El bustan judeoespañol

Aterricé en el aeropuerto de Ben Gurion una madrugada de julio de 1996. Había recibido una Beca MAEC para estudiar en la Universidad de Tel Aviv y desarrollar un proyecto de investigación. Este consistía en bucear en diferentes archivos del país para establecer una relación de la prensa en judeoespañol, y luego analizar la función que una parte determinada de esta prensa había desempeñado durante la creación del Estado. En aquel entonces, este país todavía no tenía medio siglo de existencia.

Lo que más me llamó la atención nada más llegar fue el afán absoluto de expresión que se vivía en sus calles, donde todo se discutía y matizaba. Cualquier tema de actualidad era causa de debate en el que cada cual marcaba su línea ideológica. Prueba de ello eran las innumerables pancartas expuestas en los comercios y en los balcones de las casas, o las pegatinas que se exhibían en todo tipo de vehículos, en los cascos de moto o en las carpetas de los universitarios. Antes de Twitter, pancartas y pegatinas eran los soportes ideales para el eslogan. 

Cuando llegué, el país estaba de luto. Isaac Rabin había sido asesinado hacía apenas unos meses por un ultranacionalista opuesto al proceso de paz y a los Acuerdos de Oslo. A su entierro había acudido Bill Clinton, quien en su discurso de despedida acabó con un «Shalom, jaber» (Adiós y paz, amigo). Esta frase se convirtió en el eslogan mayoritario de los pacifistas y de los que querían mantener vivo el proceso de paz. A esta consigna le siguieron «Jaber, ata jaser» (Amigo, haces falta) y «Jaber, ani zojer (Amigo, yo recuerdo). Algunos recortaban las frases y hacían collage con las pegatinas: «Shalom, ata jaser» (Paz, haces falta). 

Tras estos eslóganes iniciales hubo muchos más, que cada uno argüía desde su posición ideológica. Los tres más claros eran el izquierdista «Un pueblo fuerte hace la paz», el conservador «Paz, con prudencia», y el ortodoxo «Una generación de arrepentimiento traerá la paz». Al final, todo derivaba en dos modelos de redención: el laico «Una generación entera pide la paz», y el ortodoxo «Generaciones enteras solicitan al Mesías». Se temía entonces la existencia de una guerra civil, y las instituciones colgaban carteles en los que se leía «Opiniones diferentes sí, guerra de hermanos no».

También los problemas caseros se aireaban en pegatinas y pancartas. La compañía nacional de autobuses Eged —creada en su día por fuerzas sindicales y a cuyo volante estaban, al menos así me dijeron, curtidos soldados— expresaba sus desacuerdos con el entonces presidente Benjamin Netanyahu, a quien todos llaman «Bibi»: «Bibi no respeta pactos», «Eged en tu camino, Bibi en el camino que no».

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Pegatinas de izquierda a derecha: Shalom, jaber (paz, amigo), Shalom, ata jaser (paz, haces falta), Dor shalem doresh shalom (una generación entera pide la paz).

Como ahora sucede con las redes sociales, entonces las consignas avivaban debates que parecían inaplazables, pero que tarde o temprano se desvanecían sin pena ni gloria. Veinticinco años después, el proyecto de paz está completamente abandonado, dejado a la lógica del capitalismo.

La diversidad de opciones e ideologías existentes antes de la fundación de Israel como Estado moderno en 1948 también es mucho mayor de lo que cabe suponerse en la actualidad. Es algo evidente cuando se lee la prensa de la época, en la que también se observa la continua metamorfosis que experimenta el país —y las variaciones de voto en las urnas— a medida que llegan diferentes oleadas de inmigrantes judíos, especialmente desde la creación del Estado y hasta finales de los noventa, tras la caída del muro de Berlín. 

Llegan de Alemania, Polonia, Rusia, Ucrania, Rumanía, Grecia, Bulgaria, Yemen, Etiopía, Argentina, México, Irak, Marruecos, Francia, Estados Unidos, y un largo etcétera de países. A modo de ejemplo diré que durante mi estancia allí, la televisión pública subtitulaba simultáneamente en los dos idiomas oficiales, el hebreo y el árabe, pero también en ruso, cuya población era entonces mayoritaria.

He escrito inmigrante y es un error llamarlo así. El término adecuado es olé (en masculino; olá, en femenino; olím, masculino plural; olot, femenino plural), pues no es un movimiento migratorio al uso, sino una aspiración sionista. Significa «el que sube a Israel». 

Si sumamos a la necesidad de expresión y comunicación, la diversidad ideológica existente, podemos comprender la abundantísima cantidad de publicaciones periódicas surgidas durante los años de fundación del Estado.  

Sin embargo, cuando empecé mi trabajo no existía una bibliografía que las reuniera, más allá del extraordinario trabajo que entonces desarrollaba el centro asociado a la Universidad de Tel Aviv, el Institute for the Study of Jewish Press; pero no tenían casi referencias de la prensa sefardí

Seguí buscando, pues sabía que miembros de la comunidad judía expulsada de Sefarad habían sido los encargados de introducir la imprenta en tierras del Imperio otomano. Contaba al menos con la referencia del primer periódico en ladino del que entonces había constancia: el Shaare Mizrah, fundado en 1845 por Raphael Uziel.

El Big-Bang de mi investigación, por así llamarlo —meses después de búsqueda de diarios en la Biblioteca Nacional y otros centros culturales, sin apenas éxito—, tuvo lugar cuando me lancé de lleno a investigar los archivos del Ben-Zvi Institute. Allí había un montón de información dispersa sobre publicaciones periódicas en judeoespañol y también ejemplares físicos procedentes de diversos lugares de la diáspora sefardí: especialmente de Bulgaria, de Nueva York, de la antigua Yugoslavia y de los territorios que formaban o estuvieron sometidos al Imperio otomano, como Salónica (Grecia), Estambul e Izmir (Turquía), y también de territorios de la llamada Erez Israel, especialmente en Jerusalén. 

Los periódicos impresos en Estambul a veces llevaban el nombre de la ciudad en españolico «Istambul», pero tampoco era raro encontrarlos con el topónimo «Costa», que es como los sefardíes de origen griego se referían a la antigua Constantinopla.  

Una vez hallado y ordenado el material, delimité la investigación a las publicaciones distribuidas en Israel y a un país de diáspora, el elegido fue Turquía. En total, analicé una veintena. Explicaré brevemente lo que hallé. Dividiré mi exposición en dos partes: una primera parte dedicada a la descripción de la prensa en judeoespañol distribuida en Turquía, y una segunda parte dedicada a la descripción de la prensa en judeoespañol distribuida en Israel. 

Esta segunda parte tiene como colofón un aliciente especial: está traducida al judeoespañol por el académico de la RAE en Israel Moshe Shaul, una de las personas vivas que mejor conocen y más ha cuidado este tesoro lingüístico.

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La gran pegatina reza: «No tenemos en quien apoyarnos, sólo en nuestro Padre que está en los cielos».

Los medios en Turquía: del drama de la guerra mundial a la asimilación

Una publicación será clave en la historia de la comunidad sefardí que decide no emigrar y prefiere quedarse en Turquía durante el delicadísimo periodo que comprende la Segunda Guerra Mundial y la posguerra: La Boz de Türkiye

Bajo la dirección de Albert Cohen, esta publicación periódica de frecuencia quincenal comienza a publicarse el 1 de agosto de 1939, y de forma ininterrumpida hasta su cierre en 1949. Con sede en Estambul, mantuvo diversas corresponsalías y tuvo acceso a información internacional de calidad procedente de fuentes sobre el terreno, a través de la Agencia Telegráfica Judía —de la que el director de esta publicación era representante en Turquía— y de la Overseas News Agency, ambas dirigidas por Jacob Landau

Esta publicación hace un repaso del estado de los judíos en diferentes lugares en los que el nazismo se ensaña. El que expongo a continuación es un fragmento del suplemento especial titulado «Israel en el Galouth» (Israel en la diáspora), publicado el 15 de febrero de 1944:

La aniada 1943 fue un anio de destruccion y de ruinas, de muerte y de exterminacion. Miles y milarias de nuestros hermanos fueron hundidos en mares de miserias, angustias y matansas, cienes de comunidades judias fueron enteramente destruidas; cienes de miles de seres humanos fueron integrados en manos de persecutores sin que sus hermanos en los paises liberos puedan hacer nada por salvarlos. El Judaismo en Europa ocupada fue enteramente destruido. Esta destruccion fue el mas grande golpe dado a nuestra nacion en el mundo entero. La entera elita de sus hijos y de sus aglomeraciones, las mas mejores intelligencias, las mas grandes fuerzas creaderas del Judaismo Occidental, fueron atemados. En algunos paises los Judios fueron literalmente atemados fisicamente; en otros paises, ellos fueron deportados, exilados y matados. La mas grande parte de los exilados murieron en los wagones, otros no yegaron mismo a la frontera, siendo ellos fueron torturados y asasinados. Los jovenes fueron tomados a los travajos forsados, en fabricas o en fraguas, de fortificaciones en la Francia o en el fronte oriental. Los que no pueden travajar fueron matados sin otra forma de proceso

La Boz de Türkiye desempeñó una función esencial para la seguridad de las comunidades judías en la todavía joven república turca, inmersa en un intenso proceso nacionalista y cuya posición durante la guerra fue inicialmente de neutralidad, luego de relaciones diplomáticas con la Alemania nazi y finalmente su posición se decantó por los aliados. 

Esta publicación desempeñará un papel de mediador y portavoz entre el Estado, la sociedad turca y las comunidades judías dispersas por el país. Con un estilo sencillo y claro, el contenido se distribuye entre noticias y reportajes sobre las comunidades judías asentadas a lo largo y ancho del planeta. Al igual que se hace eco de las principales noticias sociales y políticas de carácter mundial, tampoco descuidan el contenido dedicado a la tradición. 

Sin embargo, el movimiento nacionalista de la joven república no ve con buenos ojos estas actividades cosmopolitas y de singularidad cultural. De hecho, durante estos años se prohíbe a la ciudadanía mantener cualquier actividad independiente o asociación afiliada al extranjero. 

Algunos miembros de la comunidad judía tienen que enfrentarse a acusaciones de otros ciudadanos. Comienza a extenderse el rumor de que los judíos «mantienen una postura de indiferencia ante los hechos del país». Se les critica que empleen el judeoespañol en detrimento del turco. En este difícil contexto, el equipo editorial decide poner en marcha una campaña de difusión con un doble mensaje: 

El primero es: «Somos turcos, hablemos el turco». Tratan de mentalizar a sus lectores de que en la calle solo deben hablar turco, incluso entre ellos. Les avisan que no deben auto marginarse ni diferenciarse hablando otras lenguas. 

El segundo mensaje es: «Formamos parte del pueblo judío». A través del contenido se fomenta el sentido de pertenencia a esta comunidad milenaria y se sugiere que se hable judeoespañol en casa.

Entre los colaboradores de La Boz de Türkiye destacan Abraham Galante —un reputado escritor y periodista admirado por Atatürk—, quien defendió la lealtad de las autoridades judías como elemento indispensable en la construcción del Estado turco; y Abraham Elmaleh, quien años después será dirigente de la comunidad sefardí en Jerusalén.

Como señalé, esta publicación da cuenta de lo que acontece en el mundo. Tiene a sus lectores bien informados. El tono no es sensacionalista, sino que procura el análisis reposado. La situación de los judíos en Europa se agrava de día en día, por tanto, la situación es muy delicada. 

Se hacen eco de las noticias trágicas relativas a la guerra en Europa, pero también de las procedentes de Palestina, muchas de las cuales dan cuenta del desarrollo social y comercial del yishuv (asentamiento en Eretz Israel). 

El periódico hace una amplia cobertura de la guerra y de la dramática situación de sus correligionarios. Parecen llegar a casi todos los rincones. Veamos, por ejemplo, lo que escriben sobre los judíos en Finlandia, en una noticia de mayo de 1944: 

La situacion de los Judios resfuidos en Finlandia se amejoro considerablemente desde el trocamiento del governo en Marso ultimo segun un raporto de stokcholm. Algunos resfuidos que se topaban en un campo de concentracion en una isla del golfo de Finlandia, mientras la perioda del gobernamiento precedente, fueron transferados en ariendas agricoles en Tavastland. El campo fue serrado a precipio del autonio y los Judios fueron autorisados a establecerse en dos communas de la region onde ellos se topavan en mesura de ganar su vida, independientemente de los reglamientos del servicio del Travajo. Los resfuidos judios en cuenta de 117, fueron autorisados desde el mez de Deciembre a vivir en no importa cuala partida del pais onde los extranjeros tienen la permision de morar sin restricciones

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Peores noticias, noticias fatales, llegan de la vecina Salónica. Al leer el fragmento que destacaré a continuación, no puedo sino preguntarme si Hannah Arendt estaba informada del proceso que había tenido lugar en Grecia, quince años antes de que ella misma atendiera el juicio de Eichmann para escribir su artículo en The New Yorker en 1963, y que tantas pesadumbres le acarreó. Quizá ella no, pero sí los lectores de La Boz de Türkiye, quienes debieron de leer con una enorme tristeza la crónica del corresponsal Baruch Schiby con fecha 1 de octubre de 1946. Se titula, «El judaísmo exterminado en Grecia. Un proceso histórico». Algunos fragmentos:

Los evenementos de Palestina no permitieron a la prensa Judia mundiala de prestar toda la atencion querida a un proceso unico en la historia del pueblo judio que se desarrollo en el empesijo de este mez en Salonique. Se trata del proceso de los Judios que se avian metido al servicio de los Allemanes mientras la ocupacion nazi. Vital Hasson, Leon Simon (Tipouz), Jacques Alabala, Edgar Cugue, etc y que servieron el enemigo mortal de nuestro pueblo con mas ardor que los mas feroces S.S. […] La prensa greiga locala entendio toda la importansa historica del proceso. Es por cualo antes y despues de este, los journales de Salonico le consacraron colonas entereras. La “Makedonia”, el mas grande journal de la Maccedonia, le consacro mismo medias paginas enteras. […] Fue establecido en el tribunal que si los acusados no se uvieren metido al servicio de los nazis de la manera que ellos lo hicieron, la mitad o al menos 20.000 judios de Salonica pudieren ser salvados. Los acusados provocaron dunque la muerte gracias a sus sola actividad de estos 20.000 Judios

A diferencia de la prensa escrita en hebreo que entonces se publica en Palestina, La Boz de Türkiye no participa activamente de la teoría de que el yishub o asentamiento en Eretz Israel —«Tierra de Israel» en relación al territorio israelita bíblico— podría ejercer una presión moral sobre las naciones del mundo para salvar a la judería europea durante la guerra. También hay una especie de silencio administrativo en torno a temas candentes como los actos de violencia cometidos por algunos correligionarios bajo el mandato británico o las medidas políticas tomadas por los mandatarios contra la inmigración que llegaba a Palestina. 

No hicieron suyo el eslogan entonces extendido «Inmigración, defensa y asentamiento»; pero tampoco descuidaban la necesidad de consejo que podrían necesitar los conciudadanos que tenían el deseo de «subir» a Eretz Israel.

Escribían con mucha diplomacia y cuidado para mantener las relaciones con su país anfitrión, Turquía; para «cimentar la unión y predicar la harmonía», como ellos mismos señalan entre sus objetivos. Y podemos decir que lo lograron. Hacia finales de la década de los cuarenta, y gracias a las buenas relaciones que la comunidad ha ido forjando con las autoridades turcas, puede observarse una mayor apertura en materia de libertad de expresión que a su vez provocará una verdadera explosión de publicaciones en ladino. Precisamente, esta nueva oleada de publicaciones acabará arrinconando a La Boz de Türkiye, que deja de publicarse en 1949.

La primera publicación en aparecer fue Atikva (1947), cuyo nombre de cabecera en hebreo significa «Esperanza», como el himno nacional de Israel, y es el primer periódico judeoespañol distribuido en Turquía esencialmente sionista. Su director, Sabetay Leon, emigrará a Israel en 1949, donde se incorpora al partido presidido por Ben Gurión (Mapai). Le sigue Salom (1948), fundado por Abraham Leon, que todavía se publicaba cincuenta años más tarde. Otras cabeceras son Sabat (1947) reconvertido tres años más tarde en La Vara (1950), ambos bajo la dirección de Mose Benbassat, de carácter laico y modernizador. 

Otro semanal político e independiente es La Luz (1950), creado bajo la dirección de Eliezer Menda y Robert Balli. Luego, ambos se separan y el primero funda La Vera Luz (1953), y el segundo La luz de Turkiya (1953). Ambos se describen como continuadores de La Luz para adjudicarse a sus lectores. 

La Vera Luz es un periódico conservador, dirigido por el talmudista Eliezer Menda. El gran Rabinato, la comunidad, las noticias que llegan de la creación del Estado de Israel y la política internacional son los temas que definen el carácter del periódico, cuyo interés principal es el de contener al máximo el deseo de asimilación de los correligionarios que quedaban en Turquía. Por otro lado, La luz de Turkiya se apoya más en sostenes comerciales y sus noticias son más variadas, con especial atención a las informaciones que llegan de Israel. Su línea editorial se apoya prácticamente en su totalidad en la cuestión del antisemitismo. 

Finalmente, otros dos periódicos son: La Boz (1952), que tuvo una breve duración y reducida plantilla; lo dirigía M. Levi-Belman, un periodista mordaz que utilizaba este medio para criticar las decisiones tomadas por los dirigentes de la comunidad. Y El Tiempo (1957) del ortodoxo Levi Belman: conservador, antisionista, crítico con la gestión de la comunidad y observante estricto de la ley, denuncia toda reforma o ápice de liberalismo ante una comunidad que a sus ojos se torna abiertamente laica y asimilada.

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«Opiniones diferentes sí, guerra de hermanos no»
(la pegatina del gato que alguien puso encima dice así: (¡Hay un gato nuevo en la ciudad! Y la verdad, tanto Tel Aviv como Jerusalén eran ciudades muy gatunas).

Los medios en Israel. La forja de un Estado

Buena parte de los periódicos en judeoespañol que se publican en Israel durante la Creación del Estado son dirigidos por y para sefardíes recién llegados de Turquía. Tres ejemplos de periódicos, independientes pero efímeros, son La Boz de Israel, La Boz de Jerusalaim y La Unión. Otros recibieron ayudas de grupos políticos con los que simpatizaban, así sucede con Libertad, afín al partido Herut; y El Avenir, Deretcho al Buto y Faktos afines al Mapai, los dos últimos explícitamente propagandísticos. Dos periódicos de mayor duración fueron apoyados parcialmente por partidos políticos: La Verdad, por el centrista General Zionists, y El Tiempo, por Mapai. 

El denominador común de estas publicaciones es el de facilitar a la vez que influir en el proceso de absorción de los inmigrantes (olím) sefardíes en Israel, al proporcionar la máxima información sobre su nueva patria, incluidas las explicaciones de problemas tan complejos que enfrenta el nuevo país como la internacionalización de Jerusalén, la educación secular en clara confrontación con la religiosa, las diferencias no superadas entre askenazis y sefardíes, y el contexto político en el Oriente Medio.

El periódico que gozó de un mayor protagonismo en la orientación de esta comunidad inmigrante fue El Avenir, subvencionado por Mapai o Partido de los Trabajadores de la Tierra de Israel, que lideraba Ben Gurion. Este periódico se publica, además de en ladino, en otros cinco idiomas simultáneamente: yidis, francés, húngaro, búlgaro y rumano.

Su oponente fue La Verdad, un periódico crítico con la administración laborista, especialmente con el sistema de favoritismo, amiguismo y clientelismo que, señalan, campaba en la política. El término empleado, de origen ruso, y que se ha incorporado al hebreo para describir esta práctica es «proteksia».  

Este extendido uso de la «proteksia» —el libro Israel: Pluralism and Conflict del sociólogo Sammy Smooha trata esta cuestión—, desmoralizó a un buen número de inmigrantes hasta el punto de que hubo quien regresó a su país de origen, o cambió la dirección de su migración hacia Estados Unidos. El hecho de que judíos decidan «bajar» de Israel, es decir, irse del país y abandonar la idea del yishuv es una preocupación constante del nuevo Estado, desde entonces y todavía hoy.

Como en toda la prensa mundial, pero quizá con mayor importancia en un contexto de continuo conflicto bélico como el que viven los israelíes al arrancar su Estado, las columnas de humor y las novelas por entregas o folletín, fuente la primera de catarsis y la segunda de evasión, son decisivas. 

Solo el periódico Libertad —afín al partido Herut, procedente del movimiento paramilitar Irgun—prescinde del humor: mecanografiado y con grapas, austero, sin fotografías, este semanal dirigido expresamente a los inmigrantes recién llegados a Israel busca minar el trabajo del partido en el gobierno y suele incidir en el aumento de discriminación sobre los sefardíes en todos los ámbitos de la vida política, profesional y cotidiana.

El partido en el poder subvenciona otras publicaciones menores, también en judeoespañol y también dirigidas al olé procedente de Turquía: Deretcho al buto, que significa «directo al grano», aparece en 1959, y Faktos en 1961. Ambas tienen muy buena calidad de impresión y son gratuitas. Con ellas pretenden hacer sordina para las voces críticas.  

Pero lo mejor es reproducir el texto resumen de mi investigación y que el erudito Moshe Shaul tradujo al judeoespañol para su publicación en 1998 en Aki Yerushalayim, la más importante revista cultural en ladino, que se editó en papel desde 1979 a 2016. Valga a modo de resumen y conclusión. Espero que disfruten del color y musicalidad de este precioso lenguaje.

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La prensa en djudeo-espanyol. La kreasion del estado de israel 

Kuando el eskritor espanyol Miguel de Unamuno oyo avlar por primera vez de la existensia del djudeo-espanyol, el se maraviyo al deskuvrir ke esta lengua pudo mantenerse biva, malgrado la falta de kontakto fiziko de los djudios sefaradis kon Espanya. El yego a la konkluzion ke una lengua ke proviene del rekuerdo i de la nostaljia devia poseder una ermozura espesiala i romantika. Otra konkluzion suya, aun ke yerrada, fue ke el djudeo-espanyol meresia ser alavado por no ser uzado para la redaksion de periodikos. 

El se yerro siendo ke ya avia desdel siglo XIX una muchidumbre de periodikos en djudeo-espanyol, publikados en Saloniko, Estambol, Izmir, Sofia i Viena i mas tadre en New York i Tel Aviv, por dar algunos eshemplos solo. No en vano fueron los ekspulsados de Espanya i Portugal los ke yevaron la imprimeria al Imperio Otomano. Eyos fueron tambien los primeros en este imperio a imprimir livros, aun ke al prinsipio sovresalieron los djeneros rabinikos i relijiozos i es solo en el siglo 19 ke se empeso a publikar romanes i livros de otros djeneros literarios ansi ke periodikos tambien en djudeo-espanyol. Desde su prinsipio la prensa djudeo-espanyola okupo un lugar importante en la vida kulturala de los sefaradis, sigun lo prova el echo ke en Saloniko onde los sefaradis resivian edukasion i kultura en fransez, italiano i alman, la lektura del djudeo-espanyol era embezada solamente para poder meldar los jurnales i algunas orasiones en ladino. 

Es posible ke kon la prensa eskrita, el djudeo-espanyol se alesho del kamino romantiko imajinado por Unamuno a kaminos mas pragmatikos, ma esta fue una eleksion de los ke no kijeron enmudeser frente a la istoria. Ansi fue despues del establesimiento del Estado de Israel onde de 1948 i asta los anyos 60, uvo a lo menos una diezena de periodikos redaktados enteramente en djudeo-espanyol, kon karakteres latinos, organizados i redaktados en sus mayoria por jurnalistas i colaboradores de orijin turko. 

Algunas de estas publikasiones partieron de inisiativas privadas i se mantuvieron independientes, del punto de vista politiko i ekonomiko, de kualker partido. Ansi fue kon «La Boz de Israel» (1949) i «La Boz de Yerushalayim» (1953-1954). Otras publikasiones fueron finansadas por partidos politikos i redaktadas i dirijidas por sus miembros. De este modo nasio el jurnal «Libertad» (1950) del partido Herut enkavesado por Menahem Bejín, i los ke eran finansados por el MAPAI, enkavesado por David Ben Gurion: «El Avenir» (1949- 1950), «Deretcho al Buto» (1959) i «Faktos» (1961). Djuntos kon esto los dos periodikos kon mas grande tiraje i durasion eskojeron el kamino de en medio: no fueron prensa de partido aun ke eran partidistas; no estuvieron finansados yenamente por sus partidos ma resivieron de eyos ayudo ekonomiko. Estos son: «La Verdad» (1950-kontinua en 1965) ke apoyava la politika de lo Sionistas Jenerales i «El Tiempo» (1950-1967) ke fue todo el tiempo portavoz de la politika del Mapai, el partido socialista al poder. 

Al marjen de los argumentos kontra i en favor de una prensa en djudeoespanyol o en otra lengua afuera del ebreo –tema sovre el kual uvo una fuerte polemika en los primeros anyos despues de la kreasion del Estado- se puede afirmar kon yena seguridad ke la prensa dirijida a los sefaradis, i mas konkretamente a los orijinarios de Turkia, a la fin de los anyos 40 i durante toda la dekada de los 50, kumplio una importante funksion, esensiala para la buena marcha del paiz: ayudar al ole (imigrante) a integrarse en su mueva vida en Israel. Komo? Ofresiendo kursos de ebreo, dando a konoser al ole el programa sionista, manteniendolo informado sovre todo tema de interes a la vida en Israel, i aziendolo partisipar en los diversos debates politikos ansi ke en los prinsipales akontesimientos ke tenian lugar adientro i afuera de las frontieras de Israel. 

Komo prensa dedikada a la formasion i integrasion del ole, eya no kijo i no pudo tener una influensa direkta en la politika nasionala. Ma los jurnales djudeo-espanyoles reflektaron en sus pajinas los prinsipales debates ke tuvieron lugar al seno del publiko israeli, ofresiendo a sus lektores diferentes pozisiones i opsiones politikas. Eyos denunsiaron tambien a traves de sus pajinas las difikultades ke enfrentavan a los olim, para ke el governo i los lideres politikos tengan yena konosensia de la situasion a traves de la prensa. De este modo, fueron munchas las linyas dedikadas a la internasionalizasion o no de Yerushalayim, a la edukasion laika o relijioza en las eskolas, a las diferensias entre eshkenazis y sefaradis, a la politika internasionala, sovre todo en el Oriente Medio, i fundamentalmente a los problemas atados al yishuv i al aresentamiento de los imigrantes en el nuevo estado. 

Es interesante sinyalar las diferentes pozisiones de los dos prinsipales periodikos: «El Tiempo», dirijido por Yitshak Ben Rubi, i «La Verdad», dirijido por Yitshak Yaesh. Los dos se preokuparon enormemente de elevar el moral de los olim i fasilitarles sus integrasion sosial: ma mientres ke «El Tiempo» apoyo siempre la politika del governo dirijido por Ben Gurion, «La Verdad» adopto kontinualmente una pozision de kritika enverso esta politika. Uvo entonses en la prensa opiniones diferentes i mizmo kontrarias i no solo un uniko punto de vista, lo ke kreo una situasion de rikeza komunikativa i ekspresiva. 

El premio Nobel de literatura Gabriel García Márquez, apuntava ultimamente ke la fleksibilidad de la lengua espanyola desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Ke diria el gran eskritor kolombiano frente a la rikeza i fleksibilidad del djudeo-espanyol en su larga trajektoria? Ke diria del karakter umano ke esta lengua estuvo dezvelopando? El djudeo-espanyol no enmudesio en Israel sino ke al kontrario: si en un primer momento esta prensa kumplio una importante funksion sosiala, formando i ayudando a los olim, sin pedrer el karakter periodistiko propio, al pasar los anyos esta prensa se esta konvertiendo ademas, en un dokumento istoriko de imenso valor. No solo porke en eyos se arekojeron para siempre los artikolos i las opiniones de tantos jurnalistas i kolaboradores, ke las muevas jenerasiones podran meldar, sino tambien porke en eyos se reflektan los akontesimientos de kada dia en la konstruksion del Estado de Israel.


Notas

(1) En farsi, la lengua de los persas, «bustan» hace referencia al huerto doméstico, compuesto por árboles frutales y hierbas aromáticas. Una importante obra de teatro en judeoespañol representada en las últimas décadas en el Teatro Nacional de Israel con gran éxito se titula Bustan sefaradí, del escritor y político Yitzjak Nabon, y recrea los años treinta del pasado siglo en uno de los barrios sefardíes de Jerusalén.

(2) Publicado originalmente en «AKI YERUSHALAYIM» Revista Kulturala DjudeoEspanyola, Anyo 19, 1998, nº57, pp.27-29.


Un rascacielos, una columna de mentira y un viaje desde el futuro 

Proyecto Chicago Tribune Column de Adolf Loos (1923).

No conozco nada en el mundo con tanto poder como una palabra. A veces escribo una, y la miro hasta que comienza a brillar.

Emily Dickinson

La prensa miente. Toda la prensa, entendida como testigo veraz de la actualidad, miente. O sea, que quizá relate la actualidad pero desde luego no es veraz. Tampoco es que, con esta afirmación, yo les esté empujando del caballo como el rayo divino que iluminó a Saulo de Tarso: pensar que las fake news son un fenómeno contemporáneo es esencialmente una fake new, porque la prensa miente desde que nació hace unos cuatrocientos años y lo seguirá haciendo dentro de otros cuatrocientos años, si es que sobrevive. 

Por supuesto, todos conocemos mentiras flagrantes impresas a cinco columnas en la portada de un periódico de tirada nacional o sesgos sutiles a la hora de contar una historia o incluso cuando se decide qué historias se cuentan y cuáles no. Pero esos son ejemplos fútiles, migajas de prestidigitador para desviar la atención de lo gordo. Y lo gordo es que para que la prensa sea el cuarto poder, antes debe ejercer poder; y para ejercer poder, antes tiene que enseñarle al mundo lo poderosa que es, aunque no lo sea. La prensa será tanto más poderosa cuanto más se parezca a un símbolo, y el símbolo es la mentira más poderosa que existe. De acuerdo a su naturaleza intrínseca, un símbolo nunca reflejará lo que algo es, sino lo que ese algo cree ser. O quiere ser. 

Chicago, la ciudad de los rascacielos

Antes de Nueva York, la ciudad de los rascacielos fue Chicago. Los rascacielos nacieron por pura necesidad económica. No es algo especialmente sorprendente porque, en realidad, casi todo nace como respuesta a un mejor aprovechamiento de los recursos. Lo que pasa es que, en el caso de los rascacielos, el proceso fue muy evidente: a finales del XIX, los precios del suelo en el centro de las grandes ciudades eran cada vez más elevados, así que la solución pasaba por exprimir sus posibilidades. O sea, por maximizar la superficie disponible multiplicándola en altura. 

Claro que edificar en altura no era una cosa tan fácil con los métodos constructivos tradicionales; si se levantase con una estructura de muros de carga, un edificio de doce o trece plantas apenas tendría superficie útil en la planta baja, pues todo el espacio quedaría colapsado por el enorme grosor de los muros necesario para sujetar la construcción. Así que la existencia del rascacielos se debió a una necesidad —la económica— y a dos invenciones tecnológicas: la estructura de acero y, sobre todo, el ascensor con sistema de seguridad, que Elisha Otis patentó en 1857 porque de poco servía tener plantas libres a cien metros de altura si nadie en su sano juicio iba a subir hasta ellas.

Desde que Burnham y Root construyeron el Rand McNally Building, el primer edificio con estructura completa de acero, en 1889, el rascacielos como solución arquitectónica se expandió rápidamente por todos los Estados Unidos y, en realidad, por todo el mundo. Sin embargo, el mayor exponente de ese primer esplendor del edificio en altura fue Chicago, que además era su cuna. Fue en el Loop —el distrito financiero de la capital de Illinois— donde nacieron los rascacielos y fue allí donde florecieron durante algo más de dos décadas; desde el Home Insurance de William Le Baron Jenney con apenas 42 metros de altura o el ya mencionado Rand McNally con 45 metros, hasta los 88 del hotel Renaissance Blackstone de Benjamin Marshall, inaugurado en 1909. 

Sin embargo, ya desde principios de siglo, Manhattan había adoptado el edificio en altura como solución constructiva a su apresurado desarrollo financiero. Aunque no respondían a una escuela arquitectónica consolidada como la de Chicago y sus soluciones eran notablemente menos elegantes, los rascacielos de Nueva York ostentaron el récord de altura desde 1890 hasta principios de los años 20. Y aún tendrían que llegar el Chrysler y el Empire State en 1931. 

Todos esos rascacielos, que nacieron por una necesidad, se habían convertido en símbolos. Representaban la capacidad de una ciudad para albergarlos. Representaban el enorme poder de las empresas que los habían construido: compañías de seguros, cadenas de tiendas, hoteles, bancos, marcas de automóviles y hasta fábricas de máquinas de coser. Ya también de periódicos. Bueno, en realidad, de un periódico: el New York World de Joseph Pulitzer, cuya sede —el New York World Building— alcanzaba los cien metros y fue el edificio más alto de Manhattan desde 1890 hasta 1895. 

A finales de los años 10, el New York World era el periódico más importante de Estados Unidos con una tirada de casi un millón de ejemplares diarios, el New York Times rondaba el medio millón y el Washington Post aún no existía como tal. Mientras, en Chicago, la segunda década del siglo había visto cómo las cabeceras de la ciudad se enfrentaban en una contienda feroz, y a veces no precisamente noble, por la hegemonía periodística. Así, el Chicago Examiner de William Randolph Hearst solo llegaba a tercer periódico de Illinois, detrás del Daily News y del Tribune, que en diez años había aumentado su tirada desde 188 000 ejemplares hasta los 424 000 que le otorgaban la primera posición. Lo había conseguido bajo las órdenes del editor Robert R. McCormick y gracias a una beligerante estrategia basada en la proliferación de tiras cómicas, cruzadas políticas y, sobre todo, columnas de opinión. En 1919, el Chicago Tribune era el noticiero más poderoso del centro de los Estados Unidos pero quería serlo aún más y, para eso, tenía que hacer ver a todo el país, y a todo el mundo, el alcance de su poder.

Un concurso para atraerlos a todos 

El 10 de junio de 1922, coincidiendo con el septuagésimo quinto aniversario del Tribune, McCormick convocó un concurso de arquitectura para la construcción de la nueva sede del diario. El llamamiento fue tan discreto como un bocinazo en una iglesia: en portada y con un el cuerpo de letra más rimbombante que encontraron, el periódico anunciaba los cien mil dólares en premios (más de un millón y medio de euros al cambio actual) que se repartirían los arquitectos premiados en el diseño de «el edificio de oficinas más hermoso del mundo». 

Aparentemente, el antiguo cuartel general se había quedado pequeño y el periódico necesitaba un nuevo edificio para la redacción y sus distintas secciones y subsecciones, manteniendo el antiguo para la maquinaria de las rotativas. El empleo del adverbio «aparentemente» no es casual porque en las escuetas bases del concurso no se hacía ninguna referencia al programa funcional del nuevo edificio y, de hecho, no se pedían ni plantas ni secciones ni distribución. Solo dos alzados y una perspectiva. Eso sí, las propuestas debían atender a tres necesidades muy precisas: «adornar con un monumento de duradera belleza la ciudad en la que el Tribune [había] prosperado tan maravillosamente», «crear una estructura que [fuese] inspiración y modelo para generaciones de editores de prensa» y «construir un nuevo y precioso hogar digno del periódico más grande del mundo». 

Con semejante floritura prosística, quedaba claro, por un lado, que el concurso tenía tanto de competición arquitectónica como de campaña publicitaria; y por otro, que al Chicago Tribune le importaba poco la habitabilidad o eficacia del edificio porque no quería un edificio: quería un símbolo. Y, por supuesto, ese símbolo era un rascacielos. 

Siendo honestos, el rascacielos es un tipo de arquitectura al que le importan muy poco pequeñeces mundanas como plantas o secciones. Conceptualmente es poco más que una planta tipo lo suficientemente libre para albergar oficinas encima de otra planta idéntica repetida todas las veces que permita la altura máxima edificable. Lo único que importa es la fachada y la silueta. Fin.

Desde veintitrés países se presentaron doscientos sesenta y tres proyectos, sin duda atraídos por la repercusión del concurso pero muy probablemente también por la suculenta cuantía económica de los premios; y todos tenían claro de qué iba la vaina. Y la vaina iba de sacar pecho estilístico. Es decir, de plantear la mentira estéticamente más atractiva. El vestido más bonito para la Nancy. Teniendo en cuenta que, en 1922, convivían los historicismos más rancios con las vanguardias arquitectónicas, desde el expresionismo hasta el incipiente racionalismo de la Bauhaus, los vestiditos que se presentaron fueron muy dispares. 

De izquierda a derecha: el proyecto ganador del concurso, de John Mead Howells y Raymond M. Hood; el proyecto que obtuvo el segundo premio, de Eliel Saarinen; elque quedó en tercera posición, de el estudio Holabird & Roche; el proyecto de Walter Gropius y Adolf Meyer; y el proyecto de Max Taut.

La columna del futuro

La mayoría de los proyectos norteamericanos se encuadraban en el numeroso bando de los neo-algo: neomedievales, neoclásicos, neobarrocos o neoegipcios. Un despliegue de envidia por las antiguas civilizaciones ejemplificado en pirámides, pilastras, frontones, cubiertas a dos aguas, jabalcones y contrafuertes perfectamente incoherentes con la lógica constructiva de un rascacielos de estructura de acero. El propio ganador, inaugurado tres años después del concurso, es un espantoso rascacielos neogótico, obra de los arquitectos neoyorquinos John Mead Howells y Raymond Hood. Un pirulo de treinta y seis plantas y ciento cuarenta y un metros rematado en cubierta por unos cuantos arbotantes de catedral francesa del siglo XIII cuya función estructural es exactamente ninguna. Son pura decoración, pura tramoya. Los autóctonos le tienen en muy alta estima y en 1989 fue incluido en el registro de landmarks de Chicago, pero lo cierto es que no presenta diferencias significativas respecto a las otras neocosas que se presentaron a la competición, más allá de que, curiosamente, Howells era primo de McCormick.

Por el contrario, los vanguardistas arquitectos europeos no sucumbieron a las imitaciones historicistas pero tampoco profundizaron mucho más en el problema del edificio en altura sino que vieron el concurso como un medio para dar a conocer sus soluciones estilísticas y compositivas. Nuevas y modernas pero estilísticas y compositivas. Eliel Saarinen quiso llevar el rocoso romanticismo nacional finés a la orilla del río Chicago; Walter Gropius presentó una elegante fachada de acero sin un arco ni un frontispicio pero llenita de decisiones arbitrarias; Jan Duiker y Bernard Bijvoet se apegaron a la lógica de «planta sobre planta» pero no pudieron evitar un grandilocuente fachadismo en la puerta principal y las cornisas; y Bruno Taut imaginó una colosal tienda de campaña de vidrio mientras su hermano Max apostaba por una retícula de hormigón a prueba de veleidades del diseño.

El concurso sirvió para que las vanguardias arquitectónicas comenzasen a tenerse en cuenta en Estados Unidos y, una vez terminado el nuevo edificio, para que las ventas del Tribune se disparasen. El símbolo había triunfado. Por primera vez, el difuso poder de la prensa se manifestaba con la grandilocuencia a la que aspiraba. Sin embargo, mirados en la perspectiva del tiempo, tanto el ganador como la mayoría de los proyectos presentados se quedaron en una dudosa tierra de nadie, sobre todo si los comparamos con la mejor propuesta enviada y por la que el concurso pasaría a la historia: la columna de Adolf Loos.

De izquierda a derecha: el proyecto de Bertram Goodhue; el de Helmle & Corbett; el deD. H. Burnham & Co; el proyecto de Bruno Taut, Walter Gunther y Kurz Schutz; y el de Adolf Loos.

Loos, el autor de Ornamento y delito, el padre de la modernidad arquitectónica, el enemigo público número uno de las molduritas decorativas, el ayatolá de las fachadas puras, el tipo más serio del Imperio austrohúngaro presentó a competición la broma perfecta y, a la vez, la perfecta destilación de lo que un edificio-símbolo debería ser. Un rascacielos con forma de columna dórica. 

La misma entrada, bautizada en los planos como «La columna del Tribune», dejaba claro el espíritu jocoso del asunto pero, en realidad, apuntaba con primorosa exactitud a la verdadera lógica de lo que había pedido el Tribune. Un monumento. Un estricto monumento sin la más mínima consideración funcional pero con la ambición máxima de convertirse en emblema de Chicago. Algo así como la torre Eiffel pero hasta arriba de cachondeo. ¿No gustaban tanto los yanquis del historicismo eurocéntrico?, pues toma dos tazas de ciento cuarenta metros de altura. 

En realidad no podemos saber si la cosa les habría gustado de veras porque el bueno de Loos mandó el proyecto fuera de plazo, pero es probable que no hubieran entendido nada. Al fin y al cabo, esta comprensión entre humorística y semiótica de la arquitectura no volvería a aparecer hasta cincuenta años después, cuando Venuri, Brown e Izenour publicaron Learning from Las Vegas y abrieron paso a la posmodernidad arquitectónica. En efecto, en su columna para el Tribune, Adolf Loos se saltó todo el Movimiento Moderno. Se saltó a Mies van der Rohe, a Le Corbusier y a Alvar Aalto cuando aún estaban apenas empezando.

Es, digamos, descartable que el arquitecto austriaco tuviese a su disposición una máquina del tiempo, pero lo que parece bastante seguro es que, bajo la mirada circunspecta con la que Loos aparece en todas sus fotografías, palpitaba una inteligencia tan blindada como deliciosamente juerguista. 


Somos CLABE. Club abierto de editores

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Arsenio Escolar, presidente de CLABE.

Club Abierto de escritores (CLABE) es la nueva identidad de la Asociación Española de Editoriales (AEEPP). Este cambio de nombre, es debido a la variación de imagen y gestión que pretende obtener una posición de liderazgo en la recuperación de medios, según su presidente, Arsenio Escolar.

CLABE es la primera asociación del sector de medios de comunicación en España, con 158 grupos empresariales asociados y cerca de 800 cabeceras de todos los formatos, temáticas y periodicidades representadas. Además, es la única del sector editorial integrada en CEOE y CEPYME. Es también asociada y fundadora de la European Innovative Media Publisher, una unión de medios europeos innovadores para promover un entorno regulatorio que fomente un sector de publicación de medios diverso, competitivo e innovador.

Estamos en una nueva etapa de cambio de nombre, de imagen y de gestión, queremos tener una posición de liderazgo en la recuperación del sector de medios, junto a otras asociaciones con la que hemos aunado fuerzas en una plataforma de editores en la que ya están CLABE, ARI, CONEQTIA y ARCE y a la que invitamos a todas las organizaciones del sector, señala Arsenio Escolar.

Su majestad la reina doña Letizia fue una de las primeras personalidades en conocer el pasado 12 de noviembre la nueva imagen de CLABE, cuando recibió a una representación de la junta directiva de la asociación, encabezada por su presidente, Arsenio Escolar. Los editores representados en CLABE trasladaron a Su Majestad la preocupación por el futuro del sector de los medios de comunicación. «Estamos teniendo una serie de reuniones con el Gobierno y distintos agentes sociales para garantizar la supervivencia del sector», recuerda Arsenio Escolar, «porque entramos en una nueva era para la comunicación y los medios informativos van a ser aún más determinantes».

En el acto de presentación de CLABE, ha habido una amplia participación de los protagonistas de la vida social, económica y política; representantes del Gobierno, de los partidos políticos, de las organizaciones empresariales y sindicales, de la sociedad civil, de los medios de comunicación y de quienes forman parte de la asociación de editores más relevantes de España por número de grupos empresariales y cabeceras representadas. También han contribuido numerosos asociados y asociadas.

La asociación presentó al Gobierno un plan de choque con veinticinco medidas estratégicas para la recuperación del sector a finales de marzo pasado. El plan parte de la consideración de los medios de comunicación como un sector de actividad esencial para mantener la cohesión social y el pulso en las sociedades democráticas. Entre las medidas ya aprobadas se cuenta el IVA digital, «pero queda mucho por hacer», indica Escolar.

Además, desde CLABE siguen trabajando y pidiendo al Gobierno y a las administraciones públicas que se haga una trasposición de la directiva de propiedad intelectual de forma que los editores tengan poder de negociación sobre sus contenidos. Por otro lado, también consideran fundamental, y así se va a solicitar, que el sector editorial sea una de las prioridades en el Plan de Recuperación, Transformación y Resiliencia del Gobierno de España y en la distribución del Fondo de Recuperación Next Generation EU.

El presidente de Club Abierto de Editores, Arsenio Escolar, ha destacado que «el editorial es un sector esencial en la sociedad, un sector CLABE que es la mejor garantía de veracidad, en la vanguardia contra las fake news».

Entre los participantes se encontraron Pedro Sánchez, presidente del Gobierno de España; la ministra de Hacienda y portavoz, María Jesús Montero; el ministro de Cultura, José Manuel Rodríguez Uribes; la ministra de Trabajo, Yolanda Díaz, el presidente del PP, Pablo Casado; Inés Arrimadas, presidenta de Ciudadanos; Antonio Garamendi, presidente de CEOE; Gerardo Cuerva, presidente de CEPYME; José Ignacio Sánchez Galán, presidente de Iberdrola; Pepe Álvarez, secretario general de UGT; Unai Sordo, secretario general de CCOO; Santiago Muñoz Machado, director de la Real Academia Española (RAE); Luis García Montero, director del Instituto Cervantes; Ana Santos, directora de la Biblioteca Nacional de España; Mar España, directora de la Agencia Española de Protección de Datos; (AEPD); Pablo Alzugaray, presidente de la Academia de la Publicidad; Carlos Lozano, presidente de AIMC; Reyes Justribó, directora general de IAB; Lidia Sanz, directora general de la Asociación Española de Anunciantes; Leo Farache, director de la Asociación de Agencias de Medios; Marta Ariño, presidenta de ARI; Joan Juan, presidente de CONEQTIA; Manuel Ortuño, presidente de ARCE; Luis Collado, Google Global Partnership EMEA News & Publishing Lead; Miguel López-Quesada, presidente de DIRCOM, Nemesio Rodríguez, presidente de FAPE; Juan Caño, presidente de la APM.

 

 

 

 

 

 

 

 


El año que necesitamos el periodismo y nos falló

DP.

Es muy grave que en plena crisis del coronavirus los médicos estén recomendando a sus pacientes dejar de ver y leer las noticias. La ciencia médica de hoy sabe que la ansiedad baja las defensas y entorpece la recuperación de la mayoría de las enfermedades. Cuando se lucha contra un virus de estas características parece que los médicos tienen claro que hay que evitar en lo posible que los enfermos sufran interacciones perjudiciales. Y las noticias, tal como se están contando, se han convertido en eso.

Este tiempo de cuarentena y confinamiento está siendo aprovechado por numerosos filósofos, escritores y economistas para reflexionar sobre lo que realmente somos y sobre cómo va a afectar esta profunda crisis a nuestra vida, nuestra cultura y a la forma de relacionarnos. Algunos hablan de fragilidad y necesidad de colaboración, otros de necesidad de reforma del modo de vida capitalista. (Adela Cortina y Delgado-Gal, entre otros). También los hay que, como Emilio Lledó (filósofo, noventa y dos años), se preocupan por que «esto sirva en cambio para ocultar otras pandemias gravísimas, plagas como el deterioro de la educación, de la cultura y del conocimiento» y de que «imbéciles con poder se aprovechen de lo vírico para seguir manteniéndonos en la oscuridad y extender más la indecencia».

En campos más acotados y endogámicos como la literatura, Antonio Muñoz Molina hacía el sábado 28 de marzo un saludable ejercicio de autocrítica. Al académico de Úbeda hay que ponerle en su haber que fue de los pocos escritores con valentía suficiente como para denunciar cómo la mayoría de los periodistas e intelectuales —él entre ellos— miró hacia otro lado cuando fue preciso denunciar la corrupción que se terminó destapando con la anterior crisis económica. La acusación fue realizada en su libro Todo lo que era sólido (Seix Barral, 2013). Hoy, en su artículo «Las cosas como son», denuncia el ensimismamiento en que las artes han vivido hasta ahora; pone de relevancia su falta de diálogo con la realidad y con la sociedad:

En épocas de abundancia las artes pueden permitirse el lujo del ensimismamiento: porque nadie va a pedirles seriamente consuelo, sustento o refugio, las artes pueden consagrarse a los fuegos de artificio sin el menor peligro de que se les exija responsabilidad alguna. Los que se acerquen a ellas quedarán satisfechos si pueden confirmar su pedantería o su esnobismo. Los artistas recibirán el prestigio que conceden a cada momento los administradores ocultos de los valores de la moda: cuanto más abstrusos sean, más alejados de la vida real y de las cosas prácticas, de los trabajos de las manos, de las palabras de todos los días y las historias comunes, mayor será su prestigio. Las artes ya no precisan reflejar el mundo ni medirse con él: su principal objeto son ellas mismas; su público es el de los especialistas y los enterados. Los artistas, si dicen algo, lo dicen en el lenguaje de los críticos y los teóricos del arte. Los escritores escriben —mea culpa— sobre el proceso de la misma escritura. Las novelas tratan de escritores que se encuentran y se emborrachan con otros escritores en congresos internacionales o comarcales de literatura.

No hay garantías de que esta crítica tan descarnada vaya a servir de algo. Pero una cosa es cierta: no hay camino hacia la necesaria reforma sin un inicial análisis del estado en que se encuentra lo que necesita cambiar. Sin autocrítica no hay redención.

El periodismo en la era del coronavirus

En referencia a la información televisada se han escrito duras diatribas en las últimas semanas. Javier Marías, el domingo 29 de marzo, en «Entusiastas del pánico» (El País), acusaba a los informativos de televisión de mala fe y de «tono triunfal» a la hora de comunicar la cifra de fallecidos por el virus. El día siguiente, en el mismo medio escrito, fue Ángel S. Harguindey, veterano analista de medios de comunicación, quien alzó su voz. En un artículo titulado «Los informativos», que se ilustraba con la foto de dos conocidos presentadores de televisión, afirmaba que en «las televisiones generalistas el morbo es el dueño de la casa». Entre otras cosas, argumentaba Harguindey que los informativos de TV repiten innecesariamente «seis o siete veces» las cifras de fallecidos.

Se echa de menos, sin embargo, la autocrítica en la prensa escrita. La cobertura que se está haciendo de la crisis sanitaria del coronavirus y de la caída de las bolsas mundiales está siendo muy defectuosa y poco profesional. Y lo que se entrevé es que la causa de tal tratamiento de las noticias está en las graves deficiencias que se vienen arrastrando desde hace años. Se publica que esta crisis va a afectar de lleno a los medios de prensa escrita a causa de que se está desplomando la inversión en publicidad. Estas dificultades económicas no son nuevas. Desde la llegada de internet y del «todo gratis» la prensa está en crisis. Puede ser que esta nueva recesión que se avecina aboque a los periódicos (digitales o en papel) a tocar fondo. Una prensa escrita fiable y profesional, en el mundo postcoronavirus, va a ser tan necesaria como una democracia más comprometida con el ciudadano o como nuevas instituciones y leyes de cooperación internacional. Si la prensa llamada «seria» no es capaz de aprovechar esta crisis y de renovarse desde dentro, su supervivencia es bastante incierta. Y lo peor en ese caso es que su lugar será ocupado por chiringuitos de noticias donde las fake news y la manipulación serán la tónica general. Si no se hace nada, el futuro de los medios escritos que se vislumbra es desolador.

En los Estados Unidos ya están haciendo su autocrítica. El pasado 29 de marzo, en la revista The New Yorker, se publicaba un extenso artículo sobre el presente y el futuro de los medios escritos como The New York Times, The Washington Post, BuzzFeed o el HuffPost. Michel Luo, editor de la revista, en un artículo titulado «The fate of news in the age of coronavirus», analizaba los pros y los contras de los muros de pago («paywall») en el nuevo escenario que se presenta. Hacía repaso de los errores del pasado y recuento de los nuevos modelos de negocio que los periódicos están adoptando para sobrevivir. Algunos rotativos —sirva como ejemplo— han conseguido del gobierno el estatus legal de fundación, lo cual abarata los costes fijos y permite nuevas formas de financiación.

En España, acostumbrados como estamos a la mediocridad en la prensa diaria, alguien puede pensar que no es para tanto. Sirvan solo como ejemplo las tres siguientes noticias publicadas recientemente en periódicos en castellano que tienen millones de lectores.

El día 20 de marzo se publicaba en El Mundo una noticia con el siguiente titular: «Los médicos elegirán a quién ingresar en la UCI según su esperanza de vida». La primicia se incluía en la sección de «Ciencia y salud». La entradilla dice: «Un plan elaborado por intensivistas e internistas establece los criterios para decidir si se ingresa a un paciente o no en caso de falta de camas de cuidados intensivos. Se valorará el ingreso de personas con expectativas de vida de menos de dos años».

Hemos buscado el documento al que se hace referencia en la noticia y no se trata de un plan, sino de una serie de recomendaciones éticas ante situaciones de emergencia. La palabra «plan» habla de algo que se va a ejecutar; «recomendación» tiene una connotación bastante más suave. El documento se puede leer en la página de SEMICYUC, la Sociedad Española de Medicina Intensiva, Crítica y Unidades Coronarias y se titula «Recomendaciones éticas para la toma de decisiones en la situación excepcional de crisis por pandemia COVID-19 en las unidades de cuidados intensivos». El documento lo firman con nombres y apellidos el grupo de trabajo de bioética de la SEMICYUC y consiste en una guía de pautas deontológicas a seguir en casos excepcionales en los que el profesional se vea obligado a elegir sobre qué tipo de persona debe preferir a la hora de utilizar unos medios escasos o insuficientes para atender a todos los pacientes que podrían necesitar el servicio de UCI. Sería interesante analizar si realmente estamos ante una noticia. Y en caso de que así fuera, si es digna de publicarse.

Nueve días después, en el mismo medio escrito, se ponía en circulación un reportaje con el siguiente titular: «Denuncia: no nos dejéis los últimos de la fila si nos contagiamos y tenemos que ir a la UCI». Se trata del relato de la situación de un enfermo de ELA de treinta y seis años. Bajo la noticia se situaba un enlace a la anterior, la que avisa de que los «médicos elegirán en función de la esperanza de vida». Si se lee el documento de la SEMICYUC, se puede comprobar que el caso del paciente de ELA con treinta y seis años no es uno de los que, ante el dilema ético de tener que elegir, se recomienda relegar en favor de otros pacientes.

En La Vanguardia, el día 30 de marzo y bajo el epígrafe de «COVID-19», se publicaba una noticia que llevaba como titular: «Las lágrimas de un médico al no poder abrazar a su hijo por miedo a contagiarle el coronavirus». En el cuerpo de la noticia se incluye el vídeo de la escena que protagonizan el médico (de Arabia Saudí) y su hijo. Se destaca, para más datos, que dicho vídeo se ha hecho «viral».  En el periódico nativo digital El Español se ofrece la misma noticia, se incluye el vídeo y se aprovecha para informar de que «los últimos datos hablan de 12 298 sanitarios contagiados en España a la fecha».

DP.

El día 29 de marzo, en El Español se publicaba una encuesta (incluyendo varios gráficos) con el siguiente titular: «Los españoles creen como promedio que habrá 11 200 fallecidos al final de la epidemia de coronavirus».  El cuerpo de la noticia comienza de esta forma: «La pandemia del coronavirus dejará 11 234 fallecidos en España y un 20% cree que nuestro país superará la barrera de los 15 000 decesos. Así se desprende de una encuesta de Sociométrica para El Español». Se afirma que, según la encuesta, los hombres son más pesimistas que las mujeres y que los jóvenes temen menos muertes que los de mayor edad. Para terminar, se añade lo siguiente: «algunas proyecciones a las que ha tenido acceso El Español sitúan los fallecidos en España en valores por encima de los 37 000», pero no se cita la fuente de esas previsiones. Aparte del valor estadístico de dicha encuesta, que es cuando menos dudoso, ¿dónde está la utilidad informativa de una noticia como esta? Sería interesante conocer cómo se hicieron las preguntas para la encuesta: ¿se ofrecieron tramos de fallecidos al encuestado para que hiciera su apuesta según cifras sugeridas o se le permitió dar una cifra a razón de su buen saber y entender? Curiosa manera de hacer periodismo. El 29 de marzo, el número de fallecidos por el virus en España era de 6528 según el Ministerio de Sanidad.

El futuro del periodismo escrito

Después de muchos palos de ciego, parece que se está imponiendo un modelo de negocio en la prensa escrita: la suscripción digital (muro de pago). Las tarifas que se ofrecen al lector no son abusivas y, del mismo modo que se paga sin reparo por plataformas de vídeo o de música, parece justo desembolsar un precio por el producto informativo que se consume. Pero, en este nuevo escenario, los rotativos deben ser conscientes de que su deseado cliente digital no va pagar por lo mismo que hace una semana disfrutaba de forma gratuita. Si no se toma eso en consideración, el nuevo modelo fracasará. Es necesario mejorar el producto. Y la prensa escrita, por desgracia, tiene mucho espacio para incrementar su calidad.

En enero de 2017, The New York Times publicó un documento llamado «Journalism That Stand Apart». Se trataba del resultado de un año de trabajo del llamado Grupo 2020 que estaba formado por siete profesionales del periódico y dirige el periodista David Leonhardt. En ese documento, que en palabras de sus autores era una declaración de principios y una guía sobre cómo será el NYT en el futuro, se informaba de la evolución del modelo de negocio escogido (muro de pago, «paywall») y de los objetivos aún por cumplir. Este texto se une a otros dos documentos que explican la transformación del NYT: «Innovation Report» de marzo de 2014 y de «Our Path Forward» de octubre de 2015. En estos tres documentos se cuenta con detalle y encomiable transparencia los planes de futuro del periódico y, sobre todo, se recoge por extenso, y reconociendo los errores del pasado, un firme compromiso del NYT con el periodismo de calidad. Compromiso que, como se explicita en los documentos, el NYT hace en la práctica con el nuevo suscriptor. Sirva como ejemplo lo que se pone por escrito en el punto tres del epígrafe «The way we work» del informe de 2017. Ese punto se titula «we need to redefine success» (tenemos que redefinir lo que entendemos por éxito):

Estamos produciendo más noticias con repercusión y seguimos luchando contra el atractivo del clickbait. Las historias más valiosas y con más éxito a menudo no son aquellas con más visitas, a pesar de lo que aún es asumido de forma general por la redacción. Una historia que recibe 100 000 o 200 000 visitas y consigue que los lectores sientan que están siendo informados y que además aumenta su percepción y entendimiento del asunto en cuestión es más valiosa para el NYT que una pieza divertida que se convierte en viral.

En España, con más timidez unos que otros, varios periódicos han decidido un modelo de negocio basado en la suscripción digital, lo que se conoce como muro de pago. El Mundo y El País ya lo han implementado y ABC y La Vanguardia lo han anunciado para los próximos meses. Todos estos rotativos se han abrazado a la idea como el último recurso para su salvación. Ni los ingresos de la publicidad en internet ni los generados por las ventas del periódico en papel (incluyendo suscripciones) alcanzan para pagar los gastos. Para un lector que pretenda estar bien informado pagar por ese servicio no es inconcebible. Pero los periódicos deben comprometerse, como ha hecho el The New York Times, a ofrecer un producto de calidad. Y ese compromiso, hasta ahora, brilla por su ausencia entre los rotativos españoles. El compromiso requerido debe comenzar con un reconocimiento de deficiencias pasadas. Estamos esperando.

Si la prensa diaria quiere volver a ser uno de los principales pilares de la sociedad democrática e integrarse en el nuevo ejército que después de la crisis del coronavirus va a dar la batalla contra las fuerzas del populismo, la manipulación y la propaganda, no tiene más que un camino: comprometerse a fondo y sin reticencias con el periodismo de calidad.


Vida de quiosquero

Fotografía: Juan Tallón.

En el quiosco de Francisco Macía solo caben él, un cliente y un tema de conversación, a menudo de política; y apretados. Mide 3,885 metros cuadrados, aunque si descontamos las estanterías, el mostrador, la silla, un taburete y todos los periódicos y revistas, queda el sitio necesario para meter la mano en el bolsillo, sacar el dinero y pagar, sin aspavientos. El sitio demanda los gestos precisos, ni uno más. Cuando entras, todo está tan cerca que tienes miedo de descolocar algo si resoplas. Está situado en la calle Progreso, en Ourense, frente a un paso de peatones transitadísimo, en una calzada de tres carriles de dirección única. Casi siempre hay un cliente dentro, lo que equivale a decir que está lleno a reventar. Y para que entre un cliente nuevo debe salir el que está dentro. Representa la clase de sitio al que uno dejaría de ir porque muchos días tiene que esperar turno en la acera y, mientras lo hace, soporta el ruido y la contaminación de la calle con más tráfico de la ciudad. Pero, por alguna razón, ese defecto equivale a un encanto, y los clientes acuden fielmente. «Son amigos», precisa, para distinguirlos de simples compradores. Y sí, este lugar «es incómodo, pero perfecto; está en el centro de la ciudad, todo el mundo lo conoce», zanja el dueño con la mirada perdida en un punto lejano, como si las paredes no le molestasen las vistas.

Tiene un buen nombre: O Carrabouxo. Macía lo bautizó mientras leía La Región, el diario local, donde el humorista gráfico Xosé Lois González publica una viñeta protagonizada por un personaje alto, flaquísimo y casi sabio. «Un día hablé con Xosé Lois, le conté que quería abrir un quiosco, y que me gustaría llamarle O Carrabouxo, y le pareció bien». Todo el mundo en Ourense sabe quién es O Carrabouxo. Tiene su propia estatua, los turistas se fotografían con ella, los vándalos la respetan de vez en cuando. La viñeta sale desde 1982 de forma ininterrumpida, salvo censuras puntuales. En una pared del quiosco Macía ha pegado precisamente la fotocopia de una ilustración vetada por el periódico en 2009, en la que O Carrabouxo ironiza sobre José Luis Baltar —por entonces presidente de la Diputación y del PP de Ourense— y sus propósitos para situar a su hijo como heredero de sus cargos, que finalmente alcanzó.

Macía nunca pretendió ser quiosquero. Él era ingeniero agrícola. Tenía vocación. Ni siquiera compraba periódicos. «De vez en cuando, los leía en las cafeterías». Como mucho, adquiría el semanario A Nosa Terra, de corte nacionalista, escrito íntegramente en gallego y ya desaparecido. Pero un día paseaba por la calle Progreso, vio un cartel de «Se alquila» en un local vacío, vagamente inhóspito, y «sobre la marcha» se le ocurrió que sería el sitio perfecto para un quiosco de prensa. Él trabajaba en la Xunta de Galicia, presidida por Manuel Fraga, haciendo trabajos de topografía y concentración parcelaria, aunque estaba harto. «Veía pasar demasiada corrupción a mi lado, y no podía hacer nada, excepto apartarme para que no me tocase». Pensó que le sentaría bien cambiar de aires. Improvisó una vida nueva en unos minutos.

Hasta ese día, su existencia había seguido un rumbo fijo. Había nacido en O Canizo, un pueblo de la montaña oriental ourensana. Su padre trabajaba con un camión, y en casa tenían ganado. Francisco cursó Formación Profesional, en la rama agraria, y más tarde se licenció en Ingeniería Agrícola. Estudió con becas en Santander, Asturias, A Coruña y Lugo. Su primer empleo fue en el Instituto de Conservación de la Naturaleza y después en un estudio de arquitectura, antes de trabajar en una empresa de servicios catastrales y finalmente en la Consellería de Agricultura. «No supe que quería tener un quiosco hasta el momento en el que pasé frente al local vacío». De pronto, lo adivinó. Vio un negocio donde no lo había. Aquel sitio tan pequeño era «un local comercial que nunca había albergado ningún comercio». Solo podía acoger un quiosco, y aun así sería «probablemente uno de los quioscos más pequeños del mundo». Durante una época había sido un espacio de exposición de ordenadores, sin empleado, con la puerta cerrada, al que la gente se asomaba desde la acera, curioseaba y seguía su camino.

Macía se fijó en el cartel de «Se alquila» un sábado. El lunes llamó al teléfono que aparecía debajo y al día siguiente «firmé un contrato de alquiler por quince años», a razón de quince mil quinientas pesetas al mes, que cada dos años se revisaba según el IPC. Era julio de 1996. Faltaban las licencias correspondientes, pero, en cierto modo, tras aquella firma, Francisco Macía se hizo quiosquero. Tenía cuarenta y cuatro años y acababa de reinventarse. El 5 de agosto al fin abrió al público. Aquel día las portadas de los periódicos a la venta destacaban la decimoséptima medalla de España en los Juegos Olímpicos de Atlanta, el intento de suicidio de Felipe Bayo, encarcelado por el caso Lasa-Zabala y el asesinato de una mujer de Lugo a manos de su exnovio. En Ourense se alcanzaron los 28 grados de máxima, comenzaban las Jornadas de Folclore, con cuatrocientos bailarines de todo el mundo, y en los cines se proyectaban Fargo, Espía como puedas y, en la sala X, Zorras calientes.

Su vida adquirió de repente otra escala. Acostumbrado a trabajar al aire libre, sin muros, ahora estaba encerrado en un local que no permitía estirar los brazos a lo ancho porque topaba con las paredes. A los pocos días de abrir, cuando los termómetros de Ourense se dispararon, constató que el quiosco en verano equivalía a un horno. «Me habría gustado poner un ventilador, pero no había sitio. Y las hojas volarían continuamente». En invierno se convertía en un frigorífico. Al llegar esa época habría querido poner una estufa, pero con tantos papeles podía provocar un incendio. «Y, además, tampoco había sitio».

Enseguida comenzó el debate más repetido en los veintiún años siguientes entre Macía y sus clientes. Antes o después, se desembocaba en el mismo tema: «Este sitio es muy pequeño». El espacio era «una guerra constante. Me decían que el quiosco era monoplaza». No se quejaban de que lo fuese porque resultase incómodo, que también. El lamento más habitual era: «¡Aquí no se puede hablar!». Sus clientes no acudían simplemente a comprar el periódico o las revistas, sino a comentar lo que se publicaba en ellos. «Pero, como bastaba que hubiese dos personas en la acera para que se formase cola, a menudo había que dejar las conversaciones a medias para que entrase el siguiente cliente, que enseguida resoplaba si tenía que esperar». En O Carrabouxo se inventaron las tertulias de medio minuto. Macía conocía bien a la clientela y sabía «qué tenía que decir si se llevaba La Voz de Galicia, ABC o El País para seguirles la corriente».

Poco a poco, Macía se convirtió en un lector de prensa empedernido. Lo leía todo, en especial las columnas. «Mis preferidas, por este orden, eran las de Haro Tecglen, Manuel Rivas, Pérez Royo, Ignacio Ramonet y Ramón Chao. Tengo debilidad por Le Monde Diplomatique. Es el mejor medio para enterarse de qué pasa fuera de aquí», afirma. La vida en el quiosco se hacía tan minuciosa y lenta, tan repetitiva y angosta que después de leer a los columnistas que le gustaban a veces leía a los que aborrecía, para confirmar que seguían sin gustarle. En un lugar tan pequeño daba tranquilidad que algunas cosas no cambiasen nunca de sitio y que los columnistas buenos estuviesen en un sitio y los malos en otro, sin mezclarse.

En silencio y lentamente Francisco se adentró en una normalidad nueva, que ya nunca abandonaría. Durante veintiún años se levantó a las dos de la madrugada, un día y otro, y otro, y otro. Todos. «Programaba tres despertadores, pero nunca dejé que sonasen; me despertaba yo unos minutos antes». Solo sonaron una vez, y para eso no consiguieron despertarlo. Fue el único día que se quedó dormido. «No sé qué pudo pasar. Me desperté a las cinco de la mañana», dice, como si aún le durase el susto. En su nueva vida, después de levantarse tomaba dos vasos de zumos, mucho café, y pedaleaba media hora en la bicicleta estática, para compensar la quietud de su trabajo.

«A las tres y media de la mañana ya estaba en el quiosco, escuchando el Hablar por hablar en la Ser». Pero ¿por qué tan temprano? ¿Qué necesidad había? «Había», afirma con la cabeza, con el gesto de alguien que mima sus secretos. «Cada día tenía su afán: debía organizar las devoluciones, redactar facturas, revisar pedidos, hacer reclamaciones, ajustar la contabilidad…», sacude una mano, dibujando el infinito. Los periódicos llegaban escalonadamente. Primero El Faro de Vigo, a las 3:45; La Voz de Galicia a las 5:30. La Región, que es el periódico de la ciudad, llegaba por una misteriosa razón el último, a las 6:45, y con él los medios nacionales. En ese instante arrancaba uno de los varios momentos febriles del día, pues tenía que repartir la prensa a domicilio a muchos negocios y particulares. A esa hora no se permitía entretenimientos como abrir los periódicos y husmear en los titulares. Debía aprovechar al máximo la ubicación perfecta del quiosco: la calle Progreso pronto se llenaría de conductores camino del trabajo que pasaban a recoger el diario en coche. A pie de quiosco hay un semáforo ante el que cada día se detienen cientos de vehículos. En el ínterin que permanece en rojo, muchos conductores se bajan sin apagar el motor, compran el periódico y vuelven rápido al automóvil.

Su vida transcurre casi todo el día dentro del quiosco. Es como existir en el interior de una pesadilla no del todo desagradable. A media mañana se ausenta cinco minutos para tomar un café. Al regresar, es habitual «encontrarse a un cliente enfadado que jura llevar media hora esperando. Hay que tener mucha paciencia», dice meneando despacio la cabeza. A las dos y media de la tarde cierra y se va a casa. Cuando hace buen tiempo, me lo encuentro sentado en un banco del parque Avilés de Taramancos, al lado del río Barbaña. Son las cuatro de la tarde y toma el sol con la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados y los pantalones subidos hasta las rodillas, disfrutando durante un rato del mundo exterior. A las cinco regresa al quiosco y se encierra hasta las nueve de la noche. «La tarde es el momento de preparar las devoluciones, vender algunas golosinas o cromos, reponer revistas», se detiene y cae en unos puntos suspensivos. También se trata de estar, sin más. A raíz de la crisis y la caída de la venta de periódicos, permanecer abierto ha sido más importante que nunca. «En los buenos tiempos vendía incluso más de lo que quería. En 2006, de hecho, adquirí el local en propiedad. Se lanzaban todo tipo de fascículos, películas, libros y colecciones de objetos más o menos tontos, y se compraban. No pasaba nada si perdías un cliente, porque ese mismo día ganabas cuatro nuevos. Ahora ese mundo ha desaparecido». A las once de la noche se va a la cama, y tres horas después se despierta. La vida arrecia con sus repeticiones.

Cambiase o no a su alrededor el mundo, él estaba siempre allí, tras el mostrador, a veces de pie y a veces sentado «en una butaca giratoria, como la de algunos bares, que me daba dolor de espalda». En más de dos décadas de reclusión, solo descansaba tres días al año. Pero ¿no tenías vacaciones? «Sí, esos tres días —insiste—: Navidad, Año Nuevo y Viernes Santo, cuando no había prensa». Me mira con incredulidad, como si me pareciese poco. Pero ¿nada más?, me pongo pesado. «Los domingos cerraba a las cinco de la tarde. Eran como unas vacaciones. Aprovechaba para dormir». Cuando bromeo con que, en vista del panorama, debía de ponerse loco de contento el día que cogía la gripe y se quedaba en cama con fiebre, su gesto se agrava. «En veintiún años nunca tuve la gripe. Me vacunaba».

Nacionalista de izquierdas, muy apasionado al principio, más escéptico después, Macía y su quiosco han convivido siempre con la sede del Partido Popular enfrente. Fue una vecindad pacífica, sabiamente reducida a negocios. La derecha, y los medios que la defienden, que «en Galicia son todos», y contra los que a menudo lanza duras invectivas mientras pagas el periódico, lo sacan de sus casillas, pero «tengo que admitir que el PP es muy buen cliente». Le compra tres periódicos cada día, desde que abrió. José Luis Baltar «saludaba desde la acera, aunque nunca entraba», y su hijo, que heredó todos sus cargos, «de vez en cuando cruza la puerta y se lleva un periódico». Menos emotiva resulta la convivencia con los concejales de obras públicas. A pie de acera resiste «el charco más famoso de Ourense». En dos décadas ningún Gobierno ha sido capaz de arreglarlo. Cada día de lluvia, decenas de coches meten la rueda dentro y salpican a los clientes que hacen cola. Algunas mañanas la vida perdía gravedad con estas escenas, o con otras catástrofes igual de insignificantes, como la del cliente que se estrelló contra la puerta de cristal porque pensó que estaba abierta y perdió el conocimiento. «La limpié con tanto ahínco que se hizo invisible. El señor estuvo cinco días ingresado en el hospital», dice, quitándole importancia al accidente.

Pero, de pronto, la historia ha llegado al final. Francisco Macía, a los sesenta y cinco años recién cumplidos, acaba de jubilarse. El quiosco ya no le pertenece. Junto a la viñeta de O Carrabouxo pegó no hace mucho un folio que decía «Se traspasa», y a los pocos días llegó a un acuerdo con una de sus clientas. Ahora podrá irse al fin de vacaciones, le digo, pero inclina la cabeza a un lado, como preguntándose: «¿Vacaciones para qué?». En todo caso, añado, ahora sí podrá dormir. Cuando coincidimos una semana después frente al quiosco, al otro lado de la calle, sonríe con tristeza. Viene de hacer recados. Parece más delgado. Me confiesa que se sigue despertando a la misma hora, aunque no quiera. La vista se le escapa un segundo hacia el quiosco, donde la vida sigue transcurriendo en pequeño, ya sin él. «Aguanto en la cama hasta las cuatro, pero enseguida me duelen los huesos de estar tumbado. Va a ser difícil acostumbrarse a esta vida». El día se le hace larguísimo y el mundo demasiado ancho.


Veneno rosa

Arundel, Sussex, 1950. Fotografía: Getty.

Pero él no fue su primer marido. Porque ella siempre ha destacado por su carácter enamoradizo.

Ella obró —y obra ahora— a dictados de corazón de mujer.

Ambas frases podrían hablar de la misma persona. De la misma mujer. Alguien a quien su profesión (cantante, actriz, presentadora) le ha dejado a la intemperie todo lo demás. Que se case, que se divorcie, que decida no hacerlo o que se acueste con una compañera de trabajo. No escogió ser objeto de escrutinio público, de titular constante, ni quiso erigirse como ejemplo de nada. «Pero va en el sueldo», le pían habitualmente. Un daño colateral de su exposición y éxito. Si no es ella quien —legítima, voluntaria y lucrativamente— destripa su intimidad, son otros los que se encargan de teclearla.

Por norma general, esto nos importa más bien poco. La prensa rosa es esa clase de subproducto que habita en un plano inferior que no nos compete ni interpela, porque no va dirigido a nosotros, lectores del New Yorker y Reader’s Digest. Bazofia de consumo en peluquerías, una nadería que sabemos infecta, que alimenta las pulsiones morbosas y voyeristas de «esa clase de personas» que nunca somos nosotros. El roserío puede ser muchas cosas (basura intelectual, entretenimiento vulgar, evasión inofensiva) pero hay algo que jamás será: relevante. ¿No sería absurdo atribuirle influencia a algo que apenas el 7 % de los españoles dicen consumir? (1)

No. En estos casos —y en la mayoría— «seguir la pista del dinero» deja pocos cabos sueltos: las cuatro cabeceras líderes de este género (Pronto, Hola!, Lecturas y Diez Minutos) (2) venden siete millones de ejemplares semanalmente y la inversión publicitaria en sus páginas no es precisamente exigua. La denominada «prensa seria» ha incorporado, engordado y revalorizado este tipo de contenidos durante los últimos años en sus secciones de «Gente» o «Sociedad», confiriéndole un espacio progresivamente más destacado. Y así otra serie de datos (desde la hemorragia de clics hasta el auge de los portales exclusivos) que nos confrontan con esa evidencia cuya fealdad cuesta asimilar: la prensa rosa influye, y mucho, en nuestra sociedad. No gozará de prestigio, pero infravalorar su impacto es un mezquino ejercicio de wishful thinking. Consignar la explotación de la intimidad de «los famosos» exclusivamente a reductos televisivos, a polígrafos o realities, implica atender solo a la parte más obscena y circense de un negocio que goza de una excelente salud también en su vertiente escrita. Es negarle una entidad que, nos guste o no, posee.

Ese predicamento e influencia no sale gratis. La repetición sistemática de unas imágenes, unos titulares y unos valores hace que la realidad sea percibida según aquellos patrones propuestos. «Los medios de comunicación no son ya aquellos viejos espejos de los que se decía que reflejaban la realidad, sino que son auténticos constructores de la misma», apoya la periodista Juana Gallego, directora del Observatorio de Igualdad de la Universidad Autónoma de Barcelona. Lleva años investigando el papel y evolución de esta prensa, originalmente concebida como «prensa para mujeres», centrada en la esfera de lo privado. Y ha corroborado la intuición: que tampoco en la pulpa rosa, las mujeres y los hombres disfrutan del mismo trato. Ni respeto.

Gallego bromea sobre qué ocurriría si un extraterrestre aterrizase en nuestro país y lo primero que viera fuera un quiosco de prensa rosa. Deduciría dos cosas fundamentales: que se trata, sin duda, de un país tropical, «por lo ligeritas de ropa que van todas las modelos que aparecen en portada», y que las mujeres se mueren a los treinta y cinco.

Y añadamos una más: que la mujer, en medio siglo, ha evolucionado más bien poco.

Mujeres congeladas en el tiempo

Volvamos al inicio. Lo curioso es que la que «actúa por los dictados de corazón de mujer» y la «enamoradiza» son dos personas diferentes. Hijas de distintas épocas, separadas por casi medio siglo de avances y cambios sociales. Epítomes del tránsito de la subordinación a la autonomía de la mujer. La primera era un rostro habitual de lo que entonces se denominaba «crónica de sociedad», de una era en sepia de romances de tonadilleras y toreros que se juntaban y despegaban en una España donde divorciarse no era una opción. La segunda nació con la mujer incorporada al mundo laboral, creció con el aborto despenalizado y como adulta asistió a la aprobación pionera del matrimonio igualitario.

Y, sin embargo, la forma en la que la prensa habla de una y otra es perversamente parecida. El relato de sus vidas privadas y el juicio moralizante es un fenómeno diacrónico.

A la cantante Rocío Jurado, la «mujer que actúa por los dictados de su corazón», como la describían en ese reportaje de la revista Semana de 1968, le reprochaban con nulo disimulo que se fuera a hacer las Américas dejando a su novio en Valencia, «retenido por el trabajo». Se cuestionaba su ambición profesional, se hablaba —con un lirismo entre birrioso y empalagoso— de su aspecto y belleza, de sus «ojos con esencias árabes». De soslayo, se mencionaba su carrera artística tras arrancarle la promesa de que retornaría para, en sus propias palabras, «consagrarme a él».

«Retoma su vida», rezaba el revelador antetítulo del reportaje de La Otra Crónica de El Mundo en diciembre de 2016, donde se calificaba a la actriz y presentadora Ana Milán como «una mujer enamoradiza» que encadenaba amantes un poco al tuntún. Para sustentar semejante afirmación se listaban pormenorizadamente y con sofoco todos los hombres que habían pasado por su alcoba («ahora, es otro hombre —el sexto en diez años— quien comparte su corazón») junto al recordatorio de su edad. Dato que, por cierto, nos ahorraban de ellos. Lo noticioso era que su vida había quedado paralizada con una ruptura amorosa y, tras el barbecho, volvía a vivir. Resurrección obrada, por supuesto, por la aparición de otro señor.

En ambos casos, el juicio moral implícito es similarmente rancio: dos mujeres, profesionales de distintos ámbitos, protagonistas por sus cuestiones sentimentales. Presas de los mismos estereotipos, necesitadas de un hombre para subsistir y conformar su proyecto de vida. «Hay un divorcio importante entre estos medios y la realidad. Parece, a juzgar por la manera en la que se refieren a las mujeres, que todavía sigamos en las mismas historias, con los mismos intereses, como si nada hubiera ocurrido desde hace años. Perpetúan y legitiman unos parámetros que ya no son reales socialmente, están caducos», resalta Juana Gallego. La meta vital es la pareja estable, la vida familiar en detrimento de la profesional. «Sin embargo, la referencia a los hombres es distinta, es siempre más amable y se exaltan otro tipo de cosas», subraya.

No es ninguna lucha de matices ni de sutilezas. Tan grotesca es la desigualdad de trato que hasta el escrutinio más perezoso lo saca a la luz: «Álvaro Muñoz Escassi, el codiciado soltero, el eterno conquistador que por fin ha caído en el redil» (Vanitatis, 4/1/2017). La gruesa lista de parejas del jinete no aparece, pero el currículum sentimental de su futura esposa es escrupulosamente desglosado. «Fernando Alonso y la ex de Valentino Rossi, la pareja del verano» (Abc, 6/07/2016). Aquí, sin embargo, se incluye una referencia a la relación precedente: «Quién iba a decir al asturiano que a una semana de que su ex Lara Álvarez vuelva a España él iba a haber “curado” su corazón con esta bella joven. ¿Qué opinará Lara de esta nueva relación?». Costumbre (la de jocosamente interrogarse sobre cómo se digiere eso de ser «reemplazada» cual mueble) arraigadísima: «Aunque Ana Milán intenta recomponerse, seguramente siempre vienen a su mente recuerdos de su matrimonio con el actor. Además, a pesar de estar separados, seguro que la publicación de unas fotografías en las que a Fernando Guillén se le ve feliz con una joven rubia no han sido del todo de su agrado» (Lecturas, 5/05/2016). Información, no opinión. A sus compañeros varones, sin embargo, se les inunda de buenos deseos: «De su ruptura con Blanca Suárez nos enteramos todos. Miguel Ángel Silvestre (34) se refugió en sus amigos más íntimos y puso tierra de por medio para olvidar —no le ha ido mal el salto a Estados Unidos—. Pobre, ¡qué duras son las separaciones! Nada que no se cure con el tiempo» (El Mundo, 13/02/17).

La plaza del pueblo

«Yo nunca he dado una entrevista que no haya sido sobre mi profesión, y llevo quince años sin parar de trabajar. Pero viene alguien que no conoce más que tu nombre, que nunca se ha tomado un café contigo, te señala con el dedo índice y te pone en la plaza del pueblo», dice Ana Milán. El ejemplo citado no era el primero en el que una «información» de la prensa rosa hacía que se sintiera castigada y juzgada por los aspectos íntimos de su vida personal. Tampoco se estrenaba en eso de ser víctima de mentiras e imprecisiones —han publicado en dos ocasiones la noticia de su muerte y aseguran que celebró una boda que nunca se produjo—. Su caso no es ninguna singularidad. La también actriz Blanca Portillo reconoció (3) que el asunto de la prensa resulta limitante en muchos aspectos de su vida. «Estamos haciendo un país muy barato. Lo que antes era “sociedad” ahora se ha convertido en alquitrán. Los que no somos celebrities, ni vivimos de sentarnos en un Sálvame Deluxe, lo que nos pasa es que cada vez queremos dar menos entrevistas. Porque temes que te la vayan a jugar», explica Milán. Para ella, se trata de una violencia de bajo impacto pero largo alcance: «Sientes que lo que dicen sobre ti supera a tu verdadero patrimonio, que es tu trabajo».

Se trata de algo recurrente, impúdico pero, sobre todo, impune. Y cotidiano. En papel cuché o en píxeles, en medios serios o en tiradas modestas y autodenominadas «gamberras», expelen a diario pseudoinformaciones de este talante, repletas de reproches dirigidos a mujeres por escoger vivir su intimidad de determinada manera. Parapetadas tras lo frívolo, exaltan los valores relacionados con la estabilidad de lo doméstico y lo beato, y desaprueban otros relacionados con la libertad sexual o la autonomía personal. Perlas prejuiciosas, ponzoñosas, que torpedean cualquier avance social de una manera injusta. E hipócrita. «Coloca una lupa en la vida de cualquiera y escríbela, y a ver quién resiste. Porque, ¿quién ha establecido el criterio de que si has salido con más de dos hombres en equis años eres una puta, y con más de cuatro eres una recontraputa? ¿Y que ellos sean unos cracks?», se pregunta Ana Milán. Bajo una capa de pretendida inocuidad, no palpita, sino que aporrea, el mantra apolillado de que ante idénticas circunstancias «el hombre, conquistador; la mujer, una fresca». No por sobado es menos cierto.

La actriz, además, lamenta el origen de estos perdigonazos de veneno rosa. «Desde mi punto de vista y mi experiencia viene de mujeres muy capillitas que señalan con un dedo acusador y que no hacen otra cosa que provocar una lapidación socialmente aceptada en la plaza del pueblo», afirma. Alude a que, en abrumadora mayoría, las artífices de estos contenidos son mujeres: «Es muy desolador porque nadie pone el grito en el cielo porque está escrito por mujeres. Eso lo escribe un tío y se lo han cargado en el minuto dos, no se acepta tan fácilmente. Pero cuando es una de nosotras la que lo escribe queda en que es cosa nuestra», apostilla.

Los datos avalan su sensación. Las redacciones rosas de los diarios y las revistas de prensa específica reflejan una apabullante presencia femenina. Las escalas más altas (dirección y subdirección de cabeceras y secciones) las ostentan varones, pero en el equipo de redacción ellas les superan en número (4). Un estudio de campo (5) llevado a cabo por Juana Gallego lo ratifica, aunque ella maneja una distribución de culpas diferente: «Sí, la mayor parte de quienes firman esas informaciones son mujeres, pero yo no las culpo a ellas. Porque bastante trabajo tienen con tratar de hacerse su propio lugar. No se trata de culpabilizar a las personas que han podido acceder a unos determinados espacios, sino más bien ver las dinámicas que se producen en esos espacios muy masculinizados. Ellas tratan de ser uno más para poder sobrevivir, y asimilan y asumen los mecanismos que ya están establecidos en ese espacio», afirma. Gallego estima que la responsabilidad última recae (o debería recaer) en los máximos directivos de dichas publicaciones, y añade que, generalmente, en la dinámica periodística las mujeres suelen ver sus propuestas «deslegitimadas por tacharlas de ideológicas». En su experiencia, que el enfoque y el discurso cambie no depende solo de la voluntad que ellas muestran.

El asunto abre un melón delicado, en un terreno escurridizo: el de la cuestión de si en este tipo de periodismo rosa la tendencia a dispensar un trato más amable a los hombres y más despiadado a la mujer se sustenta en las cacareadas teorías de competitividad femenina (6). ¿«Somos nuestras peores enemigas»? ¿Todo parte de un ensañamiento y de una rivalidad entre mujeres o se trata de algo más profundo y arraigado, que requiere algo más que «sororidad»? ¿Es socialmente más aceptable que se inocule este veneno rosa entre mujeres y que a los hombres solo les salpique? ¿Es un bajo instinto o una vileza adquirida? ¿Es inconsciente?

La actriz Leonor Watling considera que «ese grado de crueldad» que se aprecia en las informaciones sobre mujeres escritas por mujeres tiene que ver con algo más profundo. «Yo creo que refleja mucho el monólogo interno que tenemos nosotras mismas. Ese tono virulento que se utiliza se parece mucho a lo que nos decimos cuando nos miramos al espejo. Lo bonito de la hermandad y la sororidad es que es verdad que con las amigas y nuestro entorno somos mucho más compasivas que con nosotras mismas, pero con una desconocida levantamos la veda al mismo nivel que delante de un espejo», apunta. Según esto, la impiedad con la que se producen estos ataques a las mujeres no pretenden socavar al género en sí, sino que proyectan una frustración interna.

Aunque no se siente especialmente agraviada, porque suelen referirse a ella en términos respetuosos («Aunque también me definen como “la mujer de Jorge Drexler y madre de sus hijos”, en lugar de destacar cualquier otra cosa»), opina que la versión del éxito que nos han vendido es en parte culpable de ese veneno. Lo que deviene en una desilusión tóxica: «Hay tanto ruido alrededor, se nos exige tanto, nos han contado una versión del éxito tan imposible… que yo creo que estas revistas son el reverso de la moneda, el fracaso de esa versión del éxito. Es una respuesta a la angustia que tenemos de perfección», dice.

Watling considera que ese discurso del fracaso y el éxito femenino está vinculado como la imagen que se proyecta desde esas mismas páginas. «Cuanto más nos photoshopeamos en las portadas, más salvaje es la versión del fracaso. Durante años nos han contado que las mujeres no tenían celulitis, y de repente hay una especie de festín y carnaval de señalar con un “ARGH” lo fea que sale esta aquí. Igual que el fútbol es un desfogue de nacionalismos, me parece que estas revistas son un desfogue de exigencia. Aunque las víctimas sean siempre mujeres», apunta.

Concluye citando al historiador Yuval Noah Harari, que explicó en Sapiens cómo esa necesidad de hablar sobre la vida de los otros está inscrita en nuestros genes. «Sería buenísimo que saliera una revista con ganas de darnos un poco de espuma y de frivolidad, pero sin tanta maldad y sin un discurso tan machista. Pero es un problema capitalista: las revistas venden millones de ejemplares tal y como están», reflexiona.

El cambio de discurso urge, pero siempre hay margen. Al fin y al cabo, si el extraterrestre aterriza, pasará primero por Estados Unidos y estará entretenido un tiempo. Allí tienen TMZ.

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(1) Según los datos del informe de Reuters sobre la profesión periodística.

(2) Cifras de la Oficina de Justificación de la Difusión.

(3) En su entrevista en Jot Down n.º17.

(4) Según el Informe de la Asociación de la Prensa de Madrid, 2015.

(5) «Producción informativa y transmisión de estereotipos de género en la prensa diaria». Juana Gallego Ayala, Universidad Autónoma de Barcelona.

(6) Hay muchas investigaciones sobre la competitividad femenina. En 2013, la investigadora Tracy Vaillancourt revisó el conjunto de estudios publicados al respecto y descubrió que las mujeres en general muestran una «agresión indirecta» hacia otras mujeres, y que esa agresión es una combinación de mecanismos de «autopromoción» —que las hacen sentirse más atractivas— y «menoscabo de rivales» —que las lleva a ser malintencionadas con otras mujeres—.


Pedro García Cuartango: «Cuando publicamos los SMS de Bárcenas perdimos lectores»

Fotografía: Begoña Rivas

Creció junto a una estación de ferrocarril que sigue añorando. Una patria, la de la infancia, a la que siempre regresa. Es esa nostalgia la que ha convertido en un género periodístico en sí mismo. Pedro García Cuartango (Miranda de Ebro, 1955) desembarcó en El Mundo en 1992; tras más de veinte años siendo el editorialista de Pedro J. Ramírez y tras una dolorosa separación, una carambola del destino lo convirtió en director del periódico en mayo de 2016. Fue un nombramiento «en funciones», pero Cuartango ejerce de director sin coletilla. Lo que no ha hecho es trasladarse al despacho que por cargo le corresponde: «no lo voy a hacer, prefiero seguir en el mío porque me gusta estar en contacto con la redacción. Yo soy periodista, todo lo demás es adjetivo». Lo cierto es que en las distancias cortas parece un periodista sacado de las novelas negras que tanto le apasionan.

El Mundo ha publicado una información en la que se explica que un juez de la Audiencia Nacional, José De la Mata, ha incorporado al sumario del caso Pujol unas notas del comisario Villarejo en las que se menciona una negociación entre el CNI y Pujol para que este no revelara información sobre el rey Juan Carlos, que supuestamente tendría una cuenta relacionada con la trama Gürtel. Datos que vuelven a poner de relieve que hay una guerra entre el CNI y la Policía. ¿Qué papel están jugando El Mundo y los medios de comunicación en esa guerra?

No quiero jugar ningún papel y me da mucho miedo dejarme utilizar por eso que se llama las cloacas del Estado, pero en este caso lo que publicamos son hechos relevantes. Unas notas redactadas por el comisario Villarejo en las que se acusa al CNI de encubrir a Pujol y esas notas han sido incorporadas al sumario sobre los Pujol, y en el fondo de todo esto está la famosa cuenta «Soleado», en la que según algunas fuentes tendría depositado dinero el rey Juan Carlos. Yo creo que son hechos relevantes, hechos de interés público, hechos objetivos y lo que nosotros tenemos la obligación es de informar sin tomar partido, pero también sin dejarnos manipular por las cloacas del Estado.

Cada vez que se habla de las cloacas del Estado aparece el nombre de Villarejo.

Sí, pero yo no le conozco personalmente ni he tenido ninguna relación con él ni directa ni indirecta. Yo lo único que hago es informar. Efectivamente, parece que este comisario no sé si está resentido o no está de acuerdo con la gestión que está realizando la cúpula de Interior y parece que está labrando algunos documentos.

Dice que no le gustaría jugar ningún papel en esas cloacas del Estado, pero en su día El Mundo publicó una información en la que se decía que Xavier Trías, que entonces era alcalde de Barcelona, tenía una cuenta en Suiza. Se publicó en portada un número de cuenta que luego resultó ser falso.

No está claro si es falso o no, eso está todavía bajo investigación judicial. Lo que es verdad es que el señor Trías, que era entonces alcalde de Barcelona, nos puso una demanda. Pero esa información está firmada por dos periodistas de El Mundo y estaba avalada por un documento de la UDEF, donde constaba ese número de cuenta. Nosotros nos fiamos de fuentes policiales. A mí me han dicho que ese asunto sigue sin estar claro y que sigue bajo investigación. Aun admitiendo que nos podríamos haber equivocado, lo hicimos porque teníamos información de lo que considerábamos una fuente fiable. A lo mejor no nos teníamos que haber fiado, quizá tendríamos que haber hecho unas comprobaciones adicionales, no lo sé. Uno siempre se queda corto en estas cosas, pero nosotros ahí actuamos con absoluta honestidad y buena voluntad.

También hubo otro informe de la UDEF, que lo llevaron varios medios además de El Mundo, sobre una supuesta financiación irregular de Podemos. No tenía la firma de ningún funcionario ni sello policial, la fiscalía del Supremo lo desestimó. ¿La UDEF no juega ahí ningún papel interesado?

Tenemos que desconfiar de los aparatos policiales y no dar por supuesto todo lo que nos dicen. No recuerdo ahora esta información sobre Podemos, pero efectivamente se han publicado noticias sobre ese tema que son falsas. Tenemos que evitar ese tipo de errores, poner todas las cautelas para que nuestras informaciones reflejen los hechos y no los deseos ni los intereses de las fuentes. Si hemos hecho algo mal, yo aquí hago autocrítica, pero, sinceramente, yo siempre intento que el periódico diga la verdad e intento que todas las informaciones estén contrastadas.

En el libro de José García Abad El malvado Ibex (El Siglo, 2016) hay un capítulo dedicado a la destitución de Pedro J. como director de El Mundo. Según cuenta, Rajoy quería su cabeza y el recientemente autodisuelto CEC (Consejo Empresarial de la Competitividad) actuó para forzar la intervención del propietario del periódico, los italianos de RCS.

He leído el libro, he mantenido una relación muy estrecha con Pedro J., he sido testigo de los hechos y, honestamente, no te puedo decir por qué cesaron a Pedro J. Se ha dicho que fueron razones políticas, que el Gobierno presionó a nuestros accionistas en Italia, pero yo no tengo ninguna constancia de eso. Para mí fue traumática su salida, pero las razones que la motivaron las ignoro. No las sé. Ni sé si lo que dice García Abad en ese libro se ajusta a los hechos.

Hay una fuente del CEC que le confiesa a García Abad una paradoja, que, después de cargarse a Pedro J., Casimiro García Abadillo, para que no pareciera que se habían plegado a las presiones, reforzó las líneas que llevaba Pedro J. Esta fuente del CEC le dijo al periodista: «Nos hemos cargado a Pedro J. y ahora nos están dando más caña».

En la época de Casimiro el periódico siguió en la misma línea que durante la dirección de Pedro J. Yo era jefe de EM/2, la parte de atrás del periódico, pero no noté ningún cambio en la línea editorial del periódico, ni noté que El Mundo dejase de ser menos crítico con el poder. Es cierto que ahora las circunstancias son distintas, que tenemos muchos problemas económicos, que ha habido una caída de la publicidad y de los lectores, pero siempre hemos intentado seguir la línea que marcó Pedro J., que es hacer periodismo de investigación.

El siguiente capítulo de ese libro es cómo el CEC rescata a El País.

Es verdad que el Gobierno ha ayudado a El País a renegociar la deuda. Es verdad que ahí el Banco de Santander o Telefónica han tomado una participación de capital. Pero yo, presiones del Consejo Empresarial, doy mi palabra de honor de que no he tenido ninguna. Puede ocurrir que alguna empresa en un momento determinado te intente presionar sobre una información concreta o intentan que la presentes como a ellos más les gustaría, pero nunca me he sentido presionado. Desde que estoy en el periódico, en ocho meses, he publicado lo que creía que tenía que publicar.

Lo que aparece en el libro, con las cifras, es que en un contexto de pérdida de publicidad de todos los medios, El Mundo perdió más que los demás.

Es que eso es cierto. La publicidad ha caído en la prensa, las cifras son muy claras, desde el año 2007 al año 2016 se ha perdido un 70% grosso modo, y esa caída ha sido más o menos en todos los periódicos de Madrid, en el ABC, en El País, en La Razón… A lo mejor nosotros hemos caído un poco más, pero tampoco lo sé interpretar.

Es muy fácil decir que hay una conspiración del Ibex contra nosotros, que nos quieren quitar de en medio. Ese discurso se puede vender fácilmente, pero es que yo, sinceramente, creo que no es real. Igual algunas empresas han dejado de poner publicidad porque no les gusta lo que hace el periódico, pero eso es legítimo, no es ninguna conspiración.

Los que tampoco apoyaron al medio fueron algunos lectores, algo un poco paradójico. Cuando publican los SMS de Bárcenas y van saliendo las exclusivas, el periódico perdió lectores.

Sí, es verdad. Cuando publicamos los SMS de Bárcenas perdimos lectores. Las noticias aparecieron a principios de agosto, creo que de 2013, y en septiembre y en octubre se notó una caída de las ventas. Es una paradoja, yo tampoco lo entiendo. Publicamos una información que luego se ha demostrado que era muy relevante y, sin embargo, los lectores nos abandonan. Parece ser que no les gustó que publicáramos eso porque perjudicaba al PP, pero la labor de un periódico, creo yo, es publicar las informaciones tengan el impacto que tengan. Desgraciadamente, esas informaciones provocaron una caída de ventas.

Había un sector de nuestros lectores que votaba al PP y pensaba que criticar a Rajoy o criticar a sus dirigentes era un error. Ese sector dejó de comprarnos. Pero un periódico es algo más que ese grupo de lectores, es una entidad heterogénea donde hay mucha gente que lo lee, nosotros tenemos un público poco encasillable. Es verdad que el grueso son votantes del PP y de Ciudadanos, pero también somos bastante transversales en lo ideológico y puede haber personas que voten al PSOE que nos lean. Creo que somos un periódico poco ideologizado y poco previsible.

El exsenador de Esquerra, Santiago Vidal, ha dicho que el Govern tendría datos fiscales de los catalanes; si eso es verdad es gravísimo. Pero también hace unos meses conocimos esa conversación entre el entonces ministro de Interior, Jorge Fernández Díaz, y el director de la oficina de Antifraude de Cataluña, Daniel de Alfonso, en la que supuestamente buscaban involucrar a políticos independentistas en casos de corrupción. ¿Quién está jugando más sucio aquí, Madrid o Barcelona?

Pues no sé, pero desde luego no creo que haya nadie que actúe con demasiada limpieza, pero bueno, no quiero equiparar una causa con la otra. A mí es que el nacionalismo no me gusta. Uno de los problemas que estamos viviendo en Estados Unidos y en Europa es la reivindicación de la diferencia. En principio era positivo, pero al final puede generar monstruos, las filosofías identitarias, que buscan diferenciar a las personas, las ideologías que establecen muros, creo que al final tienen consecuencias nefastas, como se ha demostrado en la historia de Europa.

Reconozco al independentismo el derecho de defender lo que ellos quieran, pero creo que tienen que hacerlo dentro de la ley, para eso está la ley, para eso está la Constitución y desafiar al Estado, el incumplir las sentencias, es un mal camino. El nacionalismo está creando una profunda fractura de la sociedad en Cataluña, yo no soy equidistante en este tema, pero creo que hay que resolverlo mediante una negociación política, porque es evidente que esto no se resuelve con un dictado del Estado. Pero también es evidente, para mí, que hay que exigir a los nacionalistas que cumplan la ley y que respeten las reglas. Si están fabricando un censo fiscal de manera ilegal es una línea roja que jamás se puede cruzar.

¿Eso es negociación política o pasaría por un referéndum legal?

Podría ser. Es difícil porque la Constitución deja muy claro que el órgano de la soberanía nacional es el Parlamento Español y todos los españoles, pero yo no descarto que se pueda llegar a un tipo de acuerdo que fuera ratificado por los catalanes, aunque no fuera un referéndum sobre el derecho a decidir, pero que fuera un acuerdo político que fuera refrendado, es una posibilidad que no es mala.

En todo caso, hay que explorar las vías de consenso, hay que negociar y hay que resolver el problema de la desafección hacia el Estado, hacia España, que existe en Cataluña, y eso naturalmente hay que hacerlo de forma negociada, pero a la vez insisto, insisto mucho, en que los nacionalistas tienen que respetar la ley y tienen que seguir las reglas del juego.

No compra usted el discurso de los nacionalistas de que el Gobierno central ha querido judicializar el proceso.

No, porque cuando se comenten delitos tendrá que intervenir la justicia. Si un nacionalista roba el censo fiscal y lo ha hecho de forma al margen de la ley, pues tendrá que actuar la justicia, no existe ninguna zona de impunidad en la democracia.

Lo mismo que si hay un político que no sea nacionalista, del PP o del PSOE, que comete un acto de prevaricación en un Ayuntamiento o en una institución, tendrá que ser juzgado, tendrá que ser imputado por la justicia. Por lo tanto, yo creo que el límite es el respeto a la ley.

Cuando Mas convoca un referéndum y cuando lo ejecuta, había una prohibición expresa del Tribunal Constitucional y él sabía que estaba cometiendo un delito de desobediencia, por lo tanto ahora no se puede rasgar las vestiduras porque la justicia actúe.

Usted era el editorialista de El Mundo en la época de Pedro J. En esa etapa el periódico siempre publicaba un editorial en vísperas de las elecciones en el que pedía el voto y respaldaba públicamente a un partido. El mismo 13 de marzo de 2004 el editorial señalaba a Mariano Rajoy como el mejor candidato a presidente del Gobierno.

Ese editorial lo hice yo, aunque no estaba de acuerdo con lo que decía. La prueba está en que en las elecciones en las que yo he sido director no hemos pedido el voto para nadie. El editorialista lo que hace es expresar la posición de la empresa, el director y el consejo editorial. Yo hacía mi trabajo, cumplía con mi obligación. Pero no estoy de acuerdo con que los periódicos pidan el voto para un partido. Los periódicos tienen que defender unas ideas, principios, pero no pedir el voto para una formación concreta. Ahora hemos apoyado la gran coalición, porque pensábamos que era por el interés del país, podemos estar equivocados, pero creemos que en esta situación lo mejor sería un acuerdo entre los tres grandes partidos, PSOE, PP y Ciudadanos.

Pedro J. pidió el voto para Rajoy y ahora el propio Pedro J. dice que ya no es director de El Mundo porque así lo ha decidido Rajoy.

Esa es la verdad del periodismo. Me parece coherente. Es verdad que Pedro J. había pedido el voto para el PP y es verdad que él es de ideas de centro derecha, no exactamente del PP. Pero, como buen periodista, eso no te tiene que cegar sobre los hechos. Yo voy a publicar las informaciones que lleguen a mi periódico. Mis ideas políticas no van a afectar a la información. No deberían. Si descubro un escándalo o una irregularidad en algún partido lo voy a publicar, me da igual que sea el PP o el PSOE. Porque yo soy periodista y lo que tengo que hacer es buscar la verdad y contar lo que pasa. Al final las ideas de cada uno son relativamente poco importantes en este oficio.

¿Cómo se enteró de la destitución de Pedro J.?

Porque me lo dijo él. Fue a la primera persona en esta redacción. Me dijo: «Me han destituido, abandono el periódico y te lo quiero decir a ti el primero». Salí, se lo dije a la redacción y entonces se tuiteó. Me quedé desolado, a mí me afectó muchísimo. Pasé dos días, y se ve en las filmaciones y en las fotos, que estaba demacrado, estaba hundido. A pesar de todas las diferencias, de todas las broncas que habíamos tenido, estaba muy identificado con Pedro J. Se lo dije: «No entiendo cómo me afecta tanto. Cuidado que te he odiado, cuidado que hemos discutido, cuidado que hemos tenido aquí palabras fuertes y, sin embargo, estoy superafectado por tu destitución». No lo entendía. Fue de las malas pasadas que te juega el inconsciente, pero no puedo decir otra cosa porque fue así.

¿Cuántos miles de editoriales habrá redactado usted?

Creo que soy el periodista que más editoriales ha hecho en la prensa española desde comienzo del siglo XX, desde 1900, porque los he medio calculado y en veinticinco años pueden haber sido tres mil o más. Incluso seis mil.

Algunos dice que no quiere leerlos, pero vamos al meollo, ¿cómo recuerda lo de los «agujeros negros» del 11M?

Mantuve una posición crítica. Discutí mucho con Pedro J. de este tema. Creo que el periódico publicó hechos, cosas que eran relevantes, pero sacó deducciones falsas. Mi teoría del 11M es que las cosas son como parecen. Los atentados los hicieron el comando de Leganés, las personas que murieron en ese piso. Hay muchas pruebas, desde los seguimientos a Asturias, donde van a comprar la famosa dinamita, hasta informes de los servicios secretos y otras pruebas materiales. De eso no tengo duda. Ahora, sí que me cabe una duda razonable sobre quién planificó los atentados, sobre quién fue el cerebro que concibió estos atentados que eran extraordinariamente inteligentes en su simplicidad. Creo que las personas que estaban en Leganés, que eran delincuentes de baja estofa, traficantes de hachís, gente sin formación, es muy difícil que hubieran podido planificar los atentados del 11M e idearlos. Ahí tengo mi duda, creo que hay cosas que todavía no se han esclarecido.

¿No ha leído el libro de Fernando Reinares?

No, no lo he leído, sinceramente.

Pues en Matadlos (Galaxia Gutenberg, 2014) se explica quién lo planificó y por qué, lo cual es también paradójico. Porque no fueron una respuesta al apoyo de España a la invasión de Irak, sino que estaban planificados previamente a la declaración de las Azores como venganza por la desarticulación de la célula española de Al Qaeda dos semanas después de los atentados del 11S en Estados Unidos. La paradoja es que ante una creencia errónea extendida, que fue por la guerra de Irak, se contraatacó con otra falsedad, que son todos los agujeros negros del 11M, etc., etc.

Es muy posible. No lo descarto. Pero seguimos sin conocer qué pasó. Sí que conocemos lo inmediato. Lo del comando de Leganés, cómo ponen las bombas en los trenes, pero no sabemos cuál es la intencionalidad y qué había detrás del atentado. Es muy posible que no fuera por la guerra de Irak, podría ser una represalia de Al Qaeda, una venganza. No lo descarto.

Para mí lo que cambió todo fue que el atentado se produce cuatro días antes de las elecciones. Hubo un esfuerzo del PP por distanciarse, por presentarlo incluso como un atentado de ETA y también hubo un intento del PSOE por desgastar al Gobierno presentando el atentado como una represalia contra la guerra de Irak. Probablemente, ni una cosa ni la otra sean verdad. Posiblemente, como dice Reinares, la verdad es mucho más compleja. Ese es uno de los grandes enigmas que están todavía por descifrar.

Abadillo escribió un editorial en el que admitía que El Mundo cometió errores y que llegaron a parecer ustedes «una pandilla de iluminados».

No, no estoy de acuerdo. Nosotros buscamos la verdad. Pudo haber errores, pero también lo asume la competencia. El País sacó seis portadas presentando al Egipcio como el cerebro de los atentados. Cuando se le detuvo en Italia había unas transcripciones de las conversaciones telefónicas y decía auténticos desvaríos. Era un auténtico enfermo mental. Una persona sin formación ni relevancia. Entonces también hubo errores en la investigación oficial, de querer convertir a estos personajes que eran irrelevantes en los cerebros del atentado. Si nosotros nos equivocamos, también hubo errores en la investigación policial y en lo que publicaron otros medios.

El momento culminante de la investigación de los «agujeros negros» del 11M fue cuando Rajoy declaró que, si se confirmaba una información que publicaba El Mundo sobre la mochila, «habría que anular el sumario del 11M». López Garrido le contestó que si se había vuelto loco y si lo que proponía era excarcelar a los imputados. Hubiera sido de extrema gravedad.

Sí, esa declaración de Rajoy fue un error. Fue una época especialmente complicada, porque el PP había perdido las elecciones y ellos buscaban una causa que les aglutinara y una justificación. Nosotros habíamos puesto sobre la mesa, y esto sí que era real, una serie de incoherencias en la investigación policial, revelamos que el CNI y la Guardia Civil tenían información de que se preparaban los atentados, por lo menos, de que se había robado dinamita en Asturias. Había muchos elementos que hacían dudar. No quiero volver otra vez a si el periódico actuó bien o cruzó quizá determinadas líneas rojas, pero todo era un magma de gran confusión y efectivamente se cometieron muchos errores. Probablemente había declaraciones que sobraban, pero por todos los sitios. También el Gobierno intentó aferrarse a las conclusiones de los primeros informes de la fiscalía, que a mi modo de ver eran muy precipitados y estaban cogidos por los pelos.

¿A la prensa española le cuesta pedir perdón? El New York Times publicó en su día la existencia de armas de destrucción masiva en Irak y después, cuando se demostró que no era verdad, pidió disculpas.

Nos cuesta pedir perdón, pero yo lo he hecho; como director he pedido perdón recientemente por nuestras informaciones del caso Nadia. Fue un grave error también mío, como director. Me he equivocado muchas veces en la vida, como periodista y como director, y lo tengo que reconocer. Lo que sí que os puedo decir y pongo la mano sobre esta mesa es que nunca lo he hecho malintencionadamente, nunca he publicado una información a sabiendas de que era falsa, nunca he publicado una información para beneficiar a nadie. ¿Que me he equivocado?, ¿que me han podido engañar las fuentes?, ¿que he valorado mal los acontecimientos? Sí, sí, sí… todas las veces que queráis, pero siempre buscando la verdad y sin manipular los hechos para obtener algún tipo de beneficio.

Sobre el caso Nadia escribió que le había dolido la campaña de desprestigio que El País había hecho contra Pedro Simón.

Ese caso ha sido una metedura de pata de nuestro periódico injustificable. Creímos a una persona que era un delincuente, que nos utilizó a nosotros y también a otros medios. Esa información nunca debería haber llegado a salir, en nuestro periódico hubo un fallo en cadena y el responsable de eso soy yo. Actuamos con falta de diligencia porque teníamos que haber comprobado la fiabilidad de esa fuente de información que era el padre. Pero no me pareció correcta la posición de El País. Estuvieron durante un mes sacando nuestro error en portada, como si fuera la noticia más relevante que había pasado en el planeta.

Cuando ellos se equivocaron con la famosa fotografía de Chávez nosotros no les hemos reprochado nada. De hecho, también estuvimos dudando de si esa foto era o no de Chávez. En esta profesión nos equivocamos todos y a mí me parece que El País ha pecado de falta de fair-play.

En el caso Nadia asume el error como propio, como responsable del periódico. ¿En ningún momento se planteó el despido del periodista?

No, en ningún momento. El periodista, que es Pedro Simón, ha traído muchas exclusivas, ha proporcionado días de gloria a este periódico, ha obtenido el premio Ortega y Gasset, que, por cierto, lo entrega El País. Pedro Simón cometió un error, pero también lo cometió el redactor jefe que vio la información, el director adjunto que lo supervisó y yo en última instancia como director, por lo tanto es un error en cadena no solo atribuible a Pedro Simón. Yo le he respaldado en la redacción y lo hago públicamente porque es un profesional honesto. Puestos a cortar cabezas podía haber cortado la del redactor jefe, la del director adjunto o podía haber cortado la mía, porque al final el director es el responsable de todo lo que pasa en el periódico y por lo tanto, si hubo allí un fallo, que lo hubo, pues también hay una parte alícuota de responsabilidad mía.

¿Por qué en la prensa española no existen los fact checkers, que es una figura que sí que existe en los medios americanos?

Llevamos cuatro ERE desde 2009. Nuestra plantilla es menos de la mitad de la que había hace siete u ocho años. Además, estamos haciendo más productos, tenemos que dedicar una parte sustancial de nuestros medios a hacer la web, por lo tanto todo no se puede hacer. Si la redacción queda mermada, es imposible hacer cosas tan esenciales como tener una mesa de edición, una mesa de control de calidad, personas que se dediquen a verificar los datos, como tienen los grandes periódicos americanos.

Nada sale en el New York Times que no sea chequeado. Si se pone la fecha de nacimiento de Napoleón, hay un señor que mira que Napoleón ha nacido en esa fecha. Naturalmente aquí no lo podemos hacer, porque no tenemos medios y eso propicia que el periódico tenga errores o erratas. En ese aspecto hemos empeorado.

Gente con muchos medios también mete la pata, mire Gay Talese en su último libro, El motel del voyeur (Alfaguara, 2017). Una historia que tenía entre manos hace décadas, publica un adelanto el New Yorker y es el Washington Post después el que destapa las lagunas de la historia. Antes justo de que se publique el libro.

Sí, lo he leído. Yo podría haber cometido igual ese error, a veces nos pasa, nos cegamos o nos aferramos tanto a una historia que nos dejamos engañar por las fuentes y no somos capaces de ver lo obvio. Si le ha pasado a Talese, ¿cómo no nos va a pasar a nosotros?

Pero en un momento del libro da la sensación de que él mismo no se estaba creyendo a Foos.

Él lo que dice es que había estado en la casa, había estado en el hotel y había estado mirando a través de la rejilla, ahí está la corbata que se le engancha en la rejilla del ventilador. Entonces él había visto lo que Foos contaba. Luego había tenido acceso a sus notas años más tarde y vio que no aparecía en los registros. Porque la historia esta fue a principios de los ochenta, cuando él investigó el asesinato que contaba de la mujer que estrangula. Luego le llegaron también noticias de que Foos había vendido el hotel. Con lo cual, yo no sé en qué momento él empieza a dudar del libro, de lo que ha escrito, pero bueno, lo cierto es que él decide publicarlo y esa decisión puede ser discutible, ahí sí que habrá gente que esté de acuerdo y otros que no, pero no cabe duda de que lo que Talese escribe en el libro, cuando él lo escribe, estaba convencido de lo que escribía, no tengo duda.

Cuando se emitió lo de Victoria Prego, el off the record sobre Suárez, en el que el expresidente decía que no pudo someter a referéndum la monarquía porque alguna encuesta le decía que perdía, aunque Felipe González le presionase a través de otros líderes europeos para que lo convocase, usted escribió una columna diciendo que nada de lo que decía ahí Suárez tenía valor histórico porque estaba ya muy afectado por el alzhéimer.

Eso lo quiero explicar porque se ha malinterpretado. No quise en ningún momento entrar en una polémica histórica y mis palabras se han visto como un intento de apuntalar la Transición. Dije lo que sabía y tengo fuentes directas que aseguran que en esa época Suárez ya tenía alzhéimer. Una fuente era el propio Pedro J. Ramírez, que una vez vino al periódico, no sé si en 1993 o 1994, y dijo que había encontrado a Suárez rarísimo, que lo había visto en el Congreso y le había dicho incongruencias. «Qué raro, debe estar enfermo», me dijo. Y tengo otros testimonios de que en esa época ya mostraba signos de estar enfermo.

Creo que es una falsedad histórica, al margen de si tenía alzhéimer o no, que Suárez plantease en el año 76 o 77 hacer una consulta sobre si monarquía o república porque era imposible. Los que hemos vivido esa época lo sabemos, no lo hubieran aceptado los militares. No lo hubiera aceptado la derecha. Eso entonces era sencillamente absurdo. Impensable. Puede que él lo pensara, pero desde luego tomar esa iniciativa hubiera dinamitado la Transición. Era imposible.

Yo fui republicano, no tengo ningún inconveniente en decirlo, pero decir ahora que en el 77 Suárez se planteó ese debate es falso. Lo siento mucho, pero es falso, por mucho que digan, por mucho que se empeñen. Era imposible.

Esta polémica es un poco como lo que le hemos comentado del 11M, a una impresión errónea se responde con algo igual de impreciso. Primero, porque el off the record era de ocho segundos, no estaba contextualizado en absoluto, pero con eso ya bastó para interpretaciones basadas en la literalidad…

Es que es un problema de las redes sociales. A mí me llamó Victoria Prego, que es la que hizo la entrevista, y me dijo: «Tienes toda la razón, eso fue así como tú dices». Victoria Prego me lo reconoció. «En esa entrevista Suárez estaba ya afectado por la enfermedad y ese día estaba enfermo». Lo dicen las imágenes, está sudando y se le nota mal, pero, bueno, eso es una cuestión de meternos en un terreno casi metafísico. No quiero entrar en esa polémica ahora porque no tiene sentido. Solo afirmo que lo que yo creo que pasó no es lo que dijo Suárez.

En El gato al agua Carlos Dávila dijo recordar que a él le constaba que en la época el Instituto ICSA Gallup sí que tenía algún dato de ese tema. Nosotros hemos hablado con Luis C. Hernando, autor de El PSOE y la monarquía: de la posguerra a la Transición (Eneida, 2013), y en lo que respecta a las presiones de los líderes europeos empujados por Felipe González para que Suárez realizara la consulta, nos dice: «Cabía la petición del plebiscito o más posiblemente el denunciar la ilegitimidad de la monarquía al no haber sido sometida a consulta. Y, dado eso, es comprensible que el Gobierno decidiese emplear la Ley de Reforma Política para apuntalar la monarquía». Leyendo su libro, por el orden en el que se hacían las legalizaciones de los partidos, por que se reconociera al PSOE del interior o al del exterior, o porque la Ley de Reforma la hizo solo Suárez sin contar con los demás partidos, el PSOE del interior tenía motivos para querer presionar a Suárez y mostrarle músculo. En resumen, se podía profundizar en el tema e ir esclareciéndolo con una reflexión histórica porque es plausible lo que dijo.

Lo mío es producto de una reflexión histórica fruto de mi afición a la historia y a que viví los hechos. Yo en esto no estoy de acuerdo. Al final las cosas fueron como fueron, o sea, el PSOE aceptó la reforma de Suárez, el PSOE formó parte de la comisión que redacta la Constitución y el PSOE lo apoyó. Buscad una declaración de González, de Guerra, de Gregorio Peces Barba, de los líderes del PSOE en que aboguen por la república. ¡No la hubo! Si eso fue así, fue secreto. Lo que decís es verdad, había un sector de la opinión pública que quería la república, es decir, es verdad que el PSOE lo podía haber planteado, pero no lo planteó y de hecho durante esa época, durante ese periodo de la Transición, durante esos tres o cuatro años hasta el 78 o el 79, nadie planteó eso, no hubo ningún debate.

En el 78, Luis Gómez Llorente, el diputado socialista, planteó la oportunidad de elegir al jefe del Estado cada seis años.

Por eso lo echaron del PSOE [risas]. Me habéis puesto el mejor argumento, gracias. Lo agradezco. Ya sabéis la suerte que corrió Llorente en el PSOE, que se fue desesperado. Pero, vamos a ver ¿quién ha tenido mejor relación con el rey que Felipe González? Me mantengo firme en lo que digo, porque es que lo creo sinceramente. Puedo estar equivocado, pero insisto: en esa época no se planteó el debate entre monarquía o república. El debate era dictadura o democracia. Si legalizar al Partido Comunista o no. El debate eran las reformas políticas, pero no la forma del Estado.

Pero es que si hubiésemos podido ver esa conversación completa de Victoria Prego con Suárez se deduciría más o menos lo mismo que dice usted, pero con la particularidad de ese episodio que revela el off the record. Él habla de antes de la reforma, y la monarquía fue logrando reconocimiento tras esa reforma y lo que pasó después. Todo lo que dice es plausible y no viene al caso el escándalo.

Pero es que, aquí, es más revelador el escándalo que se forma en las redes sociales que lo que yo dije. Puedo estar equivocado, pero tampoco es para quemarme en plaza pública.

Hay sectores muy críticos con la Transición y no pierden oportunidad de hacerlo.

Es muy legítimo criticar la Transición, pero no queramos reescribir la historia, convertirla en lo que no es. Por ejemplo, la Ley de Amnistía se está cuestionando ahora, pero bueno, si la Ley de Amnistía la pedía yo en la calle en manifestaciones. La pedíamos la izquierda, no la derecha. Si la derecha estaba en contra de la amnistía. Si la ley de amnistía era para que los presos del Partido Comunista y de la izquierda salieran de las cárceles. Ahora no lo hagamos al revés, no convirtamos la Ley de Amnistía en una ley de impunidad del franquismo, porque es mentira, es que fue lo contrario. Esa ley supuso un borrón y cuenta nueva para todos, los etarras y los de la extrema derecha, lo que pasa es que entonces el 90% de los presos eran de izquierdas. Y si hacías una ley que beneficiaba a la izquierda, no podías poner luego «excepto a los policías», tenías que hacerlo para todos.  

A mí esto no me lo pueden contar porque yo lo he vivido. He estado en tres o cuatro manifestaciones a favor de esa ley para pedir la salida de los presos que estaban en la cárcel por el franquismo. Hay un intento de reescribir la Transición y también de presentar ese debate de monarquía y república que no existió, era otro debate el que había entonces.

La Transición fue lo que fue, hubo muchos errores, muchas cosas que se hicieron mal. No voy a santificar el periodo, pero, al final, con todo, supuso una reconciliación de los españoles y permitió una democracia con libertades. Para mí es algo muy positivo, ligado a mi vida, a mi trayectoria personal y que yo defiendo porque me parece que fue muy positivo. Es muy fácil ver los toros desde la barrera, la situación era muy compleja y estaba el Ejército, que la gente se ha olvidado de lo que era en aquella época. Yo hice la mili y vi que eso era un nido de conspiradores. La atacaban de forma salvaje.

En el libro de Fernando Grande-Marlaska, Ni pena ni miedo (Ariel, 2016) dice que el problema de la Transición es que muchos cuerpos como la policía u otros organismos se perpetuaron del franquismo a la democracia y ahí enraíza el problema de la corrupción en España.

Pues es verdad. Lo suscribo al cien por cien. Todavía existen residuos franquistas en los aparatos judiciales. Lo estamos viendo ahora. No se pasa de una dictadura a una democracia por golpe y por decreto. Uno de los problemas que tuvo España en esos años de la Transición y los primeros años de la democracia es que en las instituciones, tanto en la justicia como en la policía, había policías y magistrados franquistas. No se pudo depurar a nadie. Si era una transición, o una reconciliación, no podías depurar a los magistrados y a los policías. Yo tuve que soportar encontrarme a policías que eran mandos policiales en la cúpula, como por ejemplo Billy el Niño, al que yo había visto entrar en el colegio San Juan Evangelista para detener gente. Yo no sé qué haría si me cruzo con Billy el Niño, probablemente no le diga nada, pero claro, la izquierda tuvo que pagar ese precio, aceptar que parte del aparato del franquismo continuara en las instituciones de la democracia, claro que sí, eso fue así. El franquismo estuvo perviviendo durante muchos años y cuando llegó al poder Felipe González, en octubre de 1982, la cúpula del Ejército era una cúpula franquista. Los capitanes generales, ¿de dónde venían? Muchos habían hecho la guerra.

Cuando entrevistamos a Felipe González y le preguntamos por esta cuestión dijo que le llevó cuatro años acabar con todo esto, en lo que a lucha antiterrorista ilegal se refiere.

No tiene justificación la posición de González. La cúpula de Interior con o sin el conocimiento de González, yo creo que con su conocimiento, montaron los GAL, montaron la guerra sucia en Francia y procedieron a aplicar la ley del talión, diente por diente. Hubo elementos parapoliciales, reclutados por elementos del Ministerio de Interior, que cometieron atentados en Francia y eso se financió con los fondos reservados. Eso es absolutamente inmoral, absolutamente injustificable y yo soy de los que creen que el fin no justifica los medios nunca. Eso fue un gran baldón para el Estado de derecho y fueron conductas absolutamente repudiables que afortunadamente fueron castigadas por la justicia, porque el ministro del Interior, el secretario de Estado de Seguridad y altos cargos policiales fueron condenados en el juicio de Segundo Marey.

Escribió una carta abierta a Pablo Iglesias en la que le decía «Mira, yo también fui socialista, marxista, autogestionario…».

Yo también cometí los mismos errores cuando tenía su edad. Ya sé que suena paternalista, pero creo que el intento de Podemos de revisar la Transición y de reescribir la historia es un grave error y muchas veces queda claro el desconocimiento de los hechos, como cuando Iglesias dijo que había habido un referéndum de autodeterminación en Andalucía, con lo cual fue un disparate histórico convertir aquella consulta en un referéndum de autodeterminación. Sea por ignorancia o sea por interés político, se está intentando reescribir la historia y aquí tenemos, por ejemplo, toda la polémica de las calles de Madrid.

Cambiar las calles no es una ocurrencia peregrina. La Ley de Memoria Histórica se escribió por un mandato parlamentario aprobado por unanimidad previamente en el que se pretendía, precisamente, dejar atrás las dos Españas. Lo que pasó es que luego el PP perdió el poder y se descolgó de este compromiso histórico.

No pretendo llevar las cosas a un extremo porque es ridículo. No me parece mal que se hayan quitado las calles al General Mola, a Calvo Sotelo, a los líderes del golpe de Estado del 36 y también, por supuesto, a Franco. Pero cuarenta años después de la muerte de Franco, plantearse quitar el nombre de los hermanos García Noblejas, que nadie sabe quiénes fueron, yo sí lo sé, fueron dos falangistas que murieron en la Guerra Civil muy jóvenes, eso no tiene sentido.

Es cierto, creo que hay que aplicar la Ley de la Memoria Histórica, esa ley creo que se aprobó en el 2007, han pasado once años, lo que no podemos estar es en un proceso permanente de revisión de la historia porque muchas de estas cosas ya se hicieron en la Transición. No voy a justificar que haya una calle que lleve el nombre de General Franco o General Mola o General Sanjurjo, que fueron los líderes del golpe, pero no podemos llegar a los extremos ya de cambiar el nombre de las calles a personas que nadie saben quiénes son. No podemos estar en el afán permanente de reescribir la historia, de generar una especie de provisionalidad sobre los nombres de las cosas, creo que ya deberíamos olvidar eso.

Pero parece que el que no lo olvida es el que se resiste a que se cambien las calles. ¿Por qué? Vallejo-Nájera, por ejemplo, fue un nazi y un teórico de la eugenesia. Todo el mundo debería estar de acuerdo en que ese hombre no puede tener una calle.

Pues no sé si es el caso, también era un psiquiatra de cierto prestigio, no lo sé. Pero es que esa casuística no es buena, porque crímenes y aberraciones se cometieron en los dos bandos de la Guerra Civil. Ahí está el tema de Paracuellos, que a mí no me gusta abundar en esto, pero ahí se mató por ejemplo a Muñoz Seca, que era un dramaturgo que no tenía ninguna responsabilidad, se le mató porque era una persona de derechas católica. Entonces, ¿también vamos a abrir ahora lo de Paracuellos y otra vez volver a la vieja polémica de si Carrillo fue responsable o no? Es que para mí eso ya no tiene sentido, olvidémoslo.

Usted es nieto de un ferroviario que estuvo a punto de ser fusilado por los falangistas.

Mi abuelo era maquinista. Era simpatizante de los partidos republicanos, no era desde luego monárquico. Un día conducía su locomotora a diez o quince kilómetros de Miranda, en un paso a nivel, y había un grupo de falangistas que le estaban esperando en el andén, le hicieron bajar, le dijeron que había hecho un saludo comunista, que se pusiera en una pared que lo iban a fusilar, y justo en ese momento pasó un vecino suyo que lo conocía, un sargento o un suboficial de ferrocarriles, les dijo que él respondía por mi abuelo que era una persona honrada, que no estaba implicada en actividades políticas, y eso le salvó la vida. Esa narración marcó mi inconsciente y siempre la he tenido muy presente.

Luego usted fue de izquierdas.

Eso es generacional, entré en la universidad en el año 1972, empecé a hacer Periodismo y la universidad estaba muy politizada. Tenía ideas de izquierda y fui una persona con absoluto rechazo del franquismo. Sí, vengo de la izquierda. He  salido muchas veces a la calle y he hecho cosas contra la dictadura, pero tenía dieciocho o diecinueve años, tampoco corrí ningún riesgo físico, lo hice como algo generacional.

Le marcaron unos viajes a las Rumanía y Bulgaria comunistas.

Fue en el año 80. No os podéis hacer una idea cómo era. Había una miseria espantosa. En el hotel, que era un hotel de lujo, no había ni leche, en la calle la gente te pedía dinero, las tiendas estaban vacías, había un miedo a la policía política de Ceausescu terrible. Me di cuenta que esos regímenes habían derivado en dictaduras totalitarias y que además no resolvían los problemas de la gente. Tenían un nivel de vida muy inferior al de España o al de los países occidentales. Después fui a la Unión Soviética y la misma impresión que tenía de Rumanía quedó corroborada. Me di cuenta de que eso había sido un tipo de regímenes frustrados que habían provocado dolor y represión y ahí me distancié.

También me marcó, en otro sentido, un viaje que hice antes a París. Estudié allí Filosofía durante un curso y estuve con grandes maestros de la filosofía francesa como Deleuze, como Lyotard, como Badiou. Aprendí muchísimo y entré en contacto con una realidad que no tenía nada que ver con la de España. Aquí vivíamos en pleno franquismo, la televisión oficial, en blanco y negro, era pura propaganda, los pocos medios que existían con vocación independiente, los pocos periódicos que había, tenían problemas con la censura. Existía además en esos años una especie de renacimiento de la extrema derecha del búnker y teníamos serias dudas de que España pudiera evolucionar hacia una democracia tras la muerte de Franco.

La palabra «populismo», que ahora se aplica tanto, ya la usó usted hace años, pero para referirse a Bono, presidente de un Congreso que usted calificaba como «pantomima», puesto que todo lo que ocurría ahí era estéril y las decisiones se tomaban en otro lado.

Me ratifico. Ha habido un componente populista en muchos políticos de la democracia y eso también ha producido un descrédito del sistema. El populismo no es patrimonio de Podemos, ni es patrimonio de los partidos de extrema derecha en Francia, en Holanda o en Hungría. También ha habido políticos populistas y formas de gestionar la política populista, y a mí el populismo me repugna. Me parece un engaño y una manipulación. Consiste en decir a la gente lo que quiere oír, un político tiene que tomar decisiones impopulares y a veces decisiones que no son fáciles de explicar, pero al final tiene que ser coherente y pensar en el bien común y no apuntarse tantos para aparecer en las primeras páginas de los periódicos y en la televisión.

Ahora parece muy preocupante todo el ascenso del populismo en Europa y naturalmente la victoria de Trump en Estados Unidos. En Europa estamos olvidando el pasado. Estamos olvidando lo que fue el fascismo en los años treinta y eso nos hace especialmente vulnerables, somos débiles ante los demagogos, ante los fanáticos, ante los populistas. Creo que es una regresión. Tenemos que defender, con todas sus imperfecciones, la democracia parlamentaria, la libertad, la tolerancia, los valores en los que hemos sido educados, entre los cuales está también el respeto a los demás y la solidaridad.

¿Qué le parece el papel que desempeña ahora Felipe González en el PSOE?

No me gusta. Ha tomado partido por Susana Díaz. Él fue el catalizador de la rebelión. Creo que los métodos que se utilizaron para desestabilizar a Pedro Sánchez no fueron legítimos y en ese sentido Felipe González se equivocó. Se quiso torcer la mano a un secretario General elegido democráticamente, en una especie de conspiración de palacio. Lo tenía que haber hecho con una alternativa transparente, en una votación al Comité Federal clara. De ahí la legitimidad que todavía conserva Sánchez.

Escribió en su columna que ante las explicaciones metafísicas y pseudorreligiosas que imperan en la actualidad cada vez se siente más cerca de Marx y de Darwin para explicar la realidad.

Me siento cerca del racionalismo filosófico. Hay tres grandes pensadores que modifican nuestra visión del mundo, uno es evidentemente Darwin, que descubre que la vida en la Tierra es producto de la evolución. Luego en el terreno de la sociología Marx nos muestra que en la economía, las relaciones de producción condicionan la existencia, incluso la conciencia. Y Freud, que es el gran revelador de las motivaciones psicológicas, de nuestras conductas. Soy agnóstico, pero sí que creo en las explicaciones racionales del mundo y estos tres grandes pensadores nos han ayudado a entender lo que somos, por qué somos y cómo somos. Prefiero una explicación racional a una explicación irracional.

En su columna «Vidas paralelas» a menudo se marcaba usted godwins, es decir, comparar a políticos actuales con figuras del nazismo o de otros totalitarismos.

Sí, se me han quejado, pero cuando yo hago esa comparación no pretendo que sea literal, no pretendo en ningún momento decir que nadie tenga ninguna connivencia con el nazismo, porque eso sería una aberración. Es verdad que el género es arriesgado y hay comparaciones que pueden parecer desafortunadas. Aunque luego, si lo lees, está matizado.

A Cospedal la comparó con Suslov, el guardián de la ortodoxia en la URSS, y escribió: «Suslov sirvió a un terrible y destructor ideal, pero ignoro cuál es la grandeza de estar al servicio de Mariano Rajoy».

Es muy duro eso, la verdad es que me da reparo oírlo, pero eso es una crítica al papel que jugó ella cuando salió todo el tema de la corrupción del caso Gürtel. Tuvo que decir cosas que evidentemente no pensaba y tuvo que hacer de perro guardián, pero me gustaría retirar ese párrafo, me gustaría no haberlo escrito.

A Madina lo comparó con el maoísta Lim Biao, ariete contra la vieja guardia del partido. Muy divertida ahora después de todo lo que ha pasado.

Esa estaba bien, sí [risas]. Tengo que decir que me equivoqué en unas «Vidas paralelas» con Madina y le afeé una cosa que podía parecer una claudicación ante el terrorismo, y claro, él había sido una víctima del terrorismo, con lo cual mi metedura de pata era absoluta. Le llamé y le pedí perdón, y a partir de ahí nació una amistad. Me llevo muy bien con él, es un tipo extraordinario, le tengo un gran aprecio. Cómo un error periodístico se convierte en una amistad, eso también es muy ilustrativo.

A Pablo Iglesias con Cayo Sempronio Graco. Decía: «Si Roma hubiera asumido las reformas que propugnaba Graco, la historia habría cambiado. Pero no fue así. La ceguera de su estamento dirigente llevó a la revolución y luego a la dictadura».

Los Graco en Roma denunciaban el excesivo poder de la aristocracia y las injusticias de la sociedad romana, con lo cual acabaron mal, y en ese sentido hay muchos temas de comparación entre este hombre, Sempronio Graco, y Pablo Iglesias. Siempre he dicho que el diagnóstico que hace es correcto. Lo de la casta, la corrupción, abusos de la clase política y sus privilegios, denunciarlo es correcto. Lo que no me parece correcto son los remedios, el programa de Podemos. En política, las cosas que se proponen tienen que ser aplicables a la realidad, porque, si no, es un brindis al sol y Podemos yo creo que peca de ese error.

¿Iglesias o Errejón?

Estoy más cerca de lo que dice Errejón, evidentemente. No les pido que defiendan nada en lo que no creen, pero deberían comprometerse también en los pactos de gobierno o en acuerdos políticos con el Parlamento que consideren justos. Es un error intentar hacer la política en la calle, sin implicarse, y creo que ese es el gran debate que tienen, que no es un debate artificial, es un debate sustancial, es muy importante. Tienen que decantarse entre si quieren ser un partido de alternativa de gobierno o un partido con una dimensión utópica y revolucionaria.

Y en el PSOE igual. La cuestión es si es un partido alternativa de poder, con unas señas de identidad socialdemócratas, o si pasan a ser, como propone Sánchez, un partido más radical, que rompe los acuerdos con el PP y construye puentes con Podemos para ser un partido de confrontación con la derecha, el PP y Ciudadanos. Hay dos grandes sensibilidades en el PSOE y este es un debate que tienen pendiente.

Mantiene dos columnas semanales siendo director.

Sí. Eso es una droga para mí, no me pidáis que renuncie a las columnas, antes me corto un brazo. Yo no quise hacer la página 3 los domingos, me presionaron, me lo dijo la propia empresa, mis compañeros, mucha gente: «Oye, por qué no haces la página 3, que la había hecho Pedro J., Casimiro y David». Y les dije: «No, yo no voy a hacer la página 3 y a lo que no voy a renunciar es a mis columnas». Mis columnas son una válvula de escape, un tubo de oxígeno.

En esas columnas hay dos paisajes recurrentes. Uno es Miranda de Ebro y otro es Bayona.

Porque son mis dos paraísos. Miranda, porque nací y viví allí hasta los diez años y al final nuestra patria es la infancia. Mi patria es la estación de tren de Miranda, porque toda mi familia era ferroviaria y yo nací al lado de la estación, toda mi niñez se desarrolló en esa estación. Y Bayona, porque llevo varios años, seis o siete, que he ido a veranear allí y he descubierto la naturaleza, el mar, los bosques, un clima y una comida extraordinaria y yo allí paso un mes en verano y me olvido de todo.

En El cuaderno gris Josep Pla habla sobre todo de su infancia en L´Empordà, ¿se ve muy reflejado en él?

Muchísimo, me veo muy reflejado en esa obra. Es un libro que he leído dos o tres veces y lo releo. Como decía, nuestra patria es la infancia y lo que nos marca al final son nuestros primeros años de la vida y yo tengo una gran añoranza por la infancia, soy una persona muy nostálgica. No me resigno al paso del tiempo y tengo un recuerdo casi obsesivo del pasado.

No sé si sabe que mucha gente cree que ha inventado un género en sí mismo, que es el de la nostalgia.

Sí, puede ser, y lo tomo como un elogio. Yo cuando escribo no pienso, la gente me dice: «Lo piensas mucho» y les digo: «No lo pienso, me sale solo». Yo escribo las columnas porque me salen de dentro por un mecanismo que no te sabría explicar. Lo que me lleva puede ser tener una idea, pero una vez que la tengo, una vez que aflora esa intuición, lo escribo de un tirón. Yo en mis columnas saco lo que tengo en mi interior, no necesito elaborarlo, en ese aspecto sí que son auténticas, no hay ninguna reelaboración.

¿Se suele arrepentir mucho de lo que escribe?

Lo olvido. Uno escribe tanto que cuando pasa el tiempo, una cosa que te parecía justificada hace diez años, dices: «Pero ¿cómo he podido escribir yo esto?».

En sus columnas se nota el poso de todo lo que ha leído. Hay quien se queja de que a otros columnistas más jóvenes se les ven más costuras en ese ámbito, en el de las lecturas. ¿Eso es un problema a solucionar?

No, no, cada uno es como es. No hay que catalogar a la gente por los libros que ha leído. Cada uno aporta su experiencia, su biografía… Hay columnistas jóvenes muy buenos, no hay que hacer ese tipo de comparaciones. Yo he leído porque soy un lector impenitente. Lo he hecho compulsivamente desde que tenía seis o siete años, que mi padre me reñía en la mesa por estar comiendo con un libro en las rodillas.

Pero hay columnistas jóvenes buenísimos, y en la vida tampoco uno tiene que escribir con el prisma de los libros que yo tengo siempre. Cada uno es distinto y no hay nadie mejor ni peor. Es un error creerse en condiciones de superioridad por tener sesenta años y haber leído más libros, eso es una tontería. Por ejemplo, Larra murió muy joven y era un gran columnista.

Ha dicho que sin libros se moriría.

Mi mujer me dice que se va a separar de mí porque los libros me ocupan toda la casa, ya no sé dónde ponerlos. Además tengo el problema añadido de que ahora me regalan muchos. En realidad no sé cuántos tengo, pero tengo una biblioteca enorme de libros de historia, me gusta mucho la literatura, la filosofía, todo lo que son las humanidades. También soy un fan de la novela policiaca, me he jactado de que tengo una de las mejores bibliotecas privadas de España de novela negra. Desde que Alianza sacó aquella colección de novela policiaca dirigida por Borges a principios de los años setenta, unos libros que valían veinticinco pesetas, llevo más de cuarenta años comprando todo lo que sale. Tengo miles de volúmenes.

Patricia Highsmith me encanta, me gusta mucho Dashiell Hammet, Raymond Chandler, los clásicos americanos. Pero también en España ha habido muy buenos escritores. Me tengo que remitir a Vázquez Montalbán, que fue un poco el precursor del género con su detective Carvalho. Ahora está Dolores Redondo, que tiene la trilogía del Baztán que está muy bien, y hay muchos escritores de novela negra en España y algunos muy buenos.

Mencionaba usted a Carvalho, ahora Carlos Zanón ha dicho que va a resucitar al detective. ¿Le gusta la idea?

No me gusta. Respeto su derecho y cada uno puede hacer lo que quiera, pero Carvalho está muerto, porque está muerto Vázquez Montalbán y nunca lo va a poder resucitar.

También lee mucho sobre totalitarismos.

Sí, porque la historia y el siglo XX son para mí muy importantes. Ahora mismo estoy leyendo El tren de Lenin, de Catherine Merridale. Es la vuelta del viaje de Lenin a Leningrado, en la primavera del 17, para liderar la Revolución rusa. También me interesa mucho el tema de la Segunda Guerra Mundial y el nacimiento del fascismo en los años veinte en Europa, y ese periodo histórico que va desde el final de la Primera Guerra Mundial, el advenimiento de la República de Weimar, hasta el final de la Segunda Guerra Mundial.

La filosofía es otra de sus pasiones, es algo que también respira en sus columnas. ¿Es cierto que le llamaban «el filósofo de Pedro J.»?

Se decía algo así en la redacción. Eso concretamente no lo había oído, yo había oído que era el ideólogo del periódico y cosas de esas, pero, la verdad, Pedro J. y yo teníamos unas discusiones brutales, continuas y diarias. Casi de llegar a las manos, pero es verdad que los dos teníamos un carácter muy parecido y se nos olvidaba a los cinco minutos.

Creo que él valoraba que yo le llevara la contraria, valoraba las discusiones, y ese antagonismo era bueno para el periódico porque evitaba muchas veces los excesos, y el contraste siempre es positivo. Ahora como director yo fomento la discusión, a mí no me importa que me lleven la contraria.

Cuando se marchó, de despedida, me regaló un libro precioso, El espíritu de las leyes, de Montesquieu, editado en Londres. Es una edición muy próxima a la aparición de la obra del siglo XVII, y el libro tuvo que ser impreso en francés en Londres porque me imagino que la monarquía francesa no permitía editar ese libro sobre la separación de poderes en Francia. Es un ejemplar muy valioso, que conservo como oro en paño en mi biblioteca.

Estando tan unido a Pedro J., ¿cómo vivió la separación de él?

Estuve pensando durante mucho tiempo en ir a trabajar con Pedro J. Él me lo pidió y yo estuve muy tentado, pero también quería quedarme en El Mundo, en mi periódico, al que yo he dedicado toda mi vida. Son decisiones que uno tiene que tomar, para mí fue muy difícil, porque yo, insisto, aprecio a Pedro J. y me hubiera gustado trabajar con él. Solo puedo hablar bien de él. Pero, bueno, en la vida hay que tomar decisiones y yo opté por quedarme aquí. Cuando me nombraron director de El Mundo él me llamó para felicitarme.

¿Siendo director de un periódico se hacen muchos amigos en política?

Más bien enemigos. Amigos es difícil hacer, porque si quieres mantenerte independiente y publicar las informaciones que te llegan, siempre acabas topando con intereses, con los partidos, con los líderes de los partidos. Ser director es una posición incómoda, porque al final te obliga a «estar contra todos», a mantener una actitud de independencia y a tener pocos amigos.

Yo soy una persona que viene a la redacción, trabaja equis horas y luego se va a su casa. No ceno, ni como con políticos más allá de lo necesario, a veces hay que hacerlo porque si te llama alguien de un partido que quiere hablar contigo, lo tienes que hacer, pero vamos… Mi felicidad no está en ir a Moncloa o en comer con un líder político, sino que está en estar leyendo un libro de historia en casa.

Pedro J. jugaba al pádel con Aznar, usted no queda con Rajoy.

Pues no, es inimaginable para todos [risas]. Todos los que me conocen saben que eso es imposible.

Poniendo la vista en el futuro de la prensa, que no se puede negar que es un poco oscuro, ha comentado que el periodista que opina de todo, que es omnipresente, está desvalorizando la profesión y da muy mala imagen.

Sí, porque se está convirtiendo la información en un espectáculo, que es lo que pasa con las tertulias. El periodista que opina de todo, que opina de la capa de ozono y luego opina de la lucha de poder en el PSOE y después de la política de tipos de interés de la Reserva Federal, o sea, no se puede opinar de todo. Y, sobre todo, es que el periodista no debe ser el protagonista, que hablen los expertos.

Yo no voy a las tertulias, no he ido jamás y no iré jamás, salvo que tuviera que hacerlo para ganarme la vida, no lo sé. Pero a mí no me gusta, me parece un grave error y me parece que genera un profundo descrédito para esta profesión.

Eso lo dice alguien que ha sido muchos años director de una sección de Opinión.

Sí, pero es que es distinto. Opinar en un periódico sí, porque la opinión es un género de los periódicos igual que la información, pero es otra cosa. Es decir, opina el periódico, no opinas tú. Ya he dicho que como editorialista yo he hecho muchos miles, y no eran mi opinión personal, opinaba el periódico. Contribuyes a un debate de opinión pública, es una opinión colectiva, y eso es necesario en una democracia. Otra cosa es que el periodista asuma un protagonismo personal en las tertulias y luego se convierta en un espectáculo circense. A mí eso me parece denigrante para esta profesión.

Usted está muy obsesionado con que en el futuro el medio no mate al mensaje de los medios de comunicación. ¿Qué relación tiene usted con internet y las redes sociales?

Yo he escrito muchas veces la frase de McLuhan, «el medio es el mensaje», porque es verdad que el medio es el mensaje. Las cosas se interpretan y se leen en función de cómo están escritas o de dónde aparecen. Por ejemplo, en las redes sociales, en Twitter que son ciento cuarenta caracteres, el medio acaba siendo el mensaje, porque no es lo mismo escribir un editorial o escribir un artículo en la prensa de mil trescientas palabras que hacer un tuit. Por lo tanto, el medio es el mensaje, como decía McLuhan.

La página web de El Mundo funciona muy bien.

A mí me gustaría que fuera mejor, que fuera una web con más análisis, con más noticias en profundidad y a veces con menos viralidad. Lo que pasa que es muy difícil, a veces la actualidad nos arrastra. Creo que tenemos que mejorar porque el futuro de la web va a ser la suscripción, que los lectores paguen por la información, y eso exige contenidos de calidad. Las webs que están en estos momentos sobreviviendo son las de los grandes periódicos como el New York Times o The Guardian, y tenemos que ir hacia eso en la medida de nuestras posibilidades. Una web con contenidos de calidad, con una información solvente y que la gente pague por verlo, porque el modelo actual del «todo gratis» es totalmente insostenible e inviable.

En la web de El Mundo también hay contenidos que buscan clics, como noticias del corazón. Cuando entra y lo ve, ¿qué piensa?

Desgraciadamente, necesitamos todavía poner esos contenidos porque nos dan clics y los clics son publicidad, pero no es lo deseable. Lo deseable es ir hacia un tipo de web, con informaciones más en profundidad, con mucha menos información, con muchas menos noticias, porque damos doscientas o trescientas, muchas menos cosas y mucho más elaboradas, y también ahí caben cosas del corazón o cosas de la vida social. Pero creo que tenemos que ir disminuyendo ese tipo de contenidos y luego incorporar las nuevas tecnologías, los vídeos van a ser fundamentales, las nuevas formas de narrativa.

Dice que en esta profesión «el periodista, como cualquiera que trabaja por cuenta ajena, es un señor que tiene que sobrevivir y está obligado por ello a hacer cosas que no le gustan, a ser esclavo de algunos silencios y dueño de bastantes miserias. Esta profesión es poco gloriosa y exige demasiado esfuerzo. Basta de lecciones, ya tenemos bastante con aguantarnos a nosotros mismos».

Lo escribí y lo sigo pensando. Esta profesión tiene muchos condicionantes, tienes muchos momentos de infortunio, tienes que someterte a veces a presiones, es muy complicado mantener los equilibrios, te pueden engañar, tiene un aspecto muy duro y un lado oscuro. Pero también tiene un lado luminoso y yo he sido muy feliz haciendo este trabajo, no lo cambiaría por nada del mundo.

En esa frase lo que quiero decir es que esa imagen que se da de los periodistas en las tertulias, esa imagen de glamour que a veces damos, es falsa. La profesión tiene una cara sombría y también tiene una cara luminosa y las dos cosas son realidad.

Escuchándolo uno piensa en la frase que Janet Malcolm escribe al inicio de El periodista y el asesino (Gedisa, 2004): «Todo periodista que no sea tan estúpido o engreído como para no ver la realidad sabe que lo que hace es moralmente indefendible».

Yo no estoy de acuerdo. No, no, no. Yo me he equivocado, he tenido que pasar momentos difíciles como todos, pero yo siempre he intentado buscar la verdad, siempre he intentado ser honesto. Yo tengo las manos limpias, sinceramente, es mi único patrimonio, tengo las manos limpias y me iré de esta profesión con la cabeza alta, de eso estoy seguro. Me habré equivocado, habré hecho cosas que no están bien, nadie es perfecto, pero desde luego yo no he actuado nunca con mala fe, yo no he buscado utilizar el periódico para mis fines y he intentado siempre decir la verdad. Soy una persona modesta, no tengo un patrimonio, no me he enriquecido y estoy orgulloso de mi trayectoria, y por lo tanto yo defiendo lo que he hecho y defiendo mis principios y lo hago con un modesto orgullo. Yo sé que habrá gente que me critique, pero no tengo conciencia de ser una persona deshonesta ni que haya actuado en contra de mis convicciones, nunca.

¿Se ve mucho tiempo como director?

No, no me veo mucho tiempo. No quiero poner fechas, porque eso siempre es un error, pero sí me veo como un director de transición. Un director que ha llegado en un momento muy difícil, el peor momento del periódico, y lo he asumido como una obligación. También porque me apetecía hacerlo, no soy un mártir. Pero cuando la situación esté estabilizada y cuando las cosas vayan mejor y pase un cierto tiempo, creo que es mejor que me sustituya una persona más joven. Creo que siempre es un error eternizarte en los sitios y sobre todo cuando se tiene una determinada edad.


Kitty Genovese o la apatía

Kitty Genovese en un fotograma del documental The witness. Imagen: Five More Minutes Productions.

A Kitty Genovese la asesinaron frente a un edificio grande: el de sus vecinos y el suyo. Dio un grito que despertó a muchos de ellos, pero, según la prensa, ninguno de los treinta y ocho testigos del crimen hicieron nada por ella. No se involucraron, fueron testigos pasivos. Cuando el asesino la atacó en medio de la calle, dio un grito —el que alertó al vecindario. Media hora más tarde, después de que el asesino echara a correr y volviera a por ella, nadie había llamado a la policía, así que la acabó de matar. Durante cuarenta años, esa es la información que la familia Genovese ha tenido sobre la última media hora de vida de Kitty.

Treinta y ocho testigos oculares, dijo The New York Times. Treinta y ocho personas pasivas, algunas de ellas conscientes de que estaban matando a una persona. A día de hoy, algunas películas incorporan casos como este, e incluso en libros de psicología y sociología se estudia como un caso fascinante. ¿Por qué nadie la ayudó? ¿Cómo pudieron volver a dormirse? El motivo de la mayoría de ellos era sencillo: no querían implicarse. Según uno de los vecinos, en aquella época (1964) había muchas personas mayores con números marcados en los brazos. Suponía que eran judíos víctimas del nazismo, y que quizá por eso no querían tener nada que ver con las autoridades. Nada. Ni una llamada. Treinta minutos de complicidad con el asesino de Kitty, quizá cuarenta.

Cuarenta años más tarde, su hermano encuentra un artículo que habla sobre el asesinato de su hermana. Cuestiona la historia. Él, que había vivido y tomado decisiones durante aquellos cuarenta años en función del asesinato de su hermana y al comportamiento de aquel vecindario, lee un artículo que duda de la veracidad de aquellos treinta minutos tal como los contaron en la prensa. De modo que empieza a investigar, y de esa investigación, que roza la obsesión, sale el documental The witness.

Cuando Kitty Genovese fue asesinada, su familia quedó hundida. Los padres, inestables, no supieron nunca cómo encajar aquella tragedia. No acudieron a los juicios en los que los testigos testificaron, y todo lo que supieron de ella, lo que no pudieron esquivar, fue a través de los medios: radio, televisión, periódicos. Más o menos sensacionalistas, más o menos detalles, pero había algo en lo que todos coincidían y que iba más allá de Kitty y de su asesino: los testigos. La crueldad que más temía la sociedad de entonces no era la de un hombre frío, con un buen trabajo y una buena familia que de pronto decide matar a una mujer, cualquiera. La crueldad que los atemorizaba era la frialdad de los vecinos, el pueblo en el que se habían convertido: incapaces de sacrificar su comodidad y bienestar por ayudar a uno de los suyos.

La apatía

Cuando el hermano de Kitty Genovese empieza a investigar, animado por un nuevo artículo sobre el asesinato, es demasiado tarde. Muchos de los testigos están muertos o sus nombres han sido tachados de las declaraciones. En cualquier caso, el número treinta y ocho no parece una invención de la prensa: en las declaraciones a las que tiene acceso, aunque sin nombres, aparecen treinta y ocho testimonios. Algunos de ellos no vieron a Kitty, otros solo lo escucharon… y lo más sorprendente, el gran hallazgo: algunos llamaron a la policía. Se suponía que lo más escandaloso del caso había sido la apatía de todos ellos. ¿Cómo a la prensa se le habían podido pasar por alto aquellas llamadas, que habrían cambiado por completo el discurso de políticos y medios de entonces? El miedo, que en un principio iba dirigido al asesino y pasó al vecindario, tenía un nuevo objetivo: la prensa.

William Genovese se entrevistó con los pocos testigos, considerados pasivos, que quedaban vivos o localizables. Entre ellos, una mujer que no se sabía que tanto ella como su madre habían sido incluidos entre los treinta y ocho: solo habían oído un ruido, pero no vieron nada. Primera pista: de todos los que consideraron testigos, no todos habían sido oculares. Otra de ellas aseguraba que llamó a la policía, y que cuando lo hizo, la policía le dijo que habían recibido otras llamadas alertando sobre la misma situación. En aquella media hora la policía no apareció. ¿Quizá para proteger a las autoridades habían decidido echarle la culpa a los testigos y su pasividad?

En cualquier caso, para el hermano era reconfortante tener aquel dato, y sobre todo el último de todos. Consiguió localizar al hijo de una vecina de Kitty, con quien tenía una relación de amistad en los años que habían vivido en el mismo edificio. Cuando se dieron cuenta de que Kitty estaba en el rellano, tirada en las escaleras, el matrimonio se vistió y fue a socorrerla. No, Kitty Genovese no murió sola, no fue abandonada por todos: murió en brazos de una amiga. Aunque en parte William se sentía agradecido de que la prensa lo hubiera exagerado y la realidad fuera mucho más agradable para su hermana, quedaba una incógnita, con la que tendría que lidiar el resto de su vida: ¿por qué? Al poco tiempo de morir su hermana, y tras graduarse, había decidido ir a la guerra de Vietnam para no sentir que no se involucraba, que los problemas de los demás también eran los suyos: no quería ser como aquel vecindario. De modo que esos supuestos testigos pasivos que lo habían empujado a tomar ciertas decisiones, no existían, no eran reales.

Imagen: Five More Minutes Productions.

La prensa seria

El primer periódico que habló de los treinta y ocho testigos fue The New York Times. William Genovese se pregunta por qué la prensa querría hablar de todos ellos como testigos conscientes de un asesinato. Lo primero que descubrió al empezar a indagar es que la mayoría de los testimonios no eran en absoluto definitivos: oyeron ruidos, creyeron que era una pelea de borrachos, se asomaron y no vieron nada, se despertaron y se volvieron a dormir. La mayoría de los treinta y ocho no solo no fueron testigos pasivos, sino que fueron testigos de otra versión, no de la escena de un asesinato. Si desobedecieron los gritos de Kitty Genovese no fue porque conscientes de la gravedad de la situación decidieran no involucrarse.

Las siguientes preguntas que se hace William es por qué omiten las versiones de las testigos que llamaron a la policía, por qué algunos de ellos ni siquiera fueron informados de que formaban parte del grupo pasivo, por qué nadie quiso contar que Kitty no murió sola, sino que agonizó en los brazos de su vecina y amiga. El asunto seguía siendo el mismo, la apatía. Los periodistas de la época lo tienen claro: en primer lugar, The New York Times era un medio muy respetado y si ellos le habían dado importancia a aquel crimen y a aquel comportamiento social, los demás también; en segundo lugar, si hubieran sido fieles a la versión real, el caso habría durado días, quizá semanas… pero no años, décadas, como así había ocurrido. Nadie había comprobado que la información que dio The New York Times era cierta, se limitaron a reproducir en serie lo que ellos ya habían insinuado: que la sociedad de la época era apática, no les importaban los demás, no estaban a salvo. Habían obviado la historia del asesino, un hombre que no cumplía con el perfil que podríamos detectar: no es que la apatía estuviera entre ellos, es que un psicópata podía tener la estabilidad y la vida que todos querían. Un asesino podía pasar desapercibido, podíamos convivir con él.

Pero no es la única apatía que ha rodeado al caso Genovese. Aunque en un primer momento pudiera parecer que los pasivos eran los vecinos, los primeros pasivos de esta historia son los periodistas que no comprobaron la veracidad de la información. Los siguientes fueron los vecinos, sí, pero no por el motivo que les hicieron creer: los vecinos, que vieron cómo falseaban sus testimonios, se rindieron. No quisieron dar más declaraciones, porque al final tergiversaban sus palabras. A la amiga que sostuvo a Kitty mientras moría le preguntaron si volvería a hacer lo que hizo, y dijo que sí. Después, en la prensa, cambiaron su respuesta. Durante cuarenta años, cuarenta, los testigos no fueron apáticos ante el asesinato, pero sí lo fueron al no reivindicar la verdad ante la prensa. Los periodistas, además, no solo no comprobaron si lo que The New York Times había escrito era cierto, sino que tampoco se molestaron en entrevistar ellos mismos a alguno de los treinta y ocho testigos. ¿Por qué? ¿Por qué todo el mundo miró hacia otro lado mientras los acusaban de mirar hacia otro lado?

La familia

Y por último, la familia. Los Genovese no se interesaron por el caso. Simplemente habían matado a Kitty y los vecinos no habían hecho nada por salvarla. Eso era todo. Unos días más tarde se supo quién era su asesino, y en apariencia no era nadie: es decir, no lo conocían, no quería su dinero, no la atracó, no la violó, simplemente la mató. Leyeron la prensa, supieron qué le había ocurrido en apariencia, y siguieron adelante sin demasiado éxito. Las vidas de todos ellos quedaron marcadas. En especial, la de William. Cuando uno de los hermanos más querido de Kitty empieza a indagar y se obsesiona con el caso, los demás no quieren saber nada, no necesitan saber la verdad, no lo ayudan. Todo el mundo quiere olvidar lo que ocurrió y cómo ocurrió. Los sobrinos de Kitty Genovese apenas sabían nada de la vida de su tía, salvo que la habían asesinado. La última apatía que consigue desbloquear William es la suya propia: no solo tiene la verdad que necesitaba, no solo ha descubierto que la prensa lo exageró para darse importancia, no solo podía reconciliarse con la sociedad de entonces y aquel vecindario, no solo había conseguido hacer un documental con todo ello: ha demostrado que Kitty había sido algo más que sus treinta o cuarenta últimos minutos de vida.

Se había propuesto conocer a la verdadera Kitty, no la que los fines de semana los visitaba a las afueras de la ciudad. Kitty no era Kitty: se había casado, pero no tenía una relación con su marido; tenía una compañera de piso que resultó ser su amante y ella, una lesbiana que quizá con el tiempo habría aceptado su condición de homosexual; era brillante y no entendían por qué había decidido trabajar en un bar, pero se lo pasaba bien en la taberna. Y finalmente, la gran incógnita: ¿de dónde salía la foto que se había vuelto más popular sobre su hermana? Sí, ahora lo sabía: de su ficha policial, de cuando una vez fue encarcelada.


¿Para qué sirve un periódico? Periodismo (también) para pasar el rato

Foto: Knight Foundation (CC)
Foto: Knight Foundation (CC)

¿Para qué servía un periódico de papel? Me lo preguntaba hace unos días, saliendo de ver Spotlight. La película cuenta la historia de una investigación periodística que ganó un premio Pulitzer. La cinta ha sido un éxito, y por unos minutos pareció que con ella se salvaba el periodismo. Pero al salir pensé que cuatro en toda la sala se habrán gastado en periódicos los nueve euros que cuesta una entrada al cine.

El periodismo importa, pero exagera. Esto le pasa a muchos oficios, que piensan que lo suyo hay que enseñarlo desde preescolar. Con el agravante de que la prensa tiene un altavoz. El periodismo se presenta como el contrapeso libre y valiente que enfrenta a los poderes económicos y políticos. Dice de sí mismo que es necesario, y en grandes cantidades, porque si falta no hay democracia. Y es verdad, pero exagera.

El viejo periódico no era algo tan noble ni tan trascendente.

A menudo el periódico solo era útil. Uno lo abría para ver la cartelera, certificar la victoria del Madrid, o averiguar quién se había muerto últimamente. Mi abuelo al jubilarse conservó una pequeña cartera de acciones y cada día consultaba en el periódico las cotizaciones de Telefónica y el Banco de Alicante. No tenía intención de comprar ni vender, pero era su rutina. Se entretenía copiando a lapiz los valores —o pidiéndonos que se los dictásemos cuando ya no veía bien—, y entonces actualizaba un Excel que le había hecho otro nieto. Mi abuelo compraba el periódico más por entretenerse que por salvar la democracia.

Esa es mi teoría: el periódico era (también) un entretenimiento. Servía para estar mejor informado, sí, pero también para matar el rato.

La crisis de la prensa se explica por eso. Internet no hizo que las personas tengamos menos necesidad de información. Tampoco trajo tantos sustitutos de los periódicos con los que informarnos. No creo que internet cambiase mucho el mercado de información. No. Lo que cambió absolutamente fue el mercado del entretenimiento. Internet y la tecnología han traido nuevos pasatiempos, y como el periódico vivía (también) de entretener, toda esa competencia lo ha puesto en crisis.

Si en 1995 estabáis leyendo este artículo y lo encontrabáis aburrido, podíais hacer dos cosas: pasar de página o mirar por la ventana. En 2016, podéis coger el móvil y cambiar este texto por cosas asombrosas: charlar con un amigo en Whatsapp, cerrar una cita en Tinder, leer el FT, mirar fotografías en Instagram, debatir en Twitter, cotillear en Facebook, ver los diez mejores paisajes del mundo, o haceros una selfi.

El mercado del ocio ha florecido. Existen los libros, el cine, la música y los periódicos. Pero también los videojuegos, las redes sociales, las paridas, los youtubers, las aplicaciones de hablar, ligar, cotillear.

Son todo cosas que rivalizan con el viejo periódico porque compiten por lo mismo: nuestra atención. Es un mercado jodido, este.

Pero no quiero sonar fatalista porque no lo soy.

No soy fatalista porque creo que en el futuro habrá periodismo de todo tipo. Quizás no tanto como querríamos quienes lo producimos, pero suficiente. Habrá personas metódicas investigando a los poderosos; y especialistas en informar de lo importante, aunque suceda lejos y afecta a otra gente.

Y sí, la prensa seguirá teniendo una parte entretenida.

Pero eso tampoco me preocupa: entretener está bien. Me parece un oficio bonito hacer que alguien pase un buen rato. Contarle una historia interesante o mostrarle lo cotidiano de otra manera. Que te expliquen el Big Bang y te parezca fácil. Que despierten tu interés por las aves del pacífico y la literatura del miedo nuclear. Lograr que un lector abra mucho los ojos, o se ría por dentro, o levante la voz en el metro y diga bajito: «qué fuerte». Que deslice dos dedos sobre su pantalla porque quiere compartir esa sensación de interés, alegría o asombro a través de Facebook, Twitter o Snapchat.


El mensajero

Foto: Jon S. (CC)
Foto: Jon S. (CC)

Como consecuencia de la publicación de unos mensajes privados intercambiados, al parecer, entre los reyes de España y Javier López Madrid, investigado por el uso de tarjetas black de Cajamadrid y relacionado con presuntas donaciones ilícitas al PP, se ha vuelto a plantear la eterna discusión sobre la privacidad y la publicación de ciertas informaciones y documentos en prensa. Para que no se me acuse de no dar mi opinión sobre el caso concreto, sostengo que esa publicación, al margen del posible origen delictivo de los datos, carece de relevancia pública: lo que opine la reina en una conversación privada sobre un medio no es relevante y el apoyo, también privado, a un amigo en problemas (con independencia de que se tenga o no merecidos esos problemas), es una reacción absolutamente humana. Tan humana que es la más habitual, incluso cuando se trata de delitos especialmente repulsivos. La mayoría de las personas, cuando se enteran de que un hijo, un cónyuge, un hermano o un amigo ha sido detenido por asesinato o violación, por ejemplo, suelen reaccionar dando su apoyo a aquel con el que tienen un vínculo. Esto no les convierte en cómplices, ni implica que justifiquen o secunden el crimen.

¿Queremos que los cargos públicos sean ocupados por robots, por tarados emocionales? ¿Queremos que sus emociones difieran tanto de las nuestras que construyan desde la adolescencia una biografía diseñada para recibir un escrutinio público completo? No estoy hablando de «perdonar» cualquier cosa o de justificar cualquier transformación. Estoy hablando de distinguir entre lo que hacemos y escribimos para el «público» y nuestro comportamiento informal, en un ámbito privado, siempre cargado de una información intransmitible, repleta de contexto y de signos que los demás son incapaces de comprender.

En resumen, de haber un error en esos mensajes, se limitaría a una cierta falta de prudencia. Ahora bien, un mensaje privado no es un mensaje en Twitter o un texto que publico en Facebook. No va destinado a todos.

Como de costumbre he terminado explayándome demasiado sobre una cuestión previa, cuando el tema que debería ocuparme en este artículo no es el de esa noticia concreta, que simplemente reproduce un mal absolutamente generalizado. Lo que quiero defender y explicar es que la prensa española (hablo de la española porque es la que conozco) está corrompida y deberíamos empezar a pensar en cómo resolverlo, ya que sin una prensa fuerte y libre es imposible la democracia. Este es un buen momento, ahora que la regeneración de la vida pública aparece, al menos formalmente, en la agenda.

Sé que alguien, relacionado con algún medio digital o un periódico local dirá, tras leer este artículo, «eh, no generalice, nosotros no estamos corrompidos». Asumo que puede haber contraejemplos, pero la tesis que defiendo es que las prácticas a las que me referiré están generalizadas en la mayoría de los medios y especialmente incluyo a los más importantes. Si no es su caso, estimado director de diarios, no se dé por aludido.

Desde hace décadas asistimos al espectáculo de que expedientes secretos aparezcan en los medios. En principio, secretos lo son todos (al menos hasta un determinado momento). Algunos no solo son secretos para el público en general, sino que incluso lo son para las partes. Esos sumarios declarados secretos aparecen, sin embargo, en los periódicos y se llega a la aberrante situación de que se pregunte a un investigado —o se le reclamen responsabilidades— sobre algo a lo que no tiene acceso su propio abogado. La prensa se convierte en una especie de juez omnímodo, que decide qué parte de ese sumario secreto publica, sin garantía de integridad, troceando la información y castigando a la persona afectada a responder a acusaciones que no conoce. No es El proceso de Kafka, es una práctica habitual en este enajenado país nuestro.

También asistimos a filtraciones de supuestas investigaciones policiales. Hemos visto en periódicos de todo signo extractos de «informes» de unidades policiales sobre supuestas investigaciones a personas relevantes por la comisión de gravísimos delitos. Luego nos enteramos de que esos informes —que nunca deberían ser públicos, aunque fuesen ciertos, pues una investigación tiene que terminar o archivada o en manos de un juez— son auténticos fantasmas administrativos. Las informaciones se llenan de insinuaciones, de medias verdades, en el mejor de los casos, a menudo de interpretaciones jurídicamente espurias. Los medios que las publican se remiten a sus «fuentes», que frecuentemente carecen de nombre y apellidos. Son «fuentes conocedoras del caso», «fuentes cercanas a la investigación» o «personas del entorno». No hay forma de controlar no la veracidad de las informaciones, sino —y esto es esencial— su integridad.

Si la información que adopta esos moldes es relevante, al menos nos consolamos. A menudo, sin embargo, es absolutamente irrelevante. Recuerden esos correos electrónicos de Iñaki Urdangarin en los que hacía bromas sexuales, por ejemplo. Es lógico que los medios sucumban al amarillismo: la impunidad es tan grande que la falta de relevancia pública, en el sentido noble de la palabra, ha dejado de ser un freno. Lo que vende, lo que te da influencia, lo que daña al enemigo político, se utilizará. Da igual que se saque de contexto o que se extraiga de un ámbito privado.

Tradicionalmente se decía que, en España, la mentira de los políticos no estaba castigada electoralmente, y era —vean que naíf soy que uso el pasado— verdad. En España, la manipulación de la prensa tampoco está castigada socialmente.

Todo esto, que es malo, no es lo peor. La verdadera corrupción de la prensa se produce en otro lugar tan negro como las tarjetas black, en el que nunca ponen su foco y su lupa. En España, la auténtica investigación periodística es irrelevante. Algo como lo que muestra la película Spotlight es impensable en nuestro país. No solo por los medios utilizados, y el tiempo y la intensidad invertidos, sino también por las consecuencias para el propio medio, en una ciudad, Boston, mayoritariamente católica.

La mayoría de las exclusivas, en España, son producto de una filtración interesada. Los medios y los periodistas siempre se justifican diciendo que, no por el hecho de que alguien filtre algo con la intención de sacar un beneficio, van a dejar de publicarlo si es importante y si es cierto. Yo les daría la razón si no fuera porque esa práctica casi siempre corrupta —la del que filtra información reservada, protegida legalmente— fuese también objeto de sus informaciones. Sin embargo, eso casi nunca sucede. Yo, como abogado, no puedo contar lo que me confiesa un criminal para el que trabajo. Eso no me convierte en criminal. Sin embargo, si soy testigo de un crimen, mi obligación es denunciarlo y testificar. En el caso de la prensa, esto se agrava por una razón muy sencilla: la prensa se dedica precisamente a esto, a publicar información cierta y relevante que tenga interés público. ¿No lo es la corrupción de los que hacen mal uso de la información, que deberían proteger, con la intención de dañar a alguien o sacar un provecho, del tipo que sea? Comprendo que el medio que publica la información proteja su fuente, pero ¿y los demás?

Si la policía, para obtener alijos de droga, pacta la impunidad con una organización mafiosa a cambio de información sobre otras organizaciones mafiosas, decimos que esa policía es una policía corrupta. Si los dirigentes y afiliados de un partido político pactan tratos de favor con empresarios a cambio de dinero para su partido, por mucho que ese dinero, en la mente del militante sirva para un bien superior —él cree que el ideario de su partido lo representa—, los demás decimos que eso es corrupción. En uno y otro caso hablamos de corrupción porque la impunidad, aunque se localice, no solo es mala por sí misma, sino que lo es porque la impunidad genera más crimen. El policía que empezó haciendo la vista gorda —y esto está mal— termina sacando tajada de la droga, y el político que se corrompía para su partido —y esto está mal— termina llevándose una parte a Suiza, a una cuenta personal. Esa derivación no solo está mal: está peor.

Los medios se nutren de informaciones interesadas, muchas veces obtenidas por sus fuentes mediante la comisión de delitos. Esas informaciones, lastradas por su origen, suelen estar amputadas. Y no solo es que el trato de favor sea no perjudicar al que filtra la noticia —el corrupto es «nuestro hijoputa»— sino que, como ese procedimiento favorece a todos los medios y todos tienen su particulares «hijoputas», no se pisan la manguera entre ellos. Se hacen protestas de indignación, todo lo más. Se dice «hay que hacer algo». Sin embargo, esta corrupción que beneficia a la prensa nunca es investigada por la prensa. Y esto puede terminar dando lugar a que el periodista o el medio terminen sacando tajada, sobornando al que puede resultar perjudicado con una publicación o incluso convirtiéndolos en actores en la sombra en la lucha por el poder. El hecho de que sean correas de transmisión de intereses inconfesables no es neutro. Puede que el medio pase de no preguntar por las fuentes corruptas de los demás a escoger entre lo que publica o no, según reciba favores del poder político o a cambio de simple influencia pervirtiendo, aún más, el proceso democrático.

El peligro de visitar tanto esa charca es que termines mudándote allí. Yo creo que la prensa española vive en la charca tan feliz.

Los partidos políticos nunca quisieron regenerarse. Cada vez que se aprobaba una ley de financiación de los partidos políticos, se aprobaba por unanimidad. Este escándalo, que no ha evitado la escalada de corrupción, se explica precisamente por el interés de los partidos en mantener habitaciones oscuras.

Lo mismo sucede con la prensa. La prensa española está corrompida por estas prácticas que describo, pero no tiene ningún interés en cambiar las cosas. Su propia crisis, y la carencia de medios para hacer su trabajo bien, les impide optar por una alternativa decente. Viven de vender información y al depender de tal manera de sus fuentes interesadas terminan pervirtiendo su finalidad original.

La particularidad de la prensa es que se presenta, en su condición de vocera de los programas de regeneración, como adalid y punta de lanza de la ética pública. Por eso es tan habitual leer en los medios enfáticos mensajes morales sobre lo malos y corruptos que son los demás.

Quizás haya que empezar a poner en primera línea de preocupaciones la preocupación por la corrupción del mensajero.