy también se venden como estrategias para alcanzar la felicidad personal. Como una sociedad capitalista bien entrenada, se le ha puesto precio al altruismo. 

Como explica Anna Lemke, autora de Dopamine Nation (Dutton, 2021), además de huir del dolor, ahora mismo hemos llegado a un punto de no tolerar ni formas menores de incomodidad. El anhelo de felicidad ha llegado a un punto que estamos buscando constantemente distraernos del presente, eludirlo con un entretenimiento continuo: «Todos huimos del dolor, algunos tomamos pastillas, otros navegamos por internet en el sofá mientras vemos Netflix, sin embargo, todo este intento de aislarlos del dolor parece haber empeorado nuestro dolor». Buscar la felicidad nos hace infelices. 

En su ensayo, la autora analiza la necesidad contemporánea de placer continuo desde un punto de vista científico y encuentra que, si hay algo que para ella simboliza toda esta tendencia, ese es el smartphone: la aguja hipodérmica moderna que administra dopamina digital. Una herramienta que se ha integrado en nuestras vidas tan estrechamente que a mucha gente hasta le produce ansiedad separase unos metros del teléfono. 

La dopamina es un neurotransmisor que tiene un papel fundamental en la motivación, pero, como explica la autora, está más relacionado con «querer» que con «gustar». Estudiada en ratas, se encontró que el chocolate aumentaba un 55 % la dopamina en el cerebro, el sexo un 100 %, la nicotina 150 % y la cocaína, un 225 %. En estas circunstancias, el reto que se le plantea a la población actualmente es cómo vivir en una sociedad en la que la tecnología te proporciona nada menos que todo. Es fácil inundar el cerebro de dopamina, pero en cuanto esta se esfuma, lo que ocurre es que nos sentimos infelices. 

Según cita en su libro, el Informe Mundial de la Felicidad, que clasifica a 156 países según lo felices que son sus ciudadanos, las personas que viven en Estados Unidos contestaron a las encuestas de forma que quedó de manifiesto que eran menos felices en 2018 que en 2008. Otros países con una riqueza similar y mayor esperanza de vida, como Bélgica, Canadá, Dinamarca o Francia, también experimentaron un descenso similar. En otro estudio en el que se entrevistó a casi 150 000 personas de 26 países para monitorizar la prevalencia del trastorno de ansiedad generalizada, se descubrió que en los países ricos había más que en los pobres. En todo el mundo, el número de nuevos casos de depresión aumentó un 50 % entre 1990 y 2017. 

La pregunta que cabe hacerse es por qué en una época de riqueza, libertad, progreso tecnológico y avances médicos sin precedentes, parecemos más infelices y sentimos más dolor que nunca. La conclusión de este ensayo es que la razón por la que somos tan miserables no es otra que porque intentamos con todas nuestras fuerzas no ser miserables. Solo sabemos querer, porque solo queremos más. La autora, Anna Lemke, es una psiquiatra estadounidense que imparte clases en la Universidad de Stanford, su tesis es que el dolor y el placer están estrechamente relacionados y en la sociedad actual se están confundiendo con demasiada frecuencia, pero no es difícil que suceda porque ambos se procesan en regiones cerebrales superpuestas.

Para explicarlo, recurre a casos extremos pero muy elocuentes. Cuenta la historia de un paciente suyo que estaba enganchado a la compra de productos on line. Decidir qué comprar, esperar la entrega y desenvolver el paquete constituía para él un proceso por el que alcanzaba verdadera euforia, pero no duraba mucho más allá del tiempo que tardaba en arrancar la etiqueta de Amazon y ver qué había dentro. Tenía habitaciones llenas de objetos inútiles y una deuda de miles de dólares. Como no podía mantener el ritmo de gasto, empezó a pedir productos cada vez más baratos, como llaveros y tazas. Al final, siguió pidiendo, pero en cuanto le llegaban los paquetes, los abría y los devolvía inmediatamente después. 

Más extremo era el caso de un tal Jacob. Había aprendido de joven a fabricarse máquinas para masturbarse. La primera, conectando a un tocadiscos una barra de metal envuelta en un suave pañuelo. Así lograba masturbarse en las tres velocidades que tenía el reproductor. Se obsesionó con este tipo de máquinas y en internet llegó a convertirse en una estrella de los foros dedicados a esta afición, donde publicaba sus manuales. Sin embargo, no quería hacer lo que más le gustaba hacer. Desesperado, tiraba las máquinas a la basura, pero a las pocas horas las rescataba del contenedor y las volvía a montar. Un círculo vicioso incompatible con la gente que vivía con él: su familia, cristiana creyente y practicante. 

Posiblemente, estas actuaciones sean excesivamente patológicas o excepcionales, pero otro caso arrojaba claves más aplicables al común de la población. Kevin, un chico de diecinueve años que acudió a su consulta obligado por sus padres. No quería ir al colegio, no quería hacer ningún tipo de trabajo y en casa se dedicaba a no hacer nada. La familia era aparentemente normal, no tenía ningún problema grave, pero sus padres estaban excesivamente preocupados con no «estresarle» ni «traumatizarle» pidiéndole que hiciera cosas que no quería hacer. 

Con menor intensidad, este fenómeno está bastante extendido, explica la autora: «Percibir a los niños como psicológicamente frágiles es un concepto esencialmente moderno. En la antigüedad, los niños eran considerados adultos en miniatura completamente formados desde que habían nacido. Para la mayor parte de la civilización occidental, los críos eran considerados malvados por naturaleza. El trabajo de los padres y cuidadores era imponer una disciplina extrema para socializarlos para vivir en el mundo. Era completamente aceptable usar castigos corporales y atemorizarlos para hacer que se comportaran. Ahora no es así (…) Hoy, a muchos padres que veo les aterroriza hacer o decir algo que le pueda dejar a su hijo una cicatriz emocional o les cause, según creen, un sufrimiento emocional que pueda derivar en una enfermedad mental en el futuro». 

A su juicio, esta es una creencia freudiana, pensar que el trauma en la primera infancia pueda influir en la psicopatología adulta. Es la convicción de que cualquier experiencia que constituya un desafío será carne de diván y psicoterapia. Hay infinidad de detalles que lo prueban en Estados Unidos, como cuando en la escuela se da el premio al mejor alumno de la semana, pero se hace por orden alfabético y no por ningún logro en particular. Una sobreprotección que se prolonga hasta la universidad, donde abundan los denominados espacios seguros, incluso se exige con antelación saber de qué se va a hablar en una conferencia por si algún matiz del tema pudiera herir la sensibilidad del alumno. 

No hay que engañarse, la autora obviamente está de acuerdo con que hay que impedir toda brutalidad física y emocional en los patios de colegio, pero a lo que se refiere es a que los espacios seguros deberían ser en realidad lugares donde se pueda pensar libremente, aprender y discutir. Las burbujas en las que sea imposible recibir cualquier tipo de molestia promueven una infancia sobrehigienizada y sobrepatologizada. 

Crecer en entornos así, que impidan el dolor por completo, lo único que consiguen es no preparar a los niños para el mundo que les espera. Se pregunta si no se es consciente de que al proteger a un hijo de cualquier adversidad, lo que se logra es que adquiera miedos invencibles. Reforzar una autoestima con falsos elogios y hacer que se desenvuelvan por la vida sin asumir las consecuencias de sus actos en el mundo real, sirve para que exijan ser siempre privilegiados e ignorantes de los defectos de su carácter, sentencia. Ceder a todos sus deseos ha llevado el hedonismo a una nueva era, la necesidad incesante de placer cuando se es adulto. 

En realidad, el placer es vital. Es imprescindible en el ser humano para reproducirse o alimentarse. A la vez, sin dolor, no nos protegeríamos de posibles lesiones o de la propia muerte. El problema es que al elevar nuestro ajuste neuronal con la reiteración de placeres, nos convertimos en personas que nunca pueden estar satisfechas con lo que tienen, siempre buscan más. Hacen falta más recompensas que antes para sentir placer y bastan heridas muy leves para experimentar dolor insoportable. 

A escala global, hasta la medicina habla de eliminar el dolor. Un cambio de paradigma que se ha traducido en la prescripción masiva de analgésicos, con el episodio abominable de la epidemia de opiáceos desencadenada por empresas farmacéuticas en Estados Unidos. En 2012, se recetaron tantos como para que cada estadounidense tuviera un frasco de pastillas en el cajón. Las sobredosis de opioides llegaron a matar más que las armas o los accidentes automovilísticos. Sin embargo, el problema contemporáneo no se trata desgraciadamente de algo tan tosco como prescribir opiáceos contra el dolor de muelas. Uno de cada diez estadounidenses toma medicación psiquiátrica diaria. Eso es más grave, aunque sea menos visible. El consumo de Paxil, Prozac o Celexa está aumentando en todos los países del mundo. Detrás de EE.UU., siguen Islandia, Australia, Canadá, Dinamarca, Suecia y Portugal. En Alemania hubo un ascenso del 46 % en cuatro años y en España, del 20 % durante el mismo periodo. Incluso en China, donde no hay datos de prescripción disponibles, se estima que las tendencias van también en aumento por el crecimiento de la facturación. 

Cuando es la propia rutina o el día a día lo que nos conduce a la ansiedad, la solución que ofrece la sociedad actual es medicarnos. Por el contrario, Lemke propone una alternativa estudiada científicamente: ayunos de dopamina. Para restablecer un balance adecuado de dolor-placer haría falta uno de un mes. Esta psiquiatra, por la experiencia con sus pacientes, durante los periodos de abstinencia recomienda practicar mindfulness, dedicar atención plena y exclusiva a una sola cosa: «Muchos de nosotros usamos sustancias y tenemos comportamientos que implican altos contenidos de dopamina con el fin de distraernos de nuestros propios pensamientos. Cuando dejamos de usar dopamina para escapar, esos pensamientos, emociones y sensaciones dolorosas se derrumban sobre nosotros. El truco es dejar de huir de las emociones dolorosas y permitirnos tolerarlas». Consejos que antes eran típicos para drogodependientes, ahora son válidos para el grueso de la población. 

Hay que partir de la base de que el uso compulsivo que hacemos de esas fuentes de dopamina se han acabado convirtiendo en la principal razón de ser de nuestras vidas. El propio acto de consumir se ha convertido en una droga. Si los padres no enseñan a sus hijos a no convertirse en adictos a la dopamina les están privando de herramientas para que puedan lidiar con estas situaciones en el futuro. En lugar de protegidos, lo que estarán es indefensos ante cualquier conflicto o situación dolorosa. Si no se aprende a colocar las barreras cuando sea necesario, imponérselas a uno mismo para separarnos de eso que consumimos compulsivamente, se repetirá el círculo vicioso. Debemos crear nuestras propias leyes y depender de ellas más que de las externas.

De hecho, si de lo que se trata es de la búsqueda del placer, no hay mejor camino que el dolor. Biológicamente hablando, el placer es una respuesta natural fisiológica al dolor. Con una exposición intermitente al dolor, es más fácil sentir placer e incluso llegar a ser menos vulnerable al dolor. Se trata de la adaptación hedónica, un reflejo de los seres humanos que les lleva a regresar a un estado medio de felicidad sean cuales sean las adversidades que afronten. Tanto si se recibe una alegría como si se sufre un contratiempo, hay una respuesta adaptativa por la que, al cabo de un tiempo, se vuelve a encontrar un estado anímico medio. Gracias a ella se siguen teniendo alicientes y se pueden superar las desgracias. Todo varía según la persona y las circunstancias, pero es así como funciona, concluye. Por eso, no es ninguna novedad que todo placer se convierte en esclavitud si se vuelve rutinario. 


El placer como señal (o el instinto bajo sospecha)

placer como señal
Foto: Cordon Press. placer

La subjetividad vigilada o lo que siento es inadecuado

Cuando Galileo observó la luna a través del telescopio se dio cuenta de que no era totalmente redonda y llana. Esto contradecía el dogma de la época que consideraba a todo el universo celeste absoluta y geométricamente perfecto. Para no incurrir en herejía invitó a algunas autoridades eclesiásticas a observar la luna a través de su recién inventado artefacto. Ellos declinaron su ofrecimiento argumentando que, aunque vieran las montañas lunares, lo harían con sus sentidos sublunares imperfectos, por lo que  jamás podrían contradecir la verdad revelada por la doctrina entonces dominante.

(Norbert Elías)

Entonces ¿qué más da lo que la persona perciba con su sistema sensorial, si existe una verdad objetiva más fiable que su propia percepción? Una verdad que antiguamente era revelada desde los cielos y en la actualidad desde los poderes seculares.

La socialización del individuo es un proceso que va aparejado a la desconfianza que este tiene hacia lo que siente y piensa por sí mismo. En la Modernidad se logró que los individuos sospecharan de la validez de su propia experiencia sensorial, en busca de una pretendida objetividad. Del mismo modo, la colectividad percibe la subjetividad de sus miembros con cierta precaución. Un temor motivado por el riesgo de que la libertad individual se deslice silenciosamente hacia el desorden.

Por otra parte, cuando se identifica un comportamiento relacionado con los apetitos humanos suele aparecer una creencia inconsciente y colectiva de que su anfitrión propende a un exceso que no puede controlar. Lo subjetivo tiene el riesgo de crecer sin mesura si no se le sujeta desde un principio.

El mito de la destrucción de Sodoma y Gomorra se refiere a esto. Su población había llegado a tal nivel de desenfreno de sus instintos que finalmente no se pudo encontrar a diez hombres justos que sirvieran como cuota de bondad que evitara su fin. Y eso que la cifra se rebajó, porque la primera fue de cincuenta personas de recto proceder.

Libertad, libertinaje, libido, libar

¿Tranquilidad viene de tranca?

(Etimología dudosa)

Muchas palabras se definen atendiendo a lo que la sociedad espera que hagan o piensen los individuos. La semántica está repleta de reflejos del miedo colectivo hacia el instinto de cada uno, que además siempre está en riesgo de desaforarse.

Hay una relación etimológica entre libertad y libido, definida esta última como deseo, apetito desordenado y sensualidad. Término vinculado también con la lujuria. 

Libido es una palabra derivada de libere: gustar. Latinismo antiguo que cuajó como libidinoso y como sustantivo: lascivia.

El libertinaje apunta a significados de conducta viciosa, deshonesta, desenfrenada y relajada. Aspecto esencial este de la relajación, que siempre resulta peligrosa. La contención es consustancial a la construcción de la sociedad. El desenfreno hace brotar la esencia de la mismidad de las personas y a esto se le teme. El otro aspecto relevante es el de lealtad (loialté) como forma de cumplir o de faltar a la ley.

Sin querer forzar la etimología, aunque ahora eventualmente lo haré, una palabra vecina es libar, que quiere decir probar o catar.

Para la postura cultural dominante, el libertino manifiesta falta de respeto a las leyes y a la religión. Se trata de personas que prueban cosas sin un mapa o instrucciones previas y con ello atentan contra las buenas costumbres. El libertinaje, desde esta perspectiva, es cosa de inmorales y vagos.

La vagancia es, por cierto, un comportamiento próximo al libertinaje. Vagancia que, Paul Lafargue defiende en 1883 en su obra: El derecho a la pereza, refutando así el derecho al trabajo promulgado en 1848. Lafargue cita en su obra a Lessing cuando dice: «Seamos perezosos en todo excepto en amar y en beber. Excepto en ser perezosos».

Ningún carácter humano está tipificado como delito. Se puede ser antipático, altivo, orgulloso, escéptico o indolente sin enfrentarse por ello a un castigo penal. Sin embargo, la vagancia es la primera categoría subjetiva a la que el derecho asignó penas correctivas. La vagancia es un modo de peligrosidad social y fue perseguida en el sistema jurídico de muchos países europeos así como en Estados Unidos. Las leyes de vagos y maleantes definían el comportamiento antisocial basándose en el alejamiento del trabajo por parte de la persona. Ya dijo Napoleón que «cuanto más trabajen los pueblos, menos vicios tendrán».

Inhibición de la subjetividad y civilización

La constitución de lo social arranca de una fuerza instituyente basada en la modulación e incluso en la prohibición del autoconsumo.

Un ejemplo de lo que estamos diciendo es la inhibición del uso inmediato de las propias mercaderías. La obligación de que cada miembro de la comunidad regale a otro miembro la pieza cazada es lo que consolida el vínculo del clan. En la tribu de los guayaki tenemos un buen ejemplo de esto: tienen prohibido que el cazador consuma la pieza cazada, debe cederla a otro miembro de la tribu. 

Otro ejemplo lo encontramos en la prohibición de la masturbación como experiencia de autoconsumo de placer de la propia sexualidad. Hacia 1710, en Alemania y en 1760 en Francia se producen las grandes cruzadas contra la masturbación.

Este mismo fenómeno explica también la persecución de los poetas en momentos en los que los sistemas sociales entran en periodos de inflamación o estrés. La poesía es la experiencia de autoconsumo de la palabra en su estado más imaginario, sensorial y por tanto, subjetivamente más vital. Etimológicamente, poesía tiene su origen en hacer, en convertir pensamientos en materia. El poeta es el gran hacedor o creador.

En este mismo sentido, suele vigilarse el derecho de reunión que implica la experiencia del intercambio verbal inmediato. Del mismo modo que la improvisación y la creatividad forman parte de este tipo de prohibición en tiempos de crisis social.

Además, si nos referimos a la comunicación pragmática, el significado del poema no está totalmente ni en su texto ni en la intención del poeta, hay una parte que falta y esa la pone el que lo escucha o lo lee. De este modo, nos topamos con el verdadero sentido de la palabra: leer significa elegir. 

Otra característica del lenguaje poético es su cadencia y musicalidad. El ritmo del poema nos permite bajar la velocidad de pensamiento y conectar con nuestro pensamiento sensorial, con las imágenes y sensaciones que pueblan nuestra mente. El sentido más íntimo de la vida es su ritmo. Nuestra inteligencia inconsciente reconoce como bueno el pulso más adecuado. La vida es un ritmo respiratorio y cardíaco, de hambre y saciedad, de fatiga y descanso, de la noche y el día, de las estaciones del año. Desde siempre, una constante en la búsqueda del pensamiento humano ha sido crear la fórmula matemática del ritmo más adecuado para las personas. En definitiva: ritmo, rima y aritmética son palabras que comparten la misma raíz lingüística.

Cosificar, reificar, etiquetar, nominalizar

El lenguaje no solo describe la realidad sino que prescribe el comportamiento. 

(Marshall McLuhan)

La medicina del siglo XIX en los Estados Unidos creó el síndrome de la drapetomanía, que padecían los esclavos de los estados sureños. El principal síntoma de la dolencia era un deseo irresistible de huir. Algo inexplicable, obviamente, para las autoridades médicas de la época y por lo tanto, causado por algún proceso patológico. Drapeta es el término latino para nombrar a un esclavo huido. Otros síntomas eran el descuido en las tareas asignadas y la destrucción de herramientas. 

Cuentan las crónicas de aquellos tiempos que, pese a que los esclavos capturados eran severamente castigados, volvían a intentarlo una y otra vez. Esto daba al facultativo y a la sociedad la dimensión de la gravedad de este trastorno mental.

La etiqueta diagnóstica de muchas dolencias tiene que ver con la denominación de comportamientos más o menos adecuados al ámbito social en el que se desenvuelven. Dicho de otro modo, muchas anomalías comportamentales son definidas en función de su grado de anormalidad o distancia de la norma.

El interés por lo subjetivo tiene su génesis en las investigaciones para el control social. Como consecuencia lógica del avance de las instituciones de tratamiento, entre ellas la escuela, se produce un efecto de incremento de tipificaciones de anormalidad relacionado con el objetivo sistémico de búsqueda de normalización.

Un ejemplo de lo que estamos diciendo puede verse en el discurso psiquiátrico clásico, en el que los trastornos profundos, aptos para el manicomio, se reducían a idiotas e imbéciles. Sin embargo, la tipificación de trastornos se fue especializando mucho hasta llegar a los catálogos de los últimos tiempos. Patologías descritas en modernos manuales de psicología y psiquiatría que cosifican comportamientos y los deslizan desde lo subjetivo a lo a-normal.

Podemos destacar por ejemplo la ergofobia o miedo al trabajo (dolencia que puede intensificarse los lunes o después de las vacaciones).

También llaman la atención tanto el luculianismo como el baquismo: inclinación a comer y beber bien, respectivamente (que pueden tornarse epidémicas en las vacaciones y el tiempo libre). 

Se habla también del trastorno de hedonía. Definido como la necesidad incontrolable de satisfacer necesidades personales y de obtener una agradable sensación de satisfacción (en ciertos contextos puede considerarse una necesidad básica).

La yatrofobia o temor a los médicos (que quizá textos como este estén despertando en el lector). 

Sin abandonar el tema de la salud podemos hablar de disponesis, o la sensación de no sentirse enfermo, pero tampoco bien del todo. O la hipergelontotropía, dolencia en la que el sujeto manifiesta un desarrollo excesivo del sentido del humor. (En todas las cuadrillas de amigos debería haber al menos uno).

En otro sentido, se pueden citar la tanatofobia relativa al miedo a la muerte y la fobofobia, o miedo al miedo.

Estas categorías diagnósticas amenazan en su definición e incluso nos previenen del exceso ¿hasta dónde puede llegar su gravedad? Esta es la cuestión central.

¿Puede haber una resonancia de todo esto con el libertino? Un buen ejercicio podría consistir en definir el término en el contexto de la creatividad literaria. Desde esta perspectiva ¿podríamos hablar del comportamiento libertino como la conducta que apunta al componente que le falta a una sociedad determinada? ¿Del mismo modo que la oveja negra es quien se hace cargo de la sombra familiar?

Como ya hemos dicho, el diagnóstico por etiquetaje congela el problema existencial del sujeto por medio de la nominalización del proceso. Una cosa es decir que una persona tiene respuestas retadoras y otra bien distinta es decir que sufre un trastorno negativista-desafiante. En este último caso le será más difícil ser complaciente. Es como si faltara a un aspecto constitutivo de su identidad. Si esta sustantivación se hace en una lengua que supere el ámbito del lenguaje cotidiano, como por ejemplo el latín o griego, el efecto es más potente.

La cuestión es que el que nombra los problemas o bien es quien tiene en la mano la clasificación de las soluciones, o bien se hace eco del discurso convencional sobre este aspecto.

Normalmente, la tipificación y clasificación de etiquetas suele coincidir con el abanico de recursos que el campo institucional tiene para resolverlos. 

En muchas instituciones las clasificaciones de la población atendida responden a las necesidades de supervivencia de la propia institución. Las listas de inadaptados ofrecen la visión del problema desde la perspectiva del sistema que los trata o los rehabilita. Se puede citar, por ejemplo, la siguiente tipología elaborada por el personal de ciertas escuelas estatales para niños con dificultades de inserción social en Estados Unidos:

Hiperactivos, espásticos, vomitadores, fugitivos, pestes, muchachos de comedor, muchachos trabajadores, favoritos, testaferros, tramposos, arrebatadores, ensuciadores, vegetales, mal educados y peleadores.

La tipología habla del tipo de clientes de los que la institución debe defenderse y el efecto más perverso de esta cosificación es la conversión de procesos en objetos, la interpretación de síntomas como  si fueran cosas:

—Doctor, tengo una depresión.

— Y ¿la ha traído?

De la biografía al caso

La buena o mala relación entre lo individual y lo colectivo puede dar como resultado o bien un aprendizaje profundo y significativo o, por el contrario, un síntoma que produce inadaptación. Esto quiere decir que la identidad individual se asigna por parte de la comunidad. Primero en el lugar que ocupamos en el sistema familiar, luego es confirmado por los grupos sociales de referencia. La persona puede reformular el lugar asignado pero la construcción de la identidad parte de esto.

La raíz de lo que estamos diciendo es profunda. La aparición de la modernidad como fenómeno digno de análisis de los historiadores está ligada a la incapacidad que tienen los sistemas políticos para controlar a sus súbditos mediante la fuerza. 

Las relaciones humanas colectivas evolucionan desde la coacción por medio de la fuerza física al sometimiento psicológico: en un momento determinado, los gobiernos dejan de tener los efectivos coercitivos necesarios para ejercer el control y necesitan que cada ciudadano se autorregule. 

Se apela al psiquismo de los ciudadanos para que ejerzan el freno de su propio principio del deseo, en aras de la imposición del principio de la realidad. Una realidad elaborada y presentada desde el exterior al sujeto, desde el ámbito sistémico de la sociedad, desde el terreno de la objetividad y la normalización. Es la génesis de la corresponsabilidad política de todos los ciudadanos en las decisiones del Estado. La docilidad de cada sujeto es mucho más efectiva que el control institucional. 

Es esencial conocer el funcionamiento psíquico de las personas para lograr que se autorregulen. Este es el principio del panóptico que Bentham diseña en el siglo XVIII y se basa en que las personas se comportan como se espera de ellas cuando se sienten observadas. Piénsese en la torre central de una prisión. La efectividad del fenómeno aumenta si el sujeto no sabe cuándo le están observando, de ahí la utilización de cristales oscuros o espejos unidireccionales como sistema de vigilancia.

El panóptico debe ser entendido como un artefacto que busca la docilidad y nos remite al triángulo que enmarca el ojo divino y cuyo título reza: «dios te ve». Símbolo que ha estado presente en los calabozos carcelarios desde tiempos inmemoriales.

La primacía de lo objetivo condena al ser humano a la fantasmatización de su deseo. Lo subjetivo es desterrado al inconsciente y lo importante es la adaptación a la norma. El código narrativo de la identidad ha cambiado. El relato épico de las hazañas de los grandes hombres ha dejado paso a la búsqueda interior que describe la novela. En términos lacanianos, la persecución de la propia identidad se basa en comprender la travesía del fantasma. Cuando el sujeto vive la pulsión de su deseo como una amenaza exterior significa que su biografía se ha convertido en un caso para ser analizado.

Lo que falta en el texto está en el contexto

De algún modo, la externalización del síntoma supone un proceso de alienación, una renuncia del ser humano a habitarse a sí mismo, un exilio del propio centro vital. 

Pero cuando esto ocurre, la pulsión humana insiste en manifestarse. Como dijo Freud: «Todo pensamiento se abrirá paso en la conciencia a condición de que se niegue». En consecuencia, es conveniente conocer los comportamientos más libertinos para saber lo que la sociedad que los contiene prohíbe. Porque no existe una conducta estrictamente autodestructiva. Más bien, lo que ocurre es que las conductas más fronterizas con la moral apuntan a lo que le falta a esa sociedad. Y es que, el fin último u objetivo más importante para un sistema social es su autoperpetuación. Por eso, cuando se pone el acento en algo, de modo excesivo, su polaridad contraria comienza su aparición en el campo de la conciencia.

Cuando la sociedad defiende un modelo limpio, ordenado y de buenas costumbres, las nuevas generaciones incuban metáforas antagónicas. Este fue el caso de la génesis del fenómeno punk.

En consecuencia, lo más saludable es que cada elemento del sistema tenga un lugar dentro de él. Ya que hay que saber que todo lo excluido, negado o sancionado regresará con fuerza en busca de su lugar y lo hará inicialmente a modo de recuerdo. Si se lucha contra él, se transformará en sueño o pesadilla y si se niega, se presentará en modo de síntoma. Todo lo sentido, pensado o evocado debe estar, porque obedece a una intención beneficiosa para el sistema.

En consecuencia, el libertino nos indica la dirección a la que hay que mirar para recobrar lo que ha sido excluido.

El modo en que el niño o el púber procura obtener un lugar en la sociedad nos ilustra lo que estamos diciendo: en primer lugar lo hace mediante la identificación positiva. Esto es, aprendiendo las prácticas y rituales de su clan y obteniendo la aprobación de este. Pero si no lo consigue, lo hará mediante la identificación negativa. Como si dijera: «Si no me veis por las buenas, lo haréis por las malas». 

Llegamos al libertinaje como manifestación de un deseo. Podemos calcular el grado de represión de una sociedad por la expresión de sus comportamientos calificados como libertinos, también llamados decadentes. Pero, ¿decadente es el comportamiento del libertino o el del marco social que lo acoge, lo constriñe y lo reprime?

Yo a buenas soy muy buena, pero a malas soy mejor.

(Mae West)


El exceso aburrido

exceso aburrido

Cierto reyezuelo indio adoraba despeñar elefantes. No por presenciar la barahúnda de polvo y muerte, sino por el placer de escuchar los chillidos de los aterrorizados animales al precipitarse. Ese reyezuelo se despeñaba también, entregándose a un vicio, maldad lo llama la mayoría, que estaba al alcance de su mano. Podía hacerlo porque era poderoso.

El poder se ha demostrado con frecuencia así, con excesos inimaginables y prohibidos para el común, a menudo con consecuencias irreversibles. Qué mayor exceso y libertinaje que quitar arbitrariamente la vida a otros por placer. En esta última frase, la clave no es, sin embargo, «placer», sino «arbitrariamente», y voy a intentar explicar por qué.

No se puede derrochar si no se tiene, pero lo que más importa para que el exceso sea, simultáneamente, inadmisible y deseado, no es la presunta inutilidad destructiva de tal acto, sino su naturaleza «delictiva». El potlatch, esa ceremonia de algunas tribus nativas del noroeste de Norteamérica, es un buen ejemplo de desenfreno reglado, por paradójico que esto pueda resultar a primera vista. Los jefes disputaban por demostrar su riqueza, repartiéndola a manos llenas, pugnando por adquirir a ojos de los demás la altura exigida por el carisma. Algo similar sucede con esas fiestas nacidas como ritos de adoración a la naturaleza, que se transformaron en una válvula de escape que permitió a los súbditos reírse, aunque fuera por poco tiempo, de las reglas y orden «natural» de las cosas y hacer más liviana la brida de los señores. Esos excesos no me interesan ahora: como digo, son simples espitas de seguridad. Cuando Giambattista Basile quiere entretener al pueblo, disfraza su propósito: cuenta que lo hace para que ría la imaginada Zosa, hija del rey de Vallepelosa, a la que no alegran ni titiriteros ni artistas, hasta que una vieja arpía le enseña su coño peludo. Los cincuenta cuentos de Basile pintan un carnaval literario, lleno de vida y ventosidades; sin embargo, es un jardín de las delicias demasiado cercano, como en la primavera del mundo, ingenuo y bienintencionado, en el que no hay culpables porque los niños son irresponsables.

Tampoco son «delictivos» los deseos a menudo malentendidos de Gengis Kan: no creía que hubiera mayor placer que matar a sus enemigos y poseer a sus mujeres, pero no decía con ello nada con lo que no pudiera estar de acuerdo cualquiera de los nómadas que compartían tienda con él. Más aún, la ley que dice que la palabra del kan es ley no es arbitraria siempre que el kan no se aparte de lo que cualquiera de sus hombres haría en su lugar. Es una especie de imperativo kantiano avant la lettre.

Por poner un ejemplo de lo contrario: Wu Zetian —la famosa emperatriz china— fue acusada, además de muchas otras cosas, de libertina durante mil trescientos años, hasta que la viuda de Mao intentó —y en parte consiguió— rehabilitar su memoria. Esas acusaciones parecen un tanto extravagantes, teniendo en cuenta que la corte de los emperadores Tang, con sus ocho categorías de concubinas, era un sitio en el que lo del fornicio con personas de igual o diferente sexo, en parejas o grupos, era bastante habitual. Sin embargo, las acusaciones tenían su parte de verdad. Wu era demasiado monógama y abusaba al no compartir el semen del emperador Gaozong. Hacía algo en contra de lo admitido. Ese es el terreno de la arbitrariedad, el terreno en el que nace la anécdota, falsa sin duda, de los mandatarios romanos que pidieron licencia al papa para el pecado de sodomía durante los meses de la canícula. Roma, el lugar del que manaban todas las prohibiciones, fue siempre centro de libertinaje, campeona de la prostitución masculina y femenina, hasta el punto de que, en el Renacimiento, puede que uno de cada quince de sus habitantes se dedicase a la profesión.. 

Un poco a empellones me acerco a esa definición ad hoc de arbitrariedad. 

Habrá quien piense que la reacción contra la rigidez de los sistemas morales y de las estructuras de dominación se produce en gran medida cuando algunos «genios» rompen con ellos, demostrando que no se basan en algo inmutable. Y que una de las mejores formas para lograrlo es el comportamiento libertino, ya que libertino sería simplemente una calificación moral, para un tiempo y un lugar, derivada precisamente de esas estructuras. Esta idea romántica me parece un mito. En realidad, puede haber sido al contrario: el libertino auténtico es un producto «aristocrático» y lo que queda, una vez van desapareciendo las zonas grises de arbitrariedad, es un imitador.

Cualquier cosa prohibida para la mayoría podía ser admitida por la minoría gobernante siempre que no pusiera en peligro su dominación. En el caso extremo del gobernante absoluto, ni siquiera este requisito era exigible, aunque de pocos gobernantes se puede decir que hayan sido realmente absolutos. Por esa razón, los más famosos «libertinos» han sido personas que pertenecían a las clases altas o gozaban de su protección —qué es sino un «juguete» de esas clases aristocráticas lo que ahora llamamos artistas e intelectuales— y sus excesos se veían como asuntos de familia. Eso es lo que no comprendió Oscar Wilde cuando decidió acusar al marqués de Queensberry de injurias por haberle llamado sodomita. El crimen que lo llevó a prisión fue la publicidad. Mejor dicho, su libertino deseo de «exceso» de publicidad. Sin embargo, en el siglo XVI, el insidioso y pródigo Pietro Aretino fue apaleado varias veces y eso no le impidió prosperar en las cortes de la época: no solo no discutió su lugar, sino que hizo intentos por escapar mediante el capelo de cardenal. 

No es el ejemplo de personajes excepcionales —y no introduzco aquí un componente valorativo— el que va abriendo a las sociedades hacia sistemas morales más laxos. Es la limitación de la arbitrariedad y, en gran medida y como consecuencia de ella, del libertinaje de los poderosos. Es posible que algún magnate pueda permitirse esclavizar a niños y utilizarlos en orgías, pero eso, en sociedades avanzadas, es muy peligroso y debe llevarse en secreto. También lo es que, en esas mismas sociedades, los psicópatas ya no pueden disfrutar de su psicopatía en público, salvo en situaciones de excepcionalidad, como han hecho en tantas ocasiones tiranos y tiranuelos. Solo se ha dejado al margen —y veremos por cuanto tiempo— el placer de la autodestrucción.

El libertinaje era una «riqueza de lujo». Al entrar en los palacios, revolvimos en los arcones, nos pusimos sus pelucas y comimos hasta hartarnos. Al menos así lo hicieron los que se atrevieron. Eso fue la revolución sexual. No podía basarse en la violencia o la dominación porque la arbitrariedad había muerto, pero ¿lo demás? ¡Lo demás era maravilloso! Despojado del lado turbio, parecía una vuelta a un edén desordenado.

Ahora, tras esa comilona, ha vuelto la normalidad. Vivimos en un deseo de pequeño potlatch permanente. Creemos que podemos aspirar a hacer lo que queramos y que no hay nada que no esté a nuestro alcance porque tenemos el catálogo a mano. Que podemos derrochar como aquel marqués de Osuna que tiraba los platos de oro al Neva para asombrar al zar de todas las Rusias. Pero no, la «moralidad» se está recomponiendo. No podrás tirar tus platos al Neva, aunque sean de hierro, porque la propiedad está limitada por su utilidad social; no podrás excederte en tu comportamiento sexual, no sea que alguien vea en ello una cosificación del otro, sobre todo si es mujer; no podrás comer demasiadas grasas porque la obesidad se está convirtiendo en un vicio; no podrás pensar nada que vaya contracorriente, porque serás un enfermo moral que busca las aguas prohibidas; no podrás autodestruirte, en alguna forma que te haga felizmente desgraciado, porque la sociedad tutelará tu bienestar. 

Pero, pese a ello, la pulsión se mantiene. Para satisfacerla la gente consume sucedáneos de riesgo, desenfreno y locura, hechos con plantilla, protocolo de intenciones y seguro de viaje. Ser un puerco de la piara de Epicuro, pero con pringao de catorce pagas y dietas en el papel del famoso filósofo griego. Todo está al alcance, sin sorpresa. Todo está descrito, como en el poema interminable de Daneri, y a manderecha del goce rutinario adquiere la vida catadura de osario.

Supongo que era inevitable, lo del péndulo y tal, pero ¿tanto costaba seguir con las pelucas puestas y no dejar entrar a los cenizos? Espero que nuevamente la corriente subterránea del exceso prohibido reclame la libertad para actuar contra la inercia del have a nice day. De algo así hablaba, con humor, Joe Haldeman en La guerra interminable, con la imposición futura de la homosexualidad primero y la conclusión lógica del humano único clonado después. Así que, quién sabe, quizás, como Wu, haya que ser monógamo en algún planeta perdido o gastar alguna perversión similar —como poner títulos sin sentido a los artículos— para ser capaz de dar la nota. 


¿Por qué llamamos fin a los propósitos?

fin

Aladino era un pescador iraquí que un día encontró una lámpara que el mar había ensuciado con algas y otros residuos. Salió un genio de ella cuando la frotó para limpiarla que lo amenazó de muerte. Aladino le dijo con astucia: —Si eres tan poderoso podrás emplear tu magia para introducir ese gran cuerpo dentro de esta pequeña lámpara de la que has salido. El genio vanidoso cayó en la trampa y entró. Entonces Aladino atrapó al genio tapando la lámpara. Después le preguntó por qué le había amenazado a él que fue precisamente quien le había liberado. El genio le contestó: —Cuando me encerraron aquí prometí colmar de deseos a quien viniera a rescatarme. Pasaron cien años y nadie vino. Entonces prometí que concedería tres deseos a quien me salvara. Pasaron cien años más y nadie acudió. Entonces juré que aterrorizaría y mataría a quien me sacara de aquí, pasaron quinientos años y has sido tú.

El cumplimiento de los deseos debe venir a tiempo. Si los plazos se sobrepasan la satisfacción no se produce. Si el amor no llega a su tiempo el receptor cierra la vía de recepción y se congela. Se puede volver a abrir pero requiere un sobreesfuerzo. 

Al mismo tiempo, toda acción humana se encamina a su final. Toda actividad se dirige a la muerte. Y el camino hasta ella consiste en afrontar aspectos opuestos o polaridades. La más grande de ellas y que sustenta transicionalmente a todas las demás es la de la integración de la vida y la muerte. Un ejemplo lo constituye la tradición literaria japonesa de los «poemas a la muerte» (1), en la que la persona escribe un pequeño poema en el momento en el que va a morir:

Cielo claro.
Por el camino por el que vine
Vuelvo.

(Gitoku)

El ser humano aspira a un conocimiento que le posibilite la trascendencia. De modo que lo concreto acostumbra a pugnar con lo arquetípico. Por eso, aunque en el plano existencial se busque el cumplimiento de deseos, en el plano simbólico se experimenta cierta frustración porque la satisfacción no es completa, de modo que no le queda otro remedio que aplazar el goce para ocasiones futuras (2)

En consecuencia, el cumplimiento de cada deseo concreto no suele alcanzar la satisfacción completa y pospone un fragmento de ella para la próxima experiencia. Este fenómeno estimula a la persona a seguir experimentando la vida una y otra vez sin alcanzar la felicidad completa. En términos sartrianos, la vida es un proceso permanente de rellenado de huecos, un intento de colmar el vacío existencial que, a su vez, estimula la búsqueda de placer y felicidad.

Esto nos conduce al hecho de que se nos hace insoportable la idea de final. Aunque realmente lo que más inquietud produce es no saber cuándo ocurrirá lo que más tememos. La gestión de la incertidumbre ante lo temido genera comportamientos a menudo inadaptados.

Por ejemplo, los niños que han sido criados con altas dosis de miedo (3), en su vida posterior muestran dificultad para permanecer en reposo, solo están tranquilos cuando acechan o atacan, en estado de alerta sus constantes vitales se calman. Contrariamente a la mayoría de las personas, cuando se hallan en situaciones de calma, su pulso y respiración es agitada. Además, lo más difícil de sostener para los niños que sufren violencia sistemática es no saber cuándo les sobrevendrá el ataque. Por eso, ante la más mínima señal de provocación, aunque esta sea confusa, suelen iniciar la pelea porque les resulta insoportable la ansiedad provocada por la espera. Resulta más fácil aceptar un mal desenlace que gestionar la incertidumbre acerca de cuándo ocurrirá. Paradójicamente provocan de este modo lo que desean evitar. Buscan la paz provocando el enfrentamiento.

El proceso madurativo y de aprendizaje es de naturaleza paradójica, conocemos y estimamos la paz porque hemos experimentado el conflicto. Buscamos la satisfacción, en parte porque no deseamos lo que consideramos insatisfactorio. Amor y odio, guerra y paz, enfermedad y salud… Se deslizan en una misma barra de progresión.

Nos movemos entre polaridades aparentemente contrarias (4). El Bhagavad-Gita, un texto sagrado de la tradición espiritual de la India, nos brinda un relato clásico sobre la condición humana y cómo las paradojas pueden incapacitarnos:

En tiempos remotos, los ejércitos del Bien y del Mal se enfrentaron en el campo de batalla. Arjuna, el arquero y guerrero más poderoso de su tiempo, fue el elegido para liderar el ejercito del Bien en la lid. Cuando Arjuna miró hacia las filas del ejército enemigo, se asombró al ver a numerosos parientes, primos, tíos y hermanos. Pensó que sería un pecado matar a los de su propia estirpe, pero que también sería un pecado no luchar por la justicia y dejar que el Mal prevaleciera. Arjuna se sintió paralizado por estas emociones y se sumió en la desesperación. 

Los opuestos psíquicos y su integración son uno de los mitos recurrentes del metabolismo inconsciente. La armonización de polaridades contrarias está en la base del crecimiento individual y la inserción social.

El amor, por ejemplo, es inútil sin cierto grado de inteligencia. Y para el uso adecuado de la inteligencia se necesita una conciencia amplia, un punto de vista más elevado para abarcar el propio horizonte. El amor puede llegar a asfixiar a los seres queridos por la vía del exceso. Cuanto más sentimental es el amor, más brutal es la sombra que le sigue. Algo similar ocurre con la sensibilidad, que en ocasiones se emplea en cosas banales como elemento distractor de lo realmente importante.

El mal es un reflejo inverso de lo sagrado.

(Paul Ricoeur, 1967.)

Desde la perspectiva política, existen también dos posiciones esenciales que se repiten en la historia: 

Por un lado, están los que piensan que existe una solución objetiva óptima a la que deben sujetarse los seres humanos, ya que ella es superior a cualquier persona. Una fórmula política perfecta a la que la colectividad debe llegar.

Por otro lado, están los que piensan que la solución es el progreso y crecimiento de los seres humanos para que sean ellos los que busquen la mejor propuesta posible para la comunidad.

Estos pares son necesarios para tener el mundo en equilibrio. Existen muchas cuestiones relacionadas con lo que estamos exponiendo. La esencia de la piedra filosofal se basa en la unión de opuestos. Existe la misma división del mundo entre Oriente y Occidente.

La mano izquierda es aquello con lo que nacemos y la derecha lo que hacemos con ello.

(Imaginario tradicional gitano)

El objetivo en la vida es conseguir una coexistencia de los opuestos. Acceder a una alianza interior pacífica. En contra de rechazar lo que no deseamos de nosotros mismos. La metáfora más relevante de lo que estamos hablando es el concepto de la sombra (5). También conocida como el conjunto de los aspectos no reconocidos internos y que provocan proyecciones de sentimientos intensos y primitivos hacia otras personas. 

Rechazamos de nosotros mismos lo que consideramos inaceptable para nuestra imagen. Esa parte de nuestra identidad se envía al exilio interior. Y esto tiene un fundamento muy antiguo. Arranca en nuestra memoria paleolítica nómada. El niño pone fuera de su imagen lo que intuye que no gustará a sus mayores porque necesita y quiere ser aceptado. Necesita gustar a sus ancestros para que lo tomen en brazos y así poder afrontar las travesías que debe acometer la tribu.

La palabra «diablo» procede del griego diabolos, término que perdura en la palabra «diabólico». El significado literal de diabolos es el de ‘desgarrar’ (dia-bollein). Es significativo advertir que «diabólico» es el antónimo de «simbólico», un término que procede de sym-bollein, que significa ‘reunir, juntar’. Este significado etimológico tiene una importancia extraordinaria en lo que respecta a la ontología del bien y del mal. Lo simbólico es, pues, lo que reúne, lo que vincula, lo que integra al individuo consigo mismo y con el grupo; lo diabólico, por el contrario, es aquello que lo desintegra, aquello que lo mantiene separado. Ambas facetas se hallan presentes en lo daimónico.

Pero hay un misterio que no comprendo: Sin ese impulso de otredad —diría incluso que de maldad— sin esa terrible energía que se oculta detrás de la salud, la sensatez y el sentido, nada funciona ni puede funcionar. Te digo que la bondad —lo que nuestro Yo vinílico cotidiano denomina bondad— lo normal, lo decente, no son nada sin ese poder oculto que mana ininterrumpidamente de nuestro lado más sombrío.

(Doris Lessing)

Fragmentar y reunificar es el proceso histórico permanente. Separar para entender y unir para comprender. Este es el concepto nuclear de la spagyria de Paracelso (siglo XVI) que constituye la evolución médica de la alquimia (6), cuyo propósito final no era la fabricación del oro sino la elaboración de sustancias sanadoras y cuyo procedimiento general consistía en separar los elementos para sanarlos y volver a integrarlos en una unidad de armonía superior.

La relación del sujeto con sus polaridades o arquetipos siempre es delicada. Si no se deja influir por ellos no realiza aprendizajes adaptativos. Si por el contrario predominan las fuerzas arquetípicas lo entendemos como posesión. Como dijo Jung: «¿Cómo puedes encontrar a un león que te ha devorado?».

La gran polaridad estriba entre lo que pienso de mí mismo y la imagen que me devuelve mi espejo.

El hombre no debería poder ver su propia cara. Eso es lo más terrible que hay. La naturaleza le ha concedido el don de no poder verla, así como el de no poder mirar a sus propios ojos.

Solo en el agua  de los ríos y de los lagos podía mirar su rostro. Y la postura, incluso, que tenía que adoptar era simbólica. Tenía que inclinarse, que rebajarse para cometer la ignominia de verse.

El creador del espejo envenenó al alma humana.

(Fernando Pessoa, 1985: 316)

Según los análisis de sueños de personas a punto de morir, se ha observado que la paz interior tiene relación con la capacidad que tienen para asumir las partes de sí que están en conflicto. Y precisamente están en conflicto porque han sido rechazadas por sí mismos al considerarlas negativas o inadecuadas (7). El conflicto se produce en el área negada.

El aprendizaje significativo y adaptativo se hace mediante la tensión entre polaridades o aspectos aparentemente contrarios. Sostener polaridades para evitar que se conviertan en dilemas. Y a veces para resolver esta tensión es necesario poner fin a ciertos procesos.

Entre las gentes primitivas del mundo se dan dos actitudes contrarias respecto a la  muerte. Entre las tribus cazadoras cuyo estilo de vida está basado en el arte de matar, la muerte es una consecuencia de la violencia y generalmente se adscribe, no al destino natural de los seres temporales, sino a la magia. Para los que labran la tierra, la muerte es una fase natural de la vida, comparable al momento de plantar la semilla, para renacer (8).

Un día Dios preguntó a la primera pareja humana, que entonces vivía en el cielo, qué tipo de muerte querían, la de la luna o la del plátano. Dios les explicó: del plátano salen vástagos que toman su lugar, y la luna vuelve a la vida. La pareja se lo pensó durante mucho tiempo. Si elegían no tener hijos evitarían la muerte, pero también estarían muy solos y no tendrían a nadie por quien trabajar y luchar. Por  tanto pidieron hijos a Dios. Desde ese momento es corto el viaje del hombre sobre la tierra.

(Mito africano)

Aquí la cuestión es: reencarnación o resurrección. Cuestión aún no zanjada en términos de la teoría del conocimiento.

Por otro lado, el mundo del mito de la muerte se considera un acontecimiento no natural, una rareza que necesita una explicación. Otro mito acerca de por qué la muerte entró en el mundo relata lo siguiente:

Antes los hombres no tenían fuego y se lo comían todo crudo. Por aquel entonces no necesitaban morir, puesto que cuando se hacían viejos Dios les hacía jóvenes otra vez. Un día decidieron rogarle a Dios que les diera el fuego. Entonces enviaron un mensajero a Dios para transmitirle su petición. Dios le respondió al mensajero que le daría el fuego si estaba preparado para morir. El hombre tomó el fuego de Dios, pero desde entonces todos los hombres deben mori».

(Susan Feldman)

El mito nos enseña que nada es gratuito y que todo progreso conlleva implícitamente un precio que restablezca la estabilidad del sistema. 

Las primeras pruebas de algo similar al pensamiento mitológico están asociadas a las tumbas. Las sepulturas implican la idea de la continuidad de la vida más allá de lo visible, de un plano de ser que está detrás del plano visible. Este es el tema básico de toda la mitología: que hay un plano invisible que apoya al visible (9).

Deseo una suerte
de muerte
que me acoja
que esté a la altura
de la vida.
Un final puntual.
Un final que recoja
toda la dulzura
de la vida
en un punto
puntual
recoleto y alegre.
Un símil descarado.
La vida reducida
a un momento.
Una puntada de vida
una puntada de mí.
Y en el punto
ciego
yo desaparecida
desapareciendo el punto en mí
que ya no soy.

(Trinidad Ballester)

Tenemos la necesidad de poner bajo nuestro control cualquier escenario que nos resulte amenazante.

Poner el fin es un intento de recuperar el control, un modo de detener el tiempo cotidiano (Chronos) y abrir la ventana del tiempo eterno (Kairós). Poner fin para poner conciencia y para poder renovar. Finalizar para recrear lo que el viejo tiempo ha gastado.

Integrar el fin o la muerte en la vida la llena de contenidos. Este es el sueño del suicida, el anhelo de que experimentará la paz que anhela en la vida. Pero ahí se equivoca porque, en realidad, el suicida no desea la muerte sino la paz y la armonía que cree que conseguirá con ese acto final. Aquí se confunde el fin con el propósito.

Ubicar el final es recuperar el control, dominar el centro de las paradojas para impedir que se conviertan en dilemas irresolubles.

Finalizar para vaciar. Acabar para recuperar la fuerza. Llenar la vacuidad para recordar lo esencial. Terminar para dejar de ver lo secundario y volver a recuperar lo primario. Evitar trances negativos para reinstalar otros más revitalizantes.

¿Fin?


Notas

1. Hoffmann, Y. (2001): Poemas japoneses a la muerte (Escritos por monjes zen y poetas de Haiku en el umbral de la muerte). Barcelona: Editorial DVD.

2. Goce y deseo en Jaques Lacan. Ver Diccionario de términos lacanianos. Dylan Evans (2007). B. Aires, Barcelona, México: Editorial Paidós.

3. Ver Artículo de Perry, B. D. «Incubated in Terror: Neurodevelopmental Factors in the “Cycle of Violence”». In: Children, Youth and Violence: The Search for Solutions (J. Osofsky, Ed.). Guilford Press, New York, pp 124-148, 1997.

4. Ver Artículo: «De la paradoja al dilema». Bernardo Ortín. Publicado en monográfico de Jot Down n.º 10: Filias y fobias (y Parafilias). 

5. Encuentro con la sombra. El poder del lado oscuro de la naturaleza humana. C. G. Jung, J. Campbell, K. Wilber, M. S. Peck, R. May, L. Dossey, M-L. von Franz, S. Keen, R. Bly y otros. (1993). Biblioteca Nueva Conciencia. Barcelona: Editorial Kairós.

6. Spagyria: Span= Extraer, diferenciar. Ageirein= Reunir. En Manual de Homeospagyria. J. J. Alberola et al. (2001). Madrid: Edita Juan Carlos Avilés, p. 12.

7. Sobre los sueños y la muerte. M. L. Von Franz. 1992. Barcelona: Editorial Kairós.

8. Joseph Campbell. Las máscaras de dios. Mitología primitiva. (1991). Madrid: Editorial Alianza.

9. Joseph Campbell. (1991): El poder del mito. B. Aires: Editorial Emecé.

 

 

 

 

 

 

 

 


La guerra del orgasmo femenino

Jessica Lange en El cartero siempre llama dos veces. Imagen: MGM.

In my next life, I want to live backwards. Start out dead and finish off as a female orgasm. (Woody Allen)

El placer tensando las sienes, el cuello dibujando un arco. El corazón a la carrera en el tórax, los ojos vidriosos y brillantes como dos cuentas. Los espasmos frenéticos, el sudor y el aliento, sincopados, resbalando. El húmedo clímax. La petite mort. Carne que habla lo que la palabra no alcanza: el orgasmo. El de ella, en particular.

Gemir, bramar, retozar o maldecir. Con lujuria o con timidez. Por fortuna, nos ha tocado en suerte una época donde (prácticamente) cualquier reacción que acompañe al éxtasis sexual de la mujer no la convierte en una bruja, a menos que ella quiera. Enterrados en el agujero mohoso y combado del pasado han quedado los tiempos en los que la efervescencia del orgasmo era clínicamente diagnosticada como «paroxismo histérico», una desviación entre grotesca y luciferina. Lo que los médicos decimonónicos etiquetaron como desorden psicológico que debía ser curado o reprimido es hoy un concepto que manejamos como si siempre hubiera existido. El foco está en el cómo y en el dónde: treinta y nueve posturas para alcanzarlo, doce pistas para detectar si te están recreando un Cuando Harry encontró a Sally, cuatro para encadenarlos. El orgasmo ya no como reivindicación, sino como derecho, dice Amy Schumer.

Pero bajo capas endurecidas de evolución, modernidad y libertad sexual, continúa librándose una guerra ancestral. Una pugna que abarca toda nuestra civilización, aún incapaz de responder una pregunta sencilla en su apariencia: ¿Para qué sirve el orgasmo femenino? ¿Cuál es, exactamente, su función?

Desde que el ser humano, ya erigido sobre sus patas traseras, comenzó a escudriñar su cuerpo y a llamar al resultado «estudio», ha acumulado las utilidades de su propia anatomía: el corazón sirve para bombear sangre. Los pulmones atraen aire al cuerpo. Los meñiques de los pies nos permiten mantener el equilibrio. El estornudo sirve para expulsar sustancias irritantes. Y, en el caso de los varones, el clímax sexual (la eyaculación) tiene una misión determinante: la reproducción. La recreación es un bonus, según la ciencia; un incentivo adictivo que solaza y complementa a la perpetuación de la especie. Sin piernas no se camina, sin semen masculino no hay progenie.

Pero sin placer femenino puede haber concepción. Existieron y seguirán existiendo mujeres que lanzan sus genes al futuro sin haber experimentado ni un destello de esa ambrosía sexual. No hay vínculo entre el orgasmo y la reproducción.

Aristóteles vio en ello más o menos lo que esperaba ver: otra constatación de la inferioridad de la hembra frente al varón. Las mujeres no solo tenían menos dientes, menos huesos y menos inteligencia (tampoco es que se molestaste en contarlos), sino que, además, experimentaban un goce completamente irrelevante, por inútil. El filósofo, también precursor de la anatomía y de la biología, movió ficha en su estudio del comportamiento sexual y fisiológico en el siglo V a. C., y fue responsable de que el orgasmo femenino fuera simultáneamente reconocido y devaluado. En sus tratados daba cuenta del regocijo que algunas mujeres experimentaban durante el coito, pero lo desproveía de cualquier atisbo de importancia en detrimento del disfrute del varón. Ese era el que había que esforzarse en lograr, la supervivencia estaba en liza. Para él —y para el resto de la ciencia durante siglos, que respetó sus axiomas y construyó sobre ellos— el cuerpo de la mujer era la causa material del embarazo y el hombre la espiritual. Él entregaba el semen en la concepción, y ella mero receptáculo de la simiente. Su disfrute no merecía más que emociones abreviadas, no había por qué derrochar esfuerzo en su búsqueda. «Las hembras son por naturaleza más débiles y más frías, y hay que considerar su naturaleza como un defecto natural», decía.

La pugna comienza cuando un médico romano, Galeno, se emperra en tirar de las costuras del razonamiento del estagirita. En el siglo II a. C. se afanó por demostrar que ese fluido femenino que Aristóteles consideraba exento de «espíritu ni fuerza vital» sí tenía un papel relevante. Esa sustancia generada durante la cópula, el semen femenino, debía mezclarse con la eyaculación del hombre para concebir. Su función era excitar sexualmente a la mujer, abrir el cuello del útero y facilitar la fecundación. Defendió la concordancia orgásmica… y perdió la batalla. No fue porque los dogmas aristotélicos encontraron un arraigo casi temible en (¡oh, sorpresa!) el moralismo cristiano posterior, al que le vino de perlas que esos postulados apuntalaran su inquebrantable determinación de convertir el sexo en una herramienta exclusivamente reproductiva. De haber abrazado las tesis de Galeno, los padres de la Iglesia no habrían tenido otra que aceptar el placer femenino y reivindicar el derecho de la mujer a sentir, refocilándose en todas las posturas posibles. A saber qué habría sido de la humanidad si hubiera prescindido de la mancha de la lascivia y el pecado… y del nefando vicio solitario.

La batalla entre galenistas y aristotélicos se enquistó durante cientos de años, y Galeno resultó derrotado, fundamentalmente, porque defendió causas muy nobles por las razones equivocadas. Como se descubriría después, efectivamente, ni el semen femenino ni el orgasmo eran obligatorios para la concepción, por mucho que eso simplificara las cosas para ellas. A cambio, durante los siglos XV y XVI se convino en una suerte de solución salomónica entre ambas posturas: si bien el goce no era condición necesaria para la fecundación, lo era para su perfección. Se decía que los niños que habían sido concebidos con placer sexual femenino debían ser más sanos y perfectos que los que no.

Se sucedieron siglos de hitos e investigaciones revolucionarias, de mujeres monitorizadas donando orgasmos a la ciencia y parejas con electrodos follando tras un cristal. Estudios de comportamiento, de fisiología y búsquedas del tesoro en forma de G. De (gracias) Masters y Johnson. De Freud y sus disquisiciones sobre el orgasmo vaginal y el clitoriano. La fe arrollada por la monarquía del sexo, diría Foucault.

Y aquí estamos, en el mismo atolladero. Filósofos, antropólogos, zoólogos, científicos, y genetistas atrapados en la nave nodriza de todos los misterios sobre la sexualidad: ¿para qué sirve un orgasmo femenino? Su lógica permanece esquiva. Persisten las hipótesis conflictivas y no hay respuestas definitivas sobre su exacta razón de ser. Teclee y Google proveerá: la ciencia médica maneja tantas suposiciones que no es difícil que alguna se acomode a sus personales conjeturas. El orgasmo femenino parece condenado a ser objeto de especulación.

En 2005, la filósofa científica Elizabeth Lloyd publicó un controvertido libro en la Harvard University Press, The Case of the Female Orgasm, en el que recopilaba varias decenas de estas especulaciones y estudios, después de años de investigación. Lo que parecía una aportación más a ese caótico corpus sobre el misterio era en realidad algo aún más funesto. Porque lo peor que puedes hacer cuando alguien va en busca de respuestas es atizarle con más interrogantes y hacer un compendio de todas las equivocaciones vigentes. En el volumen, Lloyd examina veinte de las decenas de hipótesis que tratan de darle significado al orgasmo femenino, bordeando una sola cuestión: ¿Por qué? No: Para qué.

La tesis de la succión uterina

Una de las más extendidas y aceptadas en la pasada década, incluso desde antes de que Robin Baker y Mark Bellis publicaran su investigación al respecto en 1993, que aún goza de predicamento. A grandes rasgos, sostienen que el orgasmo femenino causa contracciones que «levantan» el esperma para ayudar a la concepción, una especie de mecanismo de retención. El problema, tal y como expuso Lloyd, es que muchas de esas evidencias no eran tales: en varias tablas, el 73 % de los datos provino de una sola mujer. Además, cita otras tantas investigaciones que refutan la existencia de esa aspiración poscoito, como la del fisiólogo sexual Roy Levin, que denomina a esta teoría la «hipótesis zombi» porque se niega a morir a pesar de que (desde la perspectiva de la evidencia) está ya muerta.

La tesis del agotamiento y la gravedad

En 1967 el zoólogo Desmond Morris inauguró la teoría de que el orgasmo femenino tenía la función fisiológica de mantener a la hembra horizontal tras la cópula. Eso resolvía, al menos para nuestros antepasados, los problemas potenciales que planteaba la gravedad a una especie bípeda. «La respuesta violenta del orgasmo femenino deja a la mujer sexualmente saciada y agotada, y al permanecer tumbada para recuperarse la fertilización no se ve amenazada», afirmaba. Lloyd desmonta esta explicación adaptacionista basándose en un buen número de evidencias, y quizá la más jugosa es la que plantea otra pregunta. Si la postura idónea para que la mujer alcance el clímax, según está demostrado (de nuevo, gracias, Masters y Johnson), la ubica a ella en la cima, ¿no estimularía eso el drenaje de la gravedad, en lugar de prevenirlo?

Y así va deslizándose por una suma de teorías que durante cuarenta años las revistas científicas han acumulado en una espiral de refutaciones implacables: desde la que afirma que el orgasmo femenino tiene el papel de reforzar el vínculo afectivo con el varón, hasta la que estudia la simetría facial de la pareja y su (falsa) correlación con la consecución del clímax. Salen escaldadas las que lo relacionan con la segregación de oxitocina y tampoco suda mucho la autora al desbaratar las que argumentan que los orgasmos femeninos ayudan a las mujeres a elegir mejores parejas, como si el éxtasis susurrara al oído que ese hombre es adecuado para formar una familia. Así, tal cual.

La conclusión de Lloyd es exactamente la que se intuye: que, de momento, la ciencia no ha provisto de una explicación válida que arroje luz sobre la funcionalidad biológica del orgasmo femenino. La autora se descubre como evolucionista, y si tuviera que dar forzosamente una respuesta al para qué, aludiría a dos cosas muy concretas: pezones masculinos.

¿Para qué sirven los pezones masculinos? ¿Cuál es su funcionalidad?

La respuesta más tentadora es que no tienen ninguna en absoluto. No juegan ningún papel en la supervivencia ni reproducción de los hombres. Son un vestigio: «El macho y la hembra tienen la misma estructura anatómica durante dos meses en la etapa de crecimiento del embrión, antes de que las diferencias queden establecidas. La hembra obtiene el orgasmo porque el macho lo necesitará más adelante, igual que el macho obtiene los pezones porque la hembra más tarde los necesitará», explica Lloyd. Además, hace una distinción capital: reconoce y acepta que el placer que las mujeres obtienen del sexo tiene la función biológica de estimular la actividad sexual (y con ello la reproducción), pero eso no es lo mismo que la funcionalidad biológica y específica del orgasmo.

En definitiva: el orgasmo femenino es una luz que la naturaleza —afortunadamente— se olvidó de apagar. Por supuesto, a Lloyd se le echaron encima con furia. Aunque ella misma planteaba esta respuesta como solución de provisionalidad («Mi punto de vista no es necesariamente la explicación correcta. Es solo que en este momento es la mejor explicación que está respaldada por la evidencia (1)»), le diluviaron las críticas a su escepticismo, argumentando que esa teoría «devaluaba» el orgasmo de las mujeres, como ya tan perversamente hizo Aristóteles.

Su réplica fue contundente, y ahondó en el que podría ser el meollo mismo de todo el asunto: ¿por qué el hecho de que no tengan —o no sepamos aún discernir cuál es— una función biológica clara va a convertirlos en superfluos? ¿Es que el placer no es suficiente argumento? Las habilidades para tocar el piano o para resolver ecuaciones complejas no tienen vínculos con la supervivencia y la reproducción, y tampoco hay nada irreal o frívolo en ellas (la comparación es suya). «Es, simplemente, un regalo de la evolución».

Lloyd desafió a muchos, a casi todos. Enojó a algunas parcelas del feminismo, al gran sector de los hombres científicos (a los que acusaba de sesgar los datos de sus investigaciones) y a la derecha religiosa que aún se acuerda de ofuscarse, con afectada repugnancia, ante nada que huela a sexo. Los movilizó en su contra, quizá con la esperanza de que ellos se respondieran a una simple cuestión:

¿Y qué? Sometimes an orgasm it’s just an orgasm, tituló una de sus primeras ponencias sobre el asunto.

Así que después de siglos de batallas, de refutaciones y de círculos concéntricos, quizá no se había formulado la pregunta adecuada. El orgasmo femenino no necesita ninguna función biológica que lo respalde, el placer es su más poderosa reivindicación. Quizás ha sido absurdo difuminar los bordes toscos y decepcionantes de nuestro pasado para dar con una piedra de Rosetta que tradujera el estímulo animal, con una respuesta. Una a la que pudiéramos dar una forma lógica que asesinara el misterio.

Como si fuera insoportable que, en el centro del clímax, latiera todavía un fondo salvaje de salvaje verdad.

An orgasm a day keeps the doctor away. (Mae West)

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(1) Este mismo año se ha publicado una nueva investigación que indaga en el origen evolutivo del orgasmo femenino. Llevada a cabo por Gunter Wagner y Mihaela Pavlicev, va tomando fuerza. Concuerda en lo esencial con lo expuesto por Lloyd (que el orgasmo de las mujeres es un vestigio evolutivo que no tiene utilidad práctica para la reproducción), pero barruntan la posibilidad de que en su momento sí la tuvo: desencadenaba la ovulación. Según sus conclusiones, grosso modo, el ciclo de ovulación de las humanas es independiente de su actividad sexual, sin embargo, en otras especies de mamíferas viene inducido a través de la cópula. Por esta razón, los investigadores han establecido la hipótesis de que antiguamente las hembras humanas también ovulaban después del clímax sexual, y la evolución modificó este proceso hacia una ovulación espontánea. Otro de los hallazgos más interesantes del estudio es que ha permitido saber que el clítoris no siempre ha estado en su posición actual.


El amor por el mal y viceversa

Imagen: DP.
Imagen: DP.

Me contó un hombre que relataba unas historias estupendas que durante sus años mozos en París le llamó la atención observar cómo, en los urinarios públicos, había de vez en cuando señores echando trozos de pan por el suelo. Se preguntó si sería con el noble propósito de dar de comer a las ratas, lo que ennoblecía enormemente al ciudadano francés, hasta que le dijeron que no: que se trataba de coprófagos. Los tíos echaban mendrugos de pan por el suelo de los baños para ir a recogerlos dos días después. Bien impregnados en orines, como los pastelitos llamados borrachos, se los comían en plan Saturno devorando a sus hijos de nuestro Francisco de Goya.

La verdad es que nunca he dejado de pensar en estos coprófagos parisinos. La razón es sencilla: me daban envidia. Alcanzar el éxtasis con tan poco. Qué suertudos. Me siento como Richard Burton en Equus. Ya saben, la película de Sidney Lumet sobre un chico al que de niño su madre le machaca con la figura de Jesucristo. Luego su padre, harto, retira el retrato de Jesús de su habitación y pone un ordinario cuadro de caza con un caballo en primer plano. Pero el chaval siguió rezando en la misma postura y en la misma dirección, obviando que el contenido del retrato había cambiado, hasta desarrollar una especie de religión nueva y personal en la que el objeto de culto eran los caballos. De mayor esto le ocasionó algún que otro problema que dio con su culo en el diván del psiquiatra, que era el aludido Richard Burton. Digo que me siento como él, porque en un momento del tratamiento se cuestiona todos sus principios y rompe a gritar (aproximadamente): «¡Pero por qué tengo que curarlo! Cuando está desnudo montado a caballo por la noche siente que… ¡está follando con su Dios! ¡Sexo con Dios!». Era cierto, ¿para qué quería ser normal ese chico? ¿Para hundirse en la rutina del matrimonio como su psiquiatra y despertarse todos los días sin ganas de vivir?

Pero estoy equivocado. No es tan fácil como parece. El señor que unta panecillos en pis está desafiando un esquema de valores que es de todo menos sencillo. Y para que el niño de Equus folle con Dios hace falta, primero, toda la religión cristiana desde que se vuelve organizada y su confrontación, segundo, con los valores emanados de la ilustración —el padre—. O sea, que no se puede hacer el experimento en casa porque le da a uno la gana. No puede uno ponerse a comer sus heces a ver si se le ponen los ojos en blanco del gusto ni rezarle a las bombillas para sentir que te la chupa el demiurgo cada vez que alguien da la luz. En cada acto, llamado o mal llamado de perversión o transgresión, necesitamos a toda la sociedad en su conjunto para que baile con nosotros.

Es lo que explica un libro de 2009, Nuestro lado oscuro, de Élisabeth Roudinesco, que me ha alegrado el verano. Habla de la perversión, de qué lo ha sido y qué lo ha dejado de ser con el paso del tiempo. Por ejemplo, flagelarse en la Edad Media acercaba a Dios, era una sana costumbre, hasta que poco a poco se fue bajando el látigo para azotarse en el culo porque aquello despertaba cierto interés sexual y pasó a ser perverso. Así como la homosexualidad, que fue cosa del diablo, ahora es lo más normal del mundo. O la pura masturbación, que durante los siglos XVIII, XIX y hasta bien entrado el XX se consideró por muchos médicos como una fuente de terribles enfermedades. Los que se masturbaban, bajo esa lógica, se estaban destruyendo a sí mismos, eran perversos. Pero luego ya se ha admitido que en el peor de los casos el masturbador es que está estresado o aburrido o simplemente conectado a internet una tarde lluviosa de invierno.

Los peligros de la masturbación. Imagen de Le livre sans titre (DP)
Los peligros de la masturbación. Imagen de Le livre sans titre (DP)

En la actualidad, dice Roudinesco, los dos tipos de perversos más destacados en nuestra sociedad son el terrorista islamista y el pedófilo. El primero es un tipo que meticulosamente se prepara para matar a cuantas más personas mejor y al mismo tiempo, en muchos casos, inmolarse también con ellos para irse al paraíso. El puro gozo de destruir y destruirse. En el caso de los niños, el rechazo que causa el pederasta se debe a que su crimen, la violación, lo perpetra con quienes por su propia naturaleza no pueden tener relaciones sexuales. ¿Cómo se remodelarán estas dos perversiones en el futuro?

Para plantear esta reflexión el libro se estructura, con las palabras que emplearían Faemino y Cansado, como un carromato de perversos fenómenos. Con el subtítulo «Una historia de los perversos», es un desfile de personajes de tal envergadura que uno se sentiría más cómodo leyendo el ensayo con pasamontañas. Pero, por si acaso, nosotros ampliaremos con más información las hazañas de cada uno de ellos que aporta el libro. Vamos allá.

La primera en aparecer es doña Margarita María Alacoque (1647-1690), monja salesa natural de Hautecour, que residió y se hizo famosa en el convento de Paray-le-Monial, en Borgoña, básicamente al lado de donde nació. Se conoce que era una monja muy limpia y muy pulcra a la que le repugnaba cualquier atisbo de suciedad, pero un día se le apareció Jesús increpándola por su actitud y se comió los vómitos de una enferma arrepentida y, en otra ocasión, los excrementos de una enferma de disentería. En el libro Antes del asco: excremento, entre naturaleza y cultura de Hilia Moreira se explica que la religiosa pretendía «mostrar la equivalencia entre boca y ano, adentro y afuera, alto y bajo, limpio y sucio. Todo es obra de Dios, según ella». Pero Luigi Cascioli, autor de La fábula de Cristo, considera que era un fervor menos religioso y más prosaico, tal y como se deja entrever en los fragmentos de estas vivencias que destaca de su biografía:

Cuando estaba frente a Jesús me consumía como una vela en el contacto enamorado que tenía con él (…) Yo era de un carácter tan delicado que la menor suciedad me levantaba el corazón (…) Jesús me regañó vigorosamente por mi debilidad y yo reaccioné contra ella con tanto coraje que un día limpié con mi lengua el suelo ensuciado por el vómito de un enfermo. Me hizo gozar tanta delicia en esta acción que habría deseado tener la ocasión para poder hacerlo todos los días (…) Una vez mostré cierta repugnancia en el momento de servir a un enfermo que tenía disentería. Jesús me regañó tan severamente que, con el fin de reparar, me llené la boca de sus excrementos, me los hubieses tragado si la Norma no prohibiera comer fuera de las comidas.

Sor Margarita fue santificada por el papa Benedicto XV en 1920.

Siguiente: Catalina de Siena (1347-1380) bebió pus de los pechos de una mujer cancerosa y en ese momento pudo escuchar a Cristo decirle «Mi bienamada, has mantenido por mí duros combates y con mi ayuda has salido victoriosa. Nunca me has sido tan querida ni tan grata (…) No solo has despreciado los placeres sensuales, sino que has vencido a la naturaleza al beber con alegría, por amor a mí, un horrible brebaje. Pues bien, dado que has realizado un acto que excede la naturaleza, quiero darte un licor que excede la naturaleza». Momento en el cual, le abre la herida del pecho de Cristo y le da de beber su sangre. «Algunos teólogos medievales presentaban esa herida como un seno, lo que hace de esa visión de la carne sangrienta-lactante de Cristo un símbolo de su profunda humanidad», nos cuenta el profesor de la Universidad Paul-Valéry de Montpellier, Louis Cardaillac.

Sor Catalina fue santificada en 1461 por Pío II. En 1939, Pío XII la declaró patrona principal de Italia, junto a San Francisco de Asís. En 1970, Pablo VI la hizo Doctora de la Iglesia. Y en 1999, Juan Pablo II la convirtió en Santa Patrona de Europa.

Pasaje de la vida de santa Catalina de Siena, de Cristóbal de Villalpando.
Pasaje de la vida de santa Catalina de Siena, de Cristóbal de Villalpando.

Con el número tres, Liduvina de Schiedam (1380-1433). Un caso contado en la obra de Roudinesco a partir de la biografía que escribió Joris-Karl Huysmans (1848-1907), libertino decadente, convertido al catolicismo por odio a la ciencia, a la modernidad y a la razón, un místico esteta fascinado por la abyección. Suya es la frase «el arte, junto a la oración, es la única eyaculación limpia del alma». Cuenta este caballero que Liduvina quiso salvar el alma de la Iglesia y de sus fieles «convirtiendo su cuerpo en un montón de basura». Tras caerse a un río helado, contrajo una penosa enfermedad. Durante treinta años estuvo postrada imponiendo a su cuerpo sufrimientos como gangrena, úlceras o dislocación de miembros. «La bienaventurada consideraba su estado como un don de Dios». Tras morir su padre, decidió seguir sin cama. Tirada en el suelo. «Vivió sobre una tabla cubierta de estiércol». Pero como no se moría, llegó a ser sospechosa de herejía. «A veces, por la noche sollozaba y desafiaba a su maestro, para luego reclamarle mayores sufrimientos todavía».

Huysmans escribió esta biografía cuando la medicina del siglo XIX empezaba a calificar estos comportamientos transgresores de los santos, goce con la suciedad, excrementos y orina, como enfermedades mentales. El autor quiso glorificarla, aunque personalmente me quedo con la versión de Tomás de Kempis (1380-1471) escritor para monjes de vida contemplativa y cuya «postura medieval antiintelectualista haría que los críticos del racionalismo le acusaran de oscurantismo y apología de la ignorancia», dice la Wikipedia. Afortunadamente, en Global Catholic Network encontramos un resumen de su trabajo biográfico sobre Liduvina.

Hasta los quince años Liduvina era una muchacha como las demás: alegre, simpática, buena y muy bonita. Pero en aquel año su vida cambió completamente. Un día, después de jugar con sus amigos, iban a patinar y en el camino cayó en el hielo partiéndose la columna vertebral (…) La pobre muchacha empezó desde entonces un horroroso martirio. Continuos vómitos, jaquecas, fiebre intermitente y dolores por todo el cuerpo la martirizaban todo el día. En ninguna posición podía descansar. La altísima fiebre le producía una sed insaciable. Los médicos declararon que su enfermedad no tenía remedio.

Se ponía a llorar y a preguntar a Dios por qué le había permitido tan horrible martirio. Pero un día Dios le dio un gran regalo: nombraron de párroco de su pueblo a un verdadero santo, el padre Pott. Este virtuoso sacerdote lo primero que hizo fue recordarle que «Dios al árbol que más lo quiere más lo poda, para que produzca mayor fruto y a los hijos que más ama más los hace sufrir». Le colocó en frente de la cama un crucifijo, pidiéndole que de vez en cuando mirara a Jesús crucificado y se comparara con Él y pensara que si Cristo sufrió tanto, debe ser que el sufrimiento lleva a la santidad.

Santa Liduvina llegó a amar de tal manera sus sufrimientos que repetía: «Si bastara rezar una pequeña oración para que se me fueran mis dolores, no la rezaría (…) Y en adelante sus sufrimientos se le convirtieron en una fuente de gozo espiritual (…) La enfermedad fue invadiendo todo su cuerpo. Una llaga le fue destrozando la piel. Perdió la vista por un ojo y el otro se le volvió tan sensible a la luz que no soportaba ni siquiera el reflejo de la llama de una vela. Estaba completamente paralizada y solamente podía mover un poco el brazo izquierdo (…) Parecía que ya en vida estuviera descomponiéndose como un cadáver. Pero nadie la veía triste o desanimada, sino todo lo contrario: feliz por lograr sufrir por amor a Cristo y por la conversión de los pecadores.

Esta alegre muchachita fue santificada oficialmente por León XIII en 1890.

Liduvina de Schiedam. Imagen: DP.
Liduvina de Schiedam.(DP)

A continuación, en la obra aparecen los flagelantes. Cuenta Milagros León, profesora de Historia de la Universidad de Málaga, que el origen de esta práctica está en la peste negra que se extendió por el continente en el siglo XIV, la cual fue considerada un castigo divino. Estas buenas gentes, los flagelantes, para pedir perdón por los pecados que habían traído la ira divina, formaban «cohortes vagabundas» que se apartaban de la sociedad, renunciaban al sexo y dejaban de ingerir cualquier tipo de alimento superfluo para azotarse en la espalda y así «manifestar y sentir uno mismo que la carne es despreciable, que el propio cuerpo es de deficiente composición, pedir que otra corporeidad te sea concedida», tal y como explica Patrik Vandermeersch, profesor de Psicología de la Religión en la Universidad de Groningen.

Vamos, que zumbándose hasta perder el sentido tenían la sensación de que no habitaban en su propio cuerpo, entraban en trance por el dolor extremo. Y hasta ahí bien, lo que pasó es que a alguno se le empezó a ir la olla (tan solo un poquito más) y a finales del siglo XIV los flagelantes anunciaron la venida del Anticristo, dice Roudinesco. Entonces sus prácticas fueron condenadas y a la «idolatría del cuerpo» se opuso un cristianismo basado en el amor y la confesión. Se sustituyó la «punición exuberante de la carne» por el «autocontrol espiritual». Los otrora excelsos flagelantes de repente pasaron a ser considerados perversos. Un caso escandaloso fue el del rey Enrique III de Francia (1551-1589), que es el que trae Roudinesco en su libro.

Hacia finales del siglo XVI se vio, con un refinamiento digno de él y de su corte, al rey Enrique III flagelarse en público con sus favoritos en las procesiones en que participaban, vestidos con túnicas blancas, excitándose de ese modo en las orgías de lujuria a las que, después de la ceremonia, tan devotos personajes se entregaban en los aposentos secretos del Louvre.

Lo cierto es que a la autora se le olvida mencionar que este rey, que fue asesinado, sufrió varias campañas de descrédito por medio de panfletos que finalmente, como suele ocurrir, se convirtieron con los años en la verdadera historia, la cual actualmente es desmentida. No obstante, sí era cierto que Enrique III era patrón de los Flagelantes Blancos de la Anunciación, pero lo que parece que pasaba era que los parisinos, a esas alturas del siglo XVI, se tomaban a cachondeo sus romerías.

En España, sin embargo, nadie se reía. La Contrarreforma supuso un auge de este tipo de órdenes. El Concilio de Trento justificó la penitencia como buena obra para merecer a Cristo, en contraposición a esa cosa moderna, hipster y metrosexual que preconizaban los protestantes: «el sacrificio». Eso sí, aquí éramos humanos igual que en cualquier otra parte, y según recuerda Milagros León, la cosa también se nos fue de las manos por la vía sexual. Dice esta profesora que el arzobispo sevillano Cristóbal de Rojas se quejó a Felipe II en una serie de cartas en las que se «informa y evidencia la promiscuidad y falta de respeto mostrada por los fieles y penitentes a lo largo de los excesos y concurridos recorridos, siempre en horas nocturnas». Carlos III fue el primer monarca que prohibió decididamente estas prácticas flagelantes, pero como vimos el año pasado cuando recordamos la España negra, estas resistieron durante todo el siglo XIX hasta nada menos que ¡hoy!

Volviendo un par de siglos atrás, Roudinesco cita a Gilles de Rais (1405-1440). Había luchado a las órdenes de Juana de Arco, una doncella a quien guiaban unas voces y que llevaba ropas de hombre. Lo primero se lo podían perdonar en aquel tiempo, pero no, nunca, lo segundo. Entre otros pecados, atentaba contra su obligación mostrar su condición de mujer, ocultarla venía a ser como apropiarse de los derechos que no le correspondían por no ser varón. Ella dijo que los ingleses querían violarla, pero el tribunal no tragó y le prendieron fuego. Este suceso marcaría la vida de Gilles de Rais.

Biografiado por Georges Bataille, al morir un año después el abuelo de Gilles y heredar este toda su fortuna, brotó en él un intenso deseo de violencia y transgresión. Su abuelo había sido un individuo cruel y ahora Gilles, fuera de su dominio y cabreado con el mundo, solo querría superarle. Roudinesco en un parrafito se ventila este apartado de su vida:

Rodeado de sirvientes, que le servían de proveedores, secuestraba a niños pequeños, arrebatados a familia campesinas, y les hacía sufrir las peores sevicias. Seccionaba los cuerpos, arrancaba los órganos, sobre todo el corazón, y se aplicaba en sodomizarlos en el momento de su agonía. Con frecuencia, presa de frenesí, se agarraba el miembro en erección para frotarlo contra los vientres torturados. De ese modo entraba en una especie de delirio en el momento de la eyaculación.

Elegía siempre a los niños más guapos, porque estaba muy preocupado de escenificar sus maldades. Al final, como en trance, llegaba a invocar al diablo, pero siempre acababa chapoteando entre la sangre, el semen y los restos de comida. Se cepilló a unos trescientos niños, pero su aludido biógrafo explicaba el fenómeno, que iba más allá de la locura, o más acá, como contó el periodista Eduardo Chamorro cuando reseñó la obra en Triunfo: el crimen para él era algo «lúdico y orgiástico» donde el delirio se convirtió en «el cauce más adecuado para unas pasiones lóbregamente vitales y en el resorte fundamental de la fuente de la vida, que encuentra en su dilapidación inútil la forma espeluznante de erguirse sobre el orden humano e igualarse a lo sacro».

Ya ven. Al final todo se reducía a ese anhelo tan medieval del que hemos hablado de salirse uno de su cuerpo mortal, de la carne, para abrazar la divinidad. No es casual que cuando el Tribunal de Nantes le metió mano, coincidió con la iniciativa del rey Carlos VII que puso fin a los grupos de bandoleros a las órdenes de los señores feudales como De Rais, sustituyéndolos por un ejército regular y jerarquizado. Restauró el poder real y eso significó el final del feudalismo, una época que tenía que ver más con Mad Max que con laúdes y tortas de pan. Antes de ser sentenciado, Gilles de Rais se arrepintió de sus correrías y advirtió a los jueces sobre los nefastos efectos «del consumo de vino caliente, especias y estimulantes». Tras pedir perdón, se le reintegró en el seno de la Iglesia para luego ahorcarlo y prender fuego a su cuerpo, como al de su querida Juana. Aunque aquí fue solo un poco. Una vez socarrado permitieron a las damas de la nobleza que lo retiraran de las llamas para darle digna sepultura.

Gilles de Rais en el cómic Los viajes de Jhen, de J.Pleyers y Jaques Martin. Imagen: NetCom2 Editorial.
Gilles de Rais en el cómic Los viajes de Jhen, de J.Pleyers y Jaques Martin. Imagen: NetCom2 Editorial.

Muchos años después, la brutalidad de este personaje solo pudo ser igualada por la de Sade, pero en sus cuentos, no en la vida real. El marqués pertenecía a la nobleza del siglo XVIII, un estamento arrogante y que no conocía límites en la búsqueda del placer, pero que no hacía sangre. O no tanta. Niño consentido como pocos, ya en los primeros escritos de Sade aparece la figura del libertino, que lejos de cualquier filosofía del placer, el erotismo o la libertad individual, lo que reivindicaban eran los excesos de la naturaleza y en servirla siguiendo su ejemplo. Una lógica en la cual, si el acto sexual se basa en tratar al otro como un objeto, un objeto es siempre equiparable a otro objeto, de manera que el verdadero libertino debía buscar el último grado de la lujuria en los seres, humanos o no humanos, más improbables: «Un eunuco, un hermafrodita, un enano, una mujer de ochenta años, un pavo, un mono, un dogo enorme, una cabra y un niño de cuatro años, bisnieto de la anciana, fueron los objetos de lujuria que nos presentaron las damas de compañía de la princesa», escribió en su amena Historia de Juliette en 1797. Una vez presentado el equipo, el libertino debería ingeniárselas para gozar de todos ellos a la vez, y ahí residía la sensibilidad artística:

Una vez dispuesta la colección de tales anomalías, el libertino deberá disfrutar de ellas inventando hasta el infinito el gran espectáculo de las posturas más irrepresentables. Deberá encular al pavo y cortarle el cuello en el momento de la eyaculación, luego acariciar los dos sexos del hermafrodita, arreglándoselas para tener entre la nariz el culo de la vieja mientras esta defeca y en su propio culo al eunuco follándolo. Tendrá que pasar del culo de la cabra al culo de una mujer, luego al culo del niño mientras otra mujer le secciona el cuello al pequeño: «Me follo el mono, de nuevo el dogo pero por el culo, el hermafrodita, el eunuco, los dos italianos, el consolador de Olympe: todos los demás me masturbaron, me lamieron y salí de tan nuevas y singulares orgías tras diez horas de los más estimulantes goces».

Estas ideas no nacían solo en su poderosa imaginación. Su madre encasquetó los cuidados de su hijo a una de las amantes de su padre, que era sodomita de jóvenes de ambos sexos. Cuando su padrastro murió, pasó a custodia de su hermano, el conde de Charolais, conocido por su crueldad. En las cacerías, como quiso probar Fraga en su momento, disparaba a las personas, en especial a los obreros que trabajaban en su propiedad. El niño, por esas fechas, con tamaños ejemplos no manifestaba afectos ni sentimiento de culpabilidad, así que se lo pasaron a unas hermanas que se dedicaron a mimarlo sin freno, lo que le hizo ser aún más arrogante.

Después estuvo bajo la tutela de su tío Paul Andonse de Sade, apasionado de la flagelación y la pornografía, que vivía con dos mujeres, una madre y otra hija, de las que disfrutaba a discreción. También era erudito y volteriano, así que mientras el joven Sade se culturizaba en la literatura y la historia, su tío le iba pasando prostitutas para que se fogueara. Solo tenía diez años. Edad con la que entró en un colegio de jesuitas en el que le dieron a conocer el látigo y los castigos corporales y fue iniciado en la sodomía por parte de los profesores y los alumnos. Más adelante se casó y maltrató a su esposa todo lo que le permitió la imaginación. Por supuesto también se echó una amante, la obrera Jeanne Testard, y junto a ella se entregó a actos sacrílegos hasta encontrar por fin su destino, el talego, y su vocación, la escritura. Es muy simpático cómo lo cuenta Roudinesco.

Un día, mientras eyaculaba en un cáliz, le introdujo hostias en el ano y luego se hizo flagelar con unas disciplinas calentadas al rojo. Finalmente la obligó a blasfemar y ponerse una lavativa para que se aliviara sobre un crucifijo. Denunciado y después encarcelado en el torreón de Vincennes, tomó la decisión de escribir libros.

Con la Revolución llegaría uno de los más salaos: Franceses, un esfuerzo más si queréis ser republicanos, donde proponía que por el bien de la República debía invertirse la ley que hasta el momento regía las sociedades humanas. Ningún hombre podía quedar excluido de la posesión de mujeres, pero ninguno podía poseer a ninguna en particular, preconizaba. Además, ellas debían ser sodomitas y sodomizadas, a poder ser en cópulas múltiples, para que no pudiera identificarse quién era el padre de cada quién y así los niños que nacieran pudieran pertenecer solo a la República. «Hay que separarlos de la madre desde su nacimiento para convertirlos en objetos de placer». Imaginen el análisis de este programa político en tertulia de La Linterna en la cadena COPE.

Al final, lo que son las cosas, los republicanos no es que no comulgaran con estas tesis, no confluyeron, que se dice ahora, sino que terminaron también ordenando su detención. Si en un inicio le sacaron del manicomio gracias a la abolición de las leyes contra la blasfemia y la sodomía y trató de llevar una vida normal, volvió a ser detenido y encerrado en las letrinas de un convento con otros nobles. A estas alturas, tras la decapitación de María Antonieta, Sade estaba muy impresionado por el terror de Robespierre. Cuando las barbaridades las ejecutaba fría e impenitentemente el Estado, el poder establecido, le horrorizaban. A él le gustaba el crimen y las violaciones siempre que «emanaran de una pulsión soberana», que se institucionalizase el terror le parecía repugnante. Con solo estar ante el cadalso, se ponía a vomitar. La visión de los cuerpos decapitados le deprimía enormemente. Todo su catálogo de salvajadas estaba siendo exorcizado por el Estado. Se sentía… violado.

Al final Sade acabó en el manicomio de Charenton, donde, cuenta Roudinesco «tuvo una última relación con la hija de una enfermera, a la que inició en la sodomía al tiempo que le enseñaba a leer y a escribir», mientras que su caso sirvió para iniciar en la sociedad de la época un intenso e interesante debate que situaba a la humanidad en el siglo XIX: si Sade era un loco, debía estar en un manicomio, pero si era un pervertidor, tendría que dar con sus huesos en la cárcel.

Retrato imaginario del marqués de Sade, por H. Biberstein. (DP)
Retrato imaginario del marqués de Sade, por H. Biberstein. (DP)

Así, en el siglo XIX la medicina inventó una lista de términos sexuales que consideraba patológicos. Nace todo eso que busca usted en los Pornotubes de rigor cuando se siente un poco plof: zoofilia, masoquismo, sadismo, vouyerismo… Y otros tantos términos de connotaciones más duras: necrofilia, pedofilia, coprofagia, etc. El Dictionnaire des fantasmes, perversions, et autres pratiques de l´amour, dice la autora, contaba con quinientas entradas y cien ilustraciones. Los Estados nacientes de la modernidad decidieron que tenían que gobernar también las prácticas sexuales distinguiendo vicio de virtud. Era el programa histórico de la burguesía triunfante, surgida en oposición a una nobleza que había creado todo un ritual alrededor de la defecación y la ingestión de heces como quintaesencia del placer sexual. Había surgido el «higienismo», la sexualidad a partir de ese momento sería romántica: felicidad de las mujeres como madres, felicidad del padre como protector de la prole. Y punto. Perversos pasaron a ser entonces escritores como Balzac, Flaubert, Victor Hugo o Maupassant por su odio al régimen burgués, que no podía ser más perverso al tratar de domesticar las pasiones humanas, entendían. Y en este punto de la noria histórica, Roudinesco saca a colación a Freud, que analiza por fin el propio concepto de la perversión:

Es en cierto modo connatural al hombre. Clínicamente, constituye una estructura psíquica: no se nace perverso, se deviene al heredar una historia singular y colectiva donde se mezclan educación, identificaciones inconscientes, traumas diversos. Después, todo depende de lo que cada sujeto haga con la perversión que lleva en su interior: rebelión, superación, sublimación… o, por el contrario, crimen, aniquilamiento de uno mismo y de los demás.

Por eso el ensayo condena el puritanismo como otro tipo de perversión, pero el problema aún fue más allá, cuando en el siglo XX se empezó a hablar de valores de vida negativos, de vidas que no merecen la pena ser vividas, y todo lo que conocemos como eugenesia. Aquí Roudinesco se adentra en el nazismo y los comportamientos de los jerarcas de ese régimen. Desde los que consideraban que Alemania debía desaparecer para siempre tras perder la guerra, que no podía existir en un mundo que odiaban, como los que se suicidaban porque no podían consentir que esos a los que veían como abyectos e infrahombres, cualquiera que no fuese alemán al fin y al cabo, pudieran juzgarles. Y se cita a Hannah Arendt: la mayor parte de toda esta gente creía que hacía el bien.

El ejemplo que trae a colación es el de Rudolf Höss (1900-1947), comandante de Auschwitz. A petición de su abogado en los juicios de Núremberg, redactó una autobiografía para poner de manifiesto las cualidades humanas de su autor. Su mejor amigo de niño, arranca, fue un pony. Sus padres no le querían y no tenía amigos. Iba para misionero, pero cuando su confesor reveló a sus padres una pequeña confidencia, perdió la fe. Optó por el ejército y en 1915 pudo por fin matar a una persona en el frente turco durante la Gran Guerra. Un enemigo de la patria. Lógicamente se sintió humillado tras la rendición de Versalles y en 1922 se afilió al Partido Nacionalsocialista. Un año más tarde, pudo hacer el bien por Alemania asesinando a un maestro comunista, del que no sé quién había dicho que era espía. Höss no entendió por qué fue a la cárcel y se sintió una víctima del sistema, pero cuando salió merced a una amnistía, se había acostumbrado tanto a la disciplina de la vida penitenciaria que ya no podía vivir de otra forma y tuvo la feliz idea de ingresar en una secta, los artamanes, «que se han atribuido la misión de crear, en pleno corazón de la campiña alemana, firmes modelos en los que los humanos de raza superior podrían por fin cohabitar con sus émulos, los animales».

Sin embargo, lo crucial de esta autobiografía se ve cuando el protagonista se detiene en un episodio de su etapa como comandante de Auschwitz. Cuando se encuentra a un rumano, obeso y homosexual, con todo el cuerpo tatuado con dibujos pornográficos. Le interesaba tanto como le repugnaba, y le impuso los trabajos más duros que pudo imaginar. Cuando el rumano murió exhausto, Höss anotó que había fallecido por «vicio sexual» en su ficha. Y, además, ordenó que su madre contemplara el cadáver. Cuando detectó o se imaginó que esta se sintió aliviada, entendió que les había hecho un favor librándole de la vida. Madre e hijo encontraron la paz y él, Höss, era un enorme benefactor de la humanidad, escribía, gracias a su homicidio redentor. El comandante de Auchwitz, ahí lo ven, tan solo era una bellísima y sensible persona en el engranaje de un régimen perverso. A ver si en el tercer milenio rizamos el rizo y aportamos perversos en un sistema perverso, que es un fenómeno que no parece escasear hoy en día precisamente.

Rudolf Höss. Foto: Schutzstaffel (DP)
Rudolf Höss. Foto: Schutzstaffel (DP)


Sexo en el franquismo: las secuelas

Hace pocos días le pregunté a una muchacha qué le gustaría ser: «¡Extranjera!» me contestó. (Gonzalo Torrente Ballester, Triunfo, 1979)

(De la serie: «El sexo en tiempos de Mad Men»  y «La vida sexual en la URSS»)

Tengo una colección de libros llamada «Temas sexuales» que se imprimió en 1933 y 1934, tiempos de la II República española. Solo sé, por la publicidad de la colección que he visto en la hemeroteca, que en las librerías que los vendían también podía uno adquirir títulos como Los pobres contra los ricos o Ensayos socialistas. Lo cierto es que son solo unos cuadernos de divulgación sexual con sus aciertos y sus errores, porque no faltan ideas que a día de hoy consideramos majaderías, la verdad sea dicha, como ejercicios gimnásticos para realizar desnudos bajo el sol, mostrados en fotografías en uno de los volúmenes, que servirían de afrodisíaco al activar «excitaciones mecánicas».

Pie: ¡Ojo! Nos dice nuestra amiga Ana Thiferet que «casi cualquier postura de yoga en pelotas bajo el sol es afrodisíaca». Y concretamente, esta mujer está haciendo una variante «raruna» de la asana ‘mitad de cobra’. E insiste Ana en que, de hecho, «hay mogollón de asanas que podrían ser útiles para el sexo. Por eso de descubrir el cuerpo, disfrutarlo, relajarse…»
¡Ojo! Nos dice nuestra amiga Ana Thiferet que «casi cualquier postura de yoga en pelotas bajo el sol es afrodisíaca». Y concretamente, esta mujer está haciendo una variante «raruna» de la asana mitad de cobra. E insiste Ana en que, de hecho, «hay mogollón de asanas que podrían ser útiles para el sexo. Por eso de descubrir el cuerpo, disfrutarlo, relajarse…».

Pero uno no puede evitar fijarse y sorprenderse por algunas afirmaciones que traen, ya que, dadas las características del periodo histórico que vino después, llaman la atención por el contraste. Dice así un párrafo de la entrega El arte de hacerse amar:

El hecho de haberse iniciado en las relaciones amorosas no quiere decir que hayan de terminar, no digamos ya en una unión legalizada, sino que ni siquiera en una realidad sexual libre (…) puesto que aquellos que han vivido más licenciosamente son los que encuentran más felicidad en la vida conyugal (…) A esas edades en que el ardor juvenil es como una llama viva que todo lo quema y todo lo arrasa y que con lo primero que da al traste es con los conceptos prohibitivos de la vieja moral.

Estos extractos que acaban de leer, en el régimen que instauró el general Franco después de cometer un genocidio contra los españoles, eran más peligrosos que los textos de Bakunin. Estoy exagerando, pero desde luego el Estado los perseguía con la misma tozudez y perseverancia. Y muy especialmente, los prevenía con la censura de las comunicaciones públicas y el adiestramiento de la juventud en las escuelas. Sin embargo, a día de hoy, el comportamiento que describe el mencionado texto es el de gran parte de la población, por no decir la mayoría, antes de emparejarse o casarse.

Aunque, antes de entrar en el esquema ideológico del franquismo y su educación reflejada en la conducta sexual de los españoles de aquel tiempo, repasemos primero los estragos que causaron en varias generaciones.

Un ejemplo en vídeo, que les entre por los ojos. En 1990, TVE estrenó un programa, Hablemos de sexo. En la web del ente hay un capítulo completo. Es el dedicado a la masturbación. Vean las opiniones recogidas por la calle a los españoles, especialmente a los que ya tenían cierta edad. Escalofriantes muchas de ellas. Muchos, a una década del siglo XXI, veían normal pegar a un hijo al que se sorprende masturbándose. Uno habla de colgarlo. Dicen que hay que gritarles.

Y del mismo cariz son las cartas que escribieron durante todo ese año los lectores a los periódicos indignados con la emisión de un programa de educación sexual. En ABC se preguntaba un caballero si con la campaña del Gobierno de «Póntelo, pónselo», promoviendo el uso del preservativo en las relaciones sexuales ante la epidemia de sida de los ochenta, y con el espacio de Elena Ochoa Hablemos de sexo lo que se pretendía era «fomentar en los jóvenes la práctica indiscriminada del disfrute carnal». Otro protestaba porque «lo emiten en prime time y los adolescentes escuchan asombrados que la masturbación no es perjudicial». Una señora no daba crédito: «han dicho que el sexo anal no es perverso». Y el más simpático era un señor que, muy preocupado, informaba al diario: «se emite cuando los adolescentes están despiertos». ¿Quizá vería más lógico que un programa de educación sexual solo lo pudieran ver los que ya han tenido hijos?

Mientras, en La Vanguardia, a un catedrático de la Universidad de Barcelona, Alfonso Balcells Gorina, del Opus, le publicaron una tribuna donde decía que el sida era una enfermedad del comportamiento, que se debía curar con «un cambio personal, de actitudes y de costumbres», pero no con educación sexual, que era según él: «tantas veces puro erotismo reduccionista del sexo a la esfera corporal, inhumano y egocéntrico, anatomía y fisiología con ribetes pseudocientíficos, como en el programa Hablemos de sexo de la televisión pública y otros parecidos, que las familias consideran lamentables y contraproducentes».

Esto quince años después de la muerte del invicto caudillo. Si vamos más atrás, tras su desaparición y el cambio de régimen, en los locos años ochenta, dijo recientemente Grace Morales en el último Mondo Brutto, el número 43, que en la célebre Movida hubo «más droga que sexo». Y si ya ponemos la lupa en las secuelas perceptibles en el año 1976 la cosa empeora hasta niveles surrealistas. En un libro que publicó Óscar Caballero, El sexo del franquismo, este recogió casos que le habían planteado sexólogos de la época y que hablaban por sí solos de la educación y salud sexual —y por qué no decir mental— de parte de los españoles que salían del franquismo, especialmente las generaciones educadas en la posguerra o en los pueblos.

Por ejemplo, al doctor Martínez López, cita, le llegó un chico de Lleida quejándose de que se había casado hacía poco y que a su mujer no «le cabía nada». Él le respondió que si ella tenía el himen muy duro, que había casos, lo podía solucionar un ginecólogo. Pero no, resultó que al chaval le habían explicado que tenia que bajar las bragas a su mujer y metérsela por el agujerito y el único agujerito que conocía era el del ombligo. El doctor Frederic Boix Junquera explicaba a continuación que ese tipo de dudas no escaseaban, que había casos en que las madres solo les enseñaban a las hijas a quitar las manchas de semen de los colchones. Otro doctor, de Villalba, en Madrid, cuenta en estas páginas que trató a un matrimonio que acudió a su consulta —ella, porque él no se atrevía— a decir que no podían tener hijos por mucho sexo que practicaran. Cuando terminó preguntándole cómo lo hacían, dijo «lo normal, por detrás». Resulta que «lo hacían así porque ella, desde niña, había oído que por delante era pecado y, además, igualmente tenía orgasmos regulares».

La ignorancia era transversal, no solo sucedían estos episodios en las capas más humildes. Incluso en la alta sociedad había problemas sexuales y malentendidos derivados de la falta de conocimientos elementales. Este doctor también aportaba el relato de la vida sexual de una mujer adinerada que entonces tenía cuarenta años y cinco hijos:

Cuando me casé ninguna persona me había anticipado qué iba a sucederme en la noche de bodas (…) Mis padres habían concertado un matrimonio con el hijo de una familia cuya posición económica era mejor que la nuestra (…) Nadie me habló de sexo, ¿y cuál era mi recuerdo del colegio? Recuerdo que nos bañábamos envueltas en una bata para no ver ni dejar ver nuestro cuerpo. Yo ignoraba hasta la masturbación (…) Por otra parte había visto a mi novio solo en tres oportunidades (…) La noche de bodas lo único que yo sabía era que dormiría con él y debería obedecerle en todo (…) El primer acto fue horrible. Estábamos los dos prácticamente vestidos. Él era torpe y yo noté un dolor muy agudo con la penetración. No conocí el orgasmo hasta tres meses más tarde, una noche en que me acosté embriagada después de cenar. (…) A los seis meses de casada, él me pidió que pusiera su pene en mi boca. Me negué. No quería tener hijos tan joven y estaba absolutamente convencida de que me quedaría embarazada si él colocaba su pene en mi boca.

Esos ejemplos, estas secuelas, son el resultado de una de las mayores y más importantes imposiciones del franquismo: la frigidez femenina. El marido que llamaba puta a su mujer porque esta había tenido un orgasmo no era infrecuente. Ya en un especial sobre sexo de la revista Triunfo en 1970 encontramos el diagnóstico: «La frigidez femenina se ha trabajado. Ahora comienza a considerarse un mal. La idea del honor ha funcionado como un anafrodisiaco. La mujer considera una virtud amar sin placer porque equipara el placer al pecado».

En un ABC de 1976 se ponía de manifiesto esta educación para la frigidez en un editorial contra la educación sexual y a favor de la castidad que contenía frases para enmarcar: «se presenta la satisfacción del impulso sexual como una fuente de placer físico que se alcanza en una especial clase de retozo o juego por el cual no hay que preocuparse (…) Hay también una virtud que ennoblece la sexualidad del hombre: se llama castidad, y como virtud significa la fuerza que mantiene la limpieza del cuerpo y del alma. Ciertamente, no estamos en tiempos en los que la castidad tenga buena prensa…». Caballero explicó en su libro que esta mentalidad era una de las principales causas del fracaso matrimonial de tantas parejas españolas, «matrimonios que después de tantos hijos no conocen lo que es el orgasmo. La relación sexual mecánica y el tedio ante el acto sexual tiene demasiados practicantes en nuestro país». Desolador.

Noticia recogida en La Vanguardia; jueves 1 de marzo de 1973.
Noticia recogida en La Vanguardia; jueves 1 de marzo de 1973.

Pero eso es lo que supuso la dictadura. Un regreso a la castidad tradicional española, un concepto antediluviano. Según un artículo de Rafael Huertas y Enric Novella, «Sexo y Modernidad en la España de la II República», publicado en la revista Arbor del CSIC, en 1932 ya había en España una Liga Española para la Reforma Sexual sobre Bases Científicas, filial de la Weltliga für Sexualreform fundada en 1928 en Berlín por el doctor Marcus Hirschfeld (las imágenes que solemos ver de los nazis quemando libros cuando toman el poder en 1933 son las de cuando asaltaron la sede de este instituto el 6 de mayo de ese año).

También circulaba por España en aquel periodo la obra de Hildegart Rodríguez, que abogaba por la «libre elección de la maternidad», el método anticonceptivo para alcanzar una sexualidad más libre. Además, abogaba por una educación sexual desde la escuela. Una necesidad que esgrimía de forma unánime «prácticamente toda la literatura médica de la época», señalan estos investigadores, como el doctor Ángel Garma, que se quejaba de que si a un adolescente se le educaba en el rechazo a su propia sexualidad tendería a desconfiar de las personas que le rodeasen al crecer. Y también demandaba una educación sexual basada en valores como la veracidad y la tolerancia. Ponía de ejemplo que el que a los niños se les enseñase que los niños vienen de París solo tenía como consecuencia que «se les estropea la parte lógica del pensamiento». Pero ya se sabe, y bien conoce la religión, lo manipulable que es alguien a quien le han inculcado ideas irracionales antes de que esté en edad de razonar.

También la República trajo la primera ley de divorcio de la historia de España. Y otra afrenta mucho más grave, que le costó la vida a tantos maestros durante el genocidio, la legislación del sistema de enseñanza republicano, que introducía la «coeducación» (ahora educación mixta): se fundieron las escuelas masculinas y femeninas en una. Ante esta transformación, el papa Pío XI se manifestó condenando expresamente el nuevo modelo en su encíclica «Divini Illius Magistri». El pontífice protestaba porque este sistema educativo se basaba en el «pernicioso» y «erróneo» principio «negador del pecado original». El falangista Onésimo Redondo lo calificó de «crimen ministerial contra las mujeres decentes». Y el padre José Antonio Lauburu explicó en su conferencia «La educación de los hijos» en 1935:

¿Va a ser ciencia dar la misma dirección intelectual a los que no solamente en el sexo, sino en sus notas psicológicas, son marcadamente diferentes? ¡No, señores, no es ciencia! Ni la conocen ni les interesa. Lo que sí les interesa es la promiscuidad de los sexos, precisamente en las épocas de la pubertad y de las pasiones más violentas, para atentar contra el pudor y entender las pasiones azuzándolas con las burlas y desprecios irónicos a la religión y la moral.

El franquismo prohibió la coeducación el 1 de mayo de 1939. Es conocido que a los maestros que defendieron el sistema, especialmente en Andalucía, Extremadura, Castilla y Galicia, se les fue a buscar a su casa uno por uno sistemática y organizadamente para meterles cuatro tiros y enterrarlos en una cuneta ¡donde todavía están muchos de ellos! Se cumplieron los deseos de Onésimo Redondo cuando dijo que la coeducación o emparejamiento escolar era «un capítulo de acción judía contra las naciones libres, un delito contra la salud del pueblo, que deben penar con sus cabezas los traidores responsables». Dicho y hecho.

Escuela de niñas, España, años cuarenta. Foto: DP.
Escuela de niñas, España, años cuarenta. Foto: DP.

Ni siquiera en 1970 los propios legisladores franquistas más avanzados lograron introducir la coeducación por la oposición de la Iglesia. En el diario Pueblo el presidente de la Federación Española de Religiosos de Enseñanza justificó el inmovilismo: «Los riesgos morales son grandes. La Iglesia no se opone a una convivencia de sexos, sino a sustituir fácilmente una legítima comunidad por una promiscuidad de carácter tendenciosamente igualatorio».

Igualdad era la palabra. Porque la razón que subyacía era evidente: educar a chicos y chicas juntos suponía igualarlos. Dicho de otro modo, que la mujer dejaría de tener una educación diferente a la del varón. Según Luis Alonso Tejada en su libro La represión sexual en la España de Franco, efectivamente el propósito del sistema educativo del régimen era limitar las posibilidades intelectuales de las niñas y mujeres y orientarlas hacia actividades de inferior rango cultural y social: enviarlas directamente a las tareas del hogar.

Esto luego derivó, sigue Tejada, en un menor interés de los padres por los estudios de sus hijas y elevados porcentajes de analfabetismo femenino. Las cosas cambiaron a partir de 1960, pero la generación de mujeres de posguerra quedó marcada. Las mujeres adultas tenían un desinterés por todo lo intelectual y cultural que necesariamente las distanciaba de sus maridos. No era posible una comunicación real y auténtica y, por lo tanto, en términos sexuales, un elevado porcentaje de matrimonios naufragaban por la lógica insatisfacción sexual y afectiva derivada de esta situación. Pero las muy católicas autoridades estaban convencidas de que debía ser así. El ilustre rector de la Universidad Complutense entonces, el doctor Botella Llusià, así lo explicaba:

En esta educación juvenil de la mujer es un error educar a las mujeres igual que a los hombres. La preocupación que deben recibir para la vida es radical y fundamentalmente distinta. Una formación encaminada no a hacer de ella un buen ciudadano, sino una buena esposa y una buena madre de familia o, si se queda soltera, un ser útil a sus semejantes.

Continuará. Próximo capítulo: «El regreso a las tinieblas»


Belleza herida: reflexiones sobre el erotismo médico

No tengo carnet de conducir. 

Al cumplir los dieciocho me apunté a una autoescuela, tomé algunas clases y el primer día en que iba a coger un coche me torcí el tobillo al caer por unas escaleras. Una vez recuperado y cuando me disponía de nuevo a hacer una práctica, mi profesor de autoescuela fue atropellado al cruzar un paso cebra, lo que no supe si interpretar como ironía cósmica o injusticia poética. Intento estar atento a las señales que manda el mundo: no creo en Dios, pero sí en los muchos dioses que llevamos dentro los humanos… Así que les escuché y supe que me estaban recomendando amablemente que me olvidara de aquello y empezara a usar transporte público.

Y es que: ¿os habéis parado a pensar realmente en qué son los coches? Moles asesinas de acero y plástico de varias toneladas de peso impulsadas por explosiones periódicas, alimentadas con restos líquidos de dinosaurios muertos, lanzadas a velocidades absurdas por estrechas tiras de asfalto… Sólo una especie de hipnosis colectiva nos impide ver estos bichos como lo que realmente son: máquinas de matar con una sed de sangre insaciable y maligna. Bestias peligrosas. 

Pensado fríamente, eso me pone. 


1. Crash: el despertador definitivo

 
Para explicar el porqué de mi frase anterior debo remontarme a 1996, año en que 
David Cronenberg estrenó esa joya del malditismo cinematográfico llamada Crash, basada en una novela del gran J.G. Ballard. La premisa de la película es sencilla: un variopinto grupo de gente se excita sexualmente con los accidentes de coche y sus consecuencias, y se dedica no sólo al simple sexo automovilístico sino a reproducir con una minuciosidad extrema accidentes famosos como el que le costó la vida a James Dean (y puedo imaginarme qué hubiera pasado si el guión de la película se hubiera escrito tras el choque mortal de Lady Di en París). 

La polémica que rodeó a la película en su momento fue muy intensa… Especialmente exaltada en el Reino Unido, donde sufrió un asalto incansable de críticos escandalizados y tabloides que acudieron, como acostumbran, al olor de la sangre. Entre los argumentos esgrimidos contra la película (más allá de los estrictamente cinematográficos y subjetivos de ritmo, narrativa e imagen) figuraban reparos morales, fobias sexuales, escrúpulos políticamente correctos y paternalistas (“¡puede molestar a los espectadores que realmente hayan tenido accidentes de coche!”) o incluso miedos ridículos (en la línea de “¡estimulados por la película, los locos se lanzarán a la carretera a chocar entre ellos y follar sobre los cadáveres de honrados ciudadanos!”). Sin embargo poca gente parecía estar haciéndose las preguntas que más me interesaban a mí como fan de las sexualidades alternativas y fetichismos varios… Más allá de la literalidad del choque, ¿qué simboliza y encarna esa excitación sexual tras un accidente violento? ¿En qué otras circunstancias (fuera de la carretera, se entiende) puede experimentarse una sensación parecida?

Una de las secuencias de la película puede servirnos de pista. Tras un accidente de coche autoprovocado, James Spader (hay que ver cómo se las arregla este hombre para protagonizar películas pervertidas, no olvidemos su papel protagonista en Secretary) se acerca tambaleante hacia una herida Deborah Unger (la esposa de la que se había distanciado sexual y emocionalmente), y empieza a acariciarla con ternura… En ese momento de iluminación, ese satori psicosexual, ambos están resucitando, están volviendo a sentir tras mucho tiempo de verlo todo como desde detrás de un cristal, despegados de la vida y del placer. Sobrevivir a una experiencia cercana a la muerte despierta la sed de vida, y qué mayor prueba de vida que follar, sumergirse en el placer de los sentidos, celebrar que la sangre corre por las venas… Y tal vez por el suelo. El chorro de adrenalina y endorfinas nos despierta de golpe de la rutina de nuestro aletargamiento cotidiano, el dolor nos dice: “estás aquí en este momento, estás vivo, estás sintiendo”.

En el interesante libro-ensayo Los inadaptados, el escritor británico Colin Wilson emplea como hilo conductor de sus reflexiones las biografías de varios artistas con impulsos eróticos poco habituales, desde Sade hasta Swinburne. La mayor parte de sus conclusiones son erróneas y su tono perdonavidas resulta irritante y antipático, pero da en el clavo en su definición de sexo “hipercálido”: un despertador natural que la naturaleza ha proporcionado al ser humano a través de la excitación sexual repentina y explosiva para devolverle el sentido de la realidad, que se va embotando por las repeticiones cotidianas y la rutina.

En los círculos del sadomasoquismo es bien conocido que se puede llegar al éxtasis físico y psicológico (casi un estado alterado de conciencia) a través del dolor, o de la aplicación controlada y consensuada de dolor erótico, siendo precisos. Esa sensación de hiperrealidad, lucidez y placer intenso es frecuente en las sesiones más vivas e intensas…

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2. Belleza herida, belleza amenazada


En 2009 mi pareja y yo tuvimos la oportunidad única de asistir a la primera exposición oficial de 
Romain Slocombe en España, comisariada por Manuel Foraster en la Galería Fidel Balaguer de Barcelona… Slocombe es un fascinante novelista, cineasta, dibujante y fotógrafo parisino nacido en 1953 y especializado en retratar lo que él llama “arte médico” y algunos autores han llamado “belleza amenazada”… Aunque yo prefiera la expresión “belleza herida”. En sus fotografías Slocombe suele retratar hermosas mujeres vendadas, escayoladas, con parches en los ojos o collarines. A menudo son jóvenes japonesas: Slocombe siempre ha mostrado una gran fascinación por Japón… Durante sus estancias en Tokyo ha trabado amistad con pintores famosos como Tadanori Yokô, diseñadores como Makiko Azakami o fotógrafos como el notorio Nobuyoshi Araki.

Uno de los libros de fotografía de Slocombe ocupa un lugar de honor en mi biblioteca privada: City of the broken dolls. Publicado en 1996 (sí, el año del estreno de Crash, qué gran cosecha fetichista), el libro es un recorrido alucinante por un Tokyo subterráneo repleto de asépticas habitaciones de hospital, enfermeras misteriosas y, sobre todo, decenas de etéreas jóvenes escayoladas y vendadas, con una mirada generalmente penetrante e intensa.

Es evidente que en la fascinación de Slocombe por los vendajes, yesos y cabestrillos hay una componente estética y otra psicosexual. Por cederle la palabra a él mismo: “Los vendajes son un símbolo visual… Seas o no fetichista, cuando ves caminar a una persona herida por la calle llevando muletas o un brazo en cabestrillo, tu ojo se ve atraído por la fuerza de la escena, del color blanco… La gente mira a quien ha resultado herido en un accidente de una forma muy especial: esa persona ha sido separada de la realidad, tiene un aura a su alrededor. Para mí, por supuesto, es un fetiche”. Ya no estamos en el momento de hiperrealidad del accidente o el choque, ahora tratamos con las manifestaciones físicas de sus consecuencias.

Como muchos genios (y como muchos fetichistas), Slocombe ha sido frecuentemente malinterpretado y calumniado. Aún resuena la polémica del festival de fotografía de Arles, de donde fue expulsado tras una bronca moralista durante la proyección de una de sus películas, la interesantísima Un monde flottant sobre la subcultura sadomasoquista japonesa… Hay quien le tacha de machista o misógino, las mismas acusaciones indocumentadas que suelen recaer sobre su amigo  Araki.  Dice Slocombe: “Hay gente que no lo entiende y cree que lo que me excita es que la modelo sufra, o que tenga horribles cicatrices bajo las vendas. No es eso en absoluto. Estoy más interesado en la acción de envolver a la modelo, en la parte visual externa, en la imagen de vulnerabilidad. Lo que llamo broken dolls… Todo eso subraya la feminidad y belleza de la modelo. Los que no me entienden creen que debo ser anti-mujer, que debo odiar a las mujeres: al contrario, las amo, admiro su belleza y así la potencio”.

El suyo es el erotismo de la fragilidad, de la indefensión vulnerable que exige una respuesta protectora… La belleza herida despierta ternura. En una famosa escena de Indiana Jones y el Arca Perdida, la hermosa Marion trata de curarle las heridas a un muy dolorido y machacado Indy. “¿Dónde te duele?”, pregunta. “En todas partes”, contesta Indiana quejoso. “Algún sitio habrá en que no te duela”… “Aquí”, contesta él señalándose el hombro. Y Marion le besa en el hombro. “Aquí”, señalándose el codo. Y Marion, amorosamente, le besa el codo. “Aquí”, dice Indiana señalándose los labios…

Quien se vea sorprendido por este tipo de fetichismo no tiene más que pararse a pensar que esta asociación entre erotismo y medicina siempre ha vivido en el imaginario colectivo de otras maneras que le pueden resultar más familiares… Generaciones enteras de críos han descubierto sus cuerpos jugando a “médicos y enfermeras”, y no hacen falta muchas explicaciones para entender la potencia erótica de la imagen de la enfermera sexy (sea vestida de látex o carnavalesca) o del doctor de bata blanca que ordena a su paciente que se desnude. Slocombe recoge esta tendencia de nuestro inconsciente y le añade estilo, clase y glamour, la sublima convirtiéndola en arte sin que pierda por el camino nada de su capacidad de excitación fetichista. 

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3. Cuerpo y prótesis

Antes de continuar en esta exploración del reverso erótico de la parafernalia médica, se impone una aclaración semántica: se entiende como ortesis cualquier artefacto que apoye y refuerce una extremidad debilitada, mientras que una prótesis la sustituye por completo. En la película Crash, la bella Rosanna Arquette interpreta a una mujer con una enorme cicatriz en la pierna y una ortesis rígida que forma parte integral de su sexualidad. En algunas de las imágenes más conocidas del mítico fotógrafo Helmut Newton aparecen hermosas mujeres llevando aparatosas ortesis que lucen con un inconfundible orgullo…

La investigadora Paula Dinamarca ha explorado en su interesante artículo Playing, performing and living the orthotics el mundo de los artefactos ortopédicos empleados no sólo por motivos puramente médicos sino erótico-lúdicos, artísticos o de autoimagen corporal. Resulta interesante ver cómo desde un fetichismo médico similar al de Slocombe se pueden considerar las prótesis usadas en el juego erótico no sólo como complementos elegantes que cumplen una función inmovilizadora (un tipo diferente de atadura erótica), sino como accesorios con la capacidad de embellecer a la persona que las lleva, de forma similar a las joyas o adornos de la ropa. Una tendencia muy habitual en el mundo de los artefactos ortopédicos es intentar disimularlos para que parezcan “reales” o pasen inadvertidos: plásticos de color carne, formas redondeadas, materiales blandos recubriendo la estructura… Y sin embargo hay gente que opta por la solución contraria: ortesis personalizadas que destaquen, que formen parte de la personalidad y estética propias. Prótesis que no esconden sino que subrayan y autoafirman… Tal vez el mejor ejemplo de este tipo de actitud se vea en Aimee Mullins, atleta de nivel, modelo, actriz y analista estadounidense cuyas piernas tuvieron que ser amputadas apenas un año después de nacer. Hoy en día sus doce pares de piernas prostéticas incluyen prótesis de diferentes alturas, materiales y aspecto: completamente transparentes, de apariencia felina, atléticas o talladas en madera de fresno, como las que utilizó al hacer de modelo para Alexander McQueen en 1999, como se puede ver en la imagen inferior.

No es infrecuente que en locales y asociaciones BDSM -friendly se organicen fiestas dedicadas al fetichismo médico: en el mismo Nido del Escorpión (sobre el que hablaremos en un próximo artículo) mi pareja y yo rendimos homenaje de vez en cuando a Newton y Slocombe… No es sencillo encontrar atrezzo y vestuario para este tipo de encuentros: por ejemplo, las ortesis que más interesantes encuentro para el juego erótico son las de aspecto antiguo: hierro, madera y cuero viejo antes que plástico y fibra de carbono… Y sólo gracias a golpes de suerte inesperados podemos localizar artefactos similares. La búsqueda, sin embargo, merece la pena.

Cuando se oye por primera vez la expresión “fetichismo médico” un primer reflejo nos lleva a pensar en agujas, sangre, inyecciones… Pero como espero haber ido mostrando durante este artículo, el erotismo médico puede ser sutil y elegante, empleando códigos artísticos que recuperan para el mundo de la sensualidad un entorno a priori terrible. No parece un mal objetivo vital aprender a reconocer y valorar la belleza que se esconde en lo más improbable…