El gran retrato

Retrato
Cortesía Everett Collection.

En su visionaria novela El gran retrato, publicada en 1960, Dino Buzzati cuenta la historia de un atormentado científico que intenta reproducir la mente de su esposa muerta en un gigantesco ordenador.

«Nunca había habido en el mundo nada semejante, que fuera a la vez montaña, fortaleza, laberinto, castillo y selva, y en cuyos innumerables recovecos de intrincadas formas se multiplicaran resonancias jamás oídas», dice el narrador refiriéndose a la enorme máquina pensante. Pero la frase bien podría referirse al propio cerebro humano, cumbre de la evolución (por lo que sabemos y hasta el momento), castillo y fortaleza de la mente, laberinto de innumerables recovecos e intrincada selva (esa «selva impenetrable en la que nos extraviamos», como decía Ramón y Cajal).

Hace tan solo sesenta años, la posibilidad planteada por Buzzati parecía una quimera inalcanzable, una alegoría filosófica más que un relato de ciencia ficción; pero según algunos investigadores, un «gran retrato» fidedigno de la mente humana podría estar listo a finales de la próxima década.

Deep Blue, el superordenador que en 1996 derrotó a Kaspárov y acabó definitivamente con la supremacía ajedrecística humana, fue la primera prueba irrefutable de que una máquina podía realizar funciones mentales al más alto nivel, y, en la misma línea, el Proyecto BRAIN (Brain Research Through Advancing Innovative Neurotechnologies) —al igual que sus antecesores, el Proyecto Cerebro Humano (HBP) y el Blue Brain Projec— pretende realizar una simulación informática completa, no ya de una función determinada, sino del funcionamiento cerebral en su totalidad.

Según el neurobiólogo Rafael Yuste, de la Universidad de Columbia, uno de los principales impulsores del Proyecto BRAIN, «dentro de unos años podremos descifrar el cerebro humano, y el cerebro genera la mente. Si entendemos el cerebro, entendemos la mente. Si podemos leer la actividad del cerebro, podemos leer la mente». Suena un tanto reduccionista, pero sin duda es —será— un gran paso, tal vez el comienzo de una nueva era.

Proyecto Brain
Fotografía: The Brain Initiative.

Ya se han desarrollado las herramientas necesarias para construir modelos cerebrales de cualquier especie animal en cualquier fase de su desarrollo, y ya se ha conseguido reproducir satisfactoriamente una columna neocortical, uno de los bloques fundamentales de la arquitectura cerebral. La idea general es fusionar los conocimientos biológicos acumulados en las últimas décadas con los recursos informáticos más avanzados para realizar un mapa detallado y operativo de los circuitos cerebrales.

La complejidad de la tarea es enorme. En el cerebro humano hay unos 86 000 millones de neuronas, cada una de las cuales se conecta con al menos otras mil, con un total de unos 100 billones de conexiones en el cerebro adulto (en el cerebro infantil pueden llegar a los 1000 billones, pero van disminuyendo con el paso del tiempo hasta estabilizarse en la madurez). Y el presupuesto del colosal proyecto no es menos impresionante: del orden de los miles de millones de euros. Pero los beneficios para la neurociencia, la medicina y la propia informática son incalculables. Entre otras cosas, en el cerebro virtual se podrían simular trastornos como el alzhéimer y experimentar en un tiempo mínimo todo tipo de tratamientos.

El Proyecto BRAIN no es una iniciativa aislada. En Londres, el Proyecto Conectoma Humano en Desarrollo se ha centrado en obtener imágenes por resonancia magnética (IRM) de los cerebros de quinientos fetos en el tercer trimestre de embarazo, así como de los de mil bebés a los pocos días de nacer. A algunos de estos niños se los escoge por tener un pariente próximo con autismo, y al cabo de unos años se podrán comparar las IRM de los niños autistas con las de los demás. Y el Instituto Allen de Ciencia Cerebral de Seattle, en Estados Unidos, también está desarrollando mapas tridimensionales que combinan datos de la actividad genética con detalles estructurales del cerebro humano y de otros animales, y ha presentado su propio proyecto para estudiar el cerebro en desarrollo mediante el examen de la estructura celular y la organización de la actividad genética en cerebros fetales post mortem.

«Dentro de cinco años seremos capaces de leer la actividad de 50 000 neuronas al tiempo« —afirmaba Yuste recientemente—. «Eso supone poder registrar el cerebro completo de algunos invertebrados; en diez años podremos hacer lo mismo con cerca de un millón de neuronas, es decir, el tamaño del cerebro completo del mamífero más pequeño del mundo, el de la musaraña etrusca. Y en quince años podremos leer grandes trozos de cerebros humanos involucrados en enfermedades como la esquizofrenia».

La terra ignota empieza a ser explorada y cartografiada, y el gran retrato va tomando forma. Las posibilidades son ilimitadas, y los problemas éticos y filosóficos implicados en estos proyectos no son de menor envergadura que sus logros potenciales.

De hecho, no todos ven el Proyecto BRAIN con buenos ojos, y que la DARPA (Defense Advanced Research Projects Agency) esté entre sus principales promotores estadounidenses no contribuye a disipar la sospecha de que su objetivo oculto podría ser más militar que sanitario.

En cualquier caso, la aventura del conocimiento es imparable, y la última frontera está en nuestro interior, en el corazón de esa «selva impenetrable» que Ramón y Cajal vio en el cerebro humano.


Más allá de 2001: odiseas de la inteligencia

æ (2016) de Mat Collishaw. Cortesía del artista y de BlainSouthern, fotografía: Todd White.

Jot Down para Espacio Fundación Telefónica

El 2 de abril de 1968, tras abrirse las puertas del legendario Uptwon Theatre ubicado en el Cleveland Park de Washington D. C., una multitud de espectadores pisó la acera intentando asimilar qué era lo que había ocurrido en la pantalla de aquel teatro. Se acababa de proyectar una película ideada a cuatro manos por el director Stanley Kubrick y el escritor Arthur C. Clarke, una pieza titulada 2001: Una odisea del espacio, basada en un cuento del segundo (El centinelade 1948) y que llegaría a las pantallas acompañada de una novela gestada de manera paralela. Los estrenos posteriores del film en otras ciudades estadounidenses también provocaron dolores de cabeza y espectadores confusos, varios de los cuales abandonaron la sala antes de tiempo. Durante la proyección en Los Ángeles, alguien observó a Rock Hudson encaminándose hacia la salida del cine mientras escupía palabras malsonantes. La perplejidad que demostraba la audiencia no sorprendió a los responsables de la película, y el propio Clarke llegó a matizar: «Si entiendes 2001 por completo, nosotros hemos fracasado. Nuestra intención era provocar más preguntas que respuestas».

Pero en aquel extraño viaje había algo que nadie cuestionaba: que el personaje más interesante de todo el film ni siquiera era humano. Una figura ciclópea de voz uniforme, un superordenador ficticio llamado HAL 9000 que inquietaba por ser capaz de demostrar algo que supuestamente le estaba vetado por su propia naturaleza de criatura artificial, la capacidad de pensar y razonar por sí mismo. Cincuenta años después de aquella epopeya que bailaba por el espacio al ritmo de El Danubio azul de Johann Strauss, el concepto de inteligencia artificial no solo no se ha quedado desfasado sino que se ha convertido en algo que está más de actualidad que nunca. Y aquellos dos osados creadores, que durante un abril del 68 se propusieron derramar más preguntas que respuestas sobre un público desprevenido, lograron plantar en la sociedad la cuestión más interesante de la historia moderna: ¿Cuál es la verdadera naturaleza del cerebro artificial y qué lo diferencia del biológico? Durante estos días y hasta el 17 de febrero, la investigadora y especialista en media art Claudia Giannetti se atreve a trazar y comisariar, en el marco de Espacio Fundación Telefónica, un recorrido paralelo a la joya cinematográfica de Kubrick. Una ruta que despega hace millones de años con un mono arrojando al aire un hueso durante los compases de Así habló Zaratustra de Richard Strauss, y acaba transformándose en un brazo robótico que le da las últimas pinceladas al retrato de un ser humano inspirándose en el estilo de los grandes maestros del Barroco.

El despertar de la inteligencia

En 2016, el artista inglés Mat Collishaw participó en una exhibición en el Somerset House londinense titulada Daydreaming with Stanley Kubrick que contaba con el beneplácito de la viuda del director, Christiane Kubrick. Un proyecto donde sesenta y nueve artistas diferentes rindieron honores al director estadounidense a través de creaciones inspiradas en sus películas. Collishaw optó por homenajear 2001: Una odisea del espacio a través de una instalación audiovisual que convertía a los visitantes en espectadores de un curioso encuentro entre el mono primitivo y el astronauta del futuro. Una obra que se encuentra expuesta dentro de Más allá de 2001: odiseas de la inteligencia junto a un itinerario que repasa los caminos recorridos por la inteligencia biológica: desde las pinturas rupestres que rubrican la cántabra Cueva del Castillo hasta el guion original de la cinta de Kubrick protagonizada por un superordenador, pasando por el cráneo de Miguelón (un fósil con más de cuatrocientos mil años de antigüedad hallado en Atapuerca), las páginas del Arbor scientiae venerabilis de Ramón Lull que contienen una ilustración del árbol del conocimiento, un facsímil del Origen de las especies de Charles Darwin o los mapas de sinuosas carreteras y ramificaciones entre células neuronales dibujados a mano por Ramón y Cajal.

Dibujo científico de Santiago Ramón y Cajal. Cortesía del Instituto Cajal, Legado Cajal, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), Madrid.

El universo de la IA

En el siglo XVIII, Wolfgang von Kempelen paseó por el mundo un aparato que había dejado embobada a la corte de la emperatriz María Teresa I de Austria: el Turco, un autómata capaz de jugar partidas de ajedrez contra oponentes humanos que derrotó sobre el tablero a mentes tan ilustres como las de Benjamin Franklin o Napoleón Bonaparte. En aquella época dicha máquina parecía fruto de la ciencia ficción, y el truco es que realmente lo era. Porque aquello tan solo era ilusión, un truco de magia, un juguete gigantesco que ocultaba en su interior a una persona. Pero lo verdaderamente importante es que lo que proponía el Turco con su pantomima no era tan imposible como podría parecer, y el futuro de la tecnología se encargaría de demostrar que las máquinas no necesitaban esconder en sus estómagos a los ajedrecistas humanos para maravillar al mundo ejecutando un jaque mate.

En 1912, Leonardo Torres Quevedo, un hombre capaz de conquistar los cielos ideando dirigibles y de lograr que la tecnología avanzase a zancadas enormes construyendo máquinas a control remoto, presentó El Ajedrecista. Un autómata revolucionario capaz de jugar al ajedrez contra un oponente humano para ejecutar los últimos movimientos de un final de rey blanco y torre blanca contra rey negro. Un aparato cuyo interior escondía un algoritmo capaz de realizar el mejor movimiento posible para llegar hasta el jaque mate sin necesidad de ayuda humana. El Ajedrecista siempre remataba la partida, aunque en ocasiones superaba el número mínimo de jugadas permitidas porque en aquella época la optimización informática todavía era precaria, y también era capaz de señalar los movimientos ilegales de su oponente. En 1920, su diseño sería mejorado por el hijo de Torres Quevedo con el añadido de electroimanes, dando lugar a la versión que se expone en Más allá de 2001: odiseas de la inteligencia. Una creación fabulosa que podría considerarse como el abuelo de los autómatas modernos, el videojuego primigenio y el culpable de iniciar una longeva guerra entre la inteligencia humana y la inteligencia artificial que utilizaría como campo de batalla los tableros de ajedrez. En 1967, un programa informático llamado MacHack VI y alojado en un ordenador gigantesco derrotó por primera vez a un ser humano en una partida de ajedrez. Al año siguiente, el público sería testigo de cómo HAL 9000 vencía con un jaque mate al astronauta Frank en 2001: Una odisea en el espacio. Treinta años más tarde, el planeta entero se sintió intimidado cuando un programa llamado Deep Blue derrotó al campeón de ajedrez Garri Kaspárov, el mismo hombre que en el 89 había vencido en una partida a un ordenador de IBM y aconsejado jocosamente a sus programadores que le «enseñasen a rendirse antes». En los años posteriores numerosos programas (Rybka, Stockfish, Fruit, Fritz o Shredder) han demostrado que son capaces de derrocar a ajedrecistas profesionales y de instruirse a sí mismos gracias a algoritmos que analizan sus propias jugadas (DeepMind) o tejen redes neuronales que les permiten crear un sistema de aprendizaje (AlphaGo). La inteligencia artificial nos está demostrando lo que ya nos adelantó 2001: que tarde o temprano le ganará la partida a la inteligencia biológica.

El Ajedrecista.

Una réplica de la Discovery de 2001 sirve de puerta de entrada para el visitante en El universo de la IA, la segunda sección de la expo, el lugar donde El Ajedrecista se muestra junto a una carta de Kubrick destinada a Clarke en la que le proponía colaborar para parir una película y la instalación interactiva DATA | ergo sum. Una pieza que emula la capacidad de visión panóptica del ojo de HAL al extraer miles de valores de nuestro cuerpo, especialmente del rostro, tras unos pocos segundos de observación. En el film de Kubrick, HAL 9000 demuestra poseer cierta mirada artística al elogiar los avances pictóricos del astronauta David Bowman. En la muestra de Espacio Fundación Telefónica se indaga en las posibilidades que tiene la inteligencia artificial de arañar (o simular) unas aptitudes creativas que son impropias de los seres artificiales: el proyecto The Next Rembrandt se presentó como un software diseñado para ser capaz de entender, asimilar e imitar el trabajo de Rembrandt. Una colaboración entre ING, Microsoft, la Universidad Técnica de Delft y los museos The Mauritshuis y Rembrandt House Museum en la que se alimentó a una inteligencia artificial con trescientas cuarenta y seis pinturas del artista. Datos que el programa utilizó para establecer los elementos comunes en las obras del pintor, analizando de manera exhaustiva el uso de la luz, los colores, las fisonomías, la pintura utilizada o la forma y dirección de las pinceladas, hasta ser capaz de generar un cuadro, impreso gracias a una impresora 3D, completamente nuevo que se vanagloriaba de ser indistinguible de la obra real del artista neerlandés.

Proyecto The Next Rembrandt.

La creatividad de las máquinas también es el principal motor de Human Study #1. Una pieza donde Patrick Tresset encarga a su familia de robots, una colección de brazos mecánicos gemelos llamados Paul, que interpreten los rostros humanos de los visitantes para dibujarlos con un bolígrafo sobre una hoja de papel. Cada Paul virtuoso elabora su obra gracias a algoritmos que no solo son capaces de detectar los rasgos principales de una persona y representarlos de forma artística, sino que también le permiten modificar el estilo de sus dibujos en cada trabajo realizado. Logros que genera numerosas cuestiones sobre la verdadera naturaleza de la creatividad en una época plagada de cerebros virtuales que simulan la elaboración de obras artísticas. Proyectos como una inteligencia artificial ideada por músicos y bautizada Ampee que es capaz de componer e interpretar un álbum completo titulado I AM AI, un artista artificial llamado AARON creado por Harold Cohen que puede dibujar y colorear obras sin ayuda humana alguna (el propio Cohen lo considera mejor colorista que él mismo), el programa The Painting Fool, que se presenta a sí mismo con «soy un pintor aspirante cuyo objetivo es que algún día lo tomen en serio como un autor creativo por derecho propio», el software Flow Machines elaborado por Sony para generar melodías al estilo de The Beatles y ayudar al productor Benoît Carré a construir el álbum Hello World combinando su I. A. con una notable tropa de artistas, las ilustraciones creadas por el robot Drawing Operations Unit 2 (DOUG) al interpretar los gestos de la artista Sougwen Chung o el proyecto See Sound del colectivo The Mill , un programa capaz de transformar cualquier voz humana en una escultura digital tras analizar su tono, timbre y volumen.

Patrick Tresset. Human Study #1, RNP-XIV.a & RNP-XIV.b. Cortesía del autor.

En los laboratorios de Google, un proyecto conocido como Deep Dream nació con el objetivo de reconocer y clasificar los diferentes elementos que podía contener una fotografía. Pero en un momento dado, los ingenieros responsables descubrieron algo maravilloso: si el programa era ejecutado al revés producía como resultado unas estampas con aspecto de paisajes surrealistas y alucinógenos. De manera repentina y accidental, Deep Dream se había convertido en un verdadero artista con personalidad propia.

El futuro de las inteligencias más allá del infinito

La singularidad tecnológica, una conjetura muy cuestionada por algunos científicos, especula con un futuro en donde las computadoras y robots serían capaces de autorregenerarse y mejorarse e incluso de construir nuevas máquinas inteligentes más avanzadas que ellas mismas. Una ruta que acabaría fusionando la tecnología con el cerebro biológico dando lugar a un transhumano, la simbiosis definitiva entre la persona y el ordenador, alguien que hipotéticamente sería capaz de interactuar con la tecnología a través del pensamiento. Nietzsche sentenció: «El ser humano es una cuerda tendida entre el animal y lo transhumano, una cuerda sobre un abismo». Como seres humanos ya hemos conocido lo animal, y puede que ahora estemos a punto de conocer lo transhumano.

En la tercera sección de Más allá de 2001: odiseas de la inteligencia destaca la instalación The Mutual Wave Machine de Suzanne Dikker y Matthias Oostrik. Un experimento neurocientífico, elaborado por un grupo de investigadores y artistas, capaz de comparar la empatía entre dos personas midiendo sus ondas cerebrales a través de unos cascos de electroencefalografía. La instalación interactiva, en la que es posible participar reservando cita con antelación, está compuesta por dos caparazones donde los implicados pueden experimentar de manera audiovisual cómo es su actividad cerebral compartida: la sincronización entre ondas cerebrales se convertirá en una serie de patrones sonoros y visuales coherentes, reconocibles e intensos. Mientras que la desincronización cerebral se traducirá en un oscuro caos audiovisual, un ligero zumbido en los oídos y un leve efecto de estática en la retina. El público es capaz de contemplar cómo se desarrolla el experimento, cómo se despliega esa danza audiovisual avivada por las ondas cerebrales, a través de las carcasas semitranslúcidas de la propia máquina.

La muestra también aloja una serie de entrevistas a varios expertos en I. A. como Ramón López de Mántaras, Margaret Boden o Wolfgang Wahlster en las que se tratan los diferentes temas planteados en la exhibición.

La exposición Más allá de 2001: odiseas de la inteligencia puede verse en la cuarta planta de Espacio Fundación Telefónica (C/ Fuencarral, 3, Madrid) hasta el 17 de febrero de 2019, de martes a domingo y de 10:00 a 20:00 horas.

El Espacio Fundación Telefónica organiza una serie de actividades paralelas vinculadas a la muestra. Visitas guiadas para el público general los jueves a las 10:30, a las 12:00 y a las 17:00, y el domingo a las 10:30. También se llevan a cabo talleres para adultos como la charla sobre Género y robótica: miradas y reflexiones para el futuro, El futuro y los límites de la inteligencia humana: ¿es inteligente sentir? o el taller ¡Ay, AI, Ay! Cuando las máquinas se pasan de listas. También se programan talleres para familias y para público escolar (previa reserva), el programa Abierto por vacaciones estará dedicado a los talleres y visitas vinculadas a esta muestra y a la de Nosotros, robots.


Querido Jorge: el asombro permanente a través del diálogo

Debate en el simposio que organicé en 2004 en el CosmoCaixa de Alcobendas. De izquierda a derecha: Diego Rasskin, el neurobiólogo Alberto Ferrús, Jorge Wagensberg y los ajedrecistas MI Marcelino Sión y GM Miguel Illescas. (©Fundación La Caixa)

Hablar de Jorge Wagensberg es hablar del todo, del Aleph trascendente, de la mirada inquisitiva y el pensamiento rápido, de la necesidad de hablar para comprender, de la de escuchar —qué remedio— para conversar, un diálogo que empieza, pero no termina nunca. Conocí a Jorge cuando yo aún era estudiante de doctorado, en 1994, en unas jornadas organizadas en el entonces Museo de la Ciencia de Barcelona sobre el concepto de progreso en biología. Ahí estaban, entre muchos otros, dos grandes de la ciencia que también ya se han ido: Pere Alberch y Brian Goodwin. Desde entonces hemos conversado ininterrumpidamente, hasta ayer, que fue a reunirse con el cosmos y con Pere y con Brian.

En 1998, estando yo de postdoc en el instituto de investigación KLI de Viena, lo invité a dar una charla. Recuerdo la fuerte impresión que dio entre todos los presentes. Hubo una frase que pronunció que ha quedado como parte del ethos del instituto: «Entre una bacteria y Shakespeare, algo ha pasado». Creo que resume fielmente el espíritu de Jorge: la metáfora imposible, la comparación al límite, la evocación de conceptos, la profundidad de significados, todo aunado en una frase. Muchos años después se especializaría en regalarnos con esos aforismos sobre todo lo humano que tanta fama le ha dado.

Cada vez que nos veíamos en Barcelona me invitaba a comer, «a mover el bigote», como decía él. Para Jorge, no había mejor manera de conversar que frente a una buena comida. Era su modo de expresar su totalidad: frente a un buen vino y alargando la sobremesa para que cupiera el universo entero al llegar al café. Lo hacía también después de cada simposio científico: una gran mesa donde ejercía de anfitrión desmesurado, llevando la conversación a los límites de aquello de lo que él quería debatir. Una técnica perfectamente calculada.

Jorge y yo compartimos muchas cosas; en primer lugar, un pasado ancestral de exilios comunes desde la Zona Pálida de centroeuropa que nos hacía verter expresiones en ídish mientras nos mirábamos con cara de cómplices que acababan de cometer una travesura; porque hablar con Jorge siempre era como volver a la infancia: el asombro permanente. Él hablaba ídish mucho mejor que yo (yo solo conozco frases sueltas); siempre se nos escapaba una que refleja tantas cosas del ser humano que es imposible resumir: oy vei! Cuando me di cuenta de que podía compartir esta frase con alguien fuera de mi entorno familiar fue como una revelación. Oy vei es un lamento, pero también un reproche y al mismo tiempo la constatación de que nada funciona si se deja a los mediocres el poder y la potestad para hacer y deshacer en nuestras vidas. Oy vei es el elemento que une a todos los descendientes de la Shoá y que los pone en conexión con unos tiempos en los que pequeños pueblos de la fría Polonia o de la Rusia zarista eran arrasados sin contemplación alguna.

En los primeros años hablábamos de todo eso con Jorge, de la Shoá, del ídish, de los mediocres, pero lo que nos unía realmente, en el presente, era la ciencia, el arte y la pasión común por algo que lo contenía todo: el ajedrez.

Desde su posición como director del museo de la ciencia de Barcelona, luego Museo CosmoCaixa, Jorge hacía y deshacía a su antojo y organizaba simposios sobre temas que le fascinaban sin pudor alguno. Tuve la suerte de participar en muchos de ellos y de organizarlos directamente, como el de «Forma y función en el arte y la ciencia» o el de «El ajedrez, las máquinas y las formas de la mente» que se hicieron en Madrid en el desaparecido museo de Alcobendas. El simposio sobre ajedrez que se llevó a cabo en 2004, resultó ser la semilla de mi libro Metáforas (que más adelante el propio Jorge prologaría) y, de alguna manera, también, de que esté escribiendo estas líneas en este medio, que por algo se llama Chess Metaphors.

Así que con Jorge (todavía no me creo que se haya ido), con su diálogo, con su entusiasmo, con su interminable deseo de conocer y de comprender la realidad desde tantos ángulos: el científico, el del arte y, sobre todo, el humanista, seguiré hablando y mantendré viva la necesidad por aprehender la complejidad del mundo a través de la creación de la mente humana. A través de los años y a lo largo de tantos encuentros, fuimos preparando el espacio para colaborar en la preparación de un libro y una exposición museística. Los dos comprendíamos que el ajedrez sería el protagonista indudable de la exposición, pero también lo sería la filosofía de la mente, la neurociencia, la psicología cognitiva y las ciencias de la complejidad. El objetivo era que el espectador se sintiese atrapado por el mundo del ajedrez en un contexto mucho más amplio, interesándolo desde la perspectiva del arte, con muestras literarias, pictóricas y de cine y desde la de la ciencia para introducirlo en la mente del ajedrecista, su pensamiento y los procesos biológicos que subyacen al mismo. Lo que sigue es un extracto del diálogo que empezamos hace más de veinte años sobre los dos proyectos que, por diversos azares, los muchos compromisos de ambos, la operación de corazón de Jorge, la realidad de que la vida sigue su curso mientras nos ocupamos de otras cosas, nunca llegó a materializarse. Sin duda, el diálogo seguirá abierto.

Elementos para una exhibición de ajedrez y apuntes para un libro

Actos: Simultáneas, Torneos, Exhibición Hombre vs Máquina / Máquina vs Máquina, ¡Toma el test de Turing! ¿Quién jugó, hombre o máquina? ¡Si aciertas 10, ganarás un premio!, Ciclo cine en el ajedrez…

Contenidos: Historia del ajedrez; Historia de los autómatas de ajedrez; Historia de los  programas de ajedrez; Teoría de juegos; Teoría de la información; Teoría de la Complejidad; El ajedrez y las ciencias cognitivas; El cerebro de la condición experta; Geometría y matemática del tablero; Otros tableros; Otras clases de ajedrez; Relojes de ajedrez; Las reglas de ajedrez: evolución; El ajedrez en el arte: literatura y obras pictóricas.

Ramón y Cajal jugando al ajedrez. Fotografía: Centro de Interpretación Ramón y Cajal.

Amigo Diego,

Ha sido un placer hablar conversar de nuevo contigo. Sí, lo del ajedrez tiene muy buena pinta. Veré dónde colocar el proyecto (en estos momentos CosmoCaixa todo está bloqueado con la excusa de la crisis y quizá te hayas enterado de que en agosto cierran CosmoCaixa-Madrid, una vergüenza). El ajedrez es un tema maravilloso para una exposición temporal en un museo de ciencia. En estos momentos tengo tres preciosos proyectos entre manos:

el Museo del Tiempo en Montevideo, Uruguay (presupuesto aprobado y empieza la construcción),

el Museo Nacional de Ciencia en Oporto, Portugal (con dinero europeo) y

el Museo de la Diversidad del Cerrado en Brasilia…  Mmmmm…

No es mala idea ir pensando ya en una exposición así…

Una pregunta: en una de las fotos aparece Cajal jugando al ajedrez ¿no?

Estamos en contacto…

Un abrazo,

Jorge

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Querido Jorge

Me encantaría que el proyecto de ajedrez se pudiese llevar a cabo en alguno de tus museos. Yo lo veo de forma grandiosa como aglutinador del conocimiento, una excusa para mostrar historia de la ciencia de manera cercana y que pueda comprenderse empleando metáforas, modelos y analogías varias. Desde el hombre prehistórico y su círculo mágico hasta la neurociencia y Cajal jugando al ajedrez (por supuesto es el de la foto), Shannon y la teoría de la información o von Neumann con la teoría de juegos y autómatas y el test de Turing, en fin la lista es muy larga como bien sabes. Pero no solo se puede utilizar el ajedrez como metáfora de física y ciencias de la computación, también es una excusa para la biología y la química: evolución, neurociencia, desarrollo, biodiversidad, combinación de elementos o estructuras químicas geométricas. Y en matemáticas, se explica solo.

Si me apuras, yo construiría un museo de la ciencia como si fuera un tablero de ajedrez y en cada casilla habría un tema distinto: así se podría invitar al visitante a «jugar» a explorar el museo de infinitas maneras, de casilla en casilla, como si estuviera al otro lado del espejo de Carroll.

Un abrazo

Diego

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Hola Jorge, 

Me alegró verte en El Velódromo, un nombre improbable para un café con tantos aires de la Viena modernista. Espero mandarte en la semana una serie de ideas para el libro y así hacemos que los engranajes hagan su trabajo. Me ilusiona mucho que escribamos algo juntos.

Un abrazo,

Diego

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Hola Diego,

A mí también me ilusiona el proyecto. Pienso que el tema debe ser matemática, música y ajedrez porque son tres formas de conocimiento y las tres tienen su lenguaje.

Yo voy a empezar pensando en los conceptos comunes a las tres formas que ahora agrupo en pares de conceptos: 

lenguaje (y conversación),

realidad (y complejidad),

leyes (y azar),

experiencia (y método),

evolución (y selección),

paradojas (y contradicciones)

belleza (e inteligibilidad),

forma (y estructura)

uf,uf,…

Estos pares de conceptos pueden ser los capítulos del libro y, en cada capítulo, el contenido sería a base de ejemplos brillantes.

De momento creo que el lenguaje de la música, del ajedrez y de la matemática ya comparten un gran valor: su universalidad. Quizá sean los únicos lenguajes claramente universales…

Seguimos en contacto,

Jorge

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Hola Jorge,

Empezamos bien. Me ha gustado el estilo binomial, son como teoremas y corolarios, de unos se desprenden los otros. Lo tomaré tal como está (incluido el uf, uf para darle forma. Creo que tendríamos quizás que hilar más fino con la universalidad. Estoy de acuerdo que los tres son universales pero no sé si son los únicos. Pensaré en ello (hm, hm)

Un abrazo,

Diego

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Hola Diego,

Gracias por la entrega. Se me ocurre una manera de escribir el libro: como una larga conversación. Uno escribe y el otro reacciona (contestando directamente o no). Sería un formato ligado a los tiempos que corren, un libro vía e-mail. Luego, cuando tengamos masa crítica, consensuamos la versión final. Por este procedimiento además el lector siempre sabe quién opina y se conservan las identidades y los estilos. ¿Qué te parece? Ya estoy preparando mi respuesta…

Jorge

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Querido Jorge,

Leo tu magnífica pieza en El Periódico sobre ajedrez y conversación… y no puedo dejar de entristecerme por constatar que nuestro proyecto de libro y nuestra propia conversación sobre ajedrez que, comenzó allá por 2004, se haya roto. Espero que no para siempre y podamos encontrar el tiempo y el espacio para seguir conversando.

Un fuerte abrazo!

Hola Diego,

Gracias por tus palabras. Si, algo haremos sobre todo en el Hermitage-Barcelona donde quiero dedicar una sala a la terna ajedrez ciencia música. De momento voy muy liado, pero algo haremos insisto.

Un gran abrazo,

Jorge

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Querido Jorge,

Oi vey itz mir!

Ahora te has ido.

Tu entusiasmo permanente quedará.

Un abrazo eterno,

Diego


El nobel encarcelado a los once años

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Santiago Ramón y Cajal. Fotografía cortesía de ThingLink.

Nadie sobrevive a la muerte tantas veces. O al menos eso pensaba aquel joven imberbe y corpulento. En su enésima escapada por la sierra de Linás, trató de acercarse lo suficiente para contemplar de cerca un nido de águilas. La aventura no salió bien. Santiago quedó colgado de una pared rocosa durante horas. La ansiedad, bajo un sol abrasador y con el riesgo de morir de hambre y de sed, no le impidió salir indemne. Una pequeña navaja le ayudó a ensanchar algunas grietas para utilizarlas como peldaños para los pies y agarraderos para las manos. A pesar del miedo que tuvo que pasar, el adolescente prosiguió con sus incursiones por las montañas del Alto Aragón. Su curiosidad era infinitamente superior a cualquier tipo de temor. Sin ella, probablemente, este joven jamás se hubiera convertido en el primer nobel de la ciencia española.   

Sus travesuras parecían no tener fin. Siempre estaba metido en problemas; cuando no jugaba a pedradas con sus amigos de Ayerbe, participaba en peleas o en competiciones de flechas. Él, sin embargo, aspiraba a metas más altas, aunque sus ambiciones iniciales no contribuyeron precisamente a la tranquilidad de los vecinos. Aburrido de sus juegos bélicos, Santiago decidió construir un cañón. Con la inestimable ayuda de los chicos de la pandilla, transformaron un trozo de viga sobrante de la casa de los Ramón y Cajal en un tubo para disparar una bala. Santiago hubiera preferido montar unas ruedas por debajo de aquel cañón improvisado con alambres, lija y cuerdas, pero el deseo de probar la pieza de artillería era mayor que su paciencia. Dispararon contra un corral contiguo, abriendo un tremendo boquete en la puerta nueva que acababa de instalar un labrador. Así fue como el niño que cambiaría para siempre la neurociencia terminó encerrado en la cárcel de Ayerbe con solo once años.

En otras ocasiones se escapaba de casa para refugiarse en los montes cercanos, donde podía dibujar libremente sin tener que escuchar las riñas paternas. Santiago también se llevó algún que otro susto importante mientras residía en Valpalmas, un pueblo de la provincia de Zaragoza. Un rayo cayó sobre la escuela donde Cajal y otros jóvenes asistían a clase. A media tarde, mientras su maestra dirigía las oraciones de los estudiantes, y justo después de que pronunciasen «Señor, líbranos de todo mal», un estruendo sacudió el aula. Polvo, cascotes y pedazos del techo nublaron sus ojos, mientras el olor a azufre quemado se esparcía rápidamente. Al mismo tiempo que los chicos escapaban del aula, una voz entre el gentío apuntó al campanario: allí reposaba el sacerdote, fulminado por el rayo. Santiago recordaba aquel suceso como la aparición de «esa fuerza ciega e incontrastable imperante en el cosmos, fuerza indiferente a la sensibilidad y que parece no distinguir entre inocentes y malvados», pero que puede ser prevista y dominada por la ciencia.

Acuarela sobre Ayerbe que Santiago Ramón y Cajal debió realizar a la edad de 12-13 años, conservada en el legado del Instituto Cajal. Imagen: Ángela Bernardo.
Acuarela sobre Ayerbe que Santiago Ramón y Cajal debió realizar a la edad de doce o trece años, conservada en el legado del Instituto Cajal. Fotografía: Ángela Bernardo.

La frivolidad de la literatura

Su insana curiosidad le llevó posteriormente a descubrir una mina de oro mientras repasaba las asignaturas del siguiente curso. Cajal, que nunca fue un buen estudiante, decidió trepar los tejados de las casas hasta observar incrédulo el desván del vecino confitero. Allí estaban los tesoros que su progenitor calificaba como «mortal veneno». La literatura era para Justo Ramón una auténtica frivolidad que distraía a los adolescentes. Sin que el pastelero se diera cuenta, el joven fue robando libros poco a poco para deleitarse con las aventuras de los tres mosqueteros o el conde de Montecristo. Su pasión por las novelas de Daniel Defoe y Julio Verne era tan grande que, años después, Cajal trataría de imitar aquellas dramáticas peripecias; hasta llegó a firmar algunos artículos divulgativos con el pseudónimo de Doctor Bacteria.

Mucho antes de que Albert Barillé produjera la serie Érase una vez… la vida, Ramón y Cajal escribió una novela que, a la larga, iba a describir su exitosa trayectoria. El joven contaba en aquel librito la historia de cierto viajero que llegaba sin saber cómo a Júpiter. En el planeta gaseoso, que hoy explora la sonda Juno de la NASA, su personaje se encontraba con animales monstruosos, diez mil veces mayores que el hombre, aunque muy similares en cuanto a su estructura. El explorador, que tenía la talla de un microbio ante esos seres fantásticos, no se amilanaba por nada. Para poder sobrevivir, como hizo Cajal en Linás, usó todos los aparatos científicos de los que disponía. Incluso llegó a colarse dentro de los monstruos que poblaban Júpiter a través de una glándula cutánea. Así conseguía viajar por su interior, navegando sobre un glóbulo rojo a la vez que presenciaba épicas luchas entre leucocitos y parásitos. El viajero de ficción llegaba hasta el cerebro de los jupiterianos para revelar el secreto del pensamiento y del impulso voluntario, emulando lo que hizo el propio Santiago con sus navajas, micrótomos y microscopios tiempo después.

Barcelona-Berlín, billete de ida y vuelta al Nobel

Las aventuras del gran explorador del cerebro continuaron durante la edad adulta. Ramón y Cajal descubrió un mundo nuevo bajo el microscopio, guiado por el histólogo Aureliano Maestre San Juan, que le mostró cómo lo esencial permanece invisible a los ojos. El aprendiz de literato consiguió de este modo escribir la crónica del sistema nervioso más detallada de la época. En 1888, cuando la Ciudad Condal vivía expectante la celebración de la Exposición Universal, el médico recién llegado a Barcelona comenzó a probar el método del nitrato de plata que el neuropsiquiatra Luis Simarro le había enseñado. Asombrado ante el potencial de aquella técnica ideada por Camilo Golgi, decidió dar un pequeño rodeo en lugar de atacar el toro por las astas. El inmenso e inextricable bosque del cerebro había sido explorado hasta entonces tratando de eliminar la maleza para reconocer las diferentes especies de árboles. Él pensó que sería más fácil explorar aquella frondosa selva nerviosa contemplándola como si fuera un vivero. La intuición no le falló.  

Como hizo de niño construyendo el arma que le llevaría a prisión, el histólogo se aprovechó de todo lo que tenía a su alcance. Así pudo estudiar embriones de aves que, una vez pintados con la reacción cromoargéntica, echaban por tierra las ideas defendidas por Camilo Golgi, Joseph von Gerlach y otros sabios de la época. Cajal no dejó de asombrarse ante lo que veían sus ojos. Las preparaciones bajo el microscopio mostraban que el tejido, lejos de constituir una «red enmarañada», estaba compuesto por células individuales en las que había contigüidad y no continuidad. El sistema nervioso no era una excepción, sino que cumplía a la perfección la teoría celular enunciada por Rudolf Virchow años atrás. Sus observaciones se iban a topar, sin embargo, con el muro de la indiferencia.

Dibujo realizado por Santiago Ramón y Cajal en 1901 donde se muestra la estructura celular de la retina, que se conserva en el Instituto Cajal. Fuente: Enrique J. de la Rosa, Desde mi torre de marfil.
Dibujo realizado por Santiago Ramón y Cajal en 1901 donde se muestra la estructura celular de la retina, que se conserva en el Instituto Cajal. Cortesía de Enrique J. de la Rosa / Desde mi torre de marfil.

Nadie le citaba ni le refutaba y, cuando lo hacían, desdeñaban sus resultados. Pero si la montaña no va a Mahoma, según el proverbio árabe, debe ser el profeta quien acuda a su encuentro. Y así lo hizo Ramón y Cajal, decidido a cruzar la frontera para acudir al congreso de la Sociedad Anatómica Alemana. Lo hizo sin ningún tipo de ayuda, a pesar de las peticiones que un buen amigo suyo, el doctor Gimeno, realizó al Ministerio de Fomento. Santiago tuvo que tirar de las quinientas pesetas que tenía ahorradas, de una cantidad prestada por su padre y de los beneficios de uno de sus libros para emprender una aventura que le llevaría de Barcelona a Berlín en un vagón de tercera clase. Solo le acompañaba una maleta con su inseparable microscopio Zeiss y multitud de preparaciones histológicas. La suerte estaba echada.     

La timidez no impidió que Cajal lograse su propósito. Convencido de poder persuadir a los asistentes acerca de sus revolucionarios resultados, el científico se lanzó a hablar en un francés chabacano para explicar sus hallazgos. La expectación era máxima cuando Albert Kölliker, uno de los mejores histólogos de la época, dio un paso al frente, resuelto a observar las muestras que Santiago estaba comentando. La sala enmudeció mientras el científico miraba a través del microscopio. «Le he descubierto a usted, y deseo divulgar en Alemania mi descubrimiento», cuentan que dijo Kölliker. Cajal lo había conseguido: la mayoría de los investigadores aplaudió sus formidables resultados.

«Para trabajo de refutación de los antineuronistas», puede leerse en esta caja de preparaciones histológicas que se conserva en el Legado de Cajal. Imagen: Ángela Bernardo.
«Para trabajo de refutación de los antineuronistas», puede leerse en esta caja de preparaciones histológicas que se conserva en el Legado de Cajal. Imagen: Ángela Bernardo.

No hizo lo mismo Golgi, a quien Cajal trató de ver en su viaje de regreso a Barcelona. El histólogo italiano, que se encontraba en Roma en aquel momento, tampoco respondió a sus misivas. La enemistad que trabaron, similar a la protagonizada por Galvani y Volta, llegó a su máxima tensión durante la entrega del Premio Nobel. El niño que acabó encarcelado por sus travesuras volvió a sorprenderse en la mañana del 25 de octubre de 1906, al recibir un lacónico telegrama procedente de Estocolmo. Cajal sucedió a José Echegaray en la exigua lista de españoles reconocidos por el Instituto Carolino, donde llegó el 6 de diciembre para asistir a la entrega.

Durante la ceremonia, Santiago explicó la teoría neuronal reconociendo los méritos de todos sus colaboradores, incluyendo la aportación de Golgi en el desarrollo de la tinción del nitrato de plata. El italiano, por el contrario, desdeñó sus alabanzas y defendió de manera pretenciosa la idea de que el tejido nervioso estaba formado por una red tupida, algo que se había demostrado erróneo. Ante sus palabras, Cajal describió en sus memorias a Golgi como «uno de los talentos más engreídos y endiosados que he conocido». Sus diferencias, que pasarían a la historia, no impidieron que ambos realizaran contribuciones exitosas en el estudio del cerebro. Sin el italiano, probablemente Santiago Ramón y Cajal no hubiera visto o hubiese tardado más tiempo en observar las células nerviosas individualmente. El galardón, compartido con Golgi, reconoció al cazador de las «mariposas del alma», como llamaba a las neuronas, premiando así al niño que Cajal siempre conservó en su interior.

Referencias:

  • Recuerdos de mi vida, Santiago Ramón y Cajal, Centro Virtual Cervantes.
  • Cajal, triunfar a toda costa, Antonio Calvo Roy, Alianza Editorial, Madrid, 1999.
  • Cajal y la naturaleza, Eduardo Garrido, Ediciones Desnivel, Madrid, 2016.
  • Comunicación personal del Dr. Juan A. de Carlos, anterior responsable del Legado de Cajal e investigador del Departamento de Neurobiología del Desarrollo, Molecular y Celular del Instituto Cajal.
  • Cajal por sus cuatro costados, Pedro Laín Entralgo, Biblioteca Virtual Cervantes, Alicante, 2012.  
  • Santiago Ramón y Cajal. Epistolario, Juan Antonio Fernández Santarén, La Esfera de los Libros, Madrid, 2014.


Pedro Echenique: «El cientificismo, el pensar que la ciencia es la única fuente de conocimiento verdadero, es un error»

Fotografía: Carlos Peña Garay

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La lengua sajona, siempre tan descriptiva, acuña una expresión muy curiosa para describir a una persona extraordinaria, «larger than life», que le viene a Pedro Miguel Echenique (Isaba, 1950) como anillo al dedo. Este vasco de pura cepa con credenciales políticas (ha sido consejero de Educación y portavoz del Gobierno vasco) que le definen como nacionalista convicto y confeso, es a la vez un hombre universal, científico de primer nivel (premio Príncipe Asturias y Max Plank de física entre muchos otros), formado en las mejores universidades del mundo. Si el Rey Sol podía jactarse de ser la propia Francia, Echenique podría hacer lo propio en lo que se refiere a la ciencia en Euskadi. No solo es uno de sus más distinguidos practicantes, sino también uno de los más destacados artífices de la política científica del País Vasco. Más allá de sus logros, sin embargo, lo que impacta de Pedro Miguel es la combinación de dos virtudes, hombría de bien y coraje, que según Jorge Luis Borges (ahí queda la paradoja) definen a España.

¿Quién es el Pedro Echenique que iba al instituto y creció en el valle del Roncal? ¿Qué sueños tenía?

No recuerdo tener una infancia llena de sueños e ilusiones de grandeza como los personajes que leo en los cuentos. Crecí en el valle del Roncal, en Isaba, uno de los pueblos más bonitos del País Vasco, en el Pirineo navarro. Hijo del médico de Isaba, Pedro Echenique, y de una maestra, Felisa Landiribar. Era una vida en libertad. Observo que los niños de ahora están mucho más protegidos que nosotros. Yo de niño tenía más libertad para tomar decisiones: ir o no a robar cerezas al huerto de al lado, ir o no a pescar truchas a mano… lo que por cierto es muy fácil. Y era algo que estaba muy castigado, mil pesetas por trucha. Así que conforme las pescábamos, las íbamos escondiendo en el río para que la guardia civil no nos sorprendiera con más de una. Me da la impresión de que los niños de entonces estábamos más acostumbrados a tomar decisiones. La infancia que recuerdo es feliz, muy feliz, en contacto con la naturaleza, muy querido por mis padres y muy querido por mis hermanos —a los que adoro—. Hice los tres primeros años de bachillerato en Isaba, que entonces era un pueblo muy rico: había cinco maestros para ochocientos habitantes. Ahora, en cambio, no hay escuela en Isaba, van a una concentración en Roncal. Luego fuimos los dos hermanos a un colegio de capuchinos Lekarotz famoso por su calidad y su gran disciplina, donde estuve cinco años interno. Y, que yo sea consciente, tampoco tengo traumas de aquellos momentos. Guardo un gran recuerdo de la calidad profesional de mis profesores. De ahí fui a la Universidad de Navarra.

Háblanos de aquel tiempo, del colegio y la universidad.

Fue una formación férrea y buena en los fundamentos, que es algo que podemos perder si lo único que se quiere producir es gente directamente empleable. El espíritu liberal, enseñar a pensar, a escribir, a comunicarse, a ser ciudadanos responsables… ¿dónde se aprende todo esto?

Aunque en esto hay que ser cauteloso. Yo recuerdo que a mi padre nuestros estudios le parecían peores que los suyos. Y creo que en Cicerón se pueden encontrar quejas similares. Yo no pienso que «cualquier tiempo pasado fue mejor». En general, fue peor.

En cuanto a aquella época, fui feliz sin grandes ambiciones, pero con ambición por entender las cosas. Siempre me parecieron mucho más fáciles las ciencias que las letras, porque en la ciencia, si entiendes algo, ante una pregunta sabes si has contestado bien o mal, en las letras hay que saber mucho más. Por eso hice ciencias, pero siempre me ha gustado la historia. Pero no soy un hombre de grandes vocaciones tempranas que soñaba con ser un Newton o un Einstein.

En cuanto a la Universidad de Navarra, también recibí una formación muy buena. No todos los profesores de la época eran investigadores. Pero también los había y muy buenos. A todos ellos les debo mucho. Hoy he dado una charla en Valencia y he citado a Gide, esa frase maravillosa que reza: «Todas las olas del mar deben la belleza de su perfil a las que les precedieron y se retiraron».

Una frase que ya está en Twitter, por cierto.

La he dicho por tantos sitios… no tiene desperdicio.

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En la Universidad de Navarra obtengo una buena formación, y luego estoy unos meses de ayudante en Barcelona, donde como tema de tesis me proponen la solución general del sólido amorfo, e incluso con mi inexperiencia me doy cuenta de que el proyecto es un callejón sin salida, es como proponerle a un estudiante hoy encontrar la ecuación del todo, así que escribo directamente al director de Cambridge, sir Neville Mott, que me contesta inmediatamente asegurándome que si paso el examen de admisión soy bienvenido. Así que me voy a estudiar inglés a Oxford y luego me examino en Cambridge. El examen de ingreso en Cambridge era una entrevista y es paradigmático de algo que yo, a partir de allí, he hecho a menudo al entrevistar a otros: me preguntan cosas durante dos horas y al acabar tengo la impresión de que he fracasado totalmente, de que no sé nada de lo que me han preguntado. Sin embargo, me aceptan. Incluso me dicen que si no tengo financiación me la dan ellos. Más tarde, tengo la ocasión de preguntar a mi examinador Volker Heine por qué diantres me aceptaron, si yo no sabía nada de lo que me preguntaban. Y me contestó, tan campante, que las preguntas que me hacía se correspondían a problemas abiertos, ¡todavía sin solución! Lo que pretendían con ellas era evaluar mi honestidad intelectual, cómo era yo.

¿En qué medida Cambridge y tu educación inglesa determinan tu carrera?

Totalmente, porque ahí quedo deslumbrado. Al principio fue la libertad total, porque a diferencia de las grandes universidades americanas, donde los dos primeros años de los estudios de doctorado son cursos muy reglados, en Cambridge el estudiante se encuentra con una libertad total y además hay una oferta muy grande en otros campos diferentes al suyo: charlas de biología, de política, clubs de debate… cierto, si no eres espabilado y sensato, corres el riesgo de perderte. Pero para mí la experiencia fue inmejorable. Además mi salario era bueno, gracias a Alberto Galindo me dieron la beca March, y no tuve que dar tutorías para complementarlo, como le ocurría a otros compañeros. Así que dispuse de mucho tiempo para enrolarme en numerosos cursos de Física y Matemáticas que no estaban directamente relacionados con mi tesis. Me apunté a cursos maravillosos. Todo se me ha olvidado, aunque queda el poso, el ruido de fondo, pero hice teoría cuántica de las moléculas, física estadística, física de muchos cuerpos y muchos otros. Fue una época muy formativa en la que pude aprender de forma sistemática, algo muy importante que recomiendo encarecidamente a los jóvenes. Acabé mi tesis doctoral en tres años.

Después de la tesis viene tu estancia posdoctoral.

Tuve ofertas magníficas, primero en USA y luego un Fellow Nordita en Escandinavia. Por desgracia, mi novia enfermó gravemente, lo que me llevó a abandonar el puesto y regresar a España, en concreto a Barcelona, donde conseguí un puesto de catedrático contratado. Ella murió al poco tiempo. De no haber sido por Pedro Pascual, cuyo recuerdo llevo en mi corazón, habría abandonado, pero gracias a él conseguí centrarme en mi trabajo y seguir adelante. Fue una época muy dura de la que he hablado poco hasta ahora.

Y, sin embargo, fue una época productiva.

Cierto. Me quedo en Barcelona y estoy algunas temporadas en Cambridge. Vuelvo a reunirme con mi antiguo director de tesis, ahora sir John Pendry, y escribo un artículo clave sobre estados imagen, que había dejado aparcado en 1974 porque entonces no teníamos tanta prisa en publicar como ahora. Aunque a mí no me gusta cuantificar las cosas por cifras, fue un buen trabajo, con muchas citas… y casi no lo escribo, lo hice porque mi director de tesis ¡insistió en ello!

Eres uno de los miembros más distinguidos de lo que se ha dado en llamar «La Pascualera».

Sí y no. Me considero discípulo de Pascual, pero no tanto desde el punto de vista de la formación teórica, sino en lo que me enseñó humanamente y como visión general de la ciencia. Yo tengo una formación más limitada que los discípulos de Pascual. Pero lo que sé lo entiendo bien, mecánica cuántica, estado sólido y electromagnetismo. Entender me permite usarlo para hacer algo nuevo. Prácticamente no sé nada de muchos de los temas en los que Pascual era un sabio.

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Pero lo que está claro es que todo este grupo de chavales jóvenes de entonces habéis tenido una influencia muy grande en el desarrollo de la ciencia en España.

Pedro Pascual poseía una gran competencia técnica y su capacidad de trabajo era legendaria. Una frase suya es inolvidable: «No me pongas una reunión a las nueve y media porque me partes la mañana». Eso te indica cómo se las gastaba con el trabajo. Pero lo que mas admiro de él era su gran generosidad. Pedro creó un grupo que se basaba en el deseo de competencia y emulación acompañado de un compañerismo y ayuda mutua. Yo he tratado de hacer lo mismo. Mis estudiantes lo juzgarán. En ciencia la competencia no está reñida con la colaboración. En el deporte sí, porque ahí solo gana uno, pero en ciencia ganas al problema con el otro. Pero ese compañerismo y ayuda mutua solo puede ser logrado si el líder tiene generosidad. Dar más de lo que se recibe es la ecuación de Pedro Pascual.

En aquellos meses yo estaba muy triste, y no hacía otra cosa que trabajar. Siempre he madrugado mucho además, pero cuando llegaba al trabajo Pedro ya estaba allí. Y los sábados, que también iba a trabajar, iba a comer a su casa. De hecho, cuando Garaikoetxea me propone entrar en el Gobierno vasco, poco faltó para que antes le pidiera permiso a Pedro Pascual. Pedro le dijo que yo lo haría bien, pero también, y esto lo ha contado Garaikoetxea, le aseguró que la ciencia española perdía a un gran científico y quién sabe si después podría volver. Creo que la admiración y cariño que Pedro sentía por mí solo se veían superadas por las mías hacia él. Garaikoetxea cuenta esto en un vídeo cuando me dieron la medalla de oro de Guipúzcoa.

Tenemos a un joven científico en plena trayectoria ascendente que de repente decide pasarse a la política. ¿Por qué?

Yo siempre he sido nacionalista en la tradición de libertad del lehendakari Aguirre, que es una tradición del ejercicio democrático de la libertad, todo lo contrario del camino que algunos siguieron, porque algunos reaccionaron ante unas agresiones antidemocráticas de una forma mucho más antidemocrática, con violencia y asesinatos, y permitieron que se ensuciasen los ideales del nacionalismo vasco. El nacionalismo vasco puede merecer, como decía Irujo, morir por él —aunque yo no lo creo—, pero nunca matar. Cuando vuelve la democracia y gana las elecciones el nacionalismo, Garaikoetxea me pide que entre en el Gobierno. Bueno, pues yo iba a decirle que no, porque tenía miedo de no dar la talla, pero lo cierto es que, al cabo de cuatro años casi salgo con la impresión opuesta. En todo caso acepté y me convertí en el miembro del Gobierno más joven de toda la historia del Gobierno vasco, con veintinueve años. A los cuatro años, y tras la victoria electoral, abandoné la política y volví a Cambridge.

¿Por qué? ¿Habías ya planeado este camino de ida y vuelta?

Guardo con orgullo mi participación en el Gobierno vasco y creo que hicimos cosas muy buenas: establecimos los pilares del autogobierno, la primera medida que tomamos fue abrir el camino a nuestros jóvenes para que saliesen al extranjero para hacer doctorados y estancias posdoctorales, salieron más de cien personas y esa gente ha vuelto y es la que ha creado gran parte de los grupos de élite del País Vasco. Nombres como Jesús Ugalde, Alberto López Basaguren y Mikel Prieto son de aquellos tiempos. También establecemos la Ley de Normalización del Uso del Euskera con un consenso casi total, establecemos las líneas de Formación Profesional, garantizamos la libertad de enseñanza… Cuando entré en el Gobierno vasco, en 1980, la comunidad autónoma dedicaba el 0,065% del PIB al I+D. Cuando salí ya era el 0,6%, es decir, ¡nueve veces más! Y solo en cuatro años. Aún más importante, por primera vez se habla en el País Vasco de ciencia, de tecnología. Y en el programa del Gobierno vasco se considera que un potencial científico propio es la mejor manera de atraer tecnología de fuera. Así que creamos los centros tecnológicos vascos, que han sido un modelo para muchos. Creo que lo hicimos bien. Luego las cosas han evolucionado, y algunas cosas han seguido mejorando y otras no tanto. Por ejemplo, los centros tecnológicos han crecido demasiado, lo que no siempre es bueno. El crecer demasiado puede exigir proyectos y proyectos, sin tener tiempo y sosiego para lo nuevo, para lo original, y los proyectos son medios para obtener fines, no pueden sustituir a los fines.

Eres muy universal, orgulloso de tu formación inglesa y americana, y citas constantemente a otros; sin embargo, eres un nacionalista convicto y confeso. ¿En tu visión del mundo se puede ser nacionalista y universal?

No solo eso, sino que no veo otra forma. El otro día leía a un antiguo primer ministro de Singapur, que decía: «Vivimos en un sitio, trabajamos en otro, hablamos en un idioma y otro… pero dentro de nosotros hay algo que consideramos nuestro hogar». Y eso, en mi caso, me lleva a etxea, a casa. Estoy abierto al mundo, pero sin olvidar las raíces. No veo otra forma, no somos seres abstractos, somos parte de una comunidad. Es verdad que esos anclajes de identidad que todos tenemos son diferentes. En muchas cosas tengo más en común contigo que con los bertsolaris del País Vasco, pero sin embargo un bertso me puede emocionar porque tengo una raíz cultural común. Y ese es el nacionalismo bueno: abierto al mundo sin olvidar las raíces. Si uno lee a Cajal ve que es un patriota tremendo, «que cada palabra que no veas escrita en español sea como un aguijón para ti». Su nacionalismo es el patriotismo de querer lo mejor para tu pueblo, no contra otros. Ser nacionalista no es pensar que tú eres de los mejores o en identidades excluyentes, sino creer en el principio democrático de que una comunidad tiene derecho a establecer sus formas de convivencia. En mi caso creo en la existencia de la nación vasca y en el derecho que tenemos a decidir nuestros destinos. Sin sacralizar Constituciones, que en vez de ser catalizadoras se pueden convertir en jaulas.

¿Tu punto de vista ha cambiado desde los años ochenta?

Sí, uno siempre evoluciona, antes era más ingenuo. Creo que ahora soy más radical. He visto la forma en que un pacto de convivencia como era el Estatuto de autonomía se ha deteriorado por intereses partidistas en gran medida a través de unas leyes de bases que invaden todas las competencias. Se dice que el País Vasco tiene la competencia en educación y universidades, pero hay una ley del Gobierno central que regula hasta el número de profesores que se sientan en el tribunal para elegir a un profesor. ¿Qué clase de autogobierno es este? Aunque lo cierto es que con el autogobierno se han conseguido muchas cosas, así que tengo una visión agridulce de la situación. Solo por el euskera ya merecía la pena el Estatuto que firmamos, pero ahora el País Vasco debe buscar una relación singular y diferenciada con España, no en España. Y esa relación no puede ser apagada con proyectos uniformizadores. No es ser más ni menos, sino tratar de forma diferente a los que son diferentes.

Borges dice que entre las cosas de la vida hay una de la que nadie se arrepiente, y eso es el haber sido valiente. En Ajuria Enea, el 23F, hay muchos políticos muy nacionalistas y muy vascos a los que les falta tiempo para salir por piernas.

Eso no es así. Nadie de Ajuria Enea abandonó nuestro País, en la Comunidad Autónoma Vasca otros sí lo hicieron. Cuando hay el intento de golpe de Estado estamos en el Gobierno vasco y salimos todos unos momentos por si acaso, sin haber organizado adónde íbamos. Cada uno se fue con su familia o a protegerse. Yo decidí volver a Ajuria Enea, junto con Ramón Labaien, y pasar la noche allí, luego se incorporó el lehendakari Garaikoetxea, que se encontraba enfermo en las proximidades. No me considero un héroe, me gustaría que fuera como tú dices, pero… La gente fue adonde tenía que ir. Mis padres se llevan dieciséis años, y recuerdo la diferente reacción entre el padre y la madre. Nuestra madre no le dio ninguna importancia y dijo que mi sitio estaba allí, pero mi padre, que había estado a punto de ser fusilado en las cunetas de Navarra, me dijo que saliera inmediatamente. Y efectivamente, quizá lo que hicimos fue una insensatez, pero no lo creo, porque había algunos indicios de que la cosa no era tan grave… hacia las diez o las once de la noche el capitán general de Burgos, que creo era el general Campano, le dijo a Garaikoetxea que ya les había dicho a sus hijos que al día siguiente fueran a la escuela. Así que no fue tal heroicidad. Y además eso da una imagen irreal del comportamiento de los miembros de Gobierno vasco, que fue ejemplar. Sí que hubo algún político de los de bravuconadas que cogió la txapela y se fue, pero no eran miembros del Gobierno. Como anécdota te contaré que llevaba un diario, y el 16 de febrero escribí: «Posible golpe de Estado», así que podría dármelas de profeta, de no ser porque también añadí: «A medio plazo».

Tras el primer Gobierno vasco dejas la política. ¿Por qué?

Por varias razones. Primera, porque yo tenía claro que en el Gobierno iba a estar cuatro años, y segundo, que la tensión que viví los dos últimos años, sobre todo en el último, en el que tuve que ser Consejero de Educación, Consejero de Cultura —y el País Vasco es tremendo con la política lingüística— y portavoz del Gobierno vasco en momentos en que llegaba a haber ochenta asesinatos al año fue tan agotadora que quería dejar aquello. Y, en tercer lugar, yo, que siempre he tenido un interés constante por la política, creía que si no volvía a la ciencia nunca podría volver; mientras que la política siempre está abierta, porque es bueno que en la política haya gente de todas las profesiones. Tenemos una política con un exceso de abogados del Estado, y la consecuencia es una rigidez en la visión. Lo estamos viendo todos los días.

Por otra parte, desde entonces he guardado un profundo respeto a la política. Creo que una sociedad que no valore a aquellos a los que encarga articular la convivencia es una sociedad que no está bien desarrollada. Los políticos merecen un gran respeto. Otra cosa es que si alguien ha ensuciado esa actividad se tomen medidas duras. Y el problema no es la corrupción, el problema es la impunidad. Corrupción hay en todos los lados, pero hay que castigarla sin contemplaciones. La política es una actividad muy digna y tenemos que recuperar el respeto hacia aquellos que se dedican a ella. Pero por mi parte, abandoné en la victoria, por agotamiento, y sobre todo porque me di cuenta que de no hacerlo entonces ya no habría tenido elección.

Pensabas que era un tren que se iba.

Exacto.

¿Te cuesta volver a la ciencia?

Claro que me cuesta. Aunque creo que tomé la decisión correcta, que fue volver a Cambridge, donde me ofrecen un puesto de visiting professor y me hacen overseas fellow del Churchill College… ¡un puesto para el que en ese mismo año había sido elegido Ken Arrow, y que había tenido Anderson! Aquello para mí era un sueño. Me trataron de maravilla y tuve dos años y medio para reciclarme. El primer año, 1985, ya consigo escribir dos artículos en la prestigiosa revista Physical Review Letters de los que todavía estoy muy satisfecho.

Y luego ya te encontramos de catedrático.

Sí, a partir de 1987 o así, no me acuerdo en qué año llegué a la cátedra en la Universidad del País Vasco.

¿Cómo montas tu grupo?

Pues poco a poco, con proyectos. Al principio, y ese apoyo lo he tenido siempre en mi vida, me ayudó Jose Antonio Garrido de Iberdrola. Y también Xabier Albistur, a la sazón diputado de economía de Guipúzcoa. Yo tenía muy clara la internacionalización, y esas personas con visión dieron diez millones de pesetas para atraer a gente, empezamos a dirigir tesis, mandamos estudiantes y «posdocs» al extranjero… Una regla de oro, informal pero casi nunca incumplida en nuestro grupo, es que nuestros doctores, si quieren seguir en la academia, tienen que pasar al menos cuatro o cinco años fuera. No solo para aprender cosas diferentes, que eso se aprende en diversas etapas de la vida, sino para aprender formas diferentes de aprender. Poco a poco empezamos a crecer… llega un momento, en 1996, en que se crea el premio Euskadi de Investigación y me lo dan a mí, así como el premio Munibe y el Dupont. Y en 1998 me dan el Príncipe de Asturias y el Max Planck. Para mí los premios no fueron la cima de mi carrera científica, sino instrumentos para construir cosas.

Finalmente creas el DIPC (Donostia International Physics Center).

El Donostia International Physics Center (DIPC) es una institución singular que surge de la necesidad que supone el alto grado de internacionalización que estaba logrando nuestro grupo. Necesitábamos una organización flexible con gran libertad y que a su vez fuese austera, sencilla y ágil. Lo logramos a través de una alianza estratégica pública-privada con un doble objetivo, excelencia en investigación y excelencia en comunicación. Desde el año 2000 han visitado el centro dos mil seiscientos investigadores, entre ellos veintiún premios Nobel. Se ha convertido en catalizador e impulsor de todo el sistema. El DIPC, a la vez que es un instrumento de internacionalización, se ha convertido en el catalizador de todo el sistema. Asimismo creamos un centro mixto con el CSIC, el Centro de Física de Materiales. Firmé un convenio de acuerdo al cual el CSIC se comprometía a poner en diez años el mismo número de plazas permanentes que la universidad había puesto: dieciocho. Algo que se ha cumplido. No teníamos ninguna plaza, y eso era la posibilidad para que nuestra gente que estaba volviendo vía el DIPC se estabilizase.

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¿Todo esto lo haces con un plan o vas improvisando?

Tengo claro el eje vertebral, que es hacer lo que he visto que se hace en los mejores sitios. Ofrecer oportunidades en abundancia a la gente creativa, sin las tensiones absurdas que hay ahora. Hoy los investigadores jóvenes están sometidos a una presión constante. Siempre han de justificar con informes lo que hacen. Y lo que hace falta es excelencia. Y no hay excelencia sin internacionalización, son inseparables. Eso lo tengo claro, igual que tengo claro que el listón es internacional y no podemos hacer ciencia vasca, tenemos que hacer ciencia hecha por los vascos. Y en lo que hacemos no podemos ser peores que Harvard. Otra cosa es que no tengamos dinero para hacer tantas cosas como ellos. La idea del DIPC se me ocurre un día por las necesidades del momento. También me planteo cómo podemos recuperar y atraer a esa gente tan buena que hay fuera antes de que les ofrezcan puestos que hagan que sea difícil recuperarles. Se me ocurrió eso, creamos un programa específico, el Gipuzkoa Fellows, apoyado por la Diputación de Guipúzcoa, con Román Sodupe al frente. El programa Fellows del DIPC ha sido una preciosidad. Prácticamente ninguna obligación, ni siquiera residencia, que hagan lo que quieran y que hagan investigación propia, no que se conviertan en súbditos para luego incorporarse en competencia libre al sistema como permanentes. Así ha ocurrido.

Excelencia, excelencia, excelencia y libertad, libertad, libertad.

Excelencia, libertad, internacionalización y sobre todo sostenibilidad. Continuidad. Largo plazo. Ese es el camino, pero las fórmulas administrativas han ido empeorando, porque las leyes son cada vez más detalladas, más minuciosas. Con el objetivo de evitar la corrupción, todo lo que tiene parte pública se complica y cada vez es más farragoso. Aunque en el DIPC aún estamos a años luz de la burocracia de otros centros y del CSIC. Pero es que la del CSIC estaría en un alto puesto en la competición de las burocracias mundiales. Por otra parte, queríamos un centro que fuese impulsado también por la industria, donde se desarrollaran aplicaciones prácticas además de ciencia de excelencia, por eso en el boom de la nanotecnología creamos Nanogune. Nanogune lo presido yo, pero el director ejecutivo, por cierto con un trabajo desarrollado brillantemente, es Txema Pitarke, con la misma brillantez con que Ricardo Díez Muiño dirige el DIPC o Javi Aizpurua el Centro Mixto. A lo largo de la vida he tenido mucha suerte al tener un grupo de colaboradores excepcionales como profesionales y como personas.

En el DIPC tenéis el programa «Mestizajes». No contentos con ser un centro de referencia para la ciencia, con Mestizajes el DIPC favorece explorar ciencia, arte, literatura… ¿Por qué se os ocurre eso?

El DIPC ofrece buenas infraestructuras, medios, libertad y confianza. TRUST es la palabra clave. Y quiere gente con conocimientos, pero también que sepa tomar riesgos y sea aventurera. Y quiere actuar de forma que sea austero, sencillo, ágil y, por supuesto, internacional. Y también aspiramos al lema de Pedro Pascual de que la emulación vaya acompañada de compañerismo y ayuda mutua. Y, dentro de eso, es consciente y defiende que la ciencia es parte esencial de la cultura, no algo colateral. Y que los valores de la ciencia hacen bien a la sociedad. Una sociedad científicamente informada es más culta y, por lo tanto, más libre, capaz de tomar las decisiones correctas —que tendrán un alto componente de ciencia en el futuro— y menos susceptible de manipulación por grupos de presión. Creo en la comunicación científica. Y dentro de las iniciativas que surgen aparece «Mestizajes» de Gustavo Schwartz y lo apoyamos.

Y además lanzáis «Pasión por la ciencia».

No solo por la ciencia, «Passion for Knowledge», pasión por conocer. Sí, se trata de un programa que se ha convertido en el sello del DIPC y refleja una concepción que yo manifesté al recibir la medalla de oro de la ciudad de San Sebastián en el año 2000: expresé que quería que Donostia, que tantas cosas buenas tiene, sea conocida también como una ciudad de ciencia que merezca el reconocimiento internacional. Pero eso lo de ciudad de ciencia tiene que ir acompañado con ciencia en la ciudad. Ciudad de ciencia y ciencia en la ciudad.

Buena ciencia y buen de todo. Ese es el problema que tiene Donostia, que uno se enamora. Volvamos a Borges. Borges juega a menudo a citar libros inexistentes. ¿Para cuándo Consejos a un joven científico, de Pedro Echenique?

Habría que escribirlos, y si alguien me ayuda podríamos hacerlo conjuntamente.

Me presento voluntario. Está grabado.

Pues yo encantado. Mi problema es que me cuesta escribir y creo que hablo mejor de lo que escribo. Espontáneamente a uno le perdonan más que no sea perfecto en la expresión. Y a lo largo de la vida uno aprende de muchas fuentes, que no tienes siempre presentes a la hora de escribir un libro. La charla de hoy («Consejos a un joven científico») tiene cosas originales y buenas, pero muchas de las buenas no son originales, y no me acuerdo de dónde las aprendí. Y me parece que al escribir un libro tendría que ser muy cuidadoso con las referencias.

No creo que sea imprescindible, y mucho menos un libro que lo que hace es comunicar la ciencia.

Pues cuando quieras, queda grabado. Pero tengo más.

¿Tienes más libros?

Uno de ciencia, igualdad y cultura. La igualdad es uno de los problemas del mundo y exige educación, y la ciencia es parte esencial de la cultura. No solo en el sentido de que los componentes de la ciencia son ya parte del acervo cultural y del humanismo moderno, sino que invade otros campos. Por ejemplo, la asociación de «lunáticos» de Birmingham [Sociedad Lunar], inspirada en el Círculo de Salomón de Bacon, se reúne las noches de luna llena para discutir de política, de ciencia y de todo lo que se les ocurre. Y uno de ellos es William Small, el profesor de teoría política y de filosofía natural de Jefferson, que es uno de los cinco redactores de la Declaración de Independencia y el tercer presidente de los Estados Unidos. Jefferson elige ser político, pero queda tan impresionado con la dinámica newtoniana en general y por el principio de acción y reacción en particular que ese es el origen del alambicado equilibrio de poder que es la Constitución americana. Esto es cultura

Otro se llamaría Riqueza de las nociones, completado con otro sobre la sublime utilidad de la ciencia inútil.

Dame un consejo para un joven científico y otro para un investigador del CSIC para que no se vuelva loco y no se suicide.

Al joven le diría que intente que le guste lo que hace para que le paguen por hacer lo que le gusta en vez de hacer aquello por lo que le pagan. Y al del CSIC… que aguante, que siga trabajando, que cualquier tiempo pasado no fue mejor y que en burocracia no hay mal que cien años dure. Por otro lado, la regla de oro de la burocracia es más burocracia, así que no sé lo que le diría. También le diría que en el CSIC hay científicos excepcionales líderes mundiales y que aprenda de ellos.

En tus conferencias resumes la ciencia del siglo XX en dos palabras: átomo y gen.

Es ilustrar en dos palabras la comprensión de la materia y la vida.

¿Cuál crees que va a ser el equivalente del siglo XXI?

La ciencia enseña que el futuro no se puede predecir. Las consecuencias del avance científico son impredecibles. Lo importante no es querer anticipar lo que va a venir, que es lo equivalente a la teoría cuántica o a la estructura de doble hélice del ADN. La pregunta correcta no es cuáles son los descubrimientos que van a ocurrir en el futuro sino qué tipo de personas tenemos que ayudar a formar para que hagan los descubrimientos del futuro. Y son las personas que he dicho: con afición por el riesgo, conocimiento, pasión… nuestra responsabilidad es darles la confianza y los medios. No hay mejor política científica que generar oportunidades en abundancia para los más creativos de nuestros jóvenes. Los jóvenes son a la innovación lo que los mosquitos a la malaria, así que no nos compliquemos la vida pensando cuáles van a ser los descubrimientos, sino qué personas los van a hacer. Si ahora vuelves al año 1900, ¿quién acertó sobre el futuro? Incluso un panel de expertos de hace una década intentaron adivinar los avances que venían en materia condensada y no dieron una.

Es aquello de «Queríamos coches voladores y nos dieron Twitter».

Recuerda que a Planck le recomendaron dedicarse a la música porque la física estaba acabada. Brian Pippard creía que con la superconductividad la física de la materia condensada estaba acabada. Watson, presidente de IBM, creía que no había mercado en el mundo para más de cinco computadoras. El presidente de Digital, en 1977, no veía ninguna razón por la que alguien quisiese un ordenador personal en casa. En 1930 el conde de Romanones, pensando en la España del año 2000, decía que la monarquía estaría acabada en el 2000. El más listo fue Valle-Inclán que, en cuanto le preguntaron cómo iba a ser la literatura del siglo XX, dijo que no lo sabía, si lo supiese ya la estaría haciendo.

¿Qué opinas de la inteligencia artificial? ¿Puede una máquina ser consciente? Y, sobre todo, ¿entendemos qué es la consciencia?

Creo que a día de hoy no entendemos lo que es la consciencia. Es un ejemplo excelso de propiedad emergente. Y sobre la inteligencia artificial no puedo opinar con un mínimo de seriedad, no lo sé. No soy tan joven como para saberlo todo.

¿En tu visión del universo hay espacio para lo trascendente o sobrenatural, para Dios?

Es un punto muy importante y tiene que ver con los límites de la ciencia. Está claro que la ciencia puede decirnos prácticamente todo sobre el ser, pero no todo sobre el deber ser. En consecuencia, siempre habrá sitio para las creencias religiosas y de otro tipo. La ciencia no nos contesta al porqué de las cosas. ¿Por qué hay algo en vez de nada? Las preguntas esenciales para una persona de para qué estamos aquí y si merece la pena vivir no pueden tener respuesta solo en la ciencia. Por eso creo que la ciencia no puede proporcionar al creyente la certeza de su fe ni tampoco lo contrario. Pero lo que sí es cierto es que habrá siempre conflicto cuando la religión invada aspectos que no le son propios y entre en el territorio de la ciencia. Donde la ciencia pueda hablar, tiene la última palabra. Naturalmente, hay muchos ámbitos, entre ellos el de la moral, donde la ciencia no tiene la única opinión. Planck es una de las personalidades más atrayentes de la historia de la ciencia por su altura humana, su altura moral y por el sufrimiento que tuvo —su hijo fue fusilado porque participó en el intento de matar a Hitler y sus dos hijas murieron en el parto—. Pues bien, su opinión era que la ciencia no tiene respuesta al de dónde venimos ni al adónde vamos. Y cierto es que nosotros somos parte de la naturaleza que queremos describir, lo que hace que no sea nada fácil describirnos a nosotros mismos. Yo no soy religioso, pero creo que hay ámbitos de la naturaleza y vida humanas que no aceptan una respuesta científica en el sentido de ser contestada con experimentación. Pero, de hecho, es curioso cómo ahora —y esto hay que decirlo con finura porque se pueden molestar— de Dios solo hablan los físicos, los obispos hablan de la unidad constitucional de España como bien moral.

Por tanto, el cientificismo no te convence.

El cientificismo, el pensar que la ciencia es la única fuente de conocimiento verdadero, es un error. La filosofía, la poesía, la literatura… otras ramas de las humanidades pueden aportar mucho. De hecho, uno de los grandes científicos de todos los tiempos, Maxwell, dijo que el test supremo de un científico es conocer los límites de aplicación del método científico.

Has hablado de los límites de la ciencia. ¿A qué límites te refieres?

A que la ciencia en lo que puede contestar no tiene límites, pero hay cosas que no puede contestar. Yo antes me he referido a preguntas sobre el sentido de la vida, etc. Sí creo que hay límites, límites absolutos y límites relativos, que son los más importantes. Los límites absolutos son, en mi opinión tres, el principio de indeterminación de Heisenberg pone límites a nuestra capacidad de conocer. El conocimiento que nos proporciona la descripción cuántica de la materia está limitado por el principio de incertidumbre. El que la velocidad de la luz sea inmensa pero finita pone límites a nuestra capacidad de acceder a zonas del espacio tiempo, y el teorema de Gödel pone límites a nuestra capacidad de deducción lógica y esencialmente nos dice que no se puede decir toda la verdad y a la vez solo la verdad. Hay proposiciones indecidibles, cuya veracidad o falsedad no puede ser probada. Con Gödel cae el sueño de Hilbert, la tesis de que todo problema es soluble, que en matemática no hay ningún ignorabimus. Pero hay también límites éticos, no todo lo que es posible es deseable, aunque hay que tener extremo cuidado con eso y hay otros aspectos ligados a la complejidad, a la emergencia. Conocerlo todo sobre el quark no es conocerlo todo sobre todo.

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¿O sea que no eres reduccionista?

Depende de lo que se entienda por reduccionista. Soy reduccionista, como creo que somos todos los científicos, en el sentido de creer que el funcionamiento de la materia, de toda la materia, animada e inanimada, está controlado por un conjunto de leyes fundamentales, leyes que, excepto en condiciones extremas, conocemos bien. Es un reduccionismo fenomenológico pero no un reduccionismo epistemológico. Lo que quiero decir es que creo, con Anderson, que la hipótesis reduccionista no implica, frente a lo que creía Einstein, una hipótesis construccionista. La habilidad para reducir todo a leyes fundamentales no conlleva la capacidad de empezar de dichas leyes y reconstruir el universo como mera deducción. El todo es más que la suma de las partes. Cuando hay billones de partículas en interacción formando un sistema complejo aparecen nuevos tipos de «leyes». La rigidez de una piedra no tiene equivalente a escala atómica. Los organismos tienen propiedades que no tienen ni siquiera significado en células. La química es mucho más que física aplicada. Se puede reducir la química a la física, pero a costa de perder casi todo lo interesante de la química. En palabras de Anderson, hay muchos más niveles, hay más distancia cognitiva del ADN a la ética que del ADN a las partículas elementales. A lo largo de este siglo hemos aprendido que el conocimiento se estructura en niveles, con sus propias leyes, consistentes con el nivel anterior pero no deducibles de él. Reduccionismo y emergencia son complementarios, no deben enfrentarse. Hace falta un reduccionismo con emergencia.

¿Hasta qué punto es importante conocer la historia de la ciencia?

Es muy importante. Y fíjate que has dicho historia, no filosofía. De hecho, me sorprenden algunas de las corrientes filosóficas modernas que defienden que la ciencia es una construcción social y los artículos de sociólogos y filósofos en los que, hablando de ciencia, no hay ni una sola referencia a un artículo escrito por un científico. Por otra parte, leer historia de la ciencia —y con esto me refiero a los escritos de los grandes pensadores y científicos—, así como el entronque con su entorno, es algo importantísimo. Recomiendo fuertemente a los estudiantes que lo hagan. Si te pregunto quién era el presidente de los Estados Unidos a principios del siglo XX, ¿sabrías contestarme? Lo interesante es que la respuesta da igual, realmente no importa. Lo importante es que en 1905, un empleadillo de una oficina de patentes en Berna, llamado Albert Einstein, se preguntaba sobre la naturaleza de la radiación y cómo se vería el mundo si se viajase en un rayo de luz… Eso sí ha cambiado el mundo. Dentro de ciento cincuenta años creo que importará menos saber quién estaba en 1953 en el trono de Inglaterra que saber que Watson y Crick dilucidan la estructura de doble hélice del ADN. Con esto no quiero decir que algunos aspectos de la historia no hayan cambiado nuestras vidas. Creo que Cromwell será recordado, pero estoy cerca de Hardy cuando afirma que Arquímedes será recordado cuando Esquilo sea olvidado. Leer la historia de la ciencia nos puede ayudar a entender la importancia de nuestro trabajo. A darnos cuenta de que somos parte de una cadena, de una obra colectiva. Y por eso la ciencia es progreso en un sentido diferente al arte. Por supuesto el arte se apoya en los anteriores, pero excepto el cine o el teatro, que es colectivo, son obras individuales. Creo que era Bernard quien dijo «l´art c´est moi, la science c´est nous». La Gioconda no existiría sin Leonardo da Vinci. Quizá existiría algo parecido, pero no La Gioconda. La estructura de doble hélice del ADN hubiese sido encontrada sin Watson y Crick, y la relatividad restringida sin Einstein. Creo que la general también, aunque de esto no estoy tan seguro. Todas estas preguntas que me haces las he visto contestadas de una forma u otra, y mucho mejor de lo que lo puedo hacer yo, en los libros de los grandes pensadores; Planck, Einstein, Dyson, Hardy, Wilson.

Los países ricos son ricos porque investigan, los países pobres creen que los países ricos investigan porque son ricos. ¿Es España un ejemplo de país pobre y necio, al menos en lo que a la investigación se refiere?

Si un nacionalista vasco como yo suscribiese esas palabras que dice un patriota español como tú le caería un rosario de críticas, así que no voy a calificar. En España hay grandes grupos de investigación que pueden pelear con los mejores del mundo, pero no es un país grande en investigación porque le falta una visión a largo plazo y no existe una presión social que valore el conocimiento. El día en que sean los industriales y la gente de la calle los que presionen para que haya continuidad en las políticas en lugar de los científicos, será el día en que habremos ganado. España es un país en el que hay grandes investigadores pero no es un país relevante en ciencia, en parte, por la falta de continuidad de las políticas y por la falta de libertad y responsabilidad en sus estructuras organizativas que conlleva el sistema actual de gobernanza. Hay una sobrerregulación y una infrafinanciación. Y esto es raro de entender, porque así como hay cambios muy difíciles de ejecutar (por ejemplo, sería complicadísimo tocar el sistema de pensiones) mejorar las condiciones de la ciencia en España sería barato. Lo que ha pasado estos últimos años, esa discontinuidad en las políticas, está creando unos cuellos de botella para la continuidad generacional de los investigadores que es suicida. En particular, se ha cometido un dislate con el programa Ramón y Cajal, hemos atraído mucho talento ofreciendo puestos de cinco años que deberían ser tenure tracks y a la hora de la verdad les hemos dicho…

… que les den morcilla.

Que no pueden continuar en España sus brillantes carreras por falta de medios. Un país, una nación, tiene que ofrecer confianza, respeto a la palabra dada, y esa palabra se ha roto. Y a esta juventud, a la que hemos pedido tanto y lo ha dado, no ayudarles ahora no es solo una injusticia social, que lo es, sino un despilfarro económico. Y de eso tenemos que avergonzarnos todos por no haber protestado más. Estoy sorprendido por la falta de reacciones.

Un amigo me decía que el problema es que España es un país de abogados.

Últimamente muchos de los problemas de España no son ajenos al hecho de que hay abogados del Estado que llevan el Estado en la cabeza. Por ridiculizar la situación: «Oiga, que el avión se cae». «No, no puede caerse, el contrato dice que no se puede caer». Sin falsas demagogias no es malo que haya cabezas tan brillantes como algunos abogados del Estado, pero no es bueno que tengan un peso excesivo en las decisiones políticas.

¿Crees que el futuro de la ciencia en España va a seguir el modelo de hombre rico-hombre pobre? Tengo la sensación de que en los próximos diez o veinte años Cataluña y Euskal Herria van a ser los hombres ricos y el resto van a ser los hombres pobres. Se están creando centros de excelencia como el DIPC que tienen su eco también en Cataluña… Parece que han cogido una delantera importante.

Pero eso son minisistemas pequeños. Para que en España la ciencia cambie de verdad hace falta que cambien las grandes estructuras. En concreto, es imprescindible renovar las universidades. Solo hay que decidirnos a hacerlo, ya que los modelos de gobernanza que funcionan están claros. Hay que actuar como han hecho las grandes universidades en Estados Unidos o Inglaterra. Tener una gran universidad es muy caro, pero para el país es mucho más caro no tenerla. Fundamentalmente se tiene que conseguir que hacerlo bien sea rentable personal e institucionalmente para un profesor o departamento. Y eso exige estructuras que no pueden estar gobernadas por una democracia destinada a otros ámbitos. No se decide a votos quién pilota un avión, lo que sí se decide a votos es no ir en una compañía cuyos pilotos no son buenos. Imagina que vas en un avión y oyes: «Estén ustedes tranquilos porque el piloto de este avión ha sido elegido por votación paritaria entre las azafatas, las barrenderas, las vendedoras…». ¿Qué haces? Bajarte del avión. Y no te digo nada si es un cirujano. Entonces, ¿por qué escogemos democráticamente al rector y en general votamos la gobernanza de la universidad? No es el procedimiento apropiado. Está muy claro que hay que cambiarlo pero es muy difícil hacerlo porque los cambios se tienen que hacer contando con los de dentro… El gran problema de la universidad española es la gobernanza. Si solucionamos eso, el resto vendría como corolario.

¿Y para reformar un cementerio no puedes contar con los inquilinos?

Algo así. Pero eso hay que hacerlo, porque tenemos que conseguir que algunas de nuestras universidades estén en la élite mundial. Claro que los criterios no tienen por qué ser necesariamente los de Shanghái. Por lo menos deberíamos aspirar a que estén entre las doscientas mejores del mundo. ¿Qué pensaríamos si ninguno de nuestros equipos de fútbol estuviera entre los cien mejores del mundo?

Sería una catástrofe nacional.

Pues bien, en España necesitamos una revolución social que cambie esta manera de ver las cosas, que nos haga apreciar la ciencia, la tecnología y la innovación tanto como el fútbol. Y a eso hay que contribuir con una cultura científica, y eso exige cosas que ya hemos visto cómo se hacen. No es casualidad que las mejores universidades del mundo tengan un sistema de gobernanza anglosajón. El gran problema de la universidad española es el sistema.

¿Qué tres libros te llevarías a una isla desierta?

Por un lado me llevaría libros que no he leído, pero en realidad daría igual, porque una vez los hubiera leído ahí estarían. Un libro sobre ciencia que me pareció precioso es Apology of a Mathematician, de Hardy. Es breve, y es un elogio de la creatividad. Este libro lleva un prólogo de Snow, el de Las dos culturas, que también es un libro muy bonito. Littlewood tiene otro libro muy bonito, Miscelánea, pero elegiría el de Hardy. Consilience de Wilson, algunos de Feynmann y Dyson. Luego hay un libro que me impactó profundamente y me sé casi de memoria. Es Pájaros perdidos de Tagore.

Se te acusa de tener memoria de elefante, ahora ya sabemos por qué. Van dos libros, vamos a por el tercero.

Tenía memoria antes. Lo que he leído ahora se me olvida, leo mucho pero no recuerdo los títulos. Más ligeros he leído dos best sellers sobre los narcos que me han impactado mucho: El poder del perro y El cártel. En su momento me impactó La Regenta, que lo leí para aprender a escribir, pero no porque me divirtiese, era para aprender el castellano. Mi tío me leía todos los veranos el Quijote cuando yo era niño, pero no me gustaba. De chaval me gustaban mucho los de aventuras, Salgari por ejemplo. Todavía me veo llorando leyendo David Copperfied u Oliver Twist.

Y ahora quiero que me digas tres artículos científicos que te llevarías a la isla.

Una de las tristezas de mi vida científica es no saber casi nada de relatividad general, porque no la he estudiado nunca sistemáticamente, así que supongo que uno sería sobre relatividad general. Siempre he envidiado a mi admirado amigo Alberto Galindo por su universal amplitud. De mi campo alguno de los de Phil Anderson, a ver si de una vez los entiendo.

Y ahora tres artículos tuyos.

Uno de los artículos míos que más me gustan es uno de los menos citados, es «La reflectividad del átomo de helio al chocar con helio superfluido». Ese es bonito porque tiene elegancia. El artículo sobre estados imagen que escribí en 1978, y quizás los que he escrito sobre dinámica de electrones con un montón de gente. Y un artículo que escribí en Barcelona sobre cómo un protón puede llegar a perder más energía que una partícula alfa y por qué. Los últimos también me gustan pero mis contribuciones a ellos son menores.

¿Cuáles son tus planes para los próximos diez años en cuanto a ciencia?

Cuando a uno le preguntan por qué hace cosas a veces puede dar una explicación demasiado detallada. Ahora estoy interesado en la attofísica de superficies. Si tuviese que justificarlo en una comisión en la televisión diría que del entendimiento de la dinámica de los electrones en tiempos cortos (un attosegundo es a un segundo como un segundo a la edad universal) uno puede entender cómo es la transferencia de carga en superficies, cómo se produce el daño por radiación en moléculas biológicas, cómo se puede controlar la transmisión de corriente en una nanoestructura y por lo tanto modificar los límites de la electrónica «tradicional»… Pero realmente me gusta más la respuesta de Mallory cuando le preguntaron por qué subió al Everest y dijo: «Porque está ahí». Pues yo quiero entenderlo porque no lo entiendo, y nada más. Pero no tengo planes. Los planes que tengo para el futuro es ver crecer a mis hijas. Lo que más quiero ahora es salud. Los tópicos en la vida siempre son ciertos, porque por eso son tópicos. Entre salud, dinero y amor, sobre todo para alguien que tenga hijos, lo esencial es la salud. Si te duele un oído o la cabeza te importa un pepino todo el dinero del mundo. Vivir con mi familia lo máximo que pueda, verles crecer felices y humanamente desarrollados con equilibrio y armonía, pero no quiero añadirle demasiados años a la vida aunque sí vida a los años.

Has ido de la ciencia a la política y de la política a la ciencia. ¿No hay ninguna posibilidad de que vuelvas a la política y te veamos algún día de ministro de Ciencia?

Para cambiar algo de verdad tendría que ser de presidente, no de ministro. Me lo suelen preguntar muchas veces en debates televisivos en el País Vasco, y suelo contestar que no volvería ni de lehendakari. Sin embargo, si me ofreciesen ser presidente de Telefónica uno o dos años aceptaría. Director no, presidente sí. Un científico puede ser un buen empresario de una empresa porque está entrenado para extraer lo esencial de problemas complejos, y eso es una buena dirección de empresa y política. Sería bueno que la política española tuviese más científicos. No por las cosas que han descubierto, sino por las cabezas y las aptitudes y actitudes que han desarrollado haciendo ciencia. Pero tampoco demasiados para que hubiese gente diversa en la cosa pública.


Marilyn y Torres Quevedo, un amor imposible

Inauguración del Spanish Aero Car. Fotografía: Niagara Falls Public Library (DP).
Inauguración del Spanish Aero Car. Fotografía: Niagara Falls Public Library (DP).

Qué afectación tan pertinente, qué panegírico tan exacto abrocharía el Telediario de la primera cadena. Jesús Hermida hubiera escenificado la cadencia y la prestancia que exige la efeméride. «Y aquí nos hallamos, fiados a estos cables y embarcados en esta cesta rojigualda casi de juguete, que aún da servicio tan matemática y fiable como hace exactamente una centuria. Y fue Leonardo Torres Quevedo, inventor español, quien trascendió de su pueblo santanderino para proyectarse en mil prodigios y dotar al mundo de nuevas comodidades y caminos, como este Spanish Aerocar que nos hará cruzar al otro lado del prodigio natural del río Niágara y sus atronadoras cataratas». Salvo que algún editor o jefe de contenidos veraniego lo remedie, ningún corresponsal televisivo en Estados Unidos se acercará al enclave el inminente 8 de agosto para honrar una fecha mítica para la ingeniería civil española, mundial, ¡global! Una lástima, pues quedaría deliciosa la pieza a cámara a bordo del transbordador de nuestro (desconocido) paisano para ilustrar que cumple exactamente un siglo de servicio sin tacha ni percances, que se columpia entre la frontera de Canadá y los Estados Unidos con sus 580 metros de luz (10 minutos de trayecto ida y vuelta, a 64 metros de la superficie del agua, 14,95 dólares el viaje), y que fue obra y milagro de un montañés universal, romántico hombre orquesta comprometido con necesidades sociales vinculadas a los desafíos de la ingeniería allá donde se presentaran. Ni dudó en cruzar el charco para demostrar a los nativos cómo se salva una maravillosa dificultad geográfica, hoy reconvertida en postal turística que subir a Facebook. Al final y en un alarde de apelativos, el periodista podría rebautizar al genio como «el Da Vinci cántabro» o el «Leonardo español» y, de paso, aprovechar las dietas para rebozar la noche en algún motel amoroso con vistas a las cataratas. Dos homenajes en un solo día.

Por desgracia, del precursor del «primer, más largo y seguro teleférico de Norteamérica» (y, por ende, de la humanidad enterita si de transporte de personas hablamos) poco se sabe en los planes de estudio de España. Que inventen ellos. Como para aprenderlos. En el autocompletado de Google antes se sugiere al mamarracho Leonardo Dantés que al incontenible Leonardo Torres Quevedo. En justicia ciberpoética, el buscador le dedicó un doodle —ilustración en la que se le ve montado sobre su transbordador— el 28 de diciembre de 2012 con motivo del 160 aniversario de su nacimiento.

Con una onomástica que enmascaraba una profecía profesional, vino al mundo Leonardo el Día de los Santos Inocentes del 1852 en Santa Cruz de Iguña (Molledo, Cantabria) y dio su cuerpo a la eternidad el 18 de diciembre en el Madrid de 1936. El ABC, diario republicano de izquierdas en esas fechas, no reseñó el deceso, puesto que sus ocho páginas se dedicaban únicamente a la información del frente bélico. Su muerte dejaba ochenta y dos años consagrados en anatomía y alma a la ciencia y todos sus arcanos, con una licenciatura en la Ingeniería de Caminos, Canales y Puertos, como antes hiciera su padre Luis. Nadie en una generación de oro (Ramón y Cajal, Isaac Peral, José Echegaray, Narciso Monturiol…) fue tan versátil, total y completo, como si se hubiera reencarnado el Hombre de Vitruvio en pleno regeneracionismo de Joaquín Costa. Y nadie resulta hoy tan desmerecido para los logros contraídos, el inventario que dejó y la senda didáctica que labró. Visionario, adelantado, revolucionario y todos los epítetos están más que justificados en su ojerosa y rotunda figura a la altura de Nikola Tesla o Thomas Alva Edison. Poca iconografía lo cimenta. Un cuadro de Sorolla glorifica toda su humildad en un raro retrato de un hombre junto a una máquina (un husillo sin fin). Para ver la pintura hay que viajar a la Hispanic Society de Nueva York. En qué estantería histórica colocar su contribución a la ciencia si a día de hoy se tacha de revolucionario catedralicio a Ferran Adrià por haber esferificado cosas que se comen…

De su boscosa barba lo mismo sacaba logaritmos neperianos que teleféricos, calculadoras, dirigibles para no perder en la I Guerra Mundial (pregunten en Reino Unido), máquinas de escribir, mandos a distancia con los que obnubilar a Alfonso XIII y robots que daban jaque mate con más mala leche que Deep Blue. Hasta las letras se le postraron. El 31 de octubre de 1920 sustituyó a un tal Benito Pérez Galdós en la silla N de la Real Academia Española con el encargo de gestar y asesorar acerca de un Diccionario castellano tecnológico que ahormara el marasmo de neologismos que estaba pariendo la ciencia. En su discurso de ingreso, que no tiene desperdicio, se hace un selfie desenfocándose. «(…) Os habéis equivocado al elegirme; no poseo aquel mínimo de cultura exigible a un académico. Yo seré siempre un extraño en vuestra sociedad sabia y erudita; llego de tierras muy remotas; no he cultivado la literatura, ni el arte, ni la filosofía, ni aun la ciencia, por lo menos en sus regiones más elevadas. Los sabios que las frecuentan, empeñados en escudriñar las leyes del universo y descubrir los secretos de la creación, tropiezan con graves problemas, que trascienden al terreno filosófico, y pueden interesaros, porque estáis familiarizados también con ellos, aunque los miréis desde un punto de vista distinto. Mi obra es mucho más modesta. Paso la vida ocupado en resolver problemas de mecánica práctica. Mi laboratorio es un taller de cerrajería, más completo, mejor montado que los conocidos habitualmente con ese nombre; pero destinado, como todos, a proyectar y construir mecanismos (…)». Para entonces ya tenía la Medalla Echegaray concedida por el rey Alfonso XIII o brillaba en su solapa la Gran Cruz de Carlos III.

¿Por qué tan poco fulgor para un sabio tan transversal, para un francófilo adorado al otro lado de la tapia pirenaica? De injusticias están los cementerios llenas. Triste fue la opacidad mediática que aún pervive. No tuvo un autogiro como De la Cierva. Ni un Ictíneo como Monturiol. Contó tantos hitos que resulta complicado fundir una sola obra con su apellido doble. Y eso que la silueta del transbordador del Niágara podría ir cosida como logotipo a su propia vida. Para materializarlo fundó la ¿primera? start up española, un trabajo de I+D+I de manual. En unos días, este totémico prodigio sopla velas de cumpleaños como una rareza turística con denominación de origen envenenada. «¡Anda, si lo construyó un compatriota, lo raro es que no se caiga!». El transbordador de don Leonardo está hecho a prueba de recelosos españoles por el mundo. Cien años, cero accidentes. Ahí sigue viajando a ciento cincuenta y dos metros por minuto. Testado y disfrutado por doscientas cincuenta mil personas al año. Es fácil echar la cuenta total cuando se ha de multiplicar por un siglo.

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Inauguración del Spanish Aero Car. Fotografía: Niagara Falls Public Library (DP).

La proeza del Niágara comenzó a fraguarse en Donosti. O incluso unos kilómetros más allá. Torres Quevedo empezó a trastear con los funiculares en su valle de Iguña natal cuando tenía apenas treinta años. Unas vacas por tractores y doscientos metros de longitud de luz constituían el armatoste sobre los prados de Venerales, con su esposa Jimena por testigo desde la puerta de casa. Poco después pulió su técnica para el siguiente transbordador, el del río León. Hubo motores donde había ubres. El asunto mejoraba. Con mucha vista, el santanderino custodió y compiló todos y cada uno de sus planos, bosquejos, documentos y anotaciones para proteger cada avance bajo el abrigo de las patentes (dicen que Edison era experto en plagios y hurtos en cantidades industriales, y que contaba con una red de espías de no te menees).  Fueron más de veinte en el total de su carrera. En 1888 extendió esas patentes a Estados Unidos, Francia, Italia, Gran Bretaña, Prusia, Austria-Hungría y Suiza sabedor de que la piel de toro se le quedaba mercantil y geográficamente pequeña. Al país del secreto bancario viajó presentándose como el adalid hispano de los funiculares. No encontró el éxito o la receptividad esperada en Suiza y la prensa le ridiculizó con caricaturas facilonas: un quijote a lo Guillermo Tell que quería llenar de teleféricos todas las cumbres alpinas. La explicación de su invención anunciaba un novedoso «sistema de camino funicular aéreo de alambres múltiples» en el que la tracción se realiza por un método de cables y contrapesos «tensados de modo controlable, uniforme e independiente» de la carga acarreada. De tal modo de que si uno de los cables se desgarra, el resto de hermanos acuden al rescate.

En el aerotransbordador de Leonardo se depositaba el conocimiento en la materia de todo un siglo. El inventor conocía pormenorizadamente la gestación y conflictos de todas y cada una de las obras de ingeniería estructural que se habían realizado hasta la fecha. Una centuria forjada en hierro y acero (y mucha siniestralidad laboral), ya fueran puentes de suspensión como el de Coalbrookdale sobre el Severn en Inglaterra (1789), el de Basse-Chaine en Angers, (1839-1850), el colgante de Las Arenas y Portugalete (1873) o el cinematográfico puente de Brooklyn (1883), obra de John A. Roebling  y quien, en 1855, había construido sobe el Niágara un puente de ferrocarril y carretera de doscientos cincuenta metros de luz. Ese sería el gran referente a escala para Leonardo, su modelo, su arquetipo, su listón. Además, en Vizcaya había prosperado la industria siderúrgica con las minas de Gallare y Somorrostro, lo que forjaba los sueños audaces y ultramarinos de locos emprendedores que requerían buena materia prima. A Leonardo tampoco le faltaba buena cartera. Era rico por culpa de una fabulosa herencia (las espléndidas solteras Barrenechea). Con estos antecedentes, en 1907 construyó el primer transbordador apto para el transporte público. Lo instaló sobre el Monte Ulía de San Sebastián, hoy parque natural protegido y broche de la playa de Gros. Este transbordador cerró en 1912 por culpa de la inauguración del parque de atracciones del Monte Igueldo. El de Ulía constituyó el germen —y casi un calco— del que montaría en América, la tierra de los sueños y la fiebre dorada.

En 1911, y tras varias peripecias de barcos y trenes, Torres Quevedo llegó junto con su compañero de promoción, Valentín Gorbeña, a la linde lacustre que separa Estados Unidos y Canadá. Acudieron en busca de permiso para construir lo del Monte Ulía, pero sobre las cataratas del Niágara. Hubo problemas burocráticos bastante farragosos ante la oposición estadounidense a quítame allá unas disposiciones y cláusulas de terrenos. Salvados los contratiempos y la intendencia, en 1914 fueron trece los ingenieros españoles que allí se establecieron. Vivieron en una casa en River Road cerca de Bampfield Street a media hora a pie de las obras bordeando el río. El proyecto estaba basado en patentes españolas y el capital necesario (lo que hoy llamaríamos una joint venture o capital riesgo) llevaba marchamo exclusivamente vasco (los Ybarra, los Orbegozo…). La sociedad, que se constituyó en Canadá con el nombre de The Niagara Spanish Aerocar Co. Limited, emitió un capital de ciento diez mil dólares, de los cuales treinta mil representan los derechos de patente abonados a la Sociedad de Estudios y Obras de Ingeniería de Bilbao. Gonzalo Torres Polanco, ingeniero de caminos e hijo de Leonardo, fue nombrado el ingeniero jefe y vicepresidente de la compañía canadiense, de la que sería presidente-tesorero Antonio Balzola. Gonzalo se quedaría a pie de obra, estableciendo una comunicación epistolar constante con su padre. Los trabajos, que arrancaron en 1914, se prolongaron por espacio de dos años. En julio de 1915 se procedía a la excavación de la roca para el montaje de las dos estaciones. La estructura estaba constituida por seis cables portadores que se apoyaban en dos torres que se situaban a quinientos cincuenta metros de distancia, entre las orillas de Colt Point y de Thomson Point. Se aseguró una tensión constante (contrapesos de diez toneladas) y el carro de traslación lo formaba un conjunto de doce ruedas unidas seis a seis por medio de dos ejes horizontales. La barquilla o cesta rectangular medía 6×3 metros, con capacidad para cuarenta pasajeros: veinte abajo, sentados circundando la barandilla, otros veinte en un pasillo central en un nivel superior. Pesaba (y pesa) algo más de tres toneladas, y fue fabricada en los talleres Gasset, en Madrid. Más cifras: los cables eran de acero de 25 mm, la polea tenía 2,45 m de diámetro y era impulsada por un motor de 75 cv, 440 voltios y 480 revoluciones por minuto. Sobre la barquilla, en abanico se disponen una serie de radios que soportan la cubierta y estabilizan, en caso de que el viento sople, el transbordador. También le confieren su emblemático perfil recortándose sobre el llamado Whirlpool, un remolino de aguas de lo más caprichoso, que viaja a 56 km/h y que juguetea con el miedo de los pasajeros. Se completó el Aerocar con sistemas de tracción y retención (frenado y seguridad). Coste total: unos ciento veinte mil dólares. La obra concluyó felizmente y fue difundida con albricias por los medios de comunicación locales, como el Niagara Falls Evening Review. «Poco después de las tres de la tarde, la señora J. Enoch Thomson, esposa del cónsul español en Toronto, inauguró el teleférico estrellando una botella de champán sobre la puerta en el punto de aterrizaje de la orilla Thompson. El coche hizo su primer viaje público. Fue agradable ver el coche ornado con las banderas de Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia y España».

Desde aquel debut, el Spanish Aerocar ha sido revisado y actualizado cuatro veces: en 1961 se le añadió un sistema de frenado eléctrico; en 1967 fue rediseñado con nuevos materiales pero siguiendo escrupulosamente el original de Torres Quevedo; en 1977, aluminio nuevo y multas más elevadas, estas para disuadir a tipos como el funambulista francés Henri Rechatin de volver a cruzar sobre sus cables para disgusto de las autoridades y alegría de los periódicos; en 1984 se estandarizaron las medidas de seguridad por medio de una empresa suiza y en 1985 fueron remplazados algunos componentes (circuitos eléctricos, rodamientos, sistemas de suspensión, etc.). En la actualidad se promociona como «una antigüedad en movimiento», y una placa recuerda a la entrada a quién hay que agradecer el viaje. «Leonardo Torres Quevedo fue un ingenioso inventor español. Entre sus creaciones se encuentran máquinas algebraicas, aparatos de control remoto, dirigibles y la primera computadora del mundo. El Spanish Aero Car fue diseñador por Leonardo Torres Quevedo y representó un nuevo tipo de teleférico  aéreo que él llamó “transbordador”. Oficialmente abierto el 8 de agosto de 1916, es el único en el mundo de su clase. Ontario. The Niagara Park Comission, 1991». La placa se puso con dinero español: un millón de pesetas de la dotación del Premio Torres Quevedo que fue a parar a la Comisión de Parques del Niágara. El 8 de agosto de 2016 llega el centenario. Veremos si en América han de limpiar de confeti el cauce del Niágara. Tampoco sabemos si los telediarios de aquí darán cancha a la efeméride…

La abundante documentación sobre la hoja de servicios del montañés ha llegado hasta nuestros días casi en su totalidad gracias a la custodia de su frondosa prole (mucha vinculada hoy a la alta velocidad y a la ingeniería mayúscula), a su biógrafo, el físico José García Santesmases (1907-1989), y a gente entusiasta y estupenda como Lucía Fernández Granados, doctora en Patrimonio por la Universidad de Cantabria, y Francisco González Redondo, profesor titular de la UCM y secretario de la Sociedad Española de Historia de las Ciencias y de las Técnicas (SEHCYT), promotor, además, del año Torres Quevedo en el que nos hallamos. González Redondo sigue remando constantemente por el reconocimiento de la figura del cántabro. «Desgraciadamente, la genialidad no se hereda. Y la peculiar idiosincrasia de los españoles hace que no se considere la ciencia como cultura, y sí la literatura, el teatro o la poesía. Torres Quevedo dejó una contribución tan desmesurada que resulta un gran esfuerzo de síntesis poder explicar su importancia y su legado a los estudiantes. Se adelantó demasiado a su tiempo y se encontró solo, sin continuadores para el cuerpo de su doctrina. Ya en 1914 definió lo que es un autómata o lo que es la inteligencia artificial, y lo hizo cuarenta años antes que Alan Turing. En definitiva, no se entendió lo que propuso: automatizar los procesos industriales en España». No está de más darse un paseo por el Museo Torres Quevedo (situado en la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Caminos de la Universidad Politécnica de Madrid) para comprobar en vivo su clarividencia.

Llegados a este punto, ¿dónde se justifica el titular de esta reseña, que cual planta carnívora ha llevado hasta este fondo del texto al lector incauto o benevolente? La productora Twentieth Century Fox justificaría la respuesta… En el año 1952 contrató a Henry Hathaway (Valor de ley, Rommel, La conquista del Oeste) para que dirigiera Niágara, en la que la turgente Marilyn Monroe contraponía toda su sensualidad al arrebato natural del parque del Niágara. Imparables, electrizantes, mortales: la Monroe, las cataratas. Un instinto telúrico que debía precipitar y sumergir al espectador en un lecho de deseo y perfidia. La Fox estuvo buscando localizaciones durante medio año por las inmediaciones del río Niágara, en la que debía ser la mayor acción de propaganda del parque. La mayoría de las secuencias en exteriores tienen lugar en Inspiration Point en el Queen Victoria Park, el Rainbow Bridge Complex, en Queen Street, Erie Avenue y Bridgewater Street. Todos estos enclaves se hallan a entre tres y diez kilómetros del Spanish Aerocar. En un negrísimo largometraje noir filmado en «glorioso tecnicolor», Monroe camina como funambulista entre adulterio y el crimen. ¿No venía que ni pintado un clímax con violines y sinfonía frenética, estilo HitchcockHerrmann, con un marco de naturaleza cruel e hipnótica, sobre el Spanish Aerocar? «Hemos traído y llevado pasajeros en un siglo como para pasar a todos los habitantes de Australia de un lado a otro. Aquí en cien años nunca murió nadie por tragedia o desastre. Bueno, sí, Joseph Cotten tras ser empujado por Marilyn Monroe en la mítica película Niágara», contaría el guía de haberse rodado esa escena sobre la barquilla torresquevediana. En realidad, la cesta solo aparece de fondo cuando encuentran el cadáver del amante de Marilyn (Richard Allan), ya que cualquier cuerpo que se precipita a las cataratas va a parar al Whirlpool, donde puede estar girando días antes de ser escupido a las orillas o ser directamente engullido por el Ontario. Toda una metáfora de la crueldad de la hidrodinámica que habría quedado de cine con la rubia a la que preferían todos los caballeros. Hollywood hubiera ayudado a que por Torres Quevedo se preguntara en Selectividad y en el Trivial Pursuit. Pero nunca cristalizó el idilio fílmico entre la bestia de los inventos y la bella estrella más desdichada, entre el científico sin brillo mediático y el mayor icono pop del siglo XX. La torrencial leyenda de Torres Quevedo merecía unas gotas de mitomanía. En glorioso tecnicolor.

e Henri Rechatin walking a tight rope on the wires of the Spanish Aero Car Niagara Falls, 1975
Henri Rechatin, 1975. Fotografía: Niagara Falls Public Library (DP).


Universos paralelos, explosiones cósmicas y la paradoja de Fermi

Antenas del Gran Conjunto Milimétrico/submilimétrico de Atacama (ALMA). Fotografía: ESO / B. Tafreshi (CC).

Antes del año 1995 solo conocíamos una estrella que tenía planetas a su alrededor: el Sol. El delicado equilibrio del sistema solar, el hecho de que un sistema gravitatorio de más de dos cuerpos sea altamente inestable, caótico, donde cualquier pequeña perturbación (como mover Mercurio unos centímetros) puede desestabilizarlo todo, hacía pensar que no tendría que ser muy común tener planetas alrededor de estrellas, aunque en una galaxia haya tantas estrellas como granitos de arena en una playa. En esa época muy pocos astrónomos pensaban que sería posible encontrar planetas como la Tierra, Marte o Júpiter girando alrededor de otras estrellas. Todo esto cambió dramáticamente en el año 1995 con el descubrimiento del primer planeta fuera de nuestro sistema solar (exoplaneta) por Michel Mayor y Didier Queloz, orbitando la estrella Pegasi 51, una estrella no muy diferente de nuestro Sol. (En realidad unos años antes otros dos planetas fueron encontrados alrededor de una estrella  de neutrones —un púlsar—, pero la radiación del púlsar y la órbita tan cercana del planeta hacen este sistema incapaz de hospedar vida y, por lo tanto, menos interesante).

Aunque previamente se habían formulado especulaciones por parte de astrónomos acerca de la existencia de exoplanetas, fue el año 1995 el que trajo la primera confirmación clara e inequívoca de que existen otros mundos más allá del sistema solar. A día de hoy se han descubierto aproximadamente unos dos mil exoplanetas y, en un centenar de casos, se han descubierto sistemas planetarios.

Uno de nosotros recuerda muy bien cuando en el año 1994, mientras observaba en los telescopios de la ESO (European Southern Observatory) como parte de su tesis doctoral, los astrónomos del observatorio comentaban sobre un «viejo» astrónomo suizo (Michel Mayor) que intentaba medir el bamboleo de las estrellas. Si una estrella tiene un compañero, aunque sea invisible, la fuerza de la gravedad hace que los dos cuerpos celestes giren alrededor de un centro común, como dos bailarines bailando un vals. La estrella entonces parece tambalearse, y así también se tambalea su espectro: la señal que la estrella deja en los instrumentos del telescopio. Este pequeño desplazamiento del espectro de la estrellas era lo que quería observar Mayor.

En un principio, los compañeros invisibles que Mayor buscaba eran otras estrellas, mucho más pequeñas que el Sol y por eso invisibles —enanas marrones—, pero quedó sorprendido al descubrir algo mucho más peculiar: el primer exoplaneta. Es un ejemplo maravilloso de cómo la ingenuidad del ser humano le capacita para hacer descubrimientos asombrosos.

Hoy sabemos que aproximadamente una de cada tres estrellas en nuestra galaxia (la Vía Láctea) tiene al menos un planeta que gira alrededor de ella: los planetas son comunes.

Bien, si es así, la cuestión más interesante para muchos lectores sería: ¿lo es también la vida? Es una cuestión de una importancia fundamental para la humanidad ya que nos indicaría si estamos solos o si la Vía Láctea, y por ende el universo, están llenos de vida. ¿Estamos solos? Es uno de los problemas filosóficos más antiguos y tiene implicaciones fundamentales para nuestra manera de  concebir la humanidad.

Es, sin embargo, importante distinguir lo que entendemos por vida, ya que esta tiene un amplio espectro, desde seres unicelulares hasta seres complejos como el ser humano. En este artículo consideraremos que un virus no es una forma plenamente viva al necesitar de un organismo vivo para reproducirse. El clasificar a un virus como no vivo no es obvio, ya que contiene material genético (DNA o RNA), y algunos investigadores consideran que podrían definirse como organismos vivos. Sin embargo, el hecho de que no se puedan reproducir por sí mismos los cualifica más bien como grandes moléculas. También vamos a definir como vida compleja aquella correspondiente a seres multicelulares, desde medusas hasta seres humanos.

De hecho, en este artículo nos vamos a centrar más bien en la vida compleja como la de los seres humanos. En particular, el summum de la complejidad, y lo que nos diferencia como seres humanos, es la inteligencia. ¿Es la vida inteligente abundante?

El gran físico Enrico Fermi intentó responder a esta pregunta en el año 1950 planteando la siguiente paradoja: ¿dónde están los extraterrestres?

Así procede el razonamiento de Fermi: si existen cien millardos de estrellas en nuestra galaxia y, asumiendo que nuestro sistema solar no es una excepción, casi todas tienen planetas, muchas de ellas entonces tendrán vida, algunas tendrán vida inteligente que con el tiempo se habrá extendido a través de la galaxia… Si es así, ¿por qué no los vemos? ¿Dónde están? ¿Por qué no han contactado con nosotros?

Enrico Fermi era un físico prodigioso. Era notable su capacidad para hacer cálculos al momento en su cabeza sobre procesos físicos y su respuesta nunca estaba muy equivocada cuando se comparaba con el cálculo exacto. Además de esto, fue el último físico completo en el sentido de que deslumbró tanto en la física experimental como en la teórica, además de ser ganador de un Premio Nobel. Él fue el científico clave en el desarrollo de la bomba atómica en los Estados Unidos, pero quizá otra faceta más desconocida para el gran público sea su labor como formador de una escuela italiana de físicos de élite: los famosos «i ragazzi di via Panispermia». Fueron físicos de tal nivel los que formó Fermi que casi todos descubrieron algo acerca de la naturaleza que mereció un premio Nobel. Esta gran escuela de física de Fermi fue crucial para el posterior desarrollo de la física italiana en los siguientes cincuenta años. En España su equivalente sería el genial Ramón y Cajal en la rama de medicina. Ojalá hubiese habido un Ramón y Cajal también en la física española.

Desde que Fermi formuló su pregunta ha habido múltiples respuestas. Las hipótesis son variadas, quizás entre las más descabelladas se encuentran aquellas que postulan que los extraterrestres ya han llegado y se esconden en forma de famosos de la prensa del corazón o presidentes de los Estados Unidos. En cualquier caso, la pregunta de Fermi merece una explicación científica. Es aquí donde los libros de Vilenkin (1), Goldberg (2) y Livio (3) van a servir como excusa para conectar dos aspectos de nuestro universo aparentemente dispares y sin conexión alguna, que sin embargo pueden ayudarnos a entender algunos de los misterios más profundos del universo.

Explosión de una supernova. Ilustración: Greg Stewart/SLAC National Accelerator Laboratory (CC).
Explosión de una supernova. Ilustración: Greg Stewart/SLAC National Accelerator Laboratory (CC).

Algunos lectores estarán familiarizados con el concepto de una explosión de supernova. Debido a que las estrellas masivas —aquellas que tienen masas diez veces mayores que el Sol— finalizan su vida con las reacciones nucleares que dan lugar al hierro, estas colapsan en sí mismas, rebotando contra el núcleo de neutrones y liberando una gran energía en forma de explosión. En realidad, el 99% de la energía liberada en la explosión de una supernova es en forma de neutrinos, partículas que no son visibles ni interaccionan con la materia normal; solamente el 1% de la energía de la explosión de una supernova se utiliza en energía mecánica en su explosión. Aun así hablamos de explosiones de tamaño cósmico.

Las supernovas son muy comunes, de hecho explota una cada cien años en nuestra galaxia. Todavía más espectaculares, aunque más raras, son la explosiones de rayos gamma (ERG). Estas explosiones ocurren cuando estrellas muy masivas, como las supernovas, desarrollan una agujero negro en su interior que está rotando. Durante el colapso de la estrella se forma un disco de acreción que extrae energía del agujero negro, provocando un chorro de materia que a su vez genera rayos gamma, es decir, radiación muy energética como la que se emite en procesos radiactivos: una central nuclear o la explosión de una bomba atómica.

La novedad de la que nos hemos dado cuenta en los últimos años es que las explosiones de rayos gamma pueden ser altamente dañinas para la vida. ¿Por qué es esto así? Resulta que no son los rayos gamma los que producen directamente la destrucción de la vida, sino su efecto derivado de la destrucción de la capa de ozono del exoplaneta.

Cualquier planeta, para poder desarrollar vida, necesita condiciones estables por largo tiempo. Además, para desarrollar vida compleja el planeta necesita protección estable y continuada de la radiación dañina de su estrella, en particular protección de la radiación ultravioleta, cosa que proporciona la capa de ozono de la atmósfera (la Tierra tiene una buena capa de ozono y aun así tenemos que ponernos crema solar en verano). Sin la capa de ozono recibiríamos radiación ultravioleta muy perjudicial, que dañaría nuestro ADN y provocaría mutaciones con efectos catastróficos para la vida. Por ejemplo, se cree que Marte y Venus en el pasado pueden haber tenido condiciones favorables a la vida (agua líquida y una atmósfera placentera) pero estas condiciones no duraron lo suficiente.

Cuando una estrella masiva ERG explota lo bastante cerca del exoplaneta, sus rayos gamma pueden destruir la capa de ozono. Con una capa de ozono débil o inexistente, la radiación ultravioleta de la estrella daña el ADN de las células provocando mutaciones y muerte celular. En el marco de un ecosistema complejo, que inevitablemente tiene que estar desarrollado para que haya vida compleja, y a lo mejor inteligente, esto significa extinción masiva de vida por lo menos en la superficie del planeta y repercusiones para toda la cadena alimenticia. La capa de ozono tarda decenas de años en reformarse después de su destrucción. Esto significa que para que un planeta pueda desarrollar vida inteligente tiene que estar protegido de estas explosiones por un muy largo intervalo de tiempo.

Solo recientemente nos hemos dado cuenta de que la Tierra está situada lo suficientemente lejos de zonas de alta concentración de explosiones de rayos gamma como para evitar extinciones masivas que pongan en peligro la continuidad de la vida compleja, pero quizás estas explosiones sí que han tenido influencia en algunas extinciones como la Ordoviciana, hace quinientos millones de años. Parece que la Tierra está situada en una posición privilegiada en las «afueras» de la Vía Láctea para estar protegida de las explosiones de los rayos gamma. Aun así, los cálculos de los astrónomos predicen que debería haber extinciones debido a explosiones de rayos gamma cada millardo de años.

This magnificent 360-degree panoramic image, covering the entire southern and northern celestial sphere, reveals the cosmic landscape that surrounds our tiny blue planet. This gorgeous starscape serves as the first of three extremely high-resolution images featured in the GigaGalaxy Zoom project, launched by ESO within the framework of the International Year of Astronomy 2009 (IYA2009). The plane of our Milky Way Galaxy, which we see edge-on from our perspective on Earth, cuts a luminous swath across the image. The projection used in GigaGalaxy Zoom place the viewer in front of our Galaxy with the Galactic Plane running horizontally through the image — almost as if we were looking at the Milky Way from the outside. From this vantage point, the general components of our spiral galaxy come clearly into view, including its disc, marbled with both dark and glowing nebulae, which harbours bright, young stars, as well as the Galaxy’s central bulge and its satellite galaxies. As filming extended over several months, objects from the Solar System came and went through the star fields, with bright planets such as Venus and Jupiter. For copyright reasons, we cannot provide here the full 800-million-pixel original image, which can be requested from Serge Brunier. The high resolution image provided here contains 18 million pixels.
Panorámica en 360 grados de la Vía Láctea vista de canto desde nuestra perspectiva en la Tierra. Fotografía: ESO / S. Brunier (CC).

Sin embargo, planetas en el centro de la Vía Láctea sufren constantemente las explosiones de rayos gamma, así que parece muy improbable que la vida compleja se pueda desarrollar en ellos. Por lo tanto, para que un planeta esté protegido de las explosiones de los rayos gamma no debería estar en zonas de muy alta densidad estelar. Por otro lado, sabemos que la producción de elementos pesados como el oxígeno y el carbono por parte de las estrellas masivas es crucial para que se formen planetas rocosos como la Tierra, que puedan tener una superficie sólida y albergar vida. Parece, por tanto, que es necesario un delicado equilibrio entre estar lejos de las estrellas masivas pero tampoco mucho, ya que los elementos pesados que producen son cruciales para la vida. Las afueras de las galaxias como la Vía Láctea parecen satisfacer este equilibrio, y ser «barrios residenciales» para la vida compleja.

Si las explosiones cósmicas juegan un papel crucial en limitar la abundancia de vida en nuestra galaxia, ¿podría ser esta una explicación de la paradoja de Fermi? La conexión entre explosiones cósmicas y la paradoja de Fermi se vuelve todavía más curiosa cuando exploramos las consecuencias cosmológicas de las explosiones cósmicas.

Resulta que las galaxias grandes, como la nuestra, que son las más propicias a albergar metales pesados y, por lo tanto, exoplanetas rocosos, tienen a su alrededor galaxias pequeñas. Estas galaxias tienen entre mil y diez mil veces menos masa que la Vía Láctea. Ocurre que es en estas galaxias pequeñas donde las explosiones cósmicas de rayos gamma suceden más frecuentemente. Estas explosiones son tan potentes que sus efectos dañinos llegan fácilmente hasta los barrios residenciales de las galaxias más grandes. Por lo tanto, tener galaxias pequeñas alrededor de una grande es lo peor que le puede suceder a los exoplanetas desde el punto de vista de la preservación de la vida compleja; su presencia es fatal.

Lo normal es que las galaxias grandes tengan muchas galaxias pequeñas alrededor, pero la configuración de la Vía Láctea resulta no ser común en el universo, sino algo peculiar. Curiosamente, sucede que nuestra Vía Láctea no está rodeada por esas pequeñas galaxias. La galaxia pequeña más cercana que tenemos son las nubes de Magallanes, y estas están demasiado lejos para representar un riesgo por explosiones de rayos gamma. Es así que uno se puede plantear una paradoja de Fermi a nivel cosmológico: ¿dónde están las otras galaxias? ¿Por qué no hay más galaxias pequeñas alrededor de nosotros? ¿Estamos en un lugar especial?

Esto nos lleva a conectar con otro tema aparentemente dispar y sin relación. Uno de los grandes triunfos de la cosmología en los últimos treinta años ha sido el descifrar el origen del universo y sobre todo de la estructura que hay en este. Sabemos que muy probablemente el universo sufrió un periodo inflacionario, lo que llamamos el big bang, que hizo que este creciese desde el tamaño de un átomo hasta su tamaño actual casi instantáneamente. Durante este proceso, y debido al proceso de incertidumbre de Heisenberg, se formó algo a partir de la nada: las fluctuaciones del vacío. Por lo tanto es sorprendente que el hecho de que la mecánica cuántica sea una ley de la física, y por lo tanto que haga regir la incertidumbre en nuestra descripción de la naturaleza, sea la razón de la existencia de galaxias en el universo. En definitiva: somos la consecuencia de la nada gracias a la incertidumbre.

Como nos cuentan Vilenkin, Goldberg y Livio, este mismo proceso para describir el universo primigenio tiene una consecuencia ineludible: la inflación se hace eterna y se generan otros universos paralelos al nuestro, que están desconectados entre ellos. Se describe este fenómeno de multiverso como el summum de la revolución copernicana: no solo no somos el centro del universo sino que nuestro mismo universo es uno más de un infinito de universos. Muchos científicos se muestran escépticos sobre tal descripción de la naturaleza; la crítica va más o menos así: si estos universos están desconectados, nunca podremos hacer medidas experimentales, por lo tanto, la teoría no puede ser falsada nunca y no pertenece al reino de la ciencia sino, más bien, al reino de la creencia. Aunque pueda parecer que esta crítica es fatal, como veremos, puede haber maneras de comprobar la teoría del multiverso y ver si tiene sentido.

Progresiones cíclicas del universo. Imagen: KronicTOOL (DP).
Progresiones cíclicas del universo. Imagen: KronicTOOL (DP).

Mientras que la teoría del multiverso, basada en la teoría de la inflación eterna, tiene una base teórica sólida, su ratificación experimental es más complicada. La razón fundamental es que no podemos salir de nuestro propio universo y ver si hay otros. Para ello habría que poder desplazarse más rápido que la velocidad de la luz, en contra de las leyes de la física, y, por lo tanto, es imposible. Para encontrar pistas de que existen otros universos tenemos que ser un poco más sagaces y desarrollar medidas indirectas. Una posibilidad es buscar signos de que los universos interaccionaron unos con los otros en la época temprana antes de su expansión exponencial. También hay otra forma de verificar su existencia; esta está íntimamente relacionada con la naturaleza de la constante cosmológica: la causante de la expansión del universo hoy día.

Resulta difícil explicar por qué la constante cosmológica de hoy en día es tan pequeña pero no es exactamente cero. Desde el punto de vista de la física debería ser ciento veinte órdenes de magnitud más grande. Puede que haya alguna simetría fundamental que todavía no hemos descubierto que la hace cero, pero ¿por qué tan pequeña y no cero?

Aquí es donde el multiverso resulta muy útil. Una predicción del multiverso indica que en realidad cada universo tiene un valor de esta constante cosmológica y que para cualquier valor de la constante cosmológica hay, por lo menos, un universo en el multiverso. La constante cosmológica que medimos nosotros los humanos en este universo tiene el valor que tiene simplemente porque permite que haya observadores inteligentes como nosotros mismos.

Por lo tanto, si la constante cosmológica fuera muy grande, el universo se expandiría a un ritmo tan grande que no se podrían formar las galaxias ni, por ende, las estrellas y los planetas. Es por lo tanto necesario que la constante cosmológica sea pequeña. Pero ¿podría ser mucho más pequeña?, ¿podría también ser cero? Sin embargo, hasta ahora no había ningún argumento por el cual se podían excluir valores mucho más pequeños que el actual, o incluso negativos. Así, aunque se habían excluido valores muy grandes, había un número infinito de valores permitidos que eran pequeños o negativos.

Es en este momento cuando entran en juego las explosiones cósmicas. Como habíamos comentado al principio de este texto, las explosiones de rayos gamma constituyen un riesgo para la vida compleja. Resulta que cuantas más galaxias pequeñas hay alrededor de una galaxia grande, más peligrosas son las explosiones de rayos gamma. La parte más sorprendente que los astrónomos han descubierto recientemente es que el número de galaxias pequeñas alrededor de una grande depende del valor de la constante cosmológica: cuanto más pequeño es el valor de la constante cosmológica, más galaxias pequeñas hay alrededor de una grande. Por lo tanto habrá más explosiones de rayos gamma y la supervivencia de la vida compleja será más difícil.

La curiosa conclusión es que las explosiones cósmicas están gobernadas (indirectamente) por el valor de la constante cosmológica y esto pone un valor mínimo. Considerando este valor mínimo y el valor máximo anterior, se obtiene un rango que incluye confortablemente el valor que medimos.

Lo que estamos aprendiendo es que fenómenos locales como las explosiones cósmicas, la vida y fenómenos universales como las leyes fundamentales de la física podrían estar íntimamente relacionados. Habría universos con valores ligeramente más altos que la constante cosmológica donde la vida podría estar más protegida de las explosiones cósmicas y donde quizás no hubiese paradoja de Fermi. Si realmente nuestro universo no es más que uno de tantos (infinitos) otros, habríamos entendido que nuestro lugar en este multiverso es simplemente casual. Las mismas fluctuaciones del vacío, es decir de la nada, que dieron lugar a las galaxias, también fueron las causantes de la aparición de múltiples universos. La conclusión final es que toda la estructura que vemos y nuestra propia vida no sería más que el resultado del azar: la existencia del principio de incertidumbre de Heisenberg en mecánica cuántica. Quizás tiene razón Stephen Hawking cuando dice: «Así que parece que Einstein estaba equivocado por partida doble cuando dijo: “Dios no juega a los dados”. No solo Dios juega definitivamente a los dados, sino que a veces nos confunde tirándolos donde no se pueden ver».

Notas:

(1) Many Worlds in One: The Search for Other Universes, de Alex Vilenkin.

(2) The Universe in the Rearview Mirror: How Hidden Symmetries Shap e Reality, de Dave Golberg.

(3) The Accelerating Universe: Infinite Expansion, the Cosmologica l Constant, and the Beauty of the Cosmos, de Mario Livio.


Jose María Delgado-García: «Las ecuaciones de Newton predicen cómo ha de funcionar el cerebro mejor que muchas teorías neurocientíficas»

Jose María Delgado-García para Jot Down 0

José María Delgado-García (1945) estudió medicina y cirugía en Sevilla y tras varios años completando su formación en diferentes centros internacionales regresó a España para fundar el Laboratorio de Neurociencia de la Universidad de Sevilla. Su contribución más importante en el ámbito de las neurociencias es la serie de estudios sobre aprendizaje y memoria, cuya línea experimental es original de su laboratorio y fue reconocida por la revista Science como uno de los diez descubrimientos más importantes del año 2006. El profesor Delgado ha contribuido de manera importante a la formación de varias generaciones de estudiantes españoles y latinoamericanos, ha sido presidente de las Sociedades Españolas de Fisiología y de Neurociencias y por sus contribuciones científicas ha recibido varios premios como el XIII Premio Maimónides de Investigación Científica y Técnica. Nos encontramos con el profesor Delgado en el centro de neurociencias de la Universidad Pablo Olavide y nos invita a entrevistarlo mientras realiza un experimento. La conversación con el profesor Delgado nos presenta a una persona ilustrada, que analiza los problemas desde la pregunta correcta, esa cuestión sencilla que a modo socrático cambia tus creencias y revela el conocimiento. 

Pinker sugiere que existen patrones innatos del pensar y el sentir que acaban con la tabla rasa. Son por tanto nuestros genes, por ejemplo, los que determinan tanto el adulterio como el altruismo. ¿Compartes la posición de Pinker?

Sí que hay patrones innatos. Cuando uno dice que aprende a andar no aprende a andar en sentido estricto. En un año no se puede aprender. La prueba está en que tocar el piano, por ejemplo, que es aparentemente más simple, cuesta veinte años. Hay que tener en cuenta las limitaciones físicas, por ejemplo, con el dedo no se pueden dar más de cinco o siente pulsaciones por segundo, diría. Si alguien compone una obra que suponga tener que hacer esto, no se podrá tocar. Es una limitación física del organismo. Pero el diseño básico del control motor, o la percepción visual,es un programa innato que, en parte, está determinado genéticamente, pero que requiere lo que se llaman periodos críticos de adaptación.

En este sentido, hay un experimento, desarrollado además por españoles, de mediados del siglo XX que demuestra que si se crían ratones en oscuridad total durante un par de semanas después del nacimiento estos ratones luego tienen problemas para detectar colores, formas; tienen cierto tipo de ceguera funcional que depende de un periodo crítico. Igualmente, si uno aprende a hablar inglés a los cuarenta o cincuenta años, salvo el papa (risas), que habla todos los idiomas, pronunciará con un acento más acusado. Es muy difícil hablar con un acento de Oxford o de Texas si uno no lo aprende durante ese periodo crítico, que es ciertamente flexible, aunque limitado en el tiempo. Si se aprende antes de los diez años, pongamos, es más fácil, se adquiere mejor. En edades tempranas se aprende de oído, de adulto se usa otro tipo de percepción, fundamentalmente visual.

En tanto al adulterio… Es más el diseño, cómo se organizan animales sociales, tiene una base también de tipo genético adquirida. Pero no solo  para la especie humana. Si no recuerdo mal, hay varias especies de pájaros que pueden tener relaciones promiscuas, así como poner un huevo o dos, en función de la cosecha. No es un invento de los humanos el que en función de la economía uno tenga uno o dos niños. Son patrones que vienen determinados por las condiciones sociales, económicas, físicas, etc.

Una parte sería por disposición genética y otra ambiental, ¿no?

Exactamente. Lo que pasa es que según la función de que se trate depende más de la carga genética, no todas las funciones son iguales. Un ejemplo: la inteligencia, la capacidad de aprender, tienen una base genética y una parte importante de educación. Si uno no desarrolla determinadas capacidades luego no se pueden adquirir. Pero el carácter es más dependiente de la carga genética del individuo. Es más fácil cambiar de ideología que de carácter. Esto ya lo decía Schopenhauer, referido además a refranes españoles, algo así como genio y figura hasta la sepultura.

Si hubiera diferencias cognitivas entre hombres y mujeres ¿se debería a dimorfismos cerebrales o las causas son multifactoriales?

Hablar de cerebros de hombres y mujeres es hablar de hombres y mujeres. Las mujeres son sus cerebros, igual los hombres. Esa distinción yo no la hago. Parece que hay un dualismo si se habla en esos términos, como si el cerebro fuera una cosa y la persona otra, y no es así. Una persona es su cerebro. De otro modo parece que una persona, además de su cerebro, tiene un alma. Ese dualismo desde el punto de vista neurocientífico no existe.

Hay diferencias de funcionamiento, igual que de tamaño, de resistencia. Pero comparar… Es como decir que las hormigas son más torpes que los elefantes. Establecer diferencias, aparte de que es peligroso, no tiene tampoco sentido. Son por supuesto diferentes, dentro de ciertos límites, igual que de una persona a otra, o de una cultura a otra, no es lo mismo la manera de pensar, de funcionar de un ruso y un chino, por ejemplo. Es muy diferente la  forma de funcionar de estos últimos a la de los occidentales. Ahora bien, esto también tiene mucho componente cultural.

Y las diferencias en el cerebro de los transexuales, según últimos estudios, no se acaba de determinar si los dimorfismos anatómicos son el origen de la identidad de género o es esta la que provoca un cambio.

Es complicado esto, porque en realidad no se sabe. Por un lado se piensa que el cerebro se modifica cada vez que uno aprende. Esto no es nuevo. Ya Ramón y Cajal decía que «El cerebro de un hombre que se plantea una pregunta es diferente del cerebro del hombre que la resuelve». Eso es una manera de verlo. La otra es la del médico. Cómo el médico puede diagnosticar un enfermo de parkinson. Lo diagnostica por los síntomas. ¿Cuáles son? Temblores, lo sabe todo el mundo. Si los cerebros de los posibles pacientes fueran cambiando tanto al final podrían tener síntomas muy diferentes, con lo cual la enfermedad sería muy difícil de diagnosticar; aunque haya diferencias de un caso a otro, hay una parte común. Quiero decir que, por una parte, está más de moda decir que el cerebro es plástico, pero, por otra, el cerebro produce estabilidad de funciones. Uno se reconoce a sí mismo mientras le funciona bien todo, uno sabe cuál es su nombre, dónde vive, lo podemos identificar por su acento, por cómo escribe, pro su estilo, si es del Betis, del Sevilla… y eso no va cambiando cada día.

En el próximo congreso de la Society for Neuroscience, en Washington, vamos a presentar este año una ponencia tratando de demostrar que el paradigma de que el cerebro almacena información mediante la reorganización de los contactos entre neuronas (es decir en las denominadas sinapsis) es falso tal vez. Hemos tratado de hacer una falsación experimental de esa teoría en el sentido de Popper.

Jose María Delgado-García para Jot Down 1

Experimentos como los del doctor Bach y Rita, esto de «ver con la espalda», ¿tiene que ver con la plasticidad?

A Bach y Rita lo conocí, era amigo mío. Vino hace unos doce años, lo invité a nuestro laboratorio, luego murió, era ya mayor. Él lo que hacía era convertir un estímulo visual en pulsos eléctricos. Pero eso no es ver con la lengua o con la espalda. Es sentir. El punto de vista del uno por ciento de los neurocientíficos, donde yo estoy, es que el cerebro es más bien platónico. Está previsto, precisamente por la evolución, qué cosas son las que se pueden hacer y dentro de un cierto rango hay algunas imprevistas, como tocar el piano o hablar en francés, pero no está por ejemplo previsto que podamos volar; para esto hay que usar un avión. El cerebro no necesariamente tiene que cambiar. Físicamente sí, cambia todos los días.

Con la transexualidad, la homosexualidad, etc., se trata de que si tu cerebro es diferente porque eres homosexual entonces está bien, nadie te puede acusar de nada; si tu cerebro es igual que el de tu vecino y te haces homosexual es que tienes un problema, o viene el cura y te dice que es contranatura, lo cual es falso, porque en la naturaleza hay muchos casos de comportamientos que se podrían considerar homosexuales. De lo que no hay casos en la naturaleza es de castidad, no hay ninguna especie, esto sí podría entonces concluirse que es contrario a la naturaleza. Son batallas culturales, no científicas, pero que contribuyen a generar un innecesario sufrimiento en muchas personas.

Hubo un autor, Simón LeVay, que escribió El cerebro sexual. Al parecer, lo escribió porque él era homosexual. Defendía que había unas estructuras nerviosas en el hipotálamo, que eran diferentes entre hombres homo y heterosexuales. En la actualidad hay abierta una considerable controversia más o menos científica en este sentido. Por razones científicas este tipo de historias ni me las creo ni me las dejo de creer, no tengo los datos.

¿Existe, como comentó Tom Wolfe, una tendencia en la neurociencia para extinguir la noción de alma y reemplazarla con la función de un órgano?

Es que la idea de la tabula rasa no funciona, no es que el cerebro aprenda a ver, eso técnicamente es muy difícil, es que además tú te inventas lo que ves. Los colores no están fuera. Incluso la percepción de lo que es una esquina, una sombra, también es inventada. Si yo cierro este ojo, no veo. Sin embargo, nadie es consciente de que parpadea quince veces por minuto y cuando parpadea se cierra el párpado y se deja de ver. En ese momento el cerebro se inventa que sigues viendo. Es otro ejemplo más de que la percepción sensorial se inventa, en parte.

De hecho, te iba a preguntar por cuáles son las razones neurológicas de la supresión de visión postsacádica (.icroceguera transitoria).

Durante el movimiento sacádico (cuando tú pasas de mirar de un sitio a otro), que viene a durar también unos cien milisegundos, aunque el ojo está abierto se está moviendo y no se ve. Si se viera sería terrible, porque tendrías la sensación de que te caes, verías que el mundo se está desplazando.

¿Qué causa neurológica puede haber detrás de esa supresión?

No, causa no. Es un problema de diseño. Conviene que sea así. ¿Por qué es así? Si tuviéramos un ojo como Polifemo, pegado como un sello, uno podría ver, pero qué pasa si muevo la cabeza… Dejo ver. Para ver tengo que estar quieto. ¿Cómo se resuelve eso? Se resuelve, aunque uno no es consciente de eso, dejando de ver. Durante los episodios de vértigo —o cuando se bebe mucho, cuando ves moverse la habitación— lo que pasa es que el ojo se mueve, por eso esa sensación de que todo se mueve, es el ojo el que se mueve. Si lees la novela de Hemingway, la de París era una fiesta, como este era un borrachín, decía que cuando bebía mucho lo que hacía era leer, así se le pasaba la sensación de vértigo, porque fijaba el ojo en las líneas impresas.

Jose María Delgado-García para Jot Down 2

En Neurociencia y derecho penal indicas que «nuestros conceptos actuales de libertad y responsabilidad penal son perfectamente sostenibles con los conocimientos disponibles de la neurofisiología cerebral». ¿Podemos responsabilizar a un pedófilo por su orientación sexual sabiendo que es producto de su herencia genética y de un desarrollo cerebral atípico?

Bueno, ahí hay un problema de culpabilidad y responsabilidad de índole jurídica. El primer problema jurídico que yo entiendo es que para ser culpable uno tiene que ser libre, y para ser libre uno no tiene que depender de su cerebro, porque se supone que el cerebro es una estructura material y las estructuras materiales están predeterminadas. Donde hay que incidir es en el concepto: ¿quién ha demostrado que los espíritus son libres y hacen lo que les da la real gana, sin depender de las condiciones previas? No lo ha demostrado nadie y, sin embargo, todo el mundo asume que esto es así. Si es el alma, es libre. Sin embargo, si es el cerebro el que ha determinado tu estado consciente entonces está predeterminado. Y eso es un equívoco: en la materia nada está predeterminado. Para empezar, no está nada claro qué es la materia.

Digamos que fuera un espíritu solo o fuera materia solo, da igual: ¿en qué consiste una libre decisión? Es decir, si tengo que comprar un coche, puedo elegir entre varios. Y ¿cómo lo eliges? Pues en función de tu dinero, del color que te gusta, etc. ¿Y eso es libertad o es elección dentro de unas determinadas condiciones? El concepto mismo de libertad es algo ambiguo, o arbitrario.

Hay que separar, por otro lado, el concepto de culpabilidad del de peligrosidad. Una persona que no sea culpable —por ejemplo, un esquizofrénico en pleno ataque psicótico no lo es— puede ser peligrosa.

No es un problema científico, si no filosófico. Nadie ha demostrado que  haya una libertad total, seas espíritu o seas materia. Y, además, los propios juristas unas veces echan mano del cerebro y otras no, depende. Por ejemplo, si bebes, ¿eso afecta al alma? Y, sin embargo, es un eximente en un crimen.

Roger Penrose postula que la inteligencia no puede simularse mediante procesos algorítmicos, es decir, mediante un ordenador. Debe haber un ingrediente distinto, no algorítmico, en la forma de actuar de la conciencia.

En realidad el cerebro no es como nada. En la Edad Moderna, René Descartes decía que el cerebro era como las  máquinas neumáticas aquellas que movían los jardines de Versalles. Mendeléyev decía que era como la tabla periódica que  él inventó. Y Ramón y Cajal decía que el cerebro era como una central telefónica de su tiempo. Es decir, cada uno dice que es como una cosa que tiene al lado. Dentro de cincuenta años será como otra cosa. En realidad, el cerebro de los vertebrados ha seguido un proceso de evolución de unos quinientos millones de años, está hecho de otra manera, tiene un diseño que no tienen las máquinas; no se enchufa, no se inactiva… Igualmente, la inteligencia es otra cosa, no tiene que ver con resolver problemas de forma repetitiva. Creo que Penrose se refiere más a la máquina de Turin, el problema de Gödel, que es difícil de entender. Pero es por el diseño. Un ordenador no es impredecible, no tiene mundo interior. Los seres vivos que tienen cerebro son impredecibles, pueden adoptar decisiones inesperadas. Uno hace su propia selección del mundo: ve lo que le interesa, oye lo que le interesa, etc. Es una selección que no es completamente dependiente de la realidad exterior.

¿Qué tiene que decir la neurociencia de los microtúbulos  de Penrose?

Son unas estructuras que están dentro de las neuronas y que sirven para el trasporte de material. Tienen una estructura proteica interna. Mi opinión es que la actividad mental depende de una característica física que no conocemos. Nuestro grupo trabaja mucho alrededor de estas cuestiones, y ahora vamos a pedir un proyecto europeo basado en ver interacciones entre estructuras cerebrales lo más posible en vivo, en el momento en que están pasando, que se aleja un poco de la misma teoría de la plasticidad, que es una teoría muy reduccionista: todo se centra en que cambia una o varias proteínas cada vez que aprendemos algo. Nosotros queremos centrarnos en estructuras funcionales. Por ejemplo, hacemos experimentos con componentes de sorpresa, a veces la rata toca un botón y pasa una cosa —obtiene comida— y a veces no. En esas situaciones que se tienen que resolver muy rápido no da tiempo a que cambie el cerebro. Y en ese momento, cuando la rata está a dos centímetros de la palanca y aún no sabe qué va a pasar, es cuando medimos su actividad cerebral, cuando tiene que estar pensando cómo tiene que resolver la situación. Entiendo que el cerebro hay que estudiarlo en vivo y en directo, su funcionamiento tiene que ver con cambios funcionales, y menos que ver con su plasticidad. Por cierto, que el cerebro cambia continuamente, al igual que el resto del universo: no hace falta aprender nada para que este cambie.

Se ha demostrado que sin corteza cerebral hay conciencia. ¿Cuáles son las estructuras cerebrales cruciales?

No lo sé. Digamos que, si quitas la corteza, tienes los mecanismos de activación de la conciencia, pero no tienes qué activar. Es como si tuvieras el motor pero no la manera de encenderlo. Necesitas la corteza. Además, es muy grande… haría falta saber qué parte de la corteza produce el estado de conciencia.

¿La conciencia es un estado que deriva de las estructuras o de los procesos?

Las estructuras y los procesos es una separación de tipo semántico. El funcionamiento, la fisiología, termina por determinar la estructura que lo sostiene.

Pienso en el modelo del ordenador, donde la estructura está muy clara.

Es que el cerebro no es un ordenador. No se pueden separar estructuras de procesos. El cerebro está funcionando siempre. Las neuronas, mientras están vivas, están funcionando.

Incluso muerto, esto se ha visto con técnicas de neuroimagen.

Bueno, cuando uno se muere se entiende que es la muerte de la corteza cerebral, por falta de oxígeno, por ejemplo, pero puede haber neuronas que sobrevivan más. Ahora bien, una vez que muere la corteza es ya muerte cerebral. Digamos que la estructura es función. No se pueden separar en el caso del cerebro.

¿La conciencia ofrece alguna ventaja evolutiva?

Los cerebros, desde el punto de vista evolutivo, aparecen porque hay que moverse en un espacio de tres dimensiones, en un sitio donde hay gravedad, donde hay rozamiento, viscosidad, medio físico… El cerebro es algo que tienen aquellas especies que se mueven, esta es una forma de verlo. Los árboles no lo tienen. Y en el proceso evolutivo los cerebros se van transformando. No es lo mismo el cerebro de un guepardo que el de un animal mucho más primitivo. Esa coordinación motora de poder correr a 70km/h sin caerse, sin tropezar, la produce el cerebro.

La ventaja del estado consciente es que se pueden simular espacios exteriores y movimientos sin hacerlos, y eso tiene un gran valor adaptativo, es todo  interno, no tiene un gran gasto de energía, nadie sabe cuáles son tus tácticas hasta que no las practicas. Permite, por ejemplo, repasar errores. Va unido también a las sensaciones internas: el hambre, el deseo sexual… La conciencia es un paso más.

Jose María Delgado-García para Jot Down 3

Hay casos de pacientes que estando en coma pueden estar conscientes según estudios de neuroimagen. ¿Qué validez le das a los resultados de estas técnicas?

Bueno, en el estudio que indican tratar de determinar el pronóstico de determinados casos clínicos que afectan a los niveles de conciencia. En su caso, no todos los tipos de actividades corticales se relacionan con el nivel «consciente». Por otra parte, el concepto de actividad no está nada claro. Cuando hablan de actividad neuronal ¿a qué se refieren? El cerebro está activo siempre. Todas las neuronas vivas están activas todo el tiempo. Conceptualmente está muy mal diseñada toda esa historia. Cuando hablan de técnicas de neuroimagen y dicen que ha aumentado la actividad en un determinado sitio… Te pongo un ejemplo. Si yo flexiono el brazo estoy desarrollando una actividad. ¿Y si lo extiendo? Ambos movimientos son activos, pero opuestos, y van a producir un cambio en la microcirculación cerebral bastante parecido.

También, claro.

¿Y no son opuestos? ¿Cómo se vería esto en una neuroimagen en el cerebro?… Uno es actividad y otro inhibición. Más más menos, es igual a cero, no debería haber ningún cambio. Hay que ser cautos con todo esto. Creo que hay demasiada prisa. Igual cuando ves las imágenes de la actividad cortical y se observa un borde. Esto a mí me repugna. No puede haber bordes, porque la corteza se caracteriza por cierta indefinición funcional. Desde el punto de vista evolutivo, las neuronas que hacen todas lo mismo se organizan en forma de núcleos. Cuando las neuronas están puestas unas al lado de las otras es que no hacen lo mismo, por lo que no puede haber bordes definidos como los que delimitan un núcleo. Una cosa es ver una lesión cerebral con instrumentos de este tipo, y otra ver una función psicológica, una emoción, un sentimiento. Es como cuando dicen «hemos descubierto el centro de la frustración». Eso no es así.

El determinismo lingüístico de Whorf postula que los diferentes tipos de lenguajes implican diferentes concepciones de la realidad y se ha demostrado que el bilingüismo evidencia diferentes perfiles de la personalidad. ¿Es el lenguaje el que me permite expresar estos perfiles o mediante el lenguaje se desarrollan? ¿Hay dimorfismos cerebrales de estructuras o procesos según el idioma?

Es el lenguaje, claro. Si tú aprendes un idioma este idioma tiene una estructura de interpretación de la realidad diferente. Si piensas en castellano piensas de una manera distinta a si piensas en inglés. Y si es la misma persona, bilingüe, también es diferente. Las mismas palabras en idiomas diferentes no significan lo mismo. Igualmente, la palabra memoria apareció mucho antes que hubiese neurocientíficos buscándola por los circuitos neuronales.

¿Qué es el hipocampo y cómo influye en los procesos de aprendizaje?

El aprendizaje la gente lo asocia al hipocampo porque es la estructura que más se estudia. Se estudia más porque como estructura digamos que está más definida, es más fácil, no por otra cosa. De hecho, el hipocampo en la especie humana es un órgano relativamente más pequeño en proporción que en otros animales, porque en los primates se desarrolla más la neocorteza, la parte más moderna. En realidad, son muchas estructuras las que están asociadas al aprendizaje. La palabra aprender también apareció mucho antes de que nadie estudiara el cerebro. Ocurre que aprender un movimiento implica muchas cosas: está la parte cognitiva, la parte de asociación, la parte de elaboración de control motor… y todo eso tiene que ir unido. Además, al mismo tiempo, se hace en sitios diferentes del cerebro, y tiene que hacerse además online, no puedes estar pensando cómo abrir una cerradura, se automatiza. Con lo cual, este empeño que en que aprender algo es al final expresar una proteína y que esa proteína modifique la conducta es un poco ridículo. En muchos sitios, al mismo tiempo, es instantáneo. La prueba de esto sería al revés: te dan dos cerebros de gato, y uno sabe mucho y otro no sabe nada; mira si viendo si existe alguna diferencia me dices cuál es el listo y cuál es el tonto. No se puede.

Sin embargo, sí se sabe que cuando sufres una lesión en el hipocampo tienes determinados problemas para el almacenamiento de la memoria.

Hasta ahí sí, pero esto se sabía desde hace ya mucho tiempo… La neurociencia avanzó hasta mediados del siglo pasado por la clínica neurológica, en el sentido de «te quito el hipocampo y a ver qué pasa», y por técnica, la de Cajal de ver las neuronas y ver cómo estaban organizadas. Pero eran estructuras fijadas en formol, y con algo de electrofisiología, pero muy elemental. Todo el avance a partir de los años cincuenta quizá se han precipitado y se han puesto a estudiar lo que llaman funciones superiores sin saber algo mucho más elemental: el control motor. Si alguien quiere estudiar neurociencia debería empezar estudiando la motoneurona, que es la que activa los músculos directamente, y cuando se aprenda eso, continuar. Si no, se acaba diciendo cosas inverosímiles.

En psicología se empieza estudiando motoneuronas, pero más como si se tratara de un ordenador. 

El cerebro no puede estudiarse como si fuera un ordenador. Aparte de que un ordenador tiene memoria RAM, etc. Es difícil imaginar cómo el cerebro almacena información. Las moléculas tienen una vida muy corta, cuando esa molécula cambia, ¿dónde va esa memoria? La memoria es relativamente más larga. La memoria del ordenador la pasas de un soporte a otro, en el cerebro ¿cómo podría pasar esto?

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La transducción de nuestro aparato sensorial se hace mediante potenciales de acción. ¿Los impulsos eléctricos resultantes transmiten la información en código binario?

No, no. El cerebro solo sería binario, todo o nada, hablando de potenciales de acción. En realidad no es así porque el potencial de acción en sí no codifica nada, porque es la frecuencia con que estos aparecen. Una neurona produce potenciales de acción con una determinada frecuencia. Y eso es lo que está haciendo siempre. No es un lenguaje binario. Y además, cuando llega a la sinapsis, que es un sistema más bien de tipo analógico, porque libera neurotransmisores y el neurotransmisor produce una despolarización o una hiperpolarización graduadas… y eso no es digital.

Quizá no me he explicado bien. No es digital, pero el circuito electrónico es un circuito de resistencia condensador y la información…

Eso es un modelo. El problema es que no explican qué es un modelo. Hay que diferenciar: una cosa es un dibujo que representa una neurona. Igual que si representas una casa, ese dibujo no tiene nada que ver con un verdadero modelo, es una mera representación del objeto. Si tú a esto le aplicas a un sistema de leyes lo conviertes en un modelo. Simulas algunas propiedades, unas sí y otras no. Pero el modelo solo sirve si permite hacer predicciones. Si no es predictivo, como ocurre con la mayoría de modelos, que lo que hacen es copiar, no sirve para gran cosa. Si es predictivo sí. Puedes hacer un experimento y comprobarlo.

Si tú registras la actividad eléctrica de una motoneurona en vivo y ves cómo se mueve el músculo te das cuenta de que la frecuencia, si es muy estable, quiere decir que el músculo no está cambiando de longitud. Y si es más alta o más baja quiere decir que cambia, es decir que se contrae o se relaja. Las ecuaciones de Newton, concretamente la segunda ley de Newton que postula que la fuerza es igual a la masa por la aceleración, predice cómo tiene que funcionar un cerebro mucho mejor que muchas de las teoría neurocientíficas que pueblan la mayoría de libros de neurociencia. Y esto la gente no lo sabe.

También influye dónde va esa información.

Eso está dentro del cerebro. El cerebro ya lleva toda esa codificación. El niño a nivel consciente no sabe la ecuación de Newton, pero su cerebro ya está preparado para que pueda resolver el problema motor de nadar, andar, lo que te corresponda. Todo esto va por las vías motoras que van hasta las motoneuronas y de ahí al músculo. La parte sensorial es más difícil de entender, y la parte cognitiva aún más, pero al menos el sistema neural motor sí se puede entender que está toda diseñada, desde el punto de vista evolutivo porque es la única manera de moverse.

En tus palabras «la información se almacena en forma de reorganización funcional y estructural de los circuitos nerviosos». ¿Cómo se escribe y se lee es una entidad como la que propones?

Esto sería la teoría más tradicional, la teoría de la plasticidad, básicamente, cuando es estructural. Si es funcional lo que supone es una especie de activación de programas. Es decir, que cuando tocas el piano activas un programa que está dentro de tus posibilidades. Solo hay que activarlo. El problema de activar un programa es que hace falta que alguien lo active y cómo se hace, dónde está el resorte. Porque las recetas están en un libro, los programas de un ordenador están almacenados en un tipo de memoria… pero en el cerebro esto no está claro. De todas formas, si te fijas, el cambio más grande que hay en el cerebro es la transición de despierto a dormido. Y esto pasa sin cambiar el cerebro. Funciona diferente, pero no cambia. Aprender a hacer algo es más simple aún que pasar de despierto a dormido.

No está claro ni dónde está la memoria, ni en qué consiste aprender… Hay una mezcla entre mucha imaginación literaria, mucha falta de experimentos. Me he leído casi toda la serie sobre físicos, químicos, astrónomos y matemáticos que va editando El País y todos lo hicieron muy bien, quiero decir de forma muy detallada y concienzuda. Hicieron miles y miles de pruebas. Galileo medía el tiempo que tardaban en caer las bolas por el plano inclinado, y lo hacía con ayuda de una melodía, porque no tenía reloj. Hay que hacer muchos experimentos para darte cuenta de esto.

¿Es la cara el espejo del alma? 

Bueno, básicamente es que los músculos de la cara no tienen propiceptores, con lo cual no sabes dónde están, cuál es su grado de contracción. Sin embargo, sí tienen un aferencia importante del sistema emocional. El sistema límbico proyecta a las motoneuronas faciales. Los actores, sin saber esto, siempre lo cuentan cuando explican en qué consiste meterse en el personaje: es más fácil enfadarse de verdad que poner cara de enfadado para conseguir el efecto.

¿Hay un origen común de las expresiones faciales tal como plantea Ekman?

Sí, y además hay una tradición animal. ¿Has visto la foto esta que saca siempre algún político americano…? Viene todo de un libro de los años setenta que tengo, titulado La expresión emocional en primates. Ahí fue la primera vez que yo vi una foto de Richard Nixon comparada con la de varias especies próximas: un tigre, un león, un mono… Todos para hacer en signo de amenaza enseñan los dientes. Esto es porque evolutivamente ese gesto se mantiene como señal de amenaza. Otras especies sin dientes hinchan las plumas. Hay un origen común evolutivo en todas estas expresiones comportamentales.

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En el ranking por productividad ISSUE-P que elabora anualmente el BBVA la Universidad Pablo de Olavide está por encima de la Universidad de Sevilla, no sé si lo sabías.

Sí, en productividad individual.

¿A qué se debe este diferencial?

Cuando hacen ciertos rankings de investigación la UPO muchas veces aparece la segunda, la primera es la Pompeu Fabra, que es también una universidad pequeña. Probablemente se debe a que inicialmente la rectora Valpuesta, cuando empezó la UPO, seleccionó a unos grupos para que vinieran, luego esa táctica se perdió, desgraciadamente. Y se volvió a la selección tradicional de personal, sin haber nadie que se arriesgara con alguien. Una vez puesta en marcha la maquinaria burocrática, nadie es responsable de nada porque los tribunales son supuestamente independientes, etc. Pero al menos esta universidad tuvo ese impulso inicial.

Ha bajado muchísimo.

También depende de la inversión. Para ser una universidad buena, en vez de escribir seiscientos mil folios de reglamentos, se necesita dinero, un equipo rectoral que sea independiente y al mismo tiempo responsable, y buenos alumnos y buenos profesores. La prueba la tienes en estos libros sobre físicos que te mencionaba: ¿dónde crees que se formaron?

Tienes un índice i10 de 122, ¿qué relevancia tienen los índices de este tipo en la carrera universitaria?

Bueno, esos índices tienen importancia, pero todo está en función del área de trabajo, de impacto, según los calculan. El área de neurociencia es un área grande, pero si la comparas con biología molecular es enana y por tanto las citas dependen mucho de la cantidad de artículos que se publican. Y dentro de un área depende del tipo de técnica también. Ahora en los proyectos europeos hay que ponerlo. En las universidades americanas este sistema se corrige pronto: puedes llegar lleno de papeles y publicaciones, si no vales vas a la calle. Esto en la universidad española se corrige mal.

¿Tienen sentido mantener dos universidades públicas diferentes en Sevilla?

Sí, de hecho estas universidades son muy grandes. Creo que las universidades españolas, aunque sigan siendo públicas, hay que reformarlas de arriba abajo.

Hace poco entrevistamos a Pablo Artal y nos decía que la burocracia arruina la investigación. Que hay profesores que van a mínimos.

No hay ningún tipo de penalización para los que no trabajan. ¿Sabes qué castigo hay en esta universidad para los que no investigan? Que no pueden dirigir tesis doctorales. Yo ya lo dije, esto es fantástico, tú das tus clases, no investigas, y además te castigo y así te puedes ir a Chipiona todo el día. ¿No sería mejor quitarles sueldo o darle más clases? Por eso digo que la universidad española la tienen que rehacer. Lo cual no es nada fácil.

¿Qué nivel de neurociencia tenemos en España?

En España, por tradición, no está mal… Se cargaron la escuela de Cajal con la Guerra Civil. Quedó un resto de biología celular en los años sesenta, en los setenta empezó a recuperarse y no está mal en la actualidad. La sociedad española de neurociencia debe de tener algo menos de mil socios. Si no recuerdo mal la francesa debe de tener algo así como tres mil socios. En España no es que esté mal. Además ahora mucha gente joven, doctorados y demás, se están yendo fuera, y sin ninguna posibilidad de volver. Les aceptan nada más con un carta; tú les dices que son buenos y si lo demuestran se quedan allí.

¿Qué son los besos protoplásmicos? ¿Qué necesidad había de denominarlos zonas de contacto neuronal?

(Risas) Es el término que utilizaba Cajal para referirse a la sinapsis, muy literario. Había una definición mejor que hizo Freud, que llamaba al área de contacto entre las neuronas barreras de contacto y está bien porque las barreras son cosas que separan y al mismo tiempo unen.

¿Qué opinas del proyecto europeo para simular el cerebro? ¿Es normal tanta oposición dentro de los propios neurocientíficos? 

Como se suele decir, me alegro de que me hagas esa pregunta. Yo también soy firmante de esa carta. El Human Brain Project era en principio una idea razonable, pero apareció finalmente con dos grandes limitaciones. La primera la manera de seleccionar los grupos participantes, sin una convocatoria abierta, como se hace con otros tantos proyectos de la Unión Europea. Segundo, se pretende estudiar más bien la arquitectura cerebral y mucho menos cómo funciona el cerebro en cada situación de la vida real. Lo que indicaba antes: estudiarlo en vivo y en directo. Sin tener en cuenta estos dos importante factores, el futuro del proyecto lo veo limitado y con pocas expectativas de aumentar de veras nuestro conocimiento acerca de la fisiología cerebral. Más bien, lo que veo es que todo este proyecto tiene como objetivo el desarrollo de computadores de moderna factura y con gran capacidad de manejo de datos… Pero esto se podría hacer sin hablar de cerebro, ni de humanos.

Jose María Delgado-García para Jot Down 6

Fotografía: Vanessa Gómez Sánchez


Diego Redolar Ripoll: “La testosterona influye en la toma de decisiones”

Diego Redolar Ripoll para Jot Down 1

Diego Redolar Ripoll es doctor en Psicología por la Universidad Autónoma de Barcelona. Lleva más  de 15 años desarrollando actividades docentes y de investigación en el departamento de Psicobiología y Metodología de las Ciencias en esta misma Universidad. Además, es profesor de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la UOC, donde coordina asignaturas del área de Psicobiologia y donde codirige el Programa de Investigación de Neurociencia Cognitiva y Tecnologías de la Información. Hoy hablamos con él acerca de lo que sabemos sobre el cerebro, la conducta, sobre qué heredamos y qué podemos aprender. Veremos que el cerebro es cambiante, incluso a una edad adulta; y nos contará cómo es posible que una persona ciega vea con la espalda. Cosas veredes, “Cid, que farán hablar las piedras”.

Tu pasión por la neurociencia la despertó Ignacio Morgado, profesor y director de tu doctorado en la UAB, al que has dedicado dos de tus libros. ¿Cuál ha sido tu experiencia trabajando con él? 

Fue incluso antes de hacer el doctorado; cuando estaba cursando la carrera hice prácticas en su laboratorio. Me gustó mucho el ámbito de estudio de las neurociencias. A partir de ahí decidí hacer el doctorado, el máster, etc. Luego ya sí he tenido la oportunidad de trabajar con él como compañero en el laboratorio. Es una de esas personas con las que es fácil trabajar. Además tiene una forma de ver la ciencia, bajo mi punto de vista, muy completa. La visión que tiene de la neurociencia y de su aplicación a otros ámbitos considero que es muy integradora, va más allá de la visión que tienen otros investigadores.

¿Tenéis ahora intereses en investigaciones comunes?

Nos hemos separado; él se ha centrado más en modelos animales y yo en modelos humanos, dentro del mismo contexto, estudiando procesos como la memoria utilizando técnicas de estimulación.

Ignacio Morgado decía en una entrevista en La Vanguardia que la tecnología nos atonta; sin embargo, hay muchos estudios sobre cómo el uso de la tecnología hace que cada generación sea más inteligente que la anterior, sobre todo gracias a los smartphones y los videojuegos.

Estoy totalmente de acuerdo. Con el uso no solo de dispositivos móviles, sino también de otros dispositivos que favorecen la interacción a nivel de manejo de información en el día a día, estamos observando cómo suceden cambios importantes, cambios que tardarían en producirse mucho más tiempo. Hay estudios del grupo de Álvaro Pascual-Leone, en Boston, Harvard, que han visto que la representación en el cerebro del dedo índice y del dedo pulgar en la corteza motora está aumentada. Y eso es por el uso de estos nuevos dispositivos.

¿Puede ser que evolucionar realmente no lleve tanto tiempo como se creía?

No, lo que creo es que estamos utilizando los mecanismos plásticos cerebrales; los estamos utilizando de otra manera, y eso es lo que permite este tipo de cambios. Pero no, no creo que estemos rompiendo las barreras evolutivas. En la evolución, que es un proceso lento, los cambios sustanciales llevan miles de años.

En la UOC eres profesor responsable de varias asignaturas de la rama de biología, ¿qué diferencias hay entre la formación de la UOC y de la UAB?

La diferencia fundamental es la presencialidad, en la Autónoma son clases presenciales, las tareas docentes se limitan fundamentalmente al entorno físico en el contexto del aula, que es donde tienes la oportunidad de establecer contacto con tus alumnos. La UOC dispone de otro entorno, virtual, donde la dinámica es diferente,, y donde los profesores contamos con otras herramientas de aprendizaje que apoyan nuestra labor docente. Tal como está hoy en día el nuevo espacio europeo de enseñanza, las dos propuestas educativas pueden potenciar  la formación continuada. Lo que ocurre es que en la UOC puedes tener un seguimiento más específico del alumno; en la Autónoma es mucho más complicado hacer una implementación de evaluación continua personalizada, por lo que a veces el alumno se encuentra más desamparado.

En el modelo de enseñanza de la UOC hay muchas asignaturas que no tienen examen final, sino que el alumno demuestra sus capacidades mediante una prueba de síntesis basada en trabajos realizados durante el semestre. En esta prueba de síntesis en muchas ocasiones se permiten los apuntes. ¿Por qué en las asignaturas relacionadas con la biología no se sigue este modelo?

Una de las premisas de las que se parte en la Universidad, en el contexto europeo y en las asignaturas de Psicobiología, es que es muy importante la evaluación continua, en el sentido de que el proceso de aprendizaje comienza en el momento en que el alumno entra al aula y no acaba hasta el final. Durante todo ese tiempo hay una serie de pruebas. Entiendo que hay que potenciar esto por varias razones; en primer lugar, porque así estás más encima del alumno; en segundo lugar, porque así el alumno va adquiriendo los conocimientos de manera paulatina. Al final hay pruebas que son integrativas, donde se pide al alumno que todo lo que ha ido haciendo a lo largo del proceso formativo lo pueda exponer en un contexto determinado. Y hay asignaturas, las que se consideran más básicas, que incluyen conocimientos que se tienen que adquirir para abordar otras asignaturas. Así, en las que decimos que son más básicas, soy partidario de exámenes finales que nos van a asegurar que se han adquirido estos conocimientos necesarios y no solo eso, sino que el alumno es capaz de integrarlos.

En la UOC los docentes que se encargan de hacer el seguimiento a los alumnos y con los que estos se relacionan se denominan consultores. ¿Ya no se necesitan profesores para formar a los alumnos o es una cuestión de categorías laborales para ahorrar dinero?

Es una cuestión administrativa de cómo está fundamentado el  cuerpo docente en la Universidad; no solo de la UOC, también en la Autónoma, por ejemplo, se sigue el mismo esquema. Yo estoy a tiempo completo aquí en la UOC, como profesor titular de las asignaturas del área de Psicobiología, y soy además colaborador en la Autónoma. Igual pasa con profesores que lo son a tiempo completo en la Autónoma, y funcionan como colaboradores docentes en la UOC. El término correcto no es consultor, sino colaborador docente. Más que nada es una cuestión, ya digo, administrativa, porque las tareas docentes se hacen en equipo siempre, entre todos los profesores. Obviamente yo soy el responsable, pero las decisiones se toman entre todos. De manera que la implicación es la misma.

¿Puede un alumno con un buen expediente en la UOC hacer una carrera de investigación en, por ejemplo, estimulación intracraneal? ¿Tienes algún graduado de la UOC haciendo la tesis doctoral contigo?

Esto es un problema muy importante que tenemos, en el sentido de que todos los alumnos que se forman en el grado de Psicología pueden hacer un doctorado en Neurociencias después. Por su formación esto sería posible, cualquier alumno sería competente para poder realizarlo. El asunto está en que no tenemos ningún máster ni ningún doctorado en Neurociencia dentro de la universidad. Esto a nuestro grupo de investigación nos supone un problema, porque no podemos dar continuidad a los alumnos que hacen el grado. Lo que estamos es dando vías alternativas, compatibilizando el máster de Neurociencia en otra universidad y con el trabajo experimental en la UOC.

Exactamente, para ser neurocientífico, ¿cuál es currículo de base? ¿Médico, psicólogo, biólogo…?

Podemos decir, por suerte, que la neurociencia es multidisciplinar en el sentido de que puede albergar a diferentes profesionales, profesionales que se hayan formado en la biología, en la psicología, en veterinaria o en medicina. Luego se necesitan una serie de complementos de formación. Por ejemplo, yo estoy en el doctorado de Neurociencia de la Autónoma, y una de las cosas que tienen que cursar los alumnos son una serie de complementos en el doctorado, en el máster de Neurociencias, dependiendo del grado del que provengan. Así, un biólogo, que tendrá más controlada la parte de bioquímica, lo que habrá de compensar es la parte de ciencias más cognitivas. Y al contrario, una persona que venga de psicología, necesitará un refuerzo en química.

Como psicólogo  y neurocientífico, ¿qué opinión te merecen las terapias como el psicoanálisis, el modelo sistémico o la terapia breve? ¿Puede realmente “reprogramarseel cerebro para resolver patologías sin utilizar medicamentos?

No soy un experto en terapias, desconozco muchas de las que se utilizan hoy en día en psicología. Sí conozco algunos estudios que se han hecho desde la neurociencia. Por ejemplo, el año pasado estuve en el tribunal de una tesis de una chica que hizo su investigación en el Hospital del Mar, una chica holandesa, con niños con trastornos de atención e hiperactivos. Lo que vio esta chica, y está publicado en revistas de un alto impacto en neurociencia, fue que un entrenamiento cognitivo a los niños con TDAH provocaba los mismos cambios a nivel cerebral y funcional que la medicación con metilfenidato. Creo que son unos datos muy importantes a la hora de justificar, por ejemplo, todo tipo de terapias de neurorehabilitación, terapias cognitivas, etc. Al fin y al cabo, son diferentes vías para acceder a lo que nos interesa, que es el entrenamiento cerebral. Incluso a nivel estructural se ha visto que ciertos tipos de terapia modifican la estructura del cerebro. Con las técnicas que nosotros utilizamos, la estimulación magnética transcraneal, observamos que en el caso de la depresión se generan cambios plásticos que son parecidos a los cambios que se producen a largo plazo cuando se usan los antidepresivos. Es una forma de incidir diferente.

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¿La conducta es heredable?

Definir lo que es conducta es complejo. Yo entiendo la conducta en sentido amplio, no únicamente la parte observable. Partiendo de esta concepción amplia, es muy difícil decir si se hereda o no se hereda. No está tan claro. Muchos de los rasgos de la conducta que estamos estudiando son multifactoriales, es decir, hay múltiples factores que se relacionan con estos rasgos. Hay genes que explican ciertos aspectos de la conducta, como la inteligencia, pero son genes en plural, y además de ser varios, interactúan entre ellos; y también está el ambiente. Es complicado. Cuando se estudian cosas tan complejas como la inteligencia o la conducta nunca podemos partir de modelos unifactoriales.

¿Y la identidad sexual?

Aquí no sería como en el caso de la inteligencia, que es mucho más complejo. La identidad sexual, como otras funciones más relacionadas con la homeostasis y con el equilibrio de los órganos internos, viene muy determinada a nivel neuronal y a nivel endocrino. Lo que ocurre es que en el caso de los animales, cuando se estudia la conducta sexual en ratas, en ovejas, es más sencillo. En el caso del ser humano es algo más complicado; estamos en un medio social, influidos por aspectos del aprendizaje, etc. Volvemos aquí a partir de múltiples factores; de una parte estarían los parámetros biológicos, y de otra toda la parte social o de aprendizaje. Hay algunos estudios —por ejemplo los de Hamer y sus colaboradores, que son los que más han tocado este tema de las bases neuronales de la conducta sexual o la identidad sexual— que han visto que sí que hay algún gen que puede estar relacionado con la homosexualidad. Y además se ha visto cómo en el periodo prenatal el cerebro se puede desarrollar y diferenciar de una manera u otra. Hay partes del cerebro —como el hipotálamo— que a la hora de desarrollarse siguen un camino diferente dependiendo de si se trata de un hombre o una mujer. Y es cierto que sobre ese desarrollo hay muchos factores que pueden influir, factores ambientales como el estrés, por ejemplo. Hoy en día nos falta aún mucha información como para decir que esto es así o de esta otra manera. Lo que podemos decir es que son procesos muy complejos y que hay muchos factores subyacentes.

Conocemos que hay un dimorfismo cerebral entre hombres y mujeres, ¿estas diferencias físicas en las estructuras cerebrales acaban con las teorías relacionadas con la Tábula Rasa?

El diformismo fundamental entre un hombre y una mujer se da en muy poquitas estructuras. Donde el dimorfismo es más marcado es en ciertos núcleos de la región del hipotálamo, que es una región además implicada en la conducta sexual. Pero luego están todos los aspectos cognitivos, y aquí hay muchos estudios que han intentado ver diferencias entre hombres y mujeres, sobre la orientación en el espacio, sobre si los hombres son peores a la hora de establecer un determinado contenido narrativo… Son datos que han venido dados por conocimientos más o menos científicos. Pero hay demasiadas diferencias individuales. En términos generales puedes decir que las capacidades espaciales en los hombres están más desarrolladas, y que esto se podría explicar por ciertos aspectos evolutivos como el de que los hombres fueran cazadores y las mujeres estuvieran más vinculadas a la casa, a las tareas domésticas. Hoy en día, sin embargo, las diferencias individuales intragénero son abismales, con lo cual no puedes establecer que esto sea así.

¿Y entre personas de diferentes razas? ¿Hay alguna relación entre estos dimorfismos y los resultados en test de cociente intelectual?

Entre razas, que yo sepa, no hay ningún estudio en este sentido. Hay algún trabajo sobre las razas y las emociones… Ahora, desde el año 2006, que ya se tiene el genoma del neandertal, sí que hay ya más juego para ver si entre el Homo sapiens y el neanderthalis, que convivieron una época, hay diferencias. Aquí sí que, creo, pueden aparecer trabajos muy importantes que vengan a identificar estas diferencias entre especies de homínidos, e incluso a explicar cómo somos los humanos.

Hiciste tu posdoctorado en la estimulación eléctrica intracraneal. ¿Qué es exactamente y qué nos depara en el futuro esta técnica invasiva? ¿Se pueden estimular zonas internas del cerebro mediante algún proceso no invasivo?

No. Esta es una de las cosas en las que está trabajando un equipo en Israel. Es muy interesante porque con las técnicas de estimulación que se utilizan hoy en día en humanos únicamente podemos incidir en la corteza. En lo que está por debajo no puedes, solo indirectamente. Dicho de otra manera: si sabes que una zona de la corteza se comunica con una zona subcortical, estimulando una consigues actuar indirectamente sobre la otra. Pero si lo que te interesa es estimular esa zona que está por debajo de manera directa, con las técnicas que hoy tenemos no se puede. Este grupo en Israel está trabajando en unas bobinas especiales de estimulación que —por lo que dicen, todavía no se han comercializado— permitirán que se pueda incidir en áreas bajo la corteza cerebral.

Hay algunos proyectos en los que ya se han conseguido desarrollar interfaces hombre-máquina para mover músculos en casos de tetraplejia. ¿Dónde se darán los mayores avances para recuperar la movilidad, en la tecnología biónica o en la recuperación neuronal?

Creo que puede ser una sinergia de ambas cosas, en el sentido de que muchas de las intervenciones que hoy en día se están haciendo intentan aglutinarlo todo. Se ha visto que en la médula espinal las neuronas como sistema nervioso central no regeneran, que hay factores neurotróficos que no se liberan como tiene que ser y que esto además es así por nuestro desarrollo, porque podría ser incluso contraproducente que fuera al contrario. Las nuevas terapias lo que intentan es promover esa regeneración neuronal a su vez utilizando dispositivos, por ejemplo, microelectrodos, o andamiajes que se han probado en la médula espinal de ratas para intentar esa regeneración. Pienso que si algún día tenemos un avance importante en el tema de la tetraplejia vendrá por estas sinergias.

Para el estudio de las estructuras y los procesos en el cerebro se utilizan rmf y pet. ¿Cuál es la base teórica que subyace en esta tecnología?

Hay muchas técnicas de neuroimagen que en el estudio de lo que son las bases neuronales de los aspectos cognitivos marcan un antes y un después. Sabíamos que una persona podía memorizar una lista de palabras, pero no sabíamos qué ocurría en el cerebro. Es tras utilizar estas técnicas cuando sabemos por ejemplo que cuando las neuronas consumen glucosa y oxígeno es para llevar a cabo una determinada función. Estamos con estas técnicas midiendo cosas fisiológicas, como el consumo de glucosa o de oxígeno, todo lo que es la respuesta que se denomina hemodinámica. En inglés sería la respuesta Bold. Es un correlato, las neuronas que consumen esa glucosa u oxígeno son las neuronas que se están activando cuando están siendo reclutadas para desempeñar la función de que se trate (memorizar un listado de palabras, por ejemplo). Lo que ocurre es que no es a tiempo real, se hace la tarea y luego registras ese consumo de glucosa. Esto hasta hace cuatro años o así no se tenía nada claro. Es algo muy reciente.

Luego hay otras técnicas que son en tiempo más real, son más caras y de cara a la investigación es más difícil utilizarlas, como la magnetoencefalografía, que sí que tiene una resolución temporal muy buena.

Hay un estudio muy interesante y divertido que pone en duda la fiabilidad de estos medios. El estudio se llama “Respuestas sociocognitivas de un salmón muerto”. ¿Lo conoces? ¿Qué opinas de las técnicas de corrección estadística?

Hay varios grupos en el mundo que están trabajando en un paradigma, resting state en inglés, activación en reposo. Lo que se está viendo es que en el cerebro, cuando una persona está en situación de reposo (imaginemos en una resonancia) hay ciertas regiones que se están activando. Esta activación no es una activación arbitraria, sino que sigue una serie de pautas. Se habla por ejemplo de una red de neuronas que se activan por omisión, la red de activación por defecto, sería. Así, se está viendo que hay determinadas redes que se activan, que esa activación está correlacionada con aspectos funcionales. ¿Cómo podemos discernir si una región es crítica para una determinada función u otra? Pues comparando los resultados que tenemos. Es lo que está ahora mismo dando muchos resultados, mucha información sobre cómo funciona el default mode network, que es diferente en las personas que sufren esquizofrenia o que padecen Alzheimer que en una persona que no tiene ninguna patología. Se está avanzando mucho en este campo. Hay un grupo en Nueva York dirigido por Castellanos que está llevando a cabo estudios muy muy interesantes. Son estudios novísimos, de los tres o cuatro últimos años. Se está incluso haciendo una base de datos con todos los registros de esta actividad en reposo de todos los grupos que trabajan con neuroimagen en el mundo. Parece ser que este proyecto, Conectoma, dará mucha información que nos ayudará a interpretar mejor la activación cerebral.

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Se conoce como la paradoja de Pepsi a los diferentes estudios que han demostrado en test ciegos la mayoría de la gente prefiere Pepsi, pero cuando solo se deja un vaso sin identificar se prefiere Coca-Cola. ¿A qué se debe este efecto?

Cuando hemos de tomar una decisión y tenemos que  optar por una cosa u otra el proceso es muy complejo, intervienen una multitud de factores perceptuales, emocionales, cognitivos… Así, es difícil determinar cuál es el factor que te lleva a tomar finalmente una determinada decisión. Hay un libro, de Morgado, sobre inteligencia social, que habla del equilibrio entre la razón y las emociones en relación a la toma de decisiones, y un nuevo libro que es sobre cómo percibimos el mundo que integra esto ya con los aspectos perceptivos; además de la razón y la emoción está también la percepción. Serían los tres bloques los que intervendrían en la toma de decisiones. Podríamos incluso hablar de un cuarto, el refuerzo. Podemos observar cómo influye, por ejemplo, la testosterona en la toma de decisiones. Es un campo de estudio verdaderamente interesante.

Otro de los experimentos más conocidos que evidencian la dinámica de la percepción es la anécdota del Violinista en el metro. ¿Qué ponen de manifiesto historias como esta? ¿Qué otras cosas nos estamos perdiendo?

Es lo que da sentido al hecho de no centrarnos en  los fenómenos como algo aislado. Si hablamos de música puedes intentar explicarla a nivel perceptivo, qué ocurre cuando escuchamos una pieza musical. Lo que ocurre es que se activan estas determinadas regiones cerebrales si es una pieza que nos induce emociones o se activan estas otras. Es no obstante un proceso más complejo, como ocurre con otras funciones. El contexto puede explicar  muchísimas cosas, incluso la apreciación que hacemos. Hay muchos estudios sobre la atención donde se ha visto que la valoración que hacemos, la que hace el sujeto experimental, es muy diferente dependiendo del contexto. De ahí la importancia siempre del enfoque multidisciplinar.

Las grandes corporaciones siguen muy atentas los estudios de neuromarketing. ¿Sabes si están involucradas en los mismos? ¿Hay un límite ético entre lo que se puede averiguar de la operativa cerebral y la utilización de ese conocimiento para manipular a los ciudadanos?

He oído que empresas privadas fomentan el I+D obviamente no con intereses como en la Universidad, por el conocimiento per se, sino para que las investigaciones redunden en sus intereses económicos. Y no únicamente en lo que concierne al neuromarketing, sino también en un contexto político. No sé si fue en el año 2002 o 2005, hubo un trabajo de Wilson y colaboradores en el que lo que intentaron fue discernir el circuito neural que explicaba la confianza o desconfianza que nos generan los rostros. Por qué cuando no conocemos de nada a una persona nos genera más o menos confianza cuando la vemos. Se ha comprobado que hay ciertas regiones en la amígdala que están evaluando los diferentes parámetros del rostro, la simetría, la disposición, que hacen que un determinado rostro genere más o menos confianza. Esto me consta que en política es una de las líneas de investigación que se está llevando.

¿Y la reflexión ética sobre todo esto? 

En seres humanos las posibles intervenciones que se hagan no son invasivas, en el sentido de que se trata de tener conocimiento para luego saber cómo tienes que elaborar un producto determinado. Tal y como se está orientando la investigación es para conocer qué herramientas a nivel cerebral se utilizan en el procesamiento de la información para que se pueda presentar la información de una determinada manera con el fin de inducir una toma de decisión. ¿Esto es ético? ¿No es ético? Desde un punto de vista social no es un tema candente como el de utilizar células madre para buscar terapias alternativas para las demencias de determinado tipo. Ya la implicación ética no se ve de una forma tan directa, no hay una intervención, no es invasivo. Se trata de conocer cómo funciona el cerebro.

¿Conoces casos de transferencia tecnológica o spin-off empresariales en la investigación neurocientífica?

Sí, hay bastantes casos. No en España, donde también tenemos un problema, que es el que las subvenciones que se dan son mínimas… En otros países como Estados Unidos sí que hay una trasferencia muy importante. De hecho, pienso que es uno de los pilares, no solo en el ámbito de la salud, también en el ámbito tecnológico, que intenta potenciar el Gobierno.

En El Cerebro cambiante nos hablas de la neuroplasticidad cerebral y lo ilustras con el sistema que Dr. Paul Bach-y-Rita desarrolló que permite a personas ciegas ver con la espalda, luego con la lengua. ¿Es esto realmente posible? ¿Cómo funciona?

Sí, esto es realmente posible y, de hecho, hay dispositivos que se han aplicado a personas ciegas para que puedan ver. Funciona para algunos tipos concretos de ceguera. Se trata únicamente de cambiar la parte receptora de la información. Cuando vemos, registramos la información visual por la retina, la retienen una serie de receptores especializados y esa información cambia de energía lumínica a la energía que utilizan las neuronas, por decirlo de una manera sencilla, que es el potencial de acción. Es un proceso que se llama transducción, transducir la energía estimular (la luz) a la comunicación neuronal, el tipo de patrón que utilizan las neuronas para comunicarse, que es el potencial de acción. Esta trasducción se hace a partir de la retina y luego a través del nervio óptico se lleva la información a la corteza visual. Ahí es interpretada y entonces mediante procesos bastante complejos conseguimos la percepción del entorno que nos rodea. Lo que ocurre es que cuando la retina falla y no podemos captar esa información sí que le podemos enviar la información a la corteza que está implicada en la visión de otra manera distinta a la habitual, a través de dispositivos que sean capaces de captar esa información de la realidad. Los experimentos de Paul Bach-y-Rita consistían en que a través de estimulación somatosensorial en la espalda unos sensores iban registrando la información a partir de unas cámaras muy grandes. Esa información visual la codificaban en impulsos mecánicos que el sujeto recibía a lo largo de la espalda. Estructuralmente era muy aparatosos, no se podían aplicar a la vida diaria, sí experimentalmente. Ahora lo que se está llevando a cabo son alternativas que sí que se pueden llevar a la vida real. Son dispositivos lógicamente muy caros, se necesita una cámara que sea capaz de registrar la información del entorno y que sea además capaz de codificar esa información en potenciales de acción, que sea capaz de traducir esa información, por ejemplo, a través de la lengua. En la lengua tenemos tres nervios que llevan la información al cerebro. A través de la estimulación de esos nervios se puede hacer llegar al cerebro visual esa información del entorno. Se ha conseguido, con la tecnología que ya tenemos, que personas ciegas a las que se les coloca un electrodo en la lengua y unas gafas especiales puedan ver. No es una visión como la que tenemos los videntes, pero sí es suficiente como para poder establecer una interacción con el medio. A medida que avancen estos dispositivos entiendo que será una visión aún mejor.

En otro de tus libros, Cerebro y adicción, apoyas la teoría de que las drogadicciones son una forma patológica de aprendizaje; ¿qué subyace tras esta teoría? ¿La comprensión de los procesos involucrados nos permitirá encontrar formas nuevas de enfrentarse a los procesos de desintoxicación para drogodependientes?

Pienso que sí. Desde hace años hay muchos teóricos que hablan de un aprendizaje que se llama aprendizaje vinculado al refuerzo, es un aprendizaje que tenemos muy asimilado por especie. Ocurre que muchas sustancias de abuso utilizan a nivel cerebral las mismas estructuras que están involucradas en ese tipo de aprendizaje. Esto explica muchos aspectos cardinales de la adicción, como es la persistencia en el uso de una sustancia y el uso compulsivo. Son los dos factores críticos: compulsión y persistencia. Conocer todo este tipo de mecanismos nos ayudará en el futuro a tener terapias más adecuadas para poder tratar la adicciones a largo plazo, no solo a corto plazo, evitar las recaídas.

Diego Redolar para Jot Down

Hace poco los medios de comunicación se hacían eco de que Europa financiaría especialmente las áreas de investigación relacionadas con el grafeno y con el cerebro: ¿qué se espera por parte de la Unión Europea? ¿Los neurocientíficos no vais a sufrir directamente recortes?

Sufriremos recortes, seamos neurocientíficos o no. Ahora bien, las personas que tenemos la suerte de estar trabajando en áreas que se consideran ahora prioritarias veremos recortes, pero no tanto como en otras disciplinas. Desde un punto de vista social la suerte de las neurociencias es que generan mucho interés, y al generar este interés, al estar vinculados a aspectos que hoy en día preocupan mucho a la sociedad (pienso en el Alzheimer, por ejemplo), hace que haya más posibilidades de inversión. Aunque el contexto de crisis es innegable que afectará a todo el mundo.

El Alzheimer es una de las enfermedades neurodegenerativas que más preocupan a la sociedad occidental, tanto por sus efectos en las familias como por lo enormes costes económicos que se prevén. Juan Botas nos decía en una entrevista que desde la genética, el rastreo genético inverso puede ayudar a combatirlo. ¿Cuál es el enfoque neurocientífico para luchar contra esta enfermedad?

Se está estudiando desde muchos puntos de vista. Ocurre que lo primero es conocer muy bien a nivel celular qué es lo que está ocurriendo. Aquí la genética tiene mucho que decir. Los inicios de la investigación y el tratamiento hasta ahora se han centrado en la sintomatología, sobre todo farmacológicamente. En neurociencia lo que se ha hecho es, por ejemplo, determinar que en los estadios iniciales de la enfermedad hay un déficit de una sustancia que se llama acetilcolina. Lo que se hace entonces es intentar aumentar los niveles de esa sustancia. A la larga fallarán otras sustancias de otras regiones de cerebro. De manera que esto no es un tratamiento o la cura del Alzheimer. Estás paliando la sintomatología, nada más. Por eso digo que lo primero es saber qué está ocurriendo. Uno de los estudios más importantes es sobre lo que se llama la reserva cognitiva. En Barcelona, en el Clínico, hay un grupo que lidera David Bartrés que está viendo que en personas que genéticamente tienen predisposición a tener Alzheimer, en función de lo que ellos llaman reserva cognitiva, la incidencia de la enfermedad puede ser mucho menor e, incluso, que no se pueda distinguir a una persona que no tenga Alzheimer de otra que lo tenga, pero con una reserva cognitiva muy alta.

En mayo se celebra el día europeo del cerebro, ¿qué es esto exactamente?

Bueno, este año y el año pasado han sido muy importantes para las neurociencias. Ha habido una proyección y un interés social que no ha ocurrido en otras ramas.

Eres muy prolífico escribiendo, en pocos años has escrito manuales universitarios, tres libros de divulgación muy amenos y dentro de poco se publica en Panamericana Neurociencia Cognitiva. ¿Has pensado ya escribir alguna novela al estilo Robin Cook?

De momento no… Tengo parada una novela que empecé ya hace tiempo, no doy más de mí. Es cierto que sí que me gustaría. De hecho tengo este proyecto y si en algún momento tengo cierta tranquilidad quisiera retomarla.

¿Qué tipo de ficción te gustaba en tu adolescencia, qué te gusta ahora?

A mí siempre me ha gustado la novela histórica. Escritores como Noah Gordon me fascinan.

Para acabar, te propongo un juego. Te haré una pregunta sobre gustos en la que tienes que elegir una sola alternativa de dos sin reflexionar. La dificultad irá en aumento y tu puntuación será la de la pregunta inmediatamente anterior que hayas podido contestar sin pensar: 

¿Twitter o Facebook? 

Facebook.

¿Intuición o razón?

Razón.

¿Percepción o memoria?

Memoria.

¿Science o Nature?

Nature.

¿Robin Cook o Michael Crichton?

Michael.

¿Pet o RMf?

RMf.

¿Neocortex o hipotálamo?

Neocortex.

¿Ramón y Cajal o Severo Ochoa?

Ramón y Cajal.

¿Psicología o biología?

Biología.

¿UOC o UAB?

UOC.

Eres el primero que llega a 10, enhorabuena.

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