Raphael: «Yo siempre cuento la verdad al público»

Esta entrevista está disponible en papel en nuestra revista Jot Down Smart número 16

Miguel Rafael Martos Sánchez (Linares, Jaén, 1943) entra en un hotel de la plaza de Santa Ana, en Madrid. Es una mañana fría y soleada. Llega rodeado como en una película: es el hombre bajo de chupa de cuero, gafas de aviador y pelo de Raphael, su figura artística, lo único que ya es él. Coqueto, contradictorio, estrella. Mutante como pocos. Se sienta, bromea, enseña sonriendo una dentadura inmaculada y mira la grabadora. Está listo para ser entrevistado.

Iván Ferreiro estaba entusiasmado con la canción («Carrusel») que le compuso para su disco Infinitos bailes.

Lo que pasa es que estoy en la casa de todo el mundo. Llamo mucho la atención de las personas que empiezan. Y a los que empezaron antes y han seguido mi trayectoria les llamo todavía más la atención. Para mí es una suerte poder trabajar con todos ellos. Cuando ellos me preguntan qué quiero, siempre respondo: tema libre. «Pero ¿cómo lo ves tú?». Les digo: «Escribe, punto». Han sido muy libres, y me han hecho unos temazos.

Eso desmonta el mito de que en España el trabajo no se valora, o el de la envidia. Lo que hacen los jóvenes con usted es un reconocimiento a la ética del trabajo.

Cincuenta y cinco años de trabajo constante son un argumento demoledor. Rompe todas las dudas que pueda haber sobre mí: hay que rendirse a la evidencia. Este señor sigue ahí, está ahí, está mejor de voz de lo que nunca ha estado. También yo juego con ventaja. Normalmente, cuanto mayores son los artistas, mejores son. Pero hay una cosa que les falla: la fuerza. Y yo, por las circunstancias de la vida, tengo la de un chaval de treinta años.

La letra de «Ahora», la canción que le hizo Bunbury, habla de usted, de su carácter. El vídeo refleja muy bien ese ahora.

Es que Enrique es muy, muy hijo mío. Él me conoce al dedillo porque me ha estudiado desde que tenía cuatro años.

Nadie ha captado así a Raphael.

Hay varios, pero Enrique es uno de ellos. Enrique ya escribía para mí antes de que él lo supiera. Ahora somos muy amigos. Me dijo: «¿Sabes cuándo te conocí?». Le dije que no, y me contó que me había conocido en Zaragoza, porque él es de allí. Que su madre lo llevaba al teatro todos los días… con cuatro años. Él escuchaba a Raphael todo el día.

¿Y con cuántos años se subió usted al escenario?

Yo me subía al escenario de los colegios.

En uno de ellos se le rompió el pantalón, y se quedó desnudo delante de todos.

Sí, sí. Con la bandera española.

Usted empezó a cantar en un coro con el padre Esteban de Cegoñal en la basílica de Jesús de Medinaceli.

No, en Jesús de Medinaceli no. Estábamos en San Antonio de Padua, en Cuatro Caminos. Yo vivía en la casa de enfrente. Cuando trasladaron al padre Esteban, él se llevó al solista, que era yo.

¿Qué recuerda? ¿Sintió miedo alguna vez?

No.

¿Ni siquiera cuando se le rompió el pantalón?

No. [Risas] Ahora no se me rompe el pantalón, pero me pasan otras cosas. Si algún día, cantando, noto que la gente se da cuenta de que me pasa algo, digo: no estoy bien. Y ahí ya sé que se rompe todo, y empiezo a estar bien. Me descargo. Le cuento a la gente la situación en la que estamos. Lo de la rotura del pantalón es lo mismo. Me han pasado muchas cosas en el escenario, y siempre las he resuelto así, contándolo.

¿Por ejemplo?

Una vez, en México, hicimos un concurso de paellas, con Mario Moreno, Cantinflas, con Jacobo Zabludovsky, que era el no va más de la televisión, con García Márquez. Terminé muy tarde, y tenía teatro a las siete. Es la única que vez que he llegado no tarde, pero sí agobiado. Empecé a soltar por esta boca que no estaba centrado, que estaba agobiado. Paré la orquesta y dije: «Si ustedes han oído decir alguna vez que soy un gran profesional, es mentira. Un gran profesional no aparece aquí tarde, habiendo comido paella». Y la gente se quedó extrañada. Les dije: «¿Me dan cinco minutos?». Se creían que me iba a ir. Me senté delante de ellos, y cuando se me pasó el agobio, me levanté y empecé a cantar normal. Se me había pasado. Yo siempre cuento la verdad al público, porque eso me permite cantar a gusto y sin ningún problema.

Usted cantaba tres horas de mañana y tres horas de tarde en Madrid.

¿En Madrid? Y en la Conchinchina. A tres no llegan, lo que pasa es que el público hace que llegue. Normalmente quiero que el concierto dure dos horas y media, porque creo que es mucho y puedo interpretar muchas cosas. Pero la gente no comparte mi opinión.

Mañana y tarde.

Es que era así.

¿Y la voz?

Nunca he tenido problemas de voz, pero sí de cansancio físico. Antes eran funciones a las siete y a las once. Una detrás de otra. Y solo se descansaba el lunes. El siete y once lo haces a lo mejor un sábado, que hacen dos funciones, pero luego descansas lunes y martes, y hasta el miércoles. Yo descansaba los lunes, y los demás días, siete y once.

Cuando tenía problemas de garganta, empezaba con las canciones más exigentes. Las de medio tono las dejaba para el final.

Eso es una suposición. ¡Qué sabe nadie! [Risas] Quién sabe cómo soluciono mis problemas. No, no se puede empezar por las de chorro de voz, porque entonces truenas.

Entonces, se empieza con el medio tono.

Es lo normal. Porque, además, como yo no ensayo antes, si empiezas fuerte, te quedas ahí. Tienes que ir al escenario haciendo lo que hubieras hecho en el ensayo.

¿Ensaya?

Yo no suelo ensayar. Cuando cambio de orquesta, sí. Ahora, por ejemplo, en la gira con las sinfónicas. Lo que hago es probar el sonido, con la orquesta ensayada, pero ensaya por mí mi director. La orquesta sinfónica lo tiene todo escrito. Yo voy a oír todos los días lo mismo, sea una orquesta u otra.

¿Nunca improvisa?

Sí, cómo no. Me invento muchas cosas. Hasta en las canciones muy conocidas. De pronto, o no me acuerdo o me da por ahí, y yo noto al público que empieza a darse codazos. Y se dirán: ¿qué dice? [Risas]

Hay una entrevista suya con Joaquín Soler Serrano, en TVE, de hace muchísimos años.

Un maestro.

Usted, jovencísimo, hablaba como un veterano, porque usted empieza muy pronto.

Ahí tendría unos veinte años.

Un poco más, quizá. Contaba que había ido por primera vez a Linares con tres años, y ya como artista.

Yo conocí mi tierra cuando tenía catorce años. Y fui a hacer un festival, a cantar. Porque a mí me sacaron de mantillas, de meses.

Y ya cantaba.

Yo cantaba canciones como «Un largo camino», por ejemplo. Las tengo todas en casa. Y las tengo porque a mí me da mucha pena que me den mi historia y lo que me entreguen sea un pendrive tan chiquito. A mí me gusta tener los discos. Cincuenta y cinco años cantando, y todo ahí.

Se ha vuelto a poner de moda el vinilo.

Sí. Hay algunos discos que salen en CD, pero salen mayoritariamente en vinilo —los antiguos— porque mi público los quiere en vinilo. Además, el CD, según tengo entendido, en tres años se va a acabar, no lo van a fabricar. Recuerdo que en los años noventa me trajeron un disco que había hecho, Las apariencias engañan. Era el primer CD: se estrenaron con él. Me lo trajeron y dije: «Pero ¿esto qué es? Estás vendiendo un acetato. Esto es copiable». Me dijeron que sí. «¿Y lo decís así, tan contentos?». No he entendido nunca la industria. Va contra sí misma constantemente. Ha aguantado quince años. «Cuando la gente se dé cuenta de que esto se copia… Estáis regalando un acetato a cada persona. El original. Es una barbaridad».

¿Nunca ha tenido que decir que no?

Hay que decir que no, siempre. Para decir que sí siempre hay tiempo. Yo siempre digo no, no, no y no. Y luego digo: a ver, habla. Y entonces digo que sí o que no.

¿No tiene la sensación de haber dejado de hacer algo?

No. Siempre he hecho lo que he querido hacer.

¿Algo de lo que arrepentirse?

No. He hecho, a lo mejor, cosas que no han estado bien, pero ¿sabes qué? Hasta eso me ha servido. No, no me arrepiento de nada. Me he portado bien.

Su padre era obrero de la construcción, y se vinieron para Madrid cuando usted era un niño.

Con ocho meses.

En la capital empieza la relación con la música, con el arte.

Con la música, y el culpable es mi hermano Juan. Iba a un colegio, enfrente de casa en Cuatro Caminos, y le preguntaron si él tenía algún hermanito que cantara. Dijo que tenía uno que no paraba de cantar. «¿Y qué voz tiene?». «¡Muy alta, muy alta!». Mi hermano cantaba, era voz segunda. Y me llevó, y no salí de allí. Me encerraron allí. Ya para siempre. Empecé a cantar porque a cambio me daban clases gratuitas.

¿Cómo cae la noticia en su familia?

Mi familia no tomó conciencia hasta que una vez llegué a casa a la una de la mañana con once años. Venía del Calderón. Hasta Cuatro Caminos es una tira, porque iba andando. Y era un niño, iba con pantalón corto todavía. Me propinó mi madre una sonora bofetada bien dada. Le dije: «Vamos a tener este festival todos los días…». «¡Cómo todos los días!». Le dije que iba a seguir yendo al teatro. Porque además yo en el teatro no pagaba, me metían. Era popularísimo en todos los teatros de Madrid. Me ponía delante del portero, y cuando ya había entrado la gente, como siempre quedaba algo, pasaba yo.

La vocación.

Desde el principio. Pero no solamente venía a ver cantantes, ¿eh? También ballets, comedia y drama.

Todo eso lo ha incorporado.

Yo he visto todo. Una vez en el Palacio de la Música vino a verme Tina Gascó, que era una actriz eminente. La metieron en mi camerino, y dijo: «Usted no sabe quién soy yo». «¿Que no sé quién es usted? ¡Anda que no he hecho colas yo en mi vida para verla!».

¿Llegó a ver a su admirada Édith Piaf?

Estábamos anunciados juntos y se murió. Hay un cartel de las Fallas de Valencia que pone «Édith Piaf» en letras enormes, y debajo «Raphael», en pequeño. Se puso enferma, allí, y murió a los dos meses, pero entre medias mandaron como sustituta a Juliette Gréco. Estuve en el camerino donde ella se vestía.

¿Hay alguna Édith Piaf en este momento?

Es irrepetible. Y es mejor así. Tiene que haber otras cosas. Las que ya tenemos déjalas estar, aunque estén muertas. El que consigue ser original lo es para toda la vida y se queda ahí. Al público se le queda. «¿Te acuerdas de…?». Y han pasado siglos. Le pasó a Gardel, por ejemplo.

En su caso va a ser más difícil. El primer single de su nuevo disco, Infinitos bailes, refleja una etapa nueva.

Eso ya lo hacía yo cuando empezaba. Esa clase de canciones.

Pero están renovadas. Las letras incorporan la nueva «inteligencia emocional» del siglo XXI.

Es que lo que ha mejorado mucho en las canciones son las letras. Yo creo que las melodías de antes son superiores, pero las letras son mejores ahora.

¿Hay alguna letra que ahora le dé reparo? Loquillo dejó de cantar un tiempo «La mataré».

No, reparos no. Pero de pronto yo me canso de cantar una canción y la quito. A los dos o tres meses la echo de menos y la vuelvo a meter.

¿Es «Escándalo» una joya de la corona?

Es una joya divertida de la corona. Tiene otro rango. Pero sí, es una joya. Se lo dije a (Willy) Chirino cuando la hizo y me la puso. Le dije: «No sabes lo que has hecho». «Tiene su guasita», decía él. «Ya verás», contestaba yo.

Iba con los tiempos en los que salió.

Año 92-93. Y había otra mejor: «Tarántula». También de Chirino.

¿Se le ha puesto celoso Manuel Alejandro?

Manolo está por encima de muchas cosas. Me hizo a mí. Hay gente que es incansable, como puedo ser yo, y hay gente que se cansa. Él está cansado de tanto trote. La realidad es que ya no compone.

Después de Mi gran noche, de Álex de la Iglesia, va a tener una segunda vida en la interpretación.

Sí. Ya he dado mi visto bueno a dos o tres historias sin terminar.

Hablando de cine: a Víctor Manuel…

Gran tipo.

A Víctor Manuel se le puso una sonrisa de oreja a oreja cuando supo de esta entrevista. Parece ser que existe una película, una rareza absoluta, que prácticamente han visto solo él y Ana Belén. Porque se estrenó el día antes de morir Franco.

La retiraron. No voy a nombrar a los productores, porque no viene a cuento. Hicieron una película rodada en el Palacio de la Música, con todas las canciones, y no pidieron permiso a nadie. La hicieron, hala. Y la estrenaron un día. Es que, si no se llega a mandar que la quiten, es la ruina de esa productora. Porque los autores, como Paul Anka, habrían pedido catorce millones. Cada uno lo que le diera la gana. Menos mal que la quitaron. Las locuras que hace la gente que se cree muy lista. Yo estaba en Australia de gira y me pilló en Perth.

Me pregunto si, al haber viajado tanto, le queda la sensación de no haber vivido la Transición española.

Cómo que no, si yo vengo a España cada segundo. He sido un eterno viajante.

Pero lo ve todo desde el teatro.

Pero hablo con la gente, y veo y leo. Un hotel es la mejor fuente de información de una ciudad. Tú llegas a Sant Sadurní d’Anoia y en el hotel se cuece todo. Ahí te ponen al día de todo lo que está pasando.

¿Suele repetir hoteles?

Casi no voy a nuevos. Siempre he ido a los mismos. Cuando me sacan de un hotel, me parece que no estoy en la ciudad de turno. Si me cambian de hotel es porque lo han tirado o lo están renovando, y vuelvo cuando está acabado.

¿Usted se siente a gusto en Rusia?

Muy a gusto. Me quieren no, lo siguiente.

¿Más que en América Latina?

No se puede comparar. La primera vez que yo canté en Rusia había costado muchísimo trabajo llevarme. Fueron tres años de conversaciones porque, entre otras cosas, España no tenía relaciones diplomáticas con Rusia. Lo mío era un romper barreras todos los días. Yo entonces no me enteraba de estas cosas, pero se hacían. Cuando llegué allí y debuté, hubo un momento en que pensé que para qué tanto trabajo, si yo no les gustaba. No sentía el recibimiento que yo tengo, por ejemplo, en México. ¡Qué equivocado estaba! Eso el público enseguida lo percibe, y empieza a comportarse exactamente igual que en todos los demás sitios. Mi salida a Moscú o a San Petersburgo es igual que en México, Nueva York o aquí. Ellos tienen otra forma de expresarse, y pensaron que era la correcta. Vieron que conmigo no, y entonces hicieron lo mismo que los demás.

Son curiosas las conexiones que llegan a establecerse.

Es algo que ni se habla ni se comenta. Simplemente la gente sabe por dónde tirar. La gente es muy lista.

Y la gestualidad la entiende un japonés, un ruso.

Al principio de mi carrera se me brindó la posibilidad de cantar en muchos idiomas, y todos mis discos se grababan en varios, hasta que un día dije: basta. Basta, porque esto es un esfuerzo idiota. Si la gente quiere oírme, que sea en mi lengua. Y, efectivamente, porque la gente me entiende. Es más: muchas veces, cuando salgo al teatro, soy muy dado a fantasear cantando y a decir letras que no son. Trocitos. Bien porque me haya confundido o bien porque me apetece. En Moscú, por ejemplo, me dicen al salir: «Hoy confundirse». [Risas] Y les digo que no, que lo he hecho aposta.

La que canta con Tom Jones, «Ghost Riders in the Sky», es una mezcla maravillosa.

Ahí yo canto en español, pero hay otra en la que canto en inglés. Es muy amigo mío.

¿Cómo se conserva la voz?

Esta voz no es usual, pero es que me han puesto un motor nuevo. Tengo la voz de un chico de treinta años, porque el destino lo ha querido así.

Le dio muchas vueltas al trasplante. Cuando le dijeron que tenían el hígado preparado, no quería ir.

Me encerré. Me convenció el espejo, enseguida.

¿Qué le dijo el espejo?

Me lo dije yo: que, si no iba, ya no me iba a ver más en ese espejo. Ni en ninguno.

La muerte.

Le he perdido el respeto. La tuve tan cerca, y la toreé tan bien. No soy de las personas que viva aterrada porque un día me vaya a morir.

Estará en un escenario.

Espero que no. Sería muy incómodo para todos los que me rodean. [Risas] Que me ponga malito, y luego ya en casa me rematen.

Es imposible imaginarlo a usted fuera de un escenario.

Eso me gusta. Es donde me tienen que imaginar. En otro sitio yo estoy de más. En el escenario sí soy algo.

Por eso el videoclip de «Ahora» es tan especial. Tiene que estar en un escenario, aunque sea haciendo otras cosas, como recitales.

No, no creo que haga falta. Creo que tengo una fecha de caducidad, aunque todavía lejana. Pero creo que tomaré una decisión cuando tenga que tomarla. Y no me arrepentiré. Creo que lo haré en el momento justo, pero no va a haber giras de despedida ni todos estos rollos. Porque me matarían antes, y me pasaría llorando todo el día. [Risas] Un día me levantaré por la mañana y diré: hasta aquí.

El espejo se lo dirá.

Pero no es el espejo en el que me afeito, ¿eh? Es una cosa interior. Ahora lo asimilan mejor, pero hace muchos años, cuando los chicos o chicas que empezaban me preguntaban qué hacía yo, les decía: «¿Tú tienes un espejo? Pues mírate». Nunca me entendían. Hay mucha gente que se empeña en ser lo que no puede ser. Hay que mirarse en el espejo. Yo sé hacer esto. Es como si yo de pronto quisiera ser ingeniero agrónomo.

Maradona decía que desde que era un niño sabía perfectamente que iba a ser el mejor jugador del mundo.

Maradona es un poquito pretencioso [Risas]. Le conozco bien. No, yo nunca lo pensé, ni lo pienso todavía. Soy un trabajador. No pienso en las cosas que consigo ni qué voy a ser. Yo proyecto mi carrera, voy a hacer esto, ahora voy a hacer lo otro. No voy a ser, sino voy a hacer. En eso sí, ahí sí me encuentras. Pero en el camino de la vanidad no me encuentras, no estoy.

Un escenario implica que uno está arriba y los demás están abajo pagando para ver al de arriba.

Pero es una forma de ser. El que tiene la suerte de ser así, porque es una suerte, no pasa malos ratos, ni se enfada porque le sale una arruga, ni se estira la cara para que no se le vea. No. Porque tiene otras miras. Es una suerte ser así.

¿Usted no es envidioso?

No, para nada. ¿Te imaginas que encima fuera envidioso?

El año pasado, en los Premios Ondas, antes de que llegara siquiera a hablar, el público entero se puso en pie. No lo hicieron con nadie.

Hace unos años una periodista me preguntó por qué el público se pone de pie solo cinco minutos después de haber salido. Le dije: «No, cinco minutos no. Son cincuenta años. Se pone de pie ante una historia».

Eso solo está al alcance, en España, de un político que sube al atril y los diputados se ponen de pie.

Depende de lo que haya hecho en su carrera.

¿Cómo ve la actualidad política?

Bueno, movidita. Pero soy una persona optimista. Creo que todo tiene su arreglo. Hay mucho ego por ahí suelto. Hay mucha gente que se estropea la vida por el ego que lleva. Hay gente que no usa el espejo. Que, si se miraran, el espejo les diría: chico, mira, esto, esto y esto. Ten cuidado, estás metiendo la pata hasta el corvejón. Hay mucha gente que no se da cuenta. Hay que saber lo que uno puede hacer.

¿Por ejemplo, postularse como presidente de los Estados Unidos de América cuando uno no da la talla?

[Risas] Yo le conozco.

Cuente.

Sí, conozco a Trump. Estuvo en mi camerino con su hija Ivanka. Él era dueño de Atlantic City, de todos los casinos. Yo estaba con mi hijo Jacobo, que me acompañó en ese viaje. Canté allí, tuve un éxito impresionante, y me encontré con él. Ivanka era muy fan. Tenemos una foto juntos. Hace ya tiempo, tal vez en los noventa.

¿Recuerda algo de aquel encuentro?

Me felicitó. Me dijo que su hija estaba todo el día escuchando a Raphael. Esas cosas que hacen los padres.

¿Cuál es la visita más surrealista que ha recibido en el camerino?

¿Surrealista? ¿Por qué surrealista?

Inesperada.

No, porque las visitas inesperadas a las que tú te refieres… Salgo yo a saludar. No tienen que entrar al camerino. [Risas] Es cortesía de mi parte salir a saludar.

Le avisan siempre.

No hace falta, se oye. Por ejemplo, se oye una ovación.

Dice Julio Iglesias que él siempre cantaba para las dos primeras filas. ¿Adónde mira usted?

Yo miro lejos. Si los veo.

Usted hablaba de Australia, de las giras continuas, y del milagro de mantener una relación familiar. Los artistas están siempre fuera de casa.

Esto ha ido poco a poco. Mi familia ha viajado conmigo muchísimo. Los niños son bilingües, han estudiado en Estados Unidos, se han movido mucho, han ido conmigo muchísimo, y mi mujer también. Hasta que llega un momento en que mi mujer dice: hasta aquí. Vamos a preocuparnos ahora de que los niños entren en la universidad. Todo va por tiempos. Y todo ha ido muy bien, no ha habido grandes choques. Ellos han viajado conmigo todo lo que han querido hasta que ellos mismos decidieron estar estables en un sitio.

¿Le dan consejos sus hijos sobre su carrera profesional?

Sí.

¿Le riñen?

Sí. Les cuento todo lo que voy a hacer. En una mesa muy parecida a esta que tengo en casa, yo como en mi sitio y alrededor se ponen todos: «A ver, ¿qué vas hacer?». Les cuento, opinan todos, y les escucho.

Y luego hace lo que quiere. Es la democracia.

Algunas cosas se me quedan, porque la gente tiene otra visión. A veces me doy cuenta de que tienen razón. Yo no se lo digo, pero está bien.

¿Alguna vez ha hecho algo contra el criterio de su familia?

Supongo que sí. Pero sin darme cuenta.

¿Usted tiene más de una vida?

Hasta ahora, dos. La segunda mejor que la primera.

La prórroga, lo llama usted.

La prórroga, eso es.

¿Qué tiene en la cabeza cuando…?

¿Aparte de pelo?

Envidiable, por cierto. ¿Qué hace cuando necesita descansar? Antes necesitaba beber alcohol para poder dormir.

Ese es un episodio de mi vida del que yo no sabía entonces las consecuencias. Descubrí que si bebía podía dormir, pero no sabía que eso iba a ser tan perjudicial. No lo habría hecho.

No había fumado ni bebido en toda su vida.

No, nunca había bebido. Aquello empezó relativamente tarde.

¿Nunca ha tenido la tentación, por el desgaste y la soledad, de decir: hasta aquí?

A mí me apasiona mi profesión. Y mientras me apasione, no veo razón para que deje de hacerlo.

¿Qué escucha en su casa, si es que escucha algo?

Menos a mí, a mucha gente.

¿Qué sensación le producen sus discos?

Ni mala ni buena. Tengo que escucharlos para grabar, pero una vez hechos ya no los escucho. Tengo que salir al escenario y cantarlos como nuevos, todos los días.

¿Y entonces qué escucha?

Toda clase de música buena. Desde el flamenco y el jazz, que me entusiasman, al pop que me gusta muchísimo, y a la sinfónica, que me enloquece. El buen folclore también me gusta mucho. Me entusiasman las canciones folclóricas de cada país. Me gustan todos los estilos. Con la música cutre no puedo.

¿Y quién decide lo que es cutre y lo que no?

Eso cada uno lo decide según su gusto. Enséñame ya una foto, por curiosidad [A Lupe, la fotógrafa, que le cuenta que quiere captarle los movimientos]. Cada uno sabe de lo suyo.

Cuando graba una canción, ¿llega el momento de decidir que está perfecta?

No, perfecta no está nunca. Siempre me ando quejando de todo. Lo que quizá me digo es: mejor no lo sabes hacer. Se puede hacer mejor, pero yo ya no sé. Luego sigo grabando, porque me lo piden. Si te sale otra cosa, será diferente, pero peor. Esa es la verdad. Al final, es raro que no sea la primera.

¿Cómo resistió a las primeras fans?

Las tengo, y nuevas.

La primera vez choca.

A las chicas siempre les gustan los chicos más mayores, que los jovencitos no saben de nada.

¿Y torea o se deja torear?

A ti qué te importa. [Risas] Yo he venido a hacer una entrevista, no a contar mi vida. A los veinte años yo estaba muy preocupado con mi carrera. Siempre he puesto por delante mi carrera, por encima de las demás cosas.

Hay raphaelistas, ataviadas con una camiseta azul, que son profesionales de la primera fila.

Yo no entiendo a la gente de primera fila. Lo saben ellas, que no lo entiendo. Porque yo no puedo ver a nadie en primera fila. No puedo ver nada. En la fila diez se está fenomenal, se ve todo. Además, a mí se me ve sentado, normalmente. La primera fila es un dolor de cuello para todo el día.

¿Sigue yendo a conciertos?

Sí, pero tiene que coincidir que haya un concierto en la ciudad a la que voy, y que yo no trabaje. En las ciudades españolas no puedo aprovechar para ver a otros artistas, porque no programan espectáculos que coincidan con el mío, porque eso es hacerse la competencia. Pero cuando estoy en alguna vacación, con mi mujer por ahí, siempre procuro ver cosas. Últimamente menos.

¿Algún fenómeno musical que le haya llamado especialmente la atención?

Últimamente Beyoncé.

¿La ha visto en directo?

Sí. Lo que pasa es que Beyoncé, como todos sabemos, hace playback. Así que la puedes juzgar hasta cierto punto. Todo es playback, pero con tanto viento y tanto movimiento, cómo vas a pretender que cante.

¿Usted no ha hecho nunca playback?

No. He hecho playbacks en cine, porque hay que hacerlos.

Cuando era una práctica habitual en TVE, usted se negaba, e incluso cantaba por encima del playback.

Sí. [Risas] Esto del playback parece que está desapareciendo, y empiezan a exigir a los artistas que canten. Incluso en los concursos tienen que cantar. Los que están ahí de coaches tienen que cantar también, porque sería un palo muy gordo que los aspirantes cantaran y los maestros no cantaran.


Iván Ferreiro: «Cuando llegó la crisis del disco, las ratas fueron las primeras en abandonar el barco»

Fotografía: Lupe de la Vallina

Por primera vez en veinticuatro años de carrera ha conseguido llegar al número 1 de ventas con Casa, su nuevo disco. Lo que resulta extraño y paradójico: ¿por qué no antes?, ¿por qué ahora? Y es que este último trabajo es cien por cien Iván Ferreiro (Nigrán, 1970): el mismo talento de siempre y magníficas canciones que llegan como si nada a quien las escucha, o llegan como una sacudida —dependiendo del tema y del momento—, pero que se quedan dentro y te acompañan. Hablamos con él de las difíciles condiciones en las que escribió este disco, de lo que hoy en día significa ser una estrella, de su pasado en Los Piratas, de sus amigos, de su papel de padre, del Nobel a Dylan o de cómo a los cuarenta y cinco años consiguió por fin entenderse gracias al diagnóstico de un médico.

A finales de 2014 te ibas a tomar un año sabático, vuelves a casa y sale un nuevo disco, ¿qué pasó?

Llevaba mucho tiempo de gira. Mi hermano y yo teníamos la obsesión de no parar. Queríamos tocar todo el tiempo. Pero estaba muy cansado. Además tenía problemas familiares, estaba en una relación que se venía abajo y un montón de cosas más. Mi mánager, Warner y todos en general me dijeron: «Estaría de puta madre que pararas, que te dieras un respiro. A nosotros también nos vendría bien redefinir tu carrera y que la gente te echase de menos». Me fui a casa. Esperaba tener un año en pareja supertranquilo, dedicado a escribir… Pero se torció todo, me vi en otra situación y poco contento.

¿En qué sentido poco contento?

Los primeros fines de semana fueron muy duros. Acostumbrado a estar siempre por ahí, de repente el viernes me pillaba viendo la tele, haciendo zapping y encontrándome programas horribles [risas]. Me puse a escribir lo que yo llamo mis mierdas. Realmente vivo de mis mierdas, la gente suele creer que es ambrosía, pero en el fondo son mierdas. Fue un año bastante interesante porque cuando estás con un mal karma y no te encuentras bien acaban pasando cosas. Me separé, me caí de la bici, me rompí la clavícula y no podía tocar, se me estropeó el ordenador, el estudio se me llenó de mierda…

¿Literalmente lleno de mierda?

El día que llegué a mi estudio y me lo encontré lleno de aguas fecales fue la mayor metáfora sobre cómo estaba mi vida [risas]. No se inundó entero ni se me estropeó nada, pero había un olor terrible y un montón de agua. Se estropearon solo algunas alfombras, el parqué y ese tipo de cosas… Y me dije: «Hostia, esto es una metáfora». Algo bueno habría también. Lo bonito es que siempre estuvieron mis amigos y mi gente. Me pasaban cosas que a uno le darían ganas de echarse a llorar y de repente tenía a un colega junto a mí haciendo un chiste. El día que se me llenó el estudio de mierda estaba mi road manager, Manolón, que además es mi amigo; estaba Luis Antelo, uno de mis técnicos y también amigo; estaba mi amiga Lucía… Me vieron la cara y no me dejaron ni limpiarlo. Me he sentido muy cuidado.

Y te pusiste a escribir.

Empecé a escribir un disco sobre que te deja tu novia, que te va mal, que tu hijo pequeño tiene problemas… Aunque este año me ha servido para solucionarlos. Las cosas de los hijos joden siempre y duelen mogollón. Es un dolor que los que somos padres entendemos. Es muy difícil estar a gusto cuando tu hijo no está bien y no es que mi hijo estuviera fatal, ni enfermo, ni que tuviera un problema muy gordo, pero te hace replantearte las cosas y te deja muy tocado.

En el disco abordas todo esto desde el buen rollo.

Sí, joder, no quería que fuera ese disco de «le fue todo mal, se encerró en no sé dónde y afloraron sus emociones». Pensé que estaba tocando fondo, pero si tocaba fondo luego iría otra vez para arriba. Me puse a escribir a partir de ahí. Quería que el disco tuviera muchos planos: que hablara de mi parte sentimental pero también de la amistad, de la música que hago. Me puse como una hormiguita, con mucha calma y con un montón de amigos músicos que me iban trayendo ideas maravillosas.

Has hablado antes de redefinir tu carrera, ¿lo necesitabas?

Más que redefinir mi carrera creo que mi mánager y mi compañía necesitaban que dejara descansar a la gente. Tengo un punto hiperactivo que a veces les revienta todos los planes [risas]. Ellos lo vieron y yo ahora me doy cuenta de que fue una buena idea. También tiene que ver con la parte comercial. Si tocas mucho tu caché no sube, y cuando alguien te va a contratar dice: «Mira, no te voy a pagar más porque has tocado ochenta y cinco veces en doscientos kilómetros a la redonda».

Y a nivel artístico, sí me hacía falta replantearme los conciertos. Iba sin técnico de luces, me basaba en el instinto y en la energía… Me apetecía montar otra vez la banda, poner un músico más, preparar los arreglos… No diría que quisiera redefinirla, pero sí apuntalar ciertas cosas.

En el disco hay un par de incursiones o guiños a la electrónica.

Sí, en mi casa hago música electrónica cuando me aburro, la tengo siempre muy presente. En Piratas hubo una fase muy electrónica. En Piratas había mucha electrónica. Hay días en los que no tengo una canción que escribir o grabar, pero la electrónica me permite hacer música y tocar; lo hago solo para mí. No es algo que vaya a sacar un día, no son suficientemente buenas, pero me divierte.

¿Qué tipo de cosas haces?

Me gusta la electrónica de tocar botones y secuenciar más que la de tocar teclas. A mi hijo pequeño le encanta, nos ponemos los dos y empezamos a hacer ruido. No importa si está afinado o si el ritmo es raro. Tengo un aparatito, el Tenori: es blanco, cuadrado y tiene dieciséis botones. Das a los botoncitos y vas haciendo música con otro planteamiento. En este disco lo he metido mucho.

¿Te preocupa exponerte mucho en tus canciones al tratar temas tan íntimos?

Creo que tengo que exponerme de alguna manera pero busco mis códigos para no contar nada íntimo de verdad, o lo cuento de forma velada.

Muchas de tus letras se pueden interpretar de mil maneras.

Una canción funciona cuando tiene por lo menos dos sentidos: lo que crees que dice, y lo contrario de lo que crees que dice. Trabajo con eso todo el rato. Por un lado, tengo cierto pudor e intento esconder las cosas, y por otro, como soy yo el que maneja la letra, trato también de salir muy guapo y sacar lo mejor de mí, vestirme bien y enseñar lo que me gustaría que los demás vieran. Y si me voy a comportar como un imbécil en la canción quiero que quede claro que estoy siendo un imbécil. La canción es un sitio que te permite un juego enorme, ser un hijo de puta si me da la gana; puedo ser quien quiera.

Me llama mucho la atención que en el videoclip de «El pensamiento circular» vuelves a destrozarte a ti mismo, algo que ya hiciste en «Extrema pobreza» o «Fahrenheit 451». ¿A qué responde?

Me parece bastante gracioso. Hay mucho humor en mis canciones. En este caso iba a ser al revés: iba a empezar hecho mierda y terminar nuevo, pero hay que confiar en el realizador, y yo creo que Jesús, de NYSU, quería contar su propia historia. El videoclip no es mi obra, es de otro. Ese juego de que te revienten está muy bien y creo que funciona en la cabeza del oyente. También me sirve para engañar, para dirigir a la gente cuando en la letra estoy contando lo contrario. A veces me estoy regenerando en esa canción y el vídeo muestra lo contrario. En «Extrema pobreza» acababas reducido a polvo. La destrucción tiene que ver con construir cosas nuevas, es un tema muy manido en el mundo del arte [risas], romperlo todo para volver a construirlo. Yo lo hago muchas veces a nivel mental: destruir todas las cosas en las que creo, romperlas y dudar de ellas para saber si de verdad merecen la pena. Estos días, viendo el repertorio para el directo, tuve que revisar todos los discos. Curiosamente siempre trato de destrozar todo lo anterior y, sin embargo, todavía estoy muy de acuerdo con las canciones que escribía antes; leo las letras y me sigo viendo en ellas.

Habrá canciones de las que habrás acabado harto.

No muchas. Tengo la suerte de tener tanto repertorio que las elimino un tiempo y luego vuelvo a ellas. Por ejemplo, de «Turnedo» nunca me canso. Y si un día estoy un poco aburrido, la reacción de la gente me da un subidón que te cagas. «Turnedo» es una canción de mandar a la mierda a alguien y a veces no tengo ganas de mandar a la mierda a nadie, pero cantarla sienta bien.

El vídeo de «Fahrenheit 451» era una parodia del de «Bitter Sweet Symphony », de The Verve, en el que Richard Ashcroft sale de puta madre, nadie lo detiene, todos se apartan… A ti, en cambio, te apaleaban. ¿Había un afán en el vídeo por redefinir qué es una estrella del rock?

La estrella del rock ya no va a ir en limusina nunca más, por lo menos en España. Los ingleses, a lo mejor, sí pueden tener esa chulería, nosotros no. Probablemente Richard Ashcroft tenga más que pagada su casa con los tres o cuatro discos que sacó, pero yo llevo veinticinco años y sigo pagando la hipoteca. La idea de la estrella del rock me hace bastante gracia. A veces me siento una estrella cuando toco en un festival y tengo a doce mil personas cantando mi canción, pero a la hora de la verdad tengo que bajar la basura todos los días e ir yo a hacerme la compra. Y además me parece bien, esa situación hace que tengamos que escribir canciones todo el rato y no dormirnos nunca.

Es importante que lo tengamos claro, la gente a veces dice cosas sobre mí como si hablaran de otro. Piratas es un gran ejemplo. Ahora todo el mundo cree que era la hostia, pero nunca viví eso. Éramos un grupo al que no nos hacía caso casi nadie. Desaparecimos y todo el mundo empezó a hablar de grupo mítico de los noventa y del indie, cuando en el indie nunca nos aceptaron.

Tampoco erais indies.

La gran pregunta es: ¿qué coño es ser indie? Molaría que viniera alguien a explicarlo. Estamos entre todos definiendo qué es el indie y no tenemos ni puta idea. Para mí, el indie es el desarrollo del pop español que empezaron Alaska, Radio Futura y los grupos que cantaban en español.

A Piratas, como a otros grupos de los noventa, ni os pilló la Movida de los ochenta ni luego el rollo indie; os quedasteis en tierra de nadie. ¿Tienes esa sensación?

Mi sensación con Piratas es de estar todo el rato solos en un sitio. De hecho, es en mi carrera en solitario cuando empiezo a conocer a más gente y a sentirme acompañado. Pero Piratas, entre que éramos gallegos y estábamos muy lejos, y que unos consideraban que éramos un grupo mainstream facilón, otros que éramos demasiado raros, hacíamos muy pocos festivales. Y cuando íbamos nadie hablaba con nosotros. Había una soledad importante. También está el tema de que no existían las redes, no veías inmediatamente la respuesta a tus canciones como ahora. Para mí fue una sorpresa saber que había tanta gente escuchándonos en sus casas. No teníamos ni idea, y nos hubiera venido muy bien a nivel anímico.

En Madrid llenabais siempre La Riviera.

Los conciertos en La Riviera eran espectaculares, nuestra gran noche del año. Superemocionante. Pero también hubo un momento en el que sentimos que ni siquiera nos entendía muy bien nuestro público, y luego está el hecho de que la dinámica de los grupos es un poco idiota.

¿Por qué idiota?

Te haces ideas preconcebidas de lo que deberías ser, de lo que te gustaría que vieran los demás. Yo hace tiempo que no espero que me vean de ninguna manera, de ahí los vídeos en los que me destruyo. Hubo un momento en el que pensé: da igual cómo me vean, no puedo controlarlo, no tengo el suficiente talento para que vean exactamente lo que quiero, y creo que es más divertido. Antes me parecía frustrante, pero cuando empiezo en solitario descubro que me da igual y que no tener claro qué ven los demás me parece más excitante, más emocionante y da mucho más juego.

¿Es justo que casi haya desaparecido la clase media de la música y que solo existan Beyoncés o trabajadores con muchas dificultades para llegar a fin de mes?

No espero que la vida sea justa. La única parte que me duele, y lo digo bromeando, es la parte económica. Me gustaría ganar más dinero, igual que a todos, pero por lo demás es mucho más divertido ahora.

Explícamelo.

Estoy contento. Antes había un montón de gente que estudiaba Económicas o Empresariales y decidía meterse en la música para hacer un montón de dinero. Cuando llegó la crisis del disco, las ratas fueron las primeras en abandonar el barco. Por ejemplo de Warner, aquí donde estamos, se ha ido mucho capullo, aunque también se ha ido gente muy válida y maravillosa, pero creo que ahora todos los que están aman su trabajo y les gusta lo que están haciendo. A partir de esa crisis, todos valoramos cada disco y cada entrada que vendemos, y me parece que está muy bien. Se había perdido la perspectiva.

¿Hay ahora más libertad?

No creo que hoy obliguen a nadie a hacer un disco de una determinada manera. Antes creían que tenían una fórmula y que si hacías una canción así y te la ponían en una emisora concreta ganaríamos dinero todos. Poco a poco se fueron dando cuenta de que era mentira, no tenían ninguna fórmula mágica. Ahora los artistas somos más libres porque tenemos unos presupuestos mucho más cerrados y somos mucho más razonables con lo que estamos haciendo, como cualquier empresario del mundo.

Hay que saber cuánto vas a fabricar, cuánto te va a costar el disco y si merece la pena. No te puedes gastar dos millones si vas a vender seis mil copias. Si quieres hacer música, también tienes que querer venderla y llegar a los demás. Me encantaría ser millonario, pero creo que ahora trabajo de una forma mucho más sensata. Antes no dejaba que nadie opinara sobre mi música.

¿No dejabas que opinaran?

La gente con la que trabajaba estaba vendiendo discos de Miguel Bosé y Alejandro Sanz. No me interesa que alguien que va diciendo que el disco de Alejandro Sanz o el de Bosé es cojonudo, cuando a lo mejor no es un buen disco, diga que mi música es estupenda. No comentes nada de mi disco, cállate, porque estás vendiendo un tipo de música que no me gusta nada.

Dentro de una discográfica es inevitable. La gente que recibe el mensaje también lo filtra.

Sí, pero ahora estamos trabajando con gente que lleva muchos tipos de música y lo hace con mucha más sensatez. Todos tenemos claro que Jorge Drexler hace lo que quiere, que Fito hace lo que quiere y que Extremoduro hace lo que quiere; antes había una manipulación que no molaba nada. Aunque tú hicieras el disco, manipulaban a la hora de vendértelo. Ahora me siento más libre artísticamente, siempre lo he sido, pero les pregunto qué opinan. Y sé que nunca me van a decir que hace falta un tema bailable o que lo latino es lo que pega. No, ellos conocen mi carrera, me conocen y yo les escucho y les hago caso, porque sé que les gusta hacer discos.

Lo de la crisis de la música también afecta a otros aspectos. Creo que te apuntaste a Tinder.

Ya me borré [risas], pero hubo un momento en el que estaba soltero, vivo en una ciudad pequeña, no me gusta ligar en los bares… Y leí un artículo que desaconsejaba estar en Tinder si eras alguien popular, así que me apunté inmediatamente. También creo que hay mucho mito sobre Tinder. La mayoría de la gente no entiende que solo es un sitio para relacionarse, no una orgía continua ni nada parecido. Charlas con gente y cuando alguien te cae bien, quedas.

¿La gente se creía que eras tú?

Algunas sí y otras no. Había tías que se mosqueaban porque creían que era un impostor. Y yo no sé qué sentido tiene mentir sobre esto, si luego en la cita te van a ver y se va a descubrir. Además, puestos a mentir, mejor hacerse pasar por un tipo alto y guapo, y no por alguien feo y pequeño como yo [risas].

Decías que estas canciones están escritas desde una perspectiva positiva, pero muchas anteriores las hiciste desde la mala hostia. ¿Echas eso de menos? ¿Te ayudada a escribir?

Me ayudó en su momento, pero este año lo quise eliminar; ya vivimos en un sitio con demasiada mala hostia. Igual es por mi afán de llevar la contraria, pero, joder, hay mucha crispación. Tenemos la manía de decir que el ser humano es lo peor, que somos una mierda, que la gente es terrible. Y no lo creo. Conozco a mucha más gente maravillosa que a hijos de puta. Hacemos lo que podemos, tenemos un sistema que no funciona bien pero es que todavía lo estamos montando. La canción «Todas esas cosas buenas» iba a llamarse «Soy un mono y tengo miedo». Creo que es lo que somos: monos en camino de ser otra cosa, monos que saben que existen y no mucho más…

Tenemos una pequeña capacidad de entendimiento pero un desconocimiento absoluto del universo. Flotamos en el espacio sin tener ni puta idea de cómo hemos llegado hasta aquí y estamos cagados porque somos capaces de mirar al cielo y hacernos preguntas. Aún tenemos rasgos tribales y, en cuanto aparece una frontera, brotan esos rasgos. Y no me refiero solo a cosas como el Dáesh, pasa en cualquier ámbito: gente quemándose a muerte con los catalanes o con los andaluces, los de Vigo quemándose con los de A Coruña… Seguimos siendo monos, más inteligentes, pero no mucho más.

Algo hemos evolucionado.

Éramos bastante peores en la Edad Media, o hace cien años. Y eso no significa que no vivamos en una sociedad llena de cosas chungas, como el machismo. Hay gente que cree que el machismo está superado y oye, no; vivimos en una sociedad terriblemente machista, y no solo porque alguien pegue a su mujer. Cuando pasa una chica y la miramos como no miramos a un chico, cuando hablamos a una mujer como no lo hacemos a un hombre…

Tu interés por la ciencia ¿en qué se concreta?

Me interesa todo porque me hago preguntas. No me gusta mucho la literatura, creo que lleva redundando sobre los mismos temas desde el principio de los tiempos. Desde los griegos estamos hablando de lo mismo. Me interesa la ciencia y, en literatura, la ciencia ficción, porque es el lugar donde se está aplicando la filosofía, donde se está pensando sobre qué y quién tenemos que ser, dónde vamos a estar dentro de veinte siglos o de cien mil siglos.

Recomendaría a todo el mundo que viese la serie Cosmos, la de Carl Sagan, pero también la nueva. En el primer capítulo te explican el tiempo y hacen un calendario de un año: el 1 de enero sería el día de la formación del universo y el 31 de diciembre sería ahora. Entonces te das cuenta de que toda la historia del hombre transcurre en los últimos dos segundos de ese calendario.

¿Qué te parece el Nobel de Dylan?

Me parece genial. Y aún me parece mejor que no cogiera el teléfono, que tardara tanto en responder [risas].

Leí un artículo en el que la autora, Nidia García Hernández, decía que si tuviese que darle el Nobel a algún músico español te lo daría a ti.

Lo leí, lo leí.

¿Qué pensaste?

Me hizo mucha ilusión pensar que alguien me daría el Nobel, pero vamos, no me concedería el premio Nobel ni de coña.

¿Cogerías el teléfono?

Seguro. Y luego iría a por la pasta directamente [risas]. Puede que Dylan no necesite el dinero, pero yo sí.

¿Quién sería tu candidato?

Hay muchos. Dylan cambió la lógica de las letras y debía ser el primero en conseguirlo. Los Enemigos se lo merecerían, Santiago Auserón también, y Morrissey o Radiohead. Me gusta este tema del Nobel porque estoy bastante en contra de creer que los letristas somos poetas. Ser poeta es una cosa muy seria y escribir poesía es muy distinto a escribir letras. No obstante, me gusta pensar que, de alguna manera, estamos dentro de la literatura. Además, la música suele llegar mucho más lejos.

No tengo nada contra Camilo José Cela, pero Dylan ha llegado a mucha más gente. El músico de pop mete ideas en muchas más cabezas y tenemos un alcance mucho más potente.

¿Qué autores de ciencia ficción te interesan?

Leo todos los días. No controlaba mucho y estoy profundizando. Hubo una época en la que estaba con Philip K. Dick a muerte, me lo leí casi todo; también Asimov, Arthur C. Clarke… Los clásicos. Ahora mi preferido es China Miéville, me vuela la cabeza; acabo de conocer a Alastair Reynolds, leo a Poul Anderson, a Robert J. Sawyer, un escritor canadiense que me encanta. Voy de uno a otro. Me gusta toda la ciencia ficción y todos sus géneros.

Hablabas antes de la importancia que había tenido la amistad en ese año tan malo.

Este año ha sido el primero en el que me dejé cuidar. Cuando me caí de la bici y me rompí la clavícula no podía vestirme ni cocinar, y a las nueve de la mañana llegaban mis amigos: uno me ayudaba a ponerme la ropa, otro a organizar la cocina… He tenido discusiones con gente sobre qué es la amistad.

Mi forma de ser amigo no significa llamar por teléfono todos los días o salir a cenar todas las semanas. No funciono así y en algún momento alguien puso en duda que fuese amigo de mis amigos, pero para mí los amigos son una de las cosas más importantes del mundo y creo que nos definen mejor que nuestra pareja.

La pareja puede cambiar, los amigos son más estables.

Perder una pareja te toca el amor propio, pero la traición de un amigo te mueve los cimientos, te socava de una forma mucho más profunda. Yo además tengo un hermano que es mi amigo y es el que viaja conmigo, por lo tanto tengo una referencia muy potente de lo que es la amistad.

¿Has perdido amigos?

Pocos, pero ha sido muy doloroso. Y conste que ha habido veces que los he perdido y he dicho «a la mierda, no pasa nada». Es después de unos años cuando de repente me pesa que te cagas.

¿Tienes amigos músicos?

Sí. Leiva es uno de mis mejores amigos y uno de los que menos veo. También soy muy amigo de los Love of Lesbian, los Lori Meyers, la gente de Second, la de Dinero, los Sidonie… Soy muy amigo de Dani Martín, lo quiero muchísimo, con locura. Aunque tiene una carrera muy diferente a la mía, cuando hablamos aprendemos un montón de cosas el uno del otro. Admiro a Coque Malla desde hace años, él me dice que me quiere y yo lo quiero a él. Últimamente estamos acercándonos mucho más los músicos, sería absurdo que no fuéramos amigos, nadie se parece más a nosotros, ni va a tener los mismos problemas. Ahora mismo en los festivales es una gozada, una cosa que echaba de menos de los noventa. Me parece normal querer ser amigo de gente a la que admiras.

Ya no hay tanto divismo.

Es de puta madre. Por fin estamos ganando un poco de madurez. La misma que tienen los británicos. Recuerdo cuando en 2001 nos nominaron a los premios MTV, eran en Frankfurt. Lo que más me sorprendió fue ver lo bien que se llevaban todos. Está relacionado con que ellos tienen una industria muy fuerte. Veías a todos hablando con todos. Nadie le ponía mala cara a nadie. Me pareció increíble, en ese momento aquí nadie hablaba contigo. Llegabas a un festival, cada uno cerraba la puerta de su camerino y no quería saber nada. A veces incluso te acercabas a uno a decirle que te gustaba su grupo y te miraba como si fueras imbécil.

Trabajas con tu hermano Amaro, él tiene su carrera en solitario… ¿Cómo es vuestra relación?

Muy natural. Le llevo siete años, así que nos hemos ido uniendo con el tiempo. Cuando empezó a trabajar conmigo ya teníamos una relación muy buena. Tenemos una hermana, Elena, y los tres nos llevamos de maravilla. Nos cuidamos y nos gusta estar juntos. En el caso de Amaro, yo venía de Los Piratas, donde había una relación que estaba muy tocada a nivel personal entre todos los miembros, y de pronto tener el confort de un hermano es algo increíble.

Alguien que ha dormido en la misma habitación que tú desde pequeño, ha comido lo mismo… nunca hemos tenido ningún tipo de rivalidad. Cuando empecé a tocar con Amaro quería que fuésemos un grupo, fue él quien dijo que no, que era yo quien debía dar la cara. Es muy curioso, porque soy el hermano mayor pero creo que él muchas veces hace ese papel y se preocupa por mí. Habremos discutido tres veces en los últimos quince años.

¿Fue duro el paso a Iván Ferreiro?

No, fue un alivio. Venía muy tocada la cosa, era todo muy doloroso. Qué maravilla tocar, escribir y grabar con Amaro.

¿Mantienes relación con los miembros de Los Piratas?

Hay uno con el que no tengo ninguna gana de relacionarme. Con Fon Román me llevo muy bien, está en México y nos vemos todo lo que podemos, estamos acercándonos. El pobre Hal ya no está entre nosotros, y con Pablo tengo una relación cordial; ya no tenemos tanto que ver, pero hay cariño.

La muerte de Hal fue terrible.

Es una historia muy oscura. Se convierte en terrible cuando sale en los papeles. Estaba enfermo, tuvo un problema y no hizo nada. Hal era la persona más buena del mundo, pero al no poder solucionar una situación se enreda todo y acaba en un drama. Flipé bastante con cierta parte del periodismo.

¿Sensacionalista?

Yo estoy acostumbrado a tratar con gente como tú, hablamos de música. Nos necesitamos mutuamente y hay un respeto. Cuando pasó lo de Hal me iba al cine con mis hijos y me llamó por teléfono Fon; me dijo que me sentase, tenía que contarme una cosa. Me quedé temblando. Fue colgar y me llamó una periodista. Le respondí que no tenía nada que decir. Entonces la tía me picó diciendo que había malos tratos, cuando yo sabía que no los podía haber, conozco a Hal y conozco a su mujer. Le dije que él estaba enfermo, que no creía que le hubiera hecho daño a nadie y que no me mencionase porque no iba a contarle nada.

Al día siguiente vi que me mencionaban y que le daban más espacio a la parte chunga que a la verdad. Más tarde me llamó una compañera de esta chica explicándome que a ella le daba vergüenza lo ocurrido, que había mandado la noticia de una forma a Madrid pero se la cambiaron. No importa cuál es la verdad, solo quieren su puto titular. Juegan con el sufrimiento de una familia, y no estamos hablando de un político o un narcotraficante, hablamos de un chaval que tocaba la batería y tenía problemas, que tenía un hijo. Me dolió mucho.

«Abrázame». ¿Cómo se te ocurrió hacer una versión de un tema de Julio Iglesias?

Julio es el mejor. Teníamos una broma mi hermano y yo en esa época. Decían: «los que hacéis música lo hacéis para follar». Yo respondía que si todo lo que hacemos en esta vida es para reproducirnos, tal y como dicen algunos científicos, entonces el mejor es Julio iglesias. Ligarte a una chica de veinte años es relativamente fácil, lo difícil es ligarte a una señora de cincuenta y cinco años que ya tiene el culo pelado. Puede que no esté tan buena, pero es mucho más difícil. Y Julio lo consigue. Cuando hicimos esa versión mucha gente nos miró como si estuviéramos totalmente locos, pero no creo que ninguna banda británica tenga problema en hacer una versión de Tom Jones o un americano una versión de Johnny Cash. Aquí, sin embargo, seguimos teniéndolo en hacer algo de Miguel Ríos, Raphael o Julio Iglesias.

Has compuesto para Raphael y para Sergio Dalma, ¿cómo ha sido la experiencia?

Increíble. Una gozada. Para Sergio tenía ganas de escribir desde hace tiempo. Me gusta cómo canta y se lo curra en directo, es un estilo muy crudo y en mí hay algo de este tipo de cantante. Hago pop, pero incluyo esa parte dramática. Quería escribir para ellos y nadie me lo pedía. Debían de verme como un raro, o que les iba a decir que no. Hace un par de años, en México, me encontré a Sergio y antes de que le dijera nada me pidió una canción. La titulé «La ciencia», aunque al final se llamó «Si todo lo que siento se pudiera cantar». La de Raphael la escuché el otro día y es una maravilla.

Creo que es una de las mejores que he escrito, estoy muy orgulloso de ambos temas y me gustaría que me llamara mucha más gente. La de Sergio era una canción sobre por qué cantamos, por qué nos dedicamos a esto, y la de Raphael es vitalista, habla de seguir hacia adelante, y me pareció perfecta para alguien que tiene ya setenta años y esa energía.

Vigo tuvo su propia movida, ¿participaste?

Vigo es una ciudad muy pequeñita y nos conocemos todos. Cuando fue la explosión de la Movida yo era un adolescente con cara de niño, me pidieron el carné hasta los veintiséis años en las discotecas. Me costó, pero lo viví muy intensamente, con Siniestro Total y Golpes Bajos, que era mi banda preferida. De hecho tengo ahora a Pablo Novoa tocando en la mía, y ese es uno de mis grandes orgullos. Y Nico Pastoriza, que es uno de mis mejores amigos, era una parte muy activa de esa movida.

Los veía en el instituto y me gustaban esas bandas, me parecía increíble que esos grupos vivieran en la calle de al lado, pero en realidad lo que sé de la movida es lo que me cuentan mis amigos y ellos lo desmitifican. Todo se fue a tomar por culo cuando entraron las instituciones. Ahora mismo Vigo es una ciudad muy deprimida económicamente y es una pena; hay muchas bandas, mucha creatividad y es algo que se debería potenciar. Hay hip hop, soul, están los que hacen versiones de Metallica… hay de todo.

¿Te ves viviendo en otro sitio?

Vivo en Gondomar. Hago vida de pueblo, estoy en el campo. Voy a Vigo puntualmente, a hacer mis recados. Me veo viviendo en muchos sitios, pero tengo dos hijos y quiero vivir cerca de ellos. Vigo está tristona; vas a la calle del Príncipe, que es la zona comercial, y da la hostia de pena. Es una ciudad de trabajadores. Sin embargo vas a A Coruña, que tienen Inditex, y hay muchas más cosas. En Vigo estamos ahí, peleando, pero es una ciudad que vive del pescado, de los astilleros y de Citroën.

Vida rural.

Tengo mi casa en el monte. Es agradable, está la playa al lado, a veces pillo la bicicleta y me doy un paseo por un valle increíble que tenemos. Solo me quejo de mi conexión a internet, porque la fibra óptica aún no ha llegado.

¿«Años ochenta» era un himno contra la nostalgia?

Era una venganza para un cabrón que quería que escribiéramos un single. Cuando grabamos Ultrasónica nos dijeron que no nos sacaban el disco porque no tenía ningún single. Nos lo decía José Luis de la Peña, al que le tengo mucho cariño aunque parezca que no. Él venía del grupo Los Elegantes y quería un hit. Nos presionó hasta que hicimos «Años ochenta», que habla de él, de cómo querría volver a ser ese tipo que un día fue. Pensamos que íbamos a hacer hit pero también a putearle un poco [risas]. Durante mucho tiempo me dolió haberla compuesto, era la primera vez que hicimos algo por obligación. Un día en un festival la tocaron Amaral, y me reconcilié con ella. Ahora me encanta.

¿Cómo surgió «Mi matadero clandestino»?

Era una época muy cañera, escuchábamos mucho a los Smashing Pumpkins. La expresión es de El amor en los tiempos del cólera, de García Márquez; era el lugar donde el protagonista se follaba a su sobrina, lo llamaba su matadero clandestino. La letra habla de que estás con alguien, pero en el fondo estás haciéndole la avería todo el maldito rato. Había mucho de eso en aquella época, de escribir cosas que la persona que tenías al lado igual no se enteraba. Es la parte cruel de las canciones.

¿Te apetece hablar de política?

Sí, hablemos de política [risas]. Igual es que no entiendo la democracia, pero ¿por qué no les dejaron gobernar desde el principio? ¿No hubiera sido más fácil dejar que Rajoy fuera presidente y empezar a darle por culo ley por ley? ¿No hubiera sido más sensato? He de decir que admiro a Rajoy, no como político, pero realmente ha sido el más listo, les ha dado una lección de cómo se maneja esto. Ha gestionado mejor que ninguno.

Supongo que tenemos un problema con la izquierda muy grave, quizá la izquierda es más autocrítica, está más desunida. Nos hace falta ser más inteligentes. No hemos aprendido del pasado. Me decía mi hermano ayer que Franco también llegó al poder porque la izquierda se hizo la picha un lío y le permitieron llegar. Las peleas entre los republicanos terminaron dándole el espacio. Es una pena que fuéramos a las plazas e hiciéramos un movimiento tan bonito…

¿Participaste?

Me pilló de gira y participé en seis plazas: Madrid, Burgos, Murcia, Bilbao… Me pareció muy emocionante, pero nos lo hemos cargado. Me hace dudar de la eficacia de la democracia, eso me aterroriza. El brexit es el ejemplo más bestia. Igual no estamos entendiéndola bien y nos está separando en lugar de unirnos.

El que se queda inmóvil consigue lo que quiere y el que se moviliza, no. Siempre nos dijeron que era al revés: que había que participar, hablar…

No tengo ni idea de qué grado de poder tenemos eligiendo según qué cosas, cuando Europa y el mundo van hacia otro sitio. Supongo que hasta que no haya una democracia mundial…

Pero aquí volvemos a la ciencia ficción: el problema es que todavía somos monos y tenemos fronteras, seguimos siendo tribales.

¿«Ciudadano A» es la única canción política que has hecho?

La política tiene que ver con nuestra sensibilidad y con la parte más íntima de lo que somos. En este disco, «La otra mitad» es una canción muy política. Tenemos en muy alta estima nuestra opinión y realmente vale una puta mierda. En Facebook estamos todo el día opinando y no le importa a nadie. Y yo me incluyo. No me interesa la opinión de los demás y no espero que a los demás les importe la mía. Mi opinión es una entre cuarenta millones.

Estás menos activo en las redes sociales.

 

Twitter ha cambiado. Antes era divertido y ahora es un drama, un coñazo. No tengo ganas de pelearme con nadie. La última que tuve fue por culpa del doblaje, en la última de Star Wars faltan diálogos en español, hay un par de chistes que no están doblados. Hice una defensa de la versión original y me cayeron hostias de todos lados. Esto se supone que era un sitio en el que podías ser un poco irónico, pero hay días en que hago un chiste y para uno soy un fascista cabrón y para otro un rojo hijo de puta. A veces tengo la sensación de que la gente no sabe leer, es agotador.

El otro día leí un comentario que decía «Iván Ferreiro hace siempre la misma canción».

Mira, puedes meterme caña de muchas maneras, pero creo que mis discos son muy diferentes. También uno decía que solo canto canciones de otros. Oye, tienes internet para ver lo que he estado haciendo los últimos veinte años. Es algo tan gratuito… Ya no contesto, me cansa.

Tu papel de padre. Dices que no eres como los demás.

Nadie lo es. Es un tema que me atormentó mucho tiempo. Se supone que debes ser un padre que acompañe a su hijo al fútbol los sábados y decirle que es el mejor. Yo no creo en eso. Mi madre me dijo que no me agobiara, que cada uno es el padre que es.

Descubrimos hace poco que mi hijo pequeño tiene TDA, y que yo también lo tenía. Fue un descubrimiento maravilloso. Me salvó. Estaba harto de que me dijeran que era un mal padre. Todo dios tiene una puta opinión. De hecho, hay gente que dice que el TDA no existe. Hay que dejar de escuchar a los demás. Mi TDA me hacía sufrir a mí, y a mi hermano a veces también, cuando venía a componer y yo estaba a otra cosa. Ahora ya lo sé, y tengo una pastillita que ni siquiera me tomo todos los días.

¿Tan liberador fue el diagnóstico?

Siempre tenía la cabeza en otro sitio. Ahora sé que tengo un problema con mi atención y me digo a mí mismo: atiende. Si veo que no, me tomo mi pasti. Y con mi hijo fue increíble, porque pasé de verlo sufriendo a tener un hijo feliz. Quiero preservar su intimidad pero también creo que es importante hablar de estas cosas. Mi hijo lo pasó fatal en el último colegio que estuvo. Como yo. Mi médico me explicó que no me había dado cuenta porque tengo un trabajo que me encanta, y me preguntó qué hubiera sido de no haberme dedicado a la música. Me quedé pensando, y le respondí que probablemente el dealer de mi pueblo [risas], porque fui a la universidad pero no era capaz de estar delante de los libros. Me sentía imbécil y creo que no lo soy. El problema es que hay muchos niños que se creen tontos por no poder hacer lo mismo que sus compañeros, pero pueden hacer otras cosas. Tienen una cabeza que funciona de una forma distinta, no están enfermos.

¿Cómo descubriste que tenías TDA?

Estuvimos un tiempo con una psicóloga por el comportamiento del niño, y nos mandó a los dos al médico porque decía que teníamos TDA. Salí llorando de felicidad de ese médico. Pensaba: qué bien, no soy imbécil. Me lo explicó todo, y yo llevaba tiempo con un psiquiatra hablando de la relación con mi madre, de esto y de lo otro, preguntándome qué es lo que me pasaba. Un tipo me dio todas las soluciones en una hora: cuando tienes ese día de éxito tú no lo disfrutas porque estás pensando en lo que vas a hacer mañana; quieres ir siempre hacia el no, buscas el fracaso, y si sale bien, te sientes mal. Tenía un problema muy grande por la relación entre el aburrimiento y la depresión.

¿Eres depresivo?

No, pero si me aburría, creía que estaba deprimido. Y hubo un momento en el que no conseguía recordar las melodías. Llegaba mi hermano, tocaba un temazo increíble y yo no era capaz de recordarlo. No lo entendía, me agobiaba. Los amigos me traían un montón de ideas para las canciones y no les hacía ni caso, se iban y me sentía vacío y triste, culpable porque no había trabajado. Una mierda y un sufrimiento que te cagas. Pero fue entenderlo y ya está. El día que vienen a trabajar me tomo mi pastillita, un cuarto, y hoy por ejemplo he estado con vosotros todo el rato. Antes nadie se daba cuenta pero yo no estaba, pensaba en el siguiente paso. Era infernal.


Nani Castañeda: «Puedes ser indie estando en una multinacional, siempre y cuando te dejen libertad absoluta creativa»

Nani Castañeda (Granada, 1974) Miguel Haro formaban parte del grupo granadino Mama Baker cuando decidieron crear en 1994 los Niños Mutantes junto a Juan Alberto Martínez, un amigo que acudía con frecuencia a sus ensayos.

Con motivo de la 37 Feria del Libro de Granada, viajamos a la capital del antiguo reino nazarí para encontrarnos con Nani. Durante más de dos horas recorremos con él las vivencias de uno de los grupos más veteranos de la escena indie y charlamos sobre música y libros. Nani es batería, exlibrero, escritor y organizador de la 37 Feria del Libro de Granada. Un hombre comprometido con la cultura en general y la de Granada en particular, haciendo de esta feria un referente nacional, pero, ante todo y como él dice, es un «Mutante».

Tras más de veinte años de carrera, ¿os queda algo de «niños» o hablamos de «padres» Mutantes?

Somos padres mutantes, sin ninguna duda, porque todos en la banda ya somos padres. Solemos decir que hemos cambiado mucho, que ya no somos los que éramos cuando teníamos diecinueve años, pero en la esencia Miguel, Juan Alberto, Andrés y yo somos los que éramos cuando nos conocimos. Musicalmente intentamos no perder nunca esa frescura de cuando éramos unos jóvenes Niños Mutantes para no convertirnos en «maduros mutantes», musicalmente hablando [risas].

Niños Mutantes empezaron tocando con Mama Baker. ¿Os han perdonado por fagocitar el grupo?

No [risas], rotundamente no, siguen muy dolidos y quieren matarnos casi todos los días que nos ven. Hay quien lo llevó mejor en su momento y quien lo llevó peor. Hay miembros que entendieron que una de las dos bandas tenía que morir y desgraciadamente le tocó a Mama Baker. Tuvieron mala suerte con las discográficas. Ahora se reedita Lunar por el 20 aniversario, en vinilo, una edición preciosa y los han llamado para tocar en Órbita. Será un concierto maravilloso. Es verdad que hubo ahí una herida que tardó en cerrarse.

Sois amigos desde el instituto, sin embargo, habéis estado a punto de reventar hace poco…

Son muchos años en la carretera, con muchos buenos momentos y muchos malos momentos que se van acumulando, y un día reventamos por las circunstancias vitales de cada uno, las necesidades que cada uno tiene en su vida y que a la vez hay que poner encima de un tapete de una mesa e intentar combinarlas con la banda. No es nada fácil, son horas y horas de furgoneta, horas y horas de viajes en avión, de estudio, de ensayo… y al final somos cuatro personas, cada una con su forma de ser. A veces saltan chispas. Esto es algo que pasa en todas las bandas, en todos los grupos y les pasa a todos los artistas que llevan más de dos o tres años juntos en la carretera. Lo que ha llamado tanto la atención de Mutantes es que nosotros hicimos un comunicado de prensa explicando que habíamos estado a punto de disolvernos y que era muy importante para nosotros el disco Diez, porque había significado la reunificación otra vez del grupo a nivel sentimental y musical.

Pero aparentemente nada hacía presagiar el derrumbe, ya que veníais de celebrar el XX aniversario con un concierto con los amigos.

Seguramente nos superó Mutanciones, son muchos años soñando con hacer una Riviera llena, un sold out así, el hecho de que más de veinte bandas nacionales y alguna extranjera como Nada Surf hicieran canciones en homenaje a nosotros, que vinieran a tocar con nosotros, fueron muchos meses de tensión, de preparación, de ensayos con unas bandas y con otras, y veníamos muy agotados. Nos lo pasamos muy bien ese 16 de abril, pero acabamos extenuados y nos hizo retrasar la composición de Diez, en el que estábamos trabajando, un año entero y en el fondo no nos gustó, no nos sentó bien y simplemente nuestros nervios llegaron al máximo posible de tensión y reventaron. Una semana después de aquello, nos reventó todo.

¿Cómo conseguisteis recuperar el equilibrio?

Miguel, que es un tío inteligente, dice que tenemos que ser conscientes de que todos tenemos una vida y que nuestro proyecto en común es Niños Mutantes, y es verdad. Cuando somos capaces de hacer esa reflexión interna, es cuando podemos seguir con esto y respetarnos unos a otros porque tenemos que ver que cada uno tiene sus necesidades y que las necesidades de uno no son superiores a las de otro. A veces caemos en «es que lo mío es más importante que lo tuyo», y no es verdad, lo tuyo, sea lo que sea, para ti es tan importante como para mí lo mío. Hemos logrado que todos seamos conscientes de que nuestras vidas nos importan mucho pero que todos tenemos que ceder espacio al proyecto común que es Niños Mutantes.

¿Podemos decir que Diez es un «disco purgante», en el sentido de que os ha hecho sacar todo lo bueno y malo que llevabais dentro?

Totalmente, es una catarsis total, porque las cosas se pusieron muy feas y nos dimos cuenta de que durante unos cuantos meses lo que más nos unía en nuestras vidas era la música y las discusiones se acababan cuando llegábamos al ensayo y nos poníamos a trabajar en las canciones, podíamos debatir sobre la canción, pero no lo llevábamos a una discusión más allá de la propia música. Lo que nos une y lo que nos ha hecho superar ese momento chungo de Mutantes ha sido el trabajo en Diez, hacer música juntos. Es un disco muy importante para nosotros.

En este último disco elegís de productores a Abraham Boba y César Verdú de León Benavente, recuperando «la fuerza»  de los primeros discos…

Como veníamos un poco quemados por todo esto que pasó, decidimos que una de las cosas buenas que podíamos hacer era cambiarlo todo. Igual que en el fútbol se echa al entrenador porque no puedes echar a veintidós tíos de una plantilla, ya que no podemos echarnos a nosotros mismos decidimos cambiar a nuestros «entrenadores», que son los productores, nuestros diseñadores, el equipo que trabaja en promoción para nosotros… Cambiamos casi todo menos a los cuatro Mutantes originales y nos ha ayudado mucho.

El hecho de meter a Abraham y a César fue justamente pensando en que nos volvieran a meter los dedos en el enchufe y olvidarnos un poco de los discos más pop, más redondos, que llevábamos haciendo en los últimos años, que nos han colocado en una situación privilegiada y nos han hecho crecer mucho, pero no nos apetecía repetir. Como artistas necesitamos sentir que no nos estamos repitiendo continuamente.

¿Os ha costado salir de vuestra zona de confort?

No nos ha costado porque era lo que queríamos, queríamos salir de la zona de confort, justamente era lo que deseábamos y creo que hemos tenido buenos aliados en ese sentido porque Abraham y César nos han llevado por el mal camino, por el camino del riesgo, por el camino de ponerte al filo del abismo. Un ejemplo muy gráfico es que yo hice una comprobación de medias de velocidades de las canciones en los discos anteriores y en el disco nuevo, y habíamos subido entre quince y veinte puntos la media. Eso demuestra que, efectivamente, hemos ido a putearnos a nosotros mismos.

¿Crees que habéis alcanzado vuestro punto álgido de madurez?

Creo que sí, aunque espero que sigamos evolucionando y avanzando y que seamos capaces de hacer un disco número 11 para que nos reconforte y nos haga felices. Nos sentimos muy en forma musicalmente hablando y seguimos teniendo las mismas ganas de componer que antes.

Habéis vuelto con un nuevo mutante, Alonso de Napoleón Solo, que os ayuda en los directos… ¿Qué aporta al grupo?

Alonso nos aporta riqueza musical. Nosotros ya tenemos la energía, tenemos la capacidad de que las canciones y el grupo suenen muy contundentes, y Alonso pinta y colorea, aporta musicalidad sobre nuestra base rítmica, sobre nuestra base más rudimentaria de la canción, y este disco hubiera sido muy difícil de llevar al escenario solo con Andrés en los arreglos. Alonso le quita mucha presión a Andrés y le da libertad. Nosotros lo llamamos el «Manuel de Falla del indie» [risas].

¿Cómo fue meterse en la piel de Lorca para hacer «FGL»?

Fue difícil porque llevo toda mi vida queriendo hacer una canción homenaje a Lorca. Soy bastante obsesivo con el tema de Lorca, de hecho, hoy en la Feria del Libro vamos a hacer una cosa que yo tenía muchísimas ganas de llevar a cabo y es que vamos a ver el último capítulo de Lorca, muerte de un poeta, lo vamos a ver en la Huerta de San Vicente y con el actor que hizo de Lorca, Nickolas Grace, que ha venido de Londres expresamente para estar con nosotros esta noche, e Ian Gibson, que era guionista y biógrafo. Para mí Lorca es una figura que está siempre ahí, que descubrí justamente con esa serie de Juan Antonio Bardem que me permitió encontrarme con un Lorca diferente al que a mí me habían contado y, lo que es más importante, con una Granada diferente, una Granada de los años veinte-treinta, que al principio era muy progresista y que acabó siendo muy conservadora y muy loca, tanto, tanto que mataron al propio Federico. Me apetecía mucho hacer esa canción y decidí empezar por homenajear Poeta en Nueva York, con algunas frases del poema «Danza de la muerte», me fascina la figura del caimán, la arena, el mascarón y el miedo, y la canción la planteé como si Lorca le hablara a la ciudad. Está hecha en primera persona, es Lorca el que habla. Era muy arriesgado, pero al llevarla al ensayo a Juan Alberto y a los demás les encantó la propuesta sobre una canción que ya estaba hecha musicalmente hablando. Después, la gran sorpresa fue que cuando se presentó en sociedad en Granada tuvo muy buena aceptación y se ha recibido como un gran homenaje a Lorca, que además no está hecho con reminiscencias flamencas, sino desde una concepción pop, que es lo que Mutantes preferimos hacer.

¿Te acuerdas de los primeros conciertos en los garitos de Granada? ¿Avisabais a los amigos para llenar el local?

Me acuerdo de que los conciertos en la época en que yo empezaba en Granada eran posibles y ahora no lo son, desgraciadamente me acuerdo de eso. Es un desastre de la Junta de Andalucía que hay que cambiar cuanto antes.

Pues imagínate que eres presidente de la Junta de Andalucía, ¿qué harías para favorecer la cultura?

Para empezar, la ley de espectáculos que es un verdadero despropósito y una vergüenza. Evidentemente, promocionaría cualquier actividad cultural dentro de unos horarios que respeten al vecindario y el descanso de los demás. Cuando hablo de cultura, lo digo en su amplio sentido: la música, el teatro, los monólogos… Si no se empieza ensayando, si no se empieza interpretando en pequeños establecimientos, es imposible que los artistas salgan adelante. Con la exposición al público se avanza y se consigue el éxito, porque lo primero que hace una banda y los artistas en general es actuar para sus familiares y amigos. La situación es una locura, estamos en una comunidad culturalmente riquísima en la que las actuaciones están prohibidas por ley, y eso no puede ser.

¿Cuál es el sitio en donde más te haya gustado dar un concierto?

Nosotros siempre decimos que el concierto ideal es una sala grande llena. Ni una sala muy pequeña, ni un festival enorme con sesenta mil personas. Hay algo en la gente que va a verte a una sala, que va a verte a ti solo, que cuando está llena hace que pasen cosas muy intensas. El concierto más emocionante de nuestra vida, por ahora, fue probablemente el de la Riviera con Mutanciones. Un día nos reunimos con nuestro mánager, que además es nuestra discográfica, a finales de 2016, para planear qué íbamos a hacer en los próximos años, en los próximos discos, y nos dijo: «No os preocupéis, que el plan ya lo tengo yo y es este». Nos enseñó las primeras cinco versiones de Fernando Alfaro, Lori Meyers, Napoleón Solo, y algunos más y nos quedamos muertos. No lo sabíamos, estuvo callado durante año y pico y ya estaban en el estudio todos, La Habitación Roja, Sidonie, Second, Rufus, Nada Surf, Dorian… Había un montón de gente que estaba preparando su versión para tenerla a finales de año y publicarla a primeros del año siguiente, y la verdad es que nos dejó pasmados. Que te hagan un homenaje es bonito en sí, pero que veintidós compañeros del sector hagan una versión para ti, porque te respetan y te tienen cariño, es brutal.

«Como yo te amo»… todo un himno.

A nosotros nos encanta Raphael y lo hicimos bastante antes de que se pusiera de moda el indie, mucho antes del Sonorama. De hecho, cuando hicimos la canción de «Como yo te amo» nos llovieron las críticas de los modernos de la época, porque esto fue a finales de los noventa o a principios del 2000, y todavía los indies eran indies recalcitrantes, eran como una secta de modernos que se miraban a los pies en los conciertos, y resulta que, después de llevarnos todas las críticas del mundo, la versión cada vez tuvo más éxito, cada vez congregó a más público y al final Raphael acabó siendo uno de los ídolos de todos los indies de España, y acabaron llevándolo al Sonorama y tocamos con él en el escenario «Como yo te amo», momentazo total.

Con más de veinte años a la espalda, sois los «veteranos indies del panorama español». ¿Cómo ves el futuro de la música? ¿Se puede vivir de ella?

Se puede vivir de ella, hay bastantes compañeros nuestros, incluidos nosotros, que vivimos de la música, pero no es nada fácil, es un país complicado y en el rock alternativo aún más. En nuestro segmento hay cinco o seis bandas que viven claramente de la música, cinco o seis artistas, a lo sumo diez, y el resto lo tiene crudo, no es nada fácil. Hoy en día las plataformas de streaming hacen que haya mucha gente escuchando tu música pero poca luego quiere pagar por verte en directo, y también los festivales son un arma de doble filo; por un lado, son la plataforma que ahora mismo nos está dando a todos de comer y son una opción de ocio muy buena para la gente porque es barata y está bien el hecho de poder ver a tantos artistas juntos, pero, por otro lado, cuanto más tocas en festivales, más público te restas a ti mismo en las salas.

¿Los grupos emergentes lo tienen más fácil ahora con las redes sociales que vosotros?

No, creo que es exactamente igual de difícil, porque ahora todo el mundo puede tener sus discos en internet, pero ¿cuántos de ellos llegan a la radio?, ¿cuántos llegan a dar el salto de tener su disco publicado? Al final el problema es el de siempre, es que de todos los grupos que hay en las redes, de todos los grupos que graban maquetas, que ahora ya no son maquetas porque están directamente en internet, ¿cuántos llegan a dar el salto de la difusión oficial, nacional, en fanzines, en radios, en revistas especializadas? El problema siempre sigue siendo el mismo: cómo intermediar entre las bandas emergentes para colocarlas en el sitio que se merecen de difusión y de comunicación.

También has escrito un libro, Mutante, por la gracia de Dios. ¿Cómo fue la experiencia?

Fue una experiencia tensa y bonita. Durante un tiempo estuve haciendo diferentes artículos para diferentes medios y al final me animé a recopilar todos esos artículos, y a escribir un poco más sobre mis vicios en el rock y cómo es la ciudad de Granada y hablar de varios discos míticos para mí, y la verdad es que me gustó mucho. Tengo pendiente todavía no sé si mi primera novela o mi primer ensayo sobre algo, porque esto es un libro un poco especial, no es novela ni ensayo, es una especie de memoria biográfica sobre mi experiencia en la música y algunas cosas más. Una frikada.

¿Cuáles han sido los bateristas que más te han influido?

No soy nada fan en ese sentido, no me he fijado jamás demasiado en los demás baterías. No me sé las marcas de baterías de nadie, yo no tengo cinco baterías, tengo solo una, no tengo siete cajas, tengo solo dos… Para mí lo importante no es mi instrumento, es tener un grupo con el que poder expresarme, con el que poder escribir letras y con el que poder hacer canciones con las que la gente se sienta identificada. Aparte de eso, soy batería, pero no al revés. No soy baterista y luego me gustan grupos, soy un tío de un grupo al que le gusta tocar la batería, que es diferente. Dicho esto, seguramente David Lovering (Pixies), y los baterías de Sonic Youth, The Cure o Pink Floyd, son los bateristas que más admiro. Casi siempre por su originalidad y sencillez.

¿Qué es para ti el indie? ¿Son los Mutantes indies? ¿Se puede llevar más de veinte años siendo indie?

El concepto Indie viene de los años setenta en Estados Unidos e Inglaterra, y significa que eras independiente respecto de la industria musical tradicional americana y británica de los años cincuenta, sesenta y setenta. Empezaron a surgir discográficas independientes de esa gran industria musical, de esos Virgin, de esos B.M.PIndie significa independiente de la gran industria, y nosotros, por tanto, somos indies totalmente, porque jamás hemos estado en una multinacional.

Al final es una postura creativa, tú puedes ser indie estando en una multinacional, siempre y cuando te dejen libertad absoluta creativa. Por ejemplo, Los Planetas son el paradigma de los grupos indies, porque lo son y siempre han estado en una multinacional. Hay una parte de la etiqueta que se refiere a lo musical que también implica que, aunque estés en una multinacional, no eres David Bisbal, nadie te hace las canciones y nadie te dice cómo te tienen que hacer las fotos. Nadie te impone ninguna norma creativa. Por eso se considera indie a Love of Lesbian, o a Vetusta Morla… porque son gente que han surgido desde la independencia creativa, independientemente del soporte económico, porque al final todos tenemos soporte económico, da igual si te lo presta una multinacional que si te lo presta una independiente.

¿Cómo es el proceso creativo de los Mutantes? ¿Juan Alberto, como abogado, marca la estrategia?

Pues no, Juan Alberto la verdad es que es supergeneroso, él evidentemente es el alma creativa de Niños Mutantes, pero suele llegar con bocetos muy rudimentarios al ensayo, bocetos melódicos a la guitarra acústica que ha hecho en su casa, con algunas melodías o armonías vocales, pero no suele traer las canciones muy cerradas y, por tanto, se produce un trabajo muy intenso de los cuatro Mutantes en el ensayo haciendo las canciones, montando y quitando partes, buscando otras nuevas. Juan Alberto busca nuevos estribillos, puentes y estrofas en los propios ensayos, y nos hartamos de trabajar los cuatro con Juan Alberto. Él es un músico al que no le gusta llevar nada muy cerrado, eso sí, como buen abogado pelea estupendamente bien sus preferencias en cada canción y en cada parte, y tiene un peso específico en las decisiones por ser el creador. Nosotros le vamos proponiendo cosas, unas gustan y otras no. Lo discutimos y seguimos buscando. Resumen, somos muy democráticos en la creación.

Eric, batería de Los Planetas, dice que «una ciudad sin ruido es una ciudad muerta». ¿Cómo ves a Granada?

Estamos luchando por que Granada no sea una ciudad muerta sino que sea una ciudad viva, justamente por eso constituimos Granada Ciudad del Rock, para intentar defender la música y a las bandas emergentes para que puedan tocar, para que cambiemos esas normas y esas leyes, y para que haya un sitio estable donde puedan expresarse.

¿Volverías a ser músico? ¿Qué te ha aportado esta profesión? ¿Y qué te ha quitado?

Sí. No creo que me haya quitado nada la música, si acaso me ha quitado puestos de trabajo en los que yo podría estar ganando más dinero, pero con el tiempo estoy feliz tanto con el trabajo que tengo como con la música y lo que me aporta a todos los niveles. Volvería a ser músico, sin ninguna duda, y la música creo que me ha salvado de destinos mucho peores.

¿Y si un hijo tuyo te dice: «Papá, quiero ser músico»?

Pues estaré encantado. De hecho, tengo un empeño especial en que tanto Bruno como Daniela sean artistas. Mi hija toca muy bien el piano y tiene mucho talento musical. No sé lo que harán, porque no les quiero imponer nada, pero creo que acabarán haciendo algo muy artístico y estaré encantado.

Vuestro público ha ido creciendo con vosotros… Ahora incluso pueden ir a veros los hijos de vuestros primeros fans.

Sí, de hecho, se da bastante esto. Hay gente que va a los conciertos con los hijos que acaban de nacer o con hijos que tienen veinte años porque ellos ya tienen cincuenta. Estamos llegando a la segunda generación de público, cosa que emociona mucho, la verdad.

De vuestra discografía, ¿cuál es el mejor disco para ti?

Yo creo que nuestro disco más redondo es Las noches de insomnio, pero también creo que le sobran un par de canciones. Me parece que tiene canciones muy grandes y es un disco que hicimos sin ninguna pretensión, porque habíamos dejado a nuestra discográfica habitual. Empezábamos con Ernie en Galicia y lo hicimos a ver qué pasaba, sin pensar en nada más, y de ahí salió Las noches de insomnio, que tiene varias canciones que han cambiado la vida de la banda.

Una vez te escuché decir que, si quitaban Radio 3, te exiliabas del país. ¿Qué ha supuesto en vuestra carrera R3?

Todo, sin Radio 3 no estaríamos aquí, ni nosotros ni nadie, ni Vetusta Morla, ni Lori Meyers… El primer pasito de todas las bandas de este país es sonar en Radio 3. El día que cambie eso me cabrearé mucho y, si me puedo exiliar, me exiliaré.

Gonzalo y Mariajo de Bora Bora nos contaron cómo os lo pasáis el día de Reyes con los más pequeños, un concierto que se ha convertido en tradición y del que os sentís muy orgullosos. ¿Cómo empezó?

La verdad es que fue una idea de Gonzalo y de Mariajo, que nos llamaron para hacer un concierto navideño. Al principio era simplemente por promocionar la tienda, cuando ellos abrieron el primer año, y como son muy amigos nuestros les dijimos que sí, pero rápidamente ellos lo mejoraron y dijeron: «Hemos pensado que, si venís de verdad, por qué no lo hacemos de Navidad en Navidad y que los niños se puedan llevar un regalo», y por tanto se inventaron esto de llevar un regalo para otros niños para poder entrar en el concierto. Y la verdad es que el primer año fue una pasada, los niños se lo pasaron tremendamente bien, los padres también y nosotros mejor. Entonces decidimos que «la costumbre es ley», y es una ley universal, ya que Mutantes toca en Navidad en Bora Bora y los niños más desfavorecidos se llevan regalos gracias a los que pueden pagarlos por ver el concierto.

Un artista, ¿nace o se hace? ¿Qué opinas de los concursos tipo Operación triunfo o La voz?

No es nada fácil contestar. Yo no creo que sea artista de nacimiento, no lo creo. Me he formado como artista porque siempre me ha encantado expresarme, poder escribir, y cuando se me presentó la oportunidad de ser músico, la cogí y estaba encantado de la vida, porque me entusiasmaba la idea de poder transmitir cosas al público. No me siento artista de nacimiento, pero es verdad que tienes que tener talento.

Eric, que estuvo en la FLG presentando su libro, comentó: «Todo el mundo puede aprender a tocar la batería», y es verdad, hacen falta paciencia y ganas. Esto lo puedes aplicar al violín, al piano, a la guitarra y al laúd… Ahora bien, luego está el tío que, por nacimiento, ese violín lo va a tocar mejor que nadie del planeta, sí, pero es que esa persona puede que sea el mejor del mundo tocando el violín y que no tenga ningún talento artístico, porque el virtuosismo no siempre significa arte. A mí, los mejores virtuosos de la guitarra del mundo no me dicen nada, me dice mucho más un Joey Santiago en una canción de Pixies, haciendo el bárbaro y sonando a gato chillando. Personalmente, me transmite mucho más, y no eran virtuosos de sus instrumentos, sin embargo, como conjunto eran magníficos haciendo canciones.

En los concursos de talentos, es evidente que, cuando haces un talent show, lo que quieres es ganar dinero gracias al que está haciendo ese concurso, es lícito y lo hacen las televisiones como algo normal, ya sea de cocina, de costura, de magia, de voces o de lo que sea. A mí eso no me parece mal, lo que me parece fatal es que, a la vez que se hace un Operación triunfo, no haya un programa similar de música en directo de todo el rock y pop alternativo que se han hecho en este país en los últimos treinta años, con canciones enormes y con gente que está llenando plazas de toros y que no acceden nunca a los medios de comunicación masivos, que es una cosa que no se entiende. Eso ha de cambiar y debería normalizarse para que todos pudiéramos vivir mucho mejor de la música como artistas y para que el público pueda escuchar todo lo que hay y elija libremente sin exclusivos criterios mercantilistas.

¿Cómo mezclas la labor en Niños Mutantes con la Feria del Libro? ¿Cómo surgió el que gestionaras la Feria del Libro?

Cuando no me podía ganar la vida con la música, decidí ganármela con los libros, que es uno de los mayores errores que he cometido en mi vida, porque, si no te la ganas con la música, ¿para qué cojones intentas ganártela con los libros? Hay que ser torpe dos veces. Pues yo me empeñé en ser torpe dos veces y fui muchos años librero, tenía una librería en Granada que se llamaba Oxford Street. Ahí hacía de todo, a nivel pequeñito: hacía presentaciones de poesía, hacía gestión cultural dentro de mi librería y luego pasé a hacerlo para Librería Babel de Granada, la más grande junto con Picasso, y estuve muchos años inventándome cosas muy raras dentro de las librerías, haciendo conferencias, charlas, magia… de todo.

Luego lo dejé durante un tiempo en el que me dediqué mucho a Mutantes y hace cuatro años me llamaron. Había un coordinador anterior que lo dejó y alguien se acordó de mí, como gestor cultural y como librero, me llamaron y les dije que sí, que encantado. Había más candidatos, pero al final se decidieron por mí y la verdad es que lo agradezco mucho. Llegué con la misión de cambiar la dinámica de la feria y en ello estamos.

La Feria está creciendo, cada vez hay más casetas, la gente está contenta. ¿Qué has aportado o qué tiene la Feria del Libro de Granada diferente a lo que tienen otras más hérmeticas como la de Sevilla?

[Risas] Hicimos una cosa muy importante, que era pensar en la Feria del Libro como en una fiesta de los libros, una fiesta cultural, nos olvidamos de los libros un momento para pensar en cómo podía convertirse esto en un evento cultural de máximo nivel y además multidisciplinar. Yo soy un tío un poco raro, soy músico, pero a la vez soy amante de los libros y, a la vez que soy amante de los libros de ensayo y de literatura, soy un amante del ensayo científico, porque hice hasta 1.º de Farmacia y luego me cambié a Historia, pero se supone que yo era de ciencias. Soy un enamorado de las dos culturas y se me ocurrió meter dentro de la FLG al Parque de las Ciencias y el Instituto de Astrofísica de Andalucía, donde están algunos de los mejores astrofísicos de Europa. Ellos alucinaron con mi propuesta y se atrevieron a venir. Que la ciencia esté dentro de la FLG la hace muy especial.

Por otra parte, me dije: «Tengo que aprovechar mis contactos y hacer un ciclo de música en el que vengan los mejores músicos de España a hablarnos de sus libros y a enfrentarse a la gente en la FLG, y debería ser un éxito», y, claro, lo fue.

Por último se nos ocurrió otra cosa: hacer un concierto en el que las entradas se adquiriesen comprando libros en la feria. No hicimos exactamente eso, pero de esa idea surgió el programa Cultura por Libros, a través del cual cada año ofrecemos unas dos mil entradas para los diferentes eventos culturales y turísticos de la ciudad a los que se puede acceder comprando libros en la feria.

Todo esto lo juntas en una coctelera, lo remueves, lo abres y sale la nueva Feria del Libro de Granada, que se ha dinamizado de una manera bonita y muy potente gracias a todo ello.

¿Tenéis contacto con otras ferias del libro o algún gremio que os una?

Con quien más contacto tengo ahora mismo es con la gente de la Feria del Libro de Almería, que además lleva también la de Málaga, con Manuel, de la Librería Sintagma de El Ejido, que tenemos los dos más o menos los mismos criterios. A él le gusta mucho mi modelo de feria y está llevando allí algunas cosas nuestras. Ahora está llevando a músicos, que vienen aquí primero y reciclamos a Almería, e intentamos compartir autores cuando podemos. Este año ha empezado a promoverse una Asociación de Ferias del Libro de España, pero no pude ir a un congreso que hubo en Sevilla en marzo, porque estaba muy liado con la Feria del Libro de Granada. Tenemos un grupo de e-mail en el que se está informando y proponiendo acciones. Está motivado por la Feria del Libro de Madrid y ya veremos en qué queda la cosa, pero puede ser interesante que compartamos algunos criterios, propuestas e información, y hagamos fuerza común.

Una de las cosas que más me gustan de la Feria del Libro de Granada es el «Tres Festival». ¿Qué respuesta está teniendo ese evento dentro de la Feria del Libro?

Una de las primeras cosas que hice cuando me nombraron director de la Feria del Libro de Granada fue llamar a mi amiga Olga Cuadrado, directora de la Biblioteca de la Fundación Tres Culturas de Sevilla, y le dije que me acababan de nombrar director de la Feria del Libro de Granada y, como ella es una grandísima gestora cultural, le dije que tenía que ayudarme a que colaboraran ambas instituciones. Ese primer año no hubo mucho tiempo, pero hicimos una charla muy bonita de uno de los grandes autores argelinos, Rachid Boudjedra, y empezamos a darle vueltas a ver qué podíamos hacer conjuntamente. Coincidió con que a Olga se le ocurrió hacer un encuentro específico de autores del Mediterráneo y, por el coñazo que yo le estaba dando en aquellos días y meses, tras algunas reuniones con el Ayuntamiento y Granada Ciudad de Literatura UNESCO, la dirección de la Fundación Tres Culturas decidió hacerlo en Granada. Estamos encantados y muy agradecidos a la Fundación por poder tenerlo aquí.

Este año habéis tenido un buen cartel con Slavenka Drakulic, Alessandro Baricco, Muñoz Molina… es un nivelazo. ¿Esto lo hacéis cada dos años?

Sí, es bianual, la Fundación Tres Culturas lo hace cada dos años en Granada (esperamos que siga haciéndose en Granada), y lo hace coincidiendo con la Feria del Libro, pero lo hace en el Centro Federico García Lorca, de forma diferenciada, en su propio espacio, y solo compartimos algunas charlas y acciones. Para nosotros es una bendición. Hace unas horas ha estado aquí sentado Alessandro Baricco firmando libros, y para mí es todo un honor tenerlo ahí firmando a sus lectores gracias a Tres Festival. Compartimos encuentros con lectores, clubes de lectura, algunas de las mesas redondas del festival se hacen en nuestro espacio central de conferencias e intentamos que haya mucha fluidez y ayudarlos en todo lo posible.

En Granada, cuando hay un incremento de expositores, buscáis la manera de incrementar el espacio. Por ejemplo, en la Feria del Libro de Sevilla siempre están limitados y nunca quieren hacer crecer la feria. ¿Vosotros contáis con todo el apoyo del Ayuntamiento en ese sentido?

Sí, pero este año hemos tenido muchos problemas porque hemos tenido ochenta y un stands, que es el récord de la Feria del Libro de Granada. Esto ha provocado que los participantes que están en zonas nuevas tengan menos visitas y estén vendiendo menos, porque la gente no está acostumbrada a esas nuevas zonas. Granada es como es, una ciudad pequeña en la que todo el mundo pasea por la carrera de la Virgen, por Puerta Real, pero poca gente se para en la plaza del Humilladero, ha habido varias circunstancias un poco extrañas. La carpa de las ciencias, que está ahí mismo, se llena todos los días, pero la gente no se recicla y va a las casetas de libreros y editores que hay allí, es una cosa un poco rara, tenemos que estudiarla y mejorarla. Lo que no parece lógico es limitar el número de expositores en una Feria del Libro que cada vez tiene más demanda. Así que hay que reflexionar sobre cómo plantear la ubicación en próximos años.

En la Feria del Libro de Santander no permiten editoriales y al final es una feria con ocho casetas. El gremio de libreros no permite que haya editoriales, ¿eso no va en contra del cliente?

Desde mi punto de vista, sí. Creo que los libreros serían felices si se hicieran las ferias del libro solo para librerías, pero yo creo que eso es un error, nosotros no estamos aquí defendiendo solo a las librerías, estamos aquí defendiendo la lectura, los libros y la importancia que el libro tiene como transmisor de cultura y conocimiento. Estamos aquí para defender que la gente siga informándose y pida esa información a través de los libros, y no solo en las librerías, sino en cualquier medio de difusión de la lectura, animación a la lectura, conocimiento literario, cultural, humanístico, científico… nuestra misión como FLG es defender todo eso para una sociedad mejor.

Con esa visión que tienes de llevar el libro a lo máximo posible, no contáis con promotores como la Fundación Lara o Grupo Anaya. ¿Por qué es así? ¿Es una cuestión de clientelismo? ¿No os reciben? ¿No os dan apoyo por algún motivo?

Llevo cuatro años luchando con fundaciones e instituciones que necesito que entren en la Feria del Libro de Granada, y muchas de ellas ya están dentro, sobre todo las granadinas. La FLG que me encontré no tiene nada que ver con la actual en este sentido, y les envío mi más sincero agradecimiento a todas ellas. Es vital ese apoyo porque para nosotros es muy difícil hacer un formato de feria en el que haya todos los días un autor importantísimo, ya que no tenemos esa capacidad financiera. Lo único que le falta a la Feria del Libro de Granada, seguramente, es que los diez autores más importantes del momento, nacionales e internacionales, pasen por ella, pero no tenemos esa capacidad aún.

El Festival Internacional de Poesía, ¿lo organizáis vosotros?

No, es totalmente independiente de la Feria del Libro de Granada y tiene un presupuesto propio.

¿No se ha pensado integrarlo en la Feria del Libro de Granada?

Bueno, personalmente me parecería estupendo, pero a ellos no les interesa y yo lo entiendo, porque la Feria del Libro de Granada fagocita todo lo que tiene alrededor, son días tan intensos con tantísimas presentaciones que es muy difícil estar aquí metido y no diluirte, que no parezca todo FLG; cuando, sin embargo, el Festival Internacional de Poesía de Granada tiene mucho prestigio, lleva muchas ediciones, tienen un magnífico programa y se merece su propio sitio.

Por tu conexión con librerías y editoriales, ¿cómo se está viendo el mercado, ahora que parece que nos recuperamos de la crisis?

Yo creo que si Jot Down ha sobrevivido [risas], y habéis sido capaces de vender revistas de papel en los kioscos con la que ha caído, en plena crisis, es que todas las estadísticas que habíamos preparado hace ocho años eran mentira, siempre hay un margen de error y nos hemos equivocado. El libro digital iba a acabar con el libro de papel, y puede ser que pase, pero igual es dentro de treinta años, porque por ahora no ha pasado.

Cuando yo era librero —lo dejé en 2008— ya hablábamos de esto y estuvo a punto de matarnos la crisis, pero no el libro digital, y ahora mismo, en comparación con lo que se consume en libro de papel, no tiene mucha importancia. Se vendió como una herramienta muy sencilla y muy cómoda, pero cuando tú estás en la playa con una tablet de cómodo no tiene nada, cuando sopla el viento, cuando el sol luce, cuando la arena se te mete en la tablet… Al final, un libro de bolsillo sigue siendo mucho más manejable. Y luego estamos además los que amamos ese olor del papel, ese tacto. El hecho de leer todo el rato en un mismo formato, en un e-book, hay gente que lo lleva muy bien, pero yo lo llevaría fatal.

Da igual si te estás leyendo el último ensayo de Antxon AlberdiLos agujeros negros, o Ana Karenina, el formato de lectura siempre es el mismo y a mí eso me desespera, nunca hay una portada, nunca puedo cerrar el libro y ver la portada y releerme la contraportada, que lo hago diecinueve millones de veces con cada libro que leo. Son cosas que los que somos lectores habituales no somos capaces de superar. Fíjate el mal rollo que le tengo al digital que no he intentado nunca leer un libro en tablet. Soy el «abuelo Cebolleta» de los libros [risas].

Como apasionado de la música y como apasionado de los libros, ¿vas a escribir algo de música?

Me encantaría. A mí me gusta escribir mucho ensayo, no me veo tanto escribiendo una novela, pero sí escribiendo sobre lo que yo opino de la vida en general y de las cosas. Tengo algo empezado sobre África, porque yo viajo mucho a África, y me gustaría que esto, en vez de ser un relato de diez páginas, acabara siendo un libro —formalmente hablando—, pero, bueno, ahí estoy, lo intentaré si tengo tiempo y a ver qué pasa.

Recomienda a los lectores de Jot Down el libro que crees tú que este año merecería la pena leer.

Yo no soy un tío muy de novedades, siempre voy leyendo cosas que me apetecen en cada momento, pero voy a recomendar dos libros, uno que tardé mucho en leer y que casi me dejó en estado de shock, lo leí hace un par de años: 1984 de George Orwell. Es una novela magnífica y una predicción con más de sesenta años que poco a poco se ha convertido en realidad, y que va a perdurar siempre porque está escrita de una manera magnífica y hay un trabajo detrás de la novela impresionante. Voy a recomendar también a Stefan Zweig, que es un autor que me encanta y cualquiera de sus libros son magníficos, aunque me gusta más el ensayo que la novela.


Violencia lírica: edición en español

Mecano. Imagen: BMG Ariola.
Mecano. Imagen: BMG Ariola.

(La versión internacional aquí)

Hay que tener el alma muy negra para rimar «boca» con «loca», y eso es una verdad universal que no impidió que en el año 2000 un artista llamado Raúl, que decidió que los apellidos artísticos eran para los cobardes, atronase el verano con «Sueño su boca», una canción que ya amenazaba con la rima forzada en su propio título. Años más tarde, un protoblog llamado Neuronas muertas, administrado por un tal Juan, que decidió que los apellidos eran para aquellos que buscaban la fama, se agazapa entre los pliegues y recovecos de internet dando cobijo a una recopilación fabulosa de otro tipo de horrores poéticos y musicales: una lista de canciones que, demostrando poseer unas gónadas de titanio forradas de adamantio, se atrevían a rimar «coche» con «noche». Como apuntaba John Tones en Canino lo más meritorio del asunto era que Nosoträsh casaban aquellas dos palabras malditas en hasta tres canciones diferentes.

Letras del averno

Hace unos días Dani Martín aseguraba en Twitter que en caso de tener que elegir entre componer un reguetón o fenecer, su opción inmediata era abrazar a la Parca muy fuerte. Resultaba un gesto muy digno por la parte que le toca a un exintegrante de El Canto del Loco que en algún momento interpretó esto:

Yo soy Sperman y he nacido en un local de ambiente
quiero tener el control de tu mente
quiero sentir que no soy el único indecente
te voy a robar la fantasía sexual
de la gente, de tu mente
¿Quién es? ¡Sperman!

(Tema: «Super héroe»)

Lo cierto es que resulta hasta lógico razonar que sentarse ante ciertas demostraciones líricas quizás supone un destino peor que la muerte inmediata. Y para demostrarlo la música en español se ha tomado la molestia de ofrecer a lo largo de su historia abundantes ejemplos de atentados poéticos. Amaia Montero se reveló como una beta de Turista En Tu Pelo al canturrear aquel «Quiero ser una emigrante de tu boca delirante / de deseos que una noche convertiste en mi dolor». El Arrebato entonaba un muy cuestionable «Búscate un hombre que te quiera / que te tenga llenita la nevera» que parecía condenar a la querida a la cocina y Rebeca, célebre por ser prima de Benicio del Toro, llevaría los escenarios un «Tú siempre fuiste duro de pelar, duro de pelar / Yo siempre en casa loca por amar, loca por amar» que digievolucionaría en anuncio de neumáticos.

En el fondo estamos tratando con una sociedad que ha vivido una etapa pop, que muchos insisten en bañar en oro, donde de algún modo retorcido se consideraban románticos versos como «Besarte es como comer palomitas de maíz / Corazón de melón, Venus salida del mar / del negro de un mejillón son tus ojos en su punto de sal» («Sabor de amor» de Danza Invisible). Y un panorama musical donde el «Quiero ser un bote de Colón / y salir anunciado por la televisión» de Alaska y los Pegamoides logró llegar más allá del estudio de grabación. Durante la época en la que Depeche Mode estaba alegrando los trastornos depresivos de todos los suicidas del mundo, en este país teníamos nuestro equivalente playero en un par de trovadores modernos de Badalona:

Tu piel morena sobre la arena
nadas igual que una sirena
tu pelo suelto moldea el viento
cuando te miro me pongo contento

(Viceversa – «Ella»).

Incluso sería conveniente señalar que a día de hoy Tam Tam Go! aún no ha pedido perdón por lo de «Atrapados en la red», aquella canción que hablaba como el geek noventero de la serie Nada es para siempre:

Te di todo mi amor arroba love punto com
y tú me arroba-roba-robado la razón
mándame un e-mail que te abriré mi buzón
y te hago un rinconcito en el archivo de mi corazón.

Jarabe de Palo asentó el fenómeno hater antes siquiera de que hubiese un nombre en inglés para describirlo gracias a cosas tan elaboradas como aquel «Bonito, todo me parece bonito / Qué bonito que te va cuando te va bonito, qué bonito que te va». Ainoha Cantalapiedra ganó la segunda edición de la fábrica de churros conocida como Operación Triunfo y acabó perpetrando «Tu mejor animal», una tierna baladita que contenía esto:

He limpiado los platos y de comer al gato,
nuestra última follada de ayer
dime qué tal.
[…]
Mi mayor deseo es estar en tu casa
atenta a todas las «cositas» que te pasan
lamer tu mierda como si me interesara
saber si te has ido con otra a pasear.

Dentro de ese burbujeante ecosistema musical la categoría erotismo completamente errado gozaba de participantes muy entregados cuyos esfuerzos solían provocar más complejos de avestruz que humedades en la ropa interior:

Me gustas tú, me pones a cien
y en tienda de campaña me levanto por tu piel

(Javi Cantero – «Me pones a cien»)

Ahora te debes callar
y vas a saborear
el exquisito manjar
que pongo en tu boca
sé que me harás disfrutar
que te vas a esmerar
como siempre lo harás, muy bien muy bien
[…]
Pero cariño no pares, tú sigue y no hables
que Dios te lo pague que lo haces muy bien
y mientras yo me concentro,
chúpala más adentro
que ya llega el momento y lo has hecho muy bien

(Semen Up – «Lo estás haciendo muy bien»).

[Actuación que incluye el bonus antierótico de ver a Alberto Comesaña poniéndose en el micrófono en el pito e invitando al público a arrimarse].

El columpio asesino. Imagen: Mushroom Pillow
El Columpio Asesino. Imagen: Mushroom Pillow

La rama indie tampoco se libraba de pelear por medalla en la competición de la vergüenza ajena. El tema «Toro» de El Columpio Asesino suele ser un habitual en las listas de canciones que provocan bochorno de manera instantánea:

Maraca loca piano ardiente
nunca fuimos delincuentes
gafas negras en la noche
vamos niño sube al coche
[…]
Con amigos y extraños
coincidimos en los baños
siempre te gustaron largas
amarga baja, amarga baja

Y mientras tanto la lírica a pie de calle del rap en castellano también ha sabido demostrar que no se quedaba corto en cuanto a cantera prometedora:

Parto, como parte tu cerebro la heroína
que me piden muchos yonquis por ser negro en cada esquina
soy un camello de ingredientes ilegales metalíricos
obviamente acompañados de sampleados metarrítmicos
[…]
No es una pintura, ni es una escultura
simplemente rima pura y dura
es la gran obra maestra

(Frank T  – «La gran obra maestra»).

Y ahora veo en la Fnac un nice price
yo tengo un flashback o me siguen las Girl Spice
la marca de guay es una fuerza que hay
bebidas light hay un joven nice
que sonríe a la life
la marca de guays de nuestra ropa el clímax
es una mancha de pis que todos adoramos

(Gris Medina – «Publicity»).

No entiendo lo que dices
no me toques las narices
da igual lo que me rimes
Vo-ca-li-za
¡Yo! vengo a darte un par de frases
de esas que me han hecho conocido en parte
por cuidar mi dicción El Chojin comparte
con todos los otros los que viven rap ¿o no?
(El Chojin – «Vo-ca-li-za»).

Aunque en la actualidad todas esas gemas del rap patrio palidecen ante la nueva corriente de trap en castellano alumbrado en chándal en los callejones más selectos. De las divagaciones de Kinder Malo:

Mi polla entre tus tetas es una cubana
Banana con arroz, arroz a la cubana
Si tú has nacido en Cuba eres una cubana
Cuando vas como una cuba eres una fulana
Una manzana grande no es la gran manzana
Yo follo con tu puta y me pone el pijama
Las putas te putean cuando tú las amas.

(Kinder Malo- «La ley de Eddie Murphy»).

Pasando por las jornadas playeras de La Zowie:

Besis
Pa toas mis bitches
Pa toos mis goonies
Yo soy pobre pero voy con veinte yolas
todas bonitas expertas liando bolas
Tamos fumando porro en la playita
comiendo molly como pica-pica
[…]
Bitch, quiero money
y tengo un montón de goonies
si tú quiere uno pay me
No tengo na pero toy pimpin
En mi casa toas tus bitches
yo haciendo tortelini
pa poner fuertes a mis goonies
(La Zowie – «Baby come n get it»)

El logro de la Zowie es cantar en uno de los lenguajes más difíciles de aprender, aquel que se sitúa por encima del alemán y por debajo del furbish: el suyo propio.

Hasta aterrizar delicadamente sobre esa sensibilidad refinada de los alegres jovenzuelos que conforman Pxxr Gvng:

Tu coño es mi droga
tu coño es mi droga
tu coño es mi droga
tu coño es mi droga
tu coño es mi droga
tu coño es mi droga
[…]
Te entro con otro tema
pero tú sabe quiero droga
en la mirada me se nota
yo lo que quiero es tota
tu coño me produce fucking drogadicción

(Pxxr Gvng – «Tu coño es mi droga»)

Pero los incombustibles héroes patrios siempre serán Mecano, aquella milicia formada por Ana Torroja y los hermanos Jose María y Nacho Cano que llegaría a coronar cumbres en la historia de la poesía castellana encadenando composiciones maravillosas:

No hay marcha en Nueva York
ni aunque lo jure Henry Ford
no hay marcha en Nueva York
y los jamones son de York

(Tema: «No hay marcha en Nueva York»)

Ay dalái lama dalái lama dalái
ay dalái lama ay dalái dalái
Ay dalái

(Tema: «Dalái lama»)

Cuando me desperté y vi a otro tío acostao
De espaldas a mi lao. Me dije: ¿El pavo este? ¿Quién es?
Luego ya razoné, la culpa es del alcohol
Debí mezclar ayer hasta volverme maricón
[…]
Y por otro lao (Por el lao de atrás)
No debe estar tan mal (Pero si es lo más)

(Tema: «Stereosexual»)

Hawaii-Bombay, tumbado en mi hamaca
Hawaii-Bombay, toco una maraca
pachin, pachin, canto una de MachÍn.
Hawaii-Bombay a la luz del flexo
Hawaii-Bombay nos damos un beso

(Tema: «Hawaii Bombay»).

Mención especial para el dramático y rompedor desenlace del tema «Esto no es una canción»:

Con la mierda del caballo no hay quien pueda
si estás enganchao te quedan dos de dos
robar pa comprar o venderla y sisar
y las dos terminan antes o después
con el culo roto y el sida en Carabanchel

La canción del verano

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Georgie Dann. Imagen: TVE.

Por encima del punk escatológico que ofrecieron gourmets ilustres como GG Allin, e incluso más arriba de aquel metal noruego cuyos miembros tiene por hobby quemar iglesias y apuñalarse entre ellos, se acomoda el subgénero que más horrores innombrables ha generado en la historia musical: la canción del verano. Una epidemia propagada entre chiringuitos playeros y antros donde consideran normal poner sombrillas diminutas en las copas, una variedad musical que parece impensable que pueda ser disfrutada en la intimidad del hogar sin estupefacientes de por medio: la imagen de una persona civilizada sentada en el sillón de su casa escuchando por decisión propia «Mi vida. Los micrófonos. Las tetas. Los micrófonos. Los culos. Los micrófonos» es probablemente una evidencia clara de cierto nivel de psicopatía. Y si bien es cierto que biológicamente el ser humano parece demostrar un acercamiento innato hacia el ritmo, los bebés bailan antes de saber andar y el propio cuerpo tiene un metrónomo de serie llamado corazón, es difícil sacudirse ante un «Bomba (sensual) / un movimiento sensual (sensual ) / un movimiento muy sexy (sexy) / un movimiento muy sexy (sexy)» sin tener la sensación de que se están haciendo malabarismos con las leyes de la naturaleza.

Aquellas aberraciones sonoras estivales acabaron demostrando que toda canción que incluya un «este ritmo nuevo que traigo» entre las estrofas es indiscutiblemente un instrumento del mal, que cualquier inepto puede acabar sonando en una discoteca, que contra toda lógica es posible escribir «Quiero montarme en tu velero / ponerte yo el sombrero / y hacernos eso, ay ay ay ay» sin que se te pudran las manos, que ni siquiera es necesario que la propia letra tenga coherencia mientras muevas la cabeza mencionando un montón de banderas para que todo el mundo se sienta identificado, que a alguien que no ha salido de Vallecas en su vida le han colado que tiene un montón de sangre latina en plena ebullición y que en general es posible execrar una canción sobre la gilipollez más ridícula posible y acabar barriendo billetes:

Lo paró con una mano, lo paró que yo la vi.
cho-cho-cho-fer para el taxi,
cho-cho-cho-cho-cho-fer para el taxi
Ella está pa un accidente
no me importa si está crazy
no me importa si hace vino por ahí.

(Omani García, Pitbull y Sensato – «El taxi»).

O driblar las neuronas de la audiencia extrayendo de la chistera un idioma propio:

Chinga chinga a pelo piqué
bicho malo pillé
minga chunga ladilla pillé
chichi chungo trinqué
iba bolinga capucha no usé
chati mangui pringué
pica pica cocos y minga
lavo nabo con gel

(La Banda del Capitán Canalla – «Bicho malo pillé»).

Uepa
Wata negui consup
yupi pa ti Yupi pa mi
luli ruami wanaga
[…]
wata negui consup
wata negui wanaga
Si tú quieres bailar,
Sopa de caracol
(Banda Blanca – «Sopa de caracol»)

Ouyea
sea son yo macarron
yee macarron no
chacarron chacarron chacarron
nmygudlmnglmne
nmnmw nglmdmlmgmdmme gdlmn nmnlm
Chacaron chacarron tiniminin ron
chacarron chacarron tiniminin ron

(El Chombo – «Chacarron macarron»)

Lo de Georgie Dann ya era una titulación de grado superior en artes arcanas que el resto de mortales no alcanzábamos a comprender. Ese übermensch era capaz de dedicarle una canción a una escobilla de váter y lograr que las caderas se desintegrasen en Benidorm en pleno desenfreno, y cosas como aquel vídeoclip de «Kumbo» engalanado con comentarios solo existen en este mundo para demostrarlo. El propio Dann, consciente de cómo su mera existencia interfería con este plano de la realidad, llegaría a intentar estabilizar el equilibrio entre el bien y el mal con la metaflagelación de «Mecagüento», un tema donde se bajaba los pantalones y hacía de vientre sobre la época estival que le daba de comer y también, de manera poco discreta, sobre lo que vendría a ser toda su carrera musical. En el fondo todos los grandes genios tienen ese punto de locura.

Y entonces llegó Lorna y «Papi chulo» causó más estragos que la peste negra, el cólera y las actualizaciones del Avast juntas. Y el infierno en la tierra dejó de ser monopolio del black metal:

Tú quieres mmm,
te gusta el mmm,
te traigo el mmm,
y Lorna a ti te encanta el mmm,
que rico el mmm,
sabroso mmm
y a ti te va a encantar el mmm
[…]
Todos con las manos al cielo
no piense en el suelo
mujeres vírgenes que se quiten los pelos
como dice el barbero: pelo, pelo, pelo
(Tema: «Papi chulo»).

En la actualidad aún se espera que a Pitbull, King Africa, Enrique Iglesias y a los cabrones que estuvieron batiendo mayonesa durante todo el verano del 2000 se les juzgue por crímenes contra la humanidad, y mientras tanto al otro lado del charco se generan mutaciones de lo que aquí entendemos por ritmos veraniegos formando locuras difíciles de asimilar: Delfín Quishpe ideó el homenaje más espeluznante que se podía hacer a las víctimas del 11-S con «Torres Gemelas», una canción que le cantaba a un amor perdido que trabajaba en el WTC y cuyo videoclip también incluía el número de teléfono del artista para contrataciones varias.

Sé que te quedas
ya sepultada,
en los escombros
de Torres Gemelas
Cuanto quería
estar contigo,
nunca pensaba
que vas a morir
Diosito lindo
no puede ser,
solo llorando
podré olvidar

(Delfín Quishpe«Torres Gemelas»).

Perversiones

Haciendo la cobra al propio título del artículo, y dejando la puerta abierta algún tonteo con la lengua extranjera de artistas que normalmente cantan en español nos topamos con un Ramoncín que en su momento lo intentó con el «Come As You Are» de Nirvana y lo mejor que se puede decir de aquella actuación televisada es que la banda que lo acompañaba resultaba muy profesional al aguantar tan bien la risa. Pitingo también se ensañaría con la banda de Kurt Cobain al darle una paliza al «Smells Like Teen Spirit» y sin tener la decencia de llamar a una ambulancia tras el atropello (aunque lo cierto es que todo lo de Pitingo habitaba un plano de conocimiento superior al nuestro). El «Angie» de The Rolling Stones interpretado por Melendi haría desear que el asturiano incluyese la guitarra en su dieta habitual.

Enrique Iglesias sacó a pasear los gallos en un directo de «La chica de ayer», Seguridad Social no tuvo piedad con el «Wish You Were Here» de Pink Floyd y nadie en todo el planeta estaba preparado para el «Nothing Else Matters» de Metallica sonando a través de la nariz de Shakira. Los escalofríos llegaron con los Hermanos Calatrava surcando el cosmos y abusando del «Space Odditty» de David Bowie.

Aun así, todo lo anterior palidecía ante las versiones amateur de ciertos políticos latinoamericanos, desde Cúcuta un tal Jorge Acebedo despedazaría el «Gangnam Style» para su campaña con la profesionalidad de alguien cuyo único contacto con la música ha sido jugar al Sing Star. Y Walter Wayar proyectaba su luz interior a través de una minuciosa coreografía al contonearse sensualmente ante aquella revisión posmoderna, y absurdamente pegajosa, de «Voyage, Voyage».

Da igual si representa a una coalición entre Sauron, Lord Voldemort, Darth Vader, Satán en un mal día, tres profundos de Y’ha-nthlei y una conga de reptilianos. Mi voto lo tiene desde la primera estrofa.

Los madrileños Sándalo se convirtieron en semidioses del rumbakalao a principios de los noventa al encadenar una ristra soberbia de adaptaciones de éxitos internacionales. El «Informer» de Snow mutaba en un «Te informo» de letra profunda («Mira a esa rubia que buena que está, y la morena que viene detrás. Oye morena qué forma de bailar, como no pares me voy a desmayar») y «Tribal dance» de Two Unlimited renacía como un combinado de techno, rap y flamenco llamado «Ritmo tribal». La festiva formación llegó incluso a atreverse con Ace of Base, versionando «The Sign» por un lado y transformando su «All That She wWants» en un romántico «Desnúdate» («Desnúdate, y hagamos el amor, que ya no aguanto. Desnúdate, ya no puedo escapar a tus encantos»).

El tonteo de Azúcar Moreno con estilos ajenos a su carrera resultaría especialmente trágico cuando decidieron agarrar el «Paint it Black» de The Rolling Stones para untarlo con sintetizadores y palmeados flamencos transformando de manera instantánea un clásico en el hilo musical ideal para celebrar una misa negra.

No sé qué pasa que lo veo todo en negro / porque cualquier color se me convierte en negro.

Y por último, dos grandes artistas ofrecieron una lucha a muerte por crear el tema en inglés más glorioso: El Príncipe Gitano y su EX-QUI-SI-TA versión del «In the Ghetto» de Elvis Presley capaz de invocar la lágrima más sincera (la humanidad aún no ha agradecido lo suficiente que aquel vídeo incluyera subtítulos incorporados) y la FA-BU-LO-SA «The Age of Aquarius» a cargo de Raphael, un tema tan poderoso como para convertir a Muzzy en un amasijo de pulpa verde agonizante.

Es como Wagner, lo escuchas y te dan ganas de invadir cosas. Para empezar, la casa de Raphael. Con un lanzallamas.

Subjetividad y objetividad aplicada

En realidad todo lo que antecede a este párrafo nunca ha pretendido acomodar cualquier tipo de cátedra o verdad universal. Lo cierto es que es exactamente aquello a lo que le cantaban Los Punsetes en, esta vez sí, una de las mejores canciones del pop español reciente.

 


Belleza artificial: defensa de Camilo Sesto

Camilo Sesto en una imagen promocional de Jesucristo Superestar, 1975. Imagen: Ariola.
Camilo Sesto en una imagen promocional de Jesucristo Superestar, 1975. Imagen: Ariola.

La carrera de Camilo Sesto, sus números uno, los millones de discos vendidos, la lista interminable de premios, su talento como compositor y cantante excepcional, todo eso ha quedado olvidado por un defecto de forma. Quizá «Vivir así es morir de amor» se salva de la quema, porque seguirá sonando en todas las fiestas, karaokes y Nocheviejas del mañana. Pero nunca ha sido cómodo demostrar admiración hacia Camilo Sesto. En los años de sus grandes éxitos, y cuando digo grandes éxitos estoy hablando de un estatus de estrella de la música que muy pocos han alcanzado y nadie volverá a alcanzar, la crítica y el público serio lo despreciaron, tachándolo de simple cantante para fans. Pocos se acordaron de sus comienzos como músico yeyé, cuando aún conservaba su apellido real, Blanes. Su debut en el cine fue con la comedia de Pedro Lazaga, Los chicos del Preu (1967), junto a Karina, otra de las estrellas de los años sesenta, en la cual interpretaba al hijo tarambana de José Luis López Vázquez, quien se desesperaba porque su primogénito en lugar de estudiar pasaba el tiempo «tocando la guitarra electrónica». En 1962 ya había sido el cantante de los Dayson, su primer grupo, formado en Alcoy, su ciudad natal. Inspirados por Bruno Lomas y los primeros Beatles, llegaron a Madrid a participar en los concursos de nuevos talentos, pero salvo un single apenas tuvieron repercusión. Tras dos años y varias actuaciones en discotecas de la periferia, los Dayson se disolvieron. Camilo se quedó en Madrid, sustituyendo una breve temporada a Daniel Velázquez como cantante de Cefe y los Gigantes, y poco después pasó por la última época de los Botines, cuando ficharon por Sonoplay.

Tras meses haciendo coros en innumerables singles, trabajando como músico de acompañamiento, incluso de gogó en las galas que organizaba Rosetta Arbex, Camilo debutó en solitario con el apellido Sexto y un desafortunado single, concebido por Juan Pardo como canción del verano, pero que salió en otoño. Habría que esperar al año 1972, cuando firmara con Ariola, el sello recién instalado en España, y deslumbrara al público con dos elepés, Algo de mí y después Solo un hombre, que lo consagraron como cantante pop definitivo, de look semejante al de Junior y rodeado de grandes músicos de sesión. «Algo de mí», la primera canción y el primer gran éxito, demostraba que Camilo ya no quería ser un cantante rock, ahora había diseñado perfectamente su estilo de canción melódica. Camilo demostraba sus dotes para las canciones ligeras y las baladas de gran intensidad, con influencias de la música disco, el soul y los ritmos mediterráneos. Sus canciones incluían reflexiones inéditas para la época sobre las relaciones amorosas. A partir de ese año, se sucederían los elepés, las canciones número uno y las giras multitudinarias. En una entrevista con Encarna Sánchez esta le preguntó por qué no se hacía llamar «Junior Segundo» por el parecido físico entre Junior y él. Camilo replicó que por qué no mejor «Camilo Sesto».

Eso es lo que ha hecho Camilo toda su vida, cantar y componer cientos de letras sobre el amor y sus circunstancias, sin pretensiones de autor profundo y sin miedo al ridículo. No solo para sus discos, sino para muchos otros artistas. Es uno de los autores más prolíficos del pop español. Le hemos escuchado haciendo spoken word, cantando en falsete agudo y desgañitándose como un rockero, incluso interpretando en inglés de manera impecable. La cantidad de confesiones íntimas pueden tumbar hasta al más sentimental, pero a diferencia de sus rivales directos, son canciones libres de afectación, sin forzar el tono, solo con la fuerza de una voz única. En los primeros setenta, su look mostraba detalles glam, pero a medida que pasaban los años, su imagen se hizo cada vez más sobria en el atuendo y peinado, siempre la media melena y el traje de vestir. Lo volvía muy raro en el carnaval de los ochenta, y no digamos en el astracán de los noventa. No se sabe cuándo el traje de chansonneir bohemio de Raphael se convirtió en una autoparodia, pero la pinta de Camilo Sesto es un anacronismo calculado, como salido de una orquesta de provincias, aunque sin llegar a la altura de la escuela de imitadores crecidos a su sombra y a la de Nino Bravo, de voces y peinados asombrosos.

A pesar de esta formalidad en el look y los gestos, seguía habiendo algo sin definir que lo volvía irresistible como personaje y artista. Además de estar todas las semanas en las listas de éxitos y los medios de comunicación, la vida privada de Camilo era una incógnita, siempre rodeada de preguntas y muy pocas respuestas, lo que generó rumores de todo tipo sobre su condición sexual y su comportamiento fuera de foco. La sociedad lo adoraba, pero no entendía por qué no se casaba o que fuera padre monoparental. Además, estaban los gestos de una estrella pop excéntrica: traslados de residencia a Estados Unidos, en lujosas mansiones de Hollywood y Miami, actuaciones en Disneylandia con cabalgata incluida, dúos con estrellas de la televisión norteamericana… Se ha perdido la cuenta de las veces que han anunciado su muerte, publicado enfermedades incurables y su implicación en sucesos, desde lo delictivo a lo paranormal. El artista siempre ha reaccionado con un humor poco frecuente en personajes de este tipo, mientras en los últimos años sus decisiones en lo musical le han llevado por el camino de la amargura. De todos los proyectos disparatados, nunca sabremos cómo hubiera sido un musical de Evita, con Camilo en el papel protagonista.

A pesar de ser un artista imprescindible en la historia de la música popular, no se le perdona a Camilo Sesto que se haya hecho la cirugía estética. Cada vez que el cantante y compositor hace una de sus apariciones, se desata una tormenta de burlas y chistes crueles, hasta el punto de expresar el «asco» y la «pena» que les produce su aspecto a los doctos comentaristas de las redes sociales. Pero este linchamiento inconsciente no lo hace solo el pueblo llano. Desde las tribunas más autorizadas se lo utiliza como materia para hacer reír.

Imagen: RTVE.
Imagen: RTVE.

Esta obcecación contra Camilo Sesto viene de lejos. En el 73, cuando iniciaba su primera gira por Sudamérica, varios elementos de la progresía emprendieron una campaña de desprestigio porque acudía al Festival Viña del Mar poco después del golpe de Estado de Pinochet, además de brindarle una tensa estancia en Santo Domingo, en donde se había celebrado un festival de la Nueva Canción. Contra el despectivo «Camilochet» con el que lo calificaban, Camilo hizo gala del apoliticismo común a todos los cantantes de su época, no sin antes recordarle a Víctor Manuel, uno de los instigadores, sus propios comienzos, alabando las bondades del general Franco en un disco —Un gran hombre, 1966—, cuyas copias se aseguró de destruir años después.

Las autoridades culturales siempre han desconfiado de Camilo Sesto, pero cuando el por entonces cuñado de un famoso entretenedor decidió convertirle en uno más de los objetos de chufla de su programa, empezó el divertido hundimiento de quien fuese la estrella pop más rutilante del país durante más de dos décadas. Muchos recordamos con tristeza a Camilo dando voces desde su casa de Miami, las chanzas a costa del asalto del que fue víctima en su casa de Madrid, o el enfrentamiento con los abogados de Andrew Lloyd Webber cuando presentó su versión alternativa del Fantasma de la Ópera, grabada a dúo con Isabel Patton. Nadie mejor que Camilo Sesto para esta historia excesiva y melodramática, igual que protagonizó (y financió) Jesucristo Superstar, el primer musical español, del que se cumplen cuarenta años en 2015. Un año entero de representaciones triunfales en el Teatro Alcalá, interrumpidas por las ovaciones del público y las amenazas de los Guerrilleros de Cristo Rey.

Algo está mal en la foto. No hay cura para el ensañamiento contra el que se sale de lo establecido, pero abusar de la ironía posmoderna empieza a tener un tinte macabro. El linchamiento contra el juguete roto y la actitud bronca contra aquello que no se entiende (y da miedo) siguen siendo universales. Llevar a una superestrella pop a la radio para hacerse unas risas a su costa y conseguir que la superestrella salga corriendo no es una anécdota de periodistas fuera de onda en la Transición que llamasen «peludos» a unos rockeros que venían a tocar, no, ha sucedido estos días en Madrid. Pero esto no solo es debido al peculiar humorismo español. Esta otra historia se dio en un entorno anglosajón, durante la gala de 1996 de los Brit Awards. Michael Jackson estaba en sus horas más bajas, después de las acusaciones de abuso infantil y los juicios, y mientras interpretaba «Earth Song» con un coro de niños, irrumpió en el escenario el cantante de un grupo indie para reventarle el número. Cantante cuya apariencia y pose pueden resultar a otros tanto o más desagradables que el difunto cantante norteamericano.

La ridiculización de la cultura popular, si alguna vez ha tenido algún fin —sé bien de qué hablo—, ya no sirve para nada. Hace mucho tiempo que falla en mostrar las costuras ideológicas de un sistema podrido. Ahora únicamente señala la miseria y el hastío de quienes la ejercen. Dicen que Camilo Sesto, por el hecho de haberse abandonado al extreme makeover, se ha convertido en un ser penoso, y siguiendo el razonamiento irónico, lo comparan con un cíborg con peluca caoba. No sé quién reparte los carnés de naturalidad, pero si hay algo que nos distingue, más allá de la dudosa capacidad de raciocinio, es nuestra condición de seres artificiales. Los resultados de la peluquería, depilación, tinte, cosméticos y gafas de moda, eso ya, son muy variables y dependen del capricho del observador. Que se lo digan a los que se presentan a ese concurso de televisión para cambiarse de imagen a manos unos supuestos expertos en transformaciones raras.

Y luego están las paradojas. A nadie se le ha ocurrido armar una crítica de la música ligera y las ideas que van implícitas sobre el amor romántico en estas canciones. Simplemente, linchan a Camilo Sesto por su aspecto y por no plegarse a la convención (no haberse casado nunca, ser padre monoparental, tener una imagen excéntrica, etc.) y mientras tanto asistimos a la mutación de Raphael de cantante popular en «artista total». Quizá una inexplicable omnipresencia en la televisión pública sea la causa, pero aparte de esto, los motivos son tan misteriosos como el milagro de la sangre de San Pantaleón. Ahí está el Niño de Linares, el cantante pop preferido del régimen franquista y de este también, adorado y respetado por todo el mundo como genial performer todoterreno, protagonista de especiales, conciertos indies y anuncios. Lejos quedó la época de las imitaciones por parte de todo el cuadro de cómicos patrio. Un referente, lo que se dice mundial, de nuestra Marca España. Por causas aún más desconocidas, Julio Iglesias se ha visto transformado del cantante melódico de éxito planetario que era en un ídolo premium. Ahora no solo es el protagonista de las revistas del corazón que ha hecho reír a varias generaciones con sus ocurrencias desde el Caribe, sino que aparece en memes que hacen las delicias del español medio y su smartphone. La prensa escribe artículos sobre su talento en alguna cosa, y lo que es más desconcertante, lo entrevista como voz autorizada acerca de los problemas de España. Que es como si a Mariano Rajoy, con todos mis respetos, le pidieran unas frases razonadas sobre el TTIP.

Esta es, efectivamente, la herencia recibida.


Perdidos en la traducción

Capitán América: el soldado de invierno Imagen: Walt Disney Studios Motion Pictures.
Capitán América: el soldado de invierno. Imagen: Marvel Studios / Marvel Entertainment / Sony Pictures Imageworks.

En una escena de Capitán América: el soldado de invierno el héroe sacaba la libreta donde iba apuntando los eventos más importantes de los años que se había pasado ausente, y en ese momento el espectador podía echar una ojeada fugaz a las anotaciones. Lo interesante es que aquella hoja visible contenía una lista de cosas que variaban según el país donde fuese proyectada la película. En España los apuntes de Steve Rogers incluían a Rafa Nadal, los Chupa Chups, los pesados de Héroes del silencio, el año de la Constitución y Camilo José Cela. En realidad la lista original tenía apuntadas cosas un poco más estadounidenses como I Love Lucy, el aterrizaje en la Luna, el muro de Berlín, Steve Jobs y la música disco.

La versión rusa de la película garabateaba en el bloc de notas a Yuri Gagarín y Vladímir Vysotski, la inglesa a The Beatles y Sean Connery, los italianos verían el nombre de Roberto Benigni entre las páginas y los franceses a Louis de Funes junto a Daft Punk y El quinto elemento, en México Maradona y Shakira compartían hoja, Corea del Sur leía Old Boy y Dance Dance Revolution, y en Australia una de las entradas era AC/DC. En la versión brasileña además del nombre de Chaves también nos encontrábamos con el de Xuxa, con lo que podíamos empezar a considerar como canon que el «Ila-ila-ilarié» existe dentro del universo Marvel.

Es de agradecer que los responsables de la película se tomasen tanta molestia para retocar un puñado de fotogramas en el proceso de localización, y una ojeada a una recopilación en internet de las diferentes versiones de la escena revelaba que los encargados del retoque digital simularon con una fuente de letra la escritura a mano y editaron el texto según el país, sin complicarse en exceso la vida: las cinco últimas anotaciones (comida tailandesa, Star Wars/Trek, Nirvana, Rocky y la banda sonora de Su majestad el hampa) eran comunes a todas las regiones, pero no porque los tailandeses tuviesen un marketing de cojones en el campo de la restauración sino porque repintar por ordenador aquella zona resultaba más engorroso cuando la mano del personaje pasaba por encima del texto. Finalmente, y pese a las buenas intenciones de la adaptación, el resultado se estrellaba con la lógica: era bastante extraño imaginar al superhéroe tomando nota del grupo brasileño Mamonas Assassinas, destacando las virtudes literarias de Cela cuando un americano cogiendo un libro es lo más cercano que existe a juguetear con los pliegues de la realidad, o interesándose por la carrera de Bunbury antes de que este empezase a mutar en una beta de Raphael.

De hecho, el propio Raphael también había sido utilizado como herramienta para otra localización extraña. En la versión original de la película animada de Disney Descubriendo a los Robinson, uno de los personajes aseguraba que a un secundario le soplaban aires de Tom Selleck en sus facciones y la coña visual que remataba la gracia consistía en plantar en los morros del espectador una foto real del propio Selleck. Para la versión española alguien decidió que Raphael podría ser el equivalente patrio (algo discutible siendo Juan y Medio el auténtico Tom Selleck español) y se acabó sustituyendo la cara de Selleck por la del cantante de «Balada triste de trompeta», convirtiendo oficialmente a Raphael en un personaje Disney.

Hoy en día abusar tanto del referente local chirría en exceso aunque los espectadores lleven años siendo torturados con plantaciones de morcillas similares: el gato parlante de Sabrina mencionaba a Estopa y al Atlético de Madrid, del mismo modo que El príncipe de Bel-Air hacía chistes sobre la Pantoja. Y el doblaje de Futurama no solo sustituía a Jay Leno por Bertín Osborne y nombraba el queso de Burgos, sino que practicaba una vejación terrible a varios niveles en la tercera temporada: para derrotar a un cerebro malvado Fry hacía uso de La hoguera de las vanidades en el libreto original. Pero en la adaptación al castellano el libro mutaba en la Biografía de Tamara y Fry recitaba un «No cambié, no cambié» que fundía sesos a base de vergüenza ajena más allá de la pantalla.

Lo de agarrar voces conocidas de la región es otra de esas prácticas cuestionables. El salto del actor cómico a la sala de doblaje a veces funciona bien —Josema Yuste como el genio de Aladdin o Anabel Alonso interpretando a Dory en Buscando a Nemo—, pero en otras la imagen del intérprete supera al personaje y desubica —Emilio Aragón como Stuart Little o Santiago Segura como Sulley en Monstruos S.A—. Y, en el peor de los casos, da barra libre para clavar latiguillos propios: José Mota deslizando un «Ahora vas y lo cascas» en Shrek o Fernando Tejero con su «Un poquito de por favor» en El espantatiburones. Los productos que mejor han encarado todo esto siempre han sido aquellos donde los cameos se limitan a un par de líneas si el doblador no proviene del mundo de la actuación: Ferrán Adriá en Ratatouille, Fernando Alonso en Cars, Ana Rosa Quintana junto a Carlos Herrera y Álex de la Iglesia en Los increíbles, o la ya mencionada Descubriendo a los Robinsons, que también colocaba a la familia de Raphael ante micrófono en roles menores.

En general esta opción era una buena idea: le das cuatro palabras al famoso de turno, no molesta mucho, todos contentos y un poco de publicidad adicional. Aunque esto de los fichajes chalados se ha demostrado en casos concretos que no siempre es contraproducente en caso de recaer sobre el papel protagonista: Dani Martín ha hecho más por acercar a las gentes al cine en versión original al doblar School of rock que cualquier blogger moderno y cinefílico.

Esos exóticos lenguajes extranjeros

La cosa. Imagen: Universal Pictures.
La cosa. Imagen: Universal Pictures.

La cosa de Carpenter perdía bastante gracia si uno era amigo de las lenguas nórdicas, porque los personajes que aparecían al comienzo gritando algo supuestamente ininteligible en realidad estaban jodiendo la sorpresa del bicho a los espectadores que hablasen noruego al berrear «¡Alejaos! ¡No es un perro, es una cosa que está imitando a un perro! ¡No es real, alejaos idiotas!» en dicho idioma. Algo similar ocurría al comienzo Iron Man: cuando un par de terroristas, que mantenían secuestrado a Tony Stark (Robert Downey Jr), discutían sin subtítulos a la vista en realidad estaban spoileando un importante giro de guion a cualquiera que hablase urdu, un idioma que aquellos terroristas compartían con cien millones de personas en el globo.

La mayor parte de la humanidad difícilmente habla correctamente el lenguaje propio, con lo que es fácil suponer que no tiene mucha idea del ajeno y eso ayuda a los creadores a deslizar chanzas gamberras: la portada de un tebeo de Namor en 1993 tenía a una asesina cuyo kimono rezaba un «No llevo ropa interior» escrito en kanji. En Eurotrip un cantante entona en alemán una tonadilla cuya única letra es «No puedes entenderme». La vuelta al mundo en ochenta días protagonizada por Jackie Chan escondía entre las frases pronunciadas en chino soeces como un «Me pica el culo». Y el personaje de Catalina en la versión original de Me llamo Earl utilizaba sus discursos en español, supuestamente de enfado, para hablar con la audiencia y agradecer a todos los latinos su interés por el programa, felicitar a los no latinos por haber aprendido un segundo lenguaje o disculparse por los agujeros del guion.

Para evitar tanto baile de idiomas y subtítulos el cine tiene una norma no escrita que ha acabado convirtiéndose casi en ley: si dos personajes alargan mucho una conversación en una lengua que no sea inglés en algún momento dado ambos acabarán acordando saltar al idioma de Shakespeare con la excusa de practicarlo o de hacer más fluida la conversación, un acuerdo que suele ocurrir incluso cuando ambos personajes comparten nacionalidad.

Un diálogo extranjero en cualquier film puede suponer algún tipo de dolor de cabeza para el departamento de traducción, concretamente cuando la charla en cuestión se encuentra en el idioma al que la película está siendo adaptada. Por eso mismo a la hora de doblar al español a un personaje que habla nuestro mismo idioma, y a quien el resto del casting no entiende en la ficción, se suele cambiar la nacionalidad del interlocutor y convertirlo en italiano o portugués por la similitud con dichas lenguas. Sucede lo mismo en sentido inverso: la versión estrenada en Italia de Un pez llamado Wanda convertía los balbuceos en italiano macarrónico de Kevin Kline en frases en castellano, y el galo chef Louis de La sirenita se transformaba en italiano al enfocar su estreno en Francia. En algunas ocasiones particulares se puede optar por la solución absurda y acabar convirtiendo accidentalmente alguna escena en un chiste involuntario: a la hora de traducir ¿Conoces a Joe Black? a nuestro idioma, algún iluminado decidió que la mejor forma de conseguir que siguiese sonando a extranjera la cháchara, que el guión original indica que se desarrolla en un inglés caribeño (west indian dialect), entre el personaje de Brad Pitt y una secundaria era doblarlo con un demencial acento cubano como si aquel fuese una lengua nueva, mágica y exótica.

Los acentos son otros de los obstáculos de estos trasvases entre lenguas. Existen razones para quejarse de que Raj en The Big Bang Theory pierda por el camino su deje indio. Pero resulta más grave que en la excelente Kung-Fu Sion el doblaje se haya permitido la desfachatez de introducir entonaciones de la Península justificándose en el hecho de que la versión original también jugueteaba con acentos locales de los orientales; cuando aquello da como resultado un reparto compuesto de chinos con acento gallego o catalán es fácil preguntarse si no hubiera sido mejor dejar la ocurrencia aparcada en un foso. Ni siquiera es algo únicamente propio de nuestro país: las precuelas de La guerra de las galaxias introducen acentos locales en su doblaje ruso, a Shrek le pusieron un acentazo de Osaka en Japón y Mrs. Doubtfire se volvía española en su versión mexicana. Casos aceptables son los de El color púpura y Django desencadenado, donde la jerga iletrada hablada por los esclavos, bastante complicada de adaptar, se acababa sustituyendo por el lenguaje habitual del usuario de Tuenti.

Lost in translation

Roger Rabbit es familia del conejo Tambor de Bambi, pero esto es algo que los castellanoparlantes ignoran porque el traductor de ¿Quién engañó a Roger Rabbit? no se dio cuenta de que el Thumper de la frase «My Uncle Thumper had a problem with his probate, and he had to take these big pills, and drink lots of water» era realmente el amigo del cervatillo.

Lo cierto es que la lista de meteduras de pata en las traducciones es extensa: En E. T. el extraterrestre un error de interpretación convirtió el verbo de «E. T. phone home» («E. T. telefonear a casa») en un sustantivo al hacerle pronunciar el «E. T. Teléfono. Mi casa». Blade runner también gozaba de una colección de fallos notables en la adaptación que hacían algunas líneas de diálogo incomprensibles (cambiar «Pienso, Sebastián, luego existo» por «Yo creo, Sebastian, que es lo que soy») o directamente inexactas (el überfamoso «Atacar naves en llamas más allá de Orión» en realidad tendría que haber sido un «Naves de ataque en llamas más allá de Orión»). Slumdog Millionaire denominaba antorchas a unas linternas porque en inglés la palabra torch significaba ambas cosas.

La guerra de las galaxias se marcaba un spanglish reverso al traducir mental probe como «prueba mental» y no como «sonda mental». Y si en La intérprete un personaje afirmaba que se había evitado un asesinato delante de dos cadáveres recién asesinados era por culpa de escoger la traducción errónea de una palabra y no de las dioptrías. En Regreso al futuro se cambiaba la marca Calvin Klein por Levi Strauss por no ser la primera una empresa muy conocida por estas tierras durante los años ochenta. Pero al mismo tiempo se creaba un error de continuidad, porque los pantalones de Strauss sí eran una marca común en los cincuenta americanos y el personaje de Lorraine no podía haber confundido ese logotipo bordado en los calzoncillos con el nombre del usuario de los mismos.

Los errores más notables y dolorosos ocurrían en un par de clásicos. En Casablanca desaparecería de la versión en español una de las frases más icónicas del film, ese «Here’s looking at you, kid» que Bogart soltaba tanto con un vaso en la mano como con una despedida anudada en la garganta, porque realmente nadie tenía muy claro cómo traducirla. Y en Mogambo la censura franquista decidiría que mostrar una infidelidad dentro del sagrado matrimonio era intolerable y se utilizó el doblaje para convertir en hermanos a la pareja de casados que interpretaban Grace Kelly y Donald Sinden. La solución era ligeramente cuestionable: hacer desaparecer unos cuernos para sustituirlos por un confuso incesto entre una hermana y un hermano que se achuchan mucho.

En Terminator 2 el «Hasta la vista, baby» de la cinta de James Cameron sería reemplazado por un «Sayonara, baby» porque el objetivo era que la frase sonase extranjera. Pero sería la TVG, grande como ella sola al crear magia doblando películas, la que ganaría la competición de largo al convertirlo en el muchísimo más celebrado «Vai rañala, raparigo». La televisión tampoco se libraba de atentados porque a algún sociópata se le ocurrió que en The Big Bang Theory era buena idea sustituir el «Bazinga» por un «Zas en toda la boca» en lugar de dejarlo tal cual estaba.

Terminator 2. Imagen: TriStar Pictures.
Terminator 2. Imagen: TriStar Pictures.

Quizás uno de los temas más sobados del mundo de la adaptación sea la maravillosa libertad creativa que parecen tener los responsables de traducir los títulos de películas. Aquí ya hemos hablado de eso y más de doscientos comentarios insinúan que siempre hay alguien capaz de acordarse de un ejemplo más. Por tanto es mejor pasar de puntillas por el tema y mencionar únicamente tres pequeños ejemplos que alcanzaron cima y clavaron bandera: la cinta Ice Princess que transformada en Soñando, soñando… triunfé patinando lograba un doble combo al combinar la idea de mierda con el cáncer del título rimado. Lo de Get Him to the Greek que aquí se tradujo como Todo sobre mi desmadre, o la señal de advertencia, ignorada, de que ciertos traductores estaban tonteando con lo arcano. Y la sensación de que es más sencillo abandonar toda esperanza porque la cosa viene de muy lejos: Godzilla vs. Megalon se convirtió en Gorgo y Superman se citan en Tokio ya en los setenta.

Hazlo tú mismo

La primera película en la que Woody Allen se estrenó como director ni siquiera sería dirigida por él. En 1966, American International Pictures compró una película japonesa con tono de comedia de espías llamada Kokusai himitsu keisatsu: Kagi no kagi, pero pronto se dieron cuenta de que era tan confusa como para licuar el cerebro del americano medio. Los productores decidieron entonces que sería bastante gracioso doblarla como una película completamente diferente y que no perdían nada por hacer un poco el cafre con el material del que ya tenían los derechos.

Llamaron a Allen, quien un año antes había firmado con maña el guion de ¿Qué tal, Pussycat?, y este se encerró en una habitación con un grupo de colegas donde se dedicaron a doblar la película con coñas sobre la cultura asiática a paladas, reescribiendo el guion, volviendo a montar escenas y añadiendo algunas otras. Como resultado, lo que fueran las aventuras de un primo asiático de James Bond acabaron convirtiéndose en Lily, la tigresa (What»s up, tiger Lily?) una comedia absurda con un agente secreto en busca de una receta culinaria. Una ocurrencia hilarante por abrazar la chifladura sin pudores hasta las últimas consecuencias: un striptease de la playmate China LeeLe prometí que la pondría en la película… en algún sitio», aseguraría Allen) tenía lugar durante unos títulos de crédito que simulaban las letras de una consulta oftalmológica por si el espectador necesitaba revisar la miopía al andar dedicándose a leer aquello en lugar de contemplar a la chavala. En aquellos años esa idea de doblaje idiota era tan novedosa que el propio director aparecía en la película para tratar de explicársela al público.

Lily la tigresa. Imagen: American International Pictures.
Lily la tigresa. Imagen: American International Pictures.

Años más tarde lo de hacer locuras con el doblaje no resultaba tan novedoso pero seguía provocando vástagos mutantes curiosos. James Riffel estrenó en 1991 su Night of the Day of the Dawn of the Son of the Bride of the Return of the Revenge of the Terror of the Attack of the Evil, Mutant, Alien, Flesh Eating, Hellbound, Zombified Living Dead Part 2: In Shocking 2-D, una película (completa aquí) que en realidad era un doblaje casero en tono cómico de La noche de los muertos vivientes. En España tendríamos a El informal atrapando a los espectadores al pervertir vídeos ajenos. Un grupo de franceses convertiría una película hongkonesa en un discurso situacionista con mucho chiste sobre pedófilos llamado Can dialectics break bricks? (disponible aquí). En Rusia Dmitry Puchkov ganaría fama al currarse por puro hobby él solito la traducción y doblaje de decenas de películas extranjeras, pero sobre todo por crear versiones jocosas de algunas de aquellas películas. Esas adaptaciones bastardas de Puchkov en su país llegaron a alcanzar tanta fama como para ser trasladadas ellas mismas a otros formatos: su The Lord of the Rings: the Fellas and the Ring se convertiría en libro e incluso sorprendentemente en un videojuego. El DVD de Galaxy Quest incluía una pista de audio en la que toda la película estaba doblada en lenguaje extraterrestre. Y todavía hay quien dice que lo que hacía Miguel Mihura con los guiones de los hermanos Marx también tenía mucho de adaptación propia al asegurar que el autor de Tres sombreros de copa iba justito de inglés.

A principios de los 2000 Steve Oedekerk, director de Ace Ventura 2 y Nada que perder, recogió en parte el espíritu de aquel primer Allen y acabó convirtiendo un chiste privado en una película completa y de paso en una mamarrachada carísima. Kung Pow era el resultado de Oedekerk comprando los derechos de una película de artes marciales de Hong Kong y dedicándose a editarla, remontarla, borrar por ordenador al protagonista original y sustituirlo por sí mismo, protagonizarla y doblar a todos los personajes masculinos con unos diálogos cercanos al mencionado programa patrio El informal y muy representativos de la comedia imbécil sin motivo. Aquel producto inclasificable contenía una ocurrencia descacharrante: ¿cómo doblar una escena en la que no habla ninguno de los personajes que aparecen? Transformándolos en ventrílocuos.

Imagen de portada: Kung Pow (20th Century Fox)


¿Qué cantante nacional tiene la voz más genuina y reconocible?

Si preguntásemos quién es el Rey, toda persona instruida, que se vista por los pies y lea esta web —valga la redundancia— dirá que Elvis Presley, puesto que al ir con mayúscula se entiende que es un apodo y no el título de monarca. Si concretásemos y la pregunta fuera por el Rey del Pollo Frito, entonces se trataría de Ramoncín, y si les inquiriéramos por el Rey de las Camas, nos dirían que Lorenzo Lamas. Pero en realidad no les vamos a preguntar por nada de lo anterior. Tampoco por quien es la Voz, porque nos dirán que Frank Sinatra y punto. Ahora bien, si circunscribimos la búsqueda a nuestro país… ¿Quién tendría la voz, quizá no necesariamente mejor, pero sí más genuina y reconocible? Ahí es cuando la cosa empieza a ponerse interesante. Se nos ocurren unos cuantos nombres —todos de la música popular y reservando la ópera para mejor ocasión—, así que dejaremos que sean ustedes quienes decidan. Voten entonces y si lo desean añadan algún otro nombre.

(La caja de voto se encuentra al final del artículo)

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Santiago Auserón

Auserón no necesita presentación porque fue él precisamente quien nos presentó a nosotros en la librería Ocho y Medio en este número, en el que podrán leer su entrevista. Tanto en su etapa con Radio Futura como luego como Juan Perro han destacado la calidad y originalidad de sus composiciones, pero como él mismo dice «el sonido es el soporte real de las letras» y en su entonación se nota su empeño en convertir su voz en un instrumento musical al que sacar el máximo partido, desde «Paseo con la Negra Flor» hasta el impresionante tema que le dedica a la Bruja Avería.

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Joaquín Sabina

Con el paso de los años se le ha quedado una voz que recuerda al emperador Palpatine después de comerse tres polvorones, pero es al fin y al cabo acorde al personaje canalla y vividor que ha sido tanto en sus letras como en la realidad, y desde luego claramente distinguible de la de cualquier otro cantante. Como él mismo ha contado en alguna entrevista, «García de Diego y Pancho Varona me pedían que aceptara mi voz rota, que transmitía mucha más emoción, y desde que lo acepté soy mucho más feliz». Sobre esa vida licenciosa y por tanto feliz ya nos habló largo y tendido en esta otra entrevista.

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Luz Casal

Esta cantante originaria de la localidad gallega de Boimorto tiene una larga carrera artística con ventas millonarias y un buen número de distinciones, entre ellas la Medalla de la Orden de las Artes y las Letras francesa. Oyéndola hablar en las entrevistas cuesta creer que de esa garganta surja la voz del bolero «Piensa en mí» que pudimos escuchar como banda sonora de Tacones lejanos o el hermoso canto al rencor sobre estas líneas.

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Manolo Kabezabolo

El glissando Shepard-Risset es un curioso efecto auditivo por el que se une en un bucle la primera y última nota de una escala ascendente, de manera que da la impresión de estar subiendo indefinidamente. Pueden escucharlo aquí o al final de ese hito de la experimentación que fue «I Am The Walrus» de los Beatles. Pues bien, puede que Manolo Kabezabolo no sepa mucho de este glissando, pero de experimentación sabe un rato, sobre todo con las drogas, y así lo mostraba en este homenaje a otra de las canciones del grupo de Liverpool: «Se te ponen ojos de ternera, cuando fumas ese costo de primera/ Se te vuelve el coco hacia lo jipi, cada vez que pruebas un cacho de tripi (…) Hay que llevar siempre spiz, y castigar el tabique». Y todo ello entonado con esa voz que es como un trueno. La carne de gallina.

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Rocío Jurado

Sin salirnos del punk más transgresor, por parte de Rocío Jurado tendríamos este otro tema sobre masturbarse en lugares públicos, pero no es ese lado tan radical el que más añoramos de esta inmortal coplista chipionera. En realidad como la recordamos es con su imponente presencia en esas galas televisivas de TVE entre gritos del publico de «¡guapa, guapa!». No podía faltar en una lista así quien era conocida nada menos que como «la Voz de España» y que incluso llegó a recibir un premio en Nueva York a la mejor voz femenina del siglo XX.

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Raphael

Esas mismas galas eran frecuentadas por este cantante de nombre artístico compartido con una de las Tortugas Ninja y sin que sepamos quién homenajea a quién. En realidad, según cuenta, proviene de que se llamaba Rafael y grabó con la discográfica Philips y esa mente suya que es un torbellino de creatividad los unió para siempre. Se dio a conocer al mundo gracias al glamuroso Festival Internacional de la Canción de Benidorm y luego participó en Eurovisión. Raphael es, en definitiva, un agujero negro de kitsch. Protagonista de una carrera extraordinariamente exitosa y muy prolongada en el tiempo, demasiado quizá, en la que siempre se ha caracterizado por su intensidad interpretativa.

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Enrique Bunbury

Por si no fuera suficiente, Raphael ha legado al mundo a un discípulo con el que ha llegado a compartir escenario. Tras el reconocimiento alcanzado con la banda Héroes del silencio, Bunbury inició una etapa en solitario difícil de definir en pocas palabras, aunque «espantajería» deba ser sin duda una de ellas. Lo que no puede negarse es que estamos ante un artista empeñado en reinventarse, ser creativo y explorar en lugar de recrearse en la misma fórmula.

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Mónica Naranjo

Como en el caso anterior también hemos podido ver a la discípula aventajada cantando junto a su maestra en un duelo trepidante de cuerdas vocales. De su música cada uno podrá opinar lo que desee, pero su voz es sin discusión algo excepcional.

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Eva Amaral

Según leemos en la Wikipedia «su padre, Isidoro Amaral, cacereño de nacimiento, era maestro de banda pero no le gustaba la música». Ahí queda ese dato para que lo dejen caer en alguna conversación. En la canción seleccionada puede apreciarse su estilo al cantar con la ventaja de que no la tenemos oída hasta el hastío a diferencia de «Sin ti no soy nada».

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Fito Cabrales

Este cantante bilbaíno primero estuvo en Platero y Tú y luego en Fito & Fitipaldis, y entre ambos ha ido dejando una serie de canciones claramente reconocibles en su entonación. Lleva gorra para disimular la calvicie.

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Manolo García

Este barcelonés que se dio a conocer con El último de la fila y luego prosiguió en solitario tiene una voz tan característica, tan rematadamente distinguible, que parece preso de ella. Encontró ese deje un tanto aflamencado con el que canta y ya no lo ha soltado. Aunque sus seguidores probablemente aducirán que al igual que el diseño del Lada, una vez alcanzada la perfección para qué cambiar. Para ellos o para quien lo conozca menos, aquí podrán leer una entrevista que le hicimos.

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Camilo Sesto

Antes de que una maldición gitana lo transformase en una figura del Museo de Cera de Madrid fue todo un galán de impresionante físico y no menos portentosa voz, que de haber nacido en Hamburgo le hubiera convertido en uno de los más grandiosos cantantes de metal alemán de todos los tiempos. Con ese chorro de aire que le salía de los pulmones como un huracán embelesó a millones de seguidoras cantando al amor o a su ausencia en temas tan arrebatados como este de «Vivir así es morir de amor», que tantas veces hemos escuchado pero que no nos cansa.

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Carlos Tarque

El vocalista de M Clan tiene una voz arenosa para la que resultan idóneos los temas que expresan melancolía y tormento interior, como en «Roto por dentro», aunque su canción más conocida, «Carolina», tiene un tono mucho más vitalista.

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Ana Belén

Teniendo en cuenta que en 1964 ya empezaba a ser conocida, su voz ciertamente nos resulta familiar porque desde entonces no ha parado. En el cine, televisión y teatro su presencia también ha sido constante desde hace décadas y en política ha participado incansablemente para evitar que votásemos mal. Pensándolo bien, en la China maoísta el líder resultaba menos omnipresente que para nosotros Ana Belén. Pero en cualquier caso se nos hace mucho más llevadero gracias a esa voz formidable que tantas veces hemos oído cantar «La Puerta de Alcalá».

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Julio Iglesias, el embajador universal

Fotografía: Cordon Press.

Desde niño, siempre he tenido la costumbre, quizá mala (buena no es), de fisgar entre los libros y discos de la gente nada más entrar en sus hogares. Se aprende mucho de sus criterios, aspiraciones y, a veces, algo sobre sus simpatías políticas. A pesar de tan sólido aprendizaje en encasillar a los demás por sus gustos o predilecciones culturales, cuando llegué a España durante mi año Erasmus no estaba preparado para la casi enfermiza politización de la cultura en todas sus manifestaciones. Si se encuentra un CD de Tom Jones y las memorias de Jackie Collins en las estanterías de una casa británica, es más probable que los propietarios sean partidarios de David Cameron que si tienen la novela homónima del tigre de Galas de Henry Fielding y un vinilo de Bob Dylan; aún así, la ciencia es menos exacta que, por poner unos ejemplos que vienen al caso, el tropiezo con los grandes éxitos de Julio Iglesias y la biografía de la reina Sofía en comparación con la última novela de Juan Goytisolo, y una grabación de Camarón de la Isla en directo.

No es una exageración afirmar que he podido fraguar una carrera a base de esta observación y su relación con idiosincrasias tanto mías como de los españoles que rayan en vicios. Hice mi tesis doctoral sobre la puesta en escena y recepción de los grandes dramaturgos del teatro áureo en la España contemporánea; una de mis conclusiones fue que la apropiación del Siglo de Oro por ciertos sectores de la derecha española ha tenido mucho que ver con el hecho de que hay más montajes de Shakespeare que de Calderón de la Barca, Lope de Vega y Tirso de Molina en su conjunto. Mientras el genio de Stratford se ve como popular en el buen sentido de la palabra, a sus homólogos españoles los tildan de populistas, un adjetivo que asume connotaciones mucho más negativas en España que en el Reino Unido; hay muchas explicaciones para este fenómeno, pero la apropiación de la cultura popular por parte de la dictadura franquista junto con la hegemonía de la doctrina marxista entre los intelectuales de oposición es clave. Por poner un ejemplo sobre la mesa, si nos fijamos en Reivindicación del conde don Julián (1970) de Juan Goytisolo, el polémico escritor despotrica contra lo que considera como el opio de las masas: tanto lo más rancio —ahora diríamos casposo— de la cultura nacional, entre lo cual figuran manifestaciones tan diversas como la exuberancia del barroco y los fans de Raphael, como lo que interpreta como una cutre invasión anglosajona a través de productos que van desde la Coca-Cola hasta los Rolling Stones. Se olvida muchas veces que la llegada de los Beatles a la España de 1965 —y la muy comentada posibilidad de que iban a rodar una película con Manuel Benítez, el Cordobés fue peor vista por la disidentes que por los fieles al régimen.

Un par de décadas más tarde, una colega mía coincidió con Goytisolo en una cena en un colegio de la Universidad de Cambridge; se quedó estupefacta ante la manera en que don Juan entabló la conversación con una curiosa pregunta retórica: «¿Qué piensas de la julioiglesiasificación del mundo?». Tampoco sabría contestar a tal interrogatorio: la superestrella siempre me ha dejado indiferente, pero no conviene ver los toros desde la barrera cuando la bifurcación entre los que quieren y los que odian a Iglesias es igual o mejor que muchas definiciones o explicaciones de «las dos Españas». Cuando se celebró un concierto en el Liceo en 2011, hubo ecos de antiguos y empedernidos conflictos de clase en el contraste entre la gente guapa dentro del auditorio burgués por antonomasia y los okupas de la plaza Catalunya en pleno fervor 15M.

Julio diría que la política platica con el cerebro y él canta para las almas; una afirmación de esta índole no solo da fe de sus raíces gallegas sino que también es buena prueba de la regla general de que el que se autoproclama como apolítico suele ser de derechas. De hecho, es el camaleón perfecto, un encantador maquiavélico del siglo XX. Recibió la primera oportunidad de salir a la palestra musical porque su padre, el celebrado ginecólogo Dr. Iglesias, tenía importantes amiguetes dentro del Movimiento Nacional, quienes tuvieron el poder para seleccionar a su hijo como candidato español para el Festival de Benidorm. Según el antiguo mayordomo, Antonio del Valle, Julio se trasladó a Miami entre otros factores porque no pudo aguantar el rumbo democrático que tomaba España después de la muerte de Franco; eso no evitó que el cantante diera un concierto de masas, subvencionado por el Estado, para coincidir con la celebración de la Copa Mundial en su país natal. El cantante ofreció varias galas en Sudáfrica durante el apartheid; a medida que fue mejorando su fama en los mercados occidentales y empeorando la imagen de la segregación racial se arrepintió y, en 1985, prometió que no volvería a actuar allí hasta que cambiara la política del país —como resultado, las Naciones Unidas le quitaron de una lista negra de cantantes que no acataban las sanciones que habían impuesto.

Eurovision 1970. Fotografía: Nationaal Archief (CC).

Aunque nunca le ha tocado el papel de mariachi luchador metido en un golpe de Estado —como hacía Enrique, el benjamín del matrimonio Iglesias-Preysler, junto con Antonio Banderas en Once Upon a Time in Mexico, película de Robert Rodríguez—, la música de Julio casi constituyó la banda sonora de las dictaduras militares para muchos latinoamericanos. Los trabajos de Katia Chornik, una investigadora de la Universidad de Manchester, han revelado que solían torturar a muchos presos políticos en Chile con la música del español puesta a tope; aunque sería injusto echarle la culpa por los gustos de los matones de Pinochet, tampoco se debe olvidar que disfrutó de un trato personal y privilegiado del régimen dictatorial, bajo cuyo amparo volvió una y otra vez. Julio no ha dejado de ofrecer galas en países represivos en pleno siglo XXI; incluso ha llegado a cantar en directo con la hija del dictador de Uzbekistán. Ahora que se ha apagado un poco su estrellato en el llamado primer mundo, se puede notar un fenómeno bastante consistente en sus giras: cuanto menor es el PIB del país y peor su historial de vulneración de los derechos humanos, más cuesta una entrada para un concierto de Julio Iglesias. Para explicar este fenómeno hace falta entender su valor como icono de la supuesta modernidad y sofisticación.

Mi primer encuentro con su música fue cuando encontré uno de sus discos en las estanterías de la casa de mi tía; cuando le pregunté quién era, ella me contestó: «El hombre con quien debí de haberme casado en vez de tu tío». Hasta hace más o menos diez años, no había cena en su casa sin aceitunas y un disco de Julio, ambos buques insignia de cierto espíritu aventurero y cosmopolita que a ella le parece que la separaba de la mayoría de mis parientes más paletos. Tanto Raphael como el teatro del Siglo de Oro disfrutan de renombre internacional dentro de ambientes muy dispares, pero el caso de nuestro cantante es distinto y único: se ha convertido en un símbolo universal. Julio Iglesias era la marca España antes de que se le ocurriera a nadie acuñar tal término. Le pagaron dieciocho millones de dólares por aparecer en una campaña de Coca-Cola; su álbum Momentos vendió más ejemplares que Thriller de Michael Jackson en Brasil y a partir de su primer concierto en Beijing en 1988, visto por más de cuatrocientos millones de televidentes, Julio —o 胡利奥·伊格莱西亚斯, en mandarín— se ha convertido en el artista extranjero con más ventas en China; ha actuado en recepciones oficiales para presidentes tan diversos como Reagan, Chirac y Clinton. Digan lo que digan sobre Coca-Cola, los chinos o la Casa Blanca, saben invertir bien el capital tanto económico como simbólico, y Julio se ha convertido en un blanco atractivo y lucrativo. Para bien o para mal, el exportero de Real Madrid es, junto con la revista Hola, lo más parecido a la Coca-Cola made in Spain. Pero, ojo, el hecho de que algo o alguien sea un símbolo universal no quiere decir que signifique lo mismo en todos los sitios; a los guiris, por ejemplo, siempre nos parece raro que a veces haga falta en los menús del día pagar un suplemento por un refresco: no entra en nuestra mentalidad que una cerveza o un vino puede ser más económico que una Coca-Cola.

Cuando anunciaron que iba a dar un par de conciertos en Londres para coincidir con la entrega de un galardón por ser el artista latino con más éxito de todos los tiempos, hice el peregrinaje al Royal Albert Hall no solo para ver al español más universal en su salsa sino para observar la variedad entre la homogeneidad, es decir a su(s) público(s). Arrancó con «Amor», una de las canciones más emblemáticas en español para el mercado anglosajón. El público, muy entregado desde el principio hasta el final, quería que todo fuese apoteósico pero resultó obvio que algo no iba bien a pesar del apoyo incondicional de los fieles seguidores: casi no pudimos ni oír ni ver al gran ídolo, quien se ha quedado cojo y afónico. En una reseña de The Daily Telegraph, Neil McCormick, uno de los críticos más importantes y respetados de Gran Bretaña, echó la culpa a la mala acústica de la sala y dedicó elogios a la actuación en sí. Mi impresión, sin embargo, fue que los desajustes de sonido se hicieron adrede —no había problemas durante el recital del telonero, el aún más casposo Carlos Núñez— en lo que se puede interpretar como un sorprendente acto de humildad por parte de la estrella. Dio la impresión de haber trabajado mucho por disimular sus limitaciones: la aparición continua de un par de bailarines de tango sirvió para distraer la atención de su falta de movilidad; mientras que el bajo volumen de su micrófono durante la mayoría de la actuación permitió que una intepretación de «Hey» pareciera poderosa a base no tanto de las cuerdas vocales sino por la amplificación, muy bien manejada por su equipo de sonido. Un inciso: una pregunta que me surgió con la abdicación del rey Juan Carlos fue qué habrá sido de Hey, el cachorro de león que Julio compró para sus majestades a principios de los años ochenta.

Como acto de protocolo, el concierto no tenía parangón: todos supimos y desempeñamos nuestros papeles a la perfección. La canción del cachorro fue un desahogo emocional antes de que el público se pusiera en pie para la recta final, de temas más animados; también dio la oportunidad para un despliegue de hombres de seguridad, quienes iban a ser necesarios cuando una mujer bien entrada en años intentó subir al escenario para abrazar a su latin lover. Constituyó una versión esperpéntica del famoso cameo que hizo para un especial del día San Valentín del programa norteamericano The Golden Girls. El celebrado efecto que Julio inspira en mujeres de cierta edad ha sido apuntado por The Guardian, que ha comentado que da miedo a cualquier hombre cuya mujer ha mirado en los ojos de un camarero italiano más de lo estrictamente necesario. Sería un escándalo entre sus lectores si hicieran un comentario parecido sobre un rapero africano, y es muy llamativo que el periódico más políticamente correcto del Reino Unido no tenga reparos en mezclar lo italiano con lo español, reproduciendo en vez de desmitificar la facilona sexualización de los cuerpos y voces latinos por los anglosajones. Es solo un ejemplo entre muchos —el ejemplo más emblemático sería The Minstral Show— de cómo lo exótico puede conceder cierto protagonismo, pero siempre conlleva el riesgo de convertir al exótico en un payaso pendiente de los caprichos del público que manda. No sé hasta qué punto es verdad pero dicen que el galán italiano Eros Ramazzotti ya maneja el inglés demasiado bien y tiene que asistir a clases de enunciación para seguir hablando con el acento foráneo que exigen sus admiradoras; Julio no dejó de dar juego con su deje inglés durante todo la actuación y, antes de una canción típicamente latina según él, prometió que todas las mujeres del público iban a quedar embarazadas después del concierto y eso a pesar del hecho de que más del setenta por ciento del público femenino ya había pasado la edad en que incluso el doctor Iglesias hubiera podido facilitar los, digamos, trámites necesarios.

Iglesias en el Royal Albert Hall el pasado mes de mayo. Fotografía: Cordon Press.

Si uno se fija en los comentarios y las críticas de sus conciertos en las páginas web de Ticketmaster, muchos se quejan de que Julio cante demasiados temas en español. Hasta cierto punto, el cantante debe ser consciente de este chovinismo anglosajón: pasó por alto algunos de sus grandes éxitos en castellano —«De niña a mujer», «Soy un truhán, soy un señor»— para ofrecer versiones bastante mediocres de canciones ya anodinas de George Michael o The Cars. No es casualidad que sea en Benidorm donde hay un auditorio nombrado en honor de Julio, junto con una estatua: como la ciudad, es un cóctel que compagina lo familiar con lo exótico, y hace hincapié en las diferencias, pero siempre dentro de un discurso universal mezclado con idiosincrasias locales. Así invita a Carlos Núñez, quien ya había insistido en el espíritu celta de sus gaitas, para que vuelva al escenario para hacer juntos «Un canto a Galicia»; y antes de cantar —o, mejor dicho, susurrar— su tema más famoso en Inglaterra, «To All the Girls I’ve Loved», presenta a un joven desconocido estadounidense, quien reemplaza a Willie Nelson, como un «yanqui» —una palabra que no he oído desde la última vez que vi una película de John Wayne.

Soy consciente de que quizás he dado la impresión de que el concierto fue una birria total; hasta cierto punto lo fue y, según la prensa, un gran porcentaje del público en su siguiente concierto en Dublín pidió, sin éxito, que el promotor les devolviera el dinero. Sin embargo, en ningún momento me aburrió. En primer lugar, me quedé fascinado por la gente que había a mi alrededor: dos chinos adinerados, unas chicas cursis de Valladolid y dos abuelitas inglesas. Pero, más que nada, me sorprendió lo que había de entrañable y patético en la figura de Julio: se nota que es adicto al escenario y, en contraste con Bob Dylan —quien es igual o peor de voz, pero da la impresión de que no le importa para nada—, parece que echa mano desesperadamente de todos los limitados recursos a su alcance para que el público se lo pase bomba. Más que nada me recordó al protagonista de la película The Wrestler (El luchador), y no acabo de decidir si el cantante es más o menos patético que el personaje de Mickey Rourke por ser un multimillonario. Quizás el momento más trágico llegó cuando alguien tiró una bandera española al escenario y le costó mucho esfuerzo recogerla; minutos después durante una absurda pero pegadiza interpretación de «Bacalao» (si nunca has visto el videoclip para esta canción, merece la pena echarle un ojo en YouTube), una ayudante le colgó otra más pequeña en la solapa. Se hubiera podido preparar y defender una tesis doctoral sobre las distintas connotaciones que conllevó la bandera nacional durante aquel acto. Curiosamente, en estos momentos, la sonrisa y movimientos de Julio, acartonados por la edad y el exceso de cirugía plástica, me trajeron a la mente las figuras de Micky Mouse o el Pato Donald que andan por la Puerta del Sol.

A nivel anecdótico y sociológico, la experiencia me ha venido de perlas para hacer reír a la gente tanto británica como española después de un par de cañas. Pero soy funcionario y el Estado paga mis nóminas: ¿se puede justificar como trabajo? Contestaría que sí, tanto en lo que respecta a la investigación como a la docencia; lo digo no solo porque he llegado a la conclusión de que no solo es la cultura popular digna de nuestro estudio y respeto, sino también porque me gustaría sugerir, y sin ningún afán iconoclasta, que, como intentaré demostrar a continuación, no supone una exageración afirmar que no se puede entender cabalmente la Transición a la democracia sin tener en mente figuras como Julio Iglesias.

Existe una relación muy estrecha entre la política y la cultura popular en España. Después de haber trabajado para Adolfo Suárez como asesor personal y acuñado el eslogan electoral «Contigo, yo puedo» —una frase que serviría igual de bien para el titulo de una canción de Julio Iglesias—, Alfredo Fraile se convirtió en el representante del cantante durante quince años. Su siguiente trabajo importante: ser asesor personal de Silvio Berlusconi. Mientras redacto estas hojas estoy metido en una investigación sobre cómo y por qué el Ministerio de Turismo e Información apoyó las actuaciones de Raphael en la antigua Unión Soviética en 1971 cuando se habían roto las relaciones diplomáticas entre los dos países décadas antes. Otro tema que me fascina es la posible existencia de documentación que daría constancia de las airadas acusaciones de que el régimen franquista ofreció sobornos para garantizar la victoria de Massiel sobre Cliff Richard en Eurovisión. Estos son solamente un botón de muestra de la importancia que concedieron altas figuras del Estado español a la apropiación de las estrellas y los acontecimientos masivos por lo que solemos llamar en inglés soft power, es decir el uso de productos culturales para cultivar las relaciones internacionales.

Marina Pérez de Arcos, una joven y muy prometedora doctorando de la Universidad de Oxford, está sacando ahora mismo importante material sobre las relaciones bilaterales entre España y los Estados Unidos durante los años ochenta. Dentro de este material, hay una serie de telegramas entre miembros del National Security Council sobre Manuel Fraga y su obsesión con conseguir una foto con Ronald Reagan en 1983 —así, la disponibilidad que Aznar demostró para perder la dignidad a cambio de aprovecharse de cada oportunidad por salir en los medios con George W. Bush tiene un antecedente.

Fraga y Reagan en 1985. Fotografía: RTVE.

Lo que los estadounidenses denominan «the Fraga Saga» es un auténtico sainete en el que el entonces líder de Alianza Popular queda muy mal parado; pero lo que más me llama la atención es que, en vez de solicitar la reunión a través de la Embajada española en los EE. UU. o la embajada americana en Madrid, emplea a Julio Iglesias como alcahuete. No cabe la menor duda de que el «Celestino» de la canción causó mejor impresión entre la flor y la nata de la sociedad estadounidense que el líder de la oposición; sus relaciones públicas también aseguraron que ganara a Camarón de la Isla, un competidor musical con mucho más talento pero mucha menos tenacidad o ambición. En una tertulia del club taurino de Londres —una organización que merece otro artículo— Roberto Elms, un locutor de la BBC, me contó cómo su amigo representó durante una época al gitano gaditano en los EE. UU. Organizó un concierto en el Radio City Music Hall en Nueva York con la esperanza de que su talento fuera de serie convencería a Quincy Jones —quien acababa de de producir Thriller— para que colaborara en su próximo disco. Al final de un concierto verdaderamente apoteósico, había una cola de gente que quería felicitarle. Camarón ya había saludado a Aretha Franklin cuando le tocó a Quincy Jones. En vez de darle la mano, soltó: «¿Quién es este moro?». El mismo año, la colaboración entre Diana Ross y un español más diplomático salió en todas las emisoras principales del país más poderoso del mundo.

Si a mí el año de Erasmus me supuso un gran número de choques culturales, es lógico suponer que funciona de una manera parecida para los que embarcan en el camino inverso. Entre las sorpresas que les espera a los españoles destinados a Leeds, imagino que entra el hecho de que van a estudiar a personajes como Julio Iglesias, Corín Tellado, Paquirri y Alaska; esto sería casi imposible en una universidad española. ¿Quién tiene razón? Si soy sincero, honestamente, no lo sé. Hice una carrera de Filología pura y dura en Oxford, y esto me ha facilitado los recursos tanto económicos como intelectuales que me permiten consultar no solo las confesiones del mayordomo de Julio Iglesias sino también las actas de las Jornadas del Teatro Clásico de Almagro cuando paso por la Biblioteca Nacional. Es decir, me parece más factible defender una tesis sobre Lope de Vega y después hacer investigaciones sobre Isabel Preysler que al revés; y esto es algo que la veneración de los llamados Cultural Studies —tan en boga en las universidades anglosajonas— no suele tomar en cuenta. En el peor de los casos, funciona como una enseñanza antidemocrática en la que un hereje consagrado reserva todo su conocimiento más ortodoxo para sí mismo, y se dedica a hablar con los alumnos sobre temas más guays como los reality shows que, en la mayoría de los casos, ya formarán parte de su vida cotidiana y de los cuales sabrán mucho más los chavales que el maestro.

Quiero que mis estudiantes sepan que «Quijote» no es solo una canción de Julio Iglesias sino también un personaje de Miguel de Cervantes. Bromas aparte, forma parte de mi vocación docente no solo exponer a mis estudiantes a la belleza del arte, entre comillas, culto, sino también facilitarles las herramientas para explorar la cultura popular desde una perspectiva crítica. No aspiro para nada a que dejen de escuchar música pop o ver películas de Hollywood por mis clases; lo que sí espero es ofrecerles una visión más global de la cultura que les deje elegir según sus propios criterios y ver que hay óperas buenas, malas y mediocres, como en el caso de las canciones melódicas. Incluso en el muy poco probable e hipotético caso de que la canción ligera sea mala en su totalidad, solamente podemos y debemos decirlo con conocimiento de causa; como constata el aforismo, tan añorado tanto por los marxistas como por los punkis, know your enemy, o sea, «conoce a tu enemigo». Por este razonamiento, me dan vergüenza ajena tanto los supuestos intelectuales que presumen de no tener una televisión en casa como los ignorantes de verdad que se burlan de cualquier cosa que se aparta un poco de lo corriente. En España, este fenómeno se exagera por el hecho de que la gran mayoría de los profesores y autodenominados intelectuales suelen infra y sobrevalorar la cultura popular nacional a la vez. Según ellos, la cultura de masas no es digna de la palabra cultura, pero a la vez funciona como un somnífero para casi la totalidad del país; para que fuera verdad eso, la gente tendría que ser mucho más tonta de lo que es. Este cuento ya viene de lejos: si lees los muchos ensayos y artículos sobre el fenómeno Raphael a principios de los setenta, la narrativa dominante es que su éxito es un síntoma de una combinación de la pobreza cultural del país y la pervivencia de un Estado autoritario; para bien o para mal, el niño de Linares sigue siendo aquel y, en una de estas contradicciones que parece inverosímiles, encabeza el cartel del festival indie Sonorama este verano en Aranda de Duero. Por un lado, este fichaje es el resultado del hecho de que, como Lope, Raphael es un verdadero monstruo de la naturaleza —tiene tablas de verdad, y sus conciertos no tienen nada que ver con los de Julio Iglesias— y, por otro lado, el pasotismo de la posmodernidad que ha dado pie al auge inexorable de la nostalgia. Yo estaré allí, entre otros motivos, porque me parece que acabar con el binomio culto/casposo es una de las grandes asignaturas pendientes, no solo de las humanidades dentro de la universidad española, sino también de la implementación de los valores democráticos en la sociedad en su conjunto.

Fotografías: Mayor’s Office, City of Boston (CC).

 Duncan Wheeler, doctor por la Universidad de Oxford, es profesor titular de la Universidad de Leeds y profesor invitado de la Universidad de California y de la Universidad Carlos III de Madrid.


¿Qué español encarna mejor el nivel medio de inglés?

Los españoles somos una raza superior. Si no físicamente, intelectualmente. Solo así se explica que todo aquel que jamás ha pisado una escuela de idiomas califique siempre como «nivel medio» sus conocimientos de  inglés. Algunos compatriotas se han quemado las pestañas estudiando verbos irregulares y phrasal verbs, y los muy resabiados ya lo dejan bien claro en sus CV fardando de títulos inexistentes de extraño nombre, como «First Certificate». Ya son ganas de perder el tiempo, porque cualquier guiri te entenderá si le hablas en castellano, siempre que lo hagas despacito y en voz muy alta. Nosotros, en cambio, no les entenderemos a ellos; pero qué más dará, sabemos ir al Park Güell, la Alhambra o la Torre de Hércules. Tomemos como ejemplo a los que más deben de saber de esto, los cantantes y los políticos. Unos porque viajan mucho haciendo giras y los otros porque son los más preparados. Hemos elegido unos cuantos ejemplos al azar y queremos que nuestros políglotas lectores nos ayuden a escoger al personaje con nivel más «medio».

Ana Botella

Cuando escuchamos el discurso supimos que éramos testigos privilegiados de un momento histórico. Los Juegos Olímpicos pasaron a un segundo plano ante semejante derroche de dotes para la oratoria. Quedamos prendados, hipnotizados, boquiabiertos y ojipláticos, convencidos de que, de haber nacido unos siglos antes, la alcaldesa que jamás ha perdido unas elecciones habría sido una dura competencia para Cicerón. Y todo eso, en un idioma que no es el que aprendió de niña junto a sus 13 hermanos pequeños.

Malena Gracia

Ya desde la segunda frase («Rai zru de beri jarofit») nos damos cuenta de que una de las artistas más polivalentes e infravaloradas del panorama patrio (recordemos esa obra cumbre de la lírica y el teatro llamada Las corsarias, coprotagonizada por la que fue elegida playmate europea junto a otra grande, Marlène Morreau, y producida por Gürtel associates) no es de esas que optaron por perder el tiempo estudiando idiomas. Si lo hubiera hecho seguro que no habría llegado a finalista de programas como Hotel Glam o Supervivientes o a superestrella del europop más refinado junto a Yola Berrocal y Sonia Monroy en esa banda de tan alto poder erotizante como musical que fue Sex Bomb.

Emilio Botín

No es político, pero probablemente sea la persona con más poder del país. Y para eso hay que estar muy preparado. Y si una de las personas más preparadas de España demuestra que su inglés es tan «nivel medio» como el de nuestro vecino del 2º, el que redacta los currículos en Comic Sans, será que estudiar idiomas no sirve para nada. Por ejemplo, no le impidió ser nombrado director general del Banco de Santander con 30 años, con la dificultad añadida de que debe de ser complicado hacer que un nombre tan largo como el suyo (Emilio Botín Sanz de Sautuola y García de los Ríos) quepa en una tarjeta de visita. Ni regularizar un malentendido con unas cuentas en Suiza pagando unos míseros 200 millones de euros.

Príncipe Gitano

No nos engañemos: una de las principales motivaciones para aprender idiomas es poder ligar con turistas en la costa cuando llega el verano. ¿Y ustedes creen que un tío con este porte, que vestido de smoking no tiene nada que envidiar al James Bond de Sean Connery, y ese arte necesita saber decir «Come with me, darling, I’ll show you what a Spanish macho is» para llevárselas de calle? Quizá no tenga la fluidez de Elvis Presley cantando la original, pero ¿se atrevió el yanqui a cantarla en español? No hubo huevos, ¿eh? Pues eso.

José María Aznar

Dicen que los asistentes a la conferencia se miraban los unos a los otros, asombrados, y que nadie entendió nada de lo que dijo el hombre con los abdominales más pétreos a este lado del Danubio (más allá de este río el título lo ostenta Putin, sin duda). Pero lo que no entendieron no fue el inglés del hombre que parece que tiene bigote cuando ya no lo tiene, sino cómo es posible que la CIA y el Pentágono no hubieran hecho todo lo posible para nacionalizarle estadounidense para que pudiera ser presidente del mundo, ya que alguien capaz de hilar semejante discurso, de adaptarse con facilidad al entorno, incluso en la manera de hablar, y de ser capaz de correr cinco veces más rápido que el etíope plusmarquista mundial de la distancia es, sin duda, quien ha de llevar a la Humanidad a sus cotas más altas de desarrollo. Y si no estás de acuerdo, vete a Cuba, rojo.

Raphael

Dos de los artistas españoles más famosos en los años sesenta y setenta eran Raphael y Camilo Sesto. Hoy en día casi todo el mundo sabe quién es Raphael, mientras que del segundo poca gente se acuerda. Eso indica que la obra del jienense ha perdurado más. Es decir, ha superado a alguien que ha sido Jesucristo. Y no un Jesucristo normal, de esos que van sucios, melenudos y andrajosos curando a leprosos, sino la versión top, la digievolución última: el Jesucristo Superstar. Además, Raphael fue el primero en recibir un disco de uranio. Eso tiene que dar poderes, seguro. Con esta trayectoria, ¿a quién le importa cómo hables inglés?

José Luis Rodríguez Zapatero

Una persona capaz de poner la economía española en puestos de «Champion Li» y que protagoniza acontecimientos históricos para el planeta es alguien digno de admirar. En el vídeo vemos que sigue a rajatabla la introducción a esta encuesta: que el guiri diga lo que quiera en su idioma extraño, que yo le contestaré en castellano y seguro que me entiende. Y es que el expresidente posee un intelecto sobrenatural, por eso también demuestra sus dotes con el francés. Y si no estás de acuerdo, vete a Detroit, liberal.

Gipsy Kings (franceses)

Sí, sabemos que es una banda francesa, pero cantan en español y sus integrantes pertenecen a dos familias: los Reyes y los Baliardo, así que algo de aquí tienen, como mínimo los antepasados. Y si alguien se pregunta por qué ponemos este vídeo en el que solo se escuchan dos frases en inglés en lugar de uno en el que aparezca la canción entera debemos decirle que es porque toda persona cabal debería ver esta película una vez al año y porque «nobody fucks with the Jesus».

Sergio Ramos

Fue la sensación viral hace un par de navidades. Al futbolista le metieron en el embolado de tener que felicitar las fiestas en inglés y acabó partiéndose (metafóricamente) la crisma, y eso que la locución no llegaba a los diez segundos. Su «morri crisma» es ya un clásico en la lista de angloparlantes hispanos con nivel medio.

Francisco Franco

El mayor ingeniero de pantanos del mundo llegó al poder también sin perder jamás unas elecciones. En una época donde si se estudiaba un idioma extranjero en los colegios era el francés, supo ver que el idioma del futuro era el inglés, y quiso dejar constancia de su gran dominio de la lengua propia de la pérfida Albión aunando a la pronunciación su porte, gallardía y varonil voz.


Viaje de Mario Camus hacia Ignacio Aldecoa

En los años ochenta del siglo pasado Mario Camus se convierte en el rey del guión adaptado del cine español; esos años escribe y dirige versiones, para televisión o para cine, de genios como Galdós, Cela, Delibes, Lorca, Barea y, horror, Cebrián. Veinte años antes, durante su aprendizaje, dirige algunas películas de Raphael, colabora con Saura, hace espaguetis con Terence Hill y escribe y dirige dos adaptaciones de Ignacio Aldecoa (la tercera la haría ya avanzados los setenta). Con los cuentos de Aldecoa aprende su trabajo, y lo hace cuando las obras del cuentista vitoriano todavía están frescas (Young Sánchez, la primera, la dirige Camus a los cinco años de editarse el cuento, y el propio Aldecoa colabora en el guión). Al contrario que los autores de las adaptaciones de los años ochenta, Aldecoa todavía no era un clásico. Ahora ya lo es.

Partiendo de que todas las películas de boxeo, como las de submarinos, son buenas, Young Sánchez brilla de un modo especial en la historia del cine español por las magníficas escenas en los gimnasios (que tanto gustarían al capitán Oveur) y por los alucinantes escenarios barceloneses que muestra y que en su mayoría, madrileño yo, lamentablemente no reconozco —mi Barcelona son algunas canciones de Loquillo y unos cuantos libros de Marsé—. Aunque el cuento se desarrolla en Madrid, Camus lo pasa a Barcelona, imagino que por imposición de la productora, y la película gana gracias a la estética portuaria (esa pelea al borde del mar que seguro que hace llorar a Sabino) que luego solamente se vería en alguna peli de Bruno Lomas y antes en el cine negro de A tiro limpio y otras extrañas joyas negras que hace poco emitió 8madrid TV (¡larga vida a Enrique Cerezo!). Las escenas lo-fi a la salida de la fábrica de Olivetti, rodadas desde lejos de forma documental, el aperitivo con el capitalista con la Monumental como telón de fondo o la pelea final dentro del bellísimo edificio Gran Price ya no las voy a olvidar.

Si el cuento de Aldecoa son tres pinceladas en las que se muestra la vida de barrio del boxeador aficionado Paco Sánchez, quien quiere pasar al profesionalismo para ser Young Sánchez, con la hermana fea, la madre enferma, el padre ansioso del triunfo de su hijo —interpretado por el capitán de todos los mitos, el excelentísimo Luis Ciges—, los compañeros del gimnasio y de la fábrica y amigos ex-boxeadores que, como personajes de Garci, hablan de un mundo desaparecido, en la película Camus y Aldecoa se ven obligados a crear un argumento, y lo hacen sin salirse ni un centímetro del tópico: joven humilde y ambicioso saca la cabeza fuera del barrio olvidando a quienes le crearon —argumento que Camus repite con un Raphael ultraamargado en Cuando tú no estás—. Los desconocidos del reparto —excepto Ciges y Carlos Otero, genial como boxeador fracasado, actor que también sale en la de Raphael y en A tiro limpio— y el blanco y negro un tanto costroso crean un neorrealismo de andar por casa con zapatillas de cuadros donde las lágrimas no dejarían de correr por nuestras mejillas si en vez de Julián Mateos estuviera Alain “Rocco” Delon haciendo de Young. El protagonista, al dejar atrás a sus amigos del gimnasio —y no dejando que su hermana se dé el lote con un chavalote en la calle— se hace un personaje antipático y la cinta, sin un personaje central que caiga bien, se hace un poco cuesta arriba. Camus trata de suplir esa carencia llenando al entrenador de humanidad y sabiduría maqrolliana, ya que sabe desde el primer momento que Young le va dejar porque es lo que siempre sucede (leer esto último escuchando Qué nos va a pasar).

Las escenas sin ningún asidero en el texto de Aldecoa, como la boda del boxeador que ha vuelto exitoso de la Argentina —con la maleta cargada en mi imaginación de facturas para la dulce Eli— en una terraza al lado de un canal desconocido para mí, con botellas de El Gaitero en las mesas, confirman a Camus como el mejor retratista de la vida de la gente sencilla de aquella época. Esta boda, junto con la de Cuando tú no estás —que se note que soy un rendido admirador de Raphael y que creo seriamente que es una gran película— valen por todas las cintas del NO-DO que se conserven y por todos los Vivir cada día de la Transición, mostrando bodas normales —uy, casi digo humildes, palabra proscrita por mi credo mourinhista— tan lejos del repelente espectáculo de las bodas actuales —donde incluso se ha desterrado lo único que me gustaba, que era partir la tarta con una espada, y hasta se ha prostituido la salida de la iglesia cambiando el arroz por los asquerosos pétalos de rosa— que parecen sacadas de un museo etnográfico. Ya lo dijo aquel ex-ciclista, estamos viviendo por encima de nuestras posibilidades.

La segunda de las adaptaciones es Con el viento solano, en este caso una novela, en la que se relata la huida hacia adelante de un gitano —Antonio Gades— tras cogerse en una feria de ganado un pedo limonero y cargarse a lo tonto a un guardia civil con bigote. Si tanto la novela como la película son atropelladas, en la cinta se nota más ese atropellamiento al estar las escenas tan poco desarrolladas que a ratos parece más un tráiler que una película, o uno de esos biopic río tan de moda ahora (Elizabeth Taylor se enamora, en el siguiente plano está embarazada, en el siguiente juega con un niño de diez años, al próximo es abuela). Lo mejor de la película son las localizaciones, muy de Escuela de Vallecas, ya sean olivares o ruinas de castillos en unos irreconocibles alrededores de Madrid, o ya dentro de la ciudad, esa escena a orillas del Manzanares en la que Gades se oculta de la policía tras unos surrealistas coches desguazados que prefiguran el crómlech de coches de Jim Reinders en Nebraska o el famoso Cadillac Ranch de Ant Farm en la Ruta 66.

El reparto es la otra sorpresa de la película, que hace que gane muchos puntos: Dos figuras legendarias pasan de puntillas por la cinta, nada menos que Vicente Escudero —que sale en poquísimas películas, agrandando la leyenda de Val del Omar con su aparición en Fuego en Castilla, película que bien podría ser una pesadilla del gitano Sebastián cuando duerme en el olivar— e Imperio Argentina, que hace de madre del protagonista (o de toda la Humanidad) y solamente habla para rechazar al hijo pecador, enmarcada como una diosa griega en un claustro (escena en la que parece que van a aparecer los esqueletos de Harryhausen a partirse la cara con el clan gitano).

La huida continua de Sebastián hace que todos los personajes sean episódicos, provocando que la película flojee al caer todo el peso sobre las espaldas de Antonio Gades y su poco arte cinematográfico. Demasiado estricto, Camus respeta todas las escenas y muchos de los diálogos de la novela. Todavía le quedaba mucho por aprender para resumir una novela con inteligencia. Solamente durante la estancia en Madrid, central en novela y adaptación, con Sebastián escondido en una pensión de la Cava Baja —un barrio de La Latina totalmente opuesto al refugio de adictos a la cebolla caramelizada que es ahora— Camus se atreve a guionizar y se trae a la novia de Sebastián (turbadora María José Alfonso) a Madrid para tratar de unir su (poco) futuro con el nulo de Sebastián.

Para su última adaptación, Los pájaros de Baden-Baden, Camus da un salto de diez años y retrata el pijerío madrileño en vez de los barrios bajos. Madrid ya está hiperdesarrollado y casi siempre horrorizado. Es verano en Madrid y los rodríguez salen de cacería (perfecto Larrañaga haciendo de sí mismo). Aunque al igual que en el relato del autor vasco, la protagonista principal es la joven Elisa —maravillosa Catherine Spaak—, niña bien que pasa su verano buscando información para publicar su tesis y escribiéndola en las terrazas de Rosales, en la película el verdadero protagonista es el fotógrafo que le recomienda su profesor para las fotos que quiere poner en su libro. Camus cambia totalmente al fotógrafo, que en la narración es un jovencito lleno de vida para en la película ser un maduro desencantado, que no para de beber cubatas y de leer Los amores tardíos, y que para más inri tiene un hijo que parece sacado de Verano azul. De origen humilde (aunque viva en un chaletaco de impresión en la Colonia Chamartín) y con mucha carretera a cuestas, se enamora como un crío de la chavala hasta que su integridad le hace incapaz de adaptarse a la pandilla de tarados de la alta sociedad de ella. Si a eso añadimos la cobardía de ella y su no querer renunciar por amor a su fácil vida hacen que se desencadene el drama. Pero antes de todo esto hemos visto un Madrid de colores quemados, de terrazas por la noche y bares feísimos que ahora serían joyas retro, y preciosas escenas de amor, con desayunos y comidas de los tres que crean en Pablo de nuevo la ilusión de familia al ver a Elisa reírse con su hijo, que toma café y no colacao, como debe ser. Toda esa ilusión que los tres van a perder cuando llegue septiembre. Siempre me ha encantado esta película.

Tras esta película Camus ya está preparado para adaptar a los clásicos, ha construido un guión claro, tomando lo necesario del cuento de Aldecoa y modificando lo que le parece, y Aldecoa, ya fallecido en el 75 cuando se hace la película, ha tenido a su mejor y prácticamente único adaptador en cine. Para Camus luego vendrían sus grandes éxitos de los ochenta y su declive en los noventa, y para Aldecoa su relativo olvido de clásico de bolsillo.