Viaje alucinante al fondo de Notting Hill (I)

Notting Hill
Notting Hill. Imagen: Working Title Films.

La comedia romántica del entresiglos es como el alcohol: arruina el hígado y vilipendia la estima propia, pero nos hace ver, durante el breve lapso en que flotamos en su estimulante neblina, el mundo tal y como bellamente no es. Nos hace sentir lo que no sentimos, nos hace creer en verdades que por la mañana, entre náuseas y dolores, habremos olvidado. Y nos juramos: «Nunca volveré a beber».

Pero aquí estamos otra vez. Después de haber visto Love Actually por primera vez, me dispongo a adentrarme en ese amazónico jardín de sentimientos llamado Notting Hill. Acompáñenme, si es que planean refocilarse con mi decadencia, con mi descenso quizá definitivo hacia la locura.

Como dijo aquel prócer hoy homónimo de un aeródromo, puedo prometer y prometo que hasta empezar el visionado no sabía nada de Notting Hill excepto que la protagonizaban Julia Roberts y Hugh Grant. Y que, según cuentan, contribuyó al auge del turismo en el barrio londinense que le da título. Curioseando durante el visionado, no obstante, he descubierto Nuevas y Terribles Verdades. La más desasosegante: Notting Hill fue escrita por el mismo Mefistófeles que poco después escribiría y dirigiría Love Actually. Hablo de Richard Curtis, el genio del mal que me arranca escamas de salud con cada uno de sus trabajos. Y eso que, de momento, llevo vistos uno y medio.

Al igual que con Love Actually, lo que van a leer es una crónica de mis primeras e instintivas impresiones, anotadas conforme veía la película para conservar la veracidad de mis sentimientos. Pero no ha sido tarea fácil. No es una película coral como Love Actually y yo, inocente de mí, pensé que teniendo pocos personajes sería más simple de analizar. ¡Error! La intrincada complejidad psicológica del argumento ha convertido mi visionado en una tarea hercúlea, pues no transcurren quince segundos sin que suceda algo que subvierte todo cuanto hasta ahora yo creía saber sobre la vida, sobre el amor y sobre la lógica cartesiana. Ante tal desafío, he decidido dividir la crónica en dos partes: una por cada hora de metraje. Alea jacta est.

Si quieren ahorrarse el artículo, les resumo la sinopsis de Notting Hill: Julia Roberts encuentra un monolito alienígena y se enfada muchísimo cuando no le devuelve las llamadas.

Empieza la película. Julia Roberts interpreta a una famosa estrella de cine. Suena una canción: «Ella podría ser el espejo de mis sueños, una sonrisa reflejada en un arroyo. Ella podría no ser lo que parece, dentro de su cáscara. Ella, que siempre parece feliz entre la multitud; ella, cuyos ojos pueden ser tan reservados y orgullosos que a nadie permite verlos llorar». Esto la describe a ella, o a una fuente de jardín, no estoy seguro.

Notting Hill no endulza la realidad. Al contrario, traza un descarnado retrato de la dureza de las peores partes de la ciudad. Pese a la creencia popular, los pijos como Richard Curtis y como yo entendemos muy bien la Vida en las Calles. Aquí, por ejemplo, veo claramente a un toxicómano comprobando la pureza de su dosis de caballa.

La impoluta camisa de Hugh Grant (el Único Pobre Guapo del Mundo) es, con su esplendoroso fulgor, el faro que ilumina nuestra singladura por los Océanos de Cochambre.

La voz en off de Hugh Grant empieza a narrar la historia. Nos cuenta que ha visto las películas de Julia Roberts y podemos considerarlo un admirador de la actriz. Lo vemos caminar por un mercadillo en lo que denomina su «parte favorita de Londres». Este es el barrio de Notting Hill. Admito que había imaginado algo más limpio, con sus glorietas, sus estanques. Pero no. Parece una secuencia de Mad Max.

Este señor despierta de la borrachera con un tatuaje nuevo que parece indicar, para la hilaridad general, que es un homosexual encubierto. Al fondo, típicas y entrañables escenas de la vida en los barrios: un chulo intimidando a una prostituta, un psicópata secuestrando a una niña, gente robando camiones. ¡Cuán pintoresco!

Para que entendamos que Notting Hill es un barrio popular vemos, además de basura y la consabida gente fea, una casa de tatuajes. De ella sale un individuo con aspecto de ser hincha del Millwall. Estando borracho la noche anterior, entró a hacerse un tatuaje que reza: I Love Ken. La posibilidad de que un señor con esa pinta de malote sea homosexual es la clave del efecto cómico porque los varones homosexuales, como Richard Curtis evidentemente piensa, nunca parecen malotes sino que comparten todos el mismo aspecto y se caracterizan por sus uniformes multicolores y sus camisetas estampadas con unicornios.

El Monstruo de las Galletas: no han terminado los créditos iniciales y Richard Curtis, el Azote de las Minorías, ya ha insultado a varios sectores vulnerables de la sociedad.

Continuando con los entrañables prejuicios de Mr. Curtis, vemos que de una peluquería «radical» (así la describen, probablemente dando a entender que es una peluquería de lesbianas) sale una chica con el cabello rizado y teñido de azul a la que el narrador compara con el monstruo de las galletas de Barrio Sésamo. Ah, el año 1999: cuando en las comedias románticas podías insultar a toda la humanidad.

Visto en Idealista: «Fabuloso palacete del siglo XVII, con salón-cocina a triple altura, ladrillo vista, aparcamiento para bicis, amplia alacena con cuelgabolsas, y el vivificante aroma del mar que llega desde el exótico mercadillo contiguo. Muy céntrico. 6500 euros mensuales».

Vemos el apartamento de Hugh Grant. Vive en una cochiquera porque Notting Hill tiene como uno de sus principios fundamentales la siguiente ecuación matemática: pobre = guarro. Grant nos cuenta que su mujer lo dejó por un hombre «clavado a Harrison Ford», aunque sospechamos que en realidad le dejó porque estaba harta de que se la comieran las cucarachas. En cualquier caso, va a ser difícil que Hugh Grant, el actor que tiene cara de haber estudiado en Harvard (fact check: estudió en Oxford) haya visto alguna vez, si quiera de lejos, un pobre. Es guapo y parece limpio en cuanto a su ropa, si descontamos esa vomitiva vivienda por la que no se atreverían a pedir alquiler ni en Esclavist… perdón, Idealista.

Impresionante estampa darwiniana: la diferencia entre un homo sapiens proletario pero genéticamente avanzado (es guapo y lleve la camisa planchada) y un espécimen inclasificable que probablemente haya nacido por generación espontánea de entre los restos de queso de la pizza de hace tres meses; esto es, un pobre de verdad.

Grant comparte piso con un Neanderthal llamado Spike, que, este sí, parece pobre porque es feo y tiene los dientes amarillos. Además, siente una irresistible pulsión de estrujarse los genitales en cualquier lugar porque, recordemos, la ciencia curtisiana se fundamenta en: pobre = guarro.

Les traduzco el cartel: Spike, limpia tú, que eres el feo.

Grant pone carteles recordándole a Spike que tiene limpiar. Spike, naturalmente, no limpia porque es un proletario acostumbrado a vivir entre detritus. Es posible que Hugh Grant, siendo pobre, tenga ADN procedente de las clases altas, pues además de ser guapo no parece considerar la posibilidad de que podría limpiar el apartamento él mismo.

Esos mamotretos verdes que jamás verán ustedes cerca de sus mansiones se llaman «contenedores»; su función es la de criar cucarachas que después constituyen la dieta predilecta del proletariado. No, no me lo invento, es una verdad científica bien documentada en Snowpiercer.

Comprobamos que en los barrios obreros hay contenedores porque el populacho infecto, incapaz de comprar productos orgánicos o de reciclar adecuadamente, se comporta como una colonia de termitas que consume de manera descerebrada y produce inmensas cantidades de basura.

Aunque parezca que el actor está intentando provocarse el desmayo con un pellizco de Vulcano para olvidar en qué clase de película está, es el gesto que nos indica que el personaje es gay. Eso, y la rebequita confeccionada con un mantel de Subbuteo.

Hugh Grant trabaja en una ruinosa librería especializada en libros de viajes. Su jefe se toca la rebequita para que entendamos que es homosexual porque, insisto, en eso consiste ser homosexual en el progresista universo de Curtis. Además, en 1999 el cuero negro estaba estigmatizado por culpa de las películas de Al Pacino, y Eurovisión era todavía un evento agonizante al que únicamente prestaban atención las pocas personas que estaban en casa un sábado por la tarde: alcohólicos, presos, Richard Curtis.

Notting Hill coincidió con los años de mayor popularidad de Aerosmith.

Entra una clienta en la librería. Se la ve borrosa. ¡Sorpresa! La cámara enfoca el rostro de la clienta y, aunque por un breve momento de confusión me pareció que era Steven Tyler, resulta ser Julia Roberts. Lo cual, supongo, tiene más sentido en el contexto de la película. Hugh Grant, que es un gran admirador de la actriz, queda casi tan anonadado ante su presencia como cuando tiene que interpretar un fragmento del guion. Aparece Dylan Moran como cliente que intenta robar un libro metiéndoselo en la entrepierna de los pantalones (pobre = guarro).

Sutil metáfora visual: todo sueño de ascenso social queda roto ante la visión de una barriga prominente, señal de que hoy puedes ser guapo y esbelto, pero mientras seas pobre te espera ese mismo futuro: la panza de vino, signo de ausencia de personal trainer. O signo de fallo hepático, según.

Tras marcharse Julia Roberts, Hugh Grant queda pensativo. Para recordarnos que no debemos verlo como lo que aparenta —un tipo guapo y, por lo tanto, triunfador—, sino como un desarrapado que sueña en vano con una inalcanzable estrella de Hollywood, se nos recuerda la realidad social del barrio: vemos pasar por la calle un señor con barriga. Esto nos recuerda que Hugh Grant puede estar delgado, sí, pero aún pertenece a la canalla que desayuna tocino en vez de aguacate.

La gentrificación. Librerías, anticuarios, galerías de arte y otros negocios que no apestan a pescado rancio. Por fin subirán los alquileres y la gente fea tendrá que mudarse al ignoto extrarradio, donde ya no importará si provocan arcadas a los turistas o si mancillan con sus caretos las fotos de Google Maps.

Mientras los pobres vagan sin rumbo en busca de su dosis de pescado maloliente, la Gente Guapa y Moderna transforma los bares en ateneos de intercambio intelectual donde se planifican los acontecimientos más importantes en la vida de todo hijo/a de cirujano: los festivales veraniegos.

Bird Box: en los barrios gentrificados es fundamental no quitarse las gafas de sol, pues los pobres podrían mirarte a los ojos y tratar de convencerte de que tienen sentimientos y merecen ser tus amigos.

Compruebo con admiración que esta película fue una de las primeras en tratar el fenómeno de la gentrificación. El barrio de Notting Hill es una ratonera cochambrosa repleta de contenedores y pordioseros cuya obesidad está fuera de control, pero los alquileres de locales son asequibles, así que se han instalado allí galerías de arte, anticuarios y otros negocios. Este despertar cultural atrae a veinteañeros y treintañeros de buena familia —en su mayoría, futuros periodistas— para quienes vivir en un «barrio» donde los pintorescos jubilados sin dientes compran col y salchichas es una asombrosa aventura que contarse después entre gintonics de pepino. Así, aunque los bares de Notting Hill son del tamaño de un retrete, vemos en ellos una estudiadísima clientela de hípsters que se peinan con rastas y no se quitan las gafas de sol para no ser confundidos con los intocables. Notting Hill es un barrio pobre, pero se comercia con arte, las callejuelas son exóticas y, al no haber edificios colmena, los pobres no proliferan hasta límites insoportables, así que se dan todas las condiciones para que aumente la población de mentecatos que, mientras arruinan la vida de los lugareños disparando los alquileres, acumulan experiencias vitales con las que escribir su primera novela.

Hugh Grant derrama su zumo (¡de naranja!) sobre el pecho de Julia Roberts. Desconcertante ejemplo, por lo inusual, de un proletario que carece de experiencia como camarero. Los grafitis indescifrables representan las palabrotas que Roberts piensa pero, como clase alta que es, no pronuncia.

Hugh Grant compra un zumo de naranja en un bar cuyo dependiente lo mira como si quisiera matarlo. Esta mirada de odio nos recuerda que el personaje de Hugh Grant se halla bajo el efecto Titanic; o sea, es pobre, pero también guapo y blanco, y por lo tanto medianamente aceptable como pareja sexual. Quiere el destino que se tope con Julia Roberts, que aún camina por el barrio, y le vuelque encima un zumo de naranja sobre la pechera de la camisa. Grant trata de limpiarle la pechera con un pañuelo; ella, obviamente, se escandaliza al ver sus tetas magreadas sin permiso. Pero no hay que culpar a Grant: los pobres, al haberse criado en familias de veinte miembros apelotonados en cuchitriles, desconocen el concepto de espacio personal. Es más, está por ver que en esas habitaciones atestadas los pobres no acaben acostumbrándose al toqueteo erótico incestuoso. Quién sabe lo que sucede en el misterioso seno de esas «familias».

El extra con Más Estilo de Toda la Historia del Cine. ¿Por qué no ocupa el centro de la pantalla? ¿Por qué no tiene su propio spin-off? No lo sé, pero ya ven que eclipsa sin esfuerzo a dos de las mayores estrellas de Hollywood.

Grant le ofrece a Roberts llevarla a su casa para que pueda limpiarse. Ella acepta ir a casa del desconocido que le acaba de manosear las tetas. Una vez en el apartamento, Roberts casi se desmaya al experimentar por primera vez en su vida semejantes niveles de cochambre (como me sucedió a mí con los niveles de genialidad de Love Actually). Hugh Grant le ofrece bebidas varias y comida repugnante que quizá el populacho considere una delicadeza. Ella, como estrella de cine que es, rehúsa cortésmente envenenarse con productos que ninguna empresa de catering decente, ni aun en el rodaje de una serie de televisión, incluiría en el menú destinado a los extras.

Nevera. Donde lo frío. Guardo. Para que calor. Tú le des. Y con tu amor. Lo derritas. («Confelación», Turista en tu Frigorífico, 1998).

Julia Roberts se cambia con un vestido de recambio que casualmente llevaba encima y que casualmente es muy sugerente, y se marcha, pero vuelve al medio minuto porque ha olvidado una bolsa. Y de repente, sin un motivo discernible, le planta un beso en la boca a Hugh Grant, el desconocido que le acaba de tocar las tetas, que vive en una pocilga y que la ha intentado envenenar. Traduciendo el hecho a términos actuales: es como si Scarlett Johansson va a casa de un garrulo poligonero y le besa después de que este le haya ofrecido ensaladilla de hace dos semanas. ¿Por qué le besa? Pues porque esto lo ha escrito el tipo que dirigió Love Actually.

Julia Roberts acaba de marcharse. La secuencia del beso ha sido tan chocante que he decidido sustituirla por un entrañable ejemplo del costumbrismo amable de Notting Hill: el simpático desaliño de los pordioseros.

Tras el inopinado morreo, Julia Roberts le dice a Hugh Grant que no se lo cuente a nadie lo del beso. Hubiera sido más fácil no darle el beso, claro. Y se va. Parece que ahora de manera definitiva.

Viendo la tele, comiendo basura, bebiendo cerveza y aireando los hongos: la vida cultural del proletario.

Esa noche, Grant y su compañero el Neanderthal ven una comedia romántica protagonizada por Julia Roberts. Se titula Gramercy Park. Un chiste autorreferencial, pues Gramercy Park es también un barrio, en este caso de Nueva York. El Neanderthal admira la belleza de Roberts y dice: «En algún lugar del mundo hay un hombre que ha podido besarla». Hugh Grant no revela que él es ese hombre. Es todo un caballero, al menos cuando no se pone a magrear tetas por las buenas. Transcurren varios días y Grant se hace a la idea de que nunca volverá a ver a Julia Roberts y que el beso con su admirada estrella de cine ha sido como un fugaz sueño que no se va a repetir.

Love Actually, Notting Hill y los avistamientos de cajas de cereales, únicos objetos con marca comercial visible. Bienvenidos a la Nave del Misterio.

Para desengrasar, un par de secuencias de humor. En la primera secuencia, entra en la librería de Hugh Grant un individuo de aspecto adinerado pero sospechoso (calvo) que se empeña en pedir novelas y libros de Winnie the Pooh, aunque la librería esté especializada en viajes. ¿Quién es este señor? ¿Qué pretende? No lo sé, pero siendo Curtis el guionista, cabe asumir que se nos quiere dar a entender que fue la alopecia lo que sumió a este pobre individuo en la demencia, y que desde entonces el desafortunado pelón vaga como alma en pena entrando en comercios aleatorios para pedir cosas que no están allí. Con estas dos películas ya podemos ir elaborando la escala de importancia humana según Curtis: ricos y guapos > ricos pero feos > pobres y guapos > homosexuales > gordos > calvos > negros.

Hugh Grant telefoneando a su agente y pidiendo explicaciones, convencido de que todo ha sido un engaño para hacerle participar en el rodaje de un episodio de Scooby Doo.

Interrogando al Neanderthal, Hugh Grant descubre que días atrás Julia Roberts dejó un mensaje en el contestador telefónico. Presuroso, la telefonea a su hotel. Resulta que ella, la gran estrella de cine, está molesta porque él, y cito textualmente, «se ha hecho el guay» al tardar tres días en llamar. Lo voy a intentar resumir para no perderme: Julia Roberts besa sin motivo alguno a un desconocido que le ha tocado las tetas, y después se enfada porque el desconocido ha tardado tres días en devolverle la llamada. Una de dos, o Julia Roberts se cree Cleopatra y considera que Grant es uno de sus muchos esclavos, o se lo tiene más creído que Justin Bieber en un bautizo («¡Mirad! Tengo más músculos que ese bebé de mierda»).

Vestíbulo de un hotel para ricos. Nótense la distinción, la elegancia, la ausencia de barrigas y la contención de minorías étnicas.

Grant y Roberts quedan a tomar el té. Grant acude al hotel de Roberts con un ramo de flores porque, en 1999, ninguna mujer consideraría una señal de alarma el que un hombre al que apenas conoce le lleve un ramo de flores en la primera cita. En los noventa se hacían estas cosas. Entiendan que a las primeras citas la gente no iba a conocerse, sino a intercambiar anillos de boda, títulos de propiedad de viviendas y las llaves de los coches. Hablamos de humanos primitivos cuya esperanza de vida no sobrepasaba los veinticinco años, así que no había tiempo para un cortejo prolongado.

Nótese el imperdonable fallo de composición: el personaje de Roberts, actriz rica y famosa, aparece en un plano inferior al de Grant, librero. Supongo que alguien fue despedido por esto.

Grant sube a la suite de Roberts y la encuentra repleta de gente, pues la actriz está de promoción de su película. Para que el entourage de la actriz le permita entrar, Grant miente y dice que es un periodista enviado por una revista de caza (¿?). Entra a saludarla, le da las flores. Están a solas, pero de repente entra también un miembro del equipo de promoción y Grant, para que no le echen (¡aunque ha sido la propia actriz quien le ha invitado!), empieza a fingir que la entrevista con una torpeza que, por supuesto, es encantadora. Ella le sigue el juego, encantada de hacerlo sufrir para vengarse de que no la haya llamado en tres días. Él le pregunta por qué no han incluido más caballos en una película que resulta ser del espacio. Es un buen chiste, pero estoy demasiado ocupado intentando descifrar el significado de estas interacciones afectivo-social-pasivo-agresivas.

A continuación, cuando se vuelven a quedar solos, Julia Roberts se disculpa por haberle besado. Él responde que es como un sueño volverla a ver. Ella pregunta: «¿Y qué ocurre a continuación en ese sueño?». Él dice que en el sueño, si dependiese de él, se acercaría y la besaría. No sé si interpretar esto como tensión romántica o como el preámbulo de un arrebato al estilo Norman Bates. Por cierto, Grant trata de invitarla a salir esa misma noche, pero ella dice que va a estar muy ocupada. Anoten este dato para después.

Dado que Hugh Grant se está haciendo pasar por periodista, se lo llevan a una habitación distinta para que entreviste a otros actores de la película. Que son Lester Freamon, un tipo español que hace de robot, y una niña. Esta escena de humor ha sido preparada de la manera más artificiosa imaginable con un giro argumental sin sentido pero, para mi sorpresa, me hace gracia. Hasta creo que Hugh Grant actúa bien en este gag. Creo que estoy perdiendo los cabales.

Julia Roberts no es aficionada a marear a los hombres. Hace llamar de nuevo a Hugh Grant y le dice que esa noche ya no va a estar ocupadísima y que quiere invitarlo a cenar. ¿Por qué el cambio? No lo sé, pero veremos que no es la única neurótica con problemas para centrarse. Ahora resulta que es Hugh Grant el que va a estar ocupado, pues hoy es el cumpleaños de su hermana y va a cenar con ella. No entiendo nada; hace un par de escenas era Grant quien estaba invitando a Julia Roberts a cenar, de ello deduzco que el cumpleaños de su hermana le importaba un pimiento. Y ahora que Roberts sí está libre, el cumpleaños resulta ser un impedimento. Me duele la cabeza intentando descifrar la relación entre estas dos personas.

Terrorífico plano: una familia proletaria, con su calvo, su loca despeinada, su parapléjica y su cuñado con mofletes, es lo que aguarda tras La Puerta.

La hermana de Hugh Grant. Es evidente que no tiene estilista. Seguramente no tenga ni chófer. Qué clase de vida es esa.

La comprensible reacción de horror de Julia Roberts al conocer a la hermana de Hugh Grant. Este no sabe dónde meterse porque acaba de darse cuenta de que es adoptado.

Julia Roberts propone que vayan juntos al cumpleaños y que él la presente a ella, mundialmente famosa, como «su cita». Recordemos que ella ni siquiera quería que él contase que la había besado y ahora, sin conocerlo mucho mejor, está dispuesta a hacerse pasar por su novia ante su familia. ¿Por qué? Porque Notting Hill.

La hermana de Grant es, por descontado, una proletaria sin glamur ni clase, incapaz de peinarse para su propio cumpleaños. En cuanto ve a la actriz y la reconoce, dice lo único que los proletarios saben decir en estas circunstancias: palabrotas. También le dice que es la mujer más hermosa del mundo. Además de proletaria resulta estar loca e insiste en que van a ser las mejores amigas. Cuando la actriz quiere ir al retrete, la hermana de Grant empeña en acompañar a su nueva mejor amiga para mostrarle el cuarto de baño; es incapaz de dejarla sola antes de que Roberts se baje los pantalones (la otra posibilidad es que Roberts decidiese bajarse los pantalones adrede porque también le entretiene marear a mujeres).

Una asqueadísima Julia Roberts teniendo que soportar que no la reconozcan AL INSTANTE y la confundan con una ruinosa actriz de teatrillo de barrio.

Llega al cumpleaños otro tipo que no reconoce a Julia Roberts y que, por lo tanto, la trata con total naturalidad. Le pregunta a qué se dedica y ella responde que es actriz de cine, pero él sigue sin reconocerla y casi parece que la compadezca, pues afirma que todos sus amigos actores están en la ruina. Ella, por descontado, proviene de Hollywood y no entiende nada: ¿actores en la ruina? ¿Qué será lo próximo, actores feos? Cuando él le pregunta cuánto cobró por su última película, ella, que parece molesta al ser tratada como una persona anónima cualquiera, responde con altivez que le pagaron «quince millones de dólares». El pobre individuo, que de momento parece el personaje más cabal de la película, pone cara de preguntarse qué ha hecho para molestar tanto a esta chica. Yo te diré lo que has hecho: la has tratado como a una mujer normal. En lo que llevamos de película, Julia Roberts solo sonríe cuando los demás pierden el oremus al verla y la tratan como a una diosa.

Ingleses cenando. Premio especial para quien reconozca ahí una sola sustancia comestible. Julia Roberts, por descontado, se limita a fingir que bebe agua. Pero sin tocarla tampoco, que sabe Dios para qué usaban antes ese vaso.

La familia de Hugh Grant cena una especie de materia parda acompañada de hierbas indeterminadas con pinta de haber sido arrancadas de un arcén; supongo que eso es lo que los ingleses entienden por «comida». Para que los espectadores no se sientan incómodos ante la visión de tanto pobre junto, nos muestran una colección de tacitas. Bien jugado.

Julia Roberts resulta ser, cómo no, vegetariana. Solo los hediondos proletarios comen carne. En cualquier caso, se lo pasa bien contemplando lo felices que son los pobres cuando celebran cosas entre ellos. Para ella es como ir al zoo. Para mí, está película también está siendo como ir al zoo, pero a la seis de la mañana para limpiar las jaulas.

Julia Roberts pensando: «Cómo disfruto no siendo como ellos».

Suena una canción tierna  y susurrante. Uno de los personajes —el que había cometido el insultante atrevimiento de tratar a Roberts como una persona normal— dice que no tiene novia porque le han engordado los mofletes. Me fascina la obsesión de Richard Curtis por el sobrepeso. Para él, recordemos, es sobrepeso todo lo que no sea anemia incapacitante.

Solo queda un muffin de chocolate. Al parecer, entre el populacho existe la costumbre de decidir quién se come el último dulce del cumpleaños (y seguramente el último que podrán probar en los once meses siguientes). Organizan un concurso de dar pena, porque es lo que los pobres saben hacer. Se ponen todos a comparar sus respectivas desgracias: que si estoy en una silla de ruedas y no puedo tener hijos, etc. Julia Roberts decide participar y cuenta que lleva diez años a dieta. Todos se callan porque cuando una persona rica y famosa se pone triste es IMPERATIVO MORAL escuchar en silencio. Roberts cuenta también que tuvo un novio que le pegaba, que ha sufrido operaciones dolorosas… Después resulta que estaba mintiendo para sentirse integrada. Todos ríen, ¡qué encantadora es! Por supuesto. Si me diesen quince millones de dólares por un mes de trabajo, lo primero que haría sería ir a un cumpleaños proletario para ponerme a contar desgracias inventadas para, además de menospreciar sus desgracias verdaderas, poder dejarlos sin su último muffin.

Hugh Grant dándose cuenta de que uno quiere a la familia hasta el día en que, haciendo de tripas corazón, tiene que presentársela a una persona guapa, rica, famosa y esencialmente superior. Lógicamente, el disgusto le produce náuseas, como a nosotros la comida inglesa. Richard Curtis fun fact: el del fondo es el que ya no liga porque está «demasiado gordo».

Al salir del cumpleaños, Grant le ofrece a Julia Roberts ir a su casa. Ella, por supuesto, rehúsa diciendo «es demasiado complicado». Traducción: una cosa es ir al zoo para pasar el rato, y otra cosa es acostarse con los animales en su nido repleto de chinches. Siguen paseando por la calle. Se cuelan en un parque cerrado porque hay que vivir al límite; imagino que en 1999 Richard Curtis consideraba una gran aventura el no devolver una cinta del Blockbuster. Una vez en el parque, Julia Roberts vuelve a besar a Hugh Grant porque, insisto, no es aficionada a marear. Suena una cancioncita melosa noventera. La escena está certeramente iluminada como la típica película de terror de serie B.

Descubren una inscripción romántica en un banco de madera y Julia Roberts lanza uno de los mensajes fundamentales de Richard Curtis: el amor ha de ser para siempre, o no es amor de verdad. Claro que sí, como en la época victoriana. A esto sigue uno de los movimientos de cámara más raros que he visto jamás en una película, o es que Julia Roberts está mareando tanto al pobre Hugh Grant que hasta la cámara se ha contagiado.

No, de verdad: Hugh Grant necesita seriamente hablar con su agente.

Un nuevo día. Julia y Hugh van al cine. Como Hugh no ha encontrado sus gafas (spoiler: el Neanderthal se ha sentado encima) y es incapaz de proponer un plan alternativo al cine, pues admite la circunstancia ineludible de que los ricos han de decidir siempre, ha decidido llevar consigo sus gafas de buceo, que están graduadas. Rebobino para comprobar que esto está sucediendo. Veo que sí. Vuelvo a rebobinar.

Hugh Grant acercándose a una mesa: «Ayúdenme. Creo que estoy en una película escrita por Richard Curtis».

The Twilight Zone: los comensales, al escuchar el apellido del Innombrable, entienden que también ellos están dentro de esa película. Para siempre.

Después del cine van a cenar a un restaurante y en la mesa de detrás hay varios tipos hablando de Julia Roberts, sin saber que ella está allí y puede escuchar lo que dicen. Al principio se siente halagada cuando comentan lo buena que está, pero después se siente comprensiblemente molesta cuando dicen que tiene cara de golfa. No se inquieten, amigos y amigas del lectorando: aunque los individuos de la mesa no parecen pobres, sí son todos feos. Hugh Grant va a llamarles la atención, diciendo que una actriz famosa también es una persona. Bien dicho. Luego va Roberts a llamarles la atención también, aunque de manera más adulta y madura, esto es, aludiendo al tamaño (pequeño) de sus respectivos penes. Puesto que son feos, sus penes son pequeños: otra gran aportación de Richard Curtis a la ciencia.

«¿Hueles eso? ¿Lo hueles, muchacho? Es la Friend Zone. Nada en el mundo huele así».

Llegan a la entrada del hotel donde se hospeda Roberts. Ella le invita a subir, pero le pide que espere diez minutos, quizá para que nadie los vea subir juntos. Cuando él sube, descubre que ella tiene un novio que acaba de llegar desde Estados Unidos, presentándose por sorpresa en el hotel. El novio es Alec Baldwin, que hace de gilipollas, papel prototípico para el que se lo contrataba en los noventa antes de descubrir lo hilarante que iba a ser imitando a Donald Trump.

Hugh Grant, triste, decepcionado y humillado porque El Novio le ha confundido con un empleado de hotel y, con una sonrisa y una generosa propina, le ha hecho sacar la basura, se despide de Julia Roberts. Se va a casa en autobús porque la actriz que gana quince millones por película no se ha molestado en llamarle a un taxi. Un descuido que ella, claro, no ha cometido con mala intención. Desde su punto de vista es lógico no haberle ofrecido un taxi: los pobres no usan los taxis, los conducen.

(Dramatización) Miguel López-Neyra hundiéndose en la desesperanza al comprobar que todavía le queda media película por ver. A su alrededor, los amigos a los que ha invitado a compartir la experiencia, quienes se han desplazado de asiento con el fin de no estar más junto a Neyra. Como leemos en sus rostros, consideran seriamente la posibilidad de bloquear su teléfono y sus redes sociales para siempre.

Acaba de transcurrir la primera hora de película y hemos llegado al punto de inflexión en esta preciosa historia de amor entre una actriz engreída, adúltera y manipuladora, y un librero pajillero, tocón y tontolaba. ¿Cómo terminará todo? Estoy en un tiovivo de sentimientos. Me tiemblan los labios y tengo ganas de llorar: aún me queda por ver una hora de Notting Hill. Hago cuentas. Son sesenta minutos, uno detrás de otro. Ya no me contengo más. Lloro.

(Continuará)


Viaje alucinante al fondo de Love Actually

Así como hay valientes que se aventuran en las heladas cimas del Himalaya o se sumergen en las más profundas simas del océano, he decidido dejar atrás la confortable seguridad de la rutina para adentrarme en lo desconocido, en lo misterioso, en lo impenetrable. He decidido, por primera vez en mi vida, ponerme a ver Love Actually. Antes de empezar con la película, no sabía nada sobre tan insigne obra, excepto que trata sobre las universales cuitas del amor, y que aparece Rick Grimes comunicándose mediante cartelitos

Después de haberla visto, he podido deducir que la película contiene tres mensajes principales:

1) Si alguien te gusta, tú también le gustas. Siempre.

2) Acosar, marear de manera pasivo-agresiva y organizar numeritos propios de majaras, son todos ellos procedimientos legítimos y deseables para conquistar a alguien.

3) Portugal es un régimen islámico anclado en el siglo XII.

Estas edificantes moralejas no han sido expuestas de manera simple y gratuita en un guion lineal lastrado por esa tumoración innecesaria a la que los listillos llaman «argumento». Las moralejas de Love Actually son el fruto de un delicado artesonado de porcojonismos diversos basados en el principio indiscutible de que el amor triunfa siempre, porque el verdadero amor es una obsesión enfermiza que derriba todas las barreras: las de la vergüenza, las de la dignidad, y las de los aeropuertos. Lo que vuecencias están a punto de leer es una descripción, redactada sobre la marcha y en orden cronológico, de las dulces emociones, inolvidables impresiones y pequeños síndromes de Stendhal que me fue provocando este poema en movimiento. Vamos allá.

Love Actually
Esto es como una reunión de Fórum Filatélico: acaba de comenzar y ya tengo la sensación de que están intentando venderme algo.

Besos y abrazos: La película empieza con un montaje de besos y abrazos en el aeropuerto de Heathrow. Gente que viene, gente que se va, familiares que se emocionan. El narrador dice que «el amor está en todas partes». Todo esto es muy bonito. Albergo ciertas esperanzas. La película podría gustarme.

Love Actually
Lo de este señor cantando explica que el estudio de grabación tenga una salida de emergencia.

Benidorm: Aparece un individuo con pinta de viejo rockero retirado en alguna playa española, cantando «Love Is All Around» de Wet Wet Wet, que fue el tema indispensable en toda boda hortera de la segunda mitad de los noventa. La gente cantando embarazosamente constituye un hito ineludible en las modernas comedias románticas. Recuerden aquella escena de pesadilla en La boda de mi mejor amigo, cuyos niveles de producción de vergüenza ajena hicieron que se me saltasen los empastes.

Lenguaje popular: ¡Ah! Compruebo que los personajes dicen palabras malsonantes. Esto es para que veamos que Love Actually no es una película moñas cualquiera, sino una comedia romántica rompedora.

Love Actually
El primer ministro es tan serio, maduro y profesional que se enamora de una secretaria a los cinco segundos de que se la hayan presentado.

Más lenguaje popular: Vemos al primer ministro del Reino Unido, interpretado (es un decir) por Hugh Grant. Resulta que el primer ministro tiene una secretaria con síndrome de Tourette. La chica es incapaz de reprimirse a la hora de soltar tacos en presencia de su superior, lo cual, deduzco, debe ser interpretado como un detalle encantador que demuestra que una persona de origen proletario también puede ser simpática (eso sí, siempre que no se lo proponga: hay que reírse de, y no con, los proletarios).

Love Actually
Un momento álgido en la carrera cinematográfica de Martin Freeman.

Fotografía erótica: Primera sorpresa. En Love Actually sale Martin Freeman. Pobre Martin Freeman. Interpreta a un modelo que va a realizar una sesión de fotos eróticas. Sí, Martin Freeman hace de modelo. Sí, es ese Martin Freeman. Y sí, hubo una The Office antes de esa otra The Office.

Love Actually
La invasión de los ultracuerpos + Midsommar = Love Actually.

La boda: Sale Keira Knighley. En mis oídos resuenan miles de tacitas. Cómo no, Keira Knightley va a casarse, porque eso es lo que hace Keira Knightley: casarse. Su inminente marido es negro; detalle del que deberían ustedes tomar nota, no sea que después, en pasajes posteriores de la película, veamos que tratan al personaje como atrezo. Por cierto, me sobrecojo ante el primer momento de puro terror en la película, una secuencia que me obliga a encender las luces, abrir las persianas y tomarme una pausa para enviar mensajes de alarma a mis allegados. Me explico: resulta que el coro que ameniza la boda empieza a cantar «All You Need is Love», señalando a los presentes como en La invasión de los ultracuerpos. ¿Qué es esto? ¿Qué está pasando? ¿Son alienígenas? No entiendo nada. Por si fuera poco, empiezan a ponerse en pie músicos —con sus respectivos instrumentos— que estaban de incógnito entre los asistentes que están sentados en los bancos de la iglesia. Como todo el mundo sabe, es facilísimo ocultar instrumentos como si fuesen el teléfono móvil y sacarlos así, de repente, sin dar codazos y sin golpear con el saxofón a la persona que estaba sentada al lado. Pero eh, si el amor está en todas partes, los instrumentos también.

Love Actually
Liam Neeson emocionándose, toma 125.

El funeral: Ya teníamos boda (check), y ahora tenemos un funeral (check). El personaje de Liam Neeson está en el funeral de su mujer. La verdad es que expresar una honda emoción no es el fuerte de Liam Neeson, y quizá por ello su carrera ha derivado hacia convertirse en una versión moderna de Charles Bronson. Para tan triste y solemne momento ha elegido hacer sonar una canción terriblemente inapropiada. Empiezo a preguntarme si quienes han hecho esta película tienen algún tipo de comprensión de las emociones humanas. Pero bueno, al menos no han elegido esta otra.

Love Actually
Este señor reúne todas las cualidades que Love Actually detesta: es negro, pobre y fan de grupos de rock para greñudos. Pero bueno, al menos no está gordo… ¿o sí?

Despacito: Banquete de la boda de Keira Knightley. Resulta que Rick Grimes es el mejor amigo del novio —ahora marido— de Keira Knightley, dice que el tipo que está poniendo música en la boda es «el peor de la historia». Ese DJ tan horrible es negro, lo cual, una vez más, constituye un detalle sin importancia en un largometraje donde los pijos blancos apenas abundan. Para demostrarnos que el DJ en efecto no tiene ni idea de música, nos lo muestran luciendo una camiseta de Motörhead. Este simpático detalle del guion apenas guarda relación con el hecho de que los pijos blancos del Reino Unido detesten la música ruidosa hecha por infectos melenudos.

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Alan Rickman, en un ejercicio de amabilidad violenta, comunicando sus muy bienvenidas opiniones sobre la vida sentimental de su empleada. Que para algo es él quien paga.

Jungla de Cristal: En una empresa, Laura Linney está platónicamente enamorada de un compañero de trabajo. El jefe de la empresa es Alan Rickman, cuya carrera como actor estaba atravesando un momento que bien podríamos describir con este enlace. Pobre Alan Rickman. Es tan buen jefe, que aconseja a Laura Linney que invite a salir al compañero de trabajo. Al parecer no le preocupa que el ambiente laboral sea presa de la tirantez en el caso de que la proposición se tuerza. Pero aquí se aplica lo que podríamos llamar las Leyes de Love Actually: en el amor nunca nada sale mal; en el amor nunca nadie te rechaza; el encoñamiento es más importante que cualquier vida laboral .

Punk: El viejo rockero que cantaba «Love Is All Around» profiere exabruptos tabernarios en una entrevista radiofónica, porque es un antiguo adicto a la heroína que, no obstante, tiene el buen criterio de cantar algo tan bonito como «Love Is All Around» y no algo de los horrendos Motörhead, grupo para greñudos, negros y proletarios.

Love Actually
Otro momento álgido en la carrera cinematográfica de Martin Freeman.

Humor: Durante la sesión de fotos eróticas, Martin Freeman se golpea la cara con una teta de su compañera de trabajo. Empiezo a llorar. Echo de menos las heladas cumbres del Everest, y eso que nunca he estado allí.

Love Actually
No sé por qué, de repente me apetecen unos cereales. ¿No les apetecen a ustedes unos cereales?

Product Placement: Vemos a Liam Neeson y Emma Thompson en una cocina donde ningún producto tiene etiqueta excepto dos cajas de cereales: las dos de la misma marca. Me recuerda a aquellas viejas películas en las que se empeñaban en arrojar botellas de whisky JB a la cara del espectador. Aquí no anuncian whisky barato, más propio de elementos antisociales que escuchan a Motörhead, sino un alimento saludable, bajo en calorías, orgánico y sostenible. ¿Estoy insinuando que Love Actually parece dirigida a un público pijo? ¡Falacias! El amor es universal, y los cereales también. Todo el mundo desayuna cereales: los ricos, los pobres, los jinetes de la Mongolia interior Por cierto, Liam Neeson vuelve a intentar llorar. Tampoco le sale esta vez.

Love Actually
Mmmm… cereales.

Niño sabihondo: El hijo de Liam Neeson dice que está enamorado de una compañerita de colegio, pero que ella no se ha percatado. El crío habla como si tuviese cuarenta años y define su amor como «una total agonía». Es el más creíble retrato de la infancia que he visto desde El exorcista.

Love Actually
¿Ven a esa señorita de figura tan estupenda? Pues Love Actually nos informa, cada diez minutos, sobre lo gorda que se supone que está.

Fitness: La secretaria del primer ministro, la misma que es incapaz de no soltar tacos porque es una proletaria y por lo tanto carece de autocontrol, es, no obstante, una mujer de bonita silueta y buen ver. Pese a ello, dice que acaba de romper con su novio porque este la llamó «gorda». Hasta yo estoy indignado con el novio. Aun así, no queda mucho metraje para comprobar que no es el novio, sino los guionistas, quienes tienen un concepto de gordura tan selectivo como lo es su gusto musical.

Love Actually
Un personaje de Love Actually, película que EN ABSOLUTO fue escrita por pijos, se queja de vivir ahí. Porque claro, qué pena de choza. Sin helipuerto ni nada.

Literato: Aparece un escritor que vive en una bonita casa de campo en Francia, con una laguna, árboles y pajaritos. Se queja porque está solo. Que se venga a vivir a mi barrio. Estará menos solo.

El presidente de los Estados Unidos acosando a la secretaria del primer ministro inglés. Esto no le gusta al primer ministro. Ella tendrá que disculparse y todo. Muy edificante.

Americanos: El presidente de los Estados Unidos llega de visita a Downing Street. Es interpretado por Billy Bob Thornton, que resulta casi tan creíble en ese papel como Hugh Grant en el papel de primer ministro. Como presidente estadounidense que es, resulta ser también un garrulo y un pervertido: acosa a la secretaria de la que el primer ministro está enamorado (a la que, por cierto, otra secretaria acaba de llamar «la gordita»). El primer ministro abre la puerta y sorprende al presidente en el acto. En la consiguiente rueda de prensa, el primer ministro arruina la relación diplomática con USA porque el presidente le ha tirado los tejos a la secretaria que le gusta a él. Geopolítica del primer nivel. No obstante, la película considera que la pelusa es justificación suficiente para estropear la relación entre dos aliados estratégicos, y para que veamos que está actuando de manera moralmente correcta, suena una música triunfante que parece compuesta para un anuncio de coches.

Nacional-catolicismo: Emma Thompson dice que «el amor de verdad dura para toda la vida». Que es lo mismo que decían los párrocos en los años cuarenta.

Hugh Grant bailando. Porque todo, siempre, puede ir a peor.

Nuevas técnicas narrativas: El primer ministro, creyendo que está solo en Downing Street, baila simpáticamente por los pasillos, en plan Tom Cruise pero, gracias a Dios, con ropa. La música se detiene instantáneamente en cuanto descubre que está siendo observado, y así esta película ha descubierto un nuevo tipo de música que no es diegética ni extradiegética, sino todo lo contrario. Fascinante.

Escritor británico, confuso y aterrorizado ante la incomprensible ausencia de judías blancas con tomate de bote en su desayuno.

Manuscrito: El escritor inglés que vive en Francia tiene contratada a una empleada de hogar portuguesa. Ella, por error, provoca que las páginas mecanografiadas de la novela que él está escribiendo sean arrastradas por el viento hacia la laguna. La mujer corre hacia el agua para intentar rescatarlas: de todas las excusas inventadas para que un personaje se desvista a cámara lenta hasta quedarse en ropa interior, esta ocupa un lugar elevado en el ranking de gratuidad. Aunque la mujer se ha cargado su novela, el escritor no la despide porque: Love Actually. De hecho, el incidente les une mucho y descubrimos que no hablan el mismo idioma pero dicen lo mismo, cada uno en su lengua y al mismo tiempo, porque piensan lo mismo. Y piensan siempre lo mismo porque: Love Actually. Yo, en cambio, no dejo de pensar en que si la mujer me destrozase un manuscrito, tardaría menos de diez segundos en telefonear a inmigración para que la deporten. Pero es que yo soy mala persona.

Rick Grimes y Keira Knightley discutiendo sus respectivas técnicas para vomitar después de comer.

Anorexia: Keira Knightley va a visitar a Rick Grimes, el mejor amigo de su marido, para intentar mejorar su distante relación con él. Le lleva un pastel. Le dice que ella no se va a comer el pastel (obvio: eso de comer pasteles es más propio de proletarias «gordas» como la secretaria del primer ministro). Pero Rick Grimes tampoco se lo quiere comer. Un pastel a la basura. Me cabreo con los dos, con la película y con el mundo en general.

Kaira le dice a Rick que quiere ser su amiga y a continuación hace lo que sin duda más te acerca a una persona: ponerse a toquetear sus cosas sin permiso. Rebusca entre las cintas de su colección de video, buscando una que Rick filmó en la boda, pese a las tímidas protestas de Rick. Empezamos a entender que Rick está distante porque, aunque es la mujer de su mejor amigo, se ha enamorado de Keira. Ella encuentra la cinta y, una vez más sin pedir permiso, la pone en el reproductor. Así descubre que durante la boda Rick la estuvo filmando todo el tiempo a ella y a nadie más que a ella, en plan voyeur obsesivo (o, en términos de Love Actually, como detalle muy romántico y con musiquita de piano). Cuando acaba de ver la cinta, en vez de pedir orden de alejamiento o de indignarse como mínimo, Keira dice: «Pero si tú nunca me hablas, ¡si yo no te gusto!». Qué madurez, qué manera tan adulta de afrontar la situación. En cualquier momento sonará el timbre del recreo.

Banda sonora: Suena una canción de Dido, que supongo pasó de moda media hora después de estrenada la película. ¿Qué quién es Dido? Exacto.

Más madurez: El primer ministro quiere deshacerse de la secretaria proletaria porque a) Alberga sentimientos hacia ella, y b) aunque fue acosada por el presidente americano, el ministro parece guardarle resquemor a ella por el hecho de haber sido acosada (¿?). Miro la página de IMDb para comprobar que el guion no ha sido escrito por Ted Bundy.

Juro que no me lo estoy inventando: esto es lo que Love Actually entiende por pedagogía parental.

Via Crucis: El hijo de Liam Neeson, el niño intensito que habla como un adulto, dice que la niña que le gusta se va a América y que eso supondrá «el fin de mi vida». Liam Neeson, que sin duda es un padre con grandes dotes didácticas, decide consolar a su hijo poniéndole la famosa escena de Titanic en que los protagonistas abren los brazos en cruz en la proa del barco. Esto es demasiado. Detengo momentáneamente la película para tomarme un paracetamol. Después, mientras me mojo la cara ante el espejo del baño, intento asimilar que alguien tiene ese concepto de paternidad.

El beso: El escritor se va a ir de Francia para pasar la Navidad con su familia. La doncella portuguesa a la que no ha despedido pese a destrozarle meses de trabajo le besa como despedida. Él se queda triste.

Videoclip: El viejo rockero que cantaba «Love is All Around» se ha hecho famoso por comportarse como un imbécil en la radio. Estrena un videoclip que es una parodia de los videoclips Robert Palmer, pero en garrulo, porque nada en esta película tiene tanta clase como Robert Palmer.

Gordofobia: Varias veces han llamado «gordita» a la secretaria del primer ministro, lo cual, se nos hace entender, está mal. Pero, poco después, el guion se permite hace un chiste sobre el hecho de que Meat Loaf practicó el acto sexual «por lo menos una vez».

—Papá, quiero tocar la batería. —De acuerdo, pero será en un grupo de blancos, ¿no? ¿NO?

Groupies: El hijo de Liam Neeson decide que, para conquistar a la niña que le gusta, lo mejor será estar en un grupo de música. Y tiene razón, es ciencia que la música ayuda a ligar. Pero el niño se equivoca y escoge tocar la batería en vez de cantar (primera opción) o tocar la guitarra (segunda opción). Así que estará siempre en la parte trasera del escenario mientras los demás miembros del grupo ligan. Es lo que tiene que tu padre no sepa aconsejar y crea que educar es hacerte ver Titanic.

Celos: Una fiesta. Emma Thompson ve que su marido, Alan Rickman, está bailando con una empleada de su empresa, que es más sexi que Emma Thompson. No sabemos si Emma Thompson está triste, porque, siendo por lo general buena actriz, aquí pone cara de estar bebiendo un cubata como si fuese veneno. No soy yo un experto en rodajes, pero la próxima vez que le pongan agua.

Reflexión: A estas alturas de la la película, veo que se están construyendo historias de amor neurótico que se resolverán, sin duda, de manera feliz. Pero no parece haber un hilo conductor más allá de «tú me gustas, ¿te gusto yo a ti?» (la respuesta es siempre «sí»). Y, a juzgar por lo inane de las interpretaciones incluso de algunos actores y actrices que lo suelen hacer bien en otros títulos, creo que durante el rodaje tampoco ellos tenían muy claro a dónde iba a parar todo esto.

La empleada de Alan Rickman trata de seducirlo ante la mirada de la mujer de él. Lleva cuernecitos de diablesa para que entendamos que es una pelandrusca.

Sigue la fiesta: El chico que le gusta a Laura Linney le pide bailar. Se cumple de nuevo la teoría de Love Actually (y de Henry Lee Lucas): si alguien te gusta, es siempre mutuo. Justo en ese instante empieza a sonar una lentísima y sensual balada de Norah Jones, porque una balada es el tipo de canción que se pone en el momento álgido de una fiesta sin que el DJ reciba botellazos. Estas cosas las hacían en las películas románticas de los ochenta y el público de entonces ya se lo tomaba a broma. Al terminar el baile, Laura Linney se lleva a su compañero-ligue a su casa. La tiene hecha una cochiquera. Juro que hasta el escritor tiene la casa más limpia… ¡el escritor! Problema: resulta que el hermano de Laura Linney padece un trastorno mental y no para de llamarla por teléfono, arruinando el proyecto de revolcón. Ella deja atrás a su deseado ligue y se va al manicomio para visitar a su hermano. Resulta que su hermano, además de paranoico, es violento y amaga con pegarle. Si la película está intentando hacer apología del confinamiento mental, va por el buen camino. Se supone que todo esto esconde algún tipo de trasfondo emotivo, pero me está quitando las ganas de vivir.

Rowan Atkinson intentando no contaminarse con el guion de la película.

Cuernos: Alan Rickman está en una encrucijada porque la empleada con la que ha bailado le tira los trastos (aunque, siguiendo la tónica general de las interpretaciones en esta película, no pone cara de encrucijada: no pone cara de nada). A espaldas de su mujer, Emma Thompson, se dispone a comprar una joya para la empleada. El dependiente de la joyería es nada menos que Mr. Bean, que, llenando la bolsita del regalo con flores y esencias, pone a prueba la paciencia de Alan Rickman, en un perfecto paralelismo con lo que hace con mi paciencia el guion de la propia película. Una escena de (creo) comedia en la que Rowan Atkinson parece ser el único que se toma su papel en serio.

Rótulo: «Falta una semana para Navidad». Suponemos que eso es algo importante para el amor. La película, sin duda, conoce a su público.

Una vez más, momento álgido en la carrera cinematográfica de Martin Freeman.

Timidez: Martin Freeman sigue en su sesión de fotos eróticas y, tímidamente, le pide una cita a la modelo que está simulando hacerle una felación. Ya saben ustedes que la gente tímida es la que más se suele dedicar al porno.

Bombo, caja: Liam Neeson está tan harto de la batería de su hijo como yo de la película. A esto sigue una sucesión de momentos simpáticos y encantadores con pop navideño de fondo, justo lo que necesitaba para afrontar esta recta final de pandemia.

Idiomas: El escritor, ya en Inglaterra, está aprendiendo portugués porque, imagino, quiere arruinar el bonito romance que está iniciando con su empleada doméstica. Con lo bien que se estaban sin hablar.

January Jones sucumbiendo ante la sofisticación y elegancia de un inglés.

Universo Cinematográfico de Marvel: Un tipo inglés que en su país no se come un rosco porque es un garrulo y además probablemente pobre, quiere irse a Estados Unidos para conseguir ligar gracias a su acento británico. Aterriza en Milwaukee (buena elección: es, con diferencia, la ciudad más glamourosa del país). Nada más entrar en un bar y ponerse a hablar con acento inglés, liga con January Jones (felicitaciones, amigo) y otras dos chicas con pinta de ser guapas actrices. Le ofrecen hacer un quinteto sexual (sí, un quinteto, con otra amiga que no ha llegado aún). Creo que la película está ironizando sobre la sexualización del acento británico, pero no estoy seguro de que no estén llamando estúpidas y superficiales a las mujeres estadounidenses y espero que en cualquier momento aparezca Adam Sandler porque, si esto es parodia, es ese tipo de parodia. El nivel, Juan, el nivel. Al final, el tipo consigue llevarse a la cama, y todas a la vez, a January Jones (glups) y a las otras tres. Por mi parte, ni confirmo ni desmiento que esté practicando el acento inglés.

Aquí el inglés, con toda su sofisticación y elegancia.

Regalos: Alan Rickman y Emma Thompson abren los regalos navideños junto a sus hijos. Por mi parte, estoy intentando no desmayarme, pero Emma Thompson sale de su letargo y actúa por primera vez en la película cuando vemos que ha descubierto la joya que su marido ha comprado para la empleada. Se pone a llorar, y le sale bastante mejor que a Liam Neeson.

Love Actually confirma el viejo principio del cine de terror: los niños dan pánico.

Miedo: El niño de Liam Neeson sigue hablando como si tuviese cuarenta años y empieza a recordarme a Damien de La profecía.

Éxito: El viejo rockero punk alcanza el número uno de ventas en Inglaterra. Le llama por teléfono Elton John para invitarlo a su mansión, porque eso es lo que los pijos que han escrito este guion entienden como culmen del éxito en la industria musical. El arco dramático de este personaje ha sido exactamente ninguno.

Pánfilo: Martin Freeman le da un pico a su enamorada y la deja en su casa, marchándose sin aprovechar la ocasión de vivir una noche de pasión. Por fin entiendo que también aquí está interpretando a su personaje de The Office.

Empieza el tercer acto: Suena Otis Redding y deduzco que empieza el acto final de la película porque, leyendo entre líneas los códigos de la comedia romántica noventera, Otis Reddig significa «preparen los pañuelos». Sí, esta película es del 2003, pero es totalmente noventera.

Más periodismo: El escritor llega a casa de su familia, que está toda reunida por Navidad. Acaba de entrar por la puerta y, en cuanto los ve a todos, decide, aún sin quitarse ni la chaqueta, que se va a Portugal. Y los deja tirados. En Navidad. Vaya modales, amigo. Pero así es el amor en Love Actually: no puedes pasar unas horas con tu familia porque te lo impide la obsesión con la empleada doméstica con la que no has intercambiado ni una palabra.

El amor está en todas partes, excepto cuando tu hermano esquizofrénico te telefonea para que vayas a recibir sus golpes.

Ternura: Laura Linney se despide del compañero de trabajo del que está enamorada y llora. Luego va otra vez a ver a su hermano majara, que, cosas de la Navidad, no la intenta agredirla esta vez. Sigo sin entender esta historia de amor ni el mensaje que pretende transmitir, más allá del «los locos deben estar encerrados».

Soledad: El primer ministro pasa la Nochebuena en soledad, con su maletín de cosas oficiales.

Qué raro: el niño ya no quiere cenar con su padre después de que este le haya hecho reproducir una secuencia romántica de Titanic.

El menú: El hijo de Liam Neeson no quiere tomar la cena navideña con su padre porque está triste por su amor agónico, o bien porque a su padre se le ha ocurrido que sería buena idea hacer kebabs de pollo en Nochebuena.

La escena más famosa de Halloween: un psicópata tratando de poner celosa a la mujer de su mejor amigo, mostrándole fotos de modelos, mientras el marido está sentado a pocos metros viendo inocentemente la tele.

El meme: Llega la famosa secuencia en la que Rick Grimes, con cartelitos y radiocasete, intenta levantarle la reciente esposa a su mejor amigo. Este tipo es un psicópata de manual pero, en una pincelada de inquietante realismo, a ella le gusta el despliegue de manipulación pasivo-agresiva, y se la agradece con un beso en la boca. Mientras su marido, ojo, está ahí mismo, dentro de la casa, viendo la tele. Su marido que es negro y que, como los demás personajes negros del film, está de adorno.

Sabemos que el mánager (izquierda) es proletario, porque está gordo.

Virtue signaling: El viejo rockero abandona la mansión de Elton John porque ha decidido que prefiere pasar la Navidad con su mánager. Qué buen amigo. Aunque podría haberse llevado a su mánager a la mansión de Elton John, lo cual hubiese sido una gran velada para recordar; una velada que podría incluso haber ayudado a la carrera del mánager. Pero claro, entonces no habría valiosa lección moral, ni podrá decirle en el futuro aquello de «yo estuve en la mansión de Elton John y tú no». Le dice al mánager que lo quiere, supongo que como amigo, o quizá como alivio cómico, papel que jugaban los personajes homosexuales en las comedias románticas de los noventa. El mánager es el típico chap proletario que siempre sale como elemento exótico en las películas pijas de la pérfida Albión, y responde a esta muestra de cariño diciéndole al viejo rockero que si por pasar diez minutos con Elton John ya se ha vuelto gay. Se abrazan. Sin dejar de mirar la pantalla, rebusco en el cajón de pastillas de la cómoda.

Cuando el primer ministro encuentra la casa de su secretaria, descubre que la familia de ella es tan desagradable como era de esperar en una piara de clase obrera. Y esos deprimentes ornamentos navideños…. ¿en qué demonios gastan su dinero los pobres?

Acoso gubernamental: El primer ministro lee una postal de su exsecretaria, esa misma a la que despidió por celos después de que ella sufriese un acoso del que no tenía ninguna culpa. Se va a buscarla con el coche oficial —porque España no es el único país donde se usan coches oficiales para organizar el tema revolcones— y llega a la calle donde vive ella, pero no sabe el portal, así que empieza a llamar a todas las puertas (no veo qué tiene de especial: eso también se ha hecho en España). Al final la encuentra. Ella está pasando Nochebuena con su familia, y resulta que su padre también la llama «gordita». En resumen: a una mujer que tiene bastante buen cuerpo la llevan llamando vaca toda la película. Qué bonita lección: ni un gramo más, so pobre, o te echamos de la urbanización.

Los ingleses han entendido mal lo del marisco en Navidad.

Obra navideña del colegio: Varios personajes —el primer ministro, Martin Freeman, Liam Neeson, Emma Thompson, etc.— se juntan en una función escolar porque ya se sabe, Inglaterra es del tamaño de Lobera de Onsella y todo el mundo se conoce y acaba en el mismo sitio. Emma Thompson, que es hermana del primer ministro, ve a la secretaria y le dice: «Eres su tipo», como dejando caer que a Hugh Grant le gustan rellenitas. Solo es la millonésima vez que la película insiste en ello. En cuanto a la función navideña, salen niños disfrazados de gamba, como si estuviese patrocinada por Antonio Recio. Sale una niña a cantar «All I Want for Christmas is You». Aunque no entiendo mucho de música, creo que canta bastante bien y todos la miran arrebatados. En esa actuación, el hijo de Liam Neeson está tocando la batería después de ¿dos semanas practicando con el instrumento?, lo cual termina de demostrar que es un mutante o un monstruito o algo raro le pasa.

Se abre el telón: Mientras los niños actúan, el primer ministro y la secretaria hacen arrumacos entre bastidores. Es lo que en tiempos de la Transición aquí llamábamos «la erótica del poder». Están escondidos detrás del telón y cuando este se abre, todo el público de la función escolar los sorprende besándose. En un detalle de humor que, quizá porque ya estoy desesperado, me hace gracia, Hugh Grant le dice a la secretaria que sonría, se incline y salude. En ese mismo momento temo morir riendo, como Charlie Parker en Bird.

«¿…que esta película es QUÉ?»

Desamor: Emma Thompson le dice a Rickman que sabe que le ha comprado una joya a su empleada. Rickman pone cara de entender que su matrimonio se rompe. O, más bien, pone cara de darse cuenta repentinamente de en qué clase de película está.

El hijo de Liam Neeson, escoltado por la policía tras su primer acoso sexual, orgulloso de sí mismo ante la evidente satisfacción de su padre.

Milagro navideño: Liam Neeson felicita a su hijo por la actuación. Está animadísimo: es obvio que ha tomado cocaína. Se tropieza con Claudia Schiffer. La de verdad: por primera vez en más de media hora, abro los dos ojos a la vez para mirar la pantalla. Liam Neeson lleva a su hijo al aeropuerto para que acose a la niña que le gusta, que está a punto de volar hacia América. Como buen batería, el hijo de Liam Neeson es un futuro delincuente y sortea a la policía para colarse en la sala de embarque. Un mensaje edificante: que nada, ni siquiera la ley, te separe de la chica con la que estás obsesionado. Y la niña le da un beso porque, una vez más, entra en acción el misterioso poder de atracción de los psicópatas. Liam Neeson se siente orgulloso al ver que su hijo sale en manos de los policías: se ve que ya por entonces este hombre tenía el tiroteo en la sangre.

Aborigen portugués luciendo la vestimenta típica de la calurosísima Navidad tropical de Lisboa.

Ayatolás: El escritor llega a Portugal (que, en términos de ficción británica, es el tercer mundo, como España) y va a la casa de su empleada-enamorada. Por supuesto, sin importar que sea Navidad, el padre portugués lo recibe en camiseta de tirantes. Le dice que ella está trabajando en un bar. Los demás portugueses del barrio, como buenos ignaros selváticos, se acercan a cotillear y, en manada, siguen al inglés que se ha presentado allí por Navidad, porque la curiosidad les puede ante la visión de un Hombre Blanco. El escritor llega a una tasca donde todos los camareros portugueses, TODOS, llevan bigote. Así es como los británicos nos ven a los ibéricos (sí, incluidos ustedes, ibéricos de Barcelona). Dado que, según Love Actually, Portugal es una sociedad idéntica a la de Irán o Arabia Saudí, el dueño de la tasca le dice al inglés que no puede casarse con su amada «porque es nuestra camarera». En Portugal, la hostelería se rige por el régimen de esclavitud y servidumbre. Vamos, como en España.

Camareros portugueses luciendo el Mostacho Oficial requerido por los estatutos del gremio.

El escritor se dirige a la camarera y le pide matrimonio en ¿portugués? Todos los presentes callan y miran en plan «otro inglés borracho dando la nota». Ella asiente a la propuesta, con lo cual, según parece, queda liberada de su contrato de esclavitud con el dueño de la tasca. Algunos portugueses empiezan a besar en la boca al inglés, costumbre exótica de esas desarrapadas tribus de allende los Pirineos. Suena música triunfante. El rubor me ha quemado las pestañas.

Por favor, admiremos una vez más la intrincada orfebrería del majestuoso mostacho portugués.

Un mes después: Casi todos los personajes se vuelven a encontrar casualmente, esta vez en el aeropuerto. No quiero ni pensar lo delicado que debe de ser tener deudas en Inglaterra, porque te encuentras a todo el mundo hasta en la sopa. ¿Por qué están todos ahí y por qué todos bajan del mismo vuelo? Porque: Love Actually.

Love Actually termina como empieza: con un anuncio de móviles.

Fin: La película termina y me invade una inesperada sensación de plenitud. La plenitud de no haber aprendido nada. La reconfortante paz del vacío. He visto acosos, he visto gente llamando gorda a una mujer que no lo está, he visto ignorar a los negros, he visto denigrar a los portugueses, he visto menosprecios a Motörhead, he visto publicidad de cereales. Lo bonita que era mi vida antes de Love Actually. Pero ahora ya la he visto. He perdido la inocencia. La felicidad de antaño ya no volverá. Estoy sumido en un marasmo de desesperanza y autocompasión. He sido roto, masticado y escupido.

Ya no soy persona. Ya no tengo voluntad.

Me están entrando ganas de ver otra comedia romántica del cambio de siglo. Ayúdenme, por el amor de Dios.


Qué Neyra es el cine: el fenómeno The Room


Esta es una historia verdadera. La historia del sueño americano hecho realidad. La historia de un hombre que se ganaba el pan con el sudor de su frente cambiando sábanas y almacenando cajas de medicamentos en un hospital, pero que en realidad era un artista encerrado en el cuerpo de un celador; la historia de un genio desatendido por la fortuna, condenado a rutinarias labores en la sombra, prisionero de una existencia anónima e ingrata sin que el mundo tuviese noticia alguna de su potencial, como aquel Albert Einstein que languidecía día tras día ante la ventanilla de una apolillada oficina de patentes. El protagonista de nuestra historia desperdiciaba su talento acarreando sábanas de una habitación de hospital a otra, en aquel torturante laberinto de corredores blancos teñidos de una rutina y vacuidad tan inapropiadas para un ser de su sensitiva naturaleza artística. Porque la verdadera ambición de nuestro protagonista, el más grande objetivo de su vida, no era el de permanecer deambulando para siempre entre los corredores de aquel hospital, sino el de convertirse en un gran cineasta. Escribir, dirigir y protagonizar una película con la que emular a sus grandes ídolos: Orson Welles, Marlon Brando, Tennessee Williams. Cuán noble empeño el de devolver al séptimo arte aquel bouquet de una era perdida, aquel savoir faire de los viejos maestros. Un moderno Fénix de los ingenios languideciendo en un empleo sin futuro como otros tantos genios olvidados antes que él: Tommy Wiseau, así se llama nuestro protagonista. Un individuo único, un hombre que lo dejó todo, que dio el paso hacia lo incierto y fue finalmente recompensado con el reconocimiento internacional. Uno de los últimos cineastas auténticamente independientes en conseguir que se escuche su voz en mitad de una industria dominada por los grandes estudios. Y ya de paso, el más sublime proveedor contemporáneo de cochambre d’auteur.

Tras dejar su empleo de celador, Tommy Wiseau vendió chaquetas coreanas para poder financiar su película

Cama tras cama. Sábana tras sábana. Almohada tras almohada. Así, día tras día en un bucle infinito. Aquello tenía que terminar. Lo de desplegar fundas de almohadón no era tarea para un virtuoso de sus polimórficas condiciones, para un intelecto renacentista como el suyo. Él, un bohemio atrapado por el sistema, un poeta a sueldo de la industria sanitaria. Pero, ¿quién era Tommy Wiseau? Difícil de decir. Está rodeado por todo el decimonónico misterio que nos atrevamos a pedirle a un icono de la periferia romántica, de los rebeldes márgenes del Arte: nada se sabe sobre su vida pasada, nadie tuvo nunca muy claro de dónde provenía, nadie ha conseguido descifrar su extraño acento. Él dice que nació en los Estados Unidos, que creció en Nueva Orleans y que pasó una temporada en diversos países de Europa, entre ellos Francia. Sí, eso es lo que él dice. Pero lo mismo podría haber escapado de la tripulación de algún carguero clandestino polinesio. O quizá se curtió como extra cinematográfico haciendo de pandillero en películas de serie B coreana y algún día descubramos su pasado en cintas de karate, o Dios no lo quiera, en alguna embarazosa —y por qué no decirlo, potencialmente muy desagradable— película pornográfica. Incluso podría ser como el Jerome Newton de The man who fell to Earth: un ser de allende las estrellas que llegó a la Tierra en una nave espacial y que para costear sus ambiciosos proyectos vendía anillos de oro que había traído desde su lejano mundo en una maleta. Ya incluso antes de su triunfo,  Tommy Wiseau era una figura fantasmal, un espectro perdido en los pasillos de un centro médico, alguien del que ni sus propios compañeros sabían gran cosa. Un genio en la agonía de una rutina para mediocres, pero también un hombre enigmático. Hasta que un buen día decidió volver a la vida. Para lo cual, como todos sabemos, hay que salir definitivamente del hospital. Cuando abandonas aquellas estancias con olor a desinfectante, cuando dejas atrás la asepsia alcanforada y el sol templa tus mejillas, el viento hace parpadear tus ojos y los trinos de los pájaros te dan la bienvenida, es entonces cuando sabes que has resucitado y que hay toda una nueva vida ante ti. Tommy Wiseau salió del hospital. Tommy Wiseau fue a por todas.

Ganó rápidamente seis millones de dólares. Buena pregunta, amigo lector: ¿cómo amasa tan rápidamente seis millones de dólares un ex-celador que acaba de dejar su trabajo? Dice él que importando chaquetas de cuero desde Corea. Podríamos creerlo, aunque también podríamos pensar que no era precisamente cuero lo que importaba. Pero quién puede afirmarlo con seguridad: estas dudas forman también parte del encanto, del misterio, del enigma. Nunca sabremos exactamente todo lo que queremos averiguar sobre el pasado de Tommy. Mejor así. Una pregunta es siempre mejor que una respuesta. Digamos únicamente que aquellos dólares acudieron a sus bolsillos. Es la magia de Wiseau. No nos cuestionemos la magia.

Una vez reunidos aquellos seis millones, el emprendedor Tommy abandonó el exitoso tráfico internacional de chaquetas para invertir su nueva fortuna en cumplir aquel viejo sueño de rodar una película. Su proyecto se iba a llamar The Room, un drama intimista sobre un triángulo amoroso que conduce a un trágico desenlace. El guión, naturalmente, estaba escrito por él. Basado en una novela también escrita por él. A su vez basada en una obra de teatro también escrita por él. Así es Tommy Wiseau: va de formato en formato como la Zarzamora, siempre buscando la mejoría, siempre persiguiendo el progreso. Aquella novela no la hemos leído, pero suponemos nunca le hubiese supuesto una nominación al Nobel. Desde luego no consiguió que nadie se la publicase; ni la obra teatral ni la novela provocaron que el cruel y miope negocio del espectáculo descubriese el potencial literario del autor. Pero ahora que tenía el dinero y podría finalmente plasmar su visión en celuloide, el mundo estaría forzado a conocer el nombre de Tommy Wiseau. Nada sería igual desde entonces.

La actriz protagonista de “The Room” experimentó en sus carnes la cefalópoda fogosidad creativa del director.

Se compró dos cámaras de distintos formatos, según parece porque no tenía muy claro cuál de las dos convenía más a sus fines, ya que aquel era su debut en la creación cinematográfica y los años de cambiar sábanas nada enseñan sobre lentes y resoluciones de imagen. Reunió un equipo de producción formado por gente tan amateur como él, aunque a día de hoy ni el propio equipo sabe muy bien cómo se produjo todo aquello. La perpetua ceremonia de confusión que es la vida de Wiseau se trasladó de manera perfectamente natural al plató, pero lo verdaderamente importante era que The Room  estaba en marcha, que su ansia de convertirse en director de cine estaba finalmente —muchas fundas de cama y chaquetas coreanas más tarde— al alcance de su mano. ¿Que cómo transcurrió aquel rodaje? Intentar componer una crónica coherente y unificada a partir de los fragmentarios testimonios de los implicados es una tarea de titanes. Se dice que el reparto tuvo que ser rehecho cuando Wiseau echó a algunos de los actores iniciales para contratar después a otros. Esto es, una vez más, lo que él dice. Al parecer no le encajaban con el papel, no tenían la personalidad indicada o simplemente no satisfacían sus elevados estándares de calidad. Y por eso los despedía. O quizá sencillamente eran los propios actores quienes se marchaban cuando veían lo que se estaba cociendo, un proceso de filmación que resultaba ruborizante incluso para tratarse de la producción amateur de un novato.

De hecho, uno de los co-protagonistas del film era un conocido suyo que en principio se negaba a salir en pantalla y únicamente quería participar como ayudante, pero que terminó aceptando actuar cuando el exigente Tommy echó también al tipo encargado de interpretar aquel papel, siempre según la versión oficial en la que la gente era “despedida” y no huían despavoridos ante lo que estaban viendo. La otra protagonista, la pareja cinematográfica de Wiseau en el film, era una chica de pueblo literalmente “recién bajada del autobús”, una especie de versión real del personaje de Penny en la serie The Big Bang Theory (salvando las distancias, claro: que nadie espere encontrarse algo parecido a Kaley Cuoco). La chica llegaba a Los Angeles en busca de una oportunidad. Y qué oportunidad. Nada más pisar suelo californiano entró a formar parte de aquella nueva película destinada a romper los moldes del séptimo arte. Una vez más, Wiseau fue a por todas. Los miembros del rodaje recordarían después cómo asistieron con una mezcla de horror y vergüenza ajena al primer día de rodaje con la nueva, en que Wiseau se empeñó en grabar las secuencias de sexo con ella, así, de primeras, prácticamente “abalanzándose” sobre la recién llegada. Si los testigos se sonrojaban solo con verlo, cabe imaginar la macedonia de sensaciones que debió de experimentar la pobre debutante: “¿de verdad el cine consiste en esto? ¿Esto va a ser siempre así?” Nada como una dura —y embarazosa— primera jornada de rodaje para sentir en tus carnes que definitivamente acabas de debutar en la industria. Como dice la canción: no hay negocio como el negocio del espectáculo.

El guión que Wiseau repartió entre sus actores, fruto de sus años de anónimo crepitar de ingenios, fue unánimemente considerado por sus nuevos empleados como “ilegible”. Al parecer, la posmoderna sensibilidad literaria de Wiseau no era bien entendida por los intérpretes aficionados que lo rodeaban, quienes tenían verdaderos problemas para pronunciar con serenidad aquellas partes de diálogo que él consideraba bellamente conmovedoras pero que para los demás eran sencillamente atroces. El argumento estaba centrado, como decíamos, en el dramático triángulo amoroso entre los tres protagonistas —el personaje de Wiseau, su novia y su mejor amigo—, un drama intimista perlado con dolorosos engaños y traiciones. También se puede decir de aquel argumento que estaba desarrollado de manera completamente caótica en una sucesión de secuencias que a menudo no parecían llevar a ninguna parte, plagadas de diálogos sin sentido y de subtramas que aparecían en una secuencia y desaparecían misteriosamente sin concluir, aunque para entonces el guión ya nos había distraído con muchas otras inconsistencias y estupideces. Nadie en el rodaje entendía nada de todo aquello, pero Wiseau tenía el dinero de las chaquetas coreanas, así que era el jefe. Como de todas maneras allí no había prácticamente nadie con experiencia alguna en la verdadera industria cinematográfica, todos tiraron adelante siguiendo a su líder.

La única valla promocional de “The Room” en toda la ciudad de Los Angeles, que Wiseau mantuvo alquilada durante años.

En el 2003 fue finalizado el film, del que el propio Wiseau supervisó el montaje y en el que, llevado por ese afán de perfección propio de los auténticos colosos del cine, dobló su propia voz en varias secuencias a posteriori con, por así decir, resultados de una sorprendente hilaridad. Con The Room ya enlatada y lista para la distribución, Wiseau alquiló una valla publicitaria bien visible en una zona muy transitada de Los Angeles. Eligió una foto en primer plano de sí mismo como imagen promocional; hemos de decir —no es ninguna broma— que como consecuencia de ello muchos conductores dedujeron que se trataba de una película de terror. Wiseau se gastó parte del dinero que todavía le quedaba en una exigua campaña de promoción donde, muy modestamente, etiquetó su propio film como “una película con la pasión de Tennessee Williams”. Contrató algún espacio televisivo barato para emitir un bastante poco prometedor trailer. Finalmente, el talento en alza del séptimo arte alquiló una sala para la proyección y organizó una premiere con la asistencia del reparto en pleno. Para reondear la glamourosa ocasión, el antiguo celador y magnate de las chaquetas se presentó aquella noche del estreno montado en una vistosa limousine. Esto es Hollywood, amigos: pórtate como una estrella y la gente se tragará que eres una estrella aunque tengas cara de haber debutado como extra en un episodio de The Walking Dead. Sin embargo, el detalle de la limousine no impresionó demasiado a los que sin estar invitados habían pagado una entrada para ver la película. De hecho, miembros del propio reparto recordarían más tarde como en aquella gloriosa jornada de estreno hubo espectadores que estaban en taquilla reclamando la devolución de la entrada… cuando aún no había transcurrido ni media hora de película. Un auténtico triunfo.

Ante tan descorazonadora reacción del público, no es extraño que el film pasara dos semanas en cartel sin pena ni gloria, con los pocos espectadores que cometían la osadía de pagar una entrada reclamando su dinero a los pocos minutos de proyección (aunque no le fue mucho peor que a Supernova, el psicodélico “flick” de Marta Sánchez, cuyo estreno tuvo más salas vacías que la Moncloa en día de partido de Champions). El arte de Wiseau no estaba siendo comprendido. A los cretinos sin sensibilidad que rechazaban The Room el cine de Wiseau les parecía concebido por un niño de siete años, pero es que los grandes vanguardistas siempre han de enfrentarse a la incomprensión de la turba insensible e ignorante. Qué sabrán ellos. La chuma y la canalla quieren explosiones y cosas hechas por computadora; quieren esas películas de James Cameron que son repulsivas historietas de amor camufladas bajo toneladas de efectos especiales en diecisiete dimensiones cuyo presupuesto podría haber reflotado varias economías del tercer mundo.

La cosa pudo haber quedado para siempre así y The Room pudo haber sido sepultada en el más completo olvido de no ser por la casualidad. O llamémoslo la insana curiosidad de un espectador que se metió en la sala porque probablemente no sabía qué más hacer aquella tarde. El tipo, que era colaborador de una web humorística, compró su entrada y entró a ver The Room sin tener muy claro qué se iba a encontrar. No había nadie más en la sala; todas las demás butacas estaban vacías, lo cual no auguraba nada bueno. Pero se sentó. Vió la película. Entera. Y pasó todo el metraje, con perdón de las damas presentes, descojonándose hasta las puñeteras lágrimas. No pidió que le devolviesen el dinero de la entrada. Es más: quería volver a verla. Pagando. Aquel mismo día telefoneó a varios amigos suyos y les insistió en que tenían que acompañarlo al cine para contemplar aquel artefacto antes de que fuese retirado de circulación. Cuando pensamos en películas involuntariamente hilarantes, imaginamos algo de terror con efectos especiales malos, de ciencia ficción baratas, en Historias del Kronen y Gente pez, o esas de romanos que tanto le gustan —Dios sabe por qué— al psicótico de Emilio de Gorgot, simpático responsable de haber titulado esta sección como se titula y a quien algún día se la devolveré con otra sección paralela titulada “Mi gozo en un Gorgot”, “Deja de comer croquetas, pedazo de Gorgot” o alguna otra cosa a la altura de tan insigne a la par que trastornado redactor de Jot Down.

Pero The Room no era nada de eso. Ni terror, ni ciencia ficción, ni romanos, ni una tertulia en Intereconomía. Era un drama. Una película “de sentimientos”. Y aun así no tenía nada que envidiarle en poder carcajeante a lo más granado de la “comedia involuntaria” de serie B. Así que a pocos días de que la película —dada su triunfal carrera comercial— sufriese su programada retirada de cartel, nuestro amigo el de la web regresó al cine con un pequeño grupo de conocidos, habiéndoles aleccionado previamente sobre la joya que estaban a punto de contemplar. Todos se lo pasaron en grande. Cuando tras un par de fines de semana el film fue definitivamente retirado, el boca a boca había conseguido que en el último día de proyección se congregasen en la sala un centenar de nuevos espectadores, quienes reían a mandíbula abierta y aplaudían fervorosamente el nuevo descubrimiento. Lo que veían en pantalla no reflejaba “la pasión de Tennessee Williams” precisamente, sino que podía ser más bien considerado el drama más cochambroso e hilarante de las últimas décadas y quién sabe si de todas las épocas. The Room estaba empezando a ser reverenciada por su primer puñado de fanáticos; la mecha se había encendido. El film desapareció de las salas de cine conforme a lo programado, pero Internet se encargaría del resto. El culto estaba a punto de estallar.

Apoyo inesperado del star system: la cachonda de Kristen Bell se pasó meses hablándole de “The Room” a todo quisqui, quisieran esucharla o no.

Poco a poco, imágenes del film y comentarios empezaron a circular por la red. Wiseau empezó a recibir cartas de agradecimiento y felicitación de nuevos fans de The Room. Supongo que debió de sorprenderle bastante, algo así como si un buen día le llega un telegrama a Francis Lorenzo anunciándole la concesión de un Oscar. Pero más allá de la sorpresa, y con aquel olfato comercial que le había permitido enriquecerse vendiendo ropa importada, editó el film en DVD para satisfacer a aquella nueva y creciente oleada de admiradores. Los internautas comenzaron a editar y publicar recopilaciones con las escenas más carcajeables, los momentos más surrealistas, las líneas de diálogos más absurdas y sobre todo con las más brillantes perlas interpretativas del protagonista, el propio Wiseau. La demanda seguía creciendo. El astuto Tommy terminó alquilando otra sala para volver a llevar su magna obra a la gran pantalla y durante el verano siguiente algunas proyecciones aisladas reunieron a nutridos grupos de entusiastas. Incluso gente del negocio —de la parte seria del negocio, queremos decir— empezó a dar su apoyo al nuevo fenómeno del cine independiente. No faltó alguna que otra estrella que dio un paso al frente y se destapó como entusiasta del trabajo cumbre de Wiseau: por ejemplo, la actriz Kristen Bell se convirtió en una inesperada fan de The Room, empezó a hablar de la película a todo el que quisiera escuchar y la muy cachonda colaba referencias a los estrambóticos diálogos del film allá donde le dejaban.

Con la repercusión cibernética y el respaldo de algunas figuras del negocio, el culto siguió creciendo y las proyecciones fueron haciéndose más frecuentes. Ya no se producían ante salas vacías, ni nadie pedía que se le devolviese el dinero de la entrada. La nueva oleada de espectadores reaccionaba con una histeria digna de una proyección de The Rocky Horror Picture Show, creando de hecho todo un ceremonial comparable al que rodea al mítico musical de los setenta. El jaleo en las salas de cine cuando se abría el telón y se proyectaba The Room era cada vez más monumental: la gente se reía, gritaba, ponía a parir las secuencias, recitaba los diálogos de memoria y hacían cosas tan extrañas como lanzar docenas de cucharillas de plástico a la pantalla mientras gritaban como descosidos “Spoons! Spoons!” justo cuando aparecía un aleatorio plano de una cuchara en la película. Tommy Wiseau, por algún motivo inextricable, es propenso a filmar cubertería sin función narrativa alguna; quizá es eso lo que él entiende como “arte”, como un niño que adorna una carpeta con macarrones.

Viendo que el éxito estaba llamando a su puerta pero no por los motivos inicialmente previstos —nadie parecía tener intención de compararlo con Orson Welles— y que todo el mundo se estaba tomando su creación a cachondeo, el antiguo traficante de chaquetas empezó a insistir en que The Room no era un drama, no. Que desde el principio ya había concebido su película como una comedia (¡mentira!), como si no fuese dolorosamente palmario que realmente había querido filmar una película a lo Elia Kazan. Pero no dejes que la verdad estropee un buen acceso de caradura, y para apoyar su nueva tesis de que The Room era una comedia empezó a manipular su viejo material en el mejor estilo de las novelas de Orwell o de George Lucas. Retocó el trailer original añadiendo frases ciertamente poco creíbles como “Una estrafalaria comedia que es un desmadre” y “la mejor película del año”, en una apabullante demostración de jeta (casi) sin precedentes en la historia del cine. Ciertamente, la desvergüenza de Tommy Wiseau no conoce límites, pero su fútil intento de marear la perdiz no consiguió engañar a nadie: evidentemente The Room había sido concebida como un drama… solo que era el drama más desastroso de todos los tiempos. Y sus fans lo amaban precisamente por ello.

Las proyecciones mensuales de su magna obra se convirtieron en una tradición en diversas ciudades estadounidenses, Wiseau siguió vendiendo DVD’s a través de su empresa Wiseau Films e incluso creó juguetes basados en la película… aunque no, en ese apecto no le ha ido como a George Lucas con el merchandising de Star Wars. Por algún incomprensible motivo no hay tanta demanda de las figuritas de The Room como de muñecos de Darth Vader. Pero bueno, ahora Wiseau estaba lo más cerca de la cumbre que puede estar —sin dedicarse a la política o a la telebasura— alguien que no sabe prácticamente hablar. Bien es cierto que su carrera cinematográfica no ha progresado lo que muchos hubiésemos esperado y que Wiseau se atrancó después de su debut y obra maestra, pero no ha sido olvidado. Concede numerosas entrevistas y los fans de The Room suelen acudir en buen número a las conferencias públicas de Wiseau, que generalmente tienen lugar antes de alguna proyección. Sin embargo, se echa de menos que haya podido crear otro clásico. Y no es que el pobre no lo haya intentado. Mientras crecía el culto a The Room quiso sorprender al mundo con un ocumental de contenido social llamado Homeless en America. El reportaje no puede tomarse muy a broma, la verdad, especialmente porque muestra la tragedia humana de la gente sin hogar… pero hay que admitir que es bastante plano, muy aburrido y que por ello no tuvo el menor impacto. Convencido por otro lado de que The Room lo había convertido en el nuevo rey de la comedia (él no la había escrito como tal, pero en la cabeza de Wiseau todo funciona así: el éxito le demuestra cosas que no existen), presentó el trailer de una futura serie de humor llamada The neighbours… serie que nadie le ha comprado y que no se ha emitido jamás en ninguna parte. Y no es extraño, viendo el trailer, que es absolutamente terrible. Solo Wiseau es capaz de crear un drama hilarante como The Room y sin embargo provocar lágrimas de angustia con su intento de comedia voluntaria. ¿O era todo en realidad una meta-broma? Sabrá Dios cómo se justificó a sí mismo, pero The neighbours no llegó a conocer ni un episodio piloto.

Tommy Wiseau celebra su triunfo: su gran obra está finalmente disponible en un videclub.

Su siguiente trabajo fue el corto de terror cómico The House That Drips Blood on Alex, que resultó igualmente decepcionante y no ha merecido cultivar un culto como The Room. La buena comedia involuntaria ha de ser precisamente eso: involuntaria. Tommy Wiseau es un freak, no Billy Wilder, y cuando intenta hacer reír a propósito no lo consigue. Aunque es precisamente esa incapacidad para reconocer sus limitaciones lo que forma parte de su encanto. Eso sí, también impide que deje de dar la murga, así que ha vuelto a la carga con el absolutamente desastroso The Tommy Wi-Show, un programa accesible mediante Youtube donde juega a videojuegos mientras hace comentarios supuestamente ingeniosos (¡no!), aunque siempre resulta reconfortante volver a escuchar su extraña pronunciación y sus desvaríos sin sentido. Al menos aquí una pequeña parte de su “comedia” vuelve a ser involuntaria. De todos modos parece que se le ha terminado el dinero de las chaquetas y que ha de optar por formatos cada vez más pequeños y económicos.

Pero también Orson Welles lo pasó mal después de Citizen Kane. No lo olvidemos. Las leyendas, como los buenos vinos y las tetas de Christina Hendricks, se engrandecen con el tiempo.

En fin, ya está bien de palabrería y vamos con lo bueno: algunos de los momentos más célebres de su obra maestra, The Room, acompañados del correspondiente enlace a Youtube para el disfrute de ustedes, los caballeros, y muy especialmente de ustedes, las señoritas (pueden dejar su número de teléfono en la redacción y yo las cumplimentaré debidamente cuando salga de la cárc… cuando termine con mi desinteresada labor humanitaria con… ehmm… con huérfanos congoleños, eso es. Y con perritos abandonados). Estas secuencias de The Room son algo más que entrañables píldoras de psicodelia dramática; constituyen auténtico cine con mayúsculas. Canela fina. Bocatto di cardinale. Los voy a ir enumerando sin orden ni concierto, ya que creo que el sentido de total confusión es muy indicado para el correcto disfrute de estas perlas de celuloide. Aquí, la confusión es como las cosquillitas de las burbujas del champagne. Vamos allá con un puñado de Secuencias Que Han Hecho Historia:

—Poderío. El personaje protagonista que interpreta Tommy se enfurece cuando su novia Lisa lo acusa falsamente de haberla pegado, pero el arrebato de rabia se le pasa rápidamente cuando sube al terrado y se encuentra a su mejor amigo, Mark (hay que decir que Mark anda liado con Lisa a sus espaldas… es una larga historia, compren la novela). Una demostración de matices interpretativos dignos de Marlon Brando o del mejor Laurence Olivier: Oh hi Mark.

—El pobre Tommy se siente engañado por la vida cuando en plena fiesta de su cumpleaños descubre que Mark y Lisa andan efectivamente liados. Tras un descafeinadísimo intento de pelea en el que podemos asistir al glorioso espectáculo de Wiseau imitando a una gallina (animal que, por lo visto, para él suena como una rata lijando plástico). La penetrante secuencia finaliza con otro conmovedor despliegue interpretativo en el que podemos ver el alma del personaje completamente volcada sobre la pantalla; difícil es que no se nos salte alguna lágrima contemplando tal capacidad para transmitir su dolor interior. Todos me han traicionado, estoy cabreado con el mundo.

—El romántico Tommy compra flores para Lisa. Esta secuencia es una apabullante demostración de la habilidad de Wiseau para el montaje, cuando los diálogos aparecen desordenados, causando una sensación de total estupor en el espectador, pero ¡hey! David Lynch también lo hace… así que debe de estar bien: La floristería.

—El momento más famoso de The Room es cuando Tommy le muestra a Lisa su rabia por haber sido injustamente acusado por ella de malos tratos. Es aquí cuando podemos entender aquello de que la película tiene “la pasión de Tennessee Williams”, porque Wiseau toma lo mejor de James Dean (de hecho le copia una frase) y lo transforma en lo mejor de Wiseau, lo cual, obviamente, ¡es mucho mejor que lo mejor de Dean! Una secuencia para la historia.

—Otra demostración de poderío emocional: Wiseau no solamente sabe expresar rabia y frustración con la efectividad de un James Gandolfini, sino también deja fluir su faceta más tierna y vulnerable con una conmovedora verosimilitud. Ya sabes lo que dicen, el amor es ciego. Lagrimones.

“¿Un Oscar? ¿Para mí? ¿De verdad? ¡No me lo esperaba!”. No, ni nosotros tampoco.

—Además de nuestro genio favorito, hay otras luminarias interpretativas en la película, como la actriz que interpreta a la madre de Lisa (bueno, y el reparto en pleno, pero en fin). Tras un diálogo aparente normal, y como quien comenta que va a llover, la mujer anuncia con toda tranquilidad que le acaban de diagnosticar un cáncer. ¡Boom! Sorpresivo giro de guión… que después no va a ninguna parte porque el tema ni siquiera se vuelve a mencionar. Pero eso es lo de menos, cuando la noticia de la tragedia ha sido comunicada de manera tan desgarrada y emotiva.

—No obstante ser un gran actor, Tommy Wiseau también es un director con pulso. Capta la realidad cotidiana con la perceptiva sencillez de un John Huston… o con la sencilla inmovilidad de una cámara de seguridad: La cafetería.

—Intensidad. Esa es la palabra para describir el momento en que Lisa descubre que su joven amigo Danny está tomando drogas y le debe dinero a un peligroso camello. Por fortuna, en mitad del festival de berridos que nuestro cineasta favorito entiende por “escena emocionante” llega Tommy al rescate (“es como un padre para ti”) y todo parece mágicamente solucionado, con alguna que otra embarazosa caricia incluida. La cúspide del drama. Aunque es todavía mejor cuando Danny le agradece a Tommy que le haya ayudado con su problema (aunque no sabemos muy bien cómo) y este responde con un hilarante tono de… llamémoslo paternalismo, así al azar, porque los tonos de Wiseau son siempre indescifrables.

—Una de las características más distintivas de Tommy Wiseau es su peculiar risa, que a veces emite boqueando como un pez en las situaciones más insospechadas. Sigo pensando que no hay que descartar su procedencia alienígena, ya que parece desconocer la función concreta de la risa, cómo expresarla o cuándo es el momento indicado para dejarla fluir. Sobre todo cuando reacciona riéndose ante una anécdota trágicamente truculenta que le cuenta su amigo Mark. O eso, o está como una regadera. What a story, Mark.

—Cualquiera que haya visto films de John Ford, Frank Capra o Akira Kurosawa sabe que uno de los puntos delicados para un actor es representar la embriaguez sin parecer un payaso, especialmente cuando su personaje es abstemio y se emborracha por primera vez. Sutileza, esa es la palabra. Afortunadamente, Tommy Wiseau atesorasutileza de sobra; es absolutamente incapaz de actuar, así que es difícil que sobreactúe alguna vez. I love you darling, haha-haha.

—A The Room se la ha denominado “la Ciudadano Kane de las películas malas” y no por nada. Nuestro entrañable Tommy quiso imitar la famosa secuencia en que un anciano Charles Foster Kane destrozaba una habitación entera consumido por la rabia, así que incluyó algo similar en su película. Ni que decir tiene que el resultado es uno de los instantes más intensos y escalofriantes en la historia del celuloide, aunque alguien debió decirle a Wiseau que su personaje, al contrario que el de Orson Welles, no era un anciano y no necesitaba moverse como tal. Pero bueno, dejemos que fluya su creatividad. Y qué decir del momento final en que (¡spoiler!… bueno, en realidad poco importa) el protagonista coge una pistola y, desesperado por la traición de su novia y su mejor amigo, decide acabar con su propia vida (“¿por qué? ¿por qué me está ocurriendo esto a mí?”, dice con un desgarrador tono que todavía me quita el sueño), pronunciando una inolvidable despedida: “Señor, perdóname”. Los pelos como escarpias.

Hay muchas más secuencias que podría citar, pero creo que esta muestra da buena idea de por dónde van los tiros… además de por el paladar del protagonista del film (“hahaha, what a story, Neyra”). Invito a los lectores a que sigan profundizando en el conocimiento de esta joya del séptimo arte. Por último, decir que frases y secuencias de The Room han sido homenajeadas y citadas en multitud de medios (hasta en The Simpsons, aunque sin mucha gracia) y Youtube está repleto de referencias y homenajes. Como cuando Wiseau interrumpe un discurso de Obama, o cuando le pone voz al anuncio lacrimógeno de Tiger Woods (sublime, ¡sublime!), o a Batman, aunque sin duda alguna mi favorita es la versión de Star Wars en la que Darth Vader habla con la voz de Tommy Wiseau: impresionante.

En fin… si el cine fuese siempre así y no como las películas de Lars Von Trier, no habría crisis ni guerras y todos seríamos mucho más felices y vestiríamos satisfechos nuestras chaquetas de cuero coreano.

You’re tearing me apart, Jot Down!


Qué Neyra es el cine: Taúr el guerrero

Cartel original del film, feauting Ubaratutu, extras disfrazados de Lacasitos y Marujita Díaz en el papel de arquero

Obra maestra absoluta. Es decir, siempre que uno no espere un guión consistente, encuadres mágicos, diálogos profundos o extras que no saluden a la cámara. No, es probable que Stanley Kubrick no hubiese dado el visto bueno al montaje final de esta película. He de admitir que las hechuras finales de este film no pasarían los estándares de calidad de cualquier director medianamente serio —o de cualquier persona con dos dedos de frente— pero, ¿saben ustedes qué? Este es uno de mis títulos de cabecera. Es una de mis películas favoritas. Es Arte, con mayúsculas. Es una experiencia cinematográfica densa, rica, apasionante, inacabable. Uno puede verla una y otra vez sin cansarse jamás. A solas o, mucho mejor, en compañía. Siempre hay detalles que me sorprenden, no importa las veces que la haya visto.

Ni Batman, ni Spiderman, ni los X-Men… ¡Taúr y Ubaratutu son los más grandes!

Curiosamente no es una película muy conocida, ni siquiera entre los más avezados consumidores de serie B, que suelen tender más hacia géneros como el terror cutre o la ciencia ficción barata. Nunca he entendido por qué esta película no es un objeto de culto, ya que tiene todo lo que se le puede pedir a un clásico: personajes carismáticos, secuencias memorables de esas que se quedan grabadas en la retina —aunque por motivos bastante sui generis— y frases tanto o más características que las que hayan podido pronunciar Humphrey Bogart o Clint Eastwood durante sus respectivas carreras. Francamente, espero que hablar de ella en Jot Down sirva para que algunos de nuestros lectores y lectoras la descubran, para que empiece el movimiento. Es necesario que se creen grupos de Facebook, convenciones de fans, que la gente comience la sana costumbre de proyectar esta joya ante sus familias cada Nochebuena… lo cual, sin duda, será la causa de no pocos conflictos navideños, pero que en aquellas familias donde tengan el preciado don del sentido del humor podría ser origen de una bella tradición. Sí, estoy hablando de La Película con mayúsculas: Taúr el guerrero. Naturalmente, la idea de hablar de esta clase de filmes ha sido del majara de Miguel López-Neyra, que me ha “convencido” con la alegre insistencia pueril de la que solamente él es capaz, así que no he podido menos que dedicarle el título de la sección. Espero que no le moleste (qué digo, ¡le va a encantar!). Por supuesto, le ofrezco la posibilidad de que escriba él mismo algún artículo sobre alguna de sus películas favoritas del cine-cochambre, pero conociéndolo dudo que esté operativo hasta que termine la competición de vóley playa femenino.

Vayamos al grano. ¿Recuerdan ustedes la fiebre del “spaghetti-western”? Seguro que sí: cuando Sergio Leone se convirtió en una figura mundial rodando películas “de vaqueros” en España, surgió en Almería una mini-industria del western que aprovechando el tirón de los fims de Leone, además de los decorados y los especialistas, para inundar el mercado con imitaciones —casi siempre bastante malas— de las famosas películas del director italiano. En unos pocos años se produjeron una buena cantidad de films de dudosa calidad hasta que la moda pasó y las telarañas se adueñaron del Far West almeriense. Pues bien, algo similar, pero incluso más a lo grande, había sucedido algunos años antes en Italia con otro género muy característico: el “peplum”. Esto es, el “cine de romanos”. Que no siempre es de romanos: puede ser de griegos, egipcios, cartagineses o tribus con nombres absurdos, pero nosotros lo llamaremos “de romanos” para entendernos.

Las actrices de “Taúr el guerrero”: porque una época histórica nunca es demasiado antigua para poder usar laca.

Cuando en Hollywood se pusieron de moda las superproducciones ambientadas en la antigüedad clásica (allí las llamaban “cine de espadas y sandalias”) y de repente uno veía a individuos tan poco mediterráneos como Charlton Heston soltando alocuciones ante el Senado romano o haciendo carreras de cuádrigas, los estudios descubrieron que al público le encantaba aquel género grandilocuente, pero que resultaba bastante caro de producir. Un buen día decidieron trasladar los rodajes a Italia, donde existía una tradición cinematográfica que podría proporcionar técnicos y extras a precios asequibles. La maquinaria hollywoodiense pisó suelo italiano para seguir produciendo sus espectaculares films de romanos, creando una sobrevenida industria local donde se curtieron infinidad de profesionales italianos, incluyendo al propio Sergio Leone, que comenzó su carrera cinematográfica precisamente así. La inversión de Hollywood produjo una resaca de productividad: ya que los decorados y los técnicos estaban allí, los productores italianos se dijeron: “¿qué tal si aprovechamos para rodar nuestras propias películas de romanos? A fin de cuentas, somos italianos de verdad, no como William Wyler”.

Dicho y hecho, demostraron su indudable italianidad con una ristra de películas a cual más absurda e hilarante. Lejos de darle un toque “auténtico” y académico a lo que era el pasado histórico de su país (y del nuestro, dicho sea de paso), los peplums italianos tomaron todos y cada uno de los estereotipos peliculeros de Hollywood, llevándolos a límites completamente surrealistas. Si los estadounidenses eran poco fieles a la historia en pos de la espectacularidad palomitera, los italianos consiguieron llevar el género a terrenos de auténtica insensatez. Contrataban a actores anglosajones de cuarta fila solamente para imitar el hecho de que los grandilocuentes peplums americanos estaban protagonizados, lógicamente, por actores americanos. La diferencia es que en el peplum italiano ni siquiera se trataba de verdaderos actores y por lo general recurrían a culturistas cuyo talento interpretativo hacía que Sylvester Stallone pareciera Marlon Brando. Cuando no había ningún musculitos inglés o yankee disponible, buscaban a algún latino con aspecto remotamente norteño, le encasquetaban un sonoro pseudónimo anglosajón y… ¡a rodar!

Joe Robinson, protagonista de “Taúr el guerrero”. Él es el verdadero rostro impenetrable.

Aquel divertidísimo torrente de despropósitos que fue el peplum europeo produjo, literalmente, varias decenas de largometrajes a finales de los cincuenta y principios de los sesenta. Muy al principio aún seguían la senda de los largometrajes hollywoodienses, pero el público quería sensaciones nuevas y aquellos films empezaron a desbarrar rápidamente, como sabrá quien conozca por ejemplo la famosa saga Maciste: los héroes de la Antigüedad terminaron peleando contra vampiros, mongoles, momias egipcias y hombres de la luna, en un estrambótico canto del cisne del género, convertido en una delirante parodia de sí mismo. Justo antes de que el género decayese comercialmente tras un lustro de gloriosa exuberancia, cualquier cosa llegó a tener cabida en el peplum, ¡cualquier cosa! No había límites y desde luego no había vergüenza, lo cual desvirtuó el género hasta tal punto que incluso el público adolescente terminó por no tomárselo en serio. Quizá un día le dedique un artículo completo al fenómeno y haga una lista de características que debe tener un buen peplum. Entender a distinguir un buen peplum es como aprender a distinguir un buen vino. El buen vino es uva podrida, pero sabe bien. El peplum es cine podrido, pero es genial. Al festival romanizante del cine italiano se unieron pronto socios de los vecinos europeos, especialmente Francia, Alemania y, cómo no, España. La coproducciones entre estos países, o más bien entre productores-jeta procedentes de estos países, dieron como resultado películas cuyos rodajes estaban caracterizados por un caos deliciosamente mediterráneo.

Taur, il re della forza bruta es un film de 1963, momento en que años de sostenida y psicótica efervescencia del género lo estaban llevando ya hacia una inevitable autodestrucción. El director Antonio Leonviola ya estaba curtido en esto de fabricar películas como churros; había trabajado en diversos géneros produciendo filmes baratos para sesiones dobles y triples. Esta coproducción italo-franco-española, que aquí se ha titulado indistintamente Taúr el guerrero o Taúr, rey de la fuerza bruta, no era su primera incursión en el género: ya había dirigido un peplum, Maciste el invencible. Así que los italianos la perpetraron, los franceses y españoles contribuyeron con su dinero, y un par de ¿actores? británicos directamente reclutados en la puerta de un gimnasio la protagonizaron: Joe Robinson y Harry Baird, una pareja que para algunos de nosotros —pocos, lo admito— tiene casi tanta relevancia como lñas parejas Fred Astaire y Ginger Rogers o Liz Taylor  y Richard Burton.

Bella Cortez, “actriz exótica” habitual en varios peplums, vestida de lámpara… o caracterizada como reina de los malvados Kishos, no lo distingo bien.

Taúr el guerrero transcurre en una Antigüedad mitológica indeterminada, aunque se supone que el nombre “Taur” es una italianización de Thor. ¿Cuál es la historia que cuenta? El argumento, naturalmente, es lo de menos en estos casos. Digamos que una pacífica aldea es asaltada por los malvados Kishos, que masacran a la población y ya de paso secuestran a su príncipe y a su princesa, a quienes llevan a su ciudadela para hacerlos combatir como gladiadores, mientras esclavizan al resto de los aldeanos y los ponen a trabajar en unas grutas no sabemos muy bien para fabricar qué. El caso es que trabajen. Del asalto a la aldea sólo ha podido escapar uno de los criados de la reina, el fornido Ubaratutu, quien acude en busca de ayuda a Taúr, al parecer un famoso guerrero que ahora vive retirado en la campiña. Naturalmente, todo este argumento no es más que una excusa para mostrar peleas entre mujeres con poca ropa y actores con grandes bíceps y enhiestos pectorales —el peplum italiano, como el de Hollywood, tiene a menudo una marcada orientación gay—, escenas de acción, cartón piedra por doquier… las supuestas tramas “políticas” o “románticas” del film son absolutamente superfluas, si bien dan lugar a numerosos momentos pomposamente hilarantes. Como en casi todas las películas de este estilo, los diálogos están cómicamente solemnizados para darle a todo un aire “clásico”, aunque en realidad parecen escritas por un niño de cinco años.

Sin embargo, dejémoslo claro: tal vez Taúr el guerrero sea una película estúpida, pero es estúpida de un modo único e inimitable. Ya sólo el diálogo inicial, cuando Ubaratutu acude a Taúr en busca de ayuda, nos sorprende con una escueta profundidad y economía dialéctica que hubiese hecho las delicias de Billy Wilder. Estas son las primeras palabras que se pronuncian en el film:

—“Taúr”
—“¿Quién eres?”
—“Ubaratutu”
—“Y, ¿qué quieres de mí?”
—“…no quiero nada”

¡Brillante! Ni Quentin Tarantino tendría los redaños de empezar así un guión, con un diálogo que parece más bien un torpe intento de ligoteo entre quinceañeros en una discoteca light. A partir de este encuentro se forma una pareja indisoluble en la que, no sabemos muy bien por qué, Ubaratutu termina llamando “amo” a Taúr después de unas pocas secuencias, cuando la verdad es que apenas se acaban de conocer. ¿Tendrá algo que ver con esta extraña sumisión voluntaria el pequeño detalle de que Ubaratutu es negro? Cualquiera sabe… lo cierto es que pedir corrección política a un peplum italiano de los años sesenta es como pretender hallar el sentido de la vida en las Páginas Amarillas.

En un mundo perfecto, este cartel estaría colgando todos los veranos en las mayores salas de cine de España.

Las subsiguientes aventuras de Taúr y Ubaratutu consisten en una sucesión de secuencias absurdas filmadas a la primera toma entre decorados dignos de Barrio Sésamo. La coherencia de lo que vemos en pantalla es absolutamente nula, por descontado. ¿Un ejemplo? Cuando visitamos las grutas en que los malvados Kishos hacen trabajar a sus prisioneros, resulta que los esclavos lucen prominentes barrigas cerveceras —al, el famoso régimen esclavista a base de patatas bravas y… ¿será por esto que los llaman calamares “a la romana”?— mientras los guardianes, que supuestamente disponen de mejor alimentación, ¡están todos en los huesos! ¿Tiene esto algún sentido? La respuesta es, obviamente, ¡desde luego que no! Pero tampoco es de extrañar el que unos esclavos luzcan tanto michelín cuando vemos el ímpetu con el que los extras que los interpretan hacen como que “trabajan”. Debía de hacer un calor del demonio aquel día en el rodaje, pero he visto a diputados haciendo la siesta en su escaño con más energía que estos esclavos. Claro que todo el ímpetu del que los extras del film carecen cuando interpretan a un trabajador, reaparece mágicamente a la hora de ejercer como “multitudes” que contemplan las peleas entre gladiadores: vemos a los extras por el fondo, en segundo plano, agitando los brazos y saludando a la cámara con un entusiasmo digno del club de fans de Hannah Montana. Así es Taúr el guerrero: detalles sin fin en cada secuencia.

Joe Robinson y Harry Baird nunca fueron considerados para un Oscar ni tan siquiera nominados para un Globo de Oro, lo cual resulta extraño teniendo en cuenta que Marisa Tomei ganó uno y que Brad Pitt ha sido nominado varias veces. Y eso que Robinson hace gala de una contención interpretativa que rivaliza sin problemas con el Anthony Hopkins de Lo que queda del día o del “ninot” de una falla, sin ir más lejos. ¿Conspiración? Quién sabe, pero he aquí a un verdadero maestro de la economía expresiva: Taúr hace que Harry el Sucio parezca una loca histérica. Algo más gesticulante es Harry Baird, que no en vano ejerce como alivio cómico frente al hieratismo heroico del protagonista principal. Pero el resto del reparto no desmerece en absoluto y de hecho enriquece considerablemente la película, como las protagonistas femeninas: aspirantes a “starlett” directamente reclutadas entre las peluquerías de la periferia de Roma. Las actrices principales lucen espectaculares atuendos y peinados no menos espectaculares que reflejan todo el acebollado glamour de lo más alocado de los sesenta. Quien aún piense que la estética femenina de aquella década se limita a Brigitte Bardot y la cantante de Jefferson Airplane debería echarle un vistazo a esto. Aquí encontrará los años sesenta, los de verdad, los de la calle… nada de pijeríos de revistilla londinense, no. Los sesenta en estado puro, en crudo, sin filtros, sin embellecimientos. Así iban nuestras madres y abuelas en Nochevieja, asumámoslo de una vez. Por descontado, como suele suceder en todo buen peplum, los efectos especiales y el diseño de producción también merecen un comentario aparte: decorados de todo a cien, rocas más ligeras que el hidrógeno, volcanes dignos de unas manualidades de fin de curso y, en fin, caballos que caen al abismo a los que sólo les falta salir directamente del “sobre sorpresa”. Por no hablar de la indescriptible coreografía de las peleas multitudinarias y demás secuencias con muchos extras, en las que el apelotonamiento y el desorden son la ténica deliciosamente dominante.

La cueva de los Kishos, un cruce entre Fraggle Rock y las pesadillas de Santiago Calatrava.

Entre tanto despropósito, vemos cómo se desarrolla un extraño argumento repleto sospechosas actitudes entre los dos protagonistas y delirantes triángulos amorosos. Por ejemplo: a la princesa parece gustarle Taúr, pero a Taúr parece gustarle el príncipe… y el príncipe no se muestra reticente. Mientras tanto, a la reina de los Kishos le gusta Taúr pero tiene además una extraña fijación con la princesa, además de la obsesión por ver pelear entre sí a chicas en paños menores. El príncipe es muy refinado él, la verdad, pero da la impresión de que tampoco le haría ascos a la reina ni mucho menos. Tampoco sabemos exactamente qué ha pasado entre Ubaratutu y Taúr en su deambular por entre aquellos paisajes repletos de oportunos arbustos, pero además de llamarlo “mi amo” a todas horas, Ubaratutu se somete a toda clase de perrerías sólo porque son capricho de Taúr. Por ejemplo, se deja encerrar sin necesidad entre los esclavos, al parecer como parte de un plan urdido por “su amo” que consiste en infiltrarlo de incógnito (dado que al parecer los guardias no son capaces de darse cuenta de que aquel prisionero no estaba allí antes, ¡porque es el único negro de toda la película!) y Taúr no lo libera ni siquiera cuando su amigo/sumiso expresa tímidamente cierto descontento (”Taúr, aquí estamos mal”) por verse encerrado en una celda y obligado a realizar trabajos forzados, mientras su compañero deambula libremente por ahí sin dar un palo al agua. No, Ubaratutu, no te engañes: aquí el único que está mal eres tú. Siempre ha habido clases.

El racismo encubierto y el sibilino tomateo gay no son los únicos estandartes ideológicos de este entrañable artefacto. Existe toda una afilada reflexión sobre la condición femenina que, básicamente, presenta a las mujeres como “chonis” de barriada, desprovistas de cerebro y con una pulsión natural e innata a tirarse mutuamente de los pelos por el puro placer de hacerlo. Nada que hiciera muy feliz a Jane Fonda, me temo. La reina de los Kishos es algo más “elegante” —es un decir— que el resto de personajes femeninos, pero lo compensa siendo más mala que la tiña, lo que no es más que una forma sublimada de querer tirarle de los pelos al resto de mujeres. Por lo demás, la risible solemnidad de los diálogos está completamente desprovista de contenido intelectual alguno y el objetivo fundamental del film es intercalar relleno entre una secuencia de acción y otra, con el bendito inconveniente de que el relleno termina resultando igualmente hilarante y entretenido, si acaso no más, que las cochambrosas escenas” trepidantes” (ambientadas, todo hay que decirlo, con una música digna del Frank Zappa más iconoclasta y pasota).

Ubaratutu y Taúr combatiendo en la arena: ¿lucha por la supervivencia o riña doméstica?

En definitiva, hay demasiados detalles en este largometraje como para citarlos todos. Taúr el guerrero es una experiencia única, un viaje cinematográfico repleto de sensaciones que uno puede ver varias veces para descubrir siempre nuevos detalles. Es la clase de película que uno no puede aparcar sin más ni más en la videoteca. Cada cierto tiempo te entra la necesidad de revisitar sus cochambrosas aventuras y deleitarte con matices que no habías descubierto o que ya habías olvidado. Y una buena noticia; para quienes, como en mi caso, terminen completamente rendidos ante el particular universo de Taúr, decir que ¡se rodó una secuela! ¡Sí! ¡De verdad! ¡Existe una secuela! La película se titula Le gladiatrice (Las gladiadoras) aunque por lo que a mí respecta se trata simplemente de Taúr II. En esta ocasión se andan con menos remilgos: al empezar el film, Taúr y Ubaratutu viven juntos (qué monos) e incluso tienen una mascota, un apestoso macaco. El argumento es un poco más sofisticado esta vez: los protagonistas encuentran a un niño perdido en la selva y lo adoptan, con lo cual deberíamos reivindicar la importancia de este film como primera película de la historia en abogar por la adopción en el seno de parejas de hecho… para que luego digan que el “peplum” es un mero espectáculo palomitero sin contenido social. Bueno, el caso es que la familia del niño ha sido atacada por una tribu de amazonas (reacción de Ubaratutu al enterarse: “Bah, ¡mujeres!”. Verídico, dice eso, ¡lo prometo!). Taúr y Ubaratutu se hacen cargo del crío y en principio no parecen ser malos padres adoptivos… o no del todo. Al menos si no tenemos en cuenta que le ofrecen como desayuno un suculento tazón de leche —hasta aquí todo normal— pero que le dan de beber, ¡justo después de que el mono que tienen como mascota haya bebido del mismo tazón! Sí, la secuencia está rodada así: el macaco bebe del tazón, ¡y justo después bebe el niño! Sin cortes ni cambios de plano, no: a palo seco. No sé que pensaría el Juez del Menor de Roma o el sindicato de actores infantiles de aquello, pero el pequeño actor bien pudo dar gracias si no terminó contrayendo la malaria al filmar esta delirante secuencia. ¡Así se filmaban los peplum! ¿Quién dijo que el cine fuese una industria para pusilánimes?

Esta secuela es, por descontado, también deliciosa, aunque en justicia hay que decir baja un poco el nivel con respecto a su gloriosa predecesora. La inclusión del niño y de secuencias destinadas a demostrar que los protagonistas son buenas personas tienen el resultado habitual en estos casos: el conjunto se resiente un tanto. Aunque, para compensar, las secuencias abiertamente gay no sólo no desaparecen, sino que ya no se andan con disimulo ninguno y llegan a poner en solfa a quienes piensen que el softcore aún no era admitido en el cine comercial de principios de los sesenta. Un ejemplo: la jefa de las amazonas se encapricha de Ubaratutu y lo coloca en una plataforma giratoria para poder contemplar bien su anatomía… y bueno, digamos que la cámara se recrea con primeros planos de bíceps y pectorales que resultan francamente embarazosos pero que supongo harán las delicias de los amantes del prototipo de hombretón de gimnasio. Después de ver algo así sólo puedo afirmar que tal vez en España existía la censura por entonces, pero que desde luego en Europa… censura más bien poca, ¡no se andaban con zarandajas! No es ninguna novedad que una de las principales funciones colaterales del género peplum era la de satisfacer subrepticiamente al mercado homosexual, lo cual me parece estupendo, pero la verdad es que a veces forzaban tanto la nota que cuesta creer que consiguieran estrenar algo así en aquella época, al menos sin que el Papa o similares enviasen cartas de protesta al Corriere della Sera o Le Monde. Yo por mi parte no tengo nada que objetar, excepto que ya podrían haber hecho lo mismo con los personajes femeninos.

El peor inconveniente de la secuela es la dificultad para encontrarla doblada al español (el doblaje castellano de Taúr el guerrero es, cómo no, memorable)… pero he de decir que el doblaje inglés, pensado para el mercado internacional, resulta también muy recomendable y tiene también un considerable encanto. Como decíamos, Le gladiatrice intenta ser más humana y sentimental que Taúr el guerrero; lógicamente no lo consigue y el producto final es igualmente estúpido y absurdo, aunque un tanto menos rico en matices y emociones fuertes. Con todo, es una buena metadona para sobrellevar el intervalo entre un visionado de Taúr el guerrero y el siguiente. Porque, qué demonios, ¡están Taúr y Ubaratutu! ¡Los dos! ¡Interpretados por los mismos actores! Nada de “vamos a sustituirlos por otros actores más baratos”… ¡los auténticos! ¿De cuántas películas puede decirse algo así? ¿De Casablanca? ¡Desde luego que no!

Ya lo saben, amigos lectores, amigas lectoras… hagánse un favor y consigan una copia de Taúr el guerrero. Preparen una merendola con cerveza, recluten a sus amigos más risueños y disfruten de esta pequeña joya del séptimo arte. No quedarán decepcionados. Está ahí, ahí, con Ciudadano Kane. Palabra de honor.