El fin del mundo fue ayer

Toa Baja, Puerto Rico, 2017. Fotografía: Alvin Baez / Cordon.

Una anciana camina por la calle principal de la que hasta hace unas semanas era la animada capital de un país. Lleva en la mano un pequeño bidón de plástico lleno de diésel. Es cuanto ha podido conseguir después de una larga cola de cuatro horas. Un éxito, si lo comparamos con su intento de obtener dinero en efectivo en el banco. Después de otras tres horas esperando su turno, los ordenadores dejaron de funcionar al mismo tiempo que ella llegaba al mostrador. Un día más dependerá para alimentarse de sus vecinos. Son paradojas como esta, la de tener a la vez dinero y no tenerlo, las que caracterizan el Apocalipsis.

Pero no puede quejarse, porque no está enferma. Sin refrigeración las dosis de insulina se han estropeado. Las máquinas de diálisis no funcionan. Las de soporte vital en los hospitales, tampoco. Con el fin de la electricidad desapareció también el agua corriente. Y ahora al menos la sed se ha vuelto tolerable. Era peor los primeros días, cuando lloraba por no poder beber, con la boca y garganta tan secas que no podía pronunciar palabra. Da gracias por vivir en la ciudad, a la que llega alguna ayuda, y cuyos problemas son visibles. De los pueblos del interior nadie sabe nada. Sin comunicaciones telefónicas, ni internet, y con las carreteras destruidas, no hay forma de conocer su situación. Ni de saber qué ayuda necesitan.

Mientras camina de vuelta a casa, la naturaleza a su alrededor parece destruida por un incendio. Los árboles que siguen en pie no tienen ni una sola hoja, ni un fruto. Parecen secos. Las aves, reptiles e insectos que dependen de ellos mueren por docenas. Los cocodrilos salen a morir a los caminos. El viento ha soplado a 250 kilómetros por hora, destruyendo la selva ecuatorial y su ecosistema.

Algunas viviendas están en pie, pero sus tejados han desaparecido. Camas, mesas, muebles, y elementos de la vida cotidiana permanecen a la vista del cielo. Los propietarios que tienen paredes duermen a la intemperie. Otros, con peor suerte, se sientan en sus sofás, en medio de la nada. Junto a un montón de escombros, que fueron anteayer su casa.

Esto podría ser ficción, y formar parte de una novela con trama posapocalíptica. Pero en realidad es el relato agrupado de las situaciones que están viviéndose en Puerto Rico. Tras el paso del huracán María el país vive una situación apocalíptica. Como en la narrativa distópica y de ciencia ficción, la estructura del Estado ha quedado prácticamente destruida. Los portorriqueños están ya habituados a vivir en una zona azotada por los huracanes. Los han sufrido, y se han recuperado. Pero el nuevo factor climático compromete la capacidad del país para reponerse. En 2017 la temperatura del Atlántico ha subido, por áreas, entre 0.5 y 1ºC, aportando un 7% más de humedad a la atmósfera. Y ello ha provocado una mayor intensidad en los huracanes. En el plazo de un mes, tres de ellos han arrasado consecutivamente extensas áreas de Estados Unidos y el Caribe.

El 25 de agosto el huracán Harvey golpeó de manera significativa a Texas. Trescientas mil personas se quedaron sin casa, y las refinerías de petróleo del estado perdieron el veinte por ciento de su capacidad. La capital, Houston, quedó inundada por las lluvias, con su aeropuerto cerrado y los servicios de emergencia atendiendo en lancha motora, allí donde antes había calles.

El 6 de septiembre el huracán Irma arrasó las Antillas. Definamos arrasar: ni un solo árbol ni una sola casa quedó en pie. Lamentablemente fue la imagen de Richard Branson, dueño de Virgin, sonriente y a salvo después de que eligiera quedarse en su isla privada, la que dio la vuelta al mundo. Eso ocurría en las Islas Vírgenes, territorio estadounidense. Pero la catástrofe mayor se había producido en Antigua y Barbuda, país formado por varias islas. En Barbuda el noventa por ciento de sus infraestructuras han desaparecido, y la casi totalidad de la población ha sido trasladada a Antigua.

Utuado, Puerto Rico, 2017. Fotografía: Alvin Baez / Cordon.

El 20 de septiembre el huracán María llegó a Puerto Rico. Tuvo una característica común con Irma, su categoría 5. Es la máxima en la escala Saffir-Simpson, establecida para medirlos. Un huracán de nivel 5 implica evacuación masiva de áreas residenciales. Fortísimas inundaciones junto a la costa. Y desbordamiento de ríos. Toda construcción que no esté hecha de hormigón corre peligro. También aquellas de hormigón cuyas puertas o ventanas, no suficientemente protegidas, dejen pasar el aire. María, fiel reflejo de este modelo teórico, cumplió todas las variables. Lo que quedó tras su paso fue un país en ruinas. Con una pregunta en el aire: ¿cómo puede vivir una comunidad humana cuando desaparece lo que sostiene su sociedad?

La literatura ha respondido a esta pregunta una y otra vez. Especialmente cuando, desde finales del siglo XIX, la humanidad comenzó a cobrar conciencia de que algo podía exterminarla. H. G. Wells constituyó un precedente con su novela La guerra de los mundos. Que desplazara la amenaza al espacio exterior, protagonizada por una invasión marciana, no quita para que fuese su sociedad quien le inspirara. Las guerras que comenzaron a librarse en el siglo XIX, lejos aún de la destrucción que alcanzarían en la primera y segunda guerras mundiales, comenzaban a parecer estremecedoras a sus contemporáneos. Y las dentaduras Waterloo fueron una buena muestra de ello. Nunca hubo tantos ni tan sanos dientes para los postizos de los europeos adinerados. Por la sencilla razón de que nunca habían muerto los jóvenes a miles en una batalla, permitiendo a los saqueadores hacer su macabra labor.

Waterloo comenzó a parecer una nimiedad cuando la Segunda Guerra Mundial generalizó el bombardeo de ciudades y la masiva muerte de civiles. Hiroshima y Nagasaki, golpeadas por las nuevas bombas atómicas, marcaron el cenit de esa macabra carrera. Generalizando los miedos hacia el fin del mundo de las sociedades occidentales. Los efectos de la radiación no solo mataban humanos, sino que contaminaban toda la vida, haciendo imposible su existencia. La Guerra Fría, con su carrera espacial, supuso una continuación de esa amenaza de aniquilación. Desde entonces ha sido imposible separar de la ficción el final del ser humano, con dos variables. O nos destruimos a nosotros mismos, o viene algo del espacio exterior a aniquilarnos. La narrativa apocalíptica posterior a la Segunda Guerra Mundial hizo un aporte adicional, el de indagar cómo se repone una sociedad destruida.

¿Cómo lo hará Puerto Rico? Se estima en al menos seis meses el tiempo para restablecer el agua corriente y la electricidad en San Juan, la capital. Sobre las regiones remotas no se hacen predicciones. Los portorriqueños con mayores recursos, los más jóvenes, los más determinados, se van en masa. Como ciudadanos estadounidenses pueden vivir en cualquier estado de la Unión. Es su país, pero solo a medias. Están sometidos a las leyes e impuestos de Estados Unidos. Pero no pueden votar en las elecciones al Congreso de los Estados Unidos. Por tanto no deciden sobre quienes dictan esas leyes y deciden el monto de sus impuestos.

Tampoco parece que puedan presionar para que el Tesoro Público estadounidense les ayude a reconstruir. La tradición allí es desentenderse de los estados que quiebran. Ya le pasó a California, y todo el mundo entendió como normal que tuviera que rehacerse por sí mismo. Donald Trump tiene muy claro. Su visita a la isla ha sido fiel a su condición de gobernante sin alma. Lo primero que dijo es que qué suerte Puerto Rico, que no había sufrido la devastación del huracán Katrina en Nueva Orleans, donde murieron mil ochocientas personas. Cierto, en Puerto Rico el número de muertos asciende a cuarenta y ocho, aunque va subiendo cuando sacan cadáveres de debajo de los escombros o rescatan cuerpos ahogados.

Trump ha usado su retórica agresiva para ocultar el error de su gobierno. Tardaron cuatro días en tomar alguna medida, ignorando las llamadas de socorro de Puerto Rico. La opinión pública clamó avergonzada de que no se estuviera ayudando a sus conciudadanos. Pero con su comentario, el presidente consiguió que la prensa hablara de su bocaza, y no del error. A su vuelta, poco después de aterrizar, despistó aún más. Asegurando que borraría con sus poderes los 73 000 millones de dólares que acumula como deuda la isla. Los economistas llevan desde entonces discutiéndolo en tertulias. De la escasa ayuda, presente y futura, se dice cada vez menos. Aunque su presidente añada leña al fuego amenazando con eliminar la Agencia Federal para el Manejo de Emergencias de Puerto Rico. Carmen Yulín Cruz, alcaldesa de San Juan, y voz de la tragedia en esta catástrofe, ha asegurado que tal amenaza supone condenarles a una muerte lenta, sin comida, agua potable, ni medicamentos.

Muchos lectores agradecen sumergirse en un mundo apocalíptico que amplíe su experiencia vital, aunque sea ficticia. En 1951 John Wyndham planteó, en El día de los trífidos, que la sociedad desapareciese. Su protagonista despierta en un hospital sospechosamente silencioso. Para descubrir que la mayoría de la humanidad se ha quedado ciega, y los trífidos, una planta carnívora y capaz de desplazarse, nos cazan como a ganado. La solución es organizarse en granjas, lejos de las ciudades, con un puñado de supervivientes.

Dorado, Puerto Rico, 2017. Fotografía: Alvin Baez / Cordon.

Esto es lo que está pasando en Puerto Rico. Los grupos humanos sustituyen al estado fallido. La sanidad se mantiene a flote con médicos que se comunican, cuando pueden, mediante grupos de WhatsApp. Aventurándose a desplazamientos para intercambiar recursos entre unos hospitales y otros. Saqueos y robos se mantienen en un nivel bajo y los episodios de violencia aún son ocasionales. Ello porque los vecinos se ayudan, procuran conseguir agua, y restablecer el contacto entre empresas y empleados. Desde el continente llegan familiares con generadores cargados en las bodegas de los aviones, y palés de agua embotellada.

En 1978, con reedición revisada en 1990, publicó Stephen King Apocalipsis. La maestría del autor en el género de terror es difícilmente cuestionable. En este caso su gran aporte narrativo es el modo de describir cómo se expande un virus creado en laboratorio, y el hundimiento de la civilización que le sigue, una vez convertido en pandemia. La enfermedad como fin ya la había explorado magistralmente Albert Camus en La Peste, publicada en 1947, donde la vieja plaga medieval regresaba a una ciudad moderna. Los personajes reaccionaban alternando esas bajezas y grandezas que nos caracterizan en momento de necesidad. José Saramago, en Ensayo sobre la ceguera, retomó la misma idea, esta vez sobre la base de la pérdida generalizada de la vista —como en El día de los trífidos—, pero en el campo de la literatura realista.

Y aunque aún no hay plagas declaradas en Puerto Rico, lo peor está por venir. Los huevos de millones de mosquitos esperan en las charcas, ahora despejadas, que ha dejado el huracán. Su picadura transmitirá el zika, el dengue y el chikunguña. El agua potable puede contaminarse con una infección muy común, el cólera. No es una enfermedad mortal si el enfermo se mantiene suficientemente hidratado, para lo que necesita gran cantidad de agua limpia. Los organismos castigados por el hambre, la falta de higiene y los hospitales desabastecidos no son el mejor panorama para enfrentar esta situación. Y es evidente que la estructura social se debilitará aún más en caso de epidemias.

El futuro del país podría asemejarse al de La Tierra permanece, de George R. Stewart. En la novela una plaga mata a los humanos, pero las infraestructuras quedan intactas. Los supervivientes son muy pocos, y no pueden volver a ponerlas en marcha. Así que en la ficción volvemos al paleolítico, conformes con sobrevivir, e incapacitados de poner en marcha nuestra sociedad avanzada.

La carretera, de McCarthy, es menos esperanzadora todavía. Un cambio climático consecuencia de una guerra mata toda la materia vegetal, y con ello la posibilidad de alimentarse. Muchos se vuelven caníbales. Su protagonista llega a ser injusto y brutal con su hijo en un intento desesperado por hacerle sobrevivir. Su dolor se parece en cierto modo al de los boricuas que se marchan. Con ese nombre se llama a los portorriqueños que llevan tres o más generaciones viviendo en la isla. Ahora abandonan una patria en la que preferirían quedarse. Conscientes de que se les irá la vida entera antes de ver alguna mejora. Probablemente el Gobierno estadounidense no se las prestará, al menos bajo la presidencia de Trump.

Si parece banal comparar situaciones reales de desesperación con ficciones, pensemos en qué coinciden. Todos los escritores toman la misma base argumental. Que ningún grupo de supervivientes cuenta con un Estado, sociedad o nación que les ayude a volver al estado de origen. De momento esto es lo que está proporcionándose a Puerto Rico. Excusas, dilaciones o retrasos. La literatura nos enseña, cuando es buena, nuestra propia condición en un espejo. No somos, como dijeron los filósofos, el único animal capaz de reír. Más bien el único al que distingue su soberbia. Podemos negar la ayuda a otros y creer que nosotros nos salvaremos. Pero miremos a los boricuas y preguntémonos si quien pueda huir del Apocalipsis se quedará tranquilamente esperando a sufrirlo. Una y otra vez huracanes, olas de calor y sequías se vuelven históricas. Algunas islas del Pacífico desaparecen por la subida del mar, y con ellas las naciones que las habitan. El futuro de la alimentación humana corre peligro. Mala suerte para ellos, ¿verdad? Nosotros nos salvaremos.

Llamamos fin del mundo al final de la raza humana, como si la evolución o el planeta nos perteneciera. Los insectos tuvieron más éxito que nosotros en el Carbonífero, y los dinosaurios en el Cretácico. Ha habido ya cinco extinciones masivas, pero el mundo no se ha acabado, solo muchas de las especies que lo habitaban. De la ficción podemos aprender que tras el final seremos un animal insignificante en un planeta distinto. De la realidad, que cuando esta desgracia te toca, la humanidad no tiene recursos para devolverte a la situación anterior. Lo mismo da si ocurre en naciones ricas o pobres.

A lo mejor es que el fin del mundo fue ayer. Y somos nosotros los que hemos decidido no enterarnos.

Toa Baja, Puerto Rico, 2017. Fotografía: Alvin Baez / Cordon.


El triángulo de las Bermudas, o cómo crear un mito moderno desde la nada

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Avengers en vuelo, similares a los desaparecidos en el «Vuelo 19». Fotografía: National Archives Catalog (DP).

¿El mundo se ha hecho más pequeño? No, todavía es el mismo vasto globo que conocieron nuestros ancestros, con el mismo neblinoso limbo de los extraviados. Pensamos que el mundo es pequeño a causa de las veloces ruedas y alas, y de esa voz que suena en la radio, emergiendo desde el vacío. Una milla es un minuto de viaje en automóvil o unos pocos segundos volando. Pero sigue siendo una milla. Y las millas, juntas, suman un vasto espacio desconocido hacia el que centenares de personas han volado o navegado, en tiempos recientes, para ser tragados como los buques eran tragados en los viejos días de la navegación a vela. (E. V. W. Jones en «Same Big World», The Miami Herald, 1950).

La región involucrada, un triángulo de agua más o menos delimitado por Florida, las Bermudas y Puerto Rico, mide menos de mil quinientos kilómetros en cada lado. Es un área pequeña en los mapas marineros, atravesada cada hora por buques de muchas naciones. Tiene buena cobertura de radio. Se encuentra bajo la constante vigilancia de docenas de aviones comerciales que la sobrevuelan a diario. (…) Ha habido muchas desapariciones en este mar de nuestro patio trasero; aviones gubernamentales y privados, barcos de pesca, yates. Los informes, cuando se cierra la investigación sobre cada caso, siempre contienen una ominosa anotación: «Sin dejar rastro». (George X. Sand, «Sea Mistery At Our Back Door», revista Fate, 1952).

El mar guarda bien sus secretos (Vincent H. Gaddis, «The Deadly Bermuda Triangle», revista Argosy, 1964).

Rara vez llegamos a conocer la semilla primigenia de los mitos de la antigüedad, cuya gestación queda para la interpretación de arqueólogos, antropólogos y psicoanalistas de lo pretérito, quienes intentan componen un árbol genealógico que enlace fábulas de diferentes culturas y épocas. Con dificultad encuentran, si es que la llegan encontrar, la raíz misma de las leyendas, que suele perderse en el irrecuperable ámbito de las tradiciones orales de hace siglos. Pero nuestra época tiene también sus propios mitos, y lo más fascinante es que ahora sí podemos rastrear su origen hasta un único incidente, o hacia un reducido ramillete de interpretaciones erróneas sobre ese incidente. Esto nos ayuda a entender cómo pudieron nacer las leyendas antiguas, pero también nos ayuda a conocer nuestro anhelo de prolongar el mundo mágico en el que la humanidad ha vivido durante miles de años, nuestro ansia por encontrar nuevas dimensiones en este previsible, mecánico y prosaico universo. Un buen ejemplo es el nacimiento del platillo volante como mito popular allá por 1947, cuando el aviador Kenneth Arnold afirmó haber visto varios objetos extraños que volaban trazando una trayectoria ondulante como la de «platillos sobre el agua». Cuando su testimonio fue aireado por la prensa, poco importó que Arnold hubiese descrito aeronaves con forma de ala delta y no redondas como discos. La expresión «platillos volantes» excitó la imaginación colectiva con tanto ímpetu que empezaron a proliferar los avistamientos de objetos circulares que no se parecían a los que él había visto. Pues bien, la mitología sobre el famoso Triángulo de las Bermudas nació y creció siguiendo un guion parecido, aunque con una diferencia: si el mito de los platillos volantes se convirtió en un fenómeno social a nivel mundial de un día para otro, el del Triángulo, como las viejas leyendas marineras, estuvo cociéndose a fuego lento en el horno de los equívocos durante más de dos décadas antes de que el mundo entero escuchase hablar sobre él. La posibilidad de que un ominoso polígono devorase aviones y barcos por efecto de fuerzas paranormales o de la inquietante actividad de traviesos alienígenas era algo demasiado atrayente como para no convertirse en un icono de la cultura popular.

Todo comenzó veinte años antes de que a nadie se le ocurriese mencionar la existencia del famoso triángulo. En diciembre de 1945, a las dos de la tarde, cinco bombarderos (hoy conocidos como el famoso «Vuelo 19») despegaron de la base naval de Fort Lauderdale, en Florida, para efectuar un ejercicio rutinario sobre el Atlántico. El mismo ejercicio que otros aviones habían completado horas antes sin que surgiera problema alguno. A bordo de los cinco aviones volaban catorce tripulantes experimentados. Poco antes de las cuatro, a Fort Lauderdale empezaron a llegar preocupantes noticias por radio: los pilotos de los bombarderos decían que se habían extraviado; algo inesperado, puesto que volaban en una región bien conocida y muy transitada, donde esos mismos hombres habían realizado numerosas prácticas. Durante la siguiente hora, que debió de parecer interminable, volaron tratando de localizar una isla o algún fragmento de costa que les diese indicio de dónde estaban. A las cinco, el comandante del vuelo ordenaba girar hacia el este. Casi de inmediato, desde tierra oyeron cómo uno de sus subordinados decía entre dientes: «Maldita sea, si viramos al oeste iremos a casa, ¡al oeste, maldita sea!». Treinta angustiosos minutos después, mientras el clima empezaba a estropearse, llegó un nuevo mensaje del líder el escuadrón: «Volaremos hacia el oeste hasta ver tierra o quedarnos sin combustible». A las seis, mientras empezaba a oscurecer, el grupo continuaba volando sin encontrar la costa. Desde la base se dio la alarma para que aviones y embarcaciones de la zona estuviesen atentos. Hacia las seis y veinte se escuchó por última vez la voz del comandante, ordenando a los demás aviones que volasen a poca distancia de él: «Vamos a tener que amerizar, a no ser que veamos tierra antes, así que cuando haya un avión que tenga menos de diez galones de combustible, descenderemos todos juntos». Esa fue la última noticia que se tuvo de ellos.

Para empeorar la situación, uno de los hidroaviones enviados en tareas de búsqueda también desapareció sin motivo aparente, aunque a las nueve y media de la noche la tripulación de un petrolero afirmó haber visto llamas en el cielo, por lo cual en tierra supusieron que había estallado a causa de una fuga de gas del depósito de combustible. Nunca se encontraron restos del Vuelo 19, por lo que nunca se supo con certeza qué les había sucedido. Entre las posibles explicaciones se barajaba el error humano, propiciado por la inusual circunstancia de que las brújulas de los cinco aviones parecían haber fallado al mismo tiempo, pero aun así parecía extraño que aquellos pilotos curtidos no hubiesen conseguido encontrar el camino de vuelta al continente.

Tres años después, en 1948, un avión comercial de la compañía British South American Airways llamado «Star Tiger» realizaba su trayecto habitual entre las islas Azores y las Bermudas. En esta ocasión no se recibió ningún mensaje de alarma ni se detectaron señales de que hubiese surgido un problema. El avión se desvaneció en pleno vuelo, sin más, y nunca se encontraron los restos ni se volvió a saber de sus seis tripulantes y sus veinticinco pasajeros. La noticia salió en todos los periódicos porque entre el pasaje se hallaba sir Arthur Coningham, un oficial de la RAF que durante la II Guerra Mundial había sido ensalzado como héroe de guerra. La investigación posterior calificó la desaparición de «misterio sin resolver», aunque los técnicos sí hicieron notar que los aviones de BSAA, por motivos monetarios, acostumbraban a despegar con la cantidad justa de combustible para llegar a su destino. Lo cual, en caso de error de navegación, podía haber provocado que se hubiese quedado sin combustible sobre el Atlántico antes de alcanzar las Bermudas (aun así, no dejaba de sorprender la ausencia de petición de socorro).

No fue el único incidente llamativo de aquel año. Un carguero de vapor llamado Sandra, de unos cien metros de eslora, partía de un puerto del estado de Georgia con trescientas toneladas de insecticida en sus bodegas, que debía entregar en Venezuela. El buque recorría una línea marítima muy concurrida, a la altura de Florida, en una noche tranquila con mar en calma y cielo despejado; aun así, se perdió sin que pudiese hallarse ningún resto. La racha de desapariciones misteriosas no terminó ahí. Unos meses más tarde, un Douglas DC-3 que realizaba el trayecto entre Puerto Rico y Miami desapareció justo después de que el piloto hubiese anunciado por radio que ya se encontraba a menos de cien kilómetros de su destino. Tampoco esta vez se encontraron restos, aunque la investigación sí registró un incidente menor: el avión había despegado de Puerto Rico con un nivel bajo en las baterías eléctricas que alimentaban, entre otras cosas, la radio y algunos indicadores del panel de control. Sin embargo, había estado volando en círculos antes de dirigirse hacia Florida para que los motores recargasen las baterías, de manera similar a como hace un automóvil. Este hecho, por sí mismo, no justificaba un accidente. La única posibilidad razonable era la de que los instrumentos de navegación y la radio se hubiesen apagado por falta de energía, y que el piloto hubiese comunicado una posición errónea. La tétrica racha se prolongó hasta 1949, cuando otro avión de la BSAA, el Star Ariel, despegó de las Bermudas con rumbo a Jamaica y nunca llegó a su destino. Tampoco esta vez se recibieron mensajes de alarma ni se hallaron restos o manchas de combustible sobre la superficie del mar, así que la investigación concluyó una vez más que no había elementos suficientes para emitir un juicio sobre lo sucedido.

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Ilustración que acompañaba al artículo de E.V.W. Jones en el Miami Herald, 1950.

Todos estos incidentes se habían producido en un corto periodo de tiempo en una misma región del mapa, pero las autoridades, aun sin disponer de interpretaciones comprobables, barajaban causas diferentes para cada uno de ellos. Sin embargo, los incidentes separados fueron agrupados en un único misterio por la pluma de un periodista, E. V. W. Jones. En septiembre de 1950, coincidiendo con la declaración oficial de que se abandonaba toda búsqueda del carguero Sandra, publicó un artículo en el Miami Herald para sugerir, con un enfoque casi metafísico, que aquella racha de desapariciones estaba destinada a recordarnos que nuestro planeta continuaba siendo «grande y misterioso». Pese a lo que se ha dicho después sobre aquel artículo, no mencionaba de forma expresa hipótesis sobrenaturales, aunque sí decía, con una considerable carga de poesía, que los aviones y barcos desaparecidos habían ido a parar a un «limbo que no está en los mapas». El breve texto de Jones era sutil, pero resulta difícil no creer que contiene la insinuación de que los incidentes en aquella región tenían un trasfondo de naturaleza casi lovecraftiana.

Poco después, en 1954, la revista de temáticas paranormales Fate —fundada en 1948, al abrigo de la súbita fiebre de los platillos volantes— hacía una crónica novelada de los diversos casos de desapariciones que acabamos de enumerar. Su autor, George X. Sand, utilizaba un tono todavía más lovecraftiano que Jones, con frases tan enjundiosas como «el misterioso enigma volvía a sumergirse en las profundidades del mar y allí permanecería, durmiente, durante tres años». Hay que hacer notar que tampoco él, pese a los comentarios propios de relato gótico con los que adornaba la pieza, proponía explicaciones sobrenaturales. Parecía contentarse con excitar la imaginación de los lectores con una sorda aureola de enigma sin causas específicas. En principio este artículo no pasó de obtener una repercusión modesta, pero terminaría adquiriendo una influencia decisiva en el folclore de los años posteriores, ya que en él se describía por primera vez una región misteriosa de forma triangular, a la que Sand no daba nombre, pero que situaba en el mapa, señalando que sus tres vértices estaban en las islas Bermudas, Florida y Puerto Rico. Un elemento más para la génesis del mito.

Poco después, en 1954, un avión militar de transporte —el imponente modelo Lockheed Super Constellation— despegó de la costa norteamericana con rumbo a las Azores. A bordo, además de la tripulación, había cuarenta y dos pasajeros, oficiales estadounidenses que viajaban junto a sus familias. La última comunicación radiofónica de los pilotos fue un mensaje rutinario en el que comunicaban la posición. No hubo más. Los restos del avión nunca fueron encontrados. Esta vez ni siquiera había indicios secundarios sobre qué podía haber ido mal y el informe final de los investigadores del caso puede ser descrito como una expresión oficial de perplejidad. En dicho informe se decía que la altitud a la que volaba el avión era la correcta, y que esa altitud le hubiese permitido esquivar contratiempos meteorológicos. También se describía como «muy remota» la posibilidad de fallo estructural. El dictamen de los investigadores cerraba con una frase que parecía concebida por un guionista para generar tensión en los espectadores de alguna serie de ciencia ficción: «Es opinión de este comité que el R7V-1 con matrícula 128441 se encontró con una fuerza violenta y repentina que provocó que el avión ya no pudiese volar, y por lo tanto su control quedó más allá del alcance de los esfuerzos de la tripulación. La fuerza que hizo que el avión perdiera el control es desconocida».

Las noticias sobre la volatilización de aviones dejaron de aparecer durante una temporada y el misterio pareció perder un poco de vigencia, pero tras unos años de relativa tranquilidad, en 1962 se revivía el interés por una nueva desaparición sin explicación aparente. Un bombardero Boeing B-50 Superfortress que volaba hacia las Azores también se esfumó; la búsqueda posterior permitió avistar una mancha flotante de lo que parecía combustible, más o menos donde se suponía que volaba el avión cuando dejó de dar señales de normalidad. Sin embargo, no se pudo determinar si la mancha era de verdad producto de su estrellamiento o se trataba de algún residuo como el que muchos barcos dejaban tras de sí mientras navegaban.

A tenor de los nuevos incidentes, el enigma retornaba a las páginas de algunas publicaciones. Y, aunque hoy nos parezca increíble, sin demasiado añadido fantasioso. La revista American Legion, editada por una asociación de veteranos de guerra, recuperaba el asunto de los cinco bombarderos del Vuelo 19. Lo mismo hacía el escritor Dale Titler en su libro Wings of Mistery, donde lo incluía en una lista de sucesos inusuales relacionados con las fuerzas aéreas. Pero el desarrollo del mito empezaba ya a ser imparable. El número de abril de 1964 de la revista juvenil de mayor solera en los Estados Unidos, Argosy, publicaba un artículo llamado «El mortal Triángulo de las Bermudas», aunque cabe decir que su contenido no era tan sensacionalista como cabría esperar por su título o por el cariz de la revista donde apareció. Su autor, Vincent H. Gaddis, realizó una crónica bien documentada —y con no demasiadas exageraciones, lo cual era bastante meritorio en esos años y ese contexto— de los incidentes que hemos mencionado más arriba, más otros sucedidos desde 1840. Además de su apreciable trabajo de recopilación histórica, Gaddis añadió nuevas dimensiones a la leyenda en gestación. Especulaba con anomalías magnéticas y, con espíritu un tanto naíf, con fenómenos gravitatorios. También fue el primero en recordar que Cristóbal Colón, en los diarios de navegación de su primer viaje a América, había anotado el avistamiento de luces inusuales mientras atravesaba aquellas mismas aguas. Así, de manera muy velada, es posible que ni siquiera intencional, relacionó el Triángulo de las Bermudas con el fenómeno ovni. En cualquier caso, el artículo de Gaddis aportaba un elemento básico para la definitiva formulación del mito: le daba un nombre sonoro, el Triángulo de la Muerte de las Bermudas, y situaba el supuesto fenómeno en un contexto histórico que se remontaba siglos.

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Pecio semisumergido del Ironclad Vixen. Fotografía: moxiecontin714 (CC).

Entre tanto, las desapariciones en la región no cesaban. En 1965 una avioneta privada se esfumó cerca de las Bahamas y un avión de transporte de tropas hacía lo propio en las inmediaciones de las Bermudas, aunque en este caso sí se encontraron restos que probaban que se había tratado de un accidente. Pero el rodillo de la imaginación colectiva estaba empezando a ponerse en marcha. En 1969 apareció el libro Limbo of the Lost, también en formato de crónica. Su autor, J. W. Spencer, se oponía al cada vez más popular término Triángulo de las Bermudas porque en su opinión la región de las desapariciones no era triangular. Su etiqueta alternativa, «El limbo de los perdidos», que reiteraba con insistencia casi maníaca en su texto, no cuajó, como era de esperar. La atmósfera lovecraftiana de aquellos dos primeros artículos que habían tratado el fenómeno a principios de los cincuenta (de uno de los cuales parecía haber copiado el título de su libro) ya no encajaba con el espíritu de los tiempos y había sido sustituida por elucubraciones más parecidas a las de la ciencia ficción. Además, la figura del triángulo que Spencer denostaba era justo el símbolo que el público necesitaba para identificar de manera visual e inmediata un misterio que, en la realidad, no era más que la difusa sucesión de episodios aeronáuticos sin más vínculo común que la ausencia de explicación oficial y la ubicación geográfica.

A principios de los setenta, pues, las referencias al Triángulo en la cultura popular eran todavía escasas y vagas, por más que la sola mención del Triángulo despertase un creciente interés. Los autores que se habían aproximado al misterio lo habían hecho desde una perspectiva sobre todo historiográfica, con mayor o menor acierto, pero sin el atrevimiento de proponer unas explicaciones detalladas que ni siquiera los propios investigadores y técnicos habían conseguido encontrar para cada caso. Hasta entonces, los niveles de sensacionalismo en torno al Triángulo habían sido sorprendentemente bajos. Pero esto no satisfacía al público. Por entonces no era costumbre manejar hipótesis por defecto como las que imaginamos hoy ante cualquier desaparición de barcos o aviones, como pueden ser el terrorismo o la piratería. El misterio del Triángulo de las Bermudas era fascinante pero incómodo, porque nadie proponía una explicación directa y atractiva.

Todo esto cambió cuando ciertos escritores especializados en asuntos paranormales notaron que el Triángulo era todavía terreno virgen dentro de su ámbito y que parecía haber un mercado para quien decidiese por fin ofrecer las respuestas que la gente tanto ansiaba. Uno de ellos, Charles Berlitz, fue el más rápido. Había publicado ya un par de libros —El misterio de la Atlántida y Misterios de mundos olvidados— que trataban grandes enigmas desde una perspectiva bastante sui generis, con afirmaciones a vuelapluma y mucha superchería. Entendió el potencial de un misterio que estaba poniéndose de moda y en 1974 publicó su obra más famosa, El triángulo de las Bermudas, que casi de inmediato se convirtió en un best seller a nivel mundial. Berlitz dio en la diana al entender que lo que el público demandaba era una explicación al enigma, la que fuese, y eso es lo que ofreció en su libro, donde no hacía tanto énfasis en la crónica —en los primeros capítulos repasaba algunos de los casos más célebres— y se centraba en relacionar el famoso Triángulo con la Atlántida y los alienígenas, de manera descabellada y con escaso fundamento racional. Su libro cubría una necesidad en una época donde se estaba produciendo un renacer de la creencia en lo paranormal y vendió millones de ejemplares en todo el mundo, cronificando el mito del Triángulo como una región dominada por fuerzas ocultas en las que podían tener influencia hasta los extraterrestres. Algunos críticos tardaron bien poco en desmontar sus alocadas hipótesis. El más célebre fue un bibliotecario llamado Larry Kusche, que al año siguiente publicó El misterio del Triángulo de las Bermudas: resuelto, donde a base de sentido común realizaba una implacable demolición de las habladurías paranormales, aunque para entonces Berlitz ya se había hecho rico y su visión del enigma se había incrustado en el imaginario popular.

Kusche y críticos posteriores hicieron notar varios hechos evidentes. El primero y principal, que la zona del Triángulo albergaba un tráfico aéreo y marítimo muy intenso, y que el número de desapariciones ni siquiera podía ser calificado como elevado para lo que cabía esperar de tanto trasiego. También señalaban que los casos sin resolver no siempre carecían de interpretaciones técnicas razonables, aunque estas no pudiesen ser demostradas debido a la ausencia de restos, y que habían sido pocas las desapariciones en las que no hubiese habido por lo menos un intento convincente de explicación más o menos oficiosa por parte de las autoridades. Con el paso de los años, incluso las anomalías magnéticas que afectaban a los instrumentos de navegación y que sí eran reconocidas por las autoridades aeronáuticas perdieron importancia como posible génesis de los incidentes, ya que —pese a lo expresado en un informe oficial de 1970— se las consideraba un fenómeno habitual que los pilotos y capitanes tenían en cuenta desde mucho tiempo atrás.

Era ya demasiado tarde. El Triángulo de las Bermudas se había convertido en un referente cultural universal, como el supuesto estrellamiento de un platillo volante en Roswell y el traslado de cadáveres alienígenas al Área 51. En 1977, por ejemplo, la película Encuentros en la tercera fase de Steven Spielberg narraba cómo los alienígenas devolvían los aviones y pilotos del Vuelo 17, desaparecidos en 1945, amén de otros desaparecidos, incluyendo un barco carguero. Aunque el film no mencionaba de manera específica el Triángulo de las Bermudas, sí hacía una referencia oblicua. Había llegado a Hollywood. Otras películas y series lo usaron también como material de entretenimiento. Había nacido un mito moderno, ante los ojos de todo el mundo, artículo tras artículo y libro tras libro, pero su atractivo y su fuerza simbólica lo habían hecho inmune a su evidente condición de artificio modelado a lo largo de décadas. Eso dice más sobre nosotros mismos que sobre las auténticas causas de aquellas desapariciones misteriosas, pero no deja de resultar fascinante; el ser humano, fiel a su propia condición, se niega a renunciar a las creencias mágicas que le ayudaron a permanecer vivo durante milenios. El Triángulo de las Bermudas no existe, pero eso no significa que debamos extirparlo de nuestra imaginación. Quién sabe, quizá cumple un importante papel, como Santa Claus o los platillos volantes. Como poco, nuestra cultura resultaría menos exuberante sin este tipo de cosas. Y los mapas del Atlántico, qué duda cabe, echarían de menos esas mágicas líneas.

Este artículo es un avance de nuestra revista impresa dedicada a América #JD16


Y el Caribe salió del clóset

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Luis Negrón. Fotografía cortesía de Eny Roland Hernández.

Luis Negrón nació en Guayama, un municipio al sur de Puerto Rico que limita con el mar Caribe. Dice Wikipedia que fue fundado en 1736 por españoles que pronto lo llenaron de iglesias y parroquias. La web también señala que en el siglo XX se convirtió en uno de los grandes centros sociales y culturales de la isla y que sus equipos de baloncesto y béisbol se denominan Brujos de Guayama. Allí, en esta ciudad caribeña, es donde Negrón creció y donde una biblioteca ligada a la universidad católica vetó su libro de relatos Mundo cruel, de temática LGTB. Un libro que, sin embargo, ha conseguido el premio a la mejor ficción gay del año de la Lambda Foundation de Estados Unidos, institución en defensa de los derechos de la comunidad LGTB que entrega sus galardones desde 1989.

Negrón ha sido el primer puertorriqueño en conseguirlo. Es más, Mundo cruel (publicado este verano en España por MalPaso), que aborda el sexo homosexual con mucha frescura, humor (a veces tiene un toque almodovariano ochentero a lo Patty Diphusa), es el primer libro traducido en lograrlo. Golpe en toda la cara al conservadurismo (y machismo) que tiene la isla, donde se agita con fervor la bandera del reguetón masculino y sus letras machistas. No lo olviden: en San Juan, en una urbanización que parece salida de Beverly Hills, vive Daddy Yankee, el cantante que estuvo machacándonos varios veranos con «La gasolina» o aquello de «Lo que pasó, pasó entre-tú-y-yo».

«El Caribe es conservador. Al menos se quiere ver a sí mismo como tal, pero todo lo conservador se traiciona y termina haciendo lo que se niega», cuenta Negrón en conversación vía internet. Lo que viene a ser poner unas puertas al campo que no sirven para nada porque a poco que te des cuenta saltan todas las costuras. El escritor y librero desde hace veinteséis años —ahora trabaja en Libros AC, en Santurce—, reconoce que hace ya tiempo que en esta isla, de la que han salido rumbo a Estados Unidos cantantes como Ricky Martin, «la literatura gay está fuera del armario».

Y así salió Puerto Rico del clóset

Pero para esto tuvo que pasar tiempo. Todo comenzó en los años setenta. Hasta entonces la temática LGTB se trataba con mucha metáfora. Decir las cosas, pero sin decirlas. En otras partes del continente sucedía más o menos lo mismo con intentos como los del argentino Manuel Puig, que por otra parte fue uno de los primeros en insistir en eso de que «la homosexualidad no existe» y «el sexo es banal» como tesis de que «etiquetar» siempre es una forma de «guetizar». Puerto Rico respiraba Caribe, sol y bomba boricua, pero los deseos se quedaban en los márgenes oscuros. «In the Ghetto». Negrón comenta que para que surgiera literatura que no discriminara en el amor y sexo entre el mismo género fue muy importante la aparición de escritoras que pusieran en jaque las ideas conservadoras. «Las mujeres no solo aumentaron en los catálogos editoriales, sino que tumbaron los temas canónicos que se tocaban una y otra vez, en la literatura boricua hasta ese entonces. El desenmascaramiento del patriarcado, de derechas y de izquierdas, fue una de los aportes que hacen las escritoras. Y lo hacen muy alejadas del panfleto, creando una literatura de una calidad incuestionable y unos libros logradísimos», apunta Negrón. Una vez más, ellas tirando del carro.

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Manuel Ramos Otero. Fotografía: Columbia University Libraries (DP).

Aquella audacia, en consonancia con lo que ocurría en el resto del planeta con los movimientos feministas setenteros, dio pie a la aparición de escritores como Manuel Ramos Otero, un desconocido en España (y en casi todo el mundo, porque apenas ha sido traducido) pero que tiene su propia historia y que no estaría mal que fuera recogida a la manera de otros escritores como el cubano Reinaldo Arenas: fue novelista, poeta y ensayista, montó su propia editorial (El Libro Viaje), se marchó a vivir a Nueva York en 1969 y con libros como Concierto de metal para un recuerdo y otras orgías de soledad y El cuento de la mujer del mar, publicados en la década de los setenta, abrió la senda para la literatura LGTB puertorriqueña. En la red se pueden rescatar algunos de sus poemas como este del libro Invitación al polvo:

No digáis que por falta de su bicho
mi verso resplandece hasta que arde
el culo es llamarada por la tarde
de noche, como Dios, vuelve a su nicho.

Si el lector me rechaza por cobarde
por miedo a la verdad es que lo ficho
tentación de poeta es lo entredicho
ignorancia juzgar por puro alarde.

Que no compre mi libro por la fama
para ser en la esquina muy discreto
que hasta muerto mi tumba será cama

una orgía de huesos y esqueleto
apasionado mármol para el que ama
bajo el sol y la luna sin secreto

Quien necesite metáforas que las busque. Ramos Otero tuvo un triste final, puesto que en 1990 moriría a causa del  sida en su país natal, al que regresó en la última etapa de la enfermedad; sin embargo, como insiste Negrón, «hoy aparece en todas las antologías poéticas de Puerto Rico». Una tarea que llegó, en parte, gracias al trabajo de escritores de la década de los ochenta y, principalmente, de los cambios que se produjeron a comienzos de los dos mil con el estallido de la literatura queer y de la que participaron no solo hombres sino también mujeres escritoras como Mayra Santos Febres. Ella, con su novela Sirena Selena, vestida de pena (2000), daba el protagonismo a una mujer transexual y revestía toda la historia de una sensualidad que si hasta entonces estaba en las calles y en una literatura marginal, todavía no había llegado (del todo) al entorno mainstream.

«La sensualidad es la manera más directa de conectarse con el mundo. Sin los sentidos no vemos, ni olemos, ni tocamos, ni oímos, ni gustamos del mundo. El resto es derivativo. El pensamiento es la huella de los sentidos y a veces su trampa. Por querer escapar de la trampa, regreso a la sensualidad. Quizás así podamos repensar el mundo de una manera más íntegra. Yo nunca he aspirado a la pureza, y mucho menos a la Verdad. De hecho, las rechazo. No creo que sirvan para mucho. La pureza y la Verdad son asépticas. Y lo aséptico no es buen caldo de cultivo», explicaba en aquel entonces la propia Santos Febres, hoy catedrática de literatura en la Universidad de Puerto Rico. Sirena Selena —la novela sigue en catálogo— no era solo literatura erótica sino que también buscaba ser metáfora de cambio político y modernización del país.

La aparición de este título dio lugar algunos años después precisamente a la antología Los otros cuerpos (2007) editado por David Acevedo, Moisés Agosto y el propio Luis Negrón y que se convirtió en el libro fundamental de la literatura LGTB puertorriqueña. Fue la creación del canon queer, ya imparable (en Europa andábamos con los ensayos de Virginie Despentes y Judith Butler), y que se sustentó hasta en un grupo literario denominado Homoerótica, que hoy por otra parte ha dejado de existir. «Es que la literatura considerada gay ha encontrado espacios en casi todas la editoriales. Su escenario se ha ampliado y no es una literatura de gueto», explica Negrón. A estas alturas solo falta el reguetón gay.

Sexo, Caribe y estereotipo

Rita Indiana. Fotografía: Ritaindiana (CC).
Rita Indiana. Fotografía: Ritaindiana (CC).

Hablar de sexo y relacionarlo con el Caribe, no obstante, puede sonar a estereotipo. A turismo sexual occidental, a viajes de novios en Santo Domingo. Sin embargo, lo interesante es abordar el cariz político que posee en los últimos tiempos. Porque a la reivindicación gay se suman otras causas como la de la lucha de las mujeres. Como si después de los años setenta se hubiera dado un paso hacia delante (aunque haya tardado tres décadas). «Hoy día el sexo en nuestra literatura habla de las inconformidades con el género adjudicado, explora con naturalidad y sin ánimos de perplejidades la forma en que se relacionan los personajes desde sus cuerpos. El sexo es un escenario para narrar personajes y sus complejidades, no es ajeno a lo humano y no se niega», sostiene Negrón. Y, de alguna manera, la temática erótica y sensual es también diferente a la que se muestra en Norteamérica, donde el moralismo campa más a sus anchas y parece que todo hay que justificarlo. «Nuestra literatura es menos mojigata, y con comodidad, en muchos casos, no todos, se adentra en lo sexual. El sexo, digo a veces en forma de broma, son las vacaciones del pobre. Es el viaje fuera de cualquier realidad, por opresiva que sea, al que tienen acceso para escapar. Aquí en el Caribe de ínsulas, otro cuerpo suele ser la geografía ajena más próxima», insiste Negrón.

Y ahí entran las novelas de escritoras como la dominicana Rita Indiana (Santo Domingo, 1977) que suelen tener una mujer como protagonista; una mujer que se pone el mundo por montera y que a ritmo de rap va enfrentándose los problemas que le da la vida. De Indiana, que también ha sido cantante con su grupo Rita y los misterios, y ha compuesto para músicas como Julieta Venegas, y que ha hecho pública su homosexualidad (por la que ha recibido algún que otro comentario grosero en medios de comunicación dominicanos), sí hemos podido leer casi toda su obra en la que lo grotesco se mezcla con lo popular y marginal. En Papi se rebelaba contra el machismo; en Nombres y animales recreaba la inmersión de una adolescente en la edad adulta con todos los descubrimientos que tienen que ver con el amor y el sexo; y en La mucama de Omincunlé ya se destapaba del todo con la recreación del sexo en todas sus formas, incluido el cambio de sexo mientras el relato se va estirando con una melodía fonética que recuerda a la música popular antillana y la electrónica.

«Mi literatura es una bomba de los temas urgentes que debe tratar el Caribe, como la prostitución o la situación de los colectivos LGTB», señalaba Indiana recientemente en una entrevista durante su gira por América con este último libro. Y además insistía en que «vengo de un país que exporta prostitutas y donde el turismo sexual es muy grave y es imposible escribir sin que eso se filtre porque es una realidad que ves a diario».

Y no todo es juego y diversión. Indiana aborda la sexualidad en todos sus aspectos como un mensaje político que se canaliza a través de la literatura. Y eso es quizá lo más fresco que esté ocurriendo ahora en el Caribe. Escondido ahí detrás de las letras reguetoneras masculinas —aunque tampoco olvidemos a las chicas que se están imponiendo con un hip hop feminista (lucha contra la violencia de género, lucha por la emancipación de la mujer, lucha por la diversidad sexual) y que daría para otro artículo— se encuentran estos relatos eróticos, sensuales y abiertamente sexuales en donde no importa si gusta más un genital u otro. Solo falta decir: no me des más gasolina, que no me hace falta.


La guerra de la Oreja de Jenkins y otras guerras olvidadas

Defensa de Cartagena de Indias por la escuadra de Blas de Lezo, por Luis Fernández Gordillo (DP)
Defensa de Cartagena de Indias por la escuadra de Blas de Lezo, por Luis Fernández Gordillo (DP)

1. La pérfida Albión. Una vieja historia de violencia

¿Una oreja como casus belli? ¿Y por qué no? Cuando uno quiere declarar la guerra casi cualquier cosa vale. Nos dicen que en este caso los ingleses no estaban muy interesados en declarar la guerra a los españoles, pero eso es una afirmación que no se sostiene de ninguna manera: los ingleses podían estar relativamente satisfechos con el Tratado de Utrecht, pero ¿quién se conforma con un pedazo pequeño del pastel cuando puede quedarse con un trozo mucho más grande? Una guerra en las colonias era una cosa que ofrecía grandes posibilidades, así que una oreja cortada era tan buena excusa como cualquier otra, y más si la oreja se presentaba como prueba en el Parlamento, acompañada con unas palabras desafiantes, provocadoras, intolerables. ¿Eran ciertas? Bueno, eso es siempre lo de menos. El telegrama de Guillermo I también había sido manipulado por Bismarck, pero eso, la verdad, es siempre un detalle sin la menor importancia. Lo que importa es que se declare la guerra, y, sobre todo, lo que importa es ganar el botín buscado, que la victoria lava todos los pecados y anula todos los escrúpulos.

Pero, mira por dónde, la guerra de la Oreja de Jenkins a los ingleses no les resultó tan productiva como esperaban. Aunque lo cierto es que tampoco fue un éxito rotundo para la corona española.

De esta guerra el episodio más conocido es la defensa de Cartagena de Indias, donde Blas de Lezo, con muchos menos barcos y hombres, logró derrotar a una gran escuadra inglesa. Con eso prácticamente se soluciona la guerra colonial, pero entonces se activa el frente europeo, como una parte de la guerra de Sucesión Austriaca, en la que no solo luchaban ingleses y españoles, sino también austriacos, franceses, prusianos y hasta rusos, además de los pequeños reinos y estados italianos. Al final se armó un lío tremendo, porque las alianzas cambiaban constantemente y los escenarios bélicos se multiplicaban rápidamente; y todo para nada, porque en el Tratado de Aquisgrán, que en 1748 pone fin a la guerra, se decide que todo vuelva a estar como al principio, que cada país se quede con los territorios que tenía antes de empezar la guerra. De manera que se puede decir que nadie gana.

Y donde nadie gana todos pierden, y es muy fácil que alguien no se conforme con el resultado y quiera resarcirse, como de hecho así fue. Si en 1739 la guerra empieza en el Caribe y de ahí pasa a Europa, ahora, en 1756, pasa al revés. La guerra empieza en Europa y de ahí salta a América, pero en este caso no al Caribe sino a América del Norte. A los españoles les pilla de rebote. Pero lo que importa es que les pilla.

Sátira británica de 1738 en la que aparece el león inglés atacando un arado tirado por esclavos que representa el sistema colonial español. Al fondo se puede ver a Fandiño cortándole la oreja a Jenkins. (DP)
Sátira británica de 1738 en la que aparece el león inglés atacando un arado tirado por esclavos que representa el sistema colonial español. Al fondo se puede ver a Fandiño cortándole la oreja a Jenkins. (DP)

Hay que decir que se suele hablar mucho de Latinoamérica, pero se olvida que media América del Norte es española. Y no me refiero solo a la zona de México (que por entonces incluía lo que luego sería Texas, Nuevo México, Arizona, California…), sino a Florida. Por eso mismo, además de otras razones dinásticas, la corona española establece una alianza con Francia y entra en la guerra. Carlos III no ha pasado a la historia como un rey muy belicoso, pero lo cierto es que participa en las dos grandes guerras americanas del siglo XVIII. En la guerra de los Siete Años los españoles prácticamente no harán otra cosa que defender las colonias de los ataques ingleses y portugueses. Pero eso ya es mucho, teniendo en cuenta que el frente va desde California hasta Buenos Aires y desde ahí salta hasta Manila, que será atacada y conquistada por los ingleses en 1762.

Al final, con el Tratado de París, los franceses pierden Canadá y los españoles Florida. Pero, pese a todo, a los españoles no les va tan mal: recuperan Manila y La Habana, que también había sufrido un asalto inglés, y los franceses less compensan la pérdida de Florida cediéndoles la Louisiana, un territorio inmenso y medio salvaje donde destaca la ciudad de Nueva Orleans. Y luego viene la letra pequeña, lo que se suele olvidar… Durante la guerra, un ejército español salido de Buenos Aires ha conseguido conquistar la colonia de Sacramento, un lugar minúsculo pero muy estratégico que estaba en poder portugués. Ahora tienen que devolvérsela a sus dueños. Y eso no quedará así, por desgracia.

De la guerra de los Siete Años ha quedado para el cine una película: El último mohicano. Y eso es más que una anécdota, porque desde ahí hasta el final del colonialismo el recurso a usar tropas indígenas en todas las guerras de los blancos va a ser lo más normal del mundo. Pero casi lo más importante es lo que no pudo prever nadie: cómo una gran victoria se iba a convertir en la causa de una gran derrota. A los ingleses se les subió el éxito a la cabeza. Quisieron que las colonias de Norteamérica, las Trece Colonias, pagaran los gastos de la guerra. Los colonos se negaron y ya sabemos lo que vino: la guerra de Independencia americana. Y ahí volvemos a ver a los españoles, de rebote, metidos en una guerra en sus fronteras del norte, siempre de la mano de los franceses. Y es curioso, porque parece que los españoles en esta guerra no estaban por ningún lado, pero lo cierto es que sí estaban, sí participaron, aunque luego el mérito de la victoria se lo llevaron los colonos y los franceses, como el marqués de La Fayette, que volvió a París convertido en un gran héroe y con ganas de empezar la Revolución francesa.

La guerra acabó con la Paz de Versalles, España recuperó Florida pero no devolvió la Louisiana a Francia, de manera que amplió sus territorios en América del Norte. De paso, recuperó Menorca y las costas de Nicaragua y Honduras, de manera que Carlos III podía estar contento. Pero no del todo…

Esta república federal ha nacido pigmea, por decirlo así, y ha tenido necesidad de apoyo y de las fuerzas de dos potencias tan poderosas como la España y la Francia, para conseguir su independencia. Vendrá un día en que será un gigante, un coloso temible en esas comarcas. Olvidará entonces sus beneficios que ha recibido de las dos potencias, y no pensará más que en su engrandecimiento.

Esto decía el conde de Aranda en su informe para el rey. Ayudar a los americanos podía salir caro en el futuro.

Luis XVI también debió de pensar lo mismo. Pero su cabeza ya tenía precio.

La batalla de Carillon en la guerra de los Siete Años, por Henry Alexander Ogden. (DP)
La batalla de Carillon en la guerra de los Siete Años, por Henry Alexander Ogden. (DP)

2. El terremoto, el marqués y la isla

En 1755 Lisboa es destruida por un terremoto. El terremoto es tremendo, pero además es mucho más que un terremoto. Va seguido de un tsunami y un incendio. Además, bandas de delincuentes y presos fugados de las cárceles aprovechan para robar, violar y matar a los aturdidos supervivientes. Es lo más parecido al Apocalipsis que esa pobre gente había vivido en sus vidas. De manera que una de las primeras explicaciones es atribuirlo a un castigo de Dios. En ese momento tenemos en Portugal a un rey que practica el despotismo ilustrado y a un poderoso ministro, el marqués de Pombal. Los jesuitas intentan poner al pueblo contra él, pero el ministro aguanta, continúa al frente del país y en cuanto pueda se vengará de los jesuitas convenciendo al rey para que prohíba la orden. En 1759 se decreta la expulsión de los jesuitas de todos los dominios del imperio portugués. A esta expulsión pronto se sumarán otras expulsiones, como la expulsión decretada por el rey Carlos III en 1767, después del motín de Esquilache. Todo eso tendrá una consecuencia inesperada en América: las guerras guaraníes y el fin de las reducciones.

Retrocedamos un poco. En concreto, al Tratado de Madrid de 1750. En ese momento acaba de terminar, como hemos visto, la guerra de la Oreja de Jenkins o guerra del Asiento, que se ha enlazado con la guerra de Sucesión Austriaca. Pero, aparte de todo esto, Portugal y España tienen un largo conflicto por una pequeña isla, sin ningún valor más que su localización: la colonia de Sacramento, situada a la entrada del estuario del Río de la Plata. Para solucionar este asunto se acuerda el trueque de esta isla por un territorio situado en la llamada Banda Occidental del río Uruguay, dentro del cual se encuentran siete reducciones jesuíticas. Estas reducciones son una de las zonas más ricas y bien administradas de todo el Virreinato de Río de la Plata y en ellas habitan treinta mil indios guaraníes. Al ser transferidas las tierras a la corona portuguesa los jesuitas y los indígenas deben abandonar las tierras o convertirse en súbditos de su nuevo rey. Los jesuitas obedecen la orden, pero los indios no. Y empieza la revuelta en 1754.

Misioneros en Brasil, autor desconocido. (DP)
Misioneros en Brasil, autor desconocido. (DP)

En el momento del terremoto, la guerra guaranítica, en la que los soldados españoles acuden a ayudar a los soldados portugueses, está en pleno desarrollo. Los jesuitas, como ya hemos dicho, acusan a Pombal, al rey del Portugal y a la Ilustración en general de provocar la ira de Dios, pero lo cierto es que no ayudan militarmente a los indios, como se ha especulado (y, por cierto, como sale en la película La misión), y de poco les vale. Con su doble expulsión, las misiones quedan definitivamente abandonadas, pero lo cierto es que las guerras guaraníes ya han acabado con ellas. Solo en la batalla del Cerro Caibate han muerto más de mil quinientos guaraníes. Los que logran escapar se refugian en la selva y en las colinas. La ocupación portuguesa nunca llegará a ser efectiva totalmente y durará muy poco. En el Tratado del Pardo, de 1761, se vuelve a las fronteras anteriores al Tratado de Madrid. Pero el desastre ya no tiene remedio. Lo que había sido una región muy rica, con una gran población y con un sistema social y administrativo muy desarrollado y avanzado, que funcionaba perfectamente, es ahora un montón de ruinas deshabitadas. Por otra parte, Sacramento será conquistada militarmente por los españoles en la guerra de los Siete Años y tendrá que ser devuelta otra vez a Portugal al final de la guerra. Es decir, que todo sigue como está. Todo menos los jesuitas, sus misiones y sus habitantes. Todo menos los muertos.

3. ¿Qué fue del sueño del libertador?

América del Sur después de la independencia. Sí. Estos países tienen su historia, aunque los españoles, los peninsulares, ya no pinten nada en ella. En los libros de texto la historia de Chile y Argentina acaba en 1825, pero no. Esos países tienen su historia y, curiosamente los españoles, los antiguos dueños, a veces siguen saliendo en ella.

En 1866 una escuadra española atacó la ciudad de Valparaíso. Y uno piensa, ¿Valparaíso? Pero ¿los españoles qué pintan ya allí? Desde que O’Higgins independizara Chile en 1817 ningún soldado español había disparado ninguna bala en aquella parte del mundo. Casi se podía decir que España y Chile se habían ignorado completamente. Los nuevos países miran a Gran Bretaña, miran a los Estados Unidos. La ruptura ha sido muy traumática. Las relaciones con las excolonias nunca son fáciles. Pero con una larga guerra por medio la cosa es mucho peor.

Pero ¿qué ha pasado en América del Sur y Central desde que se fue el último virrey español? Para empezar, hay que decir que a los libertadores les va muy mal. A Sucre lo matan, San Martín se autoexilia, a O’Higgins lo echan de Chile, Bolívar se deja la piel intentando que alguien le haga caso, pero nadie quiere la «Gran Colombia». En México, Iturbide pasa en pocos años de defensor de la corona española a caudillo independentista, luego dictador (autoproclamado «emperador») y, finalmente, es condenado a muerte por sus propios compañeros. Pero México se disgrega, pierde el sur, de donde salen países como Honduras o Guatemala, y pierde el norte, por obra y gracia del ejército norteamericano. Y si a los libertadores no les va bien, a sus países tampoco. Guerras civiles y guerras con sus vecinos, además de enormes problemas sociales y económicos, en eso se resumen los años posteriores a la independencia.

Proclamación de Iturbide el 19 de marzo de 1822, autor desconocido. (DP)
Proclamación de Iturbide el 19 de marzo de 1822, autor desconocido. (DP)

Y así llegamos a 1866, y España vuelve a entrar en escena y por la puerta grande: entra en guerra con media América del Sur de la manera más tonta, porque a la declaración de guerra de Chile se suman Perú, Ecuador y Bolivia. Será un episodio muy breve, que pasa por los libros de historia como una simple nota a pie de página, pero lo cierto es que esa guerra existió, como existieron sus bombas, sus incendios, sus barcos hundidos y sus muertos, y no contribuyó especialmente a mejorar las relaciones de las excolonias con la metrópoli.

Por eso es muy curioso el caso de Santo Domingo, que, siendo independiente desde hacía décadas, volverá a ser español de 1858 a 1865, y no por una reconquista militar sino por petición propia, por un acuerdo diplomático.

Y por eso también es muy curioso el caso de Cuba, de Filipinas y de Puerto Rico, que hasta final del siglo no inician ningún movimiento independentista. Y, de hecho, en Puerto Rico casi no podemos hablar de «movimiento independentista» en ningún momento.

Volvamos al norte… ¿Alguien se acuerda de Florida y de la Louisiana? Ya sabemos que a la altura de 1783, con la firma del Tratado de París, España recuperó una y conservó la otra. Pero ¿luego qué? ¿Qué pasó con ellas? Pues que las perdió sin pena ni gloria. Vendió Florida a los americanos y le regaló Louisiana a Napoleón (que fue listo y la vendió a los americanos, siempre dispuestos a comprar o a conquistar nuevos territorios). Luego vino Riego y acabó por hundir los esfuerzos de Abascal, el virrey de Perú, que él solito había defendido media América para el inútil de Fernando VII. Pero esa historia ya está toda en los libros.


España, 1898: el final de todo, el principio de nada

La batalla de Cavite, en la bahía de Manila, entre España y Estados Unidos, 1898. Imagen: Kurz & Allison / Library of Congress (DP).

Hace muy poco leía en El País Babelia estas palabras de Arturo Peréz-Reverte:

Es conmovedor que incluso de viejo estuviera más orgulloso de haber sido soldado en Lepanto que del Quijote.

Y no podía menos que darle la razón a Cervantes. Lepanto es mucho más importante que cualquier libro suyo. Lepanto no solo cambió la historia de España, cambió la historia de Europa. Pero qué ha cambiado el Quijote. Es más, ¿algún libro alguna vez ha cambiado un simple renglón en el libro de la historia de cualquier país? Eso es lo triste y ese es el problema. El resultado de una batalla está muy claro. Y sus consecuencias también suelen estarlo. ¿Pero el resultado de la lectura de un libro, de muchos libros, de muchas lecturas de muchas personas de un mismo lugar, cómo se computa? Sí, hay libros que cambian vidas, y hay libros que salvan vidas («suena cursi», decía también no hace mucho en otro Babelia el escritor sueco Per Olov Enquist, «pero un libro me salvó la vida»); pese a todo yo entiendo muy bien a Cervantes (o creo entenderlo) y entiendo que, de cara a sus contemporáneos, diera mucha más importancia a su participación en una batalla (una participación marginal, como uno más de los miles de soldados que allí lucharon) que a toda su ingente y extraordinaria labor como escritor.

Después del desastre del 98, que es de lo que quiero hablar en este artículo, se escribieron muchos libros. Pero ninguno cambió nada. Para los que estaban arriba, para los círculos del poder, todo siguió igual. «¿Regeneracionismo? ¡Vaya tontería!», debieron pensar. «Lo que hay que hacer es buscar otra colonia. Y seguir mandando a la gente a morir allí, por su país, que es lo que el pueblo debe hacer, para que todo siga funcionando como ha funcionado hasta ahora». Ya. Está claro que no lo pensaron así exactamente. La ambición y la avaricia humana siempre se camuflan bajo otros discursos más inocuos o más agradables al oído, pero en el fondo solo se trata de eso, de ambición y de avaricia, y poco más que eso. Naturalmente los gobernantes españoles no se diferenciaban en absoluto del resto de los gobernantes. Voy a enumerar muy brevemente las curiosas maneras que tenían los americanos para justificar sus guerras:

1. Doctrina Monroe: «América para los americanos». Como ya hemos hablado de ello en otros artículos no me extenderé más.

2. Política del «Gran Garrote». Aunque fue Roosevelt el que la difundió en sus discursos, ya se había puesto en marcha antes, en concreto en Venezuela y Cuba (como recuerda el propio presidente en su discurso del 6 de diciembre de 1904). Y desde entonces ha tenido mucho éxito. A los americanos les gusta mucho el papel de «policía del mundo» y siempre se van metiendo donde no los llaman, con la excusa de dar una lección a los «malos», que ya se sabe son muchos y no se avienen a razones. Pero como dicho así queda feo y burdo mejor que nos lo diga Roosevelt con sus hermosas y solemnes palabras:

Es falso decir que los Estados Unidos sienten una necesidad de tierras o alimentan proyectos con respecto a las otras naciones del hemisferio occidental (…). Todo lo que nuestro país desea es ver a sus vecinos estables en el orden y la prosperidad (…). Si una nación muestra que sabe actuar con eficacia y con razón (…). Si mantiene el orden y satisface sus obligaciones, no ha de temer una intervención de los Estados Unidos.

Maniobras de los Rough Riders en San Antonio, Texas, durante la guerra hispanoestadounidense. En el centro, el futuro presidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt, 1898. Fotografía: Anónimo / Library of Congress (DP).

3. Doctrina del «Destino Manifiesto». La he dejado para el final porque es la razón más estrambótica de todas (lo cual no impidió que tuviera un gran éxito). Yo siempre había pensado que «el pueblo elegido por Dios» eran los judíos, vamos, eso es lo que se cuenta en la Biblia, ¿no? Pues no. Pues resulta que el pueblo elegido por Dios son los americanos. No es ninguna casualidad que esta curiosa doctrina apareciese justo en 1845 y que el título el artículo donde el periodista John O’Sullivan formulara por primer vez esta teoría fuera «Anexión». ¿No habíamos quedado, lo dice Roosevelt, que los americanos «no sentían necesidad de tierras»? Pues parece que algunos presidentes anteriores a Roosevelt no pensaban lo mismo, ni tampoco sus ciudadanos. Muy brevemente… En 1846 empieza la guerra con México, con la excusa de la independencia y anexión de Texas. El resultado: Nuevo México, Arizona, Utah, Nevada y California pasan a ser americanas. A esto hay que sumarle la compra de Alaska en 1867, y recordemos que ya habían comprado Florida a los españoles y la Luisiana a Napoleón. Con eso, por lo visto, ya se quedan sin hambre de más tierras. ¿O no? Pues no, parece que Roosevelt se olvida de Cuba, de Filipinas, de Puerto Rico y de la isla de Guam. Parece que se olvida de Panamá. Parece que se olvida de Hawai, de Samoa y de otras islas del Pacifico. Y parece que tampoco sabía que España quedaba, en su mayor parte, en el hemisferio occidental, ni sabía, no, qué va a saber, que su antecesor McKinley, después de vencernos en Santiago de Cuba y en Cavite, se estuvo pensando quitarnos las Canarias, porque total, por unas islas más o menos tampoco pasa nada, ¿no? Sí, Roosevelt tenía mala menoria y suspendía geografía en el colegio, qué se la va a hacer…

¿Pero aún no he citado a O’Sullivan? Pues esto hay que remediarlo, que esta frase no tiene desperdicio:

El pueblo estadounidense, en su calidad de pueblo elegido, tiene un fin manifestado por Dios según el cual le es permitido apropiarse de todo territorio que estuviese destinado a formar parte de los Estados Unidos.

Dicho esto creo que ya podemos empezar a entender el imperialismo americano. Y digo empezar a entender porque este imperialismo es un poco distinto. Las causas más comunes, necesidad de materias primas, de buscar mercados exteriores para las manufacturas internas, no son suficientes. Si algo tenían los Estados Unidos, a principios del siglo XX, eran materias primas y mercado de sobra. De manera que muchos autores quitan peso a las razones económicas y hablan de razones ideológicas y geopolíticas.

Las razones ideológicas ya las hemos visto. Las geopolíticas son muy simples. Para ser una gran potencia mundial hay que dominar los mares, para dominar los mares hacen falta puertos, una red de puertos por todo el mundo. Esto es algo que aprenden de los ingleses y que aplican a rajatabla, en lugar de conquistar países enteros mejor quedarse con un cachito de su costa, con eso es suficiente y sale más barato que mantener un gran imperio colonial.

Sí, vale, ¿pero y Cuba? ¿Por qué querían Cuba? ¿Por qué estaban tan empeñados en comprarla? ¿Por qué, cuando vieron que los gobernantes españoles no pensaban vender Cuba, siguieron empeñados en quedarse con la colonia, fuera como fuera? Aquí la única explicación es una explicación económica. Así que el imperialismo americano, por mucho que se diga, en el fondo es un imperialismo tan económico como cualquiera. Los americanos habían construido el primer ferrocarril cubano, que fue el primer ferrocarril español, antes del famoso Barcelona-Mataró. Y la finalidad del primer ferrocarril cubano, el ferrocarril Habana-Güines, inaugurado en 1837, es transportar productos agrícolas, entre ellos el producto más famoso de Cuba, el azúcar. Cuando el presidente McKinley declara la guerra a España, una vieja potencia colonial europea, algunos de sus ciudadanos no lo entienden. Pero pronto lo entenderán: el botín es fabuloso y encima les ha resultado una guerra muy fácil de ganar, extremadamente fácil de ganar, eso elimina todas las dudas.

Restos del Maine en La Habana, 1898, cuyo hundimiento fue el detonante formal de la guerra. Fotografía: Anónimo / Library of Congress (DP).

Sin embargo, la guerra del 98 me parece una guerra muy curiosa. Para empezar por cómo se inicia y cómo se desarrolla, pero más aún por cómo termina. Hay un detalle que me llama mucho la atención. Normalmente el país vencido es el que tiene que pagar al país vencedor. Es lo que se llaman las «reparaciones» y ha sido una práctica de lo más habitual en todas las guerras, pero sobre todo en las guerras contemporáneas. El ejemplo más claro: las reparaciones que el tratado de Versalles estipulaban cuánto tenía que pagar Alemania después de perder la Primera Guerra Mundial. Pero aquí pasa algo totalmente distinto, es Estados Unidos, el país vencedor, el que paga a España, el país vencido. ¿Cuánto paga? Veinte millones de dólares. ¿Por qué los paga? Muy simple. Para meter en el pack a las Filipinas y la isla de Guam, además de Puerto Rico. En realidad les sale barato. Más dinero pensaban ofrecer al gobierno español solo por Cuba. «Pero Cuba es parte de la patria. No se vende. En todo caso nos la pueden quitar», dijo Prim. Y los americanos, que no son tontos, le respondieron: «Pues vale, por nosotros no hay problema».

Además de pagar unas indemnizaciones al país vencido, los americanos, en un gesto de buena voluntad o porque se los quieren quitar de encima lo más rápido posible y los españoles no tienen ni barcos ni dinero para eso, se encargan de reembarcar y devolver a los soldados españoles capturados en Filipinas, mientras que los soldados que han luchado en Cuba quedarán en un estado tan lamentable que causa vergüenza leer las crónicas de la época y ver como harapientos y abandonados a su suerte tienen que pedir limosna para sobrevivir.

Y aquí entramos en el drama humano de la guerra, en eso que por lo visto el Gobierno español no pensaba para nada. «Más vale honra sin barcos que barcos sin honra». Bonita frase, muy al gusto de la época. Si solo fueran los barcos…. Pero en los barcos van soldados. Y luego están las tropas de tierra, esos que morían más por las enfermedades tropicales que por las balas. ¿Cuántos muertos costó Cuba? La rebelión empieza en 1868. Atraviesa varias fases. Hay periodos de guerra total, periodos de paz relativa, con algunos acuerdos como la «Paz de Zanjón», y otra vez periodos de guerra total. Cada nuevo general cambia de táctica. Martínez Campos, Weyler, lo mejor del ejercito español, pero nada. La rebelión se extiende, y salta a otras islas. Salta a Puerto Rico. Salta también a Filipinas. En la metrópoli se reacciona tarde y mal. Y eso que tenemos varios reyes, Amadeo de Saboya, Alfonso XII y al final una regente, María Cristina de Habsburgo-Lorena, además el experimento de la Primera República y sus proyectos federales. Pero los americanos no se implican directamente hasta 1898, con la excusa del hundimiento del Maine, como es bien sabido. Para entonces el Gobierno español ya había abolido la esclavitud y estaba dispuesto a ceder una cierta autonomía a la isla, que naturalmente no contentaba a los sectores independentistas.

El último campamento español en Cuba. Cienfuegos, 1898. Fotografía: Strohmeyer & Wyman / Library of Congress (DP).

Al Gobierno español la derrota le sirvió de excusa para quitarse de encima otras islas: las Palaos y las Carolinas, además de las Marianas que le quedaban, que fueron vendidas a Alemania por veinticinco millones de marcos. Realmente no nos salió muy bien el negocio. Para eso podíamos haber vendido Cuba por los trescientos millones de dólares que los americanos habían llegado a ofrecer y nos podíamos haber ahorrado los miles de muertos y todos los barcos hundidos a lo tonto, además de conservar Filipinas y Puerto Rico. Desde luego, eso es fácil decirlo ahora, visto lo visto, pero en aquel momento, por increíble que parezca, mucha gente pensaba que se podía vencer a la marina americana. O, si no se les podía vencer, al menos había que luchar contra ellos.

¿Y después qué? Bueno, básicamente tres movimientos. El de los intelectuales, con el regeneracionismo y toda esa literatura de la Generación del 98 tan bien intencionada como ignorada. El del poder, que pronto se olvida de Cuba porque desde hace tiempo ya tenía fija la vista en Marruecos (véase por ejemplo la guerra de 1859-1860 donde participan dos grandes pesos pesados de la política española, Prim y O´Donnel, que además de controlar el gobierno nacional como buenos generales nunca le hacen ascos a una guerra). Y por si Marruecos no es bastante también nos vale el Sáhara Occidental, o Guinea, o la isla de Fernando Poo o el Rio Muni, o Ifni, lo que sea, la cuestión es tener alguna colonia, y luego ya veremos para que sirve, que seguro que para algo servirá.

He dicho que había tres movimientos después del desastre del 98. Me falta el tercero, el que no es el de los intelectuales, desesperados y lúcidos, ni el del poder, insensible y egoísta, sino el del pueblo, el de los que sufren las guerras y lo mismo mueren en el Barranco del Lobo que en las selvas americanas. ¿Y cuál es este movimiento? Nada. No lo hay. Indiferencia. Si nadie cuenta con ellos, para qué molestarse en protestar. Si siempre, pase lo que pase, van a salir perdiendo, para qué molestarse en hacer algo. No, mejor ir a las corridas de toros, a los teatros, a las romerías… Bueno, bueno, esto tiene sus excepciones, como todo. Algunos obreros, jornaleros, agricultores se sindicalizan, se instruyen en los ateneos libertarios, se apuntan a los partidos comunistas y socialistas, se vuelven anarquistas o incluso se atreven a protestar contra el sistema de quintas y piden que a la guerra no vayan solo los pobres. Sí, algunas cosas empiezan a cambiar, pero aún tendrán que venir muchos muertos para que algunos gobernantes, como Primo de Rivera, se atrevan a decir, y no muy alto, que Marruecos es una carnicería inútil, pero no, ni el desastre de Annual ni el desembarco de Alhucemas, aún tendremos colonias africanas para rato, porque oye, que una colonia siempre es una colonia…

Ay, y otra cosa, que a Unamuno, a Costa, a Maeztu, a Baroja, a Giner de los Ríos y a todos los demás al final los leyó alguien, como Maura, que se convenció de que «había que hacer la revolución desde arriba, para que no la hicieran desde abajo», que, no seamos tan pesimistas, al final los libros llegan a las manos adecuadas, aunque tardan bastante; de hecho, a veces aún no han acabado de llegar.

El último campamento español en Cuba. Cienfuegos, 1898. Fotografía: Strohmeyer & Wyman / Library of Congress (DP).


Un paseo en tres dimensiones por la España del XIX

1-ATENTADO

El treinta y uno de mayo de 1906, el día de la boda del rey Alfonso XIII y Victoria Eugenia de Battenberg, el anarquista Mateo Morral lanzó un ramo de flores al carruaje de los recién casados cuando pasaba por la Calle Mayor de Madrid. El ramo se desvió al chocar con el tendido del tranvía, sin embargo, y la bomba que disimulaba impactó en la capota del carro y rebotó hacia el cortejo nupcial. Murieron 24 personas y ninguna de ellas eran los reyes. También lo hicieron varios caballos del tiro, entre ellos el que aparece retratado en la magnífica fotografía que precede.

Fue tomada por un británico cuyo nombre de desconoce, desplazado a Madrid para la ocasión porque Victoria Eugenia, que aquel día recibió a sus invitados en el Palacio Real con el vestido de novia orgullosamente ensangrentado, era escocesa de nacimiento. Pese a ser una de las mejores es también una de las imágenes menos conocidas del suceso, aunque es así por una buena razón: la que acabamos de ver no es la foto original, sino solo la ampliación de una parte. La imagen que tomó el camarógrafo, en realidad, fue esta.

2-ATENTADO
Una imagen de la Calle Mayor de Madrid tomada después del atentado y publicada en 1906 por Excelsior Stereoscopic Tours, un estudio escocés.

Parecen dos, pero se trata de una sola imagen estereoscópica o, lo que es lo mismo, una fotografía en tres dimensiones. Idealmente estas reliquias se hicieron para verlas a través de un dispositivo parecido a las gafas que usamos hoy en el cine en 3D, pero si causaron sensación desde mediados del siglo XIX fue porque también el ojo desnudo, el de cualquiera que esté leyendo esta pieza, puede reconstruir el relieve con un poquito de pericia.

Aunque no resulta tan sencillo como en los estereogramas de puntos aleatorios a los que estamos acostumbrados hoy —y aquí hemos preparado uno muy sencillo para ir entrenando el ojo; solo después de conseguir resolverlo el lector debería continuar con las imágenes de este artículo—, la técnica para ver estas fotografías en tres dimensiones es exactamente la misma: hay que mirar al centro de las dos imágenes que presentan, desenfocar la vista como si estuviésemos contemplando el infinito y, cuando ambas confluyan en nuestra visión, enfocar para mirarlas como una. No es fácil, insistimos, pero tampoco nada que no se pueda conseguir con un poquito de esfuerzo y un truco: aunque la intuición nos lleve a acercarnos a la pantalla, el 3D aparece con mayor facilidad cuanto menor sea la imagen en nuestra visión, por lo que resulta más efectivo alejarse de ella. Para muchas personas también resulta más sencillo acercarse mucho a la imagen, desenfocar e ir alejándose poco hasta conseguir que ambas fotos se solapen visualmente en una. Así, aunque sea a costa de la definición, en esta fotografía veremos algo más que el pobre caballo, los oficiales detrás y el carruaje al fondo de Alfonso XIII y Victoria Eugenia; también veremos los volúmenes que presentaba el trágico conjunto aquella mañana de 1906 en Madrid.

El antiguo propietario de este esterereograma de la fuente de Cibeles y el edificio del Banco de España de Madrid practicó dos marcas –una raya horizontal a la izquierda y una vertical a la derecha– para facilitar la visualización tridimensional de la imagen sin recurrir a un visor. Debemos mirar al centro de ambas fotografías y desenfocar la vista hasta conseguir que una raya se superponga a la otra para formar una cruz en nuestra visión, momento en el que conseguiremos apreciar el relieve. Es una marca que veremos en más fotografías tridimensionales publicadas por Stereo Travel Co. en 1908.

Se dice con frecuencia que la estereoscopia, curiosamente, le debe su éxito más a la propia abuela de Victoria Eugenia, la reina Victoria de Inglaterra, que a su creador, sir Charles Wheatstone, ya que el invento entusiasmó a la monarca cuando se presentó en la Exposición Universal de Londres de 1851. Los estereogramas se convirtieron entonces en el entretenimiento de moda en Europa, condición que en Estados Unidos conservarían hasta entrado ya el siglo XX, y durante esta breve edad de oro llegaron a hacerse fotos en 3D también de la España decimonónica, cuyos relieves podemos apreciar aún en las que han sobrevivido. No es que  se tomasen demasiadas —no, al menos, si lo comparamos con las de Estados Unidos, Reino Unido, Francia o Alemania—, pero aun así el furor llevó a que algunos fotógrafos, principalmente extranjeros, se paseasen por el país y plasmaran en tres dimensiones cómo era la España hace cien años y más.

3-PUERTA-DEL-SOL
Puerta del Sol, the heart of Spain’s capital city es una imagen de R. Y. Young publicada por American Stereoscopic Co. en 1902.

4-MONTSERRAT
Monserrat monastery and mountain scenery near Barcelona, otra imagen tridimensional de R. Y. Young publicada de 1902 por American Stereoscopic Co.

5-RAMBLAS-BARCELONA
Ramblas du Centre, una imagen anónima de Las Ramblas de Barcelona a finales del siglo XIX.

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Fuente de Cibeles, publicada por Stereo Travel Co. en 1908.

6-GIBRALTAR
Rock of Gibraltar from the Spanish Bay, una imagen del Peñón tomada por B. L. Singley y publicada por Keystone View Co. en 1895.

7-VALENCIA
La Puerta de Serranos de Valencia en una imagen anónima y sin titular de la década de 1870.

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Plaza de la Independencia, una imagen de la Puerta de Alcalá Madrid con un espectacular efecto 3D publicada por Stereo Travel Co. en 1908.

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Toledo from the river Tagus, una imagen publicada por Stereo Travel Co. en 1908.

Uno de los pioneros de la estereoscopia en España fue el francés Charles-Henri Plaut, que entre las décadas de 1850 y 1860 recorrió varias ciudades del país retratando en tres dimensiones parajes y personas pero, sobre todo, edificios. El interés artístico de Plaut por la arquitectura puede apreciarse en sus estereografías de las catedrales de Burgos y de Sevilla, de composición muy similar.

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La catedral de Burgos entre 1850 y 1860 en una imagen de Henri Plaut publicada por la editorial francesa Gaudin-Frères.

PLAUT-SEVILLA
La Giralda entre 1850 y 1860 en una imagen de Henri Plaut publicada por la editorial francesa Gaudin-Frères.

Aunque hubo muchos más, son sin duda los fotógrafos franceses quienes completan unos de los mejores catálogos monumentales de España en tres dimensiones a lo largo del último tercio del siglo XIX. Ernest Lamy, por ejemplo, lo hizo en 1863, durante un largo periplo que le llevó por Madrid, Aranjuez, Toledo, Córdoba, Sevilla, Granada, Málaga, Alicante, Valencia y Barcelona, y Jean Andrieu en 1868, cuando publicó un repertorio de trescientas fotografías estereoscópicas del país.

4 R
Una imagen de Ernest Lamy tomada en Toledo en 1863 y cedida por la Colección Fernández Rivero de fotografía antigua.

Ferrier Malaga 1857
Esta panorámica tridimensional de Málaga es muy antigua, de 1857, y fue publicada por la casa Ferrier-Soulier como parte de su colección Voyage en Espagne. La imagen ha sido cedida por la Colección Fernández Rivero de fotografía antigua.

También hubo fotógrafos estereoscópicos españoles, por supuesto, y hasta una Sociedad Estereoscópica Española radicada en Barcelona, aunque generalmente hicieron una fotografía menos ambiciosa en lo artístico y más deficiente técnicamente. Sirvan como ejemplo las magníficas colecciones que atesoran en nuestro país el Museo Nacional del Romanticismo y el Museo del Traje —accesibles al público gracias a su catálogo en la Red Digital de Colecciones de Museos  de España, en donde las piezas figuran además estupendamente documentadas— y una gran colección privada, la Colección Fernández Rivero de fotografía antigua, que incluyen algunas rarezas como las que siguen.

LLOSEA
El retrato anónimo de un personaje, José Llosea, fechado en 1870 y parte hoy de los fondos del Museo Nacional del Romanticismo. Como detalla su ficha documental, «no fue común la utilización de la estereoscópica en el género del retrato, ya que esta modalidad fotográfica convivió en el tiempo con las carte de visite, que tuvo una gran divulgación durante estos años».

ESTUDINTINA
Esto no es España, sino París. Se trata de una estudiantina española que viajó la Exposición Universal de 1878 y allí lució los trajes tradicionales de la tuna. La imagen forma parte de los fondos del Museo Nacional del Romanticismo.

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Una escultura de Cristo durante la coronación con espinas en el monasterio de Montserrat, Barcelona. Se trata de un par estereoscópico conservado en los fondos del Museo del Traje y editado en la segunda década del siglo XX por la Casa Editorial Alberto Martín de Barcelona dentro de su colección El turismo práctico. Vistas estereoscópicas de España.

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Y una imagen de otra de las pocas colecciones producidas en España, editada en este caso por la Sociedad Estereoscópica Española en el año 1900. Se trata de un grupo que posa junto a la estatua del general Prim en el parque de la Ciutadella de Barcelona. La imagen ha sido cedida por la colección Fernández Rivero de fotografía antigua.

A finales del siglo XIX serían los grandes estudios estadounidenses de fotografía estereoscópica —como H.C. White Co., Stereo Travel Co., Underwood & Underwood o Keystone View Co.— los que tomarían el relevo de los franceses en el 3D profesional sobre España. Fotógrafos como B. L. Singley o el británico Ron Y. Young firmaron entonces gran cantidad de imágenes e hicieron seguramente muchas más aunque, siguiendo la costumbre de la época, estas refieren solo el nombre de la casa que las editó y la fecha de la publicación de la foto, no la de su toma.

De estas fotos, muchas de ellas retratos y estampas más humanas que la de las décadas anteriores, las instituciones y los coleccionistas que las custodian —fundamentalmente en el extranjero, en particular Estados Unidos— clasifican con frecuencia solo una de las dos imágenes, cuya ampliación permite apreciar mejor el gesto de los sujetos retratados o el carácter dramático de la fotografía. A nosotros, que a falta de un visor estereoscópico tenemos que fatigar el cristalino para mirarlas, también nos va a permitir relajarlo un momento.

UNICAS-1
De izquierda a derecha; Street children –de Alfred S. Campbell en 1896–; unas lavanderas cerca del madrileño Puente de Toledo en Humble housewives washing clothes in the river near Toledo Bridge –de Underwood & Underwood en 1906–; y una familia gitana en A Gypsy home and family –anónima, 1901–.

UNICAS-2
De izquierda a derecha: las trabajadoras de una cigarrera valenciana en Cigar makers in a cigar factory –de R.Y. Young para American Stereoscopic Co. en 1902–; un campesino valenciano en A peasant at home –de Keystone View Co. en 1908–; y unos granjeros vizcaínos en Cutting grass with sickles on a farm at Villaro, among sunny hills of northern Spain –de Underwood & Undrewood en 1908–.

UNICAS-3
De izquierda a derecha: campesinos andaluces en Picturesque Andalusia – a bit of the old town of Ronda –de Underwood & Underwood en 1902–; unos artesanos sevillanos en Making baskets, mats and ropes from esparto grass –de Underwood & Underwood en 1913–; y algunos vecinos sevillanos en Working people at market Postigo del Aceite –de Underwood & Underwood en 1908–.

Hasta aquí todo parece indicar que Andalucía fue la región española mejor documentada por la fotografía en 3D, pero no. Seguramente lo fue de la península ibérica, pero estamos en el siglo XIX y España no se acaba en Europa —aunque no por mucho tiempo—. Algunos de los mejores estereogramas de la época se realizaron en las colonias españolas en el Caribe y el Pacífico, en particular a partir del estallido de la guerra hispanoestadounidense que aquí denominamos, con mucha más elocuencia, desastre del 98.

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At the death line, Santiago, where prisoners were shot es la fotografía de un paredón cubano donde las autoridades españolas fusilaban a sus prisioneros durante la guerra hispanoestadounidense publicada en 1899 por Griffith & Griffith.

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A Spanish bone-pit, una enorme acumulación de huesos fotografiada por Keystone View co. en La Habana en 1900.

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Taking time on a sugar plantation, una imagen de Keystone View Co. en Puerto Rico en 1900.

El trabajo de las grandes casas estadounidenses en Cuba, Puerto Rico y Filipinas demuestra que, más allá de ser una técnica consagrada al ejercicio estético y artístico, la fotografía estereoscópica era también un género de reporterismo gráfico que se llevaba incluso al campo de batalla —aunque en muchos casos se tratase, como sugieren algunas de estas imágenes, de escenas simuladas—.

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Last call – 5th U.S. Cavalry es una fotografía con un espectacular efecto tridimensional tomada en Puerto Rico y publicada por Keystone View Co. en 1900.

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Algunos miembros del ejército cubano se preparan para enfrentarse a los españoles en Cubans in their trenches – Awaiting the Spaniards, una imagen tomada en Pinar del Río y publicada en 1899 por Strohmeyer & Wyman.

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La batalla de Cavite en Battle of Manila, May 1, 1898 – How Dewey did it, una ilustración de C.H. Graves publicada en 1899. Dado que ningún fotógrafo inmortalizó en tres dimensiones el choque entre los ejércitos español y estadounidense en la bahía de Manila, las colecciones estereoscópicas sobre la guerra incorporaban esta ilustración que, aunque puede enfocarse en una sola imagen, carece de relieve.

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Los últimos miembros del derrotado ejército español posan para el fotógrafo en The Last of Spain’s army – at their block house, una imagen tomada en Cienfuegos, Cuba, en 1898 y publicada un año después por Strohmeyer & Wyman.

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Y más militares españoles en Spanish prisoners freed by the Americans on the capture of Imus, publicada por Strohmeyer & Wyman en 1899. El ejército estadounidense acababa de liberar a estos soldados españoles de los independentistas filipinos, tercer bando en discordia en las islas durante la guerra hispanoestadounidense.

Cercanos ya a la sensibilidad artística de hoy, los reporteros recurrieron al 3D también para retratar con mayor dramatismo la devastación que el conflicto dejó a su paso en la España colonial y los estragos de la guerra no solo en los activos bélicos implicados, sino entre los civiles.

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Los restos del acorazado USS Maine en el puerto de La Habana fotografiados por by B.L. Shipley para Keystone View Co. en 1898. El hundimiento del Maine el 15 de febrero de ese año, del que Estados Unidos culpó a España, fue el suceso que desató la guerra.

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De nuevo los restos del Maine fotografiados en tres dimensiones durate la misma sesión que la imagen anterior. Aunque hubo otros en todo el mundo, la guerra hispanoestadounidense es seguramente el mejor ejemplo del caracter reportero que llegó a adquirir la fotografía estereoscópica a finales del XIX.

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The Cruiser Oquendo, once the pride of Spain, destroyed by the American Navy es una imagen de Strohmeyer & Wyman publicada en 1899. El Almirante Oquendo fue hundido junto a sus navíos gemelos, el Vizcaya y el Infanta María Teresa, en julio de 1898, durante la batalla de Santiago de Cuba.

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R. Y. Young, el mismo que inmortalizó la madrileña Puerta del Sol o el monasterio de Montserrat en algunas de las primeras imágenes de este artículo, retrató antes la devastación que sembró la guerra de Cuba en la isla. A home ruined by Cuban War fue publicada por American Stereoscopic Co. en 1899 e ilustra a la perfección la versatilidad expresiva del 3D: gracias a la profundidad del relieve, los niños en primer término se convierten en protagonistas absolutos de la imagen.

Los niños cubanos de la última foto no son los únicos, ya que también se retrataron muchos otros en Puerto Rico y Filipinas. Entre las fotos estereoscópicos realizadas por los estadounidenses en las colonias españolas abundan las dramatizaciones sobre españoles malvados y heroicos libertadores estadounidenses e incluso las alegorías, un género pictórico que la fotografía heredó de la pintura y que se siguió practicando hasta el siglo XX. Y en una época en la que la propaganda era algo muy poco sutil, los niños eran los grandes protagonistas del género.

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B. L. Singley, el mismo fotógrafo que retrató el Peñón de Gibraltar en una de las imágenes que nos preceden, compuso esta escena en Puerto Rico para Keystone View Co., que la publicó en torno al año 1900. De nuevo se trata de una foto con una gran profundidad, pero lo que habla con más elocuencia en ella es el título: se llama Waiting for Uncle SamEsperando al tío Sam–.

FILIPINAS-1
Y menos sutil aún es el título de esta imagen, The end of Spanish TyrannyEl final de la tiranía española–, en la que unos niños juegan entre los cañones desmontados del ejército español en la capital de Filipinas, que tras la guerra siguió siendo una colonia, pero estadounidense. Es de C.H. Graves y la publicó The Universal Photo Art Co. en 1902.

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No sabemos cuánto de espontánea tiene esta imagen, pero es probable que poco. En The Philippines, Porto Rico and Cuba – Uncle Sam’s burdenFilipinas, Puerto Rico y Cuba; la carga del tío Sam– un hombre acarrea tres niños negros envueltos en la bandera estadounidense. La foto, tomada en Cuba por B.L. Singley y publicada por Keystone View Co. en 1899, es una alegoría, un género simbolista que la fotografía heredó de la pintura.

(Aunque en la metrópoli, claro, también se hacía propaganda. Peor, pero se hacía).

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Barcelona. Manifestación Contra los E. Unidos. Es una imagen anónima de 1898.

Por suerte para el patrimonio nacional, los fotógrafos estereoscópicos estadounidenses recuperaron el interés por la España peninsular cuando cesaron las hostilidades a finales de 1898, y no debe extrañar. Aunque resulte algo complicado de entender hoy —en particular desde aquí—, en aquella época el país aún conservaba en Europa y Estados Unidos su fama de lugar exótico y extravagante, una imagen parecida a la que conferimos hoy en Occidente a lugares como La India o Extremo Oriente. Fomentada por el aislamiento de la nación, muchos fotógrafos de la primera década del siglo XX se dedicaron a retratar en tres dimensiones la reputación del país, que se plasmaba con frecuencia en retratos y escenas costumbristas de la cotidianeidad —algo estrafalaria— de los españoles.

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La Puerta de la Justicia de la Alhambra en una imagen publicada por Stereo Travel Co. en 1908. Nótese en esta foto y en las que siguen que los burros son un elemento recurrente en las fotografías de la España de la época.

TOROS
Una escena taurina tomada en la plaza la Maestranza de Sevilla en 1902.

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Madrid’s famous street cleaners es un retrato de los célebres –por lo visto– barrenderos de la capital publicada por Stereo Travel Co. en 1908.

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Una mujer acicala el pelo de otra en A common sight in the Spanish streetsUna imagen habitual en las calles de España–, una fotografía estereoscópica publicada por Stereo Travel Co. en 1908. Una vez dos rayas negras, una horizontal y otra vertical, señalan el punto en el que las dos imágenes planas confluyen en una tridimensional.

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Un carro típicamente español, según el título de la fotografía, en la plaza del Mercado de Segovia, hoy llamada plaza del Azoguejo. Es de Stereo Travel Co. en 1908.

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Los habitantes contemporáneos del palacio de los moros es una imagen del alcázar de Sevilla publicada por Stereo Travel Co. en 1908.

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Como implica su título, esta escena callejera se tomó en Madrid seguramente muchos antes de su publicación en 1908, de nuevo en Stereo Travel Co.

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Lavanderas segovianas en una imagen de Stereo Travel Co. en 1908.

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Un vendedor ambulante de verduras fotografiado en Sevilla para Stereo Travel Co. en 1908.

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Un grupo de niños segovianos en una imagen tridimensional publicada por Stereo Travel Co. en 1908.

También de principios del siglo XX son algunos de las mejores fotografías de interiores de la historia de la estereografía en España. Aunque se trata con frecuencia de enclaves y edificios históricos, el objetivo que animaba estos estereogramas no era ya tan monumental como sí estético, buscando explotar al máximo las posibilidades —espectacularmente desarrolladas ya— de la técnica tridimensional. Cuando se trata de columnas como las que siguen, por cierto, reconstruir el 3D con el ojo desnudo es singularmente complicado, pero el esfuerzo merece la pena.

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Una imagen de la sevillana Casa de Pilatos publicada por Stereo Travel Co. en 1908.

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De nuevo un punto de vista que favorece el relieve de la estereoscopia en esta imagen de Stereo Travel Co. de 1908. Se trata del acceso al Patio del Mexuar en la Alhambra de Granada.

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Un rincón del patio de los Leones de la Alhambra en una imagen de 1908 para Stereo Travel Co. Nótese la cuidadísima composición de la fotografía, en la que casi ninguna columna se superpone a otra para enfatizar –con mucho éxito– la profundidad tridimensional.

Los interiores no son los únicos motivos a los que acuden los fotógrafos estereoscópicos para exagerar la sensación de profundidad. Al igual que en la fotografía convencional, los artistas del principio del siglo XX empiezan a recurrir a puntos de vista forzados…

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Al contrario que en la imagen anterior, en esta del acueducto de Segovia las columnas sí se superponen entre sí, obrando de esta manera continuidad en el conjunto. Como podrá apreciar quien consiga ver su relieve, el resultado es que, pese a que tiene mucha más profundidad de campo que la otra, el efecto tridimensional es considerablemente menor. Es de Stereo Travel Co. en 1908.

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El alcázar de Segovia, hábilmente retratado junto a un muro que llega hasta la cámara para que sirva de referencia visual y lance el efecto tridimensional. Es una imagen de Stereo Travel Co. en 1908.

…y a grandes distancias para ganar profundidad de campo. Estilísticamente estamos llegando ya a nuestra era, en la que dejan de estar tan considerados los aspectos formales de la foto y en la que comienza a importar que retrate no solo el objeto, sino el momento. Influenciadas ya estéticamente por el amateurismo, nótese, por ejemplo, la gran cantidad de suelo que aparece en las siguientes fotografías.

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La tumba de Cristóbal Colón en la catedral de Sevilla, de nuevo con la marca en forma de cruz que facilita la visión en 3D. Es una imagen de Stereo Travel Co. publicada 1908.

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Los transeúntes de la plaza Mayor de Madrid en una imagen publicada por Stereo Travel Co. en 1908.

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La madrileña plaza de Isabel II y el Teatro Real en una imagen publicada por Stereo Travel Co. en 1908. Si no estuviésemos ante una fotografía tridimensional seguramente no veríamos el seto en primer término.

Y con la llegada a nuestra era, claro, acaba la de oro de la fotografía estereoscópica —y en España, casi su edad a secas—. En la década de los veinte el desarrollo de nuevos medios de comunicación, en particular el del cine, y la generalización de la fotografía convencional en la prensa decantaron la balanza hacia el lado de las dos dimensiones. Las tarjetas con estereogramas empezaron a verse cada vez menos, un declive que comenzó antes en Europa que en Estados Unidos y que precipitó en España la turbulenta situación política que desembocó en la Guerra Civil, antesala de la Segunda Guerra Mundial. Aunque aún se conocieron grandes avances en la técnica, cuando el mundo se recuperó económicamente de la confrontación la estereoscopia fotográfica era ya un capricho de aficionados y no el cotizado género que fue durante el último tercio del XIX, su verdadera edad de oro. Antes de detenerse esta curiosa rama de las artes floreció en más de siete millones de fotografías estereoscópicas, muchas de las cuales son aún moneda común entre coleccionistas y anticuarios de todo el mundo.

El autor quiere expresar su agradecimiento a Juan Antonio Fernández, que ha cedido desinteresadamente la copia de algunas piezas de la Colección Fernández Rivero de fotografía antigua, y a Jan Lagendijk, que ha hecho lo propio con las fotografías de Stereoview Heaven, una colección radicada en Países Bajos. Las imágenes restantes proceden de los fondos digitales de la Library of the Congress y la Omaha Public Library de Estados Unidos y de los fondos digitales del Museo Nacional del Romanticismo y el Museo del Traje CIPE disponibles en la Red Digital de Colecciones de Museos  de España del Ministerio de Educación, Cultura y Deporte.