Nostalgia del futuro: el viaje de las palabras

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Este artículo encuentra disponible en papel en nuestra trimestral nº4 especial Rutas.

La Real Academia de la Lengua (RAE) cumple más de trescientos años siendo una de las instituciones más desconocidas, hecho al que sin duda ha contribuido el hermetismo que ha mantenido durante mucho tiempo. Aprovechando que los próceres de la lengua han bajado la guardia, vamos a hacer una incursión en los dominios de las palabras con el propósito de conocerla un poco más.

Actualmente la RAE tiene dos sedes, ambas en Madrid. Una en la calle Felipe IV, junto al parque del Retiro, el Museo del Prado y el monasterio de San Jerónimo el Real, conocido como «Los Jerónimos» al igual que, por extensión, el monumental barrio donde se encuentra, de ineludible visita para los turistas por la densidad de lugares de interés focalizados en el denominado eje del Prado. Es un edificio de 1894, obra de Miguel Aguado de la Sierra, que rezuma solemnidad y no está abierto al público. En esta sede se encuentra el Salón de Plenos, donde los académicos se reúnen religiosamente cada jueves —literalmente, pues se lee una oración en latín al inicio— a puerta cerrada y sin acceso a los «mortales» (salvo en una ocasión excepcional: con motivo de la conmemoración del bicentenario de la Constitución de Cádiz, en que se celebró una sesión plenaria de cara al público, fuera de sede). El edificio alberga una biblioteca compuesta por tres colecciones: la propia de la Academia, la cedida por Dámaso Alonso (que consta de unos cuarenta mil volúmenes) y la de Antonio Rodríguez-Moñino, cedida por su viuda (unos diecisiete mil volúmenes). En total suman aproximadamente doscientos cincuenta mil volúmenes entre los que se encuentran manuscritos, incunables y primeras ediciones de los principales escritores españoles. 

A un «ahí mismo», según el sistema métrico madrileño, se encuentra la Casa Museo de Lope de Vega, propiedad de la RAE, en la encrucijada de calles del barrio de las Letras en las que nacieron, vivieron o murieron Quevedo, Góngora, Lope, Cervantes y otros muchos personajes ilustres, sin hacer por lo general ninguno de ellos lo que le corresponde en la calle que lleva su nombre. 

La otra sede de la RAE se ubica en un edificio de carácter funcional cedido por el Ministerio de Asuntos Exteriores, situado en la calle Serrano. Es el llamado Centro de Estudios de la Real Academia. La mayoría de los departamentos están en esta sede: Instituto de Lexicografía, Departamento de «Español al día», Fundación Rafael Lapesa, el Banco de datos léxicos del español, los departamentos de Informática y Lingüística Computacional y la Escuela de Lexicografía Hispánica. 

La Real Academia Española es una singular institución que se ha ocupado de la lengua española atendiendo a propósitos tan altísonos como los enunciados en el lema «Limpia, fija y da esplendor» y reformulados posteriormente en términos más comedidos en el artículo primero de sus Estatutos, según el cual, la Academia «tiene como misión principal velar por que los cambios que experimente la lengua española en su constante adaptación a las necesidades de sus hablantes no quiebren la esencial unidad que mantiene en todo el ámbito hispánico». 

Los objetivos, los proyectos, las funciones e incluso la liturgia de los actos de la Academia siguen siendo los mismos tres siglos después. Sin embargo, está experimentado un proceso de modernización en cuanto a los medios de trabajo, difusión y comunicación.

Nuestra expedición discurre por esa Academia actual, facultada para tutelar la lengua de cuatrocientos cincuenta millones de personas, que encara su destino con «nostalgia del futuro» según el oxímoron formulado por Darío Villanueva, que ocupa el sillón D y es director de la Real Academia de la Lengua, quien ejercerá de guía en este recorrido.

«Este tipo de instituciones han llegado donde han llegado porque han ido evolucionando y adaptándose a las necesidades de cada momento. La Academia tiene una razón de ser muy poderosa: la lengua no se extingue y está siempre en movimiento. Por otra parte, hay que pensar que cien años después de su fundación se produce la independencia de las repúblicas americanas; ahí la Academia Española fue un instrumento útil para mantener esa unidad porque entendió muy bien que la lengua era propiedad de los hablantes. Este trabajo cuajó ya en el siglo XX en una coordinación entre todas las academias a través de la Asociación de Academias de la Lengua Española y se ha perfeccionado durante los últimos decenios. Al conmemorar el tercer centenario lo que queremos es tener, no nostalgia del pasado, sino nostalgia del futuro. Nos vamos a interesar mucho en plantearnos qué es lo que tenemos ahora que afrontar, y para eso contamos con las academias americanas».

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Centrada en esta política panhispánica, la Academia ha venido materializando su vocación de servicio público y divulgación con la puesta a disposición libre de sus obras y la prestación de diversos servicios a través de su página web, creada en 1998 y renovada hace pocos años. En este nuevo portal los usuarios tienen a su disposición todos los recursos de la RAE: diccionarios, Gramática, Ortografía, banco de datos y catálogo de la biblioteca. También se incrementó la presencia del servicio de consultas, cuenta con una mediateca y ofrece más información y documentación institucional.

El primer servicio que se puso en marcha fue el de consultas en línea del Departamento de «Español al día». Se inauguró el mismo año de la creación de la página web, con el objetivo de ampliar y modernizar el procedimiento que la Academia había venido ofreciendo desde siempre por medios más tradicionales. En estos quince años ha recibido seiscientas mil consultas. Un equipo de siete personas, todas ellas filólogos hispánicos especializados en español normativo cuya responsable es Elena Hernández, atienden desde el Centro de Estudios de la Real Academia las consultas, procedentes de España en un 50%, de Hispanoamérica en un 40% y en un 10% de países en los que el español no es lengua oficial, la mitad de EE. UU. y Brasil, país en el que se ha detectado un notable aumento de interés por el español. Cada miembro del equipo se ha especializado en un área de consultas para optimizar el trabajo y homogeneizar las respuestas recurrentes. Con esta experiencia se ha desarrollado el Diccionario panhispánico de dudas (DPD) cuya actualización permanente es otra de las funciones del Departamento y gracias al cual las consultas diarias en línea se han reducido considerablemente. Según Elena Hernández:

«El servicio de consultas tiene una doble utilidad, que resulta esencial para una institución como la RAE: por un lado, constituye un observatorio privilegiado de las dudas más frecuentes que se plantean los hablantes en el manejo cotidiano del idioma y permite detectar la aparición de nuevos fenómenos lingüísticos, en especial, neologismos y extranjerismos que se incorporan al uso de los hispanohablantes.  Por otro lado, a través de las respuestas, la RAE puede realizar una difusión activa de la norma, mucho más eficaz que esperar que los hablantes se acerquen a sus publicaciones. El canal de consultas en Twitter permite multiplicar exponencialmente esa capacidad de difusión». 

Las consultas más frecuentes son sobre acentuación en el caso de las mayúsculas o el polémico «solo» tras la modificación de la norma en la última Ortografía. En los últimos tiempos también abundan las cuestiones sobre el femenino de determinadas profesiones o cargos desempeñados tradicionalmente por hombres como «médica», «música», «cartera» o «verduga» (esta última ha originado un estudio que generará una entrada en el DPD) y, en sentido contrario, masculinos atípicos como «azafato», «comadrón», «amo de casa» o «pitoniso».

En junio de 2011 se inauguraba otro servicio innovador: la Unidad Interactiva del DRAE, mediante el cual los usuarios pueden proponer la incorporación de nuevas palabras o acepciones. Durante este tiempo se han recibido ochocientas treinta y cinco propuestas, de las cuales doscientas treinta y ses han derivado en modificaciones que se verán reflejadas en la vigésima tercera edición del Diccionario. Las recibidas desde enero de este año serán estudiadas para la siguiente edición, todas reciben acuse de recibo y son contestadas en un sentido u otro. Según Silvia María Fernández, responsable de UNIDRAE:

«El servicio es una idea del secretario de la Institución, que satisface por distintos motivos tanto a los proponentes como a la Real Academia Española, pero sobre todo mejora, enriquece  y beneficia al Diccionario de la lengua española». 

Como curiosidad, una de las acepciones que aparecerá modificada responde a una de las primeras solicitudes llegadas a la unidad, procedente de Australia, en la que una usuaria pedía reconsiderar la definición «loción para el cabello» de la palabra «champú» por la de «jabón líquido», con buen criterio según determinó la Comisión Delegada del Pleno tras un minucioso estudio. 

Esta interacción con los hablantes ha resultado fructífera, según explica Darío Villanueva:

«Nos resulta muy gratificante el retorno que nos da la interacción con los usuarios y los hablantes. Tanto los servicios que estamos prestando de consultas lingüísticas como el servicio que nos están prestando a nosotros los usuarios a través de la Unidad Interactiva del Diccionario. Es lo que estamos haciendo también en Twitter, donde resolvemos consultas lingüísticas y recibimos mensajes de cómo tenemos que perfeccionar el diccionario y, sobre todo, transmitimos mucha información ágil sobre lo que es la actividad de la Academia para ir modificando esa percepción que está muy arraigada en la mentalidad de la gente de que es un sitio un tanto aislado, elitista e incluso misterioso; lo cual también tiene una vertiente positiva, porque crea una especie de aureola que le da a la Academia un cierto prestigio. Ahora nosotros quisiéramos conservar ese prestigio, pero también  ir suavizando las aristas de incomunicación, de aislamiento».

Otro de los síntomas de modernización de la RAE es la aplicación de las nuevas tecnologías a proyectos inabarcables en otros tiempos y que supondrán una gran aportación para el de estudio de la lengua.

Uno de ellos es el CORPES XXI, el Corpus del Español del Siglo XXI, proyecto panhispánico coordinado por el académico Guillermo Rojo, cuyo objetivo es reunir trescientos millones de formas del español y que supone la continuación de los ya existentes CREA y CORDE. El resultado será la creación de una gran base de datos que constituirá una herramienta imprescindible para el estudio de la lengua. Se presentará durante la celebración del tercer centenario y estará disponible en la web de la RAE al igual que los otros corpus.

 «Cada año estamos metiendo en nuestras memorias informáticas veinticinco millones de formas. No son veinticinco millones de palabras porque no hay tantas en el español, son realizaciones concretas de una palabra en un determinado contexto. Las tomamos en un 70% de fuentes americanas y un 30% de fuentes españolas, que priman un poco sobre el porcentaje estándar de lo que sería un distribución rigurosamente demográfica, porque en estos momentos el español peninsular significa el 10% escaso del español total, pero este porcentaje 70-30 significa mucho en relación con aquella tendencia hispanocéntrica que tenía el Diccionario en épocas anteriores. Proceden esas realizaciones de prensa, radio, televisión, de la literatura, de la política, de la publicidad, del lenguaje científico, etc. Es un mapa detalladísimo de lo que es el español actual en su evolución y en su distribución geográfica, por tanto, es una fuente magnífica no solo para elaborar el Diccionario sino para elaborar el resto de las obras de la Academia». 

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Otro proyecto de futuro que se beneficia de las nuevas tecnologías es el Diccionario histórico de la lengua española, cuyos recursos básicos están disponibles desde 2012 en el portal de la Fundación Rafael Lapesa y que, gracias a la digitalización de unos diez millones de papeletas del Fichero General de la Academia y a la creación del Corpus del Nuevo Diccionario Histórico, permitirá el estudio sistemático de la trayectoria diacrónica del español. Repasando las fichas escritas a mano por los primeros académicos para la elaboración del Diccionario también podemos hacer un emotivo recorrido por la historia de la lengua española.

«Es un viejo proyecto que llegó a dar de sí una edición que la guerra civil destruyó. Luego se retomó, pero el proyecto era tan ambicioso que las previsiones de tiempo en función de los recursos con que se contaba eran descabelladas. Ahora se está haciendo sobre una planta distinta, una planta basada en las bases de datos informáticas y mediante un sistema relacional de las acepciones».

A más largo plazo, la Academia tiene previsto concluir uno de los cuatro objetivos marcados por los fundadores junto a los de elaborar un diccionario, una gramática y una ortografía: contribuir a la difusión y conservación de los grandes textos de la literatura española.

«Estamos desarrollando un proyecto que es el que mejor responde a aquel objetivo que nunca se abordó de manera sistemática como ahora se está haciendo a través de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española, que empezó a publicarse hace dos años. Este año vamos a llegar ya a veinte títulos; es un proyecto de ciento conce títulos seleccionados de la literatura española desde el Cantar del Mío Cid hasta finales del siglo XIX con Los Pazos de Ulloa de Emilia Pardo Bazán. Calculamos que la Academia va a necesitar doce años más para completar el proyecto, pero cuando esto se haga podremos asegurar que el proyecto fundacional se ha cumplido al cien por cien».

Pero es el Diccionario la obra capital de la Academia y la que impulsó su fundación siguiendo el ejemplo de la L´Académie Française y la Accademia della Crusca italiana. En el primer siglo de existencia de la Academia se publica el Diccionario de Autoridades; el actual sigue siendo heredero de aquella obra y se sigue elaborando de la misma forma, aunque con otros medios y otros procedimientos. La RAE cuenta con una plantilla —al  margen de los académicos, que trabajan gratis et amore— de unas setenta personas. El grueso lo componen lexicógrafos, lingüistas e informáticos. Son los que realizan el trabajo que posteriormente se resuelve en el Pleno, que es el órgano soberano. 

«Han pasado más de trescientos años pero en lo fundamental las cosas siguen siendo igual, el Diccionario sigue siendo obra de los académicos. A nosotros nos llaman para que sigamos manteniendo viva la vinculación con el español real a través de la percepción que tenemos de la lengua. Ahora estamos amparados por una cantidad de departamentos de apoyo que antes no había, pero, cuando al comienzo de los plenos el director dice: “papeletas”, cualquier académico puede hacer una propuesta referida a una palabra o una acepción y empieza a discutirse. Lo que allí se dice va al Instituto de Lexicografía, ahí viene el recurso a los corpus y también, no hay por qué ocultarlo, a diversas bases de datos que hay hoy en día en la red donde se puede ver qué vigencia tiene determinada palabra. Empieza un proceso de elaboración que pasa por varias comisiones en Madrid, pero que luego se manda a América para que nos digan si esa palabra o acepción existe en América y si está bien reflejada».

El Diccionario también es heredero del carácter descriptivo de aquel primero, más amplio que el las academias coetáneas, que en ocasiones es origen de críticas —aunque también lo es por motivos opuestos—. Darío Villanueva defiende los criterios que definen la confección del Diccionario que, hasta cerrar la vigésima tercera edición que se presentó en 2014, mantiene en plena actividad a los lexicógrafos de la Academia.

«En lo que se refiere al Diccionario, la Academia podrá ser criticada por muchas cosas, pero no porque sea impositiva. La actitud de los académicos fue siempre ir un poco por detrás de lo que es la lengua real, es decir: nunca cometer el error de inventar y proponer palabras, sino de ir escuchando con oídos finos lo que la gente dice y una vez que un uso, palabra o acepción  se consolidan, incorporarlos. Otro problema que tenemos es que se dirigen a nosotros individuos o grupos pidiendo que se retiren cosas que son desagradables o que hieren su sensibilidad. Esto no se puede hacer, por la sencilla razón de que un diccionario políticamente correcto sería una aberración. Lo que hace la Academia es recoger esas palabras, pero no quiere decir que promueva su uso ni que lo aconseje. Si leemos bien el Diccionario, hay unas marcas que indican la calificación que la Academia le da a palabras que están en boca de la gente: usado, poco usado, vulgar, obsceno, etc. Aunque el Diccionario tiene que ser muy poroso a la realidad del idioma, hay una voluntad normativa».

Es una necesidad de la institución el producir obras en forma de libro porque una parte de la financiación de la Academia procede de su venta. Esto entra en contradicción con su voluntad divulgativa, por la que desde 2001 el Diccionario es de acceso libre en internet, con sus correspondientes actualizaciones y enmiendas. De igual forma sucederá con la vigésima tercera edición simultáneamente a su publicación en papel; lo cual no induce a vislumbrar un futuro rentable para el libro. Sin embargo, Darío Villanueva está convencido de su continuidad. 

Una curiosidad que sirve para ilustrar el uso como herramienta del diccionario en línea en la aldea global es un dato sobre la palabra más consultada: tradicionalmente es «cultura»  salvo, como hecho aislado, durante dos meses de verano en 2012 en los que apareció en primer lugar «majunche». Este fenómeno se debió a que Hugo Chávez utilizaba este término, de uso muy restringido, para dirigirse a Henrique Capriles, lo que produjo una consulta masiva. En este ámbito de comunicación mundial, se esboza el futuro del DRAE.

Inmersa en los problemas que afectan al mundo editorial, la Academia sufre también los recortes en otra de sus vías de financiación. El rey Felipe V, cuando la convirtió en Real, estableció que el Estado contribuyera al mantenimiento de la Academia a base de una parte de la renta procedente de la venta del tabaco. La institución ha seguido recibiendo aportaciones del Estado desde entonces. En 2013 la subvención designada asciende a 1900000 euros, lo que supone un recorte de más del 50% respecto a años anteriores. La tercera vía de financiación es la del patrocinio privado, que se fraguó tras superar la etapa franquista en situación de precariedad, y parece ser la forma de garantizar la supervivencia de la institución.

«Desde la transición democrática hay un instrumento muy eficaz para la Academia que es la Fundación Pro Real Academia Española, que fue una iniciativa de la época del primer Gobierno de Felipe González. El presidente de honor es el rey y el presidente ejecutivo es el gobernador del Banco de España. En esa fundación están muchas personas particulares y también hay empresas y organismos públicos, incluidas las comunidades autónomas. Estos patronos hacen una aportación anual a la propia fundación, que se gestiona por sí misma y tiene sus rendimientos de capital, y lo que hace es ayudar económicamente a la Academia».

Hemos recorrido superficialmente la RAE con el ánimo de invitar a conocerla en profundidad. A menudo se percibe el estudio de la lengua, por pertenecer al ámbito humanístico, como ajeno a la ciencia. Acercarse a la Academia, el laboratorio de las palabras, incita a conocer sus métodos de estudio y el trabajo que se realiza tras el decorado de mármoles, tapices y alfombras.

Una forma de aproximarse es a través del patrimonio cultural del que podremos disponer virtualmente mediante la página web de la RAE, reformada para mejorar su usabilidad y con nuevos recursos y publicaciones. Al tiempo que escribo «usabilidad» me pregunto si algún académico fruncirá el ceño al leerla. Sería una buena propuesta para incluir en la próxima edición del Diccionario.

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María Moliner, nuestra señora de las palabras

Este artículo ha sido ganador del XXVII Premio de divulgación feminista Carmen de Burgos, concedido por la Universidad de Málaga.

La palabra no es una etimología, sino un puro milagro. (Ramón Gómez de la Serna).

Madrid, 1952. En el principio fue una mujer sola. 

Una mujer menuda que trabajaba en la biblioteca de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros Industriales de Madrid, una señora de aspecto inofensivo que, sentada un día en su casa a sus cincuenta años, decidió escribir un diccionario. Su tarea, que escogió como solo se escoge un amor o un apostolado, duró quince años desde el momento de la decisión y la primera ficha de la primera palabra hasta la publicación del primer tomo del Diccionario de uso del español en 1966. 

Nunca hay que fiarse de las señoras de aspecto inocente y respetable, son capaces de sentarse tranquilamente en la mesa de su cocina durante quince años y preparar una jugada maestra que ponga en jaque a la Real Academia Española. 

No fue un capricho hacer el diccionario, aunque sonase como una locura. De hecho, antes de decidirse, valoró la posibilidad de escribir algún tipo de material pedagógico o un ensayo. Sin embargo, era obvio que la censura caería sobre ella y sería imposible de publicar. María Moliner había sido represaliada al final de la guerra civil por formar parte, junto con su marido, del movimiento republicano. Aunque en su historial no constaba actividad puramente política, su labor intelectual fue más que suficiente para llevar hasta el final su expediente de depuración.

Había formado parte de la delegación valenciana de las Misiones Pedagógicas, encargándose del proyecto de creación de bibliotecas rurales y populares. Durante el primer bienio republicano compatibilizaba este trabajo con sus clases de historia en el Instituto Cervantes de Madrid, donde coincidió con Antonio Machado, que también era profesor en el centro. Más tarde, fue destinada a Valencia para dirigir la Biblioteca Universitaria. Desde el balcón de su casa, en el número 22 de la Gran Vía del Marqués del Turia, vio junto a su marido y sus hijos entrar a las tropas nacionales. Había tocado perder y empezaba la derrota.

Como es lógico, los expedientes de depuración escenificaron un fuego cruzado entre funcionarios para dirimir disputas y celos profesionales. Hay que aproximarse a ellos con prudencia, nunca con ingenuidad.(Inmaculada de la Fuente1).

La revancha de los vencedores le hizo perder dieciséis puestos en el escalafón del Cuerpo Facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos, donde entró en 1922 siendo la mujer más joven de la historia de la institución y la sexta que conseguía aprobar las pruebas de ingreso. Que se había licenciado en Filosofía y Letras en Zaragoza por la rama de Historia con premio extraordinario casi no vale la pena ni mencionarlo, para la época era impensable que una señorita estudiase y no fuese excepcional.

Como parte de la sanción, será destinada primero al archivo de Hacienda y luego a la biblioteca de Ingenieros Técnicos Industriales en Madrid. Ambos eran puestos sin filiación política, donde no se manejaba material con contenido considerado «sensible», ni era precisa una persona «de confianza». 

Por eso, para alguien con inquietudes intelectuales y con formación como archivista y bibliotecaria, un diccionario era perfecto. Ningún censor iba a invertir su tiempo en leerse una definición tras otra buscando contenido político, aunque fuese ella quien lo escribiese. Era un plan sin fisuras.

Incluso para lo sobrehumano hace falta un punto de partida, y doña María encuentra el suyo en el Learner’s Dictionary que su hijo Fernando le trae de París en 1951. Un diccionario de uso, monolingüe y sencillo, que le sirve para mejorar su propio inglés y le hace pensar que, tal vez, en seis meses, o como máximo dos años, ella podría hacer una herramienta parecida en español. Un diccionario que explicase de manera concisa el significado de las palabras yendo más allá del puro sinónimo. Con un lenguaje actual, huyendo de tautologías y autorreferencias, que convertían a veces el diccionario de la RAE en un callejón sin salida anquilosado y decimonónico. 

Y entonces, con una referencia clara de a dónde dirigirse, otra de la que huir y sin nada que perder, María Moliner empezó su diccionario. 

A veces en una mesita de su sala de estar y otras en la de la cocina, armada con un bolígrafo para anotaciones al margen y una máquina de escribir, redacta fichas con las definiciones de palabras que va guardando, primero en cajas de zapatos, luego en los cajones de la cómoda del salón. Para consultas utiliza el diccionario de la RAE, el ideológico de Casares y el etimológico de Corominas. El suyo será la suma de estos y aún un poco más. Pero eso todavía nadie lo sabe, ni siquiera ella misma. 

Cuando ya han pasado al menos un par de años de labor en solitario y un número considerable de fichas está terminado, llega a oídos de sus amigos Dámaso Alonso y Rafael Lapesa que doña María está haciendo un diccionario fuera de sus horas de trabajo en la biblioteca. Ambos filólogos no dan crédito a la exactitud y la brillantez de muchas de las definiciones. La autora ha estudiado el diccionario de la RAE al detalle y lo demuestra en el suyo que, entre otras cosas, enmienda errores y mejora definiciones que en el de la Academia habían quedado obsoletas. Dámaso Alonso no tienen dudas de que la obra, a la que aún le quedan años para ser finalizada, es valiosa y debe ser debidamente revisada y publicada. Se pone en contacto con Gredos, donde él mismo dirige su colección principal y hace presión para que acepten la publicación del diccionario de María Moliner. Los cuatro socios de la editorial se lo piensan durante tres meses, no era una decisión fácil, un diccionario hecho para competir con el de la RAE, y además escrito por una mujer con un expediente políticamente problemático en plena dictadura. 

Pero como a veces tener todo en contra hace que la decisión más descabellada parezca lo único sensato, María Moliner firma el contrato de edición en 1955. 

El compromiso editorial le dará la seguridad y al mismo tiempo la presión necesarias para esmerarse aún más en el trabajo. Sabe que los filólogos y los académicos la considerarán una intrusa, que serán implacables. Además, no quiere defraudar ni a Gredos, ni a Dámaso Alonso, ni a los que han creído en ella. 

Es justo en este punto cuando se da cuenta de que necesita ayuda y llega a su vida María Ángeles de la Rosa, que la acompañará hasta 1962 comprobando referencias, pasando a limpio las notas, las correcciones y, en general, siguiendo sus directrices, porque en el diccionario no se pondrá ni una coma sin que ella la supervise. Su relación será estrecha, casi familiar. María Ángeles la acompañará durante las vacaciones de verano en su casa de La Pobla (Tarragona), donde la familia Moliner pasaba dos meses de verano y doña María podía por fin dedicar toda su jornada a trabajar en el diccionario sin interrupciones. Casi como una obligación, dedicaba apenas diez días libres a la playa y el descanso.

Su rutina en Madrid comienza a las cinco o seis de la mañana, trabaja en la cocina hasta que levanta la mesa del desayuno y se va a su puesto de trabajo en la biblioteca de ingenieros industriales. Cuando su jornada acaba, vuelve a casa y retoma el diccionario. Bien en la mesa de la sala o en su sillón frente a la terraza, donde se sentaba a pensar cuando tenía que enfrentarse a algún problema que se le resistía, doña María trabaja sin descanso y sin queja, con una devoción monacal. El diccionario que iba a tardar dos años en hacerse muta y crece, las fichas se multiplican como el milagro de los panes y los peces y van campando a sus anchas por toda la casa, que se torna una especie de taller lexicográfico donde María Moliner es la jefa de máquinas. 

Es un diccionario para escritores. (María Moliner2).

La particularidad que hace al Diccionario de uso del español una herramienta extraordinaria es que su autora no se limitó a hacer una lista alfabética de significados3

Tomó cada palabra como un ente vivo y escribió cada descripción como una microestructura que orbita en dos ejes. Por una parte, la definición estricta y la ortografía, y por otra, una lista de palabras del campo semántico, sinónimos y expresiones asociadas que ayudaban a entender mejor cómo se utiliza la palabra en el contexto de la comunicación real. Cada entrada en el DUE es literalmente un artículo que pretende ser casi un estudio anatómico de cada término.

De este modo, las palabras no solo están catalogadas, metidas en sus casillas por orden alfabético, sino que interactúan unas con otras, se relacionan formando un corpus como un gran planisferio celeste, donde unas señalan el camino a las otras. Un gran mapa en el que mirar al lenguaje no como piezas disecadas colgadas en una pared, sino como una gran colmena viva, produciendo y reproduciéndose. 

Que esa visión panorámica de la lengua como un todo llegase a nosotros, fruto de la reflexión y el trabajo de una sola persona, es simplemente extraordinario. El favor que nos hizo a lectores y escritores es imposible de medir y mucho menos de pagar.

El diccionario de la Academia es el diccionario de autoridad. En el mío no se tiene demasiado en cuenta la autoridad. (María Moliner4).

Cuando en 1966 se publica, por fin, el primer tomo del Diccionario de uso de español, y en 19675, el segundo, los académicos se asombran, pero no acaban de tomarse muy en serio a esta señora que, según ellos, escribió un diccionario como si fuese un pasatiempo ahora que sus hijos estaban ya mayores. No bastaron tres mil páginas en dos tomos, casi tres kilos de obra y quince años de trabajo para que la considerasen una colega. 

Seguramente la Academia Española está realizando su papel tradicional. Yo veo un poco difícil que se salga de él e invada otros campos. Su papel será siempre el de guardiana de la pureza del lenguaje. (María Moliner).

En 1972 Rafael Lapesa, apoyado por Pedro Laín Entralgo y Carlos Martínez Campos, presenta la candidatura de María Moliner al sillón B de la Real Academia de la lengua española. La propuesta significaba no solo que la mujer que había hecho el diccionario podría ser académica, sino que podría ser la primera mujer de la historia admitida en la RAE. Los académicos no se mostraron entusiasmados, aunque en voz baja admitiesen estar admirados por el trabajo de aquella mujer que, con aspecto casi de monja laica, les había colocado delante de las narices una obra colosal como nunca habían conseguido hacer todos ellos juntos. 

Para colmo, la prensa se volcó con la candidatura y no paró de bombardear con la historia de doña María, incomodando hasta la náusea a los señores académicos, que arqueaban las cejas contrariadísimos. Quienes arrastraban un historial de negar la entrada a Gertrudis Gómez de Avellaneda y a la mismísima Emilia Pardo Bazán tenían que ver con estupor cómo la prensa pretendía meter mano en su feudo y obligarles a admitir en casa a esa señora que les había enmendado la plana sin ser siquiera filóloga. Hasta ahí podíamos llegar.

La RAE, fiel a sí misma, votó por mayoría a Emilio Alarcos, eminente lingüista y salvoconducto perfecto para evitar cuestionamientos incómodos. 

Es una lástima que, por esas circunstancias especiales en que se han desenvuelto siempre los temas que rodean la presencia de mujeres en la Academia, María Moliner no haya podido ocupar un sillón en la entidad. (Miguel Delibes6).

Aunque unos años más tarde Pedro Laín y Rafael Lapesa fueron a hablar con ella para proponerle volver a presentar la candidatura, María Moliner se negó. Había que dar lo perdido por perdido, decía. Además, su salud había empezado a resentirse, como si ahora que el diccionario ya campaba a sus anchas por el mundo algo dentro de ella hubiese empezado a apagarse. 

No tenemos datos contrastados, pero casi podríamos afirmar que la Academia respiró aliviada, aunque no por mucho tiempo. En 1978, cuando Carmen Conde ingresó, por fin, rompiendo el maleficio, dijo que el sillón que se le había adjudicado a ella era, en realidad, de María Moliner. 

Me llamaron por teléfono para darme la mala noticia de que María Moliner había muerto. Yo me sentí como si hubiera perdido a alguien que sin saberlo había trabajado para mí durante muchos años. (Gabriel García Márquez).

La necrológica que le dedicó en El País Gabriel García Márquez el 10 de febrero de 1981 es, quizá, una de las mejores cartas de despedida que se le podrían escribir. Aquel que retrató a tantos personajes que permanecen en el mismo lugar durante años, repitiendo las mismas acciones una y otra vez, desgastándose por las costuras, pero siendo fieles a su cometido, como el coronel esperando su correspondencia o Ángela Vicario escribiendo dos mil cartas que nunca fueron abiertas, solo podía fascinarse ante la historia de la mujer que se sentó en su casa a escribir su diccionario como quien construye, piedra a piedra, su propia catedral.


1 De la Fuente, I. El exilio interior. La vida de María Moliner (Turner, Madrid). 

2 García Márquez, Gabriel. La mujer que escribió un diccionario (El País, Madrid, 10-2-1981).

3 Como dato adicional a la organización del DUE, conviene señalar que por primera vez la CH y la LL se colocan en el lugar que les corresponde alfabéticamente en las letras C y L, respectivamente. Esta medida no fue adoptada por la RAE hasta 1994.

4 Castelo, Santiago. Conversación con María Moliner (ABC, Madrid, 25-6-1972, pp. 166-171).

5 La única edición del DUE completamente corregida y supervisada por su autora es la correspondiente a 1966-1967.

6 «Una académica sin sillón», (El País, Madrid, 23-1-1981).


¿Qué palabra del castellano merece salvarse de la extinción?

Hay palabras como «peseta», «tamagochi» o «mariconera» que desaparecen simplemente porque el objeto al que se refieren ya no existe. Esto no resulta traumático, pero sí que otras igualmente preciosas se evaporen incluso cuando los objetos, acciones o cualidades que designan sigan entre nosotros. Muchas de las que se fueron, o están a punto de hacerlo, se las escuchamos a nuestros padres o abuelas, a literatos ilustres o a personajes no tan brillantes. Sabemos que es imposible resistirse a la inexorable desaparición de las palabras, pero algunas merecen una última oportunidad, algo así como un indulto fallero antes de la quema. Voten, hagan el favor, al final de la lista, o añadan en los comentarios las que crean convenientes.

Nota: El CREA es el Corpus de Referencia del Español Actual, una herramienta de la RAE que mide la frecuencia de las palabras del español. La preposición «de» y el artículo «la» encabezan la lista, con 65545.55 y 41148.59 puntos respectivamente.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)


Chabacano

Primera aparición en un diccionario: 1729

Frecuencia en el CREA: 0.57

¿Llegaremos alguna vez a conformarnos con el simplón y reduccionista «cutre» para lo chabacano o ramplón? Bien es cierto que podríamos recurrir a «ordinario» o «vulgar», pero todo apunta a que «cutre» acabará siendo como lo de los cojones del castellano, que valen para todo. Nos gusta «chabacano», tanto por su sonora y elocuente rotundidad como por su fascinante origen. Parece que era el término con el que se conocía a la jerga que hablaban los soldados españoles con los nativos de algunas zonas de las Islas Filipinas. Muchos de los militares eran analfabetos y, por lo visto, empleaban una variante algo rota del idioma: el chabacano. Dicen que el castellano más puro nunca se llegó a consolidar en el archipiélago pero, en realidad, es así como se crean las lenguas: por contacto. De lo contrario, sería como pretender que se siguiera hablando latín clásico en la cuenca norte del Mediterráneo en vez de castellano, italiano, corso… El maravilloso gráfico cronológico de uso de la DIRAE muestra que «chabacano» disfrutó de su punto álgido allá por 1825, aunque tampoco hay que fiarse mucho de los datos del XIX. Los del XX muestran un repunte en 2002 al que sigue una caída no demasiado dramática. Hay esperanza.


Chachi

Primera aparición en un diccionario: 1989

Frecuencia en el CREA: 0.2

¿Queda alguien que lo use? Lo cierto es que no hace tanto que la gente zanjaba asuntos con un «chachi piruli», o un «guay del Paraguay». Sin complejos. A veces incluso se llegaba a oír algún «chanchi», pero fue algo mucho más pasajero y minoritario. Que no hay motivos para avergonzarse de «chachi» queda claro cuando escuchamos las teorías sobre su origen. La primera se remonta a la posguerra española. En Cádiz la gente tampoco tenía gran cosa que llevarse al estómago, por lo que el contrabando con los ingleses de Gibraltar era casi obligatorio. El primer ministro británico entonces era Winston Churchill; para decir que un producto provenía de Inglaterra y que, por lo tanto, era bueno, los ingleses contrabandistas lo señalaban y decían Churchill, cuya traducción al gaditano era «chachi». Jo, la verdad es que nos gusta la historia, aunque tampoco es descartable la que apunta a que procede del caló gitano, al igual que «pinrel», «chaval» o «fetén». Nos quedamos las dos.


Petimetre

Primera aparición en un diccionario: Desconocida

Frecuencia en el CREA: 0.29

La secular y maravillosa «petimetre» no es sino la castellanización del francés Petit-Maître, «pequeño maestro», de cuando los jóvenes peninsulares se las daban de hablar francés aunque no supieran más de dos palabras. Cuando desaparezca, si es que no lo ha hecho ya, habrá que recurrir al también agonizante «pedante» o a fórmulas mucho menos evocadoras como «listillo» o «resabiado». Nada podrá superar a ese vocablo digno del capitán Haddock que nos podía trasladar a la cubierta de un ballenero cada vez que se enredaba en nuestras neuronas. Atendiendo a las gráficas, «petimetre» fue un fenómeno decimonónico que se apagó con el cambio de siglo. Hubo un nuevo chispazo en 1929, pero noventa años más tarde pinta muy mal. Voten y recen.


Piscolabis

Primera aparición en un diccionario: 1846

Frecuencia en el CREA: 0.17

Puede sonar repelente, pero solo cuando uno indaga en su pasado y, sobre todo, en su sustituto (luego hablaremos de él) entiende que «piscolabis» ha de quedarse. La palabra imita un futuro latino en segunda persona, como en cibabis («comerás») o saturabis («te saciarás»); es una especie de «tomarás un pellizquito», aunque muchos de ustedes estén pensando ya en un «picotearás». No queríamos decirlo, pero sabíamos desde el principio que sería imposible obviarlo: lo de «sacar algo de picoteo», o «picotear» es una alternativa que no nos atrevemos siquiera a contemplar. Hay quien sustituye la «c» por la «k» en un intento de amortiguar el drama, pero solo empeora las cosas. Solo por evitarlo es «piscolabis» merecedor de un indulto: pura higiene mental. Las gráficas muestran un momento de máximo esplendor de «piscolabis» en 1891 y, si bien no constatan un declive acusado, hay que tener en cuenta que solo llegan hasta 2009. Y eso es antes de que ese sustantivo y su verbo que no queremos volver a pronunciar jamás empezaran a taladrar nuestras mentes. Nos gustaría pensar que «refrigerio» nos librará del apocalipsis, pero este también se nos va.


Niqui

Primera aparición en un diccionario: 2001

Frecuencia en el CREA: 0.03

Sabemos que se han quedado estupefactos por la aparición de «niqui» en esta lista, pero seguro que desconocen su origen. Parece ser que el término llegó de Alemania, pero que se popularizó con una película de Nicholas Ray, Llamar a cualquier puerta (1949), en la que aparecía un niño llamado Nicky que vestía siempre dicha prenda. A diferencia de lo que ocurrió con la «rebeca» de Alfred Hitchcock, «niqui» no cuajó, y la palabra ha tenido un paso fugaz por los diccionarios. Su inclusión en 2001 el de la RAE se produjo tres años después de brillar como una supernova antes de morir. No podemos decir que nos de mucha pena. Con la perspectiva que da el tiempo nos suena algo raro, aunque tampoco es que «polo» nos entusiasme. No malgasten su voto con ella.


Macanudo

Primera aparición en un diccionario: 1925

Frecuencia en el CREA: 0.22

Adjetivo de origen disputado donde los haya. Se apunta a un inmigrante escocés, un tal Mac Canna (probablemente Mac Kenna) que abrió un bar en Buenos Aires y se hizo muy popular por las fantásticas historias que contaba el susodicho. Otros sostienen que nos llega de maqana, «garrote» en quechua, que es también el nombre que se da a las porras de los antidisturbios. Las gráficas la ponen en el mapa ya a finales del XIX, y en línea ascendente hasta 1969. Los incondicionales peninsulares de Bigote Arrocet y el Puma harán lo imposible para evitar su pérdida a este lado del Atlántico. El resto no sufrirá.


Esquijama

Primera aparición en un diccionario: Desconocida

Frecuencia en el CREA: 0.03

La palabra es tan chabacana que hasta el procesador de textos la subraya en rojo. Evidentemente, es un compuesto de «esquí» y «pijama», una prenda unisex, aunque demasiado masculina para entrar en más detalles, sobre todo cuando se usa sin ropa interior; sobre todo cuando esa segunda piel de felpa se convierte en una prenda todo-tiempo y todo-lugar que vale para bajar al súper a por un pack de veinticuatro cervezas, o al último videoclub sobre la biosfera. Paramos ya y vamos con la gráfica: aparece en 1966 y alcanza su cima entre 2001 y 2002. La única excusa para indultar «esquijama» sería que hubiesen visto caer las torres gemelas enfundados en uno, aunque también es posible que no lo hayan lavado desde entonces. Y es que esa pareció siempre otra de las cualidades de este producto: que no hay que lavarlo. Por nosotros puede arder en el infierno.


Cabe

Primera aparición en un diccionario:

Frecuencia en el CREA:

¿Se han preguntado alguna vez para qué sirve «cabe» además de para completar la lista de las preposiciones? ¿Lo han visto en uso alguna vez? Nosotros tampoco, tanto es así que la que ya es nuestra preposición favorita empieza a caerse incluso de las gramáticas. Intenten ahora cantar la lista de las preposiciones sin ella: difícil, ¿verdad? Solo por esto merecería seguir con nosotros, pero también por el enorme complejo que debe sentir junto a sus compañeras (ya dijimos al principio que «de» es el retop del castellano). Por si a alguien aún le interesa, «cabe» viene de «cabo, orilla, borde», de ahí que implique cercanía física, como en «Juan está cabe el río» («junto a»). Lo que tiene el olvido más atroz es que nos cuesta imaginarla en fórmulas como «Nekane vive cabe el Mercadona», lo cual tampoco está mal.


Cuchipanda

Primera aparición en un diccionario: 1884

Frecuencia en el CREA: 0.03

Nos encanta «cuchipanda», ¿qué puede salir mal? Una «comilona», por usar un sustituto más común que la deliciosa pero también agonizante «francachela», puede acabar en un envenenamiento colectivo; en vómitos y diarreas, pero jamás una cuchipanda. Poco sabemos de su etimología pero la sonoridad del término nos invita a hacer cosquillas a ese simpático animal que recibe su nombre de un utilitario igualmente simpático. También sugiere veladas en las que sobres de Tang de naranja se disuelven en jarras de cristal; de ahí a vasos de Duralex ámbar para empujar triángulos de pan Bimbo (fuagrás Apis o salchichón). Ni siquiera los que vivimos aquello llegamos a usar «cuchipanda», pero sí que se lo oímos a nuestras abuelas. No en vano, su momento de máximo esplendor llegó en los albores de la guerra civil española y luego, claro, se desplomó. Salvar «cuchipanda» también es reparación.


Mamandurria 

Primera aparición en un diccionario: 1917

Frecuencia en el CREA: 0.01

«Sueldo que se disfruta sin merecerlo, ganga permanente», que dice la RAE. ¿Se les ocurre algún sustituto capaz de llenar el enorme espacio que ocupa «mamandurria»? A nosotros tampoco. Por si no lo han adivinado, viene de «mamar». Buscando antecedentes a una reciente y providencial intervención que lo ha vuelto a poner sobre la mesa, damos con un «Seamos honestos: a todos nos gustaría tener una mamandurria», que decía  el periodista y escritor Jaime Campmany, en un artículo publicado en ABC en 2002. Poco más. Las gráficas hablan de un desplome del que jamás se recuperó tras la explosión de 1903, pero ya hemos dicho que solo llegan hasta 2009. Cuando se analicen los datos más recientes darán una lectura tan distinta que nos harán recuperar la fe en el ser humano, aunque este se apellide Aguirre. Sabemos que este factor puede condicionar a priori el voto de muchos, pero no lo descarten, por favor. No lo descarten.


Edmundo Arrocet en ¡Qué tiempo tan feliz! Imagen: Telecinco / Cordon.


Puta RAE

Real Academia Española. Foto: Lupe de la Vallina.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Jot Down Smart número 24

Según se deduce de las últimas reivindicaciones de los hispanohablantes, la RAE es machista, xenófoba, clasista y, tras la anunciada nueva incorporación de la forma «iros» (de la que me resisto a hablar, porque ya está todo dicho al respecto), si se me permite la metáfora y no se me enfadan los perroflautas, es también una especie de perroflauta de la lengua, a la que, en vez de dar esplendor, desaliña con una alevosa anarquía y falta de responsabilidad.

No se trata de dar cabida a cualquier cosa que se nos caiga de la boca a los hablantes, del todovalismo al que aluden los catones de los académicos para poner el grito en el cielo porque la RAE recoja el iros al que no quiero aludir. Este iros del que ya se ha dicho todo será una variante de un idos con el que, al parecer, todos estábamos familiarizadísimos, y, torpes de nosotros, nadie se había dado cuenta de que constituye una anomalía, puesto que el imperativo plural, que efectivamente acaba en -d, acostumbra a perder esta letra cuando se añade el clítico -os (decimos callaos, no callados, cuando queremos que guarden silencio). Así que la estamos liando parda porque nos van a dar la posibilidad de sustituir una extrañeza por otra, solo que la nueva extrañeza que estamos considerando intrusa sí se utiliza, y la otra es, más que un imperativo, una petición de colleja, porque no me digáis que no os entran ganas de golpear al que pronuncie semejante pedantería. Y quiero aprovechar estas líneas para mandar un mensaje tranquilizador: si sarao o tablao (de jipío hablamos otro día) campan a sus anchas por el diccionario sin que se haya visto resentido el resto de palabras a las que corresponde la terminación culta -ado (aunque la mayoría digamos atacao coloquialmente), con el iros del que no quiero hablar puede que pase algo parecido: no tiene por qué infectar al resto de los imperativos, así que sosegaos y relajaos, que el iros del que ya está todo dicho puede que sea un tumor benigno y que la salud de nuestro idioma sea recuperable.

El iros del que no quería hablar me lleva a recordar otra polémica memorable: la que montamos en Galicia, mi madriña querida, hace no mucho tiempo con la atribución de los significados de ‘tonto’ y ‘tartamudo’ a gallego. Desde mi punto de vista, sí tenía sentido remover el asunto del significado de gallego como idioma, puesto que no se le daba el mismo estatus que al catalán o al vasco. Pero yo, que soy más gallego que un depende bien dicho, sentí cierta desilusión por la pataleta que generó aquel gallego asimilado a ‘falto de entendimiento’. La RAE finalmente claudicó, y yo no pude evitar juzgar el acontecimiento más que como una conquista como una pérdida de uno de los rasgos más significativos de nuestra identidad —la buena disposición que tenemos para reírnos de nosotros mismos— o como el afloramiento de ese ridículo complejo de inferioridad, al que a veces le ponemos el velo del orgullo, que también es parte de nuestra idiosincrasia. No sé, igual en los lugares de Costa Rica o El Salvador en los que se usaba, si es que se seguía usando esta expresión cuando se eliminó (porque que ya no se use no quiere decir que no se pueda registrar si la expresión efectivamente existió), desde que se retiraron del diccionario esas acepciones hirientes, los que solían usar la palabra gallego como tonto reculan en el último momento o rectifican una vez la han pronunciado: «Hostia, para; te llamé gallego, pero gallego no, que carece de sentido en este contexto, porque ya no es un insulto para la RAE». Si esto ocurriese, yo sería el primero en festejar el logro y correría a manifestarme delante de la Academia para que se eliminasen todos los términos despectivos habidos y por haber, pues esto supondría matar al perro (las palabras recogidas en el diccionario) y acabar con la rabia (la desconsideración social hacia ciertos grupos); pero mis escasos conocimientos en psicología y sociología me hacen intuir que no, que las cosas no funcionan así, y que la falta de consideración hacia sensibilidades ajenas no depende de lo que plasme un diccionario. Por mucho que este recoja como sinónimos de sí mismo los términos amansaburros o remediavagos, lo cierto es que a casi nadie amansa y poco remedia.

En su momento, la eliminación de las acepciones ofensivas de gallego se justificó con la supuesta falta de uso y de documentación escrita, una aseveración que no tuvo un respaldo unánime. Algunos de los filólogos que promovieron la desaparición de las polémicas definiciones del gentilicio afirmaban que el significado despectivo lo conocieron generaciones de hace cincuenta años, pero desde entonces ya había caído en desuso. Aunque esto fuera así (lo cual, repito, fue rebatido por otros filólogos), no podemos obviar que según la RAE se recogerán acepciones con la marca desusado («desus.»), cuya última documentación es posterior a 1500, pero no a 1900, y acepciones con la marca poco usado («p. us.»), todavía empleadas después de 1900, pero cuyo uso actual es difícil o imposible de documentar, aunque en este caso, la marca puede responder, más que a un criterio estrictamente cronológico, a otro de frecuencia de uso. 

Y eso es lo que sí sería una conquista: que, en vez de deshacernos de las acepciones denigrantes, estas siguieran figurando en el diccionario pero acompañadas de las marcas «desus.», «p. us» o «germ.», que indicarían que esas palabras existieron hace mucho tiempo, pero que han sido arrinconadas por su escasa frecuencia de uso, reflejando una cierta madurez en la sociedad y un progreso colectivo en las conciencias.

No voy a tirar del socorrido argumento de que la RAE actúa como un notario de lo que se dice, o de lo que se venía diciendo hasta hace cierto tiempo, pero no está de más recordar la advertencia que figura en su prólogo: «Al plasmarlas en un diccionario (las palabras), el lexicógrafo está haciendo un ejercicio de veracidad, está reflejando usos lingüísticos efectivos, pero ni está incitando a nadie a ninguna descalificación ni presta su aquiescencia a las creencias o percepciones correspondientes. Se diría que existe la ingenua pretensión de que el diccionario pueda utilizarse para alterar la realidad».

Sin embargo, a la RAE se le podría reprochar su falta de congruencia. Lo lógico sería mantenerse firme, atendiendo a razones como la expuesta en el párrafo anterior, ante las reivindicaciones de ciertos grupos que sienten su dignidad mancillada y no ceder a las pretensiones de estos; o bien, si se atiende a esas peticiones, habría que capitular en bloque. Si se eliminan las acepciones negativas de gallego, habría que, como mínimo, revisar términos como vizcainada, judío o judiada, y si se me apura hasta bárbaro, por no hablar de lo que se hace con la palabra gitano o gitanear.

Algo parecido ocurre con las, a mi juicio, poco fundamentadas acusaciones de machismo en el diccionario (mejor dicho, a los que hacen el diccionario; el diccionario claro que es machista, pues recoge manifestaciones de una sociedad que no ha dejado de ser machista). Se podrá debatir si la RAE es una institución machista, misógina o falocrática por factores como los sillones asignados, el trato entre sus miembros o los comentarios de estos, privados o institucionales, hacia el género femenino, pero es una aberración matar al mensajero, poner a parir al que dice que decimos sexo débil para referirnos a las mujeres. Es más, el argumento de que la Academia no impone el uso sino que lo certifica, de que es una suerte de cronista, se me queda corto: la RAE es el doctor de esta sociedad, despreciativa en general y machista en particular, y las palabras que recoge son radiografías de nuestra forma de pensar. Atacarla por mostrar nuestros usos lingüísticos es como rebelarse contra el especialista que nos informa sobre lo dañados que tenemos los pulmones debido a nuestros malos hábitos.

Revisar la definición de sexo débil o la de gallego es condescender, una forma de decir «vamos a darles lo que quieren para ver si dejan de montar follón». Porque, si nos alivia o incluso consideramos una conquista la retirada o revisión del sexo débil como «conjunto de las mujeres», es porque no nos hemos parado nunca a hojear un diccionario. Con un simple vistazo de diez minutos encontraremos una cantidad desmesurada de definiciones y acepciones bastante más ignominiosas para la mujer (y es para enfadarse, indignarse y organizar todos los guirigáis que haya que montar, pero quizás no precisamente contra la RAE). La cosa nos quedaría hasta simpática si no fuera el reflejo de algo muy serio, que es esa lacra histórica, el machismo, que la humanidad ha tenido que soportar desde siempre y que, a pesar de los recientes progresos testudíneos, no somos capaces de erradicar.

La primera palabra que muchos buscamos cuando nos regalaron un diccionario, puta, está hoy recogida como puto/a. Es un buen comienzo. Al menos hoy no hay discriminación. Incluso uno de sus sinónimos, prostituto, figura también en masculino. Pero las diferentes expresiones que se recogen con estas palabras ya empiezan a inclinar la balanza: casa de putas, hijo de putaZorra (y no zorro) es sinónimo de «prostituta». El aumentativo de puto/a, putón, que tiene entrada específica, ya se centra exclusivamente en lo femenino: «Mujer de comportamiento promiscuo y de indumentaria provocativa». Por lo tanto puede haber putos, mas no machos putones.

Pero hay otras palabras cotidianas, aparentemente más inofensivas, cuyo análisis no debería dejarnos indiferentes. El verbo regalar, por ejemplo, no hace distinciones de sexo en sus diferentes acepciones, hasta llegar a la sexta, que, según parece, se utiliza en Uruguay: «Dicho de una mujer: Manifestar sin disimulo su atracción por alguien». Lagartón significa «taimado», pero, si lo ponemos en femenino, además de «taimada» puede ser también «prostituta». Calzonazos es un hombre que se deja gobernar por su pareja. Buscando un paralelismo que nos pueda ofrecer una definición similar referida a la mujer que se deja gobernar nos topamos con bragazas, pero, vaya, no es más que una segunda taza del caldo que no queríamos: Un bragazas también es un «hombre que se deja dominar o persuadir con facilidad, especialmente por su mujer». Y es que cuesta encontrar (no me atrevo a asegurar que no la haya) una palabra que se use regularmente para reseñar el hecho de que una mujer se deje gobernar, quizás, elucubro yo, porque siempre se ha entendido que dejarse gobernar ha sido algo inherente a la naturaleza femenina, y un vocablo para designar esta circunstancia sería redundar innecesariamente.  

Un copetinero es en varios lugares de Sudamérica «una bandeja o recipiente para servir aperitivos» (y en masculino no significa nada más), pero copetinera es «mujer de alterne». La analogía entre una y otra acepción pone los pelos de punta. Siguiendo con definiciones surgidas de analogías aberrantes, trapío es «buena planta y gallardía del toro de lidia» y también «aire garboso que suelen tener algunas mujeres»; pascón se refiere, entre otras cosas, a «un estropajo para fregar» y (a lo mejor soy yo el que tiene la mente sucia al establecer el paralelismo que se viene) «mujer que ha tenido relaciones con varios hombres». Derivado del verbo viltrotear, que significa «corretear, callejear», tenemos, ¡oh, sorpresa!, el sustantivo en femenino (no existe en masculino) viltrotera, como término despectivo. Pisco es «individuo de poca o ninguna importancia» cuando el género no se concreta, pero también es una «mujer de vida alegre»; podemos preguntarnos qué tendrá de malo la vida alegre, pero es que alegre está definida, en su décima acepción, como «libre o licencioso en cuanto a las costumbres sexuales», y aquí sí que le podemos recriminar a la RAE su falta de sensibilidad: con lo que cuesta encontrar una definición de carácter lascivo en la que no haya especificación sobre si el fulano libre o licencioso es hombre o mujer, y nos viene algún iluminado a poner como ejemplo «mujer de vida alegre», por si nos quedaba algún resquicio de esperanza.

¿He escrito fulano? habrá que aclarar que dicha palabra tiene varias acepciones que abarcan a los dos géneros, pero si de mujeres hablamos, fulana = «prostituta». Algo parecido ocurre con mala pécora, cuya definición parece ir por la buena senda, porque empieza sin especificar género («Persona astutataimada y viciosa…»), pero acaba desilusionándonos (o abriéndonos los ojos sobre nuestra distinta manera de juzgar a hombres y mujeres) con la puntilla «… y más comúnmente siendo mujer». Además, cómo no, una mala pécora es también una «prostituta», no «prostituto», y lo mismo ocurre con pupilo/a, que tiene numerosas acepciones concernientes a los dos sexos, pero relega a la mujer al relacionado con la prostitución. Yo no sé qué tendrán los prostitutos y los putos, que existen para los que elaboran el diccionario, pero qué difícil es encontrarles sinónimos.

Rabisalsera se dice de una «mujer que tiene mucho despejo, viveza y desenvoltura excesiva». Aquí lo que me mata, lo que me llega al corazón, es lo de «excesiva», porque, al menos yo, desde mi limitada capacidad de comprensión, infiero de esto que la desenvoltura de la mujer tiene un umbral (¿se puede achacar esto a un resbalón de la RAE?). También al hombre se le asignan en el diccionario excesos, pero generalmente de otro tipo. Fijémonos en gurrumino/a, que tiene unas cuantas acepciones negativas para los dos géneros, pero en la 5.ª es el «hombre que tiene excesiva contemplación con la mujer propia». No me digáis que esta definición no es una oda al machismo.

Mujercilla es «mujer perdida, de mala vida», mientras que hombrecillo es un «lúpulo», una planta inofensiva, no como malamujer, una «especie de ortiga» (no he encontrado malhombre). Para calibrar la distinta consideración hacia la «desenvoltura» en las personas, según estas sean mujeres u hombres, quedémonos con una palabra en la que poco se ha reparado: virguería, que es una «cosa realizada con gran habilidad y perfección». Virguería viene de virguero, que, como la RAE aclara en su apunte etimológico, procede de virgo y -ero, y era aplicado «en origen a los mujeriegos» —no neguemos que seguimos considerándolos unos artistas—, para los que curiosamente no existe un término del estilo de furor testicular que se pueda equiparar al furor uterino de las ninfómanas. Sin embargo, sí tenemos equivalente para ninfomanía: satiriasis. La RAE ha cumplido incorporando esta palabra.

Ahora pregunto, ¿es también culpa de la RAE que la mayoría no hayamos oído en la vida la palabra satiriasis y, sin embargo, ninfómana nos sea tan familiar como conceptos como cuchara, libro o mesa? ¿Y es también culpa de la RAE el tono de voz despectivo que usamos cuando decimos la palabra gitano? Puta RAE y putos académicos…


Guerra al calco anglicista

Benito Pérez Galdós, 1901. Imagen: Blanco y Negro (510) (DP).

La guerra del siglo XXI será lingüística o no será. Son numerosos los frentes abiertos alrededor de esta confrontación gramatical, que lo mismo incluye una tilde en un adverbio que una coma entre sujeto y verbo. Entre ambos fuegos se sitúa el castellanohablante, que ve cómo las balas sobrevuelan su cabeza, sin saber si será un proyectil en forma de imperativo o de posesivo el que se adentre en su corazón podrido por las clases de Lengua. No habrá paz hasta que los nazis gramaticales perezcan, ni fumaremos de su pipa hasta que los anarquistas ortográficos acaten la ley. Pero tranquilo, españolito que vienes al mundo. El día que una de las dos ortografías deje de helarte el corazón, solo podrá ser por dos motivos: o se ha extinguido la raza humana, o alguien con criterio le ha pegado fuego a la torre de Babel. Ya se ha dejado caer por el párrafo que el castellanohablante tiene más frentes abiertos que las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial. Bien, pues de entre todos esos frentes hay uno con el que debe tener especial cuidado si no quiere perecer en el campo: la llegada descontrolada del calco semántico procedente del inglés. Decía Unamuno que la llegada de nuevas palabras debe servir para añadir nuevos matices e ideas al idioma… cuán equivocado estaba el viejo.

El problema de esta llegada irracional de nuevos términos originarios de la lengua de Shakespeare es que, a menudo, no aportan nada. ¿A qué se puede deber entonces este desembarco masivo de anglicismos innecesarios? Primero, a que España siempre ha observado las islas británicas con admiración. Desde que Fraga volvió de Londres con bombín hemos colocado a Dickens por encima de Galdós; a Clapton por encima de Paco de Lucía; a Churchill por encima de Hernán Cortés; a Beckham por encima de Raúl. Por otro lado, nuestro acomodo en el autobús capitalista ya es un hecho, y conducimos a gusto sobre esta american way of life mientras entonamos canciones de Rihanna a todo trapo. El anglófono ha colonizado nuestra otrora lengua dominante, y solo nos queda doblar la cerviz servilmente para no quedarnos atrás en este mundo globalizado.

Ahora bien, una cosa es dejar la puerta del préstamo lingüístico abierta para enriquecer nuestra lengua con novedades llegadas allende los mares, y otra muy diferente es que en esta guerra se cuele un término como «bizarro». Sí, el horror. Según la RAE, este palabro ya puede utilizarse para referirse a la «rareza». Hasta hace no mucho, la Academia decía esto: «En español significa “valiente, esforzado” […] debe evitarse su uso con el sentido de raro o extravagante, calco semántico censurable del inglés bizarre». Sucumbimos a la moda anglófona y el pueblo ya utiliza «bizarro» para referirse a lo raro cuando antes ya contaba con maravillas como estrafalario, extravagante, esperpéntico, peculiar, estrambótico, insólito, infrecuente, inusual… Todas ellas formas hermosas, con sus pequeños matices. ¿Quién necesita bizarros en esta lengua?

Luego está el asunto informático. Es un hecho que la tecnología nos ha secuestrado las meninges y ha añadido cookies, webs, links, routers, users, passwords, hackers y quién sabe cuántos términos demoníacos más a nuestro imaginario. Sin embargo, cada vez que la palabra «remover» es utilizada con el significado «borrar», en un calco horripilante del inglés to remove, la guerra recrudece, los cañones resuenan estruendosos, las banderas se agitan al aire y el apocalipsis bélico alcanza su cota más alta. ¿Quién demonios decide utilizar «remover» en lugar de borrar, suprimir o eliminar sin que su alma se vuelva negra como el retrato de Dorian en la bodega? ¿De verdad añade algún tipo de matiz esta relación semántica? ¿No le bastaba a «remover» con su sempiterna definición: «Mover algo, agitándolo o dándole vueltas, generalmente para que sus distintos elementos se mezclen»?

Como en toda guerra, el asunto sexual tiene mucho peso en el correcto desempeñar de los quehaceres bélicos. Troya fue arrasada por una mirada de Helena, la Península fue ocupada por los musulmanes gracias a un lío de faldas y todos sabemos cómo acabó Egipto después de que el Senado de Roma se hartara de los favores que Marco Antonio le dispensaba a Cleopatra. En esta guerra ortográfica, el sexo también tiene mucho que decir. ¿En qué momento de la línea cronológica del castellano, alguien decidió que podemos «tener sexo»? Parece que este calco horrible (del inglés to have sex) no sabe que todos tenemos sexo, a menos que alguien haya perdido sus órganos genitales por mutilación o malformación, o quizás nos tomen a todos por maniquíes de la calle Preciados, con nuestra entrepierna difuminada por el pudor. Menos tener sexo y más follar, castellanohablantes, o habrán ganado ellos la guerra sin paliativos.

En este mismo plano también habrá que censurar la aparición del adjetivo «excitante» cuando alguien quiere referirse a algo emocionante, apasionante, emotivo, conmovedor… Este calco del inglés exciting le roba la identidad a nuestro viejo verbo «excitar», que cuenta con definiciones tan maravillosas como «Ocasionar o estimular un sentimiento o pasión» y «Despertar deseo sexual». Definitivamente, cuando en las series americanas un padre encuentra «excitante» la actuación de su hijo en el último partido de béisbol del curso, no se está refiriendo al mismo tipo de excitación que hemos conocido aquí durante todos estos años de paz lingüística hoy quebrantada. Fuera del terreno del sexo, empiezan a surgir por el campo de batalla aquellos que, sin morir al cometer semejante atrocidad, se deciden por el término «colapsar» para referirse al verbo «derrumbar» (to collapse). Para derrumbe o, esperen, que voy a lucirme, derribo, demolición, destrozo, destrucción, hundimiento o ruina, ya tenemos este idioma que se oculta famélico detrás de las trincheras. No sé si colapsado, pero seguro que sí harto de ver cómo se despersonaliza en favor de la lengua global. Otro crimen se produce cuando en cada capítulo de CSI los científicos encuentran «evidencias» en lugar de «pruebas». El detective Pepe Carvalho se revolverá en su tumba previendo que serán evidencias y no indicios, pistas o señales aquello que marque sus novelas. Lo único que evidencia este batiburrillo de calcos, dicho sea de paso, es que pronto terminará la guerra y dará con nuestros huesos en el calabozo.

Otro asunto, este ya desde el frente sintáctico, es la utilización de «esperar por» en vez del castellanísimo «esperar a». Este calco, triunfo del anglicista wait for, consigue que ahora espere por ti en lugar de esperarte a ti, que es como se ha esperado aquí toda la vida desde que Sara Montiel esperara fumando quién sabe a quién en alguna película de los años cincuenta. La preposición «por» en esta construcción hace tanto daño que casi obliga a retroceder hasta la fortaleza buscando víveres. Algo parecido ocurre con el verbo «aplicar». Verbo transitivo donde los haya (el DRAE aporta hasta siete acepciones diferentes, todas ellas transitivas), de un tiempo a esta parte se ha ido utilizando de manera intransitiva, calco del inglés apply. De esta forma, los castellanohablantes se inclinan por decir, ahora, que tal o cual cosa no aplica. Solo queda, cielo nublado mediante, beber té sobre una pradera del Saddleworth. En este mismo plano, no es menos humillante el último de los calcos. Ya me he encontrado varias veces con pancartas dirigidas al corazón del idioma en las que puede leerse «Vota Rajoy» o «Vota Pdro», en lugar de la clásica construcción sintáctica «Vota por Rajoy» o «Vota a Pdro». Ni siquiera en la política, vicio inmutable que el hispano carga sobre sus espaldas, nos mantenemos originales.

Al otro lado del fuego, la guerra sigue. El calco continúa avanzando y sus ráfagas se sienten en el frente cada vez con más fuerza. Es muy probable que pronto gane la batalla y el ejército pureta, cautivo y desarmado, vea cómo las tropas anglicistas alcanzan sus últimos objetivos militares. Solo queda esperar (no sé si aquí cabe «esperar por») que en el resto de frentes la cosa vaya mejor. Porque la guerra del siglo XXI será lingüística o no será.


Pedro Álvarez de Miranda: «Los hablantes son los dueños del idioma, no lo es la Academia»

Esta entrevista fue publicada originalmente en nuestra revista trimestral número 14

Pedro Álvarez de Miranda, filólogo experto en lexicología y lexicografía, es catedrático de Lengua Española en la UAM e ingresó en la Real Academia Española en 2011 con la lectura del discurso En doscientas sesenta y tres ocasiones como esta, un apasionante relato de la historia de la RAE a través de los discursos pronunciados previamente. Ha dirigido la vigésimo tercera edición del Diccionario de la lengua española, cuya versión en papel fue publicada en 2014 y se puso en línea en octubre de 2015 con una estética y una funcionalidad mejoradas. En sus didácticos artículos publicados en la revista digital Rinconete del Centro Virtual Cervantes ejerce de divulgador de la lengua española con un poso de humor y una claridad expositiva que le definen y que espero que se perciban en la entrevista.

Según reza el Diccionario, inmediatamente después de publicada una edición, siempre se reanuda. ¿Ya se está trabajando en la siguiente edición?

Sí, ya se está trabajando. A lo largo de toda la historia del Diccionario ha sido así, al día siguiente de salir una edición ya se ha empezado a trabajar. Lo que pasa es que las circunstancias son distintas. No se puede ocultar que la situación actual es un poco particular. Aunque nadie ha dicho en la Academia que esta vaya a ser la última edición en papel, sí que es cierto que algunos periodistas lo han dicho e incluso lo han puesto en boca de algún responsable de la Academia. Por decirlo en los términos en los que lo plantea el director: si antes se hacía una edición en papel que se colgaba en la red, ahora se hará un diccionario electrónico del cual se harán versiones en papel. Cambia el punto de vista. Y sí que se está trabajando ya en lo que será la vigésimo cuarta edición, en torno a la cual hay todavía muchas incógnitas y probablemente estará ya diseñada y concebida como libro electrónico.

Otra de las noticias que habían surgido es que será de nueva planta.

Sí, también. Eso es lo más delicado. Es la decisión más difícil: si hay que hacer tabula rasa de toda esa tradición lexicográfica de tres siglos o no. Una tabula rasa absoluta es difícil de hacer, porque la Academia tiene que ser en cierto modo fiel a esa tradición. Ahí hay muchos interrogantes abiertos en estos momentos; pero sí, se habla de una nueva planta.

¿Puede explicar la diferencia entre trabajar como hasta ahora con un diccionario acumulativo, las ventajas y desventajas que plantea, las palabras en desuso que mantiene, etc., y cómo sería el nuevo según se está planteando?

Se está debatiendo mucho. Creo que el diccionario de la Academia no puede ser «contemporaneísta» o que refleje exclusivamente el español de hoy. Siempre se ha dicho que tiene que servir para interpretar a los clásicos. El problema no es tanto que contenga palabras desusadas, que las contiene con su marca —a veces—, sino que hay palabras que no llevan marca de desusadas y sin embargo lo están. O hay entradas que se incorporaron con un fundamento textual muy débil en un determinado momento por haber encontrado una rara palabra en un texto o en otro repertorio lexicográfico y que, como el diccionario es acumulativo, se han quedado ahí y están pendientes de una revisión profunda. Hay bastante lastre que hay que plantearse si tiene que estar o no; no por anticuado, sino por escasamente fundamentado. Es decir, las palabras que estén ampliamente documentadas en textos antiguos, y por tanto palabras con las que puede tropezar el lector de un clásico, por ahora, el consenso es que sí deben estar, con las correspondientes marcas de desusado, etc.

¿Depende de que esté totalmente operativo el diccionario histórico?

Para mí depende absolutamente de ese hecho. Me parece que el proyecto más importante que tiene la Academia entre manos en realidad es el diccionario histórico, porque permitiría manejar una información fiable de todas esas palabras. La operación de reconstrucción y de revisión que exige el diccionario histórico hay que hacerla para el diccionario común; pues hagámosla fundamentalmente para matar dos pájaros de un tiro: para elaborar el histórico y para que el diccionario común sea el resultado depurado de las conclusiones a las que se haya llegado sobre la historia de las palabras. Esto es algo que en otras lenguas se ha hecho. Los diccionarios que publica Oxford son tan buenos porque tienen detrás el respaldo del gran diccionario de Oxford, cuya segunda edición en papel ocupaba veinte tomos. Un diccionario estupendo de francés que es Le Petit Robert es tan bueno porque es la versión compendiada de un gran diccionario, Le Robert, de ocho tomos. En realidad el llamado ahora DLE o diccionario común de la Academia, en mi opinión, debería ser un resumen del gran diccionario histórico que no tenemos.

¿Y en qué punto se encuentra el histórico?

Después de varios intentos a lo largo del siglo xx, de grandes obras en papel, ahora la Academia inició un proyecto del llamado Nuevo diccionario histórico del español que dirige don José Antonio Pascual y del cual se ha colgado en la red una muestra muy interesante de unos mil artículos. Mil es poco, pero ya es algo. El problema está en que —esto se lo podría decir mejor don José Antonio— calculo que un diccionario histórico completo de la lengua española podría tener unas trescientas mil entradas. Para que se haga una idea, el diccionario común tiene unas noventa mil.

Cuando se presenta una edición suele ser noticia la anécdota de alguna palabra llamativa que se ha incluido. Sin embargo, en esta edición la revisión ha sido bastante profunda, como la moción de género, los americanismos… ¿Qué elementos suponen una mayor renovación?

Efectivamente, yo me alegro mucho de que usted se fije en aspectos que no son los triviales y anecdóticos en los que se suele fijar mucha gente y en torno a los cuales se montan a veces esas polémicas bastante absurdas, como el famoso amigovio. Los americanismos son un capítulo importante; el procurar incorporar la moción de género en las profesiones o actividades cuando efectivamente se documenta el femenino —no por cumplir con no se sabe qué imposiciones de no sexismo— bien con flexión, bien con moción a través del artículo. Hace mucho tiempo, la palabra taxista venía en el diccionario como masculino; por supuesto, no tiene flexión de género, pero evidentemente existe «el taxista» y «la taxista», por tanto la marca gramatical que debe llevar, y ya la lleva desde hace tiempo, es de masculino y femenino. Otra pequeña novedad de esta edición: hasta 2001 decía «común», ahora, creo que con buen criterio, dice «masculino y femenino». Poner la marca «común» podía llevar a ese error en el que algunas gramáticas incurrían de hablar de un género común. No hay más que dos géneros: masculino y femenino. También se hablaba de un género ambiguo; las palabras ambiguas llevan la marca «m. o f.», que no es lo mismo que «m. y f.». Estas sutilezas técnicas la mayor parte de la gente no las capta o no se da cuenta del trabajo que suponen y la importancia que tienen. Las marcas se han mejorado bastante, también las palabras gramaticales; queda por hacer una buena revisión en los verbos, que son mejorables. Se ha hecho también un tratamiento más racional de las variantes, se da información sobre la ortografía y sobre aspectos morfológicos de la palabra. Por ejemplo, sobre las variantes: si antes se consultaba sicología ponía psicología en negrita, que era una forma de indicar «véase». Pero el que consultaba la forma psicología directamente se quedaba sin saber que existe la variante sin «p», que a mí personalmente no me gusta, pero la Academia la da por válida. Ahora en una y otra forma indica «véase». Son pequeñas mejoras de técnica lexicográfica que dan su trabajo y que junto al incremento de voces, de americanismos, etc., puede decirse que ofrecen una edición bastante renovada. Aun así todavía es una edición muy deudora de toda esa tradición lexicográfica de la que le hablaba antes y requeriría una revisión más a fondo.

El DLE es considerado el diccionario normativo de la lengua española. Sin embargo, tiene un evidente carácter descriptivo que a veces genera problemas de interpretación por parte de los usuarios. ¿Podría explicar cómo se trabaja el léxico en contraposición a otras disciplinas prescriptivas como la ortografía?

De los ámbitos de actuación de la Academia el más claramente normativo es la ortografía. Ese sí que es normativo al cien por cien. La ortografía es una cuestión convencional. Es un código, como el de la circulación. En España se conduce por la derecha y en Inglaterra se conduce por la izquierda; da igual circular por la derecha o por la izquierda, pero hay que ponerse de acuerdo en que todos circulemos por un lado o por otro. Con la ortografía pasa algo parecido. Determinadas palabras se escriben con b y otras se escriben con v, no es que sea arbitrario y convencional, hay razones etimológicas e históricas para que se escriban con una o con otra, pero la mayoría de las personas tienen que memorizar visualmente si una palabra se escribe con b o con v porque las dos representan un mismo fonema y, más claro aún, llevan tilde las agudas que terminan en n, s y vocal y las llanas que acaban en consonante que no sea ni n ni s; pero podría ser al revés. La Academia en un momento determinado decidió que esto es así y los hispanohablantes lo acatamos. Es cierto que hay lenguas que tienen una ortografía consensuada por tradición y que no tienen una institución que dicte normas ortográficas, pero nosotros sí la tenemos y lo bueno es que todos los países hispanohablantes la acatamos sin ningún cisma. Es muy importante que aseguremos la unidad ortográfica. En materia ortográfica soy ultraconservador, creo que tenemos una ortografía muy sencilla, muy racional y que lo mejor es no tocarla. Las pocas cosas que se tocan suscitan rechazo porque los hablantes también son muy conservadores y un cambio los irrita. Tardan mucho, a veces varias generaciones, en digerirse y asimilarse los cambios. Por ejemplo, la tilde de los monosílabos verbales fue, fui, vio y dio la quitó la Academia en 1959 y todavía hay algún despistado al que se le escapa la tilde. Porque las generaciones antiguas tenían ya grabadas esas tildes.

Tenía pensado preguntarle si está a favor de no poner tilde al adverbio solo, porque estoy haciendo un censo de académicos rebeldes. Aunque sé su opinión porque tiene publicado un artículo donde lo explica claramente.

No es que esté a favor, es que yo ya no la ponía porque me atenía a lo que decía la Academia: que solo se pusiera en los casos de anfibología; y los casos de anfibología son poquísimos. Si se presentaba un caso la ponía pero no sistemáticamente como hacían las imprentas. Porque esto era cosa de las imprentas. De hecho, en cosas mías me ponían la tilde contra mi voluntad, porque mi original no la llevaba, pero se ve que decían «este tío no sabe escribir»; yo en las pruebas la quitaba y a veces ponía un comentario «por favor, que no es obligatoria esta tilde, no me la pongan» y a veces la volvían a poner porque no les convencía. En 2010 no ha hecho la Academia sino ratificarse en el carácter no solo no obligatorio, sino que en 2010 se queda al borde de decir que no se ponga nunca.

No ha tenido el valor.

No ha tenido el valor de decir que no se ponga nunca, pero viene a decir «no es necesaria ni siquiera en los casos de anfibología». El otro día había un titular de El País que era un caso muy bueno. Decía «Rajoy gobernará solo si su lista es la más votada» y quería decir que gobernará solamente si su lista es la más votada. No llevaba tilde, por tanto lo primero que leí es que Rajoy gobernará solo, es decir, no en coalición. Es un caso precioso de anfibología. No llevaba tilde porque El País está siendo bastante obediente. En cambio, por curiosidad me metí en la página de El Mundo y me encontré exactamente el mismo titular con tilde. Bueno, pues yo creo que la tilde ahí es muy oportuna porque yo pegué un bote pensando «¿Que Rajoy gobernará solo? Más quisiera». No obstante, hay razones para esa norma del solo y si se ha leído mi artículo ya conoce mi opinión. Pero volvamos a los diccionarios. En el terreno de los diccionarios la normatividad es mucho menos clara porque la lengua no está sujeta a un dictado convencional de normas, sino que los hablantes son los dueños. Volviendo al símil de antes, la DGT tiene que regular el tráfico y poner normas, pero no puede imponerme si llevo un coche rojo o azul, de una marca o de otra. La libertad es muchísimo mayor en el terreno del léxico. Usted ha mencionado dos palabras fundamentales en esta cuestión: lo normativo y lo descriptivo; muchos lingüistas tenemos claro que el único enfoque lógico del estudio de la lengua es el descriptivo y que la norma emana de la descripción. No puede haber normas si no hay una buena descripción previa, porque la descripción de los usos normales, eso, es la norma. La norma no se basa en una imposición exógena, sino que emana de la propia lengua, en definitiva, de la voluntad de los hablantes y lo que hacen las autoridades gramaticales, la gramática de la Academia y la que se enseña en las escuelas, es sancionar o codificar una determinada norma que emana del uso. Los hablantes son soberanos en el terreno gramatical y en el terreno léxico. Esto es así, los hablantes son los dueños del idioma, no lo es la Academia. Cuando me dicen «¿Se puede decir tal palabra?», contesto: «Dila, ¿has podido? Pues se puede decir». La Academia no puede poner multas por el uso de las palabras, ni por el uso del laísmo ni por nada. Ahora, el laísmo no tiene el prestigio de la norma culta del español y, por tanto, una persona que quiera atenerse a la norma culta puede recurrir a la gramática que describe ese uso. Este uso no es prestigioso en la mayor parte de los países hispánicos y por tanto se recomienda evitarlo. Si usted quiere emplearlo, empléelo, no pasa nada. El paso que ha dado la Nueva gramática es impresionante. Son cuatro mil páginas de descripción del uso y de esa descripción emanan recomendaciones normativas, no imposiciones. Lo curioso es que a la gente le gusta que la Academia sea más normativa de lo que es. Hay una obra de la Academia que sí es puramente normativa: el Diccionario panhispánico de dudas, y a la gente le gusta.

Lo que pasa es que está muy desactualizado.

Sí. Yo lo vengo diciendo ya desde hace mucho tiempo. Es de 2005 y en diez años las obras normativas se quedan anticuadas. Además, no coincide con la propia doctrina ortográfica y gramatical de Academia. En estos momentos está ya prevista la segunda edición del DPD, pero me parece una de las tareas más urgente que tiene la Academia. En cuanto al léxico, pues ocurre lo mismo que con la gramática. A mí me parece que el mejor diccionario que podría hacer la Academia sería un diccionario que fuera tan rigurosa y exhaustivamente descriptivo y tan suavemente normativo como es la Gramática. Pero el léxico es bastante más complicado, la codificación lexicográfica es más rígida que la de una gramática y la diversidad dialectal regional e hispanoamericana es muy compleja, aunque la gramática lo ha resuelto bien. También se está pensando en una segunda edición de la Gramática, siempre se puede decir que todas estas obras son mejorables y al día siguiente de ser publicadas ya se empieza a trabajar. Ignacio Bosque tiene recogidos muchos materiales para cosas que le gustaría matizar, modificar o mejorar.

Con frecuencia los hablantes plantean quejas sobre términos que según su percepción no están reflejados de forma adecuada. Por poner un caso típico: el significado de «bizarro», que tiene muchos registros literarios con el significado de «valiente» pero que se percibe con el significado de «extraño» aunque tiene registros limitados. Me gustaría que describiera el proceso por el que se decide qué palabras y acepciones entran o salen del diccionario, a qué fuentes se recurre, etc.

Ese ejemplo que pone es el de una palabra que está adquiriendo tal vez un significado nuevo por un fenómeno que se llama préstamo semántico. El inglés bizarre está trasfiriendo a su cognado español un significado que no tenía. Ahí depende de hasta dónde queramos tener la manga ancha en cuanto a los anglicismos semánticos, que es lo que es esto, no un calco como lo llaman algunos; como ocurre con doméstico, o como ha ocurrido con sofisticado, que tenía un significado que no es el que ahora cada vez más tiene y ya está recogido en el Diccionario, el de «complejo técnicamente». Desde luego yo voy a procurar evitar siempre usar «vuelos domésticos» en lugar de «vuelos nacionales», porque si ya tenemos la manera de decirlo en español no aporta nada y sí que es una forma subrepticia de penetración de la influencia inglesa. Y lo mismo podría decir de bizarro, pero en general soy bastante tolerante. No me rasgo las vestiduras ni por los neologismos absolutos ni por los neologismos semánticos ni por los préstamos ni por los calcos, porque las lenguas evolucionan así, a golpe de préstamo, de imitación, de influencia… Los que somos historiadores de la lengua tenemos una visión bastante relativizadora de todos estos alarmismos. En el siglo xviii hubo voces que pronosticaron que la lengua española iba a desaparecer a manos del francés, y no fue así. La lengua española sobrevivió a una enorme influencia del francés y creo que también sobrevivirá a la influencia del inglés. La gente tiene una tendencia natural al purismo. Yo lo comparo con el racismo: a nadie le gusta reconocerse purista, pero sin embargo hay bastantes.

De hecho, hay tantos puristas que se suele decir que la RAE «ha bajado el listón». Usted, que es conocedor de la historia de la Academia, ¿tiene la percepción de que sea menos conservadora?

En general yo creo que la Academia tiene la manga más ancha que antes porque se va haciendo más descriptiva que prescriptiva —dejemos la palabra normativo, una variante de la normatividad es la prescripción—. Pero aún hay gente que tiene esa percepción de que lo que no está en el diccionario no se puede decir.

Esto de que el Diccionario se considere poco menos que el certificado de que algo existe o no y que incluso se haya pretendido usar en alguna ocasión para dirimir cuestiones legales refleja un reconocimiento de autoridad que debe de ser gratificante, aunque un poco desproporcionado.

Sí, a mí me resulta desproporcionado, pero el caso es que es así. Sin buscarlo la Academia, yo creo, el acatamiento es impresionante. Pero los que somos profesores de lengua hay una palabra que en nuestras clases no empleamos nunca, que es la palabra «correcto». Esa palabra para un lingüista no tiene mucho sentido.

Es cierto que los lingüistas suelen ser más tolerantes pero al usuario le gusta…

Sí, al usuario le gusta el palmetazo en la mesa [ríe]. Por eso me parece útil el Diccionario panhispánico de dudas, que dice esto es así y utiliza la famosa bolaspa para los usos condenables. Aun así, el modelo de diccionario en el que el DPD se inspiró claramente y que es una obra que yo admiro muchísimo, el Diccionario de dudas y dificultades de Manuel Seco, se publicó por primera vez en 1960 y con el tiempo se fue haciendo cada vez más tolerante. Lo cual es un indicio de la sabiduría de don Manuel Seco, que se dio cuenta, como todos los que estudiamos la lengua con cierta calma, de que no se puede someter al maniqueísmo de lo negro y lo blanco, sino que hay una gama de grises. Hay gente que me ha dicho «a mí el Diccionario de dudas no me saca de dudas», pues léelo con atención y verás cómo sí suele orientar el uso. Ese verbo es muy importante; no se trata de prescribir, sino de orientar el uso. El Panhispánico en eso es un poco más radical, pero el Diccionario de dudas te dice qué posibilidad es preferible. Pero la no preferible te la ilustra con un texto de Ortega o de Delibes —y si no son modelos de lengua quién va a serlo—, lo que pasa es que en esa ocasión optaron por la opción menos preferible en opinión de Seco, pero, para que no se diga que la menos preferible es absolutamente condenable, ahí tiene un texto de un escritor prestigioso que la ha usado. Decida usted. La decisión es de los hablantes, pero a los hablantes les gusta que se lo den todo decidido.

Ahora que menciona a Manuel Seco, ¿me podría decir qué diccionarios, además del de la Academia, son imprescindibles?

Para mí, sin ningún género de dudas, el diccionario de Manuel Seco. Es un diccionario extraordinario. Ahora bien, hay que conocer sus características y sus limitaciones. Es un diccionario del español de España de la segunda mitad del siglo xx y principios del xxi. La primera edición se publicó en 1999 y su corpus de textos abarca desde 1955 hasta los años noventa. La segunda edición, que se publicó en 2011, ya penetra un poco en el siglo xxi. Es una radiografía extraordinaria, escrupulosamente descriptiva. Pero, ojo, es tan bueno descriptivamente, que para mí tiene una utilidad normativa también. Leyéndolo con inteligencia uno saca la conclusión de qué es lo normal. En segundo lugar, el diccionario de María Moliner ha gozado durante mucho tiempo de un prestigio enorme. En mi opinión —sin mengua de la gran admiración que siento por doña María Moliner como persona, como lexicógrafa y como autora de una proeza individual— ha estado un poco sobrevalorado porque no tenía competidores, solo había dos diccionarios: el de María Moliner y el de la Academia. El de Moliner era mucho más deudor del de la Academia de lo que parecía. Tuvo mucho mérito, pero su diccionario en gran parte se basa en el de la Academia. Sin embargo, el de Seco está hecho ex novo, no solo con una nueva planta, sino de nueva planta: partiendo de cero, haciendo tabla rasa de toda la tradición lexicográfica. Luego, el Diccionario Clave o el Lema están bien, el Diccionario Redes —que es otra cosa, no es un diccionario propiamente dicho— también es útil. Pero los dos que yo tengo al alcance de la mano son: evidentemente el de la Academia, que cada vez consultamos más todos en el ordenador o en el móvil, y el que no hay día que no consulte incluso más de una vez es el DEA, el Diccionario del español actual, que me parece una aportación magistral a la lexicografía española. Lo que mucha gente no sabe es que Manuel Seco, Olimpia Andrés y Gabino Ramos tardaron treinta años en hacer ese diccionario. Treinta años de trabajo muy intenso.

En algunas épocas ha habido colectivos, como prensa o política, que han aportado un mayor número de términos como reflejo de su pujanza. ¿Detecta en la actualidad un foco de aportación de léxico nuevo? Siendo más ambiciosa: ¿tiene una interpretación de los últimos tiempos a través del léxico?

Es muy complicado porque nos falta perspectiva. Sí que se puede decir que, evidentemente, hay sectores de la lengua cuyo crecimiento es muy llamativo, como el léxico de la informática. Los coloquialismos de la lengua juvenil están calando bastante en la lengua común y los jóvenes son una fuente de enriquecimiento léxico. Yo no tengo esa visión negativa que tienen algunos de la lengua juvenil, diciendo que es muy pobre. No lo veo así. Finde, por ejemplo, que mis colegas académicos no quisieron aceptar contra mi opinión, me parece un hallazgo. Un apocopé de «fin de semana» que es mucho más económica —dos sílabas frente a cinco— y que ha penetrado en la lengua común.

En francés penetró hace mucho week-end y está aceptado.

Encima nos libra de un posible anglicismo crudo como weekend. En materia de léxico no acepto argumentaciones que no son argumentaciones, sino que son reacciones emocionales del tipo «no me gusta». Qué es eso de «no me gusta» o «qué feo»; es una combinación de fonemas como otra cualquiera. Todo lo nuevo suena extraño. Hay una palabra que define muy bien esto: misoneísmo, que es el rechazo o aversión a lo nuevo. Y ahí volvemos a lo mismo de antes: igual que las novedades en la ortografía suscitan rechazo, las novedades en el léxico suscitan rechazo. Otro ejemplo: una amiga psicóloga me dice «no aceptará la Academia esa horrible palabra: resiliencia». Bueno, resiliencia es un concepto técnico de la psicología, es la capacidad para recuperarse de un serio percance vital como puede ser un duelo. No es lo mismo que resistencia. Además también se habla de la resiliencia de los materiales. Me extraña que una psicóloga rechace esa palabra, porque sus colegas de otras lenguas la utilizan en inglés, en francés, en italiano; viene del latín… qué más quieres. Designa un matiz distinto que otros parasinónimos —términos próximos semánticamente—, pues bienvenida sea. El enriquecimiento del léxico permite la sutilización y la matización del pensamiento. No podemos cerrarnos al enriquecimiento del léxico y luego quejarnos de que cada vez es más pobre. A veces puede producir cierto escándalo que uno sea tan tolerante, pero repito que la visión histórica de los hechos es esa. Los artículos que publicaba don Fernando Lázaro Carreter, El dardo en la palabra, que empezó a publicar en los años setenta en el diario Informaciones, cuando los publicó en libro, él mismo tuvo que reconocer en el prólogo que alguna de las cosas contra las que había clamado ya eran normales.

Las polémicas que suelen surgir de forma reincidente en los medios de comunicación sobre el diccionario —como la infinita de la almóndiga— y sobre otras obras de la academia, que en muchos casos responden a su desconocimiento, ¿pueden deberse a una deficiencia en la divulgación de temas relacionados con la lengua o en la comunicación de la propia academia?

Se frivoliza mucho. La gente no tiene el reposo para pensar las cosas con un poco de calma. Yo he tenido que explicar muchas cosas y en los artículos de Rinconete trato de hacer bastante pedagogía. Pero las cosas no se pueden despachar de un plumazo. Por poner un ejemplo al que también le dediqué un artículo, cuando tienes que explicar que aparece una variante almóndiga porque existió y estuvo documentada y que la vacilación fonética m/b es relativamente frecuente, igual que tenemos una palabra vagabundo que dio lugar a una variante muy curiosa que implica una etimología popular: vagamundo, que es una palabra muy bonita porque, aunque viene del latín vagabundus, la interpretación popular es la de «que vaga por el mundo». Es decir, la etimología popular ha alterado el significante. La gente no tiene paciencia para escucharte este tipo de explicaciones. Cuando te dicen que solo falta que la Academia acepte «cocreta»… pues no lo ha aceptado porque esa forma no ha rebasado el nivel de vulgarismo, pero se me ocurrió estudiar un poco la historia de la palabra y estuvo a punto de triunfar, en el siglo xix hay muchos ejemplos, pero la norma culta acabó imponiéndose. Hay un ejemplo precioso para convencer a la gente de que no se puede ser dogmático en estas cuestiones, que es cocodrilo. En latín era crocodilus, pero la r dio un salto de sílaba, lo que se llama metátesis. Puristas y misoneístas los ha habido siempre. Hay un documento muy interesante que estudian los expertos en latín vulgar, el llamado Appendix Probi, que es interesantísimo porque es un escriba que nota que el latín está evolucionando, que se está «estropeando», y va diciendo cómo decir y cómo no decir algo; y lo que dice que no se diga está en el origen de toda la evolución de las lenguas románicas. Es un hombre que se desespera de ver cómo el latín se corrompe o se deforma o evoluciona. Pues claro, bendita evolución, de ahí salieron las lenguas románicas. No podemos poner diques a la evolución de la lengua y a veces es caprichosa, la r de cocodrilo ha cambiado de posición y en cambio la r de croqueta no ha cambiado, pero pudo hacerlo y finalmente la norma lo impidió. La tendencia conservadora fue más fuerte que la tendencia innovadora.

Otras polémicas han motivado rectificaciones y, según he leído en algún titular, estamos ante el diccionario menos machista de la historia. Sería muy alarmante que fuera al contrario. También se están incorporando académicas de forma exponencial. ¿Es un propósito de desagravio?

El problema del Diccionario no es que fuera más o menos machista, sino que en muchos casos ha requerido y sigue requiriendo una revisión, como hablábamos antes de la flexión o moción de género en los sustantivos. En otros casos hay una falsa percepción cuando se acusa al Diccionario de machista cuando lo que es machista es la lengua. Si el diccionario es bueno, refleja una realidad que puede ser machista o sexista, pero de la cual el lexicógrafo no es el culpable. No se puede matar al mensajero. La gente cree que hay que cambiar el diccionario para que cambie la sociedad; lo que es evidente es que hay que cambiar la sociedad. Cuando cambie la sociedad, cambiará la lengua y cambiará el Diccionario, pero no podemos empezar la casa por el tejado. El diccionario es el último eslabón de la cadena y, desde luego, cuando el lexicógrafo —no ya el de la Academia, sino Seco o cualquier diccionario competente— refleja un hecho de la lengua que es machista está reflejando una realidad. En cuanto a la entrada de mujeres en la Academia, yo creo que ya deberían dejar de llevar la cuenta. Ahora han dicho que es la undécima, me parece. Ya empieza a no tener tanta gracia la cuenta. Yo no soy partidario de elegir a una lingüista o a una novelista o a una economista, sino a un economista y que sea secundario que sea hombre o que sea mujer. Eso es lo ideal, pero es cierto que todavía el porcentaje es bajo. No se puede decir «la undécima mujer en tres siglos» porque de esos tres siglos hasta 1978 no entró ninguna. Bueno, mejor dicho, sí entró una en el siglo xviii, la académica honoraria por voluntad de Carlos III doña Isidra Quintina de Guzmán y de la Cerda. Pero, al fin y al cabo, la primera mujer que entró en la Academia Española lo hizo un poco antes que la primera que entró en la Academia Francesa, que fue Marguerite Yourcenar. Tampoco se puede decir que la Academia Francesa sea un modelo. Yo preferiría que ya no se llevara la cuenta, pero evidentemente los periodistas la siguen llevando.

En octubre se presentó la versión digital de la vigésimo tercera edición del diccionario con notables mejoras y patrocinio privado. ¿El futuro del diccionario y de las obras académicas está encaminado a este tipo de financiación?

Hombre, es muy claro, realmente la edición en papel se ha vendido mucho menos que la anterior. Con mis estudiantes de Lexicografía del curso pasado era una lucha, porque yo les decía que tenían que consultar el diccionario de la Academia en papel porque no lo teníamos en otro soporte; si no es comprado, en la biblioteca. Se resistían, seguían sacando el móvil o la tableta consultando la vigésimo segunda edición, la de 2001. Van a ser filólogos, tienen la obligación de consultar la versión en papel como también tienen la obligación de consultar el diccionario de Seco, que no existe más que en papel. Ahora ya existe la versión electrónica y ya sí que nadie lo va a comprar, porque si no lo compraban cuando era la única que había… Entonces, ese patrocinio es vital para la Academia porque, evidentemente, todo el mundo está de acuerdo en que lo que no puede hacer es cobrar por la consulta. Sería un escándalo y cuando una cosa se ha dado gratuitamente ya no se puede dar marcha atrás.

Como relata en su discurso de ingreso, a lo largo de la historia la Academia ha esquivado injerencias políticas para mantener su independencia. ¿Podría suponer un riesgo similar el vínculo con entidades privadas?

Yo creo que la independencia de la Academia no corre peligro por un patrocinio privado. Creo que tampoco corre peligro por la injerencia de los poderes públicos, porque a lo largo de tres siglos ha dado suficientes pruebas de que es un organismo muy peculiar. Dentro de la Academia soy de los que considera que no hay que perder el carácter público y deseo una institución que esté incardinada en el Estado. No en la Administración, sino en el Estado. Es que realmente es casi más antigua que el propio Estado, es una creación de la corona de 1714, cuando el Estado, tal y como hoy lo conocemos, apenas existía. La asignación que los Presupuestos Generales del Estado le dan a la Academia ha bajado muchísimo en los últimos años y a mí esto me parece mal. Soy de los que no se resignan a que nos acostumbremos. Creo que si vinieran épocas de presupuestos más expansivos debería volver a recuperar esa cifra, pero hay quien dice que eso ya no se va a recuperar nunca e incluso quien añade «nos viene bien porque así no le debemos nada al poder» y así evitamos la tentación al poder de injerirse en nuestros asuntos. Yo no lo creo, creo que el poder debe aceptar la independencia de la Academia y debe, por decoro, contribuir de manera importante a la labor social que desarrolla. Esa disponibilidad del Diccionario en línea es un servicio público y si lo tiene que financiar ahora una entidad privada, creo que el Estado no debe hacer dejación de la parte de responsabilidad que tiene. La Academia desempeña un papel importantísimo en las relaciones internacionales con el mundo hispánico a través de la Asociación de Academias y creo firmemente que el Estado no debe dejar de su mano a la Academia. No concibo una privatización de la Academia. Y tampoco, por supuesto, toleraría ninguna injerencia del Estado a cambio de ese apoyo, porque no la ha habido nunca; de los únicos dos que lo intentaron, el que la ejerció claramente fue Fernando VII, que ya sabemos cómo se las gastaba, y el que lo intentó fue Franco, pero sin mucha energía, todo hay que decirlo. La Academia le plantó cara a Franco, no se la plantó a Fernando VII porque era demasiado «peligroso». Evidentemente, si en otras ocasiones ha plantado cara a quienes han pretendido interferir en sus asuntos internos, cómo no lo iba a hacer en una sociedad democrática.

El monopolio normativo de la RAE se basa en el prestigio y en parte en una tradición. ¿Cree que otra organización con los medios suficientes y con respaldo popular podría competir con la RAE? Por ejemplo, Google ahora tiene una herramienta de diccionario que no es el de la RAE y, sabiendo que cualquier usuario va a encontrar una definición con teclearla en el buscador, ¿podría ser una competencia?

Podría, podría; la verdad es que no conocía esa función de Google, y desde luego me consta que muchísimos de mis estudiantes consultan WordReference, Wikcionario y Wikipedia. Creo que en materia estrictamente de léxico, no de conocimientos enciclopédicos, el Diccionario de la Academia tiene todavía una posición muy envidiable de ser la más consultada, pero si la Academia no quiere perder ese liderazgo no debe nunca minusvalorar a posibles competidores que en el terreno del léxico le surjan y, como decía antes, esperemos que no le surjan en un terreno muy serio que es el de la ortografía. Creo que es bueno que haya una autoridad reguladora de la ortografía para no tocarla, porque es estupenda y los cambios suscitan rechazo, porque es panhispánica y porque estamos todos de acuerdo. La unidad ortográfica es importantísima, no se debe dar ninguna oportunidad a la aparición de ninguna rendija de discrepancia que dé lugar a un cisma ortográfico.


De la názora y de otros malos desusos del lenguaje

Fotografía: Real Academia Española (CC).

Hace unos días descubrí que hay un nombre para esa inmundicia que, agazapada en la leche hervida y con el nombre fraudulento de «nata», sin más, me amargó la infancia: «názora». Si esta palabra no hubiera caído en el olvido, yo hubiera podido rebatirles a mis padres su «no seas repunantiño y tómatela, que es la misma que te comes con las fresas». De saber entonces lo que cuarenta años después sé, hubiera podido explicarles que aquello era názora, y que, si venía especificado como «nata de la leche», sería porque no era la misma nata que la de las fresas.

Que «názora» esté, como matiza la RAE, en desuso, puede deberse a un complot; o bien de los fabricantes de coladores o bien de los padres que querían que asumiéramos que aquella nata era la misma que se le echaba al flan y no una cochinada que envenenaba, si no el organismo, sí el espíritu y las ganas de vivir. Pero ¿qué pasa con otras palabras que estamos dejando desaparecer porque sí, sin que haya poderes fácticos que nos inciten a ello? Entre todos las estamos matando y ellas solas se están muriendo.

No soy yo de los que rinda culto a la concisión (véase mi «Alegato en favor de la explayación»), pero siempre hay que tener a mano conceptos a los que podamos recurrir cuando tenemos prisa. Así, por ejemplo, una sola palabra, «filautía», es lo mismo que «amor propio». «En el quinto coño» o «a tomar por saco» son un patrimonio que, como buenos españoles, debemos proteger, pero hay un «sínsoras», parece ser que usado en Puerto Rico, que podría haber tenido más recorrido como «lugar lejano»; «amidos» condensa un «de mala cara o a la fuerza» y «peñolada» significa «acción de escribir algo corto», idea para la cual abusamos del sentido figurado de «un par de líneas», y el sentido figurado es peligroso en el actual contexto de tiquismiquismo, en el que no sabemos quién nos puede echar en cara la literalidad. Algo similar ocurre con «diuturnidad», muy a mano para dar largas, pues no te mete en el jardín de los datos que comprometen, ya que es un ambiguo «espacio dilatado de tiempo». Es cierto que no acabas antes de decir «nocturnancia» («tiempo de la noche muy entrada») que «las tantas» y que esta supone un menor gasto de energía para los órganos articulatorios, pero la primera triunfa en decoro. Y para el «arroz que queda en el fondo de la olla» tiramos del maravilloso socarrat, pero existe una palabra en castellano, «cocolón», que se usa en Sudamérica y que tiene una segunda acepción que significa «hijo menor de una familia»: el símil entre uno y otro concepto es genial. Este hijo pequeño, conocido hoy en día por «benjamín», tiene otros nombres en nuestro idioma, como «caganidos» o «secaleche», menos honorables. Su desuso, o uso restringido a una zona específica, refleja quizá un aumento de la respetabilidad de este miembro de la familia.

Lo que se entiende peor que el arrinconamiento de estas palabras, que al fin y al cabo han sido sustituidas, o absorbidas, por otras expresiones que dicen lo mismo —y que tienen sílaba más, sílaba menos, y nos quitan milésima más, milésima menos—, es el de las que definían con concisión un concepto y cuyo desuso nos sume en el intricado universo de la perífrasis.

Tontos no somos los hablantes, y el idioma evoluciona con la lógica de la selección natural (del «regatón» hablaremos otro día, quizá en la sección de fenómenos paranormales), teniendo en cuenta, entre otras cosas, el encuentro de lo que supone un menor esfuerzo para el transmisor del mensaje con la mayor posibilidad de comprensión para el receptor. Y, por supuesto, atendiendo a lo que se lleva y a lo que no: hay expresiones o vocablos que dejan de usarse sencillamente porque las realidades a las que aludían se dan cada vez con menos frecuencia. Es lógico que la acepción de «cantarada», «obsequio de un cántaro de vino que los mozos de un pueblo exigían al forastero para dejarle hablar la primera vez por la reja a una joven», vaya desapareciendo. O quiero creer que es lógico, porque la RAE recoge este significado sin matizar que sea p. us o desus., lo cual quiere decir que no hace tanto tiempo que era frecuente. Pero hay otras palabras cuya agonía a mí me cuesta comprender. «Columbrón», por ejemplo, «aquello que alcanza una mirada», además de representar un bonito significado (aunque es verdad que el significante no le hace justicia), daría mucho juego en situaciones en las que queremos decir que no vemos algo, pero nos vemos obligados a explayarnos para justificar si esto ocurre porque no estoy acertado en mi ejercicio de ver, o porque hay obstáculos que pueden ocultar lo que pretendo mirar, o porque lo que se pretende que busque no está en mi… columbrón. El «campo visual» del que solemos tirar en estos casos chirría por pedante, suena a terminología científica.

«Asteísmo», que tampoco es una palabra atractiva, nos vendría al pelo para explicar los malentendidos ocasionado por la «alabanza que se dirige con gracia y delicadeza bajo apariencia de reprensión y vituperio». A los que vivimos en Asia, en donde el doble sentido no siempre se capta como queremos que se capte, si ese término tuviera popularidad, nos daría la forma de justificar con exactitud las tan españolas lisonjas «serás hijo puta», «qué cabronazo eres» o «matarte era poco» que dirigimos a personas que estimamos. ¿Qué tenemos ahora? Un «te estoy insultando de broma» o «te lo decía con cariño», pero no hay manera, o yo la desconozco, de plasmar esta idea en una sola palabra. En el Diccionario del castellano tradicional de César Hernández Alonso y María del Carmen Hoyos Hoyos se recoge el verbo «amecer» —y este sí tiene una pronunciación agradecida— como «pelear o luchar de forma amistosa y a modo de juego». También en esa obra nos encontramos «arrancadera»: «Última copa o trago que se toma con los amigos antes de despedirse». En el RAE no está con esta acepción y hoy expresamos la antigua arrancadera con un «va, la última», al que no se le puede negar sencillez y claridad, pero no deja de ser una maniobra de retórica coloquial. Es, asimismo, una pena que se haya perdido «escurrir» como «salir acompañando a alguien para despedirlo». Esta acción sigue perteneciendo, que yo sepa, a la esfera de lo celebrado (cuántas veces hemos considerado un triunfo haber encontrado la manera de sacar de nuestra casa a los visitantes) y, por lo tanto, deberíamos concederle la naturaleza de palabra única y no de perífrasis. ¿Cómo le dices a tu mujer que ya es hora de que vaya echando a sus padres, que se pasaban por casa porque les pillaba de camino, y ya llevan cuatro horas sentados en el sofá? Un «escúrrelos» es lo suficientemente conciso y la mitad de despótico que un «despáchalos», concepto este que además no incluye la diplomática y considerada noción de «salir acompañando».

«Lechigado» es «acostado en la cama». Con ese matiz —no en el sofá, no en la tumbona, sino en la cama— el «no tocar los cojones» queda claro, pero vete tú a saber por qué misteriosa razón hemos despreciado esa palabra. Y hablando de cojones, la historia del español es un continuo ir y venir de términos que, bien por cuestiones eufemísticas, bien porque es el de la salacidad un campo propicio para experimentar con nuestro salero y chispa naturales, nos ha dejado un legado inabarcable de joyas léxicas: «cirio pascual» para el pene (que es un «capirote echado» cuando pasa por su mejor momento), o basándose en cuestiones onomatopéyicas, «dinguilindón» (me pregunto qué golpearían con el pene, o qué se colgarían en él, para obtener un sonido semejante); «cosquilloso» para los testículos, «bostezo» para la vagina, a la que también se aludía con la ampulosa expresión «honsario do fenecen los mortales». En estos casos, el desuso (del significante, no del significado; toquemos madera) se debe a que la mente humana es un continuo bullir de ideas y analogías en el campo de la libídine, y todas las genialidades no caben, por muchas horas de conversación que dediquemos al tema.


Baquear y otros poemas

Fotografía: Michal Jarmoluk.

Lo aseveró Lord Henry, el más cínico de los personajes del Retrato de Dorian Gray: «Definir es limitar». Poner significado implica cerrar puertas. Fijar con claridad, exactitud y precisión, que es como la RAE define «definir», puede parecernos hasta un proyecto demasiado ambicioso, si no descabellado. «¡Oh, cuán insuficiente es la palabra y cómo es débil para expresar mi concepto!» se lamentaba Dante. Y Bécquer parecía vivir angustiado por esa insuficiencia de la palabra, a la que consideraba un idioma mezquino por «empequeñecer  las ideas más grandes en su círculo de hierro».  No hay que enfrascarse en devaneos filosóficos para cuestionar que se pueda  describir con exactitud y precisión la alegría, la angustia, el mar, el miedo o la vida. Pero no nos queda más remedio que definir si queremos entendernos, por muy feo que pueda parecer embuchar conceptos. Es una cuestión de economía psíquica. La definición es, por tanto, un mal necesario. Y a mí, que me encantan las palabras, concluir esto me produce una cierta sensación de desamparo. Para paliar este regusto agrio, me he dedicado últimamente a buscar por el diccionario de la RAE definiciones que aporten algo más que un significado. La tarea ha sido no solo gratificante, sino reveladora. El diccionario no es un simple catálogo de descripciones parsimoniosas. Hay lírica. Y entusiasmo.  A veces puede resultar incluso empalagoso a fuerza de «almibarar», es decir, de «suavizar con arte y dulzura las palabras…».

Algunas definiciones son un monumento a Calíope. Se nota que los académicos que se han dedicado a limpiar, fijar y dar esplendor a nuestro idioma durante tres siglos no son escogidos al azar. Lo más bonito que he leído en el ilustre mataburros es «Navegar al amor del agua cuando la corriente de esta supera en rapidez a la que le daría a la nave el impulso del viento», que es la definición de «baquear». Ni el poco glamuroso origen etimológico (Der. del desus. baque «batacazo») es capaz de romper el embrujo que produce la definición de este vocablo. Aclaremos que «al amor del agua» no es una combinación que haya patentado el académico-bardo en un alarde de delicadeza retórica. La expresión está recogida en la RAE y significa «de modo que se vaya con la corriente, navegando o nadando». Pero podía haberse sacado de encima baquear, una palabra del montón, con un correcto, pero menos vistoso, «navegar dejándose llevar por la corriente…».

Y ya que hemos llegado hasta el amor, detengámonos en su primera acepción. Sí, esta palabra es un caramelito. A ti, como académico, te toca definir el amor e inevitablemente te vienes arriba; es normal que te acabes marcando florituras como la que encabeza la lista de las numerosas acepciones de uno de los vocablos más antiguos, polémicos y universales que existen: «Sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser» (la negrita es mía). Partiendo de su propia insuficiencia me parece, a nivel estético, una delicatesen. Pero no deja de causarme cierto impacto este, a mi entender, latigazo retórico. No hay ni rastro de esa insuficiencia en, por ejemplo, el Dicionario de la RAG (Real Academia Galega) ni en el English Oxford Dictionary. En la definición de amor de la RAE yo, con mi limitada capacidad para ver, veo un llamamiento subliminal a la humildad, pero también una advertencia implícita: si no quieres enamorarte, allá tú, pero serás un ser incompleto. A la explicación no le falta pasión, pero deja entrever cierta fobia a la soltería. En el Diccionario de Autoridades, el amor era un más que apañado «afecto del alma racional, por el cual busca con deseo el bien verdadero, o aprehendido, y apetece gozarle». Yo no hubiera tocado mucho esta definición, pero vete tú a saber qué carencias observaron en los no enamorados los que incluyeron lo de la insuficiencia.

Puede que el mismo lexicógrafo que apostó por ese inciso de la propia insuficiencia se convirtiera en esclavo de su explicación y, al no haberle ido bien en el amor, lo invadiera la desazón. Así, cuando le atribuyeron la definición de besar, quizá afrontó la tarea con resquemor: «Tocar u oprimir con un movimiento de labios a alguien o algo como expresión de amor, deseo o reverencia, o como saludo». Esto solo puede salir de una persona desengañada con la vida. O eso o «besar» se definió un lunes a las 9:00 de la mañana. Que estamos con el verbo besar, hombre, no con el beso de Judas ni el beso negro. Con todo respeto, y sin entrar ya en si hay algo de cierto en la fría acción de oprimir,¿era necesario incluirla? En el English Oxford Dictionary, en vez de oprimir, usan «caress», y en el RAG, aunque también utilicen el verbo «tocar», lo completan con un «como caricia». Y ni rastro de oprimir.

Otros académicos, o a lo mejor el mismo que profanó la palabra besar, en una época que ya se había recuperado de lo suyo, no fallaron con palabras que piden a gritos al liróforo que llevan dentro. Hay interés estético, y alma, en la primera acepción de «melancolía»: «Tristeza vaga, profunda, sosegada y permanente, nacida de causas físicas o morales, que hace que quien la padece no encuentre gusto ni diversión en nada»; y  «pena de verse ausente de la patria o de los deudos amigos» podrían ser versos de Alberti, pero es la descripción de la Real Academia de «nostalgia», que no desmerece al concepto en sí mismo. Una definición que empieza de manera muy parecida a la de nostalgia es «atrición»: «Pesar de haber ofendido a Dios, no tanto por el amor que se le tiene como por temor a las consecuencias de la ofensa cometida». No  me preguntes por qué, pero noto cierto tono de reproche, unas ganas latentes de acabar la frase con un «y esto es interés, no sentimiento honesto».

Pero no solo encontramos lirismo  en las definiciones de palabras hermosas en sí mismas, diamantes que predisponen al cariño y esmero en la definición. Las musas también pueden aparecer en lugares imprevistos, como en «salacidad», recogida como «inclinación vehemente a la lascivia». Oro puro, en estos tiempos en los que hemos sido condenados al «mueve tu trasero, abajo, arriba» y «si te me acercas más, no es culpa mía si me porto mal» del regatón. Cierto que no se puede pronunciar la palabra «lascivia» sin resultar lascivo: el movimiento de dientes y labios nos condena. Más popular es el «tener ayuntamiento o cópula carnal fuera del matrimonio» con que se lustra a la sórdida «fornicar». En este campo de lo lúbrico se nota recato, poco alarde de los académicos, pero aún se pueden hallar perlas como la tercera acepción de «satisfacer»: «aquietar y sosegar las pasiones del ánimo». Y en «concupiscencia» tenemos «… apetito desordenado de placeres deshonestos». Un «qué apetito más desordenado de placeres deshonestos me está entrando; me gustaría aquietar y sosegar las pasiones de tu ánimo y que tú hicieras lo mismo con las del mío» sería una forma muy decente de realizar una proposición indecente, pero no habrá manera, mientras sigamos empeñados en buscar inspiración en Maluma en vez de en Pérez Reverte.

Hay también conceptos que, para lo que son en sí mismos, podrían parecer no merecedores de tanto gasto en artificio literario: «tumbagobierno» suena a cachondeo, y de hecho la RAE especifica su carácter coloquial, pero alguien arrastrado por el entusiasmo se desató con un «que excede en tamaño, belleza o intensidad a las demás personas o cosas de su línea o especialidad». Vemos que, por ejemplo, «ser alguien o algo la hostia», locución que también recoge la RAE, y que viene a ser lo mismo que tumbagobierno, se zanja con «ser extraordinario»; ya. Gasto mínimo de espacio y de tiempo para los muñones del idioma. Lo mismo pasa con «del carajo»: «muy grande o muy intenso». «Mordaz», como concepto, no nos dice ni fu ni fa, y hay también esfuerzo poético en su definición: «Que murmura o critica con acritud o malignidad no carentes de ingenio». Es un recurso muy vistoso el «no carentes», una especie de doble negación prescindible pero bien traída para favorecer la sonoridad. Poca gente habla así ya. Y la palabra «matizar» no es fea, pero lo que la eleva a categoría de verso es su segunda acepción, que tuvo que surgir un viernes, bajo un cielo despejado: «juntar, casar con hermosa proporción diversos colores, de suerte que sean agradables a la vista».

También la expresión «palabritas mansas» podría pasar desapercibida; a primera vista no sugiere ningún tipo de glamur retórico. Pero alguien le ha cogido cariño, y le ha sacado brillo con esta pulquérrima definición: «Suavidad en la persuasiva o modo de hablar, reservando segunda intención en el ánimo». Algo parecido pasa con «prodigar» en su última acepción, en forma pronominal, certera y rebosante de armonía: «Excederse indiscretamente en la exhibición personal».

Y, como no pretendo prodigarme, aquí lo dejo, mostrando mi admiración por todos los que teniendo que lidiar con lo útil, lo exacto y lo preciso, no renuncian a introducir lo bello.


Glosa al puntoycomismo

Imagen de Rebecca Wilson (CC).

Es el punto y coma un signo de puntuación épico, un héroe dentro del amplio abanico de signos de puntuación en castellano. Lo digo así, directo, para dejar claro el tono del discurso.

El punto y coma no es más que ese ente siempre desconocido, que hace de su desconocimiento un arte; ese ente siempre aislado, que hace de su aislamiento un orgullo; ese ente enigmático, como si se empeñara en mostrar solo la patita de la abuela bajo la puerta del cuento. Eso sí, su uso tiende a difuminarse entre la marea de letras que nos invade. No parece bastar para su supervivencia la elegancia de su grafía (;), que combina los dos rasgos genéticos de sus familiares más ilustres: por un lado, la robustez del punto; por otro, la ligereza de la coma. No importa, aun así va desapareciendo poco a poco con cada texto sin nadie que lo remedie. No obstante, su aura permanece ahí, en el corazón de nuestra gramática, esperando a que la subjetividad del escritor decida por él, ansioso por no ser el último de sus hermanos que salga escena. Siempre fue así, hay muchos tipos de pausas: la corta, a la que nos condena la coma; la media, obligada por el punto y seguido; la definitiva, simbolizada con el punto final… y luego está la pausa del punto y coma, que nadie sabe cuál es, pero que es la más refinada de todas ellas. Porque hay veces que la realidad nos pide una pausa sin saber muy bien para qué. Esas son las verdaderas pausas, las provechosas, las que no tienen principio ni fin. Delante de todas ellas, aunque muchas veces no lo sepamos, hay un punto y coma.

Luego está ese plural invariable (la coma, las comas; el punto, los puntos; el punto y coma, los punto y coma), como si una forma valiera por todas. Es como el plural de dios, que en el mundo moderno y occidental pierde sentido. El símil no es exagerado, los puntoycomistas vemos al signo como una especie de deidad a la que tenemos que rendir pleitesía. El propio texto le rinde pleitesía. De hecho, todas las palabras que siguen al punto y coma han de ser escritas con minúscula (excepto, como ocurre con todo en la lengua, en contados escenarios). Esta suerte de humillación narrativa es lo menos que podríamos esperar de una figura tan importante para el castellano como es esta. Su difícil supervivencia responde a un motivo principal: corren malos tiempos para la subjetividad. Es este un mundo marcado por las reglas y, lo que es peor, por la complicidad del habitante del siglo XXI para adaptarse a ellas. El hecho de que el punto y coma ofrezca una cierta libertad es, en opinión de estos párrafos, una licencia que el castellanohablante no está dispuesto a permitirse.

Eso sí, la dignidad de un punto y coma nunca puede ponerse en duda. Por ejemplo, la Real Academia adapta la mayoría de usos de nuestro signo a la utilización de otros signos. Alrededor de este asunto, el puntoycomista siempre encuentra la mirada alta de este signo cuando se enfrenta al Diccionario panhispánico de dudas. Por ejemplo, de su utilización más extendida, la RAE dice: «Separa los elementos de una enumeración cuando se trata de expresiones complejas que incluyen comas». ¿Acaso no queda claro que ceñirnos siempre a la prevalencia de la coma es insuficiente? Un verdadero puntoycomista sabe que hay complejidades (utilizando el mismo término que la RAE) que no caben en una pausa de una coma, como se sugería al principio del texto. Es decir, las reflexiones que más exigen a las meninges salen siempre de un punto y coma, ya lo deja claro el DPD

El segundo uso que del punto y coma recoge la Docta Casa es, sin duda, mi favorito. Lo enuncian así: «Se utiliza para separar oraciones sintácticamente independientes entre las que existe una estrecha relación semántica». La relación semántica. Nunca imaginé que a los puntoycomistas nos pusieran en bandeja la razón de nuestras sinrazones. Solo nosotros somos capaces de encontrar la relación semántica que merece un punto y coma. ¿Y qué relación es?, preguntará el lector. ¿Acaso importa? Lo realmente valioso es el fruto de esa relación. La Academia lo sigue definiendo bien: «La elección de uno u otro signo depende de la vinculación semántica que quien escribe considera que existe entre los enunciados. Si el vínculo se estima débil, se prefiere usar el punto y seguido; si se juzga más sólido, es conveniente optar por el punto y coma». Da en el clavo. Ese vínculo sólido es el que mantiene todavía vivo este texto. 

El tercer uso que recoge el diccionario es, quizás, el minoritario entre todos ellos. Se debe colocar el punto y coma delante de ciertas conjunciones (mas, pero, sin embargo; todo adversidad) siempre que las oraciones a las que da paso la conjunción tenga «cierta» longitud. La Academia utiliza ese adjetivo, «cierta», de nuevo colocando sobre las espaldas del hablante el peso de una decisión tan importante como es imponerle una pausa a nuestra vida. Como si no tuviéramos bastante con decidir la velocidad punta, la aceleración, el rock and roll; ahora también tendremos que hacer hincapié en el freno, en la duda, en el silencio. Dado que se trata de conjunciones en su mayoría adversativas, todo puntoycomista sabe que la mejor manera de contradecir algo o a alguien (en este caso, una idea) es colocando un punto y coma sobre su dignidad textual. Es, al fin y al cabo, el sino de todo «símbolo»: «simbolizar» algo en nuestro imaginario. El último apéndice académico referido al uso del punto y coma es un tanto desconcertante. Reza algo así: «Detrás de cada uno de los elementos de una lista cuando se escriben en líneas independientes y se inician con minúscula». Como no tengo ni idea de a qué se refiere, solo puedo decir que pondré punto y coma como está mandado cuando de saltar líneas se trate; de hecho, la mayoría de lenguajes de programación finiquitan sus sentencias con este signo. Alguien debió de verlo claro.

La vida se decide entre silencios. Es tan simple como eso. Mañana, en el fragor de un texto, la quietud de un punto y coma nos hará grandes. Los días son demasiado largos, los textos demasiado rápidos; pero todo puntoycomista sabe que en el espacio que cabe en un punto y coma (ya saben, menor que un punto, mayor que una coma) se esconde la esencia de cualquier épica.

Que se lo digan, si no, a las trece veces que, a través de estos renglones, se dejó ver.


Inés Fernández-Ordóñez: «La lengua evoluciona de forma natural y es un sistema eficaz en todas las épocas»

Inés Fernández-Ordóñez (Madrid, 1961) es filóloga especialista en dialectología rural, catedrática de Lengua Española en la UAM y sillón P de la Real Academia Española desde 2008. Es discípula de Diego Catalán Menéndez-Pidal, un vínculo que la une a la figura clave de la filología en España, Ramón Menéndez Pidal —de cuya teoría de la formación del español ofreció una revisión en su discurso de ingreso en la RAE— y a su escuela, de la que toma el testigo de interpretar la relación entre la historia y los textos, con un enfoque actualizado.

Estamos en la exposición «La ciencia de la palabra», una excusa perfecta para hablar de la filología como ciencia. ¿Qué parte hay de ciencia y qué parte de  interpretación?

La filología tiene muchas orientaciones y en todas ellas se puede hacer ciencia, tanto si es lingüística, investigación o reconstrucción de textos antiguos, etc. Por ejemplo, si queremos saber lo que realmente escribió un autor, tenemos una pluralidad de testimonios antiguos y no sabemos cuál representa verdaderamente la palabra del autor, la filología tiene herramientas de crítica textual que permiten reconstruir con cierta fidelidad, aunque no con absoluta seguridad, el texto que el autor escribió. La lingüística, que por supuesto es una disciplina de las humanidades, también tiene mucho de ciencia en el sentido de que podemos establecer predicciones del comportamiento de las lenguas a través de la comparación, la observación y el análisis, realizamos experimentos en los que comprobamos si las cosas son como esperábamos o no.

En el discurso de ingreso en la RAE hablaste de la formación del español con una interpretación diferente a la de Menéndez Pidal, defendiendo el papel de otros dialectos además del castellano. ¿Nos puedes explicar esta diferencia de interpretaciones? ¿Se trata de falta de datos o de tratamiento de datos interesada?

Hay un poco de las dos cosas. El científico no es neutro, quiere probar una hipótesis, tanto si es de ciencias experimentales como si es de humanidades. Menéndez Pidal quería demostrar que Castilla había hecho España, pero no porque él quisiera, sino porque toda la mentalidad de su época estaba imbuida de esa ideología. Él es muy honesto, en Orígenes del español él compara datos del leonés, del castellano, del aragonés y con las herramientas de que disponía entonces, que fundamentalmente eran las de la fonética histórica, intenta delimitar los orígenes del castellano. Es decir, creo que él tiene una gran honestidad intelectual con los datos pero también un prejuicio ideológico. Por otra parte, hay muchos datos que él no llega a conocer en su momento, porque no estaban a disposición de los investigadores; esa falta de datos también pudo condicionar una interpretación más compleja de la historia de la lengua que hoy pensamos que es la correcta. La tendencia actual es considerar que el español es una lengua que surge de la confluencia de los tres dialectos: el asturleonés, el castellano y el navarroaragonés. Entran en contacto en la parte central y meridional de la Península Ibérica y como resultado a veces triunfan los rasgos castellanos, y esos son los que estudió Menéndez Pidal, los referidos a la pronunciación, pero en otros aspectos de gramática o léxico, triunfan rasgos no necesariamente castellanos. Él tenía esa idea, pero siempre pensó que el castellano era la lengua preponderante, lo que tenemos que matizar es que tuviera esa importancia. Él fue muy honesto con los datos hasta el siglo XI, pero después proyecta la historia política de Castilla sobre la historia lingüística. No puedes identificar los territorios que dominaba Castilla con el castellano. Los territorios que eran políticamente castellanos podían hablar variedades que no necesariamente se identificaran con la que se hablaba en la cuna del castellano.

¿Qué textos consideras imprescindibles para entender la historia de España?

Para entender la historia de  España en la Edad Media y en el Renacimiento creo que es fundamental la Historia de España de Alfonso X el Sabio, porque es la base de todas las historias que se escribieron hasta Juan de Mariana, todos siguen ese modelo o lo contestan y en gran parte se recupera en la historiografía romántica del siglo XIX. Para entender un poco la conformación del país, esa obra del siglo XII tiene una importancia que trasciende la época en la que fue escrita porque se convirtió en la fuente de todas las crónicas generales que se escribieron en el Renacimiento y contribuyó a constituir la identidad española.  Para entender la historia moderna del siglo xix los Episodios nacionales de Benito Pérez Galdós serían importantes y para el siglo xx Arturo Barea o Pío Baroja. Para los Siglos de Oro creo que me iría al Quijote, y a la novela picaresca y el diálogo renacentista como los dos géneros que permiten entender más profundamente la mentalidad en los siglos XVI y XVII.

¿Cómo surge el proyecto del Corpus Oral y Sonoro del Español Rural, cómo se realiza y cuál es su finalidad?

Surge por una cuestión estrictamente personal, cuando empiezo a dar clases me encargan dar dialectología y constato que la mayor parte de las fuentes se dedican al asturiano y al aragonés pero no hay apenas fuentes del castellano, y las que hay se dedican sobre todo a la variación del léxico rural, pero hay muy pocos estudios de variación gramatical. Como parte de la asignatura me planteo hasta dónde llega el laísmo y el leísmo, cuál es la isoglosa, el límite lingüístico del área del leísmo de la de no leísmo; empiezo a buscar fuentes y en ese año, creo que era el 88, realmente no había. Entonces leo un artículo de una profesora hispanoamericana, Flora Klein Andreu, que decía que el leísmo no estaba presente en toda Castilla. Ella era sociolingüista, no dialectóloga, pero había hecho un estudio mediante encuestas que contrastaba la forma de hablar en Soria con la de Valladolid. Yo tenía el modelo de Diego Catalán, que era mi director de tesis, y él hacía encuestas de romancero —como su abuelo, Menéndez Pidal—, y el modelo de mi padre, que fue ingeniero y profesor y siempre había organizado viajes de prácticas para sus alumnos; entonces pedí una subvención a la facultad para organizar un viaje de prácticas de dialectología. En principio la finalidad era comprobar si lo que había leído era cierto, pero inmediatamente me di cuenta de que había un filón por investigar. Empecé a pedir proyectos de investigación asociados a la gramática dialectal y empecé a grabar en el año 90. Al cabo de unos años, el rectorado de mi universidad me reconoció la actividad como prácticas de campo y así fuimos haciendo encuestas. Poco a poco tenemos el Corpus Oral y Sonoro del Español Rural,  que es un corpus de grabaciones realizadas en entorno rural con informantes elegidos al azar que sean nativos de la zona y que sean personas mayores, porque presuponemos que han podido tener menos acceso a la educación y pueden reflejar de forma más fidedigna el habla menos estandarizada y más cercana al ideal lingüístico del pasado. Estas grabaciones han permitido documentar muchos fenómenos lingüísticos que no estaban siquiera descritos e investigar otros que no estaban suficientemente estudiados. Todavía quedan otros por investigar que están en el corpus, el problema es que es muy difícil conseguir subvenciones y la transcripción es carísima.

¿Qué desvelan los estudios sobre loísmo, laísmo y leísmo? ¿Has logrado establecer un mapa de cómo se reparten estos fenómenos en el territorio español?

He reconstruido la distribución dialectal, pero el leísmo a través del habla estándar, de Madrid fundamentalmente, tiene hoy una difusión mucho más amplia que su área dialectal originaria. El leísmo es una forma de utilizar los pronombres que es propia de la Castilla occidental y es la única parte de esa forma que ha sido aceptada en la lengua estándar y se está difundiendo por toda la Península. Por ejemplo, en zonas bilingües: en el castellano de Barcelona la gente es leísta, pero no como en Castilla ni como en el País Vasco ni como en Cantabria; los son como en la lengua estándar, es decir, usan «le» para el objeto directo masculino y nada más.

¿Entonces cada zona tiene sus señas de identidad leísta?

Sí, en la Península hay al menos tres formas de ser leísta.

Como conocedora de las variedades del español, ¿qué opinas de los debates que en ocasiones se originan sobre en qué zona se habla el mejor castellano? ¿Tiene algún sentido?

Desde un punto de vista geográfico no lo creo. Cada uno habla con la variedad propia de su zona. Desde un punto de vista dialectal no creo que sea mejor el castellano de México o el castellano de Soria, por ejemplo.

Y, en sentido temporal, ¿se puede decir que «cada vez se habla peor»?

No lo creo. La lengua evoluciona de forma natural y es un sistema eficaz en todas las épocas. Se habla mal, entre comillas, cuando no tiene hablantes; ese es el problema de una lengua.

Es la idónea en su momento y en su lugar.

Exacto. El problema es que se confunde lengua con lengua estándar, hay que ser muy conscientes de que la lengua estándar es un dialecto en el que somos instruidos a lo largo de años de escuela. No es el dialecto de nadie. No es la variedad que uno aprende naturalmente, sino a través de la instrucción. Es una lengua en la que se proyectan ciertos ideales, como la unidad o la inmutabilidad. Cuando se dice que hay una decadencia en la lengua en realidad se habla de la lengua de cultura o estándar, pero nunca se puede afirmar que un hablante sea menos competente que su padre o su abuelo. Respecto a la lengua estándar, es difícil decir si hay una decadencia porque es verdad que quizás hay un cierto empobrecimiento léxico. Por ejemplo, un compañero mío, profesor de instituto,  me contaba que en los exámenes de selectividad, para un grupo de doscientos alumnos entró el significado de la palabra «pródigo», que no supo ninguno, y de «misántropo», que supieron dos. Me pareció escandaloso y le pregunté a mis hijas, que son estudiosas y se supone que han leído, y ninguna lo sabía. Quizás es que las nuevas generaciones no han dependido tanto de la cultura escrita como nosotros dependimos, mi proceso de formación y de ocio era a través de la lectura.

¿Hay una responsabilidad del sistema educativo, que cada vez ha ido relegando más las humanidades?

No, sinceramente creo que es más un problema social que de la escuela. Tampoco se estimulaban especialmente las humanidades cuando yo era joven, y sin embargo la gente que estudiaba sabía escribir sin faltas de ortografía, con léxico más amplio, etc. Quizás porque eran menos los que estudiaban y eso actuaba de filtro, pero creo que es más un problema social: yo empleaba mi tiempo libre en leer, ahora mis hijas emplean su tiempo en ver películas y series.

Eso aporta otro tipo de cultura.

Aporta otra cultura, aprenden otras cosas, pero evidentemente la palabra «misántropo» no sale en la serie y no tienen que buscarla en el diccionario. Tienen una mentalidad diferente; tú leías una palabra que no entendías, la buscabas y la apuntabas en el margen del libro, pero ¿hoy en día qué sentido tiene memorizar una palabra si lo tienes en el momento? Es decir, creo que desde un punto de vista activo, la lengua estándar quizás no tiene un gran nivel general, pero también hay que pensar que se ha extendido muchísimo gracias a la difusión de la educación. Antes estábamos comparando una minoría con una mayoría sin estudios y ahora todos tienen estudios, y eso es un gran avance.

¿Deberíamos alarmarnos por el uso del español que hacen los jóvenes y menos jóvenes en internet, con tantas «k», abreviaturas, sin vocales, etc., o es perfectamente compatible con la corrección en otro contexto?

Siempre he dicho que no es un problema, lo importante es saber dominar el registro de la lengua estándar. Si eres capaz de escribir bien en español y en inglés, por qué no vas a ser capaz de escribir español de dos maneras: una la que aprendes en el colegio y otra en la que te permites ciertas libertades. Creo que además esa ha sido la realidad durante muchos siglos en los que no había una unidad ortográfica; la realizaba la imprenta y cada uno en su manuscrito escribía más o menos como quería hasta que se empezó a generalizar la educación y a imponerse una norma gráfica a partir del siglo XIX. Eso es lo que pensaba, pero ahora que recibo mails de mi hija, estoy cambiando de opinión [ríe].

Respecto a la lengua estándar, ¿es cierta la afirmación de que «la lengua la hacen los hablantes»? ¿La norma es tan democrática o en realidad es una aristocracia, en el sentido etimológico de la palabra? Porque realmente manda más Varga Llosa que yo.

Mi opinión es que la estandarización que no esté basada en el uso no tiene posibilidad de prosperar. Si haces una recomendación de un uso basado en el de gente muy ilustre pero de empleo muy minoritario, no prospera. Lo hacen las que emanan de un uso general que se ha asentado en la lengua, porque en los cambios lingüísticos lo fundamental no son las minorías, son las clases medias. Esto lo han estudiado muy bien los sociolingüistas. Un cambio puede empezar en un grupo sociocultural marginado, pero no prospera si no prende en los grupos intermedios. Cuando penetra en las clase medias se difunde y gana la batalla. Lo mismo podemos decir respecto de un uso marginal de las clases altas, de individuos muy ilustres, que tienen un altavoz muy importante pero que no necesariamente consiguen que su práctica reciba el refrendo de la colectividad. Recomendar usos lingüísticos minoritarios que no están basados en el uso colectivo no tiene sentido.

¿Qué labor desarrollas en la RAE actualmente?

Participamos todos en comisiones que se reúnen cada jueves. Estoy en la comisión de Cultura II, donde se hacen revisiones transversales, hicimos todo el vocabulario de la retórica, el de los hobbies, y ahora estamos revisando palabras de las que hay una ficha preliminar pero no han llegado a entrar en el diccionario por ser minoritarias o solo de un área concreta.

¿Para el diccionario histórico?

No, para el general.

Que se va a hacer de nueva planta, ¿no?

Sí, existe la idea de hacer un diccionario de nueva planta que será completamente digital.

¿Así se librará de esas definiciones obsoletas heredadas?

Efectivamente, el diccionario de la academia es fundamentalmente acumulativo. Ahora se ha hecho un esfuerzo por modernizarlo, pero hay definiciones que remontan a Autoridades, otras a 1780, etc. Cada generación ha ido aumentando el diccionario. Muchas veces refleja un mundo que ya no existe u objetos que ya no se usan y se mantienen ahí porque se piensa que pueden ser de utilidad para leer a los clásicos, y en ocasiones reflejan también una mentalidad no acorde con los tiempos. El nuevo diccionario pretende ser de nueva planta y las definiciones se harán de nuevo, no se trabajará con definiciones heredadas que se modifican o añadiendo nuevos lemas.

Se suele poner en tela de juicio la utilidad de la academia arguyendo que en otras lenguas no existe este organismo. ¿Qué papel tiene la RAE y por qué es necesaria?

En todas las lenguas hay una institución, sea pública o privada, que fija el estándar lingüístico. Nosotros tenemos la suerte de que esta institución se fundó hace trescientos años, si no existiera podríamos postular una alternativa, pero, teniendo una institución con los medios y la tradición, no tiene sentido. Lo importante es que la Academia sea una institución al servicio de la comunidad hispanohablante, y esto creo que es algo que desde los últimos años del siglo XX hasta hoy se tiene muy presente. Es decir, no debe ser una institución ensimismada, sino abierta a la sociedad y que proporcione recursos lingüísticos de utilidad para toda la comunidad de hablantes.

La política panhispánica de la RAE pretende dar su sitio a todas las variedades del español. ¿Crees que los castellanoparlantes españoles son etnocentristas respecto a variedades americanas mientras que vemos el inglés como lengua de prestigio?

Respecto al inglés, seguro. El inglés es prestigioso y por eso nos gusta aderezar nuestro discurso con palabras en inglés, pero no solo en España, en Sudamérica y en todo el mundo. Respecto al español de América, a mí me llega la opinión contraria: que cualquier hablante rural hispanoamericano habla un mejor español que un hablante urbano de la Península. Que no es cierto, porque realmente hay hablantes urbanos y rurales que hablan bien y mal en todas partes. Depende de sus habilidades lingüísticas y de su dominio de la lengua estándar.

¿Cuál crees que es el mecanismo correcto para incorporar los anglicismos?

Creo que es inevitable, en un mundo donde tenemos un liderazgo del mundo anglófono, que entren palabras del inglés, al igual que durante los siglos XVIII, XIX y hasta mitad del XX todo el léxico incorporado es de origen francés, lo que pasa es que no nos choca tanto porque tiene una raíz latina y no nos damos cuenta de su origen foráneo. Intentar evitarlo es una batalla perdida y no le veo el sentido. Ahora, ¿qué hacemos con los anglicismos? Mi opinión es que tenemos un problema porque la gente ahora sabe inglés. Antes se asimilaba fonética y gráficamente a tu idioma, pero ahora a la gente le gusta escribirlo en inglés y pronunciarlo en inglés.

Y escribirlo en inglés y pronunciarlo en español.

También. En mi opinión la postura más inteligente, que es la que adoptan los alemanes: una vez que un anglicismo entra, adaptarlo ortográficamente, para evitar que pasen cosas como «whisky», que ya no lo puedes cambiar. Cuando una palabra se ha instalado en tu memoria gráfica es muy difícil cambiarla.

Entonces, hay que actuar cuanto antes.

Justo lo que se ha hecho con «tuit». Si no se hubiera hecho nada —que era lo que hacía antes la Academia, dejarlo en barbecho— ese anglicismo entra en la lengua escrita y ya forma parte de ella. Esa es mi opinión, que no es necesariamente la institucional.

Siendo mujer y académica sé que hay preguntas sobre el machismo que son recurrentes, pero me ha llamado la atención ver como titular en varias ocasiones «soy miembro, no miembra»; leyendo la respuesta he visto que era más matizada —que no la utilizas porque no se usa— y no una declaración de principios como parecía, y me gustaría saber cuál es tu postura respecto al lenguaje no sexista.

El lenguaje no es sexista. El masculino es el género por defecto no marcado. Es decir, cuando tienes un conflicto de referentes de dos tipos, el masculino es el que se introduce. Esto pasa en todas las lenguas de Europa. Cuando tenemos problemas de concordancia en los plurales, por ejemplo, el número no marcado es el singular y el que se introduce en caso de conflicto de concordancia. La gramática, cuando hay dos posibilidades de concordar, elige aquella más general. Por razones probablemente históricas claramente relacionadas con el patriarcado que ha dominado toda la sociedad europea durante mil años, el masculino es el género no marcado. Y es algo que no ha pasado hace poco, porque antes el género no marcado era el neutro, pero a partir del siglo IX o X cambió en muchas de las lenguas europeas a favor del masculino.

Pero esto, que a mí también me han enseñado así, no funciona en la práctica. Nunca encontrarás un colectivo formado por mujeres en el que encaje el masculino como género de marcación cero. Por ejemplo, ama de casa.

Pero porque no hay amos de casa.

Precisamente. Si no hay hombres, no funciona. Tendría que haber una entrada neutral de «amo de casa», aunque no hubiera ni uno, si tuviera marcación cero.

No marcado no significa que sea cero, es decir, no es totalmente neutro. Significa que cuando tú tienes un conflicto hay uno que tiene una extensión más general y es el que se introduce. Digamos que el femenino tiene una marca adicional que restringe el grupo general. Dicho esto, no quiere decir que grupos de la sociedad no puedan hacer propuestas sobre usos lingüísticos, yo no estoy en contra de que los jóvenes digan «mazo», tampoco estoy en contra de que las mujeres propongan que se usen dobletes en los géneros, creo que es una propuesta lícita. La lengua es algo vivo y flexible. De lo que sí estoy en contra es de que se imponga desde un punto de vista institucional, no puedes hacer pensar a la gente que está siendo sexista cuando hace un uso normal de la lengua. También estoy a favor de que se introduzca la moción de género en los sustantivos. Por otra parte, desde un punto de vista psicolingüístico, es verdad que hay bastantes estudios que dicen que cuando se usan los plurales masculinos el hablante no suele entender que el grupo incluya a las mujeres. Es decir, que cuando a un niño se le dice «los niños» no necesariamente piensa en un colectivo de niños y niñas. Habría algunos contextos donde sería lícito introducir los dobletes. Por tanto, mi postura es que en el lenguaje administrativo, en el que se ofrecen puestos de trabajo, todos aquellos documentos que tengan una alocución pública que tenga una audiencia masculina y femenina pueden contemplar perfectamente los dobletes si se cree necesario para evitar ambigüedades. En definitiva, es una decisión de los hablantes, si deciden utilizar estos dobletes, prosperarán.

Y, yendo al fondo y no a la forma, ¿consideras que la lengua tiene influencia en cómo generamos los conceptos, como afirman las teorías relativistas? Es decir, ¿visualizar a la mujer en el lenguaje ayuda a proyectar ese concepto?

Piensa por ejemplo en lenguas que no tienen género, como el inglés. ¿Crees que las mujeres están más o menos discriminadas en el inglés porque no hay género?

Pero no hay un género predominante.

No, no lo tiene, pero ¿es menos machista la sociedad inglesa o la holandesa que tiene un artículo que no marca el género? ¿Es más o menos machista la sociedad alemana que sí tiene género? O las lenguas escandinavas que tienen un género común, que incluye femenino y masculino. ¿Existe una relación entre lengua y sociedad? Yo no lo creo. Hay formas de la gramática que empiezan siendo icónicas, como se llama en gramática funcional, que reproducen la realidad; por ejemplo, un reflejo icónico es que las formas del plural son siempre más pesadas que las del singular, no hay lengua en la que las formas de plural sean más breves que las del singular. Pero una vez que una forma que está semánticamente motivada se gramaticaliza pierde parte de su sentido originario, se fosiliza, ya no responde necesariamente a su motivación primaria. Este uso de los dobletes lo que quiere es resemantizar el lenguaje de nuevo, creando una nueva denotación del masculino y del femenino. A mí me parece que es lícito y habrá que ver si prospera y, si es así, habrá que aceptarlo.

En el mundo de la educación hay desigualdad en el reparto de puestos de responsabilidad. En el caso de la filología es muy llamativo porque una mayoría aplastante de la base es femenina. En algún momento te has manifestado en contra las cuotas, ¿en un campo en el que la mayoría de los expertos son mujeres no tiene sentido forzar que alcancen puestos de responsabilidad para romper una tendencia heredada?

Ahora mismo los profesores titulares son 50 % hombres y 50 % mujeres y la proporción de catedráticas en Filología debe de ser bastante superior al 15 %, que es la media en todas las disciplinas. No creo que sea un número tan reducido. También hay que tener en cuenta que las promociones a cátedra con los recortes han disminuido y esa generación de profesoras titulares no ha tenido acceso a la cátedra porque ahora mismo no hay plazas. Mis profesores eran todos catedráticos, había muy pocas mujeres. De mi edad creo que debe de haber un 30 %. Si haces el cómputo por franjas de edad te encontrarías que sí se ha ido aumentando el porcentaje de mujeres. Cuando esta generación de profesores titulares llegue a catedráticos, lo lógico es que sea del 50 %. No creo que permanezca ese sesgo tan claro. En mi disciplina no creo que sea necesario, solo conozco un caso, aunque no en mi área, de una chica extraordinariamente brillante que daba cien vueltas a todo el tribunal y la suspendieron siete veces. Eso sí que fue una vergüenza y salieron hasta cartas en El País. Pero en mi área no conozco ningún caso. De lo que sí estoy a favor es de que los tribunales sean paritarios, porque es una garantía de que no va a haber una elección condicionada por una mayoría masculina, pero no de nombrar a la gente por cuotas.

La última pregunta, no por ello menos importante: ¿el solo con tilde o sin tilde?

La última Ortografía lo recomienda sin tilde, pero no solo la última, desde los años sesenta. Es una recomendación que se venía haciendo hace mucho y no ha prosperado nada; como te decía, hacer recomendaciones que no están basadas en el uso muchas veces no sirve para nada.

Pero la Ortografía es prescriptiva.

Sí, es prescriptiva, pero sobre todo ha de ser prospectiva. Cuando una práctica gráfica está muy asentada es muy difícil cambiarla.

Para eso están los niños a los que van a enseñar que no lleva tilde.

Exactamente, por eso digo que es prospectiva. En el momento en el que la generación de chicos jóvenes la acepten está resuelto. Una reforma ortográfica necesita una generación para establecerse.

Pues esta norma está costando varias generaciones.

Ahí tienes un caso en el que la gente te lo argumenta, porque le gusta el «solo» con tilde.

¿Pero qué argumento es ese, «me gusta»?

[Ríe] El mismo que el de me gusta «todos y todas».

No me has contestado. ¿Con o sin tilde?

La he quitado porque ya era vergonzoso, pero hasta hace poco la he utilizado porque así es como me lo enseñaron.