Juan de Pablos: «La radio ha sido para mí tanto una válvula de escape como un refugio»

Una vida consagrada a la radio musical, eso es Juan de Pablos (Cáceres, 1948). El locutor más personal de la radio española lleva cincuenta años relatando sus experiencias entre los surcos de sus discos, sirviendo a su vez de puente entre generaciones.

Sus oyentes lo siguen con el mismo asombro de siempre, por su brutal sinceridad y por la sensible erudición que ofrece en sus comentarios musicales, ya sea sobre un artista de la canción francesa de los años sesenta o un grupo debutante del pop español.

Personaje irrepetible, dotado de una mirada especial, conduce desde Radio 3 su programa-leyenda, Flor de Pasión, como muy pocos se atreverían. La figura de Juan de Pablos tiene, sin duda, un lugar de honor entre ese grupo inolvidable de divulgadores de la música popular que convirtieron emisoras como Radio Popular FM, Radio España FM Onda Dos o Radio Juventud en auténticas academias de actitud y renovación, culturizando por el camino a miles de jóvenes de este país. La vida de Juan de Pablos es por tanto la historia de la radio musical en España. Su trabajo es, por encima de todo, una impagable fuente de inspiración.

¿Sabes cuántos discos tienes?

Sé que tengo demasiados, porque me mudé hace poco y fue horrible. Tendría que haber hecho antes un desbroce. Como me cambié muy cerca, a cinco minutos de donde he vivido siempre, me los fui llevando poco a poco. Mi mujer me ayudó bastante, porque ella hacía las cajas, con mucho cuidado, estuvo midiéndolo todo, y encargó unas estanterías para la nueva casa, porque hasta entonces los tenía puestos en cualquier sitio. La mudanza ha sido una ganancia, pero hay cosas que tendría que haber tirado a la basura durante el proceso. Es que no me organizo. Lo que me interesa lo tengo muy a mano, pero lo demás lo tengo al tran tran. Ahora con las nuevas estanterías me manejo un poco mejor, es una cosa más civilizada. Antes era un caos. Ordenar mis discos me ha cambiado mucho la vida, porque he tenido auténticas depresiones intentado buscar tal o cual canción. Así como de libros me desprendí de bastantes, a los discos les tengo mucho respeto, y no termino de deshacerme de los que ya no quiero o necesito.

Seguro que todos tienen para ti mucho peso sentimental.

Así es. Además, como muchos los he comprado duro a duro, recuerdo perfectamente dónde y cuándo los compré. Que si en Pamplona, que si en Zaragoza… Cuando iba a Londres compraba muchos, eso sí que era comprar discos.

¿Cuándo supiste que la música te había cambiado la vida?

Viviendo en Cáceres, donde nací. Allí escuchaba mucha canción española: Juanito Valderrama, Antonio Farina, Lolita Garrido, Antonio Machín… Era un poso que se me iba quedando sin yo darle importancia. De música anglosajona recuerdo escuchar entonces el «Only You» de los Platters. En los primeros sesenta, me obsesioné con los Platters, con ese doo-wop ad tempo. Fue un impacto grandísimo. Cuando me mudé a Pamplona, recuerdo escuchar en la radio el «Diana» de Paul Anka, que fue determinante para mí. También ponían su «Lonely Boy», aquí bautizado como «El Muchachito Solitario». Elvis no sonaba entonces en la radio. Luego el «Blue Moon» de los Marcels fue capital para mí, y eso que tardé mucho en encontrar el disco. Lo conseguí en el Rastro, cuando ya estaba en Madrid, en forma de extended play.

Más tarde llegó el folk-rock. Escuchar a Bob Dylan, aunque con retraso, porque lo suyo no tenía al principio distribución aquí, me cambió los esquemas. Ya en 1965, Discophon editó «Mr. Tambourine Man» en extended play. En el verano de 1966 salió «Like A Rolling Stone» y eso fue… Yo estaba acostumbrado a canciones de dos minutos, de dos minutos y medio, y aquella era una canción de seis minutos. Además el disco había que pagarlo como si fuera de cuatro canciones, como un EP.

En esa época, la música empezó a desplazar al fútbol, que era lo que más me gustaba entonces. Me gustaba mucho practicarlo, y pensaba que podía ser un buen futbolista. Solía jugar sobre todo por la derecha, porque con la izquierda solo soy capaz de apoyarme [risas]. Siempre he sido seguidor del Real Madrid. Esas cinco Copas de Europa seguidas, que escuché por la radio, me marcaron para los restos. Hace algunas semanas jugamos un partido entre los compañeros de Radio 3. Fui a pesar de que estaba un poco magullado, porque una semana antes había tenido una caída bastante aparatosa, estuve a base de calmantes y tal. No me fracturé nada de milagro. Incluso así metí un gol. De penalti, pero bueno [risas]. Tuvieron mucha consideración conmigo. Me nombraron capitán del equipo y todo.

Dejas el fútbol por la música y te pones a comprar discos como un loco. ¿No tuviste problemas en casa?

Mi padre me llegó a decir un día: «Los discos nos han echado de casa». Más expresivo no pudo ser. Y tenía toda la razón. Mi madre, que en paz descanse, también los aborrecía. Los metía en casa de tapadillo, me los metía debajo de la chaqueta. Tuve verdaderos problemas con esto, porque lo mío con los discos se volvió algo obsesivo.

Para complacer un poco a mis padres me puse a estudiar la carrera de  Agrónomo. En el bachillerato no me habían ido mal las cosas, pero en la carrera lo pasé fatal. Había asignaturas que no estaban mal, como Química, en la que sacaba buenas notas. Pero Física y Matemáticas eran una cosa superior a mí. Aquello fue un poco masoquista, lo reconozco, porque sabía que no las iba a aprobar nunca. Además pasé de estar en un colegio de curas, con los jesuitas, donde de alguna manera me protegían y me llevaban como en volandas, a entrar en la universidad, donde no tenía esa protección, donde veía que en cualquier momento me iba caer en el vacío, y así sucedió. Allí no conocía a nadie, estaba como perdido. Hice un curso horrible en Zaragoza. En Matemáticas estudiábamos cálculo infinitesimal y la teoría de los conjuntos, y yo me iba desinflando poco a poco. Cuando llegué a Madrid, elegí la especialidad en la que menos matemáticas había. Deseché Topografía, porque la Geometría no era lo mío, y elegí Industrias Agrícolas, porque tenía mucha Bioquímica y no había tanta Física y Cultivos, pero luego, la verdad, es que nunca aprendí a distinguir los árboles ni nada. No había nacido yo para eso.

Cáceres, Pamplona, Zaragoza, Madrid. Todos estos cambios de domicilio en tan poco tiempo se debían al hecho de que tu padre era militar y lo cambiaban constantemente de destino.

Sí, y eso también me influyó mucho, claro. Hasta que no llegué a Madrid no pude nunca echar raíces, así que la radio ha sido para mí tanto una válvula de escape como un refugio. Yo era muy seguidor de El Gran Musical. Era un programa muy interesante porque ponían todas las listas de éxitos: la americana, la inglesa, la francesa, la italiana incluso. Luego, en el diario Pueblo publicaban las listas semanales, con los diez primeros títulos, y tú estabas ahí pendiente, porque si un disco entraba en esa lista lo publicaban luego en España. Yo veía que ahí estaban los Byrds, The Mamas & The Papas con «Monday, Monday», y yo, ahí, expectante: «¡A ver si lo editan!».

Una vez escribí al programa contestando a un concurso que habían organizado, en el que querían saber un poco de las vidas de sus oyentes, de nuestros gustos y tal. Me acuerdo que fue en un verano en el que me habían quedado muchas asignaturas. Me iba a tirar todo el mes de julio en Madrid, prácticamente hasta septiembre, así que para desahogarme escribí la carta aquella, pero luego me olvidé. Después de los exámenes de septiembre estuve en la playa, y mi padre, un día que volvió para buscarnos y regresar a Madrid, me dijo que me habían estado llamando mucho de Radio Madrid. Por lo visto me habían convocado a una reunión importantísima para el primer sábado de octubre, y allí que fui yo al edificio de Gran Vía 32, a la segunda planta, y quedé deslumbrado. Me topé con Tomás Martín Blanco, Rafael Revert, José María Íñigo (que era entonces corresponsal en Londres), Miguel de los Santos, Mariano de La Banda

Ese verano comenzaron a emitir, en pruebas, Los 40 Principales, y yo entré como de asesor, o algo así, para ayudar a seleccionar aquellas canciones que podían convertirse en un éxito. Rafael Revert conducía el programa, que en el fondo estaba muy influido por Caravana, de Ángel Álvarez. Sabían que aquel programa iba a ser importante, porque los discos que pinchaban estaban en las tiendas y se podían comprar. Me acuerdo que empezaron poniendo canciones de los Four Seasons, «The Sun Ain’t Gonna Shine Anymore», de los Walker Brothers, el «Bus Stop» de los Hollies… Allí escuché por primera vez a los Yardbirds. Había una especie de kiosco allí mismo donde podías comprar los discos. Cada semana, Rafa Revert presentaba una lista nueva, y yo iba al kiosco aquel corriendo como un loco. Aquello me influyó de forma muy clara. Yo pensé que había entrado en La Meca. El propio Revert me lo decía de vez en cuando: «Has empezado a trabajar en el Real Madrid, pero en realidad tendrías que haberte fogueado antes en otras divisiones» [risas].

Por lo visto los discos que tú escogías no los seleccionaban nunca.  

Sí, es verdad. Todo lo que yo seleccionaba para el programa lo descartaban directamente [risas]. Mi intervención era como una reducción al absurdo, pero con eso se aclaraban. Me acuerdo de que en aquellas semanas, entre los primeros discos, seleccioné uno de los Herd, «From the Underworld», que estaba en el Top 10 y que a mí me conmovía. Me gustaban mucho los Walker Brothers, con esa solemnidad y esas orquestaciones majestuosas que tenían. Me acuerdo de que me pareció también un cambio cualitativo el primer disco de Status Quo: «Pictures of Matchstick Man». Pero nada, ese tipo de discos estaban fuera de lugar.

El primer disco que seleccioné a mi llegada a Radio Madrid fue «The Days of Pearly Spencer», de David McWilliams, un pedazo de canción con muchísima clase, que pasó totalmente desapercibida. Fui a la primera reunión de objetivos y dije que ese single había que apoyarlo a muerte, como se había hecho antes con algunos lanzamientos de los Bravos o de los Canarios, incluso de los Equals, que habían publicado sus canciones en unas ediciones especiales que sacaba El Gran Musical a cinco duros, pero nada. Fue como predicar en el desierto. Lo único que me dejaban hacer de verdad era escribir reseñas de discos en el periódico que tenían, donde se publicaba la lista de los cuarenta principales. Allí reseñé, por ejemplo, el Voilà de Françoise Hardy.

En la radio tenías también una especie de miniespacio, ¿no?

Sí, es verdad: «Los cinco minutos Schweppes». Aquello me subió a las alturas, porque coincidí allí con Carmina Pérez de Lama y Mariano Albert. Eso fue en el verano de 1968. Al final, me dijeron que no daba la talla como profesional, que lo mío era como un híbrido entre diletante y quinceañero, y que así no iba a ninguna parte [risas].

Al final me echaron de Radio Madrid, pero tuve una especie de prolongación del trabajo en la revista de El Gran Musical, que llegó a ser semanal. Allí formé equipo con Aurelio González. Tuvimos una buena temporada, desde la primavera de 1969 hasta la de 1970. A la vuelta del veraneo con la familia —yo me pegaba un mes, dos meses, en la playa—, me encontré con que habían cambiado al equipo del programa. Fue el propio Rafael Revert quien habló conmigo. Me dijo: «Ya sabemos tus gustos y tal, así que cuando salga algo de los Byrds te llamaremos». Aquello ya lo llevaba Nacho Artime, que era muy buena persona, muy comprensivo, y Benito Rodado, que hacía muy buenos programas, yo lo admiraba mucho. Pero yo ya no contaba con su confianza, así que tuve que centrarme en la carrera.

En cualquier caso, aterrizar en Madrid te cambió la vida.

Sin duda. Ahora en julio hará cincuenta años que llegué. Recuerdo que en el otoño de 1967, por casualidad, me invitaron, en calidad de jurado de El Gran Musical, a ver a los Brincos en Picadilly. Su «Lola» había sido la canción del verano, así que hicieron allí una entrega solemne del premio. Picadilly, como sabéis, fue luego la sala Rock-Ola. A mí el «Lola» de los Brincos nunca me ha gustado mucho, pero en aquel concierto estrenaron «Nadie te quiere ya», y eso me marcó para los restos. La tocaron en directo, sin trampa ni cartón.

En Madrid empecé también a comprar discos de forma desaforada. Iba mucho a las tiendas que dependían de Radio Madrid, que también tenían un servicio de electrodomésticos. Había una en la sede, como os he contado antes, y tenían también una sucursal en la calle Raimundo Fernández Villaverde, cerca de Cuatro Caminos. Me compré un tocata ahí, porque el mío lo fundí nada más llegar a Madrid. La luz que teníamos en Zaragoza era a 125 y aquí en Madrid era a 220, así que fue poner «Like A Rolling Stone», que fue el primer disco que puse nada más llegar, y el tocadiscos se me quemó [risas].

Claro, ¡era una canción incendiaria!

[Risas] El nuevo tocadiscos lo compré a plazos. Era de estos que llevaban el altavoz en la tapa, y que se podían cerrar. No era estéreo porque yo lo quería como los discos que compraba: monoaurales. Elepés compraba muy pocos. Compraba muchos singles pero sobre todo extended plays, porque al cambio salían más baratos.

¿Y en la radio qué programas escuchabas entonces?

En esa época recuerdo que me agarraba mucho al Vuelo 605 de Ángel Álvarez, que era a la hora de comer. Para mí era como una liberación. Me quedaba enfrascado ahí, escuchándolo…

Luego, en 1971, empezó a emitir Popular FM y muchos de los que yo había conocido durante mi breve paso por la radio comenzaron a trabajar allí, como Julio Ruiz, por ejemplo. Vicente Cagiao, a quien conocía de las tiendas de discos de Radio Madrid, también consiguió tener su programa, Ciclos, con Antonio Valdivia. Yo, lo reconozco, me moría de envidia, estaba deseando que alguien de allí me llamara. En esa época, no obstante, gracias a la intervención de un amigo, José Manuel Cuevas, un chico muy dinámico y avanzado que siempre sabía dónde estaba la acción (él fue, por ejemplo, quien me introdujo en la música soul), conseguí entrevistarme con Alfonso Eduardo, que era entonces el director de programas de Radio Juventud, pero no hubo suerte. Así que un día, harto, me planté en la calle Juan Bravo 49, sede de Radio Popular, y me cogieron. Y ahí fue donde empezó mi carrera de verdad como locutor.

Entraste sustituyendo a Moncho Alpuente.

Cierto. Empecé colaborando en el programa que Moncho Alpuente hacía junto a Julio Palacios, Autorretratos. Lo tuve que sustituir una temporada, porque él estaba haciendo la mili. En esa época yo estudiaba con Manuel Domínguez en la Escuela Central de Idiomas. Él era vecino mío, estudiaba Arquitectura, y era muy aficionado a la música, sobre todo a la música francesa. Hablábamos mucho de Brassens, y coincidió en la mili con Moncho Alpuente. Ese fue nuestro contacto. Y a través de él conseguimos hablar con Gonzalo García-Pelayo, que era entonces el jefe de programas de Radio Popular FM, y le planteamos hacer un programa propio. El título del programa le encantó: Ozono. Y nos dijo: «No sé lo que vais a poner, pero es que me gusta tanto el título, que adelante». El nombre al programa se lo pusimos por una canción que nos gustaba mucho de Commander Cody: «Lost In The Ozone».

¿Qué tipo de programa era Ozono? ¿Qué clase de música ponías?

Era un programa centrado en el country-folk. Al principio era semanal y nos solíamos centrar en una figura concreta. Recuerdo que el primero especial se lo dedicamos a James Taylor. Luego hicimos otro a Ian Matthews. El programa lo hacíamos Manuel Domínguez y yo, pero a menudo solía venir Juan Romero, otro vecino nuestro que tenía muchos discos. Más tarde se fue a vivir a Ecuador de agregado de la embajada, porque era diplomático.

Luego, Manuel y yo hacíamos una cosa en otro programa que había a mediodía llamado Contrapunto, en el que la primera parte, una media hora o así, era nuestra, y la otra de Adrián Vogel. Para entonces Manuel ya estaba muy ocupado con la carrera y empezó a dejarlo poco a poco, así que tuve que rescatar a mi amigo Aurelio González, de los tiempos de Radio Madrid, porque yo en esa época siempre necesitaba un interlocutor para hacer los programas. Era muy cortado. Ahí fue cuando nos abrimos a la música yeyé de los años sesenta, a los conjuntos españoles, a la música italiana…

Radio Popular fue una emisora imprescindible en esos años dorados, algo así como una universidad musical. ¿Cuál es tu mejor recuerdo?

Estar cerca de gente tan brillante como Gonzalo García-Pelayo, Moncho Alpuente, Luis Mario Quintana, Adrián Vogel… A través de ellos conocí a Carlos Tena, también a Ramón Trecet. A Joaquín Luqui ya lo conocía de Radio Madrid, pero también estaba por allí, al igual que a José María Goñi, que era su control. Ambos venían de Radio Pamplona, que se llegó a llamar Radio Requeté [risas]. Yo la oía, en tiempos. Era la emisora más importante de Pamplona en los cincuenta y sesenta.

Recuerdo que en esa época, en verano, había que hacer muchas sustituciones, porque coincidía que la mayoría estaba haciendo la mili. Así que me llamaba Moncho Alpuente, por ejemplo, y me decía: «Oye, Juan, que mañana tengo imaginaria, no puedo hacer el programa». Y yo, en un cuarto de hora, porque vivía al lado de la emisora, salía pitando, cogía los primeros que veía, y llegaba allí con mucha excitación. En una ocasión que le sustituí, a la media hora de programa o así, apareció el propio Moncho, porque había logrado escaparse. Así que hicimos el programa mano a mano, los dos. Fue graciosísimo. Yo llevaba preparado un repertorio muy afrancesado. Cosas de Michel Polnareff, Sylvie Vartan, Françoise Hardy. A Moncho le gustaban mucho los cantautores: Brassens, Brel, Serrat. Él me descubrió a Fabrizio de André, que hacía unas adaptaciones maravillosas de Brassens. Recuerdo aquel disco que se llamaba: «No al dinero, no al amor, ni al cielo». Los dos juntos éramos una especie de antinomia. En lo único en lo que coincidimos aquel día fue en Mina. «¡La grande de verdad! ¡Por fin nos hemos puesto de acuerdo!», decía. Yo había llevado «El cielo en casa», y lo pusimos. Fue todo muy improvisado.

En aquella época, la música y la política iban muy unidas. ¿Te definiste en algún momento como contestatario?

No. Yo nunca fui muy contestatario, pero Manuel sí, él estaba muy implicado. Solía acudir a recitales de cantautores con gente como Antonio Gómez o Álvaro Feíto, que era muy cercano a Elisa Serna e Hilario Camacho. Pero yo era más bien un espectador de aquella escena. A Manuel, de hecho, lo llegaron a detener por ser delegado de curso. Dieron un soplo por algo que no llegó a ser ni un amago y saliendo del metro, cerca de la Cibeles, le echaron mano y estuvo una temporada preso.

Recuerdo que en 1974 nos llamó uno a la radio, porque entonces permitíamos llamadas de los oyentes, y nos retó a poner «El rey de los estúpidos», de Brassens. Aurelio dijo que sí, que claro que se atrevía, y la puso. En esa canción se hace referencia al «viejo Franco». Ese disco no se publicó aquí, pero nosotros la teníamos en la emisora. Curiosamente, «La súplica para ser enterrado en la playa de Sète» sí que se había editado en España. Fue de hecho uno de los primeros discos que se editaron aquí de Brassens. A Brassens siempre lo he estimado mucho, es una gran referencia. Lo descubrí por un amigo de mi hermano pequeño, que, por cierto, estuvo en Radio Madrid. Paco Ibáñez había adaptado muchas canciones suyas. La canción que más me gusta de Brassens es «No existe el amor feliz», adaptación de un poema de Louis Aragon. Es que una cosa te lleva a la otra, un descubrimiento a otro. Luego compré más discos suyos en rastros.

¿Recuerdas si la policía llegó a entrar alguna vez en la radio?

No, pero los grises estaban siempre en la puerta. Tenían de hecho allí su garito, dentro de la emisora, por si alguien ponía alguna cosa poder cortar rápido la emisión. Tenían sus turnos y tal. En Prado del Rey estuvieron mucho tiempo, hasta que llegaron los de la seguridad privada.

Ozono comenzó siendo un programa de radio pero derivó en revista. ¿Cómo surgió aquel proyecto?

Los que trabajábamos en Radio Popular llevábamos un tiempo tratando de hacer algo juntos. Teníamos unos amigos en el Colegio Mayor Chaminade, seguidores acérrimos de la emisora, que estaban haciendo una revista llamada Apuntes Universitarios, conocida también como AU. Tenían una buena subvención, y su publicación tomó mucha entidad. Nosotros colaborábamos bastante con ellos. Recuerdo que hicimos un monográfico sobre Bob Dylan, otro sobre el gay rock, que es como se llamaba entonces a la música glam. El de Bob Dylan llegó incluso a aparecer publicado como libro de bolsillo por la editorial Fundamentos. Fue un libro muy pequeñito. Creo que salió en el año 70. Cuando en el Chaminade les restringieron todo, les quitaron incluso la cabecera, se quedaron con la idea de hacer una revista nueva. Entonces, Gonzalo García-Pelayo, que era el jefe, una lumbrera, de esos hombres con carisma, se erigió como líder de la nueva aventura y decidió ponerle a la revista Ozono. Y nada. Ni Manuel Domínguez ni yo opusimos ninguna resistencia.

El problema fue que tuvimos que esperar mucho tiempo a que nos dieran la cabecera. Estuvimos un año en barbecho, y para cuando nos dieron por fin el plácet, y ya podíamos sacar el primer número, nos habíamos desangrado por el camino. En ese tiempo organizamos muchas cosas, hicimos mucho gasto. Establecimos nuestra sede en la calle Goya, en la esquina con Doctor Esquerdo, nada menos. Allí teníamos las oficinas, con un alquiler altísimo. Así que llegamos muy mermados al primer número. Luego sacamos otros dos, y ya no nos quedó más remedio que buscar un socio capitalista y mayoritario, que fue Alberto Corazón. Tuvimos una votación, las cifras cantaban. En fin, que todo aquel dinero que pusimos voló. Yo había puesto veinte mil pelas de la época, que perdí.

Al principio, Ozono iba a ser una revista de música, pero al final se convirtió en una revista de cultura, donde la música tenía un porcentaje muy pequeño.

¿Por qué dejaste Radio Popular?

En 1973, el día de mi cumple, el 19 de febrero, ocurrió una cosa muy extraña en la radio. Era un domingo por la tarde y estaban emitiendo uno de esos programas de fin de semana en los que hablan de todos los temas en plan tertulia. Estaban hablando de fútbol y de repente cortaron la emisión. Hubo entonces un replanteamiento importante dentro de la FM, que de hecho estuvo suspendida un tiempo. Por lo visto la dirección lo hizo así porque decía que el Ministerio de Información y Turismo tenía pinchada siempre Popular FM, así que para evitar cualquier posible intervención se cortó la emisión de golpe y porrazo.

Cuando volvieron las emisiones, fueron recuperando, poco a poco, a aquellos trabajadores que la dirección pensaba que eran de confianza. Y ahí yo me quedé fuera. También Jorge Muñoz, que hacía el programa de blues. Pensé entonces que se había acabado el asunto, pero me volvieron a llamar en abril de 1974, y regresé con Ozono. Me pusieron el programa a las ocho de la tarde, que era un horario muy bueno. Así estuve hasta 1976. Por aquel entonces ya había conocido a Rafa Abitbol. Juntos viajábamos a Londres para comprar discos. Empezaban el punk y la new wave. Era un momento muy interesante, pero económicamente nos daban lo comido por lo servido. Solo había un control de continuidad, y queríamos más. Mejor sueldo, sobre todo. Hubo unas cuantas reuniones para eso, con propuestas en firme incluso, pero el director de la emisora, que tenía bastantes problemas familiares, cortó un día por lo sano y nos echó a todos. Se quedó prácticamente solo, con el control de continuidad, que era entonces Vicente Cagiao. Y ya sí que me quedé completamente fuera. Fue una época muy mala, porque seguía bloqueado con la carrera, no sacaba ninguna asignatura…

¿Todavía seguías estudiando?

Sí, yo perseveraba. Ya en 1978 la carrera acabó conmigo. Tuve buenos momentos, y llegué a tener buenos profesores en las asignaturas de cuarto y quinto curso, como Bioquímica y Bromatología, que trataba sobre la alimentación. Ahí saqué una nota buenísima. Me hice muy amigo del entonces encargado de la cátedra, don Cipriano Aragoncillo. Ha sido el mejor profesor que he tenido. Íbamos juntos a ver películas, de las que recomendaban en la revista Triunfo. Era una lumbrera. Consiguió que su departamento se convirtiera en tierra de promisión para mí. Luego en la carrera había otras cosas, como la Estadística o los Cultivos de la Fitotecnia, que se me atragantaron completamente. De cara a las Navidades de 1978, cuando peor estaba con la carrera, me llamó Jorge de Antón de Onda Dos. Él me conocía ya porque también había estado en el consejo de redacción de Ozono. Me llamó y me dijo que en Onda Dos había quedado libre el espacio de las seis de la tarde y que había pensado en mí para cubrirlo. Yo le respondí enseguida que sí, y el 22 de enero de 1979 cambió completamente mi vida.

Ese día comenzó Flor de Pasión. ¿Por qué lo llamaste así?

Porque el nombre de Ozono me lo habían quitado, por así decirlo. Así que sobre la marcha empecé a pensar en otros nombres, cosas muy estúpidas como por ejemplo Emociones Baratas, es decir, Cheap Thrills [risas]. Ese iba a ser en principio el nombre del programa, pero el día que empecé fui antes a la radio a ver a mi amiga Cucha Salazar, que en paz descanse, que fue quien consiguió que Jorge de Antón se acordara de mí. Ella llevaba la promoción de Ariola. Era una mujer con muchísimo estilo y clase, era arrolladora. Fui para hacerle un buen regalo por el favor que me había hecho. Entonces, al llegar a la emisora, veo que en el programa de la mañana tenían como objetivo el disco Emociones de Julio Iglesias. Y en ese momento me dije: «¿Emoción? Bueno, este nombre lo voy a descartar» [risas].

Decidí entonces ponerle Flor de Pasión, que era el título de una canción de Stoneground, «Passion Flower», un grupo de San Francisco formado por los músicos que habían participado en el musical Hair, y que siguieron tocando juntos con Sal Valentino, el guitarrista de los Beau Brummels. No tuvieron mucha suerte, pero en su época hicieron muchas actuaciones. Aparecen, por ejemplo, en Los últimos días del Fillmore. De «Passion Flower» tienen una versión en estudio, pero a mí la que me gustaba era una en directo que salía en un elepé doble. Esa versión la había utilizado muchas veces para cerrar Ozono, así que me servía bien para enlazar las dos etapas.

En ese primer Flor de Pasión, ¿ya utilizabas la sintonía de Paul Mauriat?

Sí, sí. La había oído en los sesenta, fugazmente, en un programa de televisión, cuyo nombre ahora no recuerdo. Tenía mucho gancho. Luego la recuperé gracias a unas chicas que eran como un club de fans mío. Dos hacían Biología y la otra Medicina. Estudiaban todas juntas. Yo las llamaba «Las Tres Gracias», y a veces venían a verme al estudio de Juan Bravo, cuando estaba en Popular FM. Un día me trajeron unos discos que habían encontrado en casa de la tía de una de ellas, y el primer disco que me pusieron fue el «Attends ou va-t’en», el tema que Gainsbourg le hizo a France Gall, en la versión de Paul Mauriat. Recuerdo que también me pusieron otro de Claude François, «Igual que si tú volvieras», y cosas de Aznavour, aquella de «Ayer cuando era joven», tan melodramática, que es para echarse a llorar constantemente [risas]. Aquello me marcó bastante, sobre todo la versión de Mauriat, que me retrotraía a los tiempos de la televisión de la segunda mitad de los sesenta. Así que pensé que podría ser la sintonía ideal.

Da sin duda un toque muy especial al programa. En cuanto la oyes, sabes que va a empezar algo distinto, te pones como con otra actitud.

Sí, es que la canción ya te lo dice: «Espera o vete». Con esto pretendo enganchar al oyente, y mientras dura la sintonía yo reflexiono y me concentro para dar forma a las sensaciones. La escucho además con cierto apremio, porque es una música que me llama, que me dice que tengo que espabilar, que el programa empieza. Es muy de bulevar. Piensas en París y en tardes lluviosas. Es una presentación muy poética. Lo cierto es que es como un semiplagio de una que cantaba Neil Sedaka: «One Way Ticket», la vuelta de «Oh, Carol».

Tras la sintonía, la primera canción que pones en Flor de Pasión es «Enter Maurice», de la Steve Miller Band. ¿Por qué esa canción?

Fue un homenaje a Alberto Azqueta, que había muerto unos meses antes en un accidente. Es una canción que yo descubrí gracias a él. Yo escuchaba mucho su programa. Él estuvo en los primeros tiempos de Radio España FM. Coincidió que tenía esa canción a mano y me pareció un compendio de cosas muy agradables. Era de paso un homenaje al doo-wop, porque la canción va sobre Maurice Williams. Es como un talismán.

Este primer Flor de Pasión duró tan solo cuatro años, porque te llegó una oferta que no pudiste rechazar.

Así es. Me hicieron una oferta de Radio El País. Me llamó José Manuel Costa y me dijo: «Pide lo que quieras». Fue un salto importante para mí, lo cogí con muchas ganas. Incluso antes de que se emitiera oficialmente, en el principio del verano del 83, ya estaba yo por allí. Fue muy intenso. El horario era por la noche, a las doce y media, después de las noticias, que las hacía Juan Ramón Lucas. Algunas veces se pasaba un poco. Pero yo cerraba siempre la emisora, claro. Terminaba a las dos. Fue tremendo, fantasmagórico.

Pero esa etapa no la recuerdas con mucho cariño, ¿verdad?

Es que fue una etapa muy rara. Estaba muy aislado por culpa de ese horario. Además la emisora se encontraba en Miguel Yuste. Yo tenía carné de conducir desde hacía mucho, pero tuve que ponerme al día dando clases. Hacía el viaje todos los días en el coche de mi padre, que en paz descanse, pero como soy un pésimo conductor aprendí a hacer todos los movimientos como si fuera un autómata, porque he tenido unos percances horribles. Temo no ya por mi integridad física sino por la de los demás. Soy un peligro público. Desde entonces no he vuelto a coger el coche.

En esa época, además, he de confesarlo, puse mucho a los Hombres G. Me habían mandado los dos primeros singles y los machaqué. Un poco al estilo de Gonzalo Garrido, que cuando se encariñaba con una canción la machaba. La verdad es que les hice muy buena promoción. Pensé que eran como la continuación de los Nikis, que me gustaban muchísimo. Los había visto cantidad de veces y eran mis preferidos, y entonces vi a los Hombres G como unos discípulos aventajados. Pertenecían también al sello Lollipop, y hasta llegué a pensar que lo mismo también eran de Algete [risas]. Luego los vi tocar en Rock-Ola algunas veces, pero la verdad es que no… Pero en el 83 fueron los reyes.

Estando en Radio El País, te llaman para la televisión.

Sí. Me llamó Carlos Tena, que siempre me ha querido mucho, y ya había tratado de meterme como colaborador en el programa Caja de ritmos, precisamente presentando a los Nikis. Luego hizo otro programa, Pop qué, que era un concurso en el que quería que yo hiciera como una especie de Don Cicuta, papel que luego hizo su primo, José María TassoTachuela. De ese programa se hizo un piloto conmigo, pero no salió. El caso es que cuando ya estaba fraguándose el A uan ba buluba balam bambú, Carlos Tena me llamó y aquello me pareció como un programa a medida. Fue trepidante.

Se te veía muy suelto, con una gran vena cómica. Con lo tímido que pareces en antena, ¿cómo te atreviste a participar en ese programa?

Porque había que hacerlo todo. En principio entré como asesor. Estaban también conmigo Patricia Godes y José Miguel Nieto. Pero Carlos Tena nos dijo un día que todos teníamos que hacer de todo. Así que hubo que tirarse a la piscina, y, lo confieso, yo mismo me sorprendía [risas]. Entonces fumaba muchísimo, aprovechaba todas las pausas para fumar en el plató. Tanto es así que tuve un día una subida de tensión y casi me quedo pajarito. Ya me había dado una parecida en un viaje a Italia, que casi no lo cuento. Cuando me tomaron la tensión, me dijeron: «Pero usted, con estos parámetros, ¿cómo está vivo?» Se quedaron… [risas]. Mi médico de cabecera quería quedarse con mi cuerpo para estudiarlo, porque decía que lo mío era un caso único [risas]. ¡Cada vez que me daba una subida de esas me saltaban los plomos! Como mi tocadiscos aquel, era la misma sensación [risas]. Me cortocircuitaba a lo bestia. Tuve que cambiar todo los hábitos, porque me asustaron de verdad: «Tiene usted días de vida», me dijeron. Así que me fue muy fácil dejar de fumar, claro. A pesar de todos estos contratiempos, continué en el programa, y cada vez con más gusto.

¿Cuál es el momento más loco que recuerdas del programa?

Haciendo de Diablo Cojuelo me pusieron una malla de un tamaño muy pequeño. Tenía que estar ahí embutido como si fuera una morcilla. Menos mal que no tenía diálogo ni nada. Era como jugar sin balón. Tenía que estar gesticulando así como un loco [pone cara de loco]… con una cola. Me salió muy bien, porque en verdad estaba ahí pasándolas canutas, muy apretado, con unos dolores horribles, y ese estado de crispación le vino muy bien a la escena [risas].

Hice también una vez de faquir, para un vídeo llamado «Me llaman Ali baba». Yo era como un intruso en el edén, y había una chica allí guapísima, que era de figuración, y yo tenía que estar a su lado mirándola como un sátiro, con un pedazo de turbante, un taparrabos… Tenía una pinta infame. Luego ese vídeo lo utilizaron para la promoción del programa, porque salía yo en una alfombra mágica, que salía volando con aquellos trucos cutres de la tele, con esas transparencias…

Ese atrevimiento como actor que mostraste en A uan ba buluba balam bambú lo explotaste luego en el cine, participando en algunas películas muy importantes.

El cine para mí es algo también sublime. Cuando me pongo en casa a ver películas que me gustan me pongo a llorar como una magdalena. ¡No te digo ya en pantalla grande! [risas]. Sobre todo, siento una admiración enorme por el cine español de los cincuenta y primeros sesenta, por esos actores de reparto tan grandes que hemos tenido, como Antonio Riquelme, Pepe Isbert, Manolo Morán, Gracita Morales, Lali Soldevilla, Manuel Alexandre… Ahí hay actores que es que me pueden. Ese cine costumbrista me ha marcado mucho. Berlanga sobre todo, las primeras de Marco Ferreri. Entonces, cuando Fernando Trueba me llamó para hacer de cura en El año de las luces, me acuerdo que me dijo que, haciendo el guion con Rafael Azcona, los dos habían pensado en mí para el papel. Yo decía: «Pero ¿cómo se van a acordar estos dos de mí?». Así que tuve que hacer de cura.

Confesaste a Manuel Alexandre.

¡Fíjate qué momento! Trabajar con Manuel Alexandre, con Sazatornil… Hice además el viaje con él. Primero a Vigo, luego al norte de Portugal, a una zona muy deprimida, en la serranía, que no tenía ni luz eléctrica ni nada. Era como España en los años cuarenta. Allí podías comer por dos escudos, el equivalente a dos pesetas.

Aquellos actores imponían mucho, pero ese papel creo que es mi capo lavoro. Estaba muy impresionado por todo, y la verdad es que me costó mucho trabajo, pero se quedaron todos muy satisfechos. Incluso la caída esa que me pegaba yo en el confesionario cuando Jorge Sanz me contaba sus pecados salió muy bien. Era muy de cómic [risas]. ¡Sapristi! Menos mal que no hubo que hacer muchas tomas, porque cada vez que me caía me daba unas costaladas… Estaba sometido a muchísima presión. Pero así salen las cosas. Es milagroso.

Y sí, yo creo que fue gracias al influjo de la televisión que me llamaron de muchos sitios. Tuve suerte. Llegué a tener rodajes solapados. Recuerdo que una mañana tuve que rodar una escena para Bajarse al moro, de Fernando Colomo, y por la tarde tenía otra para un capítulo que hice para la serie La mujer de tu vida, de Martínez Lázaro, con Victoria Abril. Por la tarde tenía que ir a un chalet que no sé ni por dónde caía, más lejos de Somosaguas, y por la mañana tenía que estar en Lavapiés, para rodar una secuencia en exteriores, que además era muy importante para la película. Por allí estaba Aitana Sánchez Gijón, que era su primer papel así protagonista, fue una revelación, y luego yo salía con Luis Perezagua, que intervino en algunos rodajes de A uan ba buluba balam bambú, haciendo los dos de ejecutivos. Tenía entonces que suceder todo en una toma, sin contratiempos. Me acuerdo de que le conté a Fernando Colomo que yo tenía luego otro rodaje, y que estaba muy nervioso, porque me tenían que recoger a las dos en Moncloa, y él me dijo: «No me digas más. Te va a dar tiempo de volver a casa, ducharte, comer, y llegar a las dos al otro sitio como un señor». Y, efectivamente, así fue [risas]. Fue providencial.

Lo del cine es que es un disparate. Me llamó también Berlanga para Moros y cristianos. Salgo en dos planos-secuencias de estos que son tremendos, que no puedes meter la pata, que tienes que hacerlo todo seguido porque no hay posibilidad de insertos, y… ¡buf!… El segundo de ellos fue horrible, la pifié muchas veces. Tuvimos que hacer cincuenta tomas, no sé. Luego no pude doblarla, porque no soy un buen doblador. Esa película la hizo Berlanga doblada, todavía trabajaba así. Por eso algunos ni me reconocen, porque voy con otra voz. Me dobló Julio Carabias, que tiene voz de pito. Fue un desastre, pero, bueno. Ahí quedó: estuve en una peli de Berlanga [risas].

Has estado en una película de Berlanga pero también has hecho de jurado en Operación Triunfo. ¿Cómo acabaste allí?

Porque soy muy blandito [risas]. A Mina la volví loca, la exasperaba [risas]. Fui un poco por obligación, porque me llamó Beatriz Pecker, la directora de entonces, y me dijo que al programa ya habían ido Jesús Ordovás y Julio Ruiz, dándome a entender que todos los que estábamos en Radio 3 teníamos que pasar por allí, tarde o temprano. Era una época de mucha decadencia en el concurso, y yo no calibré aquello, qué le vamos a hacer. Fui muy a regañadientes. El problema, además, es que yo no veía el programa, así que no preparé nada. Luego, eso de tener que ensañarse con los pobres aspirantes, de tenerlos ahí un poco de punching ball, no iba conmigo. Pero, bueno, había que hacerlo y lo hice. Me comporté como me sentía en aquel momento. No me preparé nada, y no me volvieron a llamar. Mejor para mí, claro, porque aquello fue abrasivo.

¿Cuándo te repescan en Radio 3 para Flor de Pasión?

Nosotros ya sabíamos que los días de A uan ba buluba balam bambú estaban contados. Yo solía comer entonces en Prado del Rey, y allí coincidía mucho con Fernando Argenta, que me conocía de los tiempos en que estaba en Radio España FM Onda 2. Era un seguidor mío, hablábamos de todo. Me pasó en su día discos de Micky y los Tonys. Siempre me saludaba muy efusivo, y en una de estas, en el mes de noviembre, cuando ya se sabía que lo de la televisión no iba a continuar, Fernando me contó que lo habían nombrado director de Radio 3, y me dijo que quería que Flor de Pasión estuviera en su emisora. Y yo encantado, claro. De mil amores. Entonces me puse en una especie de cuarentena, porque entre contrato y contrato en el ente tenía que pasar un tiempo. Así que tuve que esperar hasta abril de 1987, que fue cuando  empecé a trabajar en Radio 3, hasta ahora.

El programa reaparece en un momento de pos-Movida, en el que comercialmente la música española está muy fuerte. ¿Quién escuchaba tu programa entonces?

En esa época tenía muchos seguidores rockers, por el doo-wop sobre todo. Ellos se quedaban en cosas más elementales, tipo Elvis, o el Blue Velvet de Bobby Vinton, que me la pedían mucho, porque estaba la película entonces. También estaba la película sobre Jerry Lee Lewis y La Bamba, sobre Ritchie Valens. Loquillo era muy respetado entonces. También los Rebeldes, con Carlos Segarra. Pero todo esto derivaba del doo-wop que yo ponía, hasta el punto de que en España empezaron a salir grupos de este estilo, como Del Prince, Sparkles, Velvet Candles, los ChaflansYo he ido a muchos conciertos de ellos.

Luego me involucré mucho con el pop español, con personajes como Charly Misterio o Fresones Rebeldes. Me gusta también mucho Colajet Set. Felipe «Fresón» es un tío que sabe rodearse de la gente apropiada, y para las canciones tienen un olfato buenísimo. Pedro Vigil también me parece un músico muy bueno, y me alegra que con Petit Pop haya encontrado un filón. Vigil también es un hombre que sabe rodearse de la gente adecuada. Esa promoción asturiana, de Gijón, a la que pertenece Mar Álvarez, que viene de los tiempos de Undershakers, me influyó mucho. Ella es fabulosa, me parece un encanto, y tiene una presencia en el escenario arrebatadora.

Luego, no sé, está toda esa gente de Castellón de la Plana, ya desde los tiempos de los Auténticos, que fueron un grupo incomprendido en su momento, con Miguel Ángel Villanueva al frente, que es un tío que sigue y sigue. Es tremendo. Luego la parte de Shock Treatment, Depressing Claim, ReactivosJosé, el cantante de Shock Treatment, ha hecho con Luis, de los Reactivos, un grupo buscando el sonido de los grupos de chicas de los años sesenta. Estoy deseando verlos en directo.

Flor de Pasión es también muy celebrado por esos especiales tan exhaustivos que hacías. Hiciste algunos sobre los Hollies, Richard Thompson, Lovin’ Spoonful, el Brill Building, el surf. El que hiciste sobre el rhythm and blues de Nueva Orleans fue una pasada. ¿Cómo levantabas todas esas historias?

Mi interés por la música de Nueva Orleans, por ejemplo, tiene mucho que ver con una película que me gustaba mucho: Mi querido detective. Salía Solomon Burke y todo. Había también un libro, I Hear You Knocking, llamado igual que el tema de Smiley Lewis, compuesto y producido por Dave Bartholomew, que me abrió muchas posibilidades. Por suerte, gracias a Ace y a EMI empezaron a salir muchas antologías sobre este tipo de música. De Fats Domino salió un cofre con muchos discos. Luego la EMI sacó una recopilación sobre el rhythm and blues de Nueva Orleans, con cuatro cedés completísimos y un libreto fenomenal. Charly también empezó a sacar recopilatorios con las producciones de Allen Toussaint, y se reeditaron sus discos de los años sesenta y setenta. Salieron cosas de Ernie K-Doe, de Benny Spellman, de Eddie Bo… Hubo una eclosión de reediciones que me vinieron de perlas. Todo coincidió. En aquel especial puse también a los primeros grupos vocales que hubo en Nueva Orleans, que fueron muy pocos. Puse muchos temas de los Spiders, cuyos discos eran muy difíciles de encontrar. La verdad es que me lo curré [risas]. Luego yo iba aprendiendo al mismo ritmo que iba preparando los programas, fui descubriendo muchas cosas sobre la marcha.

Y los programas normales, ¿cómo los preparas? ¿Tienes alguna rutina?

¡Uf! Los hago aprisa y corriendo [risas]. En verdad me dejo llevar por la inspiración del momento. Yo me sigo llevando los discos a la emisora. Me están diciendo todo el rato que por qué no me llevo un pen drive, pero me resisto. Voy siempre cargado. Tengo allí un par de armarios repletos, que son como mi reserva especial. Siempre puedo llegar allí e inspirarme rápidamente. Pero no tengo ningún guion ni nada. El problema es que cuando estás bien, se nota muchísimo. Te puedes hacer el programa en un minuto. Empiezas y ¡chas, chas, chas!… Pero como me pille el día malo, lo sufro mucho. Empiezo a poner pegas, me veo lastrado… A veces me siento como Curro Romero [risas], porque no sé cómo me va a salir la faena. Pero hay que meterse con todo.

Ningún locutor de radio se ha comprometido con la audiencia como tú lo has hecho.

Siempre me he sentido muy cortado en los exámenes orales. Suspendía muchos. Incluso el PREU fue un examen oral. Me acuerdo de que era de francés, lo llevaba muy trabajado, pero la lectura que hice fue horrorosa porque iba muy tocado. Siempre me ha afectado hablar en público. La gente siempre me ha impuesto mucho. Y gracias a la radio yo he ido rompiendo esa barrera. Al principio estaba todo el rato asustadísimo. Pensaba que no iba a poder ser capaz de dedicarme a esto. Así que vivo todo esto como un desafío: imagino al que me escucha como un examinador. Luego me siento muy afectado. Esa es otra cosa que tengo superar. Tengo ese atavismo ahí, que va como en carne viva… Entonces para mí el programa es como un combate, en el que tengo que fajarme a mí mismo. A veces me digo: «No voy a terminar, no voy a ser capaz». Y me desfondo. Es una tensión terrible.

En directo te has roto muchas veces. Como cuando tuviste aquel accidente de tren, en el que murió tu chica, y lo contaste en antena.

Es que no podía hacer otra cosa. No podía canalizar lo que me había pasado. En aquel accidente lo di todo por perdido. La sensación primera fue: «Estoy vivo», pero no podía ver con el ojo derecho, lo tenía ensangrentado. Salí por la ventana de emergencia. La suerte es que la gente acudió en mi auxilio muy rápidamente. Salté del tren despavorido, porque aquello estaba ardiendo. Y nada, me tumbaron en el suelo, en un prado. Recuerdo que hacía una mañana muy bonita de sol. Era un 5 de enero, sobre las diez y media. Y ahí tirado pensé: «Aquí ya me quedo. Acepto todo lo que venga. Después de esto, lo que sea». En el accidente me partí la columna, y eso me ha influido mucho, porque me he quedado mucho más envarado. Ya no tengo la prestancia de entonces. Y además ahora tengo unas caídas de lo más tontas. Hace menos de un mes me tuvieron que llevar a urgencias en ambulancia. ¡Me di una! Iba a coger el tren. Llevaba los discos encima, una maleta llena de vinilos, y subiendo unas escaleras, me caí para atrás. No me podía ni levantar. Me cogieron los de seguridad, llamaron a la ambulancia, y estuve horas pensando que me había roto la espalda, porque me di en el mismo sitio que entonces, en la zona lumbar. Me quedé paralizado, como una ballena, ahí varada. Menos mal que el celador del hospital era oyente mío. Me miraron a fondo, y me dieron el alta enseguida. Estas son las secuelas que me quedan de aquel accidente. Fue sin duda un antes y un después en mi vida. Fue un impacto tremendo. Además pensaban que me había roto el cráneo, porque tenía la cabeza ensangrentada… Fue espantoso, una masacre. Mejor no recordarlo más.

Cambiemos de tema entonces. ¿Cómo viviste el ERE de Radio 3?

Lo viví con extrañeza. Jesús Ordovás ya me había anunciado que le llegaba la jubilación, porque él era fijo de la casa. Pero luego me extrañó que se prejubilaran otros amigos, como Chema Rey, Jorge Muñoz o Juan Antonio Fernández, que en paz descanse, porque ellos eran bastante más jóvenes que yo. No sé, pensarían que era el momento oportuno, porque lo cierto es que conservaban prácticamente el sueldo. Me decían: «Sigue tú, que tienes afición» [risas]. Y era verdad, por eso he seguido. Es que no veo otra manera ya de vivir. Además, al tener el contrato este que tengo, que es un contrato por obra, porque yo no soy fijo, estoy siempre en ese fondo de inseguridad. Me lo van renovando de forma automática, eso es verdad, pero en Prado del Rey quedamos solo dos personas con un contrato así. Por otra parte, me dejan hacer, no me siento encorsetado. Tengo esa libertad, y eso es lo que me ha permitido seguir tantos años. Lo cierto es que cada programa es un milagro.

Con semejante devoción por la música, ¿no te dio nunca por hacerte músico o cantante?

En Zaragoza estuve en el coro de una iglesia, y reconozco que aquello para mí fue un momento sublime. Cantábamos cosas de Palestrina, de Tomás de Victoria, de Haendel… Era lo máximo, sin duda, casi más que el fútbol. Pero yo hubiera querido ser, sobre todo, compositor. A veces pensaba que tenía un tonillo de estos que podía resultar, que era como una mezcla de muchas cosas, pero luego, al encajar las letras quedaba todo tan ramplón y delator… Se notaba claramente que era un semiplagio de otra cosa [risas].

Pero cantar, para mí, es realizarse del todo. No sé si tendría yo resuello suficiente, pero para mí cantar es lo más cerca que se puede estar del cielo. Por eso a veces me encuentro tan deprimido, porque las canciones se apropian de uno. Te ponen en  trance. Para mí han sido verdaderos clavos ardiendo. Qué bien traído está el nombre de Discos Medicinales, la tienda y el sello discográfico que tiene Miguel Ángel Villanueva en Castellón, porque es verdad. Las canciones funcionan así. Cuando estás en lo más alto, todo ayuda. Vaya, te atreves con todo. Cuando estás deprimido, aunque te esfuerces muchísimo, a veces no encuentras las canciones adecuadas. Pero cuando estás entero, pruebas y pruebas, y al final sale, das seguro en la diana. La música, al final, es un poco baratija, es una cosa intrascendente, pero me influye mucho.

Lo decía Nik Cohn en su libro Awopbopaloobop Alopbamboom. Él ponía en claro lo que me pasa: las canciones tienen que llegar y ¡paf!, adueñarse de uno. Estás en un supermercado, tienen puesto el hilo musical, y cuando menos te lo esperas, ¡paf! Es un chispazo que aparentemente no tiene trascendencia, no es una cosa a la que le veas un gran fundamento. Es muy difícil teorizar sobre esto. Solo los grandes intelectuales son capaces. Serge Gainsbourg lo expresaba muy bien, porque él lo que quería en realidad era ser pintor, y para él lo de componer era un arte menor. Aun así consiguió hacer lo más grande, pero tuvo siempre ahí ese resquemor…

¿Cuál ha sido el concierto de tu vida?

Uy, he ido a tantísimos… Recuerdo mucho el de los Ramones con Nacha Pop. Fue en el mes de septiembre, y hacía un calor horrible. Sentía esa claustrofobia que tenía entonces, que no sé cómo pude entrar y salir. Me sentía aprisionado, pero estaba que no tocaba el suelo, levitaba.

Luego vi a Jethro Tull en el Palacio del Madrid, en 1972 o así. Yo estaba entonces muy influido por Thick as a Brick y Aqualung. Aquello sonó de miedo. Estaban en un momento dulce, fue un lujazo. Me invitó Juan Casado, que en paz descanse, que entonces trabajaba en Ariola, y tuvo ese detalle. Fue un momento cumbre.

Recuerdo también ver a los Kinks, pero ya un tanto mayores, en el Rockódromo. Sentí una claustrofobia como nunca, pero no tocaba suelo tampoco. Fue tremendo.

Ver por ejemplo a Status Quo, cuando vinieron al Monumental, en la primavera de 1975, me marcó. Tenía un dolor de muelas tremendo y se me pasó con el rasca-rasca ese… [risas]. Estábamos todos subidos sobre los asientos. Fue genial. En el Monumental también vi a Kevin Ayers. Fue mucha gente además.

A Kevin Coyne lo vi en una cosa que organizó Virgin y fue… ¡uf! Me acuerdo además del pundonor que tenía, porque el tío quería seguir tocando y le echaron el telón. Fue tremendo. ¡Me galvanizó!

Y ya más temprano, hace un año justo, ver aquí a Black Lips, me pareció portentoso. Eran muy jóvenes, pero les salía todo. Dominaban todos los palos. Yo quería huir de la transmisión de la final de la Champions [risas], así que me dije: «De perdidos al río. Veo un concierto. Paso de todo». Y estos de Black Lips me salvaron la vida. Sonaban divino. Entré tropezándome con las mesas, y me llegué a poner en primera línea. Estaba aquello petado. Me inspiró. Fue un antes y un después.

Luego, nunca vi a los Beatles, y tendría que haber disfrutado más la vez que fui a París a ver a Bob Dylan ex profeso. Pero estaba muy cerca Catherine Deneuve, vestida de rojo, y me pasé todo el concierto mirándola, no me podía concentrar… [risas].

Y tu artista favorito, ¿quién es?

Michel Polnareff es mi favorito. Por lo inesperado, siempre.

¿Qué disco te llevarías a una isla desierta?

¡Urgh! [pone cara de horror]. No sé. Highway 61 Revisited, por su trascendencia. Es el disco en el que Dylan se electrifica.

Y, para terminar, ¿cuál es la canción de tu vida?

Por influencia debería decir que la canción de mi vida es «Like A Rolling Stone», pero luego hay cosas sueltas que han ejercido una influencia en mí muy benéfica. Esa canción que se llama «La marcha nupcial», de George Brassens, por ejemplo, pero en la adaptación al italiano de Fabrizio de André, me parece conmovedora. Siempre la utilizaré. Y luego, en castellano, una que me trae grandes recuerdos, y eso que es de hace siete u ocho años, es «El hombre del tiempo», de Lois Casino. Esa canción me deja desarmado. Tiene un fondo como de melancolía, que es algo que me empapa siempre.

 


Alhambra Nievas: «Nadie va con el árbitro»

Alhambra Nievas para JD 0

Alhambra Nievas (Beas de Granada, 1983) nos recibe en la sala de trofeos de la Universidad de Málaga, donde jugó durante once años, lo que la catapultó a la selección nacional de rugby. En los últimos años esta ingeniera de telecomunicaciones se ha convertido en una de las mejores árbitros de rugby del planeta, lo que ha reconocido la World Rugby Union seleccionándola entre los tres mejores árbitros del pasado mundial de Inglaterra, junto con referentes del arbitraje del deporte oval como Jérôme Garcès o Nigel Owens. Alhambra destila pasión por el rugby y por sus valores, y reflexiona sobre el futuro de este deporte en nuestro país y sobre su inminente participación en los Juegos Olímpicos de Río de Janeiro, donde acompañará al Siete del León tanto masculino como femenino después de las históricas clasificaciones para las olimpiadas, y donde el rugby volverá a ser olímpico tras noventa y dos años de ausencia.

Has nacido en Granada, ¿no?

Soy granadina. Nací en Granada, toda mi familia es de Granada, pero el rugby lo descubrí en Málaga. Mi club es el Universidad de Málaga. En cuanto al rugby soy malagueña, pero vamos, que el rugby no tiene fronteras. Si te gusta el rugby, te gusta en todos lados, y he apoyado a distintos clubes. Me siento granadina y malagueña de adopción, y también un poco almeriense, porque he vivido en Almería muchos años antes de venirme a Málaga.

Desde luego tu nombre sugiere que eres granadina.

Sí, es inconfundible. De pequeña era un poco duro, porque los niños ya sabes que son un poco malvados, pero ahora la verdad es que es un gusto llevar este nombre. Tiene mucho gancho, además. Soy una enamorada de Granada, de la Alhambra, y es un orgullo llevar su nombre.

¿Cómo acaba una ingeniera de telecomunicaciones en el mundo del rugby?

Pues… no lo sé. Creo que fue fruto de la casualidad. Sí es cierto que he tenido siempre amor al deporte desde que nací, he sido muy deportista, prácticamente la más deportista de mi familia. En Málaga descubrí el rugby por casualidad, porque unos chicos de la residencia donde yo vivía dijeron que había un equipo, me llamó la atención y me generó curiosidad. Y desde el primer entrenamiento sentí que era mi deporte. Y ha cambiado mi vida, porque de tener unos planes de vida estándar como acabar tu carrera, encontrar un trabajo y hacer una carrera como teleco… Claro, ha cambiado todo radicalmente, y a día de hoy tengo una carrera como árbitra de rugby ,que es bastante poco habitual.

Y cuando dejes de ser árbitra de rugby, ¿vas a volver a la ingeniería de telecomunicaciones?

No lo sé. Es cierto que ahora mismo estoy centrada en un objetivo, los Juegos, y en vivir este sueño, que creo que va a ser la única oportunidad que tenga como deportista de vivirlo, pero sí es cierto que hay varias vías, y ahora mismo no sé por dónde tirar. No sé si seguiré involucrada en el deporte, haciendo alguna otra función dentro del arbitraje o de temas federativos… No lo sé. O haré mi carrera como ingeniera, aunque no será fácil, porque ya tengo cierta edad, y en España la cosa está como está. Tendría que poner más fondo si quiero hacerme un hueco ahí. Pero bueno, creo que al final me buscaré la vida. Sobre todo intentaré que lo que haga me haga feliz, que ahora mismo para mí es lo más importante.

Empezaste a jugar en Málaga, directamente.

Sí, empecé a jugar con diecinueve años. Relativamente tarde, porque ahora afortunadamente los chicos empiezan a conocer el rugby desde más pequeñitos, pero hace diez o veinte años la gente empezaba a jugar al rugby sobre todo en la universidad.

Y estuviste once años en el equipo.

Sí, once años jugando. De hecho, por ahí hay algún trofeo del equipo [señalando los trofeos que hay en la sala].

Luego fuiste tres años internacional.

Estuve tres años con la selección. Llegué a debutar en un Seis Naciones en el 2006, porque ese año fue el último Seis Naciones que España jugó. España jugaba por Italia en el Seis Naciones, pero ese torneo, que estaba organizado inicialmente por la Rugby Europe, lo absorbió la World Rugby, pero puso como condición que tuviera el mismo formato que el masculino. Ese fue el motivo por el que España salió del Seis Naciones. En ese Seis Naciones debuté contra Inglaterra en Madrid en el Central, luego jugué contra Francia en San Juan de Luz, y contra Escocia también en Madrid. Jugué también en la selección de Seven y estuve en muchas concentraciones. Fue una etapa muy bonita.

Alhambra Nievas para JD 1

El cambio del Seis Naciones de Italia por España, ¿es un cambio más político que otra cosa? España es mejor que Italia en rugby femenino.

Es un cambio político totalmente. Yo diría más que político, una cuestión económica. Al absorberlo la World Rugby, implicaba, entiendo, que se invirtiera más dinero en la competición, y al final el dinero va a los países de la competición. Creo que fue fundamentalmente por eso. La última fase de clasificación, que yo creo que fue el último partido que jugamos contra Italia, les ganamos me parece que con una diferencia de treinta puntos. Es cierto que Italia ha mejorado mucho, sobre todo en las dos últimas temporadas, pero claro, le ha costado diez años ponerse al nivel de España. Yo creo que la inversión tendrían que mirarla. Si un equipo necesita diez años para ponerse a la altura del equipo que tenía esa plaza… no sé si es del todo justo.

Como jugadora internacional, ¿Cuál es el mejor momento? ¿Un Seis Naciones?

Es que hay muchos momentos. También los momentos con tu club son muy especiales, porque al final es tu familia. Mi equipo es como mi familia. Pero es verdad que poder debutar en la selección… El momento del debut en Madrid fue muy especial, por muchas razones. Después del partido hicieron un discurso a las que debutábamos, tu primera cap, no nos dieron una gorra, nos dieron un diploma, pero fueron muy especiales las palabras que nos dedicaron. Se te quedan grabadas. Quizá no podría elegir un momento, porque al final el rugby te da muchos pequeños momentos que te llenan.

Escuchar el himno por primera vez en el Central…

Sí, se te ponen los pelos de punta.

También has pitado el Seis Naciones.

Sí, pité en el 2015 y este año también. En 2015 pité tres partidos. También fue por casualidad, por una mala pata de una compañera, que se lesionó. Me tocó pitar en Twickenham el Inglaterra-Francia, justo después del Inglaterra-Francia masculino. Y este año he pitado igual, el Inglaterra-Irlanda después del Inglaterra-Irlanda masculino en Twickenham. Reconozco que soy muy afortunada.

¿En qué otros campos internacionales has pitado?

El campo que probablemente más me impactó fue en Francia, en Montauban, porque todo el mundo sabe que el sur de Francia está loco por el rugby. Y el estadio, que era un estadio grande, no un estadio como Twickenham pero sí un estadio de fútbol de cierta capacidad, estaba lleno. Gente alrededor, fuera de las gradas, llenando todo. Luego por televisión me dijeron que lo vieron ochocientas mil personas en directo. Ese quizá fue el partido que más me impactó. Y aparte de Montauban y Twickenham, pité también en el Stoop, que es el estadio de los Harlequins, al lado de Twickenham, y ahí fue donde debuté. Mi primer Seis Naciones fue en el Stoop. Te digo que soy muy afortunada porque mi primer partido internacional de quince fue en Eden Park, de Nueva Zelanda, y en este caso también fue por una casualidad. No afortunada, porque también fue por otra lesión de una compañera. Justo antes del Mundial de 2014 hubo una serie de partidos preparatorios, y hubo una serie en Nueva Zelanda que jugaron varios equipos. Esta chica se lesionó, tuvieron que operarla, y a mí me avisaron con dos semanas de antelación, porque yo era la primera reserva. En el Mundial era reserva y primera asistente. Me dijeron que me tenía que ir a Nueva Zelanda. En dos semanas me organicé, me saqué los vuelos… Mi primer partido de quince internacional fue en Eden Park, un Nueva Zelanda-Samoa, justo antes del Nueva Zelanda-Inglaterra de chicos. Y fue antes. Porque lo que pasa cuando va después es que mucha gente se marcha, pero al ser antes cuando yo acabé de pitar el estadio estaba lleno. De hecho, en un balón que se va a touch yo me voy corriendo al lateral, y cuando llego estaba Richie McCaw pasando porque se iban a calentar. Claro, en tu primer partido internacional, estar en Eden Park, ver allí mientras estás pitando a Richie McCaw, el estadio lleno, en Nueva Zelanda, que para mí siempre había sido un sueño ir…

Y eres la única árbitra que vive del arbitraje, en España.

Sí, soy la única de chicos y de chicas. No hay ninguna diferencia. Porque el resto de mis compañeros tienen sus trabajos y después los fines de semana arbitran División de Honor. Hay algunos internacionales, pero de forma profesional y full time solo estoy yo ahora mismo.

Eso también te permite estar a un nivel más alto, porque te posibilita una dedicación más profesional.

Claro, al final me permite entrenar. La gente cuando trabaja tiene que adaptar el entrenamiento a su trabajo, y yo adapto el resto de cosas a mi entrenamiento, a cuando tengo que preparar un partido, porque al final es mi trabajo.

Como referente de arbitraje, ¿En quién te miras?

Uf…

Si te miras en alguien, que igual no.

Nunca me he mirado en nadie, pero sí por ejemplo hay árbitros que me gustan. Siempre me ha gustado Craig Joubert, aunque Craig Joubert ahora mismo por lo que pasó en el Mundial está un poco puesto en tela de juicio. Pero siempre un árbitro del que me ha gustado su estilo. Y aquí en España he tenido la referencia de Paloma e Itziar, que han sido mujeres árbitras internacionales antes que yo, han arbitrado en División de Honor. Y evidentemente, compañeros a los que tengo mucho respeto, como Félix Villegas, José Manuel Pardal, José Juega, que son gente que también tienen su nombre en el arbitraje.

En esta carrera de árbitra que has tenido, durante el último campeonato del mundo, eres galardonada dentro del triplete de los mejores árbitros del mundo. Detrás de Nigel Owens y Jérôme Garcès. ¿Cómo te cae eso?

De primeras creía que era una broma.

¿En serio?

Sí. Pensaba que se habían equivocado de nombre o algo. Además, me pilló en el aeropuerto, me tenía que ir a un campeonato a Suiza, y claro, me avisaron un miércoles de que la gala era el domingo, que me invitaban a ir, que me invitaban a la final del Mundial. Y yo estaba cogiendo un vuelo para irme a Suiza porque pitaba el jueves y el domingo. Fue toda una alegría, y a la vez también un agobio porque lo primero que pensé fue que no podía ir porque tenía que arbitrar. Al final afortunadamente hablé con mi responsable de rugby Europa y lo solucionó, me dijo que por supuesto que tenía que ir y que tenía que representar primero a mí y a mi país, y a Europa. Que era algo único. Fue un shock, llamé a mi madre llorando, mi madre pensaba que me había pasado algo. Ella creía que había perdido el vuelo. Y se lo conté. Fue impresionante.

Alhambra Nievas para JD 2

Te he leído que piensas que es un reconocimiento al rugby femenino y al rugby siete. ¿Te estás quitando méritos?

Yo creo que la nominación responde a varias cosas. Quieren mandar varios mensajes, yo lo entendí así. Uno, yo arbitro rugby quince y rugby siete, pero querían que hubiera alguien de rugby siete en esa terna estando los Juegos Olímpicos tan cerca. Y dos, que haya una mujer. Creo que mandan el mensaje con ello de que se está haciendo un buen trabajo respecto al desarrollo del arbitraje femenino, porque hasta hace poco tiempo no había mujeres en el máximo nivel, no había mujeres pitando competición internacional. Efectivamente, todo lo que había eran hombres. Creo que el mensaje es sobre todo ese. Se ha hecho un desarrollo en arbitraje femenino, está dando buenos resultados, y que haya una mujer ahí creo que es un mensaje muy positivo por eso fundamentalmente. Claro que a nivel personal estar es increíble. Yo reconozco que en 2015, y en 2014 también, pero sobre todo 2015 fue un gran año para mí. Y que me elijan a mí es un honor.

¿Y qué tal tus compañeros de reconocimiento, Jérôme y Nigel?

Muy bien. Con Nigel pude hablar poco porque durante la cena yo estaba sentada con los franceses, sobre todo con los cuatro franceses y con algún responsable más, algún evaluador más, y Nigel estaba en otra mesa. Y es cierto que estaba muy ocupado, aparte de porque él despierta siempre mucha atención en todo el mundo. Al ganar todo el mundo le pidió fotos, y él estaba bastante más ocupado. Pero fue encantador, se echó también una foto con nosotros. Y con Jérôme muy bien, estábamos sentados juntos. Fue gracioso porque el resto de los árbitros no lo sabían, solo lo sabíamos nosotros. De hecho, en la carta que nos mandaron nos pidieron que lo mantuviéramos en secreto. Evidentemente se lo dije a mi familia y mis amigos, y les pedí que lo mantuvieran en secreto, que no dijeran nada, pero el resto de árbitros no lo sabían. Yo creo que cuando me vieron allí pensaron: «¿esta chica qué hace aquí?». Y ya cuando salió el vídeo y el premio lo entendieron. Jérôme y yo, que ya lo sabíamos, estuvimos hablando, sabíamos que evidentemente no íbamos a ganar, lo sabíamos. De hecho, el momento de la nominación lo grabamos con nuestros móviles, como dando por hecho que no íbamos a ganar, porque había una cámara que ya estaba claramente enfocando a Nigel, y dijimos «bueno, si por lo que sea ganamos, nos van a pillar aquí con el móvil». Pero no. Fue muy divertido.

Nigel, desde luego, por lo que cuentan, es una superestrella.

Yo creo que tiene un buen equilibrio. Porque es un árbitro muy serio, que en el campo tiene el respeto de todos los jugadores, que sabe cuándo ponerse serio y cuándo no, pero luego fuera del campo es un showman, es un tío cómico, tiene un programa de humor en Irlanda. Y sobre todo creo que a través del deporte ha conseguido mandar mensajes muy positivos, que son necesarios para la sociedad. Él aprovecha su atención mediática y todo lo que él genera para hacerle reflexionar a la gente sobre muchas cosas que no pensamos. Colabora con acciones benéficas y está con la gente.

Dices que es cómico fuera, pero a veces dentro del campo también lo es.

Sí, dentro también, pero se pone serio cuando se tiene que poner serio, y cuando tiene que dar un mensaje con el tema del fútbol, que seguramente mucha gente lo criticará por eso. Pero bueno, pienso que tiene parte de razón. Es una realidad que el fútbol tiene su cultura y el rugby tiene la propia, y al final la gente del rugby tiene que preservar su cultura. El rugby no debe entrar en la peligrosa máquina del todo vale porque haya dinero. Yo creo que no, que hay que mantener la esencia del deporte.

Sí, pero Nigel sí que hace muchas referencias al fútbol. No sé si eso al final es bueno o malo para el rugby.

Es polémico. A mí me ha pasado, he hecho alguna declaración cuando me han preguntado por las diferencias y he dado mi opinión sobre cuáles creo que son las diferencias, y mucha gente del fútbol se siente atacada. Pero yo veo una cosa en un deporte y veo otra en el otro. Por supuesto que hay gente buenísima en el fútbol, pero pienso que deberían cuidar más lo que el fútbol mueve y los valores, los pocos valores que creo que ahora mismo el fútbol promueve.

¿Crees que el rugby está por encima del fútbol en ese sentido?

Sí. Sin duda, el rugby está por encima del fútbol en cuestión de valores. Y no te estoy hablando de lo que pasa en el Camp Nou, por ejemplo. Te estoy hablando de lo que pasa todos los fines de semana en campos donde están jugando alevines, cadetes, donde juegan niños pequeños. Lo que tú ves en esos campos no lo ves en un campo de rugby. Puedes ver a un padre aislado diciendo barbaridades, y además, si hay un padre así, alguien le llama la atención. Y en el fútbol…

Bueno, yo he visto algún partido de rugby donde al árbitro se le ha dicho algo más que bonito…

Sí, pasa, pero eso son cosas puntuales. No creo que pase todos los fines de semana. Donde más me fijo es en lo que respecta a los niños. Las cosas que se ven en campos de fútbol donde están jugando niños, que hay que educarlos, no creo que pasen nunca en un campo de rugby.

Y cuando ocurre, aunque sea de manera aislada, ¿Por qué ocurre? ¿Son aficionados futboleros que se acercan a ver rugby?

Hay de todo. Creo que hay situaciones… Siempre lo defino como alguien que está infeliz en su vida, amargado, y si va a un campo va a exteriorizar esa frustración, esa infelicidad, y lo va a hacer contra la persona que resulta más fácil, que es el árbitro, porque el árbitro está en medio, nadie va con el árbitro. Creo que es un motivo. Hay motivos, como al que tú haces referencia, que creo que son diferentes. Como al final todos nos conocemos hay ya una idiosincrasia personal: «Yo conozco a esa persona, me ha pitado antes, o ha pitado antes hace dos años». Eso también es un problema, porque al final se arrastran cosas que no llevan a nada bueno. Se tienen prejuicios sobre las personas.

El mundo del rugby ha inventado el tercer tiempo, que vale para limar asperezas.

Claro, el tercer tiempo es una idea muy buena. Si tienes un conflicto o sales de un partido habiendo tenido un problema, o bien con el árbitro o bien con un jugador, y te vas a tu casa… eso lo guardas. Pero si después del partido vas y tienes un momento para hablar con esa persona, te acercas a ella. Y esa persona al final probablemente te dirá algo, y tú le dirás algo que os acerque y que solucione el problema. Es una fantástica idea, aparte de bebernos unas cervezas fresquitas y pasar un rato a gusto sirve para solucionar cosas que durante el partido ocurren y provocan que alguien no esté contento. Yo aprovecho el tercer tiempo, aparte de para hablar de rugby con la gente, para hacerlo también con los entrenadores, y que me den un feedback. Evidentemente no me gusta que me digan que soy muy mala. Porque a mí que me digan «eres muy mala» no me ayuda, quiero que me digan: «en el vídeo deberías de mirar esto, o yo creo que en esta área puedes mejorar». Y a mí eso me sirve, luego miro el vídeo, y si ellos tienen esa impresión… son entrenadores, saben de rugby, aunque no sean árbitros saben, y me van a ayudar a que afine en esto o aquello.

Ni «eres muy mala» ni «eres muy buena» sirven para mucho.

Es un juicio de valor. Y, afortunadamente, salvo algunos entrenadores que son bastante inaccesibles, casi todos al final entienden ese momento, y también te escuchan, porque a veces tienen algo muy claro, y tú explicas tu visión, y te dan la razón. Y ya ellos entienden un poco cómo nosotros aplicamos la regla, con qué filosofía lo hacemos… se ponen un poco en nuestro pellejo.

Les puedes explicar ciertas decisiones que si te vas a directamente a casa no explicarías.

Y a veces cosas de reglamento que desconocen, porque el reglamento de rugby es muy amplio, y hay cosas que se desconocen o que no se tienen del todo claras.

Alhambra Nievas para JD 3

Volviendo al fútbol. Una cosa muy diferencial son los himnos. Ves a los jugadores de rugby cantando los himnos y luego oyes pitar himnos en el fútbol, y parecen planetas diferentes.

Totalmente. La gente se indigna cuando hablamos de lo del fútbol, pero al final es que el fútbol alimenta esa cultura del «soy de este a muerte, y como soy de este, voy en contra de este a muerte». Y no es necesario. Puedes animar a tu equipo, pero si el otro hace un buen gol, ¿por qué no lo vas a aplaudir?, ¿por qué tienes que ir contra nadie? Tú animas a tu equipo, y si el otro equipo es mejor también puedes aplaudirlo. Creo que eso es el deporte, porque al final el deporte, salvo para los jugadores profesionales y los entrenadores profesionales y los clubes, para los mortales es una diversión, no nos da de comer, no sé por qué la gente se enfada tanto y se pone tan loca con que su equipo pierda. Si al final a ti tu equipo no te da de comer. Tu equipo es una diversión, una distracción, un hobby.

Tal vez los árbitros de rugby y de fútbol sean muy diferentes, porque cuando un jugador simula una agresión en fútbol, y esto lo ves quince o veinte veces en un partido, el árbitro no toma medidas. Un árbitro de rugby, ¿qhace si un jugador finge?

No solo el árbitro, sino sus propios compañeros. La gente se ríe de ese jugador. Esto aquí no está permitido. Por eso mismo creo que hay una gran diferencia entre los dos deportes. El jugador que simula una agresión no tiene cabida en el rugby. Esa gente, esos jugadores, ese perfil de jugador, de entrenador o de aficionado, no tienen sitio. Al final probablemente se marchen.

De hecho, hay una anécdota famosa de Nigel Owens que le dice a un jugador cuando simula una lesión que «el estadio de fútbol más cercano está a quinientas yardas en aquella dirección». Es decir, esto no es fútbol. Tampoco me imagino una mujer pitando un partido de primera división de fútbol.

No. Ni de primera ni de segunda. Yo creo que está muy vetado. No sé si cambiará o no, pero el fútbol en muchos aspectos es bastante machista. He estado en partidos en los que hay mujeres asistentes, y lo que tienen que sufrir es terrible. Sufren unos ataques solo por ser mujeres que no termino de entender. Y creo que es por una cultura todavía muy machista.

En el rugby pasan cosas curiosas, como que las dos irlandas jueguen juntas. El rugby rompe muchas fronteras.

Sí, pienso que el rugby es un ejemplo también para política, el saber respetar al que se siente de Gales, de Escocia, o de Irlanda. Y convivir perfectamente sin que sea un problema. Es otro ejemplo de respeto. Tú te sientes de allí, pero a la vez ves a un tío de Irlanda aplaudir un buen ensayo de Inglaterra. Mira que son enemigos acérrimos, pero vas a un estadio donde hay irlandeses e ingleses y no pasa nada. No se tiran sillas. Ni en un pub. No se gritan ni se dicen nada. Están allí todos, y el que gana, gana. El otro le da la mano, se toman una Guiness juntos y aquí paz y después gloria. Pero porque en el rugby uno de los principales objetivos, que tanto se potencia en cualquier sitio, es disfrutar. Porque nos gusta. No lo hacemos para sufrir ni para que sea nada negativo, sino todo lo contrario, lo hacemos para que sea algo positivo en nuestra vida.

Y las mujeres estáis ganando protagonismo. La australiana Amy Perrett, por ejemplo, ha sido la primera mujer que ha pitado Super Rugby.

Ha hecho de asistente. Yo espero que algún día pite, y ojalá sea Amy, porque Amy es una gran compañera, es una gran árbitra, pero sobre todo una gran persona, y se lo merece porque lleva muchos años trabajando. Ha sido la primera mujer en hacer de árbitra asistente en Super Rugby. Ella pitó en 2014 la final de Francia del Mundial de quince de femenino, y por su trayectoria ha demostrado que puede seguir rompiendo barreras. Y al final es también una forma de liberar al resto para que cada una en sus ligas y en sus competiciones domésticas vayan dando pasos para que esto no tenga que ser hombre o mujer. Si una mujer tiene capacidades y rinde no tiene por qué pitar solo hasta aquí. Hay que seguir dándole oportunidades igual que a los chicos, que empiezan pitando primera, y si tiene nivel, que piten Premiership, ¿por qué no?

En Super Rugby hemos tenido una pérdida tremenda, que ha sido Jonah Lomu. Se va a notar su ausencia.

Sí. Jonah era todo. Es una pena.

El jugador más mediático del mundo.

Era un espectáculo. Pero la vida es así.

¿Quién es la Jonah Lomu femenina?

Yo creo que Portia Woodman. Posiblemente ella. Tiene una potencia… necesitan a veces tres jugadoras para pararla.

¿Y por qué existe esa diferencia tan grande entre los dos hemisferios del rugby? ¿Es por el estilo de juego, por la profesionalización…?

Yo creo que por el estilo de juego. Porque por profesionalización, el top 14 posiblemente sea la liga que más dinero mueve. Es por estilo de juego. Allí, si te das cuenta, todo es más limpio, más rápido, las melés dan mucho menos problemas, hay mucho más tiempo de juego. Creo que ellos alientan a que se pase, se corra, y aquí somos mucho más de guru-guru, de pick and go, de una melé que ahora se derrumba… Tenemos un golpe ya metido en el otro campo, y tiramos a palos. Allí juegan todo mucho más rápido, a la mano. Hay muchos menos tiros a palos. Los hay, obviamente, porque el rugby es un deporte de táctica, y quizá cambie si se aprueban la próxima temporada el cambio de puntuación. Pero por el momento…

¿Van a cambiar la puntuación?

Ahora mismo está en prueba, todavía no se ha aprobado. Hay una propuesta de cambio, que entraría en vigor entiendo que en la temporada que viene. El 1 de enero en el hemisferio sur, y el 1 de julio en el hemisferio norte. Es la que se ha hecho tanto en el sub20 en el que España ha participado, como en el Junior World Trophy que también jugó España, como en la Nation Cups. Se ha probado. El sistema de ensayo a seis puntos, y puntapié de castigo y drop, dos puntos.

Alhambra Nievas para JD 4

Y te vas a Río.

¡Me voy a Río! Parecía que estaba muy lejos, pero ha llegado. Ya está aquí.

Eres la primera árbitra de rugby española que va a unos Juegos Olímpicos.

Claro, porque el rugby quince fue olímpico hace ochenta y tantos años. Entonces creo que ni existía el rugby aquí. Vuelve a ser olímpico en modalidad siete, y nos vamos a Río. Afortunadamente no soy la única española, pero sí soy la única árbitra.

¿Dónde estabas cuando te lo comunicaron?

Extraoficialmente nos lo dijeron un poco antes, en un torneo donde estábamos todos. Oficialmente también me pilló en un torneo porque cuando se hizo público estábamos en Canadá. Fue en abril, que había dos series, Atlanta y Canadá, y de Atlanta viajamos a Canadá directamente y fue cuando lo anunciaron oficialmente. Estábamos todos juntos y lo celebramos.

Menudo subidón.

Un sueño. Porque además llevo trabajando los últimos tres años, que parece que no, pero es tiempo, es mucho sacrificio, mucho trabajo, y muchas cosas que he dejado de hacer, de tiempo de estar con mis amigos. La gente los fines de semana descansa, se va a cenar, sale de fiesta… y tú, pues no. Tú te vas a no sé dónde, y entrenas, y dejas de tener tiempo con tu familia y tus amigos, y se echa de menos.

Y no vas a estar sola. Vas con los leones y las leonas.

Afortunadamente no voy a estar sola. Ha sido un mes de junio de infarto. He tenido la suerte de poder estar in situ y vivirlo en los dos casos. Ha sido increíble, especialmente el de los chicos. Es cierto que yo en las chicas confiaba mucho, porque todo el mundo estaba muy asustado con Rusia, pero creo que nosotras, las leonas, tenemos mucho más rugby que Rusia, siempre lo he pensado. Es cierto que Rusia es un equipo muy físico, muy disciplinado, pero siempre tengo la esperanza de que el rugby triunfe, y como equipo nosotras tenemos mucho más rugby que ellas. Reconozco que en los chicos… No es que no confiara, pero era consciente de que era muy difícil, y creo que salvo ellos, que sí creían —lo pude hablar con ellos aquel día, creían en ellos fervientemente y estaban convencidos de que iban a clasificarse— el resto teníamos dudas muy razonables. Al final nos han dado un zas en toda la boca: «nos da igual que no hayáis confiado, lo hemos hecho». Cuando Ignacio posó el balón… me puse a llorar como una niña pequeña, fue impresionante. El torneo que jugaron, especialmente el segundo día, los partidos que hicieron fue para quitarse el sombrero. Y las chicas igual, lo que pasa es que las chicas sí venían más curtidas.

Y arrasaron.

Más curtidas, y también tenían un torneo más fácil en cuanto a rivales.

¿Cuál ha sido el secreto de las dos selecciones de rugby siete? Leía que Matías Tudela decía que les cambió la cabeza un viaje que hicieron a Fidji, y que a partir de ahí…

Sí, el famoso viaje a Fidji… que fue cuando ocurrió el huracán más fuerte que ha habido en la historia de Fidji. Y lo sé porque uno de los compañeros de arbitraje es de allí. Les pilló allí, estuvieron ayudando, y bueno, yo entiendo que viendo lo que hay en Fidji, pensaron: «oye, estos son los amos del rugby siete, ¿por qué nosotros no podemos serlo? Si creemos, si trabajamos, si tenemos esta pasión como esta gente…». Entiendo que fue por eso. La clave es que en ambos casos son grupos humanos muy trabajados. Entiendo que ahí los entrenadores tienen gran parte de responsabilidad, han llevado una buena dinámica de grupo. Porque al final si no tienes un grupo unido fuera del campo no lo transmites dentro del campo. Y luego han creído. Yo los he visto allí, y ellos creían que era posible. Y veías sus caras y creían. Si no entras al campo con mentalidad y piensas «es Samoa, son muy fuertes…» ese último placaje que hacen a un minuto del final, que evita un ensayo, no lo hacen. Si no tienes esa mentalidad, no lo haces. Ellos han creído hasta el infinito que era posible, y lo han conseguido. Aparte de dejarse la piel y de no bajar los brazos en ningún momento, la clave de los dos ha sido creer, y creer y creer, y tener una ilusión infinita.

Marina Bravo decía que les había influido poder estar concentradas juntas un año en Madrid. Parece ser que venían de ir pueblo en pueblo, en Francia, en furgoneta…

Sí… la pena… no la pena, el mérito, es que había un proyecto muy bueno de rugby siete, es cierto que ese proyecto se rompió un poco con todo el tema de cambio de presidencia, se tomaron distintas decisiones, y luego ha costado recuperarlo, pero se ha recuperado. Al final ambos grupos se han mantenido, creo que el esfuerzo personal que han hecho en determinados momentos ha sido muy importante, porque si cuando hay problemas cada uno se hubiera ido a su casa y se hubiera desentendido del proyecto no se habría conseguido. El esfuerzo personal que cada una y cada uno ha hecho, de vivir un año entero fuera de tu casa, sin ver a tu familia, sin hacer una vida normal, sin eso no se hubiera podido conseguir.

En chicos, jugamos contra Francia, Australia y Sudáfrica. Nada menos.

Un grupo duro, muy duro. También es verdad que todos los grupos van a ser duros, porque hay doce. No hay dieciséis, que con dieciséis puede entrar alguna selección un poco de segundo nivel. Pero con doce equipos… te tiene que tocar alguien. Si no te toca Nueva Zelanda, te toca Sudáfrica, si no Estados Unidos, si no Australia… alguien te tiene que tocar. Es duro, es muy duro. Yo, con los chicos, ya no digo nada. Todo es posible.

Las chicas sí que tienen más posibilidades.

Sí, las chicas… Voy a decir lo mismo que dije antes del preolímpico, y ojalá me equivoque, igual que me equivoqué: las chicas tienen más opciones de, al menos, diploma olímpico. A priori Kenia es un rival asequible, Francia es un equipo que se puede ganar y Nueva Zelanda puede ser el equipo más duro, pero les ganamos el año pasado en un partido que hicieron de quitarse el sombrero. Las chicas sí tienen bastantes opciones de meterse, al menos, en diploma, y por qué no, en la lucha por las medallas. Los chicos lo tienen más difícil, pero ya han dicho que son capaces de todo. Ojalá que me vuelva a equivocar.

¿Y a los chicos los veremos en Japón 2019?

Esa es la apuesta. La idea después de Río es apostar por el rugby quince masculino, intentar estar en Japón 2019. Va a ser difícil. El sistema de clasificación no me queda claro cómo va a ser al final, pero no será tampoco nada fácil. Pero si la apuesta es la que es, y si todo va enfocado a eso, y tal y como están ocurriendo las cosas, con lo que ha pasado en la final de Zorilla, la final sub20 junior… nuestras selecciones sub18 y sub19 están dado buenos resultados. Si todo eso se conjuga bien, ¿por qué no? Evidentemente el alto nivel en el rugby quince es muy difícil, pero España está dando pasos para acercarse a eso.

¿Y qué hace falta para saltar al siguiente escalón? ¿Dinero, o son más cosas?

No, no creo que sea solo dinero. Evidentemente hace falta dinero. Hace falta inversión, porque sin dinero no puedes desarrollar nada. No puedes hacer formación, no puedes hacer concentraciones, no puedes pagar árbitros… no puedes hacer nada. Pero creo que hacen falta más cosas. Creo que es necesario hacer una campaña fuerte de meter el rugby en los colegios, mínimo en los programas de actividades extraescolares. Mínimo. Intentar meterlo, que los niños conozcan el rugby en los colegios, y al final de la cantidad sale la calidad. Eso es así. Hace falta una campaña también de repercusión en medios, que salgamos más, que se hable de rugby, y al final si se habla de rugby la gente se anima a verlo, a practicarlo, a ser árbitro, ¿por qué no? Y hace falta inversión, claro. Pero sobre todo hace falta que todos los clubes quieran lo mismo, que su objetivo sea el mismo, porque si el objetivo de un club es ganar la copa y el resto le da igual, o el objetivo del otro es ganar la División de Honor femenina y ya está; si no tenemos un objetivo común por el que todo el mundo trabaje es muy difícil que vayamos a estar en Japón 2019.

Y ese objetivo ¿cuál es?

Hombre, eso no lo tendría que decir yo, lo tendría que decir Santiago Santos, pero entiendo que mejorar la calidad de nuestro rugby. Santiago Santos habla mucho de mejorar el tiempo de juego, porque si en España jugamos veinticinco minutos de tiempo real y cuando vamos a jugar la Nations Cup o vamos a jugar el sub20 los otros equipos están acostumbrados a jugar cuarenta minutos, no podemos competir, porque nosotros no estamos acostumbrados. Y para eso hacen falta muchas cosas. Hace falta mejorar la disciplina de los jugadores, que entiendan que es mejor no hacer trampas o hacer faltas, para que se juegue más, hace falta mejorar los árbitros, que entendamos mejor el juego y que ayudemos a que se juegue más. Y creo que también tenemos que mejorar la formación y el nivel de nuestros entrenadores. Si todo el mundo mejora al final mejora el juego.

Alhambra Nievas para JD 5

Decías que el rugby debe tener mayor impacto mediático, pero tú no te puedes quejar, ¿no? Porque eres bastante mediática.

De hecho mis compañeros del comité de árbitros me llaman con cariño «la mediática». Lo tengo asumido. Entiendo el por qué, entiendo que por una serie de razones puedo ser más atractiva para los medios, para la difusión mediática, pero siempre digo que si saliendo sale el rugby, se habla de rugby, se conoce el deporte y alguien lee cosas de rugby, yo estoy encantada.

¿Y por qué te llaman más a ti para hablar?

Como me autodefino como un bicho raro… Primero, soy una mujer, árbitra, tengo un nombre curioso, hay muchas razones, diría, exóticas, diferentes. Porque al final los medios necesitáis cosas diferentes para que tengan atractivo, entiendo yo. Y supongo que es por eso.

Pero hay gente que no se parece en nada a ti que también ha hecho mucho por el rugby desde el punto de vista mediático. Por ejemplo Ramón Trecet, en los ochenta, cuando retransmitía el Cinco Naciones. Él también hizo mucho porque se popularizara el rugby.

Pues tendré un perfil que encaja, porque si me llaman y no sé hablar y no transmito ni genero nada, llamarían a otra persona. Supongo que también intento transmitir las cosas de manera interesante para los medios. Creo que de inicio soy un poco una especie rara.

Hay que poner también rugby en la tele, de vez en cuando.

Hombre, claro.

Cuando juega la selección, por ejemplo. Porque a veces está jugando la selección y están poniendo una reposición del Tour.

En eso hay que trabajar mucho. Son muchas cosas. Ahora es el momento, porque como están pasando tantas cosas buenas… Hay que aprovechar el bombazo que fue Zorrilla, mediático y empresarial; el sub20, que también fue inesperadísimo, y las dos clasificaciones olímpicas… Esto hay que aprovecharlo. No se nos puede escapar. Espero que tanto la federación como los clubes sepan entender este momento y todo el mundo lo encauce en la misma dirección.

Y ya por último. ¿Te has vuelto bloguera?

Sí. De hecho vengo justo de estar desayunando con el responsable de La Pera [la empresa que lleva su blog] para contarme un poco, desearme suerte para Río, y decirme que si estaba interesada en hacer un diario de Río a través del blog. Fue un proyecto que me metió una compañera de Alba, una psicóloga que ahora está trabajando con la escuela de Rafa Nadal en Mallorca, muy buena. Nos conocimos en una charla; ella le habló de mí, yo creo que se conocen a través del vóley y del boca a boca, y me ofrecieron lo del blog. No sé si soy muy buena o no. He preguntado hoy si estoy metiéndome demasiado en otros temas, porque en algunas cosas soy bastante crítica y tengo una visión de algunas cosas diferentes a la mayoría de la gente. Y me ha dicho: «no, no, puedes poner lo que quieras, tienes libertad total».

Hablabas de los atentados de Niza en el último post.

Sí. Hablo de que si nos quedamos con los tres días de atentados, nos preocupamos por el atentado y no pensamos en nada más, no se va a solucionar. Es lo que creo.

Los deportistas también tenéis opinión, ¿no?

Sí… Además desde pequeña siempre he sido muy activa. Me planteé estudiar Ciencias Políticas en algún momento, pero después me dije que no. Tal y como está la política, sería más una frustración que una carrera profesional.

Los futbolistas, que son el mayor referente, intentan ser tan políticamente correctos que nunca opinan. Se puede opinar siendo deportista.

Yo entiendo que sí. Hay gente que no opina por miedo, porque si  emites una opinión y no gusta ya no cuentan contigo… Pero no puedes vivir con miedo. Tienes que dar tu opinión honesta y no debes tener miedo. El otro día tuve una discusión sana con mi madre sobre esto, porque ella opina que hay que tener cuidado. Al final, con la situación laboral tan complicada que tenemos en España, si una empresa ve esto y no le gusta, a lo mejor no te contrata. Y yo le digo que la vida no debería de ser eso. Me dieron ese espacio y escribo de vez en cuando. Me pidieron que escribiera una vez en semana, pero hay semanas que no puedo porque estoy hasta arriba, pero tengo libertad para escribir lo que quiera, y a veces me expreso ahí en vez de utilizar el Facebook. Ahora en Río le daré más cañilla estos días, porque creo que allí confluyen muchas personas, muchos momentos, mucha energía, no solo la mía, y quiero a través del blog hacer algo bonito.

Alhambra Nievas para JD 6


Craig Hodges: el hombre que reinó entre Larry Bird y Michael Jordan

Celtics' Larry Bird is double-teamed by Milwaukee Bucks Craig Hodges (150 and Paul Pressey as Bird tries to pass ball off during 1st quarter action of the game at Boston Garden, 12/19
Larry Bird marcado por Craig Hodges y Paul Pressey en el Boston Garden. Fotografía: Corbis

Larry Bird lanza el último balón del carrito lateral y en plena curva ascendente, reflejo repetido mil veces, se vuelve hacia la grada, sin mirar siquiera cómo entra la pelota en la canasta, y levanta el dedo índice proclamándose el mejor tirador de la historia, el ganador de las tres ediciones disputadas del concurso de triples de la NBA: 1986, 1987 y 1988. Es un recuerdo imborrable. Bird con su chándal verde de los Boston Celtics, con esa apatía en los gestos que acaba en cuanto el balón llega a sus manos y solo queda concentración y mecánica, apalizando a todos los que se cruzan en su camino: ese año a Dale Ellis, el anterior al alemán Detlef Schrempf… un año antes, en la primera edición, al jugador de los Milwaukee Bucks, Craig Hodges, por un humillante 22 a 12.

El problema en 1990 es que Larry Bird ya no está para concursos. Si ha aceptado pasarse por Miami dos años después de su último triunfo no es tanto para mantener la jerarquía sino para multiplicar la publicidad del evento en una ciudad debutane. A las nuevas franquicias hay que cuidarlas y no confiar exclusivamente en el entusiasmo del recién llegado a la fiesta. Por eso, David Stern apalabra con Bird su aparición y después habla directamente con Michael Jordan para que defienda el trono de los mates que dejó vacante en 1988, aquella lucha a muerte en el Chicago Stadium con Dominique Wilkins.

Bird, a regañadientes, dice que sí. Tiene la espalda y los talones destrozados y a sus treinta años no es ya el dominador que fue a principios de los ochenta. Pero es Larry Bird y la gente de Miami se agolpa en los accesos para ver al gran ídolo blanco. El gran ídolo negro, sin embargo, se deja querer. No le apetecen más demostraciones de acrobacias y, además, si ya ganó en su momento, ¿qué le queda ahora sino perder? Después de varios tiras y aflojas, llega a Stern con una contrapropuesta: ¿por qué en vez de en el concurso de mates le inscribe en el de triples?

Jordan no es un gran lanzador de tres puntos. Lo irá siendo a lo largo de los años llegando al punto culminante de meterles seis triples a los Portland Trail Blazers en la primera parte del segundo partido de la final de 1992, pero en 1990 es un hombre con porcentajes bajos cuyo único interés en el torneo es estrenar unas nuevas zapatillas para Nike por las que ha cobrado unos tres millones de dólares.

Sin embargo, el reclamo funciona y cuando en la megafonía suena el nombre de Michael Jordan la grada se viene abajo. Más aún cuando anuncian el de Larry Bird y a partir de ahí una cierta indiferencia hacia Sunvold, Hansen, Ehlo, Price, Miller o el dos veces finalista, Hodges. Precisamente a Hodges le toca abrir la competición junto a su ahora compañero de equipo en los Bulls. El calentamiento de Jordan, nos cuenta Trecet desde Miami, ha sido lamentable. «No ha metido ni una», resume con su habitual franqueza, y cuando empieza la competición, música de Corrupción en Miami a todo trapo en el pabellón, imagen fugaz de flamencos volando despavoridos ante la sonrisa de Don Johnson, la mala racha de Jordan continúa hasta un punto patético: de veinticinco tiros posibles, solo anota cinco.

Pone cara de «no me importa, yo aquí he venido a jugar y divertirme», como cuando se fue al béisbol a probar en ligas secundarias, pero cualquiera que le conozca sabe que está jodido. Más jodido aún cuando ve que su compañero de equipo, el hombre de banquillo especializado en revolucionar partidos con sus lanzamientos lejanos, consigue un total de veinte puntos. Una cosa es perder y otra cosa es perder contra el filial, hasta ahí podíamos llegar.

Los siguientes en salir son Jon Sunvold y Bobby Hansen, que también acabaría ganando anillos con Michael Jordan en el futuro. Son dos chicos blancos, pulcros, aseados, de mecánicas muy distintas —Sunvold parece que empuja el balón hacia adelante en vez de hacerlo girar con la muñeca— que acaban empatados a quince puntos ante el jolgorio del público que ve en Sunvold a uno de los suyos, de los Heat, la única razón posiblemente por la que el chico está ahí.

Llega entonces el segundo gran momento de la velada: Larry Bird, de nuevo sin quitarse el chándal, con esa cara de indiferencia absoluta, se mide a Craig Ehlo, el tirador de los Cleveland Cavaliers, el que se comió en la cara el famoso lanzamiento de Michael Jordan en el último segundo del último partido de play-off la temporada anterior. Un lanzamiento que en Estados Unidos han decidido llamar «The Shot», así, en mayúsculas, recordando el otro «The Shot» que Michael Jordan encestó en 1982 para darle la victoria in extremis a la Universidad de North Carolina en el torneo de la NCAA.

Bird lleva casi un año entre algodones pero, cuando suena de nuevo la música ochentera, el ritmo sigue fluyendo: anota con facilidad hasta que de repente se va de la competición o el cuerpo simplemente no le responde. Los tiros se quedan cortos o largos o ladeados y Larry ni siquiera acaba el último carrito, completamente desmotivado y desganado, con doce puntos en su haber que le eliminan. Ehlo, con catorce, queda en la cuerda floja.

El último enfrentamiento de la velada reúne a dos estrellas emergentes: Mark Price, el letal base de los Cavs, y Reggie Miller, el hermano de la superestrella de baloncesto femenino, Cheryl, en su tercer año en la liga. Reggie ya tiene ese tiro extrañísimo, que empieza con el balón muy alto y muy atrás y acaba con los brazos extendidos hacia adelante, casi cruzándose. El de los Pacers pasa por los pelos, con dieciséis puntos. El de Cleveland se va a la calle, como su compañero. Toca el turno de las semifinales.

«Si no consigue ganar esta vez, se va a cortar las venas»

De los ocho que empezaron, quedan cuatro: Hodges, Miller, Sunvold y Hansen. Para ser honestos, glamour, el justo. De los cuatro, el único que apunta maneras de ser una estrella es Reggie, que viene de promediar dieciséis puntos por partido a la sombra del infalible Chuck Person. Sunvold está un poco de gorra, Hansen es un desconocido y Hodges queda de repente como único favorito. En palabras de Trecet, comentarista inmisericorde: «Si no consigue ganar esta vez, se va a cortar las venas».

Sin embargo, las expectativas nunca son buenas compañeras de viaje: Hodges está nervioso y fallón en su ronda semifinal. Tan crispado que el tiempo se le acaba y aún quedan dos balones por lanzar. Coge uno y lo anota; coge el segundo, el de valor doble, y justo antes de que suene la sirena, consigue lanzarlo a canasta casi de cualquier manera y hacer que entre: diecisiete puntos, los mismos que Jan Sunvold. Hansen queda eliminado con catorce y Reggie Miller ya es finalista con dieciocho.

Hay que hacer otra ronda de desempate, a solo veinticuatro segundos, y empieza Hodges. El de los Bulls se ha visto eliminado y parece estar más sereno esta vez. Elige empezar por el lateral derecho del aro y es todo un acierto: tranquilamente, prefiriendo más calidad en el tiro que cantidad incontrolada, consigue nueve puntos de unos doce lanzamientos. Sunvold lo ve y sabe que está en un buen lío. Escoge la táctica contraria: tirar muy deprisa para tener más opciones y, en efecto, casi completa un carrito más… pero con un porcentaje muy bajo que le deja sin opciones.

Hodges está en la final, como en 1986 ante Larry Bird o en 1989 contra Dale Ellis. Sus números en la liga lo dicen todo: después de dos años de adaptación en los San Diego Clippers, Craig fue el líder en porcentaje de lanzamientos de tres puntos tanto en 1986 como en 1988, el año que es traspasado fugazmente de los Milwaukee Bucks a los Phoenix Suns —«me enteré por televisión con mi hija», recuerda Hodges de aquel traspaso, «nadie me dijo nada, solo escuché que un jugador de los Bucks había sido traspasado a los Suns y resultó que era yo»—.

Tras unos pocos meses en Phoenix, Doug Collins lo elige para su proyecto alrededor de Jordan. Alguien que pueda amenazar desde lejos si la defensa rival se cierra a lo Bill Laimbeer sobre su superestrella. En su primer año, vuelve a estar por encima del 40% de acierto, una auténtica barbaridad.

Y en fin, que aquí está, en Miami, ante los ojos de Julio Iglesias y los demás propietarios de los Heat. La mejor publicidad posible para un hombre anónimo. Hodges, que viene de hacer dos rondas seguidas, incluyendo la de desempate, sin apenas descanso, no parece fatigado, sino al contrario, lleno de adrenalina. Va de menos a más: en el primer carrito anota solo dos, en el segundo mete tres; en el frontal, su especialidad, anota cuatro incluyendo el último, el que representa a la ABA en el concurso, con sus clásicos colores Spalding azules, blancos y rojos. Falla los dos primeros del cuarto carro pero encesta los tres siguientes, siguiendo la racha con los dos primeros del último para un total de cinco lanzamientos seguidos. Después de un fallo, los dos últimos triples le dan un total de diecinueve puntos. Suficiente para ganar.

De hecho, a Reggie Miller se le ve algo superado por el reto: sus primeros cuatro tiros van al hierro y solo anota el doble, pero luego se va entonando: cuatro en el siguiente, tres en el frontal, otros tres en el cuarto y tiene en su mano el empate o la victoria cuando llega a los diecisiete puntos con dos balones por tirar. Apurado por el tiempo, falla ambos. Craig Hodges, por fin, es campeón del concurso de triples de la NBA.

De los diecinueve triples seguidos a la carta para George Bush

Con todo, el triunfo no le da a Hodges el prestigio que él cree que merece. Larry Bird le vacila constantemente, recordándole que en los partidos solo le ve cuando mira al banquillo. Sus propios compañeros le apodan «Highway 14», para referirse a lo fácil que es superar su defensa. Hodges necesita dar un golpe sobre la mesa y ese golpe llega un año más tarde, en 1991, sin Jordans ni Birds ni leyendas de por medio. Solo él. Es el All Star que todos ustedes recuerdan: ronda semifinal, suena la bocina sin Sonny Crockett ni Ricardo Butts de por medio, y Hodges empieza a anotar un triple tras otro. Los cinco de una esquina, los cinco de la diagonal izquierda, los cinco frontales…

Una oleada de asombro recorre el Charlotte Coliseum de North Carolina mientras la racha llega a los quince y sube a dieciséis, diecisiete, dieciocho, diecinueve… y cuando parece que aquel hombre no puede fallar, el balón de colores se sale de dentro y el de los Bulls ya puede relajarse hasta acabar en veinticinco puntos, récord durante muchísimos años. En la final, acaba con Terry Porter sin exhibiciones pero con contundencia: 17-12.

De repente, Hodges es un icono de la liga. Pese a sus pocos minutos, es campeón en los Bulls de 1991 y repite en 1992, sumando el segundo anillo al tercer título como mejor triplista. Quizá algo crecido por tanta repercusión mediática, decide dar a su activismo social y político una vuelta de tuerca temeraria. A colación de las protestas que tuvieron a Los Ángeles en estado de sitio tras la muerte por apaleamiento del ciudadano negro Rodney King a manos de la policía, Hodges echa en cara a Jordan que no diga nada, que se quede ahí callado, en lo alto de sus contratos. «Tiene a todos los niños comiendo de su mano y no quiere mojarse en nada que tenga que ver con su propia raza».

Echar la bronca en público a Jordan no es una buena estrategia para continuar en los Bulls, más aún cuando la imagen pública de Michael está bajo mínimos tras la publicación por parte de Sam Smith de esa biblia del periodismo deportivo que es The Jordan Rules. Dispuesto a jugar al doble o nada, convencido de que lo que hace es lo que hay que hacer, Hodges acude a la recepción en la Casa Blanca con motivo del título de 1992 vestido con un «dashiki», prenda característica del islamismo negro, encabezado en Estados Unidos por el nada diplomático Louis Farrakah.

Además del traje lleva una carta para el presidente: no le gusta lo que ha hecho en el Golfo Pérsico, no le gusta lo que ha pasado en Los Ángeles y no le gusta, en general, el trato de su administración y las anteriores hacia las minorías raciales. La actitud de Hodges acaba como acaban estas cosas: los Bulls no ejercen su derecho a ampliar el contrato un año más, el mejor triplista de la NBA se queda sin equipo y absolutamente nadie llama a la puerta. Ley del silencio. Lista negra.

Desesperado, Hodges le dice a su agente que acepte cualquier oferta. Como bien explica Gonzalo Vázquez en su maravilloso libro 101 historias de la NBA, las respuestas brillan por su ausencia. Solo el mánager general de los Seattle Supersonics, Billy Mc Kinney, le dice: «Mira, yo no puedo hacer nada, aquí todos tenemos familias». Y así, la familia de Hodges y el propio Hodges pasan un año más en Chicago sin nada que hacer salvo entrenar y confiar en que suene el teléfono. Cuando está claro que no va a sonar, decide recurrir a los medios y a la piedad del propio David Stern: al menos que le dejen defender su título de mejor triplista, que le dejen superar al mítico Bird con una cuarta victoria consecutiva.

Sorprendentemente, le dejan. Con una camiseta sin nombre y solo con el logo de la NBA en el pecho. El único, junto a Rimas Kurtinaitis cuatro años antes, en participar en un All Star sin estar jugando en la liga. Es una actuación decepcionante. Un último baile algo triste: consigue pasar la primera ronda después de ganar el desempate a su viejo amigo Reggie Miller, pero en semifinales se queda en dieciséis puntos, que no está nada mal para un jugador que no juega, pero no basta para superar a Mark Price y Terry Porter.

A partir de ahí, la carrera de Hodges entra en una cuesta abajo de la que solo le salva su propio nombre, su leyenda. Se va a Italia, a jugar en el Clear Cantú de Antonio Díaz Miguel, pero todo sale mal y decide ganarse sus últimos dólares en Turquía, concretamente en el Galatasaray, donde pondrá fin a su carrera.

Esta puede parecer una historia triste y en parte lo es. Es la historia de una mafia que se defiende de los indeseados, de los que hablan mucho, tengan el estatus que tengan. Pero también es una historia de reconciliación: con una experiencia de solo dos años en Chicago State, Craig Hodges volvería a reunirse con Phil Jackson en los Lakers como ayudante del entrenador, especialista, cómo no, en el tiro. Juntos ganaron los anillos de 2009 y 2010 que consagraron a Kobe Bryant como uno de los mejores de todos los tiempos y convirtieron a Pau Gasol en el único español campeón de la NBA.

La relación acabaría en 2011, con el despido de Jackson y todo su equipo. De Hodges no se ha vuelto a saber demasiado. Sigue siendo un activista en la sombra, lo suficientemente concienciado como para que su lucha sirva para algo y lo suficientemente alejado de los focos como para que no le alcancen las balas.


Michael Jordan en 23 frases

“Bienvenidos al vuelo número 23 de Aerolíneas Jordan”
Andrés Montes (1955-2009), locutor deportivo

 

1. Estudia matemáticas, ahí es donde está el dinero. Profesora de Michael Jordan (década de los 70).

En uno de los numerosos vídeos biográficos de Jordan que se han editado, preguntaron a sus profesores sobre cómo era en clase, qué recordaban de él. Una de sus profesoras no pudo reprimir una carcajada cuando repitió ese consejo que dio al joven Jordan. A día de hoy, el sueldo que cobró de Chicago Bulls la temporada 1997-1998 es el más alto pagado jamás en la NBA (unos 33 millones de dólares… de la época). Es mucho dinero. Pero apenas es la mitad de lo que se embolsa por sus contratos publicitarios, que le siguen suponiendo del orden de 60 millones de dólares al año. Como decían 7 Notas 7 Colores, Jordan aprendió matemáticas viendo billetes.

2. Leroy Smith. Nombre en la lista del equipo de High School (1978).

En su primer año en el instituto, Jordan no pudo entrar en el equipo de baloncesto. La plantilla estaba prácticamente cerrada con jugadores de más edad y solo quedaba una plaza disponible. Irónicamente, la justificación para no elegir a Jordan es la misma que dio Portland en el draft del 84 (ver frase número 3): prefirieron un pivot a otro escolta porque ya tenían esa posición bien cubierta. Leroy Smith es el nombre de ese pivot. Jordan, que estuvo tentado de abandonar el baloncesto por este revés, quedó relegado al equivalente al equipo B donde pasó un año en el purgatorio. La temporada siguiente, aprovechando el estirón de unos 10 cm que dio en verano, Jordan consiguió plaza en el equipo, donde se convirtió en su mejor jugador. Este episodio quedó grabado en la personalidad de Jordan: durante años utilizó el seudónimo “Leroy Smith” al registrarse en los hoteles.

3. Jordan no va a cambiar el rumbo de esta franquicia y tampoco se lo vamos a pedir. Rod Thorn (1984), general manager de Chicago Bulls.

En aquel draft del 84 todos buscaban un hombre grande: Houston eligió en primer lugar a Akeem Olajuwon para formar una imponente presencia interior junto a Ralph Sampson. Portland, que ya tenía un gran escolta como Clyde Drexler, escogía en el segundo turno a Sam Bowie, en lo que con el tiempo se ha calificado como una de las pifias más grandes del draft. Los Bulls, que se habían quedado sin los dos centers más apetecibles de aquel año, no tuvieron más remedio que elegir en el número 3 a un escolta, un tal Michael Jordan, que según decía Thorn sí, era un gran anotador pero que tampoco era como para volverse loco. Las declaraciones del general manager de los Bulls, cubriéndose de gloria, dejan claro que ni en Chicago tenían puestas demasiadas expectativas en el potencial de Jordan.

4. Qué pueden hacer ustedes por Michael Jordan. David Falk (1984), representante de Jordan.

La llegada de Jordan a la NBA transformó para siempre no solo la liga, ni el baloncesto, sino el deporte profesional. Hasta entonces, tanto económica como publicitariamente, el baloncesto era un nicho relativamente pequeño. Apenas un grupo de los mejores jugadores de la NBA anunciaban sus botas deportivas Converse (la marca más famosa a principios de los ochenta) en unas promos bastante cutres, la verdad. En ese momento irrumpió Jordan acompañando a su representante David Falk en los despachos de los ejecutivos de marcas deportivas para negociar el contrato que le querían proponer a su representado. Converse les ofreció más del doble de lo que le pagaba Adidas a Kareem Abdul-Jabbar, ascendiendo el montante a un cuarto de millón de dólares al año y todas las zapatillas que quisiera (!!!). Todo eso estaba muy bien, pero para Falk no fue suficiente porque no tenían una estrategia global para su cliente. Nike les ofertó lo que ellos buscaban: convertir a Jordan en un icono publicitario a través de anuncios cuidados, transmitiendo una imagen irresistible de elegancia dentro y fuera de la cancha, vinculando su producto a los éxitos (posibles éxitos en aquel momento, no lo olvidemos) del jugador de los Bulls. La imagen de Jordan se asoció a inolvidables anuncios tanto de Nike (entre otros muchísimos, destacan Failure, Let your game speak o Tell me) como de Gatorade (be like Mike o Jordan Vs Himself) y, a un nivel más convencional pero muy gracioso, McDonalds (compitiendo con Larry Bird). Publicidad a la altura del mito… aunque incluso la realidad superó en ocasiones a la ficción.

Jordan Vs. Bird. Como en el mítico videojuego, como en el anuncio de McDonalds

5. Dios disfrazado de Michael Jordan. Larry Bird (1986), jugador de Boston Celtics.

Era el segundo año de Jordan en la NBA. Una lesión solo le había permitido jugar 18 partidos en la temporada regular, pero aún así, los Bulls se clasificaron para disputar el playoff por el título. En primera ronda les esperaban los todopoderosos Boston Celtics, con Larry Bird a la cabeza. Aquel 20 de Abril de 1986, en el segundo partido de la serie, se pudo ver una de las mayores exhibiciones individuales de la historia del baloncesto al máximo nivel. Tras dos prórrogas los Bulls finalmente perdieron, pero ese es un dato que casi nadie recuerda de aquella noche. Ni falta que hace. Porque lo que trascendió fueron los 63 puntos de Jordan (record aún vigente en la NBA en un partido de playoff) y la mítica frase de un Bird aún estupefacto: I think it’s just God disguised as Michael Jordan.

6. Cuando uno es competidor y quiere ganar, nada es trivial. Michael Jordan (1987).

Cuando se dice que Jordan es un gran competidor es un eufemismo de que no le gusta perder ni a las chapas. En un entrenamiento en octubre de 1987, Jordan abandonó la sesión porque, a su juicio, el entrenador Doug Collins no había llevado bien el marcador en un partidillo. El equipo perdedor tenía que correr como castigo y Jordan, que estaba muy enfadado, se retiró para no decir algo de lo que pudiera arrepentirse. Que se había picado a lo grande, vamos. El club multó a Jordan, que asumió el pago pero entre dientes seguía murmurando que su cabreo era justificado y totalmente legítimo.

7. ¿Ese era lo suficientemente grande? Michael Jordan (1987).

Jugando un partido en Salt Lake City contra Utah Jazz, tras meter una canasta relativamente fácil por encima de John Stockton (1,85 m), un espectador gritó a Jordan que lo intentara con alguien de su tamaño (1,98 m). Challenge accepted! Michael lo oyó y, envalentonado, en cuanto tuvo oportunidad realizó un mate espectacular sobre Mel Turpin (2,11 m) solo para poder responder al atrevido que había osado retarle. Muchos aficionados se plantean si fue el descomunal talento o el voraz instinto competitivo lo que hizo de Jordan el mejor jugador de baloncesto de la historia. Yo creo que Jordan es el resultado de un efecto sinérgico de las dos.

8. Si Jordan va al baño, nosotros vamos con él. Chuck Daly (1989), entrenador de Detroit Pistons.

A finales de los 80 Jordan era literalmente imparable. Los Pistons habían armado un equipo muy potente para aspirar al título, y los Bulls (es decir, Jordan) eran un obstáculo en crecimiento en su propia Conferencia. Chuck Daly y su equipo de ayudantes idearon una maraña defensiva que limitara, incluso con métodos expeditivos, la aportación ofensiva de Michael. La prensa, siempre propensa a etiquetar, denominó a estos sistemas Jordan Rules. En los partidos entre Chicago y Detroit se podían ver dobles y triples ayudas, defensores alerta e hiperactivos y persecuciones asfixiantes, pero también faltas personales sin contemplaciones, provocaciones verbales y hasta agresiones. Mientras estuvieran los Pistons, parecía imposible que los Bulls llegaran a la Final de la NBA. Pero ya sabemos lo que le gustan a Jordan los desafíos: tenía que acabar con ellos y, por extensión, con Isiah Thomas, al que le unía una amarga enemistad. Tras una derrota más, analizando el juego físico de los Bad Boys, Jordan se replanteó sus entrenamientos personales: para soportar esa carga de bloqueos, golpes, codazos y caídas, necesitaría una mayor masa muscular. Y comenzó a ejercitarse intensamente con pesas. Las Jordan Rules tienen gran parte de culpa de la forja (a nivel físico) del Michael Jordan ganador.

9. No mereces siquiera comer después de lo que has hecho hoy. Michael Jordan (1989).

Tras el quinto partido de la Final de la Conferencia Este de 1989, parecía que aquel año tampoco iba a poder ser. Chicago se había adelantado por dos veces, pero los Pistons habían conseguido empatar y ahora ganaban la serie 3-2. Jordan estaba realmente cabreado. Las llamadas Jordan Rules le habían dejado en 18 puntos y, sobre todo, solo había realizado 8 lanzamientos de campo en 46 minutos en cancha. Era obvio que alguien tenía que pagar los platos rotos. Cuando Jordan llega el último al avión de los Bulls puesto que siempre es el que tiene que atender a prensa, patrocinadores y aficionados, sus compañeros están sentados y a punto de comenzar a cenar. Al pasar junto a Horace Grant da un manotazo a la bandeja de éste y tira su cena al suelo. En opinión de Jordan, no se merecía comer tras haber realizado un partido bastante flojo (4 puntos y 1 rebote). Grant y Jordan tuvieron que ser separados por el resto de sus compañeros antes de llegar a las manos. En el sexto partido acabó la serie, las aspiraciones de Chicago y la era Doug Collins. Al año siguiente, el entrenador sería Phil Jackson.

The Shot. Pobre Craig Ehlo

10. Defenderle es como una pesadilla. No dejo de soñar con ello. Especialmente, cuando saca la lengua. Craig Ehlo (1989), jugador de Cleveland Cavaliers.

Uno de los mayores damnificados por Jordan a lo largo de su carrera fue el escolta de los Cavs Craig Ehlo. O dicho de otra forma, Ehlo tuvo la posibilidad de ver en primera persona y bien cerquita alguna de las actuaciones más recordadas de Michael, como por ejemplo, cuando le tuvo que defender el día que anotó 69 puntos (ver frase número 11). Pero también aparece de figurante de lujo en dos de las jugadas más famosas de Jordan: el tiro a la remanguillé tras un garrotazo de Ehlo y la increíble suspensión denominada simplemente como The shot, donde el escolta de los Bulls parece que se queda flotando en el aire hasta que Ehlo pasa de largo y le deja vía libre para lanzar sobre la bocina. Una canasta en el último segundo que valía el paso de ronda de playoff y que fue la guinda de otro partidazo individual: 44 puntos, 9 rebotes, 6 asistencias. Como para no soñar con Jordan (y su lengua).

11. Siempre recordaré esa noche en la que Mike y yo nos compenetramos para meter 70 puntos entre ambos. Stacy King (1990), pivot de Chicago Bulls.

En un encuentro, en principio anodino, contra los Cavs en la temporada regular 1989-1990 Jordan consiguió al mismo tiempo su record de rebotes y puntos en un partido. No es que sean cifras chamberlainianas, de hecho, desde aquel 28 de marzo del 90 han anotado más puntos un par de jugadores (Kobe Bryant y David Robinson), pero la planilla de Jordan es brutal: 1 tapón, 4 robos, 6 asistencias, 18 rebotes y 69 puntos. Y victoria para Chicago en la prórroga. Stacey King, pivot suplente de los Bulls y autor de la frase, solo encestó un tiro libre.

12. Esta es para ti, baby. Michael Jordan (1991).

El partido estaba prácticamente resuelto a favor de los Bulls a falta de unos segundos para su finalización. A la desesperada, los Nuggets intentan un imposible cometiendo una falta mediante un abrazo bastante viril sobre Jordan, que se lo toma con humor. Dikembe Mutombo, intentando desestabilizarle para que falle, le pica diciendo que a que no se atreve a lanzar con los ojos cerrados. ¿Eres un gallina, McFly? ¿Que has dicho qué? Jordan acepta todos los desafíos y le dedica la canasta al pivot de origen africano.

13. … lo conseguí. Michael Jordan (1991).

Siete largos años, para llegar a ese momento: había conseguido ganar por fin el título tras muchas temporadas en las que chocaba contra el muro que supuso primero el cénit de la dinastía de los Celtics y después el surgimiento de los Pistons, que acababan una y otra vez con las aspiraciones de unos Bulls que no llegaban nunca a la Final. A esas alturas, Jordan coleccionaba suficientes premios individuales para, incluso por separado, justificar toda una carrera: Rookie del año, máximo anotador, MVP de la temporada regular, MVP del All Stars, mejor defensor, mejor ladrón… pero era el anillo lo único que justificaba todo el esfuerzo. Regado de champán y abrazado al trofeo Larry O’Brien, Jordan lloraba en el vestuario mientras el resto del equipo lo celebraba a gritos. Con la mirada perdida, se gira hacia su padre, que lo acompañaba en ese momento, y murmura, como si aún no se lo creyera. El primer anillo, el de la canasta con cambio de mano en el aire, el de las lágrimas de Jordan.

14. Sentía que mis lanzamientos triples parecían tiros libres. Michael Jordan (1992).

El primer partido de las finales de 1992 duró el tiempo que tardó Jordan en anotar seis triples y alcanzar los 35 puntos. Es decir, los dos primeros cuartos: Jordan en fase de flujo. En un gesto para la galería, sabiendo que todas las cámaras y miradas le seguían tras anotar su sexto triple, Jordan se giró hacia la posición de comentaristas donde se encontraba Magic Johnson y se encogió de hombros, lo que venía a decir que “a veces soy tan bueno que yo tampoco me lo explico”. Los Blazers, hundidos moralmente, acabaron perdiendo de más de 30 puntos ese partido y la Final por 4-2. Segundo anillo y segundo MVP para Jordan.

15. Y Michael me dijo: hay un nuevo sheriff en la ciudad. Magic Johnson (2012), exjugador de baloncesto.

Con motivo de los 20 años del Dream Team se emitió un documental donde se recogen imágenes y declaraciones inéditas sobre aquellos días, sobre todo de la preparación de los previos a los Juegos Olímpicos de Barcelona. El partidillo de entrenamiento que realizó la selección norteamericana a puerta cerrada en Montecarlo se ha convertido en leyenda. Alguno de los presentes lo ha descrito como el mejor partido de baloncesto de la historia y todo a raíz de un error de cálculo de Magic Johnson: picar en exceso a Jordan, que se lo tomó, una vez más, como un desafío personal. El resto de jugadores se involucraron en la disputa sacando lo mejor de su repertorio. Michael jugó como si le fuese la vida en ello, hasta que su equipo ganó. Al retirarse a los vestuarios, se acercó a Magic y le dijo lo que ya era una realidad en la liga: la era de Magic y Bird había pasado y Jordan era el dominador de la NBA y el baloncesto mundial.

16. El mejor que hubo. El mejor que habrá. Inscripción en la escultura The Spirit frente al United Center (1994).

La presión de la prensa, el asesinato de su padre, la pérdida de motivación tras ganar tres anillos consecutivos o un pacto secreto con el comisionado de la NBA David Stern para evitar un escándalo mayúsculo derivado de los problemas de Jordan con apuestas. Ya sean los motivos oficiales, los rumores, o una mezcla de todos ellos, el caso es que Jordan se retiró (por primera vez) de la NBA en octubre de 1993. Aún sin recuperarse del disgusto, poco más de un año más tarde, los Bulls organizaron un homenaje a Jordan en el que retiraron su número y presentaron una escultura en su honor en la que se leía The best there ever was. The best there ever will be. En aquellos momentos, Jordan ya era unánimemente considerado uno de los más grandes e incluso, muchos ponían su nombre en lo más alto de la historia del baloncesto. Y eso que aún faltaba otro three-peat por venir, tras el extravagante paréntesis en el que Jordan quiso probar en el béisbol.

Jordan’s back

17. Se han creado 6.1 millones de puestos de trabajo desde que soy presidente. Y si vuelve Michael Jordan, serán 6.100.001 nuevos puestos de trabajo. Bill Clinton (1995), presidente de Estados Unidos.

La aventura en el béisbol no había sido todo lo satisfactoria que esperaba Jordan y el gusanillo del baloncesto (y, sobre todo, el sabor de la victoria y la gloria) le había comenzado a picar. Primero fue una visita aislada a sus excompañeros, después, que si unos lanzamientos; más tarde, algunos entrenamientos a puerta cerrada con los Bulls, que cada vez se hicieron más frecuentes. Al exterior se filtran comentarios: sigue estando en una forma física extraordinaria y, aunque un poco oxidado para lo que era antes de su retirada, sigue siendo un fuera de serie. Los periodistas se agolpan en las puertas del pabellón de los Bulls, los fotógrafos persiguen el deportivo en el que Jordan entra y sale del mismo. El 10 de marzo de 1995, su representante David Falk anuncia que Jordan deja el beisbol. En el partido de esa noche Scottie Pippen alimenta el rumor con una imagen puro marketing: sentado en el banquillo, cuando le enfocan las cámaras, levanta un pie para que se vea el jumpman de la suela de sus botas y señalándolo con el dedo, hace gestos para que vuelva. Parece que es cuestión de tiempo, pero no acaba de concretarse. Finalmente, el 18 de marzo de 1995, poco después de esa frase de Bill Clinton en plena comparecencia oficial, una nota de prensa consistente de 6 letras (I’m back) oficializaba lo que era un secreto a voces: Jordan volvía a los Bulls, volvía a la NBA. Diez días más tarde, le endosaba 55 puntos a los Knicks en el Madison Square Garden. Definitivamente, había vuelto.

18. Usted puede practicar el tiro ocho horas diarias, pero si la técnica es errónea sólo se convertirá en un individuo que es bueno para tirar mal. Mi filosofía del triunfo. Michael Jordan (1994).

A pesar de algunos incidentes aislados (como visitar casinos en Atlantic City la noche antes de algún partido importante o jugar al golf más de la cuenta), Jordan siempre ha sido responsable con sus entrenamientos, tanto de equipo como privados. A lo largo de su carrera fue puliendo defectos y añadiendo nuevas habilidades a su repertorio ofensivo. La evolución en su mecánica de lanzamiento en suspensión se puede observar al comparar dos de sus lanzamientos más famosos: el tiro ganador en la final de la NCAA en 1982 y la canasta que valió el título de la NBA en 1998 (ver frase número 20). Y en cuanto su físico, es aún más evidente la transformación desde aquel estilizado rookie que penetraba en las zonas como una exhalación al tipo con un imponente tren superior que en sus últimas temporadas que frecuentaba el poste bajo. Jordan se machacó hasta convertirse en un individuo que es bueno para ganar anillos.

19. ¡Estaré preparado! Steve Kerr (1997), jugador de Chicago Bulls.

En el sexto encuentro de las finales de 1997, a falta de pocos segundos para acabar el partido, el marcador refleja un empate a 86. Chicago pide tiempo muerto. La serie está 3-2 a favor de los Bulls, o lo que es lo mismo: si esa noche ganan, se llevan el anillo; si pierden, se jugarán toda la temporada en el séptimo partido. Evidentemente, la tensión en los banquillos es increíble. Las cámaras enfocan a Jordan, que está mirando fijamente a Steve Kerr. Pasados unos segundos le dice unas secas palabras inaudibles y Kerr responde que le pase la bola, que estará preparado. El balón se pone en juego y acaba en las manos de Jordan. Utah, que se lo esperaba, cierra la defensa sobre él. La estrella de los Bulls da un pase a Kerr que, libre de marca, anota el tiro. En la siguiente jugada los Jazz pierden el balón según sacan de banda, tirando por tierra cualquier opción. Chicago vuelve a ganar el anillo (el quinto) y, esta vez, por una asistencia de Jordan, que acabó el partido con 39 puntos, 11 rebotes y 4 asistencias. Más tarde, durante la celebración oficial del título, Kerr bromeó diciendo que él asumió la responsabilidad ya que vio a Jordan agobiado porque no está acostumbrado a lidiar con la presión. En perspectiva, si Kerr hubiera fallado no sería descartable que Jordan hubiera ido bastante más allá de un manotazo a su bandeja con la cena.

20. You’re fucking unbelievable! Steve Kerr (1998), jugador de Chicago Bulls.

Apenas quedan 42 segundos del sexto partido de la final de la NBA de 1998. Los Bulls pierden 86-83 frente a los Jazz, en ese polvorín llamado Salt Lake City. En seis segundos el marcador se ajusta aún más por una entrada de Jordan, así que, al menos, quedan un par de posesiones. Lo más razonable para Utah es jugar largo e intentar asegurar una canasta o cobrarse unos tiros libres. Y qué mejor forma que darle el balón a Karl Malone al poste bajo. Jordan, que parecía haberse quedado despistado en un bloqueo, le roba el balón a Malone. Ahora restan 18 segundos. Jordan rompe la cintura a Bryon Russell y anota un tiro abierto desde 6 metros, posando incluso para las fotografías con la muñeca flexionada. A falta de poco más de 5 segundos, Chicago gana de un punto. El lanzamiento final de Utah no entra y Jordan levanta seis dedos: ha ganado el sexto anillo y el sexto MVP de las finales, un colofón extraordinario previo a su segunda retirada. En 40 segundos, Jordan ha anotado 4 puntos (45 en total) y robado un balón a la estrella rival. En medio de la piña de celebración, la televisión capta el grito de Steve Kerr, que resume lo que todos pensamos: Jordan es jodidamente increíble.

Los gritos de Andrés Montes, el nudo en la garganta de Antoni Daimiel, los saltos en el estudio de Tres Cantos de Biriukov e Iturriaga… ¡Jordan! Quien lo vivió lo sabe.

21. Mi deseo de ganar siempre va a ser joven. Mi amor por el juego siempre va a ser joven. Michael Jordan (2003).

Aquel partido entre Wizards y Nets, en febrero de 2003, fue la 173ª ocasión que Jordan anotaba más de 40 puntos (43, esta vez); además, cogió 10 rebotes y robó 4 balones. Un partidazo individual, aunque no fue una estadística excepcional para alguien como Michael. Lo extraordinario de esta actuación es que Jordan tenía ya 40 años. Solo le quedaban 28 partidos de temporada regular, de su última temporada regular (esta vez sí) en la NBA, y aún conservaba talento y competitividad. Nadie ha alcanzado estos números con esa edad y creo sinceramente que es el record de la NBA más difícil de batir. Tal vez incluso por encima de los 100 puntos de Wilt Chamberlain.

22. There is “I” in the word win. Michael Jordan (2009).

Durante el discurso que dio con motivo de su entrada en el Hall of Fame, Jordan relató una anécdota referente a Tex Winter, ex-asistente en los Bulls y el padre del triángulo ofensivo que tanto gusta a Phil Jackson: en un partido que Jordan encadenó unos 20 puntos prácticamente consecutivos para dar la victoria a su equipo, Winter le recriminó que tenía que pensar en el equipo y no solo en él, con un juego de palabras en inglés: There’s no “I” in the word team (no hay “yo” –I en inglés- en la palabra equipo). Jordan le respondió que sí había “yo” en la palabra ganar (win). En resumen, que todo el rollo ese del equipo estaba bien, pero que para ganar necesitaban que Jordan estuviera en su línea estelar.

23. La gente apunta los errores, raramente los éxitos. Michael Jordan (2009).

En sus primeros años en la NBA, Jordan tuvo que convivir con la etiqueta de egoísta, de chupón. La prensa y los aficionados le ponían de ejemplo contrapuesto a Magic Johnson, paradigma de jugador que hace mejores a sus compañeros. Con el tiempo y los anillos, las críticas se diluyeron, pero en su labor como ejecutivo no parece que vaya a librarse tan fácilmente. Dos de sus elecciones más altas las utilizó en jugadores que han deambulado por la liga con más pena que gloria: el nº1 del 2001 con Kwame Brown y el nº3 de 2006 con Adam Morrison. Preguntado por estos drafts, Jordan asume que la controversia es parte del juego, pero que no se es justo con él. Hoy en día, como propietario de Charlotte Bobcats, sigue teniendo más críticas y derrotas que suerte y alegrías: en la temporada 2011-2012, su equipo acabó con el porcentaje más bajo de victorias de la historia de la NBA. El béisbol fue un fracaso, ¿lo será también su proyecto de crear una franquicia ganadora?

 

Fuentes principales consultadas:

Michael Jordan. El rey del juego, de Máximo José Tobías.

Página oficial NBA

Página oficial ACB

ESPN

Basketball Reference

Blog de Ramón Trecet



Juan Ramón Lucas: “Hay un poder en la sombra que mueve cosas sin que los ciudadanos podamos hacer nada”


La sensación que tengo mientras esperamos a Juan Ramón Lucas ( Madrid, 1958) en el Círculo de Bellas Artes no es la de estar a punto de entrevistar a un personaje público, me invade más bien la mezcla de inquietud y anticipación de quien aguarda la cita con un viejo amigo. Y es que para el que suscribe, como para millones de españoles, el presentador de En días como hoy conseguía, sobre todas las cosas, transmitir tal sensación de cercanía que, más de una vez, me sorprendía a mí mismo felicitándole o  discutiendo con él  en nuestra cita diaria, entre las 8 y cuarto y las 9 de la mañana, mientras conducía el coche camino del colegio de los críos. Dentro de unos instantes voy a tener la ocasión de hablar con él en persona; aparece por la puerta, dandi como una reencarnación de Oscar Wilde y tan cálido en persona como parecía en las ondas. La voz no miente.

John Humphrys es uno de los presentadores del matinal de BBC Radio desde enero de 1987. ¿Qué podría copiarle RTVE a la BBC para mejorar?

La BBC es un modelo. La estabilidad es un arma que nunca se ha utilizado en la radiotelevisión pública y que, por tanto, se desconoce, pero estoy seguro de que es muy eficaz. El mantener a una persona durante mucho tiempo —evidentemente, con la consideración previa de que es un programa que gusta y va creciendo de audiencia— debe de ser una cosa muy saludable. Yo lo he experimentado solo durante cinco años.

¿Cómo evolucionaron los índices de audiencia de En días como hoy?

Muy bien desde el principio. En términos absolutos, en los cinco años pasamos de 600.000 a 1.400.000 oyentes; y en términos anuales íbamos a un incremento del 25% cada año. Era un producto que desde ese punto de vista estaba funcionando.

¿Qué criterios han seguido entonces en RTVE para dejar de contar contigo para conducir el matinal de RNE1?

Lo desconozco absolutamente. Lo he preguntado, pero no he recibido una respuesta más allá de una generalidad como que se pretendía modificar los criterios y lo que yo estaba haciendo no entraba en esa nueva idea de radio pública. Bueno, ellos sabrán.

¿Es posible una RTVE pública sin gulags y purgas a cada cambio de gobierno?

Yo creía que sí, pero tengo tendencia a ser ingenuo. Pensaba que se iba a mantener el modelo porque estaba funcionando. Era una radio pública de servicio, que no se casaba con nadie y que ofrecía algo que los ciudadanos estaban comenzando a captar como tal, que era un discurso público en el sentido de que se manifestaban todo tipo de opiniones y todo el mundo podía participar. Además, aunque seguramente no me corresponde decirlo a mí, creo que había calidad. Nuestro esfuerzo diario era para conseguir calidad, cercanía y servicio.

Además vuestro programa se caracterizaba por su dinamismo. ¿Cómo se consigue mantener la atención del público durante horas?

No tengo la respuesta a eso, solo se me ocurre pensar que nosotros trabajábamos cada tema del programa como si fuera a ser el único. Había una serie de secciones que exigían a sus responsables rigor y solvencia, y había un informativo que mantenía el mismo criterio. Si entiendes el lenguaje radiofónico y buscas la excelencia radiofónica terminas haciendo un producto que, a lo largo de sus seis horas, es irregular y tiene altibajos, pero en general ofrece una tónica interesante; y ahí están los resultados de audiencia.

¿Cómo se las componen los profesionales para no agotarse? ¿Cómo se mantienen la ilusión diaria y no caer en la monotonía?

Disfrutando de tu trabajo. Para mí esos cinco años han sido un privilegio: levantarme a las tres de la mañana, prácticamente no tener vida social, estar con la gente que quieres siempre limitado por la falta de sueño, recortar tiempo de ocio para dormir debido al compromiso que tienes con los oyentes… pero incluso renunciando a todo eso cuando sonaba el despertador cada día lo primero que pensaba era “¿Pero qué hago?”, pero eso era el primer segundo, es lo que pasa cuando te levantas a las tres de la mañana en cualquier circunstancia, pero inmediatamente pensaba “¿Y lo bien que me lo voy a pasar?”. Y así hasta el final.

En España, las radios generalistas tienen prácticamente la misma programación radiofónica en cuanto al timing. ¿Hay estudios que fundamenten la idoneidad de esa programación o no hay razón para que la parrilla de la radio no evolucione?

Que yo sepa no las hay, pero está evolucionando. Aquí la radio de grandes magazines la inauguraron Luis del Olmo e Iñaki Gabilondo, y la supieron mantener. Luego hubo algunas incorporaciones, como Antonio Herrero en el tema informativo, Carlos Herrera… y después entra una tercera generación de gente como Carles Francino, yo mismo, Federico Jiménez Losantos en otro registro… que mantienen ese modelo porque funcionaba y era cercano. Lo que pasa es que ese modelo exige una cierta capacidad de manejar diferentes lenguajes radiofónicos, porque de 6 a 9 como hacía Iñaki, como hacía Luis y como hace Carlos Herrera manejas un lenguaje determinado, que es el informativo, y tiene que ser solvente; pero a partir de las 9 manejas otro más parecido al entretenimiento. Entonces, si eres capaz de manejar ambos registros y hacerlo con una cierta solvencia te puedes adaptar ahí, pero esa no es la tendencia general. Las otras grandes emisoras lo que hacen es un tiempo de información que suele durar hasta las 8 o las 9 según el país y a partir de ahí magazine. Y es lo que ahora se está empezando a hacer. Carlos Herrera mantiene el modelo, pero la SER lo ha cambiado, Pepa Bueno está de 6 a 10 y Gemma Nierga de 10 a 12.

Hay una gran dificultad para que la misma persona sea tan polifacética como para hacer una entrevista de alto nivel y al cabo de un momento estar riendo con “los cítricos”.

Iñaki Gabilondo me ha dado muchos consejos, y uno de ellos, que yo siempre seguía, era que cuando estés con el micrófono abierto, piensa en el oyente, pero no en abstracto, sino en un oyente que es persona. Y yo lo hacía en cada momento. Cuando estás haciendo una entrevista estás pensando en el oyente y cuando estás haciendo un magazine estás pensando en el oyente. Si tienes alguna duda te conviertes tú en oyente y entonces (al menos a mí me funcionaba) eres capaz de hacer una entrevista más o menos seria y después estar riendo con esos a los que habías entrevistado con La mirada cítrica. Yo pensaba en el oyente, me convertía en él y me divertía mucho. Y vuelvo a la historia: creo que es esencial en radio que la persona que lo está haciendo esté disfrutando. Y no solo disfrutando, sino sintiendo que está comprometido. Yo me lo paso muy bien, pero además tengo que hacerlo bien, porque cada persona que está escuchando la radio en cada minuto tiene el mismo derecho a que lo des todo tanto a las 6:05 como a las 11:45.

Hasta hace poco nos parecía más fácil tener un presidente negro que encontrar a una mujer conduciendo un matinal. Ahora la SER ha dado un paso al frente y ha colocado a dos, Gemma Nierga y Pepa Bueno. ¿Qué te parece el experimento? ¿Dos mejor que una?

De entrada, es cierto que en esto de la comunicación no hay una proporción entre las mujeres que hay en los medios o en el país y quienes tienen responsabilidad. Pero la radio es un medio tan íntimo que me parece que, a lo mejor, no diferencia hombre y mujer. Tú escuchas la radio porque escuchas a alguien que te resulta cercano y convincente, y eso no es cualidad de hombre o mujer, y diferenciarlo me parecería peligroso. Dicho lo cual, creo que el número de mujeres que está en la responsabilidad más alta, y no solo en los medios, no se corresponde con la realidad del país ni del propio sector.

Si Pepa Fernández te dice ven, ¿lo dejas todo?

Sí, porque la quiero mucho y me parece la profesional más solvente que había y que hay en RNE, con muchísimo respeto a todos los demás. En estos momentos es un referente en radio importantísimo.

Era muy bonita la relación que había y los mensajes que os mandabais de un programa al otro.

No sé cómo están ahora las cosas por RNE. Amigos y compañeros me cuentan cosas y eso forma parte de conversaciones privadas, pero lo que sí sé es que en esos cinco años todos en RNE sabíamos que formábamos parte de un cambio en la radiotelevisión pública. Y todos trabajábamos con entusiasmo en esa dirección. Es una de las cosas más hermosas que me quedan de esos cinco años en RNE.

Además había mucha pluralidad, porque el personaje que representabas tú por la mañana se parecía bien poco al de Toni Garrido por la tarde, y naturalmente Pepa no se parece a nadie.

También estaba la gente de informativos; Íñigo Alfonso por la tarde, Rafa a mediodía… trabajábamos en común, intentábamos que no hubiera compartimentos estancos… Todos trabajábamos para una radio abierta, pública y que la gente se hacía suya.

En cuanto a los tertulianos, ¿hasta qué punto el director del programa tiene libertad de elección? ¿No hay “sugerencias” desde las altas instancias?

Yo he elegido siempre los tertulianos que he querido. Sí hay sugerencias, también se proponen; pero siempre se hace, como todo, de acuerdo con la dirección de informativos y de RNE. Durante esos cinco años nadie me ha impuesto nunca absolutamente nada.

¿Cómo se consigue un equilibrio de opinión entre los tertulianos?

Es imposible y quien lo busque no lo va a encontrar. En la última etapa nosotros teníamos solo a dos, intentando buscar ese equilibrio, pero no siempre era posible porque estaban de acuerdo en muchos temas. Hay quien intenta tener a tres tertulianos, dos de una tendencia y el otro de otra, pero eso no acaba de funcionar.

En la tertulia siempre tienes el riesgo de que se desmadre.

Si pones a dos del PP y uno del PSOE que sean militantes sí te va a funcionar, pero es un riesgo para las tertulias el que las personas que están en ellas se comprometan con un determinado partido político, porque para eso pones a políticos y no engañas a la gente. Yo tenía tertulianos conservadores y otros más a la izquierda que a veces coincidían. Intentas que haya tendencias con uno conservador y otro que no, pero no es matemático. En la radio no hay matemáticas nunca. Lo único matemático de la radio es el tiempo, y eso no lo dominas tú. Hace falta mucha intuición y conocer a los personajes.

 ¿Cómo se evita que sea un gallinero o un cementerio?

Con mano dura, y reconozco que yo no siempre la tenía. Pero es más fácil resucitar un cementerio que silenciar un gallinero. Les pinchas y ya está, pero un gallinero… cuando empieza a calentarse…

Los tertulianos están casi siempre centrados en la actualidad política y económica, ¿por qué no traer más especialistas? ¿Por qué no diversificar más los temas? Por ejemplo, un pronuclear y un antinuclear.

En la escaleta de todos los días teníamos los tertulianos políticos. También buscábamos hechos de actualidad, no tanto a la actualidad diaria, y eso es una buena sugerencia: entrar en otros territorios: nuclear o no nuclear, ecologista o no ecologista, toros sí o toros no, educación público a o privada… Teníamos secciones en las que se planteaban debates, pero es verdad que seguramente faltaba que hubiera una sección semanal en la que se debatiera no solo de política sino de asuntos más cercanos. Lo que hacíamos era que los expertos explicaran y los ciudadanos les rebatieran a través de la red.

¿A qué personaje del siglo XX le hubiese gustado entrevistar?

Me hubiera gustado entrevistar a la madre Teresa de Calcuta, Ronald Reagan, a cualquiera de los Beatles, a Jimi Hendrix… a cualquiera de las personas que admiro o a cualquiera de las personas que me parece que han hecho algo admirable. Pero también a personas que han hecho cosas importantes, aunque no los admire, como Mao, Hitler o Franco. Y luego hay una clase de gente corriente, “the ordinary people”, que hace cosas extraordinarias.

En alguna ocasión ha comentado lo mal que te llevabas con Internet, sin embargo en Twitter tiene más de 100.000 seguidores ¿qué valor tiene esta herramienta para un periodista?

Hoy mismo he leído que cualquier periodista tiene que estar en Twitter. Es absolutamente cierto, y estás sometido, aunque no tanto como los políticos, a que la gente te zurre y la exposición pública, y eso no siempre es grato. Pero tienes que saber lo que pasa, lo que se cuenta y lo que la gente opina de tu trabajo. Además te facilita el poder comunicarte con cualquiera. Es fundamental para un periodista para saber en qué mundo está.

¿Estás de acuerdo con lo que nos dijo Ramón Trecet de que el valor de un periodista equivale a su número de seguidores en Twitter?

No. Yo tengo muchos seguidores en Twitter. Hay muchos periodistas que son mucho mejores que yo, que tienen menor repercusión pública pero mayor influencia por lo que escriben y donde escriben, que tienen menos seguidores. Hay periodistas con 60.000 o 25.000 seguidores que son mucho más importantes que los que tenemos 100.000.

La radio era fundamentalmente un medio para consumir la información al instante. Sin embargo, hay un auge en el uso de los podcasts, donde el oyente se centra en los contenidos que le interesan. ¿Se tiene en cuanta en las redacciones este nuevo elemento en la radio?

No. Otra gente quizá sí. Para nuestro programa Internet era, en primer lugar, un medio de difusión y, en segundo lugar, un medio de encuentro con los oyentes. Y cuando piensas en difusión en radio siempre piensas en directo, porque es el mayor valor que tiene: el hacerla en directo. Internet te ofrece una posibilidad nueva, que es escucharlo más tarde o escuchar solo lo que quieres; pero cuando te planteas un programa que entraña dificultad y tan largo, te lo planteas en directo y lo haces en función de los horarios vitales de la gente a esas horas. A primera hora de la mañana la gente quiere información, luego se relaja… tratas de acompasar la radio a las horas, y eso casa mal en otro momento. Sin embargo, hay cosas como La mirada cítrica que se puede escuchar a cualquier hora. O una entrevista. Pero una noticia en directo es más difícil. Yo siempre planteo la radio como la vida  que transmites en el momento en que hablas.

¿Crees que en el futuro los podcasts van a influir en la producción de los programas?

A lo mejor me falta el criterio para ver el futuro, porque las cosas cambian muy deprisa. Hace dos años y pico jamás pensé que podía tener 100.000 seguidores en Twitter. ¿Qué es eso de Twitter? Y ahora estoy a punto de abrir un blog. Voy muy poquito a poco, pero soy incapaz de predecir el futuro. Lo que sí creo es que la radio será siempre lo mismo, igual que el periodismo de esencia será siempre lo mismo. Tú puedes escribir en la redes, transmitir vía satélite o utilizar un holograma, pero siempre cuentas lo que pasa y le interesa a la gente. El día que la radio deje de ser ese medio que te hace compañía, te cuenta las cosas en el momento y sientes como tuyo habrá muerto la radio. Cuando la radio la haga un robot y sea una noticia tras otra ya no la escucharás, lo mirarás en internet. La radio tiene un elemento que no puede morir nunca, es lo que hace que el diálogo que mantenemos tú y yo aquí tenga sentido, es el calor, la temperatura, como decía Gabilondo, la cercanía. La radio tiene eso y su futuro pasará por conservarlo o expandirlo. No sé cómo, pero siempre tiene que tenerlo.

 

El periodismo impreso ya está viviendo el nuevo cambio de paradigma, y en breve en los coches se podrán escuchar emisoras de radio a través de Internet. ¿Has pensado en ello? ¿Qué pueden aportar locutores-blogueros al panorama radiofónico actual?

Mientras el lenguaje que utilicen sea el radiofónico, supongo que aportarán riqueza. Pero puede pasar como pasa a veces en Internet, y es que hay tanta basura que cuesta diferenciar. Es un riesgo, pero todo progreso lo es. Estamos ahora con el debate de los derechos de autor, por ejemplo. Las cosas tienen que cambiar. Hay cosas que hace tres años eran inimaginables, era imposible pensar que las redes tendrían la influencia e importancia que tienen ahora. Pues tendrás que adaptarte. En esto siempre va a ganar quien busque la excelencia, y la excelencia supone, teniendo claro el lenguaje de la radio, adaptarte a los tiempos y pelear. Yo siempre pongo el ejemplo del flamenco: Enrique Morente, que a mí me parece más innovador que Camarón de la Isla, entendía muy bien el flamenco, sabía mucho y lo cantaba muy bien; y por eso lo que él hacía a algunos le parecía una barbaridad, porque eso era el futuro. Él había entendido muy bien que el progreso era eso. Y el flamenco, igual que todas las artes, cambia cuando alguien que lo conoce muy bien y maneja muy bien su esquema empieza a intentar cosas diferentes. Yo no creo que un mono y un niño que pinten son el futuro del arte. Eso está muy bien y puede ser un soplo de aire fresco en un momento determinado, una ráfaga de viento, pero se cierra la ventana y nos quedamos con lo esencial, que es conocer ese arte y, partiendo de él, empezar a cambiarlo. Camarón fue el más valiente porque en esa época nadie pensaba que se pudiera cambiar el flamenco, pero Morente ha cambiado más las cosas y se ha atrevido más. Volviendo a lo nuestro, que vengan todas las posibilidades de escuchar radio, pero solo la gente que sabe de radio y es capaz de ver el futuro y trabajar conociendo ese lenguaje sin salirse de él… luego a lo mejor te sale. Las cosas hay que hacerlas desde el conocimiento. Yo puedo ser antinuclear y puedo discutir contigo, pero tú tienes muchos más conocimientos que yo, y eres tú quien decide si se puede ser ecologista y pronuclear porque tienes un conocimiento de ambos campos. La radio es comunicación directa, es temperatura. Hazla por internet, por megáfono o como quieras, pero hazla desde dentro de la radio.

De “Internet” es difícil defenderse. ¿Te embargaron sentimientos de impotencia cuando Periodista Digital se hizo eco de la información que publicó CCOO relativa a tus relaciones comerciales con RTVE?

Sí, aunque no me gusta mucho hablar de ello porque si te digo que me hizo daño estoy procurando que alguien se alegre. En términos generales te diré que cuando uno es objeto de una información que no está contrastada y que además es falsa, duele. Pero al final te acabas acostumbrando.

Pero hubo gente que salió públicamente en defensa tuya.

Sí, pero ante esos ataques ¿qué puedes hacer? Últimamente también he recibido críticas por el anuncio de Securitas Direct de gente que piensa que rompe la ética periodística.  ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra? Incluso aunque yo, que no es el caso, me hubiera equivocado, ¿qué tiene que ver eso con la ética periodística? No juzgues mi trabajo utilizando un elemento externo a ese trabajo. ¿Tú sabes si el hecho de que yo haya hecho un anuncio ha conllevado que yo, informativamente, le dé un trato de favor a esa empresa?

Quizá habría pasado lo mismo si hubieras anunciado cualquier otra cosa, es el ataque al personaje público.

Si lo próximo que yo haga hay gente a la que no le gusta me van a decir que me he vendido. Lo de siempre. Siempre va a haber gente que te critique. Twitter me permite acostumbrarme a eso. Cuando hacía la tele de vez en cuando me llegaba una hostia, pero te sentías el rey del mundo, que a todo el mundo le gusto. Que no es así, pero Twitter en este sentido es muy interesante, porque cuando tú te crees que eres inmenso viene alguien y te dice que no, y te zurra. Muchas veces esos golpes que te dan no tienen sentido, son vómitos, exabruptos, pero muchas veces dicen cosas sensatas, y ahí lo reflexiono y dialogo. A veces me defiendo. Si son gente que simplemente insulta ni me meto. A veces lo que he hecho ha sido retwittear el insulto, y entonces se monta una polémica y ese alguien que te ha insultado sale apaleado. Pero eso solo lo he hecho una o dos veces con gente que me ha insultado abiertamente. Es más, lo hice una vez con alguien por un tema muy sensible para mí, que es el cáncer. Calificó de patochada lo que yo hacía para la fundación que preside mi mujer en los actos para recaudar dinero para financiar becas de investigación. Ahí fui a saco. Cuando se meten conmigo o me insultan como mucho respondo una vez, pero no entro al trapo. Ante las críticas constructivas sí reacciono y lo intento aplicar en la siguiente ocasión. En concreto, respecto a lo que me preguntaste, es completamente falso. Ni he ganado tanto dinero ni de lejos ganaba el dinero que se decía.

Es que cualquiera que tenga una empresa sabe que facturación no es igual a beneficios.

Hablaban de lo que facturaba para hacer los programas de la tele como si hubiera sido lo que yo había ganado. Si miras lo que valen los programas de la tele, un millón de euros al año es una mierda. Es la mitad de lo que cuesta cada programa tipo Operación triunfo. Nosotros, que somos una productora muy modesta, habíamos facturado en dos años dos millones de euros. Pero facturado. Con un beneficio industrial del 10%. Y de ahí tienes que pagar otros gastos que no estaba en esa producción y a gente que no estaba en ese programa.

¿Hasta dónde llevarías la transparencia en todo lo relacionado con lo público?

Hasta donde se pueda.

¿Simpatizas con el movimiento 15M?

Lo observo con atención y simpatía, pero veo que desde sus inicios hasta ahora se ha producido una evolución que puede que lo espante, porque siendo capaces de recoger un importante sentimiento popular no están siendo capaces de ofrecer alternativas.

¿Y con Anonymous?

En algunos casos Anonymous ha hecho cosas que sobrepasan los límites de lo aceptable. La intimidad de las personas me parece sagrada. De hecho, enlazando con la penúltima pregunta, el límite de lo público podría estar en la intimidad de las personas.

El hecho de estar siempre en primera línea de la actualidad te habrá permitido conocer muchos datos e informaciones a micrófono cerrado. ¿Hasta qué punto desconocen los ciudadanos lo que se cuece en las altas esferas?

Los periodistas no sabemos mucho de eso. Tengo amigos políticos que me cuentan cosas y opiniones, y luego oigo que en público dicen cosas diferentes. Tengo la percepción de que se cuecen muchas cosas que desconocemos y de que hay un nivel de poder político y económico, que está lejos de nuestras posibilidades como ciudadanos, que maneja mucho más de lo que parece. Que hay un poder en la sombra que mueve cosas sin que los ciudadanos podamos hacer nada, seguro. Que tengo algunas sospechas, también. Pero que pueda demostrar y contar, nada. Pero no por ser periodistas necesariamente sabemos más. Cuando no estás en una conspiración no suelen hacerte partícipe de ella.

En tu próxima etapa qué te gustaría, ¿radio o televisión?

Radio. Es la novia que un día perdí y que no sabía que la quería tanto hasta que volví a encontrármela. Ahora ya lo sé. Lo que pasa es que ahora mismo el futuro va más por la tele por proyectos que todavía no puedo desvelar.

En diversas ocasiones has manifestado tu desagrado por la telebasura. ¿A qué consideras que se debe el éxito de audiencia de la misma?

La telebasura es la tele que desinforma y manipula. Me he preguntado muchas veces por qué tiene tanto éxito y solo encuentro una razón: nos gusta ver la mierda de los demás y pensar que, si yo tengo problemas, el otro también. En la calle ves a gente discutiendo, pegándose o vomitando y a lo mejor tienes un poco de pudor. Pero si estás solo en tu casa, sentado en tu sofá con una cerveza, y ves desfilar todo eso, lo ves y no se entera nadie. Y luego dices que ves los documentales de La 2. Pero he visto eso porque mi instinto animal disfruta viendo cómo se devoran mis congéneres. Ese tipo de relación son los medios de comunicación nos pone ante nuestro yo más animal. No puedo pegarle un puñetazo a mi jefe, pero me gusta ver cómo alguien le pega un puñetazo a otro y puedo identificarme con él. No lo sé, no soy psicólogo ni sociólogo, pero como me he hecho muchas veces esa pregunta creo que tiene que ver con nuestro comportamiento más primario.

Una pregunta con trampa: ¿consideras los reality shows telebasura?

Depende de lo que cuenten y del producto que te vendan. Operación triunfo es un reality y no es un ejemplo de televisión educativa, pero no es una televisión agresiva. Y ha sacado gente con talento. Hay programas en los que se potencian ciertos talentos. Por el tamiz de la televisión, cierto, pero es que todo lo que pasa por la televisión tiene un punto de contaminación porque tiene un punto de espectáculo. Pero salvando eso creo que hay productos televisivos de formato reality que son plausibles y que hasta pueden ser enriquecedores.

¿Te arrepientes de haber conducido Confianza ciega?

No me arrepiento de nada de lo que he hecho en mi oficio, ni siquiera de las cosas más infames. Porque todo me ha servido para, al final, tener un zurrón lleno de cosas buenas y malas de las que aprendo. Si uno transitara por la vida quedándose solo con lo bueno no aprendería en la puta vida. Todo lo que he hecho tiene un valor, incluso los errores que he cometido, que han sido muchos, porque me sirve para no repetirlos, para hacerme crecer o hasta para enseñar a mis hijos lo que no hay que hacer. Las cosas malas que nos pasan también son vida y nunca te tienes que arrepentir de tus equivocaciones, lo que tienes que hacer es aprender, porque a lo mejor si no las hubieras hecho no lo habrías aprendido. Nunca te arrepientas de tus errores.

Jordi González tiene mucha audiencia con El gran debate consiguiendo que muchos telespectadores sigan cuestiones de actualidad. Sin embargo el tratamiento del programa no puede evitar las tendencias sensacionalistas de la cadena. ¿Cómo valoras este tipo de programas?

Creo que está en el límite, a veces plantea debates interesantes. El problema de la televisión es que hemos acostumbrado a la audiencia a determinados mecanismos primarios. Hemos habituado al público a un lenguaje determinado y a que la tele tiene que ofrecerte espectáculo. E identificamos espectáculo con sorpresa, sorpresa con conmoción y conmoción con conmoción de cintura para abajo. Al final, salvo excepciones, se termina haciendo una televisión que puede ser buena en los contenidos pero que tiene que ir servida en esa bandeja. Ahí las televisiones privadas tienen un hándicap que no deberían tener las públicas, y es que tienen que ser rentables. La rentabilidad llega con la publicidad y la publicidad con la audiencia. Ese filtro del lenguaje televisivo contaminado tiene más peso en las televisiones privadas que lo que debe tener en las públicas. El gran debate me parece un formato que está muy bien, muy interesante. Y Jordi González es muy bueno. Tiene el hándicap que a veces tiene que hacer concesiones a un cierto lenguaje televisivo, pero en el fondo me parece que el programa está muy bien.

¿Estarías dispuesto a conducir un programa de debates en esa línea?

¿Por qué no? Lleva ya el suficiente tiempo como para que el que me propusiera una cosa así supiera hasta dónde voy a llegar. Si me dejan hacer sí, claro. Con esto no estoy pidiendo trabajo, ¿eh?

¿Te ha interesado alguna vez el periodismo de investigación?

Mucho.

¿En qué estado se encuentra?

En eso los sajones nos dan cien mil vueltas. El periodismo está pasando una etapa de crisis que se traduce en falta de medios, y eso lleva a cierta relajación en lo que es más caro del periodismo, que es la investigación, la búsqueda. A veces se confunde periodismo de investigación con periodismo de filtración, que no es lo mismo. Cuando te filtran algo te lo están filtrando. Cuando tú investigas, sigues, giras… es otra cosa. Y eso cuesta dinero y ahora anda un poco a la baja.

¿Cuáles son tus referentes periodísticos internacionales? ¿Qué TV consumes?

BBC, los británicos son muy sobrios y eficaces. En general para audiovisual, los sajones. En España no se hace mala televisión informativa, pero siempre tienes que tener en cuenta qué televisión estás viendo para filtrar un poco. Mis referentes internacionales son BBC y CNN, pero tampoco hay nada especial. Me gusta mucho cómo los franceses son capaces de vender lo suyo con éxito aunque sea aburrido.

Los franceses son los únicos que todavía se atreven a tener a cuatro tíos dando la brasa en una tertulia.

Y tener una audiencia espectacular. Sigo a los británicos como referente, pero admiro a los franceses por la capacidad que tienen de ser aburridos y tener éxito.

¿Consideras necesarias las televisiones autonómicas?

Sí como concepto, pero no las que se están haciendo. La televisión autonómica es una televisión pública, e igual que defiendo la sanidad pública, defiendo la televisión pública, la radio pública, la educación pública… Es verdad que a veces las televisiones son un despilfarro, pero son una oportunidad de servir a los ciudadanos. No se ha hecho así, pero debería. Desde ese concepto defiendo la televisión pública. Eso sí, no defiendo las televisiones gubernamentales ni las televisiones del dispendio.

El consejo de administración de Canal Sur cuesta un millón de euros.

Pues a lo mejor hay que revisarlo. No lo sé, no soy un gerente. Seguramente los gastos de las televisiones públicas hay que revisarlos, pero creo en una radiotelevisión pública de servicio y plural: la BBC.

Hace poco aparecías en tu tierra natal apoyando con su presencia la fundación contra el cáncer que tiene tu mujer. ¿Qué te lleva a involucrarte en este tipo de actos?

La toma de conciencia, la influencia de Sandra, que tiene mucho carácter y pelea duro y una cosa que siempre he pensado: que quien tiene una proyección pública está obligado a comprometerse. Si lo que tú haces puede influir no puedes quedarte quieto en casa. Tienes que mover conciencias.

Eres patrono. ¿Cuál es el objetivo de la fundación?

Impulsar la investigación y crear conciencia sobre la enfermedad. Y cuando digo crear conciencia quiero decir saber que está, saber qué podemos hacer, saber que se puede curar y saber lo importante que es una actitud positiva. En cuanto a apoyo a la investigación, fundamentalmente financiación de proyectos a través de becas.

En Estados Unidos la financiación privada de la investigación es inmensa y en España es nula.

Como fundación que somos no recibimos ni un duro público, nada. Estamos auditados y tenemos un control del Ministerio de Educación y Ciencia para las becas. Tenemos un patrono de la fundación que es Manel Esteller, que es uno de los mayores expertos en epigenética del mundo, y cuando presentamos la fundación hizo un gráfico muy gracioso. Ponía un grupo de batas blancas, las oscurecía y dejaba solo una y media, y decía: “Esto es lo que financia el Estado”.

¿Ha leído el libro de tu mujer Las cuentas de la felicidad?

Unas cuantas veces. El libro es muy bueno, y lo que yo sé del libro es que es auténtico y le ha costado mucho escribirlo. El otro día alguien decía en Twitter que a saber quién lo ha escrito. Pues lo ha escrito Sandra, y ha tardado ocho años porque cada vez que se ponía era un dolor tremendo. Al final le dio el último impulso y lo sacó. Es un libro escrito con mucho dolor pero con muchas ganas.

A qué eres más aficionado, ¿a las motos o la lectura?

[Se lo piensa largo rato] La emoción de la moto es más intensa. Monto en moto (una Goldwing) casi todos los días y leo todos los días, peor la emoción de la moto es más inesperada, más sorprendente. Y eso que la Literatura te lleva por donde te lleva.

¿Qué libro estás leyendo ahora?

Estoy leyendo, totalmente fascinado, y lo empecé ayer, La voluntad y la fortuna, de Carlos Fuentes. Acojonante. De hecho estaba deseando llegar aquí pronto y en el metro no me ha dado tiempo a leer. He terminado hace poco La berlina de Prim, de Ian Gibson, que me ha gustado.

¿Y lo de la Goldwing?

Me la compré porque me gusta mucho hacer viajes largos, y casi siempre viajo con mi mujer. Entonces, yo era más partidario de una moto, pero ella hizo valer algo que es incuestionable: quien va conduciendo soy yo, y quien va disfrutando de la conducción soy yo, así que al menos la tengo que dejar ir cómoda. Y la Goldwing es un coche de dos ruedas.

Fotografía: Gonzalo Merat
Transcripción: Luis Marcelino


Gumersindo Lafuente: “Por primera vez en la historia, las audiencias controlan a los periodistas”

Dicen los británicos que no hay mayor insulto en Reino Unido que ser llamado “intelectual”. Algo así como llevar colgada la etiqueta de “gurú” en los nuevos tiempos digitales. Para bien o para mal, es una palabra que acompaña allí donde va a Gumersindo, Sindo, Lafuente. Llega con sus Converse All-star raídas y un polo entrado en años, afable, sin marcar distancias, sin darse ínfulas. Cuando comienza la conversación, ya se entiende mejor el apelativo: dice cosas como “saltar a un nuevo mundo”, escruta el horizonte mientras se explica y se mueve mejor por las nubes teóricas que por el barro de lo práctico… Tras dos horas de conversación, reconozco mi derrota: es imposible traerle de lo general a lo concreto.

Pero hay dos rasgos que le diferencian de la mayoría de los gurús: sus recetas se han aplicado. Y además con éxito. Consiguió que El Mundo ganara su primera batalla a El País con elmundo.es entre 2000 y 2006. Luego fundó Soitu, un intento fracasado de crear un medio enteramente digital. Y, por fin, El País, donde comenzó su carrera, lo llamó de nuevo en 2010 para dar la vuelta a su estrategia en Internet. En enero de 2012 ya eran líderes. Ahora ha dejado la empresa porque no le dejaban marcar el rumbo, en un nuevo choque entre los ‘conservacionistas’ del periodismo y los ‘rupturistas’ como Sindo. Y esta etiqueta es mía. Hoy anda ya embarcado en algún proyecto nuevo de cariz “más militante”, convencido de que el periodismo en Internet permite estár “más cerca de la gente y menos de las empresas y la política”.

El otro día leí una frase de un tipo al que llamaron loco. Alfredo Frassati, viejo director de La Stampa: “Hay que imprimir el diario a las 5h, a las 14h y a las 20h para seguir la evolución de las noticias y ofrecer al lector una edición siempre actualizada”. No le entendían porque lo dijo en febrero de 1895.

Si quitas la palabra imprimir, la frase es absolutamente moderna y premonitoria. Hoy la gran diferencia es el tiempo real. Como consumidores, podemos saber lo que ocurre de forma inmediata. Y como periodistas, podemos también crear las historias en tiempo real. Dar noticias de última hora, pero al mismo tiempo ir fabricando los análisis, madurando la manera de contar las cosas.

Curioso, esta parece la mejor y la peor época del periodismo, al mismo tiempo.

Vivimos en esa paradoja. Nunca tuvimos mejores herramientas para contar la realidad. Pero esas mismas herramientas son las que están poniendo contra las cuerdas, económica e industrialmente, a los medios de comunicación tradicionales y, muy singularmente, a los periódicos. Tenemos que movernos en esa contradicción. El secreto de la salida de la crisis es resolver esa contradicción.

Pues usted dirá.

Es que no creo que haya una solución mágica. Al menos yo desconfío de ellas. Por eso cuando salió el iPad y todos los impresores, por llamarlos de alguna manera…

Los que Ramón Trecet llama aurigas de la información

todos los dinosaurios de los medios de comunicación lo recibieron como la plataforma de salvación de sus negocios. Yo, desde el primer día, les avisé de que no iba a ser así. Que la plataforma de salvación de sus negocios no es recurrir permanentemente a las antiguas maneras de comercializar la información. La verdadera plataforma de salvación del periodismo no es otra que aprovechar las oportunidades de los nuevos sistemas de distribución de la información y de comunicación con las audiencias.

Da la sensación de que las viejas empresas editoras siguen mirando la carrocería de Internet cuando se trata de hablar de velocidad. Se centran en el soporte, en sus Orbyt o Kioskoymás, que al fin y al cabo son papeles de cristal líquido, PDF’s mejorados.

Entiendo que las empresas monten un Orbyt o un Kioskoymás, pero tienen que saber que esos pasos son miradas al pasado. Un intento de aprovechar al máximo las condiciones de comercialización de la antigua época. Si queremos pensar en el futuro, eso no sirve. Yo soy partidario de invertir lo justo en las miradas al pasado. La apuesta, muy costosa, en lo que inevitablemente muere no me parece un sistema muy inteligente de gastar el dinero.

Hablas de los “dinosaurios” de la prensa, que comandaron y comandan el sistema antiguo. ¿Pueden ellos llevar a cabo el salto mortal al que se enfrenta el periodismo?

Los dinosaurios no pueden renovar el periodismo. Ya lo hemos visto en el pasado. Los dinosaurios se extinguieron. Y lo de dinosaurios lo digo cariñosamente.

Seguro. Suena muy cariñoso…

¿Qué está ocurriendo? Los dinosaurios, o mutan o mueren. Para sobrevivir, han de mutar en ardillas, que es lo que pide el nuevo escenario. Animales más pequeños, extremadamente ligeros y capaces de reproducirse con mucha facilidad. Si una ardilla hace un experimento y no sale, enseguida habrá una multiplicidad de ardillas que probarán otras cosas hasta que salgan. Los dinosaurios, ante esa sensación de ser agredidos por nuevos actores que intervienen en un mundo donde ellos antes eran un oligopolio, generan capas y estructuras para protegerse. En este ecosistema tan complejo, tan pantanoso, los dinosaurios, cuantas más superestructuras generan, más se hunden. Más incapacidad tienen para moverse y para comprender. Y más posibilidades tienen de fracasar en el intento de dar ese gran salto a un nuevo mundo.

De hecho, los diarios llevan 15 años aplicando estrategias defensivas. Ahora recorto papel; ahora prescindo de tantos trabajadores; ahora me cargo un par de suplementos; ahora lucho por mantener subvenciones… pura supervivencia. ¿Alguno de ellos empieza a mirar al futuro? ¿A dar ese salto?

La mayor parte de los diarios, en España y en el mundo, salvo excepciones, adoptan efectivamente estrategias defensivas y de recorte frente a una agresión, entre comillas, del nuevo ecosistema. Se parece a lo que, durante muchos años ha hecho la industria de la música: negar la evidencia de que el sistema de comercialización es un escenario nuevo en el que las compañías productoras y distribuidoras han de cambiar radicalmente, y en muchos casos desaparecer, porque el sistema así lo manda. Es muy duro ver que los medios de comunicación, cuya especialidad es contar y analizar lo que ocurre, son los más incapaces de ponerlo en práctica cuando eso afecta a su propio oficio. Los medios saben analizar la realidad, pero no su realidad.

Pues analicemos. Todo el mundo consume información a través de medios digitales y nuevos soportes pero los medios se arruinan. No recuerdo otro caso en la historia en que un éxito comercial no se traduzca en éxito económico. Por ir al grano, ¿de qué comen las ardillas?

Te contesto a eso, pero luego también hablemos de periodismo.

Ya, es que el periodismo con la cuenta a cero es más difícil.

Estamos en un momento revolucionario. Esto no es una transición. Es una verdadera revolución. Cuando da comienzo una revolución es imposible saber cómo va a terminar. Es más, normalmente a las vanguardias de la revolución es a las que les cortan la cabeza.

¿Lo dices por ti?

No… (sonrisa). Tenemos que manejar un nuevo ingrediente, que es la incertidumbre. Hasta hace poco, los grandes diarios trabajaban bajo unas determinadas certidumbres. Tenían muy claro su modelo de negocio, sus ingresos, el escenario de comercialización, cómo les afectaban determinadas crisis económicas.

Y su porción ideológica dentro del público.

También. Y lo que ocurre ahora les descoloca. Ellos quieren seguir trabajando con certezas. Los gestores de los medios de comunicación necesitan certezas. No están formados ni preparados, no tienen los conocimientos ni el criterio suficiente para trabajar en el nuevo sistema. Están acostumbrados a administrar una situación que además, en España, ha crecido y engordado en paralelo a la burbuja de este país: ligada a la burbuja inmobiliaria y muy enlazada con la burbuja política. Los medios están muy institucionalizados en España y los diarios, regionales y nacionales, también. El estallido de esa burbuja, que afecta a los bancos, al sector de la promoción inmobiliaria, a ayuntamientos, a Comunidades autónomas y al Estado central influye directamente en los medios, que ya estaban sobredimensionados de por sí. Los medios ya estaban en crisis antes de Internet. Si a la crisis coyuntural le sumas la estructural propiciada por un nuevo sistema tecnológico, los medios se enfrentan a algo inédito.

Pues a mí me sigue sin quedar claro cómo comen las ardillas.

Lo primero, las ardillas han de acostumbrarse a comer menos que los dinosaurios.

Ganar menos, entonces.

Las estructuras de los nuevos medios tienen que ser diferentes. Más ligeras y más eficientes. Los medios deben identificar su valor añadido, sus talentos y qué aportar de nuevo en el discurso periodístico que genere la creación de unas audiencias. Eso es lo único estratégico. Lo demás hay que organizarlo de otra manera.

¿Dejando de imprimir el periódico?

No necesariamente. Habrá que imprimirlo hasta que haya que dejar de imprimirlo. Porque si un día empiezas a perder dinero por vender un ejemplar…

Ya estamos casi en esa tesitura. Me contaban que elmundo.es ingresó 20 millones en 2011 y costó diez. Pero El Mundo en papel perdió 14 millones. La pregunta clave es si elmundo.es podría ganar ese dinero sin el respaldo de El Mundo.

Claro que podría. El problema es cuánto dura esa transición. Lo que no puedes en esta circunstancia es detenerte. Y cada medio exige una respuesta diferente. Yo apliqué unas recetas con mi equipo en elmundo.es cuando llegamos, en junio de 2000, y en enero de 2001 éramos líderes por primera vez. Y lo mantuvo hasta enero de 2012, donde lo consiguió El País. Para recuperar ese liderazgo, en El País aplicamos una receta completamente distinta. Pero el debate sobre cómo se financian los medios no se puede arreglar con recetas simplistas como “ahora nos ponemos todos de pago.” Si fuera sencillo ya se habría hecho. Si no se hace es porque se hacen las cuentas y no cuadra.

El País te fichó hace tres años como el gran puntal de su modernización y del paso a un nuevo modelo de periódico. ¿Por qué te has ido?

Para mí ha sido un gran éxito. Estoy muy orgulloso de mis casi tres años en El País. Decidí irme porque la primera fase, la más compleja del trabajo para el que me contrataron, estaba terminada. Y al mismo tiempo, me daba cuenta de que la segunda fase, igual de importante, ya debía estar en marcha. Tengo muy clara esa segunda fase, pero las circunstancias de esa compañía no me permitían abrir el debate sobre esa segunda fase.

¿Cuál era esa segunda fase?

Vayamos primero a mi llegada. Cogimos una marca estupenda, una redacción capaz y un director sensible a estas cuestiones y establecimos una estrategia para encontrar el enfoque adecuado que permitiera aprovechar esos mimbres. Lo primero, tecnología. Luego, arquitectura de la información. Después, una reorganización total del trabajo de la redacción. Cuarto, ambición de liderazgo. Y, desde luego, trabajo, trabajo y obsesión.

Un ex compañero tuyo de El País me resumía todo eso en una palabra, con su lado bueno y malo: “Lo que hizo fue evangelizar la redacción”.

También. Forma parte de todo eso. Porque nos encontramos una redacción con una mirada crítica hacia Internet, de espaldas a lo digital… La evangelización ha sido uno por uno, sección por sección. Muchos nos acusaban de matar el periodismo, no sabían que existía Twitter, no entendían cómo las redes sociales podían completar el periodismo y han cambiado radicalmente. Al llegar les dije a todos que el primer modelo de negocio era recuperar el liderazgo. Las tarifas de publicidad cambian mucho si estás en cabeza. Hace dos años, elmundo.es duplicaba en facturación a elpais.com. A finales de 2012, elpais.com estará por encima. Y un año después lo duplicará si lo siguen haciendo bien. Es inevitable. Porque la estrategia de elpais.com ha sido el periodismo de calidad. La tentación en Internet de hacer cosas por el tráfico fácil es permanente.

De ahí la proliferación atómica, inusitada y jamás vista antes de artículos sobre penes, vaginas y orgasmos en prensa nacional.

Nosotros en elpais.com intentamos obviar esos temas. Buscar lo relevante, no el tráfico fácil. Por eso tiene mérito el cambio. Cuando conseguimos el liderazgo, con innovación tecnológica, con una información bien organizada, pensamos en la segunda fase. Era clave tener todo el producto periodístico perfectamente etiquetado para poder explotar la información en la segunda fase.

Y os basasteis mucho en tu anterior proyecto, Soitu.

Soitu fue un gran laboratorio periodístico. Era una empresa de tecnología y de periodismo. Cuando lo cerramos, yo lo vi como el éxito de un fracaso. La empresa había cerrado, pero aprendimos y demostramos que se podía hacer un producto interesante e innovador.

¿Y esa segunda fase que no te han dejado implementar en El País?

La segunda fase debería haber sido la explosión de nichos de contenidos. Crear comunidades de audiencia. Establecer diálogo con ellas. Mantener la tensión informativa de asuntos políticos, culturales, sociales, económicos y deportivos, sí, pero por debajo de esa estructura clásica, deben generarse nichos de información con una calidad muy elevada. El producto generalista va perdiendo capacidad de diferenciarse y dar valor añadido. Tú tienes que aprovechar la fuerza de tu marca para bajar periodismo e ir a los nichos. Los viajes, la gastronomía, la literatura, la Bolsa, la educación…

Como los suplementos de antaño.

Pero con el concepto de comunidad y de diálogo. Creas entornos de intereses. Como hemos hecho en El País con el blog de El Comidista, que ya es el más leído, junto a las Gastronotas de Capel. Internet te permite un enorme conocimiento de tu audiencia para trazar perfiles. Sabes qué les interesa. Una señora o señor que adoran cocinar y además también está interesada en viajes y en alimentos bio.

Esa información es dinero. La posibilidad para las marcas de hacer publicidad de precisión.

Claro. Creas micronichos de periodismo de calidad para crear esas comunidades. Y el análisis de las comunidades permiten nuevos sistemas de venta de publicidad y de comercialización de nuevos productos. Un escenario nuevo. Esto no tiene que ver con el debate simplista del pago o no pago por contenidos. Requiere herramientas tecnológicas y apuestas informativas. Fíjate en el pasado: La Vanguardia era un diario que se beneficiaba de decenas de grandes campañas. Pero también tenía unos cientos de anunciantes de tamaño medio del área catalana. Y decenas de miles de lectores que ponían anuncios por palabras. Eso a un periódico le da seguridad económica e independencia. Hoy lo que ocurre es que los medios son más dependientes porque los afluentes en la captación de ingresos se han reducido. El pool de anunciantes se ha reducido. Por eso para mí es garantía de futuro para la independencia del periodismo el recuperar una mayor diversidad de ingresos periodísticos. Tener a los grandes anunciantes pero recuperar las múltiples vías de ingresos del antiguo ecosistema.

Vale, al llegar a elpais.com planteasteis una batalla napoleónica por la audiencia. Y la ganasteis. Ahora planteabas una guerra de espionaje, de precisión. ¿Por qué eso no le ha convencido a PRISA, o sea, a Juan Luis Cebrián?

No he dicho que no les convenciera, sino que no se daban las circunstancias para entrar en ese debate por la propia estrategia de la compañía. Por eso me voy. Pero sin ningún conflicto. Con el director mantengo la mejor relación y vemos esto con miradas similares.

Se dice que el gran problema es tu negativa a establecer un paywall, un pago por contenidos. Y que es la primera medida que implementará El País. Es más, se habla de reuniones entre los grandes medios para fijar precios semejantes. Welcome back, oligopolio.

No lo sé. No tengo esa información. Pero las estrategias de los medios deben ser de cada medio. Pactar precios sería suicida. A largo plazo se volvería contra los diarios. Estamos en un mundo nuevo y eso es la negación del nuevo mundo.

Suena un poco religioso.

El quiosco es un mundo cerrado. Internet, no. Nacen nuevos actores. Igual no son como tú, no tan grandes, pero se ocupan de nichos de esa información y pueden hacerlo mejor que tú y con menos costes. Eso desgasta.

Para ti el pago por contenidos, el paywall, es entonces un error.

Depende de en qué momento, del precio y de para qué contenidos. Establecer un modelo de pago no quiere decir poner todo de pago. Eso es poco inteligente. Se probó y no funcionó en España. La única cartera de publicidad que crece, y dos dígitos anualmente, es la de los medios on line gratis. La publicidad además irá madurando y encontrando nuevas formas de anunciarse. Hay urgencias de financiación, pero para tener un modelo de negocio hace falta tener un modelo de producto. Y no se está invirtiendo lo suficiente en eso.

Entonces propones el modelo de Alan Rusbridger, el director de The Guardian, que considera que cualquier barrera de pago supone un error, un saco terrero en el nuevo periodismo.

En España veo pocos periódicos que se puedan permitir un muro de pago. Hay alguno que podría experimentar y a lo mejor no son nacionales. ¿Y El País? También, pero tiene que elegir el momento y ahora no lo es. A El Mundo le interesa, claro. Pero es una trampa que le tiende a la competencia, porque está perdiendo la batalla en Internet. Llevan parados cinco años. Por eso les interesa urgentemente cerrar los sitios. A El País, no. Porque ya hemos hablado de nichos y de experimentos de pago, pero falta un tercer elemento en esa segunda fase: los ritos de consumo. Lo más importante.

Bueno, el consumo cada vez es menos ritual.

No. Los ritos de consumo están en los aparatos, los teléfonos, el iPad… Yo he venido en metro. He hecho cinco estaciones. Y me he saltado una por mirar la información. La gran oportunidad es el consumo de información en movilidad. Ese sí que es el gran quiosco. No el iPad como chisme, sino acceder a la información desde cualquier lugar y en tiempo real. Si nos ponemos en la piel del que te lo pide, podemos generar ritos de consumo.

Suena a “antiguo mundo”, como diría usted.

Tienes que crear productos que satisfagan necesidades. Que el que haga cinco estaciones de metro tenga una propuesta adaptada para poder enterarse en cinco estaciones de lo que él quiera: el Atlético de Madrid, la información del tiempo o la política europea. Tenemos que sofisticar la salida de nuestra información adaptada a las pautas de consumo. Se sabe que el iPad se usa más por la noche y el fin de semana. Un sitio web sabe cómo se consume su información. Debo analizar eso. Hace cinco años,Ttwitter y Facebook no eran importantes. Y ahora muchos lectores nos conocen o acceden a nosotros a través de esas redes.

The Guardian, el medio que más ha crecido en Internet, hasta un 70% de aumento de lectores año a año, con gran presencia en Estados Unidos, lleva tres años cerrando con pérdidas anuales en torno a los 38 millones de libras. Igual en cinco años, con el todo gratis, levanta la cabeza y se da cuenta de que el periodismo ha muerto.

The Guardian es un gran producto. Era un periódico casi local y gracias a la Red ha pasado a ser global. Eso tiene un valor. Y es el mejor camino para ellos. No hay recetas únicas. Hay que sofisticarlas. No hay que quedarse parados. Los grandes medios están  volcados en esperar. La patronal de los diarios llevaba años pensando que la solución era demandar a Google para que pagase sus pérdidas. Ahora hemos dejado de oír eso. Luego se decía que el Estado debía subvencionar a los medios y ahora con la crisis también se ha olvidado. Oiga, ¿y por qué no invierte usted en solucionar sus propios problemas? Innovación, tecnología y modificar las estructuras es la solución. No pidan al nuevo negocio, todavía inmaduro, que pague las facturas del viejo negocio, sobre todo si estas están infladas a base de estructuras, de directivos… El papel tendrá el futuro que la economía de las empresas editoriales aguante. Los periódicos deben reflexionar sobre su verdadera demanda. Todos los del negocio sabemos que las cifras que dan los periódicos no es que sean mentira, pero hay porcentajes de ejemplares que se acumulan a pérdidas. Se usan para subir ventas pero no ocasionan beneficios. Los diarios siguen manteniendo una irrealidad con sus cifras y deberían dimensionar la capacidad de producción de periódicos a esa realidad.

Algunos sostienen que Internet está matando al periodismo o, al menos, debilitándolo: “data Rich, information poor”. Muchos datos, pero poca información. Más volumen y menos filtro.

Tendemos a hacer análisis demasiado simplistas y a defender el periodismo de antes como lo mejor de la historia. Hoy se hacen productos periodísticos geniales. Si analizas la hemeroteca, ves productos periodísticos muy buenos y muy mediocres.

¿Por ejemplo?

Hay muchísimos. Lo que ocurre en el nuevo ecosistema es que la posibilidad de emitir información está al alcance de cualquiera. La multiplicidad de emisores es brutal. La cantidad de información es demoledora. ¿Eso es un peligro? Eso es una oportunidad para los periodistas. Nuestro papel evoluciona y algunas cosas que antes eran necesarias, ahora no lo son tanto. Y hay nuevas destrezas que los periodistas han de manejar, como el filtrado de la información. Pero la primera misión del periodismo es el control de los poderes. Tiene que estar en sintonía con los lectores y recuperar esa frescura.

Eso lo están haciendo las redes sociales más que los grandes medios. El 15M, la foto del Rey y sus excusas públicas…

Es que el periodismo no puede ejercerse sin interlocución con las audiencias, porque el público lo exige y la tecnología lo permite. El periodismo de datos y el de investigación, por ejemplo, están ante posibilidades tremendas. El periodista con olfato y fuentes puede ir a esas historias cuando cree que debe ir, cuando las audiencias te sugieren que vayas, no solo cuando alguien te filtra un papel. Quien te filtra un papel elige el momento, a quién y lo hace siempre por un interés. En el antiguo sistema, los periodistas estaban demasiado cerca del poder, económico o político. Ahí se vive bien. Se está caliente. Pero hay una nueva coyuntura para estar más cerca de la gente.

Digamos que con las redes sociales, el periodismo ya tiene quien le controle a él.

Lo nuestro es un oficio en compromiso con la sociedad y tiene gran parte de servicio público. El contrato del periodista no es solo con su empresa, sino con las audiencias, con sus lectores. Por primera vez en la historia del periodismo, las audiencias auditan y controlan el trabajo de los periodistas. Que los medios se institucionalizaran les restó frescura. Los medios deben reinventarse. Es una oportunidad estupenda para reverdecer nuevos ímpetus críticos, para ser un periodista más comprometido con tus audiencias y menos con las empresas y las instituciones.

En El País cayó muy mal lo que dijiste sobre la importancia de los followers de cara a contratar un trabajador.

Se dijo que yo sostengo que un periodista valga su número de followers. No es así.

Si no, fichemos a Justin Bieber.

Unos estudiantes me preguntaban cómo conseguir trabajo. Yo les dije que, a la hora de contratar, ya no pido currículos sino enlaces. A blogs, actividad en redes sociales… Si me interesan, a lo mejor os pido el currículum. Que usen herramientas gratuitas para demostrar su talento. Si tengo que contratar a cinco periodistas y tengo diez candidatos, ya filtrados, a igualdad de condiciones, me quedo con los cinco que sepan usar redes sociales y estén presentes en ellas.

Tú insistes siempre en la marca personal del periodista.

Cuando llegamos a El País insistimos mucho en eso. En existir en las redes sociales. Muchos se dan cuenta ahora de que su peso en followers les vale incluso para negociar con sus empresas. Saben que su valor aumenta. Porque sus followers le siguen a él. La marca de un medio es su cabecera más las marcas personales de los periodistas que lo constituyen. Eso le da valor a la empresa, pero también a los periodistas.

¿Qué te ha parecido el lanzamiento del Huffington Post? La versión francesa apenas tiene relevancia, como la de Slate. Y en España no parece haber aportado mucho desde su lanzamiento. ¿Funciona importar cabeceras exranjeras en Internet?

Tiene todavía que madurar. El Huffington no es innovación, es como poner el Starbucks en Madrid. Pero puede funcionar, tiene una potencia financiera enorme.

Sí, y siendo una potencia financiera enorme no paga a los colaboradores.

Ellos han elegido ese modelo. A mí no me gusta. Pero si alguien quiere escribir un blog y renuncia a cobrar por ello, eso no se lo ha inventado el Huffington Post.

Sí, pero ellos casi han sacado pecho de ello.

Ellos han repetido el sistema del Huffington Post en Estados Unidos. Pero España no es Estados Unidos. Los blogueros con influencia en España se cuentan con los dedos de dos manos y que ese modelo funcione aquí va a ser complicado. El riesgo es limitado porque es un equipo pequeño y con talento. El reto es cómo conseguir, con esa marca, hacer un producto con personalidad propia. Será difícil: es un modelo de hace cinco años y, hoy, el mundo de los blogs está un poco saturado y a la baja.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina


Diego Manrique: “En España las descargas jamás serán rentables”

Hubo un tiempo en España en el que sintonizar el dial suponía un acto de rebelión. Fue entonces, en los largos 60 de la dictadura, cuando Diego Manrique (Burgos, 1950) escuchó por primera vez la rima que inicia la edad de oro del pop británico: “She was just seventeen, you know what I mean” Ahí empezó —como él afirma— “su enfermedad”. La misma que nos ha contagiado a través de múltiples programas de televisión y especialmente de radio: Manrique es alma y esencia de la Radio 3 indie con su legendario El Ambigú. Conversador animado y ocurrente, con inclinación por las anécdotas, la charla con él resulta como consultar una formidable enciclopedia del Pop. Y, en esta ocasión, abrió casi todos los tomos para Jot Down Magazine.

¿Cómo fue tu infancia en un pueblo de Burgos, en esa Castilla y León que inmortalizó Umbral como “de tedio y plateresco y de plata fría”?

Es muy difícil crecer en un pueblo. Un pueblo que estaba cerca de lugares más cosmopolitas que Burgos como son Santander y Bilbao, y que tenía problemas de recepción de radio. Las ondas no llegaban bien, era un valle verde y montañoso. Lo que ocurría es que no escuchabas las emisoras españolas, quizá Radio Bilbao y por la noche Radio Madrid, pero sí podías escuchar Radio Luxemburgo o Radio Francia. Allí tuve la oportunidad de escuchar un concierto de los Beatles en el Olympia (París) en 1964, lo he contado mil veces… Por aquel entonces, los Beatles sólo salían en la prensa española para burlarse de ellos.

Creo que una de las primeras apariciones de los Beatles en la prensa española fue un pequeño recuadro en Hola citándolos como una nueva moda en Inglaterra.

Lo único que sabíamos es que existía es un grupo de melenudos llamado “los escarabajos” y, claro, ahora miras la longitud de sus pelos y te partes el culo. Pero de repente estar escuchándoles, con el fondo de los gritos, me electrizó: no había oído nada parecido. En aquellos tiempos lo que sonaba en los pueblos era copla y un poco de música levemente caribeña: boleros, mambos y chachachá. Escuchar a los Beatles me cambió la vida, directamente.

Entonces, ese fue el momento clave en el que entras en contacto con el pop.

De repente descubro que el mensaje que nos habían transmitido de que “era una música de gamberros”, descubres que es excitante. Estos tipos, de los que todo el mundo se está burlando, están haciendo una cosa que a mí me pone los pelos de punta.

Lo que comentaba George Harrison que les enseñaron a hacer en los días de Hamburgo “Mach schau” (hacer un Show), electrizar a los que les veían, y tú sólo lo tuviste por la radio.

Sí claro: sólo por la radio. Allí no se había visto eso: sólo había orquestinas en la plaza. La idea de conjunto, de conjunto de combo, no existía.

¿Cuál fue tu primer disco en vinilo?

Compré discos a los dos años de eso; como síntoma de la grave enfermedad que tenía compré antes los discos que el aparato. Brincos, Donovan, Tom Jones y Rolling Stones. Realmente no es significativo: comprabas lo que no tenían tus amigos, todo era compartido.

Es lo mismo que nos comentó Gabriel Albiac sobre los discos en su juventud: el intercambio, oírlo en casa de otros…

Claro. Y de repente, alguien que había ido a estudiar inglés a Irlanda volvía con discos ingleses. Era mágico, ya que eran diferentes, y la textura de las portadas era distinta; los discos eran más delgados. Era grotesco si lo piensas un poquitín, pero al mismo tiempo era muy importante. Venimos de un tiempo de escasez total, de un tiempo donde no sólo escaseaba la música, sino también la información. En uno de mis primeros viajes a Madrid en aquel tiempo era inevitable ir al rastro. Allí encontré una revista americana y me la compré sin saber inglés. Lo hice únicamente porque había un anuncio de Bob Dylan y se reproducían las portadas de los discos. Eso era información dorada, y a partir de ahí fui a buscar en el kiosco de la Cibeles donde solían tener revistas musicales (New Musical Express -NME- ). Luego, empiezas a suscribirte, aprendes cómo se compran los discos por correo y todo eso. Eran escapadas sueltas a Madrid, a mediados de los 60, y recuerdo haber visto publicidad en prensa de la embajada de la India respecto a un recital de Ravi Shankar. La frustración de no poder ir… Esto era todavía el PREU.

Estudiaste Derecho en un marco turbulento como la Universidad de aquellos años, ¿Cuáles eran las tendencias musicales entre los estudiantes?

Estudié Derecho en Burgos, en una academia de los jesuitas, y luego te ibas a examinar a Valladolid; era muy poco práctico y bastante duro. En Burgos era difícil mantener una vida social, los bares cerraban a las doce, y a partir de ese momento sólo abría el bar de la estación del tren. En cuanto a los gustos musicales, existía una doble tendencia: los más hedonistas o juerguistas preferíamos el rock y luego la parte más seria y con más pensamiento de futuro apreciaban toda la poesía de los cantautores. No eran tribus que se escupieran por la calle; eran amigos tuyos. Luego había alguno al que le gustaba el jazz. Realmente éramos tan pocos que no había razón para pelearse por una cosa de estas.

¿Cómo llegas a colaborar en Triunfo?

¡Pues mandando una carta! Es absolutamente asombrosa la inocencia de aquellos tiempos. En el año 72 empezaron a publicar bastantes artículos sobre la contracultura a raíz de un viaje que organizó Bocaccio a California con toda la Gauche Divine.

Es difícil imaginar a Rosa Regás hippie.

No sé si fue Regás, pero Montalbán y otros escribían sobre la contracultura en California y era asombroso, acojonante, no tenían ni puta idea. Entonces mandé una carta a Triunfo diciendo que era una vergüenza que este movimiento (el rock) no estuviera siendo cubierto de una forma seria. Me respondieron con una carta diciendo “Si Vd. puede hacerlo mejor, mándenos un artículo“. Y así fue, directamente.

Es precisamente del 66 al 74 donde se data el inicio y apogeo de todas las revistas contraculturales estadounidenses. Rolling Stone, National Lampoon, Crawdaddy

Esto que te digo fue en 1972. Por aquellos tiempos existía un movimiento de prensa underground en Estados Unidos absolutamente extraordinario que había generalizado el proceso de profesionalización que fue Rolling Stone. Pero, al mismo tiempo, todas las ciudades tenían un periódico underground, y luego había revistas un poco más de izquierdas como Ramparts; su comunicación era impresionante. Estaban incluso organizados en un sindicato de prensa, UPS (como la empresa de mensajería), y a nosotros en Burgos se nos ocurrió hacer una revista parecida. Lo intentamos, se armó la de Dios es Cristo, intervino la policía provocando un follón tremendo. Siempre me quedó el gusto por decir “Qué bonito debe de ser hacer una revista“. Son pulsiones que ya he ido dejando, porque ya me he enterado de que hacer una revista es la vía más rápida para llegar a la infelicidad y a hundirte en la miseria. Aquel periodo era, de veras, excitante. Por eso no entiendo que ahora se intente mitificar a Charles Manson.

En uno de los primeros National Lampoon, precisamente, hay una tira cómica sobre la historia de los Beatles guionizada por Mike O’Donoghue (guionista célebre luego en el Saturday Night Live), y en las viñetas finales asocia el final de los Fab Four con el propio Manson como sátira.

Simbólicamente sí: es un hippie o que se comporta como tal que puede matarte. Es una revelación muy incómoda. Nunca entendí, y esa es una de mis divergencias con revistas como Ruta 66, esa mitificación del serial killer, idolatrar al propio Manson. Es el enemigo de cualquier persona humana.

¿Cómo llegabas a obtener esas revistas? Nos has contado el caso de la NME, pero la Rolling Stone debía ser complicada de obtener aquí.

Como se llegaba aquí: te comprabas el NME, ahí te enteras que existe el Melody Maker y, de repente, en una de ellas aparecía un anuncio de la Rolling Stone que acababa de salir en San Francisco. Les escribías y te suscribías. Luego ya fueron los viajes y conseguir libros sobre esta explosión cultural. Era un aislamiento total, pero si te esforzabas un poquitín podías conseguir. Es cierto que era un poco folclórico. Cuando empecé tenías que pedir talones en moneda extranjera, que era difícil (mucho papeleo), tanto para comprar discos como para suscribirte a cualquier revista. Recuerdo que iba al banco, y la primera vez me dijo el director “Y esto, ¿no será para una cosa subversiva?”. “Qué va, es para una revista musical”. En realidad, creo que quería decir¿Esto no será para una revista guarra?” (risas)

Volviendo a Triunfo. ¿Existía tensión respecto a la música pop como subcultura y el resto de colaboradores?

No, en absoluto. De hecho, los únicos conflictos que pudo haber fue cuando empezó a escribir Eduardo Haro Ibars —el hijo de Haro Tecglen—. Mandaba un artículo poniendo bien a los New York Dolls, por su ambigüedad sexual, y yo poniéndolos mal porque copiaban a los Stones. Al final, no publicaban a ninguno de los dos.

Casi la pugna entre dinosaurios del rock y el punk de mediados de los 70.

Pero creo que la izquierda de Triunfo veía el rock como algo curioso, un síntoma de modernidad. No funcionaba esa dialéctica del rock como música del capitalismo o elemento de disolución de la juventud revolucionaria.

Vamos ahora con tu faceta radiofónica. ¿Cómo era la radio fórmula antes de la movida?

Empecé en Radio Nacional, en el único programa que había entonces, Para vosotros jóvenes, por el que ha pasado todo el mundo, pero que en aquel tiempo lo llevaba Carlos Tena con un equipo impresionante (García Pelayo, Adrían Vojel…). Al mismo tiempo colaboré en la SER de Burgos, en lo que se llamaba Radio Castilla. Era lo más marciano del mundo porque habían aceptado un argumento de Radio Madrid de que había futuro en los 40 principales. Pero, para no contratar gente, lo que habían hecho era comprarse una máquina impresionante que ocupaba toda una habitación. Por un lado llevaba en cartuchos las canciones, de donde salía la voz. Había un problema, y es que cuando se saltaba uno, todos los demás se confundían. Además, tenían dos programas que hacía yo, a última hora de la noche, y era marginal totalmente. No interesaba a mucha gente. El fenómeno musical creo que explota aquí a finales de los 70, con los fan, con Tequila y su rock and roll y la furia con chicos guapos —chicos guapos entre comillas— estilo Pecos, Leif Garrett. Movilizaban muchísima gente. Luego, también, el fenómeno de la nueva ola alias Movida que tardó dos o tres años en despegar pero que pegó fortísimo.

¿Qué nos puedes contar de las primeras radios libres de finales de los 70? Recuerdo que Mariscal Romero lo consideraba el mejor periodo de la radio fórmula en España.

Creo que es un poco posterior, tirando a los 80. Lo que ocurre a finales de los 70 en España es que había un montón de emisoras en el aire. Por ejemplo, estaba toda la radio del movimiento. Eran un montón de emisoras que a partir del 76-77 pierden su sentido, nadie comparte esa ideología —ni siquiera los mismos que la hacían—, pero tienen plantillas y programaciones. Eso hizo que entrara mucha gente joven, ya que obligaban a que la programación de FM fuera distinta a la de Onda Media, aunque los jefes de la radio hubieran preferido algo similar. Entonces, ¿qué cosa más barata que la radio musical? Es simplemente un tocadiscos y un señor hablando. Y ahí sí que hubo un momento de que saltamos muchos a la radio. Las radios libres serían un poco posteriores, con radio P.I.C.A., La cadena del Wáter…  derivados de los fenómenos italianos y franceses. Eran movimientos de contestación política que se basaban en lanzar emisoras al aire. Yo tengo folletos donde técnicamente explicaban lo que necesitaban para hacer una emisora. Me hace gracia que diga eso Mariscal ya que él hizo cosas increíbles en ese tiempo. Las 24 o 48, no lo recuerdo bien, horas de John Lennon. Tengo fotos de la mesa donde estaba Mariscal y había unas rayotas así de grandes. ¡Que se hiciera eso en una emisora estatal! Todo porque no había conciencia de eso y, evidentemente, ¿cómo ibas aguantar tanto tiempo si no haciendo radio?

Hace poco salió una lista de ventas de está ultima década, inicios de 2000, donde mostraba a los Beatles en una posición ventajosa. ¿Es la pervivencia económica de estos grupos la señal de su calidad?

Tengo dos teorías. Creo que nadie, en esos ocho años de vida de los Beatles, llega a tal nivel. Es absolutamente asombroso y se podría demostrar matemáticamente: tantas canciones en tanto tiempo. Creo también que lo que hay son restos de un imperio generacional. Los que crecieron con los Beatles, que en muchos casos no lo escuchaban… Mira, los políticos del PSOE llegaron a Moncloa diciendo “Nosotros éramos los de los Beatles.” Y vamos, tú eras de Víctor Manuel todo lo más (risas). Esa gente, generacionalmente, ha triunfado: tiene el poder político, económico y sobre todo cultural. Han decidido que los Beatles es lo más presentable de su juventud y los han colocado como una especie de santos. Me preocupa esa propaganda desaforada que hacía, por ejemplo, el hombre del flequillo, el señor Hermida, constantemente haciendo un programa de Beatles o Stones. Creo que los Beatles han servido para mantener una hegemonización de cierta cultura. “Nosotros escuchábamos a los Beatles…” y probablemente la única que los escuchaba era tu hermana, era una cosa frívola.

La filtraciones de piratas de los Beatles demuestra que las canciones, incluso en estado embrionario, eran excepcionales.

Mira, a veces me he planteado hacer un programa diario solo de los Beatles. En EEUU hay varios, pero yo buscaría una trayectoria amplia, poniendo las versiones y viendo que no aparecen de la nada, que son un resultado y vienen de un sitio. Dinamizan una época donde todos los artistas tenían la misma productividad. Eso de sacar uno o dos LPs al año, y en medio un EP de cuatro o seis canciones.

Ese 1966, con singles como Eleanor Rigby, Shapes of Things, Paint it Black… Todas canciones perfectas.

Por eso, los Beatles sirven para nuestros peores instintos. Especialmente ese instinto de superioridad generacional.

Dime tus discos y grupos de este mundo de finales de los 60 e inicios de los 70, antes de saltar a Dylan.

No sé. En aquel tiempo teníamos mucha afinidad al rock de San Francisco, era el emblema de una forma de vivir, era la contracultura. Instrumentales larguísimos, sentir que oíamos música de mayores. Te hablo de Jefferson Airplane, Grateful Dead… Y además, a inicios de los 70, empezó el movimiento de volver a la tierra, del country, la steel guitar, y eso tenía mucho sentido para los que vivíamos en una ciudad castellana; de repente te planteabas que una opción vital era comprar una casa en un pueblo y montarte la vida allí. Muy pocos lo hicimos.

Este rock de raíces, del 69-73, es muy bueno, con canciones como Stuck in the middle with you que utilizaba Tarantino en sus películas o los propios Allman Brothers. No sé si por la ascendencia del Nashville Skyline de Dylan. De hecho, el primer disco de George Harrison en solitario, sin los Beatles, All Things Must Pass (1970), tiene en su mayoría canciones pseudo-country, casi folk.

Es la influencia sobre todo de The Band, del disco The Music from the Big Pink (1968), que supone toda una revolución. La idea de una vida más sencilla era tentadora cuando la vida que se te ofrecía era antipática. En ese tiempo, además, todos jugábamos con el fantasma de la mili. Yo me libré pidiendo prórrogas de estudio, pero otros compañeros cumplieron. La idea de aislarte de la sociedad y vivir en el campo era tremendamente atractiva. Los primeros números de Ajoblanco tienen esta posibilidad todavía presente.

¿Cómo llegas a Dylan?

A Dylan llego como todos, por el Like a Rolling Stone (1966). Cuando sale al Olympia de París con un traje, con una guitarra Fender, muy bajito, con un pelo casi afro y sus Ray-Ban negras…

Una especie de rey de los hipster. Recuerdo del documental de Scorsese toda la chulería de Dylan, respondiendo al público que le tacha de judas con I don’t believe you! You’re a liar!

El tío más impresionante que podrías ver. Y encima poeta.

¿Qué te recriminaban los fan de Dylan por tus opiniones sobre él?

Aquí hay mucho fan reciente de Dylan y muchos de ellos entran en la religión Dylan como “alguien que no puede errar“. Es alguien que tiene tanto estilo, que incluso cuando falla uno debe de admirarlo. Yo vengo de otro tiempo, de los que descubrimos Highway 61 Revisited (1965) o Blonde on Blonde (1966) e incluso John Wesley Harding (1967) y Nashville Skyline (1969) y de repente sabemos que el tío es bueno… pero no siempre lo es, porque no tiene exigencia o no se esfuerza por hacer discos. No creo que eso de tocar ciento y pico noches cada año sea buena idea con la edad que él tiene. Entonces, cuando dices “atención, este Dylan no es el bueno, hay otros Dylan mejores” muchos fan se enfadan muchísimo. Existe una agresividad total ya que son gente que han decidido aceptar que todo lo que hace Dylan es genial, y yo no lo comparto. Creo que se ha equivocado muchas veces, y no se ha preocupado de lo que es hacer un disco. Hacer un disco es un proceso muy diferente de tocar en directo, es otra cosa, no tiene nada que ver. Y Dylan es de los de llegar y si lo puede hacer en dos horas mejor. Por eso, cuando empiezas a criticarle y con cierto sentido de frustración, que ha sido grande, cuando ves sus discos inciertos. Esos conciertos que son flojos, esa voluntad de destrozar las canciones y convertirlas en otra cosa. Un artista americano que no recuerdo decía “si Like a Rolling Stone suena como suena es porque ha habido 20 interpretaciones ante de llegar a esa“. Pero no creo que tocar una versión distinta sea bueno siempre. Creo que no es lo mismo el rock que el jazz, que una canción tienes que respetarla, no se puede adaptar la melodía tan fácilmente.

Y no es del todo cierto lo de la improvisación de Bob Dylan en los conciertos, lo hemos visto en los últimos años y se limita a cantar una misma melodía vocal sobre la música de distintas canciones. No reinventa. ¿Hay un tipo de fan de Dylan, como puede pasar con Springsteen, los Beatles o los Stones, que adolece de que su único contacto con la música es él y se ciega?

A mí, si de algo me sirvieron los Stones y Dylan, fue para mirar qué había detrás y debajo, por dónde vienen. Es una tarea muy lenta, y en aquel tiempo los discos de determinados artistas eran dificilísimos de encontrar. Me asombra esa gente que sólo escucha Dylan o Springsteen… pues tío, estos son sólo eslabones de una gran cadena. Ignorar esos elementos me parece absurdo, el mundo es más grande que Dylan, los Beatles o los Rolling Stones. Quedarte con un sólo artista puede ser muy reconfortante, porque, además, con Dylan hay una profundidad oceánica, con 120.000 piratas, pero el gusto está en la investigación, la gente paralela, a los que influye. Es mucho más rico que quedarte en “yo voy a la Romería de Dylan y no me hables de otros santos. Sólo me interesa San Antonio de Padua” (risas). Por eso hablo de los dylanitas, porque hay un elemento profundamente religioso, de decir “este es mi Dios“. Hay una canción de un cantautor llamado Coppel que se llama El mayor fan de Bob Dylan del mundo, y cuenta desde dentro cómo son los fans, cómo la gente se queda callada hasta que llega el estribillo y la reconoce. Es un tipo tan a la contra, que rompe tantas expectativas, que es difícil, pero creo que todavía se le puede criticar. Mira, a mí me gusta muchísimo toda la música cuando Dylan se electrifica, cuando el folk rock se pone de moda y provocó modas de artistas imitándole en Francia como Antoine y toda esa gente. La fórmula del folk rock cuando la coge Calamaro me parece extraordinaria, el propio Dylan no lo hace. Ese ritmo muy marcadito, con palabras escupidas, me parece maravilloso.

Crees, también, que tiene un poco de autoparodia: Self-Portrait (1970). Buscaba provocar un poco.

El Self-Portrait es la respuesta a los discos piratas. Sale un disco llamado The Great White Wonder (1969), y es un disco pirata de grabaciones de su padre y su madre. Él dice “¿Eso es lo que queréis?”, y lo da. Pero hay mucha diferencia entre un pirata y un oficial, las patochadas que había en el Self-Portrait… Ahí estaba, en efecto, provocándonos.

Vamos un poco más adelante, un contexto y un recuerdo: el rastro, vinilos y los años 70; el encuentro de Carlos Berlanga y Nacho Canut con Alaska vía LP de las Vainica Doble, según citaba El Zurdo, y tu casi al lado viendo vinilos viejos de la psicodelia.

(Risas) Las primeras noticias que tuve de ese mundo fueron los fanzines. Como trabajaba en Starr teníamos cierta conexión con la gente que los hacía, y estaban todavía un poco eclipsados por los comic undeground (Ceesepe). A través de estos fanzines, empiezas a descubrir que hay unos chavalitos que por un lado quieren ser punkies y por el otro lado reivindican a las Vainica. Y dices, hostia, esto es interesante. El primer disco de Kaka de Luxe (1978), el EP, me pareció tremendamente simpático e incluso intentamos grabarlo para el programa que teníamos entonces, Popgrama. Cuando vine a vivir aquí, en noviembre de 1979, fue encontrarme que acababa de abrir la sala Sol y empiezan a salir un montón de grupos. Donde está Pachá ahora, el viejo Teatro Barceló, actúan Siouxsie and the Banshees y de teloneros están Nacha PopY me quedo alucinando al ver que el público se sabe las canciones de Nacha Pop sin haber sacado un disco. Es cuando descubro el efecto maqueta, estaban sonando en Onda 2: la gente las grababa y se las aprendía. Caí en un momento rarísimo, con mucha gente haciendo cosas.

¿Cuánto hay de mito y realidad en la movida madrileña? Se tiende a decir que es un movimiento masivo, cuando probablemente serían sólo unos cientos en un país muy conservador.

En aquellos días pensábamos que éramos 200 o 300, gente con la que podías coincidir en los conciertos. Estaba todo muy localizado: tres bares de Malasaña, la Sol cuando había conciertos, y todos nos conocíamos. Lo que tuvo es un efecto llamada extraordinario. En los 80 le dimos una bola extraordinaria: había hambre de que ocurrieran cosas, y eso venía perfecto. Era una oferta nueva frente a los cantautores y el rock urbano. Se le dio una cancha extraordinaria, quizá excesivamente optimista: todos los grupos que salen en el 80 se estrellan.

Música Moderna (1980), el disco clave de Radio Futura, no vendió lo que se esperaba.

Claro, es así, pero apostamos por ello porque había que apostar, y fue un año de esplendor, pero éxito sólo La chica de ayer y los Secretos. En el 81 y 82 hubo desconfianza de la industria, pero el fenómeno crecía y crecía. En 1982 se hace el festival de la primavera, en Arquitectura, y allí te das cuenta que se ha pasado de 200 a 3.000 y empiezan a aparecer grupos como setas. Unos momentos mágicos. No creo, según una versión tópica, que fuera un invento del PSOE. El PSOE se pasó años pasando de ellos, su modelo de rockero era Ramoncín. No es parodia: les parecía la voz de la calle, la voz de Vallecas.

¿Llega a haber colisión en este rock callejero, tan querido por el citado Mariscal, y la movida?

No, con el rock no. Estos grupos coincidían en los locales de ensayo, y sobre todo los grupos de rock urbano, Leño y compañía, que se dieron cuenta de que habían llegado unos mocosos que no sabían tocar y les estaban quitando todo el foco. Hubo unos resentimientos brutales, y además se corrió la voz de que la movida eran chicos pijos, de clase alta, caso Berlanga y Canut, cuando la movida era clase media u obrera.

¿En qué años datarías la ruptura cultural en España? ¿Cuándo se pasa de los cantautores al conocido lema de Radio Futura pergeñado por Molero El futuro ya está aquí?

A nivel mediático en el 80. Pero las ventas llegan en el 84 y el 85. Radio Futura se pasan dos o tres años sin grabar o grabando un single, era un tipo de grupo que va de un primer LP de 50.000 de ventas a alcanzar las 500.000 o 800.000 a lo largo de diez años. Los rockeros lo llevan mal; el modelo Obús o Barón Rojo, los viejos reyes del gallinero, acaban eclipsados. Ramoncín y su mujer peleándose en Sol con los Pegamoides, Ramoncín pegando a Gabinete Caligari… la defensa de sus propios intereses siempre ha sido el motor de Ramoncín: como siempre ha ido por libre y no ha formado parte de ningún colectivo eso lo ha dejado como desnudo frente al mundo.

 

¿Cuál es el año en que la movida comienza a ser sistémica? Quiero decir, ¿cuándo empieza el Estado a apropiarse de esta explosión cultural?

Son años de esplendor económico, en los 80. Años en que los ayuntamientos eligen el modelo de Madrid de “grandes fiestas para el pueblo” iniciado por Tierno Galván. Entonces, a su modo, si no tienen a los Smiths, buscan a su grupo equivalente. El final más que en la intervención institucional para mí es cuando Gabinete Galigari, a finales de los 80, comienza a hacer publicidad.

Coincide, precisamente, con el famoso “tren de la movida” que fletó Leguina de Madrid a Vigo.

Es meramente anecdótico, y fueron 200 personas. No creo que sea tan significativo. Para mi lo significativo es que el Corte Inglés hace una campaña con una canción de Radio Futura. Le están chupando la sangre de manera total. Coca-Cola, en este tiempo, saca también un eslogan que dice Coca-Cola es música (risas). ¿Qué querían decir? ¿Que bebes Coca-Cola y comienzas a cantar?

Cambiando de tema, vamos a tu etapa como instigador e ideólogo televisivo junto a Carlos Tena de programas musicales. ¿Teníais algún límite con los grupos y sus consignas?

No. El primer programa que hicimos era el Popgrama, y el único problema que tuvimos de censura fue por una canción de Miguel Ríos en un LP que se llamaba La Huerta Atómica (1976). Era una canción Anti-OTAN, contra la base de Torrejón, y en la filmación se incluían imágenes cedidas por el propio departamento de defensa de los Estados Unidos. TVE quiso quitarlas, y creo que las quitó, pero era grotesco. A finales de los 70 e inicios de los 80 nadie sabía dónde estaban los límites. Más adelante es cuando empiezan los conflictos.

Precisamente. ¿Cómo fue la aparición de las Vulpess y su Me gusta ser una zorra?

Eso fue en Caja de Ritmos. Había oído hablar de las Vulpess. 15 días después el PP —perdón, Alianza Popular— decide que eso podía ser útil políticamente y le pasan la letra al ABC, con errores además, y lo convierten en un escándalo nacional.

¿Quién empezó la caza de brujas por una canción tan boba? ¿Alianza Popular, ABC, Anson…?

Salió en su periódico, pero Anson no se entera si no se lo dice alguien. Vimos un acojonamiento por parte del PSOE total. A Carlos le procesaron, dejaron en el frigorífico seis u ocho programas sin emitir. Pedro Almodóvar, que salía en uno de ellos, intercedió ante el director de televisión y salieron algunos a antena. Entonces te das cuenta de que lo que se podía o no es lo que es bueno o malo para el partido. El argumento aquí era “fíjese lo que da la televisión del PSOE en un horario juvenil“. No protestaron, por ejemplo, por La Bola de Cristal, que tenía propaganda de izquierda nada escondida.

Fernández Liria y Alba Rico estaban ahí de guionistas.

Sí. Pero luego se fijaban sólo en las palabrotas que decían las Vulpess, no en lo otro. Ahí es cuando descubres que los que piensas que son tus amigos quizá no son tan amigos.

A más de veinte años vista, es una versión paródica de lo de Bill Grundy y los Sex Pistols en la BBC. Pero siendo un mayor atentado contra la libertad de expresión, pidiendo prisión para los responsables.

Sí, sí. Era buscar munición para lanzar. El fiscal general del estado cayó totalmente en la trampa, y fue ingrato. En realidad yo lo vi y me hizo cierta gracia: es el I wanna be your dog con una letra muy tonta.

¿Qué opinas del sorprendente giro castrista de Carlos Tena?

Tengo una profunda tristeza. No puedo creer que en el otoño de tu vida te conviertas en funcionario de Castro e ingreses en el Partido Comunista Cubano. Te mandaba la foto del carné, y una foto con Fidel Castro.

¿Fue quizá consecuencia del desencanto con la democracia?

Sí, eso lo puedo entender, pero lo convirtió en una plataforma de agresión contra mucha gente. En Cuba hizo cosas, no las voy a contar, que no perdonarías a otro como denuncias. Le perdonas por su simpatía, pero…

La gran ironía es que Castro prohibió en su tiempo todos los discos con los que Tena se había formado en los 60.

Tiendes a buscar una lógica absurda: el castrismo es una dictadura más divertida de lo que habrían montado los abertzales, o algo así. Pero llevarlo a esos grados que hizo Carlos no se puede comprender.

¿Cómo fue tu paso de la televisión a finales de los 80 a Radio 3? ¿Fue una consecuencia de la falta de apoyo a los programas musicales por los poderes públicos? ¿De un control de los partidos o de las empresas?

En televisión siempre había dos categorías: el programa de la 1 —Aplauso, Tocata— con grandes medios, y luego dos o tres guerrilleros en la 2. A ellos sólo les importaba el programa de la primera cadena, quedaban bien con las discográficas. Es el caso de AC/DC: la última actuación con el difunto es en Aplauso. Nosotros estábamos allí, y no teníamos ninguna presión: te dejaban hacer porque creían que TVE debía tener un programa de música pop serio. Como había un programa de jazz, uno de flamenco… Esto suena a provocación: había más programas musicales en la televisión de Franco que en la actual. Y lo puedo demostrar, es acojonante.

¿Ves un poco deprimente el panorama musical televisivo? Apenas quedan programas de renombre sobre música, los conciertos de Radio 3 y ya…

Ya, pero bueno, forma parte del empequeñecimiento de la televisión pública y la falta de respeto. Por pura necesidad periodística deberían cubrir lo que está pasando en el país. Por ejemplo, uno de los tesoros de Televisión Española es el archivo. Cualquier documental que quieras hacer, cualquier elemento, lo tiene el archivo de TVE. Lo bueno de estar en Prado del Rey es que si eras un friki te dejaban hacer: había mucho margen. Con la entrada de las privadas cambia la mentalidad. En los 90 les hacía propuestas de programas musicales baratos y no me daba cuenta de lo errado que estaba: en un programa barato no se puede robar. No puedes colocar a tus amigos, amantes, a tu hijo. Hubiera sido más fácil vender un programa caro como hizo Miguel Bosé con Séptimo de Caballería. Tardé muchos años en darme cuenta.

¿El empequeñecimiento de la televisión se corresponde al empequeñecimiento del pop en la sociedad?

No. Creo que es una renuncia de la televisión a cubrir las artes vivas. Hace unos meses estuve en la BBC viendo Later with Jools Holland, y ellos no podían creerse que en TVE no tuviera algo similar. “Pero si en España los festivales están llenos, ¿por qué no los cubren?”. Porque no tienen un sentido de la televisión pública, mientras la BBC sí. La BBC tiene que demostrar ante el parlamento que lo que hace es único, y por eso sabe que lo tiene que cubrir. El problema es mental, la degradación de los directivos y el encogimiento del dinero.

También el canon de la BBC les permite tener presupuestos más holgados.

Pero ¡lo tienen que justificar en el parlamento! Se las hacen pasar canutas y la BBC se pone gallito con todos los gobiernos. Saben lo que tienen que hacer, y lo hacen. Aquí, en cambio, el sentido cultural es lo que inviertan en películas. Lo demás es que han desaparecido los programas culturales. Programas perdidos, casi sin promoción.

Entonces acabas en Radio 3.

Cuando Radio 3 empieza en el 79 también se dan cuenta que deben ampliar la programación. Empiezan con cultura y música, y luego crece a una emisora de 24 horas. Radio 3 recoge la escuela de las FM de Madrid. Mi caso es aparte, porque yo venía de Burgos y había estado aquí en Onda 2, con gran prestigio social. Es gente como Juan de Pablos … De la misma forma que las privadas deciden que la FM va a ser musical, y casi todos optan por la radio fórmula, en Radio Nacional van a dar el tiempo a los especialistas.

Vamos, entonces, a tu última etapa, por la que eres más conocido. Radio 3 no deja indiferente: desde último reducto de la música alternativa a templo del gafapastismo, los juicios eran y son variados. ¿Cómo fueron tus inicios y su conversión en el referente del indie español?

(Risas) Espera que vea las gafas… pues parece que no del todo. Mis inicios fueron con un programa que se llamaba Canela, de música tropical, con el boom de la salsa, el reggae, los brasileños y la música africana, que era dificilísima de conseguir. Radio 3 ha tenido muchas etapas, pero ¿en qué momento se ha convertido en una fortaleza del indie? Yo creo que en los últimos diez años. Hay un momento clave, en el 92-93, cuando los grupos de la movida se hunden. Se separan Nacha Pop, Radio Futura, te das cuenta de que tienen muy mala racha. Ahí es cuando surge el noise pop, que es la semilla del indie, y llevaba la contraria cantando en inglés aunque no se supiera inglés. Era un método de matar al padre. Hay un momento de duda donde Radio 3 no sabe qué hacer y apuesta por esos grupos, todavía los peores de clase.

Esos grupos que retrató la canción del último disco de los Nikis “Canto en inglés, canto en inglés, no entiendo lo que canto porque está en inglés. Ya tengo perilla, ya soy enrrollao, que viva mi banda y muera el bakalao”.

Entonces, hay un fenómeno en el cual la emisora, que tiene un punto elitista, se desinteresa de todas las músicas y se centra en eso. No creo que necesariamente Radio 3 debía haberse centrado en el indie, ya que han dejado a muchas músicas de lado. El rock urbano es uno de los ejemplos varios, y cuando ves que el Viña Rock tiene el público más numeroso en España, en Radio 3 suenan uno o dos de estos grupos. Hay un fenómeno no sé si clasista, vemos que los que tocan son gente como éramos nosotros antes, estudiantes, pero no deberíamos estar tan orgullosos del apoyo al indie porque es como ponerse unas anteojeras para otras músicas.

¿Cuál es tu canon de discos del indie español de las últimas décadas? ¿Crees que existe mucha hype con depende qué grupos?

Los Planetas, si hablas de ellos, han tenido momentos de gloria; luego tienen esa voluta de ser opacos, ininteligibles, que forma parte de su ADN. Hay casos que han evolucionado de un ombliguismo estúpido y absurdo, estilo Señor Chinarro, que ahora hace canciones tan buenas y divertidas como las de Kiko Veneno. Ves que hay gente que ha crecido. Mi problema con el indie era la escasa visión del futuro, la búsqueda del entretenimiento, es algo que “yo hago mientras estoy en la Universidad, porque luego mi padre me va a meter en su empresa y no me preocupa más“. Esa actitud me molestaba, no pensar en el público, no profesionalizarse. Espero que los músicos sean profesionales en que los equipos funcionen, que hayan ensayado lo suficiente. Radio 3 se centró en lo más amateurista de la cosecha. Nunca se discute sobre la realidad, para qué funcionaban las compañías independientes, su fiabilidad. Nunca se hablaba de la industria. Mira, he oído transmisiones de Radio 3 del FIB donde se quejaban de la zona pedregosa, del cutrerío en el camping, ¡y no se atrevían a decirlo! Era sólo auto celebración, 25.000 juntos, y luego 15.000 puteados en el terreno pedregoso.

La Rolling Stone de los 70 habría puesto una columna entera para los que se quejaban de la organización.

Sí, claro. Hay una frontera entre apoyar algo y comulgar ciegamente. La voluntad crítica ha faltado en Radio 3, y no ese espíritu de “todos juntos, locutores y artistas” Perdona, tú irás con ellos; si el disco no es bueno, ¿por qué iba a hacerlo yo? Lo típico de “no fue un buen concierto porque el bajista estaba malito”. No hombre, estaba malo porque se había pegado un pasote la noche anterior, no justifiques al hijo de puta.

En la propia lógica punk e indie, si se va de fiesta y se toca mal es incluso más “pasote“.

No sé, llegabas a ver cosas tremendas de auto justificación.

¿Crees que el indie es un mundo muy cerrado?

No sé cómo decírtelo. Creo que ahora hay mucho más realismo que en sus tiempos: no puedes mantenerte tan fácilmente. Un grupo de León del 79 tenía este lema: “las discográficas no dan la felicidad.” Las indies no dan la felicidad, diría yo. Ahora ves más realismo, lo que cuesta el disco, llegar a la gente, y hacen bien. No sé qué va a ocurrir con Radio 3, pero es posible que el PP se la cargue y entonces realmente estos grupos tendrían que desplazar su marketing a las redes o se les acaba todo.

Se hablaba mucho de las relaciones entre redactores consagrados en esa cadena.

Ah, pero, ¿hay relaciones?

Cuéntanos, precisamente, tus relaciones con gente como Ramón Trecet. ¿Cuánto hay de realidad y leyenda urbana?

Son formas diferentes de entender la música, la comunicación. El problema de Ramón es que tendía a ser terriblemente radical: lo que yo pienso es la realidad y el resto está equivocado. Se dedicaba a dar clases no solicitadas a artistas, a compañeros de radio. No coincidía con sus criterios, pero me fastidia ahora que lo pienso, cuando fui nombrado director adjunto, me metí en una vía que me llevaba a colisionar con él. Cuando en realidad los conflictos de Trecet no eran conmigo, eran con otras personas. Me molestaba la demagogia de algunos de sus planteamientos “el rock se ha muerto“, “las discográficas no sirven para nada“. Esos planteamientos de señor de casino provincial a las cinco de la tarde después de haberse tomado el copazo de coñac y fumado el Farias. No lo compartía, pero ojalá Ramón hubiera seguido allí. De hecho, radiofónicamente, los momentos de Ramón como predicador eran brillantes, era magnético. Como los grandes predicadores de la Edad Media que levantaban a los pueblos para ir a las cruzadas.

Siguiendo con estas pugnas, cuéntanos algo sobre tu polémica con Julián Ruiz, el Tony Visconti español.

Julián Ruiz es un personaje con una necesidad de ser reconocido extraordinaria. Recuerdo una vez que estábamos en los Ángeles para entrevistar a U2. Los U2 estaban cada uno en una roulotte, y fuimos a ver a The Edge en la suya. Estaban afinando sus guitarras y Julián entró y dijo “Me, 82 LP, producer…! Me, 82 LP, producer…!” Nada de presentarse, dijo nada más entrar. El pobre The Edge me miró bastante sorprendido. En ese mismo viaje con U2, su propia soberbia, su chulería madrileña, nos sirvió para que nos dejaran entrar al sancta sanctórum del concierto: la torre en medio de un estadio donde estábamos Julián, yo, Robbie Robertson, Eric Clapton, George Martin, Axl Rose y sus novias. Era una cosa… Por ese lado, te lo pasabas estupendamente bien. Ahora, si le haces ver que un tópico que está diciendo es falso, como aquello de “El punk fue una respuesta a Margaret Thatcher“. Mire, no es así: Malcolm McLaren no te pudo decir esto porque es anterior a la dama de hierro. Los Sex Pistols no existen antes del gobierno de Thatcher.

¿Qué supuso para ti tu salida de Radio 3? ¿Qué fue el Ambigú en tu trayectoria profesional?

Fue encontrar el programa de tus sueños: me concedí la máxima libertad posible. De alguna forma, a lo largo de los años pensé que el Ambigú era la síntesis de toda la emisora. Podían sonar todos los artistas. Perder ese programa y el contacto con las decenas de miles de oyentes lo vives como una tragedia. El programa daba carácter a la emisora. En programas territoriales, con sus públicos, un programa que evitaba esa territorialidad, que ponía de todo… La verdad es que lo he echado mucho de menos. Además, te acostumbras a vivir para el programa: cuando escucho un disco todavía apunto “buena para empezar, para el medio“. Esto suena penoso, pero te acostumbras. Lees un libro y apuntas cualquier situación que te pueda servir para el programa. Cuando te lo quitan te sientes aplastado.

¿Acabaste de litigios con Radio 3

Sí, sí. Les demandé por despido improcedente, lo gané, recurrieron y lo volvieron a perder. No lo he hecho público para darles margen, a ver cómo reaccionan. A lo mejor lo llevan al Tribunal Supremo. Tengo la conciencia tranquila, lo hicieron muy mal conmigo, ignoraron todos los posibles derechos adquiridos, que eran reales. Cuando llevas veintitantos años, te dicen “ahora, te despedimos y vuelves dentro de cinco semanas”. No soy el más listo de la clase, pero no soy tan tonto como para renunciar a mi trabajo y que luego me recontratéis en cinco semanas con una cláusula que dice que se te contrata a prueba. Era absolutamente acojonante, una cosa tremenda…”ponemos programas tuyos grabados y vuelves en septiembre“. Ya pensaba algo como “traigo a mi hijo por si queréis coméroslo en una barbacoa“. Fue terrorífico.

Hace poco escribiste un artículo sobre la salida del armario de Russian Red, declarándose de derechas. ¿Crees que el pop-rock, realmente, es una tendencia a la contra?

Era. En este momento, cada vez está menos politizado. Hemos visto fenómenos como el rock nazi o ciertos elementos del rock sureño que lindan con la ultraderecha. No se puede hacer esta relación. Antes era lógico: cualquier persona del rock podía compartir este tipo de posturas humanistas izquierdosas.

Quizá por aquel tiempo el establishment era más monolítico. Se conocía quién era el enemigo.

Sí, evidentemente, ahora las cosas no están claras. Lo que hay que agradecer a Russian Red es que fuera tan sincera al decir eso, cuando hay gente que… Lo que acabas creyéndote es el comportamiento: hay gente que se vende como izquierdas y su comportamiento en el escenario es absolutamente facha, luego hay gente que no presume de nada y el trato con los subordinados era magnífico.

Hace poco se criticó a Lana del Rey por ser hija de un millonario. ¿Hay mucho mito con esto? ¿Se acaba siempre que el dinero entra en juego?

Hay algo que es un punto ciego: me molesta la gente que lo ha tenido fácil. Me repelen los artistas que son “hijos de“. Estoy deseando encontrarme con un hijo de artista que quiera ser neurocirujano o ingeniero aeronáutico: todos quieren ser cantantes, cojones. Pero son prejuicios. Pero seriamente hablando, una hija de millonario como Lady Gaga puede ser una gran artista pop. Deberíamos abstraernos de ese detalle. No te garantiza nada ser hija de un fontanero y tener el corazón en su sitio.

El propio Lennon era clase media en comparación con los otros Beatles.

Totalmente. Lennon es el que vende lo de Working Class Hero y piensas, hijoputa, si los que eran así eran Harrison, McCartney y Starr. La biografía de Lennon de Philip Norman (2008) cuenta de manera clara de dónde vienen los Lennon, ese tipo de familia de clase media que quiere ser alta. Que tiene la desgracia de una hermana que les sale casquivana.

La típica historia de amor con un marinero por una jovencita inglesa, con cientos de canciones folk.

Sí. El problema es que la madre de Lennon luego se enamoraba también del siguiente marinero. Me gusta mucho esa biografía porque te queda claro por qué Lennon vivió tan infeliz. Tuvo una infancia terrible porque la hermana de su madre, la tía Mimi, le quita el niño porque piensa que es una puta.

Volviendo al tema del dinero, ¿cuál es la realidad económica del indie español? ¿Independientes o interdependientes?

Las compañías españolas no son las británicas, todavía no están detrás Universal, EMI o Sony. Aquí no ocurre eso. Tener una compañía ahora es de estatua en la plaza del pueblo, es el mayor mérito. Anteriormente me molestaba aquello de que las discográficas cobraran un porcentaje de las actuaciones; luego lo piensas y es lógico: lo único que da dinero son las actuaciones.

Cambios como el de Subterfuge, ¿es una venta ideológica?

Tampoco hay muchas compañías que tengan la duración de Subterfuge. Como suben rápido, bajan más rápido. Subterfuge cuando empezó sacaba punki garajero, pero ahora no es así. Pero mi máximo respeto para el que aguanta todos esos años aunque sea a cuenta de vender el contrato de Marlango.

¿Crees que Internet ha democratizado el mercado de la música pop? YouTube es una ventana a músicos ignotos, el sueño de un enfermo musical.

Sí, sin duda. Esa es la parte sonriente. Vivimos en el mejor y el peor de los tiempos. El mejor para el fan de la música; el peor para los propios practicantes de la música. Ayuda mucho esa ventana, pero hay mucho de espejismo. Cuando te dicen que tienen muchos fan en Taipéi… Lo que estamos viendo es el hundimiento del sistema por el cual se producía, distribuía y vendía música a lo largo del siglo XX. Lo hacían unos entes llamados discográficas que son muy malos, pero lo hacían bien. De no haber existido esas discográficas, los grandes discos hubieran sido mucho peores en sonido, difusión o no habrían llegado a nuestros oídos. Todo ello está bajo ataque, por eso es el peor de los tiempos. Pero hay un pequeño problema: no hay filtros. Antes, lo que te llegaba a los oídos te garantizaba no escuchar la parte más pedorra de los artistas. No sé cómo será ahora el envío de maquetas; las que llegaban a Radio 3 eran casi todas horrorosas. Doce temas y siempre empezaban con el más horrible. Ese tipo de frenos han desaparecido. Vivimos ahogados con la democracia de que todo el mundo puede hacer discos pero ha bajado muchísimo la calidad, no existe el señor que existía antes: el productor que buscaba manipularte para la comercialidad. Las maquetas que todavía recibo son basura, ¿por qué no graban dos buenas en lugar de doce?

Eso también es financiación del proceso creativo, la posibilidad de establecerse de manera precisa con el apoyo de la productora, y acabar siendo profesional.

Ahí está. Es la historia de Fausto y su venta del alma. La verdad es que siempre se dice el chiste de si los críticos somos músicos frustrados y, la verdad, en la puta vida y menos que nunca se me ocurre profesión más arriesgada. Cuando la gente ha decidido que lo que tú haces no vale nada y debe ser gratis. Cuando la gente te dice que te busques la vida actuando y para tocar en un local tienes que pagar, cuando tienes que pagar un local de ensayo. Nunca ha estado más dura la cosa que ahora.

¿Existe un fin de los productores con esta democratización?

Lo que ocurre es que tienen que trabajar con presupuestos menores, y sobre todo con músicos que no aprecian la diferencia con un sonido bien grabado y otro mediocre. El presente es muy oscuro. En este momento las discográficas no fichan rock, y lo más que fichan es a Pereza. Es una tarea no compensada que nadie te pide.

La gran pregunta, ¿cómo hacer rentables las descargas en España? ¿Crees que un modelo como Itunes podrá ser rentable alguna vez aquí?

En este país jamás. No tengo solución para eso, y sobre todo cuando una generación o dos se ha acostumbrado a tenerlo todo gratis.

¿Y si les ofrecen más servicios? ¿Algo que aporte un interés a la compra?

Una vez te has acostumbrado al gratis no aceptas otra cosa. En EEUU han usado la fórmula de multas brutales a la gente, que es repugnante. En fin, en este tema digas lo que digas te van a dar de hostias, así, que realmente no tengo ni puta idea; ni sé el modelo, ni sé cómo van a evolucionar las cosas. Sólo sé que me gustan los discos como objeto, que se puedan tocar, e incluso el CD, aunque pierdas los ojos con el librito.

Entonces, ¿qué opinas un fetichista como tú del disco del fin del soporte físico?

Tendemos a ser en esto apocalípticos, según la definición de Umberto Eco, y el mundo no es así: los formatos coexisten. El vinilo va a sobrevivir, el CD va a sobrevivir y aparecerán nuevos formatos físicos. Tendemos a creernos las mentiras de los profetas de las nuevas tecnologías. Estos mismos nos dijeron que con la radio se acabarían los conciertos, con la televisión la radio y el cine y con el vídeo se acababa para siempre el cine. ¡Lo que vemos es que todo coexiste! Y no te hablo de fenómenos como los hermanos Pizarro. Los chicos de Mondo Brutto, que se dedican a recoger y comprar placas de 78 revoluciones. Conozco incluso coleccionistas de casetes y gente que quiere reivindicar los cartuchos de ocho pistas. ¿Los habéis visto alguna vez?

En las películas, el típico coche californiano con los Eagles a toda mecha.

¡Y es un sistema muy incómodo! Tengo toda la seguridad de que los formatos van a sobrevivir porque los artistas funcionan con el concepto de obra. La obra pueden ser cuatro canciones, ocho o veinte, pero debe individualizarse. Con una funda, un dibujo de tu padre y todo ese impulso. Luego que un 80% reciba su música a través de los teléfonos… El otro día veníamos de un concierto en Londres en un coche y dije “me gustaba esa canción“, y me dijo “espera que te lo busco“. Lo puso en el móvil y dije “…es fantástico, ¡hemos llegado hasta aquí para alcanzar el sonido del radiocasete de pilas!”. Algo hay totalmente perverso en estas cosas, pero no las odio… soy lento para asimilarlas, más bien.

Cuéntanos más del Rastro y este mundo de formatos físicos, de vinilos, en los 70.

El Rastro estaba superbien porque había un gran mercado de sencillos. Los sencillos estaban tirados, la gente compraba sólo LP. Encontrabas a 10 pesetas singles perfectos de funky, pop, soul… lo que se adquiría eran LPs por prejuicios tontos. Incluso sigue pasando, vas a una tienda como La Metralleta y los sencillos están tirados de precio en comparación con los álbumes. Hay que ser zoquete. Se deben aprovechar los momentos de cambio de paradigma comercial. Mira, nunca olvidaré que en la tienda Tower de Nueva York, en el momento en que estaba desapareciendo el vinilo y ocupándolo todo el CD, encontré estanterías llenas de sencillos a un centavo. Me lo llevé todo, y el precio final eran 3.40 dólares. ¡Ese tipo de momento era mágico! Empiezas a tener dinero, vas al Rastro y obtienes todos los sencillos que buscabas.

¿Qué futuro le queda a la crítica musical y el periodismo en este contexto donde el papel está en declive?

Mi teoría, que es sólo una teoría y no pondría la mano del fuego, es que necesitamos exploradores en la jungla que nos digan “esto es lo que tiene que escuchar.” Eso lo hacía muy bien la industria discográfica con los recopilatorios. Alguien que coge dice y dice “la mejor música en el Bronx del 86” y te presenta esto con un librito. Ahora, hay tanta música, tanta la información... Anteriormente eran sólo periodistas, pero ahora esto lo puede hacer cualquiera con un poco de pasión.

Parece que tienes muchos enemigos en la bitácora de El País. ¿Has llegado a recibir amenazas por tus críticas de cine como nos contaba Carlos Boyero? ¿Son los aficionados a la música tan viscerales como los hinchas del fútbol?

No he tenido grandes problemas, excepto con algunas especies. Por ejemplo, los citados fans religiosos de Dylan. Y niegan lo evidente. Pero nada tan grave como lo que he tenido con los argentinos a cuenta de un artículo que hice de Luis Alberto Spinetta. Fue posiblemente desafortunado porque salió justo al día siguiente de fallecer. Se malinterpretó y llegó una oleada brutal, mil y pico comentarios (aunque borraron los más agresivos). Luego hubo una llamada a mi casa, con identidad oculta y cambiaba la voz diciendo que “me iban a hacer un regalito.” Evidentemente, si alguien quiere hacerte “un regalito” no te llama para avisarte. 

Por último, voy a darte unos nombres y me los definirás brevemente:  Carlos Berlanga.

Elegante pero frágil

Nacho Canut.

La peor víbora del mundo, pero absolutamente entrañable

Luis Carandell.

No llegué a tratarle, pero Celtiberia Show es una referencia. Cuando viajas por este país, ves algunas cosas que te hacen recordar a Carandell.

Santiago Auserón

Es una cabeza en ebullición. Creo que ni siquiera le preocupa caer simpático; lo que le preocupa es llegar a donde él quiere llegar.

Grace Morales.

Los Mondo Brutto son una lección de profesionalidad, aunque sean amateurs, por esa capacidad de dedicación a lo suyo, esa erudición y fondos que tienen. Lo problemático de Mondo Brutto es que no se controlan; necesitarían un editor.

Joaquín Luqui.

Era una persona encantadora en el trato, y que yo sospecho que no le gustaba tanto la música como el cine u otro tipo de entretenimientos. Hay una historia fabulosa de Luqui cuando hacía el Gran Musical, lo hacía con público, en discoteca, trayéndole los últimos éxitos de Inglaterra. Le trajeron el Enola Gay de OMD, y dijo Luqui “aquí os traemos el último número uno de Inglaterra. ¡Un número uno instrumental por Orchestral Manoeuvres…!” Y empieza a sonar Enooolaa Gaaaay…y dice Luqui “Bueno, un instrumental cantado” (Risas). Era una persona muy tierna con muchos secretos. Me acompañaba en Londres, en tiendas de Discos, apenas diez minutos, y luego se iba a otro tipo de tiendas donde se iba a buscar lo que a él le interesaba.

Los Planetas.

Son amigos y llevo 15 años discutiendo con ellos para que pierdan el miedo al pop, a que sea un éxito, que sea cantada, que se entiendan las letras; no he conseguido abrir la más mínima brecha en la cabeza de cemento armado de Jota.

Johnny Cash.

Una combinación rara. Ves por un lado a una persona compasiva y por otro lado a alguien que se traga la visión apocalíptica del cristianismo más extremista. ¿Musicalmente? Fantástico, aunque me gustaría hacer un programa sobre los horrores que hizo Johnny Cash, la última época antes de Rick Rubin.

Joaquín Sabina.

Gran tío, gran persona: lo discutiré ante cualquiera. Pero desgraciadamente ha renunciado a hacer buenos discos. El tío que tiene las canciones más sublimes no sólo de los últimos años, sino del todo el pop español se ha acostumbrado a… en fin, se ha reblandecido.

George Harrison.

Gran creador y seguramente una de las personas más amargadas que conozco por esos rencores tan extraños (especialmente a Hacienda). Al mismo tiempo esa parte antisocial explica La vida de Brian (1980). Es un tío enormemente amargado por la frustración de tener al lado a McCartney y Lennon, esos cabrones. Luego, cuando sale, empieza como león pero pierde interés y acaba enganchado más a ver la Fórmula 1.

Es muy bueno ese comentario que tiene Harrison, luego de que Lennon abandone los Beatles en septiembre de 1969, que está recogido en la maqueta de I Me Mine y que define mucho su humor. Dice a los ingenieros de sonido: “Bueno, habréis oído que Dave Dee ya no está con nosotros, pero Micky, Tich y yo queremos seguir haciendo el buen trabajo que hacemos en el estudio 2 de Abbey Road“.

(risas) Desde luego, es como que te toque la lotería, pero luego tienes a otros que nunca te dejarán gastar ese dinero.

David Bowie.

Entiendo por qué ha desaparecido. Las últimas veces que entrevisté a Bowie era enojoso descubrir que no le gustaba la música; lo único que le interesaba era el Guggenheim de Bilbao. Te hacía unas preguntas que enfadaban: “¿Y el Guggenheim está abierto el lunes? Porque podría aprovechar y…” Le decía “David, puedes ir hasta el 31 de diciembre y lo abrirán para ti“. Esa falsa modestia de “yo sólo soy un amante del arte“. Pero si eres David Bowie, va ir hasta la Ministra de Cultura a abrirte la puerta. Entiendo que haya perdido la ilusión de hacer música después de todo lo que ha vivido. Los músicos, cuando se dedican a una especialidad que va muy bien, llega un momento en que desprecian lo que hacen y lo que quieren es pintar, escribir, etc. Muchos siguen haciendo música cuando han perdido la necesidad. En ese sentido, Bowie me parece honesto: creo que ha decidido “esto se ha acabado, este no me divierte y lo que me gusta es hablar con los grandes pintores.”

 Fotografía: Carlos García Martínez


Gonzalo Vázquez: “A nadie ha favorecido más el tiempo que a Magic Johnson. Sigue sin haber nada como él”

En el otoño de 2009 un periodista de Barakaldo residente en Madrid decidió dejarlo todo, cruzar el océano para establecerse en Nueva York y atrapar su viejo sueño de adentrarse en las entrañas de su razón de ser periodística: la NBA. Con más de 150 a sus espaldas hoy ya es el periodista español con más partidos en la mejor liga del mundo. Desde hace más de una década Gonzalo Vázquez es una rara avis, una figura remota a cualquier noción de mainstream por forma y fondo. A ratos denso, a ratos preclaro su estilo solitario, inclasificable, la casi obsesiva profundidad de significado en cada una de sus líneas, más próximas a la literatura y al ensayo que al periodismo, le convierten en todo caso en un referente ineludible para el lector más exigente del universo NBA como atestiguan su Punto G en ACB.COM, La Unidad en Yahoo Eurosport o la última página en la Revista NBA. Conversar con él es toda una experiencia y un verdadero placer. Repasamos pasado, presente y futuro de la competición con este escritor de baloncesto.

Durant, Rose, LeBron, Bryant, Paul, Howard, Wade, Rondo, Nowitzki, Deron, etcétera. ¿Estamos ante la mejor generación de jugadores de baloncesto de la historia?

No lo creo. Pero el solo hecho de que lo formules me parece justo para este inmenso tonelaje de talento que, parece mentira, haya que recordar que ahí está para disfrute de todos. No creo en ninguna época hegemónica por encima de las demás. Suelen ser otro tipo de manifestaciones, del interés público al juego mismo, lo que trata de medir las épocas con mayor o menor acierto. Aún hoy se impone ese imaginario fosilizado que estima los años 80 como un espléndido mediodía al cabo del cual sobrevino el ocaso, como si todavía estuviéramos cayendo de una cima perdida. Y sin embargo esta generación actual es de cabo a rabo muy superior a aquélla en términos generales, mucho más avanzada. Los 80 suponen un pico en la evolución del baloncesto respecto a todo tiempo pasado y nada más cierto que su encanto, que recordamos como el primer amor. Pero el baloncesto no se detiene. Nunca lo hizo. Y sufriendo altos y bajos termina, aunque cueste, superando lo anterior. Entiendo el gusto íntimo por eras siempre y cuando se conozcan en profundidad. Pero mucho más el gusto por los jugadores. Esto los preserva intactos para la eternidad y de paso se evita que por ejemplo Howard cause algún daño en Abdul-Jabbar.

Esa generación de los 80 supuso un antes y un después. Se sucedieron grandes equipos que además fueron antagónicos en muchos sentidos, como los Lakers y los Celtics o los Bulls y los Pistons, por no mencionar el carisma de ciertos jugadores. James Worthy dijo de Magic: “No creo que vuelva a haber un base de 2.05 que sonría mientras te humilla”. Desde luego no hemos visto nada parecido a él y sí jugadores parecidos a Jordan o Bird. ¿Cuál es el jugador más irrepetible que hayas visto?

Bueno, habría que distinguir entre parecidos reales y ensayos de réplica, de los que Jordan cuenta a puñados siendo estrictamente Bryant merecedor a esa analogía con más motivos que nadie. Es lo que tiene alcanzar la excelencia y ser ejemplar, que en adelante la imitación por contagio es obligada, necesaria, como la buena educación emplea a los clásicos en la enseñanza. Por eso después de Bird nada parecido a él ni en pintura. Y sobre Magic Johnson repito algo que al cumplir los 50 años firmé con sangre. Como hubo una mayor inclinación a replicar a Jordan a nadie ha favorecido más el paso del tiempo que a Magic Johnson. Porque sigue sin haber nada como él.

¿No te parece Nowitzki un parecido razonable de Bird?

Muy superfluo. Que sean blancos y compartan una excelente calidad de tiro no significa más que eso. Pero uno y otro se mueven en planos muy distintos y pese a mi debilidad por el alemán la dimensión como jugador de Larry Bird es muy superior, como más amplia. No es posible, por ejemplo, redactar una Biblia del pase en nuestro juego sin contar con Bird.

Los nombres de Shaquille O’Neal o Wilt Chamberlain no suelen aparecer cuando se habla de los mejores jugadores de la historia pese a ser los jugadores más determinantes de sus respectivas épocas. ¿Es cierto lo que dijo Wilt de “nobody loves a giant”?

Lo es. Porque desde que empezó a jugar hacía del baloncesto un juguete y lo primero que sintió fue que los legisladores intervenían para reducir su poder, que el gran público mudaría su primer asombro por indiferencia, hartazgo y hasta hostilidad, y que la prensa cuestionó su dominio como si no sirviera para tanto. Tres décadas después Shaq también se impuso a toda resistencia. Pero en el fondo siguen pesando más otras estrellas a la hora de hacer podio. Y eso es debido a que la memoria se guarda más a gusto la extensión de la pista, como si los mejores —Jordan, Magic o Bird— ejercieran un mayor influjo en toda ella, hicieran más cosas y fueran como más diversos, más creativos. Con los grandes, los pívots, los condenados al pozo del aro, esto no suele ocurrir o lo hace en menor medida. Con ellos ocurre que el tamaño es su condena, como si cargaran con la culpa de ser tan grandes. No se puede olvidar que eso que llaman imaginario pertenece a una mayoría mucho más bajita y menuda, convencida aunque no lo quiera de que el tamaño es la ventaja y la fuerza es reprobable porque al parecer se opone a la inteligencia. Esa colosal mentira perdura hasta hoy. Y de ella dieron cuenta los gigantes fueran buenos o malos. Gigantes como Mikan, Kurland, Akhtaev, Sampson, Tkachenko y hasta el pobre argentino González, que recibía como regalo de Navidad los abucheos y las burlas del Palacio por… ser tan grande y tan torpe.

Además no sólo se modificaron las reglas del juego para limitar el poderío de colosos como Chamberlain u O’Neal, como dices, sino que medidas que son a todas luces perjudiciales para el espectáculo y en concreto para los hombres grandes, como el abuso de faltas a los mismos para mandarlos a la línea de tiros libres (generalmente, su talón de Aquiles), siguen siendo permitidas por los reguladores. ¿Qué aspectos del reglamento modificarías tú?

Hoy apenas tocaría nada. El baloncesto ha sabido regularse muy bien con el tiempo. Si acaso aplicar la ley de la ventaja. No como el ‘clear path’ de la NBA que suma posesión a los tiros libres. Sino dejar que la acción continúe y registrar luego la falta en el casillero del infractor. Eso de las faltas tácticas es una fisura por la que muchos técnicos se cuelan para beneficio suyo y de nadie más. En la NBA reduciría el número de tiempos muertos suprimiendo los largos. Pero esto es tan difícil como oponerse al beneficio. Aquí en América buena parte de los ingresos llega en los parones. El deporte en televisión equivale a beberte un cancarro de cerveza a sorbitos minuciosamente medidos. Un directivo me dijo una vez que el motivo principal de que el ‘soccer’ no terminara de calar en USA se debía a que 45 minutos sin detenciones eran inadmisibles en términos de publicidad.

Una pregunta que le hicimos a Segurola: ¿Qué equipo ha tenido más incidencia en el baloncesto posterior: los Bad Boys de los Pistons o el Showtime de los Lakers? Él contestó que Magic y compañía.

Vaya, pues precisamente ocurrió lo contrario. Si hubo un equipo, un estilo, un patrón, que en los noventa barrieron como el polvo fue el juego ligero, la economía del pase vertical y el baloncesto ventilado de los Lakers. Como si no hubiese existido. El éxito alcanzado por los Pistons configura toda la década posterior como una epidemia. Pero no con el brillo de su ataque. Sino con la dureza defensiva, a hostiazo limpio. Y un tipo inteligente como Pat Riley lo supo antes que nadie, atrincherando New York primero y Miami después. Todos se musculan para la guerra y en ese lodazal hasta Bo Outlaw, Derek Strong o Danny Schayes parecían jugadores de baloncesto. Para cuando acaba la década el juego había infartado a tal extremo que se crea el Comité Colangelo para operar sobre él como una obra de ingeniería y sanearlo. Funcionó. Para mitad de los dos mil los barrotes empiezan a caer y los espacios a crecer. La nueva generación ayudó además lo suyo. Una herencia viva de los Lakers tarda nada menos que 16 años en asomar gracias a los Suns de D’Antoni. Cómo será que antes de replicarse el Showtime se hizo con los Celtics del 86 en la maravilla de los Kings de Adelman y el baloncesto de circulación en la media pintura. El ‘Run TMC’ de los Warriors, por ejemplo, era rápido por piernas. Los Lakers de Magic lo eran por el balón. Nunca un equipo, un estilo, fue obra tan exclusiva de un jugador.

Hemos visto a multitud de jugadores ser acribillados por los seguidores y la prensa: Kobe Bryant, Zach Randolph, Ron Artest o incluso Michael Jordan en sus inicios tuvieron sus detractores. Sin embargo, nunca ningún jugador ha generado tal cantidad de ojeriza como LeBron James. ¿A qué factores se debe esa animadversión?

Éste es un tema que me agota, que de hecho me ha causado un gran daño, que me he hartado de denunciarlo y que incluso me ha arrinconado al extremo de que hay gente que sólo me conoce por ello. No pasa nada. Asumo toda responsabilidad. Pero abre un agujero en mi trayectoria imposible ya de eludir. Hasta entonces yo no sabía lo que era enfrentarse abiertamente a la opinión pública. Y no tiene nada de agradable. Creo que la peor consecuencia, al menos a título personal, me ha llevado a abandonar después de diez años un gran rincón como es el foro ACB. Porque dejó de divertirme esta batalla sin fin en la que, insisto, me sumergí yo en cuerpo y alma. Y cuando algo te causa daño es mejor alejarlo. A estas alturas no puedo decir más que lo que expuse en la cuarta entrega de “Riqueza y miseria“, uno de los trabajos sobre los que más orgulloso me siento. Por pura honestidad con lo que creo. Porque estando aquí he visto cosas con mis propios ojos que confirman mis convicciones. Y ya no hablo de baloncesto. Hablo de un fenómeno bien distinto. En las pasadas Finales un periodista americano me decía: “Yo voy con Miami”. Y yo le objetaba que ayer publicara una diatriba contra LeBron. Me contestó que eso le daba muchísimas más visitas que cualquier otra cosa. Pongamos que el que objeta mi creencia de que LeBron es un buen tipo sin malicia alguna maneja la misma información que yo. Perfecto. Estamos entonces iguales. Pero yendo más allá aquí se enfrentan, en última instancia, la postura del odio y otra que se le opone. Mis principios me inclinarán siempre a la segunda. Aun con el peor personaje de la historia que jamás cuenten conmigo para un linchamiento. Eso se lo dejo a toda esa masa que, creyéndose independiente, encuentra un placer gregario y primitivo en volcar sus frustraciones contra LeBron James. Yo desde luego que no. He tenido además ocasión de charlar con él, de verle de cerca una veintena de veces, de regalar prendas a chiquillos, de sonreír y dirigirse con educación a los mismos que le masacran cuando las cámaras apuntan al suelo. Es de hecho el jugador con mayor volumen de donaciones en toda la NBA. Y tampoco desearía a nadie la misma infancia que tuvo este chaval que, por cierto, nunca dejó de creer en el trabajo como camino al éxito.

¿Te consideras mitómano?

No mucho. O no en el sentido tradicional. De serlo, lo soy más de los antihéroes o los olvidados, de los que encierran historias que no recoge nadie. Los mitos clásicos me interesan tan sólo en la pista, donde quiero recordarlos. Por ejemplo Billy Laimbeer me entra en el terreno mitómano. Fuera de lo que hizo de corto, como un señor ya gordo y de traje, no me interesa lo más mínimo. Porque lo que le hacía interesante ha dejado de ser. El artista, en su campo. Siempre. Por eso Dalí, como creador, se me antoja un genio y como ciudadano un perfecto imbécil, que es la triste condición alcanzada por los que, como Jordan, no viven en este planeta. Así que mejor enfocar al escenario, no sea que fuera de él los mitos se deshagan en personas no ya de carne y hueso sino directamente deplorables.

Es un tema muy romántico, muy tuyo, el de los olvidados del baloncesto; los juguetes rotos y los inadaptados suelen ser los protagonistas de tus artículos. ¿Qué historia de entre todas las que conoces, y sean desconocidas para el gran público, destacarías?

El juguete roto es uno de los asuntos más trillados en la literatura deportiva, incluso en la buena. Y creo que contado uno, contados todos. Lo que hay que hacer, o por lo menos lo que a mí me mueve, es ir más allá. Preguntarse qué condujo a Jo Jo Hunter a robar aquella joyería, destripar la habitación donde Len Bias, a las cinco y media de la mañana, balbuceaba desde el más allá. Descifrar los porqués de la matanza en la embarcación de Bison Dele, concebir que Idi Amin devoró efectivamente el corazón de John Brisker o subrayar lo increíble, casi irreal, de que bajo la toalla que cubría su rostro en el banquillo de los Celtics Marvin Barnes llegó a enchufarse alguna raya. Eso es lo que de verdad me apasiona. No digo lo truculento ni contar la historia del juguete roto. Sino como hacíamos de críos, romper el juguete para ver qué había dentro. Y así hasta el siguiente. Por eso a veces contar no es construir sino todo lo contrario.

Como apasionado del baloncesto y residente en Nueva York, ¿sueles ir a ver partidos de streetball?

Viviendo en la ciudad con más canastas del mundo no todo lo que quisiera. Suele ser Antonio [Gil] el que a veces me tiene que empujar. Pero porque a mí los torneos, salvando la inolvidable noche de Dyckman, no me hacen sentir cómodo. Me aturullan un poco las multitudes. El ‘streetball’ que más he disfrutado es el que salía a mi encuentro, de repente, paseando por cualquier sitio. Sobre todo aquí en el barrio, en Morningside o en la 104 de Columbus, donde eres casi el único espectador. A Rucker Park me gusta ir cuando no hay torneo, un día cualquiera, cuando la tribu improvisa la fiesta. Todo son mocetes negros y viniendo de donde vengo es alucinante verles jugar. Te das cuenta que ya desde el subterráneo es otro mundo, otro baloncesto, otra cultura.

¿Otra cultura en qué sentido? Un compañero de Jot Down definió una vez al streetball más acérrimo, como el presente en los recopilatorios de AND1 , diciendo que “son al baloncesto lo que el Circo del Sol a la gimnasia rítmica”. ¿Van por ahí tus tiros?

Si lo que quiere decir es que los recopilatorios de AND1 son al Streetball lo que los actuales Globetrotters al baloncesto o lo que el porno al sexo, nada que objetar. A esos pastiches de malabar onanista se debe que el baloncesto de asfalto no goce de muy buena fama, especialmente a la clásica decencia europea. La diferencia de que hablo es otra cosa. Es ver cómo un chaval negro de South Bronx se desenvuelve de forma completamente distinta a otro de cualquier ciudad española. Esto es muy tribal, muy genuino, a ratos hasta salvaje. Aquello es más organizado, más ordenadito. Pero es normal. La vida de un joven de ‘project’ apenas sale de la ratonera. Cuando Bill Sweek presentó a Dubuisson en un ‘playground’ de Oakland como french, los chavales preguntaban qué significaba eso de french. Llegar hasta ahí adentro es a veces entrar en otro mundo.

¿Existe entonces el Cuarto Mundo de una forma tan contundente, en Nueva York?

No. Eso sería mentir. Lo más parecido al Cuarto Mundo son las hordas de zombis que deambulan por la noche como sombras entre basuras y que ahora en invierno lo hacen por el metro y los sótanos, bajo tierra como los morlocks. No salen en ninguna guía de la ciudad como no salen los cementerios o las ratas. Y sin embargo ese Nueva York es mucho más real que el de neón. Al turista sólo da tiempo a ver tiendas y luces, y al final cree llevarse todo Nueva York en la maleta y unas putas fotos.

En esa misma línea, ¿qué es lo mejor y qué lo peor de Nueva York según tu experiencia?

Lo mejor es perderse y sentirse uno mismo cámara, actor y aventura a la vez. Lo peor, eso que Riesman llamaba muchedumbre solitaria y el absurdo de mezclarse todo, que la Navidad la ilustre Rockefeller mientras la multitud que va de compras pasa por encima de un ‘homeless’ tendido en el suelo sin que el Jon Voight de Cowboy de Medianoche esté allí para sorprenderse o lamentarlo. Lo peor es ese inabarcable Nueva York donde dejas caer un dólar y sabes que no llegará al suelo.

En tu serie Leyendas del Playground hablas mucho de esa América que roza la más profunda miseria, de la que sin embargo emanan grandiosos jugadores. ¿Quién ha sido el jugador con el talento más desaprovechado del que tengas constancia?

Técnicamente Kirkland y Hammond eran carne NBA. Pero tampoco mentían. Ganaban como camellos más dinero del que los directivos NBA les ofrecían. De hecho la parejita de Harlem disfrutaba burlándose de ellos. Eran años donde era fácil hacer pasta con la droga. Tan sólo tenías que trabajar para Frank Lucas, Robert Stepeney o Claude Helton. Hammond, por ejemplo, guardaba cinco carrazos en un garaje y Kirkland tenía un harén de mujeres para él solito. Se divertían y eran adorados como reyes. La NBA no les hacía ninguna falta. Eran el caso contrario al pobre Raymond Lewis, que lloraba por no ingresar en la NBA antes de perder una pierna, o al mismo Manigault, consumido por la heroína.

¿Qué ha sido de ellos?

Kirkland fue listo y al salir de la cárcel rehízo su vida. Hoy es educador social, uno de esos tipos que da charlas a jóvenes por todo el país y hace pasta con ello. Hammond lo ha llevado mucho peor, con serias dificultades para salir adelante. Kirkland es ahora un traje de seda. ‘Dirty Hand’, con suerte, un chándal de Joey’s, a diez pavos la pieza.

¿Qué sentiste al presenciar tu primer partido en el Madison Square Garden?

Sentir lo que se dice sentir, que todo era de juguete. Cuando sales de la sala Johnny Condon a la altura de la 64, como a mitad de grada, es la sensación que siempre te invade. Ahí abajo hay un escenario iluminado. Sabes todo lo que ha ocurrido allí. Es precioso. Pero lo es porque tiene mucho de irrealidad.

¿A qué te refieres con que tiene mucho de irrealidad?

La irrealidad de los grandes escenarios. Sea cual sea su condición, entiendo que la primera impresión al visitar Auschwitz, el Madison o el Vaticano no es otra que dudar, aunque sólo sea un instante, de lo que estás viendo. Se produce como una fuga inmediata entre el infinito peso histórico que cargan y la insoportable simpleza de estar tú allí, de repente, como si nada.

¿Cuál es el jugador que más te ha impactado —sea NBA o no— y por qué?

Aquí sobra ser original. Creo que lo mejor que ha podido dar el baloncesto en 120 años de historia cabe casi enteramente en el legado de Larry Bird, Magic Johnson y Michael Jordan. Mentiría si dijera que algún otro o que alguna otra cosa me ha impresionado más que ellos. Es más, creo que hay que revisitarlos como los buenos libros o el cine clásico. Son capaces de descubrirte cosas nuevas cada vez. Son mucho más grandes de lo que incluso hoy se presume. En Europa debo también ser justo. Nunca nadie me detuvo tanto frente al televisor como Petrovic. Hay que entender también el contexto. Nosotros estábamos habituados a los nuestros, a lo que nos daba la generación del 59, que era mucho además. Creías que eso era el baloncesto y que así debía estar hecho. Hasta que veías a Petrovic. Entonces, de pronto, todo cuanto conocías quedaba humillado y el baloncesto era él.

Imagino que habrás visto el documental protagonizado por Vlade Divac, Once brothers, que trata de su relación con Petrovic. Aquella generación yugoslava debe contarse forzosamente entre las mejores de todos los tiempos: Divac, Petrovic, Kukoc, Radja, Paspalj… no sólo eran buenos si no que además eran un puñado de irreverentes cabronazos, lo cual hacía sus victorias incluso más humillantes. Muchos nos preguntamos qué podría haber sido del baloncesto yugoslavo de no haber estallado la guerra. El talento balcánico se ha estancado desde entonces. ¿Cómo recuerdas aquella generación? ¿Cambió la forma de ver el baloncesto europeo desde Estados Unidos?

Lo pude ver aquí la misma noche de su estreno. Hacía tiempo que no me emocionaba delante del televisor. Lo consiguió la primera media hora. Muchísimo. Lloré. Lloré como se debe llorar de emoción por la belleza. El recuerdo, la memoria de lo que uno mismo, de chaval, pudo vivir. Al momento de llegar la guerra todo se vino abajo. El documental, aquella generación, los recuerdos, yo mismo. Me sobraba toda esa mierda. La mierda de la guerra. Dices que el talento balcánico se ha estancado desde entonces. No lo creo. Lo hizo el resquebrajamiento de un sistema compacto y brillante. El mayor legado de aquella Yugoslavia fue saltar la línea temporal de Europa unos diez o quince años. De golpe y porrazo. Como una pequeña NBA dentro del viejo continente. Ahora hay claros síntomas de recuperación. Lo balcánico sigue ahí. De hecho nunca se fue. Y por cierto, pasarán muchos años antes de que contestar a algo así no me lleve a recomendar una obra maestra que está al alcance de todos: el libro Sueños Robados de Juanan Hinojo. Todo lo que yo pueda decir está ahí adentro. El baloncesto yugoslavo ya tiene su propio Quijote.

Me lo apunto. Ya que estamos, ¿algún libro sobre NBA y otro sobre baloncesto callejero que recomiendes?

Del callejero son obligados Axthelm y Telander. Del resto ni puedo ni debo. Hay miles. Editorialmente éste es el paraíso mundial del baloncesto. Y por desgracia, el único. Pero déjame que aproveche la ocasión para recomendar algo que debería salir en primavera. Un libro, del que soy coautor junto a Máximo Tobías. Es un trabajo del que me siento enteramente orgulloso porque es una obra única. No digo ni buena ni mala. Tan sólo única porque el fenómeno que aborda no ha sido tratado antes en ningún otro libro con la debida profundidad. Y me atrevo a decir que su fondo debería interesar igualmente al aficionado americano y al europeo. Hay años de trabajo ahí detrás. Pero todo a su debido momento.

El cine no ha tratado tan bien al deporte como la literatura. Uno tiende a pensar en Space Jam o en esa comedia aquí traducida como Los blancos no la saben meter cuando piensa en películas de baloncesto. ¿Existe sin embargo el buen cine en el mundo de la canasta?

El cine hace lo que puede. Creo que su relación con el deporte es mucho más difícil de lo que se cree. El deporte no es ficción. Es la cosa más realista del mundo. De manera que cuando pretende ser ficción el espectador lo advierte enseguida con decepción. Nota el engaño. Es como si le saltara a la vista que todo está dirigido, que todo es mentira. Y esto es lo que el cine suele llevar peor. Para que cine y deporte no choquen frontalmente el deporte debe ser trasfondo y el cine recaer como siempre en lo humano. Es un poco paradójico, pero para que una película de baloncesto disipe toda sospecha mejor cuanto menos baloncesto exponga.

Quizá le sentaría bien a la NBA una película como Un domingo cualquiera, de Oliver Stone (Any given Sunday), especialmente en los pantanosos tiempos que corren donde la ruptura entre deporte y negocio se vuelve especialmente evidente y por lo tanto dolorosa para el aficionado. ¿Cómo se está viviendo este lamentable cisma en Estados Unidos?

Bueno, películas como Blue Chips o Wright abordan en cierto modo los riesgos del negocio. Pero es que esto del baloncesto y el negocio es como decir que todos los días sale el sol. A estas alturas una obviedad así no aporta nada. La denuncia de ese matrimonio data nada menos que de finales del XIX, cuando el propio Naismith alertaba contra los peligros de la profesionalización y la pérdida del espíritu del juego y demás. Está como para levantarse el hombre hoy de la tumba. En Estados Unidos no se tiene noción de ningún cisma porque deporte y negocio son las dos caras de una misma moneda. El espectador, por ejemplo, se sabe parte del negocio y eso le reconforta. Porque tiene la impresión de que se cuenta con él. De que el cliente importa, mira por dónde, mucho más que en España.

Volviendo al tema yugoslavo, ¿consiguió esa magnífica generación que la NBA abriera sus puertas a Europa? ¿Aumentó el número de scouts viajando por Europa y por ende los jugadores cruzando el océano en aquella dirección?

El proceso es mucho mayor e incluso anterior. Pero sí, el impacto de aquellos primeros jugadores comenzó a destinar pequeñas partidas presupuestarias hacia la prospección exterior. Para finales de los noventa ni una sola franquicia NBA estaba a salvo de contar con su propio departamento internacional. Era un proceso inevitable. Con retraso pero inevitable. La globalización no iba a hacer una excepción con el baloncesto.

Abordando ya el tema del lockout y sobre todo mirando atrás al precedente de 1998: ¿una temporada más corta beneficia o perjudica a los rookies?

Como una temporada corta reduce el tiempo para mostrar las fortalezas debería perjudicar a los buenos y favorecer a los malos. Menos partidos difuminan además esa típica depresión conocida como rookie wall. No creo que la duración afecte a las sorpresas y sí en cambio al efectismo, como más proclive a brillar más en menos tiempo, a la manera de Carter y Jason Williams en el 99.

¿Qué periodistas deportivos sueles leer?

Una de las cosas más desconcertantes al llegar aquí fue poner carne y hueso, incluso palabra, a periodistas a los que llevaba años leyendo. Si tengo números de Nuevo Basket desde 1980 (gracias, primo) la llegada de Internet me abrió las puertas del paraíso. Una vez aquí, he podido además pisarlo. Llevo años leyendo a los americanos, a todos. Entiende que seguir la NBA es seguirles también a ellos. No veo alternativa.

¿Alguno de cabecera a destacar?

De cabecera ninguno porque Halberstam está muerto. De cuerpo demasiados como para una sola respuesta. Así que cuando en España leas a alguien Simmons esto Simmons lo otro es que no conoce más. O eso o la falacia de un país un periodista, como en mi país parece haber una lamentable tendencia a creer. Y quien eso asegura, quien desprecia el periodismo y exceptúa un único nombre, lo único que demuestra es una sonrojante pobreza de fuentes. Me gustan los autores, como Araton, que escapan a la actualidad, eso que ahora causa tanto daño a veteranos como Sam Smith, Ryan o Vecsey, a los que la red ha superado. Adoro el humanismo de Abbott o Beck y deploro el oportunismo de Wojnarowski o la entronización de un contable como Coon, con todo, mil veces mejor que el vedetismo de Stephen A. Smith y Bucher. Valoro la pelea, el trabajo diario de Woj, Sheridan, Berger o Broussard por ser los primeros, contraprestación a favores cocinados en los pasillos. Pero no me termina de convencer el periodismo velocista. No caso con el mantra de llegar el primero, como si informar fuera correr. Me gusta más el periodismo de fondo. Por eso caería enseguida en autores largos, de esfuerzo por la permanencia como Pluto, Montville, Bayne, Ostler, Layden, Steinberg o Feinstein. Hasta compro a MacMullan pese a que el esnobismo la vista de reina. Cualquiera, en fin, que apueste por hacer del deporte literatura. Es el rango más alto que el deporte, fuera del deporte, puede conquistar.

¿Alguno en España?

Eso me lo guardo. Pero déjame mencionar a Ramón Trecet porque es una persona, escúchame bien, a la que quiero. Y querer está bien empleado aquí. Lo mismo podría decir de Franco Pinotti. Ellos saben bien por qué y yo más. Hablo de razones esencialmente humanas.

Escribiste recientemente acerca de la decreciente autoridad de los entrenadores en la NBA. Hace algo más de un año, Kelly Dwyer escribió un artículo en el cual afirmaba que la próxima gran crisis de la liga estaría causada por el ego de los jugadores, aduciendo que su nivel de arrogancia estaba equiparándose al de la liga misma. ¿Crees que es eso cierto? ¿Ha aumentado el nivel de arrogancia de los jugadores desde que sigues la NBA?

No, no lo creo. De hecho me parece uno de los peores lugares comunes de la falsa decencia. Es evidente que hay una diferencia sociológica enorme entre la NBA de los cincuenta y la actual. Quiero recordar que aquélla aún se resistía a los negros por serlo. Es decir, no venimos del paraíso y a veces se confunde arrogancia con carácter. Y mientras se admira la arrogancia de técnicos como Auerbach o Jackson se condena la de los jugadores, peor cuanto más modernos. Esto no es más que papanatismo. Humedecerse con las perrerías de Jordan o Bird y condenar en cambio alguna salida de tono en las estrellas de hoy no es una visión que comparta. Porque más que visión es miopía. Especialmente en Europa seguimos todavía muy embobados con la autoridad del entrenador. No sólo sobre los jugadores, sino sobre el baloncesto y hasta la percepción de lo que es o no deseable. A mí esto me parece una aberración. Me parece que ir al baloncesto no es ir a misa. Y creo que en la NBA hay un relativo equilibrio entre técnicos y jugadores cuyo respeto mutuo unos y otros se van ganando en la profesión como en cualquier otra esfera de la vida. Nadie con dos dedos de frente creerá débil el carácter de Jackson, Rivers, Thibodeau o Van Gundy frente a no sé qué arrogancia de los jugadores. El carácter saldrá en unos y otros. Y si es nocivo acabará cayendo por sí mismo. ¿Han terminado Iverson o Artest con la NBA?

Y en el punto opuesto, ¿hay jugadores con los que haya terminado la NBA?

Menuda serie saldría de ahí. Pero no tanto por lo que parece. Por ejemplo la NBA, como te decía, no se llevó especialmente bien con los gigantes, con los más poderosos como Mikan, Chamberlain o Shaq. Estos casos son los únicos de verdad, como lo fue el Alcindor universitario y la prohibición de los mates durante nueve años, algo hoy día impensable. Se improvisaban comités para evitar de urgencia que estos tíos hicieran del baloncesto un ovillo. No era que la NBA quisiera terminar con ellos sino mitigar su impacto como se doblega al toro en la plaza. Más allá, en el terreno político o legal, hubo algunos casos delicados. Todos distintos pero todos muy tristes. De Molinas a Hawkins pasando por el desdichado Raymond Lewis, que creyó ser víctima de una conspiración en su contra. Una oposición entre liga y jugador tiene que contar siempre con el caso Rodman, a cuyos últimos días dediqué una pequeña trilogía. La NBA soñaba con la retirada que efectivamente tuvo, un despido por la puerta de atrás sin vuelta posible. Desde la Olympic Tower Stern y los suyos temían una vergüenza nacional por la promesa de Rodman de desnudarse por completo en el último instante de su carrera. Hay más que sobradas pruebas de que no sólo era capaz sino que realmente deseaba hacerlo.

¿Qué es para ti lo mejor de los Estados Unidos?

No sé, tal vez hay algo de admirable en el sentimiento de unidad del pueblo americano.

¿Y lo peor?

Que en el fondo esa misma unidad se opone frontalmente a otras formas de vida, de organizarse las naciones en el mundo. Que a veces la noción de libertad parece amparar la libertad de aplastar otras libertades. Y yo no sé qué bien hacen a la democracia instituciones como Wall Street.

Qué pregunta te gustaría hacerle a los siguientes personajes: David Stern

¿Cómo imagina la NBA a final de siglo? Quiero decir, ¿seguirá siendo el planeta entero su ambición?

Allen Iverson

Si a tus 55 años entrenaras un equipo NBA y llegase un tal Iverson ¿cómo crees que deberías actuar con él?

Charles Barkley

¿Te has culpado alguna vez de perderte el oro de Los Angeles?

Len Bias

¿Sabes que de no haber sido aquella noche habría ocurrido más adelante, tal vez la noche de tu primer anillo?

Michael Jordan

Sinceramente, ¿te crees también superior a Michael Jordan?

¿Qué me dices de Allen Iverson y el trato que ha recibido? Se trata sin duda de uno de los mejores jugadores pequeños en la historia de la liga, que además ha demostrado una dureza y una capacidad de sacrificio que no casan con su fama. ¿Hasta qué punto esta falta de reconocimiento es una consecuencia de su carácter rebelde?

Iverson se suicida el mismo día que carga públicamente contra su banquillaje en Memphis. Porque sin querer envía un mensaje a posibles compradores y les dice: “Vais a tener un problema si no contáis conmigo en los términos que yo creo merecer”. Y es una pena. Porque entraba en una edad donde mejor no imponerse. O no como antes. Coincidí luego con él en su último año en Philly. Y daba gusto. Porque se había desplazado en silencio a intentar ayudar, que era lo que debía haber hecho en Memphis. Yo a Iverson le tengo un respeto enorme como jugador. No son muy opinables sus logros, que para mí se resumen en que durante una noche de 2001 se convirtió en el mejor jugador del mundo, desbancando por unas horas del trono al mismísimo Shaquille. Y con eso basta. A mí por lo menos. Iverson ha cometido errores. Algunos muy graves. Pero como suele ocurrir los jugadores malditos cargan también con una parte de culpa que tampoco les corresponde.

La figura de Michael Jordan no ha salido precisamente beneficiada de este lockout. ¿Está empezando a oscurecer a ojos del público estadounidense el Jordan post-jugador al inconmensurable Jordan jugador?

Debajo del mito hay un tipo, una persona, víctima del mismo carácter de siempre, lo cual es condición necesaria para ser el mejor deportista de la historia y un enfermo que sigue sin estar en paz.

¿Hasta qué punto es necesario un carácter obsesivo y en cierto modo enfermizo para aspirar a ser el mejor jugador del mundo?

Los velocistas que emplean los mejores años de su vida en matarse por rascar una décima al crono te lo podrán contar mejor que yo. El caso de Jordan encierra también su lógica natural. No puedes ser el mejor en una cosa sin ser el peor en otras muchas. Si Nietzsche hubiera conocido a Jordan habría conocido la versión negra del superhombre.

Sin embargo hay jugadores que parecen alcanzar un gran nivel de juego sin esfuerzo aparente. Ahí está el caso de Dennis Rodman como máximo exponente. ¿El éxito de jugadores como Rodman está ligado a su vida, digamos, dispersa? ¿Habría sido mejor jugador de someterse a un régimen estricto de dietas, entrenamientos y vida social?

No lo creo. Y precisamente debido a su espléndida forma física, a la que no hizo falta ningún tratamiento especial. Rodman es el necio técnico más útil y brillante de la historia, el jugador de mayor burla a técnica y táctica con mejores resultados. El tiempo le seguirá haciendo un favor. Que yo sepa toda su infinita habilidad no es más que inteligencia en su máxima expresión. Y aunque cueste es posible y hasta obligatorio aislar esto de sus estupideces.

Mucha inteligencia, mucha intuición, pero también muchos fundamentos: lo bien que usaba su cuerpo, cómo medía los saltos y el sublime uso del palmeo para llevar el balón a su terreno y birlárselo a jugadores mejor colocados son habilidades que siguen sin tener parangón. ¿El rebote es una de las estadísticas más infravaloradas?

No. Lo es la anotación. Antes reina hoy en cuestión.

La verdad que de hace unos años para acá el MVP ha respondido a otros baremos antes que a la anotación, como son por ejemplo los casos de Nash, Duncan o Nowitzki. Pero ¿le habrías dado tú el galardón a otro antes que a los mencionados?

No. Los galardones de jugador más valioso nunca me movieron a grandes objeciones. Creo que los elegidos son acreedores justos al premio. Si fueran suplidos por otros estaríamos ante otra masa de insatisfechos. Es lo que tiene la manía de conceder un solo premio, un solo título, una sola medalla de oro.

¿Qué me dices de Bruce Bowen? Él ni siquiera destacó nunca en ninguna estadística. ¿Podrías definir su juego para alguien que no lo viera jugar?

Parece mentira. Pero que un jugador alumbrara el lado más oscuro del juego, un gigantesco terreno de destrucción con semejante impunidad y eficacia le convierte en un amplificador del baloncesto. A partir de Bowen el terrorismo podía tener cabida. Ningún jugador trasladó la licencia defensiva más lejos que él. Burló a leyes y jueces con igual éxito. En el futuro, cuanto temple algo más la hostilidad ganada a pulso, no se podrá observar a Bowen más que como uno de los mejores defensores que haya dado nunca la historia de la NBA. Una valiosa alimaña para una dinastía de humildes.

Uno de los más recurrentes argumentos que sus detractores esgrimieron contra él fue que si en este deporte todos fueran Bruce Bowen, perdería todo el atractivo. ¿Qué les contestarías?

Que tienen razón. Una excepción pierde todo su atractivo al hacerse norma. Las excepciones, o lo son, o se cargan la regla, el juego y lo que se ponga por delante.

Los Heat han arrancado con más fuerza que nunca y tanto Celtics como Mavericks y Lakers están sufriendo lo indecible en este comienzo de temporada. Otras franquicias emergen con fuerza, como Bulls, Clippers, Thunder o Grizzlies. ¿Es oficial ya el cambio generacional?

Observa algunos nombres de los últimos equipos campeones. Kobe Bryant, Paul Pierce, Ray Allen, Kevin Garnett, Dirk Nowitzki, Jason Kidd. No son nombres al azar. Cada uno de ellos ha supuesto toneladas en esos anillos. Todos llegaron a la NBA en los años noventa. Estamos en la segunda década del XXI. Es un premio indescriptible una gloria tan reciente para todos ellos. De hecho es apurar lo mejor de esas estrellas hasta ultimísima hora. Es colarse incluso por delante de los jóvenes que vienen detrás. Un año más en la cima se antoja ya algo impensable, una quimera del tiempo. Y el tiempo dice que la nueva generación no puede, no debe esperar más. El siguiente campeón no debería ser un histórico. Sino algo distinto. Algo nuevo. Un nuevo comienzo, la nueva era.

¿Hasta cuándo en Nueva York?

Me quedan dos telediarios.

¿Por qué?

Porque yo no sé hacer milagros.

Fotografía: Antonio Gil / Michael Da Costa


Fernando, Aquiles con el 10 a la espalda

Se sumerge en la lectura de los periódicos del día y comprueba, con satisfacción, que George Bush y Mijail Gorbachov están dispuestos a acabar con la ‘Guerra Fría’ entre Estados Unidos y la Unión Soviética, tal y como le comentó a Alfonso Del Corral la noche antes mientras cenaban juntos y pasaban un rato agradable. Se siente fuerte, ha encontrado, por fin, su paz interior y está feliz por la inminente visita de su hijo para pasar las Navidades. No puede jugar ante el CAI Zaragoza pero confía en que la recuperación de su tendinitis se acelere y pueda volver cuanto antes. Tiene que ir a recoger unas zapatillas, así que se mete en su coche y conduce. Pisa el acelerador para llegar a tiempo a su destino, ignorando aquel accidente que sufrió años antes del que salió ileso milagrosamente y, sin darse cuenta, pierde el control de su vehículo. La incesante lluvia que cae sobre Madrid hace el resto. Su Lancia Thema matrícula M-7415-IC derrapa en un punto fatídico de la M-30, atraviesa cinco carriles y se estrella frontalmente contra un Opel Kadett, conducido por Ricardo Delgado Cascales, que sobrevivió aunque con múltiples heridas. Son las 15:20 de una tarde que se hace eterna. El mítico Carrusel Deportivo de la Cadena Ser informa a sus oyentes de que un jugador madridista, aún no identificado, se ha visto envuelto en una brutal colisión en las cercanías de Madrid. Alertado por su el siniestro, el fotógrafo Raúl Cancio se desplaza hasta el lugar de los hechos. Llega a la escena del accidente, coge la cámara y dispara varias fotografías al coche, siniestro total, al tiempo que contempla cómo los operarios tapan el cuerpo con una manta. “Cuando estaba sacando aquellas fotos,ni siquiera sabía de quién se trataba, todo era muy confuso y no tenía información de qué era lo que había pasado”. Sobre el alquitrán de la carretera se pueden ver restos de las fotos que el dueño del Lancia llevaba en su coche con el fin de firmárselas a sus fans. Las fotografías son un primer plano del hombre que acaba de perder la vida en el acto. Están rotas, cubiertas de tierra y ensangrentadas. La mayoría están apiladas, por montones, junto a un quitamiedos de la M-30. En las redacciones deportivas de España reina la confusión y crece la tensión. El único dato confirmado es que un jugador del Madrid ha destrozado su coche y está malherido. A través de las ondas la plantilla dirigida por George Karl empieza a conocer, con cuentagotas, la última hora de una pesadilla que acaba de comenzar. Entre los jugadores que ya habían llegado al vestuario se corta la tensión con un cuchillo. Romay sale del vestuario para pedir información a los periodistas que se arremolinan en torno a la puerta del camerino del Real Madrid. Jugar ante el CAI, en aquellas condiciones y en ese escenario, se antoja una broma de mal gusto, un giro macabro del destino. Con el paso de los minutos nuevos jugadores merengues van llegando, uno a uno, al vestuario.

Como en el guión de Michael Cimino en El Cazador, cada llegada se convierte en una auténtica partida de ruleta rusa, en una agonía existencial, donde se entremezclan suspiros por el que se salva y maldiciones por el que no da señales de vida. Romay tiene la cara desencajada. Llorente, los nervios a flor de piel. De pronto aparece Antonio Martín, que segundos después, al escuchar los relatos de sus colegas, se transforma en un manojo de nervios. El que llega se tacha de una lista cruel y despiadada. Después hacen acto de presencia Ismael Santos y Pep Cargol que, incrédulos, miran el semblante sombrío de sus compañeros para después empezar a comprender la magnitud de los minutos que les restan por soportar. Las radios insisten en que un jugador del Real Madrid se debate entre la vida y la muerte. Lolo Sainz intuye un dolor intenso, pero trata de convencerse de que todo forma parte de un error, de una película de ciencia ficción: “Me dijeron que había habido un accidente muy grave en la M-30. Me quedé de piedra, no supe cómo reaccionar ni qué decir. Creo que, en el fondo de mi corazón, esperaba que todo fuera un error”. José Joaquín Brotons, que había dirigido Tiempo de Juego en la Cope, impulsando el boom del basket en la radio, recibe la llamada de una fuente que le traslada las peores noticias. Un jugador del Madrid ha muerto en un accidente. Brotons, entonces en Telemadrid, envía un cámara hasta la M-30. Hace un par de llamadas y se le encoge el corazón. Cuando el cámara llega a su destino, Brotons, íntimo amigo del hombre que acaba de perder la vida, se queda noqueado. A Ramón Trecet, mito del periodismo deportivo español, la noticia le coge con el pie cambiado. “Estaba en mi casa cuando me llamó Paco Torres, director de Gigantes, para decírmelo. A los pocos minutos me llamaron de la redacción de TVE y me fui corriendo para allí”. Y mientras Trecet corre, el drama revolotea el alma del vestuario blanco.

Sólo quedan dos jugadores por llegar. Quique Villalobos, un escolta que se ha ganado al público por sus mates y su ardor guerrero y Fernando Martín, símbolo de una generación y líder del equipo. El tiempo parece detenerse y los segundos son horas. Todos los que aguardan noticias en la caseta blanca saben que la salvación de uno de sus compañeros supondrá, de manera inevitable, la sentencia de muerte del otro. El reportero Manolo Lama, hoy en Cope, entonces en la Ser, recibe una llamada que le confirma el deceso del jugador madridista: “Recibí el telefonazo de un bombero amigo mío que me dijo que Fernando había muerto, no me lo creía”. La espera se hace insoportable y las manecillas del reloj se detienen cuando se abre la puerta del vestuario. Apartando a una docena de periodistas que montan guardia, Quique Villalobos entra al vestuario. Se hace un silencio sepulcral y reina la frustración. La vida de Quique significa la muerte de Fernando. En un rincón del vestuario, Antonio, el pequeño de la saga Martín, descubre el significado de la palabra impotencia. La tristeza inunda el vestuario y todos se resisten a creer que en la veracidad de la pesadilla. Lolo Sainz, sempiterno profesor de vida y baloncesto, decide entrar en el vestuario. La fotografía le pone los pelos de punta: “Tuve que ir al pabellón a calmar al resto del equipo. El panorama que me encontré al entrar al vestuario nunca lo olvidaré, todos los jugadores estaban deshechos”. Manolo Lama se acerca a los jugadores y les corrobora la peor noticia posible: “Cuando se lo decía a los jugadores del Madrid era un drama”. Romay, el dicharachero rascacielos del basket español, se derrumba. “No había manera, lloraba como una magdalena”. José Joaquín Brotons, gran amigo de Fernando, rompe a llorar mientras intenta dar la noticia en Telemadrid. Había compartido horas y horas de interminables confesiones con Fernando y ahora le tocaba contar que había muerto, que jamás volvería a pisar una cancha de baloncesto. Televisión Española también irrumpe en el hogar de todos los españoles con un avance informativo conducido por Ana Castells: “A primeras horas de esta tarde ha fallecido en accidente de tráfico en la M-30 de Madrid el jugador de baloncesto Fernando Martín. Tenía 27 años”.

La muerte de Fernando conmociona a los españoles. El Real Madrid-CAI se suspende y los jugadores se dirigen al hospital, donde se personan más tarde el seleccionador Antonio Díaz-Miguel y la actriz Ana Obregón. En el Ramón y Cajal se vive una escena dramática cuando Carmela, la madre de Fernando, tiene que ser ingresada de urgencia a consecuencia del “shock” producido al enterarse de la muerte de su hijo. Sólo el padre de Fernando, Manuel Fernández-Trigo, gerente del Real Madrid y el doctor Herrador, galeno merengue, tienen acceso al cadáver, que es conducido por los servicios funerarios de la M-30 justo a 50 metros de donde se produce el tremendo accidente. Moncho Monsalve, entonces técnico del CAI Zaragoza no sale de su asombro y no para de repetir, una y otra vez, la misma frase: “Esto es una auténtica pesadilla, un mal sueño”. Las reacciones de producen en cadena y no ocultan un profundo pesar por una pérdida tan repentina como irreparable. Raimundo Saporta, con voz entrecortada, afirma: “Es una pérdida irreparable. Era un gran hombre”. Pere Sust, entonces presidente de la FEB, habla de luto del baloncesto nacional:”Es uno de los días más tristes para el baloncesto y para el deporte. Nadie podrá olvidar a Fernando jamás”. Antonio Díaz-Miguel, seleccionador nacional, tiene un nudo en la garganta: “He sido la tercera persona en llegar al Ramón y Cajal, ha sido tremendo. Qué pérdida. Habíamos quedado juntos para cenar esta semana, me lo había recordado su madre, Carmela, y ahora pasa esto. Su hermano Antonio está destrozado, es el que peor lo lleva”. Su entrenador, George Karl, está abatido: “Fernando se ha ido y nos ha dejado solos. Este es un momento muy duro para todos, podría decir que el más duro en toda mi carrera como entrenador. Nadie jamás podría olvidar lo que ha pasado hoy en este vestuario”. Lolo Sainz, su gran valedor en el Real Madrid, iba más allá: “Fernando ha sido ese hombre al que siempre le ha faltado un punto para ser feliz, da la impresión que la vida le ha perseguido siempre. Era el mejor de los hombres, aunque quienes no le conocían pensaran lo contrario”.

Juanma López Iturriaga, el palomero, compañero de Fernando en múltiples batallas, no da crédito: “Estoy en estado de shock. Lo peor es que tenía que jugar después de saber la muerte de Fernando, y mi cabeza estaba en otro sitio. Estoy destrozado y el mundo del baloncesto, también”. Rafa Rullán estaba tocado: “Éramos grandes amigos. Todavía recuerdo cómo nos escondíamos en las concentraciones para fumarnos un cigarrillo sin que nadie nos viera. Y se ha ido”. Uno de sus grandes rivales pero compañero en la selección, el azulgrana Epi, no sabe cómo reaccionar: “Esto es un palo durísimo, un golpe al baloncesto. Fernando no conocía la derrota, era increíble, esto es un mazazo”. Pedro Ferrándiz, alma máter del baloncesto blanco, profundiza en el carácter indómito y el liderazgo de Fernando. Su sentencia es compartida por los aficionados: “El único líder que teníamos se nos ha ido”. Aíto García Reneses, superado por los acontecimientos, recuerda el lado humano del mito: “Soy incapaz de hablar de Fernando como jugador, sólo me acuerdo como persona. Y como persona fue muy grande, un ejemplo de humanidad”. Audie Norris, Hércules de ébano y pivot del Barça, se siente aturdido: “He perdido a un gran amigo, espero dar el pésame a su hermano Antonio. Fernando era muy buena persona. Dentro de la pista competía sin parar, estaba dispuesto a morir si hacía falta. Muchas noches, antes de enfrentarme a él, no solía dormir bien. Y los días que podía pegar ojo era porque había abusado del Voltarén”. Miguel Ángel Paniagua, hoy analista en la Cope y entonces mánager de Fernando, propone retirar la camiseta número 10 del Real Madrid como homenaje póstumo: “Es el mejor tributo posible para un grande de la dimensión de Fernando Martín”. Paco Torres, director de la mítica revista Gigantes del basket, inmortaliza la pérdida de Fernando con una frase memorable: “Y cuando esas jóvenes manos, muchas de ellas acostumbradas a jugar con balones de plástico en patios de colegio le aplaudieron por última vez, Fernando comenzaba a ser leyenda”.

El doctor García Martín, médico de guardia del Juzgado de Instrucción número 11 de Madrid realiza la autopsia del cuerpo sin vida de Fernando en el Instituto Anatómico Forense. El cadáver de Martín no necesita cirugía y es embalsamado. Entre las nueve y las diez de la mañana se presentan en el Centro Funerario Antonio y Ricardo, dos de los hermanos de Fernando, llegando el tercero después. Aparecen José Biriukov, Fernando Romay y Mariano Jaquotot. También acude Miguel Muñoz, entonces seleccionador nacional de fútbol, en calidad de amigo de la familia Martín. Sólo veinticuatro horas después de que Fernando ingrese cadáver en el hospital Ramón y Cajal, el lunes 4 de diciembre, el Real Madrid decide instalar la capilla ardiente del “10” en el Pabellón de la Ciudad Deportiva. Familiares, amigos, compañeros, rivales, aficionados…todos acuden, en masa, para dar el último adiós a Martín. Ramón Mendoza, presidente blanco, es la viva imagen del dolor. La plantilla del Real Madrid de fútbol, encabezada por Míchel, Gordillo y los hermanos Llorente, Julio y Paco también se suman al homenaje y tratan de consolar a los miembros de la plantilla de baloncesto. Se enteraron de la muerte de Martín después de jugar en Balaídos, ante el Celta. El doctor Pirri había conocido la noticia en el descanso, pero no había querido decir nada a los jugadores para que no se derrumbaran. Míchel, cariacontecido, fija sus ojos en Fernando Romay. El pívot, quebrantado en todos los sentidos, no puede reprimir las lágrimas cuando ve el féretro de su tocayo. Un grupo de aficionados rompe a gritar a las afueras del pabellón: “Se nota, se siente, Fernando está presente”.

La familia de Fernando Martín permanece unida por el dolor, pero entera. Antonio, por momentos, contiene la respiración. Lolo Sáinz y Clifford Luyck deciden pasar el trago juntos, hasta que reparan en que George Karl, que había construido el equipo en torno a Fernando Martín, está absolutamente hundido. Tratan de hacerle reaccionar, le apoyan en la entrada del túnel de vestuarios y le insisten en que tiene que ser fuerte. Pero en la cara de Karl se dibuja un rostro de piedra, una mirada perdida, un dolor intenso. El momento más emotivo de la ceremonia se produce cuando hace acto de presencia la expedición del Fútbol Club Barcelona, con el enemigo íntimo de Fernando, Audie Norris, a la cabeza. “Pudimos haber jugado juntos, habría sido tremendo, con la misma camiseta Fernando y yo. ¿Cuántas Copas de Europa habríamos ganado?”. [Audie Norris estuvo a un paso de fichar por el Real Madrid. Tenía el contrato preparado, listo para firmar, pero el entonces presidente Ramón Mendoza no quiso pagar una cantidad adicional de 100.000 dólares y un año más tarde, acabó en el Barça]. Epi, Jiménez y Solozábal se quedan fríos al ver el cuerpo sin vida de Martín. San Epifanio no puede contener su dolor y se derrumba. Romay le abraza y se lo lleva de la sala. Norris, descompuesto, no para de llorar. Su cerebro visualiza todas y cada una de sus enconadas luchas bajo los tableros donde se intercambiaban codazos, moratones y canastas. “Nuestros duelos eran como los de Bird y Magic. El día que Fernando murió perdí un amigo”. El norteamericano del Barça avanza, lentamente, por el Pabellón del Real Madrid como alma en pena mientras recuerda la impronta y el carácter de Fernando, aquel pívot blanco, español, siempre dispuesto a morir cuando se trataba de ganar la posición en la pintura. “Era como si dos gladiadores se batieran en la arena de un circo romano. Fernando era profesional, poderoso. Enfrentarse a él era motivador. Sacaba lo mejor de sí mismo cuando peleaba contra mí. Yo hacía igual”. Al llegar a la posición de Carmela, la madre de su enemigo íntimo, Norris no supera la tensión del momento y se desmorona. Un escalofrío recorre el pabellón. Los reporteros gráficos inmortalizan el abrazo entre Audie y la madre de Fernando. La emoción vuelve a embargar el corazón de los allí presentes cuando un aficionado anónimo se acerca al féretro del pívot y coloca, sobre él, la mítica camiseta con el “10” a la espalda.

Al día siguiente, su entierro, celebrado en el cementerio de la Almudena, congrega a miles de aficionados al mundo del deporte. Ironías del destino, ese día estaba previsto que Jan Martín, el hijo de Fernando, llegara a Madrid para pasar las vacaciones navideñas junto a su padre. Flores y coronas presiden un funeral propio de un Jefe de Estado, donde destaca el recordatorio de sus compañeros de equipo, el detalle de su equipo en la NBA, Portland Trail Blazers, del Barcelona, del Joventut, del CAI y una corona con dedicatoria especial por parte de “La Demencia”, el ingenioso grupo de aficionados de Estudiantes, el primer equipo de Fernando. Aquiles, el dios guerrero de los tableros, descansaba en paz. Horas después de enterrar a Fernando el Real Madrid se ve obligado a tener que jugar ante el PAOK de Salónica en la Recopa de Europa. La plantilla madridista acumula dos días sin dormir y sigue en estado de “shock” por la pérdida de Fernando, pero acepta jugar. Aún queda pasar el último trago y hay que pasarlo en la cancha. Y hay que ganar, por Fernando. Su hermano, Antonio, en un esfuerzo sobrehumano, consigue reunir las fuerzas suficientes para decirle a su entrenador que quiere jugar ese partido. Todo entereza, Antonio se enfunda el chándal, recibe el emotivo abrazo de sus compañeros y salta a la pista para honrar la memoria de su hermano. Son las siete y media de la tarde del 5 de diciembre de 1989. Antes del inicio del partido un operario coloca la camiseta de Fernando Martín y su chándal sobre una de las sillas del banquillo del equipo de George Karl. A través de los altavoces, un sacerdote pronuncia una oración por el descanso eterno de Fernando y un silencio sepulcral se apodera del graderío, repleto para insuflar ánimo a los Martín y sus compañeros. El choque parece coser y cantar para los helenos, que se marchan a vestuarios con 13 puntos de ventaja sobre los locales. Nada más lejos de la realidad.

El Real Madrid, imbuido por el espíritu ‘no surrender’ de Martín, vuelve a la cancha y se convierte en un vendaval. El público, contagiado por la fiereza de su equipo, comienza a cantar: “Fernando está aquí, Fernando está aquí”. El Madrid entra en estado de trance, devora a los helenos bajos los tableros y culmina cada contraataque con una furia inusitada. Sí, Fernando está allí. En cada tiempo muerto, Fernando Romay le recuerda a sus compañeros la frase favorita de Martín: “Chicos, hay que ganar. Si estuviera aquí Fernando nos diría lo de siempre. Hoy, por 20″. El Madrid aprieta los dientes y Antonio, en una exhibición de coraje y pundonor, consigue levantar a los espectadores de sus asientos. Martín es mucho Martín. Antonio parece poseído, acaba el partido con 18 puntos y 16 rebotes, termina con los ojos enrojecidos y se funde en un abrazo con su familia mientras todo el pabellón corea “Fernando, Fernando, Fernando”. El Real Madrid, en un segundo tiempo memorable, machaca a los griegos y acaba ganando, como habría querido Fernando Martín, por más de 20 (92 a 71). Romay, Biriukov y Cargol aplauden al público desde el centro del campo agradeciéndole el cariño en una noche tan especial. George Karl, embargado por la emoción, confiesa a los periodistas:  “Es el día más especial de mi vida, el partido más inmenso que he visto nunca. Algunos llevaban dos noches seguidas sin dormir, pero hoy no se ganó por mis planteamientos, se ganó por Fernando Martín, por su presencia, porque él ha estado hoy presente aquí, en esta cancha”. Romay, años después, recuerda como si fuera ayer aquel partido que se jugó y se ganó por Fernando: “Nadie olvidará jamás aquel partido, nadie. Fue por Fernando. Han pasado años y es imposible no recordar cómo fue todo, mágico”.

El superdotado. Habría podido ser lo que hubiera querido porque tenía alma de ganador compulsivo, de furibundo competidor, de guerrero de la vida. Su hermano Antonio conoció, en primera persona, cómo era el espíritu de Fernando: “Llevaba dentro competir. Fernando y yo tuvimos de niños, a la vez, reuma en el corazón. Entonces llegó un médico y dijo: Deben hacer mucho deporte. Y Carmela, mi madre, que es como la teniente O’Neil, nos puso firmes. Fernando quería ganar a todo. Ganaba en ping-pong, ganaba nadando, ganaba en el balonmano… en todo lo que se proponía”. Superdotado en la parcela física, entusiasta del trabajo y perfeccionista incurable, Fernando fue Campeón de Castilla de natación, podría haberse ganado la vida con el ping-pong y Juan De Dios Román estaba convencido de que llegaría a ser una auténtica estrella del balonmano. Pero Fernando, por alguna ignota razón, eligió ser el mejor en el baloncesto. Se sentía dominador, duro, potente, capaz de revolucionar un deporte que empezaba a hacerse hueco y a desplazar la hegemonía del fútbol en nuestro país. Fernando y el baloncesto una pareja de baile perfecta. Estudiantes y las categorías inferiores de la selección fueron los primeros en poder disfrutar de todo el potencial de Fernando, que ya pasaba un par de centímetros de los dos metros. Sin background, sin demasiada experiencia pero con un talento natural y una presencia física espectacular, Fernando Martín comenzó a construir su futuro con una constancia y una fuerza que le impulsaron al estrellato antes de tener siquiera tiempo a poder asimilarlo. “Rebotea, pelea, anota y tiene arrestos, ¿quién coño es este Fernando Martín?”.

El chico de moda. Apenas tenía veinte primaveras a sus espaldas y los grandes se lo rifaban porque se había ganado la titularidad con Estudiantes, hacía las delicias del Magariños y hasta llegó a hacerle sombra al Barça en la final del campeonato de Liga. Su pujanza, su furia bajo los aros y su extraordinaria confianza en sus posibilidades le habían convertido en el jugador de moda. Joventut de Badalona, Barça y Real Madrid se volvieron locos con su fichaje. Los blancos se llevaron el gato al agua pagando casi 12 millones de pesetas a su club de origen, una cifra prohibitiva para aquellos entonces. El Madrid pagaba cuatro millones de pesetas a Estudiantes por la baja del jugador, que pasaba a percibir dos, tres y tres millones y medio de pesetas por cada una de las temporadas que había firmado. Fernando, el chico de oro del baloncesto español, la gran revelación del campeonato, estaba exultante: “Es un final feliz, menos mal, porque estaba desesperado, quería jugar en el Real Madrid. Agradezco a Estudiantes todo, ahora comienza otra etapa en mi vida, espero estar a la altura”. Y lo estuvo. De entrada, en su debut en la Copa Intercontinental, anotó medio centenar de puntos. Pero Martín, la nueva perla del basket patrio y el reclamo del periodismo —del deportivo y también del papel cuché— se mantenía alejado de su presunta condición de divo. Él se sentía mejor sin despegar las zapatillas del suelo. A cada halago Martín respondía “sólo estoy aprendiendo, tratando de imitar a los mejores”. A cada comparación con los mejores del panorama nacional le sobrevenía una dosis de humildad: “El mejor pivot de España no soy yo, porque está Andrés Jiménez en el Cotonificio”. Y a cada adjetivo por cada una de sus actuaciones Fernando respondía con un piropo a sus compañeros: “No quiero que la gente piense que yo soy una estrella y llevarme todos los laureles. Deberían ver cómo se mata Fernando Romay para ayudar al equipo”. Pero los esfuerzos de Fernando Martín eran vanos.

El pívot que corría como un alero. Por más que pusiera su empeño en todo lo contrario su estrella era tan refulgente que conseguía arrastrar a los aficionados a los pabellones, a grandes y pequeños, que querían ver, con sus propios ojos, a aquel pívot blanco que desafiaba a los negros, que era español y que era capaz de competir con los americanos. Lolo Sainz, artífice de su fichaje por el Madrid, siempre entendió que Fernando era un animal competitivo: “Tenía 20 años y no paraba de pedir el balón, quería ser el mejor, ese era su documento nacional de identidad”. Duro como una roca, obstinado y luchador infatigable, Fernando fue amo y señor de los tableros, un tirano que, rebote a rebote, aun sin tener estatura para ello, dominaba psicológicamente los partidos. Porque la mayor cualidad de Martín era, sobre todas las cosas, su infinita voracidad. Era una máquina de ganar. Su movilidad para las transiciones y para ejecutar el contraataque también revolucionó el modo de entender el baloncesto. Juan Antonio Corbalán fue uno de los que siempre entendió que aquel dinamismo no se había visto hasta la explosión de Fernando. “Fue el primer pívot español capaz de correr como un alero; Fernando corría y pasaba, todo en uno. Era impresionante verle en acción.” Fernando rompió esa regla no escrita, ese tabú, y destrozó cientos de teorías que señalaban que los españoles no podían correr y pasar como los extranjeros. Fernando sí podía. Él siempre podía. Y los niños, al ver que Martín corría, pasaba y era un pivot que jugaba como un alero, se sintieron obligados a intentarlo.

El gigante. Un rasgo identitario de Martín era su capacidad para conocer sus virtudes y sus limitaciones. Fernando no tenía tiro exterior, pero suplía esa carencia con un medio gancho en suspensión que, a dos o tres metros de canasta, resultaba imparable. Aquel tiro, marca de la casa, fue bautizado por Lolo Sainz como ‘la morcilla’: “Fernando, lo que hacía, lo hacía muy bien. Yo siempre le decía, tira la morcilla Fernando, tira la morcilla. Y eran dos puntos seguros. Era un gancho que ya había perfeccionado en Estudiantes y era imparable”. Consolidado como titular y máxima figura del Real Madrid y también de la selección española, Fernando agigantó sus números y comenzó a instalarse, de manera sistemática, siempre en dobles figuras. Un día veinte puntos y diez rebotes, otro día diecisiete puntos y veinte rebotes. Era un seguro de vida. Una bestia. Un tipo empeñado en explorar sus límites, en derribar todos los muros, en ganar siempre. Sus broncas con los árbitros, su exigencia máxima, su disposición a morir en la pista si hacía falta y su irrefrenable deseo de competir contra todo y contra todos le colocaba en otra dimensión. En una inalcanzable para el resto de mortales. Hubo quien trató de airear su lado más oscuro, quien le criticó por algunos de sus comportamientos y tampoco faltaron periodistas que no comulgaban con algunas de sus actitudes, como su desconfianza hacia los periodistas. Querían cambiarle, moldearle, crearle una reputación prefabricada, pero no hubo manera. Sus críticos querían cambiarle el paso, pero fue Fernando el que acabó cambiando a sus críticos. Líder natural, jubilador de jubiladores, con una palabra de honor más fuerte que el roble y un carácter recio, Fernando siempre salía triunfador de cada batalla. Dentro y fuera de la cancha. “Mucha gente dice que soy un jugador engreído, pero no me conocen. Acepto las críticas de quienes saben cómo soy, de quienes están informados, de quienes me ayudan a crecer, pero no me importa lo que piense la gente. Intento ser maduro y responsable. Tener los pies en el suelo y la barbilla muy alta”.

El número uno. Todo cuello, ídolo de miles de adolescentes y gran referencia para sus compañeros, Fernando Martín siempre cumplía sus promesas. Nadie podía presumir, tanto como él, de superar todos los retos y vencer en cada desafío. “Mi meta es ser el número uno. Y cuando quieres ser el número uno no hay tiempo para pensar en otra cosa. No puede relajarte, porque hay otros que llegan desde atrás y quieren bajarte de ahí. Yo peleo por ser el mejor. Por serlo todos los días”. Nadie pudo bajarle de ahí y Fernando fue, siempre, el número uno del baloncesto español. Con el Real Madrid, además de gran estrella y líder indiscutible, ganó cuatro Ligas, tres Copas del Rey, dos Recopas de Europas y una Copa Korac. Con la selección, irreductible y carismático, epicentro del equipazo de Antonio Díaz-Miguel, Fernando alcanzó los 86 entorchados y obtuvo aquella medalla de plata mágica en Los Angeles, en 1984, en unos Juegos donde Martín y compañía sólo se inclinaron ante un chico que desafiaba la ley de la gravedad en cada uno de sus vuelos sin motor hacia canasta. Era un tal Michael Jordan. Cualquiera con ese palmarés, trufado de títulos, fama y gloria, se habría conformado. Pero Fernando quería más. Nada era suficiente para un tipo que no conocía el significado de la palabra derrota y que sólo conjugaba el verbo ganar. Y apuntaba al sol. Siempre quería más.

Fernando pisa la luna. New Jersey Nets le escoge en el draft del ’85 con el número 38 y Fernando prueba en el campus de verano con los Nets. Es el comienzo de una gran experiencia que Martín, a pesar de las reticencias de muchos de sus compañeros, está decidido a vivir. Él es un europeo que no ha pasado su etapa de formación en una universidad americana y tiene escasas posibilidades de poder triunfar en la mejor liga del mundo, pero asume el reto con gallardía y comprende que, hasta que no llegue a jugar en la NBA, no podrá descansar tranquilo. Fernando se da un compás de espera, juega el Mundobasket ’86 y sopesa la decisión. Si juega en la NBA se verá obligado por una absurda reglamentación a renunciar a la selección española y no poder jugar en competiciones FIBA. Una amenaza que no arredra a Fernando, dispuesto a todo por un sueño: “Yo no soy nadie. Soy Fernando Martín, no soy de nada ni de nadie. yo me voy porque quiero saber hasta dónde puedo llegar. Allí están los mejores y quiero saber quién soy”. Fernando pasa varios días escondido en una casita cerca de los pantanos de San Juan, con su mujer y su hijo, en compañía del periodista José Joaquín Brotons. Quiere tranquilidad, alejarse del mundanal ruido, aislarse de la presión de una decisión de la que todo el deporte español está pendiente. Fernando Romay era consciente de que Martín se sentía como Ulises al escuchar los cantos de sirena de la NBA: “Lo llevaba en secreto, pero todos sabíamos que estaba en la órbita de los americanos y que él deseaba, más que nada en la vida, afrontar un nuevo desafío”. Su hermano Antonio tampoco era ajeno a la idea: “Fernando sentía algo en su interior y quería jugar en Estados Unidos. Nunca contaba nada, quizá ni él lo sabía, pero quería estar allí, formar parte de la elite, jugar con los mejores”. Manolo Lama, entonces en la Ser y hoy en la Cope, recuerda que el estatus económico, la posibilidad de perder dinero, era algo que no contaba para el 10 del Real Madrid: “Él ganaba más dinero que cualquier jugador de la plantilla del Real Madrid de fútbol, pero el dinero no era importante para él. Quería y deseaba con todas sus fuerzas llegar a la NBA, era un reto personal”.

Martín, con acento en la “i”. Se rumorea que Los Angeles Lakers también siguen a Fernando Martín. Sin embargo, seleccionan a un especialista defensivo, AC Green, y el destino priva a Martín de haber sido compañero de uno de los grandes genios de la canasta, Earvin ‘Magic’ Johnson. Sin embargo, Al Menéndez, manager general de los Nets, está empeñado en encontrar alguien capaz de sustituir con garantías a otra estrella de la liga, Buck Williams, y se decide por Fernando Martín. La decisión no es firme y New Jersey decide permutar los derechos de Fernando a Portland Trail Blazers, que se convierte en el nuevo hogar de Martín, una estrella del baloncesto europeo que, en su nueva odisea, sólo es un novato más. Portland, que ya ha olvidado el título con Bill Walton como pivot en los setenta, cuenta con una plantilla competitiva en la Conferencia Oeste. Tiene estrellas del calibre de Sam Bowie, un pívot al que las lesiones arruinarían su carrera, cuenta con Terry Porter, un playmaker de tronío, y Clyde ‘TheGlyde’ Drexler, un anotador estratosférico, de gatillo fácil. Y Fernando, lejos de tener el puesto garantizado, tiene que competir con dos nuevas adquisiciones del equipo de Oregón. Se trata del número 14 del draft, Walter Berry —un anotador insaciable que años más tarde sería el fichaje de Jesús Gil para el Atlético de Madrid Collado-Villaba— y de Steve Johnson, un alero cotizado que se había ganado un contrato en San Antonio Spurs. Los dos tienen el pedigrí y la reputación que le faltan a Fernando, consciente de que su currículum en Europa sólo es papel mojado en un campeonato donde tiene que poner el cuentakilómetros a cero. Un escenario que invitaba a pensar que Fernando iba a jugar poco. O muy poco. Nada más llegar, después de que su franquicia le proporcionase casa y coche, Fernando se topa con el primer problema. Su camiseta tiene acento americanizado: Martin. Fernando se indigna y coge el teléfono. Llama a la sede de los Blazers y se pone muy serio: “Mi apellido es Martín, con acento. Yo no quiero esta camiseta”. La NBA tuvo que ponerle tilde a su camiseta.

El día de su debut, un acontecimiento sin precedentes en toda España, sólo tres españoles pudieron asistir, en directo, al bautismo de fuego de Fernando Martín. Tres enviados especiales, Fernando Laura, Sixto Miguel Serrano y Manolo Lama fueron los únicos testigos españoles del debut de Martín, con acento en la í, en la NBA. El entrenador Mike Schuler ni siquiera tenía previsto sacar a Martín esa noche pero la franquicia, para que los periodistas españoles no se quejaran después de haber cruzado el charco para inmortalizar el momento, previno al entrenador de que le dejara jugar. Fernando se quitó el chándal y salió a la pista. Jugó dos minutos. La adaptación no fue un crucero de placer para Martín: “Tuve que cambiar mi juego, ganar en rapidez, conocer a fondo las tácticas que se emplean allá; vivir la velocidad, la falta de acciones estáticas, y no olvidar mis límites, abolir mis limitaciones mentales, abrirme a lo desconocido”. Siempre condicionado por Schuler, uno de los técnicos más conservadores de la liga, Martín apenas tiene oportunidades para demostrar sus progresos. Disputó 24 partidos, 146, anotó 22 puntos y capturó 28 rebotes. También sufrió una dolorosa fractura de nariz y una artroscopia en la rodilla.  Cuando le cuestionaban acerca de si no se sentía mal por pasar de estrella en Europa a simple suplente en la NBA, Fernando respondía con firmeza y convicción: “Ya, pero yo juego en la NBA. Y sólo hay 240 jugadores en el mundo que pueden jugar en la NBA”. Obligado a cambiar, a mejorar, a sesiones durísimas de gimnasio, a jugar sin haber calentado y a pasar más tiempo en el banquillo que en la pista, Fernando tuvo tiempo para reflexionar. Lejos de sentirse discriminado, de buscar culpables y de renegar de su experiencia en la NBA, Fernando absorbió, como una esponja, todos y cada uno de los nuevos conocimientos adquiridos. No estaba arrepentido, sino agradecido: “Para mi, lo principal ha sido ser útil al equipo. Por ejemplo, desde el banquillo. Quería, quiero aprender, entender. Y volvería a pasar por otra temporada idéntica, incluso pagaría por las enseñanzas recibidas”

El líder. Su hermano Antonio evoca aquel carácter exigente, competitivo, apasionado, que respondía a las constantes vitales de un gladiador que, en las distancias cortas, era un zumo de chaval: “Fernando no te dejaba relajarte ni harto de vino. Tenía ese carácter fuerte de quienes se autoexigen y exigen a los demás. Mezclaba el zarpazo de un oso y la caricia de un peluche. Era mucho más que un jugador de baloncesto”. Lo era. Era un deportista tremendo, un rey de la canasta y un tirano de los aros. Estaba programado para ganar y era un líder contagioso, de los que consiguen que sus compañeros sean capaces de ir a una guerra si ese líder se lo pidiera. Antonio compartió sus mayores exhibiciones de carisma: “En Fernando confluían varias cosas. Era un jugador extraordinario, pero tenía una manera de transmitir increíble. Era como los toreros, llegaba a la gente”. Su tocayo Romay recuerda, grabada a sangre y fuego, su lema de vida: “La frase mítica de Fernando Martín era ‘por 20’. Siempre había que ganar por esa diferencia”. Martín desprendía una aureola de elegido de los Dioses, de Aquiles reencarnado, de Sísifo incansable dispuesto a cargar durante toda la eternidad con un peso bestial que habría aplastado a cualquiera. Él siempre estaba donde se le necesitaba. No competía con el resto. Competía contra sí mismo. Era todo afán de superación. Y en España, él era el baloncesto. Cuenta la leyenda que, cuando sus problemas de espalda eran frecuentes y sus dolores eran terribles, se presentó en un restaurante donde estaban sus compañeros y cuando Martín apareció, se hizo un silencio en la sala. Todos le miraron, porque sabían que estaba lesionado, y Fernando les dijo: “Yo no me levanto para perder”. Palabra de Fernando Martín. Y su palabra, era ley. El mejor ejemplo, su actuación durante un Real Madrid-CAI en el Palau, donde los blancos tenían todo perdido a falta de pocos segundos. Lolo Sainz pidió tiempo muerto y entonces, Fernando ocupó el centro del corrillo de sus compañeros y se puso a gritar, bien alto, para que le escucharan en el banquillo contrario: “Lolo, tranquilo, esto está ganado”. Fernando Martín salió, se marcó un triple a tablero y ganó el partido.

El hombre. Pero bajo esa piel de brazo armado del baloncesto español, se encontraba un ser humano egoísta de su libertad, un rebelde impenitente, un conquistador de mujeres y un tipo que, a pesar de tener sobrados motivos para lo contrario, no era ningún vanidoso. Combatía sus demonios interiores, quería ser aceptado, comprendido, deseaba ser querido, tal y como era. “No tengo nada que ver con esa imagen de antipático y hostil. Posiblemente me haya puesto una coraza, pero creo que soy una persona cariñosa con aquella gente que me demuestra que puedo serlo”.  Aquel Conan El Bárbaro, guerrero dentro de la pintura de las pistas, resultaba una caja de sorpresas fuera de la vorágine deportiva. El baloncesto sólo era un vehículo para expresar sus emociones, un reto donde descargar toda la potencia de fuego de un corazón indomable. Fernando estaba fatigado de esas persecuciones absurdas de la prensa rosa, estaba hastiado de esa continua protección a la que le condenaban las exclusivas cardiacas y necias, que le arañaron de frente y perfil. Amante de la literatura existencial, fanático del trabajo duro en el gimnasio, del tabaco negro, preferentemente Habanos y del buen Rioja, Martín era un hombre hecho a sí mismo, un hombre preclaro, amigo de sus amigos, que repudiaba todo lo que envilecía el dinero y se moría de ganas por entablar una larga conversación. Anhelaba paz y pedía, a gritos, el calor de un abrazo. El de los suyos, los que le querían. “El baloncesto no es fundamental en mi vida. Lo único esencial es sentirme un poco necesario y un poco querido”.

Tarzán del siglo XX. Fernando siempre tuvo espaldas anchas para asumir su rol. Era el líder dispuesto al sacrificio, el hombre expuesto a la incomprensión. Antoni Daimiel, la voz más autorizada y reconocible de un baloncesto que brilla en las madrugadas de Canal Plus, recuerda a Fernando como “el Johnny Weissmuller español. Fue estrella del baloncesto como podía haber sido nadador olímpico o estrella de cine. Un Tarzán del siglo XX”. Valentín Martín, experto en basket de Radio Marca y veterano de la guerra de Vietnam tras haber seguido cientos de partidos de aquel Real Madrid, evoca a Fernando como “un rebelde que desafió al baloncesto, a la NBA, a Díaz-Miguel en su día, y también a Drazen Petrovic. Destacó como su acento en la camiseta de Martín. Y nació en Estudiantes”. Lartaun de Azumendi, una enciclopedia humana de la NBA, pone el acento en que Fernando “fue un roble con el talento suficiente como para que éste acompañara a un espíritu sobrenatural”. Fernando Ruiz, redactor jefe de Eurosport y reconocida firma en el basket, señala que “Fernando fue una fuerza de la naturaleza, un rebelde, un valiente que abrió el camino que nadie se atrevía a andar. Martín consiguió que miles de personas amaran el baloncesto”. Gonzalo Vázquez, maestro de la NBA a través de su ‘unidad invisible’, rinde tributo al ‘10’ del Real Madrid y escenifica su grandeza: “El martillo, los clavos y la pared / El pedestal que ascender / El alma sin conocer / El hombre de tanta fe que sin aros era más él”. Sus pretorianos en la cancha aún sienten su presencia. En opinión de Fernando Romay, Fernando era “el estandarte de una generación rebelde”; para Iturriaga “fue de los Nietos, de los Ballesteros, de los que dicen ¿por qué no?”; y para su hermano, Antonio, Fernando jamás desparecerá porque “es una canción que nunca muere”.

Una leyenda inmortal. Aquiles fue el hijo mortal de Peleo, el rey de los mirmidones, y agigantó su leyenda en la Guerra de Troya, donde su talón le hizo inmortal en la memoria de los hombres y los Dioses. Fernando Martín fue el hijo mortal de Carmela, el rey de los tableros del baloncesto español y agigantó su leyenda después de aquella trágica tarde del 3 de diciembre de 1989 donde su talón, la maldita velocidad, le convirtió en una leyenda, a pesar de que Fernando nunca persiguió la gloria de dejar en la memoria de los hombres su canción. Han pasado 22 años de su muerte, pero su recuerdo es inmortal. Fernando Martín era Aquiles con el ‘10’ a la espalda.


Carlota Reig: “Hemos endiosado a muchos deportistas”

“Normalmente no voy tan maquillada, pero vengo directa de hacer el Telediario”. Carlota Reig (Madrid, 1984) llega puntual a la Nevera del Ramiro de Maeztu, el legendario instituto por el que Club Estudiantes es tal. Va armada de una de esas sonrisas amplias y sinceras capaces de abrir casi cualquier puerta, lo que unido a sus 177 cm. hizo que el gran Andrés Montes le adjudicara el mote de Julia Roberts. Carlota lleva desde los 24 años frente a las cámaras de LaSexta Deportes y acaba de cubrir el Europeo de baloncesto en el que la selección española resultó campeona, todo un logro para esta periodista de mirada penetrante y dicción impecable. Tras una sesión de fotografía en las canchas, buscamos un lugar tranquilo y apartado de los estudiantes que entrenan y podrían arremolinarse a nuestro alrededor por estar en plena edad de conocer el Mal, y ya lejos del cartel de “No echen de comer a los dementes” conversamos largamente acerca de su profesión y, sobre todo, en lo que respecta al baloncesto.

¿Hubo algún medio, programa o personaje que te inspirara para ser periodista?

Siempre quise serlo, pero no por ningún medio o personaje en particular. Desde pequeñita me gustaba mucho escribir; pero no como un diario, sino reflexiones de las cosas que me pasaban y por qué podían pasarme. Y no sólo por escribir, sino porque también me interesaba mucho la actualidad, lo que estaba pasando en el mundo. Por eso decidí que me gustaría ser periodista.

Deduzco, por lo tanto, que el periodismo deportivo no es tu vocación. ¿Te gustaría trabajar en otros campos?

El deporte me interesa —de hecho los he practicado casi todos— pero también me interesa la política. Empecé trabajando en Real Madrid Televisión y en deportes me quedé. Es algo que me encanta, pero la verdad es que no informas de nada serio, te limitas a entretener. El día del adiós de ETA, por ejemplo, los otros periodistas te dan un poco de envidia sana; me gustaría hablar de eso, no de si Higuaín ha metido más goles con la derecha que con la izquierda.

¿Crees que el periodismo deportivo tiende últimamente a lo fácil?

Sí, son muchos tópicos que al final te cansan. Y no sólo en el lenguaje, estoy harta de escuchar “abrió la lata”. Cuando cojo un periódico deportivo y leo “mejor promedio goleador de Europa”, me aburre. Pero también me pasa con algunos diarios nacionales; llego al final y me doy cuenta de que no he leído ninguna historia interesante.

El otro día, por ejemplo, la portada de un periódico deportivo se centraba en un entrenamiento del Madrid pese a la de historias interesantes que genera el deporte.

Lo que cuenta es el dinero. Si metes en portada que, por ejemplo, Marta Domínguez vuelve a ganar una carrera, puede que vendas un periódico. Si la haces de un entrenamiento del Madrid con Cristiano Ronaldo, Mourinho e Íker Casillas vendes el doble. Por desgracia es así.

¿Te gustaría probar otro medio además del televisivo?

¿Por qué no? Aún no estoy preparada, para escribir tienes que seguir una serie de pautas, pero sí, en algún momento me gustaría escribir. Aunque no de deportes.

¿Cómo ves el papel de una mujer joven como tú en un mundo que tradicionalmente ha sido de hombres?

Ha habido otras mujeres antes que yo que han roto el estereotipo de que tiene que haber un hombre en un campo de fútbol o una cancha de baloncesto. En mi caso, por ser mujer, no he conseguido ni más ni menos. Hay a quien le puede chocar aún que le dé un abrazo o dos besos a los jugadores que me encuentro, pero ¿qué haría un tío? Pues chocaría la mano, daría un abrazo y unas palmadas en la espalda. Quizá queda un poco raro, pero ¿qué más da?

¿Los jugadores te tratan de forma distinta que a tus compañeros?

Creo que no, aunque siempre tienes el puntito de que un hombre le va a prestar más atención a una mujer que a otro hombre, sois así. Estoy convencida de que si un deportista tiene a un lado a un periodista-hombre al que no conoce y al otro a una periodista-mujer a la que tampoco conoce, en el 80% de los caso se va a ir hacia la chica.

¿Existe un tapón generacional que impide a periodistas jóvenes alcanzar puestos de más relevancia?

Presenté mi primer informativo con 24 años, que me parece una pasada. Ahora tengo 27 y me dejan hacer cosillas, pero es que en LaSexta siempre hemos sido todos muy jóvenes. Sí que es cierto que en TVE, por ejemplo, los periodistas duran y duran. Caen gobiernos, cambia el siglo y siguen los mismos presentadores. Cosa que no me parece mal, pero no hay relevo. En la radio ahora también hay muchas mujeres. Están Àngels Barceló, Julia Otero… Pero sí, me gustaría ver, además de a mujeres presentadoras, a mujeres mandando. En LaSexta, por ejemplo, apenas hay. Tenemos una editora que rige los contenidos, pero los tres grandes jefes de la cadena son chicos; estaría bien que hubiera alguna chica ya que somos casi todo mujeres.

¿Cómo analizas el creciente sensacionalismo que últimamente rodea a muchos programas deportivos?

A mí no me gusta, pero entiendo que es entretenimiento y el deporte no tiene que ser serio. Una cosa es que en un campo muera un deportista de un ataque al corazón o pase algo en la IndyCar como pasó hace poco. Pero si no, te estás dedicando a entretener. Intentas que la gente pase un buen rato entretenida e informada sobre deporte. Por lo tanto, sensacionalismo, depende.

¿Notas en la prensa en general un cierto amarillismo? ¿La prensa deportiva se ha convertido en prensa del corazón para hombres?

Sí, pero es lo que quiere este país. LaSexta hizo un especial de Al rojo vivo sobre el adiós de ETA mientras al mismo tiempo en Telecinco emitían Sálvame; la diferencia de audiencias fue brutal. Piensas que en España a nadie le interesa que una banda terrorista deje las armas, que interesa más qué le pasa a Belén Esteban por la cabeza. Es triste, pero es el país en el que vivimos.

Parece que prefiramos otros medios cuando lo que queremos es mera información.

Puede ser. Lo primero que hago por las mañanas es entrar en Twitter, ver qué ha pasado. Sigo, además de amigos, a periodistas y agencias de noticias; es como un teletipo. Me gustan los informativos, pero para ver cómo lo cuenta cada uno, es algo periodístico. Ahora mismo si te interesa buscar información o saber qué ocurre en el mundo vas a internet y está todo.

¿Crees entonces que en la televisión van a desparecer los informativos como tal?

Quedan muy pocos informativos que se dediquen sólo a informar. Prácticamente todos son una especie de magacín. Tienes información seria de política, pero también te meten reportajes sobre Halloween. Sólo es diferente en TVE, pero porque es como una burbuja; siguen haciendo las cosas igual que hace 20 años. Han evolucionado y han ido mejorando, pero siguen trabajando como se trabajaba antes; son los que aportan más información pura y dura. El resto intentan dar otro tono. El de LaSexta, por ejemplo, me parece más fresco, pero es verdad que no te informas.

¿Cuál debería ser la función de un periodista?

Aparte de informar y entretener, debería ayudar a mejorar cosas, sobre todo mediante la denuncia. Por ejemplo, lo que ha ocurrido en Libia y en Egipto ha sido gracias a los medios de comunicación. Si en la otra parte del mundo no estás viendo cómo está la plaza de Tahrir, no te crea una conciencia que te hace ver que están oprimidos y que necesitan ayuda. Y eso lo hace un medio de comunicación. Sirve para denunciar injusticias aquí o en cualquier sitio.

Es decir, para actuar como el cuarto poder que se supone que es. ¿Crees que está muy sujeto a los otros poderes, por lo que estamos lejos de conseguirlo?

Creo que hay esperanza. Atravesamos un período muy complicado, sobre todo por las elecciones que se avecinan, pero normalmente un medio de comunicación o un periodista tiene que ejercer un control sobre el poder. Si nadie informara de nada algunos políticos seguirían robando. No creo que estemos a años luz de esa situación. Francisco Camps, por ejemplo, dimitió por presión popular, y eso lo logran los medios de comunicación. Pero por ejemplo con lo de Blanco, lo de los 200.000€ del primo, lo está sacando todo un medio de comunicación; me pregunto hasta qué punto ese medio tiene interés en cargarse a Blanco. Hay que lidiar con todo. Pero no estamos tan lejos.

¿En la universidad se forma correctamente a los periodistas?

Depende. Yo tuve algunas clases que me sirvieron de mucho y otras que absolutamente nada. Además, a partir de tercero casi ni pisé la universidad. Me acuerdo de un profesor que nada más entrar dijo “¿Tú qué quieres ser?” Uno contestó “Periodista deportivo”. Y le dijo “Pues coge una cámara, vete a un estadio de fútbol y busca una historia curiosa. En esta universidad no pintas nada, no vas a aprender nada.” En cierto modo es verdad, para que te cuenten la Historia del Periodismo y poco más.

¿Qué opinas de que en la mayoría de los puestos más mediáticos —tertulianos y opinantes— , tanto en radio como en televisión, estén copados por gente ajena a la profesión?

Me aburre bastante ver a periodistas hablando sobre algo, porque al final solo son periodistas. Sobre una trama corrupta en política, por ejemplo, prefiero que me hable un político. Igual que en deporte, me aburren las tertulias de periodistas hablando de fútbol. Es verdad que los jugadores, a veces, no tienen mucho que decir, pero siempre es más interesante.

Si fueras la dueña de un gran emporio, ¿cómo sería tu medio de comunicación perfecto? ¿Qué crearías?

Probablemente, con lo tiempos que corren en los que al papel le queda poquísimo y en la tele la competencia es durísima, sería una agencia de noticias a través de internet, con perfiles individuales en los que el usuario pudiera seleccionar lo que le interesa. Creo que hacer previsión para las masas o el público en general ya no vale. Tienes que centrarte en un determinado sector, más individualista, como los canales de pago.

¿Cómo recuerdas a Andrés Montes delante y detrás de las cámaras?

Era un fenómeno, pero coincidí muy poco con él. Estuve los últimos 15 días en Polonia, que fue su último Europeo con LaSexta; al poco de regresar murió. Era una persona que impresionaba bastante. Mucha gente me preguntó si se había suicidado, y yo decía que no, pero que no me extrañaba que hubiera muerto porque al salir de los pabellones íbamos caminando a cenar y él, que creo que tenía tres by-pass, no podía dar dos pasos sin descansar. Y delante de las cámaras, narrando un partido de baloncesto, era un genio, el mejor. No ya sólo por los motes, lo hacía divertido. Un partido que podía ser un coñazo te lo contaba de otra manera. Además era un tipo muy peculiar, se ponía a hablar de música, era muy culto… me gustaba mucho. Ponía motes a todos. A mí, desde el primer día, me llamaba Julia Roberts. Estaba cenando tranquilamente y se dirigía a mí como Julia.

¿Y la química con Daimiel?

Muy bien. Cuando Montes murió Daimiel estaba tocadísimo. Andrés hablaba muchísimo de Daimiel. Salió del Plus hacia laSexta porque le hicieron un contratazo; pero él mismo, cenando, siempre estaba “porque con Daimiel… con Daimiel…”. Un fenómeno.

Hablemos un poco de la actualidad del baloncesto. ¿Qué opinas de los fichajes por parte de clubes europeos de jugadores afectados por el lockout de la NBA? ¿Pueden quedar descompensadas cuando éstos se marchen?

Como marketing me parece brutal. Tener en la liga a los Gasol entrenando con el Barça y en el Madrid dos NBA como Ibaka y Rudy Fernández es una pasada. Pero cuando se vayan va a ser un problema, sobre todo en el caso del Madrid. Rudy solo está levantando un montón de partidos pero, cuando no esté, ¿qué vas a hacer? Si se alarga mucho el lockout puede valer, pero lo cierto es que la temporada ACB no vale para nada, ni ser primero te da demasiado. Hasta los playoffs no se decide nada y la temporada regular prácticamente no cuenta. Veremos hasta cuándo dura.

¿Y el caso concreto de Ibaka, que es para sustituir a un lesionado?

Ése sí me parece un buen fichaje, porque es un tío que atrae a gente al pabellón y va a aportar cosas en defensa que hoy por hoy no puede aportar mucha más gente. Me parece un fichaje muy bueno.

El Barça dice que descarta los fichajes del lockout, pero se comenta que intentó fichar a Ibaka que, de hecho, es del Barça, y a Rudy. ¿Ésta es la primera victoria del Madrid en los despachos desde el fichaje de Sabonis?

Sí, en mucho tiempo. A mí me ha llegado que el Barça se interesó por Rudy. Y también es verdad que el Barça ha dicho que descarta hacer fichajes, pero si en enero sigue el lockout me extrañaría mucho que no intentaran fichar a Gasol. Oye, que si no lo quieren, alguien lo fichará. Eso de que no se meten en fichajes de lockout no me lo creo. No se meten porque no han podido.

¿Hay algún equipo en Europa que pueda ganar a un Barça con los Gasol?

Creo que es imposible.

¿Crees que Mark Cuban permitiría a Rudy romper su contrato para jugar en España toda la temporada?

Lo veo muy difícil. Mark Cuban es un tipo bastante especial y creo que está esperando a ver cómo juega. Hizo unas declaraciones cuando terminaba la pasada temporada diciendo que le gustaría verle, que cree que podría ser titular. Y el propio Rudy quiere ver qué hay de cierto, porque ¿a qué jugador no le gustaría triunfar en la NBA?

¿En la NBA entrará en la rotación igual que en Europa o será más un especialista tipo “microondas”?

No creo que pueda tener la repercusión que tiene en Europa, y él lo sabe, porque allí cuesta confiar en un jugador extranjero. Y además, pese a que el año pasado tuvo más minutos, llega a un equipo veterano pero campeón y creo que su posición está bastante cubierta. Pero allí hay partidos cada tres días, hay lesiones… hay que ver cuándo empieza la temporada y si al final Rudy se va o no.

¿Crees que Ricky Rubio se puede adaptar bien al juego de Adelman en Minessotta con un juego como el de los Sacramento Kings de Bibby?

Ricky necesita libertad para jugar; en los sistemas muy esquematizados, basados en el libro de jugadas, está más atado. Ha de ser creativo porque tiene más talento que nadie y cuando lo quiere sacar no hay un base mejor que él, pero los sistemas le agobian bastante. En la selección española, por ejemplo, juega maniatado, y tanto él como su familia están contentos porque en la NBA va a tener más libertad de juego.

¿Los esquemas de Xavi Pascual en el Barça eran demasiado rígidos para él? Porque los resultados del entrenador son innegables.

Sí, los resultados de Pascual son innegables y tiene gente en la plantilla como Navarro, por ejemplo; conseguir eso no es fácil. A Ricky le afectó mucho el momento de si se iba o no, tomar la decisión, se metió mucha gente por medio, el Madrid estuvo a punto de ficharle, al final acabó en el Barça, él es del Espanyol… Creo que, una vez allí, después de la vorágine, no supo recuperarse, y la decisión de la NBA le afectó un montón, por eso me parece magnífico que se vaya ahora.

Hoy en día todos sabemos casi con seguridad quién va a llegar a la Final Four de la Euroliga. ¿Crees que un sistema imitando al de la NBA con límites salariales, sin descensos, etc, igualaría la competición o el hecho de ser el Madrid o el Barça siempre te dará ventaja sobre el Alba Berlín?

Creo que dará ventaja, pero es algo que nunca se sabe. El año pasado el Bilbao Basket ganó al Madrid en los playoffs de la Liga ACB, cuando te juegas la temporada. Y la diferencia de presupuesto es brutal. El otro día me decía Sergio Scariolo, que ahora está con el Armani Jeans, que no son competitivos porque han de jugar con un mínimo de italianos. Pues estuvo ganándole al Madrid de 10 o 12 puntos.

¿Matará la Euroliga a la ACB?

O la ACB espabila o… no sé qué vuelta le pueden dar, porque yo lo he estado pensando y no se me ocurre, pero tienen que hacer algo; tienes un montón de partidos que sabes que no te valen para nada.

¿Qué milagro tiene que hacer Querejeta para ganar la Euroliga con Baskonia?

Es raro. Creo que al final les falta competitividad en los momentos clave, porque será por jugadores… Los jugadores que ha tenido el TAU han sido espectaculares: Luis Scola, Pablo Prigioni, Thiago Splitter, Marcelinho Huertas… Es verdad que el año pasado les tocó un grupo difícil, pero vi los partidos en los que cayó eliminado y parecía que había ansiedad.

¿España puede quitarle el oro a Estados Unidos en unos Juego Olímpicos?

Espero que en Londres 2012, porque no creo que a Pau, a Navarro o a Calderón les queden muchos más campeonatos. Era muy curioso porque en el Europeo no te decían que querían ganar el campeonato, sino desde el primer día querían llegar a la final para meterse en las Olimpiadas, era su objetivo. Y es que ya tienen una plata, pero un oro ante EEUU sería una pasada.

¿Qué parte de responsabilidad tiene Scariolo de la victoria en este último europeo?

Mucha. El último partido me pareció impecable. Es verdad que en otros partidos, en algunos tiempos muertos, jugadas decisivas o últimas posesiones no había estado muy acertado. Pero es que no es fácil, es un equipo en el que todos están acostumbrados a jugar. Llull, en el Madrid, juega casi todos los minutos; en un momento sentó a Pau y éste se enfadó; no es fácil lidiar con estas estrellas. Muchos dicen que en la selección manda Pau, y es verdad, pero hasta determinado punto. Hay un entrenador que les coloca, que les cambia jugadas… creo que es un buen entrenador para la selección.

¿Qué debe de decir Carlos Suárez cuando ve a Rudy defendiendo a “treses” altos?

Pues Rudy no lo hizo mal, pero es que lo de Carlos Suárez fue un poco raro: cuando fue descartado, salió diciendo que Scariolo le había prometido contar con él. Yo dudo que Scariolo le prometiera nada, es imposible. Si tienes catorce plazas te quedas a Suárez, porque es el único “tres” puro de la selección, pero con doce… ¿dónde cabe Suárez ahí?

¿Para ti Víctor Claver es un “cuatro”?

Scariolo lo ponía de “cuatro” y él se perdía bastante, mientras que en el Valencia juega de “tres” y se le da mejor, pero creo que a Claver lo que le pasa es que en la selección no termina de decir “aquí estoy yo y puedo aportar esto y eso”. Y es que en ninguno de los campeonatos a los que ha ido ha conseguido aportar nada más que tres minutos.

Pero promete, porque cuando se pone a jugar es una máquina.

Sí, porque en el Valencia sí lo hace.

¿Navarro hubiera llevado a la selección española donde está si no existiera Pau Gasol?

Creo que en un 90% sí. Navarro es un jugador imprescindible. En este Europeo, donde ha acabado como MVP, sobre todo en los últimos tres partidos, todo el ataque ha sido suyo: partidos de 35 puntos, una locura. Y los momentos en los que Pau estuvo más flojo del tobillo por la lesión el peso lo llevó Navarro. Aun con Pau al 100%, si no tienes a alguien como Navarro, Pau no te gana siempre él solo los partidos.

También un gran cambio en defensa de Navarro, porque recuerdo aquellos tiempos en los que metía 30 puntos y no ganábamos nada.

Es verdad.

Hace poco subiste una foto a Twitter de Ibaka y Mirotic jugando juntos en el Madrid. ¿Lo veremos alguna vez en la selección española?

Por lo que me dicen de la Federación, ya están trabajando en ello. Me parece genial, no tengo ningún problema en que haya jugadores nacionalizados que provengan de otros países. Todos suman y prácticamente se han criado aquí. Su baloncesto y formación es española.

Teniendo en cuenta que al que botarían de la selección sería a Felipe Reyes, ¿qué crees que les puede hacer un animal como él en los entrenamientos del Madrid de este año?

(Risas) No creo que fuera necesariamente a Felipe. Este año fue Felipe quien dijo que quería ir, y por eso le convocaron. Nadie pensó en prescindir de Felipe, primero le preguntaron si quería venir.

Si fueras seleccionadora de cara a los Juegos de Londres, ¿mantendrías a Felipe y te cargarías a Claver para que lo sustituyera Mirotic? Porque los Gasol van a ir.

Sí, me cargaría a Claver.

¿Es mejor Mirotic que Claver?

A mí me gusta más.

La selección española de baloncesto, tanto masculina, como femenina, juveniles, en silla de ruedas… no para de ganar medallas verano tras verano. ¿Cuál es el secreto del éxito de la Federación?

Se preocupan mucho por el equipo. Ni siquiera Estados Unidos en el pasado Mundial llevaba a tanta gente como España. Al menos en la absoluta, que es lo que conozco yo. Dos fisioterapeutas, un médico, uno de prensa… y la propia Federación lo dice, que se apuntan tantos jugadores porque les dan muchas facilidades. Saben que van a estar cuidados todo un mes, les encanta porque para ellos es como un campamento de verano, se van con sus colegas a jugar unos partidos, y encima ganan porque son muy buenos. Lo tienen todo: masaje aquí, masaje allí, máquinas especiales… por eso van tantas estrellas NBA, que no es fácil. En otras selecciones renuncian, o dicen que es que acaba de nacer su hija. Navarro lleva diez veranos yendo con la selección, sin estar con sus hijas, y por supuesto que quiere estar con ellas.

Cuando llegó Colangelo a USA Basketball dijo que la idea era imitar a España. Por algo será.

Claro, y además Colangelo siempre está en los campeonatos. Recuerdo una charla con él hace unos veranos, no recuerdo si fue el pasado Europeo o Mundial, en las que también estaba Calderón, que estaba lesionado, y éste decía que él iba allí con su preparador pero además estaban los fisios de la selección. Es que esto no lo tiene ningún otro equipo.

Y es el más europeísta de todos los “general manager” americanos.

Sí, es verdad, es muy majo.

¿Qué será del basket femenino en España cuando se retire Amaya Valdemoro?

Muy poca gente se había fijado en el baloncesto femenino y entonces pareció Amaya con su cinta de la bandera de España, que la veías y decías “Es Rafa Nadal, pero en tía y en baloncesto.” Ahora está con las dos muñecas rotas y estuve el otro día en su casa para un reportaje. No puede hacer nada, ni ir al baño, ni ducharse sola, con 35 años. Tiene una especie de museo lleno de trofeos en su casa y una foto muy curiosa, en la que están ella y Pau muy jóvenes. Y es que está casi a la altura de Pau.

¿Hasta dónde llegaría la selección española si fuera una franquicia NBA?

Sería un equipo bastante potente. A la actual la meto en playoff. Nuestro quinteto titular es quinteto NBA. Metes a los Gasol juntos, a Rudy, a Calderón, Ibaka desde el banquillo, Navarro…

¿Cuántos partidos tendrá la liga regular de la NBA este año?

Yo creo que el lockout no va a durar mucho. Me ha explicado el propio Calderón que a los jugadores les dan muchas charlas sobre cuánto dinero van a ganar; sientan a los recién llegados o a los que les van a poner un salario muy alto y les ponen una persona para gestionarlo. Por ejemplo, si se casan, que hagan separación de bienes, que no se metan en muchos líos de empresas, cosas así. Hace poco estuvimos con Pau en La Rioja y nos dijo que era imposible que el lockout durara mucho, porque los jugadores se gastan muchísimo dinero y no van a poder estar muchos meses sin cobrar.

¿Cómo puede influir una temporada corta y compensada en el equilibrio de poderes de la NBA? Decía Rajon Rondo que a su equipo le iba muy bien, debido a la alta media de edad de la plantilla. ¿Le da esto una última oportunidad a Boston de ganar el anillo?

A mí me impresionó el palo que se llevaron los Celtics el año pasado. Kevin Garnett, por ejemplo, no espabiló hasta los últimos partidos. Y es que los Celtics son Pierce, Garnett, Allen y Rondo, que es el único joven de los importantes. Por supuesto, si hay pocos partidos los Celtics van a a ser unos de los beneficiados.

¿Ganará Lebron James un anillo alguna vez?

Seguro. Tiene equipo.

¿Qué opinas de él?

Me parece un jugador bastante chulo. Una persona que lleva un tatuaje en la espalda que dice “el elegido” tiene un problema. Puede ser muy bueno, pero no sé hasta qué punto decírtelo tú mismo y retar a la grada cada vez que metes un punto diciendo que eres el mejor es conveniente. ¿Luego qué pasa? Pues que llegas a los playoff, el momento de la verdad, y no haces nada, que es lo que sucedió. Su equipo, Miami, perdió por él, porque tuvo un bajón. Eso quiere decir también que es un jugador muy bueno, vital, pero que si se le va la cabeza te quedas sin equipo.

¿A qué equipo tiene que ir Steve Nash para conseguir un anillo?

Dallas le habría ido muy bien. Tiene pinta de que este año va a saltar de Phoenix, lo que pasa es que allí le quieren muchísimo. No lo sé, porque se podría pensar que quizá a los Spurs, pero es que Tim Duncan ya está llegando al final de su carrera en la élite. Quizá le pondría en un equipo nuevo. ¿Por qué no con Ricky? Te lo llevas a los Timberwolves, que han cogido a los primeros del draft y tiene allí a un veterano para hacer jugar a los nuevos, y de paso aprende Ricky; como pasó en Chicago. Estaba fatal hasta que apareció Rose, y un jugador es capaz de levantar un equipo. Te metes en playoff, y si ahí suena la flauta…

¿No lo ves como sustituto de Fisher en los Lakers?

No. Luego seguro que me equivoco y pasa lo contrario.

Que quede claro que se trata de periodismo-ficción.

Si es periodismo ficción, entonces prefiero a Calde en los Lakers.

¿Quién va a ser el próximo español en la NBA?

Creo que será Mirotic.

El primer partido de la final de la última ACB en TVE tuvo 614.000 espectadores (4% share), mientras que la final del Eurobasket en LaSexta tuvo 4,7 millones (31,4%). ¿Dónde está el problema?

Creo que además de cómo trate el medio a las retransmisiones también influye el equipo. Ver a la selección es muy goloso. Sería injusto decir que es porque lo hacemos mejor, porque no es lo mismo ahora, con los Gasol jugando una final, que antes. Pero a mí me pareció un error que el primer partido suyo no fuera el debut de Rudy. Tienes a un NBA que ha firmado por un pastón. ¿Cómo no abres con ese partido? Yo no lo entiendo, pero supongo que hay gente en TVE y Teledeporte que se dedica a pensar eso y tendrán sus razones.

La semifinal del europeo entre Francia y Rusia en Marca TV tuvo 590.000 espectadores y un share del 5,7%, que es más que el primer partido de la ACB que comentaba antes. ¿No habíamos quedado en que el básket era un deporte para unos pocos entendidos y que realmente no llega a la masa? ¿Hay 600.000 entendidos que ven unas semifinales en las que no juega España?

Pero es que creo que Marca lo hizo muy bien. Y volviendo a lo de Teledeporte de antes, el otro día debuta Ibaka, y yo no lo vi por la tele, pero según me contaron no hubo ni un solo plano corto de Ibaka, no tienes la reacción del público… no sé, me parece que no tratan excesivamente bien el producto, que es supergoloso teniendo aquí ahora a jugadores NBA. Sabiendo lo que comentábamos antes, que la temporada regular no vale para mucho, ¡explota eso!

En la NBA los periodistas pueden entrar al vestuario, pinchan a los entrenadores en los tiempos muertos para oír que dicen… ¿crees que eso se podría importar para mejorar el producto?

Claro que sí. Pero no sólo en baloncesto, también en otros deportes. Me parece algo de locos que puedas hablar con Fernando Alonso tres minutos antes de subirse a un coche a 300 por hora y que no puedas hablar con un jugador de fútbol diez minutos antes de saltar al campo porque se va a desconcentrar. ¿Estamos locos? Hemos endiosado a muchos deportistas, y eso es un problema, porque cuando les pides que se salgan de lo que están acostumbrados te dicen que no.

¿Qué podría hacer la ACB para mejorar las audiencias? Y no tires para casa, aparte de llevarse las retransmisiones a LaSexta.

Oigo mucho rumor, pero no sé si se lo van a llevar a LaSexta. Tal y como estamos, con la crisis y a las puerta de una fusión, no sé hasta qué punto se va a hacer. Incluso me parece que a Teledeporte todavía le queda un año, no tengo muy claro cómo está lo de los derechos. Creo que han de crear un sistema de competición distinto en el que cada partido sea trascendental. Yo los veo, me gusta la emoción de cada partido, pero también veo los de fútbol porque sé que si pierden son tres puntos menos y la Liga se les escapa.

¿Abogarías por eliminar el playoff?

O un formato que sea un playoff contante. No sé si para eso se tendrían que quitar partidos,o algo que te haga decir: “Bueno, de acuerdo, voy a ver 30 partidos, pero van a valer para algo.”

Parece que las audiencias de la ACB mejorarán con los fichajes del lockout, pero ¿crees que se mantendrán cuando esos jugadores se vayan? ¿Se conseguirá enganchar a la gente?

No sé si será definitivo, pero ahora está atrayendo gente. Que se queden es difícil, aunque aparte hay mucho seguidor de baloncesto que no soporta la NBA. Pero también hay mucha gente que, por lo general, no entiende gran cosa de baloncesto, que han empezado a verlo ahora que hay NBA. Así que a lo mejor éstos se quedan un poquito más.

¿Eres de NBA o de baloncesto europeo?

Me gustan mucho los dos, no sabría quedarme con uno. Es verdad que la NBA es la locura, un ataque sin defensa, jugadas más espectaculares; sin embargo el baloncesto europeo está más pensado, es más táctico.

¿Qué se siente gritando la palabra “cojones” en prime time ante cuatro millones de espectadores?

No me di cuenta. Es decir, fui consciente al decirlo, pero no me di cuenta de lo que había pasado hasta que salí y vi que me había reventado el móvil: llamadas, mensajes, Twitter… en seguida dije: “Madre mía”. Pero bueno, estaba mi jefe allí, que es un loco del baloncesto, y se rió, así que bueno… Llevábamos en directo en el pabellón desde las cinco de la tarde, eso fue hacia las diez y media, acabas de ganar, de estar en el vestuario donde te han tirado agua… La historia fue que yo entré en el vestuario y me dijo Navarro que en un momento podría volver a entrar, pero que saliera que querían hablar ellos un minuto. Pero yo estaba con Scariolo dentro del vestuario listos para entrar en directo y preguntarle tres cosillas. Entonces Navarro empezó a tirar agua y yo me salí, como me había pedido, y justo en ese momento me dijeron: “¡Venga, Carlota, hablando!” Y lo que dices es “No, tío, llevo media hora esperando a que me des paso y ahora no puedo.”

Leído en los foros de acb.com: “Apenas sabe de basket, no sabe de geografía, no sabe contar, de sentido común va escasa. Puede tener más habilidades, pero eso queda en el secreto de su entrevista de trabajo.” ¿Se hubiera escrito esto de Carlos Reig?

No, pero también es cierto que, al ser mujer, se fijan en otros aspectos, pero a mí me preocupa cero, porque no me he parado a leer los foros, ya que sé cómo funciona esto. Cuando empecé miré alguno y, la verdad, mejor no gustarle a todo el mundo, porque entonces tienes un problema: eres plano, inane, no dices absolutamente nada. Mejor recibir alguna crítica. Y esto, personalmente, no lo leo. Hace un tiempo en Twitter, durante una discusión con un tipo sobre una información, me dijo que tenía 16 años. Claro, es que estás hablando con gente de 16 años que se sienta ahí y ¡venga! A mí, desde luego, ningún foro me va a decir cómo tengo que hacer mi trabajo.

¿Por qué todas las presentadoras de LaSexta son jóvenes y bellas en una cadena que mantiene en nómina a Antonio Lobato, Mel Otero o Berto Romero?

Me encanta compartir cadena con Berto, me parece un crack. LaSexta empezó como una nueva moda, por así decirlo, de la periodista mujer, y yo soy fan absoluta de Mamen Mendizábal, me parece una periodista acojonante: cómo cuenta la información, lo que sabe, qué puede aportar… y resulta que además es muy atractiva. Es cierto que también hay mucha moda de poner una presentadora guapa que no tiene mucho que decir pero que, bueno, tiene muchas aptitudes para trabajar en la tele, que se come la cámara, por así decirlo. No estoy muy a favor porque puedo ser perjudicada en algunos momentos, pero el negocio es ése.

¿Y por qué con los hombres no? También hay periodistas muy atractivos con cuerpazo y no se les señala por eso.

A lo mejor es por esta peculiaridad de cierto tipo de hombres, igual que llegan Carnavales y se disfrazan de mujer, cada vez que sale una mujer en la tele opinan de ella. No sé, yo cuando estoy en mi casa y sale un tío no me pongo a escribir a ver con quién se ha acostado para tener ese puesto. Me da igual, si es guapo, pues mira, mejor, pero a mí me interesa más lo que me vaya a decir que su belleza.

Esta pregunta no va por ti, sino por el medio en general. ¿Es Twitter el juguete de los malos periodistas?

No lo sé. Yo meto cosas de deporte y política, pero sobre todo son apreciaciones personales, pocas veces he puesto información. Lo usé mucho, eso sí, con la selección. Pero es verdad que nos fiamos mucho de Twitter. Mañana puedo escribir que me acabo de cruzar a Rubalcaba y Rajoy discutiendo ferozmente en plena calle; la gente lo empieza a retwittear y al final has creado una noticia de la nada por lo que, en ese sentido, puede ser un peligro.

¿Qué haces en los ratos muertos, cuando estás tantos días fuera de casa siguiendo a la selección?

Me llevo libros, mi portátil… me gusta estar tranquila en mi habitación escuchando música, porque la verdad es que no tienes muchos ratos libres. Quizá dos o tres horas por la tarde, pero luego estás que si un entrenamiento, un partido… Yo tenía que hacer cosas cada día para los dos informativos, y luego los partidos. Y muchas veces te vas a ver un partido, porque si es un europeo están los mejores jugadores y te apetece verlos. Pero sí, fuera del baloncesto, leer. Me llevé 100 años de cosa nostra, de Eric Frattini, porque me interesa mucho el tema de la mafia, y estoy con El pintor de batallas, de Pérez-Reverte, que me lo recomendaron y me parece un libro espectacular.

¿Sigues alguna serie de televisión?

Estoy con Los Soprano y terminé, allí precisamente, The Wire.

¿Qué te pareció?

Un escándalo. Buenísima. De hecho, estuve en Baltimore y me arrepiento de no haberla visto antes porque tengo ganas de volver, pasearme por las calles…

Un sitio curioso para hacer turismo.

Después de ver la serie me apetece mucho volver.

Te íbamos a preguntar algo de música, pero ya sabemos que Coldplay, así que…

No, me gusta mucho Coldplay, pero también me gusta mucho la clásica, me relaja mucho; también la música celta, me encanta el piano…

¿Lo tocas?

No, ni una tecla, pero siempre me ha llamado mucho la atención. Me hubiese encantado aprender y aprenderé algún día. Me gusta un poco de todo.

Dime tus tres libros favoritos, que te gustaría releer.

Génesis, El hombre en busca de sentido y me está gustando mucho el de Reverte, pero no me quiero lanzar porque aún no me lo he acabado y quizá me decepcione al final; así que el tercero sería El perfume.

Ahora, para terminar, te vamos a hacer la clásica batería de preguntas del estilo “quieres más a papá o a máma”: ¿Bombitas de Navarro o “fadeaway” de Nowitzki?

Bombitas de Navarro.

¿El gol de Iniesta en la final del Mundial o el tiro final de Jordan en Utah?

El gol de Iniesta.

¿Magic o Stockton?

Magic.

¿Petrovic o Kukoc?

Petrovic.

¿Ramón Trecet o Andrés Montes?

Montes.

¿Daimiel o Segurola?

Segurola.

¿Estudiantes o Joventut?

Joventut.

¿Cichi Creus o Alberto Herreros?

Creus como responsable de sección y como jugador, sin duda, Herreros.

¿Aíto García-Reneses o Pepu Hernández?

Pepu.

¿Lakers o Celtics?

Lakers.

Fotografía: Guadalupe de la Vallina