Los parásitos de la medicina

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DP.

El campo de la salud se encuentra asediado por el asalto de la barbarie pseudocientífica. Todos los días nos enteramos de la creación de nuevos «tratamientos» o «terapias» que no son eficaces pero tienen aspecto científico. Por supuesto, hay parásitos, «profesionales académicos» que hacen pseudociencia (falsa ciencia)1. Parece ciencia pero no lo es. Resulta delirante estar insistiendo sobre un problema que requiere atención y preocupación por parte de funcionarios de la salud pública desde hace muchísimos años.

A partir del inesperado surgimiento del COVID-19, la avalancha de pseudotratamientos y teorías conspirativas ha crecido geométricamente: cloroquina, dióxido de cloro, la «molécula» del presidente Maduro, los «Médicos por la verdad»2 por un lado, y por el otro la supuesta «creación» del virus como pretexto para introducir la vacuna, vehículo por el cual nos insertarán chips con los que se podrá controlar nuestro comportamiento. Todo ello con el auspicio de la Big Pharma, George Soros, Bill Gates y quizá hasta algún extraterrestre que desea divertirse con la especia humana. Dentro del delirante mundo conspiranoico, nunca se sabe (no hay límite para la imaginación).

¿No podemos aprender o no queremos aprender? La respuesta a esta pregunta es compleja. Las llamadas pseudociencias mutan con el tiempo y se van acomodando a las distintas épocas. El antiguo curanderismo —y las medicinas folclóricas y tradicionales— devinieron en las hoy populares medicinas alternativas o complementarias. Y estas reemplazaron el lenguaje del curanderismo (las modalidades populares de curación) por uno más sofisticado, lleno de términos que las hacen parecer científicas, cuando realmente no lo son.

En realidad, como bien expresó el oncólogo Ernesto Gil Deza3, las medicinas alternativas o complementarias son en realidad medicinas «parasitarias», porque pueden mantenerse adhiriéndose, siempre que lo necesiten, a la medicina científica. Los pacientes que son usuarios de esta última, tal vez recurren también a alguna «alternativa». Si mejoran, el éxito será atribuido a la alternativa. Y si no mejoran, quedarán en manos de la única que es la que saca las papas del horno: la medicina basada en la investigación científica.  Muchas veces, lamentablemente, los enfermos abandonan tratamientos eficaces por promesas de «sanación» provenientes de personas inescrupulosas, que juegan —y ganan mucho dinero— con la salud de la población.

«Noto que tienes un campo de energía negativa que te está haciendo mal», afirmará un charlatán, sin especificar en qué consiste ese campo.

En realidad, a la persona que sufre alguna dolencia, ha sido abandonado por su pareja o pasa por una profunda depresión, le importa poco saber física o ciencia en general. Lo que le interesa es salir de esa situación que lo aqueja.

Nos pasa lo mismo cuando vamos al médico clínico para mostrarle un chequeo. Lo que nos interesa es que el médico nos diga «está bien» o «acá hay un valor que hay que corregir y tendrá que hacer dieta». Pero no necesitamos saber qué es la glucemia o los triglicéridos. Tal vez haya algunos curiosos que deseen aprender y algunos médicos que intenten interesarnos e informarnos por qué debemos saber algo. Lamentablemente, los profesionales de la medicina muchas veces nos atienden rápidamente, no nos miran a los ojos, hacen una receta y nos dicen: «tome un comprimido a la mañana y a la noche y dentro de un mes venga a verme». ¿Y dónde ha quedado la psicología médica? ¿Dónde está la idónea formación del profesional que se enfrenta con un paciente ansioso?

¿Quién es responsable de la popularidad de la medicina parasitaria?

Parte del éxito popular de esta pseudociencia es la indiferencia de los médicos que se han recibido en la universidad pero no ejercen cabalmente su profesión.

La gente se vuelca a un profesional que lo escuche (y que le responda lo que quiere escuchar). Recurre a otras disciplinas, no científicas, donde el supuesto «profesional» parasitario lo escucha pacientemente, le pregunta por su vida y otras cosas que aparentemente no tienen que ver con su padecimiento. El paciente se siente mejor ya solo con el hecho de que alguien le preste atención. He ahí una importante vía de entrada hacia la medicina parasitaria y una autopista que puede conducir al abandono de la medicina científica.

La cuestión es mucho más compleja de lo que parece. Hay en juego muchísimos factores que influyen para que acudamos a la pseudociencia: la apatía de los médicos científicos, la disponibilidad de que un médico nos atienda —los servicios de Salud a veces dan turnos a dos o tres meses, y no podemos esperar tanto tiempo para hacernos un estudio—, los «remedios» de la medicina parasitaria suelen ser más baratos y, como dijimos, el charlatán nos escucha. Muchos «remedios» son inocuos y no tienen efectos secundarios. Es el caso de la homeopatía. En el remedio ya finalizado, enfrascado y etiquetado, no queda nada que pueda llamarse «principio activo», es decir, algo que produzca algún efecto o alguna reacción. Tomamos una píldora o un preparado que no contiene ninguna droga efectiva, porque esta fue tan diluida que ya no queda nada de la sustancia original. Es lo mismo que tomar agua.

A esto debemos sumar el hecho de que no se enseña medicina parasitaria en la Universidad, lo cual es un grave error4. La mayoría de los médicos recibidos en la universidad desconocen los fundamentos (o falta de fundamentos) de la homeopatía, acupuntura, reiki, medicina ortomolecular, osteopatía, quiropraxia, terapia ozónica, sanación cuántica y los cientos de terapias promovidas por «celebridades»5. Y merecen una mención especial ciertos fenómenos como el «vampirismo energético», que consiste en la absorción de la energía de una persona para debilitarla6.

En el Primer Encuentro Latinoamericano de Librepensamiento, (Arequipa, Perú, agosto 2018) junto al doctor Héctor Guillén se creó, en una exposición conjunta, casi sin quererlo, un acrónimo para que la gente pueda retener fácilmente cuáles son los signos o señales que nos pueden advertir sobre una falsa terapia o tratamiento de la medicina parasitaria. El acrónimo es VEAN.

Vibración

Energía

Armonía

Natural

Si un tratamiento o método «médico» contiene alguno de estos términos, es aconsejable desconfiar de él. «Energía» es una palabra muy utilizada por los pseudocientíficos. En física tiene una definición clara, aunque no siempre comprensible: capacidad de trabajo. Sin embargo, en el amplio espectro de la falsa ciencia se usa en otro sentido. Así, escuchamos hablar de «energía positiva» o «energía negativa», queriendo significar que la primera nos favorece y la segunda nos perjudica. Se refieren a positiva o negativa de acuerdo con las propiedades que tenga un determinado elemento para hacernos bien o mal. 

Pero cualquier físico sabe que la energía no tiene moral, no puede distinguir entre lo bueno y lo malo. En estos tiempos de posverdad, luego del terremoto posmoderno y de la moda de lo «políticamente correcto», uno de cuyos peores correlatos es la «cultura de la cancelación», parece que cualquier cosa es lo mismo, que todo tiene el mismo valor. La realidad ya no es la realidad, la verdad no es verdad, el mundo es un «constructo» y lo que importa es lo que uno crea y/o sienta. Y las creencias, no las personas, son las que se deben respetar.

El charlatanismo no es otra cosa que la explotación de la credulidad pública. Lo que distingue al charlatán es la intención (económica o moral) de embaucar. Si el charlatán no encuentra a la víctima, la busca, y si no la busca la inventa. Está buscando un «mercado», una «clientela». De manera que su intención es la estafa. Y para ello acude a esos tres problemas tan mentados: salud, dinero y amor.

Es necesario aclarar que, si bien puede haber gente que practica una medicina parasitaria creyendo que realmente funciona, lo que importa es el resultado: la terapia es ineficaz y el resultado será el mismo que si fuera implementada por alguien que es consciente de que dicha terapia es un engaño.

También hay que señalar el rol que tienen «sanadores» y «gurúes» respecto de la restricción de la libertad. El principal sustento de las creencias en la eficacia de tratamientos no validados reside en el pensamiento mágico, columna vertebral de la superstición, las cábalas, las mancias y las pseudociencias (desde la astrología hasta el charlatanismo en política y economía) que se convierte en una obstrucción para la libertad, una suerte de cadena que nos ata a lo irracional, lo esotérico y a las verdades «reveladas»7

¿Cuáles son las propuestas de los charlatanes parasitarios?

Lo que prometen es demasiado bueno y reconfortante. Apelan a lo emocional y descalifican al cuestionador con diversas falacias. Frente a una crítica pueden aducir que la medicina y la ciencia también se equivocan.

-Utilizan argumentos ad hominem (contra la persona). Por ejemplo, «¿Cómo un homosexual puede ser ministro de Salud?» o «¿Usted cree en Dios?». Ataca a la persona pero no a los argumentos.

-Utiliza jerga científica para disfrazar su discurso. Palabras clave: Vibración, energía, armonización, natural. El término «cuántico» aparecerá con frecuencia. Y podrá mezclar a Werner Heisenberg con la medicina tradicional practicada por tribus indígenas sin ningún problema. En el mundo del relativismo cultural, todo es posible.

-Presentan testimonios de «pacientes» (en realidad, clientes) que han «sanado»8. Es sencillo conocer el motivo por el cual algunos no dan testimonio: o no se han recuperado o están en el cementerio.

-Sus «investigaciones» no se publican en revistas científicas de revisión por pares. Muchas veces ellos crean sus propias revistas y publican allí.

-Proponen «tratamientos» o «terapias» inocuos, indoloros y sin los efectos secundarios tan molestos que suelen tener casi todos los medicamentos eficaces. Aunque no hay que fiarse de su inocuidad: muchos pueden causar daño y hasta la muerte.

-No contestan a lo que se les pregunta. Son hábiles y logran desviar la atención hacia otro tema. O interrumpen con una contrapregunta que no tiene que ver con lo que se está tratando. Salvo contadas excepciones, cuentan con la «ayuda» del conductor de un programa televisivo donde usualmente se presentan, que difícilmente haga preguntas clave para poner su charlatanería en evidencia.

-Evitan el debate. Frente a una crítica, esgrimen como explicación que en otras disciplinas también se cometen errores.

-No presentan pruebas de lo que afirman. Además, declaran estar convencidos de que no son necesarias.

-No se someten a pruebas controladas, poniendo excusas poco creíbles9.

-Transforman sus errores en aciertos. Esta técnica es muy común en videntes y astrólogos, que apelan al llamado efecto Forer (también llamado efecto Barnum), por el cual una persona puede ser convencida de cualquier cosa si se le dice lo que quiere escuchar.

Con estas argucias y tácticas, el charlatán lleva las de ganar. Y que tener en cuenta la complicidad de los medios de comunicación. El negocio es redondo: rating y ganancia para los canales de TV y las radios, y también para algún conductor o productor.

Los charlatanes crecen, se reproducen y, como los virus, mutan. Despliegan su actividad en los medios «aliados», mientras las autoridades de salud miran para otro lado. Las redes sociales se han transformado en un amplificador enorme de las más disparatadas teorías y creencias.

Por lo tanto, podemos prevenir un enorme daño si tenemos en cuenta las cuatro palabras que pueden salvar nuestra salud y nuestra economía:

Vibración, Armonía, Energía y Natural. Cuando VEAN alguna de estas cuatro palabras, ya saben de quién se trata y de lo que puede suceder.


Notas

(1) Como muestra, basta con señalar un curso de «Terapia de Regresión a Vidas Pasadas» ofrecido por la Asociación Médica Argentina hace unos años…

(2) Agostinelli, Alejandro: «Médicos por la mentira (parte I)» y «Médicos por la mentira (parte II)».

(3) Gil Deza, Ernesto. Comunicación personal.

(4) Borgo, Alejandro. Why Pseudoscience Should Be Taught in College. Skeptical Inquirer, Volume 42, No. 1 January / February 2018.

(5) Como la actriz Gwyneth Paltrow con su empresa Goop.

(6) Loy, Anabella. Los demonios de la luna (pendiente de publicación).

(7) Borgo, Alejandro. ¿Te atrevés a ser libre? Editorial Planeta, 2012. Véase también del mismo autor: Superchería, religión y supresión de la libertad, revista Questão de Ciência, marzo 2019.

(8) Utilizan el término «sanación» y no «curación», porque ni siquiera un médico puede prometer la cura a un paciente.

(9) Vale recordar el premio de un millón de dólares ofrecido por el ilusionista James Randi (1928-2020) a toda persona que pudiera demostrar algún fenómeno o capacidad que desafiara las leyes de la física y del conocimiento científico en otras áreas. Nadie lo ganó a pesar de que se presentaron más de setecientas personas.


Famosos, pseudoterapias y un cantante de rancheras

Bertin Osborne, 2016. Foto: J. Luis Cuesta / Cordon Press.

Si tomáramos un famoso al azar, por ejemplo, qué sé yo, a Bertín Osborne, y le preguntáramos qué es el «factor h» obtendríamos probablemente una cara de sorpresa, como poco. Puede, que por eso de decir algo, terminara elucubrando que nos referimos al próximo reality cocinado a fuego lento para el éxito.

Pero no.

Para todo investigador, es decir aquel que basa su trabajo no solo en decir que algo funciona u ocurre sino en demostrarlo, el «factor h» es un valor numérico que permite conocer de forma más o menos objetiva el impacto de sus publicaciones y trabajos. Los científicos, individuos profesionales en lo suyo y con mucho «factor h» del bueno, del de verdad, no acostumbran a aparecer en televisión o radio ni ocupan portadas y columnas de algunos periódicos o revistas del corazón. Sabemos que un discurso sin voz puede ser perfecto, pero si no suena no se oye.

De este modo ese impacto invisible se ve en ocasiones engullido por la opinión e impresiones de gente sin base científica. Gente famosa. Gente por ejemplo con un programa de televisión o con muchos seguidores en Instagram que visibiliza terapias y otras excelencias que pueden cambiar, a peor, la vida de determinadas personas. Cae así rendida a un lado la evidencia golpeada por alguien que sabe hablar delante de un micrófono o que atraviesa la cámara con ojos de saber de lo que habla. Los famosos tienen impacto en la vida de la gente. Son un ejemplo de lo que brilla. Influyen sobre nosotros cuando explican sus dietas, sus viajes o sus nuevos tratamientos de lo que sea. No poseen «factor h» pero abruman con otro tipo de impacto. Es por eso que antes de seguir, y para que nadie confunda a partir de ahora en este texto a un científico con un famoso, utilizaré una denominación particular del impacto de una celebridad hablando de cosas que atañen a la salud o la vida: el «factor f» del famoso (pido perdón por el juego de palabras). Este «factor f» puede hacer que cambies de banco, que te quites el gluten de la dieta o que decidas probar o abandonar un tratamiento determinado. A propósito de esto último, nadie más dispuesto a probar cualquier cosa que quien sufre una enfermedad limitante o sin cura en el momento actual. En ellos el «factor f» tiene en ocasiones demasiado fácil hacer diana.

La relación de algunos famosos y las pseudoterapias es más que conocida. No la estamos descubriendo en estos párrafos. Las redes sociales han permitido un continuo en el que su vida, y sus cosas particulares, se comparten. Además, el fácil acceso del que disponen a los medios de comunicación les permite realizar afirmaciones sobre la vida, las cosas del comer, las del querer y las  de la salud desde un altar estupendo. Ellos, en su distancia, se permiten jugar con determinadas actitudes extrañas creyendo que no solo es lo mejor sino que además dan ejemplo. Ahí tenemos a Gwyneth Paltrow, con más trucos que un mago, o a la familia real británica hablando maravillas de su homeópata de cabecera… hasta que se ponen enfermos de verdad. Tampoco se escapan los deportistas de élite como por ejemplo Diego Costa. El de Lagarto, lugar donde nació, se fue a Serbia en 2014 para inyectarse placenta de yegua y llegar como nuevo a la final de la Champions. Lo mismo al tiempo estaba Sergio Ramos haciendo una interconsulta a la «Virgen del Mayor Dolor y Traspaso» para asegurarse marcar un gol en el descuento, quién sabe. El caso es que Diego Costa duró diez minutos en el campo y aquello de la yegua quedó en una anécdota que todavía sonroja a los traumatólogos. Lo de Sergio Ramos le ha llevado hasta a tirar los penaltis como Panenka, será que la interconsulta venía con intereses.

En otros casos los famosos o sus familiares sufren enfermedades, tal y como ocurre con el resto de los mortales. En esa situación, y aunque disponen generalmente de más recursos que el ciudadano medio, optan a veces por equivocarse sin saberlo. Un ejemplo prototípico es el de Steve Jobs y su cáncer de páncreas. Al diagnóstico operable, y por lo tanto curable. Pero decidió no escuchar a sus médicos e ignorar a su mujer y amigos. Alguien le convenció para abordar el problema de otra manera. Los errores saben de disfraces y conversaciones profundas. Él debió tener más de una charla con alguien que cambió su dieta, modificó ciertos hábitos de su vida y acabó con sus posibilidades de curación. No le salieron las cuentas. Jobs no quiso escuchar y cuando lo hizo terminó siendo tarde. Los capítulos dedicados a esto por Walter Isaacson en su biografía son un ejemplo terrible pero matemático.

También nos encontramos con casos en los que no se desprecia la medicina científica, sino que se opta por creer que más allá de la frontera de nuestro país se hacen mejor las cosas. Con esto no quiero decir que aquí en España tengamos la mejor medicina del mundo, que también tenemos nuestros remiendos, con esto quiero decir que en España tenemos la mejor medicina que en el momento actual se puede hacer. Cuando un famoso se marcha a otro país para tratarse de determinadas enfermedades porque «aquí no se puede» se debe aclarar que generalmente sí que se puede. Lo que ocurre es que el famoso en cuestión o no lo sabía o no se lo han contado o directamente no ha querido hacerlo aquí. Cada uno debe actuar como desea, obviamente, pero el «factor f» aporta en este caso una mezcla agitada y revuelta de desconocimiento que quizá traduzca mensajes equivocados. Y es en este momento cuando regresamos a Bertín.

Como es conocido Bertín tiene un hijo con daño cerebral adquirido. Una putada, con perdón. Como es lógico todo padre en una situación como esa busca lo mejor para su hijo. Se aplica así un principio de benevolencia que en ocasiones no se corresponde con otro principio: el de beneficencia. El objetivo debe ser no solo querer el bien sino también lograrlo. No es tan sencillo como parece y la distancia entre las dos cosas, buscar el bien y lograrlo, puede ser enorme y hasta tender a infinito. Uno de los trabajos de los buenos médicos es decir la verdad aunque no coincida con lo que el enfermo o su familia creen o quieren creer. Hacer ver a un padre o una madre esa distancia entre lo que proponen y la realidad es sin duda complejo pero también es justo y necesario. Pocas cosas más peligrosas que un médico que calla para dejar que pasen los días. Si hace eso con la información puede terminar haciéndolo también con las expectativas.

En nuestro país la atención al daño cerebral adquirido en la población infantil es muy escasa. La capacidad de recuperación de los niños es amplia y no iniciarla de forma precoz es hacer cicatriz en las posibilidades de mejora. Los recursos de atención temprana son o casi inexistentes o muestran mucho tiempo de espera al encontrarse las unidades especializadas sobrecargadas. Eso convierte a muchos padres en verdaderos cazatratamientos que por nuevos o distintos permitan la mejora de sus hijos. El objetivo muchas veces no es recuperar completamente la función perdida o dañada, se pelea por lograr pequeños avances que sumados permitan cierto grado de independencia. Si hay un caldo de cultivo idóneo para que el «factor f» tenga efecto es en grupos de pacientes como estos. Constituyen además una oportunidad de negocio. La esperanza, que es el motor que mueve a muchas de estas familias, se convierte en cheque al portador y siempre hay alguien que quiere cobrarlo.

Siempre.

En el caso de Bertín su «factor f» ha traído a España una terapia para niños con daño cerebral. Con origen en Estados Unidos, esta terapia es recomendada por algunas personas desde su fundación. Recuerden, ya dijimos que estar más allá de la frontera viste mucho cualquier tratamiento. Se trata de una terapia obsoleta y dañina desde el punto de vista sanitario, económico y emocional que ha visitado medios de comunicación, ayuntamientos y reportajes obteniendo una publicidad estupenda. Muchas familias se han visto atraídas y muchas familias han visto que cambiaba su vida pero no como esperaban. Para llevarla a cabo los padres, y sus hijos, primero tienen que ir a Italia para ser aceptados. Después deben viajar al origen de todo, Estados Unidos, donde recibirán las instrucciones necesarias para llevarla a cabo. Todo eso a costa de su tiempo, su dinero y la salud de sus hijos. La hipoteca más cara del mundo. Es por eso que merece la pena realizar un pequeño viaje al interior de esta terapia. Vayan preparados porque está oscuro, hace frío y no descarto que tengan que retirar de vez en cuando la mirada.

Albert Einstein. Foto: Cordon.

La terapia a la que nos referimos es la terapia Doman-Delacato. También se conoce como la terapia Philadelphia dado que es allí donde se encuentra su origen. Como pueden imaginar su nombre es producto de la suma de sus creadores. Los señores Glen Doman, fisioterapeuta, y Carl Delacato, psicólogo educativo. Ambos eran jóvenes en un momento en el que el neurodesarrollo era aún un vacío por describir. La tierra de las oportunidades para la gente con ideas. Así en el año 1955 crean «Los Institutos para el Logro del Potencial Humano» (IAHP). Creo que no es necesario explicar mucho acerca de lo que se proponían si leemos con atención el nombre que le pusieron a su lugar de trabajo. ¿Recuerdan haber escuchado que todos los niños podían ser como Einstein con un abordaje determinado? Pues Doman, creador del IAHP, se hizo un poquito de oro vendiendo libros con eso. En ese instituto se vinieron arriba y lo malo, o lo peor, es que todavía no se han bajado. De este modo, y como algo ineludible, en 1960 dan a conocer un método para mejorar el estado de los niños con daño cerebral de cualquier tipo. Como se hace con los barcos hicieron partir su método desde un puerto rimbombante y con el cielo lleno de confeti. Lo malo de algunos barcos es que no llegan a puerto y el capitán salta por la borda, porque se va a pique, antes de que se den cuenta los viajeros.

Se puede resumir su hipótesis terapéutica en cuatro puntos fundamentales. El primero de ellos está basado en las ideas del neurofisiólogo Temple Fay. El señor Fay explicaba el neurodesarrollo desde un concepto muy de Jumanji: la «filogenia ontogenia recapitulada» o «teoría de la recapitulación». Según este señor el cerebro del ser humano se desarrolla navegando de forma lineal las diversas etapas «animales» que de algún modo nos conforman. Es decir, que en teoría hacemos un flash-forward desde la fase de pez pasando por los reptiles y algunos mamíferos hasta llegar ser como somos, bípedos como un humano. Este razonamiento en los sesenta encontraba su público, pero en el momento actual está más que superado y resulta ya obsoleto. Si tienen un niño cerca dudo mucho que lo hayan visto primero mover las piernas como si fuera una salmón a contracorriente para después reptar como la serpiente de Voldemort, Nagini. Por suerte generalmente somos mucho más complejos. Fíjense que he escrito generalmente.

En segundo lugar añaden al zoo descrito la repetición. Los autores indican que mediante la repetición de movimientos o sonidos se podrían «despertar» las regiones afectadas y por lo tanto su reflejo en el sistema nervioso central. Para ello no solo trabajan haciendo movimientos reiterados sino que también bloquean aquellas regiones que sí se mueven con normalidad. Es decir, si un niño tiene una parálisis o rigidez (espasticidad) de la pierna izquierda lo que se opta es por bloquear la pierna derecha para así recuperar el miembro afectado. Algo nada frustrante y doloroso para el niño, pero al revés. Esta repeticiones con bloqueo se deben realizar por al menos cuatro o cinco personas y atando o sosteniendo al niño como se precise. Según los creadores no sería efectiva de otra manera. También se debe llevar a cabo varias veces a lo largo del día. Pero ahí no acaba esta tortura disimulada, esperen. Para lograr esa estimulación no solo vale el bloqueo, si la cosa está muy dormida se pueden añadir estímulos dolorosos como un estropajo, pequeñas cucharadas de agua hirviendo o una trompeta en el oído. Lo de la trompeta, aclaro, es porque aseguran que así se puede recuperar la audición en el caso de que esté afectada. Ahora piensen en niños sujetos para lograr el estímulo de aquellas regiones que no mueven con normalidad. Niños sujetos y estimulados por sus padres. Es sobrecogedor para los niños y para los padres. En los años ochenta la Academia Americana de Pediatría publicó varios documentos dejando claro que esto no llevaba a ningún sitio. Yo no había nacido y ya estas prácticas deberían haberse abandonado. Y aquí me tienen escribiendo sobre ello en un presente maravilloso. A veces es terrible descubrir que hay cosas que no han cambiado, ¿verdad?

En tercer lugar los terapeutas, o lo que sean, proponen la retirada de todos los fármacos a estos niños. Críos con espasticidad, trastornos del sueño o epilepsias en ocasiones complejas. Su argumento es aplastante: hay que dejar al cerebro libre de influencias para que muestre su potencial. Que muestre dolor, insomnio o crisis convulsivas de repetición parece que no les importa mucho. La palabra potencial es lo que tiene. Sobre las convulsiones llegan a afirmar que resultan una defensa natural para el cerebro y que por lo tanto no son directamente perjudiciales. Que haya gente que afirme eso, que lo explique y que se lo crea es terrible. Como un pirómano hablando de las bondades del fuego. Pero no se quedan ahí. Aunque con tres patas hay mesas que no se caen ellos requieren de una cuarta para dejar armada su práctica.

Como cuarto y último fundamento he dejado aquel que creo es más extravagante y peligroso. Los señores Doman-Delacato defienden la utilidad del dióxido de carbono como herramienta para mejorar la perfusión del cerebro de un niño enfermo. Lo explico un poco. Nuestro cerebro, como órgano importante que es, tiene una capacidad peculiar y fundamental en cuanto al aporte de sangre y oxígeno se refiere. Se autorregula, es capaz de gestionar el flujo sanguíneo que recibe para así asegurarse estar siempre en las mejores condiciones. Sabe que es un privilegiado y se gestiona como tal. Por ejemplo, en situaciones de tensión arterial baja será capaz de modificar el estado de sus vasos sanguíneos o la tensión arterial a través del latido cardiaco para no quedarse sin gasolina. Usted podrá estar pálido pero notará que el corazón comienza a latir fuerte. Eso no es para avisarle, es para que el cerebro no pase frío o cosas peores. La cara pálida pero las neuronas bien perfundidas es un mantra ahí arriba. Una de las sustancias que participa en eso es el dióxido de carbono. Si el dióxido de carbono sube los vasos sanguíneos del cerebro se dilatan, si baja lo contrario. Entender esto es fundamental para comprender el homenaje al marqués de Sade que viene a continuación. En la terapia Doman-Delacato lo que se defiende es el efecto beneficioso sobre las neuronas del incremento de flujo sanguíneo cerebral mediante la vasodilatación. Este incremento se logra a través del dióxido de carbono. Como su aumento provoca más flujo de sangre al cerebro, asumen que esto será bueno para mejorar su estado. Asumen terriblemente mal, aclaro. ¿Cómo logran esto? Retirando el tratamiento para las convulsiones o haciendo a los niños respirar en el interior de una bolsa para que retengan dióxido de carbono en su sangre. Pueden volver a leer la oración anterior, no me he equivocado. Bolsa y niños respirando en su interior. Sería un remedo de lo que hacía el personaje de Sigourney Weaver en Copycat, donde para tratar sus ataques de ansiedad por agorafobia respiraba en una bolsa de papel hasta perder el conocimiento. Ahora piensen en plantear a un padre hacer algo así. Esa es otra película, pero esta vez de terror.

En resumen, estos cuatro pilares fundamentan la terapia Doman-Delacato. Reconozco que da vértigo mirar hacia atrás para echar un vistazo. Animales, repeticiones, quitar fármacos y respirar dióxido de carbono. Nada de ello ha demostrado utilidad. Como comentamos esta terapia zarpa en los años sesenta. Si en el momento actual buscamos trabajos que demuestren su utilidad no encontramos ninguno. Es una terapia que hoy navega aun estando ya hundida. Pero no se queda ahí. Reclama a los padres unos recursos económicos que en muchos casos derivan en situaciones precarias. Al tiempo les obliga a convertirse en cuidadores profesionales de sus hijos. Drena los recursos monetarios y emocionales. Hace daño en el daño. Y si no hay mejora, si no hay cambios, solo hay culpa en quien realiza de forma inadecuada lo que ellos les recomiendan allí en el lugar donde se alzan los IAHP. Por supuesto no se puede replicar porque toda la responsabilidad recae en los padres y no en profesionales. Es una red bien tejida que deja escapar la evidencia, pero no los beneficios de vender algo que no funciona.

Probablemente Bertín y su fundación ignoren o no comprendan del todo lo que supone defender una terapia así. Quizá solo ven lo que tiene alrededor, sus circunstancias, y no se han planteado nunca mirar más allá. Pero su «factor f» ha permitido la llegada de esta terapia a nuestro país. Padres que escuchan a alguien famoso, con cierto carisma, con una vivencia similar y que les asegura que funciona. Ahí está el impacto. Ayuntamientos que abren sus puertas para que defensores de este abordaje cuenten las maravillas de lo que no se ve. Porque siempre es sencillo hablar en condicional y decir que todo va a ir a mejor con lo que suena bien. Sencillo pero muy injusto para los que luego tienen que peregrinar a ninguna parte. Los famosos, con su «factor f», disponen de un valor maravilloso cuando transmiten mensajes adecuados y bellos. Pero se transforman en un peligro cuando alimentan bulos o falsos tratamientos.

Este texto no se dirige contra nadie, obviamente, pero sí contra algo. Es muy sencillo opinar sobre salud cuando no sabes lo que ocurre al otro lado de tu discurso. Las caras conocidas, los dueños del «factor f», poseen la capacidad de comunicar y llegar a la gente, algo de lo que no disponen muchos científicos o profesionales sanitarios. Tienen una responsabilidad real en no confundir a familias o enfermos que habitan en la esperanza mientras buscan una luz que les permita seguir hacia delante. Muchas veces esa luz viene de una pantalla de móvil, de una radio o de una televisión. Ellos deben saber que sus palabras no se las lleva el viento por mucho que las digan mientras sonríen. Que no es cuestión de buscar culpables, pero tampoco está demás que alguien de vez en cuando les deje al menos por escrito las consecuencias.


Referencias:

1. Walter Isaacson (2011), «Steve Jobs: la biografia».

2. Sociedad española de Fisioterapia en Pediatría (SEFIP), «Fisioterapia en Pediatría y evidencia del método Doman Delacato».

3. Academia Americana de Pediatría (1999), «The Treatment of Neurologically Impaired Children Using Patterning Committee on Children With Disabilities».


Seamos serios: el cherry-data-picking me mata

Imagen: DP.

Hace unas semanas se lanzó un manifiesto, apoyado ya por gran cantidad de personalidades de la ciencia, promovido por la APETP. El título de la carta abierta y su objetivo motivan de manera natural a apoyar la iniciativa y firmarla. Pero antes de firmar es importante leer lo que firmamos. Y aquí llegan los problemas.

La carta comienza con la frase «Seamos serios: las pseudociencias matan». Contundente, directa, pero, siendo serios, excesiva. El agua es necesaria para vivir pero una cantidad excesiva provoca la muerte. Al seguir leyendo, otra frase llama la atención sobremanera: «la gente que recurre a las mal llamadas terapias alternativas […] tiene más posibilidades de morir, llegando a ser un 470% más altas en algunas patologías». Esta cifra, la del 470%, se ha repetido en muchos otros foros y artículos. La fuente que origina este dato no aparece directamente entre las referencias de la carta abierta, que son unas cuantas, por cierto. Buscando un poco se puede encontrar el artículo original de Yale, del que se pueden ver la mayoría de los datos en abierto aquí.

Revisando dicho artículo, los datos que nos encontramos son los siguientes:

  • el estudio se hizo a partir de los registros de 1.901.815 pacientes,
  • obtenidos de la base de datos nacional del cáncer de Estados Unidos (National Cancer Database o NCDB),
  • esta es una base de datos clínica que se estima captura el 70% de los nuevos cánceres diagnosticados en los 1500 centros acreditados por la Comisión contra el Cáncer (no todos),
  • en el periodo de tiempo del 1 de enero de 2004 al 31 de diciembre de 2013 (diez años),
  • seleccionando únicamente pacientes con uno de los cuatro cánceres más comunes en EE. UU. (de mama, colon-recto, pulmón y próstata) y sin metástasis,
  • no teniendo en cuenta pacientes en fase IV, paliativos o con datos desconocidos relativos a estado del tratamiento, estado clínico o demográficos,
  • teniendo en cuenta únicamente pacientes que habían pasado por un tratamiento clínico contra el cáncer, ya fuera quimioterapia, radioterapia, cirugía o terapia hormonal,
  • y que han pasado también por un tratamiento del tipo «otros no probados: tratamientos de cáncer administrados por personal no médico», que es el entendido como pseudoterapia,
  • no detallando si el motivo para no desear seguir con el tratamiento clínico es puramente económico (es decir, si el seguro no cubría el total del tratamiento y el paciente no podía pagarlo, siendo este el motivo por el cual acudió a esa otra terapia no probada)…

La muestra total resultante con estos condicionantes arroja la cifra de 258 pacientes que abandonaron el tratamiento clínico por la terapia alternativa.

Es decir, en un periodo de diez años aparecen 258 casos en un país de más de trescientos millones de habitantes. Calculen el porcentaje. Merece la pena. O anualicen el número de casos: redondeando, salen 26 casos de media al año. Explicaba hace poco Álex Grijelmo que «la manera más fácil de manipular es la omisión de datos». El cherry picking es una práctica conocida en el mundillo científico pero sobre todo utilizada en el mundo político. Consiste en alimentar el sesgo de confirmación, uno de los más usados por todos nosotros en el día a día, a base de ignorar o eliminar cantidades sustanciales de datos que puedan contradecir un argumento determinado. Además, como explica Darrell Huff en el capítulo 3 de su obra clásica Cómo mentir con estadísticas, «Las pequeñas cifras que no aparecen», el uso de muestras de datos pequeños puede provocar la aparición de porcentajes que parecen mucho más importantes de lo que realmente son.

Entonces, con este conjunto de datos al completo, ¿se pueden extrapolar las conclusiones de este estudio, realizado en Estados Unidos, a un país como España? ¿Se puede generalizar ese 470%, que, por cierto, no aparece explícitamente en los resultados del estudio? ¿Confirma el estudio que el uso de terapias alternativas implica «más posibilidades de morir, llegando a ser un 470% más altas en algunas patologías», cuando en realidad dice literalmente que «los resultados sugieren —ojo, no pone que lo demuestran o prueban— que el riesgo de mortalidad asociado con [el uso] de una terapia alternativa fue mediado por la negativa al tratamiento clínico»(*)? Personalmente, lo veo complicado. Lo cual genera dudas. A fin de cuentas, el fin no justifica los medios. Pero mucha gente firmó. Gente muy conocida. Científicos. Expertos. Asociaciones con recursos.

¿Es posible que las más de mil personalidades y organizaciones que han firmado la carta abierta hayan buscado también el estudio, hayan revisado estos datos y la hayan firmado tras conocerlos? ¿O es más probable que simplemente se fiaran de los promotores del mismo, en los que confiaban? La probabilidad de que TODOS los firmantes hayan leído el estudio relacionado con detalle antes de apoyarlo es pequeña, la verdad. ¿Por qué esto es importante? Porque uno de los problemas de las pseudociencias es que quienes caen en ellas han dejado de confiar en el sistema y en los miembros del mismo. Han preferido confiar en otras personas, a menudo ciegamente. Si no podemos confiar en quienes dicen querer resolver el problema, tenemos otro problema más.

En este caso los datos son bastante claros. Según el Centro Nacional de Estadísticas de Salud de EE. UU. (National Center for Health Statistics), de las diez causas de muerte más frecuentes en 2015, las dos que menos muertes provocaron rondaban los 50.000 fallecimientos ese año. Esta cifra es unas 2000 veces superior a la de personas que fallecen por dejar el tratamiento clínico para seguir uno «alternativo». Cualquier gestor puede explicar fácilmente que, de todos los problemas que puede tener una organización, es vital enfocarse primero en aquellos que son más grandes, donde se puede tener más impacto positivo en caso de resolverlos, aunque sea parcialmente. O, dicho de otro modo, en las tres primeras líneas de costes y las tres primeras líneas de ingresos, por ejemplo. ¿Es tan grave el problema, comparativamente hablando, si lo vemos en valor absoluto? Y, si no lo es, ¿por qué se intenta magnificar?

Por cierto, que el número de casos no sea grande no quita valor a la investigación ni determina que no se deba intentar solucionar el problema. Este estudio de Yale es muy importante. Mucho. Es un intento valioso de medir algo que no es fácil de medir, para entenderlo y buscar soluciones. Aunque la cifra que resulte sea baja, es un primer paso, y uno realizado con rigor y seriedad. Pero que se utilice del estudio solo una mínima parte, que se oculten o ignoren tantos datos, sobre todo en un documento firmado por quien dice promover lo contrario, es preocupante. ¿Por qué tanto interés en hacer creer que el problema es más grande de lo que realmente es?

Para predicar con el ejemplo y no caer en los mismos errores que critica este texto, huelga decir que la cifra de muertes totales por abandono de tratamientos en EE. UU. debe ser necesariamente superior a esos 26 casos anuales de la muestra. Precisamente por la manera en que se han obtenido los datos queda claro que, por ejemplo, hay otras enfermedades de mal pronóstico no tenidas en cuenta, donde se pueden dar casos similares de abandono, que incrementarían la cifra final. ¿Cuántos? No es fácil de medir. Se podría estimar, que tampoco es mala estrategia, aunque no daría para publicación científica. Probablemente no vaya mucho más allá de un orden de magnitud: unos 250 casos anuales redondeando. Y, si lo extrapolamos a un país como España, ceteris paribus (lo que no es cierto) y usando como factor de conversión que tenemos un 14% de la población de EE. UU. más o menos, nos daría unos 36 casos. Pero no es extrapolable por diversos motivos, el primero, que aquí los seguros no funcionan como en EE. UU.: tenemos sanidad universal. En cualquier caso, en España el 96,2% de las muertes son por causas naturales. Dentro de las diez principales, la última supone poco más de 8000 casos anuales, grosso modo 200 veces más que la extrapolación que hemos realizado. También podemos analizar las cifras para inferir la importancia real del problema al compararlo con otros. Los recursos son escasos, y dedicar recursos a resolver un problema implica quitárselos a otro.

Les animo a que hagan sus propias estimaciones para comprobar que, en cualquier caso, es complicado que las cifras superen un determinado umbral. Pero lo ideal sería no estimar sino contar con un estudio serio y riguroso al respecto del número de casos en España. No capturas de comentarios en foros, algunos en los que no es fácil identificar realmente al autor o el caso, otros en los que no se puede analizar la motivación real que hay detrás. Y preferiblemente analizando la variación anual, para ver la evolución de las medidas que se toman para reducir esta lacra. Aunque la cifra no sea tan impresionante como ese 470%, repetido en medios sociales y prensa hasta la saciedad, será probablemente mucho más útil y valiosa. Y eso es muy importante para no perder la confianza de la gente, además de para poder conocer el problema adecuadamente, de cara a resolverlo de la mejor manera posible. Si es que tiene solución. Pero eso es otro tema.

(*) The results suggest that mortality risk associated with CM was mediated by the refusal of CCT

—Huff, Darrell (1954, 2015). «Cómo mentir con estadísticas». Ed Planeta.

—Johnson, S. B., Park, H. S., Gross, C. P., & James, B. Y. (2018). «Complementary medicine, refusal of conventional cancer therapy, and survival among patients with curable cancers». JAMA oncology4(10), 1375-1381.


Resolviendo el problema de la Santísima Trinidad de las pseudociencias

Fotografía: Jorge Gonzalez (CC).

Lo primero que suele hacer un científico para resolver un problema es entenderlo lo mejor posible, definiéndolo y cuantificando todo lo que sea posible para contextualizarlo. Por ejemplo el problema de las pseudociencias.

Bueno, pues lo primero que debemos tener en cuenta es que el problema del que estamos hablando es en realidad un conjunto de problemas totalmente diferentes. Cada uno de ellos se inicia en un momento diferente, está motivado por causas diferentes, y se debe entender con detalle su forma particular para poder actuar de manera razonada y así buscar maneras de resolverlos.

El primer problema es cómo evitar que la gente crea en las pseudociencias. Sin evidencia en sentido contrario parece imposible que absolutamente todo el mundo pueda dejar de creer. Por cómo somos los seres humanos, los sesgos que tenemos y cómo usamos y necesitamos las creencias en nuestro proceso cognitivo, no parece posible. Se podrá reducir, pero nunca eliminar. Incluso personas con una gran capacidad intelectual o científica han tenido creencias de un tipo u otro en algún momento de su vida. La solución que se plantea actualmente para este problema, promulgada por la mayoría de los más ruidosos paladines contra las pseudociencias de nuestro país, es la divulgación científica.

La divulgación de la ciencia es imprescindible, pero desafortunadamente una cantidad relevante de personas se inician en la homeopatía por motivos diversos que hacen complicado que una impida la otra. Desde motivos sociales (su entorno lo hace, una nueva pareja tiene una tienda de productos homeopáticos —esto es de un caso real—…), pasando por motivos personales y emocionales (gente que quiere ser buena persona y como lo natural es bueno, pues claro), así como diversos motivos más. Por cierto, podemos encontrar entre estos motivos algunos iguales a los que hacen que muchas personas empiecen a fumar, como la presión social del entorno, por ejemplo. La solución en cada caso sería diferente a otros, y la divulgación no hará que alguien que, por ejemplo, ha crecido en Alemania rodeado de homeopatía a todas horas, deje de consumirla.

¿Por qué ese interés en la divulgación como solución? Es un negocio del que unos pocos consiguen vivir, ahora que estamos de nuevo en lo alto del ciclo de los contenidos divulgativos. No hace mucho empresas privadas se quejaban de quedarse fuera del pastel de las subvenciones para divulgación. Es más, el enfoque elitista hacia el que está girando esta corriente tiene el riesgo de alejarse de las nuevas generaciones, que aprenden más de ciencia con YouTubers como los creadores de Experimentos Caseros o celebrities como ElRubius. Estos divulgan mientras hablan su mismo idioma, son personalidades en las que confían, y son a menudo despreciados por una supuesta falta de rigor u otros motivos espurios.

El segundo problema es cómo conseguir que quien ya ha entrado en ese mundo lo deje. Aquí la solución dependerá de factores como la intensidad con la que ha entrado y el uso que hace de esos productos y servicios. La pega aquí es que conocer la realidad del problema no es fácil. Si no resolvemos casos como incluir el Stodal en la ecuación, los datos se pervierten y decimos que una cantidad aberrante e incorrecta de españoles consumen homeopatía. Eso no ayuda a resolver este segundo problema. Tampoco ayuda insultar, despreciar o ridiculizar a quien consume o vende, que es la solución en la que insisten diversos colectivos, hasta el punto de intentar censurar a quienes les insisten que no funciona. No existe evidencia científica sólida de que dicha estrategia consiga que la gente abandone el consumo de productos y terapias alternativas.

De lo que sí existe evidencia es de que este tipo de comportamiento enquista la situación, e incluso puede favorecer el negocio de los farsantes. ¿Cómo? Apoyando su discurso de creación de marca, basado en que ellos están salvando a la humanidad de unos malvados que les atacan y quieren impedir que transmitan sus secretos. Paradójico que quienes dicen defender la ciencia la ignoren en estos casos. A menudo citan un único estudio, publicado no hace mucho, que hace tantas aguas metodológicas que da miedo. Otro ejemplo: cuando un famoso apoya una teoría no científica es típico el aluvión de memes, ataques y desprecios. Pues no, esto tampoco funciona para que quien cree deje de hacerlo. Es más valioso que otro famoso hable en sentido contrario. Pero dejar de hacer algo a lo que uno está habituado, como insultar, despreciar o ridiculizar, es complicado. Sobre todo cuanto despreciar a otros hace a unos cuantos sentirse superiores. Así que difícilmente esto va a cambiar, de la superioridad moral es complicado bajarse en marcha.

Finalmente hay un tercer problema: la gente que, consumiendo homeopatía o no, abandona o no inicia un tratamiento médico que le podría salvar la vida para elegir uno homeopático o alternativo. Y digo salvar la vida porque en algunos casos hay personas que dejan la medicina tradicional ante la perspectiva de vivir rodeados de médicos durante unos meses o un par de años, y prefieran lanzarse a una apuesta suicida: si sale bien, ganas; si sale mal, ya habías perdido. Su decisión puede ser seguir con terapias alternativas, con paliativos o sin terapia ninguna. Es típico y lógico que sus familiares, que desean más tiempo con sus seres queridos, piensen que deberían haber tomado otra opción, cuando fue una decisión personal y consciente. Pero aquí entramos en el mismo debate que la eutanasia. Ciertamente muchas de estas personas que abandonan la medicina tradicional pueden descubrir cuando ya es tarde que se equivocaron, y entonces plantear que les engañaron cuando antes estaban convencidos. El estudio de Yale sobre pacientes de cáncer que habían abandonado su tratamiento por terapias alternativas infería que la mayoría eran personas de alto poder adquisitivo, con estudios y que vivían en zonas cercanas a donde un «promotor» de las terapias alternativas tenía un centro de acción. Cada caso es diferente.

¿Pasa la resolución a este problema por prohibir los productos? Probablemente no, pero lo descubriremos pronto tras la decisión del gobierno español de exigir (acertadamente) responsabilidades a los fabricantes. Por donde probablemente sí pasa es por prohibir la actividad de los que se ganan la confianza de estas personas enfermas. Enric Corberá ha pasado de facturar 3 millones en 2015 a 4,4 millones de euros en 2016. Muy posiblemente gracias a los ataques que ha recibido, como comentábamos antes. Y su margen es muy alto, ya que principalmente vende servicios, varios de ellos online. En cualquier caso la estrategia que sea que se haya seguido para pararle no funciona, por lo que seguir haciendo lo mismo contra él no tiene pinta de funcionar.   

Por todo esto cuantificar la magnitud del problema para entenderlo, definirlo y poder solucionarlo es la clave. Quizá la solución es dejar de insultar, despreciar y ridiculizar a gente como los antivacunas, por peligrosos que sean, cuando no se puede demostrar impacto positivo alguno y se hace para contentar a una tribu ya convencida. O dejar de intentar callar a todo el que opine diferente del pensamiento único de los paladines contra la pseudociencia, bajo el argumento de que ellos están salvando la humanidad y se les debe dejar hacer, porque los demás no hacemos nada. Al menos mientras no haya evidencia científica de que insultar, despreciar, ridiculizar y estar en «modo guerrilla» continuo resuelve el problema y hace que estas personas cambien. Para ello debemos intentar entender qué provoca el comportamiento de cada uno de ellos. Solo así podremos tomar medidas razonadas, preventivas y correctivas, y no solo legales. Hablar con gente a la que se ha estado insultando y que confíen en uno para aportar información valiosa es complicado. Y no, los casos que a menudo se comentan online de personas que tras una bronca tuitera, o similar, han cambiado de opinión, no son una evidencia científica, sino el otro lado de la moneda del «a mí me funciona».

Solucionar estos problemas no puede pasar por replicar los comportamientos de quien se quiere combatir, sino por un enfoque científico hacia los mismos, que ahora se echa mucho de menos.


Piratas en la ciencia

Fotografía: Center for Scientific Review (CC).

La actividad de los científicos está sometida a presiones y amenazas de manera constante. La última década ha traído una reducción de los fondos dedicados a la investigación y un aumento asfixiante de la burocracia en España. Pero, junto a esto, a nivel mundial ha aparecido de manera muy intensa un fenómeno que es un auténtico cáncer para la ciencia.

Según el diccionario de la Real Academia, «cáncer» tiene dos acepciones principales. La enfermedad que se caracteriza por la transformación de las células, que proliferan de manera anormal e incontrolada. Y una segunda sobre la proliferación en el seno de un grupo social de situaciones o hechos destructivos. Me refiero a esta segunda acepción, la proliferación de hechos negativos que ponen en peligro una situación que era más o menos estable y pueden impedir el progreso. Un cáncer que está afectando cada vez más el desarrollo de la ciencia y de sus pilares fundamentales.

Durante más de un siglo el desarrollo de la ciencia moderna se ha basado en la publicación de los resultados de las investigaciones en revistas científicas. Para publicar un artículo, las revistas cuentan con un editor que recurre a árbitros que son otros científicos que evalúan la calidad del trabajo. Tras diversas revisiones y clarificaciones, si el editor acepta el trabajo, este se publica y queda para siempre (salvo retractaciones) accesible en la literatura científica.

La ciencia ha progresado enormemente usando los resultados de las publicaciones anteriores. Este sistema, llamado de revisión por pares, normalmente anónimos, ha garantizado una razonable calidad y seriedad de los resultados publicados. Newton, quizás el científico más famoso de todos los tiempos con permiso de Einstein, dijo que estaba subido a hombros de gigantes, queriendo indicar que la obra de un científico que ha alcanzado un nivel superior ha sido gracias a las aportaciones de los colegas que le precedieron.

Las diferentes revistas científicas han cuidado su reputación para atraer los trabajos de los mejores científicos y estos han preferido enviar sus investigaciones a las mejores revistas pues así se aseguraban una mejor carrera académica. En la segunda mitad del siglo XX creció el número de revistas y de trabajos publicados de manera casi exponencial. Pero en general todo el sistema pretendía mantener el mismo esquema de revisión y prestigio. Las instituciones reclutaban y promocionaban a sus investigadores según los artículos que habían publicado y a la calidad de las revistas. Por otro lado, sobre todo en aquellos temas con implicaciones comerciales o sociales, las empresas y los políticos han usado el prestigio de los artículos publicados en las revistas científicas. Y al ciudadano le quedaba la salvaguarda de que si un artículo había sido publicado debía tener una cierta calidad y estaba basado en la evidencia científica. Por supuesto, obviando los casos de fraude que siempre ocurrieron, aunque de manera excepcional.

Pero en los últimos años el sistema de publicaciones científicas ha experimentado un cambio tremendo. Por un lado, en una tendencia positiva se ha extendido el acceso abierto de las revistas. Esto permite que cualquiera pueda leer los artículos sin tener que pagar por ello. En el lado negativo, el cáncer se ha ido extendiendo con cientos de revistas y reuniones piratas. Han ido apareciendo revistas que publican cualquier resultado sin ningún control, sin verificar si es o no correcto, ni su calidad. Simplemente exigen que se pague un precio por ello. En muchos casos, estas revisas, a las que se ha llamado «depredadoras», pero que yo prefiero definir como «piratas», tienen nombres que recuerdan a revistas de prestigio. Garantizan que cualquiera, y con cualquier intención, pueda hacerse en poco tiempo con un número de publicaciones.

La magnitud de este cáncer es muy grande. Todos los científicos recibimos decenas de correos electrónicos diariamente para que publiquemos en alguna de estas revistas o para que estemos en la lista de sus editores o asesores. El negocio se completa con congresos supuestamente científicos a los que se invita a participar. Uno imagina que la mayoría de científicos ignorará estos mensajes, pero lo cierto es que no es así y muchos caen en estas redes. Hace algunas semanas recibí un correo en el que se daba una vuelta de tuerca al mecanismo de fraude. Me contactaban como editor de una revista seria. Y me ofrecían un procedimiento mediante el cual ellos me derivarían artículos de científicos en varios países y que al publicarse compartirían conmigo las ganancias tras el cobro a los autores. El esquema era simple y según insistían estos piratas eran un win-win!

Esto me indicó que debido a la presión a la que en algunos países están sometidos los científicos y las instituciones, el paso siguiente de las revistas depredadoras es asaltar las revistas tradicionales con artículos publicados mediante sobornos o trampas. Esto sería una especie de metástasis del sistema. Mientras que se pueden aislar las revistas depredadoras en lista, separar artículos fraudulentos en las revistas serias sería una tarea casi imposible.

El problema es de enorme importancia para la sociedad en su conjunto. Les pondré algunos ejemplos. Como en nuestras universidades los puestos y las promociones todavía se consiguen por el número de publicaciones, pueden imaginar que haya personas con pocos escrúpulos que compren sus publicaciones. Si estos científicos deshonestos ocupan los puestos por delante de los que han trabajado duramente, las instituciones pierden a los mejores y premian a los que han jugado sucio.

Y en esta época de charlatanes y pseudociencia es muy sencillo publicar cualquier cosa en estas revistas, por falsa o ridícula que sea. Y no duden que alguien lo usarán para engañar a la gente pretendiendo que se trata de investigaciones serias. Desgraciadamente la mayoría del público no distinguirá si se trataba de una buena revista o de una falsa.

Ante esta amenaza debemos actuar: la sociedad y los organismos financiadores de la ciencia. La forma de curar este cáncer será aplicar terapias invasivas eliminando estas revistas y estar vigilantes con las infiltraciones en otras. Para ello se debería impedir a los científicos pagados con fondos públicos que publiquen en esas revistas. Se debería penalizar los currículos que incluyan estos artículos y educar a los periodistas para no divulgar sus contenidos y a todos los ciudadanos a ser críticos. Las revistas piratas son el mejor caldo de cultivo para la pseudociencia y como tal un problema enorme para el futuro de todos.


¿Por qué sabemos que no es así? (y II)

Uri Geller. Fotografía: Cordon.

(Viene de la primera parte)

La física cuántica demuestra científicamente, mediante sus experimentos, que la mente es capaz de modificar la materia. (Josep Pamiés, horticultor).

Carl Sagan dedicó toda su vida a mirar a las estrellas y a contarnos, en un lenguaje que pudiera entender hasta un tronista de MYHYV, qué es lo que había allí arriba, qué sabíamos de todo lo que nos rodeaba y qué no habíamos podido averiguar aún. Consciente de la infinita complejidad del universo, desde los organismos unicelulares casi tan básicos como un tronista hasta la más majestuosa de las galaxias, nunca adoptó el discurso del talibán de las probetas y los cálculos matemáticos que descarta con una mueca de desdén todo aquello que la ciencia no podía probar (o no había probado). Creía, sobre todas las cosas, en la falibilidad de la ciencia y de los científicos, en la experimentación sin juicios previos. Y era esa vocación por no acomodarse entre certezas irrebatibles lo que le legitimaba para mostrarse extremadamente crítico y escéptico ante las pseudociencias, la teología o cualquier afirmación que no pudiera ser refrendada por la observación y el estudio. Si, como científico, adoptó una actitud vigilante ante posibles fallas de las teorías que manejaba, cómo no hacerlo con Uri Geller y sus cucharas artríticas. La suya, no obstante, no era una batalla personal contra Uri Geller, el Maharishi Mahesh Yogui o los Josep Pamiés de la vida, sino una guerra abierta contra la ignorancia, con el saber por bandera. Construir, no destruir. Pero construir con sensatez y utilizando de la mejor manera posible los recursos que la evolución y un cerebro hipertrofiado han puesto a nuestro alcance.

La última obra de Sagan, su obra póstuma, escrita mano a mano con su compañera del alma, Ann Druyan, no giraba sin embargo en torno a los cuerpos celestes ni a emocionantes elucubraciones sobre la existencia de vida inteligente en otros rincones del cosmos. El mundo y sus demonios: la ciencia como una luz en la oscuridad, era el testamento vital de un hombre preocupado por la deriva de una sociedad que parecía estar dándole la espalda al conocimiento y la razón en favor de teorías cuando menos descabelladas y esoterismos varios. Una sociedad que, embotada por el entretenimiento de usar y tirar y por los «horrores varios de la estupidez actual» había llegado a confundir ciencia con ciencia ficción. El ciudadano medio, se lamentaba Sagan, dedicaba mucho más tiempo a documentales de dudoso rigor sobre el Área 51 que a informarse sobre el efecto invernadero; ponía más atención en el más allá y sus etéreos habitantes que en el más acá y los apremiantes peligros de la sobrepoblación:

Aquel taxista me reconoció. Tenía muchas preguntas sobre ciencia. ¿Me molestaba que me las hiciera? No me molestaba. Y nos pusimos a hablar. Pero no de ciencia. Él quería hablar de los extraterrestres congelados que languidecían en una base de las Fuerzas Aéreas cerca de San Antonio (Texas), de «canalización» —una manera de oír lo que hay en la mente de los muertos… que no es mucho, por lo visto—, de cristales, de las profecías de Nostradamus, de astrología, del sudario de Turín… Presentaba cada uno de esos portentosos temas con un entusiasmo lleno de optimismo. Yo me veía obligado a decepcionarle cada vez. La prueba es insostenible, le repetía una y otra vez; hay una explicación mucho más sencilla. Pasado un rato, mientras viajábamos bajo la lluvia, me di cuenta de que el hombre estaba cada vez más taciturno. Con lo que yo le decía no solo descartaba una doctrina falsa, sino que eliminaba una faceta preciosa de su vida interior.

Como Thomas Gilovich unos años antes en How we know what isn’t so, Sagan alertaba de los peligros de no emplear ningún tipo de filtro a la hora de dar por válidas creencias, historias para no dormir, o fenómenos de cualquier tipo. Los peligros para nuestra salud, para la naturaleza, los peligros para nuestras decisiones políticas, e incluso para nuestra estabilidad econonómica y mental si, llevados por un exceso de fe, terminamos siguiendo al gurú de turno hasta el desierto o hasta una finca en Guyana. Por desgracia, los peores presagios del creador de Cosmos se nos presentan ahora como la más triste cotidianeidad, en un mundo sobresaturado de información y en el que esa información nos llega desde los cuatro puntos cardinales sin ninguna clase de criba previa o control de calidad y la mayoría de las veces como meros vehículos para el ocio o el chismorreo. Este orden de cosas, conjugado con los «vicios» mentales que hemos desgranado en la primera parte del artículo los que nos hacen creer lo que no es así, parece estar devolviéndonos en parte a épocas en que superstición y ciencia eran, a ojos del pueblo y de sus practicantes, una misma cosa. Los alquimistas vuelven a ejercer de médicos, los consejeros espirituales y los videntes vuelven a hacer las veces de terapeutas, y las cosas son ciertas solo porque no se puede probar que no lo sean. Una suerte de perversión del latinajo in dubio pro reo: ante la duda, debe ser cierto.

La pseudociencia al poder

Pensemos en el caso de la pequeña Rhea Sullins, de siete años, hija del presidente de la Sociedad Americana de Higiene Natural. Su padre creía firmemente que ningún fármaco eran tan efectivo como una semana sin comer o una dieta a base zumos de frutas. Cuando Rhea cayó enferma de neumonía el señor. Sullins la mantuvo dieciocho días bebiendo solo agua y, después de esto, diecisiete más ingiriendo zumitos. Como certificaron los médicos, Rhea murió de un fallo multiorgánico propiciado por un estado de severa malnutrición. Agua, zumos… ¿Qué mal pueden hacer?

Afirmaba Sagan que «se abraza la pseudociencia en la misma proporción en que se comprende mal la ciencia real». Y de esto tienen buena culpa nuestros gobernantes, tan celosos de sus plasmas y sus másters bajados de internet como poco interesados en los controles civiles y la educación científica. Y cada vez que esto sucede, con cada una de estas renuncias «se produce otro pequeño tirón de la pseudociencia». Porque la pseudociencia es muy distinta de la ciencia errónea. La ciencia avanza con los errores y trata de eliminarlos uno a uno. Se llega continuamente a conclusiones falsas y callejones sin salida, pero esas conclusiones han sido formuladas, siempre, hipotéticamente, y las hipótesis se plantean de forma que puedan refutarse. Sin embargo, la pseudociencia es justo lo contrario. Sus hipótesis se expresan de manera que sean invulnerables a cualquier experimento que ofrezca una posibilidad de refutación, por lo que difícilmente puedan ser invalidadas. Los seguidores y los auspiciadores de las pseudociencias, por su parte, se muestran siempre cautos y a la defensiva. Se oponen al escrutinio escéptico. Cuando las hipótesis de los pseudocientíficos no consiguen convencer a los científicos se alegan conspiraciones para suprimirla.

Curo el ébola. Y el sida… El sida no existe

Josep Pamiés. Fotografía: Cordon.

De conspiraciones es de lo que suele hablar, muy encendido, el paradigma español (o catalán) de la pseudociencia y la osadía, el horticultor leridano Josep Pamiés. Sirva él como cabeza de turco en esta exposición de los riesgos de exponerse demasiado y sin demasiadas precauciones a creencias dudosas. Porque este humilde agricultor que niega el sida, asegura poder curar el ébola y factura dos millones de euros al año no será el primero ni será el último de su estirpe, y probablemente no sea tampoco el más peligroso de todos, pero Pamiés y su Dulce Revolución están de moda. Una buena cartera de clientes/incondicionales, y un negocio en expansión a base de vender hierbas sanadoras y la Solución Mineral Milagrosa —el dióxido de cloro que todo lo cura—, le convierten, ¡ay!, en diana de todos los científicos vendidos a la Big Pharma y de los malvados periodistas que tienen la manía de exigir pruebas, datos, estudios. Contra los cuestionamientos, arrogancia. Contra las solicitudes de evidencias sólidas, la nada más absoluta. Y aun así su «revolución» avanza y los miembros de su rebaño hacen piña en torno a él con la lección conspiranoica bien aprendida.

¿Cómo es posible tanta suspensión de incredulidad? ¿Cómo puede ser que Pamiés convenza a miles de personas de que la medicina «oficial» no tiene ni idea y él sí? ¿O cómo puede el negocio homeopático facturar cientos de millones de euros al año despachando bolitas de azúcar? ¿En qué falla una sociedad cuando no logra transmitir algo tan sencillo como que en una dilución homeopática —seis veces, noventa y nueve disoluciones cada vez— hay tantas probabilidades de encontrar la molécula curativa de marras como de dar con una molécula de orina de Hitler en un cubo de agua de mar? Es cierto que la homeopatía da síntomas de estar en franco retroceso, aunque, posiblemente, para ser sustituida por la bioneuroemoción de Enric Corberá, la Estagiria o cualquier otra terapia beneficiosa para las cuentas corrientes de quienes las promueven, pero aun así, según un estudio de 2017 de la Fundanción Española para la Ciencia y la Tecnología, más del cincuenta por ciento de los adultos españoles creen en las propiedades de la homeopatía y casi el sesenta le tiene ley a la acupuntura. Paradójicamente, según ese mismo estudio, solo el veinticinco por ciento cree en los curanderos. Vamos avanzando.

¿Son molinos o son gigantes?

El despropósito tiene dos padres. El primero es el Estado, que, a diferencia de cómo fiscaliza los medicamentos al uso, que han de demostrar que hacen lo que dicen que hacen, solo exige de la homeopatía y similares que sus productos sean inocuos. Vended lo que queráis, pero no me vayáis a matar a nadie. No obstante, el concepto de inocuidad es delicado si lo aplicamos al campo de la salud. Recordemos la historia de la pequeña Rhea Sullin. Todo lo que su progenitor le dio para tratar la neumonía respondía a las exigencias «inocuas» que ahora hace el Ministerio, pero el problema de Rhea o de un enfermo de cáncer que renuncie a los tratamientos tradicionales para abrazar zumos y sales y dióxido de cloro no está en lo que toman sino en lo que dejan de tomar.

El otro padre de esta cadena de catastróficas pifias es, de nuevo, un error de cálculo; o la ignorancia de la que hablaba Sagan. La ignorancia que no se sabe ignorante, la peor de todas. «La mayoría de la gente», decía Gilovich, «no es consciente del poder curativo de nuestro propio cuerpo sin necesidad de que medien médicos, medicamentos o cirugía. El cincuenta por ciento de las enfermedades por las que la gente visita un centro de salud son “autolimitadas”, es decir, se curan gracias a procesos que nuestro organismo pone en marcha de manera automática. De no ser así, las diferentes civilizaciones habrían desechado la búsqueda de tratamientos mucho antes de que se conocieran la antisepsis, la vacunación o los antibióticos. No habríamos llegado vivos hasta aquí sin llevar dentro una maquinaria capaz, la mayoría de las veces, de curarse a sí misma». Las hierbas de Pamiés, la homeopatía, o, por qué no, el Frenadol, aseguran estar curando algo de lo que el cuerpo, en condiciones inmunológicas normales, ya se está ocupando con eficacia y precisión. Pero hay que señalar que la gran diferencia entre el Paracetamol en sobre y las hierbas o la homeopatía son los estudios clínicos y los controles de calidad a los que se prestan uno y otras. La vil farmacopea oficial se somete a los férreos marcajes de Sanidad —les va en ello el negocio—; la medicina pseudocientífica a ninguno en absoluto. Y no deja de ser preocupante que millones de personas renuncien voluntariamente y de buena gana a dichos controles sobre los productos que se meten en el cuerpo serrano. Así, un día te levantas, enciendes la televisión, y Donald Trump es presidente de los Estados Unidos de América. Y visto lo visto, tiene todo el sentido.

Persiguiendo fantasmas

Íker Jiménez en Cuarto milenio. Imagen: Cuatro.

Si dejamos nuestro cáncer, o nuestro ébola, o nuestra fibromialgia en manos de los conocimientos de un agricultor —con todos nuestros respetos para los labriegos—, ¿por qué no vamos a creer en fantasmas, y en médiums, y en la imposición de manos? Hay tanta gente que afirma haber sido testigo de excepción de uno o varios fenómenos de la llamada «percepción extrasensorial», se les da tanta cancha en medios, películas y literatura que, por supuesto, hacemos nuestro el refrán «cuando el río suena, agua lleva». Es el tipo de «ciencia» que le gustaba al taxista desengañado por Carl Sagan. No sorprende, entonces, que Cuarto Milenio sea uno de los programas estrella de la parrilla generalista española, parrilla en la que no encontraremos —no en horas de gente decente, y salvo los «experimentos» de El hormiguero— nada parecido a un Íker Jiménez de la ciencia. Aquí la responsabilidad no recae sobre la oferta, que solo nutre una demanda, ni sobre el Estado, que no entra en asuntos del más allá, sino de una cuestión ya pormenorizada en la primera parte de este artículo: el deseo de creer.

Lo «paranormal» no generaría apenas audiencia si no apelara a creencias ya anidadas dentro de nosotros. Primero nos convencemos de que «debe de haber algo» entre las sombras, monstruos debajo de la cama o voyeurs verdes allí arriba en el cielo y después Íker y su equipo se encargan de nutrir esos cerebros ávidos de fenómenos inexplicables (e inexplicados). Y creemos en la telequinesis o en la telepatía o en las caras de Bélmez porque nuestra voluntad por hacerlo es poderosa. Y fácil de comprender. Para aquellos que creen en lo sobrenatural hay implicaciones, muy seductoras, que les ayudan a cargar con el peso de todas esas preguntas que el ser humano se lleva haciendo desde aquellas largas noches de invierno en cualquier cueva del sur de África. ¿Quiénes somos? ¿De dónde venimos? ¿Adónde vamos? Lo sobrenatural nos sugiere que podemos trascender, que la muerte no es el final, que nos reencontraremos con nuestros seres queridos o que llegarán hombrecillos de otra galaxia para mostrarnos el camino hacia la inmortalidad y la sabiduría, o para contarnos que no estamos solos. ¿Quién no querría esas certezas? La mayoría de nosotros estaríamos dispuestos a creer si las evidencias nos parecieran lo suficientemente plausibles. Porque lo cierto es que, por mucho que deseemos creer, si la realidad se interpone y nos obliga a desechar una idea solo alguien que vive fuera de esa realidad se seguirá aferrando al creacionismo o la negación del sida. Así que, ¿cómo llegamos a esas evidencias que nos parecen plausibles? Gilovich lo relacionaba con nuestro día a día, con las experiencias cotidianas y cómo una buena cantidad de testimonios, sucesos que creemos extraordinarios, y algunos bulos, pueden ayudarnos a aceptar que, efectivamente, el río lleva agua.

Jugamos a los dados, pensamos en un número y ese número sale, y entonces creemos que hemos podido ejercer algún tipo de influencia; telequinesis de mesa camilla, o adivinación. Soñamos con Paquito, nuestro compañero de pupitre del colegio, el bueno de Paquito, y al día siguiente nos lo encontramos al doblar una esquina. Tenemos el don de la premonición. Alguien muy cercano muere y al poco tiempo, al abrir un libro, cae al suelo una nota escrita por él y dirigida a nosotros. De alguna manera, desde el más allá, su espíritu nos ha guiado hasta encontrar lo que quería que encontráramos. Los muertos van a un lugar mejor y nosotros somos médiums. Pero, ¿qué tienen en común este tipo de fenómenos? Son coincidencias que presumimos tan increíbles que no podemos creer que se deban al mero azar. Aquí empiezan los problemas y las consultas a doscientos euros la hora con Octavio Aceves. Porque, teniendo en cuenta la cantidad de experiencias, encuentros, pensamientos, que componen una sola vida humana —cientos de miles, millones— lo increíble sería que nunca se produjeran ese tipo de coincidencias. En palabras del paleontólogo Stephen Jay Gould, «El tiempo hace que lo improbable termine siendo inevitable. Dadme un millón de años y conseguiré que la moneda caiga de cara cien veces seguidas». A menudo, o casi siempre, pasamos por alto lo que los estadísticos llaman la Ley de las Grandes Cifras. Alejando la lupa de nosotros mismos y de nuestras pequeñas vivencias, entenderemos que multitud de otros seres humanos están experimentando, quizá en el mismo segundo del mismo día, las mismas «coincidencias» que nosotros, y pensando, igual que nosotros, que todo se debe a capacidades durmientes de nuestro cerebo o a la intromisión de los «fantasmas de nuestros antepasados».

Elegimos no utilizar la cabeza

Sesión de reiki. Fotografía: Ängsbacka (CC).

Damos validez a lo que puede ser refutado o explicado por la mera estadística y sin embargo desdeñamos o no nos molestamos en comprobar la infinidad de estudios que se han llevado a cabo para tratar de arrojar un poco de luz sobre el consenso generalizado de que lo sobrenatural flota en el ambiente y que hay quienes pueden controlarlo. Después de ciento cincuenta años de experimentos en universidades y laboratorios de todo el mundo, con una vasta bibliografía que los respalda, la conclusión es que, si bien no se puede afirmar categóricamente que no exista el alma o que no sea posible mover piedras con el poder la mente, ninguna evidencia ha sido puesta encima de la mesa y todos los que se decían poseedores de algún don especial en este sentido fueron desenmascarados o jamás se prestaron a experimento alguno. Experimentos, por otro lado, tan sencillos de llevar a cabo que hasta una niña de nueve años, Emily Rosa, diseñó uno para averiguar qué había de cierto en el «toque terapéutico», el reiki de hace veinticinco años:

Emily citó a un grupo de personas que aseguraban ser capaces de sentir el «campo energético» que, según dicen, a todos nos rodea, y los colocó uno a uno delante de una mesa. Los puso frente a una cartulina blanca con un hueco en la parte inferior para que pudieran extender los brazos con las palmas hacia arriba. Lo único que veía Emily del sujeto al que «la Fuerza» acompañaba eran sus manos, y lo único que el sujeto veía era una cartulina blanca. Repitió el mismo procedimiento una y otra vez, diez veces por cada sujeto: tiraba una moneda al aire y, dependiendo de si salía cara o cruz, colocaba una de sus manos encima de la del sujeto, sin tocarle. Acto seguido, la investigadora de nueve años preguntaba al maestro o a la maestra del «toque terapéutico» qué mano había colocado encima de la suya, si la derecha o la izquierda. Después de repetir el proceso con veintiún voluntarios y tras doscientos ochenta intentos por parte de estos, lo que el experimento arrojó fue que ni siquiera llegaban a acertar el cincuenta por ciento de las veces, una proporción ni mayor ni menor que la de cualquier persona sin poderes jedi.

Así fue como una cría de primaria desmontó las teorías que sostienen el boyante negocio del reiki y las «energías». Hoy, más de veinte años después, si buscamos Emily Rosa en Google obtendremos menos de sesenta mil resultados. Si buscamos «reiki», el Oracúlo de Brin y Page nos devolverá casi setenta millones de entradas. Tenemos lo que más buscamos. Es hora de dejar de culpar al Estado, a los recortes en educación de Rajoy y a las macroconspiraciones planetarias. Tampoco podemos culpar a los Pamiés, Corberá et al. Al fin y al cabo, estos individuos solo ven un nicho comercial y lo aprovechan, como cualquier otro mercader de productos que necesitamos poco o nada. Somos nosotros, consciente y voluntariamente, quienes elegimos no hacer uso del pensamiento crítico que posee hasta una niña de nueve años. Ahí nos las den todas.

¿Propósito de enmienda?

Todos tendemos a preferir los blancos o los negros a las tonalidades grises, y a todos nos seduce la idea de que lo que (nos) sucede es perfectamente controlable. Además, como ya hemos visto, la tendencia a detectar patrones y estructuras coherentes en eventos fruto del azar está tan arraigada dentro de nosotros que no podemos esperar eliminarla por completo. ¿Qué hacer, entonces, para no caer en la(s) trampa(s)? Hay que encontrar un equilibrio, hay que buscar la compensación. Debemos, sobre todo, mostrarnos reticentes a sacar (o a aceptar) conclusiones a partir de evidencias poco concluyentes o incompletas. En vez de dejarnos llevar por el entusiasmo ante lo que percibimos como prueba irrefutable conviene dar un paso atrás y preguntarnos, como hizo Emily Rosa, ¿qué pasaría si estas personas que afirman detectar las energías que emite el cuerpo humano no pudieran ver a quien tienen delante? ¿Los resultados serían los que ellos afirman que son?

Los creyentes, por ejemplo, llevan la cuenta de las veces que sus plegarias fueron atendidas, y concluyen que existe un Dios que les protege y les entiende. Los ateos, por su parte, no olvidan todas aquellas oraciones que nadie pareció escuchar. Pero todos llegan a sus conclusiones por el camino equivocado, o todos extraen conclusiones de evidencias poco representativas. Todos deben dar ese paso atrás y contabilizar tanto las plegarias atendidas como las que cayeron en el olvido, y también, o ante todo, todas aquellas esperanzas que se hicieron realidad sin que mediara plegaria alguna. Entonces tendrán los elementos de juicio necesarios para decidir si existe un Dios o si todo es fruto de la casualidad y la estadística. Si no nos dejamos llevar por la pereza —que es pecado capital, por cierto— en la mayoría de las ocasiones seremos capaces de reunir una buena cantidad de información. Pero hay que buscarla. En primera persona, si se puede. Tenemos que ser conscientes de que los testimonios que creemos de segunda mano —lo que nos cuenta nuestro mejor amigo, o nuestra pareja— pueden venir de mucho más lejos. Es fundamental cuestionar las fuentes, o preguntar por ellas.

Tanto Sagan como Gilovich, en sus respectivos epílogos, hablaban de la necesidad de estar entrenados en el método científico y de los riesgos de alejarnos demasiado de él. «Una mayor familiaridad con las herramientas (prácticas o teóricas) que la ciencia pone a nuestra disposición nos ayudará a desarrollar los hábitos mentales necesarios para detectar creencias dudosas y diferenciar entre lo que es una evidencia y lo que no lo es en absoluto», concluía Gilovich. Para Sagan, «los mecanismos de la pobreza, la ignorancia, la desesperanza y la baja autoestima se mezclan para crear una especie de máquina de fracaso perpetuo que va mermando los sueños de generación en generación. Todos soportamos el coste de mantener esa máquina en funcionamiento. El analfabetismo es su eje principal».


La caverna de Platón, el mito de Narciso y la caída de Ícaro

Ícaro y Dédalo, 1799, de Charles Paul Landon. Imagen: DP.

Prólogo

La ciencia está de moda. Es mainstream. Existe un universo de frikis, nerds y geeks que toman las aulas, los bares, las plazas y las ondas hertzianas, e incluso la infranqueable televisión, para divulgar y popularizar la investigación científica. La ciencia mola. Los físicos hacen bromas sobre los ingenieros, al puro estilo Sheldon en la ya mítica Big Bang Theory, la cual se ha convertido en un referente, en una biblia apócrifa del movimiento geek. Se adoran obras como Ready Player One, se democratizan imágenes como la Foto 51 y se portan de manera orgullosa emblemas y símbolos como las diferentes insignias de la Flota Estelar; se visten camisetas con frases transcritas de Carl Sagan o de Charles Darwin. Las promesas de la ciencia ficción diseñan los descubrimientos del futuro, como Julio Verne anticipara en el viaje a la Luna hace ya más de cien años.

Al calor de esta tendencia afloran otros colectivos, algunos complementarios, otros contrarios, muchos de ellos reaccionarios, y unos cuantos intencionadamente confusos, que modelan a su antojo la terminología científica mezclando tecnicismos propios de la jerga especializada con vocabulario new age. Estos grupos incluyen desde negacionistas del cambio climático hasta seguidores de las nuevas religiones druídicas, pasando por combativos líderes que atacan la tecnología que permite construir organismos modificados genéticamente.

Surge la duda razonable de qué piensa esa rara avis que es el ciudadano ilustrado español sobre los movimientos contracientíficos. Nos preguntamos lo que mueve a los feligreses de las pseudociencias a abrazar las terapias mágicas, alcanzando metas nunca sospechadas como la de coquetear con su muerte o la de sus propios hijos. Llama todavía más la atención en una sociedad altamente tecnificada, donde la ciencia envuelve silenciosamente cada una de las rutinas diarias, desde prepararse un café a teclear una dirección en el navegador.

Mientras tanto, el científico asiste asombrado y estupefacto a la eclosión de nuevas pseudociencias (verbigracia las dietas detox), a la redefinición de las antiguas (de la imposición de manos de toda la vida al reiki moderno) o al florecimiento de las de siempre (digamos la homeopatía). Y mucho se ha escrito de cómo los científicos, y los escépticos (que no son necesariamente los mismos), deben comportarse frente a la explosión de las pseudociencias: ignorarlas, ridiculizarlas, perseguirlas, impedirlas…

Lo que sin duda es una obligación del librepensador es averiguar por qué existe tal atracción por las artes mágicas, por qué resultan tan seductoras, por qué cada día se suman más adeptos y se abren más pseudoclínicas con terapias irracionales como las flores de Bach o la bioneuroemoción. Es necesario identificar algunas de las claves que subyacen a este enamoramiento carente de sentido y un tanto suicida.

La caverna de Platón

Alegoría de la caverna de Platón, 1604, de Jan Saenredam. Imagen: DP.

Probablemente, el grabado del manierista Jan Pieterszoon Saenredam es el que recoge de forma más fidedigna la explicación del libro VII de la República de Platón. Esta joya del Museo Británico muestra los elementos que explican la ignorancia y el conocimiento, y el sufrido camino que transita del primero al segundo.

Una pared separa la oscuridad de la luz. A la derecha del cuadro, sumidos entre sombras, se amontona un grupo de hombres confinados desde niños, que ven las sombras proyectadas de los objetos verdaderos iluminados por una candela. Los reflejos en el fondo de la cueva, unidos a los sonidos y las palabras que se escuchan al otro lado del muro son «su verdad», aunque el observador externo, el que mira el cuadro desde fuera, percibe claramente el engaño al que están siendo sometidos.

¿Qué podríamos esperar de los individuos criados en el pensamiento mágico no racional que solo ven la representación de los objetos? ¿Son las sombras de hoy en día los bulos de internet y los grupos de Facebook que muestran productos y terapias de base aparentemente científica? El producto homeopático emerge como el más fiel reflejo de las sombras de la caverna, que aparenta ser medicamento, pero que conceptualmente no lo puede ser porque tan solo es una representación del producto verdadero. El packaging se envuelve de verdad.

Pensemos ahora en el otro lado de la pared. Los hombres que conocen la verdad, que suben las figuras al muro para que se proyecten las sombras, que conocen lo que pasa en la oscuridad, pero que además pueden salir fuera de la cueva donde la luz del conocimiento ilumina con fuerza, donde se encuentra el mundo real. Llamémosles «los científicos», por lo que nos ocupa.

Y pensemos en el recorrido, pero sobre todo en el sufrimiento de realizar la odisea de viajar de la oscuridad a la luz del sol. En el centro del cuadro hay un hombre que habla con los condenados a las sombras. Hay dos posibilidades. Puede que sea un «científico» que les está explicando la verdad. Advertimos en ese caso la cara de incredulidad de los hombres oscuros. Para ellos resulta absolutamente incomprensible lo que relata el científico. Es prácticamente imposible entender qué hay fuera sin haberlo visto nunca, puesto que han estado confinados en el mundo de la oscuridad desde su infancia.

Pero hay otra posibilidad. Y es que el hombre del centro del cuadro sea un «regresado». Alguien que ha recorrido el doloroso camino del conocimiento, que ha tenido que ir acostumbrando los ojos, primero a la luz de la candela, luego a la luz indirecta del sol a través del pasadizo que conduce fuera de la cueva, más tarde a la luz exterior y, finalmente, ha logrado mirar al sol directamente. Un camino nada fácil, desde luego. Y aquí nos podríamos preguntar cuál será la respuesta de los hombres de las sombras a las palabras del «regresado». ¿Le creerán? ¿Querrán salir inmediatamente de las sombras y ver el mundo real? ¿O, por el contrario, lo considerarán un loco? Platón elucubra con que pueden llegar incluso a matarlo. Hemos tenido ejemplos concretos de la persecución de aquellos que intentaban alumbrar los periodos históricos de oscuridad, caso de Galileo o de Copérnico, entre otros muchos.

Vayamos un poco más allá. Hay un posible «regresado» más peligroso. Aquel que vuelve a la oscuridad y no revela que ha visto la luz. El poder que maneja es inmenso. Puede influir en las conciencias de los hombres ignorantes a su antojo. Si acierta, o si puede predecir lo que pasará en el fondo de la cueva, todos le creerán. Será un mesías, un profeta, un iluminado en el que confiar. El requisito imprescindible para su negocio es que los demás sigan sumidos en la más profunda oscuridad. Deben seguir creyendo en la certeza de la realidad de las sombras.

El mito de Narciso

Eco y Narciso, 1903, de John William Waterhouse. Imagen: Walker Art Gallery (DP).

John William Waterhouse refleja en este icono del simbolismo inglés el mito de Eco y Narciso. Eco, la ninfa a la que Hera mutiló el habla, concediéndole tan solo la posibilidad de poder repetir la última sílaba. Su pecado fue embaucar a la esposa de Zeus, mientras su marido se entregaba a escarceos eróticos con sus amantes. Eco, que se enamoró perdidamente del atractivo y pérfido Narciso. Eco, la despechada por su amor imposible, aquella que tuvo que refugiarse en una cueva mientras su cuerpo se desvanecía por el inmenso dolor del rechazo del amor único, quedando viva tan solo la reverberación de su voz. De nuevo la cueva, como alegoría del dolor. Y Narciso enamorado de sí mismo, petrificado ante la visión de su rostro en el Estigia, persiguiéndose a sí mismo, hasta la muerte, para luego salir de su estado de pupa y emerger como la más bella flor que nunca se vio entre las aguas.

La pseudociencia tiene, al menos, cuatro Narcisos. El Narciso científico, aquel que se enamora de su ciencia y de sus mecanismos subyacentes, y donde todo lo demás pierde sentido. Solo llega a percibir el dolor de los enfermos al otro lado de la bruma, como el sonido de la voz de Eco en la cueva. No persigue el reconocimiento del vulgo, tan solo de sus pares, pero para poder mostrar su superioridad, su victoria eterna, que trascenderá por generaciones y generaciones.

El segundo Narciso es el escéptico. El enamorado de la ciencia por encima de la ciencia. Poniendo a prueba a la propia ciencia, a sus obreros y a sus andamios. Es mayor el reto del escéptico de descubrir la falacia, siempre en latín, claro está, que de percibir la necesidad de empatía del incauto, del que se enreda en la trampa de la falsa promesa o del remedio milagroso.

El tercer Narciso es el periodista. Cambio periodista por comunicador, divulgador o difusor de la ciencia, así como cualquier otro sinónimo recogido en los diccionarios de nuestra excelsa lengua española, y por el que ya han comenzado ciertas discusiones etimológicas a todas luces inútiles. El periodista se coloca muy por encima del científico en poder explicar al pueblo, allá abajo, las recetas de lo desarrollado. Resulta ser el poseedor de la piedra filosofal que transforma los arduos artículos científicos en mensajes comprensibles para el ciudadano común. Una especie de cura seglar transcribiendo las científicas escrituras al vulgo ávido de comprender.

El cuarto Narciso, el más peligroso, es el pseudoterapeuta. Aquel iluminado, y no todos son de esta especie concreta, que cree a pies juntillas, o a ciencia cierta, que su magia realmente transforma, adormece o ralentiza la enfermedad. Es el guardián del objeto de poder, del Santo Grial, de la lanza de Longinos, de las plantas mágicas que curan cual pócima o filtro de sanación universal. El loco con piel de cuerdo.

El vuelo de Ícaro

La caída de Ícaro, 1636-1638, de Jacob Peter Gowy. Imagen: Museo del Prado (DP).

Dédalo, el estratega del laberinto, es encerrado por el cruel rey Minos en los sinuosos pasadizos por los que un día transitó el monstruoso Minotauro. E Ícaro, el hijo amado, acompaña al padre en su castigo. El arquitecto diseña la estrategia de fuga que luego acabará con la muerte de su querido Ícaro. La cera que fija las plumas de las alas a su espalda terminará por deshacerse por el radiante sol y acabará con el hijo muerto en el mar, que luego será su mar, el mar de Icaria.

Los elementos de la pseudociencia son más obvios que nunca en este cuadro de Jacob Peter Gowy. Partimos del problema irresoluble, la enfermedad en algunos casos, la necesidad de ser escuchado por otros, la soledad, el laberinto, en resumen. Luego está la estrategia errada, el método no científico, el deseo de salir por encima de la lógica, el convencimiento de la magia como solución. Y el ángel caído, el muerto, el condenado, el que ya nunca volverá de los dominios del inframundo de Hades. Y, cómo no, el dolor. El dolor involuntariamente cómplice del padre, que pierde lo más querido, al primogénito. El agujero enorme por haber perdido a Pau, por la conexión mística entre vacunas y autismo.

Epílogo

Mucha discusión ha suscitado el artículo de Fermín Grodira titulado, no con demasiada fortuna, «Arrogantes, maniqueos y endogámicos: la otra cara de los escépticos». Fermín abría la caja de Pandora, que irremediablemente, y por alusiones, producía la respuesta enérgica de las sociedades de escépticos, los cuales luchan cuerpo a cuerpo contra los sacerdotes de las pseudociencias, consiguiendo, desgraciadamente, victorias pírricas en muchos de los casos. Joaquín Sevilla hacía saltar por los aires el principio de equidistancia establecido en el artículo con una frase muy elocuente en su blog: «Vaya, qué mal día hemos tenido, a ti se te muere el padre y a mí se me pierde el boli». Por su parte, Guillermo de Haro se mostraba escéptico sobre el escepticismo, tratando de comprender cómo afecta la posición escéptica a los creyentes de las pseudociencias. Y José Ramón Alonso ponía la cordura que le caracteriza en una carta abierta para explicar a los gestores de los espacios públicos lo que nos estamos jugando realmente.

En cualquier caso, no se trata de establecer una guerra de guerrillas, de pequeñas escaramuzas, o, cuando menos, de disparos certeros de francotiradores contra el complejo problema del auge de las pseudociencias. Tal vez la reflexión más urgente es la de identificar por qué se da el enamoramiento del individuo no científico hacia las pseudociencias y las artes mágicas. Los cuadros nos clarifican parcialmente el camino: la ignorancia inherente a una educación familiar mágica, o a una desinformación autocomplaciente, el doloroso camino de comprender, el narcisismo y sus rehenes, las estrategias absurdas, la encrucijada mortal del laberinto… Pero también la evocación de una falsa idea de naturaleza, de pertenencia a una tribu única y elegida por un dios abstracto o por un líder concreto, con un conocimiento propio del que el mundo carece, la seducción de la conspiración que tan solo es revelada a unos pocos elegidos, el manejo de una información que nadie más posee y que nos salva…

Sobre esto debemos reflexionar. Sobre esto hay que armar los escuadrones de científicos, comunicadores y escépticos para luchar con orden y criterio. Pero hay una condición necesaria. Hay que luchar todos juntos. Sin fisuras.


Escéptico sobre lo escéptico

Imagen CC.
Imagen CC.

El año pasado estaba en Madrid asistiendo a una charla sobre divulgación científica cuando el ponente, José A. Pérez Ledo (@mimesacojea), comentó algo que me llamó mucho la atención. Aunque el grueso de la temática era Órbita Laika, en un momento dado habló sobre otro programa que había dirigido para Eitb, Escépticos. Concretamente comentó que, de poder volver a hacerlo en ese momento, lo haría de otro modo. Puso el ejemplo del capítulo sobre homeopatía. El inicio de dicho capítulo ataca directamente la base conceptual de la homeopatía lanzando una bola de naftalina a un pantano del País Vasco. Si la teoría homeopática es correcta, al diluir en grandes cantidades de agua un causante de la diarrea como la naftalina, todos los que beban agua del pantano no sufrirán dicho mal nunca más.

La cuestión es que este inicio atacaba la base de la homeopatía ridiculizándola. Reductio ad absurdum. Y aquí radicaba la base del problema. ¿Cuál era el objetivo del programa? ¿Que la gente entienda y deje de usar la homeopatía? ¿Era ridiculizar a quien la usa la manera de conseguirlo? El director comentaba que en ese momento consideraba que habría perdido a gran cantidad de audiencia, sobre todo usuarios de homeopatía, lo cual era una pena porque mucha de esa gente quizá hubiera cambiado de opinión en caso de llegar al minuto veinticuatro del programa. En ese punto se realiza en la UPV/EHU un análisis detallado del producto con un espectrómetro de resonancia magnética nuclear, máquina capaz de analizar la estructura molecular de una sustancia, demostrando que un producto homeopático era básicamente azúcar y agua (reforzado en el minuto treinta y cuatro). Claro, cada una de estas «resonancias» cuesta varios miles de euros y no se ven todos los días. Ese dato, el gráfico y la explicación (como recomienda Guido Corradi aquí) no llegaron a la audiencia objetivo. Bueno, si ese era el objetivo, claro.

En ese capítulo se escucha una frase importante. «El método científico es la única forma de separar la verdad demostrable de la especulación sin fundamento». Decidí usar pues el método científico, y comencé por tener curiosidad y hacerme preguntas para entender el fenómeno del movimiento escéptico.

Lo primero en toda investigación es su motivación. Demostrar que es importante investigar esa temática. Lo que llevó a la primera pregunta que me hacía: ¿por qué se ataca a empresas como Boiron pero no a tabaqueras? ¿Cuántas personas han muerto por culpa de la homeopatía y cuantas por culpa del tabaco en los últimos cinco años? Boiron facturaba en todo el mundo 607 millones de euros en 2015, con una leve caída respecto a 2014. Phillip Morris International Inc. facturaba 67 700 millones de dólares, unas cien veces más, pero representando apenas un 14% del mercado mundial. ¿Cuestión de prioridades? ¿O como ya está claro que el tabaco mata y crea adicción no merece la pena el tema? ¿Es porque no son «magufadas»? Hombre, las cremas milagro sí han recibido algo de atención, así que quizá el tabaco debería. O el alcohol, que se ha demostrado provoca cáncer. ¿Hay una unidad centralizada que decide en qué temas enfocar el escepticismo? ¿Son solo aquellos que dan titulares, no hacen mucho daño a quién los ataca y permiten ridiculizar sin peligro, así como vivir de ello? ¿Por qué unos sí y otros no? ¿Por qué unos tanto y otro tan poco?

Ojo, no me parece mal informar y sensibilizar sobre una estafa. O dejar claro que se vende azúcar y agua como si fuera otra cosa gracias al poder del marketing. ¿Por qué digo esto si es obvio? Pues por la que se me viene encima. Thomas Paine decía que «argumentar con una persona que ha renunciado a la lógica es como darle medicina a un hombre muerto». El debate abierto por Fermín Grodira (@grodira) aquí y su defensa ante los ataques aquí ha empezado a hacer pensar que algunos de los que defendían el escepticismo se han vuelto «talibanes de la ciencia». No todos, por supuesto, pero parece que hay que remarcar esto de «no todos» a cada frase. Merece la pena al respecto leer las respuestas de Javi Burgos (@javisburgos) o del blog Qué mal puede hacer. El problema es que algunos empiezan a utilizar las mismas técnicas que criticaban, las de aquellos a quienes atacaban. Para ser los buenos hacen falta malos. Son ellos o los demás. No hay punto medio. No hay grises. «La ciencia no es debatible» argumentaba en un tuit un firme defensor de lo escéptico, tras llamar idiota a Fermín Grodira en una sana demostración más del tono del debate. ¡Manda huevo!

Pero no solo eso, en algunos casos incluso empieza a usarse el victimismo: los verdaderos escépticos no se enfrentan a otros escépticos, sino a haters. Bueno, en realidad no todos los escépticos. Hay categorías. Es más, hay «movimientos», asociaciones, líderes, jerarquías. No estaría escribiendo esto tampoco de no ser porque no hace mucho un buen amigo me comentaba una preocupante anécdota. Un contacto común escribió una carta contra las pseudociencias que fue publicada en un medio relativamente especializado; al poco recibió una llamada de un «líder del movimiento escéptico» para decirle que quién era para enviar esa carta, que para eso ya estaba él. ¿Pero el objetivo no era aportar luz y hacer un mundo mejor gracias a la difusión de la ciencia de manera que la oscuridad fuera aclarada? ¿Ahora no vale hacerlo si no es siguiendo las premisas de un amado líder y esperando turno o permiso? Este tipo de actitudes son las que hacen dudar sobre este tipo de movimientos. Igual que Greenpeace fue una organización que aportó mucho en su momento actualmente ha perdido la coherencia en muchos sentido, incluso vendiendo semillas de una empresa que demonizan continuamente. El negocio es el negocio. Es ley de vida, ha pasado históricamente en gran cantidad de ocasiones. Los valores y objetivos fundacionales se van perdiendo por diversos motivos: cambios de líder, crecimiento de la organización, falta de nuevos miembros en las bases, mayor presencia en medios o más recursos… Y claro, hemos llegado al «o conmigo o contra mí».

Volviendo sobre la ciencia, un aspecto clave del método científico es la falsabilidad de las premisas. Normalmente no demostramos que algo es como creemos sino que refutamos lo contrario. Si no es posible aportamos más evidencias sobre nuestra hipótesis para reforzarla pero sin ser necesariamente concluyentes. En la famosa escena del bar de la película Una mente maravillosa John Nash no dice que «Adam Smith se equivocaba» sino «Incomplete». La teoría estaba incompleta. Funcionaba dentro de un marco específico, con unas condiciones de contorno, pero no explicaba muchos otros casos que él amplió en una arrolladora tesis de veintisiete páginas, basada en únicamente dos referencias bibliográficas, y centrada en los juegos no cooperativos. La cuestión es que los juegos del «movimiento escéptico» no son precisamente «cooperativos».

Pero sigamos con la ciencia. ¿Puede demostrarse entonces que su estrategia va a terminar con la gente que consume homeopatía? ¿O con la que cree en los ovnis o en las ciencias ocultas? Para conseguirlo primero debemos entender por qué las personas creen en ello. Me encanta el libro de Michael Shermer Por qué creemos en cosas raras. Creo que todo el mundo debería leerlo pero sé fehacientemente que gente que escribe sobre el tema no conoce esta obra. Pero sea esta o muchas otras obras importantes sobre la temática, en ciencia uno primero se pone al día con el «estado de la cuestión» (la temida revisión de la literatura o llegar a los límites del círculo). En cualquier caso, aún sin leer ni ponerse al día del estado del arte habrá algún modelo, alguna teoría, alguna premisa para explicar por qué la gente cree en la homeopatía o en los chemtrails. Cómo y por qué adoptan esa creencia y (lo más importante) cómo a partir de este conocimiento se puede conseguir que la «abandonen» o entender por qué no la abandonan ni lo harán nunca.

Mi abuela falleció de cáncer de mama. El motivo básicamente fue que terminó en las manos de un curandero. Buscaba confianza, ayuda. Quizá incluso seguiría viva hoy de no haber sido así. ¿Por qué lo hizo? ¿Qué pasó en la consulta del médico para que decidiera seguir otro camino? ¿O fue mucho antes, por algo que aprendió durante su niñez? Sin tener respuesta a estas y otras preguntas similares buscar una solución parece fútil. Es más, a menudo pienso que los escépticos buscan el equivalente a convertir a un ultra sur del Real Madrid en boixo noi del Barcelona gracias a la fuerza de la razón, la ciencia y el inapelable poder del tiquitaca. Ni la sabermetrics más moderna, ni el poder de los Elo Ratings históricos podrían conseguirlo, como toda persona normal sabe. Y si alguien lo intentara pensaríamos que lo que hace no tiene sentido. Al final va a resultar que la ciencia y el escepticismo se están «roncerizando» también. O que mi abuela murió porque no la ridiculicé lo bastante a ella o al curandero que le dijo que el bulto en el pecho se quitaría con friegas de ortigas.

Pero no elucubremos más. Volvamos a la ciencia. A la vista de los hechos el objetivo principal parece ridiculizar (o reducir al absurdo, también me vale) hasta la victoria final. Últimamente no tanto a los «creyentes» sino a quienes les engañan. ¿Pero realmente funciona y llevará a la salvación? ¿En un mundo normal se puede conseguir que todo el mundo deje de creer en algo? ¿Qué dice la ciencia al respecto? Quizá hay un grupo de gente que necesita creer en algo y siempre va a necesitarlo. Quizá son adictos a la primera creencia que les convenció. Si es así, ¿es la solución el insulto, el ataque o el ridículo? ¿No provocará esto que se radicalicen más y ahonden más en esas posturas? ¿No es dar gasolina a quienes les engañan, dando por buenos sus postulados de «los malos los otros y los buenos nosotros»? Postulados que por cierto empiezan a utilizar también unos cuantos «escépticos».

No hace mucho me planteaba que quizá una buena estrategia sería quitar cuota de mercado a estas creencias con nuestras propias creencias. Adiós homeopatía, hola «nutriolos». Si no puedes vencerlos, ¡únete a ellos! Y una vez que la gente está contigo quizá puedas convencerlos poco a poco. A fin de cuentas la gente necesita creer. No sé, quizá en realidad es algo que ya se está haciendo. Era solo una idea porque a fin de cuentas la gente que va a despedir Boiron tras la caída de ventas tendrá que buscar otro trabajo, por lo que podrían pasarse a la venta de «nutriolos» o a vender replicas de la zapatilla de Brian. Pero supongo que como buena gente de ciencia conocedora de los sistemas complejos ese pequeño impacto sin importancia también lo habrán analizado y tendrán una solución. O una propuesta. O una alternativa. O quizá simplemente les parece que los miles de personas que trabajaban en Boiron son todos culpables de crímenes contra la humanidad, sabían todos lo que hacían y merecen la peor de las suertes. No lo tengo claro, de esto no se habla mucho, la verdad. ¿Será por falta de liderazgo? ¿O transparencia? ¿O no es un tema relacionado con el entorno escéptico el impacto de sus acciones? Me dicen por aquí que quizá me he pasado con el ejemplo. Vale, pongamos otro caso hipotético más sencillo. Supongamos un escéptico hipotético de un hipotético movimiento que trabaja para un periódico que incluye un horóscopo. O para un canal de televisión que anuncia productos de esos que te reconfiguran el ADN como ya quisiera la oveja Dolly. ¿Debería dejarlo por coherencia? ¿Debería hablar de ese medio para el que trabaja en los mismos términos y con la misma intensidad que habla de otros casos similares? ¿O hay excepciones a la norma y en estos casos no pasa nada? ¿Hasta qué extremo se debe radicalizar ese tipo de comportamiento?

Pero antes de tener excepciones debemos tener la norma, debemos validar el modelo. La cuestión es que en ciencia diseñamos un experimento de manera que sea reproducible por otros. Para ello buscamos predecir el futuro en gran medida. Y en el proceso necesitamos medir. ¿Cuál es el impacto esperado de las acciones de los movimientos escépticos? Aparte de conseguir que se cancelen las charlas y másteres de homeopatía en instituciones públicas, que es bien, ¿qué otros objetivos tienen con lo que hacen? ¿Cómo están midiendo si realmente consiguen alcanzar dichos objetivos? ¿Hay algo más allá de ridiculizar y salir en los medios que todos vemos? ¿O todo se basa en lo que decía John Wanamaker sobre que «la mitad del dinero que gasto en publicidad se desperdicia; el problema es que no sé cuál es esa mitad»? Vamos, que la mitad de lo que hace el formalmente reconocido como movimiento de asociaciones de escépticos quizá no aporta nada, pero cómo no sabemos qué mitad sigamos así.

No lo creo. Si «el escepticismo se basa en no creer en nada sin pruebas», ¿no debería haber casos demostrados de personas que tras ver y/o leer los tuits, posts, artículos o contenidos que sean han cambiado su postura abandonando sus falsas creencias o no han llegado a adoptar las mismas? ¿Alguien que haya dejado de ser un desgraciado? ¿Existen? ¿Podemos tocarles? ¿Sabemos cuántos son? ¿Han cogido un cenicero? Medir el impacto esperado es importante en ciencia y en otras disciplinas. Lo que no se puede medir no se puede mejorar, y a menudo tampoco justificar. 

Tener un contrapunto a las pseudociencias y falacias es necesario, y el debate debe enfocarse en su justa medida como planteaba John Oliver. Pero eso no quita para que existan dudas, como en cualquier disciplina. Esas y otras dudas similares son las que creo que Fermín buscaba responder, y lo hacía porque básicamente cada vez más gente las tiene. Es posible que el titular de su artículo no fuera el más acertado, pero como muchos periodistas saben no siempre el autor del artículo los puede escoger ni influir en ellos. Pero eso no quita que transmita algunas de las cosas sobre las que él, igual que yo y otros tantos, somos escépticos. Tanto como para plantear dudas sobre ciertos aspectos del movimiento escéptico, tales como sus objetivos y el impacto de sus acciones, por ejemplo. Pero quizá para ser auténticos escépticos lo que debemos hacer es no dudar, no hacernos preguntas, no intentar entender los objetivos o el impacto y simplemente creer y confiar en el «movimiento» porque es bueno y hace el bien mejorando el mundo y a la humanidad, motivos por lo cual se le debe perdonar todo. Personalmente me cuesta bastante hacerlo así, que permítanme dudar por mucho que quiera creer.

Imagen CC.
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Recordando a Carl Sagan

Carl Sagan. Foto: Corbis.
Carl Sagan. Foto: Corbis.

Cierto día en la estación de trenes de Washington, un mozo ayudó a Carl Sagan con su equipaje, como hacía con cualesquiera otros pasajeros. Sin embargo, cuando Sagan sacó su billetera para darle la propina de rigor, el mozo hizo un gesto de rechazo. Aunque lo relevante de la anécdota no es el gesto en sí, sino la frase con que el mozo lo acompañó: «Guarde su dinero, señor Sagan. Usted ya me ha dado el universo».

La anécdota es muy famosa y habla por sí misma del papel que tuvo Carl Sagan en nuestra cultura. Ningún otro divulgador científico ha sabido pulsar tan bien los resortes de la imaginación colectiva. Quizá se debiera a aquella característica tan suya: la capacidad para experimentar y compartir un extático asombro ante la magnitud y complejidad del universo. Un entusiasmo que resultaba contagioso y al que él llamaba el «sentido de lo maravilloso». Gracias a Sagan y sobre todo a su serie televisiva Cosmos: Un viaje personal, muchas personas experimentaron ese sentido de lo maravilloso junto a él. Especialmente quienes tuvieron la suerte de verla por primera vez durante la tierna infancia: Carl Sagan era como el mago que abría el baúl de los grandes secretos ante nuestros ojos y desvelaba prodigios que parecían fantásticos, pero que no pertenecían al ámbito de las novelas o películas de ficción, sino que existían de verdad. Prodigios que estaban allá arriba, sobre nuestras cabezas, o a nuestro alrededor, o incluso dentro de nosotros. Carl Sagan fue sin duda el catalizador de las ensoñaciones cósmicas de toda una generación. Incluso de quienes nunca nos convertimos en científicos, porque teníamos escrito otro destino o sencillamente lo elegimos así, prácticamente no hemos pasado una noche sin alzar la mirada hacia las estrellas y entonces resulta inevitable acordarse de él. Siempre nos quedará la imagen inolvidable de aquella «nave de la imaginación» con forma de semilla emplumada con la que Sagan nos condujo hacia lugares que nunca visitaremos, pero que ya forman parte de nosotros mismos, tan familiares como nuestra propia casa, como el «pálido punto azul» que flota en torno a una estrella cualquiera en un rincón poco destacado de una insignificante galaxia.

Sagan diría, naturalmente, que el número 2014 carece de importancia en términos cósmicos, como carece de importancia cualquier otra cosa que los humanos podamos pensar, decir o hacer y que al vasto universo le resultará indiferente. Pero en el fugaz extracto temporal de nuestras vidas llamamos 2014 al año en que se estrena la nueva versión de Cosmos, presentada por el que muchos consideran el sucesor de Sagan, el astrofísico Neil deGrasse Tyson. Y también en este 2014 Sagan está de aniversario: hubiese cumplido los ochenta años, caso de no habernos dejado huérfanos hace casi dos décadas. Pero, ¿quién era Carl Sagan? ¿Cómo pensaba? ¿En qué consistía su mensaje? Sirva este repaso a algunas de las facetas de su vida y de su pensamiento no solamente como homenaje, sino también como recordatorio de todo aquello que lo convirtió en una figura única e irremplazable.

Sagan y el cosmos

Queríamos llegar a todo el mundo, porque pensábamos que tener disponible este conocimiento era un derecho innato de la persona. (Ann Druyan, viuda y colaboradora de Carl Sagan)

Ya cuando el pequeño Carl tenía cinco o seis años, sus padres eran conscientes de su brillantez intelectual, de su ansia por obtener respuestas ante cuestiones como «¿qué son las estrellas y de dónde están colgadas?». Hijo único de una familia de condición muy humilde —su padre era un inmigrante ucraniano que trabajó como acomodador en un teatro y su madre una neoyorquina que había crecido prácticamente en la miseria—, el pequeño Carl tenía pocos medios para saciar aquellas ansias. Pero sus padres eran inteligentes y demostraron una gran sensibilidad hacia las necesidades intelectuales de su retoño, así que decidieron que lo mejor que podían hacer era apuntarlo a una biblioteca pública. Aquello abrió los ojos de Carl Sagan y cambiaría su vida para siempre:

Le pedí al bibliotecario algún libro sobre las estrellas. Y la respuesta a mis preguntas era impresionante. Resultó que el sol era una estrella que estaba muy cerca de nosotros. Que las estrellas eran soles, aunque estaban tan lejos que las veíamos como meros puntitos de luz. De repente, la verdadera escala del universo se reveló ante mí. Fue una especie de experiencia religiosa. Había una magnificencia en ello, una grandeza, una sensación de magnitud que nunca después me ha abandonado. Nunca me ha abandonado.

El mensaje divulgador de Sagan giró siempre en torno a una idea central: el ser humano, especie animal que vive sobre la superficie de un planeta cualquiera, es insignificante cuando lo contemplamos bajo términos cósmicos. La humanidad es apenas un soplo fugaz del que seguramente no quedará ni rastro cuando se extinga; y a nadie ahí fuera le importará, si es que hay alguien. El cosmos es un lugar inmenso, inabarcable, que nos humilla y empequeñece. Y sin embargo, cuando era Sagan quien nos describía ese panorama aparentemente descorazonador, brillaba una intensa luz poética que cautivó a quienes le escuchábamos. El ser humano, nos decía, no es importante para el universo. Pero sí es inmensamente afortunado porque puede contemplar la inmensa grandeza de ese universo y maravillarse a causa de ella. Cuando miras las estrellas, lo importante no eres tú: son las estrellas. Y siéntete feliz por poder mirarlas.

Sagan y la comunidad científica

El polo opuesto de la ciencia popularizada es, al final, una ciencia impopular. (Gregory Benford, revista Skeptic)

Sagan contribuyó significativamente a la ciencia astronómica, particularmente con sus análisis de las atmósferas y superficies planetarias en una época en la que apenas se disponía de información fiable. Su bagaje abarcaba tanto astronomía como biología —trabajó con biólogos tan notables como Stanley Miller, George Muller o Joshua Lederberg— y así ayudó a dar forma tanto a las ciencias planetarias como a la exobiología. Colaboró directamente en varias misiones espaciales de la NASA y fue, como sabemos, quien diseñó los mensajes destinados a posibles civilizaciones extraterrestres que fueron incluidos en las sondas espaciales Pioneer y Voyager.

Sin embargo, estas aportaciones resultaron empequeñecidas por su papel como divulgador. Hoy sabemos que en la comunidad científica existieron muchos recelos hacia Sagan y su siempre creciente fama. Entre los astrónomos gozaba de gran predicamento, pero entre otros científicos —algunos físicos, por ejemplo— podía llegar a estar bastante mal visto porque consideraban que sus intentos de popularizar la ciencia amenazaban con «trivializarla». Otros lo veían como un ególatra que buscaba la fama y otros más, probablemente, tenían envidia de su capacidad para llegar a diversos estratos de la sociedad. El caso es que, académicamente hablando, Sagan pagó un precio por esa celebridad. En 1967, cuando era profesor interino en Harvard, le denegaron una plaza fija pese a sus extraordinarias dotes como docente, dotes bien documentadas por su alumnado. ¿El motivo oficial? Que sus investigaciones departamentales eran «poco relevantes» y «derivativas». Pero en realidad tuvo mucho que ver el que hubiese empezado a aparecer en televisión el año anterior, algo que no agradaba en la elitista universidad. Tras aquello, Sagan se marchó a la Universidad de Cornell para poder obtener una cátedra fija. Así que sí, como suena: en Harvard prácticamente echaron a patadas al divulgador científico más importante del siglo XX… y todo porque aparecía demasiado menudo en la pequeña pantalla.

Otro ejemplo: en 1992, siendo ya una celebridad internacional, Sagan fue nominado para el ingreso en la Academia Nacional de Ciencias. Su nombre fue propuesto por iniciativa de los astrónomos, pero más allá del mundillo científico se esperaba la aceptación de su candidatura como un hecho lógico e inevitable, dado lo mucho que Sagan había hecho por la difusión del saber científico. Sin embargo, su candidatura originó en la Academia uno de aquellos caldeados debates que habían colmado la paciencia de Richard Feynman, el famoso premio Nobel que había llegado a dimitir de la Academia cansado del elitismo y luchas de egos de sus miembros. La candidatura de Sagan fue rechazada cuando la mitad de los miembros votaron negativamente, algo que no sucedía a menudo. El pretexto más aireado fue que más allá de la divulgación sus logros científicos no resultaban lo suficientemente relevantes. Ni siquiera importaron detalles como que Stephen Hawking lo hubiese elegido como prologuista para su Breve historia del tiempo. Fuera de la Academia nadie entendió el correctivo que algunos científicos que se consideraban más «serios» habían querido infligir a la estrella mediática. Aunque Sagan no se pronunció en público sobre su ingreso fallido en la Academia, sabemos por su viuda que «le dolió bastante, porque fue un desprecio que él ni siquiera había buscado». Cuatro años después fallecería sin haber obtenido el honor.

Tras su muerte, la Academia corrigió el error haciéndolo miembro honorífico. Ni que decir tiene que la percepción de la comunidad científica hacia Sagan ha cambiado radicalmente desde entonces. Hoy en día no existe un científico que se permita el lujo de menospreciar públicamente su figura. Muchos científicos de la nueva generación comenzaron a estudiar bajo la influencia de Sagan. Algunos, como Neil deGrasse Tyson, recibieron incluso el respaldo personal del propio Sagan durante sus años como estudiante: Sagan, impresionado por su expediente académico, envió una carta de ánimo a un incrédulo Tyson adolescente e incluso le invitó a visitar su laboratorio. Aún hoy, Neil deGrasse afirma que se siente obligado a animar a los jóvenes estudiantes siguiendo el ejemplo del propio Sagan. Sea como fuere, hoy se reconoce abiertamente la tremenda importancia de su tarea como popularizador de la ciencia. Y aunque no hubiera sido así, él lo explicaba de manera tremendamente sencilla: la mayor parte de la financiación de los científicos proviene del pueblo, así que el pueblo tiene derecho a que le expliquen qué hacen los científicos con su dinero, y los científicos tienen la obligación de explicarlo en los términos más asequibles posibles.

Los fundadores de la Sociedad Planetaria. Carl Sagan, sentado a la derecha. Foto: NASA (DP)
Los fundadores de la Sociedad Planetaria. Carl Sagan, sentado a la derecha. Foto: NASA (DP)

Sagan y la fama

Carl Sagan poseía dos cualidades que no pueden transmitirse ni en la más excelsa de las instituciones educativas: un tremendo carisma personal y una gran capacidad para comunicar; características ambas que no abundan entre los científicos y que obviamente constituyeron los cimientos básicos de su estrellato. Antes de estrenarse Cosmos, Carl Sagan ya era famoso en los Estados Unidos gracias a sus frecuentes apariciones televisivas, incluyendo el programa más famoso de América, el show de Johnny Carson. El público quedó rápidamente prendado por su manera calmada pero pasional de hablar sobre el universo. Se convirtieron en coletillas populares algunas de sus expresiones, las hubiese dicho en voz alta o no: a Sagan, por ejemplo, le sorprendía que le atribuyeran constantemente la frase «billions and billions» y en una conversación privada con Carson aseguraba no haberla pronunciado jamás. Pero el presentador se limitó a responder: «pues si nunca la has pronunciado, deberías». Así, entre otras cosas, fue como Sagan aprendió que la fama depende de ciertos estereotipos y tics que pueden ser irreales, pero que capturan la imaginación del público. Entendió que en su labor divulgadora el estilo era tan importante como el contenido, y esto lo distinguió de muchos otros divulgadores científicos. Había que llegar al público, diciendo verdades, sí, pero haciéndolas no solamente fáciles de asimilar sino formalmente atractivas. En el acto de comunicación existen dos partes: el emisor y el receptor. Sagan, saltándose muchas actitudes elitistas extendidas entre los científicos de entonces, trató a sus televidentes y lectores como iguales intelectuales. Los consideró dignos receptores del saber científico y la gente común respondió convirtiéndolo en el rostro más reconocible de la ciencia a nivel mundial. Terminó asumiendo que el público tenía una imagen formada de él y que esa imagen era una importante herramienta de divulgación. Incluso llegó a titular su último libro Billions and billions, un guiño chistoso a aquella frase que nunca había salido de sus labios pero que la gente le había adjudicado como suya.

Sagan y la religión

Sagan no creía en Dios, pero cuando hablaba de sí mismo, rechazaba el término «ateo» porque para él implicaba el conocimiento cierto de que Dios no existe, un conocimiento que sencillamente no estaba a su alcance. Así pues, prefería definirse como «agnóstico». Sin embargo, su discurso no era exactamente el de un agnóstico. Según sus allegados, Carl Sagan era «ateo en todo excepto en el nombre», lo cual es una buena definición de su actitud. Su amigo David Grinspoon, por ejemplo, diría que en la práctica Sagan era prácticamente indistinguible de un ateo que use ese término para definirse.

Su actitud podía parecer contradictoria, pero lo era más que nada a niveles semánticos. Sagan no creía en Dios y con frecuencia calificó el concepto de un Dios personalizado, como el que se venera en casi todas las religiones, de pura fantasía. En su discurso el término «religión» aparecía generalmente acompañado de otros como «superstición», «mitología» y «folclore»; no como sinónimo hay que decir, pero sí en una yuxtaposición que difícilmente podía tener algo de casual. Es más: en sus últimos años, cuando era consciente de que la enfermedad podía llevárselo a la tumba, se preocupó muy mucho de dejar claro que no había comenzado a creer en Dios o en una vida ultramundana ni aun con la perspectiva de una muerte cercana. Incluso sabemos, gracias a su correspondencia publicada póstumamente, de su disgusto cuando alguno de sus colegas científicos consideraba la idea de abrazar la fe en algún dios. Si algo así sucedía, Sagan le enviaba una carta repleta de razones por las que consideraba intelectualmente indefendible la creencia en un dios personal.

El autoproclamado agnosticismo de Sagan era pues más un posicionamiento público que una creencia íntima. Y la gente lo sabía, porque en su mensaje planeaba constantemente una concepción atea del mundo. Conforme crecía su fama lo hacían también las interpelaciones de personas creyentes que discutían sus ideas, incluso ocasionalmente las amenazas de algunos fanáticos religiosos. A menudo lo invitaban a encuentros organizados por asociaciones religiosas para que su opinión sirviera de contraste, pero Sagan era extraordinariamente escrupuloso a la hora de aceptar. En una ocasión declinó participar en un congreso titulado «¿Cómo encontrar a Dios?» porque, como decía en su carta de rechazo, el título del congreso daba a entender que la existencia de Dios era un hecho probado independientemente de las conclusiones a las que se pudiera llegar durante el susodicho congreso. Sagan fue uno de los más notorios representantes del pensamiento escéptico, entendiendo como tal la no aceptación de la certeza de un hecho sin las necesarias evidencias que la sostengan, y acostumbraba a repetir el principio de que «afirmaciones extraordinarias requieren evidencias extraordinarias». Aun así, como en muchos otros asuntos, Sagan primaba la ponderación. Pese a manifestar una y otra vez su desaprobación intelectual hacia cualquier tipo de pensamiento mágico, incluyendo el de las grandes religiones, recordaba que mientras hubiese una pequeña posibilidad de que existiese un dios, él no se sentía capacitado para descartarla. Pero, al mismo tiempo, disimulaba mal su concepción de la religión como mera superchería y de manera parecida a Arthur C. Clarke confiaba —o deseaba confiar— en que el avance del conocimiento científico pusiera a las religiones en recesión de una manera progresiva y natural.

Sagan y las pseudociencias

Al igual que con la religión, Sagan se caracterizó por un abierto escepticismo hacia campos como el de la astrología y otras creencias «paranormales» que no podían sustentarse mediante una observación contrastable, como la que tiene lugar en el método científico. De hecho pensaba que estas creencias eran irracionales y estaban inevitablemente ligadas a factores puramente emocionales: en una ocasión, durante un debate televisivo con Stephen Hawking y Arthur C. Clarke, el presentador preguntó a Sagan si los nuevos descubrimientos científicos harían que los astrólogos terminasen perdiendo su negocio. Sagan, con tanta rapidez como sarcasmo, respondió: «¡Nada podría conseguir que los astrólogos se queden sin su negocio!».

Sin embargo, ese escepticismo estaba una vez más matizado por el deseo de ponderación. Ante el disgusto, incomprensión o sorpresa de otros científicos, Sagan veía razonable que los defensores de estas ideas tuviesen voz en determinados simposios, encuentros o conferencias. Su filosofía parecía ser la de que, mientras existiese una posibilidad aun remota de que hubiese oculto algún conocimiento válido entre tanta superchería, merecía la pena el intento de intentar sacarlo a la luz. Por ejemplo, sorprendió mucho su apoyo a algunos congresos ufológicos. Sabiendo que Sagan nunca creyó que seres inteligentes de otros mundos nos hubiesen visitado y que el fenómeno OVNI estaba compuesto de innumerables malas interpretaciones de estímulos visuales explicables o de fenómenos de sugestión, no tenía reparos en afirmar que quizá, y solo quizá, un pequeñísimo porcentaje de avistamientos podría haberse debido a la presencia de naves extraterrestres. Como en el caso de la existencia de Dios, Sagan no creía en ello pero parecía no querer negar algo en un cien por cien mientras no tuviese pruebas suficientes y tampoco quería negar su voz a quienes lo creyesen.

Sagan y la marihuana

Carl Sagan fue un ávido consumidor de marihuana durante muchos años, aunque esto no se supo hasta después de su muerte, cuando sus allegados lo hicieron público. A mucha gente le sorprendió saber que un científico de aspecto tan formal había fumado «hierba» habitualmente. A Sagan siempre le preocupó mucho que la difusión de este hecho pudiera dañar a su carrera. Pensemos que su popularidad se cimentó en unas décadas donde el consumo de marihuana era considerado por mucha gente casi como un signo de personalidad antisocial. Él, sin embargo, comprobó en primera persona que los mensajes emitidos sobre el gobierno sobre los peligros de la marihuana eran una exageración. Eso sí, nunca quiso convertirse en un apologista. Al menos no con su nombre. Sí escribió algún texto con seudónimo en el que defendía el consumo de marihuana de los ataques que recibía por parte del establishment, pero aparte de eso a lo más que llegó fue a abogar por su uso medicinal en condiciones controladas, porque sus efectos terapéuticos sobre ciertas dolencias estaban siendo bien documentados. Por lo demás no quería ser asociado con aquella droga que podría arruinar su imagen pública. De hecho, se enfadó mucho cuando uno de sus amigos escribió un artículo defendiendo la marihuana, donde se decía que muchos profesionales respetados la consumían y se citaba entre esas profesiones la de astrónomo: Sagan pensó que la gente podría deducir que estaba hablando de él porque el autor del artículo era un amigo muy cercano.

Pese a sus preocupaciones, el público nunca supo de su afición al cannabis. Sin embargo, tiene cierto sentido cuando lo contemplamos desde hoy. Sagan publicó muchos libros y artículos, pero en realidad escribía poco; acostumbraba a dictar ideas sueltas y textos a una grabadora que llevaba siempre consigo; después una secretaria lo transcribía a papel. Esta costumbre no solamente le ayudó a perfilar el característico tono conversacional de su discurso, sino que hizo que muchas de sus reflexiones surgieran cuando estaba bajo los efectos de la marihuana. Sagan, en privado, defendía que cuando estaba colocado le surgían ideas que podían ser certeras, pero que resultaban inaceptables para el ego cuando las escuchaba al día siguiente estando sereno. Y entonces abogaba no por descartar las ideas que tenía cuando estaba colocado, sino por examinarlas a despecho de la resistencia que sus esquemas preconcebidos pudieran ofrecer. Así, consideraba la marihuana una herramienta legítima de exploración intelectual.

Sagan y la política

No resulta fácil trazar un perfil convencional de sus opiniones políticas, aunque sí se le podría definir como liberal en el sentido estadounidense del término. En España podríamos llamarlo progresista, por buscar un término más o menos equivalente. Sí fue un activista político comprometido, pero lo fue en algunos asuntos concretos, muy particularmente el pacifismo y las preocupaciones en torno a la ecología.

Sagan fue, como bien sabemos, un estrecho colaborador de la NASA. Al principio de su carrera lo fue también de las fuerzas aéreas estadounidenses, cuando los vasos comunicantes entre ambas instituciones eran bastante fluidos. Sagan llegó a tener un perfil alto como asesor militar, hasta el punto de que estaba autorizado a consultar documentos calificados como alto secreto. Sin embargo renunció a colaborar con las Fuerzas Armadas en el mismo momento en que su país se involucró en la guerra del Vietnam, a la que se oponía abiertamente. Desde entonces se caracterizó por un mensaje abiertamente pacifista. También se opuso a la proliferación nuclear y fue muy activo en contra del programa de Iniciativa de Defensa Estratégica de Ronald Reagan (la «Guerra de las Galaxias», para entendernos), llegando a ser detenido en algunos actos de protesta. Consideraba que aquel programa rompía el equilibrio atómico con la URSS y por tanto dificultaba un acuerdo de desarme nuclear total, paso que consideraba necesario.

También se oponía a los totalitarismos y recordaba siempre que buena parte de sus familiares europeos —tanto por parte materna como paterna—, judíos casi todos ellos, habían sido asesinados en los campos de exterminio nazis. Aunque él era pequeño durante la guerra y su madre trató de protegerlo de esas nefastas noticias, Sagan supo que la pobre mujer sufrió intensamente durante aquellos años, así que conocía de primera mano los nefastos efectos de una ideología extremista. En consecuencia, condenaba los estados totalitarios y dictatoriales. También se oponía a que los gobiernos entrasen a regular determinadas opciones éticas de los ciudadanos, y por ejemplo, con su ponderación habitual, lanzó argumentos en favor del aborto en determinados plazos de la gestación, un asunto por entonces muy sensible en los Estados Unidos, incluso más de lo que pueda serlo hoy.

Sagan junto a una maqueta de las sondas Viking, destinadas a posarse sobre Marte. Foto: NASA (DP)
Sagan junto a una maqueta de las sondas Viking, destinadas a posarse sobre Marte. Foto: NASA (DP)

Sagan y el calentamiento global

Una de las aportaciones científicas más relevantes del inicio de su carrera fue la deducción de cuáles eran las características superficiales del planeta Venus. Hasta entonces se había especulado con la idea de que podía ser un planeta húmedo, siempre cubierto de una capa de nubes de vapor de agua que lo protegían de la radiación solar y bajo la que quizá se cultivaba un clima benigno y favorable para la vida. Una especie de blanco Edén. Pero Sagan descartó esta idea y dedujo que Venus estaba sufriendo un caso extremo de efecto invernadero, que su capa perenne de nubes impedía que el calor saliese del planeta y que por lo tanto su superficie se habría convertido en un infierno capaz de derretir plomo a temperatura ambiente. Sagan tenía razón, como demostrarían más adelante las sondas enviadas a nuestro planeta gemelo, y esa como decimos fue una de sus grandes aportaciones a la ciencia planetaria.

Pues bien, Sagan citaba el ejemplo de Venus para ilustrar que el efecto invernadero es un proceso que no se autorregula, que perfectamente puede salirse de madre porque, pasado cierto punto crítico, se retroalimenta y se acelera hasta convertir un planeta en un horno. A menudo expresó su preocupación por el fenómeno del calentamiento global en la Tierra, considerando que los gobiernos y las sociedades no se lo tomaban lo bastante en serio. Nos recordaba que el efecto invernadero no se corrige por sí mismo, o de lo contrario Venus sería el vergel húmedo que se había imaginado en otras épocas y no el infierno que sabemos que es. Sagan veía las cosas a escala planetaria e intentaba que los poderes públicos las viesen así también. Los procesos de la atmósfera de un planeta nada entienden de intereses económicos o políticos, y funcionan por sí mismos, más si la actividad humana pudiese contribuir a empeorar sus efectos. La sola posibilidad de que así fuese le parecía motivo más que suficiente para prestar mucha atención al asunto.

Sagan y las mujeres

Siempre se consideró un feminista. Aunque públicamente apenas hablaba de su vida personal, sabemos por su correspondencia que le marcó profundamente el destino que habían tenido sus padres. Su madre era una huérfana a la que por su condición de mujer pobre se le había denegado la posibilidad de sacar partido a su potencial intelectual. Su madre fue muy creyente —cumplía escrupulosamente los preceptos de su religión—, y Sagan siempre creyó que las circunstancias le habían impedido poseer una manera de pensar verdaderamente crítica y una vida acorde a sus capacidades, todo por haber sido mujer en el lugar y momento equivocados.

Carl Sagan se casó tres veces y tuvo cinco hijos. Sabemos gracias a su primera mujer que su matrimonio fracasó porque dedicaba demasiado tiempo a su carrera y poco a su familia; probablemente sucedió lo mismo con el segundo matrimonio. Su tercera esposa, Ann Druyan, fue no solamente su relación más estable sino una estrecha colaboradora en el ámbito profesional (de hecho le ayudó a escribir la serie Cosmos). En todo caso, buscó activamente en sus parejas una contrapartida intelectual, una igual, y en privado lamentaba que su madre no hubiese gozado de las mismas oportunidades.

Sagan y los alienígenas

Sagan creía en la existencia de vida extraterrestre —incluso en la existencia de civilizaciones alienígenas— mucho antes de que fuesen descubiertos los primeros planetas más allá del sistema solar. Para él era cuestión de pura lógica: si la raza humana era producto de procesos naturales, y siendo el universo tan grande, por la pura fuerza de los números debían existir otras razas avanzadas en planetas con unas igualmente condiciones favorables para la vida compleja. Ayudó a impulsar el programa SETI y esperaba que tarde o temprano pudieran localizarse indicios de alguna civilización alienígena, consistentes en algún tipo de señal anómala no explicable mediante procesos naturales. Llegó a decir que le fastidiaba la idea de morir sin haber vivido ese momento en que escuchásemos una voz procedente del espacio.

Esa creencia está bastante extendida entre otros científicos y resulta bastante razonable, pero hoy por hoy no se ha detectado la más mínima señal. Como exclamó un día Enrico Fermi: «¿Dónde están?». Si el universo produce civilizaciones con relativa frecuencia, ¿por qué no las detectamos? Todavía no existe una explicación unánime, pero Sagan defendió hasta el final la creencia de que no tiene sentido pensar que somos la única especie tecnológica en el universo, ni siquiera en nuestra propia galaxia. Solamente el paso del tiempo, con suerte, podrá decirnos si Sagan tenía razón. O quizá nunca lleguemos a saberlo. Pero él jamás dejó de acariciar la idea.

Sagan y nosotros

Carl Sagan nos hizo mirar hacia las estrellas y darnos cuenta de la magnitud del universo, en el que ocupamos un rincón infinitesimal. Nos trató, a los ciudadanos de a pie, como a seres inteligentes y a quienes la ciencia concierne tanto como a los propios científicos, porque el universo no es patrimonio de los científicos, sino de cualquiera que pueda alzar sus ojos y contemplar sus prodigios. Gracias a Carl Sagan, la NASA incluyó en sus sondas una cámara fotográfica que pudiera captar el planeta Tierra desde una gran distancia, y todo porque Sagan quería que pudiéramos entender que estamos todos en el mismo barco, la Tierra, y que ese barco es apenas una frágil chalupa en mitad de un océano inmenso. Que las fronteras, ideologías y religiones son simplemente invenciones de unas criaturas que habitan una esfera hospitalaria, iluminada a la distancia justa por una estrella blanca, y que deberíamos preocuparnos ante todo de que nuestra esfera continúe siendo hospitalaria porque la inmensa mayoría del universo no lo es. Sin nuestra pequeña barca, suspendida en mitad de ese inhóspito vacío, no podríamos contemplar el cosmos y experimentar ese sentido de lo maravilloso, que es una de las mejores cosas que tendremos durante nuestra breve existencia.

Al final, lo verdaderamente importante es que Carl Sagan, más allá de su coyuntura y de sus cualidades o defectos personales, mimó y cuidó su mensaje hasta el más mínimo detalle, como un compositor de sinfonías. Lo resumió en una serie de televisión, el más improbable de los medios, y consiguió crear poesía mientras transmitía conocimiento. Y ese mensaje de divulgación es puro, mucho más poderoso de lo que cualquiera excepto él podría llegar a expresar. Nosotros somos insignificantes; el universo no lo es. Y no podría ser más hermoso si fuese de otra manera.

Mira de nuevo a ese pequeño punto. Eso es aquí. Eso es nuestro hogar. Ahí estamos nosotros. Todos a quienes amas, todos a quienes conoces, todos de quienes has oído hablar alguna vez; todo ser humano que alguna vez existió; cada rey y cada campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño repleto de esperanzas, cada inventor, cada explorador, cada reverenciado maestro moral, cada político corrupto, cada superestrella, cada líder supremo, cada santo y cada pecador en la historia de nuestra especie ha vivido ahí… en una mota de polvo suspendida en mitad de un rayo de sol.

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«Pale Blue Dot», la imagen lejana de la Tierra —el pequeño punto sobre el rayo de luz amarillento— tomada desde seis mil millones de kilómetros, por iniciativa de Carl Sagan. Foto: NASA. (DP)


Por qué creemos en monstruos

Cuarto Milenio, de la cadena Cuatro.
Cuarto Milenio, de la cadena Cuatro.

Y cuando digo monstruos, no es una metáfora. Me refiero a monstruos de verdad. Seres espantosos que habitan en lo profundo de los bosques, en los abismos de lagos y océanos, en las montañas o, quizá, en el espacio exterior. Se diría que, tras una década final del siglo XX en la que lo paranormal pareció perder su encanto, las incertidumbres del nuevo milenio y las horas muertas de internet nos han traído de vuelta a los queridos mitos de masas del siglo XX: ovnis, críptidos, astronautas en la antigüedad y también, aunque quizá más discretamente, fantasmas y otras manifestaciones del mundo espiritual que ya parecían un poco fuera de lugar en el materialista siglo pasado. Quizá no sea casual que un programa aparentemente menor, casi escondido en la parrilla, como Cuarto Milenio se haya convertido en el más longevo de su cadena aparte de los informativos y alcance la más que respetable marca en la televisión actual de nueve temporadas consecutivas. (En el clima mesiánico que rodea casi todo lo relacionado con el dospuntocero, he llegado a leer a algún gurú del nuevo periodismo que internet acabaría, o había acabado ya, con las pseudociencias. Lo que apenas es un poco menos ridículo que pretender que acabe con las fotos de vacaciones o el porno). Y si piensan que esto de creer en arcanos y conspiraciones inverificables es cosa de cuatro chalados, les sugiero abrir Facebook y darse una vuelta por los muros de sus amistades.

De modo que el final del siglo XX, con sus neurosis y obsesiones, no ha enterrado ese particular corpus de creencias, alumbrado por profetas como Charles Fort y H.P. Lovecraft, y estrechamente relacionado con la creación, por primera vez en la historia, de una verdadera cultura de masas a través de las publicaciones populares, el cine, la radio y la televisión. De hecho, algunos de sus proponentes actuales, caso de RafapalGiorgio Tsoukalos, hacen parecer a Jiménez del Oso un respetable y aburguesado escéptico. Así que persiste la pregunta que da título a este texto. La cuestión es, por supuesto, complejísima, y probablemente ni siquiera pueda plantearse de una manera resoluble. Pero veamos algunos datos y algunas posibles claves.

Abominable Science es un libro reciente de Daniel Loxton y Donald Prothero que trata de arrojar luz sobre el contexto biológico y ecológico, pero sobre todo histórico, de un puñado de mitos de la criptozoología: el Bigfoot, el monstruo del lago Ness, el yeti, la serpiente de mar y el Mokele Mbembe (un supuesto dinosaurio centroafricano). Se trata de una obra recomendable y muy cuidada, aunque el profano quizá encuentre excesivas casi cuatrocientas páginas dedicadas a discutir lo que sin duda son bobadas de gente con mucha imaginación. De hecho, si Loxton es un escéptico procedente (como tantos) de la creencia paranormal, y no puede evitar un cierto cariño por los mitos que analiza, Prothero es un reputado paleontólogo que trata a sus monstruos con bastante menos paciencia y delicadeza. Incluso el capítulo final aparece partido de forma un tanto extraña entre las conclusiones más amables de uno y las más beligerantes del otro.

Nos interesa aquí precisamente ese último capítulo, que recoge datos procedentes de la Encuesta Baylor sobre religión 2005. Un estudio que se refiere a EE. UU., pero del que seguramente podemos tomar ideas sugerentes, al margen de las consabidas diferencias culturales. Por ejemplo, un 73% de estadounidenses declara tener al menos una creencia paranormal de una lista de diez ofrecida por los encuestadores; un 57% cree en al menos dos, y un 43% en tres o más. Siguiendo el libro de los sociólogos Bader, Mencken y Baker Paranormal America, Loxton y Prothero se enfrentan a un tópico frecuente: las personas con creencias paranormales son intelectual y socialmente «diferentes». Pero, a juzgar por la Encuesta Baylor, la normalidad de los escépticos es muy relativa: menos de un tercio de encuestados afirma no aceptar ninguna de las creencias paranormales que se le proponen. Como señalan Bader y compañía, más que distinguir de forma tajante entre crédulos y escépticos, la realidad social nos sugiere hablar de grados de credulidad.

Algunos datos más para enfriar la recurrente tendencia de ateos y escépticos (entre los que me incluyo, por si hace falta aclararlo) hacia la autocomplacencia. Por ejemplo, los encuestados que declaraban no ser fieles de ninguna religión mostraban una mayor probabilidad a creer en fenómenos como las casas encantadas que los protestantes evangélicos. Y, como quizá fuera de esperar, los casados creen menos en lo paranormal que los solteros; pero, y esto seguramente les sorprenda, los miembros de parejas que conviven fuera del matrimonio muestran una probabilidad notablemente mayor que unos y otros. Otros resultados vienen a coincidir a grandes rasgos con mis intuiciones, como el hecho de que las mujeres muestran cierta predilección por creencias de tinte espiritista o astral, mientras que los ovnis son ante todo cosa de hombres. Aunque las conclusiones a las que pretendamos saltar desde aquí seguramente se tambaleen al saber que las mujeres creen más que los hombres en críptidos (yeti, Nessie, Bigfoot…), si bien la diferencia es pequeña y probablemente poco significativa. Y otra sorpresa: según la ideología, los más creyentes en lo paranormal son los independientes, seguidos de demócratas y republicanos. Seguramente el orden inverso que anticiparíamos desde nuestros prejuicios.

Lo que no parece predecir la creencia, pese al tópico, es el aislamiento social o la no participación en actividades comunitarias. Sí, en cambio, en sentido inverso, el grado de conformidad con lo que los autores llaman «estilos de vida convencionales»: educación formal, matrimonio, religiosidad convencional. Como ellos mismos señalan, probablemente quienes han invertido más en conformidad y normalidad perciben como costes las desviaciones respecto a la norma. Esto significa también que tanto los menos educados como las élites hipereducadas pueden abrazar creencias paranormales con mayor frecuencia en la medida en que estas los distinguen del comportamiento conformista de los estratos medios de la sociedad.

A estas alturas ya se habrán dado cuenta de que aquí no se va a responder, siquiera de forma tentativa, a la pregunta del título. Pero, antes de acabar, un par de reflexiones sobre magufismo y escepticismo. Uno: los mitos paranormales son creencias extraordinariamente resistentes y plásticas, responden a realidad psicológicas y sociales profundas y constituyen una manifestación significativa de la cultura de masas. Ríamonos de ellos, critiquemos sus efectos negativos, analicemos su genealogía, expongamos a los charlatanes. Pero no caigamos en la ingenuidad de pensar que vamos a acabar con ellos escribiendo artículos muy ingeniosos que solo leemos entre nosotros y tuiteando en broma desde nuestro sofá cada edición de Cuarto Milenio. Probablemente, un porcentaje de la sociedad siempre albergará creencias estrafalarias por variadas razones. Dos: los creyentes de lo paranormal no son por lo general émulos de Unabomber, sino gente como ustedes y como yo. Y vuelvo al ejemplo de Facebook. Un paseo por sus timelines les puede arrojar una buena colección de memes conspiranoicos, bulos políticos, paranoia antiantenas o antitransgénicos, etc. Quizá alguno de ustedes ha compartido hoy mismo una de estas cosas. Dudo sinceramente que podamos ser más racionales respecto al lago Ness de lo que lo somos respecto a la política o la economía. Al fin y al cabo, a diferencia del magufismo político, Nessie nunca ha matado a nadie.