Pasarse Tinder

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Pocas aplicaciones debe haber más populares que Tinder, referencia indiscutible en el ámbito de las relaciones por internet, por lo que resulta tediosa cualquier introducción de más de un par de líneas. Pocas también tan polémicas o que susciten tantas posturas encontradas entre usuarios y opinión pública en general; a los prejuicios tradicionales sobre usar una aplicación para citas — aún hay quien siente vergüenza al decir que conoció a su pareja en Tinder— se le han añadido otros debates sobre los desconocidos algoritmos de la aplicación, acusados de promover el sexismo o de clasificar los perfiles según su deseabilidad, la fama de aplicación de sexo casual que ha adquirido y, lo que es quizá la queja más corriente, la frustración, el cansancio y la sensación de desesperanza que generan entre muchos usuarios. A pesar de ello, Tinder sigue batiendo récords incluso durante la pandemia, cuando experimentó un notable aumento de actividad debido al confinamiento. ¿Es una aplicación demoníaca que solo sirve para perder el tiempo y estafarnos o realmente funciona? Para responder esta cuestión, la mayoría de artículos en la red se centran en la app y su funcionamiento, y bastante menos en el uso que le damos los humanos, un campo donde la psicología tiene mucho que decir.

La máquina de jugar

La principal característica de Tinder es su enorme facilidad de uso; en pocos minutos después del registro estamos ya moviendo el dedo a izquierda y derecha, seleccionando quién nos gusta y quién no. Es una aplicación perfectamente gamificada, que se basa en mecanismos de gratificación inmediata; la activación continuada del sistema de recompensa, unida a una respuesta variable —no siempre haremos match, pero sabemos que hay esa posibilidad—, nos puede llegar a enganchar sin remedio. Sí, es el mismo principio que rige en las adicciones y el Candy Crush, el sistema de recompensa variable.

La experiencia de usuario entre conseguir un match o cazar un Pokémon no es muy diferente, pero en el primer caso tiene implicaciones más profundas: muchas personas llegan a convencerse de que ya han encontrado a alguien, cuando lo que tienen no es más que un contacto. No le gustas tú, le gusta tu perfil; lo demás necesita aún confirmación, dedicación y habilidades sociales. Esta distinción básica, que ahorraría cientos de fotopollas, puede pasar desapercibida en el océano inabarcable de opciones que nos ofrece Tinder. Tantas, que un uso poco selectivo podría llevarnos a la situación de tener que manejar decenas de matches. Y ya sabemos lo que pasa cuando manejamos demasiados bloques de información: que nos saturamos. Cuando se empieza a coleccionar contactos, pocos piensan en que después les va a tocar mantener conversaciones. Con el bombardeo de estímulos, es fácil olvidar la vieja regla de no morder más de lo que se puede tragar. En el otro extremo del espectro se encuentran quienes a duras penas consiguen un par de contactos cada varios meses; en este caso lo más probable es que tanto el perfil como la estrategia sea bastante mejorable. 

El ataque de los clones

Hacerse un perfil de Tinder parece algo muy sencillo, pero requiere cierta reflexión previa que no siempre se realiza. Independientemente de la motivación —ya sea pura curiosidad, sexo casual o una relación seria—, la manera en la que nos presentamos al mundo tiene gran importancia. En entornos online esta autopresentación muestra ciertas particularidades, porque el medio permite un mayor control de la información que damos —si se quiere decir así, nos hace más fácil manipularla—; seguimos un «modelo hiperpersonal» que va más allá y es más deseable socialmente que el viejo cara a cara. En otras palabras, nuestra imagen online tiende a estar deliberadamente mejorada con respecto a la realidad. 

Existen dos estrategias principales de autopresentación entre humanos que también aplican a la hora de fabricarse un perfil: la primera opta por el sesgo de deseabilidad social, exagerando aquello que creemos que va a resultar más atractivo a nuestra audiencia. Esta vía tiene sus riesgos, ya que pasarse en el embellecimiento nos acerca peligrosamente a la deshonestidad. Lo que nos coloca de lleno en el segundo criterio de presentación, el de la consistencia y la fiabilidad. Por otra parte, excederse en autenticidad nos puede restar atractivo si ofrecemos información fuera de contexto, desagradable o innecesaria. Escoger el grado de compromiso entre dar una imagen positiva y resultar auténtico no es una elección sencilla, aunque es crucial en la fabricación de un perfil. Los estudios no se ponen de acuerdo en cuál de estas políticas es más efectiva, aunque algunos apunten hacia la honestidad. 

El papel de la audiencia es esencial, puesto que el grado de manipulación de la autopresentación aumenta cuanto más importante nos parezca o menos idea tengamos de lo que esperan. Justo lo que nos encontramos en Tinder, una espesa niebla al otro lado. No tenemos ni idea de quién ni cuántas personas nos ven, así que a todos los efectos es un público imaginario; si optamos por intentar agradar al mayor número de personas posible, es muy probable que nos quede un perfil genérico sin demasiada sustancia, patrones tipo «escalador», «yoga en la playa» o «amiga de sus amigos», de esos a los que «les gusta salir y pasárselo bien» y «odian la mentira». Sobre todo, si además hemos optado por ser demasiado prudentes a la hora de hablar de nosotros mismos. Aunque todavía no están suficientemente estudiados, este tipo de perfiles clónicos suelen estar muy bien identificados en la cultura popular. 

Todos mienten

Uno de los memes más habituales sobre Tinder y demás apps es la idea de que todo el mundo miente, posiblemente derivada del hecho de que la mayoría tiende a elegir la estrategia de la deseabilidad. Algunos estudios llegan a cifrar en el 80 % el porcentaje de perfiles que engañan en algunas características. La falsificación deliberada, el troleo, la misoginia o el abuso verbal son algunos de los comportamientos antisociales más estudiados en Tinder. Aunque no estamos exentos de encontrarnos individuos de la llamada «tétrada oscura» —narcisistas, sádicos, psicópatas o maquiavélicos—, a quienes los costes de ser etiquetados de mentirosos les preocupan más bien poco, lo más común es pasarse de frenada a la hora de adornar nuestra imagen. No siempre a propósito; de lo que me haya autoconvencido también te voy a hablar en mi perfil, nadie está libre de disonancias. Aceptando que es una práctica común y recomendable tratar de mostrar mi mejor versión ante personas desconocidas —aunque no salgamos a ninguna parte, en Tinder también nos «arreglamos para salir»—, la idea sería que el grado de discrepancia entre mi «yo aumentado» y lo que llevaré a la cita real sea aceptable. 

Ponerse bonito

La premisa del «perfil como promesa» parte de la base de que lo que muestro es una versión mejorada factible de mí mismo, contrapesada por la fiabilidad. Puede que me falten tres meses para acabar el máster o que ya no lleve barba, pero eso son diferencias salvables de importancia relativa. Tener quince años o kilos más de los declarados ya es harina de otro costal. 

Es básico tener en cuenta a quién nos queremos dirigir. Parece evidente que la estrategia de la cantidad nos empuja hacia clichés generales, que pueden funcionar si mi atractivo superficial es grande, pero esto implica darle poca relevancia a quien esté al otro lado y a la calidad del contacto. En este sentido, no hay que perder de vista que los criterios principales para seleccionar un perfil son la similaridad y la autenticidad. Pensar en qué nos gusta realmente y transmitirlo con sinceridad nos puede ayudar a llamar la atención de personas que tengan inquietudes parecidas, a la vez que resultamos confiables. Mostrar rasgos personales que nos alejen de un cliché y nos personalicen es una vía a considerar; mucho mejor un texto divertido que escribir «tengo sentido del humor». Una opción interesante a la que se recurre poco es pedir ayuda a aquellos que nos conozcan bien y puedan ayudarnos a plasmar nuestras mejores cualidades, o al menos asesorarnos en el proceso.   

Hombres y mujeres y viceversa

No es una sorpresa que en Tinder haya grandes diferencias de comportamiento y experiencia de uso entre usuarios masculinos y femeninos. Los datos publicados recientemente en redes sobre el uso por género arrojan algo de luz a fenómenos que muchos usuarios no tienen en cuenta a la hora de explicarse su trayectoria en la aplicación; la mayoría de los usuarios gratuitos de Tinder son hombres, y son mucho menos selectivos que las mujeres a la hora de dar likes. Esta baja discriminación conlleva una tasa de «conversiones» en match muy pobre. En líneas generales, una mujer puede —y necesita— ser muy selectiva para no verse abrumada con cientos de chats —o aprender a practicar el borrado o el ghosting masivo antes de caer sepultada en un mar de conversaciones—, mientras que el masculino practica la «tirada de caña industrial» al tiempo que cosecha muy pobres resultados. Todo ello a pesar de que el mecanismo de like mutuo se introdujo precisamente para favorecer contactos de mejor calidad con respecto a herramientas anteriores. En cuanto a las tendencias, hay evidencia de que los hombres mienten más que las mujeres y se fijan más en el aspecto físico, mientras que ellas tienden a valorar más el estatus social y la información más detallada. Como consecuencia, ellos tienden a mentir más sobre su estatus y ellas sobre su físico.

¿Y qué ocurre con otros géneros u orientaciones sexuales? ¿Influye en mis pautas mi sexo y mi género, o más bien lo que me atrae? En realidad, es una pregunta que no se puede responder con garantías, ya que los estudios disponibles solo concluyen que entre las minorías sexuales el uso de apps de citas es mayor, siendo Tinder la favorita del público heterosexual. La mayoría de estudios disponibles no heterosexuales se han realizado sobre hombres que buscan hombres, pero en la plataforma específica Grindr, por lo que faltan estudios comparativos por género y orientación. Sigue habiendo toda una zona gris alrededor de esta cuestión. 

De algoritmos, gallinas y huevos

Las implicaciones de estas diferencias de género plantean preguntas interesantes para feroces debates entre psicólogos de todo pelaje. ¿Son un reflejo de patrones genéticos, de conductas adaptativas, de tradiciones culturales o es resultado de una manipulación por parte del misterioso algoritmo de inteligencia artificial de Tinder? 

Son muchas las voces que se han alzado para señalar que el criterio de presentación de los perfiles que Tinder realiza está basado en una inaccesible puntuación ELO, calculada en función de parámetros desconocidos. Algunos investigadores han intentado obtener más datos sobre esta cuestión: en El algoritmo del amor, Judith Duportail acaba accediendo a su índice de deseabilidad al tiempo que se encuentra un muro de desmentidos y silencios por parte de la compañía. Al parecer, el algoritmo clasificaba en función de atractivo percibido —medido en likes recibidos—, pero además también incluía información deducida del perfil sobre estatus social, formación e intereses. La patente del algoritmo descubierto tendía a presentar mujeres más jóvenes y con mejor formación a los hombres etiquetados como más deseables, mientras que al revés no ocurría lo mismo, con lo que contribuía a sostener desigualdades de género y estereotipos sexistas. 

Las inteligencias artificiales no dejan de ser sistemas de aprendizaje automático que deciden en función de unos criterios e identifican tendencias, por lo que cualquier sesgo en su diseño puede provocar que apuntalen estos supuestos de partida, por discutibles o artificiales que sean, y esto sea confundido con una «realidad» preexistente, a la que muchas personas podrían dar carta de naturaleza. Una IA diseñada por un racista puede ser entrenada para comportarse de forma racista y favorecer patrones racistas. ¿Significa que los humanos somos racistas? Un debate apasionante más sobre la gallina y el huevo, genética o ambiente. 

Tinder reaccionó rápidamente en 2019 descartando el algoritmo original y anunciando nuevos criterios de puntuación basados en la actividad, la localización y el comportamiento del usuario. Así que como usuarios de la aplicación lo único que podemos hacer es un uso responsable y educado de Tinder; tener un perfil con fotos bonitas, texto y datos adicionales, dar like solamente a quienes nos gusten de verdad —revisar nuestros criterios es importante—, hablar con los matches que hagamos. Cuanto más tiempo pases en Tinder, la app te lo recompensará. Lo cual tiene su reverso tenebroso, claro está.  

Working in a coal mine

Un uso desproporcionado de Tinder comporta efectos colaterales más allá de tenernos la mar de entretenidos, puesto que lo que estoy poniendo en juego es, además de mi tiempo —que ya es mucho—, todo lo que involucra relaciones personales de tipo romántico: mi cuerpo, mis sentimientos y mis ilusiones, además de las de otras personas. La implicación excesiva o el consumo compulsivo de citas suelen llevar a un carrusel de dolorosos ciclos de expectativa-decepción-rechazo que administrados muy seguido nos van a generar ansiedad, tristeza, baja autoestima o desesperanza. Ya existen estudios que demuestran mayores niveles de malestar emocional en usuarios de apps basadas en deslizamiento de perfiles. En el caso de que tengamos relativo éxito, explorar todas las opciones posibles hace necesario un departamento de recursos humanos entero para gestionar nuestra agenda; pretender hablar o quedar con todo el mundo nos conducirá al agotamiento y la saturación. Es necesario estar preparado para poder hacer renuncias rápidas sin culpa —los «por si acaso» y demás cabos sueltos consumen tiempo y distraen la atención— y manejarse bien con la frustración cuando no se pueden encajar las piezas como se desearía.

Y es que un aspecto poco reseñado de Tinder y similares es, a pesar de su sencillez intuitiva, la amplia y repetitiva dedicación que requiere este formato: cada contacto potencialmente valioso arrastra detrás un historial de seleccionar perfiles, dar likes y esperar matches que es solamente el punto de partida. Suponiendo que pasemos el filtro de la comunicación online, después toca pasar a la vida real —un plazo que conviene no alargar mucho para evitar el riesgo de idealización— y a partir de ahí, ver si prospera. Ahora multipliquemos este proceso por cinco o diez. Si no disponemos de mucho tiempo libre, quizá lo mejor sea dosificar nuestras excursiones por la herramienta para evitar que nuestro día a día se vea muy distorsionado.   

Eppur si muove

Y, sin embargo, Tinder funciona. Los datos de Rosenfeld para Estados Unidos (2019) indican que un 40 % de las parejas heterosexuales se conocen por internet en 2017. Para minorías sexuales el porcentaje es bastante mayor, ya que el entorno online les permite protegerse parcialmente de los peligros de la discriminación. Algunos estudios apuntan al uso de Tinder como factor predictor de una mayor tasa de éxito a la hora de formar relaciones románticas. Encontrar una pareja en Tinder es factible a pesar de las dificultades, especialmente si no disponemos de acceso a entornos donde conocer personas nuevas, aunque nos cueste —cada vez menos— reconocer en público que nos conocimos en un lugar «tan poco romántico». Afortunadamente, el prejuicio se bate en retirada; lo importante en una relación no es, ni de lejos, las circunstancias en las que sus miembros se conocen, salvo en las películas; que te presente un amigo u os conozcáis en el trabajo tampoco es muy glamuroso y hasta ahora nos hemos apañado con ello.

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Bibliografía

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Cariño, has caducado

«Candados de amor eterno» en el Pont des Arts que acabará retirando un empleado del ayuntamiento con una cizalla. Fotografía: Corbis
«Candados de amor eterno» en el Pont des Arts que acabarán siendo retirados por un empleado del ayuntamiento. Fotografía: Corbis

El filósofo Zigmunt Bauman defiende en su libro Amor líquido —un ensayo sobre el amor en los tiempos del consumismo asilvestrado— que la palabra dependencia nos molesta cada vez más, porque como homo consumers que somos, buscamos constantemente la satisfacción inmediata por el precio/inversión que estamos pagando. Adquirir compromisos a largo plazo (y de ahí la deriva inevitable a la dependencia) no es una característica de los seres líquidos, que vivimos acostumbrados al «si no le gusta el producto, le devolvemos su dinero». En la época de la obsolescencia programada, las relaciones de pareja no se libran de pasar cada cierto tiempo una ITV mental. «¿De verdad me compensa?». «¿Qué me aporta?». «¿Mejora mi vida?». «¿Es un lastre?». «¿Se esmera en cada cunnilingus?». Y en definitiva, ¿merece la pena el sacrificio? A día de hoy las relaciones son vistas como actos de constricción —y muchas veces, lo son—, porque la sociedad líquida nos ha enseñado que ahí fuera, en el salvaje oeste del capitalismo, siempre habrá algo nuevo esperándonos. Probablemente, peor; pero nuevo, al fin y al cabo.

Así que cuando el producto no nos satisface lo suficiente, normalmente, llega la ruptura, un proceso cada vez más sencillo gracias a las nuevas tecnologías y tan despojado de sentimentalismos que el dolor, le dirán, es una opción. Recuerde a los gurús de la autoayuda: usted está triste por su puta culpa, deje de necesitar a los demás, cansino. Ahí fuera está la libertad, la verdad absoluta, el encuentro con uno mismo. ¡Quítese ya esa asfixiante soga de la dependencia emocional! ¡Vuele libre y disfrute de los placeres de la soltería! El proceso mecanizado de la ruptura solo necesita un estudio de los manuales de independencia emocional, el cultivo de la resiliencia (palabra preferida de los psicólogos new age y que, básicamente, significa sobreponerse a la adversidad), la autonomía, el autocontrol, el amor al campo y al sexo y, cómo no, las cañas. El alcohol. Mucho alcohol. (Esto último no lo dice Eduard Punset, pero debería).

Los noviazgos y matrimonios están llenos de peligros. Las largas relaciones de pareja hacen casi inevitable que entre los dos (o más) miembros se generen muchas de esas cosas consideradas a día de hoy tóxicas por cualquier psicólogo decente, como la dependencia y la necesidad del otro, pero que han venido sosteniendo las relaciones humanas —no solo amorosas— desde que comenzaran a organizarse las primeras sociedades. Solo acusar cierta dependencia emocional hacia alguien (una amiga, su padre, su perro) es suficiente para que el terapeuta de turno lo convierta en un inútil incompleto que no puede vivir sin estar colgado de alguien y le recete un poco de Escitalopram con una pizca de Bromazepan, más setenta euros la consulta.

Curado de esa enfermedad llamada amor en el menor tiempo posible, usted descubrirá el apasionante mundo de las relaciones clínex, aquellas que se pueden consumir en caso de resfriado emocional, cuando la soledad apriete. Convertir en prescindibles a todos y cada uno de sus amantes es la estrategia que le ahorrará dolores de cabeza, preocupaciones y demás inconveniencias. La aventura del amar (hasta el verbo resulta molesto) convierte a los creyentes en productos de un mercado en constante fluctuación, en donde un potencial competidor con mejores prestaciones podría venir en cualquier momento a sustituir sus funciones. Del mismo modo, una también puede encontrar un producto que le encaje mejor, y esto no es literal —o sí—, en un momento puntual.

Mire a su alrededor: la sociedad líquida nos permite adquirir continuamente nuevos productos, más satisfactorios, en el menor tiempo posible. Y ni siquiera las garantías a medio plazo pueden parar esa nerviosa compulsión a la tenencia de objetos, que acostumbran a ser sustituidos antes de agotar esa protección legal (¿a quién le preocupan hoy las garantías?) por algo más nuevo, excitante y mejor. Las exparejas, examantes o examigos se suman así a la penúltima versión del iPhone, al Seat Ibiza del 2004 o a la ropa del Zara de la temporada pasada, a pesar de lo mucho que funcionó el pañuelo verde pistacho en el 2014. La caducidad (y la conciencia de que es inevitable) es la base del amor. «Cuando la calidad nos defrauda, buscamos la salvación en la cantidad. Cuando la duración no funciona, puede redimirnos la rapidez del cambio».

Según los nuevos consejeros amorosos, las relaciones deben diluirse para ser consumidas y cada vez más gente se manifiesta abiertamente en contra de la monogamia ya que «las “relaciones abiertas” son loables por ser relaciones revolucionarias que han logrado hacer estallar la asfixiante burbuja de la pareja». Según otro experto que Bauman cita «las promesas de compromiso a largo plazo no tiene sentido (…) Al igual que otras inversiones, primero rinden y luego declinan».

La sociedad líquida diluye las relaciones de dependencia y las convierte en conexiones 4.0: lo importante, recuerde, es estar conectado. El antiguo concepto de relación está cambiando por el de conexión, en parte debido a la influencia de internet como principal suministro de «relaciones» en nuestras vidas. «Estar conectado» y «tejer redes» es lo más importante. Usted no padecerá las angustias de sentirse imprescindible para alguien cuando ya le haya aburrido: «Las conexiones se establecen a demanda y pueden cortarse a voluntad». De este modo, tampoco tendrá que dar la cara para echar a nadie de su vida, el botón block lo hará por usted: «A diferencia de las “verdaderas relaciones” las relaciones virtuales son de fácil acceso y salida».

Fotografía: Darwin Muñoz T. (CC)
Fotografía: Darwin Muñoz T. (CC)

Y así cada vez hay más gente busca romances por internet, esté o no ya en pareja, y más sitios web se dedican a este fructífero negocio. «Si “el compromiso no tiene sentido” y las relaciones ya no son confiables y difícilmente duran, nos inclinamos a cambiar de pareja por las redes. (…) Seguir en movimiento, antes un privilegio y un logro, se convierte ahora en una obligación».

El movimiento no es gratuito. A la mayoría de los seres humanos aún les viene grande el traje 4.0 y siguen buscando desesperadamente algo parecido al amor. Las felices personas solteras que conozco invierten gran cantidad de su tiempo y de su energía para mantenerse activas en el mercado del amor. El mundo líquido hace tan fácil entablar relaciones con otras personas que el concepto de amor se ha ampliado enormemente. «No es que más gente esté a la altura de los estándares del amor en más ocasiones, sino que esos estándares son ahora más bajos». De las larguísimas temporadas prerromance y citas previas a una relación de pareja, pasamos a escasos diez minutos de chat, una paja, y la creencia (real) de que nos encontramos ante el amor de nuestras vidas.

Y a pesar de ello, no tenemos relaciones más satisfactorias que las generaciones anteriores. Los divorcios han aumentando considerablemente y España es uno de los países de todo el mundo con mayor tasa de separaciones legales (exactamente somos el quinto en la lista). Los divanes de los psicoterapeutas están llenos de problemas de amor que pueden derivar en depresiones o grandes dolores emocionales. A la incertidumbre anterior que suponía poder ser abandonado por la pareja se suma ahora otra, tanto o más angustiosa: la de estar perdiéndose algo constantemente. Bauman lo dice así: «Los hombres y mujeres están desesperados por “relacionarse”. Sin embargo, desconfían todo el tiempo de “estar relacionados”, particularmente de “estar relacionados para siempre” (…) porque temen que ese estado pueda convertirse en una carga y ocasionar tensiones».

En ocasiones uno acaba escogiendo entre el agotador e incierto mercado de valores, o el gran amor de su vida, aquel por el que promete hacerse discípulo del Estado del Bienestar del Amor, renunciando así a una trepidante y agotadora aventura cada día. Lamento decirle que, inexcusablemente, al cabo de cierto tiempo, usted se volverá a encontrar ante el dilema del hombre líquido: el amor debería ser más intenso que eso, puede que se esté perdiendo algo ahora mismo, entre los cientos de amigos de Facebook y el festival de moda de este verano. No me malinterprete. No me refiero a relaciones que enferman mortalmente o donde uno de los miembros no es tratado como merece. Más bien a esa asfixiante sensación de que nuestra pareja, por la que hemos renunciado a la libertad (hagan hincapié en el verbo «renunciar»), nos parece ahora más un estorbo y la causa de nuestras desgracias que aquel compañero o compañera que habíamos decidido tener siempre al lado. La fiebre del enamoramiento parece haber encontrado fecha de caducidad.

Las reacciones químicas del cerebro tienen mucho que ver. La etapa iniciática del amor (con pensamientos repetitivos que nos impiden sacar de la cabeza a la persona amada) se parece mucho (se lo aseguro) a un trastorno obsesivo-compulsivo. «Estar enfermo de amor» no es solo una frase hecha: puede estar usted realmente enfermo. Por eso, para nuestra propia supervivencia, el estado enfermizo no puede mantenerse durante mucho tiempo, y la oxitocina y la adrenalina dan paso con el tiempo a la vasopresina, que provoca que estos sentimientos tan intensos evolucionen hacia una fase más relajada. Si este momento no llegase sería imposible criar a la descendencia y, por tanto, mantener una familia —núcleo central de la sociedad moderna y, curiosamente, del capitalismo—. Da igual cuántas relaciones inicie, el estado adrenalínico siempre se extinguirá una vez cumplido su cometido. Lo cierto es la destrucción de la familia tradicional es un proceso imparable, pero las causas distan mucho de encontrarse en los matrimonios del mismo sexo.

Pero el amor también es inevitable, y ahí reside su verdadera esencia. «La promesa de aprender el arte de amar es la promesa (falsa, engañosa..) de lograr experiencia en el amor, como si se tratara de cualquier otra mercancía». Al fin y al cabo, todavía no se puede traficar con los sentimientos, ni existe un mercado negro con dealers que vendan cachimbas de independencia emocional o gramos de indiferencia calculada. Cuando amen de verdad dense por perdidos, resígnense, dimitan. Porque amar es desaprender y también necesitar, depender, es tejer con hilo invisible cadenas que no debieran oprimir, sino fortalecer, dar paz. Lo sé: suena fatal. Yo también pago los setenta euros.

En cualquier caso, no tienen por qué creerme a mí. Lo que si podrían hacer es citar a Cortázar —los escritores, ensayistas, filósofos, poetas y monitores de crossfit ayudan a establecer interesantes conexiones en las redes sexosociales—. El autor escribía así sobre el amor en Rayuela, su obra más reconocida:

Amor mío, no te quiero por vos ni por mí ni por los dos juntos, no te quiero porque la sangre me llame a quererte, te quiero porque no sos mía, porque estás del otro lado, ahí donde me invitás a saltar y no puedo dar el salto, porque en lo más profundo de la posesión no estás en mí, no te alcanzo, no paso de tu cuerpo, de tu risa, hay horas en que me atormenta que me ames.

Claro que después de aquello, Cortázar se casó dos veces más. Me explico, ¿no?