Conjeturas sobre Uwe Johnson

Uwe Johnson
Uwe Johnson en 1965. Foto: Cordon Press.

Transcurre el año 1899 y alguien huye de la autoridad campo a través. En mitad de la vega prusiana, sin lugar donde esconderse, el fugitivo desaparece bajo las cuatro faldas de una mujer que come las patatas que asa sobre un fuego bajo sus pies. Y así, entre el frío y el fango, entre la humareda y el desconcierto de los guardias que deambulan en círculos sin poder explicárselo, es concebida la madre del pequeño Oskar. El tambor de hojalata está lleno de momentos inolvidables, pero probablemente ninguno sea tan indeleble en la memoria como el de los abuelos de ese niño que se niega a crecer nada más cumplir los tres años. Otros detalles son más sutiles: durante el encuentro, la hospitalaria propietaria de cuatro faldas superpuestas lanza suspiros entornando los ojos y, atentos, «evocando en cachuba los nombres de todos los santos». 

No sabemos cuánto de autobiográfico hay en el relato de Günter Grass, pero sí que su madre pertenecía a uno de esos pueblos que abandonarán la tierra sin que hayamos llegado siquiera a saber que estuvieron aquí alguna vez. Sepan que, más allá del delirio surrealista del alemán, Cachubia es tan tangible como esas patatas trinchadas en varas de avellano. Búsquenla en la «tierra de nadie» entre polacos y alemanes, la que fue cambiando de manos desde que la Orden Teutónica se apoderara del enclave en el siglo XIV. El propio Grass nació en 1927 en Gdansk, una ciudad a la que la dirección del viento cambiaba el nombre constantemente: uno podía acostarse en Danzig y despertar en Gdansk sin levantarse de la cama. Pero las pesadillas eran atroces, especialmente durante primera mitad del siglo XX. Fue entonces cuando cientos de miles de ellos emigraron a Estados Unidos porque quedarse era abandonarse al azar de la guerra. Sin ir más lejos, Grass fue uno de esos adolescentes enrolados en el ejército alemán en el último año de la contienda. Tras ser rechazado como un tripulante más de los U-Boote, acabó en una división Panzer de las SS que se acabaría rindiendo a los americanos. 

Uwe Johnson, otro hijo de ese páramo azotado por el viento, contaba once años entonces. Demasiado joven hasta para los nazis. Su padre era un campesino de origen sueco de Mecklemburgo, un antiguo enclave del Reino de Suecia en la orilla sur del Báltico; su madre, una cachuba de Kammin (hoy Kamién Pomorski). Tras morir su padre en uno de los campos de internamiento que los soviéticos construyeron en el este de Alemania, el joven Uwe fue arrastrado por su familia hacia un viaje en círculos sin salir del país, en busca de un lugar en el que echar raíces de nuevo. Muchos cachubos acabaron trabajando en las minas de Silesia, pero los Johnson consiguieron permanecer en la superficie, y Uwe cursó estudios de Filología Alemana en Rostock, en la entonces recién constituida RDA. Lo suyo era la literatura y, en 1953, escribió una primera novela, Ingrid Babendererde, que jamás vería publicada. 

La segunda, Conjeturas sobre Jacob, se publicaría en 1959, y casi a la vez que El tambor de hojalata. A través de la misteriosa muerte de un ferroviario de la RDA, se abordaba de manera directa, y por primera vez, la cuestión de la división alemana. Aquel fue el pasaporte de Johnson para integrarse en el llamado Gruppe 47 junto a Grass, Heinrich Böll, Siegfried Lenz y otros escritores alemanes y austríacos perfilados por el auge y la caída del nazismo y la posterior partición del país. 

Si el que fuera tanquista adolescente se convirtió en el rey del realismo mágico europeo, Johnson abordaba al lector no con la ficción, sino a través de la técnica disruptiva de voces indiscernibles y continuos saltos en el espacio. Aunque lo reconoció en varias ocasiones, su admiración por Faulkner era más que patente sin necesidad de verbalizarla. «Johnson muestra un compromiso casi maníaco por verlo todo, entenderlo todo y que todo encaje», decía de él Damion Seals, su traductor al inglés. Nunca fue fácil. La madre de Johnson había huido al oeste en 1956, lo que no trajo más que complicaciones para su hijo en el este, como la prohibición de trabajar en la administración. Sin otra forma de sobrevivir, Johnson traduce libros al alemán —entre ellos Israel Potter: sus cincuenta años de exilio, de Melville— mientras trabaja en el suyo. Es en 1960 cuando decide finalmente zafarse de la Stasi para instalarse en el oeste. Más que de una huida, Johnson habló siempre de un «cambio de domicilio».

En Conjeturas sobre Jacob llegó incluso a anticipar la construcción del muro que se levantaría en 1962; de hecho, rogó a sus amigos y a sus seres más queridos que cruzaran al oeste antes de que fuera demasiado tarde. Elisabeth Schmidt, su novia, lo hizo cinco meses antes de que Berlín se partiera físicamente en dos. Fue un viaje de dos días en tren hasta Copenhague con un pasaporte suizo falso; de ahí a Hamburgo, y luego en avión hasta Berlín Oeste, todo para recorrer una distancia que se hacía en apenas diez minutos de tranvía y por veinte peniques. La pareja se acabaría casando en Roma a finales de febrero, y su hija Katharina nacería en noviembre de ese año, el mismo en el que el cachubo recibió el prestigioso Premio Internacional de Editores.

Con Jacob, otras dos novelas y varias historias sobre ambas Alemanias, Johnson se labró una imagen de refugiado que no dejaba de ser crítico con su lugar de acogida: renegaba tanto del estalinismo de Walter Ulbricht en el este como de los nazis que salían a la superficie en puestos de poder en el oeste. Antes de cumplir los treinta se había convertido en «la voz de la Alemania dividida»; también en «el escritor procomunista», «el refugiado poeta» o, simplemente, en un autor «difícil». Grass decía de él que ningún escritor de Alemania del Este había superado a Johnson en la descripción de la vida en ese país. Ya al otro lado del muro, la anomalía cartográfica que planteaba Berlín Oeste como un enclave amurallado dentro de la RDA aislaba a la ciudad tanto emocional como administrativamente. Johnson es uno de tantos jóvenes que esquiva así el servicio militar y, en cierta medida, sigue viviendo en las dos Alemanias. Pero se ha convertido un personaje público: todo el mundo lo conoce en la ciudad-isla, y solo piensa en cruzar el océano.

Volverá a América en 1965 —hizo un primer viaje muy breve en 1961—, donde trabajará desde Nueva York editando a Brecht, entre otros, y trabajando en la que se convertirá en su obra magna: Aniversarios. En ocasiones anteriores había retratado la vida en Mecklemburgo, la tierra de su padre; esa región agrícola y extremadamente conservadora que permanecía aún bajo un régimen semifeudal bien entrado el siglo XX. «Si se fuera a acabar el mundo me trasladaría a Mecklemburgo porque allí todo sucede cien años más tarde», dijo Bismarck de aquel cenagal a orillas del Báltico. En Aniversarios, Johnson se inspirará en ese trabajo anterior explorando sentimientos como el de «comunidad» y «pertenencia» en momentos de gran convulsión histórica. El hilo es la odisea vital de un personaje de ficción, Gesine Cresspahl, que emigra desde Mecklemburgo a Nueva York. La intrahistoria de la obra es ya lo suficientemente elocuente sobre la obsesiva minuciosidad del alemán: casi 2000 páginas entre cuatro tomos escritos durante más de quince años, pero que recogen uno solo (1967-1968) en la vida de Gesine.

No habían pasado ni dos años a orillas del Hudson cuando Johnson se entera por la prensa de que su antiguo estudio en la Stierstraße, en Berlín Oeste, se ha convertido en uno de los nichos de la Komunne 1, la primera comuna levantada sobre cimientos políticos en Alemania. El cachubo vuelve a Berlín en 1969: no sabemos si pesó más su pulsión libertaria, el deseo de echar a los okupas, o todo lo que dolía Alemania. Nueva York le ofrecía una reconfortante rutina de comprar el New York Times todos los días, comer en los mismos restaurantes y reconocer las mismas caras en el metro. También contactos, y una proyección con la que jamás hubiera podido soñar en los años de privación y prohibición en la RDA. Pero su estancia se alargó principalmente por Gesine, el personaje de ficción cuya vida en América necesitaba construir con esa precisión prusiana.

«América era un rumor y vine a verificarlo», soltó Johnson en una entrevista. Misión cumplida. A su vuelta a Alemania será agasajado con más premios, más puestos: en la Academia de las Artes, en el PEN Internacional… Aspirinas que se disuelven en una jaqueca oceánica. 

Viaje pendiente

El estuario del Támesis no es un mal lugar para morir y Johnson se muda con su mujer y su hija a la somnolienta isla inglesa de Sheppey en 1974. Nadie supo explicar las razones de su inesperado traslado: que si era para que su hija continuara sus estudios en inglés; que si necesitaba refrescar su material para Aniversarios; que si la vista sobre el mar le recordaba a la que disfrutaba sobre el Hudson en Nueva York, o al norte de Alemania… Más conjeturas sobre Johnson. También en Sheppey, porque nadie en la isla tenía claro quién era aquel misterioso extranjero. 

«No sabíamos si era un millonario que se ocultaba o, simplemente, un hombre pobre. Una de las primeras cosas que me dijo fue: “Me llamo Uwe Johnson, pero todo el mundo aquí tiene problemas para pronunciarlo, así que puede llamarme Charles”», recordaba para la BBC en 2015 Martin Aynscomb-Harris, quien fuera su vecino durante los años que el alemán permaneció en la isla. A mediados de los setenta, su mujer y su hija abandonaron la casa y, tras un primer ataque al corazón, él se atrinchera en el Sea View Hotel, donde la parroquia llamaba Charlie a ese extranjero solitario que siempre llevaba una libreta en el bolsillo. Es en ella donde disecciona la vida y las gentes de una pequeña isla inglesa con la misma frialdad con la que abrió las tripas de Mecklemburgo, o las de Nueva York. 

Siguió escribiendo como lo hacía ya en sus años en la RDA, donde casi siempre escaseaba el papel: la mitad derecha del folio para el texto, dejando el izquierdo para anotaciones y correcciones. Y así, en 1983, publicó finalmente el cuarto y último volumen de Aniversarios. Justo a tiempo: Johnson fallecerá diez meses después en su insularidad victoriana de un ataque al corazón provocado por un exceso de alcohol, de tabaco, de somníferos; de una soledad certificada por las tres semanas que pasaron hasta que sus vecinos encontraron su cadáver en su casa. Tenía cuarenta y nueve años. 

Hans Werner Richter, compañero de Johnson en el Gruppe 47, lo recordó como un Grenzgänger, un «ser fronterizo»; un outsider de la sociedad que nunca se encontró en casa en ningún sitio. Antes de morir, planeaba volver a orillas del Báltico, como si anticipara, una vez más, lo que estaba por venir. El muro que llegó a ver en sueños se desplomó en 1989; incluso antes de aquello, su Cachubia natal empezará a temblar de nuevo con las huelgas del sindicato Solidaridad. Los astilleros Lenin de Gdansk fueron el epicentro de todo aquello. 

Ya sabemos que no hay mayor déjà vu que el de la propia historia; de hecho, creemos haber visto antes a ese fugitivo en su huida campo a través. ¿Dónde parar cuando la tierra se agrieta constantemente bajo el fango? Quizá solo quede correr. Aunque sea en círculos. 


Esperando el próximo arcoíris (Bad Frankenhausen, Turingia)

Bauernkriegspanorama (Panorama de las guerras de los campesinos), de Werner Tübke.

En Turingia el milenarismo no va a shegar, porque nunca se fue. Uno de los Länder peor conocidos por los turistas y desde luego por los alemanes mismos, Turingia no solo presenta la mayor densidad de huellas de los grandes de la cultura alemana por kilómetro cuadrado y por habitante (ya solo Weimar puede medirse con cualquier ciudad alemana menos Berlín), sino que además siempre se mostró especialmente receptiva a cualquier profeta alucinado y carismático que anunciara el fin de los tiempos y por ende el de la injusticia. Aún en los primeros años del período entre las dos guerras mundiales la Neue Schar, el grupo de seguidores del «santo de la inflación» Friedrich Muck-Lamberty, consiguió reunir a más de diez mil personas en la plaza de la catedral de Erfurt y hacerlas bailar hasta alcanzar el éxtasis colectivo, como si la Edad Media solo se hubiera tomado un respiro desde la época de los movimientos anabaptistas y hubiera despertado con más fuerzas que nunca en la recién proclamada República de Weimar. No sería el último ni el peor revival medieval al que la joven República hubo de enfrentarse.

A medio camino entre Erfurt y Weimar al sur, Mülhausen al oeste, Halle an der Saale al este y la ciudad Patrimonio de la Humanidad de Quedlinburg al norte, se encuentran los montes del Kyffhäuser y en su extremo sureste Bad Frankenhausen. Estos dos últimos nombres hacen volar con su sola mención la imaginación del germanista más sobrio. En el Kyffhäuser se supone que duerme desde su desaparición camino de la cruzada el emperador Federico Barbarroja, sentado ante una mesa de piedra a cuyo alrededor su barba debe crecer hasta darle tres vueltas completas, antes de despertar definitivamente de su sueño de siglos y ponerse al frente de sus fieles para dar la batalla a las fuerzas del mal en la hora final. Muy cerca, en Bad Frankenhausen, tuvo lugar en mayo de 1525 la batalla en la que el pastor protestante y profeta apocalíptico Thomas Müntzer dirigió los ejércitos de los revolucionarios campesinos en el choque final contra las tropas de los príncipes, fue derrotado, capturado, torturado y ejecutado en Mühlhausen el día 27, fecha que por cierto no me resulta difícil retener por coincidir con la muerte de mi adorado Joseph Roth, el nacimiento de Vincent Price y Christopher Lee y con la de mi cumpleaños. Müntzer fue un personaje maldito en la historia alemana oficial hasta que fue reivindicado por la RDA como protorrevolucionario, y ese es el origen de una fantástica obra de arte única en su género que puede admirarse hoy dentro de un horrendo edificio construido ad hoc y que los lugareños llaman cariñosamente «el váter de elefantes» (Elefantenklo). 

Mi viaje a este lugar de poder del milenarismo alemán por excelencia tuvo lugar en una época en la que mis estancias en Turingia eran frecuentes, al ser mi entonces marido originario de Erfurt y tener a casi toda su familia allí. Con mi entonces suegra y mi entonces cuñado nos metimos mi ex y yo un día de verano en el coche y pusimos proa o más bien parachoques en dirección a Bad Frankenhausen para ver el museo dedicado a la gigantesca obra del pintor Werner Tübke Panorama de las guerras de los campesinos, pintado por el más destacado de los miembros de la escuela de Leipzig entre 1976 y 1987 y abierto al público muy oportunamente dos meses antes de la caída del muro, en el año del cuarenta aniversario de la fundación de la RDA. El Panorama es un gigantesco lienzo circular de ciento veintitrés metros de circunferencia y catorce de altura encargado a la URSS sobre el que Tübke pintó más de tres mil figuras en un estilo que recuerda a veces al Bosco y a Brueghel el Viejo, a veces a Durero y a Cranach, a veces al surrealismo de entreguerras o a Otto Dix. Las prolijas explicaciones de la tela corrían a cargo de un sesentón impecablemente vestido y sin ninguna intención de ocultar el chusco acento turingio ni su vocabulario lleno de términos del socialismo realmente existente que hacían mascullar cada poco a mi familia política «de la Stasi, fijo, míralo, no hay más que verlo» con exactamente el mismo acento que el guía.

El lienzo puede dividirse en cinco partes temáticas organizadas alrededor de la escena de la batalla de Frankenhausen y en medio de ella un Thomas Müntzer con la bandera del Bundschuh, el zapato de cordones símbolo de la rebelión campesina, bajada a tierra, consciente de la derrota que se avecina bajo el gigantesco arcoíris que le hizo creer engañosamente que Dios estaría con él, que puso el arcoíris en su bandera como signo de la Alianza, y con los campesinos en la batalla frente a los todopoderosos y mucho mejor pertrechados ejércitos de los príncipes. A lo largo de las cinco partes de la obra, plagadas de figuras y de un simbolismo que a veces raya con una clave estrictamente personal, Tübke nos plantea un viaje alrededor de una época y de su mentalidad, en el que se retrata el descontento social, los inicios de la rebelión, la corrupción, las tensiones entre las distintas concepciones de la Reforma y de todas ellas con la ortodoxia papista, la ilusión alimentada por la profecía apocalíptica que históricamente ha sido siempre la esperanza de los pobres, la fatalidad de ser el Gedeón elegido para liberar al pueblo por un ángel terrible (como todos, según Rilke, ein jeder Engel ist schrecklich, pero este particularmente) que solo puede ofrecer la palma del martirio, la batalla decisiva y el Apocalipsis, que parecen ser todo uno, la Weltgeschichte als Weltgericht (historia universal como juicio universal) de la que hablaba Schiller

No hay que rascar mucho, y menos aún sabiendo que en la RDA, como en la España tardofranquista, siempre había que leer entre líneas, para ver que Tübke no está hablando solamente de unos hechos históricos del siglo XVI y de la ideología subyacente, sino de su propio presente, del que tampoco excluye su vida sentimental. El monumento al fracaso del sueño igualitario de los campesinos de Turingia es también un monumento a la esperanza de los humildes traicionada por la RDA realmente existente, que hizo el encargo a Tübke con el tiempo justo para verlo terminado antes de desaparecer juzgada finalmente por la historia universal. Muchos de los personajes de aquel maremágnum pictórico ponen cara a los personajes de las historias de un mundo apenas desaparecido que me contaba aquella familia de Turingia devastada por la Stasi que fue mi familia durante dieciocho años. 

Salimos los cuatro del Elefantenklo pensativos, en silencio, y montamos en el coche camino de vuelta a Erfurt, a la ciudad cuyo enorme casco histórico del XVI recuerda a Lutero y a la Reforma a cada paso. Comimos cerca del Puente de los Mercaderes los inevitables Klöße de patata rallada y miga de pan con gulasch y col roja y seguimos administrando nuestros silencios familiares con el humor seco y contundente de los turingios y apurando una Köstritzer tostada para facilitar la digestión y la espera a la llegada del próximo arcoíris.

Panorama de las guerras de los campesinos (detalle).


Entre el humo del lignito, una lengua

Foto: Erich Zühlsdorf, (1968) DP.

En 1974 tampoco hubo sorpresas. La Orden de Karl Marx se posaba en la solapa de Jurij Brězan, otro intelectual cuya obra nunca osaría interponerse en la senda de Alemania Oriental hacia el socialismo. También gustaba que Brězan escribiera en su lengua soraba de cuna, aunque por motivos totalmente ajenos a la creación literaria.

No obstante, ¿cómo insinuar que se regalara nada a alguien con una trayectoria como la suya? ¿Es justo señalar a quien nace ya señalado por pensar en la lengua equivocada? Que nadie elige cuándo y dónde venir al mundo resulta aún más evidente en el caso de Brězan: la Primera Guerra Mundial y la región más deprimida de una Alemania ya condenada al fracaso. Esa llanura inmensa que se tragaron las minas de carbón se llama Lusacia y es la tierra de los sorbios (o sorabos). Son los únicos supervivientes de los pueblos eslavos que una vez se repartieron en lo que hoy es Alemania. Ni pertenecen a otro grupo eslavo mayor ni su territorio se extiende más allá de los límites de Lusacia.

Sorbios eran los Brězan, algo que también explicaba por qué siempre faltaba el dinero en casa. Hijo de un minero y una campesina, Jurij tenía tres hermanas pequeñas a las que entretener. No hay juguetes, solo los cuentos que el chaval rebusca en su cabeza para que el hambre sea más llevadero. Fuera de casa también reclaman su ingenio. Si bien pequeña, la sorbia era una comunidad muy organizada que ya contaba con una entidad política, la Domowina, para defender los derechos de la minoría eslava alemana. Es un trabajo ingente y Jurij siempre arrima el hombro, sea dando clases de lengua soraba o trabajando en el sindicato sorbio clandestino. Que le expulsaran  del instituto por «inmadurez política» en 1936 o que Berlín cerrara la Domowina un año después no extraño a nadie. Al fin y al cabo, era Hitler quien tomaba las decisiones y toda aquella gente no es sino  un tumor en el corazón de la Heimat.

Jurij comienza a escribir bajo el seudónimo de Dušan Šwik, pero acaba pagando eso y el resto de sus órdago al Reich con un año de exilio en Praga y otro de cárcel a su vuelta a Alemania. Habrían echado la llave de no haber otra guerra mundial en curso, pero todos los hombres eran pocos para la Wermacht. Ahí pasó dos años, hasta que cayó prisionero de los americanos. El 30 de abril del 45 la bandera roja ondea sobre el Reichstag y, diez días más tarde, la Domowina reabre sus puertas. Alemania se ha partido en dos y ya nada será igual. Tampoco para los sorbios.

Los hijos del carbón salen a la superficie, entre ellos Jurij Brězan, quien se convierte en un joven funcionario de la Domowina. De ahí a la Oficina de Cultura y Educación Nacional de Sorabia, donde será responsable de prensa, radio y cine. Por supuesto, esta promoción solo es posible para alguien que pertenece al Partido de la Unidad Socialista de Alemania (SED). No era el único partido, pero sí el que gobernaba en solitario. Su primera novela se publica en 1953 firmada ya con su nombre real. Para entonces, la Domowina ha pasado de ser una organización clandestina en la Alemania nazi a convertirse en un miembro más del Frente Nacional de la República Democrática de Alemania.

Es una libertad tutelada. El propio líder de la Stasi (el servicio secreto), Erich Mielke, pide que se vigilen «desviaciones nacionalistas o titoístas» entre los sorbios y exige informes constantes a su división en Brandeburgo. Aquella gente de la que Brězan llegó a decir que eran «los indios de Centroeuropa» tenía su propia lengua y su propio himno nacional; de hecho, organizaciones como el Comité Nacional Lusacio-Sorbio habían llegado a pedir un Estado independiente tras la Primera Guerra Mundial o la integración en Checoslovaquia. Cualquiera de las dos opciones valía. Eran capítulos del pasado que solo añadían leña en la hoguera de la paranoia de Berlín aunque, en realidad, tampoco era para tanto. A diferencia de otras minorías, como los daneses de Schleswig-Holstein (norte de Alemania) o las comunidades germanas en el lado oriental del Muro, los sorbios no tenían un Mutterstaat («Estado madre») a quien recurrir en busca de apoyo. Además, no dejaban de estar amarrados al principio soviético sobre minorías que giraba en torno al «nacional en la forma pero socialista en el fondo».

La política de revitalización y empoderamiento de la minoría eslava se simultanea con un plan mastodóntico para extraer el mineral bajo sus pies.

En un país obsesionado con la autarquía energética, los alemanes del este se calientan con esos tres ladrillos de lignito que se reparten cada día a las seis de la mañana. Es agradable el calor que emana de esos hornos cubiertos de baldosas de cerámica y, al fin y al cabo, uno acaba acostumbrándose al humo acre que envuelve pueblos y ciudades por toda la RDA. Ocurre que ese carbón de baja calidad solo abunda en Lusacia, lo que convierte a la región en la más insalubre de Alemania; un páramo desolado en el que la tierra vomita toneladas de lignito a cielo abierto y donde nadie se atreve a colgar la ropa fuera de casa. Decenas de miles de campesinos y mineros pierden la suya. Hay que hacer sitio a una maquinaria pesada a la que se le dedicaron poemas, canciones y hasta sellos postales.

La simple estadística es lo suficientemente ilustrativa del desastre: el 88% de los pueblos destruidos durante los cuarenta años de vida de la RDA eran sorbios. Realojados en la periferia de las ciudades, los desplazados se verán aislados en un entorno completamente germanófono y su lengua se apagará en un apartamento más de una enorme colmena. No hay vecinos con quien hablarla.

La situación en casa tampoco es mucho mejor. Las escuelas bilingües y sus instituciones quedan bajo el asfixiante escrutinio del SED, que no duda en sofocar de forma expeditiva cualquier atisbo de disidencia en la construcción del paraíso socialista. A ojos de muchos sorbios, la Domowina pasa de servir a la defensa de su lengua y su cultura a convertirse en una herramienta del Estado para ejecutar políticas de colectivización agrícola y una campaña contra la Iglesia en Lusacia.

Muchos abandonan el barco, no así Brězan. En 52 semanas hacen un año, el escritor aborda el tema de la colectivización en casa de un campesino sorbio quien, como el resto de sus vecinos, se resiste a ceder su propiedad al Estado. Cuando descubren los enormes beneficios de la colectivización de la tierra, todos aceptan gustosos. La obra se llevó al cine dos años después de su publicación, justo en el momento que más falta hacía.

El escritor seguirá encadenando galardones con novelas que tienen un alto componente propagandístico y otras más autobiográficas. El estudiante de secundaria es el primer volumen de una trilogía en la que repasa su juventud, pero también hay multitud de cuentos infantiles impregnados del folclore sorabo. Lobos, jabalíes y muchos más animales protagonizan relatos; hay hombres que se convierten en cuervos, hadas y otros seres mágicos alimentan una cosmogonía que habla de una naturaleza primigenia, pagana. Atemporal. Escribe en las dos lenguas en las que vive, también la historia de ese niño huérfano que se siente intrigado por un misterioso cofre de siete cerraduras. Lo custodia un lobo y encierra el conocimiento, ni más ni menos. Krabat —así se llama el niño— acaba en una escuela de magia donde tendrá que dedicar un año de estudio por cada cerradura del cofre. El molino negro se publicó treinta años antes que el primer Harry Potter.

Desnazificación

Con la excepción del esloveno, todas las lenguas eslavas se parecen mucho entre sí. Es en ese inmenso espacio lingüístico que se extiende desde el corazón de Europa hasta la costa del Pacífico donde encontramos al sorbio. Si bien comparten etónimo con los serbios (ambos grupos se llaman a sí mismos serbski), la lengua de los de Lusacia se parece más al checo y al polaco. Lo dice el proverbio: Ze serbskej hubu móžeš přez Pólsku a Rusku («Con una boca soraba atravesarás Polonia y Rusia»). Al igual que el resto de las lenguas eslavas, el sorbio tampoco tiene artículos (muy pocas lenguas los tienen) pero sí que conserva una categoría gramatical como la del numeral dual. Ruka significa «mano» y su plural es ruki pero, cuando hablamos de dos, usaremos ruce, y esto es extensible al resto de los nombres así como a pronombres y adjetivos. Se trata de un rasgo muy antiguo que desapareció en casi toda la familia indoeuropea incluyendo las lenguas eslavas, con la excepción, una vez más, del esloveno.

Desde la Academia Polaca de la Ciencias, Nicole Dołowy-Rybińska, antropóloga y experta en la cuestión sorbia habla de una comunidad dividida en dos: los altosorabos y los bajosorabos. «Los primeros cuentan con una comunidad católica que no se convirtió al protestantismo en el siglo XVI y aquello se convirtió en un factor de peso para la conservación de la lengua hasta hoy. En el caso de los bajosorabos, eran todos protestantes. Además, la transmisión de su variante lingüística se vio prácticamente interrumpida tras la Segunda Guerra Mundial, principalmente por la llegada súbita de alemanes expulsados de la vecina Polonia», explica la investigadora.

Que la RDA reconociera y protegiera a una pequeña minoría eslava en su propio territorio era un ejercicio de «desnazificación» más que Berlín tenía que hacer ante Moscú. Los sorbios y, por extensión, el resto de los pueblos eslavos, habían pasado de ser Untermenschen («subhumanos») en palabras de Hitler a convertirse en ciudadanos de pleno derecho de un Estado que se declaraba «aliado eterno e irrevocable de la Unión Soviética» en su propia Constitución. En cualquier caso, no es menos cierto que no existía en toda Europa una minoría que gozara de tantos recursos para desarrollar su lengua y su cultura.

Poco después de publicar El elefante y la seta —un libro infantil ilustrado—, Brězan se convierte en miembro de la Academia de las Artes en 1965. Cuatro años y tres novelas más tarde ocupará la vicepresidencia de la Asociación de Escritores de la RDA. La mayoría de sus antecesores en el cargo fueron individuos con fuertes vínculos con la Stasi, pero no es el caso de Brězan. El sorbio más leído del mundo sigue siendo un Staatsdichter («poeta del Estado») más que un Stasidichter («poeta de la Stasi»). Es más, tuvo que aguantar numerosos embates desde altos cuadros del partido que le tildaban de «titoísta hostil a la URSS», «enemigo del Estado y del partido» o «nacionalista sorbio peligroso».

Pasando página

La crisis en el país a finales de los ochenta es también la de los prohombres de Sorabia. En vísperas de la caída del Muro —en noviembre de 1989—, las tensiones internas entre los sorbios que abogan por un régimen continuista y los que piden una reforma política drástica y urgente son cada vez más visibles. Así, a escasos días de que se abra la Puerta de Brandeburgo a martillazos, un grupo de reformistas que incluye una amplia representación del clero crea la Asamblea Nacional Sorbia. Sus peticiones a la Volkskammer (el Parlamento alemán) giran en torno a una «acción urgente» para compensar a aquellos miles de desplazados por la minería salvaje en Lusacia así como una mayor presencia de la lengua soraba en las escuelas.

El terremoto político por todo el este de Europa también sacude los cimientos de la Domowina, pero un congreso extraordinario en 1991 la vuelve a apuntalar como «organización única y central» de la minoría. Contra todo pronóstico, son los continuistas los que se imponen en la institución sorbia tras una votación en la que hubo más votos que delegados. Mientras a la cúpula le basta con cambiar de chaqueta, los galardones en la solapa de Brězan serán la excusa perfecta para apartarlo del camino. Ya no es más que «el amigo de Honecker».

A día de hoy se suele repetir que son unos cincuenta mil los que conservan la lengua soraba, aunque estimaciones más científicas dan cifras que apenas rondan los veinte mil. En cualquier caso, los sorbios siguen siendo una minoría reconocida en Alemania, con sus propias instituciones y su lengua integrada en el currículo escolar. Seguimos hablando de una de las zonas más deprimidas del país, aunque un ambicioso plan ha convertido gran parte de su devastada cuenca minera en el mayor proyecto de lago artificiales de Europa. Se busca turismo así como nuevas posibilidades de desarrollo más sostenibles.

En cuanto a Brězan, murió en Lusacia en 2006 a la edad de ochenta y nueve años, muy cerca de la casa en la que nació. La virgen que no quiso acostarse, una colección de cuentos de hadas sorbios, se publicó el año de su muerte, y también El viejo y la estrecha extensión. Decía que le obsesionaba el complicado proceso de recordar, las jugarretas de una memoria que funciona de una manera extraña, independiente y sin patrones reconocibles. Son sus palabras.

Si se trató de un hombre «de partido» convencido o si su lealtad fue el peaje a pagar para poder seguir escribiendo en su lengua es un debate ya estéril. Hoy, docenas de novelas y cuentos infantiles arrojan luz sobre una sima desconocida en el corazón de Centroeuropa. Por ella se puede bucear en el alma de todo un pueblo.


Sangre para el presupuesto del Estado comunista

Un manifestante porta un retrato de Honnecker. Foto: Cordon Press.

Hay un documental en Movistar titulado Los negocios turbios de la RDA que se vende como apoyo de la serie Deutschland 86. Habla de la inmoral venta de armas que hacía la República Democrática Alemana, como si otras fuesen más morales, o de cómo se saquearon las reservas de los bancos que todavía pertenecían a los judíos huidos de esa zona del III Reich, lo que no tiene justificación ninguna. Sin embargo, el plato fuerte del documental está en la venta de sangre que hizo este país para poder cuadrar sus maltrechos presupuestos.

Eran los años de la desesperación que sufrieron todas las economías del socialismo real europeas tras las crisis del petróleo. Recordemos que si bien Hungría y Checoslovaquia ya habían sido intervenidas, en la teoría de que la URSS se podía permitir una corrección de derivas cada diez años por la vía militar, las repúblicas no vacunadas por la entrada de tanques una buena mañana enfilaron situaciones dantescas por la crisis postindustrial europea. Prácticamente todas.

Rumanía, hacia un neoestalinismo en la persona de un líder hasta entonces respetado, Ceaucescu; Albania, en un mayor aislamiento con un estalinismo multiplicado por maoísmo; Polonia se enfrentó a huelgas que la hicieron acreedora de la siguiente intervención soviética en su «cinturón de seguridad» que Jaruzelski evitó por momentos con un autogolpe de Estado; Yugoslavia, que iba por libre, gestó las disputas territoriales entre norte desarrollado y sur menos desarrollado que condujeron a su terrible desintegración criminal; Bulgaria con su política de sí a todo lo que diga Moscú permaneció inalterable, en teoría y, por último, la RDA, perla del comunismo mundial, se vio obligada a hacer cualquier cosa para que no se le hundiera el chiringuito, que era el escaparate mundial del negocio.

El problema de todas ellas era que estaban endeudadas en los mercados internacionales, en los que estaban integradas por sus exportaciones e importaciones vitales, y sus economías, por sí solas, no se bastaban para devolver el crédito. De esa imposibilidad viene toda la constatación repetida a modo de latiguillo de que «el comunismo no funciona». China, sirva como nota para el lector menos versado, por estas fechas cambió su sistema a lo que quiera que sea que es ahora que no es el comunismo ortodoxo del que provenía. Y no le fue mal.

Para el resto, las divisas eran la fuente de la vida del comunismo y, en el caso de la RDA, como cuenta este documental, se llegó a tratar de conseguirlas hasta con la venta de sangre de sus ciudadanos. Hay un médico alemán, Rainer Erices, que ha investigado esta truculenta historia. En un artículo publicado en la gaceta Weiner Medizinsche Wocheshrift, reveló toda esta historia ante la gran contradicción que suponía con los principios consagrados por la Convención de Derechos Humanos de Biomedicina del Consejo de Europa en 1997; formulaciones estas, desarrollos legales derivados del final de la Segunda Guerra Mundial que, como todo el mundo sabe, están para pasárselas por el forro ya sea desde la izquierda, el liberalismo centrista o la derecha y los extremos de cada uno de ellos.

Un ejemplo palmario, aunque arcaico, son los negocios de la RDA con Occidente para exportarle nada menos que sangre humana en los años ochenta. En 1983 no era una crisis del petróleo en el mundo, eran ya dos. En países como el nuestro supuso la reconversión industrial en la que tantas conspiraciones se han imaginado, en la RDA el gobierno lanzó un programa para la obtención de mayor cantidad de divisas en todos los sectores de la exportación. En el de la salud hicieron su brainstorming, se conoce, y se les ocurrió la venta de sangre. Los costes de producción, al contrario que en cualquier otro negocio, aquí eran extraordinariamente bajos. Se basaban, curiosamente, en uno de los recursos más importantes del actual capitalismo del siglo XXI: el esfuerzo no remunerado.

Hubo también experimentación con medicamentos. Der Speigel publicó que se hicieron una totalidad de seiscientos ensayos de productos médicos en cincuenta mil ciudadanos de la RDA. En muchos casos, sin saberlo. En algunos, con resultados mortales que obligaron a suspender las pruebas y, en la actualidad, cuando ha vuelto a surgir la polémica, los laboratorios responsables han dicho que si te he visto no me acuerdo y ese Estado ya no existe. Y no es un blindaje que se procuren los comunistas responsables de hacerle esto a su población, sino que escurren el bulto las empresas occidentales y de la RFA que contrataron estos servicios pagando sumas millonarias.

En el caso de la sangre, lo obsceno fue que mediante campañas basadas en «el humanismo socialista», se promovió la donación masiva. Un gesto que, por su carácter filantrópico, no podía ser remunerado, tal y como recoge la legislación internacional actual y la de entonces. La OMS dictaminó en 1980 que el beneficio económico nunca podía ser el motivo de una donación. En la RDA, las donaciones se promovieron como «un deber» para «salvar vidas». La paradoja fue que la teoría comunista era la correcta, pero la realidad fue muy capitalista, o sea, que todo era mentira. En la oferta se llegó a poner sobre la mesa también la venta de material óseo, córneas, placentas y experimentos con animales.

Las donaciones aumentaron desde el inicio de las campañas entre un 50 % y un 100 % según las regiones de la RDA. El eslogan propagandístico hacía referencia a la salud de los enfermos del país, pero la realidad era que el producto estaba destinado a su venta en el comercio internacional. En teoría, la RDA exportaba los excedentes que tenía por la generosidad desmedida de sus ciudadanos. Los comités centraron su actividad en las escuelas, el ejército, también el Ejército Rojo destinado en este país, los bomberos, la policía y las cárceles.

En esos tres ámbitos nadie se hacía muchas preguntas cuando se le proponían actividades en grupo positivas. En 1983, el país firmó un contrato para sacar de la RDA cuatro mil litros de sangre a treinta dólares el litro. Explica el doctor Rainer en sus investigaciones que la recolección de sangre supuso un reto para el país comunista, que hasta entonces había realizado todos estos procedimientos con botellas de vidrio. Tuvo que cambiar todos sus protocolos.

Las alarmas saltaron en 1985, cuando aparecieron los riesgos de contagiar la hepatitis y, algo peor, el VIH. Sin embargo, casualmente, la RDA era un país con una posibilidad reducida de impacto del sida, lo que hizo que la sangre de sus ciudadanos fuera aún más atractiva para las grandes empresas farmacéuticas occidentales. Estaban en el ajo la RFA, Bélgica, Arabia Saudita, Japón y Estados Unidos. En principio, se pedía que la sangre estuviese congelada a determinadas temperaturas, libre de sífilis y gérmenes de la citomegalovirus. Cuando también se exigió la prueba del VIH, las estructuras médicas de la RDA se pusieron a prueba. Testear la sangre suponía importar el método de detección y salía más caro de lo previsto. Mientras, un método propio nunca llegó a ser desarrollado antes de 1989. Se tomaron medidas protocolarias para notificar cualquier positivo de VIH de cualquier ciudadano de la RDA y de todos sus posibles contactos sexuales. Llegó a haber cargamentos devueltos por VIH, aunque en el país no se detectaran más de trescientos casos de la enfermedad.

Solo en 1989, la RDA entregó ciento cincuenta mil litros de sangre. Las reclamaciones, no obstante, no salieron a la luz. En los archivos del Ministerio de Sanidad los investigadores encontraron quejas por etiquetas mal pegadas, índices demasiado altos de bacterias y fugas en las bolsas y embalajes inadecuados.

Todo fue un tinglado infame, pero cabe preguntarse por qué la RDA estaba en la ruina y tan necesitada aparte de porque su tejido productivo no daba de sí para devolver la deuda. Unas decisiones que no deberían ser obviadas son que desde que Honecker llegó al poder en 1971, se incrementó el salario mínimo, se aumentaron las vacaciones y se acortó la semana laboral, y se dieron incentivos a la natalidad con préstamos y reducciones de jornada a mujeres, cónyuges e incluso abuelos.

En 1976 el Comité Central se propuso modernizar tres millones de viviendas. Durante los diez primeros años de Honecker, se construyeron más viviendas que en toda la historia anterior de la RDA. El ritmo de construcción llegó a superar el de la RFA, aunque fueran de peor calidad. Por tanto, partiendo de la base de que en la RDA se vulneraban los derechos fundamentales y la planificación central acabó siendo antieconómica, conviene entender cuáles eran sus fines más amplios y no obviarlos para comprender por qué fueron los primeros Estados que saltaron por los aires en los albores de la globalización. Tal vez eso explique por qué ahora son los nuestros los que sus economías implosionan y con qué es incompatible la ley de la oferta y demanda sin un control también global.


Pelos largos y minifaldas en el socialismo real

Detalle del cartel de How the Beatles Rocked the Kremlin. Imagen: BBC Four / Thirteen.

Me llamó la atención leer en un foro de aficionados al doom metal que cómo era posible que un grupo pionero como los ruso/soviéticos ВОЙ fuera posible en un lugar aislado de la escena occidental. En realidad, los países comunistas no estuvieron aislados del tape trading cuando se gestó el metal extremo en los ochenta, pero es que además el rock y el pop atravesaron el telón de acero en cuanto surgieron en Occidente y su llegada no estuvo exenta de convulsiones.

Sabrina P. Ramet en Kazaaam! Splat! Ploof!: The American Impact on European Popular Culture Since 1945 contó que solo Albania y Afganistán en todo el imperio socialista estuvieron a salvo de su influencia. Los talibanes y Hoxha lo prohibieron terminantemente. Sin embargo, en países como Yugoslavia, que cultivaba estrechas relaciones con Reino Unido y Estados Unidos, las giras de músicos anglosajones fueron frecuentes y el espíritu prendió fuerte.

Hubo entre 1972 y 78 un festival que metía quince mil personas en cada edición con carteles formados solo por grupos locales, el Boom Fest. A día de hoy, el yugo-rock es uno de los productos más queridos del país que ya no existe en cualquier rincón de ex-Yugoslavia; un lugar donde el punk y la nueva ola explotaron casi al mismo tiempo que en Occidente.

Según unas revelaciones hechas por Dusan Vesic, un periodista, citadas por Ramet, el propio Tito y su lugarteniente e ideólogo, Edvard Kardelj, tuvieron una reunión específica para tratar el tema del rock and roll. Discutieron qué hacer con ese nuevo y contagioso fenómeno y decidieron optar por una política de tolerancia. Tito entendió que siendo permisivo podría dominar la escena rockera. Lo cierto es que los grandes grupos tocaron para él en alguna ocasión y se podían encontrar baladas alabándole a él,  a su programa de autogestión o a sus ejércitos, como aquí Oliver Dragojevic. Luego el punk ya no fue tan complaciente con el sistema, pero esa es otra historia. Yugoslavia fue la primera en encuernar los puños cerrados.

El resto fueron detrás. En Rock Around the Bloc Timothy W. Ryback escribió una historia detallada de la epidemia. Mientras las autoridades comunistas estaban persiguiendo el jazz, Bill Haley grabó «Rock Around the Clock» y «Shake, Rattle and Rock». En un principio, no distinguieron qué era jazz y qué era rock, a lo sumo entendían que el rock era una forma de jazz más aberrante. Pero fue curioso. Un sonido que en Occidente conquistó a las clases bajas, en el bloque soviético entró por las élites. En los cincuenta y primeros sesenta solo los que tenían el privilegio de salir del país podían volver con algún disco que dentro de sus fronteras costaban fortunas en el mercado negro. En los países socialistas, los obreros y la gente de provincias no se enteraron mucho de la llegada del rock.  

En Hungría también hubo un consentimiento más explícito. Kadar, justo después de represaliar a toda la oposición tras la intervención soviética de 1956, abrió la mano con los jóvenes. Consintió la importación de cientos de jukeboxes que se instalaron en restaurantes y salas de fiestas con los últimos hits occidentales, Platters y Elvis fundamentalmente por aquellos años.

A partir de los sesenta, el rock se extendió sin muchos obstáculos por Hungría, pero también por Polonia. En plena reforma y desestalinización, cuando se levantaron las medidas que había contra el jazz, no se hizo nada contra el rock. El litoral báltico fue el punto de entrada. En Gdansk había numerosos conciertos y locales, como el legendario Non Stop en Sopot, fundado por el periodista Franciszek Walicki, que también había reunido al grupo Rythm and Blues, el que dio el primer concierto de rock and roll en Polonia el 24 de marzo de 1959 en el club Rudy Kot de Gdansk. La huella que dejó no se ha olvidado:

Esta semana, Memphis es un cofre abierto de historias de seres humanos peculiares unidos por el imán de la nostalgia por Elvis. En Sun Studio, donde grabó su primera canción en 1954, «That’s All Right», una mujer pelirroja tomaba fotos de la fachada. Viajó desde Polonia con su hija. Es conductora de tranvía en Varsovia y tiene nueve tatuajes de Elvis sobre su piel blanca de Europa del Este. Uno en el pecho izquierdo que muestra con desembarazo retirándose el sostén. Teresa Rek tiene cuarenta y ocho años. Cuando empezó a escuchar al Rey vivía en un país enemigo de Estados Unidos. No fue un obstáculo: «Yo me enamoré de Elvis siendo una niña comunista».

(Diego Manrique «Demonios, Elvis Presley está muerto», El País, 16 de agosto de 2017).

Según Ryback, estos gobiernos «prefirieron que la gente joven diera salida a sus frustraciones en cafés y clubs con bailes salvajes mejor que en las calles con piedras y armas». En los demás no fue así, inicialmente el resto de  países satélites lucharon contra la nueva moda. En Checoslovaquia hubo un desarrollo incontrolado inicial que fue duramente reprimido. Hubo gente en esta primera etapa que acabó en la cárcel por tocar «música americana decadente» y promover «bailes excéntricos».

En Rumanía la prensa atacó duramente los nuevos ritmos. En la revista Contemporanul, por ejemplo, se los tachó de «barbarismo» y «degeneración». No andaban muy desencaminados en sus análisis. Decían que el problema estaba en que esa música sacaba los instintos animales del que la oía, su crueldad y deseos de destruir. Efectivamente, así es. Pero solo si es buena.

Tanto fue así que está constatado que la OTAN pensó en el rock and roll como arma, así apareció tratado el asunto en Revue Militaire Generale en 1958, y los líderes comunistas eran muy conscientes de su peligro. La amenaza, añade Ryback, era «cuanto más tiempo esté un joven escuchando a Little Richard, menos tiempo estará leyendo a Marx o Lenin».

En Bulgaria, en el Congreso del Komsomol de 1958, Zhivkov se quejó del descontrol reinante entre los jóvenes: «Los cuellos de la juventud se han retorcido de mirar hacia el oeste, para ellos el mundo no ha cambiado. América es todavía el mítico y poderoso país. El estilo de vida americano les parece el mejor ejemplo a seguir». El rock se calificó de «virus», «música primitiva» y «decadente». Siguieron las correspondientes campañas para erradicarlo, pero sin mucho éxito. Los clubes búlgaros durante el día ponían música autorizada por el gobierno y a partir de las doce sonaba jazz, boogie-wogie, bebop y rock and roll. Hubo voces que se alzaron contra la represión precisamente porque generaba el efecto contrario. Con el tabú aumentaba el interés. «Nosotros solos hemos hecho del rock and roll un arma en manos de los imperialistas occidentales», escribió Luben Dilov. La solución, sugería, pasaba por crear un rock búlgaro que neutralizase al occidental. Le escucharon.

En la RDA, el 2 de enero del 58 se estableció la cláusula 60/40 que decía que el 60 % de la música que sonase en el país tenía que ser local, de la URSS o de cualquier otra democracia popular. El 40 % restante podía ser de países capitalistas si previamente había sido aprobada. Si un músico violaba la prohibición, se quedaba sin licencia y no podía tocar. Para competir con los bailes decadentes occidentales, se creó un paso genuino de la RDA, el lipsi. Un baile moderno y socialista que hiciera sombra al jitterbug. Cuajar, cuajar, no cuajó.

En la URSS, todo tardaba más en aparecer, pero lo hacía igualmente. Tras el Informe Secreto al XX Congreso del PCUS que dejaba atrás el estalinismo, la revista Sovestskaia Muzyka advertía: «No permitáis que entre basura en lugar de agua clara a través de las esclusas que se han abierto». El gran Shostakovich se llevó las manos a la cabeza con lo la música que empezaba a asomar, le parecía primitiva, aparte de extranjera, que esa era otra.

En 1957, el secretario del Comité Central, responsable del trabajo ideológico de la URSS, Dimitri T. Shepilov, en un congreso de compositores también demostró que tenía ojo para entender el rock: «Es una explosión basada en instintos e impulsos sexuales», dijo acertadamente. Pero la culpa de su influencia recayó en la industria discográfica, a la que se acusó de reproducir en sus lanzamientos las tendencias occidentales, aunque el rock and roll en realidad circulaba de forma clandestina. Mucho se ha hablado y documentado el fenómeno de la copia de discos en radiografías. Esta práctica se declaró ilegal y se acusó de los crímenes y asesinatos que se producían en el país a los que pirateaban con el rock. La gente mataba y violaba, sin duda, por culpa de esos sonidos.

Lo que sería injusto es atribuir al rock toda la contestación social en formato musical. Con la desestalinización, en la URSS ya aparecieron cantautores de folk que denunciaban los excesos de la época anterior. Cantaban abiertamente contra Stalin y sus crímenes, señalaban los defectos y contradicciones del sistema y su música venia de la tradición local, un género llamado bard. Además, es importante señalar la existencia de la música del gulag. Canciones compuestas en los campos de trabajo, en pleno aislamiento, que llegaron a la sociedad con las amnistías masivas tras la muerte de Stalin. La inteligentsia se apropió rápidamente de ellas. Se extendieron como la pólvora porque entre los nuevos bienes de consumo entraron también en circulación magnetofones. Desde los cantautores de bard a los punks que llegaron años después distribuyeron sus grabaciones desde casa, eludiendo la censura, en un fenómeno llamado magnitizdat equivalente al tape trading occidental.

Todos estos factores fueron asociados rápidamente a problemas más graves como el del aumento de la delincuencia juvenil. En Polonia, el general Marian Spychalski amenazó con movilizar al ejército contra los jóvenes a principios de los sesenta. En noviembre de 1963 hubo cinco condenas a muerte a pandilleros acusados del asesinato de policías, uno de ellos linchado. Entonces, llegaron los Beatles.

La prensa soviética recibió a los Fab Four criticando que en Estados Unidos se les diese tanta publicidad, aunque predecían que sería un fenómeno efímero, de vida corta. Esto no ocurrió, como es sabido, y el saldo de su legado que hizo Sovetskaia Kultura el 3 de diciembre de 1968 fue de una enmienda a la totalidad. Habían pervertido, censuraba, la música tradicional británica enajenándola en el mercado mundial del gran capitalismo, ejemplo de que habían crecido tristes y desesperados en una sociedad de consumo occidental, por lo que al final de su carrera no les quedaba otra que refugiarse en las drogas y las religiones orientales. Otra vez, razón no les faltaba, otra cosa era que la música de los Beatles perteneciera en origen a la tradición británica.

Se desató la beatlemanía soviética, hubo una oleada de imitadores. Hasta el nieto de Mijail Solojov montó un grupo de obediencia liverpooliana, The Slavs. Un detalle que apunta Leslie Woodhead en How the Beatles Rocked the Kremlin como ejemplo de que el rock en el socialismo real era de las élites. Tocando en bailes, universidades y escuelas, debió haber solo en Moscú como doscientos grupos freakbeat aquellos días, cita este ensayo. Los promotores de pequeños conciertos se la jugaban, si les salía bien ganaban miles de rublos en poco tiempo, si le cogía una redada, les confiscaban todo el equipo y podían acabar en prisión. Cada vez que se montaba un sarao de este tipo el público podía romper el mobiliario y, tal y como la criticaba la prensa, los chavales «gritaban como si hubiesen matado a alguien».

En una ocasión, en el Palacio de Pioneros de Leningrado, en una competición organizada por el Komsomol, concurrieron cuatro grupos imitadores de los Beatles y un solista que iba de Elvis cantando canciones de Bobby Darin y Spencer Davis. Las autoridades se hartaron. Acabaron vetando este tipo de actuaciones. En Riga, Letonia, llegó a haber manifestaciones en contra.

Por si la british invasion no fuese suficiente, en los sesenta también se coló en Checoslovaquia el poeta Allen Ginsberg. En su gira se atrevió a criticar a Novotny y fue detenido en varias ocasiones. Una, por ir borracho por la calle. De otra solo se sabe que los policías le prendieron al grito de «maricón». En la tercera, cayeron en sus manos sus cuadernos con sus anotaciones a modo de diario y directamente le echaron del país. Ginsberg dijo que la explicación que le dieron fue «haber corrompido a la juventud socialista con ideas burguesas». El diario Rude Pravo escribió que se le había recibido con los brazos abiertos y él se había dedicado a seducir jóvenes para montar orgías homosexuales. La segunda mitad de los sesenta fue la de los hippies. Un fenómeno del que Ramet destacaba que en Occidente había aparecido como respuesta a la ética protestante del trabajo y en el campo socialista contra todo lo contrario.

En Checoslovaquia hubo cientos. Se sentaban en las escaleras del Museo Nacional en Praga. Eran conocidos como Máničky (greñudos). Hacían acampadas públicas, como una que hubo frente al teatro de Bratislava, donde se bebía de la fuente pública y se cocinaba con fogatas. Fue la época de Milan Knížák, que montaba happenings tipo ZAJ donde los asistentes acababan tirándose comida unos a otros y ligeramente tajados.

Los primeros en quejarse de estos desmanes fueron los propios ciudadanos y trabajadores que se cruzaban con ellos o sufrían sus acampadas con pancartas en contra del trabajo. Las medidas iniciales contra ellos pasaron por prohibirles la entrada en restaurantes de primera y segunda categoría, a los transportes públicos y a las escuelas. Según relata el libro Vratte nam vlasy! (Devolvednos el pelo) de Filip Pospisil y Petr Blazek, a finales de agosto de 1966, las autoridades emprendieron una campaña contra los hippies con la intención de cortar de raíz el fenómeno. Le cortaron el pelo a supuestamente cuatro mil de ellos. Hubo una campaña propagandística en televisión y medios escritos que decía Máš-li dlouhý vlas, nechoď mezi nás! (Si tienes el pelo largo, no camines entre nosotros). Es gracioso que con estos antecedentes en 1980 en Yugoslavia irrumpiera el grupo Pekinska Patka, en un corrosivo sonido Damned, con «Bolje Da Nosim Kratku Kosu» («Mejor voy con el pelo corto»), alegato antihippie, pero desde una postura punk. En Checoslovaquia la seguridad del Estado llegó a dibujar un mapa sobre la frecuencia de pelos largos en los hombres. No obstante, esta represión tenía el favor de la mayor parte de la población.

Portada de Bolje da nosim kratku kosu, de Pekinška Patka.

También hizo acto de aparición la droga. No a los niveles occidentales, pero circularon. Muchas se las podían hacer ellos mismos con lo que pillaban en la farmacia, como en España por esas fechas. La principal era el fenmetrazin, de efectos parecidos a la anfetamina. En dosis elevadas provocaba alucinaciones. En el 68, los hospitales empezaron a registrar la aparición de adictos. Un 40 % de ellos, a fenmetrazin.

Yastyl, un medicamento para el asma, administrado con alcohol causaba alucinaciones. Analgon, un analgésico, tenía efectos similares. Después de la invasión soviética, el consumo de drogas subió exponencialmente. Los turistas holandeses, de la RFA y austriacos metían heroína, morfina y hachís. Encima, la ruta afgana pasaba por territorio checoslovaco. El código penal impuso pena de dos a ocho años por producción, importación o distribución, pero no dijo nada del consumo.

Con varias emisoras occidentales emitiendo para los países comunistas, algunas de ellas contraprogramando incluso a las locales, todos los países satélites estuvieron expuestos a las revoluciones juveniles. La música occidental que se podía escuchar en la RDA, Ryback la califica de «blitzkrieg musical».

En diciembre de 1965, el presidente Ulbricht y Honecker —entonces secretario de las Juventudes— se juntaron, al igual que habían hecho antes Tito y Kardelj en Yugoslavia, para hablar expresamente de rock and roll. A Honecker le preocupaba el aludido auge de la delincuencia entre los jóvenes, particularmente el creciente número de violaciones y alcoholismo. De nuevo, en la reunión quedó patente que los políticos comunistas habían entendido qué era el buen rock and roll mejor que un crítico especializado occidental: «La finalidad de esa música es llevar a la gente a cometer excesos a partir de un uso exagerado del ritmo», concluyeron.

Horst Sinderman, presidente del parlamento (Volkskammer), allí presente, demostró que  también podría haber tenido una columna en Creem. Aludió que el rock promovía el «primitivismo». Citó escandalizado el ejemplo de críos que no habían estudiado inglés en el colegio y sabían hablarlo parcialmente tras memorizar fonéticamente las letras de grupos de rock.

El Comité Central condenó esa música. Ulbrich setenció: «La inacabable monotonía de esos yeah, yeah, yeah, no es que sea ridícula, es que es una muerte espiritual». Siguió una oleada de revocación de licencias a músicos, entre ellos Wolf Biermann, el padre de Nina Hagen. Luego Joan Baez le dedicó una canción en un recital que hizo en la RDA y el detalle sentó tan bien a las autoridades como el comportamiento de Ginsberg en Checoslovaquia.

El hito de los hitos en los sesenta fue el concierto de Rolling Stones en Varsovia en el 67. Su reputación no podía ser peor, era mala hasta en Occidente, en la RDA se había advertido de que en sus conciertos las chicas acababan «sin bragas», pero terminaron tocando en Polonia todavía no se sabe muy bien por qué. Actuaron en el Palacio de Congresos de Varsovia, donde se hacían los encuentros del pleno del Partido Comunista. Presentaban el álbum favorito de ellos de quien esto escribe, Between the Buttons.

El empresario que les trajo fue Wieslaw Jakubowski. Dirigía una oscura agencia, Pagart, pero con entidad suficiente como para cursar la invitación al grupo. El periodista musical Wieslaw Weiss recordó en una entrevista en la radio polaca cómo se enteró de la noticia: «Dos semanas antes del concierto, caminaba a la piscina con mis amigos y vimos un cartel en una columna, uno muy breve, decía: The Rolling Stones, Palacio de Congresos, 13 de abril de 1967. Fue a principios de abril, y como el póster era muy pequeño y poco atractivo, estábamos absolutamente convencidos de que alguien simplemente quería gastar una broma».

Los hijos de los altos cargos del partido y autoridades tenían todos entrada, pero se quedaron fuera ocho mil fans. En la autobiografía de Keith Richards, Life, solo aparece su concierto en Praga, pero muchos años después Vaclav Havel lo vendió con el eslogan «se van los tanques, llegan los Stones», que da buena cuenta del significado que tenía el rock en este país. El que registró lo de Polonia fue Bill Wyman en Stone Alone.

Fue una idea nuestra, más que de nuestro promotor. No había dinero de por medio; los honorarios eran una buena comida (…) habíamos oído hablar de que en los países comunistas los chicos conseguían los discos de Occidente en el mercado negro, y que nos escuchaban en la radio (…) Al día siguiente, el 13 de abril, algunos de nosotros paseamos por el hotel y descubrimos a hombres de seguridad vestidos de campesinos vigilándonos por doquier, quienes rehuían nuestras miradas. Al salir por la puerta principal del hotel para pasear por Varsovia, fuimos detenidos por hombres de seguridad, que nos pidieron permanecer en el hotel (…)

Cuando después nos llevaron en minibús para dar dos conciertos, grandes grupos de jóvenes concentrados enfrente del hotel fueron mantenidos a distancia por la policía. Agitaron sus pancartas y gritaron: «Larga vida a los Stones». Cuando llegamos al lugar, miles de personas se estaban manifestando por las calles. Rápidamente nos enteramos por qué: Todas las entradas para nuestros conciertos habían sido distribuidas a miembros del Partido Comunista, y ninguna había llegado a los verdaderos fans (…)

Cada vez que la gente se ponía de pie para aplaudir o animar, los oficiales se abrían camino hacia los «ofensores» y los reprendían… Fue terrible ver tanta represión de los sentimientos de las personas. Hacia el final de nuestra actuación, la gente comenzó a gritar: «¡Aycantgetno! ¡Aycantgetno!» Tardamos algo en caer en la cuenta de que lo que pedían era la canción «(I Can’t Get No) Satisfaction».

Les Perrin y una manada de periodistas británicos fueron testigos de fuertes disturbios fuera del teatro. Durante el intermedio, nos dijeron que en el exterior los fans estaban luchando contra la policía y los militares en las calles, y que la policía cargaba contra ellos a caballo y les echaban sus coches blindados con ametralladoras en el techo.

Los disturbios fuera no solo eran porque había gente que se había quedado sin entrar, sino porque también se habían vendido entradas falsas por verdaderas fortunas. La policía tuvo que cargar contra los jóvenes rabiosos que querían introducirse a la fuerza. El Congreso estaba a reventar, con gente por los pasillos y colgando de los balcones. En las primeras filas todos eran miembros del partido.

Según el diario polaco Culture, los que estaban atrás bailaban «salvajemente», agitaban sus chaquetas y empujaban hacia delante. Gritaban tanto que no se podía escuchar al grupo. Keith Richards tuvo que parar el concierto para pedir que se retirasen los de las primeras filas y dejasen pasar a los de atrás, porque parecía que podía ocurrir una tragedia en cualquier momento.

A Jagger le arrojaron unas flores, se las metió en la boca, las masticó y las escupió. Hizo gestos obscenos al cordón policial. La platea enloqueció. Fuera, los excluidos empezaron a tirar piedras, a romper las ventanas del Palacio de Congresos y las farolas. La policía cargó con perros, utilizó cañones de agua y gases lacrimógenos. La prensa el día después habló poco de música y mucho de los disturbios. El Correo de Varsovia se preguntó, por los destrozos, si lo que había pasado por la ciudad había sido un huracán.

Nadie sabe todavía cómo se permitió ese concierto. Según todos los testimonios que recogió Culture, el grupo vino por el marketing de tocar tras el telón de acero, y con idéntica intención les recibió el presidente Gomulka. Según Grzegorz Wasowski, periodista: «Las autoridades, tan simples como eran, sabían que si no podían ofrecer libertad a sus ciudadanos, al menos les podían dar un sucedáneo, lo que significaba circo». Pero el circo no salió gratis. En los días sucesivos cientos de jóvenes fueron detenidos, otros expulsados de la universidad o enviados al ejército.

En Hungría, sin embargo, Kadar siguió sin querer tomar medidas preventivas. Su encargado de cultura, György Aczél, proclamó: «El gobierno no va a demandar obediencia ideológica a su juventud (…) el marxismo no es un monopolio (…) idolatrar músicos beat no es un fenómeno político, verlo así es una interpretación arbitraria más dañina que la escena por sí misma». Sin embargo, cuando el grupo Illés actuó en la RFA y se quejó en la prensa de que su gobierno era muy rígido y no les apoyaba, hubo un gran escándalo en Hungría. La prensa contestó a sus declaraciones una por una. El gobierno, por su parte, respondió restringiéndoles las actuaciones.

Cuando osaron sacar una canción criticando la intervención soviética de la década anterior, «Ha én rózsa volnék» («Si yo fuera una rosa»), el gobierno confiscó toda la tirada del disco y prohibió que sonase en la radio. En los setenta se convirtió en un himno y hasta el 83 no se pudo editar. En la carpeta del disco prohibido, por cierto, podía leerse una dedicatoria a Angela Davis.

En la URSS todo sucedía más despacio. Breznev, en un congreso de profesores en 1969, dijo en un discurso que había que educar a los chavales para que tuvieran hábitos más saludables. Unas palabras menos agresivos que los de algunos de sus homólogos de las democracias populares.

Había grupos y había groupies. En 1969 hubo un festival apodado «Woodstock de la URSS» en Armenia con grupos de toda la unión reunidos por Rafael Mkrtchian. El festival se repitió en 1972 y llegó a ser filmado, pero la película no vio la luz. Mkrtchian ingresó en prisión a cumplir una pena de diez años. La costa báltica de Estonia y Letonia era llamada «la California soviética». En el 69 también hubo un festival en Riga de rock and roll, soul y blues. El público destrozó todo lo que pilló a su paso. Pero las autoridades estuvieron más preocupadas por lo que ocurrió en Tallin ese mismo año en un festival que no era de rock. En el Laulupidu, un encuentro tradicional de canción estonia, un coro empezó a cantar espontáneamente «Mu isamaa on minu arm» («Mi patria es un amor»). Las autoridades soviéticas, en primera fila, intentaron que se interrumpiera, pero instantáneamente se unieron al coro veinte mil personas. Una reivindicación nacionalista de ese calibre hacía más daño al sistema que los rockeros, que por esas fechas ya eran todos simples melómanos, mientras que la rebeldía la encarnaban los hippies.

Otro de los pasatiempos favoritos de la policía eran las redadas sobre el terreno, donde se reunían los coleccionistas de vinilos y cintas caseras de rock occidental. Muchos intercambios ocurrían a menudo en los suburbios, al lado de las vías del tren, en las áreas boscosas, a campo abierto. El lugar de encuentro estaba constantemente cambiando, pero no se salvaba nadie, dijo Ivanov. Varias veces la policía con perros trató de rodearles. Al ver los jeeps azules y amarillos, los melómanos tiraban sus discos al suelo y trataban de huir. Todavía conservo la portada de un disco importado con la huella marcada de la bota de un policía.

(100 Magnetic Tape Albums of Soviet Rock. 1977-1991: 25 Years of Underground Recording, Alexander Kushnir. Citado por Boris Von Faust en Banned in the USSR)

Un artículo en la prensa creó la oleada de jipismo, en la revista Vokrug Sveta (Alrededor del mundo) el reportaje «Un viaje a hippieland» mostró cómo era todo el movimiento en Occidente. Esas páginas crearon todo un dress code para los hippies soviéticos y sirvió poco menos que como manifiesto.

Los soviéticos también se metían narcóticos y viajaban a Azerbaiján con la intención de ponerse. En Yalta tenían sus mercadillos y muchos se mudaban a Letonia. La prensa de este país, el diario Svioteskaia Latvbia, se quejó de que su república se estuviese llenando de «imitadores de inútiles anglosajones» y cargaba contra el Komsomol por permitir que hubiera juventud tan desviada.

La policía lo que hacía era cogerlos por la calle, llevarlos a la comisaría y cortarles el pelo. Con frecuencia también les golpeaba y algunos acabaron en psiquiátricos. Si había drogas de por medio, su destino era la prisión. Ryback cita un caso concreto, el de un tal Andrei Maslakov, que le pegaron en comisaría por negarse a cortarse el pelo, pero el hippie tonto no era y puso una denuncia en la autoridad superior por el trato que le habían dado en la comisaría. Mikhail P. Maliarov, de la fiscalía de la URSS, falló que, efectivamente, su estética ofendía al buen gusto, pero que por ese motivo nadie tenía derecho a llevar a un ciudadano a una comisaría y retenerlo.

En 1981, Andrea Lee, la mujer de un estudiante de Historia Rusa acompañó a su marido a proseguir su formación en la URSS y se mudó a Leningrado con él cuando tenía veinticinco años. Sus experiencias con la juventud local las plasmó luego en un libro titulado Russian Journal que mostraba cómo era el ambiente y las adversidades a las que se enfrentaban los hippies:

Sasa pone una cinta de Jefferson Airplane en un aparato muy chulo de la RFA. Tiene una gran colección de cintas, la mayoría de ellas de jazz americano o rock de los sesenta. Sonrió cuando vio que yo estaba impresionada. Tomaba prestado discos occidentales donde podía, me dijo, y un amigo en una tienda de discos se los pasaba a cinta. Estuvimos hablando de los problemas de los hippies con la urla, su nombre para referirse a los obrero duros. Estos hombres, con el pelo corto, trabajadores de fábricas y obras eran como los occidentales, pero odiaban a los hippies y a los hare krishnas. Todo el mundo parecía conocer a alguien a quien le había dado una paliza los urlas.

M. V. Rozin, autor de The Psychology of Moscow’s Hippies estuvo también entre ellos. Contó que se movían en comunas cuyos miembros solían proceder de familias de intelectuales. Sobrevivían vendiendo en la calle artesanías de madera, cuero y arcilla. Los eslóganes que gritaban, lo hacían, curiosamente, en inglés (freedom, love, peace, flowers…)

Sentían pasión por viajar haciendo autoestop en dirección a Asia Central, donde había más comunas. Viajaban de esta manera porque no tenían dinero, pero los que lo tenían preferían hacerlo así también. Él mismo fue testigo de cómo una chica rechazaba el billete de tren que le habían comprado sus padres porque quería hacer dedo por la autopista.

El temor de esos padres estaba justificado. Durante el viaje, los lugareños de las localidades donde paraban les solían mostrar su más profundo rechazo. No era raro que les dieran palizas. Las chicas corrían el riesgo de ser violadas. Las relaciones con la policía no eran mucho mejores.

Sus teorías filosóficas no estaban diseñadas para ser llevadas a la práctica. Hablaban de libertad, pero se referían a la interior. Sus ideas básicamente consistían en no trabajar. Solo se esforzaban para eludir el servicio militar, escribía Rozin. Una de las pocas salidas que tenían para hacerlo era acabar en un psiquiátrico. Entre ellos, la enfermedad mental no estaba mal vista: «No es un defecto, sino un logro, algo que demuestra la originalidad y brillantez de la naturaleza», pensaban.

Estaban envueltos en un espíritu de romanticismo. No paraban de hablar de amor, pero enfatizando que no era sexual. Contaban constantemente historias de sus viajes a lugares exóticos a lugares como el Tíbet o a la India.

Aseguraban no entender por qué sus padres no les aceptaban y les echaban de casa, por qué la gente de la calle les insultaba por ir sucios o por qué una mujer decidía mandarles a paseo a gritos si la molestaban en una cafetería. El reconocimiento entre ellos se otorgaba a los que eran capaces de sostener la careta de ser alguien que rechazaba la necesidad de reconocimiento. En este punto, anotaba este psiquiatra: «Los jóvenes no sienten esta contradicción».

Un historiador, William Jay Risch estudió en Soviet Flower Children el caso concreto de una ciudad del oeste de Ucrania, en la frontera con Polonia, Lviv, donde hubo grandes concentraciones de hippies en los setenta. La gran paradoja que encontró era que en Occidente la rebeldía del hippie era contra la burguesía y en la URSS, al hippie las autoridades del Estado le percibían como una manifestación burguesa. Su auge fue tras el 68, cuando las esperanzas de cambio se vieron frustradas o se produjeron de forma muy desigual. En la URSS, estos jóvenes estaban desencantados. Alienados por la ideología oficial y la propaganda.

Se reunían en el cementerio Lychakivs’kyj, el más grande y viejo de la ciudad. Tiene un aire al Père-Lachaise de París, por lo que allí los hippies daban salida a sus ambiciones artísticas. En sus muros pintaban retratos de Hendrix y eslóganes, como Make love, not war, de nuevo en inglés. En 1970 les cogió la milicia les arrestó a todos y la comuna disuelta por haber formado una organización ilegal.

Lo curioso de este caso es que, después de esta primera redada, un oscuro personaje reorganizó la comuna. Les reunía, les hablaba de «luchar por la paz» y no tardó en mostrar «puntos de vista claramente antisociales y antisoviéticos». El 7 de noviembre de 1970, aniversario de la Revolución de Octubre, les dio un discurso vestido con una camisa negra y una insignia fascista. Muchos de los hippies abandonaron en el acto el lugar, pero no fue suficiente. El 26, el sujeto fue arrestado y procesado. Los que estuvieron a su lado en la comuna fueron localizados, perdieron sus empleos si los tenían y fueron expulsados de la escuela.

En los informes de la policía, sin embargo, se decía que generalmente los hippies de Lviv solo se juntaban a beber vino, tocar la guitarra y hablar de música occidental. En 1977 volvieron a reunirse en un número elevado para celebrar un encuentro en memoria de Hendrix. Y la policía detuvo a entre quinientos y seiscientos de ellos. Se les trató de «indeseables» y «nacionalistas burgueses».

Hartos, voluntarios de las Juventudes Comunistas de la región organizaron viajes a la ciudad en autobuses y detuvieron a todo el que iba con pintas «desviadas» o escuchaba «música inapropiada» o bailase «de forma incorrecta». Y no solo era la autoridad la que les rechazaba, entre los nuevos escritores underground también se les despreciaba porque su movimiento carecía de propósito alguno:

A fines de la década de 1970, un oficial del ejército soviético se le acercó en una parada de tranvía, le llamó «espantapájaros», le acusó de «avergonzar» a la Unión Soviética y le amenazó con llevarlo a una comisaría de policía. Los otros que estaban esperando en la estación de tranvía, en lugar de defender a Olisevych, guardaron silencio o expresaron su solidaridad con el militar.

A los búlgaros se les llenaron las playas del mar Negro de hippies occidentales que llegaban como turistas. A Zhivkov, como con los rockeros, no le gustaba nada su influencia. Dijo en la prensa que con las melenas no se distinguía a los chicos de la chicas. También criticó las minifaldas y atacó a la prensa por promover esas modas. Inmediatamente, el Comité de Cultura y Artes realizó unas jornadas para analizar el rock y el pop, origen de las desviaciones, y dar una respuesta que, al final, fue vetarlo en la televisión. El Komsomol también pidió a sus miembros faldas más largas y pelos más cortos.

Al igual que en los países vecinos y aliados, cuando se cogía a alguien con este aspecto por la calle se le cortaba el pelo en comisaría. Pero no sirvió de mucho, en 1970, el diario Rabotnichesko Delo admitió que la batalla estaba perdida. Los jóvenes no solo escuchaban las radios occidentales, también las yugoslavas, sobre todo Radio Nis serbia y Radio Skopje macedonia, y las griegas. El sociólogo Zhecho Atanasov admitió en 1970 en Srednoshkolsko que las restricciones habían fallado. Había que reconducir por otras vías. Ya se había hablado de crear un rock local que desplazara al extranjero. Tenían el ejemplo húngaro.

Allí, Kadar puso a trabajar a las discográficas estatales y a sacar discos, también incluyó programas de rock en la radio y la televisión. El Estado se puso a gestionar de cerca la agenda de conciertos. Al convertirse el Estado en un actor imprescindible del circuito, los grupos entraron más fácilmente en su juego.

Los búlgaros, en el 74, ya estaban promocionando un tipo de rock genuino búlgaro. Músicos profesionales se pusieron a crear la fusión con la tradición musical local y añadieron letras a favor del sistema. El Estado importó instrumentos y equipos occidentales de primera calidad para su sello, Balkaton. En este contexto surgieron Shturcite, uno de los grupos más famosos del bloque del este, que giró por todas las democracias populares con su hard rock al estilo de Deep Purple

En Rumanía, enfrentada durante años a las directrices soviéticas, un joven secretario general Nicolae Ceacescu reconoció en 1966 el derecho de los artistas a pintar, componer o escribir como quisieran. Electrerecord, el sello del Estado, lanzó discos para bailar twist, frug y bugaloo. Hubo giras de grupos británicos y se tradujeron libros de rock. En 1970, la juventud rumana estaba llena de connoisseurs. En una encuesta realizada en abril entre los estudiantes habían elegido «Let´s Work Together» de Canned Heat como su canción favorita, la cual no podía tener mejor título para gustar en un país socialista. El single había salido el año anterior en Estados Unidos.

En 1971 hubo un festival en el Palacio de la República. Marcela Saftiuc ejecutó sus versiones de Dylan y Joan Baez. El premio al mejor guitarrista se lo llevó Sortin Tudoran, un autodidacta obsesionado con su instrumento desde que apareciera el primer disco de Hendrix en 1967. Desgraciadamente, las grabaciones de su grupo, Chromatics, fueron borradas de los archivos de la televisión años después, cuando hubo una involución. Aunque el grupo que reventaba en aquella época eran los transilvanos Phoenix con su folk hard rock que grababan con el mejor equipo que había podido conseguir el gobierno en el exterior, con Fenders, Marshall… material que, por ejemplo, en España, no estaban al alcance de los grupos de rock en esa época.

Pero la citada involución llegó ese mismo año con dos sucesos. El primero, una gira de Blood, Sweat and Tears. En uno de los conciertos, el público se puso a gritar «USA, USA», Clayton-Thomas lanzó sus maracas a tomar por saco y el público explotó. La policía tuvo que cargar. Se les dijo al día siguiente en la embajada que por favor bajaran el volumen y, de paso, pusieran más decoro en el vestir. En el siguiente bolo, el cantante hizo lo propio con el gong y pasó lo mismo. La policía tuvo que echarle sus pastores alemanes al público. Iban a hacer una fecha más en Ploesti, un concierto benéfico por unas inundaciones, pero no les dejaron actuar y el grupo salió del Rumanía tres días más tarde.

El segundo suceso fue más determinante. Ceaucescu volvió de su histórico viaje a China en el que se quedó fascinado con la Revolución Cultural de Mao y vino decidido a introducir los mismos métodos en Rumanía para convertir en una pesadilla uno de los regímenes comunistas más abiertos. Inició una campaña contra la contaminación cultural y en noviembre empezó un programa de Educación Socialista para las masas. Fue el fin de la difusión del rock extranjero.

El problema lo tenía en los 3 800 000 turistas que el país recibía anualmente. Gracias a ellos, hubo una red de discotecas, una iniciativa privada de un productor de televisión. Andrei Voiculescu, de las pocas que hubo en el Estado. Su Whiskey a Go-go triunfaba entre los turistas y los locales. Sin embargo, en el 73 chocó con el régimen cuando le dieron ordenanzas sobre cómo tenían que vestir y llevar cortado el pelo los DJ. Amza Saceanu, del Comité de Cultura y Educación, puso patrullas a visitar los bares para ver si cumplían. Todo se vino abajo. Lo único que funcionó bien desde el 73 en adelante fueron las sesiones multitudinarias de recitales que montó Adrian Panescu, las Cenaclul Flacara con canciones patrióticas y elogios y alabanzas a Lenin y Marx.

En Hungría, Locomotiv GT, que podían ser unos Grand Funk locales hicieron una ópera rock, la primera en el mundo comunista, que criticaba el festival estadounidense de Altamont y contaba cómo la sociedad capitalista destruía a la gente joven. Igual que en la RDA, donde muchos grupos también le cantaron al socialismo, al radiante porvenir y contra el imperialismo. En la revista Melodie und Rhythmus, en 1972, los Puhdys contestaban en una entrevista de forma muy poco chispeante y juvenil: «No nos gustan las fiestas (…) preferimos beber leche y cola antes que alcohol»… Otro grupo, Lift, estrenó con la Orquesta Filarmónica de Berlín su Che Guevara Suite.

No fue casual que, cuando las autoridades soviéticas abrieron al mano a la celebración de conciertos en la URSS, cuando entraron artistas como Nitty Gritty Dirt Band, BoneyM, Cliff Richard y Elton John, que muchos jóvenes ya no estuviesen interesados en el mainstream que llegaba de Occidente. Les habían forzado a tirarse a la contracultura y los grupos underground. Eso determinó su gusto por los sonidos extremos.


Viejos gastarbeiter yugoslavos

Dragan Wende – West Berlin (2014). Imagen: Von Müller Film.

Fueron los años que algunos yugoslavos llaman the good old times. Cuando Yugoslavia crecía por los generoso créditos occidentales y las remesas que sus trabajadores en el extranjero enviaban a sus familiares. El fenómeno marcó al país. Muchos volvían en verano, conduciendo sus BMW o sus Mercedes si habían tenido suerte. Algunos lo siguen haciendo ahora. Si en las repúblicas exyugoslavas actuales te escuchan hablar torpemente la lengua local te preguntan si eres hijo de la diáspora.

Si hay algo sagrado de aquellos good old times es el pasaporte. Se podía viajar a todas partes con un pasaporte yugoslavo, decían. Un contraste implacable con las generaciones de ahora que se han pasado dos décadas pasando dificultades para obtener visados a los países más cercanos. En los que habían trabajado sus familiares toda su vida.

Las consecuencias de esas diásporas siguen haciendo mella. En Croacia, que sufre problemas de despoblación, para un joven es mucho más fácil irse a Alemania, donde cobrará el doble o más del doble y se va a encontrar como en casa, precisamente, por una diáspora asentada durante décadas. También, en la distancia, estas diásporas generan fantasmas, muchos nacionalismos de postín, y desde la distancia se alientan los radicalismos en la madre patria, mientras uno disfruta de las comodidades de la tierra de acogida.

En otros casos, como en Viena, tampoco es extraño encontrarse grupos de amigos que solo tienen en común que son balkan, salen por sus locales y se comunican en sus lenguas, macedonio, serbocroata o búlgaro, y sienten un acervo común, algo que les une, que no es necesariamente un rasgo cultural común, sino una falta de adaptación identitaria a Austria que todos comparten.

Hay muchas diásporas y, por supuesto, también está la de los juguetes rotos, que es la que mostraron Lena Müller y Dragan von Petrovic en Dragan Wende-West Berlin, un documental que se puede ver en Filmin, sobre buscavidas balcánicos, ya en la mediana edad, que adoran los tiempos del muro. Porque eran más jóvenes, sí, pero porque, como yugoslavos, en la Alemania dividida eran los reyes.

El padre del narrador del reportaje quería haberse unido a sus amigos gastarbeiters yugoslavos en Alemania, pero le capturó la Interpol en Belgrado cuando iba a salir para allá con su novia checoslovaca. Digamos que vivía en los márgenes de la ley. Tuvo que casarse con ella estando él en la cárcel para evitar que la deportaran y allí nació su hijo, mientras su padre estaba en libertad condicional sin permiso para abandonar la federación.

Veintiséis años después de todo esto, el chico, que se llama Vuk, salió en la búsqueda de los amigos de su padre en Alemania para comprender qué se había perdido, porque en Berlín debería haber nacido, entiendo, esa tendría que haber sido su ciudad. En el documental intenta mostrar cómo están ahora y que encuentra es gracioso, pero no es bonito. Tiene un punto triste.

Su tío está amargado desde que, como él dice, los Trabant invadieron Berlín occidental. Desde que desapareció la RDA. Y la fecha escogida para la visita de Vuk es, precisamente, el veinte aniversario de la caída del muro. Su tío no tiene nada que celebrar. Recorre las calles mientras la gente vuelve a brindar con champán y, casualmente, se cruza con unos estadounidenses enloquecidos. Son unos freaks de dentaduras lustrosas que han viajado hasta Berlín para conmemorar la victoria de su país frente a la tiranía. Gritan: «¡Nosotros ganamos!» y emiten agudos aullidos. El yugoslavo les mira con desdén y cuando le preguntan si no comparte su alegría, les contesta que no. Que vivía mejor antes. «Construiré un nuevo muro, pero veinte metros más alto», sentencia.

Dragan Wende – West Berlin (2014). Imagen: Von Müller Film.

Con las dos Alemanias les iba bien porque podían pasar la frontera cuando quisieran gracias a su mencionado pasaporte. Podían correrse juergas en el este con muy poco dinero, también vender chupas de cuero. Dice un amigo de su tío que con sacar un paquete de Marlboro en un bar ya tenías todas la chicas que quisieras alrededor. Con cien marcos del oeste les daban cuatrocientos del este y se quejan de que era imposible gastarse todo ese dinero. Pero el muro no solo les servía para irse de jarana, también podían ocultarse allí si la habían liado, ningún occidental podía pasar a buscarles alegremente. Si daban un palo escapaban a la RDA con el botín. Uno dice que un buen día se hartó del bar donde trabajaba, cogió la caja fuerte y se fue a Berlín Este con ella. No había muro para los yugoslavos.

Por las entrevistas van pasando todo el grupo de amigos de su padre, un croata que robaba en joyerías al descuido, mientras le iban sacando el muestrario. Un albañil serbio que asegura que en uno de los jarrones de piedra que decoran la cornisa del Reichstag metió su chubasquero y una nota: «Este jarrón lo hizo un yugoslavo». Igual sigue ahí.

Este albañil, Mile, natural de Mladenovac, es el mayor de todos. Trabajaba fachadas. Ahora, cuando recorre la ciudad, va contando uno tras otros todos los edificios que él remató. Se hizo media ciudad. Sus opiniones son propias de alguien de su edad. Aunque sea serbio, eso es algo que le da absolutamente igual. «Nací en Yugoslavia y seré yugoslavo hasta que muera», proclama. Para él, Tito «era un Dios», con él vivían «como reyes» porque el mariscal «le plantaba cara a cualquiera». Sin embargo, él se tuvo que ir a buscar un presente mejor fuera.

Ahí se calla. Explica que no quiere ser ejemplo de nada, que él solo es uno más. Pero pasó más de la mitad de su vida ganando dinero en el capitalismo. En la actualidad no tiene a nadie, ni a su país. Se ha hecho él mismo fabricar ya una lápida porque sabe que si no lo encarga él, no lo hará nadie. En ella aparece con su furgoneta y con su gato. No es una imagen demasiado extravagante en los cementerios balcánicos.

La importancia de su relato en el reportaje es que desprecia a los de la diáspora que son más jóvenes que él. Todos se han dedicado a negocios sucios. Un amigo de su hijo, Dule «el cuervo», por ejemplo, era experto en fraudes financieros. Se hizo rico, aparece con Cadillacs en fotos viejas, pero lo perdió todo. Fue a la cárcel con una condena de siete años y todavía le debe cinco millones de euros al estado alemán. Asegura que quería trabajar al llegar a Alemania, pero las mafias de la construcción se lo pusieron muy complicado y, nada, tuvo que delinquir.

Y el protagonista, Dragan, es portero de casas de putas. Le pagan cinco euros por cada cliente que mete. Antes estaba orgulloso, presenta su trabajo como el tope del glamur, en locales que hacían grandes fiestas y tenían actuaciones en directo. Pero con los años las mafias fueron exprimiendo los negocios hasta reducirlos a la mínima expresión de lo que son. Se queja de que hoy en día las chicas están exhaustas.

Cuando la vida nocturna en Berlín occidental fue remitiendo intentó montar sus propios bares, pero se emborrachaba con los clientes y plegaba. Se tumbaba a sí mismo y todos sus negocios se fueron a la ruina uno tras otro. Abrió y cerró siete bares. Pronto tuvo que volver de nuevo a la puerta de los puticlubs. No obstante, lo grave vino con el final del comunismo. Todo se hundió para él cuando Gorbachov permitió que cayera el muro.

Lo cierto es que entre la URSS y Estados Unidos, los dos bloques, Yugoslavia era el único Estado europeo que lideraba a los Países No Alineados. Cualquier problema con la federación podía servir para que ella pusiera en contra de una de las dos partes estos países que estaban bajo su influencia. Era una pieza clave en todo el tinglado de la Guerra Fría y, durante un tiempo, demasiado breve en perspectiva, fue la niña mimada de la geoestrategia. De eso se aprovecharon estos vividores. Aunque ellos lo explican mucho mejor. Antes, dice Dragan, «los americanos tenían la parte izquierda del culo, los soviéticos la derecha, nosotros los yugoslavos estábamos en el agujero negro del medio, pero estábamos bien».

Dragan Wende – West Berlin (2014). Imagen: Von Müller Film.


Cómo la Stasi colocó a un espía de asesor del canciller de Alemania Occidental

Willy Brandt y Günter Guillaume en una conferencia del partido, Düsseldorf, ca. 1972. Foto: Pelz (CC).

Guillaume, Günter. Nace en Berlín en 1927. Es solo un adolescente cuando es reclutado para las fuerzas auxiliares de la Luftwaffe. Los nacidos entre 1926 y 1929 se conocen como la generación Flakhelfer, alemanes con la experiencia común de ser arrancados de la niñez para servir en reflectores y armas antiaéreas, uno de los objetivos prioritarios de los bombardeos aliados. A los diecisiete años ingresó en las Juventudes Hitlerianas. Después de la guerra, le tocó vivir en el área soviética. E ingresó en el Partido Comunista.

En 1955, Werner Sikorski, investigador de la Comisión Internacional de Juristas, según Stasi, the Untold Story of the East German Secret Police, de John O. Koehler, se encontró con un informante que respondía a las iniciales de M. A. Le habló de que en Berlín Este había un fotógrafo, Günter Guillaume, militante del Partido Comunista, que a menudo no se presenta a su puesto de trabajo en una editorial del Estado, Volk und Welt. Cuando su jefe empezó a investigar por qué no iba todos los días a trabajar, la jerarquía del partido le ordenó que no se metiera en lo que no le importaba. Después del incidente, Guillaume fue enviado a un curso de capacitación. Lo normal en esos casos era saber dónde iba a recibir los cursos, pero en este fue secreto. El informe de M. A concluía con que, al final, Guillaume había abandonado la editorial. Obviamente, entendía, para instalarse en el Oeste. Era importante seguir su pista. El dosier llegó a manos de un detective que trasladó el caso a la policía federal de la RFA, pero ahí se quedó. En el lance burocrático la carpeta se olvidó en los archivos centrales.

M. A. estaba en lo cierto. Guillaume y su mujer, Christel, habían sido reclutados por el coronel Paul Laufer del Servicio de Información Exterior de la Stasi. Antes de la Segunda Guerra Mundial, Laufer había sido militante en secreto del Partido Comunista y militante activo de la socialdemocracia. Un infiltrado. Ahora tenía planes semejantes.

En 1956, los Guillaume, como tantos otros fugitivos que huían de la RDA, se instalaron en Frankfurt. Quedaban cinco años para la construcción del Muro, tenían veintisiete y veintiocho años. En sus memorias, Markus Wolf, el director de la Stasi, explicó cuál era su coartada. La madre de Christel, Erna, era ciudadana holandesa, por eso pudo salir de la RDA y abrir un estanco en  Frankfurt. Por medio de la reagrupación familiar, el matrimonio se ahorró pasar por los campos de recepción para alemanes orientales donde se estudiaba quién era quién en las oleadas de emigrados que recibía la RFA aquellos días.

Wolf describió así a la pareja: «Christel siempre me recordaba la figura de una secretaria cabal, sólida, segura de sí misma, pero carente de imaginación. En cambio, Günter superaba un poco los límites del equilibrio y siempre se le veía desbordando afabilidad y capacidad para adaptarse a cualquier grupo».

Como estaba previsto, ambos se afiliaron al SPD, el partido socialdemócrata. El sur del estado federado de Hesse era uno de los caladeros de votos del partido. Como era habitual en los llegados del Este, entre la militancia se distinguieron por su anticomunismo y sus enfrentamientos con el ala izquierda de las Juventudes Socialistas.

Günter dejó el estanco de su suegra para montar una tienda de fotocopias. También hacía trabajos como fotógrafo freelance. Y tuvieron un hijo, Pierre. Cada miércoles recibían informaciones y órdenes por radio. Los servicios de inteligencia de Alemania Oriental tenían la cortesía de felicitar por sus cumpleaños a todos los miembros de la familia. Pero no se activaron realmente para la Stasi hasta 1959, cuando los socialdemócratas renunciaron al marxismo en la conferencia de Bad Godesberg de 1959. Markus Wolf reconoció en sus memorias que, desde ese momento, vieron que el SPD tenía posibilidades reales de llegar al Gobierno y les ordenaron que se involucraran más en el partido.

Christel fue la primera en tener un ascenso. Se convirtió en la jefa de gabinete de Willy Birkelbach, nada menos que miembro de la ejecutiva del partido, presidente del grupo socialista del Parlamento Europeo y secretario de Estado de Hesse. Tenía acceso a documentos secretos de la OTAN, explicó Markus Wolf, y a los planes de emergencia nuclear. Toda la información que recopilaba Christel, Günter se las arreglaba para microfilmarla e introducirla en cajetillas de tabaco que le vendía a un correo que se hacía pasar por cliente en el estanco de su suegra. Si no, él mismo llevaba la información a Berlín Este y recibía nuevas instrucciones.

Al mismo tiempo, Günter empezó a tomar fotografías de las reuniones y los eventos del partido hasta que en 1962 fue contratado por el periódico del SPD, Der Sozialdemokrat. En el libro de historia de la Stasi, Koehler diferencia entre el perfil de él y el de ella como espías. Günter acababa cada día en bares y restaurantes con sus colegas del partido, bebiendo duro y cotilleando. Pasándoselo muy bien. Y por eso era muy apreciado. Ella no tenía atractivo físico ni personal, solo una eficacia increíble trabajando. Cada uno llevaba una vía ascendente por diferentes medios. En 1964, Günter se convirtió en secretario del partido en Frankfurt.

Con lo primero que cortó la Stasi fue con os viajes de Günter al Este. Le podían reconocer dentro de la RDA. En una de las últimas entradas que había hecho, a su hijo le llevó al zoo un oficial con acento sajón. Cuando volvieron al Oeste, el chaval iba imitando esa forma de hablar, el acento más peculiar de Alemania del Este.

Willy Brandt en un acto oficial en Berlín con Günter al fondo, 1973. Foto: Ulrich Wienke / German Federal Archives (CC).

En 1969 Günter fue elegido concejal de Frankfurt y se encargó de la campaña electoral del diputado nacional Georg Leber, un líder sindical que después llegó a ministro de Defensa. Se enfrentaron en primarias a Karsten Voigt, situado en posiciones a la izquierda de Leber, y ganaron. El nuevo diputado ofreció a Günter que le acompañara a Bonn. Para el traslado, el asesor puso como condición que pudiera ir con él su mujer. Como estaba metida en el partido, le consiguieron un trabajo en la oficina del estado de Hesse en Bonn. Los dos espías se plantaron en la capital de la RFA. Y, al poco tiempo, Günter fue propuesto para asesor del canciller de Alemania, Willy Brandt.

Llegados a ese nivel, Markus Wolf les dio órdenes de no mostrar ambiciones ni la más mínima intención de trepar para no llamar la atención. El partido tenía que investigarles. Heribert Hellenbroich, que luego llegó a director de la inteligencia exterior de la RFA, confirmó que se había estudiado a Günter a fondo sin encontrar nada. Horst Ehmke, jefe de gabinete de Brandt, decidió interrogarlo directamente el 7 de enero de 1970. Günter contestó sin ponerse nervioso, algo para lo que había sido entrenado, y explicó su trabajo en la editorial de Berlín Este. Ehmke, tras escucharlo, decidió que estaba fuera de toda sospecha. Otro asesor de Brandt, Egon Bahr, siguió desconfiando. Le dijo a Ehmke, citado por Wolf: «Quizá cometa una injusticia con ese hombre, pero su pasado me parece muy peligroso».

Sin embargo, por esas fechas eran muy habituales las denuncias tanto anónimas como directas a todos los que habían sido residentes en la RDA. Por un lado, ellos mismos lo solían hacer para eludir las sospechas que pudieran recaer sobre ellos exagerando su anticomunismo. Lo que flotaba en el ambiente era que había mucho personaje más papista que el papa. Y ya había antecedentes de exciudadanos de la RDA en el Gobierno, como Hans-Dietrich Genscher, ministro del Interior de Brandt. El informe de la Comisión Internacional de Juristas se encontró y se volvió a poner en la mesa, pero consideraron que, pasado tanto tiempo, ya no se podía valorar la exactitud de esa información. El general Gerhard Wessel, director de los servicios de inteligencia federales, no pudo asegurar a los hombres de Brandt que Günter fuese un agente de la RDA con la documentación que tenían, pero sí que le pareció sospechoso y recomendó que no fuese incluido en el gabinete del canciller, sino en cualquier otro organismo del Gobierno menos delicado.  

Pero Wessel topó con la política, el partido socialdemócrata buscaba una renovación. Con todo lo que eso significa a efectos de marketing. La necesidad de caras nuevas favoreció a Günter, que no provenía de ninguna familia tradicional dentro de la organización, ni había ostentado cargos importantes con anterioridad. Era el tipo de perfil que buscaban ascender y del que quería rodearse Brandt. Además, su protector era Leber, exlíder sindical, y el presidente necesitaba un enlace con los sindicatos. Ese librero metido a espía se convirtió en asesor del canciller federal de Alemania. Su mano derecha en las relaciones con la Iglesia y los sindicatos. Al espía se le proporcionó una radio A-1, lo último. El mensaje se grababa en una tira de celuloide, se giraba una manivela y era emitido por radio en una fracción de segundo. Era imposible localizar al emisor.

Es a partir de aquí donde hay que empezar a dudar de la naturaleza de los hechos tal y como han sido contados. El punto más importante del programa de Brandt eran las relaciones con la RDA, la Neue Ostpolitik (Nueva Política Oriental). Era partidario de rebajar la tensión. De un acercamiento no solo con la RDA, sino también con la URSS y sus países satélites más cercanos. Recibió el Premio Nobel de la Paz en 1971 por esta política. En El País se escribió años después que, aunque estuviera cargada de contradicciones, la Ostpolitik de Brandt era un verdadero cambio en el curso de la política exterior alemana y occidental.

Por eso, que terminara cayendo por culpa de una intriga de la Stasi dejaba en una posición comprometida la política exterior de la RDA. En ese sentido, hay que tener en cuenta que las memorias de Markus Wolf tienen pinta de ser más bien exculpatorias en este episodio. Su intención no era hacer daño a un hombre de su categoría y boicotear su línea política, viene a contar. Pero hay que ponerlo en duda. Aunque da detalles, como que para que Brandt no perdiera una votación sobornaron a un diputado democristiano, Julius Steiner, lo que demostraría que de algún modo sí estuvieron al quite.

Wolf aseguró que lo que buscaban con el espionaje de Günter era poder anticipar posibles crisis internacionales. También les sirvió para poder conocer de primera mano las intenciones y temores del canciller antes de su encuentro de marzo de 1970 con Willi Stoph, primer ministro de la RDA, quien, por cierto, tenía una Cruz de Hierro en casa por su valor en la invasión de la URSS en la Operación Barbarroja —aunque ya era militante comunista antes de ser reclutado por la Wehrmacht—.

Lo que no contó Wolf sí que aparece en el libro de Koehler. Gracias a esta misión, los soviéticos conocían no solo las estrategias de la RFA, también de sus aliados, como Estados Unidos. Eso les dejó en una gran desventaja en las negociaciones entre bloques de 1972. Y la Stasi había logrado rizar el rizo. Cuando se celebró el congreso del SPD en Saarbrücken a mediados de 1970, Günter Guillaume fue nombrado enlace entre la cancillería y los servicios secretos de la RFA.

No obstante, de esta etapa, lo que subrayó Wolf fue: «No era ningún secreto que Willy Brandt era un mujeriego incorregible». Esta debilidad fue determinante. Mientras iban de campaña electoral, viajaba con ellos la periodista Wibke Bruns. Si Rut, la esposa noruega de Brandt —el canciller había estado refugiado en Noruega y Suecia durante el nazismo— no le acompañaba a algún destino, Brandt instalaba a la periodista en su habitación. Günter estaba siempre en el dormitorio contiguo, suponemos que con la oreja aplastada contra la pared. «Las habitaciones ocupadas por Guillaume y Brandt solo estaban separadas por un delgado tabique, Guillaume se dio cuenta de que la práctica adúltera de Brandt era frecuente y variada». El espía lo aprovechó. No tardó en ganarse su confianza más íntima para convertirse en mamporrero del canciller y empezó a conseguirle mujeres. Aunque, sin duda, eso debió de ser más fácil que seguirle el ritmo de la ejecutiva del partido. En palabras de Wolf: «Por lo que sé, toda la estructura de la socialdemocracia parecía estar lubricada con vino tinto». Günter sufría para recordar después todo lo que averiguaba en esas borracheras con la cúpula del SPD.

Cuando Brandt ganó las elecciones en 1972, la dirección de la Stasi pudo ver a su espía en directo por televisión brindando con el flamante ganador de los comicios. Muy raro sería que no se partieran de risa. En aquel momento, la Stasi tenía miles de agentes en el Oeste. Muchos en cargos importantes. Tantos que su quebradero de cabeza era que no coincidieran y se estorbasen o confundieran los unos a los otros.

Willy Brandt, Walter Scheel, Horst Ehmke y Egon Bahr en su primera declaración tras la victoria electoral; en segunda fila se encuentra Günter Guillaume (1972). Foto: Lothar Schaack / German Federal Archives (CC).

Pero la clave estuvo en la cama del canciller. Según El País, los encuentros sexuales que Günter le facilitaba al presidente fueron pertinentemente notificados a la Stasi, que a la postre se los filtró en pequeñas dosis a la editorial Springer. Wolf ocultó este hecho. Admitió que los propios servicios secretos de la RFA, cuando descubrieron a Guillaume, elaboraron un informe sobre la vida privada del canciller en el que figuraba el espía como suministrador de «periodistas, conocidas casuales y prostitutas» con las que se acostaba el presidente.

El director de la Stasi negó expresamente en sus memorias que pretendieran de este modo extorsionar a Brandt: «Nunca intentamos tal cosa. En primer lugar, sabíamos que en el mundo político de Bonn, un ámbito cerrado y cuidadosamente protegido, la prensa ni siquiera tocaría la información. En todo caso, no nos serviría de mucho, pues no estábamos interesados en destruirlo, sobre todo porque habíamos aprendido a tratar con él, sabíamos mucho de su persona y aplicábamos la máxima de todos los servicios de inteligencia, consistente en trabajar con el demonio conocido antes que acostumbrarse a uno nuevo».

Por el camino, Günter Guillaume también echó alguna que otra cana al aire. Wolf dejó caer que tuvo una amante, pero en 1981 el corresponsal de El País en Bonn señalaba que había mantenido relaciones con varias secretarias en contacto con valiosa información.

Ni Christel ni Guillaume fallaron. Cayeron en cadena por un error ajeno. Cuando se descubrió al espía Willy Gronau, cuyo nombre en clave era «Felix», directivo de la asociación de sindicatos de la RFA, de seis millones de afiliados, los agentes de contrainteligencia se fijaron en su apellido francés. Ese fue el vínculo que establecieron entre ambos. Sobre todo porque, cuando detuvieron a Gronau, uno de sus colaboradores había cometido un error, se había saltado una norma sagrada, y tenía en su apartamento un papel apuntado con las tareas pendientes donde figuraba el apellido Guillaume. Era para no olvidar darle a Gronau la orden de cortar el contacto con él.

«El nombre peculiar de Guillaume representó un papel fatídico. Si se hubiese llamado Meyer o Schultz, podría haberse evitado el desastre», se lamentó Wolf. Cotejando la información, los agentes de la inteligencia federal también vieron que las felicitaciones de cumpleaños que habían interceptado quince años atrás, una de un 1 de febrero, otra el 6 de octubre y una más el 8 de abril, se correspondían con las fechas de nacimiento de Guillaume, su mujer Christel y su hijo Pierre.  

Lo sorprendente fue la reacción de la inteligencia alemana. Decidieron no detenerle, dejarle hacer un año más. Informaron a Brandt y aceptó. No sin polémica y sospechas sobre ese extravagante modo de proceder. El mismísimo canciller de Alemania se convirtió en un cebo de los servicios secretos. Él único caso conocido en la historia. Pero no se sabe si Brandt llegó a ser consciente realmente. Hans-Dietrich Genscher y Klaus Kinkel, ministro del Interior y su mano derecha, según Wolf, avisaron a Brandt de una forma tan «indiferente» que el canciller apenas prestó atención y no volvió a darle vueltas a ese asunto. Ambos se justificaron después diciendo que Günther Nollau, jefe de contraespionaje de la RFA, les había hablado de una sospecha, no de una certeza. Nollau, sin embargo, «insistió hasta su muerte en que él había hecho una enérgica advertencia», citó Wolf, para quien la trampa se la tendieron los suyos.

De todos modos, el cebo no sirvió para nada, al contrario. En los siguientes once meses, tras ciento cincuenta operaciones de observación del espía, no lograron atraparlo nunca con las manos en la masa, aunque sí que comprobaron que su conducta era la propia de un agente secreto entrenado por cómo se movía.

Para que Günter no sospechara que le tenían detectado, el BND le dijo a Brandt que se lo llevara de vacaciones con su familia. Fueron al lago Mjosa, en Hamar, Noruega. Ahí, pese a que ya se sabía que era un agente de la Stasi, se las arregló para pasar al Este hasta una carta personal de Nixon a Brandt en la que le instaba a presionar a los franceses para que aprobasen un acuerdo sobre el futuro de la OTAN. En el viaje a Noruega, Guillaume le entregó una documentación al jefe de los servicios de seguridad diciéndole que no quería llevar material clasificado en su coche. En realidad, el sobre contenía papeles con chorradas. El espía logró encontrarse con un oficial de la Stasi en el trayecto y entregarle fotografías de la documentación.

Wolf contó que se le ofreció al matrimonio la oportunidad de huir cuando empezaron a albergar sospechas de que les seguían, pero ellos no quisieron dar el paso. Se les ordenó entonces interrumpir cualquier labor de espionaje. En un viaje a Francia, el BND pensó que Günter iría a encontrarse con su contacto con el Este, el modus operandi habitual de los espías de la Stasi. Le siguieron más de cien agentes. El ministro del Interior, Genscher, recordó años después que la operación fue «casi una segunda invasión de Francia». Pero Guillaume no iba a encontrarse con un enlace, sino con una amante.

Días después, intervinieron definitivamente. De madrugada, Pierre, el hijo de dieciocho años de Günter y Christel, escuchó que llamaron a la puerta con insistencia. Pensaba que era el panadero, que llevaba a primera hora el pan recién hecho, pero se encontró con cuatro oficiales de la policía criminal. Günter Guillaume se estaba afeitando cuando le anunciaron en el baño su detención bajo cargos de espionaje. Sorpresivamente, el espía admitió la acusación en el acto y gritó: «¡Soy capitán del Ejército Nacional Popular de la República Democrática Alemana y miembro del Ministerio de la Seguridad del Estado, les suplico que respeten mi honor de oficial!». Ahí se enteró su hijo de quién era en realidad su padre. En el registro encontraron una cámara microdot y un reloj de pulsera con cámara de fotos. Se llevaron a Günter, a Christel y a su madre Erna esposados.

Comisión de investigación del caso Guillaume, 1974. Foto: Lothar Schaack / German Federal Archives (CC).

Muchos años después, Pierre recordó en la BBC el día en que se enteró de esa manera de que sus padres eran espías: «Me dejaron solo en el piso con un montón de agentes federales y de la policía. Registraron el apartamento, tomaron fotos de las paredes, cortaron muestras de jabón y se llevaron parte de mi colección de discos. Pasaron horas antes de que nadie me dijera qué estaba pasando. Miembros de la embajada de la RDA se presentaron y me dijeron que todo era verdad sobre mis padres y que ellos me cuidarían».

Willy Brandt se enteró de la detención en un aeropuerto, cuando volvía de una visita a Egipto. La forma en que Guillaume admitió su culpabilidad dejó al canciller completamente vendido. También a su amante, que se suicidó. Markus Wolf tenía una hipótesis sobre por qué un agente que nunca había cometido ni el más mínimo error, en el momento de su detención hizo saltar todo por los aires. Por lo visto, Pierre, como es lógico, era muy importante para él y sufría día y noche por ocultarle quién era realmente su padre. La cosa pasó a mayores cuando Pierre, de adolescente, comenzó a interesarse por la política, se hizo de izquierdas, mucho, y empezó a criticar a su padre por socialdemócrata. Le llamaba «traidor al socialismo». Muy contrariado, en una discusión le llegó a contestar que no era lo que creía. Al delatarse, puede que estuviera manteniendo una especie de diálogo con su hijo.

Brandt dimitió. Le estaban machacando en la prensa, incluso en su propio partido. Wolf dejó entrever la sospecha de que en realidad, en el caso Guillaume, lo que le hicieron al canciller fue tenderle una trampa sus propios compañeros. Durante semanas, el escándalo ocupó las portadas de los periódicos. A golpe de titular, iban saliendo revelaciones sobre el espía, pero las que más impacto tuvieron fueron las informaciones sobre que ejercía también de proxeneta para el canciller. También se habló de la afición al alcohol que había en la cúpula socialdemócrata, se reveló el apodo que Brandt se ganó en su época como alcalde de Berlín Oeste, Weinbrand Willy (Brandy Willy). Mientras tanto, Nixon estaba atravesando los peores momentos en el caso Watergate. Era solo 1974, las consecuencias de la crisis del petróleo no habían llegado aún a las economías socialistas. Los comunistas sacaban pecho ante tanta degradación occidental, aunque Brézhnev y Honecker manifestaron su desagrado por el caso Guillaume.

Wolf escribió que la caída de Brandt se consideró «un desastre» tanto en el Este como en el Oeste, y que la culpa se le atribuía injustamente a él: «Nuestro papel en la caída de Brandt fue tirar piedras a nuestro propio tejado. Nunca deseamos, planeamos, ni vimos con agrado su eliminación política. Pero, una vez que la cadena de los hechos se puso en movimiento, tuvo su propia dinámica. ¿En qué momento debí haber detenido la operación?».

El 6 de mayo de 1974, Brandt dimitió aludiendo a «las normas no escritas de la democracia» y para evitar que se destruyera su «integridad política y personal», pero calificó como «grotesco» que alguien pensara que se podía chantajear a un canciller federal. Le sustituyó Helmut Schmidt.

Durante el juicio a Günter Guillaume, el fiscal general acusó al espía de haber reducido el poder de disuasión de la OTAN informando a la URSS de las divisiones en el seno de la organización. La viabilidad de la alianza atlántica pasaba por «un poder basado en la determinación creíble de los Estados miembros a desarrollar una defensa conjunta, a demostrar una auténtica solidaridad en el seno de la Alianza y a obtener un equilibrio estratégico de las fuerzas militares». Sin embargo, «esa situación pudo inducir a la Unión Soviética, por consideraciones políticas y estratégicas, a adoptar medidas dirigidas a socavar la alianza occidental y más tarde a transformar esa nueva situación en una serie de medidas políticamente coercitivas».

En diciembre de 1975 fue condenado por alta traición a trece años de cárcel. Una pena muy alta para un espía. A Christel le cayeron ocho. En la cárcel, Guillaume se enteró de que le habían ascendido a coronel en la RDA y presumió de ello ante los presos; según El País, le dijo a otro recluso de la prisión de Colonia: «Ahora solo me tengo que cuadrar ante los generales».

Christel fue intercambiada por seis agentes occidentales. Se reunió con su hijo y con su madre en Berlín Oriental poco después del juicio. Pierre visitó a su padre en la cárcel con frecuencia, pero vivir en el Este no le gustaba. Años después, relató a la BBC: «En 1980 le dije a la Stasi que ya no quería vivir allí, el resultado fue que me retiraron el pasaporte, así que me convertí en un verdadero ossie, un verdadero alemán del Este».

Wolf tuvo a mucho personal, confesó, dedicado al bienestar de Pierre. A su integración en la vida de la RDA. Pero era tarea imposible, según escribió en El hombre sin rostro:

Se había educado en un medio completamente distinto y antiautoritario que fomentaba el individualismo en el vestido, en la expresión y la conducta. Felizmente, ese estilo no había desbordado el Muro de Berlín, y cierto tipo de orden prusiano prevalecía en las escuelas de la RDA. Descubrimos que el colegio más apropiado que podía utilizarse era uno en el que la directora estaba acostumbrada a tratar con niños bastante malcriados de familias de la élite de Alemania Oriental. Se pidió a varios activistas fieles de la Juventud Libre Alemana y voluntarios de familias de confianza, según los servicios secretos, que trabasen amistad con él. Todo fue inútil. Pierre, sencillamente, dejó de ir a clase y cuando asistía provocaba desórdenes. Poco después, nos anunció, para nuestro horror, que deseaba regresar a Bonn, donde tenía una novia cuyo padre pertenecía al partido conservador del Ministerio del Interior. Cada vez que Pierre viajaba a ver a su padre encarcelado, pensábamos que podríamos perderlo. Así, comenzamos a tomar medidas desesperadas para retenerlo, se había interesado en la fotografía, de modo que mi departamento le compró el equipo más moderno y le facilitó un aprendizaje en la mejor técnica de color que pudimos hallar. En el curso del tiempo, tuvo una nueva amiga socialista, una alemana oriental cuyo padre era funcionario de mi servicio. Nuestro alivio fue inmenso. Pero la situación mostró otra complicación, aproximadamente un año después supe que ambos habían solicitado permiso para salir de la RDA. Nada pudo hacerse para disuadirlos. Aceptamos la derrota y aceleramos la partida de la pareja. Los despedimos con cierto alivio.

Luchar por la repatriación de Günter Guillaume era una obligación moral para la RDA, sobre todo de cara a sus nuevas generaciones de espías. Ocho años antes de que cumpliera su condena, se le incluyó en un canje de múltiples agentes en otoño de 1981. A su regreso se le recibió por todo lo alto en una casa de campo secreta. Llevaba puesto un traje que le habían regalado los policías de la cárcel de Colonia, se los había ganado. Cuando se encontró con su jefe, con Markus Wolf, Guillaume le dio las gracias. Wolf le dijo: «Somos nosotros los que te damos las gracias». Todo se grabó para un documental para futuros agentes.

Willy Brandt y Günter Guillaume, ca. 1974. Foto: Ludwig Wegmann / German Federal Archives (CC).

Su esposa Christel estaba presente, pero esperaba a cierta distancia. Se abrazaron, pero su matrimonio ya estaba liquidado. Les facilitaron «una agradable residencia» para que arreglasen las cosas, pero Christel no quiso. Eso hundió a Günter. También esperaba convertirse en la mano derecha de Wolf, pero llevaba años fuera de juego. Estaba desactualizado. Es gracioso que, en las memorias del director de la Stasi, cuando este recuerda las conversaciones con el médico de Guillaume, Wolf le dijo: «Lo único que satisfaría a Günter sería un puesto en el Politburó». El galeno contestó al oír eso: «Bien, uno más o menos no cambiará la situación».

Honecker, presidente de la RDA, les concedió a él y a su exmujer la máxima condecoración de la Alemania Oriental, la Orden de Karl Marx, y se les asignó una casa con un terreno de mil metros cuadrados al lado de un lago al noroeste de Berlín. Los ahorros de Günter Guillaume, cuyo sueldo había entrado rigurosamente cada mes en su cuenta desde 1956, eran de medio millón de marcos. Era millonario en un país comunista.

Wolf también reconoce sin tapujos que le proporcionaron al exespía compañía femenina, a Elke. «Una agradable enfermera de edad madura». Y con intenciones claras: «Con el propósito ostensible de atender sus problemas renales y de circulación, pero también para ensayar las posibilidades de una relación sentimental». Y, según contó, funcionó. Se casaron. La marcha de su hijo a la RFA, que se produjo cuando Pierre tenía treinta y un años, mujer y dos hijos, fue otro duro golpe. Günter calificó a su hijo de «traidor», sin miramientos. Para comenzar una nueva vida al otro lado del Muro, Pierre tuvo que cambiar su identidad.

Hasta 1989, Guillaume dio conferencias a otros agentes de inteligencia. Se ha dicho que con el corazón dividido, ya que llegó a sentir verdadera admiración y amistad por Willy Brandt. Wolf también lo señaló, que tenía «una personalidad dividida» y que, mientras estuvo en la ejecutiva de los socialdemócratas, «estaba convencido de que a su modo estaba contribuyendo al nuevo entendimiento».

Brandt no. Estuvo destrozado durante muchos años. Wolf quiso disculparse personalmente con él una vez caído el Muro, pero el excanciller no aceptó verlo. Ni a él ni a Guillaume. Contestó que le «provocaría excesivo dolor». En sus memorias habló de que sentía «ira intensa» al recordar a Günter Guillaume. Se lamentó por no conocer mejor «la naturaleza humana», se preguntó qué clase de personas le hicieron eso cuando lo que intentó fue reducir las tensiones entre los dos Estados. Y el paso de los años no le hizo reducir su amargura. Murió en 1993.

Guillaume murió en 1995. Su hijo Pierre nunca pudo arreglar su relación con él. En una entrevista en Der Spiegel diez años después de su muerte dijo que nunca logró colocar en su memoria la figura de su padre. Sentía que tenía tres, el padre socialdemócrata de la RFA, el espía que replicaba los discursos del Gobierno comunista en la RDA y el anciano tras la caída del Muro. Tres personas distintas. Con su madre, que murió en 2004, sí que parece que tuvo más relación. Al menos él dio la noticia de su muerte a los medios.

Según The History of the Stasi: East Germany’s Secret Police, de Jens Gieseke y David Burnett, en este periodo, el diputado socialdemócrata —miembro del NSDAP antes de la guerra— Gerhard Fläming también fue colaborador de la Stasi. Bodo Thomas, que se ahorcó cuando salió su acusación, concejal de Berlín y miembro del equipo del alcalde, había trabajado para la RDA durante veintiséis años. Ruth Polte, que había colaborado estrechamente con Helmut Schmidt, sucesor de Brandt, también pasó información. Henning Nase, del Ministerio de Trabajo, desapareció en cuanto cayó el Muro y nadie sabía por qué. Fue condenado años después por espía. Josef Braun, otro diputado socialdemócrata del Bundestag, también fue descubierto. Rudolf Maerker, otro exmiembro del NSDAP convertido en socialdemócrata, envió más de mil doscientas informaciones. Por supuesto, también hubo espías en los demás partidos, hasta en Los Verdes desde su fundación. El caso más sonado fue cuando se descubrió que las escuchas de la Stasi a la CDU contenían muy bien detallada toda la financiación ilegal del partido. Kohl se pasó años luchando para que no saliera a la luz. Hubo un debate en Alemania sobre si debían ser aceptadas como prueba por la forma en la que habían sido obtenidas. Al final se reveló solo el contenido que ponía de manifiesto cómo operaba la Stasi.

Como dicen David Childs y Richard Popplewell en The Stasi: The East German Intelligence and Security Service los Guillaume causaron un terremoto político, pero su valor era menor que el de otros agentes. Con todo, a Günter no se le puede restar protagonismo. Un hombre sin estudios, arrojado a otro país para buscarse la vida, que se las arregló para acabar de asesor personal del jefe de Estado del país más desarrollado de Europa. Da pena que cayera por una casualidad remota. Te quedan ganas de imaginar qué hubiera pasado si hubiese seguido inmerso en las dinámicas de poder de la socialdemocracia, tal vez hubiera acabado presentándose a las elecciones y… ganándolas.


Países que jugaron el Mundial de fútbol y que ya no existen

Francia-Yougoslavia, 1965. Fotografía: Cordon.

La FIFA contabiliza en sus estadísticas oficiales que un total de setenta y siete naciones han disputado, al menos una vez, la fase final de su Copa del Mundo. A estas se suman en la edición de 2018 las debutantes Islandia y Panamá. Sin embargo, la cifra tiene truco. La FIFA reconoce a varias selecciones actuales la herencia de combinados antiguos que hoy ya no compiten por la sencilla razón de que no existe el país al que representaban. La mayoría de los casos se localizan en Europa, viejo continente cuya geografía política sufrió importantes cambios como consecuencia de la Segunda Guerra Mundial y, unas décadas después, del final del comunismo. Los otros dos casos son más exóticos para nosotros. Eso sí, se trata más de un cambio de denominación que de la extinción de un Estado.

La historia comienza en Uruguay en 1930. El paisito logró organizar la primera Copa del Mundo, evento para el que se postuló como anfitrión España y al que finalmente ni siquiera acudió nuestra selección. El hecho de que la Copa del Mundo se disputase al otro lado del charco desmotivó a muchas de las selecciones europeas que se negaron a viajar, pero no a Yugoslavia, la nación que aglutinaba a todos los pueblos eslavos. En un campeonato de trece selecciones, Yugoslavia consiguió quedar cuarta por detrás de Uruguay (campeón), Argentina y… ¡Estados Unidos! Eliminado por Uruguay en semifinales por un contundente 6 a 1, Yugoslavia había vencido previamente a Brasil y a Suecia. La selección de Yugoslavia se mantuvo con tal denominación por más de sesenta años. Estuvo presente en nueve ediciones de la Copa del Mundo, repitiendo cuarto puesto en Chile 62 y cerrando su historia en Francia 98 con un décimo puesto. Ya entonces el país se había desmembrado y Croacia también participó en aquel Mundial que ganaron Zidane y compañía. El combinado ajedrezado fue tercero con un equipo en el que figuraban Suker, Jarni, Prosinecki y Boban entre otros jugadores que habían sido internacionales con Yugoslavia. Desde 1998, Croacia solo faltó al Mundial de Sudáfrica en 2010, mientras que Serbia y Montenegro (última en 2006) y Serbia —a secas— (vigésimo tercera en 2010) han heredado el sitio de Yugoslavia a efectos de la FIFA. Además, Eslovenia logró clasificarse para la fase final de las ediciones de 2002 y 2010 y Bosnia Herzegovina debutó en 2014 sin poder superar la liguilla. La ARY de Macedonia y Kosovo siguen pendientes de obtener el primer billete de su historia como naciones independientes. En Rusia 2018 volverán a competir Serbia y Croacia.

Mención especial merece el caso alemán. Tras negarse a viajar a Uruguay en 1930, Alemania fue tercera en Italia 1934 y participó también en el campeonato de 1938 en Suiza. Las siguientes dos ediciones del torneo no se disputaron porque el mundo estaba inmerso en la peor guerra de la historia. Alemania, derrotada en dicha contienda por los aliados, fue dividida en dos repúblicas: la Federal (oeste) y la Democrática (este) en la que se instauró el régimen comunista. De modo que, desde mediados del siglo XX y hasta la caída del muro de Berlín, hubo dos selecciones alemanas. Y llegaron a enfrentarse en 1974 (primera y única vez), en el Mundial que organizó la RFA y en el que la RDA logró vencer a su vecino capitalista. Fue en la fase de grupos. La Alemania oriental venció 1 a 0 con gol de Sparwasser. Sobre el césped, los jugadores no se atrevieron a intercambiar las camisetas, pero en el túnel de vestuarios Sparwasser y Paul Breitner sí lo hicieron. Las guardaron como oro en paño —y como secreto de Estado— durante veintiocho años. Aquel Mundial, sin embargo, acabó con la victoria de la Alemania occidental en la final ante la Holanda de Johann Cruyff. Era el segundo título para la RFA, que todavía conseguiría otro en 1990 tras ser subcampeona en 1982 y 1986. Tres títulos de campeón del mundo para un equipo y un país que ya no existen. Eso sí, la FIFA considera que la Alemania reunificada es heredera de la RFA, por eso los alemanes pueden presumir hoy de cuatro títulos (se impusieron en Brasil 2014), aunque los tres primeros solo los ganó la mitad occidental del país. La RDA no tuvo más experiencias mundialistas más allá de 1974. Caprichos del destino.

X = no existía como país. En blanco = no clasificó. (Click en la imagen para ampliar).

Siguiendo con el telón de acero, la Unión Soviética fue una de las selecciones históricas de los mundiales del siglo XX. Antes de su disolución logró clasificarse en siete ocasiones para la fase final y fue cuarta, quinta y dos veces sexta entre 1958 y 1970. De todas las ex repúblicas socialistas soviéticas, solo Rusia y Ucrania han logrado llegar a una fase final. Los rusos lo han hecho en tres ocasiones, sin pasar nunca de la fase de grupos. Por lo tanto, esperan dar un paso adelante en «su Mundial». Ucrania, ausente en Rusia 2018, tiene el honor de haber llegado hasta cuartos de final en 2006 en su única presencia mundialista hasta ahora. Desde luego, se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que en el terreno de juego a la Europa del este le iba mejor cuando defendía una misma camiseta. Los restos balompédicos de la URSS se reparten hoy entre una serie de selecciones mediocres que van desde el Báltico hasta las confines de Asia. Sin ir más lejos, cinco ex repúblicas soviéticas tienen a sus actuales selecciones de fútbol inscritas en la Confederación Asiática. De todas ellas, solo Uzbekistán ha rozado alguna vez la clasificación para el Mundial.

El último caso europeo es la historia de un amor imposible. La unión amistosa pero antipopular de dos naciones que habían pertenecido al Imperio austrohúngaro. Hablamos de la antigua Checoslovaquia, a la que, como combinado nacional de fútbol no le fue nada mal. Logró quedar subcampeona del mundo en 1934 (perdió ante la Italia de Mussolini y ante Mussolini) y 1962 (cayó ante Brasil por 3 a 1 en Chile). Por separado, la República Checa (vigésima en 2006) y Eslovaquia (decimosexta en 2010) no han alcanzado los éxitos fruto de la unión que rompieron de mutuo acuerdo en 1992.

Los últimos dos casos de países extintos que participaron en la fase final de una Copa del Mundo de Fútbol nos llevan a Asia y África. En realidad, como decíamos al principio, no estamos ante estados que hayan desaparecido, sino que, simplemente, se ha producido un cambio de denominación. En los anales de la FIFA relucen los nombres de Zaire (última en 1974) y las Indias Orientales Neerlandesas (últimas en 1938). Zaire, seguramente lo habrá usted adivinado, se refiere a la actual República Democrática del Congo (capital Kinsasa). El nombre de Zaire fue el que impuso Mobutu cuando accedió al poder y con tal topónimo se plantó el combinado africano en la Copa del Mundo de 1974 en la que se enfrentaron las dos Alemanias. Kazadi Muamba se llamaba el portero zaireño. El pobre tuvo que recoger el balón del fondo de las mallas catorce veces en solo tres partidos: derrotas ante Escocia por 2 a 0, nuestra amada y extinta Yugoslavia por 9 a 0 y Brasil por 3 a 0. Mucho anterior fue la participación de Indias Orientales Neerlandesas. ¿Lo qué? No se alarme. Vaya al mapamundi y busque Indonesia. Ahí es. En 1938, la actual Indonesia no era aún un Estado independiente cuando logró convertirse en la primera selección asiática en disputar la fase final de un Mundial de Fútbol. Fue en Francia a donde Indias Orientales Neerlandesas llegó, se enfrentó a Hungría, encajó un rotundo 6 a 0 y se volvió a marchar a casa. Desde entonces, como Zaire (o República Democrática del Congo), la antigua colonia holandesa no ha vuelto a clasificarse.

Todos estos casos dejan claro que los Estados son un invento político del ser humano y que el Mundial de Fútbol no es ajeno a los designios de la historia. Quién nos asegura que dentro de cuatro, ocho o doce años no tenemos que añadir a la lista de este artículo a otras dos naciones: las dos Coreas (diez participaciones en fase final para Corea del Sur y dos para Corea del Norte). Quién sabe. Nadie esperaba ver a Donald Trump estrechando la mano de Kim Jong-un. ¿Somos conscientes de que podemos asistir en un futuro a la formación de una única selección coreana? Que pregunten en Alemania si no sería posible.


Günter Wallraff: «La desnazificación de Alemania llevó décadas»

Traducción simultánea: Jan Hendrik Opdenhoff

«El periodista indeseable», «el periodista de las mil caras», no faltan frases hechas para referirse a Günter Wallraff (Burscheid, Alemania, 1942) uno de los periodistas más populares de Alemania, cuyas tácticas de investigación, disfrazarse para obtener la información de incógnito, han dado lugar a un verbo en su país, wallraffear, para referirse a sus métodos, y a una sentencia del Tribunal Constitucional que avala sus actuaciones si revelan sucesos de interés público. Su visita al Tres Festival, voces del Mediterráneo, organizado por la Fundación Tres Culturas en Granada, sirve de ocasión para profundizar en su trepidante trayectoria y para reflexionar sobre Alemania, el país más importante de la Unión Europea, donde la ultraderecha vuelve a tener apoyos y el trabajo presenta preocupantes índices de precariedad.

En la actualidad, ¿hay más o menos precariedad laboral en Alemania que cuando usted hizo sus investigaciones para Cabeza de turco?

La situación es diferente. A veces es mucho más grave que antes. Hay una escisión en la sociedad entre los que poseen, que tienen cada vez más dinero o más fortuna, y una capa social que tiene cada vez menos participación en la sociedad económicamente hablando; una capa donde la pobreza pasa de los padres a los hijos; una tercera parte de la sociedad que, desde el punto de vista estadístico, son cada vez más pobres, mientras que un diez por ciento de la sociedad, por beneficios fiscales o a través de herencias, tienen una riqueza que ya es casi como la ley natural. Un diez por ciento tiene el noventa por ciento de la riqueza total. Y no es mi opinión, lo dijo la ministra de Asuntos Sociales.

Las condiciones laborales de los que trabajan a tiempo parcial son cada vez peores. Se despide cada vez más. La persona cada vez es más un factor económico únicamente. Te encuentras con que en negocios como Amazon el número de empleados que causan baja por enfermedad es extremadamente alto. Cambian la mitad de la plantilla cada año. Y esto no solo pasa en Alemania, es un problema internacional. El que inventó todo este sistema, Jeff Bezos, el hombre más rico del mundo, tiene ideas megalómanas, quiere viajar a Marte, crear un negocio de turismo espacial… Esta es la clase de gente que nos domina, que domina nuestra vida.

¿A qué se debe el actual ascenso de la ultraderecha en Alemania, tiene que ver con esta precariedad laboral?

Durante mucho tiempo lo pensé, pero ahora creo que no es así. Le he dado muchas vueltas. Solo un tercio de los votantes de AfD son de un ámbito precario. Son más bien de las capas medias los que les apoyan. Autónomos, gente con pequeñas empresas… Por eso creo que hay otras razones que impulsan este movimiento. El problema de fondo está en que los otros partidos democráticos han fracasado tratando el tema de la islamización, el islam político. Son partidos a los que yo he apoyado, he votado a los verdes, a los socialdemócratas y a la izquierda.

En nombre del islam se han querido alcanzar parcelas de poder. En las escuelas hay islamización. En las escuelas a las que van inmigrantes hay mucho antisemitismo, posiciones en contra de los derechos de la mujer, homofobia. A los niños que vienen de familias turcas abiertas, se les reprime. Hay incluso violencia contra ellos. Muchos partidos no han tenido en cuenta ese tema. Ahora lo están haciendo poco a poco, pero mientras tanto, la extrema derecha ha creado odio, no intenta solucionar el problema. Quieren crear un enemigo. Trabajan con el resentimiento, el núcleo de este partido son verdaderos nazis. Es un gran problema el que tenemos en Alemania.

Su padre fue emigrante en España, en Hospitalet de Llobregat, entre los años 32 y 36.

Sí, mi padre fue Gastarbeiter en Hospitalet. Conoció a una española, Rosario Burguillo de la Cruz, y fue su gran amor. Los dos se volvieron a Alemania en el 36, pero ella no se adaptó al clima y murió de una enfermedad pulmonar. Mi padre era muy cercano a la cultura española, los españoles se pensaban que era español y a mi padre le gustaba exagerar su españolidad. Me dejó en herencia la entrada de una corrida de toros, se sabía los nombres de los grandes toreros… Era un hombre internacionalista y claramente antifascista. Un ciudadano del mundo. En ese sentido, seguramente he heredado algo de él.

Le marcó de por vida ser ingresado de niño en un orfanato o colegio interno de la posguerra.

Mi padre trabajaba en una fábrica de la Ford, en una sección que llamaban «el infierno de la pintura» por su toxicidad. Las condiciones eran muy duras. Tenía un problema en los riñones, por muchas enfermedades que sufrió a lo largo de su vida, y lo tuvieron que ingresar. Desde ese momento, tuvo que trabajar mi madre y a mí me enviaron al orfanato. Tengo buen recuerdo de las monjas católicas que me cuidaron, eran muy amables. Normalmente se cuentan cosas muy horribles de ellas, pero yo tengo experiencias positivas. Estaban superadas por la situación, estaba todo lleno de huérfanos de la guerra.

Nunca he hecho terapia, pero para mí fue un tanto traumático el día en que entré, me quitaron todas mis cosas y me pusieron un uniforme. Lo último que te quedaba, lo que te unía con tu familia, tu vida fuera, desaparecía. Puede ser que por este motivo me haya dedicado después a hacer lo que he hecho, meterme en otro papel, hacerme pasar por otra persona, para mis investigaciones. Quizá sea uno de los motivos, no el único.

Entró en el servicio militar y acabó en el psiquiátrico.

Soy pacifista por los libros de mi padre y por un profesor de Lengua que tuve que nos pasó literatura crítica y antifascista a los alumnos. En los planes de estudio, lógicamente, no aparecía aquello. Era una especie de crimen hacer lo que hizo este profesor, porque en aquella época había silencio sobre el tema.

Quise ser objetor al servicio militar y aduje que tenía las ideas de Gandhi y Jesús. Yo no creo, pero sí estoy influenciado por el cristianismo, creo que el Nuevo Testamento, al margen de la leyenda, contiene ideas pacifistas revolucionarias. Hice este planteamiento en un ejército que todavía estaba dominado por antiguos nazis, los oficiales eran los de la II Guerra Mundial, y no podías negarte a ir tan fácilmente. No obstante, me alistaron porque entregué mi solicitud demasiado tarde.

Estuve diez meses en el ejército; diez meses en los que intentaron romper mi voluntad. A día de hoy, le tengo que dar muchas gracias al ejército alemán porque sin este periodo traumático hoy sería otra persona, seguro. Hubo gente que fracasó, a la que lograron doblegar, pero yo crecí gracias a esa experiencia. Llevé un diario, gracias al cual crecí mucho como persona, aunque al final me enviaron a un psiquiátrico, como ha dicho. Me dieron un título honorífico, decía: «Personalidad anormal, no apta ni para la guerra ni para la paz» [risas]. Al salir, dejé mi trabajo de librero y me puse a investigar, empecé a hacer lo que hago. Me fui a recorrer los diferentes asilos del país para ver en qué condiciones estaban.

Tengo que reconocer que ahora el ejército alemán está tratando este episodio de mi biografía de forma crítica. En el Museo Militar de Dresde se reflexiona sobre el pasado de la institución y se trata mi caso como algo negativo. Aunque si hubiese vivido en la RDA, con mi forma de ser, con mi valor, seguramente también hubiese terminado en el psiquiátrico, pero no me habrían sacado tan rápidamente. O estaría en prisión.

Dice que había nazis en el ejército. En España el debate sobre la herencia del franquismo está presente en la actualidad. ¿Tenemos algo que aprender de la desnazificación de Alemania?

La desnazificación de Alemania llevó décadas. Mucho tiempo. El tema se superó definitivamente porque los responsables de aquel periodo se murieron. Los nazis dominaban toda la vida social en la RFA. En la justicia, tenías jueces que habían dictado sentencias brutales durante el nazismo y, después de la guerra, eran los que daban las indemnizaciones a las víctimas. Había nazis en la industria. En la cadena de montaje se remangaban, se les veían sus tatuajes de las SS y los compañeros estaban encantados con ellos. Los tenías en el sistema médico, en la policía… A las víctimas ni se las tenía en cuenta ni se quiso tenerlas en cuenta. Se tardó muchos años en poder tratar el nazismo de forma razonable. Eso sí, cuando se hizo, fue de una manera consecuente y razonada. Al fiscal que inició el primer juicio de Auschwitz, Fritz Bauer, le costó muchísimo llevar adelante el proceso. Luego, poco a poco, el tema pasó a los colegios, a los institutos y se puede decir que hoy la desnazificación ha sido un ejemplo.

En cuanto a España, veo el asunto catalán y tengo dudas. Creo que en Europa necesitamos estar juntos. El separatismo no va de la mano con la idea europea. Por otro lado, creo que uno tiene razón cuando pide reflexionar sobre el franquismo y sobre el pasado. Y Rajoy no es la persona que fomente un diálogo o un acuerdo pacífico con vistas al futuro. Ahí veo un problema. Algunos amigos míos fueron a ver a Puigdemont y han intentado mediar en este asunto, ayudar, yo a él no lo conozco personalmente, pero creo que lo que está pasando es una tragedia.

Usted investigó a los antiguos nazis que seguían en posiciones destacadas en la sociedad de la RFA y fue acusado de colaborar con la Stasi. 

Fueron intentos de socavar mi trabajo y ponerlo en tela de juicio. Sí que estuve cinco o seis años en archivos de la RDA utilizando su documentación. El primer caso fue sobre una persona con mucha influencia, Ludwig Hahn. Vivía tranquilamente, como una persona honorable, en Hamburgo y había sido un cargo importante de la Gestapo en el Gueto de Varsovia. Tres fiscales le investigaron e inmediatamente se les apartó del caso. Estaba protegido completamente por un general de la OTAN, Johannes Steinhoff.

En la RDA, a un nazi que trabajó para este hombre se le detuvo, se le juzgó y condenó a muerte. Quise conocerle, por eso viajé a la RDA. Estuve en una oficina de prensa donde parece que estaba toda la Stasi metida, no me dejaron verle y únicamente pude hablar con el fiscal y ver la documentación con fotos de ellos en el Gueto de Varsovia.

En la RFA, me hice pasar por representante de una organización que protegía a antiguos miembros de las SS, la HIAG. Me presenté en casa de Hahn y le advertí de que estaba en peligro, que le iban a arrestar, y él me dijo que no, que estaba totalmente seguro, que no corría ningún riesgo. Toda esta investigación se la entregué a Wiesenthal. A Hahn le tuvieron que juzgar y sentenciarle a cadena perpetua.

No habría ido a la RDA si en aquel momento hubiésemos tenido en la RFA un lugar con documentación para personas con un pasado nazi, pero no lo había. En Berlín Este, Moscú y Varsovia, sí. Hubo tres investigaciones para las que utilicé los archivos de la RDA: esta, una sobre armamento químico y otra sobre nazis juzgados que poco después fueron puestos en libertad. Y años más tarde se quiso desacreditar todo mi trabajo con esta acusación.

Estuve en la RDA varias veces entre el 69 y el 71 y un agente de la Stasi escribió algo sobre mí en sus documentos, ese es el origen. Pero a los que intentaron injuriarme tachándome de colaborador de la Stasi los llevé a juicio y lo gané. No se me puede decir que cooperé con esos servicios secretos. De hecho, en los archivos de la Stasi hay documentación sobre mí. Cinco o seis páginas. Dicen de mí que soy «adepto de la ciencia social católica al que no se le puede convencer de las ideas marxistas-leninistas», en otra parte, siguen, «tiene ideas anarquistas y confusas», y al final del documento se quejan de que también trabajaba con presos políticos de la RDA que habían huido al oeste. La Stasi concluía que yo debía trabajar para algún servicio secreto occidental.

De la RDA y el resto de democracias populares o dictaduras comunistas dijo que se habían aprovechado de «una izquierda tuerta», ya que ustedes, la izquierda de aquella época, lo que criticaba en las dictaduras de derechas no lo quería ver en las de izquierda.

Si vemos las cosas de forma retroactiva, siempre somos más listos. Entonces había un pensamiento de bandos. Yo formaba parte de una izquierda no dogmática, nunca he militado en ningún partido. También he dicho que los consejos comunistas en las empresas son los que mejor luchan por los derechos del trabajador, pero siempre les insistí a los trabajadores en que no podían depender del Partido Socialista de Alemania del Este.

Durante mucho tiempo hablamos de la violación de derechos humanos en los Estados socialistas. Conocíamos casos, no todos, pero sí algunos. Después ya se supo todo. Pero, es cierto, en nuestras publicaciones hablamos poco de ello. O demasiado poco. ¿Por qué? Pues porque los que dominaban los medios oficiales, todos los de la editorial Springer, eran los que justificaban el golpe en Chile, el régimen militar de Argentina, el apartheid en Sudáfrica… Nuestra perspectiva igual fue equivocada, pero pensábamos que si hablábamos mal de la RDA solo iba en beneficio de la derecha. Durante mucho tiempo tuvimos la idea vaga de que se podía llegar a un socialismo más humano. Esa fue la idea también de mi amigo, el disidente de la RDA Wolf Biermann.

Dentro de ese esquema de bandos, me invitaron a un congreso de escritores en la URSS en 1973. Pero yo, ahí, denuncié que se encerraba en psiquiátricos a los disidentes soviéticos. Ya no me invitaron nunca más [risas]. Para mí fue un alivio. Me convirtieron en enemigo en la RDA, durante mucho tiempo no sacaron libros míos allí.

Hasta Gorbachov, que para mí es uno de los filósofos de Estado más importante en estos tiempos, no se rompió ese dualismo de dos bandos. Se generó un pensamiento más abierto, más libre. Podías ser de izquierda, pero estar de acuerdo en algún aspecto con alguien de derechas. Ahí se rompió esa forma de pensar y fue una liberación. Hasta hoy en día.

¿Por qué eligió la dictadura de Grecia para plantarse allí y protestar por los presos políticos? Una protesta que, por cierto, le hizo convertirse en preso político.

Tenía amistad con trabajadores griegos, ya había hecho un reportaje sobre ellos. Se les vigilaba a través de nuestro servicio secreto, que estaba dominado por la derecha todavía en ese momento. Había un comité de solidaridad con Grecia que trabajaba con casos de presos políticos desaparecidos, no se sabía si seguían vivos o no. Viajé allí para conocer la situación de los presos y, evidentemente, me bloquearon, no hubo ninguna respuesta. Y tomé la decisión de meterme yo mismo en el papel de un preso político. ¡El papel más fácil de todas las investigaciones que he hecho! Hice testamento antes, porque nunca sabes, a algunos los mataron mientras protestaban. Me disfracé de griego, protesté, me detuvieron, me torturaron arrancándome la uña del dedo gordo y tuve que hablar. Pero durante un tiempo fui un preso político normal. Estuve en aislamiento y un tribunal militar me condenó a catorce meses. Ahora quiero hacer lo mismo en Turquía, estoy pensando cómo.

Hemos hablado de nazis, de la Stasi, de la URSS, de los coroneles griegos, pero la investigación por la que sufrió peores represalias fue la que hizo sobre el diario Bild.

Bild y la editorial Springer en aquella época dominaban la sociedad. Influían en el pensamiento de la gran mayoría de la gente. Creaban continuamente enemigos para la sociedad. Con formar parte de la izquierda ya lo eras. A cualquier político socialdemócrata un poco crítico ya lo machacaban. Sobre Bild también habló Heinrich Böll en El honor perdido de Katharina Blum. Yo les dediqué tres libros y conocí no a una, sino a varias personas que estuvieron en la misma situación que Katharina Blum y terminaron suicidándose. Gente que no pudo soportar perder la dignidad tras campañas mediáticas.

Recuerdo el caso de una mujer que se había suicidado. Los del Bild se colaron en su casa haciéndose pasar por policías, tomaron fotografías y escribieron que lo había hecho por miedo a hacer limpieza en casa antes de la llegada de la primavera. A su marido los vecinos lo ridiculizaron, sus familiares también. Ese hombre, el viudo, se suicidó inhalando los gases del tubo de escape de su coche. Escribió una carta en la que dijo sentirse como la propia Katharina Blum, que no podía superar esa humillación. Puso que en un principio quería matar al periodista de Bild, pero que no les iba a dejar a sus hijos un padre asesino. La gente con sentido del honor, o con sentido común, nunca debería comprar ese periódico.

En mis libros escribí sobre sus mentiras diarias. Las falsificaciones que hacían constantemente de toda la información. Estuvo bien, porque surgió una campaña llamada «Ya no leemos Bild», donde firmaron muchos políticos, sindicalistas y gente importante y perdieron un millón de lectores. Entonces se cebaron contra mí. Intentaron comprometer mi vida privada. Me pincharon el teléfono. Me hacían seguimientos. Pero gracias a ellos supe dónde nací, en qué hospital, que ya no existía. Lo investigaron y lo sacaron [risas].

Intentaron por medios legales impedir la publicación del libro. Pensaban que iba a ir al juzgado a rendirme, pero pagué doscientos cincuenta mil euros en abogados y di batalla. Entonces le ofrecieron a mi editorial que no publicara el libro y corrían ellos con los gastos legales que habían ocasionado. Seguí hasta la última instancia, el Tribunal Supremo de Alemania, y me dieron la razón. Esa sentencia se llama Wallraff en el derecho alemán. Dice que, si hay injusticias muy graves, las informaciones que se consiguen a través de disfraces o infiltraciones pueden publicarse. Porque prevalece el derecho del público a la información. Esto ha avalado a otros compañeros que trabajan de esta forma.

De todos modos, usted nunca ha publicado nada de la vida privada de ninguno de sus investigados por muy criminales que fuesen.

Es el ámbito privado de las personas. Me enteré una vez de cosas importantes de unos enemigos que tuve en un juicio con las que les podía haber dado un buen golpe, pero no lo hice. Creo que esa información no le interesa a nadie.

¿Logró impedir un golpe de Estado en Portugal?

Fue casualidad. Hice una visita solidaria a una cooperativa que trabajaba sus propias tierras. Todo dentro de una revolución pacífica, algo que me interesaba ideológicamente. El cantante Zeca Afonso, con el que luego fuimos muy amigos, era su símbolo, su canción desencadenó la Revolución de los Claveles. La rosa en el fusil era un símbolo que me resultaba muy cercano, cuando hice la mili, por las noches, colocaba una flor en cada fusil de mis compañeros. Este fue uno de los motivos por los que me enviaron al psiquiátrico.

En cuanto vi lo de Portugal quise colaborar. Reuní fondos para comprar tractores y fui allí a compartir la vida con ellos escribiendo mis crónicas. Iba con una compañera, Helga, que hablaba también portugués. De casualidad, por curiosidad más que nada, se me ocurrió adentrarme en el ambiente de la extrema derecha local. Fuimos a uno de sus locales, estuvimos y nos habríamos marchado sin ningún resultado de no ser porque un chico joven llevaba un pastor alemán. No me gustan mucho los perros, prefiero los gatos porque las personas educan a los perros, pero los gatos educan a las personas. Sin embargo, Helga empezó a acariciar al perro, se puso a hablar con el chico, que preguntó qué hacíamos ahí y aproveché para decirle: «Pues no somos turistas, hemos venido a ver si aquí hay valientes, gente que meta caña y haga algo en contra de lo que está pasando».

Nos fuimos metiendo poco a poco, conocimos a cada vez más personas, pasamos a escondites que tenían en la montaña y nos terminaron preguntando: «¿Quién está detrás de vosotros?». Contestamos: «Una organización que quiere ayudaros». Dije: «En nuestro caso, solo hay un político que apoya esto». No dije el nombre de Strauss, que era un político alemán que tenía contactos con fascistas de todo el mundo, pero se sobreentendió. Y resulta que Strauss tenía contactos con el general Spínola. Me preguntaron por el libro El expediente Odessa, de Frederick Forsyth, sobre un periodista que se infiltra en una organización de extrema derecha. El argumento era exactamente lo que yo estaba haciendo en ese momento. No lo conocía, eso me salvó, y me recomendaron que lo leyera, que merecía la pena.

Llegamos bastante lejos. Nos fuimos a casa y me puse a escribir. Entonces, recibí una llamada, decía que el jefe de la organización nos quería ver. Era un tal Walter, el nombre secreto de Spínola. Nos anunciaron que su líder iba a ir a Düsseldorf a hablar con nuestro jefe. Allí nos lo encontramos, iba con gafas de sol. En el hotel nos reunimos, cuando se quitó las gafas y se puso el monóculo descubrí quién era y no me lo creía.

Llamé a un buen amigo, que era diputado socialdemócrata y sabía pilotar aviones militares, para que se viniera. Tuvo miedo y se escapó [risas]. Dijo que tenía una reunión y no se atrevió a venir. Al final encontré a un amigo dispuesto, que cogió un maletín y se acercó sin saber qué iba a pasar. Cuando conversó con Spínola sobre las organizaciones que había en Portugal no sabía de lo que le estaba hablando, le tuvimos que disculpar diciendo que estaba centrado en Sudáfrica.

Les preguntamos qué acciones habían hecho hasta la fecha. Unos días después, nos mandaron una lista de todos los atentados que habían realizado. Y añadieron una lista de las armas que tenían. Todo esto lo publiqué en una rueda de prensa. Le pasé la documentación al Parlamento suizo, donde vivía el general, y a raíz de esto fue expulsado y huyó a Brasil. Se habló mucho del libro que hice en Portugal, pero se debió todo a la casualidad del perro. No tenía un plan. Es algo que pasa mucho en mi trabajo, que me meto en una historia, pero no sé cómo va a acabar.

Una curiosidad personal, cuando escribió Cabeza de turco, donde su personaje se llama Alí, ¿pensó en la película de Fassbinder Todos nos llamamos Alí que iba sobre la misma temática, sobre los inmigrantes en Alemania?

No directamente. Quizá el comportamiento que tuve como Alí sí que tuvo que ver. Pero siendo Alí fui también yo mismo. Para mí era más fácil comportarme de forma ingenua siendo él que como profesional del periodismo en una tribuna dando un discurso. De hecho, este libro enganchó mucho a los niños. Lo leían muchos chavales de quince o dieciséis años. Hace poco me llegó una carta de un turco, de una familia de inmigrantes, y me dijo que Cabeza de turco fue el primer libro que leyó en toda su vida y que le cambió para siempre, también había sido víctima del racismo y tomó la figura de ese personaje como ejemplo. Y lo trágico es que me escribió una carta llena de reproches, que estaba completamente decepcionado porque estoy trabajando a favor de disidentes políticos en Turquía, creía que Erdogan es el salvador del país. Muchos turcos, que pensaban que era uno de ellos, ahora me ven como el enemigo. Por eso me estoy concentrando tanto en Turquía.

¿Qué impacto tuvo Cabeza de turco? Había casos que superaban lo imaginable, como inmigrantes forzados a limpiar plantas nucleares sin protección.

Las medidas tardaron mucho en llegar, pero se logró mucho con este libro. Luego he publicado una edición nueva con todas las consecuencias que tuvo la obra. Cabeza de turco tuvo mucha acogida, hasta hoy en día mucha gente habla de que gracias a él sintieron solidaridad por los inmigrantes. Los trabajadores de la cuenca del Ruhr hacían colas para comprarlo.

Políticamente, el antiguo ministro de Trabajo y Asuntos Sociales de Renania del Norte-Westfalia creó una comisión de investigación y una unidad de inspección que se llamó «Grupo Alí» y fueron a todas las empresas una por una. La fundición Thyssen tuvo que reaccionar y contratar ingenieros de seguridad, unos doce, que le debieron su puesto de trabajo a mi libro. Tuvieron que pagar indemnizaciones millonarias y de repente todo el mundo se puso a trabajar con mascarillas y cascos, cosa que no hacía antes nadie y era de donde sacaban dinero los que traficaban con la mano de obra. Los que estaban trabajando ilegales lograron contratos de trabajo. Con las ganancias del libro cree una fundación para la convivencia para proporcionar casas a gente que estaba en infraviviendas.

En McDonald’s, donde viví situaciones de racismo cuando estuve infiltrado como Alí, pero también situaciones de falta de higiene, porque se limpiaban los baños con la misma bayeta con la que luego se limpiaban las mesas, porque se desatascaba la taza del váter con utensilios de cocina, tuvieron que hacer muchos cambios. Ahora hay higiene. Eso sí, en las condiciones laborales han tardado décadas en dar el cambio. Estuve en muchas obras donde también se tomaron medidas. Y pasé por muchos juicios que fui ganando.

El libro se tradujo a treinta y ocho lenguas, pero no se publicó en Estados Unidos. Había una opción para que lo cogiera una editorial importante, pero como estaba en juicios no quisieron sacarlo. Luego me dijeron que como ellos no tenían turcos, no iba a interesar [risas].

Vogel, el hombre que llevaba la empresa de trabajo temporal que investigó en el libro, le denunció, pero luego no veo que fueran a juicio. ¿Qué pasó?

Voy a contar una historia que no he contado nunca. En Renania-Palatinado, a este empresario se le acusó de trato inhumano y lesiones, pero los bávaros, que todavía estaban bajo el mando de Franz Josef Strauss, le invitaron a su Land como si fuera una persona honorable. Le dijeron que era él quien tenía que demandar a Wallraff, le convencieron de que él era la víctima. La justicia bávara me demandó a través de Vogel. El documental con todo el material que había recogido en mi investigación se iba a estrenar en la televisión pública y lo canceló la justicia. Hubo una redada en mi casa para confiscar las cintas de la película y me pusieron una multa de cincuenta mil marcos.

Si esto hubiese seguido adelante, no habría podido seguir con mi trabajo nunca más. Vogel siempre decía: «Si yo pudiera hablar, como saque la información que tengo». Le tomé la palabra y le envié a un supuesto editor para ver qué tenía, pero no sabía nada importante. Solo quería dinero. Pidió treinta mil marcos. Este hombre le contestó: «Publicaremos sus revelaciones, pero trabajamos con autores como Günter Grass además de Wallraff, no queremos que los autores tengan litigios entre ellos, si usted recibe el dinero, tendrá que firmar que anulará el juicio contra Wallraff». Aceptó, yo pagué ese dinero y el juicio se acabó. La justicia bávara estaba furiosísima, hasta quisieron cambiar la ley para que esto no volviera a ocurrir.

Tuve unos cuantos juicios, de todos modos. Con las constructoras, con McDonald’s… Thyssen, por ejemplo, contrató a un directivo nuevo, que se puso en contacto conmigo y cambiaron las condiciones de los trabajadores.

Leo una noticia de 1987, dos colaboradores suyos turcos en esta investigación, Levent Sinirlioglu y Taner Aday, se quejaron de que les había pagado menos que a los demás porque eran turcos.

Uno de ellos ya pidió disculpas. Yo tuve dos pasaportes, una persona me dejó sus papeles. Mientras tanto, él no podía trabajar, al no tener documentación. Era taxista. Yo le pagaba todo lo que estaba perdiendo. Entonces, cuando el libro tuvo éxito, me pidió más. Y le di más. Y luego me quiso juntar con sus amigos. Vinieron unos de un oscuro grupo de París y me decían que como él me había dado los papeles, tenía que darle más dinero a su organización y aparecer en eventos para ellos. Yo no sabía qué era eso y luego descubrí que eran una escisión de un grupo terrorista, estaban metidos en atentados. De ahí salieron esas declaraciones. Fue realmente un golpe duro.

¿Tuvo algún contacto con el grupo terrorista anticapitalista que surgió en Alemania en aquellos años, la RAF (Fracción del Ejército Rojo) o la Baader-Meinhof?

En la izquierda nunca me he ubicado dentro de ningún partido y soy pacifista, por convicción. Conocí muy bien a la señora Meinhof porque participé en la revista Konkret, ella publicaba ahí buenos artículos, era una persona muy comprometida. En esta época hice un documental acerca de los niños de las casas de acogida y ella, al mismo tiempo, grabó una película sobre el mismo tema. Después hicieron una acción para sacar de la cárcel a Baader, una tontería, porque habría salido al cabo de medio año, dispararon a gente, lo que fue el inicio de la RAF, y publicaron un manifiesto para justificarse. No me pude creer que eso lo había escrito Ulrike Meinhof. Eran frases de índole fascista, decían que los policías eran hijos de puta a los que había que matar. Había una forma elitista de glorificar la violencia.

Le escribí una carta abierta a Meinhof en un periódico en la que le dije que no la reconocía. Como consecuencia de esa carta, ciertos círculos de la izquierda se enfrentaron a mí. Un año después le hice llegar otra carta personal y le pedí que volviese a la vida normal, que si no podía escribir con su nombre podía hacerlo con el mío, pero no volví a saber nada más de ella.

Hay que tener mucho cuidado de que la RAF no se convierta en algo heroico como fue Robin Hood, porque no lo fueron. Es verdad que hubo una caza sin piedad sobre ellos, cuando se les podía haber ganado para la sociedad de otra forma, pero hubo un momento en el que ya no hubo marcha atrás. No obstante, pese a estos planteamientos que tengo, la derecha siempre me acusó de ser simpatizante de la RAF [risas].

¿Se suicidaron o les suicidaron?

Es un mito que los mataran. Conocí a la hermana de Gudrun Ensslin, que hablaba muchas veces conmigo para darle más fuerza a ese mito. Y yo al principio también tenía mis dudas, aunque solo fuera por razones profesionales. Investigué y al final la misma hermana de Ensslin me reconoció que habían sido suicidios escenificados donde uno quería dar la impresión de que le habían asesinado.

Baader era un personaje que tenía mucha energía criminal, dijo que había que hacer huelga de hambre hasta morir. Y Holger Meins murió por esa huelga, sin embargo, luego se supo que a Baader le llevaba comida a escondidas su abogado. Ahora, cuanto más tiempo pasa, se corre más el riesgo de que se le glorifique, pero no se debería hacer un héroe de él porque no lo era.

Sus investigaciones posteriores fueron sobre el trabajo en un call center, empresas de mensajería, en Lidl… ¿Cuál ha sido de todas ellas la que más le ha impresionado?

La mensajería es una situación pésima y extrema, pero en los call center, donde con tácticas de marketing se intenta vender por teléfono lo que sea a jubilados, lo que les enseñan a los empleados, lo que se aprende, es directamente a estafar.

Estuve infiltrado en uno y el jefe era un turco, uno de los mejores estafadores. Cuando saqué el reportaje vino a decirme que había leído Cabeza de turco y que si llega a saber que era yo me hubiera contado más cosas. Llegamos a ser amigos. Pero luego me vino y me dijo que a su hermano le estaban amenazando de muerte en Turquía, que le habían dado una paliza y enviado al hospital, que si no le enviaba tres mil euros lo iban a matar. Me lo dijo de una forma tan convincente que le presté el dinero y… adiós. Luego me lo encontré, se arrepintió y me hizo una transferencia de cien euros, pero nada más.

Ahora he seguido con este tema. Sale en unos meses un reportaje nuevo de mi equipo. Hay casos de matrimonios que lo pierden todo y están a punto de suicidarse. Es muy popular la venta de certificados de propiedad de oro, que no valen nada. Gastan todo lo que han ahorrado durante toda su vida en eso. Y encima, los mismos que han hecho la estafa, llaman a los estafados haciéndose pasar por una agencia que protege sus derechos para que reclamen y otra vez pagan y otra vez son estafados por los mismos.

Ha luchado para que sus libros no se vendan en Amazon por el trato que da a los trabajadores.

Es complicado. Investigué sobre Amazon y descubrí que es una especie de secta, hay un control total del trabajador, se le controla cada minuto a través de escáner y de cámaras. Si alguien para de trabajar cinco minutos, si se sienta un momento, le llaman inmediatamente. Si hablas con tus compañeros, amonestación. Además, los trabajadores son por temporada. Después de Navidad, cuando baja el negocio, se les cita y se les despide. Hubo un caso de unos que pensaban que iban a seguir trabajando, fueron con los zapatos reglamentarios, al despedirlos tuvieron que devolverlos y les hicieron volverse a casa descalzos en invierno. El inventor de todo esto es el hombre más rico del mundo. Su idea de que la humanidad escape a Marte dejando la Tierra como un basurero inhabitable es de ser un gilipollas megalómano. Por cierto, la editorial Springer le dio hace poco un premio muy importante.

Yo le dije a mi editor que no quería que mis libros se distribuyeran a través de esta empresa porque me hacía sentir culpable. Hubo problemas porque mi editorial dijo que el 18 o el 20% de sus libros pasaban a través de Amazon. Dije que yo renunciaba a ese dinero, pero mi editorial forma parte del consorcio Holtzbrinck y el responsable en Estados Unidos tenía la última palabra. Conseguí que mi editorial no pasara sus libros a Amazon, pero como pueden vender de todo, me he encontrado con que compran mis libros a través de los grandes intermediarios y los tienen. Al menos he logrado que les saquen menos margen de beneficio.

Además, Amazon a las editoriales les pide que manden los libros a Polonia porque allí los gastos son menores, les hace perder dinero dar esa vuelta logística, pero Amazon gana porque las condiciones laborales son peores y hay menos gastos de correo.

También deciden qué libros figuran en las listas de los más vendidos y siempre colocan, casualmente, los que ellos editan. Sus escritores cobran por un algoritmo de lectura, por páginas leídas, lo que les fuerza a escribir material menos denso y lo más popular posible para garantizarse ser leídos. Los autores con peso no aceptan trabajar así, pero por ahora.

En una de sus últimas investigaciones atravesó Alemania caracterizado como un negro. Hubo incidentes que parecían propios de Alabama en los años treinta, no de la UE en el siglo XXI.

Nunca he tenido una sensación tan amistosa con un policía como cuando ocurrió el incidente. Iba en un tren donde viajaban trescientos hooligans. Si no hubiera habido una policía joven que se puso delante de mí y sacó su pistola, no creo que hubiese sobrevivido. Era una agente muy joven y se lo tomó muy en serio. Eran del Dinamo de Dresde. Lo denuncié y tardaron un año en encontrar a los responsables. En una de las reuniones, el presidente del club me dijo: «Como negro, uno sabe que no debe meterse en un tren así». Yo no había hecho nada, solo recoger cascos de botella vacíos. Lo que me duele es que hay periodistas, que están por encima de todo, que me reprochan que ese tipo de reportajes no se pueden hacer. No puedes vestirte como si eres negro a ver si te pegan.

Para caracterizarme estuve a punto de tomar un medicamento que te cambia los pigmentos, pero vi a uno en Estados Unidos que lo usó y luego tuvo cáncer. Por eso no lo hice. Me eché una especie de spray con el que te puedes ir a la piscina y bañarte, que no se te quita. Los que me criticaban decían que debería haber ido con un negro real, pero eso es imposible, una locura, no puedo tomar la responsabilidad por otro y que peligre su integridad. Igual que cuando me he hecho pasar por un sintecho, no puedo poner a gente a dormir en la calle a -15º, eso tengo que hacerlo yo mismo. Trabajo con asesores que han dormido en la calle, pero no los llevé conmigo a pasar lo que pasé, que nos encerraron en un búnker y hubo violencia, no puedo meter a otro en esas situaciones. Sin embargo, ayudé a este hombre a cambio de su información, vivió en mi casa, le ayudé a escribir una autobiografía y el libro se convirtió en best seller. Mantengo el contacto con todos con los que hago investigaciones. Sin embargo, los que critican lo que hago ni hacen nada ni se mueven de sus despachos.

Ahora que menciona que cuando interpretaba a este negro iba cogiendo cascos vacíos, si algo me sorprendió de Alemania en mis últimas visitas, fue ver a tantos ancianos alemanes recogiendo botellas vacías de la basura por las noches.

Cada vez más. Cada vez hay más. La sociedad día tras día es más desigual y la pobreza en edades elevadas funciona como algo programado. Cada vez más ancianos de ahora han pasado por empleos precarios antes y no tienen pensión. En el sur de Europa, sin embargo, las familias ayudan y no se dan tanto estas circunstancias, esto en Alemania es complicado. Los asilos de ancianos son lugares también muy precarios, con poco personal y mal pagado. Cada semana me llegan cartas tanto de familiares de ancianos como de personal de los cuidados que me dicen que no dan abasto y que el sistema no funciona.

Trabaja mucho últimamente, vi que se refería a ello con una metáfora, hablaba de cómo florecen los árboles que están a punto de morir, fenómeno llamado «el florecer de la angustia».

¡Era más joven cuando dije eso! En botánica, los árboles que mueren florecen mucho. Y yo me sentía un poco así. Pesaba que moriría pronto y que tenía que trabajar, que el descanso eterno no tardaría en llegar. Pero hace cinco años me sentía más cerca de la muerte que ahora, en la actualidad me doy todavía dos años. Y si los vivo, es un regalo. Esto me hace vivir de forma más consciente y sin miedo a la muerte, que siempre ha sido un buen compañero, ¡el más fiable!

 


La Alemania de la Stasi: la paranoia como política de Estado

Un guarda vigila la frontera entre Berlín Este y Berlín Oeste en 1963. Fotografía: Getty Images.
Un guarda vigila la frontera entre Berlín Este y Berlín Oeste en 1963. Fotografía: Getty Images.

Hasta el año 89, la Alemania comunista espió a ciudadanos a ambos lados del muro.

Miles de alemanes sufrieron torturas psicológicas y fueron detenidos antes de que cometieran delito alguno. Los agentes de la Stasi llegaron a espiar al 80% de los policías de la Alemania occidental. Unos doscientos mil ciudadanos delataron a sus familiares, vecinos y amigos. El Partido Comunista presumía de no dejar marcas, algunas técnicas como el Zersetzung o la descomposición psicológica volvieron paranoico a un pueblo desmoralizado. La caída del muro trajo la apertura de los archivos secretos y todo alemán tiene derecho a solicitar su ficha.

Hardy Finn era solo un joven de la RDA cuando la Stasi le llamó. A sus veinticinco años, daba clase en una escuela pública y un día apareció en su buzón una citación del Ministerio de Seguridad de la República Democrática Alemana. «Decían que querían hablar conmigo y me daban una dirección a la que acudir. Allí me metieron en un cuarto y me preguntaron: “¿Quiere usted colaborar con nosotros?”. Entonces pusieron sobre la mesa un formulario. Les dije: “¡Yo no soy un chivato!”. Firmé que no y me fui. Ahora pienso que fui un inconsciente». Desde aquel día y hasta la caída del muro, el 10 de noviembre de 1989, Hardy vivió vigilado día y noche. Angustiado. «Dejé de poder ir a los cafés a leer, porque había gente allí sentada que me vigilaba», relata. «No es paranoia, te dabas cuenta enseguida. Y todas las mañanas, absolutamente todas, durante años, hubo un coche aparcado frente a mi portal».

La Stasi o Ministerium für Staatssicherheit de la República Democrática Alemana (RDA) se fundó en febrero de 1950. Durante casi cuatro décadas, cerca de seis millones de personas fueron espiadas por noventa y un mil agentes. Ahora sabemos que también actuó en la República Federal Alemana (RFA). Una investigación de la Freie Universität Berlin ha confirmado este mes de junio que el 80% de los agentes de la «otra» Alemania también fue espiado por la Stasi. Hasta la reunificación no solo funcionó como un infalible servicio secreto, sino como una de las mayores maquinarias para controlar a la población que jamás haya existido. Ni en métodos ni en eficacia pudo superarla la KGB, que la inspiró y tuteló. Vladimir Putin, presidente de Rusia, sabe bien cómo funcionaba el espionaje de la Alemania comunista. En el mismo año que cayó el uro, el exagente de la KGB trabajó junto a sus colegas alemanes en uno de los quince distritos de la Stasi, Dresde, a 1ciento ochenta y siete kilómetros de Berlín.

¿Cuántos funcionarios hacen falta para controlar a todos los alemanes? Si bien cada agente tenía asignadas setenta «vidas de los otros», los verdaderos espías de la Stasi no vestían uniforme ni tenían sueldo de funcionario. Los ojos y oídos del ministerio eran más de doscientos mil ciudadanos anónimos que colaboraban con los servicios secretos por un sobresueldo o por miedo a que el sistema dejara de funcionar y el país volviera a hundirse. Pasaban información por carta o bien se dirigían a las oficinas del distrito con un parte completo sobre el sujeto en cuestión, que podía ser su amigo, su vecino o incluso su pareja. Ser retraído o demasiado amable, leer mucho, cantar por la calle… Cualquier comportamiento extraordinario era susceptible de ser una amenaza para el régimen. «Todos podían espiarte. En los colegios, todos los directores eran de la Stasi. En los hospitales, lo mismo. En cualquier sitio», cuenta el profesor Hardy Finn.

Con la reunificación llegó también la apertura de los archivos de la Stasi. Cada ciudadano puede hacer una petición formal al Gobierno para ver su expediente. Si pusiéramos en fila los diecisiete millones de registros que guardó la dictadura comunista, tendríamos ciento ochenta y seis kilómetros de documentos llenos de tachaduras negras. Material audiovisual, grabaciones magnetofónicas, informes, cartas personales y fotografías. Este material se conserva en el barrio que acogió la mayor central de la Stasi, en Hellesdorf, distrito de Lichtenberg, en Berlín (literalmente: «pueblo de la claridad» y distrito de la «montaña de la luz»). Esta zona, al final de la conocida Frankfurter Allee, fue durante mucho tiempo un área cerrada al público. «Solo se podía acceder con pasaporte del partido», cuenta Iván Palomar, abogado y guía en Berlín desde hace seis años. «Aquí estaba la central, que ahora es el museo, con las oficinas de los mandatarios, las salas de reuniones. El resto de edificios del complejo siguen cerrados al público».

Desde la central se observa una ciudad de hormigón, fría y callada. Todo está tal y como quedó cuando cayó el muro, a excepción de los archivos, en un edificio cercano. «Cuando se reunificó el país, se organizó un tumulto y el pueblo ocupó las oficinas de la Stasi. Los días siguientes a la caída del muro, cientos de archivos se quemaron o se destruyeron». Hardy Finn tuvo suerte. Durante años documentó sus sospechas y cuando el Gobierno le dio la posibilidad, pidió su dosier. «Me enviaron un volumen de sesenta páginas, muchas de ellas ilegibles por los borrones de tinta… Y no me mandaron todo». Finn descubrió entonces que se le acusaba de ser una amenaza para el sistema educativo por calificar a sus alumnos «de forma justa»; fuera de los baremos de excelencia del país. Sin embargo, esto solo era una excusa: «¿Sabes desde cuándo me espiaban? Desde los dieciséis años».

Nunca sabremos si Philip K. Dick conocía los métodos de la Stasi o los precog de Minority Report (1956) inspiraron a los alemanes. El caso es que las cárceles de la Alemania comunista estaban llenas de detenidos que nunca cometieron un delito. Pero cualquiera era susceptible de cometerlo, por lo que lo más eficaz era adelantarse a lo que pudiera pasar. Al partido le aterraba que pudiera haber una revuelta, así que, por si acaso, procuró conocer a todos sus ciudadanos. Pinchazos telefónicos, vigilancia a pie de acera, interceptación de correspondencia. Había cámaras y micrófonos en los sitios más insospechados. Conectados a los botones de las gabardinas y hasta en los buzones, para controlar quién dejaba una carta y a qué hora y así poder rescatarla para revisar destinatario y contenido. En los troncos de los árboles, en los coches aparcados, en las lámparas de las casas, en las teteras, en la llave de la luz. Durante mucho tiempo se extendió la creencia de que lo único verdaderamente seguro era ir desnudo. De ahí que se pusiera de moda el naturismo. Lagos y ríos eran los únicos sitios donde, en principio, los alemanes podían sentirse libres. Hay cartelería de la época que fomenta el nudismo con ese eslogan. Aún hoy, los alemanes siguen siendo una de las sociedades con menos prejuicios en este sentido.

Harry Santos fue arrestado en la berlinesa Senefelderplatz después de una manifestación… de bicicletas. A día de hoy, aún no sabe de qué le acusaban. Le condenaron a cinco años, pero cumplió ocho meses en prisión preventiva en la cárcel en la que ahora es guía, Hohenschönhausen. Santos describe aquellos meses como de «puro terror». «Te retenían en una furgoneta camuflada de camión de reparto de fruta. Te daban vueltas por la ciudad, durante horas, para desorientarte y que pensaras que te habían llevado a Leipzig o Dresde, pero estabas allí, a pocos metros de tu casa en una prisión de alta seguridad». El Partido Comunista presumía de no golpear jamás a sus detenidos y así era. La Stasi no dejaba cicatrices en la piel: la violencia se dirigía directamente al cerebro. Las celdas, un agujero húmedo con cristales translúcidos que no tuvieron agua corriente hasta los años ochenta, estaban comunicadas por un sistema de tuberías que filtraba sonidos de otras áreas. En cada nicho se escuchaban gritos, insultos, sonidos inquietantes o conversaciones de la sala de interrogatorios.

El expresidiario cuenta su vivencia plantado delante de un pasillo con una veintena de puertas de acero. Cada una tiene una mirilla que, entonces, se descubría al gusto del guardia de turno. «Para que no olvidásemos que siempre nos estaban vigilando. Todo estaba pensado para que nos muriésemos de miedo. Las luces, los sonidos, las cámaras, los ojos a través de las puertas. Hubo algunos que no lo soportaron y se suicidaron». Santos, que se gana la vida como artista plástico, confiesa al principio de la entrevista que aún no duerme bien por las noches. Su encierro no fue largo y, aunque según él, «vivió todo tipo de experiencias traumáticas», lo que más le marcó fue darse cuenta de que todos estaban allí «para ser reprogramados». «Recuerdo haberle dicho a mi compañero: “Olaf, ¿tú crees que nos hemos equivocado de bando? ¿Nosotros? ¿Contra todos ellos?”. Olaf me respondió: “Ellos son los que están contra nosotros”».

La tortura psicológica de la RDA no solo se llevó a cabo en las cárceles. La del día a día minó a la población de tal manera que en el país existen organizaciones que brindan ayuda psicológica para superar los traumas de aquella época. Gegenwind (literalmente, «contra el viento»), con sede en Berlín y financiada con subvenciones públicas y donaciones anónimas, es una asociación que ayuda a las víctimas de las dictaduras totalitarias a superar los traumas de la época. Miles de alemanes fueron víctimas del Zersetzung, literalmente «descomposición psicológica», una técnica utilizada por la Stasi para volver locos en su día a día a todos aquellos que pudieran ser una amenaza potencial contra el partido, descolocando elementos de su rutina diaria. Muebles idénticos pero con distinta tapicería, conservas en un estante diferente… Incluso cartas de amor de personas fallecidas imitando la letra del remitente fantasma. Estas misivas fueron algunas de las estrategias más crueles y comunes del Zersetzung.

Memorial Berlín-Hohenschönhausen donde se encontraban las instalaciones de la antigua Prisión Central de la Seguridad del Estado (Stasi). Fotografía: Cordon Press.
Memorial Berlín-Hohenschönhausen donde se encontraban las instalaciones de la antigua Prisión Central de la Seguridad del Estado (Stasi). Fotografía: Cordon Press.

Karin Riter, enfermera en la RDA, perdió la cabeza después de que la Stasi le hiciera desconfiar de familiares, amigos y de su propio reflejo en el espejo. Su caso ha sido recogido en un documental producido por la ZDF, la televisión pública alemana. Según testimonios de sus amigos, «cuando Karin volvía a casa, encontraba el té guardado en un tarro diferente, o un cuadro que ella misma había colgado en la pared puesto en otro sitio». A Riter la atacaron también en el hospital donde trabajaba, haciéndola vulnerable e insegura ante sus pacientes, lo que le provocó el estado de paranoia que la llevó al psiquiátrico.

Los métodos de espionaje, muchos de los cuales pueden verse en el museo de la Stasi de Hellersdorf, eran tan sofisticados para la época que parece imposible no verse vigilado en cada minuto. «Entrar aquí puede hacer pensar que el mundo en el que vivimos está controlado al milímetro», cuenta Iván, «pues si esto era antes, ¿qué no estarán captando nuestros smartphones ahora mismo?». La sociedad alemana es, en el mundo occidental, una de las que más tarde ha aceptado las nuevas tecnologías de la información. En 2012, mientras en España prácticamente toda la población menor de cincuenta años tenía un teléfono inteligente, en Alemania era raro ver alguno. Aunque ahora el panorama ha cambiado con la llegada masiva de extranjeros, los alemanes aún son reticentes a usar banca electrónica o conectarse a internet en un bar. Los periódicos publican con frecuencia noticias, reportajes e informes sobre la inseguridad de la red.

Se entiende también que, para muchos germanos, Edward Snowden sea un héroe. Cuando en verano de 2013 saltó el escándalo de las escuchas de la NSA, la mismísima canciller Angela Merkel llamó en persona al «líder del mundo libre», Barack Obama para pedirle explicaciones. Por aquellas fechas, la opinión pública alemana se manifestaba a favor del asilo de Snowden, el extrabajador de la CIA que había sacado a la luz todo tipo de documentos que revelaban que Estados Unidos había espiado a Alemania y sus políticos. Hasta hace bien poco, cientos de pegatinas y carteles con la cara del estadounidense decoraban farolas, vallas y ventanas de muchos coches en la capital, especialmente en el barrio multicultural de Kreuzberg, donde vive Julián R., hijo de un colombiano y una alemana espiada por la Stasi que acaba de pedir información sobre su perfil.

«Mi madre se casó con un colombiano, por lo que estamos seguros de que la espiaron», explica Julián. Este, sin embargo, no es el único motivo por el que pudo ser vigilada. Su madre fue una de esas personas que tuvo, sin saberlo, contacto indirecto con un agente de la Stasi. «Su compañera de piso en Dresde se casó con un agente. Pero aunque era su esposa, no lo supo hasta muchos años después. Vivió esa mentira como parte de su vida». El silencio parece, sin duda, la estrategia por la que han optado muchos alemanes para pasar página. Esta periodista ha intentado hablar con exfuncionarios de la RDA que trabajaran para la Stasi (para escribir el reportaje que tienen entre manos), pero ha resultado imposible contactar con ninguno de ellos. Por estadística, toda una generación de padres y abuelos que viven hoy en el país colaboraron con los servicios secretos, señalando a familiares, amigos y vecinos como delincuentes en potencia.

¿Por qué espiaban, por qué delataban, por qué traicionaban a sus seres queridos? Solo se comprende un comportamiento de este tipo entendiendo los traumas a los que el pueblo alemán se ha enfrentado durante el siglo XX. Derrotado en dos guerras mundiales que él mismo provocó y con la vergüenza del Holocausto a cuestas, ve levantarse de la noche a la mañana un muro que lo parte en dos. La moral queda por los suelos y el sentimiento de inseguridad se hace insoportable. Aquella época marcó irremediablemente el carácter y la forma de hacer política del país. La misma canciller Angela Merkel creció en la RDA, a cuyas juventudes comunistas, la Juventud Libre Alemana, perteneció. En ese contexto, más de doscientos mil alemanes anónimos, abrumados por la inseguridad de un país que llevaba medio siglo derrotado, colaboraron con la Stasi. En la segunda década del siglo XXI, por primera vez, Alemania ve hacerse mayor de edad a una generación que ya nació lejos del muro. Ha recuperado su confianza y el liderazgo. No solo económico. En un mundo controlado por el espionaje a gran escala, Alemania se defiende gracias a las duras lecciones aprendidas.