Narradoras del Sur salvaje 

narradoras del sur salvaje
Ilustración: Tau.

Los pantanos. Los trailer parks. Las mansiones algodoneras. Los banjos. Las bocas podridas. Las sílabas arrastrándose como el lodo. La white trash, la escoria racista. Niños sucios apelotonados en pick-ups, pieles de animales salvajes secándose al sol, petos vaqueros y gorras grasientas. Rifles, chatarra oxidada, alambiques en graneros. Banderas confederadas. Rednecks, damas sureñas, sudorosos vendedores de biblias. Todo lo roñoso que pulula desde el Atlántico hasta el golfo de México: el Sur, el gemelo malvado de Estados Unidos. Fascinante y repulsivo a la vez. Qué bonito el Sur cuando se pone feo, cuánto dura la peste a derrota. No hay ley que lo dicte, pero es así: la decadencia, cuanto más furiosa, más bella. 

Con todo esto habrán pensado en William Faulkner, claro está. En la calamidad de El ruido y la furia, en la oscuridad de Santuario. O quizá en el viejo Sur de Tennessee Williams, en la aspereza del Capote menos neoyorkino, del Cormac McCarthy polvoriento, de las salvajadas etílicas de Jim Thompson. Todos ellos y alguno más configuraron en buena medida la idea que tenemos del Sur norteamericano que trasciende límites geográficos. Nos contaron los pormenores de su miseria esplendorosa, participantes de varias de las corrientes literarias que han alumbrado un territorio artísticamente muy fértil: desde el gótico sureño hasta la literatura de frontera. Escritores con Premio Nobel y merecido sitio en el panteón de las letras de Dixieland

Pero quizá no hayan caído en algo: «Dixie» es nombre de mujer. No es casual que, de todos los que han tratado de aprehender el Sur, de condensar sus mitos, fuera una señora, Florence King, la que más se aproximó a atraparlo en una frase: «Ponga una cerca alrededor del Sur y tendrá un gran manicomio».

La paternidad literaria del Sur la ostenta el río Mississippi, pero la maternidad es compartida, quizá eso explique su bastardía. Las sureñas no solo parían, ordeñaban, atormentaban esclavos o espantaban moscas de los guisos. Escribían y escriben. Y han sido —alerta: osadía— muy superiores a la hora de desentrañar qué es y por qué nos fascina lo que ocurre en ese territorio indómito y sofocante. 

Démonos un garbeo alrededor de esa verja, asomémonos a ese maravilloso frenopático de mano de sus adorables chaladas. No se trata de ajustar cuentas: las suyas son obras maestras levantadas sobre el más oscuro de los abismos. 

No fue la primera, pero es la más prominente: Flannery O’Connor (1925-1964). Lo de que es «la gran narradora norteamericana del siglo XX» se le queda chiquito. Con sus gafas de culo de vaso, su férreo celibato y su lupus, se pasó la vida criando pavos reales y cuentos de gente fea de verdad. De poco sirvió que su madre, tan pía como ella, le implorara a su editor que la convenciera para que escribiera sobre «gente buena». O’Connor publicó la novela Sangre sabia con veintipocos años y ya jamás abandonó la sordidez. O lo grotesco1, término del que se apropió solo a medias: personajes violentos, inadaptados, crueles, embaucadores, lisiados. En sus cuentos, los que realmente le valieron el estrellato, el Sur asfixia físicamente. Es un territorio deformado e inclemente, un escenario de cuento de terror. «Soy blanca, católica y sureña, no podía escribir otra cosa que horror», decía. O’Connor destripa como nadie la malignidad del género humano, hasta dejar la bondad en poco más que un sarcasmo. No se dejen engañar por los títulos: Ni Un hombre bueno es difícil de encontrar ni La buena gente del campo cumplieron los deseos de su madre. O’Connor es despiadada y tapona las rendijas para que no entre ni una gota de aire fresco en ese paisaje atestado de conflictos raciales, pobreza ancestral y primitivismo religioso. De cómo de semejante lodazal puede emanar algo parecido a la belleza solo se percata uno leyéndola, por ejemplo, en los Cuentos completos o en las Novelas (ambos editados por Lumen). 

Antes de morir agarrotada de agonía, la buena de Flannery dejó para la posteridad un vídeo en el que enseña a las gallinas a andar al revés2 —«Después de eso, el resto de mi vida fue un anticlímax»—, una obra literaria que radiografió la identidad insular de una región y sus terrores y un saco de sagacidades impagables: «La narrativa trata de todo lo humano, y estamos hechos de polvo, y si desprecias cubrirte de polvo, entonces no debes intentar escribir una obra narrativa». Olvídense de Raymond Carver, Sam Shepard, Cormac McCarthy o La noche del cazador. Sin ella, jamás habrían existido. 

O’Connor, por cierto, se llevaba a matar con otra de las máximas exponentes del gótico sureño, su coetánea Carson McCullers (1917-1967). En su correspondencia personal no desaprovechaba ocasión para ponerla a caer de un burro, y McCullers acusaba a la otra de plagio a boca llena. Sus biografías tienen multitud de puntos de unión: ambas se borraron el «Mary» del nombre para juguetear con la apariencia masculina, nacieron en Georgia, visitaron la colonia artística de Yaddo, fueron adaptadas al cine por John Huston y vivieron asediadas por enfermedades implacables. Debutaron jóvenes, triunfaron jóvenes y murieron jóvenes. O’Connor no llegó a cumplir los cuarenta y McCullers inauguró los cincuenta por los pelos. Eso sí: menuda vida. Imposible condensarla en unas líneas. 

McCullers iba para niña prodigio del piano —componía desde los cinco años— y acabó como escritora precoz. Contrajo fiebre reumática, la internaron diecisiete veces y la parte izquierda de su cuerpo quedó completamente inmovilizada por una embolia. Escribió con una sola mano gran parte de su obra, que inauguró con El corazón es un cazador solitario (Seix Barral), que es muchas cosas a la vez. Uno de los comienzos más formidables de la historia de la literatura —«En la ciudad había dos mudos, y siempre estaban juntos»—, el regalo de un personaje memorable (John Singer) y un debut de éxito colosal. McCullers ideó su propio gótico sureño, que hermanaba con los clásicos rusos: «Tanto en la Rusia de los zares como hasta el momento presente en el Sur, una característica dominante ha sido el escasísimo valor de la vida humana», decía. 

En su literatura siempre hay borrachos —reflejo de su propia adicción—, negros que llaman a sus hijos Karl Marx, homosexuales, enanos, jorobados… Y algo más: ternura y compasión. Retorcidas, pero ahí están. McCullers no se aproxima a los seres andróginos, a los deformes o a los enfermos mentales con saña, ni siquiera con ánimo voyeur. Se sumerge en sus miserias, en su sexo atormentado y su pavor a la soledad para mostrar humanidad, incluso una clase muy concreta de candor. De anhelo de ser amado. Quizá el que nunca tuvo, quizá el que siempre buscó. Se casó a los dieciocho con un oficial aspirante a escritor, Reeves McCullers, homosexual, del que se divorciaría y con el que se volvería a casar en un lapso de cinco años. Juntos naufragaron en el alcohol y en una incompatibilidad que les hacía inseparables, algo que ella plasma en la novela Reflejos en un ojo dorado, cuya versión cinematográfica protagonizaron Marlon Brando y Elizabeth Taylor. McCullers dedicó el libro a la escritora suiza Annemarie Schwarzenbach, con quien tuvo una tormentosa relación amorosa hasta que murió en un accidente de bicicleta. Tras ser operada de cáncer de mama, Reeves, consumido por el declive físico de su esposa y su represión sexual, le propuso suicidarse juntos. Ella lo rechazó; él lo hizo de todos modos. 

Y en medio de toda esa turbulencia, el triunfo. Prácticamente todas las obras de McCullers fueron aclamadas: La balada del café triste es una compilación de cuentos magistrales, y aunque la novela Frankie y la boda tuvo una acogida más tibia, su amigo Tennessee Williams la convirtió en un éxito de Broadway. 

McCullers murió en un crepúsculo, no había otra. Seis semanas en coma y desapareció. Niña rara, alcohólica, escritora de una mano, amenazada por el Ku Klux Klan, en guerra contra todos los arquetipos de la beldad sureña y orgullosamente convencida de la valía de sus obras: «Yo tengo más que decir que Hemingway, y Dios sabe que lo he dicho mejor que Faulkner». Con una salvedad: Iluminación y fulgor nocturno, su autobiografía, quedó inacabada. 

Así como O’Connor y McCullers encarnan la pareja de escritoras sureñas enemistadas, Katherine Anne Porter (1890-1980) y Eudora Welty (1909-2001) son su reverso amable. Porter, ya afamada, se quedó prendada de Una cortina de follaje (Anagrama), un volumen de cuentos escrito por una desconocida debutante llamada Eudora Welty, a la que amadrinó artísticamente escribiéndole el prefacio. 

Por entonces Welty no era escritora, sino fotógrafa. Un hecho trascendental que marcaría su forma precisa y afilada de narrar. Durante los años treinta recorrió el Sur registrando el paisaje desolado que había traído la Gran Depresión a un territorio que aún no había superado la derrota. Cuando años después, ya merecedora de los halagos condescendientes de Faulkner y Capote, le preguntaron por la clave de su genio narrativo y de su maestría con los diálogos, no titubeó: «Mucho antes de que empezara a escribir, escuché con atención las historias de la gente», respondió. 

Gente sin un céntimo, desamparada, criados negros, niñas y familias opresivas pero nucleares. Welty fue siempre en contra de la épica para contar lo diminuto, que acababa derivando en lo disparatado y lo grotesco. Y circunscrito a su terruño, ese Sur del que raramente se movió. Aunque sus relatos (Cuentos completos, DeBolsillo) son lo más celebrado «Por qué vivo en la oficina de correos» dio nombre al software de correo electrónico Eudora, en su honor—, las novelas de Welty son joyas por derecho propio. La hija del optimista (Impedimenta) le valió el Pulitzer y calló las bocas de quienes «solo» la consideraban una excelente cuentista poseedora una sobrenatural agilidad oral. Cuando, ya cumplidos los setenta, Eudora Welty publicó una suerte de autobiografía, La palabra heredada (Impedimenta), a nadie sorprendió que se convirtiera en bestseller instantáneo. Porque hay algo indefinible y sugerente en su prosa, en su manera de mirar, que hace que el Sur no sea solo leído, sino olfateado, sentido, presenciado. Publicó ensayos, libros de fotografías y la cubrieron de premios, pero nunca le cegaron los focos. Murió en la misma casa de Jackson (Mississippi) en la que había nacido, la misma en la que se plantó Henry Miller para presentarle su admiración. No le dejaron pasar. 

Katherine Anne Porter sí logró cruzar el umbral de aquella casa estilo Tudor. A saber de dónde sacó el tiempo para ser mentora de Welty: Porter fue periodista, actriz de segunda, cantó baladas escocesas por Texas y Luisiana, pasó la tuberculosis (al final era bronquitis), la gripe española la dejó calva, se casó cuatro veces, se fugó a México para estudiar el arte azteca y maya y acabó metida en la revolución obregonista y un sinfín de cosas más: casi cien años de vivencias extravagantes y leyendas picantes, como que tuvo un rollete con Carson McCullers y que uno de sus maridos la dejó cuando se enteró de su verdadera edad. 

Y claro, escribió. Al principio como negra literaria, hasta que su editor se cansó de su cháchara y le sugirió que firmara algo con su nombre. Fue el relato «María Concepción», en 1920, que enseñó al mundo su mirada aguda, insobornable. Katherine Anne Porter se desenvuelve en un ambiente hostil, más cercano a la violencia de O’Connor, en el que sus personajes tienen que sobrevivir a toda costa. Su Sur lo delimita el río Bravo, y es racista, abusivo, cerril. Hay revolucionarios, rancheras, mamis negras y monstruos, en los que sobrevuela un tenue regusto a realismo mágico. Su única novela, La nave de los locos, fue llevada al cine por Stanley Kramer, y a ella solo le gustó el dinero que se embolsó. Su auténtico legado serán siempre sus cuentos (Cuentos completos, Lumen), por los que fue nominada tres veces al Premio Nobel y ganó el Pulitzer. El pelo volvió a crecerle, pero de un blanco rotundo. 

Aunque tiende a considerarse a Porter como la iniciadora del gótico sureño de O’Connor, McCullers y Welty, no es cierto del todo. Primero estuvo el siglo XIX, antes estuvo Kate Chopin (1850-1904), y las cuatro damas del renacer literario del Sur son sus deudoras. 

Kate Chopin llegó a la literatura para sobrevivir, y eso es mucho decir en 1899. Cuando falleció su marido, propietario de una plantación en Luisiana, la aplastaron las deudas, los cinco hijos y la depresión. Escribió por terapia. Primero relatos, después un escándalo llamado El despertar (Cátedra). Ninguna sorpresa: no era una historia que retratase el Sur racista, opresor: era un desafío frontal y una condena a todos y cada uno de los valores atávicos de esa sociedad. Su protagonista, la icónica Edna Pontellier —considerada una especie de Madame Bovary criolla—, decide romper con toda sumisión. «Daría mi dinero, daría mi vida por mis hijos, pero no me daría a mí misma», dice. Y lo hace, agárrense los machos. Fue tan revolucionario, tan feroz y contundente su desafío al ADN sureño que aún hoy vive gente con lúbricos deseos de profanar el cadáver de Kate Chopin. Por abolicionista, por hereje y por feminazi

Y hablando de herejías, allá va otra: mencionaremos en este caótico repaso a Harper Lee y a Margaret Mitchell, pero solo eso: mencionarlas. Resulta obvio que la impronta de Matar a un ruiseñor y Lo que el viento se llevó3, sus respectivas e icónicas obras, contribuyeron a moldear la idea literaria del Sur como pocas. Y aquí viene el pero: ¿queda alguien sin saberlo? ¿No han recibido suficiente atención?

En lugar de eso, miremos hacia otra chalada genial a la que por nuestras latitudes se ha prestado poca —más bien nula— atención: Florence King (1936-2016), la ideóloga de esa verja. No suele incluirse su nombre en ninguna antología de escritoras sureñas, de entrada, porque era una macarra y una chunga de cuidado. Las etiquetas que se atribuyó son un cacao maravillao: lesbiana conservadora, monárquica, antipopulista, episcopaliana, misántropa hasta el picor. «Estoy levemente a la derecha de Vlad el Empalador», decía. No te apodan «La Reina de la Maldad» por bonhomía, no. En su columna en la National Review, «La esquina de la misantropía», se dedicaba a mofarse de todos, con sátiras que escupían ácido. ¿Lo dudan? «Las feministas no estarán satisfechas hasta que cada aborto sea realizado por un médico negro gay debajo de un árbol en peligro de extinción en una reserva para indios discapacitados», escribió. 

Pero no es en calidad de polemista incendiaria por lo que la resucitamos aquí. Maldades y desfachateces al margen, Florence King fue una magnífica cronista de lo que era el Sur en los últimos coletazos del siglo XX y lo crónico de su miseria. Descendiente de la élite colonial de Virginia, King fue criada bajo los estrictos y rancios estándares de lo que tenía que ser una mujer sureña. Ya crecida —y abandonada su faceta de escritora pulp de relatos cochinos—, dedicó una gran parte de su producción a retratar aquel ambiente de señores sentados en sus porches con rifles sobre las rodillas. Su cima es la biografía Confessions of a Failed Southern Lady (Confesiones de una fallida dama sureña), no traducida al español4; una obra descacharrante y honesta que expone a las claras por qué el Sur luce mejor en la tele que en tus carnes. «El culto a la feminidad dotó a la belleza sureña con al menos cinco imágenes totalmente diferentes y le pidió que fuera lo suficientemente buena como para adoptarlas todas. Se le exige que sea frígida, apasionada, dulce, maliciosa y dispersa, todo al mismo tiempo. Sus problemas surgen del hecho de que lo logra». Es un libro con suficiente maldad para abastecer un continente durante décadas, plagado de excesos retóricos y de comentarios que provocarían úlceras sangrantes en tiempos como los actuales. Pero ¿no querían sur? Pues ahí está: desnudo, sucio y descarnado. 

Y de él se sigue escribiendo, sigue alumbrando corrientes literarias nuevas, como la llamada grit lit, hillbilly noir, country noir o rural noir. Para entendernos: literatura redneck, realismo sucio. Tan sucio, que a su mayor exponente femenina ni siquiera le hace falta ser sureña: Bonnie Joe Campbell (1962), de Míchigan. «La única beneficiaria de una beca Guggenheim que sabe castrar un cerdo», es como suele presentarse. Una escritora con una maldad superdotada para el relato corto, como demuestra Desguace americano (Dirty Works), un catálogo tenebroso plagado de ciervos desollados, camioneros desdentados, embarazos adolescentes y mucha —muchísima— sordidez. Que contiene, por cierto, el piropo más white trash jamás escrito: «Estaba muy guapa con aquel fondo de montañas boscosas y dos camiones enormes con el motor encendido». En la biografía de Campbell consta que vivió en una granja, se unió a un circo, vendió granizados y ascendió los Alpes en bicicleta. Y, además, dejó claro que sabe cómo se hacen novelas sobre el lumpen: Érase un río (Dirty Works) se parece mucho a un viaje de speed. Margo Crane, con sus quince años, su escopeta y su barca se pone a remontar el río Stark, con escasas papeletas para sobrevivir. No desvelaremos si lo hace, baste con decir que el libro supone una relectura de las machadas, las novelas de aventuras y nuestra idea de lo que es el peligro. 

«Yo me crie en medio de todo esto. La ansiedad, la obsesión, el miedo, las peleas: la granja, el dinero, la familia, el pasado». Podría ser Joe Campbell, pero es otra coetánea a la que también le va la marcha de la grit lit: Ann Pancake, «la Steinbeck de los Apalaches». En su compilación de historias Tierra vencida (Dirty Works) está lo mejor de la peor Virginia. Personajes que arrastran un vacío rebosante de Jack Daniel’s, desgraciados que queman su casa para cobrar el seguro, que tienen demasiados hijos demasiado pronto; hay bisabuelas a los cuarenta, fantasmas confederados… Gente que quiere huir, pero ahí se queda, en su cochambre hostil. Sin hacerle demasiadas preguntas a su decepción. 

No nos resistimos, aunque esté cogida con alfileres, a mencionar a la inconmensurable Mary Karr (1955). Sureña en cuanto tejana, podría decirse —y con razón— que su obra encaja un poco a martillazos en la tradición sureña, dada su prolífica obra poética. Pero cualquiera que haya disfrutado como un cochino con El club de los mentirosos o Iluminada (Errata Naturae) sabe que alguien que creció entre serpientes, huracanes, torres petrolíferas y malnacidos puede figurar donde le plazca. Y su historia, y su vida, sureña y góticas son un rato. 

Dos chupitos rápidos para ir cerrando: Jesmyn Ward (1977) y April Ayers Lawson (1979), que no sé si se conocen, pero deberían. Ward ha sido ya multipremiada con el National Book Award, pero hay que insistir: La canción de los vivos y los muertos (Sexto Piso) es una suculenta actualización del gótico sureño que resuena a Welty, a O’Connor y lo mejor de todo: a Jesmyn Ward. Una narradora que escarba entre orfandades, racismo, soledad y miseria moral. Drogas, cáncer, tabaco de mascar, una carretera: tiene todo para que duela como un taburetazo en la mandíbula. Más delicado —que no sutil— es el debut de April Ayers Lawson, Virgen y otros relatos (Anagrama), una colección de cuentos que se introduce en la tradición sureña por su vertiente menos obvia: el sexo, Dios y la represión. Es raro, es fresco, es gótico sureño con smartphones

Hasta aquí esta mezcolanza imposible de vivas y muertas, chaladas y neuróticas, escritoras con el Sur encajado en las entrañas que esperemos que sirva para que la próxima vez que piense en una dama sureña no masculle «señorita Escarlata», ni mucho menos apele al ideal de esas «magnolias de acero» que aparentan fragilidad. Ellas, ya lo decía el propio Faulkner, «son capaces de sobrellevarlo todo porque tienen el suficiente sentido común para saber que lo que debe hacerse con las penas y las preocupaciones es considerarlas hasta la saciedad, atravesarlas de parte a parte, hasta llegar al otro lado de ellas y perderlas de vista». También escribirlas, Faulkner. 


Notas

(1) De la costumbre de denominar su literatura como «grotesca», O’Connor escribió un ensayo interesantísimo: Some Aspects of the Grotesque in Southern Fiction. Un extracto: «Siempre que me preguntan por qué los escritores sureños en particular tendemos a escribir sobre freaks, yo digo que es porque aún tenemos la capacidad de reconocerlos».

(2) El vídeo está disponible en YouTube con el título «Do You Reverse? (1932)». Flannery O’Connor tenía seis años y la productora de cine mudo Pathé News acudió a su granja a grabar a la gallina.

(3) Seamos honestos: en el momento de redactarse este artículo hay semejante jaleo en torno a Lo que el viento se llevó que no está de más cerrar la boca para no contribuir a generar más ruido estéril.

(4) Editores: guiño, guiño, codazo, codazo.


Hágase un favor y vea «Tiger King»

Imagen: Neflix.

Prepárese usted para flipar en colores.

El mundo, no hay ni que decirlo, está repleto de gente disfuncional. Sin embargo, y por desgracia, mucha de esa gente carece de interés. Es decir, todos hemos tenido compañeros de trabajo psicópatas, vecinos gilipollas y compañeros de andanzas nocturnas que deberían haber pasado una temporada de sanación en un frenopático (si es quede verdad no terminaron en él), pero eso no significa que se pueda elaborar un buen espectáculo con sus vidas. En la mayoría de los casos, me temo, el contemplar con detalle sus hazañas en un formato de serie documental nos produciría más hastío que otra cosa. Imaginen un documental sobre políticos españoles; por muy disfuncionales que nos parezcan, porque lo son prácticamente todos, no serían buen material para una serie. Casi puedo escuchar los bostezos desde aquí.

Hay, por el contrario, gente disfuncional que no solamente merece un documental, sino que es capaz de romper todos nuestros esquemas mentales sobre los límites entre la realidad y un delirio circense provocado durante la siesta por una indigestión de lentejas. Es esa gente cuyo carisma basta para sostener una escena; si en una misma historia reunimos no a una, ni a dos, sino a unas cuantas personas cuya estampa es hipnótica, entonces tenemos el material con el que se hacen los sueños. No sé cómo definir la emoción exacta que produce el visionado de Tiger King, pero la describiría como algo parecido a un íntimo agradecimiento por el hecho de que, en estos tiempos tan locos, haya un microcosmos incluso aún más loco al que poder asomarnos para desconectar de la realidad. Con la pequeña puntualización de que la gente que sale en Tiger King existe en la realidad. Lo cual todavía estoy intentando procesar.

Netflix, como he dicho muchas veces, ha tenido sus aciertos y sus errores con el contenido propio. Sus series de ficción son cal y arena; algunas son muy eficaces y entretenidas, otras muchas dejan que desear, y rara vez hay alguna realmente redonda. Sus películas, salvo honrosas excepciones, tienen un promedio de calidad no muy elevado. Si hablamos de documentales, no obstante, es ahí donde está su fuerte. No me refiero necesariamente al éxito que obtengan (aunque lo obtienen y, de hecho, parece que Tiger King puede alcanzar o superar el éxito obtenido por Stranger Things), sino a la capacidad de fascinación. Ya que mencionamos Stranger Things, me entretuvo —la primera temporada, al menos—, pero nunca me fascinó. Pero algunos documentales van mucho más allá de lo que había esperado al saber la temática. El mejor ejemplo es Wild Wild Country; sí, uno podría decir que se trata de un documental sobre una secta, pero esa breve frase no hace justicia a la espiral de flipe que el espectador experimenta episodio tras episodio hasta descubrir que no se trata de un documental sobre una secta y ya está, sino que es un auténtico viaje a otra dimensión, a una historia que ningún guionista podría llegar a concebir. También sería engañoso decir que el documental Fyre se limita a narrar el fracaso de un ambicioso macrofestival de música organizado por un estafador para sacarle el dinero a un público de «alto standing», porque ese breve resumen no refleja los momentos de hilaridad en los que un puñado de pijos experimenta su primer contacto con el Mundo Real y se abandona al llanto al darse cuenta de que no todas las camas del mundo son tan cómodas como las de la Mansión de Papá. Vamos, ¿quién quiere ver Stranger Things pudiendo contemplar el auténtico horror de los influencers abandonados en mitad de una paradisíaca isla justo cuando estalla una tormenta mientras descubren que el festival con el que esperaban alicatar su Instagram no existe?

Imagen: Neflix.

Lo mismo sucede con Tiger King. Es un documental, ergo describe una historia real. Pero ningún resumen conseguiría encapsular el viaje ácido que se prolonga a lo largo de siete episodios. Es decir, si le cuento a usted el planteamiento inicial ya le sonará raro, pero créame, no es nada. La serie empieza hablando sobre un criador de grandes felinos llamado Joe Exotic que acabó en la cárcel acusado de intento de asesinato por contratar un sicario para deshacerse de Carole Baskin, directora de una asociación dedicada a rescatar grandes felinos. Sí, el meollo se antoja curioso, pero parece una historia bastante directa. Y no, no lo es. El planteamiento es casi lo de menos. Nunca se me hubiese pasado por la cabeza que el mundillo de los aficionados a los grandes felinos diese tanto de sí. Mi experiencia con los felinos se limita a los gatos; no acostumbro a mantener contacto directo con tigres —no por nada, tengo otras aficiones que no incluyen a los depredadores más grandes que yo; llamémoslo «gen de la sabiduría prehistórica»—, aunque parece que los tigres criados en entornos domésticos son muy amigables. El problema es que cuando no son tan amigables hacen algo más que un arañazo; también en el documental vemos esto. Pero bueno, aunque uno nunca lo diría viendo su cara angelical en Armas de mujer, Melanie Griffith creció rodeada por leones y tigres y mírenla, no le pasó nada (es decir, estuvo con Don Johnson, pero ustedes ya me entienden). Pues bien, el mundillo de los criadores y los defensores de los felinos que vemos en Tiger King es una puñetera locura. Son estadounidenses, obviamente, porque en aquel país lo que es raro no se limita a ser raro, si no que es aberrante. Conocemos a varios criadores y a la susodicha defensora de los derechos de los felinos; todos ellos parecen salidos de la mayor noche de gloria etílica de un guionista en estado de gracia. También los abogados, los familiares de un desaparecido, no sé: todo el mundo que aparece aquí.

La espiral de flipe empieza ya en el primer episodio. Cuando los personajes empiezan a desfilar ante nuestros ojos es como si alguien hubiese abierto una compuerta mágica y una horda de personajes de películas de John Waters hubiesen asaltado nuestra dimensión, campando a sus anchas. Como en La niebla o Los pájaros, pero en vez de monstruos y aves asesinas tenemos rednecks y gente increíblemente estrafalaria. En serio, no hay palabras para descubrir la alineación de caracteres. ¿Saben eso de «la realidad supera la ficción»? David Lynch o los hermanos Coen hubiesen matado para disponer de semejante plantel de figuras en sus películas. Es decir, cuando uno imagina a criadores de tigres o a gente de asociaciones animalistas, pues espera cierto grado de surrealismo, es verdad (ya me perdonarán los criadores de tigres y los animalistas, pero admítanlo: tan normales, lo que se dice tan normales como los contables, ¡ustedes no son!). Sin embargo, estas preconcepciones se quedan cortas. En unos pocos minutos los personajes de Tiger King pulverizan toda medida en el surrealómetro y cualquier expectativa, por alocada que hubiera sido, se ve superada con amplitud. En serio, imagino a Waters viendo esto y tirándose de los pelos mientras exclama: «¿Por qué no se me ocurrió a mí?». Y resulta que, aunque tenemos el imponente espectáculo de un montón de tigres correteando y dando saltos y (a veces) tratando de comerse a gente, resulta que los tigres son lo de menos. Los humanos son infinitamente más interesantes. Ni en The Simpsons han llegado a tener semejante apoteosis de personajes absurdos en un episodio, y eso que allí se los podían inventar porque solo había que escribirlos y dibujarlos.

Imagen: Neflix.

El intríngulis de la fascinación que despierta Tiger King no está, pues, en la factura del documental. Que es muy buena, no me entiendan mal; es bonito ver que no han desperdiciado el material de base. Eso sí, la estructura no aporta nada esencialmente nuevo a un formato ya bien conocido. Las series documentales hace tiempo que han pillado el punto al espectador y básicamente tratan de imitar la estructura de una serie de ficción; plantean lo básico en el primer episodio y guardan sorpresas e informaciones relevantes para los episodios posteriores. Es una estructura que funciona especialmente bien en documentales donde hay historias criminales, judiciales o misteriosas, aunque tiene el problema que, de tanto usarla, se ha vuelto un tanto repetitiva y en muchos casos se adivina desde el principio cómo se desarrollará una serie de estas características. Una vez vistos Making a Murderer o The Keepers, y no digamos Wild Wild Country, es difícil que el formato nos sorprenda. No obstante, esa anticipación se viene abajo cuando la historia narrada es tan extravagante y tiene tantos recovecos extraños y, sobre todo, tantos personajes pintorescos como en Tiger King. El planteamiento inicial, lo del sicario, es casi lo más normal que va a ver usted aquí. Episodio tras episodio, las ramificaciones del asunto pondrán a prueba sus dotes de Anticipación de lo Flipante. Y lo bueno es que, aunque hay cosas truculentas y mucha mierda bajo las alfombras de los involucrados, y algunos momentos oscuros o chocantes, visitamos una subcultura tan hortera y tan colorida que las ocasiones para la carcajada y el más feliz estupor son incontables. Es una historia real, pero uno acaba teniendo la sensación de que está viendo dibujos animados; si hubiese aparecido Bob Esponja por una puerta ni siquiera me habría extrañado.

Si usted necesita unos cuantos episodios con los que ausentarse de la realidad para visitar esa otra realidad, auténtica pero increíble, de las guerras intestinas en el mundillo de los ¿tigréfilos? (¿cómo demonios se dirá?), Tiger King conseguirá que usted escape durante unos buenos ratos. Es una historia que no se parece a nada que usted haya conocido. Si ya ha visto Wild Wild Country, esto es la «continuación» que estaba esperando. Si no, hágame caso también y véala.

Imagen: Neflix.


De rednecks, pobres y votantes de Trump

Fotografía: Jorge González (CC).

Un país es la narración de su epopeya, y no hay aventura contemporánea más heroica que la de los Estados Unidos. Desde su misma Declaración de Independencia todo parece una conquista continua de libertades, liberación de los yugos colonialistas y continuo aumento del bienestar. En un mundo, el de finales del XVIII, donde no había tales cosas. Pero apenas se rasca bajo ese relato figurado aparecen las contradicciones. Y pocas las hay mayores que esa masa de blancos, protestantes y pobres que son la verdadera base de su nación. Palurdos, basura blanca, paletos. Rednecks.

El término tiene sus sinónimos en lengua inglesa, como hillbillies, white trash o crackers. Pero el más usado hoy en día es rednecks, cuellos rojos. Los de unos blanquitos rurales con epidermis demasiado caucásica para trabajar bajo el sol. Todos los hemos visto aparecer en las películas norteamericanas como un prototipo social aterrador. Tanto, que no podría concebirse el gore moderno sin La matanza de Texas. Ni sin esos arquetipos de cerebro disfuncional, fruto de la endogamia, que aman las armas, y se acuestan con sus hijas o con sus propias madres si no encuentran otra cosa.

Las creencias que los definen están identificadas en el extranjero como la idiosincrasia estadounidense. Defienden que la ley de Dios está por encima de la Constitución. Son patriotas amantes a ultranza de su país. Fanáticos de las armas, y partidarios de usarlas en defensa propia antes que de llamar a la policía. Convencidos de la inferioridad de los naturales de otras naciones. Seguidores de una fe que predica que el hombre pobre lo es por no esforzarse lo suficiente, o por ser idiota. Y también que todo pobre está en camino de ser rico. Por último, pero no menos importante, que viven en el único país libre y desarrollado de este mundo: los Estados Unidos de América. Por eso la palabra redneck, y sus equivalentes del argot inglés pueden traducirse por paleto.

Pero no nos confundamos. Tanta caricatura ridícula tiene que esconder por fuerza un estereotipo social. Para entender porqué existe, y de dónde sale, hay que leer alternativamente a Howard Zinn y a Jim Goad. Ambos, hijos blancos de los EE. UU.

El profesor Zinn, universitario y activista del Movimiento por los Derechos Civiles, ha escrito un libro fundamental, La otra historia de los Estados Unidos. En él nos explica cómo, antes de que llegaran los esclavos negros, la gran población sometida a un régimen similar al esclavismo eran los ingleses e irlandeses pobres. En el discurso oficial, expresidiarios enviados a la colonia de Reino Unido para librarse de ellos. En la obra de Zinn, muchachos, mujeres y hombres que eran cazados, literalmente, en sus países de origen, y encarcelados en barcos que hacían la ruta hacia la coste este de la por entonces colonia inglesa. Una vez allí se los convertía en mano de obra esclava de los grandes terratenientes ingleses. Las razones que se les daban para ello suenan sospechosamente contemporáneas. Tenían que pagar el traslado a América que no habían pedido, como ahora los emigrantes a las mafias de trata de personas. Como no eran obreros cualificados, ni tenían nada más que aportar más que su trabajo, se les obligaba a aceptar el que les dieran. Aunque no les permitiera comer lo suficiente ni vestirse adecuadamente. Como a los parados de la Norteamérica de hoy. Y por último, dado que en Inglaterra habían sido calificados como sujetos peligrosos socialmente, debían someterse al régimen de dependencia de un terrateniente que «los controlara».

Por su biografía, Zinn podría ser un redneck, y Jim Goad solo un blanco de clase media, pero adopta el estereotipo para su ensayo, y lo hace de forma tan lúcida como el catedrático. Añadiendo ideas tan rasposas como un buen whisky casero de fabricación clandestina. Su libro, Manifiesto Redneck, tiene una reciente y portentosa publicación en castellano a cargo de la editorial española Dirty Works. Eruditamente anotada, además, para los ajenos a este fenómeno social. En ella leemos cómo Goad arremete contra el prejuicio que nos ha hecho imaginar a los rednecks como a los hermanos protagonistas de La Matanza de Texas. Aunque el autor no cita este largometraje, más conocido por los no estadounidenses, se refiere en cambio a Deliverance, película de 1972 elevada hoy a los clásicos del cine. Sus protagonistas son cuatro blancos urbanos de clase media que emprenden un viaje de aventura en piragua por la naturaleza salvaje. Allí serán sodomizados, perseguidos y tiroteados por los rednecks. Blancos violadores, armados y violentos, peores que el coco. Es más o menos como la clase blanca estadounidense ve a los blancos pobres, rurales, y/o habitantes del sur. Goad denuncia el patrón de esa narrativa: el redneck asesina y viola sin motivo porque es parte de su naturaleza.

Pero el Manifiesto Redneck fue publicado en 1997, y su narración podría haberse quedado trasnochada. Para nada. Hay alguien que ha traído a los rednecks de vuelta a la portada, y ese es Donald Trump. Tanto Jim Goad como Howard Zinn analizan en profundidad la razón de que la historia estadounidense mantenga una gran clase pobre y blanca permanentemente fuera del bienestar económico. A los descendientes de ingleses e irlandeses emigrados a la fuerza no les fue bien al ser liberados, con la Declaración de Independencia, de sus patrones. Fueron convertidos en ciudadanos estadounidenses, con pleno derecho… a no tener trabajo. Fueron sustituidos por los esclavos negros, que no tendrían plenos derechos hasta 1963. Su segregación es bien conocida, no así la de las clases blancas desfavorecidas, como explica Goad. Sistemáticamente, la crisis de 1929, la expropiación de granjas en la década de 1950, y la guerra de Vietnam va hundiendo en la miseria a los hillbillies. Sus hijos y nietos han visto ahora desaparecer el poco bienestar alcanzado tras la Segunda Guerra Mundial una vez desatada la crisis del 2008. Aquí es donde entró en juego el «America First», o los americanos primero, el lema de campaña de Trump. O en oídos de un redneck, «Por fin nosotros».

Cuando Donald Trump ganó las elecciones, gran parte de la prensa del país estaba atónita. ¿En serio habían elegido al loco en lugar de a Hillary Clinton? Lo cierto es que los periódicos que se echaban las manos a la cabeza representaban a la gente blanca, urbana y universitaria. Mientras que los periodistas que habían seguido la campaña a pie de calle, y preguntado en todos los rincones del país, tenían otra visión. La gente votaría a Trump, no porque creyera en sus promesas, sino por probar. Total, los otros ya los habían defraudado. No iban a estar peor con él que con cualquier otro. Y esta reflexión predominaba, y predomina, entre los rednecks.

Donald Trump en un acto con los trabajadores de la refinería Andeavor, en Mandan, Dakota del Norte, 2017. Fotografía: Jonathan Ernst / Cordon.

Lo cierto es que el actual presidente jugó bien con todos los principios ideológicos asociados a este grupo. Patriotismo, expulsión de emigrantes y muro en México, traer las fábricas de vuelta, y por tanto el trabajo redneck también de vuelta, y defensa de la tenencia de armas. Además de la baza más importante de todas: presentarse como el hombre listo y hecho a sí mismo que había trabajado duro para hacerse millonario. El viejo sueño americano redneck. Que además ha asociado ciertas cualidades a quien lo consigue: el ser sabio, justo, moral, digno, fuerte e inteligente. Así ven a Trump, que adquiere con ello la misma aureola que los padres fundadores, redactores de la Constitución Americana. Zinn nos explica que, como ricos hacendados que eran, practicaron el esclavismo y la opresión. Y no puede haber contradicción en que un payaso dirija una nación si unos cínicos ayudaron a crearla.

Si la legislatura de Trump termina y no ha cumplido sus promesas, sus votantes no se sentirán demasiado defraudados, ya que votaron por «el a ver qué pasa». La victoria del republicano no solo se basó en ellos, sino en la abstención de otro grupo, el de los millennials, jóvenes nacidos en torno a la década de 1980. Eran más proclives al partido demócrata, siempre y cuando su líder fuera Bernie Sanders, y no Hillary Clinton. Una vez ganó ella, se abstuvieron de ir a votar. Ahora enfrentan una realidad no muy diferente a la de los rednecks. La clase media blanca valedora del sueño americano se derrumba. Literalmente. Pongamos un ejemplo. Una profesora de instituto en la zona de Sillicon Valley puede ganar de sueldo, al cambio, tres mil euros. Esa cantidad no le permitirá vivir de alquiler y pagarse la comida, ni siquiera si opta por una habitación en el sótano de una casa unifamiliar, fórmula corriente allí. Los precios provocados por los sueldos de las empresas tecnológicas como Google, Facebook, Apple, y todas las start-up cuyos nombres no conocemos lo hacen imposible. Estas empresas están preocupadas, porque no atraerán talento si sus empleados no tienen profesoras donde viven para sus hijos, o ni siquiera casas asequibles donde vivir. Así que ahora barajan la idea de construir ciudades de su propiedad para paliar este problema. La pregunta es si entonces todos los que no trabajen en esas corporaciones acabarán convertidos en rednecks pobres.

¿Espera mejor futuro al brillante ingeniero universitario que es contratado por una de estas empresas punteras? No necesariamente. En el aparcamiento frente a Google ya hay varios empleados que tienen en el coche su casa. Duermen en él, y al levantarse usan las duchas que la compañía pone a su disposición, junto a gimnasios y comedor. No lo hacen porque ganen poco, sino para pagar la deuda contraída con los bancos por su educación universitaria. Que es el equivalente a una hipoteca media de entre cien mil y doscientos mil euros, al cambio. Estas personas se reirían en mi cara, o me la partirían directamente, si yo los llamara rednecks. Pero no difieren mucho de la realidad que Goad nos describe en su libro. Él mismo, en uno de los párrafos, asegura que él y su mujer, con sus dos trabajos de licenciados universitarios, cubren a duras penas sus gastos. Cuando su padre, con un solo sueldo de trabajador no cualificado, mantenía a cuatro hijos.

Hay un fenómeno más que acerca a rednecks y millennials, el de los parques de caravanas. Nosotros los llamaríamos campings, pero nada tienen que ver con el ocio ni los viajes. Los aparcamientos destinados a autocaravanas son, simplemente, el recurso habitacional de la gente más pobre. Rednecks que ya no proceden en exclusiva del medio agrario, sino de ciudades como Detroit, cuando desaparecida la industria automovilística se han despoblado. Tenían casas hipotecadas, pero con la llegada de la crisis no pudieron venderlas, perdiendo el dinero gastado en adquirirlas. Lo mismo ha ocurrido en cientos de miles de ciudades y pueblos en todo Estados Unidos. Algunos de sus habitantes las conservan para acudir a ellas el fin de semana. El resto de días, laborables, duermen en el camping, los más afortunados en autocaravanas alquiladas, y los menos en la caja de su camioneta, o directamente en el coche. Como algunos de los que trabajan en Google. Y así se cierra el círculo.

La realidad de hoy en EE. UU. parece poner el foco en el subtítulo del Manifiesto Redneck. «Cómo los paletos, palurdos y la basura blanca se convirtieron en el chivo expiatorio de América». Goad denuncia la ridiculización de una clase social que por su pobreza no le queda más remedio que partirse el lomo currando y olvidarse de refinamientos. El hombrecito blanco pobre de ciudad se reirá de ellos, con la idea en la cabeza de que viajar a sus lugares de origen debe ser una experiencia aterradora. Recuerden Deliverance. Pero ahora, a diferencia del momento en que fue escrito el Manifiesto, blanco urbano y blanco rural, pobre blanco y pobre negro, están siendo igualados por un capitalismo sin medidas legales que lo modere. Da igual si eres ingeniero de Google o despachador de hamburguesas en un Burguer King. Desaparecida la Unión Soviética y la amenaza de su comunismo, los políticos ya no se preocupan por los derechos de los trabajadores, y los sindicatos están desactivados. Las empresas buscan su máximo beneficio, y en el balance el gasto mayor son, siempre, los sueldos. Parece cuestión de tiempo que la pobreza redneck vuelva a ser tan universal en Estados Unidos como en el período inmediatamente posterior a la Declaración de Independencia.

Aunque, como es habitual, la historia nunca termina en conclusiones tan categóricas. Un movimiento llamado Redneck Revolt se extiende como la pólvora por el país. Define al capitalismo y a Trump como sus enemigos, y muestra pistolas, metralletas, subfusiles y demás como armas. Estuvieron en los incidentes de Charlottesville, donde el Ku Klux Klan y los supremacistas blancos se manifestaban en contra de la retirada de una estatua del general Lee. Uno de ellos atropelló con su coche a diecinueve personas que defendían lo contrario, matando a la joven Heather D. Heyer, de treinta y dos años. Intelectuales como Howard Zinn, que vivieron el Movimiento de los Derechos Civiles, donde Luther King, entre otros, reivindicaban los derechos de los negros, creen estar viendo el resurgir de aquella violencia. Por motivos ciertamente análogos. Trump ha dado alas a los radicales de extrema derecha y los Redneck Revolt de la extrema izquierda contestan a su lema con un «Make racist afraid again». Hagamos que los racistas tengan miedo otra vez.

Las élites demócratas y republicanas del país, no todas representadas por Trump ni por Hillary Clinton, miran todo esto de reojo. Y mientras, la ONU ha emprendido una misión para analizar por qué la pobreza extrema está sacudiendo a EE. UU. con una fuerza análoga a la de países subdesarrollados. En una de las naciones más ricas de la Tierra. Llámenme exagerado. Pero intuyo que la desaparición de la clase media va a convertirlos a todos en rednecks. Paletos, palurdos, hijos endogámicos de padres endogámicos demasiado idiotas para percibir la que se nos estaba viniendo encima. Me incluyo, sí, no por ser estadounidense, sino porque todo esto suena a haberlo visto ya, también por aquí.

Detroit, 2010. Fotografía: Thomas Hawk (CC).


Crónica de la cuneta hillbilly: atracciones de carretera en el sur de Estados Unidos

Lesage, West Virginia 2014. Foto: Robert Galbraith / Cordon.

Imagine.

Imagine una recta interminable que se pierde en el horizonte. La carretera (buen asfalto, gran anchura, cómoda y silenciosa) quizá hace un poco de curva, pero es tan tenue y lejana que uno no puede discernir si realmente existe o es su cerebro quien inventa recodos. A ambos lados se extiende el mar. Pero es un mar extraño. Es verde y marrón y amarillo, y hace ruido cuando corre el viento, un ruido así, como de tripas agitándose, un ruido como el del teléfono justo antes de sonar. Porque ese océano es un océano de bosques, y parece extenderse hasta donde alcanzan los ojos.

Imagine.

Usted lleva conduciendo horas, cientos de kilómetros, y todo el paisaje es siempre el mismo. Sí, a veces surgen aquí y allá las últimas estribaciones de los Apalaches, en ocasiones se atisban a lo lejos graneros en ruinas o pueblos esbozados como un manchón de Van Gogh. Pero en lo básico el mundo es igual, sin variación que merezca tal nombre. Y entonces lo ve. Allí delante. Un enorme rectángulo que rompe la línea donde se unen cielo y tierra. Colores chillones, tipografía desafiante y desvergonzada, muchos signos de exclamación. Y lo que anuncia el cartel… ay, lo que anuncia el cartel.

Acelera, no puede esperar a verlo.

Las atracciones de carretera son pequeñas joyas que saltan desde las cunetas hasta las más abyectas capas de lo bizarro en ciertos lugares de los Estados Unidos. Sí, ya sé que por aquí también las hay (y algunas hasta se convierten en emblema nacional, fíjese qué cosas), pero yo me refiero a las originales, a la suprema elegancia que surge cuando lo lamentable torna en freak y, más tarde, en sublime. Y eso lo hacen mejor que nadie los yanquis.

Vale, hemos hecho una pequeña trampa. Porque donde va a poder disfrutar de las más estremecedoras atracciones no es, precisamente, «territorio yanqui». No, esos son los tipos serios, rubitos y bien peinados de la costa noreste. Y allí, como tienen Harvard, y Nueva York y todas esas cosas tan de esnobs, pues no necesitan fabricar, pongamos por caso, un donut de más de cinco metros de diámetro. Cuestión de preferencias, seguramente.

No, para ver este tipo de arte majestuoso debemos desplazarnos a lo que antes se llamaba «el Sur». Porque lo excepcional torna común en esos lugares que alimentaban a los confederados. Es la cultura hillbilly, la que tan bien ha descrito (con su punto de nostalgia conservadora, claro) J. D. Vance en la muy exitosa Hillbilly. Una elegía rural (Deusto, 2017). Un sitio donde se inventó la Coca-Cola y, aún más importante, la Coca-Cola con cacahuetes. Donde los refrescos Mountain Dew dejan preciosas sonrisas desdentadas por las que escapan tacos y escupitajos a tiempo completo. Al sur aligátores, al norte zarigüeyas. También, claro, síntomas de decadencia aquí y allá, una mitología fuertemente erigida sobre leyendas fundacionales de los Apalaches, y un pasado que aún encierra algunos de los elementos más interesantes (y escalofriantes) de los Estados Unidos. Banderas Navy Jack apareciendo en los lugares más impredecibles. Barbas largas, instrumentos de cuerda hechos con cajas de puros y crines de caballo. Pistolas, escopetas, rifles, revólveres, fusiles de asalto… en fin, ya me entienden. Alcohol destilado en casa, ilegalmente. Que a veces explota y otras provoca problemas de salud. Pero qué importa, emborracha… emborracha mucho. Todo eso.

Ah, y atracciones de carretera.

The Redneck Shop Laurens, South Carolina, 2012. Foto: Chris Keane / Cordon.

No es el edificio, es el lugar

No deja de ser curioso que haya sido un inglés como Neil Gaiman (aunque Gaiman, a estas alturas, es tan extravagante que uno lo puede considerar ciudadano de cualquier lugar) quien mejor haya entendido la idiosincrasia propia de los mitos norteamericanos. Lo hizo en una novela apabullante, llena de continuas referencias simbólicas, una que es a veces ejercicio de estilo (frecuentemente fallido) y otras relato casi costumbrista (frecuentemente brillante) y que toca varias de las teclas adecuadas para hablar de la divinidad y su pervivencia. Y de lugares, claro.

Porque si leen American Gods (en castellano no se pierdan la edición de Roca Editorial en 2012) verán que uno de los ejes de esta (torrencial) narración es la existencia de puntos sagrados.

Sitios sacros. En otras palabras, la vieja creencia de que lo importante no es la iglesia (o cualquier otra construcción) sino el emplazamiento de la misma. Y aquí Gaiman da un (delicioso) salto mortal mientras hace que sobre algunos de esos pozos de energía se hayan levantado… sí, atracciones de carretera. Porque, en el fondo, hablamos de territorios donde los turistas, o los curiosos, acuden a volcar su fe (en lo divertido, en lo freak, en lo extraño, en lo atemorizante), además de sus monedas. Y, así, el vórtice se va retroalimentando. No es raro, pues, que una de las escenas clave de la novela (atención, spoiler) transcurra en el carrusel más grande del mundo, lugar real que, sospecho, encierra un oscuro plan para dominar el cerebro humano a través de música estridente y luces de colores brillando de forma espasmódica. Un poco como las ferias de mi pueblo, vaya…

Por eso, no lo olvide…lo que a continuación vamos a mostrarle son esculturas, construcciones o intervenciones a cual más sorprendente, inútil y absurda. Pero quizás encierren algo más profundo. Y el hecho de que esté leyendo sobre ellas es el mejor ejemplo.

Al sur de la Línea Mason-Dixon

South of the Border, 2005. Foto: Jim (CC).

Pero entremos en materia, que lo están deseando. Bien, volvemos al principio… estamos recorriendo una carretera desierta (o no, pero hagamos contexto, coño) y vemos un enorme cartel que anuncia una atracción de carretera. Puede ser cualquier cosa, hasta la más incomprensible y anómala. Así que decide parar a verla. Pero ojo… ese aviso puede informarle de algo para lo que aún faltan cientos de kilómetros de viaje. ¿Recuerdan a Neil Gaiman? Contaba que un día estuvo conduciendo durante seis horas en búsqueda de algo que se prometía «Muy cerca». No lo olviden…

Si no se rinden… bueno, disfruten de lo extraño.

Pueden, por ejemplo, visitar la casa del árbol más grande del mundo. Qué coño, si son de emociones fuertes pueden casarse en la capilla que hay en la casa del árbol más grande del mundo. Está en Crosville, Tennessee, tiene siete pisos, un campanario, una campana de metal bruñido, una pila bautismal, una tienda de recuerdos (bueno, de esto va a haber en todas las atracciones de carretera) y está construida completamente de madera. Los cuarenta metros de altura, las más de ochenta habitaciones. Sorprendentemente el cuerpo de bomberos de Crosville (esos malditos burócratas) lo consideran un foco potencial de incendio. Sin salir del estado podrá ir a Gatlinburg y disfrutar de tres mansiones encantadas, tiendas especializadas en simbología sudista una la galería de cera de la Biblia donde se reproducen, de la forma más catastrofista posible, algunos pasajes del libro sagrado. Allí también hay una Casa Blanca al revés, un museo dedicado a los Dukes de Hazzard y una reproducción del Monte Rushmore con los rostros de Elvis, Marilyn, John Wayne y Harpo Marx. A estas alturas sus escleróticas deben estar sangrando, por lo que recomendamos que descanse un ratito.

Seguimos. Si pasa cerca de Smithfield, en Virginia, no puede perderse su principal atracción: el jamón más antiguo del mundo, una pieza de algo que hace ciento veinte años era una pata de cerdo comestible y que ahora parece la peor pesadilla de Wes Craven. Y si está a tiro de piedra de Dillon, en la misma frontera entre ambas Carolinas, puede visitar South of the Border, un parque de atracciones dedicado a la cultura mexicana. Por supuesto, debe abstenerse si respeta la auténtica cultura mexicana. Si además no es racista (rojo, que es usted un rojo) puede que esta muestra de desprecio a otras civilizaciones le resulte algo incómoda, queda advertido. Y, ya que anda por la zona, estaría bien acercarse a Murphy para poder ver, con sus propios ojos, la mayor reproducción de los diez mandamientos… escritos en la falda de una montaña a lo largo de cientos de metros. Tranquilo, también hay una maqueta a tamaño natural del Gólgota, por si le quedan ganas de fiesta.

¿Quiere más? Busquemos las auténticamente absurdas. En Alabama nos encontramos con el ladrillo hecho de ladrillos más grande del mundo, y también con la silla más gigantesca del planeta. En Virginia tenemos una reproducción de Stonehenge fabricada con gomaespuma, cuyo nombre es Foamhenge (algo así como Espuma-henge). En Beaver (Arkansas) podrá situarse bajo el pecho de un King Kong tamaño película, y en Louisville (Kentucky) tocará un bate de béisbol monstruoso, apoyado sobre un edificio de tres plantas.

Sirenas, barbas y mala leche

Circo rodante de P.T. Barnum, 1880. Foto: J. A. French / Keene Public Library.

Phineas Taylor Barnum fue un tipo genial que vivió hace más de cien años y fue el creador del circo moderno. O de las ferias de rarezas modernas, vaya, porque fundamentalmente se dedicaba a eso. Era inteligente, desvergonzado y un enemigo acérrimo de la verdad. Una vez dijo que «cada minuto nace un imbécil, y prefiero ser yo quien vacíe sus bolsillos». Ese es el tono.

Uno de sus números estrella era la sirena de Fidji, un ser disecado, mitad pez y mitad mujer, que lucía en los carteles como una rubia preciosa de bien dotada anatomía. Huelga decir que todos los hombres del pueblo donde arribase la barraca en cuestión pagaban lúbricamente su entrada, solo para mostrarse algo decepcionados cuando llegaban frente a un injerto de mono afeitado y pez raya bastante horrendo.

Sirenas de esas aparecen hoy en muchas atracciones de carretera. Y la gente sigue pagando para verlas. Por feas, por estremecedoras, por… bueno, porque sí. Las hay en Saint Augustine o en Orlando (ambas en Florida), en Myrtle Beach (Carolina del Sur) o en St. Louis (Misouri). Con un poco de suerte podrá contemplar por el mismo precio un montón de cabezas reducidas o conservadas en formol. Estas suelen ser auténticas, así que dan muy mal rollo y, en fin… huelen un poco fuerte.

Claro que si traga con lo de las sirenas a lo mejor no le parece tan extraño el tema del creacionismo. En tal caso está de enhorabuena, porque tiene varios museos, profusamente anunciados en las carreteras del sur, donde podrá solazarse en sus propias creencias sin que ningún científico-no-hillbilly se dedique a arruinárselas. En Catoosa (Oklahoma) verá incluso una reproducción a tamaño natural del Arca de Noé, junto con una bonita ballena azul convertida en tobogán, suponemos que para restar dramatismo al asunto. Y si el cristianismo ultra no es lo suyo tiene otras muchas posibilidades religiosas anunciándose desde las cunetas. Tenemos los koreshanos en Estero (Florida), que creen que la tierra está hueca, que nosotros vivimos en su interior y que lo que vemos cada mañana en el cielo no es el sol, sino el núcleo de nuestro planeta; están los raelianos, que afirman haber clonado a Jesucristo; los oyotunji de Carolina del Sur, que siguen la religión vudú; varios cultos basados en la muy próxima llegada de los alienígenas; y, por último pero no menos importante, un montón de Iglesias de Satán repartidas aquí y allá como delicias para el amante de lo bizarro.

Y cualquier pueblo es una buena opción para encontrar tipos con barbas ralas, probar aguardiente barato (e ilegal, y también posiblemente tóxico) y ver algunas rarezas. Si es de esas personas a las que les encantan los botones (supongo que las hay), en Bischopville (Carolina del Sur) estará como en casa. Porque allí hay un tipo cuyo nombre es Dalton Stevens, y se hace llamar el Rey de los Botones Y, bueno, el resto se lo imaginan: coches recubiertos de botones, casas recubiertas de botones, retretes recubiertos de… lo han adivinado, botones. Botones de mil colores, formas y sabores (si se atreven a chuparlos, algo que no parece muy atractivo a priori). En Texas tenemos algo parecido pero con latas de cerveza, supongo que por prurito de virilidad.

Y no podemos olvidar aquí una atracción de carretera que es móvil y se desplaza a bordo de un típico camión estadounidense. Hablamos, claro, de la patata más grande del mundo, un tubérculo (artificial, lo que le da un nuevo alcance a la expresión ¿realmente era necesario?) de más de cinco mil kilos de peso y quince metros de largo. En Florida también podremos encontrar cierta alita de pollo de casi quinientos kilos de peso (tampoco natural, por supuesto). Seamos sinceros: ¿quién no querría sacarse una foto junto a ella? Tan marrón, tan… bueno, tan con forma de trozo de plástico gigante pintado con tierra. Ustedes me entienden, y además los escucho salivar.

Florida: el pantano, los aligátores y Los Simpson

Amos del pantano, 2017. Imagen: Alfonso Bresciani / History Channel.

¿Recuerdan cuando la familia Simpson viaja a Florida? Pues ese, más o menos, es el ambiente. No piensen en Miami, en cuerpos esculturales tostados al sol y hablando castellano con acento de Cuba. El interior de Florida es un nido de racismo, raíces que se hunden en el pasado y mucha caspa. Mucha. Pero mucha, mucha. Y es, además, el reino de los pantanos.

Porque allí (y en la vecina Louisiana) todo gira alrededor de la ciénaga, desde los cómics de Alan Moore hasta las atracciones de carretera. Las más usuales son los parques de aligátores, esos simpáticos bichejos tan parecidos a los cocodrilos que de vez en cuando se cuelan en la piscina de alguna familia con pasta acongojándoles un rato.

Pero quizá no nos explicamos bien, y están pensando en un zoo. No, esto es otra cosa. Las jaulas de los mapaches tienen apenas su tamaño (lo que quizá explique su perpetua mala hostia), la mayoría de la fauna está disecada, y los saurios se apelotonan en palanganas como la que usted usa para refrescarse en verano. Apelotonarse es apelotonarse, estar continuamente unos encima de otros en lo que parece una orgía de lagartijas cicladas donde es poco recomendable participar. En los Wonder Gardens de Bonita Springs tenían incluso al llamado Big Joe, el aligátor más grande de Florida, que hizo una estelar aparición en el capítulo de Los Simpson ya reseñado. Fallecido hace unos años, aún sigue acojonando tras haber sido disecado con un gusto más que dudoso, muy del Sur. Si les sirve de consuelo, existen idénticos problemas de espacio en los llamados Bear´s Pits que aparecen diseminados por la ruralidad hillbilly, y donde los pobres bichos desfallecen hasta morir, supongo, de aburrimiento. Claro que si pensamos que la lucha contra osos (de hombres contra osos, quiero decir) es uno de los «deportes tradicionales» de la zona (no se pierdan la interpretación que hace Garth Ennis sobre esto en «The good old boys», uno de los spin off de Predicador) pues quizá pensemos que no es mala vida.

Por cierto, no se pueden ir de Florida sin probar el agua de la Fuente de la Eterna Juventud, que brota en St. Augustine. Alrededor existe todo un parque temático, claro, con figuras de cera de Ponce de León y esas cosas. Pese a su espectacularidad, el hecho de que el verdadero Ponce de León lleve siglos muerto nos hace desconfiar de la efectividad de dicho manantial.

Define creepy

Con la palabra creepy hacemos referencia a algo que es terrorífico, sí, pero que tiene connotaciones freaks, sanguinolentas, pura serie B. No sé si han leído los cómics titulados así (o los de Witch´s vault, que son idénticos)… pues eso es. La particularidad si hablamos de atracciones de carretera es que lo creepy, paradójica y deliciosamente, es lo que pretende ser tierno.

¿Ejemplos de creepy?

Babyland General Hospital, 2013. Foto: William McKeehan (CC).

De hecho no teníamos ni que haberlo definido. Si busca en la red fotografías de Babyland General Hospital, en Cleveland (Georgia), entenderá perfectamente el concepto. La idea es hacer protagonistas de todo un complejo a unos inquietantes muñecos que buscan reproducir bebés de cabeza perfectamente esférica y expresión de plácida estolidez. El concepto puede parecer «cuco» (si es que eso no es de por sí espantoso) pero acaba siendo escalofriante. Los disfraces a tamaño natural que mimetizan estos «particulares» juguetes aparecerán en pesadillas hasta el día de su muerte. Ah, y los cabezones brotando en el corazón de algo parecido a repollos o coliflores entran de lleno en mi lista particular de espantos.

La Tierra de Santa, en Cherokee, es también un punto de apoyo a nuestras tesis, con sus Santa Claus totalmente psicodélicos, su decoración a tope de ácido, sus corzos encerrados en mazmorras con pequeños agujeros donde meter nuestras infantiles manos y acariciar su suave pelaje (abstenerse los traumatizados por Bambi) o los preciosos conejos con un cartel enorme que advierte bien claro de sus tendencias psicopáticas.

Lo de los conejos será recurrente, porque hay un montón de Bunny Lands repartidas por toda la zona que pueden llegar a hacer que Stephen King se cague en los pantalones de miedo. La fina línea entre la ternura, el mal gusto y la demencia jamás fue tan tenue como en estos lugares.

En Norris, Tennessee, puede visitar el Museo de Appalachia donde verá… bueno, en realidad no tengo nada claro de qué va el museo, solo sé que todo (absolutamente todo) lo allí expuesto crea un mal rollo grande. Muy grande. Mención especial de nuevo para las espeluznantes muñecas que intentan reproducir personas y alcanzan el grado creaciones lovecraftianas. Ah, también hay una máquina de movimiento perpetuo. Ya ven.  

En Carolina del Norte, por último, tienen un parque dedicado a la «Tierra de Oz», que resulta ser tan aterrador como uno podría imaginarse. A juzgar por las fotos, además, lo más pavoroso suelen ser los visitantes, y no tanto las instalaciones (que también tienen lo suyo).

Y ya. Se nos quedan muchas en el tintero, claro, pero también hay que dejarles a ustedes disfrutar con la sensación del descubrimiento inesperado y bizarro. Porque si a estas alturas no están buscando en su ordenador un vuelo barato al territorio hillbilly es que son seres humanos sin corazón.


Balada muda de la Norteamérica olvidada

A still from the film 'The Deer Hunter', 1978. From left to right, John Cazale, Chuck Aspegren, Christopher Walken, Robert De Niro and John Savage. (Photo by Universal Pictures/Archive Photos/Getty Images)
El cazador, 1978. John Cazale, Chuck Aspegren, Christopher Walken, Robert De Niro y John Savage. Imagen: EMI / Universal Pictures.

«Chevotarevich, ¿es un nombre ruso?». «No, es un nombre americano». Era 1978 y Michael Cimino estaba a punto de demostrar que el infierno tenía muchas caras: el de la guerra de Vietnam, pero también el del presente petrificado de los obreros de la metalurgia de Pensilvania. Norteamericanos con nombres plagados de consonantes centroeuropeas. Emigrantes con la grupa rota en el corazón rocoso de las montañas. Blancos que nunca serán élite. Sangre para la sangre que corre por Saigon. Fuerza para la fuerza de un imperio que no les ampara.

Cimino había sido un niño superdotado de Nueva York que se había dejado llevar por las malas compañías en la adolescencia. Se redimió en la Universidad de Michigan sacando buenas notas, escuchando a Thelonious Monk, levantando pesas y bebiendo vodka. Sobre todo, bebiendo vodka. Allí aprendió que los hombres se dicen que se quieren con sonoros manotazos cargados de testosterona y que el mundo es más grande que Long Island. Allí se preparó, sin saberlo, para rodar El cazador y enseñarnos que hay quien no tiene más horizonte que el de la niebla, la que cubre el Mekong o los bosques de Pensilvania.

Los protagonistas de la película de Cimino explican esa Norteamérica que no sabemos cómo interpretar ahora. La de la desesperanza. La del otro mundo que está en este. Esa Norteamérica que parece callada pero que murmura con el zumbido de un motor que un mal día se quedó en pausa. La Norteamérica que no se siente invitada a la fiesta de las grandes ciudades. La que no quiere saber nada de Washington. La que desea cobrarse la pieza de un solo tiro y acabar con todo. La que después de perder la guerra perdió la paz. Y se quedó sin nada.

El corazón de Estados Unidos está más cerca de la mirada de Mike Vronsky en El cazador que del pestañeo autómatico de Woody Allen. Se parece más a un hombre bailando alrededor de una mesa de billar en un garito de Clairton que a la hermosa frialdad de un Wagner en el Lincoln Center. Pero nunca lo recordamos. Porque para eso están las grandes praderas en las que se crio Superman: para olvidarlas. Para eso están las caras estupefactas de los trabajadores que ven llegar a un inmaculado Richard Gere a llevarse a Debra Winger: para dejarlas caer en la nada.

Nos extraña este país que llevamos mirando en la pantalla desde que el cine es cine. Como si no hubiéramos aprendido lo que era el miedo en ese Ohio que siempre decide quién estará en la Casa Blanca. Nos habría bastado con recordar lo que vimos en la infancia para entender que Estados Unidos es más que la promesa de la metrópoli. Para comprender por qué la hebilla del cinturón de óxido se abrocha del lado republicano.

Todo se explica en Ohio. Allí estaba aquella calle llamada Elm desgarrada por Freddy Krueger. Allí crecía aquella juventud también desgarrada que parecía no esperar nada más que saltarse el instituto y perder la virginidad en el asiento de atrás de un Ford marrón metalizado. En un pueblo imaginario del muy real Ohio, vivían los niños de familias desestructuradas de Super 8. En un lugar perdido de Ohio atacaba por primera vez Bill en El silencio de los corderos. En el Ohio perfilado por Kubrick enloquece Humbert Humbert por Lolita. Y allí volvía el mal escondido tras la careta de Scream, porque el maestro del terror con hemoglobina, Wes Craven, solo podía ser de Ohio.

Lo que no contaba Craven —o quizá lo contaba de pasada en la mirada naufragada de sus adolescentes aterrados— es que el verdadero zarpazo de su estado era el del desempleo. Desde el crepúsculo industrial de los noventa, el miedo real en Ohio es el paro.

La maldición del trabajo perdido, de los blancos sin privilegios, del sueño americano convertido en la pesadilla de una autocaravana recorre las faldas de los Apalaches desde Pensilvania hasta el norte de Alabama. El corazón de carbón y de antracita de la montaña ya no vale nada. Y cierran las minas y las fábricas han quebrado y se quedan abandonados en los cobertizos los monos azules con los que un día los hombres se deslomaban.

El cine nos lo ha enseñado. Hemos visto un Detroit decrépito en el que solo sobreviven los amantes vampíricos de Jim Jarmusch. Y la ciudad desolada de 8 millas, donde Eminem ejerce de rapero y de obrero sin esperanza. Nos hemos ahogado en la atmósfera opresiva del Michigan de Las vírgenes suicidas de Sofia Coppola. Y hemos visto al veterano Kowalski del Gran Torino, excepción blanca entre sus nuevos vecinos asiáticos.

Y sin embargo parece que se nos ha olvidado.

Como se nos han olvidado los moteles mugrientos de Oklahoma de Thelma & Louise —ese país convertido en horizonte sin futuro desde Arkansas hasta Arizona—. El estado de las cuatro esquinas, el de los cactus y los tipos duros, también votó republicano. Porque el único viento que sopla en el desierto es el del desencanto.

Pero más allá de los campos infinitos de maíz y de las fábricas abandonadas, el engranaje enmohecido de los setenta fue dejando legiones de valientes que lo intentaron en la tierra de nadie de las grandes ciudades. En los suburbios multiplicados donde el cemento es gris como el de una lápida. El cine nos ha llenado el imaginario de emigrantes interiores, obreritos trasplantados de los estados pobres a la opulencia urbana. Esos que siempre miran desde el lado malo de la autovía. Desde la orilla del río donde los residuos se acumulan. Desde un cuchitril de alquiler desorbitado. Es la Norteamérica de los Tony Manero, de los muchachotes de extrarradio que también quieren salir a la pista y bailar con la más guapa. Y triunfar. No como triunfan sus padres hipotecados. No como triunfa el gerente del concesionario de coches. Ni como los niños pijos que estudian en Harvard. Ellos quieren deslumbrar al mundo. Llevarse el aplauso de la multitud anonadada. Quién sabe si ver su nombre en la marquesina de un teatro. Quién sabe si en grandes letras en una torre oscura con el corazón dorado.

Unos y otros, el chulito de barriada y el parado acodado en el bar de carretera, comparten la misma ilusión rota. La sensación de que Washington es un lugar lejano y atrincherado. Una burbuja que ha de estallar o pudrirse. Y eso no lo puede hacer quien presume de que está preparado para gobernar. La repuesta de la Norteamérica invisible no está en el político que la ha olvidado. Está en otra parte. En un tipo que se pone una gorra que no es una gorra de hipster. Es la gorra del que tiene aparcado el pick-up en un cruce de caminos de Fargo.

Llevamos toda la vida viéndola, pero siempre se nos borra: es la Norteamérica de los hermanos Coen, la de la madre de E. T., la de la Alicia que ya no vive aquí, la de La ley de la calle —porque Coppola nació en Detroit—, la de Rocky, la de My Own Private Idaho, la de La matanza de Texas y la de Serpico, la de la madurez melancólica de Beautiful Girls, la de Stranger Things y True Detective, la de la orgía sangrienta de Carrie. La Norteamérica que recorre en un cortacésped el abuelo Straight en Una historia verdadera.

La que un día fue dorada. La que hoy parece oxidada hasta en nuestra memoria. La otra Norteamérica que no es la otra: la que perdió la paz y se quedó callada.


Una enfermedad llamada libertad

Atlanta, Georgia, USA --- Atlanta, Georgia-The slave market in Atlanta, GA, during the Civil War. Ca. 1860-1865. --- Image by © Bettmann/CORBIS
Mercado de esclavos de Atlanta, Georgia, 1864 (detalle). Fotografía: DP.

Ray Charles nació en Georgia y versionó una bellísima canción titulada «Georgia on My Mind», compuesta por Hoagy Carmichael y Stuart Gorrell, que usted debería poner de fondo mientras lee esto. En Georgia en el siglo XIX se editaba una revista médica mensual titulada The Georgia Blister and Critic. En el número 7 de su primer volumen se publicó un artículo del cirujano y psicólogo de Luisiana Dr. Samuel A. Cartwright titulado «Enfermedades y peculiaridades de la raza negra» donde describía una nueva enfermedad mental: la drapetomanía. Cartwright, un profesional prestigioso, la definía como un trastorno que «inducía al negro a escapar del servicio y es tan enfermedad de la mente como cualquier otro tipo de locura mental y, como regla general, mucho más curable».

Cartwright escribía:

Si el hombre blanco trata de oponerse a la voluntad de Dios, intentando hacer del negro algo más que un ser sumiso con la rodilla hincada (lo que el Todopoderoso declaró que debía ser) intentando elevarlo al mismo nivel que él; o si abusa del poder que Dios le ha dado sobre otro hombre siendo cruel o castigándolo presa de la ira, o descuidando su protección frente a los abusos arbitrarios de los demás sirvientes y todos los demás, o negándole las necesidades y comodidades comunes de la vida, el negro se escapará; pero si [el propietario] mantiene [a su esclavo] en la posición que hemos aprendido por las Escrituras que debe ocupar, esto es, en posición de sumisión; y si su dueño o capataz es bondadoso y misericordioso al escucharle, aunque sin condescendencia, y al mismo tiempo le suministra sus necesidades físicas y lo protege de los abusos, el negro permanece cautivo y no intenta escapar.

Cartwright aclaraba que la drapetomanía era desconocida para las autoridades médicas pero que tanto los dueños de las haciendas como los capataces de los esclavos la conocían muy bien. Su principal síntoma era el absentismo laboral, los negros intentaban escapar, y la causa era que los dueños tenían demasiadas familiaridades con los esclavos y les trataban como a iguales.

Si son tratados con amabilidad, bien alimentados y vestidos, con suficiente leña para mantener ardiendo toda la noche un pequeño fuego —separados por familias, cada familia teniendo su propia casa—, no permitiéndoles salir de noche para visitar a sus vecinos, recibir visitas o beber licores embriagantes, sin hacerlos trabajar en exceso ni exponerlos demasiado a la intemperie, se controlan fácilmente —más que otros pueblos en el mundo—. Si cualquiera o varios de ellos, en cualquier momento, están inclinados a levantar sus cabezas al mismo nivel que su dueño o capataz, la humanidad y su propio bien precisan que sean castigados hasta que caigan en el estado de sumisión que les fue destinado ocupar. Deben ser mantenidos en ese estado, y tratados como niños para prevenir y curarlos de la fuga.

Además de identificar la drapetomanía, Cartwright prescribió un tratamiento en dos fases. En primer lugar, las recomendaciones «médicas» que antes hemos detallado. Así, con «adecuado consejo médico, seguido estrictamente, este problemático hábito de fugarse que tienen muchos negros puede prevenirse casi por completo». Si eso no era suficiente o en el caso de esclavos «reincidentes e insatisfechos sin razón» —una peligrosa señal de que una fuga podía ser inminente— Cartwright prescribía «sacarles el demonio a latigazos». Otro remedio, preventivo también, era amputarles los dedos gordos de los pies para que no pudieran correr muy rápido y fuesen más fáciles de atrapar. Cartwright argumentaba que azotar a los esclavos era algo apoyado por la Biblia o, en sus palabras, era el «deseo del Creador». Iba más allá y afirmaba que el Pentateuco, los cinco primeros libros del Antiguo Testamento

… declaran la voluntad del Creador con respeto al negro; que debe ser un sumiso arrodillado. En la conformación anatómica de sus rodillas, vemos genu flexit escrito en su estructura física, siendo más flexionado o doblado que cualquier otra clase de hombre.

La esclavitud duró dos siglos y medio en América y doce millones de personas murieron en África en expediciones de captura de esclavos y guerras tribales, y otros tantos fueron llevados al Nuevo Continente, de los cuales un 15 % murió durante el viaje. La colonización del continente se hizo por europeos: portugueses en el este de Sudamérica, franceses e ingleses en el este de Norteamérica y españoles en el resto de Sudamérica, Norteamérica y Centroamérica. Los nuevos territorios eran inmensos, el trabajo era duro y las enfermedades que diezmaron a la población autóctona hicieron que faltase mano de obra. Las primeras oleadas de colonos fueron blancos no abonados, gente joven, normalmente de menos de veintiún años, que pagaban su pasaje trasatlántico comprometiéndose a trabajar durante un tiempo, normalmente de tres a siete años. Recibían transporte, alimentación, ropa, hospedaje y las demás necesidades básicas durante el transcurso de su contrato, pero no percibían un salario. Eran tanto hombres como mujeres y solían ser ayudantes de granjas y haciendas, aprendices de oficios o sirvientes domésticos. Sin embargo, su número fue pronto insuficiente, así que a comienzos del siglo XVII un barco holandés introdujo una solución y un problema en el territorio de los actuales Estados Unidos: esclavos africanos. Los esclavos fueron especialmente abundantes en las grandes plantaciones sureñas donde las cosechas eran muy lucrativas pero necesitaban numerosa mano de obra, como las de tabaco.

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Patrón y trabajadores de una plantación de West Point, Mississippi, 1908 (detalle). Fotografía: DP.

En la época de la independencia de los Estados Unidos, la esclavitud había dejado de ser rentable en el norte mientras que en el sur su rentabilidad era cada vez más dudosa, pues el precio del tabaco fluctuaba y caía. Sin embargo, en 1793, Eli Whitney inventó un molino de algodón, una máquina que permitía a las fábricas textiles trabajar con un tipo de algodón que se daba muy bien en el sur. El algodón reemplazó al tabaco como la principal cosecha sureña y la esclavitud volvió a ser un buen negocio. Aunque la mayoría de la gente de los Estados del sur no tenía esclavos, en la época del aberrante artículo de Cartwright la idea general era que la economía sureña era imposible sin los esclavos.

Aparecieron todo tipo de justificaciones para la esclavitud. Los propietarios blancos decían que los negros eran como niños, incapaces de hacerse cargo de ellos mismos y que la esclavitud era una institución benevolente que los alimentaba, los vestía y les daba una ocupación. La mayoría de los norteños no tenían dudas de que los blancos eran superiores a los negros, pero no creían en esa supuesta benevolencia. Frederick Douglass, un esclavo fugado —un drapetomaníaco— logró una educación, «cuando aprendas a leer serás libre para siempre», y habló y escribió elocuentemente contra la esclavitud.

Me han preguntado a menudo cómo me sentí cuando por primera vez pisé suelo libre. Y mis lectores pueden compartir la misma curiosidad. Hay muy pocas cosas en mi experiencia sobre las que pueda dar una respuesta más satisfactoria. Un nuevo mundo se había abierto para mí. Si vivir es más que respirar y una «rápida vuelta de la sangre», yo viví más en un día que en un año de vida como esclavo. Fue un tiempo de excitación y alegría que las palabras apenas llegan a describir. En una carta escrita a un amigo al poco de llegar a Nueva York le decía: «Me siento como alguien que se hubiera escapado de una guarida de leones hambrientos. La angustia y la tristeza, como la oscuridad y la lluvia, se pueden representar, pero el contento y la alegría, como el arco iris, desafían la habilidad de la pluma o el lapicero».

Su caso se convirtió en un ejemplo vivo en contra de los que decían que los esclavos no tenían la capacidad intelectual para vivir como ciudadanos independientes.

En realidad, el trato iba de paternalista a sádico, las familias eran separadas a capricho y el castigo físico brutal era la norma. Hubo también retrocesos legales: el Tribunal Supremo de los Estados Unidos dictaminó que los esclavos eran una propiedad subhumana sin derechos de ciudadanía y no podían protestar sobre el trato que recibían. En el sur se temía una rebelión como la que había convertido a Haití en el primer país gobernado por antiguos esclavos, pero los enfrentamientos multitudinarios eran muy raros. No obstante, los esclavos fingían estar enfermos, organizaban huelgas encubiertas, saboteaban las máquinas y a veces incendiaban alguna propiedad o asesinaban a algún propietario. Escapar era común, pero normalmente no llegaban muy lejos.

La guerra civil cambió el destino de la nación. Fue un conflicto para preservar la Unión y no una guerra para liberar a los esclavos, pero pronto quedó claro que ambos aspectos irían de la mano. Muchos esclavos escaparon al norte al comienzo de la guerra y varios generales de la Unión abolían la esclavitud en el territorio sureño que conquistaban para sumar soldados y derrumbar la economía local. El Congreso aprobó leyes que permitía la confiscación de los esclavos propiedad de los rebeldes confederados. El 22 de septiembre de 1862, tras la dramática victoria de la Unión en Antietam, Lincoln presentó la Proclamación de la Emancipación Preliminar. Este documento decretaba que, por el poder de las fuerzas armadas de los Estados Unidos, todos los esclavos que estuvieran en zonas rebeldes cien días después de la fecha serían «desde entonces y para siempre libres». Además, Lincoln estableció un sistema para que los negros emancipados pudieran unirse al ejército, una pequeña revolución en la época. Las tropas de color de los Estados Unidos sirvieron en muchos frentes de batalla, ganaron numerosas medallas del honor y fueron un factor importante en la victoria final. El 6 de diciembre de 1865, ocho meses después del final de la guerra civil, los Estados Unidos aprobaron la 13.ª Enmienda a la Constitución, la abolición de la esclavitud.

En esos últimos años el artículo de Cartwright fue sistemáticamente reimpreso en el sur, que consideraba que daba un toque científico a sus prejuicios y sus maltratos, mientras que en el norte, por su parte, era satirizado y ridiculizado. Frederick Law Olmsted publicó una evaluación sarcástica en otra revista médica, el Buffalo Medical Journal, donde recalcaba que los trabajadores no abonados blancos también se escapaban con frecuencia, así que hipotetizó, de coña, que la drapetomanía era en realidad una enfermedad de origen europeo y que los mercaderes blancos la debían haber contagiado a la población africana.

Cartwright identificó otra enfermedad, la disestesia etiópica, que era «denominada insolencia por los capataces» y se caracterizaba por cierta insensibilidad parcial de la piel, una letargia que hacía que la persona pareciera medio dormida y por las quejas frecuentes. Según él, casi todos los negros libres que no habían conseguido que algún blanco les dirigiera y se hiciese cargo de ellos estaban afectados de este trastorno. Cartwright, ese «benefactor» de los negros, proponía también un tratamiento para curar esta enfermedad y la insensibilidad de la piel:

La mejor forma de estimular la piel es, primero, hacer que el paciente se lave con agua tibia y jabón; luego untarlo todo con aceite, y hacer penetrar el aceite en la piel golpeando con una ancha correa de cuero; luego poner al paciente a realizar algún tipo de trabajo duro al sol.

Con eso el esclavo estaría agradecido al hombre blanco que le había permitido «recuperar sus sentidos y disipar la niebla que obnubilaba su intelecto».

Hay quien piensa que la historia no ha terminado, no tanto por la esclavitud, que sigue vigente de forma solapada en numerosas zonas del mundo, sino también por tratar como enfermos a los diferentes o insumisos, la patologización de la disidencia. Hoy, frente a los americanos de origen europeo, los negros de Estados Unidos tienen peor salud psicológica, son más frecuentemente víctimas de violencia, delincuencia y abuso de drogas, muestran en mayor medida síndrome de estrés postraumático, son ingresados con más frecuencia en hospitales psiquiátricos y tratados con medicación psicoactiva en contra de su opinión, son etiquetados como deficientes mentales, presentan sentimientos de opresión, desigualdad y violencia oficial, y les son aplicados una serie de estándares, pruebas y criterios hechos a medida de las personas de origen europeo.

Ray Charles, con el que empecé este artículo, dijo una vez:

Mi versión de «Georgia» se convirtió en el himno estatal de Georgia. Fue algo grande para mí. Realmente me conmovió. Ahí está el estado que solía linchar a gente como yo declarando que mi versión de una canción es su himno. Es conmovedor.

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Retrato de Mollie Williams, con 84 años, nacida esclava y ya libre, 1937 (detalle). Fotografía: Library of Congress (DP).

Para leer más:

  • Bankole K. K. (1998), Slavery and Medicine: Enslavement and Medical Practices in Antebellum Louisiana. Garland, Nueva York.
  • Cartwright S. A. (1851), «Report on the Diseases and Physical Peculiarities of the Negro Race». The New Orleans Medical and Surgical Journal 1851: 691-715.
  • Hunt S. B. (1855), «Dr. Cartwright on “Drapetomania”». Buffalo Medical Journal 10: 438-442.
  • Pedersen P. B., Lonner W. J., Draguns J. G., Trimble J. E., Scharron-del Rio M. R., eds. (1996) Counseling Across Cultures. Sage Publication, Thousand Oaks, Calif.


Predicador: speak of the devil

Imagen: AMC.
Imagen: AMC.

Era la hora del predicador…

Ya está, se acabó. Hay que asumirlo: hemos perdido un imposible y hemos ganado una serie. Predicador ya nunca más será «lo que HBO no tiene huevos de hacer» ni ese proyecto loco e inadaptable, imposible de concebir fuera de la viñeta. Los estudios han pasado casi dos décadas jugando al voleibol con el marrón, dando largas a una de las adaptaciones más incómodas de ayer, hoy y siempre. En 1998 si estabas en el bussines cinematográfico y divisabas en lontananza la silueta de Garth Ennis lo suyo es que tragaras saliva con las uñas en la billetera, en previsión del chaparrón. Ennis se había encabezonado con el antojo de llevar su cómic (y el de Steve Dillon) al cine, y es por todos conocido que no existe nada más tozudo que un irlandés con un propósito. La obstinación le sirvió de poco, porque ni él ni la directora Rachel Talalay lograron la financiación necesaria. A cambio, recolectaron un bonito catálogo de giros sinónimos de «ni loco» «¿quieres que me quede sin trabajo?», «dale una vuelta» o «no estoy lo suficientemente borracho para aceptar».

Un par de años más tarde una productora británica picó el anzuelo y aceptó. Quince segundos después de anunciar que Jesse Custer sería interpretado por James Marsden, uno de los ejecutivos involucrados atravesó la típica tarde tonta y desocupada. Cogió el primer volumen de Predicador y las córneas le hicieron salto base hasta los tobillos. Literalmente. Pedofilia, necrofilia, colorista violencia, genitales metiéndose por doquier y un trato digamos, poco ortodoxo con los asuntos religiosos. Hizo un fast-check con el significado de blasfemia y se abalanzó sobre el teléfono. Fue una llamada corta: «Shut it down».

La protopelícula se fue al garete al menos dos veces más. El director Sam Mendes era un gran admirador del trabajo de Ennis, e hizo su floja tentativa de sacar adelante el proyecto. Pero echó cuentas y se percató de que la factura le salía a devolver en controversia, así que renunció en detrimento de algún otro capricho más barato. Hay documentadas un par de intentonas más (en una de ellas, Shia Labeouf se pidió ser Caraculo) que acabaron haciendo aguas por idéntica razón: Predicador era un viaje que a todos les apetecía emprender, pero al consultar el precio del billete las tasas de polémica resultaban demasiado altas.

Imagen: AMC.
Imagen: AMC.

Cuando estaba a punto de convertirse en boceto frustrado y maldito, llegó HBO. La esperanza blanca del guionista irlandés y de gran parte de los aficionados, que veían en la televisión el reducto idóneo para salvaguardar la inocencia del espectador de cine que saldría despavorido ante el indescriptible despliegue de casquería, sexo y bestialismo que albergaban las viñetas de Ennis. Acertaban, al menos en parte. El escollo fundamental para que hoy no estemos viendo Predicador en el catálogo de la network líder no fue la controversia ni ningún otro asunto relacionado con el noble arte de herir sensibilidades. Todo se truncó por una razón de estricta necesidad narrativa. HBO puso al frente del guion a Mark Steven Johnson (razón aquí: ideólogo de guiones como el de Ghost Rider y el Daredevil de Ben Affleck), en colaboración con el propio Ennis, al que solo fingían escuchar. El irlandés no quería una adaptación literal del original, y la cadena buscaba que cada tomo correspondiera exactamente a un capítulo de una hora. Rodaron un piloto bajo esa premisa de estricta literalidad y claro, aquello petardeó como una escopeta de feria. Resultó que sí, HBO tenía las agallas precisas, pero le faltaron las orejas.

Y entonces apareció Seth Rogen. Y Evan Goldberg. Y la cadena AMC, escogiendo como showrunner a Sam Catlin, guionista de Breaking Bad. Todos ellos con una dimensión genital adecuada y, por suerte, los conductos de la escucha escrupulosamente desengrasados. Ennis planteó que Predicador no podía ser un calco exacto de los cómics, porque el formato no admitía traslación plano a plano. Para bien o para mal, fue él quien apostó por amputar a su criatura después de una década intentando mantenerla incólume. Habría que renunciar a una gran parte del contenido para que la cosa no pareciera un mal chiste, aunque forzosamente provocara que un gran sector de los aficionados quisiera colgarle de los pulgares. La historia de Jesse, Tulip y Cassidy debía reformularse para hacerla encajar (y no a martillazos) en el formato televisivo, modificando pequeños y no tan pequeños detalles de la narración. Y esta vez sí, le hicieron caso.

El resultado han sido los diez capítulos que en mayo de 2016 la cadena AMC terminó de emitir. Casi una decena de horas que han tenido la típica acogida desigual y maniquea que suele dispensarse a todo lo que parta de un material previo. Predicador es una adaptación libérrima, un «basado en», si lo prefieren. Una reformulación de la trama porque, como ocurrió con Juego de Tronos, la primera opción no funcionó. La serie se salta con pértiga el guion para aterrizar en un territorio relativamente nuevo, que no siempre acierta y no siempre falla. Y ese es el íntringulis de todo esto: juzgarla como serie con entidad propia y no establecer en torno a ella un aburridísimo concurso de perspicacia.

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Predicador SIN SPOILERS

Antes, un disclaimer insistente. Habida cuenta de que nuestro tiempo es escaso y su atención muy preciada, la particular política de cookies de esta casa dispensa la cortesía estrictamente reglamentaria a los llorainfancias, los rastreadores de discrepancias, guardianes de la literalidad, los ofendidos por las variaciones raciales de personajes, los débiles de espíritu y en general a todos aquellos que sostienen que la única adaptación digna de Predicador era enfocar las páginas del cómic durante horas y prescindir de lo demás. (A estos últimos, permítannos prescribirles al menos la banda sonora de la serie de AMC para aligerar el visionado. Porque esto no hay discusión: es incuestionablemente perfecta). Despachado y empecemos.

Cuando Ennis dijo que la serie perseguiría mantener el «espíritu» del cómic no parloteaba en vano. Para ello, reordenó las piezas del puzle. Mientras en el original el background del trío principal lo descubríamos mediante un goteo de flashbacks, la serie opta por una presentación más clásica. En el capítulo piloto se levanta el telón con Jesse, Tulip y Cassidy, en tres introducciones de personajes (especialmente la de este último) que son un verdadero festín. Jesse Custer (Dominic Cooper) es predicador en Annville, Texas. El clásico pueblucho de white trash, con sus pedófilos, sus empresarios degenerados, sus malos tratos e incestos, su paletismo de cuadriculadas camisas y grasientas barbacoas, su celebración del crimen en general y en definitiva todo lo que apretujó entre sus letras Randy Newman en Good old boys. Una congregación sofisticadísima, como ven, a la que se enfrenta Custer domingo a domingo en una parroquia con cada vez más eco. Inmerso en una crisis de fe, «algo sobrenatural» (llamémoslo así de momento) le posee cerca del final del primer capítulo. Mientras, Cassidy (Joe Gilgun, engendrado para este papel) tiene los cinco minutos de escena paridos para ser grandes, un deleite de hemoglobina, humor y virtuosismo que solo podía amasar el guionista irlandés. Merece la pena que contemplen esto, incluso aunque no sepan de qué va la vaina. El vampiro dipsómano aterriza, cual Mary Poppins del Holocausto, en Annville, por supuesto. Igual que Tulip (la magnética Ruth Negga), la dama del trío nacida para petarlo y para demostrar que la violencia puede ser elegante y macarra a la vez. Aunque estés en Kansas.

Imagen: AMC.
Imagen: AMC.

En el aspecto formal, Predicador echa mano de los mismos cold opening tan representativos de Breaking Bad (el oso de peluche en la piscina, el fuselaje en el patio…) aparentemente desligados de la historia, que logran exactamente lo pretendido: desconcertar. Tanto es así que para los profanos del cómic los primeros capítulos de la serie corren el riesgo de resultar anticlimáticos e inconexos. Porque, reconozcámoslo: lo son. La narración, aunque pretende ser inclusiva y apelar tanto al fan como al neófito, centra su primer tercio en gritarle al incondicional que se quede, que esto va a ser Predicador y que no desconfíe de las variaciones. Mientras, el otro espectador asiste con el culo torcido a una sucesión de surrealismo, violencia, personajes malsanos que transpiran carisma y una pregunta latiéndole en la sesera: ¿de qué cojones va esto? ¿De la fe? ¿De vampiros? ¿de ángeles? ¿De rednecks? ¿De Tom Cruise explotando en mil pedazos?

Equilicuá, amiga. La primera temporada se toma su tiempo (pausado, con interludios frenéticos) en desplegar el grueso de la mitología de Predicador para servir de prólogo a la historia que vertebra. Es un prólogo. Una precuela. Una temporada cero, paseo circular por un universo desquiciado que solo asoma las orejas. Catlin reserva el hilo argumental (la búsqueda del jodido Dios) para el final, tratando de acercar posturas entre unos y otros espectadores para reunirlos más o menos en el mismo punto. En la misma cafetería. Algo que consigue solo a medias.

En esa narración pausada, Predicador va desperdigando los detalles de las muchas intrahistorias que componen el arco fundamental de la serie. Deja estática la trama en la malsana Annville, con sobreuso de la cocción lenta que a muchos les resultará desquiciante y no sin razón. ¿Recuerdan esa sensación de «pero si no ha pasado nada» al término de cada episodio de Better Call Saul? ¿Y ese regusto en absoluto negativo de «qué poco ha avanzado la cosa pero qué corta se me ha hecho»? Pues se reproduce en Predicador. No es, ni mucho menos, una serie voraz que se juega todo al rojo del cliffhanger, pero logra esa misma sensación adictiva a través del engaño. Porque ahí donde creemos que en realidad no ha pasado nada hay mucha mierda cocinándose, debajo de la superficie.

Imagen: AMC.
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La estética supone otro de los puntos fuertes. Preñada de referencias y homenajes directísimos a Breaking Bad (como ese easter egg en esa carretera) la serie hereda ese filtro tostado de realismo sucio que encaja a la perfección con este wéstern moderno (y sacrílego). Y no es el único: el propio Seth Rogen apiló las inspiraciones que laten detrás de Predicador, y de esa parroquia de Annville que invita elegantemente a «Open your ass and holes to Jesus».

Hasta aquí lo que se puede decir sin dañar a quienes deseen permanecer vírgenes con los detalles de la trama. Que Predicador es una serie sobre un pueblo, un predicador, un vampiro, una criminal y un dios. Un Caraculo, unos ángeles chiflados y unos pueblerinos sureños. Hay putas, droga, todas las desviaciones existentes y una decena aún por estudiar. Que es hilarante, nihilista, socarrona, pringosa, violenta y herética; pero también dramática y adulta; en la que a veces hay que agarrar bien el hilo para que no se escape. Pero la recompensa lo merece. Parafraseando a Joe R. Lansdale sobre el tebeo original: «Esto es una erección envuelta en alambre de púas y espinas».

Imagen: AMC.
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Bien de SPOILERS

Al lío. La serie, como hemos dicho, trastoca el orden de la narración. Las cosas suceden exactamente al revés. El final de la serie es el principio del cómic, un calco de esa viñeta inicial que reúne al trío en un dinner; con Tulip conminando a Jesse a explicar los detalles de la posesión de Génesis y Cassidy haciendo guiños explícitos a lo que está por venir: aventuras absurdas con chicas en bikini pegando tiros. Eso llegará en la segunda temporada, donde Predicador se calzará el alzacuellos genuino: será road movie, buscará al dios huido aunque no medie en la epifanía Bill Hicks (lamentable omisión, sentimos decir).

El riesgo que asumieron Catlin y Ennis al atrapar toda la acción en Annville ha dado sus frutos, dejando también alguna manzana podrida en la cesta. Ha permitido edificar lentamente el universo para el desconocedor, profundizando en los personajes pero sin arrancar in media res con Jesse ya remangado. A cambio, también ha vitaminado alguno de los puntos más flojos de la serie, principalmente ciertas subtramas de los habitantes que han quedado muy, muy lánguidas (sin ir más lejos, la de la muy cariacontecida Emily, hasta que rompe en la escena sacrificando al alcalde). Por fortuna, no las veremos más porque Annville desaparece, una aciaga aniquilación no tan espectacular como la del cómic, pero mucho más metafórica: explosión de caca de vaca. ¡Viva!

Imagen: AMC.
Imagen: AMC.

Muchos se maliciaban que Predicador rebajase el octanaje en pantalla. En ciertos aspectos, así ha sido, pero desde luego no en lo tocante a los mamporros y la sangre. Ahí podemos darnos por más que satisfechos y revolcarnos como gorrinos en cochiquera sanguinolienta. La serie se torna serión cuando las explosiones de violencia gratuitas nos devuelven al mejor Ennis: la pelea de Cassidy con los dos ángeles en la iglesia a motosierrazo limpio; la de la serafín, el reverendo Custer y los ángeles en el motel; la ya mencionada introducción de Cassidy y Tulip … y quizás la que se lleva el oro: la batalla campal con los zotes de Quincannon vestidos de confederados tratando de tomar la iglesia. «El predicador me ha arrancado la polla de un disparo, ¿la quieres ver?», musita uno, incomprensiblemente sonriente. Y sí, la vemos. Puro Ennis sin estar escrito por Ennis.

Pero al margen de la violencia, la serie ha descafeinado algunos pasajes. El más doloroso ha sido el plano sexual, uno de los aspectos icónicos del original que desafortunadamente ha mutado en algo entre pacato y metodista. Junto a la esperanza de que rompan a follar en la segunda entrega, colocamos también el regocijo por otra variación: Quincannon no sodomiza hombres de carne, pero todo el asunto de las vísceras de su familia tampoco está mal resuelto.

Quizás, lo peor en esta línea de moderar el tono haya sido Caraculo. Su personaje —como todos— sufre variaciones argumentales, pero él sale perdiendo en la reinvención. Con una caracterización no en extremo cruel (y unos pertinentes subtítulos) el deforme que parodiaba a una generación émula del malditismo de Kurt Kobain, se reduce a un tontaco que da mucha lastimica. Hizo algo horrible, pero todo lo que le acontece en escena nos mueve más a la ternura que a la adrenalina original. Preferíamos al hijo de puta obsesionado con Jesse que al corderito usado como saco de boxeo de todas las frustraciones que muy improbablemente acabe convertido en rockstar.

Imagen: AMC.
Imagen: AMC.

Hablando claro: chapó por el resto de modificaciones operadas en los personajes. La pareja de ángeles custodios mejora a los que ya conocíamos y pide a gritos un spin off en el que Fiore (Tom Brooke) y DeBlanc (Anatol Yusef) serían estrellas de una buddy movie de tres pares de narices. Para el resto, asumidlo: Jesse Custer tiene tupé y Tulip es negra. Para los sofocos, las sales (qué decepcionante resulta que los seguidores de un cómic tan integrador se estén ofuscando ahora con tonterías de este calado). Sus cambios tienen una coherencia propia, que antes de que acabe el último capítulo quedan completamente reivindicados. Jesse ve reducido su capital de machoalfismo, manteniendo intacto el fenotipo de caballero sureño (nunca un británico habló tan bien como texano) pero acogotándole con más dudas y debilidades que en el original. Bien por eso. Tulip es algo más ligera con el gatillo, pero también lo sostiene un por qué (y una colección de chupas que ya quisiera cualquiera para sí). Sobre Cassidy, chitón. Si no han leído ninguna crítica al robaescenas oficial es porque es malditamente perfecto… salvo por una cosa: su encoñamiento con Tulip quizá resulta algo abrupto y precipitado. Pero ya veremos, paciencia.

La misma que hay que tener con la familia de Jesse. Porque no todo es tan light como podría antojarse. De momento, se ha reproducido ese pasaje emocionante que nos anudó los intestinos («Tienes que ser uno de los buenos, porque ya hay demasiados malos») y se ha inspeccionado mínimamente en la figura del padre, pero no se va a quedar ahí. Según han confirmado los creadores, en la segunda temporada escarbarán en el pasado del predicador, en su familia redneck oligofrénica… ¡abuela incluida! Así que de descafeinado, nada.

También han adelantado que aparecerán algunos otros conocidos que muchos dieron por perdidos en la primera temporada: habrá Herr Starr (la cabeza en forma de glande va ser difícil) y también Jesus de Sade. Nos reconcome el ansia viva por que se incorporen a esta lista a los Detectives Sexuales, Jody, Frankie, el Ku Klux Klan o el fantasma de John Wayne. Si lo resuelven con la mitad de tino que han gastado con el Santo de los Asesinos esto podría convertirse en algo grande con una apetitosa ensalada de tiros en la cara. Y dicho sea de paso: bravo por esa recreación del infierno como bucle pesadillesco, un brillante recurso narrativo que solventa tres asuntos de un plumazo: revela los motivos del personaje sin recurrir al manido flashback —pues con el genial giro no lo es—, conecta las tramas sueltas y le grapa la boca a quien decía, al inicio de la serie, que no tenía lógica introducir ya al personaje.

Como avisa Willie Nelson al principio y al final de la serie (en homenaje directo al inicio del cómic): «It was the time of the preacher / When the story began», esto es solo el principio. Y aunque no sea perfecto, merece piedad quien acaba de romper el cascarón. Tulip, hacia el final del cómic, le pregunta a Jesse por qué se apiada de todos esos perdedores y capullos que tratan de cargárselo: «Porque merecen una segunda oportunidad». Pues eso mismo.

Imagen: AMC.
Imagen: AMC.