El gesto de alguien que ha visto el infierno

Una mujer congoleña, víctima de violación en grupo, posa en las instalaciones de la ONG Heal Africa en Ndosho, República
Democrática del Congo, 2006. Fotografía: Per-Anders Pettersson / Getty.

—¿Qué fue lo que más te llamó la atención cuando la viste?

—Tenía un gesto muy peculiar, la mirada de alguien que ha visto el infierno.

Emilio Vercillo [1] es un calabrés (resopla cuando lo dice en voz alta) afincado en Roma desde que empezó a estudiar Medicina; se especializó en Psiquiatría. Actualmente, trabaja en un centro de salud público para refugiados. Se encarga de los casos de estrés postraumático y de los trastornos disociativos. Su interés por estas patologías fue definitivo en 2002, durante unas vacaciones en Rodas, tras una larga conversación con Sami Modiano, superviviente de Auschwitz. 

Supe de su trabajo por casualidad, durante una cena, y me pareció imprescindible interrogarle en varios encuentros posteriores con el fin de saber qué ocurre con los migrantes cuando acaba la crónica, cuando se apagan las cámaras de televisión. Qué ocurre cuando están a salvo de aquello de lo que huyen, cuando llegan a la tierra prometida: Europa. 

—Leí el artículo que publicasteis sobre Baluchistán. Curiosamente, tuve un paciente baluche.

—Es tremendo lo que están viviendo allá.

—El trauma que le traté fue provocado por la paliza que le dieron aquí, en Roma, un grupo organizado de jóvenes neonazis que se dedica a la «caza del bangla» (muchos de los que llegan a Italia son de Bangladés). Le rompieron la mandíbula a patadas.

El SaMiFo (salud para el migrante forzado) ASL ROMA 1, centro referencia en la Regione Lazio, recibe y trata a personas de muchas nacionalidades que están a la espera de asilo político (o humanitario). Vercillo aterrizó en este centro tras el cierre, en 2008, del hospital San Giacomo, donde trabajaba en la planta de agudos. San Giacomo era el segundo hospital más antiguo de Europa. A la planta de agudos llegaban pacientes de todo el mundo. Emilio coincidió allí con Goffredo Bartocci, una autoridad en la psiquiatría transcultural, esa rama que se ocupa de las diferencias culturales en la enfermedad mental. 

Cuando le pido que me explique con una frase en qué consiste su trabajo me dice que intenta, con farmacología y terapia, que sus pacientes dejen de revivir los traumas que sufrieron. Que acaben siendo solo recuerdos.

Alexia tiene treinta años y llegó a Roma desde Congo. Esta historia comienza cuando decide participar en una manifestación contra el gobierno de su país. Hay, además, un agravante: ella pertenece a la etnia del anterior presidente. 

La detuvieron junto a otros manifestantes y la trasladaron a un centro para presos políticos en la capital, en el que los reclusos dejan de existir. No se notifica a los familiares el ingreso, no hay datos, ni información; sencillamente, desaparecen. Nadie sabe qué ocurre dentro porque pocos, muy pocos, salen y pueden contarlo. Los que lo consiguen tienen un gesto muy peculiar, la mirada de alguien que ha visto el infierno.

Alexia sufre un trastorno postraumático complejo. Es el diagnóstico de Emilio Vercillo, su psiquiatra. El matiz «complejo» se añade cuando el paciente se ve a sí mismo y ve la realidad de manera distorsionada. Sufre desequilibrio emocional y está afectada la personalidad. Este trastorno se da cuando se sufren traumas repetidos y continuados en el tiempo.

Cuando entró a aquella prisión lo primero que vio fueron esqueletos, mujeres cadavéricas que apenas se sostenían en pie. Inmediatamente, supo que ella acabaría así. 

Cada día, durante nueve meses, entraban varios militares y gritaban nombres. Las mujeres que eran nombradas se iban con ellos; nunca volvían. Eran las elegidas, las que iban a morir ese día. Las que se quedaban eran violadas. Cada día, durante nueve meses, se repetía la misma secuencia; unas desaparecían para siempre, otras eran salvajemente violadas. Alexia cuenta que llegó un momento en el que sangraba tanto por las agresiones sexuales sistemáticas que dejaron de usarla, ya no les servía. Cesó la violencia sexual y comenzaron las palizas. 

La medida del tiempo, en una situación así, la marcan esas visitas. Los nombres a gritos, las caras que dejas de ver para siempre, las violaciones, las palizas. Cuando todo acaba, cuando vuelve el silencio, esperas. Esperas a que empiece de nuevo sin saber si te tocará morir, si mañana será violación o si te darán una paliza. 

A los nueve meses gritaron su nombre. Salió de allí junto a otras mujeres con la cabeza cubierta y los ojos vendados. La subieron a un camión e iniciaron el camino hacia la muerte. Alexia comenzó a rezar. Uno de los soldados que las custodiaban la escuchó y reconoció el dialecto. Se acercó a ella y le preguntó quién era y de dónde; ella respondió. Eran de la misma región. El soldado la levantó en peso y la lanzó fuera del camión.

Cayó en medio de la nada, atada y semidesnuda. Cuando consiguió liberarse y ponerse en pie, a la luz del día, vio el esqueleto en que se había convertido. Caminó hasta el primer pueblo pidiendo ayuda, y cuando al fin pudo llamar a su familia le rogaron que no volviera a casa; los habría puesto a todos en peligro. La opción más segura fue caminar de nuevo hasta la casa de un primo que vivía alejado de la capital. Reunieron entre familiares y amigos dinero para comprar un vuelo a Roma con el fin de que pidiera asilo político. Alexia estaba a salvo.

Estaba a salvo. 

Siento alivio cuando Emilio remata la narración diciendo «estaba a salvo». El alivio dura pocos minutos. 

El psiquiatra de Alexia me explica que, durante esos nueve meses, cuando está sufriendo todos esos traumas repetidos y continuados en el tiempo, el cuerpo y la mente están concentrados en una sola cosa: sobrevivir. Los niveles de adrenalina se disparan, vive en un estado de alerta, toda la energía se utiliza en aguantar con vida hasta el siguiente trauma. 

En el momento en que Alexia pisa Roma y llega al centro de salud siente que está fuera de peligro, y es entonces cuando empiezan a manifestarse todos los síntomas. Ya no teme por su vida y su cerebro responde llevándola de vuelta a Congo.

En este punto, el psiquiatra se detiene para subrayar algo fundamental: no se trata de recuerdos. Es flashback; su mente hace que reviva los distintos episodios traumáticos. Vuelve realmente al confinamiento, vuelven realmente las violaciones y las palizas. Como consecuencia, sufre insomnio, despierta gritando cuando consigue cerrar los ojos, tiene náuseas, taquicardia, cefalea constante. 

Hablar de lo que sufren estas personas en el camino, desde que consiguen salir de sus países de origen hasta que pisan suelo europeo, es repetirse; está todo, o mucho, contado ya. El mejor ejercicio para entender es tratar de imaginar los horrores que les empujan a emprender la huida sabiendo lo que supone llegar de la mano de distintas mafias hasta Libia, última parada antes de intentar cruzar el Mediterráneo. 

Las mujeres saben que serán violadas cuando lleguen; toman la precaución de vacunarse antes de partir para, al menos, asegurarse de que no se quedarán embarazadas. Vercillo preguntó a una joven nigeriana violada salvajemente cómo se preparó durante ese camino sabiendo que esto ocurriría. Ella le dijo que cerraba los ojos e imaginaba que era su marido; la violaba sistemáticamente desde que su familia la entregó en un matrimonio concertado. 

Algunos hombres también son violados, es una de las maneras más eficientes de humillación. En el caso de las mujeres se considera desahogo, diversión, premio.

Binéka tiene veintitrés años y es congoleña. Llegó a la consulta de Vercillo con una de las patologías más graves, un trastorno disociativo. En algunos de estos casos el trabajo del psiquiatra se complica aún más; debe ir recogiendo las piezas que el paciente proporciona desordenadamente hasta conseguir completar el puzle. Hasta llegar al fondo del oscuro pozo para que el tratamiento sea lo más efectivo posible.

Algunos de los soldados enviados a la región donde vivía Binéka para proteger a la población de las guerrillas violaron a su hermana pequeña (doce años), y ella lo denunció a los mandos. La manosearon y la echaron entre burlas. Binéka no quiso rendirse y decidió viajar a la capital a denunciarlo de nuevo. Acabó encarcelada, violada y apalizada. En un descuido de quienes la custodiaban consiguió escapar; la familia consiguió reunir dinero para que volara a Roma. 

Binéka oye voces, dos distintas (los militares). Una de esas voces la mantiene siempre alerta, en tensión. Cuando intenta relajarse le grita, le dice que no se confíe, que no hable, que no cuente lo que le ha ocurrido. La otra voz la insulta, la humilla cuando se siente débil y se paraliza completamente. Y, además, hay una presencia; una niña pequeña a la que le da vergüenza mirar, que está ahí siempre… y llora.

Después de medicarla y de varias sesiones de terapia, su psiquiatra descubrió la parte de la historia que faltaba. Binéka había sufrido abusos en su entorno familiar durante la infancia, y jamás se lo dijo a su madre; sabía que nadie la protegería. Pocos años después, fue también violada por soldados, así que cuando su hermana pequeña le contó lo ocurrido, le pidió ayuda, lo único importante era buscar justicia, salvarla de un horror que ya conocía.

El trauma mayor de Binéka fue no haber podido proteger a su hermana de lo que ella había sufrido. El fracaso. Era incapaz de mirarse al espejo. Se veía como un monstruo. 

***

Los llamados «países ricos» acogen al 16 % de las personas refugiadas en todo el mundo; Bangladés, Chad, República Democrática del Congo, Etiopía, Ruanda, Sudán del Sur, Sudán, Tanzania, Uganda y Yemen reciben al 33 % por ciento. Combinados, apenas suman el 1,25 por ciento del PIB mundial. Líbano es, junto con Jordania, el país con la concentración per cápita más alta de todo el mundo (uno de cada cuatro habitantes).

Si sienten el impulso de preguntar por qué no se quedan en sus países si no son refugiados políticos o por qué no desembarcan en Túnez a los migrantes rescatados en el Mediterráneo, tienen la oportunidad de sentarse frente a Alexia y Binéka. Ellas tienen la respuesta. Todas las respuestas.


Notas

[1] Emilio Vercillo es en la actualidad psiquiatra en SaMiFo (Salute dei Migranti Forzati). Su último libro, Clinica del trauma nei rifugiati. Un manuale tematico, abre las puertas de ese infierno al que da vértigo asomarse.


Que por qué no desembarcan en Túnez, preguntan

La costa italiana vista al amanecer y desde la cubierta del Bourbon Argos (MSF). Foto: Karlos Zurutuza.

La migración a través del Mediterráneo es un tema demasiado serio y complejo como para intentar abordarlo a golpe de tuit. Tenemos que hacer y hacernos preguntas, sí, pero también intentar buscar respuestas más allá de eslóganes interesados y clichés que solo añaden confusión. 

¿Qué es la flota de rescate humanitario?

Es un combinado de buques fletados por diferentes ONG para acometer labores de búsqueda y rescate en el Mediterráneo central. Desde que levaran anclas, allá por 2015, diversas organizaciones como Médicos Sin Fronteras, Save the Children, MOAS, Salvamento Marítimo Humanitario, Proactiva Open Arms o CADUS, entre otros, han sumado fuerzas en el mar. De los aproximadamente doce barcos que llegaron a simultanear dichas labores en sus mejores momentos, las cada vez mayores cortapisas por parte de los gobiernos europeos (cierre de puertos, requisamiento de barcos, procesos judiciales…) han reducido su número a dos o tres operando en la zona.

¿Pueden los barcos de la flota de rescate entrar en aguas jurisdiccionales libias?

No. Tanto ellos como los barcos de las diferentes armadas europeas navegan por la llamada «zona de búsqueda y rescate», una franja de entre 12 y 24 millas náuticas frente a la costa de Libia. Patrullar en sus aguas significaría violar su soberanía territorial.

¿Qué diferencia hay entre un migrante y un refugiado?

Los migrantes económicos son personas que han salido de su país en busca de oportunidades laborales. En ocasiones, provienen de países en pobreza extrema y pueden llegar a jugarse la vida para entrar en un país con el fin de trabajar. Los refugiados son personas que huyen de conflictos armados, violencia o persecución y se ven por ello obligados a cruzar la frontera de su país en busca de seguridad.

¿Por qué llega tanta gente desde Libia de repente?

No tan de repente. Durante la segunda mitad del siglo XX, decenas de miles de migrantes y refugiados comenzaron a partir hacia Italia en precarias embarcaciones mientras los oficiales libios miraban hacia otro lado. Gadafi era plenamente consciente de la preocupación que dicho tráfico suscitaba entre los antiguos amos de Libia y sus vecinos. Fue en 2004 cuando empezó a firmar acuerdos con diversos Estados europeos para controlar el flujo migratorio. En junio de 2009 firmó un acuerdo con Roma que consistía en operar patrullas navales conjuntas y permitía la entrega a Libia, sin responsabilidad alguna, de todo individuo capturado camino de Italia. Aquella política de «devoluciones en caliente» se demostró altamente efectiva: el número de africanos intentando acceder de forma ilegal al continente cayó un 75 %. A finales del mismo año, Gadafi firmó un nuevo acuerdo que incluía la construcción de campos de internamiento y torres de vigilancia en las playas. Durante un discurso en 2010, en una cena con ochocientos invitados organizada por su antiguo amigo y aliado, Silvio Berlusconi, Gadafi pidió cinco mil millones de euros al año a cambio de cerrar su país y su costa a refugiados y migrantes. El acuerdo no llegó a materializarse por el linchamiento de Gadafi y, a día de hoy, Europa no puede sentarse en la mesa con un líder que pueda cerrar los puertos.

Un «gomón» avistado en la zona de búsqueda y rescate frente a las costas de Libia. Foto: Karlos Zurutuza.

¿Qué pasa en Libia?

Desde el levantamiento de 2011 que acabó con el régimen de Gadafi en el país, dos gobiernos (uno en el este y otro en el oeste) apoyados en una miríada de milicias y apadrinados por potencias extranjeras se disputan el control del país.

Actualmente, cada ciudad libia cuenta con su propio consejo local, sus propias fuerzas armadas y, en el caso de las localidades costeras, sus propios guardacostas. La atomización del poder acarrea una falta de seguridad que es, a día de hoy, una de las dos principales preocupaciones de los libios (la otra es la crisis económica). En el caso de los migrantes, estos quedan abocados a un estado de plena indefensión.

¿Qué es eso del triángulo de Lampedusa?

Las ciudades costeras de Zuwara y Misrata son, junto con la pequeña isla italiana, los hitos geográficos del principal foco de migración hacia Europa. Es precisamente en este lugar en el que se produce el flujo de personas hacia Europa a través del Mediterráneo.

¿Por qué llega la mayoría de los migrantes desde Libia si es un país tan peligroso?

La historia de Libia está repleta de episodios que hablan del traslado de personas, de forma tanto voluntaria como forzada, a Europa y América. Desde la Edad Media hasta bien entrado el siglo XIX, los puertos de Trípoli y Bengasi fueron destino final para caravanas de esclavos procedentes del interior de África; rutas mercantiles que se institucionalizaron durante los cuatro siglos de dominación otomana. Las rutas migratorias siguen vigentes porque las mafias del tráfico operan a su antojo en un país que carece de un Gobierno central que pueda garantizar la seguridad de locales y foráneos. Esto convierte a este rincón del Magreb en un lugar sin ley.

¿Por qué no se deja todo en manos de los guardacostas libios?

A finales de octubre de 2016, ochenta y nueve cadetes y oficiales libios constituyeron la primera remesa en recibir entrenamiento en el marco de la llamada Operación Sophia, la misión naval conjunta de la UE para combatir el tráfico de seres humanos y armas en el Mediterráneo central. El entrenamiento de los guardacostas libios, aún en vigor, es uno de los puntos más controvertidos, máxime tras los cada vez más numerosos incidentes entre la flota libia y ONG que participan en misiones de búsqueda y rescate. Organismos como la Misión de las Naciones Unidas para Libia aseguran tener «pruebas concluyentes» de que miembros de las instituciones del Estado y algunos funcionarios locales participan en el contrabando y el tráfico de personas. La ONG alemana Sea Watch incluso llegó a pedir a la UE que «reconsiderara» su proyecto de formación de los guardamarinas tras un dramático incidente en octubre de 2016. Según la ONG, una patrullera libia interceptó entonces una patera y golpeó con palos a sus ocupantes mientras impedía el rescate por parte de la ONG. Se calcula que más de treinta individuos perdieron la vida durante aquel incidente.

¿Por qué no desembarcan en Túnez?

El hecho de que los propios tunecinos estén saltando a pateras desde su costa es un ejemplo bastante ilustrativo de la situación que atraviesa el país. Túnez no tiene recursos ni para los de fuera ni para los de casa. Por otra parte, desembarcar a los migrantes en esta costa significaría enquistar más el problema dado que, antes o después, la mayoría de ellos retomarían el camino hacia Libia.

Dibujando en la cubierta del Dignity 1. Foto: Karlos Zurutuza.

¿Contribuyen las ONG de rescate a una precarización de las pateras?

Hasta la llegada de la flota de rescate humanitario en 2015, la mayoría de las pateras trataban de tocar tierra en Lampedusa, Malta o Sicilia, por lo que tenían más combustible y no iban tan atestadas. La presencia de los barcos de rescate se ha convertido en la excusa de los traficantes de personas para reducir el combustible y cargar aún más sus embarcaciones. Ya no se trata de llegar a tierra, sino de avistar lo que llaman «el gran barco». Así, las pateras fletadas por los traficantes han sido cada vez más precarias durante los últimos años: menos combustible y mucha más gente a bordo.

¿Favorecen las ONG de rescate la inmigración ilegal? 

Los datos dicen que no. En 2013, cuando la envergadura de la crisis migratoria en Libia empezaba a preocupar a sus vecinos del norte, Italia desplegó un operativo de patrullas fronterizas y misiones de búsqueda y rescate bajo el paraguas de un programa nacional al que se llamó Operación Mare Nostrum. El elevado coste político unido a las dificultades de Roma para financiar en solitario la operación llevaron a la suspensión de la misma, en octubre de 2014. Organizaciones como Amnistía Internacional situaban en 70 474 el número de refugiados y migrantes que llegaron a Italia durante los primeros seis meses de 2015, aproximadamente 10 000 más que durante el mismo periodo en 2014, cuando Mare Nostrum seguía aún activo. Según la Organización Internacional para las Migraciones, el número de muertos en el mar se multiplicó por treinta en tan solo un año. Más que de un «efecto llamada» se trata de un «efecto huida». O lo que es lo mismo: eliminar la flota de rescate no significa reducir el número de los que intentan cruzar el Mediterráneo, sino elevar el de los muertos.

¿Qué pasa con los migrantes cuando desembarcan en Italia?

Se los traslada a un centro de acogida donde se les aplica el protocolo de inmigración correspondiente según la nacionalidad de cada uno. Los que no son repatriados de forma automática reciben un documento en el que consta la fecha de entrada en el país y en el que se explicita que no pueden trabajar durante los primeros dos años, lo que les condena a la mendicidad o la delincuencia. También sucede que muchos de los migrantes se escapan de los campos de tránsito y acogida, casi siempre para reunirse con sus familiares que viven en otros países. Lo hacen viajando clandestinamente por bosques y carreteras, o en trenes, a menudo con cierta connivencia por parte de las autoridades locales que no parecen tener objeción cuando los migrantes se dirigen fuera de sus fronteras.

¿Por qué llegan a España oleadas ocasionales de pateras desde Marruecos?

Es un instrumento de presión por parte de Rabat, sea para conseguir más dinero o prebendas de Madrid, o para denunciar gestos políticos españoles que perjudiquen (caso del Sahara Occidental). El rey Mohamed VI tiene un control férreo de la inmigración irregular a través de sus costas muy parecido al de Gadafi en su día, o al del actual presidente turco, Recep Tayip Erdogan. Los datos hablan por sí solos: del 1 de enero al 31 de julio entraron desde Marruecos 13 326 inmigrantes a bordo de 465 embarcaciones, 8 975 menos que los que llegaron durante el mismo periodo de 2018. También descendió el número en las vallas de Ceuta y Melilla.

¿Por qué tenemos que asumir nosotros el grueso de la crisis migratoria?

Lo cierto es que los llamados «países ricos» solo acogen el 16 % de las personas refugiadas en todo el mundo mientras que Bangladesh, Chad, RD Congo, Etiopía, Ruanda, Sudán del Sur, Sudán, Tanzania, Uganda y Yemen reciben al 33%. Combinados apenas suman el 1,25% del PIB mundial. Líbano es, junto con Jordania, el país con la concentración per cápita más alta de todo el mundo (uno de cada cuatro habitantes).

La brigada de Los Enmascarados, que luchaba contra el tráfico de personas, opera ahora en la frontera con Túnez. Foto: Karlos Zurutuza.


¿Pueden los refugiados tener derechos humanos?

Refugiados en un tren, 2015. Fotografía: Louis Witter / Cordon.

Este artículo fue publicado originalmente en nuestra revista Smart número 4

El debate público en torno a la crisis de los refugiados se saturó de alusiones al pasado de Alemania. Joachim Gauk, presidente de la República Federal de Alemania, abrió la veda cuando habló de «Dunkeldeutschland versus helles Deutschland» —la Alemania oscura versus la Alemania luminosa—, esto es, la vieja Alemania nazi versus la nueva. También aquel titular de portada del semanal alemán Die Zeit era «Wie 1989» (Como en 1989). Quizá valga la pena mencionar que toda alusión directa a 1989 es una alusión indirecta a 1933.

Los medios internacionales compartieron similar apreciación histórica. The New York Times advertía que «el trato a los migrantes» evoca «recuerdos de los tiempos más oscuros de Europa», y el diario israelí Yediot Acharonot salía con «Otra vez en el andén» como titular de portada, precisando que algunas de las estaciones de tren en las cuales se amontonaban los refugiados son las mismas desde las que los judíos fueron deportados.

Hasta cierto punto, tales alusiones históricas no solo son normales, sino también adecuadas. Al fin y al cabo, la legislación alemana de asilo se creó como gesto de reconocimiento a las persecuciones del pasado, cuando los políticos nacionalsocialistas forzaron a millones de europeos, judíos y no judíos, a buscar asilo fuera del continente. Sin embargo, una atención excesiva al pasado fascista de Alemania en este contexto puede resultar engañosa. Para entender el trasfondo político de la crisis de los refugiados debemos mirar hacia otro sitio; de hecho, en la dirección opuesta. La crisis actual nos confronta con un problema central del pensamiento político moderno—incluso del liberalismo moderno—. Es un problema que habíamos reprimido con éxito pero que ahora vuelve para vengarse: las deficiencias de la jerga en lo que se refiere a los derechos humanos.

Considere esta cita:

Sostenemos que estas verdades son evidentes por sí mismas, que todos los hombres han sido creados iguales, que han sido dotados por su creador de ciertos derechos inalienables y que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad.

¿Por qué creemos en la existencia de estas verdades «evidentes por sí mismas»? Según el texto de la Declaración de Independencia, los derechos humanos inalienables nos fueron dados por nuestro «creador» —previamente, en el mismo texto, los Padres Fundadores habían apelado a lo que nos ha sido dado «por la naturaleza de Dios»— pero desde la perspectiva de la ciencia política moderna esta súplica a Dios es, por supuesto, fútil. La Constitución alemana evita hacer de Dios su fundamento, pero lo hace de un modo característicamente moderno —creyendo que basta con ignorar al Todopoderoso para tener ideales humanistas seculares—.

La verdad es que nunca hemos conseguido hablar de los derechos humanos en términos modernos mínimamente razonables. Una estrategia común ha sido recurrir a la naturaleza más que a Dios —desde este punto de vista, los seres humanos tienen unos derechos inalienables por naturaleza—, pero para aceptar esta alternativa uno debe atribuir a la naturaleza unas cualidades que la ciencia nos dice que no tiene (la evolución, fuente de todo a lo que podamos llamar naturaleza humana, ciertamente no puede ser fuente de derechos inalienables normativamente vinculantes).

Fotografía: Louis Witter / Cordon.

Una alternativa más prometedora ha sido seguir a Kant y recurrir a la razón en vez de a la naturaleza o a Dios; esto es, declarar que los derechos de la humanidad se fundamentan en nuestra capacidad para la deliberación racional. Sin embargo, para mantener esta posición uno debe defender un concepto metafísico de razón —una noción de racionalidad que trascienda su reducción, de nuevo, a una explicación naturalista ciega— y, aunque el mismo Kant defendía tal metafísica, el pensamiento político actual se enorgullece de ser «posmetafísico». La formulación dominante de justicia de John Rawls es famosa por ser «política, no metafísica», y Habermas se ha reafirmado recientemente en su primer eslogan, según el cual «no tenemos ninguna alternativa al pensamiento posmetafísico».

Aunque puede ser efectivamente verdad que no tengamos tal alternativa, también es verdad, siguiendo a Kant, que «no hay teoría de la justicia sin metafísica… y sin teoría de la justicia no hay teoría del Estado». Así es como intentamos hacer sitio a los refugiados, en algún lugar entre las proposiciones de Habermas y de Kant. Los pensadores políticos modernos pueden hablar con sentido del Estado como instrumento de defensa de los intereses de sus ciudadanos. Pero cuando hablan del Estado como defensa de la justicia o de los derechos humanos, carecen de los conceptos necesarios.

Por consiguiente, en el actual contexto ha sido más cómodo recurrir, conscientemente o no, a los compromisos adicionales generados por el pasado alemán. Así se elude la cuestión más general, aunque urgente: las demandas reales de los refugiados. Aquí radica una sutil pero perniciosa falacia: aunque es verdad que la historia alemana genera compromisos especiales con los derechos humanos, el problema es precisamente que no sabemos cómo pensar estos derechos en términos políticos.

En ningún momento ha sido tan evidente la insuficiencia de nuestro lenguaje como en una rueda de prensa que dio Angela Merkel. Los «derechos universales ciudadanos», dijo Merkel, «han estado hasta ahora estrechamente vinculados con Europa y su historia». Si no damos una respuesta a los refugiados, continuó, «esta íntima conexión con los derechos universales ciudadanos será destruida».

Si la Kanzlerin quería dirigirse a los refugiados, probablemente debería haber dicho derechos humanos, no ciudadanos. Lo que dijo era lo que políticamente podía decir, pero nada de eso es relevante para los refugiados, cuya condición es precisamente la de no ciudadanos. En su subconsciente, Merkel debía sentirse incómoda reduciendo a los humanos a ciudadanos, puesto que insistió repetidamente en añadir el adjetivo «universales» a «derechos ciudadanos». Pero «derechos universales ciudadanos» es una expresión contradictoria: la universalidad es una propiedad del conjunto de los seres humanos, mientras que el conjunto exclusivo de los ciudadanos es uno al que los refugiados no pertenecen.

Un refugiado en Grecia. Fotografía: Cordon.

Lamentablemente, no podemos culpar a Angela Merkel. El hecho de que su referencia contradictoria pasara prácticamente inadvertida es una señal de que todos hemos acabado asumiendo la reducción de seres humanos a ciudadanos. Reducción con la que Europa hace frente a los refugiados.

La misma reducción nubla nuestra comprensión de los atentados islamistas de París —a pesar de las poderosas presiones por minimizar las conexiones conceptuales entre la crisis de los refugiados y los ataques del Estado Islámico—. Hay quien sostiene que París ha sido atacado por ser un símbolo del humanismo universal de Occidente, precisamente los mismos ideales que cobraron prominencia con la Revolución francesa. Sin embargo, como apunta Arendt en Los orígenes del totalitarismo, los revolucionarios decían hablar en nombre del hombre mientras luchaban básicamente por la liberación de Francia y de los franceses. Ciertamente, la Déclaration des droits de l’ homme et du citoyen menciona explícitamente la misma contradicción que la referencia de Merkel contenía solo de forma implícita. Qué está bajo ataque entonces, ¿el humanismo moderno o la idea moderna de ciudadanía como culminación de la ideología del interés propio, no del humanismo?

La mayor parte del tiempo es fácil mantener esta pregunta a raya. Todos «nosotros» somos ciudadanos de Estados; «nuestros» derechos están protegidos, así que el problema metafísico se queda en problema académico, en el sentido despectivo del término. Pero, claramente, bajo algunas circunstancias una cuestión metafísica meramente académica puede volverse políticamente urgente. En un breve artículo de 1943, «Nosotros, los refugiados», Arendt advertía de que lo único más peligroso que ser judío era ser humano. «Si comenzáramos a decir la verdad, que es que no somos nada más que judíos», escribía, «significaría que nos exponemos al destino de los seres humanos que… no son nada más que seres humanos». Es imposible imaginar una situación «más peligrosa» que esta, «puesto que de hecho vivimos en un mundo en el que los seres humanos como tales han dejado de existir hace ya bastante tiempo».

Si estoy en lo cierto, esta cita notable contiene el ataque encubierto pero de gran alcance de Arendt contra su profesor, Martin Heidegger. Si seguimos la lógica implícita del argumento de Arendt, los debates sobre el antisemitismo de Heidegger son fútiles: Heidegger era antisemita y, lo que es peor, en virtud de su (autoproclamado) antihumanismo.

Nada captura mejor el intento de Arendt de salvar el humanismo que su expresión «el derecho a tener derechos», y desde entonces, las reflexiones sobre el tema no han sido más que notas al pie de la obra de Arendt. Pero Arendt sabía bien que el derecho a tener derechos solo puede ser una articulación del problema, no la solución, lo que requeriría repensar la política desde cero —más allá del horizonte del pensamiento político habitual—. Es probable que saberlo alentara a Arendt, entre otras cosas, a romper con el movimiento sionista. Mientras ella quería abordar la crisis de los refugiados judíos aprendiendo a tratarlos como humanos, el sionismo prefería recurrir a las viejas categorías políticas —asegurar los derechos de los judíos por la vía de convertirlos en ciudadanos de su propio Estado nación—.

Que todavía no hemos encontrado las categorías políticas adecuadas para abordar el tema de los seres humanos queda claro en el titular antes mencionado de Die Zeit —«Como en 1989»—. La función del titular, supongo, era transmitir algo de peso histórico a la situación y señalar que, para tratarla, Alemania tendría que cambiar. Sin embargo, para dirigirse correctamente a los refugiados, Alemania tendría que experimentar un cambio cuyas dinámicas son exactamente diferentes a las de 1989. La reunificación de Alemania no supuso un desafío para las categorías políticas existentes. Por el contrario, como reunificación no solo del este y del oeste sino de la nación y del Estado, se trató más bien de una reafirmación de la política habitual. Por tanto, a pesar de la magnitud del momento histórico, no hubo nada en la reunificación de Alemania embarazoso para el pensamiento político —como sí sucede con la crisis actual cuando expone nuestra incapacidad de abordar los derechos de aquellos que son simplemente humanos—. Podría decirse que para dar respuesta a la crisis de los refugiados, no solo Alemania tendría que cambiar, también la filosofía política misma.


El regalo de Hitler

Antisemitismo en Alemania en 1933. Fotografía: New YorK Times Paris Bureau Collection (DP).

Este artículo ha recibido el segundo premio del concurso DIPC de divulgación del evento Ciencia Jot Down 2018

El 30 de enero de 1933 el presidente Paul von Hindenburg nombró canciller de Alemania a Adolf Hitler. Hindenburg pensaba que una mayoría de ministros conservadores mantendría bajo control al ambicioso líder del partido nazi. No fue así: Hitler agarró con fuerza los resortes del poder, estableció un Gobierno autoritario y el Tercer Reich se convirtió en un Estado policial, en el que las libertades individuales fueron abolidas y los ciudadanos quedaron sujetos a la arbitrariedad y al terror. El general Ludendorff escribió a Hindenburg: «Al nombrar a Hitler… canciller del Reich ha puesto nuestra sagrada patria alemana en manos de uno de los mayores demagogos de todos los tiempos. Solemnemente le profetizo que este hombre nefasto arrastrará a nuestro país al abismo y traerá a nuestra nación una miseria inconmensurable. Las generaciones futuras le maldecirán en su tumba por lo que ha hecho».

Solo diez semanas más tarde, el 7 de abril, Hitler promulgó las leyes raciales. Cualquier persona que tuviera un abuelo judío no podía trabajar en ninguna institución del Estado, solo aquellos que hubieran servido en el ejército o hubiesen perdido un familiar cercano en la Primera Guerra Mundial podían seguir. Estas excepciones fueron abolidas en 1935. Como todas las universidades eran públicas, como los principales centros de investigación, los Institutos Emperador Guillermo (ahora Institutos Max Planck), eran también públicos, todos los profesores judíos, calificados con ese criterio tan laxo, fueron expulsados de sus trabajos. Algunos se enteraron por listas publicadas en los periódicos y otros fueron llamados por el director de su centro o su decano, quien les explicó que al día siguiente no podían volver a entrar en el edificio. Un 20% de los científicos de Alemania, sin duda muchos de ellos entre los mejores del mundo, perdieron sus puestos. Algunos intentaron encontrar otros trabajos en el país, pero las circunstancias se fueron volviendo más y más asfixiantes. Muchos de los que se quedaron, que no se sentían otra cosa que alemanes, perdieron la vida en el Holocausto. Los judíos de Alemania estaban totalmente integrados y habían formado una élite científica y cultural, una «aristocracia estética» que valoraba por encima de cualquier cosa la música, la filosofía y la literatura alemanas, su herencia común. Esa integración incluía haber luchado por su país: en la Gran Guerra, cien mil judíos se presentaron voluntarios para servir en el ejército alemán y doce mil murieron en combate. El físico Franz Simon, asqueado de los nazis, renunció a su cátedra de Breslau en 1933 y les envió por correo su Cruz de Hierro que llevaba en el reverso la inscripción: «La Patria siempre estará agradecida».

En ese difícil momento Alemania tenía la mejor ciencia del mundo. En los primeros treinta y dos años de Premios Nobel (1901-1932), investigadores alemanes ganaron un tercio de todos los premios científicos, treinta y tres de cien, Inglaterra, dieciocho y los Estados Unidos, seis. Aunque la población judía no superaba un 1% de la población total de Alemania en esa época, una cuarta parte de los premiados eran de ascendencia judía. Tras la expulsión de los científicos judíos algunos intentaron, con poco éxito, encontrar trabajo en el sector privado, pero el antisemitismo era rampante. Otros empezaron a marchar buscando un futuro, un trabajo, salvar la vida. Cuando James Franck, director del Segundo Instituto de Física de la Universidad de Gotinga, recibió una invitación de Niels Bohr para ir a Copenhague, una multitud se reunió en la estación, permaneciendo en silencio mientras el tren partía. Sin embargo, otros veían a los que se iban al extranjero como desertores que abandonaban a sus compañeros y no peleaban para mantener los valores de la ciencia ni la necesidad de mantener a los investigadores, una profesión sin ningún defensor en el Gobierno. Otros intentaron integrarse, confundirse, hacerse pasar por lo que no eran y el partido nazi pasó de 850.000 miembros a 1,5 millones, las oficinas de inscripción tuvieron que cerrar porque no podían procesar la avalancha de solicitudes. En realidad, el cambio fue tan rápido, tan feroz y tan irracional que los académicos no conseguían asimilarlo. ¿Cómo iban a dejar su patria si estaban tan orgullosos de ser alemanes? ¿Cómo abandonar sus carreras, o a sus compañeros, o, aún peor, a sus estudiantes? Los más jóvenes, como Hans Krebs, Ernst Chain o Hans Bethe, marcharon primero, los mayores aguantaron más hasta que la situación fue asfixiante o terminaron en los campos de concentración. Pero el impacto fue instantáneo: el primer año tras la promulgación de las leyes raciales 2600 científicos abandonaron Alemania, casi todos judíos. Cuando un ministro le preguntó al gran matemático David Hilbert: «¿Qué tal van las matemáticas en Gotinga ahora que está libre de judíos?», Hilbert contestó apesadumbrado, recordando la que hasta hacía poco era una de las grandes universidades investigadoras de Europa, «¿Matemáticas en Gotinga? En realidad, ya no queda nada». Esta terrible diáspora, este exilio forzado de grandes científicos fecundó los laboratorios y universidades de otros países, en particular Gran Bretaña y Estados Unidos, y fue clave en que los aliados ganaran la Segunda Guerra Mundial. Se conoce como «el regalo de Hitler».

Ernst Chain. Fotografía: Cordon.

La comunidad científica de los países democráticos no se quedó mirando ante las persecuciones y las expulsiones de los científicos judíos. El 22 de mayo de 1933 un grupo de profesores, incluyendo siete premios Nobel, escribieron a The Times anunciando la creación del Consejo de Asistencia Académica, cuyo objetivo era «recaudar fondos, que serán usados en primer lugar, pero no exclusivamente, para proporcionar manutención a los profesores e investigadores desplazados, y para conseguirles empleo en universidades e instituciones científicas». En 1936 el consejo cambió su nombre a Sociedad para la Protección de la Ciencia y la Enseñanza. Para explicar su objetivo, su función, tomaron prestadas las palabras de Francis Bacon cuando se creó la Biblioteca Bodleiana en la Universidad de Oxford: «Un arca para salvar el saber del diluvio». Al final de la guerra tenían fichas abiertas en esta sociedad 2541 académicos refugiados, la mayoría alemanes y austriacos pero también checoslovacos, italianos y españoles. También ayudaron las comunidades judías, muchas universidades, muchos periódicos y muchos particulares. Otros muchos, en cambio, no hicieron nada. La Fundación Rockefeller recolocó a trescientos científicos, la Universidad de Londres a sesenta y siete, Cambridge a treinta y uno, Oxford a diecisiete. Esto solamente en mayo de 1934. De esos científicos rescatados, de esos refugiados que habían perdido su patria y su trabajo, veinte recibieron posteriormente el Premio Nobel, cincuenta y cuatro fueron elegidos miembros de la Royal Society y treinta y cuatro fueron nombrados para la British Academy. Nunca hubo una «promoción» igual.

Cada historia de uno de estos refugiados es un mazazo en la conciencia. Wilhelm Feldberg había perdido a su esposa, un hijo, su país y su trabajo, y aun así decía a sus colegas británicos «he tenido tanta suerte». Trabajaba en el Instituto de Fisiología de la Universidad de Berlín, cuando una mañana de abril le llamó el director Paul Trendelenburg y, mostrándole el texto del nuevo estatuto del funcionariado, simplemente le espetó: «Feldberg, se tiene que ir antes de mediodía porque es usted judío». Con esa inocencia de muchos científicos, Feldberg protestó, pues acababa de empezar un experimento, a lo que el director le contestó: «Bueno, pues entonces se tiene que haber ido a medianoche». Pasó la tarde trabajando en el laboratorio junto a su esposa para terminar aquel experimento. Su expulsión no pasó totalmente desapercibida, pues dos colegas japoneses esperaron horas a la puerta de su laboratorio y, sin decir palabra, cuando Feldberg y su esposa salieron a medianoche hicieron una reverencia, y otra más cuando el matrimonio se alejó hacia la puerta del edificio. No era el único, el joven bioquímico Hans Krebs, que descubriría cómo generan energía las células y al que el decano de la Facultad de Medicina había descrito como de «una habilidad científica sobresaliente… inusuales cualidades humanas… leal y fiable», recibía una carta cuatro meses más tarde del mismo decano, el profesor Rehn, que decía: «Por la presente le informo de que, según la Orden Ministerial A N.º 7642, ha sido suspendido hasta futura noticia». De la plantilla de los cuatro institutos de física y matemáticas de la Universidad de Gotinga, formada por treinta y tres científicos, solo quedaron once. Tres de los cuatro directores, James Franck, Max Born y Richard Courant, fueron despedidos. Los dos físicos recibieron años después el Premio Nobel.

El más famoso de esos científicos refugiados fue, sin duda, Albert Einstein. La prensa alemana le acusó de «internacionalismo cultural», «traición internacional» y «excesos pacifistas». Cuando Hitler fue nombrado canciller, Einstein estaba en Caltech e hizo una declaración al New York World Telegraph donde dijo: «Mientras tenga algo que decidir al respecto, solo viviré en un país donde prevalezcan las libertades civiles, la tolerancia y la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. […] Esas condiciones no existen en Alemania en este momento». En el Reich las declaraciones recibieron rápida respuesta en la prensa. Un periódico de Berlín publicó: «Buenas noticias de Einstein. No vuelve». Bajo una foto del físico alemán aparecían las palabras: «No ha sido colgado todavía». Volvió junto a su esposa a Europa en barco y en la travesía se enteraron de que su casa había sido registrada y su jardín cavado con el pretexto de buscar un alijo de armas. Einstein renunció a su nacionalidad alemana pero no a la suiza, lo que indignó a las autoridades nazis, que estaban más acostumbradas a privar a la gente de sus derechos que a que ellos renunciaran voluntariamente. Dimitió también de la Academia Prusiana de Ciencias. Cuando había sido elegido veinte años atrás dijo que «era el mayor honor que le podían conferir», pero ahora temía que sería expulsado y que sus amigos estarían en peligro si protestaban. Siguió realizando estancias en diferentes países europeos y recibió ofertas de numerosas universidades, incluida la Complutense de Madrid. Sin embargo, renunció a esa opción cuando fue atacado en la prensa católica española, que le odiaba por su pacifismo, sus opiniones progresistas y por su religión.

Albert Einstein recibe el certificado de ciudadanía americana de la mano de Judge Phillip Forman, 1940. Fotografía: Al Aumuller / Library of Congress

Algunos salieron del Reich con normalidad y otros de forma accidentada. Herman Mark, profesor de química-física, fue arrestado pero consiguió salir de Austria mediante sobornos. Convirtió todo el dinero que le quedaba en alambre de platino y con él hizo perchas. Su equipaje llevaba su dinero, entre chaquetas y abrigos, de una forma que los aduaneros no supieron sospechar. No solo fueron los científicos, también sus obras. Los estudiantes, siguiendo los mensajes de Goebbels, quemaron los libros de autores judíos. Solo en la avenida Unter den Linden de Berlín se quemaron veinte mil. No hubo apenas protestas o fueron duramente reprimidas. El fascismo se introdujo en las universidades como una infección. Los nazis declararon: «Al día de hoy, la tarea de la universidad no es cultivar la ciencia objetiva sino la ciencia militar, como si fueran soldados, y su tarea primordial es formar la voluntad y carácter de los estudiantes». Muchos colegas colaboraron en el antisemitismo. Cuando Albert Einstein recibió el Premio Nobel, Philipp Lenard, premio Nobel también, húngaro nacionalizado alemán, escribió una carta al comité Nobel, que hizo pública, llamándole «fraude judío». La Sociedad Emperador Guillermo, el antecesor de los Institutos Max Planck, mandó un telegrama a Hitler expresando sus «saludos reverenciales» y comprometiendo a la ciencia alemana «a cooperar alegremente en la reconstrucción del nuevo Estado nacional». Mientras tanto, siguieron los ataques a Einstein. Su cuenta bancaria fue expropiada, su casa, cerrada y su velero, destrozado. Una organización de extrema derecha ofreció una recompensa al que asesinase al físico de Ulm. Einstein contestó que no sabía que su vida «valiera tanto» y se estableció finalmente en Estados Unidos. Desgraciadamente, el resto de la vida de Einstein, sus años de Princeton, fue científicamente poco productiva. El exilio suele ser doloroso y dañino. Max Born, su viejo amigo y admirador, dijo al respecto: «Muchos lo consideramos una tragedia, tanto para él, que intentó seguir su camino en soledad, como para nosotros, que echábamos de menos a nuestro líder, a nuestro portaestandarte». Siguió siendo, no obstante, un ejemplo de plantar cara al nazismo y de defensa de la decencia y la humanidad.

Los refugiados fueron fundamentales en el desarrollo de diferentes inventos. Rudolf Strauss inventó la máquina de soldar en onda, que todavía se usa en la industria, Paul Eisler inventó los circuitos impresos, Rudolf Peierls, Max Born y Franz Simon trabajaron en la bomba atómica, quizá lo más divertido fue el caso de Nicholas Kurti, que inventó la gastrofísica, el uso en la cocina de nuevos avances en la física como el uso de ultrabajas temperaturas, pero algo de lo que todo el mundo es consciente fue el trabajo de Ernst Chain, crucial para que existiera un nuevo medicamento: la penicilina.

La ciencia tuvo un salto importante en Gran Bretaña y Estados Unidos, pero también otros aspectos de la cultura. Georg Solti, un refugiado húngaro, impulsó de una forma excepcional la música, Rudolf Bing, de Viena, dirigió el Festival de Edimburgo y Nikolaus Pevsner, de Leipzig, se convirtió en el principal historiador de la arquitectura inglesa. Sir Peter Medawar, presidente de la Royal Society y premio Nobel, dijo que los tres ingleses más relevantes que él había conocido eran Ernst Gombrich, Max Perutz y Karl Popper, un historiador del arte, un biólogo y un filósofo, los tres nacidos en Viena.

La estupidez y el odio racial de Hitler dañó gravemente a su país. Los refugiados drenaron de talento la maquinaria bélica alemana y sería terrible pensar cuál habría sido el papel de algunos de los mejores científicos de la época si hubieran colaborado con sus conocimientos, ya sea de forma voluntaria o por la fuerza, en temas como las bombas volantes, la tecnología submarina o las armas atómicas. Además, no solo fue pérdida de Alemania, sino ganancia de sus contendientes. Los aliados se vieron enormemente reforzados y pusieron la ciencia norteamericana a la vanguardia del progreso, algo que no ha cesado desde entonces. El nazismo quedó derrotado, y algunos de esos refugiados volvieron a su país y otros terminaron su vida en sus nuevos países de acogida, agradecidos, aunque esos países deberían sentirse igualmente afortunados. Los refugiados no han desaparecido, solo han cambiado los países de origen y los de destino. Es difícil que entre esas familias que cruzan el Mediterráneo o los Balcanes, el Magreb o las fronteras de Indonesia haya otro Einstein, pero hay seguro miles de personas honestas, trabajadoras y buenas, buscando una esperanza, un futuro para ellos y sus familias. Igual que haríamos muchos de nosotros si pasásemos por la misma situación.

Marsella, 1943. Fotografía: Wolfgang Vennemann / German Federal Archive.


Alain Gresh: «El de Macron es el gobierno más de derechas que ha tenido Francia desde 1958»

Fue redactor jefe de Le Monde Diplomatique y actualmente es el director del diario digital centrado en Oriente Medio orientxxi.info. Alain Gresh (El Cairo, Egipto, 1948) acudió a Sevilla a la última edición del Congreso Mundial sobre Oriente Medio y el Norte de África (WOCMES) que organizó la Fundación Tres Culturas para participar en una mesa redonda sobre islamofobia en la que se analizó el papel de los medios en este problema. Sigue considerando que el conflicto entre Palestina e Israel, en el que su padre fue mediador antes de ser asesinado, tiene un gran valor simbólico, como el apartheid, que puede marcar el camino para la resolución de muchos otros.

Su libro Israel, Palestina, verdades sobre un conflicto estaba dedicado a la generación de su hija que no conocía el origen de la disputa.

La cuestión palestina está cambiando continuamente. Es difícil saber qué dirección va a seguir, pero para las nuevas generaciones no será una cuestión de si hay un estado o dos, sino que será un problema de igualdad de derechos. Creo que la cuestión avanzará en la dirección de la igualdad de derechos en el territorio israelí-palestino.

Ahora hay gente que dice que no es importante, que es mucho más grave lo de Siria o lo que pasó en Irak y se preguntan por qué hay que seguir perdiendo el tiempo con esta cuestión. Me parece muy arbitrario decidir qué conflicto debe convertirse en foco de atención y cuál no. ¿Por qué lo fue Sudáfrica? Cuando existía el apartheid, se decía que lo importante no era eso, sino lo que estaba pasando en Etiopía. Sin embargo, el conflicto sudafricano era simbólico, por eso llamó tanto la atención. Y por eso creo que Palestina es tan importante, porque es la última colonia y es un conflicto que se puede extrapolar a cualquier lugar del mundo porque lo que se exige es igualdad de derechos.

En el libro sostiene que en Palestina no se puede hablar de ningún derecho natural o religioso, rechaza remontarse tres mil años para definir qué parcela pertenece a quién. Recientemente, la dibujante de cómics israelí Rutu Modan nos comentaba algo similar.

No es que no sean importantes, pero no pueden ser la base de los derechos en una legislación internacional. No voy a discutir el derecho de los judíos a Jerusalén porque se base en un mito, porque todos los países se basan en mitos, como todas las religiones. Lo reconozco. Sin embargo, no creo que de ahí puedan emanar las leyes internacionales. Un proyecto político no se puede basar en esos derechos. Lo han hecho, pero es injusto y ahora hay que encontrar una solución. No acepto que haya que expulsar a los judíos, pero hay que ver cómo se puede corregir esta injusticia. Porque, al mismo tiempo, tenemos que reconocer que hay una injusticia, que a tres cuartas partes de los palestinos se les ha expulsado y tienen derecho a volver. El derecho de retorno de los refugiados tiene que ser efectivo en todas partes.

Es importante porque, por ejemplo, en Birmania tenemos a setecientos mil expulsados. Ocurre en todo el mundo, se expulsa a poblaciones porque se las considera enemigas. Después de la Primera Guerra Mundial apareció la doctrina del intercambio de poblaciones, pero nadie lo defendería hoy en día. No es ético. Lo que tiene que cumplirse es el derecho de los refugiados a volver a sus casas, aunque creo que muchos de los palestinos no lo harían porque sus casas ya no existen. Se ha reconocido que vuelvan, pero en número limitado. Discutían la llegada de cien mil, aunque la cifra oficial es de cuatrocientos cincuenta mil, que están por todas partes, tienen múltiples nacionalidades y es difícil establecer una cifra real. Y sobre todo son medidas que han afectado a los de El Líbano. ¿Por qué a esos? porque venían de pueblos árabes en Israel.

No obstante, uno de los pasos más importantes es reconocer el daño que se ha hecho. En las últimas semanas del gobierno de Mubarak, tras la segunda intifada, hubo un intento de acuerdo entre Israel y Palestina para una declaración sobre los refugiados palestinos donde los israelíes reconocían haber tenido una parte de la responsabilidad de su situación. Esto nunca salió a la luz, ya lo publicaré. Pero lo importante es que se reconozca la responsabilidad, eso ya es la solución a la mitad del problema. Un reconocimiento moral de que hay gente que ha sufrido y tú eres la causa.

En Bosnia el retorno ha sido muy limitado, muchos no querían volver y vendían sus casas o las intercambiaban. La comunidad, antes mezclada, ahora se ha quedado dividida en dos.

Lo que se hizo en Bosnia me parece un desastre completo. Hay un escritor británico que publicó el mejor libro sobre nacionalismo en Europa, Eric Hobsbawm. Estos movimientos nacionales no son movimientos populares, son de clase media intelectual. Por ejemplo, en Yugoslavia el más agresivo fue el de la clase media y los intelectuales, estos últimos tuvieron un rol muy importante en la movilización de la gente. Creo que este detalle es muy importante. Y todavía lo estamos pagando, Serbia y Croacia están más o menos resueltas, pero Bosnia no.

El problema de Yugoslavia es que se empezó a mirar a cada república de forma étnica o religiosa al igual que hacemos hoy en día en Irak. En realidad es mucho más complicado que la división entre suníes y chiíes. Si la comunidad internacional organiza toda la vida política alrededor de los chiíes y suníes tendrá una profecía autocumplida. Hay gente que se está yendo porque no quieren eso. La identidad de la gente es más complicada que esas divisiones.

En el islam es muy frecuente, queremos que los musulmanes se pronuncien sobre de dónde son, pero pueden ser franceses. Pueden ser de Marsella, seguidores del Olympique, y seguir siendo lo que son. No se pueden partir las identidades, existe la diversidad. Si te pones a hacer bandos para resolver los problemas es la forma de que estos empiecen precisamente a partir de esa división.

Cita al psicoanalista Daniel Sibony, de Le Figaro, quien sostiene que «a la opinión occidental solo le gusta la gente como víctima», los judíos de los campos de concentración o los palestinos víctimas de los israelíes. Usted añade que las víctimas fácilmente se convierten en verdugos ¿qué papel juega ahí la victimización?

Era mi profesor de Matemáticas en 1968. Era maoísta en ese periodo. Por supuesto, aquí existe una gran solidaridad con las víctimas. Obviamente, si están matando a gente en algún lugar, vas a posicionarte siempre del lado de la víctima. Un ejemplo es Ruanda, donde hubo una masacre terrible de tutsis, pero ahora lo que hacen los tutsis no se mira igual.

En mi caso no es que sea propalestino, es que creo en una ley internacional. Si hay un opresor, me da igual que la víctima sean judíos, palestinos o tutsis. Una referencia que utilizo en el libro es la reflexión de que del Holocausto tenemos que extraer dos lecciones importantes: una, lo que se ha sufrido fue tan excepcional que nada de lo que se haga después será importante, porque siempre será menor que el sufrimiento causado; y dos, todo lo contrario.

¿Qué opina de la decisión de Trump de reconocer Jerusalén como capital de Israel?

Está desestabilizando, obstaculizando cualquier posible solución. Estados Unidos siempre ha apoyado a Israel, pero en este caso no están apoyándola, sino entrando a la batalla con Israel contra Palestina. También presionan a los países que han votado el reconocimiento del estado palestino en la ONU y a todos los que quieren que se solucione el problema de los refugiados.

No creo que si se resuelve el problema de Palestina se vayan a solucionar todos los problemas del mundo, pero el sentimiento de injusticia de árabes y musulmanes proviene de ahí. No es que esté en contra de la seguridad y las acciones policiales contra los grupos extremistas, pero lo más importante es cortar las raíces del problema. Y nosotros, en vez de cortarlas, lo que hacemos es alimentarlas.

¿Cómo han afectado en Francia los atentados islamistas?

Ha pasado como en España. Los índices de islamofobia después del atentado de Barcelona descendieron. A nosotros nos ha pasado el mismo fenómeno. Ha habido como una reacción de unidad nacional. No obstante, los ataques han creado miedo. Otro fenómeno extraño que se produce en Europa es que el discurso de la extrema derecha y el del extremismo islamista van de la mano. Ambos les dicen a los musulmanes europeos que no son europeos. El trabajo policial contra el integrismo es indispensable, pero la mejor manera de combatirlo es mantener a la población unida en su contra, especialmente a los musulmanes que son contrarios.

En España, tras el atentado, un semanario de humor, El Jueves, apelaba a eso, a combatir la islamofobia. En Francia, sin embargo, Charlie Hebdo puso en su portada el titular «Islam, religión de paz… eterna».

En Francia, por lo general, a nivel político e intelectual, en las reacciones a los atentados la prensa mantuvo la calma. No hubo sobreactuaciones. No creo que esa portada de Charlie Hebdo reflejase cómo ha fue la reacción general.

En Israel hay ahora mismo un proyecto de ley para prohibir fotografiar o grabar a soldados israelíes.

Los grandes historiadores de Israel temen que en el país se esté viviendo un principio del fascismo. Nosotros también publicamos un artículo sobre la fascistización de Israel. Está pasando muy progresivamente. No lo vemos, pero hay gente en el poder que está actuando como fascistas. Y no van solo contra los palestinos, sino contra cualquier forma de crítica.

¿Ahora hay crisis de refugiados en Europa?

No creo que haya una crisis de refugiados, Turquía ha recibido tres millones de sirios. Jordania, seiscientos mil. La llegada a Europa ha supuesto un 0,01% de la población. No creo en esa visión de que los refugiados están por todas partes y nosotros no podemos vivir de forma normal. Es una situación que Europa debería resolver repartiendo los refugiados por veintiocho países y aplicando unas medidas muy rigurosas con los que no cumplan su cuota. Orbán dijo en 2015, cuando se alcanzó el tope de llegada, que no los quería porque no eran cristianos. Ni siquiera lo pretende disimular.

Cuando se produjo el conflicto de Yugoslavia los países europeos se volcaron con los refugiados, ahora no podemos decir que haya pasado lo mismo con los que llegaban de Siria ¿Conmueven más las víctimas cuando son blancas?

En los medios hay islamofobia. Hay dos problemas, uno de odio, que es cierto, y otro que es el propio funcionamiento de los medios, que se mueven a base de noticias espectaculares. Recuerdo en la guerra de Irak del 91 cómo se llevaba a expertos a la televisión durante el conflicto y se les hacían preguntas como «Dígame, en treinta segundos, si el Corán es contra Occidente o no». ¿Qué puedes decir en treinta segundos? Los que saben al final dejan de ir. Uno me contaba que prefería no ir a televisión no porque no podía responder las preguntas, sino porque necesitaba tiempo para hacerlo. Le hacían falta un mínimo de cinco minutos solamente para explicarle al periodista que la pregunta que le había hecho era una estupidez.

En toda Europa hay islamofobia en los medios, pero en Francia es un caso singular, porque tenemos laicidad y secularización, lo que permite a parte de la izquierda decir eso de que va contra el islam, pero no son racistas. Históricamente, el islam siempre se ha visto como el fin de la cristiandad. Hoy en día el discurso es otro, pero se vuelve a la idea de que el islam está amenazando la civilización judeocristiana. Tenemos tanto a Trump como a Orbán con el discurso de que su civilización se encuentra bajo una amenaza.

Otro enfoque del discurso es el de los «territorios perdidos», que son los suburbios, donde los musulmanes serían demasiado fuertes. Esto es también muy importante en el discurso contra el islam. Y la cuestión última son las mujeres. Algo paradójico, porque los partidos políticos franceses, tanto de izquierda como de derecha, nunca han sido feministas. Nosotros les dimos el derecho al voto en 1945. Hasta hace diez años creo que solo ha habido un 20% de mujeres en el parlamento. En las universidades es fácil que por encima de sesenta años no te encuentres ninguna mujer dando clase. Contra esto no reaccionan, pero si encuentran una mujer con velo es el fin del mundo.

Con los velos hemos pasado por diferentes fases. Al principio se decía que ayudaríamos a las mujeres musulmanas a liberarse quitándose el velo, que de esa manera tendrían la posibilidad de expresarse a sí mismas. Después de diez años, estamos demonizando el velo. Hasta extremos como un periodista de Le Figaro, que en una crónica sobre un juicio habló una mujer con velo y él se refirió a ella como «el velo». Escribió «el velo dijo que…». Tal cual.

¿Es cierto que algunas mujeres musulmanas en Francia se ponen el velo no porque practiquen la religión, sino como símbolo de su identidad, que consideran excluida?

Sí, creo que existe ese fenómeno. Pero es complicado, porque si llevas el velo nadie te va a dar un empleo, aunque sea una discriminación ilegal. Y son mujeres que van a la universidad, tienen educación, etc… y lo que hacemos es empujarlas a que solo se relacionen con los suyos.

En las escuelas se prohibió en 2004.

Fue una medida claramente contra los musulmanes, no por el laicismo. Hubo una comisión antes de la ley para hacer propuestas, la mía fue que habría que prohibir tanto los signos religiosos como los políticos, lo cual tiene su lógica. ¿Por qué prohibir lo religioso y no lo político? Por supuesto, no se aceptó, se quedó solo en prohibir lo religioso. El debate en Francia ha llegado a que se discuta si una falda hasta el tobillo es una expresión religiosa.

Sus orígenes familiares son mixtos.

Son complicados. Nací en Egipto, mi madre era judía de Rusia. Sus padres, mis abuelos, estaban estudiando allí cuando empezó la Primera Guerra Mundial y se quedaron, nació en 1919. Mi abuelo había fallecido un año antes por la gripe española, que mató más gente que la guerra. Mi abuela entonces se casó con otro judío, esta vez lituano. Este hombre era farmacéutico y sionista, así que decidió irse a Palestina. Al llegar se encontró con que ya había muchos farmacéuticos y una crisis, así que se marcharon a Egipto. Mi madre creció allí desde los diez años y conoció a mi padre, que era copto, pero su acervo cultural era francés. Hablaba en francés, leía literatura francesa. La burguesía de Alejandría y El Cairo hablaba francés, aunque también había italianos y griegos, judíos y coptos, pero todos adoptaban el francés. Yo nací en 1948 y en el 52 me pilló la revolución, en el 62 se nacionalizó el canal de Suez y Egipto cambió por completo. Nos fuimos en el 62, cuando yo tenía catorce años.

A París

Para nosotros era muy natural llegar allí porque hablábamos francés, habíamos ido al liceo francés y aunque no tuviéramos sangre francesa nos sentíamos franceses de alguna manera. Pero llegué en el 62, el verano de los Pieds-Noirs en Argelia. Fui con muchos niños argelinos a clase, segregados chicos y chicas. Mi familia era progresista y solía estar en posiciones opuestas a las de estos chicos argelinos de catorce años, pero al mismo tiempo veníamos de la misma civilización. Para todos nosotros por igual Francia era un shock. Las formas de convivencia eran completamente distintas.

¿Empezó ahí la islamofobia?

Hubo varias fases. Después del 62, al principio se hablaba de árabes, no de musulmanes. Lo degradante era lo árabe. Se hablaba de lo árabe de forma muy insultante, pero a nadie se le ocurría mencionar el islam. Del islam se empezó a hablar a finales de los setenta y principios de los ochenta. Hubo un suceso que marcó el cambio, la revolución de Irán de 1979. Hoy en día ya nadie habla de árabes. Hay una diferencia entre el racismo tradicional y la islamofobia. Si eres de izquierda no puedes ser racista, o bueno, puedes serlo, pero ya sabes, sí que puedes ser islamófobo y decir: «Yo no soy racista, solo estoy en contra del islam». No me lo creo. Es una forma cultural de ser racista.

¿No tiene que ver con la tradición laica de Francia?

Es muy complicado. Francia es muy particular porque la lucha de los republicanos contra la Iglesia católica era más política que religiosa. La Iglesia estaba en contra de la República y en contra de la democracia en sí. Era monárquica. La lucha por el laicismo, por tanto, no fue para romper con la Iglesia, sino para apartarla de la educación. Los republicanos estaban divididos en radicales, una burguesía de centroizquierda, muy anticlerical, y los socialistas, que no se enfrentaron tanto a la Iglesia porque Jaurès, el socialista asesinado en la Primera Guerra Mundial por oponerse a ella, dijo que quería omitir la cuestión religiosa, apartarla, para centrarse en el socialismo. Al final, cuando se hizo la ley de separación de Iglesia y Estado en 1905, se acabó con el concordato firmado por Napoleón cien años antes, con el que la Iglesia había estado bajo el control del Estado.

Se acaban de cumplir cincuenta años de Mayo del 68.

Recomiendo un libro muy interesante escrito por Kristin Ross, Mayo del 68 y sus vidas posteriores. Estudia la repercusión de estas jornadas cada diez años. Lo más importante de Mayo del 68 fue la huelga general y es algo que se ha ido dejando aparte cuando se habla de la fecha. Han quedado los aspectos relativos al cambio de formas de estilos de vida, que no digo que no sean importantes pero… Ahora quizá ha salido una moda conservadora contraria a Mayo del 68, pero no creo que vaya a llegar muy lejos.

Su padre fue activista muy implicado con las causas que defendía, tanto que fue asesinado, pero no se sabe aún por quién.

Es una historia muy complicada. Mi padre biológico era hijo de un banquero de una familia judía muy rica. Por comunista, le expulsaron de Egipto en 1950, estuvo en Francia refugiado clandestinamente. En el 56 se implicó en la liberación de Argelia. Como sabía los trucos que hay para mover dinero internacionalmente por su familia, ayudó a recaudar fondos entre trabajadores franceses y enviarlos a Argelia para la revolución. Le arrestaron en 1960 y estuvo hasta el 62 en la cárcel. Apoyaba causas en todo el mundo, también luchó contra las dictaduras de España y Portugal. Efectivamente, no se sabe quién lo asesinó. Lo único que hemos conseguido la familia es que no se cierre el caso. Ahora está en manos de un nuevo juez.

Se dice que pudo ser el KGB…

Eso es una gilipollez…

… o la actividad policial antiterrorista ilegal española, lo que luego fue el GAL.

En aquellos tiempos mi padre estaba con los vascos, la ETA de aquel momento no era lo que fue después, cuando eran una organización positiva les dio su apoyo. Aunque no la comparto, también hay una teoría que va por ahí. Hay que entender que en los setenta había muchísimo terrorismo, estaban las Brigadas Rojas, la RAF alemana, conexiones entre el gobierno francés y el sudafricano del apartheid, Marruecos… También pudo ser una decisión en común de sus enemigos.

¿Su teoría cuál es?

Creo que fue una decisión tomada en Francia al más alto nivel. Ocurrió en suelo francés. Ha habido dos personajes que han reconocido haber sido ellos quienes lo mataron, pero nosotros no estamos interesados en saber quién apretó el gatillo, sino quién lo decidió.

¿Llegará la extrema derecha al poder en Francia?

Es posible que los veamos en el poder, pero no creo que la historia se repita. Será distinto. Pero podemos pararlo. Con la crisis puede que alcancen el poder, pero eso solo depende de nosotros, no está escrito en ningún lado. Basándome en mi experiencia como periodista, nunca puedes predecir lo que va a pasar mañana. Menos en veinte años. Y tampoco podemos decir cómo va a pasar. La historia es muy complicada. Sobre la historia se puede escribir después de los acontecimientos, nunca durante y ni mucho menos antes.

En estas elecciones presidenciales, si me hubieran preguntado antes cuál iba a ser el eje central de la campaña, habría dicho que el islam. François Fillon había escrito un libro, Vencer al totalitarismo islámico. Era el candidato de la derecha. Por la izquierda venía Manuel Valls, con un discurso también contra el islam; sin embargo fue apartado y al final no se discutió sobre los musulmanes. Lo cual demuestra que la gente no está atrapada en esta demagogia y que los políticos y los medios tienen una responsabilidad a la hora de presentar el debate y cómo va a desarrollarse.

¿Qué opina de Macron? Un candidato que ha llegado al poder sin un partido propiamente dicho detrás.

Ha hecho implosionar el sistema político. Realmente ha sido una sorpresa. Como dices, llegó al poder sin un partido detrás, pero tuvo un apoyo económico muy fuerte y suficiente como para imponerse al Partido Socialista y a la derecha. Su triunfo de esa manera es también un signo de la crisis del sistema político y no solo en Francia. Lo que vemos en todas partes es que llegan a primera línea de la política personajes que vienen de ninguna parte.

En cuanto a las políticas sociales y económicas de Macron, creo que son muy de derechas. El de Macron es el gobierno más de derechas que ha tenido Francia desde 1958. Es thatcherista y lo está haciendo todo entre sonrisas. Ataca a las leyes sociales, a los pobres. La derecha es ahora más fuerte que nunca. Todavía es difícil hacer más valoraciones porque es muy pronto, solo lleva en el poder un año, pero es que ahora mismo no existe oposición. La derecha está en crisis y los socialistas han desaparecido. Y la izquierda de la izquierda, Melenchon, es una figura muy controvertida que no logra reunir apoyos suficientes.

El problema es que durante treinta o cuarenta años en Europa hemos tenido a la izquierda y a la derecha haciendo las mismas políticas ¿Para qué votábamos? También votamos contra la Constitución europea en 2005, que fue rechazada con un 55% de votos. No apoyo el Brexit, creo que es una estupidez, pero la gente lo ha votado. Aquí el voto de la gente no cuenta y después de eso puede venir cualquier demagogo, decir cualquier cosa y la gente se lo va a creer.

Hollande generó algo de ilusión que se convirtió muy rápidamente en frustración.

Ha sido un completo fracaso. Hubo ilusión porque vino detrás de Sarkozy, del que la gente estaba muy cansada, pero al final hizo la misma política. Fue un presidente muy malo. No solo en cuestiones económicas y sociales, también era un hombre completamente estúpido. No tonto en ese sentido, pero en su libro desacreditó completamente la función de un presidente de la república. Además, fue a la guerra en Mali, que fue una catástrofe, algo que no vimos en su día porque era un problema pequeño, pero el conflicto se está extendiendo, y dijo después que enviar a los soldados allí para él fue el mejor día de su vida.

En Alemania, Random House ha cancelado el lanzamiento de Thilo Sarrazin, del SPD, cuya tesis es que dentro de veinte años Alemania será islámica.

Es un libro islamófobo, pero yo no soy muy partidario de la censura, que además da igual, lo que censures aparecerá en internet. Su tesis de que Alemania será islámica en veinte años se puede rebatir: es una tontería. En Francia en 1995 hubo una portada de Le Figaro con Mariane, el símbolo de la república, con un velo. Vaticinaba que en veinte años Francia sería islámica. Ya se ha cumplido el plazo y mira.


El fin del mundo puede ser como te lo imaginas

Un insurgente baluche ejerce como vigía en la región de Dera Bugti, Baluchistán, 2006. Fotografía: John Moore / Getty.

Colgaba de la pared de una peluquería al oeste de Londres: en un pedazo de papel amarillento enmarcado, el New York Times informaba de que Kalat, el antiguo reino que corresponde aproximadamente a la actual provincia pakistaní de Baluchistán, era un «Estado independiente y soberano desde el 12 de agosto de 1947».

«Tuvimos un país, ¿sabe usted?», resumió el barbero, mientras remataba la faena con su navaja. Parecía un hombre afable pero de pocas palabras, quizá porque aquel recorte de periódico era una prueba suficientemente elocuente de la existencia de su pueblo. Como la libra palestina que Arafat solía enseñar para denunciar la ocupación de su tierra. Salvando las distancias, eso sí, porque, a diferencia de los palestinos, el resto del mundo ni siquiera sabe que los baluches existen.

Baluchistán es un topónimo sonoro y exótico, tanto que el procesador de textos lo sigue subrayando en rojo. Pero pregunten por el Beluchistán a aquellos que intentaban entender el mundo desenterrando volúmenes de entre el polvo de bibliotecas seculares. Luego dirijan su mente hacia el este, y piensen en aquel peluquero de Londres como un náufrago de un navío que nadie echó nunca en falta. También sobrevivieron camelleros y taxistas; estudiantes, profesores, guerrilleros, refugiados, nómadas… incluso aristócratas. Sus historias coinciden en que empiezan, o acaban, en uno de los lugares más desconocidos e inhóspitos del planeta.

La vida en Marte

La retirada de los británicos del subcontinente indio posibilitó que los baluches declararan un Estado propio durante siete meses antes de ser este anexionado a Pakistán. Era una historia de manual: tras la retirada de las potencias coloniales el pez grande siempre se comía al pequeño; desde el Sáhara Occidental hasta la pequeña isla de Papúa. Irán había hecho lo propio con sus baluches en 1928, mientras que los de Afganistán nunca han sabido realmente quién mandaba en Kabul. ¿Acaso alguien sabe quién manda hoy?

Baluchistán es un erial del tamaño de Francia dividido por las fronteras de tres de los países más convulsos del mundo. Los baluches llaman baluchi a su lengua, que es prima del farsi y hermana del kurdo. Un proverbio pastún dice que viven en el lugar al que Dios arrojó los escombros tras la creación, y un grupo de geólogos norteamericanos fue aún más allá: «Es lo más parecido a Marte sobre la tierra». Pero no se fíen de las apariencias: es oro, uranio y, sobre todo, gas, mucho gas, lo que se esconde bajo las sandalias de los baluches. Mientras en Islamabad llevan más de medio siglo cocinando con gas entubado desde Sui —a novecientos kilómetros al sur—, en Sui lo hacen con estiércol de camello.

«Dígame, ¿qué nos ha dado Pakistán?», se preguntaba Akhtar Mengal desde su residencia en Quetta, la capital provincial del Baluchistán pakistaní. Líder tribal y presidente del Partido Nacional de Baluchistán, Mengal posaba en 2009 con dos rifles sobre un mapa de la región y un retrato del Che a sus espaldas. Como líder político, pedía la independencia de Baluchistán para desligarse de un país que, decía, estaba secuestrado por el ejército y los servicios secretos desde su creación en 1947. ¿Era posible que la provincia más grande y más rica en recursos de Pakistán pudiera convertirse en un Estado soberano? Mengal no arriesgó en su respuesta: «Hace treinta años nadie podía imaginar que la URSS pudiera desintegrarse, pero ocurrió. Y casi de la noche a la mañana».

Camiones en una ruta comercial en Baluchistán, ca. 2010. Fotografía: Bruno Morandi / Getty.

Desde Quetta, el camino hacia un Estado baluche propio parecía largo y, sobre todo, tortuoso. Levantada a mil seiscientos metros sobre el nivel del mar, la ciudad principal del Baluchistán pakistaní se encuentra a una hora de la frontera afgana y a dos de Kandahar. Decenas de miles de desplazados llegados desde Afganistán han convertido a los baluches en minoría en su propia casa, donde locales y foráneos sobreviven gracias al contrabando en cualquiera de sus versiones locales: ropa interior iraní, opio afgano, armas rusas… Muchos de aquellos pastunes eran talibanes que cerraban filas en torno al mulá Omar, su misterioso y escurridizo líder, muerto en 2013. Cuatro años antes se daba por hecho que se refugiaba en algún lugar de Quetta.

A la luz del día era una ciudad pakistaní más con su tráfico correoso, el bullicio de su bazar, sus muchos vendedores de globos y alguna que otra tienda de alcohol regentada por cristianos. Por supuesto, no faltaba la versión local de una conocida cadena de comida rápida americana: Quetta Fried Chicken. Pero de noche todo era muy distinto: era como si aquella gente que se miraba de reojo entre el marasmo se buscara para matarse cuando caía el sol. Al día siguiente, uno desayuna con té verde, sopa de lentejas y el parte de bajas. El último en caer podía haber sido un conocido pastún, un militar pakistaní o, como aquella noche, un líder baluche. Se llamaba Murid Bugti, y era uno de los hombres más significados del Partido Republicano Baluche. Dos días más tarde, su pueblo declaraba una «jornada de lucha».

¿Que qué se hace en una «jornada de lucha» en Quetta? Fácil: se colocan nuevas banderas baluches en postes y farolas, y se aprovecha para repintar aquellas en muros y fachadas. Y tampoco se descuidan los eslóganes. «¡Abajo Pakistán!» es el menos original pero el más recurrente, además de las siglas BRA (Ejército Republicano Baluche, por sus siglas en inglés) y BLA (Ejército de Liberación Baluche), dos de entre la plétora de grupos armados que luchan contra Islamabad. No se molesten en buscarlos en ningún sesudo manual COIN (acrónimo de «contrainsurgencia»), pero están ahí desde los setenta del siglo pasado. Casi medio siglo de lucha no ha evitado que los cadáveres se sigan apilando: líderes políticos o activistas de base, abogados, camelleros o simples desgraciados. A algunos los arrojan desde el aire —vivos, muertos, a menudo desmembrados— sobre sus aldeas natales. El terror siempre es un arma poderosa ante cualquier conato de rebelión.

El número de desaparecidos a manos de las fuerzas de seguridad se estima en decenas de miles, aunque nadie conoce la cifra exacta. Tampoco es extraño, hablamos de un auténtico «agujero negro» informativo. Declan Walsh, corresponsal en Islamabad para The Guardian y el New York Times durante nueve años, se encuentra entre los muy pocos que se han atrevido a escribir sobre la brutalidad a la que los baluches son sometidos bajo el Gobierno de Pakistán. Ni siquiera llegó a pisar Baluchistán, pero un artículo sobre sus desaparecidos le valió la expulsión del país en mayo de 2013.

«La de Baluchistán —contaba Walsh— no solo es una de las historias más difíciles de cubrir en Pakistán por lo restringido de su acceso, sino también por ser una de las más peligrosas. Al Gobierno no le gusta nada que periodistas extranjeros entren en la provincia sin ser escoltados y raras veces concede permisos. Es una zona donde la violencia llega de todas partes: están los talibanes, los que persiguen a los chiíes, los insurgentes baluches… Islamabad quiere evitar a toda costa que informadores pisen el terreno porque se trata de una provincia que apenas controla, o simplemente porque los servicios de seguridad pakistaníes mantienen estrechos lazos con muchos de estos grupos violentos».

Eran afirmaciones corroboradas por testimonios igualmente kafkianos. Imdad Baloch, miembro de la Organización de Estudiantes Baluches, había sido secuestrado en Quetta en 2005 junto con seis compañeros y torturado posteriormente durante dos meses. Sus raptores le «entregaron» después a la policía en la provincia de Punyab.

Policías paquistaníes en Quetta, Baluchistán, 2014. Fotografía: Banaras Khan / Getty.

«Tuvimos los ojos cerrados en todo momento. Sabíamos que nos habían metido en un avión, pero no adónde íbamos», explicaba aquel joven tocado con un kulla —gorro tradicional baluche— rojo.

«Tras entregar a cuatro de nosotros a la policía en algún lugar de Punyab, los periódicos al día siguiente publicaron que las fuerzas de seguridad habían capturado a unos terroristas baluches que planeaban poner una bomba en el aeropuerto de Hyderabad —suroeste de Pakistán—». Imdad desconocía las causas por las que finalmente fueron puestos en libertad. Fue entonces cuando empezó la segunda parte de su odisea: denunciar ante la justicia lo que había ocurrido.

«Lo has pasado mal, pero ya estás libre. ¿Por qué te empeñas en buscarnos problemas a los dos?», le dijo aquel primer juez. Y el segundo, y el tercero… Cuatro años más tarde, Imdad seguía intentando interponer una denuncia.

A los cerca de veinte mil desaparecidos documentados hay que sumarles los desplazados. Durante la última década, decenas de miles de familias baluches se han visto obligadas a emigrar a las afueras de Quetta o a las provincias de Sindh y Punyab, tras haber sido destruidas sus aldeas en diversas operaciones militares. La campaña se ha cebado especialmente en la zona colindante a Gwadar, un puerto de aguas profundas que está siendo construido por China, pero que se ha convertido en la principal amenaza contra los baluches de Pakistán. Islamabad pretende desarrollar la zona como hiciera con Karachi, cuya población pasó de los doscientos mil habitantes en 1947 a los más de veinte millones a día de hoy. Hacer algo parecido en Gwadar supondría convertir a los baluches en minoría en su propia tierra.

Opio para el pueblo

Aquel saudí de veintiséis años se estaba volviendo loco. Se llamaba Abdulá Mohamed, y llevaba más de dos meses intentando cerrar un trato de camellos baluches en Zahedán, la capital de la provincia iraní de Sistán y Baluchistán.

«Odio esta ciudad, odio este país y a los persas; los putos persas…», repetía desde el lobby de aquel hotel entre bocanadas de una pipa de agua. De vez en cuando decía algo interesante, como que había gente que usaba los camellos para traer heroína desde Afganistán.

«Se les enseña el camino, se les introduce la droga en la joroba y luego hacen la travesía ellos solos», explicó, apostillando que aquel era un negocio redondo que tenía que explorar. Pero llegaba tarde. Para cuando Baluchistán fue anexionado a Irán en 1928, los británicos hacía ya tiempo que habían introducido el tráfico de opio en la región. Comparado con otras partes del país, su uso aquí era aún poco común, limitándose a un puñado de líderes tribales. Ya con los Pahlevi (1925-1979) se arraigaría el consumo de heroína en esta parte de Baluchistán, y aquellas enormes oportunidades de lucro tampoco pasaron desapercibidas a los ayatolás. Cargos públicos locales —nunca baluches— siguen amasando enormes fortunas con la droga que llega desde la vecina Afganistán mientras Teherán mira hacia otra parte. Irán es ese país donde te dan latigazos si te pillan bebiendo una birra, pero te puedes chutar en vena a plena luz del día sin que nadie te levante la voz. Se dice que el 60 % de la población baluche local de Irán está enganchada a los opiáceos. O, lo que es lo mismo, que el número de disidentes se reduce en al menos un 60 %. Y es que, al hándicap que supone pertenecer a una etnia distinta a la persa —la dominante en el país—, la revolución islámica del 79 añadió el religioso. Los baluches son musulmanes sunitas, algo que choca frontalmente con el chii smo imperante en Irán.

Alí Khan, un desplazado baluche, junto a la tumba de tres de sus hijos, fallecidos en un campo de evacuados en Jafarabad, Baluchistán, 2006. Fotografía: John Moore / Getty.

Casi equidistante de las fronteras de Afganistán y Pakistán, en Zahedán todo lo «no persa» es susceptible de ser terrorista, traficante, o ambas cosas a la vez. Los ayatolás acusan a los baluches de colaborar con Occidente y a la organización armada Jaish ul-Adl —‘Ejército de la Justicia’, antes Jundallah, ‘Ejército de Dios’— de recibir ayuda tanto de la CIA como de Al Qaeda. Cualquiera que sea su marca, hablamos de una organización armada que nació en 2002 con una reivindicación autonomista y un fuerte corte religioso suní. Sus acciones iban desde atentados suicidas contra el aparato de seguridad persa a otros más selectivos. En septiembre de 2008 llegaron incluso a secuestrar a un científico nuclear iraní.

La insurgencia baluche en Irán, que no coincide ni en la forma ni el fondo con la de sus hermanos en Pakistán, acostumbra a mandar mensajes contradictorios: un día enarbolan la bandera baluche declarándose nacionalistas; al siguiente, son yihadistas de estandarte negro. En realidad, no se trata más que de globos sonda, de meros reclamos publicitarios, para recibir financiación desde el golfo Pérsico o de Occidente. De donde sea. El problema es que cualquiera resulta sospechoso. En su informe de 2017/18, Amnistía Internacional recoge que centenares fueron ejecutados «tras juicios-farsa» durante el año pasado, y que miles esperan en el corredor de la muerte. Se trate de combatientes, disidentes políticos, blogueros o incluso niños como Kabir Dehghanzehi, arrestado cuando tenía trece años y colgado el pasado año en la vía pública desde una grúa. Se hace a menudo. Las familias tienen que pagar para recuperar los cadáveres.

Paradójicamente, los ayatolás tienen una gran responsabilidad en el aumento del extremismo suní entre los baluches. Tras hacerse con el poder en el 79, la teocracia chií empoderó a sacerdotes suníes a través de dinero y poder para disolver un ideario comunista profundamente arraigado en la zona. En realidad, Jomeini no hizo más que dar continuidad a una política introducida en la región por los británicos. Como ya hicieron con el opio, ellos también fueron los primeros en utilizar el islam como una herramienta política para contrarrestar la expansión soviética.

Fue entonces cuando la viajera británica Rosita Forbes pasó por allí en la década de los veinte. En su libro Conflict: Angora to Afghanistan (Casse, 1931) describe a los baluches como «gente de pelo largo y piel más oscura que los persas» que sustituían sus inmensos turbantes por un sombrero pahleví —el que Reza Shah Pahleví introdujo en 1927 para «modernizar» el país— cuando iban a la ciudad. La aventurera británica aseguraba que en todas las aldeas baluches había al menos uno de aquellos sombreros a disposición de la comunidad. Casi un siglo más tarde, del medio millón largo de habitantes de Zahedán, seis de cada diez son persas. Mientras la población de colonos crece, los baluches se disuelven en la indigencia o, simplemente, desaparecen. Ocurre hasta con los topónimos: la misma Zahedán había sido Duzzap hasta que los persas se hicieron con el territorio.

Desde su campus universitario, Karim Jalabi, uno de los poquísimos profesores de etnia baluche en la Universidad de Sistán y Baluchistán, decía que la proporción entre persas y locales entre sus veinte mil estudiantes es de diez a dos.

Las fuerzas armadas paquistaníes vigilan el puerto de Gwadar, 2006. Fotografía: Jean-Hervé Deiller / Getty.

«En realidad es un reflejo fiel de lo que está ocurriendo aquí. Hace setenta años nuestra provincia se llamaba “Baluchistán”, más tarde “Baluchistán y Sistán” y hoy “Sistán y Baluchistán”», afirmaba aquel profesor de matemáticas.

«De seguir esta tendencia, en el futuro se llamará sólo “Sistán”».

Huir al infierno

Verano de 2014 en el extremo suroccidental de Afganistán. Un mulá cargaba contra el Gobierno en su sermón del viernes:

«¿A qué bolsillos ha ido a parar todo el dinero que llega de países extranjeros? ¿Han sido nuestros pecados tan grandes que no merecemos ni siquiera agua potable?», espetaba el sacerdote, con una voz ronca y airada que retumbaba por las calles vacías de la ciudad. Un centenar de hombres asentían con la cabeza y sudaban sin parar.

A más de un día de coche de la capital afgana, Zaranj es la capital de la provincia de Nimruz, la única que comparte fronteras con Irán y Pakistán. También es la más remota, la más despoblada, la más pobre —recuerden, de Afganistán—.

«¿Acaso es la voluntad de Dios que nos muramos de sed?», insistió el mulá, justo antes de acusar a Teherán de robar el agua de los nimruzíes. Y era verdad: la única fuente de agua en Nimruz es el río Helmand, pero Irán desvía la mayor parte de su cauce a un depósito gigante. Se puede ver por Google Earth. Añadan a eso las necesidades hidrológicas de los talibanes para regar sus campos de amapola y piensen que, antes de los ladrones de agua, la zona ya se llamaba Dashti Margo: el Desierto de la Muerte. Se harán una idea. Han pasado eones desde que el profeta persa Zaratustra calculó que, cuando el sol alcanzara su altura máxima sobre este arenal, sería de día en todo el hemisferio oriental. Así, llamó a este punto Nim Roz, ‘mediodía’ en lengua persa. Mil años más tarde llegaría el islam y Zaranj se convertiría en una de las principales paradas en la Ruta de la Seda hasta que Tamerlán, otro persa ilustre, la destruyó por completo en el siglo xiv. Desde entonces, este lugar donde las tormentas solo escupen polvo y arena quedaría relegado a la periferia de los sucesivos imperios: desde el safávida hasta el soviético.

Trabajadores en el puerto de Gwadar, ca. 2010. Fotografía: Bruno Morandi / Getty.

En el siglo xxi, el único objeto digno de pertenecer al escudo de armas de la ciudad sería uno de esos bidones de plástico omnipresentes por toda la ciudad. Pueden ser amarillos o verdes, con agua o gasolina de contrabando, siempre descargados de carros tirados por un burro o de los moto-rickshaws. Quitando las granadinas de Kandahar, o las uvas y sandías que llegan de la vecina Helmand, casi todo lo que allí se compra llega de Irán y se paga en moneda iraní. Son novecientos kilómetros hasta Kabul pero apenas dos hasta el puesto de frontera persa. Demasiado cerca: Teherán está construyendo un muro de hormigón de cinco metros de altura a lo largo de toda la frontera; exactamente doscientos veinticuatro kilómetros. Si nunca había sido fácil sembrar en mitad de este desierto, para muchos campesinos como Abdul Bazir resultaba ya imposible.

«Es de locos: cada vez que trato de llegar a mis huertas los guardias me disparan desde el muro», se quejaba aquel baluche de cincuenta y dos años que aparentaba veinte más. Aquella aldea de adobe sin agua corriente ni electricidad se llamaba Barichi. Además de con los cultivos, el muro había acabado con el contrabando, único modo de subsistencia para muchos. Dost Mohamed, otro vecino, se levantaba la camisa para mostrar las marcas de dos impactos de bala en su cuerpo. Los persas le habían disparado cuando intentó acercarse a regar sus tierras. Los guardias también disparaban a sus burros y ovejas, decía, «por pura diversión». Hoy Barichi ya no existe, ni tampoco decenas de otras aldeas de las que el mundo jamás tuvo noticia.

A diferencia de como ocurre en Irán o Pakistán, la ausencia de un Gobierno efectivo en el país ha hecho que los baluches aquí no sean masacrados por las fuerzas de seguridad; para sobrevivir basta con un poco de agua y no caer en el fuego cruzado entre talibanes que se matan entre ellos —generalmente por el control de las rutas del opio— o que atraviesan la provincia para atacar a las tropas de la coalición empantanadas en las vecinas Helmand y Farāh. Nimruz es el único lugar del mundo donde se puede ver un programa de televisión en baluchi —de 5 a 6 de la tarde— y donde los niños que van a la escuela pueden estudiar en su lengua materna. La ausencia de un Gobierno central ha convertido el último confín de Afganistán en un inesperado refugio para baluches que huyen de la represión en Irán y Pakistán.

Los hermanos Baloch llegaron en 2012 desde Khuzdar (Baluchistán pakistaní) tras la enésima operación del ejército en la zona. Desde el apartamento que compartían con dos familias más al sur de Zaranj, Karim, el mayor, recuperaba de una carpeta las fotos de dos de los cinco familiares que perdieron aquel día: su hermano Naim, muerto en la operación, y su padre Mohamed Rahim. No volvieron a saber de ellos desde entonces, pero es probable que sus cuerpos estuvieran en las fosas comunes que se encontraron en Khuzdar dos años después de su huida. No era ni la primera ni la última vez que los baluches se tropezaban con huesos humanos entre el polvazal.

Los náufragos llegados desde el otro lado de la frontera también se hacinaban en Haji Abdurrahman, una aldea de adobe sin asfalto, ni luz ni agua corriente a las afueras de Zaranj. Sattar Khan llevaba viviendo allí desde que llegó en 2007. Antes profesor de primaria en Pakistán, lamentaba no poder escolarizar a ninguno de sus cuatro hijos por su situación irregular, aunque los dos más pequeños tenían prioridades más urgentes:

«Tienen hidrocefalia. Conseguimos dinero entre todos para que les pudieran atender en Herāt —al oeste de Kabul—, pero necesitan de una operación cada dos años», explicaba Khan, mientras guiaba a su hija Sarah por la estancia. Había perdido la vista por la enfermedad.

Como refugiados, los Khan, los Baloch y otros muchos habían intentado pedir ayuda en la oficina que ACNUR tenía en Zaranj, pero decían que ni siquiera les habían dejado entrar. Desde la ONG admitían conocer la existencia de dicha comunidad, pero insistían en que ninguno de sus miembros había solicitado asistencia. Las versiones de unos y otros se contradecían igualmente en Kandahar y Kabul, donde ACNUR también tenía delegaciones.

«Tras tu visita nos dieron un número de teléfono, desde el que nos indicaron que teníamos que volver a la oficina a rellenar unos formularios para presentarlos en su oficina. Lo intentamos al día siguiente y nos volvieron a dejar en la calle», me decía Jamal, otro de entre aquel montón de desgraciados. Eso fue antes de pedir entrevista con el máximo responsable de la ONG en Afganistán. Se llamaba Bo Schack, y decía sentirse «muy sorprendido» por la cuestión que se le planteaba. «Ni a los baluches ni a nadie se les había denegado el acceso a ninguna de las oficinas de ACNUR». En cualquier caso, el proceso a seguir por la comunidad baluche para solicitar asistencia de la agencia de la ONU era algo que Schack decía desconocer.

Carreras en Londres

Tres años después de aquella entrevista, los icónicos autobuses de dos pisos rojos y los taxis negros londinenses paseaban el eslogan #freebalochistan por las calles de la capital británica. Hartos del ostracismo al que les había condenado tanto la prensa como las ONG, los baluches recurrían a una campaña que saltaba literalmente a las calles desde las redes sociales, y que incluía denuncias como «Stop a las desapariciones forzosas en Pakistán», o «Salven al pueblo baluche». Como era de esperar, la iniciativa no tardaría en recibir respuesta desde Islamabad, quien acabaría presionando al Gobierno británico para que abortara la iniciativa. El veto se mantuvo durante dos meses, hasta que el 20 de enero de este año el transporte público londinense volvía a denunciar en cada carrera una de las atrocidades más ignoradas de nuestro tiempo.

«¿Se te ocurre alguna otra idea para que el mundo se entere?», preguntaba Ahmad Marri, activista baluche en trámites de concesión de asilo político en Londres desde 2013. Tuvo más suerte que su hermano. Su familia en Quetta solo recuperó su cabeza. Hace cinco meses, Marri decía que salía a la calle solo para ver los taxis y los autobuses.

Una pequeña alegría es mucho.

Uno de entre los muchos baluches refugiados en Kandahar (Afganistán). Fotografía: Karlos Zurutuza.


Libia, la pesadilla del tránsito

Fotografía: Ricard García Vilanova

Una playa cerca de Zuwara, Libia, desde donde los refugiados parten hacia Europa en barcas como la de la imagen, 2016.

Mientras Europa blinda sus fronteras ante el mayor desplazamiento de seres humanos desde la Segunda Guerra Mundial, los libios luchan por gestionar en casa la crisis. Otra más.

Una playa de arena blanquísima y un mar pintado a brochazos de esmeralda y turquesa. Muestren esa foto en el móvil. Nunca falla.

—¿Caribe?

Se trata de Zuwara, a unos cien kilómetros al oeste de Trípoli, aunque podría ser casi cualquier punto en los más de mil kilómetros de costa libia. Ya a las puertas del invierno se suceden los días de viento y las cometas de los kite surfers cabecean violentamente sobre el horizonte. Pero vayan hasta Khoms, donde podrán contemplar saltos y cabriolas sentados en el impresionante anfiteatro de Leptis Magna. Sí, esa ciudad romana en la costa sur del imperio. Hablar de Libia como un «paraíso perdido» no es caer en el tópico fácil, sino constatar una dolorosa certeza. Como cuando esa playa infinita amanece sembrada de cadáveres. Quizás ese mismo viento ahora atrapado en las cometas haya hecho volcar otra balsa más en mitad de la noche.

La de los cuerpos arrastrados hasta la costa es una noticia radiada casi a diario, solo varían los números y la localización. Desde casas aún marcadas por la guerra, desde taxis destartalados, o cafeterías donde se sirve el mejor café italiano, los libios muestran su empatía chasqueando tres veces la lengua contra el paladar. Se trata de un pequeño gesto que difícilmente podía ocultar un sentimiento de culpa en Zuwara. Durante muchos años, aquí se miró hacia otro lado mientras los traficantes de personas se hacían obscenamente ricos. Los zuaríes contemplaban perplejos pero impasibles el tránsito de los coches de lujo por sus calles. Eran los impertinentes cláxones de los Hummer y los Porsche los que les recordaban quiénes eran los nuevos amos en Libia.

Hasta que dijeron basta. En agosto de 2016, Zuwara se despertó con doscientos cadáveres en su inmensa playa. Era la mitad del pasaje de un viejo barco de madera que había volcado a pocas millas de la costa. Los zuaríes hicieron acopio de palas y cavaron una fosa común. Luego marcharon desde el centro de la ciudad hasta el puerto.

«Zuwara no puede ser refugio de sanguijuelas», gritaba una masa indignada. No era la primera vez que la ciudad se levantaba contra los traficantes de seres humanos, pero las dimensiones de la última tragedia exigían que fuera la última.

«Había que hacer algo», recuerda Sadiq Jiash, uno de los oficiales de seguridad de la Administración local. «No hay un Gobierno funcional en el país, por lo que nos dimos cuenta de que teníamos que organizarnos para garantizar la seguridad de los nuestros», añade este bereber —en Zuwara todos lo son—, que es también el presidente del Comité de Emergencia de la localidad. Se trata de una organización creada en 2014 y compuesta por treinta y cinco individuos como él: médicos, bomberos, policías, miembros de la Media Luna Roja… todos aquellos a los que se supone capaces de gestionar situaciones de crisis. Pero recoger y enterrar cadáveres no era suficiente, y así crearon una pionera brigada contra el tráfico de personas: los Enmascarados.

«Tras la guerra de 2011 nos organizamos para arrestar a los contrabandistas. En Zuwara no hay centro penitenciario, por lo que los transferíamos a localidades vecinas, pero a las pocas semanas estaban ya de vuelta en el negocio», relata Jiash. La corrupción en Libia, dice, es «endémica».

La brigada funcionó: diez días después de la tragedia del verano de 2016, los Enmascarados detuvieron a una docena de personas entre supuestos contrabandistas y sus colaboradores. Para evitar repetir los errores del pasado se les encerró en una prisión improvisada a las afueras de la ciudad.

Refugiados en una barca neumática cerca de las costas de Libia, 2017

Caos

Las calles de Zuwara no solo están cubiertas de arena y basura, sino que ni siquiera tienen nombre. Que el Ayuntamiento no funciona como debería lo reconoce hasta el alcalde, Hafed Bensasi:

«Nos limitamos a apagar fuegos, a tapar agujeros en un barco que no para de hundirse, ¿sabe usted?» —esgrime el edil elegido la pasada primavera—. El último desafío fue el que plantearon los cinco mil subsaharianos que llegaron a la ciudad el pasado 9 de octubre. Los enfrentamientos entre milicias en la vecina Sabratha —a quince kilómetros al este— provocaron la huida masiva de los refugiados de varios centros de detención, así como la de aquellos que esperaban allí que las condiciones del mar permitieran la travesía en patera. Llegaron a Zuwara caminando por el arcén de la carretera.

«Les tenemos que asistir porque son seres humanos, pero al hacerlo ponemos en peligro nuestra propia supervivencia porque apenas tenemos medios para nosotros», subraya Bensasi, recordando que la mitad del presupuesto municipal es «para defensa», y también que Zuwara, y Libia, no son ni origen ni destino de los migrantes, sino un «simple punto de paso».

Según datos de Naciones Unidas, más de cien mil individuos han llegado a Europa desde Libia en lo que va de año. Si bien las cifras son inferiores a las de 2016, Europa sigue intentando externalizar sus fronteras a través de proyectos que pasan por financiar a redes del tráfico para que interrumpan su actividad y la de otras similares —ese fue el principal detonante de los enfrentamientos en Sabratha el mes pasado—, o entrenar cadetes y equipar a una flota libia que carece de un mando central.  

No fue siempre así. En 2010, Europa iba camino de normalizar sus relaciones con Libia, no solo por el interés en sus reservas de gas y petróleo, sino también por el deseo de varios Estados europeos de transferir el control migratorio al país magrebí. Cuando se cumplen seis años del linchamiento de Muamar el Gadafi, en Libia existen tres Gobiernos sobre el papel, pero son en torno a dos mil las milicias que ostentan el control real sobre el terreno. Son esas rivalidades entre grupos armados las que hacen casi impracticables las carreteras libias. Incluso en el caso de que trasladar a los presuntos traficantes a una prisión vecina fuera una opción viable, tampoco sería fácil. La carretera que conecta Zuwara con Trípoli apenas es transitable por los enfrentamientos con milicias afines a los distintos Gobiernos, o las que enarbolan la bandera del Estado Islámico en Sabratha. Desde la sede de la Media Luna Roja en la localidad se apunta a que los efectos de la fractura libia van más allá de intrincadas disputas políticas.

«Las carreteras están bloqueadas, por lo que cada vez resulta más difícil conseguir suministros médicos para atender a la población local y a los tres mil trabajadores extranjeros que tenemos registrados. E insisto en que solo son los registrados», lamenta Ibrahim Atushi, principal responsable de la legación de la ONG en la localidad. No obstante, el oficial se congratula de que el volumen de trabajo se haya visto reducido «drásticamente» en los últimos meses. Dice que la razón principal ha sido la labor de los Enmascarados.

Solo tras arduas negociaciones a través de terceros conseguimos una entrevista con Ayman al Kafaz, comandante en jefe de los Enmascarados.

El lugar elegido es el antiguo cuartel general de los servicios secretos de Gadafi en Zuwara. Se trata de un pequeño complejo amurallado junto al estadio, que hoy alberga la radio local, así como el centro de reunión de los voluntarios que trabajan en la normalización de la lengua bereber. Desde allí, Kafaz habla de un contingente formado por ciento cincuenta hombres entre policías y voluntarios a partes iguales. Cada uno trabaja «en la medida de sus posibilidades», generalmente en turnos de veinticuatro horas. El comandante insiste en que el de los refugiados es un problema «no solo demográfico, sino también económico, de salud y de seguridad para la Unión Europea».

«Esta es la última puerta hacia Europa. Si se quiere abordar esta crisis con éxito, se tendrá que apoyar a las autoridades locales a este lado del Mediterráneo. De lo contrario, todo esfuerzo será inútil», sentencia Kafaz, antes de despedirse.

Si bien no exenta de controversia, la operación contra la red de tráfico de personas en Zuwara se ha demostrado indudablemente eficaz. Lo confirma el hecho de que la flota de rescate internacional en la costa de Libia ya no patrulle frente a su costa. Además, a diferencia de lo que ocurre en Trípoli, Misrata u otras localidades costeras, los refugiados y migrantes en Zuwara no huyen cuando ven los coches de la Policía Local, y ni siquiera cuando los Enmascarados se paran en el semáforo que da acceso al centro de la ciudad.

«Aquí nuestra vida sigue siendo miserable, pero esto es más seguro que Trípoli», explica Amín, gambiano, mientras se limpia el polvo de obra en su cara. Llegó de la capital hace dos días, aprovechando el letargo del viernes por la mañana. Ese es el mejor momento para viajar por carretera en Libia porque apenas hay tráfico y, lo que es más importante, los puestos de control están casi vacíos por la costumbre de dormir hasta tarde el día santo musulmán. Consciente de que el número de pateras se reduce a medida que se acerca el invierno, Amín no tiene prisa. Hará trabajos esporádicos en la construcción hasta reunir la cantidad suficiente para poder saltar a una patera. Pero tendrá que ser en la vecina Sabratha, porque de Zuwara ya solo salen los libios. La falta de seguridad en el país y la brutal devaluación de su moneda están empujando a más de uno a usar su propia embarcación de pesca para intentar llegar a Lampedusa, si no hasta uno de los barcos de la flota de rescate.

Miembros de los Enmascarados en Zuwara, Libia, 2015.

Bajo nuestros pies

Descartar Zuwara como punto de salida de subsaharianos hacia Europa no impide que el mar siga arrastrando cadáveres hasta sus playas. Ni ellos ni nadie pueden controlar las corrientes marinas.

«Hacemos lo que podemos por enterrar los cadáveres», dice Yousef Nanis desde el Comité de Emergencia, justo antes de detallar los pormenores de una iniciativa cuyos antecedentes también hay que buscar en la playa.

«En 2014 encontramos ciento ocho cadáveres. En un principio los quisimos enterrar en el cementerio, pero mucha gente se quejó porque algunos no eran musulmanes. Decían que no podían mezclarse unos con otros», recuerda el voluntario, mientras conduce hacia el oeste en un vehículo de la Media Luna Roja. Nos dirigimos al lugar en el que Zuwara enterró a aquellos ciento ocho, y a los que llegarían después. Nanis dice que también se barajó la idea de enterrar los cuerpos en zonas deshabitadas a las afueras de la ciudad. Pero en Zuwara la tierra útil escasea, y pertenece a campesinos que no quieren ver sus huertas llenas de muertos.

«Ninguno estaba dispuesto a ceder sus terrenos, pero tampoco se les podía culpar», lamenta Nanis, sin quitar la vista de una carretera rectilínea que muere en la frontera de Túnez. Nanis levanta el pie del acelerador para que podamos ver desde el coche los restos arqueológicos únicos de una ciudad púnica y romana descubierta en 2001. Puede que se trate de la mismísima Pisindon, pero es algo que nunca sabremos porque fue ya saqueada antes de que se pudiera llevar a cabo ninguna excavación. Algo parecido pasó con la fortaleza otomana a nuestra izquierda, a la que un inusual pero fallido intento de restauración había desprovisto de forma y alma.

Apenas son veinte kilómetros de trayecto, pero que resumen más de dos mil años de historia libia hasta nuestros días, acabando justo en una planta química levantada por Gadafi y desahuciada tras la guerra de 2011. Nanis para el coche a unos trescientos metros de aquel complejo de cisternas y chimeneas que, dice, es el responsable directo de la elevada casuística de cáncer en Zuwara. Mientras se espera a un estudio científico que probablemente nadie conduzca jamás, el mercurio que sigue escupiendo ese monstruo de óxido seguirá envenenando el agua, los peces y la sangre de la gente.

El área a su alrededor se asemeja a una huerta en la que solo crecen ladrillos. Son las «lápidas» de más de dos mil desgraciados a los que el mar ha arrastrado sin vida hasta la playa.

Nanis dice echar en falta un muro alrededor y un guarda, aunque ni siquiera así cumpliría los requisitos más básicos de un cementerio.

«No podemos dejarlos aquí de forma permanente porque es una zona muy cercana a la costa y el mar acabará por sacarlos a la superficie. Además, cuando llueve, encontramos agua a cuarenta centímetros y esto se llena de perros atraídos por el olor», explica el voluntario. Por supuesto, no hay ataúdes, y casi nunca bolsas de plástico con las que aislar los cuerpos. Tampoco hay señalización de las calles de este cementerio improvisado, ni marca alguna en los ladrillos, porque nadie conocía sus nombres. Se trata de un mapa que, muy probablemente, solo exista en la cabeza de Nanis.

«Entre esas palmeras y donde estamos ahora hay ochenta cuerpos. Tuvimos que recurrir a fosas comunes porque no teníamos medios», explica antes de invitarnos a seguirle sin pisar las tumbas de los que sí cuentan con un ladrillo propio. El voluntario parece esforzarse en honrar la memoria de aquellos náufragos desconocidos recordando cifras exactas: cuarenta y tres a nuestra izquierda y veintiuno en la parcela anexa; diecinueve mujeres un poco más adelante; diez niños enterrados en fila… Han enterrado a ochenta en los últimos cuatro días, lo que da un total un total de dos mil doscientos veintiséis.

Nanis no olvida las cifras, pero lamenta no poder hacer más. Lo repite hasta tres veces antes de señalar que ciento tres es el número exacto de cadáveres bajo nuestros pies.

El cementerio de refugiados en una playa de Zuwara, Libia, 2017.


La derecha iliberal en Escandinavia: black metal contra la Unión Europea

Una mujer danesa lee el periódico días antes del referéndum sobre la moneda única europea en el año 2000. Fotografía: Christine Grunnet / Cordon.

Hablar de Escandinavia es hablar de una abstracción. Los países escandinavos participaron de formas muy diversas en la II Guerra Mundial. Vidkun Quisling, el primer ministro noruego, formó una «división vikinga» de las SS. La resistencia danesa fue, por el contrario, una de las pocas en Europa que se esforzó en salvar a su población judía del exterminio. Suecia, la «Suiza del norte», permaneció neutral y recibió, entre otros muchos refugiados, la increíble cifra de setenta mil niños evacuados de Finlandia. Ahora bien, todos estos Estados tienen en común el haber seguido practicando la eugenesia varias décadas después de la derrota militar del nazismo. Entre 1935 y 1976 sesenta y tres mil suecas, cincuenta y siete mil finlandesas, cuarenta mil noruegas y seis mil danesas fueron esterilizadas, en un primer momento según criterios étnicos (la preservación de la «pureza nórdica» frente a los gitanos tatere) y más tarde según criterios económicos propios del laborismo fabiano. A la uniformización de la sociedad en términos de raza, clase y religión también contribuyó el protestantismo: los jesuitas tuvieron prohibida la entrada a Noruega hasta 1956. El Estado de bienestar escandinavo, vinculado de este modo con el racismo, el clasismo y el fundamentalismo religioso, fue el humus del que volvió a brotar la extrema derecha en la región.

No en balde, el primer congreso internacional neofascista de posguerra se celebró en 1951 en Malmö (Suecia). El congreso concluyó con la fundación del Movimiento Social Europeo, una «tercera fuerza europea», enemiga tanto de Estados Unidos como de la Unión Soviética, que proponía reconstruir el Sacro Imperio Romano Germánico sobre la base de la «elección de los jefes de Gobierno por plebiscito», la «regulación de la vida social y económica por los órganos del Estado corporativo», la «regeneración espiritual del hombre, la sociedad y el Estado». La sección más radical del congreso se escindió en el Orden Nuevo Europeo, constituido al año siguiente en Zurich con el objetivo de «defender a la raza europea» del «anticapitalismo [sic] judeo-americano» mediante el «anticolonialismo de la segregación racial severa» y el «retorno de los grupos étnicos a sus espacios tradicionales». Los dadaístas del Cabaret Voltaire no podrían haber escrito un manifiesto más contradictorio o con menos sentido.

En los sesenta se consolidó la imagen exterior de unos países escandinavos prácticamente paradisíacos en los que el alcoholismo, las enfermedades mentales y el suicidio eran las últimas lacras sociales a paliar. La versión más acabada de este estereotipo probablemente se encuentra una carta que escribió Susan Sontag sobre su estancia en Suecia durante la grabación en 1968 de su primera película. «Los suecos quieren ser violados», bromeó la autora de Dueto para caníbales, «y la bebida es la forma nacional de la autoviolación». En verdad la situación no era ni tan idílica ni tan dramática. Suecia, Finlandia y Dinamarca figuraban en el top ten de países con la tasa más alta de suicidios del mundo pero, como reza el título de uno de los ensayos más duros con el modelo nórdico, al menos era «un sitio limpio y bien iluminado». La principal crítica de esta limpieza e iluminación provino del pueblo saami, autóctono de Laponia, que combatió la construcción de una presa en el río Alta-Kautokeino, apelando a argumentos ecologistas e indigenistas contra el Estado finlandés.

Pero la primera gran fisura del modelo vino con la expansión de la Comunidad Económica Europea más allá del eje franco-alemán inicial. El debate que se montó en Noruega y Dinamarca sobre el referéndum de entrada en la CEE de 1972 erosionó las lealtades políticas y el sistema de partidos. En Noruega el presidente laborista tuvo que dimitir después de la victoria del «NO» por un ajustado 53,5%. En Dinamarca, por el contrario, ganó el «SÍ» por un holgado 63,3%, pero se calcula que más de la mitad de los votantes de los socialdemócratas eligieron la opción opuesta a la recomendada por sus representantes políticos. La segunda gran fisura fue la crisis económica y moral del keynesianismo. Después de varios lustros de hegemonía socialdemócrata, los partidos de centro-derecha ganaron las elecciones de 1965 y 1968 en Noruega y Dinamarca con un programa de bajada de impuestos que incumplieron nada más formar Gobierno. Se crearon de esta forma las condiciones para la emergencia de tribunos de la plebe antisistema.

El 30 de enero de 1971, el último día del plazo para declarar la renta en Dinamarca, el programa de televisión Focus entrevistó a un asesor fiscal llamado Mogens Glistrup. La entrevista apenas duró tres minutos, pero su contenido fue dinamita. Glistrup afirmó que pagar impuestos es inmoral y que cada corona danesa que va a parar a manos del Estado contribuye a la destrucción del país; comparó a los evasores de impuestos con la resistencia antifascista durante la ocupación nazi («es una labor peligrosa pero necesaria»); y describió a los telespectadores un esquema para evadir impuestos mediante la compra y venta de un gran número de sociedades limitadas, esquema que él equiparó a «imprimir tu propio dinero». Al día siguiente el teléfono de su oficina sonó con decenas de llamadas que le animaban a presentarse a las elecciones. Glistrup se aproximó al recién fundado Partido Popular Cristiano, pero fue rechazado después de sugerir que Dinamarca podría sustituir sus exportaciones agrícolas por pornografía. Finalmente formó su propia organización, el Partido Danés del Progreso, fundado en el parque de atracciones de Tivoli en Copenhague, y se convirtió en la segunda fuerza parlamentaria, con el 16% de los votos, en las elecciones de 1973, las primeras a las que se presentó.

El tribuno de la plebe antisistema de Noruega se llamaba Anders Lange, un criador de perros ególatra que había participado en la Liga Patriota, una organización cuasifascista de entreguerras, y no obstante había sido encarcelado por los nazis por su irredentismo contra la ocupación. El 8 de abril de 1973 se llenaron las mil trescientas butacas del cine Saga de Oslo para escuchar una «maratón de discursos» de Lange contra el establishment político; así se burló de Kåre Willoch, el líder proaborto del Partido Conservador, como «el feto más viejo de Noruega». A la puerta del cine se recogieron firmas para la formación de una organización autoexplicativamente bautizada Partido de Anders Lange por una Reducción Drástica en Impuestos, Tasas e Intervención Pública. La ideología del partido se resumió en un póster con catorce sentencias que empezaban con el latiguillo «Estamos hartos de» —entre otras cosas—, «ser explotados por el capitalismo de Estado». Sus resultados electorales fueron, sin embargo, más modestos que los de su homólogo danés: solo el 5% de los votos en los comicios de 1973.

Claro que estos nuevos partidos de protesta estaban condenados a la marginalidad extraparlamentaria en el momento en que los viejos partidos de masas se apropiasen de su programa electoral neoliberal, lo que sucedió a mediados de los setenta. En 1974 un Gobierno laborista decidió «paralizar temporalmente» la inmigración no europea por motivos de trabajo a Noruega; esa «decisión temporal» sigue vigente mientras escribo esta frase. A esta cooptación de la diferencia ideológica específica por los partidos de masas se sumó la dependencia de este tipo de partidos de protesta respecto de sus líderes carismáticos. En 1974 Lange murió de un infarto y su puesto fue ocupado por Carl I. Hagen, un ejecutivo de la azucarera Tate & Lyle, quien rebautizó su partido a imagen del danés (Partido del Progreso) y buscó un nuevo espacio político en la xenofobia y el chovinismo del bienestar, provocando la salida de los liberales del partido y sin alcanzar la barrera del 4% de los votos para mantenerse en el parlamento en las elecciones de 1977. En 1983 Glistrup fue condenado a tres años de cárcel por las operaciones de fraude fiscal que le habían llevado a ser candidato de Gobierno, y cuando fue elegido de nuevo diputado en las elecciones de 1984, el congreso votó para que se le retirase la inmunidad parlamentaria y cumpliese sentencia como el «indigno para la política» que era.

Cuando Glistrup salió de la cárcel ya era un cadáver político. En 1991 fue expulsado del partido que él mismo había fundado por hacer campaña electoral por otro candidato; no fue readmitido hasta 1999, una vez convertido a la islamofobia. Su sustituto a la cabeza del partido fue Pia Kjæsgaard, una joven asistente doméstica y asidua escritora de cartas a directores de periódicos. Con Glistrup entre rejas y contra la opinión mayoritaria de la militancia, que no quería colaborar con otros partidos, Kjæsgaard llegó a acuerdos de gobierno con el Partido Conservador en 1983 y 1989 a cambio de una reducción de impuestos y el despido de personal en el órgano estatal encargado de perseguir el fraude fiscal. El título del libro del historiador Jens Ringsmose sobre este periodo del Partido del Progreso danés resume perfectamente la situación de escisiones internas, estigmatización mediática y responsabilidad de Estado que atravesó la organización: Al menos no ha sido aburrido.

Mientras Kjæsgaard contribuía a la gobernabilidad en Dinamarca, Hagen contribuía al caos en Noruega. En las elecciones de 1985 el Partido del Progreso noruego consiguió dos escaños con un programa que reconocía la legitimidad del Estado en materia de educación, sanidad y transporte —toda una concesión para un partido de orígenes prácticamente anarcocapitalistas— a la vez que promovía la devolución de estos servicios a la familia patriarcal bajo el lema de «ayuda a la autoayuda». En 1986 la economía noruega fue golpeada por la caída del precio del petróleo y el primer ministro conservador en minoría presentó al congreso el llamado «paquete de Pascua», un plan de choque que incluía recortes presupuestarios pero también un aumento de impuestos. A pesar de que Hagen había prometido en campaña que haría lo imposible para evitar la vuelta del laborismo al poder, usó su posición bisagra para rechazar las medidas de austeridad y forzar la dimisión de la coalición de centro-derecha. Como en Noruega no se pueden convocar elecciones anticipadas, los plazos son fijos cada cuatro años, los laboristas se vieron obligados a asumir las riendas del Estado. Y así fue como los dos diputados del Partido del Progreso secuestraron la democracia noruega durante toda una legislatura. En 1987 el Partido Conservador, el Partido Popular Cristiano y el Partido del Centro pensaban tirar abajo al recién constituido Gobierno laborista votando en contra de una importante ley agraria. El apoyo del Partido del Progreso a esta moción de censura informal se daba por supuesto, pero Hagen demostró nuevamente su astucia política al no revelar sus intenciones hasta la víspera previa de la votación. La noche del 11 de junio, en directo a través de la televisión pública, Hagen informó que se iba a abstener.

El político Carl I. Hagen. Fotografía: FrPMedia (CC).

La imprevisibilidad de Hagen puso la agenda de su partido bajo los focos de los medios de comunicación. En un discurso de campaña para las elecciones locales de 1987, Hagen leyó una carta de un tal Mohammad Mustafa, quien pronosticaba que Noruega se iba a convertir en un país islámico gracias a la elevada tasa de natalidad de sus refugiados musulmanes. «Algún día las mezquitas serán tan comunes en Noruega como lo son hoy las iglesias», celebraba, «algún día desaparecerá también la cruz infiel de la bandera». Como la misiva tenía remitente, varios tabloides se propusieron demostrar que era falsa, pero la atención mediática benefició en última instancia al discurso de la xenofobia. En las elecciones generales de 1989 el Partido del Progreso se convirtió en el tercero más votado multiplicando por diez sus resultados previos. Hasta entonces los argumentos de Hagen contra la acogida de refugiados se basaban en premisas socioeconómicas —la injusticia social que suponía para los nativos el trato preferencial de los refugiados en materia de concesión de vivienda pública o educación pública en su lengua materia— pero a partir de entonces se impusieron los razonamientos clasistas, religiosos y racistas que tan bien parecía acoger el electorado. Así, durante la guerra de los Balcanes, Hagen afirmó que los refugiados bosnios importaban una «mentalidad de pandilleros».

Huelga decir que las pandillas que escandalizaron a la opinión pública noruega a comienzos de la década de 1990 no eran precisamente de origen bosnio. En abril de 1991 se disparó con una escopeta en la cabeza Per «Dead» Ohlin, el cantante del grupo blackmetalero Mayhem; el cadáver fue descubierto por el guitarrista del grupo, Øystein Aarseth, alias Euronymous, quien lo fotografió (una instantánea que más tarde pondría en la portada de un disco) y recogió trozos del cráneo para adornar collares con ellos. Unos meses más tarde Euronymous abrió en Oslo la tienda Helvete («Infierno» en noruego) desde la que empezó a propagar su heterodoxo satanismo. Para Euronymous la Iglesia de Satán era «demasiado humana», una inversión del cristianismo que todavía preservaba maniqueamente la creencia en Dios y el individuo; lo que él adoraba era la encarnación de la misantropía y el totalitarismo en una figura con cuernos. Las implicaciones de estas creencias se empezaron a percibir cuando al año siguiente Kristian Vikernes, integrante único de la banda blackmetalera Burzum, quemó una iglesia de madera del siglo XII y, siguiendo la tradición, usó la foto como portada; entre 1992 y 1996 se contabilizaron cincuenta ataques a iglesias solo en Noruega.

Pero la violencia demoníaca se volvió contra sus autores intelectuales; en 1993 Vikernes asesinó a Euronymous de veintitrés puñaladas. Entre las razones ideológicas del homicidio estaba el hecho de que Euronymous coquetease con el comunismo como pose estética —veneraba el terrorismo de Estado de Pol Pot y coleccionaba parafernalia de la Rumanía de Ceaușescu— y Vikernes planease hacer saltar por los aires la Casa Blitz, un centro de extrema izquierda en el centro de Oslo. En la cárcel Vikernes escribió varios libros en los que exponía su visión del mundo, que él refería con la expresión «odalismo» (del noruego «óðal»=«herencia»), una peculiar mezcla de racismo, ecologismo y paganismo (el culto a Odín, en concreto) que se diferenciaba del nazismo en que no era ni socialista ni materialista y creía en la antigua democracia escandinava. La influencia de Vikernes ha convertido a diversos estilos del metal en el hilo musical de cierta extrema derecha. Así Ragnarök, una de las discográficas metaleras undergrounds más importantes de los noventa, fue fundada por Lars Magnus Westrup, un voluntario de las SS vikingas que se exilió en España hasta la muerte del dictador, momento en que regresó a Suecia para convertirse en el jefe de propaganda del Partido del Progreso, un intento fallido de importar el modelo noruego y danés.

La extrema derecha sueca tardó más tiempo en cobrar relevancia política que sus vecinos debido a tres factores; (1) la mayor implantación de los socialdemocratas, que habían estado en el poder ininterrumpidamente durante cuarenta años y en 1974 habían aprobado una nueva ley fundamental que proclamaba a Suecia como una «sociedad multicultural» y reconocía los derechos de los refugiados en materia de igualdad, libertad de elección —sobre si mantener su cultura de origen o adoptar la de acogida— y cooperación, entendida esta última como «mutua tolerancia y solidaridad entre los inmigrantes y la población nativa»; (2) la fidelidad de la oposición con su programa de campaña —a diferencia de lo sucedido en Noruega y Dinamarca en 1965 y 1968, cuando en Suecia formó Gobierno una coalición de centro-derecha en 1976, cumplió en privatizar empresas públicas y bajar los impuestos— y su compromiso con el multiculturalismo  —en 1977 el primer ministro centrista, Thorbjörn Fälldin, decidió financiar estatalmente la educación de los hijos de refugiados en su lengua materna; (3) la celebración del referéndum de entrada en la Unión Europea en una fecha tan tardía como 1994 —ganó el «SÍ» por un ajustado 52,3%. El asesinato en 1986 del primer ministro socialdemócrata Olof Palme, un caso todavía abierto sobre el que hay teorías para todos los gustos sobre la nacionalidad del asesino (ya sea sueco, kurdo, sudafricano, yugoslavo, chileno o italiano), fue un primer mazazo para el sistema de partidos sueco.

Pero la verdadera desestabilización del sistema comenzó en el verano de 1990. Bert Karlsson, propietario del parque acuático Sommarland y de la discográfica Mariann, que colocaba regularmente a sus músicos en el concurso de Eurovisión, fue reclamado por un semanario de prensa rosa para que revelase la composición de su Gobierno ideal para Suecia. Karlsson repartió carteras ministeriales entre famosos y políticos de distintos partidos, pero no se le ocurrió nadie para el puesto de primer ministro. Un amigo le llamó la atención sobre Ian Wachtmeister, un dandi que había aparecido en una tertulia televisiva arremetiendo contra el establishment político, y Karlsson le incluyó en su lista. Wachtmeister se puso en contacto con Karlsson y el 20 de noviembre quedaron en la cafetería del aeropuerto de Arlanda para fundar un partido que llamaron «Nueva Democracia». El programa del partido, que incluía promesas irónicas como la bajada por ley de los precios de los restaurantes, la abolición de los guardias de tráfico o «más diversión» —el logo del partido era un emoticono sonriente—, fue publicado a la semana en el Dagens Nyheter, en el diario de mayor tirada del país, y las primeras encuestas revelaron que el 23% de los electores estaban pensando en votarles.

Wachtmeister y Karlsson formaban una pareja muy fotogénica: uno pertenecía a una dinastía nobiliaria que se remontaba hasta el siglo XVII, el otro era un empresario de orígenes humildes hecho a sí mismo; uno vestía de traje y corbata de colores, el otro con una rebeca; uno era alto y flaco, el otro lo contrario; la prensa los llamaba «el conde y su sirviente». Después de una campaña electoral en la que predominaron los números de imitación de voces sobre cualquier consigna ideológica, Nueva Democracia obtuvo el 6,7% de los votos en las elecciones de 1991. Como en Suecia las elecciones generales y las locales tienen lugar el mismo día, Wachtmeister y Karlsson ganaron la alcaldía de municipios a los que no se habían presentado, así que decidieron «arrendar el nombre» del partido-franquicia a los caciques de cada pueblo. En 1992 la corona sueca fue sometida a fuertes ataques especulativos y el primer ministro moderado Carl Bildt necesitaba el apoyo parlamentario de Nueva Democracia para tomar las medidas pertinentes. El partido se escindió entre el bando de Karlsson, quien quería desestabilizar al Gobierno a la manera de Hagen en Noruega, y el bando de Wachtmeister, quien prefería respaldarlo a la manera de Kjæsgaard en Dinamarca; una escisión que haría desaparecer a Nueva Democracia antes de terminar la legislatura.

Y es que la década de 1990, con la aceleración de la integración europea posterior a la caída del Muro de Berlín, provocó muchas escisiones internas en estos partidos de protesta escandinavos. El Partido del Progreso noruego estaba dividido entre una facción conservadora, que estaba en contra de la integración europea, y una facción liberal, mayoritaria entre los más jóvenes, que estaba a favor. En mayo de 1994 se celebró un congreso en el que los liberales fueron derrotados y los conservadores se apoderaron de las juventudes mediante la incorporación del llamado «parágrafo Stalin» en los estatutos de la organización. Hasta entonces se habían calificado de «liberales»; a partir de entonces, de «liberalísticos». Respecto del segundo referéndum de entrada en la Comunidad Europea/Unión Europea en noviembre de ese mismo año, Hagen se mantuvo neutral bajo el lema «Sí a la CE, no a la UE», esto es: sí a la economía neoliberal, no a la política confederal. Volvió a salir que «NO» por un 52,2% de los votos.

En 1992 Dinamarca rechazó el Tratado de Maastricht por un margen de cuarenta mil votos. Al año siguiente ganaron las elecciones los socialdemócratas, tras una década de gobiernos conservadores, y convocaron un nuevo referéndum. Estallaron los disturbios en el distrito de Nørrebro en Copenhague y la policía abrió fuego contra los manifestantes, pero finalmente se aprobó el tratado con un 56,3% de los votos. Se cumplió el final del poema de Bertold Brecht sobre la sublevación, reprimida por los soviéticos, de 1953 en Alemania del Este: «¿No sería más fácil / en ese caso para el Gobierno / disolver el pueblo / y elegir otro?». En septiembre de 1995 Kjæsgaard salió por luchas intestinas del Partido del Progreso y fundó el Partido Popular Danés, que rápidamente se hizo con el espacio político de la antigua formación: en las elecciones de 1998 obtuvo un 7,4% de los votos frente a solo un 2%. Pese a todo, el ninguneo del resto de partidos seguía siendo una constante. En un debate parlamentario del 7 de octubre de 1999 el primer ministro socialdemócrata Poul Nyrup Rasmussen tachó a Kjæsgaard de «no estar preparada para la Administración»; sus declaraciones se hicieron célebres pues en menos de un año Kjæsgaard formó una de las coaliciones de Gobierno más duraderas y estables de la historia de Dinamarca.

En Noruega Hagen volvió a usar su posición de bisagra para derrocar otro Gobierno, esta vez votando junto con el Partido Conservador y el Partido Laborista contra una ley propuesta por el Partido del Centro en el año 2000 acerca de construir más centrales termoeléctricas. Los sondeos de ese año apuntaban a que el Partido del Progreso podía convertirse en el más votado, pero para formar Gobierno en coalición con otras fuerzas parlamentarias Hagen tenía que librarse previamente de los más extremistas entre sus filas, así que identificó y persiguió a siete diputados que suponían un lastre para la respetabilidad de la organización. Hagen acabó con esta «banda de los siete» utilizando todo tipo de triquiñuelas (expulsiones y suspensiones, amañamiento de las elecciones primarias, filtración de escándalos a la prensa, etc.); triquiñuelas que luego volvieron contra él: en 2001 la policía investigó a Terje Søviknes, el «príncipe heredero» de Hagen, y a otros miembros de la directiva por haber mantenido relaciones sexuales con menores de edad que militaban en las juventudes. A pesar de que en las elecciones de ese año sus apoyos bajaron hasta un 14,6% de los votos, llegaron a un acuerdo de Gobierno con el Partido Liberal y el Partido Popular a cambio de que el comité de finanzas cayera en manos de Siv Jensen, la economista del partido.

En paralelo, Dinamarca tropezó de nuevo con la piedra de la Unión Europea. En el año 2000 los daneses rechazaron la entrada en el euro con todos sus parlamentarios haciendo campaña por la divisa salvo Kjæsgaard. La «reina del NO», como la apodaron los medios de comunicación, dio otro salto adelante en las encuestas y marcó la agenda política del país después de los atentados yihadistas del 11 de septiembre en Estados Unidos. En las elecciones de noviembre de 2001, bautizadas por la prensa como «la gran guerra de las palabras», todos los candidatos centraron su campaña en el «problema de la inmigración» y por primera vez desde la II Guerra Mundial los socialdemócratas no fueron el partido más votado; el Partido Popular Danés quedó tercero con 22 escaños, casi el doble que en los comicios previos. Los liberales formaron un Gobierno de coalición con los conservadores que requería no obstante del apoyo de Kjæsgaard para sacar adelante sus propuestas en el parlamento. Una de las primeras medidas que adoptó el primer ministro Fogh Rasmussen fue abandonar la proverbial neutralidad militar escandinava y participar entusiastamente en todas las «intervenciones humanitarias» lanzadas contra el «eje del mal» (Afganistán, Iraq, Libia); en 2009 fue recompensado con la secretaría general de la OTAN.

Una mujer musulmana contempla la ofrenda floral en memoria de las personas asesinadas por el terrorista Anders Behring Breivik. Fotografía: Cathal McNaughton / Cordon.

Mientras, después de haber liderado el Partido del Progreso durante veintiocho años, el liderazgo más longevo de la democracia noruega, Hagen se retiró de la política, no sin antes mandar su último mensaje en 2004: «después de mucho tiempo los musulmanes ya han indicado claramente, tal y como lo hizo Hitler, que su objetivo a largo plazo es someter el mundo». Jensen asumió la presidencia del partido lanzando una teoría conspiranoica sobre la «islamización insidiosa» de Europa por parte de las élites. En las elecciones de 2009 consiguió el sorpasso del Partido Conservador y se convirtió en la segunda candidata más votada con el 22,9% de los votos. Los buenos resultados electorales dieron alas a los discursos más radicales. En 2010 Christian Tybring-Gjedde, la mano derecha de Jensen, acusó a la izquierda de «apuñalar por la espalda a la cultura noruega» y el experto en cuestiones de inmigración del partido se lamentó en Twitter: «Ojalá no sea necesaria una nueva cruzada».

En Dinamarca el tripartito entre la Izquierda (los liberales), el Partido Conservador y el Partido Popular Danés se mantuvo hasta 2011, una década durante la cual se promulgaron las leyes migratorias más duras de la segunda mitad del siglo XX en Europa. Dinamarca, el país desarrollado que más asilo había provisto en la década de 1990, revocó la figura jurídica de «refugiado de facto», que desde 1983 había acogido a cualquier individuo perteneciente a un colectivo políticamente represaliado. Se aumentó el tiempo para obtener el permiso de residencia permanente de tres a siete años, se modificó la edad mínima para la reagrupación familiar de dieciocho a quince años para los hijos y de dieciocho a veinticuatro años para los cónyuges (para evitar presuntamente los matrimonios a cambio de pasaporte) y se creó un sistema de puntos para obtener los permisos de residencia basado en criterios como la integración en el mercado de trabajo, la independencia respecto del estado del bienestar o la aprobación de un examen sobre la historia y la cultura de Dinamarca. El ministro que firmó la mayoría de estas leyes fue Bertel Haarder, autor de un ensayo titulado El cinismo suave en el que sostenía que el Estado de bienestar convierte a los inmigrantes en «adictos a las subvenciones» y que el único modo de «liberarlos» es retirándoselas. El discurso del Partido Popular Danés se centra en aspectos más culturales, como reza su página web:

Dinamarca no es un país de inmigrantes, ni lo ha sido nunca. Por consiguiente no aceptaremos que se transforme en una sociedad multiétnica. Dinamarca pertenece a los daneses y sus ciudadanos deben tener la posibilidad de vivir en una comunidad segura basada en el Estado de derecho y que se desarrolle exclusivamente dentro de los límites de la cultura danesa.

A mediados de la década de los 2000 estalló una verdadera guerra cultural en Dinamarca. Todo empezó con que el escritor Kåre Bluitgen tenía problemas para encontrar un dibujante lo bastante valiente como para ilustrar su biografía infantil de Mahoma. Jyllands-Posten, el diario de mayor circulación del país, pensó que sería noticia medir el grado de autocensura del sindicato de ilustradores respecto del islam pidiéndoles a cuarenta y dos miembros que mandasen un dibujo del profeta. Quince respondieron, unos criticando lo mal pagado del trabajo o la línea ideológica del partido —«Los periodistas del JyllandsPosten son una panda de reaccionarios provocadores», rezaba una de las viñetas en farsi— y otros, mayormente los empleados del periódico, cumpliendo con el encargo. Como los resultados del sondeo eran inconcluyentes —la mayoría de los dibujantes no había respondido porque tenía contratos de exclusividad con otras publicaciones— se publicaron las caricaturas como ilustración de un artículo de opinión de Flemming Rose, antiguo corresponsal en la Unión Soviética y entonces editor cultural del periódico.

El razonamiento de Rose fue cien por cien popperiano: la sociedad abierta no debe ser tolerante con los intolerantes, Dinamarca tiene una larga tradición satírica y tratar a los musulmanes en los mismos términos irónicos que el resto de religiosos contribuye en última instancia a su integración, y «si un creyente reclama que yo, como no creyente, observe sus tabús en el dominio público, no está pidiendo mi respeto sino mi sumisión». Las caricaturas estuvieron a la altura de los argumentos. En una aparecía Mahoma gritando a una fila de mártires en las puertas del cielo: «¡Parad, parad, que nos hemos quedado sin vírgenes!». En otra figuraban Kjæsgaard y Bluitgen junto a Jesús, Buda y Mahoma en una fila de reconocimiento de testigos, como si fueran sospechosos de algún crimen. Pero la que más escándalo provocó fue una de Kurt Westergaard en el que el turbante del profeta se representaba como una bomba de mecha.

Las reacciones no se hicieron esperar. Algunos distribuidores de periódicos se negaron a repartir el número del día, el resto de la prensa acusó al Jyllands-Posten de discurso del odio, los representantes de doce países musulmanes pidieron que Fogh Rasmussen interviniera en «interés de la armonía entre credos», Arabia Saudí encabezó un boicot a los productos daneses que redujo las exportaciones de Dinamarca en un 15% y durante dos meses se organizaron manifestaciones por todo el mundo islámico, algunas de las cuales terminaron violentamente, con un saldo total de doscientos muertos. En Dinamarca se formó la brecha entre la comunidad de doscientos sesenta mil musulmanes y el resto de la sociedad. Por un lado, se calcula que hasta trescientos ciudadanos daneses se han enrolado en los últimos años en distintas bandas yihadistas, y por el otro lado, el Partido Popular Danés se ha convertido en la segunda fuerza parlamentaria, por delante de los liberales, con el 21% de los votos en las elecciones de 2015.

Pero el partido de extrema derecha que más se benefició del affair de las caricaturas fueron los Demócratas Suecos. Los Demócratas Suecos habían surgido de la confluencia en 1986 del Partido del Progreso sueco, el intento fallido de unificar a la derecha bajo un programa de protesta en 1968, y el movimiento Mantener Sueca a Suecia, apologetas del Apartheid en Sudáfrica desde 1979. Stieg Larsson, el autor de la trilogía best seller de novelas policiacas Millenium, fue un fervoroso militante de extrema izquierda —en los años setenta estuvo entrenando a mujeres del Frente de Liberación Popular de Eritrea en el disparo de mortero hasta que enfermó de riñones— y dirigió un periódico dedicado en exclusiva a informar sobre la extrema derecha: el Expo. Según el Expo, los Demócratas Suecos fueron hasta 1995 unos hooligans borrachos vestidos de inventivos uniformes neonazis. Su líder, Anders Klarström, había militado en el Partido Popular Nórdico, un club de fans de Adolf Hitler, y en 1985 le detuvieron por vandalismo, robo y amenazas. No se trataba de un caso aislado: hasta 1995 un tercio de los candidatos de los Demócratas Suecos a las elecciones habían participado en una organización supremacista blanca y más del 40% de los miembros de la ejecutiva tenían antecedentes penales. Una circular interna del partido sobre uno de sus dirigentes muestra su elevada autoconciencia:

Tommy Funebo es vago, cobarde, tacaño, introvertido, asocial, está gravemente alcoholizado, carece de capacidad de iniciativa, no es nada ahorrador, descuida su higiene, muestra una actitud despectiva con la gente que no bebe o que no forma parte de la cúpula dirigente.

Hasta 1995, año en que Mikael Jansson tomó el poder del partido y prohibió la venta de alcohol y los uniformes «no nórdicos» en las reuniones del partido. En el manifiesto para las elecciones de 1999 Jansson se distanció del nazismo, descrito como la «imagen especular del marxismo» con «su Führerprinzip, su superioridad racial y sus guerras relámpago», y en las elecciones locales de 2002 los Demócratas Suecos se convirtieron en la mayor fuerza extraparlamentaria del país con setenta y seis mil votos y cincuenta escaños municipales. De este modo se alejaron de asociaciones como el Frente Nacionalsocialista, gestor de la primera manifestación abiertamente antisemita, desde el final de la II Guerra Mundial, en las calles de Estocolmo, el 8 de noviembre de 1997, bajo el lema «Acabar con la democracia, acabar con el poder judío». Hasta entonces la extrema derecha sueca no era precisamente islamófoba —la emisora preferida por los negacionistas del Holocausto era, desde 1987, la Radio Islam de Ahmed Rami— pero el mortal apuñalamiento de la ministra de asuntos exteriores socialdemócrata Anna Lindh en 2003 por un enfermo mental musulmán, segunda generación de inmigrantes yugoslavos, cambió la situación.

Y así fue como los Demócratas Suecos se beneficiaron del affair de las caricaturas. En enero de 2006 el partido invitó a los lectores a que les mandaran más caricaturas de Mahoma, que ellos las publicarían desde su órgano de propaganda solidaridad con el Jyllands-Posten. Laila Freivalds, la sustituta de Lindh al frente del Ministerio de Asuntos Exteriores, condenó la iniciativa y unos días más tarde se cayó la página web de los Demócratas Suecos. Cuando se desveló que la compañía de internet Levonline la había tenido que cerrar bajo presión del Servicio de Seguridad Sueco, Freivalds se vio obligada a dimitir. Los Demócratas Suecos no solo habían conseguido la dimisión de una ministra socialdemócrata; también se habían estrenado en el arte de conseguir publicidad gratis a golpe de epatar a los políticamente correctos.

Una obra maestra de este arte fue la campaña electoral para las elecciones de 2010. Jan Helin, el editor del tabloide el Aftonbladet, rechazó publicar carteles de los Demócratas Suecos, pero invitó a Jimmie Åkesson, el primero de la lista, a que escribiera un artículo de opinión. Åkesson mandó una filípica de setecientas palabras contra el «establishment multicultural» que, los abogados del periódico advirtieron, contenía crímenes de odio. Movido por la rentabilidad económica a corto plazo del escándalo, Helin le regaló a Åkesson una visibilidad que, si hubiera tenido que abonarla a precio de mercado, le hubiera salido por un ojo de la cara. Así mismo, en el anuncio televisivo del partido una voz en off aseguraba que en «política todo son prioridades» y que «ahora tienes una elección» sobre la imagen de una ancianita caucasiana siendo perseguida a la carrera por mujeres con burka empujando carricoches. Al final aparecían dos frenos de mano; en uno se leía «pensiones» y en el otro «inmigración». «El 19 de septiembre puedes elegir el freno de la inmigración antes que el freno de las pensiones», era la obvia moraleja. El canal de televisión privado con mayor audiencia de Suecia se negó a emitir el spot completo y puso sobre la parte de los burkas y los carricoches el mensaje «Censurado por TV4» y un enlace a YouTube «para ver la versión sin censuras». La página web de los Demócratas Suecos volvió a caerse, pero esta vez por exceso de tráfico. En la jornada de reflexión el Aftonbladet razonó desde su portada que no había que votar a Åkesson porque en Suecia «nos gusta lo diferente» y la competencia, el Expressen, publicó también en portada la imagen de una papeleta arrugada de los Demócratas Suecos entre colillas, sobre una alcantarilla, con un titular rotundo («NO») y un pie de foto no menos rotundo («Hoy votamos por una Suecia contra la xenofobia»). Y de este modo, en la víspera de unas elecciones, se convirtió en noticia en dos de los periódicos más grandes del país un partido que carecía de representación parlamentaria. La consiguió un día después, con el 5,7% de los votos y veinte escaños.

Fotografía: Ints Kalnins / Cordon.

En Noruega caló hondo la teoría conspiranoica de la islamización insidiosa de Jensen. El 22 de julio de 2011, Anders Behring Breivik, militante del Partido del Progreso desde 2004, colgó en internet un manifiesto de más de mil quinientas páginas en el que citaba profusamente al bloguero contrayihadista Fjordman y fiaba la independencia de su país respecto de «Euroarabia» para el año 2083. Con el fin de provocar una guerra civil, Breivik hizo explotar ese mismo día una bomba en el centro de Oslo y asaltó el ferry a Utøya, la isla en la que se reúnen todos los veranos las juventudes del Partido Laborista. Con un rifle semiautomático bautizado «Gungnir» por la lanza de Odín, Breivik disparó a la cabeza a sesenta y siete adolescentes al grito de «Hoy vais a morir, marxistas culturales». Los atentados no provocaron un alzamiento de los «caballeros de la Cristiandad», sin embargo, sino un rechazo unánime. Los medios de comunicación intentaron despolitizar el caso diagnosticándole reconfortantemente a Brevik una paranoia esquizofrénica, pero el juez lo consideró lo bastante cuerdo como para cumplir la pena máxima de veintiún años de cárcel. En los comicios de 2013 los apoyos electorales del Partido del Progreso cayeron a un 16,3% de los votos, pero por primera vez entraron en una coalición de Gobierno con el Partido Conservador.

En Dinamarca siguió ampliándose la brecha entre la comunidad musulmana y el resto de la sociedad. En febrero de 2015, unas semanas después del ataque contra Charlie Hebdo, un joven palestino-danés intentó abrirse camino a tiros en un congreso en nombre de la libertad de expresión al que había sido invitado uno de los caricaturistas de Mahoma; al fracasar en su intento se dirigió a la principal sinagoga de Copenhague, donde fue abatido por la policía. En junio de ese año la Izquierda volvió a formar Gobierno con el Partido Popular Danés y, entre las primeras medidas que adoptaron, recortaron a la mitad la cobertura social de los refugiados y pagaron anuncios en la prensa libanesa y jordana en los que disuadían a los inmigrantes de venir a Dinamarca. En enero de 2016 el Gobierno promulgó una ley con el respaldo de los socialdemócratas que prohíbe a los refugiados residir fuera de los campamentos de asilo y retrasa el reagrupamiento familiar a los tres años de estancia en el país. La ley también permite a la policía registrar a los refugiados y confiscar sus pertencias por un valor superior a las diez mil coronas danesas (mil trescientos cuarenta euros) para abonar los costes de su manutención. En el parlamento se declaró explícitamente que el objetivo de la ley era «hacer nuestro país menos atractivo para los extranjeros» y evitar que Dinamarca se convirtiera en «otra Suecia», siendo Suecia sinónimo de respeto del derecho a asilo político.

Fue en Suecia, precisamente, que el escritor Karl Ove Knausgård, considerado el Proust noruego por su saga de nueve novelas autoficcionales Mi lucha, se vio implicado en una polémica político-literaria en la primavera de 2015. Todo empezó con el estreno de un documental sobre Stieg Larsson, el Houellebecq sueco, en el que se hacían comentarios procaces en compañía de Horace Engdahl, antiguo secretario de la Academia del Nobel. Ebba Witt-Brattström, profesora de literatura y divorciada de Engdahl, escribió un artículo contra los escritores machistas en el que tildó de «pedofilia literaria» a la primera novela de Knausgård, Fuera del mundo, pues está protagonizada por un profesor de veintiséis años en romance con una alumna de trece. Knausgård respondió con una parábola de tres mil palabras en la que se refería a Suecia como la «tierra de los cíclopes», incapaces de disfrutar de la literatura dada su baja tolerancia ante la ambigüedad. También criticó al primer ministro socialdemócrata Stefan Löfven por haberse referido a los Demócratas Suecos como «ese partido neofascista» cuando, según Knausgård, se trataba de un «partido legítimo» que simplemente «tiene una visión distinta sobre una cuestión delicada». Nada raro viniendo de un escritor que más tarde, ese mismo año, calificó al Partido del Progreso como una «bendición» para la política noruega porque los países desarrollados deben «atreverse a hablar sobre los aspectos problemáticos de la inmigración». La respuesta no se hizo esperar: el comediante Jonas Gardell afirmó que Suecia ya tenía bastantes varones blancos cishet de mediana edad cabreados con el mundo como para tener que importar las opiniones de otro de Noruega.

En resumen, los Estados escandinavos sentaron las bases raciales, económicas y religiosas para la aparición de la extrema derecha durante los Treinta Gloriosos. El proyecto de unificación europea, fruto de la crisis del keynesianismo y más tarde la caída del socialismo real, fracturó el sistema de partidos de posguerra. El compromiso de los partidos conservadores, liberales y de centro agrario con el Estado de bienestar permitió la ocupación del espacio electoral libre a su derecha por partidos de protesta neoliberales. La cooptación de su programa por la derecha tradicional obligó a estos partidos a escorarse aún más a la derecha. La excepción que confirma la regla son los Socialdemócratas Suecos, cuyo actual chovinismo del bienestar es una moderación de planteamientos previos. La crisis del periodismo con la digitalización a comienzos de siglo incentivó a las grandes cabeceras (el Aftonbladet y el Expressen en Suecia, el Jyllands-Posten en Dinamarca) a contribuir, deliberadamente o no, a sentar la agenda de la extrema derecha. Y por último, la convocatoria de elecciones en fechas próximas a atentados yihadistas normalizó el papel de candidatos ya plenamente islamófobos como cabeza de la oposición parlamentaria o socios en minoría de un gobierno de coalición.


Día cuatro: perder la cabeza

(English version here)

Shortcuts. En los arcenes de un país en guerra

Fotografía de Ricard García Vilanova.

Han pasado dos años, pero Amina se acuerda del día de las cabezas como si hubiera sido ayer mismo. Algunas aparecieron pinchadas sobre enrejados de jardín, señales de tráfico… También estaban las de los botes de cristal, hasta un total de cincuenta que, decían, pertenecían a soldados del régimen.

Amina lo cuenta desde la tienda, o chabola; ni eso, desde uno de los campos de refugiados a las afueras de Kobani. Vive allí con su hija desde que abandonaron Raqqa tras lo de las cabezas. Se tapa la cara para hablar. Las árabes siempre lo hacen, no así las kurdas. Como Dilal y Kauser, que viven en la tienda de al lado. Son las dos esposas de un kurdo que está ahora en la cárcel por un altercado, una pelea con un tipo; una bobada, pero ya lleva diez días encerrado. Se fueron de Raqqa antes de lo de las cabezas. Por lo visto, a los kurdos del Califato se les dijo que eligieran entre largarse o morir; solo querían a sus mujeres para encerrarlas y violarlas.

Kauser se trajo la maquina de coser de su madre con la que hace chapuzas para el resto de sus cuatrocientos vecinos mientras espera a su marido compartido. O igual tampoco le espera. Dilal, la mayor de las dos, quizás le espere aún menos.

En la tienda de enfrente, Mustafa Haji duerme plácidamente a la sombra de su tienda, chabola, o lo que sea, hasta que el vigilante del campo le despierta. Le habíamos dicho que no hacía falta, pero así es la hospitalidad local. Mustafa llegó hace ocho meses desde Raqqa. A el lo querían matar y a su mujer violarla, como al resto. Lo contábamos antes.

Durante la huida, su hija Rihana, de siete años, se quedó ciega por la mina que mató a su hermano Murad, de cinco. Rihana apenas sale de la tienda, pero sus dos hermanos pequeños no paran en casa. Andan descalzos por un campo lleno de piedras, un montón.

Duele solo de verlo.

 


El peligroso camino hacia el idilio europeo

Fotografía: Manu Brabo

Un refugiado sirio en Horgos, Serbia, junto a la valla levantada en la frontera por las autoridades húngaras, septiembre de 2015. Fotografía: Manu Brabo / MeMo.

Cuando la insultaban llamándola Lagerkind (‘niña del campamento de refugiados’), Melita Šunjić (1) respondía: «Todos somos iguales, nos protege la Convención de Ginebra».

Así le instruyó su padre, Nikola, partisano y comunista, opositor al régimen del líder vitalicio yugoslavo, Josip Broz Tito. Para escapar de la cárcel, Nikola y su familia huyeron de Rijeka, Croacia, y se refugiaron en Austria. Era 1957 y Melita tenía dos años.

Mientras defendía sus derechos en la primaria, Melita desconocía el significado de la Convención sobre el Estatuto de Refugiados (1951), pero sí sabía qué era el Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados, ACNUR. La organización entregó el primer piso a su familia en Viena. Nunca ha olvidado que su décimo cumpleaños pudo celebrarlo en su propia casa, fuera del campamento de refugiados. Por primera vez dio a sus amigas el nombre de una calle y el número de un portal. «Era la primera vez que tenía una dirección».

Tres décadas más tarde, la niña del campamento comenzó a trabajar para ACNUR como experta en comunicación. Ya era doctora en Ciencias de la Comunicación, autora de libros, redactora jefa de la sección internacional del diario vienés Wiener Zeitung y hablaba seis idiomas. «Cuando vi el anuncio de trabajo en ACNUR sentí que me llamaban», confiesa. Corría el año 1992 y la guerra en la antigua Yugoslavia se había extendido. Melita compaginaba su trabajo periodístico con el activismo pacifista y la ayuda a los refugiados bosnios.

Desde 1993 ha recorrido centenares de campamentos de refugiados en África, Asia y Europa y ha vivido en Pakistán, Jordania, Afganistán, Sudán, Georgia, Nepal y Sudáfrica, además de varios países europeos. Como encargada de comunicación y portavoz, ha relatado el destino de miles de refugiados a distintos públicos, exigido responsabilidades a políticos, pedido protección para los refugiados y ha explicado el contexto político/bélico a un sinnúmero de periodistas que aterrizaban para cubrir países que no conocían.

En los últimos años se ha especializado en la comunicación transcultural y actualmente su trabajo se centra en diseñar y poner en funcionamiento las estrategias de comunicación para Afganistán, Irak y Siria, de donde proceden más de un millón de los refugiados que llegaron a Europa en 2015 y 2016.

El objetivo de las campañas de comunicación es informar a las personas de estos tres países acerca de los peligros que supone el viaje hacia Europa y, sobre todo, acerca de las condiciones de vida en distintos países europeos: bases legales para conseguir el estatus de refugiado, permisos de trabajo, condiciones para la reunificación familiar, etc.

¿Por qué tanta preocupación por la información ahora? Hablamos en su oficina de la undécima planta de la sede de la ONU en Viena. Por la ventana se ve el Danubio.

«Porque tenemos más refugiados que nunca: sesenta y cinco millones. Porque la migración es global, porque es más fácil trasladarse. Hace veinte años era posible buscar asilo sin la ayuda de los traficantes, pero ahora ya no. Los traficantes mueven a mucha gente: empujan hacia el éxodo a aquellos que no tienen derecho a asilo. Si no hay formas legales de conseguir asilo, la gente acudirá a ellos», explica Melita.

Si bien la solución de los conflictos y la pacificación de las guerras es la condición necesaria para frenar el éxodo, tampoco hay que olvidar que la mayoría de la gente suele huir a los países limítrofes. Sin embargo, los problemas económicos de los países en la región y la falta de apoyo financiero internacional crean las condiciones para el segundo éxodo, esta vez hacia Europa. Por ejemplo, numerosos refugiados afganos en Austria proceden de Irán, donde vivieron durante años. Algunos nacieron allí.

Muchos refugiados sirios optan por viajar hacia Europa por la dureza de las condiciones de vida en Líbano o Jordania, su primera parada tras huir de la guerra. En ambos países limítrofes con Siria escasea el apoyo económico internacional, la escolarización de los niños es problemática, la protección sanitaria es inexistente y las perspectivas laborales son débiles. Las estadísticas de ACNUR revelan que 1 millón de refugiados sirios están registrados en el Líbano, 2,9 millones en Turquía, 600 000 en Jordania, 233 000 en Irak y 117 000 en Egipto.

En referencia a las personas que logran llegar a Europa, Melita aclara que la migración actual es mixta, la gente que necesita protección y las personas que se fían de las promesas de los traficantes. Ellos convencen a los migrantes económicos de emprender el viaje hacia Europa, aunque carezcan de las condiciones para pedir asilo. Venden todo, se endeudan, luego no obtienen asilo y tienen que regresar. Y están peor que antes. De ahí la necesidad de explicar los requisitos legales para permanecer en Europa.

Llegar a las personas antes de que comiencen el viaje es complicado. «He visto campañas de comunicación montadas por algunos países europeos a las que nadie prestaba atención». O el canal de comunicación estaba equivocado, o no se ajustaban a los patrones culturales locales.

Para comprender cómo se informan y qué piensan los afganos, iraquíes y sirios en Europa, Melita montó un equipo de tres personas —dos hablantes de árabe y uno con conocimientos de dari y pastún— y les encargó dos tareas: traducir los debates en los grupos focales organizados en distintas ciudades europeas y seguir diariamente las redes sociales. En menos de seis meses, su equipo del proyecto Communicating with Communities obtuvo resultados asombrosos: comprendieron cómo funcionan los traficantes, cómo se toman las decisiones para salir de viaje, qué se conoce de Europa antes de salir, cómo se informan los refugiados. Hasta instituciones como Interpol o Europol la contactaron para pedirle datos sobre los traficantes.

Los traficantes

¿Por qué la explosión actual del tráfico de personas?

«Porque los refugiados no tienen posibilidad de salir de su país de forma legal. Hasta 2015 era posible, ahora no. Al cerrarse las vías legales para entrar a otros países y en ausencia de unas políticas de reasentamientos organizados, los traficantes hacen su agosto».

Observando las redes sociales afganas, Melita comprendió el funcionamiento del tráfico de personas: «En Afganistán los traficantes son personas respetadas, saben acerca del mundo, dan consejos, se les llama tíos». Asesoran a las familias y tutelan a los chicos cuando llegan al destino. Los traficantes convencen a los padres para que envíen a sus vástagos a Europa y, si falta dinero, aconsejan la venta de propiedades. Los jóvenes afganos salen de viaje porque así lo decide su padre. Para crear confianza no se paga por adelantado; se deposita el dinero, o parte del dinero, en manos de una tercera persona, los sarafis. Los traficantes cobran el pago completo cuando la persona llega al destino. Así se explica, por ejemplo, la quema de casuchas en Calais, Francia, cuando el pasado diciembre la policía francesa comenzó a desmantelar el campamento. Los traficantes provocaban los incendios, calculando que la indignación y la lástima acelerarían la decisión del Reino Unido de abrir sus puertas a quienes aguardaban en Calais. Los traficantes esperaban su pago final en el Reino Unido.

La lealtad a los traficantes es tal que los afganos no suelen escuchar a los trabajadores humanitarios que encuentran a lo largo del camino y que les proporcionan información fidedigna. A veces rehúsan los servicios de los campamentos, establecidos en el camino, por recomendación de los traficantes.

La información sobre de los viajes se encuentra en Facebook, con fotos, precios, números de teléfono y un sinfín de promesas: visados, becas, viajes de seguros, botes con personas que saben manejarlos, diplomas, etc. Por mil dólares se ofrecen cartas de amenazas firmadas por los talibanes, que servirán de prueba para justificar la persecución política y obtener el asilo. La agencia de noticias AP informó hace unos meses, desde Kabul, de que los talibanes revelaron públicamente que nunca enviaban cartas. En la cúpula de las redes de tráfico de afganos hay numerosos iraníes operando desde Turquía. Las personas sobre el terreno son locales.

Ante los cambios de las políticas europeas y el cierre parcial de la ruta balcánica, que era la preferida por afganos, sirios e iraquíes, los traficantes se esfuerzan por ampliar sus ofertas. En enero de 2017 introdujeron la información en urdu, dirigida a los pakistaníes, en la que aseguran ofrecer visados válidos para Europa, Canadá y Estados Unidos, con fotos que muestran que ni la luz ultravioleta puede detectar la falsedad. También ofrecen becas en Malta, explicando que es la vía más segura para obtener la residencia. La autenticidad de sus ofertas viene acompañada por las siglas de algunas organizaciones internacionales.

Muchos afganos que emprenden el viaje hacia Europa carecen de información sobre lo que les espera, o sobre las bases legales para conseguir la residencia como refugiados: la mayoría desconoce la diferencia entre un refugiado y un migrante.

Por su parte, las comunidades árabes no tienen a los traficantes en alta estima, pero usan sus servicios. Ellos conocen los caminos para cruzar las fronteras, proveen u organizan medios de transporte de todo tipo, procuran pasaportes y toda serie de documentos falsos, desde permisos de conducir y certificados médicos hasta diplomas universitarios. Algunos entregan los documentos necesarios a domicilios en Europa. Los contactos con los traficantes se hacen por teléfono o redes sociales, pero los grandes jefes no se relacionan directamente con la clientela. Son los contactos locales quienes atienden a los refugiados; a veces los traficantes se transforman en refugiados.

Los precios varían. Cuanto más restrictiva es la política europea, más caros son los servicios. Cada etapa del viaje tiene su precio. En diciembre, un viaje a Canadá podía costar hasta ciento cincuenta mil euros. Al cerrarse unos caminos hacia Europa, se abren otros. Y suben los precios. Hubo ofertas para llegar a Europa a través de las islas caribeñas.

Migrantes en la estación de Tovarnik, Croacia, septiembre de 2015. Fotografía: Manu Brabo / MeMo.

De quién se fían los afganos

Los afganos desconocen que el servicio de tráfico puede convertirse en trata de personas, amenazas, toma de rehenes y otras técnicas de extorsión a las familias. Tampoco son conscientes de los riesgos que conlleva el viaje: los traficantes pintan una imagen idílica. Las personas que llegan a Europa no hablan de su sufrimiento. Un número creciente de afganos no recibe asilo y tiene que volver a su casa. Algunos evaden la deportación y se sumergen en el submundo de la ilegalidad. Las redes criminales reclutan mano de obra entre este grupo de personas vulnerables. Por otro lado, las familias en Afganistán esperan el envío de dinero. Los chicos no cuentan cómo les va y procuran ganar algo como sea. Las malas noticias no se dicen a las personas queridas. Los afganos discuten poco en las redes sobre sus dilemas o problemas. Casi todos los usuarios son hombres.

En las áreas urbanas de Afganistán, el Gobierno montó varias campañas de información, diseñadas para frenar el éxodo. Pero los afganos no se fían del Gobierno, ni de otros afganos. Tampoco se fían de los medios de comunicación, temiendo siempre la promoción de alguna agenda oculta. En el campo hay cierta confianza en los líderes tribales, y en las ciudades el intercambio de las noticias se produce en los mercados. La televisión e internet se pueden usar donde hay electricidad. La radio es el único medio que está al alcance de todos y en todo el país. La emisora que goza de mayor credibilidad es la BBC en los idiomas locales.

Para alcanzar una amplia audiencia, Melita planea cooperar con la BBC y específicamente con los productores de radionovelas. A los afganos les gustan las radionovelas y, si algún protagonista comienza a hablar de sus experiencias de camino hacia Europa y en Europa, la gente escuchará. Así, podrán decidir si envían a sus hijos con la información adecuada. Es el objetivo de la campaña. Un proyecto a largo plazo.

De quién se fían los iraquíes y los sirios

Los análisis de las redes sociales revelaron que los iraquíes y los sirios se fían de otros iraquíes y sirios. La información y la desinformación se comparten por las redes. La gente opina, discute, pregunta, responde, aconseja, expresa sus decepciones y alegrías. La red es, como la define Melita, una gran bolsa de intercambio de información de todo tipo. El problema es que mucha información es falsa.

Las dos comunidades árabes comparten sus decepciones con la vida en Europa y discuten las decisiones políticas que perjudican sus intereses en sus países de residencia: reunificación familiar, búsqueda de trabajo, reconocimiento de diplomas, la adopción de las costumbres europeas, la occidentalización de sus hijos, las dudas religiosas o el paulatino cambio de la conducta de algunas mujeres. Las solicitudes de divorcio están aumentando. En Facebook se encuentran las tablas con la información comparativa de las prestaciones sociales en distintos países europeos.

Los sirios y los iraquíes desconfían de los Gobiernos, pero sí se fían de sus celebridades nacionales: atletas y actores. Y esa será la estrategia. ACNUR utilizará a las celebridades no comprometidas con la política y sus redes sociales para proporcionar información verídica del viaje, el asilo y la vida en Europa. Sin embellecer ningún aspecto. Las celebridades proporcionarán su autoridad y ACNUR el contenido. ACNUR, por sí solo no tendría la credibilidad suficiente.

Big data vs. trabajo de campo

A Melita la contactan de toda Europa para hablar sobre sus técnicas de investigación y los buenos resultados obtenidos de su equipo. Su público incluye a políticos, militares y responsables de policía. ¿Cómo es posible que un equipo de tres personas capte más detalles acerca de las redes de tráfico de personas que los servicios de inteligencia?

«Creo que muchas grandes instituciones se fían demasiado del uso de la tecnología —motores de búsqueda, arañas de la web— para obtener información. En algunos casos los analistas desconocen los idiomas locales y usan Google para traducir. Esto no funciona. Por ejemplo, los afganos usan la palabra “juego” para hablar del viaje a Europa. Si uno pone esa palabra en el motor de búsqueda, no llega muy lejos».

Ejemplos sobran: algunas personas analfabetas aprenden las letras del alfabeto latino y comienzan a escribir sus idiomas fonéticamente. Solo leyendo en voz alta se puede comprender lo escrito, ya que dari y pastún se escriben en otros alfabetos. Por otro lado, cada dialecto árabe tiene un nombre diferente para denominar a los traficantes y hay que saberlo.

Gracias a las redes se adquiere una información valiosa, pero se necesita una persona para interpretarla.

Las técnicas de investigación tradicionales —grupos focales, estudios sociológicos, análisis antropológicos, seguimiento de las redes en distintos idiomas— resultaron más eficientes que los métodos sofisticados de algunos servicios de inteligencia. «Hago trabajo de campo a la antigua. Las organizaciones se fían demasiado del big data», dice Melita.

¿Se necesita toda esta información? Varias plataformas de la extrema derecha han utilizado los datos proporcionados por Melita para justificar su propaganda en contra de los refugiados. Hablar de los traficantes y de los migrantes que intentan pasar por refugiados es su tema recurrente.

«La Unión Europea ha ignorado muchas cosas. En 2014 advertimos de que si no se estabilizaba la situación en Jordania, mucha gente vendría a Europa. Y vinieron. Si se bloquea la información, el impacto posterior es mayor. Se necesita comprender los problemas con sus complejidades y encontrar soluciones. Simplificar los problemas no funciona», concluye.

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(1) Este texto es el resultado de una entrevista formal, conversaciones informales y la consulta de documentos de trabajo no confidenciales de Melita Šunjić y de su equipo del grupo Communicating with Communities.