Rafael Nadal, Ashleigh Barty y casi todo lo que nos dejó el Open de Australia de 2022

Rafael Nadale en la final masculina del Open de Australia de 2022. Foto Cordon Press.
Rafael Nadale en la final masculina del Open de Australia de 2022. Foto: Cordon Press.

Es difícil no caer en la exageración cuando lo visto este domingo en Melbourne se presta tanto a ello. Vayamos a un momento muy concreto de la final masculina entre Rafael Nadal y Daniil Medvedev para intentar entender un poco el resultado: tercer set, Medvedev acaba de imponerse en el tie-break del segundo después de remontar una ruptura de servicio y se coloca 3-2 y 0-40 sobre el servicio de Rafa Nadal. Son, en la práctica, tres pelotas de partido a las dos horas y media de comenzado el mismo.

La primera, la salva Nadal con un primer servicio y una dejada. Sabe que a Medvedev, con su más de 1.90, le cuesta un mundo correr hacia adelante. De hecho, aquí, el ruso inicia la carrera e inmediatamente la frena. No va a llegar y, al fin y al cabo, tiene otras dos oportunidades. El siguiente saque de Nadal le sale demasiado centrado y Medvedev ataca con el revés a dos manos: una bola buenísima que descoloca al español, que, aun así, consigue devolverla como puede, aunque un pelín corta. El ruso se lanza de nuevo al revés a dos manos, otra bola larguísima que Nadal vuelve a devolver en un ejercicio de supervivencia. Solo queda rematar el punto, pero Daniil exagera el golpe y manda la pelota fuera por un buen trecho con su tercer revés consecutivo.

Queda la tercera bola de break y, esta vez, Rafa se la tiene que jugar con su segundo servicio. Se inicia un peloteo de derecha a derecha y luego de revés a revés hasta que Medvedev decide intentar una dejada para atraer a Nadal a la red y luego pasarle. Lo ha hecho varias veces, casi todas con éxito, solo que esta vez la dejada se queda un poco larga y Nadal corta el revés para que la pelota apenas bote cuando se acerque a Medvedev, mal colocado en la pista. Tanto, que el ruso manda su derecha a la red. A partir de ese momento, empezará otro partido… o, más bien, el marcador empezará a reflejar el cambio que ya había comenzado en el set anterior. Es un juego que cambia la historia como la cambiaron esos dos puntos de partido de Federer en Wimbledon 2019. Pero, obviamente, no es lo único que merece la pena destacarse:

1. Lo primero, el campeón: Rafael Nadal ha ganado su vigésimo primer título de Grand Slam diecisiete años después del primero. Ambas cosas son récords en tenis masculino. También ha ganado su segundo Open de Australia trece años después de ganar el primero, solo por detrás del australiano Ken Rosewall, que dejó pasar catorce años entre su primer US Open (1956) y su segundo (1970). En lo que va de temporada ha ganado sus once partidos oficiales, todos en Melbourne, con lo que termina el mes de enero con dos torneos ATP ya en su palmarés. Hace dos meses, no sabía si podría seguir jugando al tenis.

2. Antes de entrar en más aspectos, dejemos una primera conclusión: el único miembro del «Big 3» participante, con treinta y cinco años y medio, el pie roto y ausente de las pistas durante cinco meses y pico, ha sido mejor que el mejor jugador que hayan dado las siguientes generaciones, el ruso Daniil Medvedev. Y ha sido mejor, no por épica ni por pelotas ni por nada de eso. Ha sido mejor porque juega mejor al tenis. Y jugar bien al tenis no consiste en darle muy fuerte, sino en saber qué golpe conviene después del siguiente, algo que el ruso, básicamente, desconoce.

3. Se podría decir que Medvedev dejó escapar el triunfo, pero eso sería injusto con Rafa. El sudor de Nadal en el primer set ya indicaba que algo no iba bien. Durante casi todo el torneo ha tenido que jugar de día, con más calor y menos humedad. Esa primera media hora de tenis nocturno le machacó físicamente. Nunca encontró su lugar en la pista. Dejó escapar absurdamente el segundo set, pero a partir de ese 0-40 en la tercera manga ya fue ampliamente superior a su rival. Hacía años que la derecha no le corría a tal velocidad y no le cogía tales efectos. Empezó a fallar menos, a sacar con más primeros y se limitó a ver cómo su rival se autodestruía.

4. Porque lo de Medvedev fue una autodestrucción en toda regla. Hay cosas que te dejan en ridículo aunque ganes: los gestitos al público gratuitos, la sensación de que te da todo igual, la mala educación con los jueces de silla… pero esos mismos detalles, cuando pierdes, directamente se vuelven inaceptables. Medvedev se pasó desde mediados del tercer set a mediados del quinto compitiendo con Nadal, consigo mismo y con la grada. Aún no sabemos por qué. Falló golpes sencillísimos, mandó fuera hasta el cuarenta por ciento de los restos de Nadal en el set decisivo y no supo nunca leer el partido y lo que requería.

5. En ese sentido, tan relevante como el sexto juego del tercer set fue el undécimo del quinto parcial. Medvedev venía de romper a Nadal cuando este sacaba para ganar el torneo. Era el momento de hurgar en la herida y el ruso no dio una. En vez de abusar del revés de su rival, siguió empeñado en el duelo de derechas que llevaba todo el partido perdiendo y a eso le sumó una subida precipitada a la red, una dejada lamentable con todo el campo libre para poner el 40-15, una derecha al pasillo de dobles, otro revés al pasillo de dobles, y, por último, un tercer error no forzado mandando larga una derecha a media pista. 

6. De Medvedev se dice que va a ganar muchos torneos de Grand Slam. No sé cuándo. Ha ganado uno en sus cuatro finales. Sí, puede que alguno más caiga, siempre que no tenga que jugar con alguien que le obligue a pensar y a volear. Su lectura del juego fue pésima en todo momento, demasiado automática y previsible, lo que permitía a Nadal adelantarse continuamente a las intenciones de su rival. En la red, directamente es un desastre. De vez en cuando, puede sacarse de la manga algún punto espectacular, pero, por lo general, sus voleas son terribles, con fallos impropios de un jugador de élite. Yo soy de los que creen que las oportunidades no vuelven. Medvedev pudo ganar en cinco sets a Nadal el US Open de 2019… pero perdió. Dos años y medio, pudo volver a ganar en cinco sets a Nadal el Open de Australia de 2022 y volvió a perder. Esas cosas no pasan por casualidad.

7. Volviendo a la mística del «Big 3», desde el regreso de Federer de su primera lesión hace justo cinco años, han ganado dieciocho de los veinte torneos de Grand Slam jugados. Dejando solos a Djokovic y a Nadal, se han llevado trece de los últimos quince. Las excepciones: el US Open 2020 que ganó Dominic Thiem tras la descalificación de Djokovic en octavos de final y el US Open 2021 que ganó Medvedev y en el que no participaron ni Federer ni Nadal, ambos lesionados. Es un dominio insultante.

8. En general, fue un gran torneo. A mí, al menos, me gustó muchísimo. Muy competitivo y con muchos partidos épicos. Los cuartos de final quedarán para el recuerdo: Denis Shapovalov forzó cinco sets ante Nadal antes de venirse abajo lamentablemente cuando el español andaba con problemas estomacales fruto del agotamiento; el otro canadiense, Felix Auger-Aliassime, también llevó a Medvedev hasta el quinto, pero acabó cediendo pese a darlo todo. Matteo Berretini se impuso en cinco sets a Gael Monfils, que siempre nos deja una de estas en cada slam. A sus treinta y cinco años, el francés sigue pensando que puede ganar un grande. No ha tenido demasiada suerte en su carrera, la verdad.

9. El único que pasó esa ronda sin apuros fue el griego Stefanos Tsitsipas, probablemente, la otra gran sorpresa junto a Nadal. Tsitsipas es otro de esos jugadores que caminan sobre el alambre de la gloria. Parece que llegarán al final del camino, sí, pero se empeñan en amagar constantemente con la caída. Tras varios meses con molestias y la duda hasta el final de su presencia en Melbourne, Tsitsipas se plantó en semifinales al ganar al joven italiano Jannik Sinner en tres cómodos sets. Una vez ahí, no pudo hacer nada contra Medvedev, pero esperemos que haya encontrado el camino correcto.

10. Tal vez habríamos esperado algo más de Sinner teniendo en cuenta cómo acabó la pasada temporada, pero apenas tiene veinte años y que te eliminen en cuartos de final de un grande no debería ser una tragedia. Más me preocupa lo de la otra gran promesa italiana, Lorenzo Musetti, que no levanta cabeza desde que se pusiera dos sets a cero a favor contra Novak Djokovic en los octavos de final de Roland Garros. Él dice que son problemas personales derivados de un mal de amores, pero la crisis se está haciendo larga, la verdad.

11. Quien no defraudó fue Carlos Alcaraz. Vale que todos soñábamos con verle más allá de tercera ronda, especialmente después de los cuartos de final del año pasado en Nueva York, pero hizo lo que tenía que hacer: ganar con mucha superioridad sus dos primeros partidos ante rivales inferiores y caer solo ante el futuro semifinalista, Matteo Berretini, número siete del mundo, en el tie-break del quinto set. Parece que no habrá vacío en el tenis español tras la retirada de Nadal, si es que esta llega algún día. Alcaraz tiene el juego y la mentalidad necesarias para convertirse en un dominador, un futuro número uno.

12. En cuanto al resto de españoles, pues un poco lo de siempre: solo Pablo Carreño pudo llegar a octavos de final. El resto, eliminados antes. Decepcionante, de nuevo, lo de Roberto Bautista en un grand slam: a lo largo de su carrera solo ha llegado dos veces a cuartos de final. Si a alguien no le parece tan raro, comentar que solo sesenta y cinco jugadores en la era Open han pasado más semanas en el top 20 que Bautista. De esos 65, a su vez, solo cuatro han jugado dos o menos cuartos de final de grand slams: el argentino José Luis Clerc, el estadounidense Brad Gilbert, el francés Gilles Simón… y el español Emilio Sánchez-Vicario.

13. La gran decepción de esta edición fue, sin duda, Alexander Zverev. El alemán llegaba como vigente campeón olímpico y de las ATP Finals y se fue en octavos de final sin ser capaz de ganarle un solo set al canadiense Denis Shapovalov. Zverev va rumbo a los veinticinco años y solo ha jugado una final de grand slam: contra Dominic Thiem, en el anómalo US Open de 2020. Lo suyo empieza a ser preocupante. Es un talento descomunal, pero perezoso. Más inventivo que Medvedev, pero con más lagunas. La idea de un «Big 3» que incluya a jugadores tan imprevisibles resulta cómica.

14. Por cierto, nos quedamos con Denis Shapovalov. Gran torneo. No solo se cargó a Zverev sino que debería haber ganado a Nadal en cuartos. Fue mejor que el español, pero tuvo diez minutos tontos y tiró todo el esfuerzo a la basura. Ahora bien, los dramitas. Ay, los dramitas. Estoy hartísimo de esta nueva generación y sus quejas por todo: es que las pausas para el baño me desconcentran, es que el público hace demasiado ruido, es que la pantalla gigante ha emitido un plano de no sé qué… en el caso de Shapovalov, denunció una conspiración en favor de Nadal por parte de una organización corrupta para permitirle tomarse más tiempo entre saque y saque. Pues vale, chaval. Tú mismo.

15. Claro que, para drama, lo de Novak Djokovic. Parecía que el mundo se acababa si no participaba el número uno. Había que cambiar la ubicación del torneo. Quedaba desprestigiado para siempre. Madre mía, qué turra nos dieron durante semanas y semanas. Al final, le echaron un poco porque sí, que nunca queda bien. Hay sospechas más que fundadas de que mintió en el formulario de viaje, que mintió en el supuesto positivo y está claro, en cualquier caso, que le otorgaron la exención fuera de plazo. Pero la decisión ministerial, sorprendentemente, no recogió nada de eso. Mal, en cualquier caso, por Djokovic y su entorno. Muy mal por Tennis Australia, que se prestó a dar cobertura a todo este paripé.

16. Uno podría pensar que la posición respecto a Djokovic serviría para emitir un mensaje contundente en favor no solo de las vacunas sino en general de la profilaxis contra el coronavirus. La sorpresa fue descubrir que Andrei Rublev —otro de los desaparecidos en combate, por cierto— había entrado en el país siendo positivo y que no se han hecho tests durante la competición. En consecuencia, claro, y a diferencia de lo que ha venido sucediendo en todos los demás deportes, no ha habido positivos. 

17. Sin venir mucho a cuento, quería hablar un poco de Andy Murray porque siempre conviene hablar de Andy Murray y su esfuerzo por volver a la élite con el cuerpo destrozado. Después de jugar la final de Sídney derrotando a tres cabezas de serie, Murray se impuso en cinco sets a Nikoloz Basilashvili… para caer en segunda ronda con el japonés Daniel Taro. Le sigue faltando continuidad, pero al menos ya hay altos que acompañen a los bajos. En el parte de lesionados, recordar que seguimos sin saber nada de Roger Federer. Ni si entrena, ni si está mejor, ni si llegará a Wimbledon… Nada. En el camino, lógicamente, ha caído al número treinta del ranking, un puesto por detrás de Carlos Alcaraz. No acabará ahí la caída.

18. Brevemente, sorpresas agradables del cuadro masculino, antes de pasar al femenino: Taylor Fritz, que está jugando como para entrar en el top ten en cualquier momento; Marin Cilic, no tanto por su rendimiento en Australia sino por su recuperación en los últimos meses; Maxime Cressy, finalista en Melbourne y capaz de desquiciar —bueno, tampoco es tan complicado— a Medvedev con su saque y volea en los octavos de final… y, por último, Miomir Kecmanovic, el serbio que iba a vengar a Djokovic y por lo menos se coló en octavos.

19. Vamos ya con el cuadro femenino: Ashleigh Barty es todo lo que no es el circuito WTA. En un mundo de estrellas fugaces, que destacan un torneo y desaparecen los tres siguientes, suben y caen en la clasificación, ganan a cualquiera y pierden con quien uno menos podría sospechar, la australiana es la imagen de la perseverancia y la regularidad. Al ganar el Open de su país —el tercer grand slam de su carrera—, Barty consolida el número uno del mundo, lugar en el que ya acabó en 2020 y 2021. Además, se convierte en la primera ganadora australiana desde Chris O’Neil en 1978. De hecho, ninguna australiana había pisado siquiera la final desde que lo hiciera Wendy Turnbull en 1980.

20. Dos datos destacan en la victoria de Barty y supongo que uno explica de alguna manera al otro: no solo se impuso sin ceder un solo set por el camino, sino que apenas cedió treinta juegos, poco más de cuatro por partido. Por otro lado, en ninguno de los tres grandes que acumula en su palmarés ha tenido que jugar con ninguna top 10. Como apunta la cuenta de Twitter @EldrickISB, la rival de mejor ranking contra la que ha tenido que enfrentarse en cualquiera de ellos ha sido Karolina Pliskova cuando la checa era la número trece del mundo. La clasificación media de sus rivales a lo largo de esos veintiún partidos nos lleva al número 57. 

21. Esto no es un demérito de Barty, sino de sus rivales, que volvieron a naufragar. No hay continuidad ni hay jerarquía. Danielle Collins, la talentosa estadounidense de veintiocho años, fue la única que puso en algún apuro a Barty, cuando se puso doble break arriba en el segundo set de la final. No bastó. Al fin y al cabo, Collins, una jugadora que habría merecido mejor palmarés, no dejaba de ser la número treinta del mundo (este lunes aparecerá como número diez). Sabalenka cayó ante la veteranísima Kanepi en una nueva muestra de potencia sin control, Muguruza perdió en segunda ronda, igual que Kontaveit… y así sucesivamente.

22. Las jóvenes finalistas del US Open del año pasado siguieron con su malísima racha de resultados: Emma Raducanu, con ampollas en la mano derecha, perdió en segunda ronda (aunque al menos ganó un partido, que hacía tiempo). Leylah Fernández no pudo decir tanto: cayó a las primeras de cambio ante la local Maddison Inglis. No deja de ser chocante que, durante dos semanas, hace tan solo cuatro meses, parecieran imbatibles y ahora sean jugadoras del montón… pero así es la WTA.

23. Al respecto del excelente torneo de Collins, hay un dato que me llama mucho la atención: es la séptima jugadora estadounidense en disputar una final de Grand Slam en los últimos cinco años. Eso dice mucho de la clásica profundidad del país norteamericano. También choca frontalmente con la situación del tenis masculino, donde el último finalista sigue siendo Andy Roddick, que perdió la final de Wimbledon ante Roger Federer… en 2009. Trece años ya sin un finalista estadounidense y diecinueve sin un campeón (el propio Roddick, en el US Open 2003). En los diecinueve años anteriores, se llevaron veintiocho.

24. Había muchas esperanzas puestas en Paula Badosa y al final nos quedamos un poco con las ganas. Caer ante Madison Keys en octavos de final no es una deshonra —Keys tiene un talento muy superior a lo que marca su ranking—, pero caer ganando solo cuatro juegos ya es otra historia. Puede que en ello influyeran las molestias que arrastraba Paula desde su triunfo en Sídney la semana anterior al Open. Mi consejo, de nuevo, es evitar los torneos inmediatamente anteriores a las grandes citas, pero qué sabré yo. La propia Badosa hablaba de las dificultades para «ganar siendo la favorita». Es a lo que se tendrá que acostumbrar a partir de ahora. Que sea consciente de la magnitud del reto es un excelente primer paso.

25. Aparte de Barty, Collins y Keys, la cuarta semifinalista fue la polaca Iga Swiatek, ganadora en Roland Garros en 2020, con solo diecinueve años. Desde luego, progresa adecuadamente. No podemos decir lo mismo de Naomi Osaka, que sigue sin salir de su bache de juego. La japonesa cayó en el tie-break del tercer set con la estadounidense Amanda Anisimova, de la misma generación que Swiatek y algo desaparecida últimamente. Hablando de jóvenes promesas, «Coco» Gauff sigue dando pasos adelante, aunque no tan rápido como nos gustaría: no ha cumplido aún los dieciocho y sigue instalada entre las veinte mejores del mundo… ahora bien, en Australia cayó en primera ronda.

26. Si antes hablábamos del escándalo de Tennis Australia con la gestión de la lucha contra la covid-19, más escandalosa aún resultó la prohibición de cualquier tipo de gesto denunciando la situación de Shuai Peng, la extenista china en situación dudosa tras acusar de abuso sexual a un alto cargo del Partido Comunista Chino. Afortunadamente, Tiley y compañía se dieron cuenta del bochorno internacional que eso suponía y rectificaron para la segunda semana. Para entonces, el daño de imagen ya estaba hecho. 

27. Vamos con los dobles: Nick Kyrgios ya puede presumir de que tiene un grand slam en su palmarés. Lo consiguió junto al otro gran «bala perdida» de la generación maldita australiana, Thanasi Kokkinakis. Fueron la gran sensación del torneo y dieron al público lo que se espera de ellos: diversión y espectáculo, rozando la grosería. Para algunos, como el neozelandés Michael Venus, la conducta de Kyrgios fue propia de «un gilipollas». Es posible: se pasa el partido protestando, provocando e incluso le pegó un bolazo a un niño. Pero en tiempos de necesidad, lo de ver las gradas llenas y las audiencias por todo lo alto no es algo que se pueda desperdiciar. Me alegro por Kokkinakis, un excelente jugador masacrado por las lesiones.

28. El doble femenino fue para la pareja checa compuesta por Barbora Krejcikova (número tres del mundo en individuales) y Katerina Siniakova. Es el cuarto grande que se llevan en los últimos cuatro años, a los que hay que sumar el oro olímpico en Tokio. El mixto fue para la especialista francesa Kristina Mladenovic (ocho grandes ya en distintas modalidades) y el eterno croata Ivan Dodig (seis grandes en su palmarés). Aquí, la verdad, pocas sorpresas.

29. El estadounidense Bruno Kuzuhara, de diecisiete años, fue la gran sensación del cuadro junior masculino, imponiéndose en individuales y en dobles. Es la primera vez desde 2011 (Jiri Vesely) que alguien lo consigue. En el cuadro junior femenino, la campeona fue la croata de dieciséis años, Petra Marcinko. Para quien le interese el dato, el último campeón junior de un grand slam en ganar luego un grand slam como profesional fue Andy Murray (US Open, 2004) entre los hombres e Iga Swiatek (Wimbledon, 2018) entre las mujeres. Si bajamos el listón a conseguir una final al menos, nos encontramos con Alexander Zverev (Australia, 2014) y Leylah Fernández (Roland Garros, 2019) respectivamente. 

30. Poco más que añadir. La temporada se presenta calentita, con Nadal reservándose para los torneos de Grand Slam, Djokovic compitiendo donde le dejen y el resto —Medvedev, Zverev y Tsitsipas… pero también Auger-Aliassime, Alcaraz y Sinner— intentando ocupar un trono que solo ha conocido a cuatro monarcas desde enero de 2004, hace dieciocho años. Lo lógico sería que Daniil Medvedev rompiera esa racha en breve, pero, en fin, es Daniil Medvedev. Creo que, con eso, ya está todo dicho.


Novak Djokovic, Naomi Osaka y todo lo que nos dejó el US Open 2018

Novak Djokovic con el trofeo del US Open 2018.

A finales del año 2016, Roger Federer estaba apurando aún la rehabilitación de la rodilla izquierda en Suiza, Novak Djokovic arrastraba continuas molestias en el codo mientras coqueteaba con un espiritualismo difuso, y Rafael Nadal decía adiós a la temporada un mes y pico antes de lo necesario por su enésima lesión, esta vez en la muñeca. Desde entonces han pasado casi dos años y ocho torneos de Grand Slam. Los ocho, precisamente, ganados por el español, el serbio y el suizo.

Desde que se consolidaran en el top 3, allá por 2007, solo Murray y Wawrinka han podido hacerles cosquillas. El suyo es un dominio como no se ha vivido antes en el tenis y me atrevería a decir que en ningún deporte. Juntos han ganado trece Opens de Australia, trece Roland Garros, catorce Wimbledons y once US Opens. Desde la victoria de Marat Safin en Melbourne en 2005, se han repartido cuarenta y siete de los cincuenta y cinco grandes disputados. Seguimos sin saber si es que estamos ante los tres mejores jugadores de la «era open» o si es que el nivel medio de los otros jugadores es extraordinariamente bajo.

De hecho, hay otro dato que llama la atención. Si Juan Martín del Potro hubiera ganado la final, se habría convertido en el primer ganador de Grand Slam menor de treinta años desde que Andy Murray ganara Wimbledon en 2016. El argentino tiene veintinueve años y once meses, los mismos que Marin Cilic, el ganador más joven de un grande. Los dos nacieron en septiembre de 1988 y desde entonces no ha aparecido absolutamente nadie para tomar el relevo. Este US Open dejó muchos momentos memorables pero en lo esencial fue más de lo mismo: los jóvenes fueron incapaces de dar un paso adelante y hacer tambalear el statu quo. La única sorpresa digna de tal nombre la protagonizó John Millman, un australiano de veintinueve años.

Vamos, en cualquier caso, con el resumen de lo más relevante de este US Open 2018:

1. Empecemos con el ganador, Novak Djokovic. Llegó a Queen’s deprimido, planteándose si esto tenía sentido y en medio del pesimismo generalizado de la prensa, que le daba ya por desahuciado. En Queen’s llegó a la final —tuvo punto de partido para ganarla—, luego ganó Wimbledon, a continuación Cincinnati y ahora el US Open. Igual que había pasado de ser el nuevo Rod Laver tras ganar Roland Garros 2016 a estar acabado, en tres meses ha pasado de estar acabado a ser de nuevo el gran dominador del circuito. ¿Qué lección podemos sacar de todo esto? Que conviene ser algo moderado en los juicios cuando hablamos de enormes campeones.

2. ¿Cómo ha conseguido Djokovic volver a lo más alto? De entrada, igual que les pasó antes a Nadal y a Federer, sería absurdo no mencionar la escasísima competencia que ha encontrado. El circuito sigue igual o peor que cuando abandonó el número uno en 2016. Por entonces, Nadal y Federer tenían dos años menos y ahí estaban Wawrinka y Murray para dar guerra puntualmente. Ahora, Wawrinka y Murray están en su propio proceso de rehabilitación, Nadal sigue con sus problemas de rodilla y Federer tiene treinta y siete años, una cifra que lo dice todo. Ahora bien, el verdadero mérito del serbio ha sido reconocer sus errores: alejarse del misticismo, volver a la disciplina de Marian Vajda y luchar como luchaba antes sin buscar excusas. De tercera ronda en adelante, no cedió ni un solo set y de hecho solo le forzaron un tie-break, en la final ante Del Potro.

3. Lo que nos lleva al más que digno finalista. La historia de Juan Martín del Potro es la de un hombre cuyo afán de superación rara vez se ha visto en una pista de tenis. Hablamos de alguien que con veinte años ya era campeón del US Open y que poseía un talento descomunal, ejemplificado en la mejor derecha que yo haya visto en mi vida. A partir de ahí, todo se torció. Y se torció muchas veces. La cadera, la muñeca, el hombro… Del Potro ha intentado volver a estar entre los mejores muchas veces a lo largo de estos casi diez años y cada vez que lo ha intentado lo ha conseguido… para volver a lesionarse inmediatamente y tener que empezar de cero. En cuanto ha conseguido sumar un año más o menos tranquilo, ha recuperado su mejor golpe y ha reinventado su revés, no solo se ha vuelto competitivo sino que por fin es capaz de disputar de nuevo finales de Grand Slam. Un ejemplo para todos.

4. Ahora bien, la verdad es que la final tuvo poca historia. Contra Djokovic suele pasar. No tienes la sensación de haber jugado demasiado mal pero sencillamente es imposible jugar demasiado bien. Del Potro tuvo sus oportunidades en el segundo set, con tres puntos de break para ponerse 5-3 y saque, pero los desperdició. O el serbio hizo que las desperdiciara, que viene a ser lo mismo. En cualquier caso, fue inferior durante todo el partido y su derrota fue merecida, como merecido fue su triunfo ante Nadal en semifinales a pesar de la lesión del español. Incluso con la rodilla de Rafa al cien por cien, el torneo de Del Potro solo podía acabar el domingo decisivo.

5. Con Nadal nunca sabemos qué decir. Lleva jugando con las rodillas destrozadas desde 2005 y por el camino ha ganado diecisiete grandes y treinta y tres Masters 1000. Es algo increíble. Rafa debió haber perdido contra Khachanov en tercera ronda y ante Thiem en cuartos de final… pero les ganó a los dos. Medio cojo, frente a dos rivales en estado de gracia, acabó imponiéndose obligándoles a cometer los errores que él no comete nunca cuando el sol aprieta. Si esta nueva tendinitis le aparta solo un mes de las pistas puede tener alguna opción de mantener el número uno hasta diciembre. En cualquier caso, el año ha sido sensacional: cuatro semifinales en los cuatro grandes, incluyendo la victoria en Roland Garros, y otros tres Masters 1000, a la espera de lo que pase en Shanghai y París.

6. De hecho, hay cierto consenso en que el partido del torneo fue el que enfrentó a Thiem y a Nadal en cuartos de final. Un partido de cinco horas resuelto en el tie-break final después de que Rafa salvara una bola imposible y el austriaco fallara un remate relativamente sencillo. El partido tuvo de todo y fue bueno ver a Thiem tomando la responsabilidad en pista dura, donde hasta ahora no había destacado tanto. Desde la final de Roland Garros, Dominic estaba completamente desaparecido, como casi toda su generación, por otro lado. Con veinticinco años, ya debería de haber dejado de ser una promesa, pero en un mundo de treintañeros se le sigue viendo como tal.

7. ¿Qué fue del resto de la «Next Gen»? Alexander Zverev decepcionó, como sucede siempre en los grandes torneos. Ni siquiera la hierática presencia de Ivan Lendl como entrenador en las gradas hizo que el alemán fuera capaz de superar la tercera ronda. El problema no es perder, sino perder contra Philip Kohlschreiber. Si su talento también acaba en nada, yo ya no sé con qué quedarme. Stefanos Tsitsipas, que tan buen verano ha tenido, nos duró dos partidos, aunque al menos cayó ante otro «joven», Daniil Medvedev, de veintidós años, y que a su vez fue eliminado por Borna Coric, el croata al que también se espera con ansia y que llegó por primera vez en su carrera a los octavos de final de un grande. Allí se encontró Juan Martín del Potro y solo le pudo ganar ocho juegos en todo el partido. La diferencia entre niños y hombres a día de hoy.

8. En el plano positivo, hay que destacar al citado Khachanov, que tuvo contra las cuerdas a Rafa Nadal hasta que se puso a coleccionar dobles faltas, y a Álex de Miñaur, el vasco-australiano, que a sus diecinueve años llegó a tercera ronda y dispuso de dos sets de ventaja sobre Marin Cilic antes de caer derrotado en cinco. Tampoco me disgustó Dennis Shapovalov, de la misma quinta: supo luchar para vencer a Andreas Seppi en segunda ronda y cayó en tercera ante el finalista de la anterior edición, Kevin Anderson, en cinco disputados sets. Es de suponer que los dos van en serio, pero lo mismo decíamos hace dos años de Zverev y hace tres o cuatro de Kyrgios

9. Vayamos ya a uno de los momentos de la competición: set y break abajo ante Pierre-Hughes Herbert, Nick Kyrgios empieza a enfilar su habitual camino de autodestrucción. Saca por sacar, no hace esfuerzo alguno por restar, se burla del público cuando el público le silba… Todo hace indicar que volverá a caer en segunda ronda cuando de repente aparece un salvador que le explica que esa conducta no es apropiada, que no puede hacer eso, que él es demasiado buen jugador para actuar así y, de repente, Kyrgios devuelve el break, gana el set y se pasea en los dos siguientes, imperial.

10. El problema de toda esta historia es que el salvador en cuestión no fue otro que el árbitro del partido, el sueco Mohamed Lahyani. Lahyani es un buen árbitro, con un excelente sentido del humor y cierta tendencia al protagonismo. Ahora bien, lo que hizo fue inaceptable. ¿Bajar de tu silla para intentar cambiar el curso del partido en favor de uno de los competidores? Inaudito. Nunca había visto nada parecido. Herbert no quiso hacer mucha sangre del asunto y tampoco la USTA ni la ATP, que concedieron que aquello era raro pero no fueron mucho más allá. Quizá influyó el hecho de que Kyrgios, ya sin Lahyani de consejero, perdiera el siguiente partido en tres sets.

11. ¿Y contra quién perdió? Contra Roger Federer. Aquí nos paramos, por supuesto. Algo pasa con Federer y es algo que va más allá de sus treinta y siete años y los problemas físicos que eso supone. Desde que consiguiera llegar al número uno de la ATP en Rotterdam, allá por febrero de este año, parece que se haya quedado sin objetivos que cumplir: ya tiene sus veinte Grand Slams, ya tiene sus ocho Wimbledons, ya ha demostrado que puede volver a lo más alto incluso con cuatro hijos y a una edad imposible… ¿qué le queda por demostrar? Desde entonces, su juego ha sido errático. Juega tenso, inseguro, con una cantidad enorme de errores no forzados y con serios problemas con su saque. No parece cansado, pero el caso es que sus golpes se van a menudo demasiado lejos del objetivo, incluso con la derecha. No queda ahí la cosa: sigue sin saber jugar bien con el marcador a favor. En su derrota ante Millman, ganó el primer set, tuvo break de ventaja en el segundo, set point en el tercero y de nuevo break en el cuarto. No sirvió de nada.

12. Lo más grave, en cualquier caso, llegó en rueda de prensa. Que alguien de treinta y siete años pierda en octavos de final de un gran torneo es lo más normal del mundo. Nos alarma porque le queremos mucho, pero en el fondo, insisto, es normal. Lo preocupante es que luego declare que la derrota ha sido «un alivio» porque hacía tanto calor que deseaba acabar cuanto antes. Desde luego, en Nueva York ha hecho mucho calor estos días y todos los tenistas se han quejado de las condiciones de extrema humedad y dificultad para respirar. Todos. Y ninguno ha salido a decir que, bueno, sí, ha perdido, pero casi mejor porque vaya calor… Son declaraciones impropias de un gran campeón y probablemente indiquen que Roger está cada vez más lejos de este deporte y sus exigencias. Nadie le culpa porque nos lo ha dado todo durante veinte años de carrera. De hecho, no convendría descartarle para futuros eventos: si el problema es mental, como parece, lo puede resolver en cualquier momento y volver a tener dos semanas mágicas en Australia, Londres… o Tokio.

13. Del excelente torneo del tenis japonés hablaremos más adelante, cuando nos refiramos a la campeona del cuadro femenino. Paremos antes brevemente en otro luchador, Kei Nishikori. La historia de Nishikori es, hasta cierto punto, parecida a la de Del Potro. Nunca ha tenido su talento y, afortunadamente, sus lesiones tampoco han tenido su gravedad, pero es encomiable ver cómo resiste y resiste. En su torneo favorito, aquel en el que llegó a la final en 2014, Nishikori alcanzó las semifinales después de batallar durante más de cuatro horas con Cilic. Es cierto que no tuvo rivales de gran entidad, pero eso no es culpa suya. Esta semana se queda a dos pasos del «top ten», pronto volverá a donde pertenece.

14. ¿Hace falta hablar de Grigor Dimitrov o mejor lo dejamos? El búlgaro va camino de los veintinueve y en cuanto le quiten los puntos de las World Tour Finals y alguno de los torneos indoor donde brilló el año pasado, probablemente no esté ni entre los veinte primeros del mundo. Otra bonita historia de autodestrucción. Algo parecido sucederá con Jack Sock, incapaz de ganar dos partidos seguidos en todo el año. Y con Lucas Pouille, otro prometedor tenista caído en desgracia.

15. David Ferrer dijo adiós a Nueva York de la peor manera posible: con una retirada. Al menos se dio el gusto de irse de la pista central con un juego de ventaja sobre Rafa Nadal en el segundo set, pero su futuro parece que está lejos ya del tenis. A los treinta y seis años, y según declaró a Rafael Plaza en El Español, la idea es jugar torneos muy selectos en 2019 —con su ranking actual no puede aspirar a Grand Slams ni a Masters 1000— y poner fin a casi veinte años de carrera. También puede que todo esto se acelere y la retirada llegue aún antes o que consiga un par de buenos resultados en Auckland y Buenos Aires, por ejemplo, y se anime a seguir hasta el Godó. Se va uno de los grandes de la historia del tenis español y deja a Nadal muy solo en el circuito: Carreño también tuvo que retirarse en su partido de segunda ronda y Roberto Bautista cayó a las primeras de cambio. Fernando Verdasco, a punto de cumplir treinta y cinco años, fue el único que cumplió, derrotando a Andy Murray en un partido no exento de polémica, pues el escocés le acusó de aprovechar una de las pausas para reunirse con su equipo técnico y hablar del partido en curso. El siguiente español en el ránking, Alberto Ramos, queda ya fuera de los cincuenta primeros.

16. Nos quedamos con Andy Murray para terminar con el análisis del cuadro masculino. Todavía está demasiado lejos de su nivel de 2016 pero empieza a dar señales de vida. La lesión de cadera ha sido devastadora y la cosa va ya para año y medio sin buenos resultados. Tal vez podamos esperar algo de él en 2019 si el invierno se le da bien. No habrá que esperar tanto para ver ganar a Stan Wawrinka. El suizo, cuya recuperación se nos antojaba imposible hace bien poco, llegó a octavos en Canadá y a cuartos en Cincinnati (derrotas ajustadas frente a Nadal y Federer, respectivamente) y se impuso a Dimitrov en Nueva York antes de caer en tercera ronda contra Milos Raonic. La mejoría ha sido impresionante en solo un mes, veamos cómo acaba la temporada.

17. Y vamos ya al cuadro femenino. Vamos, sobre todo, con el décimo juego del segundo set de la final. Naomi Osaka gana 5-4 y tiene el saque. A los veinte años, está a punto de ganar su primer grande —ya ganó Indian Wells en marzo, pero esto sigue siendo otra historia— ante la mejor jugadora de los últimos treinta años y quizá de la historia. Está jugando frente a quince mil espectadores y los quince mil quieren que pierda, jalean a su rival, celebran cada error suyo… El ambiente es irrespirable tras la trifulca de Serena Williams con el árbitro y Osaka quiere echarse a llorar, como hará inmediatamente después en la entrega de premios. Sin embargo, tira de orgullo, se coloca 40-15, pierde su primer match point y conquista el trofeo en el segundo. De Osaka llevamos tiempo diciendo que era una campeona potencial de lo que se le pusiera por delante pero nadie pensaba que el triunfo llegaría tan pronto. Conseguirlo de esta manera la hará, aún si cabe, más peligrosa cara al futuro.

18. «La trifulca de Serena Williams», acabo de escribir. No sé bien cómo definir lo que pasó durante esos locos cinco minutos en la pista central de Flushing Meadows. De hecho, no sé si merece la pena centrarse demasiado en eso porque para entonces Serena ya perdía 6-2, 4-3 y, de hecho, si no fuera perdiendo 6-2, 4-3 no habría perdido los nervios de esa manera. Williams acaba de pasar un año entero fuera de las pistas por su embarazo, posterior parto —un parto complicado, con unos coágulos que pusieron en riesgo su salud— y crianza de su hija. Está a punto de cumplir treinta y siete años, ha ganado veintitrés torneos de Grand Slam —más que Steffi Graf, solo uno menos que Margaret Court— y aun así lucha y lucha para llegar a la final de Wimbledon y ahora la del US Open. Solo que de repente ve que se le van a escapar los dos títulos y no soporta la idea y la mente se le nubla. Si hemos de quedarnos con lo positivo, es increíble que a esa edad y con ese palmarés se puedan tener tantas ganas de ganar. Compárenlo con el «alivio» que sintió Federer cuando perdió ante John Millman en octavos de final…

19. Ahora bien, si somos objetivos, lo que hizo Serena fue muy injusto y muy grosero. Injusto con el juez de silla, al que acusó de imparcial y de machista, e injusto con la rival que le estaba pasando por encima en ese momento. Una rival que no tenía ni dos años cuando ella ganó su primer US Open, en 1999. Los tres warnings que recibió la estadounidense fueron merecidos. Puede que el primero resultara algo estricto, pero su entrenador reconoció que le había dado instrucciones desde la grada y eso está prohibido. Punto. Pudo dejarlo ahí, pero prefirió destrozar su raqueta delante de todo el mundo y eso, en cualquier partido, es otro warning. Por último, consciente de su situación, decidió enzarzarse en una agria batalla verbal con el árbitro en la que el árbitro apenas si participó, más bien se limitó a aguantar, aguantar y aguantar. Serena Williams se pasó tres minutos seguidos gritándole, llamándole de todo, tratándole como basura y exigiéndole, básicamente, que no hiciera su trabajo si eso iba a perjudicarla. Solo cuando pronunció la palabra «ladrón», Carlos Ramos no aguantó más y la aplicó el tercer warning, lo que provocó la pérdida de un juego en un momento clave.

20. El asunto es que Serena lo llevó todo aún más lejos. Acusó a Ramos de machismo —«si fuera un hombre no me habría sancionado por llamarle ladrón»— y acusó al torneo de tener algo en su contra —«siempre que estoy aquí, pasa algo de ese tipo»—. Quizá se refiriera a cuando en 2009 le dijo a una juez de línea que iba a ahogarla con la pelota —descalificación inmediata— o a 2011, cuando insultó a una juez de silla durante minutos sin recibir sanción alguna. En ambos casos, mujeres, como ella. Utilizar el sexismo para defender un comportamiento así es deplorable. Ciertamente, los tenistas tienen mucho que aprender en lo que respecta a la educación y el respeto a los árbitros. Eso no quita para que la barra libre de insultos y desprecios sea el camino correcto. Serena Williams es capaz de insultar a un hombre como es capaz de insultar a una mujer o incluso amenazarla de muerte. Del mismo modo, es normal que un hombre o una mujer, sea quien sea, haga su trabajo y la sancione por ello.

21. Ahora bien, aún hay muchos asuntos que tratar en la igualdad entre hombres y mujeres en el deporte y más concretamente en el tenis. Alize Cornet recibió una sanción por quitarse la camiseta en medio de un partido, algo que los hombres hacen constantemente. Tal fue la protesta que la organización tuvo que retirar la multa. Del mismo modo, la propia Serena había vivido la semana anterior un desagradable incidente cuando desde Roland Garros se le informó de que no podía llevar el conjunto negro con el que protesta por la desigualdad racial y de género. Es difícil imaginar a alguien dicíendole a Novak Djokovic qué debe ponerse y qué no. Cambiemos eso cuanto antes y que el resto vuelva a ser tenis y no circo.

22. Tenis: Simona Halep ganó en Cincinnati, donde pareció intocable, y no duró más de un partido en Nueva York. Eso resume el estado de la WTA ahora mismo y, con todo, me gusta más que la monotonía absurda de la ATP donde nunca sale nadie nuevo y siempre ganan los mismos. El juego a veces es más brillante y a veces lo es menos, pero cada partido puede deparar una sorpresa y eso se agradece. De hecho, y al igual que sucedió en Wimbledon, a la segunda semana la parte baja del cuadro estaba libre de «top tens», ni una había llegado siquiera a octavos de final.

23. La campeona vigente, Sloane Stephens, quedó a un paso de enfrentarse a Serena en semifinales y revivir el famoso enfrentamiento de 2013 en el Australian Open, cuando con diecinueve años Stephens no solo derrotó a la menor de las Williams sino que desencadenó la furia de la campeona, que dejó de hablarle durante años. En su camino, sin embargo, se interpuso la letona Anastasia Sevastova, una jugadora que siempre ha tenido más talento del que su cuerpo le ha dejado demostrar. En cuanto a la finalista de 2017, Madison Keys, al menos llegó a semifinales, aunque cayó ante el ciclón Osaka.

24. De las demás favoritas, poco se puede decir: la campeona de Wimbledon, Angelique Kerber, cedió en tercera ronda ante Cibulkova, y la campeona de Australia, Caroline Wozniacki, perdió en segunda ronda ante Leia Tsurenko, una de las grandes sorpresas del torneo. Elina Svitolina, que parece haber mejorado su juego en las últimas semanas, llegó al menos a octavos esta vez, mientras Caroline García fue eliminada por Carla Súarez-Navarro en tercera ronda. Garbiñe Muguruza solo ganó un partido, siguiendo la línea a la baja de todo el año y de la que saldrá cuando menos lo esperemos.

25. La travesía de Carla por el cuadro duró apenas dos rondas más, hasta los cuartos de final. Es un resultado excelente teniendo en cuenta las dificultades por las que ha atravesado durante todo el año. La derrota ante Madison Keys le dejó un sabor muy amargo en la boca, pero con el tiempo aprenderá a valorar lo conseguido en Nueva York. No creo que sea justo pedirle más a quien se deja la vida en cada partido aunque a veces no le llegue para llevarse la victoria. En cuanto al resto de españolas, solo podemos encontrar a dos entre las cien primeras del ranking: Lara Arruabarrena (72), que cayó 6-0, 6-1 en segunda ronda ante Bárbara Strýcová y Sara Sorribes Torno (86), que solo jugó un partido en Nueva York: 0-6, 0-6 ante Daría Gavrilova.

26. En cuanto al resto de cuadros, hagamos un breve resumen: Mike Bryan y Jack Sock volvieron a ganar el torneo, como ya hicieran en Wimbledon. La lesión de Bob ha dado pie a una nueva pareja de éxito. En el caso de Mike no es ninguna sorpresa porque a sus cuarenta años acumula ya dieciocho grandes, pero lo de Sock sí que llama la atención precisamente porque su despegue en los dobles a una edad temprana (veinticinco años) ha coincidido con la caída en picado de su rendimiento en individuales. Los dobles femeninos fueron para Ashleigh Barty y Coco Vandeweghe. Lo de la australiana es un caso curiosísimo porque, además de ser una interesantísima jugadora en individuales —llegó a octavos de final—, puede presumir de una precocidad inusual en el terreno de los dobles: en 2013, con tan solo diecisiete años, llegó a tres finales de Grand Slam junto a su compatriota Casey Dellacqua… pero perdió las tres, como también perdió la final de Roland Garros del año pasado. Junto a Vandeweghe —semifinalista el año pasado en individuales— ha formado una pareja con excelente química, capaz de levantar dos bolas de partido en la final a uno de los mejores dúos del circuito, el formado por Timea Babos y Kristina Mladenovic.

27. Acabamos esta extensa recapitulación con los más jóvenes: el brasileño Thiago Seyboth Wild dio la sorpresa eliminando en semifinales al poderoso Chun Hsin Tseng, ganador de Roland Garros y Wimbledon y finalista en Australia. En la final tuvo menos problemas ante el italiano Lorenzo Musetti, de dieciséis años y con un precioso revés a una mano. Lo curioso de Seyboth Wild es que es cinco meses mayor que Felix Auger-Aliassime, que participó en el cuadro principal e incluso le arrebató un set a Shapovalov antes de tener que retirarse, algo preocupantemente habitual en el canadiense. En cuanto a las chicas, la ganadora fue la china Wang Xiyu, que, curiosamente venía de ganar los dobles en Wimbledon junto a su compatriota Wang Xinyu —no, no es un juego de palabras—. Su rival en la final fue la francesa Clara Burel, finalista en Australia este mismo año.


Nadal en París: una exhibición para la historia

Foto: Cordon.

Aunque entraba dentro de lo posible que Rafael Nadal ganase su decimoquinto torneo mayor, en especial si ese torneo se celebra sobre la tierra batida de París, cabe recordar que lo posible no siempre es sinónimo de lo previsible, de lo que uno puede esperar a ciegas que termine ocurriendo. No es una ley divina escrita sobre mármol, desde luego, pero sí es habitual que los grandes tenistas lo tengan muy difícil para retornar a lo más alto tras pasar largas épocas de desconexión con las musas, sobre todo si esos malos momentos se producen en momentos tardíos de su carrera. Además del lógico efecto desmoralizador de encontrarse empantanado, se debe casi siempre a la presencia de una nueva generación de campeones que lo impide. Por otro lado, como sabemos, el juego del mallorquín siempre ha sido muy exigente desde el punto de vista físico y con su historial de achaques progresivos era de sentido común suponer que a estas alturas un tenista que empezó tan joven y que compitió con tanta intensidad durante tantos años encontraría serias dificultades para mantenerse en primera línea.

Pero Nadal lo ha superado todo, y la desmoralizante travesía por el desierto de las pasadas temporadas ha quedado atrás, por lo menos de forma momentánea. Todo eso, de por sí, ya convierte su victoria parisina en una gesta histórica. Pero hay más. Lo que termina de redondear el dulce momento es la manera en que lo ha conseguido: jugando uno de los mejores partidos de su carrera desde todos los puntos de vista concebibles —técnicos, tácticos, psicológicos— frente a un rival que está en muy buena forma, pero al que ha neutralizado con una demostración de tenis rayana en la perfección.

Es verdad que el relevo generacional no está siendo lo potente que debería; Roger Federer y el propio Nadal están ahora mismo aposentados en sendos tronos de la tetralogía del grand slam cuando, al menos según la lógica histórica, serían otros los que deberían estar ocupando esos lugares, aunque esta situación un tanto extemporánea viene matizada por la indiscutible realidad de que hablamos del mejor jugador de todos los tiempos, Federer, y del mejor que ha existido sobre la arcilla, Nadal. También es cierto que en esta ocasión el español ha navegado por el flanco fácil del cuadro del torneo, evitando a su particular bestia negra, Novak Djokovic, y al siempre incómodo y en ocasiones muy peligroso Andy Murray, si bien ya no necesita demostrar que requiere de un cuadro fácil para ejecutar una blitzkrieg en Roland Garros. Todo esto es así, hay que admitirlo. Pero Nadal ha ido más allá de todo eso con un despliegue de aplastante savoir faire que anestesió las gradas de la Philippe Chatrier, cosa que sucede cuando un partido «muere» porque uno de los contrincantes ha pisado la pista en modo invulnerable. Anestesia que duró hasta que el público parisino, a golpe de fanfarria histórica, despertó para darle a Nadal la ovación —por fin— más sentida que se recuerda hacia ese jugador al que no hace tantos años apenas conseguían asimilar como un campeón propio. En fin, los números son conocidos por todos: nadie ha obtenido más de siete títulos en un slam, salvo Nadal y sus diez trofeos parisinos, y de todos sus récords este será sin duda el más difícil de igualar y no digamos de superar. En cuanto al marcador, el 6-2, 6-3, 6-1 que le ha hecho a Stan Wawrinka es una paliza sin paliativos, comparable a aquella que infligió a David Ferrer (6-3, 6-2, 6-3) y, cómo no, a la apoteósica masacre que el pobre Federer experimentó en 2008, con un 6-1, 6-3, 6-0 que quedará para los anales. Y aun así, el marcador no basta para describir lo que ha sucedido en la pista.

Para empezar, está el inesperado enfoque estratégico de Nadal durante el partido. En las finales francesas estábamos acostumbrados a ver un Nadal monocorde que recurría una y otra vez a su principal y más famosa arma, los tiros muy pesados y con mucho efecto que sobre tierra desequilibraban una y otra vez el ataque del noventa por ciento de los rivales. Lo veíamos emplear ese arma sobre todo frente a Federer, cuyo revés era muy, muy vulnerable al diabólico topspin de Nadal, pero también frente a otros tipos de jugadores. Cuando Nadal estaba inspirado y empleaba ese recurso, casi nadie a lo largo de más de una década ha encontrado respuesta, y cuando Nadal ha perdido en sus canchas preferidas se ha debido más a circunstancias del momento, o más bien a que una mala tarde la tiene cualquiera (o que una buenísima tarde la puede tener también cualquier rival, recuerden a Soderling), que al hecho de que realmente alguien hubiese conseguido descifrar los secretos para neutralizar a Rafa. Ahí están los diez títulos de Roland Garros y los diez de Montecarlo como apabullante prueba de que su estilo tradicional sobre tierra ha sido inatacable.

Contra Wawrinka, sin embargo, Nadal ha parecido otro. Ha jugado sobre la tierra batida casi como si se tratase de una final sobre cemento. Esto es, con muchos tiros profundos, más agresivos y planos, con menos efecto que de costumbre. Con el propósito constante de mandar en cada punto y de no conceder al suizo ni un segundo de respiro. Con un saque más ambicioso, no siempre certero, pero dañino en momentos clave. Consiguió más saques directos que Wawrinka, muchos más tiros ganadores y un porcentaje impoluto de acierto en las subidas a la red, que no fueron pocas para lo que se esperaba en este partido, lo cual dice mucho sobre la novedosa estrategia de Nadal y sobre el éxito con que la aplicado.

Para colmo, le ha salido todo bien, y parecía tocado por esa misteriosa varita mágica que de vez en cuando convierte a los jugadores en máquinas. En pocos momentos del partido hemos visto al Nadal defensivo de tantas otras ocasiones; nunca fue a remolque y apenas necesitó desplegar sus famosos contraataques, porque era Wawrinka quien estaba corriendo de un lado a otro por el fondo de la pista. El helvético se sentía tan frustrado que lo hemos visto pegarse con una raqueta e incluso romper otra, como en los mejores (y más bipolares) tiempos de Marat Safin. No cabe duda de que Wawrinka estaba sorprendido no solo por el insólito estado de forma de Nadal sino también por el tenis de incesante ataque que ha puesto en práctica. Resumido con otras palabras: los papeles tácticos estaban cambiados y cuando Nadal ha jugado un tenis Wawrinka mejor que el propio Wawrinka, el suizo no ha sido capaz, porque no lo sería nunca, de jugar al estilo defensivo de Nadal mejor que el propio Nadal. Ya vemos que entre las peores cosas que pueden sucederle a un tenista hay que contar que Nadal se vuelva tan agresivo sobre su superficie favorita, rompiendo con la tradición y con la zona de confort del oponente.

Lo de esta final ha sido una de esas cosas que suceden cada varios años y es muy difícil deducir qué cabe esperar después de esto. Si consiguiera llegar a otra final (Wimbledon, US Open) y repetir el espectacular desempeño, podríamos hablar de que el decimosexto slam se acerca. También puede suceder lo contrario, claro, porque el estilo agresivo con el que el isleño nos ha sorprendido a todos requiere de un porcentaje de acierto altísimo y de un nivel de ejecución que solo se alcanza en días de particular inspiración, sobre todo en un tenista que pocas veces ha jugado en ese registro.

Sin embargo, pase lo que pase, a estas alturas todo lo que Nadal consiga es una hazaña de regalo más, porque su palmarés ya hace años que lo sitúa en el Olimpo histórico del tenis. Hace año y medio casi parecía una insensatez confiar en verlo jugar una final como esta y de esta manera, con una autoridad insultante más propia de un jugador que estuviese justo ahora en el pináculo de su carrera. Pero lo acabamos de ver, y es importante hacer notar que el campeón de Manacor ha sabido ajustar sus parámetros al rival, a la ocasión y al momento en que se encuentra, y esto es algo muy difícil de conseguir en tenis. Modificar un estilo, sobre todo cuando ha dado tantos frutos durante tantos años en una superficie concreta, es un logro tan admirable como el propio título conseguido. Y como poco abre ciertas puertas para la esperanza a corto plazo, si Nadal de verdad consigue aquello que hizo Agassi en su día: reordenar su tenis para plantar cara a rivales más jóvenes que puedan surgir, o de su franja de edad pero en un momento más dulce de su carrera, como sucedía con Wawrinka.

Más allá de que nos alegremos del triunfo del español, con las inevitables exageraciones patrioteras a veces circulan —recuerden que el más grande sigue siendo y será Federer por mucho tiempo—, contemplar a un Nadal en estado de gracia y desplegando un arsenal inesperado ha constituido un espectáculo memorable que deseamos ver repetido en breve. Si consiguiese trasladar esa misma actitud (y una estrategia similar) a Wimbledon, una nueva victoria, aunque difícil, ya no es descartable. Ni siquiera irrazonable. Ahora mismo, con el sorprendente y bendito momentum que ha impulsado su tenis para hacerlo salir del marasmo todavía reciente, nadie puede decir cuánto tiempo durará este fabuloso retorno de Nadal a los fueros de ganador. No es un fenómeno frecuente en este deporte, al contrario; ocurre muy, muy pocas veces. Pero crucemos los dedos para que Nadal consiga ofrecernos otra de estas tardes de disfrute competitivo, táctico y técnico en Londres. Y si no sucediere, tampoco pasaría nada; la final del Roland Garros 2017 estará siempre ahí, para que podamos volver a verla y deleitarnos con la finura de un veterano que ha afilado sus cuchillos de siempre, y otros nuevos, en el momento justo y el lugar indicado. Con los grandes campeones sucede esto: que uno siempre ha de estar preparado para que lo asombren.


Rafa Nadal y el futuro

Rafael Nadal. Foto: Cordon.
Rafael Nadal. Foto: Cordon.

Hace poco leí un interesante, aunque a mi juicio no del todo certero, artículo donde se decía que todo lo que Rafael Nadal necesita para volver a ganar grandes títulos es un cambio en su equipo técnico, en el enfoque de sus entrenamientos. Las tesis de partida son que está jugando bien y que pierde algunos partidos decisivos por poco, después de ofrecer una más que admirable actuación, y es cierto. Y bien, las premisas son válidas; cosa distinta es que basten para exigirle que rinda en las grandes ocasiones como en los viejos tiempos. Algo que sería pedir demasiado.

Rafael Nadal es, esto ni siquiera admite discusión, el mejor tenista que ha dado España y uno de los cinco mejores de todos los tiempos a nivel mundial. El más impresionante especialista de juego en tierra batida que el mundo ha visto, pero también de sobresaliente trayectoria en otras superficies. Y, detalle que para mí tiene una capital importancia a la hora de juzgar su magnitud, ha sido el único jugador que consiguió amargar a Roger Federer cuando el coloso suizo estaba en su mejor momento, rivalidad que los futuros historiadores del tenis recordarán tanto como los títulos que acumulan entre ambos. Todo elogio se queda corto a la hora de describir la trayectoria del mallorquín y sería más que afortunado el que alguien así procediese otra vez de territorio español durante nuestra vida, aunque dudo que suceda.

El cantar sus glorias, sin embargo, no debería hacernos esperar de él más de lo que resulta razonable a estas alturas. La idea citada de que un cambio en su manera de entrenar o siquiera un cambio de actitud podría devolverlo a la primerísima línea —dentro de la élite a la que todavía pertenece, se entiende— no es demasiado realista.

Esa primerísima línea, para entendernos, está formada por quienes se adjudican los cuatro torneos del Grand Slam, quienes quedan subcampeones, o quienes por lo menos alcanzan las semifinales con cierta asiduidad. La crema de la crema en la actualidad del tenis. Rafa Nadal lleva un par de años en una segunda línea; está el cuarto en la clasificación mundial, pero, aunque parezca mentira, hay una línea invisible (o no tan invisible, que ahí están las amplias diferencias en puntos para corroborarlo) entre él y los tres primeros.

La gran pregunta es, ¿puede Nadal volver a ganar un grande? Imposible no es. Ahora bien, ¿apostamos a que lo hará? Yo no iría tan rápido. Podemos desearlo, por supuesto, pero también tenemos que afrontar la posibilidad de que no llegue a suceder, porque se necesitaría un afortunado cúmulo de circunstancias. Como se suele decir en otros deportes, ya no depende de sí mismo. Líbreme Dios de ejercer como agorero. Es más, creo que Nadal podría ganar otro grande, sobre todo en París. Pero recordaría más a un canto del cisne que a un verdadero retorno al pelotón de los cazadores de slams. Un vistazo a los datos históricos muestra pocos precedentes.

Consideremos que la «época dorada» de un gran tenista es aquella en la que su nivel competitivo está al máximo, cuando alcanza con cierta asiduidad —y se espera que alcance— por lo menos algunas de las semifinales de los cuatro grandes torneos. Este es un criterio más o menos flexible, que nos puede dar un año arriba o abajo, pero servirá. Como resulta fácil suponer, en ese periodo los mejores ganan la inmensa mayoría de sus títulos importantes. ¿Cuánto suele durar la época dorada de un tenista? Por supuesto, depende, pero si repasamos las carreras de los principales campeones, comprobamos que suele extenderse entre ocho y diez años; a veces más, a veces menos. En el caso de Nadal, la época dorada fue desde 2006 (aquel año consiguió su segundo Roland Garros, fue finalista en Wimbledon y cuartofinalista en el US Open) hasta 2014 (fue finalista en Australia y ganó su noveno Open francés). Nueve temporadas, o diez, si incluimos la del 2005, su primera victoria en París.

Pues bien, en las últimas décadas han sido muy, muy raros los ejemplos de grandes campeones que han conseguido extender su época dorada más allá de diez años. Tanto es así que entre los grandes campeones solo se han producido dos casos. Para colmo, es muy difícil que vuelvan a ganar torneos grandes cuando el cénit de sus carreras ya ha quedado atrás. Veamos una comparativa de los más notorios tenistas de la era ATP, aquellos que han ganado siete o más títulos del Grand Slam. Hay que hacer notar varias cosas. Una, que los jugadores de la etapa anterior a la ATP competían en circunstancias muy distintas, así que por el momento los dejaremos a un lado. Dos, que el caso de Andre Agassi es excepcional; algo más abajo explicaremos por qué. Tres, que en el momento de escribir estas líneas, Novak Djokovic acaba de cumplir el décimo año de su época dorada, pero mientras no se demuestre lo contrario debemos considerarla como no concluida.

Tenista (solamente era ATP) Total de títulos del Grand Slam Ganados ANTES de la época dorada Ganados DURANTE la época dorada Tiempo que duró la época dorada Ganados DESPUÉS de la época dorada
Roger Federer 17 1 15 9 años 0 (por ahora)
Pete Sampras 14 1 12 9 años 1
Rafael Nadal 14 1 13 9 años 0 (por ahora)
Björn Borg 11 1 10 10 años 0
Novak Djokovic 9 0 11 10 años
Jimmy Connors 8 0 8 12 años 0
Ivan Lendl 8 0 8 9 años 0
Andre Agassi 8 0 8 16 años (en dos etapas) 0
John McEnroe 7 1 7 6 años 0
Mats Wilander 7 1 6 8 años 0

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Las cifras se muestran elocuentes, sin duda. Antes de la era ATP la comparación resulta más difícil. Por ejemplo, los dos grandes torneos del actual Grand Slam que importaban a los mejores tenistas eran Wimbledon y Roland Garros; aunque el US Open tenía su importancia, era mucho menos ambicionado que ahora, y el Open de Australia apenas contaba para muchos campeones, que lo visitaban de forma esporádica, o no lo visitaban en absoluto. Por otra parte se produjo una división entre el circuito amateur, al que pertenecían los cuatro torneos del Grand Slam, y el profesional, cuyos miembros no estaban autorizados a participar en ellos, lo cual produjo que Rod Laver, quien para muchos es el mejor jugador del tenis pre-ATP, pasara la mitad de sus mejores años sin poder jugar en torneos del Grand Slam (cinco años excluido, pese a lo cual ganó nada menos que once títulos en otras cinco temporadas). Pues bien, aun teniendo en cuenta que en tiempos anteriores las condiciones competitivas eran distintas por diversos motivos, por lo general la época dorada de los jugadores solía durar lo mismo que ahora, alrededor de los diez años.

Volviendo a la era ATP, verán que es raro que un gran campeón permanezca más de diez años al máximo nivel. Rafael Nadal, esto es un hecho que nos entristece pero que sería absurdo negar, lleva ya dos temporadas alejado de su época dorada. Y dos temporadas, en tenis, es mucho tiempo. En el 2015 no ganó grandes títulos; alcanzó cuartos de final en Australia, algo meritorio sin duda, pero cuando obtuvo la misma clasificación en París supo a poco, sobre todo teniendo en cuenta que la tierra batida es su mejor superficie y que es sin duda su rey histórico. Ya no hubo manera de compensarlo en siguientes torneos grandes: Nadal sufrió eliminaciones tempranas en los seis siguientes slams en que participó, algo que es un inequívoco signo de alarma. Aunque «alarma» quizá no es la palabra para definir la sensación que produce algo que debiéramos haber esperado. El tiempo no perdona a nadie, ni a los más grandes. Ni siquiera nos sirve como referencia por la longevidad Jimmy Connors —diríamos que genética, porque después de retirarse continuó rindiendo a gran nivel en torneos de veteranos—, ya que la etapa dorada de Nadal comenzó hace doce años, lo mismo que duró la del combativo Jimmy.

Eso sí, existe una notable excepción a la regla: Andre Agassi. En el plano temporal su carrera no se parece a la de ningún otro tenista de los últimos cuarenta años. Él demostró que se puede luchar contra el calendario. Entre 1990 y 1995, su primera época de esplendor, ganó tres títulos y llegó a otras cuatro finales. En 1996 empezó a mostrar signos de un bajón un tanto prematuro, pero como todavía fue capaz de alcanzar semifinales en Australia y Estados Unidos se antojaba precipitado afirmar que sus mejores tiempos habían pasado. La cosa empeoró en 1997 y 1998; durante dos años no pasó de la cuarta ronda en ningún torneo grande. Esto hizo, entonces sí, que muchos le diesen por acabado cuando tenía veintiocho años. De hecho, lo normal hubiese sido que nunca hubiese conseguido retornar a lo más alto, porque cuando un tenista ha caído en semejante declive no suele suceder que lo veamos recuperar su antigua forma. Pues bien, Agassi no solo la recuperó a los veintinueve años (uno menos de los que ahora tiene Nadal), cuando ganó Roland Garros para sorpresa de todos, sino que aquella insólita segunda juventud tenística duró otros siete años, ¡nada menos!, y le supuso seis grandes títulos a sumar a los tres que ya poseía, amén de quedar subcampeón en otros tres slams. Algo que parecía, y sigue pareciendo, casi milagroso. Pero el ejemplo de Agassi, aunque desearíamos que se repita en la trayectoria Nadal, es demasiado extraordinario como para convertirlo en una referencia razonable. Para empezar, hay que decir que el juego del estadounidense, por sus peculiares características, permitía un tipo de reajuste hacia un estilo donde el rendimiento físico ya no fuese tan importante. Por eso al Agassi de la «segunda juventud» pudimos verlo dosificando energías y dominando partidos desde el fondo de la pista, gracias a una mecánica de tiro bastante alejada de la forma de jugar de nuestro ídolo mallorquín.

Andre Agassi y Pete Sampras. Foto: Cordon.
Andre Agassi y Pete Sampras. Foto: Cordon.

Agassi aparte, los demás multicampeones casi nunca han conseguido brillar en los torneos grandes cuando su juego ha empezado a declinar. El único que lo hizo fue Pete Sampras. Durante sus dos temporadas finales estaba ya sufriendo un declive evidente para todos; incluso fue eliminado de manera temprana en su torneo favorito, Wimbledon. Sin embargo, de manera un tanto sorprendente y con ayuda de su saque fuera de lo común (un arma que Nadal no posee), se las arregló para realizar sendas actuaciones brillantes en sus últimas dos participaciones en el US Open: fue subcampeón en 2001 y campeón en 2002. La victoria del 2002, en especial, fue bastante inesperada. Es verdad que solamente hacía dos años desde su último triunfo en un slam y que había sido finalista el año anterior, pero estos datos engañan. Si algo enseña la historia del tenis es que la decadencia de los jugadores, cuando llega, acostumbra a ser terriblemente veloz. Ayudada, claro, por la pérdida de la aureola del jugador en cuestión, otro detalle clave en un deporte donde el factor psicológico resulta tan decisivo. El propio Sampras debió de pensar, como todos los que habían asistido a su último gran triunfo, que al año siguiente le resultaría casi imposible repetir la hazaña, como parece demostrar el que decidiese retirarse en aquel punto álgido, como vigente campeón del US Open, sin arriesgarse a perder el título sobre las pistas. Había sido un fantástico canto del cisne en mitad de una carrera que iba cuesta abajo, y no un indicio de recuperación.

El caso de Roger Federer también merece comentario aparte. En el momento de escribir estas líneas lleva cuatro temporadas sin ganar un título grande… pero ha llegado a tres finales y cinco semifinales. Estos resultados en los slams ya los querrían para sí, y en sus mejores años, la mayoría de los tenistas del circuito. Pero cuando hablamos del mejor jugador de la era ATP (y quizá de toda la historia del tenis) suenan a decadencia irrecuperable. Es cierto que nunca se puede descartar que Federer tenga un par de semanas mágicas en algún momento del año, y que esas dos semanas coincidan con su participación en un slam. Sería alucinante, e inédito, pero podría suceder, dado que su repertorio técnico es inigualable. Ahora bien, tampoco apuesten por ello salvo que les sobre el dinero. Sería un muy bienvenido canto del cisne, pero no es sensato depositar una confianza ciega en que suceda.

Decimos que el declive de un tenista es rápido, pero eso no significa que resulte siempre evidente. A veces consiste en un cambio sutil; tan sutil que cuando el público le ve jugar, sobre todo si tiene un buen día, piensa «todavía puede ganar un grande». Ese cambio puede manifestarse, por ejemplo, en el pequeño abismo que hay entre, jugando de manera similar, ganar los puntos decisivos y no ganarlos. El tenis requiere tanta precisión y un ritmo tan vivo que una pequeña disminución en las cualidades físicas o mentales de un jugador supone la diferencia entre acostumbrarse a ganar o, por el contrario, acostumbrarse a «casi» ganar. Esto es, a perder pero dando al público (y muchas veces a la prensa) la falsa impresión de que ha jugado a exactamente el mismo nivel que el oponente. Esto, claro, sucede más en los principales torneos ante los mejores rivales. El tenista que ha empezado su declive no se levanta una mañana y empieza a perder 0-6, 0-6, 0-6, salvo que haya sufrido una lesión o algo parecido. De hecho, estando saludable, sigue jugando bien y ofreciendo momentos de brillantez. Pero eso ya no basta. Lo más habitual es que empiece a perder partidos clave «por muy poco» cada vez más a menudo, cuando antes solía tener la ventaja competitiva en situaciones parecidas. ¿Por qué pasa esto? La respuesta es lógica: la diferencia de nivel entre tenistas de élite no siempre resulta fácil de percibir, salvo en el historial de resultados. Sobre la pista vemos la lucha, los grandes puntos, los grandes tiros… todo eso sigue ahí; lo que ya no está es la capacidad para imponerse con tanta facilidad en los trances definitivos del partido.

Roger Federer y Rafa Nadal. Foto: Cordon.
Roger Federer y Rafa Nadal. Foto: Cordon.

Algo así le sucede a Nadal en los slams. Ojo, no descarto que gane alguno más. En su caso sí me parece por lo menos probable, sobre todo en Roland Garros (un tanto menos en Australia; y me sorprendería que lo consiguiera de nuevo en Wimbledon o el US Open). Todo lo que necesita es tener esas dos semanas mágicas y que coincidan con la competición sobre su superficie favorita; todavía no está tan lejos de su mejor momento como para que una victoria en París resulte impensable. Aun así, un frío análisis del asunto arroja varios problemas. Uno, que sus máximos competidores, salvo que algo cambie, todavía están en plena forma: Djokovic, Murray, Wawrinka, etc.

Otro problema, no inferior, es que el resto del cuadro es cada vez más joven con respecto a Nadal, y además, como es lógico, está mucho más hambriento de títulos y en mejor condición física. Rafa ha sufrido mucho desgaste durante su carrera; su estilo siempre fue muy exigente desde el punto de vista mecánico, y aunque ha realizado hábiles ajustes en su juego a lo largo del tiempo —como no podía ser de otra manera— quizá ya no basten para compensar lo perdido. Recuerden que un minúsculo punto de velocidad, por ejemplo, supone la diferencia entre llegar a una pelota con comodidad y golpearla sin la precisión necesaria para ganar un punto apurado como los que suelen darse en los momentos clave de un partido importante. En tenis hablamos en centímetros, y con la aplicación del «ojo de halcón» a veces casi en milímetros. Los grandes partidos no se ganan tirando pelotas fáciles, sino dando golpes arriesgados, a las líneas, bajo mucha presión. El talento no disminuye, pero las herramientas físicas con las que aplicarlo sí se van desgastando, junto con una lógica variación en la motivación. Rafael Nadal lleva catorce años de competición profesional; diez de ellos los ha pasado ganando los más importantes títulos, en lo más alto, peleando contra cualquiera y consiguiendo imponerse a menudo. Si consigue ganar otro grande, será miel sobre hojuelas. Pero quizá ha llegado el momento de darle un respiro, de ser aficionados realistas y no continuar exigiéndole lo que él, como ningún otro tenista, no sería capaz de ofrecer a estas alturas de una carrera. Bienvenido será si consigue nuevas hazañas en los principales torneos, y yo sería el primero feliz por incluirlo en la parte inusual de las estadísticas, pero el tenis, como todo en la vida (y la vida misma), tiene sus ciclos. Cuando se han traspasado ciertas líneas, es imposible volver atrás. Así pues, ¿posible? Sí. ¿Probable? Por desgracia, cada vez menos. Ni falta que hace, por descontado.

Foto: Cordon.
Foto: Cordon.


El torneo que cambió la historia del tenis español

Carlos Moyà. Foto: Cordon Press.
Carlos Moyà. Foto: Cordon Press.

Con solo veintinueve años recién cumplidos, a Boris Becker le pesaban las piernas como si llevara toda la vida corriendo de lado a lado de la pista o, más bien, de la línea de saque a la red. En parte, tenía razón. Desde su aparición meteórica como campeón de Wimbledon en 1985 habían pasado ya doce temporadas, cada cual más agotadora que la anterior. Su juego de saque y volea seguía funcionando, por supuesto, pero la exigencia era cada vez mayor: Becker veía cómo sus rivales de siempre —Edberg, Lendl, Wilander…— se iban retirando poco a poco y su única ilusión era seguir dando guerra a los de su generación: Agassi, Sampras, Courier

Otra cosa era lo de los chavales jóvenes que estaban a punto de irrumpir a lo salvaje en el circuito. Competir con iguales está bien. Competir con críos como Kuerten, Safin, Hewitt o la incansable cantera de españoles que surgían uno tras otro —de Bruguera a Berasategui, de Berasategui a Albert Costa, de Albert Costa a Álex Corretja y así sucesivamente— se estaba convirtiendo en un suplicio.

Por eso, cuando el vigente campeón del Open de Australia vio el sorteo que le deparaba la edición de 1997 no pudo evitar fruncir el ceño. Su rival sería Carlos Moyà. Por supuesto, había motivos para el optimismo: Moyà era demasiado joven, solo veinte años, y después de dos temporadas en el circuito sus resultados fuera de la tierra batida habían sido modestos. En general, el rendimiento de las «ratas de tierra», como llamaba la prensa francesa a nuestros compatriotas, solía ser decepcionante en pistas rápidas, aunque ya por entonces se palpaba la sensación de que ese tópico podía cambiar en cualquier momento, exactamente desde que Álex Corretja le forzara cinco sets al mismísimo Pete Sampras en los cuartos de final del US Open de 1996, aquel partido que el número uno del mundo ganó en el tie-break definitivo entre vómitos.

Por eso mismo, Becker también tenía muchas razones para mostrarse precavido. De entrada, Moyà, como hemos dicho, era español y contra un español sabías que ibas a tener que correr una barbaridad, mucho más de lo que el alemán acostumbraba a hacer en sus partidos… y, además, el mallorquín ya le había derrotado contra todo pronóstico un par de meses antes en París-Bercy, es decir, en pista cubierta, una auténtica hazaña ante uno de los mejores jugadores de la historia sobre esa superficie.

Para poner en perspectiva esa victoria, hay que recordar que, inmediatamente después, Becker fue finalista de la Masters Cup y como colofón a un año brillantísimo ganó la Grand Slam Cup, ambos torneos bajo techo y contra los mejores jugadores del ranking.

Teníamos por lo tanto a un jugador en un gran momento de forma, estrella mundial y campeón de la anterior edición contra un posadolescente que rondaba el top 25 y que nunca había pasado de segunda ronda en un Grand Slam, aunque ya contara con dos torneos ATP en sus vitrinas —Buenos Aires y Umag, su gran fetiche— y unas cuantas finales, incluyendo una muy reciente: en Sídney, donde solo Tim Henman, otro posadolescente que había deslumbrado el año anterior en Wimbledon, le pudo derrotar.

Becker buscaba un partido rápido y sin concesiones, Moyà estaba encantado de verse en la pista central de un gran torneo, sin nada que perder, con todo el futuro por delante. Desde el principio se vio que aquel español era distinto: alto, fornido, pelo largo recogido en una cinta de Nike, camiseta sin mangas para combatir el calor y una derecha demoledora que complementaba un saque más que decente. El campeón empezó imponiéndose en el primer set por 7-5 y cedió el siguiente en el tie-break, para recuperarse en el tercero con un claro 6-2 a su favor. A partir de ahí, las pilas se le agotaron.

Moyà parecía fresco como una lechuga y Becker sudaba como un pollo. Sus problemas con el servicio, su gran arma, se multiplicaron. Consiguió diecinueve aces pero a costa de cometer hasta dieciocho dobles faltas. Eso no fue lo peor: con su segundo servicio, apenas ganó el 26% de los puntos jugados. Moyà no se limitaba a defenderse y tirar bolas liftadas al revés, sino que atacaba, atacaba y atacaba. En cuanto una bola se quedaba corta, derechazo y a por la siguiente. Hasta dieciséis oportunidades de break disfrutó sobre el servicio del antaño «Boom Boom» Becker. Convertir seis le bastó para ganar el partido en cinco sets, los dos últimos con relativa comodidad.

El público alucinaba, no solo por la sorpresa sino por la planta del balear. De la noche a la mañana, había nacido una estrella.

El inicio del esplendor de la «Spanish Armada»

El Open de Australia es un torneo atípico. Durante muchos años las grandes estrellas del tenis —Borg, Connors, McEnroe, Lendl en sus primeras temporadas, incluso Agassi posteriormente— prefirieron tomarse el mes de enero de descanso en vez de cruzarse el mundo para encontrarse canchas a cuarenta grados de temperatura en pleno invierno europeo. Quizá por eso, siempre fue el Grand Slam más propicio a las sorpresas.

En lo extradeportivo, el público se entregaba sin medida. No hay tantos grandes eventos en Australia como para desperdiciar uno de esta índole. El triunfo de Moyà ante Becker le proporcionó no solo un cierto eco mediático sino el inmediato apoyo de dos sectores clave de la afición: las adolescentes, prendadas del físico, y la comunidad homosexual, que siempre se había volcado con Edberg y que ahora tenía un nuevo ídolo. Moyà derrochaba juventud, alegría, sonrisas y unos brazos musculosos a la vista de todo el mundo. Tras unos años en los que los tenistas españoles rehuían también la visita a las antípodas, parecía que por fin el esfuerzo surtía efecto: la final de Sídney y ahora esta victoria ante Becker. ¿Por qué parar ahí?

En segunda ronda esperaba Patrick McEnroe, el hermanísimo, dando sus últimas bocanadas. Quizá todavía algo en las nubes por su triunfo inicial, Moyà cedió el primer set pero se impuso claramente en los tres siguientes (6-0, 6-3. 6-1). De esta manera batía su mejor registro en un torneo del Grand Slam y se colaba entre los veinte primeros del mundo por primera vez en una carrera bastante precoz, no en vano llegó al top 100 con dieciocho años y, de hecho, no bajó de esa posición en el ranking hasta su retirada en 2010, es decir, quince años después. No mucha gente lo sabe, pero solo otros ocho jugadores en toda la historia han conseguido superar su consistencia y longevidad.

Con el apoyo de los aficionados y el incipiente interés de la prensa española como viento de cola, Charly pasó por encima del alemán Karbacher en tercera ronda para conseguir un puesto en los octavos de final, frente al imprevisible sueco Jonas Bjorkman.

Bjorkman era ante todo un buen jugador de dobles, lo que no impidió que coqueteara con el top ten durante un par de temporadas en individuales. No sacaba muy fuerte, pero sabía colocar el servicio donde más daño hacía y culminar después la jugada con una buena derecha o, más habitualmente, una subida a la red. Moyà lo pasó realmente mal ese día: ganó el primer set y de repente entró en barrena perdiendo los dos siguientes por 6-1 y 6-4. A su favor, sin embargo, seguía jugando el calor, el cansancio de un rival varios años mayor que él y la pasión de la grada. No solo eso, también ayudaba la sensación de estar participando de algo histórico: con Albert Costa y Félix Mantilla ya en cuartos de final, el mito de la «Spanish Armada» traspasaba fronteras y conseguía por fin un buen resultado en Australia, tierra inhóspita donde nunca ningún español había sido capaz de alzarse con el trofeo hasta que Rafa Nadal rompiera la maldición en 2009.

El caso es que Moyà reaccionó entre carteles de «Moya the destroyer» y gritos de apoyo. Los dos últimos sets acabaron 6-2 y 6-4 a su favor. En cuartos de final esperaba un compatriota, Félix Mantilla, un rival habitual en challengers y torneos de tierra batida de categoría menor. Ante Mantilla había ganado su primer título, en Buenos Aires, en 1995, y ante Mantilla había perdido la final de Oporto al año siguiente. Félix no era un jugador con un gran talento, pero había que matarle si querías ganarle un partido. Que le pregunten al propio Federer. Resistente como pocos, abanderado de la tradición hispana de pasar siempre una bola más que el rival, Mantilla sí que era un verdadero invitado sorpresa a esa ronda, y plantó cara como se esperaba de él, forzando cuatro sets ante un rival cada día más entonado.

No fue suficiente, por supuesto. Charly Moyà conseguía su quinta victoria en Australia y se ganaba un puesto en semifinales contra el pétreo Michael Chang, finalista el año anterior y número dos del mundo.

Nunca vimos a nadie jugar así en pista dura

Chang conocía perfectamente la sensación de explotar deportivamente en el lugar adecuado y el momento preciso. Con diecisiete años, sigue siendo el campeón más joven de la historia de Roland Garros, cuando sorprendió a Ivan Lendl en octavos de final con aquel saque de cuchara y superó a Stefan Edberg en la final, privándole del único torneo de Grand Slam que el sueco no pudo sumar.

Desde aquel título de 1989 habían pasado ocho años casi y Chang no había logrado revalidar sus laureles. Eso sí, bajarle del top ten era imposible. Su juego se adaptaba perfectamente a la tierra, a la pista cubierta y sobre todo al cemento al aire libre. No era un tipo espectacular, ni mucho menos, pero corría como un demonio y su juego defensivo era con diferencia el mejor del circuito. Aparte de la final en Australia de 1996, Chang había sido también finalista del US Open de aquel año y del Roland Garros de 1995, un título que llevaba escrito el nombre de Thomas Muster desde antes de que empezara el torneo y que acabó, por supuesto, en manos del austriaco.

En definitiva, Chang estaba en el mejor momento de su carrera, a punto de cumplir los veinticinco años y su favoritismo era arrollador. Todos los expertos convenían en que Moyà ya había hecho más que suficiente llegando hasta ahí y que sus largos partidos tenían que pasarle factura tarde o temprano. Aparte, por supuesto, el tema de la experiencia: para Charly era su primera semifinal de un torneo de Grand Slam, el estadounidense de origen chino sumaba ya seis, tres consecutivas en Melbourne.

Lo que vimos aquel día es difícil de explicar casi veinte años después. Moyà no solo ganó sino que pasó por encima de Chang. Derecha tras derecha, arrinconó al diminuto estadounidense y le derrotó en tres sets (7-5, 6-2 y 6-4). Nunca habíamos visto a un español jugar de esa manera en pistas rápidas. Aquello era una auténtica revolución para alegría de uno de sus grandes mentores, el por entonces capitán de Copa Davis, Manolo Santana, que siempre dijo que Charly acabaría ganando Wimbledon, aunque a la postre ni siquiera se quedó cerca.

En cualquier caso lo que tocaba era ganar Australia, romper el gafe hispano y derrotar a Pete Sampras. Tarea muy complicada, desde luego. Para empezar, Sampras llevaba casi cuatro años instalado en el número uno del mundo y su fiabilidad en las grandes citas era brutal: diez finales de Grand Slam jugadas y ocho ganadas hasta el momento. «Pistol» Pete era un jugador al que podías ganar en Memphis o en Sttutgart o desde luego en casi cualquier torneo de tierra batida. Incluso podías sorprenderle en primera o segunda ronda de un Grand Slam… pero una vez llegaban las rondas finales era inalcanzable. Se habla mucho de su servicio y con razón, pero su derecha era un misil y su capacidad de concentración solo puede compararse a la de un Nadal o un Djokovic una década más tarde.

Sampras sabía cómo ganarte y cómo hacerlo con el menor esfuerzo posible. No era un gran talento, los que hayan leído la famosa autobiografía de Agassi lo sabrán, pero mientras todos los compatriotas de su generación copaban los primeros puestos del ranking aún en la adolescencia, él esperó a 1990 para directamente ganar el US Open cuando no le conocía casi nadie. Era un animal competitivo y desde luego el ambiente en la central a favor del español no iba a intimidarle.

«Hasta luego, Lucas», la anécdota de una final olvidable

De aquel partido entre Carlos Moyà y Pete Sampras se habla poco porque hay poco de lo que hablar: fue una masacre. Sampras se limitó a romper el servicio del español al principio de cada set y luego dejarse llevar con el suyo. El único momento de zozobra llegó ya en la segunda manga, cuando, con empate a tres juegos, el balear tuvo bola de break a favor. De haberla convertido, quizá todo habría cambiado, pero de hipótesis no vive el deportista y el caso es que no ganó el punto, no ganó el juego, cedió su siguiente saque y ya con dos sets a cero en contra, se dejó llevar hasta una derrota que probablemente no hiciera justicia a su magnífico torneo.

En la entrega de premios, y eso sí suele recordarse, soltó su célebre «Hasta luego, Lucas», al parecer una especie de apuesta con un amigo en recuerdo del mítico Chiquito de la Calzada, esa pesadilla recurrente que nos acompañó durante casi toda la década.

En cualquier caso, aquello fue un antes y un después. Para Moyà y para el tenis español. Es cierto que las lesiones no permitieron ver la mejor versión de Charly, pero aun así fue campeón de Roland Garros en 1998, finalista del Masters ese mismo año y número uno del mundo en 1999, el primer español en conseguirlo. Llegó a semifinales del US Open y fue capaz de ganar en Cincinnati, una de las pistas más rápidas del circuito. Siempre se le acusó de ser irregular y no dar el cien por cien, quizá por sus relaciones con chicas guapísimas y su carácter en apariencia relajado, como si, en definitiva, el tenis no fuera más que un juego.

Lo que queda, sin embargo, son las estadísticas: no solo los quince años consecutivos entre los cien primeros sino su empeño por sobreponerse a las lesiones. Después del bajón de 2000 resucitó en 2002 con cuatro títulos y en 2003 con otros tres, los mismos que sumó en 2004. Por supuesto, se clasificaría para el Masters en las tres ocasiones. Incluso cuando ya había cumplido treinta años y su nivel no se acercaba al de antaño, con serios problemas en el hombro y la espalda, Moyà fue capaz de alcanzar los cuartos de final en Roland Garros y el US Open en 2007. Sus verdugos fueron ni más ni menos que Nadal y Djokovic, respectivamente.

Con todo, la importancia de Moyà se hace más visible en su influencia sobre el resto de tenistas españoles, que vieron que podían ganarle a cualquiera en cualquier pista. Antes de Australia 1997, solo Bruguera parecía apto para competir en grandes torneos. En los años siguientes, Corretja ganó el Masters, Ferrero disputó una épica final contra Hewitt en 2002 y Feliciano López llegó hasta tres veces a cuartos de final de Wimbledon.

No queda ahí la cosa: antes de la irrupción de Moyà, España nunca había ganado la Copa Davis. Es más, hacía treinta años que no jugaba una final. Desde entonces, la ha ganado cinco veces. Por problemas de lesiones y por la enorme competitividad que encontró en su camino, Charly solo pudo participar en una de ellas, la de 2004 en Sevilla, consiguiendo además el punto decisivo y culminando el trabajo que había iniciado en el primer partido ante Andy Roddick un crío de dieciocho años recién cumplidos llamado Rafael Nadal.


Toni Nadal: «Rafa, probablemente, es el jugador que más partidos gana jugando mal»

Toni Nadal para Jot Down 1

Es una espléndida tarde de agosto en Porto Cristo, cerca de Manacor, al este de la soleada isla de Mallorca. Allí nos recibió Toni Nadal, tío y entrenador de Rafael Nadal, y por lo tanto uno de los máximos artífices —el principal, después del propio Rafael— de los éxitos del que probablemente ya es el deportista español más importante de todos los tiempos. Con el azul Mediterráneo de fondo mantuvimos una larga conversación de dos horas y media, en donde hubo de todo: repasamos momentos críticos de la carrera de Rafael, hablamos sobre cómo ha afrontado las victorias y las derrotas, sobre cómo se mentaliza a un jugador para ayudarle a meterse entre el selecto grupo de los cuatro tenistas con más títulos grandes de la historia, sobre cómo se evita que se eche a perder con el éxito, sobre sus principales rivales, sobre el papel de Rafael Nadal en la historia del tenis, etc. También pudimos hablar acerca de la relación entre sociedad y deporte, comentar la opinión de Toni en torno a personajes de diversos ámbitos e incluso tuvimos tiempo para hablar un poco sobre política, música, cine y otras cosas variadas. 

Está claro cual es la importancia del entrenador en el proceso de formación de un tenista, pero ¿puede el enfoque táctico que da el entrenador antes de un partido decidir el resultado, como puede ocurrir a veces en el fútbol?

Teóricamente no. En los partidos —en la práctica— es el jugador, que para algo es el que juega. En lo táctico un entrenador puede servir de ayuda. En todos los deportes puedes plantear un partido más rápido o menos rápido… pero es el jugador el que decide.

Pero sí hay veces que un jugador cambia de entrenador y cambian también sus resultados.

Sí. Se podría dar el caso de que el cambio de un entrenador te ayudara tácticamente, pero la mayoría de las veces te ayuda anímicamente. Si cambias de entrenador demuestras que algo quieres cambiar. A veces ayuda, a veces no…

¿Es muy importante el estado de ánimo de un jugador?

Es fundamental. No para un jugador, sino para cualquier persona en la vida. Sin un buen estado de ánimo es difícil trabajar bien, en lo que hagas. Y en un deporte, donde las cosas suelen ir muy rápidas, con más razón.

¿Puede influir la actitud del público sobre el resultado de un partido?

A veces la actitud del público te puede ayudar a ganar. No sé si te ayuda a perder… pero ayudar a ganar, sí. Por ejemplo, Rafael cuenta que en las Olimpiadas de Pekín el apoyo del resto de deportistas que fueron a verle jugar le ayudó a ganar. Todo ayuda si te eleva el ánimo.

¿Y ayudar a perder, crees que no?

Sí, también, evidentemente. Si estás en una copa Davis y te están gritando todo el tiempo en contra, a lo mejor. Pero lo que más te ayuda a perder es el contrario.

Hablando de ese estado de ánimo, ¿qué le dices a Rafael cuando tiene una lesión, cuando está en un mal momento?

Que hay que aceptar las cosas como vienen. Aceptar las cosas buenas de la vida lo sabe hacer el más tonto. Hay que saber aceptar las cosas difíciles. En los buenos momentos incluso yo soy muy bueno, pero en los malos momentos es donde se ve la capacidad del jugador. He dicho en muchas ocasiones que Rafael probablemente es el jugador que más partidos gana jugando mal: lo cual por una parte tiene el mérito de que sabe afrontar la adversidad, pero por otra parte tiene otra cosa que no es muy buena… que es que juega muchas veces mal.

Todos los jugadores juegan muchas veces mal.

… mejor si no juegas tantas veces mal.

¿Tuviste el algún momento miedo de que a Rafa se le pudiera subir el éxito a la cabeza? ¿Cómo lo preparaste para ese momento?

En la vida, con una buena formación, uno sabe dónde se ubica en el mundo. Es verdad que mi sobrino es una persona que juega bien al tenis, que ha tenido mucho éxito en un deporte que no deja de ser eso: un juego. Pero sobre todo sabe que es una persona normal. A veces he escuchado a gente que dice «no, algunos dejan de tener los pies en el suelo». Los pies los tiene todo el mundo en el suelo. Rafael tuvo una buena formación de pequeño y eso le ha ayudado para afrontar los buenos momentos, los malos y sobre todo a saber dónde se encuentra personalmente.

Pero ¿no hay gente que con el éxito pierde el contacto con la realidad? Me llama la atención esa frase de «todo el mundo tiene los pies en el suelo».

Es que todo el mundo los tiene.

Ah, físicamente.

Físicamente. Otra cosa es que creas que no los tienes. ¿Es especial alguien por chutar un balón? Tan tontos no podemos ser de creérnoslo. En muchas charlas que hago digo lo curioso que es que demos tanta importancia al deporte. Es como cuando mi hijo viene del colegio y me dice que no lo han pillado jugando al escondite, como si le diera mucho valor a eso. Estamos en una sociedad que le da valor a unas cosas… pero no solo en el deporte, también le da valor a un tipo que hace un garabato en el mundo del arte, por ejemplo. O uno que pone un tiburón en formol. Vivimos en una sociedad así. No solo pierden la ubicación los jóvenes con el deporte, también gente a la que le ha ido muy bien se creen especiales. Y especiales en esta vida, realmente, hay muy pocos. Normalmente no están dentro del grupo de la gente que tiene éxito.

¿Por qué crees que el deporte llega tanto a la gente?

Bueno, primero porque es fácil. No hace falta estar muy preparado para entender. Lo mismo pasa con la música de hoy en día, ¿por qué llega a tanta gente? Porque es fácil de entender. Después, el deporte es una cosa que te hace partícipe: pocas cosas hacen tan partícipe a la gente. Si vemos en el ámbito futbolístico, que es lo que más nos toca en España, la gente participa con el Real Madrid, con el Barcelona, con la selección española… pero a mí me choca que le demos tanta importancia al deporte.

¿Podría ser que los deportistas famosos son una especie de sustitución de los mitos guerreros de antaño?

Sí. Creo que a lo mejor son la sustitución de los gladiadores de la época romana. Vivimos en un mundo de la imagen, donde es fácil entretenernos con el deporte.

El deporte es entretenido, eso no se puede negar.

Sí, bueno, depende. Veo a veces partidos de fútbol y no son muy entretenidos, o partidos de tenis y tampoco me entretengo mucho. Depende.

Tampoco la música es entretenida siempre, ni el cine…

No me quejo de que la gente se entretenga. Me extraña que haya gente que convierta en un ídolo a alguien por pasar bien la pelota. O por pegarle un chut a un balón, o por meterla dentro del agujero. Pero ya te digo, también me extraña que dentro del mundo del arte le demos mucha importancia a uno que haga un garabato. Vivimos en un mundo así.

¿No hay nadie a quien le des importancia?

Muy poca gente. Le doy importancia a la gente que hace el bien a los demás, sobre todo. La importancia es relativa: yo soy muy importante para mis hijos, supongo.

Pero en cuanto a idolatrar, si lo quieres llamar así…

Nunca he tenido ídolos. Cuando era pequeño o joven me gustaba el tenis y tenía a Ilie Nastase, pero no un ídolo de estos que… Lo malo hoy en día es que la relación hacia tus ídolos es de fanatismo. Es decir: todo lo que ellos hacen está bien y estoy con ellos o contra ellos. No. A mí me gustaba aquel jugador, pero nada más.

Volviendo a la labor del entrenador, en tu caso con Rafael, ¿dices lo mismo después de una victoria que después de una derrota?

No. Cambia totalmente. A veces estoy mirando el partido desde el box fijándome en Rafael, en su mal juego, en cómo ha hecho las cosas, y cuando acaba el partido digo «vaya desastre». Pero en el trecho en que voy desde el box hasta el vestuario me cambia la opinión… si hemos ganado. Si hemos perdido, mantengo la opinión. La visión es totalmente diferente. En el deporte como competición lo que cuenta es la victoria.

Antes de los partidos, dependiendo del rival, ¿cambias el tipo de mentalización, cambias el mensaje?

Sí. Si el partido es contra gente del máximo nivel, normalmente requiere una tensión diferente que si el partido es contra un jugador de menos entidad. Aunque también depende del momento. Nosotros llegamos a Roland Garros y yo ya sé que Rafael se pone muy nervioso los primeros días, entonces la charla previa es para intentar quitarle hierro al tema. Depende de la situación.

Conocer tanto al tenista al que entrenas, ¿es más una ventaja que una desventaja?

Hombre, es una ventaja. Si además tienes una relación personal y familiar es otra ventaja, porque evidentemente te implicas mucho más. Conocerle mucho es una ventaja pero también… depende de desde dónde lo analices, siempre tiene sus pros y sus contras: lo que hay que mirar es si es más ventajoso o menos. Y creo que en líneas generales es más ventajoso. Y cuando llevas muchos años con la persona, con cualquiera, lo que le dices ya no es lo mismo que si se lo dijera a otro para quien sería una novedad. Igual que en los equipos de fútbol: cuando ves que están jugando con un entrenador y lo cambian, las primeras semanas suele ir bien. Pero yo creo más en el trabajo continuado y entendería más una labor —haciendo un símil con el fútbol— como la de la liga inglesa, donde los entrenadores se mantienen durante mucho tiempo, lo cual permite llevar una línea mucho más consecuente, un proyecto más estudiado.

Ahora me gustaría citar algunos momentos clave en la carrera de Rafael, para que me digas cómo los recuerdas o qué crees que significaron. Por ejemplo, año 2004, cuando en Miami y con 17 años gana por primera vez en su vida a Roger Federer.

Yo estaba en casa y lo seguí no sé si por la tele; una victoria realmente sorprendente. Jugar contra el número uno del mundo y ganarle… pero años más tarde esta victoria venía a demostrar que el juego de Rafael no le iba muy bien a Federer.

¿En aquel momento creíste sacar alguna conclusión?

No, en aquel momento Rafael era el jugador más joven del circuito con un buen ranking. La gente ya empezaba a hablar de él como un posible buen jugador en el futuro. Pero para mí fue una victoria sorprendente, porque ganarle en aquel momento a Federer no me parecía lo normal, ya que había bastante diferencia de uno al otro.

Ese mismo año tuvo lugar el famoso partido que Rafael ganó contra Roddick en la final de la copa Davis entre España y Estados Unidos. 

Un partido especial. Fue especial toda la semana. Cuando nos dijeron que Rafael tenía que jugar el individual fue una sorpresa para todo el mundo.

Fue una sorpresa e incluso hubo gente que discutió la decisión de que lo seleccionasen a él.

Claro, sí, sí. Hubo gente del equipo que le pareció mal la decisión. El entrenador de Robredo estaba enfadado… y bueno, evidentemente fue una sorpresa. Pero una vez estás allí dentro, jugar contra el número dos mundial delante de 27.000 personas y ganarle… uno de los partidos más especiales de la historia de Rafael.

Al año siguiente, 2005, el de su primera victoria en Roland Garros, ¿qué salto se produjo? ¿Qué cambia, por ejemplo, desde las derrotas contra Gaudio a principios de año…?

¿Qué cambia? La edad. Estás en época de formación y vas mejorando día a día.

Pero fue un salto repentino.

En aquel año Rafael hizo octavos de Final en Australia, perdiendo en cinco sets contra Hewitt. Lo cual ya demuestra que Rafael jugaba bien. Después en Sudamérica perdió con Gaudio en cuartos de final. Ganó el primer set creo que por 6-0, y después perdió 6-0, 6-1. El público le decía «hijo de puta» todo el tiempo. Y Gaudio se puso a jugar bien. El juego seguía siendo equilibrado, solo que todos los puntos caían de parte de Gaudio. Y en el siguiente torneo, en Sao Paulo, Rafael ya ganó. Después ganó en Acapulco e hizo final en Miami. Bueno, lo lógico en un deportista joven es que cuando das un salto, des un salto grande. Porque al final metes una pelota más en cada punto y eso significa que ganas el partido. Es llegar un poco antes a la pelota, golpear un poquitín más al fondo y fallar un poco menos.

Después vienen las victorias en Montecarlo y Roma, ambas ante Guillermo Coria, el jugador que había sido dominante en tierra.

Cuando ganó el primer Montecarlo fue algo increíble para mí, que toda la vida había visto el torneo por la tele. Ganar allí fue especial. Cuando vas a Montecarlo ves los nombres en un pasillo detrás de la pista central. Ostras, pensar que Rafael pondría su nombre para siempre allí… fue uno de los grandes días deportivos para mí.

¿Qué piensas de Guillermo Coria?

Durante unos años fue un buen jugador que tuvo la desgracia de que una de sus obsesiones era vencer Roland Garros. El año que lo tenía que ganar, increíblemente, lo perdió. Iba por delante de manera muy fácil.

Sí, frente a Gaudio.

Perdió. Y después parecía que seguía siendo el mejor sobre tierra, pero tuvo la desgracia de que apareció Rafael. Y eso le remató, porque perdió esas dos finales, Montecarlo y Roma. La de Roma…

… fue la puntilla.

Sí, fue la puntilla, porque él debería haber ganado aquel partido. Iba 3-0 arriba en el quinto set con doble break. Pero lo perdió y esto le desmoralizó para afrontar Roland Garros. A partir de aquí ya no fue el mismo. Pero era un jugador muy brillante, muy rápido, muy listo en la pista. Le faltaba cuerpo, no tenía grandes golpes, pero tenía una colocación y una habilidad muy buenas.

Durante el primer Roland Garros de Rafael, en 2005, ¿en qué momento pensaste que realmente podía ganar, que realmente era posible?

Cuando vi la última bola que iba fuera en la final… pero sobre todo después de ganarle a Federer. Cuando llegamos allí, Rafael era uno de los claros aspirantes al título porque venía de ganar Roma, Montecarlo y Barcelona.

Pero claro, un debutante en un torneo… siempre está la duda.

Sí, pero era uno de los aspirantes. No veo nunca los torneos ganados hasta el final de todo, pero cuando venció a Federer me pareció que Rafael tenía más posibilidades en la final que Mariano Puerta.

Toni Nadal para Jot Down 0

Antes hablábamos de si el público afecta a los jugadores: tengo la percepción de que sobre todo en los primeros años, el público de Roland Garros era un poco reticente hacia Rafa. ¿La has tenido tú también?

Sí, pero no te afecta a la hora de ganar o perder, porque de hecho Rafael no tuvo el apoyo del público en París en los primeros años y ganó cada vez que iba. Otra cosa sería si el público te gritara y te dijera barbaridades.

¿Esa falta de apoyo a qué se debía? ¿Quizá a que era español y estaban cansados de ver a españoles ganando allí, o…?

Bueno, no sé. Yo siempre decía que Rafael es un ídolo grande en Francia, lo notas cuando vas por la calle. Y después en cambio, en París querían que perdiera. Creo que también va dentro del carácter francés, el jugar bonito, no sé qué… Este año me hicieron una entrevista preguntándome sobre David Ferrer: el periodista preguntó «¿es Ferrer una persona correcta?». Y me hacía esta pregunta porque le veía jugar de esa manera, a lo gladiador, y asociaban… Y yo le dije: «hombre, solo faltaría que el jugador que le pega más bonito fuera más correcto como persona». A este extremo hemos llegado: de una imagen sacamos una teoría. De cualquier tontería. Y eso es lo que a veces han podido pensar: que Rafael, que luchaba mucho en la pista, era menos correcto que algún jugador que le pega muy bien. Con los años se han ido dando cuenta de que no es así.

Yo nunca he pensado eso, pero sé que hay gente que lo ha hecho.

Porque hay mucha gente que piensa poco, en realidad.

¿Crees que hay también esnobismo entre el público del tenis?

No, no es en el tenis. Creo que la gente en general no profundiza mucho, no estamos muy acostumbrados a pensar. Tomamos una idea, o una imagen, y nos formamos toda una opinión que muchas veces no concuerda con la realidad.

Por ejemplo he escuchado a algunos aficionados de a pie, que están en una especie de cruzada. «Es que está desapareciendo el estilo de saque-volea»… como si fuera un pecado.

En los deportes, el juego va como quieren que vaya los dirigentes. Así de simple. Si los que ponen las reglas quieren que haya saque-red, habrá saque-red, o saque-volea. Si quieren que se juegue más de fondo, también. Lo que tienen que ver a nivel de dirigentes cuando deciden la estrategia del juego es: ¿qué tipo de juego quieren ver los espectadores? Los espectadores suelen querer ver un juego luchado, con puntos más largos. Te vas al iPad, buscas los 25 mejores puntos de Djokovic, de Federer, de Rafael… y nunca es un saque directo, nunca es un ace, nunca es un saque-red. Tiene que ser muy espectacular la volea para que el mejor punto sea un saque-red. Normalmente los mejores puntos son los puntos largos.

Cuando reinaba Pete Sampras había mucha gente decía que era aburrido.

Muy aburrido. A mí que me gustaba Pete Sampras… recuerdo una ocasión estando en Stuttgart con Rafael, cuando era alevín. Fuimos a jugar un torneo allí y coincidimos con el torneo profesional que antes era en pista rápida…. (resopla) Era aburridísimo, no se devolvían una sola pelota. Las pistas eran muy rápidas. Era el partido Kracijek contra Sampras y jugaban saque-red todo el tiempo. Saque… fuera. Resto… fuera. Esto, a mí, no me gusta nada. Me gustaría ver terminar los puntos en la red después de haberlos luchado en el fondo. Pero te vuelvo a decir: esto está siempre en función de los dirigentes, porque pones las bolas más blandas o más duras, pones las pistas más lentas o más rápidas… igual que en el fútbol: cambiaron dos normas, la cesión al portero y los tres puntos.

…y el juego cambió por completo.

Cambió el juego totalmente. De ver juegos aburridos de cero a cero… recuerdo el mundial de Italia, era un aburrimiento total. El equipo que marcaba un gol se iba hacia atrás y cedía el balón al portero. Pues dos simples normas cambiaron el juego. Yo entiendo que los juegos tienen que ser cambiantes y se tienen que adaptar a la realidad humana actual. Por ejemplo, el saque. Respecto al saque-red y lo que tú me decías, no es posible que mantengamos la red a un metro: cuando se creó el juego, la gente medía 1’70, no más. Hoy miden dos metros, más la envergadura, más el material que permite darle mucho más fuerte… entonces, claro, hay que hacer modificaciones en el juego.

Hablemos ahora de la primera final de Wimbledon de 2006, que Rafael perdió contra Federer.

No la afrontamos bien. Era la primera final allí, llegamos poco convencidos de nuestras posibilidades. De hecho, la preparación previa al partido no fue buena. Veíamos a Federer mucho mejor que nosotros y creo que esto lo pagó Rafael en el primer set: le metieron 6-0. El segundo ya fue más disputado, perdió 7-6. Pero a la larga, el otro era mejor que Rafael.

¿Hubo lecciones que aprender en aquel partido?

La lección, la mía particular, era que no lo afrontamos bien. El mensaje antes de salir fue más de estar contentos por llegar a una final que de afrontarla bien. Cuando estás en un partido final siempre puedes ganar. A veces tienes pocas posibilidades, pero siempre puede caer. Tienes que afrontar la final con ganas de ganar.

Entonces deduzco que cambió el mensaje antes de la final del 2007, que también se perdió contra Federer pero que estuvo mucho más disputada.

Sí, claro, totalmente. Salimos convencidos de que jugando bien se podía ganar. Que Federer seguía siendo mejor que nosotros en pista de hierba… pero la idea cuando salimos era de ir al 100%.

Ahí realmente sí que se veía más igualdad.

Sí. Es que de hecho, si Rafael no hubiera tenido el percance en la rodilla durante el cuarto set, creo que hubiera tenido opciones reales de victoria. Porque creo que en el quinto set fue mejor Rafael que Federer.

Pasemos al 2008, ¿qué sucede en partidos como la semifinal que Rafael perdió de forma muy clara, 6-2, 6-3, 6-2 contra Tsonga en el Open de Australia?

Sucede que tú no estás jugando muy bien, sucede que el otro está jugando mejor que tú, mucho más agresivo. Y Rafael salió jugando de manera poco agresiva, esperando el error del rival sin hacer demasiadas cosas.

Tsonga hizo también uno de los partidos de su vida.

Bueno. Rafael no jugó bien y el otro fue mucho mejor. Tsonga jugó buscando el punto en todo momento y Rafael fue demasiado conservador.

¿Qué se aprende de estos partidos? 

No sé si aprendes, es fácil decir que se aprende. Cuando lo analizas, dices «ostras, cómo he salido, no he jugado bien»… pero no sé si lo aprendes para al año siguiente hacerlo mejor. No lo sé.

Luego, en ese mismo 2008, la final de Roland Garros y la victoria tan contundente sobre Federer: 6-1, 6-3, 6-0.

Creo que en aquel momento Rafael era el mejor jugador del mundo, estaba jugando muy bien, a un nivel altísimo. Había ganado octavos de manera muy clara, había ganado fácilmente en cuartos y en semis jugó un partido buenísimo contra Djokovic. Recuerdo la charla que tuvimos Rafael y yo antes de salir. Le dije «hoy creo, por tu nivel, que podrías jugarle de tú a tú a Federer… pero vayamos con la táctica de siempre, que es atacarle su revés». Y la verdad es que creo que Federer se vio impotente muy rápido y que luchó poco. Tuvo un mal día, un muy mal día. De hecho, solo ganó cuatro juegos. Cosas que pasan a veces.

¿Qué piensas cuando hay gente que opina que fue uno de los mejores partidos de Rafa?

No, no lo creo. Federer no jugó suficientemente bien. Yo he visto jugar mejor a Rafael muchas veces. Aunque tendría que volver a mirar el partido, no lo he vuelto a ver nunca más desde entonces.

¿Federer tenía por entonces, entre comillas, el «síndrome Nadal»?

No, creo que Rafael era mejor en pista de tierra que él, que estaba jugando muy bien. Lo demuestra el hecho de que después le ganó en Wimbledon y quedó número uno del mundo.

Sí, toca hablar de la final de Wimbledon del 2008, en la que finalmente vence a Federer en hierba, después de un partido épico.

Es el partido donde lo he pasado peor en mi vida. Recuerdo que en un momento dado miré el reloj que hay en la pista… y marcaba doce minutos. Y pensé: «joder, lo que me queda de sufrir». Porque sabíamos que era la oportunidad de ganar, sabíamos que después de la victoria de Roland Garros, después de venir jugando muy bien —Rafael había ganado en Queen’s, también en hierba— perder una tercera final de Wimbledon hubiera sido doloroso. La verdad es que llegamos con bastante confianza en nuestras posibilidades. Sabíamos que era difícil pero… ¡ostras!, el partido se alargó más de la cuenta. Rafael lo tuvo ganado en varias ocasiones y al final lo ganó en el último suspiro.

Es que Federer también se defendió como gato panza arriba…

Bueno, es que fueron unas cuantas situaciones… Rafael tuvo 5-2 en el tie break y dos saques. Con que te vayan un poco bien las cosas, te pones 6-3. O ganas, directamente. Pero hizo doble falta en el 5-2…. ¡jooder! Malo. Mucha tensión. Después, hubo unas interrupciones y en el vestuario le dije: «cuando tengas match ball, ve a lo sabido: saque al revés y súbele con tu drive sobre el revés». Lo hizo. Y Federer, que no nos había pasado ninguna vez… ahí nos pasó, y de revés. Rafael sacó bien, Federer restó medio mal, la pelota le quedó por el medio y Rafael no le pegó suficiente. Hizo un golpe intermedio sobre el revés y Federer, que no nos pasaba… nos pasó. Y al final ganamos en la bola donde menos teníamos que ganar, que fue un error total de Federer. En la bola más fácil… le dio demasiado tiempo a pensar y la falló.

¿Qué significó aquella victoria?

Una alegría inmensa. Desde que Rafael era pequeño yo le había inculcado que tenía que ganar Wimbledon.

Porque eso incluso cambia el papel histórico de un tenista, ¿no?

No, más que nada porque en España ya habían ganado Roland Garros y mi pretensión era que Rafael fuera un poco mejor, que no se conformase con ganar Roland Garros. Esta era la idea: ganar en Wimbledon. Fue la victoria más importante de su carrera, supongo que junto al primer Roland Garros.

Toni Nadal para Jot Down 2

Pasando al año 2009, ¿cómo recuerdas el partido contra Verdasco en la semifinal de Australia? Para algunos, uno de los mejores partidos de los últimos años.  

Gran tensión. Verdasco jugó increíble, no fallaba una bola. En el quinto set, después de cuatro horas y media de lucha, seguía sacando el segundo saque a 180 Km/h y el primero a 220 Km/h, a 210 Km/h. Era un Verdasco desconocido, porque ese nivel… y la verdad es que el partido lo hubiera podido ganar cualquiera, tuvimos la suerte de que Verdasco hizo doble falta en el último punto.

El Verdasco de aquel partido podría haberle ganado prácticamente a cualquiera.

Sí, la verdad es que jugaba increíble, le pegaba fortísimo de cualquier lado y todas las bolas le entraban.

Y luego la victoria en la final de ese mismo Open de Australia, otra vez frente a Federer, conquistando el tercer título distinto del Grand Slam.

Emocionante. Rafael llegó muy tocado a la final después del partido con Verdasco. Recuerdo que cuando fuimos a calentar se encontraba realmente cansado. Fuimos a pelotear y se mareó. El gemelo se le subió. El hombro le molestaba. Todo era un problema, hasta el punto que le dije: «párate, así no es forma de afrontar una final de Australia». Y el tío me dijo lo que me suele decir siempre en cuanto yo le digo alguna barbaridad (ríe). Yo me quejaba de su actitud y Rafael me dijo: «para ti es fácil». Yo le dije: «para mí no es fácil, porque si hubiera sido fácil ya lo habría hecho yo. Lo que sí tengo claro es que, ¿ves?, tú estás ahora en una final del Open de Australia… y es probable que nunca más estés tan cerca de ganar una final aquí. Tú sabrás si quieres hacer un súper esfuerzo o no». Él decía que no podía. Y yo, lo recuerdo bien, le dije: «mira, son las cinco. Quedan dos horas y media para salir. Tú ahora estás mal. Dentro de dos horas y media… tranquilo, que no estarás mejor. No va a venir Dios a ayudarte. No confíes, porque si ahora tienes problemas, los vas a tener igual después. De ti depende que los afrontes o no. Haz lo que creas conveniente». Y durante dos horas estuve hablándole en el vestuario, repitiéndole eso. Y al final acabé con la frase de Obama, que hacía poco que había ganado las elecciones.

¿La de «Yes, we can»?

La de «Yes, we can». Se lo repetí y le dije: «oye, por favor, repítetelo en el banquillo. Repítetelo, que puedes, venga». Le decía «yes, we can» por hacerle un chiste… y se lo repetí tantas veces que creo que le quedó. Y al final del partido, en el quinto set, estaba más fresco que Federer.

Le venciste por cansancio.

Sí, creo que al final Rafael lo afrontó muy bien.

Después, en ese mismo año, llega el partido que sorprendió a todo el mundo: la derrota contra Soderling en Roland Garros. Hasta hoy, única derrota de Rafael en ese torneo.

Veníamos con muchos problemas. No es una excusa, porque el otro nos ganó, y además ya hace tiempo. Pero por entonces Rafael tenía bastantes problemas de rodilla, además de problemas anímicos. Encima Soderling jugó muy bien y Rafael no estuvo bien en ningún momento. Y fue una pena, porque creo que aquel año Rafael debería haber acabado número uno del mundo, si hubiera podido afrontar la situación. Se le unió todo: la separación de sus padres, los problemas de rodilla, y eso le hizo no ser suficientemente fuerte. Venía de ganar el Open de Australia, creo que también había ganado en Indian Wells, en Montecarlo, Roma, Barcelona, y había hecho final en Madrid. Es decir, que si hubiera ganado Roland Garros es probable que hubiera quedado número uno a final de año. Una pena.

¿Le dolió especialmente perder en lo que era su feudo?

Sí. Fue una de las derrotas más dolorosas. Las derrotas más dolorosas de Rafael, creo yo, son la final del Open de Australia contra Djokovic, por lo cerca que estuvo de ganar. Esta contra Soderling, por lo que significaba, aunque no es lo mismo perder en cuartos o en octavos que en una final, donde duele mucho más. Y después la final de Wimbledon.

La de 2007, te refieres.

Sí, la del 2007.

Luego llegó la victoria en el US Open frente a Djokovic.

Fue un partido buenísimo de Rafael, jugó muy bien. Estaba a un nivel muy alto, era el número uno en aquel momento y le salió un partido muy bueno. Creo que el partido en general fue bastante bueno y que Rafael jugó un poco mejor que Djokovic.

También significaba mucho esa victoria.

Sí, significó completar el Grand Slam, me parece que se convirtió en el jugador más joven en hacerlo, al menos en la era Open. Fue una gran satisfacción y no por completar el Grand Slam, sino por ganar el US Open en sí. Una gran victoria.

En la competición, ¿uno tiene en cuenta el significado histórico que pueden tener en el futuro las victorias, o solo piensa en cada victoria por sí misma?

Uno lo tiene en cuenta cuando habla de ello. Muchas veces, hablando con David Ferrer… a él le gusta la historia. Y hablamos sobre qué numero puede estar el tenis de David Ferrer dentro de la historia del tenis español. Pues con Rafael pasa exactamente lo mismo, ¿qué número puede estar? A Rafael también le afecta el poder acabar su carrera siendo… no sé qué número está ahora en cuanto a grand slams, está de los cuatro primeros, creo.

Está en los cuatro primeros, sí.

Sí, están Roy Emerson, Federer, Pete Sampras y él. Y en número de Masters Series está el primero, pues bueno… claro que le afecta a uno la historia. Los jugadores, creo yo, compiten por la historia. La gran mayoría. Es verdad que el dinero importa, y ganar todo importa, pero cuando ya has ganado… lo que quieres es hacer historia.

Bueno, hay deportistas que ganan mucho dinero, pero cuando compiten no da la impresión de que estén compitiendo solo por el dinero, hay otra cosa.

No, no, por eso te digo. Rafael pagaría por ganar. La satisfacción no es nunca el cheque. El dinero, es verdad, te gusta tenerlo. Pero lo principal es la satisfacción personal de haber ganado.

¿Juega algún papel la mitomanía en la ambición de un jugador, en el hecho de decir «yo quiero ser como tal o como cual campeón»?

No sé, yo te hablaré por Rafael: en su caso creo que no. Es verdad que cuando superas a Borg en Roland Garros, sabes que eres el jugador con más torneos ganados allí.

Hombre, no lo puedes obviar.

Claro, pero nosotros no pensamos mucho en los jugadores de antes.

Hablemos ahora de la derrota del 2011 en Wimbledon, ante Djokovic.

No afrontó bien el partido, Djokovic era mejor que nosotros. Rafael había jugado contra Djokovic en Indian Wells, yo vi el partido aquí por la tele: jugó el primer set muy bien, fue superior a Djokovic. Pero en el segundo y en el tercero Rafael no compitió bien y el otro le ganó. Bueno, una derrota en una final, no pasa nada. Después, en la final de Miami, perdimos 7-6 en el tercero con una bola que se fue de esto (marca con los dedos una distancia de uno o dos centímetros, N. del R.)… hubiera sido 40-15 para Rafael, probablemente hubiera ganado. Aquella derrota ya empezó a ser más dolorosa, era la segunda consecutiva. Y las derrotas de Madrid y Roma nos mataron. A partir de aquí, Djokovic le tenía comida la moral y Rafael no salió con buena mentalidad a disputar la final de Wimbledon.

Si se te mete un jugador en la cabeza…

Si, claro. Cuando uno te gana, es por algo. Es porque su juego no te va bien. O más fácil, porque es mejor que tú. Y cuando es mejor, es difícil ganarle.

Hombre, pero puede ser mejor y sin embargo…

Bueno, puede ser Federer y ser mejor que Rafael, pero en sus enfrentamientos personales puede ser mejor Rafael. Y por eso a Federer le costaba jugar contra él. Con Djokovic hubo un momento en que era superior y Rafael no tenía armas para ganarle. Hasta que al año siguiente, en Australia, estuvo a la altura de poder volver a competir con él.

¿Se te ocurren algunas claves en el repentino salto cualitativo de Djokovic o es simplemente el resultado natural de su evolución?

La primera vez que vi jugar a Djokovic, vi claramente que sería un fenómeno, un muy buen jugador, y no me sorprendió. Es la evolución. Y hay un momento, cuando le veo jugar la final de Australia del 2011 en que gana a Murray, que dije: «joder… este tío. Ha pasado a defender mucho más y mucho mejor». La evolución propia de un gran jugador.

Cuando aparece un jugador dominante, en tenis y en otros deportes individuales, ¿se crea un aura a su alrededor que afecta psicológicamente a los rivales, que les hace pensar que es todavía más difícil de vencer de lo que realmente es?

Sí. Pasan dos cosas. Por una parte, el que juega contra Djokovic, o contra Roger Federer cuando era el mejor, sabía que tenía que jugar especialmente bien para ganar. Y eso a veces conlleva que cuando las cosas no te salen muy bien de inicio, no luchas igual. Aunque también juegas de otra manera, arriesgas bastante más, sabes que tienes que dar el 100% y eso a veces te hace ganar. Pero en líneas generales, cuando uno juega contra Rafael en tierra, muchas veces los rivales no luchan lo que toca. Aflojan antes. Lo mismo con Murray, con Djokovic, con David Ferrer, con Del Potro… cuando ves que el bueno se te escapa, dices «ya está, este me va a ganar». Creo que es fruto una sociedad en la que estamos menos acostumbrados a luchar que antes.

¿Sí?

Creo que sí. Y los números me lo demuestran. Por ejemplo, llevamos desde 2008 casi con los mismos Top Ten. Los siete primeros: Federer, Djokovic, Murray, David Ferrer, Rafael, Berdych, Del Potro; estos siete estaban allí en el 2008. Ostras, resulta que estamos en 2013 y siguen estando allí. Creo que los jóvenes que deberían haber entrado no han luchado lo que toca.

Por hablar de otro jugador de esta generación: Del Potro.

Tuvo la mala suerte de una lesión cuando mejor estaba jugando, que cortó un poco su ritmo ascendente, pero es uno de los jugadores que está allí para disputar cualquier torneo y para disputar incluso el número uno.

Luego tenemos a Murray, que ha ganado el US Open y Wimbledon.

Murray lo mismo: lleva cinco años ahí arriba. Tiene la mala suerte —él lo dijo— de haberse encontrado en una época del tenis donde los tres primeros no fallaban casi nunca: Federer, Djokovic y Rafael. Y esto le dificultó la posibilidad de ganar más torneos del Grand Slam. Pero después de haber ganado el US Open y ahora Wimbledon, por su talento y por sus condiciones, creo que es un claro aspirante al número uno.

Toni Nadal para Jot Down 3

¿Por qué se dan casos de jugadores de los que la prensa habla muy bien, de los que se dice que tienen mucho potencial —pienso por ejemplo en Richard Gasquet— pero llega un momento en que se estancan?

Porque uno tiene un potencial cuando es joven, pero si lo analiza correctamente —un profesional, no un amateur—, dices: bueno, este jugador tiene un buen saque, normal. Tiene un muy buen revés. El drive es normal. ¿Es luchador? No mucho. ¿Físico? Tampoco. Entonces, claro, eres muy buen jugador pero no para disputar el trono a Djokovic, a Murray, a Federer.

Entonces crees que en muchas ocasiones la prensa o los aficionados tienden a ver en algunos jugadores cosas que no hay.

Sí. Muchas veces. Porque los periodistas en muchas ocasiones no son profesionales de lo que escriben.

Sí.

La mayoría de las veces. Por eso después uno puede escribir equivocadamente.

¿Alguna vez te ha pasado que alguien ajeno a Rafael, que no lo conozca demasiado, te diga —a ti, precisamente— algo como «te has fijado que Rafa tal y cual», y con esa perspectiva exterior te haya dado alguna idea, te haya hecho ver algo…?

Sí. La tira de veces. Acostumbro a escuchar y como Rafael está arriba, mucha gente intenta dar opiniones. Vas a torneos y alguien te dice una cosa, otro te dice otra… la mayoría de veces hablan desde el desconocimiento. Pero a veces hay gente que sabe, normal.

España ha tenido muy buenos jugadores, cada vez más, hasta convertirse en una potencia tenística mundial. ¿Cómo explicas la explosión que se produjo en el tenis español?

Es una cadena. El tenis, si rememoramos otros tiempos, empezó con Santana, GimenoOrantes tuvo mucho éxito, después llegó Higueras. Más tarde hubo un parón de jugadores y creo que con Emilio Sánchez-Vicario volvió a recuperarse. A partir de aquí empezaron a salir muy buenos jugadores. Sergi Bruguera, que ganó Roland Garros dos veces. Y la gente vio lo que lo ha visto siempre: «ostras, si el vecino lo hace, no debe de ser tan difícil». Y se produjo una cadena que ha llegado hasta el día de hoy. Al final, ¿por qué nadie es profeta en su tierra? Entre otras razones porque le has visto crecer y sabes que no es especial. Porque tú ya sabes… «si éste jugaba con nosotros». Recuerdo cuando Carlos Moyá empezó a ganar, alguno que había jugado antes con él me decía «¿te parece que es tan bueno Carlos Moyá, que va a a llegar?». Y Carlos Moyá estaba el 14 del mundo.

(risas) Llegar… ¿A dónde más quieres que llegue?

Está 14 del mundo, ¡me parece que ha llegado a todo! Ya veremos si es un Sampras o no, no lo sé. Pero claro, tú al de cerca, como le has visto de pequeño… Dices «ostras, si este lo hace, yo también puedo» Aunque esto también te acerca mucho a destacar. Cuando salió Bruguera ganó en pista de tierra y los jugadores de España éramos todos de pista de tierra: Corretja, Mantilla… luego Carlos Moyá, y con su final de Australia ya se podía jugar en pista rápida, era otro escalón. Después Ferrero mantuvo el nivel y creo que con Rafael hubo otro escalón: también se podía ganar en pista de hierba.

¿La evolución de esta cadena tiene algún otro sustrato, como una mejora en la red de academias?

Bueno, hay una mejora porque, claro, hay más interés, hay más gente que lo practica, hay más jugadores… y todo el mundo se esfuerza en mejorar. Hay una cosa que también ayuda a entender este proceso: en atletismo, cuando vas a batir un record del mundo, muchas veces te ponen una «liebre». Porque si hay alguien que corra delante de ti, te resulta más fácil seguir la estela. Pues esto es lo que ha ido pasando: te han ido poniendo gente delante y tú vas siguiendo la estela. Y esto ayuda a mejorar a todo el mundo: a entrenadores, a jugadores, a las academias… a todos en general.

En el sentido contrario, ¿cómo se explica el declive del tenis estadounidense en cuanto a meter jugadores en los puestos altos del ranking?

Primero, no me gusta mucho hablar si no tengo una información precisa, porque después cuando contrastas los datos sabes que puede haber muchas otras razones. Pero creo que el tenis en los Estados Unidos no es un deporte que esté arriba, y esto es la primera causa. Después, el tenis que ellos hacían… creo que a los estadounidenses, en líneas generales y no solo en el tenis, les gusta un juego de no pensar. Un juego de «pum, pum, pum» y adiós. Les gusta un ace, un saque ganador, una cosa espectacular de estas… pero el tenis tiene otras variables. Y básicamente es porque no ha habido un gran interés, evidentemente. Estoy seguro de que no se han hecho las cosas muy bien, cuando disponen de mucho dinero… solo el torneo del US Open les permite ganar mucho dinero. No hacen bien la distribución, claramente.

Volviendo al estado de gracia del tenis español, no ya por Rafael sino por las cantidad de jugadores, ¿puede ser una edad de oro pasajera, como ha pasado en Argentina o en Suecia?

No, no es pasajera porque llevamos veinte años.

Ya, quizá pasajera no es la palabra que quería emplear. Me refiero a si crees que es finita.

Finita, sí. Y es probable —no lo digo con ningún ánimo de darle importancia a Rafael— que después de Rafael venga un bajón, porque… ostras, Rafael ha puesto el listón alto.

¿La gente se ha acostumbrado a que gane?

Claro. La gente se acostumbra a ganar y después, cuando los siguientes jugadores vayan a Roland Garros y lleguen a semifinales, parecerá poco. Y la realidad es que es difícil hacerlo bien cada año.

¿Crees que el aficionado de a pie, el espectador casual del tenis, es consciente de la magnitud de los logros de Rafael Nadal?

No sé. Por una parte sí, Rafael es un deportista bastante admirado en España.

Sí, que es admirado es evidente, pero me refiero a que si por ejemplo llega a una final y pierde: «uy, ha perdido, no puede ser». Como si llegar a una final no fuese ya…

Bueno… esto pasa en todo. Nosotros perdimos el otro día en la Copa Confederaciones de fútbol y mira, Brasil fue mucho mejor. Es muy difícil ganar siempre. España, hablando de fútbol, ha tenido desde siempre una gran afición y no habíamos conseguido ganar nunca. Ahora se han ganado dos europeos y un mundial, pero en el siguiente mundial no va a ser fácil. Se va a tener que luchar contra Argentina, Brasil y algunas selecciones más. Se te van a ir algunos jugadores… es difícil ganar. Lo es para Rafael, lo es para Djokovic, lo es para Fernando Alonso… para cualquiera.

Ya que nombras a Alonso, ¿a qué se debe esta conjunción repentina de deportistas españoles triunfando en bastantes disciplinas? 

A España le gusta el deporte. Los deportistas tienen una buena recompensa social y, algunos, económica. Eso hace que volvamos a lo mismo: que uno tire del otro, que la gente lo vea posible. En el baloncesto era impensable irnos a la NBA. Fue una vez Fernando Martín, y regresó. Después se fue Pau Gasol y se ha quedado la tira de años en el mejor equipo, o uno de los mejores. Después de él han ido más, y todo posible cuando ves al vecino que lo consigue.

Aun así tiene que haber algún otro factor…

No sé. Uno es la inversión que puede haber: hacer deporte en España no es caro como en otros países nórdicos donde en concreto jugar al tenis es más complicado porque tienen que estar en una superficie cerrada, hace más frío, todo es más caro. Aquí es más fácil, más asequible. Y creo que esto ayuda. Pero España funciona bien en motociclismo; en Fórmula 1 tenemos al mejor o uno de los mejores pilotos del mundo, en tenis tenemos dos jugadores dentro de los mejores del mundo, en baloncesto somos una de las mejores selecciones del mundo, en fútbol somos los mejores del mundo. En natación lo mismo, vamos bien. Estamos a un nivel, en algunos deportes, muy alto.

¿Crees que en el tenis español hay cantera? Cuando esta generación actual de jugadores tan exitosa desaparezca, ¿se mantendrá el nivel? Quizá no habrá otro Rafael Nadal…

Sí, creo que va a haber otro Rafael Nadal aquí en España. No sé cuándo, pero si ha habido uno, puede haber dos.

Me refiero a que aparezca una generación completa comparable.

En lo generacional no es fácil encontrarte con unos jugadores que hayan ganado cinco copas Davis desde el 2000, y mira cuántos Grand Slam se han ganado, muchos. En el Masters de Londres, David Ferrer y Rafael se han clasificado en los últimos años. Ferrero y Moyá se clasificaron unos cuantos años. Corretja lo ganó. Albert Costa estuvo allí. No es fácil que haya tanta gente tan buena.

Al haberse producido esa consistencia durante tantos años como decías, uno podría preguntarse si España tiene realmente la capacidad para fabricar estas generaciones una y otra vez.

Lógicamente, no es posible. Igual que, ¿va a haber otro Iniesta, Xavi, Casillas? Es posible… pero fácil no es. Por ley de probabilidades no me sale que venga otra generación tan fácilmente. Cuando estos acaben, vendrán buenos jugadores pero… a lo mejor no habrá tantos como ahora.

¿Crees que la crisis económica puede afectar a la cantera no ya del tenis sino del deporte en general?

Sí, puede afectar por el dispendio que tienen que hacer los padres. En el mundo del tenis es grande, y en muchos otros deportes. En el mundo del fútbol es un poco diferente, porque entras dentro de un club y si eres bueno ya juegas en el Real Madrid o en el Barcelona, en categorías alevines, y no te cuesta nada. Pero en el tenis cuesta. En la natación imagino que también cuesta, en muchos deportes individuales. Los padres tienen que acompañar, tienen que gastarse un dinero. Es verdad que por los hijos siempre haces un extra, pero…

No siempre se puede.

Si no puedes, no puedes.

En general, no solamente en lo deportivo, ¿te atreverías a definir la situación actual del país?

Bueno, voy a ser un poco duro… al final nosotros —me incluyo— no hemos sido buenos trabajadores. Me imagino que alguna razón tiene que haber para que el país haya funcionado peor que los otros países. Tenemos que entonar un mea culpa, todos. En líneas generales imagino que no habremos sido tan productivos como otros países. No lo sé exactamente, pero no nos engañemos: aquí la culpa siempre es de los demás. Y yo entiendo que la culpa también tiene que ser mía. No puede ser que en tenis, cuando nosotros perdamos, sea culpa de aquello, de lo otro… no, algo habremos hecho mal nosotros. Lo aplico en todos los ámbitos. Algo habremos hecho mal. No es fácil. Alemania sufrió una guerra en los años 40 y después de la guerra mira dónde llegó.

Bueno, o Corea.

Sí, sí, pero Alemania es más próximo. Yo no sé si a lo mejor en Corea se han pagado menores sueldos. En Alemania la gente ha respondido bien. Estuve hace dos semanas allí y la mayoría de productos, o muchos productos, son suyos. Mira una cosa —evidentemente es un detalle que a lo mejor no se corresponde con la realidad— pero pedí para mis hijos una Fanta de naranja, que les gusta mucho. Y la Fanta no era Fanta, era una naranjada hecha por ellos. En un buen hotel. Una Coca-Cola… también me dieron una fabricada por ellos, una marca alemana. Si te vas a la fábrica de Hugo Boss, fabrican allí en gran parte. Algo habrán hecho bien ellos, y nosotros menos bien.

¿Te interesa la política?

Claro, me interesa, porque formo parte de este país y me interesa lo que pasa a mi alrededor. No me gusta la política en líneas generales, no me gusta lo que veo, no me gusta el cariz que le dan. Son unos fanáticos. Unos fanáticos y la mayoría unos tramposos. Solo contemplan su realidad, todos ellos. No les cabe en la cabeza la posibilidad de la duda, lo cual… para mí, la gente que no duda solo puede deberse a dos razones: o bien porque eres un fanático, o bien porque eres tonto. Lo normal es dudar. Creo que ha llegado un punto donde arriba, para regir el país, no están los más preparados. Lo cual ya es un mal síntoma. Y hay demasiado fanatismo y demasiadas ganas de perpetuarse en el cargo. Y de actuar solo demagógicamente, de actuar de cara a la galería. Si se tienen que tomar medidas, se tienen que tomar. Cuando se tiene que decir una realidad, se tiene que decir y nosotros deberíamos asumirla. El atenuante hacia los políticos: creo que deberían cobrar mucho más para que la gente esté preparada. Si queremos gente preparada, tienen que cobrar mucho más. No vemos mal que Mourinho, para administrar un equipo de fútbol de veinte jugadores, cobre doce millones de euros… Guardiola o Rafael jugando al tenis. En cambio veríamos fatal que un presidente del gobierno cobre 500.000 euros. Si queremos gente responsable y bien preparada, tenemos que estar dispuestos a pagar.

Hablando de pagar y volviendo al tenis, ¿qué piensas cuando algunos dicen que en el tenis femenino se deberían jugar al menos las finales a cinco sets?

Mira, este es un tema… ¿sabes qué pasa? Cuando tú entras a valorar las cosas, a dar la opinión, según el cariz que tú le des a mis palabras…

Hombre (risas), ¡intentaré no darle ningún cariz!

No, no, es la realidad. Porque la opinión la tengo muy bien formada. No sé si deben jugar a cinco sets, o a dos. Lo que pasa es que teóricamente cuando participan en un torneo donde cobran lo mismo y toman la misma cuota de pantalla que los hombres… pues haz el mismo esfuerzo. Las mujeres, curiosamente, pueden jugar individuales, dobles y mixtos porque juegan a dos sets. En cambio, los hombres quedan bastante más cansados jugando a cinco sets. Creo que es un agravio comparativo y no me parece lógico. Yo creo que tiene que haber torneos de mujeres y torneos de hombres. En casi ningún deporte compiten conjuntamente, no hay un campeonato del mundo de fútbol donde compitan hombres y mujeres. En golf, tampoco. En baloncesto lo mismo. Y en tenis compiten juntos… bueno. Te digo, es un agravio comparativo. Yo creo que deberían jugar lo mismo. Porque si juegan juntos, que haya las mismas dificultades para todos.

Bueno, pues tiene nada de malo esa opinión. Es una opinión lógica.

Bueno… me he quedado corto (risas).

¿Qué te gusta hacer cuando no estás trabajando con Rafael?

Juego al ajedrez, me gusta el ajedrez. Cuando estoy por aquí me gusta estar con mis hijos. Cuando estoy de viaje me gusta pasear por las ciudades.

¿Se te da bien el ajedrez?

Normal.

Dime una apertura que te guste jugar con blancas.

Casi siempre juego la apertura italiana.

El giuoco piano. ¿Eso significa que te gusta el juego tranquilo?

No, me gusta el juego abierto porque juego partidas rápidas, y si juegas composiciones cerradas es más complicado, en partidas de cinco minutos. Pero vamos, si jugase un torneo jugaría con más cuidado.

¿No te gusta jugar partidas a tiempo normal, dos o tres horas?

No, porque lo hago como distracción. Juego por Internet y a tiempo normal debería esperar, se me hace muy largo.

Para el trabajo como entrenador o para otras facetas de la vida, ¿has sacado enseñanzas o ideas del ajedrez?

Creo que todo en la vida tiene un denominador común y en muchos  juegos también lo hay: el que domina el centro, domina el juego. Es más fácil desde el centro dirigir la bola hacia todos los lados, como pasa en el ajedrez. Dominar el centro. Después hay una cuestión de tiempo: tienes que saber a qué tiempo juegas. En el tenis, ¿a qué tiempo jugamos nosotros? Pues jugamos a una velocidad más lenta que Federer, por ejemplo. Pues tenemos que ser consecuentes con esta idea del juego. Lo mismo en el fútbol. Si juego contra el Barcelona, debería intentar destruir el tiempo, entiendo yo, para que ellos no pudieran combinar cuando juegan tan bien. Esto creo que es general en todos los deportes.

Es curioso que digas esto del centro, porque recuerdo una frase de Pelé —no me consta que jugase al ajedrez— que decía que la manera más rápida de marcar gol es por el centro.

Es que es la realidad en casi todos los deportes. Es más difícil jugar por el lateral, aunque después en basket puedas irte al lateral y encestar, por ejemplo. Pero desde el centro tienes todas las posiciones para pasar. Pues lo mismo pasa en el ajedrez: desde el centro dominas tú, por eso tienes que intentar dominar el centro.

Cambiando de tema: con respecto al libro Sirve Nadal, responde Sócrates, que escribiste con Pere Mas, ¿de dónde viene ese interés por la filosofía?

No, no tengo un especial interés por la filosofía. Tengo interés en pensar. En analizar lo que sucede alrededor.

Eso es filosofía a fin de cuentas.

Sí, pero creo que como ser humano, uno tiene que tener interés en lo que pasa a su alrededor.

Toni Nadal para Jot Down 4

Hablando de libros, ¿cuáles son tus libros favoritos?

Te voy a nombrar el último de Vargas Llosa, La civilización del espectáculo. En su momento me gustó La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera. Hay muchos libros que me gustan. Cualquiera de Javier Marías.

¿Te gusta ver cine?

Me gustaba más antes, y me gustan las películas antiguas. Me gustaban películas con un diálogo más elaborado. No me gustan los efectos especiales más de la cuenta. Hay unas cuantas películas que las he visto mil veces.

¿Por ejemplo?

Bienvenido Mr. Marshall, de Berlanga. Me encantaba, por lo que significaba. Érase una vez en América, con Robert De Niro. Hay muchas. El último tango en París, también. Con la muerte en los talones de Hitchcock, o Atrapa a un ladrón, también suya. Normalmente me gustan más las películas de antes.

¿Has tenido tiempo de ver series de televisión?

No las sigo mucho. He visto capítulos de vez en cuando. Me gustaba Aquí no hay quien viva, pero me gustaba antes, al principio. Porque las cosas, cuando se alargan más de la cuenta… es más difícil ser brillante mucho tiempo. Cuando estábamos de viaje, veía Lost (risas), pero al final el guionista te hacía creer lo que quería, sin una base…

¿Viste el final?

No, no llegué a ver el final porque creo que en Lost el que se perdió fue él (risas) y al final le daba igual, claro.

No la he visto, pero me resulta curioso que cada vez que pregunto a alguien sobre Lost es exactamente eso lo que me dice todo el mundo.

Sí, sí. El perdido fue él.

¿Qué música te gusta escuchar?

La verdad es que me gusta la música tranquila. Soy poco musicólogo… mira, me gusta Frank Sinatra, la canción francesa de los sesenta, Gilbert Bécaud y algunas canciones de estas facilonas.

Canción ligera, que se decía antes.

Sí, no me gusta lo estruendoso. Y no estoy suficientemente preparado como para que me guste la ópera o la música sinfónica, creo que esto exige una preparación al oyente, y yo no la tengo. Y no me gusta lo de hoy en día, demasiado fácil. Me quedo con una cosa que al menos la hagan bien, como Frank Sinatra o Gilbert Bécaud, que al menos la canción quería decir alguna cosa.

Dime un lugar del mundo donde te guste retirarte de vez en cuando.

Hay muchos sitios en el mundo que me gustan, de hecho. Creo que en líneas generales el mundo es muy bonito. De lo que yo he tenido ocasión de visitar, Melbourne me encanta. No me retiraría a Nueva York, pero me gusta visitarla. Me gustan Londres, París, Roma. La ciudad que más me gusta creo que es Roma, pasearla.

Un personaje histórico al que te hubiera gustado conocer.

Hitler. Porque no entiendo cómo se puede ser tan malvado. Me gustaría encontrarle una explicación.

¿Imaginas que viajas en el tiempo, lo conoces y te cae bien?

No, imposible. No es posible que te caiga bien un individuo de esta calaña. Es totalmente imposible. Pero yo me pregunto a veces cómo es posible llegar a esta maldad. Stalin era igual de malo que él. Estos no es que tuviera interés en conocerlos, sino interés en preguntarles y saber cómo han llegado a eso. Personajes históricos… hay mucha gente interesante.

¿Y un suceso histórico del que te hubiera gustado ser testigo?

Un hecho histórico… no sé, debería decir algo bueno.

O no. Aunque solo sea por curiosidad, como lo de Hitler.

No, no, pero no me gustaría ver lo que él hacía, sino preguntarle el por qué. Hay muchos hechos históricos que a uno le quedan grabados. A mí me gusta sobre todo la gente que hace el bien. Gente que es correcta. Aunque te haya dicho Hitler, te lo matizaré, porque no tengo ningún interés en conocer a una persona detestable como esta gente, como cualquier dictador.

Pero yo también creo que sería interesante conocerlo para saber de dónde viene.

Saber por qué se da esto, para que no se volviera a repetir.

Volviendo al deporte y aparte del tenis, ¿cuáles son los deportistas que te han impresionado más?

Hay muchos deportistas que me han impresionado mucho. Tiger Woods en golf. Messi. Johann Cruyff en su momento, cuando jugaba en el Barcelona, también me impresionó. Mark Spitz. Michael Jordan, evidentemente. Todavía cuando ves imágenes suyas y ves lo que hacían…. y en tenis me impresionaron Nastase, Borg. Y Federer, también, la elegancia que ha tenido. Hay muchos deportistas que lo hacen muy bien.

Te voy a citar unos hechos célebres de la historia del deporte y tú me dices qué te sugieren. Por ejemplo, cuando Jesse Owens gana cuatro medallas de oro en Berlín delante de toda la plana mayor del partido nazi.

¿Qué me sugiere? Fue una afrenta al racismo de los nazis, a las opiniones de Hitler… creo que fue un hecho bueno para la raza negra y ya te digo: una afrenta a Hitler, sobre todo.

Otra imagen: cuando el boxeador Rocky Marciano noqueó a su antiguo ídolo Joe Louis y después del combate fue al vestuario de Louis para pedirle perdón entre lágrimas por haberlo tumbado.

Esta imagen me sugiere… iba a decir una persona correcta pero no es así, porque no lo conozco. Pero sí una persona que sentía un respeto hacia su rival, que es lo que debería pasar. Esto me sugiere lo que no pasa en el mundo del fútbol: el otro día estaba discutiendo con mis hermanos y hablaba precisamente de eso. Las veces que ha podido ganar Rafael evidentemente sientes una gran alegría por la victoria, pero si aprecias a tu rival, que es lo que toca después de años de lucha, lo normal también es que te sepa mal noquearle. Entonces creo que es una buena imagen del deporte, en el que uno quiere ganar pero le sabe mal noquear al rival.

Otro episodio: ¿qué te sugirió cuando Brasil se presentó al mundial de fútbol de 1982 con un equipo fantástico, uno de los mejores equipos, y sin embargo perdió?

Una desgracia. En aquel mundial —una vez España había quedado eliminada rápidamente— yo quería que ganase Brasil. Recuerdo todavía el partido contra Italia: a ellos les bastaba el empate, estaban 2-2… y seguían yendo a lo grande. Para mí fue una decepción el que perdieran, porque me gusta que ganen los que hacen las cosas bien. Y aquellos lo hacían realmente bien. No me suelo acordar mucho de los jugadores pero recuerdo a Falcao, Zico, Sócrates y unos cuantos más… es una pena que perdieran.

Un poco antes de ese mundial: ¿recuerdas el secuestro de Enrique Castro, «Quini», cinco veces máximo goleador de la liga española de fútbol? Más que nada porque es impensable que algo así suceda hoy.

Sí, bueno, allí también era totalmente impensable. Recuerdo, ¡ostras! La sorpresa de que secuestraran a un futbolista. Quini en aquel momento era delantero del Barcelona y además era una persona muy correcta, hacía cara de buena gente. Todavía recuerdo las imágenes de cuando le soltaron.

¿Recuerdas el salto de longitud de Bob Beamon?

Sí, 8,90. Lo he visto repetidas veces, porque es uno de los hitos del deporte. Era el mejor por entonces, porque parece como si fuera malo: él era el mejor, pero…

Pero evidentemente hizo una marca que en esa época, incluso para él, era…

…una barbaridad. Él mismo mejoró su propia marca, no sé si 40 o 50 centímetros.

Creo que su segundo mejor salto fue de 8,33 me parece.

8,33, y ahí saltó 8,90. Es decir, 57 centímetros. Una barbaridad.

Se tardó veintidós años en superar esa marca. ¿Algo así es producto de una conjunción estelar entre la mecánica de salto, la altitud, el viento, etc.? Porque incluso expertos analizaban el salto, la filmación, buscando…

No parece nada extraordinario el salto. Lo he visto unas cuantas veces, parece un salto normal, un salto más.

Un «golpe de suerte», entre comillas.

Sí, fue un golpe de suerte, porque jugar bien el día de la final ya es un poco de suerte, pero batir el récord del mundo, hacer el mejor salto de tu vida justo el día que toca… es increíble.

Otro episodio: no sé si recuerdas la maratón femenina de Los Angeles 1984…

¿La que se cayó?

Sí, la corredora suiza Gabriela Andersen, que llegó a la meta con los médicos supervisándola y que después de la meta se desplomó… ¿qué te sugiere esa imagen?

Bueno, a veces en el deporte se va demasiado al límite y creo que esto no es bueno. En el deporte, lo que engancha, es la superación y el llegar al límite, pero esta situación es demasiado. No deberías poner nunca en peligro tu salud para competir. Es una imagen que no me gustó.

Sin embargo hubo mucha gente que la presentó como ejemplo de superación.

Bueno, yo no lo veo así. Entiendo la superación mental, el forzar, pero no hasta límites que puedas hacer daño al cuerpo. Para mí, la superación siempre es mental, no se tiene que llegar a la extenuación física. El deporte es superarte y aguantar. Es verdad que esta mujer aguantó, pero…

Te parece innecesario.

Prefiero que no pase esto.

Ahora te voy a preguntar tu opinión sobre una serie de personajes.

De acuerdo.

Manolo Santana.

Fue el iniciador del tenis en España, fue el que lo revolucionó. Recuerdo que en mi pueblo cuando uno jugaba un poco bien o se creía que jugaba un poco bien, le decían «este qué se cree, que es Santana». Es decir, el nombre Santana venía asociado al tenis. Aparte de que tenía un juego muy bonito, lo hizo bien porque se hubiera podido pasar al profesionalismo pero se mantuvo en el nivel amateur y eso le dio un gran realce a su persona. [Por entonces, en los años 60, los considerados profesionales no podían participar en torneos del Grand Slam, N. del R.]

Toni Nadal para Jot Down 5

¿Hay algún tenista posterior con el que podrías compararnos un poco su estilo de juego?

Creo que Santana se puede comparar con Nastase: los dos eran muy brillantes, un juego de muñeca… a Santana le vi jugar de mayor en directo, en un torneo de leyendas en Barcelona y todavía jugaba muy bien. Le vi por la tele en un campeonato de España, tenía una habilidad prodigiosa y era muy bonito verle jugar.

Otro gran tenista de aquellos tiempos: Rod Laver.

Probablemente el mejor jugador de la historia junto con Federer… no sé a quién poner, si a Federer o a Rod Laver. Ha sido probablemente el mejor de verdad, porque ganó dos veces el Grand Slam completo, los cuatro torneos seguidos. Y estuvo cinco años —los mejores de su vida— sin participar en el Grand Slam, ya que se pasó al profesionalismo. Ganó once títulos del Grand Slam y si hubiera participado en estos cincos años es probable que hubiera podido ganar muchos más.

Es verdad que ganó dos veces el Grand Slam, pero por entonces se jugaba casi todo en hierba.

Sí, también es cierto, porque se jugaban tres torneos en hierba y uno en pista de tierra. Él ganó dos veces en París, 1962 y 1969, los dos años de sus Grand Slam. Juntamente con Federer… creo que son los dos mejores de la historia.

Muhammad Ali.

Bueno, uno de los deportistas más grandes de la historia, por la significación que tuvo dentro de su deporte. Creo que si nombramos a los grandes del deporte, a los más conocidos, Muhammad Ali estaría dentro de este grupo de elegidos. Cuando hablas de deportistas, yo caería en Pelé, Maradona, Mark Spitz, Tiger Woods, Michael Jordan. A Cassius Clay lo pondría ahí. Después me dices, ¿era tan bueno como…? No lo sé, porque no sigo tanto el mundo del boxeo. No sé si fue mejor él, o lo fue Tyson… pero la significación del uno y el otro es muy diferente. Cassius Clay es un referente.

Ya puestos, ¿qué piensas de Mike Tyson?

Le ha hecho un flaco favor a su deporte con su actitud tanto dentro como fuera de los cuadriláteros. Una pena, acabar como acabó.

Otro tenista: Jimmy Connors.

A mí no me gustaba mucho cuando le veía jugar. Me gustaba su entrega… pero no me gusta la gente maleducada, no me gustaba él. Aunque sí que me gustaba la pasión que ponía en lo que hacía. De hecho, cuando Rafael era pequeño, intentaba que tomara de Jimmy Connors precisamente eso: la pasión. Connors lo demostró porque jugó hasta los treinta y nueve años a un muy buen nivel, le gustaba el tenis, le gustaba competir, y se apasionaba en lo que hacía. Creo que es siempre bueno ver a gente apasionada.

También se dice que se creaba bastantes enemistades.

Por eso te digo; no quería que ganase porque no me gusta que gane la gente incorrecta. En ningún deporte, en ninguna cosa de la vida me gusta que le vaya especialmente bien a la gente incorrecta. Me gustaría que ganasen los correctos, siempre.

En el vestuario de la ATP, ¿surgen enemistades enconadas?

No sé. En el caso nuestro, no. Te llevas mejor con unos jugadores que con otros… hay gente poco educada dentro del vestuario.

Como en todas partes.

Sí, pero cuando convives repetidamente en un circuito lo normal es… ya no tanto una relación de amistad, porque cada cual tiene su mundo. Pero sí una relación de educación, de «buenos días». Aunque esto está desapareciendo. No en el circuito profesional de tenis, está desapareciendo en todos los ámbitos. Hubo un año en que al subir en el ascensor del torneo de Australia contaba las veces que me contestaron el saludo… una o dos veces durante diecisiete días. Entrar, decir «good morning»…

…y ni contestar.

La mayoría de gente.

¿Surgen amistades verdaderas en el circuito?

Sí, claro. Por eso te decía: enemistades no, lo que pasa es que con algún jugador te cruzas y no te saluda, o a Rafael, o al fisio… pues claro, no tendrás un gran aprecio por él. Pero enemistades, no. Puede surgir en un momento dado que uno tenga un roce con alguien, pero en el caso de Rafael muy pocas veces, o casi nunca… y olvidado el tema.

En este sentido, una cosa que me ha llamado mucho la atención han sido las declaraciones del padre de Novak Djokovic, diciendo que Novak y Rafael ya no son tan amigos desde que Novak gana a menudo.

Sí, sí, pero lo primero es que creo que está mal informado, porque la relación entre Rafael y Djokovic es la misma que hace unos años. Tienen una buena relación. Y si él ve una relación diferente, a lo mejor se lo tendría que preguntar a su hijo, o a lo mejor es su hijo el que ahora se acerca menos. Pero la relación es buena. No te vas a cenar con él porque vas con los de tu equipo o con los españoles, pero la relación es buena.

Y ahora tu opinión sobre otro personaje: Mariano Rajoy, presidente del gobierno.

Hombre, está viviendo una situación delicada con esto de Bárcenas. A mí, a priori, me parece buena gente. Ha llegado a un país en una situación realmente complicada… la verdad es que no sé si los que hacen salir a un país de la crisis son los dirigentes políticos.

Seguramente no.

Pero no me parece mala gente. Supongo que en el caso de Bárcenas ha cometido unas cuantas equivocaciones, pero en líneas generales me parece una persona más o menos honesta. No pretendo nunca que nadie sea un santo, pero.

¿Qué te pareció Zapatero?

No me parecía mala gente. Creo que no estuvo a la altura de lo que se esperaba del presidente del gobierno. Pero también… no sé si otro en su lugar hubiera podido solventar la papeleta que se le vino encima. A mí me gusta más una persona de más ímpetu; la sensación que me daba por la tele es que no tenía mucho ímpetu. Pero… bien.

Veo que tiendes a no ser demasiado duro en tu juicio hacia los políticos.

Procuro no ser duro nunca con nadie. Lo puedo ser aquí si hablo en una tertulia con mis hermanos, pero en la prensa no lo sería nunca. Creo que quien es exageradamente duro con los demás no lo es casi nunca consigo mismo. Entiendo el error de los demás porque yo mismo me equivoco muchas veces, entonces lo que no puedo pretender es que los demás no se equivoquen nunca o que lo hagan todo bien. ¿Yo lo hago todo bien? No, nunca. Entonces, ¿cómo no voy a entender que Rajoy o que Zapatero se hayan equivocado? No es tan fácil hacer las cosas bien. Se les tiene que exigir a los políticos, pero también se les tiene que entender.

Volviendo a tu opinión sobre tenistas: Bjorn Borg.

Hombre, un mito también dentro del mundo del deporte. Creo que debería estar dentro de estos que nombrábamos porque Bjorn Borg en su momento fue una revolución. Por todo lo que implicaba, por cómo iba vestido, por su cabellera…

Era un Beatle, vamos.

Sí, sí. Borg era de los deportistas más conocidos que había en el mundo en su momento. Y cuando ganó Wimbledon y Roland Garros se convirtió en un mito del mundo del tenis. Uno de los mejores de la historia.

¿Qué opinas de él, técnicamente hablando?

Bueno, su principal virtud no era la técnica pero tenía un saque correcto en aquel tiempo, con un porcentaje muy alto; tenía un drive bastante bueno, el revés no era malo. La volea no era demasiado buena. Tenía unas piernas privilegiadas, y después una mentalidad excepcional. Un gran jugador.

John McEnroe.

Le he conocido en estos años, tenemos una buena relación y cuando nos vemos siempre solemos comentar algo. Una persona realmente brillante, tocado por una varita mágica a la hora de jugar la pelota. Un comportamiento malo dentro de la pista, y algunas veces fuera. No sé, cuando hablo con él es una persona más normal… pero después ves algunas actuaciones suyas y te sorprende todavía. Pero es un genio del tenis.

¿Ha sido uno de los tenistas de los que podría decirse que ha sido un artista?

Sí, era un jugador realmente brillante con un toque de pelota excepcional. Con una técnica muy extraña, hacía todos los golpes a su aire.

Sí, raros, pero a mí me parecían bonitos.

Bueno, bonitos estéticamente no lo eran. Él hacía muy bonito el tenis. Pero los golpes no eran estéticamente bonitos porque una persona que le pega así rígido… no es bonito. Federer es muy bonito, lo hace todo con cadencia. McEnroe no, lo que pasa es que era muy brillante y además jugaba muy bien todos los golpes: un gran saque, volea extraordinaria, buen drive, buen revés…. ostras, se desplazaba bien, hacía todo muy bien. Era un jugador de los más grandes que ha habido.

Martina Navratilova.

Una de las mejores de la historia. Lo hacía todo bien.

Ivan Lendl.

Un gran jugador. Durante años le faltó ganar. Tenía fama de perdedor pero creo que ha sido uno de los grandes de la historia de este deporte. Tenía el record de semanas como número uno hasta que se lo quitó creo que Pete Sampras. Claro, es que él surgió después de Borg y McEnroe. Y lo veías como que era muy bueno… porque no estaban Borg y McEnroe.

Hombre, recuerdo una portada muy cruel de Sports Illustrated con la foto de Lendl a toda página y el titular de la revista diciendo «el campeón que no le importa a nadie».

Bueno… no sé si era así.

Es una portada cruel.

Sí, es demasiado cruel. Esta portada no es correcta, pero sí es verdad que no fue un campeón con el carisma de Borg o de McEnroe. O de Jimmy Connors.

¿Puede ser que esté infravalorado a nivel histórico?

Depende. Yo le valoro altamente, porque la gente que a veces infravalora es porque no es justa o porque desconoce la historia. Uno tiene que analizar los hechos históricos en su conjunto. Él ganó ocho Grand Slam, y creo que perdió once finales. Estuvo cinco años y pico en boga…

Es que son diecinueve finales.

Sí, son diecinueve finales. Tienes que saber un poco la historia… no sé en qué posición, pero uno de los grande jugadores que ha habido. No sé si el quinto, el sexto, el décimo…

Otro personaje: Diego Armando Maradona.

Futbolísticamente, un fenómeno. Una pena que se desviara. Perdió el norte. Yo creo que conjuntamente… iba a decir «conjuntamente con Messi», pero creo que Messi es el mejor de la historia en estos momentos, o puede llegar a serlo [en este instante se acerca su hija para preguntarle algo y conversan durante unos momentos en mallorquín, N. del R.] ¿Qué me preguntabas?

Me decías que Messi te parece el mejor futbolista de la historia.

No es justo lo que digo porque Pelé está allí, y Maradona… lo que hacía Maradona era increíble. Ahora, lo que ha hecho Messi estos años, jugando a este nivel, marcar esa cantidad de goles… es verdad que le falta quedar campeón del mundo, pero.

A mí el mejor me parece Maradona, pero me temo que cada vez me quedo más solo en esta opinión.

No creas, mi hermano jugó en el Barcelona y cuando llegó todavía le hablaban de Maradona. Yo he visto a Maradona en un entrenamiento… buf, increíble lo que hacía con el balón. Increíble. ¿Quién ha sido mejor? Es difícil, pero Maradona, evidentemente, está allí. Él, Pelé y Messi.

Otro personaje controvertido: Iñaki Urdangarin.

No sé, creo que está viviendo un calvario. No me gusta opinar de cosas que pueden hacer daño gratuitamente. Si ha hecho todo lo que parece ser que ha hecho, una pena que se aprovechara del cargo, pero no lo sé. No sé hasta qué punto es todo cierto lo que sale, vamos a esperar y ojalá que… yo prefiero pensar que la gente es buena. No hago nunca leña del árbol caído y no me alegra ver a gente que lo pasa mal, incluso los que han hecho algo que no esté bien. Si lo ha hecho, tendrá que responder de sus actos.

¿Crees que en España se tiende demasiado a eso que se llama, entre comillas, «juicio público»? 

No sé si es solo en España o en el mundo en general. Vivimos en el mundo de la imagen y la gente está acostumbrada a no pensar. Como estamos acostumbrados a no pensar demasiado y nos dicen esto, pues a este tipo le defenestramos al día siguiente. Lo tenemos allí arriba y ahora si le podemos tumbar…. Yo ya te digo: si él —que parece ser que sí— no ha actuado correctamente, tendrá que responder. Ojalá no fuera cierto lo que se dice de él.

Toni Nadal para Jot Down 6

Volviendo al tenis: Boris Becker.

Fue una revolución en el tenis alemán. Los alemanes son gente de idolatrar a sus estrellas. Becker era un verdadero ídolo allí. Una revolución, el ganador más joven de Wimbledon.

Fue impactante aquella victoria, desde luego.

Sí, sí. Recuerdo la final contra Kevin Curran, toda la sorpresa… y revolucionó el tenis en Alemania. Cuando hablas con la gente del circuito ATP, con los dirigentes, te dicen que cuando Becker estaba allí medio circuito era alemán. Es decir: periodistas, patrocinadores…

Hablando de victorias impactantes de jóvenes jugadores, ¿recuerdas la de Michael Chang en Roland Garros a los diecisiete años?

No sé ni a quién le ganó la final, si fue a Edberg… recuerdo el partido de cuartos contra Lendl. Tampoco era un jugador que me gustase demasiado.

Ese es el partido célebre. Fue impactante porque hacía cosas como lo del saque por bajo.

Bueno, lo hizo una vez. Pero mira lo que es el mundo de la imagen, tú has dicho «hacía cosas impactantes como el saque por bajo»… por una vez que lo hizo… una vez.

Bueno, pero no pretendo decir que hacía el saque por bajo siempre, sino que hizo varias cosas impactantes en aquel partido. E hizo ese saque por bajo, y fue muy impactante, desde luego.

Sí, claro. Fue una estratagema para poner nervioso a Lendl, que perdió los papeles con él.

Pero ¿no crees que esa clase de gestos espectaculares enriquecen la historia del deporte?

Sí, sí. Yo le decía a mi sobrino: «tienes que hacer algo espectacular, porque la gente quiere ver un poco de espectáculo». No podemos ir a ver, con todos mis respetos, a un oficinista. No, nosotros queremos ver a alguien que haga algo especial. Creo que los grandes jugadores hacen cosas especiales en todos los deportes. Tú vas a ver a Tiger Woods y te hace un golpe especial. Vas a ver a Federer y te hace golpes especiales. Messi, jugadas especiales. Cristiano… y los detalles estos son los que más se comentan después. Por eso, ya te digo, enriquecen mucho el deporte.

La competición deportiva no deja de ser sobre todo un espectáculo.

Sí, claro, es un espectáculo.

Otro personaje: Steffi Graf.

Me encantaba cuando jugaba… bueno, sus piernas, sobre todo. Me gustaban. Y bueno, como jugadora la mejor. Creo que es la mejor de la historia. Por títulos, por todo lo que fue durante muchos años.

Pete Sampras, aunque ya hemos hablado un poco de él.

Un jugador aburrido. Me gustaba verle jugar porque me gustaba cómo pegaba sus golpes, cómo se movía en la pista, pero reconozco que su tenis era aburrido porque al final había demasiado puntos que solo eran saque sin devolución. Esto no me gusta. Pero en su momento quería que él ganase. Aunque después, cuando he estado en el circuito, no me han hablado muy bien de él.

Pues tu opinión sobre uno que no suele hablar bien de Sampras, André Agassi.

Una revolución. Fue un jugador muy mediático que tuvo una doble vida tenística: su aparición y después, porque ganó más títulos al final. Él dijo que se dopó… si se dopó para ganar me parece mal, y no merece mi respeto en estos momentos.

Ricky Rubio.

¿El del basket? Es el que está en América, que se fracturó, ¿no? No, no lo he visto jugar. Lo he visto por la tele… cuando hablo con los de Nike suelo preguntar por los jugadores, por lo que hacen, y siempre me dicen que es un jugador espectacular. Que le falta un poco de tiro… no sé si lo ha mejorado ahora.

Lo ha mejorado, pero no creo que vaya a ser nunca un extraordinario tirador.

Me decían que le falta tiro, pero que es un jugador muy habilidoso y de una buena visión.

Es un espectáculo por el que merece la pena pagar una entrada.

Sí, a mí me gusta ver jugadores como él. Las veces que le he visto por la tele; no he tenido la suerte de verlo en directo.

Bobby Fischer.

Otra vez: alguien que revolucionó su deporte. En aquel momento, en el año 1972 —que fue cuando él ganó el mundial a Boris Spassky— el juego del ajedrez estaba totalmente en manos de los rusos. Y llegó él, hizo una demostración de superioridad aplastante, y encima era una persona especial. Acabó faltándole medio tornillo, desgraciadamente.

Sí, pero era carismático.

Era muy carismático y encima era muy brillante también. Dentro y fuera del tablero. Recuerdo la final contra Spassky, en una partida no se presentó, en la otra perdió… esto debería ser medio título para el rival, ¿no? Empiezas ya de esta manera… pero le inflingió un 6-2. En semifinales ganó 6-0 y en los cuartos también. Bueno, era… una barbaridad.

¿Qué te parece la figura de Garry Kasparov, sus enfrentamientos con Deep Blue, la política…?

Un gran jugador que tuvo sus problemas en Rusia. En aquel momento el que dominaba era Karpov, Kasparov fue el que lo destronó y supongo que por sus ambiciones políticas se encontró… no sé exactamente cómo decirlo, perjudicado por el régimen ruso.

Monica Seles.

Una desgracia. Hubiera podido ser una de las mejores. Aportó algo nuevo al tenis: la velocidad. Recuerdo que Steffi Graf tenía un gran drive, un buen saque, movilidad; pero el revés era devolverla. Y llegó Monica Seles que le pegaba muy fuerte de drive y de revés, y tuvo la mala suerte de que alguien la apuñaló en Alemania, y aquello la desbarató psicológicamente. A partir de aquel momento no volvió a ser tan buena como antes.

Arantxa Sánchez Vicario.

Gran jugadora, uno de los mejores deportistas españoles de todos los tiempos, creo yo. Destacaría de ella su garra, su lucha. Allí está: muchos años entre las mejores… creo que tiene cinco Grand Slam, cosa que no es fácil.

Lance Armstrong.

Un tramposo. Un tramposo, pero a ver: lo sabíamos todos. Yo hablaba hace años con uno que estaba medio metido dentro del mundo del ciclismo y te decía: «vamos si se dopa este tipo, seguro». Lo sabían. El ciclismo, al final, ha tenido lo que se merece. Desgraciadamente los otros deportes hemos pagado un poco lo que ha pasado abusivamente dentro del mundo del ciclismo. Estaba dentro de la normalidad el doparse, el ir por delante de las normas. Esto no es bueno y uno se tiene que acostumbrar a ganar correctamente. Lo malo es lo que decían los ciclistas: estaba tan extendido que al final no tenían la sensación de que hacían nada malo. Creo que esto ayudará a tomar una conciencia diferente.

Ha sido una debacle lo del ciclismo, han retirado títulos no solo a Armstrong… ahora es casi imposible recordar quién ha ganado qué.

Creo que se los podrían retirar a casi todo el mundo.

Bueno, otro tenista: Marat Safin.

Un buen jugador de tenis, con un buen potencial; le faltó un poco más de equilibrio en su juego y una vida un poco más ordenada para poder ganar más títulos. Yo creo que tenía más potencial que el que sus títulos atestiguan, ganó dos Grand Slam, el US Open y el Open de Australia, pero creo que hubiera podido retirarse con más. También es cierto que tuvo problemas de rodilla.

Sí me llama la atención que hacía partidos muy brillantes, exageradamente brillantes en ocasiones y luego, poco tiempo después… perdía con cualquiera.

Sí, porque era un jugador inestable.

¿Crees que era una cuestión de carácter?

Sí, de carácter. Es una cuestión de formación.

Valentino Rossi.

No sigo mucho las motos, no me gusta la velocidad… es verdad, de hecho no dejo mirar a mis hijos el motociclismo, no quiero que se habitúen a deportes de riesgo (risas). Rossi… el más grande que ha habido. Bueno, con Giacomo Agostini, supongo. Mediáticamente fue una revolución dentro del motociclismo.

Martina Hingis.

Mira, tácticamente era buenísima, tenía un juego muy fácil. Y cuando entraron las Williams, que impusieron una marcha más, una velocidad más, le costó adaptarse y aceptar que su reinado se había acabado. Y esto la retiró antes de hora.

¿Crees que sobre la pista era una de las jugadoras más inteligentes?

No había escuchado nunca decirlo de ella, ni lo había leído, pero a mí me parecía la más lista jugando. Era una chica que sin grandes alardes físicos, sin grandes golpes, sabía tirarte siempre la pelota donde te hacía daño.

¿Crees que en el tenis femenino y a algunas jugadoras como Anna Kournikova la fama que viene por otros motivos como la belleza les puede perjudicar?

No, yo creo que les beneficia. Perjudica en el tenis, pero creo que en la WTA, cuando vas a los torneos… no sé si puede elegir más la gente mediática que quienes no lo son. Ellas se promocionan de esta manera: de manera elegante, con vestidos, haciendo poses, y yo creo que les beneficia. Que haya una tenista guapa creo que es bueno, lo mismo que hay algún jugador de fútbol. Beckham creo que le ha hecho un gran favor al fútbol. Y si hay un tenista que esté bien, pues también. Beneficia que haya jugadoras como Ivanovic o Kournikova.

Eso está claro. Pero en el ámbito competitivo individual, esa fama sí les puede restar potencial. Aunque claro, luego salen ganando por otro lado.

A Kournikova le fue muy bien, ganó mucho dinero.

Gustavo Kuerten.

Un muy buen jugador. A mí no me gustaba mucho su juego: era muy bueno, pero su forma de pegarle, aquel revés cogiendo la raqueta de manera exagerada [imita la empuñadura de Kuerten, N. del R.] no me gustaba. Nosotros coincidimos muy poco con él, pero lo que jugaron con él decían que era un grandísimo jugador, con un gran saque, un gran revés y un buen drive. Ganó tres Roland Garros, eso no es fácil.

Juan Carlos Ferrero.

Un ritmo altísimo de pelota, igual de fuerte de drive que de revés, y tuvo la desgracia de que en el primer Roland Garros que él teóricamente debería haber ganado, en el que era claro favorito contra Albert Costa, perdió. Le salió un mal partido. Después ganó al año siguiente, pero cuando parecía que tenía que ganar unos cuantos más… eso no pasó, por distintas causas. Creo que el siguiente año se rompió o se fisuró una costilla. Y al final fue un gran jugador, el segundo jugador español que llegó al número uno. Acabó con un Grand Slam pero hubiera podido acabar con más, creo yo. Un año que estábamos en el US Open, el 2003 creo, me fui pensando que quedaría campeón del torneo aquel año. Y después perdió en la final contra Roddick. A Roddick le salió un gran partido.

Y parece que Ferrero estaba un poco cansado.

Sí, no sé, pero el otro jugó muy bien.

Toni Nadal para Jot Down 7

Fotografía: Alberto Vera


Chapeau, Mr. Federer

Lo ha hecho. No es que fuese algo que pudiésemos calificar de “impensable”; es más, entraba dentro de lo posible e incluso de lo perfectamente razonable. Pero seamos sinceros: que levante la mano quien al terminar Roland Garros no anticipaba un Wimbledon en formato de revancha en el que Novak Djokovic y Rafael Nadal iban a jugarse la supremacía mundial mientras los demás, incluido Federer, miraban desde primera fila. Pero el tenis te da sorpresas, o mejor dicho, a veces nos dejamos llevar por la costumbre y tendemos a pensar que el statu quo del último torneo va a prolongarse al siguiente. Y no siempre es así, como bien ha probado este Wimbledon.

Primero, Nadal protagonizó una de esas sorprendentes salidas por la puerta de atrás que dentro de veinte años la gente analizará con extrañeza cuando repasen las enciclopedias tenísticas. Fue eliminado en segunda ronda por un modesto jugador de la previa, el sonriente checo Lukas Rosol, en un suceso que revivió súbitamente las dudas sobre el mallorquín, su estado físico y anímico. El checo ya estará planeando cómo contarle la historia a sus nietos, porque dudamos que vuelva a verse en alguna similar. Ya de paso, además de garantizarse una anécdota gloriosa para la jubilación, Rosol allanó el camino para Federer: si hay un jugador sobre la faz de la Tierra a quien el suizo teme encontrarse, ése es precisamente Nadal. Con el español fuera de Wimbledon, había un obstáculo menos.

Después, Novak Djokovic fue más bien algo inconsistente ante el propio Federer, y terminó siendo despachado sin grandes problemas y con mucha menos lucha de la prevista. El serbio está experimentando la comprensible resaca después del atracón de éxitos que lo situó en el trono, y la verdad es que resulta lógico que no haya podido mantener la misma intensidad sobrehumana que durante meses lo convirtió en una apisonadora intocable. Aun así, su derrota frente a Federer en la catedral de Wimbledon fue sorprendente; no por la derrota en sí, ya que cualquiera puede perder contra Federer en un momento dado. Sino porque uno hubiese anticipado más sangre en la batalla. El triunfo de Federer sobre Djokovic no fue exactamente quirúrgico, pero casi. Conclusión: el serbio no estaba al 100%.

Ya en la final, Federer se las ha visto con el cuarto en discordia —que por el momento permanece ahí, en el limbo de la discordia, sin  paladear el triunfo—, el escocés Andy Murray. Jugando ante su propio público y después de tres finales de Grand Slam perdidas, parecía que para Murray podría haber llegado finalmente la hora del resarcimiento. Y sin embargo ha vuelto a caer en la última instancia, para desesperación suya y decepción de sus seguidores británicos, quienes llevan décadas y décadas aguardando a que uno de los suyos les dé por fin una alegría. Ya depositaron esperanzas —a veces más allá de lo razonable— en el elegante Tim Henman, aquel tenista que jugaba tan bonito que parecía merecer ganar un grande… pero no siempre hacerlo muy bonito es equivalente de hacerlo mejor. Ahora, con Murray, los británicos tienen la versión opuesta: un tenis menos elegante pero más eficaz, que combina su potencia natural con el pragmatismo que el escocés aprendió en su paso por España. Pero ni por esas. Ya son cuatro finales de Gran Slam para Murray jugadas en balde, despertando la sensación quizá injusta pero inevitable de que podría no estar hecho para las grandes ocasiones. Un trago amargo; pero no debería desanimarse: lo mismo le sucedió a Ivan lendl en los primeros años de su despegue. También perdió las primeras cuatro primeras finales en que se presentó, protagonizando un enervante periodo de tres temporadas de frustración que bien podrían haberlo llevado a rendirse. Pero no lo hizo y el checo se hizo con la quinta final. Y, no sin problemas, continuó peleando hasta reunir una impresionante colección de ocho grandes títulos. Lendl es un buen ejemplo a seguir. Como Murray, tenía un juego considerado pragmático y una personalidad que no enamoraba, pero al final lo que cuenta es que la pelota bote dentro de la línea lo más lejos posible del rival, y el escocés sabe cómo hacer precisamente eso. Eso sí, va a tener que enfrentarse a las dudas pronunciadas en voz bien alta y en el Reino Unido más que en ninguna parte, hasta que consiga dar la campanada.

Y después está Roger Federer, el jugador más grande de todos los tiempos, al que teníamos un tanto “olvidado” en mitad del choque de sables Djokovic-Nadal y de las eterna venida de Andy Murray. En los últimos tiempos el suizo parecía más apagado, como tratando de digerir su reciente condición —que ya no era tan reciente— de comparsa ante la nueva bicefalia que dominaba la ATP. Su resurrección ha sido inesperada, pero más por salirse del guión planeado de antemano para Wimbledon por muchos de nosotros, que por el hecho de que Federer no tuviese (evidentemente) las condiciones para ello. Es más, cabía esperar un canto de cisne de Federer tras alcanzar la treintena, o incluso más de uno: no sería el primer gran campeón en obtener triunfos tardíos, y para colmo, su estilo de juego, basado en una técnica exquisita que le permite no castigarse físicamente, es el más indicado para prolongar estos momentos de gloria en el tiempo. La cuestión es que se ha anotado su séptimo Wimbledon de manera convincente (4-6,7-5,6-3,6-4) ante Andy Murray y ha recuperado el número uno. Creo que casi nadie lo esperaba en este momento, pero una vez ha sucedido tampoco hay motivos para el asombro. Este jugador, en sus tiempos de mayor gloria, sometió la competición a una dictadura que duró varios años y que no tenía ningún tipo de precedentes, al menos en la era ATP. Estuvimos mucho tiempo hipnotizados por su capacidad para ganarlo todo y a todos —excepto, de vez en cuando, a Nadal— con ese estilo de manual y esos golpes imposibles de los que, en sus mejores años, había seis o siete en cada partido importante.

El que ahora haya aprovechado un relativo relajamiento en la cumbre para volver a sentarse en el trono tiene bastante sentido. Quizá estábamos mirando a otra parte, pero quién más indicado que él mismo para asomar la cabeza cuando Djokovic y Nadal están mirándose los respectivos ombligos, cada cual con sus problemas de reajuste. Un campeón tan grande como Federer no puede declinar sino gradualmente, y habrá nuevos momentos de ostracismo como habrá —lo acaba de haber— momentos de triunfo. Este es, pues, un día feliz para el tenis, sea cual sea la nacionalidad de cada cual. Más allá de las banderas y de apoyar al jugador de casa, todos los aficionados al tenis son —o deberían ser— ante todo fans de Roger Federer. El que Federer se resista a la decadencia es una gran noticia. Sabíamos que aún tenía cosas que ofrecer, lo que no sabíamos es cuándo las ofrecería o incluso si le quedarían ganas de hacerlo.

Ahora bien, ¿cuánto durará este retorno al trono? Previsiblemente, no mucho. Quizá hasta final de verano y el US Open, pero incluso eso resulta dudoso; lo veo con más posibilidades para el WTF, el antiguo “Masters” de cierre de temporada. De todos modos, los vaticinios son cosa de magia tanto como de lógica; la verdad es que cualquier cosa puede suceder e incluso aunque usemos todo nuestro sentido común proyectando el futuro, los resultados finales dependen de muchas circunstancias. Aún más en temporadas como esta, cuando todos los jugadores de la cumbre tienen, cada cual a su manera, motivos de intranquilidad. Así que el suizo podría, por qué no, coronarse también en Nueva York. No lo preveo, francamente, pero no soy infalible ni mucho menos adivino y no me resultaría nada chocante si finalmente sucede. Posible, lo es. Lo único cierto, y lo digo incluso ahora en plena vorágine de su triunfal vuelta al número uno, es que Federer ya no depende de sí mismo como sucedía en sus mejores años. Lo que haga en el US Open dependerá en buena parte del estado con el que lleguen al torneo Djokovic y Nadal.

El serbio, en su mejor versión, es prácticamente intratable. Es más joven, está en los mejores años de su carrera y si pone el pie en la pista con hambre, incluso el divino Roger Federer va a tener que estar en un día afortunado para detener el vendaval. La cuestión es, ¿se volverá a encontrar Djokovic a sí mismo antes del cuarto y último Slam del año? Debería, al menos si quiere conservar parte de ese aura terrible que cultivó durante su explosión del año pasado. Los años centrales de la carrera de un jugador no son para desperdiciarlos con dudas o idas y venidas. Djokovic es más joven, sí, pero tampoco es eterno y tarde o temprano se verá también en la cara opuesta de la montaña. Podría suceder cualquier cosa. Incluso que Murray termine de pillarle la medida, lo cual sería un considerable engorro en la carrera del serbio porque lo único que le falta a Murray es terminar de creérselo. Lo decimos siempre: Nadal se lo hizo a Federer. Djokovic se lo hizo a Nadal. Y quién sabe, Murray podría hacérselo a Djokovic. Es el ecosistema del tenis, que nunca se detiene.

Y ya que hablamos de Murray, ¿qué podemos esperar de él ahora? Es el mejor del pelotón restante, y más con Del Potro en el limbo. Seguro que llegará a más finales, y posiblemente ganará alguna si es que no flaquea y sus esperanzas no se derrumban antes. Porque sobre él pende precisamente esa incógnita: aún no lo hemos visto ganar un título grande, así que no sabemos exactamente cuáles condiciones se requieren para que lo haga. Él mismo debe de estar preguntándose qué demonios ha de hacer para ganar una final y seguramente tenga pesadillas en las que pierde un torneo tras otro. Hace varios años que a Murray sólo le hace falta encender el botón de “modo ganador” —como hizo Djokovic— y si lo consigue, el panorama podría cambiar considerablemente. Va a ser una cuestión mental, más que nada. Y Murray tiene la capacidad competitiva y el juego para hacerlo; sólo falta ese “clic” que distingue a un finalista crónico de un campeón.

Más incierto es todavía el papel que jugará Rafael Nadal, quien tras darnos una alegría sobre su superficie favorita, ha vuelto al estado anterior: esto es, a que nos preguntemos qué le sucede y si no está quemándose lentamente después de tantos años de competición. Tampoco podemos decir que el cemento del US Open sea el escenario ideal para que el español se rehaga con otro título, aunque tratándose de Nadal nunca hay que descartar ninguna posibilidad, por ilógica que parezca. Pero tampoco él dependerá de sí mismo en Estados Unidos: si Djokovic aparece con la quinta marcha puesta, el mallorquín va a tener que sudar la gota gorda.

Pero por ahora es Roger Federer quien está ahí. Otra vez ganador, Y ya van diecisiete. Otra vez número uno. Sus marcas, casi con toda seguridad, tardarán mucho tiempo en ser igualadas si es que lo son alguna vez. Su forma de jugar quizá no sea igualada nunca. Tiene treinta años, no se puede descartar que añada todavía algún gran título más a su palmarés. Pero no va a dominar como lo hizo en tiempos, eso seguro; sería absurdo no reconocer que en este Wimbledon ha habido un tanto de “a río revuelto, ganancia de pescadores”, y que el suizo se ha beneficiado del desgaste mental de Nadal y de la indigestión de títulos de Djokovic. Esto es así, pero no lo digo por restar méritos a su hazaña. En eso consiste la competición: no gana únicamente quien mejor juega, sino quien consigue sortear los muchos vaivenes físicos y psíquicos que acosan al deportista profesional. Federer ha sido el más grande, y si alguien sabe beneficiarse de las condiciones favorables es él. Las condiciones han sido las mismas para muchos otros, pero al final gana el mejor, o el que está más en forma. Y un genio en relativa buena forma tiene estas cosas: si se le deja un resquicio, tira abajo la puerta.

Además, Federer ha sido demasiado bueno, demasiado completo, como para no volver a brillar cuando consigue poner sus talentos en su sitio. Una buena tarde de Roger Federer es una buena tarde del hombre que mejor ha manejado la raqueta jamás, y de ahí siempre pueden esperarse prodigios.

No volverá a ser exactamente el que fue, pero aún va a tardar bastante en ser alguien a no tener en cuenta. Y eso, como decíamos, es una buena noticia. Una vez más, los aficionados al tenis debemos recordar que somos afortunados al ser contemporáneos de los logros de este tenista, al que en un futuro se recordará como un ente mitológico.


Mireia Miró: “No me gusta que nos traten como monos de feria”

Cuando veo a Mireia Miró (Barcelona, 1988) me quedo sin aliento, pero no sé si es porque me he enamorado o es culpa de los interminables escalones que hay que subir para llegar al Santuario de Queralt (Berga, 1.200 m. de altitud) donde nos ha citado. O un poco de cada. Esta mujer pequeña, fibrada y nervuda lleva una doble vida: esquiadora de montaña en invierno, corredora de montaña en verano. Ganadora durante todo el año. Deportista casi por casualidad, a sus 23 años su palmarés no cabe en las cuatro líneas mal contadas que los periódicos deportivos dedican de ciento en viento a estos deportes incluso más minorizados que sacrificados, que ya es decir, así que es casi un milagro saber algo más de ella fuera de los círculos de iniciados. Y merece la pena conocerla: licenciada en Educación Física, bombero en potencia, políglota y fan de Sexo en NY (nadie es perfecto), entre muchas otras cosas. Titán de la resistencia, se proclamaría campeona mundial de resilencia si existiera un certamen de tal cosa. Exprime las oportunidades que la vida y el deporte le ofrecen y en su diccionario no aparece la palabra “queja”. Atrápala, si puedes.

¿Cómo empezó todo? Porque tú, siendo niña, ni corrías ni esquiabas. ¿De repente te pusiste a correr y te diste cuenta de que se te daba bien?

Soy de Barcelona, había hecho mucha natación y siempre iba a la montaña con mis padres, por la zona del Pallars. Entré al Centro de Tecnificación de Esquí de Montaña, por casualidad. No me puse a correr de golpe, fue una progresión. Hacía esquí alpino con mis padres y me defendía bastante bien, y el de montaña lo había probado a través de la UEC de Gràcia. Nos introducían a distintos deportes de montaña: esquí, BTT, escalada, espeleología… todo lo había probado. Cuando empecé con el esquí de montaña por no me gustó demasiado, me dio la sensación que era un deporte de dinosaurio: muy pesado, muy lento, cansaba subir y al bajar no disfrutabas… En esa época estaba escalando y quería ver cómo funcionaban los centros de tecnificación de escalada y alpinismo de la Federació d’Entitats Excursionistes de Catalunya. Existían tres centros: escalada, alpinismo y esquí de montaña. Miré sus webs y las pruebas eran en diciembre, para el de alpinismo había que ser mayor de dieciocho años y yo no lo era… así que pinché en esquí de montaña. Las pruebas eran ese mismo fin de semana y no tenía ningún plan mejor. Pensé que si no me gustaba la gente o el deporte, lo dejaba y fuera. Las pruebas no eran muy selectivas, sirven más para que ellos se hagan una idea del nivel que tienes. No echan a nadie.

Pero nada parecía indicar entonces que te ibas a convertir en una deportista de élite.

No apuntaba maneras, no (se ríe). Las mías eran otras maneras. Siempre he sido una persona con mucha energía y la he tenido que canalizar hacia un sitio u otro. Ahora a través del deporte y antes… a través de otros sitios.

¿Te lo hubieras creído hace 5 años si alguien te hubiera dicho dónde estarías ahora?

No, no, jamás. Entre copa y copa no me lo hubiera creído (ríe a carcajadas)

¿Y, de momento, ha merecido la pena tanto sacrificio?

La verdad es que sí. Ha sido todo muy natural, no he forzado nada. Es una experiencia muy bonita, he aprendido mucho en estos cinco años. Me ha hecho cambiar la visión sobre muchas cosas. Además también ha sido una experiencia personal muy enriquecedora. Tienes que dejar que las cosas fluyan y aprovecharlas tal como llegan.

Pero ¿jamás te dijiste a ti misma “quiero llegar a ser campeona del mundo de esquí de montaña”?

No, jamás. Me lo he ido encontrando. Aunque siempre les digo a aquellos que dicen que soy muy afortunada que la suerte hay que buscarla. Hay que estar en el sitio y el momento adecuado, pero tienes que saber llegar ahí y aprovechar las oportunidades que se te ofrecen. Y en esto sí he tenido ojo y la gente que he tenido alrededor estos cinco últimos años me ha enseñado mucho, siempre he podido confiar en ellos.

¿Hay algo que eches de menos? ¿Alguna renuncia que te haya costado más que las demás?

A veces sí pienso en la vida que podría estar llevando. ¿Qué estaría haciendo ahora si no hubiera acabado aquí? Pero soy de las que piensa que una vez que escoges algo ya no debes plantearte si has hecho bien o mal, porque eso te impediría disfrutar de lo que estás haciendo. Siempre he intentado disfrutar del momento. Nunca he pensado “dentro de dos años quiero ser campeona del mundo de esquí de montaña”, porque cuando te proyectas en el futuro no puedes vivir el momento. Por ejemplo, el verano lo paso aquí y si estuviera pensando ya en el invierno me iría a dormir cada día antes de las 11 de la noche, me levantaría cada día a la misma hora, no vería a nadie… estoy aquí y me gusta disfrutar de la gente que está aquí. Ayer salí a tomar algo, una horchata ¿eh?, quería salir sólo medía hora y estuve casi dos. Dije a mis amigos “¡me habéis liado! ¡Tenía cosas que hacer!” pero ellos me replicaron “¡sí, pero tus amigos también quieren verte!”. Hay también un lado humano que es muy importante, me gusta quedar con gente, tomar algo en una terraza, llevar una vida que en invierno me cuesta más.

¿Se puede compatibilizar tu vida profesional con tu vida social, familiar, sentimental…?

Haciendo lo que hago tengo un equilibrio emocional. No puedo decir que sea compatible porque no lo es, pero no lo echo de menos. Si lo echara de menos me plantearía lo que estoy haciendo y quizá pondría una fecha límite. Diría “hasta aquí”. Vida sentimental, vida familiar, los amigos… por mi manera de ser me voy un mes sin dar señales y cuando llego les llamo es como si nos hubiéramos visto el día anterior. Mis amistades son así, gente de montaña que entiende este tipo de vida. La gente que tengo a mi alrededor me entiende, entiende que estoy compitiendo. Ahora hace un año que me fui de Font Romeu, donde me dedicaba por completo al entrenamiento y a la competición, y quizá sí me he podido involucrar un poco más. Pero la gente entiende que de esto no viviré toda mi vida y que tengo que aprovechar ahora, que no puedo dejar escapar este tren.

Pero ¿y la familia?

Mi padre tiene como hobby hacer fotografías y me sigue a las carreras, porque si no apenas me ve. El año pasado ni siquiera pasé la Navidad en casa y eso sí me supo mal, era la primera vez que lo hacía. Llegaba de unas actividades promocionales, estaba saturada y necesitaba desconectar. Mis padres lo entendieron muy bien. De casa me fui con 17 años, estuve tres años en Font Romeu, después en los Alpes. Cada vez me han ido viendo menos, pero siempre han respetado lo que he decidido y siempre me han apoyado. Ellos dicen que me ven feliz haciendo lo que hago y que es lo único importante. 

¿Te sientes aislada o te aíslas de manera consciente? ¿Tienes opinión sobre lo que sucede a tu alrededor: la crisis, el 15M, las elecciones…?

La verdad es que apenas presto atención. De hecho, no sabría decirte ni de dónde soy: he vivido en Barcelona, luego Font Romeu, he trabajado en Aragón, en Aigüestortes, vivo en los Alpes, ahora me voy a Tignes a un glaciar y no sé cuándo volveré… Llevo un tipo de vida que no me permite estar pendiente. Aunque sí tengo claro que me gusta Cataluña y que tengo ganas de volver e instalarme cuando acabe mi carrera deportiva de alto nivel. Pero no sé si luego prestaré atención a las cosas que pasan, quizá sea un defecto de fábrica.

¿Volverás a Barcelona?

¿Barcelona? No, de momento no. No echo de menos la vida urbana. Mis padres son de Horta – Guinardó, viven al lado del Turó de la Rovira… pero no, ni siquiera me lo he planteado. Lo que sí tengo ganas es de volver el verano que viene a algún otro sitio de Cataluña. Conozco la Cerdanya, ahora el Berguedà… y tengo otros en la cabeza donde me gustaría instalarme un tiempo, ver cómo son.

¿No te gustaría vivir en otro país, donde serías más valorada?

Hay países donde me hacen más caso, sí, pero la vida deportiva dura lo que dura y, la verdad, prefiero que me conozcan por ser yo misma, Mireia Miró, que por ser campeona del mundo. En otro país quizá me reconocerían más, pero tampoco necesito que me pongan en un altar.

No se trata de canonizar a nadie, sino de que el esfuerzo tenga una recompensa que te permita vivir con cierta holgura. ¿De qué vives?

Estoy con Dynafit, que es una marca alemana; becas, carreras… Estás bastante sujeto a los resultados que consigues pero bueno, vas trampeando. En otros países, como Italia, Suiza o Francia tienen cuerpos estatales que te permiten dedicarte a ello profesionalmente. En Italia están en el ejército, en Suiza son guardas de frontera, en Francia en la gendarmería… pero no trabajas como tal, sino que formas parte de un grupo deportivo, tu trabajo es entrenar. Aquí esto no existe y la verdad es que si lo tuviéramos me daría una seguridad que ahora mismo no tengo. Las becas públicas aquí (se ríe)… La Generalitat da becas pero con la crisis las recortaron el año pasado y este no ha salido nada, estás sujeto a la economía del país y lo primero que recortan son las ayudas a los deportistas, y yo lo comprendo. Si el país va mal por algún sitio hay que apretarse el cinturón.

¿Crees que es justa la relación entre el esfuerzo invertido y los réditos obtenidos?

No me parece justa, pero no me haré la víctima. He escogido este deporte, nadie me ha obligado a ello. Si hiciera otro deporte seguramente podría estar viviendo mejor pero ¿de qué me sirve quejarme? Disfruto entrenando, compitiendo… Si es lo que has escogido… estuve viendo un programa en TV3 donde salía Pau García Milà y decía que no ganaba más de 1.000 € mensuales. Yo pensaba, este chico podría estar en cualquier otro sitio y cobrar muchísimo más. Pero no es lo que le interesa.

¿Cómo os lleváis entre los competidores de élite? ¿No hay tensión entre vosotros porque sois muchos para un botín tan exiguo?

Nos llevamos bien justamente por eso, porque hay muy poco que repartir. El ambiente en los deportes de montaña es muy sano y agradable. A veces voy a las carreras más que nada para ver a la gente, para reírme con ellos, porque es gente que sólo ves en las carreras. Me da pena cuando terminan las temporadas porque pienso que quizá no volveré a ver a ese checo, o a ese polaco. Son gente muy divertida y, en general, compartimos un mismo espíritu. Por eso creo que es muy importante la tarea de los centros de tecnificación, transmiten este espíritu. Uno de los requisitos para permanecer en ellos es aprobar los estudios. Siempre prima el esfuerzo antes que las cualidades. Cuando yo entré me dijeron que tenía buenas cualidades, pero me lo ilustraron con un ejemplo: “preferimos un seiscientos y exprimirlo hasta ponerlo a 6.000 revoluciones que un Ferrari que sólo ponga segunda y no pase de las 1.000”. Te demuestran que creen más en el esfuerzo y la constancia de quien se implica que en otro que a priori sea muy bueno pero pase de todo.

Eres licenciada en Educación Física, te has sacado la licencia de submarinismo, ahora estudias para bombero… ¿Estás ya preparándote para cuando abandones el deporte de élite?

Con 14 años decía que quería ser bombero. Desde siempre, no me preguntes por qué, no puedo encontrarle una explicación. Terminé INEF y me he tomado este año para dedicarme sólo a entrenar y competir, pero ya empezaba a sentir la necesidad de abrirme a otras cosas. Era el momento. Sé que mi rendimiento se puede resentir, tengo muy claro que no se puede hacer todo y menos si lo quieres hacer bien. De momento he empezado a estudiar, pero ni siquiera han publicado la convocatoria de plazas ni se sabe cuando serán, así que ya iré viendo. Las oposiciones son bastante largas, nadie te garantiza aprobarlo todo a la primera y de momento mi prioridad sigue siendo entrenar, pero en el tiempo libre aprovecho para estudiar. 

¿Te gustaría seguir vinculada al mundo del deporte una vez termines tu carrera?

Más que trabajar en él, me gustaría transmitir los valores que me han legado. Me gusta ir de vez en cuando al centro de tecnificación, entran muchos chicos jóvenes, de 14-16 años y siempre buscan un modelo. Parece que me esté tirando flores pero esta gente se ve reflejada en mí, o en Kilian [Jornet], gente que estamos haciendo cosas fuera de lo normal pero que a la vez somos próximos. Quiero hacer buenos resultados deportivos, pero también es muy importante la imagen que proyecto a los jóvenes, a la gente que empieza. Si en una carrera paso de uno que empieza pensará “vaya panda de subnormales”, pero en cambio si le animas un poco, a poco que le digas, de seguida se anima a continuar, a entrenar.

¿Crees que ser mujer y competir en deportes tan minoritarios es tener un doble hándicap de partida?

No he sido hombre, así que no sé cómo lo tienen ellos. Conozco a mujeres que ponen el grito en el cielo por esto, pero no tenemos que ser tan exagerados. No tenemos que echarle las culpas a todo el mundo. En un deporte como el nuestro yo hago buenos resultados pero los hombres están preparados para tener un rendimiento mejor. ¡Jamás he visto a un hombre en gimnasia artística! Yo no podría hacer nada de lo que hace Kilian, o debería hacerlo adaptándolo a mí, con más días, o menos kilómetros… pero entonces la gesta deportiva, lo que es la gesta, ya no sería tan buena. Es cierto que en mi deporte la distancia entre hombres y mujeres es menor… hay hombres que se toman bien que les ganes y otros no tanto. Hay de todo.

¿No cansa ganar? ¿Soportar la presión de tener que seguir ganando?

A veces la gente se extraña por verte siempre delante, siempre ganando. Pero las sensaciones no son siempre buenas. Es una cualidad que también tenemos que tener: estar en la línea de salida y no dejarle saber a la de al lado que estás fatal. Hay carreras en las que llevas una marcha más o una marcha menos… pero la gente sólo ve el resultado final. Y antes que eso han pasado muchas cosas. Este verano he hecho bastantes carreras y al día siguiente ya estaba bien para salir a entrenar, pero en julio hice un par de carreras en los Dolomitas y entre carrera y carrera entrené sólo tres horas en toda la semana. Estaba hecha polvo. Al fin de semana siguiente volví a ganar, pero después de aquella tuve que estar cuatro o cinco días sin hacer nada (aunque aproveché para hacer un curso de submarinismo –se ríe-). No podía casi ni caminar. Sobre el papel parece todo muy espectacular, pero detrás hay mucho trabajo.

¿Conoces casos de dopaje en los deportes de montaña?

Ha habido un par de casos, pero vivimos en los mundos de Yupi. Estamos aislados de todo esto, quizá porque es minoritario. Hay poco dinero, los que ganan no se hacen de oro, así que ni siquiera te lo planteas porque no te merece la pena. A mí jamás me han tentado, como mucho con una cervecita (se ríe). Lo que pierdes por lo que ganas no tiene sentido. En el ciclismo, donde hay miles de ciclistas, es dificilísimo llegar al nivel, es muy exigente y los premios de las carreras son muy buenos… ¡Pero es que a nosotros no nos pasa!

Tu manera de entender las vacaciones es un tanto peculiar: competir en carreras de montaña de larga distancia.

Esto del verano vino poco a poco. Hace cuatro años trabajaba en un refugio y estaba de vacaciones en los Alpes con la furgoneta y fui a ver una carrera en los Dolomitas en la que corría Kilian. Su hermana tenía un dorsal, pero se había lesionado un tobillo y faltando un cuarto de hora para la salida me dijo que ella no corría y que si quería su dorsal. Total, que me puse el dorsal y cuando crucé la línea de llegada anunciaban a Naila Jornet y yo me escondía porque Naila y yo no nos parecemos en nada (ríe). Me quedé durante toda la semana con ellos, entrenando como cosacos, y el fin de semana siguiente hice otra carrera con Kilian. Esas dos primeras carreras me fueron muy bien y además en los Alpes, en Italia, probablemente el país del mundo donde este deporte está más desarrollado y se le da más importancia.

¿Algún día te veremos compitiendo en atletismo en ruta o en esquí nórdico? Demasiada gente desmerece vuestras especialidades como las hermanas pobres de las disciplinas olímpicas y parece que hasta que no lo hagáis no os tomarán en serio.

No es que la gente me agobie con esto, pero sí que tengo ganas, más adelante, de probar una maratón para ver qué es. Creo que es muy distinto de lo que hacemos pero me parece muy curioso que la gente se pase tanto rato corriendo al mismo ritmo. Nosotros en la montaña tenemos muchos cambios de ritmo. Prepararse una maratón, buf. Ahora mismo, no, porque si te la preparas, te la preparas para terminarla con dignidad. Si hago una maratón no quiero estar más de una semana parada. Un día lo probaré a ver cómo se me da. Todo llegará. No somos planos, somos redondos… todo evoluciona, todo progresa. Aunque no me gustan estas palabras, ni progreso ni evolución. Son cambios. No es mejor o peor, es distinto. Y todos buscamos incentivos, yo no puedo vivir cada día igual. Una semana haciendo lo mismo cada día y me pregunto ¿pero qué haces? Y esto puede pasar de un día para otro, o de una semana para otra, o de un año para otro y hace que te vayas replanteando las cosas a medida que llegan, ya sea en el ámbito laboral, como lo de estudiar para bombero, o deportivo, como lo de la maratón. De todo lo que me pase los próximos años yo sólo controlo una parte; cuando quieres tener demasiado control sobre algo es cuando lo pierdes del todo. Hay que dejarlo fluir, eres como un río y te abres paso por el sitio que ofrece menos resistencia.

¿Crees que la crisis ha llenado las calles y las montañas de nuevos corredores?

Más que por la crisis, estamos en un momento de cambio de mentalidad y el deporte de resistencia —atletismo, ciclismo, natación— ha pasado a vincularse con la salud. Para la gente que trabaja todo el día hay pocas opciones: o te apuntas a un gimnasio o sales a correr, es lo más sencillo. Coges unas zapatillas y corres. En la montaña el nivel, tanto en cantidad como en calidad, está subiendo muy deprisa. Incluso en las ultras, que es algo que a mí me extraña. A este tipo de pruebas les veo fecha de caducidad, porque hay gente que corre una ultra y se queda tocado de por vida; hará una por año, quizá durante sólo un par de años. El deporte y la competición son una manera de darse recompensas a uno mismo, de decirse “soy capaz de hacer esto sin hacerle daño a nadie ni a mí mismo”, siempre que tengas el objetivo claro y no hagas castillos en el aire. Si corres quince minutos al día no vas a ganar la maratón olímpica. Hay mucha gente que va a las maratones a competir consigo mismo. Estos deportes acaban siendo tú contra ti mismo, fijarte en ti, escuchar tu cuerpo, tus sensaciones.

¿Recibís de los medios la atención que vuestros deportes merecen?

A veces nos tratan como a monos de feria y a mí me molesta. Pienso que para qué sirve competir, ganar copas y campeonatos del mundo si al final interesa mucho más que hagas cualquier animalada que, si te lo propones, la acabas haciendo. Competir es muy duro, pero al final se le acaba prestando mucha más atención y dando más importancia a las salvajadas. El esquí de fondo es un deporte superminoritario, con muy pocos practicantes que entrenan muchísimo, que compiten todo el año y no les hacen ni caso. Es nuestra profesión y aunque la gente crea que tenemos todo el día libre, yo me levanto a las 7 de la mañana para salir a entrenar. Hay días que tengo doble sesión, gimnasio, fisio… nos pasamos muchas horas entrenando, compitiendo, preparando el material, preparando carreras, pasamos cada fin de semana fuera. Inviertes muchas horas pero sólo importa si haces cosas fuera de lo común. Coges cualquier periódico deportivo y la mayoría de las páginas hablan de fútbol. Pero claro, el fútbol mueve lo que mueve; la pescadilla que se muerde la cola.

[Se interrumpe para hablar con unos mossos que bajan de escalar. “Siempre hay que estar a buenas con ellos”, me aconseja]

¿Fútbol o deporte minoritario? En realidad no es esa la pregunta. La pregunta es ¿fútbol o cualquier otro deporte? Las carreras de montaña tienen más repercusión que el esquí de montaña, eso está claro. A principios de julio estuvimos deportistas de distintos países con Salomon en Font Romeu y cada mánager invitaba a periodistas de su país. Te das cuenta que gente interesada sí hay, éramos mucha gente. Pero luego abres un periódico y hay fútbol y un poco de otros deportes.

Y tú, ¿sigues otros deportes?

No. Mira, ayer me enteré de que hoy jugaba el Barça. Tampoco tengo internet en casa. Tengo otras aficiones. Cuando estudié INEF hice la especialidad de deporte adaptado y la gente me preguntaba por qué no me especializaba en entrenamiento, que lo tendría muy fácil. Pero yo les decía que entreno cada día, cuando quedo con gente hablo sobre entrenamientos… no tengo ganas de estudiar entrenamiento. Me lo paso muy bien entrenando pero ya tengo suficiente con lo mío. Con el deporte me pasa un poco esto. Me gusta por ejemplo ver la Fórmula 1 o las motos. Antes no me gustaban nada pero mis padres me dijeron que tenía su gracia y un día eché un vistazo y sí, tiene su gracia: las clasificaciones, los neumáticos, es un show. Sí que me gusta verlo, pero para que te hagas una idea jamás he entrado a la página de Fernando Alonso.

La sombra de Kilian Jornet es muy alargada. ¿Crees que la atención que se le presta os beneficia o que, por el contrario, consume el poco espacio mediático del que disponéis?

Yo creo que lo que ha hecho Kilian es impresionante. Es un genio que disfruta de su don. Lo que él ha hecho para los deportes de montaña es algo sin precedentes, nos ha beneficiado mucho. Ahora se habla poco, pero es que antes no se hablaba nada. Ha abierto el camino. Todos nos fijamos en modelos, cogemos un poco de aquí, un poco de allí… y él hasta cierto punto tuvo modelos pero llegó un momento en el que tuvo que caminar solo. Si nosotros estamos aquí es en parte gracias a él. Es uno de mis mejores amigos, por no decirte el mejor, y yo me he fijado mucho en él para saber hacia dónde tenía que ir, deportivamente hablando. Siempre estoy pendiente de lo que hace, y lo mismo le pasa a mucha gente. Es bueno, aunque para él no sé hasta que punto, porque tiene que agobiarte mucho. Que todo el mundo se centre sólo en ti, ostras. En las motos por ejemplo hay un montón de españoles y está más o menos repartido, se habla de uno, de otro, ¿pero nosotros? Parece que sólo está Kilian. Él tiene el trabajo de entrenar, el de competir y, además, el de atender a todo el mundo. Quizá es un caso como el de Nadal, que todo el mundo se centra en él a pesar de que hay otros tenistas.

¿Qué sientes cuando te comparan con Kilian?

Me da la risa. Deportivamente siempre he crecido cerca de él, he aprendido mucho de él y en parte mutuamente, uno del otro, bueno, yo más de él que él de mí (se ríe), pero lo que hace él está a un nivel muy distinto. No superior ni inferior, sino distinto. No tengo palabras. La gente que me comprara con él creo que sabe muy poco lo que hace Kilian o lo que hago yo. Jamás me he planteado hacer nada de lo que hace él. Me sorprende que siempre esté tan motivado para correr, para entrenar… lo ha ganado todo, todo, y a pesar de eso siempre está motivado para competir.

¿Qué opinión te merecen deportistas como Josef Ajram, que gozan de una exposición mediática muy superior a su rendimiento deportivo?

Como él hay más de uno, y de dos. Le conozco, hemos coincidido alguna vez, pero ¡es un mundo que cae tan lejos de todo lo que yo he aprendido…! Es todo tan pensado, tan planificado, tan construido. Una vez nos encontramos en la Carretera de les Aigües y estaba todo el rato con una sonrisa forzada. Su forma de hacer las cosas no es igual a la mía. Es una persona que se sabe vender en el deporte como se sabría vender con cualquier otra cosa. Como él conozco a unas cuantas que no le van a la zaga y te preguntas hasta qué punto lo hacen por que realmente les gusta el deporte. Hay que reconocerle a Ajram que le tiene que gustar, porque aunque obtenga resultados mediocres entrenar las horas que entrena o te gusta o es imposible hacerlo. Así que más allá de la promoción, está claro que disfruta con lo que hace. Además, esa es su manera de hacer cosas y la respeto, solo que no tiene nada que ver con la mía. Pero conozco algunas alpinistas que no sabes si están en esto sólo para salir en la tele. Conoces a Ajram y te haces una idea de qué es un Ironman y conoces a Marcel Zamora y te llevas una completamente distinta. Los pones a los dos a correr en Niza y tampoco es lo mismo. 

¿Te gustaría aparecer en otros medios más allá de Desnivel y otras revistas especializadas?

A mí me gustaría tener acceso a otros medios, llegar al gran público. Detrás de cada deportista hay una persona, una experiencia, una vivencia, y al fin y al cabo nosotros también estamos viviendo la vida de una manera distinta de lo habitual, igual que un escritor o un artista. En el mundo del deporte y de la montaña he conocido a gente muy interesante, con otras maneras de ver las cosas. Con los años cogeremos más experiencia que nos permitirá hablar de otras cosas y puede ser muy interesante conocer a la persona que esconde el deportista. He encontrado grandes personalidades en los grandes deportistas.

¿Quiénes han sido tus ídolos deportivos?

Nunca he tenido un ídolo, pero admiro a Mireia Belmonte, a Laia Sanz, a Gisela Pulido. Las admiro porque me da la sensación de que los jóvenes de hoy o bien pasan de todo o son tan creativos, innovadores, que quieren salirse de lo que está escrito. Estas chicas, deportivamente hablando, han sido muy creativas, han roto esquemas. Son una referencia: jóvenes, destacan en sus deportes, se abren camino en un entorno complicado… Lo fácil sería estudiar una carrera, buscarse un trabajo. Mireia estudia empresariales, se levanta a las cinco de la mañana, va a nadar, luego va a clase. Compaginar todo esto no es fácil y lo admiro.

¿Tienes alguna carrera mítica? ¿Algún sitio que tenga un significado especial para ti?

Pierramenta es una carrera que tienes que ganar alguna vez en la vida. Cuando no he participado he ido a animar y me lo he pasado muy bien. Es una experiencia impresionante. Me gustaría irme un par o tres de meses a Pakistán, aunque de momento el calendario no me lo permite. Es un país que no sé por qué siempre me ha atraído mucho, aunque si me preguntas qué me encontraré ahí no sabría decírtelo. Si tuviera que escoger una montaña me quedaría con el Cilindro de Marboré, al lado del Monte Perdido. Para mí tiene un significado especial porque estuve trabajando tres años en el refugio de Góriz, a los pies del Monte Perdido. El Cilindro está al lado y apenas sube nadie. Nos representa a nosotros: es una montaña más técnica, más difícil, tiene mucho más encanto, pero todo el mundo se va al Monte Perdido, que es más fácil. En el Cilindro puedes estar solo. Esto son muchas horas de darle vueltas al coco entrenando (se ríe), pero es la representación del espíritu de nuestro deporte. El Cilindro sería Marcel Zamora y el Monte Perdido sería Josef Ajram.

¿Cuál es la montaña más alta que la vida te ha puesto delante?

Siempre he encontrado un camino en las montañas que he ido escalando. La actitud delante de los problemas es muy importante. En las carreras, por ejemplo, hay gente a quien le pasa de todo, que cuando acaba siempre se está quejando. Pero la verdad es que a todos nos pasan cosas y lo importante es cómo te lo sepas tomar. Hay que relativizarlo, es muy importante y hay que aprender, aunque unas veces es más fácil que otras. Tienes momentos duros, de plantearte muchas cosas, pero todos pasamos por momentos así. Hay momentos en los que te preguntas dónde vas, de dónde vienes, qué estás haciendo, qué quieres. He tenido momentos duros, pero quizá para otra persona no lo son y pensaría que son una tontería.

¿Y la caída más dolorosa?

No hay ninguna caída en mi vida de la que no me haya levantado (después de mucho pensar), bueno, al psicólogo sí he ido algún día, ¿eh? (se ríe), pero son cosas a las que quizá les di demasiada importancia y tampoco tenían tanta.

¿Y tu mayor victoria?

Sé que sonará fatal, pero en la vida estoy triunfando. He tenido mucha suerte, pero la he buscado. Me siento una persona muy afortunada y cuando me preguntas por el fracaso creo que no tengo derecho a quejarme de nada porque me han pasado muchas cosas buenas en mi vida. Quejarme de algo sería menospreciar todo lo bueno que me está pasando. Hace cinco años, cuando entré al centro de tecnificación, empecé a andar hacia la victoria más grande de mi vida, pero todavía no ha llegado. Es mi manera de tomarme las cosas. Mi madre siempre dice que “no hay mal que por bien no venga”, y en cada cosa mala hay que encontrar la cosa buena que trae al lado. Quizá tardes en darte cuenta, pero allí está. La actitud con la que te tomas las cosas es muy importante y dice mucho de las personas. Cada cual se coge las cosas como quiere, pero por la vida pasamos una sola vez y hay que pasarla lo mejor posible. Cruzado, que pase otro, yo no. Yo soy la persona más feliz del mundo si puedo entrenar, si puedo competir… pero quizá dentro de un año seré la persona más feliz trabajando en una panadería. Ayer, tomando esa horchata, estaba la mar de a gusto. Todo tiene su momento especial, si sabes valorarlo. No hay una gran derrota, hay triunfos y puedes encontrar uno cada día si al final del día lo buscas. Si los quieres encontrar, los encontrarás, pero si no, no los encontrarás jamás.

¿En qué piensas cuando corres?

No me gusta pensar en problemas porque me entra ansiedad. Cuando pienso en resolver problemas, tengo que volver para apuntarlo. Si llevo media hora y me queda una hora y media más corriendo temo que se me va a olvidar y cuando llegue no me acordaré de nada. Así que no pienso en lo que tengo que hacer porque sino me agobio y me entran sudores que no son del esfuerzo. Cuando entreno pienso ¡uf!, ¡cómo estoy sufriendo hoy! O dejo la mente en blanco. A veces me pongo música, en mi iPod escucho desde Dusminguet, Marea, alguna de Chenoa, incluso, Anastasia, Madonna, Matinée, sesiones de DJ… hay una música para cada momento. Cuando voy en bici, si voy sola, porque si voy con gente no me pongo música, o escucho Enya para estirar las piernas, o techno hardcore, como DJ Zizou, cuando voy a ritmo. Corriendo las sesiones de hardcore no me gustan porque son demasiado rápidas, pero en la bici, para buscar la frecuencia de piernas, sí. Llevo sesiones de 45 minutos, pum, pum, pum… pero es algo que jamás me pondría en casa. En casa, depende de lo que haga. Si estoy limpiando, me gusta Macaco, también Amparanoia. Cuando tengo un rato libre miro películas o series, me gusta más que leer, que siempre me ha costado bastante. A pesar de que yo he crecido con el manga, con Bola de Dragón, el Dr. Slump, El Último Samurai… ¡ahora me he enganchado a Sexo en NY! Son cuatro amigas con una visión del sexo y la vida en general muy distintas pero que entre ellas se saben llevar bien. Me hace mucha gracia, creo que sus personalidades están muy conseguidas. Y mira que yo nunca me había enganchado a los culebrones catalanes, ni un minuto, ni en el záping… pero mira. De películas me gusta Rocknrolla, la manera como empieza es genial: “Queremos tener una buena vida. Algunos aman el dinero. Algunos las drogas. Otros el sexo, el glamour, la fama. Pero un rocknrolla… él es diferente. ¿Por qué? Porque un verdadero rocknrolla lo quiere todo.” Me hace mucha gracia, es la actitud. Quizá sienta una parte de mí reflejada en ella. No tengo suficiente con buscar esto o lo otro, sino que lo quiero todo. Soy una persona con muchas inquietudes y la ambición sana es buena, es lo que nos hace avanzar. Decir “quiero llegar ahí” y llegar ahí con tus propios medios. Ambición, motivación… no sé bien cómo usar estas palabras, todas tienen significados distintos pero a mí todas me suenan igual.

¿No te gustaría escribir un libro ahora que parece que hay un género literario embrionario entorno al atletismo: Kilian Jornet, Murakami, incluso Ajram?

No me lo he planteado, ni nadie me lo ha planteado. Hay gente que me lo pregunta. Pero un libro de correr… cuando has leído uno es como si los hubieras leído todos. Tienes que tener gracia y saber escribir para enganchar al lector. Hay cincuenta mil libros. Cincuenta mil libros buenos. Y tienes que ofrecer algo distinto. Me gusta escribir, llego a casa y escribo. Pero de aquí a publicarlo… son cosas que me guardo para mí.

 

Fotografía: Pol A. Foguet. 


US Open 2011: reyes, revueltas y lluvias en el planeta tenis

US Open

Ha sido el torneo de las lluvias en las pistas, las tormentas en los pasillos y el cerrojazo a la historia. El tenis masculino no volverá a ser el mismo después de este US Open. El tenis femenino tampoco será el mismo porque subsiste en continua y caótica metamorfosis.  Repasemos lo que ha dado de sí el torneo a través del sino de varios de sus protagonistas, y de los algunos incidentes y anécdotas que han tenido lugar:

El cuadro masculino: todo en su sitio y más de lo mismo

Novak Djokovic: Lo ha hecho. Aunque mientras escribo estas líneas el año tenístico aún no ha finalizado, la suya es ya oficialmente una de las más grandes temporadas en la historia del tenis ATP. Su superioridad ha sido aplastante y aunque en este campeonato ha tenido que tragar saliva en alguna ocasión —casi se tiene que apear en semifinales— lo cierto es que cuando la historia se pone de parte de un jugador hay pocas cosas que puedan interponerse en su camino. No sabemos qué ocurrirá el año que viene, pero hay algo que sí sabemos: el que sus rivales vayan a poder tomar aire va a depender casi exclusivamente de él. Ni más ni menos.

nadal y djokovic
Djokovic consuela pero no perdona.

Rafael Nadal: Lo avisábamos en un artículo hace un tiempo y realmente no se necesitaba ser Nostradamus para prever que nuestro campeón iba a pasar el resto del 2011 como espectador de privilegio de las hazañas de un Djokovic que orbita en solitario el planeta tenis, más allá del alcance del resto del circuito. Lamentamos el no habernos equivocado, especialmente porque eso significa que se ha levantado un muro en el camino de Nadal hacia nuevas marcas. La evolución del mallorquín a lo largo de los años en este torneo ha sido espectacular: hace no tanto que peleaba agónicamente por avanzar rondas sobre el cemento neoyorquino y ahora ya se planta en las finales con la facilidad de un “hardcourter” nato (sólo cedió un set en semifinales). Lástima que haya tenido que defender su primer título en Flushing Meadows ante el único jugador al que realmente no puede plantar cara de tú a tú en la actualidad. Aun así, el torneo que ha hecho Nadal ha sido prácticamente impecable y estamos completamente seguros de que con otro rival en la final Nadal hubiese sido campeón. Esperemos que no se desmotive. Podría ocurrir… no nos confiemos demasiado.

Roger Federer: El suizo pudo ser el rival de Nadal en la final porque le dio un soberano susto al intocable Djokovic. En su irregular aunque vibrante semifinal ante el serbio, el Wolfgang Amadeus Mozart del tenis nos recordó por qué ha sido el rey durante varios años y por qué mucha gente —incluido quien suscribe— le considera el mejor tenista de todos los tiempos. Sigue siendo un genio, sigue produciendo algunos tiros de los que sólo él es capaz y sigue estando en buena forma. Aunque también es cierto que cuando desaprovechó una ventaja de 5-3 en el quinto set y se atragantó con dos pelotas de partido a su favor —terrible dejà vu del año pasado— nos recordó también el motivo por el que ya no es el número uno indiscutible: su mente ya no está ahí. Lo ha ganado todo, es un flamante padre de gemelos, ya no vislumbra récords históricos que romper y por muchas ganas que tuviese —y sabemos que las tenía—de darle el pasaporte a su no muy amado Djokovic, le faltó el instinto asesino que le caracterizaba en lo mejor de su carrera. Estuvo a punto de dar la campanada, pero no tuvo suficiente hambre y una vez más le tembló el pulso en el momento de finiquitar a su presa. Nada es eterno, ni siquiera Roger Federer.

Andy Murray: Ayudó a completar unas previsibles semifinales en las que los cuatro grandes del tenis masculino ocuparon los cuatro puestos de privilegio, con perdón de Juan Martín del Potro, que un día ganó este grande —cosa que Murray no ha hecho—pero no ha vuelto a ser el mismo desde entonces, aunque su salida de este torneo ha sido algo temprana, pero digna. Murray, en cambio, cumplió con su papel aunque tuvo mala suerte con el reparto de rivales: le tocó vérselas con un Nadal a quien sencillamente no puede superar en un duelo de juegos defensivos. Hubiese sido más interesante verle enfrentado a Djokovic, contra quien Murray podría llegar a sacarse algún pedazo de kriptonita de la chistera.

Jugadores españoles: Nadal aparte, nuestras dos grandes bazas en esta superficie son David Ferrer y Fernando Verdasco. El alicantino empezó bien, con varias victorias francamente convincentes ante rivales nada despreciables, pero el norteamericano Andy Roddick, antiguo campeón de este torneo, fue demasiado para él. Por su parte, el madrileño, siempre irregular, cayó ante el no menos irregular pero definitivamente peligroso Jo Wilfried Tsonga. El valenciano y antiguo nº1 mundial Juan Carlos Ferrero nos puso en vilo —y nos dio una alegría—con una peleada victoria ante el francés Gael Monfils, pero finalmente no pudo con Tipsarevic… no importa: fue bonito mientras duró.

El cuadro femenino: mujeres al borde de un ataque de anarquía

Samantha Stosur: Sorprendente vencedora del cuadro femenino, la australiana ha culminado unos años recientes de interesante progresión, compensando su decepción en la final de Roland Garros con su primer título grande en Nueva York. Tras varios años de modesta carrera en la sombra, Stosur se ha llevado un premio bastante merecido por su dedicación y su interesante tenis, ganando la final de manera más que convincente.

serena
"No me mires", "me la querías jugar" y "eres una perdedora": la siempre simpática Serena Williams debate plácidamente con la juez de silla.

Serena Williams: Como de costumbre, la pequeña de las hermanas Williams ha sido irregular en su grandeza, capaz de lo mejor y de lo peor en un mismo torneo. Puede aplastar a cualquier rival en un buen día incluso saliendo de posiciones modestas del ranking y de hecho muchos pensaron que la final sería prácticamente un paseo militar para la norteamericana, pero frente a una desusadamente inspirada Stosur apareció la peor Serena posible: descentrada, quejumbrosa, aspaventera y por momentos insoportable: una vez más tuvo embarazosos enfrentamientos con los jueces, en los que exhibió su característica falta de educación. Al menos esta vez no ha amenazado de muerte a la juez como en ediciones pasadas. Para colmo, todo el numerito le ha salido por una multa de dos mil dólares que dado su poder adquisitivo algunos consideran una auténtica broma (como ha comentado sarcásticamente el antaño conflictivo John McEnroe: “me gustaría jugar en esta época. Pagan más y multan menos”). Eso sí, muchos fans norteamericanos consideran a Serena Williams un constante motivo de sonrojo para el tenis de su país. No sin motivo. Hace que Martina Hingis parezca una dulce y sumisa geisha en comparación.

Caroline Wozniacki: La danesa no es la única nº1 reciente que nunca ha ganado un torneo grande —también ocupó el trono Jalena Jankovic en idénticas condiciones—lo cual es un síntoma de cómo están las cosas en la caótica élite del tenis femenino. Wozniacki, obviamente, se ha ganado ese puesto por su regularidad y los puntos acumulados… y también porque no ha habido ninguna otra tenista, de las varias que tienen objetivamente mayor potencial que ella, que haya mostrado algo de regularidad. No deja de sorprender contemplar como primera espada del tenis a una jugadora que ni siquiera tiene papeletas para entrar en una discusión sobre quién es la mejor tenista de la actualidad. Es una buena jugadora —ha llegado a las semifinales—pero no ha disipado la inquietante impresión de que una vez más tenemos una nº1 por defecto en el ranking de la WTA. Para colmo se ganó un diluvio de comentarios despectivos —probablemente exagerado—tras imitar la rampa que sufrió Rafa Nadal en una rueda de prensa. Esto de las imitaciones en el tenis puede hacer gracia una vez, pero ya se está empezando a convertir en una plaga.

Estrellas sin brillo: Si el cuadro femenino se ha caracterizado por algo, es precisamente por esa irregularidad incoherente que acabamos de comentar. Los constantes cambios de ranking han permitido que grandes jugadoras se enfrenten entre sí en rondas tempranas del torneo, desluciendo bastante la competición. Vera Zvonareva, segunda cabeza de serie, alcanzó al menos los cuartos de final, pero ni Maria Sharapova, ni Victoria Azarenka, ni Li Na, ni Kim Cljisters estuvieron presentes. De Ana Ivanovic, cada día más desaparecida en combate, ni hablamos.  Todo ello ha propiciado que una tenista de segunda —o tercera—fila como la alemana Angelique Kerber se haya plantado en toda una semifinal del US Open. Lo dicho: desde hace ya un tiempo no hay quien entienda lo que sucede en el tenis femenino.

La lluvia

US Open.
Algo más que un efecto óptico: la lluvia realmente puso el US Open patas arriba.

Como en algunos Wimbledon que tenemos frescos en la memoria, la lluvia ha causado un desbarajuste total en la agenda de partidos que ha estado a punto de desembocar en un completo caos cuando los jugadores se plantaron ante la organización, al borde de la rebelión abierta, exigiendo el cambio de calendario. Nadal acusó abiertamente al torneo y las televisiones de imponer sus intereses codiciosos por encima del bien de los jugadores (“sólo pensáis en el dinero”) y Andy Roddick, pese a jugar en casa, tampoco se quedó corto en sus manifestaciones de descontento. En los días en que la lluvia y la infelicidad de los tenistas pusieron en peligro la continuidad del torneo, su director se quebró bajo la presión e hizo unas surrealistas declaraciones que dejaron a muchos boquiabiertos, diciendo que prefería que retornase el huracán Irene porque así al menos estaba seguro de que la lluvia duraría sólo un día. Obviamente, a los aficionados —sobre todo a los neoyorquinos—les ha parecido alucinante que el individuo prefiera que un huracán se cierna sobre la ciudad en vez de verse obligado a buscar soluciones alternativas que le toquen el bolsillo. De la lluvia nadie tiene culpa excepto los dioses correspondientes, pero no son pocos quienes opinan que la USTA, máximo organismo del tenis americano, debería considerar construir cubiertas móviles en la sede del campeonato —hasta Wimbledon tuvo que rendirse—o, si como dice la organización el dinero es un problema para ello, sencillamente trasladar el US Open a lugares de clima más propicio, como California.

En resumen…

Este US Open ha dejado varias cosas claras. En el cuadro masculino los mejores siguen siendo los de siempre y aunque ha cambiado muy levemente el orden de los factores, sí se ha modificado considerablemente el producto. Djokovic es el nuevo rey y hemos vivido un punto de inflexión en la historia del tenis: la era de la rivalidad Federer-Nadal sencillamente pertenece al pasado. Por su parte, Andy Murray es como un efecto óptico: parece ascender pausada pero constantemente cuando en realidad no se mueve del sitio. Como Del Potro, que lleva ya bastante tiempo recuperándose y si sigue recuperándose mucho más llegaremos a olvidar qué era aquello de lo que se estaba recuperando. El 2012 es aún una incógnita; será difícil que Djokovic repita un año como este, pero varias cosas van a tener que cambiar para que no siga dominando. Y en el cuadro femenino, lo dicho: confusión total. Las jugadoras suben y bajan como en la bolsa; realmente está haciendo falta una jugadora que rompa con todo y sirva al menos de estímulo para las gigantes dormidas.

Ahora, a por la final del World Tour —o lo que a muchos nos gusta seguir llamando sencillamente el Masters, más propiamente y desde luego mucho más bellamente—que en este 2012 será la coda de una sinfonía que ya ha sido escrita, interpretada y convenientemente aplaudida.


Guillermo Ortiz: Agassi-Sampras: la gran revancha del US Open

André Agassi y Pete Sampras lo compartieron todo: generación, fama, éxitos deportivos, país y marca deportiva, que no es poca cosa. En 1990 jugaron su primera final de Grand Slam. Para entonces, Agassi ya era una celebridad en el mundo del deporte y fuera de él. Con apenas 20 años, combinaba lo peor de la moda hortera de los 80 con el principio del “grunge” para todos los públicos. Algo así como un Axl Rose de la raqueta.

Enfrente, tenía a un hijo de inmigrantes griegos, un año menor que él y prácticamente desconocido para los no iniciados. Se sabía que Sampras era un chico consistente pero no tenía ni la arrogancia de Aaron Krickstein, ni el carisma de Agassi ni la contundencia de Jim Courier ni el Roland Garros de Michael Chang, quien se adelantó en el palmarés a su generación derrotando a Lendl y a Edberg en aquella extraña edición de 1989.

Es difícil que surja en un mismo país un número parecido de jugadores adolescentes con tanta calidad y, de todos ellos, quizá el menos llamado al éxito era el aún torpe y desgarbado Sampras, un chico con un saque y una derecha descomunales pero con serios problemas técnicos en las primeras etapas de su juego. Como dijo Agassi en su autobiografía, viéndole jugar a los 17-18 años, había serias dudas de que pudiera labrarse un futuro como profesional.

El caso es que ahí estaban los dos, en la pista central de Flushing Meadows, dispuestos a jugarse el US Open: el famoso y consolidado chico de 20 años contra el modesto y trabajador chico de 19. Era la segunda final de Grand Slam para Agassi y nadie dudaba de que se haría con una victoria fácil después de derrotar al campeón Boris Becker en las semifinales. Desde luego, Agassi no lo dudaba y salió a la pista confiado y tranquilo. Tan confiado y tan tranquilo que a las dos horas ya estaba de vuelta en el vestuario después de perder 6-4, 6-3 y 6-2.

No es que se llevaran mal, pero tampoco se llevaban bien. Igual que Nadal y Federer pueden coincidir en una formación humilde y se sienten cómodos sin llamar la atención —todo lo contrario de Djokovic, por poner un ejemplo—, Sampras y Agassi eran demasiado diferentes como para tener una relación normal. Basta con leer sus autobiografías para darse cuenta: la de Sampras es una base de datos, un ordenador que fija fechas y resultados, asociando alguna sensación si no queda más remedio, mientras que la de Agassi es un aluvión de ansiedades, angustias y desahogos… como fue su carrera, por otro lado, un continuo sube y baja hasta que llegó 1999 y conoció a Steffi Graf.

El hecho es que Nike los enfrentó como los dos grandes polos opuestos de los 90, pero la carrera estaba un poco desequilibrada: desde aquella final del US Open y hasta el año 2000, Sampras ganaría 12 títulos más de Grand Slam, Agassi solo la mitad, tres de ellos justo en ese periodo entre junio de 1999 y enero de 2000 bajo el influjo de la, para muchos, mejor tenista de la historia.

Títulos aparte, Pete Sampras copó las listas de la ATP terminando seis años consecutivos como número uno y sumando más semanas en esa posición que el mítico Jimmy Connors. Ganó al menos un grande por año de 1993 a 2000 y descansó en 2001. Las cosas no fueron a mejor en 2002 sino todo lo contrario: después de haber ganado siete veces Wimbledon, sufrió ese año una muy embarazosa derrota ante el desconocido George Bastl en segunda ronda de su torneo favorito. A los 31 años, Sampras estaba al borde de la retirada forzosa; desganado, desilusionado, lejos de los diez primeros del ranking…

En cambio, Agassi vivía una segunda juventud. La treintena le sentó de maravilla y su nuevo matrimonio con hijos, después del chasco de Brooke Shields, reactivó su carrera de manera milagrosa. Después de tocar fondo en 1997, fuera del top 100 de la ATP, semi-retirado, jugando torneos menores, previas de clasificación y coqueteando con la depresión y las drogas, el de Las Vegas había vuelto a lo grande: acabó 1999 como número uno del mundo tras ganar Roland Garros y el US Open. En 2000 fue a jugar a Australia después de muchos años y encadenó dos títulos consecutivos.

Llegaba a Nueva York como cabeza de serie número seis —acabaría el año en segunda posición— y con la vitola de uno de los grandes favoritos al título. El niño mimado de la afición de Flushing Meadows era ahora el hombre mimado. Las cosas no habían cambiado en 12 años: Agassi se llevaba los flashes y las sonrisas, Sampras tenía que ganarse el respeto desde la sombra.

Sin embargo, algo hizo “clic” en esa edición: Agassi cumplió los pronósticos por su lado del cuadro y Sampras, desahuciado por toda la crítica, empezó a re-encontrar sensaciones: después de estar al borde de la eliminación contra Greg Rusedski en tercera ronda, se impuso a Tommy Haas, a Andy Roddick y se llevó cómodamente su semifinal contra Sjeng Schalken. De acuerdo, su camino había sido relativamente sencillo, pero ahí estaba: en su octava final del US Open.

Enfrente, doce años después, su némesis, el ahora rapado Andre Agassi quien, en su semifinal, derrotaba al campeón y número uno del mundo, Lleyton Hewitt, para repetir la final de ensueño.

Aquel era el escenario ideal para la revancha. Agassi estaba jugando mejor que nunca en su carrera y tenía ante sí la posibilidad de deshacer el recuerdo de 1990 y dar la puntilla a su archirrival. En su contra jugaba una semifinal más larga sin apenas descanso, pero la diferencia tenística entre ambos rivales parecía mayor incluso que la que les separaba cuando eran adolescentes. La prensa coincidía: era una brillante despedida para Sampras de la alta competición… pero el título se lo llevaría Agassi.

Así que estábamos en las mismas: André salió sonriente, confiado, tranquilo, zen, con su rubia mujer animando en las gradas… y a la hora y media de partido ya perdía dos sets a cero. ¿Cómo demonios era posible? Aquella era la cuarta gran final entre ambos y el “hermano mayor” solo había sido capaz de ganar una, en Australia. En las otras tres apenas pudo hacer un set.

Y exactamente un set es lo que haría en Nueva York aquel año de los ocasos, justo en el aniversario de la tragedia del World Trade Center. Con la pasión estadounidense al rojo vivo, Agassi forzó la cuarta manga pero no dio más de sí y perdió 6-4. De nuevo, subcampeón. De nuevo, su enemigo íntimo recogiendo el título que le pertenecía a él, el decimocuarto de un Grand Slam, el quinto en Nueva York.

Agassi, que después definiría a Sampras como una “máquina sin sentimientos” y un agarrado incapaz de dejar propinas, capeaba el temporal como podía. Lo suyo era empezar en el escenario y acabar en la platea, aplaudiendo. No le gustaba nada y se podía notar. Su talento era tan grande que probablemente no se merecía un competidor tan cruel: aquel fue el último torneo de Pete, un adiós memorable. No se podía mejorar lo hecho, así que se retiró de una manera extrañísima: se limitó a dejar de jugar torneos, guardar silencio ante las especulaciones y aparecer en Flushing Meadows un año después para anunciar lo que ya era evidente: que no iba a jugar más. El curioso método Sampras.

Agassi sí continuó. Para no gustarle el tenis, lo supo disimular muy bien. Tuvo tiempo de ganar en Australia en 2003 y sufrir en sus carnes el inicio del vendaval Federer, contra el que jugó una mítica final, también en el US Open, en 2005, ya con 35 años a sus espaldas y nunca mejor dicho porque fue precisamente la espalda lo que le retiró en 2006 ante otro Becker, Benjamin, también alemán, en tercera ronda de un US Open que probablemente su salud no le habría permitido jugar si su orgullo no hubiera mediado, tan terco como siempre.

Si Sampras se había retirado con 14 grandes en el bolsillo, Agassi lo haría con 8. Juntos compartieron varias Copas Davis. Fuera de la pista siguieron con su relación de amor y odio. Como ha quedado dicho, Sampras escribió una autobiografía en la que Agassi era poco más que un nombre en un listín telefónico y Agassi escribió un libro en el que Sampras quedaba como un tipo con una capacidad de empatía parecida a la de un conejo.

Puede que le sentara mal. Tuvo que sentarle mal, seguro, y algún comentario hizo. Eso no quita para que, de vez en cuando, se hagan unas risas en exhibiciones y torneos benéficos. Cumplidos los 40, los enemigos deportivos suelen convertirse en cosa del pasado. Si incluso Karpov acabó jugándose la libertad para sacar de la cárcel a Kasparov, ¿qué podemos esperar de dos eternos adolescentes que anunciaban zapatillas y hamburguesas?