La fugitiva: auge y caída de Linda Lovelace

Linda Lovelace. Foto: Cordon.

Ella era la hija de un policía y una camarera del Bronx, ambos infelices y estrictos, como son todos los padres de las biografías de infancias terribles; la mandaron a estudiar a una escuela católica y salió de allí diciendo que quería ser azafata de vuelo o monja. Fue la compañera de instituto de la que todo el mundo se burlaba porque no dejaba que los chicos se le acercasen más que a la distancia de un brazo extendido, la misma que cuando su padre se jubiló y se mudaron a Florida se quedó embarazada y dio a luz a un bebé que fue dado en adopción por su propia madre, la que unos años después, convaleciente en casa de sus padres por un grave accidente de tráfico, conoció a Chuck Traynor.

Cualquiera a los veintidós años querría huir a Nueva York y alejarse de una familia que se odia, montarse en un Jaguar con un tipo doce años mayor que tiene una cámara de fotos y dice que te va a convertir en una estrella. Cualquiera encontraría excitante casarse con él aunque fuese a punta de pistola y podría además ser lo suficientemente idiota como para no saber que esos pactos cuestan la vida entera, que cuando para pagar el pasaje una entrega todo deja de ser dueña de sí misma.

Ella solo quería escapar de la vida de Linda Susan Boreman y él la convirtió en Linda Lovelace. Prometió tenerla como una reina, pero le tenía reservada una corona de espinas.

El 12 de junio de 1972, en The Deuce y en la vida real Linda Lovelace atraviesa la alfombra roja del World Theatre de Nueva York vestida de blanco como una novia, posa para los fotógrafos y es aclamada por una multitud que abarrota el teatro. Como si fuese lo normal ver a gente practicando sexo explícito en una pantalla de cine, Garganta profunda se estrena a plena luz del día a solo tres calles de Times Square; por primera vez una película solo para adultos tenía trama y diálogos. La pornografía había salido de las cabinas clandestinas de los peep shows y de los cines X de mala muerte para no volver a esconderse nunca más, empezó desde aquel día una carrera imparable que la ha traído no demasiado tiempo después a nuestras propias manos, a la distancia de un clic.

En la serie Lori mira fascinada a Linda mientras C. C., el tipo para el que ella se prostituye desde que llegó de Minnesota en autobús solo con una maleta, la saca del teatro casi arrastrándola. Aún no sabe que en realidad se está mirando en un espejo, que la distancia que las separa es mínima. Que esta especie de heroína sexual que se presenta como una cenicienta antes de las doce, y que mirando resuelta de frente a los periodistas que le preguntan por qué hizo esta película les contesta sonriendo: «Lo hice porque me encanta», se revelará después como la superviviente de una historia mucho más siniestra.

Pero en ese verano del 72 el mundo entero acababa de rendirse ante Linda Lovelace, una mujer que se había atrevido a protagonizar una película donde reclamaba el placer sexual y no se comportaba como un objeto pasivo en manos de los hombres. Daba igual que la premisa de la cinta —una chica con el clítoris en la garganta— fuese un completo disparate, en el film la protagonista representaba una nueva actitud de una nueva mujer ante el sexo, que practicaba felaciones imposibles no porque estuviese sometida u obligada, sino porque no se resignaba a no sentir placer.

La nueva ola del feminismo la convirtió en símbolo de la liberación a través de la sexualidad, y el escándalo de la Administración del presidente Nixon procesando a Harry Reems, el protagonista masculino de la cinta, en el estado de Tennessee por quebrantar la ley de obscenidad hizo el resto para catapultarla como la producción más rentable de la historia.

Garganta profunda fue rodada con un presupuesto de veinticinco mil dólares que fueron aportados por la mafia y produjo unos beneficios de aproximadamente seiscientos millones; no se sabe la cifra exacta porque todo lo que se recaudaba era en efectivo, tipos al servicio de «la productora» se personaban todas las noches en cada uno de los cines donde se proyectaba la película para cobrar la taquilla.

Chuck Traynor, marido, mánager y proxeneta, cobró los mil doscientos dólares que le correspondían a Linda como protagonista, ella nunca tocó el dinero. Probablemente, si hubiese cobrado lo que le correspondía, las cosas hubiesen sido distintas.

Renunciar a una misma, conseguir lo que soñabas y que ese triunfo no lleve consigo más que un desencanto como una úlcera en el estómago que devora todo lo que te alimenta. Da igual lo conseguido, nada vale nada, por eso vale la pena arriesgarlo todo.

Dos años después, durante un ensayo en Las Vegas para una actuación en un cabaret, aprovechando que su marido se ausenta un momento, Linda se escapa en el coche de un amigo disfrazada con una peluca y se esconde durante días en un hotel de Beverly Hills. 

Acto seguido, presenta una demanda de divorcio contra Chuck Traynor y lo denuncia por abusar de ella e inducirla a trabajar en el mundo del porno y la prostitución bajo amenazas de muerte.

La abanderada de la libertad, el sexo y el dinero contará que en realidad era la rehén de un hombre que la maltrataba, que creó en ella un sentimiento de dependencia que la arrastró a las drogas, que la obligaba a prostituirse y a rodar, aún antes de Garganta profunda, otras películas en ocho milímetros de esas que circulaban en el mercado clandestino de los peep shows y los cajones escondidos de los videoclubs. Delicatessen para pervertidos.

Linda destapó una relación destructiva y violenta de dependencia de la que intentó salir en varias ocasiones y no encontró dónde cobijarse nunca, el público demostró estar más preparado para aceptar que disfrutase haciendo felaciones ante una cámara que para escuchar esta versión de los hechos, y la industria del porno, a la que su exmarido seguía perteneciendo, le dio la espalda argumentando que era una desagradecida, como si seiscientos millones de beneficio le pareciesen pocos. En su biografía cuenta que durante los rodajes Chuck solía llevar una pistola en el bolsillo y apretaba el gatillo de forma que ella pudiese oírlo, a modo de advertencia por si no resultase suficientemente convincente delante de la cámara.

Linda Boreman se extirpa a Linda Lovelace y se casa de nuevo inmediatamente, porque, a pesar de todo, nada en su vida pierde el ritmo de una huida frenética, anuncia que ha redescubierto a Dios y se convierte en una madre de clase media de Denver, que reniega del porno como lo haría cualquier buena cristiana del centro de los Estados Unidos.

Cuando en 2005 sale a la luz pública el documental Inside Deep Throat, donde varios compañeros de rodaje confirman su versión y hablan de gritos tras las puertas y moratones en las piernas durante el rodaje, las dos Lindas, Lovelace y Boreman, por suerte han fallecido tres años antes en un accidente de tráfico y no tienen que presenciar este espectáculo, entre cínico y cobarde, de quienes callaron hasta que su testimonio ya no servía para nada más que para honrar a una muerta que los hizo más ricos a todos.

Tal vez Lori, la prostituta que sueña con convertirse en estrella del cine porno y dejar las calles, se entere de que en realidad Linda Lovelace era como ella, una mujer sometida por un proxeneta, y que triunfar en el porno no le salvó la vida, que el éxito cuando no eres tú la dueña solo te convierte en una especie de purasangre carísimo que el amo enseña para impresionar a las visitas. La primera temporada de la serie se dedicó a trazar un retrato vívido y poliédrico de la relación compleja entre las prostitutas y los hombres que las explotan, un vínculo viciado que va desde la violencia explosiva al control mental disfrazado de protección, pasando por la sumisión absoluta y la fragilidad casi infantil de ellas. Resulta difícil entender por qué una mujer dejaría que fuese un hombre quien controlase el comercio con su propio cuerpo, por qué renunciar a lo único físico que te pertenece; la única respuesta que se me ocurre es porque, probablemente, ya han llegado tan lejos en su ansia de huir de sí mismas que, como Linda, ya asumieron que pagaban con su vida el pasaje y no han tenido la suerte de que el triunfo les facilitase una salida de emergencia. 

En The Deuce, David Simon y George Pelecanos retrataron, como en un cuadro del Bosco, un microcosmos asfixiante donde una gran cantidad de personajes se superponen y se enfrentan unos a otros con humanidad casi helada y sin una pizca de nostalgia. Prostitutas y clientes, chulos, camareras que sirven a la clientela en leotardos, bármanes, drogadictos, depravados que acechan en los videoclubs, mafiosos y policías se evitan y se buscan diariamente, cruzándose constantemente en un gueto que se circunscribía al área de Times Square en los años setenta. Una colmena infecta y precisa donde, como insectos laboriosos, sin pasión pero con la urgencia que da la búsqueda de la supervivencia a cualquier precio, pondrán en marcha el monstruo gigante de la industria pornográfica, esa que encumbró a Linda para luego devorarla.

La misma que hoy en día tenemos en nuestra mano, a la distancia de un clic.


Laura Morán: «Es sorprendente que hoy tengas que explicar que el porno es ficción»

Se queja de que en pleno siglo XXI amplias capas de la población siguen con grandes lagunas con respecto al sexo y a su cuerpo. Buena parte de culpa la tienen los tabúes atávicos que siguen presentes en la sociedad, pero también el descuido de la educación sexual en los adolescentes. Por ejemplo, hoy sigue sin ser extraño que mucha gente no sepa ni situar ni cuál es la forma de un clítoris. Laura Morán ha escrito en Orgas(mitos) (Next Door, 2019) una guía para dejar atrás de una vez tanto desconocimiento. En el marco de los encuentros de Jot Down en La Rambleta de Valencia tuvimos la oportunidad de charlar con ella. 

Eres terapeuta. Los terapeutas son grandes historiadores del sexo, como Albert Ellis, autor de La tragedia sexual norteamericana en 1954, que alertó de lo que suponía la ausencia de relaciones prematrimoniales, entre otros problemas de la sociedad estadounidense con respecto al sexo. Tú dices que eres psicóloga por vocación y terapeuta por convicción… 

Suelo decir que soy psicóloga por vocación porque siempre quise ser arqueóloga hasta que me dijeron que había que pagar facturas y lo deseché. Entonces me dije que quería ayudar a la gente, eso me hizo ser psicóloga. Pero a medida que estudiaba la carrera, me di cuenta de que las parejas y las familias además de causar bienestar también daban muchos problemas. Me especialicé en terapia de pareja, pero, curiosamente, el sexo no se aborda en la formación de terapia de pareja y vi que eso también daba muchos problemas. Por eso me especialicé en sexo y digo que soy psicóloga y terapeuta por convicción, no por vocación, sino por haber vivido los problemas que da. 

¿Y qué pasa en tu consulta?

Lo puedo diferenciar por género. Los hombres se preocupan generalmente por no cumplir con los estándares de rendimiento. Disfunción eréctil o eyaculación precoz. 

Que tú llamas eyaculación involuntaria…

No lo he inventado yo, lo usan muchos sexólogos. Es un mito que hay que desmontar, porque solo ocurre en parejas heterosexuales. Solo con esto da que pensar. Precoz significa antes de tiempo. ¿Antes de qué? Pues antes del orgasmo femenino. ¿Y cuánto tiempo necesita una mujer para orgasmar? No hay un tiempo establecido. A estas personas lo que les pasa es que no identifican el momento en el que van a eyacular y no pueden decidir pararlo cambiando el tipo de postura o de estimulación y eso les genera mucha sensación de impotencia, mucha frustración. 

Normalmente lo que más te encuentras es gente que llega con ansiedad derivada de, al fin y al cabo, siempre la misma pregunta: ¿soy normal? Buscan una especie de validación…

Eso es, porque hay mucho estereotipo de cómo debe comportarse el hombre en el sexo y también de cómo debe hacerlo la mujer. Los estereotipos vienen generalmente de las películas de bajo presupuesto para vestuario. Ahí está todo editado, pero ves penetraciones de media hora Black and Decker y la gente intenta reproducir eso. Es sorprendente que hoy tengas que explicar que el porno es ficción, porque nadie se pone una capa y salta por la ventana cuando ve Superman. Una vez me llegó un paciente al que recuerdo con mucho cariño porque solo necesitó una consulta, que me dijo que era eyaculador precoz porque solo aguantaba veinte minutos. Le pregunté si eran veinte con la cena incluida y me dijo que no, veinte dale que te pego. Le expliqué el funcionamiento de la genitalidad femenina, de cómo llega el orgasmo femenino y se quedó alucinado con que no hiciera falta estar más tiempo dándole. Luego me envió un whatsapp y me dijo que gracias, que no le hacía falta volver, que todo estaba en orden (risas). Creo que su mujer lo agradeció también. 

Se sienten presiones por las falsas expectativas que genera la pornografía, donde todo es espectacular, y ¿por otros aspectos?

Las películas románticas. La demanda más habitual en mujeres es la falta de deseo. Se nos vende como una patología, pero viene de otras dificultades. Si estás veinte años teniendo sexo sin orgasmar, al décimo año ya te has cansado y, con dos hijos, ya no finges. Ellas sienten esa palabra tan terrible de la frigidez. A veces llegan en pareja, él con los huevos llenos de amor y ellas diciendo que vienen porque él quiere, que ellas no lo necesitan. Eso me lo comentan mucho las mujeres, porque en este estereotipo de género ellos lo necesitan en plan leones y nosotras podemos pasar de ello. 

Si se me permite la referencia a la cultura popular, en La isla de las tentaciones ha sido muy sonada la historia de un chico que decía que le apetecía a todas horas y a su novia no, y ella llegaba a preguntarse si le pasaba algo por no tener siempre ganas. Gonzalo y Susana. 

Tenemos la sensación de que el deseo se va a despertar como el hambre o como el sueño, entonces tienes que comer o dormir, porque si no haces esas cosas te mueres. Pero nadie se muere. Muchas mujeres se quejan de que no se les despierta el deseo así, pero eso creo que tiene que ver con una educación diferenciada. Siempre cuento la historia de mi sobrino, que ahora tiene cuatro años y, cuando empezó a tocarse el pene, todos le reíamos la gracia. Le decíamos que en mitad de una comida familiar no es adecuado, pero nos reíamos. Si llego a tener una sobrina, probablemente se le hubiese afeado. Ya hay un primer mensaje de que ellos jiji-jaja con el sexo y ellas no. Con la masturbación, cuando ellos ya lo han hecho más de una vez, las chicas tampoco tienden a contarlo porque se supone que eso es de guarrillas. En esta primera vez vamos sin tener ni idea. Dentro de la heteronormatividad, se generan una serie de ideas que lo que producen es rechazo y luego no orgasmamos. No hay una estimulación donde se debe, no hay excitación porque hay más preocupación. Al final acabas rechazando esa actividad sexual. Para ellos es más natural, pero no es biológico, sino de aprendizaje. 

¿No hay también hombres que se quejan de que en pareja pierden el deseo al cabo de los años?

La novedad y descubrir al otro es un aliciente muy importante. Siempre nos quejamos de la rutina, de que mata al deseo. Pero cuando me dicen esto yo pienso que cobro todos los meses, es muy rutinario y me encanta. Lo rutinario lo que hace es matarte las mariposas, pero que al final te dan úlcera, y lo rutinario también es la tranquilidad de saber que la otra persona va a seguir ahí. Siempre se puede innovar, y sin que haga falta meter a terceras personas, que si quieres sí, pero se puede innovar cambiando qué se pide, qué se hace, quién inicia, incluso cambiando la hora. No caer en el sábado, sabadete. 

La pregunta que se está haciendo aquí todo el mundo es: ¿la monogamia es compatible con una vida sexual frecuente y satisfactoria?

Para algunas personas, sí; para otras, no. A veces, cuando hay falta de deseo también puede ser un indicador de que la pareja, más allá del sexo, no está funcionando bien. Otro paciente que tuve tenía cuarenta años y me decía que necesitaba encontrar una mujer para sentar cabeza, pero que le ponían todas menos la que había accedido a una relación estable con él. «Mi pene con ella no se excita», decía, «y si pienso en mis compañeras de trabajo, se pone…». Pero el problema no es del pene, es que no te gusta, o no te excita, la persona con la que quieres casarte. Ahí el sexo es un termómetro de que la relación no va bien o de que hay que localizar algo que no está funcionando. Habría que ver cada caso, no hay recetas mágicas. 

Está el caso de la gente a la que solo le excita la conquista más que el sexo en sí.

Les gusta la seducción. Es una reafirmación, si cuando donde pones el ojo pones la bala, si encuentras una respuesta, te sube la autoestima. Has sido capaz de seducir. Si el único objetivo que tienes en esa interacción personal es reafirmarte como Don Juan, pues una vez conseguido, ya está. Pero esto es un problema solo si genera sufrimiento. Hay personas que son así y no sufren, por lo tanto no existe el problema. 

En tu libro Orgas(mitos) dices que las ninfómanas no existen, que no se puede medir científicamente cuál es el deseo incesante…

No se puede cuantificar. Las mujeres pasamos de frígidas a ninfómanas. No hay término medio. Hay un libro, el DSM (Diagnostical Statistical Manual), que es la biblia de psiquiatras y psicólogos e intentó convertir en trastorno sexual la ninfomanía. En el caso de los hombres vendría a ser satiriasis. Suena más a enfermedad de transmisión sexual, lo siento, nosotras somos ninfas, vosotros sátiros de mierda (risas). A la hora de unificar términos, ser insaciable lo llamaron hipersexualidad, pero ¿cuándo es mucho deseo? Los sexólogos no entendemos que tener todo el sexo que puedas, siempre y cuando lleves una vida normal, sea un problema. A veces esto se mezcla con la adicción al sexo. 

Algo es un problema cuando es un problema.

Eso es. Cuando el exceso, por decirlo de alguna manera, de conducta sexual o de deseo sexual se convierte en un problema, estamos hablando de adicción. Problemas de trabajo, económicos, familiar… funciona como el resto de adicciones. Si interfiere en tus rutinas, en cómo gastas tu dinero, en tus  relaciones personales o en tu rendimiento hay que planteárselo en esos términos.

Sí, pero en el caso del sexo no daña la salud ¿no? Un adicto al alcohol u otra droga, a final va a tener daños, cáncer…

Pero si tiene sexo de forma compulsiva no lo hace con su pareja, puede acabar en lo sórdido, quedando con personas sin ningún tipo de cuidado por su salud sexual… Porque es una compulsión, aquí no es la libido la que motiva la conducta sexual, sino la necesidad de aliviar el malestar.   

Digamos que en reposo no se sienten bien.

Eso es. Necesitan acabar con una sensación desagradable, de insatisfacción, de ansiedad. Hay también quien lo hace con el juego, con las compras o con el consumo de alguna sustancia. 

Hablemos de orgasmos.

Me gusta.

Dices que es absurdo hablar del orgasmo en plural, de tipos. En las revistas se habla del orgasmo como si fuese nouvelle coisine, te ponen que hay dieciseis mil tipos y te quedas lamentándote por todos los que te faltan por probar…

La culpa de todo esto es de Freud. No había tipos de orgasmo hasta que este hombre, consumidor habitual de cocaína, expusouna teoría del desarrollo psicosexual por la que una persona tenía una energía que durante nuestra infancia se iba depositando en diferentes zonas. La fase oral, la fase fálica, la fase anal… Entonces, decía que en el caso de las mujeres, cuando esto se estaba desarrollando, sentíamos placer con la estimulación del clítoris. Ahí Freud olé por él, que sabía dónde estaba. Pero una vez que te convertías en una mujer hecha y derecha, el orgasmo lo tenías que conseguir mediante la penetración con tu marido. 

Dividía entre orgasmo clitoriano y orgasmo vaginal. Hay mucha disputa sobre si esto es así o no. Del clítoris, desde hace no mucho sabemos el tamaño que tiene, diez centímetros de media, que es un órgano principalmente interno, que es el hermano mellizo del pene y el glande masculino. Se puede estimular de forma indirecta a través de la penetración, pero es como rascarte con la ropa puesta, da gustito pero cuesta un poco más. Por eso no hay orgasmo vaginal, hay estimulación del clítoris a través de la vagina, que es insensible salvo en su primer tercio. No hay debate. 

Depende entonces de la caprichosa fisonomía de cada una, que cada vagina es diferente.

Marie Bonaparte, descendiente de Napoléon, tenía una gran vida sexual porque su marido, Jorge de Grecia, era homosexual. Ella nunca tenia orgasmos con penetración e intuía que el clítoris tenía algo que ver. Hizo un estudio con cientos de mujeres midiendo la distancia entre el glande del clítoris y la entrada de la vagina. Tenía la teoría de que cuando más cerca estaban uno del otro más fácil era orgasmar. Ella lo tenía en el tercer grupo, el más separado. En vez de decir «pues me masturbo mientras me penetran», se sometió a una cirugía para acercarlos. 

Y ser supuestamente normal.

Orgasmar con la penetración.

Lo que se supone que era lo normal.

Eso. Y no lo consiguió. Luego se volvió a operar para recolocarlo y no arregló mucho la cosa. Pero gracias a su sacrificio personal nadie más lo ha vuelto a hacer. 

El clítoris, gran desconocido. Todavía mucha gente no sabe dónde está, a lo largo de la historia se le ha obviado en los tratados de anatomía, la primera vez que aparece en uno es en 1559…

Mateo Colombo, que se dijo «ay, mira esta cosita que hay aquí en los cadáveres». Su maestro era Vesalio y su tratado anatómico fue el más importante, sin embargo, él no lo incluyó porque no le encontraba ninguna función relacionada con el aparato reproductor. Solo sirve para que nos lo pasemos bien. No se incluía en las anatomías porque no se sabía para qué servía. 

Apareció de nuevo en 1844, vuelve a desaparecer hasta 1948 y ¡hasta 2006 no hay estudios específicos! ¡Ayer!

Helen O´Connell, australiana. Empezó su investigación en el 98, pero no la dio a conocer hasta años después. Hizo disecciones y resonancias magnéticas, su estudio da estructura global al clítoris, lo relaciona con el resto de órganos, lo coloca, nos dice lo que mide en centímetros, nos explica que crece de tamaño cuando se excita y dices: gracias, Helen. 

En los libros de texto en España, nada…

En muchos sigue sin aparecer y en otros lo definen como parte carnosa sobresaliente con muchas terminaciones nerviosas o algo así, pero de su función, dar placer, nada. Con la educación que recibí yo, nada. Sabía que el botoncillo molaba, pero no que era un iceberg. Lo descubrí a los cuatro cinco años, a esa edad ya me restregaba con la almohada. 

¿Qué consecuencias tiene en la educación que a los niños no se les menciona la existencia del clítoris?

No se les menciona casi nada, la verdad. La educación sexual no está regulada, reglada, en España, y cada centro decide si se da. Existe la idea de que si se les habla a los niños se les adoctrina en el sexo. Si son adolescentes, que van a frotarse con el pupitre o algo así. Sin embargo, no se dan cuenta de que ese desconocimiento solo va a provocarles sufrimiento. Porque al no tener modelos, los van a seguir buscando. Un colega de mi tierra, José Ramón Landarroitajauregi, dice que si un niño no pregunta, no le falta curiosidad, lo que le falta es confianza. Muchos niños y muchos adolescentes van a tener esa curiosidad y la van a satisfacer en internet. Por eso es tan importante que padres y profesores eduquen a los niños en anatomía, identidad, en el placer… ¿Por qué no vas a disfrutar?

¿Por qué esa obsesión en no hablar del clítoris, eludirlo, cuando no ocultarlo?

La sexualidad femenina ha estado ninguneada hasta antes de ayer. La revolución sexual de los sesenta en Estados Unidos colocó el placer femenino en la ecuación de las relaciones sexuales, pero siempre supeditadas a la relación psicosexual con un hombre, no se hablaba de masturbación. Nos ha costado. Hay quien cree que puede ser otro efecto de represión de la mujer, del machismo. ¿Para qué vamos a investigar algo que es tuyo si no importa? 

Otro motivo que limita la sexualidad de la mujer dices que es cuando se crea la expectativa de que su primera vez tiene que ser especial y con la persona adecuada.

Sí, porque le va a entregar su flor (risas). Eso supone miedo, ignorancia y dependencia. 

¿Pero por qué esa obsesión por eliminar el clítoris, al fin y al cabo solo da placer, no sé…?

Sí, cuando queremos hablar del clítoris en la educación parece como que queremos enseñar a hacer bombas. 

¿Conocer el cuerpo y mantener relaciones sexuales de adolescentes no es una manera de evitar desarrollar neurosis cuando se llega a adulto?

El autoconocimiento, explicarle a las chicas que eso está ahí, que sirve para esto, etc., es importante. Pero parece que se tiene esa idea, esa sospecha de que se van como a enviciar. Como con la Play. A mí en el colegio me enseñaron educación vial y no me dio por coger el coche de mi madre y ponerme a atropellar gente. Entiendo que la educación sexual debería funcionar igual, que te impartan educación sexual no implica que te pongas a buscar sexo desesperadamente. Nos hablan de los ríos y no te vas a tirarte a uno y ahogarte. No sé. 

En el libro has escrito que te enfada lo que llaman el coitocentrismo. 

El coitocentrismo viene a ser que la práctica sexual más frecuente es la que vemos en las películas porno o en las románticas, que es la penetración. Como somos más simples que el mecanismo de un botijo: palito, agujero y dentro. Se nos olvida lo demás. En torno a esto empiezan las disfunciones eréctiles, la eyaculación precoz, porque a él se le pide que esté enorme, a ellas que se corran entre gemidos y alaridos mientras nos empotráis y si esto no funciona, preliminares, que es algo que nos han vendido a todas en las mismas revistas que hablan de tipos de orgasmos. Porque los preliminares no son tan importantes por las técnicas, sino por el concepto. Se considera preliminar el sexo oral o la masturbación mutua, que podemos las chicas orgasmar maravillosamente con ellas, pero al ser preliminares, como entre paréntesis, te los puedes saltar, ya que lo verdaderamente importante es la penetración. Me parece un error porque te pierdes todo el resto del bufé. 

En resumen, dices que no hay tipos de orgasmos, que solo se puede cambiar la intensidad.

No todos los orgasmos son iguales, incluso aunque te estimules de la misma forma. Al final para tener placer sexual necesitas cierta concentración en lo que estás haciendo, si estás pensando en la lista de la compra, en que va a entrar el niño por la puerta… no siempre los orgasmos van a ser igual. Pero tampoco pasa nada, tampoco salen siempre igual. 

Enemigos del orgasmo: la culpa.

La culpa de sentir placer, de hacer algo que no es en teoría normal, palabra que psicólogos y sexólogos odiamos. Sentir que estás haciendo algo que no debes, que puede ir del masturbarse teniendo pareja a que te excite pensar en Hugh Jackman cuando estás emparejada, ¿pero a quién no le excita? Al final la culpa es porque nos han metido una serie de ideas preconcebidas, normalmente es cultura judeocristiana, de que el sexo es solo para procrear y por muy ateo que seas lo tienes dentro metido. En estos casos hay que introducir información nueva a la persona, es algo que se puede hacer en terapia. 

La vergüenza.

También, lo mismo. En los hombres la vergüenza suele ser al tamaño del miembro, culpa de Nacho Vidal y sus vasos de tubo. Es volver al coitocentrismo, como a las mujeres hay que llenarlas, cuanto más mejor, y no, no necesariamente. La vagina no es un túnel, si no hay nada entrando las paredes se tocan. Nos adaptamos a todos los tamaños, forma, figura y orientación. 

¿Históricamente de dónde viene la obsesión con el tamaño del pene? 

Los paleodildos, dildos prehistóricos que se encontraban en las cuevas, tenían un tamaño importante, pero también por su valor simbólico de invocar la fecundidad. En eso, cuanto más grande, mejor. Somos un poco simples los humanos. 

Cualquier pene es válido… 

Claro, aunque luego te hablan del grosor. No hacen falta tamaños de morcilla de Burgos. El tamaño puede importar visualmente, igual que un pecho grande erotiza, pero la vagina se adapta a cualquier pene. Alrededor de la vagina tenemos el suelo pélvico, que es la musculatura que rodea a toda esa zona y que sujeta los genitales. Es como un cinturón. Lo podemos ir tensando y relajando para que se adapte al tamaño del usuario. Pero volvemos a lo mismo, no es importante porque el coito no es la única forma de relación sexual que podemos realizar. 

Las bolas chinas y todos estos mecanismos para ejercitar la vagina ¿son útiles?

Sí, las bolas chinas varían un poco en función de las necesidades, pero en general todas te hacen tensar. La musculatura, como la de todo el cuerpo, hay que ejercitarla. El suelo pélvico, que se llama suelo porque cuando nos ponemos de pie es lo que sujeta toda esa zona, si no lo trabajamos pues se va quedando más laxo, y si hemos parido o con el sobrepeso le puede pasar también. Haciendo determinados deportes también se puede dar de sí. Trabajar el suelo pélvico con bolas chinas o con los ejercicios que se conocen como Kegel es importante. También para la satisfacción sexual, el orgasmo cuando se concentra en la zona genital son contracciones rítmicas e involuntarias, si esa zona está más blanda, van a ser contracciones más suaves y la experiencia orgásmica será más floja por eso. 

¿Son leyendas urbanas esas vaginas ejercitadas que proporcionan unos orgasmos inigualables?

¿A ti te gusta que te estrangulen el pene?

Tal vez…

Pues eso, depende. Hay famosas que se ha dicho que dominaban esta técnica, pero tiene que ver con lo que le guste al dueño del pene, si le gusta que la vagina abrace con fuerza a su amante, necesita un suelo pélvico fuerte. 

Dices que Naomi Wolf apuntó cerca de los ochenta que después de la revolución sexual y segunda oleada del feminismo se habían superado muchos obstáculos pero que, en perspectiva, la mujer estaba tiranizada por la belleza…

Esto ha llegado hasta extremos de que existe la cirugía genital femenina, incluso el maquillaje. Hay hasta píldoras de purpurina para la vagina. Los hombres también tienen un estereotipo, pero en las mujeres han tenido un peso siempre. Si volvemos al porno, el de los noventa era sin pelos, recauchutado, labios vaginales muy poco desarrollados, aniñados…

Hay un tabú también con los labios menores grandes…

Sí, como que la flor está chuchurría. 

O si no hay simetrías…

Entonces metemos tijera. 

No es una mutilación, pero es cirugía, es importante…

Vaginoplastia, también hay liposucción del monte del Venus. Lo entiendo en chicos, que así se la ven más grande, ¿pero nosotras? También hay clitoriplastia, que de eso nunca sobra. No os lo recortéis, chicas. Todo por unos modelos estandarizados. Lo mismo por lo que las chicas se operan el pecho. Algo que ha llegado hasta los genitales, que cada uno haga lo que quiera con su cuerpo, pero creo que no tiene sentido. 

El canon de belleza con los pechos ha ido variando, además. Sabemos que los griegos lo vendaban si era grande, luego se realzó el busto y ahora mismo no sé en qué época estaremos, pero sí se ha recurrido a los grandes pechos para todo, desde vender coches…

Hay tantas tetas como mujeres, en realidad. Lo del canon no tiene sentido. Igual que hay tantos gustos como personas. Encajarnos en un estereotipo no tiene sentido, porque siempre se puede no encajar ya sea de alto, de ancho, de largo o de puntiagudo. Desde pequeños intentamos identificarnos con unos estereotipos y es ahí cuando hay que actuar. Se asocia al éxito y al seducción la gente delgadita, por ejemplo, y los niños interiorizan estos modelos. Si no encajan, les va a crear sufrimiento desde esa edad. Todo lo que podamos hacer desde el principio bien estará. 

¿Ha truncado la tiranía de la belleza la emancipación plena de la mujer?

Tengo pacientes, que no son una ni dos, que cuando les explicas la postura de penetración de la amazona, sentarse encima de su pareja y mirarla de frente, te contestan que así les van a ver la papada. Hay mujeres que apagan la luz y no por la vergüenza de la desnudez, como podría ser antaño, sino porque su cuerpo no encaja. Estoy de acuerdo con lo que has enunciado, sí que nos constriñe. 

Un tema de actualidad: la identidad de género. En el libro dices que hay gente que no lo comprende ni lo entiende. Es un tema complejo, porque tenemos a sectores muy reaccionarios de la sociedad haciendo campañas contra la identidad de género, pero también hay feministas que no están de acuerdo con esos planteamientos, parten de la premisa de que no hay cerebro macho o hembra, el género humano tiene el mismo cerebro. 

En principio no se distingue si un cerebro es de hombre o de mujer solo con verlo. Sin embargo, se están haciendo investigaciones de identidad de género con la hipótesis de que durante el desarrollo embrionario las hormonas sexuales podrían masculinizar o feminizar eso cerebros, microestructuras neuronales podrían recoger la identidad de género. No obstante, a mí este debate me causa sorpresa porque me parece algo muy básico. La identidad sexual es lo que sientes, ¿quién es otra persona para cuestionar lo que tú sientas?

¿Ese sentirse hombre o sentirse mujer no tiene más relación con la cultura? ¿Con roles predefinidos?

Pero eso no es identidad de género, sino rol de género. Por un lado tenemos el sexo, biológico, que tiene que ver con los cromosomas y los genitales. Ahí no hacemos ningún ejercicio de toma de conciencia ni decisión ni nada parecido. Hay embriones con cromosomas XY, que son los típicamente masculinos, y cromosomas XX, que son típicamente femeninos. Estadísticamente hablando, esto es lo más frecuente. Pero hay cromosomas del par sexual que se marcan tríos, XXY, y otras cosas. El abanico es más amplio en lo biológico, no se puede reducir a dos. 

En el desarrollo embrionario con las hormonas sexuales mediando por ahí, los genitales pueden convertirse en los típicamente masculinos, un pene y unos testículos, o en femeninos, vulva y tal. Pero eso no nos identifica, yo no me siento mujer por tener vulva. Esa es la lucha de las personas trans, que no se identifican con el género que se le asignó al nacer por sus genitales. Porque cuando venimos a este mundo y nuestros padres tienen que rellenar la partida de nacimiento, lo que miran es la entrepierna. Hay personas intersexuales que pueden tener características combinadas, típicamente masculinas con femeninas. A nivel cromosómico eso no se ve, pero a nivel genital sí. Antes, se miraba a qué se parecía más y se operaba, si se parecía más a un pene, pues se operaba, se le llamaba Miguel, pero luego igual se sentía Carmen. 

A raíz de ahí nos empezamos a cuestionar si el cómo te sientes tiene que ver con los genitales o con más variables. Yo suelo decir que no elegí ser mujer, sino cómo ser mujer. Ahí hago la diferencia entre identidad de género y rol de género. Los roles van cambiando, hace cincuenta años las mujeres no podían ser como somos ahora. En otros países en este momento tampoco pueden serlo. Por eso los roles de género son un constructo sociocultural, porque las sociedades los nutren y a veces hay que pelearse con ellos porque son injustos. 

La disforia sexual es un diagnóstico. Si a una persona que la tiene no se le trata, puede sufrir depresión, automutilaciones e incluso el suicidio. Pero hay quienes dicen que asumirlo como un diagnóstico es de nazis, porque es patologizar

La disforia indica un desacuerdo entre lo que la sociedad te dice que tienes que sentir respecto de tu género y cómo tú te sientes. Yo durante años he sufrido disforia de peso, porque tenía que tener la mitad de kilos. No encajaba en algo que te pide la sociedad. Por supuesto, el peso es menos relevante que el género, pero lo digo para que nos entendamos. Las personas que no se identificaban con su género ¿sufren una patología? No, pero hasta 2018 lo fue. Entonces cuando hablamos de disforia, hablamos de sufrimiento. Tengo pacientes que tienen frustraciones por muchos motivos y no considero que sean una patología. No eres depresivo, estás deprimido, ya veremos por qué. Tengo ansiedad, veamos por qué. Me siento disfórico respecto de mi género, vamos a ver por qué, igual. 

Las personas trans siempre han existido, hasta en la mitología griega tenía a Castalia, la diosa que liberaba las almas femeninas encerradas en cuerpos masculinos. Lo que siempre se ha intentado es el cambio de sexo, dar los genitales que necesites y encajen con lo que la sociedad diga. Esas operaciones generan sufrimiento y esos genitales son muy estéticos, pero a veces no funcionan bien con respecto del placer. Por eso lo que se plantea es por qué no se puede ser una mujer con pene, si ese pene te va a aportar unos orgasmos maravillosos, sin necesidad de operarse. Pero tenemos la educación que tenemos. 

¿Pero el problema frecuentemente no es el mero hecho de ver un pene ahí?

Porque la sociedad nos dice que si eres mujer tienes que tener vulva. Por lo mismo que el peso me genera problemas a mí, porque la sociedad dice que así no soy una mujer atractiva, no soy guay. 

Desde sectores feministas se critica que la inscripción administrativa de mujeres con pene como mujeres desdibuja su lucha… Ponen también como ejemplo los casos de reclusos que se declaran mujeres y van a módulos de mujeres, etc.

Eso es imaginar que la mujer trans es un Manolo disfrazado de mujer. Y no. La mujer trans tiene mucho sufrimiento porque se siente mujer, pero la sociedad no la reconoce como mujer. Está luchando por ser tratada como se siente. Tiene otra lucha y rechazo social como lo han tenido las mujeres con vulva por otros motivos. Esto de que un hombre va a generar situaciones de peligro en una cárcel o un baño creo que es residual, como las falsas denuncias por maltrato de género, que haber alguna habrá, pero… No es eso lo que busca una mujer trans, solo que se la trate como se siente. Entiendo de todos modos que el feminismo lleva muchos siglos luchando y puedan tener miedo, pero las mujeres, que saben lo que es sentirse ninguneadas o marginadas hagan lo mismo con otras personas que pueden sentirse así…

¿Y no puede darse el caso de la existencia de pseudotrans? Es decir, por una moda, yo ahora mismo digo que soy mujer. He oído hablar, por ejemplo, del caso en redes sociales de quejas de acusar de tránsfobas a lesbianas por no querer tener sexo con una mujer con pene. 

Lo que viene a decir esa persona es que al final le asociamos un género a los genitales y es la lucha que no conseguimos asimilar por nuestra educación, que pueda haber un hombre con vulva. Yo puedo rechazar por mis gustos personales realizarle un cunninlingus a un hombre, de la misma manera que hay mujeres heterosexuales que no les gusta hacer felaciones. Pero creo que esto quien mejor lo puede explicar son las personas trans que viven con estas circunstancias. 

Tu libro concluye hablando de masturbación, dices que no es un hábito solitario, sino que también puede ser complementario y compartido.

Siempre que pensamos en masturbación nos imaginamos solos, porque en pareja nos imaginamos el coito. El coitocentrismo. Una persona con pareja que se masturba puede que tenga una relación deficitaria con ella, pero también puede que no. A veces tengo parejas que me dicen que llegan agotados a casa después de trabajar, que no tienen tiempo, y les pregunto ¿pero qué hacéis, olimpiadas sexuales? Si con diez minutitos, te beso, saco la varita mágica y tal ya está, y no nos cansamos ninguno. No sé qué kamasutras se harán para alegar que el cansancio sea un motivo. Siempre nos podemos masturbar el uno al otro o uno al lado del otro. Probadlo.


Porno japonés y el mejor edificio que nunca llegó a construirse

Maqueta de Très Grande Bibliothèque (Very Big Library), estudio OMA. Imagen: The Canadian Centre for Architecture.

«Aquí hay dragones» es mejor que nada. Es mejor que el vacío. (Terry Pratchett)

En 1995, The Monacelli Press, Inc. editó un libro de 24 centímetros de largo por 18,50 de ancho, con un espesor de 8,70 centímetros distribuidos en un total de 1335 páginas. El lomo, la cubierta y la contracubierta son de color plateado y, tal y como allí figura en letras negras y naranjas de gran formato, se titula S,M,L,XL y sus autores son el arquitecto holandés Rem Koolhaas y el diseñador canadiense Bruce Mau. En la página 602, aproximadamente a la mitad del volumen, aparece la fotografía de una mujer joven, aparentemente desnuda e inclinada sobre el cuerpo de un hombre también desnudo cuya edad nos es desconocida pues no se le ve la cara. La mujer está sujetando el pene del hombre, pero dicho pene no existe. Solo es una mancha negra, sin sombras y sin relieves. Un vacío recortado cuya forma simula la de un pene posiblemente erecto. Pese a que el cabello le tapa la parte superior de la cara, la mujer es asiática, muy probablemente nacida en Extremo Oriente. La fotografía, con total seguridad, es japonesa.

El dios mentiroso

La arquitectura es mentira; si no lo habían leído o escuchado antes, ahora ya lo saben. Posiblemente la revelación no les tome por sorpresa porque, en realidad, cualquier disciplina más o menos creativa (y alguna no creativa) también es mentira. Lo que pasa con la arquitectura es que, supuestamente, camina en un alambre entre la inventiva pura y la adecuación funcional a un programa de necesidades. Pero ese alambre es tan endeble como un espagueti pasado de cocción, y a veces inexistente, como prueba el imperio secular de la falsedad arquitectónica.

Hasta principios del siglo XX la cosa estaba bastante clara; las molduras, las hojas de acanto, las estrías de las columnas, las pilastras, los frontones y hasta el propio convenio universal de proyectar edificios simétricos no eran más que decisiones esencialmente arbitrarias. Ahora bien, desde que Adolf Loos publicó Ornamento y delito en 1908 y hasta la llegada del posmodernismo a finales de los setenta, la arquitectura se ha definido, o más bien se ha querido definir, por la verdad y la honradez. Las fachadas tenían que responder a los espacios interiores, los materiales debían seguir su propia lógica y los sistemas estructurales tenían que ser precisos y exactos, y si además quedaban a la vista, pues mejor que mejor. Sin embargo, todo esto también era, y es, una mentira. Cada falso techo es una mentira, cada canalización y cada tubería escondida es una mentira, cada paramento ventilado y cada doble envolvente de acero o de madera no es más que una tramoya, una maniobra teatral que permite esconder unas cosas para así enseñar otras. Hasta Mies van der Rohe, poco menos que adalid de la honestidad arquitectónica, colocó unas cuantas pilastras metálicas falsas, sin función estructural ninguna más que la puramente decorativa, en las esquinas de sus apartamentos en la Lake Shore Drive de Chicago. 

Cualquier edificio se conforma como un corolario de soluciones mentirosas; lo único necesario es que estén estructuradas, ordenadas y funcionen de manera eficaz. Ni siquiera es indispensable que esa función responda estrictamente a la necesidad; si fuera así, solo habría una arquitectura válida, y hay tantas arquitecturas válidas, notables y brillantes como respuestas. Solo hay que entender la pregunta; y la verdadera pregunta nunca es «para qué sirve este edificio». Esa es la mentira más intrínseca y más grave que rodea a la arquitectura y al discurso arquitectónico. Esa es la que le contó París a Rem Koolhaas hace ya casi treinta años.

En 1989, como una suerte de voluptuosa grand finale de su mandato al frente del Eliseo, François Miterrand convocó un concurso de arquitectura para la nueva Bibliothèque Nationale de France. El programa era tan megalómano como el propio miterrandismo. Según las bases: «[…] la construcción y la expansión de una de las bibliotecas más grandes y modernas del mundo, destinada a abarcar todos los campos del conocimiento, y diseñada para ser accesible para todos, utilizando las tecnologías de transferencia de datos más modernas, que podrán consultarse a distancia y en colaboración con otras bibliotecas europeas». Esta explosión verbal de grandeur se concretaba en 250 000 metros cuadrados de superficie destinada a albergar todo lo publicado en Francia y todo lo archivado en Francia. Un cofre colosal para el conocimiento. Un tótem dedicado a la adoración del dios libro.

La convocatoria ya obligaba a hacer malabares intelectuales al proponer una construcción de semejante envergadura mientras apelaba a las técnicas de transferencia de datos más modernas. Koolhaas lo comprendió desde el principio; se diría que había visto el futuro —nuestro presente— y sabía que, al final, todo el contenido del monstruo iba a caber en un minúsculo pen drive o incluso en una nube digital incorpórea. En su explicación del proyecto escribió: «En un momento en el que la revolución electrónica está señalada a disolver todo lo sólido, a eliminar cualquier formato físico, es absurdo imaginar la biblioteca definitiva». El edificio no podía servir para guardar libros. No podía servir para guardar algo destinado a no pesar ni abultar ni ocupar espacio. Y no lo hizo. A cambio, el arquitecto holandés amplió y redelimitó el concepto de edificio.

En 1989 Rem Koolhaas tenía cuarenta y cinco años y apenas había levantado un puñado de obras en Holanda y en Francia; la mayor parte de su corpus era fundamentalmente teórico. Quizá por eso, por no haber pasado por la crucifixión continuada que supone la construcción, podía hacerse preguntas extremas y obtener soluciones igualmente radicales. 

Para la Biblioteca Nacional de Francia, un problema generado por capas de condiciones contradictorias, Koolhaas ofreció una respuesta que alteraba la propia noción de arquitectura: la construcción se definiría precisamente por lo no construido. Los espacios más importantes, las únicas partes con significado del edificio consistirían en la ausencia de edificio. Los vacíos entre lo comprensible. Como en el porno japonés.

El artículo 175 del código penal de Japón indica que vender o distribuir material obsceno puede acarrear desde multas hasta condenas de cárcel. Dicho artículo, que ya aparecía en el documento original de 1907, incluía entre los materiales obscenos cualquier imagen de vello púbico. Así, y pese a que el contenido de la definición ha variado levemente a lo largo de los años, la pornografía fotográfica y cinematográfica nipona habitualmente representa las escenas de sexo explícito con los genitales de los intérpretes censurados en posproducción. Pixelados, en una burbuja de película quemada o directamente recortados en un vacío de negro absoluto. La parte más importante, lo único verdaderamente significante de cualquier documento pornográfico, desaparece y solo se entiende por lo que lo rodea, que deja de ser contextual para convertirse en envolvente. Así explicó Koolhaas el proyecto de su biblioteca.

Très Grande Bibliothèque (Very Big Library), estudio OMA. Imagen: The Monacelli Press.

Estrategia del vacío

En la página 603 de S,M,L,XL, justo a continuación de la mujer que sujeta un pene inexistente, el arquitecto comienza su descripción bajo el nombre: «Très Grande Bibliothèque (Very Big Library)». Koolhaas no considera que el edificio pertenezca a París y ni siquiera a Francia; lo ha despojado de contexto porque es tan ensimismado que él es su propio contexto. Y sí, es muy grande: un cubo de 100 metros x 100 metros x 100 metros estacionado junto al Sena. Pero es aún más grande cuando comprendemos que dentro de esos límites finitos no hay libros o documentos. El cubo se concibe como un bloque sólido de información, un almacén con todas las formas de la memoria: libros, CD, LaserDisc, microfichas, ordenadores y bases de datos. En los planos, esa parte del edificio se representa como una masa negra de diez mil metros cuadrados y treinta plantas de altura. El interior de esa masa es indistinto: tiene bordes, pero no hay un verdadero principio y un fin. Es el libro de arena de Jorge Luis Borges, pero cúbico y con las dimensiones de una montaña.

Y con la lógica física de una montaña, porque ese bloque compacto y masivo, eso que es lo único que cumple las bases del concurso, solo es el resto. La masa de información se horada por espacio habitable en cuevas, rampas y túneles que conforman todas las zonas públicas de la biblioteca: auditorios, salas de reuniones, salas de lectura generales y accesorias. Además, las limitaciones de los espacios no se atienen a la arquitectura convencional. No se demarcan por forjados o paredes o techos, sino que, al ser entendidas como perforaciones, adoptan formas libérrimas. Un gigantesco huevo, una ciclópea espiral o un gusano polimorfo del tamaño de dos docenas de elefantes atraviesan el macizo edificado. 

La arquitectura del edificio de Rem Koolhaas reside justamente en las partes ausentes de edificio. La biblioteca existe donde no hay libros. El vacío es el significado, y de esa manera lo enseñan en la propuesta. Hicieron planos e hicieron maquetas más o menos realistas, pero las imágenes más poderosas son las que mostraban la maqueta inversa. La que transformaba los vacíos en sólidos flotantes en medio de un cubo sin materia. Esa maqueta anticipaba, de manera probablemente inadvertida pero con contundencia bélica, el verdadero futuro de las bibliotecas; uno en el que la información ya no ocupa ningún espacio físico sino que existe desperdigada en una atmósfera digital incorpórea e invisible. 

En su descripción del proyecto, Koolhaas se pregunta si él y su estudio OMA realmente querían ganar el concurso o si la investigación respondía a una declaración de intenciones, por muy rotunda y avanzada que fuese. Lo cierto es que, a la hora de presentar el proyecto al jurado, no se restringieron al concepto; había que componer planos comprensibles y, en último caso, ejecutables en una construcción. 

Idealmente se debería poder levantar un conglomerado sólido de libros, revistas y CD, pero la idea pertenece a un mundo ajeno a lo convencional, así que convirtieron ese bloque en la convención de un edificio: treinta plantas coaguladas de estanterías y pasillos. Metros y metros cuadrados de forjados que desembocaban en los vacíos de las salas libres. Metros y metros cuadrados de fachada que se encontraban con las intersecciones del gusano, el huevo o el helicoide en huecos extraños, a veces incomprensibles, pero siempre sugerentes.  

La Très Grande Bibliothèque no ganó el concurso para la Biblioteca Nacional de Francia. En su lugar hay un conjunto de cuatro edificios en L con fachada en muro cortina de vidrio sobre un enorme podio que sirve de archivo. La obra es del arquitecto francés Dominique Perrault y algunos la consideraron brillante porque esos cuatro edificios parecen libros abiertos. Mientras OMA presentaba una idea que desestabilizaba la comprensión de la arquitectura, Francia prefirió una ocurrencia simpática. 

Desde que Hugh Everett presentó su teoría de los muchos mundos como interpretación de la mecánica cuántica, tanto el ámbito de la física como el de la ficción especulativa han fantaseado con dimensiones y universos paralelos, similares al nuestro pero divergentes en algún punto. Quizá una de esas divergencias ocurrió en 1989 y, ahora, en un París levemente exótico, los estudiantes de Arquitectura consultan un libro plateado llamado S,M,L,XL que tiene sesenta páginas menos de fotografías de maquetas y sesenta páginas más de planos de obra e imágenes de un cubo de información de cien metros de lado, horadado por arquitectura y construido junto al Périphérique, mirando al Sena. 


El porno es, y ha sido, cultura

Fotografía: Cordon.

Si consideramos la cultura en su concepto más amplio, el de conjunto de modos de vida y costumbres, conocimientos y grado de desarrollo artístico, científico e industrial, no podemos dejar fuera la pornografía. Y si las mejores obras de arte son aquellas que mejor captan la expresión de la vida humana, hay que reconocerle al porno su certero reflejo de nuestros deseos y aspiraciones sexuales. Sean cuales sean, se cumplan o no.

Solo en la web porno más grande y visitada del planeta existen ochenta y nueve categorías entre las que elegir. No están todas las que podemos encontrar online, solamente aquellas que más demanda generan, y precisamente por eso pueden ayudarnos a conocer cuáles son los gustos sexuales de nuestros congéneres. A muchos nos sonarán términos como «maduras», «anal» o «corridas», pero necesitaremos estar más especializados para entender qué es «bukkake», «fisting» o «hentai». Y, definitivamente, términos como «cuckold» o «estilo panda» se nos escaparán, a menos que formen parte de nuestras íntimas fantasías. Lo cierto es que el acceso a todas estas modalidades sexuales en formato vídeo es gratuito en un gran número de webs, y con el coste de una conexión a internet podremos satisfacer nuestra curiosidad en pocos minutos. Y ampliar nuestra educación sexual, siempre entendida como saber qué cosas pueden dedicarse a hacer los demás, o uno mismo, con la pareja.

Muchos moralistas claman contra el acceso fácil y gratuito a la pornografía que internet ha hecho posible. Pero su reacción es tan poco nueva como el propio porno, que nos ha acompañado desde el mismo origen del Homo sapiens. Posiblemente porque la curiosidad, y el despertar del deseo sexual al final de la infancia, sea algo común a todos nosotros. Las sociedades de raíz judeocristiana han tratado de hacérnoslo olvidar, pero la cultura humana se ha empeñado, desde siempre, en proporcionarse porno.

La manifestación más antigua de que disponemos son las pinturas rupestres, donde los muñecos fálicos o la representación del sexo de la mujer son habituales, como en el «camarín de las vulvas» de la cueva de Tito Bustillo, en Asturias. Si el sentido de esos genitales sueltos se nos escapa por estar aislados, en los grabados, más centrados en escenas, se hace mucho más explícito. En la cueva de los Casares, Guadalajara, los hombres y mujeres paleolíticos dejaron tallados en la piedra de las paredes dibujos inequívocamente sexuales. En uno de ellos una mujer tumbada en el suelo recibe a un hombre, mientras un chamán vestido de mamut ayuda con su colmillo de marfil a la penetración. Puede que no sea un chamán, sino un dios, y que se esté contando un hecho mitológico, pero es innegable que representa un acto sexual. En otros yacimientos paleolíticos de Europa se han hallado escenas similares, e igualmente explícitas, con sexo lésbico, gay, zoofilia, masturbaciones y sexo oral bi y homosexual. Sesudas explicaciones de especialistas nos remiten a cultos a la fertilidad y significados mágicos, pero tal vez deberíamos dejar también espacio a una explicación más banal. Aquellos grabados les ponían, y esa es la función de la pornografía. Animar a la práctica sexual, o aliviar a las personas necesitadas de practicarla con un estímulo a la masturbación.

Egipcios, griegos y romanos son célebres por la presencia de la sexualidad en su vida cotidiana. En cambio la Edad Media suele concebirse como un periodo en que los mandatos de abstinencia y castidad de la Iglesia acabaron con lo sexual. Ese es un relato incompleto. Pocos documentos han dejado tantas evidencias de la imaginación sexual de los cristianos medievales como unos libros elaborados por monjes irlandeses. Son los penitenciales, que se distribuyeron ampliamente por Europa debido a la extensa labor misionera en el continente por parte de la Iglesia de Irlanda. La principal función de estos libros era ayudar a los sacerdotes para que adecuaran la penitencia al pecado cometido. Una labor fundamental para ellos, pues solo imponiendo un castigo justo salvarían las almas del infierno. El penitencial era básicamente un libro de preguntas, porque partía de la base de que el pecador no confesaría motu proprio, y que muchas veces sería tan ignorante como para no saber que estaba cometiendo un pecado.

Así que debemos imaginarnos a los confesores de entre los siglos VI y IX preguntando en la penumbra de una iglesia al creyente si «ha comido la menstruación de una mujer»; «practicado sexo con animales de cuatro patas»; «bebido el semen de un hombre»; «dejado que le penetraran analmente o penetrado él mismo por detrás»; «frotado sus genitales con los de otras mujeres» (pregunta dirigida a ellas); «fornicado con una monja»; «practicado el sexo en la posición del perrito»; o «practicado el sexo con tus hijas», entre otros. Son preguntas tomadas directamente de distintos penitenciales, que, no lo olvidemos, están escritos en latín. El pobre sacerdote, supuestamente célibe, tenía que traducirlas, de la manera más explícita posible, para ser bien comprendido, a sus vecinos. Se me hace difícil imaginar que al uno y a los otros no se les pasaran por la cabeza las imágenes de lo que se estaba describiendo. Y si su cura no les abría los ojos con aquello, la enorme preocupación de los penitenciales por el incesto, la zoofilia, el sexo oral y el homosexual, así como por las posturas distintas a la del misionero, hace más que evidente que la vida sexual europea en la Edad Media era bastante variada.

La Iglesia de Roma y su papa, siempre preocupada por una teología unificada, consiguió abolir y quemar en hoguera pública los penitenciales en el siglo IX. Aunque conservó una idea contenida en ellos, la de que la masturbación dejaba ciego. Mientras, los juglares y trovadores, que narraban sus poemas de memoria, dejando escasa presencia de ellos en documentos escritos, continuaron propagando la literatura erótica de forma oral. Y en la Baja Edad Media esa tradición volvió a ponerse por escrito. Los Cuentos de Canterbury, en lengua inglesa, nos hablan de un estudiante de música alojado en casa de un carpintero y, con una imagen muy explícita, nos explican que el día que el joven toca a la mujer de su casero, «ella se retuerce como un potrillo al que están herrando». Otra de las narraciones, la de la comadre de Beth, asegura que «un rabo goloso encaja con una boca laminera (golosona)». La Carajicomedia, escrita en castellano ya al principio del Renacimiento, tiene por protagonista a Diego Fajardo, «con luengos cojones como un incensario», que busca un remedio para su impotencia senil y hace un recorrido por los más famosos prostíbulos de Castilla y sus meretrices, hasta morir agotado de tanto meter. El catalán tiene también su obra cumbre, el Speculum al foder, que podríamos traducir como ‘Manual para joder’. Es un tratado sobre sexología que no atiende únicamente lo pornográfico, sino que da consejos sobre prácticas de higiene —es un decir—, y sobre cómo aumentar el deseo sexual con afrodisíacos. Nos habla de la existencia de consoladores de cuero rellenos de algodón, habituales entre las mujeres, y de la importancia de las caricias previas para excitar a la pareja. «A la mujer (…) que el hombre le haga cinco cosas: besarla, sobarla, pellizcarla, estrecharla y herirla con las manos. (…) Debe besarla en la boca, las mejillas, los pechos, las piernas y el vientre». El autor añade además una serie de posturas para hacer el amor, explicando que la más frecuente es la del misionero, pero con la mujer levantando las piernas y enlazando con ellas al hombre. Propone hacerlo en cuclillas, de lado, en pie, a lo perrito, y así hasta treinta y dos variantes posturales.

Las instituciones religiosas tardaron muchos siglos en someter al pueblo a su moral. Y la pornografía siguió acompañando a los europeos, con suficientes variedades como para generar abundante tráfico hacia un portal porno de nuestros días. Cuando llegó el Renacimiento la revolución pictórica plasmó por primera vez imágenes mitológicas, elaborada excusa para pintar mujeres y hombres desnudos. Podemos acercarnos a ese arte con muy eruditas intenciones, pero seríamos unos cínicos si no comprendiéramos que a sus contemporáneos les excitaba bastante. Si no, pregúntense por qué las figuras de la Capilla Sixtina estuvieron originalmente desnudas, y un papa mandó taparlas con telas tras la muerte de su autor, Miguel Ángel Buonarroti. Tampoco caigamos en la confusión, tales pinturas eran para unos pocos obispos, cardenales, papas, y para los nobles en sus palacios. El pueblo común no tenía acceso a la imaginería porno, aunque se conformaba con los versos eróticos.

Retrato idealizado de una cortesana, quizás Lucrezia Borgia, pintada por Bartolomeo Veneto, circa 1520.

Muchos de los que han oído hablar del Decamerón de Boccaccio no saben nada de Pietro Aretino, el gran pornógrafo renacentista. Sus obras han circulado bajo cuerda en las bibliotecas privadas de toda Europa y, si me permiten decirlo, siguen siendo divertidas y excitantes. La más conocida de ellas, La cortesana, es una burla de El cortesano, de Baldassarre Castiglione, best seller de su tiempo y manual de buenas maneras para aquellos que quisieran seguir una carrera en la corte, esto es, entre los reyes o nobles. Si Castiglione hace hablar a nobles personajes, Aretino emplea a dos prostitutas, que conversan sobre sus pasadas glorias, mientras una instruye a la otra en cómo introducir a su propia hija en el oficio. Para hacernos una idea, el libro abre con la protagonista siendo novicia y viendo por una rendija al abad enredado en una orgía con jovencitos. Su calentón es tal ante la escena que usa para masturbarse unos consoladores de cristal veneciano, los cuales rellena con su orina para que no estén tan fríos. Y así todo el libro.

Más interesante por su repercusión son Los modos, del mismo autor, un conjunto de dieciséis poemas ilustrados con penetraciones explícitas en dieciséis posturas diferentes. Es el primer libro impreso de carácter pornográfico conocido, y el primero que iba a poner en manos de la gente común las imágenes de la pintura reservadas a los ricos. Sus grabados estaban hechos por un discípulo de Rafael de Urbino, y los poemas de Aretino no dejaban dudas sobre el contenido: «Deprisa, a follar, vamos a follar, amor mío / que para follar todos hemos nacido; / que si tú adoras la verga, yo amo el higo: / y sin esto, el mundo al carajo hubiera ido». La edición fue secuestrada, el impresor encarcelado,  aunque Aretino consiguió librarle, y Giulio Romano (el autor de las ilustraciones) se refugió definitivamente en Mantua; al poeta acabarían tratando de asesinarlo por orden del secretario papal. No se conservan las imágenes originales, sí algunos fragmentos atribuidos, y supuestas copias realizadas por otros autores.

No hay constancia de volviera a haber otro intento tan claro de imprimir la pornografía en imágenes. Posiblemente porque el movimiento de la Contrarreforma consiguió dar más poder a la Inquisición en los países católicos, dado el interés de monarcas como Felipe II por parar al protestantismo. Es una época donde la Carajicomedia o el Speculum al foder lo hubieran tenido mucho más difícil para salir a la luz. A cambio, muchas historias eróticas circularon en hojas sueltas, anónimas, pegadas en las paredes, y aprendidas de memoria para transmitirlas en las tabernas.

Claro que también había autores que no se iban a asustar por la amenaza de las llamas. Francisco Delicado, clérigo español ubicado en Roma, nos hace en La lozana andaluza el mejor retrato de la prostitución en Roma en tiempos de Aretino y del papa Clemente VII. Explica todos los modos que usan las meretrices para ganar dinero con sus clientes y la forma de ejercer su oficio según la categoría. Las más tiradas son las muralleras, mujeres viejas o desfiguradas que rondan la muralla de noche y son tomadas desde atrás para no ver su cara horrible, aunque a cambio son la opción más barata. En un precio medio están las «chicas de la candela», que encienden una vela detrás de la ventana de su cuarto para avisar al paseante de que allí hay una libre. Y en lo más alto las que tienen casa propia, joyas, una mascota que suele ser un mono o un ave exótica, reservadas a hombres ricos. En la novela, Lozana, la protagonista, después de haber probado casi todas las variantes, y Rampín, su chulo, acabarán huyendo a Venecia antes del Saco de Roma, esa destrucción de la ciudad por las tropas de Carlos V. Comidos, eso sí, por la sífilis.

Ni siquiera los grandes herederos de Torquemada hicieron temblar a nuestros grandes poetas del Siglo de Oro. Con su habilidad para manejar los pies métricos, y ese lenguaje clásico del XVI-XVII, nos dejaron testimonios sobre cómo dos damas se amaron usando un consolador que incluía tiras de cuero para atarlo a la cintura. Los criados jóvenes se acostaban con sus señoras, y las jóvenes solteras buscaban consuelo en los frailes confesores, que tenían fama de calzar buena talla. Había defensores en verso de las gordas, y otros de las delgadas, y otros más que preferían a las maduras —hoy llamadas MILF—: «yo, para mí más quiero una matrona / que con mil artificios se remoza / y, por gozar de aquel que la retoza, / una noche de la hora no perdona». Todos son anónimos, pero no es difícil encontrar los rasgos del culteranismo de Góngora, del conceptismo de Quevedo, y tampoco identificar la maestría de Lope de Vega. Así que, ya ven, no todo fue el Quijote y su Cervantes, autor por lo demás bastante pacato en cuanto a sexo se refiere. La culpa de que pensemos así es de la mojigatería de nuestros académicos, que nunca se han atrevido a desvelarnos que nuestros escritores eran, además de lo demás, unos cachondos.

Nuestro país renegó de los clásicos del Siglo de Oro en el XVIII, pero no de lo pornográfico. Y uso este término separándolo del erotismo, porque el porno es bien explícito. Así lo es Samaniego, el famoso autor de «La zorra y las uvas», en su divertido Jardín de Venus. En esa obra el fabulista explota a menudo la realidad de que los pobres solo tenían una cama, y un hombre casado que duerme con su madre, su mujer y sus dos cuñadas, acaba catándolas a todas, mientras muchos niños se descalabran al caer de la cama por los empellones de su padre a su madre. Los muchachos cortan el pene monstruoso de un soldado, y lo inflan soplando por broma, rellenándolo de un canuto de metal, hasta que acaba en manos de una vieja, admirada de su tamaño. Un viajero se traslada al país de Siempre-mete, donde, por no poder hacer el amor más de trece veces seguidas, es sodomizado a placer por tres negros. Hay incluso hombres que se masturban en las iglesias oyendo el Cantar de los Cantares. Fábulas eróticas del fabulista por excelencia, y sin moraleja.

El otro gran autor del XVIII, Nicolás Fernández de Moratín, escribió en verso un Arte de las putas que es un auténtico ataque contra los puritanos. De forma sesuda, pero ágil y amena, explica que es imposible que el hombre no tenga poluciones nocturnas, y juzga muy necesario que existan las prostitutas para calmarle, a costa de que, si no, todas las mujeres honestas acabarán deshonradas. Y para dar más razón a sus argumentos cita la Biblia, refiriéndose a la mulata Agar, que reverdeció el deseo sexual de Abraham, y a Loth, que hizo nietos en sus hijas.

La pornografía siguió acompañando la cultura durante los siglos XIX y XX, el momento de mayor influencia, pues lo erótico y lo sexual fueron ganando la batalla al puritanismo. De hecho, el mayor revolucionario fue un inglés de la Inglaterra victoriana que, además de ser de los pocos infieles que ha entrado en la Kaaba de La Meca, tradujo al inglés el Kama-sutra, generando luxaciones lumbares hasta nuestros días. Sin duda, la revolución sexual y la liberación de la mujer a partir de la década de 1960 facilitaron la paulatina existencia de revistas pornográficas, primero, y producciones cinematográficas, después, hasta que porno e internet se hicieron prácticamente sinónimos. Nunca en la historia de la humanidad el acceso había sido tan fácil y la variedad tan grande como en nuestros días. Pero eso no significa que el porno no haya sido siempre parte de nuestra cultura, prohibido o no, porque nada que sea tan humano como el deseo sexual puede dejar de formar parte de nosotros.

Escena del Kama Sutra, miniatura s. XVIII. Imagen: Cordon.


El verano en que dejamos de masturbarnos con VR

Foto: Cordon Press.

Hay una frase de la serie Californication, esa maravillosa ficción protagonizada por David Duchovny sobre el mundo de la literatura americana que ya no sé si es misógina o paradójicamente feminista, que se me quedó grabada. Hank Moody le dice a su hijo: «La masturbación va a seguir formando parte de tu vida».

En el caso de los hombres, no tanto en las mujeres, la masturbación forma parte de sus vidas para siempre. Es algo de lo que casi nadie se libra. Hay épocas en que se convierte en un compañero inseparable con el que pasamos al menos un ratito al día, y otras en que supone una vía de escape para de vez en cuando. Un ritual que ayuda a empezar (o terminar) el día. Tenga cada uno la relación que tenga con la masturbación, podríamos estar horas con el tema. Quiero decir, hablando de ello.

La tecnología ha llegado para condenarnos a un verano de onanismo. Y, quizás, a una vida entera. La realidad virtual tiene muchos usos, algunos muy interesantes, la mayoría una chorrada. Como todo lo que hacemos con la gran inteligencia humana. El último hito es la pornografía virtual. Si esto fuera una distopía steampunk, el anuncio de un hombre con un casco puesto, en estilo de litografía, y el texto «REMEDIO PARA LA HISTERIA MASCULINA», podría verse en todos los periódicos. A través de la tecnología de realidad virtual, con la que llevamos soñando desde los años ochenta, se nos abre un nuevo mundo de pajas. Como nunca antes.

Así que para poder descubrir de primera mano sus virtudes y defectos, me he impuesto el papel de Dr. Jekyll y he experimentado conmigo mismo. He pasado varios días probando la pornografía en realidad virtual, y estos son mi apuntes:

El equipo

La consola más vendida del mercado será también el objeto de experimento: Playstation 4 y unas gafas Playstation VR. No creo que la diseñaran con este propósito. Durante una época, fui muy aficionado al porno, ahora algo menos. Me acerco a los treinta y tengo que trabajar a diario, tengo que comer sano y luchar contra la página en blanco, por lo que cada vez me quedan menos ganas de buscar vídeos excitantes en la web. Las gafas de realidad virtual cuentan con algunas aplicaciones de vídeo, aunque estas no contemplan (de momento) producción para adultos. Así pues, manos a la obra (perdón).

La categoría

Esto es como hacerse una paja con catorce años. La generación actual estará de vuelta de todo, pero los millennials recordamos la época de Canal + y las películas porno casi sin volumen. La primera sensación es muy parecida. En YouTube hay una sorprendente cantidad de vídeos tutoriales sobre cómo utilizar un sistema de realidad virtual para ver pornografía. Verídico. No es que te lo pongan fácil: en Pornhub (que ha anunciado sus planes para tener una app propia para sistemas de consolas) puedes descargar los vídeos, meterlos en una memoria USB y pasar esta a la consola. Una vez puesto el casco, se reproducen a través del reproductor oficial de Playstation. Entre las categorías disponibles, están las clásicas: teen, cumshot, MILF… No hay muchos vídeos disponibles, imagino que debido a que la producción es más cara y, como no todo el mundo tiene esta tecnología en casa, la oferta se reduce a unas cuentas producciones selectas. En el recuadro de la página, tres chicas desnudas componen una especie de bodegón sexual. Forma parte de la categoría teen. Hay oferta para todo tipo de cascos de realidad virtual (HTC Vive, Oculus Rift, Playstation VR), pero las producciones están muy enfocadas hacia el público masculino. Bueno, supongo que el 90% del porno está pensado para hombres. La industria pornográfica se jacta de renovarse con cada nueva obra, con cada nueva productora, pero al final todo se reduce a lo de siempre: rodajes en que el sexo se convierte en una suerte de ejemplo deformado de lo que debe ser una relación sexual. Y risas del público. Descargo en la memoria USB el vídeo con las tres chicas (dos rubias, de aspecto de Europa del este y una afroamericana que responde al apellido Foxxx) y pienso que no está mal para empezar.

Consideraciones de seguridad

Como adolescente, que te pilen masturbándote debe de ser de las peores vergüenzas que se puede experimentar. Cuando te vas haciendo mayor, practicar sexo en algún lugar en que puedan pillarte es una fantasía recurrente y estimulante. Salvo si te pillan teniéndolo contigo mismo. Eso es algo más o menos universal. Lo primero que vamos a tener en cuenta es mantener la puerta bien cerrada. No queremos miradas indiscretas. Esto se puede aplicar a la pornografía analógica. En serio, cierra muy bien la puerta. Con el casco y privado del sentido del oído, la pornografía en realidad virtual es lo más parecido a una experimentación sensorial de primer nivel. Lo siguiente es desconectar el cable que va al televisor, de tal manera que lo que se vea en las gafas no aparezca también en la pantalla. Playstation VR está lleno de detalles, y uno de ellos es la posibilidad de disparar la imagen en dos direcciones: al visor y a la pantalla, de tal manera que todo sea visible. En el onanismo, no todo tiene que ser visible.

Vídeo de muestra de AliceX.com

Ya estamos preparados.

Desconcertado

Lo que nadie ha mencionado es que el porno en realidad virtual no está a escala y no es en 360 grados. Al menos, el vídeo de las tres chicas que me he descargado. Voy a explicarlo en palabras simples: las chicas son gigantes. Este vídeo se ha grabado como si tú fueras el actor, y las actrices estuvieran sobre ti, acercándose a tu oído, susurrándote palabras sucias y masturbándose sobre ti. Miras hacia abajo y la polla que ves no es tu polla, es necesario un ejercicio de imaginación. Lo que no puedo hacer es ignorar el hecho de que las actrices son gigantes. Es como estar rodeado por amazonas o diosas griegas; como estar a punto de ser devorado por la mujer de cincuenta pies. Por tres mujeres de cincuenta pies.

Lo siguiente es mirar hacia atrás y ver la oscuridad. La producción porno aún no tiene la exquisitez (o la ambición) de otras producciones en realidad virtual, por lo que deben pensar que nos basta con ver lo que tenemos delante. Es decir, mujeres desnudas. ¿Quién narices va a mirar hacia atrás? Pues, si lo haces, verás que no hay nada. El vídeo se corta y solo hay un fondo negro. Así que es como si estuvieras a punto de caer en un abismo oscuro si dejas de mirar las tetas que tienes delante. Las tetas gigantes. Los vídeos de realidad virtual que no son en 360 grados, sino en 180, también son bastante populares, aunque arruinan un poco la sensación de verse inmerso en la experiencia.

Cero excitación

Mira que lo intento, pero no me pone. Es todo un poco desconcertante. Las mujeres gigantes se ponen sobre mi falso pene y cabalgan en él; los gritos son tan estruendosos (y falsos) que tengo que bajar el volumen de los auriculares. Tampoco tengo claro qué debería hacer: ¿sacármela y masturbarme mientras miro al vacío con las gafas de realidad virtual puestas? Toda esta sofisticación para una paja normal y corriente parece fuera de lugar. El vídeo termina con una eyaculación que no es mía.

¿Que harán las mujeres?

Dudo que ellas quieran fingir que son un tío tumbado en una cama y rodeado por amazonas gigantes. Tengo que bucear por archivos torrent y otros sitios porno de menor bagaje que Pornhub para dar con un vídeo para ellas. O eso promete la descripción. Sin embargo, pronto queda claro que esto va a ser menos erótico aún: un gigantesco actor negro me empotra, sudando sobre mí. Miro hacia abajo y veo que tengo tetas, que rebotan ante las embestidas. Miro alrededor y vuelve el abismo negro: ningún productor porno debe haber pensado en el escenario. Al porno se la suda el horror vacui, está claro. El actor enfoca hacia mí un enorme miembro que gotea un poco. Es increíble lo que ha conseguido el HD. Sé que debería tomar la opinión de alguna mujer, pero me la voy a jugar y voy a aventurar que esto no puede poner a ninguna mujer. Ni mujer ni hombre.

Se me ocurren otras mil formas de aprovechar el potencial de la realidad virtual para la autosatisfacción, pero, por más que busco, menos encuentro. El porno clásico, el rápido metesaca, las posturas absurdas y los primeros planos de genitales depilados parecen poco adaptables a esta nueva tecnología. Y los tamaños son desconcertantes. En lugar de sentirme inmerso en la acción, me siento como si hubiera pegado los ojos a la pantalla. Si te tocas así, te quedarás ciego.

Soft

Consigo hacerme con algunos vídeos que no son porno en sí. El primero de ellos es una escena en alguna playa estadounidense en que unas chicas saltan sobre camas elásticas en bikini. Como espectador, me encuentro dentro del círculo. Para mi fortuna, son de tamaño normal. Miro a mi alrededor y compruebo que la oscuridad ya no me persigue. Respiro aliviado. Esto sí es estimulante. Las chicas (con cuerpos increíbles) saltan en las camas elásticas y se ríen. No llegan a quitarse la ropa ni pasa nada realmente erótico, pero es más estimulante. No consigue excitarme como para querer masturbarme, pero está bien. Mejor que el porno. Sigo buscando y encuentro algunas cosas similares: clases de fitness, modelos que hablan con la cámara, desfiles de lencería, que resultan más creíbles y eróticos que la pornografía en realidad virtual. Sigo sin encontrar prácticamente nada enfocado al público femenino. Hace tanto calor que estoy harto de llevar las Playstation VR puestas y decido que ya he tenido suficiente. Que todas las promesas de la realidad virtual en cuanto al sexo, todo lo que nos enseñó Demolition Man, son falsas.

La experiencia ha sido un tanto decepcionante. Muchas compañías de las consideradas importantes dentro de la industria porno (Brazzers, Digital Playground, Pornhub) han declarado su interés por esta tecnología. Pero ¿cómo hacer algo interesante? No es tan simple como grabar polvos en 360 grados y colgarlos en la web. Tiene  que haber una evolución en la industria. Pensar en la interacción, en la inmersión. La realidad virtual es una tecnología del desarrollo, en que el artista (y el erotismo aún debería ser un arte) puede gozar por primera vez de una nueva herramienta para la expresión. Sin embargo, poco hay de eso en las producciones actuales. Se parece más a una adaptación: la pornografía no parece haber entendido la realidad virtual.

Como conclusión

  • El porno ya no es lo que era (signifique eso lo que signifique).
  • El tamaño sí importa (sobre todo el de las personas con las que finges follar).
  • La realidad virtual puede que no se haya pensado para hacerse pajas.
  • El porno aún tiene mucho que aprender de las mujeres.
  • La gracia de la inmersión es la sensación de 360 grados. Todo lo demás parece un vídeo mal adaptado.
  • La tecnología solo puede cumplir la mitad de nuestras expectativas.

Si hay que sacar una frase que resuma la experiencia, son las ganas que me han dado de salir y conocer gente real. Ver a chicas reales y tener relaciones (sexuales o no) con personas de verdad. La tecnología a veces es la respuesta, pero no siempre. Este es el verano en que  empezamos y dejamos de masturbarnos con VR y volvimos al mundo real.


El ojo púbico

Shortbus. Imagen: Fortissimo Films.

Se suele sospechar que antes del siglo XIX las parejas llegaban abrazadas a la cama sin ser conscientes de que entre las piernas tenían hardware para el ocio y sin entender exactamente para qué necesitaban aquella sábana con un agujero. Pero esa percepción romántica de una sociedad tan indocta en lo sexual como para acabar las noches de miel penetrándose alegremente por el tímpano tiene poco de correcta; Auguste y Louis Lumière rodaron a unos obreros haciendo el lemming y cuando acabó la proyección otro par de franceses ya estaban quitándole la ropa a una señorita en Le Coucher de la Mariée, un estriptis de 1899 que durante siete mudos minutos utilizaba como escenario el estudio fotográfico de cualquier adolescente actual: un lavabo. En realidad el mundo de la farándula no era ajeno a la ausencia de ropa; la actriz Sarah Bernhardt llevaba mucho tiempo guiñando golosos toples desde fotografías tachonadas en las entrañas de bambalinas teatrales y recordándonos que aquella profesión era la que por estadística tenía a más gente con menos ropa y ganas de tropezar sin compromiso sobre otra gente.

En la Warner Brothers, oliéndose la plata, dieron la orden de que dos de cada cinco películas producidas calentasen las entrepiernas; los tickets de la Cleopatra de 1917 se vendían gracias al mágico antivestuario de Theda Bara, y una película checa llamada Éxtasis mostró a Hedy Lamarr chapoteando desnuda e inauguró la polvareda en pantalla con el primer acoplamiento con éxito del cine al mismo tiempo que acató la condena eterna cuando el papa Pío XI bramó la inmoralidad de la lozanía acuática. El desmadre inminente provocó que un cabreado Will H. Hays firmara el código censor que llevaría su nombre para salvaguardar la frágil moral estadounidense. Aquel texto enumeraba una serie de prohibiciones y recomendaciones entre las cuales se tasaba en tres segundos la duración aceptable de un beso, se sentenciaba que hombres y mujeres no tenían razón aparente para compartir cama y se afirmaba que todo lo gay era ciencia ficción. La Paramount llegaría a firmar un acuerdo que solicitaba cabezas rodando si alguna mujer aparecía en pantalla enfundada en ropa masculina, y eso ocurría casualmente después de que la inmensa Marlene Dietrich inventara el anacronismo like a boss al presentarse en la gala de un estreno tarareando el bow chicka wow wow y vestida con un tuxedo, sombrero y bastón.

Los americanos comenzaron a mirar con sana envidia al otro lado de las aguas creyendo avistar a lo lejos una orgía continua donde las mujeres trotaban salvajes con las bragas a modo de chichonera y los hombres se saludaban cortésmente haciendo el helicóptero con el pene. Johann Schwarzer filmaba galerías de féminas austriacas para proyectar en teatros con olor a cuero quemado, Alessandro Blasetti promocionaba el toples en La cena delle beffe y Jesús Franco añadía sexplotation sinvergüenza al primigenio cine de horror español de Gritos en la noche bastante antes de que otro Franco decidiera morirse y llevarse consigo la censura, descorchando una etapa de destape patrio con autobuses de turistas suecas fletados de camino a los pantalones de esa santísima trinidad que era la Trifuerza PajaresEstesoOzores. A finales de los sesenta el pueblo americano se sacudió de encima el código Hays, nació la MPAA para poner etiquetas y los actores USA empezaron a quitarse prendas mientras los europeos aún dudaban sobre la necesidad de ponérselas de nuevo. Bernardo Bertolucci con sus Soñadores convertiría con un par de guantes a Eva Green en una sensual Venus, Emmanuelle se convertía en icono y la Hammer comenzaría a rellenar con carne los huecos entre monstruo y monstruo.

Soñadores. Imagen: Recorded Picture Company.

La desnudez comenzó a abrirse paso pese a que la producción americana hiciera bandera de la mojigatería a golpe de parejas encamadas con repentinos ataques de pudor poscoital, toples de espaldas y vestidos golpeando el suelo con la cámara a la altura de los tobillos. Aunque cuando los estudios necesitaban plantar el cebo no dudaban en recurrir a la siempre refinada técnica de desencadenar una cascada de tetas contra los morros del espectador, dejando de paso bien claro cuál era uno de los terrores de una industria machista e insegura: el pene ajeno.

El varón heterosexual medio conserva la exótica creencia de que contemplar un pene que no sea el propio en una pantalla puede implicar de manera instantánea la compra de un billete solo de ida hacia la acera contraria. Y pese a que Harvey Keitel se emperró en invitar como guest star a su John Thursday en más de una ocasión (El piano, Teniente corrupto, La mirada de Ulises) y algún otro como Ewan McGregor decidió desenfundar con frecuencia el sable láser antes de opositar a Jedi, el desnudo frontal masculino seguía siendo algo que un público conformado por machos alfas muy seguros de si mismos no quería tragarse. La escasez de virilidad bamboleante coloreando la trama se prolongaría hasta nuestros días, aunque los amantes del magro conservan cierta esperanza: Judd Apatow, director y productor de la comedia americana moderna, fascinado con tanta falofobia prometió a la humanidad que introduciría gratuitamente un pene en cada una de sus películas para restablecer el equilibrio de las cosas, el zumbado de Sacha Baron Cohen reservaría a un pene parlante y bailongo un primerísimo plano en Brüno, y Zack Snyder renunciaría a ponerle taparrabos al Doctor Manhattan de Watchmen logrando que la audiencia se preguntase si aquello era la adaptación de un tebeo de culto o un anuncio de embuchado de pitufo.

Velvet Goldmine. Imagen: Zenith Productions.

Pero el verdadero último gran tabú del sexo de celuloide se encontraba apilado en el cuarto menos iluminado del videoclub y en el género con más densidad de fontaneros puntuales: el porno. La industria cinematográfica mainstream carecía de lo único que resultaba veraz en el cine X, pero gente como un Nagisa Oshima, educado por la sombra de Luis Buñuel, se proponía romper esa barrera y la salvaje El imperio de los sentidos impresionaba con sus arrumacos no simulados y con un título original (Ai no corrida) que resultaba jocoso para el castellanoparlante. John Waters también aporrearía la moral con Pink flamingos, de la que se suele recordar más el desagradable incidente con bombonería de cultivo ecológico que aquel momento en el que la drag queen Divine felaba en pantalla a su hijo en la ficción. Tinto Brass convertiría Calígula en la primera superproducción con pornografía explícita. Los daneses tenían en Ole Søltoft a una estrella protagonizando una conga de comedias para el gran público con contenido sexual hardcore. El Julio Medem previo a la tijera continua de Habitación en Roma mostraba embutido en proceso de crecimiento en Lucía y el sexo. Carlos Reygadas tuvo que explicar que la escena que abría la extraña Batalla en el cielo con una joven chica practicando una felación a un caballero poco agraciado y muy bien alimentado era una simulación pese a las apariencias de homemade porn.

En Francia, la película Fóllame, además de un spoiler en el propio título, tenía a un par de estrellas del cine para adultos practicando sexo real. Pola X y Romance incluirían contenido pornográfico sin autocensura y en el caso de la segunda algo más insólito, a Rocco Sifredi creyéndose actor del método. En A la caza Al Pacino se equipaba a tope para irse de cruising y su director William Friedklin colaba unos cuantos fotogramas inapreciables de porno gay al mismo tiempo que podaba cuarenta minutos de sexo explícito que James Franco y Travis Mathews utilizarían como excusa para dirigir un extraño experimento en 2013 (Interior. Leather Bar) que intentaría recrear el metraje perdido. Lars Von Trier, el hombre que intentó convencernos de que se puede rodar una película despidiendo a todo el equipo de decoración, también era fan del shock value sexual: en Los idiotas disparaba fugazmente un poco de cópula y ponía en marcha Anticristo con una tragedia, nieve y una penetración al detalle; también costeó All about Anna, insoportable telefilm con sexo real cuyo mayor reclamo era ver a la bella canadiense Gry Bay enredada con los compañeros de reparto. Larry Clark tras liarla con Kids repetiría con Ken Park y una masturbación explícita con autoasfixia erótica al ritmo de los gritos procedentes de un partido de tenis femenino. Kerry Fox felaría ligeramente a su compañero de reparto en Intimidad. Vincent Gallo aprovecharía que salía con Chloë Sevigny para filmar una mamada con la que adobar The Brown bunny, y Michael Winterbottom nos intentaría vender 9 songs como una película con algún tipo de mensaje en lugar de como un vídeo porno amateur salpicado de conciertos bootleg de Black Rebel Motorcycle Club, Franz Ferdinand, Elbow o The Dandy Warhols que inventaba el porno para modernillos.

En 2006 se estrenaría Shortbus, historia que suspiraba por las libertinas fiestas artísticas y underground de Nueva York mostrando sin avergonzarse sexo duro homosexual y hetero. De aquella cinta de John Cameron Mitchell se podía extraer una lección: cuando una película que ofrecía una autofelación realizada con éxito y un ménage à trois gay, en el cual uno de los participantes cantaba el himno de los Estados Unidos utilizando como caja de resonancia el recto de otro, dejaba en la audiencia la sensación de ser un amable ejercicio de ternura, es porque algo en el ojo del espectador quizá por fin estaba cambiando.

Shortbus. Imagen: Fortissimo Films.


Nadie murió de hipotermia genital viendo porno argumental

Metamorphosis , ca. 1965. Fotografía: Wingate Paine.

Muchos recuerdan el acto de ver el cine X de antaño como toda una aventura de riesgo: el riesgo de pillar un resfriado por tener la entrepierna al aire viendo el desarrollo de una floja trama y esperando a la llegada de las partes interesantes. La aparición de las películas solo con escenas de sexo y las escenas cortas en la web se han celebrado como un avance importante en la historia de la pornografía y su utilidad para la urgencia del espectador. Pero, ¿tan malo era el porno argumental? ¿realmente el guion era un mero pretexto para legitimar y hacer menos obsceno su contenido sexual? He aquí mis argumentos a favor del argumento.

Premisas y concesiones

  • El objetivo principal de la pornografía es excitar, llevar al espectador al orgasmo. Una película que fracase en ese objetivo, con o sin argumento no debería considerarse pornografía. Se puede hacer —y se ha hecho— drama, acción, terror, ciencia ficción o comedia en filmes para adultos, pero el objetivo pornográfico no debe perderse nunca de vista. Aún más, una trama puede hablar del sexo en sí mismo, ser pornográfica en su naturaleza y, además, contener sexo explícito, permitiendo un bucle excelente y un objetivo cumplido por partida doble. Lo apuntaré más adelante. Por lo demás, concuerdo bastante con el dicho popular de que «el porno es para pajas» o no es.
  • El gonzo y otras modalidades de pornografía que minimizan o prescinden del argumento no son malas. No defenderé aquí el porno argumental como «el auténtico»; aunque sí lo defenderé como un referente capital. El gonzo como planteamiento es una buena idea que ha dado muy buenas escenas. El mal gonzo es lo malo. El peor, de hecho; y ahí sí que lanzaré un par de latigazos.
  • Igualmente, no todo el porno argumental será bueno por definición. Cierto es que desde que este género hace largometrajes muchos guiones se han escrito como los musicales de Bollywood: como mero enlace de las escenas de baile, excusas para llegar al sexo. Pero hay excusas mejores y peores. Y dentro de las últimas, se han rodado aborrecibilísimos pastiches que son capaces de lo impensable: quitarle a uno las ganas de paja. Son los que, con el tiempo, han alentado el prejuicioso mito que queremos desmontar en este artículo.

El argumento histórico (1): Los stag films

El guion existe casi desde los inicios del cine X, siendo este prácticamente tan antiguo como la cinematografía convencional. Las primeras filmaciones, pese a no tener un guion específico, sí que tienen algunas contextualizaciones que potenciaban el erotismo. Algún tiempo después y aún en la clandestinidad, el medio se las arregla para prosperar y tomar la forma predominante del stag film, esto es, un corto cinematográfico con un planteamiento que tanto sitúa la acción como la desarrolla ágilmente hacia la alegre refriega carnal de los actores. Evidentemente, el dotar de guion a estas producciones quedaba muy lejos de buscar un reconocimiento artístico, pero sí muy cerca de poner delante del espectador situaciones cotidianas familiares. Introducir elementos sexuales en estas aumentaba la excitación del público.

Como ha pasado constantemente en la historia del porno, pasó que el incremento de la demanda llevó a los productores a agotar y acortar los argumentos, produciendo numerosas escenas de cama sin pena ni gloria. El producto dominante, con el tiempo pasó a ser el loop, la escena pornográfica ceñida al sexo, que, sin embargo formó a algunos de los directores que se harían populares en los años siguientes a la legalización del cine porno y lo que se conoce como su edad dorada. Lo harían haciendo porno argumental. De hecho, la película que le daría popularidad y aceptación al género,  Garganta profunda de Gerard Damiano, también lo era.

Lo que nos queda a día de hoy del stag film es que podría considerarse algo así como el tatarabuelo de la escena corta argumental actual, que parece haber vuelto para quedarse.

Ejemplo 1 : El demonio en la señorita Jones (Gerard Damiano)

Garganta profunda es un buen ejemplo de buen argumento. Combinaba un asunto y diálogos humorísticos con unas ejecuciones para la fellatio remarcables, para obtener una comedia pornográfica.

Pero de Damiano me apetece más rescatar El demonio en la señorita Jones por otras razones. Emparentada con la obra A puerta cerrada de Jean Paul Sartre —a raíz de similitudes en su libreto— la obra desarrolla la caída en la adicción al sexo de su protagonista. Para construir ese descenso al pecado, Damiano edifica una escalera ascendente de escenas sexuales cada vez más osadas. Georgina Spelvin en el papel de Justine Jones atravesaba así un iniciático camino sexual perfectamente ordenado que pasa sucesivamente por la penetración con objetos, el sexo oral, el coito vaginal, el coito anal, la relación lésbica, un trío con dos mujeres y un trío con dos hombres, con doble penetración: una estructura-catálogo de prácticas que restará como paradigma referencial a lo largo de la historia del porno. Innumerables producciones posteriores —incluso las no argumentales— la usarán para narrar crescendos en temas de sexo.

Buscar semejante ordenación para crear un efecto tanto dramático como sugestivo, pues, es responsabilidad del guion.

El argumento histórico (2): Los pioneros del porno francés

El guion pues ha facilitado labores posteriores con el establecimiento de algunos cánones. Y alguien podría afirmar con certeza que se ha abusado de estos hasta conseguir que perdieran su significado y utilidad.

Sin embargo, guionistas y directores han sabido replantearse patrones y tradiciones, sorprender al espectador y revolucionar el género, sin abandonar las tramas argumentales. En el fondo, como la cinematografía convencional. Francia tuvo su edad dorada en la segunda mitad de los setenta con directores como Frédéric Lansac, Burd Tranbaree, Patrick Aubin, Francis Leroi o Gérard Kikoïne que se conjuraron tras la legalización del porno en Francia para ofrecer una pornografía única y memorable. Inspirados por lo mejorcito de sus homólogos americanos, introducían el sexo en lugares y momentos completamente inesperados, le daban usos tremendamente creativos al atrezo del set e incluso defendían la orgía como algo normalizado dentro de un evento social, dando amplia bola al mito del liberalismo sexual francés.

Aún más, estos primeros directores franceses supieron sumar la tradición del «cine sexy» —anterior a la legalización del porno en Francia— al rodaje de la pornografía explícita. Supieron hacer que sus historias hablaran del sexo como conductor de la historia y no como algo que emplazar gratuitamente. El adulterio, la vida liberal, los intercambios de parejas, las relaciones de dominación consentidas, las iniciaciones al sexo… incluso planteamientos fantásticos, como la vagina parlante de una mujer o la creación de una pareja sexual artificial, funcionaron increíblemente bien.

El contraargumento de la espontaneidad

Una de las críticas que se le ha lanzado al porno con guion y que funciona como halago del porno que no lo tiene es el de la falta de espontaneidad y credibilidad de sus escenas. No existen las pizza-girls sexys que se cobran el viaje en especie. El seguro no te manda fornidos fontaneros capaces de echar tres sin sacarla.

Por ello, en su momento, el gonzo de John Stagliano —alias «Buttman»— fue una idea repleta de frescura. Rocco Sifredi lo trajo a Europa con los mismos buenos resultados. La gente de Bangbros se estrenaron con su Bangbus, cruce entre la escuela del gonzo de Stagliano y lo que llaman «pornografía real»; precisamente triunfó en internet por su apariencia de realismo y los puntos de humor improvisados. Porque el gonzo puede ser divertido, directo y cachondo; y consigue generar la plausibilidad de que lo que les pasa a sus protagonistas te pueda pasar a ti. Sin embargo, con el tiempo, también pecó de los mismos males que la escuela argumental. La espontaneidad se pervirtió a favor de automatismos pautados, asentando su propio manual canónico que sigue sin desvíos, para acabar produciendo churros como churros. Y así, a estos magos de la seducción improvisada, se les ve el truco cuando reconocemos a una pretendida anónima como una actriz del circuito. También tendríamos hasta en la sopa el casting de chica en un sofá a la que, tras hacerle el test habitual del nombre, edad, procedencia, cuándo empezaste a follar y cuáles son tus posturas favoritas, le encasquetan un cimbrel en la boca en cero coma.

El resultado, en sus peores manifestaciones, nos ha dejado con un porno industrial de bajísima calidad que pierde de vista el motivo de su origen. Cabe más espontaneidad en una buena idea tenida por un guionista/director y su esfuerzo por llevarla a cabo en un trabajo conjunto con los actores y el equipo de rodaje, que en el enésimo amateur que cree que lo va a petar muy fuerte por haberse comprado una cámara y haber encontrado alguien con quien rodar un P. O. V. tumbado en la cama.

Retrato de Eugen Sandow, 1893. Fotografía: Benjamin J. Falk.

El argumento histórico (3) : Mario Salieri y el porno de autor

De Mario Salieri podrán encontrar un extenso artículo de un servidor en esta publicación. Sin extenderme mucho lo rescato aquí como prueba indispensable de la altísima calidad a la que puede llegar el porno argumental desde el cine de autor. Es el paradigma del pornógrafo que entendió a qué público se dirigía, creando historias de carácter local —profundamente italianas— pero que le permitían llegar a temáticas literarias y humanas universales, sin perder de vista el objetivo pornográfico. No perdió tampoco la oportunidad de crear un estilismo propio en sus escenas de sexo, haciendo que viendo un solo fotograma reconozcamos su mano. Alcanzó un éxito tremendo tanto en Italia como en Europa.

La lástima del asunto es que —como a otros autores— por atreverse a mezclar pornografía con referentes literarios o cinematográficos medianamente cultos se le ha tildado de pedante o de autor con pretensiones. Pornografía gafapasta hubieran dicho si la hubiera hecho a día de hoy. Y el hecho es que su obra pudo ser vanguardista en su momento, pero no era ni cine experimental, ni era necesario conocer oscuras referencias para disfrutarlo. Salieri no se puso en plan Thomas Pynchon a escribir sus historias. Eran historias bien pensadas, con sentido y una mínima profundidad, que cualquiera podría seguir. Aunque también pudiera ser que a cierto consumidor de porno, eso le ajenara de alguna forma.

El argumento de la interpretación

Escribir un guion, crear un personaje lleva a otro modus operandi en una producción. En Estados Unidos se distingue en los créditos de una película al porn actress/actor del performer, según deba interpretar un papel o simplemente follarse a alguien. En el primer caso se estudia un poco el personaje, se pone en su piel y se traslada imaginativamente a su historia, experiencia sexual incluida. Bien ejecutado, puede llegar a dar mucha credibilidad y torridez a la coyunda.

Seguramente mucha más que el o la performer que de set en set va ya por la tercera escena del día; que ya no es que se ponga en la piel de nadie, es que igual ya no está ni en la suya.

El argumento tecnológico

Pese a los argumentos que llevamos dados hasta aquí, aún podría entenderse que uno tuviera la urgencia de situarse frente a una pantalla y ver, ya desde el primer segundo, una mamada/penetración en primer plano. Durante los años de las cintas de vídeo podía entenderse el reniego hacia el porno que le hiciera a uno esperar un cuarto de hora o más hasta poder iniciar la práctica onanística; y que se le enfriase la erección en el entrecoito. Incluso con el botoncito de avance rápido era algo engorroso. Pero en la era del DVD, las escenas por capítulos y la posibilidad de avanzar la acción usando el cursor sobre la barra del reproductor, el argumento ya no tiene por qué estorbar al que por premura quiera prescindir de él.

El argumento histórico (4): Las parodias

El porno es un vampiro. La necesidad de dar trasfondo a la ingente cantidad de películas que producía y de buscar ganchos con los que atraer al público dio, a principios de los noventa, con la parodia como recurso. Usando referencias populares, surgieron parodias de desde Drácula a Eduardo Manostijeras, pasando por héroes de acción como Tarzán o Terminator. Muchas sonrojarían a directores de serie Z, pero en el intento sacarían más de una risa e incluso alguna película de culto. Actualmente, el porno ha estado ojo avizor y no ha desperdiciado la oportunidad de sacarle el jugo a dos éxitos audiovisuales recientes: el dulce momento de las series de televisión que estamos viviendo y las adaptaciones cinematográficas de los cómics de superhéroes. Estas parodias traen dos fenómenos argumentales imaginativos. Por un lado, filmar momentos no realizados en las producciones originales, como la escena en la que al Nota le ofrecen una mamada por mil dólares en El Gran Lebowsky; y por otro, pornificar momentos icónicos, como el famoso beso boca abajo de Spiderman a Mary Jane. Con o sin porno, en mi opinión, siempre mejor Capri Anderson que Kirsten Dunst.

Ejemplo 2: Great moments in threesome history (Brazzers)

La escena va como sigue: Ramon Nomar interpreta a un nerd americano —sí, si Superman puede pasar por Clark Kent, ¿por qué no?— que urde un furtivo plan para que Madison Ivy, su novia, le haga una paja sin saberlo. Le propone una velada de películas y palomitas en casa de ella. Ya en situación y con su novia en la cocina, nuestro héroe hace un agujero en la parte inferior del cubo de palomitas e introduce allí su herramienta del amor. Madison vuelve al sofá y empieza a comer palomitas mientras su expectante novio canta victoria mentalmente. Pero de repente, Kacey Jordan, amiga de Madison, se autoinvita al plan de ver películas y, claro está, al de comer palomitas. Las cotas de calentura y jocosidad suben rápidamente mientras Ramon emula a Jim Carrey poniendo caras que van de la excitación al desespero. Hasta que las chicas descubren la sorpresa y, lejos de enfadarse y apurarse a por enjuague bucal, alaban el gran ingenio de nuestro amigo y otras cosas grandes que también tiene en ese momento con sabor a mantequilla y sal. El tema deriva en sexo directamente. Y es un muy buen sexo, con todos los actores desatados y entregados a la labor. Kacey Jordan incluso llega a un orgasmo con squirting, quizás el único que yo le haya visto hasta la fecha.

Pero afrontémoslo: sin ese breve pero divertido guion —y sin ese cubo de palomitas— esta escena hubiera sido el enésimo porno de un tipo musculado tirándose a dos rubias de bote en un sofá.

El argumento socio-laboral

Mi salva apologética final va en defensa de los profesionales de la escritura de guiones. El porno es uno de los géneros más productivos del medio cinematográfico. Mueve cantidades ingentes de dinero. Guionista de cine es una de las profesiones peor pagadas y más invisibles de la industria audiovisual. Repartamos la dicha, demos trabajo al sector. Incluso los críticos de cine podrían tener en este hermanamiento más oportunidades de trabajo y una especialización de carrera. Hay porno de sobra para todos. Basta de hipocresía. Vengan críticos profesionales de porno a las carteleras de los periódicos y a las revistas de rabiosa actualidad.

Bueno, igual en este último broche me paso de vividor. Cúlpenme.

Retrato de Alice Wilkie. ca. 1925. Fotografía: Alfred Cheney Johnston.


Sin aliento

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El imperio de los sentidos, 1976. Imagen: Argos Films.

Spectarum nuptas hic se Mors atque Voluptas – Unus fama ferat, quem quo, vultus erat.
(Se miraron un día a la vez la Muerte y la Voluptuosidad, y sus dos rostros eran uno solo).
Gabriele D’Annunzio, Le Vergini delle Roccie.

1. El último suspiro

La noche del 3 de junio de 2009 se presentaba aburrida para David Carradine en su hotel de Bangkok. Los productores de Stretch, su última película, le habían dejado tirado yéndose a cenar a un restaurante de lujo sin esperarle, una decisión que más tarde les traería una demanda judicial y muchos dolores de cabeza. Nunca sabremos con exactitud qué ocurrió entonces, pero a la mañana siguiente el cadáver de David fue encontrado desnudo en el armario, con las manos atadas y una larga cuerda apretándole simultáneamente los testículos y el cuello. Marina Anderson, su cuarta exesposa, acabó convencida de que hubo ahí un robo con asesinato; Mark Geragos, abogado de la familia, achacó la muerte a una misteriosa secta de asesinos kung-fu. Sin embargo, los análisis forenses apuntaron a un estrangulamiento accidental durante la práctica de autoasfixia erótica.

No fue esta la primera muerte asfixiófila de un personaje conocido. En ocasiones existe una duda razonable sobre si el fallecimiento fue en realidad un suicidio, como en el muy debatido caso del cantante Michael Hutchence. En otras ocasiones el contexto de la muerte parece evidente, como cuando el reverendo presbiteriano Gary Aldridge fue hallado muerto con una cuerda atada al cuello mientras vestía máscara de gas y ropa interior de látex negro. Un estudio estadístico en la estadounidense Journal of Forensic Sciences atribuye a la asfixia erótica entre doscientas cincuenta y mil muertes anuales, lo que es una manera educada de decir «muere gente de vez en cuando pero no sabemos muy bien cuánta».

2. De la hipoxifilia considerada como una de las bellas artes

En el mundillo del BDSM (Bondage, Dominación/sumisión, Sadomasoquismo) en el que me muevo habitualmente, a morir en un desgraciado accidente relacionado con la falta de oxígeno se le suele llamar «hacer un Carradine». Difícilmente podría considerarse un término técnico. Pero hipoxifilia es una palabra horrenda, asfixiofilia suena fatal, autoasfixia excluye los juegos en que participa más de una persona… Los términos ingleses breath play o breath control parecen más precisos, especialmente el segundo: para entender por qué la privación de oxígeno puede resultar enormemente placentera o acrecentar otras sensaciones de placer, el control parece un buen punto de partida.

Uno de los pasos en el aprendizaje del yoga es el pranaiam o pranayama, un conjunto de técnicas enfocadas a controlar la respiración o, por ser más preciso, obtener el control de la fuerza muscular que moviliza la respiración. La fase más importante del pranayama es el khumbaka, la retención cada vez mayor de la entrada del aire, sea a pulmones llenos o vacíos. Esta disminución del ritmo respiratorio (y, de paso, cardíaco) ayuda en la meditación y crea un estado de calma y concentración en la mente. No es exagerado decir que la disminución controlada y gradual de oxígeno en el cerebro crea estados alterados de conciencia: claridad mental, tranquilidad, nitidez perceptiva. Y sin riesgos: a no ser que existan patologías previas, es físicamente imposible morir aguantando voluntariamente la respiración.

Pero hay quien utiliza atajos peligrosos para llegar ahí. El dibujante Vaughn Bodé murió mientras meditaba con una correa enroscada fuertemente al cuello. Antes de encerrarse en su habitación para ello, le comentó con aire casual a su hijo: «Mark, he visto a Dios cuatro veces y pronto voy a volver a hacerlo»; la metáfora quedó convertida en algo bastante más literal. En la misma línea, el náufrago protagonista de la Vida de Pi de Yann Martel cuenta: «Uno de mis métodos favoritos de huida era una suave asfixia. Usaba un fragmento de tela cortada de los restos de una sábana. Lo llamaba mi trapo de los sueños. Lo humedecía con agua salada para que estuviera mojado pero no goteante (…). Caía en un aturdimiento letárgico al que el trapo de los sueños que restringía mi respiración daba una cualidad especial. Me visitaban los sueños más extraordinarios, visiones, pensamientos, sensaciones, recuerdos».

Pasar de la meditación y los estados alterados de conciencia a la excitación sexual no es en realidad un gran salto. Hace unos años el educador sadomasoquista canadiense Scott Smith visitó Barcelona, y tuve la oportunidad de ayudarle a organizar unos talleres sobre su especialidad, el edge play o juego sexual cercano a los límites del riesgo. Impartió cuatro clases a la comunidad BDSM local: manejo avanzado del látigo, uso de puntos de presión, construcción de escenarios de interrogatorio erótico y, por último, control de la respiración. Lo que aprendimos en esta última clase daría para un libro, pero lo relevante ahora mismo es el primer ejercicio que planteó.

En un contexto D/s (es decir, de relaciones de Dominación/sumisión consentidas y placenteras), que la parte dominante controle la respiración de la persona que se le somete es una forma muy intensa de ejercer control y dominio. La forma en que Scott decidió mostrar este escenario fue sencilla: ordenó a su pareja que no respirara en absoluto, y se pasó un buen rato introduciendo el aire en sus pulmones mediante un lento y cariñoso boca a boca. Por un lado, la menor cantidad de oxígeno del aire espirado produjo en la modelo los efectos mentales antes comentados. Y por otro… Es difícil de explicar. Fue como si alrededor de ambos se creara una burbuja detenida en el tiempo, o más bien ralentizada a un ritmo pausado e hipnótico. A pesar de estar rodeados por los alumnos de su taller hipoxófilo, ambos quedaron aislados en un pequeño núcleo de intimidad. Hundidos en un silencio profundo, punteado solamente por los sonidos de una sola respiración conjunta.

3. She’s lost control

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Graphic Sexual Horror, 2009. Imagen: NC-17 Productions.

Hay otras formas algo menos sutiles de restringirle a otra persona la cantidad de oxígeno respirado, por ejemplo empleando una máscara de gas regulable… Pero la imagen más popularizada por algunas películas porno es la de la bolsa de plástico en la cabeza, véanse al respecto algunas de las escenas más impactantes del documental de Anna Lorentzon y Barbara Bell llamado Graphic Sexual Horror. La reacción habitual que produce la bolsita de marras, en particular si se combina con una atadura o inmovilización, no es precisamente relajante como en los casos anteriores sino un chute de adrenalina que aguza los sentidos, seguido de un cierto pánico primario e incontrolable. Y ese es exactamente el objetivo buscado en este caso: combinar un chorro adrenalínico con los efectos aturdidores del exceso de dióxido de carbono. Una ducha escocesa de sensaciones. El terror como afrodisíaco.

Por cierto: el impulso desesperado de tomar aire no viene provocado exactamente por la falta de oxígeno sino por el exceso de dióxido de carbono… Así que hiperventilar brevemente, disminuyendo el CO2 en sangre, permite aguantar la respiración con más facilidad. He aquí un consejo útil para la próxima vez en que algún lector practique buceo a pulmón libre o se vea con una bolsa de plástico cubriéndole la cara.

Otra manera algo menos aparatosa de restringir la entrada de aire es apretando firmemente el cuello con una mano, un gesto que en según qué momentos (por ejemplo, durante el coito o antes de un beso particularmente intenso) puede resultar profundamente erótico y pasional. En cualquier caso, un efecto habitual de este gesto, y no uso adrede la palabra «estrangulamiento», es precipitar/acelerar el orgasmo.

Siguiendo este camino de intensidad ascendente, un juego hipoxófilo especialmente habitual en Estados Unidos y Canadá (confieso no estar seguro de por qué) es aplicar una llave de estrangulamiento de artes marciales o chokehold, que no actúa restringiendo la respiración sino el flujo de sangre al cerebro mediante la presión de las arterias carótidas. Supongo que no hace falta que subraye lo peligroso que es esto por varios motivos, no el menor la posibilidad de desprender una placa de la arteria creando un trombo. En mi infancia recuerdo a algún conocido retando a otro a probar el «juego del desmayo», que básicamente es provocar un síncope presionando las carótidas y estimulando el nervio vago, lo que logra el combo de bajar de golpe el ritmo cardíaco, dilatar los vasos sanguíneos y dejar sin sangre el cerebro. Vamos, caer redondo al suelo y despertarse (o no) con una sensación extraña de agradable desorientación, como el que acaba de empezar adormilado un nuevo día.

Se impone tomar aire y desviar este recorrido hipoxófilo al terreno de la supervivencia.

4. Te necesito más que el aire que respiro

Dentro de la comunidad BSDM, mucho más variada de lo que podría pensarse desde fuera, se libra desde hace años una auténtica guerra civil subterránea sobre la conveniencia o no de practicar juegos de control de la respiración. No se me ocurre otra práctica que despierte más polémica o haya hecho correr más ríos de tinta… Y curiosamente hay un componente geográfico en las sensibilidades: tradicionalmente los americanos son más prudentes, mientras que europeos y asiáticos tienden (tendemos) a correr más riesgos o, al menos, ser menos conscientes de su alcance.

El principal representante de la corriente, digamos, cautelosa es el sexólogo y paramédico Jay Wiseman, autor entre otros del libro fundacional BDSM 101 (traducido aquí como BDSM: Introducción a las prácticas y su significado). Wiseman no llega a recomendar la abstinencia total de este tipo de juegos para quien los disfrute, pero sí razona que el riesgo inherente a ellos es mayor de lo que se cree y, peor aún, difícilmente mitigable.

En el 90 % de juegos sadomasoquistas, como azotes, pinzas en pezones o genitales, cera caliente o la mayor parte de ataduras, no hay prácticamente riesgo de consecuencias indeseadas aparte de algún moratón, una pequeña quemadura o una herida leve. Además, se pueden emplear precauciones para limitar el riesgo, tanto técnicas («¡no azotar jamás sobre la rabadilla!») como generales (la palabra de seguridad que permite a la parte sumisa detener inmediatamente la sesión). Del 10 % restante, un 8 % de actividades (por ejemplo ataduras de shibari que incluyan suspensiones en el aire, juegos con fuego, electricidad o agujas) pueden causar lesiones si no se ejecutan correctamente. Para realizarlas con garantías es necesario aprender detalles técnicos de algún maestro experimentado, participar en talleres y adquirir ciertos conocimientos especializados. Eso sí: tomando precauciones es posible mantener el riesgo en niveles fácilmente asumibles.

Eso nos deja un 2 % de actividades extremas y muy infrecuentes, pero que potencialmente pueden causar grandes daños o incluso la muerte: jugar con armas de fuego, golpear en el pecho, practicar fuertemente ballbusting (no entraré en muchos detalles, pero incluye dar patadas en los testículos) y, por supuesto, la hipoxifilia. En estas actividades, ni siquiera tomar precauciones, aprender de maestros y realizar las técnicas correctamente puede eliminar un riesgo significativo de accidente grave o muerte… Y definir el significado exacto de la palabra «significativo» es en este caso elegir un bando en esta guerra civil fetichista.

Veamos alguno de estos riesgos difícilmente evitables. El récord mundial de aguantar la respiración sin moverse (y sobreviviendo) está fijado en once minutos y medio. Bajo circunstancias normales, podemos pasar unos tres minutos sin entrada de oxígeno hasta que empiece a morir alguna célula que otra. Sin embargo, el riesgo hasta entonces no es inexistente por culpa de la posibilidad, muy baja pero no desdeñable, de ataque al corazón debido entre otras cosas al llamado efecto Valsalva. Al intentar exhalar con las vías respiratorias cerradas (por ejemplo porque alguien te está apretando el cuello) se incrementa la presión en la cavidad torácica, lo que disminuye el riego sanguíneo del corazón y, de propina, puede causar el desprendimiento de alguna placa. Este efecto es el mismo que puede producir infartos al esforzarse uno desesperadamente en defecar… Morir cagando, he aquí otra forma un tanto lamentable de entrar en el más allá.

Jay Wiseman alude a la impredecibilidad del efecto Valsalva como argumento para negar el «riesgo cero» en la hipoxifilia. Dicho esto, se pueden y deben tomar precauciones con los juegos de respiración: que no sea posible eliminar completamente el peligro no significa que no pueda hacerse una cierta estratificación de riesgos. La más obvia: nunca practicarlos estando solo, sino asegurarse la compañía de al menos un observador que pueda intervenir si ocurre algo inesperado. Sin embargo, a veces no basta con no estar solo. En el capítulo de CSI llamado «Slaves of Las Vegas» aparecía un crimen relacionado con un accidente asfixiófilo en compañía… Aunque si ese episodio resulta memorable es por contener la primera aparición de lady Heather, la Dómina que logró poner a Gil Grissom de rodillas.

En la mayoría de locales y clubes sociales BDSM se prohíben los juegos de respiración por un simple tema de prevención legal. Sin embargo, otra línea de razonamiento opina que no hay mejor sitio para practicar este tipo de actividades que en un lugar semipúblico y con alguien responsable a mano que sepa aplicar reanimación cardiopulmonar.

No es este un tema sencillo. Un amigo mío, el sexólogo Ignasi Puig Rodas, lleva un tiempo recogiendo datos para un estudio estadístico sobre lesiones y accidentes en las actividades BDSM. Una de las sorpresas que se ha llevado es que estadísticamente los consoladores resultan más peligrosos que la asfixiofilia. De los encuestados que juegan habitualmente con plugs anales, un 9 % ha sufrido algún incidente grave con ellos, mientras que solo un 3 % de hipoxófilos ha reportado problemas con la asfixia erótica. Eso sí: desgraciadamente, al menos uno de los incidentes terminó en fallecimiento.

Debería despedir el artículo antes de quedarme yo mismo sin aire, y lo haré mencionando la única técnica que permite seguridad total con los juegos de asfixia: el mindfuck. Es decir, el truco mental, el hacer creer a la «víctima» del juego erótico que está siendo privada de oxígeno sin que eso sea rigurosamente cierto. ¿Una bolsa discretamente agujereada? ¿Una mano en el cuello no tan firme como parece al primer momento? El mecanismo concreto lo dejo a la imaginación de los lectores.

Y si no, siempre queda la opción, que desaconsejo vivamente por motivos obvios, de renunciar completamente a la seguridad y seguir la vía del amor fou apuntada en la mítica película El imperio de los sentidos, de Nagisha Oshima. Por refrescar la memoria: muestra el caso real de una mujer llamada Sada Abe, que estranguló dulcemente a su amante durante un coito hipoxófilo, le cortó el pene y los testículos al cadáver y los guardó en su bolso durante varios días. Y ahora sí, esta última imagen mental me ha dejado sin aliento.

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El imperio de los sentidos, 1976. Imagen: Argos Films.


Apuntes sobre la eyaculación femenina

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Todos conocemos el semen. El esperma. La semilla. En definitiva, ese líquido blanquecino y pegajoso que brota durante la eyaculación masculina. Una autopista de espermatozoides que entre codazos y zancadillas intentan fecundar vaginas, ojos, culos, caras, bocas. En mi imaginación toman la forma de una multitud de señoras mayores rabiosas durante las rebajas. O tal vez los veo encarnados por una jauría de furiosos guerreros en las Tierras Altas escocesas que luchan con armas de inconcebible filo por salvar la vida. Por crear la vida.

Cómo me gusta andarme por las ramas. En realidad esta quería ser una mera introducción para el desconocido protagonista de nuestra historia: el squirting. Muchos lo toman por una invención pornográfica, la mayoría duda de la existencia de la eyaculación femenina. Solo las que lo hemos vivido sabemos que está ahí, como un fantasma que nos acecha durante nuestras relaciones sexuales.

En mi caso la eyaculación aparece de manera espontánea y sin que haya demasiada contribución por mi parte. A veces es un chorrillo y otras veces una auténtica explosión, pero nunca he conseguido controlar mi expulsión de ambrosía a voluntad. Lo que resulta un absoluto fastidio cuando te toca cambiar las sábanas después de crear un charquito de placer.

Otras mujeres saben controlar esta eyección de fluidos de manera magistral, muchas eyaculan cada vez que tienen relaciones sexuales o cuando son estimuladas de una manera concreta, pero las estadísticas nos dicen que la mayoría de mujeres nunca han experimentado lo que es un squirt.

Por este motivo vamos a dar un rápido repaso a los conceptos básicos. Las culpables de esta lluvia son las glándulas de Skene, situadas cerca de la uretra y calificadas como «la próstata femenina». Cuando la mujer alcanza el orgasmo estos agujeritos segregan un liquido de textura y consistencia variadas: desde cremoso y blanquecino a inodoro y transparente. A veces, cuando las glándulas rebasan su capacidad, el fluido se expulsa sin que medie ningún orgasmo de por medio. Es decir, se puede tener un squirting gigantesco y esto no tiene por qué significar que la señorita en cuestión haya paladeado la petite mort.

Como siempre que hablamos de cuestiones sexuales, no todos los cuerpos siguen un mismo patrón. A veces el líquido expulsado es casi imperceptible, pero en ocasiones la catarata de placer puede llenar vasos y bocas, como nos ha enseñado la pornografía.

Pero ¿cómo se consigue? Estimulando el mal llamado punto G, situado en la pared anterior de la vagina. Y es que este supuesto punto en realidad es una región relativamente amplia, rodeada de carne esponjosa que se hincha cuando estamos excitadas. Los tejidos que lo componen tienen el mismo origen biológico que el tejido prostático masculino, así que son sensibles y erógenos en extremo.

Primero y antes de nada hay que estar muy relajada, sin tensiones ni listas de la compra en la cabeza. Sirve de ayuda el colocar almohadones debajo de la pelvis y mantener las piernas levantadas y abiertas, respirar de la manera más tranquila posible y no obsesionarse con llegar a la eyaculación (practicar ejercicios de Kegel tampoco está de más).

Examina las reacciones de tu cuerpo y ve poco a poco masturbándote tal y como lo haces normalmente para pasar a introducir los dedos dentro de la vagina. En este punto no está nada mal tener un buen acompañante que te ayude: es mucho más fácil mantener la calma cuando estás guiando a otra persona que mientras estás luchando por tener una respiración pausada, la pelvis en alto, las piernas abiertas y media mano dentro del coño.

Que ponga una de sus manos libres en la zona baja de la tripa, creando presión desde fuera para que los dedos alcancen mejor su objetivo.

Los movimientos han de ser rítmicos, seguros y firmes, cada vez más rápidos pero sin imitar a una taladradora. En algún momento, si todo está saliendo bien, sentirás una opresión en el bajo vientre, semejante a la que tienes cuando necesitas hacer pis. Continúa con los movimientos dentro de la vagina, pero en vez de intentar retener la sensación relaja la pelvis y haz presión hacia fuera con los músculos de tu suelo pélvico. ¡Voilà! ¡Squirting!

Ya que no todo es tan simple como parece y entender la teoría no significa que podamos llevar los ejercicios a la práctica, siempre recomiendo hacer una visita a alguien que pueda orientarnos. Y es que dentro de nuestro país se dan bastantes seminarios y workshops que nos ayudan a liberarnos de los bloqueos y para abrazar la eyaculación femenina con amor y confianza. Recuerdo al gran José Toirán (quien me enseñó a mi, por cierto), Diana Pornoterrorista y Erotic Canela, pero estoy segura de que hay más.

También sé que, por mucho que os jure con solemnidad sobre el Mapa del Merodeador, habrá escépticos que no me creerán. Y es que los estudios sobre este tema son confusos, contradictorios y bastante limitados. Ni siquiera dentro de mi industria hay consenso acerca de qué es exactamente o de dónde proviene este manjar de dioses.

Recordemos que a lo largo de la historia el placer de la mujer ha sido castigado y solo desde hace muy poco tiempo se nos ha permitido explorar nuestros cuerpos y nuestra sexualidad de forma relativamente libre. La naturaleza sexual femenina ha sido rechazada, aceptada únicamente como una herramienta para la procreación. Afortunadamente nuestras mentalidades y el contexto social han cambiado desde entonces, pero todavía queda mucho camino por recorrer y muchos tesoros que descubrir. Abramos nuestras mentes y nuestros cuerpos y recibamos con gusto los nuevos conocimientos. ¡Nos vemos en el próximo artículo!

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Fotografía: Amarna Miller


Feck: ¿Porno ético? ¿Porno responsable?

Imagen: Feck.
Imagen: Feck.

Chris Truby empezó a ver pornografía a los diez años cuando buscó en internet la palabra «melones». Aquella búsqueda inocente derivó en otras, y en menos de una hora Chris estaba viendo un vídeo de título «La reina de las corridas en las tetas». Quizá hubiera considerado que el vídeo era una rareza si no fuera porque el contador de reproducciones pasaba de los tres millones. Ahora, con quince años, a Chris le cuesta mantener una erección si no tiene delante imágenes de sexo extremo.

Es la voz omnisciente y severa de Emma Thompson en la adaptación de la novela de Chad Kultgen, Hombres, mujeres y niños¸ compendio de los usos y costumbres despersonalizadores de la sociedad 2.0 y del carácter de trastorno obsesivo compulsivo que ha adquirido el sexo en la escalara de valores occidental. El joven Chris no va a tardar en darse cuenta de que lo que ha conformado su imaginario erótico no solo no tiene nada que ver con el mundo real sino que interfiere en sus percepciones, sus sensaciones, sus tendencias, hasta el punto de no poder consumar el primer polvo de su vida. Antes de esa cita ensaya con un balón de rugby conveniente agujereado y lubricado, pero algo no va bien. La cabeza está en otra parte. Está en esas imágenes de sexo extremo, como el vídeo de transexuales con máscaras de hockey entregados alegremente a la sodomía que le ha enseñado a su amigo Danny durante el almuerzo, para súbita inapetencia de este. A Chris le sucede lo contrario que al Fernán Gómez de El viaje a ninguna parte y su «¡Esto del cine es una mierda!». ¡Esto de la realidad es una mierda! Mi chica no me recibe vestida de enfermera sexy, su ropa interior no es de vinilo negro, no suplica que le deje satisfacerme. Sobre todo, es de carne y hueso.

Descartamos estereotipos en favor de la creatividad y la aventura

¿La vida sexual de Chris sería menos conflictiva para él mismo y para su pareja si en vez de toparse con la reina de las corridas en las tetas hubiera aterrizado con su puntero en cualquiera de los sitios de Feck y su pornografía sostenible? Amarna Miller, que hará de cicerone por los callejones de Feck no lo tiene tan claro. No se trata de eso. Ha trabajado para Feck, pero mucho más para las grandes productoras de porno mainstream: «Si después de ver Batman un niño no llega a su casa, se pone una capa y empieza a pegar a todo el mundo es porque alguien le ha enseñado a diferenciar fantasía de realidad. Lo que hace falta es más educación sexual, no menos porno, sea Feck o BangBros. Si no queremos que los adolescentes repitan lo que están viendo en pantalla tenemos que explicarles cuáles son las prácticas más positivas para ellos. ¡Así de fácil!». Tan fácil como le resulta a un crío de siete años cepillarse el control parental de Windows. Pero Amarna tiene razón. A pesar de que en I Feel Myself, Gentlemen Handling, I Shot Myself o Beautiful Agony no se muestra nada que pudiera distorsionar la sexualidad de los chavales, siempre hay que presuponer que la pornografía no está pensada para menores de edad. En todo caso eso formaría parte de la ética al margen del porno, de educación para la ciudadanía, de los dos rombos y a la cama con El pequeño vampiro a las nueve y media. La balada de un mundo en el que todo el porno fuera como el de Feck sonaría bien dentro del «Imagine» de Lennon, y ya sabemos cómo acabó la utopía de John y Yoko. The dream is over.

Despertamos del sueño y toca preguntarse qué tiene de especial esta productora que llegó de Australia con un manifiesto tatuado en el pecho.

Beneficioso para nuestras colaboradoras. Gratificante para nuestro público

Amarna habla de Feck como de un programa de iniciación. Pasitos de bebé, escalones, escalafones. Las chicas promocionan de una web a otra según su disposición y según su aceptación. Una estructura cuasi asamblearia, porno podemita. De I Shot Myself y las instantáneas de la desnudez a los primeros planos de la petite mort en Beautiful Agony, hasta embarcar en el buque insignia I Feel Myself: ellas, solas o en compañía de otras como ellas, masturbándose. Y corriéndose.

La compañía se fundó en 2003 bajo unas directrices tan simples que uno se da de cabezazos contra el monitor por no haber llegado antes. Desde I Shot Myself llamaban a la acción a chicas urbi et orbi y les proponían un trato sencillo y directo: «Son sets de fotos que las chicas se hacen a sí mismas. En su casa, en el patio trasero, en el campo». En Melbourne, un tal Richard se entrega a la infernal tarea de elegir entre miles de candidatas, miles de retratos. «Si aceptan tus fotos, y es bastante probable que te las acepten si sigues las pautas que te dan, te pagan una cantidad de dinero y las publican en la web». Se entiende por qué el material es gratificante para el público. Puede que no tanto para el malacostumbrado Chris Truby, pero sí para el consumidor no disfuncional de material erótico. Ni los panfletos de tendencias pueden torcer el apetito por esas fotos de mujeres desnudas.

Menos obvia se adivina la otra parte del axioma: «beneficioso para nuestras colaboradoras». Hablamos de dinero, claro. Hasta que alguien funde Onanistas Sin Fronteras, el porno es y será dinero. Para comprender qué es lo que marca la diferencia, Miller empieza por explicar cómo funcionan las remuneraciones en la industria: «En el porno te pagan por escena. Las ruedas y no vuelves a saber nada más de la compañía ni de lo que pasa con tus vídeos o con tus fotos«. Pagan bien, muy bien. La sexta potencia económica mundial es la única donde las damas ganan más que los caballeros. Tres veces más. Aunque nadie se hace rico firmando cheques. «Firmas un modelo de contrato que es bastante abusivo y al firmarlo renuncias a percibir más dinero, incluso aunque ese vídeo se venda a terceros, o se saque en colecciones, deuvedés». Es el sueño húmedo de Florentino Pérez, quedarse con todos los derechos de imagen de sus jugadores, presentes y futuros, y con el mármol de la lápida en usufructo. Feck, sin embargo, apela en cierta manera a esa suerte de silogismo disyuntivo que llaman «buen capitalismo», o comercio justo, si prefieren. Tienen un producto vendible, demanda ilimitada y, ¡oh, sorpresa!, optan por no estrujar el limón con una prensa hidráulica. «Feck es la única productora del mundo que conozco que da royalties. No solo te pagan por la escena, sino que jamás venden el material a terceros y, lo más importante, después de grabar tu escena o enviar tus fotos sigues recibiendo dinero por cada reproducción, por cada foto descargada. Esto es inaudito en el porno».

Ahora sí empezamos a entrever esa pátina de responsabilidad en Feck. No más joselitos ni marisoles en el porno. Tanto vales, tanto produces, tanto ganas. Una ecuación en principio bastante sencilla que a nuestra especie le está costando interiorizar. Y las cuentan salen; ninguna compañía se mantiene a flote más de diez años con cinco mil trabajadores, eventuales o no, si los números se tiñen de rojo embargo. La buena praxis no te catapulta a la lista Forbes pero es rentable.

Imagen: Feck.
Imagen: Feck.

Mostramos la belleza de cualquier cuerpo, no importan la talla, las formas, la edad

Un manifiesto se parece mucho a un programa político. Es una enumeración de intenciones, una totalidad a la que luego hacer enmiendas según convenga. Feck se mantiene bastante fiel a su programa. «Lo que pretenden es mostrar una belleza realista», continúa Miller. «Cogen a chicas naturales, no les gustan los implantes de pecho, no les gustan las chicas con cirugía, no hay maquillaje». Sin una Ana Pastor a mano que ejecute un fact check estalinista hay que comprobar si esto es cierto y acudir a la fuente. Y es cierto solo en parte. Pubis con vello, pubis sin vello, axilas peludas, piernas peludas, o todo lo contrario. En I Shot Myself podemos toparnos con modelos a las que Botero daría el visto bueno, maduras, glotonas, aunque prima la estética de Rembrandt. No hay ni rastro de las «zorras, feas, viejas, malencaradas» de las que hablaba Virginie Despentes. En I Feel Myself el corsé se ajusta mucho más. Delgadez, piel tersa (y caucáisca a ser posible), las facciones deliciosas y el rubor de la juventud. Ese punto del manifiesto debería reescribirse: «Mostramos la belleza de cualquier cuerpo… que nos parezca bello». Pecados veniales que tendrían que purgar por igual estos australianos y hasta el último director nuevaolero que coqueteó en la playa con Pauline o se enamoró de unas rodillas ilegales. La belleza está en los ojos del que mira, de acuerdo, pero los que miran suelen abrazar cánones muy parecidos. Feck se limita a despojar esos cánones de la parafernalia de club de striptease.

La propia Amarna Miller es una anomalía entre todas las modelos que han desfilado por la productora. «Es muy raro que trabajen con pornstars, y mucho más raro que te lleven a Australia, como a mí, a rodar unas escenas; pero yo me ajusto al perfil de vecinita de enfrente que buscan». Tras anotar las señas de ese vecindario es inevitable preguntar si emplear a estrellas porno no contraviene las aspiraciones de realismo, de naturalidad. «Ellos no sabían que yo había trabajado en el porno hasta que llegué allí, pero no les importó. No se trata de amateurs contra profesionales sino de encajar en el modelo que buscan».

Lo que buscan para sus vídeos, lozanía al margen, tiene un nombre: orgasmo. Orgasmos über alles. En las hermosas agonías «ni siquiera hay desnudez, todo es implícito». Para contemplar a la mujer corriéndose en toda su inmensidad hay que pagar peaje en I Feel Myself. En tu sofá, delante del ordenador o arrugando las sábanas blancas en el set de rodaje, correrse es innegociable.

Subvertimos los modelos dominantes en el erotismo

No impostar, no falsear, presentar el placer femenino tal cual. La ética también es eso. Para ilustrar lo que Feck hace por «empoderar a la mujer» Amarna recuerda a un novio-martillo que tuvo con dieciocho años. «Estaba muy traumatizado porque yo no me corría con la penetración, solamente me corría tocándome el clítoris. Me hizo pensar que estaba enferma, hasta el punto de recomendarme ir a un sexólogo». Más significativa aún es la historia de uno de sus clientes exclusivos. «Aparte de todo el porno y de todo lo que ya sabemos, vendo vídeos custom. La gente me paga, me dan unas directrices, grabo un vídeo para ellos y se lo mando. Hubo un chico que quería ver cómo me corría de verdad, así que me hice un dedo como me hago un dedo en mi casa. Yo no grito muchísimo, ni me muevo muchísimo. Más que nada estoy en silencio, concentrada, y cuando me corro a lo mejor emito algún sonido, pero poco más». De no ser porque Miller no admite reembolsos, he ahí un cliente insatisfecho dispuesto a pedir la hoja de reclamaciones. «Me mandó un mensaje diciendo que no esperaba que fuese así». Primero los Reyes Magos se convierten en los padres y ahora esto. Pobre hombre.

Ese modelo dominante al que alude el manifiesto ha permanecido inmutable desde los días en que Alfonso XIII dedicaba a su pornoteca privada el esperma que no desperdigaba engendrando bastardos. Porque el tercer acto en la pornografía se llama eyaculación, a menudo entre las tetas de la reina virtual del joven Chris Truby. Feck y en concreto I Feel Myself fulminan no solo ese tercer acto, también los dos primeros. No hay macho alfa, no hay introducciones absurdas. Una chica aparece acostada en la cama. Se toma su tiempo. Hace todo lo que la mayoría de los hombres no creen que sea necesario hacer. Se acaricia los pechos, para. Se acaricia los muslos, y vuelve a parar. Desliza una mano bajo las bragas, pero solo tantea el terreno. Otra vez los pechos, otra vez los muslos. Dildos o dedos, o los dedos de una amiga, o una almohada. La historia puede terminar con espasmos y gloria a Dios Padre o con un suspiro que suena a epifanía, pero no hay dos desenlaces iguales, porque no hay guion. «Si lo haces en tu casa, tú decides qué vas a enseñar y cómo vas a enseñarlo, si vas al estudio, el de la cama blanca, que siempre es el mismo, te preguntan si quieres o no que los técnicos se queden en la habitación. Yo estoy muy acostumbrada a rodar con gente alrededor, pero quien no lo esté puede pedir que salga todo el mundo. Hay cámaras por todos lados. Se puede dejar todo el set de cámaras dispuesto, tú te quedas en la cama y te pones a lo tuyo».

Imagen: Feck.
Imagen: Feck.

Mostramos a la mujer como alguien poderoso, independiente del hombre

Antes de empoderarnos, no obstante, conviene saber de dónde venimos. Mejor que eso: adónde vamos. Conviene poder elegir. La directora Erika Lust, impulsora de un concepto, «porno para ellas», del que ahora prefiere desmarcase «porque mi público no son solo mujeres, son personas modernas, inclusivas, con una actitud positiva hacia el sexo», no forma parte del colectivo Feck, pero comulga con sus postulados. No necesitamos más joselitos ni marisoles; tampoco tracilords, ni muñecas rotas. «Yo no trabajo con performers que tengan menos de veintiún años, y aun así siempre les explico las repercusiones de ser una actriz porno. Solo trabajo con personas que están seguras de lo que quieren, y luego los escucho. ¿Qué quieren hacer? ¿Con quién quieren hacerlo? Por supuesto, se debe trabajar con una remuneración justa y con el máximo cuidado para la salud». La salubridad a Feck se le presupone. En ausencia de penetraciones e intercambio de fluidos y con un juego de cama de anuncio de detergente las ETS lo tienen complicado para proliferar. Pero Erika introduce un matiz capital: la madurez. Las decisiones que se toman con dieciocho años son impulsivas, osadas, probablemente necesarias, pero en general no viajan contigo más allá de la siguiente esquina. Salvo si tu decisión es rodar porno. El porno que veía Chris Truby con diez años, el que ve con quince y el que verá con cuarenta y cinco. La vida pasa, el porno queda… en internet.

¿Cómo calibrar la madurez de las modelos? Es imposible hacerlo desde el graderío, aunque el perfil tipo en Feck muestra a una mujer de clase media, cultivada, inquieta. Todo lo que el estereotipo porno acalla. Por sus lecturas, sus gustos y sus lemas vitales, desgranados en las páginas de cada una de las chicas, no parecen encajar en la imagen de white trash a la fuga, con la brújula apuntando al cartelón de Hollywoodland, que termina rodando una doble penetración para el Torbe del Valle de San Fernando. Dostoyevski, Lovecraft, Houellebecq, Toni Morrison, Neruda, Harmony Korine, Gondry, Cat Stevens, Brel, Max RichterSeguimos sin saber si las «vecinas» de Amarna Miller son lo suficientemente maduras para afrontar un pasado en el porno, pero tienen criterio, un buen puente hacia todo lo demás. Alguna incluso nombra a Wittgenstein. ¿Hubiera disfrutado Wittgenstein de I Feel Myself o ya se quedó a gusto del todo con el Tractatus? Al fin y al cabo para él ética y estética eran lo mismo.

Nuestras obras tienen un valor cultural y artístico

Enterrar los cimientos de una productora de pornografía en el ininteligible universo del filósofo alemán no ha lugar, pero incluso las galaxias más alejadas entre sí pueden llegar a colisionar si se les da el tiempo suficiente. Si alguien se siente espoleado por lo que está leyendo y se propone iniciar una colaboración fructífera con estos erotómanos de las antípodas debe evitar en la medida de lo posible el selfie de cuarto de baño con rollo de papel higiénico al fondo. Bajar la tapa del váter también da puntos. Pero la noción de lo que es o no artístico va por barrios. Incluso el porno nació artístico y bohemio a su manera. El Hollywood de Segunda B, El otro Hollywood de Legs McNeil.

El escay, los estampados florales o el mueble-televisor no entran dentro del patrón formal del producto made in Feck. No, mientras Ikea no dé el visto bueno al ajuar de nuestros padres. Hay una marca de la casa para lo filmado en su estudio; cama de dos por dos, iluminación de sombras chinescas que oscurece todo menos las curvas de la modelo. Lo que ellos controlan está bien definido, pero su criba para la «externalización» desemboca de igual manera en homogeneidad. Con la creatividad desatada y el catálogo del monstruo sueco a mano, hasta un cono de tráfico en mitad del loft parece un elemento familiar. Esa es la idea. El ambiente cuidadosamente descuidado de los chicos de hoy en día. Bienvenidos a la república independiente de mi casa. Ahora, paso a masturbarme.

No se toman a la ligera lo de al arte por el sexo, o por la desnudez. En Feck:Art completan la transición de pornógrafos a mecenas. Exponen en una galería de Melbourne la «bella obscenidad de los creadores emergentes» y premian con tres mil dólares la obra más bella y más obscena (no necesariamente por ese orden). A Miller, antigua alumna de Bellas Artes, ese concepto, hazlo tú mismo y hazlo bonito, le puso las orejas de punta: «Podía pensar en sets de fotos que realmente me interesaran, y como estudié fotografía era una forma de animarme a hacer más cosas».

Facturamos erotismo que puede atraer tanto a hombres como a mujeres

¿Le importan el mobiliario y las pistolas de Warhol al consumidor habitual de porno? Pregúntenle al consumidor habitual de porno que tengan más a mano. O pregúntenselo al espejo. Una voz anónima, masculina, comenta que «a mí lo que no me gusta de esto es que no haya pollas. Sin polla, no me puedo identificar». Sí, esa necesidad de una polla subrogada en pantalla es la que mueve la maquinaria del porno mainstream, cien mil millones de euros al año. Entonces, ¿no son los hombres legión entre los suscriptores de Feck? Erika Lust opina que «probablemente el setenta por ciento de los suscriptores sean tíos». Son los más entusiastas, los más participativos en los foros de I Feel Myself, los que más interactúan con las modelos; sin embargo, según Amarna, «las chicas no suelen hacer comentarios, sobre todo si ven que están rodeadas de hombres». La pescadilla que se muerde la cola. Aun así, mientras ese estudio de la Universidad de Essex, que afirma que todas las mujeres son bisexuales y/o lesbianas, no tenga un poco más de base que la mera fantasía threesome de un científico solitario, es lógico deducir que la mayoría de los que disfrutan con los frescos del orgasmo femenino son hombres. Incluso el cliente decepcionado por el éxtasis minimalista de Miller puede llegar toparse con su clímax ideal entre la montaña de material de Feck. No existe el «porno para ellas», existen los clichés. Las mujeres que discrepen de los profesores de Essex (y tal vez la voz anónima que necesita ver pollas) encuentran en Gentlemen Handling la misma medicina que los varones heterosexuales reciben de I Feel Myself: seres del sexo opuesto, de muy buen ver, entregados a sus labores.

Es indiferente que en The Best Porn cataloguen a Gentlemen Handling como «porno gay» y no hagan lo propio con I Feel Myself. Esto forma parte de la tarea que Amarna, Erika, Feck y algunas otras aldeas que resisten al invasor se han impuesto: repensar(nos). Nunca es tarde. Ni siquiera para Chris Truby.

Imagen: Feck.
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