Vladímir Putin, el zar de un imperio imposible (y 2)

Un grafiti de Putin en Lviv, Ucrania. Foto Cordon Press.
Un grafiti de Putin en Lviv, Ucrania. Foto: Cordon Press.

Viene de «Putin, el zar de un imperio imposible (1)»

El jefe de los espías

El trasiego político y económico de Vladímir Putin vive una escalada asombrosa al llegar a Moscú y acceder hasta la jefatura del FSB (Servicio Federal de Seguridad, el antiguo KGB). En ese salto, siendo él un joven jefe, universitario, con un traje, una chaqueta y una corbata diferenciada de la vieja nomenklatura, uno de sus oficiales, convencido demócrata, le detalla la escandalosa corrupción del centro y las relaciones de miembros del servicio con la mafia. La respuesta de Putin fue echar al oficial que pensó que con su llegada las cosas iban a cambiar. Su nombre era Aleksandr Válterovich Litvinenko, la primera persona que se atrevió a describir el gobierno de Putin como «Estado mafioso», y que murió por envenenamiento en noviembre 2006. Postrado en la cama de la unidad de cuidados intensivos del Hospital Universitario de Londres, sin pelo a causa de la radiación de polonio y al borde la muerte, Litvinenko pidió que le hicieran una foto para aparecer en todos los medios de comunicación del mundo y acusar al entorno de su exjefe del FSB de su desgracia.

Serguéi Skripal, otro exespía ruso, jefe del GRU (la agencia de inteligencia militar rusa), acusado de trabajar para los servicios secretos americanos, estuvo también a punto de morir envenenado junto con su hija Yulia en Salisbury, en Reino Unido.

«En las últimas dos décadas ha habido una mortalidad sospechosamente alta de personas que se han opuesto al régimen de Putin: periodistas, activistas proderechos, personalidades políticas y de la sociedad rusa», explica en Putin. De espía a presidente, un documental de la BBC el periodista Vladímir Kará-Murzá. Como Skripal, como el disidente Alekséi Navalni, Kará-Murzá ha sufrido intentos de envenenamiento. A lo largo del mandato de Putin muchos otros opositores han acabado en prisión, como el jefe de la petrolera Yukos, Mijaíl Jodorkovski, o han muerto en extrañas circunstancias como el mismo Litvinenko: el magnate Borís Berezovski, las periodistas Anastasia Babúrova y Anna Politkóvskaya —y el abogado de su família Serguéi Markélov el empresario Nikolai Glushkov, el diputado Serguéi Yushenkov, la activista proderechos humanos Natalia Estemírova o el exministro y líder opositor Borís Nemtsov.

La lista es larga, quizás porque la ideología de Putin es antigua, de aquellas que desprecian la vida humana. No es demócrata, no es comunista ni capitalista: su motor ideológico es el dinero, el poder y la nostalgia de un imperio inexistente. En ese camino, viejo y polvoriento como el mundo, aparta a los que le hacen sombra, a los que denuncian sus movimientos o a los que le conocen demasiado. El jefe de los espías que llegará a ser primer ministro y presidente de todas las Rusias vivirá atrapado en lo que fue su sueño de juventud: la vida bajo el molde de hierro de un agente secreto soviético.

Kalashnikovs en las escuelas

En 1999 Yeltsin nombra a Putin su sucesor. El 31 de diciembre de ese año, mientras medio mundo festeja la llegada del siglo XXI y la frase «todo va a salir bien» —de cuño inequívocamente estadounidense— está en la mente de casi todos, en un mensaje televisado Putin se erige en la figura pétrea que con los años perfeccionará hasta la enajenación al advertir: «Hoy se me han asignado las funciones de jefe de Estado. Quiero subrayar que ni por un minuto en el país ha habido ni habrá un vacío de poder y las autoridades cortarán de raíz cualquier intento de quebrantar la legislación y la Constitución de Rusia». Uno de sus primeros decretos será reinstaurar la formación militar en las escuelas, como cuando en tiempos soviéticos niñas y niños podían montar un Kalashnikov en menos de diez segundos. 

Sus primera crisis como jefe máximo de Rusia fue el hundimiento del submarino nuclear Kursk, joya militar de la era postsoviética, en el mar de Barents. El gobierno de Putin dijo que todos los ciento dieciocho tripulantes murieron en menos de tres minutos, pero una investigación que recogieron los medios evidenció que veintitrés de ellos habían logrado sobrevivir un tiempo a las explosiones que causaron el hundimiento. La respuesta de Putin al descubrirse el descalabro fue recortar la libertad de prensa.

Ante las dificultades, Putin responde ampliando su poder y cincelando su figura de autócrata. En los sucesivos años una ola de atentados salvajes —en el metro de Moscú, en teatros y festivales de rock, en estaciones de tren, en carreras de caballos, en cafeterías, en mercados, en aviones— acaban sumando más de un millar de muertos y centenares de heridos. Ante ellos, la respuesta de Putin es de una dureza granítica. Está, por ejemplo, la masacre de la escuela de Beslán, en Osetia del Norte, tomada por separatistas chechenos, ocurrida en septiembre de 2004, donde el intento de rescate dejó trescientos treintamuertos, la mitad de ellos niñas y niños. En la sucesión de tragedias Putin no usa la ley, sino que utiliza la fuerza de la aniquilación. Ante el terrorismo responde con recortes de derechos y libertades hasta cambiar el democrático curso político y transformarlo en dictadura.

El rencor y el resentimiento 

La Constitución a la que solemnemente Putin apeló en su primera elección prohíbe un tercer mandato y en 2008 el elegido es Dmitri Medvédev. Putin pasa a ser la segunda figura política del país, pero por poco tiempo. Tres años después el candidato a presidente en las elecciones de 2012 será él. «Somos una nación de ganadores», gritará en uno de sus mítines. Efectivamente, el 4 de marzo 2012 se presentó como ganador entre denuncias de fraude, horas después del cierre del último colegio electoral en un país de diecisiete millones de kilómetros cuadrados y ciento cuarenta y cinco millones de habitantes. Apareció en televisión con lágrimas en los ojos, proclamando que las elecciones habían sido honestas y agradeciendo a los que habían dicho «sí a la Gran Rusia». En 2018 volvió a ganar las elecciones —el mandato presidencial había pasado de cuatro a seis años— y en 2020 impulsó una reforma en la Constitución que le permite mantenerse en el poder hasta 2036. 

En ese camino, en sus sucesivos discursos y acciones, Putin promete devolver el esplendor al país mientras lee atentamente Rusia. Revolución conservadora, de Aleksandr Dugin, un filósofo cuya tesis es que el mundo vive entregado al nihilismo y que alienta una fusión ideológica que aúne conservadurismo cristiano, patriotismo antioccidental y totalitarismo bolchevique.

Putin va adquiriendo cada vez más poder y riqueza, y en entrevistas y artículos se comprueba cómo va engrandeciendo su figura ante sus propios ojos. Tacha a Europa y a Estados Unidos de democracias hipócritas y arrogantes, y reclama respeto mientras usa ejércitos de trols y bots en internet para manipular elecciones y referéndums fuera de sus fronteras y utiliza el chantaje como forma de relación política.

Vive en un laberinto de resentimiento que se nutre de los libros de historia. En sus discursos denuncia el nulo reconocimiento del papel de la Unión Soviética en la victoria sobre los nazis en la Segunda Guerra Mundial, el juego sucio americano en la Guerra Fría, el desprecio al papel de Rusia como interlocutor de categoría en la guerra de Yugoslavia en los años 90, las sucesivas guerras imperialistas americanas en Afganistán o Irak, o la invitación de la OTAN a Georgia y Ucrania a unirse a sus filas. Según el analista Orville Schell, en sus actos oscuros y en sus palabras de rencor Putin busca un imposible: derribar el orden occidental y, a su vez, ser objeto de su estima.

La venganza y fuerza del vodka Koprotkin

Más allá de la fuerza del gas y el petróleo como fórmula de negociación, un gesto que busca ese regreso al tablero internacional de primera línea —utilizando el denominado soft power— son los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi, en 2014. Putin se vuelca en los preparativos de este acontecimiento global con el que pretende devolver a Rusia su estatus de superpotencia. Pero todo se torcerá. En invierno de 2013 miles de personas se manifiestan en la plaza de la Independencia de Kiev a favor del ingreso de Ucrania en la Unión Europea. El mandatario no perdona ese despecho de lo considerado propio, porque esa es la peor de las traiciones. Hace más de mil años, cuando Moscú era apenas una aldea, el Rus de Kiev —una federación de grupos eslavos— dio origen a la identidad rusa. Ucrania es la madre de Rusia, y es también el hermano pequeño integrado en la URSS. El rechazo ucraniano es una tragedia para Putin, y el enfrentamiento es feroz.

Se suceden los muertos y los heridos en Kiev, en una incursión relámpago el ejército ruso se apodera de Crimea y hay enfrentamientos armados en la región ucraniana de Donbás. En las televisiones internacionales se pudo ver cómo miles de moscovitas se echaron a la calle gritando que aquella no era su guerra. Ya lo advirtieron en 2011 la banda de activistas punk Pussy Riot en su canción «Kropotkin Vodka»: siempre se puede ocupar la ciudad y manifestarte contra los oligarcas del Kremlin mientras tomas un buen trago de vodka. Esas marchas son una nueva ofensa a ojos de Putin y la mano de hierro se extiende más y más. El 27 de febrero 2015, a Boris Nemtsov, líder de la oposición rusa que encabezaba las protestas, le pegaron cuatro tiros en el puente Bolshoi Moskvoretski a menos de doscientos metros de Kremlin, una de las zonas más vigiladas de Europa.

Putin promueve el discurso de grandeza y seguridad pero siembra la destrucción. Ahora, siete años después de la doble humillación sufrida en las plazas de Kiev y en las calles de Moscú, tras un discurso plagado de alusiones a las guerras napoleónicas, a la Segunda Guerra Mundial, a Josef Stalin y al desmembramiento de la URSS, Putin ha decidido invadir Ucrania y bombardear civiles a las puertas de la Unión Europea. En los despachos de Bruselas, de Washington, de Pekín, de Nairobi, de Buenos Aires o Canberra, en la mayoría de hogares del mundo, estupefactos ante las pantallas, nadie sabe si nos enfrentamos a una guerra de corto aliento o a los inicios de la Guerra Mundial Z. 


Vladímir Putin, el zar de un imperio imposible (1)

Vladímir Putin, practicando judo alrededor de 1970. Foto Cordon Press.
Vladímir Putin, practicando judo alrededor de 1970. Foto: Cordon Press.

La nostalgia es una ideología y el resentimiento un motor. A treinta años del colapso de la URSS —un imperio que ocupó la sexta parte de la Tierra— Vladímir Putin utiliza la fuerza del terror para lograr un imposible: recuperar la idea de superpotencia física y mental de la Unión Soviética pero en el rostro conservador de una nueva Gran Rusia.

«Los acontecimientos han tomado un giro diferente. Ha ganado la línea de desmembramiento del país y de dislocación del Estado», anunció Mijaíl Gorbachov el día de Navidad de 1991 al declarar la disolución de la URSS. De esa fecha en adelante quince repúblicas que vivieron bajo mando soviético pasaron a convertirse en países independientes. Pero aquel punto final de la Guerra Fría ha resultado ser un punto y seguido. 

El último día del último año del siglo XX el presidente Yeltsin nombró a Vladímir Vladímirovich Putin su sucesor. Desde entonces, los movimientos del máximo jefe del Kremlin parecen dirigidos por la obsesión de reconstruir el mapa que saltó en pedazos aquella Navidad. Tras sucesivas incursiones de diferente pelaje en Chechenia, en Georgia, en Crimea o en Bielorrusia, Vladímir Putin ha invadido Ucrania. Pero ¿quién es Vladímir Putin?

La calle y el reloj

Durante la infancia la intemperie es la representación del mundo. En el piso comunal de Leningrado donde vivía la familia Vladímir Putin no había agua caliente ni baño, el váter apestaba y las discusiones entre familias y vecinos eran constantes. El niño Vladímir Putin, nacido en 1952, pasó gran parte de su tiempo persiguiendo ratas con un palo en ese espacio comunal donde «había peleas brutales, y donde se vivía el poder de las bandas callejeras y el culto a la fuerza. Para sobrevivir en este entorno tenía que ser astuto y brutal, parecer fuerte y no experimentar nunca dudas morales ni sufrimiento», escribe sobre los primeros años de Vladímir Putin el analista político Andrey Piontkovsky. 

En la adolescencia decidió profesionalizar esos golpes, y se apuntó a judo y a sambo —un arte marcial desarrollado para el Ejército Rojo y los servicios secretos soviéticos— en la sociedad deportiva de la Planta Metalúrgica de Leningrado, en la Avenida Kondratievsky. El ruido seco de la caída del contrario en la lona se convirtió en uno de sus sonidos favoritos, y con dieciocho años consiguió el cinturón negro.

En las calles de su ciudad una cosa diferenciaba a Vladímir Putin de los demás. Llevaba un reloj en la muñeca, objeto de asombro entre las bandas de sus enemigos y las de sus amigos. Ese reloj, resplandeciente en la grisura y la suciedad del barrio, denota hasta qué punto Vladímir Putin fue un hijo al que todo se le concede, un pequeño rey nacido de un matrimonio condenado a extinguirse. Durante la Segunda Guerra Mundial a su madre la creyeron muerta por inanición y la apilaron entre un montón de cadáveres durante el asedio de Leningrado, que duró ochocientos setenta y dos días y donde un un millón de personas murieron de hambre, uno de los agujeros más negros de la historia de horrores que es el siglo XX. Su padre luchó contra los nazis y estuvo a punto de morir varias veces: en la penúltima vez casi se congela en un estanque huyendo de los alemanes y en la última le tiraron una granada a los pies.

En ese camino casi imposible de vida, Vladímir fue un hijo-milagro que sobrevive a la muerte de dos hermanos nacidos antes que él. Quizás por ello en la relación con sus padres percibe la adoración de la figura del elegido.  

La juventud y la primavera

El mundo es hostil, y para imaginar su futuro el adolescente Vladímir se inspira en Escudo y espada, una película soviética de 1968 sobre Alexander Belov, un doble espía ruso en la Alemania nazi, un tipo duro cuyo perfecto conocimiento del alemán le permite hacer carrera en los cuarteles generales de las SS en Berlín y ayudar a la patria soviética. 

Esa fantasía juvenil modela sus movimientos en la vida real, y decidido a conseguir su propia insignia del escudo y la espada —emblema de la KGB (Comité para la Seguridad del Estado), los servicios secretos soviéticos—, Vladímir Putin se personó en una oficina gubernamental en Leningrado para convertirse en agente secreto. Le pidieron estudios superiores, se apuntó a la Facultad de Derecho de la Universidad de Leningrado y aprendió alemán. 

Otra de sus inspiraciones juveniles fue Diecisiete instantes de una primavera, una serie de televisión soviética de 1973 protagonizada por otro doble espía llamado Stierlirtz, infiltrado en el Estado Mayor nazi en misión de averiguar las negociaciones de paz que Hitler y Occidente están pertrechando a espaldas de la URSS. 

En 1999 le preguntaron si cuando se alistó a la KGB conocía las purgas de Stalin y la terrorífica reputación de los organismos de seguridad. Su respuesta fue: «Para ser sincero, no pensé en ello en absoluto. Ni un poco. Mi idea de la KGB provenía de las historias románticas de espías. Yo era un producto puro y absolutamente exitoso de la educación patriótica soviética». La representación del mundo proviene en parte de nuestra labor cotidiana y la mentalidad del agente secreto está forjada a hierro entre la sospecha y la conspiración. 

Dresde y la cerveza alemana

Las ilusiones juveniles duran poco. La KGB destina a Vladímir Putin a Alemania del Este, pero no a Berlín —la capital mundial de los espías entonces— si no a Dresde, una ciudad aún arrasada, con vivos rastros de ruina desde los bombardeos de la aviación angloamericana en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial. Allí vivió desde 1985 a 1990 con su joven mujer Lyudmila Aleksándrovna Pútina, azafata de la compañía aérea Aeroflot, y sus dos hijas. Su cargo era tan anodino en la jerarquía secreta que podía ser fotografiado en bares alternando y bebiendo cerveza Radeberger Pilsner sin ningún tipo de problema. Aunque también se especula que en realidad formaba parte del servicio de disidencia interna de la KGB: el espía que espía —y delata— a sus propios camaradas. 

La oficina de la KGB en Dresde estaba en el edificio de la Stasi, la policía secreta de Alemania Oriental. Cuando en 1989, en la ola de acontecimientos que llevaron a la caída del muro de Berlín, una multitud enfurecida destrozó las oficinas de la policía alemana, Putin llamó al mando militar soviético para pedir ayuda. La respuesta a esa llamada fue: «No podemos hacer nada sin órdenes de Moscú. Y Moscú no dice nada». Los movimientos sísmicos de la historia estaban llegando también a las puertas del imperio soviético. 

Política y negocios en el ayuntamiento de San Petersburgo

Vladímir Putin regresa con su familia a Leningrado, que recupera el nombre de San Petersburgo el 5 de septiembre de 1991. Como a la mayoría de los habitantes de la ex Unión Soviética, la inmediatez del cambio de paradigma histórico le ha dejado estupefacto. Se siente perdido. La KGB —cuyas siglas fueron tan temidas en el ancho mundo— parece haberse convertido en humo. Se plantea trabajar de taxista. Su futuro no es el que pensó. «Se encontró en un país que había cambiado de una manera que no entendía y no quería aceptar», según Masha Gessen, autora de El hombre sin rostro. El sorprendente ascenso de Vladímir Putin.

Tiene un golpe de suerte. Su experiencia en el extranjero le facilita un puesto modesto hasta entrar en el mundo de la política gracias a Anatoli Sobchak, uno de sus antiguos profesores de universidad y nuevo alcalde de San Petersburgo. En un vídeo de presentación de los miembros del equipo municipal, Vladímir Putin aparece conduciendo por las calles de la ciudad, en una réplica casi exacta de una escena del espía Stierlirtz en Diecisiete instantes de una primavera, con la banda sonora de la serie de fondo. 

En ese tiempo de ruina económica, caos político y corrupción, cuando el comunismo se ha hundido y el andamiaje capitalista está por construir, Vladímir Putin entra en contacto con Anatoli Chubáis, uno de los padres del proceso de privatización que le introduce en el mundo de los negocios. Su carrera hacia el poder y el dinero va a más. En una crisis que lleva al Ayuntamiento de San Petersburgo —la ciudad que con el nombre de Leningrado vivió el cerco del hambre más atroz— a introducir de nuevo cartillas de racionamiento, varios concejales como Marina Salié y Yuri Gladkov acusaron a Putin de firmar dudosos contratos y de hacer desaparecer setenta millones de euros. El escándalo llevó al consistorio a pedir al alcalde Sobchak la destitución de Vladímir Putin, pero su respuesta fue dotarle de más poderes.

(Continúa aquí)


Ruth Ferrero-Turrión: «De cómo se resuelva el conflicto en Ucrania dependerá el comportamiento de China en su área de influencia»

Ruth Ferrero-Turrión

La crisis ucraniana parecía un intercambio de faroles entre Rusia y las potencias occidentales de cara a reforzar las posturas en una próxima negociación, pero conforme se han ido aclarando las intenciones de Moscú, la incertidumbre ha ido en aumento hasta estallar el conflicto. La historia de Ucrania es la de un Estado joven que ha tenido que afrontar una serie de desequilibrios internos y externos y cambios críticos en los últimos treinta años que al final se están revelando como insalvables. Un escenario demasiado complejo para ventilárselo con opiniones dogmáticas o interesadas.

Ruth Ferrero-Turrión, profesora de Ciencia Política en la UCM, donde dirige el Diploma Geopolítica de los Conflictos Congelados y es investigadora adscrita al Instituto Complutense de Estudios Internacionales, lleva desde los años 90 trabajando sobre el espacio postsoviético. Ha estado sobre el terreno como observadora internacional en prácticamente todos los países de la región. En Albania vivió en primera persona el colapso del Estado tras la crisis de las piramidales, en Macedonia el conato de guerra de 2001, en Ucrania las elecciones que le dieron el poder a Kuchma en 1999 y, en Rusia, la última victoria de Putin. Sus análisis sobre las relaciones entre Moscú y Kiev publicados en la Revista Cidob d’Afers Internacionals o el libro Ucrania. De la Revolución del Maidan a la Guerra en el Donbás, coordinado por Rubén Ruiz-Ramas, destacan por tratar de aportar una perspectiva lo más amplia posible a una crisis en la que hay demasiados intereses en juego. Por eso mismo hemos querido que ella nos dé su visión de la política ucraniana desde la independencia del país en 1991.

¿Cómo valora las declaraciones de Putin en la rueda de prensa, ya histórica, del lunes 21, y el ataque de la madrugada del 24?

El discurso del día 21 de febrero es un discurso esencialmente mesiánico dónde vincula los orígenes de la nación rusa con Ucrania negando directamente la estatalidad de este país y, por tanto, realizando una apelación a su desmembramiento. No es un discurso especialmente novedoso, ya que las cuestiones a las que se refiere ya habían aparecido en intervenciones anteriores.

Una de las mas significativas fue el largo artículo, cinco mil palabras, publicado el 12 de julio de 2021 titulado «Sobre la unidad histórica de rusos y ucranianos». Ya entonces explicaba las razones históricas, geográficas, culturales según las cuales Ucrania no tenía derecho a ser un país independiente de Rusia, sino que debía estar sometido a su voluntad, voluntaria o involuntariamente. Apelaba también entonces a la generosidad con la que Rusia había tratado a Ucrania, incluidas las inversiones y apoyos económicos prestados al país eslavo gracias a las que se había ahorrado ingentes cantidades de dinero, en referencia directa a las rebajas en la importación de gas. Y consideraba que esta generosidad había sido traicionada desde 2004 con la Revolución Naranja, y más adelante con el Maidán en 2014, cuando su «protegida» se había lanzado a los brazos de unos enemigos que fomentaban la rusofobia en el país.

Este mismo discurso es el que ha repetido Putin, con un tono aún más paternalista y controlador propio de potencias imperiales que resisten a perder territorios. Porque eso es lo que Rusia no asume, la pérdida del imperio, primero zarista y luego el soviético.

También ha sido un giro inesperado de los acontecimientos, porque desde una perspectiva absolutamente pragmática, Rusia no tiene nada que ganar con esta decisión. Y no solo no tiene nada que ganar, sino que, además, tiene un efecto, entiendo que no deseado desde el Kremlin, que es el de dotar de una mayor unidad y cohesión tanto a la OTAN como la Unión Europea. Si uno de los principales objetivos de Putin era dividir a sus adversarios, desde luego este movimiento consigue todo lo contrario.

El ataque masivo lanzado por Putin va más allá de lo que muchos pensábamos. No se ha quedado en el mero reconocimiento y ocupación de la parte controlada por los prorrusos del Donbás, sino que ha lanzado un ataque masivo a todo el territorio ucraniano. Esa situación lleva, sin duda, a un conflicto abierto con el ejército ucraniano, un ejército que está mucho mejor armado y entrenado que en el año 2014, cuando comenzó todo el conflicto en la región.

Creo que este movimiento del Kremlin parece buscar todo lo que intentaba evitar y carece de toda racionalidad. Refuerza y cohesiona a la OTAN y a su razón de ser, cohesiona, al menos en un primer momento a la UE; genera un mayor sentimiento antirruso entre la ciudadanía ucraniana e incrementa el número de tropas norteamericanas en Europa.

Veremos cómo se desarrolla el conflicto, pero lo que de momento sí se puede afirmar es que este movimiento otorga carta de defunción a los Acuerdos de Minsk, la única herramienta diplomática de la que se disponía para intentar resolver, al menos parcialmente, el origen de la tensión en la región. A partir de este momento nada va a volver a ser como a principios de este año, tanto para Rusia, como para, por supuesto, Ucrania y su población civil, y para el resto del mundo. Sin duda todas estas acciones tendrán consecuencias en la reorganización geopolítica en Europa, pero también más allá de Europa. Tendremos que esperar y ver cómo se desarrolla esta nueva guerra en Europa; una guerra del siglo XX en pleno siglo XXI.

¿A qué siglo hay que remontarse para empezar a hablar de Ucrania?

Depende a qué nos estemos refiriendo. Siempre es complejo identificar el origen del sentimiento nacional. El nacimiento de la identidad nacional rusa está asociado con el Principado del Rus de Kiev, hay un proverbio ruso que dice «San Petersburgo fue la cabeza de Rusia, Moscú su corazón y Kiev la madre». Sin embargo, ya en el siglo XVII, las poblaciones lituanas, cosacas polacas bajo la tutela del Imperio ruso empezaron a pedir autonomía. Del mismo modo, Ucrania en el siglo XIX no tenía una delimitación fronteriza asentada, ya que partes de su territorio se las disputaban Polonia, Rusia y el Imperio austrohúngaro, que es donde está el origen de las dos Ucranias, la occidental y la oriental. 

Rusia y Ucrania están unidas por fuertes lazos históricos, la misma identidad rusa nace en Kiev, y ahí es difícil desvincular claramente a la nación ucraniana. Históricamente podemos encontrar una lengua ucraniana diferenciada del ruso, pero esto no conforma por sí misma la idea colectiva de formar una nación. Sin embargo, hay que tener en cuenta que la construcción de los grandes imperios multinacionales se realiza sobre la incorporación a los mismos de distintas minorías nacionales y étnicas, y son esas minorías las que en los periodos de disolución de los grandes imperios reclaman la construcción de sus Estados-nación.

Esa es una de las claves para entender esta región, conocida como espacio postsoviético. Por poner un ejemplo, la ciudad ucraniana de Chernivtsí, se denominó en distintos momentos históricos Czerniowce en polaco, Czernowitz en alemán, Cernăuți en rumano o Черновцы en ruso, en función de su adscripción estatal. De hecho, grandes literatos en alemán como Paul Celan o Von Rezzori, nacieron y se formaron en ese territorio de la actual Ucrania. Hoy, en Ucrania, residen quince minorías nacionales. Es un país diverso y multinacional con presencia de rumanos, húngaros, tártaros, armenios, judíos, polacos, etc y, por supuesto, también rusos.

Ruth Ferrero-Turrión

Antes de la Revolución del 17 hubo una declaración de independencia.

Sí, y tras la revolución de 1917 muchas minorías del Imperio ruso exigieron una mayor autonomía. La República Popular de Ucrania fue declarada entidad autónoma gobernada por un Tsentralna Rada (Consejo Central) controlado por los bolcheviques, pero tras la revuelta en Kiev y la pérdida de control del territorio, los rusos establecieron una República Ucraniana con capital en Jarkov. Así fueron apareciendo diversas entidades enfrentadas entre sí. La República Popular Ucraniana, en Galicia Oriental, controlada por polacos que dieron su lealtad a las Segunda República Polaca y la República Popular de Ucrania Occidental, en el este de Galicia, controlada por ucranianos y polacos. Ambas terminarían uniéndose en enero de 1919. Por su parte, en 1918, los patriotas ucranianos habían proclamado el II Hetmanato subordinado al ejército alemán y liderado por Pavlo Skoropadsky. En fin, todas estuvieron enfrentadas hasta que en 1921, tras la batalla de Varsovia, se proclamó la Ucrania soviética. No era todo el territorio actual, una parte al este era Polonia, otra al sur la disputaba Rumanía y el oeste era rusófono. 

La identidad nacional ucraniana tal y como es concebida actualmente realmente no llega hasta los 90, cuando unos políticos hábiles reivindican una construcción nacional que sintetiza la la identidad ucraniana con la rusa, porque el territorio acomoda poblaciones rusas y ucranianas, junto con el resto de minorías nacionales que permanecen en las fronteras actuales. Esto hay que enmarcarlo en el fenómeno que distingue las repúblicas de la URSS que tenían población rusa antes de la Revolución, antes de la caída del Imperio zarista, y en las que los rusos ejercieron como potencia colonial y empezaron a enviar población a partir de 1945 en sucesivas olas migratorias. De este modo, se diferencia a la población rusa que residía en estos territorios antes de la URSS y los rusos llegados como consecuencia de la construcción del Estado soviético. En el caso de Ucrania y de Kazajistán, por ejemplo, la mayoría de la población rusófona lleva milenios en el territorio.

Con el zar, de todos modos, ya había un foco de industrialización en Ucrania muy importante que atrajo mano de obra rusófona.

Era una zona altamente industrializada, pero también muy vinculada a la exportación de cereales. Hay un dicho castellano que reza «agua, sol y guerra en Sebastopol», en referencia a la Guerra de Crimea a finales del 1853. Un conflicto que interesaba a Castilla dado que Ucrania era el principal competidor en exportación de cereales de la época. Se suele decir que a España no le afectan los asuntos del este Europeo y, sin embargo, este es solo un ejemplo de ese error.

El marxismo-leninismo introdujo el derecho de autodeterminación, que resolvía el problema nacional con la introducción del derecho a la secesión en las constituciones de las repúblicas que integraban la URSS, aunque luego la posibilidad de ejercer ese derecho era muy relativa.

Efectivamente, en la URSS, Lenin introdujo este derecho, eso sí, con matices. Cada soviet tenía esa capacidad de decisión, si bien cualquier intento de salida de los límites de la URSS no estaba contemplado. También, fue así en los estados federados, pero no en provincias autónomas u otro tipo de regiones, pero estas repúblicas tenían reconocido el derecho a la autodeterminación en su constitución y eso fue determinante en los posteriores procesos de desintegración de los Estados federales de tipo soviético, la propia URSS, o Yugoslavia y Checoslovaquia. De hecho, estos procesos tuvieron cierto eco en los debates parlamentarios españoles, especialmente con la independencia de los Países Bálticos, y más adelante durante el proceso de disolución yugoslavo. Ambos casos fueron llevados al Congreso de los Diputados por el PNV, en el primer caso, y por ERC en el segundo.

Era un derecho a la autodeterminación solo sobre el papel.

Pero sirvió para activar legalmente la secesión de las repúblicas a partir de 1991. Además, es importante recordar que las constituciones comunistas que se aprobaron después del 45 incorporaron derechos sociales que no tenían las occidentales, como por ejemplo, el derecho a las vacaciones pagadas, si bien no existía el derecho a elegir destino, claro. También se incluyó la redistribución de las tierras, algo fundamental en países esencialmente agrarios y dónde las identidades estaban vinculadas a una estratificación social heredada de los imperios.

Esto venía del Imperio austrohúngaro, que estaba compuesto por lo que se conocía como la Monarquía Dual desde 1867, con gobiernos en Viena y Budapest. Los austríacos resolvían así las aspiraciones emancipatorias húngaras, pero dejaron en un segundo plano las de los pueblos eslavos y los italianos, a los que se les dio el rango de nacionalidades del imperio. Además, en este imperio multinacional existía una estratificación social en función del grupo nacional al que se estuviera adscrito. De este modo, eslovacos, rumanos, ucranianos se asocian al campesinado y al mundo rural, los húngaros eran los caballeros encargados de la protección de las fronteras del imperio; judíos y alemanes trabajaban en las ciudades, en comercio y banca, mientras que los gitanos tenían asignada las funciones de limpieza y artesanías. este tipo de distribución permaneció parcialmente también durante el periodo soviético.

En el caso de Ucrania, la estratificación estaba muy clara y los líderes nacionalistas ucranianos la reivindicaron para diferenciarse de los rusos en el sentido étnico del término. Sobre esa base se empieza a construir la identidad esencialista ucraniana. Hay que tener en cuenta que desde 1990 hasta 2004, el proceso de construcción nacional da lugar a una identidad muy cívica, muy republicana. Sin embargo, el estallido de la Revolución Naranja en 2004, se sostuvo sobre la base de la regeneración política, pero también sobre la base de la exaltación un nacionalismo identitario. Un ejemplo de lo anterior se puede observar en la puesta en escena de Yulia Timoshenko, que utiliza el peinado y vestuario tradicional campesino ucraniano con el fin de apelar a esa identidad que se construye frente a la rusa.

Con Lenin se establecieron unas fronteras del Estado Ucraniano en la URSS, pero luego, con Stalin ¿cómo afectaron las colectivizaciones forzosas y la Gran Hambruna?

Hubo un intento de sometimiento porque, precisamente, Ucrania era el granero de la URSS. Fue un interés netamente económico, que también fue utilizado políticamente. Stalin no quiso depender del rendimiento de las pequeñas explotaciones minifundistas de cereal, al tiempo que veía como amenaza una potencial asociación campesina contra su régimen. La forma de eliminar a los intermediarios fue la colectivización de la tierra, y de paso terminaba con la capacidad asociativa del campesinado. Era una política claramente jacobina, centralizaba los ingresos y el Estado se encargaba de la redistribución. La gran hambruna que se vivió durante los años 30 en Ucrania marcó probablemente un punto de inflexión en el proceso de construcción de la identidad ucraniana frente al enemigo ruso. Para entender este episodio, recomendaría Hambruna Roja de Anne Applebaum o Tierras de Sangre de Timothy Snyder, que han narrado la situación vivida en durante ese periodo de manera magistral.

Aproximadamente un ochenta por ciento de la población se quedó sin nada. Era una reestructuración económica que se estaba llevando a cabo en todo el territorio de la URSS, pero el impacto en Ucrania fue mucho mayor. Además, los ucranianos étnicos eran mayoritariamente campesinos, fue a ellos a quien más afectó, porque los rusos estaban principalmente en la zona industrializada, donde se hizo la gran inversión estalinista de modernización industrial. Si no estás familiarizado con este tipo de hitos históricos, ves a Timoshenko con trenzas y piensas que quiere parecerse a Leia de La guerra de las galaxias, pero en realidad, apelaba a un relato que permanece en la memoria colectiva de una parte sustantiva de la población. 

Reivindicaba al campesinado como hacedores de la nación, la resistencia frente al ruso que les ha machacado durante siglos, identificaba a Stalin con el ruso, y así pretendía movilizar a la ciudadanía afín en esa dirección. Luego vendría la normalización lingüística. La primera vez que fui a Ucrania con la OSCE, en 1999, acababan de sacar las cartillas de guardería en ucraniano, no tenían todavía y habían pasado diez años de la independencia. Antes, solo se hablaba en casa, se encontraba en una situación como había estado aquí el euskera. La lengua franca entonces todavía seguía siendo el ruso. 

Con Jrushchov hubo una especie de primavera soviética en Ucrania, con Petro Shelest se reivindicó la cultura nacional, sin embargo, con el golpe incruento de Breznev, se purgó a los líderes e intelectuales que habían participado en el movimiento y se pasó a un periodo conocido como «la rusificación« con el gobierno del rusófono Volodymyr Shcherbytsky…

Los líderes comunistas desde los años 70 lanzaron políticas de homogeneización étnica en todos los territorios siguiendo las pautas marcadas desde Moscú. Tras la II Guerra Mundial, los soviéticos controlaban Europa central y oriental, allí se implantaron regímenes a imagen y semejanza del estalinista. Durante los primeros años, de hecho, a pesar del profundo antisemitismo que siempre había existido en esta región, desde Moscú se protegió a la intellitentsia judía, que había colaborado en la lucha contra el nazismo, puesto que, además, le concedía cierto prestigio exterior. Sin embargo, en los 50 empezaron purgas dirigidas a los judíos y los procesos de homogeneización etnonacional. El objetivo era la construcción de repúblicas populares comunistas en países étnicamente homogéneos. Se trataba de evitar divisiones internas como consecuencia de la diversidad nacional, puesto que se temía que las minorías pudieran componer una suerte de quinta columna. Pretendían evitar cualquier «desviación nacionalista» que distrajera de la implantación del socialismo. Y todo esto se aplica en Ucrania.

Estas políticas para la homogeneización fueron muy comunes en los años 70. Hubo procesos de bulgarización en Bulgaria, de rumanización en Rumanía… Sin embargo, en Ucrania no fue tan sencillo. Las distintas intentonas de ucranianización en el seno del Partido Comunista Ucraniano fueron vistas desde Moscú como contrarrevolucionarias y todos sus líderes fueron purgados. Más adelante, se inició un proceso de rusificación a través de la implantación de la educación básica en ruso, y desde los 80 el ruso sería la lengua dominante en educación primaria. Los ucranianos tenían permitido utilizar su lengua, pero la lengua franca era el ruso y los rusos estaban asentados en las grandes ciudades del territorio. Se intentó fortalecer una identidad rusa vinculada a los procesos de industrialización. La lengua ucraniana perdió peso específico. Esta dinámica junto con la llegada de más rusos a las zonas industriales generó desequilibrios demográficos en el territorio. 

Las guerras demográficas al final son así y Ucrania no fue una excepción. Por ejemplo, en Rumanía se pudo observar como Ceaucescu utilizaba el proceso de modernización industrial llevado a cabo en Transilvania para conseguir un doble objetivo. De un lado poner en marcha un polo de industrialización en el país y, de otro, reducir el peso demográfico de los magiares en esa región al favorecer la llegada de trabajadores rumanos procedentes de la zona de Wallachia. Así redujo el desequilibrio regional y debilitó las pretensiones irredentistas. 

Creo que hay una continuidad continental con más puntos en común de los que nos pensamos, vemos siempre a Europa central y del este como algo diferente y, aunque tengan sus peculiaridades, no son bichos raros. Cuando se dan una serie de condiciones, ocurre lo mismo en todas partes. En la España franquista se puede observar como las migraciones interiores campo ciudad también impactaron en el equilibrio demográfico de los polos de atracción industriales. Y ello debilitaba potenciales reivindicaciones nacionales.

¿Esos movimientos no habían existido ya antes del franquismo?

Sí, pero en los años 60 fue cuando se produce una reforma estructural de la economía en España, lo que potenció un movimiento sin precedentes. La ausencia de avance modernizador en el campo, junto con la posibilidad de mejorar en las condiciones de vida sin duda fueron causas decisivas de este proceso migratorio. Entonces, un millón y medio de personas migraron al extranjero, frente a los dos millones que lo hicieron hacia los polos industriales del País Vasco y Cataluña. La política económica, sin duda, tiene un impacto en la demografía y España no es una excepción.

Ruth Ferrero-Turrión

Cuando Ucrania logró su independencia en agosto del 91, fue con un noventa y dos por ciento del voto. A pesar de las consecuencias de la rusificación y una población tan diversa, la mayoría se pusieron de acuerdo en que independientes de Moscú iban a estar mejor

El momento era propicio, era una fase de desintegración absoluta. No solo había una gran debilidad en el centro, en Moscú, sino la percepción del fracaso de todo el proyecto soviético, unido también a la tragedia de Chernóbil. Todo eso impulsó el proceso de independencia. También fue una época de florecimiento de los nacionalismos en Europa; nacionalismos que habían permanecido congelados desde el fin de la II Guerra Mundial. De repente, esos territorios se encontraron empoderados y con el respaldo legal que hemos mencionado para la construcción de su propio Estado-nación.

El problema es que estos nuevos Estados surgidos de la disolución de la URSS tuvieron que abordar a la vez procesos de cambio político, cambio económico, cambio cultural y la construcción de una institucionalidad. La nueva identidad se creó frente al ruso, al que se consideraba gran invasor desde el 45, de ahí que incluso se hable de proceso de descolonización del imperio soviético con todo lo que ello implica. 

Muchos de estos nuevos Estados apenas habían tenido unos años de independencia estatal durante el periodo de entreguerras, como es el caso de los Bálticos, pero los procesos de construcción nacional se realizaron sobre bases etnocéntricas, así en Estonia y Letonia no se reconoce la ciudadanía a aquellas personas que hubieran llegado al territorio con posterioridad a junio de 1940, fecha de la invasión soviética. Por ejemplo, creo el futbolista Valeri Karpin obtuvo su pasaporte estonio puesto que su abuelo había nacido en territorio estonio antes de 1939.

Lograron generar ilusión con la independencia ante la decadencia general que les rodeaba, pero la sorpresa llegó enseguida. Un ochenta por ciento de la economía ucraniana dependía de la URSS y, con su desintegración, se hundió. Sufrieron el colapso económico del comunismo y el colapso económico del postcomunismo.

Las dependencias económicas en el CAME/COMECON eran tremendas y, además, monocultivo. Cada estado estaba especializado en la exportación de un producto. Simplificando, los búlgaros se especializaron en la exportación de carne de cerdo y perfume de rosas, los Bálticos en la construcción de maquinaria especializada, como teléfonos y ordenadores, y los ucranianos tenían la industria metalúrgica pesada. Para los Bálticos la posición era muy buena, porque su industria se pudo modernizar y adaptar al mercado internacional globalizado, pero la industria pesada ucraniana y el cereal, en un país de dimensiones tan grandes, estaban en declive. Además, tenían una gran dependencia energética, un hecho clave en sus relaciones con Rusia. Si a eso le quitas el centro inversor, que era Moscú, se produce el desastre. Los estalinistas presumen de que la última gran inversión industrial en el territorio la hizo Stalin y, efectivamente, así es. Ningún otro líder soviético hizo una inversión semejante orientada a la modernización industrial del país. Los primeros años del proceso de independencia fueron años durísimos para las poblaciones. El desmantelamiento de las estructuras sociales y económicas sostenidas por el Estado hasta entonces y los procesos de privatización provocaron desempleo y pobreza, además de una inflación que alcanzó números de tres y cuatro cifras. 

Llegó un momento en el que para salir de ese bache y para recibir créditos del FMI, tenían que racionalizar la economía, para el FMI en ese momento racionalizar significa reducir el gasto social y privatizar. En la parte industrializada, en Donbás y esa franja oriental, ya estaban desencantados con el hundimiento económico tras la independencia y ahora se les exigían más sacrificios. A la vez, los partidarios de esas reformas eran los sectores nacionalistas ucranianos esencialistas…

En el caso de Ucrania, por sus vínculos tan cerrados con Rusia, no se pusieron mecanismos de cambio económico de la dimensión de los ocurridos en la República Checa, Hungría o Rumanía, donde, aparte de las dimensiones, jugaba un papel el horizonte de integración en la Unión Europea. Además, Moscú ejercía una posición de dominio aprovechando la dependencia energética, algo que también ocurrió parcialmente en Bielorrusia. Sin embargo, el hundimiento de la bolsa rusa a finales de los años 90 tuvo un fuerte impacto en Ucrania. No había dinero para invertir en una modernización industrial que permitiera cumplir con las exigencias de los mercados globalizados. En ese contexto aparecieron los primeros movimientos políticos que reivindicaban una mayor aproximación a la Unión Europea y Estados Unidos porque creían que les obtendrían más rendimientos que los vínculos que mantenían con Rusia, que en ese momento estaba atravesando una profunda crisis. Esta dinámica duró ocho o diez años hasta que llegó Putin, pero en esa época será cuando Occidente, en una acción que subestimaba la capacidad rusa, puso en marcha el proceso de ampliación de la OTAN.

Sin embargo, en esas fechas también hubo encuestas en Ucrania en las que apareció que la popularidad de Rusia era mayor en los que tenían entre diecinueve y cuarenta y cuatro años en lugar de los mayores, lo que hubiese sido más natural por eso de echar de menos un pasado donde todo era más estable y previsible.

Seguramente, ese dato se explica porque los mayores vivieron el declive de los 70, mientras los jóvenes ven esa época con nostalgia. Es la famosa nostalgia de la que tanto se habla. Creen que les iba mejor con la URSS, pero lo creen los que no lo han vivido. Ellos solo saben que sus padres tenían calefacción todos los días y asistencia médica gratuita, pero sus padres lo que recuerdan es cómo fueron deteriorándose estos servicios y se reducían los subsidios que llegaban de Moscú.

Desde Occidente se les exigían reformas, grandes sacrificios, con la idea de que había que estar peor para poder estar mejor…

Eso se hace porque se sabía que no quedaba otra, su situación era calamitosa, pero aquí hay que tener en cuenta que, cuando se gana una guerra, no se puede humillar al perdedor, y eso es lo que se hizo con estos países. En un momento de debilidad extrema, se les daban créditos a un interés elevado, mientras que los herederos del aparato estatal soviético se apropiaban de los recursos estatales vía privatizaciones. Se pasó del paraíso de la igualdad de la URSS, que no lo era, a uno de concentración absoluta de la riqueza. Un capitalismo mafioso, tal y como lo denominó Carlos Taibo.

Con todo, hubo varios modelos de privatización. Hubo terapias de choque en las que se puso todo a la venta, es lo que hizo Hungría, y se las vendió al capital extranjero, no dejó nada dentro, mientras en otros casos, como el checo, se hizo una transición más tranquila, privatizaron, pero con un modelo más cooperativo en el que en algunas industrias los trabajadores participaron el proceso, así pudieron frenar la caída libre de la economía que sufrieron todos estos países. En los demás, la descapitalización del Estado generó grandes dosis de clientelismo y corrupción. En el caso ucraniano, como en tantos otros, aparecieron los famosos oligarcas, grandes señores herederos del aparato soviético y que tenían controlados los territorios.

La cuestión es que se les exigían sacrificios desde el oeste, mientras ese oeste se aprovechaba la apertura de esos mercados.

Eso no creo que llegue hasta Ucrania o Bielorrusia. En el caso de los países de la integración de 2004 y 2007 los objetivos para las reformas estaban claros, la integración en la Unión Europea, sin embargo, el caso ucraniano nunca ha estado en la agenda de Bruselas, de hecho, hasta el año 2013 no se habla de la perspectiva europea del país, y eso fue, digamos, «interpretado» como una puerta abierta a una potencial adhesión a las instituciones europeas.

El primer líder de la Ucrania independiente, Leonid Kuchma, presidente entre 1994 y 2005, que en la URSS había sido diseñador de misiles nucleares, había trabajado en el SS-18, conocido como «Satán», llegó al poder aupado por el clan de Dnipropetrovsk… ¿Qué son esos clanes?

Diría que los clanes son el reflejo de cómo los caciques controlan los medios de producción e industria de determinadas regiones. En el capítulo «Oligarquía, regionalismo e inestabilidad: el sistema político ucraniano» en el libro de 2016 Ucrania. De la revolución del Maidan a la Guerra en el Donbass coordinado por Rubén Ruiz Ramas, se explicaba muy bien quiénes eran los oligarcas y cuáles eran y son su disputas por el poder político y económico hasta rivalizar por ser presidentes de la república. El último ha sido Poroshenko.

Poroshenko llegó él mismo al poder, fue el primero que lo hizo directamente, los anteriores presidentes tenían todos un magnate detrás, incluso el actual. 

Estamos hablando de economías mafiosas y sus dinámicas de funcionamiento son también mafiosas. Tenemos un clan que controla económicamente una región, todo se circunscribe a sus redes clientelares, y con ellas domina ese territorio, lo que les permite controlar también el poder político para no perder privilegios adquiridos, que venían ya del régimen anterior. Por eso, al hablar de nacionalismos hay también que tener cuidado porque muchas veces es más importante tener en cuenta cuál es el poder económico que está detrás. 

Una buena parte de las resistencias al acuerdo con la Unión Europea en 2013 vinieron por parte de los oligarcas orientales que consideraban que perderían capacidad competitiva ya que sus empresas estaban sin modernizar. este problema lo ha tenido toda la industria postsoviética, que se encontraba en una situación de obsolescencia con mucha falta de inversiones. De modo que si no entras a competir en el mercado global, puedes mantener el negocio, pero si te integras te comen la cuota de mercado y llegan multinacionales extranjeras que arrasan la industria local… Es algo que es inevitable, pero que se intentó dilatar. Además, otro problema que agrava esta situación es la estabilidad. Si no la hay, no llega la inversión extranjera. En un círculo vicioso. De esta pugna poco se habla cuando se hacen análisis. 

Kuchma se encontraba ante la tesitura de que si hacía reformas económicas podía afectar a la unidad del país por las regiones con esa situación industrial.

Probablemente, la parte más industrial, el este, podría haber intentado unirse a la Federación Rusa. 

Este problema lleva latente años, no es una novedad.

Efectivamente, si se hacía una reconversión industrial afectaría a los magnates y también a las familias que vivían de ese sector. Todo esto con el agravante de que la población mayoritaria de esos territorios es rusa o rusófona y que no hacía mucho pertenecían al mismo Estado, la URSS. Eso disparaba la mentalidad de «como ahora nos gobiernan los ucranianos nos va así de mal, yo quiero irme con mi madre patria que es Moscú».

Ruth Ferrero-Turrión

Kuchma quiso entrar en la UE y en la OTAN y ambas le dijeron que no, qué paradoja con lo que estamos viviendo actualmente.

Esto ocurrió durante el momento de máxima debilidad de Rusia, en los años noventa. Kuchma, muy hábilmente, quiso aproximarse a Occidente dada la precaria situación de Moscú. No sabemos cómo respaldaba este movimiento la población, porque los procesos electorales de entonces eran poco claros y las encuestas de opinión pública poco fiables en una democracia de bajo rendimiento y con altos niveles de corrupción. En todo caso, nunca ha habido una oferta de ampliación por parte de la UE, ni tampoco una solicitud formal por parte de Ucrania para ello.

La primera vez que se habló de ampliación hacia Europa del este fue en el 95, hasta 2000 no se tomó una decisión y no fue hasta el Tratado de Niza cuando se comenzaron a preparar las instituciones para incorporar a los países del este. Nunca se puso encima de la mesa la incorporación de países como Bielorrusia, Ucrania, o incluso Moldavia. 

Ucrania era a todas luces inasumible. Piensa que, incluso para algunos, Polonia era inasumible por su tamaño y población, imagina un país de las dimensiones de Ucrania… Incluso en el caso de la ampliación de la OTAN, en los noventa no se planteaba la incorporación de países que hubieran formado parte de la URSS, por lo que Ucrania quedaba a todas luces descartada.

Otro fenómeno que ocurrió con Kuchma y tuvo gran importancia es que empezó a concentrar poder. Después, tanto en la Revolución Naranja como en el Maidán se exigió un reparto más democrático del poder y menos presidencialismo.

Los líderes con tics autoritarios lo primero que hacen es reforzar la figura del presidente o el primer ministro. Lo acabamos de ver en Hungría, por ejemplo. En Ucrania se fueron introduciendo más rasgos de tipo presidencial para poder controlar todo el poder político y económico desde arriba. Es un ataque directo a la división de poderes. Por eso estas manifestaciones de Kuchma de acercarse a la UE no las vi como ninguna una perspectiva europea, sino como forma de controlar las redes clientelares y la corrupción. Una pataleta contra Moscú.

Estados Unidos convirtió a Ucrania en estas fechas en el tercer receptor de ayuda después de Israel y Egipto.

Eran los años Clinton, sabían de la debilidad de Yeltsin en Moscú y la sensibilidad que tenía Rusia con Ucrania. este paso está relacionado con la ampliación de la OTAN, que es lo que Rusia no está dispuesta a tolerar ni a aceptar. Es el origen de la tensión actual en la región.

Crimea también tuvo intentos independentistas durante ese periodo.

Crimea fue siempre especial porque fue un territorio cedido por Jrushchov. Rusia siempre ha tenido el problema del acceso al mar, los mares del norte no permiten el acceso de la flota ya que están congelados, de este modo el puerto de Sebastopol se convierte en un punto estratégico fundamental. Crimea no es solo el acceso al mar, es la puerta al Mediterráneo y al control de los estrechos. El mar de Azov no es navegable, apenas tiene catorce metros de profundidad. Crimea siguió perteneciendo a Ucrania también después de su independencia, pero siempre con el compromiso de permitir alojar a la flota rusa en Sebastopol. Este acuerdo se renovaba cada cierto tiempo. De hecho, poco antes de la revolución del Maidán el contrato fue renovado. En 2010 se acordó que la flota rusa podría permanecer en Sebastopol hasta 2042. A cambio, Ucrania tendría un descuento del treinta por ciento en los precios del gas ruso.

Esos intentos de independencia no fueron nada extraordinario. Ante el hundimiento económico, con los turistas rusos sin acercarse como consecuencia de la crisis, la población, que recordaba que antes el dinero llegaba de Moscú, simplemente quiso volver a Moscú. Ahora, a pesar de las más que probables irregularidades en la convocatoria del referéndum, no parece que el resultado hubiera variado sustantivamente de haberse realizado en otras circunstancias. Piensa en Transnistria, donde todo está financiado por Moscú. Si de repente todo se solucionara, pasarían a depender de Chisináu, pero si los moldavos no tuviesen dinero, pues rápidamente un movimiento querría volver a estar con Rusia. Pero en este caso, además, Crimea ha pasado a ser parte de la Federación Rusa, por lo que sus beneficios, al menos en el corto y medio y plazo, son mayores.

Desde el punto de vista ucraniano, ese es el gran problema de las independencias. Los primeros años de construcción estatal son los más problemáticos. Tienes que reconstruir todo, crear instituciones, una clase política autónoma, y en el caso ucraniano poner en marcha un proceso de transformación económica que era mucho más conflictivo que la independencia en sí. No se trata solo de pasar de una dictadura a una democracia, es un Estado nuevo, una identidad nueva, una transición económica, que para llegar a ser una economía de mercado tiene que desmantelar las coberturas sociales y cerrar fábricas con un impacto importante en la población. Y todo, como le pasa a Ucrania, con un territorio superpoderoso al lado, que para unos ha sido opresor, pero para otros es su patria.

La etapa de Kuchma acabó con asesinatos a periodistas…

Hubo un aumento del autoritarismo en su mandato. En ese momento no se podía decir que Ucrania fuese una democracia. Por eso las revoluciones naranjas se llamaron democráticas, apelaban a una regeneración. 

Entonces hubo algo más que injerencia extranjera, de la CIA y demás…

Por supuesto, este tipo de movimientos no puede funcionar sin una sociedad donde estas demandas tienen una fuerte base social. Estados Unidos, el FMI o el Banco Mundial habían invertido de manera sustantiva durante la década anterior, vía préstamos y ayudas. La dinámica es sencilla. La percepción de la población es proclive a los cambios y la movilización social los exige. Más allá de los intereses geopolíticos y económicos de los actores involucrados, lo cierto es que había una demanda de regeneración democrática.

El gran rival que tuvo Kuchma en esta deriva fue Víktor Yúshchenko, que venía de una familia étnicamente ucraniana y su padre había estado prisionero en Auschwitz, Dachau y Buchenwald. Cuando su figura empezó a tener cierto relieve, le envenenaron.

No era afín a la línea oficial de Kuchma, era prooccidental y tenía serias posibilidades de ganar las elecciones. Ahora hablaríamos de democracia iliberal, pero en aquel momento el concepto no se había popularizado. Lo único democrático era la puesta en escena de los procesos electorales, una democracia procedimental. Kuchma, como en otras repúblicas postsoviéticas, patrimonializó el Estado.

Yúshchenko venía de la banca, en un periodo en el que las corruptelas que hubo llevaron a una crisis en la que miles de ucranianos perdieron sus ahorros.

No sé qué participación tendría, alguna debió tener. Los chanchullos bancarios fueron muy habituales en los 90 en todos los países del este, además, siempre liderados por las facciones más liberales de las fuerzas políticas, como es el caso de Yúshchenko, que pertenece a un movimiento político que quería introducir principios los liberales del libre mercado. Estos políticos siempre iban con trajes chaqueta impecables. Se trataba de una forma de hacer política muy diferente a la de la vieja política heredada del periodo soviético. La puesta en escena era un episodio más de las posiciones clásicas entre eslavófilos y occidentalistas, o lo que es lo mismo, aliados de Rusia o aliados de Occidente.

Ruth Ferrero-Turrión

También aparece en estas fechas Yulia Timoshenko. Criada en una zona de mayoría rusófona, al parecer era hija de un armenio nacido en Letonia que había emigrado a Ucrania y luego abandonó a su mujer y a su hija, por eso ella de soltera tuvo el apellido ruso de su madre, que luego se cambió por el de su marido… En esta primera etapa, su obsesión era acabar con el trueque que dominaba los negocios del gas y que, por ese motivo, por hacerse sin usar moneda, hacían que el estado no ingresase.

Ella tenía intereses previos en el negocio del gas, en la importación y exportación, entre otros con empresas vinculadas a Bush en Texas. Con esa propuesta política, lo que pretendía era controlar todas las transacciones gasistas que se efectuaban en el territorio.

Entonces no era tan tecnócrata reformista, sino que había detrás algo más prosaico.

Vendía esa imagen, pero tenía unos intereses muy claros y por ese motivo la apoyaban desde Estados Unidos. La Revolución Naranja no hubiera tenido lugar sin un descontento de la ciudadanía, pero también si no hubiera sido apoyada desde fuera. Todo esto ocurre en un periodo en el que Putin empieza a incomodarse y le tiene mucho miedo a estas revoluciones de corte liberal, temía un efecto contagio hacia Rusia. En esta época, diría que hasta 2004, Putin tiene una mano tendida a Occidente para establecer unas relaciones de cooperación con la UE y EE.UU. De hecho, firma muchos acuerdos bilaterales, como el Consejo OTAN-Rusia, pero las revoluciones de colores empezaron a generar cierto temor en Moscú. Tanto por el posible efecto contagio y el impacto en el sistema ruso, como por los niveles de influencia occidentales que se pueden transmitir por esa vía. El miedo estaba en la penetración americana en el Cáucaso y su capacidad de influencia, en aquel momento iban a rebufo de la expansión occidental. 

La Revolución Naranja tuvo un saldo positivo, consiguió reformas institucionales que democratizaron el país después de que Kuchma hubiera concentrado el poder y hubiera empezado a pasarle cosas a los periodistas y a los que disentían.

Obviamente, estas revoluciones de colores querían poner en marcha procesos de regeneración democrática después de los intentos fallidos de cambio político introducidos en el momento de la independencia. Se demandaba algo más que democracias procedimentales que convocasen elecciones cada cuatro años y nada más; sin pluripartidismo real, sin libertad de prensa, sin igualdad ante la ley, en una palabra, implantación del estado de derecho y la separación de poderes, que haya un control efectivo de la acción política. Nada de esto existía, nunca se había intentado poner en marcha en estos términos.

La Revolución Naranja sucede además en un momento crítico. Recordemos el 11S, la guerra de Afganistán, la guerra contra el terror y la invasión de Irak. Un despliegue de inteligencia en el espacio postsoviético al mismo tiempo que se entra en dos países musulmanes. Todo esto liderado por Bush, que, además, tiene intereses económicos muy relevantes vinculados a los hidrocarburos.

El clan de Texas.

Y su aliada en Ucrania es Timoshenko, la zarina del gas. El objetivo era conseguir el monopolio mundial de los recursos fósiles.

En Rusia, se integró Yukos Oil en Gazprom a las bravas. Putin tenía en la compañía a su delfín Medvédev y la reorganizó para tener el control de los recursos en Rusia y poder emplearla en el exterior como forma de presión. Se ha llegado a hablar de una especie de arma posmoderna.

Yukos sufrió una nacionalización en toda regla y se metió en Gazprom, patrocinador de la Champions League, renovado hasta 2024. El gas es uno de los instrumentos de negociación que tiene Rusia. El otro es su fuerza militar. Creo que todos los actores globales utilizan los instrumentos a su disposición para alcanzar objetivos y negociar y este caso no es diferente.

Otro objetivo de Timoshenko sonaba bien, fue la reprivatización de empresas. Impugnar los procesos de privatización con los que el capital del Estado había ido a parar a oligarcas y clanes.

Quería desmantelar las redes clientelares del anterior, pero para implantar las de ella. Se trataba de sustituir unas redes por otras que le fueran más favorables a sus intereses.

De nuevo, ¿no era una reforma tecnocrática buena para Ucrania? Había empresas por las que había habido ofertas estadounidenses o del Reino Unido, pero se habían vendido por mucho menos precio al magnate de turno. Un caso luego se reprivatizó y, vendida a Mittel, fue la transacción de estas características que más dinero dio a las arcas públicas de todo el espacio exsoviético.

Pero lo que hay que mirar es cuáles eran las redes comerciales de esta señora. Tenía complicidad con los compradores. Kuchma, obviamente, privatizó para sus amigos ¿pero para quién lo hizo Timoshenko en el extranjero? De hecho, fue a la cárcel.

Fue dos veces a la cárcel ¿no fueron detenciones arbitrarias?

Habría que ver si nos creemos cómo opera el sistema judicial ucraniano. Esa es una de las dificultades de investigar estas cuestiones. Parece ser que ella tenía sus redes de socios comerciales y que, obviamente, recibía comisiones, como Juan Carlos, a cambio de esas reprivatizaciones. 

Empezó vendiendo cintas VHS.

Era muy modelo estadounidense de self-made man, en este caso woman. Ha sido una mujer capaz de reconvertirse de una forma increíble. Pasó de tener una imagen de magnate de los negocios de habla rusa y castaña a ser el paradigma del ideal ucraniano, una campesina rubia símbolo de la nación. Es una política capaz de captar muchas lealtades en el oeste y en el centro del país. Consiguió aunar a varias tendencias disidentes del sistema. Sin embargo, cuando fue condenada por corrupción hubo más protestas en Europa occidental que en Ucrania. Personalmente, no he investigado las redes de Timoshenko, pero sabiendo que trabajaba en el sector gasístico antes de llegar al poder, con empresas extranjeras, y que tenía el objetivo de la privatización de ese sector, parece difícil pensar que no tuviera intereses económicos particulares, más bien al contrario.

Quería revisar tres mil contratos de privatizaciones realizadas tras la independencia.

Los que Kuchma había distribuido entre sus amigos. La cuestión es que algunos dejaban buen dinero al Estado, pero la pregunta que hay que hacerse es qué pasó con los trabajadores cuando los compradores eran extranjeros. Lo habitual cuando se hacen este tipo de privatizaciones es realizar una reconversión industrial, generalmente para automatizar y mandar a gente al paro. Si el Estado no está preparado para absorber las circunstancias de las familias que se van al desempleo, automáticamente se forman grupos vulnerables y capas de sociedad sin protección social. En este caso, si era una acería, se encontraría en el este… Timoshenko negociaba con empresas occidentales las privatizaciones mientras con Estados Unidos negociaba el gas. Pero también negociaba con Moscú. De hecho, una de las condenas que recibió fue como consecuencia de la firma de un acuerdo con Putin sobre la importación de gas. Un acuerdo que no benefició económicamente a Ucrania.

¿Por qué fracasó la coalición naranja en el gobierno?

En este tipo de movimientos siempre es más fácil establecer alianzas para ir a la contra, que la capacidad de armar un proyecto concreto que tenga impacto entre los ciudadanos. Aquí surgieron desavenencias entre los socios e intereses enfrentados. Algo que tenía mucho que ver con la ausencia de un sistema de partidos implantado y con capilaridad en el territorio, un sistema político con el que se pueda trabajar sin temer a las redes de influencia. 

Cuando caen, en 2010 llega Yanukóvich. No habló ucraniano hasta los cincuenta y dos años y porque le obligó la ley. Había sido delincuente juvenil, pasó por la cárcel, amnistiado en el quincuagésimo aniversario de la revolución bolchevique, soldador en una cadena de montaje, fue apadrinado por un cosmonauta de su pueblo, que le introdujo en el Partido Comunista y ahí todo cambió e hizo carrera. 

Sí, adolescencia problemática. A mis estudiantes les digo que tuvo un origen dickensiano, hijo de familia trabajadora industrial, poco atendido en casa porque sus padres están en la fábrica, acaba delinquiendo hasta que alguien importante de su pueblo le introduce en el partido para que ahí le metan en cintura. En todo ese proceso, cuando se va incorporando a la vida pública, tiene que respetar una constitución en la que ya está normalizado el ucraniano, el idioma nacional. 

En el gobierno, presentó presupuestos deficitarios porque atendía al gasto social. Estaban incluso negociados con el Partido Comunista. Estas políticas hacen que el FMI paralice créditos que tenía concedidos a Ucrania. 

Lo que pone en marcha es una política multivectorial. Negociar unas cosas con Rusia y otras con Occidente, tener una especie de estatuto de neutralidad. Ya lo había intentado Kuchma, pero le salió mal porque Occidente no le hizo caso. Yanukóvich en 2010 lo que hizo fue reestructurar los principios de política interior y exterior ucraniana con una ley que dejaba en suspenso la integración en la OTAN. En 2008 en la cumbre de Bucarest, la Alianza Atlántica ya había lanzado la candidatura de Ucrania y Georgia. Esta decisión no tuvo que ver con presiones rusas, sino con la situación económica del país. En ese momento, tiene unos niveles de exportación del 26-29 % y de importación del 31-35 % El volumen de intercambio comercial es prácticamente el mismo con Rusia y con la Unión Europea. Yanukóvich entonces decide que lo que más le conviene es estar a bien con las dos.

Pero la inversión en Ucrania de la Unión Europea era diez veces superior a la rusa.

Efectivamente, es imposible no tener también en cuenta los vínculos históricos y afectivos entre Rusia y Ucrania. Esto le hace tener el corazón partido. No podían perder las exportaciones que hacen a partes iguales a un lado y al otro ya que ambas le permiten mantener su autonomía, y su existencia. La única política viable en esas circunstancias era una que no les comprometiera con una parte o con otra. La salida fue esa línea multivectorial que permitiera tratos con unos y otros sin poner en peligro la situación comercial del país.

Funambulismo.

A Kuchma no le había funcionado, pero Yanukóvich lo volvió a intentar. Esto provocó que el acuerdo al que se había llegado con la OTAN quedase en suspenso. Putin estaba encantado, así no se tenía que preocupar de la arquitectura de seguridad en terreno ucraniano. Y es precisamente durante este periodo cuando Yulia Timoshenkio va a al cárcel condenada por malversación y abuso de poderpor el contrato del gas que había firmado con Rusia en 2009 tras la segunda guerra del gas.

Que fue Putin el que dijo que no entendía por qué la encarcelaban.

A Timoshenko le dijeron que el contrato que había firmado para que pasase el gas por Ucrania, por el que ella estaba obteniendo ganancias, no estaba nada claro. En 2009, Rusia abarató el precio del gas para todos los compradores menos para Ucrania. Eso lo utilizó Yanukóvich como arma política contra ella en las elecciones de 2010.

Y la Unión Europea también dijo que ese encarcelamiento era arbitrario. 

La Unión Europea no podía decir otra cosa. El origen de este contrato tiene que ver con los cortes de suministro de gas ruso que sufrió en 2006 y 2009. Gracias a ese acuerdo terminaba la peor de sus pesadillas, la de quedarse sin suministro energético. De hecho, de estas crisis del gas viene la puesta en marcha de los Nord Stream I y Nord Stream II. Por tanto, intereses energéticos y también comerciales. La acusación sostenía que por mor de este contrato Timoshenko se estaba enriqueciendo en lugar de repercutir sobre el Estado. La verdad es que no puedo ser tajante en una respuesta, solo creo que hay que tener en cuenta las dos cosas.

Yanukovich intentó federalizar Ucrania y darle cooficialidad al ruso.

Efectivamente, Yanukovich quiso introducir en 2012 una ley de cooficialidad del ruso en algunas regiones de mayoría rusa. Hasta ese momento la única lengua oficial en Ucrania era el ucraniano. Además del ruso también se introdujo la cooficialidad de otros idiomas como el tártaro en Crimea, el húngaro en la región transcarpática o el rumano en Chernovtsi (Cernauti). Esto provocó protestas en las principales ciudades ucranianas, hubo incluso llamadas a la Movilización nacional en defensa del ucraniano.

Ruth Ferrero-Turrión

Respecto a la polémica de la OTAN, ¿en Ucrania no existía, como ocurre en otros países del este y Centroeuropa, la sensación de que la OTAN es lo único que puede salvarles de volver a estar sometidos por Moscú?

La OTAN lo que hizo muy bien fue vender que la integración en su estructura era una fase necesaria para el proceso democratizador, lo que incluye la institucionalización del Estado de Derecho, algo sin lo que sería imposible tener una perspectiva europea de ningún tipo, pero, sin duda, otro de los factores que atrajo a la incorporación de estos países a la Alianza Atlántica fue el miedo a una potencial agresión rusa.

Esa línea multivectorial sonaba bien, pero ¿no llegó un momento en el que tanto la UE como Rusia le pusieron sobre la mesa a Ucrania acuerdos que eran incompatibles con los que presentaba la otra parte?

La de la UE no lo era, lo fue la rusa, que proponía una asociación de mercado único con los países de la región. Rusia exigía exclusividad en el acceso a la Unión Euroasiática. No era posible la firma de acuerdos de libre cambio con terceros como el que proponía la UE. En este proceso negociador el bloqueo llegó por la parte rusa, pero hay que tener en cuenta otros factores. El FMI y la UE, el dinero que le ofrecen a Ucrania en ese momento es en calidad de préstamos y los empresarios ucranianos, a su vez, tenían mucho miedo de abrirse al mercado europeo porque sabían que no eran competitivos. Esto amenazaba a su poder económico y, por tanto, político. A esto se suma que justo en aquel momento es cuando se pone en marcha el rescate a Grecia, en pleno auge de la política de austeridad impulsada por Angela Merkel.

Si la UE actuaba en términos tan duros con un Estado miembro. ¿Cómo serían los requisitos para uno que no lo era? A Grecia se la estaba maltratando con las políticas de austeridad, que fueron brutales. En Ucrania la elite no se fiaba que los préstamos no fuesen a endeudar el país para los restos y que eso llevase a una situación como la de Grecia, pero todavía peor, porque ellos ni siquiera eran comunitarios. Al mismo tiempo, mientras existía ese miedo al acuerdo con la UE, Moscú llega como el Padrino, ofrece «esto y dos más y te lo doy en cash y sin intereses».

Cuando Ucrania dudaba si firmar el acuerdo con la UE, en el Foro de Yalta Putin habló de la posibilidad de protestas ciudadanas masivas, dijo que serían un plan occidental, con lo que se puso la venda antes de la herida. Descalificó o deslegitimó cualquier manifestación de protesta antes de que se produjera con ese cliché soviético de que sería exógena, inoculada. Además, Sergey Glazyev advirtió de que habría graves desórdenes políticos y sociales si firmaban con la UE, que llegaría el caos y un hundimiento del nivel de vida, que además estarían violando su tratado de amistad del 97, lo que podría llevar a Rusia a apoyar el independentismo de las regiones rusófonas. Estaba todo anunciado. Era una amenaza clara.

Es la secuencia de lo que ocurrió. Los servicios de inteligencia funcionan… En este caso, se veía muy clara la jugada. Recuerdo estas semanas como de gran incertidumbre, porque Yanukóvich un día decía que sí firmaba y al día siguiente decía que no. 

Entonces, no era un títere de Moscú, pensaba en términos pragmáticos ucranianos.

Ciertamente, pero no se puede descartar que en su entorno hubiese quien le presionara desde el Kremlin. Desde mi punto de vista, creo que esta posición estaba, sobre todo, relacionada con los vínculos establecidos con las oligarquías locales y sus presiones. Una consecuencia más de la ausencia de institucionalización democrática, con un sistema altamente dependiente de los poderes económicos controlados por los grandes oligarcas y un líder político que intenta hacer equilibrios en las relaciones que mantiene con Rusia y con los poderes occidentales. Esa situación de equilibrio inestable se quiebra cuando comienza a negociar con la UE. Si hubiera sido un títere de Putin lo habría tenido claro desde el principio, como pasó en Armenia o Azerbaiyán, donde ni se sentaron a negociar. Al final, cuando decide no firmar, creo que es porque según su criterio, las condiciones de la parte rusa son más beneficiosas. Pero a lo anterior hay que añadir la cuota de chantaje ejercida por Moscú.

Hubo muchas presiones. Rusia paralizó en la frontera las exportaciones ucranianas de forma arbitraria haciéndoles perder millones…

Moscú decía: «Haz lo que quieras, pero te voy a aislar, te voy a cortar el gas y te voy a bloquear las exportaciones con nosotros, que son un 30 %». Fue un chantaje en toda regla. Los europeos no se expresaban así en su parte, los rusos son más brutos o más claros cuando defienden sus intereses. Hay que tener en cuenta que para ellos perder a Ucrania, con los lazos históricos y afectivos que les unen, era un golpe muy fuerte de cara a su opinión pública. Putin, en una fase de reconstrucción de la grandeur rusa no podía permitirse perder unidades de la dimensión de Ucrania y utilizó todas las cartas que tenía a su disposición para presionar a Yanukóvich. Si hubiese sido un títere, todo esto se lo habrían podido ahorrar.

Pero la posición de la Unión Europea con su estrategia oriental, que se pone en marcha en 2008, era llevar su frontera oriental más hacia el este. Primero llega a Polonia, luego Rumanía… esto fastidiaba a Rusia, pero no eran repúblicas postsoviéticas. Cuando luego se mete en lo que consideran su mercado o, dicho de forma más cool, esferas de influencia, pero en realidad hablamos de consumidores, inversión extranjera y presencia de multinacionales. Ucrania tiene cuarenta millones de personas. El tamaño importa. 

En mi opinión, creo que la UE se dejó llevar por una inercia que bebía de la debilidad mostrada por parte de Rusia durante los años noventa, durante la presidencia de Boris Yeltsin. La manera en la que la UE lanzó su Estrategia Oriental no se entiende de otro modo. Sobró prepotencia, debieron negociar con más respeto con Rusia, al fin y al cabo así son las relaciones de buena vecindad, algo que no se contempló. Ese fue el gran error de la política europea al que hay que sumar que las relaciones con el vecino oriental estaban rotas desde 2009. El año 2008 fue el año de la reacción rusa, el año en el que Moscú decidió que daría un golpe de efecto. La guerra en Georgia.

Rusia quiso crear un mercado porque vio que se le venía encima el de la UE y la UE quiso incorporar parte de ese mercado sin tener en cuenta lo que pudieran pensar en Moscú, que era la potencia regional. Creo que siempre hay que tener en cuenta a Ucrania, pero sin subestimar las capacidades rusas. Sobre todo, sin darles su sitio. Cuando en las negociaciones entre EE. UU. y Moscú no se invita a la UE, no agrada en Bruselas. Siempre hay que tener en consideración a todos los actores que puedan verse afectados por un cambio de las dimensiones de este. No se puede simplificar el discurso diciendo que Ucrania es un estado soberano y puede actuar como quiera, siempre hay intereses y limitaciones explícitos o implícitos. Nadie es enteramente libre. Tampoco lo fueron los estados de Centro Europa cuando se incorporaron a la OTAN, ese también fue su peaje de entrada a la UE. No se pueden hacer estas apelaciones a la libertad sin tener en cuenta lo condicionados que estamos por otros factores.

La paradoja es que Rusia amenazó a Ucrania con el caos si sin firmaba y el caos les llegó por no firmar. El Maidán, que empezó como protesta de los sectores europeístas, ¿se vio desbordado por la extrema derecha?

Empieza como protesta de sectores europeístas y, muy importante, urbanos, de las zonas occidentales del país. Querían ese acuerdo de librecambio porque, para ellos, era la antesala de la integración europea. Creían que llegar a la integración en la UE es Eldorado. De repente empezó a circular una suerte de propaganda que asumía que la firma del acuerdo con la UE implicaba la puesta en marcha del proceso de integración europea. Y no era así, no es así, en ningún caso. La firma del acuerdo implicaba formar parte del mercado único, del área de las cuatro libertades de circulación, de capitales, de mercancías, de personas y de servicios, nunca se ha ofrecido a Ucrania al Consejo Europeo. Este es un detalle que no se dice demasiado y que es esencial, especialmente para evitar que la opinión pública ucraniana pueda llevarse un gran desencanto que provoque posiciones euroescépticas. Aquí solo había un acuerdo comercial de salida de productos ucranianos hacia la UE y, otro detalle no menos importante, entrada de productos de la UE en Ucrania.

En la movilización empezaron estudiantes y universitarios, luego llegaron excombatientes de Afganistán, reservistas, y poco a poco fueron llegando grupos más organizados tanto de la extrema izquierda como de la extrema derecha. Lo que pasó es que la extrema derecha expulsó rápidamente a la extrema izquierda, ya que estaban mucho mejor organizados. Se pusieron al mando de todo lo que pasaba en la plaza. Esta dinámica se observa en protestas civiles de esta naturaleza donde las organizaciones jerarquizadas y disciplinadas son las que terminan controlando las dinámicas asamblearias. Aquí en España, el 15M siguió la misma dinámica, empezó de manera espontánea para pasar luego a estar controlado por aquellos activistas acostumbrados a trabajar en agrupaciones de base y a organizarse a nivel de calle.

En el Maidán los grupos de extrema derecha radicalizaron el movimiento y la gente que había ido en primera instancia empezó a retirarse. Esto es clave para entender los acontecimientos posteriores, la violencia y demás. Se dijo que solo ocurrieron cargas de la policía, pero parece que sí que hubo infiltraciones de la CIA. Victoria Nuland, en la conversación que salió a la luz en la que dijo el famoso fuck the EU, lo dejó de manifiesto. No ha llegado a esclarecerse del todo, pero periodistas que estuvieron en la plaza, como Pilar Requena, sí que vieron que los disparos provenían de muchos sitios, no solo de uno. Mal por la policía, que abrió fuego, pero de nuevo, hay que mostrar todo el panorama.

Ruth Ferrero-Turrión

La cuestión clave es si las consecuencias de estas protestas fueron una revolución o un golpe de Estado.

Mi compañero Rubén Ruiz-Ramas realizó un trabajo de lo más interesante donde aplicaba los marcos teóricos expuestos por dos grandes de la sociología política, Ch. Tilly y Theda Sckocpol. Aplicando el razonamiento de Tilly lo que sucedió hasta febrero de 2014 fue una revolución. Ahora bien, la salida de Yanukovich apunta a otro tipo de dinámica con otros actores. Un golpe de estado involucra elementos que forman parte del aparato estatal.

Yanukóvich fue repudiado por su propio partido cuando estaba en paradero desconocido.

Efectivamente, fue el Parlamento ucraniano, la Rada, la que decidió destituir al Presidente «por abandono de sus funciones constitucionales». Piensa que de manera inmediata hubo cambios muy importantes con cambios en puestos clave de La Rada. Así, Turchinov, mano derecha de Timonshenko, fue designado presidente de la cámara, Avakov, del mismo partido, fue designado ministro del Interior y el general Zamana, cesado durante los días anteriores como jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas, fue nombrado ministro de Defensa. Por eso podría ser un golpe de Estado.

¿Por qué estaba en paradero desconocido?

Porque temía por su vida. El problema aquí es que en España se polarizó el análisis sobre los hechos. Si decías que era una revolución democrática, eras de Soros. Si decías que era un golpe de Estado, eras de Putin. Cuando en realidad, dependía del momento que tomaras para realizar el análisis.

¿Las consecuencias reales cuáles fueron?

Yanukóvich, pese a haber llegado el 20 de febrero a un acuerdo con los ministros de exteriores de Francia, Alemania y Polonia, desaparece y un par de días más tarde es destituido por la Rada. Algo debió pasar y aún no está esclarecido. Es un poco raro que llegase a un acuerdo y al día siguiente huyera. Puede que no garantizasen su seguridad. En la plaza había muertos y las víctimas le señalaban como responsable. Ahí da igual si hay infiltrados o no, era un presidente al que le protesta la población en una plaza y abre fuego contra ella. Entonces, el toque que hace que huya, para mí con toda seguridad es un golpe intramuros. . El problema si llegas a esta conclusión es que, como esta es la postura que defendía Rusia, te convierte automáticamente en vocero del Kremlin. Hay que medir cada palabra que se dice en medios, no te puedes hacer una idea. Vas en tensión. 

No hace falta que te recuerde que se filtró una lista negra en la que aparecíamos varios académicos tachados como prorrusos, así sin más. Y todo por razones espúreas, Piensa que la labor de los think tanks es la de intentar influir en las decisiones políticas, pero también en colocar mensajes en medios de comunicación que lleguen de manera clara a la opinión pública. Cuando te aparece un grupo de analistas procedentes de la universidad que tienen una posición diferente al mainstream euroatlántico que caracteriza a nueve de cada diez think tanks de este país, y que demás comenten el error de ser escuchados y tener presencia en los medios, entonces es cuando sobrevienen los ataques. Se preguntaban: «¿Qué hacen estos ahí, que no les financia nadie, quitándonos tiempo y espacios para introducir nuestro discurso? Entonces seguro que son pro-rusos». Es algo alucinante.

Una de las consecuencias fue algo que se ha venido repitiendo en toda la periferia del espacio ex soviético: Transnistria, Abjasia, Osetia… Ahora llegaban Luganks y Donetsk. 

Cuando cae Yanukóvich, Moscú ve peligrar la ley de neutralidad que este había aprobado años antes y lo único que puede hacer es desestabilizar Ucrania. Para entrar en la OTAN al menos hay que tener controladas las fronteras y a esto se sumó la amenaza de la restricción de los derechos lingúísticos de la minoría rusa.

Esa medida fue muy poco inteligente si lo que querían era conservar el país ante la amenaza anunciada que les caía encima.

Fue una forma de darle munición a la ofensiva rusa. Pensar que no iba a haber una reacción rusa era estar un poco a por uvas.

Si el Estado ucraniano tenía un punto débil en las regiones rusófonas, ir en ese momento precisamente a tomar medidas contra los derechos lingüísticos de esa población…

Es que no creían que Rusia fuese actuar de esa manera, a pesar de lo de Georgia, que fue como reacción a la ofensiva de Saakashvili. Creo que pensarían que estaban protegidos por la OTAN por algún acuerdo verbal. A partir de ahí, se lanza la ofensiva en el Donbás y llegan los «hombrecillos verdes» a Crimea y el posterior referéndum y anexión a Rusia. 

En la Crimea anexionada o reincorporada, según quien lo diga, recuerdo a la población manifestarse delante de Medvédev por retrasos en los pagos de las pensiones.

Eso fue más adelante. También tienen mucha escasez de agua potable, por eso se habla ahora de que una de las estrategias que puede tener Rusia ahora mismo sea tomar Mariupol para hacerse con toda esa franja costera del mar de Azov y poder llevar agua a la península. 

Cuando llegó Yatsenuyk a primer ministro, cristiano, pero hijo de judíos, denunció que faltaban treinta y siete mil millones en las arcas públicas que habría descuidado Yanukóvich.

Seguro. No dejan de ser oligarcas en un país sin sistema político en el que haya rendiciones de cuentas. Al igual que sucede en Polonia o Bulgaria, los niveles de corrupción son elevadísimos. Ese es el problema que tiene la UE, que ninguno de los movimientos de regeneración democrática están funcionando en Ucrania. A pesar de la ingente cantidad de dinero invertida desde la UE en la lucha contra la corrupción y la regeneración democrática en el país, no ha funcionado. Los indicadores así lo muestran En esta cuestión, además, Poroshenko como presidente le echó un pulso a Yatsenyuk y venció. La guerra en las regiones orientales propició el control total del Estado por Poroshenko, ya que constitucionalmente en caso de conflicto el poder pasa en su totalidad la Presidente, de este modo Yatseniuk quedó ausente de toda capacidad decisoria como primer ministro.

Poroshenko, oligarca que antes había financiado tanto la Revolución Naranja como el Maidán.

Y fiel escudero de Timonshenko. Pues, de repente, resulta que a Poroshenko le interesaba que hubiera una situación de guerra en el Donbás.

¿A Putin se le desbordaron los independentistas de las regiones rusófonas?

Ahí hay militares rusos infiltrados que lideran todos los movimientos. También hay contratación de mercenarios. Todo esto sin descartar el incomprensible halo de romanticismo con el que se envuelven estas situaciones que te lleva a encontrarte españoles voluntarios con la bandera del ¡No Pasarán!

Ucrania en el lance perdió el 20 % del PIB y más de diez mil muertos. Para buscar una salida al conflicto firmó los acuerdos de Minsk, apadrinados por Alemania y Francia, pero luego no se cumplieron.

Era un alto el fuego, no un acuerdo de paz, que tenía que ser monitorizado por la OSCE. Hay varios puntos, pero dos son los que no se han cumplido por parte de ninguna de las dos partes. Ucrania tenía que celebrar elecciones en Lugansk y Donetsk y había prometido dotarlas de un estatuto específico, pero el estado ucraniano pensaba que esas autonomías le podrían bloquear las políticas. Aparte, Kiev también dijo que hasta que no controlase esos territorios y la frontera, no podía darles ninguna autonomía. Hubo un bloqueo. 

Ruth Ferrero-Turrión

El siguiente primer ministro fue Ghroysman. Hay que destacar que su padre, judío, sobrevivió al Holocausto haciéndose el muerto en una fosa común. Aquí volvió a aparecer otra vez el ejercicio de funambulismo, por un lado la UE le apremiaba a que llevase a término lo firmado en Minsk, por otro la extrema derecha le advertía de que ni se le ocurriera.

Una pinza, diría yo. A su vez, una situación cómoda para el presidente, en este caso Zelenski…

Otro judío. Insisto en estos detalles étnicos o religiosos de los líderes ucranianos porque en España hay mucha gente que los llama nazis. 

Es cierto que aquí llega mucha propaganda de los voluntarios ucranianos en la guerra, que están muy organizados, pero solo son una parte, no son de ninguna manera el grueso del establishment ucraniano. Este es enfoque se escucha desde posiciones, sobre todo de la izquierda. Obviamente hay grupos neonazis en Ucrania, pero estos no son menos que los que hay en Rusia, y, desde luego, no tienen la influencia que se les atribuye ni de lejos. Hay grupos neonazis organizados en Ucrania, sí; ¿tienen capacidad para condicionar en las decisiones del gobierno? yo creo que no; ¿hay miembros del establishment que participan en la toma de decisiones que se puedan enmarcar en una derecha radical? sí, pero no son neonazis. Creo que es muy importante tener discursos articulados y complejos en lo que hace a este tipo de conflictos. Nada es blanco o negro. Nos movemos en una variedad múltiple de grises que en el debate político muchas veces no son escuchados.

La llegada de Zelenski a la presidencia es bien curiosa. Es un actor que protagoniza una serie sobre un profesor de instituto que, tras un vídeo que se hace viral, llega por accidente a la presidencia del gobierno. Tiene un gran éxito, Zelenski se presenta a las elecciones con el nombre de la serie y gana. 

La gente rechazó el viejo establishment y apostó por nuevas caras y nuevas propuestas.

Pero él también viene con un magnate detrás, el propietario de la TV en la que actúa, Kolomoyskiy

Pero ante la opinión pública parece algo diferente. Se parece al fenómeno de Vitali Klichkó, el boxeador y alcalde de Kiev. Zelenski llegó como representante de una nueva política, que luego se ha descubierto que no es tan nueva, exactamente igual que con las nuevas políticas del resto de lugares del mundo.

¿Han funcionado sus prometidas medidas contra la corrupción? 

Claramente, no. De hecho, no son sus medidas, son sus medidas apoyadas por la UE y Estados Unidos, que han puesto en marcha un mecanismo de propaganda, en sentido estricto, de venta de los avances producidos en Ucrania tras el Maidán invitando a periodistas a ver cómo se trabajaba en el proceso regenerador. Lo cierto es que los resultados no son buenos. Se ha hecho una gran inversión en estas medidas, pero hay ya gran variedad de informes independientes que atestiguan que no han funcionado y que la situación en Ucrania es realmente grave.

¿Cuáles han sido las perspectivas de Rusia hacia Occidente en todo este periodo? Se ha hablado de que el país estuvo ensimismado en una actitud neurótica, en exigir ser tratado al mismo tiempo como uno más, pero también alguien especial. Un sentimiento de inferioridad y de superioridad a la vez. 

El liderazgo político de Rusia no ha superado la derrota de la Guerra Fría y la humillación a la que fue sometida después de esa derrota. Las guerras hay que saber ganarlas tanto como perderlas, creo que Occidente no ha sabido ganar la Guerra Fría a la vista de su política expansiva y de acoso al vencido. En Rusia, heredera de la URSS, no hay forma de digerir que no es ya una gran potencia y que está limitada a ser una potencia regional, que es realmente lo que es en la actualidad. De hecho, es imposible que entre a competir en condiciones de igualdad con China o Estados Unidos, porque lo único que tiene Rusia ahora mismo es un monocultivo de recursos energéticos y poderío militar que es, precisamente, lo que está exhibiendo ahora. Sin embargo, ni siquiera ese músculo militar puede competir con el estadounidense porque no tiene los recursos necesarios para modernizar esas tropas y ampliarlas. De la OTAN ya ni hablamos. Por eso, en una disputa militar a gran escala tendría todas las de perder, de ahí que esté siempre innovando sus formas de hacer daño; tácticas de servicios secretos aprendidas desde el final de la II Guerra Mundial en el conflicto latente contra sus rivales.

Las formas de infiltrarse, hacer sabotaje y hacer daño al enemigo son muy variadas. Putin lo sabe, porque ha trabajado en inteligencia, es consciente de que no tiene la capacidad para enfrentarse a Estados Unidos y la OTAN y por eso trabaja en una suerte de guerra de guerrillas. Además, en el contexto del conflicto actual Rusia ha realizado movimientos en varias dimensiones. La primera de ellas en el ámbito local, lanzó incursiones a través de ciberataques, propaganda con la intención de atemorizar a modo de matón de patio de colegio a los que tiene más cerca, para meterles el miedo en el cuerpo y generar inestabilidad. Eso es básicamente lo que ha estado pasando en Ucrania hasta que lanzó las ofensivas militares. La segunda, tenía que ver con forzar a sentar a negociar a su eterno rival, EE. UU., sobre la estructura de seguridad europea. Algo que parecía posible tras el envío de las cartas desde Washington donde se acordaba negociar el despliegue de armas de medio y corto alcance en la región. Y así estaba previsto hasta la decisión de Putin de reconocer Luganks y Donestk y lanzar el ataque.

Tienen muchas relaciones bilaterales con países comunitarios, lo que dificulta las posturas comunes en la UE. 

Putin es muy inteligente y sabe cómo dividir al enemigo. Genera determinadas dependencias y posicionamientos que dividan la posición común europea, sin embargo, aquí tenemos que preguntarnos cuándo ha habido una posición común en la UE. No hace falta que venga Putin para que no la haya. Es como la supuesta injerencia en Catalunya, yo creo que el movimiento independentista catalán tiene sus propias dinámicas, no hace falta que venga Putin a impulsarlo. No me dedico a estudiar bots, pero me parece muy inverosímil. Creo que desde ciertos sectores occidentales se le otorga a Rusia más capacidad de injerencia de la que realmente tiene. Está Russia Today ¿pero cuánta gente ve Russia Today? ¿Logran modificar la opinión pública con esas retransmisiones? Me cuesta creerlo. Igual soy muy antigua, pero me da la sensación de que no..

Después de Putin, ¿qué? ¿Qué es más probable, un hastío con los oligarcas o una toma del poder por parte de la extrema derecha que tan bien ha retratado Ricardo Marquina en su último documental, Rusia, revolución conservadora?

Me inclino más por lo segundo. En algunos contactos sobre el terreno en Rusia me sorprendió hablar con la gente joven y comprobar que no se había producido el tránsito de súbditos a ciudadanos. Es muy llamativo sobre todo cuando escuchas a gente muy joven preguntarse por qué tiene que ir a votar, que ellos no entienden lo que pasa en Moscú. Gente de 20 años, formada, que habla inglés y no se siente capacitada para votar. Creen que Putin ha restablecido el honor perdido, garantizado la seguridad, y no lo incluyen en dinámicas partidistas, en términos occidentales es un rey Sol, pero ellos no se sienten llamados a participar en la construcción del país. 

En este caldo de cultivo, como señala Marquina, los neoconservadores están ganando cada vez más peso. Hacen esa combinación tan heterodoxa de religión, reivindicando el Imperio zarista y el bienestar social que, en ese entorno de nostalgia, creen que se vivía en la URSS. Esa mezcla tan sui generis está llegando a mucha gente y creo que será el vector hacia el que se está desplazando la vida política rusa, solo con las excepciones de las grandes ciudades. Muchas veces las impresiones que nos llegan de Rusia son solo las de estas zonas urbanas, pero hay otra Rusia. Por eso creo que Putin se ha equivocado con Navalny, porque fuera de las ciudades tiene muy poca influencia y con su arresto y juicio lo que hace es darle una mayor visibilidad ante la opinión pública, además de hacer aún más evidente la ausencia de un Estado de Derecho y democracia en Rusia.

La BBC dio, pese a esta revolución conservadora, unos sondeos en Rusia que indicaban que la población no tenía ninguna gana de un conflicto con Ucrania y solo deseaban una buena vecindad. 

Los rusos lo están pasando mal con este conflicto. No quieren más guerras.

Además, otros sondeos de 2020 mostraban que las preocupaciones de los rusos que vienen de atrás son la subida de precios, con un 66 %, un aumento del desempleo, 44 %, y el empobrecimiento, 39 %. De Ucrania, nada. 

Efectivamente, Rusia ha sufrido mucho con las sanciones estadounidenses, que son las que más capacidad de impacto tienen en la economía real. Con la tensión de la frontera se ha desplomado el rublo. Si estas encuestas eran así en 2020, ahora tienen que seguir apuntando en la misma dirección, incluso más. De ahí que Putin haya decidido prolongar su presencia en el poder hasta 2036 gracias a la reforma constitucional introducida en abril de 2021. Como todo líder autocrático y con ínfulas bonapartistas no se fía de nadie, ni siquiera de un potencial heredero designado por él mismo.

Lo importante es que de cómo se resuelva el conflicto en Ucrania dependerá el nuevo contexto geopolítico que se está configurando en este momento donde China juega un papel esencial; De cómo se resuelva la crisis de Ucrania dependerá el comportamiento China en su área de influencia. Concretamente, en Taiwán. Eso es al final lo que está en juego. Ucrania no deja de ser un peón, un alfil si quieres, pero no mucho más. Ucrania es un test, un órdago a la estructura de seguridad euroatlántica.

Ruth Ferrero-Turrión


La revolución más complicada de la historia

Fotografía: Cordon Press.

En la actualidad, cuando se cumple un siglo de la Revolución rusa en general y de la Revolución bolchevique en particular, podemos diferenciar tres enfoques ideológicos de ese fenómeno histórico. Primero, la visión marxista, muy en boga durante los años sesenta y setenta, y centrada en un enfoque materialista histórico. Tras la caída del Muro y el final de la guerra fría, en paralelo a la pérdida de influencia política de la izquierda en Europa, cobra fuerza la perspectiva liberal, incluso posmoderna, de la Revolución rusa. A cargo sobre todo de autores anglosajones, enfatiza el relato sobre el análisis estructural de los marxistas. Juega con la historia contrafactual (qué hubiera sucedido si…) en orden a demostrar que la Revolución rusa, en contra del análisis materialista histórico, no fue históricamente necesaria ni estaba predestinada a triunfar. Su visión es básicamente pesimista o negativista. Como muestra valga el título del libro de Figes, gran éxito editorial con numerosas ediciones a sus espaldas: La Revolución rusa. La tragedia de un pueblo; contrasta completamente con el conocido reportaje de John Reed: Diez días que estremecieron al mundo. Aquí, la revolución se planteaba como un fenómeno de alcance internacional, una épica basada en la lucha de clases y el Manifiesto comunista de Marx: «Trabajadores del mundo uníos, no tenéis nada que perder, excepto vuestras cadenas».

El tercer enfoque vendría a ser el que se está ensayando en la Rusia de Putin, que se centra más en la guerra civil y que implica un equilibrio delicado: rojos y blancos sufrieron, el fenómeno revolucionario alcanzó por tanto a todos los rusos —y pueblos del antiguo imperio— y todo ello debería servir para lograr una reconciliación histórica entre todos los actores implicados, dado que la revolución formó parte del destino nacional de Rusia. Pero entendido no como parte de la argumentación del materialismo histórico, sino en unos términos eurasianistas.

El argumento explicativo es tortuoso pero clarificador. Cuando ya era evidente que la guerra civil se había perdido en Rusia, a comienzos de los años veinte del siglo pasado, un grupo de exiliados blancos comenzó a elaborar una teoría política según la cual la nueva Rusia soviética cumplía los destinos históricos de la vieja Rusia imperial de siempre: extenderse por Asia Central, marcar hegemonía en Europa central, seguir luchando por la cimentación de Eurasia, en suma. Esta formulación paliaba la conciencia de desastre histórico y permitía cubrir el posible regreso a la madre patria de muchos de los exiliados. Resulta obvio que los primeros años de entusiasmo revolucionario no fueron el contexto ideal para considerar que el eurasianismo era algo más que una teoría de cuatro lunáticos dispersos por Europa. Pero durante la Segunda Guerra Mundial, Stalin no tardó en evocar a la madre patria y la guerra patriótica para potenciar la defensa del territorio soviético invadido por los alemanes. Esa es una de las razones de que hoy en día Stalin esté mejor considerado en la Rusia de Putin que el mismo Lenin. En enero de 2016, en el aniversario de la muerte del líder bolchevique, el presidente ruso dijo: «Muchas de esas ideas [de Lenin], como la de dotar a las regiones de autonomía, colocaron una bomba atómica bajo el edificio del Estado llamado Rusia, que más tarde explotó. Nosotros no necesitábamos una revolución global».

De esa forma, cien años más tarde, la Revolución bolchevique se ha venido transformando en una especie de revolución nacional, lo cual nos asegura una reformulación en clave nacional-socialista, asociada al destino de Rusia y a la presunta superioridad de su cultura. De esa forma tan paradójica, la moderna ultraderecha rusa puede terminar por nutrirse de aquello que sucedió en 1917.

Más allá de estas cuestiones conceptuales, la Revolución rusa merece una renovación interpretativa, aunque algunos puedan concluir que «cien años no son nada». Por suerte para los historiadores, fue un fenómeno muy complejo que no se quedó en la cabeza de Lenin ni en Petrogrado, esa ciudad en la bella capital escenográfica destinada a ser un decorado revolucionario tan formidable como el que ofreció París en su momento. De hecho, atendiendo a los marcos cronológicos, la Revolución rusa es un conjunto de tres explosiones revolucionarias: la de 1905, que supone el triunfo de la revolución burguesa; la de febrero de 1917, que vino a ser la revolución nacional-republicana; y la de octubre de ese mismo año, que es la Revolución bolchevique, con vocación de ser internacional, ya no solo meramente rusa. Aun así, ese conjunto de tres en una no fue un fenómeno aislado y único en su época. Entre 1896 y 1917, se sucedió una constelación de revoluciones, algunas sociales, otras antiimperialistas: la cubana, la guerra de los bóeres, la resistencia de los senusis libios, la Revolución de los Jóvenes Turcos, la de los constitucionalistas iraníes, la revolución republicana en Portugal, la Revolución mexicana, la del Doble Diez que hunde al Imperio chino milenario. Los entusiastas de Hugo Pratt conocen bien el glamour de estos rebeldes que tejen la primera globalización desde Shanghái hasta Lisboa, pasando por Ciudad Juárez.

Una vez acontecida la Revolución bolchevique, tenemos otro problema de cronología: ¿cuál es la duración del proceso revolucionario? Tienen razón quienes argumentan que en octubre/noviembre de 1917 tuvo lugar un golpe de Estado cuidadosamente planificado por Lenin y Trotski. Pero ese golpe dio paso a un periodo en el que se abordó la construcción de un nuevo Estado y una nueva sociedad, incluso una civilización. Por lo tanto, la pregunta no es fácil de resolver. La muerte de Lenin, en 1924, aunque ya había quedado seriamente incapacitado tres años antes, da una primera respuesta. Pero el proceso continuó su marcha con la victoria de Stalin sobre Trotski, y continuó levantando los planes quinquenales y la colectivización hasta el shock de la Segunda Guerra Mundial. Aun así, no es exagerado afirmar que la Revolución continúa hasta el asentamiento del nuevo Estado y la nueva sociedad, tras salir la Unión Soviética vencedora del choque contra el nazismo. La muerte de Stalin, en 1953, es el final del último gran protagonista de la Revolución de Octubre; y tras él la sociedad soviética ya es otra, y no puede ser manejada con los viejos y despiadados métodos revolucionarios. Las experiencias sociales y económicas de los años veinte y treinta ya han dado de sí todo lo que podían y todo se ha estancado. El Estado y el Partido se han burocratizado y solo pretenden ya gestionar su propia permanencia al frente del poder.

De los imprecisos límites cronológicos a los territoriales. La Revolución rusa, muchas veces acotada a la capital del Imperio ruso, Petrogrado, o a la cabeza de Lenin, en realidad se extendió por el inmenso territorio del desaparecido Imperio ruso, enfrentando a bandos que iban más allá de los rojos y blancos implicados en la guerra civil que se prolongó entre 1918 y 1921. De hecho, uno de los focos que desencadenó la contienda fue la ofensiva bolchevique, en el verano de 1918, contra la República de Komuch, en los Urales. Era este el refugio de los social-revolucionarios que habían intentado reunirse a principios de año en Petrogrado para legislar la Constitución, acto boicoteado por las nuevas autoridades bolcheviques surgidas del golpe de octubre (7 de noviembre en nuestro calendario gregoriano), tras al célebre asalto al Palacio de Invierno. Acción que, por cierto, había echado abajo al Gobierno provisional, que, aunque era ya de la camarilla de Kérenski, estaba compuesto mayoritariamente por socialistas y liberales, además de independientes.

De esa forma, la célebre Revolución de Octubre se dirigió contra un Gobierno básicamente de centro-izquierda que poco antes había proclamado la República y contra la izquierda no bolchevique en el sóviet. Recordemos que la célebre frase de Trotski «Vuestro tiempo ha concluido, marchad adonde debéis ir: ¡al basurero de la historia!» iba dirigida a los delegados del Congreso de los Sóviets —bundistas, social-revolucionarios, mencheviques— la noche del triunfo bolchevique en la Revolución de Octubre. Y la guerra civil se inició en la ofensiva contra social-revolucionarios apoyados por fuerzas de los aliados desde Siberia. La Revolución rusa, tal como aconteció en su enorme complejidad —y no solo en los «diez días que estremecieron al mundo» de Reed—, está repleta de paradojas; o al menos lo está en relación con las versiones más ortodoxas que hemos estudiado durante años. Por supuesto que hubo una larga y sangrienta guerra civil contra blancos antibolcheviques, pero también contra cosacos o nacionalistas ucranianos y bálticos o campesinos rebeldes. Y también tuvo su importancia el extenso movimiento anarquista en Ucrania, liderado por el carismático guerrillero Néstor Majnó.

Dentro de ese complejo nudo de conflictos que fue la Revolución rusa —toda ella, desde febrero de 1917, y no solo la de octubre—, cabe considerar la problemática musulmana. Verdadera asignatura pendiente de la revolución, setenta años más tarde tendría una importancia destacada en el final de la Unión Soviética, tras el fracaso que supuso la intervención en Afganistán. En octubre de 1917 venía asociada a la aspiración internacionalista de los bolcheviques: la revolución tenía que dejar de ser «rusa» y levantar a los trabajadores y clases desfavorecidas del mundo. El objetivo preferente de esa oleada era Europa, desde donde se extendería al resto del planeta a través de los imperios. Sin embargo, las masacres de la Primera Guerra Mundial no sirvieron para desencadenar esa revolución, y la inducción externa falló al fracasar la ofensiva del Ejército Rojo sobre Polonia en el verano de 1920.

A partir de entonces, el único camino que quedaba para la exportación de la revolución pasaba por Oriente: Asia Central y el Cáucaso, para levantar a los pueblos sojuzgados por el Imperio británico. Los dos problemas que ello comportaba eran importantes. De un lado, pueblos nómadas o agrícolas que no habían llegado a un nivel de desarrollo social que supusiera la existencia de clases medias y obreras como en Occidente. En segundo lugar, se trataba de musulmanes en su inmensa mayoría, al menos los pobladores del Asia Central. Por si faltara algo, los intelectuales musulmanes habían ido generando un ideario panislamista desde el Primer Congreso Musulmán de Moscú, el 1 de mayo de 1917. Liderados sobre todo por los tártaros, los musulmanes de Rusia comenzaron a organizar su propio Estado a partir del triunfo bolchevique, en octubre de 1917. Un mes más tarde se reunió en la ciudad baskiria de Ufá una Dirección Nacional de los Musulmanes que formó un Consejo Militar propio y convocó un Asamblea Nacional Musulmana.

Dispuestos a crear una dictadura del proletariado, los bolcheviques no solo liquidaron a la oposición de izquierdas (social-revolucionarios y mencheviques), sino que decidieron aplastar el naciente Estado musulmán, llevando a cabo una represión sistemática a partir de febrero de 1918, que concluyó en la primavera: por entonces, todas las organizaciones nacionalistas musulmanas habían sido barridas a lo largo de Rusia y sus líderes estaban muertos, encarcelados o en fuga.

En paralelo, el naciente Estado soviético decidió reclutar a los musulmanes para la causa de la revolución, dotándoles de sus propias entidades y de un Partido Comunista Musulmán autónomo, que nació en marzo de ese mismo año de 1918, así como de un Ejército Rojo Socialista Musulmán, para extender la revolución. La idea consistía en erradicar el nacionalismo musulmán y llenar ese hueco con comunismo musulmán controlado, a base de dirigentes de confianza y concienciados. Al frente de ese empeño figurarán dos líderes comunistas musulmanes: Mulla-Nur Vahitov, muerto tempranamente, y sobre todo Mirza Sultán Galiev. Este hombre, sin llegar a ser el «Lenin musulmán», será prácticamente el único ideólogo de la época dispuesto a conjugar socialismo e islam.

Sin embargo, en una nueva muestra de la complejidad de los fenómenos que alumbró la revolución de 1917, Sultán Galiev terminó por impulsar el proyecto de la Internacional colonial basado en la idea de que todos los pueblos musulmanes colonizados eran pueblos proletarios. Y desde ese punto de vista, se podía afirmar que el movimiento nacional en los países musulmanes poseía el carácter de una revolución socialista. A partir de aquí, Sultán Galiev terminó propugnando una Internacional colonial, destinada a impulsar la revolución de los pueblos no europeos y que no debería este integrada en la Tercera Internacional. Lo cual reflejaba la desilusión de los musulmanes ilustrados hacia una revolución socialista que creían había traicionado sus expectativas en Oriente al haber surgido de un pueblo europeo —el ruso— tan esencialmente imperialista como el resto, que estaba alumbrando un neocolonialismo soviético. El colofón para Sultán Galiev fue su detención en 1923, su expulsión del Partido y su ejecución en 1940.

Todo ello no significó el final del impulso revolucionario hacia Oriente. Pero nunca hizo vibrar a los bolcheviques como la posibilidad de contagiar a Occidente, en línea con las ideas de Marx. El Congreso de los Pueblos Oprimidos en Bakú, en 1920, que debería haber dado el pistoletazo de salida en esa nueva dirección, no tuvo continuidad y quedó largamente olvidado en la historiografía soviética; prácticamente no hay monografías sobre el evento. Pero no deja de ser irónico que el régimen soviético, años más tarde, terminara adoptando las ideas básicas de Sultán Galiev para la construcción de las nuevas repúblicas de Asia Central.

Todo ello no son sino pinceladas de una revolución que hemos estudiado durante un siglo en versiones resumidas, y en blanco o negro. Siendo Rusia el mayor Estado del mundo y uno de los más complejos, no es de extrañar que su revolución, de vocación ecuménica, haya sido asimismo la más complicada de la historia de la humanidad. Y también confusa. En todo caso, fue un acontecimiento que transcurrió en 1917, a principios del siglo XX, cuando incluso los revolucionarios profesaban un cierto grado de eurocentrismo, por cuanto la Europa de entonces era todavía, y realmente, el centro del mundo. Un siglo más tarde, en plena globalización, quizá vale la pena el esfuerzo de repensar la Revolución rusa como un fenómeno más global, específicamente universal y transversal, de lo que se ha venido considerando hasta ahora. Se extendió entre Polonia y Kamchatka, generó una verdadera banda de conflictos decisivos en la diagonal que va desde los países bálticos al Cáucaso, cuyas consecuencias nos alcanzan incluso hoy en día; prolongó la Primera Guerra Mundial más allá de 1918 y sus consecuencias acapararon todo el siglo XX, como mínimo, hasta 1991. A partir de la reinterpretación que se haga de ella en Moscú, incluso podría ir más lejos.


Y Alexander Karelin se hizo hombre

Alexander Karelin, 2013. Fotografía: A.Savin (CC BY-SA 3.0)

Sidney, 2000: el mejor luchador grecorromano de la historia intenta voltear sin éxito a un granjero de Wyoming al que no conoce nadie. «No puede estar pasando», pensó él, pensó el mundo, antes de que la campana certificara la única derrota internacional de aquel coloso siberiano que acumulaba ochocientas ochenta y siete victorias. Pocos segundos después, Alexander Alexandrovich Karelin anunciaba su retirada abandonando sus botas sobre la lona. 

De acuerdo, no desapareció. El cambio de siglo le trasladó del tapiz al parlamento ruso de la mano de Putin pero, ¿dónde reside el mérito de llegar a sentarse en la Duma para alguien como él? Cráneo rapado y mirada glacial bajo una frente cincelada como su mandíbula, su cuello, o cada centímetro de su cuerpo. Era como si la imponente estatua de un héroe soviético hubiera bajado de su pedestal para darse un paseo triunfal alrededor del mundo. Esperen, ¿no habría sido Karelin el molde de todos aquellos gigantes de bronce? 

Empecemos por el principio. Alexander Alexandrovich Karelin nació envuelto en un cuerpo de seis kilos un 19 de septiembre de 1967 en Novosibirsk (Siberia). Las constantes ausencias de su padre, un boxeador amateur que se ganaba la vida conduciendo un camión por la tundra, lo llevaron a gozar de una temprana libertad. Crecer entre días que parecen no acabar nunca en verano ni empezar en invierno a orillas del río Ob, en ese mar de hormigón en el que las krushevkas hacen piña en hileras intentando protegerse de la naturaleza más hostil. Y no era la única amenaza. A sus trece años, Alexander Alexandrovich tenía una edad en la que muchos en Novosibirsk contaban con antecedentes penales. Su madre le advertiría de los urcas: auténticos aristócratas siberianos del crimen, amos indiscutibles de las cárceles del país más grande del mundo. A los únicos que Stalin no pudo deportar a Siberia fue a los propios siberianos.

Pero el destino reservaba una suerte muy distinta al joven Alexander Alexandrovich. Una tarde de verano sin final de 1981, alguien lo vio en la calle y lo invitó a acercarse al gimnasio del Dynamo Novosibirsk, donde Viktor Mijailovich Kuznetsov, entrenador, mito, buscaba candidatos para la cantera del club. 1,78 de altura y 78 kilos de peso para un chaval de trece años era un potencial que no se podía desaprovechar. Coincidieron todos, incluido Kuznetsov, quien se convertiría en su mentor desde aquel mismo día hasta ese último combate en 2000. Y así fue como Alexander Alexandrovich entró por primera vez en ese círculo de nueve metros de diámetro donde caen gigantes. Lo llaman «superficie de combate».

Bronce

A sus padres no les hizo mucha gracia aquello, sobre todo cuando el chaval se rompió una pierna peleando a los quince. Fue durante una fiesta nacional como la del 8 de marzo: «Su hijo está en el hospital», le dijeron a su madre en mitad de una multitudinaria marcha de mujeres de Novosibirsk. Su enfado fue tal que le prohibió entrenar y le quemó el uniforme para intentar evitarlo. Fue inútil. Para entonces, Alexander Alexandrovich pasaba más horas en el gimnasio que en cualquier otro lugar. Solo él y Kuznetsov saben cuántas veces abandonó el anillo entre lágrimas; cuántas arrastró su cuerpo tumefacto atravesado por miles de cristales de ácido láctico pensando en si podría volver al día siguiente. Tras la pierna se rompió las manos, dos veces, y hasta ocho las costillas. Kuznetsov ya le había avisado de que aquello era una carrera de fondo, que las victorias no llegarían de un día para otro. Se lo recordaría una vez más tras perder en la final del Campeonato de la Unión Soviética de 1987 ante Ígor Rastórotski, dos veces campeón mundial. Karelin era aún un crío, pero se encontrarían de nuevo al año siguiente en Tbilisi (Georgia), poco después de que el siberiano sufriera una conmoción cerebral que casi le deja fuera del equipo olímpico. Aun así, saltó a la lona y venció con solvencia a su máximo rival poniéndolo de espaldas. Así es como se gana un combate, o dominando dos de los tres periodos de los que consta. Documentada desde hace dos milenios en bronce y mármol, en frescos o en la cerámica de vasijas que se apilan en museos, esta disciplina es un arte entre caballeros en el que la técnica y la astucia juegan un papel mucho más importante que la simple fuerza bruta. 

Tras vencer por segunda vez al único hombre que logró derrotarle —además del granjero de Wyoming—, Karelin recuerda que fue entonces cuando, por primera vez en su vida, levantó los brazos e hizo «algo parecido a un baile». A partir de ese momento único de emoción descontrolada, aquel soldado soviético de 1,91 de estatura y 130 kilos de peso se dedicaría a encadenar una victoria tras otra, sin aspavientos ni estridencias innecesarias, a la mayor gloria del socialismo. Era lo que la patria esperaba de él. Como en la final de las Olimpiadas de Seúl en 1988, ahora frente al búlgaro Rangel Guerovski. Se fueron al descanso con un marcador de 3-2 a favor del último. A quince segundos del final, el búlgaro se amarraba al suelo esperando a la campana que le diera como ganador a los puntos, así que Karelin se agachó, le agarró de la cintura, lo volteó por encima de su hombro derecho y lo tumbó de espaldas. Era un ritual que repetiría centenares de veces. En la máxima categoría, donde los combatientes superan los cien kilos, se necesita una enorme fuerza para ejecutar ese volteo vertical. Karelin era el único capaz de hacerlo entre los chicos más grandes y, a día de hoy, la maniobra aún lleva su nombre.

De él se decía que no solo era el más fuerte, sino también el de técnica y estrategia más exquisitas. Aunque resultara imbatido durante trece años, quizás sea aún más impactante el hecho de que no encajó ni un solo punto en una década. Tras completar estudios universitarios en la Academia Siberiana de Cultura Física, la férrea defensa que desplegó siempre sobre el tapiz quedó ampliamente diseccionada en su tesis doctoral. Más tarde completaría su formación académica licenciándose en Derecho, y sepan que Alexander Alexandrovich es también un contumaz intérprete de las partituras de Sostakovich, Gershwin o Bach. Pero su mundo, al menos el de fuera del anillo, se derrumbaba a finales de los ochenta. Tras firmar las gemelas Perestroika y Glasnost el certificado de defunción del imperio soviético, Karelin volvería a abanderar al equipo olímpico en 1992. Ya no era la URSS, sino una entidad amorfa de quince países en ciernes, representada con un acrónimo más propio de una academia de idiomas o una correduría de seguros: CEI, la «Comunidad de Estados Independientes». Ni siquiera contaba con una enseña propia. Karelin desfiló con la bandera olímpica.

En más de una ocasión, el siberiano dijo no perdonar a Occidente lo ocurrido. Encajar la derrota de la guerra más larga, la fría, resultaba aún más difícil para alguien tan acostumbrado a la victoria como a ver alzarse el sol entre el humo de las chimeneas de Novosibirsk. Para entonces, hacía tiempo que su carisma trascendía los lodos de la geopolítica y fueron sus propios rivales los que le enviaron el equipamiento necesario para que pudiera seguir entrenando en mitad de la desintegración del país que le vio nacer. No sabemos si aquella frustración se trasladó a la superficie de combate, pero lo cierto es que le bastaron diecinueve segundos para derrotar al sueco Thomas Johansson en la final de Barcelona.

Precisamente, fue Estocolmo la que acogió el Campeonato del Mundo el año siguiente. Tras intentar voltear al estadounidense de origen iraní Matt Ghaffari se le desprendieron dos costillas que acabaron presionándole el hígado; «de ahí el sabor de bilis en la boca durante todo el combate», recordaría al final del mismo. Por aquel entonces, la antigua selección de la URSS se estaba transformando en la de la Federación Rusa pero, contaba Karelin, se olvidaron de los doctores. Gracias a la ayuda desinteresada de un galeno alemán, el ruso eliminó a todos sus rivales sin siquiera poder enderezarse con normalidad por sus costillas rotas. Tres años después volvería a firmar una nueva gesta. En los europeos de Budapest, un hematoma de un kilo y medio en su pecho le dejó casi inutilizado el brazo derecho, pero consiguió ganar el campeonato únicamente con el izquierdo. Tras ser operado de urgencia en la capital húngara, los médicos le dijeron que no se recuperaría para la cita olímpica ese mismo año. Pero lo hizo. En Atlanta 96, ya oficialmente con la Federación Rusa, el de Novosibirsk conseguió su tercer oro olímpico. Contaba uno por cada bandera bajo la que había competido.

Carne

Mientras seguía imbatido, Karelin fue nombrado «Héroe de la Federación Rusa» en 1997, la más alta distinción en el país más grande del mundo que, obviamente, merecía el mejor deportista de su historia. Cargado de metales, su carrera hacia la Duma fue un paseo cuando todavía era un luchador en activo. Quedaba Sidney 2000, su cuarta cita olímpica que se antojaba como un mero trámite en el que Karelin volvería a aplastar a su adversario en la final. Además, ¿quién era ese tal Rulon Gardner? ¿Qué posibilidades tenía aquel estadounidense sin pedigrí ni experiencia? Y toda esa grasa que rebosaba su licra azul… Del granjero se decía que había entrenado levantando vacas en su granja de Wyoming, los típicos chascarrillos de cada cita olímpica para enganchar a la audiencia. Lo cierto es que nadie, ni siquiera los seguidores americanos en el público, se tomaron en serio a Gardner. Al fin y al cabo, era Karelin con quien tenía que disputar el exiguo mundo circular de la superficie de combate. 

Acabó siendo un encuentro tan sorprendente como mediocre: mucha defensa y muy poca acción, ambas tachonadas por una polémica decisión arbitral. Fue una innovación más de entre las muchas —demasiadas para algunos— que se producen en las reglas de la grecorromana; una que hizo perder un punto a Karelin cuando este soltó por un instante a Gardner durante un agarre. En los siguientes tres minutos, el de Wyoming se dedicó a escabullirse para acabar refugiándose bajo sus 130 kilos amarrados a la lona.

Con la ceremonia habitual, Alexander Alexandrovich se agachó para hacerle el cinturón y voltearlo por encima del hombro. Lo había hecho en centenares de ocasiones, ¿por qué ahora no era posible? Y no fue posible. Apenas un minuto después, Gardner saltaba de alegría mientras intentaba asimilar lo que acababa de ocurrir. De hecho, aquella gesta justificó una autobiografía publicada incluso antes de que el de Wyoming sobreviviera a un accidente de avión o participara en The Biggest Loser, un reality americano en el que perdió ochenta kilos en directo durante dieciséis semanas.

En cuanto a Karelin, el siberiano podía haber ocultado fácilmente su derrota  en el zarzal en el que se ha ido convirtiendo el reglamento de la grecorromana. Prefirió asumirlo desde la sinceridad que le había caracterizado siempre. «A veces te da igual todo, y no puedes hacer nada contra eso. A veces te acuestas y parece que no te late el corazón. Y lo peor de todo es cuando te das cuenta de que ya no quieres nada», explicó en una de las muchas entrevistas que dio después de aquello. Cuatro segundos antes de que sonara la campana, Karelin agachó la cabeza asumiendo su nueva condición. Ya solo era un hombre.


Diario de Moscú (1917-2017)

Fotografía: Syuqor Aizzat (CC).

2 de noviembre de 2017

Ayer, cuando aterricé en Moscú casi entrada la noche, el viento helado me llevó del avión al tren, y del tren a mi hostal. Cuando llegué a la dirección señalada, en una calle oscura que finalizaba en una gran iglesia, no vi mi alojamiento por ningún lado. Pregunté a un oficinista que pasaba por allí. Me respondió malhumorado en ruso y se marchó a paso rápido. En una cafetería próxima, volví a preguntar y me dijeron que ellos eran la recepción del hostal. A través de una puerta trasera se llegaba a unas escaleras grises y muy frías. En el tercer piso estaban las habitaciones, bloqueadas por otra pesada puerta de metal. Dejé mi mochila y me senté en una de las literas.

¿Qué hago en Moscú? Vengo a buscar los símbolos (¿todavía estarán?) de la Revolución bolchevique de 1917, y de su prolongamiento durante casi setenta y cinco años. Ayer, después de darme una ducha muy caliente y ponerme calcetines más gruesos, salí a buscar algo rápido de cena, alejándome un par de calles. En esa distancia tan corta, tan breve que mis orejas no tuvieron ni tiempo a enfriarse, me crucé con una placa con la cara de Lenin en un edificio público que estaba a oscuras. Qué fácil, pensé, es una buena señal.

Y hoy voy en busca de más. Como no he quedado con nadie ni hay ningún acto de celebración del centenario, me voy a dar un tour comunista por el centro de Moscú. Para llegar hasta allí, me doy un baño de masas en el metro de la ciudad, que siempre está a rebosar. Las escaleras mecánicas para bajar a la estación son larguísimas; la profundidad crea un ligero mareo si miras hacia abajo. Aunque descubrir los ojos de una rusa que sube por la escalera opuesta tiene el mismo efecto tambaleante, así que mejor mirarse los pies.

Las estaciones de metro de Moscú están llenas de hoces y martillos, de suelos de mármol dignos de un palacio, de figuras de proletarios y campesinos blancas y relucientes, de lámparas exuberantes de salón de baile. Es un aristocratismo obrero que causa impresión. La gente entra a montones en los vagones, que son pequeños y muy rápidos. Bastantes pasajeros leen libros viejos, aprovechando los huecos entre ruso y ruso, conservando el equilibrio a pesar de la velocidad, absolutamente concentrados.

Salgo del metro cerca de la Plaza Roja, por donde tengo muchas ganas de caminar, pero —al alzar la mirada— veo una indicación que me llama la atención. Si camino hacia la izquierda, encontraré un «Monumento a las víctimas del totalitarismo», que no tenía ni idea de que existía. Me desvío hacia allí por una gran avenida —traducido a medidas no-rusas: una avenida gigantesca— hasta llegar a un edificio color crema que me resulta siniestramente familiar. Lo conozco gracias a Alekséi Feodósievich Vangengheim, que estuvo encerrado allí en 1934, acusado de crímenes contra el Estado soviético. Fue deportado al campo de concentración de Solovetsky —un archipiélago cerca de la frontera con Finlandia— y posteriormente fusilado, como miles de rusos durante el Gran Terror de Stalin. Su historia la recogió el escritor Olivier Rolin en un libro llamado El meteorólogo: leyéndolo aprendí este nuevo nombre, Lubianka. Lubianka puede ser la plaza donde me encuentro, la parada de metro que está detrás de mí, o este gran edificio amarillento, al que todavía se agarran como insectos negros —tienes que acercarte para verlos— centenares de hoces y martillos a lo largo de toda su fachada. Era el cuartel de los servicios secretos soviéticos durante esos sangrientos años treinta. Me da incluso respeto hacerle una fotografía, como si estuviera delatando algo que quiere pasar inadvertido, algo frente a lo que pasan miles de rusos cada día sin ni siquiera notar su presencia.

Miro a mi alrededor para encontrar el monumento a las víctimas del totalitarismo, pero no lo veo por ningún lado. Busco fotos por internet y aparece un pequeño parque con una gran roca —traída de Solovetsky, donde El meteorólogo que hace de memorial. También leo que, en su lugar, antes había una estatua de Félix Dzerzhinski, el fundador de la Checa (los servicios secretos). La derribaron y trasladaron cuando cayó la URSS. Entonces me doy cuenta: en ese pequeño parque ahora están haciendo obras, así que no puedo pasar y ver la gran piedra ante la que cada año activistas rusos se ponen a leer nombres y nombres y nombres de los ejecutados por el régimen soviético. Dicen un apellido tras otro durante muchas horas, hasta que se acaba el día pero no su lista de asesinados, que nunca podrán recitar entera. Se marchan, y solo se queda la gran piedra y la Lubianka.

En la Plaza Roja. La catedral de San Basilio, al lado del Kremlin, me tiene fascinado. Sus cebollas enroscadas y multicolores tienen algo psicotrópico y atractivo. Parece una de esas tartas coloridas de pastelería cara, de techo azucarado labrado con formas imposibles, que hace que el pastelero merezca un gran aplauso. El problema es que estas tartas están más hechas para el escaparate que para el estómago. ¿Cuánta gente se habrá convertido al cristianismo ortodoxo al contemplar San Basilio? En cambio, ¿cuántos infieles se habrán visto golpeados por la inmensidad de San Pedro en Roma, por esa legión de santos hercúleos que observan desde las alturas a todo aquel que entra en el gran templo del catolicismo?

Como la cosa va de religiones, me pongo a hacer cola en el mausoleo de Lenin. Mientras espero, comprendo por qué los abrigos de los moscovitas son tan largos: para evitar que se te congelen las piernas. La mayoría de gente que tengo a mi alrededor habla ruso o, en menor cantidad, mandarín. Pasamos por un detector de metales y, tras casi media hora, nos dejan entrar. El interior está oscuro, los ojos tienen que acostumbrarse. En cada esquina hay unos vigilantes que, al aproximarte, te indican con un movimiento mecánico y mudo la dirección que debes tomar. La caja de cristal que contiene a Lenin está en una habitación todavía más oscura: la única luz sale de la cabeza del muerto. Parece un muñeco de cera al que le hayan instalado una bombilla en el cerebro. Uno de sus puños está cerrado. Mientras salgo del mausoleo, me doy cuenta de que un par de guardias están charlando en voz baja. Este detalle me da la diferencia respecto a otras momias famosas, como la de Mao Zedong o la de Ho Chi Minh —que, por cierto, copiaron descaradamente el diseño de interiores del dictador soviético—. Que estos dos guardias rusos estén murmurando muestra que hay respeto por Lenin, pero no tanto. En el caso chino y el vietnamita no creo que un soldado se atreviese a hacer eso en un lugar tan sagrado, en la tumba del padre fundador del Partido Comunista gobernante. Pero en Rusia Lenin es un símbolo de la nostalgia, no del poder; hay quien le deja flores, pero no hay ningún mandamás que cite sus teorías. Es la momia más famosa pero la menos influyente.    

Al salir del mausoleo, decenas de tumbas de héroes o líderes soviéticos acompañan al primer bolchevique. Algunos incluso tienen bustos, pero solo reconozco a Stalin. Es el más popular: mucha gente le ha dejado flores (rojas) y una señora se arrodilla ante él. Un chico le pregunta a una guardia de seguridad si puede tomar una foto de Stalin y ella le dice que sí, que no pasa nada. En la mayoría de tiendas de souvenirs venden chapas de Stalin, imanes de nevera de Stalin, pegatinas de Stalin para el coche y matrioskas con el bigote de Stalin. A la gente no le importa, y algunos incluso las deben comprar.

Salgo del cementerio oficial y me meto en el GUM, el lujoso centro comercial de la Plaza Roja. Mi nariz está congelada, pero nada más entrar veo a varios rusos comiéndose con alegría un cucurucho de helado. No hay demasiada gente. En el aire suena música clásica cantada en ruso. En los escaparates hay voluptuosos abrigos de pieles y chaquetas dignas de un príncipe. Los rusos saben vestirse de invierno y nosotros no. Me da vergüenza entrar en ninguna tienda tal y como voy vestido. Así que me contento con vagar por el centro comercial, hasta que me topo con una exposición sobre los vestidos de la aristocracia en la época de los Romanov. Y me digo a mí mismo: en la Plaza Roja caben todos.

3 de noviembre de 2017

Ministerio de Exteriores. Fotografía: oarranzli (CC).

Ante el Ministerio de Exteriores de Rusia. Quiero hacerle una foto con el móvil, pero no me cabe entero en la pantalla. Tiene forma catedralícea y parámetros mastodónticos; como la inmensa mayoría de edificios (todos los que veo no paran de recordarme la lección) todavía conserva los símbolos del régimen soviético. Es una celebración del poder monstruoso del Estado a través de la arquitectura. No creo que la permanencia del actual Gobierno ruso en estas oficinas sea casual.

Vuelvo a las profundidades del metro y viajo hasta la exposición soviética del noreste de Moscú, donde he quedado con Vladimir, ruso, disidente, jubilado, de familia cosaca. Sabe a lo que vengo: a que me cuente la historia de su país, lo que inevitablemente llevará a su propia historia. Aparece frente a mí y me saluda; es bajo, con gafas y gorra deportiva. Subimos las escaleras mecánicas sin saber muy bien qué preguntarnos. Pero cuando el asunto se desvía a la política, Vladimir sabe muy bien qué contestar:

—¿Y como está la situación en Rusia…?

—Ahora tenemos a Putin, el dictador. Nosotros participamos en la revolución democrática de los años noventa, cuando cayó la URSS… Yo soy socialdemócrata, no comunista, ¿sabes? No me gustan las manifestaciones del 7 de noviembre donde sacan retratos de Stalin. Nosotros, los demócratas de izquierdas, participamos en la revolución democrática, pero luego vinieron años económicos muy duros… A mucha gente no le gusta que le hables de democracia, les recuerda esos malos tiempos. Y después de nuestra revolución vino la reacción. Putin y los del KGB, que ahora gobiernan.

Caminamos hasta una estatua gigantesca, El obrero y la koljosiana, en la que un proletario y una campesina, metálicos y poderosos como semidioses, alzan su hoz y su martillo mientras caminan hacia delante. El viento les ciñe la ropa a sus vigorosos torsos. Están colocados en la cima de un edificio, para que puedan verse desde varios puntos de la ciudad. A su lado se abre, extensísima, la antigua VDNKh («Exposición de logros de la economía nacional»), un conjunto de edificios impresionantes, de estilo barroco estalinista, pretenciosos, en el que predominan los blancos y dorados, dotado de una especie de neoclasicismo que sustituye a Hércules por un cooperativista cargando un fajo de trigo, y el carro de Apolo por un cohete espacial.

—Como te decía, los demócratas de izquierdas hemos estado en todas las protestas contra Putin. Incluso editamos nuestra propia revista. El otro día fui a la Biblioteca Lenina y vi que la tenían, todavía no nos la han retirado… Todos los que vamos a las marchas contra Putin nos conocemos, somos los de siempre, los que también estuvimos durante la revolución democrática. Pero en 2011 apareció mucha más gente joven en las protestas. Buena parte se han quedado y siguen manifestándose con nosotros. A veces la policía viene a pegarnos y suelen detener a gente. Algunos acaban encerrados en prisión.

Visitamos un museo de historia rusa que hay en uno de los pabellones de la exposición. Vladimir me va contando detalles o anécdotas de cada zar frente al que pasamos. Cuando habla de historia rusa es cuando más le veo sonreír. En la zona dedicada a la etapa soviética, me explica los enfrentamientos y purgas entre bolcheviques. Me habla de la Gran Guerra Patriótica (la Segunda Guerra Mundial), donde los soviéticos derrotaron a los nazis, con una chispa de orgullo en sus ojos.

Al salir del museo, buscamos un lugar para comer, dentro del recinto. Cruzamos ante una gran aeronave de exposición y Vladimir me pregunta:

—Aquí hay el museo de la técnica, por si quieres ir luego… ¿te interesa el tema?

—Hmm, la verdad es que no conozco mucho sobre esto…

—A mí de pequeño me interesaba mucho. Cuando era joven, estudié y trabajé durante años reparando aviones en un taller de las afueras de Moscú. Tuve que hacer varios viajes de servicio a lugares como Kazán y Tashkent [en la actual Uzbekistán]. Desde allí envié algunas cartas a amigos míos donde criticaba la dictadura… Eran sobres llenos de folios. Seguro que los leyó la KGB.

Entramos en una especie de comedor soviético, donde cada uno coge su bandeja y va pidiendo la comida que quiere a los cocineros. En la gastronomía se puede notar el eco del imperio multicultural que fue la URSS: podemos escoger, por ejemplo, raviolis siberianos, sopa del Cáucaso o arroz uzbeko. Pese a que actualmente sea comida de otros países, si a un ruso le pides platos típicos de su nación, es posible que te invite a uno de estos. Aunque lo que prolifera hoy en día son las hamburguesas y el sushi, que se encuentra por todos lados. Pero, a pesar de estas novedades gastronómicas, los comedores con funcionamiento «a lo sóviet» no han perdido su atractivo. No es extraño encontrar restaurantes de estilo hipster en los que tienes que ir con tu bandeja a coger la ensalada de diseño o el wok vegetariano de turno.

Al acabar de comer nos despedimos, porque Vladimir tiene un poco de prisa. Como su jubilación de la época soviética es escasísima, gana algo de dinero dando clases particulares de castellano y griego, dos de los varios idiomas que estudió, por afición, en su tiempo libre. Nos separamos, cogiendo el metro en distintas direcciones, y pienso en el libro A Moscú sin Kaláshnikov. En él, el excorresponsal Daniel Utrilla explica que hay pocos lugares en el mundo con vidas tan extrañas, apasionadas e interesantes como Rusia. Tengo que darle la razón.

4 de noviembre de 2017

Hoy es festivo en Rusia. Es el Día de la Unidad Nacional, un invento de Putin para aglutinar a la nación bajo una nueva  gran festividad patriótica. Se celebra el 4 de noviembre por tres motivos: porque es el día de la Virgen de Kazán, muy querida por los creyentes rusos (la religión); porque ese mismo día, en 1612, milicias rusas iniciaron un levantamiento contra los polacos que habían ocupado Moscú (la patria); y porque el 4 de noviembre queda muy cerca del 7 de noviembre, la antigua fiesta nacional soviética, y así, poco a poco, va sustituyéndola en el imaginario de la mayoría de rusos (el poscomunismo). Es un día festivo en el que suelen hacerse conciertos o montarse mercadillos de artesanía o comida. En la Plaza Roja, por ejemplo, hay un grupo folk que toca canciones discotequeras usando instrumentos tradicionales rusos.

En los barrios periféricos de Moscú, por otro lado, también es tradición que los partidos nacionalistas y/o de ultraderecha hagan manifestaciones que suelen acabar con varios detenidos. Los que agitan el fantasma del «peligroso nacionalismo» de Putin tendrían que explicarme cómo definirían un Gobierno donde estos grupos xenófobos llegasen al poder. Y qué les pasaría, llegado el caso, a los miles de inmigrantes centroasiáticos —de rasgos sinizados y piel acaramelada— que ahora tienen un trabajo más o menos digno en los restaurantes, taxis o calles de Moscú. No creo que fueran suficientemente eslavos para estos grupos que hoy desfilan por las afueras de la capital.

Aprovecho la mañana para visitar el Museo del Gulag. Aunque es festivo, no hay casi gente. Está un poco alejado del centro, en un barrio de aspecto residencial. El objeto en exposición que se graba en mi mente son unas máscaras que los presos se hacían para cubrirse la cara mientras picaban hielo, para que no se les congelasen las mejillas, la frente o la nariz, mientras el viento glacial les golpeaba y cortaba la cara.

Por la tarde, quiero ir a un concierto que el partido de Putin, Rusia Unida, ha organizado en el estadio Luzhnikí, uno de los grandes escenarios preparados para el Mundial de Fútbol de 2018. Cuando llego a la parada de metro más cercana, justo al salir del vagón, me encuentro de frente con varias familias agitando banderitas rusas, que deben volver del concierto. En el exterior, miles de personas hacen cola para intentar entrar en el metro, siguiendo un camino marcado por centenares de policías vestidos de camuflaje azul, con el cuerpo hinchado por sus músculos y chalecos antibalas. Varios de ellos van montados a caballo. Avanzo entre la masa de gente, en contradirección, a ver si puedo llegar al estadio. Me cruzo con familias, jóvenes con banderas de Rusia Unida (donde aparece el famoso oso ruso), abuelas repartiendo periódicos, chicos de rasgos caucásicos y asiáticos con banderines rusos, borrachos con latas de cerveza en la mano… La masa de gente es cada vez mayor y no hay fisuras por donde avanzar. Al final, me doy por vencido. No sé si a estas miles de personas las ha atraído Putin, o el concierto, o Rusia Unida, o las ganas de juerga, o el pasar el rato un día de fiesta. Rodeado de policías con porras y fusiles, vuelvo hacia el metro con toda esa multitud, absolutamente variada, imposible de sintetizar. En un país donde Rusia Unida gana por mayorías abrumadoras, ¿cómo podría atreverme a definir al «votante medio» de Putin? El único punto en común —las edades y los rasgos son tan variados— es la ligera sonrisa, de orgullo y alegría sincera, que todos tienen mientras agitan sus banderitas blancas, azules y rojas. Quizá, hace veinticinco años, esos tres colores significaban un abismo económico y social. Ahora les hacen brillar los ojos.

5 de noviembre de 2017

Estatua del mariscal Zhúkov. Fotografía: Erik Charlton

Hoy hay preparada una ofrenda floral en honor a Lenin. Llego a la Plaza Roja y empiezo a ver banderas por todos lados: italianas, chilenas, turcas, francesas, vietnamitas, brasileñas… También hay esteladas, ikurriñas y republicanas españolas. Varios de estos internacionalistas se han comprado gorros del Ejército Rojo. Cuando encuentran a un comunista de otro país, sonríen, gritan ¡tovarisch! y se hacen una foto con el móvil, alzando el puño. Hay nacionalidades que triunfan más, como los vietnamitas —¡Ho Chi Minh!, los chilenos —¡Allende! y los chinos —¡Mao, Mao!. Todos están contentos y un poco nerviosos.

Después de pasar el control de seguridad, los comunistas van avanzando poco a poco y se encuentran emocionados con la primera sorpresa: una gran estatua del mariscal Zhúkov, el gran azote de los nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Todos se lanzan hacia ella para hacerse más fotografías; un comunista saca una larga pancarta y varios camaradas de otros países le ayudan a sujetarla. Con un mano cogen el cartel, con la otra alzan el puño y por la boca cantan «La Internacional», en tres o cuatro idiomas a la vez. Otros comunistas pasan de largo, como uno rubio —origen no identificado— con un lacito rojo sangre y un café del McDonald’s en la mano.

La siguiente parada es la Tumba del Soldado Desconocido. Es el típico monumento presente en la mayoría de ciudades y pueblos rusos, juntamente con las estatuas de Lenin. Una gran valla separa a los comunistas del parque donde se encuentra la tumba. Hay una especie de delegación principal que está dejando ofrendas en primer lugar, aunque la mayoría de camaradas no les hace demasiado caso: todavía hay muchas fotos que hacerse con los compañeros que les rodean. Si uno mira con atención, es fácil descubrir las delegaciones más jóvenes: la vietnamita y la china, ambas con una amplia presencia femenina. A la vez, son las más organizadas. Las dos tienen un cabecilla que da órdenes —e intenta poner cara seria— a la decena de camaradas de aspecto adolescente que le acompañan. Se trata de una representación oficial del Partido en el poder, por lo que ciertas formas burocráticas son necesarias. Cuando algún viejo comunista europeo les dice algo en chino o vietnamita, o les pide una foto, las jóvenes camaradas ejecutan una sonrisa de cortesía, pero tampoco expresan demasiado interés.

El caso, por ejemplo, de los comunistas italianos, es casi opuesto. Sus gritos y anarquía feliz hacen que los organizadores rusos se pongan un poco nerviosos, ya que no consiguen mantenerlos junto al grupo principal. Las voces brasileñas, pongamos otro caso, también destacan entre el bullicio general, exultantes y cantarinas. La presencia de jubilados emocionados —de todas las naciones— es alta. La mayoría van equipados con ramos de flores rojas. Cuando por fin abren las puertas a la Tumba del Soldado Desconocido, un abuelo ruso lleno de medallas de Lenin y Stalin se pone a gritar muy enfadado. Varias señoras de su alrededor lo miran y asienten con seriedad. Los camaradas internacionales hacen esfuerzos por aguantarse la risa.

Y la última parada del Disneyland comunista es, por supuesto, el Mausoleo de Lenin en la Plaza Roja. A las banderas soviéticas se han añadido los cuadros de Lenin y Stalin, casi más grandes que los ancianos que los sujetan. Es otro de los grandes atractivos del tour: tu cara sonriente al lado del mostacho totalitario. El corro se hace más grande y se oyen varios hurras a Stalin. A la vez, un largo grupo ya está haciendo cola para ver la momia del Mesías soviético. El resto de la Plaza Roja está completamente desierto, frío y extensísimo.

Al marcharme, veo que la policía ha detenido a varias personas en los alrededores, y está registrando sus mochilas. No me paro a mirar demasiado, por si acaso.

*

Tarde, anocheciendo. Sigue haciendo frío. Salgo de la misma parada de metro que ayer, la del estadio Luzhnikí, aunque hoy está bastante vacía y sin ningún policía a la vista. Hay un concierto dedicado al centenario de la Revolución en las inmediaciones, aunque no sé exactamente hacia dónde dirigirme. Por cosas extrañas de la vida, sale un grupo de comunistas catalanes del metro, charlando sobre el concierto. Oigo que una de las chicas del grupo les pide, por favor, que no la dejen colgada en medio de un acto como hicieron el otro día. Poco a poco, más comunistas van apareciendo. El grupo, más o menos grande, se dirige hacia el concierto. Visto desde atrás, el contraste es interesante: los marxistas catalanes van con pantalones de Decathlon y piercing en la ceja, y las abuelas (rojas) rusas visten con abrigos de piel y zapatos de tacón. Pero todos llevan una tarjetita roja para poder entrar al concierto —cosa que yo no tengo—.

Al llegar al edificio de actos, consigo escabullirme entre la marabunta de comunistas a los que piden la invitación. Evito el guardarropa —donde hay colas inmensas— y subo hasta la parte de arriba de la sala de conciertos, donde supongo que habrá menos gente. Voy probando diferentes puertas de entrada, hasta que encuentro una donde el encargado de los billetes está despistado. Me siento casi al final, junto a un matrimonio anciano, absolutamente silencioso. El marido va vestido de militar, con el pecho repleto de medallas. Un chico moreno reparte pines del centenario entre los asistentes, y se pone a charlar con varias abuelas que han venido en grupo.

Empieza el espectáculo. Habla Guennadi Ziugánov, líder del Partido Comunista de la Federación Rusa (el segundo en escaños de la Duma rusa, bastante lejos de la mayoría abrumadora de la Rusia Unida de Putin). Al acabar su arenga, se tocan y bailan multitud de canciones. Cuando suena «La Internacional» todo el mundo se pone en pie, lo que instantáneamente me recuerda —por tópico que parezca— a la liturgia de la misa de domingo. Sucede lo mismo cuando se tocan melodías relacionadas con la Madre Patria o el Ejército Rojo: todos arriba. Después de varios himnos —ya tengo ganas de empezar a matar nazis— unos italianos con acordeones se ponen a tocar «Bella ciao» en versión tecno, moviendo impúdicamente las caderas. Aunque lo mejor son los increíbles bailarines del ballet rojo, sus acrobacias geniales espada en mano, sus saltos temerarios de un lado a otro del escenario, sus piernas estirándose de Kaliningrado a Vladivostok. Me sumo a la euforia general, y no paro de aplaudir.

6 de noviembre de 2017

Exterior del Museo de los Cosmonautas. Fotografía: Andrea Hale (CC).

Visita al Museo de los Cosmonautas, llenísimo. La sensación al pasear entre esas réplicas de metal es casi infantil, de emoción ante juguetes inmensos y poderosos. Es admirable el respeto que los ingenieros y científicos se ganaron ante la nación. Camino entre trajes de cosmonauta, perritos heroicos disecados o réplicas del interior de las naves. Paseando entre esos objetos, observando a niños rusos y viejos rusos embobados ante un vídeo de Gagarin, entiendo ligeramente la euforia colectiva que representaba el espacio, el optimismo racional-científico absolutamente ligado al comunismo, la alegría por los grandes logros del Estado y, por tanto, de uno mismo.

Vuelvo hasta el centro de Moscú, hasta la catedral del Cristo Salvador —una fe más actual que la de los cosmonautas—. La iglesia parece más o menos vieja, pero pone que fue construida en los años noventa. Es blanca, gigante, ortodoxa y dorada. ¿De qué me suena esta catedral? Lo recuerdo: Ryszard Kapuściński, en su libro El Imperio, cuenta cómo Stalin derruyó esta misma iglesia en 1931, con el objetivo de construir en su lugar un gigantesco Palacio de los Sóviets, con un gigantesco Lenin encima. La demolición fue una bestialidad, y Kapuściński lo explica así:

Stalin ordena la demolición de la más grande edificación sacra de Moscú. Dejemos volar la imaginación por unos momentos. Corre el año 1931. Imaginémonos que Mussolini, que en aquella época gobierna Italia, ordena derribar la basílica de San Pedro de Roma. Imaginémonos que Paul Doumer, que por aquel entonces es el presidente de Francia, ordena derribar la catedral de Notre-Dame de París. Imaginémonos que el mariscal Pilsudski ordena derribar el monasterio de Jasna Góra de Czestochowa.

¿Somos capaces de imaginarnos algo semejante?

No.

Al final —cuenta Kapuściński— no hubo Palacio de los Sóviets. Una vez muerto Stalin, los cimientos de la catedral se usaron para construir una gran piscina pública. Y una vez desaparecido el ateísmo de Estado, la catedral volvió a su lugar, tal y como la veo ahora, como si nunca hubiera pasado nada.

Camino lentamente hacia el Kremlin, que está bonito e iluminado bajo la noche negra. Llego hasta la puerta de una pequeña iglesia, la de la Virgen de Kazán. El interior es confortable y levemente oscuro. El techo, cercano y hogareño. Las ráfagas de incienso y el humo de las velas crean el ambiente y el mareo propicios para la aproximación espiritual. Las mujeres del interior —abuelas centenarias, rubias con taconazos y velo ortodoxo— miran profundamente, como aguantando la respiración, a las decenas de iconos de santos y vírgenes que cuelgan de las paredes. Se acercan a uno de ellos como quien se acerca a un confidente, le susurran una oración, se santiguan y le dan un beso. Encienden una vela. Caminan hasta otro icono, acercan la cabeza, le hablan y le besan. Algunas lágrimas les acarician las mejillas.

Salgo a la calle. Está animada y llena de hermosos abrigos.

7 de noviembre de 2017

Hoy, finalmente, se cumplen cien años de la Revolución bolchevique de 1917. Releo al historiador Orlando Figes y su obra magna sobre la gran revuelta rusa. Las diferencias entre la insurrección de febrero del 17 —popular, violenta, caótica, transversal— y el golpe de octubre del mismo año —quirúrgico, minoritario, planificado, efectivo—. Obviamente, la que se recuerda es la bolchevique, aunque el imaginario popular ha mezclado las características izquierdistas más seductoras de ambas. Pero ¿realmente Moscú mira hacia atrás, hacia ese terremoto de hace cien años?

Si uno pasea por las calles, la respuesta más intuitiva es decir que no. Pese a que algunos museos anuncian exposiciones relacionadas con el centenario y que algunos quioscos todavía venden medallitas con la cara de Lenin, a pesar de que dentro de unas horas miles de nostálgicos cruzarán el centro de Moscú con carteles de Stalin y banderas rojas, la Rusia actual ya ha dejado atrás el comunismo. A decir verdad, a pocos les importa realmente el pasado, ya sea para buscar justicia o elogiar aquellos tiempos.

El problema es que las comunidades no funcionan sin mitos. ¿Qué hacer cuando no se puede mirar hacia la violenta revolución leninista, ni tampoco hacia la catastrófica revuelta «democrática» de los noventa? Buscar un motivo de orgullo transversal, un hecho donde todos los rusos —ya fueran ricos, pobres, derechistas o comunistas— salieran victoriosos. La Segunda Guerra Mundial, es decir, la Gran Guerra Patriótica, la victoria de la Madre Rusia contra el enemigo nazi, el sacrificio de padres y abuelos para detener al invasor es un recuerdo que no despierta ni rencores ni conflictos, y donde casi todo el mundo se siente interpelado. Por ese mismo motivo, hoy, 7 de noviembre, centenario de la Revolución rusa, el Gobierno ha decidido traer un montón de tanques, todoterrenos militares y hombres y mujeres vestidos con ropa del Ejército Rojo a la Plaza Roja de Moscú. Grupos de niños sonrientes escalan hasta la cima de un tanque; abuelos emocionados cantan canciones de la guerra alrededor de un acordeón; una niña se viste con un viejo traje del ejército y levanta con dificultades un gran fusil, mientras su madre le hace una fotografía. Todo el mundo se lo pasa bien rodeado de grandes aparatos de guerra.

*

Cuando llego a la Plaza Pushkin, los comunistas ya han tomado todo su lado derecho. El frío es terrible, pero entre tanto cuerpo se hace soportable. Centenares de banderas rojas, centenares de bocas cantando himnos. Miles de camaradas internacionales y miles de nostálgicos locales levantando sobre sus cabezas retratos de Stalin y de Lenin; unos elevan su pasado, los otros, su utopía. Muchos comunistas —algunos de mi propio país— se sienten liberados al poder fotografiarse y abrazar las grandes fotografías del dictador georgiano. Sé que es puro folclore, pero no deja de ser siniestro.

La manifestación avanza por una de las aceras de la ancha calle Tverskaya. Los coches y los peatones de la otra acera circulan con completa normalidad. El comunismo ruso —aquí se ve perfectamente— es nostalgia adiestrada. La estética sustituye a la acción, para beneficio de todos. Es feo, pero no hace daño (físico) a nadie. El recuerdo de tiempos estables, tiempos grandes, tiempos económicamente míseros pero seguros, tiempos de superpotencia, tiempos en los que uno era admirado, tiempos de héroes, todos esos tiempos se mezclan en la memoria de esas gargantas viejas que cantan «La Internacional».

La marcha llega hasta el monumento a Karl Marx. A su lado hay un gran escenario con una imagen de Lenin y Stalin, donde varios dirigentes realizan interminables discursos. El frío da latigazos en las piernas. Los veteranos rusos se apoyan en sus grandes cuadros de Lenin, como si se apoyasen en un gran icono de Jesucristo. ¿Qué les falta a los hombres y a las mujeres que abrazan el comunismo? Una alegría, un martirio, una espada, un relato. Y quizá aquí está el problema: satisfacer el alma es mucho más peligroso que llenar el estómago.


Rafael Poch: “China es de los países mejor gobernados del mundo”

Rafael Poch para Jot Down 1

La información internacional sufre dos grandes males. El más de lo mismo y el a ver quién la dice más gorda. Durante muchos años, Rafael Poch-de-Feliu (Barcelona, 1956), corresponsal internacional de La Vanguardia, ha destacado por trabajar en una línea opuesta a estos dos vicios. En sus crónicas, al menos, siempre hemos encontrado otro punto de vista. No el contrario a la propaganda, sencillamente una visión singular, distinta. Poch considera que el periodista no debe leer solo periódicos, sino que tiene que seguir publicaciones más académicas y libros. Se queja de que cada vez conoce más periodistas jóvenes que no leen. Él apuesta por complementar la información con fuentes alternativas de calidad, como profesores de universidad o sociólogos, dada la tendencia a la mentira y el engaño de las fuentes institucionales. El resultado de esta forma de trabajar está en las hemerotecas, pero también en sus libros sobre la URSS (Tres días de agosto, Tres preguntas sobre Rusia y La gran transición, que ha sido traducido al ruso y al chino), China (La actualidad de China, un mundo en crisis, una sociedad en gestación) y Alemania (La quinta Alemania, que aparecerá en mayo editado por Icaria). Obras didácticas, llenas de matices. Versiones de los hechos históricos, de la sociedad de estos países, nutridas con fuentes diversas que pueden ir del político al campesino, del periodista al activista. Ha sido corresponsal en Europa del Este, Moscú, Pekín y Berlín. En todos estos destinos fue y es testigo de las grandes transformaciones del mundo contemporáneo. Repasamos con él su trayectoria para que ofrezca una explicación de todo lo que ha investigado y narrado para sus lectores.

Cuando estuviste de corresponsal en la URSS, describiste la vida así: “dura y poco confortable, pero al mismo tiempo bastante relajada; todo gira a pocas revoluciones y se desconoce el estrés laboral o la inseguridad por el futuro”. Luego pasaste a China y comentaste: “Pese a las dificultades, los chinos nunca habían sido tan libres y prósperos, lo que explica el optimismo que, en general, desprende la sociedad”. Cuenta cómo encontraste Berlín a tu regreso de China hace cinco años y, particularmente, cómo has visto España estos días.

Regresar a la vieja Europa fue reencontrarme con algo que describiría como “un gran bostezo social”. Aunque precisamente después de 2008, con todos los movimientos sociales que están surgiendo, mi visión está siendo matizada. Pero sí, en Berlín, en Europa occidental, encontré un gran bostezo. Y en España, treinta años de conformismo, apatía y abulia social. La generación que siguió a la nuestra de la Transición se durmió y se desencantó con la realidad que le tocó vivir. Se acomodó a ella. Era una realidad relativamente fácil. Además, cuando mi generación llegó al poder, hubo un desencanto porque dio una imagen muy poco ejemplarizante.

Este es el panorama europeo en general. Alemania creo que es un país bastante deprimido. Ocho millones de trabajadores precarios han transformado completamente un país que cuando yo lo conocí a principios de los 80 era ejemplar. En aquella época un redactor de una agencia de prensa ganaba 3000 marcos, el equivalente actual de 4000 euros, y ahora tiene un sueldo de 1200 euros sin seguridad laboral, te pueden echar cuando les dé la gana. El mileurismo ha llegado a Alemania y lo ha transformado todo. La inseguridad, la desigualdad, la injusticia. Todo este tipo de problemas, Alemania los despachaba antes gracias a su relativa nivelación social. Ahora que la ha perdido aparecen problemas psicológicos en la población, hay estudios que lo demuestran, y por supuesto consecuencias económicas. La moral del trabajo en Alemania no es la misma que era hace 30 años. Como sigan así lograrán trabajar tan mal como los españoles. Es verdad que aún en la gran industria las relaciones laborales están basadas en el modelo anterior, pero también hay trabajadores precarios en las cadenas de montaje de Mercedes. Están cambiando la gallina de los huevos de oro, el gran modelo alemán, con la exclusa de ser competitivos. El Mercedes no compite con el coche de Japón o China, se compra por la calidad. Una calidad que se consigue con buenas relaciones laborales y no con lo que están haciendo.

Por otro lado, en España ya ves lo que tenemos. Un movimiento social incipiente que no sabemos hasta dónde va a llegar. Visto desde fuera me ha parecido en algunos momentos muy exhibicionista, con mucha propuesta online y poco contenido ideológico transformador. Sin embargo, todo va cambiando poco a poco, esperemos que evolucione. La vida les empujará, y si no evoluciona y en Europa no logramos crear grandes movimientos sociales, como dice Fontana, tendremos lo que nos merecemos. Volveremos a un nivel de relaciones sociolaborales anterior a la Segunda Guerra Mundial, es decir, espantoso.

Por eso la generación que está ahora entre los 20 y 30 años, que simplemente no tiene futuro, tiene que ponerse las pilas. Si hablamos a nivel macroeuropeo, tenemos dos escenarios. El de 1848, el de la Primavera de los Pueblos, con distintas revoluciones y revueltas cívicas en los países —porque desengañémonos, los movimientos transformadores son nacionales, igual algún día sí se pueden coaligar para una transformación en la UE—, y el otro escenario es el de 1930, el previo a la Europa parda, intransigente y xenófoba. Es cuestión de apuestas, de con cuál te quedas tú. Yo veo indicios de lo uno y de lo otro, ya veremos qué sale de todo esto, pero de lo que surja, dependerá nuestro futuro y el de nuestros hijos.

En tus crónicas desde Berlín has destacado que el momento clave fueron las reformas de Gerhard Schröder.

Sí, marcan un punto de inflexión, pero la película empieza en la Reunificación. La primera idea es que Alemania, en este proceso que ha sido calificado por Fontana o Krugman como el de la Gran Desigualdad, estaba retrasada. En Europa, desde los años 70, asistimos a una gran ofensiva del capital que se come las conquistas sociales del consenso de posguerra, tanto en Europa occidental como en Estados Unidos. Empezó con Carter y siguió con Reagan y Thatcher en Inglaterra. Pero Kohl no pudo hacer esto porque estaban en la primera frontera de la guerra fría. Tenían enfrente una república democrática alternativa, cuya imagen de marca era el estado social. Esto obligó a la RFA a adoptar un capitalismo, que llamaban renano, marcadamente social. Todo esto se acaba con la Reunificación, en cuanto deja de existir la alternativa, el establishment occidental empieza a tener la libertad de hacer lo de Reagan, Thatcher e incluso Mitterand y los suecos.

Entonces, como llegan con retraso, llegan también con ansiedad. En ese contexto, se comen los tremendos costes de la Reunificación, que costó muchísimo dinero. Se habla de dos billones de euros, eso corresponde al 8% del PIB a lo largo de 25 años. Son gastos enormes que explican la obsesión alemana por la austeridad. Además, surge tras 1990 la gran reunificación mundial. Es la nueva oportunidad de marcar un modelo de relaciones laborales diferente. Se incorporó al mercado de trabajo todo el bloque del Este, más China e India. Todo eso dobló el número global de trabajadores. Añadió 1400 millones más de obreros, lo cual alteró la correlación de fuerzas entre capital y trabajo en beneficio del primero.

En Alemania el Este se utilizó como polígono de pruebas, con salarios bajos y precariedad. Esto repercutió en Alemania Occidental. Si los sindicatos decían que no a algo, se llevaban la fábrica al Este. Entre el año 90 y 2003 las reformas no fueron todavía posibles porque estuvieron muy ocupados en digerir toda la reunificación. Fue a partir del año 2000 cuando se crea el consenso de Lisboa en Europa, lo de la competitividad y todo esto, cuando Alemania comienza a desarrollar con mucho retraso la agenda neoliberal.

Kohl ya había empezado, pero no pudo por razones obvias. Entonces, quién mejor que una coalición de izquierdas para hacer el trabajo sucio. Ahí estuvo el señor Schröder con su Agenda 2010, que impuso el programa de recortes más importantes de la historia de la posguerra alemana. Y en eso estamos. Entre 2003 y 2006 todo son reformas laborales y sociales, que tienen un resultado ambiguo. Porque en Alemania se dice, sobre todo al exterior, que tienen éxito porque han hecho las reformas, mientras que los científicos sostienen que en realidad lo que hubo fue una mejora de la coyuntura general que disparó sus exportaciones. No obstante, ahí está la trampa ideológica de hacer ver que este éxito exportador tiene que ver con los salarios más bajos, cosa que no es verdad, y está trayendo muchísimos problemas.

Escribiste que en los últimos años de Merkel las reformas han ido en sentido contrario, que Alemania se aplica a sí misma medidas opuestas a las que pide que se apliquen los demás.

Merkel llega al poder en 2005 y desde ese año no ha hecho ningún ajuste. Ya le habían hecho el trabajo. No ha parado de decir: “¡Gracias, Schröder, gracias!”. Y eso que era su enemigo acérrimo. Es al revés, ahora está recomponiendo aspectos sociales, especialmente porque está en época preelectoral, con un par de medidas en esa dirección. Por eso es curioso que esta mujer diga a los demás que se aprieten el cinturón y no como ellos hicieron con la Agenda 2010, sino muchísimo más. Lo que ha hecho Grecia, lo que hace España, una devaluación interna del 20 o 30%, es mucho más fuerte que lo que sufrieron ellos.

Y ahora viene la demanda de 200.000 trabajadores cualificados del sur de Europa. Suena como un drenaje ¿nos convertimos en sus economías auxiliares?

A esto lo llaman “Falta de mano de obra cualificada”. Lo repiten como loritos. Viene de los think tank empresariales. Pero las preguntas aquí son: cómo es posible que en un país con 7% de paro falte mano de obra cualificada cuando no hay una presión salarial hacia arriba. Deberían pagar más a los pocos que hay para quedárselos, ¿no? Cómo es posible que haya falta de mano de obra cuando por cada oferta laboral hay ocho demandas de trabajo. Lo que veo es que hay una tendencia, un recurso empresarial, para mantener los salarios a la baja. No se contrata a la gente mayor porque piden sueldos demasiado altos. En cambio, se llama a un ingeniero español, o a un conductor de autobuses español, que se conforma con 1200 euros en Stuttgart —es un caso real, concreto, que conozco—. En algunas regiones alemanas, por ejemplo, Baden-Wurtemberg, donde hay prácticamente pleno empleo, sí hay falta de mano de obra en algunos sectores concretos de la industria, pero es muy anecdótico.

En cuanto a que nos vayamos a convertir en un satélite, creo que ya lo somos desde que entramos en el euro. Aunque, en gran parte, ya lo éramos desde antes. Yo me marché de España en el año 83 y éramos un país con mucha industria. España producía de todo, teníamos industria del calzado, metalurgia, teníamos construcción naval. Éramos un país más nivelado, mucho menos de servicios. La política europea ha conducido a que Alemania sea la fábrica productiva y exportadora y los demás hayan perdido terreno, incluso Francia. Esto es algo que hay que analizar y reconstruir para sacar las conclusiones pertinentes, tanto nosotros como la propia Alemania.

Rafael Poch para Jot Down 2

Sobre la Reunificación, has apuntado que fue una historia mucho más prosaica de lo que se reflejó en su momento y ha quedado grabado en la memoria colectiva. Para empezar, porque quienes  propiciaron desde el Este la caída del muro, los movimientos contestatarios de la RDA, lo que tenían en el horizonte era una tercera vía, ni marxismo-leninismo monolítico ni capitalismo.

Una de mis sorpresas al regresar a Alemania en 2008, después de unos años sin haber pisado Europa, fue comprobar que el tema de la Reunificación estaba por escribir. Se hablaba de una revolución pacífica, un cambio, un giro, y no había bibliografía sobre lo que había pasado en concreto. Los archivos estaban cerrados. Los célebres archivos de la Stasi eran inaccesibles en lo referido a la actuación del espionaje occidental durante la caída del muro. Husmeando un poco me di cuenta, y conmigo muchos alemanes, de que la película de la Reunificación es un tema interesante.

Tuvo tres movimientos. Primero, Gorbachov, el paradigma, el hacedor de la Reunificación alemana. Él permitió que el pequeño movimiento contestatario de la RDA se convirtiera en una marea humana. Estos movimientos eran socialistoides y verdes. ¡Wir sind das Volk! (“¡Somos el pueblo!”), decían. Y en el curso de pocos meses este eslogan se convirtió en ¡Wir sind ein Volk! (“¡Somos un pueblo!”). Se pasó de poner el acento en la rebeldía popular a ponerlo en la unificación.

Kohl, que era un viejo zorro, vio en la Reunificación la oportunidad de pasar a la historia como canciller. Con un poco de suerte, si lo manejaba bien, él que estaba de capa caída podía como político conseguir mantenerse en el poder electoralmente gracias a los votos del Este. Para eso tenía que seducirlos y su mensaje fue clarísimamente, a partir de marzo o abril del año 90, en víspera de las primeras elecciones libres en Alemania Oriental, “si me votáis a mí y no a un Gobierno que os repita las chorradas socialistoides, os garantizo que vais a tener Disneylandia, tíos”. Lo llamó “paisajes floridos”. Cita textual de Kohl. Y la gente en Alemania del Este, lo que era el movimiento social, la vanguardia, los escritores, los intelectuales, los activistas de la Iglesia protestante, eran gente idealista, visionarios. Querían socialismo, pero socialismo verde. No querían ser absorbidos por la RFA, querían su propia vía. ¿Pero la masa? La masa lo que quería era Disneylandia ya.

Entre marzo del 90, cuando los sondeos le daban un 10%, y las elecciones de mayo en las que ganaron sus satélites en el Este, hubo un vuelco. La clave está en esta Disneylandia que concretamente fue la promesa de la unión monetaria, que un marco del Este valiera lo mismo que uno del Oeste. Este era el truco. Si valían lo mismo, quería decir que si yo tenía 6000 marcos ahorrados en el Este, se convertían en 6000 deutsche Mark, el sueldo de dos meses de un periodista en el Oeste, pero en el Este suponía una auténtica fortuna. Sin embargo, cuando se hizo la paridad, se acabó toda la competitividad de la industria del Este. La RDA se fue a la porra, pero directamente. Se desindustrializó y generó cuatro millones de parados. Esto Kohl no lo dijo. Él vendió Disneylandia, no dijo “¡Tendréis desindustrialización!”. Ganó las elecciones y, una vez ganadas, convocó otras para el conjunto de Alemania y sobre esta dinámica o corriente volvió a ganar y se quedó en el poder ocho años más gracias a eso. Los socialdemócratas en la oposición decían: “Esto de la unión económica puede traer problemas”, pero no fueron capaces de explicarlo, solo Oskar Lafontaine lo apuntó, que dijo claramente que esto no iba a ser como lo pintaban.

Por supuesto, también estaba el deseo de la población oriental de comprar Disneylandia. Después de 40 años de estrecheces, era manifiesto que los del Oeste eran mucho más ricos. Esa fue la clave que dio a Kohl la Reunificación. Con ello consiguió una gran victoria política, los laureles de la Reunificación, pero también cosechó diez años de crisis económica en todo el país. A partir de ahí, Alemania fue considerada como el enfermo de Europa en el Economist, lo que dio fuerza para introducir la terapia de choque de la reforma de 2003. No se dijo que aquella “enfermedad” era consecuencia de una unificación realizada chapuceramente por razones políticas.

Lo mismo que esa Disneylandia era un espejismo, además sostienes que la propia caída del muro tampoco fue un cuento idílico.

La revolución pacífica que tira el muro tiene momentos oscuros. Hay un periodista húngaro, Andreas Oplatka, que ha publicado una investigación sobre todo lo que ocurrió estos días en su país, Hungría, que fue clave en la caída. Un trabajo muy bien hecho con los dirigentes húngaros de entonces, que como sabrás es el único grupo gobernante de países del Este que consiguió reciclarse y sobrevivir a la caída del muro.

En Hungría tenían una agenda oculta de apertura hacia el Oeste desde los años 80. Dentro de esta estrategia, Kohl les dio 1000 millones de marcos y fueron tolerados por la OTAN para seguir mandando en su país. Lo que ocurrió es que en el Lago Bálaton, que era como un Lloret de Mar para los alemanes orientales, de repente aparecieron llamadas, con octavillas, para cruzar la frontera por Austria, el día tal, por tal punto, a tal hora. Fue el picnic de Sopron, una especie de tanteo para ver cómo iba la cosa. Aquello salió muy bien y entonces se procedió a la apertura total de la frontera entre Hungría y Austria, por la que se colaron, huyeron, miles de turistas alemanes orientales. A cambio, los húngaros recibieron el aludido crédito y la promesa de una rápida integración en la UE.

Todo esto hay que verlo como lo vio el régimen de Alemania del Este; un régimen cuadriculado que había perdido por primera vez en su historia la referencia moscovita, donde ahora eran reformistas y les decían “haced lo que queráis”, y la gente se le iba del país en masa. Generó un gran nerviosismo. El régimen, que tenía la gran baza de abrir el muro, lo hizo de forma desordenada y ahí se desparramó toda la RDA, afortunadamente sin sangre. Pero cuidado, no quiero dar la impresión de que la caída del muro fue el resultado de conjuras de servicios secretos. Digo que, primero, fue Gorbachov el que tumbó el muro y fue el verdadero factor de la reunificación alemana. Pero segundo, en esa reunificación hubo mucho espontáneo, es cierto, pero también algo dirigido.

En resumen, para mí, es una revolución fallida. Especialmente desde el punto de vista de la propiedad. Todo esto condujo a que el patrimonio industrial de la RDA fuera absorbido por las empresas occidentales. Fue una desposesión enorme de los ciudadanos de la RDA, que eran propietarios colectivos de todo aquel pastel que habían generado tras 40 años de duro esfuerzo.

Durante tu corresponsalía en Pekín viajaste a Corea del Norte. ¿Cómo valoras la información que se está dando en los medios de la crisis actual?

Se presenta el conflicto nuclear restringido únicamente a que Corea del Norte tiene, o parece ser que tiene, una bomba atómica. El tema es mucho más complicado, como todo el mundo medianamente informado sabe. Desde los años 50, desde la guerra, Corea del Norte ha estado amenazada por el arma nuclear. Hasta los años 90, con la disolución de la URSS, esa amenaza estaba contrarrestada por el paraguas soviético. Cuando desapareció, los coreanos se plantearon hacerse con la bomba porque la amenaza se mantuvo en los mismos términos, hay armas nucleares en Corea del Sur, hay recursos nucleares en Guam a efectos de bombarderos estratégicos, de misiles preparados para ser utilizados. Por tanto, esto, sumado a lo que ha ocurrido en los últimos años, que una serie de naciones han sido atacadas por no tener bombas nucleares, Yugoslavia, Iraq, es lo que llevó a la dirección de Corea del Norte a la conclusión de sentido común de que había que hacerse con la bomba, que es supuestamente lo que han hecho.

Ahora en esta crisis ocurre lo de siempre. Se enfatiza la respuesta histérica de Corea del Norte, régimen absolutamente impresentable, pero se olvida que son reacciones a una serie de maniobras con el aumento de la capacidad misilística de Corea del Sur y aumento de la capacidad militar americana en la región. Por eso responden de esta manera.

Rafael Poch para Jot Down 3

Esta tensión militar, aumentada por el Sur y Estados Unidos, ¿es lo que impide el deshielo del régimen?

La dirección norcoreana tiene muy claro desde Kim Il Sung, desde el abuelo, que había que cambiar el sistema económico, que había que hacer reformas y abrirse. Pero también tienen muy claro que eso no sería posible mientras no hubiera un cambio en la situación geopolítica. Si no cesaba la amenaza nuclear estratégica contra ellos, no podían hacer la reforma económica. Y cómo conseguir que cambiase, pues con la bomba atómica como carta de negociación. Los líderes norcoreanos, los gobernantes asiáticos en general, suelen ser muy inteligentes. No son repúblicas bananeras, pueden ser tiranías tremendas, pero son gente que piensa las cosas. Han visto todo lo que ha ocurrido en Asia oriental, lo que ha pasado en China. Del mismo modo que los chinos vieron lo que pasaba en Hong Kong o Singapur; vieron cómo cambiaba la economía global y después de Mao hicieron lo que hicieron. Los norcoreanos no son diferentes en eso. Saben que deben cambiar y, de hecho, han llevado a cabo intentos, pero no pueden realizarlos mientras la situación geopolítica no cambie.

Fueron incluidos en el Eje del Mal de Bush Jr.

Cuando se acaba el paraguas soviético ya era muy claro que estaban expuestos. Y si luego el imperio adversario les incluye en una lista de posibles ataques preventivos, pues en Corea del Norte, como yo digo, el misterio de la bomba atómica es el menos misterioso.

¿Pero por qué particularmente Corea del Norte sufre ese asedio militar y no los vietnamitas?

Buena pregunta. La analogía es pertinente… Es un tema interesante para el que no tengo ahora mismo una respuesta. Habría que pensarlo.

En tu viaje a Corea del Norte encontraste norcoreanos ricos.

Hace muchos años que empezaron nuevos canales de comercio y de posibilidades de enriquecerse para la gente del régimen. No es muy diferente a lo ocurrido en China o en Rusia, de una forma más discreta a lo mejor. Pero para mí, la señal que lo evidenció fue que en una localidad fronteriza con Corea del Norte, en el hotel de la ciudad, había una tienda de Salvatore Ferragano. Le pregunté a la dependienta quién compraba ahí, quién podía, y me contestó que los coreanos del Norte, naturalmente. Ahí un traje podía costar 2000 euros. Porque estos tíos manejan mucho dinero. Hay mucha producción de Corea del Sur que se hace en el Norte y hay muchos ejecutivos y hombres de negocios norcoreanos que se encargan de la exportación industrial a China, donde hacen cambalaches en zonas grises… Es la típica configuración de negocios de Estado, de sectores de la nomenclatura que son los propietarios de ese Estado y lo gestionan. Una burguesía roja, como se ha dicho siempre. Otro aspecto es que también, en los años 90, hubo una cierta reforma, pero desde abajo. La gente sencilla se saltó a la torera toda una serie de normas y prohibiciones, como no cambiar de distrito, por ejemplo. Se creó un mercado que no se podía controlar y que el Estado no podía reprimir, nada más que aceptarlo. Eso transformó muchas cosas.

Tanto la población chinocoreana, que lleva en China desde antes de la guerra, como los propios chinos, tienen fuertes lazos con la población de Corea del Norte.

Hay una red de solidaridad muy grande y muy clara entre ambas poblaciones. La frontera está poco vigilada, es permeable, mucho más de lo que se piensa, y percibí la sensación de que los norcoreanos no temían sorpresas de parte de su frontera china: no tienen despliegue militar, todo lo tienen enfocado a la frontera con el Sur. Como la población de esa zona china es étnicamente coreana, hay mucho contacto y faltan mujeres, las toman de Corea del Norte para matrimonios amañados. Prostitución de las mujeres norcoreanas, no sé, supongo que un poco de todo. Pero en estas sociedades pobres y tradicionales ves cosas que te ofenden mucho, o te sorprenden, pero si lo piensas, en tu país eran moneda de cambio corriente hace unos años. A mí lo que me llamó la atención de aquella frontera era la estrecha complicidad que había entre ambos lados.

Dijiste que para los chinos “ser prepotentes con los norcoreanos sería como serlo con su propia biografía”.

La gente de China mayor de 50 años de edad, esa generación, recuerda la época de Mao, de la que fueron partícipes. Y cuando ven a Corea del Norte la perciben como su maoísmo. Como son parientes étnicos y parientes políticos, hay cierta propensión y condescendencia. Les ven y piensan que las están pasando canutas, pero en plan “como yo cuando era joven”, cuando aquella colectivización forzosa, aquellas penurias. Eso lo ven reflejado ahora en el otro lado.

Mira, a una orilla del río está Dandong, con las ruinas de un puente que los americanos bombardearon en la guerra de Corea. Como otras ciudades chinas de frontera, Dandong es un escaparate, con una silueta luminosa de edificios altos y modernos, un skyline lleno de luces, para ser contemplada desde el otro lado del río. En el paseo fluvial se organizan bailongos, gente mayor que baila alrededor de un aparato de música. Parece que lo hagan para ser vistos desde el otro lado. Pasa lo mismo en la frontera con Vietnam, hay un cierto exhibicionismo de la prosperidad china. Al otro lado, Sinuiju, la ciudad norcoreana es pobre y gris, está muy decaída, con grandes estrecheces, sin embargo es una ciudad privilegiada porque es puerta de salida y entrada de cierta actividad económica que deja dinero, el hecho de que sea fronteriza y gran parte de la exportación de materias primas pase por ahí le da grandes ventajas antes que a otras zonas de Corea del Norte que son paupérrimas.

Ahí visité unas zonas en circunstancias bastante extraordinarias, porque no dejaban ir a extranjeros, donde se veía el Estado socialista pobre que todavía construye casas y viviendas, pero que están muy mal. Las casas están vacías, son de un austero extraordinario, no hay prácticamente decoración, solo un televisor. Hay una penuria alimentaria importante. Recuerdo haber visto un camión que era alimentado con leña, tenía un remolque lleno de maderos y unos tíos echándolos en la caldera, eso era lo que movía el vehículo. Vi mucha gente pescando en los ríos, caminando por las vías del tren; vías férreas en las que no había circulación y la gente estaba caminando con toda naturalidad sobre ellas. También encontré a la población muy delgada, muy flaca, magros, que no les sobra ni un gramo de grasa. Los que escapan, cuando llegan a China, tienen diarreas, porque la sopa de gachas es la alimentación básica de esta gente.

Pero al mismo tiempo, encontré gente con, no sé cómo decirlo, cierta dignidad. Estaban muy preocupados por el ensayo nuclear, que se había sentido como un terremoto. Los norcoreanos no son esos autómatas que salen en los desfiles militares, siempre en imágenes de archivo de los telediarios, gritando de forma fanática la consigna a sus queridos dirigentes. Es gente como todo el mundo, normales, que quisiera vivir mejor. Que sufren la opresión, la falta de libertad. Han ganado libertad de movimientos, pero tienen una población reclusa importante, no tanto como la de Estados Unidos, por cierto (risas), pero importante. Y que tienen su corazoncito, gente normal. Con su familia y su vida cotidiana, que vive en un contexto de gran opresión y constantes servicios y deberes hacia el Estado, como las movilizaciones, los ejercicios colectivos, el trabajo comunitario, todo eso que debe ser enormemente engorroso y servil. Al mismo tiempo, hay algo muy digno en su ascética austeridad y pobreza. Las casas, incluso en el campo, están cuidadas, en zonas montañosas ves que se cultivan las laderas más inverosímiles, que se intenta aprovechar todo, todo eso exuda una voluntad muy asiática, contra la que siempre es difícil luchar y contra la que los occidentales suelen estrellarse militarmente, sea en Vietnam, Laos, en el Japón, que ofreció una resistencia numantina a los americanos en la guerra del Pacífico. He visto casos de agricultores que les construyen la casa a unos vecinos porque se les ha derrumbado la suya, algo habitual dentro de la cultura campesina, que encima dentro de su régimen es obligatorio. Luego Pyongyang me recordó a la Minsk de los años 80. En el sentido de grandes avenidas, sin coches, pero en general muy cuidadas, como suelen estar este tipo de ciudades de estos regímenes.

¿Hay un alcoholismo excesivo como en la URSS?

No creo que nada que signifique exceso esté al alcance de la población general por una cuestión de pobreza. Ahora, entre los cuadros dirigentes y tal, hay mucha gente que le da al alcohol, como ocurría en la URSS. Aunque yo le hice una entrevista en una ciudad de provincias a un cargo del partido, un dirigente local, que me pareció el típico tío honesto, preocupado por la gente. En China pasa lo mismo, hay tipos dirigentes absolutamente despreciables, que solo piensan en sí mismos, que se aprovechan de la corrupción y la falta de pluralismo, y luego, al menos yo he visto, gente completamente comprometida con la comunidad, honesta, y que realmente son los mejores.

Explica tu teoría de que Corea del Norte es un “canario global”.

Tiene que ver con la analogía de los submarinos nucleares soviéticos, que entre tantos indicadores y medidores, tenían un canario, y si la palmaba quería decir que estaba pasando algo malo ahí dentro. Esto tiene una lectura realmente universal en el caso de Corea del Norte, porque es un país que ha sufrido el hundimiento general de casi todo, de sus intercambios comerciales, ha sufrido la incapacidad de alimentarse y se ha tenido que replantear otro modelo económico después del hundimiento del bloque del Este. Ese ejercicio titánico podría ser el que la humanidad se vea forzada a realizar si realmente se hunden una serie de cosas, de intercambios, o condiciones, que hoy sostienen el desarrollo normal de nuestra economía. Me refiero a combustibles fósiles, a la red de intercambios que está ligada precisamente al uso desmesurado de estos combustibles. Y todo eso encima en unas condiciones geopolíticas sumamente difíciles donde el imperio más importante del mundo está ahí achuchando. Es un caso paradigmático desde ese punto de vista.

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¿Por qué Corea del Norte se ha sentido siempre como la legítima Corea?

Hay una continuidad. A principios de siglo Japón invadió Corea y se hizo con una serie de colaboracionistas. Cuando acabó la guerra los americanos hicieron lo mismo que en Alemania con los exnazis, emplearon a esos colaboracionistas para reconstruir el nuevo Estado. Pusieron a una serie de señores en la dirección, como Park Chung Hee, que tenía incluso un nombre japonés, Masao Takagi. Durante ocupación estaba bien visto adoptar nombres japoneses. Esta gente fueron los encargados de garantizar el statu quo. De ahí la percepción que tenían los coreanos del Norte, como de que el Sur era un Estado de “mentirijillas”. A diferencia de ellos, que habían conquistado su soberanía con las armas y nunca habían tenido un papel tan subsidiario respecto a China y la Unión Soviética como el que el Sur había tenido con Estados Unidos y Japón.

Este régimen del Sur cometió masacres.

Antes de la guerra, en el Sur hubo tremendas masacres a cargo de este Gobierno; masacres contra movimientos que simplemente pedían transformación, que ni siquiera eran comunistas, eran simplemente movimientos sociales.

Entonces Kim Il Sung termina liando a la URSS y China en un juego diplomático para lanzarse a por el Sur, campaña que a Stalin no le hacía mucha gracia.

Creo que los dos regímenes, el del Norte y el del Sur, tenían ganas de zurrarse. Las grandes potencias no estaban en esa longitud de onda. Acabó en una dinámica de acontecimientos bastante confusa, todavía se discute quién y cuándo empezó la guerra. Hubo muchas escaramuzas previas, hubo multitud de incidentes fronterizos antes. No está del todo claro. La versión occidental ha puesto el énfasis en una ofensiva del Norte sobre el Sur, pero la cosa era más complicada. Las responsabilidades yo diría que están repartidas y las potencias fueron un poco el juguete.

En la guerra, el Norte terminó arrasado por los bombardeos, incluso con armas biológicas.

Esto también se desconoce, pero ayuda a comprender la situación actual. Era un país devastado. Todas las ciudades fueron asoladas a niveles del 70% u 80%, con una población que sufrió muchísimo. También fueron norma las crueldades sobre la población civil. Algunos estudios señalan que hubo más atrocidades en las fuerzas del Sur que en las del Norte, incluso los americanos tuvieron hechos conocidos de masacres de civiles. Esto en la iconografía de Corea del Norte, por supuesto, está sobredimensionado. Se pone el énfasis en los aspectos que a ellos les conviene, como es natural y como hace todo el mundo. Pero cualquiera que examine los hechos ve que fue un conflicto tremendo y que marcó a toda una generación que está todavía mandando en Corea del Norte. Y, curiosamente, también es importantísimo para comprender la situación que los hijos de los imperialistas japoneses están en el poder en Tokio. Textual, hijos y nietos de los mandamases de la etapa imperial. Como en Corea del Sur, donde gran parte de los descendientes de los colaboracionistas también son los que mandan. Hay un gran fenómeno biográfico.

Tras la guerra, en los 70, Corea del Norte llegó a tener un gran desarrollo industrial, con una renta per cápita mayor que la del Sur. Hasta era donante de ayuda al desarrollo.

Estaban ubicados en los intercambios comerciales del bloque del Este, y lo hicieron con cierto éxito porque son muy capaces, muy trabajadores. Así tuvieron un relativo equilibrio en los 70 con lo que sucedía en el Sur hasta que a partir de ahí la cosa se disparó. El Sur fue uno de los raros países del mundo que consiguió ascender de categoría, llegar a ser un país del primer mundo en pocos años, y el Norte se quedó muy atrás. Entonces, cuando todo este esquema de intercambios se hunde, ellos tienen que desarrollar la agricultura para poder comer. Una “reagrarización” para conseguir la autosuficiencia.

Hasta llegar a la hambruna.

En el 94 hubo una hambruna tremenda. Una mezcla de desastres estructurales, naturales y de errores políticos, claramente. También, del propio aislamiento del país, lo cual puede formar parte del error político. Porque si el precio de la autosuficiencia y la independencia es que tu población se muera, igual tienes que empezar a cambiar eso y vender un poco de tu soberanía a China, o a Rusia. Bueno, en los 90 Rusia estaba out. Quizá sí a China para tener un poco más de prosperidad, ¡un poco menos de mortandad al menos!

Esa resistencia delirante es en lo que consiste la filosofía del Amado Líder, el Juche.

Todos los Estados comunistas han establecido cierta continuidad dinástica con los padres fundadores del socialismo. Tenemos el ejemplo más claro en la Unión Soviética, con los carteles de Marx, Engels y luego Lenin, y después Stalin. China hizo lo mismo con Mao, el marxismo-leninismo pensamiento Mao Tse-tung. Todos enmendaron la ideología inspiradora. Pero los coreanos del Norte fueron más allá y crearon una ideología nueva, alternativa al marxismo, que se consideraba más importante y mejor. Eso fue el Juche, cuyo trasfondo no es poca cosa, la defensa de la soberanía nacional ante todo, el “nosotros somos los mejores”. Una ideología de autosuficiencia que viene inseparablemente unida al ejemplo del confucionismo, donde el padre de la nación, el padre fundador, es considerado un dios y sus hijos y nietos queridos dirigentes o amados líderes. Es un rasgo de sociedad tradicional y oriental, para las cuales la continuidad es muy importante. Esos señores que a nosotros nos parecen tan ridículos, sobre todo el hijo y el nieto, desde el punto de vista patrimonial del Estado dan cierta seguridad. Y luego en la Constitución tienen el lema de los tres mosqueteros, el todos para uno y uno para todos, por el colectivismo, etcétera.

Del hijo, Kim Jong Il, leímos muchas caricaturas sobre sus excentricidades, pero también era un líder que llevó a cabo un reparto de poder y luego hay testimonios, como el de Madeleine Allbright, que le definían como alguien “sensato, resolutivo”.

Es una opinión generalizada entre la gente que le conoció. Luego se ha creado la leyenda de que si llevaba tacones, que si le gustaban las películas, que si los peinados. La caricatura se ha fomentado, pero la realidad era otra. Con respecto a las reformas que él hizo, como símbolo de un establishment —que son los excompañeros de su padre en la guerrilla—, para protegerse del hundimiento del Este, creó una configuración absolutamente atípica. Consideraban que la urgencia derivada de la amenaza estratégica era lo prioritario. Para eso cambiaron la estructura típica del comunismo y pusieron al ejército por delante del partido. En eso consistió el reparto de poder.

Durante tu estancia en China, enviaste una crónica en la que hablabas de que era una ventaja para este país no tener democracia porque se libraba de las políticas cortoplacistas derivadas de las legislaturas de cuatro o cinco años.

Aquí podríamos hablar de las ventajas de la dictadura, para formularlo en términos crudos. El concepto dictadura contiene realidades muy diversas y muchos matices. Hay dictaduras 100% nefastas, hay dictaduras que económicamente son eficaces y, muy pocas, políticamente menos impresentables. Hay muchos matices y en Occidente tendemos a obviarlos. En Oriente Medio el sistema iraní es superior considerablemente al catarí o el saudí. Hay mucha más libertad, mucho pluralismo, muchos más derechos para las mujeres, más respeto para las minorías, judíos incluidos. Pero esto lo desconoce el lector de diarios.

Por eso cuando hablamos de dictadura vale la pena enfocar de qué estamos hablando en un país concreto. Estoy de acuerdo en que la dictadura china, con todos sus inconvenientes —como la falta de pluralismo, que tiene repercusión en la corrupción, imposibilita el oxígeno a la sociedad civil, todo lo que ya sabemos—, tiene una cierta capacidad de programar y planificar. Con la crisis que estamos viviendo en Occidente, donde la política está siendo controlada por la economía, la financiera concretamente, en China la gran superioridad que tienen es que es la política la que sigue gobernando a la economía. Esto les da una capacidad de previsión y continuidad, en el sentido de que no tienen la esclavitud de las elecciones a cinco años vista. Piensan en generaciones. Los gobiernos continúan la labor del anterior, con las rectificaciones que el anterior ha apuntado. Esto es así.

También China es un país, dijiste, rodeado por un cerco militar, para el que el 11S fue una bendición porque la atención se apartó ligeramente de ellos, que ya habían recibido un misil en su embajada en Belgrado durante el bombardeo de Yugoslavia.

La relación de Estados Unidos con China es ambigua, ambivalente. Por un lado son socios económicos, cada vez más socios en el terreno internacional, porque no se pueden tomar muchas decisiones sin contar con China, y al mismo tiempo está el reflejo del imperio dominante, hegemónico, una de cuyas tareas principales es impedir que surjan competidores o potencias alternativas a su gobierno. Entre estos dos polos se mueve la política americana, por un lado coordina aspectos económicos, por otro está creando un cerco militar alrededor de China. Empezó con Bush, pero se ha recrudecido clarísimamente con Obama, que profundiza en la idea de que China está creciendo demasiado y hay que tener sus vías de comercio en un puño, y sus vías de aprovisionamiento energético lo más amarradas posible.

Ahí está la intervención en África que está creciendo. La crisis siria, la de Irán, que es el máximo suministrador de gas y crudo a China. Todo eso forma parte de la misma jugada. No digo que China justifique toda la política mundial, pero es inevitable relacionar todo lo que está ocurriendo en África con China. Su presencia allí es exitosa políticamente. En otros aspectos es restrictiva y agresiva con el medio ambiente, pero tremendamente benévola porque no exige condiciones a las dictaduras africanas, y también hace cierto trabajo o desarrollo positivo. Sobre todo su máxima bondad es que para los países africanos abre la posibilidad de vender sus minerales a unos o a otros. Antes tenían un solo comprador.

Este cerco militar es muy significativo. El conflicto de Corea del Norte está también dentro de este contexto. Y los conflictos con Japón, disputas territoriales en el Mar de China oriental, con Vietnam, con Filipinas. Todo esto sube de tono desde el momento en que está dentro de un corsé de alianzas militares americano.

Rafael Poch para Jot Down 5

No obstante, apuntas que la mayor amenaza que sufre China es la del cambio climático.

Esto es una amenaza para ellos y para todos. Lo que quiero decir es que China es el país que personifica la crisis de una forma más extrema por su relación entre población y recursos. Hablábamos antes del canario de Corea del Norte, eso es una analogía mundial también. En el sentido de que el desarrollo chino se basa en el consumo desmesurado de recursos fósiles, que se van a acabar, y hay que buscar una forma de desarrollo sostenible y ecuánime. Pero ese es el problema de la humanidad en el siglo XXI.

Aunque sí, los datos que manejé en mi libro relativos al cambio climático eran muy oscuros para Asia y para India porque la desecación y los glaciares del Himalaya menguantes son los que alimentan los grandes ríos de Asia, eso ya está estudiado en el plano de las previsiones. Menos agua es menos rendimiento agrícola. Se habla de un 30% de caída de los rendimientos agrícolas que tiene repercusión sobre centenares de millones de asiáticos. Es un fenómeno global que en Asia, por su concentración de población, puede ser complicado. Hablamos de Pakistán o Bangladesh, son países que pueden tener problemas muy serios. Y en un mundo interrelacionado, los problemas de esos países afectarán al humor del planeta.

¿Cuál es su relación entre población y recursos?

Es la proporción entre lo que ellos llaman mucha gente y poca tierra. China es un país superpoblado y tiene que dar de comer a mucha gente; un país que tiene recursos limitados y cuyo gran acierto ha sido regular la urbanización. No ha sido la barra libre por la que todos los excedentes del mundo agrario acudieran a las ciudades sin ton ni son. No ha sido como ocurriera en Nigeria o en India, o en Brasil, con los problemas de las megaurbes. China es el único país del mundo en desarrollo que no tiene los cinturones de miseria habituales en las ciudades de estos otros países. Ha sido así porque ha habido una regulación autoritaria del proceso de urbanización, que se basa en retener al campesino en la tierra. Con cupos. El resultado ha sido una organización general mucho más ordenada, compatible con un programa de construcción de viviendas y una situación en el campo mucho más desahogada que en India, por ejemplo.

Y la clave aquí es Mao. Su sistema de tenencia de tierra, que es colectivo, privado o una cosa mixta, en el que lo que está claro es que cada uno tiene el trozo de tierra que necesita para subsistir. Eso crea una retaguardia para todo ese proletariado nuevo que ha acudido a las ciudades, pues, en caso de crisis, gran parte de ellos tienen la posibilidad de volver al pueblo y no morirse de hambre. Yo creo que China, aunque suene muy fuerte, es de los países mejor gobernados del mundo. Si uno atiende a las enormes dificultades que tiene el gobierno de China, dificultades objetivas de recursos, de enorme población, desde ese punto de vista es un país bien gobernado, lo cual no quiere decir que no cometan errores.

Puedes abundar en la importancia de Mao.

Mao defendió una restauración de China. Era el país más poderoso del mundo y perdió su estatus por razones en las que no vamos a entrar. Se convirtió en una nación sometida, crucificada, violada por las potencias extranjeras que vinieron de ultramar, que eran muchísimo más poderosas y que evidenciaron su retraso. La última China imperial intentó hacer toda una serie de reformas como en la Rusia zarista para ponerse a tono, para no estar absolutamente apartados de la historia y no ser objeto de la rapiña de otros. Pero fracasaron las reformas en Rusia y fracasaron las de la última China imperial, que terminó con una guerra civil y una intervención extranjera.

Mao fue el hombre que al final resolvió esto. Unificó el país, unificó un desarrollo alternativo a todo aquello que no había funcionado en los últimos 150 años y puso a China en pie. Además, Mao tuvo una repercusión en los movimientos de liberación de todo el mundo. Mao fue un revolucionario, un Stalin y Lenin juntos, y al mismo tiempo fue también un déspota oriental, acabó siendo una especie de emperador.

También con él tuvieron la mayor hambruna del mundo en el Gran Salto Adelante. Se puede discutir cuánto tuvieron que ver las catástrofes naturales o el hecho político, pero es algo que está ahí. Tuvieron varias decenas de millones de muertos y hay que tener mucho cuidado. Pero con el balance general, si miramos con quién se puede comparar China, el país más acorde es India. Esos 40 o 50 millones de muertos del Gran Salto Adelante, en India se produjeron por pobreza y hambre. ¿Cuál ha tenido más éxito de los dos? Es un debate abierto. China está muy por delante en muchas cosas. India tiene pluralismo político, es un país complejísimo y tiene una democracia al mismo tiempo, pero eso no impide todo tipo de barbaridades, no noticiadas por cierto, del mundo agrario, que en China sí son noticia. La explicación oficial china es que Mao tuvo un 70% de influencia positiva y un 30% negativa. Yo no lo sé, es muy complejo. Pero un hecho es indiscutible: Mao está en el origen de la China de hoy, a la que se da como exitosa.

Dices que Mao optó por la economía planificada porque era el modelo más exitoso de crecimiento cuando él tomó el poder.

Esa es la pregunta sobre qué es el comunismo chino. En Occidente nos la solemos hacer en términos muy ideológicos, que nos llevan a esas combinaciones estrambóticas del capitalismo rojo. Si nos planteamos la cuestión desde el punto de vista de las sociedades en desarrollo, la argumentación es seguramente mucho más clara. En estos países tan retrasados el comunismo fue una solución al problema del desarrollo, de salir del hoyo.

En el caso de China, se inspiraron en lo que había en el mercado de las ofertas en desarrollo. Es decir, en los años 30 parecía que el estalinismo era una cosa que funcionaba muy bien. Tenía un tempo de desarrollo, y ahora hemos sabido que desigual y con muchas contradicciones, con una represión de narices, pero crecía más rápido que el resto. Y entonces los chinos compraron aquello. No digo que exentos de ideología, pero la preocupación fundamental del comunismo chino era salir del agujero. Y el agujero era: pobreza, intervención extranjera, sometimiento. En fin, eran cosas muy claras. Eso explica ese ansia, esa prioridad del desarrollo, de crear una nación rica y próspera. Ese era el contenido real del comunismo chino. Eso explica que ese imperativo justifique 30 o 40 años después una operación aparentemente inversa, comprar la economía de mercado. Pero el impulso a finales de los 70 era exactamente el mismo que en los años 30, desarrollar.

Desarrollo con explotación. En tu libro comentas que las leyes laborales son papel mojado por la pugna de las diferentes regiones por atraer inversión.

Es uno de los muchos problemas que hay en China. Porque este país es un mundo, hay un Gobierno central que más o menos gobierna, pero cuyos impulsos muchas veces se pierden en la enormidad del país, en sus múltiples Gobiernos locales. Cada provincia es un Estado. Sichuan tiene más habitantes que Alemania, más de 80 millones. Tiene sus propias lógicas y sus propios intereses de poder. Cada provincia tiene su estrategia.

600.000 muertos al año por estrés o extenuación en las fábricas.

La cifra ahora me pierdo un poco en ella. Pero China es la fábrica del mundo y hay mucha explotación. Es evidente. Así se construye el iPad y estas cosas. Exactamente lo mismo, o un poco peor, ocurre en Bangladesh, o en India o en todo el mundo en desarrollo. Lo que pasa es que otra vez no es noticia allá. En China sí, porque nuestra crítica a la explotación es muy selectiva y muy ideológica. Como China es vista como un país adversario, por la adscripción ideológica del comunismo, se tiende desde Occidente a denunciar lo que es norma del capitalismo en todos estos países e incluso en casa, en nuestra casa, y ahora cada vez más.

Ellos dicen que lo que oprime, lo que aprieta al trabajador chino, son los precios a la baja de los clientes extranjeros.

El capitalismo es explotador por definición, el chino también, no hay ninguna posibilidad de embellecerlo. Lo que pasa es que la manufactura china es muy subalterna, es decir, gran parte de lo que se produce en China son empresas occidentales establecidas allí. Creo que el 50% de la exportación china a Estados Unidos era de empresas estadounidenses que fabrican en China. Todo está muy interrelacionado. ¿Quién tira de las cuerdas de esa explotación? Creo que en primer lugar el capitalismo central y en segundo lugar el capitalismo periférico, donde está China, dentro de esta estructura.

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En tu libro citas casos de huelgas que han llegado a buen fin, han mejorado las condiciones de los trabajadores. Pero, ¿qué proporción hay entre protestas con éxito y fracasos que se saldan con muertos y presos?

Es difícil de valorar, hay muchas revueltas que terminan en injusticias y fracasos para la comunidad. Pero el hecho de que a los dirigentes de provincias o distritos no les convenga el disturbio, determina que ellos intenten que las revueltas no se produzcan y que traten de cortarlos antes de que se gesten. Existe la lucha de clases, los de arriba que están robando y los de abajo que son robados. No hay vuelta de hoja. Pero sí hay huelgas que amortiguan las cosas.

El Gobierno de China es un despotismo benevolente, digamos. No tiene pluralismo político, con realidades de espejismo muy crudas, y al mismo tiempo es un sistema abierto que se considera imperfecto. Todas las lacras que tú y yo podemos enumerar sobre el régimen chino, como tortura, falta de pluralismo, corrupción, toda la lista que podamos hacer, los gobernantes chinos las reconocen y las consideran un defecto a mejorar. Esta mentalidad, esta apertura, no es la solución a los problemas, pero cuando un Gobierno no se considera perfecto quiere decir que la posibilidad de resolverlos está como mínimo abierta. Aunque eso no significa que lo vayan a resolver. El problema del pluralismo es muy grave y genera mucha corrupción. Se insiste en que se necesita un poder judicial independiente que pueda juzgar a un político. Al final allí todo se resuelve con golpes de fuerza. Pero sí que hay un propósito de buen gobierno, eso que en otras dictaduras desarrollistas no se ve. Un esfuerzo de buen gobierno que viene en gran parte de la tradición confucionista de que al poder llegan los mejores, como en una gran selección.

Describes que su cultura de gobierno es la meritocracia, gobernar como forma de evitar conflictos junto con prudencia, experimentación y racionalidad propias de quien carece de prejuicios religiosos.

Son los rasgos generales, no es una receta para el éxito, pero evita muchos fracasos. Desde el año 98, el de la crisis asiática, en Pekín se dice: “Cuidado, que dependemos demasiado de las exportaciones, hemos de ir a un desarrollo más diversificado, aprovechar nuestro mercado interior, si hay un enfriamiento global nos vamos a quedar con el culo al aire”. Desde entonces, buscan la cohesión social, lo que significa desarrollar el mercado interno: tener una población capaz de consumir, una población pobre no es capaz de consumir, ¿no? tiene que haber un enriquecimiento más general. Obviamente la prosperidad general es el objetivo de cualquier Gobierno en teoría, pero del Gobierno chino en especial. En la práctica es evidente que hasta ahora lo que ha habido es el enriquecimiento de unos y muchas veces a costa de los otros.

Un dirigente, el primer ministro Wen Jiabao, dijo: “El desequilibrio entre el desarrollo económico y el social es como un hombre que camina con una pierna más larga que otra”. Dices en tu libro que mientras la prensa de Wall Street alertaba de que China tendría problemas por “malos créditos” o el “fardo de las empresas estatales”, los chinos vieron que su problema era de “falta de socialismo”, de “gasto público en asistencia primaria de la población”.

Esto lo dijo a raíz del brote de SARS (una neumonía atípica). La epidemia lo que demostró es que la estructura de seguridad social sanitaria china estaba en ruinas. En la época de Mao tenían un sistema sanitario precario, pero generalizado. Con la, digamos, privatización, con el desarrollo de mercado, todo esto se perdió y no se construyeron estructuras alternativas. El resultado ha sido que la mayoría de población no tenía cobertura sanitaria. El SARS evidenció la necesidad de construirlo. Y eso empalma con la necesidad de disponer de un mercado robusto, capaz de consumir y afirmar un desarrollo más sostenible. O sea, que todo está relacionado. Ahora, cuando ven que sus grandes mercados exportadores de Europa y Estados Unidos están tambaleándose, ellos son más conscientes que nunca de la necesidad de diversificar su apuesta, de no poner todos sus huevos en la exportación.

Actualmente, se proponen crear un sistema de seguridad social general para el año 2020. En la época en que estuve ahí, la sanidad se prestaba mediante un sistema mixto de cotizaciones de trabajadores, aportaciones del Estado, las regiones y las provincias. No sé en qué estado se encuentra ahora, pero me consta que la conciencia de dinamizar ese sector es muy amplia. Y se ha comprobado con la intención de aumentar salarios en la manufactura china.

Pasemos a tu corresponsalía en Moscú. Siempre hablaste maravillas de Gorbachov.

Es inevitable hablar bien de él. Lo primero, porque fue el hombre que acabó con la guerra fría. Esto era una mala relación, un mal. Situaba el peligro de una confrontación nuclear, no digo que este peligro no exista hoy, que en algunos aspectos está hasta más descontrolado, pero aquello era realmente una gran amenaza. Basta recordar la crisis de los misiles de Cuba, que estuvimos a un tris de una conflagración suicida.

Gorbachov quería un socialismo democrático. Un producto de los años 60 o 70, que se demostró que en los años 80 y 90 era inviable en estos países. Cuando intentó reformar, se hundió todo. ¿Fue responsable del derribo? Sí, porque un buen hombre de Estado lo tendría que haber previsto, pero eso es muy fácil de decir ahora. Profecías del pasado. Entonces, con el caos de la situación, era muy difícil.

En Gorbachov, desde el punto de vista de la historia rusa, hay un aspecto fundamental. Recibió el poder absoluto, era secretario general del PCUS, y fue el primer zar ruso que en lugar de acumular más poder, en buena lógica del poder moscovita, en la tradición milenaria moscovita, lo hizo al revés. Transfirió su poder a cámaras representativas. Eso supuso un cambio histórico en la lógica de poder rusa. Y supone un cambio de paradigma para la nación. Cambio que todavía no se ha comprendido del todo, el poder sigue la senda de la autocracia. Si bien el actual poder ruso no es el de la autocracia comunista, no es una autocracia plenipotenciaria como antes, sí que es un poco mejor. Al mismo tiempo, económicamente, han surgido muchas contradicciones y problemas nuevos que en parte invalidan lo ganado. Así es la historia, que no avanza lineal.

Diste la exclusiva mundial el día en que te colaste en el avión que fue a buscar a Gorbachov a Crimea tras el golpe de Estado de 1991.

Nos colamos varios periodistas en ese avión. Fue en el contexto del día 21 o 22 de agosto, en Moscú, que había una confusión total, con caos circulatorio, los tanques retirándose de las calles. Entonces salió un avión a Crimea para ir a buscar a Gorbachov. Yo tuve la “genial intuición” de ir a ese aeropuerto y subirme en ese avión. La escalerilla estaba rodeada de militares y periodistas y, por una serie de circunstancias extrañas, mágicas, me colé. No sé aún cómo. Pero eso me dio acceso a cubrir en directo el cautiverio y la liberación de Gorbachov, que llevaba tres días secuestrado por la pseudojunta que había tomado el poder en Moscú. Entonces fue una exclusiva mundial porque de los tres periodistas que fuimos, y ese fue el tercer milagro, solo yo tuve la suerte a las tres o las cuatro de la madrugada de poder llamar por teléfono desde el aeropuerto. El teléfono era internacional, cosa rarísima en la URSS, pero en el aeropuerto de autoridades los había. Pude llamar a La Vanguardia, decir que teníamos un notición. También tuve la suerte de tener a un redactor de guardia muy competente y la suerte de que la estructura de La Vanguardia daba de sí para cambiarlo todo y sacar otra portada. Los otros dos no pudieron hacerlo, uno era de France Press y otro del Guardian. Los rusos que había no contaban porque la prensa salía el día después, a otro ritmo. Pero fue todo un golpe de suerte, lo digo sin falsa modestia, es una cosa que a mí me pareció una cojonada. Luego tuvo gran repercusión, el gran éxito periodístico de Rafael Poch, pero esto a mí me parece completamente secundario. Fundamentalmente fue una cuestión de suerte.

La reforma de Yeltsin te pareció desastrosa.

La reforma rusa de Yeltsin fue un despropósito manifiesto que contaba con el consentimiento y el aplauso de toda la élite occidental. El Economist y el Financial Times estaban diciendo cada día qué bien lo estaba haciendo Rusia y qué mal lo estaba haciendo China (risas). Cuando los resultados eran escandalosos por discrepantes. Fue una sucesión de despropósitos desde el principio, liberalizar los precios cuando ni siquiera Rusia tenía el control del Banco Central… Cuando se disolvió la URSS hubo 16 centros emisores de rublos. Cada república soviética emitía rublos. Tú no puedes liberalizar en Rusia cuando al mismo tiempo tienes tipos en Kazajistán, por ejemplo, o en otras repúblicas que van imprimiendo billetes. Fue un error de primer año. Pero los Jeffrey Sachs, los Richard Layard, todos estos gurús del Reino Unido, de Estados Unidos, decían que estaba todo cojonudo. La privatización fue simplemente abrir un pastel económico muy suculento por las materias primas a toda una serie de tipejos, que se precipitaron sobre ellas. Muchos eran exfuncionarios, o vinculados a la nomenclatura, y simplemente se reciclaron socialmente. De ser una clase política administrativa, administradora de un patrimonio que no poseía, pasaron a ser una clase en el propio sentido capitalista del término, propietaria, plenipotenciaria. En 1936 hay una cita de Trotski sobre este fenómeno que es extraordinaria por lo profética: “El privilegio solo tiene la mitad del valor si no puede ser transmitido por herencia a los descendientes, es insuficiente ser director de un consorcio si no se es accionista”.

En 1993, te quejaste de una gran tergiversación en toda la prensa. Cuando Yeltsin bombardea el Parlamento, se dio a entender que esa cámara era “soviética”, comunista, de antiguo régimen, cuando en realidad había sido elegida democráticamente.

En el año 93, con Rusia ya sin la URSS, el país había heredado de Gorbachov el primer parlamento plenamente electo de la historia de Rusia. Subrayo lo de plenamente electo, porque así como el parlamento soviético creado por Gorbachov fue una mezcla de diputados elegidos y otros designados corporativamente —los sindicatos, las organizaciones de mujeres, el partido tenía un cupo de diputados establecidos— en las elecciones rusas, que no soviéticas, del año 90, fue todo plenamente electo por la población por primera vez en la historia de Rusia. Pero se presentó la pelea que hubo entre el ejecutivo, la presidencia de Yeltsin y este parlamento como una pelea entre un presidente democrático y un parlamento comunistoide que no había sido elegido por procedimientos homologables. Esto era una mentira objetiva repetida en todos los medios de comunicación de una forma escandalosa. ¿Por qué Yeltsin era más democrático? Era exmiembro del comité central, del PCUS, ¿era más democrático que el presidente del parlamento ruso, Ruslan Jazbulatov? Fue todo una cuestión de geopolítica, de apoyar a nuestro hombre en Rusia. Occidente entendió con buenos motivos que Yeltsin era su hombre y demonizó a aquel parlamento en el que había fuertes impulsos de corregir la política económica, controlar la privatización y regresar a un estatismo ruso, una economía más planificada, etcétera. Fue una manipulación muy clara y muy lógica. Y no me quejo solo en el caso de Rusia, en general la información de nuestro mundo funciona muy mal por razones en las que no voy a entrar.

Luego, en las elecciones de 1996, hubo fraudes para que no ganaran los comunistas.

Sí, esas elecciones probablemente las ganaron los comunistas. Hubo pucherazo, como siempre, con el beneplácito de los medios de comunicación occidentales, que presentaban a esos comunistas en una línea como la del año 93, como el viejo régimen. En realidad este partido defendía más estadismo, más cuidado a la dimensión social de los cambios y en política exterior romper con la línea de ser lacayos de EE. UU., que es lo que Yeltsin apuntaba. Al mismo tiempo, los comunistas rusos que sobrevivieron a la reforma de Gorbachov eran y son un partido que yo lo definiría en un 80% nacionalista y en un 20% social. Como alternativa de poder eran poca cosa. En cambio, como espantajo eran muy buenos (risas). Porque la gran jugada de Yeltsin era aparecer como: “Yo, que soy un impresentable, que acabo de hacer esta reforma que ha dejado completamente empobrecidos a los jubilados y tal, soy malo pero soy la alternativa a estos, que son unos pasados de moda, nostálgicos de la URSS”. Entonces el gran público ruso, con ayuda del bombardeo de los medios de comunicación en manos de tan solo una de las opciones, que tenían un monopolio escandaloso de la campaña electoral, pensaba que a Yeltsin no había por donde cogerlo, que les estaba haciendo las cosas bastante difíciles, pero que tanto como volver a la URSS, pues no. Encima, con las técnicas estas de cocinar a la opinión pública ni siquiera se ganaban (risas), había que hacer un pucherazo.

¿Qué representa Putin años después?

Fue nombrado por Yeltsin. Era un agente del KGB, pero no de la inteligencia o del espionaje, sino un funcionario muy pedestre en Dresde. Aunque era un hombre con cierto espíritu de cuerpo, con cierta rectitud y amoldado a los tiempos. Trabajaba para el alcalde de San Petesburgo, un neoliberal extremo, y Yeltsin se fijó en él en ese contexto. Por un lado, un guardia civil, por otro, el machaca de un neoliberal. Yeltsin era consciente de que tenía que haber hecho lo que hizo, destruir el viejo sistema, esa era su mentalidad, pero también era consciente de que había sido un desastre considerable y había que poner cierto orden. En esa reflexión Putin encajaba con las dos cosas. No iba a volver atrás, era la garantía, no iba a intentar reconstruir el viejo régimen comunista, pero tenía ciertas cualidades policiales que a lo mejor podía atajar la corrupción y encuadrar un poco todo aquello.

El resultado ha sido ese. Putin, una vez más, el malo de la película, ahora frente a Dmitry Medvedev simplemente porque es más estatista e independiente en la esfera internacional, intentó poner cierto orden o por lo menos hizo un pacto con esta clase capitalista oligárquica, en el sentido de que estos millonarios no tenían que actuar contra la voluntad del Estado: “Podéis seguir siendo millonarios, pero hay ciertas esferas y decisiones estratégicas que no podéis traspasar. Por ejemplo, no podéis disputar el poder del presidente de Rusia y con vuestros millones crear una presidencia alternativa, que es lo que intentó hacer Mijaíl Jodorkovski”. A este magnate por eso lo han mandado a la cárcel. Por eso y vender petróleo o llegar a tratos con los americanos que desmontaban todo el esquema estratégico del Estado ruso. Putin ha intentado poner orden ahí, estabilizando el orden yeltsinista, de capitalismo oligárquico, haciéndolo compatible con cierta supervivencia del Estado ruso.

Este nuevo régimen ha devenido en una población envejecida con profundas desigualdades sociales. ¿Tiene solución de continuidad?

Me quedo con lo segundo. La población envejecida tiene que ver con la política social, si tienes una política de familia como los franceses tendrías la demografía correspondiente. Pero es un país donde no hay esperanza. Hasta los ricos tienen la mentalidad del “deprisa, deprisa” que esto no va a durar. Por eso compran cosas en el extranjero, todos tienen su retaguardia cubierta. Hay un poco la mentalidad de que va a haber una revolución y todos tendrán que salir por piernas. Este nivel de desigualdad se acerca a lo latinoamericano. Pero en Rusia es muy contradictorio porque lo que puede funcionar en Guatemala no puede funcionar en un país como este que tiene un nivel de instrucción comparable a los más altos de Europa occidental. Hasta ahora esa desigualdad y ese escarnio ha sido tolerado por cierta pasividad de los rusos, cierta mentalidad de mejor que no nos revolucionemos que puede ser peor, como pasó en el 17. Pero a largo plazo, conforme crezcan las nuevas generaciones, esa mentalidad evolucionará. De hecho ya está ocurriendo. Una noticia que me llamó la atención fue que en el último Festival de Cine de Berlín, las últimas películas que han llegado de Rusia son de marcado carácter social. Una, Za Marksa (Por Marx) de Svetlana Báskova, que narra las vicisitudes de unos trabajadores que intentan montar un sindicato y son literalmente machacados por los empresarios. Y la otra, Dólgaya Schastlívaya Zhizn (Una larga y feliz vida) de Boris Jlébnikov, cuenta los problemas del presidente de lo que queda de una granja colectiva que va contra la voluntad de unos magnates interesados en la tierra que cultivan y también es apartado y machacado. Esto es una novedad en Rusia.

Últimamente, desde hace un par de años, hay protestas, que no me parecen significativas porque todavía son protestas moscovitas, urbanas. Quieren un capitalismo sin las trabas que el “Estado putiniano” les está poniendo; quieren regresar a la libertad omnímoda de la época de Yeltsin. Con todo, lo que me parece es que un día u otro aparecerán movimientos sociales y será entonces cuando tengamos que hablar en serio sobre Rusia, porque puede haber un hundimiento político a cinco, seis o siete años vista, a menos que el régimen consiga cambiar, que es muy difícil.

Rafael Poch para Jot Down 7

Fotografía: Alberto Gamazo