Futur antérieur: historia ligera del niputaideaismo (1)

niputaideaismo
Cráneo humano frente a cráneo neandertal del Cleveland Museum of Natural History. Imagen: CC. niputaideaismo

El conocimiento científico depende de la imaginación para crear, a partir de datos experimentales, las grandes generalizaciones. Para adivinar los maravillosos y simples, pero muy extraños, patrones que esconden en su interior, y luego experimentar con el objetivo de comprobar de nuevo si nuestra conjetura era correcta.

(Richard Feynman, científico galardonado con el Nobel de física en 1965).

Algunos de los grandes descubrimientos científicos han sido hechos por hombres que buscaban verificar teorías bastante erróneas sobre la naturaleza de las cosas.

(Aldous Huxley, escritor).

Mi teoría científica favorita es que los anillos de Saturno están compuestos exclusivamente por el equipaje extraviado en los aeropuertos.

(Mark Russell, comediante).

Futur antérieur

En 2002, el Museo Romano de Lausana-Vidy alojó entre sus paredes la exposición Futur antérieur: trésors archéologiques du XXIe siècle après J.C., una propuesta que andaba lejos de ser una exhibición normal y corriente. De hecho, ni siquiera estaba basada en sucesos reales, como uno presupone de todo lo que reside en los museos, porque Futur antérieur en realidad centraba su encanto en una idea ficticia, loquísima y maravillosa: viajar hasta un año 4002 donde los únicos objetos del siglo XXI que han sobrevivido han sido aquellos que fueron fabricados con metal, tierra o vidrio. Un futuro muy lejano donde el plástico y la celulosa se han descompuesto por completo y donde toda la memoria visual o escrita de nuestra época se ha desintegrado. Sobre ese escenario, la muestra imaginaba a los arqueólogos del año 4002 desenterrando cuidadosamente los cachivaches más mundanos de nuestra vida, para analizarlos con serio rigor científico y, aquí viene lo bueno, acabar interpretando erróneamente qué coño fueron dichos objetos o qué significaron para nosotros. 

Futur antérieur quería demostrar que la ciencia y sus hipótesis caminan siempre acompañadas de la imperfección y el error. Que a menudo las teorías más sesudas tan solo eran micciones apuntando a tiestos situados cuatro calles más abajo. La ocurrencia resultó ser tan jugosa y llamativa como para generar nuevas versiones homónimas de la expo durante años posteriores. Y en todas ellas, los visitantes se reían con las divertidas, y ficticias, suposiciones que los arqueólogos del siglo XLI realizaban al examinar los bártulos de nuestra era: enanos de jardín observados como efigies de importantes sacerdotes, las placas base de ordenadores identificadas como mapas tridimensionales de ciudades actuales, el cañón de un fusil imaginado como instrumental médico o deportistas cuyas poses de victoria se comparaban con imagen de Jesucristo crucificado. Futur antérieur era una divertida celebración de la metedura de pata como parte indispensable del proceso científico.

niputaideaismo
Cartel de la exposición Futur antérieur. El texto anunciaba que se celebraría «Del 11 de octubre de 4002 al 21 de abril de 4003». Imagen: Musée Romain de Lausanne-Vidy.

Lo hermoso es que estos equívocos no se limitan a ser un mero gag cómico en una muestra de ficción, sino que toda nuestra historia está salpicada de situaciones similares. De teorías que en su momento parecían lógicas y se destaparon como tontadas fabulosas. De tropas enteras de científicos, historiadores y eruditos demostrando un envidiable nivel de niputaideaismo. De mucha gente, con cara muy seria y bata muy blanca, metiendo la pata hasta la ingle al enarbolar hipótesis y estudios deliciosamente disparatados. Y también de un montón de datos y hechos que, por culpa de haber sido pervertidos y mutados por la cultura popular durante años, mucha gente asume como ciertos cuando verdaderamente no podían ir más desencaminados. El niputaideaismo en toda su hermosa gama de variantes.

Paleontología 101

Una de las principales características de los fósiles de dinosaurio es que, en esencia, siempre han estado ahí, enterraditos en la roca durante siglos, descansando apaciblemente bajo los pies de miles de generaciones. Gracias a ello, a lo largo de nuestra historia, diferentes civilizaciones han acabado tropezándose por accidente con huesos de aspecto exótico cuando se dedicaban a desenterrar cualquier otra cosa, y a partir de ahí se han comenzado a tejer teorías curiosas sobre la naturaleza de los inesperados hallazgos.

Los antiguos griegos localizaron esqueletos de protoceraptor cretácico mientras minaban yacimientos de oro y, como todavía no se había estrenado Parque Jurásico, asumieron que aquellas testas con pico pertenecían a esos grifos mitológicos que en las leyendas se dedicaban a proteger los metales preciosos. Es bastante probable que esos mismos griegos también descubrieran en algún momento dado los restos del deinotherium, un ser que vendría a ser el boceto del elefante actual, e ideasen a partir de ellos el conocido mito del cíclope, esa criatura con una sola focal en la testa. Porque el cráneo del mentado dinoterio luce un hueco frontal para la trompa, algo que asemeja su calavera a lo que podría ser la cabezota de un gigante muy feo con un solo ojo.

En la China medieval, los restos fosilizados de diversos dinosaurios fueron tomados por huesos de dragones extintos. Despojos óseos draconianos que en ocasiones eran tallados como ornamentos o triturados para elaborar medicamentos y mejunjes afrodisiacos, porque del dragón en China se aprovecha hasta el (fosilizado) rabo. Los indios norteamericanos residieron en terrenos otrora habitados por pterosaurios, unas criaturas cretácicas aladas que dejaron sus restos por ahí tirados. Al encontrar aquellas osamentas de aves gigantescas en la zona, los indios asumieron que pertenecieron al legendario Pájaro de trueno, aquel ser sobrenatural que su cultura adoraba y tallaba en los tótems. Entretanto, las comunidades occidentales más religiosas elaboraron una explicación propia para justificar la aparición de tanto hueso de bicho desconocido: según los hooligans de la biblia, aquellos cadáveres de seres extraños fosilizados pertenecieron a todos esos animales que no pillaron el billete a tiempo para subir al arca de Noé cuando se aproximaba el diluvio universal.

niputaideaismo
Cayo Plinio Secuno, a.k.a. Plinio el Viejo. Imagen: DP.

Plinio el Viejo, naturalista y militar romano del siglo I, confeccionó a lo largo de su vida una colosal obra titulada Historia natural. Diez volúmenes en latín que reunían los conocimientos disponibles en la época sobre la vida, el universo y todo lo demás. Historia natural dedicaba sus páginas a la biología, la botánica o la geografía, pero también a las matemáticas, la arquitectura y las artes. Fue una de las primeras enciclopedias conocidas y la Wikipedia del momento para científicos, eruditos y exploradores.

Pese a su fama de certera, Historia natural contenía alegres meteduras de gamba paleontológicas, propulsadas por las fantasías de su tiempo: Plinio etiquetó erróneamente los dientes de tiburón como «lenguas de serpiente de piedra» al observarlos del revés, y también alabó las bondades de las bufonitas o piedras de sapo, unas gemas mágicas supuestamente capaces de combatir el veneno, que en teoría se extraían de la cabeza de los sapos, esos animales famosos por excretar joyas por la frente. Pero dichas piedras sapo tenían poco de alhaja batracia y mucho de animal prehistórico: se trataba en realidad de los dientes fosilizados del lepidotes, un pez extinto que en su momento navegó el jurásico y el cretácico.   

Cuando la humanidad comenzó a desenterrar a sus propios antepasados prehistóricos la puntería de las divagaciones tampoco se afinó demasiado: uno de los primeros esqueletos completos de neandertal exhumados fue el de un macho con la mandíbula inferior atrofiada, la columna dorsal curvada y una prominente joroba. Se asumió de entrada que aquel despropósito de protopersona era el aspecto del neandertal medio, y de este modo se popularizó la imagen del troglodita como una persona encorvada, que caminaba arrastrando los nudillos por el suelo y tenía cara de sufrir mucho a la hora de contar más allá del número dos.

Más adelante, se descubrió que dichos huesos pertenecían a un neandertal de más de sesenta años que padecía artritis y degeneración ósea, y que por tanto no era tan representativo de sus colegas de generación como se había supuesto en principio. Al desenterrar los esqueletos de otros neandertales se observó que aquellos no ofrecían una silueta tan cavernícola como la que, hasta hoy, se había instalado en la conciencia colectiva.

Las percepciones de los hobbies prehistóricos también han acarreado ligeras malinterpretaciones por culpa de no repensar los hallazgos en su momento. Es habitual representar a los cavernícolas pintarrajeando paredes siempre en lo profundo de sus cuevas, pero lo cierto es que los ramalazos artísticos de esos trogloditas no se limitaban a la decoración de interiores. Porque se ha asumido erróneamente que las cavernas eran los únicos lienzos posibles para las pinturas rupestres, cuando en realidad esos garabatos en cuevas son tan solo los que han sobrevivido por estar a cubierto y refugiados de la intemperie. Lo más probable es que el hombre prehistórico se haya dedicado a pintarrajear todos los muros de la zona por la que acostumbraba a trotar a la luz del día, porque el sentido común dicta que le sería más cómodo pintar a la luz del sol.

Historia 101

Dibujar postales de épocas pasadas ignorando la inevitable erosión no es un problema que se encuentre limitado a la prehistoria. Las estampas contemporáneas de la Roma y la Grecia antiguas siempre muestran, tanto en campos educativos como de ficción, a las estatuas y los monumentos de dichas eras esculpidos en un mármol de blanco impoluto. Una percepción errónea, porque en su concepción muchas de aquellas tallas se crearon empapadas de colores mucho más vivarachos, ya que tanto griegos como romanos acostumbraban a pintarlas con pigmentaciones llamativas, que se borrarían con el paso de los siglos.

Según el profesor y estudioso Vinzenz Brinkmann, es probable que la idea popular de dichas piezas como obras puramente blancas fuera inducida por Leonardo da Vinci y otros artistas del Renacimiento. Gente que habría realizado un whitewashing a las estatuas por razones en principio desconocidas, pero que podrían estar relacionadas con alejar dichas obras de la colorida tradición de las efigies cristianas, o con establecer ciertas distancias entre los terrenos de la escultura y la pintura.

A partir del Renacimiento, muchos artistas posteriores sí que comenzaron a apostaron por la piedra desnuda como envoltorio final porque quedaba más elegante: Miguel Ángel nunca le puso un pincel encima a su famoso David en pelotas. Por su parte, Brinkmann se ha dedicado a proyectar rayos ultravioleta sobre las estatuas clásicas griegas, descubriendo con ello los patrones y los colores originales desaparecidos. Lo gracioso es que, contemplando los resultados, las figuras dan la impresión de salir ganando mucho cuando están sin colorear.

La idea general de la Roma antigua también se instala sobre una gran colección de errores intensificados por películas, series, novelas y cómics. Porque en tiempos de bonanza romana ni las togas eran tan trending como se suele mencionar, ni las embarcaciones utilizaban habitualmente esclavos para darle al remo, ni las orgías a la hora del vermú eran algo frecuente, ni los romanos disponían de salas donde vomitar e ir haciendo hueco para más comida, ni Nerón sacó la lira para tocar el solo de «Free Bird» mientras ardía Roma.

Ni siquiera es cierto que los romanos se saludaran entre sí alzando el brazo con la palma de la manita extendida, al estilo de los miembros de las SS o de los nostálgicos de nuestra Españita. No existen pruebas sobre el uso de un saludo similar en Roma, y la confusión existente posiblemente haya surgido de tomarse en serio el gesto con el que el pintor Jacques-Louis David retrató a los protagonistas del cuadro Juramento de los Horacios en el año 1786, una fecha bastante alejada del apogeo del Imperio romano.

El asunto de los gladiadores también tiene mucho de fanfarria embellecida con los años. Según la historiadora Mary Beard, especializada en derribar mitos sobre la Roma vetusta, los gladiadores raramente luchaban a muerte entre sí, y lo más probable es que en lugar de lidiar con tigres y leones lo hicieran contra jabalíes u otros animales salvajes más manejables que tuviesen a mano. A pesar de ello, Beard siempre ha aclarado que se lo pasó bien en el cine al sentarse ante Gladiator.

niputaideaismo
Juramento de los Horacios. Jacques-Louis David (1784).

Egipto también se las trae. Y, más concretamente, sus pirámides. Inicialmente, los historiadores asumieron que aquellas estructuras habían sido levantadas tirando de mano de obra esclava. Una suposición, carente de base más allá de las divagaciones de Heródoto y una confusa mención en la Biblia, que sería descartada recientemente al desenterrar evidencias de que los currantes no portaban muchos grilletes. Porque, como corroboró a finales de los noventa el arqueólogo Mark Lehner, en las inmediaciones de las pirámides se han localizado tanto montones de papeleo burocrático y contratos como instalaciones cómodas para albergar a los jornaleros que construían la pirámide, restos óseos de comidas generosas, utensilios de cocina y hasta grafitis tallados en algunos muros por los obreros que rezan cosas como «Los borrachos de Micerino» o «Los amigos de la Jufu gang». Cosas que no suenan muy de esclavos. 

En lo que respecta a la moda antigua en general, existe un concepto que a estas alturas parece imposible de erradicar del imaginario popular: la representación de griegos, romanos y egipcios portando brazaletes de cuero y metal. Un complemento que ninguno de ellos calzaba en la vida diaria. El gazapo surgió en el Renacimiento, cuando los artistas malinterpretaron los brazaletes de las armaduras romanas segmentadas, creyendo que eran muñequeras de uso habitual, y comenzaron a pincelarlos en todos los cuadros protagonizados por señores antiguos. Cuando se descubrió lo inexacto de aquellos retratos, se optó por seguir dibujando muñequeras sobre el reparto, porque la audiencia se había acostumbrado tanto a ellas como para que ya formasen parte de sus expectativas al contemplar a un griego, un romano o un egipcio en los cuadros o, más adelante, en las películas.

La Edad Media es otro cantar (medieval), por tratarse de una era moldeada en nuestra imaginación como una etapa oscura, repleta de incultura, supersticiones, barbarismos y gente en harapos cubierta de mugre de los pies a la cabeza con pintas de figurantes de Los caballeros de la mesa cuadrada de los Monty Python. Pero dicha percepción de la Edad Media no es una imagen certera, sino que tiene mucho de fabricación instaurada por escritores de siglos posteriores. Gente que pintaba el Medievo mucho peor de lo que realmente había sido para tirarse más flores a sí mismos como adalides de lo intelectual.

De este modo, los renacentistas primero y los miembros de la Ilustración mucho tiempo después, se dedicaron a darle mala fama a la época, asentando una falsa idea que en Hollywood, y en el mundo del espectáculo en general, se encargaron de extender. Los historiadores actuales reniegan del concepto de «años oscuros» para referirse a la Edad Media en su totalidad, y, si acaso, acotan esa oscuridad a su primera etapa, porque el Medievo abarca mil añazos y en tanto tiempo está claro que ocurrió de todo. La Edad Media europea fue mucho menos sucia y más colorida de lo que se cree, con avances significativos en la ciencia y una mentalidad que aceptaba empaparse de otras culturas en terrenos como lo arquitectónico. La subsistencia era jodida por entonces, pero la esperanza de vida media era más alta de lo que se suele afirmar, al menos si uno superaba la etapa infante, que era donde existían más bajas. Otros elementos clásicos de las ficciones como los cinturones de castidad, o las doncellas de hierro para torturar a la gente, tienen más de mito que de artefactos medievales reales a los que alguien diera uso por entonces. Para empezar, porque fueron inventados mucho tiempo después.

Genética 101

La ciencia previa al siglo XX andaba escasa de medios y, por esa misma razón, sobrada de una montaña de teorías locas que fueron enunciadas con la ilusión de que alguna hiciese sonar flautas. Durante un par de centurias, desde los mil seiscientos hasta los mil ochocientos, la mentalidad europea apostó fuerte por la teoría de la «impresión maternal». O lo que es lo mismo: la idea de que los pensamientos de una mujer embarazada moldeaban el aspecto, la personalidad y la lozanía del feto que estaban gestando. De este modo se creía que, y esto no es coña porque lo apunta la Enciclopedia Británica, «una mujer embarazada que fuese sorprendida por una rana podría grabar esa impresión en el cuerpo de su futuro hijo. Es decir, que el cuerpo del niño podría manifestar evidencias físicas de aquel suceso en forma de dedos palmeados o una cabeza de rana». O también la afirmación de que «una mujer que mirase de manera obsesiva el retrato de Cristo podría acabar dando a luz a un bebé con barba». 

Así ocurría que cualquier defecto congénito hallado en un recién nacido se le achacaba alegremente a su madre, acusándola de ser una zumbada incapaz de tener la mente tan en calma como para jugar una partida de ajedrez contra Gozer el Gozeriano. A la vera del siglo XIX, la sociedad abandonó el concepto de impresión maternal, y comenzó a amarrarse a otros que parecían más coherentes. Durante aquella época, el biólogo alemán August Weismann acuñó el término «telegonía» para referirse a una nueva hipótesis donde se defendía que la descendencia de una pareja de seres vivos podía adquirir rasgos y caracteres no solo del macho que hubiese fecundado a la hembra, sino también de cualquier otro macho que hubiese fornicado anteriormente con dicha madre. Poco después, lord Moron (nombre artístico del George Douglas), aseguró que, tras hacer de Celestina en la cuadra entre su yegua y varios caballos, había obtenido un potrillo que demostraba esa teoría al contener rasgos de los diversos amantes equinos de su progenitora. Poco después, filósofos y pensadores tan ilustres como Arthur Schopenhauer o Herbert Spencer respaldaron la telegonía porque les sonaba plausible. Pero a aquellas alturas, Weismann había desechado la idea, considerándola insostenible, y la yegua de Moron se había cansado de dar explicaciones.

(Continúa aquí)

niputaideaismo
August Weismann, mirándote con cara de cuestionar a tu madre. Imagen: DP.


Edad del Bronce: una serie de catastróficas desdichas

edad del bronce
Imagen: DP.

Fue uno de los mayores cataclismos geopolíticos y climáticos en la historia de la humanidad. Durante un periodo de apenas cincuenta años, casi todas las grandes civilizaciones que dominaban el Mediterráneo oriental fueron destruidas. De manera literal: casi todas las ciudades importantes de regiones enteras quedaron reducidas a escombros. Extensas regiones quedaron condenadas a una edad oscura de la que solamente emergieron, ya muy cambiadas, al cabo de los siglos. Aquel desastre, que comenzó en torno al año 1200 a. C., es llamado el «colapso de la Edad del Bronce tardía». Fue tal su magnitud que, en comparación, la caída del Imperio romano occidental parece casi una transición plácida, un asunto trivial.

El fin de la Edad del Bronce en el Mediterráneo oriental fue, de hecho, el fin de todo un mundo. Cayó el primer gran sistema geopolítico internacional creado por la raza humana; la historia dio un traspiés y en algunos territorios se volvió de hecho a la prehistoria, cuando desaparecieron la escritura, la arquitectura monumental y las estructuras sociopolíticas elaboradas de lo que habían sido prósperos reinos e imperios. Solamente dos de las grandes potencias que habían dominado ese mundo consiguieron sobrevivir, Egipto y Asiria, aunque ambas se resintieron a largo plazo. Los asirios salieron bien parados del periodo de colapso propiamente dicho (1200-1150 a. C.), pero a partir del año 1050 entraron en declive y vieron considerablemente reducida la extensión de su imperio. Egipto, como sabemos, también se mantuvo en pie, pero nunca volvió a recuperar el esplendor del pasado. El hundimiento de las civilizaciones del bronce se mantuvo en la memoria colectiva durante siglos; cuando por fin volvió a florecer la literatura en algunas de las regiones afectadas, ese recuerdo dio lugar a lo que podríamos llamar la primera generación de narraciones posapocalípticas, inspirando mitos bíblicos como el Éxodo o epopeyas como la Ilíada homérica.

El término Edad del Bronce podría sugerir la imagen errónea de una época en la que todo era muy simple y arcaico, pero la realidad fue muy distinta, especialmente en el Mediterráneo oriental. Allí, la etapa final que se extendió entre los años 1700 y 1200 a.C. estuvo caracterizada por siglos de prosperidad y extraordinarios avances. Se produjo una intensa interacción entre grandes naciones que obtuvieron un descomunal provecho de los intercambios comerciales y culturales. Civilizaciones como Egipto, Babilonia, Asiria, el Imperio hitita, Canaán, Chipre, y las naciones prehelénicas como la minoica en Creta y la micénica en la Grecia continental, construyeron la más antigua economía «globalizada». Pese a que se producían inevitables guerras y enemistades entre aquellas potencias que competían por el dominio del Mediterráneo, la natural tendencia humana hacia el caos era modulada por un irresistible elemento estabilizador: el comercio. En particular, el comercio basado en los ingredientes con los que se elaboraba el bronce, aleación compuesta de un noventa por ciento de cobre y un diez por ciento de estaño. La tecnología puntera de la época estaba dominada por el bronce, el recurso estratégico más codiciado por todas las naciones avanzadas del Mediterráneo, pues servía para fabricar las mejores herramientas y el más resistente armamento. Tecnológicamente hablando, el bronce no tenía sustituto pese a que existía un metal de similar dureza, el hierro, que era muy abundante y fácil de encontrar.

El hierro presentaba un problema que los metalúrgicos de la época todavía no habían podido resolver: necesita una temperatura muy alta para ser fundido, más de 1500º, y esto lo convertía en un metal con el que era muy difícil trabajar. Esto impedía que el hierro fuese empleado en la producción masiva de objetos, cosa que no sucedería hasta siglos más tarde. El bronce podía ser trabajado con temperaturas más bajas, de poco más de 1000º (el cobre se funde con 1085º y el estaño con solamente 231º). El problema de estos metales era que, al contrario que el hierro, eran escasos. Aunque casi todas las potencias mediterráneas poseían algunas minas de cobre o estaño en sus territorios, solían ser yacimientos difíciles de excavar que producían muy poca cantidad de metal. La única excepción era Chipre, cuyos yacimientos de cobre sí eran abundantes y asequibles; de hecho, producían suficiente cobre como para alimentar las necesidades de todas las demás potencias (se piensa que el nombre de la isla proviene del nombre del propio metal). Así pues, Chipre era el centro neurálgico de la elaboración de bronce, y su posición geográfica era además idónea para convertirla en el centro de la distribución naval de cobre en bruto o de bronce manufacturado. Sin embargo, para elaborar bronce necesitaba importar otros dos recursos básicos: el estaño y el carbón.

El carbón, abundante y fácil de encontrar en ciertos territorios, no era un problema. Más delicado era el conseguir estaño. Los más ricos yacimientos, exceptuando algunos ubicados en la actual Turquía, estaban lejos de las grandes potencias mediterráneas. Había minas de estaño en el oeste: España, Francia y las islas británicas, pero no producían el metal en cantidad suficiente. El grueso del estaño requerido llegaba desde el este, desde el interior de Asia. La región de Badajshán, situada en la actual Afganistán, era la principal suministradora de estaño. Hoy, Badajshán es una provincia paupérrima que malvive de las plantaciones de amapola destinada a la elaboración del opio, pero en la Edad del Bronce no solo era poseedora de un recurso estratégico que ansiaban las naciones más avanzadas del mundo, sino que también era la principal exportadora de lapislázuli, mineral cotizadísimo por los fabricantes de joyería de aquel tiempo.

Pues bien, las necesidades de la industria metalúrgica ayudaron a original un circuito comercial del que se tiene bastante información gracias a los hallazgos arqueológicos: objetos importados encontrados en las ruinas de distintas civilizaciones, buques hundidos repletos de mercancías, y las importantísimas fuentes escritas. En algunas ruinas egipcias hay inscripciones que enumeran los lugares recorridos por determinadas rutas comerciales. Aún más esclarecedora es la correspondencia comercial de la época; en la Edad del Bronce se escribía sobre tablillas de arcilla, de las que han encontrado muchas en diferentes puntos del Mediterráneo oriental. Muchas de aquellas tablillas son cartas que describen acuerdos de compraventa o discuten asuntos fiscales.

Gracias al conjunto de todos estos hallazgos arqueológicos se sabe que las distintas potencias se especializaron en la producción o distribución de distintos recursos. Los griegos prehelénicos, por ejemplo, solían exportar mercancías que producían ellos mismos, como cerámica y aceite de oliva, además de diversos tipos de grano. Los egipcios, gracias al Nilo, mantenían un monopolio de distribución de productos que provenían de reinos africanos situados más al sur. Por ejemplo, en el reino de Punt —cuya ubicación es incierta, pero posiblemente estuvo en Etiopía o Eritrea— compraban grandes cantidades de mercancías de lujo como oro, marfil, ébano, incienso, perfumes o pieles. Después, los egipcios obtenían grandes ganancias revendiendo estas mercancías a sus adinerados vecinos del norte.

La red comercial mediterránea era mucho más extensa y compleja que cualquier otra anterior. Incluso las remotas tribus del norte de Europa llegaban a participar del comercio, aunque de manera esporádica y gracias a  comerciantes intrépidos que se aventuraban hasta las inmediaciones del Báltico para comprar el ámbar de los incivilizados nativos. Todas las rutas terrestres (estaño, lapislázuli, carbón, ámbar y demás mercancías alejadas de la costa) terminaban siempre en el Mediterráneo, pues era en los puertos donde de verdad se impulsaba el comercio internacional. Las aguas del Mediterráneo estaban repletas de buques que no solían ser muy grandes —entre quince y treinta metros de eslora, con capacidad para varias decenas de toneladas de carga—, pero cuya actividad era frenética. Las ciudades portuarias se convirtieron en enclaves ricos y poderosos; algunas, de hecho, eran ciudades-Estado independientes, o capitales de pequeños reinos cuya existencia se fundamentaba en el comercio con las grandes potencias. Por supuesto, esta constante actividad naval atraía la piratería, pero parece que, por lo menos antes del colapso final, estaba relativamente controlada.

Era un comercio en el que no se utilizaba la moneda como la conocemos hoy. Las autoridades no acuñaban unidades monetarias con un valor fijo del que respondía el Estado. De hecho, en las compras cotidianas dentro de las comunidades pequeñas como pueblos o barrios todavía era habitual el trueque. Cuando el trueque no era suficiente, existían formas de pago con una forma arcaica de dinero inventadas y aceptadas por los propios comerciantes, desde anillos de oro, hasta piezas de arcilla o piedra cuyo valor podía ser determinado a discreción. Un vistoso ejemplo de unidad de pago eran las conchas del cauri, caracol marino cuyo nombre científico es, cómo no, Monetaria moneta. Lo más parecido que existía a la actual moneda eran pepitas o pequeños lingotes de metales preciosos que no tenían un valor monetario fijo, sino que eran valorados según su peso, su pureza, y la demanda del momento. En el comercio a gran escala, donde se movían grandes cantidades de mercancía, se usaban lingotes mucho más grandes que pesaban entre veinte y treinta kilogramos, y que por su forma —cuatro lados terminados en un saliente— son conocidos como «lingotes de piel de buey». Esos lingotes estaban hechos de cobre o, en raros casos, del más valioso estaño. Eran la manera de pago más habitual en el comercio naval, así que los buques solían acarrear cierta cantidad de ellos, por lo general doscientos o trescientos.

Ni siquiera las guerras impidieron que el lucrativo circuito comercial del Mediterráneo oriental funcionase sin interrupción durante varios siglos. Cualquier cosa que se pudiese cultivar, criar, cazar, extraer, fundir o fabricar era susceptible de ser vendida. Como en cualquier otro momento de la historia, existían amplias capas de población pobre, pero la producción de alimentos era abundante y la dieta más variada que nunca antes, lo cual favoreció una marcada estratificación social y laboral. La aparición de clases altas —nobles, sacerdotes y comerciantes de éxito— estimuló el apetito consumista hacia productos exóticos o bellamente manufacturados. La aparición de clases funcionariales encargadas de administrar los poderosos reinos e imperios promovió la actividad cultural. La proliferación de artesanos y el crecimiento y modernización de los ejércitos promovieron la industria. Durante la Edad del Bronce, el Mediterráneo oriental se volvió próspero hasta extremos nunca vistos en tiempos anteriores.

edad del bronce
Imagen: DP.

Todo aquel sistema, que tan bien funcionaba, se vino abajo en cuestión de décadas. Para entender la magnitud del colapso, imaginemos que casi todas las grandes potencias actuales se hubiesen venido abajo entre 1970 y 2020, que casi todas las ciudades importantes hubiesen sido destruidas, y que todo lo que quedase hoy fuesen hambrunas y un completo caos social. En la Edad del Bronce, el colapso implicó no solo la desaparición de grandes estructuras políticas y sus élites, sino también la desaparición los estratos especializados que las administraban en el día a día —escribas, arquitectos, ingenieros—, quienes constituían las únicas minorías culturizadas capaces de dejar un registro de lo sucedido. En muchos territorios del Mediterráneo oriental se dejó de escribir y de construir monumentos conmemorativos, por lo que naciones enteras dejaron de contarnos lo que estaba sucediendo y parecieron perderse en la más completa oscuridad. En algunos casos, como el de Grecia, no volvieron a dejarse ver en la historia hasta casi cuatrocientos años más tarde.

La primera narración del cataclismo nos llegó, claro, a través de los restos arqueológicos de una de las pocas civilizaciones que sobrevivieron: Egipto. La suya es una explicación incompleta, pero muy vívida. Cuando en el siglo XIX se consiguió descifrar la escritura de los jeroglíficos, se descubrió que narraban un panorama de invasiones y saqueos por parte de una confederación de naciones hoy desconocidas. Los egipcios enumeraron esas naciones, pero no se sabe con seguridad cómo se traducen los nombres que ellos usaban. La similitud fonética sugiere algunos paralelismos con pueblos de la época: los peleset podrían haber sido los filisteos; los shardana podrían haber procedido de Cerdeña; los shekelesh podrían haber sido los sículos de Sicilia; los tjeker podrían haber sido los troyanos; los denyen podrían haber sido los aqueos de Grecia. Pero no son más que suposiciones. En cualquier caso, se asume que fueron naciones mediterráneas que no formaban parte del círculo dominante. En 1855, el egiptólogo Emmanuel Darusch se refirió a estos misteriosos invasores con el sencillo término «Pueblos del Mar», término por el que se los sigue conociendo hoy.

Los egipcios fueron atacados en dos ocasiones por los Pueblos del Mar, y en ambos casos dejaron jeroglíficos para recordarlo. El primer ataque se produjo en el 1207 a. C., cuando reinaba el faraón Merneptah, y el segundo se produjo en el 1177, cuando reinaba Ramsés III. Ambos faraones consiguieron repeler a los invasores —aunque es posible que no sin sufrir considerables daños en el litoral— y se encargaron se encargar inscripciones donde quedase constancia de sus victorias de cara a la eternidad. Esas mismas inscripciones dejaron claro que las naciones de su entorno habían tenido menos suerte. En una pared del templo funerario de Medinet Habu, Ramsés III dejó escrito: «Los países extranjeros [Pueblos del Mar] conspiraron en sus islas. Todas las demás tierras fueron destruidas y despobladas en la refriega, porque ninguna otra nación pudo resistirse a ellos». Este relato concuerda con los escritos encontrados en otros lugares. En las ruinas de la entonces importantísima ciudad portuaria de Ugarit, centro de un reino clave en el comercio, se ha encontrado una carta que el rey local pretendía enviar al rey de Chipre, aunque nunca la llegó a despachar. En esa carta, el rey de Ugarit dice que la mayoría de sus tropas y sus barcos de guerra estaban estacionados cumpliendo una misión en Asia Menor, cuando de repente aparecieron siete buques extranjeros ante una ciudad que, vigilada por una mínima guarnición, estaba prácticamente indefensa: «Padre mío, los barcos del enemigo han llegado. Han incendiado mis ciudades y han destruido mis tierras». Uno de sus súbditos, al contestar la carta de un familiar lejano (aunque también dejó la tablilla sin enviar) confirmó la magnitud del desastre: «Cuando llegó tu mensajero, nuestros soldados ya habían sido humillados y nuestra ciudad había sido saqueada. Nuestra comida ha sido quemada. También han quemado nuestros viñedos».

Estas escenas de saqueo y destrucción se repitieron por todo el Mediterráneo oriental. Y no solamente en la costa, porque hay claros indicios de que los Pueblos del Mar, allá donde no encontraban resistencia, llegaban a prolongar su voraz pillaje hacia el interior de los territorios. Uno de los motivos del éxito de los Pueblos del Mar parece residir en su gran número de combatientes. Las naciones avanzadas tenían ejércitos reducidos formados por élites muy bien armadas y acorazadas gracias al bronce. La misma aleación era clave en la fabricación de carros de combate que siempre se habían probado irresistibles en las luchas a campo abierto. La infantería, por sí sola, rara vez podía plantar cara a los carros. Sin embargo, la infantería de los Pueblos del Mar lo consiguió, y esto pudo deberse sencillamente a que sus soldados quizá no estaban tan bien armados, pero eran muy numerosos. Cabe recordar que, tácticamente hablando, los carros no quedaron obsoletos hasta siglos más tarde cuando se perfeccionó el uso militar de la caballería.

Los relatos egipcios y las tablillas describen un escenario de invasiones y saqueos en una escala inédita. Por ello, durante el siglo XIX y buena parte del XX los Pueblos del Mar fueron considerados los principales y únicos responsables de la destrucción de las civilizaciones del Mediterráneo oriental. Una confederación de saqueadores había reducido a cenizas el enclave más próspero y avanzado del mundo. Pero si bien es innegable que jugaron un papel importante, la aparición de los Pueblos del Mar no dejaba de suscitar preguntas. Por ejemplo, las inscripciones egipcias describían el aspecto de algunos de los Pueblos del Mar, y en esa descripción incluían carromatos de transporte que sugieren no la llegada de ejércitos dedicados exclusivamente al pillaje, sino la migración de poblaciones enteras, incluidos mujeres y niños. Las migraciones podrían explicar lo voraz de un pillaje que podría haber respondido más a la necesidad inmediata que al deseo —habitual en los ejércitos que avanzan— de expandir imperios. Si los Pueblos del Mar no eran simples ejércitos, sino poblaciones que abandonaron en bloque sus regiones litorales, algo debió empujarlos a huir. Y ese algo tuvo que tener, a su vez, dimensiones catastróficas.

En tiempos más recientes, el estudio del colapso de la Edad del Bronce mediterránea ha tomado direcciones nuevas. Algunos investigadores han analizado el polen conservado en sitios arqueológicos y han encontrado claras muestras de que las plantas que produjeron ese polen sufrieron un largo periodo de sequía, quizá provocado por una intensa actividad volcánica, que pudo prolongarse entre los años 1200 y 850 a. C. Fechas que, por descontado, encaja a la perfección con el marco temporal del colapso de la Edad del Bronce y los posteriores siglos de declive. Otros investigadores han estudiado restos que indican profundos cambios en la temperatura del mar Mediterráneo en esa misma época, así como un clima particularmente árido que se prolongó hasta los inicios de la Edad del Hierro.

El cambio climático pudo ser brutal; los indicios muestran que en algunos momentos del siglo XIII las precipitaciones llegaron a ser tan escasas que volvieron inviable la agricultura en regiones enteras. Esto arroja una nueva luz sobre las cartas encontradas en las antiguas ciudades. En el año 1185 a. C., un comerciante de Ugarit escribió: «La hambruna ha llegado a nuestra familia, y todos moriremos de hambre si [tu ayuda] no llega a tiempo». Situación refrendada por el propio rey en otra carta: «Muchos son los que en Ugarit están pasando hambre». También el rey de los hititas describió una situación de dramática escasez: «Mi reino es presa de la hambruna, es una cuestión de vida o muerte». Los Pueblos del Mar sin duda causaron estragos, pero las tierras que saquearon no fueron capaces de recuperarse pese a que sus agriculturas locales habían sido tradicionalmente muy productivas. Quizá la sequía generalizada impidió que las naciones renovasen sus reservas de alimento. Esto sugiere un relato muy diferente en el que los Pueblos del Mar ya no son los únicos villanos. Aunque los egipcios describieron los ataques de los Pueblos del Mar como una conspiración política, pero el escenario pudo ser muy distinto: quizá los Pueblos del Mar se habían visto obligados a huir ante el avance de otros pueblos del interior más primitivos y feroces, quienes, huyendo a su vez de los efectos del cambio climático, se habían desplazado desde el norte de Europa al litoral Mediterráneo. Esto explicaría la migración masiva de los Pueblos del Mar, convertidos en invasores y saqueadores por la necesidad. En su momento, los egipcios quizá no entendieron el escenario completo; a fin de cuentas, ellos tenían el Nilo que traía aguas de un lejano sur todavía lluvioso. El río los salvó del desastre agrícola generalizado que estaba arrasando el resto del Mediterráneo.

En la hipótesis climática también encaja el hecho de que los Pueblos del Mar no fuesen, por lo general, capaces de construir sus propios imperios en los territorios que habían invadido. En aquellas tierras ya no había una agricultura con la que facilitar la sustitución de un Estado por otro. La situación que se creó en el Mediterráneo no fue la de un relevo inmediato de poderes, sino un vacío de poder. Este vacío de poder posibilitó, de hecho, el protagonismo de algunos pueblos que hasta entonces habían desempeñado un papel secundario. En Canaán, por ejemplo, la retirada de los egipcios y los hititas permitió que los israelitas pudieran conformar un Estado propio. La caída del sistema comercial imperante permitió que los fenicios aprovechasen la situación para extender su influencia por un Mediterráneo oriental desolado, convirtiéndose en los amos casi exclusivos del comercio marítimo.

El hambre y la escasez pudieron provocar otro tipo de derrumbamiento político: en las ruinas de algunas ciudades se ve que la destrucción parece haberse cebado sobre todo con los palacios y templos, mientras que los hogares y negocios de la gente común quedaron relativamente intactos. Esta disparidad no es propia del pillaje extranjero, sino de una revuelta interna. En aquellos reinos paternalistas, los súbditos esperaban algún alivio de la hambruna por parte de los gobernantes (por ejemplo, mediante el reparto de grano) y, cuando este alivio no llegó pues los gobernantes no tenían grano que repartir, estallaron las revoluciones. También en este caso se producía la desaparición de los Estados, pues entre la gente común no existían especialistas cualificados que pudiesen llenar el vacío administrativo; recordemos que, en la Antigüedad, el ser un ciudadano común equivalía casi siempre a ser analfabeto.

Los pillajes de numerosos invasores y las revueltas producidas por el hambre pueden explicar parte de la destrucción de los palacios y templos de las ciudades de la Edad del Bronce, así como de las ciudades más costeras, pero los arqueólogos modernos empezaron a preguntarse por qué la destrucción había sido tan exhaustiva y completa en tantos núcleos urbanos importantes. Muchas ruinas producían la sensación de haber sufrido catástrofes que iban más allá de lo que cabía esperar en las guerras y revoluciones de aquella época. Saquear o incendiar una ciudad era relativamente fácil si los atacantes la encontraban indefensa, pero truncar muros y reducir edificios de piedra a escombros parece un esfuerzo innecesario para invasores o revolucionarios que no poseían grandes máquinas de asedio. De nuevo, había algo que no encajaba en el relato.

La respuesta empezó a perfilarse en los propios yacimientos, cuando se encontraron algunos esqueletos que parecían haber fallecido golpeados por la caída de piedras de sus propios hogares; en algunos casos, los fallecidos parecían haber intentado refugiarse bajo el dintel de las puertas. Este es un tipo de muerte que suele producirse durante los terremotos. Estas víctimas de las piedras aparecen particularmente en Asia Menor, Grecia, Siria y Canaán; esto es, aquellas regiones donde desapareció un porcentaje enorme de las ciudades. Las sospechas de los estudiosos parecieron confirmarse al comprobar que muchas de las ciudades con mayor grado de destrucción habían sido construidas cerca de las fallas tectónicas, o, en algunos casos, directamente encima de ellas. Así pues, una «tormenta de terremotos», ligada a la actividad volcánica que ayudó a provocar la sequía, agudizó el caos iniciado por las hambrunas, invasiones y revueltas. Vista en retrospectiva, la catástrofe era inevitable sin importar cómo de velozmente estuviese progresando el Mediterráneo, y esto nos dice mucho sobre lo indefensos que estamos los seres humanos cuando la naturaleza decide tomar las riendas y mostrarnos su peor cara.

edad del bronce
Imagen: DP.


Contar antes de contar

Fotografía: CC0.

Un jabalí, una lanza para cazarlo y un sílex para despellejarlo. La cesta de la compra semanal en el Paleolítico sería algo así. De acuerdo, habría también un puñado de moras, o de castañas; muchas o pocas, pero daba igual cuántas. Un puñado. Fueron aquellos benditos miles de años en los que no había ni historia, ni prácticamente ninguna necesidad de contar una cantidad que superara los dedos de una mano. Bastaban unas muescas en un hueso para llevar la contabilidad.

Las cosas se complican cuando ese sencillo depredador que caza y recoge como cualquier otro animal se convierte en productor. Ahora hay que contar, desde berzas hasta vacas y, por supuesto, los litros que estas últimas producen. Ya no se vive de lo que da la tierra sino de lo que uno es capaz de arrancar, ordeñar, exprimir… Llega la hora de actualizar el sistema de muescas. Griegos o egipcios se las apañaron añadiendo símbolos extras (puntitos, barritas horizontales…) a esas marcas. Imaginen las cifras de las pirámides en piedras y esclavos… Los romanos simplificaron el asunto: un palito por cada oveja; una V cuando se llega a cinco y una X para diez, que no es sino lo que forman dos V unidas por la base. Seguimos con la C de centum para cien y la M de mille para mil, aunque desconocemos los vocablos originales cuyas iniciales eran L (cincuenta) o D (quinientos).

Las cosas habrían sido mucho más sencillas si los romanos hubieran conocido el cero, pero el sistema acabó adaptándose a las crecientes necesidades de una sociedad cada vez más sedienta por contar. Durante la Edad Media era habitual hacerlo en grupos de veinte, algo que, dicen, tiene su origen en contar con los dedos de las manos y los pies. Se cree que la costumbre deriva del comercio: era más sencillo contar grandes cantidades con un sistema vigesimal que con uno decimal (solo con los dedos de las manos). Otra teoría es la que relaciona este sistema con celtas, vascos o georgianos, que siguen utilizando este método. En zonas de Zamora aún se usa un cuatro veintes para ochenta, o duos veintes para cuarenta en Cantabria.

Se cree que el sistema decimal tuvo su origen en la India entre los siglos V y VII, y que llegó a Europa a través de comerciantes árabes, intelectuales o invasores de cualquier estandarte. El español también adoptó el sistema decimal, pero el francés solo lo hizo a medias: las formas antiguas —probablemente de origen celta— como vint et dix (veinte más diez), deux vints (dos por veinte), trois vints (tres por veinte), etc., se sustituyeron por trente (treinta), quarante (cuarenta) y soixante (sesenta), pero dejaron el resto de los números como solían ser en el antiguo sistema hasta hoy. No hay una explicación lógica de por qué los franceses solo transformaron una parte de sus números al sistema decimal, pero es así. 

Sea en decenas o veintenas, contar era una necesidad vital para cualquier campesino, artesano o comerciante, pero no así leer. O lo que es lo mismo: uno puede conocer las matemáticas aun siendo analfabeto. Joseph Mazur, un matemático americano, dice que la escritura aritmética precede en más de mil años a la alfabética. Paradójicamente, aprender sistemas numéricos distintos a los dominantes (arábigo y romano) es todo un desafío. Piensen que, en Europa, el georgiano o el griego son dos ejemplos de un puñado de sistemas distintos a los dominantes que se pueden contar con los dedos de una mano.

¿Por qué hablamos tan pocos idiomas numéricos en comparación con los alfabéticos? Si el sánscrito y el latín son las fuentes de las que beben los sistemas numéricos arábigo (también llamado indoarábigo) y romano, ¿podemos asumir que cada lengua tuvo alguna vez sus propios símbolos para escribir números? Nadie lo sabe. Los chinos han adoptado el sistema numeral arábigo extendido por todo el mundo, pero armonizando su uso con el de sus propios glifos, que comparten con japoneses o coreanos. También es de base decimal. África es rica en numerales autóctonos como los del antiguo etíope y, ya en América, el ejemplo más conocido de escritura matemática es el los aztecas. Era un sistema vigesimal en el que los números del uno al diecinueve se representaban con puntos y rayas, y el veinte con una bandera que se repetía para representar cantidades mayores. Y, a diferencia de los romanos, conocían el cero.

En Europa ya hemos mencionado el griego o el georgiano, pero también podríamos buscar en el ogham, que es como se llamaba el antiguo alfabeto de los irlandeses. Se conservan hasta cuatrocientas inscripciones en piedra de este tipo de escritura que se ejecutaba de arriba abajo. La inmensa mayoría de ellas recogen nombres de individuos, pero no números. No hay por qué pensar que los celtas insulares no contaran sus cosas en su propio sistema, aunque tampoco se puede descartar que conocieran ya el alfabeto latino cuando inventaron el suyo. Sin ir más lejos, los vikingos se inspiraron en los números romanos a la hora de grabar sus runas.

Números gagauz, del libro Gagauz yortulari, adetleri, siralari, p. 9. Vía European studies blog (British Library).

Nos quedaremos con el muchísimo menos conocido caso de los gagaúzos, una minoría de habla turca y religión cristiana ortodoxa cuyos aproximadamente 150 000 miembros viven principalmente en el sur de Moldavia. Hasta mediados del siglo XX la suya era una lengua perseguida que, como tal, apenas se escribía. Los terremotos de la geopolítica los llevaron a declarar la independencia de Moldavia en 1991, pero casi no tenían territorio físico sobre el que plantar su bandera. Durante el impasse, pasaron del alfabeto cirílico al latino que usan a día de hoy. Su sistema numeral es el arábigo, pero parece que no siempre fue así. Hace cien años, un lingüista búlgaro recuperó el código que este desconocido pueblo usaba para contar. En la magnífica ilustración de este artículo pueden encontrar sus cuatro formas básicas (barra vertical, cruz, semicírculo y círculo). El símbolo para el cien representa el valor más alto de un solo icono, lo cual puede sugerir una base decimal aunque el código se acabe articulando en base vigesimal. Se lee de izquierda a derecha y se forma de tres maneras: sumando, multiplicando por símbolos adyacentes, o por la combinación de ambas. Por ejemplo, la suma se aplica hasta cuatrocientos noventa y nueve, la multiplicación para quinientos y mil y la combinación a partir de seiscientos.

Los gagaúzos, que ya hemos dicho antes que son muy pocos, están perdiendo su lengua frente a las dominantes en la zona y probablemente ya no quede ninguno que sepa escribir los números como sus antepasados. Lingüistas como Karl Menninger clasifican la escritura matemática gagaúza como «numerales para campesinos»; símbolos que una persona analfabeta puede identificar y reproducir fácilmente. En su extremada sencillez recuerdan a los glifos que los tuareg llevan grabando en la arena del desierto desde hace más de dos mil años para contar camellos, dunas o estrellas. Irradian esa belleza primigenia y atemporal; hay algo atávico en ellos que nos reconecta con los tiempos en los que todo estaba aún por contar.