‘La piedra permanece’: Historias de Bosnia-Herzegovina

La piedra permanece Marc Casals

Algo empezó a torcerse desde el momento en el que la bandera de los Juegos Olímpicos de Invierno en Sarajevo, allá por 1984, se izó conforme la habitual fanfarria trompetera. Se izó al revés, ay, por un descuido. Yugoslavia existía todavía, pero el nacionalismo, reprimido largos años bajo la anestesia federal de Josip Broz Tito, empezó a viciar las relaciones vecinales entre serbios ortodoxos, croatas católicos y bosniacos musulmanes.

Para hablar de Bosnia-Herzegovina cualquier anécdota o señuelo es interesante como comienzo, caso de la bandera olímpica. Pero hay una cosa que debemos saber de antemano. Tal vez nunca se pueda conocer Bosnia en profundidad. Marc Casals (Girona, 1980) vive desde hace años en el país. Lo ha rastreado hasta donde el paisaje se vuelve un escondrijo de sí mismo. Ha hablado con los lugareños y ha trabado amistad con muchos de ellos (origen, al cabo, del presente libro). Pero con Bosnia, cuando uno cree saberlo todo o casi todo, de pronto surge un nuevo dato o detalle o perspectiva que le sugiere al extranjero que debe seguir progresando adecuadamente…

Un consejo para empezar podría ser obviar libros y películas penosas, basadas en tópicos muy manidos entre los buenos muy buenos y los malos malísimos (la película La sombra del cazador, protagonizada por Richard Gere, debiera haber sido secuestrada hace tiempo por indignidad intelectual).

Decía el hoy célebre periodista Manuel Chaves Nogales que «andar y contar es mi oficio». El libro de Marc Casals destila también este «andar y contar» como esencia del oficio periodístico. Pero aquí se tiene en cuenta no tanto el paisaje, que también, como el paisanaje: quiere decirse la gente del lugar. La piedra permanece es por tanto una galería de retratos, un fresco de vivencias. El autor nos ofrece dieciséis perfiles que muestran cómo la sangrienta guerra de Bosnia (1992-1995) supuso un antes y un después para todos los que la sufrieron. Los bosnios dicen que tienen tres vidas: una antes de la guerra, otra durante la guerra y una tercera después de la guerra. En 2022 se cumple su 30 aniversario.

Aunque el dolor no puede soslayarse, lo que el libro enseña es que la vida sigue para los bosnios. Y lo hace no como un mantra vacío de contenido, sino como reflejo de una voluntad de resarcimiento, de querer vivir y retomar la dignidad interrumpida por el devastador conflicto.

Por otra parte, a quienes les gusten los mapas están de enhorabuena. La configuración territorial de Bosnia-Herzegovina es hoy poco menos que una chifladura (para muchos es una legitimación de la limpieza étnica practicada durante la guerra). Decimos chifladura porque debe haber algo de humor en la perspectiva de las cosas. Como cuenta el propio autor, los bosnios a menudo van del dolor al humor y hacen del día a día un chiste lleno de sabiduría práctica. Olvidan así todos los sinsabores que ha traído el llamado tiempo de paz (corrupción política, desempleo, guirigay institucional, falta de futuro, nacionalismo larvado).

A las preguntas y respuestas por parte del autor le seguirá a continuación, como añadido a la entrevista, el índice de los dieciséis personajes que aparecen retratados en el libro. Ellos son los protagonistas y ellos nos dan también sus respuestas.

Hablemos, primero, de belleza, paisaje, vida y trascendencia. Piense en la copla manriqueña: «Nuestras vidas son los ríos que van a dar en la mar, que es el morir». Piense en los ríos de Bosnia. El Drina (azul imponente), el Una (verde lírico), el Sava (color barro), el Neretva (turquesa), el Vrbas (verde común) o el Bosna (verde gentilicio). Atribuya un río o un color a cada uno de los dieciséis personajes que aparecen en su libro.

Bueno, la mayoría de personajes ya tienen su propio río con el que mantienen un vínculo emocional, casi como si en Bosnia los ríos fuesen personas. Más que asignar colores, me gustaría reivindicar la policromía del libro, reflejo de la diversidad que, en buena parte, hace que Bosnia sea lo que es. Aunque dentro de Bosnia sea un motivo trillado, siempre pensé que un buen diseño para la cubierta del libro sería un ćilim (alfombras tradicionales de colores abigarrados muy presentes en los Balcanes). No andaba muy lejos de esta órbita la editorial, Libros del K.O., cuando me plantearon que, teniendo en cuenta que Bosnia es un collage y el propio libro es un collage, quizás sería buena idea proponerle la cubierta a Patricia Bolinches, diseñadora especializada en collage.

Háblenos ahora del presente en Bosnia y de la deuda moral del pasado. Habla usted del peligro de usar la palabra «reconciliación». Para salir del trauma de la guerra (hay crímenes aún sin juzgar), ¿cómo compaginar la necesidad de justicia con el lado cínico del pragmatismo? ¿Mejor antes «reparación» que reconciliación?

La «reconciliación» como encuentro en un punto medio me parece una trampa que beneficia a los perpetradores. Creo en la documentación de lo ocurrido para combatir al establishment político, mediático y académico nacionalista, que produce relatos monolíticos y dinamita las posibilidades de recoser el país, pero no en un falso pragmatismo que, a la hora de la verdad, implicaría esconder los problemas debajo de la alfombra. Obviamente, hay que juzgar a los criminales de guerra (la mayoría de los cuales permanece en libertad) e intentar aliviar el sufrimiento de las víctimas, dos objetivos que en Bosnia están muy lejos de conseguirse.

Aeropuerto de Sarajevo. ¡Bienvenidos! Explique el mapa territorial de Bosnia-Herzegovina a un profano que quiera visitar este país. Ya sabe, dos entidades (Federación bosnio-croata, la República Srpska), tres nacionalidades (croata, serbobosnia, bosniaca musulmana), un gobierno rotatorio, el curioso cantón autónomo de Brčko, etcétera.

Hace años había una descripción sarcástica de Bosnia que circulaba por las redes: «Un país, dos entidades, tres presidentes, diez cantones, catorce gobiernos, ciento ochenta y tres ministerios, ochenta y cinco partidos políticos, cincuenta asociaciones de veteranos, trece sindicatos, doce cuerpos de policía, tres academias de ciencias, dos fondos de pensiones, tres sistemas educativos, tres empresas de telecomunicaciones, tres distribuidores de electricidad, quinientas cincuenta mil 0 personas desempleadas, seiscientos treinta mil pensionistas, cuatrocientas cincuenta mil personas desplazadas por la guerra, setenta y cinco por ciento de pobres, seiscientas cincuenta mil personas empleadas en instituciones públicas… y un número indeterminado de ladrones». La verdad es que es bastante precisa, tanto en los niveles de gobierno como en el peso abrumador de la corrupción.

Vayamos a los siguientes hechos (mayo-noviembre de 2021). Le resumo:

1) El asunto de los llamados non-papers llegados a Bruselas que piden que se redibujen las fronteras en Bosnia-Herzegovina y en Kosovo.

2) El alto representante internacional para Bosnia, Valentin Inzko, dejó su puesto en verano ordenando castigar penalmente el negacionismo de los crímenes contra la humanidad (Srebrenica sobre todo).

3) Su sucesor, Carl Schmidt, habla ahora de riesgo «muy real» de desestabilización por el reto secesionista serbobosnio.

4) Ejercicios militares recientes «antiterroristas» en el entorno de Sarajevo por parte de la policía serbobosnia.

Dígame si vale el tópico marrullero a lo fast food, ¿regresan los fantasmas a los Balcanes o nunca se han ido?

Los «fantasmas balcánicos» de Robert Kaplan a los que alude la pregunta es un libro denostado por los balcanólogos por su orientalismo, su mirada cargada de morbo sobre los Balcanes y la atribución de los conflictos que los han asolado a odios ancestrales. Los problemas de la Bosnia actual se vienen arrastrando desde hace quince años, quizás desde el fin de la guerra, por la irresolución de varias cuestiones en el periodo transcurrido desde la firma de los Acuerdos de Dayton [noviembre de 1995]. En los últimos tiempos Milorad Dodik [líder serbobosnio de la República Srpska] ha percibido la desunión en la Unión Europea respecto a cómo afrontar una hipotética crisis en Bosnia y, con el apoyo tácito del nacionalismo croata, intenta lograr las máximas concesiones a su favor, incluido que se anule la prohibición de negar el genocidio.

¿Cómo se puede viajar hoy por la hermosa Bosnia sin pensar en la muerte? Dicho de otro modo, ¿cómo hacer rafting en el Drina si sus aguas están asociadas a los crímenes atroces de la guerra?

Justamente el otro día le hice una pregunta en el mismo sentido al novelista bosnio Damir Ovčina, cuya novela Plegaria en el asedio presenté en Barcelona, porque en su obra aparece como tema recurrente la discontinuidad que la guerra impone a un mismo espacio: lugares que siguen existiendo, pero que, tras lo ocurrido allí durante el conflicto bélico, son y no son a la vez el mismo lugar que antes. Imaginemos, ya que usted cita el río Drina, un remanso donde se produjo una masacre, cosa que hace que, de repente, uno se lo piense dos veces antes de bañarse allí. Raramente en los paisajes bosnios la belleza deja de ir acompañada de un cierto peso, sobre todo en los antiguos escenarios de atrocidades. Sin embargo y pese a todo, la vida sigue y, si los propios bosnios son capaces de seguir disfrutando en su país, sería un histrionismo por nuestra parte andar por él con gesto compungido.

Usted ha hablado, a mi juicio inteligentemente, de que gran parte de las guerras balcánicas (1991-1999) se deben a los fantasmas de la Segunda Guerra Mundial y a lo que esta tuvo de guerra civil también. ¿Es la guerra de Bosnia la segunda parte de aquel conflicto mundial?

Durante el siglo XX, en los Balcanes las cuestiones no resueltas se fueron engarzando de una guerra a otra. En la historia de Mladen intento esbozar de qué forma estos engarces pueden generar nuevos ciclos de violencia. La Segunda Guerra Mundial fue la cuna sangrienta donde nació la Yugoslavia socialista, porque la victoria partisana y su ensalzamiento eran uno de los pilares del país, pero al mismo tiempo existía una memoria oculta de los perdedores, colaboracionistas de los ocupantes y nacionalistas de sus respectivos pueblos. En varias historias, sobre todo la de Ilija, perteneciente a una familia de ustachas [fascistas del Estado Independiente de Croacia, 1941-1945], intento mostrar esta memoria oculta que pervivía bajo el discurso oficial y que empezó a resurgir a partir de los años 80. Quedé sorprendido el día en que me di cuenta de que, si bien de signo contrario, las experiencias eran parecidas a las de mi familia, republicana, tras la guerra civil española: los arrestos arbitrarios, las dificultades para subsistir, la humillación de que a tus hijos les enseñen la historia del bando contrario… Pensé que valía la pena mostrar esta realidad para entender mejor la disolución de Yugoslavia al cabo de varias décadas.

Dígame si le digo que la solución para Bosnia pasa por dividirla sin más. Una parte se integra en Croacia (Herzeg-Bosna), otra en Serbia (República Srpska) y otra, la bosniaca musulmana, que opte o por la UE o por la tutela de Turquía. ¿Peco de ignorancia, de pragmatismo o de frivolidad? Y, en caso de que se haya llevado usted las manos a la cabeza, ¿no refrenda de hecho el actual mapa de Bosnia el triunfo territorial de la guerra étnica?

Básicamente ese era el proyecto de Milošević, Tuđman y el resto de nacionalistas serbios y croatas, por el que muchos de ellos cumplen condena en La Haya y otras cárceles de Europa. Esa partición colocaría a los retornados a lugares donde son minoría (entre ellos a varios protagonistas del libro) en una situación imposible y significaría premiar, treinta años más tarde, la limpieza étnica y el genocidio. En cierta medida, como usted dice, el mapa actual de Bosnia-Herzegovina ya es fruto de transigir con estos proyectos criminales, pero con una división del país la comunidad internacional corroboraría que el crimen masivo compensa. Probablemente sea un ingenuo, pero creo que, además del pragmatismo, la política debe guiarse por la moralidad.

Volviendo a sus dieciséis personajes (los trataremos luego uno por uno). Usted ha querido escribir su libro «a escondidas». Es decir, hablan los personajes a través de sus historias y no usted. ¿Quién sería usted como personaje número diecisiete?

En el prólogo, sugerido por el editor de mesa, Alberto Haj-Saleh, cuento todo lo que el lector necesita saber de mí para leer el libro: quién soy, cómo llegué a Bosnia, por qué decidí escribir un libro y cómo opté por enfocarlo. Una vez establecido este marco, lo importante son los personajes, aunque obviamente existe una subjetividad a la hora de presentarlos. Hay alguien que mira, que describe; alguien a quien conmueven unas cosas, repugnan otras y divierten unas terceras, que elige deliberadamente unas palabras y un estilo para contar lo que quiere contar. Creo que, a lo largo del libro, cualquier lector perspicaz puede ir conociendo a ese personaje número diecisiete, no explicitado, pero presente.

La piedra permanece Marc Casals

Los dieciséis de Bosnia, uno por uno

De cada personaje le hemos pedido a Marc Casals que nos trazara un breve perfil o aguafuerte (es lo que aparece entre comillas). Nosotros lo hemos ampliado para completar el busto de cada uno de ellos, cara a un mayor interés del libro por parte del lector. Esperamos, eso sí, no haber estropeado nada.

Šemsudin (bosniaco de Sarajevo) refleja «los vuelcos de la estructura social provocados por la guerra, el vecindario como institución, el pan como símbolo».

Quien fuera esquiador, turista yugoslavo y bon vivant tenía en tiempos cierto parecido con Alain Delon. Cualquier tiempo pasado sí que fue mejor. Que se lo digan a Šemsudin. Heredó de su familia un negocio de panadería. La guerra lo convertirá de hecho en panadero del ejército bosnio para la defensa de Sarajevo (luchó brevemente, por error, en primera línea del frente). Sobrevivió al cerco de su ciudad con su mujer y sus dos hijos. Hoy se pregunta por qué no se fue de Sarajevo el día que la primera bomba destrozó su piso.

Omar (bosniaco sarajevita) es «el espíritu que hizo de Sarajevo una leyenda: los barrios de las colinas, el rock, el esoterismo sufí, los antiguos oficios».

La heterodoxia se llama Omar, nacido en una tradicional mahala o barrio alto de la capital. De pandillero de barrio se hizo luego rockero (actuó para la Armija bosniaca en la guerra). A orillas del río Miljacka se adentró en el islam y el sufismo, pero lo hizo en clave de rock, blues y funk. Demasiado para la Comunidad Islámica de Bosnia… Aprendió después el oficio de la artesanía en el barrio turco de la ciudad. Aunque el final de la guerra ha musulmanizado Sarajevo, todavía actúa Omar en las noches bohemias de la capital, donde todas las mezclas son posibles. Tócala otra vez, Omar, heterodoxo entre los heterodoxos.

Dobrila (serbobosnia) es como el resumen de «toda una vida en la frontera: entre el campo y la ciudad, entre la Federación de bosnios y croatas y los serbios de la República Srpska. Representa la tradición eslava por la videncia y la taberna como institución».

Dobrila y su marido Boban son el reflejo de cómo hacer funambulismo de frontera por culpa de la guerra. Su hogar quedó situado entre la Federación Bosnio-Croata y la República Sprska de los serbobosnios. Ambos se refugiaron en Pale como desplazados serbios, trayendo consigo el olor capitalino a Sarajevo. No fueron del todo bienvenidos entre los suyos. Los bombardeos de la OTAN llevaron temporalmente a Dobrila al manicomio. Un apunte más en la vida de quien en tiempos menos funestos había trabajado en discotecas, kafanas (tabernas) y hoteles. Y todo sin perder el don de la videncia heredado de su abuela serbia (asesinada por los ustachas croatas en Jasenovac durante la Segunda Guerra Mundial). Hoy, bajo el otoño de la vida, Dobrila y Boban van y vienen entre Pale y su casa fronteriza, la cual han convertido en una taberna. Sarajevo les cae lejos. De atea yugoslava como había sido, Dobrila se ha hecho cristiana ortodoxa.

Miralem (bosniaco musulmán) es una muestra de «la relación entre campo y ciudad, la industrialización yugoslava, los retos que afrontan los desplazados de guerra al retornar».

En su día leímos lo que escribió Ivica Djikić en su Cirkus Columbia: «No hay nada más triste en este mundo que un domingo lluvioso de otoño en una kasaba de Bosnia». Así imaginamos Nadinići, la aldea natal de Miralem, situada en el macizo de la Romanija, a una hora en coche desde Sarajevo. Todas las guerras (la Primera y la Segunda Guerra Mundial, la guerra de Bosnia) han pasado con crudeza por esta zona de frontera para los bosniacos musulmanes. Viejos y nuevos chetniks serbios dejaron su siniestra tarjeta de visita. Miralem trabajó largos años como obrero yugoslavo en la fábrica FAMOS. Durante la guerra ayudó a la Armija bosniaca. Perdió un hijo. Llegada la paz (o su remedo), decidió volver a Nadinići, junto a sus hostiles vecinos. Miralem es la viva estampa del retornado. Da la grata bienvenida a todo visitante de bien. Nadinići, a diferencia de lo que decía Ivika Djikić, puede que no sea tan triste.

Fray Mirko (bosnio croata) encarna «la singular tradición franciscana bosnia, la cercanía con la gente de a pie, la ayuda desde lo concreto».

Todo un personaje, Fray Mirko. Dijo san Francisco de Asís: «No vivas solo para ti mismo; sé útil para los demás». Antes, durante y después de la guerra, la vida de Fray Mirko ha sido el reflejo de esta máxima franciscana. La presencia de la orden católica en Bosnia se remonta a la Edad Media (llegaron para atajar la herejía de la llamada Iglesia de los Bogomilos). Durante la Segunda Guerra Mundial algunos franciscanos colaboraron individual y macabramente con el gobierno ustacha del Estado Independiente de Croacia (una mancha que hoy pervive). En el cerco a Sarajevo y durante «la guerra dentro de la guerra» que libraron croatas y bosniacos musulmanes, Fray Mirko no dudó en ayudar a todo el mundo, fuera cual fuese su etnia y religión. Lo recreamos tal cual se nos describe en el libro, recorriendo Bosnia central durante la guerra, montado en su 4×4, con su hábito, su cordel y su pistolón por si las moscas. El monasterio de Fojnica es hoy su último destino previo a la vida eterna. Inolvidable estampa la suya.

Fazila (bosniaca musulmana) representa lo que es «la vida tras un genocidio, la alegría y la delicadeza en un lugar de horror, la fuerza de las mujeres que han vuelto a Srebrenica».

La guerra de Bosnia (1992-1995) remite al instante a dos fogonazos: el cerco de Sarajevo y el genocidio de Srebrenica, perpertrado junto al valle del río Drina. La película Quo Vadis, Aida? recrea con fidelidad los hechos ocurridos en Srebrenica y en el enclave fabril de Potocari (antiguo cuartel de los cascos azules de la ONU). El 11 de julio de 1995 más de ocho mil bosniacos musulmanes fueron asesinados por las tropas serbobosnias del general Ratko Mladic. El relato de Fazila nos hace revivir aquella tragedia antes y después de la matanza (incluidos también algunos desmanes por parte de los bosniacos). Estremece conocer la entereza de esta mujer superviviente. Hoy regenta un kiosco de flores situado en el memorial de Potocari. Ofrece a los visitantes las «flores de Srebrenica», que ella misma borda (piezas de encaje con pétalos blancos y cabezuela verde). El kiosco se llama ahya («vivos»). Remite a un versículo del Corán y está grabado en las lápidas de los musulmanes que se hallan en el conmovedor cementerio de Potocari. Dice así: «Y no digáis de los que han caído luchando por la causa de Dios: “Están muertos”. Al contrario, están vivos, pero no os dais cuenta». Cada 11 de julio se celebra un bullicioso homenaje a las víctimas de Srebrenica. Fazila se ausenta justo ese día. La celebración ha degenerado en un mitin del recuerdo con detalles a veces poco decorosos. Cuando el ruido desaparece, Fazila regresa a su kiosco. Vuelve el silencio. En esa quietud, junto a los túmulos de los muertos, halla reposo también la historia de Fazila. Veintidós de sus familiares murieron en Srebrenica, entre ellos su esposo Hamed y su hijo Fejzo.

David Kamhi (judío sefardí de Sarajevo) es el testimonio de «la tradición sefardí de Bosnia, el Holocausto que dejó malherida a una cultura de siglos, el compromiso con Bosnia más allá de la propia etnia y religión».

La judeidad de Sarajevo no se entiende sin los sefardíes que llegaron desde España. David Kamhi, músico violinista de profesión, es hijo de la casi olvidada huella sefardí. Detrás de su perfil el lector recrea lo que en tiempos fuera la Jerusalén de los Balcanes (hoy solo queda una sinagoga activa). No hay esplendor de vida y de cultura sin el negro mazazo del horror. La ocupación nazi, organizada por los ustachas croatas, limpió Sarajevo de judíos. En el Holocausto David Kahmi perdió ochenta familiares (entre ellos la nona Esther que le enseñó el judeoespañol). Durante el cerco a Sarajevo los bandos enfrentados respetaron a los judíos. Para Kamhi su patria no era Israel, sino Sarajevo. Alguien lo llamó el «alcalde oculto» de Sarajevo por su capacidad para la amistad y por difundir el legado sefardí.

Ratko (serbobosnio) representa «el cine y la bohemia, la ironía como arma contra los sinsabores de la vida, una forma serbia de ser sarajevita».

¿Cómo vive un serbio en Sarajevo durante el asedio causado por los teóricos suyos? Nada fácil. De ahí su aforismo de poeta satírico, escrito durante el cerco: «De este lado están los nuestros y del otro, los míos». La vida de Ratko nos muestra cómo era el cine en la vieja Yugoslavia antes de que todo estallara en mil pedazos. No solo de Emir Kusturica vive el cine balcánico (y por fortuna). Durante el asedio Ratko vivía en Sarajevo en el barrio limítrofe de Dobrinja. Serbios y bosniacos mantuvieron aquí la línea del frente, separados solo por unos pocos metros. Era acusado o de traidor o de quintacolumnista de los serbios. La Armija bosniaca abusó de sus prisioneros. Milicianos fuera de control también torturaron y asesinaron a vecinos serbios de Sarajevo. Todo hay que decirlo. Hoy por hoy el veterano Ratko, incansable agitador cultural, se define como un yugotrágico. La bohemia lo sigue acompañando. Aún vive en el barrio de Dobrinja.

Mladen (serbobosnio) retrata bien «las cuestiones no resueltas que han generado una violencia cíclica en Bosnia; el Drina y su puente, inmortalizados por Ivo Andrić, las dificultades de los jóvenes para encontrar su camino».

El joven Mladen se gana hoy sus dineros tocando el teclado para fiestas y banquetes en el valle del río Drina (hermoso y siniestro por los crímenes cometidos en sus aguas). La vida de su familia sigue marcada por el peregrinaje al que les obligó la guerra (Sarajevo, Belgrado, Gorazde, Visegrado). Mladen es un hijo, al fin y al cabo, de la frustración (quiso ser piloto de guerra). Desde su casa en Visegrado se tienen vistas al Drina (escenario histórico y literario de Un puente sobre el Drina, la célebre novela de Ivo Andrić). También se observa Andricgrado, esta otra ciudad, medio ficticia y medio real, creada por el excesivo cineasta Emir Kusturica para atraer al turismo y reivindicar, siempre en clave serbia, al premio Nobel yugoslavo.

Nihad (bosniaco musulmán) representa «la generación atropellada, perdida entre dos mundos; la literatura bosnia contemporánea, la Krajina como zona de frontera entre imperios y civilizaciones y el idílico Una, su río más bello».

La historia de Nihad Hasanovic nos sitúa en la zona de Bihac, al noroeste de Bosnia, junto a la Krajina (quiere decirse la histórica Frontera Austriaca que ponía su marca en los Balcanes sobre los turcos otomanos). Por Bihac discurre el hermoso y verdísimo río Una (recreado en los relatos literarios de Faruk Šehić). Poeta y escritor también, Nihad combatió en el V cuerpo de la Armija contra los serbios. También tuvo que combatir contra los propios bosniacos locales de este enclave de Bihac. Fue una absurda guerra civil librada entre musulmanes leales y felones al legítimo gobierno de Sarajevo. La vida de Nihad nos recuerda en parte a la del también escritor y excombatiente Velibor Colić (autor de Los bosnios y de Manual del exilio). Hoy, desde Sarajevo, Nihad participa de sus noches bohemias. He aquí su ficha literaria: poeta de éxito y novelista fracasado. De ahí la «generación atropellada» a la que alude Marc Casals. Para Nihad es difícil crear un nuevo canon en la literatura del país, lejos de la Bosnia otomana, carente de humor y fatalista, que describen Ivo Andrić y Mesa Selimović.

Kemo (bosniaco musulmán) es el ejemplo de «la lucha para sobreponerse al horror y los traumas de los campos de concentración, para volver a creer en el ser humano, para perdonar y para ser capaz de seguir adelante con la vida».

Mayo de 1992, inicios de la guerra. Repantingados frente a la tele, veíamos en el Telediario cómo los yugoslavos que tan bien jugaban al fútbol y al baloncesto seguían matándose con saña. Ahora lo hacían en Bosnia (la guerra en Croacia había estallado ya a finales de 1991). Kemo fue de los primeros en sufrir los horrores de los llamados campos de Prijedor, situados en el norte de Bosnia (hoy República Srpska). La guerra nos lleva a la pequeña aldea de Kevljani, donde vivían él y su familia. Su historia es la de un superviviente del campo de concentración de Omarska. Por todas las televisiones extranjeras empezaron a salir imágenes de prisioneros esqueléticos. Tras las alambradas miraban como ausentes y sumisos a la cámara. Kemo sobrevivió a la inhumanidad y a sus verdugos. Son los mismos verdugos con los que tuvo que tratar después a su regreso a Kevljani, como si nada hubiera pasado. La capacidad para perdonar no está al alcance de cualquiera.

Srđan (serbobosnio) ofrece el testimonio «del periodismo en Yugoslavia y su deriva nacionalista; la indefensión del individuo cuando se perpetran crímenes en su nombre; el vacío a la orilla del río Vrbas, cuyos habitantes fueron asesinados o expulsados».

La orilla desierta del Vrbas nos remite tal vez a un poema bañado en nostalgia. Es el título que Marc Casals ha elegido para contarnos la vida de un periodista de vieja escuela antes, durante y después de la guerra (recordemos: todo bosnio-herzegovino tiene tres vidas). Nos situamos ahora en Banja Luka (hoy es la principal ciudad de la República Sprska de los serbobosnios). Antigua capital de la Bosnia otomana, durante la Segunda Guerra Mundial los ustachas croatas llevaron a cabo en Banja Luka la mayor masacre de serbios fuera de los campos de concentración en Jasenovac. El histórico dolor padecido por los serbios suele pasar de largo en las rápidas y acomodadas lecturas que se hacen sobre la guerra de Bosnia. Como corresponsal en Banja Luka para un diario de Belgrado, la historia de Srđan, casado con una mujer croata, es la de un conflicto interior. Serbio yugoslavo de corazón, tuvo que asistir a los desmanes que los suyos cometieron con sus vecinos bosniacos. Jubilado ya del oficio (la era de internet no era la suya), Srđan sigue saludando hoy a los poquísimos bosniacos que aún viven en Banja Luka. De ahí lo que parecía un poema: la orilla desierta del Vrbas.

Dario (bosnio croata) es el reflejo de «la Mostar unida que aún existe para muchos, la cultura alternativa de los años 80, el delta del Neretva como lugar de mezcla y paz».

Ejemplo del dilema étnico y religioso, Dario responde a quien le pregunta quién es él: «Soy un bosnio de religión católica». Esto es, croata de Bosnia, natural de Mostar, la ciudad unida y cordial que la guerra destrozó. Muy lejos quedó la vieja Mostar urbanita y heterodoxa de poco antes de la guerra de los 90. Y mucho más atrás la llamada Mostar la Roja, la de la era yugoslava (expartisanos de Tito llegaron a la ciudad para trabajar en sus fábricas). Mostar sufrió, primero, el bombardeo del ejército yugoslavo a inicios del conflicto. Poco después, el nacionalismo croata reclamará Mostar como capital de Herzeg-Bosna, una ensoñación territorial más a orillas del Neretva. Durante la crudísima guerra civil entre croatas y bosniacos gran parte de la ciudad quedó arrasada. El viejo puente otomano sobre el Neretva, el Stari Most, fue destruido por el ejército croata. El azar o la providencia salvó a Dario de los disparos de los francotiradores. Desde su emisora de radio intentó dar voz y esperanza al sueño de una Mostar unida. Utopía y desencanto. Todo extranjero que visite la ciudad verá que una avenida ancha sirve de cicatriz sociológica que hoy por hoy divide a los croatas (Mostar Oeste) de los bosniacos musulmanes (Mostar Este). El viejo puente fue reconstruido para agradecimiento del turismo. Pasados treinta años, la convivencia aún precisa de reconstrucción.

Gojko (serbobosnio) evidencia en general y en particular «la lucha secular de los campesinos serbios por poseer la tierra; la dialéctica entre colaboración y enemistad entre Trebinje y Dubrovnik; un paisaje marcado por el terreno cárstico, las obras hidroeléctricas y la vida».

De ingeniero eléctrico a viticultor. De crear subestaciones eléctricas por toda Bosnia-Herzegovina, a proveer vino a los monasterios ortodoxos de Montenegro y del Monte Athos en Grecia. La semblanza de Gojko nos sitúa en Trebinje, en el confín más al sur de Herzegovina (hoy parte de la República Srpska de los serbobosnios). El aroma del mar de Dubrovnik (la reluciente ciudad croata del Adriático) llega a Trebinje (la ruda ciudad interior). Pero ese aroma llega como viciado. En 1991, una de las bases logísticas del ejército yugoslavo en el bombardeo sobre Dubrovnik estuvo en Trebinje. Los serbios de Herzegovina oriental sintieron que se desquitaban del genocidio que los suyos sufrieron durante 1941-1945 por parte los ustachas croatas. Toda esta zona indómita y agreste de Herzegovina oriental, con sus pozos naturales, está llena de fosas comunes marcadas con cruces. Por eso la guerra de Bosnia-Herzegovina fue en buena parte un furioso desquite por cuentas pendientes (véase, a continuación, el retrato de Ilija). Durante la última guerra, para contrariedad del ingeniero Gojko, los bosniacos musulmanes de Trebinje también sufrieron la limpieza étnica.

Ilija (bosnio croata) viene a mostrar «la aspiración del nacionalismo croata por tener su propio Estado, incluso a costa del crimen; la memoria oculta de los perdedores de la guerra; la posición ambigua de los croatas de Herzegovina en la Croacia actual».

Siguiente parada: Herzegovina occidental. No se olvide nunca el consejo de leer acerca de Bosnia con un buen mapa a mano. Hoy por hoy, los croatas modernos de la UE suelen mirar por encima del hombro a sus convecinos croatas de Herzegovina (los consideran garrulos y muy nacionalistas). Ilija luchó en el frente de Kupres, enrolado en el ejército durante la llamada «Guerra Patria» de Croacia (el sesenta y cuatro por ciento de sus soldados fueron herzegovinos). Como los serbios en Kosovo-Polje, los croatas también evocan en esta zona bronca y áspera (Tomislavgrad, Kupres) su Kosovo croata: la cuna histórica del reino medieval del rey Tomislav. En 1945, tras la caída del Estado Independiente de Croacia y del gobierno ustacha, muchos croatas afines y no afines fueron masacrados en su huída por los partisanos de Tito. El mito croata evoca hoy su dolor y su Vía Crucis. Un hermano de Ilija desapareció en Split en plena debacle. Durante la Yugoslavia de Tito siempre se mantuvo en su hogar la lumbre del recuerdo por el hermano desparecido y por el deseo de una Herzegovina unida a Croacia (de ahí el ensueño de Herzeg-Bosna, que aún hoy se mantiene). Ilija ejemplifica el catolicismo como fe y como etnicidad. Cada cierto tiempo acude a rezar a la Virgen en Medjugorje.

Alma (bosniaca de Sarajevo) representa la música «del sevdah como destilación del alma bosnia, la vida de una mujer en el mundo de los clubes nocturnos, el vínculo indestructible entre madre e hija y el vitalismo frente a la tragedia como esencia de Bosnia y del libro».

Fin de trayecto: Alma. De familia oriunda de Montenegro, su abuelo (barbero musulmán, pero comunista y ateo), morirá degollado en Gorazde en 1941 por los chetniks serbios (el odio al eslavo musulmán, considerado un renegado, es una constante histórica en la frontera del río Drina entre Montenegro, Bosnia y Serbia). La semblanza de Alma nos lleva al halo nocturno de Sarajevo. Actuó como cantante de sevdah en clubes de la noche. Durante el cerco a Sarajevo nació su hija Ivana. Alma ayudó a la Armija bosniaca como cantante para subir la moral a sus soldados (cinco mil mujeres integraron el ejército bosniaco). Su hija Ivana, violinista de talento, es hoy el reflejo de la frustración que los jóvenes bosnios sienten respecto su presente. La historia de Alma e Ivana forma parte del legado musical de estas tierras híbridas (el sevdah, la degradada versión del llamado narodnjnaci, el turbofolk yugoslavo asociado en buena parte al cine de Kusturica). Madre e hija, cuando ahora actúan juntas, evocan las noches melancólicas de Sarajevo, lo que Bosnia aún preserva de fortaleza interior, de hedonismo y sensibilidad.


Correr, soplar la ceniza, seguir

Niños kurdos desplazados de Serekaniye juegan entre las ruinas de un pueblo cristiano en Siria. Fotografía: Andoni Lubaki / Euskal Fondoa.

Ir a la boda de tu hermana y volver huyendo de un bombardeo de la OTAN, con los tacones en la mano. A Jihan le entra la risa cuando recuerda la imagen de los comensales, todos muy elegantes, mirándose unos a otros con incredulidad en la trasera de un camión de ganado. Luego vuelve a llorar.

Ya noté algo extraño en la ciudad aquel día. Pregunté y la gente decía que era lo de siempre, una amenaza más de Erdogan (presidente turco) de atacar, que no había que tomárselo en serio. Luego cayó la primera bomba y todo el mundo gritaba y lloraba. Queríamos huir pero no sabíamos cómo, no había coches. Al final mi padre consiguió aquel camión. «Mira cómo se te ha corrido el rímel»; «¿Fuiste a la peluquería hoy a la mañana? Pues vaya pelos tienes ahora», nos decíamos unos a otros para animarnos. 

Un amigo común nos la ha presentado en el campus de Qamishli (noreste de Siria) de la Universidad de Rojava. En otra vida, Jihan estudió Traducción en Damasco; en esta da clases de inglés a chavales que se resisten a arrojar la toalla en una guerra, la de Siria, que dura ya más de ocho años. Jihan no quiere dejarse retratar ahora, pero eso no será un problema casi tres semanas más tarde. Durante ese tiempo, esta kurda de treinta y seis años será nuestra guía por un mundo distópico que veremos a través de sus ojos. Son negrísimos, de esos en los que se pierden las pupilas pero que parecen condensar el drama de un relato que se salda ya con cientos de civiles muertos y el éxodo masivo de los que corren por su vida. 

Fue el pasado 9 de octubre cuando las bombas de la aviación turca extinguieron la alegría en aquella boda y los sueños de cientos de miles en el norte de Siria. De su casa en Serekaniye —así se llama su ciudad— Jihan dice no saber gran cosa. «Nos dijeron que los mercenarios la saquearon, poco más». «Manantial de paz» es el nombre con el que Ankara ha bautizado su última operación militar sobre el noreste de Siria. Los drones y los tanques eran de bandera turca, pero las botas de Ankara sobre el terreno pertenecían a yihadistas del Estado Islámico y de las mil facciones de Al Qaeda en Siria a las que Ankara ha regalado armas, uniformes y un nombre para despistar: «Ejército Nacional Sirio». Ya hemos dicho antes que esto va de distopías. Como que la excusa turca para justificar la limpieza étnica de los kurdos de Siria sea reubicar a más de tres millones de refugiados árabes en sus tierras; eso o mandarlos a Europa, que dijeron en Ankara. Bruselas calla.

«No pararán»

Zekia vive hoy en una de las ochenta escuelas abandonadas de Hassaka. Fotografía: Andoni Lubaki / Euskal Fondoa.

Jihan acepta trabajar para nosotros de traductora siempre y cuando pueda compaginar el trabajo extra con sus clases. Para ir a Hassaka, setenta kilómetros y docenas de checkpoints más al sur, no le queda otra que pedir permisos de un día, aunque eso no será un problema. Muchos de sus antiguos vecinos se refugian en casas de familiares a una distancia prudencial de la frontera turca, aunque la mayoría ha acabado varada en escuelas abandonadas donde sillas y pupitres se apilan en los pasillos, como si alguien les fuera a dar fuego. Se trata de hacer sitio para las familias. Tampoco es algo de los últimos meses. En la escuela de primaria Abdul Hadd Mosa nos dicen que llevan recibiendo refugiados de todos los frentes de Siria desde 2011: Alepo, Homs, Raqqa, Deir Ezzor… La última remesa es la de Serekaniye y alrededores, doscientas personas de una riada de más de doscientos mil desplazados internos (ONU) tras la ofensiva. Solo en Hassaka hay ochenta escuelas como esta. El hedor en las zonas de los baños encaja con lo que uno puede esperar  de un lugar público sin agua. ¿Queremos hablar con los desplazados? La primera es Gariba, una kurda de veintiocho años que tiene que bregar con cuatro hijos sobre las baldosas de una clase que comparten con otros dieciocho. Como todos se queja del frío, de la falta de agua pero, sobre todo, del ruido. «No paran, ¿los ves? No hay manera de que los críos estén quietos un solo momento. Desde que abro los ojos cada mañana solo pienso en que caiga la noche para volver a cerrarlos», dice esta kurda. Le han dicho que ahora vive gente en su antigua casa, «probablemente árabes de Idlib (oeste del país)». Su cuñado volvió hace tres días a Serekaniye y los yihadistas le pidieron dinero para poder entrar. Luego pensaron que sacarían mucho más secuestrándolo y ahora no bajan de los cien mil dólares. La familia sigue intentando juntar el dinero. 

Las historias son recurrentes, tarifas incluidas. Como lo de los tractores requisados por los yihadistas. La suma que han de abonar sus dueños para recuperarlos oscila entre dos mil y tres mil dólares. También está lo del saqueo sistemático de las casas del que no se suele librar ni el cableado eléctrico. ¿Y lo de las mujeres que se ensuciaban la cara con barro para que no las violen los yihadistas? No siempre funciona. Jihan se afana en no perder detalle y traduce concentrada, esquivando el impacto de testimonios demasiado familiares. «Yo también soy de Serekaniye», suelta de vez en cuando aquí y allá. No habrá manera más eficaz de mostrar cercanía en tan solo cinco palabras. Seguimos clase por clase. Ya en el segundo piso, Zekia asegura haber perdido a cuatro de sus hermanos desde que empezó la guerra en 2011: dos en las filas del ejército sirio y otros dos en las de la milicia kurdo-árabe. El último murió bajo los drones del pasado 9 de octubre. «Nos odian porque estamos con los kurdos en esta guerra y no pararán hasta acabar con todos nosotros», dice esta árabe que tendrá diez o quince años menos de los que aparenta. Siempre es así. Zekia era la líder de la comuna de Serekaniye. El proyecto político puesto en marcha en el noreste de Siria desde 2011 pasa por la atomización del poder hasta ese nivel. Aún lejos de ser perfecto, no deja de ser una apuesta por los derechos humanos y la igualdad entre géneros, etnias y confesiones sin precedentes en la región.

«Conozco un restaurante muy bueno en Hassaka pero no tenemos tiempo para quedarnos», dice Jihan, tras más de tres horas juntando las piezas de una pesadilla colectiva que también es la suya. Son casi las tres, y a las cuatro empieza a oscurecer. Evitar los desplazamientos nocturnos por carretera es una de las condiciones a las que nos plegamos desde el primer día. No hemos acabado nuestro sándwich de pollo cuando nos cruzamos con un convoy de blindados rusos circulando por el carril contrario. Una hora más tarde será una caravana de tropas estadounidenses la que ralentiza el tráfico a la entrada de Qamishli. «¿Veis qué importantes somos?», bromea Jihan. 

Si hay un lugar donde las placas tectónicas de la geopolítica chocan hoy con más virulencia, ese es el noreste de Siria. A los contingentes de las principales potencias internacionales súmenle la presencia del régimen sirio en el centro de Qamishli y Hassaka y la hegemonía kurda en los anillos exteriores. En el restaurante Mal de la calle Corniche no es difícil ver a rusos y a americanos beber cerveza turca en mesas contiguas. Comparten la estancia libertarios kurdos y árabes leales a Damasco, todo bajo la atenta mirada de un internacionalista occidental que se acerca a fumar narguile a eso de las seis de la tarde. Otra alternativa de ocio es la cafetería Rotana, uno de esos lugares que siempre esconden sorpresas entre la densa cortina de humo de las pipas de agua. En la noche del Real Madrid-Barcelona, el pequeño Ahmed no da abasto limpiando las mesas, soplando la ceniza y cambiando los carboncillos del narguile. Tiene trece años. Tras varias visitas, el dueño del local nos enseña en su teléfono móvil las imágenes de un cuerpo sin vida despedazado. «Es mi tío, el padre de Ahmed. Lo mataron los yihadistas cuando intentó volver a su casa en Serekaniye. Solo quería recuperar objetos personales, ropa, cualquier cosa». Unos días más tarde volvemos con Jihan. Le hemos hablado del crío y dice estar segura de que le conoce, de que fue uno de sus estudiantes de inglés en Serekaniye. A Ahmed se le ilumina la cara cuando ve a su antigua profesora. Será ella la que nos cuente la historia completa. El padre de Ahmed se hizo cargo de su sobrino, el actual dueño de la cafetería, tras morir el padre de este en un accidente de tráfico. Hoy es el hostelero el que le devuelve el favor cuidando de Ahmed y sus dos hermanas.

Ahmed, de trece años, trabaja en la cafetería de su tío desde que su padre fuera asesinado, el pasado mes de octubre, por los yihadistas aliados de Turquía (Andoni Lubaki/Euskal Fondoa). Fotografía: Andoni Lubaki / Euskal Fondoa.

En el decimocuarto día, Jihan pide un nuevo permiso en la universidad antes de enfilar de nuevo hacia el sur, esta vez hasta el campo de refugiados de Washokani. A doce kilómetros de Hassaka, la administración kurdo-árabe del noreste de Siria ha levantado una ciudad de plástico sobre un barrizal. No hay ni casas de familiares ni escuelas suficientes para contener la riada de desplazados. Tampoco busquen a la ONU porque la mayoría de su personal abandonó el país en octubre. Fue el repliegue en la zona de las tropas de Damasco el que provocó una estampida de cooperantes y periodistas internacionales que habían accedido al territorio desde Irak, y sin un visado oficial sirio en su pasaporte. Hoy la Media Luna Roja Kurda hace lo que puede para asistir a los más de cuatro mil habitantes de Washokani, una cifra que, dicen, sigue creciendo cada día que pasa. Hemos visto una docena de excavadoras trabajar sin descanso para hacer sitio a los recién llegados. Como en días anteriores, Jihan saluda a antiguos vecinos y alumnos; al panadero donde compraban a diario; al que vendía tarjetas de recargo para el móvil, o al del taller de coches a pocos metros de su casa. «¿Por dónde empezamos?». Da igual. Le dejamos elegir entre un laberinto de tiendas de campaña idénticas en el que solo la ropa colgada de una familia nos avisa de que hemos caminado en círculos. Desde su nuevo hogar, Alia habla de una huida a pie con su marido y sus siete hijos. «Fuimos de pueblo en pueblo, huyendo a medida que se acercaban, hasta llegar aquí». Desde la tienda justo enfrente, Hussein dice que también huyó andando. Y Abdulrazaq. Y Fatma

Amnistía Internacional habla de «crímenes de guerra por parte de Turquía y sus aliados» y nosotros llevamos ya más de dos semanas escuchando las mismas historias de boca de las víctimas. Cambian los nombres y las fechas, y a veces ni eso. A sus ochenta y dos años, Omar Hamud yace postrado bajo tres mantas de las que asoma la bolsa de plástico en la que orina. Dice que los turcos no temen a Dios. Eso también lo hemos oído. Algo novedoso es la noticia del nacimiento de tres criaturas en este mar de plástico. Son Ayan, Mahmud y Suriya, los primeros naturales de Washokani, que no es sino el antiguo nombre siríaco de Serekaniye. ¿Queremos verlos? Poco después, Jihan tropieza con una antigua compañera del instituto y su familia al completo. Hay abrazos y risas, como si nada de todo esto fuera con ellas. Una foto de grupo en la que todos sonríen da fe de que el drama parece quedar dentro de las tiendas. La temperatura fuera es de cuatro grados. Una niña preciosa nos da la mano antes de despedirse. La tiene caliente. 

Hemos acabado pronto y nos da tiempo de parar en el restaurante de Hassaka que mencionaba Jihan. Se llama Shattoo. Somos los únicos clientes y nos invitan a sentarnos en unas sillas doradas que rodean una mesa de cristal. El mobiliario recuerda al de la escena final de 2001 pero en medio de una fantasía de colores chillones. Jihan pide una selfi de grupo. Sonreímos.

Un dormitorio

Jihan descansa en un dormitorio saqueado por los yihadistas durante la ofensiva al pueblo de Tel Tawil. Fotografía: Andoni Lubaki / Euskal Fondoa.

«Mañana vamos al frente, Jihan. No te preocupes porque lo tenemos todo atado con la milicia cristiana. No tienes por qué venir». Nos imaginamos que la kurda insistiría en acompañarnos y le recordamos que lo más probable es que no pase nada, pero que siempre hay una posibilidad de que algo se tuerza. Tampoco sabemos cómo decirle que no. En vez de enfilar hacia el sur como en días anteriores, seguimos por la carretera rectilínea hacia el oeste, con la frontera turca siempre a nuestra derecha. El escaso tráfico circula en dirección contraria. Ya vimos a esas familias enteras huyendo en una sola moto el pasado mes de octubre, o a las que caminan por el arcén en mitad de la nada. También a las que viajan dóciles en las traseras de camiones de ganado sentadas sobre sacas de arroz. Son imágenes congeladas en el tiempo que incluyen a esos pastores guiando a sus rebaños. Siempre parecen los únicos ajenos al desastre. 

A veinte kilómetros de Tel Tamer —la última parada antes de la zona cero—, el conductor quita el seguro del Kalashnikov que descansa junto a la caja de cambios. Ya en la ciudad, la milicia cristiana nos espera en su cuartel general para llevarnos a su posición a siete kilómetros de allí, en la aldea de Tel Tawil. De una población en torno a mil habitantes apenas queda medio centenar, la mayoría viejos que no tienen ya fuerzas para huir. Nos lo cuenta Adai, un chaval de veinte años y que comanda este destacamento a un kilómetro de las posiciones yihadistas. 

«Están justo en ese pueblo. ¿Veis ese coche circulando por la carretera? Son ellos», explica, señalando con su brazo derecho. Tiene su nombre, su fecha de nacimiento y un rosario tatuados en el antebrazo. Tres de sus hombres cayeron prisioneros hace cuarenta días y no saben nada de ellos. Como siempre, será una cuestión de dinero que nadie podrá pagar. Oímos fuego esporádico de mortero en la lejanía, pero nada preocupante. Adai nos invita a dar una vuelta por el pueblo hasta la escuela. Isha Esheia, profesor de primaria, es uno de los que se niegan a abandonar tanto su casa como su lugar de trabajo. «¿Queréis que os enseñe el colegio?». Caminamos por pasillos en los que no hay niños, ni tampoco familias de desplazados como en Hassaka. Solo silencio. 

Realmente cuesta creer que aún quede medio centenar de habitantes en Tel Tawil, pero es que hay que buscarlos dentro de sus casas. Hoshab tarda en abrir la puerta. Cuando finalmente lo hace, intenta educadamente evitar el contacto. Solo es un viejo sin educación, repite desde el umbral; no sabe nada de la guerra ni entiende lo suficiente para contarnos algo que nos pueda interesar. Jihan le explica lo obvio: su testimonio como uno de los últimos residentes de Tel Tawil es valiosísimo. Luego le explica que ella es de Serekaniye. Pasamos hasta la cocina para descubrir que les hemos interrumpido a él y a su mujer, Hadare, en mitad de la comida (pasta con tomate). Hadare parece contenta por la inesperada visita. Chapurrea algo de árabe, pero su lengua materna es el suroyo, la versión moderna del arameo. Jihan la entiende con dificultad, aunque lo suficiente para descubrir que la anciana desconoce siquiera que haya una guerra en curso. 

«Seguimos haciendo las compras en Tel Tamer como siempre, todo es normal, ¿sabes?», le suelta a Jihan justo después de que esta la bese y la abrace. Así se hace siempre con la gente mayor en Oriente Medio. La única decoración en la estancia es el retrato de un primo muerto hace años y una imagen de la virgen María en la cubierta de un calendario de 2007. Entre ambos hay una ventana con vistas a la aldea de Daudie, hoy en manos de los islamistas. Hoshab sonríe como el que intenta quitarle hierro al asunto de la guerra y se vuelve a disculpar por no saber nada y no poder ayudarnos. «No tenemos hijos, ¿a dónde íbamos a ir?», dice, antes de despedirse con esa sonrisa que ha de protegerle del infortunio. Dejamos atrás la casa y una hermosa villa con piscina justo al lado. Ya nos habían dicho en Qamishli que los pueblos de esta zona eran preciosos. «Siempre parábamos por ahí antes de llegar a Tel Tamer», nos dijo nuestro amigo Masud. Jihan incluso habla de comprarse una casa aquí «cuando todo acabe».

Cincuenta metros más adelante encontramos otra villa, pero está destripada por los proyectiles que llegaron desde la aldea de enfrente. Hay que caminar sobre el escombro en la cocina y la sala de estar para llegar al dormitorio: una cama con un cabecero en forma de abanico en madera blanca, armarios y cajoneras a juego. Otro hogar del que se extirpó la vida.

No hemos visto llorar de nuevo a Jihan tras aquel primer encuentro en la universidad aunque hoy parece agotada. Se sienta a descansar y le pedimos que nos deje sacarle una foto. Adelante. Es lo más cerca que puede estar hoy de su casa. Casi le preguntamos qué siente. 

Este reportaje es un avance de Éxodo, huir entre el escombro, un proyecto de investigación periodística de Euskal Fondoa.


Jot Down 2019: ciencia en la madriguera

Día 1

Sevilla. Y yo con bufanda. 

En la Alameda de Hércules el espectáculo está a punto de empezar: Alberto Márquez «twalmar» al teclado, Enrique F. Borja, cuentacuentos cuánticos, al micrófono, y una larga lista de duetos y solistas al taburete, situado en una esquina, a la derecha, bajo la pantalla de proyecciones. Clara Grima hace de modelo para que Alberto ajuste el trípode y la webcam que grabará todo el acto. Mientras posa, Clara (matemática, divulgadora y una de las madres del escutoide) se arranca por sevillanas. Y es que esto es ciencia relajada. Ciencia en el bar y para todos los públicos. 

El escenario, BuleBar Café: terraza en el centro histórico de Sevilla y referencia en divulgación científica los miércoles alternos. La doble personalidad del local queda bien plasmada en su distribución y dividida por una línea imaginaria. A la izquierda, la barra del bar con su típica máquina de tabaco y sus típicos cuatro o cinco bidones metálicos de cerveza. A la derecha, una pared rugosa y algunas vigas de cemento que le da al lugar cierto aspecto de madriguera. Un butacón de orejas rojo de dos plazas preside una fila de sillas de diferentes colores y diseños. De a dos y de a tres, los asientos forman un pasillo que divide más claramente la madriguera. 

Desde la segunda fila, apoyada en las orejas rojas del sillón, nos imagino dentro de alguna película de Don Bluth. Podríamos estar en el escondite de un ratoncillo animado, construido con retales en el doble fondo de un cajón. No me sorprendería ver una caja de cerrillas (escala ratoncillo) como mesa, o una bobina de hilo como asiento. No me equivoco al imaginar que este podría ser el lugar de reunión de ratoncillos de biblioteca, ratoncillos de campo, ratones del laboratorio y ratones aventureros, porque en el BuleBar se juntan veterinarios con astrofísicos, y espeleólogos con matemáticos e ingenieras.

Decir que los asistentes —más de un centenar entre los que llegan y se marchan— van entrando en calor poco a poco sería mentir. El calor llega de golpe y es por combustión. Las ingenieras Sara Pinzi y María Dolores Redel acaban de inaugurar Ciencia JotDown 2019 al ritmo de J. Balvin y Nicky Jam. Con acento italoandaluz y tacones de lunares, Pinzi y Redel comienzan un diálogo frenético, como un partido de ping-pong, frente a un público desprevenido. Para las expertas, una en biorrefinería y combustibles alternativos, y otra en ruido y calidad del sonido en motores diésel, el principio de conservación de la energía es como enfrentarse a una clase de spinning con una hojita de lechuga en el cuerpo y la suegra, el perfecto ejemplo de una máquina de movimiento perpetuo. 

A la altura cómica de sus predecesoras llega Juan Antonio Cuesta, doctor en Matemáticas. Que es profesor es tan evidente como que es segoviano. Ejerce en la Universidad de Cantabria, pero podría hacerlo en cualquier instituto. Sería uno de aquellos profesores a los que se recuerda muchos años después porque le hicieron a uno dedicarse a lo que se dedica. Para fascinar a un alumno es imprescindible que el profesor también se fascine y Juan Antonio lo hace con cada caso de estadística judicial que explica. Salta del taburete, bracea, ríe, exclama, reta. Cada gesto parece gritar ¡eureka! y no me extrañaría verle sacar una tiza del bolsillo para lanzársela al despistado de la última fila. 

Por primera vez desde que pude librarme para siempre de las matemáticas (hará unos doce años) y empezar el bachillerato de griego, latín e historia del arte, siento cierta envidia de los elegidos que llegan a entender esta ciencia misteriosa que es la matemática. Quién no desearía sentir la inyección de euforia que describe el doctor Alberto Márquez «twalmar» cuando, tras manosear y marear un problema hasta la desesperación, hallas de pronto la respuesta. Un glorioso momento de éxtasis, incluso aunque después descubras que estabas equivocado. 

A punto estuve de decir en un momento, ya durante la cena y con una copa de vino en la mano, que podía llegar a reconocer esa sensación de felicidad y triunfo mezclado con alivio. Aunque mi «iluminación» llegase en 2º de la ESO al descifrar, por fin, los misterios de los dos trenes que parten simultáneamente desde una estación A hacia una estación B… Las matemáticas, dice el segoviano, son como estar esperando al monstruo del lago Ness; escrutas la superficie del lago y esperas, esperas y esperas y, de repente, avistas una garza bizca zancuda y ya está, has hecho el descubrimiento de tu vida.

Seguir buscando cuando no se sabe qué se busca, algo que asombra a Sergio García-Dils, el arqueólogo y doctor en Historia Antigua que cruzó «de una forma un poquito irregular» la frontera de un país en guerra para explorar el Cáucaso a dos mil metros de profundidad. El mismo que cuenta, como un torrente infinito de anécdotas, la de aquella vez que la cola del helicóptero en que viajaban toco la nieve y rodó ladera abajo en el macizo de Arabika; aquella otra en que construyeron una base de operaciones con papel de regalo en la sima Krúbera-Voronya a mil cuatrocientos metros de profundidad; o cuando, tras un mes creyendo que no podían continuar, acabaron por atravesar el túnel Way to the Dream (también conocido como «el puto tubo» que veían cada día al sentarse en la letrina) y que les llevó fortuitamente a un nuevo descenso. 

Y así, el hombre que ha descendido a los infiernos helados de Dante (concretamente, a medio grado de temperatura en los primeros quinientos metros) contempla maravillado la búsqueda invisible del matemático. La reunión a la hora de la cena tiene algo de tierno, un astrofísico incrédulo ante las historias de un espeleólogo, un espeleólogo admirando al matemático y el matemático alabando al astrofísico. 

Este es José María Madiedo, doctor en Química y Física y miembro del Instituto de Astrofísica de Andalucía (IAA-CSIC). El hombre que puso un pedazo de la Luna en nuestras manos. Literalmente. Y un pedazo de Marte, y del asteroide Allende, y de algunas otras de las casi ochenta mil toneladas de material sólido que impacta cada año en la Tierra. El 29 de noviembre, nos iniciamos en el arte de cazar meteoritos. Ahora sabemos leer la metralla celeste como las huellas de un animal, inspeccionando la elipse de distribución para localizar las piedras más grandes en el extremo de su eje mayor, en la dirección de vuelo. Sabemos también que para que un meteoro sea considerado bólido su brillo debe superar al del planeta Venus y que conviene alejarse de las ventanas ante el impacto de un meteoroide. Especialmente si eres Yuri Vasilevsky, buceador de la expedición de García-Dils y víctima de la onda expansiva del meteorito de Cheliábinsk.

Acaba la primera jornada de Ciencia JotDown 2019. Salimos del BuleBar y cruzamos la alameda, bordada de luces de navidad, para continuar esta reunión de ratones en otra parte. 

Día 2

Sevilla. Noviembre del año 2019. Después de la sangrienta rebelión de un equipo de combate de NEXUS 6 en una colonia sideral, los replicantes han sido proscritos en la Tierra bajo pena de muerte. Bienvenidos al año de Blade Runner. Por la pantalla del BuleBar Café desfilan complejos robots domóticos con brazos mecanizados, extrañas cabinas de gestación animal y otros artilugios que el artista francés Jean-Marc Côté dibujó en 1899 para ilustrar su visión del futuro año 2000. Estas láminas del peleofuturo sirven de introducción a Juan María Vázquez, político, catedrático y confeso enamorado de la segunda revolución industrial que, tras repasar la evolución de la ganadería en el siglo XX, se aventura a imaginar qué nos deparará en los siguientes. Un tema complejo teniendo en cuenta que los seres humanos que vivirán la democratización de la carne sintética serán los mismos que, en este siglo, quieren la carne de cerdos libres y a la vez a precio más barato.   

Pero regresemos al futuro. Sevilla. Noviembre del año 2019. Los psicólogos ya no son necesarios, Siri, Alexa y Mercedes ya no aceptan órdenes y los hombres han caído varios escalones en la pirámide social desde que la ingeniera informática Mayte Gómez dio forma a Curro, un chatbot con la cara y el cuerpo de Tom Ellis en la serie Lucifer. Concretamente con el torso desnudo y el pelo mojado de Tom Ellis sosteniendo un vaso de whisky y mirándote a los ojos en la serie Lucifer, teniendo como único objetivo decirte exactamente lo que quieres escuchar. Su capacidad de almacenamiento, cómputo y aprendizaje ha pulverizado la última frontera de la inteligencia artificial: sostener un diálogo con un humano sin que este acabe gritando que le pasen con una teleoperadora. 

Seguimos en el futuro. Sevilla, 2019, año del 150 aniversario de la publicación de la primera tabla periódica exitosa, la del químico ruso Dmitri Mendeléyev. Después de tantos cumpleaños, la tabla de los elementos ha trascendido la estructura utilitaria de la ciencia para convertirse en un icono; todo el mundo la reconoce y la imita. Y entre tanta tabla de vinos, de sándwiches, de chocolates, de ortográficas y de posturas sexuales, la ingeniera química Teresa Valdés Solís no encontró ni una sola tabla de mujeres científicas. Como suele decirse en Twitter: se tenía que hacer y se hizo. Teresa firma «con cariño elemental» varias tablas y las reparte entre la audiencia. Ciento dieciocho mujeres excepcionales (veintiocho españolas y diecinueve premios nobel) ocupan ya su lugar merecido en la tabla de las elementas

Leo la dedicatoria, en la esquina posterior de la lámina, mientras el reloj marca las 12.30 de la mañana. Mi sangre se acelera, quizás a 178 pulsos por segundo, cuando toca agradecer el segundo premio del certamen de divulgación del Donostia International Physics Center (DIPC) y Jot Down (que pronuncio, como siempre, con jota). De vuelta en mi silla aplaudo el primer premio de Pablo Izquierdo y su texto «Murciélagos, buñuelos y el temblor de los indígenas», y enrollo con cuidado mi tabla de las elementas. 

Rodeada por la ‘Mn’ de Rosaría María Menéndez, primera presidenta del CSIC, la ‘Ni’ de la bioquímica y bióloga molecular Ángela Nieto y la ‘SL’ de la madre de la genética molecular Margarita Salas, se encuentra, con su ‘Vr’, María Vallet-Regí, pionera en el campo de los materiales cerámicos aplicados a la medicina. Esta elementa, que también parece y es profesora, está hoy en la madriguera, completando la plantilla docente de mi colegio inventado y explicando como su agente 007, una nanopartícula mesoporosa de sílice de apenas cien nanómetros puede ayudar a tratar selectivamente las tres enfermedades del hueso: osteoporosis, cáncer e infección. 

Acaba la segunda jornada de Ciencia JotDown 2019. Salimos del BuleBar y cruzamos la alameda, donde a finales de noviembre se mezclan los churros con las tapas de croquetas y albondigón.  


«¿Que quién era mi padre?»

Con sus padres en Belgrado, en 1978. Fotografía cedida por Heela Najib.

Heela Najib recuerda aquel apartamento en el quinto piso de un bloque soviético de Kabul. Y encaramarse a la ventana para ver salir el sol por encima de las montañas. «Siempre me ha encantado madrugar», dice. Pero todo cambió cuando su padre se convirtió en presidente de Afganistán. Incluso antes. 

Damos con Heela a través de un amigo común. «¿Quieres que te ponga en contacto con la hija de Najibulá? Vive en Zürich». Pocos días después nos contará cómo era ser niña en aquel Afganistán del que aún se conservan postales en las librerías de Kabul, o cómo se convierte la hija de un presidente en refugiada. Pero volvamos al «año 0».

Heela dice que nació «en un día frío de noviembre» de 1977. Su madre es profesora y su padre acaba de completar estudios de ginecología, aunque lleva ya años de compromiso político muy activo. Se había incorporado al Partido Democrático Popular de Afganistán (PDPA) en 1965 a través de la entonces ilegal Unión Democrática de Estudiantes. Mohamed Najibulá es conocido tanto por su poderosa oratoria como por su talento físico para el levantamiento de pesas y la lucha libre. Le llaman «toro». Heela será la primera de sus tres hijas pero no es más que un bebé de dos meses cuando los comunistas se hacen con el poder tras asesinar a Mohamed Daud Khan. Este, a su vez, había derrocado a la monarquía cinco años atrás, aprovechando que el rey recibía tratamiento médico en el extranjero. Así es como se escribe la historia en Afganistán, donde ningún soberano es elevado al trono siguiendo la voluntad de sus súbditos. Shas, emires, reyes, presidentes y primeros ministros se suceden en el poder tras guerras, asesinatos o elecciones en las que los votos se recuentan durante meses hasta que le dan la razón al favorito. Nunca hay sorpresas. A los afganos solo les queda rezar para que su gobernante sea justo y clemente. 

Transcurre el año 1978 cuando Najibulá se convierte en miembro de la junta comunista que gobernará el país, pero las luchas internas del partido lo acaban enviando de embajador a Irán para privarlo después de su cargo, e incluso de su ciudadanía. Se refugia con su mujer y su hija en Belgrado, y ahí es donde nace Onai, la segunda de las tres hermanas. Permanecerá en Yugoslavia hasta la entrada de los soviéticos en Afganistán en el 79; en enero de 1980 es nombrado director de los servicios secretos afganos, cargo que desempeñara durante seis años. Mientras tanto, Heela va al colegio en autobús «como cualquier otro niño». También roba tomates y pepinos a la salida en las huertas de enfrente de casa, antes o después de que su padre la lleve al Club de los Soldados, donde aprende a jugar al pingpong o al billar. Eso o pasar las tardes jugando al fútbol en su barrio de prefabricados soviético. Se llama Mikrorayon y dispone de los mejores restaurantes y supermercados de la ciudad. En la televisión hay dibujos animados rusos, pero también están Tom y Jerry, y hasta Los Barbapapa. O aquella popular serie sobre la mafia siciliana. «Octopus, creo que se llamaba. La veíamos todos juntos en casa los domingos». 

Todo parece perfectamente normal pero no lo es. Imposible en un país que, según una creencia popular, se construyó con los retales inconexos que le sobraron a Dios tras la creación: unas montañas de siete mil metros por aquí, un desierto llano y hostil hasta donde alcanza la razón; entre ambos, un tapiz desenrollado de pastunes, tayikos, baluches, kirguises, uzbekos, hazaras, turkmenos y otras gentes de Oriente. Como siempre, la realidad no se aleja demasiado del mito: será en el sigo XIX cuando se dibujan las fronteras arbitrarias de un Estado obligado a convertirse en un biombo entre los imperios británico y ruso.

Las consecuencias de aquello también se dejaban notar en los ochenta del siglo pasado. «Creo que tenía cuatro o cinco años cuando entendí la idea de conflicto. Caían cohetes, había combates cerca de casa y los movimientos eran cada vez más restringidos». A la edad de seis, Heela ya es plenamente consciente de que la guerra puede hacer desaparecer a la gente de la vida de uno. La primera será Mastoura, su profesora favorita. Muere en un bombardeo. «Estaba embarazada de ocho meses. Sé que me traumatizó porque no quise volver al colegio. No quería ningún otro profesor que no fuera ella». 

El 4 de mayo de 1986, Najibulá es elegido secretario general del Comité Central del PDPA: es el nuevo jefe del Estado. «Nos dijeron que nos mudáramos al complejo presidencial pero nos quedamos en una de las casas anexas. Mi vida cambió porque casi no tenía contacto casi con otros niños, solo con los de la gente que venía a visitarnos». Los rusos lo intentaron. El país llevaba bajo su órbita desde 1947 y, además de interferir en la política local hasta conseguir un gobierno afín, Moscú ayudó con generosas sumas de dinero y equipamiento, así como con la construcción de infraestructuras, muchas de las cuales siguen en pie: desde carreteras, túneles y puentes hasta barrios como el de Mikrorayon. Tras su entrada en diciembre del 79, los soviets bombardean o talan bosques para despejar el camino y eliminar a combatientes o masacrar civiles; vacían aldeas y secuestran a muchos, sobre todo mujeres a las que arrancan de la tierra desde helicópteros para violarlas. Las que sobrevivan serán rechazadas por sus familias. Pocas cosas hay más sagradas para los afganos que el honor. 

Es en el 89 cuando Gorbachov ordena la retirada de las tropas soviéticas del país, pero los combates se intensifican entonces entre las fuerzas gubernamentales y los muyaidines, facciones rivales de todo el arco étnico, religioso y tribal de Afganistán. Como siempre, no se lucha por algo sino contra alguien, esta vez un improbable gobierno comunista al que Moscú ha abandonado a su suerte en un país imposible. Pesa también el que los afganos siempre tuvieran motivos para desconfiar de los extranjeros; de Alejandro Magno hasta los americanos, pasando por persas, árabes, mogoles, británicos y rusos. Incluso Hitler se planteó invadir Afganistán.

De vuelta en casa de los Najibulá, se levantan muros de hormigón alrededor del edificio y la familia abandona sus habitaciones en la planta alta para instalarse definitivamente en los bajos. Las niñas duermen en el comedor y los padres en el estudio. Los cohetes y bombardeos pasan de uno o dos al día unos treinta, o cincuenta. Luego se cierran todos los colegios de Kabul. «El aislamiento era casi total. Mi madre era profesora y se encargaba de las clases. Todo era cada vez más duro para nosotras y, claro, para todos los afganos». 

Como aves migratorias

Heela (primera por la izquierda) y la familia al completo en su residencia de Kabul. Fotografía cedida por Heela Najib.

Un tío de las niñas es embajador en India y Najibulá las manda con él a aprender inglés durante las vacaciones de invierno. La última foto de la familia en los jardines del complejo presidencial no aporta pista alguna sobre lo que está por venir. Ni la madre ni las niñas no volverán a ver a su padre. Es noviembre de 1991.

«Recuerdo que mi madre nos dijo que no volveríamos. Yo tenía catorce años y me costaba asimilar la idea de no volver al colegio, o a ver a mis amigos». En cuanto a su padre, Heela dice que la idea era que este se reuniría con ellas una vez se estabilizara el país. Pero aquello era misión imposible. Najibulá contacta en Italia con el destronado rey afgano para que ejerza de padre de la nación durante el proceso. También pide unas fuerzas de paz que la ONU nunca desplegará. Si bien gran parte de los muyaidines aceptan la idea del gobierno interino y la celebración de unas elecciones en un plazo de dieciocho meses, los acontecimientos se precipitan tras anunciar la ONU que Najibulá debe dimitir incluso antes de la formación del gabinete provisional. El gobierno comunista de Afganistán cae definitivamente en abril del 92, con su presidente refugiado en las dependencias de la ONU en Kabul. Fuera de aquellos muros, facciones de su propio partido combaten ahora junto a señores de la guerra para enfrentarse a aquellos que aceptaron la propuesta de un gobierno de transición.

«Nosotras estábamos en Delhi. Durante aquel primer mes de encierro pensábamos que nuestro padre vendría al día siguiente, o al siguiente. Eso era lo que nos decían. Pero el encierro dura más de cuatro años al calor de una guerra civil en la que se comprobó que aves migratorias como patos salvajes, grullas o garzas evitaron el país en su trayecto hasta Siberia. Durante casi un lustro, la comunicación entre la familia se limita a cartas o, en el mejor de los casos, a conversaciones por teléfono-satélite cuando algún internacional de la ONU visita las dependencias en Kabul. 

En Los talibán (Península, 2000) Ahmed Rashid, escritor, periodista, así como uno de los mayores expertos en Afganistán asegura que, antes de la guerra, los islamistas apenas tenían apoyo entre la sociedad afgana; que fue el dinero y las armas aportados por la CIA y el respaldo de Pakistán el que les otorgó aquella enorme fuerza política. Según datos de ACNUR, la ayuda a los muyaidines entre 1986 y 1989 superó los mil millones de dólares. Fue durante aquellos años cuando descubrimos a nuestro hombre en Afganistán. Se llamaba Ahmad Sha Masud. De mirada negra y almendrada bajo un pakul —gorra de fieltro afgana-—cuidadosamente ladeado, Masud también lucía una barba que recordaba a la del Che. Era puro carisma, sobre todo cuando respondía a preguntas en francés o recitaba poemas a sus comandantes antes del combate. 

Hasta diez grandes ofensivas llegó a lanzar el Kremlin sobre su valle del Hindu Kush donde vivía como un guerrillero-eremita. Pero Masud se anticipaba evacuando a la población y respondiendo con una guerra de guerrillas en la que era maestro. Para Occidente, Masud encarnaba al afgano que luchaba contra un invasor mucho más fuerte que él. Era cierto, pero no justificaba la proyección de valores sobre su leyenda que nada tenían que ver con su visión del mundo.

«Mi vida es el islam y la guerra», le resumió su ideario a Wojciech Jagielski, el mejor cronista polaco con permiso de Kapuscisnki. Y es que Masud era un señor de la guerra más, aunque nunca lo viéramos destruyendo Kabul o cometiendo atrocidades. No murió en combate sino que lo mataron dos tunecinos con pasaporte belga que decían ser periodistas. En mitad de una entrevista, detonaron una carga explosiva que escondían en la cámara, probablemente la única que no lo amó. Dos días más tarde caerían las torres en Manhattan. El que fuera el primer hito histórico del siglo XXI también fue el arranque de una nueva guerra en Afganistán.

Antes de que acabara la anterior, a finales de 1994, el país se había desintegrado en centenares de feudos regidos por señores de la guerra que habían luchado, cambiado de bando y luchado de nuevo en una serie de asombrosas alianzas e innumerables derramamientos de sangre. Fue entonces cuando unos estudiantes de teología —esa es la traducción de «talibán»— iniciaron una marcha triunfal hasta Kabul en tanques de cuyos cañones se ahorcaba a los enemigos. No pasaron ni mil días hasta que se hicieron con todo el país. La tortura y posterior ejecución de Najibulá fue su manera de escenificar el final de un conflicto y el comienzo de otro. 

Tras la muerte de su padre, Heela se pone a trabajar con niños de la calle en Delhi con la organización de la madre Teresa de Calcuta. «Aquello me hizo entender que, en el fondo, era afortunada. Luego me planteé matricularme en Medicina. Mandé mi solicitud a países como Reino Unido o Australia, pero solo Suiza me concedió un visado». Es allí donde la joven cursa estudios de Relaciones Internacionales. Le impresionaba el trabajo de la Cruz Roja, así que visita su museo en Ginebra. Luego pide trabajo en la organización.

«El problema era que ni hablaba francés ni tenía un permiso de residencia permanente. Me recomiendan que busque en el extranjero, así que volví a India para trabajar con la federación internacional de la Cruz Roja». De ahí a Nepal, a Bangladesh, Camboya, Sri Lanka o Bangkok, siempre centrada en temas de migración o víctimas del tráfico humano. Tras doce años como trabajadora humanitaria, hoy está centrada en su tesis sobre reconciliación que desarrolla desde la Universidad de Zürich.

Algún desfiladero oscuro

La familia ya en el complejo presidencial de Kabul, en 1987. Fotografía cedida por Heela Najib.

¿Que quién era mi padre? Lo recuerdo como una persona muy emocional, muy firme en sus decisiones pero que cantaba y jugaba con nosotras siempre que podía. Y siempre quería ayudar a gente con dificultades. Tengo una carta de él de cuando estaba en Delhi. Había clases de tenis después del colegio y yo quería apuntarme, pero la mayoría eran chicos y mi madre no me dejaba. Se lo conté a mi padre. Me explicó que no había diferencias entre hombres y mujeres, que ambos tenemos las mismas capacidades. «Lo que teme tu madre es el juicio de la sociedad. Solo quiere protegerte de esa sociedad», me respondió. De niña le dije una vez que por qué no dejaba la política. Probablemente tenía celos de Afganistán. Sentía que el país me estaba arrancando a mi padre. 

En cualquier caso, no dejaba de ser un personaje controvertido. Durante sus seis años como jefe de la Inteligencia afgana, el presupuesto del departamento aumentó de forma espectacular gracias a los fondos de Moscú, y también la eficacia de un servicio ahora entrenado por activos del KGB y la Stasi. Hasta la fecha, sigue sin haberse conducido un informe contrastado sobre el número de represaliados, por lo que las cifras se inflan y desinflan según quien sople el globo. 

«Todo el mundo me lo pregunta», admite Heela. «Hay gente en Twitter que asegura haber visto con sus propios ojos a mi padre desollar a alguien o sacarle un ojo con una cuchara; casi siempre historias que se antojan imposibles desde un punto de vista clínico. Aquellos años fueron los más calientes de la Guerra Fría y, por ende, de la propaganda. Había leyes, un procedimiento, sentencias de muerte que necesitaban de su firma, así como la del presidente o el ministro de Justicia. Pero de ahí a decir que mi padre participaba directamente en torturas hay un abismo».

Heela dice que no ha vuelto a Afganistán desde que se fue a Delhi con su familia en el 91, que no había opciones de sobrevivir sin un padre, un marido, un tío o cualquier figura masculina que la protegiera. «Antes de casarme siempre pensé en cómo podría haber sobrevivido como una mujer soltera en Afganistán. Ahora, como madre de mi hija Nawa, me pregunto cómo sería para ella». A pesar de todo, la hija mayor de Najibulá nunca dejó de mirar a la tierra en la que nació. Ha publicado multitud de artículos así como un libro en el que disecciona el proyecto de reconciliación nacional de su padre. «Era una actuación a varios niveles: se buscaba un diálogo con las fuerzas políticas, pero también con los líderes tribales y otros agentes clave de la sociedad afgana. Al final, fuerzas tanto internas como externas se encargaron de que el proyecto fracasara, pero sigo pensando que podría aportar mucho al proceso de paz actual». Se trata de un discurso que ha repetido en multitud de conferencias y think tanks sobre posibles soluciones al conflicto afgano. «Entre otras muchas cosas, me he dado cuenta de que Washington solo quiere irse, como hicieron los rusos antes. Encontrar una solución duradera a este círculo vicioso nunca fue un objetivo». 

Tampoco era fácil. En un sencillo poema, «Aritmética de la frontera», Kipling aporta las cifras tras la derrota del Imperio británico en su aventura afgana: 

Una escaramuza en una estación fronteriza
a galope por algún desfiladero oscuro
dos mil libras de educación
caen ante un jezail de diez rupias.

El jezail es un rústico mosquetón afgano, pero podría ser el Lee Enfield de la Segunda Guerra Mundial usado contra los rusos —antes de que llegaran los Stinger, o las bombas caseras fabricadas con ollas que siguen abriendo boquetes en los blindados americanos. En 2007, seis años después de la última invasión de Afganistán, Heela recuerda que le preguntó a un diplomático estadounidense por qué no aprovechaban la experiencia en contrainsurgencia de los antiguos miembros del gobierno de su padre. «No podemos porque eran comunistas», le respondieron.

«El de Afganistán no era, ni mucho menos, el comunismo soviético; no era la Revolución de Octubre a la afgana ni se rendía pleitesía a la figura de Lenin. Se rezaba, se ayunaba durante el Ramadán y se celebraban las festividades religiosas, incluso el Newroz (el año nuevo persa), cosa que no ocurría en la URSS. Por supuesto, aquellos clichés se retroalimentaban en las campañas de propaganda de la Guerra Fría». ¿Errores cometidos por los revolucionarios afganos? Heela destaca dos: «Expropiaron tierras para repartirlas entre los granjeros, pero los terratenientes, que eran líderes tribales, perdieron poder, y eso generó mucha animosidad. Por otra parte, querer educar a las mujeres en igualdad era demasiado radical para una sociedad tan tradicional y conservadora. Para cuando mi padre llegó al poder ya se había reconocido públicamente que no se podían forzar cambios en una sociedad que no estaba preparada para asumirlos».

A día de hoy, los apartamentos del barrio soviético en el que crecieron las Najibulá siguen estando entre los más cotizadas de Kabul. El resto, o no ha sobrevivido a las mil y una guerras de Afganistán o la corrupción los condenó a no alzarse nunca de sus planos. Heela dice que le encantaría volver a sacar la cabeza por la ventana de su antigua habitación y, sobre todo, visitar la tumba de su padre. Esto último será lo más complicado porque sus restos yacen en una pequeña aldea hoy bajo control talibán. Da igual. Se resiste a dejar de soñar con cerrar algún día ese capítulo de la historia. La suya propia. 

Últimos días juntos, en octubre de 1991. Fotografía cedida por Heela Najib.


No te pongas nunca delante de los americanos

Ricardo toma apuntes en un cuaderno. Imagen: Álbum familiar.

Ricardo Ortega había sido corresponsal de la Agencia EFE y Antena 3 en algunos de los puntos más calientes del planeta: Moscú, Nagorno Karabaj, Grozni, Sarajevo, Kabul, Nueva York, Dushambé y Puerto Príncipe, la capital de Haití, donde finalmente fue asesinado el 7 de marzo de 2004. No se pudo demostrar la verdadera procedencia del disparo que acabó con su vida y el caso acabó archivándose por «falta de autor conocido». Un lado de la justicia acusaba a los chimeres haitianos, otro, quizá el más amplio, sigue señalando a los marines de los Estados Unidos. 

Rafael Poch, amigo de Ricardo y excorresponsal de La Vanguardia, reflexionaba en su blog Diario de Pekín sobre el oficio, un día después del fatal desenlace de su compañero: «Gracias a los periodistas muertos, el público puede irse enterando de lo que es en realidad esta profesión, en nuestra democrática y transparente sociedad. Un mundo de censura, autocensura, clientelismo y precariedad laboral».

Cuenca

José Ricardo Ortega Fernández nació en Cuenca el 4 de abril de 1966. A los seis años se mudó a Collado Villalba (Madrid) con su familia. José Luis Ortega, el padre, trabajaba en uno de los ministerios, en la capital. La madre, Charo Fernández, que daba clases en Villares del Saz (Cuenca), pidió una excedencia, pero no tardó en obtener una nueva plaza en un centro del Patronato.

Joserri (así conocían a Ricardo en casa) había empezado a leer a los tres años. En el colegio pusieron en marcha un proyecto que animaba a leer a los niños con un sistema basado en la fonética de las letras. «Fue un alumno brillante, tanto en el Colegio Montgó como en el Instituto Chabás», recuerda Charo en la actualidad. Madre e hijo también pusieron en práctica el experimento en casa. «Ricardo era un niño alegre, inteligente, curioso y preguntón. No era raro encontrar “destripados” sus juguetes para intentar saber cómo funcionaban. Por la misma razón aprendió a leer muy pronto. Cuando le leías un cuento, repetía mil veces: “¿qué dice aquí?”».

Ricardo tenía tres hermanos más: Nissa, Sergio y Mario. De todos ellos, el mayor era él. Cuando llegó los ocho años, los Ortega Fernández volvieron a mudarse, esta vez a Denia. Allí, Charo impartiría clases de Lengua y Literatura. «Recalamos en Denia pensando estar durante la infancia de nuestros hijos, un lugar tranquilo y cómodo. Nos acomodamos, nos sentimos bien, en esta ciudad seguimos. Aquí he trabajado hasta que me jubilé».

Moscú

Antes de meterse en una mina en Rusia. Imagen: Enrique del Viso / Álbum familiar.

Al cumplir la mayoría de edad, Ricardo dejaba Denia para estudiar Ingeniería de Telecomunicaciones en Valencia. Tiempo después terminaría viajando a Rusia gracias a una beca que le iba a permitir estudiar Física en Moscú. Dejaba el mar y la playa de Las Rotas, una devoción chica. «Ese año de cambio fue para él un cúmulo de dudas. Un tablón de anuncios de la facultad y una convocatoria de becas para estudiar en la antigua URSS le hizo cambiar de rumbo», cuenta su madre. Ricardo estuvo un año aprendiendo el idioma antes de moverse de país. Una vez instalado en Moscú, llamaba a casa para hablarles de la «gran exigencia e intensa dedicación» de la experiencia y de lo mucho que disfrutaba viviéndola. «Las llamadas telefónicas eran continuas y las vacaciones las pasaba en casa. Cogía su bicicleta y se eternizaba en la playa», concluye Charo.

El encuentro de Ricardo con el periodismo fue fruto de la casualidad. En sus últimos años de carrera, en 1991, Ricardo ya colaboraba con Onda Regional de Murcia. Los responsables de la emisora solo le conocían por teléfono, pero pronto se demostró que habían hecho bien en creer en él. Una de las personas con las que Ricardo trató en Moscú fue José Miguel de la Morena, especializado en política nacional, que en aquella época era redactor de Onda Madrid: «Conocí a Ricardo en agosto de 1991, justo después del golpe de Estado contra Mijaíl Gorbachov. Buscábamos corresponsales que nos contasen lo que estaba ocurriendo en Moscú. Cambié mis vacaciones para verlo con mis propios ojos y nos encontramos allí». Una de las primeras cosas que hicieron los dos fue visitar el aula de Ricardo en la Universidad de Moscú. «Física Nuclear en la cátedra Lomonósov, creo recordar, con cinco premios Nobel como profesores. Era deslumbrante que le pudiera aún más su compromiso social», reflexiona De la Morena. 

José Miguel y Ricardo también asistieron con otros compañeros a la reunión de la OSCE (Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa), donde conocieron a algunos diputados exsoviéticos que vendían antigüedades y recuerdos de la URSS en los mercadillos; a los niños de la Guerra Civil española, las decenas de estatuas de héroes comunistas derribadas en los días del golpe… «La economía capitalista crecía de forma salvaje, personas vestidas de mafiosos hacían guardia ante los hoteles y clubes más caros. La policía pedía mordidas por las calles, los camareros aceptaban propinas a cambio de dejarte pagar en rublos en lugar de en dólares como obligaba la ley (y nos ahorrábamos el 90% de la cuenta, claro). Las calles eran pura efervescencia, hartos de una vida pobre y plana, los jóvenes querían imitar los modos de vida de Occidente a toda costa; las prostitutas de lujo abarrotaban discotecas y lobbies de hoteles. Y, mientras, los servicios de información del régimen nos mantenían vigilados visiblemente por el hecho de ser periodistas».

Grabando una entradilla en Moscú para Antena 3 Televisión. Imagen: Enrique del Viso / Álbum familiar.

A finales de 1991, Ricardo tiene que sustituir a un colega radiofónico (también compañero de piso). Gracias a esto, fue uno de los tres periodistas españoles que tradujo el discurso de renuncia de Gorbachov que daba por disuelta la Unión Soviética, el 25 de diciembre. Un año después, en 1992, Ricardo consigue un contrato en la agencia EFE. 

En la recepción de la onomástica del rey, en la Embajada de España en Rusia, Ricardo se encontró con Miguel Bas, de EFE Moscú, y le preguntó qué posibilidades había de trabajar en la agencia. Una vez en la delegación, le atendió la periodista Cristina Gallach en ausencia de la responsable, Silvia Odóriz, que se encontraba de viaje. «Cuando, días después, Ricardo se presentó en la delegación de EFE, lo único que podía ofrecerle, en aquel momento, era un trabajo a tiempo parcial como traductor y, para completar en algo la exigua paga que el presupuesto me permitía, le propuse que también se ocupara del archivo. No pasaron muchos días hasta que empezó también a escribir», detallaba Odóriz en el libro Salgo para Haití (APM, 2011).

Bill Myers, veterano periodista de EFE, fue quien firmó con Ricardo su primera crónica, el 27 de agosto de 1992, desde la región de Nagorno Karabaj, entre Armenia y Azerbaiyán.

Las bombas y misiles siguen cayendo sobre los armenios cristianos que habitan Stepanakert, capital del asediado enclave de Nagorno Karabaj, donde los niños y los ancianos son los primeros en pagar el precio de la resistencia a las fuerzas azerbaiyanas.

Conectando desde Moscú. Imagen: Enrique del Viso / Álbum familiar.

«Cuando conocí a Ricardo —cuenta Myers en Salgo para Haití— no había hecho nada de periodismo nunca, pero si tuvo una fase de aprendizaje, pasó en un abrir y cerrar de ojos. Aterrizó en la Delegación en Moscú de la agencia EFE en la primavera de 1992, contratado para hacer de traductor, secretario y lo que hiciera falta, en horas robadas de sus estudios de Física en la facultad». Son varias las historias del por entonces novato Ricardo Ortega con Myers: las preguntas íntimas a José Carreras (director musical de las Olimpiadas de Barcelona) en la primera entrevista de Ricardo, viajes en camiones cargados de gasolina o munición (según la ocasión), las bombas a doscientos metros, el manejo del ruso y el francés para conseguir alojamiento y transporte… 

La audacia de Ricardo y su don de gentes lo llevaron a Antena 3. Silvia Odóriz pensó en Ricardo cuando se presentó la oportunidad. Lourdes García, entonces corresponsal de Antena 3 Radio, regresó a España para dar a luz a su segunda hija, Elisa. En su remplazo, Silvia Odóriz sugirió a Ricardo: «Empezó a simultanear su tarea en la delegación de EFE —donde también solía hacer crónicas para el servicio de radio— con sus emisiones para Antena 3 Radio». En ese tiempo, EFE acuerda con Antena 3 Televisión que algunas delegaciones de la agencia hicieran también crónicas para la cadena.

En febrero de 1994, Ricardo y el cámara Enrique del Viso empezaron a trabajar juntos en una de las oficinas del hotel Slavyanskaya, a orillas del Moscova, mientras en EFE buscaban un local más adecuado. El primer trabajo de Ricardo y Enrique trataba sobre la mafia, en concreto del comercio ilegal de aceite industrial en mercadillos. «La primera crónica fue con susto —destaca Silvia en Salgo para Haití—. Estaban filmando la “entradilla” de Ricardo en un barrio donde operaban los mafiosos y, ante la torva mirada de algunos de los lugareños, debieron salir pitando en el auto con la cámara aún montada en el trípode». 

Finalmente, EFE alquiló un local para las nuevas instalaciones en el mismo edificio de la delegación. Antena 3 se encargó de la producción y hablaba los temas directamente con Ricardo, que continuaba escribiendo para EFE.

Grozni

Delante del Palacio Presidencial de Grozni. Imagen: Enrique del Viso / Álbum familiar.

Una de las personas que más cerca estuvo de Ricardo Ortega fue Corina Miranda, corresponsal de Antena 3 Televisión. Allí estuvo durante veintitrés años. «Todo es muy intenso en una cobertura internacional y mucho más cuando las circunstancias son adversas. La guerra engancha porque te mantiene en estado de alerta. Las relaciones humanas son más profundas. Y a las circunstancias propias de cada conflicto hay que añadir los retos propios del trabajo periodístico, sobre todo en televisión. Tienes que desplazarte para grabar, dedicarle un tiempo al montaje y estar a la hora del informativo frente a una cámara para la retransmisión en directo. Eso genera mucha adrenalina. Si además pasas varias semanas desplazado, tu hogar son tus compañeros y las experiencias comunes. Se abre un paréntesis en tu vida y casi siempre cuesta mucho volver a la cotidianidad». 

Corina conoció a Ricardo cuando éste fue por primera vez a la redacción de Antena 3 en Madrid. «A todos nos gustó mucho su estilo, la frescura con la que contaba las cosas, parecía que había hecho televisión toda su vida. Resultó ser una persona muy cercana e interesante con la que era un verdadero placer charlar. Todo lo que contaba nos tenía fascinados».

Con el inicio de la Primera Guerra Chechena, en diciembre del 94, Ricardo y Enrique del Viso (y después Manuel Única) fueron enviados a Chechenia. Iba a ser el viaje que cambiaría la vida de Ricardo. «Quiso transmitir todo el sufrimiento del pueblo, la realidad de los campos de refugiados, los desastres que contempló», incide Charo. 

Cuenta el periodista Ramón Lobo que, al llegar a Chechenia, «el miedo que paraliza antes de viajar desaparece; delante solo aparecen historias y personas que las habitan y momentos concretos para volver a sentir miedo». El corresponsal de El País convenció a su jefe, Luis Matías López, para que le enviara a Chechenia cuando estalló la guerra. Experiencia no le faltaba: Luis Matías, en la entrevista que le hizo para contratarlo, le preguntó si estaba dispuesto a ir a Sarajevo. Lobo le respondió: «Llevo quince años esperando que alguien me haga esa pregunta».

En Chechenia, hablando con un niño durante la guerra. Imagen: Enrique del Viso / Álbum familiar.

Para guiarse (y sobrevivir) por Chechenia, Ramón Lobo llamó por teléfono a Ricardo Ortega. «Era la ayuda que no me estaba dando la corresponsalía». Ricardo le aconsejó dónde dormir, los precios, las calles peligrosas y las que no lo eran, el medio de transporte adecuado… «Tenía las claves que necesitábamos: cuál era la calle peligrosa y cuál no, dónde había luz, desde dónde se podía transmitir…». 

Hay una fotografía de Ricardo Ortega que lo define como periodista: se encuentra en algún lugar de Chechenia, posando serio, delante de un tanque con nueve soldados rusos. A su izquierda, uno de ellos se muestra impasible, de brazos cruzados. Ricardo podía ser uno más de ellos. Observar sin ser visto. Siguiendo esta norma, Ricardo y la cámara fueron testigos de una compra—venta secreta de munición y cohetes antitanque entre soldados del ejército ruso y guerrilleros chechenos a escasos metros de la línea del frente, en un edificio en ruinas. Un oficial ruso se encargaba de cerrar el acuerdo con los chechenos:

—Diez mil billetes o no hay trato.
—Está bien, diez mil dólares, tómalos.
—Y además, otra condición: como disparéis sobre nuestras posiciones arrasamos toda la aldea.

Ricardo decía que la historia del salvajismo y del terror del nuevo milenio se escribía en Chechenia con alfabeto cirílico. 

Juan Goytisolo, a propósito de Ricardo describía en El País su encuentro en julio de 1996 con él: «Me guió hasta las cercanías de un cuartel, protegido como una fortaleza con alambradas y sacos terreros […] En medio de semejante tenebrario, las palabras e imágenes filmadas por Ricardo Ortega son un recordatorio de que la honestidad y valentía de un hombre redimen a quienes las escuchamos y vemos tal acumulación de barbarie, mentiras y manipulación».

Momentos antes de subirse a un helicóptero ruso. Imagen: Enrique del Viso / Álbum familiar.

Nueva York

Dos meses después de haber regresado de un viaje por Egipto, en 1999, María José Zamora comenzó a trabajar como interina en la sección de Internacional en Antena 3 Televisión. Por entonces, Ricardo todavía se encontraba en Moscú. «Ese verano, Ricardo vino un día a la redacción y comimos con él todos los de la sección de Internacional. Era la primera vez que le veía en persona, aunque habíamos hablado ya por teléfono en varias ocasiones. Ricardo era simpático, brillante, muy inteligente. Siempre me gustó su ironía», destaca María José.

Las crónicas de Ricardo empezaron a incomodar al Kremlin y en Antena 3 se recibieron llamadas de la embajada rusa en Madrid. A principios del año 2000, la dirección de Informativos de la cadena propuso a Ricardo el traslado a la oficina de Nueva York. Rafael Ortega, entonces director adjunto de Informativos de la cadena, cuenta en el libro Salgo para Haití que Ricardo les tenía «un poco asustados» por la habilidad que tenía para meterse en cualquier sitio: «En los últimos tiempos, sus informaciones sobre las mafias rusas eran muy delicadas y nos mantenía con cierta zozobra. Queríamos darle un aire nuevo a la oficina de Nueva York y pensamos que Ricardo era la persona ideal; era capaz de dar una visión completamente distinta y aportar frescura. Cuando se lo planteamos estaba muy desconfiado, se lo pensó mucho y estuvo buscando los tres pies al gato». Pero Ricardo terminó aceptando y en la primavera del 2000 llegó a Nueva York.

Desde que aterricé me gustó New York, fue una de esas circunstancias inesperadas que desde hace catorce años construyen mi vida, como el viaje a la URSS, el descubrimiento del Cáucaso. Hechos magníficos y sencillos que andan en secuencia porque, aunque separados en el espacio-tiempo, no imagino como hubiera sido uno sin los otros. [Apuntes de Ricardo Ortega]

Trabajando en la sede de la ONU, en Nueva York, Ricardo conoce a la periodista de la CNN en español, Mariana Sánchez Aizcorbe, corresponsal experimentada que había pasado por Kosovo, Chechenia, Timor Oriental…: «La mayoría de corresponsales internacionales pasábamos la mayor parte de nuestro tiempo en los pasillos de las Naciones Unidas. Eran meses antes de que se desatase la guerra en Irak, aunque muchos, entre ellos Ricardo y yo, estábamos seguros de que nada pararía la maquina militar que se venía encima», recuerda Mariana mediante un correo electrónico. «Nuestra relación empezó por ahí, por la conversación, las coincidencias en opiniones, su sarcasmo genial. Ricardo además de ser instruido, educado y brillante, tenía un gran sentido del humor».

Mariana había estado viviendo en Nueva York más tiempo que Ricardo: «La magia de la “ciudad que nunca duerme” había pasado hace tiempo y ya me había convertido en una ciudadana neoyorquina […] El tiempo que estuvimos juntos lo recuerdo viviendo con gran intensidad. Ricardo amaba la ciudad, siempre descubría algo nuevo. Pero creo que lo que más le gustaba era reunirse con los amigos».

Los que han conocido a Ricardo dicen de él, aparte de destacar su ingenio y gracia, que había sido testigo de los principales acontecimientos de finales del sigo XX y principios del siglo XXI. «A Ricardo le encantaba la vida. Siempre estaba alegre. Me acuerdo perfectamente del sonido de su risa. Le encantaba salir, le encantaba hablar con la gente, le encantaba descubrir nuevos sitios. En Nueva York era muy feliz porque la ciudad le daba todo eso. Se sentía tan a gusto en su estupendo apartamento del West Village […] Cuando le daba nostalgia por Moscú se iba a Brighton Beach, donde vive la comunidad rusa», recuerda Isabel Piquer, corresponsal y una de las mejores amigas de Ricardo. 

Ricardo e Isabel se conocieron en el cumpleaños de ella, el 8 de marzo del año 2000. «Había quedado en Bottino, un restaurante de Chelsea que me gustaba mucho, con Luisa Cabello. Luisa había sido productora en Antena 3 y se trajo a Ricardo, que había llegado hacía unos días». Ricardo, tal y como dice Isabel, estaba «un poco perdido», sobre todo por su inglés, pero también se sentía entusiasmado con lo que estaba conociendo.

Enric González, en su libro Historias de Nueva York, recordaba cómo era estar con alguien tan intrépido: «Uno salía con Ricardo a cenar algo rápido y podía acabar de madrugada en un sótano, rodeado de individuos torvos y posiblemente armados. Era así. Un catalizador de aventuras. Un Tintín con el alma grávida de un Haddock». 

Viajando en un avión de carga en Afganistán. Imagen: Enrique del Viso / Álbum familiar.

Ricardo había buscado contactos con la red de Osama Bin Laden antes de los atentados del 11 de septiembre de 2001 en el World Trade Center. «Hay bastantes taxistas afganos [en Nueva York] y todo había empezado con una carrera casual por Manhattan con uno de aquellos taxistas, con quien había entablado conversación en ruso sobre Afganistán. El taxista le dio alguna pista y le dejó su teléfono. Ricardo hizo varias llamadas a aquel número antes del 11S. Luego se enteró de que su nombre figuraba en las listas de sospechosos del FBI, que había indagado sobre su persona ante el CESID a causa de aquellas llamadas», contaba Rafael Poch.

Diecinueve meses antes del 11 de septiembre de 2001, Rafael y Ricardo habían entrevistado al comandante afgano, contrario a los talibanes, Ahmed Masud cerca de Talukán, en la visita «más peligrosa» a Afganistán que el ahora excorresponsal de La Vanguardia recuerda: «Dos horas antes del atentado contra las Torres Gemelas, Ricardo, que para entonces ya trabajaba en Manhattan, me telefoneó a Moscú. Dos días antes habían matado a Masud en un atentado suicida muy poco afgano y Ricardo estaba “mosca”, me dijo. Otra de sus grandes cualidades periodísticas era la intuición. “¿Se estará preparando algo en Afganistán?”, se preguntaba. La respuesta la obtuvo aquel mismo día [11 de septiembre de 2001] en Nueva York, junto a su oficina». 

Carlos Hernández de Miguel, amigo de Ricardo y corresponsal de Antena 3, recibió una llamada suya desde Nueva York el 11 de septiembre, poco antes de comenzar el informativo de las tres de la tarde: «Carlos, una avioneta se ha estrellado contra una de las Torres Gemelas y está ardiendo». Tras la sintonía del informativo y una breve crónica de la mañana, Matías Prats daba paso urgente a Ricardo Ortega por vía telefónica para que contara lo que estaba sucediendo en ese instante en el World Trade Center de Nueva York: «Puedo ver en estos momentos cómo está la cúpula de la torre absolutamente envuelta en humo. De muchas ventanas salen lenguas de fuego. No se sabe si hay heridos».

Tratando de conectar con la redacción de Antena 3 en Afganistán. Imagen: Enrique del Viso / Álbum familiar.

La televisión emitía las imágenes en directo mientras Matías Prats y Ricardo Ortega se preguntaban qué era lo que estaba ocurriendo. Entonces, una densa humareda llamó la atención en la pantalla. Matías Prats no daba crédito: «Ricardo, ¿tú estás viendo las imágenes como nosotros?». Cuando el reportero le fue a responder, una bola de fuego resplandeció ante sus ojos. «Matías, no alcanzo a decirte lo que ocurre, pero ha habido otra explosión». En efecto, otro avión se había estrellado, pero en la Torre Sur. No había sido un accidente. 

El ataque fue reivindicado por Osama Bin Laden, líder del grupo terrorista Al Qaeda. Por su parte, el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, comparecía en una rueda de prensa utilizando palabras como «guerra» o «enemigo». La guerra estaba servida. La ofensiva (Operación Justicia Infinita y Libertad Duradera después) fue lanzada el 7 de octubre de 2001, dando comienzo con la invasión a Afganistán, terreno que ya había conocido Ricardo en 1998. Estados Unidos iba en busca de Osama Bin Laden ante la negativa de los talibanes de entregarlo.

Dushambé

Mariana Sánchez Aizcorbe estaba de vacaciones en Francia el 11 de septiembre y ya no regresó a Nueva York: «De Francia pasé a Londres a recoger una visa y, de ahí, directa a Pakistán. Me quedé en Pakistán y en Afganistán como seis meses, cubriendo el otro lado de la guerra».

El 8 de octubre de 2001, Antena 3 Noticias emitía un especial —presentado por Ernesto Sáenz de Buruaga— sobre el conflicto. En las zonas clave se encontraban los corresponsales Emilio Sanz (Afganistán), Carlos Hernández de Miguel (Pakistán), Ricardo Ortega (Nueva York), Carmen Vergara (París), José Ángel Abad (Londres) y Francisco Medina (Gaza). «Estas veinticuatro horas han sido, sin duda, las más largas de la vida del presidente [Pervez] Musharraf», relataba Carlos Hernández desde Peshawar (Pakistán).Entre los primeros periodistas en llegar a la frontera entre Pakistán y Afganistán estaba Carlos, acompañado por el cámara Diego Contreras y el productor Alfonso Molina.

Carlos había conocido a Ricardo a mediados de los años noventa, durante una de sus visitas a la sede central de Antena 3. «Él era entonces nuestro corresponsal en Moscú y yo trabajaba como cronista parlamentario, por lo que no tuvimos apenas relación hasta que fui nombrado subjefe de la sección Internacional en 1998. A partir de ahí es cuando se va fraguando nuestra relación laboral y también personal». Carlos y Ricardo no perdieron el contacto desde entonces, ni en el Medio Oriente. «Cuando yo estaba en la frontera entre Afganistán y Pakistán y él se encontraba con la Alianza del Norte, en el Valle del Panshir, nos llamábamos para intercambiar impresiones. Yo solía pedirle consejo porque él ya había estado, casi siempre, en los conflictos que yo cubría por primera vez». Y aquel en concreto no había hecho más que empezar.

Ricardo Ortega llegó a Dushambé (Tayikistán) con el cámara Jesús Quiñonero y el productor Javier Valero para entrar en territorio afgano. Los tres sustituían a Emilio Sanz, Koldo Hormaza y Timur Shaakhasvili. Para llegar a tierras afganas, el equipo tomó un helicóptero de fabricación rusa de la Alianza del Norte que estos utilizaban para suministrar medicinas. Con él debían llegar a su base, en Joía Bahaudim. «Ricardo conocía a un ministro de la Alianza del Norte y hablaba en ruso con él. Gracias a sus gestiones nos colaron en uno de esos helicópteros. Volamos con los pies encima de un enorme depósito de gasoil», recuerda Jesús Quiñonero en Salgo para Haití. Guillermo Altares, corresponsal de El País en Afganistán, sigue impresionado a día de hoy por la manera que tenía Ricardo de trabajar: «Era valiente (para mi gusto cobardón, demasiado valiente) y siempre quería ir un poco más allá». 

Entrevista con el general Masud. Imagen: Enrique del Viso / Álbum familiar.

El equipo de El País cambió tres veces de grupo en la región (los relevos se hacían más o menos cada mes, según Altares) y Ricardo Ortega, al contrario que sus compañeros, no interrumpía su labor en la zona de conflicto. Guillermo Altares relevó a Ramón Lobo y a Gervasio Sánchez en Dushambé, en noviembre de 2001, antes de la caída de los talibanes, y a él le sustituyó Juan Pedro Velázquez-Gaztelu. «Era la primera guerra a la que iba y estaba muy perdido. Me dijeron que había un periodista de Antena 3 muy majo que se llamaba Ricardo Ortega que me podía ayudar, pero que necesitaba un generador. Compré uno, que no sabía ni cómo funcionaba, y fui a casa de Ricardo en Khvajeh Ba Odin, donde mataron a Masud. Allí se había instalado un centro de prensa, pero había que tener electricidad y un generador era imprescindible. Yo ponía el generador y ellos tenían la estructura de una tele». Guillermo Altares y Ricardo se iban a ver de nuevo, más tarde en Kabul, compartiendo habitación.

La muerte de Masud dos días antes de los atentados del 11 de septiembre reforzó las intenciones de Estados Unidos por entrar en Irak una vez iniciada la intervención en Afganistán, vinculando a Osama Bin Laden con Sadam Husein. «Estados Unidos utilizó los ataques del 11 de septiembre como una excusa para atacar a Irak. Habían perdido la perspectiva de las causas del 11 de septiembre», confesaba Husein en 2004 al agente del FBI George L. Piro después de su captura.

El 5 de febrero de 2003, el secretario de Estado de los Estados Unidos, Colin Powell, defendió ante el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas las pruebas de la Administración Bush contra Irak por poseer «armas de destrucción masiva». Ricardo Ortega daba su visión ante la cámara de Antena 3 desde la sede de la ONU: «Pésima coreografía. Hay que ser un experto o tener mucha imaginación para interpretar las fotografías y grabaciones que ha compartido aquí el secretario Powell. Dos ideas: Sadam miente y Sadam es amigo de Osama. Para tragarse el discurso de Powell hay que creerse también tres axiomas: la CIA es infalible, la CIA jamás ha fabricado o manipulado pruebas, y los equipos de inspectores de Naciones Unidas son poco menos que ingenuos e incompetentes. Francia, Rusia, China, miembros con derecho de veto del Consejo de Seguridad, han reaccionado de inmediato: “Gracias por las pruebas, señor Powell —han dicho—, pero son sospechas o indicios. Para lanzar una guerra hay que basarse en hechos concluyentes. Por tanto hay que duplicar o triplicar el número de inspectores, cualquier acción bélica tiene que pasar por el Consejo de Seguridad y no tiene sentido lanzar una guerra mientras no se hayan agotado las vías diplomáticas”. Los británicos, más belicosos. Sadam ha perdido su última oportunidad para desarmarse pacíficamente».

Carlos Hernández se encontraba en Bagdad desde enero de 2003, cuando la guerra era «solo una posibilidad en el horizonte». «Confieso que llegué en plena madurez profesional. Había aprendido mucho de los errores que había ido cometiendo en anteriores conflictos. Fui plenamente preparado y con unos compañeros de lujo. Además, Antena 3, como ocurría en aquellos años en la mayor parte de los medios, nos daba cobertura total: chalecos antibalas, seguros especiales de vida… Teníamos todo lo necesario para trabajar con el menor riesgo posible».

En Afganistán, durante una entrevista. Imagen: Enrique del Viso / Álbum familiar.

Madrid

El 16 de marzo de 2003, Tony Blair, George W. Bush, José María Aznar y José Manuel Durão Barroso (anfitrión) se reunieron en el archipiélago de Las Azores, donde se acordó dar un ultimátum al régimen Irakí para su desarme antes del 17 de marzo. Ante la oposición de Sadam Husein, el ejército estadounidense dio inicio al bombardeo y las tropas, también las británicas y aliadas, iniciaron la invasión del país el 19 de marzo de 2003. Los líderes políticos no esperaron una segunda resolución del Consejo de Seguridad de la ONU sobre la autorización del uso de la fuerza para entrar a Irak. Tampoco escucharon a los millones de ciudadanos que se manifestaron por todo el mundo en contra del conflicto, antes, durante y después.

La información recogida por el inspector general del Departamento de Defensa, Thomas Gimble, que se recopiló durante los interrogatorios a Sadam Husein y a dos de sus colaboradores, fue desclasificada el 5 de abril de 2007, demostrando que no había existido relación alguna entre Al Qaeda y Husein. El informe concluía que Douglas Feith, subsecretario del Pentágono, ignoró las tesis de la CIA. Sandro Pozzi contaba en El País, desde Nueva York, la revelación de los documentos: «Feith afirmó en septiembre de 2002 que la relación entre Al Qaeda e Irak era “madura” y “simbiótica”, que la CIA “concluyó meses antes de la intervención en marzo de 2003 que no existía tal vínculo” y que “la hipótesis de la colaboración entre Husein y Osama Bin Laden fue descartada por primera vez en 2004, en el informe elaborado por la comisión que investigó los atentados del 11 de septiembre”».

Las manifestaciones en contra de la guerra se habían vuelto más intensas, y la muerte de varios periodistas agitó el avispero. Según cifras del Comité para la Protección de los Periodistas, desde 2003, cuando comenzó la invasión de Irak y hasta el año 2007, en el país fueron asesinados ciento ochenta y cinco periodistas, de los cuales ciento diez asesinatos se cometieron con impunidad. El británico Terry Joyd, de Independent Television News, fue el primero, tres días después del inicio de la guerra. Trece compañeros más le siguieron, entre ellos Julio Anguita Parrado (7 de abril) y José Couso (8 de abril). En España, los compañeros de Julio Anguita y José Couso pidieron justicia y arremetieron contra Aznar, pero exigir responsabilidades por la muerte de Anguita y Couso al que entonces era presidente del gobierno iba a traer consecuencias.

Dos meses después del inicio de la guerra, el 7 de mayo de 2003, Antena 3 Televisión presentaba un ERE autorizado por el Ministerio de Trabajo (a cargo del ministro Eduardo Zaplana), con el que doscientos quince trabajadores de la cadena se iban a tener que ir a la calle (inicialmente iban a ser trescientos noventa). Entre ellos, cincuenta y cuatro redactores de la sede central de San Sebastián de los Reyes. Además de directores, corresponsales o presentadores: Rosa María Mateo, Olga Viza, Pablo Larrañeta, Mercedes Cámara, Rafael Jiménez, Marta Robles, Carlos Hernández de Miguel…

Una de las razones —pero no la más determinante— por la que Carlos Hernández fue despedido de Antena 3 Televisión vino por haber exigido justicia en el caso Couso. «Varios periodistas estábamos marcados por resultar incómodos para la línea de manipulación informativa que se dictaba desde Moncloa. También había otros trabajadores de la cadena señalados por sus actividades sindicales y de oposición al proceso de despido colectivo que pusieron en marcha. A todos nos liquidaron de diversas maneras […] De hecho, prácticamente todo el comité de empresa fue despedido con cuentagotas sorteando la legislación que les protegía como representantes de los trabajadores que eran. El ERE fue solo una herramienta más que les sirvió para reducir personal, eliminar a algunos personajes incómodos y, de paso, atemorizar a los que se quedaran en la empresa».

Fumando mientras observa la situación junto a la cámara. Imagen: Enrique del Viso / Álbum familiar.

En cuanto a Ricardo, Rafael Poch publicó cómo su compañero había sido cesado como corresponsal de Antena 3 en Nueva York. En uno de los últimos correos electrónicos que se cruzaron, Ricardo le contó que fue despedido «por una presión expresa de La Moncloa». El mensaje de Ricardo, tal y como recordaba Poch, estaba lleno de «reflexiones amargas». María José Zamora también reconoce que Ricardo había recibido «muchas presiones» durante la época de la preguerra de Irak: «Entonces todavía era director de informativos Ernesto Sáenz de Buruaga. En julio de 2003 llegó a ese puesto Gloria Lomana». 

Se acercaba el otoño del 2003 cuando Ricardo llamó a Carlos Hernández para informarle de que Gloria Lomana le había comunicado su cese como corresponsal en Nueva York. «Según me transmitió, Gloria le ofreció irse a Madrid, pero no le concretó para hacer qué. Ricardo era consciente, y así me lo contó: estaba pagando su honestidad informativa durante la guerra de Irak. Una honestidad que disgustó tanto a los responsables de informativos, en contacto permanente con una Moncloa preocupada por el coste político de su apoyo a Bush y a Blair, que le obligaron a tomarse vacaciones en plena guerra y enviaron a una periodista desde Madrid para sustituirle». En aquella conversación, Ricardo le dijo a Carlos: «Me mandan a Madrid a hacer pasillos». 

Después de su cese, Ricardo había vuelto a escribir. Lo hizo en La Clave, con Carlos Hernández. También retomó el documental sobre Chechenia que tenía en mente desde hacía un tiempo: «El viaje que hizo su último verano, después de dejar Antena 3, fue a Chechenia. Aún había mucha historia que contar y algunos medios estaban interesados en ello», añade Charo Fernández. 

También tenía Ricardo planeado viajar a Taiwán para cubrir las elecciones, gracias a una rifa de la ONU. Era —dijo Rafael Poch— «un viaje organizado y financiado por la “diplomacia de los dólares” de Taipei». Varios días después, Ricardo acabó confesándole a Carlos Hernández que había decidido pedirse una excedencia y quedarse trabajando como freelance en Nueva York. «No estaba dispuesto a dejar la primera línea y su vida en Estados Unidos para pasar a ocupar una mesa, sin función alguna, en Madrid», cuenta Carlos.

¿Fue una traición lo que sufrió Ricardo con Antena 3? Mariana Sánchez no recuerda qué fue lo primero que Ricardo le dijo tras su cese, pero sí recuerda que él pensaba que la instrucción venía «de más arriba que los directivos del canal»: «Había en él una suerte de orgullo por no haber cedido a las presiones, pero también recuerdo que se sintió traicionado», sentencia.

Puerto Príncipe

A finales de febrero de 2004, Ricardo toma la decisión de viajar a Haití para cubrir la revolución armada contra el presidente Jean-Bertrand Aristide. Allí se encontraría con Mariana, enviada por la CNN. «Yo me fui a Haití mucho antes que Ricardo. Él y yo ya no estábamos juntos, pero nunca dejamos de hablarnos y, en esencia, de protegernos». Cuando los grupos armados llegaron a Puerto Príncipe, liderados, entre otros, por el ex jefe nacional de policía Guy Philippe, vinculado al boicot del 2000, Aristide se vio obligado a huir del país. En su defensa estaban los grupos Pro Lavalas-chimeres. 

«Ricardo pretendía ganarse la vida como freelance y tenía varios proyectos entre manos. Cuando todos sus colegas de Nueva York se desplazaron a Puerto Príncipe, Ricardo no quiso quedarse atrás. Tenía en mente grabar sus propias crónicas e intentar venderlas a las televisiones españolas, empezando por la propia Antena 3 que, nada más conocer que estaba en Haití, aceptó de inmediato», explica Corina Miranda. Isabel Piquer, destacando el ánimo de Ricardo, cree que su amigo se fue a Haití «porque pensaba, erróneamente, que tenía algo que demostrar»: «Empezó a entusiasmarse con la historia y lo decidió todo muy rápido. Tomó la iniciativa sin tener las cosas cerradas con Antena 3. Me acuerdo que le dije que no me parecía una buena idea. Que la historia no valía la pena».

«En aquel momento, antes de emprender el viaje, Ricardo trató de negociar con Antena 3 una suspensión de la excedencia para cubrir los acontecimientos que ocurrieran en ese país. Tal y como me fue contando en esos días previos, Antena 3 le dijo que no le interesaba el tema y que no procedía suspender la excedencia», aclara Carlos Hernández, quien recibió un correo de Ricardo el 26 de febrero de 2004 en el que manifestaba su confianza en que «si la situación se volvía informativamente más interesante, Antena 3 acabaría por suspender su excedencia, permitiéndole enviar crónicas desde allí»: «Carlos, échame un cable, compañero. Anoche, de repente, víctima de una revelación o un cortocircuito decidí que me iba a Haití sin dilación. Reservé el billete para esta mañana, hice el equipaje, preparé billetes pequeños y llamé a un amigo periodista argentino en Puerto Príncipe para cuestiones de logística. Me ofrece un jergón en su habitación. He pospuesto el plan por un día, por sugerencia del mencionado amigo. Me dijo que en las orgías de ayer, los chimeres golpearon y saquearon a periodistas y que las opciones de ser desvalijado en la ruta del aeropuerto son demasiado grandes. El plan es descabellado. Me planto en Haití, llamo a Antena 3 y compruebo cómo funciona la política de hechos consumados. Quizás me esté precipitando, dime qué te parece».

Ricardo también se lo comunicó a Rafael Poch: «Salgo para Haití», dijo. «Calculó fríamente sus posibilidades. Le interesaba más no romper con Antena 3», relataba Poch. «Con algunos de sus jefes mantenía una excelente relación personal. Se trataba de intentar seguir vendiendo reportajes a esa y otras cadenas en calidad de autónomo». Durante la correspondencia, Ricardo le pidió absoluta discreción a Rafael. Finalmente, Ricardo tomó un vuelo con destino a Haití.

El sábado 6 de marzo de 2004, la situación en Puerto Príncipe había perdido algo de interés y varios periodistas consiguieron una avioneta para volar hasta Santo Domingo (República Dominicana) y volver a casa. Ricardo pudo haberse ido con ellos, pero decidió seguir en Haití; al día siguiente, el domingo 7, se había convocado una manifestación, en apoyo al nuevo régimen, que iba a terminar ante el Palacio Presidencial. Los marines de los Estados Unidos —presentes en Puerto Príncipe desde el 29 de febrero— y los gendarmes franceses protegerían la concentración. Y Ricardo, como era natural, sentía que debía estar allí.

El reportero gráfico Javier Teniente cubría el suceso cuando empezó el momento más crítico de la manifestación: «En un momento dado, aparece gente de Aristide y se monta un lío grande. Todo el mundo estaba festejando el final de la manifestación en el Palacio Presidencial cuando llegó la policía. Me acerqué hasta allí a hacer unas fotos y comenzaron a tirarles piedras. Salté y me fui a otra parte, donde me encontré con Ricardo. Empezamos a comentar lo que estaba pasando y apenas un minutó después comenzamos a escuchar disparos de armas automáticas», narraba Teniente en el reportaje especial Muerte de un periodista que Jesús Martín Tapias, Diego Contreras, Idoia Avizanda y Koldo Hormaza hicieron para reconstruir los últimos momentos de Ricardo en la capital haitiana. 

Apoyado en la cámara en la etapa de Grozni. Imagen: Enrique del Viso / Álbum familiar.

Ricardo Ortega y Javier Teniente acudieron al origen de las detonaciones. Allí supieron que el periodista Michael Laughlin, del Sun Sentinel, había sido herido durante la revuelta entre la policía y los chimeres. En medio de los disparos, los reporteros se resguardaron. «Es mejor irse de aquí», dijo Ricardo mientras huía con su traductor hasta la calle Lamarre, barrio chimer. Dos haitianos indicaron a los periodistas dónde se encontraba el compañero herido. En la carrera, Javier perdió de vista a Ricardo y a su traductor.

Laughlin había recibido tres disparos. François Joseph, vecino de la zona, acudió en su ayuda, abriéndole el portón de su casa, también a Marcel Mettelsiefen (EP Agency), Walter Astrada (Associated Press), Jaime Rázuri (AFP), Daniel Morel (Reuters), Peter Bosch (Miami Herald) y a Ricardo, que, antes de refugiarse en la vivienda de Joseph, llamó a una ambulancia para que asistiera a Laughlin. Se rumoreaba, mientras tanto, que los chimeres estaban disparando desde los tejados. Los periodistas llamaron a la embajada de los Estados Unidos para que los marines fueran a sacarlos de allí. 

A la vez que grababa con su cámara a escondidas, Ricardo llamaba por teléfono a la redacción de Antena 3: «Hola, soy Ricardo. Hay un periodista herido en la cabeza y en el cuello. Tengo que dejarte. Estoy en medio del “fregao” y no puedo ver, pero parece que está bien. Hemos llamado a una ambulancia para que vengan a recogerlo y los marines han salido, están patrullando toda esta calle. Está muy mal todo […] Oye, tengo que cortar, que tengo que correr. Chao». En la redacción de Antena 3, al otro lado del teléfono, estaba María José Zamora: «Hablamos varias veces, aunque la comunicación fallaba bastante a menudo. A las nueve de la noche, hora española, cuando comenzaba el informativo, se estaba produciendo un tiroteo. Intenté pasar la llamada de Ricardo a control para que le pincharan en directo, sin éxito», detalla María José.

En medio del tiroteo, Walter Astrada y Jaime Rázuri salieron corriendo, atravesando el callejón y trepando el muro que limitaba con otra de las calles adyacentes. Marcel Mettelsiefen, Michael Laughlin y Peter Bosch permanecieron dentro de la casa. Fuera se encontraba Ricardo, parapetado en la entrada. Daniel Morel iba a escapar también cuando recibió la llamada de la embajada para preguntarle por su estado. Les dio la localización y esperó. Los marines no tardaron en aparecer.

Con el aviso de llegada de los soldados norteamericanos, Ricardo corrió a la calle para unirse a un grupo de personas que levantaba las manos en señal de júbilo. Los periodistas y reporteros gráficos elevaban las cámaras por encima de sus cabezas. «¡Están aquí, están aquí!», gritaba Ricardo. Pero se había expuesto demasiado.

Dos balas impactaron en el pecho y abdomen de Ricardo, reportaron fuentes médicas haitianas. Su traductor estaba en el suelo, muerto, y François Joseph, el vecino que le había dado auxilio, se echaba mano a la cadera. Los heridos fueron trasladados al hospital a bordo una ambulancia, hacinados en la parte trasera del vehículo. Michael Laughlin, que también iba en la furgoneta, agarró a Ricardo de la rodilla y le pidió que aguantara. Todavía tenían veinte minutos de camino hasta el hospital de Canapé Vert. 

Una hora después del ingreso de Ricardo, y tras evaluar la gravedad de las heridas, el equipo médico no pudo hacer nada para salvar su vida. Marcos Delgado, fotógrafo de la Agencia EFE, escuchó las que pudieron ser las últimas palabras de Ricardo, que había entrado con vida en Canapé Vert: «Trabajo para Antena 3. No puedo respirar», describía Delgado en El País.

María José trató de volver a contactar con Ricardo, pero el teléfono no daba señal. «No me preocupé demasiado, porque las comunicaciones fallaban constantemente. Eché un vistazo a los teletipos y el último decía que un periodista norteamericano, Michael Laughlin, había resultado herido». Al acabar su jornada, María José se marchó a casa, pero a los veinte minutos recibió la llamada de una compañera: «Ricardo ha muerto». «No me lo podía creer», recuerda Zamora. «Hacía muy poco que había hablado con él. Le pregunté [a la compañera] si estaba segura de que era él (pensé que podría tratarse de una equivocación y ser el periodista estadounidense). Me contestó que sí».

Mariana Sánchez mantuvo contacto con Ricardo casi a diario en Haití. «Hablábamos al final del día de lo que habíamos hecho, intercambiábamos temas de seguridad… No estábamos juntos todo el tiempo pero sí nos veíamos. Él había comprado una cámara, no era camarógrafo, pero quiso explorar algo nuevo y, por eso, me traía los vídeos. Yo le aconsejaba cómo grabar. Recuerdo especialmente un vídeo que hizo cruzando líneas, con los chimeres. Le rogué que no hiciera nada estúpido». En la última conversación telefónica entre Ricardo y Mariana, ella estaba en medio de un tiroteo. «Ricardo me gritaba que creía que escuchaba los helicópteros de los americanos. Le pedí que se quedara escondido, que no saliera, y le dije que tenía que cortar porque debía salir del tiroteo y subir al hotel». Pasados unos diez minutos, Mariana volvió a llamar: «Me contestó alguien en creole [idioma] que tenía su teléfono y solo recuerdo que decía “Ricardo blesse”. Inmediatamente llamamos a la embajada de Estados Unidos y les grité por el teléfono para que fueran a asistir a Ricardo, pero la mujer que me contestó de la embajada no entendía nada. Colgamos y salimos volando a Canapé Vert». A su llegada, Mariana y la productora de la CNN que la acompañó se encontraron con heridos, gritos, llantos y frustración. Tras la espera, un político, uno de los líderes de la protesta, se les acercó. «No recuerdo su nombre, pero sí su cara de tristeza y desconcierto cuando salió de emergencias. Me abrazó y me dijo que Ricardo no había resistido. Me tomó de la mano y me llevó a la puerta […] Los médicos me llevaron hasta la camilla de metal donde estaba el cuerpo de Ricardo».

«Estaba en casa cuando me enteré de la noticia y enseguida me personé en la redacción de noticias de Antena 3 para saber más sobre lo sucedido. Cuando llegué, todos estaban sobrecogidos y tristes, pensando en cómo podríamos ir a recogerle», cuenta Jesús Quiñonero. Jesús, junto a Emilio Sanz, Mariana Sánchez-Aizcorbe y, entre otros, Silvio González (director de la cadena), llevó de vuelta a España el cuerpo de Ricardo, a bordo de un Boeing 707 de la Fuerza Aérea Española que hizo escala en Santo Domingo (República Dominicana) para repostar.

Cuatro días antes de ser asesinado, Ricardo había escrito su último reportaje para La Clave. El texto, publicado en el número semanal del 12 al 18 de marzo, llevaba por título «Haití: golpe de estado número 33». En él, Ricardo cuestionaba el papel de los Estados Unidos en Puerto Príncipe y desenmascaraba el pasado de los líderes de la oposición a Jean-Bertrand Aristide:

Los acontecimientos pueden cambiar, porque en estos días, la historia en Haití se escribe con pluma vertiginosa, pero a día de hoy, la torpe maniobra del Departamento de Estado norteamericano ha logrado que el régimen de Aristide sea remplazado por una junta militar, no reconocida pero fáctica, de comandantes con cargos de asesinatos y torturas. [Extracto final del reportaje firmado por Ricardo Ortega en La Clave]

Lourdes Maldonado dio la noticia de la muerte de Ricardo en los informativos de Antena 3: «Nuestro compañero Ricardo Ortega ha muerto hace tan solo unas horas a consecuencia de un tiroteo registrado en la capital de Haití. Su cadáver se encuentra ya en la embajada de España en Puerto Príncipe». El avión aterrizó en la base aérea de Torrejón de Ardoz (Madrid) a las diez menos veinte de la noche del 8 de marzo.

Al día siguiente, en las puertas de la central de Antena 3, en San Sebastián de los Reyes, se guardaron dos minutos de silencio en repulsa por la muerte de Ricardo Ortega. El comité de empresa de la cadena denunció las condiciones de trabajo de Ricardo, pero la dirección negó que al corresponsal le faltara apoyo por parte de la empresa. José Rubio, presidente del Comité de Empresa, exigió a la dirección de Antena 3 que asumiera responsabilidades. Según Rubio, Ricardo Ortega pidió una excedencia no retribuida tras haber sido «represaliado por criticar a Aznar y a Bush» y que trabajaba en Haití «sin contrato, sin cámara y sin teléfono». Tras el acto, algunos asistentes pidieron a gritos la dimisión de Maurizio Carlotti, consejero delegado de Antena 3, que no asistió a la concentración por encontrarse fuera de Madrid.

Gloria Lomana declaró ante los medios que Ricardo Ortega había llegado a Haití el 28 de febrero de 2004 «por voluntad propia». El periodista contaba con una licencia especial después de haber sido cesado como corresponsal en Nueva York, pero para estar en Haití y enviar sus crónicas a Antena 3 debía renunciar a ella: «Para ello —recalcaba— le exigimos que renunciara por escrito a su licencia». Según palabras de Lomana, Ricardo lo hizo ese mismo día. A partir de ese momento era «personal fijo», «como cualquier otro, con el seguro que se requiere en los lugares en conflicto», detallaba Gloria Lomana quien, para más información, añadió que Ricardo «no fue despedido», sino que «había solicitado una licencia especial voluntaria (por razones personales) por un tiempo de seis meses que se podía interrumpir cuando quisiera». 

Lomana también contaba que Ricardo se suscribió a un seguro especial de alto riesgo con Antena 3 Televisión y que se intentó hacerle llegar «materiales de trabajo y dinero, lo que no fue posible […] Antena 3 Televisión solo envía a las zonas de conflicto a personas de plantilla y con todas las garantías laborales. Nunca hemos enviado a un freelance». Corina Miranda fue testigo de ello: «Recuerdo la primera reunión de escaleta para el informativo de las tres de la tarde, tras la llegada de Ricardo a Haití. Gloria Lomana comentó que Ricardo no podía hacer el directo hasta que hablase con Recursos Humanos y me pidió que se lo recordase».

Con la mirada siempre puesta en un próximo destino. Imagen: Enrique del Viso / Álbum familiar.

Denia

En un primer momento se dijo que Ricardo había sido tiroteado por los chimeres, relacionándolo con los disparos de Michael Laughlin, pero Ricardo fue herido una hora más tarde que su compañero, en el momento que llegaron los marines. Los testigos aseguraron que fueron estos y no los chimeres los que dispararon a Ricardo. Garyce Anestal, otro vecino de la calle donde ocurrieron los hechos, declaró que los periodistas estaban levantando los brazos, alzando las cámaras, cuando pasaron tres vehículos americanos. También aseguraba el testigo haber escuchado disparos después.

Quien estuvo al mando del operativo americano fue el número dos de la embajada, Luis Moreno. Él mismo reconoció en el reportaje de Jesús M. Tapias para Antena 3 que «los marines utilizaban munición de gran calibre mientras que los chimeres solían disparar con armas ligeras de calibres inferiores». Según el diplomático, los marines utilizaban rifles de asalto M16 con munición del calibre 5.56 mm y ametralladoras M60 con proyectiles de 7.62 mm. Los chimeres, por su parte, hicieron uso de armas de fuego del calibre 9 mm, aunque Michael Laughlin declaró en 2009 ante el juez Eloy Velasco que el tipo de munición que se le extrajo procedía del fusil de asalto de un chimer, un AK47, que también usaba balas de 7.62 mm.

La autopsia realizada al cuerpo de Ricardo en el Instituto Anatómico Forense (Madrid) reveló que las heridas eran de munición pesada. Las investigaciones concluyeron que el disparo se hizo desde la metralleta de un marine a una cierta altura, sobre el portón de chapa de la casa de François Joseph, hacia el interior del patio. Tal y como recogía la Cadena SER, Ricardo Ortega había muerto «de un único disparo —y no dos— con un ángulo de entrada descendente y orificio de salida por la espalda». «El proyectil provocó una onda expansiva después de impactar con las costillas que desgarró órganos vitales como el hígado, el pulmón y el bazo. La bala no llegó a tocar el corazón. Una hemorragia interna masiva fue la causa final de la muerte».

Las radiografías que se le realizaron a François Joseph mostraron que la bala que él tenía alojada en su cadera también era de calibre grueso, «similar al usado por los marines», como detallaba Jesús M. Tapias. La bala de François pudo haber sido una de las que atravesó a Ricardo, pero su extracción se hizo en Estados Unidos y el proyectil nunca llegó a España, al Juzgado Central de Instrucción número 6 de la Audiencia Nacional, para poder averiguar su procedencia, por lo que no se pudo esclarecer quién efectuó realmente los disparos que mataron a Ricardo Ortega: un chimer o un soldado norteamericano. «Se podía haber hecho más, mucho más, quizás no tanto por sistemas judiciales, pero sí por investigaciones que corroboraran lo investigado por Jesús Martín, tratando de pedir información a los Estados Unidos para saber con detalle qué es lo que ocurrió aquel día. Sin embargo, la opacidad del gobierno americano sobre este tipo de asuntos, habría hecho prácticamente imposible avanzar, como ya hemos visto en otros casos similares. Quizá se podía haber hecho más ruido, pero se hubiera convertido en un arma arrojadiza más de la crispación política de la época y el resultado hubiera sido el mismo, pero con más dolor», lamenta Charo.

Hubo veintiocho detenidos relacionados con la muerte de Ricardo. Entre ellos, Jean-Michel Gaspard, ex agente de policía, e Yvon Antoine (apodado Yvon Zapzap). «Parece lógico pensar que iba ser difícil que, en Haití, en aquel momento, se pudieran realizar investigaciones con los suficientes recursos para saber que ocurrió», cuenta Charo. Para la defensa, Antena 3 contrató a los abogados Louis Gary Lissade y George Moïse. «Muchos de los pasos que dimos —explica la madre de Ricardo— fue por lo que nos aconsejaron sobre lo que se podía hacer, cómo se podía hacer y lo que era más recomendable». Sin embargo, el informe forense que se hizo en su momento había «desaparecido misteriosamente». El doctor que atendió a Ricardo Ortega, Lucien Russeau, no quiso hacer declaraciones; solo se limitó a decir que Ricardo había ingresado en un «estado de shock irreversible». 

«El trato con las autoridades haitianas —alude Charo— fue correcto, pero también al final formó parte la simulación: no coincidían las palabras que escuchamos de boca de las autoridades y sus conclusiones con lo que se transmitió a la prensa». Y añade: «Por las investigaciones de Jesús Martín, nosotros tenemos la convicción de que fueron los marines. Sabemos que es algo que no podremos demostrar nunca, y quizás para protegernos y no añadir sufrimiento, no lo hemos convertido en una prioridad y sí conservar la memoria de Ricardo, que se le recuerde tanto como persona como periodista».

La causa fue abierta por el juez Juan del Olmo en 2004 y Pablo Ruz continuó la investigación —tras un año parada— en 2008, después de que Charo y José Luis dieran a conocer en mayo de ese año el auto de Bernard Saint-Vil, juez de instrucción del Tribunal de Primera Instancia de Puerto Príncipe, que decía así: «Ha quedado establecido a raíz de la declaración de los testigos y de la inspección ocular que han sido los militares extranjeros quienes han disparado a la altura del pecho y que son responsables de la muerte del periodista español Ricardo Ortega». Por su parte, Ruz —cuenta María José Zamora— «había pedido anteriormente el envío de un equipo de investigación a Haití y tomar declaración como testigo a Laughlin, el periodista norteamericano herido con el que Ricardo estuvo en el callejón», pero ninguna de las dos peticiones se cumplieron. Laughlin sí llegó a declarar, pero por videoconferencia, ante el juez Eloy Velasco. Sin embargo cambiaría su versión y descartó la autoría de los marines en el asesinato de Ricardo. 

El 21 de febrero de 2011, se archivaba la causa por escasez de pruebas, acordando el «sobreseimiento provisional por falta de autor conocido». Basándose en las imágenes que Ricardo estaba grabando con su cámara en el mismo momento del disparo, el juez Velasco concluía que el autor pudo haber sido un francotirador oculto en la zona, «una silueta de color negro» que se había colocado en la esquina de la cornisa de un edificio que Ricardo tenía de frente en el momento de los disparos: «Ricardo sale de una casa en la que se había refugiado y se ve la silueta situada en la esquina de la primera planta del edificio, inmediatamente después de ser visualizada esa silueta por la cámara se produce el disparo que le causa la muerte». Sin embargo, El País reveló que «las balas no procedían de los tejados donde estaban apostados los haitianos», dado que la trayectoria del proyectil que impactó en Ricardo —entró por debajo del pecho izquierdo y por encima del diafragma— indicaba que surgió de la calle, donde estaban las tres patrullas de los marines estadounidenses, y que había sido efectuado por encima del portón.

El excorresponsal en Asia y exdirector de El Mundo, David Jiménez, que compartió cobertura en Afganistán con Ricardo Ortega, considera que lo sucedido con el periodista de Antena 3 fue «uno de los símbolos de la derrota del periodismo».

Escribía Rafael Sánchez Ferlosio que «la guerra destruye y degenera moralmente a un pueblo, al vencedor y al vencido». La capilla ardiente de Ricardo se instaló en el Tanatorio de la M30, en Madrid, y sus restos mortales fueron incinerados en el cementerio de La Almudena, el 9 de marzo de 2004. Hoy, las cenizas de Ricardo descansan en Denia, lejos del fuego, al lado del mar. Había narrado la barbarie descrita por Sánchez Ferlosio en diferentes partes del mundo, donde silbaban las balas, pareciendo inmortal, pero en Haití pasó por alto el consejo de Jesús Martín Tapias: «No te pongas nunca delante de los americanos».


Bibliografía y hemeroteca:

Salgo para Haití, Corina Miranda y Jesús Martín Tapias. APM, 2011

Archivo Antena 3 Televisión

Ricardo Ortega murió por disparos de militares extranjeros en Haití, Ana Lozano. El Mundo, 2008

Diario de Pekín. Salgo para Haití, Rafael Poch. La Vanguardia, 2004

La Audiencia archiva la investigación sobre la muerte de Ricardo Ortega, José Yoldi. El País, 2011

Militares extranjeros mataron a Ricardo Ortega, Rosario G. Gómez. El País, 2008

Antena 3 reconstruye las últimas horas de Ricardo Ortega en Haití, Isabel Gallo. El País, 2004

No me callarán. ¿Una ficción sobre Ricardo?, Carlos Hernández de Miguel. Ahora ya no me importa molestar, 2014.

Ricardo Ortega (ojalá no tuviera que escribir este post), Corina Miranda. APM, 2014

Detenido un ex policía en Haití por la muerte de Ricardo Ortega. EFE, 2004

Ricardo Ortega y la dignidad de la información, Juan Goytisolo. El País, 2004

Historias de guerra de un reportero, Guillermo Altares. El País, 2017

Ricardo Ortega, diez años después, Jesús M. Tapias. El Mundo, 2014

El reporterismo de Ricardo Ortega dignificaba la profesión periodística. APM, 2011

Goytisolo dice que «toda guerra es una oficina de propaganda» y el reportero lucha con «la ocultación continua». Europa Press, 2006

La madre de Ricardo Ortega insta a defender los principios del periodismo. EFE, 2013

Memorias de una corresponsal de guerra. Página Siete, 2014

España en Irak: del error al horro, Miguel González. El País, 2013

“Aznar estaba decidido a invadir Irak incluso sin Reino Unido”, María Torrens Tillack  Pablo Mayo Cerqueiro. El Español, 2016

El último informe que pidió Exteriores antes de la guerra de Irak consideró ilegal la invasión, Ernesto Ekaizer. El País, 2005

No hubo relación entre Sadam Husein y Al Qaeda, Sandro Pozzi. El País, 2007

EE UU comienza el ataque sobre Irak, Yolanda Monge. El País, 2003

Objetivo: Sadam. Resoluciones de la ONU. El Mundo, 2003

Comunicado de prensa de la ONU. Consejo de Seguridad — Resumen de 2003

Osama bin Laden cometió un error garrafal con el 11S, Peter Bergen. CNN, 2016

Terry Lloyd: No charges over death of ITN reporter killed in Irak. The Guardian, 2008

Los padres del periodista Ricardo Ortega piden que investigue si su hijo fue asesinado por marines. Atlas, 2008

Los autores de la muerte del periodista Ricardo Ortega fueron militares. RTVE.ES, 2008

Familiares, amigos y compañeros visitan la capilla ardiente del periodista Ricardo Ortega. El País, 2004

Ortega no tenía papeles, chaleco, teléfono ni cámara cuando murió. Agencias, 2004

La familia de Ricardo Ortega aclara que murió a manos de tropas extranjeras. EFE, 2008

Sun—Sentinel photographer wounded, spanish journalist killed, In Haiti Violence. NPPA.org, 2004

“No puedo respirar”, Juan Jesús Aznarez. El País, 2004

Los compañeros de Ricardo Ortega le rinden homenaje ante la sede de Antena 3, Arturo Díaz. El País, 2004

Un francotirador mató a Ortega al salir de una casa donde se refugió, Toni Cano. Diario de Córdoba, 2004

La Audiencia reactiva la investigación de la muerte en Haití del periodista Ricardo Ortega. EFE, 2008

Conclusiones de la investigación sobre la muerte del periodista Ricardo Ortega: en tela de juicio la fuerza de interposición norteamericana. Reporteros Sin Fronteras, 2008

Relatoría especial para la libertad de expresión concluye visita a Haití y formula recomendaciones. OAS.org, 2007

Chechenia, Ramón Lobo. En la boca del lobo, 2009 

Muerte de un periodista, Jesús Martín Tapias, Diego Contreras, Idoia Avizanda y Koldo Hormaza. Antena 3, 2004

Sobre la guerra, Rafael Sánchez Ferlosio. Ediciones Destino, 2007

Territorio comanche, Arturo Pérez—Reverte. Ollero y Ramos, 1994

Haití: golpe de estado número 33, Ricardo Ortega. La Clave, 2004

Historias de Nueva York, Enric González. RBA, 2010

Aznar no se arrepiente de nada, Pepa Bueno. Cadena SER, 2017


Apuntes de viaje inacabados: de la Toscana a Francia con Leonardo

Fotografía: Juan Echeverría

Busto de Leonardo en su supuesta casa natal de Ancchiano (Vinci).

No le veo la gracia de ser artista si uno no intenta siempre ser perfecto. (Iris Murdoch)

Leonardo da Vinci tenía tendencia a dejarlo todo a medias.

Los hombres geniales empiezan grandes obras, los hombres trabajadores las terminan.

No es que fuera un holgazán, digamos que… se distraía con facilidad. Algún neuropsiquiatra le ha diagnosticado TDHA. Proyectos por ejecutar, encargos postergados, pedidos con retraso, ideas brillantes que abandonaba… Porque esa es la única perfección posible, la que permanece inacabada. Como la noche deja inacabado el día. Como el mañana deja sin terminar la vida.

Oh durmiente, ¿qué es el sueño? El sueño se asemeja a la muerte; ¿por qué no te aplicas entonces a la realización de una obra que, después de la muerte, te dé una semblanza de vivo perfecto, en vez de hacerte similar a los tristes muertos viviendo con el sueño?

Leonardo iba para notario, como lo fuera su tátara-tatarabuelo Michele y el hijo de este, y el hijo del hijo de este. Pero nació bastardo y se libró de continuar con la profesión familiar. Ser vástago ilegítimo no le supuso trauma ni desdoro alguno, solo quebraderos con testamentos; casos como el suyo se contaban por cientos en el censo.

[Cotejar la ascendencia de Boccaccio, Lorenzo Ghiberti, Filippino Lippi y León Battista Alberti].

Quien practica el coito con agresividad y disgusto engendrará hijos iracundos y problemáticos, pero si la relación se lleva a cabo con amor y gran deseo de las partes, el niño, el niño poseerá gran inteligencia y será ingenioso, vivaz y amable.

Dicen de Leonardo que era un hombre dulce y ameno. Que jamás habría matado a una mosca —las vivisecciones en pos de la ciencia no cuentan—. Amante de los animales, compraba pájaros enjaulados para ponerlos en libertad —y examinar su aerodinámica—. Era un dechado de cortesía y carisma; amigo de sus amigos, fueran pobres o ricos; un alma grande y generosa, de conversación encantadora…

Quien siembra virtud, fama recoge.

Y sigue siendo el vecino predilecto de Vinci, la localidad toscana donde pasó su infancia.

Cosas que ocurrieron hace muchos años nos parecen con frecuencia próximas y cercanas al presente, mientras que muchas cosas ocurridas recientemente nos parecen tan lejanas como los días de juventud.

Durante un tiempo se creyó que la madre del artista pudo haber sido una humilde sirvienta del castillo, imaginando, por tanto, que dio a luz en lo que hoy es parte del Museo Leonardiano. No obstante, las hipótesis recientes se inclinan —con idéntica evidencia documental nula— por ubicar la casa natal en una poderetto de Ancchiano, burgo a la afueras donde parir de forma discreta —y abrir otro museo; se llega por carretera o dando un paseo campestre por la Strada Verde—. En cualquiera de las suposiciones, se trataría de una muchacha pobre, motivo por el cual resultaba impensable que la desposara un agremiado al prestigioso Arte dei Giudici et Notai —sí podía llevársela a la cama—. Ser Piero, el padre, acabó casándose con la heredera de un notario florentino, como le correspondía; a Caterina, la madre, le colocaron otro marido —un camorrista de San Pantaleo; se llega dando otro paseo entre un escorzo de aceitunos y parras. Una garza aguada alza el vuelo asustada. 

De camino a Ancchiano por la Strada Verde (Vinci).

[Las garzas alimentan a sus crías con presas regurgitadas hasta que cumplen las ocho semanas]. 

En cuanto al renacuajo de Leo, creció al cuidado de sus abuelos paternos y de su tío. Al menos así figura en el padrón del municipio.

Patricia asegura que residían donde ahora está su tienda de alimentación. «Tenemos lo mejor de la gastronomía toscana». Aunque no hay ninguna placa en la entrada, ni aparece señalado con un puntito rojo en el mapa de la città. «Eso es culpa del sindaco de izquierdas. ¡Falta promoción, dar a conocer a nuestros artistas fuera! ¿Conoces a Alberto Marconcini? É molto bravo! ¿Y has visto la Piazza de Mimmo Paladino? ¿Y la exposizione de la Fundazione Carlo Pedretti? ¡Ma tutti los turistas se van a Firenze!». Patricia huele a obleas de anís. «¡Ignoran que Da Vinci se llama así porque era de aquí!».

Los que piensan poco se equivocan mucho.

Le bautizaron en la iglesia de Santa Croce, se supone. La pila es del siglo XV y no la han cambiado desde entonces. Fuente bendita. El bronce apocalíptico de Cecco Bonanotte justo encima.

Los ríos perderán su caudal, el fértil suelo dejará de brotar sus gráciles frondas, los campos perderán el adorno de las plantas renovadas; los animales, no encontrando hierbas frescas que pacer, morirán; faltará la comida a las bestias rapaces: leones, lobos y otras fieras que viven de la caza; y los hombres, agotados todos los expedientes, perecerán al fin.

Otro escultor, Mario Ceroli, regaló a la villa un hombre de Vitruvio en madera. Está basado en el dibujo de Leonardo, el de las monedas de un euro italiano.

¡Oh, miseria humana, de cuántas cosas te haces esclava por el dinero!

Razón áurea. «Cuatro dedos hacen un palmo y cuatro palmos hacen un pie; seis palmos hacen un antebrazo; cuatro antebrazos hacen la altura de un hombre…». Esto siempre y cuando el modelo esté bien proporcionado. «La distancia que hay entre la parte superior de la oreja y la coronilla es igual a la distancia que va de la punta de la barbilla al rabillo del ojo». Da Vinci midió cuerpos jóvenes y recios para la ejecución de su homo ad quadratum et ad circulum. Tipos bien parecidos, de los que a él le gustaban, pibones con ricitos, como su Bautista. «Cuando un hombre se sienta, la distancia desde su asiento hasta la coronilla es la mitad de su estatura más el grosor y la longitud de los testículos».

[Coger un metro y comprobar que mi dedo gordo del pie es, efectivamente, la sexta parte del pie. Pedirle a Juan que lo del pene lo verifique él]. 

[Cotejar cuánto mide el potrillo vinciano de Nina Akamu, el que está en la Piazza della Libertà].

Nina Akamu tiene esculpidos tres caballos como este más, dos de ellos —el de Michigan y el de Milán— a tamaño original, según el encargo que en su día le hiciera Ludovico Il Moro a Leonardo: una estatua ecuestre de siete metros —los siete metros más monumentales jamás erigidos hasta entonces—con objeto de honrar la gloria eterna del difunto duque Francesco; si bien Da Vinci puso más empeño en la figura del corcel que en la del condotiero: se pasó dieciséis años frecuentando cuadras, mesuró grupas y ancas e incluso diseccionó ejemplares para estudiar tejidos óseos al detalle. Tanto profundizó en su examen que empezó un tratado de anatomía equina. Nunca lo terminaría. Luego se enredó con el diseño de establos, rumiando mecanismos para la reposición de heno y la eliminación automática de estiércol. Llegados a este punto, la escultura equina olía a (otra) obra inconclusa; aunque esta vez no fue (del todo) culpa suya: se quedó sin materia prima cuando su mecenas destinó el metal a gastos de defensa. «No voy a decir nada, porque sé cómo están los tiempos…». Setenta y cinco toneladas de bronce para fundir cañones contra los gascones. Una inversión inútil a largo plazo, pues el Milanesado cayó de todas formas —los soldados de Luis XII practicaron tiro al blanco con el molde de arcilla encabritado.

Los hombres luchan en guerras y destruyen todo lo que les rodea. La tierra debería abrirse y tragárselos.

La historia se fosiliza bajo una confusión de limo y arena. 

La historia es una vieja artrítica a la que nadie escucha cuando se queja porque le duelen los huesos y anuncia tormentas. Posibles aguaceros con aparato eléctrico.

Sara Viviani mostrando el Molino della Doccia (Vinci).

«Parece que vienen lluvias, pero es que hemos estado dos meses y medio secos…». Sara Viviani tiene treinta y un años, mil olivos y ocho hectáreas de viñas. «Es una hacienda piccola». Ella y su hermano Marco son los propietarios del Molino della Doccia, un frantoio en Vinci como el que dibujó una vez Leonardo. «Se halla medio en ruinas…». Lo ocupan murciélagos, alondras y alguna golondrina. 

La alondra es un pájaro del que se dice que, llevado ante un enfermo, si este ha de morir, le da la espalda y no le mira en ningún momento; y si el enfermo hubiera de salvarse, este pájaro no aparta de él la vista, más aún, es la causa por la que desaparece toda enfermedad.

«Hemos llevado a cabo una investigación para restaurar la almazara según siglos atrás». Su familia compró la finca en los años cincuenta y ellos retomaron el negocio hace poco. «No es fácil, pero piano, piano… Se trata de dar valor el territorio y no echar a perder todo el lavoro del nonno».

Las colinas son bajas porque se agachan, para que todo lo ancho del cielo se observe sin estorbos.

Describir por qué se adensa el aire, y por qué parece más o menos azul en momentos diferentes.

El atardecer se fermenta con nubes Sangiovese.

[Comparar la panorámica con el Paesaggio 8P, el dibujo más antiguo que se conserva de Leonardo, fechado un 2 de agosto de 1473]. 

«Yo he crecido en la campagna». Las manos callosas no acarician armiños. Espantan gatos, sacuden leccinos. «Ando en el tractor desde que era una bambina». Meriendas de pan con azúcar y tinto. «¡Soy una innamorata de Vinci!».

Creo que se da mucha felicidad a los hombres que nacen donde se encuentran los vinos buenos.

El nonno de Leonardo también explotaba parcelas de trigo, mijo, aceite y vino. «Muy probablemente, sus caldos tendrían un gusto orribile, porque en el siglo XV no había la tecnología de hoy en día para controlar la temperatura y la humedad, y aquí pasamos de los 40ºC en verano a inviernos bajo cero». Francesco Passerin tiene una buena nariz. «Hay vermentinos que ancora desprenden notas de sal, de cuando en el Plioceno esta región era un mar». Es el patrón consorte de Villa Dianella, antiguo coto de caza de los Medici rodeado de cipreses, encinas, abetos y castaños centenarios, en el Montalbano. Alberga una bodega histórica en pietra serena con Bed&Breakfast raffinato y sobrio.

Si quieres saber cómo habita su cuerpo el espíritu de una persona, fíjate en cómo trata su morada; si está desordenada, de igual manera mantendrá el espíritu el cuerpo, confuso y desordenado.

También fue residencia de Fucini, el poeta; lo enterraron en la capella.

[Preguntar a Lola la librera por Foglie al vento].

No está traducido. Es un autore del verismo. Escribía en dialecto y es molto complicato.

[Haz que alguien te enseñe toscano].

«La famiglia de Verónica, mi esposa, compró el viñedo después de la Segunda Guerra Mundial». Veintisiete hectáreas de Chianti y seis mil quinientos árboles colmados de oro líquido. Arrastran las ramas.

[Preguntar a Francesco cómo podan las oliveras en Italia].

«Nosotros podamos de forma artigianale, no como en España». Un extravirgen vero se agarra en la garganta y provoca carraspeo. «En 1985 hubo una gran gelata, los supermercati sufrieron desabastecimiento y, para dar salida a la demanda, compraron l’olio en Valencia a un precio más bajo, embotellándolo como si fuera italiano, ma la qulità non era igual». Retrogusto picante y amargura intensa. «Un litro de buen Moraiolo debería costar 25-30 euros, que estén vendiendo botellas a seis euros non è possibile!». 

[Fiasco: canasta de espadaño para empacar y transportar damajuanas].

[Colmatore: borboteador; instrumento para oxigenar el mosto durante su fermentación, cuya invención querrían atribuir a Leonardo].

Botella de vino de Villa Dianella (Vinci).

«Leonardo tuvo vides en Fiesole y en Milán; es algo que daba estatus. Pero él no se ocupaba de la plantación». En Via Dianella han clonado la cepa que se cultivaba en su huerta. «Non c’è male… Un Malvasía di Candia oloroso, afrutado… Ma será una producción modesta, insuficiente para la vendimia».

Bebe vino bautizado, poco, pero con frecuencia, mas nunca entre comidas ni con el estómago vacío.

[Comprar cantuccini, brigidini, pecorino y prosciutto].

No comas sin apetito y cena siempre ligero. Mastica bien e ingiere tan solo ingredientes sencillos y bien cocinados.

[Probar la ministra del vinciano, receta dedicada a Leonardo].

«Los platos típicos de verdad son las papas al pomodoro, la ribollita, el ragú de jabalí con pappardelle o un bacalao a la livornese».

[Que Francesco te recomiende restaurantes en Firenze].

[¿Por qué los florentinos no llamarán Florentia a su ciudad? Preguntar a un lingüista].

[Consultar horarios de bus Vinci-Empoli y de tren Empoli-Firenze SMN].

[Decirle ciao a Erika, la matrona del hotel Monna Lisa. Coger una tarjeta y unos bombones de recepción antes de irte].

Leonardo da Vinci se marchó a Florencia con la edad envera de buscarse un empleo. Como lo del bufete de notario estaba descartado —por aquello de ser hijo bastardo—y como el chaval tenía maña para el dibujo, su padre le enchufó de aprendiz con un amigo suyo: Andrea del Verrocchio. La città era el Silicon Valley del Quattrocento, con más tallistas que carniceros, y su taller —situado por la via Ghibellina, en el barrio de Sant’Ambrogio— era de los más prestigiosos. Con él se formaron Botticelli, Perugino, Ghirlandaio, Signorelli, Di Credi… Artistas en prácticas que empezaban haciendo un poco de todo. Incluso posar para el maestro, si el ragazzo era de natural bello.

[Ver el David de Verrocchio, en el Museo Bargello. Se cree que Leonardo pudo servirle de modelo. Así te haces una idea de su aspecto].

De complexión atlética y fuerza hercúlea —capaz, según cuentan, de doblar una herradura con su mano derecha, ¡aun siendo zurdo!—, Da Vinci debió de ser un varón atractivo. 

Las bellezas con las fealdades se resaltan.

Estaba hecho un dandi del Renacimiento. Se paseaba por la Piazza della Signoria vestido con túnicas rosas hasta las rodillas, enseñando las pantorrillas, marcando tendencia con su jubón de raso rojo-violáceo, las camisas de Reims bordadas, las medias moradas, sombrero bermellón y capa carmesí, botas de cordobán y anillos de jaspe chic. Perfumado con agua de rosas y luciendo una melena ondulada, con ese sex appeal que dan la canas tempranas.

Para teñir el pelo de rubio oscuro, coge nueces, hiérvelas en lejía y moja el peine en ella; después péinate y deja secar el pelo al sol.

[Pasa por el Antico Setificio Fiorentino y pregunta por el telar de Leonardo da Vinci]. 

Coqueto hasta la médula, se gastaba tanto en moda como en libros.

Suprema insensatez es la del hombre que escatima en el presente para no tener que escatimar en el futuro, pues la vida se le va antes de que haya tenido tiempo de disfrutar de todas las buenas cosas que había adquirido con tantos trabajos.

La Historia natural de Plinio, la Metamorfosis de Ovidio, las Fábulas de Esopo, La nave de los locos, sonetos de Petrarca, poemas de tinte erótico, una Biblia, los sermones de san Agustín, novelas de caballería, ensayos de arquitectura, medicina, ciencia aristotélica, quiromancia… y los manuales de latín y de matemáticas que al autodidacta tanto se le atragantaban. 

Así como comer sin apetito se convierte en una pesada nutrición, así el estudio sin deseo deteriora la memoria, no reteniendo las cosas que incorpora.

No estudió en la universidad, pero, escucha tú, ni falta.

Vistas de Florencia desde la cúpula de Brunelleschi.

[Reservar entradas para subir a la cúpula del Duomo. Es obligatorio; subir no, reservar; reservar solo si se quiere subir, pero subir cuatrocientas sesenta y tres escaleras sin ascensor no, no es obligatorio; recomendable sí, muy recomendable. Vistas cardiópatas].

[¿Cuántas tortillas tuvo que cuajar Brunelleschi para techar Santa Maria dei Fiore?]

El orbe y la cruz del linternón se fabricaron en la bottega de Verrocchio. También la grúa para instalarlo a más de cien metros de altura, lo cual supuso tres días de faena. Quizá Da Vinci tuvo que subir a echar un cable aquí arriba… Por entonces contaba diecinueve mayos.

La edad, que vuela, fluye a escondidas y engaña a los otros; y no hay nada más veloz que los años.

El mirador del cimborrio es lugar para detenerse. Detenerse a observar. Y observar que abajo nadie se detiene. Que todos transitan por la misma vía sin detenerse. Porque el fin de semana se acaba el domingo por la tarde. Y detenerse es para lo inacabable.

[Florencia multa con hasta quinientos euros a los turistas que coman en las calles del centro histórico].

Observa atentamente a las gentes en la calle, y en la plaza, y en los campos. Toma nota de ellas.

Como buen hijo de notario, Leonardo llevaba siempre un cuaderno al cinto para tomar apuntes de misceláneas. Se han reunido más de siete mil páginas —algunas de ellas en la Biblioteca Nacional de España—. Libretas inconclusas con borradores, listas y cálculos provisionales, chistes, adivinanzas, aforismos, microfábulas, memorandos, tareas aplazadas. Un zibaldone de pensamientos fugaces.

Pregunta las medidas del sol que prometió darme el maestro Giovanni.

Describe la lengua del pájaro carpintero.

Pregunta a Giannino el bombardero cómo se hicieron las murallas de Ferrara sin foso»].

Dime, dime, dime.

¿Por qué los perros se huelen el culo unos a otros con gusto?

Ve todos los sábados a los baños, donde verás hombres desnudos.

No es lo que parece… O sí, vete a saber. Florencia era la Chueca de la Edad Moderna. Un armario tolerante con las preferencias homosexuales de sus ciudadanos. A Donatello le gustaban los hombres, y a Botticelli, y a Cellini, y a Michelangelo, y al poeta Poliziano, y al banquero Filippo Strozzi, y al papa León X, y a… Aun así, l’amore masculino constituía un delito condenable con el séptimo infierno de Dante.

Si el amor no existe, entonces ¿qué?

Entre 1432 y 1502, diecisiete mil individuos fueron incriminados por sodomía —diecisiete mil individuos en una población de cuarenta mil habitantes—.

El murciélago no observa ninguna regla de lujuria, más aún, macho con macho, hembra con hembra, tal y como puedan encontrarse, ejercen juntos el coito.

A Leonardo también le acusaron de jugar «a ese juego que se practica por detrás». No obstante, la delación fue archivada a falta de testigos oculares. 

El acto del coito y los miembros que se utilizan para él son de una fealdad tal que, si no fuera por la belleza de los rostros y el ornamento de los participantes y el impulso reprimido, la naturaleza perdería a la especie humana.

La Anunciación, en la Galería Uffizi (Florencia).

Categórico. Somos demasiada gente. Diez millones de turistas que visitan Florencia anualmente y tienen que venir todos hoy a la Galería Uffizi. «Siempre está igual, ma è una cosa que viene de lejos…». Irene es historiadora del arte y guía en el tour operador Art Viva. «Ya estábamos en el top de las destinazioni più popolari de Europa en el siglo XVII. Aunque entonces tutto il mondo venía para ver a Tiziano, no a Botticelli ni a Leonardo».

Da Vinci se exhibe en la sala 15. Tres cuadros en penumbra, de los cuales solo uno es cien por cien suyo: el que está sin terminar, obvio. 

Su Anunciación fue una operación conjunta, aunque a él se le reconoce la autoría preponderante, según reveló el arcángel tras el análisis de sus vestiduras. «Fijaos, aquí a la destra vemos a la Virgen leyendo…».

Mi consejo es que no te molestes en emplear palabras a menos que te dirijas a los ciegos.

«… Señala la página con el dedo, como para no perder la línea cuando el arcangelo baja a importunarla…». Tiene la mano deformada… «No, se trata de una ilusión óptica, está fatto apposta». Purísima anamorfosis. «Diceva que vemos a la Virgen al aire libre, cuando lo habitual era pintarla en un recinto cerrado o a cubierto… ¡Hacía falta molto coraggio para atreverse a realizar este cambio!» Los genios conciben su obra según ley propia. «Y las coníferas que surgen al fondo  son otro misterio…».

[Buscar información sobre las araucarias].

¡Es una especie que no crece ni en Italia ni en el resto de Europa!

Si el pintor quiere contemplar bellezas que lo enamoren, es dueño de crearlas; si quiere ver cosas monstruosas que causen espanto o sean grotescas o ridículas, o dignas de compasión, puede también evocarlas como Señor y Dios.

El Bautismo de Cristo es de Verrocchio, pero el paisaje neblinoso y el angelo de la sinistra se atribuyen a Leonardo. 

[¿Qué es un autor? Leer a Foucault].

Cuentan que el Maestro Andrea quedó tan impressionato con su extraordinario talento que nunca más volvió a coger la paleta, irritato consigo mismo al ver que un ragazzo le había aventajado.

Mal el discípulo que no supere a su mentor.

Sin embargo, cuando el alumno avanzado se estableció por su cuenta, fue un fracaso, comercialmente hablando: le mal pagaban con leña para el fuego, no tenía dinero para pigmentos, compraba el grano y el vino a crédito… 

Me irrita en gran manera el hecho de tener que ganarme la vida.

Así de apurado andaba cuando empezó a esbozar La adoración de los Magos para un retablo a petición de los monjes de San Donato, un convento de Scopeto donde su padre —ejem— prestaba servicios notariales. Aunque poco aprovechó el contacto, porque los canónigos aún están esperando que finalice el trabajo. Lo que hoy cuelga de la pinacoteca no es más que un bosquejo, el trazo primi-genio. «Fue su último encargo antes de marcharse a Milán». La excusa para dejarlo sin terminar. «Después de la restauración se descubrieron dibujos que habían permanecido ocultos, como un elefante…». 

[El encanto de lo interrumpido. El futuro suspendido].

[«Caminarán los hombres y no se moverán; hablarán con quien no se encuentra; oirán a quien no habla…». Mirarán y no verán].

[Demandar a los museos un día semanal sin selfis].

La familia de lutieres Vettori (Florencia): Los hermanos Lapo, Dario, Sofia y el padre Paolo.

«Yo no soy historiador de arte, ma…». Dario Vettori II fabrica instrumentos musicales —otra faceta leonardescas. «Él era un grande artista, certo, pero… ¿qué queda de su obra en Firenze? Quasi niente! Este año se celebra el quinientos aniversario de su muerte, pero las mayores exposiciones están en Francia, porque sus obras più importanti están allí. Non lo so… quizá los franceses piensen que Da Vinci es francés, como algunos españoles piensan que Cristoforo Colombo es español… ¿Tú también crees que Cristoforo Colombo era español?».

[Preguntarle a Dario por la lira da braccio. Leonardo construyó una en plata con la forma de un cráneo de caballo].

«È più interesante su ghironda. Parece un pianoforte, pero suena como un violín». Darío y sus hermanos, Sofia y Lapo, pertenecen a una cepa de lutieres florentinos. «Mio padre ha estato molto afortunado de que sus tres hijos hayamos continuado con la professione». 

Suo padre es Paolo, un hombre de tempo allegretto vivace que a sus setenta y cuatro años aún se deja caer por el taller cercano a la Piazza San Marco. Sinfonía de lijas. Pulido de historias. Barniz para la memoria. «Mio padre tenía una grande predisposizione para la música…». Suo era Dario I, un hombre humilde de pueblo. «Lo aprendió tutto da solo, en un momento en que no había Internet…».

Los hombres buenos son naturalmente deseosos de saber.

[Buscar un tutorial de lutería en Youtube].

Él tenía curiosidad por el violino, estudió cómo estaban hechos y trató de montar uno con madera de pero (una madera bellísima, ma que antes se usaba como leño para el fuego). Tuttavia, no quedó contento con questo primo resultado y lo quemó. Era un vero perfezionista.

Cuando la obra satisface al juicio, es una triste señal para el juicio.

El segundo violino ya le salió mejor, ancora lo conservamos. Es dell’anno 1944, hacia la fine della guerra; había falta de materiali y tuvo que sacar la madera de una tabla de cortar, como la que se usan en la cocina. Era molto corta, e allora le quedó un violino piccolo, talla ¾, para niños. ¡Había nacido para este lavoro!  El problema era el mercato, porque all’epoca  había embargo commerciale en Italia…

¡Fango oro!

Ma ganar dinero no tiene ningún valor. Es el mejor consejo que mio padre me dio. Nunca puso en el banco un solo céntimo. Sempre diceva: ¡La banca solo quiere dinero per fare la guerra!

Quien no castiga el mal ordena que se haga.

Hablaba molto bene de Pablo Casals, de su coherencia con sus ideas políticas, por no querer tornare a España si Franco non moriva… Era un buon cellista… Como él era piccolo, usaba un violonchelo de 7/8

La música, que va consumiéndose a medida que nace, es de menor dignidad que la pintura, que puede conservarse eternamente.

[Comprar en La Quinta de Mahler el último disco de Doulce Mémoire].

«Nosotros creamos sonido con le nostre mani…». Para clientes como David Geringas. «È un lavoro donde lo que se estima es el conocimiento transmitido de una generación all’altra. Mio padre es quien lo tuvo più complicato, pero aún ahora è diffícile, porque hay molti liutai, y un violino dura trescientos anni. Además, tenemos la competencia de los liutai contemporáneos ¡y la competencia de los liutai muertos!».

El dragón combate con el elefante anudándole las patas con la cola y rodeándole las costillas con las alas y las garras, mientras le destroza con los dientes la garganta. El elefante cae vencido sobre el dragón y lo aplasta con su peso; y así, muriendo, se venga de su enemigo.

Leonardo y Michelangelo se llevaban a matar. Sonado fue su encontronazo en la Piazza Santa Trinità, por donde la tienda de Salvatore Ferragamo, que es también un palazzo y un museo.

[Ya puestos, vete a ver el David de la Accademia. El de la Piazza della Signoria es una réplica. Pero la ubicación es la original. ¿Dónde está la autenticidad?]

Da Vinci era partidario de arrinconar la estatua en un lugar que no molestara; también recomendó cubrirle los genitales «con un adminículo decente». Consejo, este último, que sí se le tuvo en cuenta. Al fin y al cabo, era ya un maestro consagrado, como evidencian las colas que se formaron en la basílica de la Santísima Annunziata para contemplar un cartón suyo con la temática de Santa Ana, la Virgen y el Niño —el del Louvre no, el de la National Gallery tampoco, otro del cual se ignora el paradero actual—. Los monjes servitas le tenían acomodado a pensión completa y con todos los gastos pagados en una ubicación espléndida, a tres calles del hospital de Santa Maria Nuova, donde acudía a practicar sus autopsias. 

Es cosa necesaria al pintor, para ser bueno, conocer la anatomía de los tendones, huesos, músculos y ligamentos.

Diseccionó decenas y decenas de cuerpos, y recurrió a un útero vacuno a falta de fiambres femeninos para dibujar un feto. Repulsivas investigaciones postmortem que no comulgaban con la curia romana.

No te atormentes por el hecho de que tus descubrimientos se deban a la muerte de otros, sino alégrate de que nuestro Creador haya dotado de intelecto a tan excelente instrumento.

Virtuoso con el bisturí a la par que con el pincel, le sobraban ofertas pese a su reputación de malqueda y su proverbial parsimonia.

Los hombres de genio están, en realidad, haciendo lo más importante cuando menos trabajan, puesto que meditan y perfeccionan las ideas que luego realizan con sus manos.

Podía permitirse elegir a su clientela y rechazar propuestas, como aquel retrato que Isabella d’Este le suplicaba y que él procrastinaba.

El halcón caza siempre pájaros grandes, y antes se dejaría morir que alimentarse de pájaros pequeños o comer carne fétida.

Calle de Vinci (detrás del castillo), con pintura de La dama del Armiño.

La de Mantua quería que la inmortalizaran como a la dama del Armiño de guapa. Leonardo le daba largas. Ella insistía. ¡Se lo había prometido! Adquirir un cuerno de unicornio le fue más sencillo. El capricho quedó en carboncillo.

[Preguntarle a Montse la boticaria si el asta de escornau y la del unicornio tenían propiedades farmacológicas parecidas].

Mientras la marquesa le perseguía, el divo andaba afanado haciendo reír a Lisa Gherardini.

Preguntaron a un pintor por qué pintaba imágenes tan hermosas y, en cambio, sus hijos eran tan feos. A lo cual él replicó que hacía sus pinturas de día, y a sus hijos de noche.

También le mantenía ocupado un proyecto —irrealizado— para canalizar el Arno, y el diseño de inventos futuristas varios —jamás materializados, tachados de utópicos.

¿Por qué el ojo ve más segura la cosa en los sueños que con la imaginación estando despierto?

[Visitar el Museo Leonardo da Vinci (Via Cavour 21). Con reproducciones a escala de las máquinas imaginadas por el ingeniero: un pedaló, un traje de buzo, un horno, una grúa, un tanque, un obús, una catapulta… 

Aunque el ingenio humano realice invenciones diversas, jamás hallará una invención más hermosa, ni más sencilla, ni más breve que la naturaleza, porque en ella nada falta y nada sobra.

[Hacer una excursión al Monte Ceceri (Fiesole). Bus línea 7. Donde Leonardo probó su ornitóptero].

[Consultarle a la comandante de Iberia las probabilidades de éxito que tuvo aquel vuelo pionero].

[Cita con el Dr. Seracini a las 11.45 horas en el Palazzo Vecchio, Salone ‘500. Preguntarle cómo se le practica una endoscopia a una Medusa].

«Habré pasado miles de noches aquí…». Maurizio Seracini es experto en diagnosticar patrimonio cultural con el uso de tecnología punta, y lleva más de cuarenta años en busca de un mural desaparecido que Leonardo empezó —y nunca finalizó, ¡ains!— en el Palazzo Vecchio. Tenía cincuenta y un años y le habían contratado para decorar la por entonces sede del gobierno, a él y a su caro Michelangelo. Aquello era como juntar en la misma habitación a Velázquez y a Zurbarán, o a Vermeer y a Rembrandt, o a Monet y a Cézanne, o a Dalí y a Picasso, o a Lichtenstein y a Warhol. El motivo (pictórico-propagandístico): las grandes victorias militares de la república florentina. A Da Vinci le tocó plasmar la batalla de Anghiari (1440) y a Buonarroti la de Cascina (1362–1364), aunque el joven aretino —se llevaban veintitrés años— no acudió a dar una sola pincelada. «Quizá estuviese irritato porque le adjudicaron el lado norte de la pared, es decir, el más oscuro».

Apenas nace la virtud, cuando ya genera contra sí la Envidia, pues antes verás un cuerpo sin sombra que la virtud sin la Envidia.

«Il fatto è que en 1505 Michelangelo se marchó a Roma para trabajar en la tumba de Giulio II y Leonardo se quedó con tutto el muro para él. Sabemos que estuvo aquí pintando durante quince-dieciséis meses…». Pero los frescos que guarnecen actualmente el recinto son de Giorgio Vasari, un fan declarado de Da Vinci y el responsable de remodelar el Salone dei Cinquecento de acuerdo al sentido estético-político de Cosimo. «Resulta impensable que hubiera destruido la obra de su ammirato ídolo pintando encima… Si vas a la chiesa de Santa Maria Novella, verás un bello murale de Masaccio que fue salvado por el mismo Vasari cuando reformó el templo, colocando un tabique delante. Con este precedente, aventuré que, quizá, quizá, pudo haber hecho lo mismo aquí, y probé que hay un espacio hueco detrás de la pared este». Justo donde se enarbola una bandera verde con la inscripción «Cerca trova». Quien busca, encuentra. «¿Coincidencia? Puede».

Huye de los preceptos de los especuladores cuyas razones no están confirmadas por la experiencia.

«Desarrollamos un escáner para cartografiar pigmentos, ma l’Opificio delle pietre dure no nos permitió usarlo». El Opificio delle pietre dure es de los institutos de restauración más prestigiosos que existen. «Decían que podía generar radioactividad, e allora, como alternativa, decidieron perforar el muro: seis agujeros minuscoli, de seis milímetros, por donde introdujimos un endoscopio. Nos costó dos noches sacar restos de color rosso, bianco, nero y beige y alguna materia orgánica, tras lo cual nos ordenaron paralizar las investigaciones, con l’argomentazione de que estábamos estropeando el mural de Vasari. La noticia se difundió como si yo fuese un maniaco de Leonardo dispuesto a cargármelo tutto por encontrar La batalla de Anghiari, ¡cuando fueron ellos quienes resolvieron ejecutar los agujeros! Agujeros que, in ogni caso, no causaron ningún daño.

¡Gente necia!

«Esto ocurrió en diciembre de 2002, y desde entonces no me permiten seguir con la búsqueda».

Demetrio solía decir que no hay diferencia entre las palabras y la voz de los tontos ignorantes y los ruidos del vientre que provienen del exceso de gases.

«Estoy seguro de que si en España tuvierais la più mínima esperanza, solo esperanza, de encontrar una pintura de Leonardo perduta desde hace siglos, contarías con el total apoyo del Estado. Aquí, en Italia, no». 

[Estar fuera de casa y sentirse en casa en todas partes… ¿Quién decía esto, Baudelaire o Benjamin Walter?]

«A propósito, dos de los assistenti que tenía entonces Leonardo eran españoles. Non sabemos ni dónde ni cuándo se conocieron; probablemente fuesen contratados para documentar la obra o copiar los cartoni. No consta que hubiesen colaborado con él antes ni que volviesen a colaborar después; pero, si los fichó, debían de ser buenos y merecen ser redescubiertos. ¡Es fascinante imaginar que las respuestas a questo murale puedan hallarse en España! Dopotutto, los últimos documentos importantes escritos por Da Vinci son los Códices de Madrid, que se encuentran en vuestro país. E poi está la bella Mona Lisa del Prado, que, corre voce, era un regalo para Carlos V». Se la ve más relajada que su tocaya gala… «Cuando pensamos en la Gioconda pensamos en el Louvre, lo cual me hace sospechar por qué este museo es el più visitato del mundo. 

Los ojos, desempeñando su oficio, sienten un placer tan grande en la contemplación de la belleza figurada, que no se lo procuraría mayor la misma belleza viva.

«Se hizo famosa en 1911, cuando fue robada por aquel pintor, pintor de brocha gorda, quiero decir…». Vicenzo Peruggia, que pidió un rescate de quinientas mil liras por la madonna. «La escondió bajo su cama durante dos años y trató de venderla al director de los Uffizi, lo cual, obviamente, non era una buona idea… Desde entonces es el gran icono del arte occidental, ma prima nadie hablaba de ella, no era más que un retrato, y un retrato era una fruslería para ganarse el pan».

El pintor que retrata por práctica y a ojo, sin razonar lo que hace, es como un espejo que reproduce las cosas que se le ponen delante sin comprenderlas.

«Es hora de restablecer valores artísticos y no dejarse llevar por la corriente mediática. La batalla de Anghiari hubiera sido su opus magna». Pero algo salió mal. Problemillas técnicos con un método experimental para realizar un buon fresco al óleo —experimento que ya le había fallado en Il cenacolo—. «Calculamos que llegó a pintar una porción de 4 x 3 metros». Luego abandonó el proyecto. Le surgió un mecenas nuevo en la corte francesa y se marchó de Florencia.

Cuando la fortuna viene, cógela a mansalva; por delante digo, que por detrás es calva.

[Pedirle al chico de recepción que me imprima la tarjeta de embarque. Código de reserva QI2CRE de Iberia]

[El chico es majo. Ponerle cinco puntos al hotel IlGuelfo Bianco en TripAdvisor].

«A veces me gusta caminar por el centro histórico muy temprano por la mañana, cuando apenas hay gente, y tratar de imaginarme a mí mismo atrás en el tiempo, paseando por otras épocas, para entender todo lo que Firenze representa». 

[Despedirse de Florencia con paseo matutino. Antes, averiguar a qué hora se despiertan los turistas chinos].

«Tenemos una gran responsabilidad con las generaciones venideras. Si no les inspiramos para que cuiden el patrimonio, todo esto se irá al garete, los jóvenes se quedarán solos contra el mercado y no podrán ganar la contienda, serán solo mercancías, compradores de cosas. Debemos mostrarles todo lo que aún queda para que ellos descubran… Hacerles entender que detrás de cada piedra se halla parte de su identidad. Es la única forma de darle un futuro a nuestro pasado».

El conocimiento del tiempo pasado y del estado de la Tierra en él son el ornato y el alimento del espíritu humano.

«Sabemos muy poco, científicamente hablando, del Da Vinci artista. Solo tres de sus trabajos han sido estudiados a fondo. Los historiadores de arte aún se debaten sobre el número de lienzos que pintó: 12, 17, 18… En lugar de contar cuadros, ¿por qué no usamos la ciencia para redescubrir a Leonardo? Estoy seguro de que él estaría contento».

¡Oh, maravillosa ciencia de la pintura, tú das vida permanente a las caducas bellezas de los mortales, y les confieres más duración que a las obras de la naturaleza, continuamente sometidas a las variaciones del tiempo, que las conduce a la vejez inevitable!

Supuesto taller de Leonardo en Le Clos Lucé.

Leonardo era mayor cuando se trasladó a Francia acompañado de algunos prosélitos y criados, en mulas cargadas con baúles de ropa, muebles, libros, manuscritos… y telas que todavía tenía a medias. Cruzó los Alpes por Montgenèvre… Savoie… Grenoble… Lyon… 

[Déjalo. No da tiempo en un fin de semana. Buscar vuelos Madrid-París con Air France y alquilar un coche por la Touraine, donde el anciano pasó sus tres últimos años]. 

Se acercaba al final. Final inacabado. Final sexagenario. Pero final.

[Calcular la longevidad media en la Edad Moderna].

La vida, bien gastada, es larga.

Falleció en Amboise, aunque sus restos a saber dónde están, porque lo enterraron en una iglesia demolida bajo el mandato de Napoleón Bonaparte. Entre los cascotes del cementerio, aparecieron despojos que el bueno de Goujon —este era el jardinero— rescató del sacrilegio. Y entre toda aquella osamenta… Voilà! Surgió el esqueleto de Da Vinci. Inconfundible. Lo reconoció otro de sus fans, el escritor Arsène Houssaye, tras irrefutable deducción frenológica: «Nunca habíamos visto una cabeza tan magníficamente diseñada por y para la inteligencia», determinó, irrebatible. «Transcurridos tres siglos y medio, la muerte no ha logrado reducir aún el orgullo de tan majestuosa testa». 

El hombre posee gran razonamiento, pero en su mayor parte vano y falso.

También se hallaron vestigios de su nombre en una lápida —EO AR DUS VINC—, numisma coetánea, un medallón de San Lucas —patrón de los pintores—y algún pelo de barba blanca.

[Encuentran un mechón de Leonardo da Vinci que permitirá rastrear su ADN. (!)]

[Hacerme un cursillo de antropología forense].

Los presuntos huesos recibieron segunda sepultura en Saint Hubert, una capilla en el jardín palaciego.

[Describe el tímpano de la ermita. La leyenda de San Huberto cazador labrada en piedra tosca. Dintel exquisito. Pasa desapercibido ante la liturgia selfie del nicho]. 

[Lirios. Para otra vez, traerle lirios. Lirios pensativos. A los muertos se les lleva flores para que sigan vivos. Para no morirnos].

El artista dejó organizadas sus honras fúnebres en el testamento: quería tres misas solemnes con diácono, más treinta misas gregorianas sin canto, que sesenta pobres alumbraran el sepelio con sesenta cirios y que se les pagara por ello. No olvidó encomendar su alma a «nuestro soberano dueño y señor Dios y a la gloriosa virgen María», aunque esto suena a un porsiaca formal, cuando ves que se acerca el final, que la vida es un sfumato donde todo está por terminar y que más allá del arte no hay nada.

Creí estar aprendiendo a vivir, cuando lo que en realidad hacía era aprender a morir.

Dicen que expiró su último aliento en brazos de François Ier —este es el que estuvo en Madrid prisionero—, en una escena tan conmovedora —la del último aliento, no la del encarcelamiento—, tan conmovedora como inverosímil, que luego plasmaron Managéot, Ingres… o el grafitero Andrea Ravo, con el rey sosteniendo a un genio moribundo.

Mas tú, que vives de ensueños, preferirás los sofismas y las mentiras de los charlatanes en las cosas grandes e inciertas, a las verdades naturales, bien que menos pretenciosas.

La modesta verdad es que el soberano estaba celebrando el nacimiento de su hijo en Saint-Germain-en-Laye.

[Calcular cuántas jornadas a caballo hay desde Saint-Germain-en-Laye a Amboise].

Quoi qu’il en soit, la pérdida de Léonard le debió de afectar. Ningún otro mecenas le quiso como François. «Mon père», le llamaba con adoración filial. Le fascinaba desde pequeño, creció admirando su talento; su mamá ya coleccionaba obras del maestro, incluso se hizo tejer un tapiz inspirado en La última cena —ya que no pudo arrancar el muro de Santa Maria delle Grazie—. Amantes del savoir-faire italiano, importaron profesionales altamente cualificados, estableciendo una colonia bohemia en Amboise, adonde Da Vinci fue invitado con el cargo de «Premier peintre, ingénieur et architecte du roi», una renta de mil escudos anuales —que no pinta mal—y carta blanca para hacer lo que le viniera en gana. Sin cláusulas. Sin prisas. Sin exigencias. Sin plazos de entrega.

El arte vive de límites y muere de libertad.

Entre sus muchos quehaceres de jubilado activo, llevó a cabo estudios hidrográficos en la Val de Loire y delineó planos para transformar Romorantin en una ciudad ideal, aunque jamás los llegó a levantar.

[¡Romorantin…! Suena mágico. Usar para personaje de novela fantástica o para nombre de gato].

Concibió habitáculos desmontables para cubrir las necesidades de una corte itinerante y descolló en la producción de espectáculos amenizó la boda de Lorenzo II de Medici con Madeleine y fue un exitazo.

[Coger ideas para fiesta de cumpleaños: decorados galácticos, leones que rugen flores, aves autómatas…]

«Solo me faltan las alas…». François Jamois está montando una avioneta en su garaje de la rue Victor Hugo. «Las hélices las tengo arriba, en casa». Septuagenario amboisien, es piloto amateur y mecánico à la retraite. «Pero yo no fabricaba aviones, fabricaba máquinas; este es el primero que hago». Modelo Gaz’aile. «Lo patentó Serge Pennec hacia 1998, fue el primer biplaza equipado con un motor de explosión». El de un Peugeot 106. «Tiene prestaciones interesantes: va rápido, consume poco, contamina menos, es más silencioso y el coste de construcción no es muy elevado». Las instrucciones están en la Red. «Hay que ser preciso y minucioso desde el principio, pero no es complicado».

Un pájaro es una máquina que funciona según las leyes de las matemáticas. Está al alcance del hombre reproducir esa máquina con todos sus movimientos, aunque no con su misma fuerza… A esa máquina construida por el hombre solo le faltaría el espíritu del pájaro, y ese es el que el hombre ha de imitar con su propio espíritu.

Dicen que Leonardo introducía errores a posta en sus croquis como trampa para proteger su propiedad intelectual, y que cifraba sus textos mediante la escritura especular. 

El arte es secreto, secreto, secreto El arte es encubrimiento

El león cubre sus huellas para no desvelar al enemigo su camino.

«En unos meses lo tendré listo». François ha tardado seis años en finiquitar su ultraligero. «Lo probaré por aquí cerca, en Blois, seguramente». Da Vinci inventó un paracaídas por si las alas de su Uccello no funcionaban… «Funcionará, el mío funcionará».

Quien alguna vez haya volado caminará mirando al cielo, porque allí ha estado y allí quiere volver.

[Max Ernst siempre quiso ser un pájaro. Un hombre pájaro. Que alguien te aclare la Fontaine que dedicó en Amboise a Leonardo. Aunque, para surrealista, la escultura de un Da Vinci desnudo, bañado en una pátina de sensualidad húmeda, cual Oceánida junto al río. Credo, quia absurdum].

«Solo el arte explica y en sí no puede ser explicado».

[Pedirle al piloto de Air France que te enseñe cómo se usan todos los botoncitos y palancas de cabina].

Si fuese el pájaro que vive por su ala, si fuese el ala que sustenta al pájaro.

Sala de la mansión de Le Clos Lucé dedicada a invenciones de Leonardo.

François —no el François aviador, el otro François, el rey François—alojó a Leonardo en Le Clos Lucé, una mansión transformada en museo solariego, a seiscientos metros de palacio. Según parece, ambas moradas estaban comunicadas por un pasaje subterráneo. Historieta de la que solo queda un agujero de entrada negro. Negro inaccesible. No se puede pasar. El abismo está precintado. La leyenda se derrumba hacia la mitad. Con túnel o sin él, el soberano visitaba de forma cotidiana a su huésped por el gusto de escuchar sus disertaciones filosóficas.

Observa la llama de una vela y considera su belleza. Parpadea un instante y vuelve a mirar. Lo que ahora ves no estaba allí antes, y lo que antes estuvo allí ya no existe. ¿Quién reaviva la llama que siempre está agonizante?

Lo que fuera un edificio del siglo XV es ahora un decorado dedicado a Leonardo da Vinci, cuya titularidad pertenece a la famille Saint Bris desde 1855. «Su primer dueño fue Estienne le Loup, un simple marmitón que ascendió a consejero real porque a Louis XI le cayó en gracia». Catherine es guía oficial en Amboise, le gusta contar chascarrillos por deformación profesional. «Luego lo compró Charles VIII, el que la palmó de un portazo en la cabeza yendo a ver un partido de tenis». (!) Cualquier cosa que diga puede o no estar basada en hechos reales. «Fue un regalo para su esposa, Anne de Bretagne, para que tuviera un lugar donde estar tranquila, alejada del trajín cortesano. Y añadió aquí este oratorio porque la pobre mujer pasaba muchas horas rezando y llorando por todos los hijos que se le habían muerto prematuros; los frescos son contemporáneos de Da Vinci, y se sospecha que pudo haberlos pintado Melzi, su discípulo. También dicen que la cama del dormitorio es la auténtica donde falleció Leonardo, pero yo eso lo dudo…».

La fachada enladrillada se mantiene más o menos igual que antaño, sin embargo, el interior de la casa ha sido modificado por sus distintos inquilinos en ocasiones varias; la última, hace un par de años, para adaptarla al creciente flujo turístico. «Realizaron las obras sin la supervisión del Ministerio de Cultura, aunque en teoría no deberían, tratándose de un monumento histórico…». Se cargaron las boiseries de un salón neoclásico para recrear el taller de Leonardo, una biblioteca y un gabinete de ciencias que nadie sabe cómo eran, sin el «ostinato rigore» necesario, mercadeando con el holograma de un ayer fabulado.

Reprende al amigo en secreto y alábalo en público.

«El palomar del parque sí es genuino, genuino, de 1480. Una pieza de toba y argamasa única en la Touraine». Símbolo de poder y parné en la Edad Media, fueron privilegio exclusivo de la nobleza hasta que empezaron a rodar cabezas. Las plumas servían para confeccionar disfraces y edredones, y el guano nitrogenado, para la estercoladura.

[Averigua cuántos kilos de abono puede llegar a cagar una paloma adulta bien alimentada a lo largo de un año].

Los pichones se usaban como reclamo en la caza de halcones —esto si antes no los cascaban en la sartén como omelette—. También ejercían de mensajeras, despachando recados de un castillo al otro.

La escalera del castillo de Chambord, inspirada en un diseño de Leonardo da Vinci.

[Acércate al château de Chambord para ver cómo funciona su escalera de doble hélice. Lo construyó François I inspirándose en diseños de Leonardo da Vinci]

[Preguntarle a Caroline, la propietaria del château du Rivau, cuánto cuesta comprarse un castillo en la Val de Loire hoy. Alojarse en el suyo vale 250 € la noche, habitación doble. Más o menos igual que dormir en la suite Leonardo da Vinci del Manoir Saint Thomas, en Amboise].

[Reservar mesa en el L’Auberge du Prieuré, un restaurante con menús basados en recetarios del Renacimiento]. 

[Que el chef Sieur Sausin te explique cómo hacen la tortilla francesa en Francia. Pregúntale también por los pucheros que guisaba Mathurine, la criada de Da Vinci].

«Era una comida muy especiada, para esconder los malos sabores y para ostentar riqueza. ¡Piensa que una nuez moscada costaba lo mismo que un caballo! La carne fresca era muy escasa…». Leonardo se hizo vegetariano. «La Iglesia había prohibido comer berenjenas y tomates, porque relacionaban el color con el demonio. Fue Caterina de Medici quien introdujo estas verduras en la corte de Henri II cuando llegó con su ejército de cocineros italianos. La clase pudiente consumía legumbres aéreas, las que crecen hacia el cielo: judías verdes, guisantes, alcachofas… Y…».

Et cetera, perche la minestra si fredda.

Etcétera, porque la sopa se enfría. Con tal pretexto, Leonardo da Vinci dejó a medias unos apuntes de geometría. Dejó de escribir porque era la hora de la cena. La hora imperativa de la cena, cuando la noche deja inacabado el día y se derrite la bujía. 

Luz interrumpida. 

La muerte deja sin terminar la vida.

No me he visto impedido ni por la avaricia ni por la negligencia, sino solo por el tiempo. Vale.


Bibliografía recomendada

Felices serán aquellos que prestarán oídos a las palabras de los muertos: leed las buenas obras y observadlas.

Alegorías, pensamientos, profecías. Leonardo da Vinci. Editorial Gadir.

Fábulas. Leonardo da Vinci. Editorial Gadir.

Las vidas de los más excelentes arquitectos, pintores y escultores italianos desde Cimabue a nuestros tiempos. Giorgio Vasari. Editorial Cátedra.

Leonardo da Vinci. Obra pictórica completa. Frank Zöllner. Editorial Taschen.

Leonardo. El vuelo de la mente. Charles Nicholl. Editorial Taurus.

Leonardo da Vinci. Walter Isaacson. Editorial Debate.

Etc.

Castillo de Rivau.


Beber de lo intangible

Una copa del vino que conoció Moisés (Andoni Lubaki).

«No hay alegría sin vino». Talmud

Son los viñedos más secretos de toda la comarca y mucho más allá. Aquí no se recogerá la uva que cae al suelo, ni siquiera la de las primeras cepas. Un rabino dará fe de ello, y también de que no hubo ni tratamiento ni riego. Nada. Miguel Fernández de Arcaya hace el vino que conoció Moisés. Como el profeta, luce una barba salvaje y, por qué no, también una mirada incisiva capaz de encontrar un paso entre las aguas del mar Rojo. Pero es en algún lugar del extremo sur de Navarra donde este hombre habla sin descanso, como si pretendiera regar con palabras un viñedo que se extiende hasta donde alcanza la vista. Como si no hubiera tiempo para contar la historia al completo.

«¡Preguntad lo que queráis!», se interrumpe a sí mismo constantemente. 

En su campo, Arcaya es un estudioso del kashrut, lo «correcto» o «apropiado» para ser consumido según los preceptos bíblicos. Lo que lo cumple es casher o kosher, según lo pronunciemos en ladino o en idish. «¡Preguntad lo que queráis!», insiste. Le dejamos hacer, porque es capaz de responder a cuestiones aún no formuladas. Un ejemplo: no se puede hacer vino kosher si la calidad de la uva es inferior a la de la cosecha anterior. Ocurrió el año pasado. ¿Ha dicho biodinámico? Sí. «¿Por qué usar químicos contra un hongo y envenenar la uva en vez de arcilla seca que elimine la humedad de la que se nutre? ¿No es eso más lógico?». También mucho más caro: entre tres y cuatro veces, dice Miguel. «Eso en costes de producción, no de mercado». Este es un viñedo de secano, todo va mucho más despacio. Que las celebraciones judías más importantes del calendario coincidan con la vendimia tampoco ayuda, pero no guardar las fiestas desvirtuaría la certificación del vino. Adivinamos que no es un tema de rentabilidad económica lo que le impulsa a Arcaya a embarcarse en esta aventura.

«¿Que por qué hago kosher? Pues porque sé hacerlo, y porque esta forma de producir da una calidad máxima para el resto de la producción, llamémosla “normal”». 

Camino de la bodega, Miguel propone hacer una parada en un campo de olivos justo antes de entrar en el pueblo. «No tienen nada que ver ni conmigo ni con lo que hago», repite antes de salir del coche. En realidad, tienen todo que ver. «Eso que parecen dos árboles distintos son uno solo: comparten raíz. Con el paso del tiempo el árbol se quebró, y cada gemelo creció hacia el exterior», dice, señalando a una pareja, y luego otra, y otra. Hay incluso uno de tres partes aún más impresionante. ¿Queremos una foto dentro de la catedral de los olivos?

«Puede tener quinientos años. Si te descuidas se plantó durante el Reino de Navarra», suelta Arcaya, allanando el camino a una lección de historia que volverá a llevarnos a su vino. Es alfa y omega.

Las primeras noticias de la existencia de judíos en la península ibérica se remontan a la época del Imperio romano. La España visigoda acosará a una minoría de contornos ya bien definidos, pero su situación mejorará con la dominación musulmana, cuando se favorecen sus asentamientos. Como la floreciente judería en la Tudela musulmana. Benjamín de Tudela, rabino, escritor y viajero indómito que circunnavegó el Mediterráneo hasta Basora (sur de Irak) ya en el siglo XII fue el hijo más ilustre de la villa. El declive de su comunidad en la península llegaría tres siglos más tarde. Muchos judíos expulsados de Castilla tras la orden de 1492 llegaron a esta zona de Navarra en la que las vibrantes comunidades judías de Pamplona, Estella y Tudela se constituyeron como auténticos focos de atracción demográfica. Presionado por los Reyes Católicos, el rey de Navarra se vio forzado a expulsarlos del territorio en 1498. Lo que pasó después sigue siendo un misterio.

Miguel Fernández de Arcaya en su territorio, en el extremo sur de Navarra (Andoni Lubaki).

«Es como si se hubieran desvanecido», nos dirá Mikel Ramos, un arqueólogo navarro que lleva dos décadas buscando su rastro, casi siempre bajo tierra. El investigador apunta a dos opciones: o se convirtieron de forma forzosa, o volvieron a emigrar. Ramos recuerda que fue la consolidación del Camino de Santiago como ruta de peregrinación y circulación de gentes la que condujo a la creación de una serie de juderías en torno a la ruta jacobea: Estella, Puente la Reina, Monreal, Sangüesa y Pamplona. «Son juderías formadas por gentes venidas del otro lado del Pirineo, a diferencia de las de la Ribera, más al sur, de tradición musulmana», acota el experto. Tras varias excavaciones, el equipo de Ramos y el de José Miguel Legarda —otro colega arqueólogo— han encontrado murallas de barrios y de necrópolis; tablillas, vasijas, piezas de orfebrería, lámparas rituales… Se trata de un patrimonio material rescatado que atestigua sobradamente un arraigo judío significativo, pero también está lo intangible. 

Aún en el bosque de olivos centenarios, Arcaya habla de rastros judíos en platos como la menestra, instituciones como la del mayorazgo, «tan arraigado en esta zona durante siglos», o expresiones de uso común como «tirar de la manta». Esta última no era sino el chal ritual judío en el que se escribían los nombres de los conversos, y que colgó de muchas iglesias españolas hasta el siglo XVII. Se recurrió a topónimos o a nombres de oficios para estrenar un apellido cristiano bajo el que protegerse. En caso de duda, sobre todo en pleitos contra cristianos «viejos», siempre se podía zanjar el asunto de forma expeditiva tirando de la manta. 

Barriles que crean atmósfera, pero que no sirven para producir vino kosher (Andoni Lubaki).

El rabino

No busquen una bodega envuelta en volutas de titanio del color de la uva ni arquitectura de vanguardia. La de Miguel es austera, sin artificio ni aspavientos; tanto es así que podríamos haber pasado de largo sin percatarnos de su presencia. Pero no deja de ser singular. Nada más aparcar el coche, llama la atención el estruendo constante de pájaros que se oye ya antes de entrar al recinto. «Son grabaciones de pájaros grandes merendándose a otros más pequeños», explica Miguel. Su cercanía al núcleo urbano hace que la población de aves sea aquí mayor que en el primer viñedo que visitamos. ¿Para qué envenenarlos si se les puede mantener alejados? Aunque haya que evocar las peores pesadillas de los pobres bichos. Lo biodinámico, que decía Miguel antes. Seguimos. La parte vieja de la bodega fue comprada por su familia en una desamortización en 1846. Hay documentos sobre un pleito por una bodega en este mismo lugar ya en el siglo XIII, y otros que demuestran que ya existía un siglo antes. Los muros, los techos… Todo se ha ido renovando con el paso del tiempo, pero la esencia del lugar, dice, sigue siendo la misma: «Se trata de hacer vino». Vemos hileras de barricas de roble en una estancia, pero son poco más que un elemento decorativo. El vino kosher fermenta en depósitos de acero inoxidable totalmente asépticos que evitan la transmisión de cualquier sustancia. Son exactamente iguales a los que veremos enseguida, pero están en un ala de la bodega que no podemos visitar.

«No se les añaden levaduras externas, ni nutrientes, ni nada que no traiga la propia uva. Se puede refrigerar desde fuera, pero bajo ningún concepto se puede observar el vino desde la tapa superior del depósito. Ni siquiera un rabino», explica Miguel. Y todo es aún mucho más complicado. Los niveles del vino kosher se controlan a través de un «gemelo», un depósito con la misma añada desde el que se controla la fermentación. Ante cualquier anomalía o eventualidad, o simplemente para hacer un control rutinario, Miguel tiene que llamar a la certificadora, la cual enviará a un rabino o un bajur, un ayudante. 

«Si se rompe una manguera y empieza a salir el vino no puedes hacerlo tú, tiene que venir la persona indicada. Y lo mismo cuando hay que controlar la temperatura durante la fermentación. Si encuentro algo anormal en el gemelo, serán ellos los que desprecintarán el depósito y actuarán siguiendo mis indicaciones». Más ralentización. Más sobrecostes.

Actualmente existen veintisiete denominaciones de origen que elaboran vinos Kosher en España, especialmente en Barcelona por su alta población judía. La certificadora con la que trabaja Miguel es la Orthodox Union, un organización con sede en Nueva York que es líder mundial en la auditoría de productos kosher: vino pan, queso (de cuajo vegetal, nunca animal), aceite, carne, leche… Un mercado de más de quinientos mil millones de euros anuales según datos que maneja la Federación de Comunidades Judías de España. Desde sus oficinas en Madrid, María Royo, directora de comunicación, nos contaba que el kashrut no es ni obligatorio ni mayoritario en Israel, pero que los productos kosher se han abierto un mercado entre «no judíos que buscan un producto de gran calidad natural». Los datos de la producción de Miguel lo corroboran: el 60% de su vino judío se lo compran no judíos, «y subiendo». La fase final antes de que llegue a sus manos también se puede convertir en otra pesadilla tras una decantación mucho más lenta que la de cualquier otro vino. El vino se filtra hasta dos veces para limpiarlo y eliminar microorganismos. Por supuesto, las máquinas embotelladoras no habrán podido manipular antes ningún otro caldo no kosher, lo que significa duplicar el equipamiento cuando, como en el caso de Miguel, existen dos líneas de producción. Suma y sigue.

Algunos de los rastros tangibles del judaísmo en la bodega de Miguel (Andoni Lubaki).

Pertenencia

Se estima que hay unos cincuenta mil judíos a día de hoy en España, la mayoría de ellos en Madrid, Barcelona, la Costa del Sol y Melilla. Hasta veintitrés sinagogas llegó a haber en el enclave africano, de las que seis siguen aún activas. Apenas quedan descendientes directos reconocidos de sefardíes. Hoy, en su mayoría, viven en Israel, América o los Balcanes. En el caso de Navarra ya hemos dicho que hay restos, ruinas y un vino rigurosamente apto para el consumo de los observantes más rigurosos. También hay una asociación cultural, Tarbut Pamplona, que se integra en Tarbut Sefarad, «una red de personas y colectivos que trabajan para la promoción y difusión de la cultura judía en España y en algunas de las principales ciudades del mundo», según su página web. Conferencias sobre la mística judía de la Cábala, los manuscritos del mar Muerto o sobre el cine judío, entre muchas otras, cuentan con un público fiel en Navarra, pero no están exentas de polémica. Un incidente hace dos años durante una charla sobre Jerusalén impartida por un residente judío es lo que lleva al presidente de Tarbut Pamplona a no revelar su identidad «para evitar problemas». Lo llamaremos Javier, que es un nombre muy navarro.

«Fue triste, primero porque trataron a nuestro invitado con mucha agresividad, pero también porque se nos cerraron las puertas de aquella casa de cultura para futuros eventos. Solo queremos hacer la cultura judía accesible a todo el mundo, eso es todo», subraya este entusiasta. Sin ser judío, fue su interés por la Edad Media y «temas espirituales» lo que le atrapó. No será el único. Javier explica que las charlas más multitudinarias son siempre las que tienen que ver con apellidos de posible origen judío. La sala suele estar a rebosar. «La gente tiene mucho interés en trazar sus orígenes». 

Prácticamente todos los judíos que se acercan a la organización son extranjeros residentes en la zona, pero la cabeza invisible de Tarbut Pamplona también apunta a algún converso local. El judaísmo no es una religión proselitista y, por lo tanto, no busca conversos. En cualquier caso, es una posibilidad. María Royo nos lo confirma desde la Federación de Comunidades Judías, y también que existen  varios tipos de conversiones «según la clase de judaísmo y la intensidad con la que se practique». Los solicitantes tienen que recurrir al Bet Din, un tribunal compuesto por tres rabinos que se encarga de realizar los exámenes de conversión, y que también resuelve asuntos ligados a la jurisprudencia judaica, como casamientos y divorcios. Otra singularidad más de una comunidad a la que le cuesta dejarse ver, sea por las cicatrices del pasado más lejano o más reciente, o por estereotipos que solapan su cultura milenaria con una endiablada coyuntura política en Oriente Medio.

En algún lugar del extremo sur de Navarra, en una bodega en la que se oyen trinos de pájaros que no existen, alguien descorcha una botella de un vino que nadie vio fermentar. No huele ni a jazmín ni a hierba cortada, ni sabe a melocotón, fresa, brea o pizarra mojada.

«Sabe a vino», dice su creador. 

No hace falta añadir nada más. 

Ya en botella, tras un proceso no al alcance de cualquiera (Andoni Lubaki).


Los pueblos que Franco se encontró en un cajón

María Ángeles Gascón posa en la cubierta de la merlucera a la entrada de su albergue. Fotografía: Andoni Lubaki.

Parece que hoy hay gato para comer. «¿Vienes, Julio? Mi mujer lo guisa muy bien», se escucha de el extremo oeste de esta barra de zinc. «Igual me paso, te digo más tarde», responde Julio, antes de apurar su marianito. Al final todo resulta ser una broma entre dos jubilados perfectamente compenetrados para descolocar a los dos foráneos. Misión cumplida. 

Que Figarol no es un pueblo cualquiera quedaba ya claro desde la carretera que llega desde Carcastillo. Roja, azul y blanca, y con un casco de madera moldeado para las olas del Cantábrico: así es la merlucera que descansa sobre el césped del hostal Doshaches, aunque este se encuentre hoy en mitad del desierto navarro. Aún hay más. Su dueña, María Ángeles Gascón, tiene la misma edad que el pueblo. «Figarol se inauguró en abril del 62 y yo nací en agosto», suelta desde cubierta, pero con ese inconfundible acento que suena a sol y cierzo. Pueblos que «se inauguran», y cuya creación está documentada fotográficamente desde su primera piedra. Puede resultar extraño para la mayoría de los mortales, pero no para los cerca de cuatrocientos habitantes de Figarol. Levantado en el extremo sur de Navarra, es una más de entre trescientas localidades construidas en España durante el franquismo para los llamados «colonos agrarios». La estatua en mitad de la avenida principal de Figarol —colocada en el cincuentenario del pueblo— les rinde homenaje: ahí, sobre un pedestal, una pareja de campesinos mira a su alrededor con una mezcla de curiosidad y determinación. Probablemente también hubiera que añadir grandes dosis de incertidumbre, incluso miedo, a las sensaciones experimentadas por aquellos pioneros de un episodio que transformó las vidas de sesenta mil familias.

Convertir zonas de secano en regadío fue una de las obsesiones del régimen franquista. Se construyeron pantanos para contener el agua, y luego una intrincada red acequias, bancales y terrazas por la que corría hasta eriales que se convertirían en tierra fértil. También hacía falta mano de obra, y así se levantaron los llamados «pueblos de colonos». Fundado en 1939, fue el Instituto Nacional de Colonización (INC) el encargado de pilotar el mayor desplazamiento humano en la península Ibérica del siglo XX. La mayoría en Figarol llegó de Carcastillo; jornaleros que huían de la miseria en carreta con lo puesto, los críos y cuatro aperos; «gente más pobre que las ratas», que dice María Ángeles. Cuando llegaron a Figarol había casas, pero no salía agua del grifo ni electricidad de los enchufes. Y luego estaba aquel barro cuando llovía… Se intentaba salvar con tablones que hacían las veces de pasarelas improvisadas porque las calles también estaban por hacer. 

Hasta que pudieron arrancarle hortalizas al desierto, las familias de colonos sobrevivieron gracias a un puñado de gallinas y alguna vaca en los corrales. De ellos comían todos en casa. Se trabajó mucho y, con el tiempo, algunos de los hijos de aquellos pioneros se labraron un camino más allá de la era. Ahí sigue el albergue de María Ángeles, que funciona entre habitaciones que alquila a trabajadores o excursionistas, y menús del día servidos en un comedor de cuyas paredes cuelgan fotos en blanco y negro de un pueblo aún en construcción. Respecto al barco, fue un regalo de un amigo donostiarra de su marido.

«En un principio íbamos a dejarlo en una laguna cerca de aquí pero luego pensamos que nadie lo iba a ver allí, así que nos lo trajimos a casa», recuerda, antes de enseñarnos las habitaciones que también alquila en las tripas de este pecio de las arenas. Hay lugares en los que la imaginación es tan imprescindible como el agua.

Far West

Bernardino Sánchez es el pionero del cultivo de arroz en el desierto de los Monegros. Fotografía: Andoni Lubaki.

Enfilamos hacia el sureste a por una carretera apenas transitada hasta que el paisaje, monótono y yermo, estalla en verde a la altura de Alberuela de Tubo. Al igual que en muchas otras zonas, el agua canalizada empezó a transformar el desierto, pero fue el riego por aspersión el que lo convirtió en un vergel. Aquí es posible saber a quién le tocó la lotería en 2011 a través de Google Earth: las fotos sombrean en verde los alrededores de Sodeto, un pueblo en la provincia de Huesca que se puede ver desde el espacio, pero no desde ninguna carretera principal. Sodeto no pilla de camino a ninguna parte. La mayoría de sus doscientos cincuenta habitantes son los que llegaron aquí en 1958, cuando se hizo el pueblo. Los buscamos en el único bar de la localidad; decir que La vida es bella —así se llama— es el centro neurálgico de Sodeto es una obviedad, pero no que el negocio está regentado por Alicia Preciado, una catalana de cuarenta y tres años de Sabadell que llegó «por circunstancias de la vida» hace seis y acabó quedándose.

«Se vive bien aquí, la verdad es que no echo de menos la ciudad», dice Alicia, aunque es demasiado joven para haber conocido los tiempos en los que Sodeto era poco más que un mapa en un despacho del Instituto de Colonización. Los que lo levantaron de la nada echan hoy la partida (guiñote) al otro lado de la barra; gente como Bernardino Sánchez un auténtico visionario al que todos tildaban de loco cuando tuvo la ocurrencia de plantar arroz en el desierto.

«El agua llega directa desde las cumbres, es mucho más pura que la de zonas del Levante y, claro, el arroz también», asegura este hombre de noventa años y gafas de sol bajo un sombrero borsalino. Dice que los alemanes compran casi toda la producción. «No se deshace, es el mejor arroz de Europa», insiste Bernardino, quien llegó desde su aldea de Tramaced, a veinte  kilómetros de aquí. Como al resto de los colonos en todo el Estado, a las ochenta y siete familias de Sodeto también se les asignó el llamado «lote»: un carro y aperos; una yegua y una vaca a devolver al ministerio en potros y novillas; entre seis y doce hectáreas de terreno y una casa a pagar en cuarenta años. Excepcionalmente, se concedía un «lote mecanizado» (uno por cada cincuenta de los normales) a agricultores destacados y en posesión de algún título de formación profesional agrícola. Su finalidad era servir de ejemplo a los demás colonos.

Fue difícil desde el principio, e incluso antes. El plan inicial para Sodeto consistía en levantar catorce granjas —las llamaban «torres»— a imagen y semejanza de los ranchos americanos. Se llegaron a ocupar siete pero, sin apenas agua, y aislados los unos de los otros en mitad del desierto de los Monegros, la vida de aquellos primeros colonos solo mejoró tras la muerte del ministro Cavestany, el responsable de la idea. Se decidió finalmente descartarla y agrupar a las familias en el pequeño núcleo urbano que es hoy el pueblo. Familias enteras que llegan en carros a calles a menudo bloqueadas por centenares de estepicultores, esos matojos rodantes que aquí llaman «capitanas». Momentos que completan el catálogo de imágenes del Lejano Oeste en la estepa aragonesa.

El periodo de 1950 a 1965 fue el de mayor intensidad dentro del programa de colonización. En 1967 se empezó a construir el último poblado, y es a partir de 1973 cuando remite la fiebre edificadora para reforzar los ya existentes. La mecanización del campo llegaría pronto y, aunque mucho más tarde, también los aviones. Bernardino se acuerda de aquellos pilotos a los que se pagaba para sembrar desde el aire. «Se mataban todos, pero recuerdo a uno muy bueno, un tal Simón, que aterrizaba en la carretera del pueblo», relata este colono con cinco bisnietos. Desde la barra, Ángel Luis Nasarre recuerda que tenía catorce años cuando tuvo que hacerse cargo de la hacienda tras la muerte de sus padres. El duelo fue un lujo que no se pudo permitir mientras le pedía alfalfa, maíz y arroz al desierto. Un día hubo beneficios, y así fue comprando más hectáreas, hasta llegar a las cincuenta actuales. Crio a cuatro hijos, dos de los cuales viven de la agricultura, y solo dejó de fumar tras el tercer infarto de corazón. Como la mayoría aquí, el dinero de aquella lotería de 2011 también lo reinvirtió en el campo. El riego por aspersión que mencionábamos antes. Ángel Luis dice que fue «una locura»: le tocó a todo el mundo menos a un director de cine griego que vive en una de las torres.

«Sin antecedentes»

Rosa Pons, exalcaldesa de Sodeto, explica la historia de su pueblo sobre una maqueta del mismo. Fotografía: Karlos Zurutuza.

Quitando lo de la lotería, Sodeto es un pueblo tan paradigmático en esto de la reforma agraria que cuenta hasta con un centro de interpretación en el que uno puede empaparse de todo aquello. Rosa Pons, hija de colonos llegados desde el alto Pirineo y alcaldesa durante veintucatro años, nos acompaña por un recinto que cuenta con diferentes estancias: una sala de proyección; una casa de colono tal y como se la encontraban al llegar; otro espacio en el que se pueden observar materiales y objetos propios de la época, como mesas antiguas de la escuela y ordeñadoras… Antes de empezar, Rosa quiere dejar claro que el plan de reforma agraria «se lo encontró Franco en un cajón». Fue durante la Segunda República cuando, tras un proceso de expropiación de tierras a los grandes terratenientes, se intensificó la política hidráulica y se culminó la de riegos. La O.P.E.R. (Ley de Obras de Puesta de Riego) será el verdadero antecedente de la política de colonización franquista; un ambicioso proyecto que quedó interrumpido tras la guerra civil española. En un país hambriento y devastado —se calcula que dos tercios de los sectores agrícola y ganadero quedaron destruidos tras la contienda—, el régimen recupera una idea a la que incorporó, eso sí, la devolución de muchas tierras a los antiguos caciques.

Con treinta y dos nuevos asentamientos, Aragón fue la región donde se levantó el mayor número de dichos pueblos de colonos en todo el Estado. Según Pons, el proceso de selección de sus ocupantes era sencillo: «Tenían preferencia las familias numerosas, sobre todo las de hijos varones. Por supuesto, también estaban los expedientes de cada candidato, el cual podía ser de dos tipos: «Con antecedentes» o «Sin antecedentes». Los primeros, a los que se les presuponía algún vínculo con el bando perdedor, se descartaban de inmediato», explica Rosa. En cualquier caso, la criba no implicaba la emancipación automática de los colonos una vez instalados: el INC seguía ejerciendo una tutela férrea sobre la red de asentamientos a través mayorales, peritos e ingenieros que decidían sobre las vidas de aquellos desposeídos a los que el régimen «plantó» en el desierto como estos sus remolachas. «Colonizar es fijar el hombre a la tierra», rezaba una de las máximas del INC.

«La reacción contra aquello fue más que evidente cuando llegó la democracia: casi todos los pueblos votaron a alcaldes de izquierdas», cuenta Rosa. Además de edil de Sodeto, también fue diputada socialista en las Cortes de Aragón. En una última estancia del centro se explica el proceso de urbanismo en la colonización a través de maquetas de canales, embalses de regulación, canaletas y otros elementos de riego, además de las de los pueblos que se construyeron en Aragón. El franquismo recurrió a arquitectos novatos que debían ceñirse a los diez puntos de una circular del INC que se inspiraba en experiencias como los kibutz israelíes o las ciudades del Agro Pontino (Italia) levantadas por Mussolini. Es sobre una maqueta de Sodeto donde apreciamos la milimétrica planificación urbanística de esta y otras muchas localidades construidas sobre el mismo plano: hileras de casas exactamente iguales, todas alineadas en torno a una calle principal que desemboca en una plaza sobre la que se distribuye la iglesia, la escuela, el antiguo local para la Sección Femenina y, en el caso de Sodeto, un centro cultural que contaba incluso con una sala de proyección. Hoy es el bar.

«De críos nos confundíamos de casa, eran todas iguales», recuerda Pons. Lo más parecido hoy a estos pueblos, añade, son las urbanizaciones a las afueras de las grandes ciudades. Fue de entre aquellas calles donde se creo un arraigo entre gentes que aún llevaban sus pueblos de origen en el corazón. ¿Qué es un pueblo sin fiestas? Por otra parte, ¿cómo ponerlas en el calendario sin saber aún cuál es la patrona? La decisión también estaba en manos del INC. En el caso de Sodeto, San Miguel es un santo tan bueno como cualquier otro y el tiempo sigue acompañando a finales de septiembre para honrarlo. Con los años, Sodeto no solo se convirtió en un pueblo con todas las letras, sino que sus habitantes también se desprendieron del estigma que arrastraba eso de ser «colono».

«Es similar a la percepción que se tiene de los inmigrantes. Se trabajó mucho, tanto que, con el tiempo, se pasó del “No bailes con esa, que es colona” al “Le fue bien porque se casó con un colono”», dice la sodetana. Lo sabe porque lo vivió.

Del caudillo a Carrillo

Eduardo Navarro y Ángeles Ramón suman décadas de trabajo en el campo y de compromiso con los derechos de los agricultores Fotografía: Andoni Lubaki.

Atravesar la misma avenida rectilínea, flanqueada por las mismas casas de una única planta, provoca una inevitable sensación de déjà vu cuando uno atraviesa la España «colona». Llegamos a Bardenas, un municipio perteneciente a Ejea de los Caballeros, en la provincia de Zaragoza. En origen, esta localidad se llamaba «Bardena del Caudillo» y era la «Avenida del Caudillo» su arteria principal. Hoy es el Paseo de la Jota Aragonesa el que nos conduce hasta esa plaza cuadrada que atraviesa la sombra del mismo campanario rectangular de siempre. Hemos concertado una cita por teléfono con Eduardo Navarro antes de llegar. Nos espera en su casa. Como en muchas otras, el corral en el que una vez dio cobijo a vacas, cerdos y gallinas es hoy un hermoso salón en el que Eduardo nos desvelará más pasajes de esta historia. Hay una vida que ni el sol del desierto ni la bota del régimen consiguieron ajar.

«Cuando llegó la democracia, esta ya existía en estos pueblos porque contábamos con nuestras propias asambleas, las llamadas “juntas de colonos”. Además, en los últimos años del franquismo llegaron unos curas jóvenes que solo vestían sotana en las misas, y que nos hablaban de libertad, derechos, emancipación… Los curas pudientes no querían venir a estos pueblos así que muchos de los que llegaban eran rojos», recuerda este aragonés de intensa mirada azul y piel quemada que llegó a los trece desde Ejea de los Caballeros.

Fue el PSOE el que se hizo con la alcaldía en Bardenas en las primeras elecciones municipales, un giro hacia la izquierda que se ilustró con una frase recurrente durante años: «De Bardena del Caudillo a Bardena del Carrillo». Eran momentos de cambio entre continuas reivindicaciones políticas. El INC pasó a ser el IRYDA (Instituto Nacional de Reforma y Desarrollo Agrario) y en 1976 comenzaron a bajar los precios de la producción agrícola. En aquel contexto surgió el sindicato UAGA (Unión de Agricultores y Ganaderos de Aragón), del que Eduardo fue secretario general antes de pasar a la COAG (Coordinadora De Organizaciones de Agricultores y Ganaderos), donde trabajó hasta 2003.

«Hoy todo el mundo habla del mundo rural, pero lo cierto es que hay casi tres mil pueblos abandonados en España, y casi la mitad con menos de cien habitantes», lamenta Eduardo, quien echa en falta un plan agrario como tal. Su mujer, Ángeles Ramón Burguete, habla de la «preocupante acumulación de tierras por parte de unos pocos» en toda Europa. «Estamos volviendo a los caciques de entonces», alerta la que fue responsable del Área de la Mujer en la UAGA durante muchos años. Había mucho por hacer en un modelo tan masculinizado como el del campo. Ángeles subraya que la colonización fue un revulsivo en la explotación familiar agraria, pero también que, al final, acabaron siendo los «señoritos» los que se quedaron con las mejores parcelas.

Expertos en el tema coinciden en que fueron los antiguos y grandes propietarios los que se beneficiaron de las plusvalías y de las facilidades para modernizar sus explotaciones. Si bien el programa posibilitó cierta reforma social en el campo español, la lentitud del proceso, sus enormes costes y una ineficiente gestión de los recursos naturales perfilan una labor titánica, pero que acabó fracasando en el aspecto económico.

Juanma, hijo de Ángeles y Eduardo, se ofrece a enseñarnos su explotación. Estudió Ciencias Ambientales y trabajó en una gran empresa, pero le defraudaron tanto la carrera como su trabajo posterior. Hoy planta puerros, cebollas, alfalfa de forma ecológica —«Me ponía enfermo con los productos químicos»— en la misma parcela asignada a su abuelo y el resto de las que la familia fue comprando después. «En su día podían vivir hasta dos familias de diez hectáreas, pero hoy justo te mantienes con cincuenta» explica este agricultor de treinta y tres años. «El actual es un mercado global apenas regulado, sin precios establecidos… El campo te tiene que ilusionar para volver aquí cada día».

A su lado, Donato Pérez dice que le sigue ilusionando «a pesar de todo», y que volvería a ser agricultor. Tiene setenta y un años, y han pasado ya sesenta desde que abandonó su Tiermas natal, uno de los pueblos anegados por el pantano de Yesa para que se pudieran regar este y otros desiertos. Tanto a sus padres como a la mayoría de sus vecinos se les reubicó en El Bayo, a siete kilómetros de aquí, donde parcelas como las suya salieron malas. «Nos engañaron a todos», dice Donato. Como cada año, acudirá puntual a su cita el primer fin de semana de octubre, cuando los antiguos vecinos de Tiermas se reúnen en la parte alta del pueblo: fantasmas de carne y hueso buscándose entre las ruinas de lo que una vez fue su casa. Donato asegura que recuerda el desalojo «como si fuera ayer»; también que se enamoró justo antes de ser arrastrado por la riada de carretas que caía hasta el valle. «No la volví a ver», repite hasta tres veces, como si no acabara de creérselo. Como si acabara de despertar de un sueño que comienza en un pueblo bajo el agua.


El desafío de Jonás

Fotografía: Andoni Lubaki

De las construcciones, ¡qué pocas tienen cúpulas como las de San Pedro! De las criaturas, ¡qué pocas son tan vastas como la ballena!

Herman Melville, Moby Dick

Dice que le llamaban la atención las barcas, barcos y botes desde crío; los de madera, eso sí. Los de verdad. Imaginen a un chaval zampándose un cucurucho de karrakelas (‘bígaros’) con la mirada perdida en el casco rojo del Ozentziyo. Se llama Xabier Agote, y contempla desde el muelle de San Sebastián el último atunero de verdad que faenó en estas aguas. Adelantamos ya que esta es una historia que empieza y acaba en el mismo rincón del Cantábrico, pero que atraviesa el Atlántico varias veces. Durante ese periplo, Xabier ha cumplido cincuenta y tres años y, en su santuario de la bahía de Pasajes, hoy son los barcos los que parecen mirarle como si de un padre se tratara. Podría ser porque o los ha construido él, o ha enseñado a otros a hacerlo. Su hijo pródigo es la réplica aún en construcción del San Juan, un pecio vasco del siglo XVI encontrado en Terranova en 1978. Tiene una altura de cuatro pisos, pero no lo veremos hasta el final porque antes hay mucho que contar.

Sin despegar sus intensos ojos azules del Maribeltz, un pequeño batel vasco aún en construcción, Agote recuerda que son las olas y las corrientes las que moldean los barcos, que por eso son tan distintos un pesquero gallego y una faluca egipcia. Dice haber sido testigo de cómo una maestría dictada por los elementos y recogida por los hombres durante siglos sucumbía bajo un poliéster ramplón ajeno a todo legado histórico-antropológico. Quiso aprender; se llama «carpintería de ribera», o «construcción naval de madera». Pero el oficio estaba en las últimas, así que se plantó en Maine con veintipocos. Fue en el museo marítimo del extremo nororiental de Estados Unidos donde Agote se convirtió en constructor.

Selma

Antes de todo aquello, probablemente mientras Agote ensartaba karrakelas con un alfiler frente al atunero, Selma Huxley, historiadora marítima canadiense —e hija de un primo de Aldous Huxley, por si se lo han preguntado— rebuscaba entre los fondos de Oñate (Gipuzkoa) información sobre la presencia vasca en Terranova. Había miles de documentos sobre la pesca del bacalao y la ballena, los puertos y asentamientos en la costa del Labrador y Quebec y, por supuesto, la presencia de galeones vascos hundidos en aquellas gélidas aguas. «Creo que aquí hay algo», exclamó el buzo que inspeccionaba el fondo marino de Red Bay (Terranova). En el verano de 1978, las coordenadas que Selma había rescatado de entre el polvo y las termitas de aquellos archivos dieron con el pecio del San Juan, un ballenero vasco hundido en el invierno de 1565.

Siete veranos de trabajo incesante, catorce mil horas de inmersión, veintidós mil fotografías y mil doscientos dibujos y mapas reconstruyeron la embarcación del siglo XVI más completa hasta la fecha. Hay muchas otras naves hundidas en el Caribe y otras aguas más calientes, pero ninguna tan bien conservada como la protegida por el hiperbóreo mar de Terranova. El resultado de aquel trabajo de arqueología subacuática se publicó en 1985 en National Geographic. Ahora es cuando nos imaginamos a un Agote ojiplático ante la portada que muestra a un buceador sobre la cubierta sumergida del San Juan. Coincidió, además, con su partida a Maine.

También se excavó en tierra, o al menos en la parte que permitía el permafrost de Red Bay. Resulta que la ensenada debe su nombre al color de las tejas que habían traído los balleneros desde el otro lado del Atlántico. Dicen que servían de lastre para estabilizar el barco en su travesía hacia el oeste, y que luego se usaban en la construcción de casas y estructuras portuarias. Permanecerían en pie hasta que una nueva tormenta las reventara contra la bahía, allí donde decenas de miles de cantos rodados de teja se fundían con la sangre de las ballenas que troceaban en tierra. En aquellas excavaciones de finales de los setenta también descubrieron los hornos donde se derretía la grasa de los cetáceos. Luego se almacenaría en barriles que ocupaban el lugar de las tejas, y vuelta al Cantábrico. Hasta ocho mil litros de aceite se podían obtener de una ballena franca, un total de cuarenta barricas cuyo precio equivalente actual sería de unos tres mil euros por unidad. La ballena daba dinero, y este era el acicate para aguantar campañas de entre tres y cuatro meses en continua lucha contra los elementos. Con el aceite se hacía jabón, lubricantes y, sobre todo, se iluminaban las casas. Lo que tocó de muerte al sector fue el uso de keroseno en los candiles en el transcurso del siglo XIX. Caladeros como el de Red Bay desaparecerían entonces del mapa para dejar sitio a lugares en aquel tiempo tan ignotos como Texas o Bakú.

Los indios

Siglos de explotación ballenera al otro lado del Atlántico habrían sido impensables de no haber contado los vascos con la colaboración de los locales. De que la relación entre europeos e indios algonquinos fue fluida dan fe no solo la cantidad de topónimos vascos en la zona, sino también el número de vocablos que la población amerindia incorporó a su lengua: arria, txikota, txalupa, balea, anaia, satan beltza… En 1625, Lope Martínez de Isasti aporta este sorprendente testimonio:

… en región tan remota como Terranova han aprendido los salvajes montañeses con la comunicación que tienen con los marineros, que van cada año por el pescado bacalao, que entre otras cosas preguntándoles en vascuence: nola zaude, como [sic] estás, responden graciosamente Apaizac obeto, los clérigos mejor, sin saber ellos qué cosa es clérigo, sino por haberlo oído.

Los nativos ofrecen pieles de castor a cambio de codiciados calderos de cobre, o incluso hachas conocidas como «vizcaínas», valoradas por los locales hasta el punto de que muchos se hacen enterrar con ellas. Para comunicarse recurrían a un pidgin, una lengua franca en la que se mezclaban su variante del algonquino y el vasco, y que facilitaba intercambios comerciales. También se podía echar mano de un traductor, generalmente un crío que los balleneros dejaban al cuidado de los indios hasta su vuelta. Aunque esto no siempre funcionaba:

«El invierno ha sido tan duro que los nativos de la zona de Gaspe se han comido al muchacho que habían dejado los vascos», dejaba escrito en su bitácora de 1651 el misionero jesuita francés Paul Le Jeune. Los vascos que perdían la vida en aquellas aguas heladas, o en un accidente laboral mientras procesaban las capturas en tierra, eran enterrados en la pequeña y vecina isla de Saddle, donde se han encontrado tumbas con grupos de siete. A las tripulaciones de aquellas chalupas desde las que se arponeaba al cetáceo se las enterraba en la misma fosa.

De la presencia ballenera vasca por el Atlántico norte hablan también dos glosarios del siglo XVII que se conservan en un instituto de Reikiavik. Son setecientas cuarenta y cinco palabras del primer diccionario en otra lengua, después del latín, en la historia de Islandia. En cualquier caso, las relaciones con los nórdicos insulares no eran, ni de lejos, tan fluidas como las que habían entablado con los indios. Hubo que esperar hasta abril de 2015 para que Islandia derogara una ley de 1615 que permitía el asesinato de vascos en el distrito de los Fiordos Occidentales; cuatrocientos años de un edicto emitido cuando un caudillo local, un tal Magnusson, conminó a sus súbditos a matar a una treintena de balleneros vascos que acababan de sufrir un naufragio. Hasta la fecha, aquella sigue siendo la mayor masacre en la historia de Islandia.

Hemos mencionado antes que la irrupción del keroseno en el mercado desbancó al aceite de ballena, pero lo cierto es que, para entonces, la población de cetáceos había sido diezmada. Al principio, ese descenso solo se notaba en Terranova, pero en el siglo XVII ingleses, holandeses, portugueses y daneses se sumaron al grupo de depredadores marinos, rompiendo así el monopolio de los vascos. En 1610, el ballenero inglés Jonas Poole lamenta haber avistado un gran banco de ballenas en Spitsbergen —un archipiélago inhóspito a mil kilómetros del polo norte— y no haber podido cazar ninguna. «Solo los vascos conocen las artes de la pesca de la ballena», recoge el británico en su libro de navegación. En el que es hoy el asentamiento humano permanente habitado más septentrional del globo existe una ‘península de los vizcaínos’, Biscayarhalvøya, y también un glaciar al que llamaron Biscayarfonna.

No obstante, navegar cada vez más hacia el Ártico era más difícil, más caro y, por supuesto, menos rentable, por lo que muchos de aquellos buques que habían sobrevivido a los embates más brutales del Atlántico norte acabarían pudriéndose en puerto. Los más afortunados pasaron de explorar el indómito Ártico a languidecer en la ruta Burdeos-Londres. Las antiguas barricas de aceite de ballena irían ahora rellenas de vino francés.

El bosque

Antes de que los vascos llegaran al Nuevo Mundo, la pesca de cetáceos era común a toda la costa cantábrica. El paso invernal de la ballena franca mantenía a toda la cornisa vigilante desde atalayas sobre el mar. Desde Coruña hasta Gipuzkoa, un avistamiento se podía anunciar con un fuego, tañendo una campana o, simplemente, voceando montaña abajo y las chalupas saldrían inmediatamente después en busca de su presa. Ya habrán adivinado que este es el origen de las traineras. No se sabe si fue la ausencia de presas o una codicia insaciable lo que llevó a los vascos a liderar una aventura de esa envergadura. Sea como fuere, Agote habla de una cultura marítima vasca que quedó a la sombra, dice, «de esa imagen pastoril que este pueblo heredó del romanticismo del siglo XIX».

Sabemos que los vascos se echaron al océano, pero también que este rompió tierra adentro. La chalupa ballenera y el propio leviatán se reproducen en sellos medievales y dinteles de caseríos, pero el mar llega mucho más allá de los pueblos cercanos a la costa. Paseando por bosques como los de la Sakana (Navarra) no hace falta ser un gran observador para fijarse en que muchos de los árboles presentan formas extrañas a primera vista. Vistos a contraluz hasta nos parece que veamos a alguien pidiendo ayuda, levantado los brazos entre la espesura. Se les llama ipinabarro y son árboles manipulados en busca de la forma de la parte del barco en la que se convertirían. Piensen en los años que necesitan robles y hayas para hacerse mayores y les dará una idea de las raíces que tenía una industria cuya materia prima era cortada y moldeada por los nietos, o los nietos de los nietos. En muchos de esos bosques repiqueteaba el sonido del martinete; el de las ferrerías que producían clavos, cadenas, pernos y anclas para los buques, así como todo tipo de armas. En el siglo XVI se calcula que el 10 % del hierro que se producía en Europa procedía del País Vasco. Solo en Bizkaia y Gipuzkoa se contaban alrededor de trescientas ferrerías.

Probablemente desconfíen al leer que las sidrerías eran igualmente importantes, pero tengan paciencia. Sigan leyendo. Dado que el agua no resiste tantos meses en una barrica, la sidra, de baja graduación alcohólica, era una buena alternativa. Además de hidratar aportaba una inestimable cantidad de vitamina C que, entre otras cosas, impedía que los marineros sufrieran de escorbuto. Al igual que ocurría con la madera o el hierro, la producción era industrial. No es casualidad que la mayoría de las sidrerías vascas se concentren en el rincón oriental del Cantábrico.

La factoría

Necesitábamos dar este rodeo transoceánico para entender algo mejor el lugar en el que nos cita el constructor. Mencionábamos cierto «santuario» al comienzo de este viaje. Se llama Albaola. Vivimos tiempos extraños, en los que se reconstruye un galeón vasco del siglo XVI justo al lado de un barco de vapor de los años treinta abandonado. Si buscan el lugar en Google Earth verán la preciosa draga Jaizkibel languidecer a las puertas de la factoría, como si se tratara de un perro viejo al que han dejado en la calle. Los barcos una vez fuera del agua son objetos inútiles que, además, ocupan demasiado espacio. El galeón, sin embargo, resulta útil ya antes de ser botado.

Albaola cuenta con una exposición: maquetas, infografías, diaporamas y, sobre todo, esas figuras de marineros vascos del siglo XVI a tamaño real sobre una chalupa que uno no puede dejar de mirar. Todo el conjunto contribuye a ilustrar la aventura oceánica cuyas líneas generales ya hemos trazado. Es aquí donde nos enteramos también de que el legado arqueológico de Red Bay fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 2013, y que también cuenta con un museo. Con sus más de cien habitantes, es uno de los pocos pueblos que ha sobrevivido al éxodo de los terranovenses. Soportaron las tormentas y ventiscas con las que les castigaba el Atlántico norte durante siglos, pero el saqueo del bacalao a manos de arrastreros extranjeros, a finales del siglo XX, acabó por despoblar una isla ya de por si inhóspita.

Dejando atrás la exposición accedemos al taller. Agote explica que ha intentado trasladar el modelo de Maine, sin clases teóricas que mantengan a los aprendices lejos de sus herramientas. Maza de haya en mano, Javier Bizkaia asegura que estudiar un oficio que ya no existe no le genera incertidumbre alguna.

«El jefe de taller lleva dieciocho años en esto. Además, lo que conseguiré es una maestría en carpintería que me puede abrir otras puertas», dice este bilbaíno de treinta y ocho años.

Bizkaia lleva un año en el taller, pero es este mes de septiembre cuando arranca el primer curso de los tres que habilitarán a nueve futuros carpinteros de ribera. Entre los matriculados hay griegos, un belga, un francés, un feroés, e incluso un madrileño. Además de los futuros constructores, Agote habla de cuatrocientos voluntarios que participan activamente en la construcción del San Juan. Jackie Tostivint, bretona de treinta, admite que desconocía por completo este mundo. Oyó hablar de este sitio por pura casualidad mientras atravesaba Francia en autostop. Dice que se quedará al menos dos semanas. A su lado, Antoine Duquoi, historiador hendayés de veintitrés años, lleva ya dos meses trabajando la madera pero también se atreve con las visitas guiadas. Conoció el proyecto a través de Thalassa, un programa de la televisión pública francesa dedicado al mar que lleva más de cuarenta años en antena.

La nave

Se ha hecho esperar, pero ya casi estamos. Agote habla de «algo sin precedentes en la recuperación de embarcaciones». Por supuesto, no hay más planos que los dibujados sobre esas veintidós mil fotografías obtenidas bajo el agua —el pecio sigue allí—. También se han usado los materiales originales: robles de la Sakana, abetos de Zaraitzu, cáñamo del valle del Ebro y la pez de Quintanar de la Sierra (Burgos). Enara Novillos, responsable de comunicación de Albaola, ya nos había dicho que fue una de las que se apuntó a aquella caminata de dieciocho días acompañando al carro de bueyes que traía el alquitrán. El obsesivo escrúpulo histórico con el que se reconstruye el San Juan tiene su explicación:

«El objetivo no es el barco en sí mismo, sino aprender los secretos tecnológicos de nuestros antepasados», subraya Agote, justo antes de hacernos una demostración práctica del método para convertir hilos de cáñamo en cabos. La máquina, un entramado de poleas y engranajes de madera que acciona una única manivela, también la han construido aquí. Un minuto más tarde, y ya desde el reservado más exclusivo de la factoría, el San Juan se muestra finalmente ante nuestros ojos. Recuerda al esqueleto intacto de una enorme ballena a la que, poco a poco, le devuelven su piel. ¿Sabían que la de un bicho de estos es más fina que la de un bebé?

Accedemos al barco por la cubierta superior y observamos a Peter Dayton mientras lucha por incorporar una pieza en el castillo de popa con la ayuda de una sierra japonesa. Dice que era trabajador de la construcción en su Florida natal. Un día se cansó, y decidió viajar sin rumbo. Recaló aquí, visitó la factoría y se quedó. Y ya han pasado cuatro años.

Agote nos invita a bajar a las entrañas del leviatán donde se apilaban las barricas de aceite y las de sidra, justo encima de esas tejas que darían nombre y color a una bahía gris de Terranova. Le pedimos que pose para la foto. Podría ser el mismísimo Jonás en el vientre de la ballena de no ser porque sigue dispuesto a desafiar a Dios.

«Calculamos que lo botaremos en dos años», espeta.

¿Y luego?

«Luego a América, aunque todavía no sabemos cómo. Hace mucho que nadie cruza el Atlántico en un barco del siglo XVI».


Drogas: di no a los mitos

Diseño de relajaelcoco.

Recuerdos distorsionados, películas de serie B, reportajes sensacionalistas, tergiversaciones y propaganda gruesa con fines políticos… El recuerdo de los años de auge de la heroína en el País Vasco nos ha llegado por estas vías más que por análisis rigurosos y honestos sobre el consumo. Enfrentados al prohibicionismo, al que imputan las mayores desgracias asociadas a las drogas, Alejo Alberdi y Juan Carlos Usó también combaten los mitos y las leyendas urbanas sobre aquellos años.

Esta conversación, moderada por Álvaro Corazón Rural, pone de manifiesto cuánto queda aún por avanzar en este campo: el de la información sobre las drogas.

Alejo, ¿cómo era el ambiente en el País Vasco en los setenta?, ¿cómo empezasteis a meteros?

Yo era bastante antidroga al principio. Mis amigos empezaron a consumir anfetas, tripis y metacualonas, que era una especie de barbitúrico. Luego, con diecisiete, empecé yo también con los ácidos, porros y anfetas. Sería el 77 o 78. Era un micromundo que había en la Parte Vieja de San Sebastián de freaks, pasotas, lectores de Star y Ajoblanco. En esa época, el paso de los años fue muy importante. Ahora, de 2011 a 2018 no hay gran diferencia. Pero de 1976 a 1981 hubo un abismo. Se sucedieron muchos acontecimientos en muy poco tiempo. Todos los días pasaba algo. Empecé con una cuadrilla que hablaba muchísimo de política, rollo utópico, escuchábamos rock sinfónico y cantautores, y en muy poco tiempo cambió radicalmente el panorama. Viví la politización extrema, la muerte de Franco, las primeras elecciones, el Estatuto y pasé de escuchar a Víctor Jara y fumar petas a estar metido en la incipiente nueva ola.

Por eso, cuando se habla ahora de cultura de la Transición y se presenta como una cosa con separaciones tajantes, me entra la risa, porque viví todas sus fases. No soy solo el que vivió en Madrid en la movida, ni soy solo el que antes estaba todo el día discutiendo de política. La desafección política, lo que se pudo ver en El desencanto, que es de 1976, empezó antes de que llegara la democracia. Los pasotas, de los que nadie se acuerda, empezaron con la Transición. Parece que se pasó de repente de una politización extrema a la frivolidad y hubo un hartazgo previo de la política ya desde los últimos años del franquismo. Además, a la sobrepolitización también era normal que le siguiera luego un ciclo contrario, de decir: «Ahora vamos a pasárnoslo bien». Pero ni aun así fue de repente, venía de largo progresivamente.

Juan Carlos Usó: No hubo solo una generación, lo de la cultura de la Transición, si es que existe tal cosa, está conformado por un segmento de población entre quince y veinticinco años. Ahí caben tres generaciones muy distintas. Están los deudores del 68, hay pasotas y en un momento dado llegan los punks. Eran además el baby boom; ahora hay un tercio menos de jóvenes que en esa época. Y todo sucedía de forma frenética. Muchos de ellos, que habían visto a sus padres ganarse la vida, deciden que mejor era buscarse la vida. Vivir al margen. Lo que podía ser bajar al moro y traerse unos kilos de hash, o, los que podían, ir a Tailandia a por heroína o a por setas, e incluso joyas. Los padres habían sido curritos, se habían deslomado para tener un piso en el extrarradio, en un barrio sin servicios, y frente a eso todo este excedente de juventud, en plena crisis del petróleo del 73 que enlaza luego con la reconversión industrial, se salió del círculo convencional hacia otros caminos más expeditivos.

Alejo: Fue una época turbulenta en la que, de fondo, estaba ETA. Desapareció toda la izquierda llamada españolista, maoístas, troskistas, LPR, el Movimiento Comunista, todos fueron laminados para abrir paso a Batasuna, que ocupó ese espacio. Primero, porque lo dejaron libre partidos muy pequeños e inestables y también porque ETA no permitió que creciera nada a la izquierda que no fuera abertzale. De lo primero que leímos sobre la heroína fue la famosa entrevista en Star a una pareja de heroinómanos. Era un reportaje ausente de dramatismo, pero no invitaba a meterse. Los veías como algo melancólico. Tampoco los libros de Burroughs te animaban, al menos a mí. Escohotado dice que este autor creó el modelo de yonqui, pero yo lo que veo en esos libros es el perfil del toxicómano creado por la prohibición. Una consecuencia del mercado negro y sus peligros, no de la droga en sí.

Juan Carlos: En la Transición se empezó a hablar de temas tabú en el franquismo, como la droga o el sexo. La literatura contracultural no podemos saber si abrió apetitos de drogadicción o no, habría que preguntar uno a uno. Para mí también fueron disuasorias estas lecturas que cita Alejo, porque estos relatos sobre yonquis reflejaban a gente enferma y nadie quiere ponerse malo para ser feliz. Lo que sí que es cierto es que en esos años la heroína estaba acompañada de un gran glamour y lo que se lo daba era precisamente ese grado de peligrosidad que tenía. Cuando te metías heroína cogías el billete de ida, pero del de vuelta no se sabía nada. Esto lo sabía todo el mundo, porque, si no, ¿de dónde le venía ese oscuro encanto?

Alejo: Estaba el discurso oficial, que te asustaba con que se empezaba con la marihuana, se seguía con las anfetas, ácidos, etcétera, y se acababa en la heroína. La teoría de la escalada. Por este motivo, mucha gente pensaba honrada y equivocadamente que tenía que ir de una droga a otra hasta llegar a la supuesta reina de la droga. Si realmente hay que culpar a alguien de esta carrera hacia el abismo es al discurso oficial de la prohibición. Precisamente, porque en aquella época, por la degradación de las instituciones y el régimen, los jóvenes no se creían una sola palabra de ningún discurso oficial. Casi por sistema se hacía lo contrario de lo que te decían. Por ejemplo, pensar: «¿Que un porro es peligroso porque me lleva a la heroína? Vale, pues entonces vamos a por ese porro».

Juan Carlos: Pero mucha gente antes de probar su primera dosis de heroína ya llevaba dos años picándose productos que encontraba en farmacias. No había un mercado todavía, dependía de las importaciones esporádicas del que se iba a Ámsterdam o Tailandia, y la gente que no tenía acceso a esos círculos tan restringidos y exclusivos se iba a la farmacia a buscar lo que más se parecía a esa droga mítica de la que hablaban en la prensa.

Alejo: Sosegon, Tilitrate, Pentazocina, Romilar… las farmacias españolas durante el franquismo y hasta bien entrada la Transición eran el paraíso de las drogas.

Juan Carlos: El láudano, un opiáceo fuerte, fue un medicamento de existencia mínima obligatoria en todas las farmacias españolas hasta 1978, cuando hubo una retirada masiva de todos estos medicamentos.

Alejo: La retirada de las anfetas fue en el año 83. En Inglaterra se habían prohibido en 1965. España era el paraíso del drogata, tenías en la farmacia prácticamente de todo. En el 68 empezó a cambiar, cuando España suscribe con cinco años de retraso los tratados de estupefacientes de la ONU; se dice que Franco vio como una exageración prohibir el cannabis porque habría tenido sus ritos iniciáticos en África. De hecho, incluso ahora se siguen pillando bultos en los camiones de la Legión. Pero la línea, digamos, oficial del franquismo era que la drogadicción era propia de países decadentes, las democracias, que aquí no pasaba eso, que el español era inmune a esas debilidades. La realidad era que aquí no hacía falta la heroína, porque todo el suministro de opiáceos lo tenías en las farmacias. En el libro de González Duro sobre la droga en España dice que solo un 37 % de los prospectos mencionaban el principio activo. En cierto modo hasta se ocultaba que aquello era droga.

Juan Carlos: Los barbitúricos y las anfetaminas en la comunidad internacional se conocían como «droga española», había gente que venía de vacaciones a cargar maletas en las farmacias porque se vendía sin receta lo que en Alemania o Francia era imposible conseguir.

Alejo: Y lo que ocurre con esto es que, por ejemplo, la desaparición de las anfetas en las farmacias lo que hizo fue abrir un mercado a la cocaína. La coca había llegado a desaparecer entre los años treinta y los setenta en Estados Unidos, y está clarísimo que la desaparición de las anfetaminas le abrió la puerta de par en par a su regreso. En el País Vasco, con el speed, la secuencia cronológica es esa, aparece justo a mediados de los ochenta, cuando sacan las anfetas de la farmacia.

Juan Carlos: Lo mismo que la desaparición de los barbitúricos le abrió el camino a la heroína. Supongo que se dieron fenómenos en paralelo. La gente quería meterse heroína, no había, y por eso atracaba farmacias. Los primeros asaltos empezaron en el 76. En el 77 el aumento ya es brutal. Pero luego fue entrando, la fueron trayendo los consumidores y, después, ya masivamente, las mafias. El mercado negro funciona igual que el otro. Si hay demanda habrá oferta.

Alejo: La llegada del caballo a Euskadi la vi de un año para otro. Sería sobre el 77; se hizo una fiesta de la primavera en Donostia, en la Parte Vieja, con todo el mundo disfrazado de flor y tal, y al año siguiente, muchos de los que habían participado en esa fiesta hippie o freak, que la mayoría eran de clase media alta, estaban sentados en la plaza de la Constitución colocados. Empezó en los sectores más burgueses. Los primeros yonquis eran gente de pelas. Hubo muchos casos de familias de dinero que enterraban a los hijos en poco tiempo. Se ha impuesto una versión en la que los chavales del extrarradio, los de las películas de Eloy de la Iglesia y José Antonio de la Loma, fueron los primeros en engancharse al caballo y no, esos fueron los últimos que se metieron. Cuando llegó el caballo a los barrios periféricos ya había muchos yonquis en los barrios bien.

Juan Carlos: Sobre Vizcaya he recogido muchos testimonios y hay algunos muy significativos de gente que tuvo su primera experiencia en un chalé de Neguri o de Las Arenas. La heroína entró por la margen derecha, ahí estaban los que podían irse a países lejanos a por la droga del glamour. Recuerdo ahora a un matrimonio donostiarra del barrio de Gros que se habían hecho varios viajes a Tailandia. No pertenecían a la élite, pero siempre era gente con dinero la que hacía estas cosas.

Alejo: Por cierto, en este sentido, nunca se recordará bastante que fue Eloy de la Iglesia el que inició a José Luis Manzano en la heroína. (Lejos de aquí, Eduardo Fuembuena, 2017).

Juan Carlos: La percepción de lo que fue la heroína está distorsionada por los relatos que se han impuesto. En realidad, el año más crudo, en el que más sobredosis hubo en España, fue 1990 y se quedó en alrededor de novecientas.

Alejo: La gente tiene asociada la epidemia de heroína al tío muerto en un retrete con la jeringuilla clavada en el brazo. Esto se produjo porque tuvimos mala suerte con una serie de cosas. Se sucedieron los Gobiernos de UCD, con el que empezó el consumo, y el del PSOE, bajo el que se desarrolló. En ese cambio de poder no dio tiempo a que alguien montase un dispositivo como es debido. Solo abordaron el problema de la heroína en aquel tiempo organizaciones sectarias como El Patriarca, que acabó huyendo a Sudamérica con desfalcos mil. Un tío que había sido colaboracionista de los nazis…

Juan Carlos: De aquí no hay cifras hasta 1985, antes no se sabe. Se dijo que en el País Vasco había diez mil toxicómanos, algo de lo que se hicieron eco las tres diócesis vascas, más la navarra, y lo difundieron en una pastoral, pero no he logrado encontrar quién fue el primero que dio esa información, esa cifra, ni por qué. El Patriarca dijo un día que había más yonquis en San Sebastián que en Nueva York y eso lo reprodujeron los medios, ABC, El País, Interviú… pero no tenía ningún fundamento. El primer estudio sociológico serio en Euskadi fue de Javier Elzo y le salieron cinco mil, concluyendo que ni era un problema específico de Euskadi, ni revestía características especiales en cuanto a su magnitud. Por cierto, inmediatamente después de presentar el informe pasó a estar amenazado por el entorno de ETA. ¿Mera coincidencia?

Alejo: Cifra que coincide con la de los infectados por sida en el País Vasco. Lo tienes todo en la web de Osakidetza. Son habas contadas, gente que o muere por heroína o accede a los servicios por adicción, ahí no hay margen de error con los números. El caso es que una crisis de la heroína como esta ya se había dado en Francia, en Inglaterra, en Italia o en Alemania. Recuerdo el libro y la película Christiane F, que transcurría en 1976. El problema fundamental aquí es que, pese a enfrentarnos a la entrada de la heroína después que otros países, no se hizo nada para minimizar sus efectos. Hubo diez años de retraso a la hora de aplicar medidas de reducción de daños como las que ya había en otros países, tales como reparto de jeringuillas, algo bastante simple. En la Inglaterra de Thatcher se aplicaron desde el primer momento por un asesor que dijo desde el primer día que había que establecer programas de metadona y dar jeringuillas. Por eso aquí el problema no fue tanto la heroína como el sida. Por cada muerte por sobredosis, hubo diez muertos por sida. En 1995, en España teníamos cincuenta y cinco casos de sida por cada caso en Inglaterra. Un 5500 % más. Esa fue la verdadera catástrofe.

Lo han dicho muchos autores predicando en el desierto. Esos diez años de retraso fueron la clave. Todo se desarrolló como en una tormenta perfecta y quienes deberían rendir cuentas políticas son los responsables sanitarios de la época. Una asociación llegó a llevar a la Generalitat a juicio por no aplicar programas de intercambio de jeringuillas en las prisiones. En una galería se pinchaban cientos de presos con la misma jeringuilla. Tenían que sacarle punta a la aguja. No entiendo por qué se tardó tanto. Fue lo mismo en Escocia, allí no aplicaron los programas de Inglaterra porque son protestantes duros, muy puros ellos, y tuvieron unas tasas de infección mucho mayores que sus vecinos. Eso reflejaba de alguna manera Trainspotting.

Juan Carlos: Mientras tanto, el pistoletazo de salida a las teorías que dicen que la heroína fue un arma en la lucha contra la juventud contestataria de Euskadi fue un artículo publicado en Egin en abril del 80.

Alejo: Se hablaba de poderes del Estado que actuaban impunemente intoxicando a la juventud rebelde. Todavía estaba UCD. Y hay quien dice que el plan maligno se lo pasaron unos a otros, pero el PSOE llegó cuando la heroína circulaba desde hacía cinco años.

Juan Carlos: Pero la instrumentalización de la heroína, no vinculada al País Vasco, sino al sistema, aquí en España, creo que el que la introdujo fue Eduardo Haro Ibars en su libro De qué van las drogas y en el artículo que escribió en la revista Ozono titulado «Nos matan con heroína». Ibars se apoyaba en informaciones que tenía de la implicación de la CIA en el tráfico de drogas en el sudeste asiático, heroína que luego acababa en Estados Unidos.

Alejo: Turquía era el principal aliado de Estados Unidos y el principal suministrador de la French Connection. Y luego apareció el Triángulo de Oro alrededor de los ejércitos y guerrillas que luchaban contra Vietnam y se financiaban con el tráfico de heroína, todos ellos aliados de Estados Unidos. El objetivo principal era acabar con el comunismo, si eso implicaba prescindir de la vigilancia del tráfico de drogas, porque así se financian tus señores de la guerra, pues se hacía. Se hizo.

Juan Carlos: De todos modos, ya había un mar de fondo de hippies que decían que su movimiento había fracasado por la heroína, que si la sociedad no había alcanzado su ideal era porque la CIA y el FBI les intoxicó con caballo. Lo mismo con los Panteras Negras. Igual te lo decía también la izquierda italiana. Y también lo contaban en Irlanda vinculado a la lucha del IRA…

Alejo: El binomio drogas-armas existe desde que existe la prohibición. Del mismo modo que el hecho de que la policía se involucre en el tráfico por lucro. Pasó en Nueva York con prácticamente todo el departamento de policía durante los setenta. En España igual, en todos puntos de entrada hubo policía que se corrompió, ya fuera Algeciras, Galicia o el País Vasco. Pero lo que explica esa corrupción es el lucro, no una estrategia planificada y sistemática para acabar con los jóvenes de izquierdas.

Juan Carlos: El famoso «Informe Navajas» —que, por cierto, no se ha leído nadie porque no salió a la luz— decía que existía la sospecha de que guardias civiles podían estar moviendo caballo al amparo de la lucha antiterrorista. Los habría seguro. Como otros guardias civiles que terminaron yonquis. Pero hay que mencionar que en el País Vasco el consumo de drogas existía desde hacía décadas. Una de las primeras campañas contra la droga que se hicieron en España fue en San Sebastián por la muerte por sobredosis de un conde de veintidós años en un cabaret. En 1917. La primera ley se hizo en 1918. Y luego te encuentras con noticias como que a un droguero de Irún, un mayorista que vendía a los farmacéuticos, le pillaron con cinco kilos de cocaína en 1925. En agosto del 32 se prohibió todo, fabricar, vender, transportar… Otros países, como Suiza, sí se permitieron seguir fabricándola… Eran más listos.

En Barcelona hubo una campaña contra las drogas en 1915 del diario Germinal. En 1917 hubo otra campaña, simultánea a la de San Sebastián, en El Diluvio, el diario republicano opuesto a La Vanguardia. Y finalmente el fragor mediático llegó a Madrid, donde se publicaron titulares como «Madrid se envenena y el Gobierno se inhibe» en época de elecciones. A los pocos días, como es lógico, llegó la ley. El matiz es que parece que la cocaína apareció en los ochenta, pero no, todo tiene un antes. Siempre hubo consumo desde que apareció la sustancia en Europa. Y con Franco, en los años cuarenta y cincuenta, también circulaba, tienes el entorno del club Chicote, tienes a Lola Flores y Jorge Mistral (Paco Rabal: aquí, un amigo, Juan Ignacio García, 2004). Diplomáticos, familias bien. Miguel de Molina. No es como fue luego en los noventa, pero realmente el consumo siempre estuvo ahí. Y a todos los niveles, porque tenías a la élite con la cocaína, pero con los barbitúricos y anfetas estaban las amas de casa, los taxistas, los camioneros, los estudiantes…

Alejo: Cuando se empezó a regular, la primera medida fue que esos curalotodos que había en la farmacia al alcance de cualquiera tenían que indicar qué llevaban. Si se hubiesen quedado ahí las medidas, habría estado perfecto. Pero luego vinieron las prohibiciones entre el 14 y el 18, en Sudamérica el 22, que están vinculadas, precisamente, a las teorías de degeneración de la raza. Al neodarwinismo, a la eugenesia. Control de la raza, sexo y drogas. Al final, con la entrada de ETA en la lucha contra la droga, el saldo fue de treinta y siete muertos, ejecutados con el pretexto del tráfico. La primera bomba, la del bar El Huerto, la ponen un mes después del artículo de Egin. Lo que no sé es qué los llevaría a ponerla aquí y no allá. Porque muchos hicieron caja rápida con la heroína, montaron sus bares con lo que sacaron y no les pasó nada.

Juan Carlos: Es gracioso que el rechazo a la droga siempre se fundamente en cuestiones raciales o nacionales. Están nuestras drogas, que son buenas, y las de los otros, que son malas y hay que erradicarlas. Y lo curioso es que tanto la heroína como la cocaína sintética son dos inventos occidentales que se procesaron por primera vez en Europa.

Alejo: En el País Vasco, un elemento fundamental son los puertos. Pasajes, Irún… marinos que se iban para allá y volvían con un paquetito que les suponía un sobresueldo. Entre esto y los que traían por su cuenta, había un mercado en el que luego entran las mafias. Porque las mafias no crean los mercados nunca, entran en lo que ya hay. La lectura de todo lo que pasó es que una distribución controlada de heroína o de opiáceos cuando se vaciaron las farmacias seguramente habría tenido otras consecuencias mucho menos dramáticas. Ahora hay en Andalucía programas de este tipo y, desgraciadamente, a nadie se le ocurre hablar de ellos y sus buenos resultados. Se insiste una y otra vez en el eterno retorno de la heroína, que empezó a mediados de los noventa, cuando no se había ni ido, y ahora con novedades como los narcopisos. En toda la historia siempre han estado los medios de comunicación generando la alarma antes de que la ley prohíba con tan nefastas consecuencias.

Juan Carlos: El pánico moral.

Alejo: Y seguimos igual que hace cien años en este aspecto.