Covadonga is not Spain

Don Pelayo en Covadonga por Luis de Madrazo, 1855
Don Pelayo en Covadonga, por Luis de Madrazo, 1855.

La cordillera Cantábrica, para aquellos que la hayan visitado alguna vez, suele ser un paraje encantador. Para el turismo sin duda, pero algo menos para la vida cotidiana si uno es mínimamente urbanita. Regiones abruptas y de economía pastoril, a comienzos del siglo VIII muchos de sus dispersos habitantes se agrupaban en organizaciones poco más que tribales, con retoques romanos, y desconocían los placeres de las sociedades jerarquizadas, el urbanismo o los grandes señoríos agrícolas con sus relaciones de servidumbre. Un panorama poco atractivo para los invasores musulmanes, sin autoridad visible con quien pactar su dominio en una zona geográficamente no muy agradable para ellos; encajada entre el Atlántico y las llanuras yermas y agrestes del valle del Duero, el clima húmedo de las montañas cantábricas no era muy del gusto de los ocupantes beréberes, que se conformaron con establecer algunas guarniciones al norte del río desde donde cobrar impuestos o repartir esporádicas collejas. Así, las crónicas musulmanas hablan de pasada de choques armados con exiguos grupos de montañeses, a los que llaman «asnos salvajes». Entre ellos el de un tal Pelagius, formado por unos treinta guerreros, barbudo arriba, barbudo abajo.

Mientras tanto, hacia el oriente, en los Pirineos se da un escenario similar —zonas montañosas de población agropastoril romanizada a medias—, pero que en realidad es algo distinto. Tras el éxito arrollador de la conquista, los victoriosos nómadas tratarán de hacer lo que venían haciendo desde que salieron de Arabia: continuar las campañas de saqueo. Los musulmanes, siempre en movimiento, lanzarán sus ataques a través de la cordillera pirenaica… para toparse con la superpotencia europea del momento: el Imperio carolingio. La estrepitosa derrota de Poitiers en 732 marca el final de la expansión islámica; a partir de ese momento, los Pirineos se convierten en la zona de fricción de dos potencias mundiales. Empotrados entre carolingios y musulmanes, los habitantes de la zona pactarán o guerrearán a conveniencia para mantener un difícil equilibrio. Estamos hablando de zonas cercanas al valle del Ebro que, a diferencia del Duero, es en aquella época una zona muy fértil rebosante de población hispanogoda. Allí la presencia islámica no será precisamente pequeña.

Se impone pues para los musulmanes un cambio de política y arraigar definitivamente en la península. Esto implica proceder al reparto de las tierras, ahora ya sí para su explotación y no el simple cobro de un impuesto. Los árabes procedieron a dejar a los beréberes —a quienes menospreciaban— las peores zonas, entre las que se encontraban las del valle del Duero; con una bajísima densidad de población, contaba con unas cuantas aldeas, las antiguas villae romanas desmanteladas y apenas un par de «ciudades» de consideración (no más de unos cientos de habitantes en un recinto romano semiabandonado). Así que enseguida estallaron las sublevaciones, y los beréberes desmantelaron las guarniciones y las abandonaron, bajando a Córdoba a protestar espada en mano.

Esto dio un respiro a nuestros amigos astures. Poquito a poco, algunos campesinos-pastores montañeses empezaron a asomar el morro fuera de las alturas, y pequeños grupos de población ocuparon zonas del valle del Duero. Mientras tanto, en los Pirineos, el emperador Carlomagno decidió crear una zona tapón militarizada entre su reino y el Ebro, a cargo de condes designados por él, para evitar ver aparecer más cordobeses por sus tierras. Y así, de esta forma tan humilde y tan poco gloriosa, es como comienza la mal llamada Reconquista. Y ya está. Entonces, ¿qué pasa con esos miles de cristianos visigodos que, según nuestros profes del cole, corrieron a refugiarse en las montañas? ¿Y lo de la cueva de Covadonga, la Reconquista, el gran Pelayo y todo eso de la cruzada contra el infiel y en última instancia, la propia «idea de España»?

Pues sencillamente, que la mayor parte de todas esas creencias es falsa. Se trata de un mito puro y duro, fabricado a posteriori. La inmensa mayoría de los cristianos hispanogodos se quedó dónde estaba, en el antiguo reino de Toledo y actual Al-Ándalus. Tanto es así que la máxima autoridad eclesiástica siguió siendo el arzobispado de Toledo durante un par de siglos más. Nadie, excepto algunos personajes del bando nobiliario perdedor en las guerras internas visigodas o los que ya poseían condados en el norte, se refugió allí. El reino de Asturias, posteriormente reino de León, el nacimiento de la involuntaria «reconquista», son productos fundamentalmente astures. Los condados de los valles pirenaicos no estaban pensados para expandirse hacia el sur; se trataba de zonas de control militar, en manos de condes francos o autóctonos. La responsabilidad de la primera extensión de los reinos cristianos del norte, de la España medieval, y de lo que vendría después, recae en esos montañeses medio asilvestrados con exceso de vello y fuerte olor corporal. Muy probablemente, el legendario Pelayo no fue sino un pequeño caudillo cantábrico, y sus hombres ofrecieron la misma resistencia a las tropas musulmanas que sus antepasados habían ofrecido a las de Leovigildo.

¿Qué es lo que hace que esta gente de las montañas, que durante siglos no ha bajado al valle más que a robar o saquear esporádicamente, se instale en las zonas abandonadas por los invasores? Al colapsar el Imperio romano, y después, con la crisis del reino visigodo, el poder del Estado desaparece, dando paso a multitud de mustios poderes locales. Cada uno de estos, ya sean duques (dux), condes (comes), magnates, obispos, clérigos, propietarios de tierras o bandas de matones con espada, tratarán de imponer su dominio a la masa de población rural que tienen a mano en la medida de sus posibilidades. Pero esta desarticulación del Estado no es solo política, sino también económica: las ciudades pierden su papel recaudatorio y comercial, los circuitos internacionales de exportación desaparecen, y el modelo económico pasa a ser de tipo local y autárquico. Cada región produce lo necesario para sobrevivir y punto. Así que estos personajes de mayor o menor importancia tratarán de erigirse en el mandamás de un territorio y controlar la producción de los campos, las aldeas, los rebaños, los hornos alfareros, herrerías o molinos de los alrededores. Hablando en plata, desde el siglo VI al IX robarán, extorsionarán, amenazarán, intimidarán y agredirán a quien haga falta —generalmente, a las comunidades campesinas— para dominar una zona concreta. Esto es, de forma resumida, lo que en finolis se llama «proceso de feudalización». Que ya había comenzado por todo el reino de Toledo y si bien se verá interrumpido por la imposición de un nuevo gran estado centralizador, el emirato de Córdoba, en el norte continuará como si tal cosa, eso sí, a menor escala.

Porque en el fondo, los montañeses astures, cántabros o vascones no son los mismos que aquellos a los que Augusto procedió a hinchar a guantazos en el siglo I d. C. Muy lenta y parcialmente se han romanizado y han recibido también influencias germánicas, las suficientes como para que sus poderes locales traten de abusar de ellos de forma similar al resto de la península. Las humildes gentes que bajan a repoblar el valle lo hacen, por tanto, huyendo de la presión de los señores. Solo así se explica que precisamente ahora se produzca este desplazamiento, y que haya grupos de personas que prefieran vivir en una zona más peligrosa, —al estar expuesta a razzias islámicas—, que en la seguridad de las montañas. Esta primera expansión, libre, espontánea y privada se ve seguida por una segunda: detrás de ellos vienen las elites del reino a proceder a su encuadramiento político-social y tomar posesión oficial del territorio que cultivan sus súbditos. A ver si os pensabais que ibais a escapar tan fácilmente. En el Pirineo ocurre exactamente lo mismo, pero la expansión es más lenta y tardía, porque los montañeses y sus señores se encuentran las zonas del valle del Ebro densamente ocupadas.

¿Cómo marida esta realidad tan sosa con el flamante mito reconquistador y sus fanfarrias patrióticas? Pues básicamente, por una necesidad que a lo largo de los tiempos ha tenido cualquier elite, sobre todo las recién llegadas que se alzan con el poder en un momento dado: la de legitimarse. Una vez establecido el dominio sobre cualquier población, territorio o recursos, sobre todo si se ha hecho de manera poco ortodoxa (llámenle ilegal o irregular si quieren), como es el caso que nos ocupa, las clases dirigentes proceden a buscar la forma de otorgarse a sí mismas un presunto derecho a hacer lo que han hecho, que generalmente se ubica en un remoto pasado, si puede estar relacionado con el Imperio romano, mucho mejor. Esta mecánica se ha empleado desde siempre y aún se usa hoy día; de hecho, es la base del nacionalismo.

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Mapa de España en la Edad Media durante la ocupación musulmana. Imagen: Enciclopedia Ilustrada Segui. (Ken Welsh / Design Pics)

La propia Asturias no había constituido reino hasta principios del siglo VIII; se considera a Pelayo el primer rey… ¿de dónde sale su autoridad? Posiblemente fuese elegido por alguna asamblea de nobles al estilo germánico. O igual ni siquiera eso, quizá alguno de sus sucesores, al proclamarse rey, remontó a Pelayo el origen de la corona. Los reyes astures necesitaban legitimar esta «novedad» de alguna forma, esgrimir un motivo inapelable a los ojos de sus inferiores. Por supuesto, no toda la aristocracia aceptó este estado de cosas, y los primeros aspirantes tuvieron que reducir a los rebeldes o a otros posibles candidatos a leche limpia. Pero la nobleza también necesitaba legitimar el robo generalizado que cometía, encontrar su propia legalidad. Aceptar al rey y su derecho a perpetuar a su estirpe en el poder, suponía legitimarse ellos mismos y al contrario: el rey, reconociendo a la nobleza que le es fiel, le otorga legitimidad. El espaldarazo definitivo en este sentido lo darán, siglo y medio después de la olvidadísima escaramuza de Covadonga, unos personajes absolutamente trascendentales. Les presento a los autores intelectuales del mondongo: los clérigos mozárabes leoneses del siglo IX.

Córdoba, 850. Los cristianos son tolerados en Al Ándalus, pero hete aquí que el pujante desarrollo cultural árabe y su política de inmersión cultural va a ir arrinconando la herencia hispanogoda; cada vez más cristianos adoptan el árabe, leen libros árabes y hasta se visten como ellos. Eulogio, un obispo un poquito conservador, brama airado contra este estado de cosas y llama a los cristianos a la desobediencia. Los anima a blasfemar en público contra Mahoma y Alá, lo que supone condena a muerte automática: son los mártires de Córdoba. El emir, espantado, reúne a los próceres de la Iglesia y les pide que ordenen a Eulogio detener esa barbaridad. Este se resiste a hacer caso al arzobispo de Toledo, así que el emir se enfada bastante y la cosa acaba con un buen puñado de ejecuciones (entre ellas la de Eulogio, pero a cambio hoy en día es santo) y la huida de los recalcitrantes a los reinos del norte, donde se instalarán en la nueva capital astur, la ciudad de León. Bien por haberse rebelado contra el poder del emir, por sentir amenazado su modo de vida o porque no quieren pagar impuestos, los refugiados mozárabes abundarán por el reino durante el siglo IX, entre ellos los mencionados clérigos.

El prestigio de estos monjes leoneses es enorme, al fin y al cabo, no son solo eclesiásticos ilustrados, sino que ellos sí descienden de los visigodos auténticos y, por tanto, pueden otorgar esa buscada legitimidad. Cosa que harán encantados a cambio de arrimar la cebolleta al poder; en esta época es cuando empiezan a aparecer las crónicas, como la Rotense o la Albeldense, donde se glosan las grandes victorias imaginarias de los sucesores instantáneos de los visigodos. Pelayo pasa a ser un noble godo, Covadonga una gran batalla, se mencionan unas cuantas victorias inventadas, apariciones de santos, providencias divinas… todas bien conocidas por quienes iban al cole durante la dictadura y el posfranquismo, tomadas como verdaderas sin discusión posible. La realidad es que hasta mediado el siglo IX y desde 718, supuesta fecha de la supuesta batalla, ninguna fuente cristiana habla de nada de esto y la única mención a Pelayo es musulmana. Por último, gracias a este pack de invenciones neovisigóticas, los reyes asturleoneses «heredarán» no solo el derecho a gobernar lo que ya tienen, sino de rebote un etéreo derecho y deber de expulsar a los musulmanes (esos infieles sinvergüenzas que han echado a los pobrecitos monjes de Córdoba) de España.

¿Qué cosa es esto de España? ¿Es un pájaro, es un avión, es Superman? ¿Existe desde siempre, como creían los historiadores de los yugos y las flechas? Para desgracia de nacionalistas periféricos, que se cuidan muy mucho de enterrarlas, las menciones a «Espanna» o «las Espannas» no son raras en los textos medievales y se pueden rastrear al menos hasta san Isidoro, obispo en el siglo VI. ¿Quiere decir esto que los antiguos ya «se sentían» españoles o que tenían en mente fundar una nación unificada llamada España? ¿Que los de la sotana y el alzacuellos estaban en lo cierto y España es una unidad de destino universal? No, en absoluto. España es sencillamente otra idea de legitimidad.

Los visigodos ocuparon a lo largo del siglo V el territorio que el emperador romano Diocleciano englobó en la «diócesis de las Hispanias», así en plural, porque incluía las provincias Bética, Tarraconense, Lusitania y Tingitania. Es decir; toda la península ibérica y la actual Marruecos —vean cuán resistentes son estas ideas, que hasta el siglo XX aún se consideraba que era zona natural de expansión hispana—. Pero esta ocupación no es completa: pasa más de un siglo hasta que Leovigildo tiene aproximadamente derrotados o sumisos a suevos, vascones, bizantinos, cordobeses y rebeldes diversos. El monarca necesita legitimar su derecho a someter toda la península a los visigodos (poder otorgado por el emperador romano), y por eso el título real lleva inherente un dominio sobre Hispania/Espanna, fabricado por «intelectuales del régimen» como Isidoro. Este es el que hereda en el siglo IX el rey de Asturias, Alfonso III, concedido y consagrado por los monjes exiliados y que a lo largo de toda la Edad Media se irán pasando en cadena prácticamente todas las casas reales de todos los reinos peninsulares, por matrimonio o descendencia, para hacerlo valer cuando les rote, cuando puedan o cuando llegue el momento. Por ello en unos cuantos textos medievales no se les cae la cantinela de la boca; la «idea de España» representa ese hipotético derecho a dominar toda la península, y resurge cada vez que parece que un poder está en disposición o en condiciones de imponerse por encima del resto (Sancho el Mayor, el intento fallido de matrimonio-unificación entre Alfonso y Urraca…). Finalmente, es la legitimidad abstracta que Isabel y Fernando harán valer cuando unifiquen en sus personas sus reinos, porque es algo que nadie está en condiciones de refutar (nadie de los que cuentan, es decir, nobleza e Iglesia), que es lo bueno de las cosas abstractas.

Los condados pirenaicos en principio no necesitaban fabricarse una legitimidad, puesto que se la otorgaba el emperador carolingio, descendiente oficial y autorizado del Imperio romano —de manos del papa—, por lo que allí el ideal neovisigótico no tuvo ninguna repercusión. Pero al irse el imperio carolingio a la porra irán por libre. En el caso catalán, tras la unificación en 1137 de Aragón y Cataluña, ahora ya hecha Principado y no revuelto de condados, las casas reales y la nobleza se irán contagiando la matraca y extendiendo su derecho a conquistar tierras que sus tatarabuelos no habían olido en su puñetera vida. No es una casualidad que en el siglo XII aparezcan sospechosamente otras «Covadongas» como San Juan de la Peña, relatos míticos calcados del asturiano y utilizados por la nobleza para imponer derechos adquiridos por su cara bonita (en el caso navarro, el derecho a elegir al rey) o lo que es lo mismo, por el poder de sus rentas y su ejército personal. Es por esta continuidad legitimista de siglos que, cuando los Reyes Católicos comienzan a vertebrar un estado sobre esta idea, no pilla a absolutamente nadie por sorpresa allá por finales del siglo XV.

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La batalla de Las Navas de Tolosa (1212). (DP)


Asturias es leyenda y el resto, tierra conquistada

Florinda, de Franz Xaver Winterhalter. 1853. DP.

Las leyendas son criaturas de naturaleza caprichosa, fábulas traviesas nacidas de manera incierta que juegan a enredarse con la verdad para confundirse con ella. Relatos que ocasionalmente anidan con éxito en una sociedad dispuesta a creer que las funciones del rey de Ítaca incluyen clavetear el ojo a cíclopes de ascendencia divina, que en los bosques de Sherwood alguien calza mallas para prorratear entre los necesitados dinero sisado a los ricos, o que el rey Arturo ostenta el supremo poder ejecutivo porque una furcia natatoria le tiró una espada durante una absurda ceremonia acuática. Los cronistas transcriben los hechos, pero son las leyendas las que se encargan de convertirlos en historia.

La Conquista

Las paredes del Museo Metropolitano de Arte de Nueva York dan cobijo en la actualidad al óleo Florinda, elaborado por el alemán Franz Xaver Winterhalter en 1853. Un voluminoso lienzo que pincela una escena donde once lozanas zagalas matan la tarde junto al río sopesando darse un chapuzón mientras mesan sus cabellos, posan dramáticamente para la foto e ignoran por completo el hecho de que sus ropajes tienen problemas serios para mantenerse abotonados, un detalle que convierte la sentada campestre en una postal de nudismo pícaro. Una estampa bucólica que mutaba en algo mucho más perturbador cuando el espectador atento descubría, en la parte superior izquierda de la pintura, la corona atornillada a una cabeza barbuda que se esforzaba por permanecer oculta entre las ramas de los arbustos. Una testa que era propiedad de Don Rodrigo, rey visigodo del siglo VIII, que en aquel momento no estaba jugando al escondite sino stalkeando al corrillo de chavalas en toples tras haberse encaprichado de una de las jovenzuelas: Florinda la Cava.

Ella era hija del conde de Ceuta, un noble llamado Don Julián que había enviado a la primogénita a la corte de Toledo con la esperanza de que recibiese una buena educación y de paso localizase marido con posibles. Pero aquel plan de acercar a la chica a la nobleza y la joyería opulenta no se cumplió como los interesados esperaban: entre las filas aristocráticas Florinda acabó ocupando el puesto de encargada oficial de limpiarle la sarna a Don Rodrigo con un alfiler de oro. Aquella estrecha relación entre el monarca y la mujer degeneraría en algo mucho más desagradable: durante una escapada silvestre, muy similar a la reflejada en el lienzo de Winterhalter, el deleznable soberano forzaría a la chica a mantener relaciones sexuales. Un suceso que varios textos musulmanes y cristianos (los textos de Al-Razi, la Crónica de Alfonso III o la Crónica silense, entre otros) reflejaron en la sección de leyendas del romancero, con versos presuntamente escritos por algún pollavetusta de la época: «Florinda perdió su flor, el rey padeció el castigo / ella dice que hubo fuerza, él que gusto consentido / Si dicen quién de los dos la mayor culpa ha tenido / digan los hombres: la Cava, y las mujeres: Rodrigo».

Poco después, al buzón de Don Julián llegó una voluminosa misiva en forma de ofrendas con el nombre de Florinda apuntado en el remite. Un lote de obsequios entre los que se ocultaba un mensaje secreto para el progenitor: un huevo podrido como símbolo de que la joven había sido mancillada y desflorada. Con la sangre en ebullición, el conde encargado de custodiar el puntal sur del reino visigodo sacó a Florinda de la corte de Rodrigo y decidió vengarse a lo grande: se reunió con el militar yemení Musa ibn Nusair, prometiéndole barra libre de saqueos e invasiones en la Península y cediéndole las llaves de un puñado de barcos para efectuar el ataque. En el año 711 Musa embarcó en aquellas naves a su lugarteniente Táriq ibn Ziyad acompañado de seis mil hombres que, tras cruzar el Estrecho y antes de empezar a liarla en el reino visigodo, se asentaron sobre la roca más grande con la que se encontraron. Un peñón que en el futuro sería conocido con un nombre en honor al musulmán: «Gibraltar» es el derivado en español de la denominación árabe Ẏabal Tāriq, que significa ‘Montaña de Tariq’.

Cuando las tropas sarracenas se arrancaron a avanzar por el sur de la Península pillaron a Rodrigo de espaldas, en Navarra y tratando de contener un levantamiento de vascones. El monarca cruzó el reino y se enfrentó el 19 de julio del 711 a las huestes de Musa en la batalla de Guadalete, una contienda a la orilla del río donde el rey, traicionado por los nobles witizanos que lo flanqueaban, sería derrotado. La historia oficial supone que Rodrigo murió en el mismo campo de batalla. La leyenda afirma que el hombre deambuló tras el combate, lamentando sus errores y deseando purgar su culpa, hasta encontrar una sepultura abarrotada de serpientes entre las cuales se acomodó permitiendo que se lo comieran vivo. Las malas lenguas dicen que en realidad se fugó de puntillas hacia la antigua Lusitania disfrazado de seto, algo que explicaría por qué en la portuguesa ciudad de Viseu es posible encontrar una lápida que reza: «Hic requiescit rodericus rex gothorum» («Aquí yace Rodrigo, rey de los godos»).

Tras la victoria, el ejército musulmán se envalentonó y conquistó Medina-Sidonia, Sevilla, Écija, Córdoba, Málaga, Granada, Cáceres, Toledo, León, Zaragoza y, en general, toda la península ibérica en apenas dos años. Toda, a excepción de los terrenos norteños dominados por un grupúsculo de irreductibles cafres que, subidos a unas piedras, amenazaban con dar guerra al enemigo musulmán que ya había pillado sitio en Gijón.

La Reconquista

El rey Don Rodrigo arengando a sus tropas en la batalla de Guadalete, de Bernardo Blanco. 1871. DP.

Entre las tropas que formaron filas a las órdenes de Rodrigo, y ocupando un puesto destacado dentro de la guardia real, se encontraba su primo Don Pelayo, hijo del conde Favila, esposo de Gaudiosa, padre de Favila y Ermesinda, nieto del rey Chindasvinto, sobrino del rey Recesvinto y habitante de una época en la que parecía existir una competición por ver quién bautizaba a la descendencia con el nombre más espantoso. Se trataba de un hombre cuyos orígenes resultaban tan inciertos como para mantener a los historiadores más estudiosos debatiendo durante horas si sus raíces eran astures, cántabras o kryptonianas. Don Pelayo sobrevivió a la sangrienta gresca que tuvo lugar a la vera del río Guadalete, buscó cobijo en Toledo y acabó encaminándose hacia tierras asturianas.

Allí elaboró un discurso en que llamaba a la rebeldía contra el invasor, la defensa del honor de los ancestros y la necesidad de vivir en libertad. Unos ideales que lo encumbraron como líder y superhéroe medieval capaz de encabezar lo que ya se consideraba como una guerra de religiones, donde la Hispania cristiana ansiaba volver a imponer su fe. Resultaba irónico: el descendiente de una estirpe de antiguos invasores godos había sido elegido para capitanear la sublevación contra los nuevos usurpadores de las tierras. La leyenda, muy aficionada a estas alturas a meter unas faldas en la ecuación para justificarlo todo, aprovechó para afirmar que el gobernador musulmán Munuza comenzó a rondar y pretender a la hermana de Don Pelayo contra la voluntad de este, una situación que funcionó como detonador de los enfrentamientos contra los invasores.

En el 718 Pelayo se negó a pagar los impuestos musulmanes, el jaray y el yizia, y comandó una revuelta rebelde por la que sería apresado y trasladado como rehén a Córdoba, de donde escapó al año siguiente para refugiarse en los montes de Cangas de Onís. Acompañado de un grupo de entre cien y trescientos hooligans astures, vascos y cántabros, el líder de la nueva resistencia estableció su base de operaciones en el monte Auseva, entre los riscos de la Cova Dominica, futura Covadonga, colocando a dos tercios de sus tropas entre los acantilados y las laderas cercanas y parapetando al resto en la propia cueva para aguardar la comparecencia del enemigo. En el año 722, el ejército árabe envió a un general llamado Al Qama, junto a ciento ochenta mil guerreros, en dirección a los Picos de Europa con intención de limpiar la zona de morralla rebelde. Al Qama plantó el camping frente a la entrada de la cueva donde se refugiaban los norteños y envió al obispo Oppas, hermano del rey godo Witiza, como negociador para intentar llegar a un acuerdo entre el ejército árabe y los cristianos montaraces, pero los segundos no cedieron.

Instantes antes de iniciar la batalla, Don Pelayo sufrió un trenecito de visiones: contempló cómo emergía de entre los cielos un inmenso pendón bermejo (un estandarte godo perdido durante la batalla de Guadalete), se le apareció la mismísima Virgen para confirmar que la victoria sería cristiana o no sería, y recibió la visita de un ermitaño surgido de una bruma misteriosa que le entregó una cruz formada con dos ramas de roble (la Cruz de la Victoria) para lucir durante la pelea. Envalentonados, los rebeldes hicieron frente a los hombres de Al Qama desde las alturas, beneficiándose de aquellos acantilados estrechos que resultaban incómodos para los ejércitos organizados y aprovechando que la orografía de la zona ponía las cosas muy complicadas a quienes no estaban acostumbrados a trotar por el monte como una cabra. Los árabes, equipados con lanzas, saetas, espadas, hondas y catapultas, se toparon con fuerzas divinas jugando en el bando de Pelayo: la Virgen María, que habitaba la propia cueva, practicó su swing con los proyectiles enemigos y los invasores contemplaron atónitos como todas las rocas y flechas que disparaban contra los rebeldes retornaban de manera inexplicable para caer sobre el propio ejército musulmán. Los cristianos aprovecharon que los sarracenos estaban intentando asimilar lo potente de la contraofensiva para abalanzarse sobre ellos y diezmarlos definitivamente. La resistencia norteña dividió el ejército de un Al Qama que murió en aquella contienda junto a ciento veinticinco mil de sus hombres, apresó al obispo Oppas y persiguió hasta dar caza a los más de sesenta mil soldados árabes restantes que escaparon tomando la primera salida en dirección a Liébana. Don Pelayo se alzó como un glorioso héroe y su victoria supuso el inicio de la Reconquista.

Asturias es leyenda

Todo lo anterior es la historia sobre los orígenes de la Reconquista tal y como la dictan las páginas de la Crónica de Alfonso III y los diversos escritos cristianos que pretendían forjar a Don Pelayo como un superhombre. Textos de veracidad discutible que es necesario sujetar con pinzas de cristal por haber sido confeccionados ciento cincuenta años después de que los hechos hubiesen tenido lugar sin notario a la vista y redactados por gente muy aficionada a las hipérboles. En realidad, el ejército de Al Qama nunca estuvo formado por ciento ochenta mil personas sino por unos más modestos veinte mil soldados, Covadonga no se pavimentó con los cuerpos de millares de musulmanes sino con un puñado de hombres escaldados, y lo de la Virgen utilizando sus superpoderes para despachar al enemigo fue una evidente licencia de los cronistas para dotar de espectáculo y tono sagrado al relato. Mil años más tarde, el dibujante Forges aventuró en su Historia de aquí que todo aquello de las flechas recayendo sobre los arqueros que las habían disparado a lo mejor tenía más que ver con lo que viene a ser la fuerza de la gravedad que con las intervenciones divinas. 

Lo simpático ocurría a la hora de repasar la historia desde el punto de vista del bando enemigo, porque los árabes ni siquiera consideraron lo acontecido en Covadonga como un suceso destacable. El historiador argelino Ahmed Mohamed al-Maqqari se hizo famoso escribiendo un tochazo de título cursi hasta niveles dolorosos: Exhalación del olor suave del ramo verde del Alándalus e historia del visir Lisan ed din ben Aljathib, una obra que, por un lado, estudiaba la figura del poeta, filósofo y político Ibn al-Jatib, y, por otro, recapitulaba la historia completa de al-Ándalus, desde la ocupación de la Península hasta el momento en el que les enseñaron dónde estaba la puerta de salida, pasando por los monumentos que se dejaron por el camino. En sus páginas, el enfrentamiento con Don Pelayo era poco más que una anécdota ridiculizada: «Los musulmanes se apoderaron de su país y no había quedado sino la roca donde se refugia un asno salvaje llamado Pelayo con trescientos hombres. El ataque no cesó hasta que los soldados del rey Pelayo comenzaron a morir de hambre no teniendo que comer sino la miel dejada por las abejas en las hendiduras de la roca. En su compañía no quedaron sino treinta hombres y diez mujeres. La situación de los musulmanes llegó a ser penosa, y finalmente los despreciaron diciendo “Treinta asnos salvajes, ¿qué daño pueden hacernos?”». Para los invasores la legendaria victoria cristiana había sido una escaramuza, una pelea a pedradas en el monte, un suceso que ni siquiera era destacable o significativo. 

Y el resto, tierra conquistada

Lo único real y verdaderamente importante de las leyendas siempre ha sido saber cómo creérselas. A pesar de lo fantasiosas que puedan llegar a ser las desventuras de Don Pelayo, la historia corrobora que en aquellos años los musulmanes, tras ser frenados en Francia, tuvieron que desviar tropas hacia el norte de la Península porque realmente estaba ocurriendo algo gordo entre los riscos de aquellos Picos de Europa. Los mitos se vuelven auténticos desde el momento en el que los aceptamos: Don Rodrigo condenó al reino visigodo y murió sobre una almohada de sierpes que devorarían sus entrañas, trescientos norteños se montaron su propia batalla de las Termópilas aniquilando a un ejército colosal, y las fuerzas divinas más sagradas acompañaron a un hombre llamado Don Pelayo en la batalla más gloriosa de cuantas tuvieron lugar en el país. Y el resto es leyenda.


Amaya, una capital en la nada

Ciento ochenta grados de cielo azul, ciento ochenta de tierra parda. Y ya está, no hay nada más. Solo la geometría elemental del mundo, trigo y el zumbar de las chicharras. Aparte de eso, nada. Absolutamente nada.

Hay sitios donde la nada es una ausencia de todo lo demás, pero aquí presenta propiedades atmosféricas. Es densa y saturada. No es la que resulta de que no haya cosas, sino la que anega torrencialmente los lugares después de que las haya. La región misma carece de nombre y de fronteras precisas, una cualidad de lo que no existe en la que aventaja incluso a los desiertos más acreditados. Estamos en el norte de Palencia, el noroeste de Burgos y el sur de Cantabria, cerca de donde lindan las comarcas de Campoo, los Páramos y la Montaña palentina. Y sus confines son ausencias: si no hay relieve, no hay gente y no hay ruido, es que estás en este país. Es un lecho de mar sin mar, llanuras sin novedad hasta donde alcanza la mirada. Puede que estemos en algún sitio, pero este sitio no es ningún lugar.

Algo enmienda la nada, sin embargo. Es una montaña. Un macizo, en realidad. Y es inmenso.

Reina en la llanura y viste sus mismas galas: suelo yermo y roca pelada. La geografía, dijo un cualificado observador del mundo, es física a cámara lenta con unos cuantos árboles clavados. Y eso es lo único que queda aquí: geografía. Como prueba, el nombre de esta montaña. La ciudad que anidaba en lo alto se llamaba Amaya, pero ya no hay ciudad. Su nombre ha fosilizado en toponimia y ahora se llama Peña Amaya, porque merecedora de un título solo queda la peña. Geografía solamente donde antes hubo ciudades y naciones, batallas y legiones y reyes y emperadores. Esta región del norte de Castilla no es un desierto ni un erial: es un postapocalipsis. Y Amaya es su capital.

El mundo se acabó muchas veces a los pies de esta montaña. César Augusto dirigió personalmente las legiones de Roma contra este castro, el gran bastión de las tribus cántabras, que tras su conquista recibió el nombre de Amaia Patricia. Fue en esta ciudad ubi Leovigildus rex Cantabros afficit, donde el rey Leovigildo castigó a los cántabros. Fue esta ciudad la que cayó dos veces ante el envite del general bereber Táriq ibn Ziyad, y la que arrastró en su caída al ducado de Cantabria, del que era capital. Fue de Amaya de donde huyó el dux don Pedro para refugiarse en los Picos de Europa, donde su linaje y el de don Pelayo engendraron a los primeros reyes de Asturias. Estamos frente a la misma ciudad que arrasó Hisham II, califa cordobés de madre vascona, con las huestes que mandaba su valido, aquel terrible moro Almanzor. La misma que murió de olvido después, empezado el segundo milenio, cuando el mundo emigró al sur y la ciudad quedó a merced del vacío castellano, de propiedades corrosivas. Un castillo sobrevivió en lo alto, pero los siglos acabaron también por barrerlo. De Amaya queda el viento, el silencio y la palabra. Y nada más.

Subimos a lo alto por la trinchera de una muralla, apenas la única cicatriz reconocible que dejaron en esta mole milenios de ocupación humana. Amaya no es Numancia, ni Recópolis, ni Segóbriga. No cuenta con caminitos para turistas, con los precintos delicados que despliegan los arqueólogos ni ninguno de los otros honores fúnebres con los que se honra a las ciudades muertas. Acaso un par de cartelitos prohibiendo obviedades y un vigilante ermitaño, su único morador, que intercepta al visitante al llegar arriba, donde la trinchera desemboca en la meseta central de la peña. Hace preguntas de esfinge —de dónde eres y tu edad, «para las estadísticas»— y procede con indicaciones incomprensibles, todas encaminadas a que disfrutemos de un buen paseo. El olvido se ensaña tanto con Amaya que la mayoría de sus visitantes no acuden convocados por su gloria, sino por sus vistas. Son senderistas. La ruta más popular, explica el guarda, consiste en subir hasta este mismo punto, bordear la montaña en redondo y bajar. Son tres horas andando.

Para los demás, lo primero es asomarse al borde y contemplar ejércitos imaginarios marchando hacia aquí por la llanura, porque para eso se viene a Amaya. Para admirar desde arriba la verticalidad de su perímetro de acantilados, más feroz que la mejor muralla, y todo lo que hace de Amaya una fortaleza natural perfecta. Como su meseta central, una segunda altura que se alza sobre la primera, también parapetada en acantilados. O el manantial que mana en lo alto, hoy domesticado en un bebedero para el ganado. Fuesen lobos u hombres, los horrores de la era antigua habitaban la llanura o venían por ella, invariablemente desde el sur. Amaya era la atalaya perfecta, con dos líneas de defensa sucesivas, una fuente de agua y una cumbre solo accesible a las nubes, que le rascan la panza. Cuesta imaginar que este jardín amurallado sea el resultado de fuerzas tectónicas y no un regalo de los dioses primigenios a algún pueblo elegido.

La cumbre de Peña Amaya es el Castillo, un macizo de piedra empotrado en la segunda altura como un asteroide inmenso.

Los precipicios dan un respiro a su vera y permiten el acceso plegándose en una ladera escarpada, corregida por los moradores de Amaya con una muralla de la que aún quedan restos razonablemente sólidos. Subimos guardando el resuello hasta arriba, antiguamente una ciudadela y hoy solo la cumbre de un accidente geográfico. Estamos a mil trescientos metros de altura y la perspectiva, como suele, invita a la lectura cierta de las cosas. A nuestros pies la gran meseta de Amaya, donde los restos de piedras esparcidos en el acceso al castro adquieren vagas formas geométricas y sugieren, ahora sí, que allí hubo edificaciones con viviendas y calles. También se ven los restos de algunas catas arqueológicas, recuadros de tierra pulcramente arrancados del suelo. Debajo de esta meseta, aún en las faldas de la peña, un pueblecito castellano y triste, de poco más de cuarenta habitantes. Se llama Amaya, como la antigua ciudad de la que es custodio. Conserva su nombre arcano entre las localidades de la zona, todas Valdealgo y Villaalgo rematados con el nombre de un río, normalmente «de Pisuerga». Nadie sabe qué significa exactamente «Amaya», aunque «ama» suena a madre en casi todas las lenguas que ha inventado el hombre. Hay quien dice que es euskera.

Llegamos contrariados por la desmemoria a la que vive sometida Amaya pero nos marchamos aliviados, porque el olvido es un conservante. Si aquí se practicase algún tipo de nacionalismo potente Amaya sería su Disneylandia, pero no es el caso. Esto es Castilla y León, dos antiguos reinos a cuya gloria Amaya no contribuye demasiado. Y por su nombre es cántabra, la gran ciudad de la antigüedad cántabra, pero no está en Cantabria. También el trazo administrativo de las modernas fronteras autonómicas ha dejado Amaya en tierra de nadie, y así es como nos la encontramos. Extrañamente virgen pese a ser la ciudad menos virgen del mundo. Más que del pasado, Amaya imparte una lección sobre la posteridad, pues estamos en su posteridad y su posteridad es esto: silencio, roca pelada y ovejas en el mismo suelo sobre el que nacieron y murieron generaciones, desde las edades remotas que denominamos con el nombre de los metales hasta hace unos cuantos siglos. Un postapocalipsis más triste y cruel que el que imaginan las peores fantasías de ciencia ficción, que son las únicas verdaderas.

Bajamos. Mientras lo hacemos, el cielo rompe el conjuro de vacío y nada que se cierne sobre Castilla y revienta, como cada noche, en millones de estrellitas. Tarde o temprano, el suelo que usted pisa será igual que este mismo suelo, un reino de viento y rumiantes sin otro techo que las nubes. Es el destino que espera a todas las ciudades de la Tierra y Amaya no hecho más que adelantarse. Quizá también se adelante cuando llegue una nueva edad en la que el terror habite las llanuras, y quizá vuelva a protegernos cuando perdamos nuestro estatus en la jerarquía trófica o vivamos a merced, otra vez, de hombres crueles al galope por lo que milenios antes se llamó Castilla. Si piensa que no ocurrirá, quizá está demasiado seguro de lo que piensa. Pero no se preocupe, que Amaya es sólida. Y no se va a ninguna parte, porque ahí es precisamente donde reina. En un lugar que dejó de serlo para convertirse en ningún lugar.

Peña Amaya está a quince kilómetros de la A-67, la Autovía de la Meseta, y a una distancia similar de Aguilar de Campoo y Herrera de Pisuerga. Haciendo zoom out, este mapa ilustra su situación singular frente a la Meseta y Google Street View permite apreciar sus relieves a ras de suelo. Una visita completa de los enclaves históricos despoblados en la misma zona incluiría el antiguo castro de Bergida en el Monte Bernorio, en la cercana localidad de Villarén de Valdivia, y la villa romana de Julióbriga, en las inmediaciones de Reinosa. 

Fotografía: Rubén Díaz Caviedes


Sevillanas (V): el asedio de Fernando III

iToma de Sevilla por Fernando III en 1248 - Saqqaf (Axataf) le hace entrega de las llaves (Francisco Pacheco, s. XVII).
Toma de Sevilla por Fernando III en 1248: Saqqaf le hace entrega de las llaves (Francisco Pacheco, s. XVII).

Hércules me edificó,
Julio César me cercó
de muros y torres altas,
y el Rey Santo me ganó
con Garci Pérez de Vargas.

Inscripción en la antigua Puerta de Jerez (Sevilla)

La plaza Nueva siempre tuvo muchos nombres. Plaza de San Francisco, plaza de la República, plaza de la Infanta Isabel, plaza de la Libertad… Desde el siglo XIX cambió frecuentemente de denominación según el viento que soplara en España. Hoy día es la plaza Nueva, que es como se asentó definitivamente a partir del período democrático, y abarca una extensión holgada en el centro de la ciudad como una de las principales ágoras de Sevilla. Antiguo humedal y convento, la plaza Nueva está casi peatonalizada en su totalidad y cuenta con la estación de inicio del tranvía Metrocentro. Son visibles varios árboles en su perímetro —muchos talados injustamente, pero esa es otra historia—, varios quioscos, alguna fuente, un aparcamiento para bicicletas, bancos, parterres y un cierto aire prefabricado. Además, está su monumento central. Fernando III luce en lo alto como patrón de la ciudad. Fue importantísimo personaje medieval pero tardó más de seis siglos en tener su estatua. Reconquistó Sevilla en 1248 de manos de los almohades y forjó una leyenda piadosa de monarca valiente y ejemplar, pero hasta el siglo XIX no se le dieron honores de piedra y mármol. Se inició la construcción del monumento en 1877 y no se terminaría hasta 1924. Por su parte, también la canonización se hizo esperar. Lo ungieron santo en 1671, más de cuatro siglos después de su vida y milagros.

El suyo fue un monumento paciente, costoso y realizado por varios autores. El basamento alto de blanco raso alberga cuatro personalidades ilustres que ocupan cada una de las caras de la gran columna. Estos son Alfonso X el Sabio, hijo del monarca santo y a la postre continuador de su labor; el obispo Don Remondo, primer prelado de la ciudad en tiempos ya reconquistados; Garci Pérez de Vargas, lugarteniente del rey y militar honrado por la historia como caballero protagonista del asedio; y el almirante Ramón de Bonifaz, marino burgalés al mando de la fundamental flota castellana. Cada uno de ellos mira a cada uno de los cuatro puntos cardinales de la plaza. Arriba los capitanea Fernando, de negro azabache. El Rey Santo monta a caballo y da la bendición a la ciudad. Juntos los cinco forman por arbitraje histórico el pentavirato fundacional de una ciudad singularmente piadosa y volcada con sus imágenes, fundamentalmente sacras. Fernando es uno de sus grandes ejemplos. No obstante, el monumento del santo es poco apreciado por los sevillanos, que pasean distraídamente a su lado sin prestarle mucha atención. Ni siquiera las guías turísticas hacen demasiado hincapié en este conjunto escultórico, y suelen conceder más interés a la plaza en sí que a las figuras que la guardan.

En cualquier caso, la figura de Fernando III de Castilla es troncal a la ciudad de Sevilla y a su gente, sobre todo para creyentes y mayores. Se le considera el monarca más importante de la historia de la ciudad por su obra reconquistadora, y esta, por derecho, resulta uno de los episodios más interesantes de la Baja Edad Media, pasaje entronizado por las crónicas afines que contiene, en todo caso, gran riqueza de imágenes y hechos notables, y representa sin duda el episodio canonizador del personaje. Vamos a contar, por tanto, la historia del cerco de Sevilla, triunfo postrero del avance cristiano y momento primordial de la España por venir.

La joya almohade

La Reconquista duró ocho siglos y fue cambiante y desordenada. La frontera cristiana avanzó tímidamente en las tres primeras centurias y exponencialmente en las dos siguientes, para estabilizarse entonces y aplazar la conquista del reino nazarí, culminada en 1492. En este sentido, la progresiva dominación de los ríos es útil para ilustrar el avance de los castellanos de norte a sur a lo largo de todo el período. De la escasa cornisa cantábrica en la que resistieron los grupos hispano-visigodos en el siglo VIII se pasó en 200 años a controlar casi por completo el Duero, el Miño y el Ebro, sobre todo en su nacimiento. La brillante conquista de Toledo (1085), símbolo de poder visigodo e histórica taifa islámica, marcará el comienzo del dominio del Tajo, que también será la llave para más conquistas en Portugal. Después, la toma de las riberas del Guadiana y de Extremadura solo pudo significar el avance inminente sobre el corazón del menguante imperio islámico: Andalucía. Cayeron Córdoba (1236), Murcia (1243) y Jaén (1246), precipitándose entonces la conquista de los pueblos del valle del Guadalquivir. Siguiendo esta dinámica, el fin último era claro, Sevilla, nervio de la región y lanzadera hacia el estrecho y hacia África.

En realidad, la Reconquista estuvo finiquitada en el siglo XIII, con la conquista hispalense y sus periferias, tal y como explica Juan Pablo Fusi en su libro Historia mínima de España. Irrumpir en Andalucía significó sin duda el último estadio de un proceso complejo y desigual. Y dicha Reconquista no se trató, como ha venido declamando cierta historiografía, de una misión unívoca y providencial, construida a través de 800 años de lucha sostenida, sino más bien la suma desordenada de acciones militares —primero defensivas y luego más invasivas, siempre territoriales— carentes de relato, que supo mancomunar a los distintos reinos que se fueron formando —Navarra, Aragón, Castilla, León— y sobre todo aprovechó la debilidad endémica que fue asolando a los dominios musulmanes, primero bajo el pabellón fuerte del emirato y el califato y finalmente con las taifas, que hicieron la vida y la guerra más o menos por su cuenta.

Sevilla, naturalmente, era una de las grandes joyas de la Iberia musulmana. Próspera en tiempos del Califato de Córdoba y brillante bajo el dominio abadí de los célebres Al-Mutadid y Al-Mutamid, constituida como ciudad más o menos independiente, su localización y su rol otorgado la habían engrandecido gratamente. Sin embargo, el avance cristiano empujó a Al-Mutamid a pedir socorro a las huestes bereberes que poblaban el Magreb. Poderoso aliado militar, los almorávides vinieron para quedarse. Su pujanza guerrera no solo frenó el avance castellano sino que también ambicionó con éxito el trono de Sevilla, instaurando en la ciudad una nueva época de dominación. Era el enésimo visitante de una urbe que había visto desfilar por sus calles a tartessos, fenicios, romanos, visigodos y una buena colección de gobiernos musulmanes. Ahora era el turno de estos magrebíes y bereberes del norte de África, que insuflaron fuerza nueva a los territorios andalusíes.

No sin algunas sombras el período de dominación almorávide (1091-1147) se saldó con balance positivo. Se llevó a cabo la reconstrucción y el relanzamiento de la ciudad, tarea continuada y muy engrandecida por los almohades (1147-1228 y 1238-1242), siguiente pueblo en la toma de poder hispalense, de espíritu regenerador y marcado rigor religioso. La magnitud del legado de estos últimos se expresa fácilmente en el gran número de rasgos identitarios de la Sevilla contemporánea que son de origen fundamentalmente almohade. Sobre todo bajo el gobierno de Yusuf, se remató y reforzó el nuevo trazado de las murallas —con un perímetro de más de siete kilómetros—, que dieron morfología fija a una ciudad durante siglos deformada una y otra vez por las idas y venidas del Guadalquivir, el Tagarete y el Tamarguillo. Se reconstruyeron los vitales Caños de Carmona (1172), de origen romano, un acueducto magnífico de más de 14 kilómetros que traía agua potable desde Alcalá de Guadaíra. Se construyó el Puente de Barcas (1171), que unía Sevilla con Triana y permitía el abastecimiento desde este arrabal y desde el rico Aljarafe, “huerta de Sevilla”. Se edificó el Palacio de la Buhaira (1172), la mezquita almohade (1182) y su alminar (1198), posteriormente llamada La Giralda, así como la simbólica Torre del Oro (1221), guardiana de la ribera urbana del río. Y por si fuera poco, se dotó a la ciudad de la capitalidad que ya había disfrutado en alguna otra época, haciéndola nudo central de una Al-Ándalus en franco retroceso pero que aún mantenía orgullosa sus plazas más bellas y preciadas: las meridionales.

Sin embargo, cuando los cristianos asomaron por el valle del Guadalquivir, la ciudad llevaba ya algunas décadas envuelta en luchas intestinas. En realidad este iba a ser el común denominador en el rápido avance castellano a partir de siglo XI. La cronología de entonces es confusa y está llena de cambios de régimen, distintas alternancias y hechos convulsos, pero podemos afirmar que el poder musulmán del siglo XIII en Sevilla fue caótico y discontinuo, favoreciendo la filtración paulatina de fuerzas externas. De hecho, ya hacía muchas décadas que la ciudad pagaba tributos a los castellanos, una forma de contención que sirvió para contemporizar un progresivo e irremediable intercambio de poderes. Para muestra, el último gobernante hispalense, Ibn al-Yadd, había firmado un pacto de no agresión con el rey cristiano, que prometió respetar sus dominios y así lo hizo, pero fue asesinado y su poder usurpado por sus propios conciudadanos. De ese modo, la vía quedó completamente libre para los invasores, que resolvieron lanzarse sobre la ciudad sin más pérdida de tiempo. De un modo u otro iba a ocurrir tarde o temprano. Llegados a ese punto, la Isbiliya almohade, inestable y dividida pero opulenta y grandiosamente fortificada, iba a presentar batalla hasta su último aliento.

Desperta Ferro nº13 SEVILLA 1248
Imagen cedida por la revista Desperta Ferro.

Aproximando el objetivo

La ciudad era antiguo objeto de deseo para el rey castellano y sus antepasados. El poeta Rafael Laffón lo expresaría con duende:

Guadalquivir abajo, rueda un son de mesnada
La noche con estrellas corre con su espuela loca
Va de bodas Fernando y es la novia Sevilla

En el verano de 1246 comenzarán los preparativos de la conquista. Fernando III de Castilla y León tiene 47 años y un vigor que supera con mucho su salud, bastante maltrecha. Bajo su mandato la Reconquista prosigue a gran ritmo por tierras andaluzas. En esas circunstancias, cita en Jaén a todos sus prohombres para planear la campaña, como explica Carlos Ros en su libro Fernando III el Santo: “Reúne en Jaén a lo más granado de sus ricos hombres y capitanes y les propone el asedio. Los pareceres difieren. El maestre de Santiago, Pelay Correa, apoyado por los caballeros de su orden, aconseja ponerle sitio. Vencida la ciudad, todas las plazas secundarias se rendirían de inmediato. Otros prefieren conquistar primero la comarca, no dejar ninguna plaza fuerte a las espaldas, caminar paso a paso, con tala de contorno, para terminar con el asedio definitivo a la ciudad. Finalmente, prevaleció el parecer de Pelay Correa (…) Directamente hacia Sevilla”. Las circunstancias serían algo diferentes, el proceder también, pero la consigna fue el avance frontal hacia la capital.

Se congregó a las tropas en Córdoba, en el otoño de 1246. El cuerpo de milicias allí dispuesto conformaba un ejército heterogéneo y diverso, que mezclaba a nobles caballeros, vasallos y milicias municipales venidas de Navarra, Castilla o Aragón. Mención aparte merecen las órdenes militares. Acudieron las de Santiago, Calatrava y Alcántara, recientemente fundadas y que jugarían un papel realmente fundamental en la guerra. Asimismo, acudirá gran parte de la familia real, sobre todo los infantes y hermanos del rey, así como algunas fuerzas de la taifa granadina, ya por entonces bajo influencia castellana. En total, se estima un número de tropas entre las 5000 y las 10.000 unidades. Incluso, el papa Inocencio IV dictaría una bula exigiendo un tercio fiscal para financiar la campaña, lo que da buena prueba de cómo el panorama europeo empezaba a verse dominado por la misión evangelizadora de la Iglesia católica, con las cruzadas como máximo exponente.

La muerte de doña Berenguela, la madre de Fernando III, estuvo a punto de retrasar los planes de invasión, pues el rey dudó en si ir o no a Castilla, pero finalmente fue una opción descartada. Sin mayores contratiempos la empresa comenzó a principios de año y el avance por el valle del Guadalquivir no se hizo esperar. No fue difícil, puesto que la toma de posiciones en el lugar ya venía de años atrás: “Para entonces, el monarca castellano había llevado a cabo desde Córdoba —tomada en 1236— una serie de conquistas relámpago entre 1240-1241 por amplios sectores de la campiña del bajo Guadalquivir, sometiendo mediante pactos —llamados ‘pleitesías’— muchas localidades andalusíes de la comarca”, explica el catedrático Manuel García Fernández en su artículo “1248: La conquista de Sevilla” en la revista Desperta Ferro. No eran, pues, terrenos ignotos, ni se realizaba avance por territorio completamente hostil. Antes bien, se culminaban incursiones recientes y en los primeros meses de 1247 se someterán los pueblos de Constantina, Lora, Setefilla, Guillena, Tocina, Gerena, Cantillana, y sobre todo, Alcalá del Río, plaza norteña inmediatamente anterior a la expectante Sevilla, a menos de 15 kilómetros. De esta localidad dependía gran parte de la defensa inmediata de la capital y finalmente sería tomada sin remedio en el segundo mes de verano, dejando a Isbiliya virtualmente desnuda ante el enemigo a las puertas.

Fernando III permanecería en dicho pueblo hasta el 15 de agosto, momento en el que él y su ejército volverían grupas hacia el cauce sureño del río, bordeando ampliamente la ciudad por el este y haciendo noche en la otra Alcalá, Alcalá de Guadaíra. Dos objetivos aguardaban en el lugar de destino: aproximarse hacia la última de las grandes fortalezas metropolitanas, San Juan de Aznalfarache, para tomarla al asalto; y ofrecer cobertura a la importantísima flota naval que venía remontando desde Sanlúcar de Barrameda. Era el 20 de agosto y los cristianos completaron su aproximación acampando en la llanura de Tablada, a la vera del río, de su armada y justo enfrente de San Juan. El cerco comenzaba en ese momento.

14 meses y 3 días

La cuestión naval era primordial para tomar Sevilla. La ciudad se aprovisionaba fluvialmente desde África y además recibía víveres desde el oeste: San Juan de Aznalfarache, el Aljarafe y Niebla, en Huelva. En este sentido, la clave era cortar la conexión africana, así como el puente de barcas que unía Sevilla con Triana y a Triana con todas estas regiones. Sabedor de la necesidad de hacer un tipo de guerra mixta para tomar la ciudad bética —el asedio de tierra y las incursiones navales—, Fernando III y sus hombres también se entrevistaron en Jaén con Ramón Bonifaz, un burgalés versado en las artes del mar. Su procedencia ha sembrado el misterio entre los historiadores, pues no se le supone a un castellano del siglo XIII mucho conocimiento marino, razón por la que se especula con una ascendencia marsellesa o italiana.

En cualquier caso, el encargo del rey cristiano fue claro: había que armar en Cantabria una flota fuerte y preparada para hacer la guerra en el Guadalquivir. La demanda fue satisfecha con diligencia, pese a que por entonces la armada hispana era prácticamente inexistente. Se construyeron 13 naos y 5 galeras en los astilleros de Santander, Castro Urdiales, San Vicente de la Barquera y Laredo. Además, se calcula que fue preciso enrolar al menos a 1000 hombres entre marinos, galeotes y gentes diversas de armas. Presta y flamante, en el verano de 1247 la flota de Bonifaz ya andaba batallando en la desembocadura del Guadalquivir contra las naves moras, que les cerraron el paso de inmediato. La intención de los cántabros era remontar el río y ganarlo para sí, y no sin esfuerzo lo consiguieron. Los cristianos lograron imponerse en una serie de sucesivos encontronazos y en agosto remontaban con superioridad las aguas andaluzas hasta la altura de Coria, a unos 15 kilómetros de la capital hispalense. La vía fluvial estaba iniciada. Estuvieron entonces en plena disposición de participar de lleno en el asedio, para el que se les aguardaba con impaciencia. Según los cronistas, sería una experiencia pionera de guerra combinada, que aunó lo terrestre con lo naval bajo un mismo objetivo territorial.

Mientras tanto, el cuartel general del rey era un nervioso crisol de gentes, según escribe Carlos Ros: “El campamento es una amalgama de colores y ruidos de armaduras bajo el tórrido sol de verano. En el maestre Pelay de Correa y los santiaguistas resalta la cruz roja de Santiago en sus capas; el maestre Fernando Ordóñez y sus calatravos portan el hábito gris con cruz flordelisada; los de Alcántara, con su maestre Pedro Yáñez, son reconocidos por su cruz de sínope también flordelisada. Y de las órdenes extranjeras: los sanjuanistas, con su prior Fernando Royz, lucen sus capas negras y sobre ellas la cruz blanca de ocho puntas que representan las bienaventuranzas de la hospitalidad que profesan; también están presentes los templarios, con su maestre Pedro Álvarez Alvito”.

La prioridad era controlar el suroeste del río y proteger a la flota recién llegada. La primera gran acción de guerra corre a cargo de los santiaguistas de Pérez Correa, que cruzan hacia San Juan de Aznalfarache y logran hacerse con la fortaleza. Tras ello, toda la localidad se rendiría, eliminando la última gran plaza del cinturón municipal. No obstante, el asedio está lejos de estar maduro. Los sevillanos seguirán contando con el suministro de Huelva y el Aljarafe a través de Triana. Durante semanas se suceden las escaramuzas por todo el perímetro de la ciudad. Las espolonadas musulmanas —arremetidas de caballería— serán continuas, mientras los cristianos constatan que no tienen la fuerza militar suficiente para desplegar un cerco firme y completo. El otoño y el invierno de 1247 serán meses de tímidos avances castellanos, impotentes ante unas fortificaciones concienzudas y una maquinaria de asedio claramente insuficiente. Sevilla era un fortín que se dejaba rondar pero en ningún caso cercar todavía. La lucha de posiciones fue enconada y las razias —batidas rápidas y destructivas en territorio enemigo— se sucedieron con frecuencia, causando desgaste de guerrilla y ralentizando el curso real del asedio. La política cristiana de castigo y tierra quemada tampoco desequilibró la balanza ni cambió en absoluto el clima de estériles escabechinas. Lo ilustra bien la Primera Crónica General, que mandó realizar Alfonso X el Sabio: “De esta guisa andaban todo el día en porfía, los cristianos con esos moros, cuando por tierra cuando por agua, combatiéndose unos con otros… et ansí en esto estaban mañana et tarde… et cara hora del día”. Ante este panorama, Fernando III resolvería la práctica inutilidad de la tormentaria —maquinaria de asedio— y echaría mano del principio básico de la guerra total de expugno: el hambre.

A primeros del año 1248 los cristianos se afanaron en dominar el margen derecho del río (sentido inverso a los mapas) para mermar los suministros moros. Lo consiguieron en gran medida. Continuó el avance y se hizo campamento en los arrabales de Triana merced, entre otras cosas, a incursiones victoriosas de la flota, que cada vez osaba acercarse más al puerto sevillano. Pero el Castillo de San Jorge, baluarte trianero y prolongación del inexpugnable Puente de Barcas, resistía firmemente las arremetidas cristianas, y mientras este aguantase también lo haría el puente, la conexión fundamental con el exterior y por tanto el resto de la ciudad. Según los cronistas, la fortaleza resistiría durante semanas sin que la maquinaria de asedio cristiana pudiera hacer mella en sus defensas. Volvía a ponerse de relieve la limitación ingeniera del ejército castellano y la calidad de las fortificaciones almohades.

Maquetación 1
Imagen cedida por la revista Desperta Ferro.

No obstante, el curso del asedio iba a cambiar. La primavera de 1248 es vital para la toma de Sevilla. Los refuerzos que acompañan al recién llegado infante Alfonso darán impulso definitivo a un cerco encaminado pero dificultoso. Alfonso vendrá acompañado por nuevas milicias de todos los reinos cristianos, navarros, aragoneses, leoneses. Con estas nuevas huestes será posible reforzar todas las zonas del sitio y extender una verdadera soga al cuello alrededor de la ciudad musulmana. Manuel García Fernández explica el despliegue con detalle: “El infante se asentaría en la Buhaira (Huerta del Rey) controlando el sector oriental de la ciudad y los Caños de Carmona que la abastecían de agua. En el sector norte, en la zona de la Puerta de la Macarena, se establecieron las tropas del infante don Enrique y las huestes de las órdenes de Calatrava y Alcántara, los caballeros de Diego López de Haro y Rodrigo Gómez de Galicia. En las proximidades del Arroyo Tagarete se instalaría el arzobispo de Santiago. Por su parte, Fernando III avanzó por el sur hasta las inmediaciones de la Puerta de Jerez, al tiempo que la flota de Bonifaz navegaba ya río arriba hacia la bocana del puerto de Sevilla (…) Por último, el maestre de Santiago estableció nuevo campamento al oeste para cortar el suministro con el Aljarafe y mantener por la comarca la estrategia de guerra total. A excepción del noroeste y del puente de pontones de Triana, por donde continuaban entrando suministros, toda Sevilla estaba cercada en el verano de 1248”. Sin duda, solo restaba una cosa para precipitar la victoria cristiana: el dominio del puerto fluvial.

Se supone que el 3 de mayo de 1248 amaneció tranquilo y soleado. Aquel día culminarían los trabajos de la flota cántabra, que llevaba asumiendo el protagonismo ya varios días. La tarde propició la pleamar y un cierto viento de levante y los barcos se lanzaron en su empeño. Pasaron con éxito la barrera de la Torre del Oro, garita centinela que guardaba con celo el acceso a la ciudad. Virotes, flechas y otros objetos de aluvión dieron la bienvenida a los invasores. Mientras, las tropas de Fernando III realizaban fuertes cargas en tierra para tratar de hacer daño simultáneo y dispersar atenciones. Llegada la flota a la altura de las atarazanas y del Arenal, el avance se hizo completamente encarnizado. Intenso fuego de proyectiles volaba desde la orilla sevillana y desde las embarcaciones moras. Los asediados se empleaban a fondo para hostigar a la flota castellana, sabedores de que se jugaban su último reducto de resistencia. En efecto, los musulmanes aún tenían preparado un recurso defensivo para impedir el paso de Bonifaz, López de Haro y los suyos: el denominado “fuego griego” o “grecisco”. En palabras de Carlos Ros, eran “ollas y tinajas rebosantes de petróleo, azufre, salitre y otros elementos que lo hacían altamente inflamable en el agua”. Se lanzaron varias balsas y brulotes prestas a provocar el incendio, pero apenas hicieron blanco en las embarcaciones cristianas.

De pronto, salvado el escollo, la suerte pareció echada. El objetivo de la flota cristiana se dibujó con nitidez: abrir brecha en el Puente de Barcas y cortar sus comunicaciones. Ya estaban muy cerca y ninguna de las embarcaciones musulmanas había logrado detener el avance. Las dos naves cristianas de mayor tamaño iban en vanguardia. Estaban reforzadas en su proa con maderas y todo tipo de metales, listas para embestir. Las tripulaciones anclaron manos y piernas donde pudieron. El primer barco chocó. Hizo estremecer toda la estructura de madera y gruesas cadenas. Segundos después, lo hizo el segundo, donde se suponía que iba el propio Bonifaz. Fue un chasquido sordo y contundente. La embarcación abrió camino y quebró el puente más o menos por su parte central. La brecha estaba abierta. La flota había cortado la barrera de Triana y ahora Sevilla capital estaba completamente aislada.

En las siguientes semanas se tomó con gran esfuerzo el Castillo de San Jorge, pero la rendición tampoco llegaría entonces. Los musulmanes estuvieron completamente encerrados desde mayo de 1248 pero aguantarían con agonía hasta noviembre del mismo año. Entonces, por fin las autoridades castellanas pudieron comenzar las negociaciones, que no serían nada sencillas. Se firmó la capitulación el 23 de noviembre. Habían pasado 14 meses y tres días de incansable sitio a la penúltima gran urbe de Al-Ándalus. No era solo la conquista de una ciudad. Significaba, en la práctica, una de las últimas empresas de la Reconquista.

Leyendas y despedidas

Las crónicas musulmanas están llenas de resignación y melancolía. Además, nos ofrecen una versión solvente de los avatares de la derrota: “El rey cristiano concedió a la población una tregua para permitirles organizar el transporte de todos sus bagajes que pudieran llevar. Al terminar la tregua, la población abandonó la ciudad, que permaneció desierta durante tres días. El monarca cristiano mandó escoltar a los emigrantes por un destacamento armado hasta la zona musulmana de seguridad”. Por su parte, Carlos Ros detalla un poco más la cuestión: “El maestre de Calatrava se encargó de la seguridad de los musulmanes que se dirigían a Jerez, la mayoría, tal vez las tres cuartas partes de la población de Sevilla, que posteriormente darían el salto al reino de Granada. Para los que se decidieron a atravesar el mar, se dispuso de cinco barcos y ocho galeras que los condujeron a Ceuta”.

Se supone que Fernando III rechazó cuantas propuestas de arreglo ofrecieron los vencidos. No quiso la permanencia de los musulmanes en la ciudad ni la división del territorio entre cristianos y moros. No quiso la obtención de rentas compensatorias, altísimos tributos ni concesiones territoriales o monumentales. Antes bien, el rey de Castilla y León ordenó la partida de toda la población islámica hasta dejar la villa desierta. Durante un mes, el éxodo se sucedió sin grandes incidentes. Sevilla quedó vacía y entre sus muros solo pudo oírse el rumor lejano de las batallas recientes. El 22 de diciembre, casi un mes después de la capitulación y conmemorando el traslado de los restos de San Isidoro a León, entraba triunfalmente por la Puerta de Goles (actual calle San Laureano con Alfonso XII) el séquito del rey castellano. Fue un día histórico para la cristiandad. En adelante la ciudad sería repoblada con colonos, soldados y otras gentes castellanas, atraídos sobre todo por los reclamos fiscales, jurídicos y económicos que el monarca dispuso para la causa. No obstante, el área total de la ciudad, muy ampliada por los almohades, no sería del todo poblada hasta siglos después.

La famosa Estoria de España auspiciada por Alfonso X el Sabio dejará heroica constancia del asedio. Constituido por derecho —y no sin la consabida retórica— como uno de los grandes episodios de la Reconquista cristiana, los hechos históricos aquí relatados dejarán además un buen poso de leyendas e historias populares, algunas mundanas y otras más piadosas, algunas más creíbles y otras ciertamente inverosímiles. En su libro Tradiciones y leyendas sevillanas, José María de Mena relata algunos de estos pasajes. Es especialmente popular el relato de Fernando III colándose en la ciudad por su cuenta, de noche, disfrazado de moro y con objeto de buscar desde dentro alguna debilidad en las defensas musulmanas. Se supone que el monarca entró desde la Puerta de Córdoba —actual ronda de Capuchinos— y llegó hasta la mezquita —actual santa catedral— y que allí finalmente fue descubierto, con la suerte de que los suyos ya lo habían echado de menos en el campamento y también se habían filtrado a Sevilla. Dada la voz de alarma, sin embargo, el séquito pudo agruparse y poner pies en polvorosa, y salió sano y salvo por la Puerta de Jerez. El autor asegura que es una historia veraz y perfectamente documentada, pero cuesta creer que la pillería sucediera y terminara bien para los cristianos, sobre todo por la edad y la precaria salud de Fernando.

Idolatrada por el rey, la Virgen de los Reyes también cuenta con varios relatos conocidos, pero son más divertidos los de Garci Pérez de Vargas, el gran lugarteniente de Fernando en el asedio. Permítaseme contar uno de ellos. Su incidente con la cofia es bien famoso. Era verano y Pérez de Vargas volvía al campamento después de algunas escaramuzas. Montaba junto a un compañero y hacía tanto calor que ambos se habían desprendido de su yelmo. De súbito, cruzáronse con una comitiva mora que andaba rezagada o perdida. Se supone que se vieron ellos dos solos contra siete u ocho de estos enemigos, por lo que el compañero de Garci Pérez volvió grupas y salió en retirada, mientras este no se inmutó y quiso continuar su camino como si nada pasara. Los moros pudieron reconocerle porque llevaba la cabeza descubierta, y al ser Garci muy temido y bien conocido, pudo continuar la marcha sin hostilidad alguna. Sin embargo, llegado casi al campamento, Garci reparó en que su cofia —que protegía su cabeza del metal de la armadura— se había caído por el camino. Ni corto ni perezoso, se dio la vuelta y volvió a por esta, ante la mirada atónita de los moros, que habían sido retados dos veces sin réplica alguna. Supuestamente, el rey observó toda la escena desde un cerro y apremió a su hombre a revelar el nombre del soldado cobarde que había huido. Garci se negó a hacerlo, e incluso prohibió terminantemente que lo hiciera su escudero bajo amenaza de pena de muerte.

El reguero de estas leyendas es confuso y múltiple, pues cuentan con diversas versiones y variantes, además de veracidad resbaladiza, pero consten en el texto para dar cuenta de la rica producción popular que generó la reconquista de Sevilla en el imaginario cristiano e hispalense.

Al fin, rendida la ciudad del Guadalquivir, todos los cronistas coinciden en señalar el vínculo enamoradizo de Fernando III con Sevilla. Fue anhelada como una obsesión de distancia y amada profundamente cuando ya fue conquistada. Y en la ciudad hispalense quiso el monarca pasar sus últimos años de vida y establecerla como residencia última de su reino. Los que le rodeaban sabían que probablemente no viviría para ver prosperar la gran campaña africana que planeaba, pero Fernando aún pudo capitanear importantes conquistas en las provincias de Huelva y Cádiz. Llegado el momento, la muerte vino a buscarle el 30 de mayo de 1252. Dicen que murió sin sus atributos reales, despojado a voluntad de su espada, corona y cetro para dejarse morir solamente envuelto en su sayo, tal y como figura en la pintura de Virgilio Mattoni Las postrimerías de Fernando III el Santo. Cierto o no, la historiografía no tardaría en convertirle por derecho en el gran rey de la historia sevillana y en una figura troncal de la España medieval naciente. Nombrado santo por las crónicas cristianas, en 1671 sería finalmente canonizado. Y lo cierto es que, en cierto modo, su estatua en la plaza Nueva no acaba de hacerle demasiada justicia, siendo él figura tan engrandecida por los relatos, por lo que resulta más ilustrativo quedarnos con la épica de este asedio hispalense, singular recodo histórico de ingenio bélico y furor guerrero y religioso.