Guillem Martínez: “Pedimos al pueblo español que sea responsable”

Por aquel entonces yo era pequeño. No recuerdo cuál era mi principal reto en la vida, pero hasta hacía poco había consistido en no mearme encima. Caminaba agarrado a la mano de mi padre. Mi padre tenía una mano enorme. Y avanzábamos por la Rambla. La Rambla viene del palabro ramel. O al algo así. Ramel es árabe. Significa arena. Es la arena y los pedrolos que agrupa la lluvia cuando llueve y forma un arroyo. Hasta el siglo XVIII las Ramblas habían sido un arroyo. Luego la urbanizaron. Y se convirtió en un arroyo de personas. Tradicionalmente, y desde un primer momento, las Ramblas fueron un arroyo de tontos. Cuando eras tonto en Barcelona, acababas en el arroyo de las Ramblas, exhibiendo tu tontería. La novedad de aquella coreografía es que, por primera vez, desde los tiempos del cáñamo, nadie por aquí abajo tiraba piedras a los tontos. Igual, incluso, cumplían una función social. Yo qué sé. Hay un gran catálogo de tontos barceloneses que se han dejado ver en las Ramblas desde que dejó de ser un arroyo y pasó a ser un arroyo de tontos. El primero fue una señora. “La reina de les aigues”. Se supone que, como su nombre indica, era una mujer que se creía reina y, encima, de las aguas. Nadie le tiraba piedras. Igual, en su época, era lo más parecido a una película Disney.

Por aquella época en la que no me meaba y avanzaba por las Ramblas de la mano de mi padre, el rey de los tontos era el sheriff. Un tipo vestido de sheriff. Con un par de pistolas de juguete. Se te plantaba delante y te retaba a un duelo bajo el sol. Yo lo maté varias veces. Posiblemente, aquel tonto no se creía sheriff, sino muerto. Lo que indica que nada en la vida es lo que parece. Ni siquiera un tonto. Bueno. En aquella época las putas de las Ramblas llevaban blusas transparentes, a través de las que les veías las tetas, y había una cantidad enorme de mesas de personas pidiendo dinero para grupos extraños. Luchaban, para ser visualizados, contra tetas gigantescas. Era una guerra desproporcionada. Recuerdo una mesa de un grupo de italianos que pedía dinero para Brigati Rossi. Recuerdo una italiana tras aquella mesa. Era bellísima y llevaba unos zapatos de tacón fragilísimos, como los que llevaba Madame Trudeau en Studio 54. Tenía que ser una mujer especial porque todos, los tontos, los que hacía poco que no nos meábamos encima, los mayores, todos, la mirábamos con mayor perplejidad que cuando mirábamos las tetas transparentes de las chicas de al lado.

En eso, recuerdo, se acercó alguien a mi padre. Alguien con las manos también grandes, esas manos que tienen las personas que trabajan con las manos. Se abrazaron. Empezaron a hablar. Hablaron de huelgas, de hambre, de policía, de detenciones, de cómo comprar zapatos a sus respectivos hijos. Pero después se produjo un silencio. El rostro del desconocido gesticuló una cara de felicidad enorme, como cuando el sheriff te retaba. Miró a mi padre y dijo: “Gaspar, esta primavera”. Silencio. “Esta primavera fue posible la revolución, Gaspar”. Hoy en las Ramblas no hay tontos. Tienen enfermedades diagnosticadas. O, a lo sumo, están trompas. No hay tetas. El arroyo no parece un arroyo. Pero sigue siendo un arroyo.

Fotografía: Txema Salvans


Humor sin palabras y viceversa

¿Quién no ha sentido alguna vez ganas de hacer el gesto de calzarle una hostia a un mimo? Solo el gesto, eh. Para interactuar.

Probablemente hay mucha gente que no ha sentido este impulso,  soy consciente de que es una manía personal, pero me hace ilusión pensar que siendo asertiva los lectores empatizaréis con mis cosas. A los monologuistas les funciona, con un simple “¿a que sí?” obtienen la connivencia del respetable, capaz de afirmar al unísono y entre risas que siempre que van a echar mano del papel higiénico en el baño de un bar después de haber ingerido un chocolate con churros y un vaso de agua resulta que se ha acabado el rollo. Nunca hay un espectador que se levante y diga: “pues no, a mí no me ha pasado, y muy tonto hay que ser para confiar en que haya papel higiénico en un baño público. Y más a esas horas”.

Yo aspiro a contagiaros de la misma forma mi aversión por los mimos, con entusiasmo y convicción en mi discurso.

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“…pero más triste es de robar”.

El principal estigma de los mimos es su aspecto físico. El mimo es  delgado, famélico me atrevería a decir. No se ha conocido mimo gordo. Se ve que no hacen camisetas ajustadas de rayas en tallas grandes y en caso de coger kilos pasan a ser payasos. Todos sabemos que las personas gordas son más afables y felices —¿a que sí?— mientras que los delgados son mala gente que tiene montado un lobby para hacer a la gente que usa una talla grande vestirse como payasos. No contentos con la falta de fibra muscular, los mimos se regodean en su aspecto demacrado pintándose la cara de blanco y unas cruces en los ojos. ¿Es necesario profundizar en este asunto para entender que un mimo no puede traer nada bueno?

Por otra parte está su actitud. Hay dos tipos de mimos: el activo y el pasivo. El pasivo, el que solo se mueve por dinero. Reconozco que despierta cierta simpatía en mí; alguien que cobra por cambiar de postura merece todo mi respeto. Donde digo “simpatía” pienso “envidia”. El activo por el contrario es ese tipo de mimo con el que sientes la necesidad  de tener dos palabras, con la ventaja de decir tú las dos. Es ese mimo que persigue a la gente imitando sus andares, ese mimo que toca, es mimo que invade tu espacio ofreciéndote una flor. ¿No ves que me estás dejando en ridículo delante de toda esta gente? Estate ahí quieto hasta que te echen un euro.

Por último está su aptitud. ¿Lo de la pared invisible es asignatura obligatoria en mímica? ¿Para qué tocas la pared? ¿Además de mudo estás ciego? ¿Estás intentando hacer como que eres una salamandra? ¿Tú has visto a alguien acariciar el gotelé?  Solo cabe esperar que si se trata de la cuarta pared, no encuentre el hueco para atravesarla.

Sé que puedo estar siendo subjetiva, cabe esa remota posibilidad, y que tal vez me esté remitiendo a tópicos, que es bien posible que haya mimos gordos, mimos negros e incluso alguno que ponga una nota de color en su vestuario (si es rojo tendremos a Freddy Krueger ) y que además de la pared invisible la mímica ofrece un rico abanico de matices interpretativos; se me ocurre a bote pronto el gesto de la maleta pesada que, despojada de los prejuicios que me hacen pensar  que un tipo con ese aspecto no puede llevar en la maleta otra cosa que no sea un cadáver, es un alarde de expresividad. ¿A que sí?

Por poner la nota positiva señalaré que hay algo más turbador que un mimo detrás de una pared transparente, su antagónico: el charlatán delante de la pared de ladrillo. ¿A que sí?

Nota: Ningún mimo resultó herido durante la redacción de este artículo. Pero ahora ya tengo las manos libres.