Policías polis

Canción triste de Hill Street (1981–1987). Imagen: MTM Enterprises.

El crimen y la ficción

Desde que existe el hombre existe el crimen. En el momento en que dos personas se juntaron en el mismo lugar, al menos una de ellas acabó sintiendo el deseo de robar o matar a la otra. Y con el tiempo acabó materializándose. Es normal. No porque el crimen compense, como se encargaban de negar los cómics americanos de los cincuenta, sino porque somos humanos, no ángeles. Y tal vez sea esa —que no somos ángeles— la razón de por qué nos resulta tan fascinante el crimen.

Siempre y cuando le ocurra a otro.

Buena parte de la historia de la ficción es la historia del crimen. Incluso si obviáramos las formas más patentes, el auge de las novelas de detectives en el siglo XIX y la explosión de la novela negra a principios del XX, tendríamos una gran variedad de obras donde poner la bandera de «el primer ejemplo de ficción criminal de la historia». En Las mil y una noches ya tenemos la que podría ser una historia whodunit moderna en el relato de «Las tres manzanas», el true crime lleva existiendo al menos desde que Daniel Defoe escribió Fortunas y adversidades de la famosa Moll Flanders y a nada fino que hilemos podríamos decir que la Odisea no es otra cosa que la historia de un criminal intentando enmendar sus delitos contra los dioses. Pero si consideramos que el delito es, en resumidas cuentas, atentar contra unas normas impuestas por una autoridad superior, incluso la Epopeya de Gilgamesh sería una historia criminal. A fin de cuentas, es la historia de un hombre buscando la clave de la inmortalidad, algo que solo pertenece legítimamente a los dioses, por lo cual podríamos decir, no sin cierta sorna, que Gilgamesh no deja de ser el antiquísimo predecesor de Ocean’s Eleven.

Eso es lo que hace fascinante al crimen. Es alguien enfrentándose a la autoridad, cuestionándola, sea por beneficio propio o colectivo. Y eso nos permite, o bien identificarnos con el criminal, sintiendo la emoción del crimen sin sus riesgos, o bien identificarnos con quienes han de pararlo, sintiéndonos moralmente superiores al alinearnos del lado del bien.

En consecuencia, es lógico que la televisión, el medio popular por excelencia de nuestro tiempo, haya tratado el crimen con cierta regularidad. Incluso si nunca ha estado enamorada de los criminales, porque, como heredera natural de la radio y el folletín, siempre ha estado más interesada en la labor de quienes los perseguían. De los «buenos». Los policías que se juegan la vida para capturar a los «malos». Por eso la historia de la televisión puede leerse como la historia de cómo han evolucionado las series policiacas.

Que es de lo que vamos a tratar aquí.

Clásicos de la televisión

Dragnet (1951–1959). Imagen: Mark VII Ltd.

Hablar de la tradición televisiva es hablar de Estados Unidos. Es inevitable. Tanto por cuestiones históricas —el nacimiento de la televisión coincidió con el auge económico y cultural del país— como por las más delicadas cuestiones sociopolíticas —el imperialismo americano también se derivó al estricto control del poder blando— es imperativo centrarse en la ficción de ese país. Y si hablamos de televisión, específicamente de policías de ficción, entonces no podemos empezar por otro lugar que no sea Dragnet.

Comenzando sus andanzas en la radio en 1949, con varias incursiones posteriores en televisión en 1951 y en cine en 1954, Dragnet es el origen de todos los procedimentales posteriores. Esas series de casos autoconclusivos, a crimen por episodio, donde lo único importante es descubrir quién fue el criminal y cómo conseguirá capturarlo el brillante protagonista y su confiable compañero.

Más allá de su importancia histórica y de cómo consiguió instaurar el concepto de procedimental a través de sus setecientos sesenta y dos episodios a lo largo de sus diecisiete años en emisión, la serie no era tan diferente de lo que es la producción de televisión media actual. De policías muy buenos y delincuentes muy malos, con alguna pequeña incursión en el giro de baja intensidad —un delincuente con motivos lógicos para delinquir, un policía corrupto como villano de la semana—, todo se resolvía siempre de forma limpia y sin grandes dramas. Algo con lo que se buscaba tranquilizar al espectador, al que le gustaba vivir la intensidad del crimen pero siempre sabiendo que, al final, estaba seguro gracias a la labor de las fuerzas de la ley. A fin de cuentas, como le gustaba recordarnos a su narrador al comienzo de cada episodio, «damas y caballeros, la historia que van a escuchar es real. Solo los nombres han sido cambiados para proteger a los inocentes». Y poco tranquilizador sería si hubiera casos que no acabaran con el villano entre rejas.

Continuando con el realismo, entendido como jurar que todo lo que cuentas es real, incluso si resulta evidente que no es cierto, nuestra siguiente parada sería Untouchables. Una serie que en Latinoamérica conocerían como Los intocables y en España, siempre temerosos de dejar un título sin cambiar, llamaríamos Los intocables de Eliot Ness.

Siguiendo la vida y milagros de Eliot Ness y su escuadrón durante la época de la prohibición en su lucha contra Al Capone, la serie se jactaba de ser un perfecto retrato de los años veinte y su política en contra de que adultos responsables pudieran tomarse una cerveza tranquilamente. Algo que le valió pisar más callos de los que se podía permitir. Con asociaciones de italoamericanos pidiendo su boicot por el estereotipo negativo que representaba de su comunidad, con la prensa criticando la naturaleza eminentemente violenta del show e incluso el por aquel entonces director del FBI, J. Edgar Hoover, exigiendo que los casos que en realidad fueran llevados por el FBI fueran retratados de ese modo —consiguiendo que pusieran un disclaimer aclaratorio en los episodios que tocaba—, esta fue una de las primeras series en generar gran controversia ya no solo por el modo en que retrataba el crimen, sino también a quienes  lo combatían.

Porque esa idea, hoy generalizada, que dice que vivimos en tiempos políticamente correctos, de excesiva sensibilidad, donde la gente antes no se escandalizaba con la ficción es falsa. Y, de hecho, son los argumentos que esgrimió Ayn Rand en su momento para defender la serie, demostrando que, cuando se trata de ser reaccionario, el tiempo no pasa para los argumentos.

Dejando de lado a la vieja dama objetivista, el mayor mérito de Los intocables de Eliot Ness, además de su éxito de audiencias, fue cómo introdujo por primera vez la idea de la policía como un trabajo de colaboración. Hasta entonces todo lo que había en la televisión eran parejas de protagonistas actuando de forma independiente, como en Dragnet, o detectives solitarios que si pertenecían a un cuerpo policial era de forma tangencial, como Peter Gunn o Richard Diamond, haciendo revolucionaria la idea de que los cuerpos de policías fueran, de hecho, lugares donde no había sitio para lobos solitarios. Eso, junto a su falso historicismo, tergiversando los hechos históricos para que fueran más emocionantes y brutales, son las razones por las que la serie fue un gran éxito en su momento. No solo era diferente, más «realista», sino también más violenta y oscura.

Que es, a fin de cuentas, lo que aún mucha gente sigue identificando con que una serie sea realista.

La serie que lo cambió todo

Canción triste de Hill Street (1981–1987). Imagen: MTM Enterprises.

Hasta aquí hemos hablado de precedentes. Series que allanaron el camino para la auténtica revolución en el formato, pero sin las cuales difícilmente el público hubiera aceptado la revolución que estaba por venir. Porque si hablamos de series policiacas y de cómo estas dieron forma a la televisión moderna, entonces debemos hablar de Hill Street Blues.

Conocida en España como Canción triste de Hill Street, fue creada por Steven Bochco y Michael Kozoll, quienes ya habían trabajado anteriormente en conocidas series de televisión como Colombo, experiencia que les fue útil solo a medias, pues si algo caracterizaba a Canción triste de Hill Street era su ruptura con la mayoría de las convenciones de la época.

Entre sus méritos está haber introducido algo que hoy damos por supuesto: que haya casos que se extiendan durante más de un episodio. Hasta entonces, la norma había sido siempre seguir la estructura del caso de la semana, permitiendo que los espectadores pudieran seguir la serie de forma intermitente sin perderse nada realmente significativo, pero Bochco y Kozoll decidieron arriesgarlo todo introduciendo una continuidad estricta en la cual perderse un episodio significa, potencialmente, perderse partes significativas de la trama. Algo que reforzaron introduciendo otro cambio, para la época, radical: la vida de los personajes tenía una inusitada importancia en la trama. Eso cambió completamente las reglas del juego. Los problemas de los personajes y los casos podían solucionarse en un solo episodio, extenderse durante varios o incluso durante temporadas enteras, pero también podían comenzar y solucionarse en medio de un único episodio, haciendo que la estructura de la serie fuera significativamente más compleja. Más parecida a lo que siempre ha sido, estructuralmente, la literatura.

Eso llevó a otro cambio prácticamente imposible de evitar. Desde el momento en que ya no son solo policías, sino también personas, es necesario introducir gradaciones en su carácter. Es conveniente que los personajes se muevan dentro de una cierta gama de grises para que no acaben siendo todos intercambiables entre sí. Algo que redundaría en algo hoy muy celebrado de la serie: la complejidad y claroscuros de sus personajes.

Ahora bien, ¿qué consecuencias tuvo todo esto? Pues que en Canción triste de Hill Street ya no hay una glorificación evidente del papel del policía. O no del mismo modo que ocurría hasta entonces. Sus personajes son personas que hacen su trabajo bien, mal, a veces cayendo en defectos de forma, pero solo eso. Gente haciendo su trabajo. Razón por la cual tampoco se atrevió a profundizar nunca en una auténtica reflexión social sobre el papel de la policía, la naturaleza del crimen o la justicia. Aun cuando los personajes ganan en matices, son caracterizados como profesionales, individuos sin mayor relevancia social que, digamos, un barrendero. Son humanos, su labor es esencialmente buena y sus errores son siempre puntuales, fruto de su naturaleza humana.

Algo que se potenció a través del estilo de dirección. Semidocumental, con gran énfasis en la veracidad de los acontecimientos, remitiéndonos hacia una idea de verosimilitud que, por querer parecer neutra y carente de ideología, acaba pareciendo tanto más perversa, pues, si bien no glorifica a la policía, sí blanquea su comportamiento.

En cualquier caso, la serie acabaría siendo un espejo en el que mirarse para la televisión posterior. Desde Urgencias hasta nuestras patrias El comisario y Brigada central, la influencia de Canción triste de Hill Street sería tan radical que, para muchos críticos, es imposible concebir la narrativa televisiva actual sin tener en consideración los méritos de Bochco y Kozoll. Y es cierto. Tanto para lo positivo (el formato, la mayor implicación emocional con los personajes) como para lo negativo (la ausencia de posición crítica, el alinearse siempre con las ideas más conservadoras) y lo que daría para debate (principalmente, los presupuestos desorbitados: Canción triste de Hill Street fue la primera serie en hacer un episodio que costó más de un millón de euros), es una serie cuya importancia histórica es capital para comprender la evolución de la narrativa televisiva.

Aunque solo fuera por eso, ya sería importante no olvidar Canción triste de Hill Street.

De la HBO a la policía millennial

Ley y orden.

Tanto es así que Canción triste de Hill Street tiene aún hoy no pocos herederos espirituales. Todos esos procedimentales realistas, dramáticos, a poder ser con voces intensas diciéndonos que lo que vamos a ver es estrictamente real o al menos inspirado por hechos reales, o que nos dan la ubicación y fecha de lo acaecido. Esa idea de la ficción como un subproducto de la realidad.

Y, entre esos herederos, el más notorio es Ley y orden.

Franquicia eterna, extendida por varios países y spin-offs, no deja de ser un procedimental muy clásico en forma y fondo. Siguiendo a sus personajes, pero poco, haciendo uso de los casos más escabrosos posible, pero sin mostrar nunca nada que pueda resultar repulsivo, y aprovechando el que sea el delito que esté de moda en cada momento, especialmente en el spin-off Ley y orden: True Crime, que siguió la moda reciente del documental de crímenes reales —y del cual no vamos a hablar no porque no tenga importancia, sino porque no es ficción—, no deja de ser una actualización de todo lo que ya era veinte años antes Canción triste de Hill Street.

Bajo la misma concepción, pero más modernas, tenemos las series que aúnan el ejercicio policiaco con alguna clase de ciencia forense o gimmick investigatorio que añada glamour al conjunto. CSI, El mentalista, Bones, Castle, Psych, por nombrar solo las más conocidas, dan un giro más espectacular y un tono más próximo al thriller para enganchar a un público no necesariamente tan adepto al crimen como a los giros de guión.

Por eso, a partir de aquí, dejamos de lado las series policiacas para muy fans del trabajo policial. Del crimen. De descubrir quién es el asesino y cuáles son sus motivos. Porque, ¿qué hay entonces de las series que tienen policías, pero no son una glorificación del trabajo policial? Es injusto decir que empezaron con HBO, pero tampoco es mentira que HBO ayudó a que llegaran a un público mucho más generalizado.

Lo interesante de las producciones de la HBO a partir de los dos mil es algo sutilmente diferente a lo que se suele decir. Su valor no radica en que sean adultas u oscuras o complejas. Lo interesante es que continúan lo que hizo Canción triste de Hill Street, yendo un paso más allá en su acercamiento hacia una narrativa menos encorsetada, más capaz.

The Shield, que, si bien pertenece a la cadena FX, no deja de seguir la misma línea en lo estético y en lo temático, es un buen ejemplo de ello. Sin ahorrarse ni una pizca de mal rollo, se adentraron en el tema del impacto de las drogas, la desconfianza en la policía y un reparto protagonista de los cuales, efectivamente, lo difícil era no desconfiar. Prácticamente lo mismo que podríamos decir —ahora sí de HBO— en el caso de The Wire. Una serie donde abundan los grises, también en su paleta de color, una cinematografía interesante y personajes complejos, con aristas, que realmente parecen personas y no oficinistas sin vida. O, en palabras de buena parte de los críticos de televisión actuales, las dos primeras series que mostraban el lado oscuro del trabajo policial.

Y si bien son series notables en su ejecución, donde se percibe el dinero y el talento invertido, ponerlas al nivel de la gran narrativa de todos los tiempos puede resultar atrevido.

Los malos siguen siendo los malos, los buenos, los buenos y quien es arrestado y apaleado se lo merece. Añaden una capa extra (se puede hacer el bien y tener malas intenciones, se puede hacer el mal y tener buenas intenciones), estando muy por encima de lo meapilas que pueden llegar a ser series como Ley y orden, o lo increíblemente desprovisto de reflexión que puede estar el franquiciado CSI, pero aún muy lejos de una crítica descarnada, como suelen defender sus fans, a la sociedad y sus instituciones.

En cualquier caso, dentro de esa televisión sobre policías que no es policiaca no todo es HBO. Tampoco oscuridad y matices de gris, entendido a lo político centrista español, «todos son malos, pero unos más que otros». Y, si bien aquí el ejemplo arquetípico sería Rex, un policía diferente, porque es un perro y, por extensión, es un «buen chico» y es imposible que no sea un policía ejemplar, la serie más interesante de los últimos años que tiene por protagonistas a policías y que no rompe abiertamente con el policiaco es una comedia.

Brooklyn Nine-Nine, recientemente cancelada por FOX debido sus modestas audiencias y al día siguiente rescatada por NBC gracias al inmenso apoyo recibido por parte de la comunidad de internet, es la demostración empírica de que el recambio generacional que estamos viviendo ha alcanzado ya el nivel de revolución cultural. No solo porque sea un programa cuyo seguimiento se produce eminentemente en internet, ya sea en forma de streaming o a través de la innumerable cantidad de fanart e interés que genera en redes sociales, sino también porque su enfoque podríamos definirlo como muy millennial. Sus personajes son policías, sí, pero también hacen constantes referencias a la cultura pop, la cultura foodie no les es ajena, la integración y la sensibilidad ante los problemas de raza y género son parte esencial de la serie —para horror de incels y alt-righters, aquí el hombre blanco heterosexual es la excepción, no la norma— y sus problemas bien podrían ser los de sus fans. Como, por ejemplo, la imposibilidad de encontrar un piso decente en una ciudad grande que no cueste más de lo que cobrarías en un año.

Eso hace de Brooklyn Nine-Nine una serie diferente. Amable, graciosa y sin hacer sangre contra ningún colectivo, demostrando que se puede hacer humor y ficción policiaca sin ser ofensivo hacia los grupos marginados. Aunque, claro, sin contentar lo suficiente a generaciones anteriores como para ganar premios que la visibilicen.

La ficción policial en el resto del mundo

Luther (2010–2018). Imagen: BBC.

Hasta aquí no hemos hablado más que de Estados Unidos. Y, si bien es lógico, resulta un tanto extraño fingir que no existe policiaco fuera del Nuevo Mundo cuando es un género tan popular. Ahora bien, no es menos cierto que la mayoría de series que se han producido en otros lugares del mundo no son más que copias, más o menos inspiradas, del modelo americano. Procedimentales con cierta personalidad propia, aunque rara vez fuera de la norma establecida. Pero existen excepciones. Y las excepciones son tan notables que haría bien Estados Unidos en tomar nota.

Por una parte está Inglaterra. Cuna de la cultura anglosajona, William Shakespeare y la gastronomía injustamente infravalorada, y, más recientemente, la que es considerada televisión de calidad por aquellos que son incapaces de ver nada que no esté perfectamente recitado en inglés.

Además de la inevitable Ley y orden UK y la veterana serie procedimental Waking the Dead, si en algo ha destacado la televisión inglesa sobre la americana es en aventurarse en terrenos más oscuros, imaginativos y moralmente complejos de lo que jamás se atreverían a hacer sus primos del otro lado del charco. Si bien dejaremos Sherlock aparte porque requeriría todo un artículo para explicar sus muy particulares bondades, el ejemplo más claro de todo lo anterior es lo que encontraríamos en una serie que pasó con menos repercusión de la que merecía: Luther.

La serie sigue las andanzas del homónimo Luther, un enorme (figuradamente) Idris Elba haciendo de un no menos enorme (físicamente) detective de métodos poco ortodoxos que destaca por dos aspectos poco comunes: su abierta emocionalidad y sus tendencias suicidas. Un cóctel explosivo que, sumado a la presencia de Alice Morgan, una asesina en serie convicta que le ayudará en algunos de sus casos, hace de la serie algo significativamente diferente a lo que estamos acostumbrados. Porque aquí los policías son humanos de verdad. Luther no es solo brillante, también es inconstante, dubitativo y con la mecha muy corta. No es un personaje. No es un arquetipo. Es una persona, con multitud de contradicciones y luchas internas, que intenta hacer las cosas lo mejor posible dentro de la imposibilidad de alinear sus ideas con lo que la sociedad, y el departamento de policía, exige de él.

Todo eso hace de esta una serie realmente oscura. Luther no es un héroe ni un antihéroe. No hay glorificación de la policía. Son gente haciendo su trabajo, sí, pero no siempre que se saltan las reglas es porque sea lo correcto y lo que deban hacer. Muchas veces sus motivaciones son egoístas, oscuras e incluso contrarias a la ley o la idea de justicia. Simplemente porque pueden, les conviene o no son capaces de ver otra salida. Nada más lejos de esos cuentos de Navidad policiales donde la oscuridad siempre es impostada.

Por desgracia, el patrón es el contrario. Series policiales con personajes arquetípicos, solo ligeramente problemáticos para hacerlos pasar por más complejos de lo que son, donde los despachos son el lugar corrupto desde donde les impiden hacer su trabajo. Trabajo del cual nunca se cuestionan nada, a pesar de que parece ser la máxima operativa de sus vidas: hagan lo que hagan, nunca dejan de ser policías. Y, de algún modo misterioso e incomprensible, eso no parece suscitarles jamás ninguna reflexión ni intención de actuar al respecto del sistema en el que están sumergidos.

De hecho, para encontrar más series con este patrón deberíamos saltar otra vez el océano. Irnos al otro extremo del mundo. Acudir hasta Japón.

Si bien la serie más longeva y querida del país, Taiyō ni Hoero!, no deja de ser una serie de aventuras disfrazada de serie policial, pero cambiando el racismo hacia negros e italoamericanos por el racismo hacia chinos y coreanos, eso no quita para que, con el tiempo, desarrollaran series con algo más de chicha. Y entre ellas, destacaría una de animación: Psycho-Pass.

Escrita por Gen Urobuchi, uno de los guionistas y escritores más valorados del país, la serie nos sitúa en un futuro no muy lejano en el que el crimen es prácticamente algo marginal. Todo gracias a un sistema de vigilancia, Sybil, que no solo controla todos los aspectos de la vida cotidiana, habiendo centralizado la educación y el empleo a base de exámenes institucionales, sino también algo mucho más problemático: la posible tendencia de las personas a delinquir. Con un número y un color asociado según lo que dicten sus cálculos biométricos, cualquier persona que supere los valores considerados como razonables para vivir en sociedad ha de ser automáticamente arrestada. Y si supera los valores que se tienen como propios de una persona estable, adentrándose en el terreno de lo considerado puramente criminal, entonces habrá de ser ejecutada en ese mismo instante.

Eso nos plantea evidentes problemas éticos. Es cierto que en el mundo post-Sybil no hay paro y los problemas de la criminalidad y las enfermedades psiquiátricas apenas persisten de manera marginal, pero al precio de que se controle todo lo que ocurre en el espacio público y se encierre a cualquiera que dé una mínima muestra de poder convertirse en un criminal. O en un enfermo mental.

Toda la serie gira alrededor de esa idea. Siguiendo a una nueva detective del departamento de policía llamada Akane, la historia nos va sumergiendo en sus dudas, sus intentos de confrontar un sistema con el que no está del todo de acuerdo, mientras persigue a un más que probable conspirador en las sombras que parece estar detrás de una serie de crímenes, en apariencia no conectados, pero con ciertos rasgos en común. Porque la primera temporada, además de darnos un buen puñado de personajes complejos, llenos de matices y con posturas muy dispares con respecto a Sybil —desde la aceptación acrítica del sistema hasta un rechazo frontal, lo cual acabará llevando a enfrentamientos, más o menos directos, a lo largo de la serie—, también nos hace preguntarnos algo aún más problemático: ¿hasta dónde debemos llegar por aquello que es justo?

Esto, que bien podría ser el lema del propio Urobuchi, es lo que casi todas las series de policías se preguntan, y casi todas responden de un modo naíf. Justo es aquello que dicta la ley, dicen las series clásicas; justo es aquello que puede revelarse con la ciencia, dicen los procedimentales; justo es aquello que tenga un efecto global positivo sobre la sociedad, dicen las series de la HBO. Pero Psycho-Pass dice algo mucho más complejo: el concepto de justicia es un artefacto social. Un significante vacío donde cada persona deposita su propio interés.

De ahí todos los conflictos que genera y lo poco que soluciona.

El crimen como una de las bellas artes

Ese es el problema de la ficción televisiva. Lleva décadas contando historias de policías, pero parece aterrada ante la idea de salir de su zona de confort. Y, a diferencia de la literatura o el teatro, no tiene la excusa del progreso histórico, o las obras perdidas o imposibles de conocer debido a las diferencias lingüísticas. Si la televisión insiste en contarnos historias donde ser policía no se diferencia en nada de ser oficinista, panadero o bombero, solo que con más acción, es porque quiere, no porque no sea posible hacer algo diferente. O no tengan precedentes.

De hecho, las series más interesantes de todas las que hemos nombrado son las que rompen los esquemas. Las que tienen personajes humanos, que dudan, que no saben si están haciendo lo correcto, o que son directamente despreciables y solo ven su trabajo como un modo de conseguir poder. Esa es la ficción más interesante. La que se cuestiona el statu quo e, incluso si llega a la misma conclusión que el resto de series, reflexiona sobre lo que significa la justicia y ser policía en un mundo inevitablemente ambiguo.

Porque series glorificando a la policía y resolviendo casos a la Sherlock Holmes con un estilo genérico ya tenemos muchas. Y no sobran. El entretenimiento sin más vueltas también es valioso por sí mismo. Pero la ficción es mucho más interesante cuando se atreve a observar el mundo con las gafas del arte puestas.


Watch your step (o llámalo democracia, pero cuida tus pasos)

Foto cortesía de Richard Ross | Architecture of Authority.
Foto cortesía de Richard Ross | Architecture of Authority.

En 2007 Richard Ross recibió la beca Guggenheim para desarrollar un proyecto fotográfico que le conduciría de Guantánamo a Siria, de los cuarteles generales del FBI a la Asamblea General de Naciones Unidas, de anodinas salas de juntas a escuelas infantiles, instituciones correccionales, centros de detención e interrogatorio, tribunales o despachos ejecutivos. De estos recorridos se componen sus Arquitecturas de la autoridad, imágenes capaces de trazar un desafiante hilo de Ariadna entre los lugares más inocuos de nuestra vida diaria y aquellos tocados por el secreto y los terrores ocultos, como las celdas de Abu Ghraib o la sala de alguna cárcel de Luisiana donde se ejecutan penas capitales.

Al modo en que lo hacía la célebre The Wire, la serie de David Simon que desde los guetos de Baltimore y sus pequeños tiradores de droga lograba dibujar un mapa de conjunto tras las redes del narcotráfico, el trabajo de Ross se desplaza de los espacios de seguridad y vigilancia a los entornos físicos más cercanos para cuestionar el modo en que estos últimos incorporan las lógicas de la misma autoridad que construye una cárcel de máxima seguridad o un centro de detención ilegal y arbitra su reglamento.

Las conexiones adquieren un especial significado si los territorios fotografiados pertenecen a esas geografías que en la última década han dominado el relato de las políticas de seguridad de Estados Unidos, tan reconocibles en la experiencia digital contemporánea como desconocidas en su realidad más inmediata. A este respecto, uno de los mensajes más poderosos de las fotografías de Ross consiste en su reversibilidad, es decir, en cómo las políticas antiterroristas han globalizado tendencias y espacialidades implementadas durante décadas, en el caso norteamericano, sobre la propia población nacional. Recordemos que tanto en números totales como relativos Estados Unidos lidera, con enorme ventaja, el ranking mundial de personas encarceladas o bajo supervisión correccional. Hablamos de un sistema de prisiones que concentra a 2,3 millones de internos y cuenta con más de 7 millones de personas en libertad provisional o vinculadas a instituciones correccionales (el 3% de los adultos), mientras cada año contabiliza alrededor de 11 millones de registros. En términos comparativos, los 707 presos por cada 100.000 habitantes de EE. UU. empequeñecen a los 467 de Rusia, los 294 de Sudáfrica, los 140 de España o los 124 de China (los datos se pueden consultar en la web del International Centre for Prison Studies).

Ciudad penitenciaria

Foto cortesía de Southern Coalition for Social Justice.
Foto cortesía de Southern Coalition for Social Justice.

Entre su población fija y flotante, personal directamente empleado (432.000 oficiales de prisiones, según el Bureau of Labor Statistics) y de la industria secundaria de servicios, la dimensión de la metrópoli penitenciaria norteamericana solo se ve superada por Los Ángeles y Nueva York, en lo que conforma un universo distópico que adquiere mayor dramatismo al distribuir sus datos por los diferentes grupos sociales que conviven bajo las barras y (o) las estrellas.

Al cruzar números, como hacen en Prison Police Initiative, encontramos que el 9% de los afroamericanos en la veintena de edad (y el 4% de los latinos) se encuentra, en estos momentos, tras las rejas de una prisión. Y es que esos 707 presos por cada 100.000 habitantes se elevan a 1352 si eres hombre, a 2207 si eres afroamericano/a, a 4347 si eres hombre-afroamericano y a 8932 si eres hombre, afroamericano y tienes entre veinticinco y veintinueve años. Como recogía el Huffington Post, en EE. UU. alrededor de un tercio de los hombres negros han estado o estarán, en algún momento de sus vidas, encarcelados.

Lejos de sus resonancias sci-fi, la distopía penitenciaria adquiere un carácter muy real si ya has pisado la cárcel (según el Departamento de Justicia el 77% de los presos ingresan de nuevo en prisión antes de los cinco años de su puesta en libertad) o si has nacido en un gueto y gran parte de tu socialización transcurre en una cultura claramente atravesada por la experiencia carcelaria, escuelas con detectores de metales y policía en los pasillos, y una constante presión policial y judicial empeñada en acortar tu camino hacia el encierro. Las asociaciones civiles norteamericanas hablan de una «Mass Incarceration Era» que ha permitido, según los estudios de Michelle Alexander, que el número de internos afroamericanos que trabajan en las chain gangs supere al de esclavos contabilizados en los censos previos a la Guerra Civil norteamericana. Si hasta los años sesenta la policía controlaba el paso de la población negra en los guetos, la igualdad formal posterior aparece pisoteada ante el aumento de la población encarcelada, con un incremento del 772% desde entonces.

En la encarnizada «guerra contra el pobre», como diría Loïc Wacquant, el presupuesto en seguridad y política penitenciaria supera ampliamente los requerimientos de unas hipotéticas medidas sociales que, obvia decir, desconocieran la voracidad de una de esas industrias (citemos a la militar, la farmacéutica o la sanitaria) devenida en mal sistémico de la economía nacional. En total, alrededor de setenta mil millones de dólares fluyen anualmente hacia el sistema de cárceles privado, a los que se suman los más de treinta y cinco mil millones destinados, desde el 11S, a modernizar el equipo policial con material y procedimientos directamente importados de las intervenciones en Irak o Afganistán.

Todos sois el enemigo

Foto cortesía de Escrito en la pared.
Foto cortesía de Escrito en la pared.

Durante el verano de 2012, las calles de Madrid asistieron a una peculiar intervención urbana en la que, bajo imágenes en blanco y negro de policías antidisturbios, se leía un lema de claro aroma orweliano: «Todos sois el enemigo». Los carteles respondían, con toda probabilidad, a las declaraciones que en febrero del mismo año había realizado el jefe superior de la Policía Autonómica Valenciana, Antonio Moreno, quien ante la pregunta de cuántos agentes antidisturbios habían participado en las cargas sobre unos estudiantes que se manifestaban contra los recortes en la enseñanza, declaró que no pensaba «proporcionar esa información al enemigo».

Las palabras de Moreno traducían, en clave propia, el empuje que está mostrando lo que el periodista mexicano Sergio González Rodríguez denomina la «securocracia» global, desde la que los espacios cotidianos, y la ciudad como máxima expresión de la vida ciudadana, se conciben como el nuevo centro operativo sobre el que desplegar una lógica militar. A partir del control de calles y multitudes o el uso de equipamiento bélico, el «urbanismo militarizado» implica, en palabras de González Rodríguez, que las «ciudades sean reducidas y vistas como un campo de guerra tan real como potencial» donde el ciudadano se convierte en amenaza y blanco objetivo.

Tras el 11S esta estrategia de defensa, complementaria al State Homeland Security Program (SHSP), se denominó en EE. UU. Urban Areas Security Initiative (UASI), cuyas consecuencias se harían especialmente visibles tras los disturbios de agosto de 2013 en Ferguson (Missouri). Con su despliegue de tanquetas y vehículos antiminas, rifles de asalto y binoculares de visión nocturna, la multitud de testimonios gráficos que circuló por medios de información y redes sociales puso de manifiesto la fluidez con la que, a ojos de la autoridad, el ciudadano (nuestro, nacional) ha intercambiado roles con el terrorista (exterior, ajeno), deshaciendo la tradicional frontera entre «nosotros y los otros».

Si aquello que Foucault bautizó como «biopolítica», es decir, las medidas destinadas al control de la población mediante leyes, prescripciones y castigos físicos, alguna vez se disfrazó con lo que Deleuze afirmaba que había tomado el testigo, la «sociedad de control» que conquistaba por vía de la seducción tecnológica, las últimas revelaciones con nombre de Assange o Snowden alumbran la combinación de ambas. Aunque dudemos de que se trate de una novedad (Chesterton lo desmentiría), lo que comienza como persuasión, espionaje masivo y control de la información, termina con medidas extensivas de represión violenta.

¿De qué modo los controles de un aeropuerto avanzan las medidas de seguridad en calles o plazas?, ¿cómo se traduce la disposición de una celda de castigo o el panóptico carcelario en las manifestaciones más habituales de nuestras vidas? Las preguntas que provoca el trabajo de Ross muestran una sutileza que no exhiben las imágenes con las que nos topamos día tras día, donde la imposición de un espacio sobre otro ha normalizado el asesinato extrajudicial, el desahucio, las cargas sobre quienes elevan la voz, los infiltrados en manifestaciones o las peticiones de permiso a quienes dialogan en una plaza o reúnen firmas. La asepsia de las instantáneas de Ross, que excluyen sistemáticamente la figura humana, las preserva de ese extra de obscenidad que rodea al abuso de poder.


Ferguson y los fantasmas del pasado

Manifestantes  protestan por el asesinato de Michael Brown en Ferguson. Foto: Cordon Press.
Manifestantes protestan por el asesinato de Michael Brown en Ferguson. Foto: Cordon Press.

Hace un par de semanas estaba en un parque de atracciones en Massachusetts, haciendo cola para subirme a una vieja montaña rusa de madera. Era un espléndido día de verano en Nueva Inglaterra, y el parque estaba lleno, animado, ruidoso; era difícil no estar de buen humor. En la cola, esperando detrás de mí para subirse al tren, había una familia blanca con tres niñas. Los trenes de la montaña rusa acomodaban dos por fila, así que se colocaron en dos parejas, mientras una de las hijas, de diez o doce años, iba sentada en el coche de delante. Por el azar de la cola, a un chaval negro quizás dos o tres años mayor le iba a tocar sentarse con ella.

Hasta aquí, nada anormal —nadie dijo nada, todo el mundo era cordial, todo el mundo estaba de bueno humor—. Antes de subirse al tren, sin embargo, el chico negro no estaba  de pie detrás de su compañera de fila. En vez de hacer cola de forma normal, dejando 30-40 centímetros de distancia, el chaval esperó su turno lejos del andén, más de un metro más atrás. Era una imagen curiosa: un parque lleno de gente, una larga cola para subirse a una atracción y alguien dejando espacio activamente, manteniendo la distancia.

El resto del día me dediqué a mirar colas y espacios, a fijarme en si esa imagen era algo inusual o era algo común. Para mi sorpresa, no lo era; muy a menudo chicos afroamericanos jóvenes, en fila en cualquier parte, mantenían una distancia mayor con otros visitantes del parque. No era algo explícito, directo o abiertamente discutido. Nadie parecía estar pidiendo esa clase de distancia; nadie parecía quejarse cuando no existía. Aun así, era algo común, persistente —una especie de separación inconsciente entre blancos y negros, incluso en la cola de un parque de atracciones.

El motivo de esta distancia es algo casi inseparable de la vida diaria de la comunidad afroamericana en Estados Unidos, complejo y difícil de describir. Es algo que sucede en todo el país, incluso en los supuestamente más civilizados estados del norte, aunque es más habitual en el sur. Es la persistencia de viejos prejuicios del pasado, de viejas actitudes y concepciones, que hace que los afroamericanos sean a menudo prejuzgados como «peligrosos» en el día a día.

Cualquier familia negra o grupo de amigos en Estados Unidos ha hablado más de una vez sobre qué hacer cuando se encuentran con un policía. Qué deben hacer para no parecer amenazadores, hostiles o sospechosos. Qué deben hacer si un policía les grita, empuja o les insulta. Cómo deben hablar y comportarse para no poner nervioso a nadie y evitar una confrontación. El mensaje siempre es el mismo: las manos siempre visibles, nunca alzar la voz, nunca correr o dar la espalda, nunca responder a provocaciones. Un compañero de trabajo me comentaba el otro día cómo su madre siempre les decía que nunca debían correr en la calle, y menos delante de policías, ya que corrían el riesgo de que les persiguieran. La distancia en el parque de atracciones, en cierto sentido, es un reflejo de estas precauciones, de esta prudencia que la comunidad afroamericana debe mostrar de forma implícita.

Los negros en Estados Unidos tienen una probabilidad mucho más alta de ser parados por la calle por un agente del orden. Driving while black  («conduciendo mientras eres negro») no es un crimen en ninguna parte, pero lo cierto es que los afroamericanos sufren controles aleatorios mucho más a menudo, ya que la policía siempre tiene tendencia a verlos con malos ojos. El sistema legal parece estar en su contra: son detenidos muy por encima de otros grupos y tienen una probabilidad mucho más alta de ir a la cárcel durante más tiempo a igual tipo de delito. También parecen ser víctimas de la violencia policial de forma mucho más habitual y recurrente: la policía usa SWATs mucho más a menudo para sospechosos negros. Aunque el consumo de drogas es parecido en todos los grupos raciales, los afroamericanos van a la cárcel en una proporción muy superior. Las estadísticas son demoledoras: aunque los afroamericanos viven en áreas con mayores tasas de criminalidad, el sistema penal americano es desproporcionadamente severo con ellos.

En los últimos meses ha sido un gotear de noticias constante de jóvenes afroamericanos desarmados tiroteados por policías o civiles que creían estar peligro. Mike Brown, el chico que murió tiroteado en Ferguson, Missouri, la semana pasada, es otro más en una larga serie de casos: Ezell Ford, John Crawford, Eric GardnerOscar Grant, Robbie TolanBilley Joe Johnston, Amadou Diallo, Aiyana Jones, Sean Bell, Tarika WilsonKhalif Snowden y muchos otros. Aunque cada caso es distinto, hay un patrón sostenido de violencia policial y muertes violentas en barrios negros, a menudo recibidos con indiferencia por parte de las autoridades, y en no pocos casos los agentes implicados nunca son acusados de ningún delito. Aunque no hay buenos datos a nivel nacional, los que hay indican que la policía en muchas jurisdicciones es bastante más propensa a recurrir a sus armas de fuego contra afroamericanos que contra otros grupos raciales. No es en absoluto sorprendente que la comunidad negra empiece a estar harta.

La muerte de Mike Brown hace unos días está ligada a todas esas muertes. Los problemas raciales, la tensión, la violencia policial, forma parte de la caída de las viejas ciudades industriales americanas y la emergencia de la pobreza urbana en Estados Unidos. Ferguson es un suburbio cercano a la otrora próspera ciudad de St. Louis. Como tantas ciudades del Mid-WestSt. Louis fue uno de los centros de la colosal industria manufacturera americana en la primera mitad del siglo XX. La población creció de 78.000 habitantes en 1850 a 857.000 cien años después; la ciudad se benefició de tener uno de los primeros puentes sobre el Mississippi, llegando a albergar unos Juegos Olímpicos en 1904. La segunda mitad de siglo trajo la desindustrialización, como en tantos otros lugares, y St. Louis se vio atrapada en una espiral descendente de tensiones raciales, paro, salida de las clases medias (blancas) hacia los suburbios y pérdida de población. La ciudad tiene ahora 318.000 habitantes y casi la mitad de la población es afroamericana. En 1940, eran un 13%.

St. Louis es relativamente inusual dentro de las grandes ciudades americanas en que nunca fue capaz de absorber sus suburbios; Ferguson, aunque teóricamente es una localidad independiente, forma parte del área metropolitana de la ciudad. Los problemas de Ferguson son un reflejo tardío de los males de la gran ciudad de la que depende; la primera oleada migratoria en los cuarenta hizo que muchas familias blancas se mudaran a Ferguson, quintuplicando su población entre 1940 y 1970. A partir de ese momento, el crecimiento se estanca: las familias de clase media blanca empiezan a mudarse de nuevo a otros suburbios más lejos del centro, mientras que muchos afroamericanos empiezan a salir de St. Louis y ocupan su lugar. Ferguson pierde casi un tercio de sus habitantes entre 1970 y 2013, pasando de 29.000 a 21.000. La población pasó de ser un 73% blanca en 1990 a un 67% afroamericana en 2010.  Tanto Ferguson como St. Louis tienen tasas de pobreza elevadas (22 y 27%, respectivamente), un reflejo de la decadencia de ambas ciudades.

La policía detiene a un manifestante durante las protestas por el asesinato de Michael Brown. Foto: Cordon Press.
La policía detiene a un manifestante durante las protestas por el asesinato de Michael Brown. Foto: Cordon Press.

La población en Ferguson puede haber cambiado, pero no así su política. Seis de los siete concejales del Ayuntamiento son blancos; igual que cincuenta de sus cincuenta y tres policías. La tasa de pobreza para afroamericanos es más del doble que para blancos. La comunidad negra de la ciudad se había quejado con razón en repetidas ocasiones de que la policía aplicaba un doble rasero. Son pobres, están infrarrepresentados en todas partes, la policía les maltrata y el sistema político les ignora sistemáticamente. No es extraño que se sientan perseguidos y marginados; realmente lo están. Cuando el 9 de agosto Michael Brown, un chaval de dieciocho años que iba a empezar a ir a la universidad en unos pocos días, fue tiroteado por un policía sin motivo aparente según varios testigos, la indignación contra los constantes abusos y violencia policial era más que justificada.

Ferguson, aun con todas sus tensiones, es una ciudad pequeña donde los conflictos raciales son relativamente recientes. La respuesta de las autoridades fue increíblemente torpe hasta el punto de que lejos de calmar los ánimos no hizo más que empeorar las cosas. Para empezar, la policía se negó a publicar el nombre del agente que había efectuado los disparos o su informe sobre el incidente. De forma incomprensible no tomaron apenas medidas la noche después del tiroteo y las pequeñas protestas rápidamente se les fueron de las manos con saqueos y disturbios. Al día siguiente, en vez de intentar calmar los ánimos, pidieron ayuda a St. Louis y básicamente sacaron los tanques a la calle. En vez de ir con uniformes de calle e intentar evitar que las protestas pacíficas durante el día degeneraran en violencia, los cuerpos de seguridad aparecieron vestidos como un ejército de ocupación, con cascos, máscaras de gas, blindaje, fusiles de asalto y vehículos acorazados, creando aún más indignación (la militarización de la policía es otra historia separada y también reciente). Tras varias noches de caos Jay Nixon, el gobernador de Missouri, se vio forzado a quitar el control a las autoridades locales y enviar a la policía estatal. Tras una noche de calma, el jefe de la policía de Ferguson, en una surrealista rueda de prensa, reveló el nombre del agente que efectuó los disparos, Darren Wilson, e hizo público un vídeo que mostraba a Mike Brown robando un paquete de cigarrillos de una tienda media hora antes del tiroteo. Era un intento obvio de criminalizar a la víctima; ante la indignación general tuvieron que aclarar horas más tarde que Wilson no sabía que era sospechoso. El daño, no obstante, ya estaba hecho y los disturbios se repitieron, acabando la noche del sábado con un manifestante herido de bala.

Lo más triste de toda esta historia es que a pesar de que no sabemos qué sucedió realmente el 9 de agosto entre Mike Brown y Darren Wilson, en el fondo esto importa relativamente poco. Brown pudo haber intentado agredir al agente, tal como defiende la policía, pero la realidad de marginación, malos tratos, y el lento goteo de afroamericanos que son objeto de palizas, detenciones injustificadas, vejaciones y acoso policial seguirá estando ahí, igual que antes. La muerte de un chico en un suburbio de Missouri será un accidente. La reacción asustada de un policía de mal humor será una anécdota, pero sobre todo es un síntoma, otro más, de la vieja historia de discriminación, marginalidad y oportunidades perdidas que los afroamericanos siguen sufriendo en Estados Unidos.

Si os fijáis, no estoy utilizando la palabra que empieza por R; no estoy hablando de racismo. Ferguson y todas las muertes anteriores, igual que las aterradoras cifras de detenciones, encarcelamiento y pobreza no son, el sentido estricto, fruto de odio racial; no es un racismo explícito, de creer que otros son inferiores. Es algo más sutil, el resultado de años de pobreza acumulada, la progresiva muerte de las grandes ciudades, la desaparición de los viejos puestos de trabajo industriales de baja calificación y buenos sueldos y décadas de políticas públicas hostiles y políticos culpando a los pobres de su pobreza. Muy poca gente en Estados Unidos es abiertamente racista estos días, pero muchos no dudaran a atribuir los problemas de la comunidad afroamericana a sus propios errores, no al fracaso del sistema. Los prejuicios, la idea de que los negros son peligrosos, o de que cometen más crímenes, o que deben ser vigilados más de cerca, son tan o más insidiosos que los viejos odios raciales, porque son socialmente aceptables.

Estados Unidos es una sociedad increíblemente próspera y tolerante. Aun con sus problemas y desigualdades, ningún país acoge inmigrantes con la misma facilidad, y ningún otro país alberga la diversidad de la sociedad americana. Aun así, detrás de esa diversidad se oculta con frecuencia una brutal desigualdad, a menudo increíblemente concentrada en algunos grupos raciales. La sociedad americana parece haber aceptado estas desigualdades durante las últimas décadas, porque los más perjudicados acostumbraban a ser «los otros» (negros, latinos, etcétera), no la clase media blanca. Ferguson, y otras ciudades que han sufrido disturbios en tiempos recientes, son una señal de que los perdedores de siempre empiezan a estar bastante hartos. El problema, como siempre en Estados Unidos, es que los perdedores no son solo negros: la desigualdad ha afectado a todos los grupos, no solo a las minorías. Como siempre que se habla de desigualdad en América, los conflictos raciales a menudo crean divisiones donde no debería haberlas.

Una nota final: la respuesta policial en Ferguson ha sido tan brutalmente desproporcionada como épicamente incompetente. Estos disturbios nunca hubieran escalado de esta manera en España; la policía nunca hubiera utilizado tácticas tan indiscriminadas y brutales, y nunca hubieran permitido saqueos. La policía española utiliza más agentes a pie, sin blindados, y no usa gases lacrimógenos por muy buenos motivos.

Una madre y su hija llevan llevan flores al lugar donde Michael Brown fue asesinado por la policía en Ferguson. Foto: Cordon Press.
Una madre y su hija llevan llevan flores al lugar donde Michael Brown fue asesinado por un oficial de policía en Ferguson. Foto: Cordon Press.


Carlos Fernández Guerra: «Los tuiteros somos una élite»

Carlos Fernández Guerra para Jot Down 0

Carlos Fernández Guerra (Madrid, 1974) es responsable de redes sociales de la Policía Nacional. Se define como un hombre de comunicación. No es policía ni es funcionario. Dice saber poco de tecnología, de seguridad y de leyes. Conoce a fondo la red, a la que está todo el día conectado. Con una trayectoria de periodista en comunicación empresarial e institucional, empezó en la policía por casualidad, con un proyecto para la implantación del DNI electrónico. Define el trabajo de @policia —detrás del cual está el gabinete de prensa, formado por ocho policías licenciados en diferentes carreras de Humanidades que orienta a Carlos en cuestiones policiales y legales— como muy esclavo, siempre pegado a la actualidad y con el objetivo primordial de ser útil.

A raíz del asesinato de Isabel Carrasco el ministro de Interior anunció una operación conjunta de policía y guardia civil para rastrear comentarios en Twitter y ya se han producido varias detenciones. Se ha recuperado un tuit de la policía a propósito de este tema que lleva más de seis mil retuits:

Supongo que al publicar este consejo contabas con asesoramiento legal. ¿Ha cambiado algo desde entonces?

Es que hay muchas cuestiones que paradójicamente no son contradictorias.

¿Mantienes ese tuit?

Absolutamente. Cien por cien. El desear que te mueras es mezquino y miserable, pero no es delito. Hay otras cuestiones que sí lo son: las injurias, los ataques contra la intimidad o el honor. Los artículos que están saliendo estos días del Código Penal, como el 510, están plenamente vigentes. Ya ocurrió con Cristina Cifuentes, entonces tuvimos que decir que desear la muerte es muy mezquino. Creo que como tuiteros debemos avergonzarnos de esa gente y sobre todo de que se les retuitee, porque no son más que meros troles, y se habla tanto de ellos que parece que todos los tuiteros son así. El Código Penal tiene absoluta vigencia. No debemos confundir, para considerarse amenazas siempre hablo de cuatro condiciones: tienen que ser claras, graves, directas y creíbles. Ahora bien, delitos contra el honor hay muchos: la injuria, contra la intimidad… el Código Penal lo deja clarísimo.

¿Crees que el Código Penal vigente contempla los delitos que se pueden producir en las redes?

Yo, que no soy experto en leyes ni pretendo serlo, creo que es imprescindible que la justicia actúe inmediatamente y que a lo mejor nos tenemos que adaptar porque el Código Penal se ha quedado corto. Si el que difundió el video de Olvido Hormigos se ha ido de rositas, está claro que eso hay que mejorarlo. No obstante, no olvidemos que hay muchas cuestiones que el Código Penal encierra suficientemente. ¿Se puede mejorar? Sí. ¿La realidad social siempre va por delante de la ley? Sí. De hecho las leyes se hacen para afrontar estas realidades.

No solo como responsable de la cuenta de @policía, sino como tuitero, ¿crees que la imagen de caldo de cultivo de la violencia y el odio se corresponde con la realidad?

En absoluto. En primer lugar el problema lo tenemos los tuiteros. Yo lo soy, aunque desgraciadamente me puedo dedicar menos de lo que quisiera a leer, a disfrutar de Twitter como espectador en mi cuenta personal. Hemos dado demasiada bola a esa chusma —que no sé si son delincuentes o no ni es mi problema— aunque sea para decir que nos dan asco. A lo mejor no teníamos que haber hablado de ellos. Tenemos muchos ejemplos en los que hemos hecho mal entrando al trapo de troles. Como el ejemplo de «Mueren Pocas», que es un perfil muy conocido. Son troles que pisan la ley para frivolizar con la violencia de género. Es un juego de enfermos sociales. La gente se lo envía a los influencers, como los llaman ahora, y lo que hacen ellos es dar una publicidad brutal. Cuando se produce el asesinato de Isabel Carrasco de repente se lía la mundial. Se producen dos fenómenos: por un lado todo el mundo intentando dar información inmediatamente y por otro los mensajes poco afortunados, crueles, miserables y alguno que supuestamente puede ser delictivo o atentar contra el honor.

Carlos Fernández Guerra para Jot Down 1

Un usuario de Twitter, siendo una red selectiva, no percibe esa supuesta oleada de mensajes si no lo ha elegido.

No, el problema es que muchos de nosotros cometemos el error de que para despreciar a alguien lo retuiteamos y entonces le damos publicidad. En el tema de pornografía infantil se está intentando educar a la gente desde este grupo de redes sociales para que no se retuiteen perfiles de este tipo. Pues esto es exactamente igual, en primer lugar, si tú sigues a este perfil, háztelo mirar. Pero, ojo, recordemos, el 99,9 por ciento de los tuiteros somos gente normal.

De hecho, colaboran para combatir el crimen según se afirma desde la policía.

Colaboran de una forma impresionante. No solamente eso, yo creo que somos una élite respecto a los que no lo son —permíteme ser así de cretino y egocéntrico como tuitero—, siempre he pensado que estamos por encima de la media en distintas cuestiones.

Tampoco parece lógico considerar especial a la gente que utiliza internet, tal vez Twitter sí es más minoritario, pero la mayoría de la población usa la red.

Me encantaría que fuera así y que también se tuviera en cuenta quién usa internet y para qué. En el fondo nos parecemos muchos menos de lo que parece. Yo no me bajo música, básicamente porque ya no me acuerdo. Cada uno utiliza internet de una manera y eso nos define. Desgraciadamente lo uso en el noventa por ciento por el tema laboral, lo hago también como periodista porque me gusta leer. Twitter lo utilizamos para cosas superdivertidas la mayoría de la gente y luego hay núcleos muy obsesos, déjame emplear esta palabra. Las redes sociales tienen, al igual que tenían antes los foros, un elemento cohesionador, radicalizador. Yo no estoy en uno de ellos pero desgraciadamente observo la reacción y en este caso ha sido de mal gusto y sobre todo muy exagerada, muy publicitada por todos…

A eso iba. De un tuitero de seiscientos seguidores, que tú sabrás calcular la repercusión que puede tener, se han publicado tuits traducidos al castellano en varios diarios y en televisión. Dado que uno de los requisitos de estos presuntos delitos es la publicidad, ¿no es un tanto contradictorio?

Con los troles hay que jugar con inteligencia. No puedes premiarlos. Yo hablo con muchos periodistas amenazados, injuriados, y les pido por favor que no premien al trol, porque le estás dando una fama que no merece. Hay que hacer una comunicación inteligente, pero también te digo que a veces hay que dar un aviso a navegantes.

Esta repercusión no se ha producido por Twitter, sino por la prensa y los cuerpos de seguridad que han facilitado esos datos.

Sí, pero creo que es útil decir «ojito». El aviso a navegantes es muy bueno.

Entonces, ¿es una operación de advertencia?

No, no; el aviso a navegantes de que no todo sale gratis, de que no eres impune. Es muy importante concienciar a la gente de que tienes que responsabilizarte de lo que cuelgues en internet. Hay gente que cree que dejas algo en internet y no pasa nada. Es más bien al contrario: dejas una huella impresionante. En la calle yo te puedo decir cualquier cosa con la grabadora apagada y es tu palabra contra la mía; en internet, no. Creo que es muy importante y muy positivo concienciar a la gente. Estamos formando a la gente en un ámbito relativamente nuevo. La injuria, con la publicidad que le hemos dado todos los medios, igual no es tan buena porque si yo fuera familiar pensaría, ¿tanto la odiaban? Y eso es mentira.

Carlos Fernández Guerra para Jot Down 2

Algunos de esos tuits tal vez no habrían llegado a la familia. Ahora sí, y además van a quedar en las hemerotecas para siempre.

Sí, pero a veces hemos sido todos muy ingenuos. Te pongo los ejemplos de «Mueren Pocas», de anorexia y bulimia que hay gente que frivoliza, pornografía infantil y demás. Al final el efecto Streisand, que llamamos en comunicación, apareció absolutamente. Hay una serie de tuis en que las unidades operativas de uno de los dos cuerpos de seguridad, policía y guardia civil, están investigando si hay delito o no. Ahí está el Código Penal.

¿Tú crees que va a quedar en eso, en algo ejemplarizante, o es abarcable hacer una persecución de este tipo de delitos en la red?

Creo que es fundamental que se persigan. Que la injuria no salga gratis…

Pero eso no se puede investigar de oficio. Me refiero a como se ha hecho ahora, ¿es abarcable investigar mensajes violentos no solo a políticos…?

Créeme que los profesionales, y yo conozco a varios, que trabajan en estos temas son muy rigurosos y no van a cometer ninguna idiotez y solamente se limitarían al Código Penal. Además luego está el juez. Creo que podemos estar seguros de la profesionalidad de los distintos agentes e instructores que se encargan de este ámbito que algunos dicen que es muy nuevo pero no lo es tanto, porque poco a poco nos vamos sumando todos. De repente nos encontramos casos que nadie esperaba, hace dos años del caso de Olvido Hormigos que a todos nos indignó, a pesar de que muchos veíamos que esa publicidad no era casual, el derecho sigue ahí y si la gente sale de rositas algo está mal en el Código Penal. En estos casos de injurias, injurias agravadas, delitos contra el honor… hay un montón de cuestiones que el Código Penal persigue y de hecho se imputa por algo, no porque hayas puesto un tuit muy malo.

Me refería a que, como sabes, se han señalado muchos casos similares, incluso algunos denunciados, y si se va a iniciar con esto una campaña para perseguir todos.

Yo siempre pido a la gente: por favor, denuncia. Siempre hablo de tres cuestiones: por un lado, ignora. Seas o no seas famoso. A veces no hay forma de acceder al famoso, antes había un mail, si lo encontrabas, al que dirigirte y/o un foro en el que protestar y el famoso no se iba a enterar. Lo segundo: bloquea. Porque normalmente si eres un político no lo llevas tú, te lo lleva alguien que bosteza cuando recibe un tuit ofensivo o amenazante; pero si eres un periodista, sí. Entonces no le retuitees, porque le animas porque ha sido capaz de joder a «este facha, rojo, madridista, barcelonista…» —que sepas que son mucho más radicales y descerebrados en el tema deportivo que en el tema político—. Tercero: si hay algún posible delito, denuncia.

Has mencionado varias veces a Olvido Hormigos y he observado que los tuits que se envían desde la cuenta de @policía sobre este tema suelen orientarse a no compartir tu intimidad, y esto no es delito.

No, eso es ser inteligente en el uso de las redes sociales y las nuevas tecnologías.

Pero siempre van dirigidos a la víctima, ¿no hay un trasfondo de criminalizar a la víctima?

No, no, no. Es para evitarle problemas. Porque luego a lo mejor no va a haber delito. O no va a ser nada fácil. Las nuevas tecnologías cambian continuamente y hay plataformas difíciles de rastrear. Hay una red que no es social, que es grupal y que es potentísima pero es peligrosísima. Yo abomino de los grupos de padres, habría que dinamitarlos por ley, porque son capaces de pasar bulos de todo tipo.

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Has hecho apología de la violencia…

Es tremendo, créeme, la capacidad que tienen para viralizar todo tipo de bulos. También hay un problemón con el acoso escolar. Nosotros hemos hecho una campaña y hablamos de una problemática que no llega ni a la comisaría: el grupo de WhatsApp que hacen los niños de la clase; bien porque no te dejan entrar en él, que es una forma de acoso, bien porque suben un contenido tuyo. Y luego está el sexting. Practícalo bien, qué envidia, qué suerte… ahora bien, con cabeza; sobre todo en edades muy jóvenes.

Principalmente te diriges a un público…

A un público la mitad de descerebrado que yo.

Aparte de descerebrado… ¿de edad?

Me importa más el público de veinte años que el de treinta y cinco. Me dirijo a todos pero es más prioritario el de veinte o el de quince, porque ellos no tienen nuestra experiencia. Todos sabemos lo que pasa con los novios de los dieciocho años. Y también quiero avisar al novio de que lo va a pagar caro, el problema está en que esa chica no se debe dejar grabar. Hay tantos casos que, para que te hagas una idea, nosotros no lo contamos casi nunca. A mí son los que más me interesan, pero policialmente son tan irrelevantes que apenas lo contamos vía gabinete de prensa. Hay una serie de cuestiones en las que debemos formar a la gente. Los padres tienen que hacer un gran esfuerzo, porque los colegios y los cuerpos de seguridad hemos hecho un trabajo preventivo, pero los padres tienen que poner normas muy claras. Y luego, sobre todo los chicos que sepan ser persona —en mi época se diría «sé hombre» pero a lo mejor ahora no es políticamente correcto—, sé persona para que lo que pase se quede en la intimidad.

Esa estrategia que sigues para conectar con los jóvenes porque es el público primordial para ti, ¿no te pasa un coste al dirigirte en tono de buen rollo a los ciudadanos que estamos acostumbrados a que los agentes se dirijan a nosotros de otra forma?

Es un programa de formación, concienciación, prevención e información desde la Policía Nacional. Ahora bien, si quisiéramos hacer un BOE, la policía ya tiene la Orden General, que utiliza un lenguaje institucional; jurídico, si lo queremos llamar así. Pero queremos hacer algo útil, pagando una serie de peajes brutales. Todo por la utilidad, por saber a quién vamos a llegar, qué vamos a conseguir. Lo bueno de las redes sociales es que se pueden comprobar los resultados. Y no me refiero al número de seguidores, ojo, me refiero al respaldo, a la utilidad, a la concienciación, a ir a los colegios y recibir un apoyo masivo de los profesores. Que toda la sociedad sepa de qué estamos hablando, porque tenemos que concienciar a la gente de cosas tan absurdas pero tan relevantes como no presentar denuncias falsas. Son delitos que cómo vamos a hablar de ellos en una nota de prensa, se lo tenemos que explicar a la gente.

El éxito es indiscutible, no solo por los seguidores, sino por la repercusión. ¿Entre los miembros del cuerpo también se ve bien ese lenguaje de buen rollo?

Es que no es nuestro público objetivo. Ellos igual no lo entienden, me piden mayor representatividad, me piden otro lenguaje y que recuerde que «represento a». Yo les digo que tampoco quiero representar al cuerpo; no soy digno de ello, está clarísimo. No soy representante de la Dirección General de Policía ni del Cuerpo Nacional de Policía. Queremos lanzar una serie de mensajes que yo creo que son muy relevantes. Empezamos en Tuenti con el Plan Contigo, que fue un éxito brutal, y ahora lo hacemos con Twitter, con una viralización masiva, y Facebook. Y ellos tienen que entender que no va destinado a ellos, que hay una serie de objetivos —muy vinculados a la Dirección General de la Policía, eso es cierto— útiles y no queremos utilizar un lenguaje más propio de otro canal.

Carlos Fernández Guerra para Jot Down 4

Publicas muchas acciones de los agentes en colegios y demás, pero cuando ha habido cargas en manifestaciones se opta por el silencio.

Yo he dado tres pasos al frente, ¿eh? El 22 de marzo subí el hashtag #22Mmarchasporladignidad. Pirendo (herramienta de medida de influencia en redes sociales) subió los dos tuits más vistos del 22M y los dio la Policía Nacional. Unos cuantos salvajes reventaron una manifestación de miles de personas pacíficas y yo lo quise contar por una razón muy importante: la gente debe saberlo, y yo tuve prisa por contarlo. En España fueron los dos tuits más influyentes o más vistos. Tenemos la tendencia de mirarnos mucho al ombligo y nos olvidamos de que hay otro país que es Venezuela. Curiosamente no logré ser el tuit más visto en todo el mundo porque en Venezuela me ganaron. Mis dos tuits sí estaban entre los veinte más vistos del mundo, pero eran los únicos españoles, todos los demás de Venezuela, donde estaban viviendo un momento del que apenas hablábamos. Hay gente que me dice que no me mojo, pues menos mal. Las imágenes salvajes de los cien o doscientos reventadores hablaban mucho más que yo. Frente a una concentración legítima. Y solo hemos hablado de ellos. No sé si sería su objetivo, pero solo hemos hablado de ellos. Ya no nos acordamos de por qué se convocó el 22M, qué pedían exactamente; solo hemos hablado de esas imágenes vergonzosas.

Cuando te invitan instituciones extranjeras a dar charlas de comunicación relacionadas con el éxito de @policia, ¿qué es en lo que más se fijan o por lo que más te preguntan?

Me preguntan mucho cómo lo gestionamos, quieren el secreto de la Coca-Cola. También si tengo libertad o no. Se interesan muchas veces, porque no dan crédito, por los grandes hits como el de Breaking Bad porque creen que son los más retuiteados, pero en realidad son los de utilidad como el del accidente de Santiago. Pero sobre todo me preguntan cómo se hace, creen que tengo dos o tres hojas de «así se hace» y que se las daría. Suelo contar cómo trabajo porque creo que no lo van a implantar. Muchos me dicen «es que nosotros somos una empresa seria». Claro, y nosotros no. No te confundas, eres una marca aburrida que no estás orientada al cliente, sino a contentar al consejo de administración. Muchas veces acabo discutiendo en plan provocación. Me encanta discutir de comunicación.

La mayoría de los tuiteros se dirigen a la cuenta de la policía por tu nombre y tú sueles firmar muchas respuestas, ¿crees que es conveniente en una cuenta institucional que se personalice tanto?

Creo que sí. Es más, creo que son todo ventajas frente a otras que no lo hacen. Es la única institución pública que lo hace así, privadas hay muchas, algunas por temas de responsabilidad. Yo creo que es fundamental, dado que soy un poco bocazas, que nadie dude de quién es el culpable. En segundo lugar, cuando llamas a un sitio y te atiende una operadora, te indica su nombre. También lo hacen ahora en atención al ciudadano. Tiene un sentido de compromiso y muchísimas ventajas, pero sobre todo para decir: el que no sabe expresarse es Carlos, no la policía; el que hace un guiño o una broma es el community manager, no la policía.

Ahora que te has hecho famoso como community, ¿has recibido otras ofertas?

Es que yo no soy solo community manager. También soy social media manager, social media strategist, también hago un montón de comunicación offline aquí. No escucharía ofertas para irme de la policía solo de community manager. Estoy en este proyecto, que tendrá final, aunque no sé cuándo, para mí. No me veo yéndome solo de community manager. Pero sí, visibilidad está claro que me da. Para lo bueno y para lo malo. Te atrae moscones, lo cual tampoco es maravilloso. Lo que no he logrado todavía es ligar gracias a ser community de la policía.

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Conocerás la iniciativa de la policía de Nueva York para compartir imágenes de su relación con los agentes http://www.20minutos.es/noticia/2120878/0/miles-fotos/policias-violentos-ny/incendian-twitter/, ¿Si se te hubiera ocurrido a ti cómo la habrías valorado?

Se me ocurrió hace cuatro años y dije: no. Pensé que si jugamos sea poniendo yo las reglas del juego. Ahora bien, lo cierto es que se ha sacado todo de madre. ¿Por qué son tan exagerados? Es una anécdota. Es un consuelo ver que en Nueva York son tan sensacionalistas como nosotros. No saquemos las cosas de quicio. Aunque yo entiendo que es gracioso, como otras cosas que me han pasado a mí [ríe], y que a la gente le encantan porque son muy graciosas. Yo no lo hice porque siempre pienso qué recorrido pueden tener y siempre elijo iniciativas controlables. He hecho concursos donde se enviaban también cosas, pero no animaba a ese tipo de cuestiones porque pienso que hay otros canales mucho mejores que las redes sociales. Pero no es para abrir periódicos. El de la policía luego estaba tan contento. Yo no lo estaría. Hay que entender que los troles son como lo que ocurre en atención al cliente, donde nadie te va a llamar para decirte lo bien que lo haces.

Se ha desvirtuado mucho el concepto de trol, ahora es cualquiera que te critique.

No, no, no. En absoluto. Si hay algo que me preocupa es que mis seguidores me critiquen. Si tengo cinco o diez seguidores que me critican un tuit, créeme que pienso que algo no he hecho bien.

¿No es un poco estresante? Porque me he fijado que recibes listas de respuestas puntuando el ingenio del tuit como si fuera Eurovisión.

Hay gente muy paranoica que dice: «te han dado un toque, ¿verdad?» o «Devolvednos a Carlos». Es muy frustrante porque si consigues uno bueno al día siguiente quieres imitarlo y no lo consigues. Si consigues uno que le gusta a la gente, que a veces yo no entiendo ni por qué gusta tanto, quieres repetir y nada.

¿Cuál es la mayor satisfacción que te produce tu trabajo?

Ser útil. Si consigo que no se graben las mujeres, fíjate qué básico soy…

Pero si eso es lícito

Sí es lícito, pero se van a arrepentir. El problema está en el exnovio amargado.

Pues dedícales un tuit a ellos.

También, e insistiré. Sobre todo como aviso a navegantes: no seas cobarde. En el acoso escolar y en este tipo de cuestiones. Sé persona y demuestra que respetas la intimidad.

¿Y lo peor de tu trabajo, lo que te amarga, qué es?

Cagarla. Por lo general cuando hay una crisis me cabrea. Lo del otro día me lo tomo con cierta filosofía, me molesta más como tuitero que como @policia. Ver que no podemos ayudar a gente que me encantaría ayudar: por ejemplo, me piden mucho que busquemos a desaparecidos y no podemos porque tenemos que medir mucho los recursos y los esfuerzos.

Guardia Civil sí lo hace.

Nosotros buscamos a fugitivos y siempre con protocolo judicial. Son distintos métodos. En enero buscamos a tres fugitivos muy peligrosos y aparecieron en horas. Sin los tuiteros y nuestros aliados los medios de comunicación no habría sido posible. Espero que el día que busquemos a alguien avises a los community managers de Jot Down, aunque lo hacemos muy poco precisamente para no cansar a la gente con peticiones continuas.

Carlos Fernández Guerra para Jot Down 6

Te voy a hacer una pregunta para terminar porque nos ha surgido un problema en la redacción y quizás desde la policía nos puedas asesorar. ¿Para sacar un cadáver del país (UE) lo metemos en la maleta o le compramos un billete de avión?

[Ríe] Hombre… A ver sí voy a decir una burrada. Contrólate, Carlos. Cometo la torpeza de contestar demasiado, ¿por qué hablo tanto? Es muy importante no decir siempre lo que piensas y pensar mucho lo que dices. Hay errores brutales y torpes —porque yo no sabré de seguridad, no sabré de leyes, pero me dedico al lenguaje y no puedo equivocarme en eso—. La gran suerte es que todo el mundo sabía que era yo el que había contestado. Encima no me di cuenta, no veía lo que había puesto hasta que vino lo mejor de cada casa a felicitarme. Me sentí como si de repente todo el Bernabéu aplaude a Messi y pensé «algo va mal».

¿Cuando leíste «Carlos, eres un crack» unas quinientas veces?

Al trescientos me di cuenta. Pero vamos a ubicarnos: es una anécdota. Dio la vuelta al mundo, eso sí.

Y aumentaron los seguidores.

Muchos de los que lo retuitearon tienen todavía el freno social de seguir a la policía, algo que en cualquier otro país es normal. En segundo lugar, si me siguen solo por eso, me van a dejar de seguir. Y, por último, a mí no me sirve de nada tener más seguidores si no es con un fin de utilidad. Lo que demuestra es el poder de las redes sociales, de repente la fastidias y un contenido que no tiene encaje en medios serios se difunde y lo recogen medios de otras partes de mundo porque da audiencia ver cómo un imbécil ha metido la pata. He cometido varias torpezas, lo que pasa es que esa… cuando llegó a los cuatro o cinco mil tuits que me estaban llegando en ese mismo día, me centré en mi cuenta personal porque en la otra era imposible. Lo peor es que al final me afecta, al político tú le puedes decir cualquier barbaridad en redes sociales que no se va a enterar, se enterará si sale en la televisión. Yo en cambio no puedo permitirme el lujo de tomar esa distancia. Tres o cuatros días dormí mal, lo sobredimensionas. A la semana ya sonríes.

Carlos Fernández Guerra para Jot Down 7


Pero ¿qué son las favelas?

Favela de Complexo do Alemao en Río de Janeiro. Fotografía: Cordon Press.

«Neumáticos incendiados, disparos y una protesta que terminó con al menos un muerto se registraron esta noche, a cincuenta días del Mundial, en varias calles de Copacabana, una de las zonas más turísticas de Río de Janeiro, tras la muerte violenta de un habitante de una favela cercana». El teletipo de agencia escupía el otro día una ducha de realidad en cuatro líneas sobre la delicada situación por la que pasa la ciudad-escaparate de Brasil. De todas las palabras hay una sola en portugués, pero es tan familiar que no merece cursiva. También es cierto que lleva incorporado un barniz de connotaciones negativas asociadas incluso por omisión: fuego, disparos, violencia, muerte, favela. Al leer la noticia en la prensa, en algún punto del planeta habrá algún turista futbolero con el billete en la mano que se habrá pensado dos veces el viaje al Mundial. Craso error. Al menos sin saber antes qué son las favelas. Y ya de paso cuándo, cómo, dónde y por qué.

En rigor, una favela es una comunidad de vecinos —oficialmente, de más de veinte casas— ubicada en un terreno informal y con servicios deficientes. En definitiva, un barrio precario. En total hay mil setenta y una favelas en Río de Janeiro, según el censo de 2010, pero hoy ya hay varias decenas más: una favela se forma con suma rapidez, como ocurrió de manera notoria recientemente en Río y Sao Paulo. Si existen las favelas es por pura y simple supervivencia, dado el desnivel económico de un país donde rige como patrón un salario mínimo que alcanza a duras penas los doscientos euros y que tiene de siempre un déficit habitacional y un pésimo planeamiento urbano, sumado al aluvión cíclico de emigrantes rurales a las grandes ciudades. Estos barrios han pasado por muchas etapas, pero las secuencias se repiten históricamente, echando más y más humo sobre un tema capital: la propiedad y el uso de la tierra.

Como todo lo desconocido, las favelas —o comunidades, uno de sus sinónimos eufemísticos— provocan temor y atracción, miedo y curiosidad al mismo tiempo en quien no las ha pisado. En el caso de Río de Janeiro, impresionan por su avasalladora presencia. Lo que para el planeta es fascinante, en el sentido lato de la palabra, para Río de Janeiro es rutinario, pues forma parte inextricable de su ser. Basta ver un mapa de la enorme ciudad carioca señalizado para entenderlo. O simplemente mirar para arriba, a las montañas. La favela, que para el neófito puede llegar a ser un averno tropical, es el lugar donde habita, atención, uno de cada cinco cariocas. O sea, casi un millón y medio de personas. La aplastante mayoría, sonroja tener que decirlo, es gente del común que se levanta para trabajar cada mañana y que antes de acostarse hace exactamente lo mismo que el brasileño millonario o que el de clase media: ver la telenovela y el fútbol, medicina diaria. Que tiene menos poder adquisitivo y menos garantías sociales y políticas, pero que forma parte del sistema, sobre todo cuando baja de su casa. Los porteros de edificio, cajeras de supermercado, peluqueras, albañiles, conductores de autobús, taxistas, pero también, cada vez más, estudiantes de Derecho, personal trainers, fotógrafos e informáticos habitan en favelas. También, es verdad, hay más desempleo, familias disfuncionales, población en situación de riesgo. Y en la mayoría de las favelas aún rige un poder paralelo al Estado, dominado por grupos fuera de la ley. Por todo ello decir favela inspira sospecha, cuando no terror, para quien no las conoce. Y facilita la recreación de estereotipos ampliamente difundidos por el cine y la televisión, del Zé Pequeno de Ciudad de Dios al capitán Nascimento de Tropa de élite, modelos que no sacan de dudas al que llega a Río. Ese que ve las moles de ladrillo sin revestir dominando las montañas y se sigue preguntando: pero, ¿qué diablos son las favelas?

La primera favela se llamó… Favela

La favela de Morro do Pinto en 1912. Fotografía: Anónimo (DP).

Río cumple en unos meses cuatrocientos cincuenta años. Las favelas, poco más de ciento quince. Pero a estas alturas no se entiende una cosa sin la otra. En 1896 estalló la guerra de Canudos, en realidad una rebelión popular con trasfondo religioso en el estado de Bahía, recreada, entre otros, por Mario Vargas Llosa en La guerra del fin del mundo, y aplastada por el ejército en menos de un año. Los soldados, una vez terminada la contienda, volvieron a Río a cobrar el salario y la recompensa del Gobierno. De tanto esperar por la burocracia, acabaron instalándose en una de las colinas más céntricas de la ciudad. Se llamaba Morro (cerro) da Providencia, pero lo rebautizaron Morro da Favela, según la mayoría de historiadores, en honor a la planta homónima que crecía en el monte donde acampaban durante la guerra. La soldada jamás llegó y en consecuencia los veteranos de guerra formaron el primer barrio de chabolas carioca. Y a partir de entonces el nombre se usó para denominar a los muy similares lugares que empezaron a brotar como setas. Las comunidades precarias empezaron a conformar una realidad que contrastaba en la idílica postal de la aristocrática sociedad de la capital de una república heredera de un imperio que acababa de abolir la esclavitud nueve años antes, o sea anteayer. Es probable que existiesen otras favelas antes que la Favela, pero ya quedó para siempre establecido el precedente, en contraposición al asfalto o ciudad formal.

Con el avance del nuevo siglo llegó una oleada de inmigrantes a las grandes ciudades, especialmente desde el humildísimo nordeste del país, para construir literalmente una nueva nación, el famoso País del futuro del archicitado ensayo de Stefan Zweig. Ocurrió, por ejemplo, con Bernardino y Aurora, una pareja de jóvenes que en 1942 emigraron desde el estado de Pernambuco casi sin saberlo, atraídos por el trabajo en la entonces floreciente capital del país, y terminaron ocupando un lote mínimo de tierra fangosa en la ladera del cerro llamado Providencia —antes Favela—, y teniendo hijos casi por camada: doce. Ellos no lo sabrían, pero varias generaciones después, Roberto, uno de sus muchos nietos, contaría a través de su familia la historia transversal de Río de Janeiro, y de paso, la de un término ya convertido en universal.

Mis abuelos llegaron aquí sin nada de nada y levantaron su casa para sacar adelante a una familia enorme, sin luz ni cloacas. Aquella época era complicadísima y criar hijos una cosa tremenda. Mis abuelos dirigieron la casa y formaron parte de un barrio orgulloso de su historia. Ahora en su casa, que empezó siendo una barraca, vivimos siete familias. Tenemos un sitio donde vivir gracias a ellos, y esa es una historia que se repite en casi todas las favelas de la ciudad.

Samba, fútbol y guerra

Favela de Morro dos Prazeres. Fotografía Dany13 (CC).

La mezcla de procedencias y razas —con predominancia de descendientes de los africanos traídos durante la esclavitud, solo abolida en 1888— sumada a un excepcional cruce de factores geográficos y sociales, convirtieron a la favela en el centro de una cultura emergente, un vivero donde floreció la tríada fundamental de la identidad carioca del siglo XX: samba, carnaval y fútbol. Ninguno nació específicamente allí, e incluso el tercero fue cosa de élites blancas durante décadas, pero los tres se reinventaron en los morros hasta darle a la ciudad, al país, una fertilidad mágica de la que se felicita el planeta entero. En ese paraje en continua efervescencia, además, los índices de criminalidad eran residuales en comparación con lo que vendría después. Lo que no quiere decir que vivir en la favela en los años veinte, treinta, cuarenta fuese Disney, precisamente. Lo supieron Bernardino y Aurora, que a duras penas pudieron criar a sus hijos redoblando esfuerzos y trabajos, y todos los que vinieron después hasta Roberto, que como él nacieron, crecieron y se reprodujeron en un lugar expuesto a la discriminación de los de abajo. Que son los de arriba, recordemos.

Yo iba al colegio y me decían: ¿de dónde vienes? Del morro de Providencia. ¡No vayas con ese, que es un ladrón y un bandido! Siempre hemos llevado encima el estigma de ser favelado. ¿Cómo es eso de que un kilo pese menos aquí que abajo? Aquí la presunción de inocencia es al revés, hasta que no se demuestre lo contrario soy culpable.

Roberto, hoy treinta y ocho años, a diferencia de otros muchos, pudo estudiar y desarrollarse como si fuese un niño del asfalto durante la década en que cambió por completo la historia de las favelas y por tanto de la ciudad de Río de Janeiro, los años ochenta. Por aquel entonces pequeñas organizaciones criminales sin matriz de cartel ni planificación aparente pero con el olfato del tiburón que huele la sangre empezaron a tomar el control de los barrios. Enseguida fueron espoleados por el tráfico de drogas, que multiplicó la entrada de dinero en las comunidades. La violencia se hizo presente como rutina de un patrón criminal que enseguida se enquistó como poder atomizado y paralelo al del Estado, a través de diferentes facciones dispersas en las cientos de comunidades de la ciudad, algunas agrupadas en siglas tristemente célebres (CV, ADA, TCP) y con un modelo vertical. No es casualidad que al jefe del cotarro le llamen dono (dueño) del morro, en una jerarquía que continúa con los gerentes de las bocas de fumo, o puntos de venta de droga, los endoladores —soldados que empaquetan y dejan lista la mercadoría— los vaporeiros (vendedores) y los fogueteiros u olheiros, vigías del tráfico y primer escalafón que avisan si se aproxima la policía o una facción enemiga. De arriba abajo hasta llegar al punto más cercano de la ciudad formal, casi siempre ajena a un mundo adyacente pero no mezclado, donde jóvenes en bermudas y sandalias y armados hasta los dientes dominaban —dominan— la vida de miles de personas. Así vivió ese Río durante décadas: tiroteos, balas perdidas, torturas, muerte. Y con un modelo de sociedad diferente al resto, combatido por el Estado de forma errática e igualmente violenta durante treinta años hasta que se abrió camino una nueva política emparentada —demasiado, en opinión de los críticos— con el nuevo Río del Mundial y los Juegos Olímpicos.

Una pacificación demasiado cara

Presencia policial en la favela de Pavao-Pavaozinho, en Río de Janeiro, el pasado 23 de abril. Fotografía: Cordon Press.

Lo que ven Roberto y sus dos hijos desde la terraza común a las otras seis familias de primos y hermanos es un privilegio al alcance de muy pocos: a sus pies está el barrio portuario de Río, la bahía de Guanabara y ahí, flotando, como esperando algo, los grandes cruceros que atracan cada día repletos de turistas. La Providencia, aquella favela inaugural, ha terminado por convertirse en pieza codiciada. Tiene una vista de trescientos sesenta grados de toda la ciudad desde el centro mismo de la urbe, específicamente desde una zona que estaba —está aún— degradada por décadas de abandono pero que ahora es el centro del programa de revitalización llamado Porto Maravilha. En realidad es un emprendimiento urbanístico, por no decir inmobiliario, que se ha hecho con la concesión de un barrio que, prometen, nada tendrá que envidiar a Barcelona —su gran referencia— en la nueva fachada al mar de Río. Para ello recalificaron terrenos donde agonizaban viejas construcciones portuarias, devenidas esqueletos de un tiempo mejor, con la idea de revitalizar una zona que parece sacada de una película de zombis, una gentrification en toda regla que incluía el desplazamiento de buena parte de los cuatro mil habitantes de la favela más antigua de la ciudad. La lucha de los vecinos y, también, la titubeante Administración, han hecho que de momento los planes no hayan salido del papel.

Para el año pasado tenían prevista la inauguración de un teleférico que comunicaría la Estación Central de Brasil hasta aquí mismo, hasta la entrada de la comunidad. Y al mismo tiempo, desde la entrada querían hacer un funicular para que los turistas pudieran subir hasta la cima, para hacer la película de los pobres con vista, todo muy bonito. Pero todo está parado. Por suerte, estamos en 2014 y de momento solo han salido ciento noventa y seis personas, y el resto seguimos aquí, sabiendo los planes del Ayuntamiento, pero dispuestos a luchar y resistir. Todo lo que construyó mi familia ahora lo quieren tirar. Nos quejamos, claro, porque nosotros nos sentimos parte de un negocio del que no formamos parte.

Lo que les ocurre a Roberto y al resto es, en su opinión, consecuencia directa de la política de seguridad desarrollada por el Estado de Río de Janeiro desde 2008, positiva en muchas cosas, no tanto en otras. El nuevo modelo, a mitad de camino entre lo planeado y lo improvisado, que prometía el cambio más radical de la historia reciente de la ciudad: la pacificación de las favelas, así, en cursiva, esta vez al menos, porque no todos los implicados están de acuerdo en la nomenclatura. Se trataba de la toma por parte del Estado de determinadas comunidades dominadas por el narcotráfico con el fin de reducir los índices de criminalidad letal de Río, según el arquitecto del plan, el secretario de Seguridad Pública, José Mariano Beltrame:

Queríamos que la población recuperase su derecho de ir y venir en esas comunidades donde ahora también reciben servicios públicos y privados que antes no llegaban por el miedo al narcotráfico. Aunque no todo llegue a la velocidad que deseemos, tan solo el hecho de abrir las puertas de las comunidades para la entrada de iniciativas de cualquier tipo ya representa una disminución en las disparidades sociales.

Y de momento salió a medias: después de cinco años y medio, hay casi cuarenta Unidades de Policía Pacificadora (UPP) que dan servicio a más de cien comunidades, en su mayoría del arco turístico de las playas y el centro. He ahí una de las críticas, pues la mayoría de las comunidades están en zonas mucho menos visibles para el turismo y la clase media y alta, en favelas en muchos casos apartadas de la vida real de la ciudad, mal comunicadas y peor atendidas por los servicios públicos. Un mundo paralelo en una ciudad que presume de ser el decorado natural urbano más bonito del mundo.

La experiencia piloto de la pacificación se llevó a cabo en la comunidad de Santa Marta, en la acaudalada zona sur de la ciudad. Allí se creó la primera UPP. Dos años después, el proceso tuvo su mayor momento de gloria cuando la policía reconquistó el entonces bastión más importante del tráfico de drogas, el complejo del Alemao, en 2010, y otros dos años después, la favela Rocinha, de más de cien mil habitantes, en 2012. Pero lo que parecía la panacea, un Río en paz, se reveló problemático justo cuando se llegaba a los cinco años de proyecto, en parte por la reactivación del crimen, que nunca había salido del todo, en parte por la endémica corrupción de la Policía Militar y por su larga lista de víctimas: primero se encarceló a los responsables policiales de la favela Rocinha por la desaparición de un albañil llamado Amarildo, convertido en mártir civil de la población de las favelas. Luego, en el episodio narrado al principio, cientos de personas se echaron contra la policía en plena Copacabana en protesta por la muerte de un joven bailarín de la comunidad Pavão-Pavãozinho. Y en el medio quedan mil y una historias sin contar en los medios locales sobre las actuaciones policiales que, por primera vez, empiezan a ser contestadas sin miedo por la población de las comunidades. Cada semana se reproducen protestas violentas en favelas pacificadas en una espiral que mantiene desconcertada a la seguridad pública de la ciudad. Y en medio de eso, el narcotráfico ha contraatacado, con ofensivas a las unidades de pacificación en un aparente plan coordinado desde las cárceles por los líderes de los grupos criminales. Hablamos, claro, de las favelas visibles, las ocupadas, que son minoría. Enfilando hacia la zona oeste, se pueden hacer kilómetros y kilómetros circundando favelas sin parar. Y sin pacificar. De hecho, son más de la mitad de la ciudad, que en muchos casos además ni siquiera están dominadas por narcotráfico y mucho menos se espera a la policía: quienes mandan son milicias, grupos de expolicías y exmilitares (o incluso en activo), bomberos y otros servidores públicos que funcionan como un grupo mafioso que extorsiona a la población a cambio de supuesta protección y a la que le venden electricidad, internet o televisión, clásico de un régimen de terror, y que gana terreno cada año. Según los últimos cálculos, cuatro de diez favelas de Río están dominadas por la milicia, otras cinco por el narcotráfico y la que resta, por la policía.

Favelas chic

Una favela en el centro de Río de Janeiro. Fotografía: Dany13 (CC).

La comunidad donde vive Roberto es un promontorio que parece hecho a medida para construir una vista alternativa a los tradicionales miradores del Pan de Azúcar o el Cristo. Aunque de momento están paradas las obras del plano inclinado y el teleférico, sabe que llegarán: están en un lugar incomparable. Eso mismo ocurre en las comunidades con balcón al Atlántico. Orográficamente, Río de Janeiro es única: con un espectacular paisaje que conjuga montaña, selva y mar, el decorado es el de una ciudad formal en el asfalto trufado de morros repletos de vegetación y favelas. Y eso se multiplica en la zona sur: a cada barrio rico, una o varias favelas. Tienen vidas separadas pero votan en los mismos colegios electorales, se bañan en la misma playa y bailan en los mismos blocos de carnaval. Hasta el experimento de Santa Marta, aun así, les separaba la barrera de fuego que por primera vez empezó a borrarse. Hay quien vio un futuro en estas comunidades, como Edgar Costa, catalán, treintañero, que se apresuró a comprar una casa en la favela Vidigal, la más fotografiada de Río porque es la que crece a las faldas del morro Dois Irmãos, en la punta del imbatible combo que forman las playas de Ipanema y Leblon. De siempre se ha dicho que Vidigal tiene las mejores vistas, pero pocos extranjeros se aventuraban a vivir de forma permanente pensando que aún había balas perdidas y una ley que no se ajustaba a lo que habían vivido en su país. En cuanto fue pacificada, en 2011, Costa ni se lo pensó: visitó la inmobiliaria que funciona en la favela, en una oficina de cuatro metros cuadrados, y le ofrecieron varias opciones. Una de ellas, con título público de propiedad y por veinticinco mil dólares.

No lo hice por especulación, aunque está claro que si yo me voy antes de los Juegos Olímpicos el valor se multiplicará. A mí me atrae la favela por su forma de vida, pero sin tiros. La pacificación no es perfecta, pero las ventajas en muchos sentidos son obvias. El hecho de que Vidigal forme parte de la zona sur hace que haya gente que venda su casa y el mercado se encarga solito de que entren extranjeros como yo, pero creo que el vecino de la favela se beneficia.

A estas alturas no solo hay extranjeros, sino albergues, hoteles boutique y nuevos emprendimientos cada semana, con servicios propios de barrios ricos en medio de una comunidad. Una favela chic. Mientras, el creciente mercado inmobiliario en las favelas de la fachada litoral sur de la ciudad hace que los precios aumenten como la espuma con la pertinente razón de la demanda, en definitiva una lógica que siguieron los países del norte del mundo, al menos hasta que la burbuja les estalló en la cara.

Y después del Mundial y los Juegos, ¿qué?

Con todo el puzle sobre la mesa, todos se preguntan qué le espera a la ciudad después de los eventos. Todos son la policía, el narcotráfico, los analistas, los habitantes del asfalto y los políticos, pero también sobre todo, los habitantes de favelas como las que componen el complejo de Maré, dieciséis barrios, ciento treinta mil personas. A principios de abril fue ocupado primero por la denostada policía militar, luego por el ejército. Hoy, y al menos hasta que deje de rodar el balón el 12 de julio, pasean tanques, jeeps y sobrevuelan helicópteros verde oliva con soldados pertrechados con fusiles automáticos. Para los vecinos cambia la estampa de forma notoria —uniformados en vez de chavales en bermudas vendiendo droga en la calle— pero el efecto psicológico es muy parecido. Lo dice Eliana Sousa, directora de la ONG Redes da Maré.

Aquí siempre hubo vida cotidiana, trabajamos, estudiamos, tenemos proyectos sociales, militamos, reivindicamos, y la verdad, muchos derechos llegaron (basura, luz, agua) a pesar de los grupos que regulaban la vida cotidiana. No puede ser que en una ciudad la gente vaya armada. Merecemos una experiencia republicana, más que estar solo controlados por otro grupo, aunque se llame policía. Hemos visto toda la vida cómo la policía nos estigmatiza por ser de una favela, y sufrimos por eso, y por eso a veces nos hemos sentido mejor tratados por el narcotraficante que por el policía. Eso tiene que cambiar.

Es tan complicado el presente como aterrador el escenario que ocupa: hay lugares de Maré donde los edificios surgen como coladores al paso de los tanques. En la llamada calle Divisa, las dos principales facciones del narcotráfico de la zona dirimían hasta anteayer sus diferencias a tiros de fusil y mortero, dejando una escena más propia de Oriente Medio que de Brasil. Pero no está a la vista del visitante, ni siquiera ahora que está ocupada por el ejército. Esas favelas, ubicadas en un territorio privilegiado entre las dos principales vías que unen el aeropuerto de Río con el centro, están ocultas tras grandes paneles de metacrilato dispuestos a lo largo de las autopistas hacia la zona noble de la ciudad, lo que sugiere una comparación con la situación general de Río: ¿la pacificación tapa pero no soluciona los problemas? Más adelante Roberto mira el puerto desde su casa y ve un futuro barrio hecho a medida de turistas y gente con recursos pero sin sus pobladores de más de un siglo. ¿Es esto el progreso para toda la sociedad? Él, como tantos afectados, cree que las favelas se desplazan pero no desaparecen, más bien al contrario. Y eso es difícil que lo equilibren un Mundial y unos Juegos Olímpicos.

Una pintada de protesta en la Favela da Paz, una de las más cercana al Estadio Maracaná. Fotografía: Cordon Press.


Jordi Bernal: Los otros, los mismos

En El hombre del tren, de Patrice Leconte, un profesor jubilado de literatura francesa sueña, en un aseado y somnoliento pueblo de provincias, una vida imposible de outlaw de cine. La suerte quiere que se cruce en su camino un fugitivo achacoso al que interpreta el rockero en cien quirófanos remodelado Johnny Hallyday. En el encuentro breve de identidades contrapuestas, no será solo el viejo letra-herido quien se mire en el espejo del deseo iluso, sino que, asimismo, el fugitivo anhela una acomodaticia existencia en/de/con pantuflas, ejercicios de piano y noches de lectura. Esos dos sueños que se retroalimentan únicamente llegan a fundirse con la muerte spoiler. Son, como dijo Borges (con perdón de la muletilla), “el otro, el mismo”. Para suavizar la dicotomía angustiosa, el humanismo inventó la figura social del caballero de armas y de letras. De esta manera, sin pudor ni cortapisas gremiales, cualquier profesor jubilado de literatura podría hacerse con un arma y atracar la sucursal bancaria más próxima a su casa. Podría ser feliz.

En este país, sin embargo, el ideal lo llevamos siempre a extremos un tanto grotescos y así fue como, en las primeras décadas del pasado siglo, aparecieron unos extraños tipos ataviados con camisa azul y pistola en el cinto que escribían unas cosas terribles pero muy floridas y pomposas. Su reacción, todo hay que decirlo, nada tenía que envidiar (bueno, tal vez sí en calidad literaria) a la de sus enemigos, que un tanto menos marciales y más mecánicos llevaban la pistola en el cinto de un mono azul y calzaban alpargatas.

Y en esas estamos. Aunque, gracias a Dios o a su ausencia (según se esté con el arzobispo de Canterbury o con Richard Dawkins), el uso de la violencia está en su mayor parte controlado y domeñado por unos cuerpos de seguridad de un estado democrático, pese a los intentos de deslegitimación de algún mando bocazas. Y como el progreso occidental no podía sernos del todo ajeno, España en masa apiñada se ha trasladado a twitter y desde allí vuelve a revivir, en ciento cuarenta caracteres, los limpios garrotazos goyescos.

Así pues, cuídese muy mucho de criticar la reforma laboral si no quiere que desde la otra trinchera le griten que es usted un cómplice del sindicalismo enriquecido a costa del sudor del prójimo; no sería de extrañar que oyera un rotundo “¡facha!” cuando retuitee un lacónico argumento en contra de las descargas ilegales; pida más mango policial contra los estudiantes para evitar suspicacias de tibieza entre los suyos y si estos son los otros, desgárrese las vestiduras y apueste por un #policiafascista; sea de un bando y evite las disidencias: mourinhista o pipero, socialdemócrata o retroliberal, abortista o adorador de las cejas de Gallardón, boletaire o catalanofóbico, dulce o salado. No importa el asunto del debate, verá como pronto la fuerza del ruido opinador le llevará inexorablemente menos a situarse en un bando como a ser considerado por los demás perteneciente a uno de dichos bandos. Acojona, la verdad. O dicho con Albert Camus: “El largo diálogo de los hombres acaba de interrumpirse. Y, por supuesto, un hombre al que no se puede persuadir es un hombre que da miedo”.

Por mi parte, emprendo el camino de en medio y, aun a riesgo de parecer sospechoso de proselitismo terrorista, pienso desperdiciar esta mañana pre-primaveral, de mullida y cálida claridad, en una terraza de “una ciudad habitable incluso en sus peores momentos” (Juan Marsé). De la querida Barcelona. Con Johnny Hallyday de fondo y en cola de pez.


Plaza de Cataluña: en ocasiones veo fascismo #felipfuig

Plaça de Catalunya 15-M. Fotografía: Job Vermulen / Corodon.

Cuando estaba a punto de escribir un artículo en el que hacía la crítica de ciertas derivas políticas dentro del movimiento 15-M he asistido boquiabierto a las truculentas imágenes de los Mossos d’Esquadra apaleando sin motivo a los acampados de la plaza de Cataluña en Barcelona. Individuos sentados en el suelo ofreciendo resistencia pacífica —sin hacer el menor gesto de agresión a los agentes de la ley— han terminado siendo víctimas de una injustificada e injustificable brutalidad policial. He de confesar que a duras penas podía creer lo que estaban viendo mis ojos. Esto es España y estamos en el año 2011, ¿verdad?

Invito al lector a hacer un pequeño experimento: contemple de nuevo las imágenes y haga un pequeño esfuerzo de imaginación. Ya no estamos en el 2011, sino en 1960. Quien va a jugar una final no es el Barça de Messi, sino el Madrid de Di Stefano. Los uniformes ya no son los de los mossos, sino los de la policía franquista. Y, claro, es necesaria una limpieza de la plaza para que la Copa de Europa pueda ser convenientemente celebrada, por tanto se lleva a cabo un desalojo por supuestos motivos de “seguridad” e “higiene”. Y ahora la pregunta: si sustituimos mentalmente todos estos elementos, ¿no es cierto que todo cuadra mágicamente? Eso es lo triste, que las escenas de este viernes 27 de mayo de 2011 no nos resultarían nada sorprendentes si se nos presentasen en blanco y negro: son, efectivamente, la clase de sucesos que ya sólo deberían pertenecer al pasado.

Las agresiones policiales en la plaza de Cataluña no son, mucho me temo, un hecho anecdótico, sino el síntoma de alguno de los cánceres que están convirtiendo nuestra sociedad en un ecosistema cada vez más inhóspito para el humilde ciudadano medio. Uno de esos cánceres es la absoluta predominancia en la motivación de nuestros gobernantes del interés económico sobre el respeto al ciudadano. Un grupo de manifestantes con los que uno puede estar más o menos de acuerdo pero que presentan una protesta legítima de manera pacífica y civilizada, han sido hoy mucho menos importantes y mucho menos merecedores de respeto para nuestras autoridades que, por ejemplo, un partidito de fútbol. ¿Saben ustedes por qué? Porque el fútbol es igual a dinero pero los ciudadanos inquietos son igual a molestia, y esto lo dice alguien a quien le gusta el fútbol y vio el Mundial banderita en mano. Pero ciertas autoridades han pensado que hay una final de la Champions League, así que la protesta legítima del pueblo va a tener que buscarse algún otro solar donde montar el chiringuito; la celebración futbolera es lo primero, las quejas sobre el desempleo, la corrupción o los defectos de nuestra democracia están ocupando una plaza que, al parecer, pertenece por derecho a la UEFA. Esto es lo que valemos los ciudadanos para la gente que nos está gobernando: nada. No valemos ni el esfuerzo de una negociación digna. Las prisas por barrer de manifestantes las áreas públicas se traducen en palizas porra en mano a ciudadanos indefensos.

El mensaje de las autoridades que hay implícito en esta intolerable actuación es preocupante: hoy es la Champions, mañana será una boda real y pasado mañana será la visita de tal o cual jerifalte extranjero. La cuestión es que el ciudadano ha de tener cuidado si decide emplear la calle para manifestar pacíficamente su descontento porque ya hemos comprobado que la respuesta policial podría no ser nada pacífica. Aunque aquí me gustaría insistir en un punto: los ciudadanos tenemos que seguir siendo pacíficos, eso siempre. Si alguien ha de aparecer en los informativos internacionales actuando como un vándalo que no seamos nosotros, los anónimos votantes. De lo contrario, lo que ahora despierta solidaridad internacional —ciudadanos de otros países han comenzado rápidamente a mostrar también su indignación ante lo sucedido en Barcelona—, podría convertirse en un “ya están otra vez los españoles a la gresca”. Más allá de la vergüenza nacional que supone el que las imágenes de la agresión policial circulen por el exterior haciéndonos parecer una república bananera, nos queda el orgullo de saber que las víctimas no han respondido a la violencia con más violencia. Y eso es el marchamo de una ciudadanía digna de respeto. Que haya quien nos pierda el respeto no significa que hayamos de perdérnoslo también nosotros mismos.

Volviendo a las autoridades, no han resultado muy tranquilizadoras las intervenciones de algunos representantes policiales durante la elogiable retransmisión que Antena 3 ha hecho de los acontecimientos (otras cadenas —desgraciadamente no todas— se han ocupado de ello también, pero en Antena 3 la cobertura ha sido más amplia y el enfoque más atrevido). En el programa de Susana Griso han hablado en directo con el director general de la policía de Cataluña, Manel Prat, quien no ha dado la impresión de tener explicaciones muy convincentes que darnos pese a que lo ha intentado. Pero cuando no se sabe muy bien qué decir resulta difícil aparentar lo contrario. Incluso ha reconocido que no había visto las imágenes de lo que sus subordinados estaban haciendo y no parecía estar muy enterado del alcance de los acontecimientos; supongo que tendría cosas más importantes que hacer en ese momento que seguir de cerca tan delicado operativo policial. La capacidad para la autocrítica, por descontado, ha brillado por su ausencia; el director de la policía catalana se empeñaba en presentarnos el asunto cual inofensiva operación de “higiene” y “limpieza”, como si los espectadores no acabasen de ver lo que habían visto y la policía se hubiese limitado a retirar vasos de plástico y latas de cerveza vacías. Lo mismo puede decirse de David Miquel, portavoz del sindicato policial de Cataluña, quien tampoco parecía entender la necesidad de plantearse que quizá la policía se estaba excediendo y que también ha sido incapaz de decir algo tan sencillo como “si es verdad que se han cometido abusos quizá debería investigarse el asunto”.

No sé qué van a decir ahora otros representantes policiales y autoridades varias. Imagino que tarde o temprano alguien entonará un cínico mea culpa destinado a lavar un tanto la imagen y salir del paso pero, francamente, un suceso como este, en una democracia como Dios manda, precisaría que los responsables políticos directos sean sometidos a investigación y en su caso despojados de sus cargos. También requeriría que algunos de los agentes tuviesen que hacer frente a los apropiados procesos disciplinarios e incluso legales. No basta con un “lo haremos mejor la próxima vez pero ahora miremos hacia otro lado” porque las autoridades, y muy especialmente los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado, son aquellos en quienes los ciudadanos depositamos nuestra confianza —otorgándoles el monopolio legal de la violencia— para ayudar a proteger nuestros intereses e intentar hacer de nuestras vidas algo mejor. La existencia de la policía es algo necesario en cualquier sociedad moderna pero debe estar a servicio del ciudadano, no al servicio de las autoridades. Así que los incidentes de la plaza Cataluña resultan simple y llanamente intolerables. No podemos padecer el “síndrome de la mujer maltratada”: hemos recibido la primera bofetada… busquemos soluciones antes de que nos llegue la segunda y no nos confiemos creyendo que se ha tratado de un error aislado. Si ha ocurrido una vez podría ocurrir más veces, salvo que tomemos medidas para prevenirlo. Creo que ese es uno de los problemas de España: el ciudadano está acostumbrado a dejar que políticos y administradores campen a sus anchas en una especie de apático laissez faire, quizá resignado a la idea de que siempre ha sido y siempre será gobernado por corruptos e incapaces. Espero que ahora la gente se lance a la calle, pacíficamente y en mayor número, para demostrar que la calle pertenece a la gente, no a los ayuntamientos, ni a los policías, ni a los ministerios.

Perdonen ustedes mi latín, pero si hasta ahora los ciudadanos estábamos jodidos, ahora ya podemos decir que estamos jodidos y apaleados. Las autoridades deben administrar a la policía en nuestro beneficio, no en nuestra contra. Porque cuando las autoridades de un país usan la policía en su propio beneficio, en beneficio de sus amigos o en beneficio de los clubes de fútbol que producen mucho dinero… bueno, eso tiene un nombre. Búsquenlo ustedes en la enciclopedia.

En ocasiones veo…